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La lógica del don y de la cruz no es mera lógica, sino “teológica”. Es la lógica con la que piensa Dios nuestro Señor, no la lógica de los hombres. Y el primer paso de esta lógica es contemplativo. Con esto quiero decir que no se trata de “sacar conclusiones lógicas -según lo que nos parezca- de la palabra De Dios, sino de abrirnos a que esa Palabra nos cambie y nos transforme nuestros criterios y maneras de pensar. La hermana Marta me contaba que dando Ejercicios abiertos a gente de una capilla, cuando les dijo que tocaba contemplar la Pasión, casi todos pusieron cara. Surgieron los más diversos “peros”. No los citaré aquí porque basta que cada uno examine lo que siente cuando lo invitan a rezar con la cruz. Yo por ejemplo, siento ahora que ya he tenido bastante cruz en estos días y que preferiría tocar otros temas en la oración. Marta decía que se asombró de esa resistencia en gente de oración y que trataba de atajar los peros, argumentando que la pasión es fuente de consuelo, que esperaran a hacer la experiencia… Al final, buscó y encontró una hermosa imagen de Jesús en la cruz con la ovejita encontrada en sus hombros y propuso a los ejercitantes que rezaran con esa imagen de Jesús en la cruz, antes de decir nada.

Por eso en este encuentro comenzamos por la parte contemplativa y las reflexiones para sacar provecho las hacemos después.

Primero hay que mirar a Jesús en la cruz con la ovejita perdida y encontrada en hombros -esa que somos nosotros, que son todos los crucificados de hoy- y dejar que su imagen entregada por amor, nos atraiga y nos consuele, nos haga sentir su perdón infinito, su sed de salvar, el último aliento con el que entregó su Espíritu y lo infundió por todo el mundo para que lo respiren los que anhelan tener fe y ser salvados por su Amor.

Momento para contemplar

Marta Irigoy

En este momento contemplativo, podemos dejarnos consolar por el Señor, en las veces sentimos que se nos hace difícil y arduo el seguimiento y el servicio…

Hoy podemos “sentir y gustar”, (como nos enseña San Ignacio) estas hermosas palabras:

“El que lo pide todo también lo da todo…”

Y podemos contemplar este Icono que nos revela el porqué de la Cruz que Jesús llevo…

• Podemos imaginarnos en esa pequeña ovejita, sobre sus hombros…

• Podemos mirarlo tan de cerca y contarle lo que hoy tenemos en el corazón y pedirle a este Cristo Buen y Bello Pastor que nos consuele…

Sabiendo, como dice el Papa Francisco:

“Su entrega en la Cruz es algo tan grande que nosotros no podemos ni debemos pagarlo, sólo tenemos que recibirlo con inmensa gratitud y con la alegría de ser tan amados antes de que pudiéramos imaginarlo: «Él nos amó primero» (1 Jn 4,19)» (CV 121).

«La segunda verdad es que Cristo, por amor, se entregó hasta el final para salvarte. Sus brazos abiertos en la Cruz son el signo más precioso de un amigo capaz de llegar hasta el extremo…”

“Ese Cristo que nos salvó en la Cruz de nuestros pecados, con ese mismo poder de su entrega total sigue salvándonos y rescatándonos hoy. Mira su Cruz, aférrate a Él, déjate salvar, porque «quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento». Y si pecas y te alejas, Él vuelve a levantarte con el poder de su Cruz. Nunca olvides que ‹Él perdona setenta veces siete. Nos vuelve a cargar sobre sus hombros una y otra vez. Nadie podrá quitarnos la dignidad que nos otorga este amor infinito e inquebrantable. Él nos permite levantar la cabeza y volver a empezar, con una ternura que nunca nos desilusiona y que siempre puede devolvernos la alegría” (CV 119).

Momento de reflexión

Diego Fares sj

Reflexionamos ahora para sacar mucho provecho de esta contemplación de la Cruz. Digo esto pero recomendando que si uno quiere quedarse mirando la imagen, vuelva a ella. Hace bien “frenar” la reflexión cuando uno lo siente, y volver a la contemplación. El provecho no es solo compaginar bellas ideas sino que se ensanche y dilate el corazón al sentir y gustar el amor de Cristo, hablándole al oído como hace la ovejita del icono.

En la dinámica de los Ejercicios, que siguen los pasos de la vida del Señor, los hechos de la Pasión llevan toda una semana: la tercera. Ignacio dedica un día a cada estación del Via Crucis: desde lo ocurrido en la Cena, hasta el huerto de los olivos, desde lo ocurrido en el huerto, hasta la casa de Herodes… y así; y luego dos días lo dedica a contemplar la Pasión en conjunto: un medio día, la mitad de la pasión, otro medio día, la otra mitad y por fin, todo un día contemplando pasión entera.

Cómo se hace -pienso siempre- para contemplar la pasión entera? Es una propuesta que nos desafía a asumir una actitud muy receptiva: es como cuando uno contempla un cuadro y toma distancia para mirar la escena entera dejando que ella misma “brille” en algún detalle y “hable” a nuestros ojos atrayéndolos, ya a un punto, ya a otro, sin apuro ni prisa por ir adelante (como hace uno que quiere sacar conclusiones). Contemplar es volver sobre lo mirado. Contemplar es ir por los detalles sin perder el centro, dejándolo que irradie. Es volver al icono del Señor en Cruz con la ovejita y detenerme en que ella parece que le habla y el Señor con los ojos ya cerrados como que la escucha; es mirar el Espíritu Santo que baja directo y rápido hacia los dos; es ver que las manos del Señor están abiertas y vueltas hacia arriba; es sentir la frase “encontré a la oveja que se me había perdido”, es la frase que le brota al Señor desde todo su ser: frase de triunfo, de alivio y alegría, que justifica su sacrificio.

Contemplar es centrar la mirada. En el caso de la Pasión lo que irradia desde el centro es el Amor de Cristo puesto en Cruz. Ignacio dice que contemplándolo así, podemos “discurrir por lo que se ofreciere”, es decir, dejar que mande el corazón, confiados totalmente en que, si mantenemos los ojos fijos en Aquél que nos amó, sentiremos y pensaremos bien, sin distraernos ni confundirnos. Se nos comunicará “la lógica de la Cruz.

Como decíamos, en la semana dedicada a la Pasión Ignacio invita al ejercitante a “estar” con Cristo que padece, a detenerse en cada “estación”, en cada detalle, como hacen los Evangelios, que le dedican a la Pasión un gran espacio dentro del conjunto de la Vida del Señor. Esta lógica de “detenerse”, de “estar” y de “estacionarse”, es algo profundamente humano también: con el que sufre uno no puede “pasar rápido”, lo que ayuda es permanecer, quedarse un rato, dar tiempo. Una expresión de este quedarse, cuando uno visita a un enfermo por ejemplo -como me decía una amiga-, es sentarse a su lado; no hablarle estando de pie. Sentarnos al lado de otro nos iguala, nos pone a la misma altura, es señal que se da con el cuerpo de que uno se quiere quedar acompañando.

Tomando lo que dice Francisco en Gaudete et exsultate, esta lógica del estar contemplativo es opuesta a la del mundo: «El mundo nos propone lo contrario: el entretenimiento, el disfrute, la distracción, la diversión, y nos dice que eso es lo que hace buena la vida. El mundano ignora, mira hacia otra parte cuando hay problemas de enfermedad o de dolor en la familia o a su alrededor. El mundo no quiere llorar: prefiere ignorar las situaciones dolorosas, cubrirlas, esconderlas. Se gastan muchas energías por escapar de las circunstancias donde se hace presente el sufrimiento, creyendo que es posible disimular la realidad, donde nunca, nunca, puede faltar la cruz» (GE 75).

La lógica del que permanece

Si reflexionamos sobre esto desde el punto de vista temporal podemos discernir dos lógicas con respecto al tiempo: una, la lógica del que “huye”, y otra, la lógica del que “permanece”. Aunque parezca que el mundo de la diversión nos quiere instalar en el disfrute y en el placer, la esencia de la diversión es cuantitativa y como todo lo cuantitativo, no se detiene, sino que siempre se fuga hacia el infinito. Hay todo un apuro y un gran desgaste de energías por no perderse nada y por seguir disfrutando, un apuro por detener el tiempo o por renovar la distracción con nuevas emociones, saltando a otra cada vez que una se agota.

La lógica del don -que en la cruz es total- sigue el camino contrario: el que se quiere dar no tiene apuro por donarse, toma su ritmo del ritmo del otro: sabe reír con el que ríe y llorar con el que llora.

En la lógica del don el amor marca el ritmo del tiempo: no hay apuro por poseer lo placentero ni por desembarazarse de lo no placentero. Cuando amamos, disfrutamos de lo bueno y compartimos las penas, pero lo importante es la persona del otro. Importa lo que le pasa, bueno o malo, pero porque importa ella, la persona. Cuando la situación es de sufrimiento, la cruz es expresión del “estar clavado” en esa situación sin moverse de ella. Pero uno puede estar clavado “pataleando” internamente, o, aunque no se vean los clavos, uno puede estar clavado por amor, por los clavos de una decisión de amor y fidelidad inquebrantable que nos lleva a no movernos de una situación en la que el estar cerca del otro y permanecer con él en su dolor es lo importante.

La lógica de poner la cruz en el espacio excluido

Otra reflexión puede hacerse desde un punto de vista “espacial”. Dice el Papa: «Cuando escrutamos ante Dios los caminos de la vida, no hay espacios que queden excluidos. En todos los aspectos de la existencia podemos seguir creciendo y entregarle algo más a Dios, aun en aquellos donde experimentamos las dificultades más fuertes. Pero hace falta pedirle al Espíritu Santo que nos libere y que expulse ese miedo que nos lleva a vedarle su entrada en algunos aspectos de la propia vida. El que lo pide todo también lo da todo, y no quiere entrar en nosotros para mutilar o debilitar sino para plenificar (GE 175).

La frase “no hay espacios que queden excluidos” tiene que ver con la cruz. En la cruz, la experiencia es que los espacios se reducen, no hay libertad de movimientos y uno queda fijado a un lugar: al lecho del dolor, la cárcel, el barcón de los emigrantes… Contemplar al Señor en la cruz es contemplar su decisión de quedar sometido y limitado a ese espacio estrecho. Él, el Creador de todo, el que podía caminar sobre las aguas y ascender al cielo por su propia virtud, sin posibilidad de acción ninguna, excepto la de amar, la de perdonar sin medida a sus ejecutores, la de abandonarse filialmente en las manos del Padre. Esta dinámica del mayor amor en el espacio más reducido e imposibilitante, es lo que puede llevar a despertarnos el deseo de que el Señor “entre” en esos espacios nuestros en los que nadie entra, en los que parece que no podemos hacer nada: los espacios de nuestro egoísmo, de nuestro pecado repetido, de nuestras culpas y resentimientos paralizantes. Impresiona mucho comprender que no es que Él pueda “venir” por sí mismo a esos espacios nuestros, ya que no puede moverse. Sí podemos traerlo nosotros, como quien abraza una cruz y la carga y la pone allí, en ese espacio muerto, para que plantada, la Cruz de vida.

Cargar la cruz no es “ir heroicamente hacia adelante, frunciendo el ceño y apretando los puños”, cargar la cruz es ponerla humildemente en el terreno de nuestro pecado, para que allí reine el amor del Señor, pacificando todo sin moverse, estando a nuestro lado.

Por estos caminos va la lógica que transforma nuestro espacio y nuestro tiempo al contemplar la cruz. La Cruz nos ayuda a sentir y a pensar bien. Desde el tiempo sin apuro del Señor en la cruz, manifestación clara de su querer sentarse a nuestro lado y quedarse con nosotros para siempre. Desde el espacio estrecho del Señor en la cruz, signo de que no tiene miedo a la estrechez de ningún espacio nuestro, ni el de nuestros cálculos egoístas ni el de nuestros repetidos intentos de no salir de nosotros mismos. En la baldosa en que nos movemos el Señor clavado en cruz allí, puede hacer maravillas. Pivotear para cambiar de dirección nuestra vida.

La lógica del discernimiento que sitúa en el misterio

La última reflexión es sobre el discernimiento. Dice el Papa: “Esto nos hace ver que el discernimiento no es un autoanálisis ensimismado, una introspección egoísta, sino una verdadera salida de nosotros mismos hacia el misterio de Dios, que nos ayuda a vivir la misión a la cual nos ha llamado para el bien de los hermanos».

Y continúa: «Como decía san Buenaventura refiriéndose a la cruz: «Esta es nuestra lógica». Si uno asume esta dinámica, entonces no deja anestesiar su conciencia y se abre generosamente al discernimiento» (GE 174).

A discernir qué cosa? A discernir el momento oportuno en el que tenemos que salir hacia el otro y el espacio donde tenemos que estar.

Cómo es que la cruz con su lógica nos ayuda a discernir? La Cruz nos ayuda porque es un punto absoluto de certeza. Allí donde hay una cruz ese espacio siempre es de Dios, el demonio no entra en él.

Allí donde una situación dura sin poder resolverse, allí siempre está Jesús, ese tiempo de incertidumbre y angustia es suyo, el demonio no entra allí, aunque ronde queriéndonos hacer bajar De la Cruz, tentándonos a abandonar ese espacio e irnos a otro lado. Ronda pero no entra. La Cruz es reino donde el amor soberano del Señor reina con plenos poderes. Gracias a Cristo, sabemos sin poder dudar que en la cruz siempre está y reina Dios. No hay en ella ambigüedad, como en todas las demás cosas de la vida, especialmente en esta época de la pos-verdad y de las diferentes interpretaciones acerca de todo lo que sucede. Jesús limpió la cruz de todas las insidias y falacias que el demonio siembra, como cizaña, en nuestra vida. Sabemos que allí donde hay una cruz, personal o comunitaria, el Señor está. Y está salvando, poniendo todo bajo el abrazo de su misericordia infinita e incondicional que permite que siempre haya otra oportunidad.

Escuchemos finalmente lo que dice Francisco al respecto: La entrega del Señor “en la Cruz es algo tan grande que nosotros no podemos ni debemos pagarlo, sólo tenemos que recibirlo con inmensa gratitud y con la alegría de ser tan amados antes de que pudiéramos imaginarlo: «Él nos amó primero» (1 Jn 4,19) (CV 121). Recibir lo que nos da el Señor desde la Cruz!

«La verdad es que Cristo, por amor, se entregó hasta el final para salvarte. Sus brazos abiertos en la Cruz son el signo más precioso de un amigo capaz de llegar hasta el extremo: «Él, que amó a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin» (Jn 13,1). San Pablo decía que él vivía confiado en ese amor que lo entregó todo: «Vivo de la fe en el Hijo de Dios, que me amó y se entregó a sí mismo por mí» (Ga 2,20)» (CV 118). Sentir la amistad del Señor en la Cruz!

«Ese Cristo que nos salvó en la Cruz de nuestros pecados, con ese mismo poder de su entrega total sigue salvándonos y rescatándonos hoy. Mira su Cruz, aférrate a Él, déjate salvar, porque «quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento». Y si pecas y te alejas, Él vuelve a levantarte con el poder de su Cruz. Nunca olvides que ‹Él perdona setenta veces siete. Nos vuelve a cargar sobre sus hombros una y otra vez. Nadie podrá quitarnos la dignidad que nos otorga este amor infinito e inquebrantable. Él nos permite levantar la cabeza y volver a empezar, con una ternura que nunca nos desilusiona y que siempre puede devolvernos la alegría’» (CV 119). El Señor nos vuelve a cargar sobre sus hombros una y otra vez, como a la ovejita del icono!

«La cruz, sobre todo los cansancios y los dolores que soportamos por vivir el mandamiento del amor y el camino de la justicia, es fuente de maduración y de santificación” (GE 92). El mundo propone vértigo para la diversión y anestesia para los sufrimientos. El Señor, en cambio, propone la maduración de nuestro discernimiento, una maduración que permite que nuestro amor crezca y se haga fuerte y fecundo.

“Hay momentos duros, tiempos de cruz, pero nada puede destruir la alegría sobrenatural, que «se adapta y se transforma, y siempre permanece al menos como un brote de luz que nace de la certeza personal de ser infinitamente amado, más allá de todo». Es una seguridad interior, una serenidad esperanzada que brinda una satisfacción espiritual incomprensible para los parámetros mundanos” (G 125).

«Jesús puede unir a todos (…) en un único sueño, «un sueño grande y un sueño capaz de cobijar a todos. Ese sueño por el que Jesús dio la vida en la cruz y el Espíritu Santo se desparramó y tatuó a fuego el día de Pentecostés en el corazón de cada hombre y cada mujer, en el corazón de cada uno […]. Lo tatuó a la espera de que encuentre espacio para crecer y para desarrollarse. Un sueño, un sueño llamado Jesús sembrado por el Padre, Dios como Él –como el Padre–, enviado por el Padre con la confianza que crecerá y vivirá en cada corazón. Un sueño concreto, que es una persona, que corre por nuestras venas, estremece el corazón y lo hace bailar» (CV 157). El Sueño por el que el Señor dio su vida en la Cruz!

“El triunfo cristiano es siempre una cruz, pero una cruz que al mismo tiempo es bandera de victoria, que se lleva con una ternura combativa ante los embates del mal» (GE 163).

“Hay hermosura, más allá de la apariencia o de la estética de moda, en cada hombre y en cada mujer que viven con amor su vocación personal, en el servicio desinteresado por la comunidad, por la patria, en el trabajo generoso por la felicidad de la familia, comprometidos en el arduo trabajo anónimo y gratuito de restaurar la amistad social. Descubrir, mostrar y resaltar esta belleza, que se parece a la de Cristo en la cruz, es poner los cimientos de la verdadera solidaridad social y de la cultura del encuentro” (CV 183).

Ponemos nuevamente el icono del Señor con la ovejita recobrada en la Cruz para que abrace nuestro reflexión.

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Momento de reflexión

Diego Fares sj

Al final de la segunda semana de los Ejercicios, San Ignacio pone un apartado de veinte números en el que de normas acerca de la elección y de la reforma de vida (EE 169-189). Es un “documento normativo”, como lo llama Fiorito, que lo distingue de las contemplaciones y meditaciones (documentos temáticos) y de las reglas de discernimiento (documentos prácticos).

San Ignacio trata acerca de las “condiciones” que se requieren para hacer una buena y sana elección: los tiempos y la materia de la elección. El  “tiempo” (o estado de ánimo interior) en que el ejercitante se encuentra es una condición más subjetiva. Puede ser un tiempo de lucha espiritual, en el que experimenta consolaciones y desolaciones; puede ser un tiempo tranquilo, en el que puede servirse de su inteligencia para razonar en paz lo que Dios le pide; y puede ser un tiempo en el que Dios con su gracia le hace ver clara e irresistiblemente la misión a la que lo llama.

En este taller nos detendremos en la materia de elección -condición más objetiva-.

Como sabemos, la materia de elección debe ser alguna cosa que sea “indiferente o buena en sí » -dice San Ignacio- y que milite dentro de la santa  Iglesia jerárquica« (EE [170]). Es decir: no se elige entre cosas buenas y malas! Se elige en clave evangélica lo mejor, lo que permite amar  más.

La materia de elección es algo radicalmente personal

Ahora bien, esta orientación general no basta para la elección – y mucho menos para la reforma de vida –, sino que, para la práctica de cada ejercitante, hay que poner otra condición más personal a la materia de la elección. Para ello el ejercitante debe estar dispuesto a revisar toda situación de hecho en que se encuentre, habiendo llegado a ella » no pura y debidamente por amor de Dios« (EE [150], [174]).

De modo que, si la primera condición de la materia es su indiferencia genérica, la segunda condición sería – por así decirlo – su radicalidad personal. Y aquí entra lo que trataremos acerca de “la santidad” considerada como “materia de elección”. Cada uno debe encontrar y elegir el punto concreto (la materia) en que Dios lo llama a ser santo hoy.

En la Primera semana de Ejercicios, que es preparación remota de la elección, se trata de llegar a la raíz de nuestro ser creaturasy de nuestro propio pecado, eso que nos impide ser hijos de Dios plenamente libres.

En la segunda etapa de los Ejercicios, que es de preparación próxima a la elección y reforma de vida, Ignacio nos lleva a la raízde la exigencia o bandera de Cristo, que es la cruz: el Señor nos llama a un seguimiento radical en pobreza y humildad cuyo signo concreto son las humillaciones sufridas o elegidas por amor a Jesús humillado.

En la etapa central de los Ejercicios, la de la  elección o reforma de vida,  hay que llegar hasta laraízdel propio estado actual de vida, para elegir lo que será la “materia concreta de nuestra santidad personal“. Podríamos decir que se trata de la bienaventuranza concreta que el Señor nos propone como estilo de vida de cada día y la obra de misericordia concreta que se nos presenta en cada situación para que elijamos ponerla en práctica.

Elegir nos interpela

La santidad es una elección. Apenas se escribe o se lee esta frase  uno se siente interpelado, se alzan voces de protesta en nuestro interior. Es verdad que uno eligeser santo o no? Suena duro poner la santidad en términos de una opción radical.

En todo caso, pensamos, si uno no elige ser santo no quiere decir que elija ser malo o mediocre. Es difícil que el no a la santidad sea directo, definitivo y excluyente. Nuestra razón práctica nos impide “elegir lo malo en cuanto malo”. Puede que el “no” sea más bien un «ni», un «sí pospuesto indefinidamente», un «sí, pero…», condicionado…

Nuestro razonamiento puede ir por este lado: «No elijo ser totalmente santoporque pienso que no es posible, pero eso no quiere decir que elija ser malo o mediocre…».

Pese a todos los “peros”

Pese a las objeciones reafirmemos que «ser santo se elige» y veamos qué sucede. Despejemos primero algunos «peros».

El realismo del amor

Pareciera que no es realista elegir algo que excede nuestras posibilidades. Más aún: suena pretencioso decir «yo elijo ser santo». Contra esta objeción, invito a que demos espacio a  esta frase: «A cada uno de nosotros el Señor nos eligió para que fuéramos santos e irreprochables en Él por el amor (Ef 1, 4)» (GE 2).

La elección de ser santos es, en primer lugar, una elección que hizo nuestro Creador. Llevamos este deseo, este impulso como una «marca de fábrica»: Quien nos regaló la existencia nos soñó santos e irreprochables ante Él por el amor. Lo del amor es importante: Dios quiere que seamos santos por el amor, no por otras cualidades heroicas o extraordinarias. Y ser santos por el amor es posible.

El amor del que habla la Carta a los Efesios es, por un lado, un amor que se nos regala y, por otro lado, como todo amor, es personal, es el nuestro, el que podemos dar nosotros como somos. No se trata de un amor heroico, y menos aún de un amor «standard» o estereotipado, sino de simple amor personal: el de Dios y el nuestro, cada uno como es: el de Dios, infinitamente misericordioso y creativo; el nuestro, pequeño y con sus repliegues, pero amor al fin.

El realismo del ahora

Otra objeción puede provenir de nuestra condición temporal: puedo elegir hoy, si Dios me consuela, pero cómo mantendré mi elección en el tiempo, en «todos los años que tengo por delante»? A esta falacia respondió un día Ignacio diciendo al mal espíritu, al que le reconoció la voz: «Puedes tú prometerme un día de vida?». Se puede elegir ser santo ahora: «solo por hoy», como decía san Juan XXIII.  Y en Gaudete et exsultate, Francisco nos dice que la de la santidad es una elección «renovable cada día»:«Deja que todo esté abierto a Dios y para ello opta por él, elige a Dios una y otra vez»(GE 15).

La elección de ser santos conlleva tanto elecciones grandes, esas que son para toda la vida, como elecciones pequeñas, cotidianas, esas que nos llevan a «encontrar una forma más perfecta de vivir lo que ya hacemos: ‹Hay inspiraciones -dice el Papa- que tienden solamente a una extraordinaria perfección de los ejercicios ordinarios de la vida›» Y pone un ejemplo cercano: «Cuando el Cardenal Francisco Javier Nguyên van Thuânestaba en la cárcel, renunció a desgastarse esperando su liberación. Su opción fue ‹vivir el momento presente colmándolo de amor›; y el modo como se concretaba esto era: ‹Aprovecho las ocasiones que se presentan cada día para realizar acciones ordinarias de manera extraordinaria[1]›»(GE 17).

El realismo de la mejor versión posible de mí mismo

Una tercera objeción puede provenir de otra falsa idea de santidad,  la de concebirla como una serie de deberes a cumplir que Dios me impondría desde afuera y que trastocarían todos mis planes y la tranquilidad de hacer de mi vida lo que quiero. No es así. Decir «elijo ser santo» es como decir «elijo ser la mejor versión de mí mismo». De lo que se trata es de vivir mi propio carisma,  de asumir mi misión y encontrar mi lugar en esta vida, en mi tiempo y en mi tierra: «Cada santo es una misión; es un proyecto del Padre para reflejar y encarnar, en un momento determinado de la historia, un aspecto del Evangelio» (GE 19).

Dios santifica totalizando nuestra vida, no fragmentándola

Es interesante tener en cuenta un detalle en el que hace hincapié el Papa al ponernos como modelo la vida de los que «eligieron ser santos». Nos dice: «Lo que hay que contemplar es el conjunto de su vida, su camino entero de santificación, esa figura que refleja algo de Jesucristo y que resulta cuando uno logra componer el sentido de la totalidad de su persona[2].  No conviene entretenerse en los detalles (de la vida de los santos) porque allí también puede haber errores y caídas». Y agrega: «Esto es un fuerte llamado de atención para todos nosotros. Tú también necesitas concebir la totalidad de tu vida como una misión. Inténtalo escuchando a Dios en la oración y reconociendo los signos que él te da. Pregúntale siempre al Espíritu qué espera Jesús de ti en cada momento de tu existencia y en cada opción que debas tomar, para discernir el lugar que eso ocupa en tu propia misión. Y permítele que forje en ti ese misterio personal que refleje a Jesucristo en el mundo de hoy» (GE 22-23). Se trata de estar siempre abierto, eligiendo la santidad una y otra vez, a que Dios me haga santo en la totalidad de mi vida.

El discernimiento del Papa tiene detrás el criterio que dice: el todo es superior a las partes. Dios nos hace santos «totalizando» -al final de nuestra vida y cada vez-, no «fragmentando». Ejemplo de ello son los sacramentos: cada vez que me confieso, totalizo mi vida con un baño de misericordia, que perdona todos los pecados particulares y me santifica íntegramente, no solo una parte. Lo mismo en la comunión: cada vez que comulgo, hago una alianza total con el Señor. No es que comulgo con Él solo en parte. El amor totaliza la vida en cada acto, tiene esa capacidad, cuando uno dice el sí en sus votos, matrimoniales o de vida consagrada, y cada vez que uno dice los mil pequeños «sí» de las obras de misericordia.

El poder totalizante e inclusivo de cada bienaventuranza puesta en práctica

En el capítulo que se titula «A la luz del maestro», Francisco hace estas formulaciones «totalizantes» de la santidad encarnando las bienaventuranzas.

«Ser pobre de corazón, eso es santidad» (GE 70), afirma el Papa. Y concreta ese «ser pobre de espíritu» en lo que dice Ignacio en el Principio y Fundamento: «No querer de nuestra parte más salud que enfermedad, riqueza que pobreza, honor que deshonor, vida larga que corta, y así en todo lo demás (EE 23)». La indiferencia es pobreza de la propia voluntad al «preferir» la de Dios, es desposeerse para estar abierto a lo que Dios quiera y mientras, poner entre paréntesis lo demás. Elegir «lo que Dios quiera» es elegir ser santos por el amor.

«Reaccionar con humilde mansedumbre, esto es santidad» (GE 74). Elegir ser santos es elegir reaccionar con mansedumbre. Uno elige cómo reacciona. Aunque no elija el primer movimiento de la ira, sí elige moderarla o darle rienda suelta. Y en esto se juega la santidad: «Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas» (Mt 11,29). Si vivimos tensos, engreídos ante los demás, terminamos cansados y agotados. Pero cuando miramos sus límites y defectos con ternura y mansedumbre, sin sentirnos más que ellos, podemos darles una mano y evitamos desgastar energías en lamentos inútiles. Para santa Teresa de Lisieux «la caridad perfecta consiste en soportar los defectos de los demás, en no escandalizarse de sus debilidades[3]» (GE 72).

«Saber llorar con los demás, eso es santidad» (GE 76). Elegir llorar! No es difícil llorar. Sufren tanto los pequeñitos! Sufren tanto tantos inocentes! Basta mirarlos a los ojos, mirar su situación, para que broten las lágrimas de compasión. Y uno elige abrirse o cerrarse a estas lágrimas, a esta piedad y enternecimiento del corazón.

«Buscar la justicia con hambre y sed, esto es santidad» (GE 79). Buscar… Buscar es «elegir buscar». Luchar por la justicia es una opción: la opción por los más pobres, por los que no tienen justicia.

«Mirar y actuar con misericordia, esto es santidad» (GE 82). Nuestro mirar es «selectivo», lo sabemos. Uno elige -subjetivamente- lo que quiere mirar. Y de acuerdo a ello resulta «lo que objetivamente ve».  La objetividad no se impone así nomás. Hay cosas que si uno no las contempla largamente, si uno no va al lugar, si uno no se pone en los zapatos del otro, no se ven. Por eso decimos que «mirar con misericordia» es una opción. Y de esa mirada surge el sentimiento y luego el obrar con misericordia.

«Mantener el corazón limpio de todo lo que mancha el amor, esto es santidad» (GE 86). También la limpieza de corazón es una opción. Una opción renovada, que se deja purificar y corregir una y otra vez. Hay que elegir renovar la pureza porque no hay nada más «influenciable» que nuestra mirada, que sigue todo lo bello y lo que es inmediatamente bueno para cada sentido-, y luego mueve nuestro corazón, que se aficiona a todos los bienes que le gustan y resultan placenteros. Elegir que Jesús nos «lave los pies y nos mantenga el corazón limpio», es elegir ser santos.

«Sembrar paz a nuestro alrededor, esto es santidad» (GE 89). Sembrar es elegir: uno elige la semilla que siembra y el terreno donde la siembra. Sembrar guerra también es una opción. No es una fatalidad. Fatalidad son las siembras ya heredadas, pero no las que uno le toca hacer. Por eso el Papa habla de sembrar.

«Aceptar cada día el camino del Evangelio aunque nos traiga problemas, esto es santidad»(GE 94). Esta aceptación del camino del Evangelio «aunque nos traiga problemas» es también una elección de vida. Y pongamos atención en que no dice «aceptación del Evangelio» sino «del caminodel Evangelio». Aceptar «el Evangelio» suena abstracto. Aceptar el camino que se nos abre cada día a nuestro paso es una opción concreta y posible.

Vemos así que las bienaventuranzas son las «opciones profundas de Jesús». Opciones que Él nos invita a hacer a nosotros, como estilo de vida y modo de sentir que elegimos para poder cumplir con el «gran protocolo», el de Mateo 25, que es con el que seremos juzgados. Seremos juzgados no por otras cosas sino por nuestra elección de seguir este protocolo, con este estilo.

Esta opción es más honda  que los resultados de cada acción particular, que puede tener y ciertamente tendrá sus más y sus menos. Optar por la totalidad de las bienaventuranzas y de las obras de misericordia es la opción profunda – la de Jesús y la nuestra en la de Él:

«El texto de Mateo 25,35-36 ‹no es una simple invitación a la caridad: es una página de cristología, que ilumina el misterio de Cristo[4]›. En este llamado a reconocerlo en los pobres y sufrientes se revela el mismo corazón de Cristo, sus sentimientos y opciones más profundas, con las cuales todo santo intenta configurarse» (GE 96).

Reproducir distintos aspectos de la vida de Jesús en la nuestra

Elegir ser más santos como una misiónes algo que sólo se puede concebir de la mano de Jesús, estando en su compañía de modo siempre más amigable y cercano, hasta llegar a no poder vivir lejos de Él, de su presencia, de sus consejos, de su perdón y de sus palabras. Elegir ser más santos tiene su sentido pleno en Cristo y solo se entiende desde él.

“En el fondo la santidad es vivir en unión con él los misterios de su vida. Consiste en asociarse a la muerte y resurrección del Señor de una manera única y personal, en morir y resucitar constantemente con él. Pero también puede implicar reproducir en la propia existencia distintos aspectos de la vida terrena de Jesús: su vida oculta, su vida comunitaria, su cercanía a los últimos, su pobreza y otras manifestaciones de su entrega por amor.

La contemplación de estos misterios, como proponía san Ignacio de Loyola, nos orienta a hacerlos carne en nuestras opciones y actitudes[5]» (GE 20).

Examinar cómo nos transformaos cada vez que ponemos en práctica alguna bienaventuranza y alguna obra de misericordia

Concebir el ser santos como una misión, es concebirlo no como un mero «hacer obras santas externas», sino como «ser santificados por el Espíritu de modo tal que esta santidad redunde en obras». Y esto implica «dejarse transformar por Cristo». Esta transformación tiene un instrumento precioso: «la práctica habitual del bien, valorada en el examen de conciencia».

Este examen es «un ejercicio en el que no se trata sólo de identificar los pecados, sino también de reconocer la obra de Dios encarnada:

en la propia experiencia cotidiana,

en los acontecimientos de la historia y de las culturas de las que formamos parte,

en el testimonio de tantos hombres y mujeres que nos han precedido o que nos acompañan con su sabiduría. Todo ello ayuda a crecer en la virtud de la prudencia, articulando la orientación global de la existencia con elecciones concretas, con la conciencia serena de los propios dones y límites[6]» (CV 282).

«Somos libres, con la libertad de Jesucristo, pero él nos llama a examinar lo que hay dentro de nosotros―deseos, angustias, temores, búsquedas― y lo que sucede fuera de nosotros —los «signos de los tiempos»— para reconocer los caminos de la libertad plena: «Examinadlo todo; quedaos con lo bueno» (1 Ts 5,21). (GE 168).

Pero examinar todo no es un ejercicio escrupuloso, auto-referencial, de  mirarnos a nosotros mismos. Todo lo contrario: es un examinarse para «salir» de nosotros mismos hacia el amor de Dios y a los demás.

Hay tres grandes ámbitos donde el «examinarlo todo» dilata el corazón.

Uno es el de las «novedades de Dios». Es importante examinar bien «cuando aparece una novedad en la propia vida. Entonces hay que discernir si es el vino nuevo que viene de Dios o es una novedad engañosa del espíritu del mundo o del espíritu del diablo» (GE 168).

Otro ámbito que dilata el alma es el de dejar que el Señor nos examine, como a Pedro, en el amor y la amistad. Tengamos en cuenta que «Antes de toda ley y de todo deber, lo que Jesús nos propone para elegir es un seguimiento como el de los amigos que se siguen y se buscan y se encuentran por pura amistad. Todo lo demás viene después, y hasta los fracasos de la vida podrán ser una inestimable experiencia de esa amistad que nunca se rompe.(CV 290).

El tercer ámbito del examen es el de la humildad. Dice el Papa: «La humildad solamente puede arraigarse en el corazón a través de las humillaciones. Sin ellas no hay humildad ni santidad. Si tú no eres capaz de soportar y ofrecer algunas humillaciones no eres humilde y no estás en el camino de la santidad.» (GE 118).

«No me refiero solo a las situaciones crudas de martirio, sino a las humillaciones cotidianas de aquellos que callan para salvar a su familia, o evitan hablar bien de sí mismos y prefieren exaltar a otros en lugar de gloriarse, eligen las tareas menos brillantes, e incluso a veces prefieren soportar algo injusto para ofrecerlo al Señor: «En cambio, que aguantéis cuando sufrís por hacer el bien, eso es una gracia de parte de Dios» (1 P 2,20). (GE 119).

La elección de ser más santos “para los demás”

En estos tres ámbitos -el de la novedad evangélica, el de la amistad y el de las humillaciones- se juega la elección última que es la elección de «ser para los demás». «Esta vocación misionera tiene que ver con nuestro servicio a los demás. Porque nuestra vida en la tierra alcanza su plenitud cuando se convierte en ofrenda. Recuerdo que «la misión en el corazón del pueblo no es una parte de mi vida, o un adorno que me puedo quitar; no es un apéndice o un momento más de la existencia. Es algo que yo no puedo arrancar de mi ser si no quiero destruirme. Yo soy una misión en esta tierra, y para eso estoy en este mundo[7]» (CV 254)

«Para cumplir la propia vocación es necesario desarrollarse, hacer brotar y crecer todo lo que uno es. No se trata de inventarse, de crearse a sí mismo de la nada, sino de descubrirse a uno mismo a la luz de Dios y hacer florecer el propio ser: «En los designios de Dios, cada hombre está llamado a promover su propio progreso, porque la vida de todo hombre es una vocación[8]». Tu vocación te orienta a sacar afuera lo mejor de ti para la gloria de Dios y para el bien de los demás» (CV 257).

San Ignacio se expresa así hablando de la elección: «En toda buena elección, en cuanto es de nuestra parte, el ojo de nuestra intención debe ser simple, solamente mirando para qué  soy creado, que es a saber, para alabanza de Dios nuestro Señor y salvación de mi alma” (EE 169). Esperamos que con estas reflexiones palabras como “santidad”, “alabanza” y “salvación del alma” consideradas desde la perspectiva de una elección que cada uno puede hacer hayan mostrado algo de la riqueza profunda que se esconde en su interior.

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Momento para contemplar

Marta Irigoy

En este mes de setiembre, seguimos ahondando el hermoso llamado a la Santidad que Dios nos hace…

La primera certeza que tenemos es que el Padre nos llamó a la vida y  en ese llamado sopló en nosotros su Espíritu de Vida…

Por eso, redescubrir esta vocación profunda a la Santidad es lo que queremos rezar en este tiempo…

En lo arriba escrito por el P. Diego, podemos dejar que estas palabras puedan iluminar de un modo nuevo, la certeza de sabernos elegidos por nuestro Amado Padre desde toda la eternidad para ser santos, como lo escribió hermosamente San Pablo : «A cada uno de nosotros el Señor nos eligió para que fuéramos santos e irreprochables en Él por el amor (Ef 1, 4)»

Y así podamos encontrar y elegir en lo concreto de la vida cotidiana aquello a lo que Dios nos llama a la santidad…

Sera poder descubrir aquello que hoy me hace desplegar “la mejor versión de mí mismo” para luego elegir con alegría el modo propio de sembrar en mi vida gestos de ternura y compasión al estilo de Jesús, que paso haciendo el bien…-Hch 10, 38-.

Podríamos sintetizar la santidad como el modo propio de pasar por la vida haciendo el bien…

El Papa Francisco, dice:

“Me gusta ver la santidad en el pueblo de Dios paciente: a los padres que crían con tanto amor a sus hijos, en esos hombres y mujeres que trabajan para llevar el pan a su casa, en los enfermos, en las religiosas ancianas que siguen sonriendo. En esta constancia para seguir adelante día a día, veo la santidad de la Iglesia militante. Esa es muchas veces la santidad «de la puerta de al lado», de aquellos que viven cerca de nosotros y son un reflejo de la presencia de Dios, o, para usar otra expresión, «la clase media de la santidad» -GE7-

También cita el Concilio Vaticano II que dice:«Todos los fieles, cristianos, de cualquier condición y estado, fortalecidos con tantos y tan poderosos medios de salvación, son llamados por el Señor, cada uno por su camino, a la santidad.

Quizás una linda imagen para rezar en este tiempo puede ser contemplar el propio camino por donde se me invita a pasar haciendo el bien…

Esta elección del llamado a la santidad, será fecunda sabiéndonos pequeños  en las Manos del Padre que sabe lo que cada uno de sus hijos necesita…

Para terminar, puedes rezar con esta oración del P. Arrupe, sj:

Enamórate

No hay nada más práctico que encontrar a Dios.

Es decir, enamorarse rotundamente y sin ver atrás.

Aquello de lo que te enamores,

lo que arrebate tu imaginación, afectará todo.

Determinará lo que te haga levantar

por la mañana,

lo que harás con tus atardeceres,

cómo pases tus fines de semana,

lo que leas, a quién conozcas,

lo que te rompa el corazón

y lo que te llene de asombro

con alegría y agradecimiento.

Enamórate, permanece enamorado,

y esto lo decidirá todo.

 

 

 

 

 

[1]Cinco panes y dos peces: un gozoso testimonio de fe desde el sufrimiento en la cárcel, México 19999, 21.

[2]Cf. Hans U. von Balthasar, “Teología y santidad”, en Communio6 (1987), 486-493.

[3]Manuscrito C, 12r.

[4]Ibíd.

[5]Cf. Ejercicios espirituales, 102-312.

[6]Ibíd.

[7]Exhort. ap. Evangelii gaudium(24 noviembre 2013), 273: AAS105 (2013), 1130.

[8]S. Pablo VI, Carta enc. Populorum progressio(26 marzo 1967), 15: AAS59 (1967), 265.

Momento de reflexión

Diego Fares sj

Nada es secundario en los Ejercicios, en cada adición, en cada sugerencia, en cada regla de discernimiento, se encierra la sabiduría de todo el conjunto. Ignacio sabe que un pequeño acto de reconocimiento, por ejemplo, puede bastar para sumergirnos en la presencia de Dios; así como una respuesta desatenta puede hacer que el Señor pase de largo y su ausencia sea motivo de desolación. El reino se pone en juego en los detalles. A esos detalles los llamamos aquí “tips”. Son ayudas para tener en cuenta en momentos en que uno tiene que discernir y hacer una opción -grande o pequeña- que influye de manera decisiva en las acciones que uno realizará después.

El ofrecimiento como clave de los Ejercicios

Todas las ayudas que Ignacio da de modo articulado en los Ejercicios tienen como centro el ofrecimiento de sí que va haciendo el ejercitante. Este ofrecimiento es el tema del diálogo con el Señor y con sus santos en los coloquios de las meditaciones estructurales de los Ejercicios. Digamos de entrada que se trata de un ofrecimiento basado en el reconocimiento, no en la obligación. Y que lo que se ofrece no son cosas sino la propia persona, y de manera particular, la libertad.

Veamos los textos. Ignacio abre y cierra los Ejercicios con un ofrecimiento que espera la aceptación y confirmación del Señor. Dice la anotación 5, al comienzo de los Ejercicios: “Al que recibe los ejercicios mucho aprovecha entrar en ellos con grande ánimo y liberalidad con su Criador y Señor, ofreciéndole todo su querer y libertad, para que su divina majestad, así de su persona como de todo lo que tiene se sirva conforme a su santísima voluntad” (EE 5).

Y la Contemplación para alcanzar amor, al finalizar el mes de Ejercicios, propone: “Traer a la memoria los beneficios recibidos de creación, redención y dones particulares, ponderando con mucho afecto cuánto ha hecho Dios nuestro Señor por mí y cuánto me ha dado de lo que tiene y consequenter el mismo Señor desea dárseme en cuanto puede según su ordenación divina. Y con esto reflectir, en mí mismo, considerando con mucha razón y justicia lo que yo debo de mi parte ofrecer y dar a la su divina majestad, es a saber, todas mis cosas y a mí mismo con ellas, así como quien ofrece afectándose mucho: Tomad, Señor, y recibid toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento y toda mi voluntad, todo mi haber y mi poseer; Vos me lo distes, a Vos, Señor, lo torno; todo es vuestro, disponed a toda vuestra voluntad; dadme vuestro amor y gracia, que ésta me basta” (EE 234).

Ofrecimiento como disponibilidad y como respuesta agradecida

Estos dos ofrecimientos de toda la persona, con un especial acento en el ofrecimiento de la propia libertad, abrazan los Ejercicios. Lo que al comienzo se ofrece como aperturaa lo que Dios me quiera pedir -para que “se sirva conforme a su voluntad-, al final de los Ejercicios se concreta como respuesta a tantos beneficios que me ha querido dar -“Vos me lo diste…, a Vos lo torno”.

Notemos que más que ofrecer “cosas” o capacidades que uno tenga, lo que se ofrece es la libertad. Esto es algo más que un “hacer lo que el Otro quiera”, implica armonizar dos libertades y esto lleva tiempo, requiere un proceso de diálogo y de sana confrontación. Ofrecer la libertad no es algo que se pueda ofrecer de manera puntual. La libertad está siempre en acto de elegir y si se ofrece, se debe ofrecer cada vez que está en juego una decisión. Como vemos, estamos en una dinámica personal, no de gestión de cosas para hacer sino de un obrar en el que dos libertades están permanentemente en diálogo para elegir conjuntamente lo mejor y hacerlo de corazón.

Discernir entre dos ofrecimientos

En las meditaciones estructurales – reino, dos banderas, tres binarios y tres modos de humildad -, los coloquios giran en torno a este ofrecimiento.

Es importante caer en la cuenta de lo siguiente: en la meditación del reino no se trata simplemente de hacernuestro ofrecimiento de seguir al Señor, sino que se trata de discernirentre dos tipos de ofrecimiento.

El primero, es el ofrecimiento que se hace espontáneamente al sentir el llamado de Alguien como Jesús, nuestro Rey eternal. San Ignacio pone el ejemplo de un rey humano al que todos aman y desean servir, y luego pone a Cristo nuestro Rey eterno. Cómo no seguirlo si uno tiene un alma noble, de caballero! Ignacio lo expresa así: «Considerar que todos los que tuvieren juicio y razón, ofrecerán todas sus personas al trabajo» (EE 96).

Viene entonces un segundo ofrecimiento:«Los que más se querrán afectar y señalar en todo servicio de su Rey eterno y Señor universal, no solamente ofrecerán sus personas al trabajo, mas aun haciendo contra su propia sensualidad y contra su amor carnal y mundano, harán oblaciones de mayor estima y mayor momento»(EE 97).

Este ofrecimiento se hace «contra a la propia sensualidad y amor carnal y mundano». Lo cual no significa que uno rechace lo que siente o que lo haga a pura fuerza de voluntad. Nada de esto, sino que uno hace contra basado en la fe, consciente de que ofrece algo que excede sus fuerzas. Esta conciencia madura es la que hace que uno se confíe totalmente al Señor, que reclame su ayuda y razone así: si ofrezco algo que va contra mis gustos naturales me tendré que disponer a recibir todas las ayudas que el Señor quiera darme para poder realizar esto de verdad. Soy consciente, porque he fallado a mis propósitos, de que solo no puedo.

La formula de la oblación es: “Eterno Señor de todas las cosas, yo hago mi oblación, con vuestro favor y ayuda, delante vuestra infinita bondad, y delante vuestra Madre gloriosa, y de todos los santos y santas de la corte celestial, que yo quiero y deseo y es mi determinación deliberada, sólo que sea vuestro mayor servicio y alabanza, de imitaros en pasar todas injurias y todo vituperio y toda pobreza, así actual como spiritual, queriéndome vuestra santísima majestad elegir y recibir en tal vida y estado” (EE 98).

Considerados temporalmente, podemos decir que el primer ofrecimiento es más del inicio de la vocación, tiene todo el idealismo y el entusiasmo de los primeros tiempos. El segundo, es más propio de uno que se ha comprometido, ha pasado tiempo sirviendo al Señor y eso ha hecho que se conozca mejor a sí mismo y también a Dios, con lo cual su ofrecimiento es más realista y se concreta en la cruz.

Notemos que uno se ofrece delante de la bondad del Señor, no ante su poder o majestad. Y se pone delante a la Virgen y a los Santos para ser ayudado.

Es un ofrecimiento del corazón, no de la carne, que tirará siempre para su lado y por eso se ofrece haciendo contra. Más bien va contra  las pasiones, contra la carne. Pero no en el sentido voluntarista de hacer fuerza para «no sentir» el disgusto que causan las críticas y calumnias o lo que cuesta la pobreza. Ofrecer algo que va contra la carne es situarlo a nivel del corazón.

Es un ofrecimiento que requiere ayuda extra de Dios.

Es un ofrecimiento no espontáneo sino discernido: se hace después de haber deliberado que ese es el mejor medio y elige ese camino de pobreza y humillaciones para estar más cerca en la amistad con Jesús y servirlo mejor.

Respecto de las humillaciones que uno se ofrece a aceptar o a desear, según Dios le conceda la gracia, puede ayudar pensar que no son las que nos infligen «los malos». Ignacio aclara luego que uno se ofrece y pide humillaciones que «no signifiquen que otro tenga que pecar humillándome». Por tanto, no pueden ser la de los enemigos, que nos insultan con odio y pecan.

Las humillaciones que uno se ofrece a pasar deben ser las humillaciones que suponen las correcciones que nos hacen los amigos,  los que nos  quieren bien y nos corrigen para que sirvamos mejor al Señor. Esto se ve en los coloquios de las Dos banderas, donde Ignacio habla de pedir  «pasar oprobios y injurias por más en ellas le imitar, sólo que las pueda pasar sin pecado de ninguna persona ni displacer de su divina majestad» (EE 147).

Un detalle significativo lo encontramos en el coloquio ante el Señor puesto en Cruz. Ignacio nos hace conversar con el crucificado de “lo que se ofreciere”. Es decir, confía en el deseo que brota libremente al ver al Señor así clavado en la Cruz por mí. Por eso decimos que el reconocimiento de lo que el Señor ha hecho por mí es la clave de todo lo que me voy animando a ofrecerle.

Paradójicamente, abrazar la pobreza y las humillaciones -abrazar la cruz- nos libera del poder obsesivo y oprimente del dolor. El amor del Señor crucificado abraza al que abraza la cruz y le permite sufrir en paz. Como dice San Francisco: felices los que sufren en paz con el dolor.

Al abrazar toda Cruz experimentamos el amor compasivo del Señor qué, cuando nos ve cargando nuestra cruz, no puede no acudir en nuestra ayuda.

«Tip» para el momento de empezar a rezar

Una ayuda o “tip” ignaciano para el momento en que uno siente ganas de rezar es ofrecer un acto de afecto al Señor. Sí, un acto de afecto. Antes de pensar qué voy a rezar, cuánto tiempo, dónde y por quién es bueno ofrecerle a Dios un acto de afecto.

Un acto de afecto se puede dejar que surja solo, como surge el agradecimiento al mirar un bien objetivo como es el de la vida, por ejemplo-, y también se puede impulsar voluntariamente, moviendo el corazón a amar. Uno se mueve a amar, por ejemplo, dando prioridad al amor, consintiendo y eligiendo los sentimientos que me mueven más a sentir este afecto y dejando de lado otros que lo entibian o le ponen impedimentos (ideas varias, razonamientos, dudas, no ganas, disgusto…). Pero lo importante es ofrecer eso que uno siente espontáneamente o procura voluntariamente.

Ignacio lo formula lo que se ofrece en términos de reverencia: «En todos los ejercicios espirituales siguientes usamos de los actos del entendimiento discurriendo y de los de la voluntad afectando; advirtamos que en los actos de la voluntad, cuando hablamos vocalmente o mentalmente con Dios nuestro Señor o con sus santos, se requiere de nuestra parte mayor reverencia que cuando usamos del entendimiento entendiendo» (EE 3).

Qué quiere decir? Que no se puede evitar «pensar» cualquier cosa. Como bien decía Santa Teresa: “la imaginación es la loca de la casa”. También los sentimientos son lo que son: sentir es bueno y aceptar lo que uno siente es el primer paso para luego decidir qué se consiente, para tomar las riendas de nuestro corazón. Pero cuando hablamos con el Señor debemos poner atención en tener más reverencia que cuando simplemente dejamos que discurran los pensamientos.

Cuando Ignacio usa la palabra “reverencia” tengamos bien presente que no es para nada una actitud formal, se trata en cambio de una «reverencia amorosa», una reverencia por reconocimiento y agradecimiento, una reverencia con cariño y amor. La reverencia amorosa o adoración es el afecto «propio» para con Dios. Así como para mostrarle nuestro cariño a un pobre lo primero es ofrecerle algo concreto que necesita, a Dios le mostramos el afecto ofreciéndole primero un acto de reverencia amorosa. No formal, como decíamos. La reverencia amorosa no es bajar la cabeza e hincar la rodilla, sino el corazón.

Y cuál sería el gesto de mayor reverencia? Ofrecer la propia libertad, poner a su disposición lo que uno elige, darle nuestro tiempo al Señor para que muestre su agrado, esos son los actos de reverencia mayor, propios de una creatura que ofrece lo más suyo – su libertad – a su Creador.

Por tanto, al comenzar a rezar: tener un acto de cariño para con Dios, ofreciéndole nuestro corazón con reverencia amorosa.

Tip para hablar con cada Persona de manera adecuada

Tener claros las características y los roles de las personas divinas y de los santos ayuda mucho a la oración. Nuestro pueblo, por ejemplo, sabe unir cada santo con una gracia particular, en la que concentra su misión. No siempre tienen que ver con lo que fuera su misión principal en vida, como sucede con San Cayetano, por ejemplo, que era un intelectual y para nosotros terminó siendo el santo del Pan y del Trabajo. Digo esto para hacer ver que en este tip  lo que importa es el afecto y la creatividad.

A Nuestra Señora, pensando, por ejemplo, en cómo se encargó de que no faltara el vino en las Bodas de Caná, le podemos ofrecer que se haga cargo de que a  nuestras oraciones no les falte el vino: que haya en ellas abundante alegría y consolación, fervor apostólico, deseo de servir.

Al Padre que como nos muestra la parábola del hijo pródigo, no le dijo una palabra, sino que todos fueron gestos dados sin medida ni reproche, le podemos ofrecer “escuchar a Jesús”. Esta es su “única Palabra” y si algo le agrada que le ofrezcamos es esta actitud de obediencia filial que se demuestra escuchando a Jesús, el Hijo amado.

A Jesús, que es todo encarnación, que se hace cada día Pan, Eucaristía, le puedo ofrecer comulgar con Él. Comulgar junto con todos, partiendo el pan y bebiendo su cáliz, el de las amarguras y el de los gozos de los hermanos.

Al Espíritu Santo, que es irrupción en la historia, inmersión en nuestra vida, inclusión de todos, discernimiento de lo concreto que le agrada a Dios, le puedo ofrecer estar atento y disponible a su soplo, a sus mociones buenas.

Más que “dirigirme a Él”, puedo ofrecerme a que me dirija El a mí, tratando de estar atento a que mis velas se desplieguen para donde sopla su Viento.

 

Momento para contemplar

Marta Irigoy

En nuestra vida cotidiana, buscamos ayudas o como solemos decir: “unos tips” para que ciertas cosas que hacemos nos salgan bien, podamos hacerlas más rápido…

Solemos también buscar “tutoriales” que nos muestren esos “secretos” que a simple vista o por hacer las cosas por intuición, muchas veces se nos escapan, logrando que lo que podía salir más rápido y mejor tenga en nosotros que esperar otros procesos…

Estos “tips” nos suelen ayudar a la hora de cocinar, de hacer algún trabajo artesanal…

Nuestro Maestro San Ignacio, nos dejó muchos de esos tips para poder hacer mejor los Ejercicios Espirituales, lugar también donde se “cocinan” nuestros procesos personales y donde descansamos confiadamente en la mirada amorosa de Dios que cuida que ese proceso sea el que más nos conviene en cada momento de nuestra vida…

Los Ejercicios comienzan de hecho con estos «tips» que Ignacio llama «Adiciones» y que luego va agregando en los Ejercicios según haga falta, a cada paso.

El Examen Cotidiano es uno de los tips que San Ignacio nos invita a aplicar, con particular atención, dentro de los Ejercicios Espirituales y que luego se convierte en una herramienta privilegiada para ayudarnos a cuidar, en la vida cotidiana, las gracias que cada día siembra Dios en nuestra vida…

En la práctica diaria del examen cotidiano estamos invitados también a dejarnos cautivar por la amorosa presencia de Dios que nos consuela en aquello que nos confía en la misión y que muchas veces nos exige mucha paciencia y fortaleza para seguir amando y sirviendo con esa pasión que solo nos brota cuando nos sabemos misionados para el bien de nuestros hermanos…

Quizás nos cueste perseverar en este Ejercicio Espiritual, sin embargo, en la medida en que lo vamos practicando, podemos descubrir, por ejemplo, dónde comenzó una desolación que, si no la hubiésemos desvelado a tiempo, nos habría traído bastante cansancio o tristeza a la hora de hacer, de las cosas ordinarias, cosas extraordinarias…

Para animarnos a este Ejercicio Cotidiano de Oración, les comparto este esquema, que hace unos años llego a mis manos y de quien desconozco el autor…

Busco a Dios en la vida

Al finalizar el día me sereno y me dispongo para compartir mi día con mi Señor y ofrecérselo. Lo he recibido de sus manos, que me han regalado este día de vida, junto con tantos beneficios y gracias, por eso, en reconocimiento, pongo lo vivido a sus pies para que lo bendiga y purifique.

El reconocimientoes -debe ser- el fruto del día y del examinar la vida. Reconocer tantos beneficios recibidos, dice Ignacio en la Contemplación para alcanzar amor. Acepto todo como venido de las manos del Padre y le doy gracias por lo que hoy he vivido. No importa lo  que haya sucedido, todo me puede ayudar a crecer en el amor: “Señor, por todo, gracias!”.

Una imagen práctica que ayuda a aceptar las cosas que más me cuestan de mí mismo y de los demás, es la de “beber el cáliz”: aceptar todo como venido de las manos del Padre poniendo la esperanza en que El puede recrear y ordenar todas las cosas para el bien de los que lo aman, según le plazca, como el cacharro en manos del alfarero.

Aclaro de entrada que no es que haya que seguir todos los puntos. En el que sienta que me conecto con el Señor, con su amor y su presencia, allí me quedo sin apuro por pasar adelante. Se trata de repasar el día con quien sabemos que nos ama y no de rendir examen.

Pido luz para reconocer las señales y la acción de Dios en este día. Especialmente presto atención a las consolaciones y desolaciones.

Le cuento a Jesús cómo me ha ido hoy: lo que hice, mis actividades, lo que experimenté, mis encuentros con la gente, especialmente los más humildes y pequeños, las dificultades que hubo, el estado de ánimo que tengo, etc.

Cuál ha sido el momento de mayor cercanía de Jesús?

Jesús siempre nos sorprende, pero son claras las señales de su presencia: paz, motivación, libertad y alegría, perdón, esperanza, entrega, gratitud, etc. En qué momentos del día he tenido esos sentimientos?

A que me invitó hoy Jesús? Qué propuestas me hizo?  Qué me hizo sentir que le agradaba? (En las personas, situaciones, sentimientos, deseos…)

Cómo le respondí? Fui fiel al deseo de agradar a nuestro Padre?  o incrédulo como Tomás? Fui pronto y diligente para servir, como María o enterré el talento?…

Le presento las personas con las hoy me he relacionado, con sus necesidades y deseos para que las bendiga.

Agradezco lo bueno y pido perdón por mis faltas y omisiones, porque muchas veces me quedo a mitad de camino. Agradezco por los que me ayudaron y por los que pude ayudar, pido perdón a quienes hoy ofendí y doy mi perdón a quienes me lastimaron.

Recibo, como dándome a mí mismo /a  el perdón y la gracia de mirar para adelante que Jesús me regala.

Miro con esperanza el día de mañana. Renuevo mi amistad con el Señor y mi deseo de amar y servir: “Señor, Tú lo sabes todo, Tú sabes que te amo”.

Le pido la bendición a María y le encomiendo que se ocupe de que «no falte el vino» en mi alma para poder cumplir la misión que el Señor me da de apacentar a sus ovejas.

 

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Momento de meditación

Diego Fares sj

En el «preámbulo para considerar estado de vida (y sus reformas), San Ignacio centra la contemplación de la vida del Señor en torno a lo que llama «perfección evangélica». Esta “perfección” se ha identificado -quizás muy rápidamente- con la vida religiosa en cuanto contrapuesta a la vida matrimonial. Esto es un gran error, porque formular así las cosas, como si la vida matrimonial fuera menos perfecta que la vida religiosa, es un modo de pensar que compara las cosas de manera abstracta.

Podríamos extendernos mucho en demostrar que esta idea de “perfección “no es evangélica, porque mira la letra más que al Espíritu, el exterior y no el corazón, lo formal y no el contenido vivo… Pero en el contexto de los Ejercicios en que nos hallamos, nos puede bastar una sola frase. San Ignacio dice en el corazón mismo de los Ejercicios, en lo que llama “Preámbulo para considerar estado” y presenta el fin para el que se hacen los Ejercicios: la elección.

“Comenzaremos a contemplar la vida (pública del Señor y -juntamente-) a investigar y a demandar en qué vida o estado de nosotros se quiere servir su divina majestad”. Y agrega luego: “Nos debemos disponer para venir en perfección en cualquier estado o vida que Dios nuestro Señor nos diere para elegir” (EE 135).

Queda claro como el agua que la perfección no es una idea que podríamos poner en el casillero más alto para tratar luego de alcanzarla trepando y a la que llegarían solo los mejores, sino que la perfección puede estar en el casillero que sea -el más humilde o el más sublime, si se mira de afuera. El asunto es que ese casillero sea “el nuestro”:  el que Él nos da para elegir y nosotros elegimos efectivamente para en él amar adorando y sirviendo.

Un modo de leer y contemplar la Vida de Jesús puede inspirarse en la escena del encuentro con el joven rico. El joven le pregunta por lo que debe hacer y Jesús le recuerda los mandamientos. Cuando este le dice que ya los cumple desde niño, el Señor lo mira con amor y le habla de lo que le falta: “Una cosa te falta, ve, vende todo lo que tienes, dalo a los pobres y sígueme”.

Hay que entender bien estas palabras. No son un mandamiento y no son algo que sería “mejor en general para todos”! En el diálogo que sostiene Jesús con este joven, al mirarlo con amor, ambos han entrado en otro territorio: han entrado en el espacio del seguimiento del Reino, en el que todo es invitación y nada imposición. Es el territorio de la libertad en el que las cosas que podemos elegir para seguir al Señor no caen bajo la ley ni bajo pena de pecado sino buscando la perfección de seguirlo gratuitamente, por amor y amistad. No puede ser que cuando un padre de familia escucha este evangelio, lo primero que le venga a la cabeza es plantearse si tiene que vender su casa, abandonar a sus hijos y hacerse predicador mendicante. Hay un momento en la vida en el que la perfección evangélica va unida a un “cambio doble”: cambio de corazón junto con cambio de casillero. Pero cuando uno ya ha elegido para siempre su casillero, el cambio de corazón se da ahí mismo. En una madre o en un padre de familia se trata de preguntarse qué tiene que “vender” de “sus” bienes para darle más “a su familia” y para seguir mejor al Señor en ella y con ella, servir mejor a los demás.

Las dos banderas y el conocimiento interno del Señor

La primera meditación que propone Ignacio para ayudarnos a encontrar nuestra “pequeña perfección evangélica”, nuestro lugar – el que Él quiera darnos a elegir, pequeño o grande- en su reino, es la meditación de Dos banderas.

En ella Ignacio nos hace pedir «conocimiento de la vida verdadera de nuestro sumo Capitán y gracia para imitarlo». Insistimos: imitarlo no como monos o loros, no poniendo cara de estampita o usando un hábito especial, sino encontrando “nuestro carisma”, nuestra misión propia, nuestro lugar en el reino.

Este conocimiento de la vida verdadera de nuestro sumo capitán se da en primer lugar contrastado, en lucha. Junto a la semilla buena de cada sentimiento y cada luz que el buen Espíritu nos regala para hacernos conocer mejor a Jesús, el mal espíritu siembra una cizaña y pone una sombra de duda, para tratar de impedir que la gracia de fruto y vayamos adelante en nuestro seguimiento del Señor. Por San Ignacio nos hace pedir, al mismo tiempo ayuda para «conocer los «engaños del mal caudillo y ayuda para guardarnos de ellos».

En segundo lugar, hay que decir que el conocimiento interno de la vida verdadera del Señor no es solo un conocimiento intelectual sino también afectivo. Es un tipo de conocimiento que integra todas nuestras facultades: los sentimientos, la voluntad, nuestra sensibilidad particular y la inteligencia.

Sumando uno más uno: la lucha se da en el terreno afectivo. Esto significa que cada uno será combatido en algún aspecto, pero siempre con la mala intención del maligno de dañar el conjunto. A uno, el mal espíritu le sembrará cizaña en la voluntad, a otro en el campo de su inteligencia, a otro en el de sus sentidos o en el de sus sentimientos… El Espíritu, en cambio, trabajará siempre para el bien del conjunto y lo hará cuidando nuestra parte más débil.

El campo de batalla

En este punto nos queremos centrar hoy: en el campo “humilde y gracioso” -como describe San Ignacio al campo donde se asienta Jesús, el sumo Capitán de los buenos- de nuestros sentidos. Nuestros sentidos son fundamentalmente humildes porque cada uno está limitado a su ámbito y no puede salir de él. Este límite hace que cada sentido trabaje siempre buscando ayuda de los otros cuatro y colaborando con ellos. Cuando uno viene a faltar es notable cómo los otros lo suplen!

Por tanto, la lucha espiritual que San Ignacio propone en la meditación de Dos Banderas, la libraremos aquí no en el campo del intelecto ni de la voluntad -con sus pretensiones de grandeza- sino en el campo humilde de nuestros sentidos.

Vamos a tomar una contemplación que San Ignacio llama «Aplicación de sentidos». La propone siempre al final del día, luego de haber batallado en la oración y en la contemplación y es un modo de reposar el alma y de quedarse saboreando algunas pocas cosas que son el “fruto” del día. Consideraremos este Ejercicio espiritual como una manera de combatir en la oración no solo contra una idea o un mal sino contra algo más básico: la abstracción que anestesia y empobrece nuestro conocimiento vital.

Aplicar nuestros sentidos a las escenas evangélicas -los ojos de nuestra imaginación, nuestro oído, nuestro gusto, olfato y tacto espiritual-, es un ejercicio humilde: tiene la humildad del conocimiento sensible y material de Jesús.

Es humilde, como decíamos, porque los sentidos no se pueden apoderar de las cosas, como hace la inteligencia, que agarra una esencia abstracta y tira lo demás como si fuera una cáscara de banana. Por eso es por lo que a veces basta una “idea” para tener prisionera la inteligencia de una persona por mucho tiempo. Esto es lo que se llama ideología. En cambio los sentidos, si no se los bombardea todo el tiempo, se los pierde. Por eso el mundo y el maligno tienen siempre bajo ataque nuestros sentidos.

Es aquí donde se libra hoy una gran batalla. Nuestros sentidos necesitan contactarse siempre de nuevo con el Señor y con las personas que amamos y a las que queremos servir: hay que mirar a los ojos, escuchar el tono de voz, tocar las heridas … Si no, nos insensibilizamos! Es verdad que queda el rastro en la memoria sensible, pero si no se renueva la experiencia, esta tiende a diluirse, como se pierden los olores de la infancia y el rostro y la voz de los que se fueron.

Eso sí, basta un aroma para recuperar una entera etapa de la vida: el olor a mar para recuperar unas vacaciones, el perfume de un patio de la infancia para que se nos pueble la memoria de rostros, voces y escenas familiares compartidas.

Luchar para rezar con los sentidos es una lucha contra la abstracción ideológica que anestesia. Es increíble cómo “te vacunan”, te meten una idea y dejás de sentir y ver a la gente concreta. Acá pasa con los refugiados: metieron la idea de que son una amenaza y la gente ya no ve personas sino “peligros”. Y para que uno acepte -y hasta pida! – la anestesia, te sobrecargan los sentidos. Nos bombardean con imágenes insoportables de pobreza y miseria de modo tal que uno sienta necesidad de una idea que lo anestesie.

Sin embargo, el remedio verdadero es otro. La realidad sensible concreta -tocar la herida, mirar a los ojos- no exaspera sino que serena! La carne, con su límite y su realidad, serena. No hace falta entrar en esa dialéctica de sobrecarga sensible e ideología anestesiante.

Nuestros sentidos nos hacen ser protagonistas

De lo que se trata en nuestra humilde oración, que trata de «sentir y gustar» la materialidad del Evangelio, es de ser protagonistas. Paradójicamente, de los conceptos no podemos ser «protagonistas» porque los conceptos son «generales», son «de todos y de nadie». En cambio nuestros sentidos y sentimientos son enteramente nuestros, incomunicables. Por eso pedimos al Espíritu santo: “Ven! Enciende con tu luz nuestros sentidos» – accende lumen sensibus–. Al ejercer nuestra sensibilidad nos volvemos más nosotros mismos. Eso sí, no se trata de «sentir» cualquier objeto. Se trata de aplicar los sentidos a la humanidad de Jesús. Se trata de relacionarnos y conectarnos con lo más precioso y santo a través de nuestras capacidades más humildes y determinadas. Cada sentido se limita a su ámbito propio y necesita de todos los demás para hacerse la imagen justa de la persona que tiene adelante.

Así como Ignacio decía «traer la historia», en la repetición de las contemplaciones de la Anunciación y el Nacimiento, recomienda «Traer los cinco sentidos».

Recordemos lo que meditamos en el encuentro anterior: «Traer la historia quería decir que :»La historia que contemplamos se sitúa dialogalmente, entre uno que la cuenta de modo breve y sintético y otro que se mete en ella con todo su ser, con sus sentidos, memoria, imaginación, razonamiento y afectos, para buscar y hallar aquel detalle que le hace más “sentir y gustar” la historia . Se trata por tanto de una historia en la que el que contempla no es espectador sino co-protagonista. Contemplar es “meterse en la escena como si presente me hallase” e “interactuar con los personajes”. Contemplar, para Ignacio, no es solo recibir pasivamente -mirar y escuchar- sino también imaginar creativamente y dialogar con los personajes que la historia evangélica me propone».

Los pasos de la aplicación de sentidos

Veamos ahora los pasos del «traer los sentidos». Dice Ignacio: «Pasar los cinco sentidos de la imaginación» por los puntos contemplados en la oración, eligiendo una escena en la que uno sintió más gusto y consolación o un pasaje en el que sintió que se quedaba con sed de más.

Primero la vista. De la vista nos dice «ver las personas con la vista imaginativa, meditando y contemplando en particular sus circunstancias, y sacando algún provecho de la vista» (EE 122). Tengamos en cuenta que siempre se trata de un «sentir y gustar» para sacar provecho.

Lo que guía a los sentidos es el bien que cada sentido puede aprovechar, no ideas abstractas. La vista saca provecho de los colores, de la intensidad de la luz, de las formas armónicas…, y de los detalles.

En la aplicación de la vista lo que a San Ignacio le importa más son «los detalles»: «las circunstancias particulares», esas que hacen que «veamos» a una persona en un rasgo, toda una escena resumida en un gesto. Un detalle del rostro, su postura, sus gestos, su sonrisa o la intensidad de su mirada, su modo de vestir, de caminar, cómo interactúa…

Segundo, el oído:«Oír con el oído lo que hablan o pueden hablar, y reflexionando en sí mismo, sacar de ello algún provecho» (EE 123).

De lo que uno escucha, Ignacio pone, además de lo que hablan (que serían las palabras mismas del evangelio) «lo que pueden hablar» y aquí, cuando se me «ocurre algo que» Jesús podría haber dicho, o la Virgen, o San José o los discípulos, Ignacio me sugiere «reflexionar sobre mí mismo» y preguntarme por qué se me ocurrió eso? Si lo proyecté, qué quiere decir de mí, qué expresa de mis deseos eso que imaginé que podrían haber hablado; si es del Espíritu, qué me está queriendo decir, a qué me está invitando?

Tercero y cuarto, el olfato y el gusto: «Oler y gustar con el olfato y con el gusto la infinita suavidad y dulzura de la divinidad del ánima y de sus virtudes y de todo, según fuere la persona que se contempla, reflexionando en sí mismo y sacando provecho de ello» (EE 124). Con estos sentidos interiores el detalle que pone Ignacio está en la suavidad y la dulzura espiritual de las personas, lo cual equivale a entrar en contacto con su corazón.

Quinto, el tacto: «Tocar con el tacto, así como abrazar y besar los lugares donde las tales personas pisan y se asientan, siempre procurando de sacar provecho de ello» (EE 125). En el tacto, con pudor Ignacio invita a tocar y besar los lugares donde pisan y se asientan las personas.

Coloquio» «Acabarse ha con un coloquio, como en la primera y segunda contemplación, y con un Pater noster».

Lo que lo mueve al Padre: la misericordia, la pasión por su viña

«Ver al Padre con la vista imaginativa, meditando y contemplando en particular sus circunstancias, y sacando algún provecho de la vista». Cuáles son «sus circunstancias», cuál el «detalle»? Los podemos encontrar en las Parábolas. En ellas, Jesús nos muestra al Padre en situaciones complicadas: la del hijo menor, que le hace un planteo y se le va; la del hijo mayor, que lo pone en la situación de tener que salir a rogarle que entre en la fiesta. Son situaciones que revelan la grandeza del corazón del Padre, su modo de vivir la vida con una mirada más amplia que la de los hijos, sabiéndolos esperar, encontrando el momento oportuno para mostrar en un gesto todo su amor. Lo vemos cuando sale corriendo a abrazar al pródigo, y luego, cuando sale a la puerta a dialogar sin enojos con el mayor. Un detalle que lo pinta entero es que «cuando aún estaba lejos (el hijo pródigo), lo vio su Padre y se estremeció de compasión» (Lc 15, 20). Se puede experimentar lo que sintió al ver cómo sale corriendo y se le echa al cuello a su hijo, cómo no lo deja hablar y ordena que lo atiendan, que lo vistan y preparen una gran fiesta. También con el mayor se nota cómo se compadece porque lo sale a buscar. El detalle es este «moverse» del Padre que siempre es en torno a la misericordia. Con los trabajadores, el detalle será que sale a buscar gente a todas horas. Es la pasión por su viña lo que lo mueve.

Un Padre en movimiento

El provecho que saco de esta vista es mirar lo que me mueve: si me mueve la misericordia y la compasión, si me mueve la pasión por la viña y el amor por la Eucaristía, por el banquete para el Hijo, si me mueve los pobres y hacer producir los talentos para serles útil a los que no tienen nada…, o me mueven en cambio otras pasiones, otros intereses no tan puros, no tan familiares y fraternos, no tan agradecidos y responsables, como pueden ser los de un buen hijo de un Padre así de generoso, bueno y trabajador.

Oír al Padre

Oír al Padre es escuchar su palabra predilecta: «Este es mi Hijo amado; escuchen a mi Hijo predilecto, escuchen a Jesús». No tiene otras palabras el Padre!

Oler y gustar la infinita suavidad y dulzura del Padre. Al Padre nadie lo ha visto. Tampoco le ha gustado ni olido. El Hijo es quien nos hace sentir su suavidad y dulzura paterna. Imaginamos al Padre «testeando» los sabores y aromas de la creación. Probando las uvas de la viña, el vino de la fiesta, un bocado del asado… Cuando en el génesis se nos dice que «vio que todas las cosas eran buenas» podemos imaginar que además de verlas, las gustó y las olió.

Lo que mueve al Hijo: mostrarnos cómo es el Padre, haciéndonos sentir hermanos.

Ver al Hijo, su Persona, ver a Jesús. Qué situacionesde Jesús me tocan más, al verlo junto al Padre y al Espíritu, en el seno de la Trinidad? Cuál es el detalle?

Quizás se pueda ver por contraste con los otros hijos de los que Jesús habla. Su relación con el Padre no es la de hacerle «planteos»: «dame mi parte», como le plantea el menor; «nunca me diste ni un cabrito», como le plantea el mayor. Jesús reza buscando ver lo que le agrada al Padre, está atento a su hora. En la elaboración de las parábolas se nota que lo mueve el deseo de hacer conocer Quién es el Padre a los pequeñitos, lo mueve el deseo de Revelarnos a su Padre, de hacernos sentir su Misericordia. Jesús es Alguien que «se llena de gozo en el Espíritu Santo cuando el Padre es revelado a los pequeños». Esto lo dice todo acerca de Él. Así es Jesús: es uno que hace todo movido por el deseo de buscar a los pobres, a las ovejas perdidas, para traerlos de nuevo a la casa del Padre, haciéndoles sentir hermanos. La hermandad es el detalle que pinta entero al Señor.

Oír al Hijo. Jesús es el Logos, la Palabra. Propiamente a Él es a quien «debemos escuchar». El Padre nos lo manda: Escúchenlo!  Jesús es el que nos dice las cosas. El Espíritu nos lo recuerda y nos lo explica. El contenido de lo que la Trinidad nos quiere decir, lo dice Jesús: es su Evangelio. Cuál sería «su palabra» propia, la que más repite, la preferida? Más que una, que de tener que elegir sería «Abba», son todas las palabras humanas. El punto es más bien su Voz, el tono que sus ovejas saben escuchar y reconocer: la voz del Buen Pastor. Oír al Hijo es oír su tono de voz. Reconocerlo entre otras muchas.

Oler y gustar con el olfato y el gusto la infinita suavidad y dulzuradel Señor. El perfume de nardo de María nos da un olor preciso que Jesús se llevó consigo a la Pasión. También podemos oler el olor a pan de sus manos, al partir la Eucaristía, sin tener que hacer muchos esfuerzos de imaginación. El olor a oveja, dado que la lleva en hombros, también es característico del Señor, así como el olor a mar, a redes y pescados. El olor a madera de la carpintería va unido a su trabajo en el taller de San José. Y así: todos los olores humanos se combinan bien con el Señor. Y también los gustos: el gusto a vino, el gusto a pan, el gusto al asado de la fiesta, el gusto a sangre en la boca, luego de los golpes. El gusto a agua fresca del jarro de la samaritana.

Besar los lugaresdonde pisó con sus pies y dejó huella, como hizo San Ignacio que se volvió a ver hacia dónde estaba orientada la huella del Señor en el monte de la Ascensión y lo tomaron preso.

Lo que mueve al Espíritu: hablarnos de lo de Jesús, tomar de lo suyo y dárnoslo

Ver al Espíritu.Cuál es el detalle? El Espíritu no habla de cosas suyas, sino que «toma de lo de Jesús» y nos lo da a conocer. Es el puro estar abocado al otro, a los otros. Hacernos sentir hijos, moviéndonos a decir «Abba», Padre. Haciéndonos sentir que Jesús es Señor para que pueda tener injerencia práctica en nuestra vida.

El Espíritu se hace todo a todos. Se hace agua viva, fuego, unción, viento, recuerdo, impulso, paz, comunidad, bendición. El detalle es que no se lo puede «objetivar», se da entero pero si se lo quiere «ver» se va más allá, se corre, y nos hace correr. Se puede hablar con él pero no de él, se puede hablar con él de Jesús y con Jesús, del Padre. Y con los tres, se puede hablar de su determinación de salvar a los hombres. Ese es un tema que les interesa siempre. Cómo salvar. No otras cosas.

Oír lo que habla o puede hablar.El Espíritu «habla de lo de Jesús». Más que hablar nos hace hablar y escuchar. Nos hace decir «Padre» y «Señor de mi vida práctica», nos revela el Nombre de Jesús que es «Salvador», Dios con nosotros, hermano.  El Espíritu es el que nos enseña a escuchar, a no ser sordos al llamamiento del Señor, el seguir con prontitud las mociones que suscita su palabra en nuestro corazón. El Espíritu nos hace suplicar al Padre: el convierte nuestros gemidos en palabras, nos enseña a rezar el Padrenuestro.

«Oler y gustar con el olfato y el gusto la infinita suavidad y dulzura»del Espíritu. Propiamente estos dos sentidos son adecuados al Espíritu. Se puede oler y sentir su frescura, porque es Viento; se puede saborear la dulzura de su paz gustando las palabras del evangelio. Su manera de «recordarnos» las cosas de Jesús, es con suavidad y dulzura, sugiriendo, no obligando. Atrae, como los perfumes, invita a probar, como los sabores.

 

Momento para contemplar

Marta Irigoy

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Estamos en el Mes de San Ignacio y nos encomendamos a él para que nos ayude a vivir la oración como nos propone en el Libro de los EE…

La invitación para este momento contemplativo, será pedir que se despierte nuestra conciencia espiritual: en la oración ignaciana se trata  de ser protagonistas con nuestra imaginación, siendo despertados por el Espíritu nuestros sentidos, por eso, suplicamos en la bella oración al Espíritu Santo “Ven Creador”:

“Enciende con tu luz nuestros sentidos…

Esta manera de orar ayuda a la contemplación, ya que no se sirve únicamente de la imaginación, sino también de los sentidos, y pone en situación de oración a toda la persona, para que podamos discernir afrontando la lucha espiritual,

que muchas veces acontece en ese momento de intimidad con el Señor

y que atenta contra ese espacio interior donde el alma se abraza con su Creador…

Para la oración, puedes elegiralgún texto de la Vida del Señor que sientas que te invita a conocer más a Jesús, centrándote en la/s persona/s.

Sigue los pasos que propone San Ignacio en la “Aplicación de los sentidos”, que están muy bien explicitados por el P. Diego…

Luego, puedes pediral Espíritu que “Encienda con su LUZ tus sentidos y dejar que ellos vayan dejando en tu corazón un conocimiento interno del Corazón de Jesús y así puedas  amarlo en todo y seguirlo siempre…

Puedes terminar con esta hermosa poesía de la Hnita Madeleine, fundadora de las Hermanitas de Jesús. Luego de leerla, la puedes poner en primer persona y hacer un coloquiode tú a tú con el Señor.

 

Testigo de Jesús

 

Vivirás mezclada a la humanidad

Como levadura en la masa.

 

Tienes un modelo único: Jesús,

No busques otro.

 

Penetra profundamente

En tu ambiente

Por la semejanza de vida

Por la amistad y el amor.

 

Hazte toda a todos

Por una vida totalmente entregada

Como la vida de Jesús

Al servicio de todos.

 

Serás una más en medio de todos

Con el deseo de ser como la levadura

Que se pierde en la masa

para ayudar a levantarla.

 

Y será Jesús el fermente Divino

Que irradiará a través de ti.

 

Hnita Magdalena de Jesús

 

 

 

 

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Momento de reflexión

Diego Fares sj

Dando una charla al Grupo de Estudios de Don Orione, en la Curia General, me gustó mucho algo que dijo su Director General, el padre Tarcisio Vieira: El lenguaje para llegar al corazón de los jóvenes debe ser el lenguaje de la narración. Nada más cautivante que contar una historia de vida, como las de la vida de nuestros santos.

Esto me llevó a poner la atención en una frase que Ignacio usa siempre como primer preámbulo de todas las contemplaciones: “Traer la historia que tengo que contemplar”. Si uno busca en los Ejercicios, esta es la así llamada “anotación segunda”. Ignacio define lo que son los Ejercicios e inmediatamente, explica qué significa para él esto de “traer la historia”. Traerla a dónde? Siempre pasé un poco por alto este punto, dando por supuesto que significa “recordar la historia”, en el sentido de fijar un punto de la vida del Señor en el que nos detendremos a meditar y contemplar.

Sin embargo Ignacio precisa mucho más. “Traerla” quiere decir que el que da los puntos debe (1)”narrar fielmente la historia”. Fielmente no quiere decir contar todos los detalles, sino todo lo contrario: debe ser (2) breve y sintético! Por qué? Para que la persona que contempla, (3) tomando el fundamento verdadero de la historia, (4) discurra y razone por sí misma y, (5) hallando alguna cosa que le haga aclarar más o sentir la historia (por su propio razonamiento o por iluminación del Espíritu), (6) saque más fruto espiritual del que sacaría si el que le da los ejercicios le declarase y ampliase mucho el sentido de la historia. Y aquí agrega Ignacio su famoso lema: “porque no el mucho saber harta y satisface al ánima, mas el sentir y gusta de las cosas internamente” (Cfr. EE 2).

La historia que contemplamos se sitúa así, dialogalmente, entre uno que la cuenta de modo breve y sintético y otro que se mete en ella con todo su ser, con sus sentidos, memoria, imaginación, razonamiento y afectos, para buscar y hallar aquel detalle que le hace más “sentir y gustar” la historia . Se trata por tanto de una historia en la que el que contempla no es espectador sino co-protagonista. Contemplar es “meterse en la escena como si presente me hallase” e “interactuar con los personajes”. Contemplar, para Ignacio, no es solo recibir pasivamente -mirar y escuchar- sino también imaginar creativamente y dialogar con los personajes que la historia evangélica me propone.

Contemplación de la Encarnación (EE 101-109)

Entramos así de lleno en el tema mismo de este mes, que es la encarnación del Señor, la Encarnación del Verbo, de la Palabra, en nuestra historia. La Palabra se encarna dialogando.

Cuál es la historia que tenemos que contemplar en la Encarnación? Ignacio la cuenta breve y sumariamente: “Cómo las tres personas divinas miraban toda la planicie o redondez de todo el mundo llena de hombres, y cómo viendo que todos descendían al infierno, se determinaen su eternidad que la segunda persona se haga hombre, para salvar el género humano, y así venida la plenitud de los tiempos, (comienzan a llevar a cabo esta determinación) enviando al ángel san Gabriel a nuestra Señora” (EE 102).

Una historia no es una sucesión de hechos inconexos, sino todo lo contrario: los hechos se tejen y se concatenan unos con otros porque los unifica una intención de fondo, una determinación. Esa es la palabra que usa Ignacio: la Santísima Trinidad se determinóa salvarnos.

La Encarnación de la segunda persona -del Hijo- es fruto de esta determinación salvífica. Por tanto, todo lo que contemplemos de la Vida de Cristo, todo lo que el Señor hará y padecerá, todo lo que le escucharemos predicar a su pueblo y las obras de misericordia que realizará con los más pobres y enfermos, lo debemos contemplar en esta clave salvifica. Son palabras y acciones que brotan de la determinación de salvar a la gente que tomaron en conjunto, el Padre, el Espíritu y Él. Las tres Personas no quieren otra cosa sino salvar a la humanidad, salvar a cada hombre, a cada persona, y para ello, determinan que el camino es la Encarnación, no otro. Es el camino que eligieron y una vez elegido, es el único real para nosotros y el mejor. En consecuencia, todo lo que nosotros “hagamos” con el evangelio y con los encargos que nos dejó el Señor -bautizar, perdonar los pecados, invitar al banquete eucarístico…- tiene que reflejar esa determinación salvífica!

Aunque parezca abstracto esto de que Dios “se determina” libremente, es lo más concreto del mundo. El amor siempre es concreto. El amor es este bien, aquí y ahora y posible de este modo. Si no se concreta, por la excusa que sea, no es verdadero amor. Así, esta determinación de Dios es el inicio de la historia, de la historia de la salvación. Imaginemos una madre que le dice a su hijo: como no sos digno, no te has portado bien o no has sacado buena nota, no te doy de comer ni te baño hasta que te pongas en regla.

Por qué insistimos en este punto? Porque si uno reflexiona bien, basta un momento  para hacer que se diluyan, como si fuera un mal sueño que una madre con su caricia despeja de la frente de su hijo, todas las discusiones abstractas y encarnizadas que quieren impedir que la Misericordia del Padre toque la carne y la vida de la gente. Podemos impedir que la Misericordia del Padre toque con las manos de Jesús -y las nuestras- las llagas y miserias de cada persona? Tiene sentido decir que es “para salvar la integridad de la doctrina”? Dios se determinó a salvar, se determinó a ser misericordioso, y para ello tomó nuestra carne, porque la misericordia no se puede ejercer sino tocando las llagas -materiales y espirituales-. Es una determinación absoluta y sin peros: Dios se determina llegar, sí o sí, a cada miseria con su Amor, y nada ni nadie tiene derecho a impedírselo, a ponerle otros límites que este de su determinación misma.

Digo límite porque determinarse es ponerse un límite, pero paradójicamente, el límite no es el de un obstáculo que frena, sino el curso que hace que el agua viva corra sin dispersarse y pase haciendo el bien. La Encarnación consistió en “meter” -si se me permite la expresión- el Amor infinito de Dios en un corazón de carne – la que María le dio a su Hijo- y dejar que corriera a partir de esa fuentecita, encendiéndolo todo y bautizándolo todo a su paso. La historia de salvación es el Amor mismo de Dios, no estancado en el Cielo, sino corriendo día a día, paso a paso, por la tierra.

Amor encarnado es amor hecho historia. Y esto supone “un pasito adelante cada día”. Se disuelven así, decíamos, todos los intentos farisaicos de impedir que el amor camine, con la excusa de que sus pasos son vacilantes o de que su punto de partida no está en regla o de que no se sabe a dónde irá a parar. El amor se encarnó y tiene derecho a caminar. El bien concreto más pequeño, con todos sus límites y defectos, es más bien que cualquier bien meramente ideal, si es que existe algo así como un bien ideal.

Imitar y seguir al Señor así nuevamente encarnado

En la contemplación de la Encarnación, en la del Nacimiento y en todas las que siguen, Ignacio adopta un esquema de «contemplación en cuatro pasos». Ver las personas, oír lo que hablan, mirar lo que hacen y luego de ver-oír-mirar, reflexionar para sacar provecho. Esta es la dinámica y debo confesar que siempre me ha creado un poco de dificultad tratar de seguir los pasos de Ignacio diferenciadamente, centrando el foco, primero en las personas, luego en oír lo que dicen y después en mirar lo que hacen. Evidentemente se trata de una gracia que recibió San Ignacio al contemplar y que luego, reflexionando, estructuró así. Si tenemos en cuenta que él considera que comunicar bien lo que recibió es la gracia complementaria de haberla recibido bien, podemos hacer un esfuerzo y poner especial atención sobre estos pasos, tratando de descubrir lo sabio de la pedagogía que suponen y adaptarlos para sacarles provecho nosotros.

Afirmamos que esta dinámica de «contemplar/reflexionar» orientada toda ella a «sacar provecho» es algo valioso. Hay que fijar la mirada en el fin, no en cada paso aislado y comprender que cuando Dios nos dice que recemos – que alabemos, contemplamos y reflexionamos-, lo que quiere es que «saquemos provecho».

No hay que dar esto por descontado, porque muchas veces uno mira y reflexiona “yéndose por las nubes” y no concentrando su esfuerzo en sacar un fruto concreto. En la contemplación de los Ejercicios se trata de ir a buscar un fruto práctico. Esto es lo que da sentido a la oración, ya que no le podemos «dar» a Dios otra cosa mejor que aprovecharnos de su amor y de sus gracias, para bien de todos. La gloria de Dios es que el hombre viva, que se salve y saque provecho de su amor. Él es Amor y Amor siempre más grande, por lo cual siempre quiere dársenos más – todo lo que puede-, y si aprovechamos bien, no solo mentalmente, aprendiendo verdades, ni solo afectivamente, sintiéndonos consolados y satisfechos, sino dando frutos de misericordia y de justicia y caridad para con los demás, mejor entonces: esto es lo que a Dios más le agrada.

De aquí la conclusión de esta contemplación de la Encarnación que se hace extensiva a todas las demás: se trata de «contemplar» para que el Señor “se encarne nuevamente” en mi historia. Este fruto lo explicita Ignacio al final, cuando propone el triple coloquio -con la Trinidad, con el Verbo eterno encarnado o con la Madre y Señora nuestra-, invitándonos a pedir, cada uno «según que en sí sintiere, la gracia de más seguir e imitar al Señor nuestro, así nuevamente encarnado» (EE 109).

Las contemplaciones de la vida del Señor son para «encarnarlo». Son contemplaciones y reflexiones para sacar «este provecho», este fruto: que el Señor nuevamente se encarne en nuestra vida.

Encarnar la santidad en el mundo actual

Esto es lo que quiere decir el Papa Francisco cuando, retomando en Cristo Vive lo que había dicho el comienzo de Gaudete et exsultate, expresa«Quise detenerme en la vocación de todos a crecer para la gloria de Dios, y me propuse «hacer resonar una vez más el llamado a la santidad, procurando encarnarlo en el contexto actual, con sus riesgos, desafíos y oportunidades» (GE 2).

En Cristo vive, dirigiéndose a los jóvenes y a todo el pueblo de Dios, cita a San Alberto Hurtado: «Ser apóstoles no significa llevar una insignia en el ojal de la chaqueta; no significa hablar de la verdad, sino vivirla, encarnarse en ella, transformarse en Cristo. Ser apóstol no es llevar una antorcha en la mano, poseer la luz, sino ser la luz […]. El Evangelio […] más que una lección es un ejemplo. El mensaje convertido en vida viviente» (CV 175).

Tenemos así, bien delineado, el fin de la oración contemplativa y de la reflexión ignaciana: encarnar el evangelio.

Ahora bien, la encarnación no es «un hecho» puntual sino una vida. Decir que el Verbo «se encarnó» es aludir a una misteriosa tensión entre algo absoluto y definitivo, que se da entero en el momento en que se encarna, y algo que se va desarrollando en el tiempo, en el proceso de crecimiento de esa «carne» y en el  aprendizaje de todo lo que implica ir haciéndose una persona madura, que vive su propia historia, que se inserta creativamente en su cultura y en la realidad social de su tiempo. «Cristo se encarna nuevamente» de manera muy precisa cuando uno más «lo imita y lo sigue». Y para esto, para encontrar “cómo y en qué seguirlo” es necesario el discernimiento espiritual.

Discernimiento de Amistad

Ahora sí, podemos definir lo que significa «discernimiento». Discernimiento es un «Instrumento de lucha para seguir mejor al Señor. De ese modo, el deseo de reconocer la propia vocación adquiere una intensidad suprema, una calidad diferente y un nivel superior, que responde mucho mejor a la dignidad de la propia vida. Porque en definitiva un buen discernimiento es un camino de libertad que hace aflorar eso único de cada persona, eso que es tan suyo, tan personal, que sólo Dios lo conoce. Los otros no pueden ni comprender plenamente ni prever desde afuera cómo se desarrollará» (CV 295).

Pero este “imitar y seguir a Jesús” tienen para el Papa una característica decisiva y fundamental: se trata de «imitar y seguir a un Amigo». Y a un amigo solo se lo sigue como amigo. La amistad es clave para que la imitación no sea un remedo, no se convierta en una caricatura, y para que el seguimiento no se transforme en una marcha forzada de la que luego uno se cansa.

La amistad de la clave: los amigos se «imitan» siendo cada uno él mismo y diverso del otro. Se imitan emulando el impulso del otro a servir a su manera, a seguir a su manera. Se imitan las virtudes últimas, no las segundas. Se imitan la generosidad en el darlo todo, no en la cantidad, que puede variar. Se imitan la gratuidad, se imita el buen humor, se imitan el darlo todo en distintos gestos…

Así se entiende qué significa «nuevamente encarnado»: «La vida que Jesús nos regala es una historia de amor, una historia de vida que quiere mezclarse con la nuestra y echar raíces en la tierra de cada uno. Esa vida no es una salvación colgada “en la nube” esperando ser descargada, ni una “aplicación” nueva a descubrir o un ejercicio mental fruto de técnicas de autosuperación. Tampoco la vida que Dios nos ofrece es un “tutorial” con el que aprender la última novedad. La salvación que Dios nos regala es una invitación a formar parte de una historia de amor que se entreteje con nuestras historias; que vive y quiere nacer entre nosotros para que demos fruto allí donde estemos, como estemos y con quien estemos. Allí viene el Señor a plantar y a plantarse» (CV 252).

Momento para contemplar

Marta Irigoy 

En este mes de Junio, donde celebramos al Sagrado Corazón de Jesús, estamos invitados a contemplar la Encarnación de Jesús.

Dice San Ignacio que la determinación de que el Hijo se haga hombre tiene como fin «salvar al género humano».

Este es un discernimiento que acontece  en el Corazón de la Trinidad, para que cada hombre y mujer pueda vivir en plenitud… Jesús va a decir en el Capítulo 10 del Evangelio de Juan: “Yo he venido para que  tengan Vida, y la tengan en abundancia.

Podemos preguntarnos:

  • ¿Qué es tener vida en abundancia?…
  • ¿Qué significa “abundancia” en estos tiempos de tanta escasez y vacío??

Y ante estas preguntas, sabemos que quien tiene las respuestas, se encuentra escondido en la  propia humanidad de cada uno sosteniendo nuestra pequeñez con su ternura y amor…

Al contemplar la Encarnación de Jesús, se nos invita a abrazar la propia vida como misión, y responder con mucha generosidad al llamado a la santidad, procurando encarnar, es decir “hacer carne” en nuestros gestos, los gestos de Jesús, en el contexto actual, con sus riesgos, desafíos y oportunidades» (GE 2).

El mayor desafío es transparentar el mensaje de Jesús y convertirnos en mensajeros enamorados de Buenas Noticias”, para que esa Vida en Abundancia que recibimos de Él sea compartida, irradiada y testimoniada en la sencillez de la vida cotidiana…

Dice el Papa Francisco: “Cada santo es una misión; es un proyecto del Padre para reflejar y encarnar, en un momento determinado de la historia, un aspecto del Evangelio” (GE 19).

Al responder a este llamado a la Santidad, también cada uno de nosotros al abrazar la vida como misión, tiene al alcance de la mano y del corazón, poder  alimentar y nutrir su vida con la oración contemplativa y la reflexión ignaciana, ya que esta tiene como fruto encarnar el Evangelio de Jesús… descubriendo que el mayor fruto que podemos cosechar es: ser Buena Noticia –Evangelio- para los demás…

Contemplar la vida del Señor nos deslumbrará –y alumbrará- tanto que alcanzaremos, con la Gracia de Dios, este fruto: que el Señor nuevamente se encarne en nuestra vida.

La Gracia de este mes será descubrir, como dice San Ignacio, que “Cristo se encarna nuevamente en mi vida”…

Y así descubriremos como la Vida en Abundancia que Jesús nos regala es una historia de amor y de Amistad gratuita, una historia de vida que quiere mezclarse con la nuestra y echar raíces en la tierra de cada uno.

Para rezar en este mes, puede ayudar la oración del Cardenal Newman, que Madre Teresa rezaba cotidianamente y que recibió como Gracia para encarnar en su vida de tal manera la Vida en Abundancia  de Jesús…

       Irradiar a Cristo

Jesús mío, ayúdame a esparcir tu fragancia dondequiera que yo vaya,

inunda mi alma con tu Espíritu y tu Vida;

penetra en todo mí ser y toma posesión de tal manera,

que mi vida no sea en adelante sino una irradiación de la tuya.

Quédate en mi corazón con una unión tan íntima,

que las almas que tengan contacto con la mía,

puedan sentir en mí tu presencia y que, al mirarme,

olviden que yo existo y no piensen sino en Ti.

Quédate conmigo. Así podré convertirme en luz para los otros.

Esa luz, oh Jesús, vendrá de Ti; ni uno solo de sus rayos será mío:

yo te serviré apenas de instrumento

para que Tú ilumines a las almas a través de mí.

Déjame alabarte en la forma que es más agradable,

llevando mi lámpara encendida para disipar las sombras

en el camino de otras almas.

Déjame predicar tu Nombre con palabras o sin ellas…

con mi ejemplo, con la fuerza de tu atracción,

con la sobrenatural influencia evidentemente

del amor que mi corazón siente por Ti.

Amen

Cardenal Newman

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MOMENTO DE REFLEXIÓN

Diego Fares sj

El llamado de un Amigo: Jesús

Las dos Exhortaciones Gaudete et exsultate yCristo vive tienen como eje central el llamamiento: el llamado universal a la santidad en el mundo actual. El Señor llama a todos a ser santos (GE 1-2), a caminar en su presencia, dejando que nos mire y acompañe por el camino, y a crecer en una misericordia siempre más perfecta.  Este llamamiento se va precisando y volviendo más nítido: Es «el llamado de un Amigo: Jesús (CV (287).

Pero antes de seguir adelante, nos detenemos un momento a pedir prestadas a algunos amigos poetas sus mejores palabras sobre la amistad. Para pasar, luego, como en la meditación del reino, del amigo «temporal» al Amigo «eternal».

Qué necesitamos de un amigo? Dice Saint Exupery: «Amigo mío, tengo tanta necesidad de tu amistad. Tengo sed de un compañero que respete en mí, por encima de los litigios de la razón, el peregrino de aquel fuego».

Qué es lo que más apreciamos de un amigo? De nuevo el autor del Principito: «Jamás han sido mis fórmulas ni mis andanzas las que te informaron acerca de lo que soy, sino que la aceptación de quien soy te ha hecho, necesariamente, indulgente para con esas andanzas y esas fórmulas. Más allá de mis palabras torpes, más allá de los razonamientos que me pueden engañar, tú consideras en mí, simplemente al Hombre, tú honras en mí al embajador de creencias, de costumbres, de amores particulares».

Y qué es una amistad eterna? Neruda nos lo regala así: «Algunas veces encuentras en la vida una amistad especial: ese alguien que al entrar en tu vida la cambia por completo. Ese alguien que te hace reír sin cesar; ese alguien que te hace creer que en el mundo existen realmente cosas buenas. Ese alguien que te convence de que hay una puerta lista para que tú la abras. Esa es una amistad eterna…».

Pues bien, Jesús es un Amigo que está lanzado de lleno a una tarea grandísima: ayudar a cada persona y salvar a todos los hombres. Se trata, por tanto de un llamamiento «en el sentido preciso de dar un servicio misionero a los demás» (CV 253). Y para ello, cada uno debe buscar y encontrar «su propio camino» (CV 249), su carisma y su «lugar en esta tierra» (CV 285).

Ahora sí, escuchamos lo que dice San Ignacio en su Meditación del Reino, que ilumina toda la vida de Jesús como uno en mil llamamientos: «Ver a Christo nuestro Señor, rey eterno, y delante de Él todo el universo mundo, al cual y a cada uno en particular llamay dice: Mi voluntad es de conquistar todo el mundo y todos los enemigos, y así entrar en la gloria de mi Padre; por tanto, quien quisiere venir conmigo, [ha de estar contento de comer como yo, y así de beber y vestir, etc.] y ha de trabajar conmigo, porque siguiéndome en la pena, también me siga en la gloria» (EE 93-95). Podríamos poner en boca del Señor estas palabras de Saint Exupery. Invirtiendo las cosas, podemos sentir que Jesús nos dice: «Te estoy agradecido porque me recibes tal como soy. ¿Qué he de hacer con un amigo que me juzga? Si todavía combato, combatiré un poco por ti».

El «conmigo» es la clave del llamamiento, clave de amistad. El Papa Francisco lo dice de manera insuperable en Cristo Vive. En esos cuatro puntos que, como un ramillete, junta bajo el sugestivo título «El llamado del Amigo», donde nos propone lo que él llama «un discernimiento de amistad»:

«Para discernir la propia vocación, hay que reconocer que esa vocación es el llamado de un amigo: Jesús. A los amigos, si se les regala algo, se les regala lo mejor. Y eso mejor no necesariamente es lo más caro o difícil de conseguir, sino lo que uno sabe que es un verdadero bien para el otro. Un amigo percibe esto con tanta claridad que puede visualizar en su imaginación la sonrisa de su amigo cuando abra su regalo. Este discernimiento de amistad es el que propongo a los jóvenes como modelo si buscan encontrar cuál es la voluntad de Dios para sus vidas (CV 287).

Algunas afirmaciones de Francisco que vale la pena señalar, para «cambiar nuestra mente» al pensar en Jesús:

* «Quiero que sepan que cuando el Señor piensa en cada uno (de nosotros), en lo que desearía regalarle, piensa en él como su amigo personal» (no como uno al que le quiere encajar un trabajo que nadie agarra).

* El carisma que desea darte es algo que te hará vivir tu vida a pleno (no te quitará nada, te lo dará todo).

* Te transformará en una persona útil para los demás (no en un bueno para nada).

* Alguien que deja huella en la historia (que es protagonista no mero espectador y consumidor).

* Será un don que te alegrará en lo más íntimo y te entusiasmará más que ninguna otra cosa en este mundo (incluyendo todo lo mejor de cada cosa, lo que te hace desearlas)

* No por que será un carisma extraordinario o raro sino porque será justo a tu medida, a la medida de tu vida entera (CV 288).

Insignificativos

Insignificativos. Esa es la palabra. La iglesia se ha vuelto insignificativa para muchos.

El Papa parte del Sínodo de los jóvenes: «En el Sínodo se reconoció ‹que un número consistente de jóvenes, por razones muy distintas, no piden nada a la Iglesia porque no la consideran significativa para su existencia.Algunos, incluso, piden expresamente que se les deje en paz, ya que sienten su presencia como molesta y hasta irritante›» (CV 40).

Ser insignificativos significa no tener «peso existencial». No existís,como dicen los hinchas de un equipo al otro para hacerle sentir que ni siquiera entra en la categoría de bueno o malo.

El discernimiento que hace el Papa es que el problema de fondo de los jóvenes (del hombre de hoy) es existencial-no es cuestión de ideas o de moral, sino de algo más básico, algo que hace a estar vivo. Y por eso Francisco se juega a un anuncio que simplemente dice «Jesús está vivo», confiando en que si eso se siente, todo lo demás se irá dando por su propio peso. Es un anuncio de carácter existencial: «Él (Jesús) está en ti, Él está contigo y nunca se va. Por más que te alejes, allí está el Resucitado, llamándote y esperándote para volver a empezar. Cuando te sientas avejentado por la tristeza, los rencores, los miedos, las dudas o los fracasos, Él estará allí para devolverte la fuerza y la esperanza» (CV 2). «Vive Cristo, esperanza nuestra». El anuncio es como el de la secuencia de Pascua, en la que los discípulos le preguntan a María Magdalena: «Cuéntanos María: qué viste por el camino? Y ella responde: «resucitó Cristo, esperanza mía; y los precede en Galilea». Continúa Francisco: «Él es la más hermosa juventud de este mundo. Todo lo que Él toca se vuelve joven, se hace nuevo, se llena de vida. Entonces, las primeras palabras que quiero dirigir a cada uno de los jóvenes cristianos son: ¡Él vive y te quiere vivo!» (CV 1).

Un problema que cuanto más grave es, es más esperanzador

Si el problema se sitúa en este nivel, el de que la Iglesia -nosotros, los que seguimos a Jesús y tratamos de vivir y predicar su Evangelio de Misericordia- ha (hemos) perdido significatividad para la existencia de mucha gente, es un problema muy grave y, por eso mismo, porque no permite que nos hagamos los distraídos, es la mejor oportunidad para salir de la prisión que creó esa «insignificatividad».

Por qué es tan grave? Porque quiere decir que no estamos a la altura de lo que hemos recibido como don para comunicar al mundo. Pero eso mismo nos lleva a apreciar de nuevo la magnitud del don que tenemos!

Lo primero que sintieron los discípulos y las discípulas ante la resurrección del Señor fue que eran testigos de algo que les cambiaba la vida no solo a ellos, sino que era significativo para todo el mundo. Por eso salieron corriendo a anunciarlo!

Por qué es una oportunidad? Porque la pérdida de significatividad es algo clarísimo, imposible de no ver, y eso, si somos humildes, nos llevará a pedir al Señor gracias que sean significativas. Las gracias grandes, la de la adoración, la de la misericordia, la de la fidelidad hasta la muerte… No gracias meramente «de maquillaje» o de «cumplimiento».

Que nos digan que hemos perdido significatividad como Iglesia, siendo que contamos en nuestro interior con la fuente misma de la vida, con Aquel que es el que da «sentido existencial» a todo, el Logos, el Camino, la Verdad y la Vida, el Amigo!, es -debe ser- motivo de agradecimiento. Porque nos permite discernir de inmediato y sin temor a equivocarnos que lo que no está funcionando es el formatocultural que le hemos dado al Don, no el contenido. Si se tratara de una empresa de publicidad que tiene en sus manos el anuncio del mejor producto del mundo, capaz de revolucionar y mejorar la calidad de vida del público, y nadie lo compra, la reacción inmediata será que lo que no funcionan somos los que publicitamos el producto, no el producto mismo! Y, menos aún el público!!! Decía Steve Jobs: «Crea un gran producto. Con el envase también! No se trata de engañar a la gente ni de convencerlos de que quieren algo que no necesitan. Nosotros averiguamos lo que nosotros mismos queremos, en primer lugar. Y estamos convencidos que la gente va a querer también eso. Es por eso por lo que nos pagan. Nosotros solo queremos hacer grandes productos». Y dado que en Jesús tenemos no el gran producto sino el más grande Don, nos viene bien lo que dice Jobs en segundo lugar: «Vende sueños, no solo productos. Transmite que continúas soñando más allá de lo que produjiste». Es decir: no comuniques el Evangelio que ya practicas (tus costumbres de ir a misa o de cumplir con algún precepto) sino el Evangelio que sueñas que con la gracia de Jesús podrás practicar mañana y ese en el que das un pasito adelante hoy, ahora mismo. Jesús no nos llama para que le demos leyes a la gente ni para que gestionemos estructuras eclesiales, Él nos llama a ser testigos de que su amistad está al alcance de la mano del que la quiera recibir.

Don sobre don

Así como en el primer encuentro hablamos de la necesidad de cultivar el sentido de la «creaturalidad», ahora hablaremos de la necesidad de cultivar el sentido del «llamamiento».

El sentido de la creaturalidad implica dar espacio al sentimiento de nuestra contingencia (palabra técnica, útil para ponerle nombre a eso que todos experimentamos y que es no habernos dado la vida ni saber por cuánto tiempo la tendremos). Esto implica cambiar la dirección de nuestro pensamiento: dirigirlo no hacia lo que nosotros producimos, sino hacia Aquel que nos está dando la existencia.

Cuando dirigimos el pensamiento hacia las cosas que produjimos la clave – lo intuimos- somos nosotros. Esto es claro si se trata de una «cosa» en cuanto producto material: el sentido del tamaño y la forma de una botella de gaseosa, por ejemplo, tiene que ver con lo que puede agarrar cómodamente nuestra mano y con las distintas cantidades de líquido que podemos consumir. Por eso los tamaños van de una botella «familiar» a una mini, y son tres, cuatro, diez… pero no más.

Pero también llamamos «cosas» a estructuras más complejas, como una ley, por ejemplo, o un «esquema mental». También de estas cosas, el sentido último lo damos nosotros. Un nosotros extendido. A veces mucho, como el de toda una sociedad o una época. Pero sigue siendo lo humano la medida.

Pensemos en un «paradigma», esa manera de pensar común a toda una época. Es «cosa hecha por nosotros». Tiene límites, aunque no se perciban «desde adentro de la mentalidad en que nació nuestra cultura». Puede cambiar. Y se puede -se debe- trascender.  La medida de un paradigma es, por un lado, individual, ya que siempre haya una persona que fue la que tuvo una idea innovadora que funciona como semilla o cuajo de un nuevo paradigma. Pensemos en la idea de la relatividad de Einstein. Por otro lado, la medida de un paradigma se encuentra en algo común a muchos, es una especie de horizonte que la sociedad de una época «acepta» como límite último -no discutido- desde el que piensa todo lo demás. Pensemos en el concepto del «valor absoluto de la persona libre y de su consiguiente responsabilidad», que introdujo el cristianismo en el mundo pagano, en cuya mentalidad era obvio que no todos eran «personas» y menos «libres». Al cristianismo le debemos, paradójicamente, que salga alguien a despotricar contra la Iglesia esgrimiendo que «cada uno es libre de disponer de su vida y de su cuerpo», tomando sólo una parte del paradigma.

Ampliar el sentido de creaturalidad

Pues bien, dar espacio a la creaturalidad es dirigir nuestro pensamiento hacia Otro cuya existencia será un misterio pero claramente no somos nosotros. Esto se logra mirando no lo que las cosas «son» -su forma, su origen, su finalidad…-, sino el asombroso hecho de que existan. Maravillarnos y agradecer que exista cada cosa y nosotros mismos en medio de ellas, eso es ampliar el sentido de nuestra creaturalidad. Y hace bien para darnos cuenta de que también nuestra santidad -especialmente ella- no es un «producto nuestro» sino un puro don del Espíritu. Algo que el Espíritu Santo tiene que crear en nosotros.

 La santidad: don que se basa en otro don, el de ser creaturas

El fundamento de este nuevo don no es un odre viejo sino nuevo. La santidad es don sobre otro don. Hay que apoyarla en el don de estar siendo creados para poder ser recreados bien, según Dios. Si basamos la idea de santidad en esquemas «producidos» por nosotros, cuando estos esquemas cambian, cuando cae un paradigma -el del mundo fijo, por ejemplo, y se pasa al del mundo en evolución-, cae también y entra en crisis nuestra idea de la santidad. Pero no es «la santidad a la que nos llama «nuevamente» el Señor» sino una santidad cuyo molde sirvió por un tiempo y que necesita renovarse, necesita un odre nuevo.

Sobre esta base profundizamos ahora el sentido de una santidad basada en la creaturalidad que, además, se tensiona hacia otro don, el de un «llamamiento» siempre renovado.

La santidad: don que tiende a otro don, el del llamado

La santidad es «respuesta» a un llamamiento. Por supuesto que todo nuestro ser es de alguna manera «respuesta» a un llamado, a un fin que nos atrae como si nos llamara, respuesta a un deseo que nos impulsa a desarrollarnos, a movernos para alcanzar la plenitud de algo que somos en semilla. Pero el punto es «renovar» cada día la escucha del llamamiento para no terminar siendo respuesta a un llamado viejo. Es una experiencia común ir descubriendo mejor lo que alguien nos quiere decir a medida que pasa el tiempo y vamos realizando lo que nos pidió. A veces uno, ante un pedido, dice «ya te entendí» y comienza a hacer las cosas a su manera. Peor en cierto momento se detiene y le pregunta al otro si es esto lo que quiere. Esta actitud implica que estemos verdaderamente en clave de llamado y de hacer lo que otro desea y no en clave de hacer algo que queremos nosotros o de hacerlo al modo nuestro.

Responder verdaderamente a un llamado es algo comprometedor. Por decirlo de una vez: es algo totalmente contracultural, sobre todo hoy. La mentalidad actual es que cada uno debe «realizarse» haciendo lo que quiere él, no lo que quieren los demás. Por eso, plantear el tema del llamamiento, de la vocación, es meternos de lleno en la conflictualidad del mundo actual.

Qué significa «hacer lo que yo quiero?» Para algunos es seguir los impulsos íntimos, seguir espontáneamente lo que libremente decido en cada momento. Ser libre de cambiar de decisión cuando y como quiera. Se acepta que uno es «respuesta» a solicitaciones que vienen de adentro (de la propia naturaleza y de los propios deseos) y de afuera (de lo que los otros me proponen). Pero es respuesta que doy si quiero y como y cuando quiero y que puede cambiar.

En esto hay que profundizar antes de plantear el tema de la vocación y del llamamiento. Porque si no, uno «escucha» otra cosa. Por supuesto que el llamamiento es libre. Si no sería un empujón, o un tirar de la cuerda que ata, no un llamamiento. Pero para poder «escuchar bien» lo que otrome pide, debo estar reconciliado con que soy un ser llamado, no un ser sordo, entregado a su propio instinto. No es así! En mi estructura más íntima está el ir siendo yo mismo en la medida en que respondo a las solicitudes de los otros. Solicitudes hechas con amor y respeto y respondidas libremente con el mismo amor y respeto.

Esto no es un límite sino todo lo contrario: es una apertura infinita, la apertura que tienen entre sí seres «dialogales».

Los animales dialogan, por decirlo así, con una sola palabra. Cada especie es como una sola y repetida respuesta común, no individual, a un solo llamado. Los pájaros a volar, los peces a surcar el océano, los otros animales a correr por la tierra. Los seres humanos, en cambio, dialogamos en diálogo abierto, en el que las palabras no son solo respuestas a una pregunta o a un llamado, sino también propuestas capaces de embellecer y ahondar el llamado. En la libre oferta y demanda de amor creativo crece lo que somos y nos convertimos a nuevas cosas que podemos ser.

Profundizar en el llamamiento significa por tanto salir del esquema «hago lo que me dicen otros o hago lo que quiero», para entrar en otro ámbito, en el de un llamamiento de amistad en la que las reglas son otras. Si un amigo me llama a algo es, en primer lugar, a ser yo mismo, no otro. Un amigo si me llama a dar respuestas totalmente libres y sinceras. Eso sí, si respondo debe ser totalmente, no a medias ni con condiciones o peros. Además, el amigo espera que yo mejore también su llamado ofreciendo más de mi, ofreciendo mi propia creatividad a la tarea común. Se me llama a hacer lo mío y a mejorar lo común. Se me llama a recibir y a dar. Tantas cosas… Pero basadas en que el llamamiento es constitutivo de mi ser y el llamamiento de un amigo perfecciona esto en grado sumo.

Especialmente para un amigo, que me acepta como soy, no soy «ya dado», «ya hecho así», con este carácter y este destino prefijado en mi naturaleza. Para un amigo soy «llamado a ser» libremente siempre mi mejor versión. Como amigo uno sabe que su amigo sabe si uno no está siendo fiel a sí mismo, a su don.

Yo soy una misión

Yo soy una misión, dice el Papa. La misión de ser amigo, en primer lugar y siempre. Y plenificando esta misión de amistad, soy misión también en cuanto tareas externas, para bien de los demás.

Soy lo que los otros necesitan y agradecen que sea. Soy creciendo hacia donde los otros necesitan sombra, soy haciendo lo que a los que amo les agrada, soy siendo respuesta a lo que mi pueblo me pregunta: qué querés darnos, qué querés ser, apreciamos mucho esto que dijiste, esto que produjiste, esto que se te ocurrió componer, cantar, dibujar y crear para nosotros.

Ser una misión es mucho más que ser un paseo. Es más: no se puede «ser un paseo», se puede pasear, que es lo mismo que pasar… y distinto a ser. Una misión en cambio se puede ser, porque implica condensar nuestro tiempo y esfuerzo en un punto preciso y concreto, algo que se puede compartir, algo que deja huella: una herencia. Realizar una misión implica concretar algo que otro puede recoger, llegar a un punto desde el cual otro -un hijo, un compañero y amigo en el Señor, puede partir.

MOMENTO para CONTEMPLAR

Marta Irigoy

San Ignacio nos propone en la Meditación del Reino, dejarnos “seducir por el Señor” para desde ahí poder discernir el llamado personal al que Jesús, Buen Pastor y Buen Amigo, me invita en el momento actual de mi vida.

Es en el “aquí y ahora”,  donde cada uno  pueda descubrir el llamado a la santidad… y que se hace respuesta cuando se transparenta en cada pequeño gesto de amor y servicio en lo que se nos confía como misión…

Para este momento de oración, la invitación en contemplar “TU TIERRA SAGRADA”; ese lugar en que hoy , en que tenemos puestas  nuestras manos en el servicio, y que descubramos una oportunidad única, que está confiada a mis dones y talentos para hacerlos fructificar para el Reino de Dios…

Dice Francisco en la Exhortación: “Lo que interesa es que cada creyente discierna su propio camino y saque a la luz lo mejor de sí, aquello tan personal que Dios ha puesto en él (cf. 1 Co 12, 7), y no que se desgaste intentando imitar algo que no ha sido pensado para él. Todos estamos llamados a ser testigos, pero «existen muchas formas existenciales de testimonio»…

Para así descubrir que el Señor esta llamándome…

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Momento de Reflexión

P. Diego Fares sj

El pecado situado entre la bondad de la creación y el bien deseable al que somos llamados

En el esquema dinámico de los Ejercicios San Ignacio sitúa el pecado, con toda la crudeza de su negatividad y de su poder destructivo, entre dos momentos muy positivos: uno es el de la creación -«somos creados» para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor(Principio y Fundamento, EE 23)-; el otro es el del llamamiento: Jesús llama a todos -«al universo mundo y a cada uno en particular- a su seguimiento, para «entrar en la gloria del Padre» (Llamiento del Rey Eterno, EE 95).

Como dice el Génesis, “Vio Dios cuanto había hecho, y todo estaba muy bien” (Gn 1, 31). Hay en el interior más hondo de cada ser una «bondad creatural» que el pecado no logró dañar; hay también una vocación a la santidad y a la vida eterna que siempre se renueva por parte del Señor: «Vengan a mí todos…» (Mt 11, 28); «al que viene a mí no lo rechazaré» (Jn 6, 37).

El Papa Francisco, en Gaudete et exsultate, hace ver estas dos realidades desde el comienzo mismo de su Exhortación, cuando nos recuerda que hemos sido creados para la felicidad y que el Señor nos llama a todos a la santidad:

«Alegraos y regocijaos» (Mt 5,12), dice Jesús a los que son perseguidos o humillados por su causa. El Señor lo pide todo, y lo que ofrece es la verdadera vida, la felicidad para la cual fuimos creados. Él nos quiere santos y no espera que nos conformemos con una existencia mediocre, aguada, licuada. En realidad, desde las primeras páginas de la Biblia está presente, de diversas maneras, el llamado a la santidad. Así se lo proponía el Señor a Abraham: «Camina en mi presencia y sé perfecto» (Gn 17,1)» (GE 1).

Hablando de ese pobre que encontramos «durmiendo a la intemperie» me recuerda el Papa que puedo mirarlo -como a todo ser humano, incluso al más pecador, que puedo ser yo mismo- «y reconocer en él a un ser humano con  mi misma dignidad, a una creatura infinitamente amada por el Padre, una imagen de Dios, un hermano redimido por Jesucristo» (GE 98).

Y el llamado! El Papa recuerda cómo el Concilio Vaticano II lo destacó con fuerza: «Todos los fieles, cristianos, de cualquier condición y estado, fortalecidos con tantos y tan poderosos medios de salvación, son llamados por el Señor, cada uno por su camino, a la perfección de aquella santidadm con la que es perfecto el mismo Padre» (GE 10).

Si alguno, al ver tanta maldad en el mundo, dudara de la bondad creatural del ser humano, de lo que no podemos dudar es de la fuerza sanadora que contiene el llamado -lleno de invencible esperanza en el poder del bien, de la misericordia y del amor de amistad- que nos hace Jesús. El Papa afirma que precisamente esto «Es lo que había comprendido muy bien santa Teresa de Calcuta: ‹Sí, tengo muchas debilidades humanas, muchas miserias humanas. […] Pero él baja y nos usa, a usted y a mí, para ser su amor y su compasión en el mundo, a pesar de nuestros pecados, a pesar de nuestras miserias y defectos. Él depende de nosotros para amar al mundo y demostrarle lo mucho que lo ama. Si nos ocupamos demasiado de nosotros mismos, no nos quedará tiempo para los demás›».

El pecado puesto frente a la Misericordia de Dios

Dice Francisco: «Mirar y actuar con misericordia (con los demás y con uno mismo), esto es santidad» (GE 82). Es que: «La misericordia es ‹el corazón palpitante del Evangelio›» (GE 97). Por qué? Porque la misericordia nos da el criterio para discernir «si nuestro camino de oración es auténtico», si somos verdaderamente «hijos del Padre»; la misericordia -en definitiva- es la llave del cielo» (GE 105).

Situar el pecado ante la misericordia es lo único que nos permite encontrar paz. Si somos conscientes de nuestros pecados y de los del mundo, expermimentaremos que no basta con la justicia. El Papa nos recuerda lo que le reveló el Señor a Santa Faustina: que «la humanidad no encontrará paz hasta que no se dirija con confianza a la misericordia divina» (GE 121).

Por eso nos recomienda «contemplar el rostro de Jesús muerto y resucitado» y si esto no nos sale fácilmente -contemplar su Rostro- nos recomienda entrar en las entrañas del Señor: «Entra en sus llagas, porque allí tiene su sede la misericordia divina» (GE 151).

Además de mirar y sentir al Señor es bueno considerar la misericordia de Dios en nuestra historia. Si estamos vivos, es que muchos han tenido misericordia de nosotros. «Trayendo a la memoria todos los beneficios que hemos recibido del Señor», como nos hace contemplar San Ignacio en la Contemplación para crecer en el amor, encontraremos en nuestra historia «tanta misericordia» (GE 153).

La misericordia nos permite aprender de nuestros errores

En su Exhortación a los Jóvenes –Vive Cristo-, el papa les recuerda que «Jesús elogia al joven pecador que retoma el buen camino más que al que se cree fiel pero no vive el espíritu del amor y de la misericordia» (VC 12).

Su mensaje es «Cristo te salva», su misericordia te libera de la culpa: «Mira los brazos abiertos de Cristo crucificado, déjate salvar una y otra vez. Y cuando te acerques a confesar tus pecados, cree firmemente en su misericordia que te libera de la culpa. Contempla su sangre derramada con tanto cariño y déjate purificar por ella. Así podrás renacer, una y otra vez» (VC 123).

La misericordia nos permite «aprender de nuestros errores» gracias a que el Señor es capaz de transformarlos en fuente de bien. El Papa invita a arriesgar sin miedo: «El amor que se da y que obra, tantas veces se equivoca. El que actúa, el que arriesga, quizás comete errores. Aquí, en este momento, puede resultar de interés traer el testimonio de María Gabriela Perin, huérfana de padre desde recién nacida que reflexiona cómo esto influyó en su vida, en una relación que no duró pero que la hizo madre y ahora abuela: «Lo que yo sé es que Dios crea historias. En su genialidad y su misericordia, Él toma nuestros triunfos y fracasos y teje hermosos tapices que están llenos de ironía. El reverso del tejido puede parecer desordenado con sus hilos enredados –los acontecimientos de nuestra vida– y tal vez sea ese lado con el que nos obsesionamos cuando tenemos dudas. Sin embargo, el lado bueno del tapiz muestra una historia magnífica, y ese es el lado que ve Dios». Cuando las personas mayores miran atentamente la vida, a menudo saben de modo instintivo lo que hay detrás de los hilos enredados y reconocen lo que Dios hace creativamente aun con nuestros errores» (VC 198).

Dar fe a lo que nos impulsa a ir para adelante, levantándonos setenta veces siete

Vive Cristonos alienta a dar fe a los impulsos más hondos del corazón que nos invitan a ir hacia adelante. Les podemos dar fe porque «Existe Alguien como Jesús que entiende y valora esta intención última del corazón. Por eso Él está siempre dispuesto a ayudar a cada uno para que la reconozca, y para ello le basta que alguien le diga: “¡Señor, sálvame! ¡Ten misericordia de mí!”» (GE 294).

Por eso, el Papa alienta a la Iglesia entera a convertirse si miedo a sus pecados: «Nuestros pecados están a la vista de todos; se reflejan sin piedad en las arrugas del rostro milenario de nuestra Madre y Maestra. Porque ella camina desde hace dos mil años, compartiendo «los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres». Y camina como es, sin hacerse cirugías estéticas. No teme mostrar los pecados de sus miembros, que a veces algunos de ellos intentan disimular, ante la luz ardiente de la Palabra del Evangelio que limpia y purifica. Tampoco deja de recitar cada día, avergonzada: «Piedad de mí, Señor, por tu bondad. […] Tengo siempre presente mi pecado» (Sal 51,3.5). Pero recordemos que no se abandona a la Madre cuando está herida, sino que se la acompaña para que saque de ella toda su fortaleza y su capacidad de comenzar siempre de nuevo» (VC 101).

«Ese Cristo que nos salvó en la Cruz de nuestros pecados, con ese mismo poder de su entrega total sigue salvándonos y rescatándonos hoy. Mira su Cruz, aférrate a Él, déjate salvar, porque ‘quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento’. Y si pecas y te alejas, Él vuelve a levantarte con el poder de su Cruz. Nunca olvides que «Él perdona setenta veces siete. Nos vuelve a cargar sobre sus hombros una y otra vez. Nadie podrá quitarnos la dignidad que nos otorga este amor infinito e inquebrantable. Él nos permite levantar la cabeza y volver a empezar, con una ternura que nunca nos desilusiona y que siempre puede devolvernos la alegría». (VC 119).

Y lo más importante: dar lugar a todos, distinguiendo el pecado del pecador

“Las heridas recibidas pueden llevarte a la tentación del aislamiento, a replegarte sobre ti mismo, a acumular rencores, pero nunca dejes de escuchar el llamado de Dios al perdón. Como bien enseñaron los Obispos de Ruanda, «la reconciliación con el otro pide ante todo descubrir en él el esplendor de la imagen de Dios […]. En esta óptica, es vital distinguir al pecador de su pecado y de su ofensa, para llegar a la verdadera reconciliación. Esto significa que odies el mal que el otro te inflige, pero que continúes amándolo porque reconoces su debilidad y ves la imagen de Dios en él[10]».(VC 165).

«En el Sínodo se exhortó a construir una pastoral juvenil capaz de crear espacios inclusivos, donde haya lugar para todo tipo de jóvenes y donde se manifieste realmente que somos una Iglesia de puertas abiertas. Ni siquiera hace falta que alguien asuma completamente todas las enseñanzas de la Iglesia para que pueda participar de algunos de nuestros espacios para jóvenes. Basta una actitud abierta para todos los que tengan el deseo y la disposición de dejarse encontrar por la verdad revelada por Dios. Algunas propuestas pastorales pueden suponer un camino ya recorrido en la fe, pero necesitamos una pastoral popular juvenil que abra puertas y ofrezca espacio a todos y a cada uno con sus dudas, sus traumas, sus problemas e inclinaciones sexuales, sus errores, su historia, sus experiencias del pecado y todas sus dificultades» (VC 234).

Examen de conciencia como discernimiento, más que de los pecados de la novedad de Dios en mi vida

«Esta formación implica dejarse transformar por Cristo y al mismo tiempo «una práctica habitual del bien, valorada en el examen de conciencia: un ejercicio en el que no se trata sólo de identificar los pecados, sino también de reconocer la obra de Dios en la propia experiencia cotidiana, en los acontecimientos de la historia y de las culturas de las que formamos parte, en el testimonio de tantos hombres y mujeres que nos han precedido o que nos acompañan con su sabiduría. Todo ello ayuda a crecer en la virtud de la prudencia, articulando la orientación global de la existencia con elecciones concretas, con la conciencia serena de los propios dones y límites» (VC 282).

Momento para Contemplar

Marta Irigoy

Seguimos el “Camino Espiritual de los Ejercicios Espirituales”, junto a este bendecido tiempo de Cuaresma…

Quisiera invitarnos a retomar algunos de los párrafos, escritos por el P. Diego Fares sj; sobre esta invitación a vivir nuestra vida desde  el llamado a la Santidad, como cita el Papa Francisco en el Génesis, el llamado  a la Santidad de Abraham, nuestro padre en la Fe: «Camina en mi presencia y sé perfecto» (Gn 17,1)» (GE 1).

Nada hay más perfecto que caminar con humildad en la vida…

Una humildad que se va gestando a lo largo de una vida que ha tenido en el horizonte los bondadosos brazos del Padre, que abiertos nos esperan para consolarnos y sanarnos las heridas que el pecado propio y el de otros que nos ha lastimado…

En estos días, en que estamos más cerquita de la Pasión y Resurrección del Señor, es bueno releer lo que nos dice el P. Diego, citando las ultimas Exhortaciones del Papa Francisco: “Gaudete et Exsultate” sobre el llamado a la Santidad y la última  para los Jóvenes: “VIVE CRISTO”

“Hay en el interior más hondo de cada ser una «bondad creatural» que el pecado no logró dañar; hay también una vocación a la santidad y a la vida eterna que siempre se renueva por parte del Señor: «Vengan a mí todos…» (Mt 11, 28); «al que viene a mí no lo rechazaré» (Jn 6, 37).

Si alguno, al ver tanta maldad en el mundo, dudara de la bondad creatural del ser humano, de lo que no podemos dudar es de la fuerza sanadora que contiene el llamado -lleno de invencible esperanza en el poder del bien, de la misericordia y del amor de amistad- que nos hace Jesús.

El Papa afirma que precisamente esto «Es lo que había comprendido muy bien santa Teresa de Calcuta: ‹Sí, tengo muchas debilidades humanas, muchas miserias humanas. […] Pero él baja y nos usa, a usted y a mí, para ser su amor y su compasión en el mundo, a pesar de nuestros pecados, a pesar de nuestras miserias y defectos. Él depende de nosotros para amar al mundo y demostrarle lo mucho que lo ama. Si nos ocupamos demasiado de nosotros mismos, no nos quedará tiempo para los demás›».

  • Aquí podríamos agradecer ser instrumentos del Amor de Dios para los demás…

Y sentir y gustar esta frase: “Dios usa nuestra pequeñez para manifestar su hermosa Grandeza…”

Dice Francisco: «Mirar y actuar con misericordia (con los demás y con uno mismo), esto es santidad» (GE 82). Es que: «La misericordia es ‹el corazón palpitante del Evangelio›» (GE 97). Por qué? Porque la misericordia nos da el criterio para discernir «si nuestro camino de oración es auténtico», si somos verdaderamente «hijos del Padre»; la misericordia -en definitiva- es la llave del cielo» (GE 105).

Situar el pecado ante la misericordia es lo único que nos permite encontrar paz. Si somos conscientes de nuestros pecados y de los del mundo, experimentaremos que no basta con la justicia. El Papa nos recuerda lo que le reveló el Señor a Santa Faustina: que «la humanidad no encontrará paz hasta que no se dirija con confianza a la misericordia divina» (GE 121).

  • Aquí podríamos suplicar al Padre de las Misericordias, poder unir nuestra fe y nuestras Obras…

Y Pedir: Padre Bueno, ayúdanos a confiar nuestra fragilidad al Fuego de tu Divina Misericordia…

Francisco, nos recomienda «contemplar el rostro de Jesús muerto y resucitado» y si esto no nos sale fácilmente -contemplar su Rostro- nos recomienda entrar en las entrañas del Señor: «Entra en sus llagas, porque allí tiene su sede la misericordia divina[4]» (GE 151).

Además de mirar y sentir al Señor es bueno considerar la misericordia de Dios en nuestra historia. Si estamos vivos, es que muchos han tenido misericordia de nosotros. «Trayendo a la memoria todos los beneficios que hemos recibido del Señor», como nos hace contemplar San Ignacio en la Contemplación para crecer en elamor, encontraremos en nuestra historia «tanta misericordia» (GE 153).

  • Aquí podríamos hacer memoria agradecida de toda la Misericordia con que Nuestro Padre ha regado la aridez que el pecado dejaba en nuestra vida…

Y Pedirle con mucha insistencia: que nunca dejemos de escuchar el llamado de Dios al perdón

Viene bien, traer el testimonio de María Gabriela Perin, citada en estas reflexiones…

«Lo que yo sé es que Dios crea historias. En su genialidad y su misericordia, Él toma nuestros triunfos y fracasos y teje hermosos tapices que están llenos de ironía. El reverso del tejido puede parecer desordenado con sus hilos enredados –los acontecimientos de nuestra vida– y tal vez sea ese lado con el que nos obsesionamos cuando tenemos dudas. Sin embargo, el lado bueno del tapiz muestra una historia magnífica, y ese es el lado que ve Dios».

Y hacer el Examen de conciencia para prepararnos a recibir la Belleza de la Resurrección de Jesús; como discernimiento más que de los pecados, de la novedad de Dios en mi vida… 

Eso nos rejuvenece y nos trae la Vida en Abundancia prometida por Jesús… porque para eso ha venido:

“Para que tengamos Vida en Abundancia”…

Que tengamos un camino fecundo en estos días, en que nos acercamos al Misterio del Amor hasta el Extremo…

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