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Momento de reflexión

Diego Fares sj

La meditación que Ignacio titula: «Llamamiento del Rey temporal (que) ayuda a contemplar la vida del Rey eternal» (EE 91-99), presenta una dificultad a nuestro “imaginario social”. Las figuras de los reyes actuales no parecen ser de gran ayuda a la hora de establecer una analogía con la imagen de  Jesús. Si pensamos en reyes antiguos, es fuerte el carácter negativo que se desprende de la imagen del rey yendo a las cruzadas. Incluso los símbolos del poder real, el trono, el bastón, la corona…, tienen más bien un carácter decorativo, o que debemos resignificar  interiormente para no unir “trono” con “poltrona”, “bastón” con  “manija”, “corona” con “coronita”. Y cuando usamos términos como “conquista” hay que explicar que el Señor conquista no por la fuerza, sino por el amor,  y que su poder es el del servicio, etc… Más aún, el modelo mismo de un Dios-Rey, aunque sea un Rey justo y bueno, no resulta muy convocante en nuestra cultura igualitaria y democrática, en la que cada individuo busca realizarse en algo propio y le resulta difícil confiar en un “llamado universal a una tarea común”.

Laudato Si: un llamado universal con características nuevas

Pese a todas estas dificultades, con el llamado del Papa Francisco en su Encíclica Laudato si a cuidar nuestra madre tierra algo de ese fuego, que era capaz de encender el llamado del rey en el corazón de un caballero medieval, pareciera haber vuelto a aparecer. Si lo sabemos escuchar, el llamado de Laudato si es verdaderamente un llamado universal. El Papa lo dirige: «A todos los hombres de buena voluntad» como decía San Juan XXIII en «Pacem in terris» (LS 3).

Afirmamos que es verdaderamente universal porque el estilo del llamado  responde a las dificultades que veíamos más arriba. En primer lugar, no es un llamado que el Papa hace «desde la altura de un rey o de un líder solitario», sino que es un llamado que retoma «muchos llamados». El Papa quiso que el texto fuera preparado de forma colegiada y para su redacción quiso contar con muchas personas de distinta condición, incluidos representantes de otras confesiones religiosas.  Además, la invitación no es a una nueva cruzada, sino a «un nuevo diálogo sobre el modo como estamos construyendo el futuro del planeta» (LS 13). La universalidad de este llamamiento es, por tanto, una universalidad que viene de escuchar a muchos e invita a dialogar con todos.

Un llamamiento sinodal

Una linda imagen del “sujeto con autoridad” que hace el llamamiento la podemos encontrar en los últimos Sínodos. En ellos, el Papa ha escuchado y participado -a veces como uno más, sin autoridad añadida, como expresó en una intervención durante el Sínodo de la Amazonia. Así, la imagen del Señor que a todos llama resuena de manera particular cuando la representa no la voz de una sola persona sino una voz común que surge en medio de un acontecimiento sinodal.

Hablar de un “llamamiento sinodal” nos evoca las palabras de Jesús, cuando afirma:  “El Padre que me ha enviado, él me ha ordenado de qué cosa hablar y qué debo decir. Las cosas que yo dijo, las digo así como el Padre me las ha dicho a mí” (Jn 12, 49-50). Como vemos, no se trata de la autoridad de un Jesús Rey que tiene la última palabra, sino de un Jesús Hijo que habla en comunión con el Padre. Este Jesús puede ser muy bien representado por un Sínodo que dialoga y habla en comunión entre sí y con el Papa.

Una autoridad distinta

Desde esta perspectiva,  es posible repensar el sentido profundo de la meditación que nos propone Ignacio, dejando que resuene todo lo que es “común”. Una frase significativa, por ejemplo, es la que dice que el rey «habla a todos los suyos»; otra es que el rey tiene una mirada sobre «toda la tierra»; una tercera, es que se trata de un rey que «se iguala con los demás», que dice a sus amigos que el que quiera seguirlo: “Ha de ser contento de comer como yo, y así de beber y vestir, etc.; asimismo ha de trabajar conmigo en el día y vigilar en la noche, etcétera”(EE 93). El padre Fiorito hacía notar ese “etcétera” con el que Ignacio nos invitaba a agregar otras cosas en las que nos haría bien ver a ese rey igualándose a nosotros. Aquí podemos decir que nos invita a “decidir con él” y a “llamar a otros en nombre de todos”. El estilo dialogal del rey y su igualarse con los demás nos hablan de una autoridad distinta. Una autoridad que no se impone por la fuerza, sino que persuade con el ejemplo de su vida.

La meditación entonces, gira en torno a algunos con autoridad humana que -en un proceso sinodal- son imagen de la Autoridad espiritual de Jesús. Una “autoridad” que ahora poseen y ejercen los que convocan con el ejemplo y el diálogo a empresas de interés común, que atraen libremente a todos; una autoridad que no teme respetar las diferencias; una autoridad que no se impone a nadie por la fuerza. Esto sería hoy lo que Ignacio llamaba un rey (y nosotros un sínodo) “tan liberal y humano” (EE 94).

Como nota podemos agregar que cuando dice que si alguno no responde al llamado de alguien así, debe ser reprobado por todos y considerado un «perverso caballero», nosotros podemos decir que es una persona “que no se juega por el bien común”. Quizás no nos parezca bien “vituperarlo” o “condenarlo”, ya que hoy es un valor respetar la postura de cada uno, pero si decir claramente que sería un tipo de persona con la que “es mejor no contar”.

Los valores esenciales no cambian

Hemos visto, pues, en torno a la figura del rey, cuánto ha cambiado el paradigma en que vivimos y cómo afecta esto a las expresiones que usamos para anunciar el evangelio. Con la caída o el vaciamiento de la palabra “rey” caen o se vacían de contenido y de poder de convocatoria no solo otras palabras, sino también estructuras e instituciones enteras. Como el rey tiene hoy una autoridad más bien decorativa, la autoridad como tal se ha resentido y se vive como decorativa, cuando no como autoritaria. Como el orden jerárquico se utiliza mucho para vanidad y provecho de los que estaban más arriba, pareciera que todo orden jerárquico se vive como una avivada de algunos para pasarla bien.

Sin embargo, es el valor de la autoridad lo que da valor al rey, y no al revés.  Autoridad viene del latín “augere” y significa “promover”, “hacer crecer” . Tiene autoridad y es bueno que mande el que puede hacer crecer a los otros, el que promueve el bien común. Ahora bien, si el rey no encarna y ejerce esta tarea, el poder no debe quedar vacante, sino que alguien o un equipo debe asumir la autoridad para hacer crecer a los demás.

Si pensamos en el orden jerárquico, es verdad que se debe impedir que alguno lo utilice para tener un trato especial que solo redunde en beneficio suyo. Pero esto no significa que sea malo dar un trato especial a alguien para que redunde en un mayor bien de sus subordinados. Hay que reconocer que la palabra de un médico debe estar por encima de otras en un hospital, por dar un ejemplo, y que darle privilegios para que no se contagie él y descanse bien en una situación como la de la pandemia actual, es algo que redunda en beneficio de los más débiles, de los enfermos a los que ese médico cura.

En  fin: hay que cambiar al rey decorativo y al trepador parásito, pero no disminuir el valor de la autoridad ni el de la jerarquía, ya que hacen a la esencia del bien común.

Ha cambiado nuestro “sensorio social”

Esta dinámica que hace que al devaluarse la figura que encarna un valor  se devalúe el valor mismo se ha radicalizado de manera abrupta con la pandemia del coronavirus. Porque no es que sintamos el vacío de este o de aquel valor concreto, sino que el distanciamiento social ha afectado nuestra vida en su carácter expresivo mismo, que necesita cercanía. La vida se comunica y se expresa en el contacto físico, en la proximidad, en la comunión. Por eso sentimos y con razón que el distanciamiento ha afectado todo de una manera que no podemos mensurar. Lo experimenta de manera violenta el familiar al que no lo dejan entrar al hospital o al geriátrico a ver a un ser querido enfermo. Y lo experimentamos de mil maneras en todos esos pequeños gestos de alejamiento que nos vemos obligados a adoptar de manera antinatural.

Así como tenemos un “imaginario social” que a través de ideas e imágenes potentes influye en la perspectiva desde la cual vemos y juzgamos la realidad, también existe algo que a falta de otra palabra llamaremos un “sensorio social”.

La distancia social es diferente en cada pueblo. Vemos como unos saludan con tres besos en la mejilla y otros con una simple inclinación de cabeza. Hoy al no estar inmersos en el tipo contacto que nos era habitual, experimentamos que la cercanía, el saludo afectuoso al encontrarnos y despedirnos, todo lo que emana de la corporeidad del otro, es algo más básico y fuerte incluso que las imágenes y los sonidos. Algo nos pasa al ver las ciudades vacías, al sentir el peso del silencio que invade la tarde como un manto, al no poder compartir un espectáculo vibrando codo a codo con los demás, al no poder saludar con un abrazo y un beso a los cercanos, o simplemente al sentir temor de compartir el aire y el espacio común.

El distanciamiento social nos hace percibir aguda y dolorosamente, cómo todas nuestras estructuras y todas nuestras cosas están fabricadas para ser compartidas en cercanía, desde los transportes -sean subtes o ascensores- hasta los baños de nuestras casas. Al no poder usarlos o al tener que “hacer fila y esperar”, al tener que frenar el movimiento de acercamiento que brota espontáneo, se ve afectada la vida misma junto con la expresión cambiada o ausente. La vida está afectada no en este o aquel punto, sino en el origen mismo de su carácter expresivo: está contaminada la respiración propia y ajena, el “aliento de vida”.

Por eso tienen razón tanto los que dicen que con el coronavirus “no cambiará nada” -en todo caso el mundo será solamente “un poco peor” (Houellebecq)-, como los que afirman que cambiará todo -los billetes, la privacidad, los espectáculos públicos, la investigación, la enseñanza, el trabajo, la liturgia…-.

Cuestión de peso

Sea que cambien “las cosas” o no cambien, lo que se ha visto afectado es lo que llamaría la relación entre “el peso” de las personas y sus “expresiones”.

Un ejemplo evidente se comprueba en las reuniones virtuales en las que nos vemos todos en una pantalla compartida. La falta de “peso” de nuestras imágenes compuestas de “bytes” se siente al apagar la pantalla. Como si fuera que mientras duró la conexión y se estableció contacto, uno sintió a la otra persona, pero al terminar la conexión, es como si lo que queda tuviera poco peso. Se ve que el contacto físico activa muchas más cosas de las que pueden comunicarse a través de una imagen digital.

Podemos sacar algo positivo de este fenómeno nuevo que se produce por el prolongamiento de la distancia social?

Creo que sí, si vamos al fondo. Si vamos a aquello que “tiene peso propio” y por eso se “expresa por todos los poros”, eso que requiere cercanía y contacto total -físico, psicológico y espiritual- para poder “comunicarse en plenitud”.

Peso propio lo tenemos solo las personas. Los demás seres, tienen peso en la medida en que comparten algún rasgo de nuestro ser personal. En ese sentido “pesa” más un perro que se ha criado con nuestros hijos, que una planta. Y un árbol que plantaron nuestros abuelos en el jardín y ha sido testigo de la historia familiar, pesa más que un parque lejano. Pesan por sí mismos los seres que son más dueños de sí y que en cada expresión libre se pueden expresar, íntegramente, con todo su ser.

El Peso de la Gloria del Padre                                                                     

Con estas reflexiones abordamos la imagen central de la meditación del reino, cuando Ignacio “hace hablar a Jesús que dice que su voluntad es “entrar (con todos) en la Gloria de su Padre” (EE 95).

En hebreo la palabra Gloria -la Gloria de Dios- encierra la idea de “peso” y de “calidad”. Dios irradia por su propio peso: haciendo gravitar el universo en torno a su Persona misma, que se dona entera como Amor y Misericordia. El corazón entero del Padre está en cada gesto suyo. Y así también juzga nuestros gestos, dando tanto valor a los más pequeños: que compartamos un vasito de agua con un pobre en su Nombre. Cuando decimos que lo hacemos “para Gloria suya” no es para que Él “se lleve” una gloria externa, lo cual no tendría sentido. Hacer las cosas para mayor gloria de Dios es hacerlas como las haría Él, eso significa “en su Nombre”. Y Él las asume así: bendice como si lo hubiera hecho Él en persona el gesto de amor que hicimos nosotros. Por eso es que lo que hacemos “para mayor Gloria de Dios” -imitando su modo de ser y de irradiar- no es ni pequeño ni grande, sino que es íntegro.

La expresión “entrar en la gloria del Padre” no es entrar a ver su gloria como un si fuera un espectáculo, es entrar en su órbita, como los planetas en torno al sol y experimentar su Peso, su fuerza de gravedad, su poder de atracción.

Por eso decíamos que, el hecho de “no sentir el peso de las personas” al no poder estar cerca físicamente, puede ayudar -por contraposición- a experimentar el “Peso de la Gloria de Dios” a captar que es el Peso de su Persona el que da peso y consistencia a todo lo creado. Lo podemos experimentar en la oración, pidiendo al Espíritu Santo la gracia de “usar” este sentido que tenemos para el  “peso espiritual de las personas”. Es un sentido muy particular: tiene que ver con la existencia misma de cada persona y de cada ser, que se siente en sus cualidades concretas pero no se reduce a ellas.

El distanciamiento social nos permite experimentar que al no poder dar un abrazo, el abrazo que queremos dar -o el gesto que lo reemplace – debe “tener peso”, debe ser con todo el afecto, debe ser de corazón, íntegro, no meramente formal. La palabra afecto es importante. El afecto es la síntesis de los sentidos físicos y de la inteligencia y el amor espirituales. Y como es una síntesis, lo que a un sentido o a una potencia le falta, lo suple la síntesis. Esa es la fuerza grande del afecto que pone en relación la totalidad de mi ser con la totalidad del ser del otro y aunque “falte” esto o aquello, el afecto está siempre íntegro. Así como uno es siempre una persona íntegra (no media ni dos) y cuando actuamos o padecemos desde lo que somos como personas “nos irradiamos” íntegramente (gloria).

En este tiempo debemos experimentar (no solo escuchar y entender) la atracción de este “llamado” que emana del “peso de la Gloria de Dios”.

El llamado en Laudato Si

Se trata de un llamado que el Padre no hace “hablando con palabras externas” (Ya habló todo en su Hijo), sino haciéndose sentir en el peso que tiene cada creatura por sí misma: “Estamos llamados a reconocer que los demás seres vivos tienen un valor (peso) propio ante Dios y, ‘por su simple existencia, lo bendicen y le dan gloria’, porque el Señor se regocija en sus obras (cf. Sal 104,31) (…) Hoy la Iglesia no dice simplemente que las demás criaturas están completamente subordinadas al bien del ser humano, como si no tuvieran un valor en sí mismas y nosotros pudiéramos disponer de ellas a voluntad. Por eso los Obispos de Alemania enseñaron que en las demás criaturas « se podría hablar de la prioridad del ser sobre el ser útiles». (LS 69).

Si reconocemos en toda la Creación que cada cosa no es solo ella misma sino que el Creador habita de manera misteriosa pero real en ella, entonces el llamado es  “a ser los instrumentos del Padre Diospara que nuestro planeta sea lo que él soñó al crearlo y responda a su proyecto de paz, belleza y plenitud» (LS 53). Dar Gloria a Dios es cuidar y promover a cada creatura suya. Como dicen “Los Obispos de Brasil: toda la naturaleza, además de manifestar a Dios, es lugar de su presencia. En cada criatura habita su Espíritu vivificante que nos llama a una relación con él. El descubrimiento de esta presencia estimula en nosotros el desarrollo de las « virtudes ecológicas ». (LS 88).

En esto san Francisco es el modelo que nos presenta el Papa: el santo de Asís “se sentía llamado a cuidar todo lo que existe’. Su discípulo san Buenaventura decía de él que, ‘lleno de la mayor ternura al considerar el origen común de todas las cosas, daba a todas las criaturas, por más despreciables que parecieran, el dulce nombre de hermanas’” (Ls 11).

Dar a cada creatura el peso del trato afectivo que le damos a un hermano y a una hermana es dar a Dios el peso del trato afectivo que se le da a un verdadero Padre.

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Momento para contemplar

 Marta Irigoy

Estamos atravesando un tiempo raro, difícil para algunos y muy fecundo para otros…

Escuchando a las personas, a veces no es fácil encontrar palabras para responder a los acuciantes momentos que muchos están atravesando, desde problemas económicos o situaciones de soledad que en estas circunstancias se hacen más patentes y gritan silenciosamente mirando por las ventanas…

Me ayuda mucho, tener una actitud y mirada contemplativa cada día, para descubrir el llamado que el Señor me hace a mí, aquí y ahora…

La meditación del Rey que llama a todos a sumarse a su Bandera y a su causa puede ayudarnos a descubrir cómo resuena, en nuestra propia cotidianeidad, un llamado concreto y personal a  hacer crecer el Reino de Dios…

En Laudato Si, nos encontramos varias llamadas que el Papa Francisco nos invita a escuchar;  por eso, vamos a pedir con fuerza y devoción:

Eterno Señor de Todas las Cosas,

ayúdanos a tener un oído de discípulos

para que estemos atentos al querer del Padre

con la confianza de saber que el Padre ha puesto todas las cosas en tus Manos…

Esas manos que nos cuidan y sostienen

en las pequeñas búsquedas cotidianas para hacer de nuestro mundo

ese lugar maravilloso donde nos soñaste…

 

Luego, podemos leer estos llamados cimentados en  Laudato Si,  para “sentirlos y gustarlos”  y poder así responder con alegría: Aquí estoy, Señor! Envíame…

Llamado del Padre:

“Estamos llamados a ser los instrumentos del Padre Dios para que nuestro planeta sea lo que él soñó al crearlo y responda a su proyecto de paz, belleza y plenitud” (LS 53).

Llamado de la Carta de la tierra:

“Como nunca antes en la historia, el destino común nos hace un llamado a buscar un nuevo comienzo[…] Que el nuestro sea un tiempo que se recuerde por el despertar de una nueva reverencia ante la vida; por la firme resolución de alcanzar la sostenibilidad; por el aceleramiento en la lucha por la justicia y la paz y por la alegre celebración de la vida –Carta de la Tierra, La Haya (29/6/ 2000)” (LS 207).

 Llamado a una cultura del cuidado

“Una cultura del cuidado que impregne toda la sociedad. Cuando alguien reconoce el llamado de Dios a intervenir junto con los demás en estas dinámicas sociales, debe recordar que eso es parte de su espiritualidad, que es ejercicio de la caridad y que de ese modo madura y se santifica” (LS 231).

Para rezar y contemplar:

¿Cuál es el llamado del Señor, que este tiempo me hace?

¿Me animo a darle mi si?

Terminar este momento  con esta poesía que en estos tiempos circula mucho por redes sociales, pero quizás en este momento, nos ayuda a ser disponibles a la  Voz del Buen Pastor, que nos conoce y sabe lo que estamos necesitando…

ESPERANZA

(Alexis Valdés)

Cuando la tormenta pase
Y se amansen los caminos
y seamos sobrevivientes
de un naufragio colectivo.

Con el corazón lloroso
y el destino bendecido
nos sentiremos dichosos
tan sólo por estar vivos.

Y le daremos un abrazo
al primer desconocido
y alabaremos la suerte
de conservar un amigo.

Y entonces recordaremos
todo aquello que perdimos
y de una vez aprenderemos
todo lo que no aprendimos.

Y no tendremos envidia
pues todos habrán sufrido.
Y no tendremos desidia
Seremos más compasivos.

Valdrá más lo que es de todos
Que lo jamás conseguido                                                                                                                                            Seremos más generosos
Y mucho más comprometidos.

Entenderemos lo frágil
que significa estar vivos
Sudaremos empatía
por quien está y quien se ha ido.

Extrañaremos al viejo
que pedía un peso en el mercado,
que no supimos su nombre
y siempre estuvo a tu lado.

Y quizás el viejo pobre
era tu Dios disfrazado.
Nunca preguntaste el nombre
porque estabas apurado.

Y todo será un milagro
Y todo será un legado
Y se respetará la vida,
la vida que hemos ganado.

Cuando la tormenta pase
te pido Dios, apenado,
que nos devuelvas mejores,
como nos habías soñado.

Link para mirar en video: https://www.youtube.com/watch?list=RDp-qgBTHqZk4&v=p-qgBTHqZk4&feature=emb_rel_end

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Momento de reflexión

Diego Fares sj

El imaginario sobre el mal [1]

El lenguaje que usa San Ignacio en sus Ejercicios Espirituales nos presenta algunas dificultades y siempre requiere alguna adaptación. La imagen del rey (en la meditación del “Llamamiento del rey temporal que ayuda a contemplar la vida del Rey eternal” (EE 91 s.), por poner un ejemplo, es hoy una imagen desgastada culturalmente. Es difícil encontrar un modelo de persona a la que se le pueda ofrecer un seguimiento y un servicio que impliquen una entrega total y una lealtad incondicional como la que los vasallos ofrecían a su rey. Tengamos en cuenta que el rey era uno que luchaba codo a codo con sus caballeros y soldados, convivía con ellos en el campamento e iba al frente en la batalla. Un rey que decía a sus compañeros: “El que quisiere venir conmigo ha de estar contento de comer como yo, y así de beber y vestir, etc., y ha de trabajar conmigo en el día y vigilar en la noche…” (EE 93).

En las meditaciones sobre el pecado tal como las presenta Ignacio también encontramos un desfasaje con el lenguaje y las imágenes. La imagen del alma encerrada en este cuerpo corruptible (EE 47) o las imágenes del infierno – oír con las orejas llantos, alaridos, voces, blasfemias (de los condenados en el infierno) contra Cristo nuestro Señor; oler con el olfato azufre y cosas pútridas; gustar con el gusto el verme de la conciencia; sentir con el tacto los fuegos que tocan y abrasan las almas… (EE 66-70)- son imágenes que nos parecen de otra época y al escucharlas las ponemos entre paréntesis. Sin embargo eran imágenes muy vivas que tocaban la sensibilidad de la gente de aquella época!

Con el desgaste de la imagen desaparece el valor que expresaban

El problema de fondo está en que con el desgaste de las imágenes desaparece la realidad que significan. Con el desprestigio de la imagen del rey, por ejemplo, desaparece el valor que tienen un seguimiento incondicional y una lealtad de ida y vuelta a toda prueba. Con el desgaste de las imágenes sensibles del diablo y del infierno desaparece el sentido del pecado como algo detestable porque nos trae la muerte eterna.

Cuando una cultura crea un mundo de imágenes para pintar realidades -bellas o amenazantes- es porque siente y vive esas realidades. Nuestros miedos actuales, por ejemplo los expresamos en las series con zombis, catástrofes naturales y pandemias que se han vuelto populares en los últimos años. Reflejan -con mayor o menor arte- las realidades que nos afectan.

Imaginario con “mitos de baja intensidad”

El punto es que al desgastarse un imaginario -como puede ser el imaginario medieval y barroco sobre el mal-  no lo cambiemos por otro con imágenes de “baja intensidad”, que dejan sin expresión muchos valores que las otras imágenes, más poderosas, encarnaban. La lealtad entre amigos no tiene que estar necesariamente encarnada en la  imagen de un rey y su vasallo, pero la imagen de dos deportistas que son leales al equipo viene en el envase de una lucha menor, una lucha deportiva en la que uno no se juega la vida. La imagen expresa la lealtad usando una expresión que cualitativamente tiene menor intensidad. El horror al mal puede usar imágenes de infiernos (mal eterno, en el que la idea de eternidad está desgastada) o zombis (mal planetario pero pasajero), pero lo que las imágenes que usemos no pueden es  hacernos perder el sentido profundo de que el mal mayor es fruto de una libertad y no algo meramente físico y externo.

Esta consideración nos permite dar un paso adelante en el problema del imaginario sobre el mal. Veamos si logro expresarlo con ejemplos. Hoy nadie se asusta ni siente repulsión con la imagen antigua o medieval del demonio. Pero las imágenes de los zombis sí que nos dan repulsión y temor. Sin embargo, si uno analiza bien, los zombis se mueven desarticuladamente, solo te contagian si te muerden y cuando se les golpea en la cabeza, mueren. Son muy desagradables y cuantitativamente peligrosos pero en sí mismos, uno por uno, son tontos y débiles. En cambio la imagen de maldad que encarnaba el diablo era la de un ser mucho más peligroso y digno de temor; un ser inteligente y libre, capaz de engañar tomando otra apariencia (los zombis se ve de lejos que son feos y malos). Más allá de que “no creamos” ni en diablos ni en zombis, lo que cada imagen transmite tiene distinta densidad.

Incluso la imagen del coronavirus, que hoy nos causa tanto miedo, tiene características dignas de temor, como su capacidad de contagiarse, de replicarse y de apoderarse de nuestras células para vivir, pero no dejan de ser características materiales que suscitan un temor limitado.

Discernir los males verdaderamente malos

Se ve adonde queremos llegar: las imágenes que usamos para exorcizar los males deben apuntar a los males más malos, no a cualquier mal. No puede ser que le temamos más a un virus que nos puede enfermar el cuerpo – e incluso matar físicamente- que a un “disvalor” que nos puede volver inhumanos, como son el egoísmo, la avidez, la agresividad o el anestesiamiento. Una sociedad que no discierne los bienes y los males verdaderos y que, al no discernirlos, no los jerarquiza, es una sociedad que ha contraído un virus de muerte y corrupción en su raíz cultural.

Anestesia de la indiferencia

Le tenemos pánico a un virus que ha matado 37.829 personas en tres meses y no sentimos nada – estamos anestesiados – ante la cifra de los 18.000 niños que mueren de desnutrición en un solo día!

Nos aterra ver cómo crece cada día el número de contagiados en el mundo. Hoy el mapa del covid-19 dice que son 189.796 en US Y 105.792 en Italia, 1.054 en Argentina (y todos subiendo). Sin embargo no nos estremece que el campo de refugiados de Dadaab (Kenia) -formado por tres campos -Hagadera, Dagahely e Ifo) vivan hacinados 245.126 personas, en su mayoría somalíes. Y que el campo de Dollo Ado (Etiopía) tenga 212.023 personas y mueran 10 niños cada día -900 en estos tres meses, 3.550 desde la fecha de esta estadística, que es del año pasado.

Como el hambre no es contagioso y a los refugiados se los puede encerrar en estos lugares, no nos causan temor (ni nada nos causan, ni siquiera sabemos de la existencia de estos campos). Solo nos da miedo cuando vemos algunos miles en gomones que se aproximan a la costa.

La desjerarquización de los males: el mayor mal de nuestro tiempo

Las estadísticas y las imágenes nos presentan como dignos de terror algunos males pero desjerarquizan el mal, le quitan su esencia, su grado cualitativo de daño. Este es quizás el mayor mal de nuestro tiempo: la pérdida de sentido del mal, la perdida de sentido del pecado.

El pecado es la acción mala concreta (física, sicológica, espiritual y social) que cometo yo libre y conscientemente y que me afecta a mí y a toda la comunidad en todos estos niveles. El sentido de la jerarquía es clave a la hora de combatir el mal.

En estos últimos tiempos hemos ido tomando conciencia de los pecados contra la humanidad: los genocidios, los pecados de lesa humanidad, los crímenes de guerra, los pecados de agresión. El Papa quiere que se agregue el “ecocidio”, todo lo que daña el planeta y -a la corta o a la larga-, nos afecta a todos.

Un comienzo de jerarquización que se había perdido

Con el coronavirus el mal a nivel planetario ha dejado de ser una idea de los de Greenpeace, un documento papal o un videíto de YouTube y se nos ha convertido en una experiencia dolorosa concreta y común. El imaginario se ha despertado pintando el virus en toda su fealdad. Imágenes de médicos y enfermeras vestidos de astronautas, que antes nos habían hecho sentir que eran de ciencia ficción o para ir a una aldea del áfrica a tratar el ébola o entrar en Chernobyl, hoy son imágenes de la enfermera conocida del barrio o el médico de la familia, que nos manda un mensajito desde el hospital en el que trabaja 13 horas por día.

La imagen de gente que muere de hambre encerrada no es la del campo de refugiados  de Dadaab, sino la del asilo de ancianos vecino. En Bérgamo en 20 días murieron 600 ancianos en los asilos y centros diurnos luego de que entre 2.000 y 5.000 empleados se ausentaron por enfermedad y dejaron a los viejos sin atención ni comida, en uno por dos días.

Ahora bien, el imaginario del virus destaca algunos aspectos del mal: la relación entre la enfermedad de uno y la del resto, el contagio, la circulación asintomática, los medios extraordinarios que se requieren para contenerlo: cuarentena, cierre de aeropuertos, hospitales enteros a disposición… Pero lo importante es que ha entrado en juego otra relación importante para juzgar el mal: la de la libertad humana en relación con la naturaleza. Esta es una de las claves en las que se mostrará si aprendimos la lección de lo que una “pequeña” irresponsabilidad cuesta, de lo que un acto de soberbia en el manejo irrespetuoso de la realidad cuesta. Lo que cuestan las mentiras, decía el científico de Chernobyl, al hablar de cómo el estado había ocultado los peligros que podía ocasionar usar recursos más baratos en la construcción de los reactores nucleares.

Está desdibujado el «sentido cualitativo del pecado».

Por qué se desjerarquiza y desdibuja el sentido del mal? Una clave está, creo, en no tener en cuenta el aspecto cualitativo. Solo pensamos cuantitativamente: lo más malo es lo que se puede replicar y contagiar a más gente.

Pero esto es así por un motivo más profundo: porque también al bien lo pensamos cuantitativamente: lo que puede aumentar, como el dinero o la velocidad de los aparatos, lo que podemos consumir: más cosas, más espectáculos, placeres más repetidos e intensos…

Pero el bien no solo es cuantitativo sino que puede crecer infinitamente en calidad: se puede amar más gratuita, desinteresada y creativamente cada día a los que amamos. Se puede amar a cada ser y a cada persona de acuerdo a lo que es, y esto dilata y hace crecer nuestro corazón al mismo tiempo.

El amor nos hace “hacernos” y transformarnos a imagen y semejanza de los que amamos.

El que ama la naturaleza expande su alma como se expande un paisaje, un bosque o una galaxia.

El que ama el mundo animal se enriquece con la vida que se ha especializado en algo en cada especie y lo desarrolla comunitariamente.

El que ama una cultura puede amar otras y experimentar la riqueza infinita de cada lengua y de cada pueblo, con sus comidas, ritos, músicas, artes y religiones.

El que ama a Dios va haciendo su corazón semejante al Suyo, creciendo en compasión y en sabiduría, teórica y práctica.

También el mal tiene distinto grado cualitativo.

Un solo acto de maldad libre es infinitamente más malo y dañino que todos los males “materiales” del mundo.

La opresión de un poderoso a un débil por pura maldad es infinitamente más mala que un terremoto.

Un abuso a un niño inocente es más devastador que un tsunami.

Una calumnia esparcida por los medios es peor que una pandemia… Y así.

Si pudiéramos graficar como se grafica el contagio cuantitativo del virus el contagio cualitativo que cada acto deliberadamente malo causa en el alma de otra persona y cómo esto repercute luego en su vida quedaríamos tan espantados como Santa Teresa cuando Dios le mostró por un instante el infierno.

El problema del mal no está en la maldad del mal sino en la desjerarquización del bien

Por eso hay que tomar conciencia de que el problema del mal no está en el mal, sino en el bien. En el bien mal hecho o hecho a medias. No es cuestión de encontrar imágenes de males cualitativos, como puede ser el de un Ser que haga el mal libremente por pura maldad, como es el demonio y que sea capaz de tentarnos a hacer lo mismo y de contagiarnos su maldad. Vemos lo que sucedió exagerando el miedo al demonio y con el intento de poner contenciones al mal con prohibiciones, preceptos y castigos. Sucedió que se exageró de más y la imagen del diablo terminó por resultar ridícula. Sucedió que se exageraron algunos pecados y se olvidaron otros y cuando cambió la sociedad perdió autoridad la lista de pecados. Hoy se hacen nuevas listas y ayuda poner, por ejemplo, el “ecocidio” entre los pecados contra la humanidad (el genocidio, los crímenes de lesa humanidad, de guerra y de agresión)[2]. Pero no basta. El mal cualitativo pierde consistencia en nuestra conciencia y en nuestra manera de pensar social cuando se fragmenta el bien, cuando se desdibuja el Bien Mayor, el Amor y la Misericordia de un Dios personal.

Si no hay un Bien así de grande -grande como para tener un Corazón de Padre, grande como para ser un Amigo fiel capaz de dar su vida por sus amigos como Jesús, grande como para insuflar su Espíritu a todos los pueblos, como es el Espíritu Santo- si no existen Bienes así, personales, cualitativamente hermosos e incondicionales, ningún mal será suficientemente grande como para hacernos cambiar. Solo el deseo de poseer un Bien tan grande y el temor de perderlo puede despertar la conciencia de lo malo que puede ser el mal libremente cometido por pequeño que sea.

La tesis, por tanto, es que el mal está fragmentado porque está fragmentado el bien: porque en el paradigma actual no están bien gustados ni bien formulados ni el Bien Absoluto, ni el bien más interior del corazón -la libertad-, ni el bien común de todas las personas y de la creación.

Ignacio jerarquiza el bien y así contextualiza el mal

El esquema de Ignacio en los Ejercicios con los pasos que nos va haciendo dar, ayuda a reconstruir el bien en su integridad y esto hace que se vaya viendo que el bien tiene que ser “integral” y que el mal se da por cualquier deficiencia, pequeña o grande, porque el bien está interconectado.

No corresponde aquí analizar toda la estructura de los Ejercicios, sino que notaremos algunos puntos clave que nos indican cómo la jerarquización del Bien es la clave para discernir el mal.

El bien mayor la libertad que elige el bien

Los ejercicios giran en torno a nuestro bien mayor que es “buscar y hallar y elegir el bien concreto que nos pone en sintonía -de adoración y servicio- con nuestro Bien sumo, con Dios nuestro Señor”.

Lo que atenta contra esta “elección de vida” será lo más malo.

Ahora bien, lo que más se opone a que cada uno busque y encuentre, elija y siga su vocación, su manera personal y carismática de realizar el bien en su vida, no serán males anónimos ni meras debilidades, sino la “dañada intención y crecida malicia” del demonio (EE 325 y 331).

El mayor bien para un ser libre es otro ser libre que lo quiera y ayude. Y el mayor mal, no son “cosas” o debilidades, sino otra libertad que se le oponga y le quiera hacer “daño”.

Siguiendo la pista de los daños que causa el pecado se puede llegar a la imagen del Bien precioso que tiene Ignacio en el corazón y que expresa a su modo, con un imaginario en el que juicios y castigos no son sino modos de  ayudarnos a aborrecer el mal y lanzarlo.

El mayor daño: pasar de gracia a malicia

El primer daño es el que el pecado causó a los ángeles y que consistió en que convirtieron de gracia en malicia. “Habiendo sido creados en gracia, no queriéndose ayudar con su libertad para hacer reverencia y obediencia a su Creador y Señor, viniendo en soberbia,  fueron convertidos de gracia en malicia y lanzados del cielo al infierno” (EE 50). Esta dimensión es la más honda del pecado: el pecado ataca nuestra libertad. Al bien impagable de “haber sido creados en gracia” -gratuita y gozosa es la experiencia de estar recibiendo el don de la vida!- se le agrega otro bien mayor aún: el de poder “ayudarnos con la libertad” a alabar, hacer reverencia y servir amorosamente a nuestro Creador y Señor (Principio y Fundamento). El pecado nos roba este bien tan personal de poder dar libremente nuestro amor. El daño es pasar de vivir en la gracia a vivir en la malicia. La libertad usada con malicia es el mayor mal, es un mal que corroe desde lo íntimo, un mal que se alimenta con el don bueno y lo corrompe. Ser infectados en el núcleo mismo de nuestro ser creatural es el daño más terrible porque es un daño que nos autoinfligimos. Si a algo hay que temer es a esta “conversión negativa”, de gracia en malicia. Los ángeles, como su libertad era absoluta, en un solo acto se pudieron convertir en demonios. A nosotros nos lleva más tiempo, pero la contaminación del virus de la soberbia es la misma que en los ángeles.

La soberbia dañina del paradigma tecnocrático

Nosotros tenemos nuestra libertad condicionada (gracias a Dios) por mil circunstancias que nos atan a nuestra corporalidad, a nuestra temporalidad, a nuestro entorno. Sin embargo, hoy en día, la tecnología nos da algunos seres  humanos la posibilidad de realizar actos que tienen algo de absoluto, especialmente en lo que hace a poder destruir el planeta y causar daños masivos a los demás. En ese sentido los pecados de soberbia “tecnológica, tecnocrática y tecnoeconómica”- qué tan a fondo analiza el capítulo III de Laudato si–  son un reflejo de la soberbia angélica, que con un solo acto de “no adoración” desató el infierno. Esta soberbia actúa en general escondida o en cámara lenta, pero hay momentos en que la vemos en toda su magnitud, como cuando ocurre la soberbia humana produce un desastre nuclear o produce cambios climáticos que amenazan la vida del planeta. También la vemos hoy en slogans que aparecen, como el de  “con mi cuerpo hago lo que quiero”. El bien de la libertad es para ser protagonistas de nuestro propio bien, no para ser protagonistas de nuestro mal.

La vergüenza como signo de no estar dañado por la corrupción

Frente al pecado, Ignacio nos hace “pedir la gracia de sentir vergüenza y confusión de mí mismo” (EE 48). Allí donde no sentimos vergüenza del mal una de dos o no es un mal tan grande o nos hemos corrompido. Por eso la importancia de presentar bien el Bien. A mi me ayuda ponerme ante actos muy pequeños, como dar una limosna que alegra a un niño pequeño que pide en el subte. Es un gesto que puedo hacer libremente, sin que me cueste ningún esfuerzo heroico. Una cosa es si no di por desatención o apuro. Otra cosa es si libremente no lo hago y luego, en vez de avergonzarme para la próxima oportunidad, me justifico y lo adopto como actitud -yo no doy limosnas-. Esto es señal de que me he corrompido. No estoy hablando de avergonzarnos de pecados que socialmente hoy no son vergonzosos como antes, sino de empezar con pecados que van contra el uso en gracia de mi libertad.

La vergüenza y confusión, decía el Papa en Santa Marta, son gracias.  Examiná tu vida y buscá tus pecados. Seguro que vas a encontrar. Y si encontrás y te da vergüenza, agradecé! Porque es señal de que no sos corrupto. El corrupto no solo no se avergüenza sino que se jacta de la libertad absoluta que experimenta en la maldad.

El Bien máximo, por tanto, es la libertad. Sentir vergüenza de usarla con malicia, dolerme de haberla usado para hacer el mal y no el bien al que por sí misma se siente inclinada, es lo que me permite “jerarquizar” los males de adentro hacia afuera: de lo más libre y personal de mi conciencia hacia los deberes que se me imponen de afuera.

Los dos Bienes mayores: la Libertad del Padre misericordioso y la Libertad con que Jesús nos da su vida

Antes de terminar, reforzamos esta jerarquización del Bien recordando los dos coloquios que Ignacio nos invita a hacer en cada meditación de los pecados. Son coloquios de misericordia. Coloquios que uno hace “charlando como un amigo charla con su amigo”. Y el tema es la Libertad de Dios. La libertad de Cristo, que libremente “se hizo pecado” por mí, que no asumo ni me avergüenzo de los míos (EE 53). Y la libertad del Padre, cuya Misericordia y bondad infinita me han dado vida hasta ahora y no me condena sino que me espera para perdonarme (EE 61).

Ante el Bien Mayor de estas Libertades y el bien que significa poder usar bien la mía, se reordenan los otros bienes y sin necesidad de muchas prédicas morales externas, mi conciencia discernirá, en medio de las ambigüedades de las distintas opiniones, lo que es malo porque atenta contra ese don de Dios, contra ese bien sumo que es el uso de mi libertad para amar y no para dañar.

 

Momento para Contemplar

Marta Irigoy

Estamos atravesando uno de los momentos a nivel mundial, de país, de familia; de mayor incertidumbre, angustia y para muchos de soledad, al tener que quedarnos en casa y no poder realizar nuestras tareas cotidianas… Esas tareas que nos llenaban de sentido la vida…

Sin embargo, la invitación de este tiempo es poder sacar “bien” de este  “mal” que nos acecha: rezando más, agradeciendo, celebrando la vida…

En este tiempo hay algunas de las frases que circulan en muchas redes, acompañadas de fotos con personas en situaciones de servicio y entrega son:

  • “Aquí se está salvando al mundo”
  • “Acá se está haciendo patria”
  • “Yo me quedo en casa” -esta es una frase en donde ponen fotos de muchas mujeres mayores que están cosiendo barbijos y camisolines para los hospitales…-

Y quizás, desde esta perspectiva de saber mirar nuestra realidad desde el bien que nos rodea y del bien  que somos capaz de hacer y brindar; nos ayudara a conectar con la certeza más honda y verdadera de nuestra vida:

“Hemos sido creados para alabar, hacer reverencia y servir…”

Como dice San Ignacio en el Principio y Fundamento, sabiendo que el mayor don que nos ha sido dado con la vida es la libertad…

Por eso, la lectura de lo arriba escrito por el P. Diego, nos puede ayudar a reflexionar y meditar sobre esta realidad del pecado en la propia vida, la sociedad y el mundo, para poder  descubrir cómo y dónde nuestra “vocación primera” está siendo amenazada y luego  sacar provecho para poder “convertirnos al bien” con la certeza de que nuestro puesto de servicio está en  dar, cuidar y sostener la vida…

A las puertas de una Semana Santa, tan diferente y en donde muchos la viviremos en la soledad (solos o juntos con la familia o nuestra comunidad) podremos sentirnos muy unidos como Iglesia y  acompañaremos al Señor, en silencio y oración hasta la Pascua donde la certeza de la Resurrección nos recordara otra de las frases que en este tiempo circula mucho y los niños la dibujan junto al Arco Iris:

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[1]  Imagen que un grupo social, un país o una época tienen de sí mismos o de alguno de sus rasgos esenciales.

[2] Hay crímenes que afectan no solo a personas individuales sino que atentan contra la humanidad. En el 2002, el Estatuto de Roma de la Corte penal internacional, definió cuatro categorías: el genocidio, los crímenes de guerra, los de lesa humanidad y los de agresión. El Papa, el año pasado propuso una quinta categoría: el “ecocidio”. Señaló las conductas ecocidas: “la contaminación masiva del aire, de los recursos de la tierra y del agua, la destrucción a gran escala de flora y fauna, y cualquier acción capaz de producir un desastre ecológico o destruir un ecosistema”. Afirmó también: “Nosotros debemos introducir ―lo estamos pensando― en el Catecismo de la Iglesia Católica el pecado contra la ecología, el pecado ecológico contra la casa común, porque es un deber”(Francisco, 15 noviembre 2019).

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Este año el tema de nuestros talleres de Ejercicios Espirituales tiene que ver con la Ecología, con lo que el Papa en Laudato si llama “Espiritualidad ecológica” (LS 202 ss.).

Hablando a los movimientos populares en Bolivia, recuerdo que el Papa tomaba como punto común de partida, más allá de las ideas de cada grupo, la conciencia común de todos los hombres de que “tenemos que cambiar”. El modo como estamos tratando a nuestro planeta -nuestra madre tierra, nuestra Querida Amazonia…- no va más. “Muchas cosas tienen que reorientar su rumbo pero ante todo la humanidad necesita cambiar. (Y para un cambio tan grande) Hace falta la conciencia de un origen común, de una pertenencia humana mutua y de un futuro compartido por todos” (LS 202).

Madurar en la requiere una educación particular, porque incluye, en la contemplación, el conocimiento que dan las ciencias y el amor en el paso a la realización social, económica y política. Dice el Papa:

“Aprendiendo de los pueblos originarios podemos contemplar la Amazonia y no sólo analizarla, para reconocer ese misterio precioso que nos supera. Podemos amarla y no sólo utilizarla, para que el amor despierte un interés hondo y sincero. Es más, podemos sentirnos íntimamente unidos a ella y no sólo defenderla, y entonces la Amazonia se volverá nuestra como una madre. Porque «el mundo no se contempla desde fuera sino desde dentro, reconociendo los lazos con los que el Padre nos ha unido a todos los seres[1]» (QA 55).

Aquí es donde una concepción de la fe como algo “espiritualista” y “privado” y la concepción de la ecología y la economía como algo meramente “técnico” deben cambiar.

No es fácil tratar de integrar estos ámbitos en los que vivimos como si fueran compartimientos estancos. Entramos en el terreno de las distintas interpretaciones sobre calentamiento climático, modelos económicos, ideas políticas… y lo hacemos en el mundo de la post-verdad, en el que pareciera que no hay hechos que tengan el consenso de todos. Pues bien, es aquí precisamente donde una ecología integral puede ayudar, ya que más allá de las opiniones sobre las causas de los desastres climáticos que vivimos y de las diferentes propuestas de solución, la conciencia de que hay cosas concretas que no van es común. Los niños nos lo dicen!

Ver una costa de océano llena de botellas de plástico, no va.

Ver la Amazonia o Australia en llamas, no va.

Ver millones de personas viviendo en tiendas en campos de refugiados, no va.

Ver centrales nucleares como Chernobyl que seguirán generando radiactividad que destruye nuestras células durante cientos de años, no va.

Intentar bloquear virus como el Coronavirus con medidas solo nacionales, no va. Los virus nos ven como “organismos posibles de infectar”, no como naciones o culturas.

Hablando de virus, lo que no va más es un tipo de comportamiento humano que es “contaminante” y que bien podemos llamar “virósico” (virus en latín significa “veneno”). En la definición del comportamiento de los virus se dice que son partículas acelulares (son un código genético, ácidos nucleicos rodeados de proteínas), que solo pueden multiplicarse dentro de células de otrosorganismos, es decir a expensas de las células que invaden, a las que destruyen para luego contagiarse a otras. Díganme si no se puede llamar “virósico” el comportamiento de los capitales financieros descontrolados y de las empresas que deforestan, como fue el caso de La Forestal, que desertificó el norte santafecino y sur del Chaco (2 millones de hectáreas), antes de mudarse al África a sacar el tanino del árbol de Mimosa, luego de haber talado el 86% de nuestros bosques de quebracho (cfr.https://www.elcohetealaluna.com/la-forestal-y-el-espejo-de-africa/. Solo en 1916, según su propio balance, la empresa pagó 300.000 pesos en concepto de impuestos a la provincia y 9.000 millones de pesos a la Corona británica (el dólar estaba a dos pesos).   El ejemplo es para hacer sentir en “la corteza propia” que hay comportamientos que no van más y que hay que expandir esta conciencia común, cuidarla, cultivarla, explicitarla, para que los ataques que la fragmentan aprovechándose de nuestras diferencias, no le hagan mella. Somos seres humanos, no virus!

Una imagen positiva de esta ecología integral lo tenemos en san Francisco de Asís: “Creo -dice el Papa- que Francisco es el ejemplo por excelencia del cuidado de lo que es débil y de una ecología integral, vivida con alegría y autenticidad” (LS 10). Francisco “‘Lleno de la mayor ternura al considerar el origen común de todas las cosas, daba a todas las creaturas, por más despreciables que parecieran, el dulce nombre de hermanas’. Esta convicción no puede ser despreciada como un romanticismo irracional, porque tiene consecuencias en las opciones concretas que determinan nuestro comportamiento personal y social. Es una convicción que implica algo radical: una renuncia a convertir la realidad en mero objeto de uso y de dominio” (LS 11).

Los Ejercicios, con su estructura y su ritmo, dan a cada dimensión y a cada paso de nuestra vida el tiempo de contemplación, de discernimiento y decisión que requieren para madurar bien, por eso pueden ayudarnos a educar esta conciencia básica que integra el cuidado del planeta, el cuidado de las personas -de los más pobres y de cada uno, en su corporalidad y espiritualidad-, y la relación con la dimensión trascendente: con las futuras generaciones y con el Creador.

 

MOMENTO PARA REFLEXIONAR

 

Percibir a cada criatura cantando el himno de su existencia

Diego Fares sj

San Ignacio, en su Principio y fundamento comienza así: «El hombre es creado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor. Y las otras cosas sobre la haz de la tierra son creadas para el hombre, y para que le ayuden en la prosecución del fin para que es creado (EE 23).

La contemplación de nuestra creaturalidad, por tanto, nos lleva a alabar y adorar al Creador, a servir al prójimo y a usar con respeto y sobriedad a las demás creaturas. Es clave el concepto de “ayuda” en Ignacio. Él definía toda su misión con una frase: “ayudar a las almas”. Ayudar a todo el que lo desea a buscar y encontrar la voluntad de Dios en su vida. Por eso, cuando dice que las demás creaturas tienen como fin “ayudarnos” está hablando de una misión alta. Cada uno ayuda según su ser y sus posibilidades, no obligado ni a costa de la propia destrucción.

La unión de estos tres ámbitos, el sagrado, el social y el ecológico, nos dan una visión integral de la creación que supera por todos lados la visión del paradigma tecno-económico y tecno-crático actual (que se nos contagia como un virus enfermando nuestra manera de ver la realidad). El paradigma tecno-económico y tecno-crático considera que la “ayuda” que le deben prestar las cosas es una ayuda incondicional y absoluta: todo lo que no sea “Yo” es objeto de consumo y descarte. Y esto se extiende al propio cuerpo, que se convierte en “cosa”. Solo existen “libertades absolutas y aisladas” como última instancia, que reclaman el hacer lo que quieran con su propio cuerpo, dinero, tiempo, vida y propiedades. Las limitaciones que se aceptan -cada uno acepta algunos límites de acuerdo al contexto en que vive- son aceptadas al modo como los virus tienen que aceptar los condicionamientos de la célula en la que parasitariamente viven: se aceptan mientras no se puedan transgredir para beneficio propio exclusivo.

Estos paradigmas, que tienen en común la “técnica” con su supuesta neutralidad y anonimato, no tienen credos ni dogmas, no se preocupan por cómo “es” la realidad sino solo de cómo funcionan las cosas. Con esta mentalidad pragmática corroen toda idea que quiera ser común y unir las voluntades bajo el pretexto de que son ideas filosóficas o religiosas.

Frente a esta mentalidad, resulta difícil encontrar palabras “positivas” que todos puedan compartir, dado que la práctica siempre es cambiante en cada lugar. Pero aunque sean pocas, estas “palabras” (que son más bien narraciones que “ideas abstractas”) son sugerentes y poderosas.

Una de estas palabras positivas, que pueden ayudar a unir es “desborde”. El Papa Francisco la usó en el Sínodo del Amazonia cuando hizo ver que “hay conflictos (como el que se da en el Amazonia) que no se resuelven por “disciplina”, sino por “desborde”. Puso como ejemplo dos “desbordes” que usó Dios para resolver grandes conflictos. Uno fue el conflicto del pecado. Dios no le resolvió dando más mandamientos ni con castigos (disciplina), sino con un desborde de Misericordia. Envió a Jesús a dar Él su vida salvarnos y perdonarnos los pecados. El otro conflicto fue el que se le armó a la Iglesia al incorporar personas de costumbres paganas. No se resolvió el conflicto con medidas disciplinares, sino reduciendo al mínimo las obligaciones y dando tiempo a cada comunidad a que organizara sus propios ritos y costumbres. La Iglesia puso su empeño en salir misioneramente a los otros pueblos y no se bloqueó en discusiones disciplinarias.

Este paradigma de un “desborde de Misericordia” supera los paradigmas funcionalistas (técnicos) y los paradigmas esencialistas (dogmáticos), poniendo a todos en camino y centrando la vida en Dios y no en nosotros mismos.

“Creación” es más que naturaleza

La “frase motiva” del Papa -hay conflictos que se resuelven por desborde interior y no por disciplina exterior”- nos lleva a contemplar el universo -nuestra madre tierra, el Amazonia y cada pueblo, provincia, barrio y casa- como “creación”, lo cual es algo más que lo que expresa el concepto de naturaleza. La creación es fruto de un desborde de amor de Dios, no fruto de un plan puesto en marcha con medios técnicos (sea que los haya ideado una Persona, sea que se den por azar, mecánicamente). Dice Laudato si: «Para la tradición judío-cristiana, decir ‹creación› es más que decir naturaleza, porque tiene que ver con un proyecto del amor de Dios donde cada criatura tiene un valor y un significado. La naturaleza suele entenderse como un sistema que se analiza, comprende y gestiona, pero la creación sólo puede ser entendida como un don que surge de la mano abierta del Padre de todos, como una realidad iluminada por el amor que nos convoca a una comunión universal.  (LS 76)

“Creación” habla de un proyecto de amor sin envidia

En otro hermosísimo texto el Papa define la creación usando las palabras de san Basilio Magno que hablan de “la bondad sin envidia” de nuestro Creador. No hay envidia en la naturaleza. La envidia viene de un espíritu puro, del Demonio (por la envidia del diablo entró la muerte en el mundo [Sab 2, 24]) y se contagia en estos paradigmas que podemos definir como “envidiosos” en el sentido en que un “virus” envidia a las células que infecta.

Dice Laudato si: « Por la palabra del Señor fueron hechos los cielos » (Sal 33,6). Así se nos indica que el mundo procedió de una decisión, no del caos o la casualidad, lo cual lo enaltece todavía más. Hay una opción libre expresada en la palabra creadora. El universo no surgió como resultado de una omnipotencia arbitraria, de una demostración de fuerza o de un deseo de auto-afirmación. La creación es del orden del amor. El amor de Dios es el móvil fundamental de todo lo creado: «Amas a todos los seres y no aborreces nada de lo que hiciste, porque, si algo odiaras, no lo habrías creado » (Sb 11, 24). Entonces, cada criatura es objeto de la ternura del Padre, que le da un lugar en el mundo. Hasta la vida efímera del ser más insignificante es objeto de su amor y, en esos pocos segundos de existencia, él lo rodea con su cariño. Decía san Basilio Magno que el Creador es también ‹la bondad sin envidia› , y Dante Alighieri hablaba del ‹amor que mueve el sol y las estrellas›. Por eso, de las obras creadas se asciende « hasta su misericordia amorosa » (LS 77).

Una expresión concreta y privilegiada de este “desborde de misericordia y de amor sin envidia” que es la Creación entera y la vida de cada creatura, la encontramos en los sacramentos de la Iglesia. Los sacramentos son “desborde de amor y misericordia” y son “sin envidia”. Dice el Papa en Querida Amazonia: “Dentro de lo creado, tienen un lugar especial los sacramentos. «La inculturación de la espiritualidad cristiana en las culturas de los pueblos originarios tiene en los sacramentos un camino de especial valor, porque en ellos se une lo divino y lo cósmico, la gracia y la creación. En la Amazonia no deberían entenderse como una separación con respecto a lo creado. Ellos «son un modo privilegiado de cómo la naturaleza es asumida por Dios y se convierte en mediación de la vida sobrenatural[2]». Son una plenificación de lo creado, donde la naturaleza es elevada para que sea lugar e instrumento de la gracia, para «abrazar el mundo en un nivel distinto[3]» (QA 81).

Los Obispos de Japón, por su parte, dijeron algo muy sugestivo: « Percibir a cada criatura cantando el himno de su existencia es vivir gozosamente en el amor de Dios y en la esperanza ». Esta contemplación de lo creado nos permite descubrir a través de cada cosa alguna enseñanza que Dios nos quiere transmitir, porque «para el creyente contemplar lo creado es también escuchar un mensaje, oír una voz paradójica y silenciosa » (QA 85).

Es muy linda la imagen de Dios que se manifiesta a Elías en la montaña, como una “brisa ligera“. La expresión es un rompecabezas exegético por lo dificil de traducir: en hebreo conjuga

simultáneamente el concepto de sonido y el de silencio. Al Papa le gusta la traducción que dice que Dios habló en “el hilo de un silencio sonoro”.

Podemos decir que, «junto a la Revelación propiamente dicha, contenida en la sagrada Escritura, se da una manifestación divina cuando brilla el sol y cuando cae la noche». Prestando atención a esa manifestación, el ser humano aprende a reconocerse a sí mismo en la relación con las demás criaturas: «Yo me autoexpreso al expresar el mundo; yo exploro mi propia sacralidad al intentar descifrar la del mundo[4] » (Ls 85).

Ser creatura es tener padre

Ahora bien, si contemplamos “la no envidia” de la naturaleza (que cuida un planeta como el nuestro, privilegiado por la vida, sin destruirlo, como podría suceder si fueran envidiosos como dioses griegos los otros planetas, el sol y las estrellas), y consideramos que no es fruto de una mera “mecánica” sino que por todos lados se desborda su belleza y su vitalidad, no podemos no pensar en el misterio de su Creador.

Dice el Papa: «Las criaturas de este mundo no pueden ser consideradas un bien sin dueño: ‘Son tuyas, Señor, que amas la vida’ (Sb 11,26). Esto provoca la convicción de que, siendo creados por el mismo Padre, todos los seres del universo estamos unidos por lazos invisibles y conformamos una especie de familia universal, una sublime comunión que nos mueve a un respeto sagrado, cariñoso y humilde. Quiero recordar que « Dios nos ha unido tan estrechamente al mundo que nos rodea, que la desertificación del suelo es como una enfermedad para cada uno, y podemos lamentar la extinción de una especie como si fuera una mutilación » (LS 89)

Dios Padre único dueño del mundo

“No podemos sostener una espiritualidad que olvide al Dios todopoderoso y creador. De ese modo, terminaríamos adorando otros poderes del mundo, o nos colocaríamos en el lugar del Señor, hasta pretender pisotear la realidad creada por él sin conocer límites. La mejor manera de poner en su lugar al ser humano, y de acabar con su pretensión de ser un dominador absoluto de la tierra, es volver a proponer la figura de un Padre creador y único dueño del mundo, porque de otro modo el ser humano tenderá siempre a querer imponer a la realidad sus propias leyes e intereses (LS 75).

Mirada de Jesús

“Jesús asume la fe bíblica en el Dios creador y destaca un dato fundamental: Dios es Padre (cf. Mt 11,25). En los diálogos con sus discípulos, Jesús los invitaba a reconocer la relación paterna que Dios tiene con todas las criaturas, y les recordaba con una conmovedora ternura cómo cada una de ellas es importante a sus ojos” (LS 96).

“En una realidad cultural como la Amazonia, por ejemplo, donde existe una relación tan estrecha del ser humano con la naturaleza, la existencia cotidiana es siempre cósmica. Liberar a los demás de sus esclavitudes implica ciertamente cuidar su ambiente y defenderlo, pero todavía más ayudar al corazón del hombre a abrirse confiadamente a aquel Dios que, no sólo ha creado todo lo que existe, sino que también se nos ha dado a sí mismo en Jesucristo. El Señor, que primero cuida de nosotros, nos enseña a cuidar de nuestros hermanos y hermanas, y del ambiente que cada día Él nos regala. Esta es la primera ecología que necesitamos” (QA 41).

“Todo está conectado”: una mirada que ayuda a la conversión ecológica

Lo de que «todo está conectado[5]» vale especialmente para un territorio como la Amazonia” (QA 42). “En la Amazonia se comprenden mejor las palabras de Benedicto XVI cuando decía que «además de la ecología de la naturaleza hay una ecología que podemos llamar “humana”, y que a su vez requiere una “ecología social”». Pero es el mundo entero el que no puede ser analizado sólo aislando uno de sus aspectos, porque «el libro de la naturaleza es uno e indivisible», e incluye el ambiente, la vida, la sexualidad, la familia, las relaciones sociales, etc. Por consiguiente, «la degradación de la naturaleza está estrechamente unida a la cultura que modela la convivencia humana» (Caritas in veritate 51).

Las heridas del mundo actual se deben en el fondo al mismo mal, es decir, a la idea de que no existen verdades indiscutibles que guíen nuestras vidas, por lo cual la libertad humana no tiene límites. Se olvida que el hombre no es solamente una libertad que él se crea por sí solo. El hombre no se crea a sí mismo. Es espíritu y voluntad, pero también naturaleza. La creación se ve perjudicada donde nosotros mismos somos las últimas instancias, donde el conjunto es simplemente una propiedad nuestra y el consumo es sólo para nosotros mismos. El derroche de la creación comienza donde no reconocemos ya ninguna instancia por encima de nosotros, sino que sólo nos vemos a nosotros mismos (cfr. LS 6).

Cómo no luchar por la creación

“A todos los cristianos

nos une la fe en Dios, el Padre que nos da la vida y nos ama tanto.

Nos une la fe en Jesucristo, el único Redentor, que nos liberó con su bendita sangre y con su resurrección gloriosa.

Nos une el deseo de su Palabra que guía nuestros pasos.

Nos une el fuego del Espíritu que nos impulsa a la misión.

Nos une el mandamiento nuevo que Jesús nos dejó, la búsqueda de una civilización del amor, la pasión por el Reino que el Señor nos llama a construir con Él.

Nos une la lucha por la paz y la justicia.

Nos une la convicción de que no todo se termina en esta vida, sino que estamos llamados a la fiesta celestial donde Dios secará todas las lágrimas y recogerá lo que hicimos por los que sufren» (QA 109)…

“Todo esto nos une. ¿Cómo no luchar juntos? ¿Cómo no orar juntos y trabajar codo a codo para defender a los pobres, para mostrar el rostro santo del Señor y para cuidar su obra creadora? (QA 110)

 

MOMENTO PARA CONTEMPLAR

Hna Marta Irigoy

Comenzamos un nuevo ciclo de nuestros talleres que en este año, se cimentaran fuertemente en las palabras del Papa Francisco, de Laudato Si y Querida Amazonía.

En este momento para contemplar, lo haremos desde el texto del P. Diego y el Principio y Fundamento que San Ignacio propone en el Libro de los EE.

El P. Diego, citaba más arriba, las hermosas palabras de los Obispos de Japón:

« Percibir a cada criatura cantando el himno de su existencia

es vivir gozosamente en el amor de Dios y en la esperanza ».

Y estas palabras, nos ponen en sintonía con el Principio y Fundamento que nos invita a vivir nuestra vida sabiéndonos creaturas amadas del Padre, alabando  -“cantando el himno de la existencia”- ysirviendo –“viviendo gozosamente en el Amor de Dios y la Esperanza”…

Porque de eso se trata nuestra vida:

Vivir en la plena certeza de sabernos creados amorosamente…cantando con nuestra vida el propio himno de nuestra existencia que único, al mejor  estilo de Nuestra Madre que se dejó mirar en su Pequeñez por la Bondad de Dios e hizo de este canto el modelo de ser discípulos, que nos ayuda a:

  • Mirar la propia vida y lo que Dios hizo y hace en nosotros
  • Mirar la realidad que nos rodea (la cercana y la global)
  • Y vivir con la certeza de que no hay nada imposible para Dios (esta fue la promesa del Ángel Gabriel en la Anunciación…)

Por eso, la invitación para este rato, será recorrer tu vida y encontrar aquellos momentos en donde experimentaste tu vida como un Canto de Alabanza…

Puedes, tomar el texto del Magnificat, en  Lc 1, 46-55

«Mi alma canta la grandeza del Señor,

y mi espíritu se estremece de gozo en Dios, mi salvador,

porque el miró con bondad la pequeñez de tu servidora.

En adelante todas las generaciones me llamarán feliz,

porque el Todopoderoso he hecho en mí grandes cosas: ¡su Nombre es santo!

Su misericordia se extiende de generación en generación sobre aquellos que lo temen.

Desplegó la fuerza de su brazo, dispersó a los soberbios de corazón.

Derribó a los poderosos de su trono y elevó a los humildes.

Colmó de bienes a los hambrientos y despidió a los ricos con las manos vacías.

Socorrió a Israel, su servidor, acordándose de su misericordia, como lo había prometido a nuestros padres, en favor de Abraham y de su descendencia para siempre».

Y si te animas,  en esta Cuaresma puedes escribir tu propio canto (himno) de tu existencia que fue soñada, creada, amada y cuidada por Dios…

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[1] LS 220.

[2] Carta enc. Laudato si’ (24 mayo 2015), 235.

[3] Ibíd.

[4] P. RICOEUR, Philosophie de la volonté II. Finitude et culpabilité, Paris 2009, 2016 (ed. esp.: Finitud y culpabilidad, Madrid

1967, 249).

[5] Carta enc. Laudato si’ (24 mayo 2015), 16, 91, 117, 138, 240.

Imagen 1       De ahora en más dirás: puedo tomarme unos minutos para hacer mi Contemplación para cosechar amor: el amor que recibí en esta jornada, y el amor que pude dar.

La frase es motivadora. En vez de decir: “tengo que hacer mi examen de conciencia”, que tiene su carga de deber y de rendición de cuentas, la idea de “cosechar amor” tiene una carga linda, como abrir un paquete con regalos o escuchar lo que cuentan los hijos de su día…

Sin embargo, por más que cambiemos el nombre y a lo que llamábamos “examen” le llamemos ahora “contemplación para cosechar amor”, hay un problema. Yo creía que era una cuestión mía, de terminar cansado el día y tener más ganas de distraerme un rato que de ponerme a rezar, pero escuchando a una mamá que contaba que no le había servido un consejo de su párroco, caí en la cuenta de que el problema no es solo el cansancio y el deber, sino que estamos en dentro de un problema más general y es que “el día no termina”. Esta mamá hacía referencia a que el sacerdote le había dicho: “…y después de rezar con los chicos la oración de la noche, se hace silencio y todos a la dormir”. Ella decía que se veía que el padrecito no tenía hijos, que los chicos no se terminan de dormir a la misma hora y que en una familia pasan muchas cosas distintas cada noche antes de que todos “caigan rendidos y se duerman”.

Esto pasa en una familia con chicos, pero de distintas maneras nos pasa a todos: el día no termina, el trabajo no termina, los WhatsApp siguen llegando a todas horas, por dar un ejemplo. Por eso, una tarea clave para la vida espiritual es la de establecer un “ritmo espiritual”.

Estemos atentos porque aquí, “espiritual” pasa a ser sinónimo de “totalmente personal”.Así como cada uno tiene que “encontrar o crear su espacio en la casa para rezar” -el “tameion” del que habla el evangelio (Cfr. Mt 6, 6), el “cuartito de las provistas” donde uno puede entrar y cerrar la puerta para que solo nos vea el Padre-, así también cada uno tiene que “encontrar o crear su “kairos” -su momento especial del día, en el que nada lo molesta, para poder “cosechar amor”.

Para este momento no hace falta un lugar fijo, lo importante es el concepto de “mi momento”, mi ratito de paz. Ese momento de gracia, para alguno sólo lo encontrará de camino a casa, luego del trabajo; otra persona lo encontrará “cuando se van todos…”. Lo importante es que sea un momento en el que la vida nos da una pausa y al que le podemos dar cierta periodicidad, es decir: un ritmo espiritual.

Nuestro maestro Fiorito decía que en el acompañamiento espiritual es más importante lograr periodicidad que preocuparse de la frecuencia. Por eso, en esta contemplación para cosechar amor hay que liberarse del reloj solar y proceder autónomamente: cada uno retomará “su día” a partir de la última “contemplación-cosecha” que haya logrado hacer. Puede que a veces pase una semana, porque uno solo logra hacer una pausa una vez por semana. No importa. El “día” en el que uno se enfoca, será un día “alargado”.

Esto no es fácil. No es fácil romper con la culpa de “no rezar todos los días” o de no “terminar el día con el examen de conciencia”. Así como no es fácil sostener el ritmo de la misa dominical. Como digo, hay que afrontar el problema tomando conciencia de que estos ritmos naturales están rotos, han sido reemplazados por un “ritmo no humano”, un ritmo propio del paradigma tecnológico, que nos necesita encendidos todo el día, vendiendo y comprando y entreteniendo sin pausa. Es difícil proponer/se un ritmo propio para la misa, por ejemplo. Hay gente que trabaja cuidando personas y los fines de semana es cuando tiene más ocupado el tiempo y no va a misa, pero sigue sintiendo culpa por no ir el domingo. Está tan metido ese precepto que sirvió para ordenar la manera de vivir el tiempo de otra sociedad que uno lo confunde con el mandamiento, que es santificar las fiestas. No logramos ver que si el domingo no es para uno un día de fiesta porque está obligado a trabajar, la lógica sería que uno no está obligado a santificarlo. Tendrá que encontrar su propio día de fiesta, que a veces ni siquiera es semanal! No es fácil!

Pero con la contemplación para cosechar amor puede que sea más sencillo. Porque es claro que la cosecha es algo especial: hay que hacerla cuando el fruto está maduro, pero también cuando el tiempo lo permite. Si llueve a cántaros, no se puede salir a cosechar. Por tanto, la idea de “cosechar” es una idea unida a dos cosas “externas” que no dependen de nuestro “voluntarismo”: la de la madurez del fruto, que por su mismo peso, perfume  y color invita a ser cosechado, y por las condiciones climáticas, que en este caso son las condiciones que impone el trabajo que hay que hacer y el cansancio que uno tiene.

El momento justo para cosechar requiere, por tanto, la conjunción de tres cosas: la madurez del fruto, el tiempo objetivo y el tiempo subjetivo -que uno se sienta en un momento de paz y con ganas. La ventaja de que el fruto sea el amor de Dios es que “no se pasa”, como los frutos naturales. Es un fruto que el Señor nos da y nos mueve a dar y que permanece, incorruptible y siempre cosechable.

Es esta “cosa  espiritual” (lo llamo “cosa” para expresar que siempre es un amor que se concretó en un fruto y se puede cosechar) lo que da libertad de acción en lo que hace al tiempo. Uno puede cosecharlo cuando quiera y pueda, que estará ahí, al alcance de la mano. El punto a ejercitar, a examinar y establecer, luego de experimentar uno poco, es la periodicidad. Hay que trabajar para encontrar los momentos propicios en los que uno puede lograr mayor regularidad, establecer una periodicidad propia y sustentable. Eso sí, uno debe estar atento a su memoria, porque si dejamos pasar muchos días, por ahí hay muchas cosas que se olvidan. Pero igual, como el fruto es de calidad, si de verdad fue amor, con un poco de agradecimiento se recuerda, aunque haya pasado un tiempo.

Los puntos

* Quieres conversar con Jesús?

Conversarás con Jesús, le comunicarás tus cosas del día y te abrirás al Espíritu Santo, que te hace sentir y comprender lo que Jesús te quiere comunicar. Contemplarás lo que te ha dado el Señor y lo que diste a los demás durante el día. La conversación, dice Ignacio, se da como un amigo que habla con su amigo, o un servidor con su Señor. Eligiendo lo que es fue más significativo para compartir.

* Agradece!

Rebobinando el día pasado agradecerás por todo, notando cómo el Señor puso signos concretos de su amor en tu jornada, más en las obras que en las palabras, como hace Uno que te ama. Le darás gracias por todos los beneficios que te hizo, por todo lo que recibiste de los otros.

Recordarás cosas buenas que pasaron hoy, concretas y pequeñas, como el pan o un saludo. Lo harás no tanto «enumerándolas» -cosa que puede cansar a la larga- sino encareciendo mucho alguna gracia grande de amor y dejando que las otras se le peguen en torno, como a un imán que las atrae y las concentra.

Agradecerás un rato hasta que sientas que tu memoria queda rebosada de la luz del agradecimiento, y que eso te dilata el corazón y te hace decir, qué grande! No me había dado cuenta! (como les pasó a los discípulos de Emaús).

Agradecer te purificará la memoria de las culpas -que son siempre autoreferenciales- de todas las “frases” con que el mal espíritu pretende inundarte con sentimientos de fracaso, de culpa, de negatividad: “perdiste tanto tiempo”, “hiciste tan poco”, “tantas cosas salieron a más o menos o quedaron a medias…”. Le responderás al mal espíritu diciendo que tu pasado está en la Misericordia del Padre, que Él ha enterrado todos tus pecados y es capaz de dar vida a todas tus  obras muertas.

* Contempla

Mirando tu presente, prestarás atención y notarás cómo Dios «habita» en las personasque te encontraste durante el día y con las que compartiste la vida. Él habita en ellas y esto se puede ver en sus «actos de santidad». Este es el punto en el que Ignacio que dice «mirar cómo Dios ‹trabaja› por mi -por nosotros- en todas las cosas. Se trata de un ejercicio para reconocer el valor de lo que las creaturas «hacen por vos», de todo el trabajo que les das, digámoslo así, y de lo que cada creatura «es» y vale por sí misma.

El reconocimiento de la presencia y del trabajo de Dios en tu presente te purificará de todo sentimiento de soledad e inutilidad. Con Él nunca estás solo, con él ningún pequeño esfuerzo tuyo es inútil. El te acompaña y bendice tus pasos. Y si abrazás la cruz del momento, si abrazás “los clavos” en que la vida te convierte en impotente y insignificante, Él es capaz de convertir esa cruz en fuente de vida para los demás.

* Busca un pequeño deseo

Mirando hacia adelante, al futuro, harás un ejercicio de «humildad que se empeña en lo concreto», de reconocimiento claro de tus límites – sin creerte ni más ni menos de lo que sos – y de que «todo es posible para Dios». Esta mezcla de «tu medida potencia», como dice Ignacio, y de la «suma e infinita potencia de Dios», te vuelve capaz de  «dar un paso adelante”, real y concreto, siempre, en el amor.

Tu esperanza, que te permite alegrarte de tu propia pequeñez – finitud gozosa, le llama un autor- y fiarte totalmente de la grandeza de Dios, purifica tu mirada y tu ánimo de todo descorazonamiento, de todo horizonte negro. Cuanto más ponés tu pie en tu propia pequeñez – y desde ahí alzás tu mirada al Cielo -, más se despeja tu futuro y brilla la esperanza.

Ofrécete tu mismo

Terminarás tu contemplación para cosechar el amor del día ofreciendo tu amor:

Tomad Señor y recibid toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento,

y toda mi voluntad. Todo mi haber y mi poseer.

Vos me lo diste, a Vos Señor lo torno.

Todo es vuestro. Disponed a toda vuestra voluntad.

Dadme vuestro amor y gracia, que esta me basta.

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MOMENTO DE REFLEXIÓN

Diego Fares sj

El último taller del año, como es costumbre, lo dedicamos a la Contemplación para alcanzar amor, que también llamamos «para crecer en el amor» (EE 230-237).

La unimos a «Admirable signo» la Carta apostólica que el Papa Francisco nos regala en este tiempo de Adviento, sobre el significado y el valor del «Belén». Al final nos habla de cómo el pesebre «nos educa a contemplar a Jesús, a sentir el amor de Dios:

«El belén forma parte del dulce y exigente proceso de transmisión de la fe. Comenzando desde la infancia y luego en cada etapa de la vida, nos educa a contemplar a Jesús, a sentir el amor de Dios por nosotros, a sentir y creer que Dios está con nosotros y que nosotros estamos con Él, todos hijos y hermanos gracias a aquel Niño Hijo de Dios y de la Virgen María. Y a sentir que en esto está la felicidad. Que en la escuela de san Francisco abramos el corazón a esta gracia sencilla, dejemos que del asombro nazca una oración humilde: nuestro “gracias” a Dios, que ha querido compartir todo con nosotros para no dejarnos nunca solos» (Admirable signo 10).

Esta educación en la contemplación, en la espiritualidad ignaciana, camina con dos pies: el de la oración y el de la acción. El resultado es caminar en el amor, que es la manera de crecer en él, ya que el amor no crece «engordando» con virtudes al sujeto, sino haciéndolo salir de sí hacia los demás.

Toda educación es un proceso y su clave está en las «etapas» por las que nos lleva. Las metas diarias son lo más importante. Aquí es donde entra el examen de conciencia que el Papa nos exhorta a hacer cada día: «Pido a todos los cristianos que no dejen de hacer cada día, en diálogo con el Señor que nos ama, un sincero ‹examen de conciencia›» (Gaudete et exsultate 169).

Una de las tentaciones del mal espíritu contra este «examen de conciencia en diálogo con el Señor que nos ama» es no poder «nombrarlo como corresponde». Basta decir examen para que un «ufa!» se nos instale. La fatiga de haber tenido o tener que dar tantos «exámenes» en la vida, hace que se sienta como una tarea no muy deseable al final de la jornada. “Encima de todo, un examen! Cuando ya estamos cansados y lo único que necesitamos es distraernos un poco y descansar”.

El objetivo de este taller es aportar algunas cosas lindas que ayuden a «reinstalar» el fruto sabroso y la actividad estimulante que contiene el «examen». Una cosa linda es su “otro nombre” posible. Y ese otro nombre es «contemplación para alcanzar amor al final del día». Contemplación para «cosechar» el amor que el Señor hizo fructificar en nuestra jornada sin que lo supiéramos (aunque, como lo veremos si practicamos este ejercicio espiritual, ese amor «nos hizo arder el corazón por el camino, aunque nuestros ojos estuvieran velados, como los de los discípulos de Emaús).

Cambio de pie de apoyo 

Para ser eficaces, en cuanto a nosotros depende, ya que el que escribe exhorta a los demás con cosas que le parecen buenas porque ha experimentado en su persona el bien que le hicieron, pero la eficacia depende de cómo las reciba el otro, nos centraremos solamente en «un cambio de paso» que hay que dar.

San Pedro Fabro lo expresa contando una gracia que tuvo que le hizo ver cómo él, antes se apoyaba en un pie y luego comenzó a desear apoyarse en el otro. Para caminar se requieren los dos pies, pero la cuestión del apoyo es importante. Yo que ando mal de una rodilla, recuerdo siempre el consejo de mi madre, que andaba mal de la suya: supuesto que uno sube o baja escalones de uno en uno, es decir que la segunda pierna sube “al mismo” escalón que la anterior, el método es: para subir, primero la pierna buena; para bajar, en cambio, primero la mala».

En la oración del examen que ahora llamaremos «contemplación para alcanzar amor», se trata de «subir a Dios», de ver el día como le ve Él. Por tanto, primero hay que apoyar la pierna buena, la del agradecimiento, por ejemplo, y no la mala, como es la de mirar los defectos, lo que hicimos mal o no hicimos, etc. En general, la imagen del examen tiende a que hagamos cuentas con lo que salió mal. Y así no se alcanza amor. Por tanto: hay que cambiar de pie de apoyo, mi amigo/a!

La gracia del Pesebre

Este cambio de paso es la gracia del Pesebre. La llamo así, “la gracia del pesebre” tomando pie en un hermoso relato de San Pedro Fabro, el compañero de Ignacio y de Javier. Decía el beato Fabro (Memorial nn. 197 ss.):

“En la primera misa del día de Navidad como me sentía totalmente frío antes de la comunión, y me dolía que no estuviera mejor dispuesta mi habitación para recibir al Señor, me sobrevino un movimiento de espíritu bastante vivo en que, con sentimiento interno de devoción, que llegó hasta las lágrimas, tuve esta respuesta: que Jesucristo venía al establo y que, «si estuvieras fervorosísimo, no verías aquí la humanidad del Señor, porque espiritualmente tu estado de ánimo correspondería menos a la definición de un establo». Me consolé así con el mismo Señor, considerando que se dignaba venir a una casa tan fría. Yo quería que estuviese mi casa muy adornada para consolarme con ella; pero vi en qué condiciones estaba el Señor alojado en el establo de Belén, y con esto me consolé».

De esta consolación, Fabro, reflexiona y saca provecho. Es su modo de reflexionar lo que puede ayudarnos al hacer nuestra «contemplación para alcanzar amor», una vez que «hemos notado las consolaciones del día», especialmente aquellas en las que el Señor nos cambió el libreto, como hizo aquí con Fabro, mostrándole que para recibir al Niño en nochebuena, era mejor su estado de ánimo frío como un establo que sentirse lleno de fervor espiritual. Esto lo hizo centrarse en el amor del niño y no en sí mismo.

La gracia, si uno la recibe, es simple y clara. Si uno la quiere explicar, por ahí se complica. Digamoslo así: si quieres subir, te servirá pensar apoyándote en tu pata buena, no en tu pata débil. Aquí sería: tratar de ver cómo el buen espíritu le hizo ver a Fabro la parte buena de estar frío y pobre, mientras que el mal espíritu le hacía reprocharse y entristecerse por no estar fervoroso.

San Pedro Fabro concluye pidiendo al Señor algunas gracias para sacarle jugo a esta enseñanza en su vida práctica.

«Ojalá se me conceda -dice-, de aquí en adelante, que cada vez que no pueda ver en mi aquel modo, aquella forma, aquella disposición que quisiera yo tener para con el mismo mi Dios y mi Jesús, o su Madre, o sus santos, ojalá que mientras esto (por justa causa) se me niega, se me conceda ver y sentir la disposición, forma y modo en que Él está conmigo».

Este es el cambio de pie de apoyo: ojalá, dice, que me apoye en el modo como Dios está conmigo en vez de apoyarme en el modo en que yo quisiera estar con Él. Notemos que lo de Dios es una realidad, en cambio lo nuestro es un «futurible», un «querría», un «habría que…» o «tendría que…». Si parto de cómo se siente Dios conmigo, siempre puedo partir de un punto firme: Misericordia absoluta, incondicional, Amor de Padre y de Amigo fiel. Si parto de mí, una vez será un sentimiento y otra vez otro.

Continúa Fabro:

«Hasta ahora yo siempre he puesto mas empeño en procurar ornato con que presentarme a Dios y a sus santos, que en procurar un conocimiento tal que me hiciese sentir cuál es el ornato de ellos, cuando ponen en mi sus ojos, o me aman, o me sufren, o me ayudan. Yo siempre he andado a buscar revestirme de devoción y de otros cualesquiera aderezos con que pudiese atraerlos a ellos, es decir, a Dios y a los santos hacia mi y hacerme amable a ellos y agradable, pero no he buscado también cómo ir hacia ellos, atraído por ellos, lo cual sería muy fácil, dado que podía contemplar los bienes que en si tienen y con los cuales son en si tan amables y agradables».

En el examen del final de la tarde (mejor que a la noche, en que uno está ya cansado) que ahora llamamos «contemplación para alcanzar amor», así como el primer pie de apoyo para subir es apoyarse en la pierna buena del agradecimiento al mirar el pasado (y no en los defectos), al mirar el presente, es mejor apoyarse en la pata buena del «adorno» de las virtudes en Dios y sus santos y no en el adorno que podamos tener nosotros. Es decir: mirar la misericordia y la bondad de Dios en sí mismo es mejor que mirar cuánto amor tengo yo o cuánto arrepentimiento. Su misericordia lo adorna «de modo absoluto» y esto sirve tanto para un arrepentimiento mío más o menos perfecto. Santa Teresita decía que le había consolado mucho cuando Dios le hizo sentir que no la amaría más si fuera como la Virgen María ni la amaría menos si fuera como la adultera. Dios la amaba absolutamente fuera ella como fuera.

Esta manera de pensar de Fabro, que lo lleva a centrarse en Dios y no en sí, tiene también su dinamismo. Cambia el dinamismo: en vez de querer «atraer a Dios», pone la fuerza en «dejarse atraer por Él». Siempre son las dos cosas, pero estamos viendo la cuestión de dónde poner la fuerza, el impulso, en cada momento. Porque el mal espíritu, cuando uno quiere hacer una obra buena, como es esta de examinarse cada día para cosechar y crecer en el amor, tienta con cosas sutiles, como es la de cambiarnos -para mal- el paso. Y nos sugiere que sería mejor, para subir a Dios, apoyarnos en la pata mala y mirar mucho nuestros defectos (o simplemente, mirarnos a nosotros mismos, más que dejarnos fascinar por la belleza de Dios en el momento de examinarnos en el amor).

Sigue Fabro su reflexión y pide ahora dos gracias, pero cambiando también el orden que de ahora en más se preocupará por seguir:

«Denme el Padre todopoderoso y el Hijo y el Espíritu Santo gracia para que sepa y pueda y quiera procurar y pedir a un mismo tiempo dos cosas: a saber, ser amado de Dios y de sus santos, y amar a Dios y a sus santos. (Pero) De aquí en adelante más cuidado he de poner en lo que es mejor y más generoso y que yo menos he hecho, es a saber, mas querer amar que ser amado. Y por eso he de buscar con más diligencia aquellas señalesque me puedan mostrar que amo, que no las que me muestran que soy amado.

Y estas señales serán los trabajos por Cristo y por el prójimo, conforme aquello que dijo Cristo a san Pedro ¿Me amas más que estos? Apacienta mis ovejas. Atiende, pues, a ser primero Pedro, para que después seas Juan, el cual es más amado y en quien está la gracia. Hasta ahora has querido ser primero Juan y después Pedro».

Dice que se fijará más en una señal que en otras. Esto es propio de cuando uno examina cómo anduvieron las cosas en su día. Él dice que mirará más qué trabajos hizo con más amor, en qué amó más. Poner la atención en esto significa sacarla de dos cosas: no mirar tanto en qué le fue bien, en qué recibió un regalo, un elogio, una consolación, sino en qué pudo dar un regalo, hacer a otro un elogio o consolarlo. Y además, esta atención lo libra de mirar «lo que no hizo» o hizo mal. Pone primero la atención en el amor que dio a otro y esto es un paso adelante y hacia arriba, porque luego uno reconoce allí la gracia de Dios que fue más eficaz y fecunda en su día.

Continúa Fabro:

«Hasta ahora he andado yo muy solicito en procurar aquellos sentimientos de los cuales puede tomarse algún indicio de ser uno amado de Dios y de sus santos; pues lo que más quería entender era cómo se habían respecto de mi. Y esto no es malo; antes es lo primero que ocurre a los que caminan hacia Dios; o por decirlo mejor, tratan de hacerse a Dios propicio (…) Solemos, pues, y no hacemos mal, en los principios de nuestro vivir bien, andar principalmente solícitos de contentar a Dios en nosotros mismos, preparándole habitación corporal y espiritual, en nuestro cuerpo y en nuestro espíritu. Hay, sin embargo, cierto tiempo -cual sea, sola la unción del Espíritu Santo a cada uno de los que van rectamente aprovechando se lo enseña-, en el que se nos concede y se nos exige que no queramos ni procuremos tan principal y primariamente ser amados de Dios, sino que nuestro principal empeño debe ser amarle a él, esto es, que no andemos averiguando cómo se ha respecto de nosotros, sino cómo se ha él en sí y en las otras cosas, y qué es lo que en las cosas absolutamente le agrada o desagrada a él.

Aquello primero, que hemos dicho, era traer a Dios hacia nosotros; mas esto otro es llevarnos a nosotros mismos hacia Dios. En aquello primero buscamos que él se acuerde y tenga cuidado de nosotros, mas en esto segundo procuramos acordarnos de él y poner nuestra solicitud en lo que a él agrada. En el primer procedimiento consiste la vida de perfeccionarse en nosotros el temor verdadero y la reverencia filial; en el segundo, la de la perfección de la caridad.

Denos, pues, Dios a mí y a todos, los dos pies sobre los que nos debemos apoyar cuando caminamos por esta escala que nos conduce a Dios: verdadero temor y verdadero amor. Hasta ahora me parece que el temor ha sido para mí el pie derecho, y el amor el izquierdo. Ahora ya deseo que el amor sea el derecho y el principal, y el temor vaya siendo el izquierdo y menos principal».

Termina Fabro sintetizando todo en el pie del temor y el pie del amor. Al examinarnos, es mejor apoyarnos en el pie del amor primero y luego en el del temor. Si no, el examen no se sostiene en el tiempo. Porque cuando uno está cansado, si se apoya en el amor, perseverará más tiempo.

Nuevo nombre, nuevo modo

De ahora en más, al terminar el día diré: antes de cenar (al volver del trabajo, por ejemplo o antes de preparar la cena), voy a hacer mi Contemplación para alcanzar amor.

* Charlaré con Jesús o con nuestro Padre comunicándoles mis cosas y recibiendo las suyas: sus confidencias, su bondad, todo lo que tienen para decirme como amigos.

* Veré cómo el Señor puso su amor en mi día, más en obras que en palabras. Recordaré cosas buenas que pasaron hoy, concretas y pequeñas como el pan o un saludo.

* Le daré gracias por todos los beneficios que me hizo, por todo lo recibido. Lo haré no tanto «enumerando» -cosa que puede cansar a la larga- sino encareciendo mucho alguna gracia grande y dejando que las otras se le peguen en torno, como a un imán que las atrae y las centra. Agradeceré hasta que mi memoria quede rebosada de la luz del agradecimiento, que dilata el corazón y encandila la mirada.

Dar gracias purifica la memoria de todas las “frases” con que el mal espíritu pretende inundarla con sentimientos de fracaso, de culpa, de negatividad: “perdiste tanto tiempo”, “hiciste tan poco”, “tantas cosas salieron mal”…. La respuesta es que el pasado está en la Misericordia del Padre, que ha enterrado todos nuestros pecados y es capaz de dar vida a todos nuestros muertos.

* Mirando mi presente, prestaré atención y notaré cómo Dios «habita» en las personas que me encontré durante el día y con las que comparto la vida. Habita en ellas y eso se nota en sus «actos de santidad». Este es el punto que dice «mirar cómo Dios ‹trabaja› por mi -por nosotros- en todas las cosas. Es un ejercicio de reconocimiento del valor de lo que las creaturas «hacen por mí», de todo el trabajo que les dey, digámoslo así, y de lo que cada creatura «es» y vale por sí misma.

El reconocimiento de la presencia y del trabajo de Dios en mi presente lo purifica de todo sentimiento de soledad e inutilidad. Con Él nunca estamos solos, con él ningún pequeño esfuerzo es inútil. El acompaña y bendice nuestros pasos. Y si abrazamos la cruz del momento, si abrazamos “los clavos” en que la vida nos mete, Él es capaz de convertir esa cruz en fuente de vida para los demás.

* Mirando hacia adelante, al futuro, haré un ejercicio de «humildad que se empeña», de reconocimiento de mis límites y de que «todo es posible para Dios». Esta mezcla de «mi medida potencia», como dice Ignacio, y de la «suma e infinita potencia de Dios», hace que uno pueda «dar un pasito adelante, real y concreto, siempre, en el amor.

La esperanza que se alegra de la propia pequeñez y se fía totalmente de la grandeza de Dios purifica la mirada y el ánimo de todo descorazonamiento, de toda negrura de horizonte. Cuanto más pone uno el pie en la propia pequeñez y desde ahí alza la mirada al Cielo más se despeja el futuro y brilla la esperanza.

* Terminaré mi contemplación para cosechar el amor del día con el ofrecimiento que dice: Tomad Señor y recibid, toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento, y toda mi voluntad. Todo mi haber y mi poseer. Vos me lo diste, a Vos Señor lo torno. Todo es vuestro. Disponed a toda vuestra voluntad. Dadme vuestro amor y gracia, que esta me basta.

Dice el Papa Francisco:

“El discernimiento no solo es necesario en momentos extraordinarios, o cuando hay que resolver problemas graves, o cuando hay que tomar una decisión crucial. Es un instrumento de lucha para seguir mejor al Señor. Nos hace falta siempre, para estar dispuestos a reconocer los tiempos de Dios y de su gracia, para no desperdiciar las inspiraciones del Señor, para no dejar pasar su invitación a crecer.

Muchas veces esto se juega en lo pequeño, en lo que parece irrelevante, porque la magnanimidad se muestra en lo simple y en lo cotidiano1.

Se trata de no tener límites para lo grande, para lo mejor y más bello, pero al mismo tiempo concentrados en lo pequeño, en la entrega de hoy» (GE 169).

 

Momento Contemplativo para Alcanzar Amor…

Marta Irigoy

Llegamos a nuestro último Taller con el hermoso regalo que el Papa Francisco, nos ha hecho de escribirnos la Carta sobre el Pesebre…

Qué lindo seria que esa Carta la pudiéramos leer en forma personal, dirigida a personalmente a vos…

En estos tiempos tan despersonalizados, recibir esta carta, nos ayuda a centrarnos en lo esencial de nuestra fe: “Un Dios enamorado de nuestra Pequeñez que viene a enseñarnos el arte de amar…

Todo el texto del P. Diego, nos ilumina sobre cómo hacer al final del día una cosecha de las visitas de Dios en nuestras jornadas tan ajetreadas, que muchas veces sentimos que nos descentran de lo esencial y nos desafían a salir de nuestro propio querer para descubrir que es lo que le agrada al Padre…

Por esto, quizás podríamos hacer este examen cotidiano teniendo como horizonte, no querer «atraer a Dios», sino poner la fuerza en «dejarnos atraer por Él», en las cosas pequeñas, de cada día, especialmente en aquellas que son las que nos quitan la paz y la alegría de la vida…

Para terminar, les comparto esta hermosa oración de Madre Teresa de Calcuta, que nos ayudara a centrarnos en dejarnos atraer por Dios, en esos  momentos en que Dios se hace SORPRESA y nos invita desde diferentes situaciones a “dejarnos atraer por Él”, como aquellos Pastores y Magos de Oriente, que fueron  sorprendidos en un Noche Oscura -por una Estrella y unos Ángeles- y se dejaron iluminar teniendo la Gracia de ser parte de la Primer Noche Buena…

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Sabiendo que  cada vez que hacemos un pequeño gesto de Amor, el Reino llega; tomemos como camino para alcanzar amor este pedido a Jesús, que quizás podemos hacer cada día, ante el Pesebre…

Señor, cuando tenga hambre, dame alguien que necesite comida;

Cuando tenga sed, dame alguien que precise agua;

Cuando sienta frío, dame alguien que necesite calor.

Cuando sufra, dame alguien que necesita consuelo;

Cuando mi cruz parezca pesada, déjame compartir la cruz del otro;

Cuando me vea pobre, pon a mi lado algún necesitado.

Cuando no tenga tiempo, dame alguien que precise de mis minutos;

Cuando sufra humillación, dame ocasión para elogiar a alguien;

Cuando esté desanimado, dame alguien para darle nuevos ánimos.

Cuando quiera que los otros me comprendan,

dame alguien que necesite de mi comprensión;

Cuando sienta necesidad de que cuiden de mí,                                                                     dame alguien a quien pueda atender;

Cuando piense en mí mismo, vuelve mi atención hacia otra persona.

Haznos dignos, Señor, de servir a nuestros hermanos;

Dales, a través de nuestras manos, no sólo el pan de cada día,                                        también nuestro amor misericordioso, imagen del Tuyo.

Amen

-Madre Teresa de Calcuta M.C.

 

1 En la tumba de san Ignacio de Loyola se encuentra este sabio epitafio: «Non coerceri a maximo, contineri tamen a minimo divinum est» (Es divino no asustarse por las cosas grandes y a la vez estar atento a lo más pequeño).

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Momento de Reflexión

Diego Fares sj

En la cuarta semana de los Ejercicios Ignacio nos habla de «los efectos -verdaderos y santísimos- de la resurrección. Dice así: “Considerar cómo la Divinidad, que parecía esconderse en la pasión, aparece y se muestra ahora tan milagrosamente en la santísima resurrección, por los verdaderos y santísimos efectos de ella» (EE 223).

Y también: «Mirar el oficio de consolar, que Cristo nuestro Señor trae, y compararlo como el modo como unos amigos suelen consolar a otros» (EE 224).

Los efectos de la resurrección en Jesús nuestro Señor son efectos que irradian: el Resucitado remueve piedras sepulcrales; despierta la memoria –“Acordaos!”; envía -«Vayan a decir a sus discípulos»-; emancipa de toda dependencia, de toda culpa y condicionamiento social – las mujeres se convierten en anunciadoras-; acompaña por el camino; espera a la orilla del lago; se muestra, muestra sus manos heridas; aparece, se hace presente cuando las puertas están cerradas; enciende el corazón, lo hace arder con su tono apasionado; revive los signos, parte el pan como siempre; abre la mente, hace caer los prejuicios, permite pensar cosas nuevas; encabeza la marcha, va adelante, a Galilea; fortalece la fe; interpreta toda la Escritura, poniéndose en el centro mismo de la Biblia entera; insufla su Espíritu, pacifica, les da su paz; los consuela y alegra con su presencia; se va mostrando a cada uno según puede percibirlo, de acuerdo a su psicología y a su historia… E infinidad de efectos -verdaderos y santísimos- más.

Nos quedamos con algunos de Ignacio y otros de Francisco.

Aparecer, o la presencia del Señor Resucitado

Que el Señor resucitado se aparezca a la Iglesia -a la comunidad reunida- tiene que ver en primer lugar con el misterio de un nuevo modo de presencia. Un modo nuevo al que tenemos que abrir nuestro corazón y nuestra mente, si no, no lo veremos! Jesús, antes de comenzar a actuar, antes de darles la paz, de mostrarles sus llagas gloriosas, de comer con ellos y de enviarlos a predicar…, por un momento sólo se les aparece. Los evangelios dicen que «se presentó en medio de ellos estando las puertas cerradas por miedo a los judíos». Lo de las puertas cerradas es un signo, un detalle, pero hay muchos más. El Señor aparece y desaparece, pero su «presentarse» no es solo cuestión de lugar -el cenáculo con las puertas cerradas-, sino también de tiempo. Presentarse, no como quien llama a la puerta, sino como quien se materializa en medio de un grupo, es hacer sentir que ya estaba, aunque no lo vieran, y es también dejar la sensación cierta de que no hará falta salir a buscarlo, porque se presentará en el futuro cuando quiera. Esto es algo que desborda la experiencia de los discípulos. Pero no con un desborde de ansiedad, sino todo lo contrario: la resurrección los pacifica en el lugar mismo donde están, es un desborde de presente! La resurrección crea su propio espacio y tiempo: el Cuerpo de Jesús, el presente de Jesús: “Yo estoy todos los días con ustedes, hasta el fin de la historia”.

Este es un efecto lindísimo de la resurrección: podemos encontrar a Jesús -si Él se nos quiere «presentar»- en cualquier momento y en cualquier espacio. Ignacio decía que él encontraba al Señor cuando quería. Teresa dice que lo sentía a su flanco, siempre como buen compañero.

El Señor apareciendo y desapareciendo no juega a las escondidas, sino que revela su nuevo modo de estar: en el instante presente. Sólo hay que desearlo, invocarlo, ponernos en su presencia nosotros, hacer silencio, partir el pan con alguno, servir… y Él se hará presente de muchas maneras.

Veamos ahora cómo son estas muchas maneras, porque no estamos ante un fenómeno «general», ante una presencia que se pueda registrar con el celular. El Señor resucitado es libre de registros en soportes digitales – infotografiable, digamos -, por más que le duela a nuestra sed de fotos-. Sin embargo, se puede registrar y quedar impreso en la memoria con la nitidez de la alegría y de las grandes consolaciones: de manera inolvidable. Hay cosas que son de tal densidad que uno no teme olvidar porque sabe que quedarán para siempre. En este plano nos situamos.

El Señor se vuelve «perceptible» para sus amigas y amigos de diversas maneras, allí donde hay un «algo» propio de cada uno de ellos que hace que el corazón se le abra a la fe.

En los relatos de la Resurrección es común la experiencia de que muchos lo tenían delante y no lo reconocían hasta que el Señor les «despertaba algún sentido». A María Magdalena, por ejemplo, el Maestro la despierta con su voz. No podía hacer que lo viera ni aún poniéndosele delante! Y sin embargo, cuando le dice “María”, ella responde automáticamente, como siempre, «Rabbuní», y entonces lo ve!

Cada uno tiene su palabra mágica, esa que le despierta amor, simpatía, interés… Nuestro nombre, dicho de ciertas maneras y en ciertos momentos, es nuestra palabra mágica única y común. Y Jesús lo sabe.

Los discípulos de Emaús caminarán kilómetros con Él al lado e irán sintiendo que les arde el corazón pero recién lo reconocerán cuando el Señor «les abra los ojos» con un gesto suyo que se les había grabado: el de partir el pan. Hay gestos que nos despiertan a comprenderlo todo. Positiva o negativamente. El gesto del que se adelanta a proteger o a servir y el gesto del que se protege a sí mismo o se borra; la sonrisa que se adelanta a la respuesta o la mueca que pone distancia; la caricia o la crispación… El Señor consagró el gesto de partir el pan y abrió un abismo a todos los «materiales que no se pueden partir» (como el dinero).

Simón Pedro lo reconocerá gracias a la fe y la indicación de Juan y se tirará al agua sin necesitar ver o preguntar más. Este es un tipo de gesto muy especial, que el Señor suscitó o inventó indirectamente. Su modo de aparecerse en distintos «grados», hizo que se creara algo nuevo en la comunidad: cada uno contaba «cómo se le había aparecido» y se convertía para la Iglesia en el especialista en un tipo de presencia. El simple hecho de no aparecerse de un único modo y de no hacerlo de manera demasiado ostensible, abrió espacios para que cada sensibilidad pudiera ser valiosa para la comunidad. Surgieron así los distintos relatos y luego los distintos carismas: distintos modos de hacer presente a Alguien que se deja ver por cada uno como le gusta y ayuda más y como le hace más bien.

Tomás, que tenía clara su necesidad y que era consciente de su «sentido para creer» -meter el dedo en la llaga del Señor-, no necesitará usarlo cuando el Señor se presente en medio de ellos y lo invite a tocarlo. Sin embargo quedó legitimado (e invitado a superarse) este modo de «ver para creer».

Así, el Señor se hace todo a todos y se le aparece a cada uno de la manera que lo pueda percibir. Eso sí, a todos, a la vez que les acepta su modo, se les revela en el suyo, que tiene que ver con la Palabra, con la Escritura. A todos el Señor “les abre la mente para que comprendan la Escritura”, a todos los evangeliza: les dice algo evangélico -no teman, tengan paz…-, les recuerda alguna palabra de la Escritura y los envía a anunciar su Palabra a todos los pueblos, a cada uno según su cultura, así como a cada uno se le mostró según la suya.  Y es el error más grande confundir el modo como el Señor se le reveló a uno con algo que hay que imponer a los demás!!! Es precisamente todo lo contrario.

Por supuesto que esta mezcla de una capacidad de adaptación infinita con un mensaje único y universal requiere ayuda por parte del que la recibe. Es de tal magnitud la tarea que sólo el Espíritu puede llevarla adelante: anunciar al Resucitado, con sus nuevos modos de presencia, requiere toda la potencia, creatividad e impulso del Espíritu Santo. No es tarea humana. La acción del Señor es «espiritual» y será el Espíritu el que continuará la tarea de «despertarnos la fe». Es lo que pedimos cuando rezamos: «Ven Espíritu Santo, Creador/ Ven a visitar las mentes de tus fieles…/ Enciende con tu luz nuestros sentidos.

Para percibir al Señor Resucitado toda persona necesita la ayuda del Espíritu que es el que nos «adapta y nos vuelve aptos», a su presencia y modo de obrar . Se trata de algo enteramente nuevo en este mundo, pero algo a lo que, con esta Ayuda, nuestra mente y nuestros sentidos se pueden adaptar: creciendo, dilatándose, abriéndose a la nueva realidad que llamamos «gloriosa».

El mostrarse del Señor

Por el simple hecho de aparecer, la presencia del Señor suscita sentimientos encontrados. No solo a nosotros, con nuestra mentalidad un tanto escéptica, sino que altera y desconcertó también los sentidos y la mente de sus discípulos cuando trataron de meterlo en sus esquemas habituales. Les surgieron dudas, creían estar viendo un fantasma, Magdalena pensaba que era el jardinero, los de Emaús, un forastero… Por eso el Señor no solo se aparece, sino que se va mostrando activamente, va donando su presencia, de manera que los suyos se vuelvan capaces de percibirlo tal como El que realmente es.

Si simplemente se hubiera aparecido no habrían estado en grado de captarlo, hubieran prevalecido sus ideas habituales, le habrían proyectado sus ideas y prejuicios…

El Señor se muestra: les da la paz, les hace ver sus manos y su costado, les pide algo para comer… Los signos que utiliza remiten a experiencias vividas con los suyos y les hacen recordar. Pero, como decíamos, lo más importante es cómo les abre la mente y se las ilumina en relación a las Escrituras, para que comprendan todo lo que se refiere en ellas a su Persona.

Se trata de un mostrarse expandido, por decirlo de alguna manera,  un mostrarse de Alguien que requiere de toda la Escritura para ser captado en toda su dimensión. El Señor resucitado es un «resumen» viviente de toda la relación entre Dios y su pueblo a lo largo de la historia de salvación. El, como dice Pablo, recapitula todas las cosas en sí. El hecho de que aparezca y desaparezca indica algo. Pienso que apunta a no atraer la atención sobre sí mismo, sino que es invitación a crecer: cada uno, para verlo, tiene que volverse «comunitario» y «misionero». Percibir a Jesús, con toda la mente y los sentidos, y experimentar su acción, solo será posible en comunidad -en la Iglesia- y saliendo a misionar, reconociendo su cuerpo en el de los demás.

El oficio de consolar de nuestro Amigo

La acción definitiva y completadora del Señor resucitado es dar su Espíritu, insuflarlo. Volvernos aptos para «percibir» y «experimentar la acción» del resucitado es algo que solo el Espíritu Santo puede hacer. Si no, nos quedan chicos la mente, los sentidos y la capacidad de experimentar.

Al igual que Jesús, el Espíritu actúa también de modo integral: consolándonos. Cuando estamos consolados, todos los sentidos se activan, toda experiencia se vuelve significativa. La consolación espiritual nos unifica el alma de modo tal que podemos «ver y amar a Dios en todas las cosas y a todas en él»

Esta unificación interior unifica también lo exterior. Sucede lo que dice Mounier: nuestro diálogo interior se vuelve tal -gracias al Espíritu que nos hace sentir la presencia del Señor – que lo podemos proseguir con la primera persona que nos encontramos.

La santidad

Esta es la santidad de la que habla el Papa, la que nos hace caminar en presencia de Dios cada día y «discernir» a Jesús -su presencia, su acción y su oficio de consolar- gracias a «los efectos verdaderos y santísimos de su resurrección.

Algunos efectos de la resurrección según Francisco

En sus Exhortaciones Francisco presenta algunos efectos de la resurrección con un lenguaje y unas imágenes que hablan a nuestra sensibilidad actual.

Empezar de nuevo

“El está en ti, está contigo y nunca se va. Por más que te alejes, allí está el Resucitado, llamándote y esperándote para volver a empezar” (CV 2). La santidad de la resurrección es una santidad del volver a empezar. Eso significa resucitar: volver a empezar, pero no desde nosotros mismos, sino desde Jesús resucitado.

Francisco pone el ejemplo del hijo pródigo que “supo recapacitar para empezar de nuevo y decidió levantarse” (Cfr Lc 15, 17-20).

Dice también: “Y si pecas y te alejas, Él vuelve a levantarte con el poder de su Cruz. Nunca olvides que Él perdona setenta veces siete. Nos vuelve a cargar sobre sus hombros una y otra vez. Nadie podrá quitarnos la dignidad que nos otorga este amor infinito e inquebrantable. Él nos permite levantar la cabeza y volver a empezar, con una ternura que nunca nos desilusiona y que siempre puede devolvernos la alegría” (CV 119).  “Aún si te equivocas siempre podrás levantar la cabeza y volver a empezar, porque nadie tiene derecho a robarte la esperanza” (CV 142). “Eso implica pedirle al Señor que nos regale la gracia de aprender a tenernos paciencia, de aprender a perdonarse; aprender todos los días a volver a empezar” (CV 217)

Se trata de comenzar no como «si el mundo comenzara ahora» según esas propuestas de «construir un futuro sin raíces» sino asumiendo nuestra historia (Cfr. CV 179).

La Iglesia tiene en sí esta fuerza del Espíritu de comenzar siempre de nuevo (Cfr. CV 101). Y con María aprendemos a decir «sí» en la testaruda paciencia y creatividad de aquellos que no se achican y vuelven a comenzar» (CV 45).

Ahora bien: es posible comenzar de nuevo porque “hay salida” y porque “el bien se abre camino, paso a paso pero de manera real en nuestra vida”.

Ver que hay salida

“La santidad de la resurrección es una santidad que parte de las realidades tal como son, aún las más oscuras y dolorosas y anuncia que hay salida” (CV 104).

Esa salida es cualitativa, es una puerta que se abre en la misma situación en que estamos cuando hacemos el bien.

Que el bien pueda abrirse camino en nuestra vida y tenga poder

Como dice Francisco: “Si Él vive eso es una garantía de que el bien puede hacerse camino en nuestra vida, y de que nuestros cansancios servirán para algo. Entonces podemos abandonar los lamentos y mirar para adelante, porque con Él siempre se puede” (CV 127). “Cualquier otra solución será débil y pasajera. Quizás servirá para algo durante un tiempo, y de nuevo nos encontraremos desprotegidos, abandonados, a la intemperie. Con Él, en cambio, el corazón está arraigado en una seguridad básica, que permanece más allá de todo. San Pablo dice que él quiere estar unido a Cristo para «conocer el poder de su resurrección» (Flp 3,10). Es el poder que se manifestará una y otra vez también en tu existencia, porque Él vino para darte vida, «y vida en abundancia» (Jn 10,10) (CV 128).

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Momento para Contemplar

Marta Irigoy

Este mes vamos a contemplar al Señor Resucitado que “se aparece y se muestra a sus amigos”… Tomando conciencia de que el aparecerse y el mostrarse del Señor no es algo que vaya en dirección puntual e individual, podríamos decir, sino que es un aparecerse y mostrarse que indica una presencia y una acción más grande.

Y esta presencia y acción se concretan en los efectos de la Resurrección en la vida de los discípulos y discípulas del Señor que luego del terrible trance del viernes santo, hacen experiencia de la Vida Nueva, esa a la que, desde los comienzos de la amistad con el Señor, fueron invitados a descubrir…

Para la oración y contemplación, la invitación es elegir alguno de los textos de la Resurrección del Señor que más devoción despierte en mi o quizás el que mejor describe el momento actual de mi vida en donde necesito sentir al Señor que viene a mi vida con el Oficio Bendito de Consolar…

Algunos de los “efectos” de la Resurrección en nuestra vida son:

*   Empezar de nuevo

*   Ver que hay salida

*   Que el bien pueda abrirse camino en nuestra vida y tenga poder

*    Tener fe

En la Vida de los discípulos estos efectos se manifestaron siguiendo la dinámica que va:

‒   De la desolación a la paz. Tristes, desolados, desconcertados, reunidos por miedo. Son los discípulos del condenado. Y la Resurrección, sin cambiar nada externo, les da el gozo y la paz. Una paz que no se basa en garantías del mundo (mucho les queda por padecer), sino esa paz que el mundo no puede dar.

‒   De la incredulidad a la fe. Con la muerte de Jesús, su fe, más o menos débil, no se apagó.

“Nosotros esperábamos…” Si era difícil con él, ¿Qué será sin él? Con Jesús vuelve la fe,  “vieron y creyeron”. Su corazón arde al reconocerlo. Otros vieron y dudaron.

‒   De la dispersión del grupo a la unidad de la comunidad. Los dispersos vuelven por la fuerza de la Resurrección y el grupo de amigos se convierte en comunidad de hermanos. Van a pescar juntos y se encuentran reunidos en torno a Jesús.

−  De la ausencia del Señor a experimentar su presencia. Aunque no le vean. Es su presencia misteriosa para siempre en la Iglesia. No hará falta ver a Jesús para saber que está con nosotros: “Yo estaré con ustedes hasta el fin de los tiempos” -Mt. 28, 20-

−  De la cobardía al testimonio. Después de la muerte de Jesús no tienen mensaje algún dentro de su corazón. Todo acabó. Las apariciones llevan un mensaje misionero. Ese mensaje lo predicarán y testimoniarán con sus propias vidas. Serán testigos del Señor Resucitado.

‒   Del conocimiento según la carne a la vida según el Espíritu. “No está aquí” pero vive. La tumba está vacía, pero resucitó. El conocimiento que tuvieron de Jesús es completamente distinto del que pueden tener ahora, como la vida de Jesús es ahora una vida nueva según el Espíritu. Esta nueva vida de Cristo la viven ya los apóstoles por la fe en el Resucitado.

−  De la letra al conocimiento interno de las Escrituras. El Señor les abre el sentido de las   Escrituras. La explicación de las Escrituras hace arder su corazón. No es pura letra que ilustra, sino que adquiere todo un sentido interior.

¿Con qué texto de las Apariciones del Señor, necesitas contemplar, para experimentar los efectos de la Resurrección en tu vida?

 

La lógica del don y de la cruz no es mera lógica, sino “teológica”. Es la lógica con la que piensa Dios nuestro Señor, no la lógica de los hombres. Y el primer paso de esta lógica es contemplativo. Con esto quiero decir que no se trata de “sacar conclusiones lógicas -según lo que nos parezca- de la palabra De Dios, sino de abrirnos a que esa Palabra nos cambie y nos transforme nuestros criterios y maneras de pensar. La hermana Marta me contaba que dando Ejercicios abiertos a gente de una capilla, cuando les dijo que tocaba contemplar la Pasión, casi todos pusieron cara. Surgieron los más diversos “peros”. No los citaré aquí porque basta que cada uno examine lo que siente cuando lo invitan a rezar con la cruz. Yo por ejemplo, siento ahora que ya he tenido bastante cruz en estos días y que preferiría tocar otros temas en la oración. Marta decía que se asombró de esa resistencia en gente de oración y que trataba de atajar los peros, argumentando que la pasión es fuente de consuelo, que esperaran a hacer la experiencia… Al final, buscó y encontró una hermosa imagen de Jesús en la cruz con la ovejita encontrada en sus hombros y propuso a los ejercitantes que rezaran con esa imagen de Jesús en la cruz, antes de decir nada.

Por eso en este encuentro comenzamos por la parte contemplativa y las reflexiones para sacar provecho las hacemos después.

Primero hay que mirar a Jesús en la cruz con la ovejita perdida y encontrada en hombros -esa que somos nosotros, que son todos los crucificados de hoy- y dejar que su imagen entregada por amor, nos atraiga y nos consuele, nos haga sentir su perdón infinito, su sed de salvar, el último aliento con el que entregó su Espíritu y lo infundió por todo el mundo para que lo respiren los que anhelan tener fe y ser salvados por su Amor.

Momento para contemplar

Marta Irigoy

En este momento contemplativo, podemos dejarnos consolar por el Señor, en las veces sentimos que se nos hace difícil y arduo el seguimiento y el servicio…

Hoy podemos “sentir y gustar”, (como nos enseña San Ignacio) estas hermosas palabras:

“El que lo pide todo también lo da todo…”

Y podemos contemplar este Icono que nos revela el porqué de la Cruz que Jesús llevo…

• Podemos imaginarnos en esa pequeña ovejita, sobre sus hombros…

• Podemos mirarlo tan de cerca y contarle lo que hoy tenemos en el corazón y pedirle a este Cristo Buen y Bello Pastor que nos consuele…

Sabiendo, como dice el Papa Francisco:

“Su entrega en la Cruz es algo tan grande que nosotros no podemos ni debemos pagarlo, sólo tenemos que recibirlo con inmensa gratitud y con la alegría de ser tan amados antes de que pudiéramos imaginarlo: «Él nos amó primero» (1 Jn 4,19)» (CV 121).

«La segunda verdad es que Cristo, por amor, se entregó hasta el final para salvarte. Sus brazos abiertos en la Cruz son el signo más precioso de un amigo capaz de llegar hasta el extremo…”

“Ese Cristo que nos salvó en la Cruz de nuestros pecados, con ese mismo poder de su entrega total sigue salvándonos y rescatándonos hoy. Mira su Cruz, aférrate a Él, déjate salvar, porque «quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento». Y si pecas y te alejas, Él vuelve a levantarte con el poder de su Cruz. Nunca olvides que ‹Él perdona setenta veces siete. Nos vuelve a cargar sobre sus hombros una y otra vez. Nadie podrá quitarnos la dignidad que nos otorga este amor infinito e inquebrantable. Él nos permite levantar la cabeza y volver a empezar, con una ternura que nunca nos desilusiona y que siempre puede devolvernos la alegría” (CV 119).

Momento de reflexión

Diego Fares sj

Reflexionamos ahora para sacar mucho provecho de esta contemplación de la Cruz. Digo esto pero recomendando que si uno quiere quedarse mirando la imagen, vuelva a ella. Hace bien “frenar” la reflexión cuando uno lo siente, y volver a la contemplación. El provecho no es solo compaginar bellas ideas sino que se ensanche y dilate el corazón al sentir y gustar el amor de Cristo, hablándole al oído como hace la ovejita del icono.

En la dinámica de los Ejercicios, que siguen los pasos de la vida del Señor, los hechos de la Pasión llevan toda una semana: la tercera. Ignacio dedica un día a cada estación del Via Crucis: desde lo ocurrido en la Cena, hasta el huerto de los olivos, desde lo ocurrido en el huerto, hasta la casa de Herodes… y así; y luego dos días lo dedica a contemplar la Pasión en conjunto: un medio día, la mitad de la pasión, otro medio día, la otra mitad y por fin, todo un día contemplando pasión entera.

Cómo se hace -pienso siempre- para contemplar la pasión entera? Es una propuesta que nos desafía a asumir una actitud muy receptiva: es como cuando uno contempla un cuadro y toma distancia para mirar la escena entera dejando que ella misma “brille” en algún detalle y “hable” a nuestros ojos atrayéndolos, ya a un punto, ya a otro, sin apuro ni prisa por ir adelante (como hace uno que quiere sacar conclusiones). Contemplar es volver sobre lo mirado. Contemplar es ir por los detalles sin perder el centro, dejándolo que irradie. Es volver al icono del Señor en Cruz con la ovejita y detenerme en que ella parece que le habla y el Señor con los ojos ya cerrados como que la escucha; es mirar el Espíritu Santo que baja directo y rápido hacia los dos; es ver que las manos del Señor están abiertas y vueltas hacia arriba; es sentir la frase “encontré a la oveja que se me había perdido”, es la frase que le brota al Señor desde todo su ser: frase de triunfo, de alivio y alegría, que justifica su sacrificio.

Contemplar es centrar la mirada. En el caso de la Pasión lo que irradia desde el centro es el Amor de Cristo puesto en Cruz. Ignacio dice que contemplándolo así, podemos “discurrir por lo que se ofreciere”, es decir, dejar que mande el corazón, confiados totalmente en que, si mantenemos los ojos fijos en Aquél que nos amó, sentiremos y pensaremos bien, sin distraernos ni confundirnos. Se nos comunicará “la lógica de la Cruz.

Como decíamos, en la semana dedicada a la Pasión Ignacio invita al ejercitante a “estar” con Cristo que padece, a detenerse en cada “estación”, en cada detalle, como hacen los Evangelios, que le dedican a la Pasión un gran espacio dentro del conjunto de la Vida del Señor. Esta lógica de “detenerse”, de “estar” y de “estacionarse”, es algo profundamente humano también: con el que sufre uno no puede “pasar rápido”, lo que ayuda es permanecer, quedarse un rato, dar tiempo. Una expresión de este quedarse, cuando uno visita a un enfermo por ejemplo -como me decía una amiga-, es sentarse a su lado; no hablarle estando de pie. Sentarnos al lado de otro nos iguala, nos pone a la misma altura, es señal que se da con el cuerpo de que uno se quiere quedar acompañando.

Tomando lo que dice Francisco en Gaudete et exsultate, esta lógica del estar contemplativo es opuesta a la del mundo: «El mundo nos propone lo contrario: el entretenimiento, el disfrute, la distracción, la diversión, y nos dice que eso es lo que hace buena la vida. El mundano ignora, mira hacia otra parte cuando hay problemas de enfermedad o de dolor en la familia o a su alrededor. El mundo no quiere llorar: prefiere ignorar las situaciones dolorosas, cubrirlas, esconderlas. Se gastan muchas energías por escapar de las circunstancias donde se hace presente el sufrimiento, creyendo que es posible disimular la realidad, donde nunca, nunca, puede faltar la cruz» (GE 75).

La lógica del que permanece

Si reflexionamos sobre esto desde el punto de vista temporal podemos discernir dos lógicas con respecto al tiempo: una, la lógica del que “huye”, y otra, la lógica del que “permanece”. Aunque parezca que el mundo de la diversión nos quiere instalar en el disfrute y en el placer, la esencia de la diversión es cuantitativa y como todo lo cuantitativo, no se detiene, sino que siempre se fuga hacia el infinito. Hay todo un apuro y un gran desgaste de energías por no perderse nada y por seguir disfrutando, un apuro por detener el tiempo o por renovar la distracción con nuevas emociones, saltando a otra cada vez que una se agota.

La lógica del don -que en la cruz es total- sigue el camino contrario: el que se quiere dar no tiene apuro por donarse, toma su ritmo del ritmo del otro: sabe reír con el que ríe y llorar con el que llora.

En la lógica del don el amor marca el ritmo del tiempo: no hay apuro por poseer lo placentero ni por desembarazarse de lo no placentero. Cuando amamos, disfrutamos de lo bueno y compartimos las penas, pero lo importante es la persona del otro. Importa lo que le pasa, bueno o malo, pero porque importa ella, la persona. Cuando la situación es de sufrimiento, la cruz es expresión del “estar clavado” en esa situación sin moverse de ella. Pero uno puede estar clavado “pataleando” internamente, o, aunque no se vean los clavos, uno puede estar clavado por amor, por los clavos de una decisión de amor y fidelidad inquebrantable que nos lleva a no movernos de una situación en la que el estar cerca del otro y permanecer con él en su dolor es lo importante.

La lógica de poner la cruz en el espacio excluido

Otra reflexión puede hacerse desde un punto de vista “espacial”. Dice el Papa: «Cuando escrutamos ante Dios los caminos de la vida, no hay espacios que queden excluidos. En todos los aspectos de la existencia podemos seguir creciendo y entregarle algo más a Dios, aun en aquellos donde experimentamos las dificultades más fuertes. Pero hace falta pedirle al Espíritu Santo que nos libere y que expulse ese miedo que nos lleva a vedarle su entrada en algunos aspectos de la propia vida. El que lo pide todo también lo da todo, y no quiere entrar en nosotros para mutilar o debilitar sino para plenificar (GE 175).

La frase “no hay espacios que queden excluidos” tiene que ver con la cruz. En la cruz, la experiencia es que los espacios se reducen, no hay libertad de movimientos y uno queda fijado a un lugar: al lecho del dolor, la cárcel, el barcón de los emigrantes… Contemplar al Señor en la cruz es contemplar su decisión de quedar sometido y limitado a ese espacio estrecho. Él, el Creador de todo, el que podía caminar sobre las aguas y ascender al cielo por su propia virtud, sin posibilidad de acción ninguna, excepto la de amar, la de perdonar sin medida a sus ejecutores, la de abandonarse filialmente en las manos del Padre. Esta dinámica del mayor amor en el espacio más reducido e imposibilitante, es lo que puede llevar a despertarnos el deseo de que el Señor “entre” en esos espacios nuestros en los que nadie entra, en los que parece que no podemos hacer nada: los espacios de nuestro egoísmo, de nuestro pecado repetido, de nuestras culpas y resentimientos paralizantes. Impresiona mucho comprender que no es que Él pueda “venir” por sí mismo a esos espacios nuestros, ya que no puede moverse. Sí podemos traerlo nosotros, como quien abraza una cruz y la carga y la pone allí, en ese espacio muerto, para que plantada, la Cruz de vida.

Cargar la cruz no es “ir heroicamente hacia adelante, frunciendo el ceño y apretando los puños”, cargar la cruz es ponerla humildemente en el terreno de nuestro pecado, para que allí reine el amor del Señor, pacificando todo sin moverse, estando a nuestro lado.

Por estos caminos va la lógica que transforma nuestro espacio y nuestro tiempo al contemplar la cruz. La Cruz nos ayuda a sentir y a pensar bien. Desde el tiempo sin apuro del Señor en la cruz, manifestación clara de su querer sentarse a nuestro lado y quedarse con nosotros para siempre. Desde el espacio estrecho del Señor en la cruz, signo de que no tiene miedo a la estrechez de ningún espacio nuestro, ni el de nuestros cálculos egoístas ni el de nuestros repetidos intentos de no salir de nosotros mismos. En la baldosa en que nos movemos el Señor clavado en cruz allí, puede hacer maravillas. Pivotear para cambiar de dirección nuestra vida.

La lógica del discernimiento que sitúa en el misterio

La última reflexión es sobre el discernimiento. Dice el Papa: “Esto nos hace ver que el discernimiento no es un autoanálisis ensimismado, una introspección egoísta, sino una verdadera salida de nosotros mismos hacia el misterio de Dios, que nos ayuda a vivir la misión a la cual nos ha llamado para el bien de los hermanos».

Y continúa: «Como decía san Buenaventura refiriéndose a la cruz: «Esta es nuestra lógica». Si uno asume esta dinámica, entonces no deja anestesiar su conciencia y se abre generosamente al discernimiento» (GE 174).

A discernir qué cosa? A discernir el momento oportuno en el que tenemos que salir hacia el otro y el espacio donde tenemos que estar.

Cómo es que la cruz con su lógica nos ayuda a discernir? La Cruz nos ayuda porque es un punto absoluto de certeza. Allí donde hay una cruz ese espacio siempre es de Dios, el demonio no entra en él.

Allí donde una situación dura sin poder resolverse, allí siempre está Jesús, ese tiempo de incertidumbre y angustia es suyo, el demonio no entra allí, aunque ronde queriéndonos hacer bajar De la Cruz, tentándonos a abandonar ese espacio e irnos a otro lado. Ronda pero no entra. La Cruz es reino donde el amor soberano del Señor reina con plenos poderes. Gracias a Cristo, sabemos sin poder dudar que en la cruz siempre está y reina Dios. No hay en ella ambigüedad, como en todas las demás cosas de la vida, especialmente en esta época de la pos-verdad y de las diferentes interpretaciones acerca de todo lo que sucede. Jesús limpió la cruz de todas las insidias y falacias que el demonio siembra, como cizaña, en nuestra vida. Sabemos que allí donde hay una cruz, personal o comunitaria, el Señor está. Y está salvando, poniendo todo bajo el abrazo de su misericordia infinita e incondicional que permite que siempre haya otra oportunidad.

Escuchemos finalmente lo que dice Francisco al respecto: La entrega del Señor “en la Cruz es algo tan grande que nosotros no podemos ni debemos pagarlo, sólo tenemos que recibirlo con inmensa gratitud y con la alegría de ser tan amados antes de que pudiéramos imaginarlo: «Él nos amó primero» (1 Jn 4,19) (CV 121). Recibir lo que nos da el Señor desde la Cruz!

«La verdad es que Cristo, por amor, se entregó hasta el final para salvarte. Sus brazos abiertos en la Cruz son el signo más precioso de un amigo capaz de llegar hasta el extremo: «Él, que amó a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin» (Jn 13,1). San Pablo decía que él vivía confiado en ese amor que lo entregó todo: «Vivo de la fe en el Hijo de Dios, que me amó y se entregó a sí mismo por mí» (Ga 2,20)» (CV 118). Sentir la amistad del Señor en la Cruz!

«Ese Cristo que nos salvó en la Cruz de nuestros pecados, con ese mismo poder de su entrega total sigue salvándonos y rescatándonos hoy. Mira su Cruz, aférrate a Él, déjate salvar, porque «quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento». Y si pecas y te alejas, Él vuelve a levantarte con el poder de su Cruz. Nunca olvides que ‹Él perdona setenta veces siete. Nos vuelve a cargar sobre sus hombros una y otra vez. Nadie podrá quitarnos la dignidad que nos otorga este amor infinito e inquebrantable. Él nos permite levantar la cabeza y volver a empezar, con una ternura que nunca nos desilusiona y que siempre puede devolvernos la alegría’» (CV 119). El Señor nos vuelve a cargar sobre sus hombros una y otra vez, como a la ovejita del icono!

«La cruz, sobre todo los cansancios y los dolores que soportamos por vivir el mandamiento del amor y el camino de la justicia, es fuente de maduración y de santificación” (GE 92). El mundo propone vértigo para la diversión y anestesia para los sufrimientos. El Señor, en cambio, propone la maduración de nuestro discernimiento, una maduración que permite que nuestro amor crezca y se haga fuerte y fecundo.

“Hay momentos duros, tiempos de cruz, pero nada puede destruir la alegría sobrenatural, que «se adapta y se transforma, y siempre permanece al menos como un brote de luz que nace de la certeza personal de ser infinitamente amado, más allá de todo». Es una seguridad interior, una serenidad esperanzada que brinda una satisfacción espiritual incomprensible para los parámetros mundanos” (G 125).

«Jesús puede unir a todos (…) en un único sueño, «un sueño grande y un sueño capaz de cobijar a todos. Ese sueño por el que Jesús dio la vida en la cruz y el Espíritu Santo se desparramó y tatuó a fuego el día de Pentecostés en el corazón de cada hombre y cada mujer, en el corazón de cada uno […]. Lo tatuó a la espera de que encuentre espacio para crecer y para desarrollarse. Un sueño, un sueño llamado Jesús sembrado por el Padre, Dios como Él –como el Padre–, enviado por el Padre con la confianza que crecerá y vivirá en cada corazón. Un sueño concreto, que es una persona, que corre por nuestras venas, estremece el corazón y lo hace bailar» (CV 157). El Sueño por el que el Señor dio su vida en la Cruz!

“El triunfo cristiano es siempre una cruz, pero una cruz que al mismo tiempo es bandera de victoria, que se lleva con una ternura combativa ante los embates del mal» (GE 163).

“Hay hermosura, más allá de la apariencia o de la estética de moda, en cada hombre y en cada mujer que viven con amor su vocación personal, en el servicio desinteresado por la comunidad, por la patria, en el trabajo generoso por la felicidad de la familia, comprometidos en el arduo trabajo anónimo y gratuito de restaurar la amistad social. Descubrir, mostrar y resaltar esta belleza, que se parece a la de Cristo en la cruz, es poner los cimientos de la verdadera solidaridad social y de la cultura del encuentro” (CV 183).

Ponemos nuevamente el icono del Señor con la ovejita recobrada en la Cruz para que abrace nuestro reflexión.

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