Cuarta semana: La resurrección del Señor
Momento de meditación
Diego Fares sj
Como estamos en tiempo de Pascua tomamos la tercera semana de los Ejercicios y elegimos ese quinto punto que Ignacio nos pone para contem-plar al Señor Resucitado: “Mirar el oficio de consolar, que Cristo nuestro Señor trae, y comparando cómo unos amigos suelen consolar a otros” (EE 224).
Como siempre que queremos encontrar ejemplos que bajen a la vida lo que Ignacio dice en los Ejercicios, buscamos en su Autobiografía. Allí vemos cómo narra Ignacio esta experiencia de un Jesús Resucitado al que siente como amigo que lo viene a consolar especialmente en las dificultades y que le da ánimo y fuerzas para ayudar y servir a los demás.
Consolación personal y fruto en las almas
Ignacio recuerda el año que vivió en Manresa como un tiempo en que “Dios lo trataba de la misma manera que trata un maestro de escuela a un niño” (Aut 27). Es el tiempo en que “empezó a ser consolado por Dios y vio el fruto que hacía en las almas tratándolas” (Aut 29). Ignacio ordena sus consolaciones en “cinco puntos”. Cuenta cómo primero que todo se le imprimió en el alma una gran devoción por la Santísima Trinidad, hacia la que se le elevaba el entendimiento “como que veía la santísima Trinidad en figura de tres teclas y esto con tantas lágrimas y tantos sollozos que no se podía valer (…) con mucho gozo y consolación” (Aut. 28). En segundo lugar pone una “alegría espiritual grande” al representársele cómo había creado Dios al mundo. En tercer lugar cuenta como “vio con el en-tendimiento claramente cómo estaba Jesucristo nuestro Señor en el Santísimo Sacramento”. Y por fin, antes de la ilustración del Cardoner, que hizo que “todas las cosas le parecieran nuevas, como si tuviese otro intelecto” (Aut 30), Ignacio da cuenta de tres apariciones especiales que tuvo de Jesús Resucitado y que hacen a este oficio de consolar.
Apariciones consoladoras de Jesús que da fuerza en su servicio
“Muchas veces y por mucho tiempo, estando en oración veía con los ojos interiores la humanidad de Cristo, y la figura, que le parecía como un cuerpo blanco, no muy grande ni muy pequeño… Esto vio en Manresa muchas veces: si dijese veinte o cuarenta no juzga que sería mentira. Otra vez lo ha visto estando en Jerusalem y otra vez caminando a Padua” (Aut 29). Estas “cosas que ha visto… lo confirmaron de tal manera en la fe que aunque no hubiese Escrituras él se determinaría a morir por ellas solamente por lo que ha visto”.
La aparición en Padua fue una noche en que sus compañeros lo dejaron atrás porque no podía caminar tan rápido: “Dejándolo, cuasi noche, en un gran campo, en el cual estando se la apareció Cristo de la manera que le solía aparecer, y lo confortó mucho. Y con esta consolación cami-nó al otro día y entró en Padua sin que le pidieran cédula de sanidad” (Aut 40).
La aparición en Jerusalem fue cuando se escapó para ver por última vez el lugar de la Ascensión en el Monte de los Olivos (quería ver la posición hacia la que se orientaban los pies del Señor al subir al cielo). Lo fueron a buscar y lo trajeron de vuelta “reciamente agarrado del brazo y él se dejó fácilmente llevar y yendo por este camino así asido del cristiano de la cintura, tuvo de nuestro Señor grande consolación, que le pare-cía que veía a Cristo sobre él siempre” (EE 48).
Consolación y fuerzas
Lo que experimenta Ignacio, como dice en su viaje a Jerusalem, en el que se embarcó sin nada y contra la opinión de muchos que lo querían, es que “el Señor se le aparecía muchas veces y le daba consolación y esfuerzo” (Auto 44).
Consolación y fortaleza espiritual van juntas en Ignacio. Desde el comienzo de su conversión y hasta el final de su vida “su mayor consolación que recibía era mirar el cielo y las estrellas y con esto sentía en sí un muy grande esfuerzo para servir a Dios nuestro Señor” (Aut 11). Y ese “esfuerzo” es en bien del prójimo, como cuando fue a visitar a un compañero que estaba enfermo en un pueblo vecino y el Señor lo consoló de tal manera que camino tres días en ayunas y a buen ritmo (Auto 79).
La consolación crea comunidad
Pongo este título para distinguir bien la consolación de Jesús Resucitado en lo que tiene de es-pecífico y “sólo suyo”. Quizás nuestro oído, habituado a tanto libro de autoayuda, al escuchar “consolación” tiende a imaginar estados de ánimo individuales, sentimientos de plenitud y de autorrealización personal, “andar bien”, “estar bien”, “disfrutar”… Todo esto es parte de la con-solación que trae Jesús Resucitado, pero la primera resonancia de la consolación de Jesús es “comunitaria”. Jesús se aparece “a la comunidad de los discípulos reunida” y, cuando se aparece a alguno individualmente, es para que lo “anuncie a la comunidad”.
El Señor incluye a los suyos, comunitariamente, en su oficio de consolar, haciendo que los unos consuelen y fortalezcan a los otros. Esta mutua consolación y fortalecimiento mediante el Anun-cio de la Buena Noticia, es lo que constituye a la Iglesia como tal.
Esta matriz de “consolación y esfuerzo por servir” tiene un dinamismo que crea comunidad, que unifica lo más interior y lo más exterior, que orienta la alegría y el gozo de sentir a Dios con el deseo de salir a comunicarlo a los demás.
Las consolaciones que experimenta Ignacio en Manresa participan de este dinamismo: van juntas la experiencia de ser consolado y la de “hacer fruto en las almas que trataba”. Ignacio siempre sintió que la fuerza y el ánimo que le daba la consolación era “para servir al Señor” ayudando a los demás.
De aquí, como de una raíz saludable, sale que los Ejercicios Espirituales, son la expresión plena de lo que significa el oficio de consolar. No se trata de consolaciones puntuales sino de un oficio. Y un oficio requiere procesos, tiempo, preparación, colaboración.
Los Ejercicios como “oficio de consolación”
Ignacio concibe los Ejercicios Espirituales, en los que la persona busca, encuentra y elije el lugar de servicio que el Señor quiere para ella en la comunidad, como el medio que el Señor utiliza para ejercer su oficio de consolar.
Buscando en las Reglas de discernimiento la unión entre consolación y esfuerzo encontré la que dice: “Propio del bueno dar ánimo y fuerzas, consolaciones, lágrimas, inspiraciones y quietud, facilitando y quitando todos impedimentos, para que en el bien obrar proceda adelante” (EE 315).
De aquí pasé a la Anotación 7ª en la que Ignacio describe el modo de tratar el que da los ejercicios al que está tentado: “El que da los ejercicios, si ve al que los recibe, que está desolado y tentado, no se haya con él duro ni desabrido, mas blando y suave, dándole ánimo y fuerzas para adelante, y descubriéndole las astucias del enemigo de natura humana, y haciéndole prepa-rar y disponer para la consolación ventura” (EE 7).
Y de aquí me vino la gracia de releer todas las “Anotaciones” del comienzo de los Ejercicios como una descripción del que da los Ejercicios en la que se ve lo que es, propiamente, el “oficio de consolar”. En las Anotaciones todo el oficio del que da los ejercicios gira en torno a las consolaciones que el Señor da.
Renovar la concepción de la consolación desde su referencia a una comunidad en servicio
Buscando más encontré un articulito que había leído en mis años de formación, del Padre Bojor-ge s.j., que se llama “Mirar el oficio de consolar…” y que seguramente fue el que inspiró esta nueva búsqueda. Bojorge despliega magistralmente (haciendo sentir y gustar) todos los puntos que hacen al tema.
Yo hago pie en la necesidad actual de renovar nuestra mentalidad purificando la concepción de la consolación como centrada en primer lugar en una autoayuda, para recentrarla otra vez en su quicio que es al mismo tiempo sanación de las propias tristezas y servicio de la alegría ajena. Conversión personal y elección del puesto de servicio dentro de una comunidad que vive y se recrea en y desde el servicio.
El Señor consuela “apareciendo”, mostrándose repentinamente. Este mostrarse visiblemente “abre los ojos” (que están vueltos hacia un sí mismo poblado de los pensamientos que surgen de un monólogo interior desesperanzado) y reorienta la mirada de todos hacia el Señor. Este recentramiento en la fe común en el Señor es constitutivo de la alegría pascual y fusiona los corazones en un solo corazón eclesial. No hay consolación de Jesús Resucitado que no produzca este fruto comunitario inmediato, como puede verse en los de Emaús y en Tomás. Tam-bién reorienta la mirada de María Magdalena y de las santas mujeres que intentan “tocar” al Señor y las pone a mirar a la comunidad y a salir a anunciar a los demás que el Señor ha resucitado.
Hay que notar también que la consolación no es algo puntual y que el Señor regala como quien reparte gracias al voleo. En una de sus cartas a Sor Teresa Rejadell, en las que Ignacio ejerce este “oficio de consolar”, expresa claramente que Dios prepara y ordena sus consolaciones: “La consolación no está siempre en nosotros, pero camina siempre (a nuestro lado según) sus tiempos ciertos según la ordenación (divina) y todo esto para nuestro provecho”. Por eso es que hay que “esperar con paciencia la consolación del Señor, la cual secará todas las turbaciones y tinieblas de afuera” (Carta 5). Hablar de oficio es hablar de preparación (y no de improvisación). También de colaboración con otros a los que el Señor suma a su oficio, otros que ya están en esta dinámica comunitaria y apostólica y que nos consuelan integrándonos.
Oficio de amigo
El oficio de consolar propio de Cristo -que es el primer Paráclito (1 Jn 2, 1) y el que nos promete Otro Paráclito (Jn 14, 16)-, es oficio de amigo y compañero de camino. Oficio que ejerce “como si fuera uno más, en la persona del que nos abre los ojos o de aquel a quien tenemos que consolar con nuestras obras de misericordia. Por eso San Ignacio connota el oficio de consolar de Cristo diciendo que consuela como suelen hacer los amigos. ¿Y cómo consuelan los amigos? Los amigos consuelan estando, haciendo sentir que están cerca aunque esté lejos físicamente. Y lo hacen sentir con algún gesto que al otro le basta y que agradece. Los amigos consuelan más estando al lado (parakletos) que estando enfrente. Consuelan animándonos en lo propio nuestro en la misión común. Y sentirlos al lado puede ser a gran distancia porque lo que da la cercanía es la mirada puesta en común en la misma misión y visión de las cosas.
Los amigos consuelan haciendo sentir la igualdad en la diferencia. Por eso Jesús se identifica con los pobres, para que al igualarnos con ellos sintamos su presencia.
Bueno, cada uno podrá sacar muchas más cosas reflexionando sobre su propia experiencia acerca de cómo lo consuelan y fortalecen sus amigos y viceversa. Lo importante aquí es ver lo que hace “el que da los Ejercicios” como oficio de Consolar.
Oficio de consolar del que da los ejercicios
En el fondo, es el que se pone al lado del que hace los Ejercicios, como si fuera Cristo que lo acompaña por el camino, para que el Espíritu, el Otro Consolador, lo ilumine y fortalezca interior-mente y le haga elegir lo que Dios quiere para él.
Veamos algunas características del que da los Ejercicios a otro.
1º Los puntos que da deben dar la esencia del pasaje evangélico de manera breve, para que el otro encuentre por sí mismo aquello que el Señor le da a sentir y gustar (Anot 1ª). Este modo de acompañar sin imponer es más propio de un amigo que de un maestro o director espiritual.
2º A lo que debe estar atento el que acompaña es a las consolaciones y desolaciones, si al que hace ejercicios “le vienen o no algunas mociones espirituales en su alma”. Si no, le debe preguntar particularmente cómo está rezando y qué hace en los tiempos libres… (Cfr. También anotación 17). Esto supone que el oficio del Señor es con-solar y si la persona no tiene consolaciones (y movimiento de espíritu) de alguna manera es que hay algo que está obstruyendo el oficio del Señor.
3º En la anotación 7º se ve claramente este oficio de consolar: el que da los EE se debe comportar como Jesús con los que estaban tentados. “El que da los ejercicios, si ve al que los recibe, que está desolado y tentado, no se haya con él duro ni desabrido, mas blando y suave, dándole ánimo y fuerzas para adelante, y descubriéndole las astucias del enemigo de natura humana, y haciéndole preparar y disponer para la consola-ción ventura”.
4º El que da los Ejercicios debe discernir el tiempo oportuno para predicarle al otro las reglas de discernimiento, que vendrían a ser los criterios para conocer cómo realizan Jesús y el Espíritu su oficio de consolar.
5º El que da los ejercicios no debe influenciar al que los recibe para que elija más un estado de vida que otro. Es mejor que el mismo Creador se comunique al alma, abrazándola en su amor y alabanza” (Anot 15ª). El padre Cámara dice que “El padre Ignacio tenía gran deseo de que, en las cosas espirituales del servicio de Dios todos nos moviésemos e inclinásemos por devoción e im-pulso interior; y en ellas recurría lo menos posible a mandatos exteriores”.
Esta regla en la que el que da los Ejercicios se mantiene neutral, se complementa con la si-guiente en la que hay que recomendar al que hace los ejercicios que si está afectado mal a una cosa ponga todas sus fuerzas en afectarse a lo contrario.
Auxiliares de la consolación
Podríamos caracterizar el servicio que brinda el que da los EE como un oficio auxiliar del Oficio del Señor. El Señor es el que consuela, pero quiere hacerlo con la ayuda de otros (como hizo con los anuncios de la Resurrección). Es que al ayudarnos unos a otros a descubrir y a recibir plenamente la consolación nos unimos eclesialmente, como comunidad de consolados, que aman y sirven al Señor por devoción e impulso interior, por la interior ley de la caridad, como le gustaba decir a Ignacio.
Así, como dice Bojorge, en las “Anotaciones es posible advertir que Ignacio concibe y prescribe la acción del que da los ejercicios – cuando ve al ejercitante en desolación o en tentación – según el modelo del actuar consolador de Cristo y de su Espíritu.
Así por ejemplo la explicación de las reglas de Primera y/o de Segunda Semana, según la si-tuación espiritual del ejercitante (Anotaciones 8-10), etc. La misma contemplación de la conducta de Dios y de sus ángeles, como modelo y causa ejemplar, se refleja en otros dichos de San Ignacio: “Los de la Compañía deben ser, con los pró-jimos que tratan, como los ángeles de la guarda con los que les han sido encomendados, en dos cosas: la una, en ayudarlos cuanto puedan en su salvación; la otra, en no turbarse ni perder su paz cuando, habiendo hecho lo que es en sí, los otros no se aprovechan [Dicho de San Ignacio trasmitido por el P. Rivadeneira, en MHSI, FN.3 p.635).
San Ignacio aplicaba también, en su modo de gobernar, la misma norma de bondad con el tentado. En su tratado del modo de gobierno que Nuestro Santo Padre tenía, conservó Rivadeneira estos rasgos: “Cuando el ímpetu de la tentación era tan vehemente que arrebataba al novicio y le hacía salir de sí, usaba nuestro Santo Padre de grandes medios y de mucha blandura, y procuraba con suavidad vencer la terribilidad del mal. Pero de tal manera usaba la blandura que, cuando no aprovechaba al que estaba tentado y afligido, a lo menos no dañase a otros; y así, cuando era menester, mezclaba la severidad con la suavidad, y el rigor con la blandura, para ejemplo y aviso de otros” (MHSI, FN.3 p.612).
Momento de Contemplación
Hna Marta Irigoy md
“La Resurrección, Principio y Fundamento de nuestra alegría”
Queremos seguir cuidando la Alegría, que es el Don y la Gracia de la Pascua…
La Resurrección es el Principio y Fundamento de nuestra fe, y por lo tanto, de nuestra alegría.
La alegría, que es don, tiene la tarea de expandirse, y dar calor a nuestro entorno…
Alegría que brota del contacto fecundo con la Cruz, no un quedarnos sentados en ella, sino un contacto fecundo que haga brotar la alegría profunda del Evangelio.
La alegría es el efecto más evangélico de la Resurrección, es el test de nuestro seguimiento. Con esto, no se afirma que quien esta triste por algún dolor hondo, no sigue evangélicamente al Señor, sino, que tenemos que discernir, si esa falta de alegría, es por algo o alguien que ya no está, como en el caso de los discípulos y discípulas después de la Pasión del Viernes Santo o si es que mi corazón se siente cómodo y acurrucado en un sufrimiento estéril que me amarga la existencia, producto de creer que sufriendo soy más fiel, que en la alegría…
Dijo Madre Teresa:
“Un corazón lleno de alegría es resultado de un corazón que arde de amor. La alegría no es solo cuestión de temperamento, siempre resulta difícil conservar la alegría, y eso es motivo mayor para tratar de adquirirla y de hacerla crecer en nuestros corazones. La alegría es oración; la alegría es fuerza; la alegría es amor. Da más quien da con alegría. A los niños y a los pobres, a todos los que sufren y están solos, bríndales siempre una sonrisa alegre; no solo les brindes tus cuidados sino también tu corazón. Tal vez no podamos dar mucho, pero siempre podemos brindar la alegría que brota de un corazón lleno de amor. Si tienes dificultades en tu trabajo y si las aceptas con alegría, con una gran sonrisa, en este caso, como en muchas otras cosas, verás que tu bien si funciona. Además, la mejor manera de mostrar tu gratitud está en aceptar todo con alegría. Si tienes alegría, esta brillara en tus ojos y en tu aspecto, en tu conversación y en tu contento. No podrás ocultarla por que la alegría se desborda. La alegría es muy contagiosa. Trata, por tanto, de estar siempre desbordando de alegría donde quiera que vayas. La alegría, ha sido dada al hombre para que se regocije en Dios por la esperanza del bien eterno y de todos los beneficios que recibe de Dios. Por tanto, sabrá como regocijarse ante la prosperidad de su vecino, como sentirse descontento ante las cosas huecas. La alegría debe ser uno de los sustentos de nuestra existencia. Es el distintivo de una personalidad generosa, en ocasiones, también es el manto que cubre una vida de sacrificio y entrega propia. La persona que tiene este don es como el sol en una comunidad”…
*Quédate ante Jesús, “sintiendo y gustando”, su Presencia…
*Quédate, hablando con Jesús, sobre las veces que te cuesta mantener la alegría en tu corazón…
*Quédate rumiando: ¿Qué te quita la alegría en este tiempo?
¿Qué te la alimenta?
“Hermanos míos muy queridos, a quienes tanto deseo ver, ustedes que son mi alegría y mi corona, amados míos, perseveren firmemente en el Señor…
Alégrense siempre en el Señor. Vuelvo a insistir, alégrense.
Que la bondad de ustedes sea conocida por todos los hombres. El Señor está cerca.
No se angustien por nada, y en cualquier circunstancia, recurran a la oración y a la súplica, acompañadas de acción de gracias, para presentar sus peticiones a Dios.
Entonces la paz de Dios, que supera todo lo que podemos pensar, tomará bajo su cuidado los corazones y los pensamientos de ustedes en Cristo Jesús. (Carta a los Filipenses 4, 1.4-7)



