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Tentaciones 4

La tentación siempre ataca una gracia real

Para hablar de “Tentaciones” lo primero que hace el Papa es decir: “Siento una enorme gratitud por la tarea de todos los que trabajan en la Iglesia.  El aporte de la Iglesia en el mundo actual es enorme. Agradezco el hermoso ejemplo que me dan tantos cristianos que ofrecen su vida y su tiempo con alegría. Este testimonio me hace mucho bien y me sostiene en mi propio deseo de superar el egoísmo para entregarme más” (EG 76). Hermosas palabras del Papa que antes de señalar tentaciones agradece la gracia. Es que la tentación siempre es “parásita”, vive de la gracia, el mal si se alimenta de sí mismo se aniquila.

En qué nos enferma el mundo actual

Luego, antes de hablar de las tentaciones “intraeclesiales”, el Papa discierne “los desafíos que enfrentamos en medio de la actual cultura globalizada (…) que nos afecta, y puede limitarnos y condicionarnos e incluso enfermarnos” (EG 77). Entran aquí como marco de referencia para comprender mejor nuestra “fragilidad cultural” las tentaciones de la mentalidad del mundo actual. El Papa nos invita a rechazarlas diciendo cuatro “no”: “No a una economía  de la exclusión. No a la nueva idolatría del dinero. No a un dinero que gobierna en lugar de servir. No a la inequidad que genera violencia”. La exclusión, la inequidad y el gobierno del dios dinero están fuertemente instalados y nos condicionan al punto de llegar a enfermarnos (volvernos débiles). Y esta debilidad es aprovechada por el demonio, que pretende “robarnos” la alegría del evangelio.

Veamos despacio, entonces, qué es esto de “las tentaciones de los agentes pastorales”. Escuchemos sin ruidos, sin esos preconceptos que nos hacen creer que “ya sabemos qué es una tentación y cuáles son las nuestras”. Francisco nos abre un panorama inédito, que llena de luz y de esperanza el corazón del que escucha su voz de buen pastor.

Tentaciones de los agentes pastorales

El Papa pone las cosas en blanco sobre negro. Sí y no. Digamos “sí al desafío de una espiritualidad misionera” y “no nos dejemos robar el entusiasmo misionero”.

Destaco primero esta visión dramática que le viene de los Ejercicios. Cuando Francisco predica cortito, como en Santa Marta, o nos escribe largamente, como en Evangelii Gaudium, hay que prestar atención a sus sí y a sus no. El Papa habla a nuestra afectividad, que integra todo nuestro ser: inteligencia, voluntad, sentidos y sentimientos. La afectividad primero se adhiere o rechaza y luego siente y piensa. O siente y piensa buscando adherirse o rechazar, no como simple espectador.

Francisco busca nuestros sí y nos interpela a decir también “no”. El primer sí  afectivo –con todo- es a una espiritualidad misionera. Es decir a una espiritualidad con envío, con misión, con salida de sí, con la mirada puesta en los demás, en su bien, en el bien que les puede procurar Jesús que nos encarga dar la buena noticia con alegría.

Notemos ahora el no. También es afectivo, con todo, sin titubeos: “no nos dejemos robar”. No nos dejemos robar el entusiasmo misionero” (EG 80). El papa Francisco lo utiliza  7 veces en este punto de las “tentaciones de los agentes pastorales: “No nos dejemos robar la alegría evangelizadora” (EG 83). No nos dejemos robar la esperanza” (EG 86). No nos dejemos robar la comunidad” (EG 92). “No nos dejemos robar el evangelio” (EG 97). “No nos dejemos robar el ideal del amor fraterno” (EG 101). No nos dejemos robar la fuerza misionera” (EG 109).

Se trata de un “No” dirigido al ladrón, al demonio, al mundo, a la mentalidad actual. Es un no a “otro” que activamente nos quiere quitar algo que Jesús nos regaló. Estamos habituados a los no que van contra nuestros malos hábitos: no peques, no aflojes, no te enojes, no te portes mal… Aquí en cambio es un no más actual: no te dejes robar. Y fíjense que en esto actualmente oscilamos entre la resignación (menos mal que sólo te robaron y no te hicieron daño físico) y la ira (linchar al ladrón, patearle la cara al que robó un celular o una cartera).

Con los regalos de Jesús, como la alegría y la paz, que él mismo prometió que “nadie nos podrá quitar”, hay que defenderlos con uñas y dientes. Dejarnos quitar otras cosas (nuestra fama, nuestras ideas, una postura tomada…, pero no la alegría. Una porque son de Jesús, y si nos los roban es porque nos alejamos de alguna manera de su esfera de influencia benéfica y constante, otra porque son para compartir, son un bien común. Ninguna persona nos los puede robar porque son para ellos, los tenemos para dárselos. Sólo el mal espíritu puede querer robar lo que es don. Por eso se lo reconoce: él “milita contra la alegría” como dice Ignacio.

La debilidad que nos vuelve vulnerables

San Ignacio, en una de sus reglas de discernimiento, describe el comportamiento del demonio como el de un ladrón: “Asi mismo se ha (se comporta) como un caudillo, para vencer y robar lo que desea; porque así como un capitán y caudillo del campo (de batalla), asentando su real (sus fuerzas) y mirando las fuerzas o disposición de un castillo, le combate por la parte más flaca; de la misma manera el enemigo de natura humana, rodeando mira en torno todas nuestras virtudes teologales, cardinales y morales; y por donde nos halla más flacos y más necesitados para nuestra salud eterna, por allí nos bate y procura tomarnos” (EE  328).

Esta característica de todo ladrón, de atacarnos por donde nos ve más flacos y necesitados, nos enseña algo de nosotros mismos: donde está nuestra debilidad, nuestra fragilidad. Cuanto más rápido aprendamos esta lección más pronto buscaremos ayuda en el Señor. Fijémonos bien: el mal espíritu no nos ataca por donde somos más malos sino más débiles. Cuando a uno lo roban, una de las primeras reacciones es “culparnos”: qué tonto, qué flojo, qué descuidado… O culpar a los que nos rodean. La buena doctrina nos hace culpar al maligno y buscar ayuda nosotros. Aquí entra la bondad de Jesús y la misericordia infinita del Padre. Por eso no se cansa de perdonarnos: porque sabe que nuestros pecados son causados por un robo del mal espíritu y por una debilidad nuestra. Por eso primero nos defiende, nos sana, nos perdona, no nos culpa. Y una vez que nos saca de las garras del ladrón y enemigo, nos fortalece para que nuestra debilidad no sea de nuevo ocasión de pecado. Pero el Señor apela a la bondad de fondo que hay en nuestro corazón: hemos sido bautizados con su gracia, somos fundamentalmente buenos, buenas personas, hijos suyos. Decían de San Francisco que “detrás de toda maldad sabía descubrir una herida (debilidad) profunda y por eso trataba a la gente (y hasta al lobo) con una ternura que los desarmaba y los convertía en mejores personas.

Así, el Papa Francisco con sus “sí” al don y con sus “no” a los robos del demonio, nos enseña a discernir la lucha espiritual de fondo, la guerra de Dios en la que estamos metidos, para que nos pongamos bajo la bandera de Jesús, de su bondad y protección, y no militemos (inconscientemente) bajo la bandera del enemigo.

El planteo cristiano es: “Que me ha donado Jesús para dar a los demás” –y a ese don le digo “sí”-, y “como me quiere robar y a veces me roba ese don el mal espíritu y cuál es mi parte débil que Jesús tiene que fortalecer”.

Como ven, se trata de un planteo lleno de esperanza, que nos saca de la tristeza egoísta y culposa y del pesimismo estéril. Las tentaciones intraeclesiales quedan enmarcadas dentro de una lucha: por salir a misionar a todos y contra el  enemigo que nos pone trabas. Son tentaciones que afectan a “la alegría del evangelio” en su carácter misionero. Nada de “yo estoy tentado y me jorobo yo” “no puedo dejar que me roben el don que tengo para los demás, especialmente los más pobrecitos que tanto lo necesitan.

Sí al desafío de una espiritualidad misionera

Leamos el punto 79 entero: “Hoy se puede advertir en muchos agentes pastorales, incluso en personas consagradas, una preocupación exacerbada por los espacios perso­nales de autonomía y de distensión, que lleva a vivir las tareas como un mero apéndice de la vida, como si no fueran parte de la propia identidad. Al mismo tiempo, la vida espiritual se confunde con algunos momentos religiosos que brindan cierto alivio pero que no alimentan el encuentro con los demás, el compromiso en el mundo, la pasión evangelizadora. Así, pueden advertirse en muchos agentes evangelizadores, aunque oren, una acentuación del individualismo, una crisis de identidad y una caída del fervor. Son tres males que se alimentan entre sí” (EG 79).

Los “No” de Francisco

En el ámbito de la vida interna de la Iglesia, el papa discierne cuatro tentaciones que son mortales –porque el enemigo siempre apunta al corazón- y tienen algo en común. Así como hemos unido dinero y fariseísmo, que muestran la hilacha por el modo en que se preocupan por la “limpieza terminológica”, me parece que puede ayudar al discernimiento unir “acedia egoísta, pesimismo estéril, mundanidad espiritual y guerras internas”. Las leemos teniendo en cuenta los principios que “centran la mirada en el bien común” y nos “blindan con la paz”.

No a la acedia egoísta y no al pesimismo estéril

Dice el Papa: la acedia pastoral, que hace que “las tareas cansen más de lo razonable, y a veces enfermen”, que uno siente no “un cansancio feliz, sino tenso, pesado, insatisfecho y, en definitiva, no aceptado, esta acedia “puede tener diversos orígenes”.

Uno origen está en no valorar la realidad como superior a las ideas: “Algunos caen en ella por sostener proyectos irrealizables y no vi­vir con ganas lo que buenamente podrían hacer. Otros, por perder el contacto real con el pueblo, en una despersonalización de la pastoral que lleva a prestar más atención a la organización que a las personas, y entonces les entusiasma más la « hoja de ruta » que la ruta misma” (EG 82).

Otro origen está en no valorar el tiempo (que siempre es de Dios) por sobre el espacio: Algunos caen en la acedia “por no aceptar la costosa evolución de los procesos y querer que todo caiga del cielo. Otros, por no saber esperar y querer dominar el ritmo de la vida. El inmediatismo ansioso de estos tiempos hace que los agentes pastorales no toleren fácil­mente lo que signifique alguna contradicción, un aparente fracaso, una crítica, una cruz” (EG 82).

No nos dejemos robar ni la realidad ni el tiempo

Vemos cómo la acedia pastoral y el pesimismo estéril se disciernen por su maltrato de la realidad y del tiempo: al querer dominar espacios se mete a la realidad en moldes ideológicos que desvitalizan: por eso el Papa formula sus “no nos dejemos robar” ni la alegría evangelizadora ni la esperanza, que es como decir: no nos dejemos robar la realidad (la alegría) ni el tiempo (la esperanza). Para Francisco la alegría es alegría de ser: “¡Qué dulce es estar frente a un crucifijo, o de rodillas delante del Santísimo, y simplemente ser ante sus ojos!” (EG 264) . El que nos roba la alegría nos roba la realidad, el presente. Y la esperanza, al abrirnos al futuro del Reino prometido es “creadora de historia” (EG 161). Por eso, el que nos roba la esperanza nos roba la historia, que es como decir nuestra identidad común, como personas y como pueblos. Aquí es decisiva la cita de las palabras de San Juan XXIII en la apertura del Concilio Vaticano II contra los profetas de desgracias: “Nos parece justo disentir de tales profetas de calamidades, avezados a anun­ciar siempre infaustos acontecimientos, como si el fin de los tiempos estuviese inminente. En el presente momento histórico, la Providencia nos está llevando a un nuevo orden de relaciones hu­manas que, por obra misma de los hombres pero más aún por encima de sus mismas intenciones, se encaminan al cumplimiento de planes supe­riores e inesperados; pues todo, aun las humanas adversidades, aquélla lo dispone para mayor bien de la Iglesia » (EG 84 nota 65).

No a la mundanidad espiritual y no a las guerras internas

La mundanidad espiritual y las guerras entre nosotros se disciernen por su maltrato de la unidad y de la totalidad. Dice Francisco: “La mundanidad espiritual lleva a algunos cristia­nos a estar en guerra con otros cristianos que se interponen en su búsqueda de poder, prestigio, placer o seguridad económica” (EG 98). Lo que equivale a decir que se privilegia el conflicto por sobre la unidad.

No nos dejemos robar a nuestros hermanos y a nuestro pueblo

“Además, algunos dejan de vivir una pertenencia cordial a la Iglesia por alimentar un espíritu de « internas ». Más que pertenecer a la Iglesia toda, con su rica diversi­dad, pertenecen a tal o cual grupo que se siente diferente o especial” (EG 98). Lo que equivale a decir que se privilegia la parte por encima del todo, lo sectario por sobre la catolicidad. Son bien explícitos los “no nos dejemos robar” del Papa: no nos dejemos robar la comunidad (EG 92), no nos dejemos robar el amor fraterno (EG 101).  Es decir: no nos dejemos robar a nuestros hermanos! No nos dejemos robar nuestra familia y a nuestro pueblo. No dejemos que nos conviertan en individuos aislados, en huérfanos, en parias…

Estas tentaciones, al igual que las anteriores, se combaten: “ponien­do a la Iglesia en movimiento de salida de sí, de misión centrada en Jesucristo, de entrega a los pobres. ¡Dios nos libre de una Iglesia mundana bajo ropajes espirituales o pastorales! Esta mun­danidad asfixiante se sana tomándole el gusto al aire puro del Espíritu Santo, que nos libera de estar centrados en nosotros mismos, escondidos en una apariencia religiosa vacía de Dios” (EG 97).

La formulación es neta: allí donde hay luchas internas, hay mundanidad espiritual. Y allí donde hay mundanidad espiritual terminan habiendo luchas internas. Mundanidad espiritual es una formulación fuerte, significa la corrupción de lo espiritual bajo apariencia de bien.

No nos dejemos robar la alegría del Evangelio

Esta visión de Francisco que ve ligados un problema ético, diríamos, -el de las guerras internas- con un problema estético –la mundanidad espiritual es vanidosa y busca la propia gloria, la propia belleza-, nos devela lo más sabio del pensamiento de Francisco. Poder traducir en un lenguaje estético las controvertidas cuestiones morales y teóricas que nos dividen es a la vez una gracia gratuita del Espíritu, que lo blindó con esa paz que se trasunta en sonrisa buena, una genialidad del Bergoglio jesuita, imbuido de la espiritualidad de los Ejercicios de San Ignacio, que lo ejercitaron en el arte del discernimiento espiritual que sabe distinguir las alegrías que duran de las pasajeras, y un fruto de un trabajo intelectual de muchos años de lectura y estudio de grandes pensadores como Guardini y Von Balthasar, maestros en esta mirada estética que había desaparecido de nuestro mundo hipertecnificado y autorreferencial.

Una gracia que siempre ha tenido Francisco, como director espiritual, es la de identificar la tentación principal de cada persona, comunidad y situación, y la de decir la palabra justa en el modo justo para que uno mismo se anime a rechazarla y a descubrir la gracia contraria que esa tentación intenta atacar o disminuir. Esto llama la atención en un mundo donde los discursos abstractos, al hablar de moral terminan siendo desvalorizado como moralina imposible de llevar a la vida real.  Francisco discierne desde la gloria de Dios haciendo ver la hipocresía del fariseísmo, que en el fondo no defiende la buena doctrina sino su espacio de poder en el que disfruta riquezas y hace ver que el activista de internas en el fondo no lucha por los intereses de Cristo Jesús sino por los propios, por su propia vanidad.

En el fondo lo que hace el Papa es combatir el mal hablando y obrando desde un punto de vista estético, en sentido balthasariano de la belleza divina. Poner la pequeña llamita de la alegría del evangelio en el centro de los problemas del mundo y de la misión de la Iglesia, a algunos les parece poca cosa. Sin embargo es la llamita del Espíritu que cambió el mundo en Pentecostés. Es pequeña y fácil de soplar, es verdad, pero es real. Y es “fuego que enciende otros fuegos”, en encuentros personales.

Cuando San Ignacio descubrió la diferencia entre la alegría que permanecía en su corazón luego de leer el evangelio y la que se esfumaba apenas cerraba su Tablet de aquel tiempo con aventuras de caballería, cambió su vida para siempre: salió de su “vanidad” y se convirtió en una misión. Dice Ignacio en su Autobiografía que: “se le abrieron un poco los ojos, y empezó a maravillarse de esta diversidad y a hacer reflexión sobre ella. Tomando por experiencia que de unos pensamientos quedaba triste, y de otros alegre, y poco a poco viniendo a conocer la diversidad de los espíritus que se agitaban, el uno del demonio, y el otro de Dios. Este fue el primer discurso que hizo en las cosas de Dios; y después cuando hizo los ejercicios, de aquí comenzó a tomar lumbre para lo de la diversidad de espíritus” (Autobiografía 8).

La música de los Ejercicios Espirituales suena como melodía y ritmo de fondo en toda la Evangelii Gaudium. Por eso más que leerla de corrido hay que “practicarla”, y esto se hace cada vez que el pensamiento baja a una actitud práctica que nos lleva a “salir de nosotros mismos” hacia Dios, en la adoración y hacia el prójimo, junto al cual caminamos como pueblo fiel de Dios, en el servicio.

Diego Fares sj

 

 

 

La alegría del Evangelio como Principio y Fundamento de nuestra vida

la alegría del evangelio

 

“Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría”

“La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por Él son li­berados del pecado, de la tristeza, del vacío inte­rior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría” (EG 1).

Los 18 puntos de la Introducción a “La alegría del evangelio” se concentran en este primer párrafo, que tiene “sabor a Cristo resucitado”. La perspectiva de “los que se encuentran con Jesús” es la de un encuentro con “Jesús resucitado”, cuyo oficio, como dice Ignacio, es “consolar a sus amigos”. Es que “con Jesucristo siempre “resucita” –nace y renace- la alegría”. Con esta “exhortación” Francisco quiere “consolar a sus amigos, a la Iglesia entera” para que “salga a evangelizar” y a consolar a los demás.

Para los que vivimos la espiritualidad de los Ejercicios es bueno meditar cómo es el camino por el que nos lleva Ignacio. Por un lado es un camino lineal, que parte de la creación, se purifica de los pecados, sigue a Jesucristo y se va identificando con él, con su pasión y resurrección, hasta aprender a “amarlo y servirlo en todas las cosas”. Pero este camino tiene un centro afectivo que es “el gozo de Cristo Resucitado”. Este gozo y esta consolación que nos trae el Señor se expande en los cuatro deseos: de alabar y reverenciar a Dios, de liberarse de los afectos desordenados, de seguir a Jesús y de identificarse con él, eligiendo lo mismo que él elige.

Francisco nos centra en esta dinámica de la alegría de la resurrección, que es propiamente el “evangelio”, la buena nueva anunciada, y nos invita a una serena reflexión sobre la alegría que se renueva y se comunica.

I. Alegría que se renueva y se comunica

La oración de la alegría: “rescátame Señor…”

Cuando la vida interior se clausura en los propios intereses, ya no hay espacio para los demás, ya no entran los pobres, ya no se escucha la voz de Dios, ya no se goza la dulce alegría de su amor, ya no palpita el entusiasmo por hacer el bien” (EG 2) puede brotar entonces “la oración de la alegría”:

« Señor, me he dejado engañar, de mil maneras escapé de tu amor, pero aquí estoy otra vez para renovar mi alianza contigo. Te necesito. Rescátame de nuevo, Señor, acéptame una vez más entre tus brazos redentores » (EG 3).

“Nadie está excluido de la alegría que trajo el Señor” (Pablo VI, Gaudete in Domino 22). El nos permite levantar la cabeza y volver a empezar, con una ternura que nunca nos desilusiona y que siempre puede devolvernos la alegría. No huyamos de la resurrección de Jesús, nunca nos declaremos muertos, pase lo que pase. ¡Que nada pueda más que su vida que nos lanza hacia ade­lante!” (EG 3).

Antiguo Testamento

Entre los párrafos más lindos del AT está el de Sofonías: “Pero quizás la invitación más contagiosa sea la del profeta Sofonías, quien nos muestra al mismo Dios como un centro luminoso de fiesta y de alegría que quiere comunicar a su pueblo ese  gozo salvífico. Me llena de vida releer este texto: « Tu Dios está en medio de ti, poderoso salvador. Él exulta de gozo por ti, te renueva con su amor, y baila por ti con gritos de júbilo » (3,17).

“Es la alegría que se vive en medio de las pe­queñas cosas de la vida cotidiana, como respuesta a la afectuosa invitación de nuestro Padre Dios: « Hijo, en la medida de tus posibilidades trátate bien […] No te prives de pasar un buen día » (Si 14,11.14). ¡Cuánta ternura paterna se intuye de­trás de estas palabras! (EG 4). A esto responde eso tan del Papa de desear “Buon pranzo” a la gente que acude al Ángelus, poniendo esa nota de humanidad y cortesía que tanto bien hace a todos.

Nuevo Testamento: Alegría del Resucitado

Del NT rescatamos las siguientes frases del Señor: “Jesús mismo « se llenó de alegría en el Espíritu Santo » (Lc 10,21). Su mensaje es fuente de gozo: « Os he dicho estas cosas para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría sea plena » (Jn 15,11). Nuestra alegría cristiana bebe de la fuente de su corazón rebosante. Él promete a los discípulos: « Estaréis tristes, pero vuestra tristeza se conver­tirá en alegría » (Jn 16,20). E insiste: « Volveré a veros y se alegrará vuestro corazón, y nadie os podrá quitar vuestra alegría » (Jn 16,22)” (EG 5). 

Alegría de los pequeños

De la vida cotidiana el Papa rescata lo siguiente:

“Puedo decir que los go­zos más bellos y espontáneos que he visto en mis años de vida son los de personas muy pobres que tienen poco a qué aferrarse. También recuerdo la genuina alegría de aquellos que, aun en medio de grandes compromisos profesionales, han sabido conservar un corazón creyente, desprendido y sencillo. De maneras variadas, esas alegrías be­ben en la fuente del amor siempre más grande de Dios que se nos manifestó en Jesucristo”  (EG 7).

 

II. La dulce y confortadora alegría de evan­gelizar 

¿Cómo es que es “dulce y confortadora” la tarea de Evangelizar que nos dejó el Señor: “vayan a todo el mundo y anuncien el evangelio” (Mc 15, 16)? Es que hay tareas y tareas. Tareas que agotan y tareas que renuevan. Las que renuevan son “irradiación” de un bien que hemos recibido y al cual –llenos de fervor y bajo el efecto de la alegría que nos produce-  desarrollamos y compartimos con nuestro trabajo. Lo paradójico de estas tareas –que son como un cuadro que uno pinta o como una fiesta que dos novios preparan, o como un proyecto para los demás que un equipo elabora- es que no agotan sino que realimentan a los que se desgastan en ellas. Por eso son dulces y confortadoras, porque son vida y “la vida se alcanza y madura a medida que se la entrega para dar vida a los otros” (EG 10).

El bien, comunicándose, se arraiga y desarrolla, la vida se acrecienta dándola y en la medida en que se da, se renueva. Jesucristo “siempre puede, con su novedad, renovar nuestra vida y nuestra comunidad. Él puede romper los esquemas aburridos en los cuales pretendemos encerrarlo y nos sorprende con su constante creatividad divina” (EG 11).

“Por consiguiente, un evangelizador no debería tener permanentemente cara de funeral. Recobremos y acrecentemos el fervor, « la dulce y conforta­dora alegría de evangelizar, incluso cuando hay que sembrar entre lágrimas […] Y ojalá el mundo actual —que busca a veces con angustia, a ve­ces con esperanza— pueda así recibir la Buena Nueva, no a través de evangelizadores tristes y desalentados, impacientes o ansiosos, sino a tra­vés de ministros del Evangelio, cuya vida irradia el fervor de quienes han recibido, ante todo en sí mismos, la alegría de Cristo »” (EG 10)

Una eterna novedad

Francisco nos ayuda a redescubrir cómo es que la alegría va unida a la novedad. El Evangelio es Buena nueva, frescura y originalidad, creatividad. Nunca envejece, nos renueva el vigor.

Cuando irrumpe la alegría y nos invade el corazón, la experiencia es de “novedad esperada”. La alegría dice: “no puedo creer que sea verdad, que esté pasando lo que siempre soñé”. Francisco nos hace reflexionar y ver que la novedad es “memoriosa”. El que no tiene memoria no se “sorprende” por nada. La alegría brota cuando, en algo nuevo, vemos que “Él nos amó primero”.  Por eso es que la memoria agradecida prepara la tierra para recibir la novedad del evangelio y la alegría al descubrir lo nuevo remite al recuerdo, al mismo tiempo que nos impulsa a dar un paso adelante y a salir a comunicar a otros el bien recibido.

La neurociencia nos dice que la memoria y los proyectos nuevos se guardan en el mismo lugar de nuestro cerebro. Memoria y esperanza habitan juntas y su hija es la alegría.

III. La nueva evangelización para la transmi­sión de la fe

Los tres tipos de personas a los que se dirige la evangelización.

Los tres niveles: los que tienen fervor, ya sea grande o que debe crecer, los que no experimentan el consuelo de la iglesia y la alegría de la fe, y los que no conocen o han rechazado a Jesús. Cada uno puede identificar en su corazón estas “periferias” que deben ser evangelizadas. La del fervor que puede crecer, saliendo a evangelizar a los demás; la periferia donde por mis pecados o falta de profundidad y de dar tiempo a la oración no siento la consolación del evangelio; las periferias donde mis criterios y mis deseos rechazan a Cristo (cfr. EG 14).

Francisco consolida este nuevo paradigma: la salida misionera es el paradigma de toda obra de la iglesia… “habrá más alegría por un pecador que se convierta (Lc 15, 7) (Cfr. EG 15).

En este paradigma, los temas con más incidencia son:

a) La reforma de la Iglesia en salida misionera.

b) Las tentaciones de los agentes pastorales.

c) La Iglesia entendida como la totalidad del Pueblo de Dios que evangeliza.

d) La homilía y su preparación.

e) La inclusión social de los pobres.

f) La paz y el diálogo social.

g) Las motivaciones espirituales para la tarea misionera.

Estos puntos hacen a un “estilo evangelizador que nos lleva a poder estar siempre alegre en el Señor”(Fil 4,4) (EG 18).

Zaqueo

Zaqueo

Jesús entró en Jericó y atravesaba la ciudad. Vivía allí un hombre llamado Zaqueo, que era jefe de los publicanos y rico. Y buscaba ver a Jesús –quién era-, pero no podía a causa de la multitud, porque era pequeño de estatura.  Entonces echando a correr hasta ponerse adelante subió a una morera para poder verlo, porque Jesús estaba a punto de pasar por allí. Al llegar a ese lugar, Jesús, levantando la mirada, le dijo:  Zaqueo, date prisa en bajar, porque hoy conviene que permanezca en tu casa.»  Zaqueo bajó a toda prisa y lo recibió alegremente. Al ver esto, todos murmuraban, diciendo:  «Entró a hospedarse en casa de un hombre pecador.»  Poniéndose de pie Zaqueo dijo al Señor: «Mira, Señor, voy a dar la mitad de mis bienes a los pobres, y si en algo defraudé a alguno, le restituyo cuatro veces más.»  Y Jesús le dijo:  «Hoy ha venido la salvación a esta casa, ya que también este hombre es un hijo de Abraham, porque el Hijo del hombre vino a buscar y a salvar lo que había perecido» (Lc 19, 1-10).

Momento de reflexión

Diego Fares sj

Zaqueo, el que se adelanta en la fe. Esto de adelantarse es una característica de nuestra cultura, que nos lanza vertiginosamente hacia el futuro. Nos adelantamos al resultado de las elecciones con las proyecciones de las encuestas, al destino del planeta con las predicciones de los ecologistas, a las enfermedades que podemos llegar a tener con los análisis de los médicos… Y si adelantarse tiene una parte buena, también es cierto que a veces nos roba el presente y nos pone ansiosos por controlar un futuro que no está tan en nuestras manos. La actitud de Zaqueo nos indica una manera de adelantarnos que es propia de la fe y que hace muy bien: en vez de inquietar, aquieta, serena, pacifica y hace ver el futuro con esperanza. Zaqueo es maestro en este adelantarse en la fe y puede sernos de provecho escucharlo un rato y que nos cuente cómo su adelantarse en la fe lo llevó a ser más justo y además le alegró la vida.

… Soy Zaqueo, el jefe de publicanos, el rico, el petizo, el hijo de Abraham… como gusten llamarme. Lucas me puso todos los apodos posibles en su evangelio (aunque tuvo la delicadeza de dejar de lado algunos adjetivos que agregaban mis compatriotas…), pero destacó mi nombre propio y les adelanto que estoy orgulloso de ello. Porque limpió mi nombre. Y eso redundó en un bien para mi familia. Sabrán que mi nombre Zaqueo era objeto de burla para mis paisanos. Significa puro. Y que un publicano se llame “Puro” en Jericó es como que un paisano se llame Inocencio en el barrio del Once. La cuestión es que me cargaban… También les diré que después de mi conversión no todos se creyeron eso de que iba a ponerme a trabajar por la justicia, a devolver lo robado… Pero yo lo hice con alegría y a conciencia, lo mejor que pude, y quedé en paz. Mi vida cambió de orientación. Al convertirme a Jesús pasé de buscar cómo podía aprovecharme o defenderme de los otros a tratar de ver cómo podía servirlos.

Pero lo que quiero compartir con ustedes no es tanto la moraleja de mi conversión cuanto su dinamismo, que consistió en una gracia especial de fe que tuve. Creo que Lucas me puso en su evangelio más que todo por eso. Me explico. La fe es algo muy personal. En el evangelio hay algunos ejemplos de fe que sirven como modelo para que otros encuentren la fuente de la suya, para que cada uno sienta que puede animarse a encontrar el pozo y beber del agua viva de su fe, desde su situación concreta y en su manera única de ser. Es que todos somos contemplativos y podemos “cultivar ese deseo de ver a Jesús” que mueve el mundo, aunque no todos lo sepan explícitamente.

Pues bien, la característica de mi fe, por la que me gustaría ser recordado para Gloria del Padre que me la regaló (ya que con esa fe me atrajo a beber del corazón de su Hijo amado, Jesús, el Bendito), es la del adelantarse: una fe que se adelanta, la llamaría.

Es una característica muy especial, lo confieso sin vanidad. De otra manera, un publicano rico y petizo como yo no hubiera entrado en el evangelio. Espero que no me malentiendan. En el evangelio entramos todos, por la gracia de Jesús que atrae a todos y se mete hasta en la casa de los publicanos y las pecadoras. Pero con nombre propio se destacan sólo algunas gracias que son más abarcativas, que son como esa red de Simón Pedro y sus compañeros capaces de pescar gran cantidad de peces.

Y ya que mencioné a Simón Pedro, pienso que puede venir bien comparar una característica de su fe vista desde mi perspectiva. Una característica de la fe de Simón Pedro, para mí, es la instantaneidad. Yo digo que lo admiro en eso porque yo como buen recaudador de impuestos soy muy desconfiado. Esto de lo instantáneo quizás tiene que ver con que él era pescador y en el lago la cosa es así, hay que estar atento y cuando se intuye el banco de peces, hay que tirar la red ahí nomás. Para Pedro la fe es como automática: le basta ver a Jesús –o que Juan le diga “es el Señor”- y ya se zambulló al agua. Escucha la Palabra de Jesús y ya está tirando la red. Así también le va cuando mira para otro lado o escucha los pensamientos del mal espíritu: inmediatamente comienza a hundirse o dice cualquier barbaridad. Pedro es el que tiene que ver y oír al Señor concretamente. Al no ver al Señor en la tumba, se queda pensativo y a la espera. En eso es más como Tomás. Necesita que el Señor lo tome de la mano.

Juan en cambio, según veo yo, tiene una fe más como la de la Madre del Señor: una fe memoriosa, diría. Es el tipo de persona que guarda las cosas en el corazón y las está rumiando todo el tiempo… Eso le permite mirar lo inmediato desde otra perspectiva. Por eso encuentra signos en todas partes. Le basta ver un detalle para reconstruir, en la fe, la totalidad de la figura del Maestro, como cuando vio las vendas y el sudario…: vio y creyó. Así de simple.

La característica de la fe que se me regaló a mí, en cambio, es distinta. Aunque si lo miro bien vendría a ser como complementaria de las otras, si se puede hablar así. Más que instantánea o memoriosa es una fe que se adelanta. Quizás se me regaló por tener alma de negociante, lo cual resultó ser un terreno propicio. En los negocios el que se adelanta gana. Y pareciera que esto mío de correr (como cuando era chico) a subirme a la morera en el lugar por donde sabía que él tenía que pasar, le agradó a Jesús. Por supuesto que él, que sentía todo lo que sucedía a su alrededor, percibió que yo andaba entre la gente deseando verlo y supo que me había adelantado. Y me primereó cuando levantó la vista y se invitó a mi casa, ante el asombro de todos. Es que cuando uno va, el Señor ya fue y volvió. Pero le gusta esto de que uno se le adelante en la fe… Y así como me adelanté a verlo, él se adelantó a invitarse a mi casa, y yo me animé a adelantarme a ofrecer ser más justo… Y él se adelantó a defenderme frente a los que pensaban mal…

Y entramos en esta dinámica tan linda de ade-lantarse a confiar, a invitar y a ofrecer que es tan del estilo de Jesús.

……………….

La fe, así como tiene lo del recordar y lo de ser instantánea, también tiene esto de adelantarse. Es obrar en el presente como si uno ya estuviera en el futuro. Es pedir como ya habiendo recibido la gracia. Como hace un amigo Papa que cuando le pide algo a San José ahí nomás comienza una novena agradeciendo la gracia concedida.

Adelantarse en la fe es levantarse un ratito antes a rezar, como dice el Salmo: “me adelanto a la aurora pidiendo auxilio” y “Señor, tú eres mi Dios, por ti madrugo. Mi alma está sedienta de ti”.

Adelantarse en la fe es pasar por la esquina donde sé que siempre tiene que estar esa persona que espera mi saludo o mi monedita…

Adelantarse en la fe es mirar a las personas con las que me voy a encontrar y rezar antes por ellas, pidiendo a nuestros ángeles de la guarda que nos pongan en sintonía, de buen espíritu, en paz, para colaborar y trabajar en común, como hacía el Beato Fabro, experto en esto de adelantarse.

Adelantarse en la fe es ir a donde sé que Jesús va a estar, a su evangelio, a mi Eucaristía dominical, al libro que sé que me ayuda a meditar, a los ejercicios de año…

Adelantarse en la fe es también rezar con las cosas lindas y buenas del día de hoy –aunque parezcan pequeñitas al lado de todos los problemas y trabajos en los que estamos metidos- como si las viera desde la perspectiva que da el futuro.

Cómo valora uno con el tiempo las pequeñas alegrías de la infancia, esos detalles de cariño de los papás, las alegrías compartidas con los amigos…! Las cosas de Dios, para “verlas” requieren esa destilación que produce el tiempo en la que se van filtrando y decantando los pesares y queda purificado, como oro en el crisol, sólo lo que fue amor.

Pues bien, adelantarse en la fe es mirar también el día de hoy tal como quedará destilado en el futuro de Dios. De eso se trata la Eucaristía, que destila y transforma todo lo que en nosotros es trabajo -pan, vino y agua-, en el Amor de Cristo, adelantando el Banquete del cielo. Por eso se la llama “Primicia” que significa “adelantamiento”.

“Es verdad que, en cuanto respuesta a una Palabra que la precede, la fe de Abrahán será siempre un acto de memoria. Sin embargo, esta memoria no se queda en el pasado, sino que, siendo memoria de una promesa, es capaz de abrir al futuro, de iluminar los pasos a lo largo del camino. De este modo, la fe, en cuanto memoria del futuro, memoria futuri, está estrechamente ligada con la esperanza” (Lumen Fidei, 9).

Momento de contemplación

Hna Marta Irigoy md

“Una Mirada que nos Transforma la Vida”

Palabras del Papa Francisco, en el Angelus del Domingo 31- C

“La página del evangelio de Lucas nos muestra a Jesús que en su camino hacia Jerusalén entra en la ciudad de Jericó. Esta es la última etapa de un viaje que reasume en sí el sentido de toda la vida de Jesús, dedicada a intentar salvar a las ovejas perdidas de la casa de Israel…

Y en Jericó sucedió uno de los hechos más gozosos narrados por san Lucas: la conversión de Zaqueo. Este hombre era una oveja perdida, era despreciado y ‘excomulgado’ porque era un publicano, más aún, el jefe de los publicanos de la ciudad, amigo de los odiados ocupantes romanos, un ladrón y un explotador…

Impedido de acercarse a Jesús, probablemente debido a su mala fama y siendo pequeño de estatura, Zaqueo se trepa a un árbol para poder ver al Maestro que pasa. Este gesto exterior, un poco ridículo, expresa entretanto el acto interior del hombre que intenta ponerse por encima de la multitud para tener un contacto con Jesús. Zaqueo mismo, no entiende el sentido profundo de su gesto, no sabe bien por qué hace esto pero lo hace. Tampoco osa esperar que pueda ser superada la distancia que lo separa del Señor, se resigna a verlo solamente pasar.

Pero Jesús cuando llega cerca de ese árbol lo llama por su nombre: ‘Zaqueo, baja rápido, porque hoy voy a detenerme en tu casa”. Aquel hombre pequeño de estatura, rechazado por todos y distante de Jesús está como perdido en el anonimato. Pero Jesús lo llama y aquel nombre, Zaqueo, en el idioma de aquel tiempo tiene un hermoso significado lleno de alusiones. Zaqueo de hecho significa: Dios recuerda.

Y Jesús va a la casa de Zaqueo, suscitando las críticas de toda la gente de Jericó…sin embargo, en la casa de Zaqueo aquel día entró la alegría, entró la paz, entró la salvación, entró Jesús.

No hay profesión ni condición social, no hay pecado o crimen de cualquier tipo que sea, que pueda borrar de la memoria y del corazón de Dios uno solo de sus hijos. Dios recuerda, siempre, no se olvida de nadie de los que ha creado; él es Padre, siempre a la espera vigilante y amorosa con el deseo de ver renacer en el corazón del hijo el deseo de volver a casa. Y cuando reconoce aquel deseo, aunque fuera solamente dado a entender, y tantas veces casi inconsciente, el está a su lado y con su perdón vuelve más leve el camino de la conversión y del regreso.

Miremos a Zaqueo hoy en el árbol, ridículo, pero es un gesto de salvación, pero yo te digo a ti, si tú tienes un peso sobre tu conciencia, si tú tienes vergüenza de tantas cosas que has cometido, detente un poco, no te asustes, piensa que alguien te espera porque nunca ha dejado de acordarse de ti, de recordarte, y ese es tu Padre Dios. Trépate, como ha hecho Zaqueo, sube sobre el árbol del deseo de ser transformado. Yo les aseguro que no serán desilusionados. Jesús es misericordioso y nunca se cansa de perdonarnos. Así es Jesús.

Para este momento quédate con estas palabras con las que Francisco nos propone un camino hacia la transformación del Corazón…

‒             Dejemos nosotros también que Jesús nos llame por nuestro nombre.

‒             En lo profundo de nuestro corazón escuchemos su voz que nos dice: ‘Hoy tengo que quedarme en tu casa’, yo quiero detenerme en tu casa, en tu corazón, o sea en tu vida.

‒             Recibámoslo con alegría. El puede cambiarnos, puede transformar nuestro corazón de piedra en corazón de carne. Puede liberarnos del egoísmo y hacer de nuestra vida un dono de amor.

‒             Jesús puede hacerlo, déjate mirar por Jesús…

Momento de Reflexión

 Diego Fares sj

Teresa_di_lisieux_1894

Martini, en su librito “En el drama de la incredulidad”, tiene una homilía acerca del modo que encontró Teresita para “Vivir las contrariedades a la luz del Amor misericordioso”.

Dice: “el que en ella se acumulen las contrariedades, resistencias, incomprensiones incluso por parte de la comunidad y de la osturidad por parte de Dios,

 no le originan un bloqueo; Teresa asume todo y crece en la fe.

El centro de la vida y de la doctrina de Teresita es el amor. No, pues, la noche, ni la prueba de la fe, ni los sacrificios, sino el amor misericordioso de Dios ante el cual es hermoso ser pequeño, es hermoso, francamente, ser imperfectos y, paradójicamente, es hermoso ser pecadores, porque así resplandece mejor la misericordia amorosa del Padre. Frente a este amor infinito de Dios, cualquier ocasión, cualquier circunstancia, aunque sea negativa, es, pues, buena para crecer; cualquier contrariedad llega a ser positiva y útil para crecer en el amor.

Transcribimos ahora el tratado sobre la Caridad que compuso Teresita en su enfermedad poniéndolo algunos títulos y remarcando a manera de comentario lo que ayuda a hilar bien su razonamiento, que alumbra y alegra al que quiere, como ella, caminar en el amor.

1. “Dios me dio la gracia de comprender lo que es la caridad”

Este año, Madre mía querida, Dios me ha concedido la gracia de comprender lo que es la caridad.

Tambien antes lo comprendía, es verdad, pero de una manera imperfecta. No había profundizado estas palabras de Jesus: «EI segundo mandamiento es semejante al primero: Amaras a tu prójimo como a ti mismo …Me dedicaba principalmente a amar a Dios.

Y amandole, he Ilegado a comprender que mi amor no debe manifestarse solamente por medio de palabras, porque: «No los que dicen: iSeñor! iSeñor! entraran en el reino de los cielos. sino los que hacen la voluntad de Dios”.

 La comprensión le viene a Teresita profundizando en el mandamiento del amor. Le llama la atención que el segundo mandamiento es “semejante” al primero y se da cuenta de que “se dedicaba especialmente a amar a Dios”. La idea central que la ilumina es que, como el amor no es cuestión de palabras el ponerlo por obra implica amar al prójimo.

 Esta voluntad, Jesús la dio a conocer varias veces, casi debería decir en cada pagina de su Evangelio. Pero en la ultima cena, cuando sabe que el corazón de sus discípulos arde en una Ilama más viva de amor a Él, que acaba de darse a ellos en el misterio inefable de la Eucaristía, entonces es cuando el dulce Salvador quiere imponerles un mandamiento 

nuevo. Les dice, con una ternura inexpresable: Un Mandamiento nuevo os impongo: que os améis mutuamente. y que COMO YO os HE AMADO OS AMEIS LOS UNOS A LOS OTROS. EI sello por el que todo el mundo que sois discípulos míos será precisamente ese mutuo amo.

¿Cómo amó Jesús a sus discípulos y por que amó? iAh, no eran, ciertamente, sus cualidades las que podían atraerle! Entre ellos y el la distancia infinita. EI era la Ciencia, la Sabiduría eterna; ellos unos pobres pescadores, ignorantes y Ilenos de ideas terrenas. Sin embargo, Jesús les Ilama sus amigos, sus hermanos . Quiere verles reinar con el en el reino de su Padre; y para abrirles ese reino. quiere morir en una cruz. pues el mismo dijo: No hay mayor amor, que dar la propia vida por aquellos a los que se ama.  Madre amadísima, meditando estas palabras de Jesús, comprendí cuan imperfecto era el amor que yo tenia a mis hermanas. Vi que no las amaba como Dios las ama.

Aquí se sa cuenta de que no amaba a sus hermanas como Jesús las amaba

 Comprendí que la caridad debe alumbrar y alegrar a todos

iAh! Ahora comprendo que la caridad perfecta consiste en soportar los defectos de los demás,  en no escandalizarse de sus debilidades, en sacar edificación de los menores actos de virtud que se les ve practicar. Pero sobre todo comprendí que la caridad no ha de quedar encerrada en el fondo del corazón. Nadie, dijo Jesús, enciende una candela para ponerla debajo deI celemín, sino que la pone sobre el candelero para que alumbre a TODOS los que están en la casa.

Me parece que esta candela representa a la caridad, la cual debe alumbrar, alegrar, no sólo a los que me son mas queridos, sino a TODOS los que están en la casa, sin exceptuar a nadie.

Expresa entonces lo esencial que comprendió de la caridad: que debe alumbrar-alegrar a todos los que están en la casa. En este alumbrar-alegrar se concentran los actos “interiores”  de la caridad: de “aguante”, por así decir: soportar los defectos, no escandalizarse de sus debilidades… y de edificación.

 Cuando el Señor ordenó a su pueblo que amase al prójimo como a si mismo, el no había venido aun a la tierra. Por eso, sabiendo muy bien en que grado se ama uno a si mismo,  no podía pedir a sus criaturas un amor mayor para el prójimo. Pero cuando Jesús impone a sus apóstoles un mandamiento nuevo, SU MANDAMIENTO,  como lo Ilama mas adelante, ya no habla de amar al prójimo como a si mismo. sino de amarle como el, Jesús, le amó, como le amará hasta la consumación de los siglos…

 No podría amarlas como Vos las amas si Vos mismo, Jesús mío, no las amaras también en mí…

 Viene entonces el sentimiento de “imposibilidad” de amar como Jesús ama y la gracia de comprender que “es Jesús el que ama a los otros en nosotros”.

iAh. Señor! se que no mandáis nunca nada imposible. Conocéis mejor que yo misma mi debilidad, mi imperfección. Sabéis que nunca podría amar a mis hermanas como vos las amáis, si vos mismo, ioh,  Jesús mío!, no las amaseis tambien en mi. Porque queríais concederme esta gracia, por eso fue por lo que impusisteis un mandamiento nuevo.

-iOh. cuanto amo este mandamiento, pues me da la certeza de que es voluntad vuestra amar en mi a todos aquellos a los que me mandáis amar!…  Sí, lo siento: cuando soy caritativa, es Jesús solo quien obra en mí. Cuanto mas unida estoy a el, tanto mas amo a todas mis hermanas.

2. “Cuando quiero aumentar en mi este amor…”

El amor le aumenta haciendo siempre juicios caritativos

La primera tentación contra este Amor de Jesús en ella está en el juicio. El Demonio trata de ponernos ante los ojos los defectos de los demás. Es importante darse cuenta de que es el demonio, y que Jesús nos da razones para juzgar con misericordia, como juzga él.

 Cuando quiero aumentar en mi este amor, cuando, sobre todo, el demonio trata de poner ante los ojos de mi alma los defectos de tal o cual hermana que me es menos simpática, me apresuro a buscar sus virtudes, sus buenos deseos. Pienso que si la he visto caer una vez, ha  podido conseguir un gran  número de victorias que oculta por humildad; y que hasta lo que me parece una falta puede muy bien ser un acto de virtud a causa de la recta intención y me persuado fácilmente de ello, pues un día yo misma supe por experiencia que nunca se debe juzgar.

Ejemplo de cómo uno se equivoca al juzgar exteriormente , relativización del propio juicio y afianzamiento de “no juzgar ni ser juzgada en absoluto, sino tener siempre pensamientos caritativos.

-Fue durante la recreación. La portera tocó dos campanadas, había que abrir la puerta de la clausura a unos obreros que tenían que meter unos arboles destinados al Belén. La recreación no era alegre, pues faltabais vos, Madre mía querida; por eso, pensé que me agradaría que me mandasen ir a hacer de tercera (a acompañar a los obreros). En efecto, Madre superiora me dijo que fuese yo o la hermana  que estaba a mi lado. Inmediatamente empecé a desatarme el deIantal, pero muy despacio, a fin de dar tiempo a mi compañera para que se quitase el suyo antes que yo, pues creía complacerla dejándola hacer de tercera. La hermana que suplía a la depositaria nos miraba riendo, y al ver que yo era la última en levantarme, me dijo: ” iAh, ya me parecía a mí que no ibais a ser vos la que ganase una perla para su corona, os movíais con demasiada lentitud!…» A buen seguro, toda la comunidad creyó que yo había obrado así obedeciendo a mi gusto natural. Me sería imposible decir cuanto bien hizo a mi alma una cosita tan insignificante, y cuan indulgente me tornó para con las debilidades de las demás. Aquel episodio sigue alejando de mí toda vanidad cuando soy juzgada favorablemente, pues razono así: Cuando toman mis pequeños actos de virtud por imperfecciones, de igual modo pueden  equivocarse tomando por virtud lo que sólo es imperfección. Entonces, digo como san Pablo: Me importa muy poco ser juzgada por ningún tribunal humano. No me juzgo

 a mi misma, el que me juzga es EL SEÑOR. Por eso, para que el juicio de Dios me sea favorable, o mejor, para no ser juzgada en absoluto, quiero tener siempre pensamientos caritativos, pues Jesús dijo: No juzguéis, y no seréis juzgados.

 3. “Tal vez creas que la caridad no me resultaba difícil…”

Madre mía, al leer lo que acabo de escribir, tal vez creáis que la practica de la caridad no me resulta difícil. Verdad es que desde hace unos meses no tengo ya que luchar por practicar esta hermosa virtud. No quiero decir con esto que no cometa algunas faltas. iAh, Soy demasiado imperfecta para tanto! Pero no me cuesta mucho levantarme de la caída, porque después de la victoria que conseguí en un determinado combate, la milicia celestial viene en mi auxilio, no sufriendo verme vencida tras de haber salido victoriosa de la gloriosa guerra que ahora tratare de describiros.

Ejemplo de la victoria en una gloriosa guerra la fortalece para levantarse en las pequeñas caídas

 El amor le aumenta al adoptar comportamientos caritativos –servicios, sonrisas- enraizados en el sentimiento de “agradar al Dios escondido en la hermana desagradable”.

Hay en la comunidad una hermana que tiene el don de disgustarme en todo. Sus modales, sus palabras, su carácter, todo en ella me desagrada en gran manera. Sin

embargo, se trata de una santa religiosa, que debe de ser muy agradable a Dios. Por eso, no queriendo ceder a la antipatía natural que experimentaba, me dije a mi misma que la caridad no debía consistir en los sentimientos, sino en las obras. Entonces, me aplique a portarme con dicha hermana “Como lo hubiera hecho con la persona a la que mas quiero. Cada vez que me la encontraba, pedía por ella a Dios, ofreciéndole todas sus virtudes y todos sus meritos. Me daba perfecta cuenta de que esto agradaba a Jesús, pues no hay artista a quien no le guste recibir alabanzas por sus obras. Y a Jesús, el Artista de las almas, le complace que en lugar de detenernos en lo exterior, penetremos en el santuario intimo que el se ha escogido por morada, y admiremos su belleza.

Al no poder sentir nada bueno con la hermana, dirigía sus pensamientos a alabar a Dios por su obra, ya que a todo artista le agrada que alaben su obra.

No me contentaba con rogar mucho por la hermana que era para mí motivo de tantas luchas interiores, sino que procuraba también prestarle todos los servicios posibles; y cuando sentía la tentación de contestarle de manera desagradable, me limitaba a dirigirle la más encantadora de mis sonrisas, procurando cambiar de conversación, pues se dice en la Imitación: Es mejor dejar a cada uno con su idea que detenerse a contestar.

Muchas veces también, cuando en las relaciones de oficio que tenía que mantener con esta hermana fuera de la recreación (quiero decir durante las horas de trabajo) los combates eran demasiado violentos, yo huía como un desertor .

Ella, ignorando en absoluto mis sentimientos hacia su persona, nunca ha llegado a sospechar los motivos de mi conducta, y ésta es la hora en que está persuadida de que su carácter me resulta agradable.

Un día, en la recreación, me dijo, toda contenta, estas o parecidas palabras: «¿Quisierais decirme, sor Teresa del Niño Jesús, qué es lo que tanto os atrae en mí? Cada vez que me miráis, veo que sonreís”. iAh! El que me atraía era Jesús, escondido en el fondo de su alma. .., Jesús, que hace dulce lo que hay de más amargo. Le contesté

 que sonreía porque me alegraba verla (sin añadir, bien entendido, que era bajo un punto de vista espiritual).

 El amor le aumenta manteniendo a toda costa la paz del alma: el recurso de la deserción

Madre mía amadísima, ya os he dicho que el último recurso que tengo para no ser vencida en los combates es la deserción. Este recurso lo empleaba ya durante el novi- ciado, y siempre me dio muy buenos resultados. Voy a citaros, Madre mía, un ejemplo que os hará sonreír .

Durante una de vuestras bronquitis, fui una mañana muy despacito a dejar en vuestra celda las llaves de la reja del comulgatorio, pues era sacristana. En el fondo, no me disgustaba aquella ocasión que tenía de veros, antes bien me agradaba mucho, aunque ponía buen cuidado en no manifestarlo.

Una hermana, animada de santo celo, y que, por lo demás, me quería mucho, al verme entrar, Madre mía, en vuestra celda, creyó que iba a despertaros; quiso agarrarme las llaves, pero yo era demasiado lista para entregárselas y ceder mis derechos. Le dije, lo más finamente que pude, que tan buenos deseos tenía yo como ella de no despertaros, y que me tocaba a mi devolver las llaves.

Ahora comprendo que hubiera sido mucho más perfecto ceder ante aquella hermana, joven, es verdad, pero al fin más antigua que yo. No lo comprendí entonces; por eso, queriendo a toda costa entrar en vuestra celda detrás de ella, a pesar de que empujaba la puerta para impedirme que pasase, pronto llegó la desgracia que ambas temíamos: el ruido que hicimos os hizo abrir los ojos.

Entonces, Madre mía, toda la culpa recayó sobre mí. La pobre hermana a la que yo había opuesto resistencia, se puso a declamar todo un discurso que venía a decir: Ha sido sor Teresa del Niño Jesús la que ha hecho ruido. ¡Dios mío, qué hermana más desagradable!

Yo, que opinaba todo lo contrario, sentía vivos deseos de defenderme; pero, afortunadamente, me vino una idea luminosa. Vi con claridad que, si empezaba a justificarme, no iba a poder conservar la paz de mi alma. Me daba cuenta también de que carecía de la virtud suficiente para dejarme acusar sin decir nada. Mi última tabla de salvación, pues, era la huida. Pensado y ejecutado: me marché silenciosamente, dejando que la hermana continuase su perorata, que bien se parecía a las imprecaciones de Camilo contra Roma.

Me palpitaba tan fuertemente el corazón, que me fue imposible ir lejos, y me senté en la escalera para gozar en paz del fruto de mi victoria. Aquello no era valentía, ¿verdad, Madre querida? Pero creo, sin embargo, que es mejor no exponerse al combate cuando la derrota es segura.

 El amor le aumenta al gloriarse de su imperfección y debilidad

iAy de mí! Cuando recuerdo el tiempo del noviciado, veo cuán imperfecta era. ..Me angustiaba por tan poca cosa, que ahora me río. iAh, qué bueno es el Señor, que hizo crecer a mi alma y le dio alas! …Ahora, ni todas las redes juntas de los cazadores serían capaces de meterme miedo, pues: «En vano se echa la red ante los ojos de los que tienen alas”. Más tarde, sin duda, el tiempo presente en que vivo me parecerá también lleno de imperfecciones. Pero ahora ya no me sorprendo de nada. No siento pena alguna al ver que soy la debilidad misma, al contrario, me glorío de ello “, y cuento con descubrir en mí cada día nuevas imperfecciones. Acordándome de que la caridad cubre la muchedumbre de los pecados, exploto esta mina fecunda que Jesús ha abierto ante mí.

 4. “En el Carmelo no hay enemigos pero hay simpatías…”

El Señor explica en el Evangelio en qué consiste su mandamiento nuevo. Dice en san Mateo: “Habéis oído que se dijo: Amarás a tu amigo y odiarás a tu enemigo. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, rogad por los que os persiguen’.

Ciertamente, en el Carmelo no hay enemigos, pero, al fin, hay simpatías. Una hermana os atrae, mientras que otra os hace dar un largo rodeo para evitar su encu

entro, convirtiéndose así, sin ella saberlo, en tema de persecución. Pues bien, Jesús me dice que a esta hermana hay que amarla, que hay que rogar por ella, aun cuando su condu

cta me indujese a creer que ella no me ama: «Si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tendréis? Porque también los pecadores aman a los que les aman‘.

 No basta amar, el amor le aumenta demostrándolo

Y no basta amar, hay que probarlo. Agrada naturalmente hacer un regalo a un amigo, causarle, sobre todo, placer inesperado. Pero eso no es en manera alguna caridad, pues también los pecadores obran así.

Ved lo que Jesús me enseña también: «Da a TODO EL QUE te pida: y si TOMAN lo que te pertenece, no lo reclames ‘.

Dar a todas las que piden es menos agradable que ofrecer una misma espontáneamente. Todavía cuando se nos pide con afabilidad, no cuesta dar; pero si, por desgracia, no se usan palabras bastante delicadas, al punto el alma se rebela, si no está asentada en la caridad.

Hallamos mil razones para negar lo que se nos pide; y  sólo después de haber convencido de su indelicadeza a la que nos pide, nos decidimos finalmente a conceder, por favor, lo que la hermana reclama, o a prestar a ésta un ligero servicio que nos habría exigido veinte veces menos tiempo del que nos ha sido necesario para hacer valer nuestros derechos imaginarios.

 El amor le aumenta dejándose tomar lo propio sin reclamarlo

Si es difícil dar a todo el que pide, lo es todavía mucho más dejarse tomar lo propio sin reclamarlo. ¡Oh, Madre mía! Digo que es difícil, pero debería más bien decir que parece difícil, pues el yugo del Señor es suave y ligero. Cuando lo aceptamos, sentimos inmediatamente su dulzura,  y exclamamos con el Salmista: “CORRI por el camino de vuestros mandamientos desde el punto en que ensanchasteis mi corazón”

 Sólo la caridad puede ensanchar mi corazón. iOh, Jesús, desde que esta dulce llama lo consume, corro con alegría por el camino de vuestro mandamiento 

NUEVO!… Quiero correr por él hasta que llegue el día dichoso en que, uniéndome al cortejo virginal, pueda seguiros por los espacios infinitos, cantando vuestro cántico NUEVO, que será el del amor.

Decía que Jesús no quiere que reclame lo que me pertenece. Esto debería parecerme fácil y natural, puesto que nada tengo mío. He renunciado a los bienes de la tierra por el voto de pobreza. No tengo, pues, el derecho de quejarme, si me quitan una cosa que no me pertenece; antes al contrario, debería alegrarme cuando se me presenta la ocasión de practicar la pobreza.

En otro tiempo creía no estar apegada a nada; pero desde que comprendí las palabras de Jesús, veo que cuando llega la ocasión, soy muy imperfecta. ” P

or ejemplo, en el estudio de pintura no hay nada mío, lo sé muy bien. Pero si al ponerme a trabajar, hallo los pinceles y las pinturas en desorden, si ha desaparecido una regla o un cortaplumas, ya me pongo a punto de perder la paciencia, y tengo que hacer de tripas corazón para no reclamar con aspereza los objetos que me faltan.

A veces es necesario pedir las cosas indispensables; pero haciéndolo con humildad, no se falta al mandamiento de Jesús, al contrario, se obra como los pobres, que tienden la mano para recibir lo que necesitan, y si son desechados, no se sorprenden, pues nadie les debe nada.

Ah, qué paz inunda el alma cuando se eleva por encima de los sentimientos de la naturaleza. No hay gozo comparable al que prueba el verdadero pobre de espíritu. Se pide con desprendimiento algo necesario, y no solo se le niega lo que pide sino que todavía tratan de quitarle lo que tiene, entonces sigue el consejo de Jesús: “Entrégale también el manto al que quiera ponerte pleito y quitarte la túnica”. Entregar el manto es, me parece, renunciar una a sus últimos derechos, considerarse como la sierva, la esclava de las demás.

Veo que me he explicado malísimamente… He compuesto una especie de discurso sobre la caridad, cuya lectura os habrá cansado… Perdonadme, Madre mía amantísima, y pensad que en este momento las enfermeras están practicando con respecto a mí lo que acabo de escribir; no titubean en dar dos mil pasos, cuando bastarían veinte (para ayudarme).

……………………………

Teresita escribe esto estando en la postración de la enfermedad. Su comprensión de la Caridad y los ejemplos que nos da son un tratado de espiritualidad que nos resulta profundísimo y a la vez caminito sencillo, practicable. ¡Es tan sublime la doctrina, son tan humanamente cotidianos los ejemplos…!

No nos queda sino compartir la alegría que expresa Jesús al ver que el Padre le revela sus cosas a los pequeñitos.

 

Momento de reflexión

P. Diego Fares sj

El ver ético de la fe

En el encuentro pasado un texto de Romano Guardini sobre nuestros ojos nos ayudó a revalorizar la fuerza espiritual que tiene nuestra mirada sensible. Con sólo echar un vistazo vemos si una planta está viva o no, distinguimos una piedra de un artefacto, pescamos en un gesto la intención de quien nos habla. Miramos juzgando lo que captaron nuestros ojos y volviendo a mirar con intención de corroborar lo que vimos. Hoy vamos a profundizar en la capacidad “etica” de nuestra mirada. Lo que quiero afirmar y que reflexionemos juntos es cómo la fe nos hace ver lo más hondo del Corazón de Jesús y cómo lo capta en sus acciones, en su modo de actuar, cosa que se traslada a la vida de los santos.

 Una fe con ojos, manos y pies

Lo primero es compartir algunas reflexiones del Beato John Enri Newman: lo que él llama “el ver ético de la fe”. Para Newman “la fe, como respuesta a Cristo, no vulnera la lógica humana, aunque la supere”. “La fe, desde la perspectiva humana, es una ‘presuposición’, un acto intelectual en el que el hombre pone en juego la totalidad de lo que es. Propiamente la fe es “asentimiento”, un asentir sin dudar, una certeza. Un asentimiento “real”, que compromete la razón, la imaginación, los sentimientos y la acción”. Notamos que este “asentir” tiene que ver con el “sentir”, es una reafirmación intelectual de algo que vimos con los ojos o escuchamos con los oídos. “La santidad o el alma inhabitada por el Espíritu Santo – llamé-mosle como queramos – , es el principio vivificante e iluminador de la fe verdadera, el que le da ojos, manos y pies”. Esto es lo más fuerte: una fe con “ojos, manos y pies”. Es decir: una fe en que lo más espiritual está ligado a lo sensible y a la acción. Se trata de una fe encarnada –el Verbo venido en carne-, una fe que permite “ver” a Dios en lo sensible, especialmente en sus acciones buenas. Para Newman “la fe es razonable, incluye motivos para creer”, motivos que se encuentran en la luminosidad de la vida de Jesucristo, como nos dice la Lumen Fidei. “El hombre puede descubrir, para apuntalar esta racionabilidad, la convergencia o acumulación de probabilidades que inclinan a la mente, sin forzarla, a reconocer la verosimilitud del Cristianismo”. Y la característica principal sería la de ser “inte-gradora”. “La fe es un organismo vivo, que va integrando todo lo que vivimos, cada cosa a su tiempo, de ahí la importancia de conservarla íntegra”. Por eso lo más importante de la fe es su unidad, “su capacidad de asimilar todo lo que encuentra, purificándolo y llevándolo a su mejor expresión”. Esto lo retoma Lumen Fidei cuando nos dice que “La fe se muestra así universal, católica, porque su luz crece para iluminar todo el cosmos y toda la historia” (cfr. LF 48). Ahora bien, este organismo vivo que es la fe, que integra toda nuestra persona –la acción, los sentimientos, la imaginación y la razón (a propósito invertimos el orden que seguía Newman)- tiene su fuente en la Persona de Jesucristo, en sus acciones, sentimientos, imaginación y razonamientos. Ver a la Persona en acción –esa manera única que tenía el Señor de “pasar haciendo el bien” como atestigua Pedro- es lo que provoca el “asentimiento” de la fe con todo nuestro ser. El “ver ético” de la fe es respuesta a un “actuar lleno de amor” de Jesús.

 Distintas miradas: estética, teórica, práctica…

Explicitamos un poco cómo es nuestra mirada. Así como la mirada estética juzga inquisitivamente si algo es bello o no, yendo de las partes al todo, deslizándose por las formas y gustando su armonía, notando lo que falta o lo que está exagerado, dejándose llenar las pupilas por el resplandor de la belleza, así también, la mirada ética valora la intención, buena o mala, de las personas en su modo de actuar y comportarse. Miramos el movimiento del otro y si nos parece “que no se mueve” juzgamos que es vago o que no le interesa mucho el trabajo… En los ojos que se fijan en los nuestros y con un pequeño movimiento del rostro asienten a lo que decimos, juzgamos que el otro tiene verdadero interés. Por el contrario, si nos mira con enojo percibimos el brillo de la furia o el retraimiento de la indignación. En los ojos abiertos de par en par de los bebés sentimos la invitación a darnos, a llenar su apertura con sonrisas y palabras cariñosas. “¡Qué mirás! Nos grita amenazante uno de una barrita que espera el tren al que miramos con curiosidad o con cierta insistencia y nos recuerda que no hay que establecer contacto visual con las personas agresivas. La mirada “ética”, que ve “intenciones” –de amor, de odio, de indiferencia, de cálculo…-,  es nuestra mirada más honda. Es distinta de la mirada teórica, que contempla “ideas” y las compara y desarrolla poniendo el esfuerzo en ser neutral. La mirada práctica no es para nada neutral. Tiene un componente meramente utilitario, diríamos, que nos lleva a “mirar por dónde caminamos”, a medir con una ojeada la altura del escalón del colectivo y a poner correctamente la tarjeta sube en el lector del subte, a vichar si el bar está lleno o hay alguna mesita libre que nos guste, a “notar” que no hay nadie en casa con sólo ver cómo quedaron las cosas de la mesa…

 La mirada práctica no es neutral

Esta mirada no es para nada neutral y lo compro-bamos en el fastidio y la corrección inmediata que hacemos cuando nos damos cuenta de que miramos mal y la pifiamos al escalón ¡qué tarado. ¡Cómo no miré!, nos decimos implacables. Le echamos la culpa a nuestros ojos cuando en realidad la culpa no la tienen ellos sino nuestra atención puesta en otro lado. Cuando estamos mirando para adentro, los ojos como que se nublan para afuera, lo cual prueba que la mirada depende de la intensidad con que enfocamos lo que queremos ver y si la intensidad está puesta en algo interior disminuye hacia afuera.

 Influencia sobre nuestra mirada de aquello que miramos

En esta mirada práctica estamos imbuidos la mayor parte del día y nuestra cultura de la imagen “solicita” (y a veces literalmente “asalta”) nuestra mirada con mil invi-taciones visuales . La diferencia con la naturaleza es abismal y uno nota inmediatamente cómo “descansa la vista” ante un paisaje de campo. ¿Por qué? Porque las invitaciones de la naturaleza son mansas y desinteresadas. Las flores atraen nuestra atención pero sin intención de adueñarse de nuestra mirada. Todo lo contrario de las vidrieras, los anuncios y las carteles que luchan por imponerse y sobresalir entre sus pares. La naturaleza se deja contemplar y sus contornos se integran armónicamente con los de las demás creaturas. La mirada descansa porque juzga inmediatamente la “intención de gratuidad” de las formas del paisaje. En la ciudad, en cambio, la mirada se vuelve defensiva e interesada. Se ve obligada a discernir a cada paso lo que conviene y lo que no. Podemos ver cómo hemos pasado de lo práctico a lo ético: en el armonizarse de las formas naturales juzgamos su “gratuidad”, su no interés por imponerse. Aún en una puesta de sol esplendorosa, que se impone por sí misma sobre el resto del paisaje, juzgamos su desapego y gratuidad. ¿En qué lo vemos? Diría que en su modo de actuar, en su lento pero implacable ir desapareciendo y dejando lugar a otros colores más suaves vemos que así como no se envanece por su esplendidez tampoco se entristece por su declinar. La tierra se deja mirar por el sol rotando sin alterar su ritmo, feliz de ser iluminada en toda su redondez y de mirar al astro mayor desde cada rincón, por un momento al menos. Ver la intención en la acción A donde apunto es a que “lo ético” lo juzgamos en la acción, en el modo de actuar, en el ritmo más que en las formas que aparecen. Cuando tomamos una foto de una salida de sol, esta brilla esplendorosa. Cuando no detenemos la imagen sino que nos dejamos llevar, el esplendor brilla y luego se normaliza, mansamente, diría. Ver el movimiento es necesario para el ver ético. Sobre todo para ver la bondad. Para ver el bien es necesario ver la totalidad de los gestos y acciones de una persona a lo largo de un tiempo. Para ver lo malo, en cambio, a veces basta la foto (el momento en que apretó el gatillo, el chispazo de odio en la mirada). Es que el mal “interrumpe” la cadena del bien que es natural con algún gesto puntual. ¿A qué llamamos, entonces, el “ver ético”? A esa capacidad que tenemos como seres humanos de “ver lo más hondo”: la intención en la acción.  “Vemos la intención del otro”: su amor o su desprecio, su entrega o su cálculo. Vemos el fondo del corazón en un gesto: en cómo se ilumina y se enternece la mirada de quien nos quiere bien, o en cómo se endurecen y se nublan los ojos del que nos desprecia. Vemos la intención de ayudarnos en el gesto espontáneo de tender los brazos o en el retraimiento del que se queda duro. Cuando miramos con atención y con intención vemos lo más hondo. Podemos equivocarnos, es verdad, por eso volvemos a mirar y somos capaces de corregirnos. Es que vemos también los titubeos del otro, sus cambios de actitud y también notamos los nuestros.

 Ver la bondad que dilata el tiempo

Ahora bien, el ver ético propio de la fe tiene esa característica del tiempo de la que hablábamos: es un ver que en la sostenida bondad de una persona ve algo absoluto, que inclina irresistiblemente a “creer”, a “asentir” que es el amor lo que la mueve. Si bien hay muchas personas buenas que hacen brotar en nuestro corazón y en nuestra mente este “asentimiento”, sólo Alguien como Jesús es capaz de despertarlo de manera absoluta e incondicional para siempre. Eso es lo que llamamos Don, el Don de la Fe. No se nos dona como si fuera un paquete sino como algo enteramente especial. Diría que es la experiencia de una apertura de los ojos y una adhesión de la mente y el corazón que se saben ligados a la Persona que los hizo “actuar así”. Juzgamos que fue lo más propio de Jesús –su amor misericordioso incondicional y de pura amistad gratuita- lo que hizo surgir en nosotros la conciencia de que eso es lo que más valoramos en la vida, que se nos dio y que queremos rubricarlo confesando que creemos y mostrando que deseamos obrar en consecuencia. “La totalidad del amor de Cristo vence cual¬quier suspicacia y nos permite confiarnos plena¬mente en Cristo. Ahora bien, la muerte de Cristo manifiesta la total fiabilidad del amor de Dios a la luz de la resurrección” (LF 16-17).

 Ver la acción de Dios en la vida de los santos

Lo que nos pasa con Jesús nos pasa también con los santos. Hay personas cuyos gestos, como los del Señor, no dan lugar a ninguna duda: son gestos de santidad y los referimos al único Santo. Cuando sus paisanos vieron a Brochero tirarse al agua para cruzar el río, agarrado a la cola de su mula, porque “había dado la palabra de que iría a llevarle la comunión a una enferma”, se les grabó ese gesto en los ojos y cuando nosotros lo leemos y lo imaginamos, no dudamos en que “vemos su deseo de entregarse totalmente”. Es lo que Pedro nos dice de Jesús: que “pasó haciendo el bien (Hc 10, 38). Esa frase de Pedro nos pinta entero al Señor, cómo la compasión de su corazón se derramaba en cada uno de sus gestos para con los enfermos y pecadores. El Cura Brochero, que había captado esto de Jesús decía: “El sacerdote que no tiene mucha lástima de los pecadores es medio sacerdote. Estos trapos benditos que llevo encima no son los que me hacen sacerdote; si no llevo en mi pecho la caridad, ni a cristiano llego”. De aquí la importancia de “la vida de los santos”. Es que el ver ético de la fe se alimenta de acciones santas, no de ideas. La Lumen Fidei nos dice que “Nuestra cultura ha perdido la percepción de esta presencia concreta de Dios, de su acción en el mundo… Los cristianos, en cambio, confiesan el amor concreto y eficaz de Dios, que obra verdaderamente en la historia y determina su destino final, amor que se deja encontrar, que se ha revelado en plenitud en la pasión, muerte y resurrección de Cristo (LF 17).  Esta fe es verdadero alimento, alimento que transforma nuestra vida: “El creyente es transformado por el Amor, al que se abre por la fe, y al abrirse a este Amor que se le ofrece, su existencia se dilata más allá de sí mismo. Por eso, san Pablo puede afirmar: « No soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí » (Ga 2,20), y exhortar: « Que Cristo habite por la fe en vuestros corazones» (Ef 3,17). En la fe, el « yo » del creyente se ensancha para ser habitado por Otro, para vivir en Otro, y así su vida se hace más grande en el Amor. En esto consiste la acción propia del Espíritu Santo. El cristiano puede tener los ojos de Jesús, sus sentimientos, su condición filial, porque se le hace partícipe de su Amor, que es el Espíritu. (LF 21). Esta “dilatación de la existencia” es lo que vemos en la vida de los santos. Ellos mismos la perciben como obra del Espíritu en ellos. Nuestra Señora ve que “la llamarán feliz todas las generaciones”. El cura Brochero decía que había podido “pispear que viviré por siempre en el corazón de los serranos (de la zona occidental, dice él)”. Esa visión dilatada de la existencia es tanto hacia el futuro como hacia el pasado: “El pasado de la fe, aquel acto de amor de Jesús, que ha hecho germinar en el mundo una vida nueva, nos llega en la memoria de otros, de testigos, conservado vivo en aquel sujeto único de memoria que es la Iglesia…El Amor, que es el Espíritu y que mora en la Iglesia, mantiene unidos entre sí todos los tiempos y nos hace contemporáneos de Jesús, convirtiéndose en el guía de nuestro camino de fe (LF 38). Es importante notar que ese “todo” que nos recuerda el Espíritu Santo, no son “frases o ideas” sino la vida íntegra de Cristo que se ilumina entera en cada situación concreta y nos vuelve sus contemporáneos. Les irá recordando todo se puede entender también “les irá recordando el todo”. La fe irá integrando en el todo cada situación nueva de la vida.

 El ver ético de la fe nos lleva a la acción

La señal de que se ha “visto y creído” se ve en la acción. El creyente desea ser instrumento, que el Señor lo una a su accionar en bien de los demás. Brochero decía que quería servir: “como el mortero y la mano sirven para hacer mazamorra”, es decir estar totalmente consagrado al servicio de la obra de Cristo. El valoraba por sobre todo la decisión para “hacer” las cosas de Dios. “Según un adagio de un tío abuelo mío, más da y puede dar un hombre duro o un hombre derruido, esto es, un hombre ignorante e incompetente y sin influjo pero decidido, decidido por la obra, que un hombre sabio, influyente y con poca o ninguna decisión ( … ) yo espero en Dios y en la Virgen Purísima que con estos tres (colaboradores) ignorantes y sin influjo, se hará la iglesia tal cual lo había proyectado, para que se vea, para que se vea que no es obra mía, ni de los tres que forman la comisión, sino que es obra de Dios pedida por la Santísima Virgen.

Momento de contemplación

Hna. Marta Irigoy md

El Cura Brochero, un pastor según el corazón de Dios

¿Qué nos dice la figura evangélica y sacerdotal de Brochero?

¿Qué luz proyecta sobre nuestra  vida y misión?

•             Brochero, un ejemplo

•             Brochero, cercano a Dios y a su Pueblo: Negociar los talentos…

•             Brochero, un hombre que aceptaba lo que le tocaba

•             Brochero se expresaba en un lenguaje cercano

•             Brochero, un hombre de palabra

•             Brochero, un hombre que expresaba sus sentimientos

•             Brochero, creador de puentes entre Dios y los hombres= Dejarse utilizar por Dios…

•             Cura Brochero, un Pastor según el Corazón de Dios

•             Brochero, un hombre que nos enseña a agrandar el horizonte de la mirada –JPII-

•             Brochero, un hombre que nos enseña con su vida, todo lo que puede hacer Dios en nuestra vida, si nos animamos a confiar en Él…

Momento de Oración con textos del P. Brochero

“Mis amados, que Dios amó al hombre desde la eternidad es una verdad tan clara y tan demostrada que el solo pensar lo contrario sería el colmo de la locura, el último esfuerzo de la impiedad, y el último grado de la ingratitud. El amor eterno de Dios hacia el hombre está escrito en todas las maravillas de la creación. Los prodigiosos fenómenos de la naturaleza que a cada paso nos asombran, publican por todas partes ese amor. Todo lo que presenciamos en el universo predica que Dios amó al hombre desde la eternidad, y que en él puso los ojos de su amor y su predilección. Porque creó a este vasto universo para el hombre, para engrandecerlo y para ensalzarlo, y por eso lo hizo Rey de todo lo creado. Sin embargo, de ser tan claras y tan convincentes las pruebas de amor aducidas, no son más que un pequeño rasguño, un rastro y una sombra, si se compara con la prueba de amor que Dios dará, y efectivamente dio en la plenitud de los tiempos, cuando ordenó a su Hijo se hiciese carne y habitase entre nosotros. Cuando le ordenó que se hiciese hombre y tomase la apariencia de siervo (cf. Fil 2,7), entonces la prueba de amor tomó proporciones gigantescas. Este acontecimiento de humanarse el Hijo de Dios era el que ansiaban los Patriarcas, era el que anunciaban los Profetas a través de los siglos, y era el que fundaba la esperanza del hombre para su felicidad, para su dicha, para su redención y para poder entrar al cielo”.   Jesús tuvo en su alma un amor tan grande, tan excesivo y tan tierno que no lo podía contener en su corazón, sino mediante una unión estrechísima con el hombre, y mediante una asimilación completa con él, que era el blanco, el centro, y el fin de su amor.   Hay que entrar con el alma en el amante corazón de Jesús, tan locamente enamorado que se olvida de sí por acordarse del objeto de su loca pasión, esto es, el hombre.   Entrando en él se entiende que instituye el Sacramento de Amor y se queda con nosotros en la Hostia Consagrada hasta la consumación de los siglos, para poder así identificarse con nosotros, para poder unirse íntimamente con nosotros, y para poder comunicarnos su propia vida, su divinidad y su gloria. Comunicarnos su propia vida. ¡Darse a sí mismo!, ¡identificarse con el hombre!, ¡hacerse una sola cosa con el hombre!, unirse para siempre con el hombre…   La institución de la Eucaristía es un milagro que encierra cuanto son capaces de hacer, de realizar, el poder, la bondad, la ciencia y demás atributos divinos, para unir inseparablemente al Creador con la criatura, para hacer al hombre un Dios, para que adquiera las propiedades divinas y para que viva la misma vida de Dios.

Momento de reflexión

P. Diego Fares sj

 

El ver ético de la fe

En el encuentro pasado un texto de Romano Guardini sobre nuestros ojos nos ayudó a revalorizar la fuerza espiritual que tiene nuestra mirada sensible. Con sólo echar un vistazo vemos si una planta está viva o no, distinguimos una piedra de un artefacto, pescamos en un gesto la intención de quien nos habla. Miramos juzgando lo que captaron nuestros ojos y volviendo a mirar con intención de corroborar lo que vimos.

Hoy vamos a profundizar en la capacidad “etica” de nuestra mirada. Lo que quiero afirmar y que reflexionemos juntos es cómo la fe nos hace ver lo más hondo del Corazón de Jesús y cómo lo capta en sus acciones, en su modo de actuar, cosa que se traslada a la vida de los santos.

 Una fe con ojos, manos y pies

Lo primero es compartir algunas reflexiones del Beato John Enri Newman: lo que él llama “el ver ético de la fe”. Para Newman “la fe, como respuesta a Cristo, no vulnera la lógica humana, aunque la supere”. “La fe, desde la perspectiva humana, es una ‘presuposición’, un acto intelectual en el que el hombre pone en juego la totalidad de lo que es. Propiamente la fe es “asentimiento”, un asentir sin dudar, una certeza. Un asentimiento “real”, que compromete la razón, la imaginación, los sentimientos y la acción”. Notamos que este “asentir” tiene que ver con el “sentir”, es una reafirmación intelectual de algo que vimos con los ojos o escuchamos con los oídos. “La santidad o el alma inhabitada por el Espíritu Santo – llamé-mosle como queramos – , es el principio vivificante e iluminador de la fe verdadera, el que le da ojos, manos y pies”. Esto es lo más fuerte: una fe con “ojos, manos y pies”. Es decir: una fe en que lo más espiritual está ligado a lo sensible y a la acción. Se trata de una fe encarnada –el Verbo venido en carne-, una fe que permite “ver” a Dios en lo sensible, especialmente en sus acciones buenas.

Para Newman “la fe es razonable, incluye motivos para creer”, motivos que se encuentran en la luminosidad de la vida de Jesucristo, como nos dice la Lumen Fidei. “El hombre puede descubrir, para apuntalar esta racionabilidad, la convergencia o acumulación de probabilidades que inclinan a la mente, sin forzarla, a reconocer la verosimilitud del Cristianismo”.

Y la característica principal sería la de ser “inte-gradora”. “La fe es un organismo vivo, que va integrando todo lo que vivimos, cada cosa a su tiempo, de ahí la importancia de conservarla íntegra”. Por eso lo más importante de la fe es su unidad, “su capacidad de asimilar todo lo que encuentra, purificándolo y llevándolo a su mejor expresión”. Esto lo retoma Lumen Fidei cuando nos dice que “La fe se muestra así universal, católica, porque su luz crece para iluminar todo el cosmos y toda la historia” (cfr. LF 48).

Ahora bien, este organismo vivo que es la fe, que integra toda nuestra persona –la acción, los sentimientos, la imaginación y la razón (a propósito invertimos el orden que seguía Newman)- tiene su fuente en la Persona de Jesucristo, en sus acciones, sentimientos, imaginación y razonamientos. Ver a la Persona en acción –esa manera única que tenía el Señor de “pasar haciendo el bien” como atestigua Pedro- es lo que provoca el “asentimiento” de la fe con todo nuestro ser. El “ver ético” de la fe es respuesta a un “actuar lleno de amor” de Jesús.

 Distintas miradas: estética, teórica, práctica…

Explicitamos un poco cómo es nuestra mirada. Así como la mirada estética juzga inquisitivamente si algo es bello o no, yendo de las partes al todo, deslizándose por las formas y gustando su armonía, notando lo que falta o lo que está exagerado, dejándose llenar las pupilas por el resplandor de la belleza, así también, la mirada ética valora la intención, buena o mala, de las personas en su modo de actuar y comportarse. Miramos el movimiento del otro y si nos parece “que no se mueve” juzgamos que es vago o que no le interesa mucho el trabajo… En los ojos que se fijan en los nuestros y con un pequeño movimiento del rostro asienten a lo que decimos, juzgamos que el otro tiene verdadero interés. Por el contrario, si nos mira con enojo percibimos el brillo de la furia o el retraimiento de la indignación. En los ojos abiertos de par en par de los bebés sentimos la invitación a darnos, a llenar su apertura con sonrisas y palabras cariñosas. “¡Qué mirás! Nos grita amenazante uno de una barrita que espera el tren al que miramos con curiosidad o con cierta insistencia y nos recuerda que no hay que establecer contacto visual con las personas agresivas.

La mirada “ética”, que ve “intenciones” –de amor, de odio, de indiferencia, de cálculo…-,  es nuestra mirada más honda. Es distinta de la mirada teórica, que contempla “ideas” y las compara y desarrolla poniendo el esfuerzo en ser neutral. La mirada práctica no es para nada neutral. Tiene un componente meramente utilitario, diríamos, que nos lleva a “mirar por dónde caminamos”, a medir con una ojeada la altura del escalón del colectivo y a poner correctamente la tarjeta sube en el lector del subte, a vichar si el bar está lleno o hay alguna mesita libre que nos guste, a “notar” que no hay nadie en casa con sólo ver cómo quedaron las cosas de la mesa…

 La mirada práctica no es neutral

Esta mirada no es para nada neutral y lo compro-bamos en el fastidio y la corrección inmediata que hacemos cuando nos damos cuenta de que miramos mal y la pifiamos al escalón ¡qué tarado. ¡Cómo no miré!, nos decimos implacables. Le echamos la culpa a nuestros ojos cuando en realidad la culpa no la tienen ellos sino nuestra atención puesta en otro lado. Cuando estamos mirando para adentro, los ojos como que se nublan para afuera, lo cual prueba que la mirada depende de la intensidad con que enfocamos lo que queremos ver y si la intensidad está puesta en algo interior disminuye hacia afuera.

 Influencia sobre nuestra mirada de aquello que miramos

En esta mirada práctica estamos imbuidos la mayor parte del día y nuestra cultura de la imagen “solicita” (y a veces literalmente “asalta”) nuestra mirada con mil invi-taciones visuales . La diferencia con la naturaleza es abismal y uno nota inmediatamente cómo “descansa la vista” ante un paisaje de campo. ¿Por qué? Porque las invitaciones de la naturaleza son mansas y desinteresadas. Las flores atraen nuestra atención pero sin intención de adueñarse de nuestra mirada. Todo lo contrario de las vidrieras, los anuncios y las carteles que luchan por imponerse y sobresalir entre sus pares. La naturaleza se deja contemplar y sus contornos se integran armónicamente con los de las demás creaturas. La mirada descansa porque juzga inmediatamente la “intención de gratuidad” de las formas del paisaje. En la ciudad, en cambio, la mirada se vuelve defensiva e interesada. Se ve obligada a discernir a cada paso lo que conviene y lo que no.

Podemos ver cómo hemos pasado de lo práctico a lo ético: en el armonizarse de las formas naturales juzgamos su “gratuidad”, su no interés por imponerse. Aún en una puesta de sol esplendorosa, que se impone por sí misma sobre el resto del paisaje, juzgamos su desapego y gratuidad. ¿En qué lo vemos? Diría que en su modo de actuar, en su lento pero implacable ir desapareciendo y dejando lugar a otros colores más suaves vemos que así como no se envanece por su esplendidez tampoco se entristece por su declinar. La tierra se deja mirar por el sol rotando sin alterar su ritmo, feliz de ser iluminada en toda su redondez y de mirar al astro mayor desde cada rincón, por un momento al menos.

Ver la intención en la acción

A donde apunto es a que “lo ético” lo juzgamos en la acción, en el modo de actuar, en el ritmo más que en las formas que aparecen. Cuando tomamos una foto de una salida de sol, esta brilla esplendorosa. Cuando no detenemos la imagen sino que nos dejamos llevar, el esplendor brilla y luego se normaliza, mansamente, diría. Ver el movimiento es necesario para el ver ético. Sobre todo para ver la bondad. Para ver el bien es necesario ver la totalidad de los gestos y acciones de una persona a lo largo de un tiempo. Para ver lo malo, en cambio, a veces basta la foto (el momento en que apretó el gatillo, el chispazo de odio en la mirada). Es que el mal “interrumpe” la cadena del bien que es natural con algún gesto puntual.

¿A qué llamamos, entonces, el “ver ético”? A esa capacidad que tenemos como seres humanos de “ver lo más hondo”: la intención en la acción.  “Vemos la intención del otro”: su amor o su desprecio, su entrega o su cálculo. Vemos el fondo del corazón en un gesto: en cómo se ilumina y se enternece la mirada de quien nos quiere bien, o en cómo se endurecen y se nublan los ojos del que nos desprecia. Vemos la intención de ayudarnos en el gesto espontáneo de tender los brazos o en el retraimiento del que se queda duro. Cuando miramos con atención y con intención vemos lo más hondo. Podemos equivocarnos, es verdad, por eso volvemos a mirar y somos capaces de corregirnos. Es que vemos también los titubeos del otro, sus cambios de actitud y también notamos los nuestros.

 Ver la bondad que dilata el tiempo

Ahora bien, el ver ético propio de la fe tiene esa característica del tiempo de la que hablábamos: es un ver que en la sostenida bondad de una persona ve algo absoluto, que inclina irresistiblemente a “creer”, a “asentir” que es el amor lo que la mueve. Si bien hay muchas personas buenas que hacen brotar en nuestro corazón y en nuestra mente este “asentimiento”, sólo Alguien como Jesús es capaz de despertarlo de manera absoluta e incondicional para siempre. Eso es lo que llamamos Don, el Don de la Fe. No se nos dona como si fuera un paquete sino como algo enteramente especial. Diría que es la experiencia de una apertura de los ojos y una adhesión de la mente y el corazón que se saben ligados a la Persona que los hizo “actuar así”. Juzgamos que fue lo más propio de Jesús –su amor misericordioso incondicional y de pura amistad gratuita- lo que hizo surgir en nosotros la conciencia de que eso es lo que más valoramos en la vida, que se nos dio y que queremos rubricarlo confesando que creemos y mostrando que deseamos obrar en consecuencia. “La totalidad del amor de Cristo vence cual¬quier suspicacia y nos permite confiarnos plena¬mente en Cristo. Ahora bien, la muerte de Cristo manifiesta la total fiabilidad del amor de Dios a la luz de la resurrección” (LF 16-17).

 Ver la acción de Dios en la vida de los santos

Lo que nos pasa con Jesús nos pasa también con los santos. Hay personas cuyos gestos, como los del Señor, no dan lugar a ninguna duda: son gestos de santidad y los referimos al único Santo. Cuando sus paisanos vieron a Brochero tirarse al agua para cruzar el río, agarrado a la cola de su mula, porque “había dado la palabra de que iría a llevarle la comunión a una enferma”, se les grabó ese gesto en los ojos y cuando nosotros lo leemos y lo imaginamos, no dudamos en que “vemos su deseo de entregarse totalmente”.

Es lo que Pedro nos dice de Jesús: que “pasó haciendo el bien (Hc 10, 38). Esa frase de Pedro nos pinta entero al Señor, cómo la compasión de su corazón se de-rramaba en cada uno de sus gestos para con los enfermos y pecadores. El Cura Brochero, que había captado esto de Jesús decía: “El sacerdote que no tiene mucha lástima de los pecadores es medio sacerdote. Estos trapos benditos que llevo encima no son los que me hacen sacerdote; si no llevo en mi pecho la caridad, ni a cristiano llego”. De aquí la importancia de “la vida de los santos”. Es que el ver ético de la fe se alimenta de acciones santas, no de ideas.

La Lumen Fidei nos dice que “Nuestra cultura ha perdido la percepción de esta presencia concreta de Dios, de su acción en el mundo… Los cristianos, en cambio, confiesan el amor concreto y eficaz de Dios, que obra verdaderamente en la historia y determina su destino final, amor que se deja en¬contrar, que se ha revelado en plenitud en la pa-sión, muerte y resurrección de Cristo (LF 17).  Esta fe es verdadero alimento, alimento que transforma nuestra vida: “El creyente es transformado por el Amor, al que se abre por la fe, y al abrirse a este Amor que se le ofrece, su existencia se dilata más allá de sí mismo. Por eso, san Pablo puede afir¬mar: « No soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí » (Ga 2,20), y exhortar: « Que Cristo habite por la fe en vuestros corazones» (Ef 3,17). En la fe, el « yo » del creyente se ensancha para ser ha¬bitado por Otro, para vivir en Otro, y así su vida se hace más grande en el Amor. En esto consiste la acción propia del Espíritu Santo. El cristiano puede tener los ojos de Jesús, sus sentimientos, su condición filial, porque se le hace partícipe de su Amor, que es el Espíritu. (LF 21).

Esta “dilatación de la existencia” es lo que vemos en la vida de los santos. Ellos mismos la perciben como obra del Espíritu en ellos. Nuestra Señora ve que “la llamarán feliz todas las generaciones”. El cura Brochero decía que había podido “pispear que viviré por siempre en el corazón de los serranos (de la zona occidental, dice él)”.

Esa visión dilatada de la existencia es tanto hacia el futuro como hacia el pasado: “El pa¬sado de la fe, aquel acto de amor de Jesús, que ha hecho germinar en el mundo una vida nueva, nos llega en la memoria de otros, de testigos, con¬servado vivo en aquel sujeto único de memoria que es la Iglesia…El Amor, que es el Espíritu y que mora en la Iglesia, mantiene uni¬dos entre sí todos los tiempos y nos hace con¬temporáneos de Jesús, convirtiéndose en el guía de nuestro camino de fe (LF 38).

Es importante notar que ese “todo” que nos recuerda el Espíritu Santo, no son “frases o ideas” sino la vida íntegra de Cristo que se ilumina entera en cada situación concreta y nos vuelve sus contemporáneos. Les irá recordando todo se puede entender también “les irá recordando el todo”. La fe irá integrando en el todo cada situación nueva de la vida.

 El ver ético de la fe nos lleva a la acción

La señal de que se ha “visto y creído” se ve en la acción. El creyente desea ser instrumento, que el Señor lo una a su accionar en bien de los demás.

Brochero decía que quería servir: “como el mortero y la mano sirven para hacer mazamorra”, es decir estar totalmente consagrado al servicio de la obra de Cristo. El valoraba por sobre todo la decisión para “hacer” las cosas de Dios. “Según un adagio de un tío abuelo mío, más da y puede dar un hombre duro o un hombre derruido, esto es, un hombre ignorante e incompetente y sin influjo pero decidido, decidido por la obra, que un hombre sabio, influyente y con poca o ninguna decisión ( … ) yo espero en Dios y en la Virgen Purísima que con estos tres (colaboradores) ignorantes y sin influjo, se hará la iglesia tal cual lo había proyectado, para que se vea, para que se vea que no es obra mía, ni de los tres que forman la comisión, sino que es obra de Dios pedida por la Santísima Virgen.

 

Momento de contemplación

Hna. Marta Irigoy md

 

El Cura Brochero, un pastor según el corazón de Dios

 

¿Qué nos dice la figura evangélica y sacerdotal de Brochero?

¿Qué luz proyecta sobre nuestra  vida y misión?

 

•             Brochero, un ejemplo

•             Brochero, cercano a Dios y a su Pueblo: Negociar los talentos…

•             Brochero, un hombre que aceptaba lo que le tocaba

•             Brochero se expresaba en un lenguaje cercano

•             Brochero, un hombre de palabra

•             Brochero, un hombre que expresaba sus sentimientos

•             Brochero, creador de puentes entre Dios y los hombres= Dejarse utilizar por Dios…

•             Cura Brochero, un Pastor según el Corazón de Dios

•             Brochero, un hombre que nos enseña a agrandar el horizonte de la mirada –JPII-

•             Brochero, un hombre que nos enseña con su vida, todo lo que puede hacer Dios en nuestra vida, si nos animamos a confiar en Él…

 

Momento de Oración con textos del P. Brochero

 

“Mis amados, que Dios amó al hombre desde la eternidad es una verdad tan clara y tan demostrada que el solo pensar lo contrario sería el colmo de la locura, el último esfuerzo de la impiedad, y el último grado de la ingratitud.

El amor eterno de Dios hacia el hombre está escrito en todas las maravillas de la creación. Los prodigiosos fenómenos de la naturaleza que a cada paso nos asombran, publican por todas partes ese amor. Todo lo que presenciamos en el universo predica que Dios amó al hombre desde la eternidad, y que en él puso los ojos de su amor y su predilección. Porque creó a este vasto universo para el hombre, para engrandecerlo y para ensalzarlo, y por eso lo hizo Rey de todo lo creado.

Sin embargo, de ser tan claras y tan convincentes las pruebas de amor aducidas, no son más que un pequeño rasguño, un rastro y una sombra, si se compara con la prueba de amor que Dios dará, y efectivamente dio en la plenitud de los tiempos, cuando ordenó a su Hijo se hiciese carne y habitase entre nosotros. Cuando le ordenó que se hiciese hombre y tomase la apariencia de siervo (cf. Fil 2,7), entonces la prueba de amor tomó proporciones gigantescas.

Este acontecimiento de humanarse el Hijo de Dios era el que ansiaban los Patriarcas, era el que anunciaban los Profetas a través de los siglos, y era el que fundaba la esperanza del hombre para su felicidad, para su dicha, para su redención y para poder entrar al cielo”.

 

Jesús tuvo en su alma un amor tan grande, tan excesivo y tan tierno que no lo podía contener en su corazón, sino mediante una unión estrechísima con el hombre, y mediante una asimilación completa con él, que era el blanco, el centro, y el fin de su amor.

 

Hay que entrar con el alma en el amante corazón de Jesús, tan locamente enamorado que se olvida de sí por acordarse del objeto de su loca pasión, esto es, el hombre.

 

Entrando en él se entiende que instituye el Sacramento de Amor y se queda con nosotros en la Hostia Consagrada hasta la consumación de los siglos, para poder así identificarse con nosotros, para poder unirse íntimamente con nosotros, y para poder comunicarnos su propia vida, su divinidad y su gloria. Comunicarnos su propia vida. ¡Darse a sí mismo!, ¡identificarse con el hombre!, ¡hacerse una sola cosa con el hombre!, unirse para siempre con el hombre…

 

La institución de la Eucaristía es un milagro que encierra cuanto son capaces de hacer, de realizar, el poder, la bondad, la ciencia y demás atributos divinos, para unir inseparablemente al Creador con la criatura, para hacer al hombre un Dios, para que adquiera las propiedades divinas y para que viva la misma vida de Dios.

 

Momento de reflexión

 Diego Fares sj

Jesús tomó consigo a Pedro, Santiago y Juan, y los condujo a ellos solos a un monte elevado. Allí se transfiguró en presencia de ellos. Sus vestiduras se volvieron esplendentes, blanquísimas, como ningún batanero en el mundo sería capaz de blanquearlas. Y aparecieron a su vista Elías y Moisés, y estaban conversando con Jesús. Pedro dijo a Jesús: – «Maestro, ¡es lindísimo para nosotros estar aquí! Hagamos tres carpas, para ti una, para Moisés una y para Elías una.» Pedro no sabía qué responder (al acontecimiento),  porque estaban fuera de sí por el terror. Y se formó una nube ensombreciéndolos, y vino una voz de la nube: – «Este es mi Hijo dilecto, escúchenlo a Él.» Súbitamente, mirando a su alrededor, ya no vieron a nadie, sino a Jesús solo con ellos. Mientras bajaban del monte, Jesús les previno de no contar lo que habían visto, hasta que el Hijo del hombre resucitara de entre los muertos. Ellos guardaron la cosa para sí, y se preguntaban qué significaría  «resucitar de entre los muertos» (Mc 9, 2-10).

Contemplación

Años después Juan escribirá:

La Vida se hizo visible,

y nosotros la vimos y somos testigos,

y les anunciamos la Vida eterna,

que existía junto al Padre

y que se nos ha manifestado.

Lo que hemos visto y oído,

se lo anunciamos también a ustedes,

para que vivan en comunión con nosotros” (1 Jn 1, 2-3).

Con los ojos de Jesús

¿Con qué ojos “ven” los discípulos? Ven con unos ojos nuevos, transformados por la luz de la fe. El papa en Lumen Fidei nos dice que: “La fe no sólo mira a Jesús, sino que mira desde el punto de vista de Je­sús, con sus ojos: es una participación en su modo de ver (LF 18).

El cristiano puede tener los ojos de Jesús, sus sentimientos, su condición filial, porque se le hace partícipe de su Amor, que es el Espíritu (LF 21).

Quien ha sido transformado de este modo adquiere una nueva forma de ver, la fe se convierte en luz para sus ojos (LF 22).

Estos ojos transformados se renuevan desde afuera –por la fuerza expresiva de la luz de Cristo que se transfigura y “abre las pupilas” con su blancura y esplendor- y desde adentro –desde el corazón del discípulo tocado por el Amor de Dios.

Fe desde el interior: el corazón y los ojos

Pablo nos dice que “Con el corazón se cree” (Rm 10,10). Pero no “cerrando los ojos” sino abriéndolos de manera nueva, especial. El amor nos hace ver distintas las cosas. “En la Biblia el corazón es el centro del hombre, donde se entrelazan todas sus dimensiones: el cuerpo y el espíritu, la interioridad de la persona y su apertura al mundo y a los otros, el entendimiento, la voluntad, la afectividad. Pues bien, si el corazón es capaz de mantener unidas estas dimensiones es porque en él es donde nos abrimos a la verdad y al amor, y dejamos que nos toquen y nos transformen en lo más hondo. La fe transforma toda la persona, precisamente porque la fe se abre al amor. Esta interacción de la fe con el amor nos permite comprender el tipo de conocimiento propio de la fe, su fuerza de convicción, su capacidad de iluminar nuestros pasos. La fe conoce por estar vinculada al amor, en cuanto el mismo amor trae una luz. La comprensión de la fe es la que nace cuando recibimos el gran amor de Dios que nos transforma interiormente y nos da ojos nuevos para ver la realidad (LF 26).

Tenemos claro esta relación del corazón con los ojos y la necesidad de purificar la mirada purificando el corazón, pero aquí está el problema: ¿cómo hacemos para purificar nuestros deseos e intenciones si son justamente la fuente de nuestro egoísmo?

Fe desde el Otro: la Vida luminosa de Jesús atrae y extasía nuestros ojos

Aquí es importante caer en la cuenta de que nuestros ojos “se adaptan” y se “asimilan” a lo que ven. Y cuando la belleza de lo que vemos es fuerte, es capaz de “abrir” nuestra mirada y de hacernos acallar nuestros deseos para dejarnos atraer por lo que irradia.

El Papa en “Lumen Fidei” dice que: “La luz de la fe, unida a la ver­dad del amor, no es ajena al mundo material, por­que el amor se vive siempre en cuerpo y alma; la luz de la fe es una luz encarnada, que procede de la vida luminosa de Jesús (LF 34).

“La luz de la fe es la de un Rostro en el que se ve al Padre. En efecto, en el cuarto Evangelio, la verdad que percibe la fe es la manifestación del Padre en el Hijo, en su carne y en sus obras terre­nas, verdad que se puede definir como la « vida luminosa » de Jesús. Esto significa que el cono­cimiento de la fe no invita a mirar una verdad pu­ramente interior. La verdad que la fe nos desvela está centrada en el encuentro con Cristo, en la contemplación de su vida, en la percepción de su presencia. En este sentido, santo Tomás de Aqui­no habla de la oculata fides de los Apóstoles —la fe que ve— ante la visión corpórea del Resucita­do. Vieron a Jesús resucitado con sus propios ojos y creyeron, es decir, pudieron penetrar en la profundidad de aquello que veían para confesar al Hijo de Dios, sentado a la derecha del Padre” (LF 30).

“La característica propia de la luz de la fe es la capacidad de iluminar toda la existencia del hombre” (LF 4).

“Cuando encontramos la luz plena del amor de Jesús, nos damos cuenta de que en cualquier amor nuestro hay ya un tenue reflejo de aquella luz y percibimos cuál es su meta última. Y, al mismo tiempo, el hecho de que en nuestros amores haya una luz nos ayuda a ver el camino del amor hasta la donación plena y total del Hijo de Dios por nosotros. En este movimiento circular, la luz de la fe ilumina todas nuestras relaciones humanas, que pueden ser vividas en unión con el amor y la ternura de Cristo (LF 32).

Vida luminosa de Jesús: la transfiguración

El pasaje de la Transfiguración es la clave para comprender mejor esto que dice el Papa. El efecto que tuvo la transfiguración en los ojos de los discípulos fue arrollador, deslumbrante: nunca había visto nadie nada igual a cómo se mostró ese día la Gloria de Jesús. Y nosotros podemos “ver” que lo que ellos vieron ese día fue algo distinto a todo. Esto de poder “ver” en el rostro y los gestos de “los que vieron” algo único es la potencia de la fe.

Pero para “despejar” algunos prejuicios tenemos que  reflexionar un poco acerca de lo que significa “ver”.

Ver sensitivo-espiritual

Guardini tiene unas reflexiones muy lindas acerca del ver y de nuestros ojos. El ver para los israelitas no es un ver como el nuestro, que separamos lo sensible de lo intelectual. Cuando la Biblia dice “ver la Gloria de Dios” se trata de un ver integral, con los sentidos y con el espíritu: con todo el corazón.

 Vemos más de lo que parece

Guardini muestra cómo nuestros ojos “ven” más de lo que creemos. “¿Qué vemos cuando vemos una planta o un animal? Vemos una figura vital, llena de sentido, un organismo que se mueve desde un centro estructural y funcional, desde el cual se construye y se afirma, entra en relación con el mundo que lo rodea y es influido e influye a su vez.

Vemos lo vital

El ojo ve esa vida. No ve datos sensitivos aislados a los que luego le agrego el concepto de “vida”. Veo lo viviente y lo distingo inmediatamente de lo no viviente. Si una planta está viva y brotando en primavera o si está seca, es algo que “veo a simple vista”, no algo que “concluyo” con un juicio abstracto.

Vemos el todo y el núcleo antes que las partes

Podemos decir que vemos lo vital incluso antes que otros datos secundarios. Cuando miramos a alguien a los ojos, vemos su alma, el centro personal desde donde es consciente de sí mismo y de nuestra mirada y elige abrirse o velar su intimidad. En un rostro vemos buscando primero la aprobación de la mirada o la distracción o el desdén.

Vemos porque el otro manifiesta su intimidad

Y esto es así no sólo porque miramos subjetivamente sino porque también el otro expresa su intimidad haciendo notar que nos ama o nos odia. Su manifestación modifica nuestra visión así como la intención con que miramos modifica también lo que vemos.

No vemos como una cámara de fotos

Que esta intimidad es “visible” y que está teñida de espiritualidad se ve fácilmente distinguiendo la visión del ojo humano y la de una cámara fotográfica. El ojo humano “se equivoca  y se corrige, se orienta, elige y descarta. La cámara no. Hay cosas que no vemos o que falseamos por la intensidad de nuestro deseo o aversión. Cosa que no puede hacer la cámara, que fotografía objetivamente lo que tiene delante. Las fotos no se equivocan porque congelan la realidad en un instante (y si es un film, en varios cuadros por segundo). Pero el ojo humano capta infinitamente más porque se modifica al mismo tiempo que se modifica el ser que tiene delante y que se expresa. Por eso nos emociona más ver a alguien realmente que verlo por TV, aunque no nos demos cuenta, la cantidad de información –subjetiva y objetiva- que intercambiamos en un encuentro real es infinitamente mayor a la que captamos por TV.

Guardini dice que cuando veo a un hombre veo su alma antes que su cuerpo, la veo con más fuerza y de manera decisiva. Cuando alguien se acerca a mí con afabilidad esto es lo primero que percibo y las partes aisladas las veo después, integrándolas a esa sonrisa que me comunica íntegro un cariño interior.

Nuestro ojo es más que una lente fotográfica. Es nuestro corazón en cuanto afectado por la luz y respondiendo a la luz, a la forma y al color, en los que se expresa otro corazón.

Todo lo viviente “aparece”

Toda realidad viviente se da en el modo de la expresión: en lo expresado “aparece” lo más íntimo. Con la mirada uno comunica sus intenciones y el ojo del otro las percibe. Si nuestro ojo no prolonga su visión hasta aquí lo que tenemos es una cámara fotográfica. Y ni siquiera, porque al no mirar lo esencial nuestro ojo pierde incluso los detalles, cosa que una cámara no hace.

Ver es entrar en el ámbito de fuerzas del otro

Ver, lo que se dice ver, es introducirse en el campo de fuerzas de otro ser. Ver implica una decisión: la de violentar al otro con mi mirada curiosa y escudriñadora que lo mira con interés de utilizarlo o la de abrirme humilde y servicialmente a lo que el otro me quiera mostrar y hacer ver.

Reducciones y extrapolaciones del ver científico

El ver impulsado por el deseo de dominio suele utilizar dos recursos: uno consiste en reducir lo especial del otro a categorías comunes que me interesan a mí, como cuando se hace una entrevista de trabajo. Otro recurso consiste en extrapolar paradigmas, por ejemplo, interpretar lo biológico desde lo mecánico, lo espiritual desde lo biológico… Esto hace que surjan cosas notables pero se pierdan otras específicas: que un enamorado vea muchos signos de amor en otro que le dice que no lo quiere y no vea, no quiera ver, su libertad, por ejemplo.

Ver el poder del Creador en la creatura

Y si lo hubiéramos visto todo de alguien, todos los análisis y fotos y filmaciones desde todas las perspectivas posibles ¿no habría más nada que ver? Seguiría estando presente un plus. Veríamos con maravilla el hecho de que las cosas han sido creadas, veríamos en ellas “el poder creador de Dios”. Incluso podemos decir que esto es “lo primero” que vemos. Vemos que este paisaje, esta persona, está allí, como diciendo “yo no me he creado a mí misma”, estoy recibiendo el ser de Otro. Guardini afirma que este hecho “se ve”. Nuestro ojo dice: “veo el misterio, veo la condición de creatura”. Lo veo en la energía espiritual que surge de una sonrisa intacta y la caducidad de la piel del rostro que se arruga un poquito más que antes.

Como dice San Pablo: “Desde la creación del mundo, lo invisible de Dios es contemplado en sus obras con el ojo de la inteligencia, tanto su eterno poder como su divinidad, porque Dios lo manifestó” (Rm 1, 19-20).

Así como uno distingue a simple vista entre una piedra natural y un artefacto artificial, así también brilla por sí misma la Gloria de Dios en las cosas y uno “ve” lo milagroso.

Pero, como el ojo está enraizado en el corazón, puede darse que uno “vea a Dios en todas las cosas” y otro “no vea nada”. Y para purificar nuestro corazón y que desde adentro se purifiquen los ojos, hace falta que Dios brille y nos haga sentir su amor. Esto fue lo que hizo Jesús en la Transfiguración para que sus ojos quedaran para siempre abiertos a la luz de la fe y no se velaran por ninguna rutina ni se ensombrecieran por la Cruz.

Al reflexionar sobre las características maravillosas de nuestra visión natural el hecho de que Jesús haya manifestado su interioridad divina en la Transfiguración y que los discípulos hayan recibido ojos nuevos gracias a esta luz de la fe, puede interpretarse ahora como algo “posible”, que esta tapado muchas veces por los prejuicios de un ver disminuido, fruto de una mentalidad miope y falsamente científica. La luz de Jesús es apta para nuestros ojos y los mejora incluso para ver mejor lo cotidiano.

 Momento de contemplación

Marta Yrigoy md

“Contemplar transfiguradamente la realidad”              

“La fe nace del encuentro con el Dios vivo, que nos llama y nos revela su amor, un amor que nos precede y en el que nos podemos apoyar para estar seguros y construir la vida. Transformados por este amor, recibimos ojos nuevos, experimentamos que en él hay una gran promesa de plenitud y se nos abre la mirada al futuro. La fe, que recibimos de Dios como don sobrenatural, se presenta como luz en el sendero, que orienta nuestro camino en el tiempo” –Lumen Fidei 4-.

 La invitación en este momento contemplativo, es animarnos a  ESCUCHAR A JESUS, ya que de “la escucha”, nace el Encuentro con el Dios Vivo, que nos llama y nos revela su Amor; este Amor nos “transforma=transfigura el modo de mirar la vida”…

Contemplar significa hacerme presente a lo que contemplo de la vida de Jesús:

“QUIERO ESCUCHAR A JESÚS” –Autor anónimo-

  • Quiero escuchar a Jesús, como el sordomudo: “Ábrete”: Mc 7, 31-35
  • Quiero escuchar a Jesús, como los primeros discípulos: “Vengan conmigo y los haré pescadores    de hombres”: Lc 5,1-11
  • Quiero escuchar a Jesús, como la muchedumbre: “Felices los pobres”:Mt 5, 5-1
  •  Quiero escuchar a Jesús, como los Doce: “Ustedes son la sal y la luz del mundo”:Mt 5,1
  •  Quiero escuchar a Jesús, como los apóstoles: “Cuando oren, digan: Padre nuestro”:Lc 11,1
  • Quiero escuchar a Jesús, como el leproso: “Quiero, queda limpio”: Mt 8,1
  •  Quiero escuchar a Jesús, que me dice: “Mira, estoy a la Puerta y llamo, si me abres cenaremos juntos” : Ap 2,3
  • Quiero escuchar a Jesús, como la mujer pecadora: “Tampoco yo te condeno. Vete y en adelante no peques más”: Jn 8, 1
  • Quiero escuchar a Jesús, como los soldados que lo crucificaban: “Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen”: Lc 23, 33
  •  Quiero escuchar a Jesús, como Mateo: “Sígueme”: Mt 9,9
  •  Quiero escuchar a Jesús, como los discípulos: “El que pierda su vida por mí, la ganará”:Lc 9, 23
  • Quiero escuchar a Jesús, como la gente: “Vengan a Mí todos los que están cansados, que yo los aliviaré”: Mt 11, 28
  • Quiero escuchar a Jesús, como Pedro: “Hombre de poca fe, ¿Por qué has dudado?:Mc 6,4
  •  Quiero escuchar a Jesús, como los Doce: “Denles ustedes de comer”:Mc 6,30
  •  Quiero escuchar a Jesús, como los discípulos: “No se inquieten”. Mt 6, 25
  •  Quiero escuchar a Jesús, como el joven rico: “Si quieres ser feliz, anda, vende lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo; luego ven, y sígueme”: Lc 18,18
  • Quiero escuchar a Jesús, como la gente: “Lo imposible para los hombres es posible para Dios”:
  •  Quiero escuchar a Jesús, como Zaqueo: “Hoy ha llegado la salvación a esta casa”:Lc 19,1
  • Quiero escuchar a Jesús, como las mujeres de la Resurrección: “Vayan a Galilea, allí me verán”…
  •  Quiero escuchar a Jesús, ¿qué le  me dice a mi HOY?

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