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María,  Madre de la evangelización

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En el punto conclusivo de La Alegría del Evangelio, el Papa Francisco nos habla del “estilo mariano de la evangelización”.  Vamos a contemplar a María pidiendo la gracia de dejarnos tocar el corazón por su estilo, que se nos pegue, a nosotros, que imitamos tantos comportamientos, ese modo suyo de hacer las cosas, ese toque femenino tan propio de suyo y que no es algo decorativo sino que hace a lo esencial. Bergoglio siempre decía que María no tenía que estar como adorno, al final de las homilías, sino en el centro. Por eso vamos a reflexionar sobre lo que nos dice de su estilo al final buscando cómo está presente en el corazón mismo de la Exhortación.

No sin Ella, Evangelizadora con espíritu

Lo primero que nos dice Francisco es que “sin Ella –sin María- no terminamos de comprender el espíritu de la nueva evangelización” (EG 284). Con esta frase podemos recuperamos todo lo que hemos visto acerca de ser “evangelizadores con Espíritu”.  María es la que sabe encontrar la palabra y el gesto oportunos, esos que nos hacen sentir queridos como pueblo fiel de Dios. Ella, la Pequeña mirada con bondad por Dios, es la que mejor expresa ese disfrute de Jesús al sentir que el Padre le atrae a los pequeños. Francisco decía que ese es el secreto de la fascinación que provoca Jesús, el secreto de su belleza: la mirada llena de alegría del Señor al ver a los pequeños y al anunciarles la Alegría del Evangelio. María tiene también la síntesis del gusto espiritual de ser pueblo fiel de Dios. En el Magnificat canta este gozo superior de ser parte del pueblo fiel de Dios objeto de la misericordia del Padre a través de las generaciones. María es la “misteriosamente fecunda”, la que nos libra de las tentaciones de creernos insignificantes, de ver todo negro y de cansarnos. Ella se deja conducir por la acción misteriosa del Espíritu que “hace en ella la Palabra”. María tiene por excelencia la síntesis que da la oración de intercesión. Su oración está llena de los rostros de todos los que le rezamos “ahora y en la hora de nuestra muerte”.

La fórmula “no sin Ella”, que pongo reafirmando lo que dice el Papa, es de Michel de Certau. Este jesuita contemporáneo, en el sermón que pronunció en una misa de votos de tres compañeros, decía que: “el religioso – así como todo creyente- (… es alguien que hace esta) exigente y modesta confesión de fe: ‘Sin ti, ya no puedo vivir. No eres mi propiedad, pero te aprecio. Eres algo diferente de mí pero necesario, puesto que lo que soy de más verdadero está entre nosotros’. (Por tanto, la oración es): Que jamás sea separado de Ti’”.

Formular negativamente la experiencia del acto de creer en Jesús como un “no sin Ti”, preserva de las dificultades de toda formulación positiva y directa. No sé lo que seas ni lo que soy yo pero sé que no quiero ser sin Tí

Pues bien, en lo que hace a María y a la Evangelización es bueno formular las cosas diciendo: “No sin Ella”. Leemos el Evangelio “no sin Ella”, la que guardaba todas las cosas en su corazón. Formulamos los mandamientos “no sin Ella” que supo decir a los servidores de Caná: “hagan todo lo que El les diga”. Como Juan al pie de la Cruz, no nos imaginamos “sin Ella” y el regreso a nuestras cosas tampoco será sin Ella. Para ir a hablar de Jesús a nuestro Pueblo “no iremos sin Ella”.

No definimos el papel exacto de nuestra Señora sino diciendo que, sea lo que sea que vayamos a hacer “no será sin Ella”. No sin María, es una linda frase para diluir suavemente todo intento de racionalización del misterio de Jesús, todo miedo de que Ella ocupe demasiado espacio. “De María, nunquam satis”, de María nunca sabremos lo suficiente (ni podemos “exagerar” al amarla en demasía).

El regalo de Jesús a su pueblo

Cristo nos lleva a María: una formulación novedosa

“En la cruz, cuando Cristo sufría en su car­ne el dramático encuentro entre el pecado del mundo y la misericordia divina, pudo ver a sus pies la consoladora presencia de la Madre y del amigo. Las  palabras de Jesús al borde de la muerte –“ahí tienes a tu Madre”- no expresan primeramente una preocupación piadosa hacia su madre, sino que son más bien una fórmula de revelación que manifiesta el misterio de una especial misión sal­vífica. Jesús nos dejaba a su madre como madre nuestra. Sólo después de hacer esto Jesús pudo sentir que «todo está cumplido» (Jn 19,28). Al pie de la cruz, en la hora suprema de la nueva creación, Cristo nos lleva a María. Él nos lleva a ella, porque no quiere que caminemos sin una madre, y el pueblo lee en esa imagen materna todos los misterios del Evangelio. Al Señor no le agrada que falte a su Iglesia el icono femeni­no. Ella, que lo engendró con tanta fe, también acompaña «al resto de sus hijos, los que guardan los mandamientos de Dios y mantienen el testi­monio de Jesús» (Ap 12, 17) (EG 285).

No he visto en muchos lados esta formulación “Cristo nos lleva a María… porque no quiere que caminemos sin una Madre”. A algunos les escandaliza esto, como si sacara a Jesús del centro. Creo que estas reflexiones vienen del contacto con la religiosidad popular, del encuentro con gente sencilla de nuestros barrios a los que algunas sectas confundía queriendo sacar de su corazón a María con argumentos como que los católicos exagerábamos el culto a María y eso disminuía el de Jesús. Recuerdo que solíamos argumentar que el mismo Señor nos había dado por Madre a la suya en la Cruz.

Es para reflexionar cómo el Papa habla del “encuentro dramático entre el pecado y la misericordia” y nos señala que es allí, precisamente, donde Jesús experimenta la gracia de tenerla a María y donde nos la da por Madre en la persona de Juan. Agrega el Papa una imagen dinámica: no quiere que caminemos sin una Madre. No la pone como objeto de culto sino como compañera de camino: es la santa María del camino a la que cantamos: “ven con nosotros al caminar”.

Nuestra experiencia argentina y latinoamericana de María es distinta de la de muchos europeos. Benedicto mismo confesaba que cuando era un joven teólogo durante el concilio le parecía exagerada la formulación de que “de María nunquam satis” y cómo luego, siendo Papa, se dio cuenta del valor de esta formulación y de las gracias que le venían por María. Buscando formulaciones como la de Francisco me sorprendí leyendo a uno que se fijó precisamente en esto de que Cristo nos lleva a María y que había juntado todas las expresiones marianas de Francisco. Mientras para él era obvio que le quitaba centralidad a Cristo para mí eran la mejor expresión de lo auténticamente cristiano. Tan es así que tuve que llegar al final del artículo para confirmar que el autor hablaba en contra. Es curioso como muchas veces los que no nos quieren comprenden bien lo que amamos al tratar de denostarlo.

María-Iglesia-Alma

“La íntima conexión entre María, la Iglesia y cada fiel, en cuanto que, de diversas maneras, engendran a Cristo, ha sido bellamente expresada por el beato Isaac de Ste­lla: ‘En las Escrituras divinamente inspiradas, lo que se entiende en general de la Iglesia, virgen y madre, se entiende en particular de la Virgen María […] También se puede decir que cada alma fiel es esposa del Verbo de Dios, madre de Cris­to, hija y hermana, virgen y madre fecunda” (EG 285).

Esta formulación Bergoglio nos la enseñaba ya en el noviciado: a juntar María-Iglesia-Alma. Contra las tendencias racionalistas a separar para entender lo católico va por el lado de juntar para contemplar. Siempre recuerdo al chico que nos traía el diario al Noviciado y a mí se me ocurrió darle catecismo para que tomara la comunión ya que no tenía tiempo de ir a la parroquia. Cuando la hizo, le regalé una medallita de la Virgen y él se la puso con la de Boca que llevaba en una piolita. Cuando lo conté, el maestro de novicios aprovechó para recordarme lo de Jorge de que la Encarnación era “indivise et inconfuse” y que así estaban los amores en el corazón de nuestro pueblo: sin división ni confusión. Así es como está María y como hay que entenderla y quererla.

Cómo es María

Podemos leer directamente y sacar provecho de las imágenes que nos regala el Papa acerca de “cómo es María para nosotros:

“María es la que sabe transformar una cue­va de animales en la casa de Jesús, con unos po­bres pañales y una montaña de ternura.

Ella es la esclavita del Padre que se estremece en la alabanza.

Ella es la amiga siempre atenta para que no falte el vino en nuestras vidas.

Ella es la del corazón abierto por la espada, que comprende todas las penas. Como madre de todos, es signo de esperanza para los pueblos que sufren dolo­res de parto hasta que brote la justicia.

Ella es la misionera que se acerca a nosotros para acompañarnos por la vida, abriendo los corazones a la fe con su cariño materno.

Como una verda­dera madre, ella camina con nosotros, lucha con nosotros, y derrama incesantemente la cercanía del amor de Dios.

(Ella es la que…) A través de las distintas ad­vocaciones marianas, ligadas generalmente a los santuarios, comparte las historias de cada pueblo que ha recibido el Evangelio, y entra a formar parte de su identidad histórica.

(Ella es la que nos ayuda a) sobrellevar los sufrimientos y cansancios de la vida. Como a san Juan Diego, María les da la caricia de su consuelo maternal y les dice al oído: ‘No se turbe tu cora­zón […] ¿No estoy yo aquí, que soy tu Madre?’” (EG 286).

Ella es la mujer de fe, que vive y camina en la fe, y ‘su excepcional peregrinación de la fe representa un punto de re­ferencia constante para la Iglesia’”.

Ella (es la que…) se dejó conducir por el Espíritu, en un itinerario de fe, hacia un destino de servicio y fecundidad.

(Ella es la que) “de este modo (el de cierta fatiga y oscuridad de la fe), duran­te muchos años, permaneció en intimidad con el misterio de su Hijo, y avanzaba en su itinerario de fe».

 

Estilo mariano en la evangelización

Llegamos así a la reflexión clave de Francisco acerca del estilo mariano de la evangelización:

“Hay un estilo mariano en la actividad evangelizadora de la Iglesia”.

Saboreemos las características que nos comparte Francisco y que son las mismas que nos compartía cuando estaba con nosotros:

“Cada vez que miramos a María volvemos a creer en lo revolucionario de la ternura y del cariño. En ella vemos que la humildad y la ternura no son virtudes de los débiles sino de los fuertes, que no necesitan maltratar a otros para sentirse importantes.

Mi­rándola descubrimos que la misma que alababa a Dios porque «derribó de su trono a los podero­sos» y «despidió vacíos a los ricos» (Lc 1, 52.53) es la que pone calidez de hogar en nuestra bús­queda de justicia.

Es también la que conserva cui­dadosamente « todas las cosas meditándolas en su corazón » (Lc 2, 19). María sabe reconocer las huellas del Espíritu de Dios en los grandes acontecimientos y también en aquellos que parecen imperceptibles.

Es contemplativa del misterio de Dios en el mundo, en la historia y en la vida coti­diana de cada uno y de todos.

Es la mujer orante y trabajadora en Nazaret, y también es nuestra Señora de la prontitud, la que sale de su pueblo para auxiliar a los demás « sin demora » (Lc 1, 39).

Esta dinámica de justicia y ternura, de contem­plar y caminar hacia los demás, es lo que hace de Ella un modelo eclesial para la evangelización.

El lenguaje de Francisco es paradójico:

Revolución de la ternura, calidez de hogar en la lucha por la justicia, reconocimiento de las huellas del Espíritu en lo grande y en lo pequeño, contemplación del misterio de Dios en la historia y en lo cotidiano…Y una imagen final: nuestra Señora de la prontitud para salir a auxiliar…

Ternura combativa

En el capítulo sobre las tentaciones de los agentes pastorales Francisco nos habla del “pesimismo estéril” y formula de manera novedosa (muy suya) la manera de vencerlo: la actitud es la de una “ternura combativa”.

“Una de las tentaciones más serias que aho­gan el fervor y la audacia es la conciencia de de­rrota que nos convierte en pesimistas quejosos y desencantados con cara de vinagre. Nadie puede emprender una lucha si de antemano no confía plenamente en el triunfo. El que comienza sin confiar perdió de antemano la mitad de la bata­lla y entierra sus talentos. Aun con la dolorosa conciencia de las propias fragilidades, hay que seguir adelante sin declararse vencidos, y recor­dar lo que el Señor dijo a san Pablo: « Te bas­ta mi gracia, porque mi fuerza se manifiesta en la debilidad » (2 Co 12,9). El triunfo cristiano es siempre una cruz, pero una cruz que al mismo tiempo es bandera de victoria, que se lleva con una ternura combativa ante los embates del mal. El mal espíritu de la derrota es hermano de la tentación de separar antes de tiempo el trigo de la cizaña, producto de una desconfianza ansiosa y egocéntrica” (EG 84). María es la abanderada de esta “virtud de fuertes” que es la ternura. Una ternura activista y combativa. Que nos permite meternos en las llagas de Cristo, sin miedo a tocar la carne sufriente de los demás:

“A veces sentimos la tentación de ser cris­tianos manteniendo una prudente distancia de las llagas del Señor. Pero Jesús quiere que toque­mos la miseria humana, que toquemos la carne sufriente de los demás. Espera que renunciemos a buscar esos cobertizos personales o comuni­tarios que nos permiten mantenernos a distan­cia del nudo de la tormenta humana, para que aceptemos de verdad entrar en contacto con la existencia concreta de los otros y conozcamos la fuerza de la ternura. Cuando lo hacemos, la vida siempre se nos complica maravillosamente y vivimos la intensa experiencia de ser pueblo, la experiencia de pertenecer a un pueblo” (EG 270).

Como vemos, cuando el Papa habla de nuestro pueblo fiel (Iglesia) utiliza las mismas expresiones que cuando habla de María. Y lo mismo para nuestra alma:

“(Hay una) alegría que se vive en medio de las pe­queñas cosas de la vida cotidiana, como respuesta a la afectuosa invitación de nuestro Padre Dios: « Hijo, en la medida de tus posibilidades trátate bien […] No te prives de pasar un buen día » (Si 14, 11.14). ¡Cuánta ternura paterna se intuye de­trás de estas palabras!” (EG 4). “Todo ser humano es objeto de la ternura infinita del Señor, y Él mismo habita en su vida” (EG 274). “Aprendamos a descansar en la ternura de los brazos del Padre en medio de la entrega creativa y generosa” (EG 279).

 

Prontitud alegre

La imagen de nuestra Señora de la prontitud ayuda a discernir y vencer la tentación de la acedia egoísta. Aquí habla especialmente de “los sacerdotes, que cuidan con obsesión su tiempo personal. Esto frecuentemente se debe a que las personas necesitan imperiosamente pre­servar sus espacios de autonomía, como si una tarea evangelizadora fuera un veneno peligroso y no una alegre respuesta al amor de Dios que nos convoca a la misión y nos vuelve plenos y fecun­dos. Algunos se resisten a probar hasta el fondo el gusto de la misión y quedan sumidos en una acedia paralizante”.

El problema no es siempre el exceso de actividades, sino sobre todo las actividades mal vividas, sin las motivaciones adecuadas, sin una espiritualidad que impregne la acción y la haga deseable. De ahí que las tareas cansen más de lo razonable, y a veces enfermen. No se trata de un cansancio feliz, sino tenso, pesado, insatisfecho y, en definitiva, no aceptado. Esta acedia pastoral puede tener diversos orígenes (que podemos contrastar con las características del estilo mariano). Algunos caen en ella por sostener proyectos irrealizables y no vi­vir con ganas lo que buenamente podrían hacer. Otros, por no aceptar la costosa evolución de los procesos y querer que todo caiga del cielo. Otros, por apegarse a algunos proyectos o a sueños de éxitos imaginados por su vanidad. Otros, por perder el contacto real con el pueblo, en una des­personalización de la pastoral que lleva a prestar más atención a la organización que a las personas, y entonces les entusiasma más la « hoja de ruta » que la ruta misma. Otros caen en la acedia por no saber esperar y querer dominar el ritmo de la vida. El inmediatismo ansioso de estos tiempos hace que los agentes pastorales no toleren fácil­mente lo que signifique alguna contradicción, un aparente fracaso, una crítica, una cruz” (EG 81-2).

Todos sabemos por experiencia que a veces una tarea no brinda las satisfacciones que desearíamos, los frutos son reducidos y los cambios son lentos, y uno tiene la tentación de cansarse. Sin embargo, no es lo mismo cuando uno, por cansancio, baja momentáneamente los brazos que cuando los baja definitivamente dominado por un descon­tento crónico, por una acedia que le seca el alma. Puede suceder que el corazón se canse de luchar porque en definitiva se busca a sí mismo en un carrerismo sediento de reconocimientos, aplau­sos, premios, puestos; entonces, uno no baja los brazos, pero ya no tiene garra, le falta resurrec­ción. Así, el Evangelio, que es el mensaje más hermoso que tiene este mundo, queda sepultado debajo de muchas excusas” (EG 277).

Le rogamos que con su oración maternal nos ayude para que la Iglesia llegue a ser una casa para mu­chos, una madre para todos los pueblos, y haga posible el nacimiento de un mundo nuevo. Es el Resucitado quien nos dice, con una potencia que nos llena de inmensa confianza y de firmísima esperanza: « Yo hago nuevas todas las cosas » (Ap 21,5). Con María avanzamos confiados hacia esta promesa, y le decimos:

Virgen y Madre María,

tú que, movida por el Espíritu,

acogiste al Verbo de la vida en la profundidad de tu humilde fe,

totalmente entregada al Eterno,

ayúdanos a decir nuestro « sí »

ante la urgencia, más imperiosa que nunca,

de hacer resonar la Buena Noticia de Jesús.

Tú, llena de la presencia de Cristo,

llevaste la alegría a Juan el Bautista,

haciéndolo exultar en el seno de su madre.

Tú, estremecida de gozo,

cantaste las maravillas del Señor.

Tú, que estuviste plantada ante la cruz

con una fe inquebrantable

y recibiste el alegre consuelo de la resurrección,

recogiste a los discípulos en la espera del Espíritu

para que naciera la Iglesia evangelizadora.

Consíguenos ahora un nuevo ardor de resucitados

para llevar a todos el Evangelio de la vida que vence a la muerte.

Danos la santa audacia de buscar nuevos caminos

para que llegue a todos el don de la belleza que no se apaga.

Tú, Virgen de la escucha y la contemplación,

madre del amor, esposa de las bodas eternas,

intercede por la Iglesia,

de la cual eres el icono purísimo,

para que ella nunca se encierre ni se detenga e

n su pasión por instaurar el Reino.

Estrella de la nueva evangelización,

ayúdanos a resplandecer en el testimonio

de la comunión, del servicio, de la fe ardiente y generosa,

de la justicia y el amor a los pobres,

para que la alegría del Evangelio llegue

hasta los confines de la tierra

y ninguna periferia se prive de su luz.

Madre del Evangelio viviente,

manantial de alegría para los pequeños,

ruega por nosotros. Amén. Aleluya.

 

Diego Fares sj

 

 

Evangelizadores con Espíritu

MOMENTO DE REFLEXIÓN 

Diego Fares sj
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En el último capítulo de La Alegría del Evangelio, Francisco sintetiza en una frase qué es lo que desea de nosotros. Desea “evangelizadores con espíritu”.

El espíritu del que habla es el Espíritu Santo, pero es bueno tener en cuenta la reflexión que hace acerca de lo que significa humanamente “tener espíritu”. Con mucha simplicidad el Papa contrapone un “estar motivado interiormente” con un “hacer las cosas por obligación”: “Tener espíritu “suele indicar unos móviles interiores que impulsan, motivan, alientan y dan sentido a la acción personal y comunitaria. Una evangelización con espíritu es muy diferente de un conjunto de tareas vividas como una obligación pesada que simplemente se tolera, o se sobrelleva como algo que contradice las propias inclinaciones y deseos” (EG 261).

1.         Encontrar las palabras

Francisco busca, por un lado, sintonizar con esa “palabra interior” que constituye la identidad y el deseo de cada persona, esa palabra que mueve interiormente a cada hombre a configurar su vida siguiendo su vocación más profunda. Dice el Papa: “Cómo quisiera encontrar las palabras para alentar una etapa evangelizadora más fervorosa, alegre, generosa, audaz, llena de amor hasta el fin y de vida contagiosa!”. Al mismo tiempo invoca al Espíritu porque sabe que esa palabra que sentimos como la más íntima y más propia nuestra, sólo el Espíritu la puede clarificar y encender: “Sé que ninguna motivación será suficiente si no arde en los corazones el fuego del Espíritu. En definitiva, una evangelización con espíritu es una evangelización con Espíritu Santo, ya que Él es el alma de la Iglesia evangelizadora” (EG 261).

Esto de “encontrar las palabras” humanas que sintonizan con las palabras del Espíritu es lo que Francisco llama “entender a Dios en la propia lengua”: lengua materna, lengua del Espíritu Santo. Es recibir la Palabra venida en carne, recibir el evangelio inculturado. Cuando se da esta síntesis entre Evangelio y cultura, entre motivación humana y motivación del Espíritu, el anuncio del Evangelio tiene una fuerza irresistible de atracción que ilumina todo y enciende todo.

En el capítulo sobre la predicación, el Papa desarrolla muy lindo todo esto. “La homilía es un retomar ese diálogo que ya está entablado entre el Señor y su pueblo. El que predica debe reconocer el corazón de su comunidad para buscar dónde está vivo y ardiente el deseo de Dios, y también dónde ese diálogo, que era amoroso, fue sofocado o no pudo dar fruto.” (EG 137). Vale la pena escuchar todo lo que dice sobre el  lenguaje materno.

“La conversación de la madre

“Dijimos que el Pueblo de Dios, por la constante acción del Espíritu en él, se evangeliza continuamente a sí mismo. ¿Qué implica esta convicción para el predicador (para cada discípulo misionero, para cada evangelizador)? Nos recuerda que la Iglesia es madre y predica al pueblo como una madre que le habla a su hijo, sabiendo que el hijo confía que todo lo que se le enseñe será para bien porque se sabe amado. Además, la buena madre sabe reconocer todo lo que Dios ha sembrado en  su hijo, escucha sus inquietudes y aprende de él. El espíritu de amor que reina en una familia guía tanto a la madre como al hijo en sus diálogos, donde se enseña y aprende, se corrige y se valora lo bueno; así también ocurre en la homilía. El Espíritu, que inspiró los Evangelios y que actúa en el Pueblo de Dios, inspira también cómo hay que escuchar la fe del pueblo y cómo hay que predicar en cada Eucaristía. La prédica cristiana (y toda palabra y todo gesto hecho en nombre de Jesús), por tanto, encuentra en el corazón cultural del pueblo una fuente de agua viva para saber lo que tiene que decir y para encontrar el modo como tiene que decirlo. Así como a todos nos gusta que se nos hable en nuestra lengua materna, así también en la fe nos gusta que se nos hable en clave de « cultura materna », en clave de dialecto materno (cf. 2 M 7,21.27), y el corazón se dispone a escuchar mejor. Esta lengua es un tono que transmite ánimo, aliento, fuerza, impulso” (EG 139).

Cómo hablaba Jesús

El modelo de este lenguaje no es otro que Jesús: “Uno se admira de los recursos que tenía el Señor para dialogar con su pueblo, para revelar su misterio a todos, para cautivar a gente común con enseñanzas tan elevadas y de tanta exigencia. Creo que el secreto se esconde en esa mirada de Jesús hacia el pueblo, más allá de sus debilidades y caídas:   « No temas, pequeño rebaño, porque a vuestro Padre le ha parecido bien daros el Reino » (Lc 12,32); Jesús predica con ese espíritu. Bendice lleno de gozo en el Espíritu al Padre que le atrae a los pequeños: « Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque habiendo ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, se las has revelado a pequeños » (Lc 10,21). El Señor se complace de verdad en dialogar con su pueblo y al predicador (a todo discípulo misionero) le toca hacerle sentir este gusto del Señor a su gente” (EG 141).

Evangelizar la síntesis

Una clave para “encontrar las palabras” está en “evangelizar la síntesis”, como dice Francisco: “El desafío de una prédica inculturada está en evangelizar la síntesis, no ideas o valores sueltos. Donde está tu síntesis, allí está tu corazón. La diferencia entre iluminar el lugar de síntesis e iluminar ideas sueltas es la misma que hay entre el aburrimiento y el ardor del corazón” (EG 143).

Por eso, donde dice “predicador” ponemos a todo el que “evangeliza”, ya sea con palabra, ya sea realizando las obras de misericordia o dando el testimonio de vivir alguna de las bienaventuranzas. Todo esto es evangelizar porque es “enseñar a cumplir todo lo que Jesús nos mandó”.

“El predicador (el que evangeliza) tiene la hermosísima y difícil misión de aunar los corazones que se aman, el del Señor y los de su pueblo. El diálogo entre Dios y su pueblo afianza más la alianza entre ambos y estrecha el vínculo de la caridad. Durante el tiempo que dura la homilía (o un servicio solidario, por ejemplo), los corazones de los creyentes (y los corazones de los que son atendidos) hacen silencio y lo dejan hablar a Él. El Señor y su pueblo se hablan de mil maneras directamente, sin intermediarios. Pero en la homilía (y en cada servicio que se hace en nombre de Jesús) quieren que alguien haga de instrumento y exprese los sentimientos, de manera tal que después cada uno elija por dónde sigue su conversación. La palabra (y el gesto) es esencialmente mediadora y requiere no sólo de los dos que dialogan sino de un predicador (testigo) que la represente como tal, convencido de que « no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Cristo Jesús como Señor, y a nosotros como siervos vuestros por Jesús » (2 Co 4,5)” (EG 143).

Hablar (y actuar) desde la síntesis

Para poder “evangelizar la síntesis”, para llegar a la afectividad del otro (corazón-inteligencia-sentidos y pasiones), hay que hablar y actuar también desde esta síntesis, poniendo todo nuestro afecto en lo que decimos y hacemos. Para ello nos tiene que “iluminar” y “encender” la integridad del evangelio, no sólo alguna parte aislada: “Hablar de corazón implica tenerlo no sólo ardiente, sino iluminado por la integridad de la Revelación y por el camino que esa Palabra ha recorrido en el corazón de la Iglesia y de nuestro pueblo fiel a lo largo de su historia. La identidad cristiana, que es ese abrazo bautismal que nos dio de pequeños el Padre, nos hace anhelar, como hijos pródigos —y predilectos en María—, el otro abrazo, el del Padre misericordioso que nos espera en la gloria. Hacer que nuestro pueblo se sienta como en medio de estos dos abrazos es la dura pero hermosa tarea del que predica el Evangelio” (EG 144).

2.         Motivaciones: cuatro momentos de síntesis

Antes de poner sus motivaciones, el Papa invoca de nuevo al Espíritu: “le ruego que venga a renovar, a sacudir, a impulsar a la Iglesia en una audaz salida fuera de sí para evangelizar a todos los pueblos” (EG 261).

No deja de admirar que toda la energía de estas palabras -renovar, sacudir e impulsar” se concentren inmediatamente en dos palabras muy simples y humildes: orar y trabajar. El “ora et labora” de San Benito. El ser contemplativos en la acción y activos en la contemplación, de San Ignacio. Tener Espíritu es rezar y trabajar, trabajar y rezar. De manera tal que no se separen espiritualidad y compromiso social, mundo de la intimidad con Dios y mundo del trabajo entre los hombres.

El papa Francisco es y ha sido siempre un hombre de oración y de trabajo. Nada raro, como vemos. Y algo al alcance de todos. El Espíritu Santo es el que nos hace rezar -Abba, padre- y nos da los carismas para el bien común. Son estas las dos trascendencias que nos regala el Espíritu: el salir de sí hacia Dios, en la adoración y el salir de sí hacia el prójimo, en el trabajo de servicio.

Este orar y trabajar de modo tal que la mística tenga un fuerte compromiso social y misionero y la praxis social y pastoral transformen lo más intimo del corazón, tienen cuatro momentos de síntesis. Una , la síntesis de la belleza; otra, la del gusto de ser pueblo; la tercera síntesis es de la acción y la cuarta la de la oración. Creo que así hay que leer las motivaciones que propone Francisco.

1.           la síntesis que da La Bellezadel amor de Jesús que nos salva

El primer momento de síntesis se titula: el encuentro personal con el amor de Jesús que nos salva. Creo que el título puede pasar algo desapercibido (por nuestro oído acostumbrado a escuchar) para expresar todo el fuego que contienen los cuatro números de este apartado. Voy a entresacar algunas frases motivadoras que están llenas de belleza y que connotan mejor lo que quiere expresar Francisco y hablo de belleza porque en definitiva se trata de esa síntesis que sólo se da cuando hay belleza y cuando brilla no sólo el bien y la verdad sino la Gloria infinita del Padre.

Escuchemos algunas expresiones de Francisco. Una dice así : “Qué dulce es estar frente a un crucifijo, o de rodillas delante del Santísimo, y simplemente ser ante sus ojos! ¡Cuánto bien nos hace dejar que Él vuelva a tocar nuestra existencia y nos lance a comunicar su vida nueva! (EG 264). Vemos sintetizadas aquí la dulzura de la intimidad más honda -ser ante sus ojos” y el impulso misionero que “nos lanza a comunicar la vida nueva”. Otras dos frases hermosísimas, que hacen a la belleza de descubrir el amor de Jesús dicen así: “Nuestra tristeza infinita sólo se cura con un infinito amor” y allí la imagen de “la forma que tenía Jesús de tratar a los pobres” (EG 265). Francisco, al hablar del amor de Jesús que nos salva nos acerca a un Jesús querible: “El verdadero misionero, que nunca deja de ser discípulo, sabe que Jesús camina con él, habla con él, respira con él, trabaja con él. Percibe a Jesús vivo con él en medio de la tarea misionera. Si uno no lo descubre a Él presente en el corazón mismo de la entrega misionera, pronto pierde el entusiasmo y deja de estar seguro de lo que transmite, le falta fuerza y pasión” (EG 266). San Ignacio, en los Ejercicios, nos dice que el que desea seguir de verdad a Jesús: “estará contento de trabajar con Él”. Alegría, trabajo y “estar con Jesús”  -compañerismo y amistad, van de la mano.

El móvil definitivo es la Gloria del Padre. Gloria que se concreta en frutos, que demos frutos abundantes, eso es lo que le alegra al Padre, lo que lo hermosea y glorifica (EG 267).

2.           La síntesis que da El gusto espiritual de ser pueblo

Este segundo subtítulo está bien logrado en el sentido de sonar novedoso: ser pueblo es algo que se saborea, tiene un “gusto espiritual”. Y Francisco tiene frases que hacen vibrar este gusto en todo su esplendor: “que la vida se nos complique maravillosamente” comprometiéndonos en la vida de la gente. Que “Jesús nos introduzca en el corazón de su Pueblo”.  “Qué bien  “Que experimentemos que la vida de la gente es fuente de un gozo superior”. “Es tan lindo ser pueblo fiel de Dios, y que el corazón se nos llene de rostros y de nombres”.

3.           la síntesis que proporciona La acción misteriosa del Resucitado y de su Espíritu

En este apartado, la síntesis está en la palabra misterio: “ser misteriosamente fecundos” (EG 280). Francisco retoma aquí la reflexión sobre las tentaciones del pesimismo, el fatalismo y la desconfianza (Cap. 2) y enfrenta algunas ideas que están como instaladas en nuestro mundo y que tienen que ver con la fecundidad. Algunas personas piensan: “¿Para qué me voy a privar de mis comodidades y placeres si no voy a ver ningún resultado im­portante? “ (EG 275). Contra la tentación que nos quiere hacer sentir “insignificantes” nos recuerda esa “acción misteriosa del Resucitado y de su Espíritu” que hacen significante todo lo que hacemos en nombre de Jesús, hasta un vasito de agua no quedará sin recompensa. En la misión podemos sentir que “Jesús colabora con nosotros” (Mc 16,20) (EG 275).

Contra la tentación de ver todo negro, nos recuerda que en el mundo “cada día renace la belleza, que resucita transformada a través de las tormentas de la historia”: la resurrección no es algo pasado, entraña una fuerza de vida que ha penetrado el mundo” y cada evangelizador es un instrumento de ese dinamismo (EG 276).

Detrás de la tentación del cansancio –“la experiencia del fracaso, las pequeñeces humanas que tanto duelen, la falta de satisfacciones en la tarea, la lentitud de los cambios…”- discierne esa “acedia que seca el alma”. Y le opone ese bien que es el Evangelio –el mensaje más hermoso que tiene este mundo” (EG 277). No gozar con este bien es acedia. Y esto es falta de garra, falta de resurrección. Francisco describe la “marcha de la esperanza viva” que provoca gérmenes de un mundo nuevo y nos exhorta a no quedarnos al margen de este movimiento (EG 278).

Y apela al “sentido del misterio”, que es esa certeza de fecundidad (Jn 15, 5). Este sentido del misterio se opone a la tentación del mundo que pretende ver todo, aferrar todo, contabilizar todo. Y aquí entra en juego la ayuda misteriosa del Espíritu que obra como quiere y cuando y donde quiere. El nos enseña “a descasar en la ternura de los brazos del Padre en medio de la entrega creativa y generosa” y a dejar “que sea Él quien haga fecundos nuestros esfuerzos como a Él le parezca” (EG 279).

En este dejarse conducir por el Espíritu está la clave de lo que significa ser “evangelizadores con Espíritu”. Más que una posesión o una cualidad interior –tener espíritu- se trata de una dinámica: la de dejarse conducir. Puede dar vértigo a veces. El Papa dice que él mismo ha experimentado este “no saber qué va a encontrar”. Pero también afirma que “no hay mayor libertad que la de dejarse llevar por el Espíritu, renunciando a calcularlo y controlarlo todo. Dejarse conducir es “ser misteriosamente fecundos” (EG 280).

4.           la Sintesis que tiene oración de intercesión

La cuarta síntesis viene de la oración. Una oración muy de Francisco que es la oración de intercesión. Tiene la característica de ser una oración “poblada de rostros”. Aquí el Papa discierne algo muy hondo: que el interceder por los demás, experimentando sus angustias y necesidades, no nos aparte de la contemplación. Es más: “una contemplación que deja afuera a los demás es un engaño” (EG 281).

La intercesión por las necesidades fácilmente se convierte en acción de gracias por todo lo bueno que Dios hace en los demás. De esta oración salimos “con un corazón más generoso”: nos vemos “liberados de la conciencia aislada” y con ganas de “encuentros”.

Termina Francisco con una imagen audaz:  “La oración de intercesión “es un adentrarnos en el Padre y descubrir nuevas dimensiones que iluminan las situaciones concretas y las cambian”. “La intercesión es como “levadura” en el seno de la Trinidad”. “Podemos decir que el corazón de Dios se conmueve por la intercesión, pero en realidad Él siempre nos gana de mano, y lo que posibilitamos con nuestra intercesión es que su poder, su amor y su lealtad se manifiesten con mayor nitidez en el pueblo” (EG 283).

MOMENTO DE CONTEMPLACIÓN

Ser Evangelizadores con Espíritu        

Hna Marta Irigoy md                                             

ADORACIÓN:

  • El Señor me ha traído para estar aquí con Él… me recibe como estoy y como vengo. El me conoce profundamente.
  • Sabe lo que “HOY” estoy necesitando. Vengo a descansar junto al Señor.
  • Voy acallando mis ruidos, voy dando paso al silencio.
  • Siento su cercanía. El Señor me mira.  Tomo conciencia de que “El mirar de Dios es amar” –san Juan de la Cruz.

 

  • Para este rato de Adoración, anímate a quedarte ante el Señor para permitir que Él te ilumine, guíe, oriente e impulse hacia donde Él quiera. Él sabe bien lo que hace falta en cada época y en cada momento. ¡Esto se llama ser misteriosamente fecundos! ¡Cuánto bien nos hace dejar que Él vuelva a tocar nuestra existencia y nos lance a comunicar su vida nueva! Entonces, lo que ocurre es que, en definitiva, «lo que hemos visto y oído es lo que anunciamos» (1 Jn1,3) -EG-

 Para iluminar, les comparto este relato del Libro “Sabiduría de un Pobre”, de Eloi Leclerc, sobre la vida de San Francisco de Asís:

     “Estaban Francisco y el hermano Tancredo, hablando sobre las cosas importantes…

    “¡Ah, hermano Tancredo!, ¡qué grande es la gloria de Dios! ¡Y el mundo rezuma de su bondad y de su misericordia! -Pero en el mundo -contestó Tancredo -están también la falta y el mal. No podemos dejar de verlos y en su presencia no tenemos derecho a permanecer indiferentes. Desgraciados de nosotros si, por nuestro silencio o nuestra inacción, los malos se endurecen en su malicia y triunfan.

     -Es verdad; no tenemos derecho a permanecer indiferentes ante el mal y el pecado -respondió Francisco-, pero tampoco debemos irritarnos y turbarnos. Nuestra turbación y nuestra irritación no pueden más que herir la caridad en nosotros mismos y en los otros. Nos es preciso aprender a ver el mal y el pecado como Dios lo ve. Eso es precisamente lo difícil, porque donde nosotros vemos naturalmente una falta a condenar y a castigar, Dios ve primeramente una miseria a socorrer. El Todopoderoso es también el más dulce de los seres, el más paciente. En Dios no hay ni la menor traza de resentimiento. Cuando su criatura se revuelve contra El y le ofende, sigue siendo a sus ojos su criatura. Podría destruirla, desde luego, pero ¿qué placer puede encontrar Dios en destruir lo que ha hecho con tanto amor? Todo lo que El ha creado tiene raíces tan profundas en El… Es el más desarmado de todos los seres frente a sus criaturas, como una madre ante su hijo. Ahí está el secreto de esta paciencia enorme que, a veces, nos escandaliza. Dios es semejante al padre de familia ante sus hijos ya mayores y ávidos de adquirir su independencia. Queréis marcharos, estáis impacientes por hacer vuestra vida, cada uno por su lado. Bien, pues yo quiero deciros esto antes de que partáis: “Si algún día tenéis un disgusto, si estáis en la miseria, sabed que yo estoy siempre aquí. Mi puerta os está completamente abierta, de día y de noche. Podéis venir siempre, estaréis siempre en vuestra casa y yo haré todo por socorreros. Aunque todas las puertas estuvieran cerradas, la mía siempre os está abierta.» Dios está hecho así, hermano Tancredo. Nadie ama como El, pero nosotros debemos intentar imitarle. Hasta ahora no hemos hecho todavía nada. Empecemos, pues, a hacer algo.

      Pero ¿por dónde comenzar?; padre, dímelo -preguntó Tancredo.                                                 

        -La cosa más urgente -dijo Francisco- es desear tener el Espíritu del Señor. El solo puede hacernos buenos,   profundamente buenos, con una bondad que es una sola cosa con nuestro ser más profundo.

 

    Se calló un instante y después volvió a decir: -El Señor nos ha enviado a evangelizar a los hombres, pero ¿has pensado ya lo que es evangelizar a los hombres? Mira, evangelizar a un hombre es decirle: «Tú también eres amado de Dios en el Señor Jesús.» Y no sólo decírselo, sino pensarlo realmente. Y no sólo pensarlo, sino portarse con este hombre de tal manera que sienta y descubra que hay en él algo de salvado, algo más grande y más noble de lo que él pensaba, y que se despierte así a una nueva conciencia de sí. Eso es anunciarle la Buena Nueva y eso no podemos hacerlo más que ofreciéndole nuestra amistad; una amistad real, desinteresada, sin condescendencia, hecha de confianza y de estima profundas. Es preciso ir hacia los hombres. La tarea es delicada. El mundo de los hombres es un inmenso campo de lucha por la riqueza y el poder, y demasiados sufrimientos y atrocidades les ocultan el rostro de Dios. Es preciso, sobre todo, que al ir hacia ellos no les aparezcamos como una nueva especie de competidores. Debemos ser en medio de ellos testigos pacíficos del Todopoderoso, hombres sin avaricias y sin desprecios, capaces de hacerse realmente sus amigos. Es nuestra amistad lo que ellos esperan, una amistad que les haga sentir que son amados de Dios y salvados en Jesucristo”…

  

 

La dimensión social de la evangelización

en el muro

En “La dimensión social de la evangelización” – capítulo IV de “La alegría del Evangelio”- surgen algunas “ideas-fuerza”, por llamarlas de alguna manera, que están entre lo mejor que nuestro Papa tiene para ofrecer y pueden ayudarnos en esta tarea de “Repensar la cuestión social desde la mirada pastoral de Francisco”. Son expresiones de su afecto para con las personas en situación de pobreza. Escuchemos una frase suya: “No puede ser que no sea noticia que muere de frío un anciano en situación de calle y que sí lo sea una caída de dos puntos en la bolsa. Eso es exclusión (EG 53). Utilizo la palabra afecto en el sentido de los Ejercicios de San Ignacio de Loyola, que son ejercicios para cambiar nuestra afectividad, para cambiar nuestro corazón virtual por un corazón de carne. Nuestra afectividad es el lugar donde hacemos síntesis, donde optamos y nos jugamos por los que más amamos.

La espantosa realidad que expresa la palabra “sobrantes”, sólo se cura desde el afecto: que nos afecte, que nos pese, la situación denigrante en que viven tantos hermanos, que nos afectemos con pasión a luchar por su causa, que nos aficionemos de tal manera al problema que nos volvamos creativos, inteligentes, a la hora de crear soluciones. La afectividad integra todas nuestras capacidades: pasiones y voluntad, inteligencia y sentidos. Francisco tiene en grado altísimo eso que San Alberto Hurtado, nuestro querido santo chileno que fundó El Hogar de Cristo, llamaba “el sentido del pobre”. Cuando hay afecto uno “siente”. Ese sentido es el que nos hace ver a Cristo en la persona de los más pobres y servirlos como a nuestros patroncitos (representantes del único Patrón, que es el Señor Jesús). La afectividad es cuestión de peso: el peso del amor que nos inclina decisivamente hacia lo que amamos de verdad.

Nos vamos a centrar en tres expresiones fundamentales de Francisco para “explicitar bien la dimensión social de la evangelización”. Porque si no la explicitamos bien, nos dice el Papa: “corre(mos) el riesgo de desfigurar el sentido auténtico e integral que tiene la misión evangelizadora” (EG 176). La primera expresión es “en situación de calle”.

 

En situación de calle

 

En la Iglesia hablamos comúnmente de “los pobres”. Por eso elegí este párrafo en que Francisco utiliza la expresión “en situación de calle”. El papa nos exhorta a “salir”, a ser una “iglesia en salida” y cambiar el lenguaje es una manera de “salir”. Porque hay un lenguaje que encierra y que enferma. Así como hemos cambiado y ya no decimos “discapacitados”, o “gente de la calle”, también tenemos que ser cuidadosos al decir “los pobres”. Sustantivar algo que socialmente es “accidental” implica encerrar a muchísima gente muy distinta, tan digna como cualquiera y con todas sus cualidades únicas y personales en una categoría que los invisibiliza.

El equívoco nos viene, creo, a nosotros de la teología y al pensamiento liberal, de su inclinación a naturalizar lo que no lo es.

A nivel teológico, e incluso  existencial, definirnos como pobres está bien y nos cabe a todos, porque el ser humano es pobre en cuanto que no posee su acto de ser, nuestra vida es don.  Pero si usamos el término pobres a nivel social es denigrante. Una persona no “es” un pobre, está en situación de pobreza. Decir que alguien “es” rico tiene cierto sentido, porque las riquezas se te pegan y pasan a formar parte de tu mismo cuerpo como alimentos, vestidos, operaciones y hasta inyecciones de sangre fresca!. Pero sustantivar la pobreza es, si se lo piensa bien, algo espantoso, porque es sustantivar lo que falta y no por un problema “natural”, sino por una cuestión social, totalmente revertible y en grandísima medida fruto de la injusticia. Incluso cuando un problema se debe a nuestra responsabilidad, como puede suceder con una adicción, es mejor no sustantivar (es un alcohólico, es un adicto…).

Por eso, aunque parezca un poco rebuscado y usemos comúnmente la expresión “los pobres”, es bueno hacer una pausa y tomar conciencia. Hablar de “situación” nos pone en un presente interpelante. Si es una situación puede (debe) cambiar, puede mejorar. Por eso la imagen que utiliza el Papa de que el mundo es como un gran hospital de campaña, ayuda a no sustantivar la pobreza. No somos un hospital de crónicos sino un hospital de campaña, que es como decir una guardia. En las guardias se mira “la situación del enfermo”, el que tiene heridas más graves. Esto es lo que se “sustantiva” y lo que mueve a la acción urgente y decidida para salvar vidas. Para ayudar a salir a la gente tenemos que aprender a llamar a cada uno por su nombre. Y distinguir nombres propios de situaciones es fundamental. Por eso la gente escucha al papa, porque siente que trata a cada uno como persona, por su nombre, y no como los que te tratan juzgando tu situación y condición como si estuvieran identificadas con tu persona: sos un preso, sos un adicto, sos un pobre…

 

¿Sabes lo que pesa un ladrillo?

 

La segunda expresión es “peso”. ¿Qué nos pesa de la situación social? En la vigilia de Pentecostés el Papa contó una historia: “Desearía contarles una historia. Ya lo he hecho dos veces esta semana, pero lo haré una tercera vez con ustedes. Es la historia que cuenta un midrash bíblico de un rabino del siglo XII.  Él narra la historia de la construcción de la Torre de Babel y dice que, para construir la Torre de Babel, era necesario hacer los ladrillos. ¿Qué significa esto? Ir, amasar el barro, llevar la paja, hacer todo… después, al horno. Y cuando el ladrillo estaba hecho había que llevarlo a lo alto, para la construcción de la Torre de Babel. Un ladrillo era un tesoro, por todo el trabajo que se necesitaba para hacerlo. Cuando caía un ladrillo, era una tragedia nacional y el obrero culpable era castigado; era tan precioso un ladrillo que si caía era un drama. Pero si caía un obrero no ocurría nada, era otra cosa. Esto pasa hoy: si las inversiones en las bancas caen un poco… tragedia… ¿qué hacer? Pero si mueren de hambre las personas, si no tienen qué comer, si no tienen salud, ¡no pasa nada! ¡Ésta es nuestra crisis de hoy! Y el testimonio de una Iglesia pobre para los pobres va contra esta mentalidad”.

Visualicemos por unos instantes ese ladrillo. La pregunta del título “¿Sabés lo que pesa un ladrillo?”, parafrasea al de la película sobre le juventud de San Alberto Hurtado, cuando está por exponer su trabajo para recibirse y llega tarde al examen, luego de haberse demorado visitando a las cosedoras de ojales en los barrios marginales de Santiago. Comienza a exponer y, a poco de empezar, el recuerdo de la mujer que había muerto el día anterior, dejando a su hijita con el oficio, lo conmueve al punto de dejar los papeles y preguntar al auditorio de profesores y abogados: ¿Quién sabe cuánto cuesta hacer un ojal? Ante los rostros de sorpresa del auditorio repite la pregunta: ¿quién de ustedes sabe cuánto cuesta un ojal de sus camisas? Esa es la pregunta “social”, porque, como agrega luego: “Hay lágrimas de mujeres pobres en los ojales de nuestras camisas…”.

El midrash del Papa hace que sintamos el peso del ladrillo, cómo pesa más que un obrero en nuestra preocupación diaria. Es la imagen del dinero, que es lo que más pesa. Y concreta el pensamiento, ya que la ética habla de aquello que pesa en la conciencia con su valor. Podríamos decir que “lo social” tiene que ver con el peso: cuánto pesa “todo el hombre y todos los hombres” (EG 181) en nuestro corazón. Porque ese peso es el que nos inclina a la acción, el que permite verificar si el evangelio que predicamos es verdaderamente el de Jesucristo. Por eso el Papa repite la historia siempre que puede, para que lo “social” resuene con toda su fuerza y complejidad en nuestro corazón. Lo social no se trata sólo de lo estadístico. Es cuestión de peso: el peso de las lágrimas de las mujeres pobres en nuestras camisas. El peso, como tiene que ver con el amor (“amor meus, pondus meus”; mi amor es mi peso, dice Agustín) tiene que ver con el sentido social. El cambio de mentalidad implica un cambio de peso: que nos pese lo social, lo común, el ser pueblo y no individuos aislados.

 

Cambio de mentalidad

 

La tercera expresión es “cambio de mentalidad”, y tiene que ver con el cambio de lenguaje con que nos fascina Francisco. Se trata de la cuestión del lenguaje de Francisco: sus narraciones, sus metáforas, sus frases proverbiales…, hacen a la necesidad de escapar de la prisión de un lenguaje abstracto que no le dice nada vivible al hombre de hoy. En su carta a Klaus Schwab, mentor del Foro Económico Mundial, el papa le decía: “Estoy convencido que una apertura tal a lo trascendente puede dar forma a una nueva mentalidad política y económica, capaz de reconducir toda la actividad económica y financiera dentro de un enfoque ético que sea verdaderamente humano. ¿Es posible “dar forma a una nueva mentalidad política y económica en el mundo actual”?  Cómo podemos reconocer esta “nueva mentalidad” que propone Francisco? Dando una vuelta de tuerca creo que el primer paso que nos propone, para repensar la cuestión social, apunta a repensar nuestra manera de mirar, a una verdadera conversión de mentalidad. Como dice Pablo: “No tomen como modelo a este mundo. Por el contrario, transfórmense interiormente renovando su mentalidad, a fin de que puedan discernir cuál es la voluntad de Dios: lo que es bueno, lo que le agrada, lo perfecto” (Rm 12, 2).

En cuanto al contenido, sabemos cuáles son los grandes temas donde se enfoca esa nueva mentalidad: la inclusión social de los que están en situación de pobreza, la paz y el bien común. Bergoglio bajaba estos grandes ideales a nuestro lenguaje: “que la solidaridad hecha cultura” pase a ser una especie de “marca de fábrica”, de “certificado de autenticidad” del estilo cristiano. “Es preciso crear una nueva mentalidad, que piense en términos de comunidad, de prioridad de la vida de todos y cada uno por sobre la apropiación de los bienes por parte de algunos”. La música de esta nueva mentalidad tiene que ver con la alegría del evangelio: “Desterremos por un rato la mentalidad nostálgica y tanguera del “no va a andar”, para vencer a los profetas de desgracia que ya el camino los encuentra viejos y cansados… En el mundo actual, ya hay demasiado dolor y rostros entristecidos como para que quienes creemos en la Buena Noticia del Evangelio escondamos el gozo pascual. Por eso, anuncien con alegría que Jesús es el Señor. Cito estos textos de hace diez años, cuando Francisco era nuestro Cardenal, para que abramos los ojos a algo que es propio de la mentalidad cristiana: el paradigma es Emaús. El cristiano es una persona que no “posee” su mentalidad como un economista sus teorías o un político su ideología. Nuestra mente necesita que el Señor nos la abra, una y otra vez, mientras vamos de camino. Nuestra mentalidad necesita ser renovada cada día con el alimento cotidiano del Evangelio confrontado con la realidad cotidiana. Necesitamos la consolación del Espíritu para “ver las cosas de manera distinta, a la luz de Jesús. Teniendo esto en cuenta, podemos contemplar dos características que llevan el sello de Francisco y que constituyen esa manera tan suya de mirar la realidad que nos hace bien.

 

Marcar la diferencia

 

En primer lugar, diría que Francisco mira para marcar la diferencia. La suya es una mirada pastoral, pero no como la de un pastor bucólico que se adormece mirando pastar a su rebaño, sino que es la de un pastor que desea en todo dar la vida por sus ovejas, un pastor atento al lobo y a los mercenarios, un pastor que hurga hasta encontrar el pecado que acongoja a la oveja perdida y la reintegra en sus hombros al rebaño. Los que hemos experimentado la mirada de Francisco a lo largo de la vida, sabemos de lo que hablamos. Es una mirada que quiere incidir en la realidad, no quedarse como espectadora.

Hay una frase que les gusta a los que integran el Foro de Davos: “marcar la diferencia”. Al Papa también le gusta, parece, porque los primereó hablándoles de “una visión trascendente de la persona”; es más: les habló de “vida eterna”. Les citó el nº 205 de Evangelii Gaudium, donde es más audaz todavía: allí dice “¿Y por qué no acudir a Dios para que inspire los planes (de los gobernantes)?”:

“¡Ruego al Señor que nos regale más políticos a quienes les duela de verdad la sociedad, el pue­blo, la vida de los pobres! Es imperioso que los gobernantes y los poderes financieros levanten la mirada y amplíen sus perspectivas, que procuren que haya trabajo digno, educación y cuidado de la salud para todos los ciudadanos. ¿Y por qué no acudir a Dios para que inspire sus planes? Estoy convencido de que a partir de una apertura a la trascendencia podría formarse una nueva menta­lidad política y económica que ayudaría a superar la dicotomía absoluta entre la economía y el bien común social” (EG 205).

A la nueva mentalidad que tenemos que formar entre todos, Francisco aporta “lo específico cristiano”: esa misericordia sin medida de Dios que rescata e incluye a todo ser humano. Y con esto marca la diferencia, “rompe las reglas” y “apuesta a lo grande”, como le gusta a los integrantes del Foro. Así, me animaría a formular de manera negativa la característica principal de la nueva mirada a que nos invita Francisco: si no te vas a jugar por tu pueblo, mejor hacete el distraído. Si mirás, si querés ver el dolor de los excluidos, que sea con una misericordia tal que marque la diferencia.

Como vemos, no se trata para nada de una nueva receta o de una teoría abstracta que se plasma en una Encíclica. Francisco habla de “dar forma”, de configurar una “mentalidad viva”, a una manera de pensar las cosas con una apertura tal que capte la realidad de modo original y haga surgir soluciones creativas inéditas. Esa nueva mentalidad quiere ser activa, creativa y eficaz.

 

Pensamiento incompleto

 

En segundo lugar, Francisco mira con la conciencia de quien sabe que su pensamiento es incompleto. De aquí vienen sus famosos aforismos. El mira sabiendo que la realidad es superior a sus ideas, que el todo es superior a la parte, que el tiempo es superior al espacio y que la unidad es superior al conflicto. Formulaciones como la que hizo en Tierra Santa: “construir la paz es difícil pero vivir sin ella es insoportable”, inciden allí donde uno piensa por sí mismo, no son frases hechas sino frases que interpelan a cada uno a que las confronte con su propia experiencia y guste la verdad que desvelan. Esta capacidad de entrar en diálogo, de motivarnos a pensar, que Francisco logra de modo admirable, tiene detrás una convicción: la de que la forma más alta del pensamiento es la de un pensamiento crecientemente abierto y, en ese sentido, “incompleto”.

Es propio de las formas de vida más altas tener una apertura que les permite interactuar con el medio en que viven y con los demás. Hace poco les decía a los profesores de la Gregoriana que “el teólogo que se complace de su pensamiento completo y concluido es un mediocre”. Pensamiento completo es el de aquel que no “sale de sí en la adoración a Dios” y entonces: “termina ahogado en el más disgustoso narcisismo”. Francisco subraya que el “buen teólogo y filósofo tiene un pensamiento incompleto siempre abierto a la gran obra de Dios y a la verdad” y que “siempre” está “en desarrollo”. Una característica de un pensamiento “cerrado” es que carece de bondad y de belleza. Y: “si falta la bondad y la belleza”, se termina por ser “un intelectual sin talento”, “maquillado de formalismo”. El desafío de la actualidad –dijo Francisco- es “trasmitir el saber y ofrecer una llave de compresión vital” y “no un cúmulo de nociones sin relación entre ellas”. Esta llave de comprensión la da “una verdadera hermenéutica evangélica” que lleva a entender “la vida” y “el hombre” con los criterios de Jesús.

Antonio Spadaro describe el Pontificado de Francisco como un pontificado de discernimiento y de pensamiento incompleto. Y dice que “ser hombres de discernimiento significa para el papa ser hombres de “pensamiento abierto. Esto significa que él no parece tener un “proyecto”, un plan teórico y abstracto para aplicar a la historia. Tiene en cambio un “diseño”, una experiencia espiritual vivida que toma forma por grados y que se traduce en términos concretos, en acciones. No es una visión “a priori” que hace referencia a ideas y a conceptos, sino una experiencia vital que hace referencia a “tiempos, lugares y persona” como pide San Ignacio de Loyola, y no a abstracciones ideológicas. Por ello esta visión interior no se impone sobre la historia buscando organizarla según las propias coordenadas, sino que dialoga con la realidad, se inserta en la historia de los hombres, se desarrolla en el tiempo. El camino que intenta realizar es para él abierto de verdad y rechaza las conclusiones fáciles, no es un mapa rutero escrito a priori: el camino se hace al andar”.

Esta nueva mentalidad, porque quiere marcar la diferencia y se sabe incompleta, es una mentalidad abierta a las dos trascendencias –a Dios en la adoración y al prójimo en el servicio-, es una mentalidad que sale de su centro y acude rápido a las periferias, desde donde se “ve mejor la realidad”; es una mentalidad dialogal, incansablemente dialogal, que privilegia a las personas por sobre las cosas y busca incluir a todos, no cuantitativamente, como individuos aislados, sino como pueblo organizado. Es una mentalidad, finalmente, dramática: el testimonio de su apertura es que está siempre atenta a escuchar el clamor de los pueblos, que anhelan la paz y una vida plena en todas sus dimensiones.

 

a. Mentalidad abierta a lo trascendente

 

El pensamiento incompleto es pensamiento “abierto” a las dos trascendencias: a Dios, en la adoración,  y al prójimo en el servicio, comenzando por los más necesitados. Por eso tomamos como punto de partida la intención profunda de la carta, que implica confianza en que sus interlocutores pueden abrirse a estas trascendencias: “La vocación de un empresario es una noble tarea, siempre que se deje interpelar por un sentido más amplio de la vida” (EG 203). Cuando se trata de una mentalidad, de una “cosmovisión”, de un paradigma, el planteo tiene que ir directamente a lo trascendente, al fin. No es cuestión, en primer lugar, de medios o de técnicas. Si alguien no se abre a estas dos transcendencias, es inútil discutir o dialogar.

Este enfoque apunta a ver “en perspectiva de vida eterna” y a ver a cada persona como “protagonista de su propia promoción”. La vida eterna brinda “aliento” a la teoría del progreso. Un progreso cuantitativo lleva a la desesperanza ya que promete “más de lo mismo”. Vida eterna significa que se puede progresar infinitamente en el conocimiento y el amor interpersonal. La promoción integral de la que cada sujeto es co-protagonista, brinda también aliciente a la tarea de ayudar, mientras que un mero asistencialismo termina por desgastar tanto al que ayuda como al que es ayudado.

 

b. Mentalidad dialogal

 

El pensamiento incompleto es eminentemente dialogal. Es decir: no autorreferencial, no monológica, no abstracta…  Lo dialogal se nota enseguida en el lenguaje del Papa. Destaco un detalle: el del humor.

El Papa considera su “aporte” al Foro como algo que espera los “enriquezca y les sea útil”.

No dejaría pasar este dejo de finísimo humor, que tiene algo de caridad angélica. El Papa quiere “enriquecer al Foro”. En la carta de Cuaresma Francisco habló de que Jesús nos enriquece con su pobreza. ¿Qué quiere decir? Que “Dios no hizo caer sobre nosotros la salvación desde lo alto, como la limosna de quien da parte de lo que para él es superfluo con aparente piedad filantrópica”, sino que se acercó, se hizo uno de nosotros, un pobre ser humano cuya única riqueza, como la de un niño, es estar en manos del Padre. “¿Qué es, pues, esta pobreza con la que Jesús nos libera y nos enriquece? Es precisamente su modo de amarnos, de estar cerca de nosotros”. Nos enriquece “cambiando nuestra mentalidad”. Como seres espirituales, inteligentes y libres, no hay mayor riqueza que la que nos brinda alguien cuando nos amplía nuestra visión y nos permite obrar por nosotros mismos con mayor plenitud en lo propio nuestro.

En detalles como éste, del humor, se nota que el Papa no comunica “mensajes” sino que “crea eventos comunicativos”, se implica personalmente en el diálogo “atento” a lo mejor del otro, a su mirada, a sus intereses, a su posibilidad de aportar lo propio para bien común. Por eso concluye: “espero que podáis ver en estas breves palabras un signo de mi atención pastoral y una aportación constructiva para que vuestra actividad sea siempre más noble y fecunda”.

·        Diálogo, diálogo, diálogo

 

“Cuando los líderes de los diferentes sectores me piden un consejo, mi respuesta es siempre la misma: Diálogo, diálogo, diálogo. El único modo de que una persona, una familia, una sociedad crezca; la única manera de que la vida de los pueblos avance, es la cultura del encuentro, una cultura en la que todo el mundo tiene algo bueno que aportar, y todos pueden recibir algo bueno en cambio. El otro siempre tiene algo que darme cuando sabemos acercarnos a él con actitud abierta y disponible, sin prejuicios. Esta actitud abierta, disponible y sin prejuicios, yo la definiría como humildad social que es la que favorece el diálogo. Hoy o se apuesta por el diálogo, o se apuesta por la cultura del encuentro, o todos perdemos, todos perdemos. Por aquí va el camino fecundo”.

Hablar del diálogo es un tópico, pero Francisco, que insiste tres veces, logra hacer creíble el diálogo. En la Biblia cuando se repite algo tres veces significa un deseo de hacer alianza con el otro mostrando cuánto le importa algo a uno.  Una primera reflexión iría por este lado: ¿por qué entusiasman los temas de siempre en boca de Francisco? ¿Son los temas de siempre? Evidentemente que hay un plus y creo que está en la importancia que el Papa da a cada sujeto y a la totalidad de los sujetos.

·         Importancia a los sujetos por sobre las cosas

 

En el diálogo importa que estén los sujetos que deciden sobre los temas y los sujetos que se ven afectados por esas decisiones. Antes que el contenido del diálogo está la importancia del sujeto.

Francisco nos muestra dos tipos de sujeto que no dialogan porque ellos mismos “se reducen” a sí mismos: unos reducen su ser a su saber o sentir (él lo llama gnosticismo), los otros reducen su ser a sus fuerzas (él lo llama neopelagianismo). El diálogo supone la convicción de nuestro ser social, de nuestra incompletud individual que es algo fundamentalmente positivo ya que nos impide ser seres cerrados y nos abre al amor del cual provenimos.

“Esta mundanidad puede alimentarse espe­cialmente de dos maneras profundamente empa­rentadas. Una es la fascinación del gnosticismo, una fe encerrada en el subjetivismo, donde sólo interesa una determinada experiencia o una serie de razonamientos y conocimientos que supuesta­mente reconfortan e iluminan, pero en definitiva el sujeto queda clausurado en la inmanencia de su propia razón o de sus sentimientos. La otra es el neopelagianismo autorreferencial y prometeico de quienes en el fondo sólo confían en sus pro­pias fuerzas y se sienten superiores a otros por cumplir determinadas normas o por ser inque­brantablemente fieles a cierto estilo católico pro­pio del pasado. Es una supuesta seguridad doc­trinal o disciplinaria que da lugar a un elitismo narcisista y autoritario, donde en lugar de evan­gelizar lo que se hace es analizar y clasificar a los demás, y en lugar de facilitar el acceso a la gracia se gastan las energías en controlar. En los dos casos, ni Jesucristo ni los demás interesan verda­deramente. Son manifestaciones de un inmanen­tismo antropocéntrico” (EG 94).

Apunto aquí que estos dos términos que Francisco usa a menudo y que, al leerse desde lo social se vuelven claros y son significativos: ambos caminos, el del gnosticismo y el del neopelagianismo, “no se interesan verdaderamente ni por Jesús ni por los demás”.

·        Los sujetos somos todos, pero no como suma sino como pueblo

 

Pero la clave cristiana en la que Francisco insiste es que “los sujetos somos todos”. Porque nadie niega hoy la importancia de los diversos saberes y del trabajo en equipo, pero la tendencia sigue siendo individualista, con sectarismos de elites. La inclusión de todos, también de los menos inteligentes y de los más débiles, es esencial a la cultura del diálogo.

“Es hora de saber cómo diseñar, en una cultura que privilegie el diálogo como forma de encuen­tro, la búsqueda de consensos y acuerdos, pero sin separarla de la preocupación por una socie­dad justa, memoriosa y sin exclusiones. El autor principal, el sujeto histórico de este proceso, es la gente y su cultura, no es una clase, una fracción, un grupo, una élite. No necesitamos un proyecto de unos pocos para unos pocos, o una minoría ilustrada o testimonial que se apropie de un sen­timiento colectivo. Se trata de un acuerdo para vivir juntos, de un pacto social y cultural” (EG 239).  Ahora, los sujetos somos todos no significa una mera suma de todos los individuos sino la totalidad conformada como pueblo. El Papa propone explícitamente que nos detengamos un poco en esta forma de entender la Iglesia –como pueblo fiel de Dios-.

¿Cuál es la mentalidad que tenemos que cambiar?  En el parágrafo “Persona a persona”, donde nos dice que ser discípulo de Jesús implica una disposición permanente a llevar a otros el amor del Señor en cualquier lugar y mediante un diálogo personal (EG 127-8), el Papa hace notar que: “Si el Evangelio se ha encarnado un una cultura, ya no se comunica sólo a través del anuncio persona a persona” (EG 129). No bastaría con hacer una predicación al estilo de los testigos de Jehová o de los mormones que tocan el timbre en las casa o paran a la gente en la plaza. Nuestro anuncio debe implicar el aspecto cultural. Por ejemplo, en nuestra familia, tenemos que buscar la manera de que la fe se vuelva “tradición familiar”, al estilo de cómo hacemos en familia las cosas lindas, las celebraciones, los paseos, la conversación sobre los temas de todos. En su ámbito de trabajo cada uno tiene que preocuparse por confrontar los valores del evangelio con los que se viven entre sus compañeros. Esto hará que la prédica no sea “descolgada” o de algo “puramente espiritual” sino de un evangelio encarna-do, que asume los desafíos del mundo y responde a sus inquietudes con propuestas superadoras. En el Hogar, por ejemplo, desarrollamos un trabajo constante para que nuestro lenguaje y nuestras estructuras sean evangélicos. No es lo mismo utilizar la palabra “asistidos” que la palabra “huéspedes y comensales”. Estas últimas tienen sabor evangélico y hacen que al nombrar a una persona como “huésped” se modifique mi actitud: esa palabra me pone en un dinamismo de acogida, me hace sentir lo lindo que es honrar al huésped… Por otro lado, hay palabras que vienen de lo social y que son mejores que otras. Usuario parece más impersonal que beneficiario. Sin embargo es más digno considerar que el otro es un usuario de nuestros servicios con todo derecho, tal como nosotros somos usuarios del agua corriente y de la luz y el gas, y no un beneficiario, como si fueran servicios que se le brindan por caridad. Uno no se siente “beneficiario” de los servicios básicos y bien que se indigna cuando le cortan la luz.

La reflexión sobre este aspecto “cultural” del Evangelio, nos lleva a reflexionar acerca quién es el que evangeliza y a oponer a nuestra mentalidad individualista una nueva mentalidad: es todo el pueblo de Dios el que anuncia el Evangelio.

·        Mentalidad que se enfoca en lo inclusivo

 

Lo esencial de la nueva mentalidad a la que el Papa nos desafía a dar vida creo que va por su carácter eminentemente social. El diagnóstico de la visión política y económica actual es que, a pesar de sus logros, que son valiosos, genera una “amplia exclusión e inequidad”. Y esto trae violencia, con consecuencias trágicas para todo tipo de personas concretas.  Por eso el remedio va por el lado de la inclusión. La nueva mentalidad requiere, en primer lugar, “un enfoque inclusivo”.

 

La inclusión no es algo obvio. En las ciencias actuales, incluso en las más teóricas como la filosofía, hay quienes plantean que es necesaria la “renuncia a aferrar la totalidad de lo real mediante el pensamiento” (Th. Adorno). Si esto se plantea a nivel filosófico no es de extrañarnos que la economía piense un país para veinte millones y no para los cincuenta que somos, o que el 46% del dinero esté en manos del 1% de las personas. Existe una mentalidad “reductiva” que es perniciosa no porque muestre una realidad dura sino porque es falsa. Planteo, sólo para invitar a la reflexión, dos cuestiones. Una teórica: nuestro pensamiento no puede “aferrar” la totalidad de lo real pero si puede “abrirse” –y de hecho es esa apertura- a la totalidad de lo real. Otra cuestión es práctica: no es posible “excluir” a nadie. Los excluidos “se incluyen” por las buenas o “nos excluyen” por las malas, a la corta o a la larga. Esta es otra manera de decir que “la exclusión engendra violencia”. Los excluidos se meten. Por eso, antes de enfocar, como quien enfoca un objetivo con su cámara, hay que creer en la posibilidad de ser captado que tiene el objeto. Hay que plantear que por el hecho de que ciertas ciencias no cuenten con el lente adecuado para algo tan complejo no quiere decir que esas ciencias no puedan ampliarse ni que no se puedan intentar otras miradas. En un campamento que hicieron nuestros jóvenes de la parroquia en San José de los Ríos (Cosquín), el primer día estaban deslumbrados por el paisaje y sacaban fotos a todo con sus celulares. A la noche, cuando salieron las estrellas como sólo saben hacerlo en las sierras, donde no hay smog, una de las chicas que trataba de sacar fotos al cielo en un momento exclamó: “esto no cabe en un celular” y se dedicó a contemplar sólo con sus ojos. Esta experiencia siempre me conmueve y la traslado del cielo estrellado a la humanidad multitudinaria: hay que mirarla con nuestros propios ojos, ensanchados por los de Jesús, el Buen Pastor que “mira a la gente con compasión”. Sólo esa mirada puede lograr un “enfoque inclusivo”. El Papa Francisco está entrenado en esa mirada. Dicen que no mira multitudes sino que en la multitud “pesca” rostros concretos y establece contacto. Y la gente se siente mirada en ese que privilegia aunque para verlo a él no pueda mirarme a mí. Pero está abierta la posibilidad. Es lo que sucede cuando se salva a una persona en una catástrofe o se incluye a un indigente en El Hogar: para ese uno es el cien por ciento lo incluido y por eso vale para todos.

 

Si la inclusión no es algo obvio, tampoco lo es el enfoque. Estamos hablando de “mirar humanamente” no a través de la mediación científica o técnica que “influye y modifica” la realidad al observarla con sus instrumentos. Guardini nos dice que el ojo humano no es como una cámara fotográfica. “El ojo humano se equivoca y se corrige, se orienta, elige y descarta. La cámara no. Hay cosas que no vemos o que falseamos por la intensidad de nuestro deseo o aversión. Cosa que no puede hacer la cámara, que fotografía objetivamente lo que tiene delante. Las fotos no se equivocan porque congelan la realidad en un instante (y si es un film, en varios cuadros por segundo). Pero el ojo humano capta infinitamente más porque se modifica al mismo tiempo que se modifica el ser que tiene delante y que se expresa. Por eso nos emociona más ver a alguien realmente que verlo por TV, aunque no nos demos cuenta, la cantidad de información –subjetiva y objetiva- que intercambiamos en un encuentro real es infinitamente mayor a la que captamos por TV”.

 

c. Mentalidad que se deja interpelar dramáticamente

 

El pensamiento incompleto se autentica en el dejarse interpelar dramáticamente por el otro.

Es tan importante esta visión trascendente que el Papa se juega antes de darla y la plantea dramáticamente, como reafirmación y desafío. “Sé que estas son palabras fuertes, incluso dramáticas”. En Evangelii Gaudium dirá: “Si alguien se siente ofendido por mis palabras, le digo que las expreso con afecto y con la mejor de las intenciones, lejos de cualquier interés personal o ideología política. Mi palabra no es la de un enemigo ni la de un opositor. Sólo me interesa procurar que aquellos que están esclavizados por una mentalidad individualista, indiferente y egoísta, puedan liberarse de esas cadenas indignas y alcancen un estilo de vida y de pensamiento más humano, más noble, más fecundo, que dignifique su paso por esta tierra” (EG 208).

El carácter dramático es esencial a la “nueva mentalidad”. Hay “enfoques” que sólo hacemos cuando alguien “nos grita”, cuando escuchamos el clamor del otro: eso hace que uno enfoque la mirada y descubra lo que estaba oculto, lo que no se veía, como cuando alguien se está ahogando y uno se guía por la voz. Dice Francisco: “Se ha desarrollado una globalización de la indiferencia. Casi sin advertirlo, nos volvemos incapaces de compadecernos ante los clamores de los otros, ya no lloramos ante el drama de los demás ni nos interesa cuidarlos, como si todo fuera una responsabilidad ajena que no nos incumbe. La cultura del bienestar nos anestesia y perdemos la calma si el mercado ofrece algo que todavía no hemos comprado, mientras todas esas vidas truncadas por falta de posibilidades nos parecen un mero espectáculo que de ninguna manera nos altera” (EG 54).

Atención y responsabilidad precisa

La nueva mentalidad de la que habla el Papa requiere atención y responsabilidad precisa. Una atención que se plasme en decisiones políticas y económicas y que no se quede en mera retórica o en “replanteamientos”. Y una responsabilidad precisa, ya que lo propio del bien es concretarse. En un mundo en que el poder es cada vez más anónimo, la responsabilidad que se concreta es la manera de hacerle frente a ese anonimato. Dice Francisco: “Me refiero a la atención que debería plasmar cualquier decisión política y económica, pero que, de momento, parece ser poco más que un replanteamiento. Los que trabajan en estos sectores tienen una responsabilidad precisa para con los demás, especialmente con los más frágiles, débiles y vulnerables”.

Este carácter dramático de la nueva mentalidad está presente en el subcapítulo “La inclusión social de los pobres”. La atención al clamor de los pobres, escuchar bien los reclamos, saberlos leer “desideologizadamente” es parte de la conformación de esta nueva modalidad: “Cada cristiano y cada comunidad están llamados a ser instrumentos de Dios para la liberación y promoción de los pobres, de manera que puedan integrarse plenamente en la sociedad; esto supone que seamos dóciles y atentos para escuchar el clamor del pobre y socorrerlo. (…) Hacer oídos sordos a ese clamor, cuando nosotros somos los instrumentos de Dios para escuchar al pobre, nos sitúa fuera de la voluntad del Padre y de su proyecto” (EG 187).

“La Iglesia ha reconocido que la exigencia de escuchar este clamor brota de la misma obra liberadora de la gracia en cada uno de nosotros, por lo cual no se trata de una misión reservada sólo a algunos: « La Iglesia, guiada por el Evangelio de la misericordia y por el amor al hombre, escucha el clamor por la justicia y quiere responder a él con todas sus fuerzas ». En este marco se comprende el pedido de Jesús a sus discípulos: « ¡Dadles vosotros de comer! » (Mc 6,37), lo cual implica tanto la cooperación para resolver las causas estructurales de la pobreza y para promover el desarrollo integral de los pobres, como los gestos más simples y cotidianos de solidaridad ante las miserias muy concretas que encontramos. La palabra « solidaridad » está un poco desgastada y a veces se la interpreta mal, pero es mucho más que algunos actos esporádicos de generosidad. Supone crear una nueva mentalidad que piense en términos de comunidad, de prioridad de la vida de todos sobre la apropiación de los bienes por parte de algunos” (EG 188).

 

d. Una mentalidad que nos desafía: “desde las periferias se ve mejor la realidad”

 

El pensamiento incompleto se elabora saliendo a las periferias. La trascendencia de la que habla el Papa Francisco no es sólo a Dios, como estamos acostumbrados a pensar ni tampoco hacia “valores éticos”. Incluye ambas realidades pero su desafío es a salir a una trascendencia bien cruda: la de las periferias existenciales. Allí donde uno se le vuelve “intolerable que todavía miles de personas mueran cada día de hambre, a pesar de las grandes cantidades de alimentos disponibles, simplemente desperdiciados”. Este párrafo, junto con el de los refugiados, “los innumerables refugiados que buscando condiciones de vida con un mínimo de dignidad, no sólo no consiguen encontrar hospitalidad, sino que a menudo mueren trágicamente mientras se desplazan de un lugar a otro”, nos proporcionan la condición fundamental para el cambio de mentalidad. Francisco nos invita a “salir”. Cuando uno sale le cambia la mentalidad. La realidad se ve mejor desde las periferias que desde el centro. “Yo estoy convencido de una cosa: los grandes cambios de la historia se realizan cuando la realidad es vista no desde el centro sino desde la periferia. Es una cuestión hermenéutica: se comprende la realidad si se la mira desde la periferia y no si nuestra mirada es desde un centro equidistante de todo. Para entender de verdad la realidad debemos movernos de la posición central de la calma y tranquilidad y dirigirnos hacia la zona periférica… Nos debemos “descolocar”, ver la realidad desde más puntos de vista diferentes”.

bibliaMomento de reflexión:

Diego Fares sj

Centralidad de la Palabra

El capítulo sobre “El anuncio del Evangelio”, termina destacando la centralidad de la palabra en la vida cristiana. Dice Francisco: “No sólo la homilía debe alimentarse de la Palabra de Dios. Toda la evangelización está fundada sobre ella, escuchada, meditada, vivida, celebrada y testimoniada. Las Sagradas Escritu­ras son fuente de la evangelización. Por lo tanto, hace falta formarse continuamente en la escucha de la Palabra. La Iglesia no evangeliza si no se deja continuamente evangelizar. Es indispensa­ble que la Palabra de Dios «sea cada vez más el corazón de toda actividad eclesial ».Nosotros no buscamos a tientas ni necesitamos esperar que Dios nos dirija la palabra, porque realmente « Dios ha hablado, ya no es el gran desconocido sino que se ha mostrado ».  Acojamos el subli­me tesoro de la Palabra revelada (EG 174-5). En nuestros Ejercicios y Encuentros de Oración, a lo largo de estos años, este ha sido nuestro deseo: poner a la Palabra en el corazón de nuestra vida y actividad eclesial. De aquí salió el título “Contemplaciones del Evangelio” para la reflexión semanal que compartimos. La frase del Papa: Nosotros no buscamos a tientas ni necesitamos espera a que Dios nos dirija la palabra porque realmente nos ha hablado” es una linda confirmación para todos los que apreciamos la Palabra. Fíjense lo que dice, que se trata de una “Palabra escuchada, meditada, vivida, celebrada y testimoniada”. De aquí viene que en nuestros Encuentros dediquemos un rato a la escucha y meditación, pero pongamos también un rato de adoración y de celebración eucarística. Jesús es Palabra viva y se requieren todos estos modos de ponernos en contacto con una Palabra así. No se trata sólo de pensar sino que hay que comulgar. Lo del testimonio tiene que ver con nuestras obras. Si lo pensamos bien nuestras obras de caridad y de justicia tienen, cada una, una Palabra evangélica, una bienaventuranza. “Tuve hambre y me diste de comer” es lo que anuncian nuestros comedores; “estaba en situación de calle y me hospedaste” es lo que anuncian nuestros hogares y hospederías; “estuve enfermo y me visitaste” es lo que anuncian nuestras casas de la bondad… Somos, como dice el Papa Contemplativos en la acción y activos en la contemplación. La Palabra no sólo es escuchada sino celebrada y puesta en obras. Y luego: de vuelta a escuchar la Palabra para ajustar mejor nuestras obras a lo que el Señor nos dice. Con esta concepción, que une vida contemplativa y vida activa, creo que podemos leer todo lo que dice el Papa en el punto III, sobre la preparación de la prédica,  como preparación no sólo de la homilía en la misa sino, como preparación de esa “homilía constante” que cada cristiano debe hacer para sostener el espíritu con que cumple sus tareas de voluntario y colaborador en nuestras obras de caridad. Así como el Evangelio que es siempre el mismo, se actualiza al ponerlo en contacto con la vida de cada comunidad en cada época, así también la vida de nuestras obras necesita que cada colaborador medite y saboree la Palabra que funda y anima a esa obra de misericordia para que renueve su espíritu y llegue mejor a las necesidades del hombre de hoy. Un ejemplo: solemos decir que queremos servir “al más pobre de los pobres”. Identificar al “más pobre de los pobres” no es tarea fácil ni cuestión sólo de sentido común. Las nuevas formas de pobreza hacen que necesitemos la mirada de todos y también la mirada de las ciencias que nos ayudan a discernir quién es el que necesita más ayuda. En la casa de la bondad, por ejemplo, pensábamos en los enfermos sin ninguna familia ni cobertura y luego resulta que nos encontramos con algunas familias que son totalmente incontinentes (a veces por problemas síquicos) y el enfermo, contando con recursos, está sumido en una gran pobreza, justamente porque todos piensan que tiene recursos. También se mezcla la pobreza con situaciones de violencia y hay veces en que no podemos ayudar debido a ese problema. Por otro lado, la necesidad de que cada uno y cada grupo nos prediquemos a nosotros mismos tiene que ver con algo tan simple como “predicarnos todo el evangelio, a todos y en el mismo orden”. Porque si no peleamos, no ya entre los que dicen “yo soy de Pablo” o “yo soy de Pedro”, sino los que dicen: los más pobres son los enfermos terminales y los que dicen que son los niños de la villa, los que acentúan la urgencia de ayudar al que está tirado al borde del camino y los que acentúan que se le pague al posadero para que lo cuide… Como ven, necesitamos contemplar la palabra y predicárnosla todos los días para que la letra no sofoque al espíritu.

III. La preparación de la predicación

“La preparación de la predicación – dice Francisco- es una tarea tan importante que conviene dedicarle un tiempo prolongado de estudio, oración, reflexión y creatividad pastoral”.  Leamos lo que sigue pensando no sólo en el sacerdote sino en todos como sujetos activos de esta “predicación”: “Me atrevo a pe­dir que todas las semanas se dedique a esta tarea un tiempo personal y comunitario suficientemen­te prolongado, aunque deba darse menos tiempo a otras tareas también importantes. La confianza en el Espíritu Santo que actúa en la predicación no es meramente pasiva, sino activa y creativa. Im­plica ofrecerse como instrumento (cf. Rm 12,1), con todas las propias capacidades, para que pue­dan ser utilizadas por Dios. Un predicador que no se prepara no es « espiritual »; es deshonesto e irresponsable con los dones que ha recibido” (EG 145). Cuatro actitudes nos propone Francisco para esta preparación.

1. El culto a la verdad

El primer paso, después de invocar al Es­píritu Santo, es prestar toda la atención al texto bíblico, que debe ser el fundamento de la predica­ción. Cuando uno se detiene a tratar de compren­der cuál es el mensaje de un texto, ejercita el « cul­to a la verdad ».Es la humildad del corazón que reconoce que la Palabra siempre nos trasciende, que no somos « ni los dueños, ni los árbitros, sino los depositarios, los heraldos, los servidores ».Esa actitud de humilde y asombrada veneración de la Palabra se expresa deteniéndose a estudiarla con sumo cuidado y con un santo temor de manipularla. Para poder interpretar un texto bíblico hace falta paciencia, abandonar toda ansiedad y darle tiempo, interés y dedicación gratuita. Hay que dejar de lado cualquier preocupación que nos domine para entrar en otro ámbito de se­rena atención. No vale la pena dedicarse a leer un texto bíblico si uno quiere obtener resultados rápidos, fáciles o inmediatos. Por eso, la prepara­ción de la predicación requiere amor. Uno sólo le dedica un tiempo gratuito y sin prisa a las cosas o a las personas que ama; y aquí se trata de amar a Dios que ha querido hablar. A partir de ese amor, uno puede detenerse todo el tiempo que sea ne­cesario, con una actitud de discípulo: « Habla, Se­ñor, que tu siervo escucha » (1 S 3,9). Ante todo conviene estar seguros de com­prender adecuadamente el significado de las pa­labras que leemos. Quiero insistir en algo que parece evidente pero que no siempre es tenido en cuenta: el texto bíblico que estudiamos tie­ne dos mil o tres mil años, su lenguaje es muy distinto del que utilizamos ahora. Por más que nos parezca entender las palabras, que están tra­ducidas a nuestra lengua, eso no significa que comprendemos correctamente cuanto quería ex-presar el escritor sagrado. Son conocidos los di­versos recursos que ofrece el análisis literario: prestar atención a las palabras que se repiten o se destacan, reconocer la estructura y el dinamismo propio de un texto, considerar el lugar que ocu­pan los personajes, etc. Pero la tarea no apunta a entender todos los pequeños detalles de un texto, lo más importante es descubrir cuál es el mensaje principal, el que estructura el texto y le da unidad. Si el predicador no realiza este esfuerzo, es posi­ble que su predicación tampoco tenga unidad ni orden; su discurso será sólo una suma de diversas ideas desarticuladas que no terminarán de movi­lizar a los demás. El mensaje central es aquello que el autor en primer lugar ha querido transmi­tir, lo cual implica no sólo reconocer una idea, sino también el efecto que ese autor ha querido producir. Si un texto fue escrito para consolar, no debería ser utilizado para corregir errores; si fue escrito para exhortar, no debería ser utilizado para adoctrinar; si fue escrito para enseñar algo sobre Dios, no debería ser utilizado para expli­car diversas opiniones teológicas; si fue escrito para motivar la alabanza o la tarea misionera, no lo utilicemos para informar acerca de las últimas noticias. Es verdad que, para entender adecuada­mente el sentido del mensaje central de un texto, es necesario ponerlo en conexión con la ense­ñanza de toda la Biblia, transmitida por la Iglesia. Éste es un principio importante de la interpreta­ción bíblica, que tiene en cuenta que el Espíritu Santo no inspiró sólo una parte, sino la Biblia en­tera, y que en algunas cuestiones el pueblo ha cre­cido en su comprensión de la voluntad de Dios a partir de la experiencia vivida. Así se evitan in­terpretaciones equivocadas o parciales, que nie­guen otras enseñanzas de las mismas Escrituras. Pero esto no significa debilitar el acento propio y específico del texto que corresponde predicar. Uno de los defectos de una predicación tediosa e ineficaz es precisamente no poder transmitir la fuerza propia del texto que se ha proclamado.

2. Un oído en el pueblo

Pongo a continuación el último punto, el de poner un oído en el pueblo, porque me parece que pone en tensión la fidelidad a la Palabra como texto sagrado con la fidelidad a la Palabra encarnada en la vida del pueblo de Dios. “El predicador necesita también poner un oído en el pueblo, para descubrir lo que los fieles necesitan escuchar. Un predicador es un con­templativo de la Palabra y también un contem­plativo del pueblo. De esa manera, descubre « las aspiraciones, las riquezas y los límites, las ma­neras de orar, de amar, de considerar la vida y el mundo, que distinguen a tal o cual conjunto humano », prestando atención « al pueblo concreto con sus signos y símbolos, y respondiendo a las cuestiones que plantea ». “Lo que se procura descubrir es « lo que el Señor desea decir en una determinada circunstancia ».Entonces, la preparación de la predicación se convierte en un ejercicio de discernimiento evangélico, donde se in­tenta reconocer —a la luz del Espíritu— « una llamada que Dios hace oír en una situación histó­rica determinada; en ella y por medio de ella Dios llama al creyente ». La frase: “contemplativos de la Palabra y contemplativos del Pueblo” sintetiza lo que el Papa quiere decir acerca de la contemplación de la Palabra.

3. La personalización de la Palabra

Esta doble contemplación y doble escucha se traduce en lo que Francisco llama la personalización de la Palabra. Así como la Palabra busca convertirse en obras, estas obras no son ONG’s impersonales. La Palabra se personaliza cuando alguien en medio de una comunidad, discierne lo que el Espíritu quiere para el bien común. La señal de la “personalización” es, paradójicamente, la comunidad, el bien de la comunidad, la integración de un carisma con el de los otros. Personalización cristiana es lo más lejano al individualismo. El predicador (y el colaborador) debe ser el primero en te­ner una gran familiaridad personal con la Palabra de Dios: no le basta conocer su aspecto lingüís­tico o exegético, que es también necesario; nece­sita acercarse a la Palabra con un corazón dócil y orante, para que ella penetre a fondo en sus pen­samientos y sentimientos y engendre dentro de sí una mentalidad nueva ». Esta “nueva mentalidad” es lo que nos invita a construir Francisco, dejando que sea la Palabra así contemplada la que la forme. Desear que la Palabra me cambie la mentalidad, me haga un odre nuevo, es lo primero. Después viene el ponerla en práctica. Si no me cambia mi mentalidad, la uso como un parche nuevo en una tela vieja. “Si está vivo este deseo de es­cuchar primero nosotros la Palabra que tenemos que predicar (nos), ésta se transmitirá de una manera u otra al Pueblo fiel de Dios: « de la abundancia del corazón habla la boca » (Mt 12,34). Las lecturas del domingo resonarán con todo su esplendor en el corazón del pueblo si primero resonaron así en el corazón del Pastor. Quien quiera predicar, primero debe estar dispuesto a dejarse conmover por la Palabra y a hacerla carne en su existencia concreta. De esta manera, la predicación consistirá en esa ac­tividad tan intensa y fecunda que es « comunicar a otros lo que uno ha contemplado ». Por todo esto, antes de preparar concretamente lo que uno va a decir en la predicación, primero tiene que aceptar ser herido por esa Palabra que herirá a los demás, porque es una Palabra viva y eficaz, que como una espada, « penetra hasta la división del alma y el espíritu, articulaciones y médulas, y escruta los sentimientos y pensamientos del co­razón » (Hb 4,12). Esto tiene un valor pastoral. También en esta época la gente prefiere escuchar a los testigos: « tiene sed de autenticidad […] Exige a los evangelizadores que le hablen de un Dios a quien ellos conocen y tratan familiarmen­te como si lo estuvieran viendo »

4. La lectura espiritual

Hay una forma concreta de escuchar lo que el Señor nos quiere decir en su Palabra y de dejarnos transformar por el Espíritu. Es lo que llamamos « lectio divina ». Consiste en la lectura de la Palabra de Dios en un momento de oración para permitirle que nos ilumine y nos renueve. En esta lectura es clave “sentir y gustar” (camino de la Belleza, le llama el Papa) el Kerygma, el anuncio del amor salvífico de Jesús muerto y resucitado por nosotros. Esto es” previo a la obligación moral y religiosa, que no imponga la verdad y que apele a la libertad, que posea unas notas de alegría, estímulo, vitalidad, y una integralidad armoniosa que no reduzca la predicación a unas pocas doctrinas a veces más filosóficas que evangélicas” (EG 165). Este camino utiliza el “lenguaje parabólico”, que narra las maravillas de Dios y contagia fervor, más que el lenguaje abstracto de los moralistas que imponen deberes.

Momento de Contemplación

Hna Marta Irigoy md

ADORACIÓN:

  • El Señor me ha traído para estar hoy aquí.
  • Él me espera y me recibe como estoy y como vengo. El me conoce profundamente. Sabe lo que “HOY” estoy necesitando.
  • Voy acallando mis ruidos, voy dando paso al silencio.
  • Vengo a descansar junto al Señor.
  • Siento su cercanía. El Señor me mira.
  • Tomo conciencia de que “El mirar de Dios es amar” –san Juan de la Cruz-

 

  • Vamos a iluminar este momento de Adoración, con EG  N° 264:

 El encuentro personal con el amor de Jesús que nos salva  Nos dice el Papa Francisco: “La primera motivación para evangelizar es el amor de Jesús que hemos recibido, esa experiencia de ser salvados por Él que nos mueve a amarlo siempre más.  Pero ¿qué amor es ese que no siente la necesidad de hablar del ser amado, de mostrarlo, de hacerlo conocer?  Si no sentimos el intenso deseo de comunicarlo, necesitamos detenernos en oración para pedirle a Él que vuelva a cautivarnos. Nos hace falta clamar cada día, pedir su gracia para que nos abra el corazón frío y sacuda nuestra vida tibia y superficial.  Puestos ante Él con el corazón abierto, dejando que Él nos contemple, reconocemos esa mirada de amor que descubrió Natanael el día que Jesús se hizo presente y le dijo: «Cuando estabas debajo de la higuera, te vi» (Jn 1,48).   ¡Qué dulce es estar frente a un crucifijo, o de rodillas delante del Santísimo, y simplemente ser ante sus ojos! ¡Cuánto bien nos hace dejar que Él vuelva a tocar nuestra existencia y nos lance a comunicar su vida nueva! Entonces, lo que ocurre es que, en definitiva, «lo que hemos visto y oído es lo que anunciamos» (1 Jn 1,3).  La mejor motivación para decidirse a comunicar el Evangelio es contemplarlo con amor, es detenerse en sus páginas y leerlo con el corazón. Si lo abordamos de esa manera, su belleza nos asombra, vuelve a cautivarnos una y otra vez.  Para eso urge recobrar un espíritu contemplativo, que nos permita redescubrir cada día que somos depositarios de un bien que humaniza, que ayuda a llevar una vida nueva. No hay nada mejor para transmitir a los demás”.   Una ayuda…

  • Déjate contemplar por Jesús que en la Eucaristía, te mira amándote…
  • Descansa…
  • Déjate amar…
  • Déjate enviar…

EL ANUNCIO DEL EVANGELIO

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Evangelizar, anunciar con una predicación alegre, paciente y progresiva, que Jesús ha muerto y resucitado para darnos vida, debe ser nuestra prioridad absoluta. Y esto vale para todos los que amamos a Jesús (EG 110).

Juan Pablo II decía esto de la predicación alegre, paciente y progresiva. Pablo VI hablaba de “la dulce y confortadora tarea de evangelizar”. Pablo decía: “Ay de mi si no evangelizara”.  El Papa Francisco dice que tenemos que evangelizar “incluso con palabras”, para decir que el testimonio de nuestras obras de misericordia y de justicia es el lenguaje que entiende el hombre de hoy.

CAMBIAR NUESTRA MENTALIDAD INDIVIDUALISTA A UNA MENTALIDAD DE PUEBLO FIEL DE DIOS

Ahora bien, hay un punto en el que creo que Francisco nos invita a dar un paso adelante en nuestra manera de concebir la evangelización. Uno puede leer este capítulo III y notar los temas: Todo el Pueblo de Dios anuncia el evangelio, la homilía, con palabras que hacen arder el corazón, la preparación de la predica “con un oído en el pueblo”, el acompañamiento personal de los procesos de crecimiento en la fe… Como vemos, los temas son muy inspiradores y se leen con gusto y provecho y esa es tarea de cada uno, la de hacer su lectura personal de la Alegría del Evangelio.

Lo que nos toca hacer en este rato de meditación es reflexionar en algunas cosas nuevas que propone Francisco. Para lo cual hay que tomar conciencia de un tipo de mentalidad que no ayuda al anuncio del Evangelio y valorar los cambios de mentalidad tal como los ve y los expresa Francisco. El Papa propone explícitamente que nos detengamos un poco en esta forma de entender la Iglesia –como pueblo fiel de Dios.

¿Cuál es la mentalidad que tenemos que cambiar?  En el parágrafo “Persona a persona”, donde nos dice que ser discípulo de Jesús implica una disposición permanente a llevar a otros el amor del Señor en cualquier lugar y mediante un diálogo personal (EG 1278), el Papa hace notar que: “Si el Evangelio se ha encarnado un una cultura, ya no se comunica sólo a través del anuncio persona a persona” (EG 129).

No bastaría con hacer una predicación al estilo de los testigos de Jehová o de los mormones que tocan el timbre en las casa o paran a la gente en la plaza. Nuestro anuncio debe implicar el aspecto cultural. Por ejemplo, en nuestra familia, tenemos que buscar la manera de que la fe se vuelva “tradición familiar”, al estilo de cómo hacemos en familia las cosas lindas, las celebraciones, los paseos, la conversación sobre los temas de todos. En su ámbito de trabajo cada uno tiene que preocuparse por confrontar los valores del evangelio con los que se viven entre sus compañeros. Esto hará que la prédica no sea “descolgada” o de algo “puramente espiritual” sino de un evangelio encarnado, que asume los desafíos del mundo y responde a sus inquietudes con propuestas superadoras. En el Hogar, por ejemplo, desarrollamos un trabajo constante para que nuestro lenguaje y nuestras estructuras sean evangélicas. No es lo mismo utilizar la palabra “asistidos” que la palabra “huéspedes y comensales”. Estas últimas tienen sabor evangélico y hacen que al nombrar a una persona como “huésped” se modifique mi actitud: esa palabra me pone en un dinamismo de acogida, me hace sentir lo lindo que es honrar al huésped… Por otro lado, hay palabras que vienen de lo social y que son mejores que otras. Usuario parece más impersonal que beneficiario. Sin embargo es más digno considerar que el otro es un usuario de nuestros servicios con todo derecho, tal como nosotros somos usuarios del agua corriente y de la luz y el gas, y no un beneficiario, como si fueran servicios que se le brindan por caridad. Uno no se siente “beneficiario” de los servicios básicos y bien que se indigna cuando le cortan la luz.

La reflexión sobre este aspecto “cultural” del Evangelio, nos lleva a reflexionar acerca quién es el que evangeliza y a oponer a nuestra mentalidad individualista una nueva mentalidad: es todo el pueblo de Dios el que anuncia el Evangelio.

 1. TODO EL PUEBLO DE DIOS ANUNCIA EL EVANGELIO

1.1.           LA PRIMACÍA DE LA GRACIA ES PERMANENTE E ILUMINA TODAS NUESTRAS REFLEXIONES SOBRE LA EVANGELIZACIÓN

La primera consideración que hace el Papa es acerca de la gracia de Dios. Al poner el principio de la “primacía de la gracia” como faro que ilumina nuestras reflexiones, el Papa quiere que tomemos conciencia de que tenemos un encargo muy especial y para llevarlo adelante somos un sujeto comunitario: se nos confía la misión de anunciar el evangelio pero no como un producto ya elaborado que tendríamos que administrar nosotros individualmente, sino como algo vivo que sigue estando bajo la iniciativa de la acción de Dios. Esto implica apertura de mente para estar atentos, por ejemplo, a si Dios quiere abrir más –si esto fuera posible la puerta de su Misericordia. Es clave esto de que la primacía de la gracia es algo permanente y constante. No es que Dios tuvo manga ancha al comienzo (incorporando paganos y pueblos enteros) y ahora, como ya está todo legislado, estamos atados de manos para incorporar a algunos.

1.2.           LA GRACIA ES PARA TODOS

Otra característica de la gracia de Dios es que es para todos. El Padre no quiere que se pierda ninguno de sus pequeñitos, Jesús dio su vida para salvar a todos. Este todos no se da como suma de individuos sino que ya desde el comienzo, se da comunitariamente. El Señor predica a todo el pueblo al mismo tiempo que va llama a sus discípulos de a dos y los integra en el grupo de los doce y en el de los 72. La semilla de la comunidad está sembrada desde el comienzo y la meta es “hacer discípulos a todos los pueblos.

Valorar que hemos sido llamados dentro de un pueblo y que somos enviados a todos los pueblos, esta “mentalidad de pueblo fiel de Dios, diríamos, tiene muchas consecuencias.

 

 2. CONSECUENCIAS QUE BROTAN DE UNA MENTALIDAD DE PUEBLO FIEL

2.1.           NO HAY ELITISMOS EN LA FE

Una primera consecuencia, diría, va contra toda mentalidad elitista: “Jesús no dice a los Apóstoles que formen un grupo exclusivo, un grupo de élite” (EG 113). La gracia de la fe y del bautismo es igual para todos. Todos los cristianos tenemos la misma dignidad y recibimos la totalidad de la gracia en su integridad: somos hijos, sacerdotes, profetas y reyes, miembros de un pueblo sacerdotal.

Si hay jerarquía es para ordenar el servicio, cuyo ordenamiento es eminentemente jerárquico. Las gracias, en cambio, son iguales para todos, todos somos pares en esto de recibir la gracia. En todo caso, quién cree más y mejor es algo que sólo Jesús conoce. Y en su vida pública manifestó muchas veces que esta “jerarquía de la fe en Él” era algo totalmente “contracultural”: los más sencillos y los más marginados, e incluso los pecadores, aventajaban en fe a los sabios y poderosos.

Además, la fe y la caridad son esencialmente dinámicas, consisten en actos de fe y actos de caridad, no en una especie de status adquirido.

Esta conciencia, la de que hemos sido admitidos a la Iglesia gratuitamente y siendo pecadores, modifica nuestra actitud ante los demás: “La Iglesia tiene que ser el lugar de la misericordia gratuita, donde todo el mundo pueda sentirse acogido, amado, perdonado y alentado a vivir según la vida buena del Evangelio” (EG 114). Por eso el Papa dice: “Me gustaría decir a aquellos que se sienten lejos de Dios y de la Iglesia, a los que son temerosos o a los indiferentes: ¡El Señor también te llama a ser parte de su pueblo y lo hace con gran respeto y amor!” (EG 113).

2.2.           LA GRACIA SUPONE LA CULTURA, QUE ES EL CORAZÓN DE CADA PUEBLO

Otra consecuencia de cultivar esta mentalidad de Pueblo es una valoración distinta de la cultura, ya que la cultura es el corazón de cada pueblo.

Así como se dice que la gracia supone la naturaleza, también hoy decimos que la gracia supone la cultura. Guardini dice que ya no vivimos más en la naturaleza sino en una “segunda naturaleza” que es la cultura. Por eso es que a ningún hombre lo agarramos en “estado natural”. La cultura, como corazón de cada pueblo, es esa síntesis en la que todos nacemos y vivimos. Aunque hoy el individuo se relacione con todas las culturas a través de los medios, sigue habiendo una síntesis vital que se da en la geografía y en la sociedad política en la que uno vive, estudia y trabaja.

Esto, por un lado, nos hace tomar conciencia de que la Iglesia, al valorar y defender las culturas está defendiendo a los pueblos y a las personas que, para vivir, deben hacerlo como miembros de un pueblo.

Por otro lado, esto apunta a tomar conciencia de que: “El cristianismo no tiene un único modo cultural, sino que, «permaneciendo plenamente uno mismo, en total fidelidad al anuncio evangélico y a la tradición eclesial, llevará consigo también el rostro de tantas culturas y de tantos pueblos en que ha sido acogido y arraigado » (EG 116).

Para evangelizar, es necesario adaptarse a cada cultura, entrar en su corazón, valorar sus rostros.

2.3.           LA DIVERSIDAD CULTURAL NO AMENAZA LA UNIDAD DE LA IGLESIA

Formulando lo mismo desde un punto de vista negativo que hay que combatir, podemos decir que:

* “La diversidad cultural no amenaza la unidad de la Iglesia: el Espíritu construye la comunión y la armonía del pueblo de Dios” (EG 117).

* “Es indiscutible que una sola cultura no agota el misterio de la redención de Cristo”.

* La Iglesia tiene la belleza de este rostro pluriforme.

Esta última frase sintetiza lo dicho de manera positivísima: no sólo no hay amenazas en la diversidad sino que hay suma belleza. Al entrar en diálogo con cada cultura, la fe en Jesucristo se revela como siempre más rica y profunda.

Por eso no hay que sacralizar ninguna cultura: “El mensaje que anunciamos siempre tiene algún ropaje cultural, pero a veces en la Iglesia caemos en la vanidosa sacralización de la propia cultura, con lo cual podemos mostrar más fanatismo que auténtico fervor evangelizador” (EG 118).

Como vemos, el impulso misionero no consiste en traer a todos los pueblos a una cultura sino en inculturar el evangelio en todas las culturas.

Lo que debe procurarse, en definitiva, es que la predicación del Evangelio, expresada con categorías propias de la cultura donde es anunciado, provoque una nueva síntesis con esa cultura” (EG 129).

2.4.           EN VEZ DE UN PESO, UNA AVENTURA

Si uno se anima a mirar las cosas así, lo que parece una tarea imposible –hacer que todos los pueblos adquieran las costumbres de la iglesia occidental se convierte en una aventura fascinante: salir a sembrar el evangelio en cada cultura y acompañar los procesos de crecimiento de cada pueblo en la fe.

 

3. LA GRACIA DE SER PUEBLO DE DIOS QUE EVANGELIZA

3.1. INFALIBILIDAD IN CREDENDO

Profundizando un poco más en esta mentalidad de pueblo fiel de Dios ayuda tomar conciencia de una gracia que tiene este pueblo de Dios.

Expliquémoslo así: aceptar que la fe es Don siempre renovado por la iniciativa del Espíritu, implica algo que podemos formular como “infalibilidad”. No que uno no tenga dudas ni se pueda equivocar sino en el sentido con que Pablo dice: Sé en quién me he confiado”. La fe y la esperanza en Cristo no defraudan. Cuando este don lo ponemos en clave comunitaria decimos que “el pueblo de Dios es infalible in credendo”. El Papa lo expresa así: “En todos los bautizados, desde el primero hasta el último, actúa la fuerza santificadora del Espíritu que impulsa a evangelizar. El Pueblo de Dios es santo por esta unción que lo hace infalible « in credendo ». Esto significa que cuando cree no se equivoca, aunque no encuentre palabras para explicar su fe. El Espíritu lo guía en la verdad y lo conduce a la salvación. Como parte de su misterio de amor hacia la humanidad, Dios dota a la totalidad de los fieles de un instinto de la fe —el sensus fidei— que los ayuda a discernir lo que viene realmente de Dios. La presencia del Espíritu otorga a los cristianos una cierta connaturalidad con las realidades divinas y una sabiduría que los permite captarlas intuitivamente, aunque no tengan el instrumental adecuado para expresarlas con precisión” (EG 119).

3.2. POSIBILIDAD DE SER AL MISMO TIEMPO Y SIEMPRE DISCÍPULOS MISIONEROS

El hecho de recibir evangelio dentro de un pueblo –esto es lo que significa recibirlo dentro de una determinada cultura, con personalidad propia y abierta a las demás y de que ese evangelio esté orientado a todos los pueblos, nos hace ser discípulos misioneros. No como individuos aislados sino como gente que reflexiona en cómo le llegó la fe en Jesús en su cultura y cómo la puede, por eso mismo, compartir con los demás de su cultura y de otras. “Todo cristiano es misionero en la medida en que se ha encontrado con el amor de Dios en Cristo Jesús; ya no decimos que somos « discípulos » y « misioneros », sino que somos siempre «discípulos misioneros». Si no nos convencemos, miremos a los primeros discípulos, quienes inmediatamente después de conocer la mirada de Jesús, salían a proclamarlo gozosos: « ¡Hemos encontrado al Mesías! » (Jn 1,41). La samaritana, apenas salió de su diálogo con Jesús, se convirtió en misionera, y muchos samaritanos creyeron en Jesús « por la palabra de la mujer » (Jn 4,39). También san Pablo, a partir de su encuentro con Jesucristo, « enseguida se puso a predicar que Jesús era el Hijo de Dios » (Hch 9,20). ¿A qué esperamos nosotros?” (EG 120).

3.3. CONCIENCIA DE VIVIR YA DENTRO DE UNA CULTURA EVANGELIZADA

Esta valoración de la fe del pueblo nos lleva directamente a valorar la piedad popular como primer lugar de inculturación exitosa del evangelio. En este sentido, es verdad que el pueblo se evangeliza continuamente a sí mismo”: “Cada porción del Pueblo de Dios, al traducir en su vida el don de Dios según su genio propio, da testimonio de la fe recibida y la enriquece con nuevas expresiones que son elocuentes. Puede decirse que « el pueblo se evangeliza continuamente a sí mismo ». Aquí toma importancia la piedad popular, verdadera expresión de la acción misionera espontánea del Pueblo de Dios. (EG 122).

NO MENOSPRECIAR A LA ESPIRITUALIDAD POPULAR

De allí la importancia de valora y no menospreciar la piedad popular. “En la piedad popular, por ser fruto del Evangelio inculturado, subyace una fuerza activamente evangelizadora que no podemos menospreciar: sería desconocer la obra del Espíritu Santo. Más bien estamos llamados a alentarla y fortalecerla para profundizar el proceso de inculturación que es una realidad nunca acabada. Las expresiones de la piedad popular tienen mucho que enseñarnos y, para quien sabe leerlas, son un lugar teológico al que debemos prestar atención, particularmente a la hora de pensar la nueva evangelización” (EG 126).

CREER COMO EL PUEBLO FIEL QUE DIOS NOS ACOMPAÑA Y NOS AMA

“En el Documento de Aparecida se describen las riquezas que el Espíritu Santo despliega en la piedad popular con su iniciativa gratuita. En ese amado continente, donde gran cantidad de cristianos expresan su fe a través de la piedad popular, los Obispos la llaman también « espiritualidad popular » o « mística popular ». Se trata de una verdadera « espiritualidad encarnada en la cultura de los sencillos ». No está vacía de contenidos, sino que los descubre y expresa más por la vía simbólica que por el uso de la razón instrumental, y en el acto de fe se acentúa más el credere in Deum que el credere Deum”.

El Papa decía hace poco que creer en Dios no es tanto creer que existe sino creer que nos ama, que está presente en nuestra vida. Y en esto nuestro pueblo fiel es maestro.

La espiritualidad popular es « una manera legítima de vivir la fe, un modo de sentirse parte de la Iglesia, y una forma de ser misioneros »; conlleva la gracia de la misionariedad, del salir de sí y del peregrinar: « El caminar juntos hacia los santuarios y el participar en otras manifestaciones de la piedad popular, también llevando a los hijos o invitando a otros, es en sí mismo un gesto evangelizador ».No coartemos ni pretendamos controlar esa fuerza misionera!” (EG 124).

Para entender esta realidad hace falta acercarse a ella con la mirada del Buen Pastor, que no busca juzgar sino amar. Sólo desde la connaturalidad afectiva que da el amor podemos apreciar la vida teologal presente en la piedad de los pueblos cristianos, especialmente en sus pobres (EG 125).

PODER SALIR A ANUNCIAR EL EVANGELIO COMO UNO ES

La confianza en la primacía constante de la gracia que se ofrece a todos los pueblos, con su cultura, hace que uno pueda salir a evangelizar “como uno es”, con virtudes y defectos, como parte de un proceso más grande que lo meramente individual

“En cualquier caso, todos somos llamados a ofrecer a los demás el testimonio explícito del amor salvífico del Señor, que más allá de nuestras imperfecciones nos ofrece su cercanía, su Palabra, su fuerza, y le da un sentido a nuestra vida. Tu corazón sabe que no es lo mismo la vida sin Él; entonces eso que has descubierto, eso que te ayuda a vivir y que te da una esperanza, eso es lo que necesitas comunicar a los otros. Nuestra imperfección no debe ser una excusa; al contrario, la misión es un estímulo constante para no quedarse en la mediocridad y para seguir creciendo. El testimonio de fe que todo cristiano está llamado a ofrecer implica decir como san Pablo: “No es que lo tenga ya conseguido o que ya sea perfecto, sino que continúo mi carrera [...] y me lanzo a lo que está por delante » (Flp 3,12-13)” (EG 121).

EXPERIMENTAR LA UNIDAD DEL ESPÍRITU EN LA DIVERSIDAD DE LOS CARISMAS

Un signo claro de la autenticidad de un carisma es su eclesialita, su capacidad para integrarse armónicamente en la vida del santo Pueblo fiel de Dios para el bien de todos. Una verdadera novedad suscitada por el Espíritu no necesita arrojar sombras sobre otras espiritualidades y dones para afirmarse a sí misma. En la medida en que un carisma dirija mejor su mirada al corazón del Evangelio, más eclesial será su ejercicio. En la comunión, aunque duela, es donde un carisma se vuelve auténtica y misteriosamente fecundo. Si vive este desafío, la Iglesia puede ser un modelo para la paz en el mundo (EG 130).

El Espíritu Santo; sólo Él puede suscitar la diversidad, la pluralidad, la multiplicidad y, al mismo tiempo, realizar la unidad. En cambio, cuando somos nosotros los que pretendemos la diversidad y nos encerramos en nuestros particularismos, en nuestros exclusivismos, provocamos la división y, por otra parte, cuando somos nosotros quienes queremos construir la unidad con nuestros planes humanos, terminamos por imponer la uniformidad, la homologación. Esto no ayuda a la misión de la Iglesia (131).

Diego Fares sj

La transformación misionera de la iglesia

 

El primer capítulo de Evangelii Gaudium nos habla de “la transformación misionera de la Iglesia”. Esta frase contiene un deseo y una certeza. El deseo de convertirnos más y más en iglesia misionera no es sólo un buen deseo. Brota de la fe, de la certeza de que la iglesia es misionera en su raíz misma: somos comunidad de convocados (ecclesia) de llamados por gente que salió a misionar, que salió a buscarnos de entre todos los pueblos.

I. Una Iglesia en salida

La salida ¿a dónde? A las periferias, dice el Papa. Pero así como hay periferias geográficas –los países más pobres del África, Haití; los lugares más pobres de nuestra patria –en el interior y en cada provincia, en las villas…-, y periferias existenciales –las de los nuevos tipos de pobreza y exclusión por motivos de toda índole (raza, género, enfermedad, religión, instrucción…), hay también una periferia “temporal” y es la del presente. La iglesia sale hoy, al presente, tal como está, a buscar hoy a las ovejas perdidas y a evangelizar hoy al que no goza de la luz del evangelio. El presente es el eterno excluido, el lugar de “ahora no puedo, quizás algún día…”. Y esto es lo más anticristiano porque, desde que Cristo venció a la muerte, todo presente puede ser Hogar del misterio del amor y la misericordia de Dios (H. U. von Balthasar).

 

Ahora mismo

La dramática exigencia del presente: esta es quizás la característica más novedosa de Evangelii Gaudium y de Francisco.

La exhortación comienza de modo personalísimos con un “ahora mismo” que nos interpela: “Invito a cada cristiano, en cualquier lugar y situación en que se encuentre, a renovar, ahora mismo su encuentro personal con Jesucristo, o al menos a tomar la decisión de dejarse encontrar con él” (EG 3).

Y termina también despejando el camino para salir hoy: “No digamos que hoy es más difícil; es distinto. Pero aprendamos de los santos que nos han precedido y enfrentaron las dificultades propias de su época. Para ello, os pro­pongo que nos detengamos a recuperar algunas motivaciones que nos ayuden a imitarlos hoy” ( EG 263). Aquello de los Hechos de que “El Señor colaboraba con ellos y confirmaba la Palabra” (Mc 16, 20). Eso también sucede hoy. Se nos invita a descubrirlo” (EG 275). “Su resurrección no es algo del pasado; entraña una fuerza de vida que ha penetrado el mundo” (EG 276). Por eso el ícono final es el de Nuestra Señora de la prontitud, la que sale de su pueblo sin demora para auxiliar a los demás ‘sin demora’ (Lc 1, 39). A Ella le pedimos, como en el Ave María que es la oración delahora”: “consíguenos ahora un nuevo ardor de resucitados para llevar a todos el evangelio de la vida que vence a al muerte” (EG 288).

 El “presente” del evangelio

Hay que saber que el presente del evangelio no es como el del mundo de la ciencias y de la tecnología en el que vivimos inmersos. El presente del evangelio es un tiempo pleno, no fragmentado. Es un presente abierto a lo Alto, a la intervención del Espíritu, no un segundo cerrado en sí mismo que viene empujado por el anterior y al que se lo come el segundo que viene a toda prisa. 

El presente del evangelio se llama “kairós” –momento oportuno de gracia, en el que Dios interviene con su amor para bien nuestro, tiempo pleno porque preparado desde antes de todos los siglos y esperado pacientemente por tantos que creyeron, tiempo fecundo porque abierto a una esperanza sin límites, que no defrauda.

Ese “ahora” de salvación y gracia es todo lo opuesto al tiempo Cronos, que se devora a sus hijos.

El de Dios es el tiempo que da vida y la da hoy.

Se trata de ese tiempo que es superior al espacio, como dice Francisco en uno de sus famosos principios. Esencialmente es un presente cargado de proceso: un presente ampliado en el que se cumple una promesa antigua y se abre otra nueva.

Por eso el cristiano vence al mundo que le dice “no salgas hoy” que es peligroso. No salgas del carril de tu presente, por el que vas seguro, para ayudar al que quedó fuera del camino, porque “perderás tiempo”, te atrapará el tiempo del otro que viene cargado de males pasados que no son culpa tuya y que no tiene futuro. Si te detenés a ayudarlo, te devorará tu tiempo, el poco que tenés para ir a tus cosas. Así habla el mundo, en su lenguaje mudo.

Jesús en cambio dice todo lo contrario: no temas salir de tu presente, yo te espero en el tiempo del otro.

 

Presente materno

La imagen es, nuevamente, la de una Madre de corazón abierto. La cualidad de “estar en el presente” es propia de la mujer y en especial de la madre.

“La Iglesia reconoce el indispensable aporte de la mujer en la sociedad, con una sensibilidad, una intuición y unas capacidades peculiares que suelen ser más propias de las mujeres que de los varones. Por ejemplo, la especial atención femenina hacia los otros, que se expresa de un modo particular, aunque no exclusivo, en la maternidad (….) Es necesario ampliar los espacios para una presencia femenina más incisiva en la Iglesia. Porque « el genio femenino es necesario en todas las expresiones de la vida social; por ello, se ha de garantizar la presencia de las mujeres también en el ámbito laboral » y en los diversos lugares donde se toman las decisiones importantes, tanto en la Iglesia como en las estructuras sociales” (EG 103).

La atención femenina tiene que ver con el presente, con lo real, que es lo actual y lo concreto (no los futuribles, los “habría qué…” que nunca se vuelven realidad).

La capacidad de atención femenina se concentra de modo especial en la atención a un hijo pequeño, pero es beneficioso que se extienda a todas las dimensiones de la realidad, especialmente, como dice el Papa “allí donde se toman las decisiones”. La decisión, podríamos decir,  es el presente por excelencia, porque cuando elegimos se concentra todo un pasado y se abre un futuro nuevo. Pero estamos acostumbrados, quizás demasiado, a pensar que las decisiones se tienen que tomar teniendo en cuenta muchos aspectos abstractos (estadísticas, teorías, proyecciones…). Este es un aspecto pero no el único. Las decisiones tienen que ser afectivas: integrar lo intelectual y lo cordial, lo sensible y lo emocional. En ese sentido, nadie mejor que una madre integra todas estas capacidades humanas a la hora de decidir qué hacer por su hijo. Por supuesto que esto vale si queremos que la realidad tenga calidez de hogar y no frialdad tecnológica buena para que vivan máquinas. Ayer, 5 de mayo, una mamá fue asaltada. La obligaron a bajar del auto con su hijo de ocho años y no esperaron a que bajara a su bebé de un año. Como arrancaron sin hacerle caso ella se colgó de la puerta y luego de arrastrarla varios metros, frenaron e hicieron marcha atrás. Como vieron que no se soltaba, le permitieron sacar a su hijito y luego se escaparon. Pensaba ¿qué luz se les hizo en el cerebro a estos descerebrados a quienes no les importa nada de lo que otro diga. Algo les hizo entrar en razón, al menos de conveniencia: para qué llevarse a un bebé que sólo les ocasionaría molestias y despertaría sospechas? La determinación total de la madre, con su “locura” fue lo que les hizo entrar en razón por un instante. El ejemplo viene al caso no por el heroísmo de la mamá ni pensando en que se pueden sacar conclusiones generales sino para marcar el modo de aferrarse de la mujer a lo concreto y de decidir en el instante con tanta fuerza y determinación que inclina la balanza para el lado del bien.

 

Primerear, involucrarse, acompañar, fructificar y festejar

Las actitudes propias de una Iglesia en salida –primerear, involucrarse, acompañar, dar fruto y festejar -, tienen que ver con el tiempo en todas sus dimensiones, pero son actitudes en las que el “ahora” tiene la primacía. Una fiesta requiere cuidadosa preparación, pero el festejo hay que vivirlo en el momento, el éxito de la fiesta no se da ni antes ni después sino que se vive en tiempo real o no se vive.

El fruto también, requiere tiempo hasta que madura, pero cuando está a punto hay que cosecharlo y saborearlo. También en esto de cosechar y gustar un fruto es decisivo hacerlo en el momento justo.

Lo mismo con el involucrarse, aunque no se trata de algo puntual y momentáneo sino que se el compromiso evangélico es “para siempre”, hay oportunidades que son únicas en las que la invitación del Señor y del prójimo a involucrarnos nos requiere estar atentos y darnos por entero.

El primerear tiene que ver con esto de captar el momento justo en el que el Señor quiere intervenir y el acompañamiento hace que este presente se dilate en el tiempo.

Son actitudes propias del que ama y el amor es siempre actual, eterna novedad, presente continuo.

 II. Pastoral en conversión

Constante actitud de salida

Dice, o mejor, sueña Francisco: “Sueño con una opción misionera capaz de transformarlo todo, para que las costumbres, los estilos, los horarios, el lenguaje y toda estructura eclesial se convierta en un cauce adecuado para la evangelización del mundo actual más que para la autopreservación. La reforma de estructuras que exige la conversión pastoral sólo puede en­tenderse en este sentido: procurar que todas ellas se vuelvan más misioneras, que la pastoral ordi­naria en todas sus instancias sea más expansiva y abierta, que coloque a los agentes pastorales en constante actitud de salida y favorezca así la res­puesta positiva de todos aquellos a quienes Jesús convoca a su amistad” (EG 27).

Se ve lo del presente en la formulación de la salida como “actitud constante”. El Papa no apunta a una reforma de escritorio sino a un cambio de actitud. Salir constantemente implica una valoración del presente, de la realidad, por encima de las ideas. Y este valor de lo real, del presente, hay que formularlo, sino uno no sale.

Lo real vale si existe un plan de salvación para todos. Si no mejor no meterse en “la realidad” cruda, sin mediaciones, porque puede resultar caótico y peligroso.

Lo real es lugar de misión si uno tiene un mensaje para todos y eso es el Evangelio. Si los mensajes son parciales, mejor anunciar en ámbitos ya determinados.

Salir a las periferias vale si hay lugar a donde incluir a los que uno invita. Si no mejor no ir tan lejos.

Y así podemos seguir… Lo que salta a la vista es que para un salir así es imprescindible “rearmarse uno”. La imagen bíblica sería la de David que, cuando decide enfrentar a Goliat, lo primero que tiene que hacer es despojarse de la armadura que le quiere regalar Saúl, porque le impedía moverse, y armarse sólo con su honda y sus cinco piedras, para pelear en nombre de Yahveh.

 

No caminar solos

Si nos fijamos bien en el título del punto II dice: Pastoral “en” conversión. En movimiento de cambiar de dirección: de una pastoral “administrativa” a una pastoral misionera, en la cual, las “armaduras” (estructuras) que no sirven al fin, se deben dejar. Y las nuevas estructuras (el Papa habla de la parroquia, de los movimientos, de los obispos, y del papado mismo) se tendrán que buscar “comunitariamente”: “lo importante es no caminar solos”.

III. Desde el corazón del evangelio

Lo del despojo de armaduras pesadas se ve claro en el punto III en el que se habla de que para salir a las periferias, para llegar a todos ahora, hay que partir “del corazón del evangelio”. No se puede presentar una estructura complicada que por sí misma produzca rechazo y exclusión o demoras. “El problema mayor se produce cuando el mensaje que anunciamos aparece entonces identificado con esos aspectos secundarios que, sin dejar de ser importantes, por sí solos no manifiestan el corazón del mensaje de Jesucristo” (EG 34).

En el corazón del evangelio “lo que resplandece es la belleza del amor salvífico de Dios manifestado en Jesucristo muerto y resucitado” (EG 36). Lo que cuenta es “la fe que se hace activa por la caridad” (Ga 54, 6). El hoy del envío requiere que nos despojemos de todo lo que no es “evangelio”: “no lleven túnica ni bastón ni dinero…”. Si no los reciben en un lugar vayan a otro…

IV. La misión que se encarna en los límites humanos

Es muy interesante la reflexión que hace el Papa sobre algo propio de la realidad que es “la variedad” de pensamientos y posturas: “si se dejan armonizar por el Espíritu son una riqueza” que hace justicia a la Bondad de Dios. El papa cita a Santo Tomás de Aquino, que “remarcaba que la multiplicidad y la variedad « proviene de la intención del primer agente », quien quiso que « lo que faltaba a cada cosa para representar la bondad divina, fuera suplido por las otras », porque su bondad « no podría representarse convenientemente por una sola criatura » (Summa Theologiae I, q. 47, art. 1). Por eso nosotros necesitamos captar la variedad de las cosas en sus múltiples relaciones (cf. Summa Theologiae I, q. 47, art. 2, ad 1; q. 47, art. 3). Por razones análogas, necesitamos escucharnos unos a otros y complementarnos en nuestra captación parcial de la realidad y del Evangelio” (EG 40 nota 47).

Y dice:“A quienes sueñan con una doctrina monolítica defendida por todos sin matices, esto puede parecerles una imperfecta dispersión” (EG 40).

 Es la cuestión del lenguaje, de qué lenguaje hay que usar para impactar en la realidad. Eso es lo que ha logrado Francisco: hacerse escuchar y entender por todos. Esto contra los lenguajes que “son fieles a una formulación pero no entregan la substancia del evangelio” (EG 41). El lenguaje tiene que ver con la realidad, con el presente: hablar lo que ahora se requiere.

V. Una madre de corazón abierto

El Papa especifica más qué significa “salir” poniendo el ejemplo de la puerta abierta: “La Iglesia «en salida» es una Iglesia con las puertas abiertas. Salir hacia los demás para llegar a las periferias humanas no implica correr hacia el mundo sin rumbo y sin sentido. Muchas ve­ces es más bien detener el paso, dejar de lado la ansiedad para mirar a los ojos y escuchar, o re­nunciar a las urgencias para acompañar al que se quedó al costado del camino. A veces es como el padre del hijo pródigo, que se queda con las puertas abiertas para que, cuando regrese, pueda entrar sin dificultad.” (EG 46).

 

Mejor accidentados por salir que enfermos por encerrarnos

Y remata con un ejemplo fuerte para hacernos ver que de verdad quiere que salgamos:

 

“Salgamos, salgamos a ofrecer a todos la vida de Jesucristo. Repito aquí para toda la Iglesia lo que muchas veces he dicho a los sacerdotes y laicos de Buenos Aires: prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades. No quiero una Iglesia preocupada por ser el centro y que termine clausurada en una maraña de obsesiones y procedimientos. Si algo debe inquietarnos santamente y preocupar nuestra conciencia, es que tantos hermanos nuestros vivan sin la fuerza, la luz y el consuelo de la amistad con Jesucristo, sin una comunidad de fe que los contenga, sin un horizonte de sentido y de vida. Más que el temor a equivocarnos, espero que nos mueva el temor a encerrarnos en las estructuras que nos dan una falsa contención, en las normas que nos vuelven jueces implacables, en las costumbres donde nos sentimos tranquilos, mientras afuera hay una multitud hambrienta y Jesús nos repite sin cansarse: « ¡Dadles vosotros de comer! » (Mc 6,37)” (EG 49).

 

Los santos y el presente

A vuelo de pájaro me vienen algunos pensamientos: el sólo por hoy, de San Juan XXIII. El “para amarte, Dios mío, no tengo más que un día: el día de hoy” de Teresita. El “quién sino yo, cuándo sino ahora” de Hurtado, que decía también: “lo que yo entiendo que Cristo haría, eso hacer yo en el momento presente”. La respuesta de Ignacio al mal espíritu que le planteaba muy “racionalmente” si iba a poder aguantar 50 años la vida de penitencia que llevaba en Manresa: “¿Puedes prometerme un minuto de vida? La madre Teresa: ¿cuál es el día más bello? Hoy. Lo de Van Thuan: “Para ser santo es suficiente que tú cumplas, hasta el fondo, tus deberes del momento presente”.

 

 

Tentaciones 4

La tentación siempre ataca una gracia real

Para hablar de “Tentaciones” lo primero que hace el Papa es decir: “Siento una enorme gratitud por la tarea de todos los que trabajan en la Iglesia.  El aporte de la Iglesia en el mundo actual es enorme. Agradezco el hermoso ejemplo que me dan tantos cristianos que ofrecen su vida y su tiempo con alegría. Este testimonio me hace mucho bien y me sostiene en mi propio deseo de superar el egoísmo para entregarme más” (EG 76). Hermosas palabras del Papa que antes de señalar tentaciones agradece la gracia. Es que la tentación siempre es “parásita”, vive de la gracia, el mal si se alimenta de sí mismo se aniquila.

En qué nos enferma el mundo actual

Luego, antes de hablar de las tentaciones “intraeclesiales”, el Papa discierne “los desafíos que enfrentamos en medio de la actual cultura globalizada (…) que nos afecta, y puede limitarnos y condicionarnos e incluso enfermarnos” (EG 77). Entran aquí como marco de referencia para comprender mejor nuestra “fragilidad cultural” las tentaciones de la mentalidad del mundo actual. El Papa nos invita a rechazarlas diciendo cuatro “no”: “No a una economía  de la exclusión. No a la nueva idolatría del dinero. No a un dinero que gobierna en lugar de servir. No a la inequidad que genera violencia”. La exclusión, la inequidad y el gobierno del dios dinero están fuertemente instalados y nos condicionan al punto de llegar a enfermarnos (volvernos débiles). Y esta debilidad es aprovechada por el demonio, que pretende “robarnos” la alegría del evangelio.

Veamos despacio, entonces, qué es esto de “las tentaciones de los agentes pastorales”. Escuchemos sin ruidos, sin esos preconceptos que nos hacen creer que “ya sabemos qué es una tentación y cuáles son las nuestras”. Francisco nos abre un panorama inédito, que llena de luz y de esperanza el corazón del que escucha su voz de buen pastor.

Tentaciones de los agentes pastorales

El Papa pone las cosas en blanco sobre negro. Sí y no. Digamos “sí al desafío de una espiritualidad misionera” y “no nos dejemos robar el entusiasmo misionero”.

Destaco primero esta visión dramática que le viene de los Ejercicios. Cuando Francisco predica cortito, como en Santa Marta, o nos escribe largamente, como en Evangelii Gaudium, hay que prestar atención a sus sí y a sus no. El Papa habla a nuestra afectividad, que integra todo nuestro ser: inteligencia, voluntad, sentidos y sentimientos. La afectividad primero se adhiere o rechaza y luego siente y piensa. O siente y piensa buscando adherirse o rechazar, no como simple espectador.

Francisco busca nuestros sí y nos interpela a decir también “no”. El primer sí  afectivo –con todo- es a una espiritualidad misionera. Es decir a una espiritualidad con envío, con misión, con salida de sí, con la mirada puesta en los demás, en su bien, en el bien que les puede procurar Jesús que nos encarga dar la buena noticia con alegría.

Notemos ahora el no. También es afectivo, con todo, sin titubeos: “no nos dejemos robar”. No nos dejemos robar el entusiasmo misionero” (EG 80). El papa Francisco lo utiliza  7 veces en este punto de las “tentaciones de los agentes pastorales: “No nos dejemos robar la alegría evangelizadora” (EG 83). No nos dejemos robar la esperanza” (EG 86). No nos dejemos robar la comunidad” (EG 92). “No nos dejemos robar el evangelio” (EG 97). “No nos dejemos robar el ideal del amor fraterno” (EG 101). No nos dejemos robar la fuerza misionera” (EG 109).

Se trata de un “No” dirigido al ladrón, al demonio, al mundo, a la mentalidad actual. Es un no a “otro” que activamente nos quiere quitar algo que Jesús nos regaló. Estamos habituados a los no que van contra nuestros malos hábitos: no peques, no aflojes, no te enojes, no te portes mal… Aquí en cambio es un no más actual: no te dejes robar. Y fíjense que en esto actualmente oscilamos entre la resignación (menos mal que sólo te robaron y no te hicieron daño físico) y la ira (linchar al ladrón, patearle la cara al que robó un celular o una cartera).

Con los regalos de Jesús, como la alegría y la paz, que él mismo prometió que “nadie nos podrá quitar”, hay que defenderlos con uñas y dientes. Dejarnos quitar otras cosas (nuestra fama, nuestras ideas, una postura tomada…, pero no la alegría. Una porque son de Jesús, y si nos los roban es porque nos alejamos de alguna manera de su esfera de influencia benéfica y constante, otra porque son para compartir, son un bien común. Ninguna persona nos los puede robar porque son para ellos, los tenemos para dárselos. Sólo el mal espíritu puede querer robar lo que es don. Por eso se lo reconoce: él “milita contra la alegría” como dice Ignacio.

La debilidad que nos vuelve vulnerables

San Ignacio, en una de sus reglas de discernimiento, describe el comportamiento del demonio como el de un ladrón: “Asi mismo se ha (se comporta) como un caudillo, para vencer y robar lo que desea; porque así como un capitán y caudillo del campo (de batalla), asentando su real (sus fuerzas) y mirando las fuerzas o disposición de un castillo, le combate por la parte más flaca; de la misma manera el enemigo de natura humana, rodeando mira en torno todas nuestras virtudes teologales, cardinales y morales; y por donde nos halla más flacos y más necesitados para nuestra salud eterna, por allí nos bate y procura tomarnos” (EE  328).

Esta característica de todo ladrón, de atacarnos por donde nos ve más flacos y necesitados, nos enseña algo de nosotros mismos: donde está nuestra debilidad, nuestra fragilidad. Cuanto más rápido aprendamos esta lección más pronto buscaremos ayuda en el Señor. Fijémonos bien: el mal espíritu no nos ataca por donde somos más malos sino más débiles. Cuando a uno lo roban, una de las primeras reacciones es “culparnos”: qué tonto, qué flojo, qué descuidado… O culpar a los que nos rodean. La buena doctrina nos hace culpar al maligno y buscar ayuda nosotros. Aquí entra la bondad de Jesús y la misericordia infinita del Padre. Por eso no se cansa de perdonarnos: porque sabe que nuestros pecados son causados por un robo del mal espíritu y por una debilidad nuestra. Por eso primero nos defiende, nos sana, nos perdona, no nos culpa. Y una vez que nos saca de las garras del ladrón y enemigo, nos fortalece para que nuestra debilidad no sea de nuevo ocasión de pecado. Pero el Señor apela a la bondad de fondo que hay en nuestro corazón: hemos sido bautizados con su gracia, somos fundamentalmente buenos, buenas personas, hijos suyos. Decían de San Francisco que “detrás de toda maldad sabía descubrir una herida (debilidad) profunda y por eso trataba a la gente (y hasta al lobo) con una ternura que los desarmaba y los convertía en mejores personas.

Así, el Papa Francisco con sus “sí” al don y con sus “no” a los robos del demonio, nos enseña a discernir la lucha espiritual de fondo, la guerra de Dios en la que estamos metidos, para que nos pongamos bajo la bandera de Jesús, de su bondad y protección, y no militemos (inconscientemente) bajo la bandera del enemigo.

El planteo cristiano es: “Que me ha donado Jesús para dar a los demás” –y a ese don le digo “sí”-, y “como me quiere robar y a veces me roba ese don el mal espíritu y cuál es mi parte débil que Jesús tiene que fortalecer”.

Como ven, se trata de un planteo lleno de esperanza, que nos saca de la tristeza egoísta y culposa y del pesimismo estéril. Las tentaciones intraeclesiales quedan enmarcadas dentro de una lucha: por salir a misionar a todos y contra el  enemigo que nos pone trabas. Son tentaciones que afectan a “la alegría del evangelio” en su carácter misionero. Nada de “yo estoy tentado y me jorobo yo” “no puedo dejar que me roben el don que tengo para los demás, especialmente los más pobrecitos que tanto lo necesitan.

Sí al desafío de una espiritualidad misionera

Leamos el punto 79 entero: “Hoy se puede advertir en muchos agentes pastorales, incluso en personas consagradas, una preocupación exacerbada por los espacios perso­nales de autonomía y de distensión, que lleva a vivir las tareas como un mero apéndice de la vida, como si no fueran parte de la propia identidad. Al mismo tiempo, la vida espiritual se confunde con algunos momentos religiosos que brindan cierto alivio pero que no alimentan el encuentro con los demás, el compromiso en el mundo, la pasión evangelizadora. Así, pueden advertirse en muchos agentes evangelizadores, aunque oren, una acentuación del individualismo, una crisis de identidad y una caída del fervor. Son tres males que se alimentan entre sí” (EG 79).

Los “No” de Francisco

En el ámbito de la vida interna de la Iglesia, el papa discierne cuatro tentaciones que son mortales –porque el enemigo siempre apunta al corazón- y tienen algo en común. Así como hemos unido dinero y fariseísmo, que muestran la hilacha por el modo en que se preocupan por la “limpieza terminológica”, me parece que puede ayudar al discernimiento unir “acedia egoísta, pesimismo estéril, mundanidad espiritual y guerras internas”. Las leemos teniendo en cuenta los principios que “centran la mirada en el bien común” y nos “blindan con la paz”.

No a la acedia egoísta y no al pesimismo estéril

Dice el Papa: la acedia pastoral, que hace que “las tareas cansen más de lo razonable, y a veces enfermen”, que uno siente no “un cansancio feliz, sino tenso, pesado, insatisfecho y, en definitiva, no aceptado, esta acedia “puede tener diversos orígenes”.

Uno origen está en no valorar la realidad como superior a las ideas: “Algunos caen en ella por sostener proyectos irrealizables y no vi­vir con ganas lo que buenamente podrían hacer. Otros, por perder el contacto real con el pueblo, en una despersonalización de la pastoral que lleva a prestar más atención a la organización que a las personas, y entonces les entusiasma más la « hoja de ruta » que la ruta misma” (EG 82).

Otro origen está en no valorar el tiempo (que siempre es de Dios) por sobre el espacio: Algunos caen en la acedia “por no aceptar la costosa evolución de los procesos y querer que todo caiga del cielo. Otros, por no saber esperar y querer dominar el ritmo de la vida. El inmediatismo ansioso de estos tiempos hace que los agentes pastorales no toleren fácil­mente lo que signifique alguna contradicción, un aparente fracaso, una crítica, una cruz” (EG 82).

No nos dejemos robar ni la realidad ni el tiempo

Vemos cómo la acedia pastoral y el pesimismo estéril se disciernen por su maltrato de la realidad y del tiempo: al querer dominar espacios se mete a la realidad en moldes ideológicos que desvitalizan: por eso el Papa formula sus “no nos dejemos robar” ni la alegría evangelizadora ni la esperanza, que es como decir: no nos dejemos robar la realidad (la alegría) ni el tiempo (la esperanza). Para Francisco la alegría es alegría de ser: “¡Qué dulce es estar frente a un crucifijo, o de rodillas delante del Santísimo, y simplemente ser ante sus ojos!” (EG 264) . El que nos roba la alegría nos roba la realidad, el presente. Y la esperanza, al abrirnos al futuro del Reino prometido es “creadora de historia” (EG 161). Por eso, el que nos roba la esperanza nos roba la historia, que es como decir nuestra identidad común, como personas y como pueblos. Aquí es decisiva la cita de las palabras de San Juan XXIII en la apertura del Concilio Vaticano II contra los profetas de desgracias: “Nos parece justo disentir de tales profetas de calamidades, avezados a anun­ciar siempre infaustos acontecimientos, como si el fin de los tiempos estuviese inminente. En el presente momento histórico, la Providencia nos está llevando a un nuevo orden de relaciones hu­manas que, por obra misma de los hombres pero más aún por encima de sus mismas intenciones, se encaminan al cumplimiento de planes supe­riores e inesperados; pues todo, aun las humanas adversidades, aquélla lo dispone para mayor bien de la Iglesia » (EG 84 nota 65).

No a la mundanidad espiritual y no a las guerras internas

La mundanidad espiritual y las guerras entre nosotros se disciernen por su maltrato de la unidad y de la totalidad. Dice Francisco: “La mundanidad espiritual lleva a algunos cristia­nos a estar en guerra con otros cristianos que se interponen en su búsqueda de poder, prestigio, placer o seguridad económica” (EG 98). Lo que equivale a decir que se privilegia el conflicto por sobre la unidad.

No nos dejemos robar a nuestros hermanos y a nuestro pueblo

“Además, algunos dejan de vivir una pertenencia cordial a la Iglesia por alimentar un espíritu de « internas ». Más que pertenecer a la Iglesia toda, con su rica diversi­dad, pertenecen a tal o cual grupo que se siente diferente o especial” (EG 98). Lo que equivale a decir que se privilegia la parte por encima del todo, lo sectario por sobre la catolicidad. Son bien explícitos los “no nos dejemos robar” del Papa: no nos dejemos robar la comunidad (EG 92), no nos dejemos robar el amor fraterno (EG 101).  Es decir: no nos dejemos robar a nuestros hermanos! No nos dejemos robar nuestra familia y a nuestro pueblo. No dejemos que nos conviertan en individuos aislados, en huérfanos, en parias…

Estas tentaciones, al igual que las anteriores, se combaten: “ponien­do a la Iglesia en movimiento de salida de sí, de misión centrada en Jesucristo, de entrega a los pobres. ¡Dios nos libre de una Iglesia mundana bajo ropajes espirituales o pastorales! Esta mun­danidad asfixiante se sana tomándole el gusto al aire puro del Espíritu Santo, que nos libera de estar centrados en nosotros mismos, escondidos en una apariencia religiosa vacía de Dios” (EG 97).

La formulación es neta: allí donde hay luchas internas, hay mundanidad espiritual. Y allí donde hay mundanidad espiritual terminan habiendo luchas internas. Mundanidad espiritual es una formulación fuerte, significa la corrupción de lo espiritual bajo apariencia de bien.

No nos dejemos robar la alegría del Evangelio

Esta visión de Francisco que ve ligados un problema ético, diríamos, -el de las guerras internas- con un problema estético –la mundanidad espiritual es vanidosa y busca la propia gloria, la propia belleza-, nos devela lo más sabio del pensamiento de Francisco. Poder traducir en un lenguaje estético las controvertidas cuestiones morales y teóricas que nos dividen es a la vez una gracia gratuita del Espíritu, que lo blindó con esa paz que se trasunta en sonrisa buena, una genialidad del Bergoglio jesuita, imbuido de la espiritualidad de los Ejercicios de San Ignacio, que lo ejercitaron en el arte del discernimiento espiritual que sabe distinguir las alegrías que duran de las pasajeras, y un fruto de un trabajo intelectual de muchos años de lectura y estudio de grandes pensadores como Guardini y Von Balthasar, maestros en esta mirada estética que había desaparecido de nuestro mundo hipertecnificado y autorreferencial.

Una gracia que siempre ha tenido Francisco, como director espiritual, es la de identificar la tentación principal de cada persona, comunidad y situación, y la de decir la palabra justa en el modo justo para que uno mismo se anime a rechazarla y a descubrir la gracia contraria que esa tentación intenta atacar o disminuir. Esto llama la atención en un mundo donde los discursos abstractos, al hablar de moral terminan siendo desvalorizado como moralina imposible de llevar a la vida real.  Francisco discierne desde la gloria de Dios haciendo ver la hipocresía del fariseísmo, que en el fondo no defiende la buena doctrina sino su espacio de poder en el que disfruta riquezas y hace ver que el activista de internas en el fondo no lucha por los intereses de Cristo Jesús sino por los propios, por su propia vanidad.

En el fondo lo que hace el Papa es combatir el mal hablando y obrando desde un punto de vista estético, en sentido balthasariano de la belleza divina. Poner la pequeña llamita de la alegría del evangelio en el centro de los problemas del mundo y de la misión de la Iglesia, a algunos les parece poca cosa. Sin embargo es la llamita del Espíritu que cambió el mundo en Pentecostés. Es pequeña y fácil de soplar, es verdad, pero es real. Y es “fuego que enciende otros fuegos”, en encuentros personales.

Cuando San Ignacio descubrió la diferencia entre la alegría que permanecía en su corazón luego de leer el evangelio y la que se esfumaba apenas cerraba su Tablet de aquel tiempo con aventuras de caballería, cambió su vida para siempre: salió de su “vanidad” y se convirtió en una misión. Dice Ignacio en su Autobiografía que: “se le abrieron un poco los ojos, y empezó a maravillarse de esta diversidad y a hacer reflexión sobre ella. Tomando por experiencia que de unos pensamientos quedaba triste, y de otros alegre, y poco a poco viniendo a conocer la diversidad de los espíritus que se agitaban, el uno del demonio, y el otro de Dios. Este fue el primer discurso que hizo en las cosas de Dios; y después cuando hizo los ejercicios, de aquí comenzó a tomar lumbre para lo de la diversidad de espíritus” (Autobiografía 8).

La música de los Ejercicios Espirituales suena como melodía y ritmo de fondo en toda la Evangelii Gaudium. Por eso más que leerla de corrido hay que “practicarla”, y esto se hace cada vez que el pensamiento baja a una actitud práctica que nos lleva a “salir de nosotros mismos” hacia Dios, en la adoración y hacia el prójimo, junto al cual caminamos como pueblo fiel de Dios, en el servicio.

Diego Fares sj

 

 

 

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