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San José: Padre en la obediencia cordial

Texto del Papa: “Así como Dios hizo con María cuando le manifestó su plan de salvación, también a José le reveló sus designios y lo hizo a través de sueños que, en la Biblia, como en todos los pueblos antiguos, eran considerados uno de los medios por los que Dios manifestaba su voluntad[13].

José estaba muy angustiado por el embarazo incomprensible de María; no quería «denunciarla públicamente»[14], pero decidió «romper su compromiso en secreto» (Mt 1,19).

En el primer sueño el ángel lo ayudó a resolver su grave dilema: «No temas aceptar a María, tu mujer, porque lo engendrado en ella proviene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados» (Mt 1,20-21). Su respuesta fue inmediata: «Cuando José despertó del sueño, hizo lo que el ángel del Señor le había mandado» (Mt 1,24). Con la obediencia superó su drama y salvó a María”.

Reflexión: La obediencia de José no es pasiva ni formal. Es una obediencia de corazón, una obediencia que ha superado un proceso angustioso, con dudas y sentimientos encontrados a los que José ha dado su tiempo.

Este animarse a sentir las dudas, la contradicción y la oscuridad es un paso esencial del discernimiento.

Antes de obedecer lo que el Señor le sugerirá, José se anima a llegar a una decisión propia, la mejor posible para él. Recién allí, Dios le revela cosas que no podía saber y que le hacen cambiar su voluntad por la del Padre.

José se anima a sentir sus miedos más hondos y a llevar al límite su conciencia moral. Abandonar a María en secreto es lo mejor que se le ocurre. Yo lo veo como una forma de cargar la culpa sobre si. Me suena parecido al “yo tampoco te condeno” de Jesús a la adúltera. Si José no la repudiaba, tampoco los otros podrían hacerlo.

Lo que destaco es que el Señor obra luego que uno ha discernido en conciencia lo más noble y se ha jugado por ello. Entonces si, manda su Ángel a quitarle el miedo y a revelarle un panorama más amplio.

Sintiendo la consolación que se experimenta cuando Dios nos quita el miedo y nos revela su Plan, José elige inmediatamente hacer la voluntad de Dios. Puede hacerlo porque junto con el hacerle ver su Voluntad el Señor le libera el corazón, los sentimientos y la mente de todos los temores y oscuridades.

Esta liberación es el sentimiento más fuerte de un buen discernimiento: uno experimenta que el Señor abrió una puerta donde había un muro.

Texto del Papa: “En el segundo sueño el ángel ordenó a José: «Levántate, toma contigo al niño y a su madre, y huye a Egipto; quédate allí hasta que te diga, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo» (Mt 2,13). José no dudó en obedecer, sin cuestionarse acerca de las dificultades que podía encontrar: «Se levantó, tomó de noche al niño y a su madre, y se fue a Egipto, donde estuvo hasta la muerte de Herodes» (Mt 2,14-15)”.

Reflexión: Francisco hace notar que en este segundo discernimiento que José “no dudó”.

Una de las Gracias más lindas de un buen discernimiento es que facilita el camino a todos los demás. El primer discernimiento fue un discernimiento de estado de vida, un discernimiento que lo llevó a José a una elección para toda la vida. Tener ya hecha esta elección implica jugar el partido con Dios de socio. Dios también se juega y confía nada menos que a su Hijo en manos de José. Y ahora Jose sabe que, junto con Jesús, Dios le dará todas las gracias que necesite para cuidarlo ( como hace con todo el que elige su familia para siempre o su comunidad religiosa y su porción de pueblo de Dios para siempre).

Por eso José no duda! El y el Padre aman a Jesús por sobre todas las cosas y eso hace que José se tire de cabeza a la menor indicación de Dios referente a la seguridad del Niño y de su Madre.

Para nosotros la enseñanza es que si uno se anima a hacer elección de vida y no la toca ni se vuelve atrás, los otros discernimientos y elecciones serán no más fáciles, sino más “de corazón”. Las dudas y las angustias no bloquearán el corazón que encontrará el camino tirándose en las manos del Padre sabiendo por experiencia que se puede fiar.

Texto del Papa: “En Egipto, José esperó con confianza y paciencia el aviso prometido por el ángel para regresar a su país. Y cuando en un tercer sueño el mensajero divino, después de haberle informado que los que intentaban matar al niño habían muerto, le ordenó que se levantara, que tomase consigo al niño y a su madre y que volviera a la tierra de Israel (cf. Mt 2,19-20), él una vez más obedeció sin vacilar: «Se levantó, tomó al niño y a su madre y entró en la tierra de Israel» (Mt 2,21).

Pero durante el viaje de regreso, «al enterarse de que Arquelao reinaba en Judea en lugar de su padre Herodes, tuvo miedo de ir allí y, avisado en sueños —y es la cuarta vez que sucedió—, se retiró a la región de Galilea y se fue a vivir a un pueblo llamado Nazaret» (Mt 2,22-23)”.

Reflexión: En estos dos últimos sueños se invierte de alguna manera el proceso. Lo más lindo es que ahora el miedo de José no le juega en contra, sino a favor. Ha aprendido a temer lo mismo que teme Dios -que algo pueda hacerle mal a Jesús- y Dios le “confirma” que ese temor es bueno y que puede seguir su criterio. La libertad de José es total. Todos sus sentidos, incluso el miedo, sintonizan con el querer del Padre! Que felicidad!

La confirmación es el último paso del discernimiento. En nosotros, la confirmación interior requiere siempre la de la Iglesia. En este modo de proceder del Padre con José – que con María y Jesús son la primera y plena Iglesia- este pequeño paso de un Dios que se le pone detrás y confirma sus decisiones, nos permite entrever la grandeza de José! El Padre celestial camina detrás del padre terrenal de su Hijo y confirma sus decisiones. Esto es lo que hará Jesus Resucitado que confirmará lo que decida su Iglesia!

Texto del Papa: “En cada circunstancia de su vida, José supo pronunciar su “fiat”, como María en la Anunciación y Jesús en Getsemaní.

José, en su papel de cabeza de familia, enseñó a Jesús a ser sumiso a sus padres, según el mandamiento de Dios (cf. Ex20,12). 

En la vida oculta de Nazaret, bajo la guía de José, Jesús aprendió a hacer la voluntad del Padre. Dicha voluntad se transformó en su alimento diario (cf. Jn 4,34). Incluso en el momento más difícil de su vida, que fue en Getsemaní, prefirió hacer la voluntad del Padre y no la suya propia[16] y se hizo «obediente hasta la muerte […] de cruz» (Flp 2,8). Por ello, el autor de la Carta a los Hebreos concluye que Jesús «aprendió sufriendo a obedecer» (5,8).

Todos estos acontecimientos muestran que José «ha sido llamado por Dios para servir directamente a la persona y a la misión de Jesús mediante el ejercicio de su paternidad; de este modo él coopera en la plenitud de los tiempos en el gran misterio de la redención y es verdaderamente “ministro de la salvación”».

Reflexión: El Papa destaca que José fue llamado a servir a Jesús -a su Persona y Misión- mediante el ejercicio de la paternidad.

El discernimiento es el verdadero ejercicio de la paternidad. Discernir de corazón y enseñar a un hijo a discernir de corazón es el signo más fuerte de la paternidad plena. Asociar a un hombre a su Paternidad es el don más grande que el Padre haya hecho a alguien. Este discernimiento cordial, que en María es un “Fiat” inmediato a la voluntad del Padre, en José se da en un proceso que nos lo acerca y nos permite aprender como hijos lo que significa discernir y obedecer de corazón a nuestro Padre.

Momento para contemplar

Marta Irigoy

En este Mes del Sagrado Corazón, que hermosa invitación será rezar en torno al corazón obediente de San José…

El corazón de San José, fue formado en esa disponibilidad que lo ayudo a capacitarse para descubrir lo que le agrada al Padre… Corazón Obediente y discernidor en el cual Jesús también fue acompañado…

El Corazón de Jesús tiene mucho de la herencia recibida en Nazareth de Maria y José…

Un momento crucial y seguramente, un momento “kairos” , fue cuando el Niño Jesús se les perdió de vista, quedándose en el Templo… en la casa de “su Padre”…

Sin embargo, Jesús, bajo y volvió con ellos a Nazareth y quedo “sujeto a ellos” es decir, obediente a quienes el Padre se los había  confiado…

  • Estamos invitados en este Mes del Sagrado Corazón a entrar en estos corazones…

Al Corazón de José para animarnos a mirar y rezar nuestras inquietudes y oscuridades…

Al Corazón de Maria, para que Ella nos anime a confiar en que nada hay imposible para Dios…

Al Corazón de Jesús, para dejarnos consolar…

Al Corazón del Padre, que nos espera para hacernos sentir sus “hijos muy amados”…

La ternura intensa de José

Diego Fares sj

En el apartado «San José, padre en la ternura», el Papa Francisco usa una expresión acerca de la cual vale la pena que nos detengamos a reflexionar: «Debemos aprender -dice- a aceptar nuestra debilidad con intensa ternura».

Cuando nosotros hablamos de aceptar nuestras debilidades es común agregar que las aceptamos «con resignación« o «con humildad», pero no es tan común decir que las aceptamos con intensa ternura. Es como si muy en el fondo pensáramos que si es verdad que Dios puede hacer grandes cosas con nuestras debilidades haría cosas mucho más grandes si fuésemos más fuertes, más perfectos. No es ilógico este razonamiento sobre la perfección, solo que para nuestro Padre, la perfección es en la Misericordia y la fuerza no hay que ponerla en «endurecerse», sino en hacer más tierna la ternura. «Cada vez que miramos a María (y a José, agregamos nosotros) volvemos a creer en lo revolucionario de la ternura y del cariño. En ella (y en él) vemos que la humildad y la ternura no son virtudes de los débiles sino de los fuertes, que no necesitan maltratar a otros para sentirse importantes» (EG 288).

Una ternura combativa

      No es virtud de débiles la ternura. Todo lo contrario. Francisco nos dice que la ternura es siempre «combativa»: «Una de las tentaciones más serias que ahogan el fervor y la audacia es la conciencia de derrota que nos convierte en pesimistas quejosos y desencantados con cara de vinagre (imágenes estas de alguien falto de ternura)».  Y continúa Francisco: «Nadie puede emprender una lucha si de antemano no confía plenamente en el triunfo […]. Aun con la dolorosa conciencia de las propias fragilidades, hay que seguir adelante sin declararse vencidos, y recordar lo que el Señor dijo a san Pablo: “Te basta mi gracia, porque mi fuerza se manifiesta en la debilidad” (2 Co 12,9). El triunfo cristiano es siempre una cruz, pero una cruz que al mismo tiempo es bandera de victoria, que se lleva con una ternura combativaante los embates del mal» (EG 85).

«Ternura intensa» es, por tanto, ternura sostenida en el tiempo y que les hace frente a los embates del mal y a las adversidades. Es la ternura del que se hace cargo de la fragilidad del otro y se deja modelar por ella. Es el otro el que, con su fragilidad, nos da la medida de cuánta ternura hace falta para tratarlo bien. La fragilidad del bebé da a la madre y al padre, que lo tocan con sus manos, la medida de lo que es un gesto tierno: se dan cuenta inmediatamente cuando han sido un poco bruscos. La herida del enfermo dice a la enfermera con cuánta delicadeza la debe tratar. Y cuando la fragilidad y la herida son condición permanente, la ternura debe ser también permanente. Aquí está el por qué de la ternura incondicional de Dios. El sabe (y lo sabe en carne propia en Jesús) que sus criaturas estamos marcadas en nuestra esencia misma por la fragilidad.

Hacer una caricia aislada puede ser que no requiera mucho esfuerzo, pero mantener una actitud de ternura a lo largo del tiempo, sin exasperarse ni cansarse, requiere gran fortaleza de espíritu. Basta pensar en lo heroico de la ternura de una madre que pasa noches enteras, y a veces meses y años enteros, cuidando con la misma ternura a su hijito enfermo. Recuerdo a un paciente con el que me crucé por un rato en la sala de espera para una resonancia magnética. Calculé que tendría unos cuarenta y cinco años, pero un retraso de maduración lo hacía parecer un niño grande. Su madre, mujer entrada en años pero aún enérgica, me contaba cómo se había caído hacía unos días y hablando de los cuidados que necesitaba su hijo dejó escapar con un suspiro que «lo cuidaba desde hacía 48 años. Lo dijo simplemente, como reflexionando para sí que era normal estar un poco cansada, pero sin acentuar mucho la cosa. E inmediatamente, olvidada de sí, ya estaba de nuevo arreglándole la camisa y haciéndole cariñosas recomendaciones acerca de quedarse quieto mientras le hacían el estudio al que no tenía que tenerle miedo.

Se me quedó grabada su figura como la imagen de una mujer tierna y fuerte, de una ternura incondicional, consciente de que tendrá que sostenerla a lo largo de toda la vida con ese hijo-niño. Y me volvió hoy a la mente al escuchar la expresión del Papa «ternura intensa».

El misterio de la fragilidad de Jesús y la ternura de san José

Cuando hay amor, la fragilidad del otro despierta ternura y, viceversa, donde vemos en alguien que ama una inmensa ternura es señal de que el otro tiene una gran fragilidad. Así, la ternura grande de San José es como una ventana abierta que nos permite comprender, en alguna medida, la fragilidad de María y de Jesús. Fragilidad que no se limita a la normal fragilidad de una mujer embarazada y de un niño pequeño, sino que, además, tiene que ver con un misterio muy grande. Un misterio que está relacionado con la encarnación, con la fragilidad de una inocencia y una bondad sin límites como las de María y Jesús en medio de un mundo agresivo y violento como el nuestro. La ternura combativa de José fue la que protegió esta fragilidad de su querida familia.

Pensaba, por ejemplo, en una particular fragilidad que manifestó Jesús a los doce años, cuando se perdió en el Templo siguiendo el impulso de atracción irresistible que sentía por las cosas de su Padre. Este «no poder refrenar» el celo por la casa de su Padre expuso peligrosamente a Jesús al alejarlo de su familia. El Niño quedó vulnerable ante esos doctores de la ley que terminarían siendo sus enemigos (y que ya habían tenido que ver con la persecución de Herodes, doce años antes). Le sucederá lo mismo cuando, ya adulto, expulse a los vendedores del templo: al no poder disimular su celo, el Señor se expone, como lo demuestran las acusaciones que luego le armaron sus enemigos.

La sombra del Padre

Mirando a San José, pensaba: ¿Cómo habrá hecho José para educar a alguien como Jesús? ¿Cómo habrá hecho para educar a alguien tan bueno, tan devotamente obediente, tan irresistiblemente abierto y atraído por el bien? 

Dobraczynski, en La sombra del Padre, termina su libro imaginando el regreso de la sagrada Familia a Nazaret. Leamos este hermoso texto:

«No hablaron hasta llegar al atrio. Solo entonces Miriam le reconvino dolorida:

—¿Qué has hecho, Hijo? ¡Nos has causado tanta alarma y zozobra! ¡Los dos hemos estado muy asustados! Te hemos buscado temblando… ¿Cómo pudiste portarte así?

No bajó la cabeza como quien se siente culpable. José, mirando de reojo al Hijo, percibió un fulgor en Su mirada; el mismo misterioso fulgor que ya había visto una vez.

—¿Me habéis estado buscando? —dijo—. ¿Habéis temido por mí? ¡Teníais que haber sabido que mi sitio está en la casa del Padre!

El tono de voz era sereno, pero lo que decía sonó a reproche. José vio palidecer a Miriam y cómo le temblaron los labios. Ella no dijo nada. Sin mediar palabra, se dirigieron hacia el puente.

Salieron de la ciudad, llegaron a su tienda. Jesús, sin haber pronunciado todavía una sola palabra, empezó a recoger el equipaje. Preparó los fardos, los puso sobre el asno. Mientras trabajaba, ellos le observaban atentamente a hurtadillas.

—No te preocupes —le susurró José—. Vendrá con nosotros. Todo seguirá como antes. —Así parece —le contestó ella en voz baja—. Yo temía que… Pero, José, ¿por qué ha dicho eso?

Ya tenía en la punta de la lengua: “Para que te acuerdes cuando llegue el momento de la verdadera separación…”. Pero no lo dijo. No quiso presumir del conocimiento que le había sido infundido. Sus caminos se separaban. Ella iba a seguir; él, la sombra, iba a desaparecer. Por eso, ella no comprendía todavía lo que él había comprendido. Por primera vez él se le había adelantado…

—Todo listo para el camino —dijo el Muchacho, plantándose delante de ellos—. Si lo mandas, abba, podemos partir.

—Vamos —asintió él con la cabeza.

Ayudaron a Miriam a montar en el asno. Jesús tomó las riendas y José, viéndolo, no alargó la mano para cogerlas. Por primera vez era el Hijo quien iba a conducir la montura de la madre. 

 […] Vio que la mano de Miriam se posaba cariñosamente sobre el brazo del Hijo y que Él frotó la mejilla contra esa mano. Se miraron mutuamente y vio cómo se sonreían.

Era feliz viendo su amor. No sentía soledad ni envidia. Sabía que el amor de Miriam y de Jesús era como un cántaro rebosante, que esparcía el agua a su alrededor. Donde empapaba la tierra, brotaba la vida. El dolor cosquilleaba en su pecho, pero también él iba sonriendo».

Algunas reflexiones para sacar provecho

Hacemos algunas consideraciones para sacar provecho de esta conmovedora escena.

Cuando encuentran a Jesús en el Templo y este responde a María, hubiera sido lógico que José le dijera a Jesús algo así como: «Está bien. Pero mientras estás en mi casa, al menos avisame si es que tuPadre te manda hacer algo que te pone fuera de mi jurisdicción. Porque Él a mí me ha encargado cuidarte». Pero al tratar de imaginar un razonamiento con frases de este tipo, lo que me viene a la mente es la imagen de José antes de tomar consigo a María y al Niño, cuando se debatía entre los pensamientos que le venían de la ley y los sentimientos de hombre bueno. 

Aquella fue su primera prueba y la definitiva, creo yo. Tuvo que tomar consigo a María, su esposa, que había quedado totalmente vulnerable ante la sociedad de su tiempo, sin posibilidad de defenderse. Y José se hizo cargo de ella de la única manera posible dado lo humillante de la situación de María: con un respeto y una ternura infinitas. La situación era de esas en que un hacerse cargo meramente formal hubiera herido a María incluso más que un repudio. Se ve que san José comenzó a aprender allí cuál sería el modo de tratar a Jesús. 

¿De dónde sacamos que José se hizo cargo con una ternura inmensa? Es una conclusión al ver que no cayó en las tentaciones contrarias a la ternura: no cayó ni en la dureza del legalismo ni en el borrarse excusándose. La única actitud superadora de estas tentaciones es actuar con una intensa ternura. 

En la escena del Templo, en el silencio de José no se nota ningún rastro de legalismo. Ese legalismo que lo habría llevado a decir a Jesús Niño: «Yo soy tu padre, en esta casa mando yo». Tampoco se nota la angustia propia de un padre que siente que ha perdido el control de la vida de su hijo y se encierra en sí mismo. 

Dobracynski, en esta escena, nos permite «contemplar» cómo san José profundiza en su ternura: cómo contiene a María en silencio; cómo deja que Jesús tome las riendas del burrito, reconociéndole mayoría de edad; cómo sonríe al ver que Jesús y María se entienden sin necesidad de que él intervenga. 

El silencio de San José nos hace pensar, como sugiere Dobraczynski, que aquí él se le adelanta a María. La suya es la mirada de un padre que sabe que pronto morirá (el cosquilleo doloroso en su corazón) y saluda las promesas «desde lejos». José vuelve más intenso su silencio y redobla la fuerza de lo que significa «tomar consigo» al Niño (ya independiente) y a su Madre (verdaderamente angustiada).

Notamos, por otra parte, en las palabras de nuestra Señora un tono de  reproche a Jesús, un reproche cariñoso que le nace de su corazón de madre como desahogo de tanta angustia que pasaron. El silencio de José, en cambio, nos hace pensar que ha aprendido la lección: cuando Jesús lo sorprende, como en este caso, él tiene que entrar más hondo en sí mismo y redoblar su confianza en su hijo intensificando suternura. Es el único recurso pedagógico, si se nos permite hablar así, para “educar” a alguien como Jesús, que deja ver aquí la acción de otra “educación”: la misteriosa educación que recibe de su único Padre. 

La respuesta de Jesús a María, finalmente, me hace sentir que es como si el Niño recién ahí se hubiera dado cuenta de que sus padres no maduraban a su mismo ritmo. Por eso, por una parte, les dice que se tendrían que haber dado cuenta, pero por otra, regresa con ellos y les estaba sujeto. En este Jesús de doce años se ve ya madura su entrega absoluta a la misión de seguir la voluntad del Padre incondicionalmente. Y se ve que esta entrega lo pone en situación de una extrema fragilidad, como fue la de quedarse solo por tres días, en medio de los que luego serían sus enemigos acérrimos. 

Concluimos sintiendo que san José debe haber tenido que crecer más allá de lo que nosotros podemos imaginar en su paternidad. La maduración de Jesús debe haber supuesto para José nuevos desafíos a cada momento, con el simple ritmo de su crecimiento natural “en estatura y gracia”. 

Nos hemos detenido unos momentos en esta imagen de san José padre en la ternura que nos regala el Papa Francisco. Hemos visto que José, como todo padre que se hace cargo de su familia, cuida con ternura la fragilidad de su esposa embarazada y de su hijo pequeño. Y también hemos visto que hay aquí algo más, algo que hace que la paternidad en la ternura de san José tenga un plus. Es plus será lo que le permitirá «extender» después su paternidad a toda la Iglesia y a todos los «hermanos» de Jesús. Ese plus es el que trasunta su imagen haciendo que se gane nuestra confianza sin sombra de dudas. Ese plus de ternura José lo recibió como gracia de estado en el instante en que decidió «hacerse cargo y tomar a su esposa y al Niño» bajo su custodia y cuidado, es un plus que brota de la fragilidad extrema de Jesús. Un Jesús cuyo corazón rebosa de intensa ternura y al que solo se le puede responder creciendo en ternura, como nos enseña nuestro querido san José.

Momento para contemplar

Marta Irigoy

Hermosa expresión para rezar en este mes de mayo… Ternura intensa

En la su Carta Apostólica sobre San José, el Papa Francisco, dedica como comenta el P. Diego, un lindo, profundo y desafiante modo de proceder, hablando de la TERNURA…

Y para poder  vivir de un modo tierno, miremos a  “San José, padre en la ternura”…

El Papa Francisco usa una expresión acerca de la cual vale la pena que nos detengamos a reflexionar: “Debemos aprender -dice- a aceptar nuestra debilidad con intensa ternura”. No es virtud de débiles la ternura. Todo lo contrario. Francisco habla de una “ternura combativa”…

Por eso, para este momento para contemplar, estamos invitados a pedir la Gracia de poder mirar nuestra debilidad con “intensa ternura”

  • Lo primero será mirar ese aspecto de mi persona con lo que muchas veces entro en “combate”… Lo que no me gusta, entristece, aisla o apaga la luz de mi mirada…
  • Luego animarme a agradecer mi debilidad… en ella se esconde esa grieta que posibilitara que la vida luminosa de Dios entre en mi vida…
  • Después, con esa paz profunda que emerge en los corazones agradecidos, abrazar mi debilidad…

El gran desafío es permanecer en este trabajo interior ya  que nos puede llevar tiempo…

“Ternura intensa” es ternura sostenida en el tiempo y ante las adversidades…

  • Y mientras  vamos haciendo este proceso, no olvidarnos, -como escribe más arriba el P. Diego-, que “Ternura intensa”, es la ternura del que se hace cargo de la fragilidad del otro y se deja modelar por ella. Es el otro el que, con su fragilidad, nos da le medida de cuánta ternura hace falta para tratarlo bien. La fragilidad del bebé da a la madre y al padre la medida de lo que es un gesto tierno y lo que no. La herida del enfermo dice con cuánta delicadeza se la debe tratar. Y cuando la fragilidad y la herida es condición permanente, la ternura debe ser también permanente. Aquí está el porqué de la ternura incondicional de Dios para con nosotros, sus criaturas, marcadas en nuestra esencia misma por la fragilidad…
  • ¿Qué persona, lugar o situación me desafían a compartir la Ternura incondicional que Dios me tiene?

Cuídame ( Jorge Drexler y Pedro Guerra)

Cuida de mis labios
Cuida de mi risa
Llevame en tus brazos
Llevame sin prisa

No maltrates nunca Mi fragilidad
Pisare la tierra q tu pisas
Pisare la tierra q tu pisas

Cuida de mis manos
Cuida de mis dedos
Dame la caricia
Que descansa en ellos

No maltrates nunca Mi fragilidad
Yo sere la imagen de tu espejo
Yo sere la imagen de tu espejo

Cuida de mis sueños
Cuida de mi vida
Cuida a quien te quiere
Cuida a quien te cuida

No maltrates nunca a mi fragilidad
Yo seré el abrazo que te alivia
Yo seré el abrazo que te alivia

Cuida de mis ojos
Cuida de mi cara
Abre los caminos
Dame las palabras

No maltrates nunca mi fragilidad
Soy la fortaleza de mañana
Soy la fortaleza de…

Momento de reflexión

Diego Fares sj

“Muchos santos y santas le tuvieron una gran devoción a San José, entre ellos Teresa de Ávila, quien lo tomó como abogado e intercesor, encomendándose mucho a él y recibiendo todas las gracias que le pedía. Alentada por su experiencia, la santa persuadía a otros para que le fueran devotos.

 Como descendiente de David, de cuya raíz debía brotar Jesús según la promesa hecha a David por el profeta Natán, y como esposo de María de Nazaret, san José es la pieza que une el Antiguo y el Nuevo Testamento. Por este papel suyo en la historia de la salvación, san José es un padre que siempre ha sido amado por el pueblo cristiano

“Vayan a José y hagan lo que él les diga” (Gn 41,55)

“La confianza del pueblo fiel en san José se resume en la expresión “Ite ad Ioseph” –Vayan a José– , que hace referencia al tiempo de hambruna en Egipto, cuando la gente le pedía pan al faraón y él les respondía: «Vayan donde José y hagan lo que él les diga» (Gn 41,55).

La imagen de José, el hijo predilecto de Jacob, a quien sus hermanos vendieron por envidia y al que Dios bendijo en Egipto, está como trasfondo de la imagen que, como pueblo de Dios, nos hemos ido haciendo de San José.También el Niño Jesús debe haber escuchado la historia de José en el catecismo y seguramente la habrá asociado con el nombre de su abba, de su papá. 

Imagino el interés de Jesús proyectando mi experiencia de niño en el colegio de los Maristas. Los hermanos nos contaban las historias bíblicas con tal pasión y arte lleno de cariño que a mí se me quedaron grabadas en mi corazón de niño y se que a muchos de mis compañeros también. La de José era una de ellas. Con qué gusto escuchábamos maravillados cómo Dios lo iba librando de todos las trampas que le iban tendiendo los que le tenían envidia! Cómo lo iba haciendo ascender el Señor ganándole la confianza de sus amos, hasta convertirlo en el hombre más importante de Egipto después del mismo Faraón. Y cómo José usaba todo para bien de los demás y no en beneficio propio.

En lo que nos cuenta Mateo de la infancia de Jesús, hay elementos en común entre los dos José, el hijo de Jacob y el padre adoptivo de Jesús: los sueños salvadores, que adelantan lo que sucederá y los ayudan a librarse del mal; el destierro en Egipto (que hoy sería como emigrar de un pueblito de nuestro interior a New York); la providencia de Dios que convierte en bendiciones todos los males que los demás les infligen. Es común también el ingenio, la mansedumbre y la astucia de ambos para afrontar las pruebas de la vida, confiándose una y otra vez en el Dios que los libra de todo mal y de toda tristeza (“bisha” en arameo significa “mal” y también “tristeza”). 

La oración que vence el mal solo con el bien

Reflexionando para sacar provecho llevamos estas cosas a nuestro tema: San José y nuestra oración. Hablando de la eficacia de la oración cristiana, hay una característica propia de Cristo que podemos ver reflejada en la historia del patriarca José y de San José. La señala Tertu­liano: 

“La oración cristiana no impide milagrosamente el sufrimiento, sino que, sin evitarles el dolor a los que sufren, los fortalece con la resignación y con su fuerza les aumenta la gracia para que vean, con los ojos de la fe, el premio reservado a los que sufren por el nombre de Dios. Si en el pasado (o en la oración que no ha sido evangelizada del todo aún por el Señor), la oración hacía venir calamidades, aniquilaba los ejércitos enemigos o impedía la lluvia, ahora, por el contrario, la oración del justo aparta la ira de Dios, vela en favor incluso de los enemigos y suplica por los perseguidores. La oración es lo único que tiene poder sobre Dios; pero Cristo no quiso que sirviera para operar mal alguno, sino que toda la eficacia que él le ha dado ha de servir para el bien”.

Este punto contiene una preciosa clave de la oración de Jesús, una clave que disipa todos los escándalos con que el maligno hace tropezar a los que deseamos rezar. Es común sentir una voz interior que -siempre con insidia- insinúa cosas que si las ponemos en palabras dirían más o menos así: “Para qué rezar. Si total Dios no te escucha” o “aunque te escuche, no te concederá lo que le pides”. Esta voz se refuerza cada vez que sufre o muere un inocente. Nos dice: “Ves? Te lo decía. Tu Dios no impide el mal ni la injusticia en el mundo. Que haga lo que quiera, para eso es Dios, pero para qué pensar que podes meterte de manera positiva vos, que no sos nadie”. 

Para disipar todas estas falacias de un plumazo, Tertuliano nos hace ver que la oración tiene poder, pero es un poder especial que hay que comprender muy bien: “Cristo no quiso que la oración sirviera para operar mal alguno, sino que toda la eficacia que Él le ha dado a nuestra oración ha de servir para el bien”. Es decir: para ver la eficacia de la oración no tenemos que mirar el mal externo, que nos fascina, nos bloquea al ver cómo se multiplica, se contagia como un virus y se repite, sino el bien, que a veces es externo (en general pequeñito o naciente), perootras muy interior, como por ejemplo, la fortaleza para sufrir con paciencia, e incluso alegremente, como vemos testimoniado en el coraje de los mártires.

En la vida de José, hijo de Jacob, esta gracia se hace presente de manera paradigmática. Al final del ciclo de los patriarcas se concentran en José todas las bendiciones que Dios fue dando a Abraham, Isaac y Jacob, nuestros padres en la fe. La dinámica de construir solo sobre el bien sin hacer ningún mal se va consolidando lentamente en la historia de salvación (aunque la imagen del Dios que castiga y destruye a los enemigos reaparezca en muchas partes) y sigue una lógica particular. Algunas características, a las que podemos agregar otras que el Espíritu nos sugiera, son las siguientes.

  • Vemos cómo Dios va librando a José de un mal mayor sin impedir otros males, como cuando Rubén intercede para que no lo maten sus hermanos, pero no logra evitar que sea vendido como esclavo. 
  • Vemos también que cada mal, soportado pacientemente por José, se transforma -con el tiempo- en bendición, como la confianza que se gana de su amo que le confía la administración de todos sus bienes y, cuando por la falsa acusación de su mujer es encarcelado, al hacerle un bien al copero del Faraón, se prepara la gracia que hará que se convierta en el hombre más poderoso de Egipto. Sin embargo, el copero al que le interpretó el sueño y fue restituido en su cargo, se olvidó de José hasta dos años después, en que el sueño de las vacas gordas y flacas del Faraón le hizo acordarse de su benefactor y decírselo al Faraón. 
  • Finalmente, toda la historia de la envidia de sus hermanos se muestra como guiada por Dios para que termine bien. Como afirma Pablo: “Sabe­mos que Dios dispone todas las cosas para el bien de quienes lo aman” (Rm 8, 28). En la historia de José vemos cómo Dios construye y actúa siempre que encuentra un resquicio de bien en el corazón de alguien. Vence el mal (extendido) con el bien (pequeño pero concreto). 

En la infancia de Jesús vemos en acto esta dinámica del bien íntegro sin sombra de mal. 

  • San José se juega por María contra todas las apariencias, fiado en un “no temas” que lo consoló en el sueño. 
  • San José convierte el pesebre desolado en lugar de ternura y de luz para Jesús. 
  • San José huye oportunamente a Egipto y cuida de que Jesús crezca seguro, en estatura, sabiduría y gracia, en medio de la pobreza del destierro y de las dificultades de la vida. 
  • Rodeado de males, podríamos decir, San José se mantiene serena y lúcidamente concentrado en sus dos bienes: María y Jesús. Cuida el trigo y no se deja desilusionar por la cizaña. 
  • San José junto con María insisten y persisten en el bien, como cuando buscan al niño perdido por tres días hasta encontrarlo. 
  • San José construye bien sobre bien sin darle entidad al mal. 

Madeleine Delbrêl expresaba esta gracia puramente cristiana diciendo: 

“Discernir en toda persona lo que es luz, incluso fragmentaria, incluso distorsionada. Ser conscientes de que es difícil arrancar la cizaña sin arrancar el trigo bueno. Buscar poner en toda persona siempre más y más grano bueno sin ocuparse de la cizaña. Respetar a cada uno: no ensuciar su ideal a causa de sus  desencantos o rencores. No combatir contra el mal, sino sembrar un poco de vida donde se encuentra el mal (como si fuera real), (conscientes de) que el mal es ausencia de bien”.

Que la lucha contra el mal no se robe toda nuestra energía

Por supuesto que vivir siguiendo esta lógica, que la podamos llevar a la práctica y experimentar (con el tiempo) sus frutos, no es algo simplemente humano, sino una gracia. Nosotros solemos obrar alternando dos actitudes: la de buscar hacer un bien y la de luchar contra el mal. Pero en la práctica, la lucha contra el mal nos ocupa más tiempo y en nuestra lucha muchas veces nos mimetizamos con el mal y terminamos luchando contra él con las mismas armas que el maligno usa. 

  • Si nos gritan, gritamos más fuerte. 
  • Si nos peganm devolvemos ojo por ojo en el mejor de los casos y muchas veces vamos más allá (para que el otro aprenda, decimos, o para evitar que vuelve a hacernos mal en el futuro, nos justificamos). 
  • Si el otro habla mal de nosotros, hablamos mal de él. 
  • Y así. Al final, nos pasamos la vida luchando “mal” contra el mal. 

La actitud de Jesús, de vencer el mal sólo con el bien, sin hacer ningún mal, nos parece poco eficaz. “Si uno obra así, lo toman por tonto o por débil” -decimos- “y esto empeora las cosas”(lo cual, a corto plazo y sin la bendición de Dios, puede ser verdad). 

Sin embargo, aquí está todo el espíritu del Evangelio: 

  • si alguien te abofetea, pon la otra mejilla; 
  • si te quita la bufanda dale también la campera; 
  • si te obliga a caminar con él un kilómetro (o a esperarlo una hora) camina dos. 

     Las bienaventuranzas son bendiciones de Jesús para quien obra así: respondiendo al mal con el bien, cuidando de utilizar solo cosas, palabras y gestos buenos. Es lo que nos enseña la parábola del trigo y la cizaña, como decía Madeleine. 

Entrenarnos haciendo memoria 

Pero antes de intentar practicar este modo de combatir el mal al estilo de Jesús, hace falta entrenarse, y un primer paso consiste en releer nuestra historia, la historia de nuestros “males”, de las situaciones en las que otros nos hicieron el mal o la vida nos hizo padecer cosas malas, y buscar dónde estuvo Dios haciéndonos algún bien concreto (aunque siempre nos haya parecido insuficiente, ya que no evitó todo el gran mal). Se descubren muchas cosas. La primera es que, si estamos haciendo esta revisión, es que sobrevivimos! Mucho de bueno (interior y también exterior) debe haber habido para que estemos hoy aquí. Buscarlo, ponderarlo y agradecerlo: es­tas actitudes preparan nuestro ánimo para obrar con esta lógica en adelante. 

Debemos pedir al Padre que nos haga sentir amados y predilectos

Ahora bien, dado que la ausencia del bien es tan vasta y persistente que adquiere estructura y consistencia real, el bien que pedimos en la oración no puede ser cualquier bien, sino que tiene que tener la riqueza vital de un bien especialísimo y grande. No basta con pedir ser amados, sino que debemos pedir a Dios ser y sentirnos sus predilectos. Solo un bien así -íntimamente gozado- es capaz de hacer frente al mal, tan extendido y por eso mismo tan aparentemente consistente.  

Estaba rezando a San José y meditando acerca de esa gracia tan suya de sentirse amado siendo el número dos, siendo “no protagonista”, y de hacer siempre el bien sin ningún mal, y pensaba que la imagen de Dios que tengo tiene que ver con con esta necesidad y deseo de ser amado con amor de predilección. 

Al constatar esto me vino la tentación de preguntarme si no era que este deseo, al no verse satisfecho de manera plena en esta vida, es lo que hacía que de alguna manera me inventara un Dios para el que soy especial, un Dios que me ama con  amor de exclusividad en medio de un cosmos que me ignora, en sus 2 billones (o dos “Tera”) de galaxias en expansión y dentro de una especie -la humana- en la que solo soy uno más entre 8 mil millones de personas que nacen y mueren de a miles cada hora. 

Contra este sentimiento de anónima insignificancia, que me provocan los grandes números (y los escritores que los manejan con astucia de sofistas), me venía la palabra del Padre a Jesús en el bautismo: “Tú eres mi hijo amado, el predilecto”. Y junto con esta escena, la revelación de Jesús de que el Padre nos ama a cada uno igual que a Él, como a hijos muy queridos. 

Contraponiendo estas dos cosas (un tipo de estadísticas y el Evangelio), reflexionaba que no es justo afirmar como si fuera algo obvio -dada la magnitud de esos grandes números-, que el cosmos nos ignora. De hecho nuestra existencia como personas únicas es fruto de un trabajo que podríamos juzgar como especializado de todo el universo, que no produce seres en serie, sino únicos. 

Nuestra unicidad no solo es espiritual, sino también genética y material. Y aunque nuestra materia es frágil y la configuración especial que lleva a cada uno de nosotros a ser el que es cesa con la muerte y se diluye, no por eso deja de causarnos maravilla. Es lo que se llama el “fine tuning” o “sin­to­nía fina” del universo, que consiste en constatar que si las leyes de la física fuesen diversas, aunque solo fueran un poquitito diver­sas, la vida no sería posible. Nuestro universo ha sido y es sintonizado finamen­te para que pueda aparecer y mantenerse la vida.

Además, nuestra vida personal y social también lleva lleva en sí este sello de la unicidad y de la predilección: nacemos como hijos predilectos  de nuestros padres y aunque con el tiempo pasemos a ser uno más en la escuela, en el trabajo, en la vida de nuestro pueblo, la humanidad siempre reconoce a sus predilectos y cada persona atesora para sí la parte de predilección que le brindan las personas que lo aman, sus amigos, sus seres queridos, aquellos a los que uno sirve y tiene como predilectos a su vez.

Es un misterio nuestra existencia y estas dos experiencias, la de sentirnos predilectos y la de sentirnos descartables, se alternan y se mezclan sin que podamos reducir nuestra vida a una de las dos. Si miramos hacia atrás, somos fruto de una predilección. Si miramos hacia adelante, al no poder atravesar con la inteligencia el muro de la muerte, parecemos prescindibles y olvidables.

Un consideración más. Esto de desear ser predilectos es un anhelo de nuestro corazón que no depende de nosotros en cuanto que no podemos obligar ni reclamar a los demás nos amen de manera especial. Sin embargo, sí depende de nosotros amar a los demás con amor de predilección. Y como dice San Francisco de Asís, hay más alegría en amar que en ser amado. Es más pleno amar que ser amado, porque amar con predilección a los otros es un acto libre y en cambio ser amados es algo que no depende de nosotros. 

Por tanto, queda al menos argumentado racionalmente que la imagen de un Dios que nos ama como a hijos predilectos no es una mera proyección de deseos sin sustento, sino de deseos que tienen que ver con nuestro propio ser y con la manera de actuar de todo el universo.

Porque existimos podemos decir que somos predilectos, de la naturaleza, de nuestra familia y de la humanidad, y porque somos predilectos es que deseamos este amor y podemos donarlo como expresión de lo más profundo de nuestro ser.

Los que han amado más

En el orden social podemos ver que son más amadas por sus pueblos aquellas personas que han amado más. Es en este sentido que el Papa habla de un San José amado por su pueblo. Amó mucho a María y a Jesús y, ya que ellos son las personas que más nos aman, aquel que más las amó y las cuidó, goza justamente de nuestra predilección. 

Este es un fruto directo y propio de la encarnación del Verbo: las personas que más aman a Jesús, reciben más amor, no solo de parte suya, sino también del Padre, que ama a los que aman a su Hijo, y del pueblo de Dios, ya que aquellos que aman a Jesús transmiten mejor este amor a los demás y se transforman en fuente de irradiación de ese amor. Santa Teresita del Niño Jesús es el testimonio más dulce y esplendente de cómo la predilección a una pequeñita se desborda en predilección para todos los demás. 

En síntesis: si vamos a rezar, que sea concentrándonos en el bien y no en el mal. Si vamos a rezar, que sea como predilectos, no como alguien que se siente “un número más en la fila” de gente anónima y desconocida.

MOMENTO PARA CONTEMPLAR

Marta Irigoy

Durante el tiempo de Cuaresma, tan propicio para que todos conozcamos “la misericordia de Dios”. Es la gran revelación que ha sido y es la misión de Jesús. Por eso, la cuaresma prepara el corazón, para que cada uno de nosotros  hagamos  experiencia del Corazón del Padre, ese corazón en el que  cada uno de nosotros es un “hijo único”, como dice Pronzatto…

Por eso, en providencial el tema de este mes, en el que  rezamos en torno a San José, padre amado por el pueblo…”

El Padre Diego, nos invita en su Meditación a “rezar sintiéndonos amados y predilectos”, confiando  como afirma Pablo: “Sabemos que Dios dispone todas las cosas para el bien dequienes lo  aman” (Rm 8, 28)…

“El bien que pedimos en la oración no puede ser cualquier bien, sino que tiene que tener la riqueza vital de un bien especialísimo y grande. No basta con pedir ser amados, sino que debemos pedir a Dios ser sus predilectos. Solo un bien así -íntimamente gozado- es capaz de hacer frente al mal…

Ayudas para la reflexión y oración

Para un este momento de reflexión / oración,  siguiendo la propuesta del P. Diego, vamos a tomar un tiempo para releer nuestra historia, la historia de nuestros “males”, de las situaciones en las que otros nos hicieron el mal o la vida nos hizo padecer cosas malas, y buscar dónde estuvo Dios haciéndonos algún bien concreto (aunque siempre nos haya parecido insuficiente, ya que no evitó todo el gran mal)…

BUSCAR       

-Qué cosas descubro?

PONDERAR   

-Los dolores y sufrimientos que provocaron esas situaciones, en que fortalecieron nuestra  fe?

AGRADECER

-Agradecer la presencia de Dios, en personas que han sido instrumentos enviados por El…

Para este tiempo de Pascua que comenzamos, pidamos la Gracia de ahondar en nuestra vida estas palabras de San Pablo:

        “Sabemos que Dios dispone todas las cosas

para el bien de lo aman” (Rm 8, 28)…

Les Deseamos una Fecunda Semana Santa y una Gozosa Pascua!!

Momento para reflexionar

Diego Fares sj

Este año dedicaremos nuestros Encuentros de oración a la persona de San José. Nos dice el Papa Francisco en Con corazón de padre (Patris Corde) que el pueblo fiel de Dios ama a San José porque sabe que, con corazón de padre, José amó a Jesús, llamado en los cuatro Evangelios «el hijo de José». Y agrega el Papa: “Todos pueden encontrar en san José —el hombre que pasa desapercibido, el hombre de la presencia diaria, discreta y oculta— un intercesor, un apoyo y una guía en tiempos de dificultad”.

  Si bien San José ayuda a la Iglesia universal en todas sus necesidades (y de manera particular ayuda a las necesidades materiales para llevar adelante a las familias) hay una gracia que quizás no estemos acostumbrados a pedirle y en este tiempo la necesitamos mucho: la gracia de la oración cotidiana. Tomaremos a San José como “intercesor, apoyo y guía” de nuestra oración, para que nos ayude con su silencio y su ejemplo a rezar en medio de nuestra vida. Le pediremos que nuestra oración “pase desapercibida -como él- a los hombres, pero no a Dios, y que sea nuestro modo de ejercitar “una presencia diaria, discreta y oculta” en medio de nuestra familia y de nuestro pueblo. 

Para poder rezar así, hay que tener un corazón de padre. Pues bien, San José nos enseña a rezar con corazón de Padre. 

Este corazón de Padre, aunque sea más grande que lo que pueden expresar todas las palabras del universo (y por eso José fue un hombre silencioso), se puede definir con una sola palabra: adoración. 

Una adoración de la que quisiera destacar un aspecto no habitual. En general, la palabra adoración nos hace pensar en inclinar la rodilla y la cabeza, incluso hasta tocar el suelo, en señal de reconocimiento de criaturas ante nuestro Creador y Señor, el Dios que es siempre más grande de todo lo que podemos pensar e imaginar y al que le debemos nuestro propio ser y existir. 

Es una figura “cercana” a nuestra condición humana

Pero es también adoración la que le expresa con el beso de su boca (ad-ore) un papá o una mamá a su hijito pequeño, diciéndole que lo adora. La adoración no solo es al más grande sino también al más pequeño. Expresa un amor absoluto a aquel a quien debemos todo nuestro ser, porque dependemos de él o porque depende enteramente de nosotros y por tanto requiere de todo nuestro ser y existir para poder llegar a ser él. Adorando a Jesusito, José aprende a adorar al Padre Eterno, reconociéndolo no como un mero Creador en el sentido de un hacedor o fabricador, sino como un Creador-Padre, que da la vida porque ama a sus hijos con amor infinito. Amando a Jesús como José tenemos la gracia concreta de poder sentirnos amados por nuestro Padre. En esta gracia tan propia suya San José puede ser nuestro padre adoptivo, lo podemos adoptar nosotros, como nuestro apoyo, nuestro guía y nuestro intercesor. 

Hablando de San José con corazón de padre, el Papa Francisco nos dice así: “Al cumplirse ciento cincuenta años de que el beato Pío IX, el 8 de diciembre de 1870, lo declarara como Patrono de la Iglesia Católica, quisiera —como dice Jesús— que “la boca hable de aquello de lo que está lleno el corazón” (cf. Mt 12,34), para compartir con ustedes algunas reflexiones personales sobre esta figura extraordinaria, tan cercana a nuestra condición humana”. En el modo de hablar de Francisco podemos sentir a un padre que habla de otro padre. Así como lo mejor que pudo hacer el Padre Eterno por su Hijo amado fue darle un padre terreno como San José, así también lo mejor que puede hacer un padre como el Papa es ahijarnos a este padre que es San José para que gocemos como el de todos los beneficios de su paternidad. 

San José nos da deseos de rezar de corazón

 “Este deseo – dice el Papa- ha crecido durante estos meses de pandemia, en los que podemos experimentar, en medio de la crisis que nos está golpeando, que «nuestras vidas están tejidas y sostenidas por personas comunes —corrientemente olvidadas— que no aparecen en portadas de diarios y de revistas, ni en las grandes pasarelas del último show pero, sin lugar a dudas, están escribiendo hoy los acontecimientos decisivos de nuestra historia: médicos, enfermeros y enfermeras, encargados de reponer los productos en los supermercados, limpiadoras, cuidadoras, transportistas, fuerzas de seguridad, voluntarios, sacerdotes, religiosas y tantos pero tantos otros que comprendieron que nadie se salva solo”. Gente como San José: con corazón de padres.

San José nos impulsa a rezar como la gente que ha sido protagonista “en segunda línea”

 “[…] Cuánta gente cada día demuestra paciencia e infunde esperanza, cuidándose de no sembrar pánico, sino corresponsabilidad. Cuántos padres, madres, abuelos y abuelas, docentes muestran a nuestros niños, con gestos pequeños y cotidianos, cómo enfrentar y transitar una crisis readaptando rutinas, levantando miradas e impulsando la oración. Cuántas personas rezan, ofrecen e interceden por el bien de todos[1]». Son gente con corazón de padre. 

San José es el hombre que pasa desapercibido, el hombre de la presencia diaria, discreta y oculta

 “Todos pueden encontrar en san José —el hombre que pasa desapercibido, el hombre de la presencia diaria, discreta y oculta— un intercesor, un apoyo y una guía en tiempos de dificultad. San José nos recuerda que todos los que están aparentemente ocultos o en ’segunda línea’ tienen un protagonismo sin igual en la historia de la salvación. A todos ellos va dirigida una palabra de reconocimiento y de gratitud”. 

 La segunda línea es para los que tienen el corazón más grande que ellos mismos y lo muestran amando, sirviendo y enalteciendo a los demás. Esto es también adoración. Como decíamos, la otra cara de la adoración al Padre es la adoración a los más pequeños en el servicio. 

Viene muy bien traer aquí esa oración tan linda a San José, que podríamos rebautizar hoy como: “Oración con corazón de padre”, ya que todas las cualidades que menciona esta oración solo son posibles a quien tiene un corazón de padre.

Oración con corazón de padre

Enséñanos, José

Cómo se es “no protagonista”

Cómo se avanza sin pisotear,

Cómo se colabora sin imponerse,

Cómo se ama sin reclamar.

Dinos José

Cómo se vive siendo “número dos”,

Cómo se hacen cosas fenomenales

desde un segundo puesto.

Explícanos

Cómo se es grande sin exhibirse,

Cómo se lucha sin aplauso,

Cómo se avanza sin publicidad,

Cómo se persevera y se muere uno

sin esperanza de que le

hagan un homenaje.

Enséñanos, dinos, explícanos…

 ¿Qué nos enseñaría, diría y explicaría San José, con su vida más que con sus palabras, acerca de este corazón de padre? Pienso que con el gesto de estrechar al Niño en sus brazos y darle un besito nos enseña y nos explica que ser “número dos”, con alegría y fecundidad, solo es posible si uno, por una lado, “adora” al número Uno, al Padre, y por otro lado y al mismo tiempo, adora a sus predilectos: a Jesús y a los pobres,que son los preferidos de Jesús. 

Solo en la adoración que nos hace sentirnos estrechados por el abrazo de nuestro Padre Dios y que nos lleva a abrazar con nuestro servicio a los más pobres y pequeños, podemos colmar ese deseo ilimitado de ser amados que hace que tantas veces nos robemos el primer lugar (o lo compremos), siendo que lo podríamos tener gratis, si en vez de adorarnos a nosotros mismos adoráramos al Padre y a los más pequeños. Solo el amor a un hijo puede hacer que un padre y una madre vivan felices en ese segundo lugar que es el del servicio y que hace que tengan en el primer lugar de su corazón, no a sí mismos, sino al hijo o hija amados.

Creatividad

Además de este aspecto de la adoración “al más pequeño”, a aquel cuya existencia depende de nosotros como la de un hijito, hay otro aspecto de la adoración: la creatividad. Cuando Jesús habla de “adorar en espíritu y en verdad” podemos traducir esto diciendo que la adoración debe ser original y propia de cada uno, para que sea auténtica. Debe por tanto ser creativa: no en el sentido de brillante, sino porque sale del fondo del corazón, de la autenticidad de lo que uno puede expresar de manera tal que lleve su sello. En este sentido cada cristiano debe inventarse una oración de adoración que sea solo suya. 

En la vida de Jesús podemos ver su agrado ante las personas que le expresaban su amor de manera original. El Señor defendía estas expresiones de la gente sencilla de su pueblo frente al formalismo de los fariseos. Esta adoración, en espíritu y en verdad, en la gente sencilla se expresa de muchas formas: en la medallita que alguien lleva en su pecho toda la vida porque fue el regalo de su madre, por ejemplo, medallita que besa en señal de adoración cada vez que quiere agradecer o pedir al Señor; en el cumplimiento de una promesa, la de caminar a Lujan o a algún santuario de la Virgen; en la realización de alguna acción en la que la persona le hace notar al Señor su amor ofreciéndole algo muy significativo, en el que el sacrificio que cuesta es expresión del amor más grande. 

Lo que quiero compartir es que esta adoración única de cada uno es la oración básica, el principio y fundamento de nuestra vida espiritual. Desde esta adoración que solo el Padre y cada uno conoce en lo secreto, y que muchas veces ni la misma persona sabe que adora, pero el Padre sí, desde aquí, uno se puede conectar con la adoración comunitaria de la Iglesia.

La invitación por tanto, es a descubrir esta oración de adoración que el Espíritu Santo ya ha derramado en nuestro corazón junto con el amor que es amor de hijos. Si uno quiere descubrir cuál es esta oración para él tiene que agradecer y ponderar mucho los gestos más sencillos que le salen espontáneamente del corazón frente a Dios a la Virgen santísima o alguno de los santos. Son gestos que resisten a la tendencia a convertirse en un deber y que aunque en algún momento uno sienta el tironeo de no dejar de hacerlo por cumplimiento, siempre que los hace le dejan el sabor a algo más, a un amor sincero. Es como cuando nuestra madre nos pedía un beso y nosotros de niños pequeños se lo dábamos con gran alegría y en cambio de adolescentes un poco refunfuñando y como cumpliendo un deber. Sin embargo el buen gusto de un beso a la madre siempre se transforma en algo auténtico y original.

Dos gracias para rezar con corazón de Padre 

 Hay dos gracias que podemos pedir a San José para rezar con un corazón de Padre, adorando de manera creativa en la vida ordinaria. Son dos gracias que él recibió como regalo y cultivó con trabajo toda su vida. Una, la formula en forma de consejo el Papa Francisco: Reza solo si estás enamorado o si deseas enamorarte. “El que reza es como un enamorado: lleva siempre en el corazón a la persona amada, vaya donde vaya. Por eso, podemos rezar en cualquier momento, en los acontecimientos de cada día: en la calle, en la oficina, en el tren…; con palabras o en el silencio de nuestro corazón”. 

Por tanto, el primer consejo es reza solo si estás enamorado. Si piensas que no lo estás, pide la gracia, así como pides encontrar a la persona amada que existe para ti. Reza desde ese lugar de tu corazón que está siempre atento a enamorarse. San José estuvo siempre enamorado de María y de Jesús. Si se piensa en su vida oculta desde esta perspectiva, todo se ilumina.

La otra gracia para rezar con corazón de padre la expresa San Bernardo hablando de la riqueza inagotable de la oración que desea la sabiduría y el discernimiento para encontrar la palabra justa, esa que decide e inclina nuestro actuar de cada día: Reza de manera que te quedes con hambre. 

Bernardo reflexiona así: “Dichoso el hombre que encuentra sabiduría, el que alcanza inteligencia. Si has hallado la sabiduría has hallado miel; procura no comerla con exceso, no sea que, harto de ella, la vomites. Come (reza) de manera que siempre quedes con hambre. Porque, dice la misma sabiduría: El que me come tendrá más hambre de mí”.

Esperando no escandalizar a nadie, yo traduciría esto así: reza de manera que siempre sientas que has rezado poco. En vez de culparte pensando que rezaste mal, agradece y alégrate de quedar en deuda. La deuda del amor es la única que debemos tener siempre: sentir que amamos (rezamos) poco, es bueno si lo hacemos sin culpa y pidiendo humildemente poder volver a rezar (a amar) de nuevo, mejor, cada día. 

Pienso que San José, para haber podido ser esposo casto de María y padre adoptivo de Jesús, debe habérselas ingeniado para vivir con alegría esta conciencia de su “no estar a la altura y sin embargo ponerse una y otra vez a la altura”. A mí me basta ver que transformó una cueva de animales en el pesebre de Belén. Solo un corazón de padre carpintero como el suyo es capaz de un trabajo así.


[1]         Francisco, Meditación en tiempos de pandemia, 27 marzo 2020.

Momento para contemplar

Marta Irigoy

Este año, tan desafiante y a la vez tan lleno de deseos y esperanzas, se nos invita a poner la mirada y el corazón en la persona de San José, padre adoptivo de Jesús que tuvo la hermosa misión de cuidar al hijo de Dios y a su Madre Maria…

San José, es el hombre que confío plenamente, en que era  Dios el que sostenía en su cotidianeidad la vida de familia y de trabajo.

Podemos intuir que en su corazón latía incesantemente el santo nombre de Jesús, nombre que Dios le había revelado en sueños para ese Niño que Maria estaba esperando…

Toda la vida de San José, fue custodiar la vida de Jesús (el niño) y Maria (la Madre)…

Custodia que se  dio en la vida diaria, en lo  simple y sencillo de la vida… y quizás podemos intuir que José vivía en una constante “Adoración cotidiana”

Por eso, en este año, queremos aprender de San José, ese modo de vivir unidos a Jesús, dejando que su Santo Nombre sea latido en nuestro corazón, adorando a Dios que nos hace  descubrir cómo está presente en todas las cosas…

La Iglesia oriental, tiene una larguísima tradición que llama la oración del Corazón, que consiste en rezar interiormente, el Nombre de Jesús…

Este modo de oración,  nos va ayudando a descubrir el llamado de Dios a tener un corazón de oración… es decir, respirar el Nombre de Jesús…día y noche… tan simple de hacer, tan necesario como respirar…

Pidámosle a San José que nos ayude a caminar este año, tomados de la mano de Jesús y Maria…

Terminamos rezando este Himno a San José, tan hermoso!!

Hacer clik en este enlace: www.youtube.com/watch?v=qWxGT7TUZ5g

Himno a san José

Hoy a tus pies ponemos nuestra vida;

hoy a tus pies, ¡Glorioso San José!

Escucha nuestra oración

y por tu intercesión obtendremos la paz del corazón.

En Nazaret junto a la Virgen Santa;

en Nazaret, ¡Glorioso San José!

cuidaste al niño Jesús

pues por tu gran virtud fuiste digno custodio de la luz.

Con sencillez humilde carpintero;

con sencillez, ¡Glorioso San José!

hiciste bien tu labor obrero del Señor

ofreciendo trabajo y oración.

Tuviste Fe en Dios y su promesa;

tuviste Fe, ¡Glorioso San José!

Maestro de oración alcánzanos

el don de escuchar y seguir la voz de Dios.

Momento de Reflexión

Diego Fares sj

En el centro de los ejercicios está la elección o reforma de vida con su confirmación.

Fiorito afirma que todos los documentos de los ejercicios -las meditaciones, las reglas, las instrucciones prácticas- constituyen una unidad que él llama «kerigmática», en la que el anuncio y la contemplación del misterio de Cristo no apuntan a nuestras ideas meramente, sino que apuntan a desencadenar en nosotros ese discernimiento de espíritus que nos llevará a elegir y reformar nuestra vida según lo concreto que Dios nos da y nos pide.

La elección y reforma de vida no es solo la actitud subjetiva de nuestra voluntad que elige algo libremente, sino la unión de nuestra libertad con la libertad de Jesús: elegimos lo que él nos ofrece para elegir, la vocación o carisma con que nos invita a seguirlo y en el que nos bendice y hace dar fruto en la Iglesia para el bien común. Carisma que Él nos confirma una y otra vez, perfeccionando el primer llamamiento a lo largo de toda nuestra vida.

Fiorito señala que el tiempo de la elección, junto con la confirmación por parte del Señor, se extiende desde el primer misterio de la vida pública de Cristo hasta la Contemplación para alcanzar amor inclusive.

Considera la Contemplación para alcanzar amor, en la que uno «encuentra en paz a Dios nuestro Señor» -en la presencia gloriosa de Cristo resucitado en todas las cosas -, como la confirmación de todos los ejercicios. 

Es interesante la consideración de Fiorito de que la elección no termina en la Segunda semana, sino que se extiende en la semana de la Pasión y en la de la Resurrección. Fundamenta esto mostrando que San Ignacio sigue poniendo documentos de elección durante la Tercera y Cuarta semana. Estos son las Reglas para ordenarse de comer y los Coloquios de Tres binarios y Tres maneras de humildad. 

REFORMAR LA ELECCIÓN SIEMPRE PARA MEJOR

Lo que yo saco de esto es que el concepto de elección no es un concepto de algo puntual y subjetivo, sino que se abre a la reforma de la elección misma, profundizando siempre de nuevo en la totalidad del misterio de Cristo. Hay una gracia cuando Cristo llama -a Pedro y a sus compañeros, por ejemplo- a ser pescadores de hombres y ellos dejando todo eligen seguirlo. Pero esta elección el Señor la va perfeccionando a lo largo del seguimiento. No se trata de un simple seguir a Jesús tal como yo era en el momento de dejar todo, sino de un seguimiento en el que me dejo transformar por los criterios del Evangelio de manera radical en cada momento significativo de mi vida. 

Jesús les enseñará sus discípulos a discernir la voz del Padre de la del mal espíritu, les enseñará el criterio de que la autoridad reside en el servicio, que ser el más pequeño y servidor de todos es la condición para entrar en el Reino de los cielos, etc. Y ante cada nueva enseñanza será necesaria de parte de ellos una nueva elección y una nueva reforma de vida.

Cada vez que el Señor confirma alguna actitud evangélica, cada vez que le dice a alguien «tu fe te ha salvado» o, como le dice a Pedro, «Esto te lo ha revelado mi Padre», la elección se redondea, por decirlo así, y se convierte en elección de a dos: de Cristo y mía. Elección siempre en proceso de reforma y mejoramiento. 

JUNTO CON CADA MOMENTO DE ELECCIÓN HAY SIEMPRE UN MOMENTO DE CONFIRMACIÓN.

Hay una confirmación que se hace apenas uno ha hecho su elección o reforma de vida y le ofrece al Señor lo que ha elegido, como quien ofrece algo precioso a su rey señor y le pide que le muestre su complacencia.

San Ignacio dice que hacia el final de la Segunda semana, cuando uno ya hecho elección supuestamente, está la con la contemplación de la conversión de María Magdalena (EE 282).

Ignacio identifica aquí a María Magdalena con la pecadora que rompe el frasco de perfume y unge al Señor. Si la Magdalena, como dice el Evangelio, «llevó un vaso de alabastro de perfume y poniéndose detrás, a los pies de él, comenzó a llorar, y con sus lágrimas le mojaba los pies y con los cabellos de su cabeza se los secaba; besaba sus pies y los ungía con el perfume» (Lc 7, 37-38), nosotros, por nuestra parte, conviene que le manifestemos nuestro amor ofreciéndole nuestra elección o reforma de vida, «para que su divina majestad la quiera recibir y confirmar, siendo su mayor servicio y alabanza» (EE 183).

Así, la elección o reforma de vida que hacemos en el curso de la Segunda semana de los Ejercicios, es la respuesta a aquella pregunta que nos hacíamos durante la Primera semana, cuando, «imaginando a Cristo nuestro Señor delante y puesto en cruz, veíamos cómo de Creador es venido a hacerse hombre, y de vida eterna a muerte temporal para morir por mis pecados». Y nos preguntábamos «lo que he hecho por Cristo, lo que hago por Cristo, lo que debo hacer por Cristo» (EE 53). Esta última pregunta que entonces hacíamos —«lo que debo hacer por Cristo»— es la que ahora tiene respuesta en nuestra elección o reforma de vida como respuesta de amor a un amor que él primero nos ha manifestado (1 Jn 4, 10. 19; Rom 5, 8).

LA CONFIRMACIÓN DE JESÚS ENALTECE NUESTRAS ELECCIONES.

Vemos que el Señor confirma la actitud de la pecadora, así como confirmará también después la actitud de María, defendiéndola de las críticas de Judas. Estás confirmaciones que hace el Señor del modo que eligen amigas para demostrarle su amor, rompiendo su frasco de perfume y ungiéndolo con sus lágrimas, da a la elección un carácter sobrenatural. Puede tratarse de pequeños gestos de fe o de servicialidad como de acciones grandes de seguimiento del Señor: lo que elegimos nosotros, al ser confirmado por Jesús que muestra que eso le agrada, se consolida como un carisma especial. La confirmación de Jesús enaltece nuestras elecciones.

LA CONFIRMACIÓN COMO FORTALECIMIENTO

Hay otro tipo de confirmación que es el que se puede ver en la Tercera semana. Si hemos hecho la elección, se trata de animarnos contemplando padecer a Cristo en su pasión a resistir hasta derramar sangre, como hizo Jesús, todas las tentaciones que nos vendrán contra la gracia que hemos recibido en el momento de la elección o reforma de vida, cuando hemos conocido la voluntad de Dios y hemos sentido que nos confirmaba en ella. En la pasión podríamos decir que el Señor no solo reafirma que le agrada lo que hemos elegido, sino que nos fortalece, nos confirma -nos vuelven más firmes- en nuestra decisión, al verlo padecer por nosotros con amor.

Fratelli tutti: contribuir al bien de la especie y el planeta ofreciendo la amistad social, que es lo mejor de nosotros mismos

Fratelli Tutti es una Encíclica de síntesis, en la que el Papa retoma sus preocupaciones más entrañables acerca de la fraternidad universal y de la amistad social y las pone en un contexto amplio de reflexión.

La palabra amor aparece 87 veces. Pero no aparece cosificado en abstracto como cuando hablamos de «el amor», sino que aparece en su dimensión universal, en su dinamismo de creciente apertura a todos. 

En ese sentido podemos decir que la Encíclica es una Contemplación para alcanzar amor, no solo personal, sino amor social y político, amor fraterno y de amistad a todos los hombres, amor encarnado en actitudes concretas de predilección por los más abandonados.

De los consejos de San Francisco, el Papa dice: «quiero destacar uno donde invita a un amor que va más allá de las barreras de la geografía y del espacio. Allí declara feliz a quien ame al otro «tanto a su hermano cuando está lejos de él como cuando está junto a él» (FT 1).

En la parábola del buen samaritano – una parábola para reflexionar sobre un amor que se abre a todos (FT 82)- el Papa dice que no hay una enseñanza de ideales abstractos ni se circunscribe a una moraleja ético y social. La parábola nos revela una característica del ser humano: hemos sido hechos para la plenitud que sólo se alcanza en el amor» (FT 68). Esta es una de las frases que nos recuerda la contemplación para alcanzar amor. 

Es importante unir el cuidado de la casa común y el amor de amistad social. Cuando contemplamos la naturaleza podemos constatar que cada ser creado contribuye al bien común dando lo mejor de sí, nada menos. Lo mejor del ser humano es la capacidad de amistad y por eso con nada menos podemos contribuir al bienestar del planeta y de la sociedad. 

«Desde la intimidad de cada corazón, el amor crea vínculos y amplía la existencia cuando saca a la persona de sí misma hacia el otro. Hechos para el amor, hay en cada uno de nosotros «una ley de éxtasis: salir de sí mismo para hallar en otro un crecimiento de su ser». Por ello «en cualquier caso el hombre tiene que llevar a cabo esta empresa: salir de sí mismo» (FT 88). «El amor que es auténtico, que ayuda a crecer, y las formas más nobles de la amistad, residen en corazones que se dejan completar. La pareja y el amigo son para abrir el corazón en círculos, para volvernos capaces de salir de nosotros mismos hasta acoger a todos» (FT 89).

«Para estimular una sana relación entre el amor a la patria y la inserción cordial en la humanidad entera, es bueno recordar que la sociedad mundial no es el resultado de la suma de los distintos países, sino que es la misma comunión que existe entre ellos, es la inclusión mutua que es anterior al surgimiento de todo grupo particular. En ese entrelazamiento de la comunión universal se integra cada grupo humano y allí encuentra su belleza. Entonces, cada persona que nace en un contexto determinado se sabe perteneciente a una familia más grande sin la que no es posible comprenderse en plenitud» (FT 149)

El Papa desarrolla espléndidamente «El valor único del amor» – de un «amor efectivo» y «La creciente apertura del amor». Esta dinámica expansiva del amor que busca llegar al más lejano con lo mejor de nosotros mismos -la amistad- es el corazón de la Encíclica.

Momento para contemplar

Marta Irigoy

Muy clara la Meditación que nos regala el P. Diego!!

Quizás para este momento contemplativo, podemos tomar el Texto de la Unción de Betania, en Jn 12, 1-8. 

En  este relato se muestra a Maria; hermana de Marta y Lázaro, quien había sido alabada por Jesús, porque había elegido la mejor parte… (Lc 10, 38-42)… 

Podemos decir que Maria de Betania, es una mujer de sabias elecciones… aquellas elecciones que salen de la profundas certezas que emergen de nuestro interior, cuando en nuestra vida solo buscamos lo que más le agrada a nuestro Padre…

  • Ayudas para la contemplación:

Pido la Gracia: Que pueda Señor, elegir lo que te agrada…

Leo el Texto: Jn 12, 1-8:

“Seis días antes de la Pascua, Jesús volvió a Betania, donde estaba Lázaro, al que había resucitado. Allí le prepararon una cena: Marta servía y Lázaro era uno de los comensales. María, tomando una libra de perfume de nardo puro, de mucho precio, ungió con él los pies de Jesús y los secó con sus cabellos. La casa se impregnó con la fragancia del perfume. 

Judas Iscariote, uno de sus discípulos, el que lo iba a entregar, dijo:  «¿Por qué no se vendió este perfume en trescientos denarios para dárselos a los pobres?».                                                                                                         Dijo esto, no porque se interesaba por los pobres, sino porque era ladrón y, como estaba encargado de la bolsa común, robaba lo que se ponía en ella. 

 Jesús le respondió: «Déjala. Ella tenía reservado este perfume para el día de mi sepultura. 

 A los pobres los tienen siempre con ustedes, pero a mí no me tendrán siempre».

Me imagino la escena, “como si presente me hallase”. Como es el lugar? 

  • Veo las personas…
  • Oigo lo que dicen…
  • Miro lo que hacen…
  • Dejo que el Perfume también llene de fragancia mi vida…                                ¿Qué fragancia necesita mi vida?
  • Dialogo con alguno de los personajes que aparecen en la escena… Le pido lo que necesito. Agradezco lo contemplado. 

Puedes terminar la Oración con esta plegaria:

Quisiera hoy, en estas horas de mi caminar frágil,

dejar mi vida entre tus manos,

como vasija humilde, como barro confiado.

Dejar que modeles en mi alma tu proyecto;

permitirte conquistar mis ideas y mis actos;

prestarme para que también otros,

desde mi vida transformada,

puedan avanzar hacia la esperanza

y descubrir Tu Amor eterno.

Amen

Momento de reflexión

Diego Fares sj

En nuestros talleres vamos siguiendo las meditaciones «estructurales» de los Ejercicios. Luego de la preparación que nos dan las meditaciones del Reino, Dos banderas, Tres binarios y Tres maneras de humildad toca ahora entrar en el tema de la elección o reforma de nuestra vida.

“Lo deformado, reformarlo; lo reformado, conformarlo, lo conformado, confirmarlo, lo confirmado, consumarlo”

La elección o reforma de vida conforme al estilo de vida de Cristo es el fin que tiene el hacer los Ejercicios espirituales. Según la tradición Ignaciana las diversas etapas de los Ejercicios tienen como finalidad lo que se expresa en la siguiente fórmula: «Lo deformado (por el pecado y los afectos desordenados) reformarlo; los reformado, conformarlo con la vida de Cristo; lo conformado, pedirle al señor que lo confirme; y esa reforma de vida o elección que él confirma pedirle que la perfeccione con el gozo de la resurrección y el don del Espíritu Santo.

Esta fórmula que condensa el proceso de las cuatro semanas de los ejercicios tiene como centro elegir seguir a Cristo en aquella misión y estado de vida que Él nos da, de manera tal que uno siempre profundice y crezca en esa gracia y en los carismas contenidos en el llamado primero.

Configurar nuestra vida con la de Jesús, cada uno en el carisma al que llamado, es el centro de los ejercicios. Para hacer esta elección o reforma de vida hay una preparación remota, la de la primera semana, en la que pedimos perdón por nuestros pecados y reformamos lo deformado. Luego viene una preparación próxima a la elección, la cual consiste en esas meditaciones propias de Ignacio que preparan nuestra mente y nuestro corazón para elegir deliberando con claridad y adhiriéndonos con libertad al bien que el Señor nos propone. Entramos así en el tiempo de la elección que se hace mientras se va contemplando la vida de Cristo. Todo lo que hace y dice el Señor es para nosotros un llamado. Todo en Él es Palabra que busca encarnarse, semilla que quiere dar fruto en los corazones que la acogen.

Aquí es donde uno pone su atención en las cosas y palabras del señor que más le tocan el corazón. Esas constituirán lo que llamamos “la materia” de nuestra elección o reforma de vida.

En nuestro encuentro de hoy aplicamos este esquema dinámico, en el que San Ignacio nos invita entrar cuando hacemos ejercicios, a la Encíclica Laudato sí y a la Exhortación apostólica Querida Amazonia del Papa Francisco.

La idea es leer esta propuestas del Santo Padre como consejos evangélicos, para elegir y reformar nuestra vida personal y comunitaria de manera tal que demos respuesta coherente a los desafíos que nos presenta el mundo de hoy.

¿Por qué escuchar al Papa en cuestiones «ecológicas»? Me inspiro para responder en una reflexión que hacía San Pedro Fabro.

Decía Fabro: «Dios nuestro Señor no debe tener por bien reformar algunas cosas de la Iglesia según el modo de los herejes, porque ellos, aunque en muchas cosas, así como también los demonios (Mc 1, 24-25), dicen verdad, no la dicen con el espíritu de la verdad, que es el Espíritu Santo (Memorial, n. 51). Fabro se refería a la necesaria reforma que había que hacer en la Iglesia de su tiempo. Reforma que algunos hacían «con mal espíritu». Usamos aquí la reflexión de Fabro no para «negar lo que proponen otros», sino para afirmar y hacer ver un plus. En nuestro tiempo todos coincidimos en que «hace falta un cambio» y muchos proponen reformas ecológicas y sociales. Incluyendo a todas, la propuesta del Papa tiene un plus: cuenta con la bendición de Jesús y con la ayuda del Espíritu, que hacen que su discernimiento de los puntos concretos que hay que «tocar» para que se desborde la misericordia de Dios sea eficaz (si uno lo pone por obra libremente en su vida).

Los consejos

Con Ignacio distinguimos entre mandamientos y consejos. Los mandamientos obligan bajo pena de pecado. Los consejos, en cambio, no. Si uno no sigue un consejo evangélico del Señor, como el de poner la otra mejilla o el de caminar dos cuadras al que te pide que lo acompañes una, no cometerá un pecado, pero quedará triste como el joven rico; o se perderá una de esas oportunidades que son algo único en la vida, la de poder hacer lo que dice el Señor contando con su gracia. Cuando la Virgen le dice a los servidores de las bodas de Caná que hagan todo lo que Jesús les diga, se trata de un consejo. Los que le hicieron caso participaron del milagro. Si alguno se borró o se hizo el distraído, se perdió la oportunidad de su vida. Es decir los consejos operan en el ámbito de dos libertades, la de Dios, que nos invita ha realizar algo con Él, y la nuestra, que elige seguirlo, participando en su acción.

En este ámbito de libertad es donde se sitúan las Encíclicas y Exhortaciones del Papa. En Querida Amazonia él dice expresamente que su “deseo es enriquecer interpelar inspirar a sacar provecho del del Sínodo”. Por eso el Papa no da dogmas ni preceptos, sino que hace propuestas. Comparte, por ejemplo, sus cuatro sueños sobre la Amazonia. Propone actitudes de conversión ecológica que nos pueden hacer bien.

La materia de elección

La materia de la elección y de la reforma de vida no son los mandamientos, sino los consejos de Jesús en el Evangelio. Pero no se trata de elegir algún consejo de vida más perfecto en abstracto, sino que en los Ejercicios cada uno está invitado a profundizar y encontrar esa materia concreta en la que él, si da un paso adelante, entra de lleno en el Reino de Dios.

En el Evangelio vemos que Jesús tiene propuestas concretas para cada persona. A los discípulos les propondrá que vayan con Él y vean dónde vive. Con Nicodemo será muy radical: tiene que nacer de nuevo. Con la pecadora le bastará decirle no que la justifica, sino que la exculpa, que no la condena, para que ella por sí misma encuentre el modo de seguir más de cerca a su Señor. A Zaqueo le aceptará que done la mitad de sus bienes y devuelva tres veces lo que robó…

Como dice el maestro Fiorito la materia de elección y de reforma tiene que ser algo que afecta radicalmente a la vida de cada uno en particular.

En nuestro caso tomando Laudato sí y Querida Amazonia tratamos de discernir cual sería esa materia en la que el Papa nos invita a todos a hacer una reforma radical de vida que incida en el cuidado del planeta y la promoción de los más pobres.

Una feliz sobriedad

Hay una formulación que hace el papa Francisco que sintetiza de manera muy concreta y realista cuál puede ser esa materia de reforma de nuestra vida. La expresión que es el Papa es «feliz sobriedad», una gozosa sobriedad.

Es una actitud que tiene que ver con lo económico. Pareciera algo marginal y sin embargo toca algo que es esencial: el rechazo concreto -humilde- al dios dinero. No se trata de un rechazo estrepitoso ni espectacular, sino simplemente de ser más sobrios.

Es interesante notar que en los Ejercicios, en el momento importante en que uno ha hecho su elección y reforma de vida y le está pidiendo al Señor que lo confirme, mientras medita la santísima pasión del Señor, en la tercera semana de ejercicios, Ignacio pone unas reglas para ordenarse en el comer. Es decir nada demasiado sublime, pero si algo bien concreto. De manera análoga ante los grandes desafíos que supone una conversión ecológica, el papa Francisco nos habla de algo humilde pero muy concreto como es el cultivar una gozosa sobriedad de vida.

El criterio es una sobriedad que permita gozar de los bienes personales de Cristo por encima de los bienes de consumo, siendo señor de ellos y no esclavos. La gozosa sobriedad en el uso de las cosas nos permite gozar de los bienes mayores que son las personas: la persona de Dios nuestro creador y Señor y la persona de nuestro prójimo.

Esta gozosa sobriedad es como el ambiente propicio para la fraternidad universal que propone Francisco. Fraternidad que se debe concretar en el amor social, tanto civil como político.

En esto estaría en el núcleo de la reforma de vida que nos propone la conversión ecológica. Es decir la sobriedad no es enfocada como una actitud ascética meramente individual, sino que se trata de una sobriedad socialmente orientada, que ayuda a compartir los bienes con los más pobres y a trabajar -junto con otros- no para el propio bienestar, sino para el bien común.

Actitudes que facilitan la sobriedad de vida y dan gozo

La conversión ecológica – dice Francisco- que se requiere para crear un dinamismo de cambio duradero es también una conversión comunitaria. Esta conversión supone diversas actitudes que se conjugan para movilizar un cuidado generoso y lleno de ternura.

Gratitud y gratuidad

(La sobriedad) En primer lugar implica gratitud y gratuidad, es decir, un reconocimiento del mundo como un don recibido del amor del Padre, que provoca como consecuencia actitudes gratuitas de renuncia y gestos generosos aunque nadie los vea o los reconozca: «Que tu mano izquierda no sepa lo que hace la derecha … y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará» (Mt 6,3-4).

Conciencia de que todo está conectado

También implica la amorosa conciencia de no estar desconectados de las demás criaturas, de formar con los demás seres del universo una preciosa comunión universal. Para el creyente, el mundo no se contempla desde fuera sino desde dentro, reconociendo los lazos con los que el Padre nos ha unido a todos los seres.

Creatividad y entusiasmo en la propia tarea

Además, haciendo crecer las capacidades peculiares que Dios le ha dado, la conversión ecológica lleva al creyente a desarrollar su creatividad y su entusiasmo, para resolver los dramas del mundo, ofreciéndose a Dios «como un sacrificio vivo, santo y agradable » (Rm 12,1) (cfr. LS 220).

Apertura al mensaje que cada criatura nos regala con su existencia misma

Diversas convicciones de nuestra fe, desarrolladas al comienzo de esta Encíclica, ayudan a enriquecer el sentido de esta conversión, como la conciencia de que cada criatura refleja algo de Dios y tiene un mensaje que enseñarnos, o la seguridad de que Cristo ha asumido en sí este mundo material y ahora, resucitado, habita en lo íntimo de cada ser, rodeándolo con su cariño y penetrándolo con su luz. También el reconocimiento de que Dios ha creado el mundo inscribiendo en él un orden y un dinamismo que el ser humano no tiene derecho a ignorar.

Una gozosa sobriedad en lo económico que nos abre al amor social

La espiritualidad cristiana propone un crecimiento con sobriedad y una capacidad de gozar con poco (LS 222). Esta «pobreza» abre al amor social. Abre a una fraternidad universal (LS 228) que se concreta en amor social, civil y político. El amor social es la clave de un auténtico desarrollo: « Para plasmar una sociedad más humana, más digna de la persona, es necesario revalorizar el amor en la vida social –a nivel político, económico, cultural–, haciéndolo la norma constante y suprema de la acción» (Ls 231).

Invito a todos los cristianos – dice Francisco – a explicitar esta dimensión de su conversión, permitiendo que la fuerza y la luz de la gracia recibida se explayen también en su relación con las demás criaturas y con el mundo que los rodea, y provoque esa sublime fraternidad con todo lo creado que tan luminosamente vivió san Francisco de Asís (cfr. LS 221).

Momento de Meditación

Diego Fares sj

Algunos pasajes de Laudato si pueden ayudarnos a profundizar en la meditación sobre las “Tres maneras de humildad” desde el punto de vista de la “conversión ecológica”.

SOY CREATURA

El primer razonamiento para la humildad dice así: soy criatura, básicamente igual a todas las demás en nuestra relación de reconocimiento a nuestro Creador.

“La primera manera de humildad es necesaria para la salud eterna, (y) es a saber, que así me baje y así me humille cuanto en mí sea posible, para que en todo obedezca a la ley de Dios nuestro Señor, de tal suerte que aunque me hiciesen Señor de todas las cosas criadas en este mundo, ni por la propia vida temporal, no sea en deliberar de quebrantar un mandamiento, ya sea divino, ya humano, que me obligue a pecado mortal”.

La podemos sintetizar diciendo que se trata del razonamiento propio de una criatura, de alguien que reconoce que le debe la vida a un Creador y se sitúa en su propio lugar, en el que la humildad es la verdad, la realidad.

Dice Francisco:

“No podemos sostener una espiritualidad que olvide al Dios todopoderoso y creador. De ese modo, terminaríamos adorando otros poderes del mundo, o nos colocaríamos en el lugar del Señor, hasta pretender pisotear la realidad creada por él sin conocer límites. La mejor manera de poner en su lugar al ser humano, y de acabar con su pretensión de ser un dominador absoluto de la tierra, es volver a proponer la figura de un Padre creador y único dueño del mundo, porque de otro modo el ser humano tenderá siempre a querer imponer a la realidad sus propias leyes e intereses” (LS 75). 

“Para la tradición judío-cristiana, decir « creación» es más que decir naturaleza, porque tiene que ver con un proyecto del amor de Dios donde cada criatura tiene un valor y un significado. La naturaleza suele entenderse como un sistema que se analiza, comprende y gestiona, pero la creación sólo puede ser entendida como un don que surge de la mano abierta del Padre de todos, como una realidad iluminada por el amor que nos convoca a una comunión universal” (LS 76).

El primer razonamiento que nos hace hacer Ignacio da por supuesta la humildad como condición propia de toda criatura. El primer pensamiento “humilde” (verdadero, diría Santa Teresa, puesto que la humildad es la verdad) de un ser creado consiste en encontrar razones para agradecer su existencia y buscar relacionarse con su Creador. 

Ser criatura significa que lo primero y más auténtico mío es buscar adorar a mi Creador, agradecerle, preguntarle cómo me ha hecho, qué soñó para mí, con qué fin me creó.

Mirando a los demás seres, ser criatura significa «ser igual» a todos en la condición más básica de mi ser. 

Las realidades que entran en juego en este razonamiento son las últimas y definitivas: la Grandeza de Dios y mi pequeñez como criatura, la salvación eterna y el odio al pecado de soberbia -de creerme más de lo que soy- que amenaza esa vida eterna. 

Laudato si plantea claramente que no somos «dueños» de la creación, sino parte integrante de ella. Como criaturas, aunque seamos «especiales» por el hecho de «ser siempre sujetos» y nunca «objetos», no significa que podamos disponer a nuestro arbitrio de los demás seres, que tienen su valor propio y no «solo en relación a nosotros». 

“Estamos llamados a reconocer que los demás seres vivos tienen un valor propio ante Dios y, « por su simple existencia, lo bendicen y le dan gloria », porque el Señor se regocija en sus obras (cf. Sal 104,31). Precisamente por su dignidad única y por estar dotado de inteligencia, el ser humano está llamado a respetar lo creado con sus leyes internas, ya que « por la sabiduría el Señor fundó la tierra » (Pr 3,19). 

Hoy la Iglesia no dice simplemente que las demás criaturas están completamente subordinadas al bien del ser humano, como si no tuvieran un valor en sí mismas y nosotros pudiéramos disponer de ellas a voluntad. Por eso los Obispos de Alemania enseñaron que en las demás criaturas « se podría hablar de la prioridad del ser sobre el ser útiles». 

El Catecismo cuestiona de manera muy directa e insistente lo que sería un antropocentrismo desviado: «Toda criatura posee su bondad y su perfección propias  Las distintas criaturas, queridas en su ser propio, reflejan, cada una a su manera, un rayo de la sabiduría y de la bondad infinitas de Dios. Por esto, el hombre debe respetar la bondad propia de cada criatura para evitar un uso desordenado de las cosas »” (LS 69).

Esto no significa que no debamos considerar el lugar especial del hombre y graduar respetuosamente la escala de valores.

SOY SERVIDOR

El segundo razonamiento para la humildad dice así: soy servidor, es bueno que esté disponible.

“La 2ª es más perfecta humildad que la primera, es a saber, si yo me hallo en tal punto que no quiero ni me afecto más a tener riqueza que pobreza, a querer honor que deshonor, a desear vida larga que corta, siendo igual servicio de Dios nuestro Señor y salud de mi ánima; y, con esto, que por todo lo criado ni porque la vida me quitasen, no sea en deliberar de hacer un pecado venial”.

Este razonamiento es fundamentalmente el de alguien que solo se considera un simple servidor y para nada un dominador. Se ve en que mientras pueda brindar bien su servicio y hacer lo suyo, se considera contento y no pretende ningún privilegio. Le basta existir y poder servir!

Soy criatura, y obedecer y servir al que me esta dando el ser ahora mismo es algo básico, acorde con mi ser. Practicado hace mucho bien: despeja el panorama de los pensamientos angustiosos y fluctuantes y me conecta con mi verdad más honda: servir lo que se nos mande nos hace bien. Esta es la manera de razonar de María, cuando dice: “Yo soy la servidora del Señor, hágase en mí según tu palabra”.

Laudato si nos aclara algo sobre el mandato bíblico de dominar el mundo.

Esto de “dominar” el mundo debe ser bien entendido, porque generó distorsiones.

Somos servidores. El nuestro es un «dominio» funcional, respetando el ser de cada cosa y el plan de salvación de Dios.

“No somos Dios. La tierra nos precede y nos ha sido dada. Esto permite responder a una acusación lanzada al pensamiento judío-cristiano: se ha dicho que, desde el relato del Génesis que invita a «dominar» la tierra (cf. Gn 1,28), se favorecería la explotación salvaje de la naturaleza presentando una imagen del ser humano como dominante y destructivo. Esta no es una correcta interpretación de la Biblia como la entiende la Iglesia. Si es verdad que algunas veces los cristianos hemos interpretado incorrectamente las Escrituras, hoy debemos rechazar con fuerza que, del hecho de ser creados a imagen de Dios y del mandato de dominar la tierra, se deduzca un dominio absoluto sobre las demás criaturas. Es importante leer los textos bíblicos en su contexto, con una hermenéutica adecuada, y recordar que nos invitan a «labrar y cuidar» el jardín del mundo (cf. Gn 2,15). Mientras «labrar» significa cultivar, arar o trabajar, «cuidar» significa proteger, custodiar, preservar, guardar, vigilar. Esto implica una relación de reciprocidad responsable entre el ser humano y la naturaleza. Cada comunidad puede tomar de la bondad de la tierra lo que necesita para su supervivencia, pero también tiene el deber de protegerla y de garantizar la continuidad de su fertilidad para las generaciones futuras. Porque, en definitiva, « la tierra es del Señor » (Sal 24,1), a él pertenece « la tierra y cuanto hay en ella » (Dt 10,14). Por eso, Dios niega toda pretensión de propiedad absoluta: «La tierra no puede venderse a perpetuidad, porque la tierra es mía, y vosotros sois forasteros y huéspedes en mi tierra » (Lv 25,23)” (LS 67).

PUEDO IMITAR A MI CREADOR QUE SE HIZO HOMBRE POR MI. PUEDO SE AMIGO DE JESÚS

El tercer razonamiento para la humildad: en Jesús, mi relación con el Creador no es solo la de un servidor, sino que puedo ser su amigo.

“La 3ª es humildad perfectísima, es a saber, cuando incluyendo la primera y segunda, siendo igual alabanza y gloria de la divina majestad, por imitar y parecerme más actualmente a Cristo nuestro Señor, quiero y elijo más pobreza con Cristo pobre que riqueza, oprobios con Cristo lleno de ellos que honores, y desear más de ser estimado por vano y loco por Cristo que primero fue tenido por tal, que por sabio ni prudente en este mundo”.

Ignacio propone este Ejercicio para testear cómo están mis valores a la hora de elegir. Para ver si estoy ubicado como criatura, como servidor y, por último, si es la Persona de Cristo la que inclina la balanza de mi corazón hacia su amistad sin tener que pensarlo dos veces.

Dice Francisco:

“Para la comprensión cristiana de la realidad, el destino de toda la creación pasa por el misterio de Cristo, que está presente desde el origen de todas las cosas: «Todo fue creado por él y para él » (Col 1,16). El prólogo del Evangelio de Juan (1,1-18) muestra la actividad creadora de Cristo como Palabra divina (Logos). Pero este prólogo sorprende por su afirmación de que esta Palabra « se hizo carne » ( Jn 1,14). 

Una Persona de la Trinidad se insertó en el cosmos creado, corriendo su suerte con él hasta la cruz. Desde el inicio del mundo, pero de modo peculiar a partir de la encarnación, el misterio de Cristo opera de manera oculta en el conjunto de la realidad natural, sin por ello afectar su autonomía” (LS 99). 

“El Nuevo Testamento no sólo nos habla del Jesús terreno y de su relación tan concreta y amable con todo el mundo. También lo muestra como resucitado y glorioso, presente en toda la creación con su señorío universal: «Dios quiso que en él residiera toda la Plenitud. Por él quiso reconciliar consigo todo lo que existe en la tierra y en el cielo, restableciendo la paz por la sangre de su cruz» (Col 1,19-20). Esto nos proyecta al final de los tiempos, cuando el Hijo entregue al Padre todas las cosas y « Dios sea todo en todos » (1 Co 15,28). De ese modo, las criaturas de este mundo ya no se nos presentan como una realidad meramente natural, porque el Resucitado las envuelve misteriosamente y las orienta a un destino de plenitud. Las mismas flores del campo y las aves que él contempló admirado con sus ojos humanos, ahora están llenas de su presencia luminosa (LS 100). 

Laudato si plantea lo «especial» del cristianismo, haciendo ver que en todo -en la cotidianidad, en las cruces y en las cosas lindas de la vida, está presente Jesús. Amarlo y elegirlo a Él nos permite amar la realidad tal como es, aun en sus aspectos de cruz, y siguiéndolo en todo, poder llegar a vivir una relación de amistad.

Momento para Contemplar

Marta Irigoy

Es una  linda oportunidad  la que tenemos en este Mes de Agosto, para ahondar en nuestro seguimiento de Jesús  y así testear como esta mi Amor por Él y en ese “Amor que nos envuelve”, como anda nuestro amor a las cosas, a las personas y a toda la Creación. Todo nuestro amor a Jesús se plasma en el amor que ponemos en las cosas que hacemos… en aquello que nos arrebata el corazón buscando hacer el bien y la viviendo en la verdad, que es a lo que nos invita esta Meditación tan propia de los EE.

 Escribe el P. Diego más arriba, que “Las tres maneras de humildad o maneras de amar a Jesús y a todo lo creado por El, nos hacen descubrir  nuestra vocación profunda…

Y como descubrimos nuestra vocación profunda?? 

Cuando tomamos conciencia de que somos creatura: esto es lo primero y lo más auténtico mío, por tanto, el modo de vivir en la verdad será buscar adorar a mi Creador, agradecerle y preguntarle: qué soñó para mí…

Seguramente para algunos es una pregunta que aparece en diferentes momentos de la vida, y para otros es una pregunta de cada día… Cada uno en búsqueda de la Voluntad de Dios…

Sin embargo nuestro cimiento estará en saber poner los pies en la certeza, de que la vida en “abundancia que nos trae Jesús”, es vivir contemplando en la vida cotidiana: la Grandeza de un Dios que se ha enamorado de mi pequeñez como creatura…

Cuando así lo hacemos, todo toma otra dimensión…

Hay un texto del Profeta Jeremías que puede ayudarnos a sentir y gustar la hondura del Amor de Dios “por mí” , como nos hace pedir San Ignacio; un amor personal, único y eterno:

“En aquel tiempo –oráculo del Señor– yo seré el Dios de todas las familias de Israel y ellos serán mi Pueblo. Así habla el Señor: Halló gracia en el desierto el pueblo que escapó de la espada; Israel camina hacia su descanso.

De lejos se le apareció el Señor: Yo te amé con un amor eterno, por eso te atraje con fidelidad. De nuevo te edificaré y serás reedificada, virgen de Israel; de nuevo te adornarás con tus tamboriles y saldrás danzando alegremente; de nuevo plantarás viñas sobre los montes de Samaría: los que las planten tendrán los primeros frutos. Porque llega el día en que la los vigías gritarán sobre la montaña de Efraím: «¡De pie, subamos a Sion, hacia el Señor, nuestro Dios!». Porque así habla el Señor: ¡Griten jubilosos por Jacob, aclamen a la primera de las naciones! Háganse oír, alaben y digan: «¡El Señor ha salvado a su pueblo, al resto de Israel!»”.

-Jeremías 31,1-7-

Momento de meditación

Diego Fares sj

La meditación de Tres binarios o tipos de personas es importante dentro del camino de los Ejercicios Espirituales porque ayuda a calibrar cuál es el «peso» que tiene en mi vida la Persona de  nuestro Padre, la de Jesús, Señor de todos, y la de nuestro Espíritu Santo, en un momento concreto en que tengo que decidir qué hacer con “una posesión inquietante”. Ignacio usa la imagen de “diez mil ducados” (de oro, agregamos para que tenga la fuerza que tenía en aquella época). Dice: La historia es “de tres binarios (pares) de hombres. Cada uno de ellos ha adquirido diez mil ducados, no pura o debidamente por amor de Dios; y quieren todos salvarse y hallar en paz a Dios nuestro Señor, quitando de sí la gravedad (o sea, el peso) e impedimento que tienen para ello (o con ello) en la afición de la cosa adquirida” (EE 150).

Se han “aficionado” a estos ducados! Se quieren quitar de encima la inquietud que les provoca poseerlos pero les “pesan”. Les pesa que no los han adquirido “pura o debidamente por amor de Dios”. Pues bien, el esquema de los Tres binarios ayuda a discernir si hay otras «cosas» que pesen más que el Amor de Dios a la hora de tomar decisiones importantes o de reformar mi vida en algún aspecto particular.

En la jerga de los que han hecho los Ejercicios espirituales solemos usar frases como “de primer binario” o “de segundo binario” para ayudar a discernir actitudes con una sola indicación. Si uno dice siempre que “querría ayudar…”, pero nunca concreta, sino que pospone las cosas, decimos: “tiene una tentación de primer binario”. Si un voluntario dice que está dispuesto a ayudar en cualquier cosa que haga falta y cuando se lo pone a barrer, barre bien” pero pone como condición que nadie le toque “su escoba”, decimos que “tiene una tentación de segundo binario”. 

En la reflexión de hoy usamos el esquema de Tres binarios para leer las exhortaciones del Papa sobre nuestra madre tierra y sobre nuestra querida Amazonia de manera tal que identifiquemos mejor las tentaciones y gracias que experimentamos a la hora de tomar decisiones “ecológicas”. 

El peso del planeta

En vez de los simbólicos “diez mil ducados de oro” que Ignacio imagina como ejemplo de algo de gran valor, de algo que no se puede manejar sin discernimiento, ponemos otra cosa de gran valor: nuestro planeta; nuestra relación con nuestra madre tierra y con todas las criaturas con las que convivimos en ella. Pensar la tierra en clave de “algo que tenemos pero no pura o debidamente por amor de Dios”, nos ayuda a calibrar algunos aspectos de nuestra relación con ella. 

La posesión de la tierra y el uso que hacemos de sus bienes revela, por ejemplo, que de alguna manera -y cada uno en distinto grado-, nos sentimos más sus dueños que sus hijos, que pensamos más en usarla (y abusarla) que en servirla. La realidad es que no somos poseedores de la tierra, sino parte integrante de ella junto con todas las demás criaturas, y deberíamos plantearnos “re-adquirirla” con una actitud más sana. Cada tanto todos nos planteamos si nuestros comportamientos son “ecológicos”. Pues bien, pensar que la tierra es un bien que “hemos adquirido” (conquistado), pero que nuestra intención no ha sido del todo recta, ayuda a pensar cómo “re-adquirirla” bien. Como volver a recibirla como regalo de manera más consciente y responsable.

Dice Laudato si: «El medio ambiente es un bien colectivo, patrimonio de toda la humanidad y responsabilidad de todos. Quien se apropia algo es sólo para administrarlo en bien de todos. Si no lo hacemos, cargamos sobre la conciencia el peso de negar la existencia de los otros» (LS 95).

El maestro Fiorito en unos puntos sobre esta meditación, hace notar un detalle importante (que cuesta un poco aplicarlo cuando uno reza): Ignacio no quiere que rápidamente nos apliquemos el ejemplo a nosotros – ese que no cuida el planeta soy yo (y agreguemos: “aunque no tanto como las grandes empresas”, etc…), sino que nos invita a juzgar en otros, a clarificar bien en qué consisten las dos actitudes equivocadas cuando uno tiene en sus manos “diez mil ducados” y los siente como  una «posesión inquietante», y cuál es la actitud correcta, la única efectiva dentro del plan de Dios. 

Juzgar en otros no es algo cómodo ni superfluo como si uno dijera «ya se sabe que la actitud correcta es la del tercer tipo de personas, que prefieren la voluntad de Dios a todo lo demás». No es verdad que tenemos claras las cosas teóricamente y sólo es difícil la práctica. Con frecuencia sucede lo contrario: nos cuesta la práctica del Bien evangélico porque no nos dejamos iluminar por la Verdad tal como la formula Jesús y no dejamos que nos clarifique las tentaciones más sutiles del mal espíritu.

Primer binario: “querría” todo pero no pone los medios

El primer tipo de personas es la que «pospone poner medios hasta el día de la muerte» (cuando ya no hay tiempo para “poner medios” porque se está en el fin). Con nuestro planeta esta actitud es clara. Es explícita en los negacionistas, que niegan que el planeta esté en riesgo. También es propia de mucha gente que, por un motivo u otro, pospone el hacer algo, aunque sea pequeño, pero decididamente a favor del cuidado de nuestra madre tierra. Vemos en cambio mucha gente que sí pone su granito de arena y que aplica en todo su sentido ecológico y social. 

Dos parágrafos de Laudato si afrontan esta tentación de posponer. El primero establece lo que se llama «principio precautorio» y dice que hay que invertir el peso de la prueba. 

«En la Declaración de Río de 1992, se sostiene que, ‹cuando haya peligro de daño grave o irreversible, la falta de certeza científica absoluta no deberá utilizarse como razón para postergar la adopción de medidas eficaces› que impidan la degradación del medio ambiente. Este principio precautorio permite la protección de los más débiles, que disponen de pocos medios para defenderse y para aportar pruebas irrefutables. Si la información objetiva lleva a prever un daño grave e irreversible, aunque no haya una comprobación indiscutible, cualquier proyecto debería detenerse o modificarse. Así se invierte el peso de la prueba, ya que en estos casos hay que aportar una demostración objetiva y contundente de que la actividad propuesta no va a generar daños graves al ambiente o a quienes lo habitan”(LS 186).

El segundo parágrafo advierte acerca de lo que llama «comportamientos evasivos».

«Muchas veces dejamos cauterizar la conciencia, porque «la distracción constante nos quita la valentía de advertir la realidad de un mundo limitado y finito». Si se mira la superficie quizás parece «que las cosas no fueran tan graves y que el planeta podría persistir por mucho tiempo en las actuales condiciones. Este comportamiento evasivonos sirve para seguir con nuestros estilos de vida, de producción y de consumo. Es el modo como el ser humano se las arregla para alimentar todos los vicios autodestructivos: intentando no verlos, luchando para no reconocerlos, postergando las decisiones importantes, actuando como si nada ocurriera» (QA 53).

Repasamos nuevamente el discernimiento que hace Ignacio de la tentación de este binario o par de personas: «querría quitarse el afecto que le tiene (a este uso despreocupado y no cuidadoso de los bienes del planeta) para sentirse en paz con Dios nuestro Señor (y con los demás seres vivientes y criaturas) pero «no pone los medios hasta la hora de la muerte» (en que solo podrá pedir perdón, pero no reparar sus omisiones). 

Es la tentación de los «querría». Suele ir junta con los «habría que», los futuribles… Al «querría» le podemos oponer un «quiero». «Quiero y deseo», dice Ignacio, «y es mi voluntad determinada»… hacer tal cosa concreta, hoy y aquí, por mis hermanos, por el planeta.

Se trata de «poner los medios». La tentación es indefinida (y en esa indefinición uno se siente omnipotente, porque querría «todo» y eso lo justifica para no querer «nada concreto, aquí y ahora». Contra la difusa tristeza que provoca este «querría» que siempre pospone las cosas, el Señor propone la alegría del evangelio que hace el bien allí donde puede y como puede y le pide a Dios que bendiga sus pequeños gestos. Es la alegría de los pequeños servicios que siempre están al alcance de la mano y que nadie nos puede robar. 

Podemos aprender a dar (que no es solo renunciar)

«El Patriarca Bartolomé se ha referido particularmente a la necesidad de que cada uno se arrepienta de sus propias maneras de dañar el planeta, porque, «en la medida en que todos generamos pequeños daños ecológicos», estamos llamados a reconocer «nuestra contribución – pequeña o grande – a la desfiguración y destrucción de la creación» (LS 8).

Al mismo tiempo, Bartolomé llamó la atención sobre las raíces éticas y espirituales de los problemas ambientales, que nos invitan a encontrar soluciones no sólo en la técnica sino en un cambio del ser humano, porque de otro modo afrontaríamos sólo los síntomas. Nos propuso pasar del consumo al sacrificio, de la avidez a la generosidad, del desperdicio a la capacidad de compartir, en una ascesis que « significa aprender a dar, y no simplemente renunciar” (Ibíd.).

Liberarnos del miedo, la avidez y la dependencia

Es un modo de amar, de pasar poco a poco de lo que yo quiero a lo que necesita el mundo de Dios. Es liberación del miedo, de la avidez, de la dependencia». Los cristianos, además, estamos llamados a «aceptar el mundo como sacramento de comunión, como modo de compartir con Dios y con el prójimo en una escala global. Es nuestra humilde convicción que lo divino y lo humano se encuentran en el más pequeño detalle contenido en los vestidos sin costuras de la creación de Dios, hasta en el último grano de polvo de nuestro planeta » (LS 9).

El ejemplo de San Francisco

«Así como sucede cuando nos enamoramos de una persona, cada vez que él miraba el sol, la luna o los más pequeños animales, su reacción era cantar, incorporando en su alabanza a las demás criaturas. Él entraba en comunicación con todo lo creado, y hasta predicaba a las flores ‹invitándolas a alabar al Señor, como si gozaran del don de la razón›» (LS 11).

Sembrar

«El reino de los cielos es como una semilla de mostaza que un hombre siembra en su campo. Es más pequeña que cualquier semilla, pero cuando crece es mayor que las hortalizas y se hace un árbol » (Mt 13,31-32).

La actitud que «resiste» la tentación de primer binario -de los querría que siempre posponen poner los medios- es la del que vive el Reino con la esperanza de que cada pequeño gesto de amor es como el granito de mostaza. Laudato si es un canto a «lo que sí se puede hacer»: «Es tanto lo que sí se puede hacer» (LS 182). El Papa habla de una «educación para la alianza» entre la gente y el ambiente (LS 209-215).

Esa alianza nos lleva «a recuperar los distintos niveles del equilibrio ecológico: el interno con uno mismo, el solidario con los demás, el natural con todos los seres vivos, el espiritual con Dios» (LS 210). 

La educación en esta «ciudadanía ecológica» busca desarrollar hábitos virtuosos. Por ejemplo: «Si una persona, aunque la propia economía le permita consumir y gastar más, habitualmente se abriga un poco en lugar de encender la calefacción, se supone que ha incorporado convicciones y sentimientos favorables al cuidado del ambiente. Es muy noble asumir el deber de cuidar la creación con pequeñas acciones cotidianas, y es maravilloso que la educación sea capaz de motivarlas hasta conformar un estilo de vida» (LS 211). 

El Papa enumera toda una serie de ejemplos en los que «la tentación del querría» es combatida de manera real y concreta: «La educación en la responsabilidad ambiental puede alentar diversos comportamientos que tienen una incidencia directa e importante en el cuidado del ambiente, como evitar el uso de material plástico y de papel, reducir el consumo de agua, separar los residuos, cocinar sólo lo que razonablemente se podrá comer, tratar con cuidado a los demás seres vivos, utilizar transporte público o compartir un mismo vehículo entre varias personas, plantar árboles, apagar las luces innecesarias» (LS 211).

Segundo binario: quiere todo…. Negociando, porque piensa con el modelo equivocado

El segundo binario se comporta así: «Quiere quitar el afecto, mas así le quiere quitar, que quede con la cosa acquisita, de manera que allí venga Dios donde él quiere, y no determina de dejarla, para ir a Dios, aunque fuese el mejor estado para él» (EE 154).

Esta segunda tentación viene después que se supera el «querría» paralizante. Es la del que comienza a poner medios concretos para sumar su granito de arena al cuidado del planeta. Le viene entonces la tentación de hacerlo «negociando». No de manera radical. «No hay que exagerar!», nos dice el mal espíritu apelando a la sensatez y al sentido común. 

El discernimiento aquí se vuelve más sutil. Cuando uno vence la tentación de postergar el bien, pone manos a la obra y siente esta tentación de «negociar» -se pone a hacer la voluntad de Dios pero no suelta los diez mil ducados- el problema no es de simple egoísmo, sino de estar pensando con el modelo equivocado. Para hacer el bien evangélico hay que hacerlo al estilo de Jesús, con todo el corazón y prefiriendo al Señor más que al padre y a los hijos y a cualquier otra cosa. Si no, no se puede. 

Aplicando el ejemplo a nuestro tema, puede ayudarnos lo que dice el Papa acerca de «cambiar el modelo»: «Para que surjan nuevos modelos de progreso, necesitamos «cambiar el modelo de desarrollo global», lo cual implica reflexionar responsablemente « sobre el sentido de la economía y su finalidad, para corregir sus disfunciones y distorsiones ». No basta conciliar, en un término medio, el cuidado de la naturaleza con la renta financiera, o la preservación del ambiente con el progreso. En este tema los términos medios son sólo una pequeña demora en el derrumbe. Simplemente se trata de redefinir el progreso. Un desarrollo tecnológico y económico que no deja un mundo mejor y una calidad de vida integralmente superior no puede considerarse progreso» (Ls 194).

Para poder cuidar verdaderamente el planeta y ayudar a los pobres no alcanzan los «parches»: hace falta otra mentalidad, radicalmente distinta. Por qué? Porque el paradigma tecnocrático no es neutro! El Papa usa la imagen de la mano: el paradigma tecnocrático «extiende la mano para extraer todo y manipula todo para agarrar todo». Es lo contrario de extender la mano para dar, para ayudar y servir. En los puntos 106 a 114 Laudato si desenmascara esta pretendida neutralidad del paradigma tecnocrático que nos tienta con la idea de que podemos servir a Dios y usar la tecnología (quedarnos con los diez mil ducados) al mismo tiempo.

«Sin embargo -afirma el Papa- , es posible volver a ampliar la mirada, y la libertad humana es capaz de limitar la técnica, orientarla y colocarla al servicio de otro tipo de progreso más sano, más humano, más social, más integral. La liberación del paradigma tecnocrático reinante se produce de hecho en algunas ocasiones. Por ejemplo, cuando comunidades de pequeños productores optan por sistemas de producción menos contaminantes, sosteniendo un modelo de vida, de gozo y de convivencia no consumista. O cuando la técnica se orienta prioritariamente a resolver los problemas concretos de los demás, con la pasión de ayudar a otros a vivir con más dignidad y menos sufrimiento. La auténtica humanidad, que invita a una nueva síntesis, parece habitar en medio de la civilización tecnológica, casi imperceptiblemente, como la niebla que se filtra bajo la puerta cerrada. ¿Será una promesa permanente, a pesar de todo, brotando como una empecinada resistencia de lo auténtico?» (Ls 112). 

Tercer binario: prefiere esperar la gracia de “querer lo que el Señor quiere”

Ignacio describe la actitud del tercer binario de manera compleja. Pero la realidad es compleja y superar la tentación de «negociar con la mentalidad tecnocrática y su pretendida neutralidad» requiere soluciones complejas. La actitud de este tipo de personas es muy libre. Es una actitud de señorío sobre sí mismos y sobre las cosas (los diez mil ducados/ el uso de la tecnología, del poder y de las finanzas). 

El tercer binario «Quiere quitar el afecto (a los diez mil ducados/a la tecnología-al poder-al dinero), mas así le quiere quitar, que también no le tiene afección a tener la cosa acquisita o no la tener (puede trabajar con más o menos tecnología, poder o dinero, diríamos), sino quiere solamente quererla o no quererla, según que Dios nuestro Señor le pondrá en voluntad, y a la tal persona le parecerá mejor para servicio y alabanza de su divina majestad; y, entretanto quiere hacer cuenta que todo lo deja en afecto, poniendo fuerza de no querer aquello ni otra cosa ninguna, si no le moviere sólo el servicio de Dios nuestro Señor, de manera que el deseo de mejor poder servir a Dios nuestro Señor le mueva a tomar la cosa o dejarla» (EE 155).

Es la actitud del que «prefiere» a Jesús por sobre todas las cosas y se enseñorea de sus pasiones: las tiene con la rienda corta. Primero Jesús, luego, todo lo demás: tenerlo o no tenerlo. Ignacio dice que “pone la fuerza en no querer ninguna cosa hasta que uno no siente que prima el “querer lo que quiere Dios”. 

Este primado de la Persona de Jesús que se muestra en tener la rienda de mis deseos hasta que Él me muestra sus deseos es algo que brota espontáneo si uno ama y admira al Señor. Es el esplendor de su dignidad y la belleza de sus sentimientos lo que mueve a preferir lo suyo a lo nuestro. Lo mismo sucede con nuestra madre tierra.

Dice el Papa: 

“Si nos acercamos a la naturaleza y al ambiente sin esta apertura al estupor y a la maravilla, si ya no hablamos el lenguaje de la fraternidad y de la belleza en nuestra relación con el mundo, nuestras actitudes serán las del dominador, del consumi- dor o del mero explotador de recursos, incapaz de poner un límite a sus intereses inmediatos. En cambio, si nos sentimos íntimamente unidos a todo lo que existe, la sobriedad y el cuidado brotarán de modo espontáneo. La pobreza y la austeridad de san Francisco no eran un ascetismo meramente exterior, sino algo más radical: una renuncia a convertir la realidad en mero objeto de uso y de dominio” (LS 11). 

Lo mismo sucede en nuestra relación con los más pobres, cuando contemplamos su dignidad: 

Dice Laudato si:

«En las condiciones actuales de la sociedad mundial, donde hay tantas inequidades y cada vez son más las personas descartables, privadas de derechos humanos básicos, el principio del bien común se convierte inmediatamente, como lógica e ineludible consecuencia, en un llamado a la solidaridad y en una opción preferencialpor los más pobres. Esta opción implica sacar las consecuencias del destino común de los bienes de la tierra, pero, como he intentado expresar en la Exhortación apostólica Evangelii gaudium, exige contemplar ante todo la inmensa dignidad del pobre a la luz de las más hondas convicciones creyentes. Basta mirar la realidad para entender que esta opción hoy es una exigencia ética fundamental para la realización efectiva del bien común» (LS 158).

Momento para contemplar

Marta Irigoy

Seguimos caminando en este año “tan diferente” y tan desafiante…

Y en este Mes de Julio; Mes de San Ignacio, vamos a tomar esta Meditación tan propia de los Ejercicios Espirituales y que preparan el corazón para la “elección” que el ejercitante ira haciendo desde un profundo discernimiento de la Voluntad de Dios para su vida, en el momento actual que la persona está atravesando…

Quizás alguno de nosotros en estos tiempos tan complejos, está atravesando ese momento “Kairos”, momento oportuno para tomar una decisión para su vida. 

Quizás, no sean grandes cosas… 

Quizás estas nuevas opciones están destinadas a poner un poco más luz en el propio caminar…

El Padre Diego, más arriba nos ayuda a descubrir el mensaje esencial de la Meditación de los Tres Binarios a la luz de Laudato Si, para que emerja desde los más hondo de nuestro corazón cuál es el «peso» del amor de Dios en mi vida y si hay otras «cosas» que pesen más que Jesús a la hora de tomar decisiones importantes o de reformar mi vida en algún aspecto particular.

También, dice que “Contra la difusa tristeza que provoca este «querría» que siempre pospone las cosas, está la alegría del evangelio que hace el bien allí donde puede y como puede. La alegría de los pequeños servicios que siempre están al alcance de la mano…”

Qué lindo, que estos tiempos, podamos apostar por estos “pequeños servicios” que alegran la vida de aquellos que comparten nuestra vida cotidiana, ahí donde hoy nos toca estar…

Por eso, vuelvo a copiar estos párrafos que nos pueden ayudar a seguir ahondando nuestro seguimiento de Jesús…

         Es un modo de amar, de pasar poco a poco de lo que yo quiero a lo que necesita el mundo de Dios.

         Es nuestra humilde convicción que lo divino y lo humano se encuentran en el más pequeño detalle contenido en los vestidos sin costuras de la creación de Dios, hasta en el último grano de polvo de nuestro planeta » (Ls 9).

         La actitud que «resiste» la tentación de primer binario -de los querría que siempre posponen el poner los medios- es la del que vive el Reino con la esperanza de que cada pequeño gesto de amor es como el granito de mostaza…

         Es muy noble asumir el deber de cuidar la creación con pequeñas acciones cotidianas,

         Es la actitud del que «prefiere» a Jesús por sobre todas las cosas. Primero Jesús,lluego , todo lo demás: tenerlo o no tenerlo. Esta actitud de preferencia se manifiesta de manera concreta en primer lugar en la «opción preferencial por los más pobres»

Quédate “sintiendo y gustando” estos párrafos o aquellos que en la lectura y meditación, vayas sintiendo que ahí Dios te habla, te espera y quiere regalarle mayor fecundidad a toda tu vida…

Puedes terminar con esta poesía hecha canción, este momento para contemplar:

Nada puede importar más que encontrar a Dios.

Es decir, enamorarse de Él

de una manera definitiva y absoluta.

Aquello de lo que te enamoras

atrapa tu imaginación, 

y acaba por ir dejando huella en todo.

Será lo que decida qué es

 lo que te saca de la cama en la mañana,

que haces con tu atardeceres,

en que empleas tus fines de semana.

Lo que lees, lo que conoces,

lo que rompe tu corazón,

y lo que te sobrecoge  de alegria y gratitud.

¡Enamórate!

¡Permanece en el amor! Todo será de otramanera.

Pedro Arrupe

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MOMENTO DE REFLEXIÓN

Diego Fares s.j.

Cada vez que tenemos que «elegir» algo importante en nuestra vida, una nueva misión o una forma nueva de vivir aquella en la que ya estamos comprometidos, y queremos mejorar, nos ayudan las meditaciones que Ignacio creó para considerar «en qué vida o estado se quiere servir de nosotros su divina Majestad». El rey eternal, las dos banderas, los tres binarios… son meditaciones que nos sirven como «marco» a la hora de entrar en un proceso de toma de decisión.

Opción de fondo: por la Persona de Jesús, por su Corazón

Para elegir bien, Ignacio nos centra en lo que es la opción de fondo, la que se juega en todas las opciones, grandes o pequeñas, que vamos haciendo en nuestra vida. Esa opción de fondo no es entre «cosas», sino que es opción por una Persona. Y de esa Persona que es Jesús, en lo que nos fijamos es en «su intención». Ignacio contrapone «la intención de Cristo nuestro Señor» a la intención «del enemigo de natura humana». Cuál es la intención más honda que Jesús tiene en su corazón? La salvación de los hombres para Gloria del Padre.

Al fijar la mirada en la buena intención del Señor, percibimos un fenómeno particular: surgen en nuestro interior «otras intenciones». Y hay una, la del Maligno que se le opone radicalmente, que parece juntar, sumar y consolidar todas las in-tenciones que se oponen a Jesús, incluso las de los que son enemigos entre sí, como pasó con Herodes y Pilatos, que condenando al Señor se acercaron entre ellos.

No hay cosas grandes y pequeñas

Centrarnos en la intención de Jesús que remite a lo más íntimos suyo, a su Corazón, nos permite «relativizar todo lo demás». Ignacio formuló esta verdad en el Principio y Fundamento: somos creados para Dios nuestro Señor y las demás cosas son para usarlas tanto cuanto… Aquí lo expresa de nuevo diciendo: «Nos debemos disponer a venir en perfección (a crecer y madurar) en cualquier estado o vida que Dios nuestro Señor nos diere para elegir (EE 135).

La misión y la bendición de Dios es lo que da la medida de la importancia de cada tarea. Esto es lo grande y liberador de nuestra opción por Cristo: en Él -en lo que Él elige y nos invita a elegir y realizar – no hay cosas «grandes o pequeñas» en sí mismas. Es el Espíritu el que las ordena y les da consistencia en orden al Bien Común, al Plan de salvación del Padre. Con su bendición, el puesto más humilde en la Iglesia, el carisma más aparentemente insignificante, se convierten en fuente de bendición para todo el cuerpo, para la comunidad.

Esto lo vemos realizado espléndidamente en la vida de cada santo, de cada santa. Los pequeños actos de amor de Teresita la convirtieron en patrona de todos los misioneros. El despliegue de su corazón, derramando pequeños gestos de ser-vicio por los pasillos del convento, equivalía al despliegue del corazón de Francisco Javier, sembrando el Evangelio a lo largo y ancho de la geografía de países enteros y de pueblos diversos.

Intenciones contrarias

El Génesis nos dice que Dios creó todas las cosas y «vio que eran buenas». El hecho de que la «intención buena» de Dios encuentre oposición en la libertad de los seres espirituales es algo que excede nuestra capacidad de comprensión y de explicación. Como experimentamos los efectos dañinos del mal y necesitamos defendernos, no podemos dejar de intentar explicarlo. Pero hay que ser cuidadosos para no exagerarlo ni banalizarlo.

En la «Meditación de dos banderas, la una de Cristo, sumo capitán y Señor nuestro; la otra de Lucifer, mortal enemigo de nuestra humana natura» (EE 136), Ignacio nos da algunas indicaciones valiosas que, mientras nos ayudan a tomar buenas decisiones, nos permiten profundizar en la Vida verdadera que nos ofrece Cristo y a defendernos de los engaños del Maligno. La gracia que nos invita a pedir Ignacio es: «Conocimiento de los engaños del mal caudillo y ayuda para de ellos me guardar, y conocimiento de la vida verdadera que muestra el sumo y verdadero capitán, y gracia para le imitar» (EE 139).

Hay que pesar bien las palabras: Ignacio opone -asimétricamente- Vida verdadera vs engaños. No opone vida buena a vida mala, sino vida verdadera a engaños del mal caudillo. Esto ya nos da una clave importante: al maligno no lo podemos «conocer» y «definir» directamente (porque se nos escapa o nos engaña), sino que lo podemos conocer indirectamente, viendo su comportamien-to por oposición a Cristo y esto, en una relación de oposición que es disimétrica.

Es decir que no se trata de una oposición entre seres iguales: Dios es Dios y el maligno es una creatura. El maligno se le opone a Dios radicalmente y de manera pertinaz, pero solo porque el Creador lo sostiene en el ser por su inconmensurable misericordia que no destruye nada de lo que ha creado.

Por eso, una regla básica a la hora de hablar del mal para tratar de entenderlo y explicarlose podría formular así: siempre debemos afirmar primero la positividad del Bien -del Amor de Dios, de su Verdad y Belleza y Unidad-; cuando afirmemos luego, en segundo lugar, que algo es malo, que se opone al Bien, debemos hacerlo mostrando que la oposición no es entre iguales: que el mal es parásito, que ha sido vencido por Cristo, que su poder es el de dar coletazos, como un dragón herido de muerte, y que no prevalecerá al fin.

Esta regla la vemos en todas las imágenes y consideraciones que va haciendo Ignacio. De la vida verdadera, por ejemplo, nos dice que la tenemos que «imitar» – y esto se hace “viviendo” una vida verdadera. De los engaños del maligno, en cambio, solo nos tenemos que «guardar». Lo cual implica que no siempre los tenemos que «desenmascarar» totalmente ni estamos obligados a «descubrir» la esencia del mal. Basta con «guardarnos de sus efectos dañinos».

Por tanto: cristianamente no tenemos que vivir «contra el mal», sino «a favor del bien». No podemos evitar siempre la confrontación, pero confrontar no es el objetivo de nuestra vida. Y al mal, Jesús nos dice de vencerlo con el bien!

Enemigo de la naturaleza humana

Siguiendo nuestro tema de este año, en que intentamos integrar ecología y espiritualidad, nos centramos en una expresión de Ignacio: él llama a Lucifer «enemigo de nuestra naturaleza humana». La palabra naturaleza nos ayuda a considerar que el maligno no es un enemigo que ataque lo puramente espiritual, si es que existe algo así. Su lucha es contra todo lo humano y se extiende contra todo lo «natural». El enemigo es antisocial, anti-personal, anti-espiritual y también anti-ecológico. Nos centramos en este aspecto del mal.

Dentro del contexto de la actual pandemia, tomamos como ejemplo un comportamiento del Covid-19. Dicen los virólogos que el Covid-19 logra «engañar» a nuestras células, de modo tal que entra en ellas sin «despertar» inmediatamente la alarma de nuestro sistema defensivo. No me detengo en los datos científicos que no logro entender del todo dado el lenguaje científico con que se formulan, pero el punto que sí capto es que el virus entra «engañando», escamoteándonos su malignidad, hasta que ya es tarde. Y a esto se le parece un modo de actuar que tiene el mal espíritu: “Propio es del ángel malo, que se forma sub angelo lucis, entrar con el alma devota, y salir consigo; es a saber, traer pensamientos buenos y santos conforme a la tal ánima justa, y después, poco a poco, procura de salirse trayendo al alma a sus engaños cubiertos y perversas intenciones” (EE 332).

Modos de «escamotear» el Bien

«Escamotear» significa hacer desaparecer una cosa de la vista con habilidad y astucia. Es la palabra justa para describir lo que hace el enemigo de natura humana con respecto a la Vida verdadera que nos ofrece Jesús. Hay varias maneras que el enemigo usa para «escamotear» lo bueno y hacernos equivocar en nuestras opciones o paralizarnos por mucho tiempo.

Exagerar el dramatismo al punto que no resulte vivible la vida

Una forma de escamoteo, de hacer «desaparecer el gusto de optar por el Bien mayor hoy» va por el lado de la exageración. En general, damos por supuesto que hay que optar entre dos intenciones -la de Cristo o la de Satanás-. También sole-mos dar por supuesto que hay que hacerlo ahora, cada día. Pues bien, una tentación bajo especie de bien que el enemigo usa es la de exagerar el dramatismo del asunto, al punto de hacernos sentir que así, es imposible vivir.

La presentación de la vida de los santos como la de una lucha heroica y sin tregua que los lleva al martirio, los pone a veces tan alto y tan lejos de la vida cotidiana que termina por quitarnos las ganas de imitar su vida. Contra este senti-miento hay una petición en la oración que se llama “el mes de San José” que me encanta. En el mes se describen los gozos y dolores que tiene José cuidando a Je-sús y a María. Una de las peticiones apela a «la felicidad inefable de los 30 años que viviste en compañía de Jesús y María en Nazaret». Es verdad que hubo cruz en la vida de José, como en la de todos los santos y en la nuestra también. Pero la vida verdadera que ofrece Jesús es de una «alegría cotidiana» que nada ni nadie nos puede quitar y cuyo peso de Gloria es infinitamente mayor que todo sufrimiento y que todo engaño del maligno.

La meditación de Ignacio nos ayuda a clarificar que la opción es entre Dos banderas que no tienen la misma jerarquía ni el mismo grado de ser. En la práctica una pequeña mentira puede ensuciar y oscurecer una gran verdad y una sola acción mala puede destruir en un momento un bien que llevó mucho tiempo construir, pero la mentira y la maldad no tienen la misma entidad que la verdad y el bien. La bandera del Bien es la única que flamea por sí misma, la del mal, es parásita.

Por eso, para optar bien, no hay que estar «viendo al demonio en todo momento», sino viendo a Cristo en todo momento. Al mirar al Señor se hará sentir el maligno, pero nosotros no lo buscamos directamente a él. Son dos enemigos mortales, es verdad, pero infinitamente diversos en grado de ser. Dios es Dios, el maligno, es criatura.

Ahora bien, una manera de combatir a una criatura -aunque sea más poderosa que nosotros- es amando a las demás criaturas, especialmente a las más pequeñas que nosotros, con «gozo y paz» como dice el Papa en Laudato si (222- 227).

Al relacionarnos humilde y servicialmente con las creaturas más pequeñas -los pobres y también los animales, las plantas, el aire y el agua y las demás creaturas, de alguna manera restablecemos nuestra relación con el Creador e, indirectamen-te, comprendemos el sinsentido del Maligno, que siendo creatura ataca a los que somos más pequeños que él.

Dice el Papa: «Estamos hablando de una actitud del corazón, que vive todo con serena atención, que sabe estar plenamente presente ante alguien sin estar pensando en lo que viene después, que se entrega a cada momento como don divino que debe ser plenamente vivido. Jesús nos enseñaba esta actitud cuando nos invitaba a mirar los lirios del campo y las aves del cielo, o cuando, ante la presencia de un hombre inquieto, « detuvo en él su mirada, y lo amó » (Mc 10,21). Él sí que estaba plenamente presente ante cada ser humano y ante cada criatura, y así nos mostró un camino para superar la ansiedad enfermiza que nos vuelve superficiales, agresivos y consumistas desenfrenados» (Ls 226).

Aquí la espiritualidad de una ecología integral viene en ayuda de la fe y de la lucha espiritual. En el trato con los seres más pequeños se juega nuestra relación con el Creador (y el combate al Maligno).

Como dice Laudato si: «De las obras creadas se asciende « hasta su misericordia amorosa» (LS 77). El amor a las criaturas es la mejor manera de combatir el mal. Ser conscientes de que la intención del maligno se opone absolutamente a la de Cristo no significa estar obligados a «combatirlo» directamente. Podemos hacerlo «indirectamente». El amor a las cosas simples de la vida, a las criaturas más pequeñas, pacifica el alma y ordena la inteligencia para discernir el mal en sus formas más sofisticadas. “Las distintas criaturas, queridas en su ser propio, reflejan, cada una a su manera, un rayo de la sabiduría y de la bondad infinitas de Dios. Por esto, el hombre debe respetar la bondad propia de cada criatura para evitar un uso desordenado de las cosas » (LS 69).

En esto San Francisco de Asís es maestro y hermano universal: su mirada sobre cada criatura como «hermana» implica un discernimiento de Dios como Padre de todo y permite rechazar más fácilmente al Maligno.

Este es el punto. La acción de gracias por el bien de la creación, y uso sobrio de las criaturas que nos ayudan a amar a Dios, el sereno servicio de los demás, son las mejores maneras de vencer el mal con el bien.

«Todo el universo material es un lenguaje del amor de Dios, de su desmesurado cariño hacia nosotros. El suelo, el agua, las montañas, todo es caricia de Dios. La historia de la propia amistad con Dios siempre se desarrolla en un espacio geográfico que se convierte en un signo personalísimo, y cada uno de nosotros guarda en la memoria lugares cuyo recuerdo le hace mucho bien. Quien ha crecido entre los montes, o quien de niño se sentaba junto al arroyo a beber, o quien jugaba en una plaza de su barrio, cuando vuelve a esos lugares, se siente llamado a recuperar su propia identidad» (LS 84).

La elección de la intención de Cristo es positiva y está en acto. Nos sumamos sirviendo y haciendo el bien a un bien que ya está en acto y que se despliega en la historia. El mal es parásito y se activa solo en la medida en que nosotros no ayudamos positivamente a hacer el bien. No es que exista un mal absoluto, activamente malvado obrando todo el tiempo contra el bien. No es un dualismo sustentable este. El mal es perezoso y parásito, como el Covid-19, que no tiene vida por sí mismo y se activa alimentándose de células ya vivas.

Al mirar y servir a las creaturas, el poder del maligno decrece

Una última cosa, muy notable. Cuando pensamos en Dios y ponemos la mirada directamente en su intención, pareciera que «la intención contraria del maligno» crece. Como puede oponer su intención a la de Dios, por un momento pareciera que se le iguala. Sabemos que no es así, pero en la práctica experimentamos esta fuerza que toma el mal cuando uno quiere tomar una decisión libre. Mientras no decidimos, parece que va todo tranquilo. Cuando nos planteamos “elegir, sí o sí”, se desencadena una lucha espiritual fuerte y a veces hasta feroz.

Al contemplar la naturaleza, en cambio, solemos experimentar paz. La belleza del Creador no encuentra «resistencia» en el ser de las creaturas, dado que cada una sigue su curso bueno natural. Esto hace de espejo a nuestra libertad que se inclina a vivir bien, a crecer como crecen las plantas, a usar sobriamente de las cosas como hacen los animales… Es en la libertad donde radica la tentación de oposición al Creador. Amar la naturaleza nos ayuda a combatir «indirectamente» al Maligno.

“La sabiduría de los pueblos originarios de la Amazonia «inspira el cuidado y el respeto por la creación, con conciencia clara de sus límites, prohibiendo su abuso. Abusar de la naturaleza es abusar de los ancestros, de los hermanos y hermanas, de la creación, y del Creador, hipotecando el futuro⁠». «Somos agua, aire, tierra y vida del medio ambiente creado por Dios. Por lo tanto, pedimos que cesen los maltratos y el exterminio de la Madre tierra. La tierra tiene sangre y se está desangrando, las multinacionales le han cortado las venas a nuestra Madre tierra⁠» (Querida Amazonia 42).

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MOMENTO DE CONTEMPLACIÓN

Marta Irigoy

Este mes dedicado a Sagrado Corazón de Jesús, en una linda oportunidad para volver a poner todo el corazón en la búsqueda de que nuestra vida este orientada hacia la opción por Su Persona…

Pero no una persona lejana y abstracta, como puede parecer cuando nombramos a Jesús o nos referimos a Él como la Segunda Persona de la Trinidad… Así, Jesús se nos puede convertir en una Doctrina para cumplir y no una Persona a la que seguir enamoradamente con todo el alma, con todo el corazón y con toda nuestra vida: en toda su grandeza y su bella pequeñez…

Decía, el Padre Diego más arriba:

“Esto es lo grande y liberador de nuestra opción por Cristo: en Él -en lo que Él elige para invitarnos a elegirlo- no hay cosas «grandes o pequeñas» en sí mismas. Con su bendición, el puesto más humilde en la Iglesia, el carisma más aparentemente insignificante, se convierte en fuente de bendición para todo el cuerpo, para la comunidad. Esto lo vemos realizado en la vida de cada santo, de cada santa. Los pequeños actos de amor de Teresita la convirtieron en patrona de todos los misioneros…”

En esta meditación de Dos Banderas, se nos invita a dejarnos invitar por el Señor, una vez más a ponernos bajo su Bandera del Bien, de la Unidad, de la Verdad y de la Belleza…

Por eso, la invitación para este Mes del Sagrado Corazón, será tener en modo amante el corazón y la mente para poder descubrir en lo pequeño y grande; en lo oscuro y luminoso; en lo que nos llena de alegría y en lo que nos hace pesada la vida; la PRESENCIA VIVA y CERCANA de JESUS que en este tiempo de Gracia quiere que su Corazón sea el “AULA” -lugar donde vamos a aprender- donde encontrar:

el alivio a nuestras penas…

la certeza de su amor hasta el fin…

la paz de la sabernos en sus Manos…

la alegría que se funda en una paciencia activa…

Y quizás en ese “AULACORAZON”, podamos descubrir una vez más que Amar y servir a las creaturas más pequeñas nos ayuda a combatir contra el Maligno, que siempre busca engañarnos…

Y también, podamos descubrir que la vida verdadera que ofrece Jesús es de una «alegría cotidiana» que nada ni nadie nos puede quitar y cuyo peso de Gloria es infinitamente mayor que todo sufrimiento y que todo engaño del maligno.

Puedes terminar cada día, rezando esta oración hecha canción:

DAME UN CORAZÓN

Dame un corazón dócil a tu voz,

dame un corazón que abarque el regalo de tu amor,

dame un corazón… un corazón que sea mi mayor tesoro,

un corazón que sepa valorar lo bueno en todos.

Dame un corazón que ilumine la razón,

dame un corazón que ame siempre con pasión,

dame un corazón… un corazón que no se vende los ojos,

un corazón que sepa ponerse en lugar del otro.

HAZ DE MI CORAZÓN EL TUYO,

HAZ DE MI ALMA TU REFUGIO,

DE MIS OJOS TU MIRADA,

DE MIS PALABRAS TU CASA,

DE TU VOLUNTAD CAMINO,

DE TU ABRAZO MI DESTINO,

HAZ MI CORAZÓN TESTIGO

DE TU AMOR AL COMPARTIRLO…

Letra y música: Salomé Arricibita

O mirar este hermoso video: https://www.youtube.com/watch?v=das96J326k8

 

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Momento de reflexión

Diego Fares sj

La meditación que Ignacio titula: «Llamamiento del Rey temporal (que) ayuda a contemplar la vida del Rey eternal» (EE 91-99), presenta una dificultad a nuestro “imaginario social”. Las figuras de los reyes actuales no parecen ser de gran ayuda a la hora de establecer una analogía con la imagen de  Jesús. Si pensamos en reyes antiguos, es fuerte el carácter negativo que se desprende de la imagen del rey yendo a las cruzadas. Incluso los símbolos del poder real, el trono, el bastón, la corona…, tienen más bien un carácter decorativo, o que debemos resignificar  interiormente para no unir “trono” con “poltrona”, “bastón” con  “manija”, “corona” con “coronita”. Y cuando usamos términos como “conquista” hay que explicar que el Señor conquista no por la fuerza, sino por el amor,  y que su poder es el del servicio, etc… Más aún, el modelo mismo de un Dios-Rey, aunque sea un Rey justo y bueno, no resulta muy convocante en nuestra cultura igualitaria y democrática, en la que cada individuo busca realizarse en algo propio y le resulta difícil confiar en un “llamado universal a una tarea común”.

Laudato Si: un llamado universal con características nuevas

Pese a todas estas dificultades, con el llamado del Papa Francisco en su Encíclica Laudato si a cuidar nuestra madre tierra algo de ese fuego, que era capaz de encender el llamado del rey en el corazón de un caballero medieval, pareciera haber vuelto a aparecer. Si lo sabemos escuchar, el llamado de Laudato si es verdaderamente un llamado universal. El Papa lo dirige: «A todos los hombres de buena voluntad» como decía San Juan XXIII en «Pacem in terris» (LS 3).

Afirmamos que es verdaderamente universal porque el estilo del llamado  responde a las dificultades que veíamos más arriba. En primer lugar, no es un llamado que el Papa hace «desde la altura de un rey o de un líder solitario», sino que es un llamado que retoma «muchos llamados». El Papa quiso que el texto fuera preparado de forma colegiada y para su redacción quiso contar con muchas personas de distinta condición, incluidos representantes de otras confesiones religiosas.  Además, la invitación no es a una nueva cruzada, sino a «un nuevo diálogo sobre el modo como estamos construyendo el futuro del planeta» (LS 13). La universalidad de este llamamiento es, por tanto, una universalidad que viene de escuchar a muchos e invita a dialogar con todos.

Un llamamiento sinodal

Una linda imagen del “sujeto con autoridad” que hace el llamamiento la podemos encontrar en los últimos Sínodos. En ellos, el Papa ha escuchado y participado -a veces como uno más, sin autoridad añadida, como expresó en una intervención durante el Sínodo de la Amazonia. Así, la imagen del Señor que a todos llama resuena de manera particular cuando la representa no la voz de una sola persona sino una voz común que surge en medio de un acontecimiento sinodal.

Hablar de un “llamamiento sinodal” nos evoca las palabras de Jesús, cuando afirma:  “El Padre que me ha enviado, él me ha ordenado de qué cosa hablar y qué debo decir. Las cosas que yo dijo, las digo así como el Padre me las ha dicho a mí” (Jn 12, 49-50). Como vemos, no se trata de la autoridad de un Jesús Rey que tiene la última palabra, sino de un Jesús Hijo que habla en comunión con el Padre. Este Jesús puede ser muy bien representado por un Sínodo que dialoga y habla en comunión entre sí y con el Papa.

Una autoridad distinta

Desde esta perspectiva,  es posible repensar el sentido profundo de la meditación que nos propone Ignacio, dejando que resuene todo lo que es “común”. Una frase significativa, por ejemplo, es la que dice que el rey «habla a todos los suyos»; otra es que el rey tiene una mirada sobre «toda la tierra»; una tercera, es que se trata de un rey que «se iguala con los demás», que dice a sus amigos que el que quiera seguirlo: “Ha de ser contento de comer como yo, y así de beber y vestir, etc.; asimismo ha de trabajar conmigo en el día y vigilar en la noche, etcétera”(EE 93). El padre Fiorito hacía notar ese “etcétera” con el que Ignacio nos invitaba a agregar otras cosas en las que nos haría bien ver a ese rey igualándose a nosotros. Aquí podemos decir que nos invita a “decidir con él” y a “llamar a otros en nombre de todos”. El estilo dialogal del rey y su igualarse con los demás nos hablan de una autoridad distinta. Una autoridad que no se impone por la fuerza, sino que persuade con el ejemplo de su vida.

La meditación entonces, gira en torno a algunos con autoridad humana que -en un proceso sinodal- son imagen de la Autoridad espiritual de Jesús. Una “autoridad” que ahora poseen y ejercen los que convocan con el ejemplo y el diálogo a empresas de interés común, que atraen libremente a todos; una autoridad que no teme respetar las diferencias; una autoridad que no se impone a nadie por la fuerza. Esto sería hoy lo que Ignacio llamaba un rey (y nosotros un sínodo) “tan liberal y humano” (EE 94).

Como nota podemos agregar que cuando dice que si alguno no responde al llamado de alguien así, debe ser reprobado por todos y considerado un «perverso caballero», nosotros podemos decir que es una persona “que no se juega por el bien común”. Quizás no nos parezca bien “vituperarlo” o “condenarlo”, ya que hoy es un valor respetar la postura de cada uno, pero si decir claramente que sería un tipo de persona con la que “es mejor no contar”.

Los valores esenciales no cambian

Hemos visto, pues, en torno a la figura del rey, cuánto ha cambiado el paradigma en que vivimos y cómo afecta esto a las expresiones que usamos para anunciar el evangelio. Con la caída o el vaciamiento de la palabra “rey” caen o se vacían de contenido y de poder de convocatoria no solo otras palabras, sino también estructuras e instituciones enteras. Como el rey tiene hoy una autoridad más bien decorativa, la autoridad como tal se ha resentido y se vive como decorativa, cuando no como autoritaria. Como el orden jerárquico se utiliza mucho para vanidad y provecho de los que estaban más arriba, pareciera que todo orden jerárquico se vive como una avivada de algunos para pasarla bien.

Sin embargo, es el valor de la autoridad lo que da valor al rey, y no al revés.  Autoridad viene del latín “augere” y significa “promover”, “hacer crecer” . Tiene autoridad y es bueno que mande el que puede hacer crecer a los otros, el que promueve el bien común. Ahora bien, si el rey no encarna y ejerce esta tarea, el poder no debe quedar vacante, sino que alguien o un equipo debe asumir la autoridad para hacer crecer a los demás.

Si pensamos en el orden jerárquico, es verdad que se debe impedir que alguno lo utilice para tener un trato especial que solo redunde en beneficio suyo. Pero esto no significa que sea malo dar un trato especial a alguien para que redunde en un mayor bien de sus subordinados. Hay que reconocer que la palabra de un médico debe estar por encima de otras en un hospital, por dar un ejemplo, y que darle privilegios para que no se contagie él y descanse bien en una situación como la de la pandemia actual, es algo que redunda en beneficio de los más débiles, de los enfermos a los que ese médico cura.

En  fin: hay que cambiar al rey decorativo y al trepador parásito, pero no disminuir el valor de la autoridad ni el de la jerarquía, ya que hacen a la esencia del bien común.

Ha cambiado nuestro “sensorio social”

Esta dinámica que hace que al devaluarse la figura que encarna un valor  se devalúe el valor mismo se ha radicalizado de manera abrupta con la pandemia del coronavirus. Porque no es que sintamos el vacío de este o de aquel valor concreto, sino que el distanciamiento social ha afectado nuestra vida en su carácter expresivo mismo, que necesita cercanía. La vida se comunica y se expresa en el contacto físico, en la proximidad, en la comunión. Por eso sentimos y con razón que el distanciamiento ha afectado todo de una manera que no podemos mensurar. Lo experimenta de manera violenta el familiar al que no lo dejan entrar al hospital o al geriátrico a ver a un ser querido enfermo. Y lo experimentamos de mil maneras en todos esos pequeños gestos de alejamiento que nos vemos obligados a adoptar de manera antinatural.

Así como tenemos un “imaginario social” que a través de ideas e imágenes potentes influye en la perspectiva desde la cual vemos y juzgamos la realidad, también existe algo que a falta de otra palabra llamaremos un “sensorio social”.

La distancia social es diferente en cada pueblo. Vemos como unos saludan con tres besos en la mejilla y otros con una simple inclinación de cabeza. Hoy al no estar inmersos en el tipo contacto que nos era habitual, experimentamos que la cercanía, el saludo afectuoso al encontrarnos y despedirnos, todo lo que emana de la corporeidad del otro, es algo más básico y fuerte incluso que las imágenes y los sonidos. Algo nos pasa al ver las ciudades vacías, al sentir el peso del silencio que invade la tarde como un manto, al no poder compartir un espectáculo vibrando codo a codo con los demás, al no poder saludar con un abrazo y un beso a los cercanos, o simplemente al sentir temor de compartir el aire y el espacio común.

El distanciamiento social nos hace percibir aguda y dolorosamente, cómo todas nuestras estructuras y todas nuestras cosas están fabricadas para ser compartidas en cercanía, desde los transportes -sean subtes o ascensores- hasta los baños de nuestras casas. Al no poder usarlos o al tener que “hacer fila y esperar”, al tener que frenar el movimiento de acercamiento que brota espontáneo, se ve afectada la vida misma junto con la expresión cambiada o ausente. La vida está afectada no en este o aquel punto, sino en el origen mismo de su carácter expresivo: está contaminada la respiración propia y ajena, el “aliento de vida”.

Por eso tienen razón tanto los que dicen que con el coronavirus “no cambiará nada” -en todo caso el mundo será solamente “un poco peor” (Houellebecq)-, como los que afirman que cambiará todo -los billetes, la privacidad, los espectáculos públicos, la investigación, la enseñanza, el trabajo, la liturgia…-.

Cuestión de peso

Sea que cambien “las cosas” o no cambien, lo que se ha visto afectado es lo que llamaría la relación entre “el peso” de las personas y sus “expresiones”.

Un ejemplo evidente se comprueba en las reuniones virtuales en las que nos vemos todos en una pantalla compartida. La falta de “peso” de nuestras imágenes compuestas de “bytes” se siente al apagar la pantalla. Como si fuera que mientras duró la conexión y se estableció contacto, uno sintió a la otra persona, pero al terminar la conexión, es como si lo que queda tuviera poco peso. Se ve que el contacto físico activa muchas más cosas de las que pueden comunicarse a través de una imagen digital.

Podemos sacar algo positivo de este fenómeno nuevo que se produce por el prolongamiento de la distancia social?

Creo que sí, si vamos al fondo. Si vamos a aquello que “tiene peso propio” y por eso se “expresa por todos los poros”, eso que requiere cercanía y contacto total -físico, psicológico y espiritual- para poder “comunicarse en plenitud”.

Peso propio lo tenemos solo las personas. Los demás seres, tienen peso en la medida en que comparten algún rasgo de nuestro ser personal. En ese sentido “pesa” más un perro que se ha criado con nuestros hijos, que una planta. Y un árbol que plantaron nuestros abuelos en el jardín y ha sido testigo de la historia familiar, pesa más que un parque lejano. Pesan por sí mismos los seres que son más dueños de sí y que en cada expresión libre se pueden expresar, íntegramente, con todo su ser.

El Peso de la Gloria del Padre                                                                     

Con estas reflexiones abordamos la imagen central de la meditación del reino, cuando Ignacio “hace hablar a Jesús que dice que su voluntad es “entrar (con todos) en la Gloria de su Padre” (EE 95).

En hebreo la palabra Gloria -la Gloria de Dios- encierra la idea de “peso” y de “calidad”. Dios irradia por su propio peso: haciendo gravitar el universo en torno a su Persona misma, que se dona entera como Amor y Misericordia. El corazón entero del Padre está en cada gesto suyo. Y así también juzga nuestros gestos, dando tanto valor a los más pequeños: que compartamos un vasito de agua con un pobre en su Nombre. Cuando decimos que lo hacemos “para Gloria suya” no es para que Él “se lleve” una gloria externa, lo cual no tendría sentido. Hacer las cosas para mayor gloria de Dios es hacerlas como las haría Él, eso significa “en su Nombre”. Y Él las asume así: bendice como si lo hubiera hecho Él en persona el gesto de amor que hicimos nosotros. Por eso es que lo que hacemos “para mayor Gloria de Dios” -imitando su modo de ser y de irradiar- no es ni pequeño ni grande, sino que es íntegro.

La expresión “entrar en la gloria del Padre” no es entrar a ver su gloria como un si fuera un espectáculo, es entrar en su órbita, como los planetas en torno al sol y experimentar su Peso, su fuerza de gravedad, su poder de atracción.

Por eso decíamos que, el hecho de “no sentir el peso de las personas” al no poder estar cerca físicamente, puede ayudar -por contraposición- a experimentar el “Peso de la Gloria de Dios” a captar que es el Peso de su Persona el que da peso y consistencia a todo lo creado. Lo podemos experimentar en la oración, pidiendo al Espíritu Santo la gracia de “usar” este sentido que tenemos para el  “peso espiritual de las personas”. Es un sentido muy particular: tiene que ver con la existencia misma de cada persona y de cada ser, que se siente en sus cualidades concretas pero no se reduce a ellas.

El distanciamiento social nos permite experimentar que al no poder dar un abrazo, el abrazo que queremos dar -o el gesto que lo reemplace – debe “tener peso”, debe ser con todo el afecto, debe ser de corazón, íntegro, no meramente formal. La palabra afecto es importante. El afecto es la síntesis de los sentidos físicos y de la inteligencia y el amor espirituales. Y como es una síntesis, lo que a un sentido o a una potencia le falta, lo suple la síntesis. Esa es la fuerza grande del afecto que pone en relación la totalidad de mi ser con la totalidad del ser del otro y aunque “falte” esto o aquello, el afecto está siempre íntegro. Así como uno es siempre una persona íntegra (no media ni dos) y cuando actuamos o padecemos desde lo que somos como personas “nos irradiamos” íntegramente (gloria).

En este tiempo debemos experimentar (no solo escuchar y entender) la atracción de este “llamado” que emana del “peso de la Gloria de Dios”.

El llamado en Laudato Si

Se trata de un llamado que el Padre no hace “hablando con palabras externas” (Ya habló todo en su Hijo), sino haciéndose sentir en el peso que tiene cada creatura por sí misma: “Estamos llamados a reconocer que los demás seres vivos tienen un valor (peso) propio ante Dios y, ‘por su simple existencia, lo bendicen y le dan gloria’, porque el Señor se regocija en sus obras (cf. Sal 104,31) (…) Hoy la Iglesia no dice simplemente que las demás criaturas están completamente subordinadas al bien del ser humano, como si no tuvieran un valor en sí mismas y nosotros pudiéramos disponer de ellas a voluntad. Por eso los Obispos de Alemania enseñaron que en las demás criaturas « se podría hablar de la prioridad del ser sobre el ser útiles». (LS 69).

Si reconocemos en toda la Creación que cada cosa no es solo ella misma sino que el Creador habita de manera misteriosa pero real en ella, entonces el llamado es  “a ser los instrumentos del Padre Diospara que nuestro planeta sea lo que él soñó al crearlo y responda a su proyecto de paz, belleza y plenitud» (LS 53). Dar Gloria a Dios es cuidar y promover a cada creatura suya. Como dicen “Los Obispos de Brasil: toda la naturaleza, además de manifestar a Dios, es lugar de su presencia. En cada criatura habita su Espíritu vivificante que nos llama a una relación con él. El descubrimiento de esta presencia estimula en nosotros el desarrollo de las « virtudes ecológicas ». (LS 88).

En esto san Francisco es el modelo que nos presenta el Papa: el santo de Asís “se sentía llamado a cuidar todo lo que existe’. Su discípulo san Buenaventura decía de él que, ‘lleno de la mayor ternura al considerar el origen común de todas las cosas, daba a todas las criaturas, por más despreciables que parecieran, el dulce nombre de hermanas’” (Ls 11).

Dar a cada creatura el peso del trato afectivo que le damos a un hermano y a una hermana es dar a Dios el peso del trato afectivo que se le da a un verdadero Padre.

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Momento para contemplar

 Marta Irigoy

Estamos atravesando un tiempo raro, difícil para algunos y muy fecundo para otros…

Escuchando a las personas, a veces no es fácil encontrar palabras para responder a los acuciantes momentos que muchos están atravesando, desde problemas económicos o situaciones de soledad que en estas circunstancias se hacen más patentes y gritan silenciosamente mirando por las ventanas…

Me ayuda mucho, tener una actitud y mirada contemplativa cada día, para descubrir el llamado que el Señor me hace a mí, aquí y ahora…

La meditación del Rey que llama a todos a sumarse a su Bandera y a su causa puede ayudarnos a descubrir cómo resuena, en nuestra propia cotidianeidad, un llamado concreto y personal a  hacer crecer el Reino de Dios…

En Laudato Si, nos encontramos varias llamadas que el Papa Francisco nos invita a escuchar;  por eso, vamos a pedir con fuerza y devoción:

Eterno Señor de Todas las Cosas,

ayúdanos a tener un oído de discípulos

para que estemos atentos al querer del Padre

con la confianza de saber que el Padre ha puesto todas las cosas en tus Manos…

Esas manos que nos cuidan y sostienen

en las pequeñas búsquedas cotidianas para hacer de nuestro mundo

ese lugar maravilloso donde nos soñaste…

 

Luego, podemos leer estos llamados cimentados en  Laudato Si,  para “sentirlos y gustarlos”  y poder así responder con alegría: Aquí estoy, Señor! Envíame…

Llamado del Padre:

“Estamos llamados a ser los instrumentos del Padre Dios para que nuestro planeta sea lo que él soñó al crearlo y responda a su proyecto de paz, belleza y plenitud” (LS 53).

Llamado de la Carta de la tierra:

“Como nunca antes en la historia, el destino común nos hace un llamado a buscar un nuevo comienzo[…] Que el nuestro sea un tiempo que se recuerde por el despertar de una nueva reverencia ante la vida; por la firme resolución de alcanzar la sostenibilidad; por el aceleramiento en la lucha por la justicia y la paz y por la alegre celebración de la vida –Carta de la Tierra, La Haya (29/6/ 2000)” (LS 207).

 Llamado a una cultura del cuidado

“Una cultura del cuidado que impregne toda la sociedad. Cuando alguien reconoce el llamado de Dios a intervenir junto con los demás en estas dinámicas sociales, debe recordar que eso es parte de su espiritualidad, que es ejercicio de la caridad y que de ese modo madura y se santifica” (LS 231).

Para rezar y contemplar:

¿Cuál es el llamado del Señor, que este tiempo me hace?

¿Me animo a darle mi si?

Terminar este momento  con esta poesía que en estos tiempos circula mucho por redes sociales, pero quizás en este momento, nos ayuda a ser disponibles a la  Voz del Buen Pastor, que nos conoce y sabe lo que estamos necesitando…

ESPERANZA

(Alexis Valdés)

Cuando la tormenta pase
Y se amansen los caminos
y seamos sobrevivientes
de un naufragio colectivo.

Con el corazón lloroso
y el destino bendecido
nos sentiremos dichosos
tan sólo por estar vivos.

Y le daremos un abrazo
al primer desconocido
y alabaremos la suerte
de conservar un amigo.

Y entonces recordaremos
todo aquello que perdimos
y de una vez aprenderemos
todo lo que no aprendimos.

Y no tendremos envidia
pues todos habrán sufrido.
Y no tendremos desidia
Seremos más compasivos.

Valdrá más lo que es de todos
Que lo jamás conseguido                                                                                                                                            Seremos más generosos
Y mucho más comprometidos.

Entenderemos lo frágil
que significa estar vivos
Sudaremos empatía
por quien está y quien se ha ido.

Extrañaremos al viejo
que pedía un peso en el mercado,
que no supimos su nombre
y siempre estuvo a tu lado.

Y quizás el viejo pobre
era tu Dios disfrazado.
Nunca preguntaste el nombre
porque estabas apurado.

Y todo será un milagro
Y todo será un legado
Y se respetará la vida,
la vida que hemos ganado.

Cuando la tormenta pase
te pido Dios, apenado,
que nos devuelvas mejores,
como nos habías soñado.

Link para mirar en video: https://www.youtube.com/watch?list=RDp-qgBTHqZk4&v=p-qgBTHqZk4&feature=emb_rel_end

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