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Cuarta semana: La resurrección del Señor

Momento de meditación

Diego Fares sj

Como estamos en tiempo de Pascua tomamos la tercera semana de los Ejercicios y elegimos ese quinto punto que Ignacio nos pone para contem-plar al Señor Resucitado: “Mirar el oficio de consolar, que Cristo nuestro Señor trae, y comparando cómo unos amigos suelen consolar a otros” (EE 224).
Como siempre que queremos encontrar ejemplos que bajen a la vida lo que Ignacio dice en los Ejercicios, buscamos en su Autobiografía. Allí vemos cómo narra Ignacio esta experiencia de un Jesús Resucitado al que siente como amigo que lo viene a consolar especialmente en las dificultades y que le da ánimo y fuerzas para ayudar y servir a los demás.

Consolación personal y fruto en las almas
Ignacio recuerda el año que vivió en Manresa como un tiempo en que “Dios lo trataba de la misma manera que trata un maestro de escuela a un niño” (Aut 27). Es el tiempo en que “empezó a ser consolado por Dios y vio el fruto que hacía en las almas tratándolas” (Aut 29). Ignacio ordena sus consolaciones en “cinco puntos”. Cuenta cómo primero que todo se le imprimió en el alma una gran devoción por la Santísima Trinidad, hacia la que se le elevaba el entendimiento “como que veía la santísima Trinidad en figura de tres teclas y esto con tantas lágrimas y tantos sollozos que no se podía valer (…) con mucho gozo y consolación” (Aut. 28). En segundo lugar pone una “alegría espiritual grande” al representársele cómo había creado Dios al mundo. En tercer lugar cuenta como “vio con el en-tendimiento claramente cómo estaba Jesucristo nuestro Señor en el Santísimo Sacramento”. Y por fin, antes de la ilustración del Cardoner, que hizo que “todas las cosas le parecieran nuevas, como si tuviese otro intelecto” (Aut 30), Ignacio da cuenta de tres apariciones especiales que tuvo de Jesús Resucitado y que hacen a este oficio de consolar.

Apariciones consoladoras de Jesús que da fuerza en su servicio
“Muchas veces y por mucho tiempo, estando en oración veía con los ojos interiores la humanidad de Cristo, y la figura, que le parecía como un cuerpo blanco, no muy grande ni muy pequeño… Esto vio en Manresa muchas veces: si dijese veinte o cuarenta no juzga que sería mentira. Otra vez lo ha visto estando en Jerusalem y otra vez caminando a Padua” (Aut 29). Estas “cosas que ha visto… lo confirmaron de tal manera en la fe que aunque no hubiese Escrituras él se determinaría a morir por ellas solamente por lo que ha visto”.
La aparición en Padua fue una noche en que sus compañeros lo dejaron atrás porque no podía caminar tan rápido: “Dejándolo, cuasi noche, en un gran campo, en el cual estando se la apareció Cristo de la manera que le solía aparecer, y lo confortó mucho. Y con esta consolación cami-nó al otro día y entró en Padua sin que le pidieran cédula de sanidad” (Aut 40).
La aparición en Jerusalem fue cuando se escapó para ver por última vez el lugar de la Ascensión en el Monte de los Olivos (quería ver la posición hacia la que se orientaban los pies del Señor al subir al cielo). Lo fueron a buscar y lo trajeron de vuelta “reciamente agarrado del brazo y él se dejó fácilmente llevar y yendo por este camino así asido del cristiano de la cintura, tuvo de nuestro Señor grande consolación, que le pare-cía que veía a Cristo sobre él siempre” (EE 48).

Consolación y fuerzas
Lo que experimenta Ignacio, como dice en su viaje a Jerusalem, en el que se embarcó sin nada y contra la opinión de muchos que lo querían, es que “el Señor se le aparecía muchas veces y le daba consolación y esfuerzo” (Auto 44).
Consolación y fortaleza espiritual van juntas en Ignacio. Desde el comienzo de su conversión y hasta el final de su vida “su mayor consolación que recibía era mirar el cielo y las estrellas y con esto sentía en sí un muy grande esfuerzo para servir a Dios nuestro Señor” (Aut 11). Y ese “esfuerzo” es en bien del prójimo, como cuando fue a visitar a un compañero que estaba enfermo en un pueblo vecino y el Señor lo consoló de tal manera que camino tres días en ayunas y a buen ritmo (Auto 79).

La consolación crea comunidad
Pongo este título para distinguir bien la consolación de Jesús Resucitado en lo que tiene de es-pecífico y “sólo suyo”. Quizás nuestro oído, habituado a tanto libro de autoayuda, al escuchar “consolación” tiende a imaginar estados de ánimo individuales, sentimientos de plenitud y de autorrealización personal, “andar bien”, “estar bien”, “disfrutar”… Todo esto es parte de la con-solación que trae Jesús Resucitado, pero la primera resonancia de la consolación de Jesús es “comunitaria”. Jesús se aparece “a la comunidad de los discípulos reunida” y, cuando se aparece a alguno individualmente, es para que lo “anuncie a la comunidad”.
El Señor incluye a los suyos, comunitariamente, en su oficio de consolar, haciendo que los unos consuelen y fortalezcan a los otros. Esta mutua consolación y fortalecimiento mediante el Anun-cio de la Buena Noticia, es lo que constituye a la Iglesia como tal.
Esta matriz de “consolación y esfuerzo por servir” tiene un dinamismo que crea comunidad, que unifica lo más interior y lo más exterior, que orienta la alegría y el gozo de sentir a Dios con el deseo de salir a comunicarlo a los demás.
Las consolaciones que experimenta Ignacio en Manresa participan de este dinamismo: van juntas la experiencia de ser consolado y la de “hacer fruto en las almas que trataba”. Ignacio siempre sintió que la fuerza y el ánimo que le daba la consolación era “para servir al Señor” ayudando a los demás.
De aquí, como de una raíz saludable, sale que los Ejercicios Espirituales, son la expresión plena de lo que significa el oficio de consolar. No se trata de consolaciones puntuales sino de un oficio. Y un oficio requiere procesos, tiempo, preparación, colaboración.

Los Ejercicios como “oficio de consolación”
Ignacio concibe los Ejercicios Espirituales, en los que la persona busca, encuentra y elije el lugar de servicio que el Señor quiere para ella en la comunidad, como el medio que el Señor utiliza para ejercer su oficio de consolar.
Buscando en las Reglas de discernimiento la unión entre consolación y esfuerzo encontré la que dice: “Propio del bueno dar ánimo y fuerzas, consolaciones, lágrimas, inspiraciones y quietud, facilitando y quitando todos impedimentos, para que en el bien obrar proceda adelante” (EE 315).
De aquí pasé a la Anotación 7ª en la que Ignacio describe el modo de tratar el que da los ejercicios al que está tentado: “El que da los ejercicios, si ve al que los recibe, que está desolado y tentado, no se haya con él duro ni desabrido, mas blando y suave, dándole ánimo y fuerzas para adelante, y descubriéndole las astucias del enemigo de natura humana, y haciéndole prepa-rar y disponer para la consolación ventura” (EE 7).
Y de aquí me vino la gracia de releer todas las “Anotaciones” del comienzo de los Ejercicios como una descripción del que da los Ejercicios en la que se ve lo que es, propiamente, el “oficio de consolar”. En las Anotaciones todo el oficio del que da los ejercicios gira en torno a las consolaciones que el Señor da.

Renovar la concepción de la consolación desde su referencia a una comunidad en servicio
Buscando más encontré un articulito que había leído en mis años de formación, del Padre Bojor-ge s.j., que se llama “Mirar el oficio de consolar…” y que seguramente fue el que inspiró esta nueva búsqueda. Bojorge despliega magistralmente (haciendo sentir y gustar) todos los puntos que hacen al tema.
Yo hago pie en la necesidad actual de renovar nuestra mentalidad purificando la concepción de la consolación como centrada en primer lugar en una autoayuda, para recentrarla otra vez en su quicio que es al mismo tiempo sanación de las propias tristezas y servicio de la alegría ajena. Conversión personal y elección del puesto de servicio dentro de una comunidad que vive y se recrea en y desde el servicio.
El Señor consuela “apareciendo”, mostrándose repentinamente. Este mostrarse visiblemente “abre los ojos” (que están vueltos hacia un sí mismo poblado de los pensamientos que surgen de un monólogo interior desesperanzado) y reorienta la mirada de todos hacia el Señor. Este recentramiento en la fe común en el Señor es constitutivo de la alegría pascual y fusiona los corazones en un solo corazón eclesial. No hay consolación de Jesús Resucitado que no produzca este fruto comunitario inmediato, como puede verse en los de Emaús y en Tomás. Tam-bién reorienta la mirada de María Magdalena y de las santas mujeres que intentan “tocar” al Señor y las pone a mirar a la comunidad y a salir a anunciar a los demás que el Señor ha resucitado.
Hay que notar también que la consolación no es algo puntual y que el Señor regala como quien reparte gracias al voleo. En una de sus cartas a Sor Teresa Rejadell, en las que Ignacio ejerce este “oficio de consolar”, expresa claramente que Dios prepara y ordena sus consolaciones: “La consolación no está siempre en nosotros, pero camina siempre (a nuestro lado según) sus tiempos ciertos según la ordenación (divina) y todo esto para nuestro provecho”. Por eso es que hay que “esperar con paciencia la consolación del Señor, la cual secará todas las turbaciones y tinieblas de afuera” (Carta 5). Hablar de oficio es hablar de preparación (y no de improvisación). También de colaboración con otros a los que el Señor suma a su oficio, otros que ya están en esta dinámica comunitaria y apostólica y que nos consuelan integrándonos.

Oficio de amigo
El oficio de consolar propio de Cristo -que es el primer Paráclito (1 Jn 2, 1) y el que nos promete Otro Paráclito (Jn 14, 16)-, es oficio de amigo y compañero de camino. Oficio que ejerce “como si fuera uno más, en la persona del que nos abre los ojos o de aquel a quien tenemos que consolar con nuestras obras de misericordia. Por eso San Ignacio connota el oficio de consolar de Cristo diciendo que consuela como suelen hacer los amigos. ¿Y cómo consuelan los amigos? Los amigos consuelan estando, haciendo sentir que están cerca aunque esté lejos físicamente. Y lo hacen sentir con algún gesto que al otro le basta y que agradece. Los amigos consuelan más estando al lado (parakletos) que estando enfrente. Consuelan animándonos en lo propio nuestro en la misión común. Y sentirlos al lado puede ser a gran distancia porque lo que da la cercanía es la mirada puesta en común en la misma misión y visión de las cosas.
Los amigos consuelan haciendo sentir la igualdad en la diferencia. Por eso Jesús se identifica con los pobres, para que al igualarnos con ellos sintamos su presencia.
Bueno, cada uno podrá sacar muchas más cosas reflexionando sobre su propia experiencia acerca de cómo lo consuelan y fortalecen sus amigos y viceversa. Lo importante aquí es ver lo que hace “el que da los Ejercicios” como oficio de Consolar.

Oficio de consolar del que da los ejercicios
En el fondo, es el que se pone al lado del que hace los Ejercicios, como si fuera Cristo que lo acompaña por el camino, para que el Espíritu, el Otro Consolador, lo ilumine y fortalezca interior-mente y le haga elegir lo que Dios quiere para él.
Veamos algunas características del que da los Ejercicios a otro.
1º Los puntos que da deben dar la esencia del pasaje evangélico de manera breve, para que el otro encuentre por sí mismo aquello que el Señor le da a sentir y gustar (Anot 1ª). Este modo de acompañar sin imponer es más propio de un amigo que de un maestro o director espiritual.
2º A lo que debe estar atento el que acompaña es a las consolaciones y desolaciones, si al que hace ejercicios “le vienen o no algunas mociones espirituales en su alma”. Si no, le debe preguntar particularmente cómo está rezando y qué hace en los tiempos libres… (Cfr. También anotación 17). Esto supone que el oficio del Señor es con-solar y si la persona no tiene consolaciones (y movimiento de espíritu) de alguna manera es que hay algo que está obstruyendo el oficio del Señor.
3º En la anotación 7º se ve claramente este oficio de consolar: el que da los EE se debe comportar como Jesús con los que estaban tentados. “El que da los ejercicios, si ve al que los recibe, que está desolado y tentado, no se haya con él duro ni desabrido, mas blando y suave, dándole ánimo y fuerzas para adelante, y descubriéndole las astucias del enemigo de natura humana, y haciéndole preparar y disponer para la consola-ción ventura”.
4º El que da los Ejercicios debe discernir el tiempo oportuno para predicarle al otro las reglas de discernimiento, que vendrían a ser los criterios para conocer cómo realizan Jesús y el Espíritu su oficio de consolar.
5º El que da los ejercicios no debe influenciar al que los recibe para que elija más un estado de vida que otro. Es mejor que el mismo Creador se comunique al alma, abrazándola en su amor y alabanza” (Anot 15ª). El padre Cámara dice que “El padre Ignacio tenía gran deseo de que, en las cosas espirituales del servicio de Dios todos nos moviésemos e inclinásemos por devoción e im-pulso interior; y en ellas recurría lo menos posible a mandatos exteriores”.
Esta regla en la que el que da los Ejercicios se mantiene neutral, se complementa con la si-guiente en la que hay que recomendar al que hace los ejercicios que si está afectado mal a una cosa ponga todas sus fuerzas en afectarse a lo contrario.

Auxiliares de la consolación
Podríamos caracterizar el servicio que brinda el que da los EE como un oficio auxiliar del Oficio del Señor. El Señor es el que consuela, pero quiere hacerlo con la ayuda de otros (como hizo con los anuncios de la Resurrección). Es que al ayudarnos unos a otros a descubrir y a recibir plenamente la consolación nos unimos eclesialmente, como comunidad de consolados, que aman y sirven al Señor por devoción e impulso interior, por la interior ley de la caridad, como le gustaba decir a Ignacio.
Así, como dice Bojorge, en las “Anotaciones es posible advertir que Ignacio concibe y prescribe la acción del que da los ejercicios – cuando ve al ejercitante en desolación o en tentación – según el modelo del actuar consolador de Cristo y de su Espíritu.
Así por ejemplo la explicación de las reglas de Primera y/o de Segunda Semana, según la si-tuación espiritual del ejercitante (Anotaciones 8-10), etc. La misma contemplación de la conducta de Dios y de sus ángeles, como modelo y causa ejemplar, se refleja en otros dichos de San Ignacio: “Los de la Compañía deben ser, con los pró-jimos que tratan, como los ángeles de la guarda con los que les han sido encomendados, en dos cosas: la una, en ayudarlos cuanto puedan en su salvación; la otra, en no turbarse ni perder su paz cuando, habiendo hecho lo que es en sí, los otros no se aprovechan [Dicho de San Ignacio trasmitido por el P. Rivadeneira, en MHSI, FN.3 p.635).
San Ignacio aplicaba también, en su modo de gobernar, la misma norma de bondad con el tentado. En su tratado del modo de gobierno que Nuestro Santo Padre tenía, conservó Rivadeneira estos rasgos: “Cuando el ímpetu de la tentación era tan vehemente que arrebataba al novicio y le hacía salir de sí, usaba nuestro Santo Padre de grandes medios y de mucha blandura, y procuraba con suavidad vencer la terribilidad del mal. Pero de tal manera usaba la blandura que, cuando no aprovechaba al que estaba tentado y afligido, a lo menos no dañase a otros; y así, cuando era menester, mezclaba la severidad con la suavidad, y el rigor con la blandura, para ejemplo y aviso de otros” (MHSI, FN.3 p.612).

Momento de Contemplación

Hna Marta Irigoy md

“La Resurrección, Principio y Fundamento de nuestra alegría”

 Queremos seguir cuidando la Alegría, que es el Don y la Gracia de la Pascua…

La Resurrección es el Principio y Fundamento de nuestra fe, y por lo tanto, de nuestra alegría.

 La alegría, que es don, tiene la tarea de expandirse, y dar calor a nuestro entorno…

 Alegría que brota del contacto fecundo con la Cruz, no un quedarnos sentados en ella, sino un contacto fecundo que haga brotar la alegría profunda del Evangelio.

 La alegría es el efecto más evangélico de la Resurrección, es el test de nuestro seguimiento. Con esto, no se afirma que quien esta triste por algún dolor hondo, no sigue evangélicamente al Señor, sino, que tenemos que discernir, si esa falta de alegría, es por algo o alguien que ya no está, como en el caso de los discípulos y discípulas después de la Pasión del Viernes Santo o si es que mi corazón se siente cómodo y acurrucado en un sufrimiento estéril que me amarga la existencia, producto de creer que sufriendo soy más fiel, que en la alegría…

Dijo Madre Teresa:        

   “Un corazón lleno de alegría es resultado de un corazón que arde de amor. La alegría no es solo cuestión de temperamento, siempre resulta difícil conservar la alegría, y eso es motivo mayor para tratar de adquirirla y de hacerla crecer en nuestros corazones. La alegría es oración; la alegría es fuerza; la alegría es amor. Da más quien da con alegría. A los niños y a los pobres, a todos los que sufren y están solos, bríndales siempre una sonrisa alegre; no solo les brindes tus cuidados sino también tu corazón. Tal vez no podamos dar mucho, pero siempre podemos brindar la alegría que brota de un corazón lleno de amor. Si tienes dificultades en tu trabajo y si las aceptas con alegría, con una gran sonrisa, en este caso, como en muchas otras cosas, verás que tu bien si funciona. Además, la mejor manera de mostrar tu gratitud está en aceptar todo con alegría. Si tienes alegría, esta brillara en tus ojos y en tu aspecto, en tu conversación y en tu contento. No podrás ocultarla por que la alegría se desborda.    La alegría es muy contagiosa. Trata, por tanto, de estar siempre desbordando de alegría donde quiera que vayas. La alegría, ha sido dada al hombre para que se regocije en Dios por la esperanza del bien eterno y de todos los beneficios que recibe de Dios. Por tanto, sabrá como regocijarse ante la prosperidad de su vecino, como sentirse descontento ante las cosas huecas. La alegría debe ser uno de los sustentos de nuestra existencia. Es el distintivo de una personalidad generosa, en ocasiones, también es el manto que cubre una vida de sacrificio y entrega propia. La persona que tiene este don es como el sol en una comunidad”…

*Quédate ante Jesús, “sintiendo y gustando”, su Presencia…

 *Quédate, hablando con Jesús, sobre las veces que te cuesta mantener la alegría en tu corazón…

 *Quédate rumiando: ¿Qué te quita la alegría en este tiempo?

                                       ¿Qué te la alimenta?

 

 “Hermanos míos muy queridos, a quienes tanto deseo ver, ustedes que son mi alegría y mi corona, amados míos, perseveren firmemente en el Señor…

Alégrense siempre en el Señor. Vuelvo a insistir, alégrense.

Que la bondad de ustedes sea conocida por todos los hombres. El Señor está cerca.

No se angustien por nada, y en cualquier circunstancia, recurran a la oración y a la súplica, acompañadas de acción de gracias, para presentar sus peticiones a Dios.

Entonces la paz de Dios, que supera todo lo que podemos pensar, tomará bajo su cuidado los corazones y los pensamientos de ustedes en Cristo Jesús. (Carta a los Filipenses 4, 1.4-7)

 

 

Este año, en nuestros Encuentros de oración mensual tomaremos como tema algunas palabras clave de los Ejercicios Espirituales.
Están, por supuesto, las clásicas que uno asocia inmediatamente con San Ignacio: indiferencia, magis, conocimiento interno del Señor, discernimiento de espíritus… Pero buscaremos también expresiones de Ignacio que ayudan a entrar en el dinamismo de los Ejercicios.
Este mes, dado que el primer encuentro cae en Semana Santa tomaremos la Pasión del Señor. En las contemplaciones que propone Ignacio se destacan como palabras clave “por mi” y “por Él”.

Momento de Meditación

P. Diego Fares sj

Tercera Semana: La Pasión del Señor

El coloquio de primera semana dice así: “Imaginando a Cristo nuestro Señor delante y puesto en cruz, hacer un coloquio; cómo de Criador es venido a hacerse hombre, y de vida eterna a muerte temporal, y así a morir por mis pecados. Otro tanto, mirando a mí mismo, lo que he hecho por Cristo, lo que hago por Cristo, lo que debo hacer por Cristo; y así viéndole tal, y así colgado en la cruz, discurrir por lo que se ofreciere” (EE 53).
Este esquema “por mí” (“por mis pecados”) y “por Él” expresa algo propio de los ejercicios. Es un recurso a la comparación personal con el Señor que es sanador y que mueve a lealtad, a un amor agradecido y deseoso de reparar y de compensar.
Ignacio intuyó que compararse con Cristo en vez de “desanimar”, anima. Tan grande es la bondad incondicional del Señor que comparar el propio pecado con su amor suscita no solo arrepentimiento sino entusiasmo para seguirlo!
Otro tipo de comparaciones –las comparaciones son odiosas, dice el refrán- no son buenas pedagógicamente. San Ignacio mismo dice que “Debemos guardarnos en hacer comparaciones de los que somos vivos a los bienaventurados pasados, que no poco se yerra en esto, es a saber, en decir: éste sabe más que San Agustín, es otro o más que San Francisco, es otro San Pablo en bondad, santidad…” (EE 364).
Sin embargo, cuando se trata de Dios nuestro Señor la comparación ayuda. Para admirarme y llenarme de afecto por la misericordia de Dios para conmigo ayuda “mirar quién soy yo, disminuyéndome por ejemplos: primero, cuánto soy yo en comparación de todos los hombres; 2º, qué cosa son los hombres en comparación de todos los ángeles y santos del paraíso; 3º, mirar qué cosa es todo lo criado en comparación de Dios: pues yo solo ¿qué puedo ser?” (EE 58)
Y luego: “Considerar quién es Dios, contra quien he pecado, según sus atributos, comparándolos a sus contrarios en mí: su sapiencia a mi ignorancia, su omnipotencia a mi flaqueza, su justicia a mi iniquidad, su bondad a mi malicia” (EE 59).

En la Pasión, este esquema comparativo es el que utiliza Ignacio para afianzar nuestra relación personal con Cristo.
Por eso nos hace “demandar lo que quiero: que será dolor, sentimiento y confusión, porque por mis pecados va el Señor a la pasión” (EE 193).
Al “considerar cómo todo esto padece por mis pecados, pensar qué debo yo hacer y padecer por Él (EE 197).
En la Contemplación del Huerto la gracia a pedir será: “dolor con Cristo doloroso, quebranto con Cristo quebrantado, lágrimas pena interna de tanta pena que Cristo pasó por mí” (EE 203).

Lavatorio de los pies
Este “por mí” – “por Él y con Él” de Ignacio puede contemplarse en el diálogo que tiene Jesús con Pedro en el Lavatorio de los pies: “no me lavarás tú a mí los pies”. “Si no te lavo no tienes parte conmigo”.
El Señor elige un gesto íntimo y personal para que no queden dudas de cuál es el tipo de relación que quiere establecer con sus amigos.
Lavar los pies no deja lugar a un tipo de relación formal o distante. Es más, el Señor destaca luego que él está “un escalón más arriba”: es el Maestro y el Señor. Pero no utiliza esta condición para poner distancia sino, por el contrario, para acercarse más a nosotros. Tenemos que dejarlo acercarse todo lo que Él quiera y así como Él es.
Así habrá que comprender también la Eucaristía, como un gesto de comunión personalísima. El Señor tomó “su” pan –su Cuerpo- y lo dio de comer a todos. Y tomó “su” copa –con su Sangre) y la dio para que bebiéramos todos.

Dice von Balthasar que los grandes santos hacen una especie de “síntesis teológica”, que vuelve cercano lo esencial del evangelio para su entorno y su época. La síntesis de Ignacio tiene que ver con un Dios que se vuelve personalmente hacia el hombre y lo llama, volviéndolo así capaz de reconocer, de elegir y de cumplir su voluntad, una voluntad “revelada a medida”.
Esto hay que tenerlo en cuenta de manera especialísima al hablar de la Cruz y del sufrimiento.
No se trata para nada de “padecer” por Dios cualquier sufrimiento, sino que se trata de estar, como Jesús, en la tarea que el Padre nos encomienda y, allí, afrontar con su ayuda la cruz que tiene que ver con la misión. Es la positividad del amor que nos pone en un sitio y en un contexto lo que hace que tenga valor no rehuir la cruz que ataca esa misión. Los padecimientos, entonces, están muy ligados a Jesús, en cuyo Nombre estamos cumpliendo nuestra tarea. Son padecimientos que tienen que ver con la misión concreta que Jesús me ha ofrecido con amor y que yo he elegido libremente también por amor.
De manera análoga, también esto se da, por ejemplo, en la alianza matrimonial. Cuando se habla de ser fiel y de amar tanto en la salud como en la enfermedad, en la prosperidad y en la adversidad, no se está hablando de cosas generales sino de las que serán propias de cada familia, las que tendrá la vida de la persona con la que uno se casa. Son alegrías y padecimientos inherentes a la vida del otro que uno quiere compartir y que por tanto no se quiere ahorrar.
Por ello la gracia a pedir en las contemplaciones de la Pasión, es la de sentir el por mí de lo que hizo el Señor para poder luego hacer personal también lo que me toca padecer y que sea “por Él”.

La pasión nos habla de “apasionamiento” y el apasionamiento es personal. Uno padece allí donde ama apasionadamente. Donde no, simplemente sufre, le duele o le molesta.
En los Ejercicios todo se vuelve personal. Todo lo de Jesús es “por mí” y todo lo mío es “por Él”.

Puede hacernos bien recordar lo que Ignacio cuenta en su Autobiografía acerca de su relación personal con Jesucristo. En la primera etapa de su conversión dice que “había en Manresa en aquel tiempo una mujer de muchos días y muy antigua también en ser sierva de Dios, y conocida por tal en muchas partes de España; tanto, que el Rey católico la había llamado una vez para comunicarle algunas cosas. Esta mujer, tratando un día con el nuevo soldado de Cristo, le dijo : «Oh! Plega a mi Señor JesuCristo que os quiera aparecer un día». Mas él espantóse desto, tomando la cosa así a la grosa; ¿cómo me ha a mí de aparecer JesuCristo? (Aut 21).
Vemos cuál era la conciencia de sí que tenía Ignacio, tanto que el deseo de esta vieja santa lo “espantó”: “Cómo se me ha de aparecer Jesucristo a mí”.
Aunque ya se le había aparecido nuestra Señora con el Niño Jesús estando convaleciente en su castillo, Ignacio no se sentía digno de un trato especial por parte del Señor.
Sin embargo esta será la gracia que le concederá el Padre de “ponerlo con Cristo, su Hijo” (Aut 96).
Y al constatar que el Señor se aparece y se muestra a quien quiere y llama y elige a los que él quiere para su misión de salvar al mundo, Ignacio nos hará pedir estas gracias de un amor personalísimo y de mucha familiaridad y amistad con el Señor siempre que sea su Voluntad y que Él me lo quiera conceder.
Las gracias “personales” son gracias de “comunicación entre amigos y entre personas que se aman de verdad” y tienen siempre un carácter inclusivo, que beneficia a muchos otros. Por eso Ignacio no teme hacernos pedir ni las consolaciones propias de un gran amigo ni el padecer con el otro como sólo alguien muy cercano puede animarse a padecer. En esta cercanía y familiaridad personal, cuanto más, mejor.

Momento de contemplación

Hna Marta Irigoy (md)

Palabras que callan para que hablen los gestos

El lavatorio de los pies (Jn 13,1-17)

“Antes de la fiesta de Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, él, que había amado a los suyos que quedaban en el mundo, los amó hasta el fin. Durante la Cena, cuando el demonio ya había inspirado a Judas Iscariote, hijo de Simón, el propósito de entregarlo, sabiendo Jesús que el Padre había puesto todo en sus manos y que él había venido de Dios y volvía a Dios, se levantó de la mesa, se sacó el manto y tomando una toalla se la ató a la cintura. Luego echó agua en un recipiente y empezó a lavar los pies a los discípulos y a secárselos con la toalla que tenía en la cintura. Cuando se acercó a Simón Pedro, este le dijo: «¿Tú, Señor, me vas a lavar los pies a mí?». Jesús le respondió: «No puedes comprender ahora lo que estoy haciendo, pero después lo comprenderás». «No, le dijo Pedro, ¡tú jamás me lavarás los pies a mí!». Jesús le respondió: «Si yo no te lavo, no podrás compartir mi suerte». «Entonces, Señor, le dijo Simón Pedro, ¡no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza!». Jesús le dijo: «El que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque está completamente limpio. Ustedes también están limpios, aunque no todos». Él sabía quién lo iba a entregar, y por eso había dicho: «No todos ustedes están limpios». Después de haberles lavado los pies, se puso el manto, volvió a la mesa y les dijo: «¿Comprenden lo que acabo de hacer con ustedes? Ustedes me llaman Maestro y Señor; y tienen razón, porque lo soy. Si yo, que soy el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, ustedes también deben lavarse los pies unos a otros. Les he dado el ejemplo, para que hagan lo mismo que yo hice con ustedes. Les aseguro que el servidor no es más grande que su señor, ni el enviado más grande que el que lo envía. Ustedes serán felices si, sabiendo estas cosas, las practican”.

En este rato de “Adoración”, vamos a ir saboreando el texto del Lavatorio de los pies, quedándonos con aquella Palabra o aquel Gesto, que me invita a dejarme amar hasta el fin…

«Se puso a lavarles los pies… » (de Puntos Corazón)

La multiplicación de gestos y de palabras de Jesús en este texto está ahí para significar un amor sin medida, infinito, inesperado… «En medio de la cena, Jesús se levanta de la mesa, se saca su manto y tomando una toalla, se la ciñe a la cintura. Luego se puso a lavar los pies de los discípulos…»
Entremos en la pasión de amor de Jesús, dejándonos habitar por este gesto…

Jesús limpia los pies, y el corazón de cada uno se encuentra así purificado. Es que cada gesto del Señor -incluido el más externo- alcanza la intimidad más profunda del corazón.

Jesús va a mirar a los hombres poniéndose más abajo que ellos…

Este gesto de lavar los pies es más que un simple lavatorio de pies… Es el gesto que elige Jesús para manifestar a cada uno el amor único, infinito con el cual nos colma…

MOMENTO DE MEDITACIÓN

“Ponderando y ofreciendo con mucho afecto”

Diego Fares sj

La contemplación

Nota: Primero conviene advertir en dos cosas:
La 1ª es que el amor se debe poner más en las obras que en las palabras.
La 2ª, el amor consiste en comunicación de las dos partes, es a saber, en dar y comunicar el amante al amado lo que tiene o de lo que tiene o puede, y así, por el contrario, el amado al amante; de manera que si el uno tiene ciencia, dar al que no la tiene, si honores, si riquezas, y así el otro al otro.
Primer preámbulo es composición del lugar, que es aquí ver cómo estoy delante de Dios nuestro Señor, de los ángeles, de los santos interpelantes por mí.
El segundo, pedir lo que quiero: será aquí pedir conocimiento interno de tanto bien recibido, para que yo enteramente reconociendo, pueda en todo amar y servir a su divina majestad.
El primer punto es traer a la memoria los beneficios recibidos de creación, redención y dones particulares, ponderando con mucho afecto cuánto ha hecho Dios nuestro Señor por mí y cuánto me ha dado de lo que tiene y consequenter el mismo Señor desea dárseme en cuanto puede según su ordenación divina. Y con esto reflectir, en mí mismo, considerando con mucha ra-zón y justicia lo que yo debo de mi parte ofrecer y dar a la su divina majestad, es a saber, todas mis cosas y a mí mismo con ellas, así como quien ofrece afectándose mucho: Tomad, Señor, y recibid toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento y toda mi voluntad, todo mi haber y mi poseer; Vos me lo distes, a Vos, Señor, lo torno; todo es vuestro, disponed a toda vuestra voluntad; dadme vuestro amor y gracia, que ésta me basta.
El segundo mirar cómo Dios habita en las criaturas, en los elementos dando ser, en las plantas vegetando, en los animales sensando, en los hombres dando entender; y así en mí dándome ser, animando, sensando, y haciéndome entender; asimismo haciendo templo de mí siendo criado a la similitud y imagen de su divina majestad; otro tanto reflexionando en mí mismo, por el modo que está dicho en el primer punto o por otro que sintiere mejor. De la misma manera se hará sobre cada punto que se sigue.
El tercero considerar cómo Dios trabaja y labora por mí en todas cosas criadas sobre la haz de la tierra, id est, habet se ad modum laborantis. Así como en los cielos, elementos, plantas, frutos, ganados, etc., dando ser, conservando, vegetando y sensando, etc. Después reflectir en mí mismo.
El cuarto: mirar cómo todos los bienes y dones descienden de arriba, así como la mi medida potencia de la suma y infinita de arriba, y así justicia, bondad, piedad, mise-ricordia, etc., así como del sol descienden los rayos, de la fuente las aguas, etc. Después acabar reflexionando en mí mismo según está dicho. Acabar con un coloquio y un Pater noster.

Las dos primeras advertencias

Se suelen tomar separadamente las dos notas que Ignacio pone al comienzo de la contemplación para alcanzar amor, por un lado lo de las obras y por otro lo de la comunicación. Y me parece que es bueno unirlas y decir que “las obras comunican el amor mejor que las palabras”.
¿En qué obras piensa Ignacio? En su Autobiografía nos cuenta así su conversión:
“Leyendo la vida de nuestro Señor y de los santos, se paraba a pensar, razonando con-sigo: ¿qué sería, si yo hiciese esto que hizo San Francisco, y esto que hizo Santo Do-mingo? y así discurría por muchas cosas que hallaba buenas, proponiéndose siempre a sí mismo cosas dificultosas y graves, las cuales cuando proponía, le parecía hallar en sí facilidad de ponerlas en obra”.
Las obras de amor de los grandes santos eran las que lo conmovían.
“Todo su discurso era decir consigo: Santo Domingo hizo esto; pues yo lo tengo de ha-cer. San Francisco hizo esto; pues yo lo tengo de hacer”
Y aquí notó una diferencia: fantasear con hacer las mismas grandes obras de los santos lo dejaba contento y alegre:
“Había todavía esta diferencia: que cuando pensaba en aquello del mundo, se deleitaba mucho; mas cuando después de cansado lo dejaba, hallábase seco y descontento; y cuando en ir a Jerusalén descalzo, y en no comer sino yerbas, y en hacer todos los de-más rigores que veía haber hecho los san-tos; no solamente se consolaba cuando estaba en los tales pensamientos, mas aun después de dejando, quedaba contento y alegre.
Notemos que no solo se trata de grandes obras exteriores sino también interiores en el sentido de que lo que lo consuela es un “modo de obrar” (no comer sino hierbas y hacer todos los rigores, ir a Jerusalén descalzo). Aquí saca experiencia de cómo queda después y esa es la base del discernimiento: una experiencia espiritual reflexionada.
“Mas no miraba en ello, ni se paraba a pon-derar esta diferencia, hasta en tanto que una vez se le abrieron un poco los ojos, y empezó a maravillarse de esta diversidad y a ha-cer reflexión sobre ella. Tomando por experiencia que de unos pensamientos quedaba triste, y de otros alegre, y poco a poco viniendo a conocer la diversidad de los espíritus que se agitaban, el uno del demonio, y el otro de Dios. Este fue el primero discurso que hizo en las cosas de Dios
La alegría es la corona del amor, es el mismo amor en cuanto ha alcanzado su fin y está en presencia o posesión de lo que ama: eso le produce gozo y alegría. A veces se toma solo el aspecto de deseo al hablar de amor, pero el deseo es tender hacia el fin. El gozo es poseerlo. Ambas son formas del amor. Las obras que producen alegría duradera son obras de amor.
Alcanzar amor, es pues alcanzar la alegría duradera que da un modo de obrar con amor y que se traduce en obras concretas. Ignacio menciona “ciencia” –transferencia de conocimiento, diríamos nosotros; “honores” –ceder al otro los méritos y aplausos- y “riquezas” –materiales y espirituales.

Dar y recibir

El primer punto es “ponderar con mucho afecto” las obras de amor que el Se-ñor ha hecho por mí, todo lo que me ha dado y el deseo que tiene de dárseme. Vemos aquí una expresión completa de lo que es una obra: hacer cosas por otro, darle bienes y desear darse.
Y como el amor consiste en dar y recibir, Ignacio dice que el ponderar con mucho afecto tantos beneficios recibidos hace “considerar con mucha razón y justicia lo que yo debo de mi parte ofrecer y dar a la su divina majestad, es a saber, todas mis cosas y a mí mismo con ellas, así como quien ofrece afectándose mucho”:
La oración del “Tomad, Señor, y recibid”, mirada desde esta perspectiva suena distinto. No es un ofrecimiento por amor sino que es un modo concreto de amar. El amor consiste en dar y comunicar “obras” y en hacerlo “obrando” de “modo amoroso”. Por tanto, amar a Dios es darle “con mucho afecto” (modo de obrar) todo lo que “hago” y “tengo”.
Ahora bien, el hecho de ofrecer en primer lugar mi libertad (y no “todo mi ser” como se suele decir) ilustra bien cómo Ig-nacio refiere todo a lo concreto, a la acción. Lo decisivo en la acción del amor es, antes que nada, la libertad. Y la obra de la libertad es la elección que encierra un triple aspecto: en el amor a uno le interesa saber si es elegido (amado) por sí mismo, si el otro nos elige (ama) libremente y si esa elección (amor) es estable.
Ignacio pone primero la libertad y último la concreción: todo mi haber y mi poseer. En el medio va lo “abstracto”: memoria, inteligencia y voluntad.
Y como “todo es vuestro”, como todo es don que uno “retorna”, lo que se ofrece en el fondo es la “disponibilidad”: disponed a toda vuestra voluntad. Más que una “obra” lo que le ofrecemos a Dios con mucho afecto es “nuestra disponibilidad” para obrar como a Él le agrade. Y a él sólo le pedimos “su amor y gracia, que esta nos basta”.

Amistad y disponibilidad

La disponibilidad es un rasgo muy propio del amor de amistad. Es el amor que Jesús le reclama a Simón Pedro, cuando en la charla junto al lago le pregunta por tercera vez “Me quieres como amigo?”. Este amor de amistad se completará con la última indicación que el Señor le hace a Pedro cuando este le pregunta por la situación de Juan: “Y a vos qué te importa? Vos seguime a mí”. El Señor le reclama esta disponibilidad total que se traduce en segui-miento sin condiciones.
Si tomamos estas características del amor que el Señor quiere que Simón “le de”, por un lado es consolador caer en la cuenta de que el amor de amistad es algo que “realmente” le podemos dar ya que la amistad es gratuita e iguala a los amigos. Uno se alegra de que el otro le brinde su amistad entera en las expresiones que le son propias de su condición. No hay más y menos sino una amistad entera que cada uno comunica como es y como puede.
La disponibilidad es también “obra” espontánea de la amistad, que hace lo que al otro le gusta o se adapta sin problemas ni tardanzas. Uno con los amigos es disponible como connaturalmente o se inclina a serlo más fácil-mente que con otras personas, incluso con los que tiene relación de amor profunda, de matri-monio o de paternidad. La amistad está y se muestra disponible fácil y alegremente

MOMENTO DE CONTEMPLACIÓN

“El agradecimiento es la memoria del corazón”

Marta Irigoy
misionera diocesana

Este año fuimos recorriendo los EE, desde el tema de los afectos. En el Taller de hoy, queremos rezar en torno a la “Contemplación para alcanzar amor”, que es la que recoge todos los frutos que se han recibido en toda la vida, como también
“está planeada para pedir al Señor el fruto definitivo de los Ejercicios Ignacianos, que es encontrar a Dios en todo –“en todo amarle y servirle” (EE223)-, o en su expresión más conocida: “encontrar a Dios es todas las cosas”.

Ante un escenario solemne y amable –“delante de Dios, los ángeles y de los santos interpelantes por mí” -EE232-, que invitan a una última petición humilde y agradecida –“enteramente reconociendo tanto bien recibido” EE233- y al ejercitante se le anima a recibir “el amor que desciende de arriba” EE237. Esta propuesta, una vez mirada y contemplada, es la que puede crear en nosotros una nueva actitud ante la vida y las cosas: la de salir de nosotros mismos y hacernos mirar a Dios y su amor gratuito por nosotros, pues “Él nos amó primero” (1Jn 4,7-21) y de ese amor recibimos nosotros todos los bienes.

La síntesis de todo este proceso de los EE puede formularse como un finalizar el camino que conduce “del esfuerzo al regalo”, del creerse obligado a acumular muchos méritos a sentir el gozo inmenso del agradecimiento por la gratuidad recibida. Ésta es la música que ofrece la “contemplación para alcanzar amor”. Al ejercitante que llega al final del proceso, toda la experiencia le confluye hacia esta convicción, ahora mejor saboreada y disfrutada que antes”.

Ser contemplativos en la acción nos ayuda a descubrir presencias y detalles de Dios en todo lo que ocurre. Bajo esa luz, todos los sucesos cobran nueva vida, y la existencia entera, un inmenso encanto…

Ser contemplativos en la acción nos hace descubrir, afirmar y disfrutar de la compañía de Dios en todos los momentos y situaciones que atravesamos. En las agradables, multiplica el gozo; en las desagradables, reduce y suaviza el sufrimiento haciéndose presente al lado del que sufre…

MOMENTO CONTEMPLATIVO

Decíamos “ser contemplativos en la acción nos hace descubrir, afirmar y disfrutar de la compañía de Dios en todos los momentos y situaciones que atravesamos.

Pero, ¿que es disfrutar?

“La palabra disfrutar viene del latín cuya raíz “dis” significa “separar” o “sacar” y “fructus” significa fruto.
Literalmente disfrutar es sacar el fruto, sacar provecho de algo. No en el sentido utilitario e interesado sino gratuitamente.

Disfrutar tiene que ver con el “por qué sí” de la vida. Disfrutamos algo “por que sí”.

El término “disfrutar” no casualmente viene de la palabra “fruto”. Tiene que ver con “sabor”, saborear el fruto. Saborear la vida y lo que se vive. Deja de padecer.

Sabiduría viene de sabor. El “saborear” la existencia y sus dones es la práctica una sabiduría de vida. Disfrutar es una actitud sabia. Nos gratifica, nos vuelve menos amargos, menos resentidos, menos miserables, nos reconcilia con la vida y sus continuos e inmerecidos regalos. Todo tendría que ser un disfrute. Hay que terminar con el agobio de que todo es una carga, una pena, un castigo, un trabajo, un deber, un compromiso, una responsabilidad, un mandato, un imperativo, una orden.

Para rumiar en el corazón:

* ¿Qué fruto tenés entre la manos en este tiempo?

* ¿Le “sacas” el fruto que trae, es decir: disfrutas de la presencia de Dios en el camino cotidiano?

Quédate saboreando o pidiendo tener un corazón que sabe ser agradecido por que guarda en su memoria los frutos que la vida le regala…

Momento de Meditación

Diego Fares sj

Un detalle significativo dentro de la dinámica de los Ejercicios son los cambios que propone Ignacio de la segunda y sexta adición. Dan un índice de la centralidad de la figura de Cristo que nuclea en torno a sí todos los Ejercicios, desde las meditaciones más estructurales hasta los detalles mínimos.

Las adiciones

Ignacio llama “adiciones” a una serie de reglas prácticas que propone de manera integral en la primera semana (en la que se meditan los pecados), algunas de las cuales cambian muy notablemente cuando, en las semanas siguientes, se contempla la vida de Cristo, su pasión, muerte y resurrección.
Quizás como Ignacio las puso en la primera semana quedaron muy ligadas a un esfuerzo ascético y como si fueran normas generales. Tienen algo de esto, pero son mucho más profundas de lo que parecen: ayudan a implementar detalles que hacen a la vida misma de Cristo mediante cuya práctica es posible y relativamente sencillo “transformarse” a imagen del Señor.
Como los tiempos cambian, muchas adiciones se van dejando de lado: algunas, como las que hablan extensamente de la penitencia, por que parecen de una ascética medieval (cilicios, azotes y ayunos); y otras que hacen a las posturas, al silencio, a la modestia de la vista, porque dan la impresión de ser consejos buenos pero no imprescindibles. Es más, hoy hay un gusto muy desarrollado por dinámicas y técnicas de oración que provienen de otros ámbitos culturales y que se “adicionan” a los ejercicios condimentando más sabrosamente, al sentir de muchos, su práctica. Algunas son simples (como los ejercicios de relajamiento), otras más sofisticadas .
Para algunos estas “adiciones” resultan más interesantes que el simple: “hacer una reverencia o humillación un paso o dos antes del lugar donde he de contemplar o meditar, alzado el entendimiento arriba, considerando cómo Dios nuestro Señor me mira, etc.” (Adición 3ª), o el consejo de “no cambiar de posición si “hallé lo que quiero estando de rodillas”, ni “pasar adelante” a otro punto distinto si encontré lo que quería en uno (Adición 4ª).
Este consejo, por ejemplo, Ignacio hace extensivo a “no cambiar de estado” y cuyo espíritu se puede aplicar a recomendar, por ejemplo, a que cada uno no ande probando otras espiritualidades si en una encontró al Señor en paz y le llevó a dar frutos en el servicio del prójimo, parecen no esenciales pero lo son.
Es que no hay que entender “adiciones” como “aderezos” o “cosas decorativas” sino como “expresiones concretas del magis”. Adición es suma y suma es más. Para Ignacio, crecer en el magis, en las adiciones, es esencial. La vida crece y mejora “adicionando” pequeñas cosas vitales a lo que ya posee. Ahora bien, la clave está en adicionar cosas que encarnen más a Cristo en nuestra vida y no cosas accesorias.
Las adiciones de Ignacio son fruto de su experiencia y van unidas esencialmente al contenido central de los otros ejercicios. Tanto que Ignacio hace hacer “examen particular” acerca de cómo cumple el ejercitante estas adiciones y le interesa que le cuente cómo va esto al que da los ejercicios. El que da los ejercicios deja el contenido dela oración más para el alma con Dios y está atento a si la persona cumple las adiciones o no.

Giro Cristológico: de mirarme como pecador a mirar a Cristo

Las adiciones segunda y sexta cambian radicalmente varias veces a lo largo de los ejercicios y este cambio nos da la clave de a donde apunta Ignacio con ellas.
Pareciera que marcan cosas puntuales pero se trata de algo más profundo. La 2ª es para el momento de despertarse. Ignacio nos ha recomendado en la 1ª Adición irnos a dormir pensando en la oración del día siguiente y al levantarnos dice que “no dando lugar a unos pensamientos ni a otros, advertir luego lo que voy a contemplar en el primer ejercicio (de la medianoche)”. Este ejercicios es sobre los pecados y los sentimientos que propone Ignacio son de “confusión de mis tantos pecados” y para ello los pensamientos serán del que se imagina a sí mismo como un caballero avergonzado y confundido que está delante de su rey, a quien hay traicionado, y también delante de todos sus compañeros.
Esta adición cambia totalmente en la segunda semana. Ya no se tratará más de “mirarme a mí mismo” sino de “poner enfrente de mí la contemplación (de la vida de Cristo) que tengo que hacer, deseando conocer más al Verbo encarnado para más servirlo y seguirlo” (EE 130).

La 6ª Adición da el tono del día. Cuando se medita sobre los pecados, Ignacio dice que “no hay que querer pensar en cosas de placer ni alegría, como de gloria, resurrección, etc., porque para sentir pena, dolor y lágrimas por nuestros pecados impide cualquier consideración de gozo y alegría” (EE 78).
Esto se cambia radicalmente en la segunda semana. La recomendación es “traer a la memoria frecuentemente la vida y misterios de Cristo nuestro Señor”. Se trata de tener como gracia el “conocimiento interno del Señor –de sus sentimientos- que por mí se ha hecho hombre, para que más lo ame y lo siga” (EE 104).

El primer giro de las Adiciones es Cristológico. Se pasa de querer tener pensamientos centrados en uno mismo (como pecador y para convertirnos) a dejar de pensar en uno mismo y pasar a cultivar pensamientos y sentimientos evangélicos.

Simplificación Cristológica

En la tercera y cuarta semana se da otro cambio que nos centra más radicalmente en Cristo.
Se trata de una profundización y de una simplificación en Cristo. Al estilo de Pablo que no quiere saber otra cosa sino a Cristo crucificado y resucitado.
La clave para comprender el espíritu con que Ignacio da todos sus consejos y recomendaciones en forma de adiciones lo da lo que dice en la Cuarta Semana. Allí dice que la 2ª adición se ha de mudar y consistirá en que: “(al despertarme) poner enfrente la contemplación que tengo que hacer queriéndome afectar y alegrar de tanto gozo y alegría de Cristo nuestro Señor”. Y la 6ª consistirá en “traer a la memoria y pensar cosas que me muevan a placer, alegría y gozo espiritual, así como de gloria” (EE 229).
Inmediatamente vendrá la Contemplación para alcanzar amor, en la que dirá que “el amor consiste en la comunicación y en darle el amante al amado lo que tiene o de lo que tiene o puede dar” (EE 231).
Se produce así el descentramiento del ejercitante y su centrarse totalmente en Cristo. El esfuerzo por “querer” afectarse y alegrarse del gozo y la alegría del Otro, se corresponde con el Don de su alegría y gozo que quiere hacer Cristo resucitado, cuyo “oficio es consolar como unos amigos suelen consolar a otros” (EE 224).

Todos los Ejercicios son un trabajo para pasar de “lo que siento y pienso” a “lo que puedo querer sentir y pensar gracias a Cristo”.
Se trata de un “querer alegrarme porque Cristo quiere alegrarme”.
La gracia de Cristo Resucitado consiste en permitirnos participar de su alegría y gozo en todo tiempo. Podemos alegrarnos de su alegría en cualquier situación en que nos encontremos. Su Vida Plena de Resucitado es fuente de una alegría que nada ni nadie nos puede quitar.
La alegría es el fruto de un bien presente y Cristo Resucitado es un bien presente constantemente. Pensar en él y hacerlo presente haciendo lo que él nos dice en el evangelio (comulgando con él, sirviéndolo en los pobres, adorando al Padre en espíritu y en verdad como él nos enseñó) es motivo de alegría inmediata.
Poner en práctica este ejercicio (el preámbulo de la contemplación de la Aparición a nuestra Señora dice: demandar lo que quiero: pedir gracia para me alegrar y gozar intensamente de tanta gloria y gozo de Cristo nuestro Señor” (EE 221) coincide con la 2ª Adición modificada: “queriéndome afectar y gozar de tanto gozo y alegría de Cristo nuestro Señor” (EE 229).
Este es el espíritu de las adiciones: transfigurarnos en Cristo unificando nuestras acciones, sentimientos y sensaciones más externas y puntuales con las acciones, pensamientos y sentimientos más íntimos del Señor Resucitado.
De aquí, de esta identificación plena en la alegría y el gozo por la comunicación que el Señor nos hace de ese Bien que es su Vida plena, pasamos luego a identificarnos con los sentimientos y acciones de Cristo Doloroso y de Cristo en la vida cotidiana.
En la Pasión, la 2ª Adición se cambiará y pasará a ser un “esforzarme mientras me levanto y me visto en entristecerme y dolerme de tanto dolor y de tanto padecer de Cristo nuestro Señor” (EE 206). La 6ª será: “traer a la memoria frecuentemente los trabajos, fatigas y dolores de Cristo nuestro Señor” (EE 206).
Aquí también se unifican la petición y las adiciones. La petición es “demandar lo que quiero: dolor con Cristo doloroso, quebranto con Cristo quebrantado, lágrimas, pena interna de tanta pena que Cristo pasó por mí” (EE 203).

Alegría y pena por lo que Cristo pasa por mí son las dos “pasiones” o “afectos” fundamentales que brotan del amor y que, cultivados en pequeñas acciones y gestos de identificación con Cristo, van transformando nuestra afectividad. Al alegrarme de lo que le alegra a Cristo (estar y sentirse resucitado) mi sensibilidad se va curando de sus alegrías pasajeras y se va aficionando mansamente a la alegría duradera. De aquí puedo pasar a alegrarme, como el Padre, por la revelación regalada a los pequeños y sentirme como María, “mirado con bondad en mi pequeñez”, de manera tal que mi alma cante y se alegre en Dios mi Salvador.
Al dolerme por lo que le duele a Cristo, no solo los golpes de la pasión sino toda traición, toda pelea mezquina por celos, todo fariseísmo hipócrita que no se conmueve por la enfermedad y el dolor ajeno, mi sensibilidad se van transformando desde afuera hacia adentro y mi corazón va sintiendo más claramente lo que es malo por la “pena que le da a un Corazón tan bueno como el del Señor”.
Pablo hablaba de “tener los sentimientos de Cristo”. Ignacio lo lleva a “cultivar todo lo que hace al clima que esos sentimientos de Cristo suscitan en su campo de acción”.
A eso apuntan las adiciones. Ignacio las hace extensivas a todos los aspectos de la vida para que se asemejen a Cristo que invita a “quien quisiere venir conmigo, ha de ser contento de comer como yo, y así de beber y vestir, etc.; asimismo ha de trabajar conmigo en el día y vigilar en la noche, etc.; porque así después tenga parte conmigo en la victoria, como la ha tenido en los trabajos (…para que) siguiéndome en la pena, también me siga en la gloria” (EE 93 y 95).

El desafío de simplificar en una sociedad de consumo
Reflexionando podemos sacar provecho y proponer un criterio para todo aquello que se “adiciona” a los Ejercicios (nuevas técnicas y dinámicas sicológicas, socio-políticas, etc.). El criterio va por el lado de examinarlo todo y quedarnos con lo bueno, que en esto de adicionar va por el lado de “centrar al ejercitante más en Cristo”. Centrarlo en un movimiento que lo lleva a convertirse y a simplificarse. Convertirse pasando de una mirada a sí mismo (heridas, pecados, carencias) a una mirada que “fija los ojos en Cristo”, tanto antes del pecado (en cuanto creatura buena a los ojos de Dios) como después, mirando al Señor encarnado. Simplificarse dejando de lado muchas cosas buenas en sí mismas pero que al lado del alegrarse con la alegría de Cristo y dolerse con las penas de Cristo son “desecho”.
“Adicionar” sólo lo que simplifica no es fácil en una mentalidad de consumo. Creo que no puede hacerse si no se complementa con poner la mirada en los pobres, que necesitan que nos definamos rápidos para poder servirlos y que no andemos perdiendo tiempo en formas complicadas de espiritualidad que cambian todos los años como la moda y no terminan de dejar saciada el alma para que se dedique al mayor servicio del pueblo de Dios.

Momento de Contemplación

Hna Marta Irigoy md

Este es el misterio de nuestra fe

Siguiendo la metodología de los EE, San Ignacio nos pone ante el “Misterio de nuestra fe”, misterio de un amor hasta el extremo. Misterio de la muerte y de Vida del Señor, del que San Pablo dice:

“…Si Cristo no resucitó, es vana nuestra predicación y vana también la fe de ustedes” -1° Cor 15,14-
Por eso, hoy tomaremos el Misterio Pascual como un todo. Misterio que sintetiza todo y lo recoge la Eucaristía:
La fraternidad. La celebración del amor fraterno. Recorremos partes de la oración de Jesús en el evangelio de Juan, nos sentimos amigos y no siervos. Compartimos una misma mesa, y en ese gesto nos encontramos llamados a vivir en plenitud. Nos reconocemos hijos de un mismo Padre, y, en consecuencia, hermanos. La mesa común, propia de lo celebrativo en todas las culturas, se explicita aquí como hermandad, como la experiencia de estar vinculados por un amor común que recibimos incondicionalmente.
El servicio . El lavatorio de los pies es expresión de la lógica, de quien, siendo el primero, se ciñe una toalla a la cintura, lava los pies a los suyos y les invita a hacer lo mismo. ¿Qué hace este gesto tan denso? La inversión de categorías, donde el grande se hace pequeño y enaltece a los humildes. La gratuidad de un gesto aparentemente innecesario. La llamada a vivir desde esa misma lógica. En un mundo en que parece que el gran éxito en la vida es ser servido, estamos llamados a lavar los pies polvorientos y heridos de muchos…

La entrega eucarística. Dar la vida no es morir, sino vivir de una manera determinada, dándose día a día –hasta la muerte si hace falta. Esto es lo expresado definitivamente en la Eucaristía. El darse sin reservas. El com-partirse para los otros. El derramarse de una manera fecunda. Ese es el sacerdocio de Jesús, en el que la entrega es de uno mismo.

MOMENTO CONTEMPLATIVO

Este es el misterio de nuestra fe.

Creemos en verdad que Jesús está presente en la Eucaristía, que no es un rito más, sino, que su presencia real en la pequeñez y discreción del pan y del vino, confunde a los sabios y prudentes, pero habla en su mismo lenguaje a los pobres y pequeños.

“Felices los pobres…”

Nada de Jesús les es negado, todo lo que Él es, su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad les pertenece. Todo lo que llenó su vida: su obediencia filial al Padre y su amor indecible a su Madre, su silencio, sus cansancios, su oración, sus humillaciones, y sobre todo su muerte redentora y resurrección.
Todo esto es lo que el Señor nos ofrece:

“Tomen y coman, tomen y beban”.

Pidamos al Señor,

Que al caminar con nosotros nos haga arder el corazón,

Que al llegar a casa, lo invitemos a quedarse con nosotros…

Que al partir el Pan, lo reconozcamos, Vivo…

Y que habiéndolo reconocido, corramos a anunciar que está Vivo y presente en nuestro diario caminar…

Y lo hagamos siempre en memoria suya…

Momento de meditación

Diego Fares sj

Los tres grados de afecto a Jesús (EE 163-168)

La consideración sobre las tres maneras de humildad suena distinto si se hace desde la perspectiva del afecto a Jesús. Cuando San Ignacio daba los puntos para esta meditación se ve que insistía en el amor, porque uno de sus ejercitantes, el Dr. Ortiz, anotó en su cuaderno “tres maneras y grados de amor a Dios”.

En los talleres de este año vamos siguiendo la pista de los afectos y esta consideración nos da pie para conectar humildad y afectos ya que Ignacio comienza diciendo que considerar los tres modos de humildad “aprovecha mucho para que la persona se afecte a la verdadera doctrina de Cristo nuestro Señor”.

Pienso que puede ayudarnos titular como hemos titulado: “tres grados de afecto a Jesús”. ¿Qué ventaja tiene hablar así? Creo que las palabras “obediencia” y “seguimiento” tienen connotaciones de obligatoriedad y despiertan en nuestros oídos postmodernos resonancias negativas. En cambio la palabra “afectos” tiene resonancias entrañables. Y la realidad es que cuando Ignacio habla de obedecer a Dios y de seguir a Jesús el más lo liga a los afectos, a la elección gratuita. La obligatoriedad está ligada al mínimo, a lo necesario para andar bien. Todo lo extra es gratuito, fruto de la amistad y de la generosidad del que está agradecido y por eso quiere dar más.

San Agustín, en la lectura del Breviario de hoy, habla de esto. Medita sobre la frase del Señor “Nadie puede venir a mí si no es atraído por el Padre” y pone una objeción que hacía la gente de su tiempo: “¿Cómo puedo creer libremente si soy atraído?”. Y responde Agustín: “Me parece poco decir que somos atraídos libremente; hay que decir que somos atraídos incluso con placer”. ¡Qué gran corazón el de Agustín. Y que oído fino para captar las quejas de su tiempo y disolverlas con dulzura de maestro¡ “Enséñale unos dulces a un niño y verás cómo lo atraes; es atraído sin que se violente su cuerpo, es atraído por aquello que desea”. “Qué significa ser atraído por placer? Sea el Señor tu delicia y él te dará lo que pide tu corazón. Existe un apetito en el alma al que este pan del cielo le sabe dulcísimo. Si es cierto que cada cual va en pos de su apetito ¿no va a atraernos Cristo revelado por el Padre? ¿Qué otra cosa desea nuestra alma con más vehemencia que la verdad?” ¿No va a atraernos Jesús que es la Verdad plena?

“Afectarnos a la verdadera doctrina de Cristo” equivale a decir “afectarnos a los criterios del evangelio”. Cobrarles afecto en el sentido de valorarlos como palabras que iluminan la vida, como consejos que ayudan a resolver los problemas que se nos presentan en la vida cotidiana cuando estamos dedicados al servicio de nuestros hermanos en la misión que el Señor nos encomienda.

La clave que quiere dar Ignacio, con su pedagogía de poner grados se podría formular así: cuanto más afecto le tengo al Señor más fácilmente lo obedezco y lo sigo, con más gusto y prontitud respondo a sus leyes y a sus consejos. Y viceversa: cuanto más me juego en el cumplimiento de todo lo que el Señor manda y sugiere más afecto le iré sintiendo. Es ese juego que el Señor hace de “el que me ama cumple mis mandamientos” y “el que cumple mis mandamientos, ese es el que me ama”.

Primer grado de afecto al Señor

La primera manera de humildad es necesaria para la salud eterna, es a saber, que así me baje y así me humille cuanto en mí sea posible, para que en todo obedezca a la ley de Dios nuestro Señor, de tal suerte que aunque me hiciesen Señor de todas las cosas criadas en este mundo, ni por la propia vida temporal, no sea en deliberar de quebrantar un mandamiento, ya sea divino, ya humano, que me obligue a pecado mortal.

El primer grado de afecto a Jesús consiste en dos actitudes: que así me baje y así me humille cuanto en mi sea posible para que pueda obedecer de tal manera que ni se me ocurra ponerme a pensar en la posibilidad de quebrantar la ley en algo que me haga pecar mortalmente. Hay que ver la frase en conjunto y parte por parte. El sentido final del bajarme y humillarme es hacer contra a la tentación de “deliberar” sobre pecados mortales. Deliberar es una actividad de la razón práctica que consiste en calcular la relación entre los medios y el fin. La deliberación es un paso intermedio entre el apetito racional que me obliga a desear el bien y los medios que puedo elegir para conseguir ese bien. Cuando hay un solo medio para lograr el bien uno no duda, el problema es cuando se nos presentan varias opciones. Aquí viene la deliberación, el cálculo de cual medio es mejor. Ignacio con este primer grado de humildad supone que cuando se trata de pecados mortales uno tiene claras las ideas. Si hay algún desajuste proviene de estar “demasiado alto” o de tener “demasiada soberbia”. Por eso propone algo concreto: bajarme y humillarme hasta sentir que por nada del mundo se me ocurriría ponerme a fantasear sobre la viabilidad de un medio que me lleva al infierno.

Es como les enseñamos a los chicos a no jugar con fuego o con electricidad. Les marcamos fuertemente la obediencia ciega que deben tener ante cosas mortales para que no anden jugando. En otras cosas, por el contrario, estimulamos la deliberación y la reflexión para que crezcan en libertad. Pero no en lo que es peligroso.

¿Y el afecto? ¿Cómo entra si esto es obligatorio? Entra en que uno se puede bajar y humillar y sentirse creatura totalmente sujeto a alguien sólo si lo ama. Si no hay amor uno se reserva la facultad de “deliberar”. La historia de la humanidad y del pueblo elegido muestran que la ley, con toda su racionalidad, no basta para evitar que el hombre delibere infringirla. “Hecha la ley hecha la trampa”, como se dice. En cambio el afecto a Jesús, que resume toda la ley en la única ley del amor y la cumple Él primero, dando la vida para salvarnos, es lo que puede ubicar nuestro pensamiento en ver cómo puede volverse más obediente y no en cómo puede zafar de algún precepto.

Es bueno notar los matices de la pedagogía ignaciana. Por un lado, lo que no se negocia ni por miedo ni por ambición. Por otro, el “cuanto en mí sea posible”, el magis puesto en términos humanos, relativos, de proceso y de crecimiento posible. Nada de rigidez en los medios, inflexibilidad en los fines.

Esta primera humildad apunta al sentido de la salvación eterna. Al instinto de conservación. Yo tengo una ley que hace a mi vida y que no puedo tener confusa o desdibujada.

Es posible crecer en esta ley básica, aclarar bien lo que amenaza a mi vida eterna: dañar a los que mas amo, ser infiel a mi familia, congregación, patria…, traicionar mi honor. Puede ayudar ponerse ejemplos de cosas tentadoras. Si me ofrecieran dinero… Y reafirmar mi pequeñez para ubicar la tentación ante el valor supremo de la vida eterna.

Segundo grado de afecto al Señor

La 2ª es más perfecta humildad que la primera, es a saber, si yo me hallo en tal punto que no quiero ni me afecto más a tener riqueza que pobreza, a querer honor que deshonor, a desear vida larga que corta, siendo igual servicio de Dios nuestro Señor y salud de mi ánima; y, con esto, que por todo lo criado ni porque la vida me quitasen, no sea en deliberar de hacer un pecado venial.

En la segunda manera de humildad Ignacio habla expresamente de afecto: “si me hallo en tal punto que no quiero ni me afecto más” a una cosa más que a otra si veo que son iguales para el servicio del Señor y la salud de mi alma. El ejercicio anterior consistía en “bajarse y humillarse”. Como en la meditación de los pecados en que Ignacio hace que uno se empequeñezca considerando quién es en comparación con todos los hombres, con todos los santos, con Dios nuestro Señor… Este ejercicio ayuda a pensar “si soy tan pequeñito ¡cómo voy a pecar!”.

En esta segunda manera de humildad el ejercicio consiste en “constatar”, en medir el grado de influencia que tiene sobre mis afectos el servicio de Dios nuestro Señor y la salud de mi alma frente a las cosas que son básicas “en segundo lugar” diríamos: la salud, la vida y el honor. Es un ejercicio del tipo de “a ver a quién querés más”. Los ejemplos que pone Ignacio son bien indicativos. Son lo más básico después de Dios y de la propia alma. La vida, la salud y el honor tienen como disparadores automáticos que influyen de manera inmediata moviéndonos a poseerlas, desearlas y defenderlas.

Este segundo grado de humildad se corresponde a las veces en que Jesús nos hace “buscar el reino de Dios que lo demás se nos dará por añadidura” y a “no preocuparnos sino por el que puede robarnos la vida eterna”. El Señor reclama un afecto total cuando dice que “el que pierda su vida por amor a Él la ganará”.

El indicador de los pecados veniales es muy decidor. Cuando uno ama mucho a alguien le preocupan mucho las “faltas veniales”. Es más, los detalles o las cosas que no son “graves” dicen más del amor que las cosas grandes.

Si el primer grado de afecto es básico para “no poner en riesgo la vida eterna”, este segundo grado de afecto quita todo obstáculo y hace que la vida corra en plenitud, sirviendo, dando salud y corrigiendo los defectos.

Tercer grado de afecto al Señor

La 3ª es humildad perfectísima, es a saber, cuando incluyendo la primera y segunda, siendo igual alabanza y gloria de la divina majestad, por imitar y parecerme más actualmente a Cristo nuestro Señor, quiero y elijo más pobreza con Cristo pobre que riqueza, oprobios con Cristo lleno de ellos que honores, y desear más de ser estimado por vano y loco por Cristo que primero fue tenido por tal, que por sabio ni prudente en este mundo.

El tercer grado de afecto es perfectísimo, dice Ignacio. Es de notar que no deja atrás los otros dos sino que los incluye. ¿Por qué los incluye? Porque no en todos los ámbitos de la vida uno puede “querer y elegir” pobreza, oprobios y ser tenido por vano y loco por Cristo. Al que cultiva los otros dos grados de humildad, el Señor si lo ve conveniente, le ofrece oportunidades de “parecerse más a su Hijo” en pobreza y en persecuciones, como dicen las bienaventuranzas. Estamos en la lógica del amor. Los dos primeros grados del afecto se sitúan en el terreno “negativo” de la deliberación que “excluye” lo que no lleva al fin. En este tercer grado del afecto Ignacio nos sitúa en el ámbito positivo de la elección. La elección libre de lo más doloroso sella el amor. Cuando alguien ha elegido libremente sufrir algo con nosotros o por nosotros, nos gana el corazón y despierta el amor y la lealtad incondicionales. Ese es el fruto que el Señor tiene la delicadeza de ofrecernos. Quizás no podemos “hacer todas las cosas lo bien que deberíamos” por amor a Él, pero las que nos toca sufrir, sí podemos “elegir” sufrirlas por amor a él. Especialmente esas cosas que no afectan al servicio de Dios ni a la salud del alma. El afecto lleva a querer parecernos a Cristo. Y ya que no podemos parecernos a Él en su poder sí podemos parecernos en su humildad en padecer.

Ignacio termina con una nota exhortando al que quiera alcanzar este grado de afecto a que haga los coloquios de los binarios, “pidiendo que el Señor nuestro le quiera elegir en esta tercera mayor y mejor humildad, para más le imitar y servir, si igual o mayor servicio y alabanza fuere a la su divina majestad”. El pedido es “gratuito”: quiera elegir. Claramente estamos en el terreno de los afectos!

Momento de contemplación

Hna Marta Irigoy md

“Camina humildemente con tu Dios”

La humildad, lo mas cristiano y lo humano…

Para San Agustín, la humildad consiste en reconocernos como somos, en reconocernos como hombres, es decir, en conocernos a nosotros mismos: “Dios se humilló por ti. Tal vez te ruboriza imitar a un hombre humilde; imita, al menos, al humilde Dios.

La humildad es una virtud típicamente cristiana. Ningún filósofo, ningún sabio de los antiguos podía enseñarnos esta virtud de la humildad, sólo Cristo es el doctor de la humildad, sólo Él la puede enseñar.

Cristo es el que la trae por primera vez. Cristo es el gran maestro que nos enseña todo lo que tenemos que saber para vivir bien en esta vida, pero sobre todo Cristo es para Agustín maestro de la humildad. Esta es la gran asignatura, la principal que Cristo nos vino a enseñar y que siempre tendremos pendiente en el curso de la vida, porque nunca está suficientemente aprendida.

Oculta el Hijo de Dios su venida en el hombre y se hace hombre; tú, hombre, reconoce que eres hombre. Toda tu humildad consiste en que te conozcas” (Comentario al evangelio de Juan 25, 16). El conocimiento real del hombre está estrechamente unido a la mediación de Cristo: “La humildad del hombre es su confesión, y la mayor elevación de Dios es su misericordia. Si, pues, viene Él a perdonar al hombre sus pecados, que reconozca el hombre su miseria y que Dios haga brillar su misericordia” (Comentario al evangelio de Juan 14,5).

MOMENTO CONTEMPLATIVO

La liturgia del día de hoy, providencialmente nos trae, el hermoso texto de las Bienaventuranzas.

Se ha escrito mucho sobre ellas, y las hemos rezado también bastante…sin embargo, todavía no terminamos de aprender del Maestro que nos dijo: “Aprendan de Mí que soy manso y humilde de corazón, así encontraran alivio…” -Mt 11,29b-

También el profeta Miqueas decía:

“Se te ha indicado, hombre, qué es lo bueno y qué exige de ti el Señor: nada más que practicar la justicia, amar la fidelidad y caminar humildemente con tu Dios” (Miqueas 6, 8).

Las bienaventuranzas, son el camino hacia la humildad, es la pedagogía del Maestro…

Quedemos sintiendo y gustando aquella que más deseo pedir como don para este tiempo en mi vida…

* Quizás nos ayude esta pregunta:

¿Qué pasos puedo dar para crecer en humildad durante este tiempo, en actitud de espera y de confianza en el Señor?

“Jesús, fijando la mirada en sus discípulos, dijo: « ¡Felices ustedes, los pobres, porque el Reino de Dios les pertenece!

¡Felices ustedes, los que ahora tienen hambre, porque serán saciados! ¡Felices ustedes, los que ahora lloran, porque reirán!

¡Felices ustedes, cuando los hombres los odien, los excluyan, los insulten y los proscriban, considerándolos infames y los proscriban, considerándolos infames a causa del Hijo del hombre!

¡Alégrense y llénense de gozo en ese día, porque la recompensa de ustedes será grande en el cielo. De la misma manera los padres de ellos trataban a los profetas!” (Lc. 6,20-23).

Mi corazón canta agradecido.

Señor, mi corazón rebosa agradecimiento

por tantos dones y bendiciones tuyas.

No bastaría el canto del corazón y de los labios,

si no pusiera mi vida a tu servicio,

para dar testimonio con mis acciones.

A ti la gratitud y la alabanza.

Tú me has sacado de la nada y me has elegido;

me has hecho feliz con tu amor y tu presencia.

No te conozco bien, no conozco siquiera mis necesidades.

Pero Tú, ¡oh Padre!, nos conoces por entero.

Soy incapaz de amarme a mi mismo como Tú me amas.

Tú, Señor, me has creado con un sólo corazón

y quieres que sea sólo para ti.

Señor, estar ante ti es lo más grato.

En este momento me presento ante ti.

Acéptame cuando y como quieras.

Haz de mi según tus deseos.

Me has creado a tu imagen,

y me has hecho hijo tuyo.

Honor, gloria y alabanza a ti, Padre,

por los siglos de los siglos. Amén.

MOMENTO DE MEDITACIÓN

Diego Fares sj

Los tres binarios (EE 150-155).

La meditación de “Tres binarios” es un test del apego. Cuando en los ejercicios uno tiene que hacer elección de estado de vida este test ayuda a ver el grado de desapego que uno tiene a lo propio y la disponibilidad para apegarse a lo que le propone Dios. No se trata para nada de vivir “desapegado de todo”. La seguridad emocional que da la posesión de bienes es esencial para la vida: amar es ligarse afectivamente y comprometerse con lo que uno ama. Pero cuando hay que elegir, cuando tenemos que optar por algo nuevo, es clave tener claro cuál es el Bien único al que debemos estar apegados y cuál es la jerarquía del apego a los otros bienes. No pueden estar las cosas por encima de las personas. El ejemplo clásico es el del que en un incendio pierde la vida por salvar el documento.
Los tres binarios ayudan a ver el grado de preferencia real que uno tiene a Jesús y a su reino y los mecanismos a veces inconscientes de autojustificación que impiden la libertad espiritual. Esa libertad del que pone su seguridad sólo en Dios y busca en todo su mayor servicio y alabanza.
La historia comienza así: Hay tres pares de personas, que: “Han adquirido diez mil ducados, no pura o rectamente por amor de Dios, y quieren todos salvarse y hallar en paz a Dios nuestro Señor, quitando de sí el peso e impedimento que tienen para ello en la afección o apego de la cosa adquirida”.
Los diez mil ducados representan todos los objetos de deseo (bienes poseidos o codiciados). Pero cada persona tiene que concretar “su cosa adquisita” examinándola en relación a lo que el Señor le propone para elegir. Uno se sorprende cómo, a veces, lo que impide seguir alegremente al Señor no es un bien significativo, digamos, sino algo circunstancial: un capricho, un gusto pasajero. Pequeñas cosas que son síntoma de un apego al propio interés y una falta de hábito de apegarse a los intereses de Cristo.
En lenguaje ignaciano, afección es el apego afectivo arraigado que le tenemos a alguna persona o cosa y que ejerce un influjo constante en nuestra memoria, en nuestros pensamientos y decisiones. La afección transforma una cosa cualquiera en “cosa acquisita”, en cosa de mi posesión, en cosa predilecta. E Ignacio, siguiendo a Pablo, desea que su “cosa acquisita” sea Jesús y en él todo lo demás, según aquello de “amarte a ti, Señor, en todas las cosas y a todas en ti”; que uno se aficione tanto al Señor Jesús que llegue a sentir que es capaz de perder todas las cosas “con tal de ganar a Cristo” . En su Autobiografía Ignacio nos cuenta cómo deseaba estar “aficionado sólo a Dios” .

¿Cómo sabemos a qué estamos “aficionados”?
La afección influye poderosamente en toda nuestra existencia. De las afecciones que están en el fondo del ser de una persona emergen impulsos y deseos que mueven su voluntad a favor de lo que ama o en contra de lo que teme o aborrece; la memoria instintivamente se encuentra llena de imágenes de la persona o cosa deseada o temida; la mente, insensiblemente, realiza una intensa labor para encontrar y justificar los motivos que le ayuden a estar con la persona o cosa amada o evitar a la aborrecida.
Ahora bien, por el ejemplo que utiliza Ignacio, de una suma de dinero grande como cosa acquisita, podemos ver que no está hablando aquí de nuestras “afecciones naturales” (cosa que hace en otros sitios) sino de las cosas adquiridas, que tiene su historia, y que son más que cosas, “medio para”. Uno se adhiere fácilmente al dinero apenas lo agarra, pero también se desafecta apenas lo suelta, ya que en sí mismo no tiene “historia” como pueden tenerlo otras cosas materiales y mucho más las personas.
Es que en esta etapa de los Ejercicios Ignacio quiere fortalecer el corazón antes de elegir estado de vida (o de reformar para mejor el que uno ya ha elegido). Ignacio quiere ayudarnos a liberar el corazón no ya de sus pecados (cosa que se trabajó en la primera semana) sino de aquellas cosas que uno a adquirido por elección o porque le cayeron en suerte y que tienen que estar bien relativizadas a la hora de optar por nuestro Bien Mayor y Ultimo. Por eso, en los preámbulos, Ignacio nos invita a ponernos delante del Señor y de todos sus santos y pedir la gracia de elegir lo que sea para su Mayor Gloria y salud del alma. La presencia del Señor y de sus santos –los que ya eligieron bien- y el deseo de la Gloria de Dios y de la propia salvación sirven para ver las demás cosas en su lugar relativo.

Tres tipos de reacción ante los diez mil ducados: signo de tres grados de apego

Postergar
“El primer binario querría quitar el afecto que a la cosa acquisita tiene, para hallar en paz a Dios nuestro Señor y saberse salvar; y no pone los medios hasta la hora de la muerte”.
El dilatar es la reacción típica de las personas “que querrían pero nunca acaban de querer”. Son los que no terminan de poner los medios para hacer lo que en el fondo de su corazón dicen desear. Hay un fondo de tibieza en esta actitud y puede provenir de no darle tiempo a la oración. El bien del evangelio necesita tiempo para encender el corazón. La dispersión hace que se gocen más los bienes inmediatos y el Bien mayor no llegue a alegrar el corazón. San Agustín cuenta: “ya tenía treinta años y todavía me hallaba en el mismo lodazal, ávido de gozar de los bienes presentes que huían y me disipaban tanto que decía: ‘mañana lo averigüaré, la verdad aparecerá clara y la abrazaré”. Me sentía aún cautivo de mis iniquidades y lanzaba voces lastimeras: ‘hasta cuándo, hasta cuándo: mañana, mañana? Por qué no: hoy? Por qué no poner fin a mis torpezas en esta misma hora?” (Confesiones 6 y 8).

No soltar
“El 2º quiere quitar el afecto, mas así le quiere quitar, que quede con la cosa acquisita; de manera que allí venga Dios, donde él quiere; y no determina de dejarla, para ir a Dios, aunque fuese el mejor estado para él”.
No soltar la cosa aquisita mientras uno trata de valorar el bien que Dios propone es una reacción propia del que negocia. En el fondo del negociar con Dios sin soltar lo propio suele haber miedo. Miedo a que me pida mucho, miedo a que el bien que me promete no sea tan grande, como en el caso del joven rico. También suele haber dureza de juicio, como en el caso de Naamán que no entiende por qué Dios le pide que se bañe siete veces en el Jordán.

El que suelta
“El 3 quiere quitar el afecto, mas así le quiere quitar, que también no le tiene afección a tener la cosa acquisita o no la tener, sino que:
quiere solamente quererla o no quererla, según que Dios nuestro Señor le pondrá en voluntad, y a la tal persona le parecerá mejor, para servicio y alabanza de su divina majestad; y, entre tanto, quiere hacer cuenta que todo lo deja en afecto, poniendo fuerza de no querer aquello ni otra cosa ninguna, si no le moviere sólo el servicio de Dios nuestro Señor; de manera que el deseo de mejor poder servir a Dios nuestro Señor le mueva a tomar la cosa o dejarla”.
El ejemplo de San Francisco cuando quema la cesta de mimbre que estaba tejiendo para el cocinero. Como se había afectado por vanidad y se distrae de Dios la quema y luego le hace otra al cocinero.
También es bueno el ejemplo de Agustín cuando dice: lo que quieras, cuando quieras y del modo que tú quieras.
Todo seguimiento implica soltar algo: Mateo, suelta la guita, Pedro y Juan, las redes y a su padre, Nicodemo, el qué dirán, la Samaritana, los maridos, Bartimeo, el manto…

Ignacio agrega una nota:
Es de notar que cuando nosotros sentimos afecto o repugnancia contra la pobreza actual, cuando no somos indiferentes a pobreza o riqueza, mucho aprovecha, para extinguir el tal afecto desordenado, pedir en los coloquios (aunque sea contra la carne) que el Señor le elija en pobreza actual; y que él quiere, pide y suplica, sólo que sea servicio y alabanza de la su divina bondad” (EE 149-157).

El lenguaje de Ignacio es fuerte y a primera vista siempre deja la impresión de que se trata de un ejercicio voluntarista: tipo “aquí hay que juntar fuerzas para animarse a elegir lo peor y lo más difícil”. Esta impresión es alimentada por nuestras cosas acquisitas mismas que enseguida se alarman y comienzan a emitir señales de “peligro”, porque ven la que se les viene. Sin embargo, Ignacio apunta a algo más hondo. El ejercicio consiste en: 1º identificar los afectos y las repugnancias más fuertes con respecto a las enseñanzas de Jesús (las bienaventuranzas),
2º hacer contra ese afecto o repugnancia,
3º pero no por que la cosa acquisita sea el centro de la atención, sino para que nuestro corazón se adhiera primero a Jesús y, por amor a Él, a lo que El elije para uno.
Se trata de un Ejercicio para encontrar la única cosa acquisita que podemos poseer verdaderamente. La posesión de las otras es ilusión pasajera. Más bien ellas nos poseen a nosotros.
Se trata de “aficionarme solo a Jesús nuestro Señor”, se trata de un ejercicio positivo para que nuestra voluntad se adhiera con todas sus fuerzas a su verdadero Bien, al Amor de Dios, a su Voluntad que nos quiere bien, y nada menor o pasajero se interponga.

El deseo de mejor poder servir a la divina Bondad es la clave.
Amar más y más plenamente lo que amamos es el desafío. Si el tema concreto es “la cosa acquisita”, que a todos nos inquieta, es porque las cosas “se nos pegan” y arrancar el afecto que en ellas pusimos es como arrancarnos la piel. Por que nuestra voluntad tiene una fuerza de adhesión poderosísima. Es como esos pegamentos instantáneos que si uno se descuida, cuando quiere pegar algo, se le quedan pegados los dedos entre sí.
Este es quizás un buen ejemplo. Ya que no se trata aquí de que haya “cosas malas” sino del poder de adherirse que tiene nuestro amor y nuestros afectos, y que, sin darnos cuenta, a ese poder de adhesión se le han adherido “cosas” que han pasado a ser “acquisitas”. El dinero es una de esas cosas que fácilmente se convierte en cosa acquisita.

Es importante recordar que, para vivir, uno tiene que afectarse a las cosas buenas que elije. Y que hay cosas que exigen mayor grado de afección. Por eso es que cuando se trata de cambios grandes de vida –la primera vocación, un cambio de misión, de trabajo…- es necesario entrar en Ejercicios para “hacerse indiferente” a la hora de elegir, de modo que el Amor del Señor sea lo que guía nuestra elección o reforma.

MOMENTO DE CONTEMPLACIÓN

Marta Irigoy, misionera diocesana

Dios es y basta

(El Hermano de Asís, IGNACIO LARRAÑAGA, Paulinas, 1981, 306-308)
Francisco de Asís, enfermo y próximo a morir está preocupado por su obra
y por lo que será de ella después de su muerte. (Lo acompaña Santa Clara)

“Entonces Clara tomó la iniciativa y dijo:
Días atrás leía que un antiguo monasterio se dividió por causa de un gatito. Una hermana se encariñó de su gatito. A las hermanas que miraban feo al gatito la “propietaria” del gatito les daba mirada fea, hasta que el monasterio se dividió entre las que miraban bonito y las que miraban feo al gatito. El gatito se había transformado en el único “dios” del monasterio… –“Ignoro si esto es una historia o una alegoría”, dijo Clara…

¡Un pequeño problema de apreciación!, Padre Francisco. La cosa que amamos, se nos prende. A veces dudo si la cosa se nos prende o somos nosotros los que nos prendemos a la cosa. Posiblemente no hay diferencia entre lo uno y lo otro. Cuando se cierne una amenaza sobre la cosa que amamos, quiero decir, cuando surge el peligro de que la cosa se nos escape, nos agarramos más fuertemente a ella. En la medida en que aumenta el peligro, más crece nuestra adhesión. En la medida en que más crece nuestra adhesión, mayor es la cosa. Y así, al final, en el monasterio no queda más cosa que el gatito. Quiero decir, damos una importancia desproporcionada.

Padre Francisco: el ideal, la Orden, la Pobreza son cosa ciertamente importante. Pero levanta un poco la vista; mira a tu derredor y te encontrarás con una realidad inconmensurable, altísima: Dios. Si miras a Dios, aquello que tanto te preocupa, te parecerá insignificante. ¡Pequeño problema de apreciación! ¿Qué valen nuestros pequeños ideales en comparación de la eternidad e inmensidad de Dios? Cuando se mira la altura del Altísimo, nuestros temores parecen sombras ridículas. En la altura de Dios, las cosas adquieren su real estatura, todo queda ajustado y llega la paz.

… Querido Padre Francisco, ¡Dios!, ¡Dios! Padre Francisco, fuiste un implacable talador. Quemaste, barriste, demoliste casa, dinero, padres, posición social. Avanzaste hacia latitudes más profundas: venciste el ridículo, el miedo al desprestigio. Escalaste la cumbre más alta de la Perfecta Alegría. Te despojaste de todo para que Dios fuera tu Todo. Pero si en este momento reina alguna sombra en tus habitaciones, es señal de que estás prendido a algo y de que Dios todavía no es tu Todo: de ahí tu tristeza. En suma, es señal de que has catalogado como obra de Dios lo que en realidad es obra tuya.

Para la Perfecta Alegría sólo te hace falta una cosa: desprenderte de la obra de Dios y quedarte con Dios mismo, completamente desnudo. Todavía no eres completamente pobre, hermano Francisco; y por eso todavía no eres completamente libre y feliz. Suéltate de ti mismo y da el salto mortal: Dios es y basta. Suéltate de tu ideal y asume gozoso y feliz esta Realidad que supera toda realidad: Dios es y basta. Entonces sabrás qué es la Perfecta Alegría, la Perfecta Libertad y la Perfecta Felicidad. Dios es y basta, repetía sollozando el Hermano. Se levantó despacito, sin alzar los ojos del suelo, abrumado de felicidad, y dijo por última vez: Dios es y basta. Esta es la Perfecta Alegría

MOMENTO CONTEMPLATIVO

Es el amor hacia la Persona de Jesús que nos ama desinteresada y gratuitamente lo que nos va modelando el corazón para amar todo lo que él ama y los medios que propone para seguirlo.

Del amor de la Persona de Cristo brota insensiblemente el amor a lo que toca a su persona.

De la afección a la Persona de Jesús se llega a la afección de todo lo que interesa a Jesús. De este modo va madurando el corazón hasta llegar a que lo primero que se mira es darle el gusto a Dios nuestro Señor, y las cosas se quieren o no según que Él las quiera o no.

Uno va sintiendo que, en las cosas que elige, lo que inclina la balanza es el peso del amor de Dios y no la cosa misma.

Para que en nuestra vida, brote la Alegría, se despierte o se la encuentre,
pidamos conocimiento interno del Señor, que por mí se ha hecho hombre para más amarlo y seguirlo”

Leamos este texto de San Pablo, para que este conocimiento de Jesús, se nos vaya regalando cada día, para hacer de nuestra vida una ofrenda de todas las cosas que el mismo Señor nos ha dado:

“Lo que para mí era una ganancia, lo he juzgado una pérdida a causa de Cristo. Y más aún: juzgo que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por quien perdí todas las cosas, y las tengo por basura para ganar a Cristo (…) y conocerle a él, el poder de su resurrección y la comunión en sus padecimientos hasta hacerme semejante a él en su muerte, tratando de llegar a la resurrección de entre los muertos” (Fil 3, 7 ss).

Al rezar, ponemos en las manos de Dios nuestra vida hecha ofrenda…
Hay quien no deposita su vida en las manos de Dios y posterga hacerlo hasta la hora de la murete; hay quien le da a Dios las sobras, y así mientras “cumple” con Él, al mismo tiempo retiene lo suyo, y hay quien lo deja todo en las manos de Dios para, en adelante, llevar en ellas lo que Dios nos confié, nuevamente…

MOMENTO DE MEDITACIÓN

Diego Fares sj

Con la meditación de las Dos Banderas Ignacio nos introduce en la elección de estado de vida.
“Comenzaremos, a la vez que vamos contemplando la Vida del Señor, a investigar y a preguntar en qué vida o estado de nosotros se quiere servir su divina majestad; y así para introducirnos un poco en esto, en el primer ejercicio siguiente (Dos Banderas ‘de enganche’ o Dos programas operativos antagónicos con sus tácticas y estrategias’) veremos la intención de Cristo nuestro Señor y, por el contrario, la (dañada intención) del enemigo de la naturaleza humana; y cómo nos debemos disponer para llegar a la perfección en cualquier estado o vida que Dios nuestro Señor nos diere para elegir” (EE 135).

Mandamientos y consejos

Debemos saber que, en los Ejercicios, ‘estado de vida’ tiene un significado evangélico. Para Ignacio solo existen “dos estados de vida”. Un estado de vida es la vida según los mandamientos. El otro es una vida según los consejos evangélicos.
El objetivo de hacer Ejercicios de San Ignacio “no son los mandamientos de la ley de Dios que obligan bajo pena de pecado –grave o leve, según la materia, la advertencia y la libertad que uno tenga-, sino los consejos evangélicos, que obligan, como decía el Padre Nadal, compañero de Ignacio, que no obligan bajo pena de pecado sino bajo pena de imperfección, porque la materia de un “consejo” es la perfección. Para conocer los mandamientos basta la conciencia que nos dice “lo que está bien y lo que está mal” y en lo dudoso nos lleva a consultar. Para conocer los consejos que Jesús da, a unos unos y a otros otros, cada uno debe plantearse el tema personalmente y hacer “discernimiento de espíritus”. Porque no son obligatorios sino libres y hacen a cosas buenas que Dios puede invitar a que uno haga en mayor o menor grado. Como dice Juan Pablo II en “El don de la redención”: en el evangelio hay muchas invitaciones que “sobrepasan la medida del mandamiento indicando no sólo lo que es necesario para ‘tener en herencia la vida eterna’ (Mc 10, 7) sino lo que es ‘mejor’. Así por ejemplo las invitaciones a:
no juzgar (Mt 7, 1), ‘prestar sin pretender contraprestación’ (Lc 6, 35), ‘satisfacer a todas las peticiones y deseos del prójimo’ (Mt 5, 40), ‘invitar al banquete a los pobres’ (Lc 14, 13-14),
‘perdonar una y otra vez, siempre’ (Mt 6, 14-15), saludar al que no te saluda, hacer oración, limosna y penitencia en secreto, aguantar paciente y mansamente críticas, quejas, insultos,
mantener la paz cuando no somos recibidos ni escuchados…).
Negativamente se dice que los consejos no obligan bajo pena de pecado sino bajo pena de imperfección. Se habla de “pena” porque lo obligatorio tiene relación a un premio o castigo. Pero es un lenguaje que nos suena legalista y basado en el temor. Podemos destacar la cara positiva recordando que la perfección es interior, es “ser perfectos como el Padre es perfecto”. Y la perfección del Padre consiste en ser misericordioso, con una misericordia que no tiene límites. También podemos decir la perfección en la misericordia es “tener los sentimientos de Jesús”. A esto apuntan los consejos: a crecer interiormente en sentir como sienten el Padre y Jesús. Y esta perfección se experimenta al elegir esos gestos concretos y al realizar esas acciones a las que Jesús nos invita: “si querés ser perfecto…” seguí tal consejo (de despojo de bienes, de fama, de orgullo…, y seguime a Mí, tu único bien.

Dos Banderas: escalones del amor a Cristo

En la meditación de Dos Banderas Ignacio nos presenta los “escalones” contrarios por los que se “sube de bien en mejor” en el seguimiento amoroso de Cristo o se va “de mal en peor bajando” tironeados y empujados por el enemigo de la naturaleza humana.
Los escalones ascendentes que propone Jesús son la pobreza y la aceptación (o el deseo) de oprobios y menosprecios (humillaciones) para llegar a la humildad que nos abre a todos los dones de nuestro Sumo Capitán. Contra ellos están los escalones por los que nos despeña el mal espíritu, que son de riquezas y vanos honores por los que nos lleva a ser soberbios.
No se trata de “elegir” entre las Dos banderas. Nuestro corazón siempre nos inclina al bien y el Bien más grande es Cristo, nuestro Amigo y Salvador. De lo que se trata en los ejercicios es de discernir en esos escalones por los que Cristo es Camino que nos lleva al Padre cuál es el pasito de perfección que podemos dar con alegría y afecto como respuesta al “más” que nos propone el Señor.
En la pobreza, puede ser que Jesús a uno lo invita a “vender todos sus bienes y darlos a los pobres” como le dijo al joven rico mientras lo miraba con mucho amor.
Pero puede que a otro no le diga nada y le acepte lo que ofrece, como fue el caso de Zaqueo, que prometió dar la mitad de sus bienes y devolver cuatro veces lo robado.
También puede ser que a otro lo invita a “dar al que le pida”, en una actitud de disponibilidad a lo que sale al paso cada día.
En lo que hace a la tolerancia a los menosprecios y a las injurias también hay infinitos grados: poner la otra mejilla es una actitud; no devolver mal por mal ni ojo por ojo, es otra. Bendecir al que nos maldice, saludar al que no nos saluda, ser manso y paciente cuando somos injuriados, alejarnos en paz cada vez que en un lugar o situación no somos bien recibidos, Perdonar las ofensas… como vemos hay distintos grados de perfección en cuanto a “sufrir” menosprecios por amor a Cristo, imitando sus actitudes en esta parte de la cruz.
También hay “grados de humildad” y en esto no hay “techo” a la “perfección” a la que Jesús invita.

Elecciones en clave afectiva: deseo y paciencia

La clave en esto de los consejos está en el afecto. Ignacio dice que “a los que ya han elegido estado de vida (o ya tienen su misión y tarea evangélica y están bien en su puesto de servicio) la elección va más a los consejos y a la actitud interior con que se viven. “Se les podrá proponer qué querrán elegir de estas dos cosas: “Siendo igual servicio divino y sin ofensa suya ni del prójimo, desear… ser rebajado en todo con Cristo para vestirse de su librea, imitándolo en esta parte de su cruz” o “estar dispuesto a sufrir pacientemente, por amor a Cristo, cualquier cosa semejante que le suceda” (Directorio 23).
Ignacio agrega “injurias y oprobios”. Yo solo pongo como materia de elección: “ser rebajado” (en vez de ser “ensalzado”). Da por supuesto que no está en juego una disminución de la calidad del servicio que se hace. Si para el mayor servicio es necesario “no ser rebajado” sino justamente apreciado, elegir el menosprecio sería falsa humildad. Tampoco está en juego el pecado del prójimo, a quien tengo que corregir fraternalmente. Ignacio habla de esas situaciones en las que el bien se lleva a cabo y lo que sucede es que uno queda menospreciado o tapado de manera tal que sólo afecta a nuestro amor propio. Allí nos propone, para crecer en perfección, elegir entre dos actitudes interiores: desear esto, no por sí mismo sino por parecerme más a Cristo, que se revistió de la humildad de la carne y no con “vestidos de honor y fama”, o sufrir pacientemente los menosprecios que se den, por amor a Cristo.

Afecto doblemente gratuito

Quede claro que se trata de algo doblemente gratuito y de amor personal entre el alma y Jesús. Ese pasito más de los consejos es gratuito. No hay reproche si uno no lo da. El Señor suele invitar suavemente y no insistir. Cada tanto vuelve a invitar, pero muchas veces uno ni se da cuenta de que había una invitación. Como en Emaus “hace ademán de seguir su camino” como si no necesitara, pero si lo invitan “quedate con nosotros”, entra gustoso. También es gratuito y libre ese matiz que lleva de “tolerar con paciencia los males” a “desear” participar de la pasión redentora del Señor. “He deseado ardientemente comer esta pascua con ustedes” dirá Jesús. El no aguantó estoicamente la cruz sino que, cuando vio que era el camino para redimirnos, la deseó con todo su corazón y abrazó la cruz para salvarnos. Por nosotros, no por sí misma. Así también nosotros: a algunos se les invita a más por amor a Jesús no por otra cosa.

Algo nuestro para “ofrecer”: nuestros sufrimientos

Por este camino se puede “crecer” en la vida espiritual. En la actitud que elegimos libremente ante estas cosas “negativas”, se juega lo más propio de nuestra persona. En el bien no hay duda. Estamos hechos para el bien. No amarlo es contradecirnos. Amar lo bueno es natural y conlleva su premio inmediato. Todo es don: el bien que amamos, la capacidad de amarlo y la alegría que produce. En cambio cuando se trata de “amar a los enemigos”, de “perdonar al que nos ofende”, de devolver bien por mal…, en estas cosas nos distanciamos del amor propio inmediato y experimentamos nuestra libertad, nuestra capacidad de entrega, nuestro poder “hacer algo por amor a Otro” y en esto “crecemos como personas”.
Como propone el Papa en “Salvados en Esperanza”: Quisiera añadir aún una pequeña observación sobre los acontecimientos de cada día que no es del todo insignificante. La idea de poder «ofrecer» las pequeñas dificultades cotidianas, que nos aquejan una y otra vez como punzadas más o menos molestas, dándoles así un sentido, eran parte de una forma de devoción todavía muy difundida hasta no hace mucho tiempo, aunque hoy tal vez menos practicada. En esta devoción había sin duda cosas exageradas y quizás hasta malsanas, pero conviene preguntarse si acaso no comportaba de algún modo algo esencial que pudiera sernos de ayuda. ¿Qué quiere decir «ofrecer»? Estas personas estaban convencidas de poder incluir sus pequeñas dificultades en el gran com-padecer de Cristo, que así entraban a formar parte de algún modo del tesoro de compasión que necesita el género humano. De esta manera, las pequeñas contrariedades diarias podrían encontrar también un sentido y contribuir a fomentar el bien y el amor entre los hombres. Quizás debamos preguntarnos realmente si esto no podría volver a ser una perspectiva sensata también para nosotros” (SS 40).

Santa Teresita: maestra de la paciencia amorosa

Este es el camino de paciencia que seguía Teresita. Se dice de Teresita: Siendo el sufrimiento consecuencia del pecado (inevitable, por lo tanto, en la vida humana), la clave, el secreto de la perfección consistirá en convertir el tal sufrimiento en medio de unión con Dios; es decir, en motivación de amor. Esta es la misión de la paciencia en el trabajo de la perfección y de la santidad. Teresa del Niño Jesús lo comprendió y lo vivió maravillosamente. La paciencia es, a sus ojos, el mejor acto de amor; el amor en su forma más frecuente y más auténtica.

Dios no quiere que suframos

Teóloga por intuición, la Santa no razona; cree. Su mirada es la fe, iluminada por la caridad. Iluminando los ojos de vuestro corazón (Ef. 1, 18). ¡Y qué certera es esa mirada! Escuchémosla: «¿Cómo es posible que Dios, amándonos infinitamente, se goce en hacernos sufrir?» Y añade sin vacilar: «No; Dios no puede gozarse en nuestro dolor, pero éste nos es necesario. Lo permite, pues, como a pesar suyo.» La paciencia de Teresa se ejercitó de ordinario en mil pequeñeces, semejantes a las que cada día encontramos en nuestro camino. Sufrimientos pequeños, ocultos, penosos, para su naturaleza sensible, dificultades de esas que también a nosotros nos hieren y molestan, pero que por falta de fe, de esa fe despierta y amorosa, nos abaten, nos llenan de melancolía, y quizás, a pesar nuestro, nos hacen sombríos, mustios, fastidiosos a nosotros mismos y a los demás. Constantemente se nos ofrecen, como a Teresa, ocasiones de ejercitar la paciencia, pero las dejamos escapar. ¿Por qué? Por falta de fe en el Amor, y por falta de vigilancia sobre nuestra conducta. En los momentos de dolor, en lugar de levantar los ojos y el corazón a Dios, que lo permite en su amorosa Providencia y nos invita a unirnos con él en eso que estamos padeciendo, nos replegamos egoístamente sobre nosotros mismos. ¡Qué pérdida tan incalculable!

Dos gracias que vienen de nuestro límite

Nuestras imperfecciones, faltas y defectos, esas mil cosas que no pocas veces nos abaten y aun nos irritan, son fuente perenne de pequeños sufrimientos que, por un lado, nos permiten “abandonarnos en manos del Padre” « ¡Qué feliz soy -decía Teresa- de verme imperfecta y tan necesitada de la misericordia de Dios! ». La paciencia es también en esta ocasión raíz y custodia de la humildad. Por otra parte, esos sufrimientos nos permiten “compadecer con Jesús” estrechando nuestra amistad con Él. Son dos maneras de “crecer” en perfección, de crecer en la capacidad de recibir la misericordia del Padre y de compartir el amor redentor de Jesús.

Sufrir “por Jesús” (aún sin valentía)

Aceptación gozosa del sufrimiento. La alegría en el dolor fue el sello distintivo de la paciencia de Teresa. Pero aquí una frase de la santa disipa todo equívoco sobre este tema: «Suframos, si es preciso, sin valor. Jesús sufrió con tristeza. ¿Acaso es posible sufrir cuando desaparece la tristeza? Quisiéramos sufrir generosamente, valientemente. ¡Qué ilusión!». En general, cuando se nos habla de paciencia, se nos exhorta a sufrir con ánimo generoso. «¡Qué ilusión!», exclama la Santa; sepamos sufrir sin ánimo, débilmente, con tristeza. «Sólo una cosa me alegra: sufrir por Jesús, y esta alegría no sentida supera todo gozo».
No creo equivocarme al pensar que la Santa ha querido animar a las almas pequeñas, hablándoles de esta alegría accesible a todas. ¿Cómo alcanzarla? Viendo, al igual que ella, en el dolor, una expresión del Amor de Dios. Haciendo de la paciencia un ejercicio de amor filial. Entonces, el Espíritu Santo que mora en nuestra alma hará en ella su obra, como la hizo en el alma de Teresa, y junto a la tristeza, compañera inseparable del dolor, florecerá el gozo, ese gozo de que nos habla San Pablo y que es, como la caridad, fruto del Espíritu Santo: «Los frutos del espíritu son caridad, gozo… » (Gal. 5, 22).

MOMENTO DE CONTEMPLACIÓN

Marta Irigoy md

“Tener los sentimientos de Jesús”

Una de las cosas más lindas de estos Talleres de Perseverancia, es descubrir la sabiduría de los Ejercicios Espirituales, en los cuales descubrimos una fuente que no se agota y siempre nos ayudan a ir teniendo en nuestra vida el horizonte del Corazón de Jesús, que se estremece de gozo, al ver las maravillas que revela su Padre a los pequeños, como así también hacernos descubrir el puesto de servicio para el que estamos cada uno llamados…

Sin embargo, aunque todos queremos ser “de esos pequeños”, constatamos que lo que más buscamos es “ser grandes”…

La pequeñez, como hemos dicho muchas veces, es lo que le roba el corazón a Dios, como cuando sus ojos se detuvieron en María, a quien que miro con bondad… y a la que –como Ella misma canta- : –En adelante llamarán feliz–.

Y así nos mira, nuestro Dios, cuando nos sentimos pequeños, frágiles y vulnerables… siendo esto la “oportunidad” de descubrir esa mirada tierna y compasiva del Corazón de Jesús, y experimentar la vida espiritual como lucha, teniendo presente este Corazón que nos ayuda a discernir “cordialmente”.

Este año en nuestros encuentros hemos venido rezando y pidiendo:
• “Afectarnos sólo al Señor…”
• “Enamorarnos del Señor…”
• “Permitiendo a Dios que se encarne en nuestra vida”
• “Para tener los sentimientos del Corazón de Jesús”

MOMENTO CONTEMPLATIVO

Pidamos incesantemente cada día amor a la verdad y a la humildad, pues así descansará felizmente nuestro corazón en el Corazón de Aquél que dijo:

“Aprendan de Mí que soy manso y humilde de Corazón”

Danos, Jesús, un Corazón como el tuyo
Guillermo Rosas ss.cc.

Danos, Jesús, un corazón
como el que fue mecido en el pesebre,
un corazón confiado en manos de otros,
un corazón de niño, un corazón alegre.

Señor, danos un corazón
como el de tu trabajo de artesano:
que haga del mundo una gran casa
donde vivamos todos como hermanos,
un corazón que labre vida nueva
en los surcos del tiempo sin descanso.

Danos, Jesús, un corazón
como el que predicó por los caminos,
un corazón que grite desde los tejados,
un corazón misionero y peregrino.

Señor, danos un corazón
que acoja a los pequeños y sufrientes,
que haga brotar la vida en cada rostro,
y a los pobres arranque de la muerte,
un corazón abierto, sin fronteras,
cercano y generoso, fiel y valiente.

Danos, Jesús, un corazón,
como el que fue mecido por María,
un corazón confiado hasta el extremo
en las manos del Padre de la Vida.

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