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our-lady-of-guadalupe-660x350-1395409965.jpgMaría y el Papa Francisco

Caacupé

A Jesús lo seguían grandes multitudes… Y entre esa gente estaba su Madre, que también lo seguía. María, la que mejor entendió la predicación de Jesús. La primer discípula de Jesús, su mejor discípula. La que           mejor conoció la voluntad de Dios y la puso en práctica. Seguía a Jesús. Pero en medio del pueblo. Ella siempre, a lo largo de los tiempos, desde aquellos momentos de Jesús siempre estuvo en medio del pueblo. No se apartó de su pueblo. Siempre se metía. Y cuando la historia de un pueblo la necesitaba, siempre se las arreglaba para hacer notar su presencia. La Madre del Pueblo de Dios. La Madre de la Iglesia.

Hoy viene aquí con documento paraguayo. Le damos la bienvenida, gracias por honrar nuestra casa con tu presencia.

Es curioso, esto no está en el evangelio pero está en la historia. Ella es paraguaya, de Caacupé. Y no hay paraguayo que no la quiera. Ustedes saben que en toda américa, la mujer paraguaya es la mujer más gloriosa. Y no por que haya estudiado más que otras… Sino porque supo asumir un país derrotado por la injusticia y los intereses internacionales y ante esa derrota llevó adelante la patria, la lengua y la fe. Y la Virgen al tomar la ciudadanía paraguaya bajo el nombre de los milagros de Caacupé, nos dice que también está dispuesta a ayudarnos a llevar adelante la patria, la lengua (que es la cultura) y la fe. Por eso esta imagen es doblemente gloriosa, por ser la madre de Dios y por ser paraguaya. Así que lo menos que se merece es un aplauso.

 

Y ella para llevar adelante la fe, la cultura de hermanos, la cultura cristiana, para llevar adelante todo lo nuestro sigue las enseñanzas de Jesús. Ella es la madre de los pobres de espíritu. Es la madre de los afligidos porque siempre está consolando. Es la madre de los pacientes porque ella es la reina de la paciencia, la mujer de gran paciencia. Es la madre de aquellos que claman por justicia porque ella sabe desde su corazón la injusticia que le hicieron a su hijo y sabe lo que es clamar por justicia. Ella es la madre de la misericordia, la que nos enseña a perdonarnos unos a otros, cuanta necesidad tenemos de perdonarnos unos a otros. Ella enseña eso. Es la madre de los que tienen el corazón puro y la que ayuda a que Jesús purifique el corazón de todos los pecadores como nosotros. Es la madre de todos los que trabajan por la paz porque ella quiere la paz, busca la paz, la paz en su pueblo. Es la madre que sabe lo que es ser perseguida: tuvo que exilarse a Egipto porque le querían matar al hijo y supo lo que es el sufrimiento de la persecución a su hijo estando al pie de la Cruz.

Así, Madre, madre de Dios, madre del Paraguay, te damos la bienvenida a esta casa y te pedimos que nos enseñes todas esas cosas: a tener alma de pobres, que nos enseñes a consolar y ser consolados, a ser pacientes, a trabajar por la justicia, a ser misericordiosos, a tener el corazón puro y a buscar la pureza de alma por Dios y a trabajar por la paz. Vos lo hiciste. Te pedimos hoy, al recibirte en esta catedral, que nos enseñes todo esto y te quedes con nosotros (J. M. Bergoglio, Desgrabación de la prédica del 1 de noviembre de 2010).

 

Guadalupe

En esta festividad de Nuestra Señora de Guadalupe, hacemos en primer lugar memoria agradecida de su visitación y cercanía materna; cantamos con Ella su “magníficat”; y le confiamos la vida de nuestros pueblos y la misión continental de la Iglesia.

Cuando se apareció a San Juan Diego en el Tepeyac, se presentó como “la perfecta siempre Virgen Santa María, Madre del verdadero Dios” (Nican Mopohua); y dio lugar a una nueva visitación. Corrió premurosa a abrazar también a los nuevos pueblos americanos, en dramática gestación. Fue como una «gran señal aparecida en el cielo … mujer vestida de sol, con la luna bajo sus pies» (Ap 12,1), que asume en sí la simbología cultural y religiosa de los pueblos originarios, anuncia y dona a su Hijo a todos esos otros nuevos pueblos de mestizaje desgarrado. Tantos saltaron de gozo y esperanza ante su visita y ante el don de su Hijo y la más perfecta discípula del Señor se convirtió en la «gran misionera que trajo el Evangelio a nuestra América» (Aparecida, 269). El Hijo de María Santísima, Inmaculada encinta, se revela así desde los orígenes de la historia de los nuevos pueblos como “el verdaderísimo Dios por quien se vive”, buena nueva de la dignidad filial de todos sus habitantes. Ya nadie más es solamente siervo sino todos somos hijos de un mismo Padre hermanos entre nosotros, y siervos en el siervo.

La Santa Madre de Dios visitó a estos pueblos y quiso quedarse con ellos. Dejó estampada misteriosamente su imagen en la “tilma” de su mensajero para que la tuviéramos bien presente, convirtiéndose en símbolo de la alianza de María con estas gentes, a quienes confiere alma y ternura. Por su intercesión, la fe cristiana fue convirtiéndose en el más rico tesoro del alma de los pueblos americanos, cuya perla preciosa es Jesucristo: un patrimonio que se transmite y manifiesta hasta hoy en el bautismo de multitudes de personas, en la fe, esperanza y caridad de muchos, en la preciosidad de la piedad popular y también en ese ethos americano que se muestra en la conciencia de dignidad de la persona humana, en la pasión por la justicia, en la solidaridad con los más pobres y sufrientes, en la esperanza a veces contra toda esperanza.

De ahí que nosotros, hoy aquí, podemos continuar alabando a Dios por las maravillas que ha obrado en la vida de los pueblos latinoamericanos. Dios, según su estilo, “ha ocultado estas cosas a sabios y entendidos, dándolas a conocer a los pequeños, a los humildes, a los sencillos de corazón” (cf. Mt 11,21). En las maravillas que ha realizado el Señor en María, Ella reconoce el estilo y modo de actuar de su Hijo en la historia de salvación. Trastocando los juicios mundanos, destruyendo los ídolos del poder, de la riqueza, del éxito a todo precio, denunciando la autosuficiencia, la soberbia y los mesianismos secularizados que alejan de Dios, el cántico mariano confiesa que Dios se complace en subvertir las ideologías y jerarquías mundanas. Enaltece a los humildes, viene en auxilio de los pobres y pequeños, colma de bienes, bendiciones y esperanzas a los que confían en su misericordia de generación en generación, mientras derriba de sus tronos a los ricos, potentes y dominadores.

El “Magnificat” así nos introduce en las “bienaventuranzas”, síntesis y ley primordial del mensaje evangélico. A su luz, hoy, nos sentimos movidos a pedir una gracia. La gracia tan cristiana de que el futuro de América Latina sea forjado por los pobres y los que sufren, por los humildes, por los que tienen hambre y sed de justicia, por los compasivos, por los de corazón limpio, por los que trabajan por la paz, por los perseguidos a causa del nombre de Cristo, “porque de ellos es el Reino de los cielos” (cf. Mt 5,1-11). Sea la gracia de ser forjados por ellos a los cuales, hoy día, el sistema idolátrico de la cultura del descarte los relega a la categoría de esclavos, de objetos de aprovechamiento o simplemente desperdicio.

Suplicamos a la Santísima Virgen María, en su advocación guadalupana –a la Madre de Dios, a la Reina y Señora mía, a mi jovencita, a mi pequeña, como la llamó san Juan Diego, y con todos los apelativos cariñosos con que se dirigen a Ella en la piedad popular–, le suplicamos que continúe acompañando, auxiliando y protegiendo a nuestros pueblos. Y que conduzca de la mano a todos los hijos que peregrinan en estas tierras al encuentro de su Hijo, Jesucristo, Nuestro Señor, presente en la Iglesia, en su sacramentalidad, especialmente en la Eucaristía, presente en el tesoro de su Palabra y enseñanzas, presente en el santo pueblo fiel de Dios, presente en los que sufren y en los humildes de corazón. Y si este programa tan audaz nos asusta o la pusilanimidad mundana nos amenaza que Ella nos vuelva a hablar al corazón y nos haga sentir su voz de madre, de madrecita, de madraza, ¿por qué tenés miedo, acaso no estoy yo aquí que soy tu madre? (Francisco, 12 de diciembre de 2014).

Momento de Reflexión

Diego Fares sj

 María como lugar de encuentro

Las bienaventuranzas son espacio de encuentro entre el amor de Dios y el amor a los hombres. Por eso nuestra Señora es bienaventurada en grado sumo, porque Ella es el lugar del encuentro entre Dios y los hombres: en ella se encontraron nuestra naturaleza humana y la divina, el Verbo de Dios y nuestra carne. Por eso la felicitan tanto Dios como el pueblo fiel.

Y como lugar de encuentro queda adornada y favorecida con todos los dones de Dios y con todos los dones de los hombres –basta ver cómo adorna nuestro pueblo sus imagencitas-.

 

Ella recibe las bienaventuranzas del Señor, a través del ángel –“Bendita tú eres entre todas las mujeres”-; ella misma se sabe y se siente bienaventurada: “Desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada porque El Señor ha hecho en mí maravillas” y recibe también las bienaventuranzas de la humanidad a través de Isabel: “Dichosa tú que has creído que se te cumplirá todo lo que te fue anunciado por boca del Señor”.

La dicha de creer: de recibir la palabra y de dar fruto

La bienaventuranza del Ángel dice: “bendita entre las mujeres –porque has sido elegida y favorecida, llena de gracia- y bendita por el fruto bendito que concebirás y darás a luz”. Lo podemos traducir: bendita por creer: por acoger la Palabra y dar Fruto.

¡La dicha de creer! La fe es don, pero don interactivo, semilla que tiene que ver con la tierra en que cae, talento que se negocia más o menos, confianza que se aumenta con actos en los que uno se juega. La fe es don pero no como el de una curación, por ejemplo, en la que todo lo hace el Señor y la respuesta de nuestro cuerpo, que también existe, no es consciente.

La respuesta es esencial a la fe. Por eso vamos a detenernos a contemplar las actitudes que tiene María con respecto a la Palabra que se le propone para recibir y poner en práctica. Las palabras preferidas de María en los evangelios giran en torno al “hacer”: un hacer que es recibir – “hágase en mí según tu Palabra”, “hizo en mí grandes cosas mi Dios”- y practicar – “hagan todo lo que El les diga”-. En el fondo resuenan las dos bienaventuranzas del Evangelio de Juan: “felices los que creen (sin haber visto)” y “felices los que hacen (el servicio que hizo Jesús)”. Fe, por tanto, que recibe la Palabra con actitudes de diálogo amoroso, atento y reflexivo y de aceptación humilde y total; fe que opera por la caridad con actitudes de un servicio diligente y creativo para la acción y fiel y cercano en la pasión.

La dicha de que la Palabra “se haga” en nosotros

La dicha de que la Palabra “se haga” en nosotros proviene de la libre iniciativa de Dios. El mensajero es enviado por Dios a María con un mensaje bien preparado y acorde con lo que ella puede entender. El diálogo, pues, lo inicia el Señor. Sin embargo María está abierta al diálogo.

Veamos algunas características de esta apertura.

María está en el lugar adecuado para el encuentro y para el diálogo: en el silencio de su casita de Nazaret. Es “ubicable”, diríamos. Me vienen a la memoria aquellos primeros encuentros entre Yahveh y Adán y Eva.  ¿Se acuerdan? Dice el Génesis: “Yahveh Dios se paseaba por el jardín a la hora de la brisa… Oyeron el hombre y su mujer el ruido de los pasos de Yahveh y se ocultaron de la vista de Yahveh Dios por entre los árboles del jardín. Yahveh Dios llamó al hombre y le dijo: «¿Dónde estás?» Este contestó: «Te oí andar por el jardín y tuve miedo, porque estoy desnudo; por eso me escondí.» (Gn 3, 8-10). María en cambio no se esconde, es fácil de encontrar para el Señor y lo seguirá siendo para nosotros.

María está en una situación de vida también adecuada para el encuentro y el diálogo con Dios: su compromiso de amor con José, su proyecto de familia, su pureza y su deseo de maternidad, son propicios para el proyecto de familia grande que le propondrá el Señor y que la mantendrá Virgen y la hará Madre de todos sus hijos en su Hijo. María no está en un proyecto individualista ni egoísta. Su capacidad de encuentro se muestra también en la relación con su prima Isabel. El diálogo que mantienen denota una comunidad de fe compartida, tiempo rezado juntas, anhelos compartidos de mujeres comprometidas con la historia de su pueblo, que miran lejos y que sienten hondo. La Palabra que se hace en María se viene haciendo ya en ella en su relación con José y con Isabel.

María está, además, en la disposición de corazón y de mente adecuada para el encuentro y el diálogo con el Señor. Su corazón está en paz. En una paz que le permite percibir la “turbación”, reflexionar lo que se le ha dicho y lo que siente, expresar su situación y dejarse pacificar de nuevo. María discierne las mociones que experimenta en su corazón y acepta lo que es de Dios.

Por sus respuestas, se ve que está acostumbrada a “meditar la palabra en su corazón” pues sabe escuchar con atención y captar la grandeza de lo que el Ángel le está revelando y responder consciente de sus límites y de su situación personal.

María tiene el deseo hondo de que haya encuentro. Este deseo sale a la luz en el diálogo acerca del “cómo” de Dios: “¿cómo se hará esto, si no conozco varón?”. La pregunta de nuestra Señora acerca del “cómo”, favorece a que la Palabra entre en su interior. Preguntar cómo es ya estar aceptando. No pregunta por qué ni para qué. El cómo es la pregunta de la disponibilidad responsable.

María toma la decisión que permite que el encuentro se de concretamente. El “hágase en mí según tu Palabra” de nuestra Señora implica un deseo profundo, cultivado. El anhelo de que la Palabra se haga carne en ella no tiene nada de improvisado. El “hágase” implica también un compromiso total.

María tiene una memoria agradecida, que sabe alabar al Señor y lo ve presente en toda su vida y en la de su pueblo, como el que realiza maravillas. El “hágase en mí” de María tiene como trasfondo otra frase similar: “hizo en mí maravillas”. Si María puede acoger la Palabra y dejar que se haga en ella algo tan grande como la encarnación, es porque ha ido dejando que esa misma Palabra “haga maravillas” a lo largo de toda su vida. Esta memoria agradecida trabaja a ritmo de Magníficat: engrandeciendo a Dios y empequeñeciéndose a sí misma. De aquí brota la oración de Alabanza al Dios que se le dona en las maravillas que hace en su vida pequeñita y en la de su pueblo. María se sabe y se siente bienaventurada y tiene la certeza de que los demás la verán también así: “Desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada porque  El Señor ha hecho en mí maravillas”.

María sabe guardar la Palabra en el corazón. La actitud de saber guardar la Palabra en el corazón, es una actitud explícitamente bendecida por el Señor: “Dichosos los que no han visto y han creído». En María este guardar implica saber esperar a que la Palabra se cumpla en el futuro. Isabel la bendice por esta esperanza: Isabel exclamó en alta voz: “¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!».

Guardar la Palabra implica una actitud de discípula, que no posee la Palabra sino que tiene que buscarla y seguirla como cualquier otro discípulo. El Señor bendice esta actitud de discípula de su Madre cuando dice: “Dichosos más bien los que oyen la Palabra de Dios y la guardan”.

Guardar la Palabra implica una fe que guarda todo, íntegramente, por amor a la Palabra. No guarda solo lo que comprende. En el pasaje del Niño perdido y hallado en el templo se nos dice explícitamente que “María no comprendió” pero que “Guardaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón”.

Nos quedamos leyendo y gustando estos pasajes en compañía de María y le pedimos que comparta con nosotros estas actitudes suyas que favorecen el encuentro dialogal con el Señor: que estemos “encontrables”, en medio de proyectos comunitarios, con el corazón en paz y la mente atenta para discernir, disponibles a que el Señor haga las cosas cómo él quiera y deseosos de elegir y mantenernos fieles a su voluntad.

Le pedimos que se “haga en nosotros según su Palabra” sintiéndonos servidores como María. Podemos entonar el Magníficat recordando agradecidos “todas las cosas que el Señor ha hecho con nosotros” y pasar luego a alabarlo directamente a Él. Engrandecer al Padre es el ejercicio básico, que limpia la memoria de todo mal recuerdo y la vuelve agradecida y disponible para recibir la Palabra nueva de cada día.

La dicha de “hacer todo lo que Jesús nos diga”

Le pedimos a nuestra Señora la gracia de “guardar” la Palabra, de manera que se vaya inculturando en nosotros y revelando su fuerza poco a poco. Para que en la vida diaria podamos ir “haciendo todo lo que Jesús nos diga”. Es de las actitudes contemplativas de María de donde brota luego su servicialidad y su caridad llena de prontitud y de creatividad

Momento de Contemplación

Hna Marta Irigoy M.D.

“María tiene una memoria agradecida, que sabe alabar al Señor y lo ve presente en toda su vida y en la de su pueblo, como el que realiza maravillas. El “hágase en mí” de María tiene como trasfondo otra frase similar: “hizo en mí maravillas”. Si María puede acoger la Palabra y dejar que se haga en ella algo tan grande como la encarnación, es porque ha ido dejando que esa misma Palabra “haga maravillas” a lo largo de toda su vida. Esta memoria agradecida trabaja a ritmo de Magníficat: engrandeciendo a Dios y empequeñeciéndose a sí misma. De aquí brota la oración de Alabanza al Dios que se le dona en las maravillas que hace en su vida pequeñita y en la de su pueblo. María se sabe y se siente bienaventurada y tiene la certeza de que los demás la verán también así: “Desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada porque  El Señor ha hecho en mí maravillas”

Para la oración personal:

Queremos mirar a María, para que contemplando la Obra que Dios hizo en Ella, podamos también nosotros dejarnos conmover por  don de Dios y cantar como nuestra Señora, las Maravillas que hace en nuestra vida…

María, es la que “deja hacer a Dios” en su corazón: “Hágase en mí…”

María, nos enseña a confiar en la obra que Dios quiere hacer en nuestra vida, es la que nos muestra el camino para “encontrar” la perla escondida en esta etapa de mi vida…

 

Texto sugerido: Lc 1, 26-38

  • ¿Qué he dejado hacer a Dios en mí vida, en este año que casi termina?

María es la que se dejo mirar por Dios en su pequeñez. Ella nos comunica la imagen verdadera de Dios, que mira con cariño. Mirada que nos llena de Paz, y que nos hace “cantar de alegría” al saber que Dios se complace en nosotros…

 

Texto sugerido: Lc 1, 46-55

  • Quédate “sintiendo y gustando” la mirada llena de ternura de Dios y déjate llenar de su paz…

Te invito a terminar rezando esta oración: 

Santa María, tú que un día escuchaste la voz de Dios, y abriste al corazón a su llamada, ¡enséñanos a escuchar!

Tú que escogiste el camino verdadero entre los que el mundo ofrece, ¡enséñanos a escoger

Tú que sonríes en cada nuevo día sin temer el misterio del porvenir, ¡enséñanos a sonreír!

Tú que entregas tu corazón entero al corazón del Padre, sin vacilar, ¡enséñanos a esperar!

Tú que eres feliz en tu entrega sin nada recibir, nada esperar, ¡enséñanos a amar!

Tú que das testimonio del Amor, que preparas en la tierra la eternidad,

enséñanos a vivir buscando vivir  las Bienaventuranzas de Jesús!

 

La persecuciones al Papa Francisco

paloma y halcon

Para reflexionar sobre esta bienaventuranza doble, a los perseguidos por practicar la justicia y a los injuriados por ser de Jesús, antes de poner un texto del Papa Francisco, quisiera hablar de este momento particular de su papado.

El Papa Benedicto sufrió burlas por su modo de ser, injurias por sus palabras malinterpretadas y persecuciones hasta en su mismo entorno cercano (el robo de documentos personales por parte de su ayudante de cámara) desde el comienzo de su pontificado.

El Papa Francisco, en cambio, comenzó con la alabanza generalizada de todo el mundo. Y el demonio, que es astuto, se mandó a guardar “hasta mejor ocasión”, como dicen los evangelios. Se dio (y se está dando) con los enemigos algo muy similar a lo que sucedía en la época del Señor: como veían que Jesús le caía bien al pueblo, tenían miedo de atacarlo públicamente. Eso los llevó a ponerle trampas y a preparar el zarpazo con astucia y sentido del tiempo (aunque el tiempo es de Dios y lo que Jesús llama “su Hora” estaba en manos del Padre y no de nadie más).

Como los ataques al Papa comienzan a ser más desembozados, siento que es bueno hacer ver esta táctica del demonio contra todo el que defiende la justicia y actúa con humildad, mansedumbre, paciencia y misericordia, por amor a Jesús.

Creo que al comienzo al Papa Francisco le dieron los famosos 3 meses que se le concede a todo hombre público que comienza su gestión, la luna de miel que le llaman. Luego extendieron el tiempo a un año pero vieron que pasado el año, la buena fama del Papa en vez de disminuir, crecía. La táctica de los cobardes (en el fondo todo perseguidor es un cobarde) es esperar a que el justo se equivoque. El Papa ha desarmado esa expectativa con sus charlas espontáneas a los periodistas pidiendo que “lo interpreten bien”. Este nuevo género literario que no va por el lado de “estudiar cada palabra para que sea infalible” sino por el lado de confiar en la buena voluntad del otro, ha quitado fuerza a los ataques que antes se hacían (recordemos esa media palabra que dijo el Papa Benedicto sobre lo que decía otro de Mahoma que casi causa un conflicto internacional).

Como eso no va, ahora comenzaron a “armar ataques”. Lo de la activista anti-gay norteamericana, a la que el papa recibió de buena voluntad como a tantos otros, fue instrumentalizada. Ella fue con su abogado (¿quien va con su abogado a visitar al Papa?) y este hizo pública la noticia después que el Papa se fue de EEUU. El impacto negativo en la sociedad norteamericana fue grande. Aplacado luego por el buen testimonio de otras personas, como el hijo de una familia amiga del Papa, que es gay y al que también lo recibió junto con su compañero.

Lo que me parece ver es un cambio de actitud en el tipo de persecución: se está volviendo más desfachatada.

Espiritualmente, para los que hacemos ejercicios espirituales, cuando una tentación se vuelve explícita, es más fácil de discernir y combatir. El demonio “muestra la cola de mono” aunque venga disfrazado de angelito. De lo que hay que avivarse es que cuando la  intensidad de la persecución es “desproporcionada”, esta desproporcion es clara señal de mal espíritu. Así como cuando uno está en paz y alegría serena y “se cruza” un pensamiento o un sentimiento feo, es señal de mal espíritu, también la “desproporción” es señal de mal espíritu.

Cuando se crea un clima de escándalo y de noticia con grandes titulares sobre un punto -en este caso “una persona” que visita al Papa; un Papa que justamente se caracteriza por recibir a todos, a cientos de personas cada día- hay que sospechar que hay gato encerrado. Y cuanto más “claro” sea el argumento, más de mal espíritu. Porque el mal espíritu muchas veces dice la verdad, pero con odio, para dañar, para perseguir. Y esa “verdad” entre comillas, verdad de hecho, muchas veces, no es verdadera a largo plazo, no es verdad profunda que nace del corazón. Los pecados que cometemos son objetivamente “verdaderos males” y sin embargo no expresan la verdad honda de nuestro corazón. El Papa lo decía ayer hablando de la familia: el hombre se pierde muchas veces corriendo tras amores pasajeros pero desea el amor fiel y duradero. Esa es la verdad honde del corazón y no la verdad nunca íntegra del pecado.

La invitación es a rezar por el Papa, como él pide. Y a ofrecer, cada uno, las pequeñas o grandes persecuciones que le toca padecer, para estar unidos en esta común bienaventuranza del Señor.

Jesús no dice “pobrecitos” sino “Bienaventurados!”

Lectura del Martirio de Esteban 

“Testimoniar a Cristo es la esencia de la Iglesia que, de otro modo, acabaría siendo sólo una estéril «universidad de la religión» impermeable a la acción del Espíritu Santo. Los perseguidores, destacó el Santo Padre, ciertamente no eran personas serenas, con el corazón en paz. No es que no estaban de acuerdo con lo que Esteban predicaba: ¡odiaban!». Y «este odio —explicó el Papa— había sido sembrado en su corazón por el diablo. Es el odio del demonio contra Cristo».

Precisamente «en el martirio —continuó— se ve clara esta lucha entre Dios y el demonio. Se ve en este odio. No era una discusión serena». Por lo demás, hizo notar, «ser perseguidos, ser mártires, dar la vida por Jesús es una de las bienaventuranzas». Tanto que «Jesús no dijo a los suyos: “Pobrecillos si os suceden estas cosas”. No, Él dijo: “Bienaventurados vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. ¡Alegraos!”».

Es evidente, pues, que «el demonio no puede soportar la santidad de la Iglesia». Y en contra de Esteban —dijo el Papa— suscitó odio en el corazón de esas personas, para perseguir, para insultar, para calumniar. Y así mataron a Esteban», el cual «murió como Jesús, perdonando».

«Martirio, en la tradición de la palabra griega, significa testimonio», explicó el Pontífice. Y «así podemos decir que para un cristiano el camino va por las huellas de este testimonio de Jesús para dar testimonio de Él». Un testimonio que muchas veces termina con el sacrificio de la vida.

La cuestión central, argumentó el Pontífice, es que el cristianismo no es una religión «de sólo ideas, de pura teología, de estética, de mandamientos. Nosotros somos un pueblo que sigue a Jesucristo y da testimonio, quiere dar testimonio de Jesucristo. Y este testimonio algunas veces llega a costar la vida». Al respecto, el relato del martirio de Esteban es elocuente. Así, pues, «al morir Esteban, se desató la persecución contra todos». Los perseguidores «se sentían fuertes: el demonio suscitaba en ellos el desatar esta violenta persecución». Una persecución tan brutal que, «a excepción de los apóstoles que permanecieron allí, en el lugar, los cristianos se dispersaron por la región de Judea y Samaría». Precisamente «la persecución hizo que los cristianos fuesen lejos». Y a las personas que encontraban les «decían el por qué» de su fuga, «explicaban el Evangelio, daban testimonio de Jesús. Y comenzó la misión de la Iglesia. Muchos se convertían al escuchar a esta gente».

El obispo de Roma recordó al respecto que «uno de los padres de la Iglesia dijo: la sangre de los mártires es semilla de los cristianos». Y es precisamente eso lo que sucede: «Se desata la persecución, los cristianos se dispersan y con su testimonio predican la fe». Porque, destacó el Papa, «el testimonio siempre es fecundo»: lo es cuando tiene lugar en la vida cotidiana, pero también cuando se vive en las dificultades o cuando conduce incluso a la muerte. La Iglesia, por lo tanto, «es fecunda y madre cuando da testimonio de Jesucristo. En cambio, cuando la Iglesia se cierra en sí misma, se cree —digámoslo así— una universidad de la religión con muchas ideas hermosas, con muchos hermosos templos, con muchos bellos museos, con muchas cosas hermosas, pero no da testimonio, se hace estéril».

Los Hechos de los apóstoles puntualizan «que Esteban estaba lleno del Espíritu Santo». Y, en efecto, «no se puede dar testimonio sin la presencia del Espíritu Santo en nosotros. En los momentos difíciles, cuando tenemos que elegir la senda justa, cuando tenemos que decir que “no” a tantas cosas que tal vez intentan seducirnos, está la oración al Espíritu Santo: es Él quien nos hace fuertes para caminar por la senda del testimonio».

El Papa Francisco, como conclusión, recordó cómo de las «dos imágenes» propuestas por la liturgia —Esteban que muere y los cristianos que dan testimonio por doquier— brotan para cada uno algunas preguntas: «¿Cómo es mi testimonio? ¿Soy un cristiano testigo de Jesús o soy un simple miembro de esta secta? ¿Soy fecundo porque doy testimonio o permanezco estéril porque no soy capaz de dejar que el Espíritu Santo me lleve adelante en mi vocación cristiana?» (Misa en Santa Marta, Martes 6 de mayo de 2014).

 

Momento de reflexión

Diego Fares sj

La alegría en medio de las persecuciones

Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados serán cuando los injurien, y los persigan y digan con mentira toda clase de mal contra ustedes por mi causa. Alégrense y regocíjense, porque su recompensa será grande en los cielos; pues de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a ustedes (Mt 5, 11-12).

Avanzando en la ejercitación con las bienaventuranzas, surge la pregunta de cuál es el hilo conductor que las une, de por qué elige estas el Señor y no otras.¿Qué son las bienaventuranzas?

¿Son estados -el estado de pobreza, de aflicción…-?

¿Son virtudes -la virtud de la mansedumbre, la virtud de la misericordia…-?

¿Son deseos -el deseo o sed de justicia…-?

¿Son situaciones -la persecución por el Nombre de Jesús…-?

¿Son trabajos -el trabajo por la paz-?

Algunas, las primeras, hacen referencia a uno mismo, otras, al prójimo…

Los exegetas las agrupan de distintas maneras y las consideran desde diferentes perspectivas, todas apasionantes e instructivas. Teniendo todo en cuenta creo que una cosa puede deducir cualquier cristiano: las bienaventuranzas son un misterio inagotable de sabiduría.

La libertad de optar, en una situación concreta, por vivir una bienaventuranza

Contemplando toda esta riqueza, una perspectiva que me resultó inspiradora fue la de considerar las bienaventuranzas desde el punto de vista de la libertad. Mirarlas no como estados, virtudes, deseos o trabajos, sino como una opción libre –dramática- que un cristiano hace en una situación concreta.

            Esta perspectiva ilumina algo esencial que el Señor quiere enseñarnos. Por ejemplo, en una situación un cristiano elige no apoderarse de algo sino despojarse; o actuar con paciencia y mansedumbre en vez de actuar con enojo…

Feliz el que, en una situación concreta, elige vivir más pobremente,

opta por aguantar con mansedumbre,

deja que las entrañas se le conmuevan de misericordia,

renueva una y otra vez el trabajo por la paz,

decide ser tolerante ante una injuria…

De esta manera, en vez de examinar las bienaventuranzas abstrayéndolas como si fueran virtudes que uno posee, las miramos “situadas”: como una invitación del Espíritu en un momento determinado, a vivir, sentir y actuar con corazón de hijos, como hijos amados de nuestro Padre del Cielo.

Vivir una situación como pobre, manso…

San Ignacio, tiene un ejemplo lindo cuando habla de la indiferencia o disponibilidad para elegir lo que Dios quiere. El dice: “es menester hacernos indiferentes”. Es decir: supone que no lo somos, pero que para elegir bien, en un momento dado uno puede llegar a estar indiferente y optar por lo que el Señor quiere.

El premio por vivir dentro del Espíritu de una bienaventuranza, por elegirla como estilo y modo de ser y de sentir en una determinada situación, es doble:

por un lado, la alegría inmediata con que el Señor bendice al que elige vivir una bienaventuranza,

y por otro lado, la promesa especial del Señor, relacionada a lo que está en juego en esa opción –el reino, la tierra, la saciedad… -.

Elecciones dramáticas

Al hablar de “elección”, consideramos las bienaventuranzas dentro del ámbito de los “consejos evangélicos” y no como un mandamiento. El Señor las formula como invitación, poniendo el incentivo de una bendición especial, como cuando le dice al joven rico “si quieres ser perfecto, vende todo, dalo a los pobres y luego sígueme”. Es lo mismo que decir: felices los pobres.

 

Poner las bienaventuranzas dentro del ámbito de una invitación del Señor y de una elección libre y gratuita por parte nuestra, es ponerlas en el terreno de lo dramático. Con la palabra drama quiero aludir a aquello que tiene final abierto, que depende de la libertad, que no es algo fatal, ya establecido previsible estadísticamente.

Las bienaventuranzas hay que elegirlas y renovarlas cada vez, con la gracia de la bendición del Señor. Son actos que con el tiempo, si uno las práctica, pueden volverse hábitos buenos, virtudes. Pero nunca son algo ya consolidado y adquirido para siempre.

Parábolas y bienaventuranzas

Y en este sentido, tampoco son “medibles” en abstracto. No sería pertinente, por ejemplo, calcular cuán pobre hay que ser para obtener qué grado de felicidad, o hasta donde debe extenderse nuestra paciencia y mansedumbre para poseer nuestro metro cuadrado de reino…

Las parábolas responden a estas cuestiones indicando la dirección de un “más” siempre renovado: perdonar setenta veces siete, negociar los talentos, sembrar en todos los terrenos… Pero el más al que nos orientan es un más que puede consistir en algo muy pequeñito, si es todo lo que uno puede o tiene, como en el caso de las moneditas de la viuda o del vasito de agua que se brinda por amor al Nombre de Jesús.

Elegir la humildad –pobreza-dulzura-lágrimas-, la juesticia y la misericordia,  la limpieza de corazón y la paz, desata persecuciones

Esta perspectiva de “lo dramático”, por llamarlo así, surge precisamente con la última bienaventuranza, la de las persecuciones, que se desdobla. Al ser las últimas, enmarcan y dan un tinte especial a todas las demás. El tinte que dan es el de la persecución. Lo dramático podemos verlo en que todas las bienaventuranzas elegidas libremente por amor a Jesús y por amor a la justicia, desencadenan persecución por parte del mal espíritu.

¿Cómo es posible que la justicia y Jesús mismo desencadenen persecución, calumnia, mentira…?

Es un misterio, y siempre ha sido así. El Señor hace la referencia explícita a que “así trataron a los profetas anteriores”. Es verdad que a la larga, los que trabajaron por la justicia y por el Nombre del Señor son reconocidos como personas buenas, como santos, pero en su momento, sus actitudes desencadenaron persecución.

De esta manera vemos cómo la última bienaventuranza, que se desdobla en dos, da el carácter dramático a todas las demás. No solo se trata de opciones buenas aunque costosas en sí mismas, sino de opciones que generan oposición y persecución desembozada de otros, de afuera. Y al regalar una bienaventuranza para estas situaciones tan dolorosas como son las de persecución, el Señor quiere extender su bendición, esa bendición que tiene como fruto la alegría y el sentirse unido a su suerte, hasta este extremo, que suele ser para nosotros la gota que rebalsa el vaso y lo que termina por quitarnos la alegría y la paz. Uno dice: “con esfuerzo puedo llegar a ver que la pobreza y la dulzura evangélicas son fuente de dicha, incluso puedo encontrar en las lágrimas la presencia consoladora del Señor, y aunque cueste ser misericordioso, puro y pacificador, son actitudes que siento buenas en sí mismas…, pero que cuando estoy tratando de practicarlas vengan otros y me persigan, me calumnien y me injurien usando eso mismo en mi contra, eso ya no lo tolero”.

Para alcanzar humildad…: humillaciones: los Ejercicios de San Ignacio

Pues bien, para que nos animemos a elegir tolerar esto, el Señor remacha las bienaventuranzas que comenzó con la de la humildad (la pobreza espiritual) con la bienaventuranza de la persecución, que siempre conlleva una humillación. Con esto, el Señor corona las situaciones más difíciles que pueden tocarnos vivir, con una recompensa de su parte. Recompensa que es como la de llegar a compartir algo que él vivió, recompensa porque al elegir y no rechazar estas situaciones y vivirlas como Jesús las vivió, nos unimos más a él, lo conocemos mejor, compartimos su misión y nos hacemos más semejantes a nuestro Amigo fiel.

San Ignacio trata del deseo de oprobios y humillaciones en tres meditaciones estructurales.

En la meditación del Rey Eternal, hace pedir al ejercitante la gracia de “imitar al Señor en pasar todas injurias y todo vituperio” (EE 98).

En la meditación de las Dos Banderas, nos hace considerar el “sermón que Cristo nuestro Señor hace a todos sus servidores y amigos, como les encomienda que inviten a todos 1º a suma pobreza espiritual (y si el Señor los quiere elegir, también a pobreza actual); 2º a deseo de oprobios y menosprecios, porque de estas dos cosas se sigue la humildad, de manera que sean tres escalones: el primero, pobreza contra riqueza; el 2°, oprobio o menosprecio contra el honor mundano; el 3°, humildad contra la soberbia;  y de estos tres escalones induzcan a todas las otras virtudes” (EE 146).

Mas adelante, en las Tres maneras de humildad o de caridad, dice que: la tercera, “es humildad (o caridad) perfectísima, es a saber, cuando, incluyendo la 1ª y 2º, siendo igual alabanza y gloria de la divina majestad,  por imitar y parecerme más actualmente a Cristo nuestro Señor, quiero y elijo más pobreza con Cristo pobre que riqueza, oprobios con Cristo lleno de ellos que honores, y desear más de ser estimado por vano y loco por Cristo, que primero fue tenido por tal, que por sabio ni prudente en este mundo” (EE 167).

Y en el Directorio Autógrafo, Ignacio dice que “cuando se trata de la elección, no tiene objeto hacer deliberar sobre el estado de vida a los que ya han tomado un estado de vida. A estos se les podrá proponer qué querrán elegir de estas dos cosas. La primera, el desear injurias y oprobios con Cristo, imitándolo en esta parte de su cruz; o bien, la segunda, de estar dispuesto a sufrir pacientemente, por amor de Cristo nuestro Señor, cualquier cosa semejante que le suceda” (DA 23).

Es decir que Ignacio sintetiza las bienaventuranzas en la humildad, a la cual se llega por la pobreza y por las humillaciones.

El Padre Miguel Angel Fiorito sj tiene un hermoso comentario a estas bienaventuranzas que unen pobreza espiritual y humillaciones.

En primer lugar, muestra cómo las dos primeras bienaventuranzas también son en realidad una sola desdoblada: pobres de espíritu y mansos son los “anawin”, de la Biblia, los pequeñitos y humildes, los que, como Jesús, manso y humilde de corazón (prautes, dulce), rechaza toda violencia, toda soberbia y camina en presencia de Dios, inclinándose a su santísima voluntad.

Así, la dulzura y mansedumbre, es una cara de la humildad de corazón. La otra cara es la de soportar las humillaciones, los oprobios y las injurias, sin resentirse ni agredir.

Pone Fiorito el siguiente ejemplo: “Nos sucede, en la vida ordinaria, que esperamos algo de los demás y, cuando los demás no proceden de acuerdo a eso que esperamos, nos irritamos o entristecemos. O sea, no somos mansos respecto de los demás que nos rodean y tratan con nosotros. Diríamos que tenemos un plan, según el cual los demás deben obrar de una cierta manera y, cuando ese plan no se cumple, nos irritamos o resentimos. En realidad, esto es fruto de nuestra soberbia: nos consideramos como dioses, cuya voluntad los demás deben cumplir al pie de la letra y cuando no lo hacen, montamos en cólera o nos desilusionamos. Notemos que la cólera (impaciencia o ira) se experimenta cuando pensamos que nuestros derechos no son atendidos, cuando son conculcados, cuando son atropellados. De modo que toda falta de mansedumbre es una falta de humildad. A veces, puede ser verdad que tenemos derecho –al menos alguno- que nuestro prójimo no respeta; pero recordemos que no debemos prestar atención a “la verdad” únicamente, sino al “espíritu” que esa verdad suscita en nosotros. Como decía el Beato Fabro:

“Todo bien que yo tenga que hacer, o pensar u ordenar…, ha de hacerse por medio del buen espíritu, y no por medio del malo (enojo, resentimiento, impaciencia…). Nuestro Señor no debe tener por bien reformar algunas cosas de la Iglesia según el modo de los herejes, porque ellos, aunque en muchas cosas  -así como también los demonios- dicen verdad, no la dicen con el espíritu de la verdad que es el Espíritu Santo” (Memorial 51).

Ejercicio para el que está en persecución  

            Cuando sufrimos la humillación de las persecuciones y calumnias por practicar las bienaventuranzas, es bueno hacer memoria de la Pasión y contemplar a Jesús el único Justo, el crucificado. Jesús identifica la persecución por causa de la justicia y la persecución por su Nombre. En el fondo la sed de justicia lleva al Señor a hacer la voluntad del Padre hasta las últimas consecuencias y eso atrae sobre Él la persecución y la Cruz. Contemplamos, pues, al Señor crucificado –manso y humilde de corazón- como el que restaura todas las cosas pacificando todo en su sangre. A partir de él, sufrir por causa de la sed de justicia, es redentor.

Así lo afirma Pedro en su primera Carta:

“Es hermoso tolerar penas, por consideración a Dios, cuando se sufre injustamente. ¿Pues qué gloria hay en soportar los golpes cuando uno ha faltado? Pero si obrando el bien soportan el sufrimiento, esto es cosa bella ante Dios. Pues para esto han sido llamados, ya que también Cristo sufrió por ustedes, dejándoles ejemplo para que sigan sus huellas” (1 Pe 2, 13 ss.).

Y también:

“¿Quién les hará mal si se trabajan  por el bien?  Mas, aunque sufrieran a causa de la justicia, dichosos de ustedes. No les tengan ningún miedo ni se turben. Al contrario, den culto al Señor, Cristo, en sus corazones, siempre dispuestos a dar respuesta a todo  el que les pida razón de su esperanza. Pero háganlo con dulzura y respeto. Pues más vale padecer por obrar el bien, si esa es la voluntad de Dios, que por obrar el mal. Pues también Cristo, para llevarnos a Dios, murió, el justo por los injustos” (1 Pe 3, 12-18).

Santa Teresa tiene un lindo pasaje sobre este tema: Dice así, hablando a sus monjas: “Muchas veces os lo digo, hermanas, y ahora lo quiero dejar escrito aquí, para que no se les olvide, que en esta casa, (y también toda persona que quisiere ser perfecta), huya mil leguas de «yo tenía razón», y de «hiciéronme sin razón», y de «no tuvo razón quien esto hizo conmigo»… De malas razones nos libre Dios. ¿Les parece que había alguna razón para que nuestro buen Jesús sufriese tantas injurias y se las hiciesen y tantas sinrazones? La que no quisiere llevar cruz sino la que le dieren muy puesta en razón, no sé yo para qué está en el monasterio; vuélvase al mundo, a ver si allí le tienen más contemplaciones. ¿Por ventura podéis pasar tanto que no debáis más? ¿Qué razón es ésta? Por cierto, yo no la entiendo. En cambio, por qué no probamos de sacar a relucir esas “razones” cuando nos hacen alguna honra o regalo o buen tratamiento, a ver si las merecemos. O somos esposas de tan gran rey, o no. Si lo somos, ¿qué mujer honrada hay que no participe de las deshonras que a su esposo hacen? Aunque no lo quiera por su voluntad, en fin, de honra o deshonra participan entrambos. Pues tener parte en su reino y gozarle, y de las deshonras y trabajos querer quedar sin ninguna parte, es disparate” (Camino de Perfección 13).

 

Momento de contemplación

Hna Marta Irigoy md

Algunas ayudas  para la oración con esta Bienaventuranza:

“Felices los que son perseguidos a causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos”
Me pongo en oración…

Le pido a Jesús que me ilumine acerca de mi estado en relación con esta Bienaventuranza.

Le pido al Espíritu Santo que me ilumine para comprender cómo la vivió Jesús.

Le pido al Padre que me engendre a imagen y semejanza de su Hijo Jesús, para que pueda vivirla como Él la vivió y pueda entrar en el Reino de sus Hijos sin temer las persecuciones y para que pueda recibir y tener la fortaleza de Corazón que da el gozo de hacer la voluntad del Padre.

Ejercicio de imaginación:

San Ignacio, en los Ejercicios Espirituales, nos invita a meternos en los relatos del Evangelio, “como si presente me hallase”, es decir, ser parte, saberme sumergido en la escena que contemplo, viendo las personas, escuchando lo que dicen, mirando lo que hacen…

Te invito a imaginar a Jesús…

Jesús debió notar nuestra pesadumbre después de enseñarnos el camino del Reino,  porque volvió a tomar la palabra:

Escúchale decir:

– ¿Les preocupa que les anuncie fracasos y persecuciones? ¿Qué pensaban, que el discípulo iba a estar por encima de su maestro? ¿No recuerdan cuántas veces les he dicho que el que tome la decisión de seguirme tiene que dejar atrás el miedo? Por eso, si algún día se encuentran ante los tribunales, no se preocupen  por lo que van a decir, que eso lo sabran  en aquel momento. Porque no serán ustedes los que hablarán entonces, sino el Espíritu de su Padre el que hablará en ustedes. Les digo de verdad: no teman a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma…Fiense  de su Padre: es Él quien los cuida y tiene contados hasta los cabellos de su cabeza…

Dialoga con Jesús…

Termina leyendo las palabras de San Pablo,  “sintiendo y gustándolas internamente”…

“¿Qué diremos después de todo esto? Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?

El que no escatimó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿no nos concederá con él toda clase de favores?

¿Quién podrá acusar a los elegidos de Dios? Dios es el que justifica.

¿Quién se atreverá a condenarlos? ¿Será acaso Jesucristo, el que murió, más aún, el que resucitó, y está a la derecha de Dios e intercede por nosotros?

¿Quién podrá entonces separarnos del amor de Cristo? ¿Las tribulaciones, las angustias, la persecución, el hambre, la desnudez, los peligros, la espada?

Como dice la Escritura: Por tu causa somos entregados continuamente a la muerte; se nos considera como a ovejas destinadas al matadero. Pero en todo esto obtenemos una amplia victoria, gracias a aquel que nos amó.

Porque tengo la certeza de que ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los principados, ni lo presente ni lo futuro, ni los poderes espirituales, ni lo alto ni lo profundo, ni ninguna otra criatura podrá separarnos jamás del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor” (Rm 8, 31-39).
Jesús, perfecta imagen y semejanza del Padre, dame un corazón de hijo.

 

 

 

 La paz en Papa Francisco

APTOPIX Vatican Pope Liberated Doves

Tres modelos: Francisco, Agustín y Fabro

En el momento de su elección, el Papa siempre cuenta cómo fue que le vino al corazón el nombre de Francisco: le vino pensando en los pobres y en la paz del mundo. Por eso en su Encíclica Laudato Si nos pone a san Francisco como modelo de una ecología integral y nos dice que:

“En él se advierte hasta qué punto son inseparables la preocupación por la naturaleza, la justicia con los pobres, el compromiso con la sociedad y la paz interior” (LS 10).

Es que:

“Si nos sentimos íntimamente unidos a todo lo que existe, la sobriedad y el cuidado brotarán de modo espontáneo. La pobreza y la austeridad de san Francisco no eran un ascetismo meramente exterior, sino algo más radical: una renuncia a convertir la realidad en mero objeto de uso y de dominio” (Ibid).

Cuando estuvo en Asís, en el 2013, el Papa profundizó en lo que es una paz verdaderamente franciscana:

“Muchos asocian a san Francisco con la paz, pero pocos profundizan. ¿Cuál es la paz que Francisco acogió y vivió y nos transmite? La de Cristo, que pasa a través del amor más grande, el de la Cruz. Es la paz que Jesús resucitado dio a los discípulos cuando se apareció en medio de ellos (cf. Jn 20,19.20).

La paz franciscana no es un sentimiento almibarado. Por favor: ¡ese san Francisco no existe! Y ni siquiera es una especie de armonía panteísta con las energías del cosmos… Tampoco esto es franciscano, tampoco esto es franciscano, sino una idea que algunos han construido.

La paz de san Francisco es la de Cristo, y la encuentra el que «carga» con su «yugo», es decir su mandamiento: Amaos los unos a los otros como yo os he amado (cf. Jn 13,34; 15,12). Y este yugo no se puede llevar con arrogancia, con presunción, con soberbia, sino sólo se puede llevar con mansedumbre y humildad de corazón”.

Guardemos esta trinidad en el corazón: la cruz, el mandamiento del amor y el llevarlo con mansedumbre y humildad. Esta síntesis brota de lo más íntimo de la oración del papa Francisco. Uno puede ver y tocar, cuando él se acerca, que está llevando mansamente el mandamiento del amor. Y se nota que es yugo, ligero porque el Señor le ayuda y él lo carga con humildad de corazón.

Continuaba el Papa su oración en la misa de Asis. Decía:

“Nos dirigimos a ti, Francisco, y te pedimos: enséñanos a ser «instrumentos de la paz», de la paz que tiene su fuente en Dios, la paz que nos ha traído el Señor Jesús. ¡La armonía y la paz! Francisco fue hombre de armonía, un hombre de paz. Desde esta Ciudad de la paz, repito con la fuerza y mansedumbre del amor: respetemos la creación, no seamos instrumentos de destrucción. Respetemos todo ser humano: que cesen los conflictos armados que ensangrientan la tierra, que callen las armas y en todas partes el odio ceda el puesto al amor, la ofensa al perdón y la discordia a la unión. Escuchemos el grito de los que lloran, sufren y mueren por la violencia, el terrorismo o la guerra, en Tierra Santa, tan amada por san Francisco, en Siria, en todo el Oriente Medio, en todo el mundo. Nos dirigimos a ti, Francisco, y te pedimos: Alcánzanos de Dios para nuestro mundo el don de la armonía, la paz y el respeto por la creación” (Misa de San Francisco 4 de octubre de 2013)

Otro modelo que nos propone Francisco es el de san Agustín, el hombre del corazón inquieto que un día encontró su reposo en Dios. En el día de su fiesta, en el 2013, Francisco nos hace ver:

un “Agustín que se deja inquietar por Dios, que no se cansa de anunciarlo, de evangelizar con valentía, sin temor, que busca ser la imagen de Jesús Buen Pastor que conoce a sus ovejas (cf. Jn 10, 14), más aún, como me gusta repetir, que «percibe el olor de su rebaño», y sale a buscar las perdidas”.

“Agustín vive lo que san Pablo indica a Timoteo y a cada uno de nosotros: anuncia la palabra, insiste en el momento oportuno y no oportuno, anuncia el Evangelio con el corazón magnánimo, grande (cf. 2 Tm 4, 2) de un Pastor que está inquieto por sus ovejas. El tesoro de Agustín es precisamente esta actitud: salir siempre hacia Dios, salir siempre hacia el rebaño… Es un hombre en tensión, entre estas dos salidas; no «privatizar» el amor… ¡siempre en camino!¡Siempre inquieto!”

Y ésta es la paz de la inquietud. Podemos preguntarnos: ¿estoy inquieto por Dios, por anunciarlo, para darlo a conocer? ¿O me dejo fascinar por esa mundanidad espiritual que empuja a hacer todo por amor a uno mismo? Nosotros, consagrados, pensamos en los intereses personales, en el funcionalismo de las obras, en el carrerismo. ¡Bah! Tantas cosas podemos pensar… Por así decirlo ¿me he «acomodado» en mi vida cristiana, en mi vida sacerdotal, en mi vida religiosa, también en mi vida de comunidad, o conservo la fuerza de la inquietud por Dios, por su Palabra, que me lleva a «salir fuera», hacia los demás?” (28 de Agosto de 2013).

Esta misma inquietud, este estar centrado en Dios y salir de sí constantemente, el Papa también lo destaca en San Pedro Fabro, el compañero de Ignacio junto con Francisco Javier (otro “impaciente” -el divino impaciente, como le llamaba Pemán). Dice el Papa:

Ser jesuita significa ser una persona de pensamiento incompleto, de pensamiento abierto: porque piensa siempre mirando al horizonte que es la gloria de Dios siempre mayor, que nos sorprende sin pausa. Y ésta es la inquietud de nuestro abismo. ¡Esta santa y bella inquietud!

Pero, porque somos pecadores, podemos preguntarnos

si nuestro corazón ha conservado la inquietud de la búsqueda o si, en cambio, se ha atrofiado;

si nuestro corazón está siempre en tensión: un corazón que no se acomoda, no se cierra en sí mismo, sino que late al ritmo de un camino que se realiza junto a todo el pueblo fiel de Dios.

Es necesario buscar a Dios para encontrarlo, y encontrarlo para buscarlo aún y siempre. Sólo esta inquietud da paz al corazón de un jesuita, una inquietud también apostólica, no nos debe provocar cansancio de anunciar el kerygma, de evangelizar con valentía. Es la inquietud que nos prepara para recibir el don de la fecundidad apostólica. Sin inquietud somos estériles. (Iglesia del Gesù 3 de enero de 2014).

El Espíritu Santo y la paz

El Espíritu Santo es Dios mismo dando paz, armonizando a las personas diferentes en las situaciones más diversas y ordenándolas en su paz. Dice el Papa:

“Las diversas intervenciones del Espíritu Santo forman parte de una acción armónica, de un único proyecto divino de amor. La misión del Espíritu Santo consiste en generar armonía –Él mismo es armonía– y obrar la paz en situaciones diversas y entre individuos diferentes. La diversidad de personas y de ideas no debe provocar rechazo o crear obstáculos, porque la variedad es siempre una riqueza. Por tanto, hoy invocamos con corazón ardiente al Espíritu Santo pidiéndole que prepare el camino de la paz y de la unidad”.

En segundo lugar, el Espíritu Santo unge con la paz, con las actitudes que favorecen que haya paz:

“El Espíritu ha ungido interiormente a Jesús, y unge a los discípulos, para que tengan los mismos sentimientos de Jesús y puedan así asumir en su vida las actitudes que favorecen la paz y la comunión. Con la unción del Espíritu, la santidad de Jesucristo se imprime en nuestra humanidad y nos hace capaces de amar a los hermanos con el mismo amor con que Dios nos ama. Por tanto, es necesario realizar gestos de humildad, de fraternidad, de perdón, de reconciliación. Estos gestos son premisa y condición para una paz auténtica, sólida y duradera”.

Y, finalmente, el Espíritu nos envía a ser mensajeros de la paz.

“Jesús es el Enviado, lleno del Espíritu del Padre. Ungidos por el mismo Espíritu, también nosotros somos enviados como mensajeros y testigos de paz. ¡Cuánta necesidad tiene el mundo de nosotros como mensajeros de paz, como testigos de paz! Es una necesidad que tiene el mundo. También el mundo nos pide hacer esto: llevar la paz, testimoniar la paz. La paz no se puede comprar, no se vende. La paz es un don que hemos de buscar con paciencia y construir “artesanalmente” mediante pequeños y grandes gestos en nuestra vida cotidiana. El camino de la paz se consolida si reconocemos que todos tenemos la misma sangre y formamos parte del género humano; si no olvidamos que tenemos un único Padre en el cielo y que somos todos sus hijos, hechos a su imagen y semejanza. (24 de mayo de 2014 en Amán)

La oración por la paz

En la vigilia de oración por la paz, nos decía Francisco:

«Y vio Dios que era bueno» (Gn 1,12.18.21.25). Podemos preguntarnos: ¿Qué significado tienen estas palabras? ¿Qué nos dicen a ti, a mí, a todos nosotros?

Nos dicen simplemente que nuestro mundo, en el corazón y en la mente de Dios, es “casa de armonía y de paz” y un lugar en el que todos pueden encontrar su puesto y sentirse “en casa”, porque “es bueno”. El mundo que queremos ¿no es un mundo de armonía y de paz, dentro de nosotros mismos, en la relación con los demás, en las familias, en las ciudades, en y entre las naciones? Y en estas circunstancias, me pregunto: ¿Es posible seguir el camino de la paz? ¿Podemos salir de esta espiral de dolor y de muerte? ¿Podemos aprender de nuevo a caminar por las sendas de la paz? Invocando la ayuda de Dios, bajo la mirada materna de la Salus populi romani (Santa María Maggiore), Reina de la paz, quiero responder: Sí, es posible para todos.

El grito-oración por la paz:

“En el silencio de la Cruz calla el fragor de las armas y habla el lenguaje de la reconciliación, del perdón, del diálogo, de la paz. Quisiera pedir al Señor, esta noche, que nosotros cristianos y los hermanos de las otras religiones, todos los hombres y mujeres de buena voluntad gritasen con fuerza:

¡La violencia y la guerra nunca son el camino para la paz!

Que cada uno mire dentro de su propia conciencia y escuche la palabra que dice: Sal de tus intereses que atrofian tu corazón,

supera la indiferencia hacia el otro que hace insensible tu corazón,

vence tus razones de muerte

y ábrete al diálogo,

a la reconciliación;

mira el dolor de tu hermano — pienso en los niños, solamente en ellos…—,

mira el dolor de tu hermano,

y no añadas más dolor,

detén tu mano,

reconstruye la armonía que se ha roto;

y esto no con la confrontación, sino con el encuentro.

¡Que se acabe el sonido de las armas!

 

La guerra significa siempre el fracaso de la paz, es siempre una derrota para la humanidad. Resuenen una vez más las palabras de Pablo VI:

«Nunca más los unos contra los otros; jamás, nunca más…

¡Nunca más la guerra! ¡Nunca más la guerra!»

«La Paz se afianza solamente con la paz; la paz no separada de los deberes de la justicia, sino alimentada por el propio sacrificio, por la clemencia, por la misericordia, por la caridad».

Hermanos y hermanas, perdón, diálogo, reconciliación son las palabras de la paz: en la amada nación siria, en Oriente Medio, en todo el mundo. Recemos esta noche por la reconciliación y por la paz, contribuyamos a la reconciliación y a la paz, y convirtámonos todos, en cualquier lugar donde nos encontremos, en hombres y mujeres de reconciliación y de paz. Así sea” (Vigilia de oración por la paz 7 de setiembre 2013).

 

 

Momento de meditación

Diego Fares sj

 

La dicha de trabajar por la paz

“Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios (Mt 5

Jesús es nuestra Paz

En el evangelio vemos que la paz no es “ausencia de conflictos”. La paz no es una ausencia sino una presencia: la presencia de Jesús resucitado. “El es nuestra paz” como les dice Pablo a los Efesios (2, 14). Jesús resucitado es nuestra paz y lo es de manera activa: haciéndose presente y dándonos la paz. Y la reiteración del don de la paz que hace Jesús resucitado cada vez que sale al encuentro de los suyos creó en la Iglesia la confianza en que, cuando hay paz, es que El se está haciendo presente de alguna manera.

Las reglas para discernir la paz

Ignacio convirtió esta doctrina revelada en varias hermosísimas reglas de discernimiento en las que muestra cómo es propio del buen espíritu dar paz, pacificar.

En la regla 3ª de la primera semana dice: llamo consolación a “toda leticia interna que llama y atrae a las cosas celestiales y a la propia salud de su ánima, quietándola y pacificándola en su Criador y Señor” (EE 316). El trabajo del buen espíritu consiste, por tanto, en consolarnos con una alegría interior que nos aquieta el alma y la pacifica en el Señor. Para afirmar la imagen, en la regla siguiente dice Ignacio que el mal espíritu tienta causando inquietud de varias agitaciones y tentaciones” (EE 317). El consejo para el que esta desolado es precisamente el de trabajar por la paz: “el que está en desolación, trabaje de estar en paciencia, que es contraria a las vejaciones que le vienen, y piense que será presto consolado” (EE 312).

La quinta regla de la segunda semana es muy iluminadora al utilizar el criterio de la paz: debemos mucho advertir –dice Ignacio- el discurso de los pensamientos; y si el principio, medio y fin es todo bueno, inclinado a todo bien, señal es de buen ángel; mas si en el discurso de los pensamientos que trae, acaba en alguna cosa mala o distractiva, o menos buena que la que el ánima antes tenía propuesta de hacer, o la enflaquece o inquieta o conturba a la ánima, quitándola su paz, tranquilidad y quietud que antes tenía, clara señal es proceder de mal espíritu, enemigo de nuestro provecho y salud eterna” (EE 333). Está claro: la gracia de Jesús es siempre íntegramente buena: en el comienzo, en los medios y en el fin. En cambio el mal espíritu se mete en algún momento del proceso y se descubre cuando hace perder la paz de alguna manera.

Ignacio lo explicita en la regla 7ª con la imagen de la gota de agua: “En los que proceden de bien en mejor, el buen ángel toca a la tal ánima dulce, leve y suavemente, como gota de agua que entra en una esponja; y el malo toca agudamente y con sonido y inquietud, como cuando la gota de agua cae sobre la piedra”. Y continúa Ignacio: cuando nuestra disposición interior es similar a la del Señor él entra en nuestro interior “con silencio como en propia casa a puerta abierta” (EE 335). Así eran las apariciones del Señor resucitado en medio de la comunidad de sus discípulos.

Por eso, si bien para trabajar por la paz es bueno tomar conciencia de las cosas que nos la hacen perder, mejor aún es tener claro a Quién se la tenemos que pedir, una y otra vez, y que ese regalo suyo sólo no hay nada externo que nos lo pueda quitar.

Las cosas que nos hacen perder la paz son variadísimas: hay veces en que perdemos la paz por un motivo realmente grave y otras por una tontería. Hay una especie de “predisposición a perder la paz” que proviene de mi interior más que de afuera. Este dato nos remite al evangelio, a contemplar qué es la paz de Jesús, esa que sólo él da y que no es como la que da el mundo. Podríamos parafrasear aquí ese pasaje del evangelio que dice: “No hay nada que siendo externo al hombre se introduzca en él y sea capaz de contaminarlo” (Mt 7 1 ss.) y afirmar también que no hay nada externo que nos pueda quitar la paz de Cristo.

Como dice Pablo, uniendo también como Ignacio alegría-cercanía del Señor y paz: “Estén siempre alegres en el Señor; se los  repito, estén alegres. El Señor está cerca. No se inquieten por cosa alguna; antes bien, en toda ocasión, presentad a Dios vuestras peticiones, mediante la  oración y la súplica, acompañadas de la acción de gracias. la paz de Dios, que supera todo conocimiento, custodiará sus corazones y sus pensamientos en Cristo Jesús” (Ef 4, 7 ss.).

La paz nos da a Jesús

La paz es como una de las propiedades trascendentales de Jesús: podemos decir que Jesús nos da la paz y que la paz nos da a Jesús. Por eso hace bien contemplar la paz como algo concreto y valioso en sí mismo, en cuanto que tiene como fuente de irradiación a la persona de Jesús. La paz es el ámbito que se abre y se ordena cuando él está presente, en el centro de nuestra vida y de nuestra actividad. La paz es el reino de los cielos, un reino en el que se vive dichosamente, justamente, con alegría, amor y…paz. La paz es el mismo Espíritu Santo actuando e influyendo, es su modo de obrar.

¿Cómo trabaja Jesús por la paz?

¿Cómo trabaja Jesús por la paz? Esa es la pregunta que debemos hacernos. Porque no es fácil esto de trabajar por la paz. Se rompe tan fácilmente! En el evangelio vemos que Jesús siempre se acerca pacificando o pacifica acercándose, haciéndose presente. En la familia esto es claro: es la presencia de los padres lo que suscita y conserva la paz.

La paz, pues, se logra por presencia, más que por otra cosa. No se logra por decreto. No se logra ordenando a otros que se queden en paz. La presencia del ser amado y respetado es lo que establece y conserva la paz.

Y la presencia tiene que ser “renovada” e incrementada, pero no impuesta. Así como pasamos de la variedad de las cosas que nos hacen perder la paz a darnos cuenta de que es una presencia más que una ausencia, también es bueno tomar conciencia de que la paz no se puede imponer –ni se la podemos imponer a los demás ni nos la podemos imponer a nosotros mismos-. La paz es un don: un don incesantemente dado. Por eso el Señor la da tantas veces. La paz es un don que ya nos ha sido dado. Y de lo que se trata es de trabajar para no perderla, de vivir “poniendo empeño en conservar la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz” (Ef 4, 3), como dice Pablo.

Sabiendo que el Pacificador, el que trabaja por la paz, el que la estableció y pagó el precio por ella con su Sangre, el que la irradia y la mantiene, es Jesús. La paz es, pues, la presencia misma del Señor resucitado, presencia que se renueva a sus tiempos y que puedo trabajar por cuidar y pedir como se pide y se cuida un don, es decir: siendo consciente de que el trabajo mayor proviene del Señor mismo.

La paz es un don que hay que recibir muchas veces. Por eso en cada Eucaristía, una vez que el Señor está presente luego de la consagración, la Iglesia nos da la paz y unos a otros expresamos esto dándonos mutuamente la paz. También al perdonarnos los pecados el sacerdote nos dice: queda en paz. Es la paz nuestra de cada día, tan cotidiana como el pan. Y el Señor resucitado es el “que trabaja por la paz”, el artífice de la paz. La paz es un don, “el don” por excelencia del Resucitado. Es lo que nos permite reconocerlo presente en medio de la comunidad. Porque El está y cuando nos ponemos en paz aparece.

Así, dejar que el Señor se haga presente en nuestra vida es dejarlo trabajar por la paz. El nos dice: “Yo estoy todos los días con ustedes, hasta el fin del mundo”. Su estar con nosotros es la fuente de la paz. Y cuando él se hace presente abre ese espacio de paz del que hablamos. Por eso las palabras que dice siempre que se aparece son: “no teman” y “tengan paz”. Como decía Agustín, la paz es “tranquilidad en el orden”. Y el orden se crea siempre en torno a un fin. Jesús resucitado es el fin de todo lo creado, de cada corazón y del universo entero. El es el alfa y la omega. Todo fue hecho en orden a El y en El encuentra su sentido. Por eso es que su presencia da paz. “No teman! Soy Yo”, les dirá a los discípulos. Cuando El está, todo está bien. No hay que temer. Puede que el resto del mundo aún no esté en orden, pero El es mi fin. No debo preocuparme, El “puede” con el mundo. Y si yo me dejo pacificar, perdonar y enviar seré uno de “los que trabajan por la paz”. Por eso es que recibir la paz es la actitud correcta ante el resucitado. Hay que dejarse llenar de paz por El, acallar toda otra urgencia, dejar de lado todo y entrar en el ámbito de su paz. De lo contrario, no estamos ante El y quedamos a merced de nuestros fantasmas.

¿Cómo podemos trabajar nosotros por la paz?

La paz no es un sentimiento sino un estado. Es “la perfección de la alegría”. Es un modo de tratar los otros sentimientos, aquietando ese fluir cambiante de emociones encontradas a que nos somete la vida moderna. Es un modo de hacer y de sentir las cosas en el espíritu de Jesucristo resucitado. Se puede estar  en paz en el dolor y en la alegría, en el descanso y en la lucha…

Si la paz es presencia y don, trabajar por la paz significa trabajar para que esta presencia y este don se renueven y se incrementen. Al Señor lo acercamos cuando seguimos su opción apostólica que elige antes que “hacer cosas”, establecer y mantener un estado espiritual de las cosas Santo Tomás dice que la paz es la “tranquilidad activa del orden vivido en libertad”. Ese estado se logra en la contemplación y en la acción realizadas al estilo de Jesús.

Al Señor lo acercamos a nuestra mentalidad cuando ponemos en el centro de nuestros pensamientos la Palabra del Evangelio.

Al Señor lo acercamos a nuestro trabajo, cuando trabajamos siendo contemplativos en la acción, viendo lo que él hace en los demás y en nosotros (no queriendo controlar nosotros todo sino viviendo confiados en que él conduce la historia y los corazones y nosotros debemos solo estar atentos a en qué podemos colaborar).

            La paz y el gusto por la propia misión

Marcos establece una relación entre paz y sal que es inspiradora: “Tengan sal en ustedes y tendrán paz” (Mc 9, 50). La sal hace referencia a la sabiduría de la cruz, al misterio de abrazar el amor sufriente. Tener sal en uno habla de estar saboreando la propia vocación, estar sazonado contra toda corrupción y contra todo disgusto y sosedad. El gusto por la propia misión se transluce en el deseo de trabajar con otros, de participar y hacer las cosas juntos. Cuando no hay sal, cuando se está a disgusto, viene el desasosiego, la inquietud, la falta de paz. Es como en un juego, si todos juegan contentos, van solos detrás de la pelota y cada uno hace lo suyo y ayuda a los demás gustosamente. Si hubiera que hacer una reunión en cada jugada para establecer qué le corresponde a cada uno no habría juego.

            Los protagonistas de la paz

Es tarea del superior establecer la paz, dando a cada uno su misión, acompañándolo y velando para que todo se haga con paz y gusto, estableciéndolos carriles necesarios para que se mantenga y acreciente el clima de paz propicio para que el Señor se haga presente y actúe.

Es tarea de la comunidad aceptar, elegir y obedecer a quien establece la paz: dejando que tenga la última palabra, que cierra las cosas en Dios y marque los ritmos y los roles, que evalúa el trabajo de cada uno y lo misione.

Conocer y concordar en quién pacifica es esencial a un grupo humano. Si no está esto claro se vive en permanente peligro de guerra.

La herramienta principal para trabajar por la paz es la comunidad o el grupo mismo que decide mantenerse pacíficamente en todo lo que emprenda o sufra. La paz permite continuidad e interacción cosa que uno solo no logra. Por ello acepta al superior o moderador que establece la paz, que la arbitra y obra con respeto por la sal de cada uno, por los diferentes gustos y estilos. Cuando cada uno está a gusto y se le confía trabaja bien, libremente en orden.

La herramienta mediadora entre estas dos es el diálogo, una y otra vez retomado. El trabajo por la paz supone aceptar el diálogo una y otra vez, supone saber tener paciencia a los procesos de los otros, perdonar, soportar, cuidar la propia lengua y las actitudes, de manera de no generar violencia ni agresividad.

La paz es un don del Señor que sólo él es capaz de dar y de reconstruir una y otra vez. Cerramos con la frase de Pablo: “Hermanos, alegraos; sean perfectos; dense ánimo; tengan un mismo sentir; vivan en paz, y el Dios de la caridad y de la paz estará con ustedes” (2 Cor 13, 11).

 

 

Momento de contemplación

Hna. Marta Irigoy md

Dichosos los que trabajan por la felicidad de sus hermanos, los hombres”, porque a esos los llamará Dios hijos suyos…”

Al hablar de la Bienaventuranza de los que trabajan por la Paz, hay que entender el concepto de “paz” , según el pensamiento del mundo de ideas hebreo…

La “paz”  no es solamente lo que nosotros llamamos que no haya guerra.

Para los hebreos, la paz significa la prosperidad, las buenas relaciones humanas, el derecho y la justicia. Es decir, la felicidad del hombre. No solamente que haya dos reconciliados. Por supuesto, eso entra, pero entra sobre todo el concepto de prosperidad, tranquilidad, excelente relación humana, hermandad, derecho y justicia. Es la felicidad.

 “Dichosos los que trabajan por la felicidad de los hombres, porque a esos los llamará Dios hijos suyos”.

¿Por qué?

Porque hijo es el que se actúa como su padre. En el lenguaje éste de los evangelios hijo no es solamente el que nace de uno, sino el que se parece a su padre, el que se actúa como su padre. Ese es el hijo. El que no se actúa como su padre no es su hijo, aunque haya nacido de él.

Por tanto ser hijo es actuar como su padre. Por eso, Dios, a los que trabajan por la felicidad del hombre, los va a llamar hijos suyos.

Porque actúan como Él. Todo el interés de Dios es la felicidad de los hombres y, a los que actúan así, los va a llamar hijos suyos.

Y “llamarles” significa que lo son y que son reconocidos como tales, ya que “llamar”, en este lenguaje griego-semítico, significa ser algo y ser reconocido como tal. Por tanto, a éstos va a llamarlos Dios hijos suyos pero, además, van a ser reconocidos como hijos de Dios, es decir, van a dar al mundo lo que es la imagen del verdadero Dios.

El que trabaja por la felicidad de los hombres, sus hermanos; en cualquier sentido,  sobre todo, procura la justicia y el derecho, la hermandad de los hombres, la solidaridad, el compartir, todo lo que sea bueno y cree una nueva relación humana de amor, ése se parece a Dios, porque se actúa como actúa Dios y, por lo tanto, es y será reconocido como hijo de Dios.

San Juan, el evangelista “místico”, que ha reposado su cabeza en el pecho de Jesús y captado el misterio del amor de Jesús y el Padre, escribe:

“¡Miren cómo nos amó el Padre! quiso que nos llamáramos hijos de Dios, y nosotros lo somos realmente. Si el mundo no nos reconoce es porque no lo ha reconocido a él… (1 Jn 1)

Nuestro mundo sufre una gran orfandad y éste es quizás unos de los problemas de hoy…

Ya que se ha olvidado de Dios.  Se ha olvidado que su vida tiene como origen un corazón que lo amado desde siempre… No se sabe creado por amor…

No recuerda que tiene Padre, por lo tanto, no se reconoce hijo.

Mira al hombre, su hermano- con el que comparte la tierra, como a un enemigo que le quiere quitar lo que él cree que le pertenece y se defiende a costa de todo, cuando en realidad todo es de todos…

Por eso, trabaja, pero, por la infelicidad de sus  hermanos…

El Papa Francisco, al hablar de esta Bienaventuranza, en una homilía, decía:

“Hacer la paz es un trabajo artesanal: requiere pasión, paciencia, experiencia, tesón. Bienaventurados quienes siembran paz con sus acciones cotidianas, con actitudes y gestos de servicio, de fraternidad, de diálogo, de misericordia… Estos, sí, «serán llamados hijos de Dios», porque Dios siembra paz, siempre, en todas partes; en la plenitud de los tiempos ha sembrado en el mundo a su Hijo para que tuviésemos paz. Hacer la paz es un trabajo que se realiza cada día, paso a paso, sin cansarse jamás”

“Tenemos que recordar siempre que somos peregrinos, y peregrinamos juntos. Para eso, hay que confiar el corazón al compañero de camino sin recelos, sin desconfianzas, y mirar ante todo lo que buscamos: la paz en el rostro del único Dios. Confiarse al otro es algo artesanal, la paz es artesanal. Jesús nos dijo: « ¡Felices los que trabajan por la paz!” –EG 244-

PARA LA ORACIÓN PERSONAL.

  • Trae a tu corazón, los trabajos por la felicidad de los que te han sido confiados: personas, familia, situaciones, servicios apostólicos, etc.
  • Anímate a escuchar en lo más hondo de tu corazón, la voz del Padre diciéndote:

“Tú eres mi hijo muy amado,

Tú eres mi hija muy amada,

en  ti tengo puesta

toda mi predilección” (Mc. 1, 11)

Termina este momento contemplativo, con este texto de Moratiel, eligiendo aquel que sientas como invitación para este momento de tu vida…

LA PAZ VENDRÁ

Si crees que la sonrisa es más fuerte que las armas.
Si crees en el poder de una mano tendida.
Si crees que lo que aúna a los hombres es más fuerte que lo que los separa.
Si crees que ser diferente es una riqueza y no un peligro.
Si sabes mirar a los otros con un poco de amor.
Si prefieres la esperanza a la sospecha.
Si estimas que debes dar el primer paso para acercarte al otro.
Si puedes alegrarte de la alegría de tu vecino.
Si la mirada de un niño puede, todavía, desarmar tu corazón…

LA PAZ VENDRÁ.

Si la injusticia que padecen los otros te duele tanto como la que tú sufres.
Si sabes aceptar que el otro te haga un servicio.
Si crees que el perdón va más allá de la venganza.
Si sabes cantar la alegría de los demás y danzar su fiesta.
Si puedes escuchar la desdicha que te hace perder tu tiempo y  permanecer con la sonrisa en los labios.Si sabes aceptar la crítica sin defenderte.
Si crees que los demás te pueden ayudar a cambiar.
Si no te escandaliza el Evangelio.
LA PAZ VENDRÁ.

Si sabes escoger y aceptar un punto de vista distinto del tuyo.
Si no descargas tus culpas sobre los demás.
Si el otro es para ti, ante todo un hermano.
Si la cólera es para ti debilidad, y no una prueba de fuerza.
Si prefieres ser herido, antes de hacer daño a nadie.
Si miras al pobre y al oprimido sin tenerte por un héroe.
Si crees que el amor es la única fuerza.
Si crees que la paz es posible,
LA PAZ VENDRÁ.

La limpieza del corazón en el Papa Francisco

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Nuestro corazón es como un mercado…, entonces: hay que discernir

El corazón del hombre se parece a un mercado de barrio donde se puede encontrar de todo. El Papa, tomando el consejo de Juan de permanecer en el Señor (1 Jn 3, 22 – 4,6), nos dice que permanecer es “ser plenamente consciente de lo que sucede en nuestro corazón”.

Porque en nuestro corazón, como en un mercado de barrio, hay de todo.

Ser limpios de corazón no es algo que se adquiera de una vez, más bien se trata de esa actitud constante de “saber todo lo que siente nuestro corazón y discernir para elegir lo bueno y rechazar lo malo”. Y el criterio para discernir no es el de un “deber” que cada uno entiende a su manera sino “la encarnación de Cristo”: Cristo venido en carne.

Permanecer en el Señor. El cristiano, hombre o mujer, es quien permanece en el Señor. Pero, ¿qué significa esto? Muchas cosas, pero en este pasaje san Juan se centra en una actitud especial que el cristiano debe asumir si quiere permanecer en el Señor: la plena conciencia «de lo que sucede en su corazón».

El cristiano que permanece en el Señor sabe «lo que pasa en su corazón».

Por ello el apóstol dice: Queridos míos: no se fíen de cualquier espíritu, sino examinen si los espíritus vienen de Dios.

Nuestro corazón tiene siempre deseos, ganas, pensamientos: pero, ¿son todos del Señor? ¿O algunos de éstos nos alejan del Señor?

Por ello es necesario «ponerlos a prueba pues “muchos falsos profetas han salido al mundo”. Y falsos pueden ser no sólo los profetas, sino también las profecías o las propuestas. Por ello es necesario vigilar siempre. Es más, el cristiano – indicó – es precisamente el hombre o la mujer que sabe vigilar sobre su corazón. Un corazón en el cual hay muchas cosas que van y vienen… Parece un mercado de barrio donde se encuentra de todo. Precisamente por esto es necesaria una obra constante de discernimiento; para comprender lo que es verdaderamente del Señor.

Pero ¿cómo sé que esto es de Cristo?. El criterio a seguir lo indica el apóstol Juan. «Todo espíritu que confiesa a Jesucristo venido en carne es de Dios; y todo espíritu que no confiesa a Jesús no es de Dios: es del Anticristo. El cual habéis oído que iba a venir; pues bien, ya está en el mundo».

Es así de sencillo: si lo que tú deseas, o lo que tú piensas va por el camino de la encarnación del Verbo, del Señor que vino en carne, significa que es de Dios; pero si no va por ese camino, entonces no viene de Dios.

Por lo tanto, si un pensamiento, si un deseo te lleva, añadió, por el camino de la humildad, del abajamiento, del servicio a los demás, es de Jesús; pero si te lleva por la senda de la suficiencia, de la vanidad, del orgullo o por el camino de un pensamiento abstracto, no es de Jesús”  (Cfr. Meditaciones en Santa Marta, 10 de Enero de 2014).

La limpieza del corazón es sencillez y luminosidad

Pido al Señor la gracia de que nuestro corazón sea sencillo, luminoso con la verdad que Él nos da, y podamos así ser amables, capaces de perdonar, comprensivos con los demás, de corazón grande con la gente, misericordiosos». «Jamás condenar. Si tú tienes ganas de condenar, condénate a ti mismo» (15 de diciembre de 2014).

“La lámpara del cuerpo es el ojo”, o sea «el ojo es la intención del corazón». En consecuencia, si tu ojo es sencillo, si viene de un corazón que ama, de un corazón que busca al Señor, de un corazón humilde, todo tu cuerpo será luminoso. Pero si tu ojo es malo, todo tu cuerpo será tenebroso.  Nos preguntamos cómo es nuestro juicio sobre las cosas: ¿Luminoso o tenebroso? ¿Somos personas de luz o de tinieblas? Lo importante es cómo juzgamos las cosas: ¿con la luz que viene del verdadero tesoro a nuestro corazón? ¿O con las tinieblas de un corazón de piedra?» (21 de junio de 2013).

«Bienaventurados los limpios de corazón», es una frase de Jesús que se refiere a quienes «tienen un corazón sencillo, puro, sin suciedad: un corazón que sabe amar con esa pureza tan hermosa» (Meditaciones en Santa Marta, 9 de junio de 2014).

Corazón limpio es el que no odia ni habla mal de los demás

Una vez los discípulos de Jesús comían trigo, porque tenían hambre; pero era sábado, y el sábado no se podía comer trigo. Y lo tomaban, hacían así [frota las manos] y comían el trigo. Y [los fariseos] dijeron: «¡Mira lo que hacen! Quién hace eso, va contra la ley y mancha el alma, porque no cumple la ley». Y Jesús responde: «No mancha el alma lo que tomamos fuera. Ensucia el alma lo que viene de dentro, de tu corazón».

Y creo que nos hará bien, hoy, pensar no si mi alma está limpia o sucia, sino pensar en lo que hay en mi corazón, qué tengo dentro, que yo sé que tengo y nadie lo sabe. Decirnos la verdad a nosotros mismos: ¡no es fácil! Porque nosotros siempre buscamos cubrirnos cuando vemos algo que no está bien dentro de nosotros, ¿no? Que no salga a la luz, ¿no? ¿Qué hay en nuestro corazón? ¿Hay amor? Pensemos: ¿amo a mis padres, a mis hijos, a mi esposa, a mi marido, a la gente del barrio, a los enfermos? … ¿amo? ¿Hay odio? ¿Odio a alguien? Porque muchas veces encontramos que hay odio, ¿no? «Yo amo a todos, excepto a éste, a éste y a ésta». Esto es odio, ¿no? ¿Qué hay en mi corazón? ¿Hay perdón? ¿Hay una actitud de perdón hacia quienes me ofendieron, o hay una actitud de venganza —«¡me la pagarás!»?.

Debemos preguntarnos qué hay dentro, porque esto que está dentro sale fuera y hace mal, si es malo; y si es bueno, sale fuera y hace el bien. Y es tan hermoso decir la verdad a nosotros mismos, y avergonzarnos cuando nos encontramos en una situación que no es como Dios la quiere, que no es buena; cuando mi corazón está en una situación de odio, de venganza, tantas situaciones pecaminosas. ¿Cómo está mi corazón?…

Jesús decía hoy, por ejemplo —pondré sólo un ejemplo: «Habéis oído que se dijo a los antiguos: “No matarás”. Pero yo os digo: todo el que se deja llevar por la cólera contra su hermano, lo mató en su corazón». Y quien insulta a su hermano, lo mata en su corazón; quien odia a su hermano, mata a su hermano en su corazón; quien critica a su hermano, lo mata en su corazón.

Tal vez no nos damos cuenta de esto, y luego hablamos, «despachamos» a uno y a otro, criticamos esto y aquello… Y esto es matar al hermano. Por ello es importante conocer qué hay dentro de mí, qué sucede en mi corazón. Si uno comprende a su hermano, a las personas, ama, porque perdona: comprende, perdona, es paciente… ¿Es amor o es odio?

Todo esto debemos conocerlo bien. Y pedir al Señor dos gracias.

La primera: conocer qué hay en mi corazón, para no engañarnos, para no vivir engañados.

La segunda gracia: hacer el bien que está en nuestro corazón, y no hacer el mal que está en nuestro corazón.

Y sobre esto de «matar», recordar que las palabras matan. Incluso los malos deseos contra el otro matan. Muchas veces, cuando escuchamos hablar a las personas, hablar mal de los demás, parece que el pecado de calumnia, el pecado de la difamación fue borrado del decálogo, y hablar mal de una persona es pecado. ¿Por qué hablo mal de una persona? Porque en mi corazón tengo odio, antipatía, no amor. Pedir siempre esta gracia: conocer lo que sucede en mi corazón, para hacer siempre la elección justa, la opción del bien. Y que el Señor nos ayude a querernos. Y si no puedo querer a una persona, ¿por qué no puedo? Rezar por esta persona, para que el Señor haga que la quiera. Y así seguir adelante, recordando que lo que mancha nuestra vida es el mal que sale de nuestro corazón. Y que el Señor nos ayude” (Meditaciones en Santa Marta, 16 de febrero 2014).

¿Cómo se limpia nuestro corazón? Con las lágrimas de compasión por los pobres

Queridos chicos y chicas, al mundo de hoy le falta llorar. Lloran los marginados, lloran aquellos que son dejados de lado, lloran los despreciados, pero aquellos que llevamos una vida más o menos sin necesidades no sabemos llorar. Ciertas realidades de la vida sólo se ven con los ojos limpios por las lágrimas. Los invito a que cada uno se pregunte: ¿Yo aprendí a llorar? ¿Yo aprendí a llorar cuando veo un niño con hambre, un niño drogado en la calle, un niño que no tiene casa, un niño abandonado, un niño abusado, un niño usado por una sociedad como esclavo? ¿O mi llanto es el llanto caprichoso de aquel que llora porque le gustaría tener algo más? Y esto es lo primero que yo quisiera decirles: Aprendamos a llorar, como ella [Glyzelle] nos enseñó hoy. No olvidemos este testimonio. La gran pregunta: ¿Por qué sufren los niños?, la hizo llorando; y la gran respuesta que podemos hacer todos nosotros es aprender a llorar” (18 de enero 2015, Encuentro con los jóvenes).

Momento de Reflexión

Diego Fares sj

Ver a Dios

Me gusta leer esta bienaventuranza comenzando por el final, por el “verás a Dios”, que es la promesa más hermosa que se le puede hacer a nuestro corazón. Es comenzar por el premio y no por la exigencia, ciertamente. Y esto con intención. Más aún: por necesidad. Es que cuando comienzo por la exigencia –o por lo que a mi corazón le resuena como una exigencia- me desaliento y dejo de contemplar el premio. Sucede como con los premios de la lotería: uno escucha la suma y le parece espléndida. Qué lindo sería ganar todo ese dinero! Pero luego hacemos el cálculo de las probabilidades y el entusiasmo se enfría. Queda como un sueño, como una probabilidad en un millón.

Algo así me sucede con esta bienaventuranza. Qué difícil parece esta pureza. Cuánta intención mezclada habita en mi corazón. Y esto para usar la palabra más benévola. Ya que también hay intenciones torcidas, impuras, malas. No suelo consentirlas mucho tiempo, las confieso, trato de corregirlas… sin embargo lo del trigo y la cizaña es una realidad: el campo de mi corazón no es limpio. Hay trigo y cizaña.

En mi defensa suelo acudir a la tolerancia del Dueño del campo, que no se angustia por esta mezcla ni pretende un trigal inmaculado antes de la cosecha. Pero no veo bien cómo se concilia esta parábola con la exigencia de la bienaventuranza. ¿Se puede ver a Dios con un corazón no del todo limpio, con un corazón en el que el trigo de los buenos sentimientos crece junto con la cizaña de la impureza? ¿Queda entonces la visión del Señor sólo para el cielo?

Esto del trigo y la cizaña, si lo unimos a la bienaventuranza de la limpieza de corazón,  ayuda, sí, a no desilusionarse del todo. Pero lo que queda claro es que si comenzamos por la pureza de corazón a lo más terminamos en un empate o en una postergación. Por eso insisto en que es bueno comenzar por la promesa, por el premio: ver a Dios.

Ver a Dios es el anhelo de todo corazón. Más aún: de toda la creación. El deseo natural de ver a Dios mueve todas las cosas, es el fin que tira de la vida. Hay un cuento de Ítalo Calvino  en el que narra poéticamente cómo los ojos nacen del amor entre dos seres marinos, mitad vegetales mitad animales. El deseo oscuro y la atracción que experimenta uno por la otra (en el cuento él los hace hablar) lo lleva a desear distinguirse para que la otra lo reconozca. Y así va produciendo su forma de caracol colorida y hermosa, digna de ser vista. Y cuando aparecen los ojos, los primeros y primitivos ojos del mundo marino, al encontrar tantas formas hermosas y dignas de verse, se van perfeccionando hasta llegar al ojo humano. “Con los ojos –dice Calvino- vino todo lo demás”. La visión permite que otro ser –la forma de otro ser- habite en nuestro interior y que nos la apropiemos. Por eso dice Juan que al ver a Dios “nos haremos semejantes a él” . Es que la capacidad visiva es infinita. Uno puede mirar y seguir mirando y volver a mirar e ir encontrando nuevas cosas en la imagen ya captada. Cultivar, por tanto, este secreto deseo de ver a Dios nos va purificando el corazón.

Es verdad que la relación entre pureza de corazón y visión de Dios es dialogal: una remite a la otra. Pero más verdad es que es la Belleza de Dios –su Gloria- la que desencadena esa evolución que va del deseo de la luz natural al deseo de ver el Rostro de Cristo. Como dice Pablo: “El mismo Dios que dijo: De las tinieblas brille la luz, ha hecho brillar la luz en nuestros corazones, para irradiar el conocimiento de la gloria de Dios que está en el Rostro de Cristo” (2 Cor 4, 5-6). Es la Gloria de Dios la que nos atrae y obra todas las transformaciones: hace que nazcan los ojos y que el hombre busque y encuentre todos los lentes y todas las pantallas que le permiten ampliar y mejorar su visión.

La gloria de Dios

Ver a Dios es ver su Gloria. Como le pide Moisés a Yahvé en el Éxodo: “Déjame ver por favor tu Gloria” (Ex 33, 18)… y “la gloria de Yahvé se dejó ver de todo el pueblo.” (Lev 9, 23). Es la gracia que Jesús pide al Padre para los suyos: “Padre, los que tú me has dado, quiero que donde yo esté estén también conmigo, para que contemplen mi gloria, la que me has dado, porque me has amado antes de la creación del mundo” (Jn 17, 24).

Ver la Gloria de Dios es verlo en todo su esplendor, glorioso, resplandeciente de Bondad y de hermosura.

Ver la Gloria de Dios es ver a Jesús Transfigurado, luminoso su rostro como un sol, blancos y esplendentes de blancura sus vestidos. Juan lo resume al comienzo de su Evangelio: toda la vida de Jesús es manifestación de la Gloria de Dios: “la Palabra se hizo carne, y puso su Morada entre nosotros, y hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad” (Jn 1, 14).

Y por eso el anhelo de todo cristiano es el de Pablo, que reza para que Dios nos ilumine el corazón y podamos ver la belleza de la Gloria de Jesús: “El Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, les conceda espíritu de sabiduría y de revelación para conocerle perfectamente; iluminando los ojos de su corazón para que conozcan cuál es la esperanza a que han sido llamados por él y cuál es la riqueza de la gloria otorgada por él en herencia a los santos” (Ef 1, 15 ss.).

La iluminación del corazón fruto de la Gloria de Dios se da por la fe, como le dice Jesús a Marta: “¿No te he dicho que, si crees, verás la gloria de Dios? “ (Jn 11, 40).

“Ver a Dios en todas las cosas”

El Padre General expresa esta gracia de Ignacio así: “La gracia de ver a Dios en todas las cosas permitía a Ignacio discernir los signos de Su presencia aún en la oscuridad de la Iglesia. Por esos signos reconocía al Señor presente entre nosotros.

Hoy no son signos los que faltan, sino nuestra capacidad amorosa de descubrirlos”. Ignacio hablaba repetidamente de «ver a Dios en todas las cosas», lo que fue parafraseado por Nadal (uno de los primeros compañeros de Ignacio) en el famoso lema «ser contemplativos en la acción». Lo cual supone una cierta paradoja, como dice González Valencia: “Podríamos definir el carisma ignaciano como paradójico. No es esto o aquello, sino esto y aquello. Ignacio está convencido de la acción de Dios en este mundo. Él traba-ja y habita en toda la realidad (la naturaleza, el hombre, la historia). Este Dios, que es Creador y Señor, puede ser “descubierto” por medio de la fe, en todos los acontecimientos, en la vida diaria, en todo lo que hacemos. A través de esta visión Ignacio rompe con esquemas dualistas (profano-sagrado, natural-sobrenatural, mundo-Dios, etc.), al mismo tiempo que propone ser contemplativos en la acción. Expresión que nos ayuda a superar las polarizaciones en nuestra vivencia religiosa, que como humanos tendemos a construir: ocuparnos de lo “espiritual” desvinculados de los problemas y retos del mundo actual (injusticia, pobreza, corrupción, entre otros); o, por el contrario, caemos en un mero activismo irreflexivo que “saca” a Dios de la historia. Se trata, pues, de “ver a Dios en todas las cosas”, experiencia profunda que nos posibilita a ofrecer una respuesta transformadora de realidades, vivencia de un Amor incondicional que invita a poner todas las capacidades al servicio de los demás” .

La economía de la mayor Gloria de Dios

Así, vemos que la espiritualidad de los Ejercicios; con todo su trabajo para “quitar las afecciones desordenadas” (purificar el corazón) y “elegir con ojo simple lo que Dios quiere para nosotros”, es una espiritualidad centrada en esta bienaventuranza, en la dicha que tiene ese fruto del que goza un corazón libre y purificado de poder “ver a Dios en todas las cosas”.

Siguiendo a Martini, podríamos decir que “cosas” no debe entenderse “cosísticamente”, como cosas aisladas. Martini al hablar de los “modos de presencia de Jesús” dice que “no le gusta hablar de presencia de Jesús en las cosas  (e incluso encuentra cierta dificultad para hablar de la presencia de Jesús en las personas) porque todo esto tiende un poco a formas de idolatría o de mistificación.

Prefiere en cambio “ver a Dios en la economía sacramental, en la economía comunitaria, en la economía del Espíritu. Economía es una palabra muy concreta. Viene de “casa” -oikos- y de “ley, disposición, ordenamiento -nomos-. Cuando hablamos de economía, de verdadera economía, tratamos de ver la conexión entre lo “macro”, de lo que nos hablan los economistas, con el “bolsillo”, con los bienes que llegan a todos. Referido a la presencia del Señor, “economía sacramental” es “ver su presencia en cómo llega la salvación universal a cada persona concreta de modo ordenado en cada sacramento”.

Ver a Dios no en una cosa aislada sino en las relaciones entre cosas, personas y situaciones, es verlo actuando de modo salvífico.

Juan nos dice: “Abre los ojos y mira hacia Cristo, que te viene al encuentro en tu vida de cada día: en tu vida sacramental, en tu vida comunitaria y también particularmente en todas aquellas actividades en las cuales percibes el Espíritu que te mueve, que mueve a los demás, que los une a todos y que forma la vida eclesial. Cristo está presente en ti” .

Siguiendo a Ignacio podríamos hablar de una “economía de la mayor Gloria de Dios”,  y podemos decir que Ignacio nos invita a contemplar al Señor allí donde brilla más y mejor la Belleza de su Palabra y la Belleza de su amor compasivo.

El esplendor de la Gloria

El Padre y el Espíritu nos guían para descubrir dónde brilla mejor la Gloria de Jesús, el Hijo amado. En el Evangelio contemplado con amor la Gloria del Señor brilla para cada uno allí donde el Espíritu le hace “sentir y gustar” un poco más (o mucho) una frase o una imagen del Señor, que nos saca la mirada de nosotros mismos y nos vuelve sensibles a la belleza de Dios.

¿Y en la acción, en las cosas entre las que tenemos que elegir a diario, en cuáles brilla más la gloria del Señor? En los Ejercicios Ignacio nos irá dando los criterios para elegir bien y serán los de elegir aquello que más parecidos nos hace a Jesús. En la pobreza y en las humillaciones –en la Cruz- es donde mejor se muestra la Gloria del amor del Señor. Pero no en una pobreza y humillaciones cualesquiera. Cuando Ignacio cuenta algunas de sus experiencias de pobreza y de humillaciones, lo que se destaca es la alegría inmensa que le daba sentirse parecido a Jesús que había pasado esas situaciones por amor a él . Es la belleza y la gloria del amor compasivo de Jesús, que por mí se hizo hombre y padeció, lo que lleva a Ignacio a verlo y elegir esas situaciones que llamamos “economía de la Gloria”, en las que en un gesto de simpatía o compasión, en un servicio que prestamos a uno hermano, en algo que sufrimos por aliviar a otro, sentimos la complacencia del Padre y el esplendor de esa gloria oculta de Dios.

Pasamos así de una manera cuantitativa de considerar la “mayor” Gloria, a una cualitativa. El Señor suele estar en un vasito de agua dado con amor, en pequeños gestos, en personas pequeñas y sencillas que nos salen al encuentro.  En la visión de la Gloria del Señor importa la claridad de la imagen, su nitidez y precisión, como la que se encuentra en los ojos de un niño.

En una Palabra o escena evangélica resplandece para mi la mayor Gloria del Señor cuando esa palabra se me vuelve tan clara y nítida que la entiendo ligada a mi vida, iluminando una situación concreta con su luz salvadora, brindándome un caminito practicable para mí. Nadal, compañero de Ignacio decía que para nuestro padre “ver a Dios en todas las cosas” se podía traducir como encontrar el modo de encontrarse cada uno, en cada situación, con el Señor.

La Palabra pasa de ser una palabra abstracta –como esas que “explotan al aumentarse la foto” y se vuelven borrosas porque han sido tomadas con poca resolución- y pasa a ser clara en todos sus matices, colores y detalles porque es una imagen de alta resolución, de “mayor Gloria o mayor esplendor”.

Ver a Dios, ver la mayor Gloria de Dios en todas las cosas, personas y situaciones, es dejar que el Padre nos atraiga mediante este esplendor que brilla con más claridad “en las obras buenas que El preparó de antemano para que las practiquemos” y es dejar que el Espíritu nos manifieste toda la verdad de Jesús en su esplendor, encarnada en nuestro tiempo, en nuestra vida actual, en lo que nos pasa cada día.

Momento de contemplación

Hna. Marta Irigoy md

Les comparto este pequeño relato sobre San Francisco, del Libro de Eloi Leclerc: Sabiduría  de un Pobre” –Capítulo X-, para que después de leerlo puedas dejarte asombrar por este Dios que solo que viene a llenar nuestro corazón, en la medida en que uno se abre a su plenitud…

Francisco  caminaba detrás del Hno. León a través del bosque. Estaban acostumbrados los dos a estas caminatas silenciosas a través de la gran Naturaleza. Pasaron pronto las cuestas de un barranco, en cuyo fondo bramaba un torrente. El lugar era retirado y de una belleza salvaje y pura. El agua saltaba sobre las rocas, blanquísima y exultante, con breves relámpagos azules. Había en el ambiente un gran frescor que penetraba el suelo de los bosques vecinos. Unos enebros habían brotado entre las rocas por un lado y por otro y dominaban el borboteo del agua.

-¡Hermana agua! -gritó Francisco, acercándose al torrente-. Tu pureza canta la inocencia de Dios.

Saltando de una roca a otra, León atravesó corriendo el torrente. Francisco le siguió. Tardó más tiempo. León, que le esperaba de pie en la otra orilla, miraba cómo corría el agua limpia con rapidez sobre la arena dorada entre las masas grises de rocas. Cuando Francisco se le juntó, siguió en su actitud contemplativa. Parecía no poder desatarse de ese espectáculo. Francisco le miró y vio tristeza en su rostro.

-Tienes aire soñador -le dijo simplemente Francisco.

-¡Ay si pudiéramos tener un poco de esta pureza -respondió León-. También nosotros conoceríamos la alegría loca y desbordante de nuestra hermana agua y su impulso irresistible!

Había en sus palabras una profunda nostalgia, y León miraba melancólicamente el torrente, que no cesaba de huir en su pureza inaprensible.

-Ven -le dijo Francisco, cogiéndole por el brazo. Empezaron los dos otra vez a andar. Después de un momento de silencio, Francisco preguntó a León:

-¿Sabes tú, hermano, lo que es la pureza de corazón?

-Es no tener ninguna falta que reprocharse -contestó León sin dudarlo.

-Entonces comprendo tu tristeza -dijo Francisco-, porque siempre hay algo que reprocharse.

-Sí -dijo León-, y eso es, precisamente, lo que me hace desesperar de llegar algún día a la pureza de corazón.

-iAh!, hermano León, créeme -contestó Francisco-, no te preocupes tanto de la pureza de tu alma. Vuelve tu mirada hacia Dios. Admírale. Alégrate de lo que El es, El, todo santidad. Dale gracias por El mismo. Es eso mismo, hermanito, tener puro el corazón. Y cuando te hayas vuelto así hacia Dios, no vuelvas más sobre ti mismo. No te preguntes en dónde estás con respecto a Dios. La tristeza de no ser perfecto y de encontrarse pecador es un sentimiento todavía humano, demasiado humano. Es preciso elevar tu mirada más alta, mucho más alta. Dios, la inmensidad de Dios y su inalterable esplendor. El corazón puro es el que no cesa de adorar al Señor vivo y verdadero. Toma un interés profundo en la vida misma de Dios y es capaz, en medio de todas sus miserias, de vibrar con la eterna inocencia y la eterna alegría de Dios. Un corazón así está a la vez despojado y colmado. Le basta que Dios sea Dios. En eso mismo encuentra toda su paz, toda su alegría y Dios mismo es entonces su santidad.

-Sin embargo, Dios reclama nuestro esfuerzo y nuestra fidelidad -observó León.

-Es verdad -respondió Francisco-. Pero la santidad no es un cumplimiento de sí mismo, ni una plenitud que se da. Es, en primer lugar, un vacío que se descubre, y que se acepta, y que Dios viene a llenar en la medida en que uno se abre a su plenitud. Mira, nuestra nada, si se acepta, se hace el espacio libre en que Dios puede crear todavía. El Señor no se deja arrebatar su Gloria por nadie. Él es el Señor, el Único, el Solo Santo. Pero toma al pobre por la mano, le saca de su barro y le hace sentar sobre los príncipes de su pueblo para que vea su gloria. Dios se hace entonces el azul de su alma. Contemplar la gloria de Dios, hermano León, descubrir que Dios es Dios, eternamente Dios, más allá de lo que somos o podemos llegar a ser, gozarse totalmente de lo que El es. Extasiarse delante de su eterna juventud y darle gracias por Sí mismo, a causa de su misericordia indefectible, es la exigencia más profunda del amor que el Espíritu del Señor no cesa de derramar en nuestros corazones, y es eso tener un corazón puro, pero esta pureza no se obtiene a fuerza de puños y poniéndose en tensión.

-¿Y cómo hay que hacer? -preguntó León.

-Es preciso simplemente no guardar nada de sí mismo. Barrerlo todo, aun esa percepción aguda de nuestra miseria; dejar sitio libre, aceptar el ser pobre; renunciar a todo lo que pesa, aun el peso de nuestras faltas; no ver más que la gloria del Señor y dejarse irradiar por ella. Dios es, eso basta. El corazón se hace entonces ligero, no se siente ya el mismo, como la alondra embriagada de espacio y de azul. Ha abandonado todo cuidado, toda inquietud. Su deseo de perfección se ha cambiado en un simple y puro querer a Dios.

León escuchaba gravemente, mientras andaba delante de su padre. Pero, a medida que avanzaba, sentía que su corazón se hacía ligero y que le invadía una gran paz.

Eloi Leclerc: “Sabiduría de un Pobre”

MOMENTO CONTEMPLATIVO

Después de leer, este texto de Eloi Leclerc, quédate  contemplando al Dios que te habita…

Déjate asombrar por este Dios que solo  viene a llenar nuestro corazón, en la medida en que nos abrimos  a su Plenitud…

Corazón

Misericordia

La misericordia en el Papa Francisco

En Evangelii Gaudium, el Papa Francisco nos dejó un tratadito de la misericordia que podemos reunir en diez puntos:

  1. Francisco nos enseña a rezar pidiendo misericordia

“Señor, me he dejado engañar,

de mil maneras escapé de tu amor,

pero aquí estoy otra vez

para renovar mi alianza contigo.

Te necesito.

Rescátame de nuevo Señor,

acéptame una vez más entre tus brazos redentores” (EG 3).

Agrega Francisco esa formulación tan suya que dice: “¡Nos hace tanto bien volver a él cuando nos hemos perdido! Insisto una vez más: Dios no se cansa nunca de perdonar, somos nosotros los que nos cansamos de acudir a su misericordia. Porque aquel que nos invitó a perdonar “setenta veces siete” (Mt 18, 22) nos da ejemplo perdonando él setenta veces siete, y nos vuelve a cargar sobre sus hombros una y otra vez”.

Y termina formulando que acudir a la misericordia es una cuestión de dignidad: “Nadie podrá quitarnos la dignidad que nos otorga este amor infinito e inquebrantable. Él nos permite levantar la cabeza y volver a empezar, con una ternura que nunca nos desilusiona y siempre puede devolvernos la alegría. No huyamos de la resurrección de Jesús, nunca nos declaremos muertos, pase lo que pase. ¡Que nada pueda más que su vida que nos lanza hacia adelante!” (EG 3).

  1. Francisco nos recuerda que la misericordia “primerea”

“«Primerear»: sepan disculpar este neologismo. La comunidad evangelizadora experimenta que el Señor tomó la iniciativa, la ha primereado en el amor (cf. 1 Jn 4,10); y, por eso, ella sabe adelantarse, tomar la iniciativa sin miedo, salir al encuentro, buscar a los lejanos y llegar a los cruces de los caminos para invitar a los excluidos. Vive un deseo inagotable de brindar misericordia, fruto de haber experimentado la infinita misericordia del Padre y su fuerza difusiva. ¡Atrevámonos un poco más a primerear!” (EG 24).

  1. Francisco nos clarifica que la misericordia es la más grande de las virtudes

Santo Tomás enseña que: “En cuanto al obrar exterior, la misericordia es la mayor de todas las virtudes:

“En sí misma la misericordia es la más grande de las virtudes, ya que a ella pertenece volcarse en otros y, más aún, socorrer sus deficiencias. Esto es peculiar del superior, y por eso se tiene como propio de Dios tener misericordia, en la cual resplandece su omnipotencia de modo máximo” (ST II-II, 30, 4). (EG 37).

Por eso: “Los preceptos añadidos por la Iglesia posteriormente deben exigirse con moderación «para no hacer pesada la vida a los fieles» y convertir nuestra religión en una esclavitud, cuando «la misericordia de Dios quiso que fuera libre». Esta advertencia, hecha varios siglos atrás, tiene una tremenda actualidad. Debería ser uno de los criterios a considerar a la hora de pensar una reforma de la Iglesia y de su predicación que permita realmente llegar a todos” (EG 43).

  1. A los sacerdotes Francisco nos quiere muy misericordiosos

“Por lo tanto, sin disminuir el valor del ideal evangélico, hay que acompañar con misericordia y paciencia las etapas posibles de crecimiento de las personas que se van construyendo día a día. A los sacerdotes les recuerdo que el confesionario no debe ser una sala de torturas sino el lugar de la misericordia del Señor que nos estimula a hacer el bien posible. Un pequeño paso, en medio de grandes límites humanos, puede ser más agradable a Dios que la vida exteriormente correcta de quien transcurre sus días sin enfrentar importantes dificultades. A todos debe llegar el consuelo y el estímulo del amor salvífico de Dios, que obra misteriosamente en cada persona, más allá de sus defectos y caídas” (EG 44).

  1. Francisco desea que la Iglesia sea lugar de misericordia gratuita

“Ser Iglesia es ser Pueblo de Dios, de acuerdo con el gran proyecto de amor del Padre. Esto implica ser el fermento de Dios en medio de la humanidad. Quiere decir anunciar y llevar la salvación de Dios en este mundo nuestro, que a menudo se pierde, necesitado de tener respuestas que alienten, que den esperanza, que den nuevo vigor en el camino. La Iglesia tiene que ser el lugar de la misericordia gratuita, donde todo el mundo pueda sentirse acogido, amado, perdonado y alentado a vivir según la vida buena del Evangelio” (EG 114).

  1. Y que nuestro pueblos se sienta entre los dos abrazos de la Misericordia

La identidad cristiana, que es ese abrazo bautismal que nos dio de pequeños el Padre, nos hace anhelar, como hijos pródigos –y predilectos en María–, el otro abrazo, el del Padre misericordioso que nos espera en la gloria. Hacer que nuestro pueblo se sienta como en medio de estos dos abrazos es la dura pero hermosa tarea del que predica el Evangelio” (EG 144).

  1. Francisco nos alegra a todos recordandonos que la misericordia con los pobres borra nuestros pecados

“El imperativo de escuchar el clamor de los pobres se hace carne en nosotros cuando se nos estremecen las entrañas ante el dolor ajeno. Releamos algunas enseñanzas de la Palabra de Dios sobre la misericordia, para que resuenen con fuerza en la vida de la Iglesia. El Evangelio proclama: «Felices los misericordiosos, porque obtendrán misericordia» (Mt 5,7). El Apóstol Santiago enseña que la misericordia con los demás nos permite salir triunfantes en el juicio divino: «Hablad y obrad como corresponde a quienes serán juzgados por una ley de libertad. Porque tendrá un juicio sin misericordia el que no tuvo misericordia; pero la misericordia triunfa en el juicio» (2,12-13). En este texto, Santiago se muestra como heredero de lo más rico de la espiritualidad judía del pos exilio, que atribuía a la misericordia un especial valor salvífico: «Rompe tus pecados con obras de justicia, y tus iniquidades con misericordia para con los pobres, para que tu ventura sea larga» (Dn 4,24). En esta misma línea, la literatura sapiencial habla de la limosna como ejercicio concreto de la misericordia con los necesitados: «La limosna libra de la muerte y purifica de todo pecado» (Tb 12,9). Más gráficamente aún lo expresa el Eclesiástico: «Como el agua apaga el fuego llameante, la limosna perdona los pecados» (3,30). La misma síntesis aparece recogida en el Nuevo Testamento: «Tened ardiente caridad unos por otros, porque la caridad cubrirá la multitud de los pecados» (1 Pe 4,8). Esta verdad penetró profundamente la mentalidad de los Padres de la Iglesia y ejerció una resistencia profética contracultural ante el individualismo hedonista pagano. Recordemos sólo un ejemplo: «Así, en peligro de incendio, correríamos a buscar agua para apagarlo […] del mismo modo, si de nuestra paja surgiera la llama del pecado, y por eso nos turbamos, una vez que se nos ofrezca la ocasión de una obra llena de misericordia, alegrémonos de ella como si fuera una fuente que se nos ofrezca en la que podamos sofocar el incendio»” (EG 193).

  1. Francisco sostiene con fortaleza que la doctrina sobre la misericordia es la más ortodoxa

“Es un mensaje tan claro, tan directo, tan simple y elocuente, que ninguna hermenéutica eclesial tiene derecho a relativizarlo. La reflexión de la Iglesia sobre estos textos no debería oscurecer o debilitar su sentido exhortativo, sino más bien ayudar a asumirlos con valentía y fervor. ¿Para qué complicar lo que es tan simple? Los aparatos conceptuales están para favorecer el contacto con la realidad que pretenden explicar, y no para alejarnos de ella. Esto vale sobre todo para las exhortaciones bíblicas que invitan con tanta contundencia al amor fraterno, al servicio humilde y generoso, a la justicia, a la misericordia con el pobre. Jesús nos enseñó este camino de reconocimiento del otro con sus palabras y con sus gestos. ¿Para qué oscurecer lo que es tan claro? No nos preocupemos sólo por no caer en errores doctrinales, sino también por ser fieles a este camino luminoso de vida y de sabiduría” (EG 194).

  1. Y nos hace abrir los ojos a la buena noticia de que la misericordia es la llave del reino

“A los que estaban cargados de dolor, agobiados de pobreza, les aseguró que Dios los tenía en el centro de su corazón: «¡Felices vosotros, los pobres, porque el Reino de Dios os pertenece!» (Lc 6,20); con ellos se identificó: «Tuve hambre y me disteis de comer», y enseñó que la misericordia hacia ellos es la llave del cielo (cf. Mt 25,35s). Para la Iglesia la opción por los pobres es una categoría teológica antes que cultural, sociológica, política o filosófica. Dios les otorga «su primera misericordia»” (EG 197-198).

  1. Francisco nos abre la mente haciéndonos ver que nos falta aprender a recibir misericordia de aquellos a quienes ayudamos

Hubo un momento en el encuentro con los jóvenes en Manila, en que el Papa dejó los papeles (después pidió perdón porque no había leído lo que preparó pero dijo que lo consolaba que “la realidad de lo que le habían testimoniado era superior a todas las ideas que había preparado”) y habló de “recibir de los pobres”: “Sólo te falta una cosa. Hazte mendigo. Esto es lo que nos falta: aprender a mendigar de aquellos a quienes damos. Esto no es fácil de entender. Aprender a mendigar. Aprender a recibir de la humildad de los que ayudamos. Aprender a ser evangelizados por los pobres. Las personas a quienes ayudamos, pobres, enfermos, huérfanos, tienen mucho que darnos. ¿Me hago mendigo y pido también eso? ¿O soy suficiente y solamente voy a dar? Vos que vivís dando siempre y crees que no tenés necesidad de nada, ¿sabés que sos un pobre tipo? ¿sabés que tenés mucha pobreza y necesitás que te den? ¿Te dejás evangelizar por los pobres, por los enfermos, por aquellos que ayudás? Y esto es lo que ayuda a madurar a todos aquellos comprometidos como Rikki (el joven al que le hablaba) en el trabajo de dar a los demás: aprender a tender la mano desde la propia miseria”. La mirada que propone Laudato Si es una mirada que “frena” por así decirlo, un momento el impulso a la acción y contempla a Cristo en el rostro del pobre. Antes de ir a ayudar a los más necesitados –o mientras se los va ayudando en su necesidad material urgente- se recibe de ellos esa gracia que tiene todo pobre para dar. La tiene porque Cristo se ha identificado con los pobres: “cuando ayudaste a uno de estos pequeños a mí me ayudaste”. En torno a este “recibir de los pobres a los que ayudamos” la Encíclica hace la diferencia frente a otros discursos sobre la Ecología cuyas razones son muy atendibles pero no siempre logran nuestra adhesión comprometida.

 

 

Momento de reflexión

Diego Fares sj

La dicha de la misericordia y el secreto de la vida

 

Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia (Mt 5, 7).

La limosna y la vida

La palabra griega para misericordia es “eleemosyne”, que para nosotros ha venido a ser “limosna”. Bienaventurados los limosneros, entonces, porque alcanzarán limosna. ¿Es así? ¿No parece que la limosna es poca cosa? Sin embargo misericordia es la palabra que Jesús usa para describir la perfección del Padre! “Sean misericordiosos como el Padre es misericordioso” (Lc 6, 36).

Sentimiento básico este de sentir compasión en las entrañas ante una miseria.

Gesto pequeño que se puede hacer, muchas veces, más para hacer sentir nuestra solidaridad que para remediar el mal del que padece.

Solo la misericordia de Dios es eficaz por sí misma. Por eso para muchos es un sentimiento inútil, porque uno siente más pena de la que puede remediar. Ahora, si no la consideramos desde la eficacia humana sino como participación en la eficacia de Dios, si nuestra misericordia es para interceder, entonces se muestra infinitamente más eficaz que otros sentimientos y gestos humanos.

Desde esta perspectiva podemos vislumbrar por qué a nuestro Padre le gusta describirse, en su perfección más determinada, por esta “pasión” (porque la misericordia se padece) tan básica, compulsiva casi, que se traduce en gestos pequeños, en una limosnita, en una caricia, en una mirada compasiva.

Podríamos decir que nuestro Padre se nos vuelve cercano al definirse por la misericordia: le gusta que Jesús lo defina por esos gestos en que el amor excede la expresión, como en el abrazo al hijo pródigo. De la misma manera define Jesús a los más perfectos en el reino: a la viuda por las dos moneditas.

Estamos hablando del gesto que se hace participando de la conmovedora misericordia del Padre, entonces lo de dar una limosnita a la abuela que pide en la calle o un caramelo a un chico que en silencio nos deja una estampita en el subte, no es un “sacarse de encima una culpa” sino un “meter en un gesto pequeño toda la misericordia del Padre para que otro se sienta amado al menos por un instante”. En la lástima y la pena que se siente en el corazón y en el gesto espontáneo de remediarla un poquito aunque más no sea, dando algo con cariño, está la semilla de la misericordia.

Esto no es para nada algo accidental. De estos pequeños gestos de misericordia elemental está hecha la vida que, como dice Laudato Si, es fragil. Nuestro planeta es fragil, y cada creatura necesita de la “ternura del Padre”: “Cada criatura es objeto de la ternura del Padre, que le da un lugar en el mundo. Hasta la vida efímera del ser más insignificante es objeto de su amor y, en esos pocos segundos de existencia, él lo rodea con su cariño. Por eso, de las obras creadas se asciende «hasta su misericordia amorosa»”(LS 77). Toda vida necesita misericordia: desde la vida de la plantita que limosnea con sus raíces unas gotas de agua y con sus hojas un poco de luz, hasta la vida del bebé que estira la manito para recibir unas migas del pan que come su padre o mira atento la palabra que repite una y otra vez la boca de su madre.

La vida no es auto-sustentable, aunque en algunas etapas nos parezca que hemos alcanzado una posición sólida. La vida necesita de la misericordia de los otros, limosna tras limosna. Nuestras manos lo indican. Somos seres con manos, constantemente constreñidos a pedir y dar. Por eso la misericordia es la virtud y el don de las manos –que se juntan para pedir y que se abren para dar- como le enseñaba a Hurtado su mamá.

 

Es ese estremecimiento súbito del corazón que se nos enternece -la misericordia- lo que nos hace sentir y ver la necesidad más vital del otro, lo que nos mueve a acercarnos al lugar donde sentimos que la vida misma está amenazada, lo que nos lleva a elegir el lugar donde debemos estar para dar una mano: allí donde hay una miseria, una necesidad, hacia allí nos inclina y empuja la misericordia con su latido inconfundible, ese que define si no se ha endurecido nuestro corazón. La misericordia se conmueve ante la vida y busca dar vida. Dios es misericordioso porque es un Dios de vivientes, como lo define Jesús. Y por eso Jesús, que es la Vida, dice: “No he venido a buscar a los sanos sino a los enfermos, no he venido a llamar a los justos sino a los pecadores”. Y comía con los pecadores, se acercaba a los rebeldes, a los excluidos socialmente de su época, a los leprosos, a los “impuros legalmente”, a los que hacían trabajos denigrantes –los publicanos y las prostitutas- (Mt 9, 13). La misericordia conmovida por nuestra falta de vida fue lo que le hizo venir a este mundo.

 

La misericordia y los ojos del corazón

La misericordia nos permite ver, ver de verdad, ver sintiendo lo que vitalmente le pasa al otro. Y el misericordioso cultiva como un tesoro esta manera de mirar que sabe escudriñar el fondo del corazón del otro y no se queda en las apariencias. ‘Quiero Misericordia y no sacrificios’ (Mt 12, 7), les dice Jesús a los fariseos que miran con los ojos duros de una justicia legal a sus discípulos y los juzgan. A veces da miedo sospechar lo que se puede llegar a ver si uno se permite mirar con misericordia.

Pero no hay que temer ni sospechar. Toda creatura es es fruto de una mirada amorosa del Creador: es “importante a los ojos del Padre” (LS 96) y toda miseria ya fue mirada por la infinita misericordia de Jesús. Por eso toda miseria reconoce cuando es mirada así y agradece y premia al que siente misericordia devolviéndole misericordia. Es que la misericordia encuentra una solución cordial para cada problema humano, personal y social. No solo porque permite al que ama desarrollar una tarea de caridad social, practicando las obras de misericorida -“tuve hambre y me diste de comer, tuve sed y me diste de beber, estaba sin casa y me acogiste, desnudo y me vestiste, enfermo y me viniste a visitar, en la cárcel y me viniste a ver…” (Mt 25, 35 ss.)-, sino porque es desde la misericordia desde donde toda persona se rearma y se convierte de enfermo en sano, de pecador en apóstol.

En la Encíclica Dios es Caridad, el Papa Benedicto nos hablaba de este “corazón que ve”. Nos decía que su Encíclica brotó de contemplar el Corazón de Jesús traspasado en la Cruz. Y que el Espíritu que brota de ese corazón misericordioso se acompasa con el nuestro y nos lleva a mirar con misericordia a nuestros hermanos. Por eso “el programa del cristiano —el programa del buen Samaritano, el programa de Jesús— es un «corazón que ve». Este corazón ve dónde se necesita amor y actúa en consecuencia” (DCE 32). Un corazón que ve con los ojos de la misericordia, no con las anteojeras de las ideologías. Solo la misericordia que siente la vida en sus entrañas limpia la mirada de toda ideología y permite ver y programar las acciones más concretas y eficaces para cuidar esa vida, para que la vida misma encuentre el punto desde donde cuidarse ya que se experimenta amada. El Samaritano tiene claro lo que debe y puede hacer porque mira con misericordia al herido. Solo el que mira con misericordia “ve al otro”. Las ideologías miran sólo aspectos del otro y hacen que uno sólo se mire (también parcialmente) a sí mismo. El Papa Francisco nos dice que si uno se anima a “contemplar ante todo la inmensa dignidad del pobre” (LS 158), su mirada se vuelve “integral” y se aclara la opción por los pobes y por el cuidado de nuestro fragil planeta.

 

La misericordia y el don de poner todo el corazón

            “Sean misericordiosos como el Padre es misericordioso” (Lc 6, 36). El Padre es misericordioso porque se deja conmover su corazón hasta lo más hondo y por eso se da entero: pone todo su corazón en lo que siente y en lo que da. A esa perfección nos invita Jesús. No se trata para nada de algo voluntarista. La misericordia es una pasión que nos puede, cuando vemos miseria se nos revuelven las entrañas. Dejar que esto suceda “evangélicamente”, dejar que nos inunde una misericordia estando de la mano de Jesús, hace que podamos poner todo el corazón en lo que hagamos como respuesta. Ser misericordiosos, pues, “como” el Padre. El “como” apunta a dejarnos conmover hasta lo más hondo y a poner todo el corazón en lo que hacemos. Dios es amor y verdad, misericordia y fidelidad. Estamos llamados a imitar la ternura de Dios que se deja conmover y su generosidad que no se cansa de dar y de perdonar. ¿Es posible esto? Sí, porque, aunque parezca paradójico, al darse entero el corazón no se gasta, sino que se alimenta de la misma misericordia que da. El corazón se cansa y se gasta cuando se da “partido“, cuando gasta fuerzas en mantener amores contradictorios entre sí. La misericordia unifica el corazón en sí mismo, con el de los demás y con el de Dios. Por eso, si en algún momento no sentimos que “alcanzamos misericordia” al ser misericordiosos, es que no lo estamos siendo de verdad, es decir plenamente. Quizás lo que nos pase en algún momento es que sin darnos cuenta nos aceleramos y pasamos a practicar los gestos exteriores de la misericordia pero sin poner el corazón. Entonces nos quemamos. En cambio si ponemos el corazón entero en lo que hacemos, al mismo tiempo que nos cansamos, descansamos, en la medida en que damos, recibimos, y más aún. Hasta que uno no se convierte en misericordioso no se unifica. La misericordia se retroalimenta: en la misma medida en que uno se da recibe misericordia. Y aprender a recibir misericordia de aquellos a los que ayudamos con misericordia es la clave del amor cristiano.

 

La misericordia y el alcanzar misericordia

La bienaventuranza de la misericordia se tiene por premio a sí misma: el misericordioso alcanza misericordia, para sí y para los demás. Esto es porque no hay nada más absoluto o mayor que la misericordia: Es lo propio del Padre que crea sacando de la nada, por pura misericordia, que perdona a los pecadores cuando aún son pecadores. Aceptar la misericordia de Dios para nuestra miseria y para el perdón de nuestros pecados supone la delicadeza de Dios de dejarnos recibir libremente algo que ya nos está dando al sostenernos en la vida.

La misericordia se extiende a los que nos la comprenden y a los que nos hacen el mal. Los inmisericordes son también dignos de misericordia. La misericordia grande es para con las miserias grandes: la de Dios que salva la humanidad perdida, la de Jesús que perdona a los enemigos, la de Teresita que entrega la vida por la salvación de los pecadores, y ofrece su noche de la fe por los incrédulos.

La agresión suele provenir de una falta honda de misericordia básica en algún momento clave de la vida. Por eso, si tiene cura, sólo será con una misericordia mayor que la que faltó. De allí que el Señor tuviera que derramar toda su misericordia en la Cruz, ir hasta el extremo, para que esa misericordia tan inmensa suscitara la atención de todos, atrajera a todos hacia sí. La miseria del Señor en la Cruz es tan grande que atrae el corazón de todos, aún de los inmisericordes, como el Centurión o el ladrón. Y allí sí, que cada uno hace su opción. Más allá de su misericordia el Señor no tiene otro ofrecimiento: si uno la rechazara estaría rechazando su vida misma.

 

La misericordia y la dignidad del otro

Un detalle muy lindo del Señor está en hacernos ver que la misericordia cuanto más en secreto se hace, mejor. Un aspecto del secreto consiste en no hacer propaganda de lo que se hace –“Cuando hagas limosna no vayas trompeteando por delante como hacen los hipócritas… en verdad os digo que ya recibieron su paga” (Mt 6, 2). La alabanza de los demás es un pago menor que el que la misericordia merece. Cuando uno hace una obra de misericordia se la hace a sí mismo también. Reconoce que uno también es alimentado y vestido y necesita que lo visiten cuando está enfermo… Es algo básico lo que está en juego –la necesidad y el corazón-, por eso no se lo puede rebajar a un premio externo como es el aplauso.

Pero en un sentido más profundo, el secreto o la discreción de la misericordia, apunta a la dignidad del otro, a que el otro reciba un poquito y luego se pueda procurar por sí mismo el otro poquito. Como la madre que le da de comer en la boca a su pequeño y le va enseñando a agarrar la cuchara solo. Las dos cosas son misericordia, porque aprender es también recibir. Y aprender a cubrir las propias necesidades es también ser misericordioso con uno mismo: una parte de uno con la otra.

La misericordia es secreta en su misma esencia, porque siente más de lo que puede expresar en sus gestos. Por eso, guardarla en secreto no requiere esfuerzo, solo respeto a aquello que experimentamos. Que Dios sea misericordioso, que nos ame en secreto, que nos espere en silencio como el Padre misericordioso esperaba a su hijo, nos debe llevar a asombrarnos de cuánto respeta el Señor nuestra dignidad, cuánta confianza tiene en lo que podemos dar por nosotros mismos.

La imagen del secreto completa las imágenes de la limosna y del sentimiento de conmoción entrañable. Descubrir la misericordia de Dios implica descubrir que me ha estado amando entrañablemente y dando vida en secreto desde siempre. En un secreto tan secreto que ni él mismo “lo sabe”, por así decirlo. Sino que está totalmente volcado a mirar lo que yo hago con la vida que tengo, sin fijarse en que él mismo me la está dando. Como un padre o una madre que da por supuesto que está dando vida, alimento y ayuda a sus hijos y sólo se preocupan por lo que los hijos hacen por sí mismos con su vida.

La misericordia: clave secreta de la vida

Así, vemos que en la misericordia se esconde el secreto de la vida. La vida comienza por un acto de misericordia absoluto, que nos saca de la miseria de la nada, y terminará en un acto de misericordia que perdonará lo mal aprovechado. La vida, para lograr consolidarse, subsistir, organizarse y reconstruirse cada día necesita de la misericordia. Uno se rearma desde la misericordia, no desde otras virtudes. Comprender esto nos debe llevar a mirarnos a nosotros mismos y a mirar a los demás –a todo lo que sea viviente- con ojos de misericordia. El ser humano es un ser necesitado de misericordia porque hace aguas por todos lados, por todos lados está vulnerable, como agujereado ante la nada, ante la posibilidad de no ser, amenazado por la miseria, la ruina, la desintegración. Esto no solo en lo físico –amenazas de la salud y de la sociedad- sino en lo más íntimo, libre y personal. Solo una constante misericordia nos permite mantenernos coherentes, siendo que tantas tensiones tironean de nosotros y nos hacen ser incoherentes en muchas situaciones. Aceptar líbremente la misericordia para con nuestras incoherencias conscientes y libres equivale a reconocer que la estamos aceptando en todo las otras dimensiones de la vida, personal, familiar y social, que no dependen de nuestra libertad.

El día debe pues comenzar invocando la misericordia del Señor y sintiendo que la recibimos, junto con la vida misma, junto con la Eucaristía. Y debe terminar pidiendo misericordia para nuestras faltas y ejerciendo actos de misericordia para con nuestros hermanos. El Señor quiere Misericordia, no sacrificios. Al final del día (y de la vida) el Señor tiene para nosotros una mirada de Misericordia. Y quiere de nosotros una mirada igual. Quiere una mirada misericordiosa, no una mirada vengativa, autosuficiente y vanidosa, tampoco una mirada resentida, culposa y de desprecio. Quiere la mirada misericordiosa del que se siente acogido por su misericordia infinita.

 

 

 

Momento de contemplación

Hna Marta Irigoy md

 

“La misericordia es el fuego que arde en el corazón de Dios” (Card. Dannels)

Las características del fuego son varias, el fuego quema, purifica, da calor, ilumina…

Cuando hablamos de la misericordia como un fuego al que hay que atravesar, vemos como dice el Cardenal Martini, que:

(…)“Verdaderamente el fuego de la misericordia infinita del Padre nos hace arder, nos persigue, nos devora, nos transforma, nos transfigura a fin de que seamos como el Hijo. Resistirnos a la acción transformante de la misericordia es la infelicidad y el infierno. En cambio, si nos dejamos amar, esta acción purificadora, que nos libera de las escorias personales, sociales, históricas, de familia y culturales, para hacernos respirar la “soltura” y la libertad del Hijo Jesús, el cual en su amor por nosotros pasó primero por el fuego purificador de la muerte (…) para rescatarnos de nuestros pecados y unirnos a su camino”…

 

Al ir pasando por el corazón las otras bienaventuranzas anteriores: la de los pobres, las lágrimas, los mansos, los hambrientos y sedientos… quizás vamos descubriendo que se va gestando una “situación interior” que nos hace descubrir cuanta misericordia necesitamos, ya que ellas tocan nuestros vínculos más cercanos y los no tanto –Dios, nosotros, prójimos- desvelando “nuestra verdad”, una verdad necesitada de una nueva evangelización del corazón…

  • EVANGELIZAR el propio corazón, es darle buenas nuevas al propio corazón… como hizo Jesús ante cada corazón que le salía al encuentro…o al que Él salía a buscar : “He venido a buscar lo que estaba perdido”
  • Evangelizar el propio corazón es dejarnos anunciar nuevamente por, Zacarías al nacer su hijo , Juan Bautista:

Gracias a la misericordiosa ternura de nuestro Dios, que nos traerá del cielo la visita del Sol naciente, para iluminar a los que están en las tinieblas y en la sombra de la muerte y guiar nuestros pasos por el camino de la paz” (Lc.1,78-79)

Experiencia que el mismo Jesús, ya adulto, nos anunciará, como “secreto” de la felicidad:

  • Sean misericordiosos, como el Padre de ustedes es misericordioso” (Lc 6, 36)
  • Sean perfectos como es perfecto el Padre que está en los cielos” (Mt 5, 48)
  • “Ustedes serán felices ,si sabiendo estas cosas -misericordiosamente servir- las practican” (Jn 13)

La Misericordia es ¿Exigencia o don?

La perfección del Padre es su corazón misericordioso. Por lo tanto, cuanto mas misericordiosos más parecidos al Padre seremos, pero es una perfección que es don, porque solamente quien se anime a pasar por el corazón en llamas del Padre, sin miedos, podrá alcanzar misericordia, para luego llevarla a los demás.

Pasar las bienaventuranzas por el corazón es ejercitarnos en ellas, siendo en un primer momento la oportunidad de descubrir la propia pequeñez, en un segundo momento exponerla ante la mirada llena de bondad del Padre, como lo hizo la Virgen, que canto las grandezas del Señor, porque dejo que Dios mirara con bondad su pequeñez (Magnificat), para en un tercer momento hacer con los demás lo mismo, que Dios ha hecho con nosotros…

  • La misericordia cultiva una forma de mirar que va al centro del corazón del otro y no a sus apariencias…(P. Fares –La dicha de alcanzar misericordia que experimenta el misericordioso -2005) porque se ha hecho experiencia de ser mirado con misericordia.

Otra faceta de este ejercitarse en la misericordia es lo que muy iluminativamente dice el P. Amedeo Cencini, -aunque escribe para la vida religiosa nos ayuda en lo referente a todos nuestros vínculos- :

“Si en el centro de la vida está la gracia o la experiencia de la misericordia, entonces hay espacio u lugar para todo, también para el mal; el sol de la misericordia –el fuego- divina atrae todo hacia sí y lo transforma todo; el enemigo en amigo, la huida de casa en abrazo paterno, la miseria del propio envilecimiento en banquete de fiesta, porque “aunque nuestros pecados sean como la grana, blanquearán como la nieve…(Is 1,18)”.

La gracia es lo contrario de la rabia. Es la ternura de quien es rico en misericordia.

La misericordia es una fuerza de integración por medio de la cual se nos permite, también a nosotros integrar el mal que hay en nuestro interior y a nuestro alrededor… de lo contrario el “anti-misericordioso”, es como una toxina rabiosa que deambula y corrompe e infecta todo lo que toca. En cambio la misericordia recibida -de Dios- y donada –a los hermanos- es el centro vital y el corazón que late en la existencia de cada hombre y mujer, en cada comunidad humana –comunidad religiosa, familia, comunidad de fe y de servicios- (Como ungüento precioso, -La misericordia, una fuerza integradora- pág. 190)

 

Momento Contemplativo:

  • Vamos a hacer memoria de estos últimos días, ó el día de hoy, para descubrir como dice el Salmo “desde la salida del sol hasta el ocaso…” la misericordia de Dios, dada (a mí) o donada (por mí), fue haciendo encender la Paz en el corazón.
  • Haremos luego un “dialogo de misericordia” con Cristo puesto en Cruz, para agradecer y/o pedir Gracia, para reconocer su presencia misericordiosa en toda realidad.

Cita Amedeo Cencini, esta poesía anónima, que quizás no ayude también a entender que es en el fondo la misericordia:

¿Acaso no sería este mundo mejor

si la gente con que nos cruzamos nos dijera:

“Conozco algo bueno de ti”,

y nos tratáramos según esta afirmación?

¿No sería mejor y más estimulante

si cada apretón de manos sincero y cordial

llevara consigo esta afirmación:

“Conozco algo bueno de ti?

¿No sería la vida mucho más feliz

si esa pequeña bondad

que hay en todos nosotros

fuera la única cosa nuestra

que la gente se molestara en recordar?

¿No sería la vida mucho más feliz

si alabáramos la bondad que vemos?

Hay una cantidad inmensa de bondad

en la peor parte de ustedes y de mí.

No sería también hermoso practicar

esta buena manera de pensar?

¡Conoces algo bueno de mí!

¡Yo conozco algo bueno de ti!

 

 

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El hambre y la sed de justicia en Francisco

Francisco tiene una imagen muy linda de la Iglesia como “casa de los pobres y de los que tienen hambre y sed de justicia”. Dice así: “La Iglesia es el pueblo de las bienaventuranzas, la casa de los pobres, de los afligidos, de los excluidos y perseguidos, de quienes tienen hambre y sed de justicia. A ustedes se les pide trabajar a fin de que las comunidades eclesiales sepan acoger con amor preferencial a los pobres, teniendo las puertas de la Iglesia abiertas para que todos puedan entrar y encontrar refugio” (9 de mayo de 2014).

Es una imagen de nuestras Casas y Hogares donde el hambre y la sed de recibir justicia y de practicar la justicia, se juntan. Es muy lindo caer en la cuenta de esto, de que el hambre y la sed de justicia nos igualan en el dar y en el recibir. Y mientras luchamos con deseo apasionado por que en el mundo se cambien las estructuras injustas, nos esforzamos por ser justos en nuestras obras de Iglesia. Esto sí está al alcance de nuestras manos.

De la lucha grande y estructural dice Francisco: “Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia» es otra gran afirmación de Jesús dirigida a quienes «luchan por la justicia, para que haya justicia en el mundo». La realidad nos muestra, cuán fácil es «entrar en las patotas de la corrupción», formar parte de «esa política cotidiana del doy para que me des» donde «todo es negocio». «Cuánta gente sufre por estas injusticias». Precisamente ante esto «Jesús dice: son bienaventurados los que luchan contra estas injusticias». Lo que hay que saber es que esto desear justicia «es una doctrina a contracorriente» respecto a «lo que el mundo nos dice» (Misa en Santa Marta 9 de junio de 2014).

Es significativo también que las reflexiones más lindas acerca de la sed, el Papa las haga en torno a dos mujeres: la samaritana y nuestra Señora. Dos mujeres para quien Jesús es “la fuente de la que brota el agua viva que sacia toda sed”. Dice así: “La mujer samaritana entiende poco a poco que quien le ha pedido de beber, puede saciarla. Jesús se le presenta como la Fuente de la que brota el agua viva que apaga para siempre su sed (cf. Jn 4,13-14).

El Papa hace una reflexión sobre nuestra existencia y nuestra “sed ilimitada”: “La existencia humana revela aspiraciones ilimitadas: la búsqueda de la verdad, la sed de amor, de justicia y libertad. Son deseos satisfechos sólo en parte, porque desde lo más profundo de su ser el hombre se mueve hacia un «más», un absoluto capaz de satisfacer su sed de manera definitiva. La respuesta a estas aspiraciones la da Dios en Jesucristo, en su misterio pascual”.

Y pone otra imagen muy linda del Corazón de Jesús como “Fuente del Espíritu Santo”: “Del costado traspasado de Jesús fluyó sangre y agua (cf. Jn 19,34): Él es la fuente de la que brota el agua del Espíritu Santo, es decir, «el amor de Dios derramado en nuestros corazones» (Rm 5,5) el día del Bautismo.

Esta sed se sacia adorando y luchando por la justicia, ya que todos somos pares en dignidad como hijos: “Por obra del Espíritu, nos hemos convertido en uno con Cristo, hijos en el Hijo, verdaderos adoradores del Padre. Este misterio de amor es la razón más profunda de unidad que une a todos los cristianos, y que es mucho más grande que las divisiones que se han producido a lo largo de la historia. Por esta razón, en la medida en que nos acercamos con humildad al Señor Jesucristo, nos acercamos también entre nosotros” (25 de enero de 2015).

A la Virgen, el Papa nos hace confiarle nuestro camino de fe y “los deseos de nuestro corazón, nuestras necesidades, las del mundo entero, especialmente el hambre y la sed de justicia y de paz y de Dios; y la invocamos todos juntos y os invito a invocarla tres veces, imitando a aquellos hermanos de Éfeso, diciéndole: ¡Madre de Dios! ¡Madre de Dios! ¡Madre de Dios! ¡Madre de Dios! Amén.

La Virgen es la que ayuda a poner palabras a nuestro deseo (a traducirlo, dice el Papa) y hace fecunda nuestra misión: “La Madre del Redentor nos precede y continuamente nos confirma en la fe, en la vocación y en la misión. Con su ejemplo de humildad y de disponibilidad a la voluntad de Dios nos ayuda a traducir nuestra fe en un anuncio del Evangelio alegre y sin fronteras. De este modo nuestra misión será fecunda, porque está modelada sobre la maternidad de María” (1 de enero de 2014).

La relación de María con nuestros pueblos latinoamericanos tiene en su centro el “ethos” de la pasión por la justicia. Son muy lindas las reflexiones del Papa sobre la relación de la Virgen de Guadalupe con nuestros pueblos. Las hizo el 12 de diciembre pasado:

María visitó y se quedó en nuestros pueblos

La Santa Madre de Dios visitó a estos pueblos y quiso quedarse con ellos.

María confiere alma y ternura a nuestros pueblos

Dejó estampada misteriosamente su imagen en la “tilma” de su mensajero para que la tuviéramos bien presente, convirtiéndose en símbolo de la alianza de María con estas gentes, a quienes confiere alma y ternura.

María contagió a nuestros pueblos su deseo de justicia para los pobres

Por su intercesión, la fe cristiana fue convirtiéndose en el más rico tesoro del alma de los pueblos americanos, cuya perla preciosa es Jesucristo: un patrimonio que se transmite y manifiesta hasta hoy en el bautismo de multitudes de personas, en la fe, esperanza y caridad de muchos, en la preciosidad de la piedad popular y también en ese ethos americano que se muestra en la conciencia de dignidad de la persona humana, en la pasión por la justicia, en la solidaridad con los más pobres y sufrientes, en la esperanza a veces contra toda esperanza.

María tiene un modo de desear la justicia que no es violento

De ahí que nosotros, hoy aquí, podemos continuar alabando a Dios por las maravillas que ha obrado en la vida de los pueblos latinoamericanos. Dios, según su estilo, “ha ocultado estas cosas a sabios y entendidos, dándolas a conocer a los pequeños, a los humildes, a los sencillos de corazón” (cf. Mt 11,21). En las maravillas que ha realizado el Señor en María, Ella reconoce el estilo y modo de actuar de su Hijo en la historia de salvación. Trastocando los juicios mundanos, destruyendo los ídolos del poder, de la riqueza, del éxito a todo precio, denunciando la autosuficiencia, la soberbia y los mesianismos secularizados que alejan de Dios, el cántico mariano confiesa que Dios se complace en subvertir las ideologías y jerarquías mundanas. Enaltece a los humildes, viene en auxilio de los pobres y pequeños, colma de bienes, bendiciones y esperanzas a los que confían en su misericordia de generación en generación, mientras derriba de sus tronos a los ricos, potentes y dominadores.

María convierte a los pueblos en protagonistas de su historia

El “Magnificat” así nos introduce en las “bienaventuranzas”, síntesis y ley primordial del mensaje evangélico. A su luz, hoy, nos sentimos movidos a pedir una gracia. La gracia tan cristiana de que el futuro de América Latina sea forjado por los pobres y los que sufren, por los humildes, por los que tienen hambre y sed de justicia, por los compasivos, por los de corazón limpio, por los que trabajan por la paz, por los perseguidos a causa del nombre de Cristo, “porque de ellos es el Reino de los cielos” (cf. Mt 5,1-11). Sea la gracia de ser forjados por ellos a los cuales, hoy día, el sistema idolátrico de la cultura del descarte los relega a la categoría de esclavos, de objetos de aprovechamiento o simplemente desperdicio (Guadalupe, 12 de diciembre de 2014).

Tres cosas nos encomienda el Papa para custodiar esta sed:

Una a los jesuitas y es la integrar siempre la fe y la justicia: “Hoy la Compañía de Jesús afronta con inteligencia y laboriosidad también el trágico problema de los refugiados y los prófugos; y se esfuerza con discernimiento por integrar el servicio de la fe y la promoción de la justicia, en conformidad con el Evangelio. Confirmo hoy lo que nos dijo Pablo VI en nuestra trigésima segunda congregación general y que yo mismo escuché con mis oídos: «Dondequiera en la Iglesia, incluso en los campos más difíciles y en vanguardia, en las encrucijadas de las ideologías, en las trincheras sociales, donde ha habido y hay enfrentamiento entre las exigencias estimulantes del hombre y el mensaje perenne del Evangelio, allí han estado y están los jesuitas» (Enseñanzas al Pueblo de Dios XII [1974], 1881). Son palabras proféticas del futuro beato Pablo VI” (A los jesuitas, 27 de setiembre de 2014).

Otra es a todos los que no saciamos la sed de justicia con cualquier “gaseosa”. Esta sed incomoda porque siempre quiere más, ya que la justicia es frágil y se rearma cada día, en cada nivel de relaciones. El Papa nos alienta a “no desanimarnos”: “Aliento a todos los que están trabajando generosa y lealmente por la justicia y la paz a no desanimarse. Me dirijo a los líderes políticos para que tengan en cuenta que la gran mayoría de sus poblaciones aspiran a la paz, aunque a veces ya no tienen la fuerza ni la voz para pedirla” (30 de noviembre de 2014).

La tercera encomienda es recordar que la justicia es un “derecho” de los pobres, no una limosna que les hacemos. Por eso tiene que ver con la dignidad: “Y mientras se habla de nuevos derechos, el hambriento está ahí, en la esquina de la calle, y pide carta de ciudadanía, ser considerado en su condición, recibir una alimentación de base sana. Nos pide dignidad, no limosna. Estos criterios no pueden permanecer en el limbo de la teoría. Las personas y los pueblos exigen que se ponga en práctica la justicia; no sólo la justicia legal, sino también la contributiva y la distributiva. Por tanto, los planes de desarrollo y la labor de las organizaciones internacionales deberían tener en cuenta el deseo, tan frecuente entre la gente común, de ver que se respetan en todas las circunstancias los derechos fundamentales de la persona humana y, en nuestro caso, la persona con hambre. Cuando eso suceda, también las intervenciones humanitarias, las operaciones urgentes de ayuda o de desarrollo – el verdadero, el integral desarrollo – tendrán mayor impulso y darán los frutos deseados” (20 de noviembre 2014).

Momento de Reflexión

Diego Fares sj 

Felices los que tienen hambre y sed de justicia

La cuarta Bienaventuranza dice así: “Felices los que tienen hambre y sed de la justicia, porque serán saciados….” (Mt 5, 6).

Las bienaventuranzas están redactadas con una forma bíblica que utiliza la simetría de modo tal que se comienza y se termina con la misma palabra y en el centro queda el corazón del mensaje.

La primera y la última bienaventuranza (la de los pobres y la de los perseguidos) tienen el mismo premio: la posesión del reino de los cielos. Hay que decir que la última bienaventuranza se desdobla y se explica largamente, por eso es más larga.

Felices los que tienen el espíritu del pobre, porque de ellos es el Reino de los Cielos.

Felices los que lloran, porque recibirán consuelo.

Felices los pacientes, porque recibirán la tierra en herencia.

Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados.

Felices los compasivos,                              porque obtendrán misericordia.

Felices los de corazón limpio, porque verán a Dios.

Felices los que trabajan por la paz, porque serán reconocidos como hijos de Dios.

Felices los que son perseguidos por causa del bien, porque de ellos es el Reino de los Cielos.

Felices ustedes, cuando por causa mía los insulten, los persigan y les levanten toda clase de calumnias.

Alégrense y muéstrense contentos, porque será grande la recompensa que recibirán en el cielo.

En el centro quedan las dos bienaventuranzas cuyo premio consiste en lo miso que desean y realizan. Podríamos decir que el premio es la saciedad: de justicia y de misericordia.

El Reino de los cielos es el premio. Y para Jesús, reino de los cielos significa “reino de su Padre”. El Corazón del Padre es justo y misericordioso y el corazón de sus hijos se va haciendo como el del Hijo predilecto, que tiene hambre y sed de hacer la Voluntad de su Padre

En el fondo el hambre y la sed de justicia y de misericordia lleva al Señor a hacer la voluntad del Padre hasta las últimas consecuencias y eso atrae sobre Él la persecución y la Cruz. 

El hambre y la sed de Jesús

¿Qué nos dice el evangelio acerca del hambre y la sed de Jesús? El hambre y sed del Señor definen su Corazón de Hijo Amado. Son un hambre y sed espirituales, hambre y sed de hacer la voluntad del Padre.

El Señor dice que “ese es su alimento”. Se alimenta de este hambre que el Padre sacia constantemente.

¿Y cuál es la voluntad del Padre, lo que le alegra y agrada?

Que el hombre viva, que todos los hombres alcancen la Vida, la salvación, el perdón y la misericordia.

Por eso la sed del Señor es salvar, dar vida, unir como Pastor.

Y la vida es estar en comunión con él.

Por eso el Señor desea ardientemente comer la pascua con los discípulos, su hambre es de comunión, de Eucaristía. Su sed manifestada a la Samaritana junto al pozo es sed esponsal. El pozo de agua que sacia la sed es lugar de encuentros esponsales, como el del servidor de Isaac con Rebeca (Gn 24, 11-21), el de Jacob con Raquel (Gn 29, 2-14, y el de Moisés con Séfora (Ex 16, 22).

El hambre y la sed del Señor son hambre y sed de comunión y de desposorio con la Iglesia, y en ella con cada alma.

Así, el hambre y la sed nos hablan de algo interior, propio nuestro, el ritmo y el deseo que configuran nuestro corazón en una medida enteramente personal y que es como el vaso o disposición y capacidad para recibir las otras gracias.

La gracia de tener este hambre y esta sed

El premio de esta bienaventuranza es la saciedad. Serán saciados de justicia. Cuando se hace justicia uno experimenta esta saciedad. Pero en su vida Jesús nos revela su secreto: que el Padre está saciando continuamente este hambre y esta sed. A la Samaritana le dice: “el que beba del agua que yo doy no tendrá más sed”. O “tendrá una sed saciada”. La imagen contraria me la dio un enfermo terminal que me contaba lo triste que era para él ya no sentir hambre. ¡Extrañaba tener ganas de comer algo rico! ¡Sentía que era más duro no tener hambre que no tener qué comer! Esta bienaventuranza es todo lo contrario, es la gracia de que en cada situación en que deseamos hacer la voluntad del Padre se nos despierte un hambre y una sed tal que quedan saciados plenamente cuando se “hace su Voluntad”.

Hambre y sed de oración: el Padrenuestro

¡El hambre y la sed del Padre nuestro!

Hambre y sed de que sea santificado su Nombre bendito de Padre.

Hambre y sed de que venga su Reino –la justicia del Reino de Dios que acontece cuando un cristiano juzga y obra con un corazón de hijo-.

Hambre y sed de que se haga -todos hagamos- su voluntad.

Hambre del pan cotidiano.

Hambre y sed del perdón y de que no nos deje caer en la tentación y nos libre del mal.

La oración –de agradecimiento, de súplica, de intercesión por los otros, de alabanza gratuita y gozosa- toda oración es un acto de justicia para con nuestro Creador Amoroso. Por eso la gracia de tener hambre y sed de esta oración –que nos lleva a adorar en todo lugar en Espíritu y en Verdad- es una gracia inmensa con que Dios nuestro Padre sacia inmediatamente dándonos la llenura de su Espíritu con todos sus dones.

¡Qué triste es en cambio andar “satisfechos”, autojustificados, y rezar solo por obligación o rutinariamente.

La oración de la autojustificación o la oración que tiene hambre y sed de que nos justifique Dios, esa es la diferencia entre la bienaventuranza y la malaventuranza.

Hambre y sed de practicar las obras de misericordia

La práctica de las obras de misericordia nace también de esta sed de justicia. De una justicia que es la del Reino, que no se conforma con la justicia humana –dar a cada uno lo suyo- sino que, habiendo recibido de más, busca dar de más, busca la calidez y la cordialidad de la caridad y de la misericordia, que una vez dado lo justo, derrochan y dan de más en un acto de justicia evangélica que apunta al corazón de la persona y a su sed de más. De ahí el acompañar dos cuadras al que nos pide que lo acompañemos una o el darle también la campera al que nos pide un pullover… De allí la imagen de la fiesta que le organiza el Padre al hijo que vuelve en un acto de justicia amorosa que es justa superando lo meramente justo.

La justicia: raíz, flor y frutos

Cuál sea el objeto específico de este hambre y esta sed, qué sea esta “justicia”, es complejo y simple a la vez. Martini lo vuelve simple al hablar de una “justicia” que es raíz, flor y fruto.

La raíz es la justicia para con Dios.

La flor son las obras de justicia personales.

El fruto, la justicia social.

La complejidad proviene de que “la justicia tiene como materia propia aquellas cosas que se refieren a otro (a lo que hay que darle al otro: justicia es dar a cada uno lo suyo)”.

Por eso varía la relación de justicia si ese otro es Mayor que uno en dignidad (Dios, los padres),

o en cantidad (el Bien Común de toda la sociedad),

o si es igual

o si está en condiciones de necesidad o de indefensión.

Es compleja la justicia y por eso se requiere algo como el hambre y la sed que necesitan ser regulados constantemente.

La caridad del Padre misericordioso para con el hijo pródigo es vivida como un acto de injusticia por el hijo mayor y el Padre tiene que salir a dialogar con él y a explicarle que su caridad es un acto de justicia que nivela para arriba, al que se tiene que sumar, porque si pretende una nivelación para abajo no va a comprender esta Justicia última de Dios que es Misericordia. También le tiene que explicar el Padre que la justicia del amor mira las personas y no las cosas y por eso redobla su apuesta y tiene esos excesos que no parecen justos desde un punto de vista distributivo.

¿Podemos acostumbrarnos a la injusticia?

Pasemos a mirar de manera problemática esta bienaventuranza.

¿Es natural sentir este hambre y sed de justicia? ¿O hay que pedirlo como gracia?

Cuando uno ve una injusticia reacciona inmediatamente. La imagen del hambre y la sed son un buen ejemplo, ya que la reacción ante la injusticia es equivalente a la del que tiene hambre cuando no lo dejan comer o tiene sed y no encuentra agua: estas necesidades no dan tregua, son devoradoras, se incrementan. Uno no se acostumbra a tener hambre y sed.

Por eso el Señor dice: felices los que no se acostumbran, los que tienen y cultivan el deseo de justicia como un hambre y una sed y no como una convención social. Felices porque este hambre y esta sed les hacen tener un corazón de hijos, que siente lo que siente el Padre misericordioso.

Yo diría que nadie se acostumbra a sufrir la injusticia en carne propia, pero sí que muchos toleramos con más facilidad la injusticia con los más lejanos. O más que tolerar, ponemos distancia, nos justificamos pensando que le toca a otro realizar esa justicia… Ahora bien, la justicia es, propiamente, la virtud que regula las relaciones mutuas entre las personas y con la sociedad en su conjunto. De manera que preocuparse de manera desigual por la justicia para mí y por la justicia para los otros ya es injusto! Lo propio de la justicia es ser justa equitativamente con todos. Al hablar del hambre y la sed el Señor pone las cosas en su punto justo. La opción es “justificarse uno mismo”, andar saciado, o “tener hambre y sed” de que el Señor sea quien haga justicia. Son dos direcciones, una que encierra el alma y la va volviendo igual a sí misma, y otra que la hace salir de sí, ensancharse y buscar el bien de todos. Diciéndolo en clave evangélica: el que no tiene hambre y sed de justicia se convierte en fariseo, en uno que se justifica a sí mismo y que termina siendo injusto para con los demás. En cambio el que pide y cultiva su hambre y se de justicia, se va convirtiendo en una persona que ama, porque la justicia busca “el bien de otro”, con medida, y ese es el paso necesario anterior a la caridad, que ama más allá de toda medida.

Justicia y caridad

La relación entre justicia y caridad es amplísima. El Papa Benedicto la trata en su encíclica Dios es Caridad y podemos leer allí con provecho. Lo que quisiera compartir aquí es una reflexión acerca de la “necesaria mediación de la justicia para que la caridad no se malogre”. Algunas frases de Hurtado pueden ayudarnos a situar el problema. Las fui tomando de diversos lados y ahora las reordeno en una secuencia que apunta a la pedagogía y a la práctica de la justicia. Dice Hurtado:

“La justicia es la más humilde de las virtudes. Su cumplimiento no acarrea gloria. Pero toda educación social comienza con la justicia”. Porque “La injusticia causa enormemente más males de los que puede reparar la caridad”. Y “Aunque parezca extraño, es más fácil ser caritativo que justo, benévolo que justo”. Por todo ello, debemos ser conscientes al practicar la caridad, de que: “El cristiano debería amar la justicia casi diría con rabia. Jesús dijo con hambre y sed, que son las pasiones más devoradoras” porque “La caridad comienza allí donde termina la justicia”.

En el fondo, Hurtado está diciendo que si no hay justicia, la caridad se malogra. La clave de la relación entre la justicia y la caridad está quizás en eso que Hurtado dice: que “hay que amar la justicia”.

Amar la justicia es algo así como “amar la medida que permite que el otro sea otro”.

En ese sentido es un amor “indirecto”, delicadísimo, reconocedor de la dignidad. Un amor que pone las cosas en su lugar: si soy justo, si reina la justicia, la caridad trabajará por sobreabundancia y no para llenar carencias. Si hay justicia Dios mismo –la vida misma- hará que cada uno viva plenamente, sin necesidad de limosnas. La caridad entonces será puro don gratuito: fiesta entre iguales y no “comedor comunitario” para indigentes, vestido de fiesta y no ropa usada para el que no tiene nada.

Caridad y justicia se complementan perfectamente y que lo que más permite distinguirlas sería el tiempo: la caridad es puro don. La justicia es ordenamiento del don, si quiere dar a cada uno lo suyo, tiene que tener algo que dar. Ese algo, en el fondo, siempre es el amor. Ahora, el amor, para darse debe mirar la situación del otro, para no dar tan indiscretamente que empache o no sacie. Aquí es donde entra esa medida que es propia de la justicia. Y que sirve también para la caridad, como para otras cosas que un quiera o deba dar. La caridad, es cierto, está por encima y es fuente de todas las demás virtudes, pero eso no significa que antes o después no requiera de ellas.

En el caso de la justicia, decíamos, es clave que establecerla como piso sobre el que se ejercita la caridad y luego, ponerla como techo para un nuevo piso.

La caridad hace que uno se de entero, sin medida. Pero luego, la justicia lleva a moderar y ordenar ese don de modo que el otro (y los otros) lo puedan recibir y aprovechar bien, de manera justa.

Así vemos que, antes y después de un acto de caridad es necesario un acto de justicia.

En el caso del Padre Misericordioso, vemos que no le consultó nada al hijo mayor y se mostró desbordante de caridad para con su hijo menor. Pero luego fue necesario que saliera a explicarle las cosas al mayor y ha hacerle notar que “todo lo mío es tuyo” y que “el valor que estaba en juego era la vida y la salvación de su hermano y no las cosas de la herencia”. Y con el hijo menor también, suponemos, al otro día, habrán conversado acerca de cómo reparar las injusticias que había cometido: el derroche, la mala fama, las heridas…

Momento de contemplación

Hna Marta Irigoy md

Bienaventurados los que desean ardientemente lo que Dios quiere, porque Dios cumplirá sus deseos…” -Mt 5,6-.

El Cardenal Martini, cita la Biblia Interconfesional, para hablar de esta Bienaventuranza de los hambrientos y sedientos de justicia.

En estas palabras de Jesús, se nos introduce en el Misterio de su misión. Misterio que hizo de Él un apasionado por la Voluntad del Padre. Voluntad que lo ha llevado a la entrega por amor. Un “amor hasta el extremo”, como dice San Juan en el Capítulo 13 de su Evangelio, al comienzo del relato del lavatorio de los pies…

“Bienaventurados los que desean ardientemente lo que Dios quiere…”

  • Desear ardientemente…lo que Dios quiere…

El monje André Louf, cisterciense, dice que es necesario hacer una purificación de lo que entendemos por Voluntad de Dios y Obediencia: ya que por lo general lo que primero nos resuena es un despojarnos de nuestros deseos y anhelos –mi voluntad– ante la voluntad de otro –tu voluntad– aquí , en este caso: la Voluntad del Padre…

Una obediencia así, exige un amor muy grande y muy puro y muy bien sabemos que Jesús estaba totalmente seguro del Amor del Padre y aquí enlazamos la bienaventuranza de los mansos, quienes son los que se saben amados profunda y gratuitamente…por eso, se nos invita a ir a Jesús para que nos enseñe a ser mansos y humildes de corazón…

Volviendo a nuestra Bienaventuranza de la Justicia, a los que muchos autores la sintetizan como SANTIDAD; recordemos a San José, (quien era un varón justo); admirémonos de lo que significa para Jesús la Voluntad del padre, desde los términos bíblicos y el estudio de la palabras de la Escritura.

Siguiendo a Louf, va a explicar que la VOLUNTAD de DIOS es SU COMPLACENCIA, es decir: aspiración, deseo, amor, alegría y cita un texto muy hermoso de Isaías, en donde estas palabras están unidas a la experiencia de ENAMORAMIENTO…

Isaías 62, 1-5: “ Por amor a Sión no me callaré, por amor a Jerusalén no descansaré, hasta que irrumpa su justicia como una luz radiante y su salvación, como una antorcha encendida. Las naciones contemplarán tu justicia y todos los reyes verán tu gloria; y tú serás llamada con un nombre nuevo, puesto por la boca del Señor. Serás una espléndida corona en la mano del Señor, una diadema real en las palmas de tu Dios. No te dirán más «¡Abandonada!», sino que te llamarán «Mi deleite», y a tu tierra «Desposada». Porque el Señor pone en ti su deleite y tu tierra tendrá un esposo. Como un joven se casa con una virgen, así te desposará el que te reconstruye; y como la esposa es la alegría de su esposo, así serás tú la alegría de tu Dios”

VOLUNTADCOMPLACENCIA: significan la alegría que el Señor experimenta por su Pueblo, el gran amor que siente por su elegido, la plenitud de este amor reposa en Jesús. El es el DESEO y el AMOR del Padre, su Felicidad…y en Él, nosotros…

JUSTICIA – SANTIDAD: El Cardenal Pironio, citando a Crisóstomo, explica que el termino JUSTICIA equivale a decir: “santidad”…Tener hambre y sed de Justicia es tener hambre y sed de santidad…y esta hambre de santidad es producida en nosotros por el Espíritu Santo… y es un acto del Don de Fortaleza: “Obrar justamente pertenece a la fortaleza”, dice San Agustín.

Se necesita una energía inquebrantable para realizar con generosidad la Voluntad del padre, pero siempre viene en ayuda de nuestra debilidad el Espíritu Santo… El nos llena en plenitud… El santo es el que es capaz de vaciarse para dejarse llenar por Dios y su Espíritu Santo…

Esta Bienaventuranza, nos pone en la sintonía de este nuevo tiempo litúrgico, luego de haber recibido la Visita del Espíritu en nuestras vidas, estamos en el Tiempo del Espíritu.

Momento contemplativo:

¿De que deseos está lleno tu corazón?

Terminar rezando la Secuencia del Espíritu Santo, sintiendo y gustando cada palabra…

Jesús y los niños1. La mansedumbre en Francisco

¡La mansedumbre me seduce tanto!

Una de las cosas que más me impactó del libro “El Jesuita”, fue cuando le preguntan a Bergoglio:

– ¿Cuál es para Ud. la más grande de las virtudes?

Y responde:

– Bueno, la virtud del amor, de darle el lugar al otro, y eso desde la mansedumbre. La mansedumbre me seduce tanto! Le pido siempre a Dios que me de un corazón manso.

 

Lo mismo respondió a otro periodista en el vuelo a Manila, en Enero de este año:

-¿Cuál cree que es la mejor manera de responder a estas amenazas de los integristas islámicos?

-Para mí, la mejor manera de responder es siempre la mansedumbre. Ser manso, humilde –como el pan– sin agredir. Esa es mi postura, pero hay mucha gente que no lo comprende” (Vuelo a Manila 15 de enero de 2015). «Jesús dice: nada de guerras, nada de odio. Paz, mansedumbre». Alguien podría objetar: «Si yo soy tan manso en la vida, pensarán que soy un necio». Tal vez es así, afirmó el Papa, sin embargo dejemos incluso que los demás «piensen esto: pero tú sé manso, porque con esta mansedumbre tendrás como herencia la tierra» (Santa Marta 9 de junio de 2014).

 

La mansedumbre para Francisco tiene que ver con “darle lugar al otro”. Y esto es algo que él practica en el trato diario, desde que recibe a alguien hasta cuando lo tiene que despedir: siempre te da un ratito más. Recuerdo de estudiante en el Máximo lo primero que “escribí” de él después de una charla: que me impresionaba la absoluta falta de impaciencia que mostraba. Y esto es parte de la mansedumbre.

 

Caligrafía inglesa

“En esto de darle lugar al otro, que es parte de la justicia, el Papa dice que desearía “hacer caligrafía inglesa”. Esto le viene de una reflexión sobre las Cartas de Pablo: “Ahora, es emblemático cómo, junto a las virtudes inherentes a la fe y a la vida espiritual —que no se pueden descuidar, porque son la vida misma—, Pablo enumera algunas cualidades exquisitamente humanas: la acogida, la sobriedad, la paciencia, la mansedumbre, la fiabilidad, la bondad de corazón. Es este el alfabeto, la gramática de base de todo ministerio. Debe ser la gramática de base de todo obispos, de todo sacerdote, de todo diácono. Sí, porque sin esta predisposición hermosa y genuina a encontrar, conocer, dialogar, apreciar y relacionarse con los hermanos de modo respetuoso y sincero, no es posible ofrecer un servicio y un testimonio auténticamente gozoso y creíble” (Audiencia 12 de noviembre de 2014).

Pero la mansedumbre no es un sentimiento almibarado

“La paz franciscana no es un sentimiento almibarado. Por favor: ¡ese san Francisco no existe! Y ni siquiera es una especie de armonía panteísta con las energías del cosmos… Tampoco esto es franciscano, tampoco esto es franciscano, sino una idea que algunos han construido. La paz de san Francisco es la de Cristo, y la encuentra el que «carga» con su «yugo», es decir su mandamiento: Amaos los unos a los otros como yo os he amado (cf. Jn 13,34; 15,12). Y este yugo no se puede llevar con arrogancia, con presunción, con soberbia, sino sólo se puede llevar con mansedumbre y humildad de corazón” (En Asis 4 de octubre de 2013).

 

“Hay una relación muy estrecha entre el don de piedad y la mansedumbre. El don de piedad que nos da el Espíritu Santo nos hace apacibles, nos hace serenos, pacientes, en paz con Dios, al servicio de los demás con mansedumbre (Audiencia 4 de junio de 2014).

El secreto para no enojarse

¿Cuál es el secreto del Papa Francisco para no “enojarse”, para ser manso, siendo que es una persona de carácter fuerte. Cómo se controla? “El secreto – dice – para no “enojarse” para ser manso en medio de las contradicciones de la vida, “se expresa en el hecho de que si a un cristiano se le pide diez, «él debe dar cien», porque «para Él el todo es Jesucristo». Este es «el secreto de la magnanimidad cristiana, que va siempre con la mansedumbre. El cristiano es una persona que ensancha su corazón con esta magnanimidad. Tiene el todo, que es Jesucristo; las demás cosas son la nada. Son buenas, sirven, pero en el momento de la confrontación elige el todo» que es Jesús” (Santa Marta, 17 de junio de 2013).

Contemplar el silencio manso de Jesús

La Mansedumbre de un pan

“Nosotros estamos entre las llagas de Jesús, dijo usted, señora. Dijo también que estas llagas tienen necesidad de ser escuchadas, ser reconocidas. Y me viene a la memoria cuando el Señor Jesús iba de camino con los dos discípulos tristes. El Señor Jesús, al final, les mostró sus llagas y ellos le reconocieron. Luego el pan, donde Él estaba. Mi hermano Domenico me decía que aquí se realiza la Adoración. También este pan necesita ser escuchado, porque Jesús está presente y oculto detrás de la sencillez y mansedumbre de un pan. Aquí está Jesús oculto en estos muchachos, en estos niños, en estas personas. En el altar adoramos la Carne de Jesús; en ellos encontramos las llagas de Jesús. Jesús oculto en la Eucaristía y Jesús oculto en estas llagas (Con los niños discapacitados en Asis, 4 de octubre de 2013).

“Apacibilidad, humildad, bondad, ternura, mansedumbre, magnanimidad son todas virtudes que se necesitan para seguir el camino indicado por Cristo. Recibirlas es «una gracia. Una gracia —especificó el Santo Padre— que viene de la contemplación de Jesús». No por casualidad nuestros padres y nuestras madres espirituales —indicó— nos han enseñado cuán importante es contemplar la pasión del Señor. «Sólo contemplando la humanidad sufriente de Jesús —repitió— podemos hacernos mansos, humildes, tiernos como Él. No hay otro camino». Ciertamente tendremos que hacer el esfuerzo de «buscar a Jesús; pensar en su pasión, en cuánto sufrió; pensar en su silencio manso». Este será nuestro esfuerzo, recalcó; después «de lo demás se encarga Él, y hará todo lo que falta. Pero tú debes hacer esto: esconder tu vida en Dios con Cristo» (Santa Marta, 12 de setiembre de 2013).

“Jesús es llamado el Cordero: es el Cordero que quita el pecado del mundo. Uno puede pensar: ¿pero cómo, un cordero, tan débil, un corderito débil, cómo puede quitar tantos pecados, tantas maldades? Con el Amor, con su mansedumbre. Jesús no dejó nunca de ser cordero: manso, bueno, lleno de amor, cercano a los pequeños, cercano a los pobres. Estaba allí, entre la gente, curaba a todos, enseñaba, oraba. Tan débil Jesús, como un cordero. Pero tuvo la fuerza de cargar sobre sí todos nuestros pecados, todos. «Pero, padre, usted no conoce mi vida: yo tengo un pecado que…, no puedo cargarlo ni siquiera con un camión…». Muchas veces, cuando miramos nuestra conciencia, encontramos en ella algunos que son grandes. Pero Él los carga. Él vino para esto: para perdonar, para traer la paz al mundo, pero antes al corazón. Tal vez cada uno de nosotros tiene un tormento en el corazón, tal vez tiene oscuridad en el corazón, tal vez se siente un poco triste por una culpa… Él vino a quitar todo esto, Él nos da la paz, Él perdona todo. «Éste es el Cordero de Dios que quita el pecado»: quita el pecado con la raíz y todo. Ésta es la salvación de Jesús, con su amor y con su mansedumbre (Parroquia, 19 de enero de 2014).

De un Jesús que está enamorado de nuestra pequeñez

“La respuesta del cristiano no puede ser más que aquella que Dios da a nuestra pequeñez. La vida tiene que ser vivida con bondad, con mansedumbre. Cuando nos damos cuenta de que Dios está enamorado de nuestra pequeñez, que él mismo se hace pequeño para propiciar el encuentro con nosotros, no podemos no abrirle nuestro corazón y suplicarle: «Señor, ayúdame a ser como tú, dame la gracia de la ternura en las circunstancias más duras de la vida, concédeme la gracia de la cercanía en las necesidades de los demás, de la humildad en cualquier conflicto»” (Navidad de 2014).

«La fidelidad cristiana, nuestra fidelidad, es sencillamente custodiar nuestra pequeñez para que pueda dialogar con el Señor». He aquí por qué «la humildad, la docilidad, la mansedumbre son tan importantes en la vida del cristiano: son una custodia de la pequeñez». Son las bases para llevar siempre adelante «el diálogo entre nuestra pequeñez y la grandeza del Señor (Santa Marta 21 de enero de 2014).

Y, ¿cuál es la actitud más profunda que debemos tener para dialogar y no pelear?

“La mansedumbre, la capacidad de encontrar a las personas, de encontrar las culturas, con paz; la capacidad de hacer preguntas inteligentes: «¿Por qué tú piensas así? ¿Por qué esta cultura hace así?». Escuchar a los demás y luego hablar. Primero escuchar, luego hablar. Todo esto es mansedumbre. Y si tú no piensas como yo —pero sabes… yo pienso de otra manera, tú no me convences—, somos igualmente amigos, yo escuché como piensas tú y tú escuchaste como pienso yo. Las murmuraciones matan igual y más que las armas. Son lo contrario a la mansedumbre, a la humildad de la que habla el Señor, a esa luz tan bella que está en perdonar” (Santa Marta 13 de setiembre de 2013).

“Para dialogar no hay necesidad de alzar la voz, «sino que es necesaria la mansedumbre». Y, además, «es necesario pensar que la otra persona tiene algo más que yo», tal como hizo David, quien, mirando a Saúl, se decía a sí mismo: «él es el ungido del Señor, es más importante que yo». Junto «con la humildad y la mansedumbre, para dialogar —añadió el Pontífice— es necesario hacer lo que hemos pedido hoy en la oración, al comienzo de la misa: hacerse todo a todos»

Es que: “El cristiano no es violento, pero es fuerte. ¿Con qué fortaleza? La de la mansedumbre, la fuerza de la mansedumbre, la fuerza del amor” (Angelus 18 de agosto de 2013).

Mansedumbre en el hablar

La mansedumbre se nota mucho en el modo de hablar: «la mansedumbre que Jesús quiere de nosotros no tiene nada que ver con la adulación de los hipócritas (que parecen mansos porque hablan suave y amablemente). La mansedumbre es sencilla, como la de un niño; y un niño no es hipócrita, porque no es corrupto. Cuando Jesús nos dice: que vuestro modo de hablar sea: “sí, sí”, “no, no”, con alma de niño (Santa Marta 4 de Junio de 2013).

“Y el Espíritu nos hace hablar con los hombres en el diálogo fraterno. Nos ayuda a hablar con los demás reconociendo en ellos a hermanos y hermanas; a hablar con amistad, con ternura, con mansedumbre, comprendiendo las angustias y las esperanzas, las tristezas y las alegrías de los demás. Pero hay algo más: el Espíritu Santo nos hace hablar también a los hombres en la profecía, es decir, haciéndonos «canales» humildes y dóciles de la Palabra de Dios. La profecía se realiza con franqueza, para mostrar abiertamente las contradicciones y las injusticias, pero siempre con mansedumbre e intención de construir. Llenos del Espíritu de amor, podemos ser signos e instrumentos de Dios que ama, sirve y dona la vida” (Pentecostés 8 de junio de 2014).

«Humildad, mansedumbre, hacerse todo a todos» son los tres elementos básicos para el diálogo. Pero aunque «no esté escrito en la Biblia —puntualizó el Santo Padre—, todos sabemos que para hacer estas cosas es necesario tragar mucha quina; debemos hacerlo, porque las paces se hacen así». Las paces se hacen «con humildad, con humillación», siempre tratando de «ver en el otro la imagen de Dios». Así muchos problemas encuentran solución, «con el diálogo en la familia, en las comunidades, en los barrios». Se requiere disponibilidad para reconocer ante el otro: «escucha, disculpa, creía esto…». La actitud justa es «humillarse: es siempre bueno construir un puente, siempre, siempre». Este es el estilo de quien quiere «ser cristiano», aunque —admitió el Papa— «no es fácil, no es fácil». Sin embargo, «Jesús lo hizo, se humilló hasta el fin, nos mostró el camino». El Pontífice dio luego otro consejo práctico: para abrirse al diálogo «es necesario que no pase mucho tiempo». En efecto, hay que afrontar los problemas «lo antes posible, en el momento en que se puede hacer, cuando ha pasado la tormenta». Inmediatamente hay que «acercarse al diálogo, porque el tiempo hace crecer el muro» (Santa Marta 24 de enero de 2013).

Mansedumbre al corregir

«Antes que nada —afirmó el Pontífice—, el consejo que da para corregir al hermano, lo hemos oído el otro día, es llevar aparte a tu hermano que se ha equivocado y hablarle», diciéndole: «Pero hermano, en esto creo que no has obrado bien». Y «llevarlo aparte» significa precisamente «corregirlo con caridad». Porque «no se puede corregir a una persona sin amor y sin caridad». Sería como «hacer una operación quirúrgica sin anestesia», con la consecuencia de que el enfermo moriría de dolor. Y «la caridad es como una anestesia que ayuda a recibir la curación y aceptar la corrección». Entonces, el primer paso hacia el hermano: «llevarlo aparte, con mansedumbre, con amor, y hablarle».

Mansedumbre y discernimiento

“¿Pero cómo es la luz que nos ofrece Jesús? «Podemos reconocerla —explicó el Santo Padre— porque es una luz humilde. No es una luz que se impone, es humilde. Es una luz apacible, con la fuerza de la mansedumbre; es una luz que habla al corazón y es también una luz que ofrece la cruz. Si nosotros, en nuestra luz interior, somos hombres mansos, oímos la voz de Jesús en el corazón y contemplamos sin miedo la cruz en la luz de Jesús». Pero si, al contrario, nos dejamos deslumbrar por una luz que nos hace sentir seguros, orgullosos y nos lleva a mirar a los demás desde arriba, a desdeñarles con soberbia, ciertamente no nos hallamos en presencia de la «luz de Jesús». Es en cambio «luz del diablo disfrazado de Jesús —dijo el obispo de Roma—, de ángel de luz. Debemos distinguir siempre: donde está Jesús hay siempre humildad, mansedumbre, amor y cruz. Jamás encontraremos, en efecto, a Jesús sin humildad, sin mansedumbre, sin amor y sin cruz».

“Él hizo el primero este camino de luz. Debemos ir tras Él sin miedo, porque «Jesús tiene la fuerza y la autoridad para darnos esta luz». Una fuerza descrita en el pasaje del Evangelio de la liturgia del día, en el que Lucas narra el episodio de la expulsión, en Cafarnaún, del demonio del hombre poseído (cf. Lc 4, 16-30). «La gente —subrayó el Papa comentando el texto— era presa del temor y, dice el Evangelio, se preguntaba: “¿qué clase de palabra es ésta? Pues da órdenes con autoridad y poder a los espíritus inmundos, y salen”. Jesús no necesita un ejército para expulsar los demonios, no necesita soberbia, no necesita fuerza, orgullo». ¿Cuál es ésta palabra que «da órdenes con autoridad y poder a los espíritus inmundos, y salen?», se preguntó el Pontífice. «Es una palabra —respondió— humilde, mansa, con mucho amor». Es una palabra que nos acompaña en los momentos de sufrimiento, que nos acercan a la cruz de Jesús” (Santa Marta 3 de setiembre de 2013).

Mansedumbre contra la “avaricia”

“Contra la vanidad, contra el orgullo «se necesita mansedumbre». Es más, «éste es el camino de Dios, no el del poder idolátrico que puede darte el dinero. Es el camino de la humildad de Cristo Jesús que siendo rico se hizo pobre para enriquecernos precisamente con su pobreza” (Santa Marta 20 de setiembre de 2013).

Mansedumbre es la virtud de los pastores

“Los Obispos han de ser Pastores, cercanos a la gente, padres y hermanos, con mucha mansedumbre; pacientes y misericordiosos. Hombres que amen la pobreza, sea la pobreza interior como libertad ante el Señor, sea la pobreza exterior como simplicidad y austeridad de vida” (Encuentro con el Celam 28 de Julio de 2013) febrero de 2014).

Mansedumbre que atrae

«La Iglesia, nos decía Benedicto XVI, crece por atracción, por testimonio. Y cuando la gente, los pueblos ven este testimonio de humildad, de mansedumbre, de apacibilidad, sienten la necesidad» de la que habla «el profeta Zacarías: “¡Queremos ir con vosotros!” (Santa Marta 1 de octubre de 2013).

Vs ideologías

«Cuando un cristiano se convierte en discípulo de la ideología, ha perdido la fe y ya no es discípulo de Jesús». La ideología implica “todo un proceso espiritual y mental» que lleva a que la fe pase «por un alambique» transformándola en «ideología». Pero «la ideología no convoca. En las ideologías no está Jesús. Jesús es ternura, amor, mansedumbre, y las ideologías, de cualquier sentido, son siempre rígidas». Se corre el riesgo de hacer al cristiano «discípulo de esta actitud de pensamiento» antes que «discípulo de Jesús»” (Santa Marta 17de octubre de 2013).

Comencemos en casa

Comencemos en casa. Justicia y paz en casa, entre nosotros. Se comienza en casa y luego se sigue adelante, a toda la humanidad. Pero debemos comenzar en casa. Que el Espíritu Santo actúe en nuestro corazón, rompa las cerrazones y las durezas y nos conceda enternecernos ante la debilidad del Niño Jesús. La paz, en efecto, requiere la fuerza de la mansedumbre, la fuerza no violenta de la verdad y del amor (1 de enero de 2014).

 

Momento de reflexión

Diego Fares sj

2. La dicha de los mansos y la posesión de la tierra

 

La bienaventuranza de la mansedumbre dice así: “Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra” (Mt 5, 4).

 

El fruto de la mansedumbre: la posesión de la tierra “en la que andas como peregrino”

 

El Señor liga la mansedumbre con la dicha de la posesión de la tierra. Para Israel la posesión de la tierra prometida era, junto con la descendencia, “la bienaventuranza”.

Recordemos lo que Dios le promete a Abraham:

“Te haré fecundo sobremanera, te convertiré en pueblos, y reyes saldrán de ti. Estableceré mi alianza entre nosotros dos, y con tu descendencia después de ti, de generación en generación: una alianza eterna, de ser yo el Dios tuyo y el de tu posteridad. Yo te daré a ti y a tu posteridad la tierra en que andas como peregrino, todo el país de Canaán, en posesión perpetua, y yo seré el Dios de los tuyos» (Gn 17, 6-8).

En la posesión de la tierra se expresan todas las demás bendiciones. Es una tierra que Yavéh conquista para su pueblo y que este, para poseerla en paz, debe cumplir con la Ley.

“Harás lo que es justo y bueno a los ojos de Yahveh para que seas feliz y llegues a tomar posesión de esa tierra buena de la que Yahveh juró a tus padres que arrojaría a todos tus enemigos ante ti” (Dt 6, 18-19).

 

La mansedumbre: clave del trabajo, la economía y la política

Para nosotros, generalmente, esta bienaventuranza se traslada a la posesión del cielo. Sin embargo, ya que hay otras que hablan del reino de los cielos, es mejor mantener esta en su ligazón con la tierra. Hay una manera cristiana de “poseer la tierra”, de habitar la casa, de gestionar la economía, de hacer política, de trabajar, producir y negociar La mansedumbre es la clave de la posesión cristiana de la tierra y por tanto es la clave del trabajo, de la economía y de la política.

 

La primera tierra es el propio corazón

Ahora bien, la primera “tierra” es el propio corazón. Hay una relación profunda entre la posesión del propio corazón –en la paz, la contención, la no agresión y mansedumbre- y la posesión de la tierra: del hogar, de la comunidad, del lugar apostólico, de la ciudad y la patria.

 

Mansedumbre y tiempo

Esa relación se puede expresar diciendo que “poseer un espacio requiere tiempo”, un tiempo largo, amansado: porque para poseer un espacio hay que caminarlo, cultivarlo, construirlo, adornarlo, protegerlo. Uno puede conquistar o destruir en un momento, violentamente, un espacio, pero para poseerlo se requiere mansedumbre: la mansedumbre del habitar, del trabajar, del caminar. La imagen de Abraham es la del que peregrina en la misma tierra que el Señor le ha prometido, sin poseerla. Solo poseerá la primicia en la cuevita donde entierra a Sara su esposa.

 

Los que disputan espacios que luego no cultivan

Lo contrario de poseer la tierra es el disputar espacios. En toda disputa de espacios se esconde una falta de mansedumbre y un deseo de poder. Hay disputas abiertas y disputas solapadas, no siempre fáciles de discernir. Pero por los frutos se puede ver con claridad: los que tienen deseo de poder disputan espacios que luego no cultivan. Conquistan pero no hacen ni dejan hacer a otros. Acumulan territorios –trabajos, cargos, responsabilidades…- que cuando ellos no pueden atender nadie más los atiende porque no formaron equipos ni trabajaron con otros. Esto viene de la falta de mansedumbre en el propio corazón, de no haber encontrado el propio espacio, el propio lugar y entonces andar peleando por el de otros. Y luego de conquistado, dejar que se estropee. El violento, conquista y luego desprecia, abandona. El manso, si no es bien recibida su paz, sacude el polvo de sus sandalias y se va a otra ciudad, a otro puesto.

La mansedumbre apunta al tiempo no a los espacios. Abraham es nuevamente la imagen del que, en la disputa entre sus pastores y los de Lot le deja elegir a su sobrino la mejor tierra y él se queda con el resto, que, paradójicamente, con el tiempo será la tierra prometida.

 

Mansedumbre y responsabilidades

La mansedumbre soluciona y contiene los conflictos desde arriba. Por eso una imagen linda es la de la apacibilidad y estrechez de la casa familiar, del convento que se abre a la inmensidad del cielo, de la obra pequeña en la que uno trabaja: allí la tierra justa que uno puede poseer se abre a la trascendencia. A la dimensión vertical que hace fecunda esa parcelita.

Martín Descalzo, en “El dulce reino de la tierra” cita a Bernanos, que escribía acerca de cuánto había amado este dulce reino de la tierra. Y Descalzo reafirma esta convicción: los cristianos amamos la tierra. La tierra poseída con mansedumbre es parte del reino de los cielos. Jesús amó nuestra tierra, nuestros santos la amaron. Santa Teresa llamaba “paraíso” a su pequeño convento de San José. Ignacio amaba ese rinconcito en la terraza del Gesú donde cabía el banquito en el cual se sentaba para llorar mansamente mirando el cielo estrellado.

Poseer en paz la propia tierra, extendiendo estos pequeños lugares de oración y de trabajo por toda el mundo, es un testimonio vivo de esta bienaventuranza. Al poseer bien la tierra uno se vuelve manso. Y viceversa. Podríamos decir que la altura del cargo que un cristiano debe tener se relaciona con la anchura de la tierra cuyos conflictos pueda sostener y conducir en paz, con mansedumbre.

 

Las bienaventuranzas son “ejercicios espirituales”.

Las bienaventuranzas son “ejercicios espirituales”. Si uno se ejercita orando con ellas, haciéndolas consciente, interpretando lo que siente desde su dinamismo y poniéndolas en práctica, son como una respiración que asciende al cielo como ruego y desciende como bendición. Lo importante es la conexión que establecen entre la persona y Dios nuestro Señor.

Soy pobre, y al conectarme con Dios mi Padre y presentarle mi pobreza esta inclina la bondad del Señor hacia mí y me otorga su bendición.

Estoy afligido, y al presentarle al Señor mis lágrimas ellas me atraen su consolación.

Reacciono con mansedumbre, no agrediendo, conteniéndome, y al practicar esta actitud, el Señor me bendice atrayéndome la verdadera autoridad que me hace poseer el espacio en disputa, la tierra.

 

Dejarnos sostener por Jesús, el único manso y humilde de corazón, Dueño de toda la tierra

A veces consideramos la mansedumbre de Jesús solo en su aspecto subjetivo, como virtud interior. Pero hace bien ponerla en relación con el aspecto objetivo de la “posesión de la tierra”. Jesús es manso porque es Dueño de todo, Señor de todo, Cabeza y Recapitulador del universo. Y es Dueño de todo poseyéndolo con mansedumbre, ganando lo que es suyo por creación con el poder atractivo de su amor, no con violencia ni como si fuera un amo despótico.

El Señor es el único manso y humilde de corazón y el que lo posee todo. Por eso para practicar la mansedumbre tenemos que mirarlo a él, aprender de él y dejarnos “descargar de agobios e iras” por él. En Mateo 11, el Señor muestra “los júbilos de su corazón”, como titula la biblia de la BAC:

“En aquel tiempo, tomando Jesús la palabra, dijo: «Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, Porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños. Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce bien al Hijo sino el Padre, ni al Padre le conoce bien nadie sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. «Vengan a mí todos los que están fatigados y sobrecargados, y yo les daré descanso. Tomen sobre ustedes mi yugo, y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallarán descanso para sus almas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera» (Mt 11, 11, 25-30).

Contemplamos al Señor a quien el Padre “le ha entregado todo”. Contemplarlo como el Dueño de todo, como el que con su mansedumbre llegó a poseer lo que era suyo por derecho, contemplar cómo muestra su interior y nos manifiesta sus sentimientos más hondos -lo que le alegra y consuela- nos hace bien. Porque la alegría tiene una belleza contagiosa. Simplemente mirar a Jesús contento, lleno de gozo, sonriente, con los ojos iluminados… nos hace bien. El sentimiento del Señor es el de un corazón manso y humilde, un corazón contenido en sí mismo, que se eleva al Padre y que mira las angustias de los hombres sin sentir desborde sino sintiendo amplitud. ¿Por qué? Porque el es Dueño de todo y mira a todos como “viniendo a El” y se mira a si mismo como “aliviando”, sosteniendo y cargando a todos sobre sus hombros de buen Pastor.

Ver a Jesús cargando la cruz de todas las personas con las que nos cruzamos, verlo como el que está sosteniendo a cada uno con amor, es fuente de consuelo y de colaboración. Confiar en que él nos carga a cada uno descansa y alivia. Y ayuda a confiar también en el otro, en sus posibilidades y capacidades.

 

La fuerza persuasiva del Espíritu vs la fuerza coactiva de la materia

Guardini, en su libro sobre el Poder, nos dice que toda la vida de Jesús fue una transposición del poder en humildad, en mansedumbre. Ejerció su Señorío con mansedumbre y humildad. Pero esa mansedumbre es Señorío efectivo, más real que el de los políticos y poderosos. Lo que pasa es que nosotros disociamos mansedumbre y posesión. ¿Por qué? Porque no comprendemos la diferencia entre el Señorío de la materia y el del Espíritu. Martini dice que la mansedumbre indica la capacidad de distinguir la esfera de la materia, donde lo que actúa es la fuerza, de la esfera del Espíritu, donde actúa la persuasión del testimonio auténtico.

El manso es el que, a imagen de Jesús, no usa la coacción física, ni la manipulación verbal, ni la prepotencia moral, sino que con sumo respeto por la libertad del otro, se contiene a sí mismo y por eso persuade, al actuar con amor y servicialidad. Es Señor mansamente, con esa moderación, benevolencia, dulzura y paciencia que provienen del Espíritu de mansedumbre (Gal 5, 22).

La mansedumbre apunta al núcleo del corazón del otro para que el otro se mire a sí mismo y quiera cambiar desde adentro. La violencia en cambio acciona sobre el exterior del otro, empujando y rechazando o agrediendo su fuerza exterior. Para la oración puedo elegir los gestos de dulzura y mansedumbre del Señor que más me hagan bien mientras miro aquellos “espacios” y “situaciones” que deseo poseer o en las que estoy implicado y tengo que gestionar, esas cosas que me irritan y desasosiegan, para que la mansedumbre del Señor me ayude a “ver” a su manera los conflictos y así poder llevarlos en paz.

 

La mansedumbre de María y su invitación a obrar como Jesús

Pedro le dirá a las mujeres: “que su adorno no esté en el exterior sino en lo oculto del corazón, en la incorruptibilidad de un alma llena de mansedumbre y de paz” (1 Pe 3, 3-4). Desde esta perspectiva miramos a nuestra Señora: todo en María es dulzura y mansa paz.

Es mansa en sus gestos porque es mansa en los movimientos interiores de su corazón. Cuando el Ángel le anuncia la Encarnación, hasta el desconcierto y la turbación son mansos en María. Está activa y todos sus sentimientos despiertos y conscientes, pero sin agresividad, sin sospecha alguna. Sus dudas y temores se apaciguan prontamente al escuchar con atención lo que el Ángel le dice.

Es mansa en sus acciones. También su prontitud para ir a servir y el encuentro con Isabel su prima, muestran un alma mansa, que se entrega y canaliza sus energías positivamente, yendo a servir, alegrándose con los encuentros humanos, bendiciendo a Dios.

Es mansa al interpretar las cosas que suceden. La lectura que hace María de la historia es lúcida y mansa. Como que ella ve cumpliéndose el deseo de su Hijo de que todos –hombres y pueblos- vengan a él. En Caná, la atención de María a lo que falta, indica también un alma receptiva, atenta a lo que sucede a su alrededor, atenta a la situación presente. Lo cual es indicativo de que no está sumida en las fluctuaciones de su propio yo, en los vaivenes de una afectividad agitada en torno al propio centro. Todo lo que hace, siente y piensa nuestra Señora lo hace, lo siente y lo piensa con dulzura y paz. María es mansa de corazón. Y por eso genera un espacio en torno a sí que convierte la tierra en santuarios y los caminos en lugar de peregrinación hacia ella.

 

Momento de Contemplación

Hna Marta Irigoy md

3.  “Felices los mansos, porque poseerán la tierra…de su propio corazón”

“Aprendan de Mí,

que soy manso y humilde de corazón

y así encontrarán alivio…” (mt.11,28)

 

La Bienaventuranza de los mansos, está íntimamente unida a la de la pobreza. Muchos autores dicen que son una misma. Que pobreza y mansedumbre son una misma realidad.

 

La tradición bíblica, relaciona al manso con el pobre de corazón. En el sustrato bíblico hebreo o arameo, “es difícil -escribe es P. Jacques Dupont, osb- , encontrar una diferencia de matiz apreciable entre la Bienaventuranza de los pobres y la de los mansos. Ambas se refieren a los anawim” (Martín Neyt, osb. -Cuadernos Monásticos Nº 149)

Este término –anawim- en su principio se refería a todos los que sufrían pobreza económica, luego se aplicó a aquellos que no podían confiar en sus propias fuerzas y referían su vida solamente a Dios.

 

Jesús que no sólo predicó las bienaventuranzas, sino que las vivió en su vida, mostró el modo de vivir la vida en una plenitud hasta su tiempo jamás oída. La plenitud que da la entrega.

 

Contemplar el corazón de Jesús, nos ayuda a asomarnos a ese “aula-corazón”, donde podemos aprender los primeros balbuceos de este nuevo modo de hablar, de vivir, de mirar, de confiar, de esperar…porque, como dice el mismo Jesús: “de la abundancia del corazón habla la boca” (Mt 15, 18a)…y los gestos…

El secreto es aprender de Él, que es “el Manso y el Humilde” para encontrar el alivio que reclama todo corazón.

 

El secreto de la mansedumbre = Saberse creado por amor

Nuestros entornos sociales, tan hundidos en la violencia, la agresión y la disputas por el poder, revelan las consecuencias de haber desalojado del corazón del hombre y la mujer, la certeza de saberse creados por amor y para amar.

Basta salir a la calle –aunque muchas veces lo padecemos en nuestro hogar o en la propia interioridad– para vernos amenazados por gestos y palabras agresivas. Mirando nuestro mundo, lo contemplamos como un huérfano. Un huérfano de amor, que no ha descubierto que tiene un Padre que lo ama y siente su dolor como propio.

Asistimos a discursos que con sus palabras y gestos nos revelan que sus actos brotan de corazones que no poseen paz, alivio, ni serenidad.

Son corazones que no han recibido “caricias”, que como, dice Piet Van Breemen (“Como pan que se parte”) , que en el griego clásico se dice: “PRAUTES” –mansedumbre- y es una palabra que lleva implícita una caricia.

Se trata entonces, de captar esta relación que existe entre falta de palabras y gestos mansos, que acaricien la vida y despierten al hombre y mujer de esa gran pesadilla de no sentirse valiosos y dignos del amor de nadie y que a través de nuestras palabras y gestos acariciantes puedan descubrir: “Un Padre que es el más tierno de todos los padres”, como dice el P. Hurtado.

Un corazón que lucha por espacios –puestos, roles, afectos, lugares, etc…-, es un corazón que todavía no es dueño de su interior. No es un corazón manso que con sus gestos y palabras acaricia, sino que estos brotan de heridas, que siguen supurando y contagiando su infección a todos los que salen a su paso…

 

Saberse aceptado por amor

Quien ha experimentado su pobreza, la ha gustado hondamente en su amargura, y la ha aceptado como una compañera de camino, seguramente, en el andar ha ido saboreando su dulzura escondida.

Este proceso, “de nacer de lo alto” (Jn 3, 1-5), será un proceso fecundo si fue gestando y dando a luz la certeza de saberse aceptado por el Amor de Dios. Un Dios que solamente busca que sus hijos estén cerca de Él.

Este proceso es lo que hace posible la posesión de esa tierra, que es la más difícil de poseer: la tierra del propio corazón. Seremos felices porque poseeremos ese lugar más hondo en donde brotan las palabras y gestos acariciadores…seremos felices porque acariciaremos a los demás, ya que para esto hemos sido creados por amor: para amar y desde esta experiencia de aceptación profunda, poder servir.

Es muy iluminador lo que dice, Van Bremen sobre “la mansedumbre evangélica –prautes- , es fruto de una profunda toma de conciencia del amor que Dios me tiene tal como soy. Cuando estoy seguro de que Dios me acepta, puedo permitirme ser manso, porque si para Dios tengo tanto valor, ya no tengo necesidad de afirmarme. La certeza de la infinita ternura que Dios siente por mí me libera de todo interés propio; en consecuencia, puedo abrirme a los demás y cumplir mi tarea sin darme importancia. Y el resultado de todo ello es un desinterés por mí mismo que hace que mi actitud sea serena y benéfica “Te he llamado por tu nombre”)”.

Quisiera resaltar esto que dice Van Bremen:

“La certeza de la infinita ternura que Dios siente por mí me libera de todo interés propio”

Quien no ha tenido gestos de ternura, está incapacitado para tener gestos y palabras de ternura. Un niño que es criado en un entorno violento, será un niño violento y si no encuentra ternura en los lugares que se lo confía: escuela, club, sociedad de fomento, comunidad de fe, etc… nunca descubrirá a un Dios que es el más tierno de todos los padres, como decíamos más arriba.

 

Por que la ternura nos desarma. Nos hace vulnerables y es la que prepara la tierra de nuestro corazón para la siembra de esas palabras y gestos acariciadores que luego darán su fruto a su debido tiempo (Parábola de la semilla que crece por sí sola Mc 4, 26 ss). Es un trabajo de toda la vida y para toda la vida…

 

MOMENTO PARA CONTEMPLAR:

Preguntas que pueden ayudar:

  • ¿ Qué sentimientos quedan en tu corazón después de todo lo leído?
  • ¿Son tus gestos y palabras acariciadores?
  • “La ternura cambiará el mundo” ¿crees que esto o hará posible? ¿por qué?

Para terminar:

 

Valgan las palabras de un monje budista camboyano (Javier Melloni-sj- “Este texto llegó a mis manos gracias a un compañero jesuita que trabaja en Camboya, en poblados con mutilados de guerra.”).

 

“El sufrimiento de nuestro país ha sido profundo.

De este sufrimiento surge una gran ternura.

La ternura pone paz en el corazón.

Un corazón pacífico da paz al ser humano.

Un ser pacífico pone paz en una familia.

Una familia pacífica pone paz en una comunidad.

Una comunidad pacífica pone paz en una nación.

Una nación pacífica pone paz en el mundo”.

 

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