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Diego Fares sj

Centralidad de la Palabra

El capítulo sobre “El anuncio del Evangelio”, termina destacando la centralidad de la palabra en la vida cristiana. Dice Francisco: “No sólo la homilía debe alimentarse de la Palabra de Dios. Toda la evangelización está fundada sobre ella, escuchada, meditada, vivida, celebrada y testimoniada. Las Sagradas Escritu­ras son fuente de la evangelización. Por lo tanto, hace falta formarse continuamente en la escucha de la Palabra. La Iglesia no evangeliza si no se deja continuamente evangelizar. Es indispensa­ble que la Palabra de Dios «sea cada vez más el corazón de toda actividad eclesial ».Nosotros no buscamos a tientas ni necesitamos esperar que Dios nos dirija la palabra, porque realmente « Dios ha hablado, ya no es el gran desconocido sino que se ha mostrado ».  Acojamos el subli­me tesoro de la Palabra revelada (EG 174-5). En nuestros Ejercicios y Encuentros de Oración, a lo largo de estos años, este ha sido nuestro deseo: poner a la Palabra en el corazón de nuestra vida y actividad eclesial. De aquí salió el título “Contemplaciones del Evangelio” para la reflexión semanal que compartimos. La frase del Papa: Nosotros no buscamos a tientas ni necesitamos espera a que Dios nos dirija la palabra porque realmente nos ha hablado” es una linda confirmación para todos los que apreciamos la Palabra. Fíjense lo que dice, que se trata de una “Palabra escuchada, meditada, vivida, celebrada y testimoniada”. De aquí viene que en nuestros Encuentros dediquemos un rato a la escucha y meditación, pero pongamos también un rato de adoración y de celebración eucarística. Jesús es Palabra viva y se requieren todos estos modos de ponernos en contacto con una Palabra así. No se trata sólo de pensar sino que hay que comulgar. Lo del testimonio tiene que ver con nuestras obras. Si lo pensamos bien nuestras obras de caridad y de justicia tienen, cada una, una Palabra evangélica, una bienaventuranza. “Tuve hambre y me diste de comer” es lo que anuncian nuestros comedores; “estaba en situación de calle y me hospedaste” es lo que anuncian nuestros hogares y hospederías; “estuve enfermo y me visitaste” es lo que anuncian nuestras casas de la bondad… Somos, como dice el Papa Contemplativos en la acción y activos en la contemplación. La Palabra no sólo es escuchada sino celebrada y puesta en obras. Y luego: de vuelta a escuchar la Palabra para ajustar mejor nuestras obras a lo que el Señor nos dice. Con esta concepción, que une vida contemplativa y vida activa, creo que podemos leer todo lo que dice el Papa en el punto III, sobre la preparación de la prédica,  como preparación no sólo de la homilía en la misa sino, como preparación de esa “homilía constante” que cada cristiano debe hacer para sostener el espíritu con que cumple sus tareas de voluntario y colaborador en nuestras obras de caridad. Así como el Evangelio que es siempre el mismo, se actualiza al ponerlo en contacto con la vida de cada comunidad en cada época, así también la vida de nuestras obras necesita que cada colaborador medite y saboree la Palabra que funda y anima a esa obra de misericordia para que renueve su espíritu y llegue mejor a las necesidades del hombre de hoy. Un ejemplo: solemos decir que queremos servir “al más pobre de los pobres”. Identificar al “más pobre de los pobres” no es tarea fácil ni cuestión sólo de sentido común. Las nuevas formas de pobreza hacen que necesitemos la mirada de todos y también la mirada de las ciencias que nos ayudan a discernir quién es el que necesita más ayuda. En la casa de la bondad, por ejemplo, pensábamos en los enfermos sin ninguna familia ni cobertura y luego resulta que nos encontramos con algunas familias que son totalmente incontinentes (a veces por problemas síquicos) y el enfermo, contando con recursos, está sumido en una gran pobreza, justamente porque todos piensan que tiene recursos. También se mezcla la pobreza con situaciones de violencia y hay veces en que no podemos ayudar debido a ese problema. Por otro lado, la necesidad de que cada uno y cada grupo nos prediquemos a nosotros mismos tiene que ver con algo tan simple como “predicarnos todo el evangelio, a todos y en el mismo orden”. Porque si no peleamos, no ya entre los que dicen “yo soy de Pablo” o “yo soy de Pedro”, sino los que dicen: los más pobres son los enfermos terminales y los que dicen que son los niños de la villa, los que acentúan la urgencia de ayudar al que está tirado al borde del camino y los que acentúan que se le pague al posadero para que lo cuide… Como ven, necesitamos contemplar la palabra y predicárnosla todos los días para que la letra no sofoque al espíritu.

III. La preparación de la predicación

“La preparación de la predicación – dice Francisco- es una tarea tan importante que conviene dedicarle un tiempo prolongado de estudio, oración, reflexión y creatividad pastoral”.  Leamos lo que sigue pensando no sólo en el sacerdote sino en todos como sujetos activos de esta “predicación”: “Me atrevo a pe­dir que todas las semanas se dedique a esta tarea un tiempo personal y comunitario suficientemen­te prolongado, aunque deba darse menos tiempo a otras tareas también importantes. La confianza en el Espíritu Santo que actúa en la predicación no es meramente pasiva, sino activa y creativa. Im­plica ofrecerse como instrumento (cf. Rm 12,1), con todas las propias capacidades, para que pue­dan ser utilizadas por Dios. Un predicador que no se prepara no es « espiritual »; es deshonesto e irresponsable con los dones que ha recibido” (EG 145). Cuatro actitudes nos propone Francisco para esta preparación.

1. El culto a la verdad

El primer paso, después de invocar al Es­píritu Santo, es prestar toda la atención al texto bíblico, que debe ser el fundamento de la predica­ción. Cuando uno se detiene a tratar de compren­der cuál es el mensaje de un texto, ejercita el « cul­to a la verdad ».Es la humildad del corazón que reconoce que la Palabra siempre nos trasciende, que no somos « ni los dueños, ni los árbitros, sino los depositarios, los heraldos, los servidores ».Esa actitud de humilde y asombrada veneración de la Palabra se expresa deteniéndose a estudiarla con sumo cuidado y con un santo temor de manipularla. Para poder interpretar un texto bíblico hace falta paciencia, abandonar toda ansiedad y darle tiempo, interés y dedicación gratuita. Hay que dejar de lado cualquier preocupación que nos domine para entrar en otro ámbito de se­rena atención. No vale la pena dedicarse a leer un texto bíblico si uno quiere obtener resultados rápidos, fáciles o inmediatos. Por eso, la prepara­ción de la predicación requiere amor. Uno sólo le dedica un tiempo gratuito y sin prisa a las cosas o a las personas que ama; y aquí se trata de amar a Dios que ha querido hablar. A partir de ese amor, uno puede detenerse todo el tiempo que sea ne­cesario, con una actitud de discípulo: « Habla, Se­ñor, que tu siervo escucha » (1 S 3,9). Ante todo conviene estar seguros de com­prender adecuadamente el significado de las pa­labras que leemos. Quiero insistir en algo que parece evidente pero que no siempre es tenido en cuenta: el texto bíblico que estudiamos tie­ne dos mil o tres mil años, su lenguaje es muy distinto del que utilizamos ahora. Por más que nos parezca entender las palabras, que están tra­ducidas a nuestra lengua, eso no significa que comprendemos correctamente cuanto quería ex-presar el escritor sagrado. Son conocidos los di­versos recursos que ofrece el análisis literario: prestar atención a las palabras que se repiten o se destacan, reconocer la estructura y el dinamismo propio de un texto, considerar el lugar que ocu­pan los personajes, etc. Pero la tarea no apunta a entender todos los pequeños detalles de un texto, lo más importante es descubrir cuál es el mensaje principal, el que estructura el texto y le da unidad. Si el predicador no realiza este esfuerzo, es posi­ble que su predicación tampoco tenga unidad ni orden; su discurso será sólo una suma de diversas ideas desarticuladas que no terminarán de movi­lizar a los demás. El mensaje central es aquello que el autor en primer lugar ha querido transmi­tir, lo cual implica no sólo reconocer una idea, sino también el efecto que ese autor ha querido producir. Si un texto fue escrito para consolar, no debería ser utilizado para corregir errores; si fue escrito para exhortar, no debería ser utilizado para adoctrinar; si fue escrito para enseñar algo sobre Dios, no debería ser utilizado para expli­car diversas opiniones teológicas; si fue escrito para motivar la alabanza o la tarea misionera, no lo utilicemos para informar acerca de las últimas noticias. Es verdad que, para entender adecuada­mente el sentido del mensaje central de un texto, es necesario ponerlo en conexión con la ense­ñanza de toda la Biblia, transmitida por la Iglesia. Éste es un principio importante de la interpreta­ción bíblica, que tiene en cuenta que el Espíritu Santo no inspiró sólo una parte, sino la Biblia en­tera, y que en algunas cuestiones el pueblo ha cre­cido en su comprensión de la voluntad de Dios a partir de la experiencia vivida. Así se evitan in­terpretaciones equivocadas o parciales, que nie­guen otras enseñanzas de las mismas Escrituras. Pero esto no significa debilitar el acento propio y específico del texto que corresponde predicar. Uno de los defectos de una predicación tediosa e ineficaz es precisamente no poder transmitir la fuerza propia del texto que se ha proclamado.

2. Un oído en el pueblo

Pongo a continuación el último punto, el de poner un oído en el pueblo, porque me parece que pone en tensión la fidelidad a la Palabra como texto sagrado con la fidelidad a la Palabra encarnada en la vida del pueblo de Dios. “El predicador necesita también poner un oído en el pueblo, para descubrir lo que los fieles necesitan escuchar. Un predicador es un con­templativo de la Palabra y también un contem­plativo del pueblo. De esa manera, descubre « las aspiraciones, las riquezas y los límites, las ma­neras de orar, de amar, de considerar la vida y el mundo, que distinguen a tal o cual conjunto humano », prestando atención « al pueblo concreto con sus signos y símbolos, y respondiendo a las cuestiones que plantea ». “Lo que se procura descubrir es « lo que el Señor desea decir en una determinada circunstancia ».Entonces, la preparación de la predicación se convierte en un ejercicio de discernimiento evangélico, donde se in­tenta reconocer —a la luz del Espíritu— « una llamada que Dios hace oír en una situación histó­rica determinada; en ella y por medio de ella Dios llama al creyente ». La frase: “contemplativos de la Palabra y contemplativos del Pueblo” sintetiza lo que el Papa quiere decir acerca de la contemplación de la Palabra.

3. La personalización de la Palabra

Esta doble contemplación y doble escucha se traduce en lo que Francisco llama la personalización de la Palabra. Así como la Palabra busca convertirse en obras, estas obras no son ONG’s impersonales. La Palabra se personaliza cuando alguien en medio de una comunidad, discierne lo que el Espíritu quiere para el bien común. La señal de la “personalización” es, paradójicamente, la comunidad, el bien de la comunidad, la integración de un carisma con el de los otros. Personalización cristiana es lo más lejano al individualismo. El predicador (y el colaborador) debe ser el primero en te­ner una gran familiaridad personal con la Palabra de Dios: no le basta conocer su aspecto lingüís­tico o exegético, que es también necesario; nece­sita acercarse a la Palabra con un corazón dócil y orante, para que ella penetre a fondo en sus pen­samientos y sentimientos y engendre dentro de sí una mentalidad nueva ». Esta “nueva mentalidad” es lo que nos invita a construir Francisco, dejando que sea la Palabra así contemplada la que la forme. Desear que la Palabra me cambie la mentalidad, me haga un odre nuevo, es lo primero. Después viene el ponerla en práctica. Si no me cambia mi mentalidad, la uso como un parche nuevo en una tela vieja. “Si está vivo este deseo de es­cuchar primero nosotros la Palabra que tenemos que predicar (nos), ésta se transmitirá de una manera u otra al Pueblo fiel de Dios: « de la abundancia del corazón habla la boca » (Mt 12,34). Las lecturas del domingo resonarán con todo su esplendor en el corazón del pueblo si primero resonaron así en el corazón del Pastor. Quien quiera predicar, primero debe estar dispuesto a dejarse conmover por la Palabra y a hacerla carne en su existencia concreta. De esta manera, la predicación consistirá en esa ac­tividad tan intensa y fecunda que es « comunicar a otros lo que uno ha contemplado ». Por todo esto, antes de preparar concretamente lo que uno va a decir en la predicación, primero tiene que aceptar ser herido por esa Palabra que herirá a los demás, porque es una Palabra viva y eficaz, que como una espada, « penetra hasta la división del alma y el espíritu, articulaciones y médulas, y escruta los sentimientos y pensamientos del co­razón » (Hb 4,12). Esto tiene un valor pastoral. También en esta época la gente prefiere escuchar a los testigos: « tiene sed de autenticidad […] Exige a los evangelizadores que le hablen de un Dios a quien ellos conocen y tratan familiarmen­te como si lo estuvieran viendo »

4. La lectura espiritual

Hay una forma concreta de escuchar lo que el Señor nos quiere decir en su Palabra y de dejarnos transformar por el Espíritu. Es lo que llamamos « lectio divina ». Consiste en la lectura de la Palabra de Dios en un momento de oración para permitirle que nos ilumine y nos renueve. En esta lectura es clave “sentir y gustar” (camino de la Belleza, le llama el Papa) el Kerygma, el anuncio del amor salvífico de Jesús muerto y resucitado por nosotros. Esto es” previo a la obligación moral y religiosa, que no imponga la verdad y que apele a la libertad, que posea unas notas de alegría, estímulo, vitalidad, y una integralidad armoniosa que no reduzca la predicación a unas pocas doctrinas a veces más filosóficas que evangélicas” (EG 165). Este camino utiliza el “lenguaje parabólico”, que narra las maravillas de Dios y contagia fervor, más que el lenguaje abstracto de los moralistas que imponen deberes.

Momento de Contemplación

Hna Marta Irigoy md

ADORACIÓN:

  • El Señor me ha traído para estar hoy aquí.
  • Él me espera y me recibe como estoy y como vengo. El me conoce profundamente. Sabe lo que “HOY” estoy necesitando.
  • Voy acallando mis ruidos, voy dando paso al silencio.
  • Vengo a descansar junto al Señor.
  • Siento su cercanía. El Señor me mira.
  • Tomo conciencia de que “El mirar de Dios es amar” –san Juan de la Cruz-

 

  • Vamos a iluminar este momento de Adoración, con EG  N° 264:

 El encuentro personal con el amor de Jesús que nos salva  Nos dice el Papa Francisco: “La primera motivación para evangelizar es el amor de Jesús que hemos recibido, esa experiencia de ser salvados por Él que nos mueve a amarlo siempre más.  Pero ¿qué amor es ese que no siente la necesidad de hablar del ser amado, de mostrarlo, de hacerlo conocer?  Si no sentimos el intenso deseo de comunicarlo, necesitamos detenernos en oración para pedirle a Él que vuelva a cautivarnos. Nos hace falta clamar cada día, pedir su gracia para que nos abra el corazón frío y sacuda nuestra vida tibia y superficial.  Puestos ante Él con el corazón abierto, dejando que Él nos contemple, reconocemos esa mirada de amor que descubrió Natanael el día que Jesús se hizo presente y le dijo: «Cuando estabas debajo de la higuera, te vi» (Jn 1,48).   ¡Qué dulce es estar frente a un crucifijo, o de rodillas delante del Santísimo, y simplemente ser ante sus ojos! ¡Cuánto bien nos hace dejar que Él vuelva a tocar nuestra existencia y nos lance a comunicar su vida nueva! Entonces, lo que ocurre es que, en definitiva, «lo que hemos visto y oído es lo que anunciamos» (1 Jn 1,3).  La mejor motivación para decidirse a comunicar el Evangelio es contemplarlo con amor, es detenerse en sus páginas y leerlo con el corazón. Si lo abordamos de esa manera, su belleza nos asombra, vuelve a cautivarnos una y otra vez.  Para eso urge recobrar un espíritu contemplativo, que nos permita redescubrir cada día que somos depositarios de un bien que humaniza, que ayuda a llevar una vida nueva. No hay nada mejor para transmitir a los demás”.   Una ayuda…

  • Déjate contemplar por Jesús que en la Eucaristía, te mira amándote…
  • Descansa…
  • Déjate amar…
  • Déjate enviar…

EL ANUNCIO DEL EVANGELIO

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Evangelizar, anunciar con una predicación alegre, paciente y progresiva, que Jesús ha muerto y resucitado para darnos vida, debe ser nuestra prioridad absoluta. Y esto vale para todos los que amamos a Jesús (EG 110).

Juan Pablo II decía esto de la predicación alegre, paciente y progresiva. Pablo VI hablaba de “la dulce y confortadora tarea de evangelizar”. Pablo decía: “Ay de mi si no evangelizara”.  El Papa Francisco dice que tenemos que evangelizar “incluso con palabras”, para decir que el testimonio de nuestras obras de misericordia y de justicia es el lenguaje que entiende el hombre de hoy.

CAMBIAR NUESTRA MENTALIDAD INDIVIDUALISTA A UNA MENTALIDAD DE PUEBLO FIEL DE DIOS

Ahora bien, hay un punto en el que creo que Francisco nos invita a dar un paso adelante en nuestra manera de concebir la evangelización. Uno puede leer este capítulo III y notar los temas: Todo el Pueblo de Dios anuncia el evangelio, la homilía, con palabras que hacen arder el corazón, la preparación de la predica “con un oído en el pueblo”, el acompañamiento personal de los procesos de crecimiento en la fe… Como vemos, los temas son muy inspiradores y se leen con gusto y provecho y esa es tarea de cada uno, la de hacer su lectura personal de la Alegría del Evangelio.

Lo que nos toca hacer en este rato de meditación es reflexionar en algunas cosas nuevas que propone Francisco. Para lo cual hay que tomar conciencia de un tipo de mentalidad que no ayuda al anuncio del Evangelio y valorar los cambios de mentalidad tal como los ve y los expresa Francisco. El Papa propone explícitamente que nos detengamos un poco en esta forma de entender la Iglesia –como pueblo fiel de Dios.

¿Cuál es la mentalidad que tenemos que cambiar?  En el parágrafo “Persona a persona”, donde nos dice que ser discípulo de Jesús implica una disposición permanente a llevar a otros el amor del Señor en cualquier lugar y mediante un diálogo personal (EG 1278), el Papa hace notar que: “Si el Evangelio se ha encarnado un una cultura, ya no se comunica sólo a través del anuncio persona a persona” (EG 129).

No bastaría con hacer una predicación al estilo de los testigos de Jehová o de los mormones que tocan el timbre en las casa o paran a la gente en la plaza. Nuestro anuncio debe implicar el aspecto cultural. Por ejemplo, en nuestra familia, tenemos que buscar la manera de que la fe se vuelva “tradición familiar”, al estilo de cómo hacemos en familia las cosas lindas, las celebraciones, los paseos, la conversación sobre los temas de todos. En su ámbito de trabajo cada uno tiene que preocuparse por confrontar los valores del evangelio con los que se viven entre sus compañeros. Esto hará que la prédica no sea “descolgada” o de algo “puramente espiritual” sino de un evangelio encarnado, que asume los desafíos del mundo y responde a sus inquietudes con propuestas superadoras. En el Hogar, por ejemplo, desarrollamos un trabajo constante para que nuestro lenguaje y nuestras estructuras sean evangélicas. No es lo mismo utilizar la palabra “asistidos” que la palabra “huéspedes y comensales”. Estas últimas tienen sabor evangélico y hacen que al nombrar a una persona como “huésped” se modifique mi actitud: esa palabra me pone en un dinamismo de acogida, me hace sentir lo lindo que es honrar al huésped… Por otro lado, hay palabras que vienen de lo social y que son mejores que otras. Usuario parece más impersonal que beneficiario. Sin embargo es más digno considerar que el otro es un usuario de nuestros servicios con todo derecho, tal como nosotros somos usuarios del agua corriente y de la luz y el gas, y no un beneficiario, como si fueran servicios que se le brindan por caridad. Uno no se siente “beneficiario” de los servicios básicos y bien que se indigna cuando le cortan la luz.

La reflexión sobre este aspecto “cultural” del Evangelio, nos lleva a reflexionar acerca quién es el que evangeliza y a oponer a nuestra mentalidad individualista una nueva mentalidad: es todo el pueblo de Dios el que anuncia el Evangelio.

 1. TODO EL PUEBLO DE DIOS ANUNCIA EL EVANGELIO

1.1.           LA PRIMACÍA DE LA GRACIA ES PERMANENTE E ILUMINA TODAS NUESTRAS REFLEXIONES SOBRE LA EVANGELIZACIÓN

La primera consideración que hace el Papa es acerca de la gracia de Dios. Al poner el principio de la “primacía de la gracia” como faro que ilumina nuestras reflexiones, el Papa quiere que tomemos conciencia de que tenemos un encargo muy especial y para llevarlo adelante somos un sujeto comunitario: se nos confía la misión de anunciar el evangelio pero no como un producto ya elaborado que tendríamos que administrar nosotros individualmente, sino como algo vivo que sigue estando bajo la iniciativa de la acción de Dios. Esto implica apertura de mente para estar atentos, por ejemplo, a si Dios quiere abrir más –si esto fuera posible la puerta de su Misericordia. Es clave esto de que la primacía de la gracia es algo permanente y constante. No es que Dios tuvo manga ancha al comienzo (incorporando paganos y pueblos enteros) y ahora, como ya está todo legislado, estamos atados de manos para incorporar a algunos.

1.2.           LA GRACIA ES PARA TODOS

Otra característica de la gracia de Dios es que es para todos. El Padre no quiere que se pierda ninguno de sus pequeñitos, Jesús dio su vida para salvar a todos. Este todos no se da como suma de individuos sino que ya desde el comienzo, se da comunitariamente. El Señor predica a todo el pueblo al mismo tiempo que va llama a sus discípulos de a dos y los integra en el grupo de los doce y en el de los 72. La semilla de la comunidad está sembrada desde el comienzo y la meta es “hacer discípulos a todos los pueblos.

Valorar que hemos sido llamados dentro de un pueblo y que somos enviados a todos los pueblos, esta “mentalidad de pueblo fiel de Dios, diríamos, tiene muchas consecuencias.

 

 2. CONSECUENCIAS QUE BROTAN DE UNA MENTALIDAD DE PUEBLO FIEL

2.1.           NO HAY ELITISMOS EN LA FE

Una primera consecuencia, diría, va contra toda mentalidad elitista: “Jesús no dice a los Apóstoles que formen un grupo exclusivo, un grupo de élite” (EG 113). La gracia de la fe y del bautismo es igual para todos. Todos los cristianos tenemos la misma dignidad y recibimos la totalidad de la gracia en su integridad: somos hijos, sacerdotes, profetas y reyes, miembros de un pueblo sacerdotal.

Si hay jerarquía es para ordenar el servicio, cuyo ordenamiento es eminentemente jerárquico. Las gracias, en cambio, son iguales para todos, todos somos pares en esto de recibir la gracia. En todo caso, quién cree más y mejor es algo que sólo Jesús conoce. Y en su vida pública manifestó muchas veces que esta “jerarquía de la fe en Él” era algo totalmente “contracultural”: los más sencillos y los más marginados, e incluso los pecadores, aventajaban en fe a los sabios y poderosos.

Además, la fe y la caridad son esencialmente dinámicas, consisten en actos de fe y actos de caridad, no en una especie de status adquirido.

Esta conciencia, la de que hemos sido admitidos a la Iglesia gratuitamente y siendo pecadores, modifica nuestra actitud ante los demás: “La Iglesia tiene que ser el lugar de la misericordia gratuita, donde todo el mundo pueda sentirse acogido, amado, perdonado y alentado a vivir según la vida buena del Evangelio” (EG 114). Por eso el Papa dice: “Me gustaría decir a aquellos que se sienten lejos de Dios y de la Iglesia, a los que son temerosos o a los indiferentes: ¡El Señor también te llama a ser parte de su pueblo y lo hace con gran respeto y amor!” (EG 113).

2.2.           LA GRACIA SUPONE LA CULTURA, QUE ES EL CORAZÓN DE CADA PUEBLO

Otra consecuencia de cultivar esta mentalidad de Pueblo es una valoración distinta de la cultura, ya que la cultura es el corazón de cada pueblo.

Así como se dice que la gracia supone la naturaleza, también hoy decimos que la gracia supone la cultura. Guardini dice que ya no vivimos más en la naturaleza sino en una “segunda naturaleza” que es la cultura. Por eso es que a ningún hombre lo agarramos en “estado natural”. La cultura, como corazón de cada pueblo, es esa síntesis en la que todos nacemos y vivimos. Aunque hoy el individuo se relacione con todas las culturas a través de los medios, sigue habiendo una síntesis vital que se da en la geografía y en la sociedad política en la que uno vive, estudia y trabaja.

Esto, por un lado, nos hace tomar conciencia de que la Iglesia, al valorar y defender las culturas está defendiendo a los pueblos y a las personas que, para vivir, deben hacerlo como miembros de un pueblo.

Por otro lado, esto apunta a tomar conciencia de que: “El cristianismo no tiene un único modo cultural, sino que, «permaneciendo plenamente uno mismo, en total fidelidad al anuncio evangélico y a la tradición eclesial, llevará consigo también el rostro de tantas culturas y de tantos pueblos en que ha sido acogido y arraigado » (EG 116).

Para evangelizar, es necesario adaptarse a cada cultura, entrar en su corazón, valorar sus rostros.

2.3.           LA DIVERSIDAD CULTURAL NO AMENAZA LA UNIDAD DE LA IGLESIA

Formulando lo mismo desde un punto de vista negativo que hay que combatir, podemos decir que:

* “La diversidad cultural no amenaza la unidad de la Iglesia: el Espíritu construye la comunión y la armonía del pueblo de Dios” (EG 117).

* “Es indiscutible que una sola cultura no agota el misterio de la redención de Cristo”.

* La Iglesia tiene la belleza de este rostro pluriforme.

Esta última frase sintetiza lo dicho de manera positivísima: no sólo no hay amenazas en la diversidad sino que hay suma belleza. Al entrar en diálogo con cada cultura, la fe en Jesucristo se revela como siempre más rica y profunda.

Por eso no hay que sacralizar ninguna cultura: “El mensaje que anunciamos siempre tiene algún ropaje cultural, pero a veces en la Iglesia caemos en la vanidosa sacralización de la propia cultura, con lo cual podemos mostrar más fanatismo que auténtico fervor evangelizador” (EG 118).

Como vemos, el impulso misionero no consiste en traer a todos los pueblos a una cultura sino en inculturar el evangelio en todas las culturas.

Lo que debe procurarse, en definitiva, es que la predicación del Evangelio, expresada con categorías propias de la cultura donde es anunciado, provoque una nueva síntesis con esa cultura” (EG 129).

2.4.           EN VEZ DE UN PESO, UNA AVENTURA

Si uno se anima a mirar las cosas así, lo que parece una tarea imposible –hacer que todos los pueblos adquieran las costumbres de la iglesia occidental se convierte en una aventura fascinante: salir a sembrar el evangelio en cada cultura y acompañar los procesos de crecimiento de cada pueblo en la fe.

 

3. LA GRACIA DE SER PUEBLO DE DIOS QUE EVANGELIZA

3.1. INFALIBILIDAD IN CREDENDO

Profundizando un poco más en esta mentalidad de pueblo fiel de Dios ayuda tomar conciencia de una gracia que tiene este pueblo de Dios.

Expliquémoslo así: aceptar que la fe es Don siempre renovado por la iniciativa del Espíritu, implica algo que podemos formular como “infalibilidad”. No que uno no tenga dudas ni se pueda equivocar sino en el sentido con que Pablo dice: Sé en quién me he confiado”. La fe y la esperanza en Cristo no defraudan. Cuando este don lo ponemos en clave comunitaria decimos que “el pueblo de Dios es infalible in credendo”. El Papa lo expresa así: “En todos los bautizados, desde el primero hasta el último, actúa la fuerza santificadora del Espíritu que impulsa a evangelizar. El Pueblo de Dios es santo por esta unción que lo hace infalible « in credendo ». Esto significa que cuando cree no se equivoca, aunque no encuentre palabras para explicar su fe. El Espíritu lo guía en la verdad y lo conduce a la salvación. Como parte de su misterio de amor hacia la humanidad, Dios dota a la totalidad de los fieles de un instinto de la fe —el sensus fidei— que los ayuda a discernir lo que viene realmente de Dios. La presencia del Espíritu otorga a los cristianos una cierta connaturalidad con las realidades divinas y una sabiduría que los permite captarlas intuitivamente, aunque no tengan el instrumental adecuado para expresarlas con precisión” (EG 119).

3.2. POSIBILIDAD DE SER AL MISMO TIEMPO Y SIEMPRE DISCÍPULOS MISIONEROS

El hecho de recibir evangelio dentro de un pueblo –esto es lo que significa recibirlo dentro de una determinada cultura, con personalidad propia y abierta a las demás y de que ese evangelio esté orientado a todos los pueblos, nos hace ser discípulos misioneros. No como individuos aislados sino como gente que reflexiona en cómo le llegó la fe en Jesús en su cultura y cómo la puede, por eso mismo, compartir con los demás de su cultura y de otras. “Todo cristiano es misionero en la medida en que se ha encontrado con el amor de Dios en Cristo Jesús; ya no decimos que somos « discípulos » y « misioneros », sino que somos siempre «discípulos misioneros». Si no nos convencemos, miremos a los primeros discípulos, quienes inmediatamente después de conocer la mirada de Jesús, salían a proclamarlo gozosos: « ¡Hemos encontrado al Mesías! » (Jn 1,41). La samaritana, apenas salió de su diálogo con Jesús, se convirtió en misionera, y muchos samaritanos creyeron en Jesús « por la palabra de la mujer » (Jn 4,39). También san Pablo, a partir de su encuentro con Jesucristo, « enseguida se puso a predicar que Jesús era el Hijo de Dios » (Hch 9,20). ¿A qué esperamos nosotros?” (EG 120).

3.3. CONCIENCIA DE VIVIR YA DENTRO DE UNA CULTURA EVANGELIZADA

Esta valoración de la fe del pueblo nos lleva directamente a valorar la piedad popular como primer lugar de inculturación exitosa del evangelio. En este sentido, es verdad que el pueblo se evangeliza continuamente a sí mismo”: “Cada porción del Pueblo de Dios, al traducir en su vida el don de Dios según su genio propio, da testimonio de la fe recibida y la enriquece con nuevas expresiones que son elocuentes. Puede decirse que « el pueblo se evangeliza continuamente a sí mismo ». Aquí toma importancia la piedad popular, verdadera expresión de la acción misionera espontánea del Pueblo de Dios. (EG 122).

NO MENOSPRECIAR A LA ESPIRITUALIDAD POPULAR

De allí la importancia de valora y no menospreciar la piedad popular. “En la piedad popular, por ser fruto del Evangelio inculturado, subyace una fuerza activamente evangelizadora que no podemos menospreciar: sería desconocer la obra del Espíritu Santo. Más bien estamos llamados a alentarla y fortalecerla para profundizar el proceso de inculturación que es una realidad nunca acabada. Las expresiones de la piedad popular tienen mucho que enseñarnos y, para quien sabe leerlas, son un lugar teológico al que debemos prestar atención, particularmente a la hora de pensar la nueva evangelización” (EG 126).

CREER COMO EL PUEBLO FIEL QUE DIOS NOS ACOMPAÑA Y NOS AMA

“En el Documento de Aparecida se describen las riquezas que el Espíritu Santo despliega en la piedad popular con su iniciativa gratuita. En ese amado continente, donde gran cantidad de cristianos expresan su fe a través de la piedad popular, los Obispos la llaman también « espiritualidad popular » o « mística popular ». Se trata de una verdadera « espiritualidad encarnada en la cultura de los sencillos ». No está vacía de contenidos, sino que los descubre y expresa más por la vía simbólica que por el uso de la razón instrumental, y en el acto de fe se acentúa más el credere in Deum que el credere Deum”.

El Papa decía hace poco que creer en Dios no es tanto creer que existe sino creer que nos ama, que está presente en nuestra vida. Y en esto nuestro pueblo fiel es maestro.

La espiritualidad popular es « una manera legítima de vivir la fe, un modo de sentirse parte de la Iglesia, y una forma de ser misioneros »; conlleva la gracia de la misionariedad, del salir de sí y del peregrinar: « El caminar juntos hacia los santuarios y el participar en otras manifestaciones de la piedad popular, también llevando a los hijos o invitando a otros, es en sí mismo un gesto evangelizador ».No coartemos ni pretendamos controlar esa fuerza misionera!” (EG 124).

Para entender esta realidad hace falta acercarse a ella con la mirada del Buen Pastor, que no busca juzgar sino amar. Sólo desde la connaturalidad afectiva que da el amor podemos apreciar la vida teologal presente en la piedad de los pueblos cristianos, especialmente en sus pobres (EG 125).

PODER SALIR A ANUNCIAR EL EVANGELIO COMO UNO ES

La confianza en la primacía constante de la gracia que se ofrece a todos los pueblos, con su cultura, hace que uno pueda salir a evangelizar “como uno es”, con virtudes y defectos, como parte de un proceso más grande que lo meramente individual

“En cualquier caso, todos somos llamados a ofrecer a los demás el testimonio explícito del amor salvífico del Señor, que más allá de nuestras imperfecciones nos ofrece su cercanía, su Palabra, su fuerza, y le da un sentido a nuestra vida. Tu corazón sabe que no es lo mismo la vida sin Él; entonces eso que has descubierto, eso que te ayuda a vivir y que te da una esperanza, eso es lo que necesitas comunicar a los otros. Nuestra imperfección no debe ser una excusa; al contrario, la misión es un estímulo constante para no quedarse en la mediocridad y para seguir creciendo. El testimonio de fe que todo cristiano está llamado a ofrecer implica decir como san Pablo: “No es que lo tenga ya conseguido o que ya sea perfecto, sino que continúo mi carrera [...] y me lanzo a lo que está por delante » (Flp 3,12-13)” (EG 121).

EXPERIMENTAR LA UNIDAD DEL ESPÍRITU EN LA DIVERSIDAD DE LOS CARISMAS

Un signo claro de la autenticidad de un carisma es su eclesialita, su capacidad para integrarse armónicamente en la vida del santo Pueblo fiel de Dios para el bien de todos. Una verdadera novedad suscitada por el Espíritu no necesita arrojar sombras sobre otras espiritualidades y dones para afirmarse a sí misma. En la medida en que un carisma dirija mejor su mirada al corazón del Evangelio, más eclesial será su ejercicio. En la comunión, aunque duela, es donde un carisma se vuelve auténtica y misteriosamente fecundo. Si vive este desafío, la Iglesia puede ser un modelo para la paz en el mundo (EG 130).

El Espíritu Santo; sólo Él puede suscitar la diversidad, la pluralidad, la multiplicidad y, al mismo tiempo, realizar la unidad. En cambio, cuando somos nosotros los que pretendemos la diversidad y nos encerramos en nuestros particularismos, en nuestros exclusivismos, provocamos la división y, por otra parte, cuando somos nosotros quienes queremos construir la unidad con nuestros planes humanos, terminamos por imponer la uniformidad, la homologación. Esto no ayuda a la misión de la Iglesia (131).

Diego Fares sj

La transformación misionera de la iglesia

 

El primer capítulo de Evangelii Gaudium nos habla de “la transformación misionera de la Iglesia”. Esta frase contiene un deseo y una certeza. El deseo de convertirnos más y más en iglesia misionera no es sólo un buen deseo. Brota de la fe, de la certeza de que la iglesia es misionera en su raíz misma: somos comunidad de convocados (ecclesia) de llamados por gente que salió a misionar, que salió a buscarnos de entre todos los pueblos.

I. Una Iglesia en salida

La salida ¿a dónde? A las periferias, dice el Papa. Pero así como hay periferias geográficas –los países más pobres del África, Haití; los lugares más pobres de nuestra patria –en el interior y en cada provincia, en las villas…-, y periferias existenciales –las de los nuevos tipos de pobreza y exclusión por motivos de toda índole (raza, género, enfermedad, religión, instrucción…), hay también una periferia “temporal” y es la del presente. La iglesia sale hoy, al presente, tal como está, a buscar hoy a las ovejas perdidas y a evangelizar hoy al que no goza de la luz del evangelio. El presente es el eterno excluido, el lugar de “ahora no puedo, quizás algún día…”. Y esto es lo más anticristiano porque, desde que Cristo venció a la muerte, todo presente puede ser Hogar del misterio del amor y la misericordia de Dios (H. U. von Balthasar).

 

Ahora mismo

La dramática exigencia del presente: esta es quizás la característica más novedosa de Evangelii Gaudium y de Francisco.

La exhortación comienza de modo personalísimos con un “ahora mismo” que nos interpela: “Invito a cada cristiano, en cualquier lugar y situación en que se encuentre, a renovar, ahora mismo su encuentro personal con Jesucristo, o al menos a tomar la decisión de dejarse encontrar con él” (EG 3).

Y termina también despejando el camino para salir hoy: “No digamos que hoy es más difícil; es distinto. Pero aprendamos de los santos que nos han precedido y enfrentaron las dificultades propias de su época. Para ello, os pro­pongo que nos detengamos a recuperar algunas motivaciones que nos ayuden a imitarlos hoy” ( EG 263). Aquello de los Hechos de que “El Señor colaboraba con ellos y confirmaba la Palabra” (Mc 16, 20). Eso también sucede hoy. Se nos invita a descubrirlo” (EG 275). “Su resurrección no es algo del pasado; entraña una fuerza de vida que ha penetrado el mundo” (EG 276). Por eso el ícono final es el de Nuestra Señora de la prontitud, la que sale de su pueblo sin demora para auxiliar a los demás ‘sin demora’ (Lc 1, 39). A Ella le pedimos, como en el Ave María que es la oración delahora”: “consíguenos ahora un nuevo ardor de resucitados para llevar a todos el evangelio de la vida que vence a al muerte” (EG 288).

 El “presente” del evangelio

Hay que saber que el presente del evangelio no es como el del mundo de la ciencias y de la tecnología en el que vivimos inmersos. El presente del evangelio es un tiempo pleno, no fragmentado. Es un presente abierto a lo Alto, a la intervención del Espíritu, no un segundo cerrado en sí mismo que viene empujado por el anterior y al que se lo come el segundo que viene a toda prisa. 

El presente del evangelio se llama “kairós” –momento oportuno de gracia, en el que Dios interviene con su amor para bien nuestro, tiempo pleno porque preparado desde antes de todos los siglos y esperado pacientemente por tantos que creyeron, tiempo fecundo porque abierto a una esperanza sin límites, que no defrauda.

Ese “ahora” de salvación y gracia es todo lo opuesto al tiempo Cronos, que se devora a sus hijos.

El de Dios es el tiempo que da vida y la da hoy.

Se trata de ese tiempo que es superior al espacio, como dice Francisco en uno de sus famosos principios. Esencialmente es un presente cargado de proceso: un presente ampliado en el que se cumple una promesa antigua y se abre otra nueva.

Por eso el cristiano vence al mundo que le dice “no salgas hoy” que es peligroso. No salgas del carril de tu presente, por el que vas seguro, para ayudar al que quedó fuera del camino, porque “perderás tiempo”, te atrapará el tiempo del otro que viene cargado de males pasados que no son culpa tuya y que no tiene futuro. Si te detenés a ayudarlo, te devorará tu tiempo, el poco que tenés para ir a tus cosas. Así habla el mundo, en su lenguaje mudo.

Jesús en cambio dice todo lo contrario: no temas salir de tu presente, yo te espero en el tiempo del otro.

 

Presente materno

La imagen es, nuevamente, la de una Madre de corazón abierto. La cualidad de “estar en el presente” es propia de la mujer y en especial de la madre.

“La Iglesia reconoce el indispensable aporte de la mujer en la sociedad, con una sensibilidad, una intuición y unas capacidades peculiares que suelen ser más propias de las mujeres que de los varones. Por ejemplo, la especial atención femenina hacia los otros, que se expresa de un modo particular, aunque no exclusivo, en la maternidad (….) Es necesario ampliar los espacios para una presencia femenina más incisiva en la Iglesia. Porque « el genio femenino es necesario en todas las expresiones de la vida social; por ello, se ha de garantizar la presencia de las mujeres también en el ámbito laboral » y en los diversos lugares donde se toman las decisiones importantes, tanto en la Iglesia como en las estructuras sociales” (EG 103).

La atención femenina tiene que ver con el presente, con lo real, que es lo actual y lo concreto (no los futuribles, los “habría qué…” que nunca se vuelven realidad).

La capacidad de atención femenina se concentra de modo especial en la atención a un hijo pequeño, pero es beneficioso que se extienda a todas las dimensiones de la realidad, especialmente, como dice el Papa “allí donde se toman las decisiones”. La decisión, podríamos decir,  es el presente por excelencia, porque cuando elegimos se concentra todo un pasado y se abre un futuro nuevo. Pero estamos acostumbrados, quizás demasiado, a pensar que las decisiones se tienen que tomar teniendo en cuenta muchos aspectos abstractos (estadísticas, teorías, proyecciones…). Este es un aspecto pero no el único. Las decisiones tienen que ser afectivas: integrar lo intelectual y lo cordial, lo sensible y lo emocional. En ese sentido, nadie mejor que una madre integra todas estas capacidades humanas a la hora de decidir qué hacer por su hijo. Por supuesto que esto vale si queremos que la realidad tenga calidez de hogar y no frialdad tecnológica buena para que vivan máquinas. Ayer, 5 de mayo, una mamá fue asaltada. La obligaron a bajar del auto con su hijo de ocho años y no esperaron a que bajara a su bebé de un año. Como arrancaron sin hacerle caso ella se colgó de la puerta y luego de arrastrarla varios metros, frenaron e hicieron marcha atrás. Como vieron que no se soltaba, le permitieron sacar a su hijito y luego se escaparon. Pensaba ¿qué luz se les hizo en el cerebro a estos descerebrados a quienes no les importa nada de lo que otro diga. Algo les hizo entrar en razón, al menos de conveniencia: para qué llevarse a un bebé que sólo les ocasionaría molestias y despertaría sospechas? La determinación total de la madre, con su “locura” fue lo que les hizo entrar en razón por un instante. El ejemplo viene al caso no por el heroísmo de la mamá ni pensando en que se pueden sacar conclusiones generales sino para marcar el modo de aferrarse de la mujer a lo concreto y de decidir en el instante con tanta fuerza y determinación que inclina la balanza para el lado del bien.

 

Primerear, involucrarse, acompañar, fructificar y festejar

Las actitudes propias de una Iglesia en salida –primerear, involucrarse, acompañar, dar fruto y festejar -, tienen que ver con el tiempo en todas sus dimensiones, pero son actitudes en las que el “ahora” tiene la primacía. Una fiesta requiere cuidadosa preparación, pero el festejo hay que vivirlo en el momento, el éxito de la fiesta no se da ni antes ni después sino que se vive en tiempo real o no se vive.

El fruto también, requiere tiempo hasta que madura, pero cuando está a punto hay que cosecharlo y saborearlo. También en esto de cosechar y gustar un fruto es decisivo hacerlo en el momento justo.

Lo mismo con el involucrarse, aunque no se trata de algo puntual y momentáneo sino que se el compromiso evangélico es “para siempre”, hay oportunidades que son únicas en las que la invitación del Señor y del prójimo a involucrarnos nos requiere estar atentos y darnos por entero.

El primerear tiene que ver con esto de captar el momento justo en el que el Señor quiere intervenir y el acompañamiento hace que este presente se dilate en el tiempo.

Son actitudes propias del que ama y el amor es siempre actual, eterna novedad, presente continuo.

 II. Pastoral en conversión

Constante actitud de salida

Dice, o mejor, sueña Francisco: “Sueño con una opción misionera capaz de transformarlo todo, para que las costumbres, los estilos, los horarios, el lenguaje y toda estructura eclesial se convierta en un cauce adecuado para la evangelización del mundo actual más que para la autopreservación. La reforma de estructuras que exige la conversión pastoral sólo puede en­tenderse en este sentido: procurar que todas ellas se vuelvan más misioneras, que la pastoral ordi­naria en todas sus instancias sea más expansiva y abierta, que coloque a los agentes pastorales en constante actitud de salida y favorezca así la res­puesta positiva de todos aquellos a quienes Jesús convoca a su amistad” (EG 27).

Se ve lo del presente en la formulación de la salida como “actitud constante”. El Papa no apunta a una reforma de escritorio sino a un cambio de actitud. Salir constantemente implica una valoración del presente, de la realidad, por encima de las ideas. Y este valor de lo real, del presente, hay que formularlo, sino uno no sale.

Lo real vale si existe un plan de salvación para todos. Si no mejor no meterse en “la realidad” cruda, sin mediaciones, porque puede resultar caótico y peligroso.

Lo real es lugar de misión si uno tiene un mensaje para todos y eso es el Evangelio. Si los mensajes son parciales, mejor anunciar en ámbitos ya determinados.

Salir a las periferias vale si hay lugar a donde incluir a los que uno invita. Si no mejor no ir tan lejos.

Y así podemos seguir… Lo que salta a la vista es que para un salir así es imprescindible “rearmarse uno”. La imagen bíblica sería la de David que, cuando decide enfrentar a Goliat, lo primero que tiene que hacer es despojarse de la armadura que le quiere regalar Saúl, porque le impedía moverse, y armarse sólo con su honda y sus cinco piedras, para pelear en nombre de Yahveh.

 

No caminar solos

Si nos fijamos bien en el título del punto II dice: Pastoral “en” conversión. En movimiento de cambiar de dirección: de una pastoral “administrativa” a una pastoral misionera, en la cual, las “armaduras” (estructuras) que no sirven al fin, se deben dejar. Y las nuevas estructuras (el Papa habla de la parroquia, de los movimientos, de los obispos, y del papado mismo) se tendrán que buscar “comunitariamente”: “lo importante es no caminar solos”.

III. Desde el corazón del evangelio

Lo del despojo de armaduras pesadas se ve claro en el punto III en el que se habla de que para salir a las periferias, para llegar a todos ahora, hay que partir “del corazón del evangelio”. No se puede presentar una estructura complicada que por sí misma produzca rechazo y exclusión o demoras. “El problema mayor se produce cuando el mensaje que anunciamos aparece entonces identificado con esos aspectos secundarios que, sin dejar de ser importantes, por sí solos no manifiestan el corazón del mensaje de Jesucristo” (EG 34).

En el corazón del evangelio “lo que resplandece es la belleza del amor salvífico de Dios manifestado en Jesucristo muerto y resucitado” (EG 36). Lo que cuenta es “la fe que se hace activa por la caridad” (Ga 54, 6). El hoy del envío requiere que nos despojemos de todo lo que no es “evangelio”: “no lleven túnica ni bastón ni dinero…”. Si no los reciben en un lugar vayan a otro…

IV. La misión que se encarna en los límites humanos

Es muy interesante la reflexión que hace el Papa sobre algo propio de la realidad que es “la variedad” de pensamientos y posturas: “si se dejan armonizar por el Espíritu son una riqueza” que hace justicia a la Bondad de Dios. El papa cita a Santo Tomás de Aquino, que “remarcaba que la multiplicidad y la variedad « proviene de la intención del primer agente », quien quiso que « lo que faltaba a cada cosa para representar la bondad divina, fuera suplido por las otras », porque su bondad « no podría representarse convenientemente por una sola criatura » (Summa Theologiae I, q. 47, art. 1). Por eso nosotros necesitamos captar la variedad de las cosas en sus múltiples relaciones (cf. Summa Theologiae I, q. 47, art. 2, ad 1; q. 47, art. 3). Por razones análogas, necesitamos escucharnos unos a otros y complementarnos en nuestra captación parcial de la realidad y del Evangelio” (EG 40 nota 47).

Y dice:“A quienes sueñan con una doctrina monolítica defendida por todos sin matices, esto puede parecerles una imperfecta dispersión” (EG 40).

 Es la cuestión del lenguaje, de qué lenguaje hay que usar para impactar en la realidad. Eso es lo que ha logrado Francisco: hacerse escuchar y entender por todos. Esto contra los lenguajes que “son fieles a una formulación pero no entregan la substancia del evangelio” (EG 41). El lenguaje tiene que ver con la realidad, con el presente: hablar lo que ahora se requiere.

V. Una madre de corazón abierto

El Papa especifica más qué significa “salir” poniendo el ejemplo de la puerta abierta: “La Iglesia «en salida» es una Iglesia con las puertas abiertas. Salir hacia los demás para llegar a las periferias humanas no implica correr hacia el mundo sin rumbo y sin sentido. Muchas ve­ces es más bien detener el paso, dejar de lado la ansiedad para mirar a los ojos y escuchar, o re­nunciar a las urgencias para acompañar al que se quedó al costado del camino. A veces es como el padre del hijo pródigo, que se queda con las puertas abiertas para que, cuando regrese, pueda entrar sin dificultad.” (EG 46).

 

Mejor accidentados por salir que enfermos por encerrarnos

Y remata con un ejemplo fuerte para hacernos ver que de verdad quiere que salgamos:

 

“Salgamos, salgamos a ofrecer a todos la vida de Jesucristo. Repito aquí para toda la Iglesia lo que muchas veces he dicho a los sacerdotes y laicos de Buenos Aires: prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades. No quiero una Iglesia preocupada por ser el centro y que termine clausurada en una maraña de obsesiones y procedimientos. Si algo debe inquietarnos santamente y preocupar nuestra conciencia, es que tantos hermanos nuestros vivan sin la fuerza, la luz y el consuelo de la amistad con Jesucristo, sin una comunidad de fe que los contenga, sin un horizonte de sentido y de vida. Más que el temor a equivocarnos, espero que nos mueva el temor a encerrarnos en las estructuras que nos dan una falsa contención, en las normas que nos vuelven jueces implacables, en las costumbres donde nos sentimos tranquilos, mientras afuera hay una multitud hambrienta y Jesús nos repite sin cansarse: « ¡Dadles vosotros de comer! » (Mc 6,37)” (EG 49).

 

Los santos y el presente

A vuelo de pájaro me vienen algunos pensamientos: el sólo por hoy, de San Juan XXIII. El “para amarte, Dios mío, no tengo más que un día: el día de hoy” de Teresita. El “quién sino yo, cuándo sino ahora” de Hurtado, que decía también: “lo que yo entiendo que Cristo haría, eso hacer yo en el momento presente”. La respuesta de Ignacio al mal espíritu que le planteaba muy “racionalmente” si iba a poder aguantar 50 años la vida de penitencia que llevaba en Manresa: “¿Puedes prometerme un minuto de vida? La madre Teresa: ¿cuál es el día más bello? Hoy. Lo de Van Thuan: “Para ser santo es suficiente que tú cumplas, hasta el fondo, tus deberes del momento presente”.

 

 

Tentaciones 4

La tentación siempre ataca una gracia real

Para hablar de “Tentaciones” lo primero que hace el Papa es decir: “Siento una enorme gratitud por la tarea de todos los que trabajan en la Iglesia.  El aporte de la Iglesia en el mundo actual es enorme. Agradezco el hermoso ejemplo que me dan tantos cristianos que ofrecen su vida y su tiempo con alegría. Este testimonio me hace mucho bien y me sostiene en mi propio deseo de superar el egoísmo para entregarme más” (EG 76). Hermosas palabras del Papa que antes de señalar tentaciones agradece la gracia. Es que la tentación siempre es “parásita”, vive de la gracia, el mal si se alimenta de sí mismo se aniquila.

En qué nos enferma el mundo actual

Luego, antes de hablar de las tentaciones “intraeclesiales”, el Papa discierne “los desafíos que enfrentamos en medio de la actual cultura globalizada (…) que nos afecta, y puede limitarnos y condicionarnos e incluso enfermarnos” (EG 77). Entran aquí como marco de referencia para comprender mejor nuestra “fragilidad cultural” las tentaciones de la mentalidad del mundo actual. El Papa nos invita a rechazarlas diciendo cuatro “no”: “No a una economía  de la exclusión. No a la nueva idolatría del dinero. No a un dinero que gobierna en lugar de servir. No a la inequidad que genera violencia”. La exclusión, la inequidad y el gobierno del dios dinero están fuertemente instalados y nos condicionan al punto de llegar a enfermarnos (volvernos débiles). Y esta debilidad es aprovechada por el demonio, que pretende “robarnos” la alegría del evangelio.

Veamos despacio, entonces, qué es esto de “las tentaciones de los agentes pastorales”. Escuchemos sin ruidos, sin esos preconceptos que nos hacen creer que “ya sabemos qué es una tentación y cuáles son las nuestras”. Francisco nos abre un panorama inédito, que llena de luz y de esperanza el corazón del que escucha su voz de buen pastor.

Tentaciones de los agentes pastorales

El Papa pone las cosas en blanco sobre negro. Sí y no. Digamos “sí al desafío de una espiritualidad misionera” y “no nos dejemos robar el entusiasmo misionero”.

Destaco primero esta visión dramática que le viene de los Ejercicios. Cuando Francisco predica cortito, como en Santa Marta, o nos escribe largamente, como en Evangelii Gaudium, hay que prestar atención a sus sí y a sus no. El Papa habla a nuestra afectividad, que integra todo nuestro ser: inteligencia, voluntad, sentidos y sentimientos. La afectividad primero se adhiere o rechaza y luego siente y piensa. O siente y piensa buscando adherirse o rechazar, no como simple espectador.

Francisco busca nuestros sí y nos interpela a decir también “no”. El primer sí  afectivo –con todo- es a una espiritualidad misionera. Es decir a una espiritualidad con envío, con misión, con salida de sí, con la mirada puesta en los demás, en su bien, en el bien que les puede procurar Jesús que nos encarga dar la buena noticia con alegría.

Notemos ahora el no. También es afectivo, con todo, sin titubeos: “no nos dejemos robar”. No nos dejemos robar el entusiasmo misionero” (EG 80). El papa Francisco lo utiliza  7 veces en este punto de las “tentaciones de los agentes pastorales: “No nos dejemos robar la alegría evangelizadora” (EG 83). No nos dejemos robar la esperanza” (EG 86). No nos dejemos robar la comunidad” (EG 92). “No nos dejemos robar el evangelio” (EG 97). “No nos dejemos robar el ideal del amor fraterno” (EG 101). No nos dejemos robar la fuerza misionera” (EG 109).

Se trata de un “No” dirigido al ladrón, al demonio, al mundo, a la mentalidad actual. Es un no a “otro” que activamente nos quiere quitar algo que Jesús nos regaló. Estamos habituados a los no que van contra nuestros malos hábitos: no peques, no aflojes, no te enojes, no te portes mal… Aquí en cambio es un no más actual: no te dejes robar. Y fíjense que en esto actualmente oscilamos entre la resignación (menos mal que sólo te robaron y no te hicieron daño físico) y la ira (linchar al ladrón, patearle la cara al que robó un celular o una cartera).

Con los regalos de Jesús, como la alegría y la paz, que él mismo prometió que “nadie nos podrá quitar”, hay que defenderlos con uñas y dientes. Dejarnos quitar otras cosas (nuestra fama, nuestras ideas, una postura tomada…, pero no la alegría. Una porque son de Jesús, y si nos los roban es porque nos alejamos de alguna manera de su esfera de influencia benéfica y constante, otra porque son para compartir, son un bien común. Ninguna persona nos los puede robar porque son para ellos, los tenemos para dárselos. Sólo el mal espíritu puede querer robar lo que es don. Por eso se lo reconoce: él “milita contra la alegría” como dice Ignacio.

La debilidad que nos vuelve vulnerables

San Ignacio, en una de sus reglas de discernimiento, describe el comportamiento del demonio como el de un ladrón: “Asi mismo se ha (se comporta) como un caudillo, para vencer y robar lo que desea; porque así como un capitán y caudillo del campo (de batalla), asentando su real (sus fuerzas) y mirando las fuerzas o disposición de un castillo, le combate por la parte más flaca; de la misma manera el enemigo de natura humana, rodeando mira en torno todas nuestras virtudes teologales, cardinales y morales; y por donde nos halla más flacos y más necesitados para nuestra salud eterna, por allí nos bate y procura tomarnos” (EE  328).

Esta característica de todo ladrón, de atacarnos por donde nos ve más flacos y necesitados, nos enseña algo de nosotros mismos: donde está nuestra debilidad, nuestra fragilidad. Cuanto más rápido aprendamos esta lección más pronto buscaremos ayuda en el Señor. Fijémonos bien: el mal espíritu no nos ataca por donde somos más malos sino más débiles. Cuando a uno lo roban, una de las primeras reacciones es “culparnos”: qué tonto, qué flojo, qué descuidado… O culpar a los que nos rodean. La buena doctrina nos hace culpar al maligno y buscar ayuda nosotros. Aquí entra la bondad de Jesús y la misericordia infinita del Padre. Por eso no se cansa de perdonarnos: porque sabe que nuestros pecados son causados por un robo del mal espíritu y por una debilidad nuestra. Por eso primero nos defiende, nos sana, nos perdona, no nos culpa. Y una vez que nos saca de las garras del ladrón y enemigo, nos fortalece para que nuestra debilidad no sea de nuevo ocasión de pecado. Pero el Señor apela a la bondad de fondo que hay en nuestro corazón: hemos sido bautizados con su gracia, somos fundamentalmente buenos, buenas personas, hijos suyos. Decían de San Francisco que “detrás de toda maldad sabía descubrir una herida (debilidad) profunda y por eso trataba a la gente (y hasta al lobo) con una ternura que los desarmaba y los convertía en mejores personas.

Así, el Papa Francisco con sus “sí” al don y con sus “no” a los robos del demonio, nos enseña a discernir la lucha espiritual de fondo, la guerra de Dios en la que estamos metidos, para que nos pongamos bajo la bandera de Jesús, de su bondad y protección, y no militemos (inconscientemente) bajo la bandera del enemigo.

El planteo cristiano es: “Que me ha donado Jesús para dar a los demás” –y a ese don le digo “sí”-, y “como me quiere robar y a veces me roba ese don el mal espíritu y cuál es mi parte débil que Jesús tiene que fortalecer”.

Como ven, se trata de un planteo lleno de esperanza, que nos saca de la tristeza egoísta y culposa y del pesimismo estéril. Las tentaciones intraeclesiales quedan enmarcadas dentro de una lucha: por salir a misionar a todos y contra el  enemigo que nos pone trabas. Son tentaciones que afectan a “la alegría del evangelio” en su carácter misionero. Nada de “yo estoy tentado y me jorobo yo” “no puedo dejar que me roben el don que tengo para los demás, especialmente los más pobrecitos que tanto lo necesitan.

Sí al desafío de una espiritualidad misionera

Leamos el punto 79 entero: “Hoy se puede advertir en muchos agentes pastorales, incluso en personas consagradas, una preocupación exacerbada por los espacios perso­nales de autonomía y de distensión, que lleva a vivir las tareas como un mero apéndice de la vida, como si no fueran parte de la propia identidad. Al mismo tiempo, la vida espiritual se confunde con algunos momentos religiosos que brindan cierto alivio pero que no alimentan el encuentro con los demás, el compromiso en el mundo, la pasión evangelizadora. Así, pueden advertirse en muchos agentes evangelizadores, aunque oren, una acentuación del individualismo, una crisis de identidad y una caída del fervor. Son tres males que se alimentan entre sí” (EG 79).

Los “No” de Francisco

En el ámbito de la vida interna de la Iglesia, el papa discierne cuatro tentaciones que son mortales –porque el enemigo siempre apunta al corazón- y tienen algo en común. Así como hemos unido dinero y fariseísmo, que muestran la hilacha por el modo en que se preocupan por la “limpieza terminológica”, me parece que puede ayudar al discernimiento unir “acedia egoísta, pesimismo estéril, mundanidad espiritual y guerras internas”. Las leemos teniendo en cuenta los principios que “centran la mirada en el bien común” y nos “blindan con la paz”.

No a la acedia egoísta y no al pesimismo estéril

Dice el Papa: la acedia pastoral, que hace que “las tareas cansen más de lo razonable, y a veces enfermen”, que uno siente no “un cansancio feliz, sino tenso, pesado, insatisfecho y, en definitiva, no aceptado, esta acedia “puede tener diversos orígenes”.

Uno origen está en no valorar la realidad como superior a las ideas: “Algunos caen en ella por sostener proyectos irrealizables y no vi­vir con ganas lo que buenamente podrían hacer. Otros, por perder el contacto real con el pueblo, en una despersonalización de la pastoral que lleva a prestar más atención a la organización que a las personas, y entonces les entusiasma más la « hoja de ruta » que la ruta misma” (EG 82).

Otro origen está en no valorar el tiempo (que siempre es de Dios) por sobre el espacio: Algunos caen en la acedia “por no aceptar la costosa evolución de los procesos y querer que todo caiga del cielo. Otros, por no saber esperar y querer dominar el ritmo de la vida. El inmediatismo ansioso de estos tiempos hace que los agentes pastorales no toleren fácil­mente lo que signifique alguna contradicción, un aparente fracaso, una crítica, una cruz” (EG 82).

No nos dejemos robar ni la realidad ni el tiempo

Vemos cómo la acedia pastoral y el pesimismo estéril se disciernen por su maltrato de la realidad y del tiempo: al querer dominar espacios se mete a la realidad en moldes ideológicos que desvitalizan: por eso el Papa formula sus “no nos dejemos robar” ni la alegría evangelizadora ni la esperanza, que es como decir: no nos dejemos robar la realidad (la alegría) ni el tiempo (la esperanza). Para Francisco la alegría es alegría de ser: “¡Qué dulce es estar frente a un crucifijo, o de rodillas delante del Santísimo, y simplemente ser ante sus ojos!” (EG 264) . El que nos roba la alegría nos roba la realidad, el presente. Y la esperanza, al abrirnos al futuro del Reino prometido es “creadora de historia” (EG 161). Por eso, el que nos roba la esperanza nos roba la historia, que es como decir nuestra identidad común, como personas y como pueblos. Aquí es decisiva la cita de las palabras de San Juan XXIII en la apertura del Concilio Vaticano II contra los profetas de desgracias: “Nos parece justo disentir de tales profetas de calamidades, avezados a anun­ciar siempre infaustos acontecimientos, como si el fin de los tiempos estuviese inminente. En el presente momento histórico, la Providencia nos está llevando a un nuevo orden de relaciones hu­manas que, por obra misma de los hombres pero más aún por encima de sus mismas intenciones, se encaminan al cumplimiento de planes supe­riores e inesperados; pues todo, aun las humanas adversidades, aquélla lo dispone para mayor bien de la Iglesia » (EG 84 nota 65).

No a la mundanidad espiritual y no a las guerras internas

La mundanidad espiritual y las guerras entre nosotros se disciernen por su maltrato de la unidad y de la totalidad. Dice Francisco: “La mundanidad espiritual lleva a algunos cristia­nos a estar en guerra con otros cristianos que se interponen en su búsqueda de poder, prestigio, placer o seguridad económica” (EG 98). Lo que equivale a decir que se privilegia el conflicto por sobre la unidad.

No nos dejemos robar a nuestros hermanos y a nuestro pueblo

“Además, algunos dejan de vivir una pertenencia cordial a la Iglesia por alimentar un espíritu de « internas ». Más que pertenecer a la Iglesia toda, con su rica diversi­dad, pertenecen a tal o cual grupo que se siente diferente o especial” (EG 98). Lo que equivale a decir que se privilegia la parte por encima del todo, lo sectario por sobre la catolicidad. Son bien explícitos los “no nos dejemos robar” del Papa: no nos dejemos robar la comunidad (EG 92), no nos dejemos robar el amor fraterno (EG 101).  Es decir: no nos dejemos robar a nuestros hermanos! No nos dejemos robar nuestra familia y a nuestro pueblo. No dejemos que nos conviertan en individuos aislados, en huérfanos, en parias…

Estas tentaciones, al igual que las anteriores, se combaten: “ponien­do a la Iglesia en movimiento de salida de sí, de misión centrada en Jesucristo, de entrega a los pobres. ¡Dios nos libre de una Iglesia mundana bajo ropajes espirituales o pastorales! Esta mun­danidad asfixiante se sana tomándole el gusto al aire puro del Espíritu Santo, que nos libera de estar centrados en nosotros mismos, escondidos en una apariencia religiosa vacía de Dios” (EG 97).

La formulación es neta: allí donde hay luchas internas, hay mundanidad espiritual. Y allí donde hay mundanidad espiritual terminan habiendo luchas internas. Mundanidad espiritual es una formulación fuerte, significa la corrupción de lo espiritual bajo apariencia de bien.

No nos dejemos robar la alegría del Evangelio

Esta visión de Francisco que ve ligados un problema ético, diríamos, -el de las guerras internas- con un problema estético –la mundanidad espiritual es vanidosa y busca la propia gloria, la propia belleza-, nos devela lo más sabio del pensamiento de Francisco. Poder traducir en un lenguaje estético las controvertidas cuestiones morales y teóricas que nos dividen es a la vez una gracia gratuita del Espíritu, que lo blindó con esa paz que se trasunta en sonrisa buena, una genialidad del Bergoglio jesuita, imbuido de la espiritualidad de los Ejercicios de San Ignacio, que lo ejercitaron en el arte del discernimiento espiritual que sabe distinguir las alegrías que duran de las pasajeras, y un fruto de un trabajo intelectual de muchos años de lectura y estudio de grandes pensadores como Guardini y Von Balthasar, maestros en esta mirada estética que había desaparecido de nuestro mundo hipertecnificado y autorreferencial.

Una gracia que siempre ha tenido Francisco, como director espiritual, es la de identificar la tentación principal de cada persona, comunidad y situación, y la de decir la palabra justa en el modo justo para que uno mismo se anime a rechazarla y a descubrir la gracia contraria que esa tentación intenta atacar o disminuir. Esto llama la atención en un mundo donde los discursos abstractos, al hablar de moral terminan siendo desvalorizado como moralina imposible de llevar a la vida real.  Francisco discierne desde la gloria de Dios haciendo ver la hipocresía del fariseísmo, que en el fondo no defiende la buena doctrina sino su espacio de poder en el que disfruta riquezas y hace ver que el activista de internas en el fondo no lucha por los intereses de Cristo Jesús sino por los propios, por su propia vanidad.

En el fondo lo que hace el Papa es combatir el mal hablando y obrando desde un punto de vista estético, en sentido balthasariano de la belleza divina. Poner la pequeña llamita de la alegría del evangelio en el centro de los problemas del mundo y de la misión de la Iglesia, a algunos les parece poca cosa. Sin embargo es la llamita del Espíritu que cambió el mundo en Pentecostés. Es pequeña y fácil de soplar, es verdad, pero es real. Y es “fuego que enciende otros fuegos”, en encuentros personales.

Cuando San Ignacio descubrió la diferencia entre la alegría que permanecía en su corazón luego de leer el evangelio y la que se esfumaba apenas cerraba su Tablet de aquel tiempo con aventuras de caballería, cambió su vida para siempre: salió de su “vanidad” y se convirtió en una misión. Dice Ignacio en su Autobiografía que: “se le abrieron un poco los ojos, y empezó a maravillarse de esta diversidad y a hacer reflexión sobre ella. Tomando por experiencia que de unos pensamientos quedaba triste, y de otros alegre, y poco a poco viniendo a conocer la diversidad de los espíritus que se agitaban, el uno del demonio, y el otro de Dios. Este fue el primer discurso que hizo en las cosas de Dios; y después cuando hizo los ejercicios, de aquí comenzó a tomar lumbre para lo de la diversidad de espíritus” (Autobiografía 8).

La música de los Ejercicios Espirituales suena como melodía y ritmo de fondo en toda la Evangelii Gaudium. Por eso más que leerla de corrido hay que “practicarla”, y esto se hace cada vez que el pensamiento baja a una actitud práctica que nos lleva a “salir de nosotros mismos” hacia Dios, en la adoración y hacia el prójimo, junto al cual caminamos como pueblo fiel de Dios, en el servicio.

Diego Fares sj

 

 

 

La alegría del Evangelio como Principio y Fundamento de nuestra vida

la alegría del evangelio

 

“Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría”

“La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por Él son li­berados del pecado, de la tristeza, del vacío inte­rior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría” (EG 1).

Los 18 puntos de la Introducción a “La alegría del evangelio” se concentran en este primer párrafo, que tiene “sabor a Cristo resucitado”. La perspectiva de “los que se encuentran con Jesús” es la de un encuentro con “Jesús resucitado”, cuyo oficio, como dice Ignacio, es “consolar a sus amigos”. Es que “con Jesucristo siempre “resucita” –nace y renace- la alegría”. Con esta “exhortación” Francisco quiere “consolar a sus amigos, a la Iglesia entera” para que “salga a evangelizar” y a consolar a los demás.

Para los que vivimos la espiritualidad de los Ejercicios es bueno meditar cómo es el camino por el que nos lleva Ignacio. Por un lado es un camino lineal, que parte de la creación, se purifica de los pecados, sigue a Jesucristo y se va identificando con él, con su pasión y resurrección, hasta aprender a “amarlo y servirlo en todas las cosas”. Pero este camino tiene un centro afectivo que es “el gozo de Cristo Resucitado”. Este gozo y esta consolación que nos trae el Señor se expande en los cuatro deseos: de alabar y reverenciar a Dios, de liberarse de los afectos desordenados, de seguir a Jesús y de identificarse con él, eligiendo lo mismo que él elige.

Francisco nos centra en esta dinámica de la alegría de la resurrección, que es propiamente el “evangelio”, la buena nueva anunciada, y nos invita a una serena reflexión sobre la alegría que se renueva y se comunica.

I. Alegría que se renueva y se comunica

La oración de la alegría: “rescátame Señor…”

Cuando la vida interior se clausura en los propios intereses, ya no hay espacio para los demás, ya no entran los pobres, ya no se escucha la voz de Dios, ya no se goza la dulce alegría de su amor, ya no palpita el entusiasmo por hacer el bien” (EG 2) puede brotar entonces “la oración de la alegría”:

« Señor, me he dejado engañar, de mil maneras escapé de tu amor, pero aquí estoy otra vez para renovar mi alianza contigo. Te necesito. Rescátame de nuevo, Señor, acéptame una vez más entre tus brazos redentores » (EG 3).

“Nadie está excluido de la alegría que trajo el Señor” (Pablo VI, Gaudete in Domino 22). El nos permite levantar la cabeza y volver a empezar, con una ternura que nunca nos desilusiona y que siempre puede devolvernos la alegría. No huyamos de la resurrección de Jesús, nunca nos declaremos muertos, pase lo que pase. ¡Que nada pueda más que su vida que nos lanza hacia ade­lante!” (EG 3).

Antiguo Testamento

Entre los párrafos más lindos del AT está el de Sofonías: “Pero quizás la invitación más contagiosa sea la del profeta Sofonías, quien nos muestra al mismo Dios como un centro luminoso de fiesta y de alegría que quiere comunicar a su pueblo ese  gozo salvífico. Me llena de vida releer este texto: « Tu Dios está en medio de ti, poderoso salvador. Él exulta de gozo por ti, te renueva con su amor, y baila por ti con gritos de júbilo » (3,17).

“Es la alegría que se vive en medio de las pe­queñas cosas de la vida cotidiana, como respuesta a la afectuosa invitación de nuestro Padre Dios: « Hijo, en la medida de tus posibilidades trátate bien […] No te prives de pasar un buen día » (Si 14,11.14). ¡Cuánta ternura paterna se intuye de­trás de estas palabras! (EG 4). A esto responde eso tan del Papa de desear “Buon pranzo” a la gente que acude al Ángelus, poniendo esa nota de humanidad y cortesía que tanto bien hace a todos.

Nuevo Testamento: Alegría del Resucitado

Del NT rescatamos las siguientes frases del Señor: “Jesús mismo « se llenó de alegría en el Espíritu Santo » (Lc 10,21). Su mensaje es fuente de gozo: « Os he dicho estas cosas para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría sea plena » (Jn 15,11). Nuestra alegría cristiana bebe de la fuente de su corazón rebosante. Él promete a los discípulos: « Estaréis tristes, pero vuestra tristeza se conver­tirá en alegría » (Jn 16,20). E insiste: « Volveré a veros y se alegrará vuestro corazón, y nadie os podrá quitar vuestra alegría » (Jn 16,22)” (EG 5). 

Alegría de los pequeños

De la vida cotidiana el Papa rescata lo siguiente:

“Puedo decir que los go­zos más bellos y espontáneos que he visto en mis años de vida son los de personas muy pobres que tienen poco a qué aferrarse. También recuerdo la genuina alegría de aquellos que, aun en medio de grandes compromisos profesionales, han sabido conservar un corazón creyente, desprendido y sencillo. De maneras variadas, esas alegrías be­ben en la fuente del amor siempre más grande de Dios que se nos manifestó en Jesucristo”  (EG 7).

 

II. La dulce y confortadora alegría de evan­gelizar 

¿Cómo es que es “dulce y confortadora” la tarea de Evangelizar que nos dejó el Señor: “vayan a todo el mundo y anuncien el evangelio” (Mc 15, 16)? Es que hay tareas y tareas. Tareas que agotan y tareas que renuevan. Las que renuevan son “irradiación” de un bien que hemos recibido y al cual –llenos de fervor y bajo el efecto de la alegría que nos produce-  desarrollamos y compartimos con nuestro trabajo. Lo paradójico de estas tareas –que son como un cuadro que uno pinta o como una fiesta que dos novios preparan, o como un proyecto para los demás que un equipo elabora- es que no agotan sino que realimentan a los que se desgastan en ellas. Por eso son dulces y confortadoras, porque son vida y “la vida se alcanza y madura a medida que se la entrega para dar vida a los otros” (EG 10).

El bien, comunicándose, se arraiga y desarrolla, la vida se acrecienta dándola y en la medida en que se da, se renueva. Jesucristo “siempre puede, con su novedad, renovar nuestra vida y nuestra comunidad. Él puede romper los esquemas aburridos en los cuales pretendemos encerrarlo y nos sorprende con su constante creatividad divina” (EG 11).

“Por consiguiente, un evangelizador no debería tener permanentemente cara de funeral. Recobremos y acrecentemos el fervor, « la dulce y conforta­dora alegría de evangelizar, incluso cuando hay que sembrar entre lágrimas […] Y ojalá el mundo actual —que busca a veces con angustia, a ve­ces con esperanza— pueda así recibir la Buena Nueva, no a través de evangelizadores tristes y desalentados, impacientes o ansiosos, sino a tra­vés de ministros del Evangelio, cuya vida irradia el fervor de quienes han recibido, ante todo en sí mismos, la alegría de Cristo »” (EG 10)

Una eterna novedad

Francisco nos ayuda a redescubrir cómo es que la alegría va unida a la novedad. El Evangelio es Buena nueva, frescura y originalidad, creatividad. Nunca envejece, nos renueva el vigor.

Cuando irrumpe la alegría y nos invade el corazón, la experiencia es de “novedad esperada”. La alegría dice: “no puedo creer que sea verdad, que esté pasando lo que siempre soñé”. Francisco nos hace reflexionar y ver que la novedad es “memoriosa”. El que no tiene memoria no se “sorprende” por nada. La alegría brota cuando, en algo nuevo, vemos que “Él nos amó primero”.  Por eso es que la memoria agradecida prepara la tierra para recibir la novedad del evangelio y la alegría al descubrir lo nuevo remite al recuerdo, al mismo tiempo que nos impulsa a dar un paso adelante y a salir a comunicar a otros el bien recibido.

La neurociencia nos dice que la memoria y los proyectos nuevos se guardan en el mismo lugar de nuestro cerebro. Memoria y esperanza habitan juntas y su hija es la alegría.

III. La nueva evangelización para la transmi­sión de la fe

Los tres tipos de personas a los que se dirige la evangelización.

Los tres niveles: los que tienen fervor, ya sea grande o que debe crecer, los que no experimentan el consuelo de la iglesia y la alegría de la fe, y los que no conocen o han rechazado a Jesús. Cada uno puede identificar en su corazón estas “periferias” que deben ser evangelizadas. La del fervor que puede crecer, saliendo a evangelizar a los demás; la periferia donde por mis pecados o falta de profundidad y de dar tiempo a la oración no siento la consolación del evangelio; las periferias donde mis criterios y mis deseos rechazan a Cristo (cfr. EG 14).

Francisco consolida este nuevo paradigma: la salida misionera es el paradigma de toda obra de la iglesia… “habrá más alegría por un pecador que se convierta (Lc 15, 7) (Cfr. EG 15).

En este paradigma, los temas con más incidencia son:

a) La reforma de la Iglesia en salida misionera.

b) Las tentaciones de los agentes pastorales.

c) La Iglesia entendida como la totalidad del Pueblo de Dios que evangeliza.

d) La homilía y su preparación.

e) La inclusión social de los pobres.

f) La paz y el diálogo social.

g) Las motivaciones espirituales para la tarea misionera.

Estos puntos hacen a un “estilo evangelizador que nos lleva a poder estar siempre alegre en el Señor”(Fil 4,4) (EG 18).

Zaqueo

Zaqueo

Jesús entró en Jericó y atravesaba la ciudad. Vivía allí un hombre llamado Zaqueo, que era jefe de los publicanos y rico. Y buscaba ver a Jesús –quién era-, pero no podía a causa de la multitud, porque era pequeño de estatura.  Entonces echando a correr hasta ponerse adelante subió a una morera para poder verlo, porque Jesús estaba a punto de pasar por allí. Al llegar a ese lugar, Jesús, levantando la mirada, le dijo:  Zaqueo, date prisa en bajar, porque hoy conviene que permanezca en tu casa.»  Zaqueo bajó a toda prisa y lo recibió alegremente. Al ver esto, todos murmuraban, diciendo:  «Entró a hospedarse en casa de un hombre pecador.»  Poniéndose de pie Zaqueo dijo al Señor: «Mira, Señor, voy a dar la mitad de mis bienes a los pobres, y si en algo defraudé a alguno, le restituyo cuatro veces más.»  Y Jesús le dijo:  «Hoy ha venido la salvación a esta casa, ya que también este hombre es un hijo de Abraham, porque el Hijo del hombre vino a buscar y a salvar lo que había perecido» (Lc 19, 1-10).

Momento de reflexión

Diego Fares sj

Zaqueo, el que se adelanta en la fe. Esto de adelantarse es una característica de nuestra cultura, que nos lanza vertiginosamente hacia el futuro. Nos adelantamos al resultado de las elecciones con las proyecciones de las encuestas, al destino del planeta con las predicciones de los ecologistas, a las enfermedades que podemos llegar a tener con los análisis de los médicos… Y si adelantarse tiene una parte buena, también es cierto que a veces nos roba el presente y nos pone ansiosos por controlar un futuro que no está tan en nuestras manos. La actitud de Zaqueo nos indica una manera de adelantarnos que es propia de la fe y que hace muy bien: en vez de inquietar, aquieta, serena, pacifica y hace ver el futuro con esperanza. Zaqueo es maestro en este adelantarse en la fe y puede sernos de provecho escucharlo un rato y que nos cuente cómo su adelantarse en la fe lo llevó a ser más justo y además le alegró la vida.

… Soy Zaqueo, el jefe de publicanos, el rico, el petizo, el hijo de Abraham… como gusten llamarme. Lucas me puso todos los apodos posibles en su evangelio (aunque tuvo la delicadeza de dejar de lado algunos adjetivos que agregaban mis compatriotas…), pero destacó mi nombre propio y les adelanto que estoy orgulloso de ello. Porque limpió mi nombre. Y eso redundó en un bien para mi familia. Sabrán que mi nombre Zaqueo era objeto de burla para mis paisanos. Significa puro. Y que un publicano se llame “Puro” en Jericó es como que un paisano se llame Inocencio en el barrio del Once. La cuestión es que me cargaban… También les diré que después de mi conversión no todos se creyeron eso de que iba a ponerme a trabajar por la justicia, a devolver lo robado… Pero yo lo hice con alegría y a conciencia, lo mejor que pude, y quedé en paz. Mi vida cambió de orientación. Al convertirme a Jesús pasé de buscar cómo podía aprovecharme o defenderme de los otros a tratar de ver cómo podía servirlos.

Pero lo que quiero compartir con ustedes no es tanto la moraleja de mi conversión cuanto su dinamismo, que consistió en una gracia especial de fe que tuve. Creo que Lucas me puso en su evangelio más que todo por eso. Me explico. La fe es algo muy personal. En el evangelio hay algunos ejemplos de fe que sirven como modelo para que otros encuentren la fuente de la suya, para que cada uno sienta que puede animarse a encontrar el pozo y beber del agua viva de su fe, desde su situación concreta y en su manera única de ser. Es que todos somos contemplativos y podemos “cultivar ese deseo de ver a Jesús” que mueve el mundo, aunque no todos lo sepan explícitamente.

Pues bien, la característica de mi fe, por la que me gustaría ser recordado para Gloria del Padre que me la regaló (ya que con esa fe me atrajo a beber del corazón de su Hijo amado, Jesús, el Bendito), es la del adelantarse: una fe que se adelanta, la llamaría.

Es una característica muy especial, lo confieso sin vanidad. De otra manera, un publicano rico y petizo como yo no hubiera entrado en el evangelio. Espero que no me malentiendan. En el evangelio entramos todos, por la gracia de Jesús que atrae a todos y se mete hasta en la casa de los publicanos y las pecadoras. Pero con nombre propio se destacan sólo algunas gracias que son más abarcativas, que son como esa red de Simón Pedro y sus compañeros capaces de pescar gran cantidad de peces.

Y ya que mencioné a Simón Pedro, pienso que puede venir bien comparar una característica de su fe vista desde mi perspectiva. Una característica de la fe de Simón Pedro, para mí, es la instantaneidad. Yo digo que lo admiro en eso porque yo como buen recaudador de impuestos soy muy desconfiado. Esto de lo instantáneo quizás tiene que ver con que él era pescador y en el lago la cosa es así, hay que estar atento y cuando se intuye el banco de peces, hay que tirar la red ahí nomás. Para Pedro la fe es como automática: le basta ver a Jesús –o que Juan le diga “es el Señor”- y ya se zambulló al agua. Escucha la Palabra de Jesús y ya está tirando la red. Así también le va cuando mira para otro lado o escucha los pensamientos del mal espíritu: inmediatamente comienza a hundirse o dice cualquier barbaridad. Pedro es el que tiene que ver y oír al Señor concretamente. Al no ver al Señor en la tumba, se queda pensativo y a la espera. En eso es más como Tomás. Necesita que el Señor lo tome de la mano.

Juan en cambio, según veo yo, tiene una fe más como la de la Madre del Señor: una fe memoriosa, diría. Es el tipo de persona que guarda las cosas en el corazón y las está rumiando todo el tiempo… Eso le permite mirar lo inmediato desde otra perspectiva. Por eso encuentra signos en todas partes. Le basta ver un detalle para reconstruir, en la fe, la totalidad de la figura del Maestro, como cuando vio las vendas y el sudario…: vio y creyó. Así de simple.

La característica de la fe que se me regaló a mí, en cambio, es distinta. Aunque si lo miro bien vendría a ser como complementaria de las otras, si se puede hablar así. Más que instantánea o memoriosa es una fe que se adelanta. Quizás se me regaló por tener alma de negociante, lo cual resultó ser un terreno propicio. En los negocios el que se adelanta gana. Y pareciera que esto mío de correr (como cuando era chico) a subirme a la morera en el lugar por donde sabía que él tenía que pasar, le agradó a Jesús. Por supuesto que él, que sentía todo lo que sucedía a su alrededor, percibió que yo andaba entre la gente deseando verlo y supo que me había adelantado. Y me primereó cuando levantó la vista y se invitó a mi casa, ante el asombro de todos. Es que cuando uno va, el Señor ya fue y volvió. Pero le gusta esto de que uno se le adelante en la fe… Y así como me adelanté a verlo, él se adelantó a invitarse a mi casa, y yo me animé a adelantarme a ofrecer ser más justo… Y él se adelantó a defenderme frente a los que pensaban mal…

Y entramos en esta dinámica tan linda de ade-lantarse a confiar, a invitar y a ofrecer que es tan del estilo de Jesús.

……………….

La fe, así como tiene lo del recordar y lo de ser instantánea, también tiene esto de adelantarse. Es obrar en el presente como si uno ya estuviera en el futuro. Es pedir como ya habiendo recibido la gracia. Como hace un amigo Papa que cuando le pide algo a San José ahí nomás comienza una novena agradeciendo la gracia concedida.

Adelantarse en la fe es levantarse un ratito antes a rezar, como dice el Salmo: “me adelanto a la aurora pidiendo auxilio” y “Señor, tú eres mi Dios, por ti madrugo. Mi alma está sedienta de ti”.

Adelantarse en la fe es pasar por la esquina donde sé que siempre tiene que estar esa persona que espera mi saludo o mi monedita…

Adelantarse en la fe es mirar a las personas con las que me voy a encontrar y rezar antes por ellas, pidiendo a nuestros ángeles de la guarda que nos pongan en sintonía, de buen espíritu, en paz, para colaborar y trabajar en común, como hacía el Beato Fabro, experto en esto de adelantarse.

Adelantarse en la fe es ir a donde sé que Jesús va a estar, a su evangelio, a mi Eucaristía dominical, al libro que sé que me ayuda a meditar, a los ejercicios de año…

Adelantarse en la fe es también rezar con las cosas lindas y buenas del día de hoy –aunque parezcan pequeñitas al lado de todos los problemas y trabajos en los que estamos metidos- como si las viera desde la perspectiva que da el futuro.

Cómo valora uno con el tiempo las pequeñas alegrías de la infancia, esos detalles de cariño de los papás, las alegrías compartidas con los amigos…! Las cosas de Dios, para “verlas” requieren esa destilación que produce el tiempo en la que se van filtrando y decantando los pesares y queda purificado, como oro en el crisol, sólo lo que fue amor.

Pues bien, adelantarse en la fe es mirar también el día de hoy tal como quedará destilado en el futuro de Dios. De eso se trata la Eucaristía, que destila y transforma todo lo que en nosotros es trabajo -pan, vino y agua-, en el Amor de Cristo, adelantando el Banquete del cielo. Por eso se la llama “Primicia” que significa “adelantamiento”.

“Es verdad que, en cuanto respuesta a una Palabra que la precede, la fe de Abrahán será siempre un acto de memoria. Sin embargo, esta memoria no se queda en el pasado, sino que, siendo memoria de una promesa, es capaz de abrir al futuro, de iluminar los pasos a lo largo del camino. De este modo, la fe, en cuanto memoria del futuro, memoria futuri, está estrechamente ligada con la esperanza” (Lumen Fidei, 9).

Momento de contemplación

Hna Marta Irigoy md

“Una Mirada que nos Transforma la Vida”

Palabras del Papa Francisco, en el Angelus del Domingo 31- C

“La página del evangelio de Lucas nos muestra a Jesús que en su camino hacia Jerusalén entra en la ciudad de Jericó. Esta es la última etapa de un viaje que reasume en sí el sentido de toda la vida de Jesús, dedicada a intentar salvar a las ovejas perdidas de la casa de Israel…

Y en Jericó sucedió uno de los hechos más gozosos narrados por san Lucas: la conversión de Zaqueo. Este hombre era una oveja perdida, era despreciado y ‘excomulgado’ porque era un publicano, más aún, el jefe de los publicanos de la ciudad, amigo de los odiados ocupantes romanos, un ladrón y un explotador…

Impedido de acercarse a Jesús, probablemente debido a su mala fama y siendo pequeño de estatura, Zaqueo se trepa a un árbol para poder ver al Maestro que pasa. Este gesto exterior, un poco ridículo, expresa entretanto el acto interior del hombre que intenta ponerse por encima de la multitud para tener un contacto con Jesús. Zaqueo mismo, no entiende el sentido profundo de su gesto, no sabe bien por qué hace esto pero lo hace. Tampoco osa esperar que pueda ser superada la distancia que lo separa del Señor, se resigna a verlo solamente pasar.

Pero Jesús cuando llega cerca de ese árbol lo llama por su nombre: ‘Zaqueo, baja rápido, porque hoy voy a detenerme en tu casa”. Aquel hombre pequeño de estatura, rechazado por todos y distante de Jesús está como perdido en el anonimato. Pero Jesús lo llama y aquel nombre, Zaqueo, en el idioma de aquel tiempo tiene un hermoso significado lleno de alusiones. Zaqueo de hecho significa: Dios recuerda.

Y Jesús va a la casa de Zaqueo, suscitando las críticas de toda la gente de Jericó…sin embargo, en la casa de Zaqueo aquel día entró la alegría, entró la paz, entró la salvación, entró Jesús.

No hay profesión ni condición social, no hay pecado o crimen de cualquier tipo que sea, que pueda borrar de la memoria y del corazón de Dios uno solo de sus hijos. Dios recuerda, siempre, no se olvida de nadie de los que ha creado; él es Padre, siempre a la espera vigilante y amorosa con el deseo de ver renacer en el corazón del hijo el deseo de volver a casa. Y cuando reconoce aquel deseo, aunque fuera solamente dado a entender, y tantas veces casi inconsciente, el está a su lado y con su perdón vuelve más leve el camino de la conversión y del regreso.

Miremos a Zaqueo hoy en el árbol, ridículo, pero es un gesto de salvación, pero yo te digo a ti, si tú tienes un peso sobre tu conciencia, si tú tienes vergüenza de tantas cosas que has cometido, detente un poco, no te asustes, piensa que alguien te espera porque nunca ha dejado de acordarse de ti, de recordarte, y ese es tu Padre Dios. Trépate, como ha hecho Zaqueo, sube sobre el árbol del deseo de ser transformado. Yo les aseguro que no serán desilusionados. Jesús es misericordioso y nunca se cansa de perdonarnos. Así es Jesús.

Para este momento quédate con estas palabras con las que Francisco nos propone un camino hacia la transformación del Corazón…

‒             Dejemos nosotros también que Jesús nos llame por nuestro nombre.

‒             En lo profundo de nuestro corazón escuchemos su voz que nos dice: ‘Hoy tengo que quedarme en tu casa’, yo quiero detenerme en tu casa, en tu corazón, o sea en tu vida.

‒             Recibámoslo con alegría. El puede cambiarnos, puede transformar nuestro corazón de piedra en corazón de carne. Puede liberarnos del egoísmo y hacer de nuestra vida un dono de amor.

‒             Jesús puede hacerlo, déjate mirar por Jesús…

Momento de Reflexión

 Diego Fares sj

Teresa_di_lisieux_1894

Martini, en su librito “En el drama de la incredulidad”, tiene una homilía acerca del modo que encontró Teresita para “Vivir las contrariedades a la luz del Amor misericordioso”.

Dice: “el que en ella se acumulen las contrariedades, resistencias, incomprensiones incluso por parte de la comunidad y de la osturidad por parte de Dios,

 no le originan un bloqueo; Teresa asume todo y crece en la fe.

El centro de la vida y de la doctrina de Teresita es el amor. No, pues, la noche, ni la prueba de la fe, ni los sacrificios, sino el amor misericordioso de Dios ante el cual es hermoso ser pequeño, es hermoso, francamente, ser imperfectos y, paradójicamente, es hermoso ser pecadores, porque así resplandece mejor la misericordia amorosa del Padre. Frente a este amor infinito de Dios, cualquier ocasión, cualquier circunstancia, aunque sea negativa, es, pues, buena para crecer; cualquier contrariedad llega a ser positiva y útil para crecer en el amor.

Transcribimos ahora el tratado sobre la Caridad que compuso Teresita en su enfermedad poniéndolo algunos títulos y remarcando a manera de comentario lo que ayuda a hilar bien su razonamiento, que alumbra y alegra al que quiere, como ella, caminar en el amor.

1. “Dios me dio la gracia de comprender lo que es la caridad”

Este año, Madre mía querida, Dios me ha concedido la gracia de comprender lo que es la caridad.

Tambien antes lo comprendía, es verdad, pero de una manera imperfecta. No había profundizado estas palabras de Jesus: «EI segundo mandamiento es semejante al primero: Amaras a tu prójimo como a ti mismo …Me dedicaba principalmente a amar a Dios.

Y amandole, he Ilegado a comprender que mi amor no debe manifestarse solamente por medio de palabras, porque: «No los que dicen: iSeñor! iSeñor! entraran en el reino de los cielos. sino los que hacen la voluntad de Dios”.

 La comprensión le viene a Teresita profundizando en el mandamiento del amor. Le llama la atención que el segundo mandamiento es “semejante” al primero y se da cuenta de que “se dedicaba especialmente a amar a Dios”. La idea central que la ilumina es que, como el amor no es cuestión de palabras el ponerlo por obra implica amar al prójimo.

 Esta voluntad, Jesús la dio a conocer varias veces, casi debería decir en cada pagina de su Evangelio. Pero en la ultima cena, cuando sabe que el corazón de sus discípulos arde en una Ilama más viva de amor a Él, que acaba de darse a ellos en el misterio inefable de la Eucaristía, entonces es cuando el dulce Salvador quiere imponerles un mandamiento 

nuevo. Les dice, con una ternura inexpresable: Un Mandamiento nuevo os impongo: que os améis mutuamente. y que COMO YO os HE AMADO OS AMEIS LOS UNOS A LOS OTROS. EI sello por el que todo el mundo que sois discípulos míos será precisamente ese mutuo amo.

¿Cómo amó Jesús a sus discípulos y por que amó? iAh, no eran, ciertamente, sus cualidades las que podían atraerle! Entre ellos y el la distancia infinita. EI era la Ciencia, la Sabiduría eterna; ellos unos pobres pescadores, ignorantes y Ilenos de ideas terrenas. Sin embargo, Jesús les Ilama sus amigos, sus hermanos . Quiere verles reinar con el en el reino de su Padre; y para abrirles ese reino. quiere morir en una cruz. pues el mismo dijo: No hay mayor amor, que dar la propia vida por aquellos a los que se ama.  Madre amadísima, meditando estas palabras de Jesús, comprendí cuan imperfecto era el amor que yo tenia a mis hermanas. Vi que no las amaba como Dios las ama.

Aquí se sa cuenta de que no amaba a sus hermanas como Jesús las amaba

 Comprendí que la caridad debe alumbrar y alegrar a todos

iAh! Ahora comprendo que la caridad perfecta consiste en soportar los defectos de los demás,  en no escandalizarse de sus debilidades, en sacar edificación de los menores actos de virtud que se les ve practicar. Pero sobre todo comprendí que la caridad no ha de quedar encerrada en el fondo del corazón. Nadie, dijo Jesús, enciende una candela para ponerla debajo deI celemín, sino que la pone sobre el candelero para que alumbre a TODOS los que están en la casa.

Me parece que esta candela representa a la caridad, la cual debe alumbrar, alegrar, no sólo a los que me son mas queridos, sino a TODOS los que están en la casa, sin exceptuar a nadie.

Expresa entonces lo esencial que comprendió de la caridad: que debe alumbrar-alegrar a todos los que están en la casa. En este alumbrar-alegrar se concentran los actos “interiores”  de la caridad: de “aguante”, por así decir: soportar los defectos, no escandalizarse de sus debilidades… y de edificación.

 Cuando el Señor ordenó a su pueblo que amase al prójimo como a si mismo, el no había venido aun a la tierra. Por eso, sabiendo muy bien en que grado se ama uno a si mismo,  no podía pedir a sus criaturas un amor mayor para el prójimo. Pero cuando Jesús impone a sus apóstoles un mandamiento nuevo, SU MANDAMIENTO,  como lo Ilama mas adelante, ya no habla de amar al prójimo como a si mismo. sino de amarle como el, Jesús, le amó, como le amará hasta la consumación de los siglos…

 No podría amarlas como Vos las amas si Vos mismo, Jesús mío, no las amaras también en mí…

 Viene entonces el sentimiento de “imposibilidad” de amar como Jesús ama y la gracia de comprender que “es Jesús el que ama a los otros en nosotros”.

iAh. Señor! se que no mandáis nunca nada imposible. Conocéis mejor que yo misma mi debilidad, mi imperfección. Sabéis que nunca podría amar a mis hermanas como vos las amáis, si vos mismo, ioh,  Jesús mío!, no las amaseis tambien en mi. Porque queríais concederme esta gracia, por eso fue por lo que impusisteis un mandamiento nuevo.

-iOh. cuanto amo este mandamiento, pues me da la certeza de que es voluntad vuestra amar en mi a todos aquellos a los que me mandáis amar!…  Sí, lo siento: cuando soy caritativa, es Jesús solo quien obra en mí. Cuanto mas unida estoy a el, tanto mas amo a todas mis hermanas.

2. “Cuando quiero aumentar en mi este amor…”

El amor le aumenta haciendo siempre juicios caritativos

La primera tentación contra este Amor de Jesús en ella está en el juicio. El Demonio trata de ponernos ante los ojos los defectos de los demás. Es importante darse cuenta de que es el demonio, y que Jesús nos da razones para juzgar con misericordia, como juzga él.

 Cuando quiero aumentar en mi este amor, cuando, sobre todo, el demonio trata de poner ante los ojos de mi alma los defectos de tal o cual hermana que me es menos simpática, me apresuro a buscar sus virtudes, sus buenos deseos. Pienso que si la he visto caer una vez, ha  podido conseguir un gran  número de victorias que oculta por humildad; y que hasta lo que me parece una falta puede muy bien ser un acto de virtud a causa de la recta intención y me persuado fácilmente de ello, pues un día yo misma supe por experiencia que nunca se debe juzgar.

Ejemplo de cómo uno se equivoca al juzgar exteriormente , relativización del propio juicio y afianzamiento de “no juzgar ni ser juzgada en absoluto, sino tener siempre pensamientos caritativos.

-Fue durante la recreación. La portera tocó dos campanadas, había que abrir la puerta de la clausura a unos obreros que tenían que meter unos arboles destinados al Belén. La recreación no era alegre, pues faltabais vos, Madre mía querida; por eso, pensé que me agradaría que me mandasen ir a hacer de tercera (a acompañar a los obreros). En efecto, Madre superiora me dijo que fuese yo o la hermana  que estaba a mi lado. Inmediatamente empecé a desatarme el deIantal, pero muy despacio, a fin de dar tiempo a mi compañera para que se quitase el suyo antes que yo, pues creía complacerla dejándola hacer de tercera. La hermana que suplía a la depositaria nos miraba riendo, y al ver que yo era la última en levantarme, me dijo: ” iAh, ya me parecía a mí que no ibais a ser vos la que ganase una perla para su corona, os movíais con demasiada lentitud!…» A buen seguro, toda la comunidad creyó que yo había obrado así obedeciendo a mi gusto natural. Me sería imposible decir cuanto bien hizo a mi alma una cosita tan insignificante, y cuan indulgente me tornó para con las debilidades de las demás. Aquel episodio sigue alejando de mí toda vanidad cuando soy juzgada favorablemente, pues razono así: Cuando toman mis pequeños actos de virtud por imperfecciones, de igual modo pueden  equivocarse tomando por virtud lo que sólo es imperfección. Entonces, digo como san Pablo: Me importa muy poco ser juzgada por ningún tribunal humano. No me juzgo

 a mi misma, el que me juzga es EL SEÑOR. Por eso, para que el juicio de Dios me sea favorable, o mejor, para no ser juzgada en absoluto, quiero tener siempre pensamientos caritativos, pues Jesús dijo: No juzguéis, y no seréis juzgados.

 3. “Tal vez creas que la caridad no me resultaba difícil…”

Madre mía, al leer lo que acabo de escribir, tal vez creáis que la practica de la caridad no me resulta difícil. Verdad es que desde hace unos meses no tengo ya que luchar por practicar esta hermosa virtud. No quiero decir con esto que no cometa algunas faltas. iAh, Soy demasiado imperfecta para tanto! Pero no me cuesta mucho levantarme de la caída, porque después de la victoria que conseguí en un determinado combate, la milicia celestial viene en mi auxilio, no sufriendo verme vencida tras de haber salido victoriosa de la gloriosa guerra que ahora tratare de describiros.

Ejemplo de la victoria en una gloriosa guerra la fortalece para levantarse en las pequeñas caídas

 El amor le aumenta al adoptar comportamientos caritativos –servicios, sonrisas- enraizados en el sentimiento de “agradar al Dios escondido en la hermana desagradable”.

Hay en la comunidad una hermana que tiene el don de disgustarme en todo. Sus modales, sus palabras, su carácter, todo en ella me desagrada en gran manera. Sin

embargo, se trata de una santa religiosa, que debe de ser muy agradable a Dios. Por eso, no queriendo ceder a la antipatía natural que experimentaba, me dije a mi misma que la caridad no debía consistir en los sentimientos, sino en las obras. Entonces, me aplique a portarme con dicha hermana “Como lo hubiera hecho con la persona a la que mas quiero. Cada vez que me la encontraba, pedía por ella a Dios, ofreciéndole todas sus virtudes y todos sus meritos. Me daba perfecta cuenta de que esto agradaba a Jesús, pues no hay artista a quien no le guste recibir alabanzas por sus obras. Y a Jesús, el Artista de las almas, le complace que en lugar de detenernos en lo exterior, penetremos en el santuario intimo que el se ha escogido por morada, y admiremos su belleza.

Al no poder sentir nada bueno con la hermana, dirigía sus pensamientos a alabar a Dios por su obra, ya que a todo artista le agrada que alaben su obra.

No me contentaba con rogar mucho por la hermana que era para mí motivo de tantas luchas interiores, sino que procuraba también prestarle todos los servicios posibles; y cuando sentía la tentación de contestarle de manera desagradable, me limitaba a dirigirle la más encantadora de mis sonrisas, procurando cambiar de conversación, pues se dice en la Imitación: Es mejor dejar a cada uno con su idea que detenerse a contestar.

Muchas veces también, cuando en las relaciones de oficio que tenía que mantener con esta hermana fuera de la recreación (quiero decir durante las horas de trabajo) los combates eran demasiado violentos, yo huía como un desertor .

Ella, ignorando en absoluto mis sentimientos hacia su persona, nunca ha llegado a sospechar los motivos de mi conducta, y ésta es la hora en que está persuadida de que su carácter me resulta agradable.

Un día, en la recreación, me dijo, toda contenta, estas o parecidas palabras: «¿Quisierais decirme, sor Teresa del Niño Jesús, qué es lo que tanto os atrae en mí? Cada vez que me miráis, veo que sonreís”. iAh! El que me atraía era Jesús, escondido en el fondo de su alma. .., Jesús, que hace dulce lo que hay de más amargo. Le contesté

 que sonreía porque me alegraba verla (sin añadir, bien entendido, que era bajo un punto de vista espiritual).

 El amor le aumenta manteniendo a toda costa la paz del alma: el recurso de la deserción

Madre mía amadísima, ya os he dicho que el último recurso que tengo para no ser vencida en los combates es la deserción. Este recurso lo empleaba ya durante el novi- ciado, y siempre me dio muy buenos resultados. Voy a citaros, Madre mía, un ejemplo que os hará sonreír .

Durante una de vuestras bronquitis, fui una mañana muy despacito a dejar en vuestra celda las llaves de la reja del comulgatorio, pues era sacristana. En el fondo, no me disgustaba aquella ocasión que tenía de veros, antes bien me agradaba mucho, aunque ponía buen cuidado en no manifestarlo.

Una hermana, animada de santo celo, y que, por lo demás, me quería mucho, al verme entrar, Madre mía, en vuestra celda, creyó que iba a despertaros; quiso agarrarme las llaves, pero yo era demasiado lista para entregárselas y ceder mis derechos. Le dije, lo más finamente que pude, que tan buenos deseos tenía yo como ella de no despertaros, y que me tocaba a mi devolver las llaves.

Ahora comprendo que hubiera sido mucho más perfecto ceder ante aquella hermana, joven, es verdad, pero al fin más antigua que yo. No lo comprendí entonces; por eso, queriendo a toda costa entrar en vuestra celda detrás de ella, a pesar de que empujaba la puerta para impedirme que pasase, pronto llegó la desgracia que ambas temíamos: el ruido que hicimos os hizo abrir los ojos.

Entonces, Madre mía, toda la culpa recayó sobre mí. La pobre hermana a la que yo había opuesto resistencia, se puso a declamar todo un discurso que venía a decir: Ha sido sor Teresa del Niño Jesús la que ha hecho ruido. ¡Dios mío, qué hermana más desagradable!

Yo, que opinaba todo lo contrario, sentía vivos deseos de defenderme; pero, afortunadamente, me vino una idea luminosa. Vi con claridad que, si empezaba a justificarme, no iba a poder conservar la paz de mi alma. Me daba cuenta también de que carecía de la virtud suficiente para dejarme acusar sin decir nada. Mi última tabla de salvación, pues, era la huida. Pensado y ejecutado: me marché silenciosamente, dejando que la hermana continuase su perorata, que bien se parecía a las imprecaciones de Camilo contra Roma.

Me palpitaba tan fuertemente el corazón, que me fue imposible ir lejos, y me senté en la escalera para gozar en paz del fruto de mi victoria. Aquello no era valentía, ¿verdad, Madre querida? Pero creo, sin embargo, que es mejor no exponerse al combate cuando la derrota es segura.

 El amor le aumenta al gloriarse de su imperfección y debilidad

iAy de mí! Cuando recuerdo el tiempo del noviciado, veo cuán imperfecta era. ..Me angustiaba por tan poca cosa, que ahora me río. iAh, qué bueno es el Señor, que hizo crecer a mi alma y le dio alas! …Ahora, ni todas las redes juntas de los cazadores serían capaces de meterme miedo, pues: «En vano se echa la red ante los ojos de los que tienen alas”. Más tarde, sin duda, el tiempo presente en que vivo me parecerá también lleno de imperfecciones. Pero ahora ya no me sorprendo de nada. No siento pena alguna al ver que soy la debilidad misma, al contrario, me glorío de ello “, y cuento con descubrir en mí cada día nuevas imperfecciones. Acordándome de que la caridad cubre la muchedumbre de los pecados, exploto esta mina fecunda que Jesús ha abierto ante mí.

 4. “En el Carmelo no hay enemigos pero hay simpatías…”

El Señor explica en el Evangelio en qué consiste su mandamiento nuevo. Dice en san Mateo: “Habéis oído que se dijo: Amarás a tu amigo y odiarás a tu enemigo. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, rogad por los que os persiguen’.

Ciertamente, en el Carmelo no hay enemigos, pero, al fin, hay simpatías. Una hermana os atrae, mientras que otra os hace dar un largo rodeo para evitar su encu

entro, convirtiéndose así, sin ella saberlo, en tema de persecución. Pues bien, Jesús me dice que a esta hermana hay que amarla, que hay que rogar por ella, aun cuando su condu

cta me indujese a creer que ella no me ama: «Si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tendréis? Porque también los pecadores aman a los que les aman‘.

 No basta amar, el amor le aumenta demostrándolo

Y no basta amar, hay que probarlo. Agrada naturalmente hacer un regalo a un amigo, causarle, sobre todo, placer inesperado. Pero eso no es en manera alguna caridad, pues también los pecadores obran así.

Ved lo que Jesús me enseña también: «Da a TODO EL QUE te pida: y si TOMAN lo que te pertenece, no lo reclames ‘.

Dar a todas las que piden es menos agradable que ofrecer una misma espontáneamente. Todavía cuando se nos pide con afabilidad, no cuesta dar; pero si, por desgracia, no se usan palabras bastante delicadas, al punto el alma se rebela, si no está asentada en la caridad.

Hallamos mil razones para negar lo que se nos pide; y  sólo después de haber convencido de su indelicadeza a la que nos pide, nos decidimos finalmente a conceder, por favor, lo que la hermana reclama, o a prestar a ésta un ligero servicio que nos habría exigido veinte veces menos tiempo del que nos ha sido necesario para hacer valer nuestros derechos imaginarios.

 El amor le aumenta dejándose tomar lo propio sin reclamarlo

Si es difícil dar a todo el que pide, lo es todavía mucho más dejarse tomar lo propio sin reclamarlo. ¡Oh, Madre mía! Digo que es difícil, pero debería más bien decir que parece difícil, pues el yugo del Señor es suave y ligero. Cuando lo aceptamos, sentimos inmediatamente su dulzura,  y exclamamos con el Salmista: “CORRI por el camino de vuestros mandamientos desde el punto en que ensanchasteis mi corazón”

 Sólo la caridad puede ensanchar mi corazón. iOh, Jesús, desde que esta dulce llama lo consume, corro con alegría por el camino de vuestro mandamiento 

NUEVO!… Quiero correr por él hasta que llegue el día dichoso en que, uniéndome al cortejo virginal, pueda seguiros por los espacios infinitos, cantando vuestro cántico NUEVO, que será el del amor.

Decía que Jesús no quiere que reclame lo que me pertenece. Esto debería parecerme fácil y natural, puesto que nada tengo mío. He renunciado a los bienes de la tierra por el voto de pobreza. No tengo, pues, el derecho de quejarme, si me quitan una cosa que no me pertenece; antes al contrario, debería alegrarme cuando se me presenta la ocasión de practicar la pobreza.

En otro tiempo creía no estar apegada a nada; pero desde que comprendí las palabras de Jesús, veo que cuando llega la ocasión, soy muy imperfecta. ” P

or ejemplo, en el estudio de pintura no hay nada mío, lo sé muy bien. Pero si al ponerme a trabajar, hallo los pinceles y las pinturas en desorden, si ha desaparecido una regla o un cortaplumas, ya me pongo a punto de perder la paciencia, y tengo que hacer de tripas corazón para no reclamar con aspereza los objetos que me faltan.

A veces es necesario pedir las cosas indispensables; pero haciéndolo con humildad, no se falta al mandamiento de Jesús, al contrario, se obra como los pobres, que tienden la mano para recibir lo que necesitan, y si son desechados, no se sorprenden, pues nadie les debe nada.

Ah, qué paz inunda el alma cuando se eleva por encima de los sentimientos de la naturaleza. No hay gozo comparable al que prueba el verdadero pobre de espíritu. Se pide con desprendimiento algo necesario, y no solo se le niega lo que pide sino que todavía tratan de quitarle lo que tiene, entonces sigue el consejo de Jesús: “Entrégale también el manto al que quiera ponerte pleito y quitarte la túnica”. Entregar el manto es, me parece, renunciar una a sus últimos derechos, considerarse como la sierva, la esclava de las demás.

Veo que me he explicado malísimamente… He compuesto una especie de discurso sobre la caridad, cuya lectura os habrá cansado… Perdonadme, Madre mía amantísima, y pensad que en este momento las enfermeras están practicando con respecto a mí lo que acabo de escribir; no titubean en dar dos mil pasos, cuando bastarían veinte (para ayudarme).

……………………………

Teresita escribe esto estando en la postración de la enfermedad. Su comprensión de la Caridad y los ejemplos que nos da son un tratado de espiritualidad que nos resulta profundísimo y a la vez caminito sencillo, practicable. ¡Es tan sublime la doctrina, son tan humanamente cotidianos los ejemplos…!

No nos queda sino compartir la alegría que expresa Jesús al ver que el Padre le revela sus cosas a los pequeñitos.

 

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