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Momento de Meditación

Diego Fares sj

«Que vuelva a resonar, una vez más, el llamado a la santidad»

En Gaudete et exsultate Francisco hace un «llamamiento» universal a la santidad, a la alegría del amor. Universal no quiere decir «en general», quiere decir a todos pero tomado cada uno en concreto, con nombre y punto en el que se encuentra en el camino de su vida. Y «alegría» del amor, no es la alegría como estado de ánimo pasajero, sino la alegría inmediata y duradera que sólo Cristo encarnado, muerto y resucitado puede dar. Es la alegría de pode amar en el contexto actual, en toda situación. El llamado es al «en todo amar y servir» de Ignacio y a la contemplación para «crecer en el amor». Aquí y a partir de ahora. Este llamamiento, en los Ejercicios Espirituales, tiene su meditación propia: la del rey temporal que ayuda a contemplar al Rey eternal (EE 91-99).

El Papa  desea que «vuelva a resonar el llamamiento». Y califica de «humilde objetivo» esto de que el llamado resuene. Humilde y potente en sentido evangélico: como la levadura que fermenta toda la masa. El llamamiento de Jesús -El reino de los cielos está cerca, crean y conviértanse!- es el punto de partida real de todo lo demás que Jesús quiere hacer. El llamamiento suscita la Fe.

Si nos fijamos en el actuar conjunto del Padre y Jesús, constatamos que el Padre confía toda la actuación en manos de su Hijo. Y cuando interviene, con majestad soberana, es para manifestar su agrado y predilección por Jesús. Su único mandamiento es que «escuchemos a su Hijo amado». Eso basta.

Por qué basta escucharlo? Por que Jesús no solo dice cosas, El es la Palabra en la que fuimos creados. Escucharlo a Él exteriormente -en el Evangelio- es escucharlo en el interior de nuestro corazón, en las fibras de nuestro ADN.

Es tan familiar la voz de nuestro Pastor, que al reconocerla nuestro corazón no puede no seguirlo. Es tan verdadero su mensaje, tan claro y posible de realizar y de cumplir  lo que nos manda y aconseja, que si «no somos sordos a su llamamiento» seguramente lo podremos seguir y hacer todo lo que Él nos diga.

Cuando en el Padre nuestro decimos «hágase tu voluntad», no siempre pensamos en esto: que la voluntad del Padre se contiene entera en que escuchemos a Jesús.  Pareciera un trámite y sin embargo es todo lo contrario. Lo que hace el Padre es abrirnos el espacio infinito de la oración como «escuchar a Jesús». Que el Creador, el Omnipotente, el Misericordioso, el Más Grande, nos de a conocer su Voluntad en un sólo mandamiento es algo digno de atención.

La oración se convierte así en la primera tarea del día: ir a escuchar al Jefe porque lo dice el Jefe supremo. Yo en Ejercicios, que es donde recupero este espacio de oración cotidiana como lo más importante, me suelo preguntar cómo es que se me ocurre siquiera enfrentar el día y salir sin rezar. Soy como el empleado que no saluda al Jefe de mañana para preguntarle si tiene algo especial para encomendarle.

Una cosa más sobre esto de escuchar. Cuando uno dice a otro «escuchá», lo que le está diciendo es «escuchá bien». Sin  el ruido de los prejuicios, sin la sordera del juicio apresurado. Lo que le agrada al Padre es que el llamado de Jesús pueda resonar libre de interferencias para así poder suscitar la Fe.

Llamamiento al servicio alegre imitando a Jesús

En la meditación del Rey y en la de Dos Banderas, Ignacio nos hacer ver que existe un reino en el que el cristiano puede cumplir con su propio deber de servir libre y gozosamente, como un noble caballero: el reino de Dios en la Iglesia» (H. Rahner).

La meditación del Rey -centrada en el llamamiento de Jesús- nos permite «re-consagrar» la palabra «servicio». Es una palabra santa pero que puede haber adquirido connotaciones si no de obligación (porque hacemos mucho servicio voluntario), sí de eficientismo. E Ignacio libera el servicio del eficientismo externo y liga su eficacia al hacer las cosas con Jesús y como Jesús. Es esencial al servidor que haga las cosas al estilo de Jesús. El estilo no solo como modo de trabajar y de usar las cosas sino, y de manera muy especial, el estilo en cuanto modo de compadecer: involucrado, cercano, tierno, comprensivo, generoso… y todo el infinito mundo de matices que tiene Jesús compasivo.

El llamamiento de Cristo dice así: “Quien quisiere venir Conmigo, tiene que trabajar Conmigo, porque siguiéndome en la pena también me siga en la gloria” (EE 95). Un poco antes, en el ejemplo del rey temporal agregaba: «Ha de estar contento de comer como yo, y así de beber y vestir, etc. (El «etcétera» de Ignacio es invitación a imaginar todo aquello en lo que podemos imitar «el estilo de Jesús» en cosas que hacen a la vida privada e influyen en la misión); asimismo tiene que trabajar conmigo en el día y vigilar en la noche, etcétera (en este etcétera podemos imaginar cuáles era los trabajos de Jesús: predicar, visitar, conversar, perdonar, sanar, acompañar, enseñar…-; y también su vigilancia: profetizar, discernir el mal espíritu, prever y preparar a los suyos…); porque así tenga parte conmigo en la victoria, como la ha tenido en los trabajos» (EE 93).

De hecho, la alegría de la que habla Ignacio -esa expresión suya «será contento» (que significa conformarse -contentarse- pero con alegría -contento- no con cara de vinagre) la alegría, digo, tiene más que ver, en esta vida, con imitar a Jesús en pasar pobreza, injurias y vituperios, que con la victoria exterior, que más bien es una alegría que se reserva para el final, para el cielo.

De esto habla el Papa en Evangelii Gaudium cuando dice que no hay que separar misión y vida privada, ya que cada uno de nosotros puede decir, humildemente pero de verdad: «En el corazón de mi Pueblo yo soy una misión» (EG 273).

Esta coherencia de vida, el no separar la misión (donde uno es más generoso) de la vida privada (donde uno se reserva sus espacios) no es posible, dice Francisco, si uno no se sitúa en el corazón de nuestro pueblo: “Si uno separa la tarea por una parte y la propia privacidad por otra, todo se vuelve gris y estará permanentemente buscando reconocimientos o defendiendo sus propias necesidades. Dejará de ser pueblo” (EG 273). La gente que realiza con absoluta seriedad y responsabilidad los oficios más humildes en nuestra sociedad nos da ejemplo cotidiano de lo que significa «ser pueblo», sentirse uno más, en un trabajo pequeño, quizás, pero importante para que funcione la comunidad. El Papa habla del «maestro de alma», de la «enfermera de alma», del «político de alma» (hay muchos que sí la tienen y que no la han vendido ni están indecisos).

La pertenencia a un pueblo es una pertenencia espiritual. No basta con tener la misma sangre o habitar el mismo suelo: se pertenece en la medida en la que uno cumple su misión en orden al bien común de su gente. Es una pertenencia que se puede incrementar o perder (no solo en un país de misión sino dentro de la propia cultura y país) según uno concrete o no la decisión de ser con y para los demás. Pueblo, en sentido evangélico, es una palabra dinámica (se es en la medida en la que uno se involucra y sirve) e inclusiva: siendo de mi pueblo soy alguien abierto a todos los pueblos.

Crear espacios de oración para que el llamado pueda resonar

En un llamado, lo importante es que resuene. Que no tengamos los oídos en modo avión ni llenos de ruidos.

Un impedimento actual para la escucha del llamado proviene del consumismo: «Las constantes novedades de los recursos tecnológicos, el atractivo de los viajes, las innumerables ofertas para el consumo, a veces no dejan espacios vacíos donde resuene la voz de Dios. Todo se llena de palabras, de disfrutes epidérmicos y de ruidos con una velocidad siempre mayor. Allí no reina la alegría sino la insatisfacción» (GE 29).

El espacio vacío donde resuena la voz de nuestro «jefe y Señor» es la oración: Santa Teresa decía que «la oración es ‹tratar de amistad estando muchas veces a solas con quien sabemos nos ama”. Y el Papa agrega: «Quisiera insistir que esto no es solo para pocos privilegiados, sino para todos, porque «todos tenemos necesidad de este silencio penetrado de presencia adorada“.⁠ La oración confiada es una reacción del corazón que se abre a Dios frente a frente, donde se hacen callar todos los rumores para escuchar la suave voz del Señor que resuena en el silencio» (GE 149).

«Será difícil que nos ocupemos y dediquemos energías a dar una mano a los que están mal si no cultivamos una cierta austeridad, si no luchamos contra esa fiebre que nos impone la sociedad de consumo para vendernos cosas, y que termina convirtiéndonos en pobres insatisfechos que quieren tenerlo todo y probarlo todo. También el consumo de información superficial y las formas de comunicación rápida y virtual pueden ser un factor de atontamiento que se lleva todo nuestro tiempo y nos aleja de la carne sufriente de los hermanos. En medio de esta vorágine actual, el Evangelio vuelve a resonar para ofrecernos una vida diferente, más sana y más feliz» (GE 108).

Al hablar de las «notas de la santidad en el mundo actual» el Papa usa un lenguaje auditivo, musical, en el que el aguante, la paciencia y mansedumbre, el buen humor, la audacia apostólica y el fervor, la comunidad y la oración, no son «notas sueltas» sino un acorde en cuyo «espacio musical» resuena «de modo especial» el llamado a la santidad hoy (cfr. GE 110). Si pensamos estas notas en términos «espaciales» vemos que «crean espacio»: al aguante crea espacio, la paciencia crea espacio, da tiempo…; la mansedumbre no ahoga, da lugar al otro; el humor distiende, es como una ventana de aire fresco, la audacia impulsa a salir más allá, a ganar terrenos de nadie; la comunidad es «lugar teológico» donde nos juntamos a rezar.

Discernimiento como salida de sí

Una novedad de Francisco en el modo de concebir el llamamiento en la hora actual se puede ver en que el Señor que «golpea y llama» a nuestra puerta, no es tanto para entrar sino para salir. «Pero a veces me pregunto si, por el aire irrespirable de nuestra autorreferencialidad, Jesús no estará ya dentro de nosotros golpeando para que lo dejemos salir» (GE 136).

Salir es discernir. Porque la autorreferencialidad es un encierro, una cárcel con barrotes de esquemas mentales que nos quitan libertad. Dice Francisco: «Somos libres, con la libertad de Jesucristo, pero él nos llama a examinar lo que hay dentro de nosotros ―deseos, angustias, temores, búsquedas― y lo que sucede fuera de nosotros —los ‹signos de los tiempos›— para reconocer los caminos de la libertad plena: «Examinadlo todo; quedaos con lo bueno» (1 Ts 5,21)» (GE 168). El discernimiento requiere «disposición a escuchar: al Señor, a los demás y a la realidad misma que siempre nos desafía de maneras nuevas» (GE 172).

Discernimiento como modo de salir de sí es la característica del llamado de Jesús hoy: «Esto nos hace ver – dice el Papa- que el discernimiento no es un autoanálisis ensimismado, una introspección egoísta, sino una verdadera salida de nosotros mismos hacia el misterio de Dios, que nos ayuda a vivir la misión a la cual nos ha llamado para el bien de los hermanos» (GE 175).

Discernimiento como instrumento para seguir al Señor

El Señor dice que para seguir al Señor necesitamos «instrumentos» y, más precisamente, instrumentos de lucha. Porque no se trata de un seguimiento lineal, sino dramático: «La vida cristiana es un combate permanente. Se requieren fuerza y valentía para resistir las tentaciones del diablo y anunciar el Evangelio. Esta lucha es muy bella, porque nos permite celebrar cada vez que el Señor vence en nuestra vida» (GE 158).

El combate no es solo contra la mentalidad mundana, que nos engaña, nos atonta y nos vuelve mediocres, ni tampoco solo con nuestras propias inclinaciones (cada uno tiene sus pasiones desordenadas, dice el papa) sino contra el diablo, el príncipe del mal (GE 159).

La escucha: sustrato básico de todo discernimiento

«¿Cómo saber – se anima a preguntar el Papa- si algo viene del Espíritu Santo o si su origen está en el espíritu del mundo o en el espíritu del diablo?» (GE 166). Este es la pregunta más importante que, si aceptamos que estamos en guerra, tenemos que hacernos todos los días. No se trata de dudar de todo. Pero sí de no ser ingenuos y estar abiertos a escuchar y a dejarnos confrontar: «Solo quien está dispuesto a escuchar tiene la libertad para renunciar a su propio punto de vista parcial o insuficiente, a sus costumbres, a sus esquemas» (GE 172).

El Espíritu nos da la gracia, en primer lugar de volver «a escuchar a Jesús, con todo el amor y el respeto que merece el Maestro». El Espíritu hace que le permitamos «que nos golpee con sus palabras, que nos desafíe, que nos interpele a un cambio real de vida» (GE 66). «Para todo discípulo es indispensable estar con el Maestro, escucharle, aprender de él, siempre aprender. Si no escuchamos, todas nuestras palabras serán únicamente ruidos que no sirven para nada» (GE 150).

Decía el Papa en su Carta al Pueblo de Dios en Chile: «Quisiera detenerme en la palabra “escucha”, ya que discernir supone aprender a escuchar lo que el Espíritu quiere decirnos. Y sólo lo podremos hacer si somos capaces de escuchar la realidad de lo que pasa».

La escucha es el primer paso del discernimiento -primero en el sentido de básico, es el trasfondo que nunca se deja atrás, siempre hay que «volver a escuchar» con más atención al otro, con más apertura de corazón, «salvando la proposición ajena», preguntando, acogiendo, poniéndonos en los zapatos del otro (y del Otro).

El Papa nos advierte que, en este combate que es la vida, en la lucha de paradigmas que escuchamos en nuestra cabeza, hasta «podría ocurrir que en la misma oración evitemos dejarnos confrontar por la libertad del Espíritu, que actúa como quiere». Puede suceder que uno rece, y mucho, y sin embargo «evite la confrontación con el Espíritu» (GE 172).

En el primer taller hablábamos de ejercitarnos en «mirar en modo discernimiento». En sacarnos los anteojos de las ideologías. Pues bien, escuchar bien es el primer paso para «ver bien». Cuando uno escucha, naturalmente el esfuerzo se dirige al sonido y al tono en el que se revela lo que quiere decir el otro. Uno pesca la intención en los énfasis y en el tono. Poníamos el ejemplo que hace ver la diferencia entre ver y escuchar: uno puede ver muchas imágenes al mismo tiempo y hacer zapping. El oído en cambio se atasca más rápido y cuando hablan muchos uno pide que hablen de a uno. La contaminación acústica produce disgusto y hasta dolor. En cambio a la contaminación visual nos acostumbramos más rápido (aunque a la larga produzca el síndrome de Stendhal, el cansancio la ver tantos cuadros en un museo). Quizás por eso le es más fácil al demonio «disfrazarse de ángel de luz» que «imitar la voz del buen Pastor». Jesús dice que «sus ovejas reconocen su voz». Se fía del oído a la hora de discernir.

Qué criterios nos da el Papa para saber si algo viene del Espíritu bueno o del Maligno?

            Discernir estas dos voces -sabiendo que a veces el mal espíritu se disfraza de ángel de luz y puede usar la misma escritura para engañarnos como trató de hacer con el Señor en las tentaciones del desierto- es una gracia y hay que pedirla cada día. Cuando en el Padrenuestro Jesús nos enseña a pedir «líbranos del Maligno» no es solo que nos libre de que nos posea o nos haga daño. El Papa dice: «Él no necesita poseernos. Nos envenena con el odio, con la tristeza, con la envidia, con los vicios. Y así, mientras nosotros bajamos la guardia, él aprovecha para destruir nuestra vida, nuestras familias y nuestras comunidades, porque «como león rugiente, ronda buscando a quien devorar» (1P5,8)» (GE 161).

La escucha supone que el Otro hable, y al hablar manifiesta su libertad: puede decir lo que quiere. Por eso, cuando uno escucha de alguna manera se pone en actitud de pobre, de quien tiene que recibir lo que el otro le quiera decir. Escuchar al Espíritu, como nos recomienda el Papa, supone una actitud de pobreza espiritual. Para cultivar esta actitud de pobres, de gente que cada día tiene que pedir el discernimiento así como pide el pan y el perdón, «el último criterio» es el Evangelio; y también -dice el Papa- el Magisterio que lo custodia». El evangelio y el magisterio bajo la guía del Espíritu, porque sólo el Espíritu «sabe penetrar hasta los pliegues más oscuros de la realidad y tener en cuenta todos los matices para que emerja con otra luz la novedad del Evangelio» (GE 173).

La pobreza nos lleva no solo a acudir cada día a la oración sino a reconocernos pobres también ante la misma Palabra que Dios nos dice. No se trata de que por el hecho de «entenderla o poder explicarla»  sepamos lo que nos quiere decir. El Espíritu es el que nos enseña a aplicar la parábola justa en cada ocasión. «La lectura orante de la Palabra de Dios, más dulce que la miel (cf.Sal 119,103) y «espada de doble filo» (Hb 4,12), nos permite detenernos a escuchar al Maestro para que sea lámpara para nuestros pasos, luz en nuestro camino (cf. Sal 119,105)» (GE 156).

Escuchar bien implica preguntar bien

Y cómo me relaciono con el Espíritu? Dice Francisco: «Pregúntale siempre al Espíritu qué espera Jesús de tien cada momento de tu existencia y en cada opción que debas tomar, para discernir el lugar que eso ocupa en tu propia misión. Y permítele que forje en ti ese misterio personal que refleje a Jesucristo en el mundo de hoy» (GE 23). Escuchar bien implica saber preguntar.

Están las preguntas personales: Señor, cómo te sentís? Esta pregunta activa la mirada sobre nosotros mismos no desde una «idea» o un «mandato» sino desde los sentimientos del Señor. Pablo dice «no entristezcan al Espíritu» y nosotros podemos preguntarle «si le alegró algo bueno que hicimos o si lo hemos entristecido».

Están también las preguntas sobre el qué: «Qué tenemos que hacer» como le preguntaba la gente a los apóstoles el día de Pentecostés. Aquí María nos da en detalle lo que el Padre decía de modo amplio: «Hagan todo lo que Jesús les diga», cosa que el Papa sintetiza en el Protocolo de la santidad para el mundo de hoy. Hagan las obras de misericordia que el Señor elenca en Mt 25.

Están luego las preguntas por el modo. De nuevo nuestra Señora nos da la clave: “Cómo será posible esto si yo…”. Expresar al Señor nuestra pobreza, nuestros condicionamientos de todo tipo, y preguntarle cómo se las ingeniará.

Están las preguntas por el más: «Cómo puedo hacer mejor las cosas, qué paso adelante me proponés, Señor». San Pedro Fabro dice que esta pregunta por «algo más» es infalible para que el buen espíritu muestre su agrado y nos proponga un paso concreto y posible en el camino del bien y el mal espíritu en cambio, se enoje y agite y se revuelva buscando excusas, poniendo impedimentos, tratando de desalentar. Preguntar por el más, ayuda. Esta es la lógica del don y de la cruz: «No se discierne para descubrir qué más le podemos sacar a esta vida, sino para reconocer cómo podemos cumplir mejor esa misión que se nos ha confiado en el Bautismo, y eso implica estar dispuestos a renuncias hasta darlo todo» (GE 174).

Por último, cito la pregunta por el énfasis o la jerarquía: en qué querés que insista, Señor; qué está para Vos primero? Preguntar por lo primero y por el énfasis también mueve los espíritus. Por que el mal espíritu no siempre tienta con cosas malas ni pone en discusión lo bueno que hay que hacer. A veces simplemente hace que posterguemos las cosas o las hagamos desordenadamente o sin poner el acento en lo importante.

El Papa da un ejemplo muy significativo de distintos énfasis que pueden darse leyendo el evangelio: «En el evangelio de Lucas ya no escuchamos el «Sed perfectos» (Mt5,48) sino «Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso» (GE 81).

La misericordia es lo que acentúa el Papa hoy y lo que pone en primer lugar.

Con su Magisterio nos dice todos los días que, en el momento actual, hay que escuchar más «misericordia» que «perfección». Por este lado va la santidad en el mundo actual, que no cree sino a los testigos de la misericordia.

Otro ejemplo que da el Papa es sobre cómo el mal espíritu nos hace escuchar ciertas verdades «disminuyendo su intensidad» o minimizando su perentoriedad, mientras que de otras cosas nos exagera la importancia. Son tentaciones bajo especie de bien, que desjerarquizan o sacan de contexto las verdades. El Papa decía que «en el hospital de campaña» en que vivimos, hay que salvar vidas antes que controlar el colesterol. Y para actuar como médicos de frontera nos da «el protocolo de la santidad», las preguntas prácticas y las medidas urgentes que uno puede tomar hoy, sin temor a equivocarse. Un niño tiene hambre? Tengo que darle de comer. Si no llego a muchos yo solo, para eso debo asociarme a las obras de misericordia que la Iglesia lleva adelante. Y si un niño está en gestación? Sólo una mirada de profunda misericordia -mirada con la que solo su madre puede mirar- es la que puede «desarmar» todas las miradas de la razón pragmática. Por eso, el remedio contra el aborto no está en ninguna ley (ni que penalice ni que legalice) sino en hacer todo lo posible para que esa mirada materna, que cuenta siempre con la ayuda de la naturaleza y de la fe y que hoy ya no cuenta con la ayuda de la cultura que se va imponiendo, para que esa mirada materna, no se apague, sea cuidada, educada por las mismas madres, valorada por la sociedad.

Esta mirada de misericordia, que le quita la cruz al otro, a los más débiles, y la carga sobre las propias espaldas, es capaz de brindar una gran felicidad. Porque la felicidad es paradójica y nos regala las mejores experiencias cuando aceptamos esa lógica misteriosa que no es de este mundo, como decía san Buenaventura refiriéndose a la cruz: «Esta es nuestra lógica». Si uno asume esta dinámica, entonces no deja anestesiar su conciencia y se abre generosamente al discernimiento.

Concluimos con un hermosa convicción del Papa:

«Dios siempre es novedad, que nos empuja a partir una y otra vez y a desplazarnos para ir más allá de lo conocido, hacia las periferias y las fronteras. Nos lleva allí donde está la humanidad más herida y donde los seres humanos, por debajo de la apariencia de la superficialidad y el conformismo, siguen buscando la respuesta a la pregunta por el sentido de la vida. ¡Dios no tiene miedo! ¡No tiene miedo! Él va siempre más allá de nuestros esquemas y no le teme a las periferias» (GE 135).

 

Momento para Contemplar

Marta Irigoy

Siguiendo el camino de los Ejercicios Espirituales, San Ignacio nos propone en la Meditación del Reino, dejarnos “seducir por el Señor” para desde ahí poder discernir el llamado personal al que Jesús, Buen Pastor, me invita en el momento actual de nuestra vida. En el “aquí y ahora” en donde cada uno está viviendo…

Retomando algunas frases del P. Diego, me llego hondamente esta palabra que se hace imagen y sonido: «en el corazón de mi pueblo yo soy una misión» (EG 273). Ya que ilumina mucho,  sabernos en el corazón de un Pueblo, que con sus dolores y alegrías, gesta el Reino de Dios…

Lo gesta, como dice una hermosa antífona, que cantamos en el Jubileo del año 2000:

“En cada gesto de amor, tu Reino llega…”

y se ilumina más el texto del P. Diego, que dice: “La gente que realiza con absoluta seriedad y responsabilidad los oficios más humildes en nuestra sociedad nos da ejemplo cotidiano de lo que significa «ser pueblo», sentirse uno más, en un trabajo pequeño, quizás, pero importante para que funcione la comunidad. El Papa habla del «maestro de alma», de la «enfermera de alma», del «político de alma»…

            La pertenencia a un pueblo es una pertenencia espiritual. No basta con tener la misma sangre o habitar el mismo suelo: se pertenece en la medida en la que uno cumple su misión en orden al bien común de su gente.

Y esta tiene que ser nuestra alegría, sabernos Pueblo que gesta el Reino de Dios en cada pequeño y sencillo gesto de amor…

Para rezar este mes de Julio, en donde nos preparamos para celebrar a San Ignacio, podemos pedir la Gracia de dejarnos seducir por Jesús, para tener sus sentimientos y acercar el Reino de Dios en cada gesto de amor…

Decálogo de la Santidad -Escrito por Obispo Francisco Cerro-

  1. Santo es “vivir con los sentimientos del corazón de Cristo”.
  2. Es no renunciar a amar “hasta el extremo”.
  3. Es abrirse siempre a los planes imprevisibles de Dios.
  4. Es creer contra toda esperanza.
  5. Es encontrarse con “quien sabemos que nos ama”.
  6. Es vivir el gozo y la alegría del Amor de Dios.
  7. Es no tener miedo a subir al monte y bajar al valle.
  8. Es decir: “aquí estoy para hacer tu voluntad”.
  9. Es vivirlo todo desde un amor enamorado.
  10. Es ser de Dios, no ser de uno mismo, ser para los demás.
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Momento de meditación

Diego Fares sj

En este encuentro vamos a tratar el discernimiento que debemos hacer después de confesarnos de nuestros pecados. Es algo especial, no muy habitual, incluso para los sacerdotes, pero que cuando uno lo reflexiona tiene mucho sentido y es muy liberador.

Para ilustrarlo nada mejor que una charla que el Papa Francisco tuvo este año con los sacerdotes de Roma. Está en lenguaje coloquial.

Un cura le había preguntado acerca de todas las circunstancias que hacen que el ministerio (y la vida cristiana, diría yo) sea difícil de sostener con perseverancia en el mundo de hoy. El Papa le responde remarcando que:

«… Hay que individuar nuestros límites:  (Digo que es importante…) el diálogo con los límites en el sentido de (preguntarme) qué puedo hacer con este límite, cómo (puedo) sobrellevar este límite. Discernir entre los límites…

            La pregunta puede asustarnos, porque hay muchos límites, muchas circunstancias que nos desaniman… Y la respuesta es: Hay un camino (para enfrentar todas las circunstancias adversas): es tu estilo sacerdotal (y laical), el diálogo con tus límites, el discernimiento (de) los límites, incluso con (todas) estas circunstancias. No tengas miedo a esto: a discernir incluso tus pecados.

            Porque los pecados son perdonados, es cierto. El Sacramento de la Confesión es para esto; pero no termina todo allí. Tu pecado proviene de una raíz, de un pecado capital, de una actitud, y esto es un límite que hay que discernir.

            Es otra manera, diferente de pedir perdón por el pecado. No (diciendo): «tengo este problema, lo confesé, se acabó». No!  No termina ahí. El perdón está ahí, pero luego tienes que dialogar con la tendencia que te llevó aun pecado de orgullo, de vanidad, de celos, de chismes, no sé … ¿Qué me lleva a ello? (Debo) Dialogar con el límite que tengo dentro y discernir.

            Y el diálogo con estos límites, siempre – para ser eclesial –  se debe hacer frente a un testigo, alguien que me ayude a discernir. Y ahí es muy importante la confrontación: Esto que me pasa a mí, confrontarlo con otro. 

            Confrontarse. Y ahí [se trata de] buscar un hombre sabio. Un hombre sabio es la figura eclesial del padre espiritual, que comienza con  los monjes del desierto: El que te guía, el que te ayuda,  el que dialoga contigo, que te ayuda a discernir.

            No es suficiente confesar los pecados: esto es importante, porque allí – y siempre lo he sentido como una de las cosas más bellas del Señor – está la humildad de un pecador y la misericordia de Dios, que se encuentran y se abrazan- ; es un bellísimo momento de la Iglesia, ese del perdón de los pecados. Pero no es suficiente.

            También eres responsable de una comunidad (de tu familia, de tus amigos), tienes que seguir adelante y para eso necesitas una guía. Les digo que no tengan  miedo; también a los jóvenes: Empiecen con esto desde jóvenes. Busquen. Hay hombres sabios, hombres de discernimiento que ayudan mucho y acompañan tanto» (FRANCISCO, Encuentro con los sacerdotes de Roma, 15 de febrero de 2018).

Combate contra el Maligno

Tomamos pues la recomendación de Francisco acerca de la necesidad de discernir las raíces de nuestros pecados y complementamos el tema de las propias inclinaciones y de la mentalidad mundana con el tema del Maligno, del demonio. Se trata de saber discernir su presencia y no dejarlo que maltrate nuestros límites, esos que surgen cuando pecamos.

En su Exhortación apostólica «Alégrense y regocíjense» el Papa, hablando de que la vida espiritual es lucha, dice que:

«No se trata solo de un combate contra el mundo y la mentalidad mundana, que nos engaña, nos atonta y nos vuelve mediocres sin compromiso y sin gozo. Tampoco se reduce a una lucha contra la propia fragilidad y las propias inclinaciones (cada uno tiene la suya: la pereza, la lujuria, la envidia, los celos, y demás). Es también una lucha constante contra el diablo, que es el príncipe del mal. Jesús mismo festeja nuestras victorias»(GE 159).

Por tanto, detrás de la mentalidad mundana que promueve las actitudes egoístas e injustas y detrás de la raíz interior de mis debilidades que se expresan en los pecados, lo primero que hay que discernir es la acción del Mal espíritu que se aprovecha de estas cosas para mal.

Ayuda mucho caer en la cuenta de que, en sí mismo, un pecado si dejamos que sea Jesús el que lo trate -con su comprensión, su misericordia y su poder de recrear la vida y de sacar bienes de los males- se puede convertir en una fuente de gracia. En cambio, si encima que hemos pecado, permitimos que el Mal espíritu lo gestione, el mal se multiplica. Por eso, más allá de clarificar lo que es un pecado y sus raíces, es de vital importancia identificar el modo de tratar nuestras faltas que tiene Jesús y el modo que tiene el demonio.

Hoy en día hay que remontar las imágenes con que se personificó al demonio en otras épocas, sabiendo distinguir entre la realidad profunda a la que se alude y el modo como se la expresa. Ya no sirve personalizarlo con cuernos, tridente y fuego. Por eso el punto es encontrar nuestro modo. «Personalizar» al Maligno requiere discernimiento.

Discernimiento en el sentido de todo el proceso de discernimiento, no solo el discernimiento considerado como resultado final. No tenemos que pensar que cuando nos damos cuenta de que, en algo malo que hicimos, hubo “alguien que le echó leña al fuego”, por decirlo así,  basta con nombrar al demonio para conocerlo. El nombrarlo no significa  que logremos hacerlo visible como si le hubiéramos sacado una foto o hubiéramos descubierto el rastro de su ADN. El demonio es maestro en escaparse, en disimular su presencia y en borrar sus rastros… Sin embargo, en un proceso – pongamos por ejemplo una reunión en la que las cosas iban bien y de pronto algo pasó que hizo que se terminara a los gritos y todos peleados-, es posible con la ayuda del Espíritu Santo reconocer la acción del Maligno. Se lo reconoce por sus efectos destructivos. Luego, reflexionando sobre cómo se dieron las cosas, podemos descubrir por dónde entró, cuál fue la palabra o el gesto que aprovechó para hacer terminar mal algo que iba bien.

Si uno tiene dificultades “racionales” a la hora de aceptar que se personalice al demonio, le puede ayudar lo que el Papa dice en los números 160-161 de su Exhortación. Allí afirma que, para reconocer al demonio, no basta con el sentido común, sino que hace falta la fe, el sentido sobrenatural. Y si uno, ejercitando la fe que nos despierta Jesús, escucha con atención lo que el Señor enseña, se dará cuenta de que en el Padre nuestro, el Señor nos enseña a repetir cotidianamente al Padre: libranos del Maligno. Jesús no se refiere al mal en abstracto sino que “indica un ser personal que nos acosa” (GE 160).

Pedir al Padre que nos libere del Maligno es tan concreto como pedirle el pan de cada día. Desde esa óptica personalizante se puede entender que la petición  que dice “no nos dejes caer en la tentación”, significa (también) que no nos deje caer en las tentaciones del demonio (GE 158). Es decir: hay tentaciones que provienen del mundo, otras de nuestras inclinaciones y otras que son directamente del Maligno. Estas son principalmente las tentaciones contra el evangelio (GE 159).

Lo interesante del número 161 es que la exhortación del Papa a no pensar que el Maligno “es un mito, una representación, un símbolo, una figura o una idea”, no sigue el camino de “representarlo” de una manera conceptual más convincente, sino que desemboca en una advertencia: “Ese engaño nos lleva a bajar los brazos, a descuidarnos y a quedar más expuestos…”

Expuestos a qué? No a una posesión sino a un veneno: “El no necesita poseernos. Nos envenena con el odio, con la tristeza, con la envidia, con los vicios“.

E inmediatamente refuerza el Papa el argumento práctico, haciéndonos ver que el demonio “aprovecha para destruir nuestra vida, nuestras familias, nuestras comunidades”. Recién entonces pone la única “imagen” que usa y que toma del Nuevo Testamento, afirmando que destruye “porque ‘como león rugiente, ronda buscando a quien devorar (1 P 5, 8)'”.

Tomando pie en este «rugido», pienso que más que utilizar «imágenes» del maligno (todas terminan siendo caricaturas) puede ser útil hablar de «sonidos». Lo auditivo puede ayudar más que lo visivo.

Se trata de «personalizar» una voz, un tono y una lógica: la lógica de un discurso totalmente contradictorio con la lógica del amor.

Reflexión sobre el mal

Es necesario preparar el terreno haciendo algunas reflexiones acerca del mal que nos abran la mente para recibir lo que las imágenes evangélicas y bíblicas nos quieren transmitir.

La primera reflexión es que del mal hay que o alejarse o combatirlo, ambas cosas decididamente. Y si en el combate se ve que no se lo puede exterminar, hay que intentar neutralizarlo (atar al perro rabioso, como dice el Papa).

La segunda reflexión es que el mal no solo es un problema sino que es un misterio. Los problemas se resuelven. El misterio, cuanto más lo medito, más caigo en la cuenta de que no lo puedo agotar. Y aquí viene una cuestión práctica que es clave: si el misterio es el bien, cuanto más lo contemplo, estudio y practico, más se dilata mi corazón. El misterio me ensancha el alma, me hace crecer, me lleva a desear más. En cambio, si el misterio es el mal y la iniquidad, querer escudriñarlo es peligroso y nocivo.

Dice un autor anónimo: “Uno no debería ocuparse del mal, sin mantener cierta distancia y cierta reserva. Esto si uno desea evitar el riesgo de ver paralizado su ímpetu creativo y un riesgo aún mayor: el de proporcionar armas a los poderes del mal. Uno puede captar profundamente, es decir, intuitivamente, solo lo que uno ama. El amor es el elemento vital del conocimiento profundo, el conocimiento intuitivo. Ahora, uno no puede amar el mal. El mal es, por lo tanto, incognoscible en su esencia. Uno puede entenderlo solo a distancia, como observador de su fenomenología”.

La tercera reflexión dice así: «El mal se encuentra allí donde se vive y se ejerce la intersubjetividad, allí donde lo real surge con dimensión humana». Es decir, donde no hay relación intersubjetiva -en un terremoto, por ejemplo, en un perro que te muerde o en un virus que te enferma-, uno no se la agarra con la tierra, con el animal o con el virus; sabe que el movimiento de estos seres no se dirige «contra uno como persona», sino que cada ser sigue su curso natural y hace lo que es bueno para él y para su especie. En cambio cuando entramos en el ámbito interpersonal, el mal se personaliza y adquiere otra dimensión. Lo que uno «mide» no es solo el hecho físico de que alguien te pegue, por ejemplo, sino «la fuerza de la intención de hacerte mal» que depende de la libertad y de la inteligencia del otro.

Esto nos lleva a una cuarta reflexión acerca de cómo “personalizar bien al mal”. Esto implica que no hay que demonizar a las personas (si bien algunas que son extremadamente malas deben ser evitadas, neutralizadas y combatidas decididamente si no queda otra manera de evitar que dañen, sobre todo a inocentes), ni hay que demonizar a las estructuras, lo cual es una manera de “despersonalizar el mal”, de quitarle rostro y voluntad.

Hay que demonizar solo al Maligno. Pero al hacerlo hay que saber que cuando decimos que es persona, qué signifique «ser persona espiritual mala» es un misterio que nos excede. No lo podemos definir ni terminar de conocer su esencia. Sí podemos, en cambio, reconocer su modo de comportarse, su lógica y sus efectos.

La última reflexión es que, acerca de su ser personal, podemos decir una cosa: que no se «relaciona» en primer lugar con nosotros, como pequeños seres humanos, sino que su problema es con Dios. Y no con Dios «en el cielo», donde su problema ya fue resuelto de una vez para siempre cuando perdió la batalla y fue arrojado al infierno, sino con Dios hecho hombre, con Jesús. Y cuando actúa contra Jesús, ahí sí, que nos implica a nosotros. Si no, quizás no le interesaríamos, ya que él es puro espíritu y nosotros somos seres de carne. El demonio se manifiesta y actúa con especial ferocidad cuando tiene enfrente a Jesús – el Dios hecho carne-, cuando se trata de algo que tiene que ver de modo particular con Jesús.

Estas reflexiones se traducen -y esto es lo que importa- en dos actitudes prácticas. Una, que cuando sufrimos el ataque de sus acusaciones, seducciones, mentiras e intimidaciones… etc., se nos debe prender la lamparita de que está queriendo evitar que Jesús nos de una gracia. El demonio está luchando contra Él! Contra Él en nosotros, ciertamente, pero en primer lugar contra Jesús!

Esto ayuda a enfrentarlo mejor. Ayuda a comprender por qué a veces sus ataques son desproporcionados, si «uno no ha hecho nada para tener tales tentaciones». Es que el demonio está queriendo impedir algo del plan de Dios, que cuenta con nosotros y quiere servirse de nuestra colaboración para hacer el bien a tantas personas, especialmente a los más pobres.

La otra actitud práctica a seguir es decir así: «no soy yo el que te nombra directamente  como persona», como si pretendiera que te conozco y que te puedo expulsar de mi vida, sino que te enfrento y te reto diciendo estas palabras: “En Nombre de Cristo, aléjate de mí Satanás”. Es decir: no lo nombro yo como si «supiera lo que estoy diciendo o que lo conozco bien», sino que «en Nombre de Cristo lo alejo».

El león y la serpiente        

El Papa utiliza dos imágenes para describir el modo de accionar «sonoramente» del Maligno: la del león rugiente, que con su rugido nos mete miedo, y la de la Serpiente, que que con su voz sibilina nos seduce y envenena. “La ‘lógica de la serpiente’, capaz de camuflarse en todas partes y morder” (…) La estrategia de este hábil ‘padre de la mentira’ (Jn 8, 44) es la mímesis, una insidiosa y peligrosa seducción que se abre camino en el corazón del hombre con argumentaciones falsas y atrayentes” (FRANCISCO, Mensaje para la 52 Jornada Mundial de las comunicaciones sociales, 2018).

A partir de las imágenes evangélicas señalamos las dos grandes características del accionar del demonio: el hacernos sentir miedo y el querer seducirnos.

Podemos así discernir que estas dos voces o “tonos de voz”, el que nos mete miedo y el que es seductor, son radicalmente opuestas a la voz del Buen Pastor, que nos pacifica y nos estimula a ejercer nuestra libertad.

Dios no ruge como el león rapaz y agresivo. Su voz es poderosa y majestuosa en el Antiguo Testamento y se vuelve mansa y dulce en Jesús.

Jesús no grita, no es agresivo;  sino que es humilde y misericordioso. …. Jesús no tiene el tono agresivo del que acusa, Él es nuestro Paráclito, nuestro abogado defensor.

Su voz tampoco es como la de la serpiente, seductora y engañadora. Jesús dice siempre la verdad y no seduce con mentiras. Si fascina es porque llama, invita, e interpela a seguirlo libremente.

 

Momento para contemplar

 Marta Irigoy

Es una Gracia, poder rumiar y contemplar nuestros pecados y nuestros límites, en el Mes del Sagrado Corazón de Jesús…

Frente al Corazón de Jesús podemos mirarnos como en un espejo, en el que se refleja nuestra verdadera imagen, donde dice: “Sos mi hija muy amada / Sos mi hijo muy amado…”

Acercarnos al Corazón de Jesús, es lugar seguro. Es lugar de confianza. Es sentirnos en casa…

El P. Diego, nos mostraba una actitud práctica para alejar el mal, nombrando al Señor Jesús, ya que solo el Dulce Nombre de Jesús, vuelve a encender la luz de paz en el propio corazón. Luz que muchas veces parece frágil, sin embargo, esa luz nos ha acompañado desde siempre…

Comparto, este texto del Papa Francisco, que nos puede ser de ayuda, para rezar y dejarnos perdonar y consolar por la misericordiosa ternura de nuestro Dios,  ante nuestros límites y pecados…

“El Corazón de Jesús, es el Corazón del Buen Pastor no es sólo el corazón que tiene misericordia de nosotros, sino es la misericordia misma. 

Ahí resplandece el Amor del Padre; ahí me siento seguro de ser acogido y comprendido como soy; ahí, con todas mis limitaciones y mis pecados, saboreo la certeza de ser elegido y amado.

Al mirar a ese corazón, renuevo el primer amor: el recuerdo de cuando el Señor tocó mi alma y me llamó a seguirlo, la alegría de haber echado las redes de la vida confiando en su palabra (cf. Lc 5,5).

El corazón del Buen Pastor nos dice que su amor no tiene límites, no se cansa y nunca se da por vencido. 

En él vemos su continua entrega sin algún confín; en él encontramos la fuente del amor dulce y fiel, que deja libre y nos hace libres; en él volvemos cada vez a descubrir que Jesús nos ama «hasta el extremo» (Jn 13,1), sin imponerse nunca…

El Señor nos mira siempre con misericordia, nos espera con misericordia. ¡No tengamos miedo de acercarnos a Él! ¡Tiene un corazón misericordioso! Si le mostramos nuestras heridas interiores, nuestros pecados, Él nos perdona siempre. ¡Es pura misericordia! No olvidemos esto: es pura misericordia ¡Vayamos a Jesús!

Te invito a terminar rezando:

Danos, Jesús, un Corazón(Guillermo Rosas ss.cc.)

Danos, Jesús, un corazón
como el que fue mecido en el pesebre,
un corazón confiado en manos de otros,
un corazón de niño, un corazón alegre.

Señor, danos un corazón
como el de tu trabajo de artesano:
que haga del mundo una gran casa
donde vivamos todos como hermanos,
un corazón que labre vida nueva
en los surcos del tiempo sin descanso.

Danos, Jesús, un corazón
como el que predicó por los caminos,
un corazón que grite desde los tejados,
un corazón misionero y peregrino.

Señor, danos un corazón
que acoja a los pequeños y sufrientes,
que haga brotar la vida en cada rostro,
y a los pobres arranque de la muerte,
un corazón abierto, sin fronteras,
cercano y generoso, fiel y valiente.

Danos, Jesús, un corazón,
como el que fue mecido por María,
un corazón confiado hasta el extremo
en las manos del Padre de la Vida.

 

Momento de reflexión

Diego Fares sj

En su Exhortación apostólica «Alégrense y regocíjense», el Papa Francisco cita el Principio y Fundamento y habla de la «‹santa indiferencia› que proponía san Ignacio de Loyola, en la cual alcanzamos una hermosalibertad interior» (GE 69).

Una hermosa libertad interior!  Es el tema de nuestro encuentro de este mes.

Nos quedamos gustando la hermosura de la libertad. Pero, es realmente hermosa la libertad? O a veces nos da miedo?

El miedo a la libertad

Erich Fromm decía que el drama del hombre actual es «El miedo a la libertad».

Los pueblos nos liberamos de la tutela de los gobiernos monárquicos pero no terminamos de estar contentos con los gobernantes que elegimos; los jóvenes se liberan pronto de la autoridad de sus padres, pero cuando se dan cuenta de que era verdad que había que estudiar duro para poder insertarse en el exigente mercado laboral del mundo actual, ya perdieron un montón de tiempo precioso; los cristianos nos liberamos de los preceptos de la Iglesia, que nos mandaban, por ejemplo, ira misa todos los domingos para terminar descubriendo tarde «el gusto de la oración larga, hecha de abandono y estupor ante la Eucaristía» como dice Don Tonino Bello), sin hablar de que de hecho terminamos obedeciendo al precepto de «ira al shopping» todos los domingos «religiosamente» o buscando en libros de autoayuda alguien que nos «mande» cómo gestionar nuestra libertad…

La libertad, a veces, da miedo. Más que ejercerla, la usamos para postergar. «Soy libre!», nos decimos, y en vez de ponernos a buscar apasionadamente las opciones más grandes y nobles, las que comprometerán lo mejor de nuestra creatividad, las que serán capaces de incidir en la vida social, las que dejarán huella en la vida de nuestros nietos, perdemos el tiempo y gastamos energía en elegir entre mil cosas de consumo, que el final, son más o menos similares.

Escuchemos el lenguaje que utiliza en la web alguien a quien se le cayó su celular: «El dilema de la funda» se titula su artículo (confieso – ay de mí! – que lo encontré perdiendo tiempo para buscar la mejor  funda para mi celular…), y dice así: «De aquel incidente salí escarmentado y con un iPhone marcado de por vida. Lógicamente, lo primero que hice fue comprar una funda y lamentarme por no haberlo hecho antes. Desde aquella caída hasta hoy, todos los iPhone que he poseído han ido convenientemente protegidos con sus fundas y… ¿lo adivinas? Desde que uso fundas nunca se me ha caído el móvil al suelo, lo que ha hecho que me vuelva a plantear usar o no una funda. En realidad, ese dilema, en lo personal, lo tengo resuelto, pero no ha resultado fácil. Optar por poner una funda supone ciertos sacrificios que no todo el mundo parece dispuesto a asumir[1]».

Sin comentarios!

Escuchemos ahora al Papa que nos narra una de sus escenas  preferidas de la vida de Santa Teresita. Está hablando de una comunidad de gente que cuida los «pequeños detalles del amor», donde las personas se cuidan unas otras – se cuidan personas, no solo cosas!- y afirma: «A veces, por un don del amor del Señor, en medio de esos pequeños detalles se nos regalan consoladoras experiencias de Dios (como le pasó a Teresita): «Una tarde de invierno estaba yo cumpliendo, como de costumbre, mi dulce tarea [de cuidar a la monja anciana y tullida…]. De pronto, oí a lo lejos el sonido armonioso de un instrumento musical. Entonces me imaginé un salón muy bien iluminado, todo resplandeciente de ricos dorados; y en él, señoritas elegantemente vestidas, prodigándose mutuamente cumplidos y cortesías mundanas. Luego posé la mirada en la pobre enferma, a quien sostenía. En lugar de una melodía, escuchaba de vez en cuando sus gemidos lastimeros […]. No puedo expresar lo que pasó por mi alma. Lo único que sé es que el Señor la iluminó con los rayos de la verdad, los cuales sobrepasaban de tal modo el brillo tenebroso de las fiestas de la tierra, que no podía creer en mi felicidad[2]» (GE 145).

Agrega el Papa: «En contra de la tendencia al individualismo consumista que termina aislándonos en la búsqueda del bienestar al margen de los demás,nuestro camino de santificación no puede dejar de identificarnos con aquel deseo de Jesús» (GE 146) de que seamos uno con todos, de que nuestra felicidad consista en optar por las personas y no por consumir cosas.

La cita del Principio y Fundamento

La Exhortación a la santidad – Alégrense y regocíjense– es el documento más jesuítico de Francisco. Decíamos que cita el Principio y Fundamento hablando de la «santa indiferencia» que propone Ignacio: «‹Es menester hacernos indiferentes a todas las cosas criadas, en todo lo que es concedido a la libertad de nuestro libre albedrío, y no le está prohibido; en tal manera, que no queramos de nuestra parte más salud que enfermedad, riqueza que pobreza, honor que deshonor, vida larga que corta, y por consiguiente en todo lo demás›» (GE 69). Agregamos nosotros la última frase de Ignacio: «Solamente deseando y eligiendo lo que más nos conduce para el fin que somos criados» (EE 23).

La cita de Francisco me recuerda a nuestro Maestro Fiorito que siempre machacaba con que la indiferencia era en realidad «preferencia». Y ponía el ejemplo de la mamá que, cuando tiene a su bebé, se olvida de muchas cosas que antes pensaba para sí, pero no porque se haya convertido en una asceta, sino porque cuando mira a su hijito, lo prefiere a todas las otras cosas del mundo.

Visitando a Thomas, en el hospital Bambino Gesù, le pregunté a Vaso, su mamá, «cómo se sentía». Thomas está trasplantado de hígado y riñón y viven desde hace meses en el hospital, lejos de su patria (en estos días le han dado el alta!!) Me sorprendió ver que Vaso ni se había planteado la pregunta. “Si mi hijo está bien, yo estoy bien”, me respondió y movió la cabeza sacándose ese pensamiento de encima, como si mirarse a sí misma pudiera convertirse en algo que la apartara de su misión, como si no quisiera que se debilitara su vínculo con la fuente de donde le brotaban las fuerzas: la persona de su hijito amado. Pensé que una madre puede no ser valiente en muchas cosas de la vida, pero cuando está en juego la vida de su hijo, sabe perfectamente qué hacer, toma sus opciones con resolución y las lleva adelante con todo el coraje del mundo. No es que «sea» indiferente a todo, incluso a «cómo se siente». Se hace indiferente, como dice Ignacio, porque lo requiere su «preferido» (no «una preferencia abstracta»). Esto es importante porque a veces se habla de «elegir un estado de vida» y hoy los «estados de vida» son líquidos, uno no puede visualizarlos como un futuro «sólido». En cambio las personas siempre son concretas: tanto en los mundos estables (como el de los egipcios, -que construían pirámides- el de los griegos -que vivían en el reino de las ideas- y el de los romanos -con su derecho universal-) como en los mundos inestables actuales… Las personas siguen siendo concretas.

Por eso la propuesta de Ignacio de «hacernos indiferentes a las cosas» es para poder «preferir a las personas». A la propia familia si uno elige casarse y al pueblo de Dios de mi parroquia si uno se hace sacerdote, si es que hablamos de elegir para toda la vida.  Para toda la vida, elegimos personas!

Manera infantilista de imaginar la santidad

Hay una manera de concebir la santidad que es infantilista. No hablo de la santa niñez espiritual, que une la relación espontánea -simple y pura- del niño para con las personas buenas con la astucia de la serpiente ante las personas malas. Ser infantil con Dios es el camino de la maduración espiritual, pero ser infantil frente al demonio es suicida, no es la propuesta evangélica! Cuando digo que hay una manera infantilista de concebir la santidad hablo de imaginar la santidad conectando una coordenada estética, que imagina la santidad como una estampita de primera comunión, con otra coordenada ética, que concibe la santidad como cumplimiento de un deber heroico y absoluto. Estampita ingenua y deber absoluto conforman una estética y una ética infantilista, que no coincide con el mundo real. Si uno se para en medio de estas dos coordenadas lo que logra es una idea perfeccionista abstracta que aleja la santidad de la vida cotidiana.

Escuchemos una concepción más real de la santidad. Es de Madre Teresa y esta centrada en la misión, no en ocuparse de la propia perfección: «Sí, tengo muchas debilidades humanas, muchas miserias humanas. […] Pero Él baja y nos usa, a usted y a mí, para ser su amor y su compasión en el mundo, a pesar de nuestros pecados, a pesar de nuestras miserias y defectos. Él depende de nosotros para amar al mundo y demostrarle lo mucho que lo ama. Si nos ocupamos demasiado de nosotros mismos, no nos quedará tiempo para los demás[3]» (GE 107).

El Papa toma estas palabras para ilustrar su concepción de la santidad centrada en las bienaventuranzas y en las obras de misericordia: «Quien de verdad quiera dar gloria a Dios con su vida, quien realmente anhele santificarse para que su existencia glorifique al Santo, está llamado a obsesionarse, desgastarse y cansarse intentando vivir las obras de misericordia» (GE 107).

Libertad para elegir la mejor versión de sí

En realidad, la santidad – tal como la propone Francisco – es la libertad de «examinarlo todo y quedarnos con lo bueno» (1 Ts 5, 21). Cuando el Papa nos dice que Él Señor «nos quiere santos y no espera que nos conformemos con una existencia mediocre, aguada, licuada» (GE 1), no nos está reprochando chaturas sino que está instando a ejercer nuestra libertad para «elegir lo mejor».

Pero no lo mejor «de estampita» ni lo mejor de “superhéroe”. El Papa habla de lo mejor concreto que el Espíritu Santo quiere para mí y que puede que no sea lo más perfecto en absoluto.

Por eso habla de la libertad en términos de alegría y -como contracara- de no tener miedo: «No tengas miedo de apuntar más alto, de dejarte amar y liberar por Dios. No tengas miedo de dejarte guiar por el Espíritu Santo. La santidad no te hace menos humano, porque es el encuentro de tu debilidad con la fuerza de la gracia. En el fondo, como decía León Bloy, en la vida «existe una sola tristeza, la de no ser santos[4]» (GE 34). La santidad, por tanto, es ante todo «la libertad de una existencia que está abierta, porque se encuentra disponible para Dios y para los demás» (GE 129).

Lo más alto son las personas

Cuando el Papa habla de «apuntar más alto» hay que tener cuidado porque no se trata de apuntar a un «idealmás alto», que nos produce vértigo y nos da miedo. Se trata de apuntar «al Altísimo», a la persona del Padre, a Jesús, al Espíritu. Y a eso «altísimo» que en cada persona es su dignidad. Apuntar a «tratar con dignidad» a toda persona. Ese es el valor más alto y a la vez más concreto que nos puede movilizar y no paralizar.

La tentación del Maligno va contra la libertad, las otras tentaciones son distractivas…

Esta libertad interior no es automática: seremos tentados por el maligno a no ser libres, a dejarnos esclavizar (las otras tentaciones son “señuelos” para pescarnos, son distractivas, aunque parezcan muy malas y den mucha culpa, no son la principal tentación).

Y esta tentación contra la libertad nos viene incluso cuando rezamos, es decir con “señuelos buenos”: «Podría ocurrir – dice Francisco – que en la misma oración evitemos dejarnos confrontar por la libertad del Espíritu, que actúa como quiere” (GE 172). Es decir: podemos rezar cosas muy piadosas pero que no muerden el duro carozo de la conquista de la libertad.

“Hay que recordar -dice el Papa- que el discernimiento orante requiere partir de una disposición a escuchar (escuchar, no hablar solos): al Señor, a los demás, a la realidad misma que siempre nos desafía de maneras nuevas. Solo quien está dispuesto a escuchar tiene la libertad para renunciara su propio punto de vista parcial o insuficiente, a sus costumbres, a sus esquemas. (…) No basta que todo vaya bien, que todo esté tranquilo. Dios puede estar ofreciendo algo más, y en nuestra distracción cómoda no lo reconocemos» (GE 172).

Este «más» del que habla el Papa, como decíamos, va por el lado de las personas, no de los ideales abstractos. Si renuncio a cosas será por amor a las personas con las que compartiré esas cosas (o mi tiempo), no para ejercitarme en una especie de físico-culturismo espiritual que haría crecer los músculos de mi libertad.

Las tentaciones del Espíritu contra la libertad van por el lado de «idealizarla» tanto que termina por causar rechazo, vértigo. También va por el lado de hacernos creer que es cuestión de fuerza de voluntad, lo cual termina por desilusionar ya que no tenemos tanta «fuerza de voluntad».  De esto habla el papa cuando habla de gnosticismo y pelagianismo: dos modos de distraernos de la verdadera libertad que el Espíritu da como don. Francisco nos entusiasma en cambio con una santidad distinta: que mira a los otros, que nos hace salir de mirarnos a nosotros mismos para mirar a Jesús y a los demás: «Miremos a Jesús: su compasión entrañable no era algo que lo ensimismara, no era una compasión paralizante, tímida o avergonzada como muchas veces nos sucede a nosotros, sino todo lo contrario. Era una compasión que lo movía asalir de sí con fuerza para anunciar, para enviar en misión, para enviar a sanar y a liberar. Reconozcamos nuestra fragilidad pero dejemos que Jesús la tome con sus manos y nos lance a la misión. Somos frágiles, pero portadores de un tesoro que nos hace grandes y que puede hacer más buenos y felices a quienes lo reciban. La audacia y el coraje apostólico son constitutivos de la misión» (GE 131).

Las tentaciones son muchas y variadas…:

«Como el profeta Jonás, siempre llevamos latente la tentación de huir a un lugar seguro que puede tener muchos nombres: individualismo, espiritualismo, encerramiento en pequeños mundos, dependencia, instalación, repetición de esquemas ya prefijados, dogmatismo, nostalgia, pesimismo, refugio en las normas. Tal vez nos resistimos a salir de un territorio que nos era conocido y manejable. Sin embargo, las dificultades pueden ser como la tormenta, la ballena, el gusano que secó el ricino de Jonás, o el viento y el sol que le quemaron la cabeza; y lo mismo que para él, pueden tener la función de hacernos volver a ese Dios que es ternura y que quiere llevarnos a una itinerancia constante y renovadora» (GE 134).

La gracia fundante: se nos da elegir ser quienes somos

«No tengas miedo de la santidad. No te quitará fuerzas, vida o alegría. Todo lo contrario, porque llegarás a ser lo que el Padre pensó cuando te creó y serás fiel a tu propio ser» (GE 32). La base de esta actitud está en la primera parte del Principio y fundamento: «Necesitamos ‹consentir jubilosamente que nuestra realidad sea dádiva, y aceptar aun nuestra libertad como gracia. Esto es lo difícil hoy en un mundo que cree tener algo por sí mismo, fruto de su propia originalidad o de su libertad[5]›».

Es decir: sólo si reconocemos que toda nuestra vida es don, no estaremos ansiosos por «apoderarnos de algo», ya que todo lo que somos lo tenemos por gracia. Y la libertad misma es don, que se goza «ejercitándola», pero no haciendo lo que se me ocurra de modo caprichoso, sino ejercitándola primero allí donde estoy obligado y debo hacerme responsable: hacerlo libremente, por amor y en señal de agradecimiento, esa es la clave.

Lo mejor está por venir

Lo lindo de la santidad concebida como libertad es que nos abre a la novedad: lo mejor está por venir: «Dios siempre es novedad, que nos empuja a partir una y otra vez y a desplazarnos para ir más allá de lo conocido, hacia las periferias y las fronteras. Nos lleva allí donde está la humanidad más herida y donde los seres humanos, por debajo de la apariencia de la superficialidad y el conformismo, siguen buscando la respuesta a la pregunta por el sentido de la vida. ¡Dios no tiene miedo! ¡No tiene miedo! Él va siempre más allá de nuestros esquemas y no le teme a las periferias. Él mismo se hizo periferia (cf. Flp2,6-8; Jn1,14). Por eso, si nos atrevemos a llegar a las periferias, allí lo encontraremos, él ya estará allí. Jesús nos primerea en el corazón de aquel hermano, en su carne herida, en su vida oprimida, en su alma oscurecida. Él ya está allí» (GE 135).

«En este camino – dice el Papa –, el desarrollo de lo bueno, la maduración espiritual y el crecimiento del amor son el mejor contrapeso ante el mal. Nadie resiste si opta por quedarse en un punto muerto, si se conforma con poco, si deja de soñar con ofrecerle al Señor una entrega más bella. (GE 163).

Lo mejor está tanto en lo grande como en lo pequeño

«Se trata de no tener límites para lo grande, para lo mejor y más bello, pero al mismo tiempo concentrados en lo pequeño, en la entrega de hoy. Por tanto, pido a todos los cristianos que no dejen de hacer cada día, en diálogo con el Señor que nos ama, un sincero «examen de conciencia». Al mismo tiempo, el discernimiento nos lleva a reconocer los medios concretos que el Señor predispone en su misterioso plan de amor, para que no nos quedemos solo en las buenas intenciones» (GE 169).

El discernimiento – del que habla el Papa –, en definitiva, conduce a la fuente misma de la vida que no muere, es decir, conocer al Padre, el único Dios verdadero, y al que ha enviado: Jesucristo (cf. Jn17,3). No requiere de capacidades especiales ni está reservado a los más inteligentes o instruidos, y el Padre se manifiesta con gusto a los humildes (cf. Mt11,25). (GE 170).

Lo mejor es la misión misma

«Tal actitud de escucha implica, por cierto, obediencia al Evangelio como último criterio, pero también al Magisterio que lo custodia, intentando encontrar en el tesoro de la Iglesia lo que sea más fecundo para el hoy de la salvación. No se discierne para descubrir qué más le podemos sacar a esta vida, sino para reconocer cómo podemos cumplir mejor esa misión que se nos ha confiado en el Bautismo, y eso implica estar dispuestos a renuncias hasta darlo todo» (GE 174).

«Cuando escrutamos ante Dios los caminos de la vida, no hay espacios que queden excluidos. En todos los aspectos de la existencia podemos seguir creciendo y entregarle algo más a Dios, aun en aquellos donde experimentamos las dificultades más fuertes. Pero hace falta pedirle al Espíritu Santo que nos libere y que expulse ese miedo que nos lleva a vedarle su entrada en algunos aspectos de la propia vida. El que lo pide todo también lo da todo, y no quiere entrar en nosotros para mutilar o debilitar sino para plenificar. Esto nos hace ver que el discernimiento no es un autoanálisis ensimismado, una introspección egoísta, sino una verdadera salida de nosotros mismos hacia el misterio de Dios, que nos ayuda a vivir la misión a la cual nos ha llamado para el bien de los hermanos.

(GE 175).

El examen de conciencia hecho “a pedido”

Terminamos con un pedido del Papa Francisco a todos nosotros: «Pido a todos los cristianos que no dejen de hacer cada día, en diálogo con el Señor que nos ama, un sincero «examen de conciencia». Al mismo tiempo, el discernimiento nos lleva a reconocer los medios concretos que el Señor predispone en su misterioso plan de amor, para que no nos quedemos solo en las buenas intenciones (GE 169).

El Papa no nos pide muchas cosas. No es un Papa que esté dando a la Iglesia muchos preceptos y normas. Más bien los que lo acusan lo acusan de lo contrario: se escandalizan que no precise más las leyes! Pues bien, aquí hay un pedido suyo muy concreto: nos pide que hagamos el examen de conciencia (que San Ignacio hacía hacer todos los días y hasta dos veces: a mediodía y al atardecer). Es un pedido simple, como el pedido de que no nos olvidemos de rezar por él (que reza por todos nosotros). Pero hay que entenderlo bien, porque si uno se examina como quien hace la caja, se cansa pronto.

Qué hay que examinar?

«Somos libres, con la libertad de Jesucristo, pero él nos llama a examinar lo que hay dentro de nosotros―deseos, angustias, temores, búsquedas― y lo que sucede fuera de nosotros —los «signos de los tiempos»— para reconocer los caminos de la libertad plena: «Examinadlo todo; quedaos con lo bueno» (1Ts5,21) (GE 168).

Con qué actitud?

«Hay que perderle el miedo a la presencia (de Dios) que solamente puede hacernos bien. Es el Padre que nos dio la vida y nos ama tanto. Una vez que lo aceptamos y dejamos de pensar nuestra existencia sin él, desaparece la angustia de la soledad (cf. Sal139,7). Y si ya no ponemos distancias frente a Dios y vivimos en su presencia, podremos permitirle que examine nuestro corazón para ver si va por el camino correcto(cf. Sal139,23-24). Así conoceremos la voluntad agradable y perfecta del Señor (cf. Rm12,1-2) y dejaremos que él nos moldee como un alfarero(cf. Is29,16) (GE 51).

Un recurso cinematográfico

Una propuesta para hacer el examen es la de hacerlo como si editáramos una película de nuestro día. Si pensamos el examen como rebobinar el día, esta tarea de «editar» es fundamental. Porque no se trata de recordar todo lo que hicimos como si fuera volver a ver una película aburrida que ya vimos, sino de elegir escenas y cortar otras.

Para esto tenemos que centrarnossolo en la mejor escena del día, allí donde hayamos sentido algo especial. Y a esa escena darle espacio. Es decir: interactuar con ella, agrandarla, mejorarla, descubrir detalles que no vimos, gustar la presencia de la gracia y del Espíritu que estuvo allí. Otras escenas del día, intrascendentes o no tanto, las podemos cortar, directamente. Y quedarnos con aquello que de este día podrá entrar en la película de mi vida para la eternidad.Veremos que se tratará de pequeñas escenas en las que estuvo en juego alguna bienaventuranza y alguna obra de misericordia. Todo lo demás, es material de descarte.

Momento para contemplar…

Hna Marta Irigoy

Linda propuesta la del Papa Francisco, de ayudarnos a caminar en libertad, e invitarnos a mirar el dia que hemos vivido para descubrir la presencia de Dios que nos acompaña sin que nos demos cuenta…

Me ayuda mucho, este versículo del Profeta Miqueas:

“Se te ha indicado, hombre, qué es lo bueno y qué pide de ti el Señor: nada más que practicar la justicia, amar la fidelidad y caminar humildemente con tu Dios…”

Quizás, una ayuda para hacer este ejercicio espiritual, es descubrir como  en el día he practicado la justicia…

Como he sido fiel a la misión que se me confía…

Y si mi caminar está yendo de la mano de Dios, que en humildad se hace compañero de camino de nuestra vida cotidiana…

Aquí, les dejo una linda propuesta de buscar a Dios en la propia vida…

Busco a Dios en la vida

Al finalizar el día me sereno y me dispongo para compartir mi día con mi Señor.

* Pido luz para reconocer las señales y la acción de Dios en este día.

*Le cuento a Jesús cómo me ha ido hoy: mis actividades, experiencias, encuentros, dificultades, estados de ánimo, etc.

* Le doy gracias por lo que hoy he vivido.

  No importa lo que haya sucedido, todo me puede ayudar a crecer: “Señor, por todo, gracias!”.

* ¿Cuál ha sido el momento de mayor cercanía de Jesús?

   Jesús siempre nos sorprende, pero son claras las señales de su presencia: paz, motivación, libertad y alegría, perdón, esperanza, entrega, gratitud, etc. ¿En qué momentos del día he tenido esos sentimientos?

* A que me invitó hoy Jesús? ¿Qué propuestas me hizo?  (en las personas, situaciones, sentimientos, deseos…)

 ¿Cuál ha sido mi respuesta?

* Le pido perdón por mis faltas y omisiones, porque  muchas veces me quedo a mitad de camino.

   Pido perdón a quienes hoy ofendí. Doy mi perdón a quienes me lastimaron.

   Me doy a mí mismo /a  el perdón que Jesús me regala.

* Le presento las personas con las hoy me he relacionado, con sus necesidades y deseos para que las bendiga.

* Miro con esperanza el día de mañana. Renuevo mi amistad con el Señor y mi deseo de amar y servir:

 “Señor, Tú lo sabes todo, Tú sabes que te amo”.

* Le pido la bendición a María.

 

 

[1]Cfr. https://www.applesfera.com/iphone/compensa-usar-una-funda-en-el-iphone.

[2]Sta. Teresa de Lisieux, ManuscritoC, 29v-30r.

[3]Cristo en los pobres, Madrid 1981, 37-38.

[4]La mujer pobre, II, 27.

[5]Lucio Gera, “Sobre el misterio del pobre”, en P. Grelot-L. Gera-A. Dumas, El Pobre,Buenos Aires 1962, 103.

Momento de Reflexión

Diego Fares sj

“Al que me ama, mi Padre lo amará”, dice Jesús

La primera parte del Principio y Fundamento se puede resumir así: “El hombre es creado para Dios nuestro Señor y las otras cosas, para que le ayuden en la prosecución de este fin”.

* Somos creados para Dios nuestro Señor y así como al fin de un camino se llega caminando, a este Fin Personal se llega alabandolo, adorándolo y sirviéndolo. Al dar curso y modo concreto a estos deseos, se nos dilata el corazón, crecemos como personas adorando, agradeciendo y sirviendo a la Persona para quien somos. Siendo más y mejores creaturas nos hacemos semejantes a El. Estos deseos espirituales, porque suponen autoconciencia y autoseñorío de sí, son tres expresiones del amor a un Dios Personal:

hacerle reverencia: la actitud de adoración y reverencia es amor de creatura a la Persona del Creador. Es amor que inclina la rodilla y la cabeza haciendo entrega absoluta de sí;

alabarlo: la alabanza es agradecimiento a la Persona de quien reconocemos que nos vienen todos los dones que recibimos;

servirlo: el servicio -el hacer las cosas – implica hacerlas al modo del Otro, haciendo su voluntad, lo que le agrada.

* De esta manera, descentrados de nosotros mismos y centrados en la Persona de Jesús para quien somos, cambia nuestra mirada y consideración de “las otras cosas” como les llama Ignacio. Todo lo que no es Cristo son “las demás cosas” y se nos revela su ser profundo: son “para nosotros” (esto lo intuimos y así las usamos) pero “para que nos ayuden a realizar nuestros deseos de alabar, adorar y a servir a aquel para quien somos.

Nunca deja de admirarme la profundidad y concretez del Principio y Fundamento. Uno puede preguntarse: ¿Por qué esta serie de frases que parecen un razonamiento abstracto resultan iluminadoras?

Y la respuesta es: Porque no son para nada frases abstractas! Nos hablan de nuestros deseos más hondos y los conectan con nuestro fin. Estas frases nos dicen para Quién somos creados. Fijémonos bien que no dicen para qué, sino para Quién! Tanta gente camina por la vida buscando un sentido que, al no poder concretarlo en un Quién, no termina de tomar forma. Vemos a veces cómo los padres “son para sus hijos”, les dedican y entregan lo mejor de sí, todo su tiempo y trabajo. Y los hijos luego se van, siguen lógicamente su camino. Cuando al nido vacío vuelven con los nietos, este “fin pesonal” de la vida humana se llena nuevamente de sentido. Pero allí mismo donde ejercitamos nuestro “ser para los demás” percibimos el límite de esas otras personas (y de todas las cosas) que nos dicen “Yo no soy Dios”, no puedo ser “fin exclusivo” para vos.

Así pues, el Principio y Fundamento nos conecta con nuestro fin, que es la Persona de Cristo. Y no hay nada más concreto en la vida que tener claro el fin! En clave de discernimiento lo podemos expresar así: para ver con claridad y elegir la mejor opción entre dos que se nos presentan hay que tener claro el fin. El fin no se discierne, se disciernen los medios. El fin es “lo que ya está discernido”, por decirlo así. Y saber que nuestro fin no es un “para qué”, sino un “para Quién”, es la verdad más verdadera que alguien nos pueda revelar.

Para Dios nuestro Señor, es decir: para Jesús

Sabemos que cuando Ignacio dice “Dios nuestro Señor” se refiere concretamente a Jesús. En Jesús, gracias a Jesús, somos hijos de Dios. El Espíritu nos guía refiriéndolo todo a Jesús, a Dios venido en carne.

Así, para un cristiano basta con tener discernida una sola verdad, que es esta: la de que somos creados para Jesús nuestro Señor. Señor de nuestra vida práctica, como siempre insistía Fiorito. Es decir: Aquel cuyo cuerpo comulgamos en la misa, Aquel cuyas palabras leemos en el evangelio, El que nos perdona los pecados con el sacerdote que nos confiesa, el que nos sale al encuentro pobre, hambriento, sediento, refugiado, preso.

El hombre -todo hombre y toda mujer- es “para Jesús”.

Esta pertenencia es tan radical y absoluta que hace que todo lo demás sean “otras cosas”, esas que Jesús dice que “se nos darán por añadidura, si buscamos primero el Reino”, es decir: a Él.

Poder escuchar admirados que otro nos anuncie que somos para Jesús, es la verdad más honda y a la vez más práctica de nuestra vida. Significa muchas cosas.

Significa que si miro mi ADN, no solo encuentro el de mis padres sino el Suyo: he sido creado a imagen suya. Contemplando en el evangelio lo que sentía Jesús, viendo su carácter, su modo de ser y de relacionarse con los demás, descubro cosas de mi mismo, al igual y más que cuando miro a mis padre y abuelos y me reconozco en algún gesto de carácter, en algún modo suyo de obrar.

Significa que si miro mi historia, con mis idas y vueltas, mi haber llegado a ser quien soy a pesar de mis pecados y las veces que erré el camino, me descubro como alguien rescatado, comprado al precio de la sangre de Jesús. Soy “para Él” en el agradecimiento ante uno que dió su vida por mí cuando yo estaba en mayor o menor medida bajo la influencia del maligno: descartado y librado a mi suerte, como la oveja perdida, como el hijo pródigo, como la pecadora, el ciego, el paralítico, el leproso…

Significa además, que ese “para Él” orienta y finaliza todos mis deseos poniéndolos en clave personal.

Quizás a alguno le puede resultar extraño esta afirmación de que somos para una Persona. Pero si lo pensamos bien no es tan raro, dado que vivimos en un mundo que nos dice que “cada uno es para su propia persona”, que su felicidad consiste en perfeccionarse como persona, en poseer cosas que lleven su nombre, y en consumir personalmente todo lo que pueda.

Qué nos cambia esto de “ser para Jesús”?

Nos cambia, por ejemplo, que no hace falta que seamos perfectos. Lo decisivo es “ser para Jesús”: que nos ofrezcamos a Él y que Él nos acepte en su compañía. Es decir: si una persona es muy perfecta pero su perfección crece como un lago de montaña, sin desemboque, puede que en cierto punto su perfección quede estancada. Y en cambio, si una persona es imperfecta, el hecho de sentirse poca cosa, la conciencia de ser un pecador, una pecadora…, puede que la impulse a no mirarse a sí misma, a salir de sí, a poner toda su esperanza en ser aceptada y salvada por Jesús y con esto logre más en un momento que la otra en toda una vida centrada en su propio perfeccionismo.

Esto es lo que se ve en el evangelio: cómo los pequeños y pecadores ganaban el corazón de Jesús y recibían tantas gracias de parte suya y los fariseos, en cambio, no hacían sino alejarse y endurecer más su corazón.

Ser “para Jesús” nos cambia también la preocupación por poseer y consumir. Porque “ser para otro” no es algo que se resuelva en términos de posesión sino de donación. Somos de otro en la medida en que nos damos al otro y somos recibidos libremente por el otro y trabajamos y nos divertimos juntos. No es cuestión de “poseer” al otro como un objeto, sino de dilatar el propio corazón que crece en la medida en que da y recibe más amor del otro.

Ser “para una persona”, como vemos, lo cambia todo. Cambia también nuestra relación con los demás. También ellos son “para Jesús” y esto nos hace relacionarnos de otra manera, más libre, más distendida y esperanzada, por decirlo de alguna manera. Sólo una cosa es necesaria, como le dice Jesús a Marta: que cada uno se centre en Jesús, como María que lo escuchaba sentada a sus pies. No hace falta que uno mismo u otro cambie “todo lo que hizo imperfectamente”. Porque cuando uno “se convierte” y mira su vida y la ajena desde esta perspectiva, los cambios que se pueden dar son muy inmediatos y radicales. Lo vemos en la historia de los santos, cómo pasan de una vida a otra de manera muy decidida. Esto es así porque “perfeccionarse” puede llevar toda una vida, pero entregarse a Jesús de corazón, comenzar a vivir para Él, buscando sus intereses y no los nuestros, es algo que se puede empezar a hacer ya, tal como estamos y siendo los que somos. En el momento en que me centro en Jesús, todas las demás cosas “se ven distintas”, puedo discernir con claridad cuáles me ayudan y cuáles me desayudan.

Jesús es el criterio de discernimiento y la medida

“En Jesús”, cultivando nuestro ser para Jesús, encontramos la medida para relacionarnos con cada persona y con las cosas: es una medida que es a la vez común y única -personalísima-.

La adoración, por ejemplo, que es un deseo básico inscrito en cada célula de nuestra carne, encuentra en Jesús el Nombre para nombrar, doblando la rodilla, a Aquel ser misterioso que me creó y me da continuamente el ser. Toda creatura sabe que “no es autónoma”, que si durante algún tiempo y en algunos aspectos de su vida puede “funcionar” autonómamente, no se dio a si misma su vida ni se puede mantener en ella como quiera y todo el tiempo que quiera. Pero esta convicción de la propia “contingencia” como dice la filosofía, no alcanza para adorar. Puede convertirse en mudez y angustia que necesita ser “tapada, cosa que hacemos en general “adorando alguna cosa” que se convierte en ídolo. Al adorar a Jesús, desidolizamos las cosas y las liberamos de este rol innatural que les damos, exagerando su importancia. Poder nombrar a nuestro Creador con su Nombre – Jesús- nos permite adorar verdaderamente, ya que, como decíamos, la adoración y la reverencia se tienen ante una Persona. No basta con saber que “algo” -una energía cósmica, una evolución natural – debe habernos creado.

La alabanza por las cosas buenas y hermosas de la vida también se concreta en Jesús. El nos enseña por qué nos tenemos que alegrar -porque nuestros nombres están escritos en el Reino de los cielos, y no por otras cosas pasajeras-. Además, une la alegría al servicio que hacemos a las otras personas. De nuevo, la clave está en lo personal. Todo en el hombre es “personal” o pierde consistencia. Y personal en sentido amplio e inclusivo, es decir: comunitario.

Al adorar a Alguien como Jesús, cuya existencia esta toda puesta al servicio de aquellos que creó y por los que dió la vida, cobran altura y valor las demás personas y cosas que nos rodean. Lo digno de alabanza no es lo que es para nuestro gozo exclusivo sino, por el contrario, lo que sirve para alegrar y servir a más personas, en primer lugar a los que no tienen nada. Así como la alegría de un padre y de una madre de familia no son “las cosas” que poseen sino la alegría de sus hijos que aprovechan las cosas que ellos les brindan para crecer y desarrollarse bien, así toda alegría humana superior es personal, compartible más que consumible!

Más que “tener comida y agua” alegra poder “dar de comer y de beber al sediento”; más que tener ropa, alegra vestir al que anda pobre y desabrigado, más que tener casa, alegra poder hospedar, más que tener salud, alegra acompañar y consolar al que está enfermo o preso.

Las cosas son para nosotros

Si algo tenemos claro es que “las cosas son para nosotros”. Basta ver cómo las usamos y nos servimos de ellas como amos, sin mucho miramiento. No pensamos que una ballena tenga una finalidad en sí misma, que exista por la alegría misma de que haya quien pueda surcar el oceano libre y majestuosamente. Apenas tenemos necesidad de ella la pescamos y la consumimos. El punto no está en que las cosas no sean “para nosotros”, ya que lo son, sino que “nosotros no somos para nosotros”, somos “para Jesús”.

Tendría que bastarnos con mirar cómo venimos a la vida -absolutamente dependientes y necesitados de otras personas que se dediquen con exclusividad a cuidarnos mientras crecemos-, para comprender la importancia de “lo personal” en nuestra vida. No tiene sentido definir la persona por su inteligencia y libertad sin agregar que estas potencias espirituales “son para los demás”, tienen sentido en relación a los demás, para interactuar con los demás. Pensar que tenemos inteligencia y libertad solo para hacer y “consumir” lo que queramos, es un insulto a la naturaleza, que ya tenía resuelto este problema en la vida animal, “moderando” los instintos para que cada animal consuma solo lo que necesita.

No vivimos para cumplir una finalidad externa a nosotros mismos, para realizar una tarea util a otros, para llenar un lugar dentro de un todo, como si fuéramos una pieza de un reloj.

Tampoco vivimos para realizarnos a nosotros mismos, para alcanzar la felicidad como un estado, en el que estaríamos algo mejor que cuando comenzamos la vida, así como una planta que se desarrolla a partir de una semilla y termina dando flores y frutos, o un ser viviente que llega a la madurez en el uso de sus funciones.

El Principio y Fundamento nos revela que somos “para” una Persona. El evangelio dice que Jesús llamó a los apóstoles “para que estuvieran con Él y para enviarlos a predicar el evangelio”. Para que estuvieran con Él quiere decir para vivir en su Compañía. Esto es algo “no funcional”.

Una reflexión actual

Pongamos solo un ejemplo de las implicancias de una doctrina de este tipo. Si ser persona es “ser para una Persona, en concreto para Jesús” ¿no tiene entonces un gran sentido que nuestro venir a la vida se realice “en otra persona”, en nuestra madre, sin que esto la convierta de ninguna manera en una “incubadora”, como dicen algunas? ¿No nos muestra que lo decisivo para ser persona no es en primer lugar que tengamos un ADN, ni tampoco unas facultades como la inteligencia y la libertad (este es el soporte físico y síquico de nuestro ser personas), sino que nos es esencial que otra persona nos nombre -nuestra madre o si ella no puede o no quiere, otra persona que quiera hacerse cargo- y nos acoja en su existencia diciéndonos “yo soy para vos tu madre” y “vos sos para mí mi hijo”?

Si nuestra esencia es “ser para otra Persona”, podemos decir que en el vientre materno (y al final de nuestra vida), cuando somos menos autosuficientes, somos más propiamente “personas”, porque somos por otros y para otros que nos acogen absolutamente. Un embrión, cuando física y síquicamente es nada más que un puñado de células, es más “para su madre”, más persona en este sentido espiritual profundo del que hablamos.

Este “ser por y para los demás” es lo más propio del ser humano. Siempre, no solo mientras nos gestamos y necesitamos que alguien sea “exclusivamente para nosotros”. También nos ese esencial cuando llegamos a la madurez y buscamo otras personas que nos amen gratuitamente, por nosotros mismos, no por cómo “funcionamos” o “para qué servimos”.

La entrega y dedicación tan absoluta que requiere todo ser humano para desarrollarse, si fuera una cuestión puramente funcional, sería un error de la naturaleza. Los animales nacen “ya hechos” y apenas nacen, o al poco tiempo, se independizan totalmente de sus progenitores. El hecho de que hayamos venido a la vida gracias a que otros seres hayan sido durante mucho tiempo exclusivamente para nosotros y nos hayan dedicado toda su vida y cuidado, hace de nosotros, luego, seres para los demás.

Si esta gratuidad no es custodiada y cultivada, se desmorona la vida social, el respeto por toda persona, el cuidado de los más pobres y discapacitados… La igualdad y la justicia se basan en este reconocimiento de la persona humana más allá de sus capacidades y procesos de gestación, crecimiento o enfermedad.

Considerar este “ser para otro” como una carga, por el hecho de que en un momento de la vida ese otro aparezca inesperadamente, es como negar nuestro ser mismo que consiste siempre en “aparecer” en la vida de otros, irrumpiendo en los otros y siendo aceptados en nuestras diferencias por nosotros mismos, más allá de nuestras capacidades y de las expectativas de los otros.

Momento de Contemplación

Marta Irigoy

Después de leer el texto del P. Diego; podemos volver a aquellas palabras, frases que nos han asombrado hondamente…

Sabernos de y para Jesús es un horizonte hacia el cual orientar nuestra vida y poder dar ese  fruto  personal, según la belleza de su singularidad –ese ADN- que nos hace imagen y semejanza de Dios…

Ser de Jesús…

Pertenecer a Jesús…

Es encontrar ese tesoro escondido… Es descubrir la perla preciosa… por los que vale vender todo, y descubrir el “gozo de pertenecer”…

Este gozo profundo, nace la certeza de sabernos creados de una manera maravillosa

De este gozo profundo, nace la alabanza y libertad ante todas las cosas…

Por este gozo profundo, nos ponemos al servicio de los pequeños que se nos han confiado para hacer aquellas obras para las cual nuestro buen Dios nos ha creado…

Como decía, Benedicto XVI en el Mensaje de Cuaresma del 2012: “Interesarse por el hermano significa abrir los ojos a sus necesidades… Ya que el otro me pertenece, su vida, su felicidad, tienen que ver con mi vida y mi felicidad… Aquí tocamos un elemento muy profundo de la comunión: nuestra existencia está relacionada con la de los demás…”.

Qué lindo! Sabernos pertenencia de Jesús y saber que el otro nos pertenece, nos saca del anonimato e indiferencia que a veces nos quieren meter…

Para terminar, quizás puedas rezar con alguna de las Parábolas de El tesoro y la Perla:

“El Reino de los cielos es semejante al tesoro escondido en el campo que un hombre, encontrándolo, lo vuelve a tapar y del gozo que le da va, vende todo lo que tiene, y compra aquel campo. También el Reino de los cielos es semejante al hombre negocianto en perlas finas  que hallando una preciosa perla, fue y vendió todo lo que tenía, y la compró” (Mt 13, 44-46).

Y pedir la Gracia de sentir este Gozo Profundo de Pertenecer a tan Buen Dios…

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Momento para reflexionar

Diego Fares sj

Crecer en el discernimiento 

En su encuentro con los jesuitas de Perú, el Papa Francisco pidió “oficialmente” a los jesuitas que ayudemos a la Iglesia a “crecer en el discernimiento”. De aquí vino la misión de trabajar este año el tema de “crecer en el discernimiento” como si fuéramos a la escuela, es decir, con actitud de discípulos y de discípulas, de niños que dócilmente se dejan enseñar por el Espíritu, nuestro Maestro interior, por nuestra Señora, Maestra en este arte de decirnos que hagamos lo que Jesús nos diga.

Todos tenemos alguna idea propia de lo que es el discernimiento. Pero no creo errar si digo que también nos pasa que se nos escapa un poco el concepto, si es que lo tenemos que explicar.

Esto es algo que pasa con todas las realidades básicas: se viven (pensar es discernir, siempre) pero es difícil dar razón. Con la vista, por ejemplo. Todos los que tenemos la dicha de poder ver sabemos perfectamente en qué consiste. Nos damos cuenta cuando “vemos mal”. La experiencia de salir a la calle usando lentes nuevos tiene algo de magia, si es que uno es un poco chicato. Pero si queremos explicar qué significa “ver” necesitamos aprender no solo cosas de física y de biología sino que caemos en la cuenta de que el ver humano no es como el de los animales: nosotros vemos con intención y libremente, en cambio cada animal ve el mundo “sectorialmente”, focalizándose en lo que le hacen buscar sus instintos e ignorando el resto. Nosotros, al ver un rostro, al mirar a alguien a los ojos, ponemos en funcionamiento el misterio más hondo del universo, ese que hace exclamar a Pablo que cuando “veamos a Dios cara a cara nos haremos semejantes a Él”.

Qué fuerza tiene el ver que hace que uno interiorice las cosas! Y si no es una “cosa” lo que vemos sino otra persona, ella misma entra en nuestro interior y al contemplarla y ser contemplados por ella, se alimenta y crece el amor mutuo.

Además, la mirada amorosa es “creativa”, despierta y fecunda en el otro cosas, semillas, capacidades que, sin esa mirada, quedarían dormidas. La mirada de nuestra madre, su sonrisa, nos despierta a la belleza y la bondad de la creación y nos enseña a “fijar” los ojos allí donde brilla más el amor. La mirada hace que nuestro mirar no se quede autista o se convierta en un zapping, yendo de aquí para allá sin ver nada.

Miramos discerniendo

Pues bien, del discernimiento se puede decir que es un “mirar selectivo”. Humanamente “miramos discerniendo”.

La experiencia de mirar vidrieras en un shopping es significativa. Porque en la naturaleza, como el paisaje tiene continuidad, la variedad afecta serenamente nuestra mirada, que se desliza entre las cosas como una brisa suave sin que el detenernos en una flor nos distraiga del horizonte de cielo y de montañas o del mar. En un shopping en cambio, la variedad y calidad de cientos de productos seriales pone en acción nuestro poder selectivo en su capacidad de “discriminar” y no podemos “contemplar serenamente el todo y las partes” sino que escaneamos a toda velocidad: esto sí, esto no me gusta, no, no, más o menos, no… puede ser… esto sí! Lo mismo pasa en un museo, en el que la variedad de cuadros, de estilos y de épocas, nos obliga a discernir qué queremos ver, porque si no nos bloqueamos.

Sobredosis de belleza o el síndrome de Stendahl

Hablando de museos, hace unos días, un amigo hizo referencia al “síndrome de Stendhal”. Yo no lo conocía absolutamente y me quedó la idea de algo para ver después, ya que la conversación pasó a otra cosa. Stendhal viajó a Florencia y al salir de la Santa Croce, un 22 de enero de 1817, sintió que “le latía el corazón, que la vida estaba agotada en él y andaba con miedo de caerse”. Acudió al médico y este, luego de auscultarlo y mirarle los ojos le diagnosticó “sobredosis de belleza”.

Los que han estudiado el fenómeno psicosomático dicen que este síndrome es una situación anímica que se desencadena tras observar obras de gran belleza en una misma ciudad y durante un corto espacio de tiempo. Le llaman la enfermedad de los museos.

Trayendo el agua a nuestro molino y sin mucho análisis científico, advierto que este “stress de belleza” no se da al contemplar un paisaje natural o al quedarse ante una sola obra artística. Parecería que es producto de mezclar “belleza artística” y “shopping”. Las obras artísticas no son “algo en serie”, cada obra es un universo concentrado en un espacio limitado. Esto hace que su fuerza expansiva, al meter todos lo cuadros en una sala (aunque por eso mismo en los museos se le da “espacio” a las obras, pero no siempre el suficiente), produzca este efecto de que las “ondas” de una obra choquen con las de las otras. Imaginemos si en un mismo salón se tocaran cien músicas diferentes! Nuestro oído reaccionaría inmediatamente. Pues se ve que la vista también, aunque uno “se anime” a querer ver muchas obras en un museo. Al poco tiempo sale igual de cansado que si hubiera escuchado músicas mezcladas.

El que no discierne se enferma

Bueno, todo este largo excurso “artístico psicosomático” es para decir lo siguiente. Si no discernimos, en el mundo actual, en el que todos los paradigmas, las creencias, las ideologías y las imágenes, están en un mismo “sitio” -los medios- el síndrome de Stendhal que sufriremos (que estamos sufriendo) será (es) de proporciones épicas. Se habla del fenómeno de la rapidación y de la acumulación de información que nos asedia, de los efectos que produce estar siempre online… Todas cosas que se van estudiando en medicina, sicología, sociología… Se suele insistir en que “nos hace mal ver tantas malas noticias”. Y en los niños que están todo el día conectados, se detecta el problema de incapacidad para focalizarse. Estamos convirtiéndonos en multi-tasking.

Mirar en “modo discernimiento”

Algunos ven en esto un peligro que impide la concentración y la contemplación serena. Yo prefiero considerar que como son dos cosas distintas -mirar un paisaje o un cuadro y mirar vidrieras en un shopping-, el problema no es cuantitativo o cualitativo sino la mezcla. Y aquí entra lo del discernimiento. Uno tiene que cambiar el chip. No mezclar. Si entra en internet no puede entrar con el mismo chip con el que va a misa. Y viceversa. Es decir: no tiene que cambiar el mundo (el paisaje), tiene que cambiar mi “modo de mirar”.

Una cosa es mirar en “modo naturaleza”, otro es mirar en “modo shopping” o en “modo internet” y otro, trasversal a los anteriores y a todo modo, es “mirar en modo discernimiento“. Es decir: “mirar en modo “dual”, con mi mirada y la del Espíritu.

Este modo de mirar es “libre”, en el sentido más profundo de la palabra. Nos libera de ser esclavos de los otros modos de mirar, que tienden a apoderarse de nuestra mirada y volvernos “ideológicos”. Ideológicos de distinto signo -político, económico, de género, dogmático… incluso el evangelio y la doctrina caen bajo este modo de mirar ideológico que quita libertad y capacidad de diálogo con otros.

Discernir invocando al Espíritu

El “modo discernimiento” es aquel que, en algún momento -no importa si antes, durante o después- que uno está mirando algo (un paisaje, una página web, una persona o sus propios sentimientos) uno alza la mirada y la dirige al Espíritu con una sencilla invocación “Ven Espíritu Santo, enciende con tu luz nuestro sentidos” (Oración del Ven Creador).

Esta simple invocación , a la que el Espíritu no se resiste porque toca su fibra más íntima, aquello que Él es (Ardor común, Encendimiento de otros) y para lo que ha sido Enviado por el Padre y por Jesús: para “reavivarnos”, vivificarnos, transfigurar lo que vemos con su luz…, hace que venga y nos de su gracia. El Espíritu nos “hace ver las cosas como le agradan a Dios (es decir: como son, ya que a Dios le agradan las cosas y las personas como somos, como nos creo y redimió, y como podemos ser, en el sentido de que le agrada vernos mejorando y creciendo en el amor).

Discernir con los criterios del que “tenemos más a mano”

Pues bien, esta es una manera de presentar el discernimiento como la respuesta justa a algo que necesitamos más que el aire y el smartphone. Porque el síndrome de Stendhal nos asedia: tenemos sobredosis, no solo de cosas malas, sino también de belleza, de ideas verdaderas pero amontonadas mal, desjerarquizadas, sin espacio entre una y otra. Y eso nos lleva a “discernir” desde lo que tenemos más a mano. Cada uno desde algún criterio de algo que le hizo bien.

Esto mismo es bueno si uno se da cuenta de que el Espíritu Santo es justamente “el que está a mano” -el Paráclito-. Y Él es el que nos hace comprender Quién es Jesús y cuánto puede ayudarnos su palabra para resolver nuestras cosas de la vida diaria.

Claro, uno puede sentir: y a Jesús, cómo lo contacto! La Iglesia lo tiene, por supuesto. Pero a veces muchos sienten que le hemos puesto tantas puertas con horario a las iglesias, tantos requisitos a los sacramentos (que son Jesús mismo hecho pan, perdón del pecado de ayer a la tarde, aceite para la enfermedad que tengo…, bendición para mi deseo de formar familia) tantas condiciones, que queda medio lejos. Pues bien, para eso fue enviado el Espíritu, que se derrama sobre toda carne, sobre toda cultura, que actúa en toda persona que lo invoca y desea adorar al Padre y conocer y contactarse con Jesús. El Espíritu también es condición para que todo lo que la Iglesia tiene acumulado no sea museo sino vida.

Los sentidos del discernimiento

Y qué “sentidos” enciende el Espíritu? Enciende todos. Pero la clave es que los enciende en “modo discernimiento”. Es decir: enciende la lengua, pero no solo para “hablar en lenguas” sino también para profetizar y anunciar verdades que sirvan a la vida y a la oración de todos. El Espíritu enciende el gusto no solo para saborear íntimamente las palabras de Dios sino para saborear su fuerza apostólica, su capacidad de encender otros fuegos. El Espíritu enciende nuestro tacto pero no solo para tocar dinámicamente el suelo en una danza que nos hace dar vueltas sobre nosotros mismos, sino para embellecer los pies de los que corren a anunciar el evangelio a todas las fronteras. El Espíritu enciende nuestro ojos y oídos para discernir el rostro de Jesús en los pobres y escuchar su silbido y su voz de buen pastor, distinguiéndola de la voz seductora del maligno. El Espíritu enciende nuestro olfato para saber “oler” al mal espíritu, allí donde está vestido de ángel de luz y no se lo puede discernir con la vista. Es decir: el Espíritu enciende todos los sentidos espirituales para discernir “los sentimientos de Cristo Jesús” y comunicarnos su “modo de pensar” y de ver las cosas.

El tratado donde este “modo de sentir-discerniendo” está plasmado es el Evangelio. Allí cada escena, cada parábola, cada frase no es solo una frase sino una clave para discernir, que aplicada a la realidad justa en cada situación, obra eso que Jesús prometió: que el Espíritu nos enseñará toda la verdad y nos dirá qué decir en cada momento.

Discernir o quedar fascinado por alguna ideología

No discernir, hoy, es permanecer atado a esa mezcla -incluso de cosas buenas- que nos ofrece el mundo moderno, con su conflicto de interpretaciones. No basta con tener las ideas claras en los libros y en los manuales, hay que saber con qué “sentido” afrontarlas. Como decía, hay cosas que hay que “olerlas” porque si uno las mira queda “hechizado”, “fascinado”. La capacidad de photoshop es hoy tan maravillosa que uno le dice al otro mostrándole una “realidad” (una noticia, una foto, un título de diario con “lo que dijo fulano”): “no lo ves?” No puedo creer que no “veas” lo mismo que yo. Y el otro, tomando distancia, trata de hacerle “ver” lo que ve él,  mostrándole “otras noticias”…

El desafío es terminar de caer en la cuenta de que, hoy por hoy, no hay un “lugar” común desde el cual mirar todos las cosas, no hay piso firme en ninguna idea, dogma o ideología, no hay “realidad común” objetiva como la había cuando cada uno vivía en su pueblo y las noticias de otros lados llegaban “al otro día o a la semana siguiente” y había “espacio”, como en un buen museo, para ver una obra o dos en cada sala y tomar aire con los ojos. Hoy está todo junto todo el tiempo de mil manera diversas. El único lugar común puede ser, precisamente, el discernimiento. Convenir, la mayor cantidad de gente posible, que todo debe ser discernido (cosa que ya hacen muchos) y, lo importante, convenir en que todos tenemos que entrar en la Escuela del Discernimiento.

Entrar en la Escuela del discernimiento

Es decir: en este arte, hay maestros. Hay camino recorrido y se puede aprender mucho. Es más, se trata del arte de “aprender cada día” del único Maestro interior. Porque, como se trata de discernir la realidad y esta cambia tanto, no hay escuela que no sea la del aprendizaje continuo, la del criticar en primer lugar el propio punto de vista, los propios sentimientos, ya que no hay cosa, por perfecta que sea, que no pueda ser usada por el mal espíritu para alejarnos del amor de Jesús. Y no hay cosa, por pecado que sea, que no pueda ser usada por el Espíritu Santo para acercarnos a la misericordia del Padre.

El discernimiento en el marco de los Ejercicio espirituales

A lo largo del año iremos viendo la estrecha relación que tiene hacer un discernimiento particular (o muchos) y practicar los Ejercicios Espirituales. Los Ejercicios como tales  -de un mes- se hacen una o dos veces en la vida. Tiene como fin hacer una elección radical, de estado de vida o de una misión importante. Luego, los Ejercicios de cada año van ayudando a mantener y perfeccionar la elección y la misión.

El marco de los Ejercicios es el adecuado para un proceso de discernimiento, para dar lugar a que el corazón experimente gracias y tentaciones y pueda adquirir certeza en el Espíritu a la hora de elegir. Así, los Ejercicios, con sus diferentes etapas, con sus meditaciones estructurales, nos ayudan a poder hacer un discernimiento.

Presentar esta dimensión “de máxima” no es para alejar el discernimiento de la vida diaria. Al contrario: al igual que el amor a Dios es el mismo que el amor con que se ama a un pobre, en el gesto pequeño de darle un vaso de agua, así también el discernimiento de una vida matrimonial o consagrada, se concreta en el discernimiento de la pequeña opción que hay que hacer cada día para que la vocación crezca. El camino del discernimiento, como el del amor, es de ida y vuelta. Las elecciones y predilecciones grandes y definitivas se concretan y se alimentan en las elecciones y predilecciones pequeñas de cada día. El que ya eligió estado de vida, dice Ignacio, no tiene que cambiarlo, sino crecer y mejorar en él. Y en esta situación de “crecer en nuestro estado de vida y misión (trabajo) principal, estamos todos (salvo los jóvenes que aún no han decidido o la vida todavía no “decidió” por ellos).

Alabar, adorar y servir: tres deseos “ya discernidos”

Antes hablamos de un mundo en el que todo es relativo. Hoy se cuestiona hasta la ley natural y pareciera que “todo se construye”, incluso la propia identidad de género. Sin embargo así como cada piedra, cada planta tienen su ley interior y cada animal su instinto, que no les permite equivocarse en cuanto a su misión en la vida, los seres humanos contamos también con algo similar a este “instinto” que, si lo desarrollamos, no nos equivocamos. Hablo del deseo de alabar, de adorar y de servir. No es cuestión de demostrarlo teóricamente sino de invitar a cada uno a que haga la prueba. Comience a agradecer y a bendecir por su vida y por las persona y cosas que ama y verá como va encontrando un camino claro: a medida que agradece, sentirá deseos de agradecer más. Incluso por lo malo, ya que al bendecir irá encontrando cosas buenas también en lo que no lo fue. Lo mismo con la adoración, si uno se pone con el rostro en tierra y confiesa sus “no”: no soy nada, no puedo nada, no se nada… y le dice a Dios Vos sos todo, Vos podés todo, Vos sabés todo, verá que algo se libera en su interior. Y no digamos nada de servir. Si uno se pone a servir a alguien que necesita, comenzando por los más pequeños, siguiendo por los compañeros de trabajo, los pobres, los enfermos…, verá que algo le dice a sus manos que están bien, haciendo lo correcto. Estas actitudes suscitan el asentimiento de nuestra mente, de nuestro corazón y de nuestras manos.

Son deseos ya discernidos, en el sentido de que tienen algo de “instintivo”. Los tenemos que poner en acción libremente, pero enseguida vemos que nuestro ser fluye gracias a ellos. Los reconocemos también en otros seres, en los pájaros que con su canto y sus vuelos en equipo son un canto de alabanza al Creador; en los animales que se sirven unos a otros; en toda vida a nivel molecular en el que todo es “servicial”. Estos deseos profundos, si se les da cauce y se los comienza a practicar, muestran ser mas fuertes que cualquier otro deseo.

Realizando estos deseos y poniéndolos en práctica vamos descubriendo “existencialmente” el sentido de nuestra vida. No algo sí como el “sentido en general” de la vida, cosa que escapa al alcance de alguien que vive solo un tiempo en la historia, pero sí el sentido concreto de “mi vida”, cosa que cada uno puede descubrir a medida que realiza estos deseos básicos que son expresión del amor: alabar, adorar y servir y discierne su lugar y su misión en el universo.

Las tentaciones contrarias son denigrar, auto-adorarse y aprovecharse egoístamente de los bienes comunes. Hay también tentaciones “neutras”: ni alabar ni criticar, no adorar nada ni a nadie, gozar y gastar y no trabajar.

Deseo de alabar

Sintonizar con el deseo profundo de Alabanza nos armoniza el alma subjetivamente con la realidad. No solo hay que alabar a Dios y a las cosas extraordinarias. La discreta alabanza a todo ser, hace que cada cosa brille y mejore dando lo mejor de sí. La alabanza tiene sus tonos menores, con los que se alaban y se agradecen, amablemente y sin exagerar, los pequeños dones y servicios que alguien nos presta. Es un acto de justicia alabar cada gesto en su justa medida. Así como no es buena la alabanza falsa o exagerada tampoco es bueno dejar pasar las cosas que conllevan el trabajo de otro como si se dieran por descontado.

El pueblo sencillo sabía de alabar a Jesús. “Bendito el seno que te portó y los pechos que te amamantaron”, exclamó aquella mujer del barrio mientras Jesús hablaba. “Hosanna, bendito el que viene en nombre del Señor”, cantaban los niños alentados por sus mamás y por sus padres cuando Jesús entró en Jerusalén montado en un burrito. “Verdaderamente este era Hijo de Dios”, confesó el Centurión. Y así tanta gente. El pueblo fiel de Dios da rienda suelta a su deseo hondo de alabanza, cada vez que canta a Dios y a sus santos, cada vez que llena de flores las imagencitas de la Virgen y exclama sus “viva, viva” mientras lleva al Señor en andas.

Deseo de adorar

Adorar y hacer reverencia es el deseo básico que mueve toda religión, todo deseo de relacionarnos con Alguien que nos trasciende. Es un deseo que en muchos brota espontáneo y en otros está mutilado o amordazado. En los niños, la “adoración” por sus padres, como respuesta a las alabanzas y cariños que estos les prodigan, es un sentimiento muy puro que, si es bien educado, se orienta con la gracia del Espíritu Santo a la adoración del Niño Jesús, de la Virgen. Es un deseo auténtico y único que necesita que se lo explicite y que a los niños se les den los gestos de adoración que les permitan encauzar y expresar este deseo profundo: arrodillarse ante el Santísimo, mandar un besito a la Virgen, besar una imagen, hacer silencio respetuoso al entrar en el templo o en el momento de rezar. Hace bien a los niños ver a sus padres arrodillarse y hacerse la señal de la Cruz.

El leproso curado que volvió alabando y bendiciendo a Dios y se postró rostro en tierra ante el Señor, nos muestra esta actitud de adoración que el pueblo de Dios sentía que podía tener ante Jesús y que el Señor no rechazaba.

Deseo de servir

Servir es también un deseo básico que mueve todas nuestras acciones. Servir a los otros, ser útiles a los demás, contribuir con la creación, dar fruto, ofrecer lo mejor de uno, el propio carisma, dar una mano, gastarse por los demás, ayudar a los que necesitan… Si la adoración es un deseo propio de la creatura y es unidireccional, la alabanza y el servicio son deseos también propios de nuestro creador. Jesús alababa la fe y la misericordia de la gente y toda su vida fue de servicio a los demás. Lo consagró en el lavatorio de los pies a los discípulos.

Una imagen positiva de nuestro ser y de nuestro pasado    

Para poder discernir es necesario tener “experiencialmente” una imagen positiva de la vida, de nuestro ser y de nuestro pasado: somos creados buenos y encontrar cada uno nuestro bien más propio, nuestro carisma, así como un ave encuentra su canto y una flor su color, es nuestra manera de reconocer al Creador: siendo mejor lo que somos, siendo por trabajo y elección lo que somos por don y por gracia.

Si uno tiene una imagen negativa de sí, si piensa que no vale nada o que porque tiene algún defecto o pecado, no puede alabar y adorar y servir a Dios y al prójimo, no sentirá que puede discernir la voluntad de Dios en su vida. Si en cambio nos sabemos seres complejos, quizás con muchos defectos, pero con esta zona de la alabanza, la adoración y el servicio, siempre intacta y lista para ser reactivada, entonces tendrá sentido discernir. Pero hay que practicar la alabanza y la adoración y el servicio hasta que la imagen positiva fundamental salga a flote y tome las riendas de nuestra vida.

Diego Fares sj

 

Momento para contemplar

Marta Yrigoy

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                                        Nuestra Señora de la Consolación de Sumampa (Bo San Calal Villa de Mayo)

Comenzamos un nuevo año, y queremos aceptar la invitación que nos hace el Papa Francisco de “entrar en la escuela del discernimiento”…

Por eso, la invitación en este primer encuentro, será  después de leer el texto del P. Diego Fares, sj; quedarnos sintiendo y gustando el Salmo 131.

Señor, mi corazón no es ambicioso,

ni mis ojos altaneros;

no pretendo grandezas

que superan mi capacidad;

sino que acallo y modero mis deseos,

como un niño en brazos de su madre.

Espere Israel en el Señor

ahora y por siempre.

                                                        (Cfr. Padre Manuel Pascual, Retiro “Para tí es mi música”).

Si dejamos resonar este salmo en nuestro interior veremos que tiene algo de la parábola del hijo pródigo. Quizá antes soñaba con grandezas, ahora golpeado por acontecimientos terminó descubriendo la mano buena de Dios.

Pero, ¿qué es soñar con grandezas?

Nunca el problema humano será el de soñar mucho. Siempre nos quedaremos cortos. El Padre soñó lo más grande, nos soñó hijos en el Hijo. Nuestras grandezas son caricaturas, son balbuceos, son bosquejos…

‘Acallo y modero mis deseos’. No significa entonces anular. Dios sembró el corazón humano con deseos infinitos. Por eso hay que aprender a escucharlos, a dialogar con ellos.

Solo llegando al fondo y descubriendo qué deseamos, todos los demás deseos se pueden ordenar, jerarquizar.

Solo llegando al fondo y teniendo fe en las promesas de Dios, podemos tener confianza y paz.

Hay que hacer un acto de confianza como el del salmista. El alma en paz se abandona a Dios, sin inquietud ni ambición, no porque tenga ya todo, sino porque cree que Dios es fiel…

Algunas preguntas…

  • ¿Que desea mi corazón?
  • ¿Qué importancia le doy a los deseos que me habitan?

Volver a rezar con el Salmo 131, pidiendo la Gracia que necesito en este tiempo de Cuaresma…

 

EL LENGUAJE SIMPLE DE JESÚS,
QUE LLEGA DIRECTAMENTE AL CORAZÓN

Publicado en La Civilta Cattolica Iberoamericana nº 11, 2017

Diego Fares S.I.

«Jesús, cuando hablaba, usaba un lenguaje simple e imágenes que eran ejemplos tomados de la vida cotidiana, para poder ser comprendidos fácilmente por todos. Por esto lo escuchaban encantados y apreciaban su mensaje que llegaba directo a su corazón; y no era ese lenguaje complicado de entender, el que usaban los doctores de la ley de la época, que no se entendía bien pero que estaba lleno de rigidez y alejaba a la gente. Y con este lenguaje Jesús hacía entender el misterio del Reino de Dios; no era una teología complicada».[1] En un Angelus dominical del verano pasado, el papa Francisco comenzó su comentario a la parábola del sembrador con esta reflexión acerca del lenguaje de Jesús: un lenguaje simple, que llega directamente al corazón; lo opuesto, dice el Papa, al lenguaje complicado de una teología rígida que aleja a la gente del misterio del Reino.

El discernimiento de los dos lenguajes es claro: el que me acerca directamente al amor de Jesús es del buen espíritu; y el que me aleja del amor de Jesús es del malo. Pero ¿qué sucede con el lenguaje de algunos medios, que también apunta directamente al corazón, pero no para sembrar la semilla buena del trigo sino para sembrar la semilla venenosa de la cizaña?

Cada tanto, como ha sucedido en estas semanas, surge una andanada de artículos con ataques a la Iglesia y al Papa —es un único ataque, aunque algunos digan que atacan al Papa para defender la doctrina de la Iglesia y otros digan que defienden al Papa y atacan a la Iglesia—. El lenguaje que usan no parece complicado; es más, los titulares que hablan de intrigas de poder, venenos, luchas internas, errores clamorosos, ataques a la doctrina son bien claros y directos. Pero un lenguaje simplista no es un lenguaje simple, aunque se parezcan, como la cizaña se parece al trigo. El hombre de la parábola  [p. 62/112] lo discierne al primer golpe de vista: si hay cizaña, quien la sembró es un enemigo (cfr. Mt 13, 28). Y no hay que intentar arrancarla toda antes de tiempo, porque se corre el riesgo de arrancar también algo de trigo. Pero sí es bueno, cuando se ve que el exceso de maleza sofoca al trigo, cortar algunos yuyos para dar aire a las plantas. En una discusión, cuando el tono se alza demasiado y las palabras pasan a ser hirientes, si se quiere seguir dialogando hay que bajar el tono y «cuidar el lenguaje».

Algunos justifican el lenguaje escandaloso diciendo que cuentan «hechos escandalosos». Si se tratara solo de hechos serían los mismos que el Papa señala cuando afirma que hay corrupción en el Vaticano o condena un escándalo. Pero la verdad no solo consiste en hechos que cualquiera dice de cualquier manera sin importar quién esté escuchando o leyendo. Por ello, parafraseando algunos comentarios, podríamos decir que el verdadero ataque de cierto tipo de lenguaje es al «esplendor de la verdad».

Cuidar entre todos el lenguaje que usamos es tan vital como cuidar el aire del planeta. Y el sentido del lenguaje no está, en primer lugar, en los conceptos e imágenes que se utilizan para armar un discurso racional, sino en el consenso respetuoso que se dan entre sí los que dialogan y buscan juntos la verdad.

El lenguaje público se sostiene gracias al consenso tácito que todos nos prestamos, y debe ser custodiado. No como el espacio público, que ante la amenaza de actos terroristas se vigila con el ejército en las calles. El lenguaje público se custodia hablando bien y denunciando el mal uso. Pero toca a cada persona la decisión de no contaminarse ni contaminar el lenguaje común. Para ello, el único camino es crecer en el discernimiento.

No es fácil, dado el grado de sofisticación del lenguaje actual, discernir con nitidez cuándo está en acto un discurso tramposo. Los hay de todo tipo. Desde el lenguaje aparentemente liviano, propio de las revistas de chismes, que se usa para instalar algún concepto o imagen venenosa, hasta el lenguaje aparentemente serio que, utilizando conceptos teológicos —como el demonio usaba la Biblia para tentar al Señor en el desierto—, intenta confundir y torcer la verdad encarnada que es Cristo. Con estos discursos «tramposos» los fariseos y doctores de la ley buscaban «tentar al Señor para encontrar una fisura en su coherencia que posibilite concebir la piedad como un trueque; y entonces se trampea [p. 63/112]  la fe por la seguridad, la esperanza por la posesión, el amor por el egoísmo».[2]

Decir la verdad con el Espíritu de la verdad

Nos ayudaremos en este camino de crecer en el discernimiento del lenguaje con algunos criterios de Pedro Fabro, el jesuita compañero de Ignacio y de Francisco Javier. Fabro, según el juicio de Ignacio, era quien mejor daba los Ejercicios espirituales y tenía el carisma del discernimiento y de la conversación espiritual. Sabía dialogar con todos y tenía un modo especialmente respetuoso y convincente con sus adversarios.

Su primer criterio así lo explica: «Otro deseo sentí en la misa, es a saber, de que todo el bien que yo hubiese de hacer, o pensar, u ordenar, etc., fuese por medio del buen espíritu y no por medio del malo. De allí vine a pensar cómo nuestro Señor no debe de tener por bien de reformar algunas cosas de la Iglesia según el modo de los herejes;[3] porque ellos, aunque muchas cosas, así como también los demonios, dicen verdad, no la dicen con el espíritu de la verdad, que es el Espíritu Santo».[4]

Pedro Fabro hace ver que no basta con decir cosas verdaderas sino que se deben decir con aquel espíritu de la verdad que es el Espíritu Santo. Esto si de verdad se quiere que ayuden a corregir en la práctica un error o un mal comportamiento.

Distingue Fabro, en la práctica, tres «verdades»: las cosas verdaderas, el espíritu de verdad, en cuanto disposición con que se dicen las cosas verdaderas, y el Espíritu de la Verdad como Persona. Entre la verdad de los hechos y el Espíritu de la Verdad está situado ese «espíritu de verdad» o «buen espíritu» que permite que se vinculen los hechos de la vida —también el pecado— con la Gracia, que todo lo ordena para bien.

Es bueno incorporar este discernimiento de manera tal que sea lo primero que uno mira cuando se trata de juzgar si algo es verdad o mentira. En un discurso se debe medir y sopesar la capacidad que [p. 64/112]  tiene, en su conjunto y en cada una de sus palabras, frases y modos, para ser usada para bien por el Espíritu. Y, como contracara, se debe medir y sopesar la capacidad que tiene un discurso, en su conjunto o en alguna de sus partes, para bloquear la acción del buen espíritu o para potenciar el malo.

Un maestro espiritual, cuando un discípulo le contaba algo que le había pasado y, para calificar a otra persona, utilizaba una palabra insultante —por ejemplo: «es un tal por cual»—, preguntaba al discípulo sonriendo: «Y esa palabra ¿dónde se encuentra en la Escritura?». Como siempre venía a la mente el pasaje de Mateo 5,22, en el que los insultos o descalificaciones a un hermano son duramente condenados por el Señor, yo mismo me daba cuenta de que «estaba tentado» por el mal espíritu. En una palabra destemplada se puede discernir el mal espíritu que anima toda una argumentación, que utiliza hechos objetivos y razonamientos innegables… para alimentar el enojo con un hermano.

La cuestión está en conectar una verdad dicha con buen espíritu con la posibilidad que contiene de ser usada por el Espíritu Santo para hacer un bien o corregir un mal. O, dicho de manera negativa, conectar algo dicho con mal espíritu —sea una mentira o una verdad— con la imposibilidad de que el Espíritu Santo la use para hacer bien a alguien o corregir eficazmente un mal.

También se puede considerar —y resulta muy clarificador— el camino que va de la realidad al discurso. Cuando uno nota —como le sucede a tanta gente que escucha el lenguaje simple de Francisco—, que dentro de sí nace una atracción al bien o se visualiza la posibilidad de corregir algo que anda mal en su vida es señal clara de que el discurso que suscitó tales sentimientos es verdadero. El Espíritu Santo bendijo este lenguaje —aun con sus límites— y lo utilizó para conducir la vida de la Iglesia y/o de una persona en un momento dado.

Si, por el contrario, uno nota, como sucede al leer algún artículo o ver algún programa de televisión, que en nosotros se bloquea el deseo de hacer algún bien, que nuestra mente se oscurece y se nos instala la desesperanza de que alguna vez se solucione algo en concreto, es señal de que está en acto un discurso tramposo, de esos que entristecen al Espíritu Santo porque algo obstaculiza su accionar benéfico.

Más allá de que se pueda desmontar la trampa, se discierne en conjunto. Así como hay trampas que no se pueden desmontar [p. 65/112]  porque explotan, así hay discursos que no se pueden desmontar porque solo son vehículo para que algo malo pase y se incorpore al modo de pensar del otro. Hay un lenguaje que envenena el alma. En estos casos, lo que hay que hacer es alejarse y no tragarse el veneno.

Así, lo que puede parecer una diferencia pequeña —la de decir bien una verdad o la de decirla con burlas, ira o desprecio— en realidad es algo que puede originar un gran cambio. Una verdad dicha con mansedumbre y respeto es una mano tendida que crea puentes. En cambio, una verdad dicha con acritud y falta de respeto es una bofetada que rompe posibilidades de entendimiento.

El espíritu con que uno dice cosas verdaderas influye también en su modo de verlas. Hablar mal lleva a pensar mal y a ver mal; lleva, por tanto, a la ceguera. Utilizar un lenguaje ofensivo termina por ofuscar la propia visión de la realidad.

En definitiva, la verdad no consiste solo en «hechos» o en «definiciones abstractas»; la verdad incluye, como parte esencial, el modo respetuoso y amoroso con que se expresan las cosas, de modo tal que puedan atraer con su esplendor y hacer bien y nunca mal. Todos hemos experimentado alguna vez cómo un tono o una mirada intencionadamente sarcástica es capaz de subvertir totalmente la verdad más inocente o amigable, introduciendo en ella un veneno mortal que muchas veces ni deja rastro. Las cosas verdaderas se dicen con ese espíritu de verdad que es el Espíritu Santo.

Las trampas del «menos»

San Pedro Fabro nos proporciona un segundo criterio para discernir el modo de hablar según el Espíritu de la verdad. Fabro le pide al Señor que le enseñe a hablar bien —bajo el influjo del Espíritu Santo— de las cosas de Dios y discierne algo que tiene que ver con un «menos». Siente que hay algo en su lenguaje que, si no está atento, puede depotenciar la gracia que ha recibido, en el momento en el que comunica esta experiencia a otro. Fabro dice así: «Otro deseo había tenido antes, es a saber, que nuestro Señor me diese gracia de saberme haber acerca de hablar las cosas, que yo he sentido con algún buen espíritu para mí o para otros; porque muchas cosas suelo hablar o escribir o hacer, sin buscar el espíritu con el cual yo antes había sentido aquellas cosas: quiero decir, por ejemplo, que alguna vez hablo alguna cosa con cierto espíritu alegre y  [p. 66/112]  familiar, con regocijo exterior, la cual yo había sentido con espíritu de compunción, con algunas lágrimas espirituales; de donde aprovecha menos al que oye, porque no la digo con tan buen espíritu como aquel con que la había recibido».[5]

Fabro describe esta experiencia de una gracia recibida que, cuando la comunica, produce un fruto menor. Lo atribuye a que la expresó con un espíritu menos bueno de aquel con que la recibió. Y ese menor grado de bondad lo nota en lo que podemos llamar un «cambio de tono»: expresó de modo gracioso lo que primero le había provocado compasión.

Podemos aplicar este criterio a todos esos discursos en los que, a alguien —o a alguna cosa— que es más se le roba algo para que sea —o parezca— menos de lo que es. Se trata de esos lenguajes en los que se nota un cambio de tono o de registro que «disminuye» al otro —lo descalifica, lo denigra…— o en los que se tratan cosas importantes, incluso sagradas, de manera simplista o reductiva.

San Ignacio expresa este tipo de tentación con una regla de discernimiento que muestra cómo el mal espíritu no siempre busca el mal mayor. A veces se conforma con algo «distractivo, o menos bueno que lo que uno tenía propuesto hacer, o tira abajo el ánimo, o inquieta o turba, quitando la paz, la tranquilidad y la alegría que uno tenía antes».[6] Todos estos «menos» son señal de mal espíritu. Más aún, este «mal menor» es a veces buscado de manera decidida por el que ve que, si apuntara a un mal mayor, no tendría éxito. Esto es bastante común en muchos discursos acerca del Papa y sobre la Iglesia, y es la manera más fácil de que mucha gente «se trague» estas medias verdades inadvertidamente.

Para discernir bien este lenguaje que apunta a un mal menor —pero efectivo, porque logra «entrarnos» en el corazón—, hay que reconocer primero la disminución de un bien y conectarla luego con algún «ruido de fondo» producto del tono del discurso que leemos o escuchamos. Un ejemplo: si uno mira las encuestas, el índice de popularidad del papa Francisco, después de cuatro años de pontificado, se mantiene «muy alto»[7] en todo el mundo. Incluso en su país  [p. 67/112] su imagen positiva es muy grande.[8] Sin embargo, si uno lee algunos medios italianos la expresión «la gente está enojada con el Papa» se presenta como obvia y muy real. Si uno se guía por las encuestas, en el corazón de los argentinos no ha disminuido el amor al papa Francisco, pero se ha difundido un modo de pensar que alguien expresó así: «del Papa mejor no hablar mucho ahora, porque sería para discutir». Este es el engaño del «menos».

Esta tentación se la puede reconocer en algunos discursos que se refieren al modo de hacer política de Francisco. Recordemos que el Papa siempre intenta «rehabilitar la política» como la forma más alta de la caridad que busca el bien común.[9] En este sentido, el Papa afirma que todo es política, incluso una homilía. Todo lo que se dice en la «polis», lo que hace al bien común, tiene significado político. ¿A quién puede interesarle «disminuir» al que enaltece la alta política del bien común? Solo a aquellos poderes, cualitativamente menores, que se mueven por «encima de» la política, en vez de ponerse a su servicio, es decir, los poderes del dinero, de las armas, de la tecnocracia.

Al mismo tiempo, a nivel práctico, es un hecho internacionalmente reconocido que el papa Francisco ha logrado convertirse en un punto de referencia y hacer de puente en muchas tentativas de diálogo entre países en conflicto. ¿Quién puede estar interesado en desacreditar a un tal árbitro en los conflictos? Solo al que tiene algo que «ganar» con otras soluciones que no son las del diálogo y el consenso democrático.

Recordar y explicitar la jerarquía de los bienes y valores es lo que permite discernir cuando alguien propone un bien o valor menor y notar esos detalles disonantes en los que el mal espíritu siempre muestra la hilacha. Los discursos que apuntan a robar algo del bien, con sus fotos y razonamientos tomados de otros contextos —por ejemplo, cuando se usa un concepto psicológico para hablar de cuestiones políticas— deslumbran por un momento, pero a poco que se echan a andar se ve que oscurecen la cuestión de fondo. [p. 68/112]

Hace poco, un artículo que quería hacer pasar por obvia la imagen de un Papa muy popular a nivel internacional, pero con métodos de gobierno ineficaces, quiso «crear» la imagen de un Papa que ya no come en el centro del comedor de Santa Marta sino en un ángulo, solo con pocos y selectos comensales y dando la espalda al resto de la sala. Usamos aquí el verbo «crear», porque aunque alguien hubiera tomado una foto así, ese fotograma individual, aislado del contexto, no es verdadero. La historia real de más de 1 500 almuerzos de Francisco nos muestra a un Papa que eligió compartir siempre su vida y su mesa con la gente, y que, si al comienzo se sentaba más en el centro, cuando vio que, al entrar en el comedor, la gente se paraba y no sabía bien qué hacer, buscó un lugar más discreto para no molestar, permaneciendo siempre en el mismo salón común. Esto es así desde hace años. Ninguna novedad, por tanto. Sí, en cambio, en alguno, un espíritu desagradablemente venenoso, que recurriendo a imágenes engañosas termina produciendo una caricatura falsa y encima poco lograda, del Papa, en el intento de «disminuir» su imagen.

El criterio de proponer «algo más», concreto y bueno

Un tercer criterio de Fabro que puede resultar útil en esta reflexión, es el del «magis ignaciano». San Ignacio es el hombre del magis (el «más»), de la «mayor gloria de Dios». Pero no se trata de un «más» ideal, de una perfección propuesta en abstracto que luego habría que intentar realizar. Se trata de un «más» concreto, posible, encarnado en la vida, que tiene en cuenta los tiempos, los lugares y las personas. En definitiva, es el paso adelante que le agrada al Padre y que el Espíritu Santo nos invita a dar. Puede tratarse de un gran paso, como la conversión de un san Pablo o aquel del gesto de san Maximiliano Kolbe, que dio la propia vida por salvar a un condenado a muerte; o bien de un paso pequeño como aquel que da un niño para saltar un charquito, tomando impulso con unos pasos hacia atrás. Pequeño o grande, este paso es un «más en el Espíritu». Afirma Fabro: «En general, cuando le propusieras —a una persona o a sí mismo— cosas más altas o para obrar, o esperar o creer, o amar, para aplicarse a ellas afectiva y efectivamente, tanto con mayor facilidad le darás materia en la que se provoque la diferencia del espíritu bueno y del malo […]: el que da fortaleza y el que debilita, [p. 69/112]  el que ilumina y el que ofusca, el que justifica y el que mancha, es decir, el bueno y el contrario del bueno».[10]

Este dinamismo que invita a dar un paso adelante —posible y concreto— en el amor a Jesucristo y al prójimo es una constante que vuelve siempre en los discursos del Papa Francisco. Tanto cuando predica como cuando escribe, él no sigue el camino de los tratados sistemáticos, animados por la lógica de un equilibrio entre todos los temas. Su teología es práctica, kerigmática.[11] Más que ayudar a definir, es una teología que ayuda a vivir, ayuda a «en todo amar y servir a Dios nuestro Señor». Y para hacerlo remueve la tierra del corazón, provoca movimiento de espíritus, interpela a discernir personalmente qué le dice el Espíritu a cada uno, y no a opinar qué esté diciendo «en general».

En el Papa se nota la conciencia refleja de una vivencia que no busca entrar en discusiones con los eruditos, sino que desea comunicarse a aquellos que tienen hambre y sed de una Palabra que incida en su vida de manera positiva.

El «más» de la teología práctica y kerigmática —que es característica de los Ejercicios espirituales de san Ignacio—, mira al corazón de las personas, para ayudarlas a encontrar el «más» del Espíritu en su vida concreta, en el paso de conversión y en la elección del lugar de servicio a que el Señor llama a cada uno. Por eso, cuando Francisco trata un tema que juzga necesario para la conversión del corazón e insiste en un punto, no es pertinente que preguntarse por qué no habla también de otros temas o afirmar que, si ese punto se «generaliza», será de hecho irrealizable. [p. 70/112][12]

Las trampas de una lógica del «más» pervertida

Nos interesa examinar ahora cómo a veces se utiliza la lógica del «más», pervirtiéndola. En contraste con las dimensiones propias del lenguaje de Francisco, que invita a cada uno —también a sus críticos— a pensar el paso adelante a realizar personalmente, hay afirmaciones que exhortan a dar un paso más, pero en orden a ver a qué Papa precedente o a qué encíclica o dogma de fe estaría atacando.

El padre Adolfo Nicolás S.I., ex superior general de los jesuitas, en la homilía que predicó el año pasado en la Iglesia del Gesú, en Roma, con ocasión de la Fiesta de san Ignacio, afirmó que la palabra del papa Francisco es como la de los profetas: a veces resulta dura o incómoda, pero si uno la acoge con la actitud de quien quiere dar un paso adelante, siempre hace bien, un bien concreto; en cambio, si uno se cierra a esta palabra para defender algún interés particular, le endurece siempre más su corazón.

Ahí está el criterio para discernir esos lenguajes que siguen la lógica de los fariseos y de los doctores de la ley, los cuales, cuando el Señor hacía un bien concreto —curar en sábado la mano a uno que la tenía paralizada (cfr. Mt 12, 9-14)—, lo acusaban de romper el sistema de la ley. El movimiento de estos lenguajes es totalmente contrario al movimiento de la encarnación, en el cual las palabras y acciones particulares no están buscando atacar a nadie ni destruir nada, sino que se proponen transmitir la gracia a una persona que se encuentra en un lugar y tiempo concretos.

Este movimiento contrario al de la encarnación puede ser distractivo, reductivo o directamente destructivo, pero siempre busca el mismo efecto: que la Palabra no pueda encarnarse en un corazón concreto o, si se encarna, que no eche raíces como la semilla en tierra buena o que de menos fruto del que podría dar. Y si no logra nada de todo esto, al menos intenta robar la paz y debilitar el alma.

Las afirmaciones o insinuaciones de que Francisco atacaría a Veritatis splendor (VS) no merecerían ni siquiera un comentario, si no fuera por el hecho de que hay gente sencilla que queda perpleja y escandalizada cuando este tipo de cosas son dichas de modo categórico y solemne (¡el «más» de la solemnidad farisaica!). El hecho de que Francisco, en su exhortación apostólica Amoris laetitia (AL), que recoge el trabajo de dos sínodos sobre la familia, diga que «no todas las discusiones doctrinales, morales o pastorales deben ser [p. 71/112]  resueltas con intervenciones magisteriales» (AL 3), está en perfecta consonancia con el espíritu de VS, en la que Juan Pablo II concluye «el discernimiento de algunas tendencias de la teología moral actual» (VS 28-83) con esta exhortación: «Sin embargo, es necesario que nosotros, hermanos en el episcopado, no nos limitemos solo a exhortar a los fieles sobre los errores y peligros de algunas teorías éticas. Ante todo, debemos mostrar el fascinante esplendor de aquella verdad que es Jesucristo mismo» (VS 83). Francisco hace suya y amplía esta «exhortación apostólica» de san Juan Pablo II. Es que la verdad no esplende en las definiciones, ni siquiera en las de VS, sino en el hombre vivo.[13] La verdad puede esplender en una obra de arte, en una parábola, en un gesto de misericordia, en un anuncio del kerigma, pero no puede esplender en las definiciones abstractas porque, cuando se define, el pensamiento está dinamizado a seguir definiendo, no a gozar contemplativamente del todo. La abstracción, que separa aspectos no esenciales, es distinta del esplendor, que utiliza todas las realidades accidentales para brillar en ellas.

Hagamos una última reflexión respecto a este criterio del «más». Francisco ha logrado despertar —proféticamente— la fuerza de una Palabra que estaba prisionera entre esquemas abstractos y diálogos de sordos entre ideologías enemigas. Como Pontífice, impulsa y crea acontecimientos en los que los protagonistas interactúan y dialogan realmente. En la relación con la gente —en las periferias geográficas y existenciales—, y en el diálogo con interlocutores políticos, culturales y religiosos de todo tipo, sus salidas son un verdadero «entrar en contacto real» con la vida de las personas y los pueblos. Esto fascinó desde el primer momento al mundo de la comunicación: todo escritor, todo comunicador sueña con que su palabra toque la realidad, la modifique, la impulse y oriente en cierta dirección.

Y la fascinación se nota no solo en los que hablan bien de Francisco, sino incluso en sus detractores. También ellos, en el intento de imitar a Francisco, tratan de inventar metáforas ingeniosas, haciendo uso de contraposiciones polares. Pero no logran con esto más que dar testimonio, por la vía negativa, de que su pensamiento vive, en gran medida, de la creatividad vital de Francisco. [p. 72/112]

«Salvar la proposición ajena»

Hay una cosa que ayuda a ponerse en esta actitud de buen espíritu para pronunciar palabras y argumentar discursos a los que el Espíritu Santo pueda dar la eficacia de la Verdad. Es lo que san Ignacio llama «salvar la proposición ajena». En tres frases él da todo un tratado para dialogar, con buen espíritu, con cualquiera: arte en el cual el papa Francisco siempre se ha destacado. Afirma Ignacio: «Se ha de presuponer que todo buen cristiano ha de ser más pronto a salvar la proposición del prójimo que a condenarla; y si no la puede salvar, pregunte cómo la entiende (qué quiso decir), y si la entiende mal (si el otro está equivocado), corríjale con amor; y si no basta, busque todos los medios convenientes para que, entendiéndola bien, se salve»[14]

Por supuesto que Ignacio se refiere a un diálogo entre personas que desean entenderse y tienen opiniones diferentes sobre algún punto, en torno al cual se preguntan y se corrigen con amor. En el caso de los que escriben utilizando los lenguajes tramposos que hemos analizado, uno tendería a pensar que ya tienen posturas tomadas y que, por tanto, es inútil tratar de dialogar con ellos. Sin embargo, no ha sido esta la actitud del papa Francisco al enfrentar este tipo de críticas.

Francisco tiene muchos gestos de respeto y de apertura al diálogo con aquellos que lo critican. Por ejemplo, en sus contactos por teléfono, por e-mail o por carta, su estilo es el de agradecer cuando siente que el otro tiene voluntad de comunicarse frontalmente y de expresar las disidencias con paz, sin agresiones ni expresiones altisonantes. Alguna vez que ha tenido que corregir alguna imprecisión informativa ha estado atento a hacerlo de manera privada con el interesado. Y cuando ha sido criticado de manera ofensiva, ha tenido la grandeza de salvar la crítica misma, en cuanto que puede ayudar a caminar por la recta vía del Señor. En definitiva, Francisco hace notar continuamente cómo en el modo de hablar y de informar debe prevalecer siempre la mansedumbre.

Las actitudes del Papa, aunque siempre logren cambiar las ideas y las estrategias comunicativas de aquellos que lo critican, tocan el corazón de todos. Esto muestra la estatura moral de una persona [p. 73/112]  que, en el mano a mano, desarma la hostilidad de sus adversarios con su afabilidad; y hace comprender que, cuando el Papa recibe críticas no hace falta defenderlo ni atacar a sus detractores, porque entre ellos hay una puerta abierta al diálogo. Sí es importante, en cambio, hacer reflexiones que ayuden al cristiano que se ve afectado por este lenguaje, de modo que pueda examinarlo con mirada crítica y serena, aprendiendo a no dejarse empantanar, ni por los «menos» ni por los «más» de las falacias que se dicen; y, sobre todo, a no dejarse robar o disminuir su amor a la Iglesia y al Papa. [p. 74/112]

[1] Francisco, Angelus, 16 de julio de 2017.

[2] J.M. Bergoglio, Meditaciones para religiosos, Basauri, Mensajero, 2014, p. 181.

[3] Herético viene de airesis y significa división, separación. Herético es el que tiene espíritu partidista, como decimos hoy. Es aquel cuyo interés particular se sobrepone al interés por el bien común.

[4] P. Fabro, Memorial, Bilbao, Mensajero, 2014, n. 51.

[5] P. Fabro, Memorialop. cit., n. 52.

[6] I. de Loyola, Ejercicios espirituales, n. 333.

[7] Cfr. «Entre popularidad y críticas, el Papa inicia su quinto año de pontificado» en Milenio (www.milenio.com/internacional/papa-francisco-popularidad-vaticano-plaza_san_pedro-milenio-noticias_0_918508319.html), 12 de marzo 2017.

[8] En Argentina el Papa parece tener un 82% de imagen positiva. Cfr. «La popularidad del papa Francisco es muy grande en el país», en Infonews (www.infonews.com/nota/306774/la-popularidad-del- papa-francisco-es-muy-grande-en-el-país), 29 de marzo 2017.

[9] Cfr J.L. Narvaja, «El significado de la política internacional de Francisco», en La Civiltà Cattolica Iberoamericana, I, n. 8, septiembre de 2017.

[10] P. Fabro, Memorialop. cit., n. 301-302.

[11] Para lo que sigue sobre la teología kerigmática, cfr. M.A. Fiorito S.I., «Apuntes para una teología del discernimiento de espíritus», en Ciencia y Fe, 19 (1963), pp. 401-417, y D. Fares, «Aiuti per crescere nella capacità di discernere», en La Civiltà Cattolica, 2016, III, pp. 377-389.

[12] En el mismo sentido, aunque no en el ámbito teórico sino existencial, no son pertinentes las críticas que preguntan: ¿Por qué fue a África central y a Asia oriental, a Suecia, Turquía y a varios países de América Latina, pero no a su país? La lógica sobre la que trabaja una pregunta así es o sistemática —si visita «todos» cómo no va a visitar «uno»—, o asistemática —«por qué no privilegia al suyo, si lo quiere»—. Si es verdad que el Papa sigue la lógica de buscar el mayor bien concreto y posible, se podría abrir el pensamiento y no descartar otras posibilidades; por ejemplo, se podría afirmar que está buscando el momento justo para que una visita pueda hacer el mayor bien posible. Si se sigue esta lógica, entonces uno prepara el corazón para la visita que vendrá, en vez de protestar como hacen los trabajadores de la parábola evangélica (cfr Mt 20, 11-15).

[13] «El esplendor de la verdad brilla en todas las obras del Creador y, de modo particular, en el hombre, creado a imagen y semejanza de Dios» (VS, Introducción). El «esplendor de la verdad» es una expresión que se refiere a la belleza de la verdad, que está siempre ligada al bien. La belleza es el esplendor de la unidad de la verdad y el bien.

[14] I. de Loyola, Ejercicios espirituales, n. 22.

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Momento de reflexión

Diego Fares sj

En su encuentro con los jesuitas de Myanmar, el Papa habló de los Ejercicios y de la Contemplación para crecer en el amor. Me gustó su interpretación: “alcanzar amor” es “crecer en amor”. Para nosotros, la idea de alcanzar algo -alcanzar una meta-, tiene un sentido de acción concluida y quizás eso ha hecho que la Contemplación para alcanzar amor, que se hace para finalizar los Ejercicios, se viva como un cierre, cuando en realidad es una apertura.  Si le cambiamos el nombre y al terminar los Encuentros de Oración de este año, por ejemplo, proponemos una “Contemplación para crecer en el amor”, no sentimos que algo terminó sino que algo se abre: tenemos un ejercicio espiritual para practicar en la vida activa. La Contemplación para crecer en el amor es el fruto con semilla que resume todos los Ejercicios  y que cada uno puede sembrar en el jardín y en las macetas de su vida cotidiana.

Hay dos “notas” de San Ignacio para crecer en amor. Son cortitas como un Tweet, pero están llenas de sabiduría

La primera nota es que: “El amor se debe poner más en las obras que en las palabras”.

Si seguimos con la metáfora del fruto con semilla, lo que Ignacio nos indica en qué macetas sembrar el amor para que crezca bien. Si se pone en una obra concreta, el amor enseguida echa raíz y crece. Por tanto, hay que ejercitarse en ponerlo más en las obras que en las palabras”. Atención que no dice “solo” en las obras. Pero en esa tensión siempre fecunda en la que se mueve el Evangelio, entre práctica y anuncio, la primera debe tener cierta primacía.

La segunda nota es que: “El amor consiste en comunicación de las dos partes”.

San Ignacio nos describe la dinámica de la comunicación: “A saber, en dar y comunicar el amante al amado lo que tiene o de lo que tiene o puede, y así, por el contrario, el amado al amante; de manera que, si el uno tiene ciencia, dar al que no la tiene, si honores, si riquezas, y así el otro al otro”.

Crecer en el amor es, pues, crecer en comunicación. Recordamos una historia de la vida de Ignacio que nos pueden ilustrar cómo creció él en su comunicación con Dios (cómo creció en el amor).

El padre Luis Gonçalvez da Cámara, nos cuenta el último encuentro que tuvo con Ignacio, que le narró su historia:

“El mismo día, antes de cenar, me llamó con un aspecto de persona que estaba más recogida de lo ordinario, y me hizo una especie de protestación, la cual en substancia consistía en mostrar la intención y simplicidad con que había narrado estas cosas, diciendo que estaba bien cierto que no contaba nada de más; y que había cometido muchas ofensas contra Nuestro Señor después que había empezado a servirle, pero que nunca había tenido consentimiento de pecado mortal, más aún, siempre creciendo en devoción, esto es, en facilidad de encontrar a Dios, y ahora más que en toda su vida. Y siempre y a cualquier hora que quería encontrar a Dios, lo encontraba. Y que aún ahora tenía muchas veces visiones, máxime aquellas, de las que arriba se dijo, de ver a Cristo como sol, etc. Y esto le sucedía frecuentemente cuando estaba tratando de cosas de importancia, y aquello le hacía venir en confirmación, etc. (Autobiografía n. 99).

Crecer en el amor es crecer en “facilidad para encontrarse con Él, para “ver a Dios en todas las cosas”. El amor hace que entre los que se quieren sea fácil “encontrarse”. Es propio de la amistad y la familiaridad esto de ser “encontradizos”, de estar a mano, disponible, que el otro sepa dónde encontrarme…

La convicción que Ignacio siembra en nuestro corazón es que, si uno lo que quiere es crecer en amor, esto, con nuestro Padre del Cielo, con Jesús y con el Espíritu Santo, no será difícil, como se piensa comúnmente o como el mal espíritu intenta hacernos pensar. No es difícil crecer en el amor teniendo a Jesús. No es difícil crecer en el amor teniendo al Espíritu Santo en el corazón. No es difícil crecer en el amor, si nos damos cuenta de que somos hijos del Amor, hijos del Padre Misericordioso.

 

En seguida veremos qué cosas hay que contemplar, en qué puntos precisos nos debemos ejercitar en medio de la vida cotidiana, para crecer en este amor. Pero antes recordemos que estos “puntos” que da Ignacio son gracias, pura gracia. Nacieron de una “Contemplación para alcanzar amor” que Ignacio tuvo junto al río Cardoner: la famosa “visión del Cardoner” (famosa al menos para los jesuitas, pero cuya fama crecerá ahora un poco más).

“Una vez iba por su devoción a una iglesia, que estaba poco más de una milla de camino va junto al río; y yendo así en sus devociones, se sentó un poco con la cara hacia el río, el cual iba hondo. Y estando allí sentado se le empezaron abrir los ojos del entendimiento; y no que viese alguna visión, sino entendiendo y conociendo muchas cosas, tanto de cosas espirituales, como de cosas de la fe y de letras; y esto con una ilustración tan grande, que le parecían todas las cosas nuevas. Y no se puede declarar los particulares que entendió entonces, aunque fueron muchos, sino que recibió una grande claridad en el entendimiento; de manera que, en todo el discurso de su vida, hasta pasados sesenta y dos años, coligiendo todas cuantas ayudas haya tenido de Dios, y todas cuantas cosas ha sabido, aunque las ayunte todas en uno, no le parece haber alcanzado tanto, como de aquella vez sola. Y esto fue en tanta manera de quedar con el entendimiento ilustrado, que le parecía como si fuese otro hombre y tuviese otro intelecto, que tenía antes (Autobiografía 30).

Las gracias que “alcanzó” Ignacio –que recibió aquel día y lo hicieron crecer, convertirse en alguien con una mente nueva que veía todas las cosas nuevas- son las que se encuentran -con esa sabiduría práctica que destilan- a lo largo y ancho de todos los ejercicios: en su estructura y en su ritmo, en cada uno de sus pasos y todas sus partes. Y se resumen en esta Contemplación para crecer en el amor.

Con esto, hemos presentado como corresponde esta paginita de los Ejercicios que, en el humilde envoltorio de unas pocas frases nos brinda cuatro frutos con semilla que son un tesoro y, si se siembran y cultivan, hacen crecer el amor.

         Cuatro semillas de contemplación… para crecer en amor

A continuación, vamos a proponer un modo de rezarla que puede resultar mágico para todos los que sienten que rezan poco, para todos los que les gustaría aprender a rezar. “Enséñanos a rezar”, le dijeron los discípulos al Señor cuando lo vieron rezando al Padre. Nosotros, mirando a Ignacio, que es uno de esos discípulos apasionados siempre por aprender a rezar, uno a quien el Señor le enseñaba a rezar como se enseña a un niño de escuela, de tan ignorante que era en cosas del Espíritu, le pedimos que nos enseñe esta “contemplación para crecer en el amor”. Es una contemplación para pobres, para ignorantes, así que los que ya encontraron su modo de rezar, por favor abstenerse.

Me inspiró una cosa que dijo el Papa acerca de los dos exámenes que San Ignacio propone en los Ejercicios: dijo que “si san Ignacio nos hace examinarnos dos veces por día (no solo a los jesuitas sino a los que hacen los Ejercicios, agrego yo) no es para que contemos cuántas pulgas y piojos tenemos”. Me hizo reír y a la vez me dio mucha vergüenza de haber practicado tan poco y mal en mi vida este ejercicio. Pero también sentí que quedarme en lamentaciones era tentación, así que pedí enseguida la gracia de entender mejor cómo hay que examinarse. Y ahí nomás el Espíritu me iluminó para unir el examen con la contemplación para crecer en el amor!

Se trata de examinarse, sí, pero en el amor. No en pulgas y piojos. No en lo primero que aparece al examinarse: en culpas pasadas y deberes futuribles.

Se trata de mirar dos veces por día cómo está mi corazón. Si está enamorado o no. Si recibe bien y da bien amor. Si creció en devoción y si le doy el gusto de “encontrar al Señor cada vez que lo desea”.

No es lo habitual examinarse en esto. Y el hecho de poner como un deber el examinarse –y la palabra misma “examen”- despiertan ecos afectivos no placenteros. Es una fatiga tener que examinarse. Uno presiente que la nota será siempre baja, que no aprobaremos, que los resultados estarán si no mal del todo, siempre más o menos nomás.

Pero no prejuzguemos! Dejémonos guiar por Ignacio y veamos sobre qué quiere que nos examinemos, qué cosas nos invita a “contemplar”. Las dos primeras semillas, ya fueron sembradas. Son la del amor-regalo y la del amor-estar. Las otras dos semillas son para sembrarlas juntamente: la del amor-trabajo y la de conectar el amor.

Recordar el Amor regalo

El primer punto es “Traer a la memoria los beneficios recibidos”. Este ejercicio de memoria nos hace descubrir que el amor es regalo, el amor es don. El Sembrador ya lo sembró en nuestros terrenos. El Espíritu ya ha sido “derramado en nuestros corazones” y ha crecido en todas las culturas a las que nos envía el Señor.

El ejercicio consiste en examinar haciendo memoria, acordándonos… No es difícil examinar regalos. Imaginémonos de niños, el día de nuestro cumpleaños, con la mesa llena de los regalos que nos van trayendo nuestras tías y primos y nuestros amiguitos.

Este examen ignaciano no tiene nada de introspección ni de correctivos. No es el examen para la una confesión. Estos dos exámenes, para hacer al mediodía y a la noche, son totalmente distintos: se trata de desempaquetar regalos. Es decir, se trata de contemplar bajo la “formalidad” de un regalo, todo lo que pasó durante ese medio día o día entero. Fue regalo despertarme, fue regalo desayunar, fue regalo la familia, fue regalo ir a trabajar… Cuanto más uno pueda “desenvolver” el regalo de los papeles de la rutina que lo envuelven, mejor se irá sintiendo.

Y de tanto ver regalos tan amorosos, surgirá el deseo de agradecerle al que nos los regaló.

Aquí San Ignacio siembra una semilla más, de discernimiento que le sale al paso a una tentación muy instalada: afirma que Dios desea regalarme siempre más, todo lo que pueda, y más todavía, desea “dárseme Él mismo”. Queda así sembrada la “gratuidad creciente” del amor.

Contemplar es mirar todo esto y “ponderarlo con mucho afecto”. El amor regaló mucho y desea regalar siempre más y darse a sí mismo en regalo. No hay mezquindad ni condicionamientos en el amor. Es regalo y punto. Tomar conciencia, pues, dando gracias por tantos beneficios recibidos.

De aquí brota espontáneamente el ofrecimiento: cuando uno recibe tan lindos regalos le dan ganas de regalar. A Ignacio le nació decir:

Tomad, Señor, y recibid

toda mi libertad,

mi memoria, mi entendimiento y toda mi voluntad,

todo mi haber y mi poseer;

Vos me lo diste, a Vos, Señor, lo torno;

todo es vuestro, disponed a toda vuestra voluntad;

dadme vuestro amor y gracia, que ésta me basta.

            Agradeciendo mucho los regalos y regalando uno algo a su vez, es como se crece en el amor. No hace falta ofrecer siempre todo. Uno se puede concentrar en “algo de lo que tiene o puede”. Ofrecer en un momento la memoria, en otro –si uno está leyendo- el entendimiento y si uno va por la calle, algo para dar de limosna del propio haber y poseer…

Contemplar el Amor-estar

El segundo punto es “Contemplar cómo Dios habita, cómo Dios está”. Este amor-estar también ya fue sembrado. El que lo sembró dijo: Yo estoy todos los días con ustedes hasta el fin del mundo. El que lo sembró se quedó como Eucaristía y nos pidió que celebráramos su presencia partiendo el pan “en memoria suya”.

El amor es estar. El amor es presencia, es cercanía, vecindad, compañía. Ignacio no usa mucho la “palabra” amor. Pero describe tan bien sus obras, los gestos de quien ama…, aquí: el simple hecho de estar.

El amor crece cuando la contemplación escudriña y anota prolijamente los lugares donde el Señor estuvo, los lugares donde sé que está.

Y esto va unido a discernir los lugares donde yo puedo estar, las personas a las que quiero visitar o acoger. Esta contemplación del estar, del lugar, tiene que ver con la nota acerca de “donde hay que poner más el amor”. Hay lugares donde el amor “ya se puso”: el sagrario, la casa familiar, la escuela, los lugares donde juegan los niños, los hospitales, la casa de los pobres, la calle…  Hay lugares donde el Señor está escondido y a donde hay que ir a hacerlo explícito: son esas periferias, esas fronteras, donde Él espera que  anunciemos su presencia para que pueda dar fruto.

Un modo de responder a esta “contemplación del habitar de Dios” es hacer pequeñas invocaciones para invitarlo a venir y a permanecer:

“Ven a mi encuentro Padre. Vuelvo arrepentido, con la esperanza de que me quieras abrazar”.

O “Quédate con nosotros Señor, que es tarde y anochece”.

O “Ven Espíritu Santo, eres bienvenido en este lugar”.

O “Ven a casa Jesús e invita al pobre que quieras, la puerta está abierta y partido el pan”.

Discernir el Amor trabajo

El tercer punto que Ignacio nos propone para enamorarnos de Dios, es mirarlo trabajar y discernir nuestro propio modo de trabajar que se acuerda con el suyo.

El amor es regalo y presencia, pero también es trabajo, cultivo, creación, producción, institución… Tiempo.

“Considerar –dice- cómo Dios trabaja y labora por mí en todas cosas creadas sobre la faz de la tierra”.

Ignacio dice que el modo de estar de Dios es como el de un laburante (en latín: “habet se ad modum laborantis”). Así como en los cielos, elementos, plantas, frutos, ganados, etc., Dios trabaja dando ser, conservando, vegetando y sintiendo, etc. Después reflexionar en mí mismo (como trabaja Dios)”.

Qué tengo que reflexionar? Ignacio “deja picando la pelota”. Es evidente que Dios “trabaja” en toda la creación. Es evidente que todas las cosas “trabajan”, cada una según su naturaleza y su instinto: nunca está ociosa la creación. Ignacio deja que discernamos y elijamos nosotros -ya que también somos creaturas, pero libres- cuál es nuestro trabajo propio, ese en el que Dios puede “trabajar conmigo”, estar en mí trabajando, no solo dándome el ser o dándome regalos, o haciendo todo el trabajo por mí.

Este ejercicio es como decir: cuando trabajo bien –en mi carisma, en mi misión y en mi puesto-, el Señor trabaja conmigo, hace cosas a través mío… Allí “cosecho”, si no “desparramo”, aunque sea hiperactivo y produzca mucho…

Una reflexión interesante puede ser la siguiente: no puedo “ser más de lo que soy” ni “darle al Señor más espacio que el que tengo en mi corazón”, pero sí puedo discernir cómo, dónde y en qué trabajar más y mejor, sí puedo especializarme en mi carisma para que Dios trabaje mejor con mis manos. En esto, los artistas y los santos nos dan testimonio de cuánto puede potenciar nuestro trabajo el del Señor, cuánto puedo embellecer y mejorar la creación. El amor “trabajo” puede crecer mancomunadamente.

Conectar contemplativamente mi amor a su Amor

El cuarto punto es para conectar amores. Consiste en “mirar cómo los bienes y dones descienden de arriba”.

El amor une, conecta: conecta bienes, conecta corazones, conecta personas. Contemplar cómo todo lo de abajo está conectado con lo de arriba, hace crecer nuestro amor. Y es un servicio establecer -contemplativamente- esta conexión y brindar el servicio a los demás, como si uno brindara un Wifi.

Cuando nos conectamos con lo Alto, apreciamos más cada pequeña cosa, cada limitada y frágil cosa, porque la vemos en su fuente y en su perfección futura. Lo que en nosotros es limitado y medido, proviene de Dios: de su suma potencia, de su suma justicia, de su suma bondad, piedad y misericordia…

La dinámica de conectar las cosas en el amor es la del Magníficat, aunque no lo diga Ignacio, supone que tenemos entendimiento. Es la dinámica de “engrandecer a Dios -como hace nuestra Señora-, porque miró con bondad su pequeñez”.

Si hay contemplación que haga crecer en el amor y enamorarse de Dios y de nuestros pueblos, es la que mira a Dios en los ojos de María.

A través de ellos vemos claro qué significa que el amor es comunicación, cómo nuestro Dios es “un Dios que se ha enamorado de nuestra pequeñez” y cuánto podemos crecer en ese amor.

La dinámica del Magníficat es también la de estas pequeñas oraciones para crecer en el amor, que buscan conectar lo pequeño con lo grande. Eso es lo cristiano, decía Ignacio: no achicarse ante lo grande de un amor que siempre puede crecer más y, sin embargo, dejarse contener por lo pequeño de su concreción en cada cosa. Jesús estableció esta conexión entre amores cuando dice: lo que le hiciste al más pequeño de los míos a mí me lo hiciste. Es la misma conexión que uno hace cuando ve, por ejemplo, que alguien le hace un bien a un hijo y dice: lo que le hacés de bien a mi hijo, me lo hacés a mí.

…..

La esperanza de poder crecer en facilidad para encontrar a Dios en todas las cosas y siempre que queramos, nos permite discernir “lo que es de Dios” y lo que es del mal espíritu, en clave de lo que nos hace “crecer en el amor” y lo que no nos deja crecer en él o nos desanima, nos aleja, nos hace amar menos, con menos fuerza, con menos gozo.

La propuesta, por tanto, para los que se sienten “pobres en oración”, es practicar dos veces por día (o todo lo que quieran y puedan, cuanto más mejor) alguno de los puntos para “crecer en amor”: recordar algunos beneficios del Amor-regalo, dando gracias y ofreciendo, contemplar algún lugar donde el amor está, e ir a visitarlo, discernir mirando mi trabajo, para ver si estoy en mi lugar y haciendo las cosas al estilo de Jesús, de modo tal que colabore y no desparrame, conectar amores, pequeños gestos con gran amor, como decía Madre Teresa. Veremos entonces, cómo nuestro amor crece, maravillosamente.

Momento de contemplación

Marta Irigoy

La Contemplación para Alcanzar amor, que propone San Ignacio al terminar los Ejercicios Espirituales, puede ayudarnos a hacer una “contemplación agradecida”, de todo este año que está concluyendo…

Esta “contemplación agradecida de tanto bien recibido” puede ayudarnos a descubrir la presencia de Dios envuelta en la sorpresa y  en la esperanza que fue sosteniendo nuestro caminar en este año y desde la admiración de descubrir todo lo que Dios nos ha “comunicado de cuanto tiene” hacer el gesto de ofrecernos sabiendo que las Manos del Padre, seguirán sosteniendo con su tierna mirada y providencia nuestra vida, envuelta en la pequeñez y la sencillez de la vida cotidiana…

Estas preguntas pueden ayudarnos a una contemplación agradecida…

  • ¿En qué aspecto de tu vida creció la esperanza en este año?
  • ¿Dónde has descubierto el “trabajo de Dios en tu vida”?

Cuando la esperanza está escondida en el cansancio, en el dolor, en la monotonía, nos solemos preguntar: ¿cómo hacer revivir la esperanza?

Por eso, quiero terminar con este texto anónimo, que puede ser de ayuda para preparar nuestro Adviento:

Donde hay desaliento y desconfianza en el futuro: ¡Ven Señor, Jesús!
Donde crecen la intolerancia y la violencia: ¡Ven Señor, Jesús!
Donde abunda la injusticia y se margina al débil: ¡Ven Señor, Jesús!
Cuando la llama está a punto de apagarse: ¡Ven, Señor, Jesús!
Cuando los buenos se cansan de hacer el bien: ¡Ven, Señor, Jesús!
Cuando todo parece quedar en un intento: ¡Ven, Señor, Jesús!
Cuando la soledad no es sonora, ni música el silencio: ¡Ven, Señor, Jesús!

Comprometerse a anunciar la esperanza es:

–   Hablar con Jesús y hablar de Jesús con tu vida.

–   Vivir tu fe en comunidad.

–   Disfrutar de la vida.

–   Acompañar desde tu debilidad a los más débiles.

–   Creer en la bondad de un Padre que es todo ternura y amor.

–   Aceptar tus límites y seguir cantando

–   Contemplar a María como mujer donde todas las esperas se cumplen en plenitud.

–   Dar respuesta desde tus dones a los desafíos que llaman a tu puerta.

–   Sembrar gratuidad a tu alrededor.

–   Dejarse sorprender por lo inesperado, por Dios que llega siempre con ropaje nuevo.

–   Querer mucho a la gente.

–   Romper toda frontera y saludar la nueva humanidad que el Espíritu recrea cada noche.

No tenemos que pensar que se trata de una larga contemplación que uno podría hacer de vez en cuando. Tiene, por ejemplo, dos notas sobre el amor que bien podrían ser tres Twets; una breve oración para ofrecerse y ofrecer cosas de cada momento; y puntos que se podrían pasar como cuatro videítos, para mirar el amor de Dios en acción: uno, recordando sus beneficios que pueden ser del día o de una etapa; otros dos mirando a Dios cómo está y como trabaja, en un paisaje, en una creatura o en una institución, por ejemplo; y el último, mirar cada don como “viniendo de lo alto”, como del sol los rayos. Uno puede hacer esta contemplación como quien graba un video corto, en medio de la jornada, porque en alguna situación concreta “descubre” el brillo del amor de Dios.

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