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Momento de meditación

Diego Fares sj

En el «preámbulo para considerar estado de vida (y sus reformas), San Ignacio centra la contemplación de la vida del Señor en torno a lo que llama «perfección evangélica». Esta “perfección” se ha identificado -quizás muy rápidamente- con la vida religiosa en cuanto contrapuesta a la vida matrimonial. Esto es un gran error, porque formular así las cosas, como si la vida matrimonial fuera menos perfecta que la vida religiosa, es un modo de pensar que compara las cosas de manera abstracta.

Podríamos extendernos mucho en demostrar que esta idea de “perfección “no es evangélica, porque mira la letra más que al Espíritu, el exterior y no el corazón, lo formal y no el contenido vivo… Pero en el contexto de los Ejercicios en que nos hallamos, nos puede bastar una sola frase. San Ignacio dice en el corazón mismo de los Ejercicios, en lo que llama “Preámbulo para considerar estado” y presenta el fin para el que se hacen los Ejercicios: la elección.

“Comenzaremos a contemplar la vida (pública del Señor y -juntamente-) a investigar y a demandar en qué vida o estado de nosotros se quiere servir su divina majestad”. Y agrega luego: “Nos debemos disponer para venir en perfección en cualquier estado o vida que Dios nuestro Señor nos diere para elegir” (EE 135).

Queda claro como el agua que la perfección no es una idea que podríamos poner en el casillero más alto para tratar luego de alcanzarla trepando y a la que llegarían solo los mejores, sino que la perfección puede estar en el casillero que sea -el más humilde o el más sublime, si se mira de afuera. El asunto es que ese casillero sea “el nuestro”:  el que Él nos da para elegir y nosotros elegimos efectivamente para en él amar adorando y sirviendo.

Un modo de leer y contemplar la Vida de Jesús puede inspirarse en la escena del encuentro con el joven rico. El joven le pregunta por lo que debe hacer y Jesús le recuerda los mandamientos. Cuando este le dice que ya los cumple desde niño, el Señor lo mira con amor y le habla de lo que le falta: “Una cosa te falta, ve, vende todo lo que tienes, dalo a los pobres y sígueme”.

Hay que entender bien estas palabras. No son un mandamiento y no son algo que sería “mejor en general para todos”! En el diálogo que sostiene Jesús con este joven, al mirarlo con amor, ambos han entrado en otro territorio: han entrado en el espacio del seguimiento del Reino, en el que todo es invitación y nada imposición. Es el territorio de la libertad en el que las cosas que podemos elegir para seguir al Señor no caen bajo la ley ni bajo pena de pecado sino buscando la perfección de seguirlo gratuitamente, por amor y amistad. No puede ser que cuando un padre de familia escucha este evangelio, lo primero que le venga a la cabeza es plantearse si tiene que vender su casa, abandonar a sus hijos y hacerse predicador mendicante. Hay un momento en la vida en el que la perfección evangélica va unida a un “cambio doble”: cambio de corazón junto con cambio de casillero. Pero cuando uno ya ha elegido para siempre su casillero, el cambio de corazón se da ahí mismo. En una madre o en un padre de familia se trata de preguntarse qué tiene que “vender” de “sus” bienes para darle más “a su familia” y para seguir mejor al Señor en ella y con ella, servir mejor a los demás.

Las dos banderas y el conocimiento interno del Señor

La primera meditación que propone Ignacio para ayudarnos a encontrar nuestra “pequeña perfección evangélica”, nuestro lugar – el que Él quiera darnos a elegir, pequeño o grande- en su reino, es la meditación de Dos banderas.

En ella Ignacio nos hace pedir «conocimiento de la vida verdadera de nuestro sumo Capitán y gracia para imitarlo». Insistimos: imitarlo no como monos o loros, no poniendo cara de estampita o usando un hábito especial, sino encontrando “nuestro carisma”, nuestra misión propia, nuestro lugar en el reino.

Este conocimiento de la vida verdadera de nuestro sumo capitán se da en primer lugar contrastado, en lucha. Junto a la semilla buena de cada sentimiento y cada luz que el buen Espíritu nos regala para hacernos conocer mejor a Jesús, el mal espíritu siembra una cizaña y pone una sombra de duda, para tratar de impedir que la gracia de fruto y vayamos adelante en nuestro seguimiento del Señor. Por San Ignacio nos hace pedir, al mismo tiempo ayuda para «conocer los «engaños del mal caudillo y ayuda para guardarnos de ellos».

En segundo lugar, hay que decir que el conocimiento interno de la vida verdadera del Señor no es solo un conocimiento intelectual sino también afectivo. Es un tipo de conocimiento que integra todas nuestras facultades: los sentimientos, la voluntad, nuestra sensibilidad particular y la inteligencia.

Sumando uno más uno: la lucha se da en el terreno afectivo. Esto significa que cada uno será combatido en algún aspecto, pero siempre con la mala intención del maligno de dañar el conjunto. A uno, el mal espíritu le sembrará cizaña en la voluntad, a otro en el campo de su inteligencia, a otro en el de sus sentidos o en el de sus sentimientos… El Espíritu, en cambio, trabajará siempre para el bien del conjunto y lo hará cuidando nuestra parte más débil.

El campo de batalla

En este punto nos queremos centrar hoy: en el campo “humilde y gracioso” -como describe San Ignacio al campo donde se asienta Jesús, el sumo Capitán de los buenos- de nuestros sentidos. Nuestros sentidos son fundamentalmente humildes porque cada uno está limitado a su ámbito y no puede salir de él. Este límite hace que cada sentido trabaje siempre buscando ayuda de los otros cuatro y colaborando con ellos. Cuando uno viene a faltar es notable cómo los otros lo suplen!

Por tanto, la lucha espiritual que San Ignacio propone en la meditación de Dos Banderas, la libraremos aquí no en el campo del intelecto ni de la voluntad -con sus pretensiones de grandeza- sino en el campo humilde de nuestros sentidos.

Vamos a tomar una contemplación que San Ignacio llama «Aplicación de sentidos». La propone siempre al final del día, luego de haber batallado en la oración y en la contemplación y es un modo de reposar el alma y de quedarse saboreando algunas pocas cosas que son el “fruto” del día. Consideraremos este Ejercicio espiritual como una manera de combatir en la oración no solo contra una idea o un mal sino contra algo más básico: la abstracción que anestesia y empobrece nuestro conocimiento vital.

Aplicar nuestros sentidos a las escenas evangélicas -los ojos de nuestra imaginación, nuestro oído, nuestro gusto, olfato y tacto espiritual-, es un ejercicio humilde: tiene la humildad del conocimiento sensible y material de Jesús.

Es humilde, como decíamos, porque los sentidos no se pueden apoderar de las cosas, como hace la inteligencia, que agarra una esencia abstracta y tira lo demás como si fuera una cáscara de banana. Por eso es por lo que a veces basta una “idea” para tener prisionera la inteligencia de una persona por mucho tiempo. Esto es lo que se llama ideología. En cambio los sentidos, si no se los bombardea todo el tiempo, se los pierde. Por eso el mundo y el maligno tienen siempre bajo ataque nuestros sentidos.

Es aquí donde se libra hoy una gran batalla. Nuestros sentidos necesitan contactarse siempre de nuevo con el Señor y con las personas que amamos y a las que queremos servir: hay que mirar a los ojos, escuchar el tono de voz, tocar las heridas … Si no, nos insensibilizamos! Es verdad que queda el rastro en la memoria sensible, pero si no se renueva la experiencia, esta tiende a diluirse, como se pierden los olores de la infancia y el rostro y la voz de los que se fueron.

Eso sí, basta un aroma para recuperar una entera etapa de la vida: el olor a mar para recuperar unas vacaciones, el perfume de un patio de la infancia para que se nos pueble la memoria de rostros, voces y escenas familiares compartidas.

Luchar para rezar con los sentidos es una lucha contra la abstracción ideológica que anestesia. Es increíble cómo “te vacunan”, te meten una idea y dejás de sentir y ver a la gente concreta. Acá pasa con los refugiados: metieron la idea de que son una amenaza y la gente ya no ve personas sino “peligros”. Y para que uno acepte -y hasta pida! – la anestesia, te sobrecargan los sentidos. Nos bombardean con imágenes insoportables de pobreza y miseria de modo tal que uno sienta necesidad de una idea que lo anestesie.

Sin embargo, el remedio verdadero es otro. La realidad sensible concreta -tocar la herida, mirar a los ojos- no exaspera sino que serena! La carne, con su límite y su realidad, serena. No hace falta entrar en esa dialéctica de sobrecarga sensible e ideología anestesiante.

Nuestros sentidos nos hacen ser protagonistas

De lo que se trata en nuestra humilde oración, que trata de «sentir y gustar» la materialidad del Evangelio, es de ser protagonistas. Paradójicamente, de los conceptos no podemos ser «protagonistas» porque los conceptos son «generales», son «de todos y de nadie». En cambio nuestros sentidos y sentimientos son enteramente nuestros, incomunicables. Por eso pedimos al Espíritu santo: “Ven! Enciende con tu luz nuestros sentidos» – accende lumen sensibus–. Al ejercer nuestra sensibilidad nos volvemos más nosotros mismos. Eso sí, no se trata de «sentir» cualquier objeto. Se trata de aplicar los sentidos a la humanidad de Jesús. Se trata de relacionarnos y conectarnos con lo más precioso y santo a través de nuestras capacidades más humildes y determinadas. Cada sentido se limita a su ámbito propio y necesita de todos los demás para hacerse la imagen justa de la persona que tiene adelante.

Así como Ignacio decía «traer la historia», en la repetición de las contemplaciones de la Anunciación y el Nacimiento, recomienda «Traer los cinco sentidos».

Recordemos lo que meditamos en el encuentro anterior: «Traer la historia quería decir que :»La historia que contemplamos se sitúa dialogalmente, entre uno que la cuenta de modo breve y sintético y otro que se mete en ella con todo su ser, con sus sentidos, memoria, imaginación, razonamiento y afectos, para buscar y hallar aquel detalle que le hace más “sentir y gustar” la historia . Se trata por tanto de una historia en la que el que contempla no es espectador sino co-protagonista. Contemplar es “meterse en la escena como si presente me hallase” e “interactuar con los personajes”. Contemplar, para Ignacio, no es solo recibir pasivamente -mirar y escuchar- sino también imaginar creativamente y dialogar con los personajes que la historia evangélica me propone».

Los pasos de la aplicación de sentidos

Veamos ahora los pasos del «traer los sentidos». Dice Ignacio: «Pasar los cinco sentidos de la imaginación» por los puntos contemplados en la oración, eligiendo una escena en la que uno sintió más gusto y consolación o un pasaje en el que sintió que se quedaba con sed de más.

Primero la vista. De la vista nos dice «ver las personas con la vista imaginativa, meditando y contemplando en particular sus circunstancias, y sacando algún provecho de la vista» (EE 122). Tengamos en cuenta que siempre se trata de un «sentir y gustar» para sacar provecho.

Lo que guía a los sentidos es el bien que cada sentido puede aprovechar, no ideas abstractas. La vista saca provecho de los colores, de la intensidad de la luz, de las formas armónicas…, y de los detalles.

En la aplicación de la vista lo que a San Ignacio le importa más son «los detalles»: «las circunstancias particulares», esas que hacen que «veamos» a una persona en un rasgo, toda una escena resumida en un gesto. Un detalle del rostro, su postura, sus gestos, su sonrisa o la intensidad de su mirada, su modo de vestir, de caminar, cómo interactúa…

Segundo, el oído:«Oír con el oído lo que hablan o pueden hablar, y reflexionando en sí mismo, sacar de ello algún provecho» (EE 123).

De lo que uno escucha, Ignacio pone, además de lo que hablan (que serían las palabras mismas del evangelio) «lo que pueden hablar» y aquí, cuando se me «ocurre algo que» Jesús podría haber dicho, o la Virgen, o San José o los discípulos, Ignacio me sugiere «reflexionar sobre mí mismo» y preguntarme por qué se me ocurrió eso? Si lo proyecté, qué quiere decir de mí, qué expresa de mis deseos eso que imaginé que podrían haber hablado; si es del Espíritu, qué me está queriendo decir, a qué me está invitando?

Tercero y cuarto, el olfato y el gusto: «Oler y gustar con el olfato y con el gusto la infinita suavidad y dulzura de la divinidad del ánima y de sus virtudes y de todo, según fuere la persona que se contempla, reflexionando en sí mismo y sacando provecho de ello» (EE 124). Con estos sentidos interiores el detalle que pone Ignacio está en la suavidad y la dulzura espiritual de las personas, lo cual equivale a entrar en contacto con su corazón.

Quinto, el tacto: «Tocar con el tacto, así como abrazar y besar los lugares donde las tales personas pisan y se asientan, siempre procurando de sacar provecho de ello» (EE 125). En el tacto, con pudor Ignacio invita a tocar y besar los lugares donde pisan y se asientan las personas.

Coloquio» «Acabarse ha con un coloquio, como en la primera y segunda contemplación, y con un Pater noster».

Lo que lo mueve al Padre: la misericordia, la pasión por su viña

«Ver al Padre con la vista imaginativa, meditando y contemplando en particular sus circunstancias, y sacando algún provecho de la vista». Cuáles son «sus circunstancias», cuál el «detalle»? Los podemos encontrar en las Parábolas. En ellas, Jesús nos muestra al Padre en situaciones complicadas: la del hijo menor, que le hace un planteo y se le va; la del hijo mayor, que lo pone en la situación de tener que salir a rogarle que entre en la fiesta. Son situaciones que revelan la grandeza del corazón del Padre, su modo de vivir la vida con una mirada más amplia que la de los hijos, sabiéndolos esperar, encontrando el momento oportuno para mostrar en un gesto todo su amor. Lo vemos cuando sale corriendo a abrazar al pródigo, y luego, cuando sale a la puerta a dialogar sin enojos con el mayor. Un detalle que lo pinta entero es que «cuando aún estaba lejos (el hijo pródigo), lo vio su Padre y se estremeció de compasión» (Lc 15, 20). Se puede experimentar lo que sintió al ver cómo sale corriendo y se le echa al cuello a su hijo, cómo no lo deja hablar y ordena que lo atiendan, que lo vistan y preparen una gran fiesta. También con el mayor se nota cómo se compadece porque lo sale a buscar. El detalle es este «moverse» del Padre que siempre es en torno a la misericordia. Con los trabajadores, el detalle será que sale a buscar gente a todas horas. Es la pasión por su viña lo que lo mueve.

Un Padre en movimiento

El provecho que saco de esta vista es mirar lo que me mueve: si me mueve la misericordia y la compasión, si me mueve la pasión por la viña y el amor por la Eucaristía, por el banquete para el Hijo, si me mueve los pobres y hacer producir los talentos para serles útil a los que no tienen nada…, o me mueven en cambio otras pasiones, otros intereses no tan puros, no tan familiares y fraternos, no tan agradecidos y responsables, como pueden ser los de un buen hijo de un Padre así de generoso, bueno y trabajador.

Oír al Padre

Oír al Padre es escuchar su palabra predilecta: «Este es mi Hijo amado; escuchen a mi Hijo predilecto, escuchen a Jesús». No tiene otras palabras el Padre!

Oler y gustar la infinita suavidad y dulzura del Padre. Al Padre nadie lo ha visto. Tampoco le ha gustado ni olido. El Hijo es quien nos hace sentir su suavidad y dulzura paterna. Imaginamos al Padre «testeando» los sabores y aromas de la creación. Probando las uvas de la viña, el vino de la fiesta, un bocado del asado… Cuando en el génesis se nos dice que «vio que todas las cosas eran buenas» podemos imaginar que además de verlas, las gustó y las olió.

Lo que mueve al Hijo: mostrarnos cómo es el Padre, haciéndonos sentir hermanos.

Ver al Hijo, su Persona, ver a Jesús. Qué situacionesde Jesús me tocan más, al verlo junto al Padre y al Espíritu, en el seno de la Trinidad? Cuál es el detalle?

Quizás se pueda ver por contraste con los otros hijos de los que Jesús habla. Su relación con el Padre no es la de hacerle «planteos»: «dame mi parte», como le plantea el menor; «nunca me diste ni un cabrito», como le plantea el mayor. Jesús reza buscando ver lo que le agrada al Padre, está atento a su hora. En la elaboración de las parábolas se nota que lo mueve el deseo de hacer conocer Quién es el Padre a los pequeñitos, lo mueve el deseo de Revelarnos a su Padre, de hacernos sentir su Misericordia. Jesús es Alguien que «se llena de gozo en el Espíritu Santo cuando el Padre es revelado a los pequeños». Esto lo dice todo acerca de Él. Así es Jesús: es uno que hace todo movido por el deseo de buscar a los pobres, a las ovejas perdidas, para traerlos de nuevo a la casa del Padre, haciéndoles sentir hermanos. La hermandad es el detalle que pinta entero al Señor.

Oír al Hijo. Jesús es el Logos, la Palabra. Propiamente a Él es a quien «debemos escuchar». El Padre nos lo manda: Escúchenlo!  Jesús es el que nos dice las cosas. El Espíritu nos lo recuerda y nos lo explica. El contenido de lo que la Trinidad nos quiere decir, lo dice Jesús: es su Evangelio. Cuál sería «su palabra» propia, la que más repite, la preferida? Más que una, que de tener que elegir sería «Abba», son todas las palabras humanas. El punto es más bien su Voz, el tono que sus ovejas saben escuchar y reconocer: la voz del Buen Pastor. Oír al Hijo es oír su tono de voz. Reconocerlo entre otras muchas.

Oler y gustar con el olfato y el gusto la infinita suavidad y dulzuradel Señor. El perfume de nardo de María nos da un olor preciso que Jesús se llevó consigo a la Pasión. También podemos oler el olor a pan de sus manos, al partir la Eucaristía, sin tener que hacer muchos esfuerzos de imaginación. El olor a oveja, dado que la lleva en hombros, también es característico del Señor, así como el olor a mar, a redes y pescados. El olor a madera de la carpintería va unido a su trabajo en el taller de San José. Y así: todos los olores humanos se combinan bien con el Señor. Y también los gustos: el gusto a vino, el gusto a pan, el gusto al asado de la fiesta, el gusto a sangre en la boca, luego de los golpes. El gusto a agua fresca del jarro de la samaritana.

Besar los lugaresdonde pisó con sus pies y dejó huella, como hizo San Ignacio que se volvió a ver hacia dónde estaba orientada la huella del Señor en el monte de la Ascensión y lo tomaron preso.

Lo que mueve al Espíritu: hablarnos de lo de Jesús, tomar de lo suyo y dárnoslo

Ver al Espíritu.Cuál es el detalle? El Espíritu no habla de cosas suyas, sino que «toma de lo de Jesús» y nos lo da a conocer. Es el puro estar abocado al otro, a los otros. Hacernos sentir hijos, moviéndonos a decir «Abba», Padre. Haciéndonos sentir que Jesús es Señor para que pueda tener injerencia práctica en nuestra vida.

El Espíritu se hace todo a todos. Se hace agua viva, fuego, unción, viento, recuerdo, impulso, paz, comunidad, bendición. El detalle es que no se lo puede «objetivar», se da entero pero si se lo quiere «ver» se va más allá, se corre, y nos hace correr. Se puede hablar con él pero no de él, se puede hablar con él de Jesús y con Jesús, del Padre. Y con los tres, se puede hablar de su determinación de salvar a los hombres. Ese es un tema que les interesa siempre. Cómo salvar. No otras cosas.

Oír lo que habla o puede hablar.El Espíritu «habla de lo de Jesús». Más que hablar nos hace hablar y escuchar. Nos hace decir «Padre» y «Señor de mi vida práctica», nos revela el Nombre de Jesús que es «Salvador», Dios con nosotros, hermano.  El Espíritu es el que nos enseña a escuchar, a no ser sordos al llamamiento del Señor, el seguir con prontitud las mociones que suscita su palabra en nuestro corazón. El Espíritu nos hace suplicar al Padre: el convierte nuestros gemidos en palabras, nos enseña a rezar el Padrenuestro.

«Oler y gustar con el olfato y el gusto la infinita suavidad y dulzura»del Espíritu. Propiamente estos dos sentidos son adecuados al Espíritu. Se puede oler y sentir su frescura, porque es Viento; se puede saborear la dulzura de su paz gustando las palabras del evangelio. Su manera de «recordarnos» las cosas de Jesús, es con suavidad y dulzura, sugiriendo, no obligando. Atrae, como los perfumes, invita a probar, como los sabores.

 

Momento para contemplar

Marta Irigoy

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Estamos en el Mes de San Ignacio y nos encomendamos a él para que nos ayude a vivir la oración como nos propone en el Libro de los EE…

La invitación para este momento contemplativo, será pedir que se despierte nuestra conciencia espiritual: en la oración ignaciana se trata  de ser protagonistas con nuestra imaginación, siendo despertados por el Espíritu nuestros sentidos, por eso, suplicamos en la bella oración al Espíritu Santo “Ven Creador”:

“Enciende con tu luz nuestros sentidos…

Esta manera de orar ayuda a la contemplación, ya que no se sirve únicamente de la imaginación, sino también de los sentidos, y pone en situación de oración a toda la persona, para que podamos discernir afrontando la lucha espiritual,

que muchas veces acontece en ese momento de intimidad con el Señor

y que atenta contra ese espacio interior donde el alma se abraza con su Creador…

Para la oración, puedes elegiralgún texto de la Vida del Señor que sientas que te invita a conocer más a Jesús, centrándote en la/s persona/s.

Sigue los pasos que propone San Ignacio en la “Aplicación de los sentidos”, que están muy bien explicitados por el P. Diego…

Luego, puedes pediral Espíritu que “Encienda con su LUZ tus sentidos y dejar que ellos vayan dejando en tu corazón un conocimiento interno del Corazón de Jesús y así puedas  amarlo en todo y seguirlo siempre…

Puedes terminar con esta hermosa poesía de la Hnita Madeleine, fundadora de las Hermanitas de Jesús. Luego de leerla, la puedes poner en primer persona y hacer un coloquiode tú a tú con el Señor.

 

Testigo de Jesús

 

Vivirás mezclada a la humanidad

Como levadura en la masa.

 

Tienes un modelo único: Jesús,

No busques otro.

 

Penetra profundamente

En tu ambiente

Por la semejanza de vida

Por la amistad y el amor.

 

Hazte toda a todos

Por una vida totalmente entregada

Como la vida de Jesús

Al servicio de todos.

 

Serás una más en medio de todos

Con el deseo de ser como la levadura

Que se pierde en la masa

para ayudar a levantarla.

 

Y será Jesús el fermente Divino

Que irradiará a través de ti.

 

Hnita Magdalena de Jesús

 

 

 

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Momento de reflexión

Diego Fares sj

Dando una charla al Grupo de Estudios de Don Orione, en la Curia General, me gustó mucho algo que dijo su Director General, el padre Tarcisio Vieira: El lenguaje para llegar al corazón de los jóvenes debe ser el lenguaje de la narración. Nada más cautivante que contar una historia de vida, como las de la vida de nuestros santos.

Esto me llevó a poner la atención en una frase que Ignacio usa siempre como primer preámbulo de todas las contemplaciones: “Traer la historia que tengo que contemplar”. Si uno busca en los Ejercicios, esta es la así llamada “anotación segunda”. Ignacio define lo que son los Ejercicios e inmediatamente, explica qué significa para él esto de “traer la historia”. Traerla a dónde? Siempre pasé un poco por alto este punto, dando por supuesto que significa “recordar la historia”, en el sentido de fijar un punto de la vida del Señor en el que nos detendremos a meditar y contemplar.

Sin embargo Ignacio precisa mucho más. “Traerla” quiere decir que el que da los puntos debe (1)”narrar fielmente la historia”. Fielmente no quiere decir contar todos los detalles, sino todo lo contrario: debe ser (2) breve y sintético! Por qué? Para que la persona que contempla, (3) tomando el fundamento verdadero de la historia, (4) discurra y razone por sí misma y, (5) hallando alguna cosa que le haga aclarar más o sentir la historia (por su propio razonamiento o por iluminación del Espíritu), (6) saque más fruto espiritual del que sacaría si el que le da los ejercicios le declarase y ampliase mucho el sentido de la historia. Y aquí agrega Ignacio su famoso lema: “porque no el mucho saber harta y satisface al ánima, mas el sentir y gusta de las cosas internamente” (Cfr. EE 2).

La historia que contemplamos se sitúa así, dialogalmente, entre uno que la cuenta de modo breve y sintético y otro que se mete en ella con todo su ser, con sus sentidos, memoria, imaginación, razonamiento y afectos, para buscar y hallar aquel detalle que le hace más “sentir y gustar” la historia . Se trata por tanto de una historia en la que el que contempla no es espectador sino co-protagonista. Contemplar es “meterse en la escena como si presente me hallase” e “interactuar con los personajes”. Contemplar, para Ignacio, no es solo recibir pasivamente -mirar y escuchar- sino también imaginar creativamente y dialogar con los personajes que la historia evangélica me propone.

Contemplación de la Encarnación (EE 101-109)

Entramos así de lleno en el tema mismo de este mes, que es la encarnación del Señor, la Encarnación del Verbo, de la Palabra, en nuestra historia. La Palabra se encarna dialogando.

Cuál es la historia que tenemos que contemplar en la Encarnación? Ignacio la cuenta breve y sumariamente: “Cómo las tres personas divinas miraban toda la planicie o redondez de todo el mundo llena de hombres, y cómo viendo que todos descendían al infierno, se determinaen su eternidad que la segunda persona se haga hombre, para salvar el género humano, y así venida la plenitud de los tiempos, (comienzan a llevar a cabo esta determinación) enviando al ángel san Gabriel a nuestra Señora” (EE 102).

Una historia no es una sucesión de hechos inconexos, sino todo lo contrario: los hechos se tejen y se concatenan unos con otros porque los unifica una intención de fondo, una determinación. Esa es la palabra que usa Ignacio: la Santísima Trinidad se determinóa salvarnos.

La Encarnación de la segunda persona -del Hijo- es fruto de esta determinación salvífica. Por tanto, todo lo que contemplemos de la Vida de Cristo, todo lo que el Señor hará y padecerá, todo lo que le escucharemos predicar a su pueblo y las obras de misericordia que realizará con los más pobres y enfermos, lo debemos contemplar en esta clave salvifica. Son palabras y acciones que brotan de la determinación de salvar a la gente que tomaron en conjunto, el Padre, el Espíritu y Él. Las tres Personas no quieren otra cosa sino salvar a la humanidad, salvar a cada hombre, a cada persona, y para ello, determinan que el camino es la Encarnación, no otro. Es el camino que eligieron y una vez elegido, es el único real para nosotros y el mejor. En consecuencia, todo lo que nosotros “hagamos” con el evangelio y con los encargos que nos dejó el Señor -bautizar, perdonar los pecados, invitar al banquete eucarístico…- tiene que reflejar esa determinación salvífica!

Aunque parezca abstracto esto de que Dios “se determina” libremente, es lo más concreto del mundo. El amor siempre es concreto. El amor es este bien, aquí y ahora y posible de este modo. Si no se concreta, por la excusa que sea, no es verdadero amor. Así, esta determinación de Dios es el inicio de la historia, de la historia de la salvación. Imaginemos una madre que le dice a su hijo: como no sos digno, no te has portado bien o no has sacado buena nota, no te doy de comer ni te baño hasta que te pongas en regla.

Por qué insistimos en este punto? Porque si uno reflexiona bien, basta un momento  para hacer que se diluyan, como si fuera un mal sueño que una madre con su caricia despeja de la frente de su hijo, todas las discusiones abstractas y encarnizadas que quieren impedir que la Misericordia del Padre toque la carne y la vida de la gente. Podemos impedir que la Misericordia del Padre toque con las manos de Jesús -y las nuestras- las llagas y miserias de cada persona? Tiene sentido decir que es “para salvar la integridad de la doctrina”? Dios se determinó a salvar, se determinó a ser misericordioso, y para ello tomó nuestra carne, porque la misericordia no se puede ejercer sino tocando las llagas -materiales y espirituales-. Es una determinación absoluta y sin peros: Dios se determina llegar, sí o sí, a cada miseria con su Amor, y nada ni nadie tiene derecho a impedírselo, a ponerle otros límites que este de su determinación misma.

Digo límite porque determinarse es ponerse un límite, pero paradójicamente, el límite no es el de un obstáculo que frena, sino el curso que hace que el agua viva corra sin dispersarse y pase haciendo el bien. La Encarnación consistió en “meter” -si se me permite la expresión- el Amor infinito de Dios en un corazón de carne – la que María le dio a su Hijo- y dejar que corriera a partir de esa fuentecita, encendiéndolo todo y bautizándolo todo a su paso. La historia de salvación es el Amor mismo de Dios, no estancado en el Cielo, sino corriendo día a día, paso a paso, por la tierra.

Amor encarnado es amor hecho historia. Y esto supone “un pasito adelante cada día”. Se disuelven así, decíamos, todos los intentos farisaicos de impedir que el amor camine, con la excusa de que sus pasos son vacilantes o de que su punto de partida no está en regla o de que no se sabe a dónde irá a parar. El amor se encarnó y tiene derecho a caminar. El bien concreto más pequeño, con todos sus límites y defectos, es más bien que cualquier bien meramente ideal, si es que existe algo así como un bien ideal.

Imitar y seguir al Señor así nuevamente encarnado

En la contemplación de la Encarnación, en la del Nacimiento y en todas las que siguen, Ignacio adopta un esquema de «contemplación en cuatro pasos». Ver las personas, oír lo que hablan, mirar lo que hacen y luego de ver-oír-mirar, reflexionar para sacar provecho. Esta es la dinámica y debo confesar que siempre me ha creado un poco de dificultad tratar de seguir los pasos de Ignacio diferenciadamente, centrando el foco, primero en las personas, luego en oír lo que dicen y después en mirar lo que hacen. Evidentemente se trata de una gracia que recibió San Ignacio al contemplar y que luego, reflexionando, estructuró así. Si tenemos en cuenta que él considera que comunicar bien lo que recibió es la gracia complementaria de haberla recibido bien, podemos hacer un esfuerzo y poner especial atención sobre estos pasos, tratando de descubrir lo sabio de la pedagogía que suponen y adaptarlos para sacarles provecho nosotros.

Afirmamos que esta dinámica de «contemplar/reflexionar» orientada toda ella a «sacar provecho» es algo valioso. Hay que fijar la mirada en el fin, no en cada paso aislado y comprender que cuando Dios nos dice que recemos – que alabemos, contemplamos y reflexionamos-, lo que quiere es que «saquemos provecho».

No hay que dar esto por descontado, porque muchas veces uno mira y reflexiona “yéndose por las nubes” y no concentrando su esfuerzo en sacar un fruto concreto. En la contemplación de los Ejercicios se trata de ir a buscar un fruto práctico. Esto es lo que da sentido a la oración, ya que no le podemos «dar» a Dios otra cosa mejor que aprovecharnos de su amor y de sus gracias, para bien de todos. La gloria de Dios es que el hombre viva, que se salve y saque provecho de su amor. Él es Amor y Amor siempre más grande, por lo cual siempre quiere dársenos más – todo lo que puede-, y si aprovechamos bien, no solo mentalmente, aprendiendo verdades, ni solo afectivamente, sintiéndonos consolados y satisfechos, sino dando frutos de misericordia y de justicia y caridad para con los demás, mejor entonces: esto es lo que a Dios más le agrada.

De aquí la conclusión de esta contemplación de la Encarnación que se hace extensiva a todas las demás: se trata de «contemplar» para que el Señor “se encarne nuevamente” en mi historia. Este fruto lo explicita Ignacio al final, cuando propone el triple coloquio -con la Trinidad, con el Verbo eterno encarnado o con la Madre y Señora nuestra-, invitándonos a pedir, cada uno «según que en sí sintiere, la gracia de más seguir e imitar al Señor nuestro, así nuevamente encarnado» (EE 109).

Las contemplaciones de la vida del Señor son para «encarnarlo». Son contemplaciones y reflexiones para sacar «este provecho», este fruto: que el Señor nuevamente se encarne en nuestra vida.

Encarnar la santidad en el mundo actual

Esto es lo que quiere decir el Papa Francisco cuando, retomando en Cristo Vive lo que había dicho el comienzo de Gaudete et exsultate, expresa«Quise detenerme en la vocación de todos a crecer para la gloria de Dios, y me propuse «hacer resonar una vez más el llamado a la santidad, procurando encarnarlo en el contexto actual, con sus riesgos, desafíos y oportunidades» (GE 2).

En Cristo vive, dirigiéndose a los jóvenes y a todo el pueblo de Dios, cita a San Alberto Hurtado: «Ser apóstoles no significa llevar una insignia en el ojal de la chaqueta; no significa hablar de la verdad, sino vivirla, encarnarse en ella, transformarse en Cristo. Ser apóstol no es llevar una antorcha en la mano, poseer la luz, sino ser la luz […]. El Evangelio […] más que una lección es un ejemplo. El mensaje convertido en vida viviente» (CV 175).

Tenemos así, bien delineado, el fin de la oración contemplativa y de la reflexión ignaciana: encarnar el evangelio.

Ahora bien, la encarnación no es «un hecho» puntual sino una vida. Decir que el Verbo «se encarnó» es aludir a una misteriosa tensión entre algo absoluto y definitivo, que se da entero en el momento en que se encarna, y algo que se va desarrollando en el tiempo, en el proceso de crecimiento de esa «carne» y en el  aprendizaje de todo lo que implica ir haciéndose una persona madura, que vive su propia historia, que se inserta creativamente en su cultura y en la realidad social de su tiempo. «Cristo se encarna nuevamente» de manera muy precisa cuando uno más «lo imita y lo sigue». Y para esto, para encontrar “cómo y en qué seguirlo” es necesario el discernimiento espiritual.

Discernimiento de Amistad

Ahora sí, podemos definir lo que significa «discernimiento». Discernimiento es un «Instrumento de lucha para seguir mejor al Señor. De ese modo, el deseo de reconocer la propia vocación adquiere una intensidad suprema, una calidad diferente y un nivel superior, que responde mucho mejor a la dignidad de la propia vida. Porque en definitiva un buen discernimiento es un camino de libertad que hace aflorar eso único de cada persona, eso que es tan suyo, tan personal, que sólo Dios lo conoce. Los otros no pueden ni comprender plenamente ni prever desde afuera cómo se desarrollará» (CV 295).

Pero este “imitar y seguir a Jesús” tienen para el Papa una característica decisiva y fundamental: se trata de «imitar y seguir a un Amigo». Y a un amigo solo se lo sigue como amigo. La amistad es clave para que la imitación no sea un remedo, no se convierta en una caricatura, y para que el seguimiento no se transforme en una marcha forzada de la que luego uno se cansa.

La amistad de la clave: los amigos se «imitan» siendo cada uno él mismo y diverso del otro. Se imitan emulando el impulso del otro a servir a su manera, a seguir a su manera. Se imitan las virtudes últimas, no las segundas. Se imitan la generosidad en el darlo todo, no en la cantidad, que puede variar. Se imitan la gratuidad, se imita el buen humor, se imitan el darlo todo en distintos gestos…

Así se entiende qué significa «nuevamente encarnado»: «La vida que Jesús nos regala es una historia de amor, una historia de vida que quiere mezclarse con la nuestra y echar raíces en la tierra de cada uno. Esa vida no es una salvación colgada “en la nube” esperando ser descargada, ni una “aplicación” nueva a descubrir o un ejercicio mental fruto de técnicas de autosuperación. Tampoco la vida que Dios nos ofrece es un “tutorial” con el que aprender la última novedad. La salvación que Dios nos regala es una invitación a formar parte de una historia de amor que se entreteje con nuestras historias; que vive y quiere nacer entre nosotros para que demos fruto allí donde estemos, como estemos y con quien estemos. Allí viene el Señor a plantar y a plantarse» (CV 252).

Momento para contemplar

Marta Irigoy 

En este mes de Junio, donde celebramos al Sagrado Corazón de Jesús, estamos invitados a contemplar la Encarnación de Jesús.

Dice San Ignacio que la determinación de que el Hijo se haga hombre tiene como fin «salvar al género humano».

Este es un discernimiento que acontece  en el Corazón de la Trinidad, para que cada hombre y mujer pueda vivir en plenitud… Jesús va a decir en el Capítulo 10 del Evangelio de Juan: “Yo he venido para que  tengan Vida, y la tengan en abundancia.

Podemos preguntarnos:

  • ¿Qué es tener vida en abundancia?…
  • ¿Qué significa “abundancia” en estos tiempos de tanta escasez y vacío??

Y ante estas preguntas, sabemos que quien tiene las respuestas, se encuentra escondido en la  propia humanidad de cada uno sosteniendo nuestra pequeñez con su ternura y amor…

Al contemplar la Encarnación de Jesús, se nos invita a abrazar la propia vida como misión, y responder con mucha generosidad al llamado a la santidad, procurando encarnar, es decir “hacer carne” en nuestros gestos, los gestos de Jesús, en el contexto actual, con sus riesgos, desafíos y oportunidades» (GE 2).

El mayor desafío es transparentar el mensaje de Jesús y convertirnos en mensajeros enamorados de Buenas Noticias”, para que esa Vida en Abundancia que recibimos de Él sea compartida, irradiada y testimoniada en la sencillez de la vida cotidiana…

Dice el Papa Francisco: “Cada santo es una misión; es un proyecto del Padre para reflejar y encarnar, en un momento determinado de la historia, un aspecto del Evangelio” (GE 19).

Al responder a este llamado a la Santidad, también cada uno de nosotros al abrazar la vida como misión, tiene al alcance de la mano y del corazón, poder  alimentar y nutrir su vida con la oración contemplativa y la reflexión ignaciana, ya que esta tiene como fruto encarnar el Evangelio de Jesús… descubriendo que el mayor fruto que podemos cosechar es: ser Buena Noticia –Evangelio- para los demás…

Contemplar la vida del Señor nos deslumbrará –y alumbrará- tanto que alcanzaremos, con la Gracia de Dios, este fruto: que el Señor nuevamente se encarne en nuestra vida.

La Gracia de este mes será descubrir, como dice San Ignacio, que “Cristo se encarna nuevamente en mi vida”…

Y así descubriremos como la Vida en Abundancia que Jesús nos regala es una historia de amor y de Amistad gratuita, una historia de vida que quiere mezclarse con la nuestra y echar raíces en la tierra de cada uno.

Para rezar en este mes, puede ayudar la oración del Cardenal Newman, que Madre Teresa rezaba cotidianamente y que recibió como Gracia para encarnar en su vida de tal manera la Vida en Abundancia  de Jesús…

       Irradiar a Cristo

Jesús mío, ayúdame a esparcir tu fragancia dondequiera que yo vaya,

inunda mi alma con tu Espíritu y tu Vida;

penetra en todo mí ser y toma posesión de tal manera,

que mi vida no sea en adelante sino una irradiación de la tuya.

Quédate en mi corazón con una unión tan íntima,

que las almas que tengan contacto con la mía,

puedan sentir en mí tu presencia y que, al mirarme,

olviden que yo existo y no piensen sino en Ti.

Quédate conmigo. Así podré convertirme en luz para los otros.

Esa luz, oh Jesús, vendrá de Ti; ni uno solo de sus rayos será mío:

yo te serviré apenas de instrumento

para que Tú ilumines a las almas a través de mí.

Déjame alabarte en la forma que es más agradable,

llevando mi lámpara encendida para disipar las sombras

en el camino de otras almas.

Déjame predicar tu Nombre con palabras o sin ellas…

con mi ejemplo, con la fuerza de tu atracción,

con la sobrenatural influencia evidentemente

del amor que mi corazón siente por Ti.

Amen

Cardenal Newman

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MOMENTO DE REFLEXIÓN

Diego Fares sj

El llamado de un Amigo: Jesús

Las dos Exhortaciones Gaudete et exsultate yCristo vive tienen como eje central el llamamiento: el llamado universal a la santidad en el mundo actual. El Señor llama a todos a ser santos (GE 1-2), a caminar en su presencia, dejando que nos mire y acompañe por el camino, y a crecer en una misericordia siempre más perfecta.  Este llamamiento se va precisando y volviendo más nítido: Es «el llamado de un Amigo: Jesús (CV (287).

Pero antes de seguir adelante, nos detenemos un momento a pedir prestadas a algunos amigos poetas sus mejores palabras sobre la amistad. Para pasar, luego, como en la meditación del reino, del amigo «temporal» al Amigo «eternal».

Qué necesitamos de un amigo? Dice Saint Exupery: «Amigo mío, tengo tanta necesidad de tu amistad. Tengo sed de un compañero que respete en mí, por encima de los litigios de la razón, el peregrino de aquel fuego».

Qué es lo que más apreciamos de un amigo? De nuevo el autor del Principito: «Jamás han sido mis fórmulas ni mis andanzas las que te informaron acerca de lo que soy, sino que la aceptación de quien soy te ha hecho, necesariamente, indulgente para con esas andanzas y esas fórmulas. Más allá de mis palabras torpes, más allá de los razonamientos que me pueden engañar, tú consideras en mí, simplemente al Hombre, tú honras en mí al embajador de creencias, de costumbres, de amores particulares».

Y qué es una amistad eterna? Neruda nos lo regala así: «Algunas veces encuentras en la vida una amistad especial: ese alguien que al entrar en tu vida la cambia por completo. Ese alguien que te hace reír sin cesar; ese alguien que te hace creer que en el mundo existen realmente cosas buenas. Ese alguien que te convence de que hay una puerta lista para que tú la abras. Esa es una amistad eterna…».

Pues bien, Jesús es un Amigo que está lanzado de lleno a una tarea grandísima: ayudar a cada persona y salvar a todos los hombres. Se trata, por tanto de un llamamiento «en el sentido preciso de dar un servicio misionero a los demás» (CV 253). Y para ello, cada uno debe buscar y encontrar «su propio camino» (CV 249), su carisma y su «lugar en esta tierra» (CV 285).

Ahora sí, escuchamos lo que dice San Ignacio en su Meditación del Reino, que ilumina toda la vida de Jesús como uno en mil llamamientos: «Ver a Christo nuestro Señor, rey eterno, y delante de Él todo el universo mundo, al cual y a cada uno en particular llamay dice: Mi voluntad es de conquistar todo el mundo y todos los enemigos, y así entrar en la gloria de mi Padre; por tanto, quien quisiere venir conmigo, [ha de estar contento de comer como yo, y así de beber y vestir, etc.] y ha de trabajar conmigo, porque siguiéndome en la pena, también me siga en la gloria» (EE 93-95). Podríamos poner en boca del Señor estas palabras de Saint Exupery. Invirtiendo las cosas, podemos sentir que Jesús nos dice: «Te estoy agradecido porque me recibes tal como soy. ¿Qué he de hacer con un amigo que me juzga? Si todavía combato, combatiré un poco por ti».

El «conmigo» es la clave del llamamiento, clave de amistad. El Papa Francisco lo dice de manera insuperable en Cristo Vive. En esos cuatro puntos que, como un ramillete, junta bajo el sugestivo título «El llamado del Amigo», donde nos propone lo que él llama «un discernimiento de amistad»:

«Para discernir la propia vocación, hay que reconocer que esa vocación es el llamado de un amigo: Jesús. A los amigos, si se les regala algo, se les regala lo mejor. Y eso mejor no necesariamente es lo más caro o difícil de conseguir, sino lo que uno sabe que es un verdadero bien para el otro. Un amigo percibe esto con tanta claridad que puede visualizar en su imaginación la sonrisa de su amigo cuando abra su regalo. Este discernimiento de amistad es el que propongo a los jóvenes como modelo si buscan encontrar cuál es la voluntad de Dios para sus vidas (CV 287).

Algunas afirmaciones de Francisco que vale la pena señalar, para «cambiar nuestra mente» al pensar en Jesús:

* «Quiero que sepan que cuando el Señor piensa en cada uno (de nosotros), en lo que desearía regalarle, piensa en él como su amigo personal» (no como uno al que le quiere encajar un trabajo que nadie agarra).

* El carisma que desea darte es algo que te hará vivir tu vida a pleno (no te quitará nada, te lo dará todo).

* Te transformará en una persona útil para los demás (no en un bueno para nada).

* Alguien que deja huella en la historia (que es protagonista no mero espectador y consumidor).

* Será un don que te alegrará en lo más íntimo y te entusiasmará más que ninguna otra cosa en este mundo (incluyendo todo lo mejor de cada cosa, lo que te hace desearlas)

* No por que será un carisma extraordinario o raro sino porque será justo a tu medida, a la medida de tu vida entera (CV 288).

Insignificativos

Insignificativos. Esa es la palabra. La iglesia se ha vuelto insignificativa para muchos.

El Papa parte del Sínodo de los jóvenes: «En el Sínodo se reconoció ‹que un número consistente de jóvenes, por razones muy distintas, no piden nada a la Iglesia porque no la consideran significativa para su existencia.Algunos, incluso, piden expresamente que se les deje en paz, ya que sienten su presencia como molesta y hasta irritante›» (CV 40).

Ser insignificativos significa no tener «peso existencial». No existís,como dicen los hinchas de un equipo al otro para hacerle sentir que ni siquiera entra en la categoría de bueno o malo.

El discernimiento que hace el Papa es que el problema de fondo de los jóvenes (del hombre de hoy) es existencial-no es cuestión de ideas o de moral, sino de algo más básico, algo que hace a estar vivo. Y por eso Francisco se juega a un anuncio que simplemente dice «Jesús está vivo», confiando en que si eso se siente, todo lo demás se irá dando por su propio peso. Es un anuncio de carácter existencial: «Él (Jesús) está en ti, Él está contigo y nunca se va. Por más que te alejes, allí está el Resucitado, llamándote y esperándote para volver a empezar. Cuando te sientas avejentado por la tristeza, los rencores, los miedos, las dudas o los fracasos, Él estará allí para devolverte la fuerza y la esperanza» (CV 2). «Vive Cristo, esperanza nuestra». El anuncio es como el de la secuencia de Pascua, en la que los discípulos le preguntan a María Magdalena: «Cuéntanos María: qué viste por el camino? Y ella responde: «resucitó Cristo, esperanza mía; y los precede en Galilea». Continúa Francisco: «Él es la más hermosa juventud de este mundo. Todo lo que Él toca se vuelve joven, se hace nuevo, se llena de vida. Entonces, las primeras palabras que quiero dirigir a cada uno de los jóvenes cristianos son: ¡Él vive y te quiere vivo!» (CV 1).

Un problema que cuanto más grave es, es más esperanzador

Si el problema se sitúa en este nivel, el de que la Iglesia -nosotros, los que seguimos a Jesús y tratamos de vivir y predicar su Evangelio de Misericordia- ha (hemos) perdido significatividad para la existencia de mucha gente, es un problema muy grave y, por eso mismo, porque no permite que nos hagamos los distraídos, es la mejor oportunidad para salir de la prisión que creó esa «insignificatividad».

Por qué es tan grave? Porque quiere decir que no estamos a la altura de lo que hemos recibido como don para comunicar al mundo. Pero eso mismo nos lleva a apreciar de nuevo la magnitud del don que tenemos!

Lo primero que sintieron los discípulos y las discípulas ante la resurrección del Señor fue que eran testigos de algo que les cambiaba la vida no solo a ellos, sino que era significativo para todo el mundo. Por eso salieron corriendo a anunciarlo!

Por qué es una oportunidad? Porque la pérdida de significatividad es algo clarísimo, imposible de no ver, y eso, si somos humildes, nos llevará a pedir al Señor gracias que sean significativas. Las gracias grandes, la de la adoración, la de la misericordia, la de la fidelidad hasta la muerte… No gracias meramente «de maquillaje» o de «cumplimiento».

Que nos digan que hemos perdido significatividad como Iglesia, siendo que contamos en nuestro interior con la fuente misma de la vida, con Aquel que es el que da «sentido existencial» a todo, el Logos, el Camino, la Verdad y la Vida, el Amigo!, es -debe ser- motivo de agradecimiento. Porque nos permite discernir de inmediato y sin temor a equivocarnos que lo que no está funcionando es el formatocultural que le hemos dado al Don, no el contenido. Si se tratara de una empresa de publicidad que tiene en sus manos el anuncio del mejor producto del mundo, capaz de revolucionar y mejorar la calidad de vida del público, y nadie lo compra, la reacción inmediata será que lo que no funcionan somos los que publicitamos el producto, no el producto mismo! Y, menos aún el público!!! Decía Steve Jobs: «Crea un gran producto. Con el envase también! No se trata de engañar a la gente ni de convencerlos de que quieren algo que no necesitan. Nosotros averiguamos lo que nosotros mismos queremos, en primer lugar. Y estamos convencidos que la gente va a querer también eso. Es por eso por lo que nos pagan. Nosotros solo queremos hacer grandes productos». Y dado que en Jesús tenemos no el gran producto sino el más grande Don, nos viene bien lo que dice Jobs en segundo lugar: «Vende sueños, no solo productos. Transmite que continúas soñando más allá de lo que produjiste». Es decir: no comuniques el Evangelio que ya practicas (tus costumbres de ir a misa o de cumplir con algún precepto) sino el Evangelio que sueñas que con la gracia de Jesús podrás practicar mañana y ese en el que das un pasito adelante hoy, ahora mismo. Jesús no nos llama para que le demos leyes a la gente ni para que gestionemos estructuras eclesiales, Él nos llama a ser testigos de que su amistad está al alcance de la mano del que la quiera recibir.

Don sobre don

Así como en el primer encuentro hablamos de la necesidad de cultivar el sentido de la «creaturalidad», ahora hablaremos de la necesidad de cultivar el sentido del «llamamiento».

El sentido de la creaturalidad implica dar espacio al sentimiento de nuestra contingencia (palabra técnica, útil para ponerle nombre a eso que todos experimentamos y que es no habernos dado la vida ni saber por cuánto tiempo la tendremos). Esto implica cambiar la dirección de nuestro pensamiento: dirigirlo no hacia lo que nosotros producimos, sino hacia Aquel que nos está dando la existencia.

Cuando dirigimos el pensamiento hacia las cosas que produjimos la clave – lo intuimos- somos nosotros. Esto es claro si se trata de una «cosa» en cuanto producto material: el sentido del tamaño y la forma de una botella de gaseosa, por ejemplo, tiene que ver con lo que puede agarrar cómodamente nuestra mano y con las distintas cantidades de líquido que podemos consumir. Por eso los tamaños van de una botella «familiar» a una mini, y son tres, cuatro, diez… pero no más.

Pero también llamamos «cosas» a estructuras más complejas, como una ley, por ejemplo, o un «esquema mental». También de estas cosas, el sentido último lo damos nosotros. Un nosotros extendido. A veces mucho, como el de toda una sociedad o una época. Pero sigue siendo lo humano la medida.

Pensemos en un «paradigma», esa manera de pensar común a toda una época. Es «cosa hecha por nosotros». Tiene límites, aunque no se perciban «desde adentro de la mentalidad en que nació nuestra cultura». Puede cambiar. Y se puede -se debe- trascender.  La medida de un paradigma es, por un lado, individual, ya que siempre haya una persona que fue la que tuvo una idea innovadora que funciona como semilla o cuajo de un nuevo paradigma. Pensemos en la idea de la relatividad de Einstein. Por otro lado, la medida de un paradigma se encuentra en algo común a muchos, es una especie de horizonte que la sociedad de una época «acepta» como límite último -no discutido- desde el que piensa todo lo demás. Pensemos en el concepto del «valor absoluto de la persona libre y de su consiguiente responsabilidad», que introdujo el cristianismo en el mundo pagano, en cuya mentalidad era obvio que no todos eran «personas» y menos «libres». Al cristianismo le debemos, paradójicamente, que salga alguien a despotricar contra la Iglesia esgrimiendo que «cada uno es libre de disponer de su vida y de su cuerpo», tomando sólo una parte del paradigma.

Ampliar el sentido de creaturalidad

Pues bien, dar espacio a la creaturalidad es dirigir nuestro pensamiento hacia Otro cuya existencia será un misterio pero claramente no somos nosotros. Esto se logra mirando no lo que las cosas «son» -su forma, su origen, su finalidad…-, sino el asombroso hecho de que existan. Maravillarnos y agradecer que exista cada cosa y nosotros mismos en medio de ellas, eso es ampliar el sentido de nuestra creaturalidad. Y hace bien para darnos cuenta de que también nuestra santidad -especialmente ella- no es un «producto nuestro» sino un puro don del Espíritu. Algo que el Espíritu Santo tiene que crear en nosotros.

 La santidad: don que se basa en otro don, el de ser creaturas

El fundamento de este nuevo don no es un odre viejo sino nuevo. La santidad es don sobre otro don. Hay que apoyarla en el don de estar siendo creados para poder ser recreados bien, según Dios. Si basamos la idea de santidad en esquemas «producidos» por nosotros, cuando estos esquemas cambian, cuando cae un paradigma -el del mundo fijo, por ejemplo, y se pasa al del mundo en evolución-, cae también y entra en crisis nuestra idea de la santidad. Pero no es «la santidad a la que nos llama «nuevamente» el Señor» sino una santidad cuyo molde sirvió por un tiempo y que necesita renovarse, necesita un odre nuevo.

Sobre esta base profundizamos ahora el sentido de una santidad basada en la creaturalidad que, además, se tensiona hacia otro don, el de un «llamamiento» siempre renovado.

La santidad: don que tiende a otro don, el del llamado

La santidad es «respuesta» a un llamamiento. Por supuesto que todo nuestro ser es de alguna manera «respuesta» a un llamado, a un fin que nos atrae como si nos llamara, respuesta a un deseo que nos impulsa a desarrollarnos, a movernos para alcanzar la plenitud de algo que somos en semilla. Pero el punto es «renovar» cada día la escucha del llamamiento para no terminar siendo respuesta a un llamado viejo. Es una experiencia común ir descubriendo mejor lo que alguien nos quiere decir a medida que pasa el tiempo y vamos realizando lo que nos pidió. A veces uno, ante un pedido, dice «ya te entendí» y comienza a hacer las cosas a su manera. Peor en cierto momento se detiene y le pregunta al otro si es esto lo que quiere. Esta actitud implica que estemos verdaderamente en clave de llamado y de hacer lo que otro desea y no en clave de hacer algo que queremos nosotros o de hacerlo al modo nuestro.

Responder verdaderamente a un llamado es algo comprometedor. Por decirlo de una vez: es algo totalmente contracultural, sobre todo hoy. La mentalidad actual es que cada uno debe «realizarse» haciendo lo que quiere él, no lo que quieren los demás. Por eso, plantear el tema del llamamiento, de la vocación, es meternos de lleno en la conflictualidad del mundo actual.

Qué significa «hacer lo que yo quiero?» Para algunos es seguir los impulsos íntimos, seguir espontáneamente lo que libremente decido en cada momento. Ser libre de cambiar de decisión cuando y como quiera. Se acepta que uno es «respuesta» a solicitaciones que vienen de adentro (de la propia naturaleza y de los propios deseos) y de afuera (de lo que los otros me proponen). Pero es respuesta que doy si quiero y como y cuando quiero y que puede cambiar.

En esto hay que profundizar antes de plantear el tema de la vocación y del llamamiento. Porque si no, uno «escucha» otra cosa. Por supuesto que el llamamiento es libre. Si no sería un empujón, o un tirar de la cuerda que ata, no un llamamiento. Pero para poder «escuchar bien» lo que otrome pide, debo estar reconciliado con que soy un ser llamado, no un ser sordo, entregado a su propio instinto. No es así! En mi estructura más íntima está el ir siendo yo mismo en la medida en que respondo a las solicitudes de los otros. Solicitudes hechas con amor y respeto y respondidas libremente con el mismo amor y respeto.

Esto no es un límite sino todo lo contrario: es una apertura infinita, la apertura que tienen entre sí seres «dialogales».

Los animales dialogan, por decirlo así, con una sola palabra. Cada especie es como una sola y repetida respuesta común, no individual, a un solo llamado. Los pájaros a volar, los peces a surcar el océano, los otros animales a correr por la tierra. Los seres humanos, en cambio, dialogamos en diálogo abierto, en el que las palabras no son solo respuestas a una pregunta o a un llamado, sino también propuestas capaces de embellecer y ahondar el llamado. En la libre oferta y demanda de amor creativo crece lo que somos y nos convertimos a nuevas cosas que podemos ser.

Profundizar en el llamamiento significa por tanto salir del esquema «hago lo que me dicen otros o hago lo que quiero», para entrar en otro ámbito, en el de un llamamiento de amistad en la que las reglas son otras. Si un amigo me llama a algo es, en primer lugar, a ser yo mismo, no otro. Un amigo si me llama a dar respuestas totalmente libres y sinceras. Eso sí, si respondo debe ser totalmente, no a medias ni con condiciones o peros. Además, el amigo espera que yo mejore también su llamado ofreciendo más de mi, ofreciendo mi propia creatividad a la tarea común. Se me llama a hacer lo mío y a mejorar lo común. Se me llama a recibir y a dar. Tantas cosas… Pero basadas en que el llamamiento es constitutivo de mi ser y el llamamiento de un amigo perfecciona esto en grado sumo.

Especialmente para un amigo, que me acepta como soy, no soy «ya dado», «ya hecho así», con este carácter y este destino prefijado en mi naturaleza. Para un amigo soy «llamado a ser» libremente siempre mi mejor versión. Como amigo uno sabe que su amigo sabe si uno no está siendo fiel a sí mismo, a su don.

Yo soy una misión

Yo soy una misión, dice el Papa. La misión de ser amigo, en primer lugar y siempre. Y plenificando esta misión de amistad, soy misión también en cuanto tareas externas, para bien de los demás.

Soy lo que los otros necesitan y agradecen que sea. Soy creciendo hacia donde los otros necesitan sombra, soy haciendo lo que a los que amo les agrada, soy siendo respuesta a lo que mi pueblo me pregunta: qué querés darnos, qué querés ser, apreciamos mucho esto que dijiste, esto que produjiste, esto que se te ocurrió componer, cantar, dibujar y crear para nosotros.

Ser una misión es mucho más que ser un paseo. Es más: no se puede «ser un paseo», se puede pasear, que es lo mismo que pasar… y distinto a ser. Una misión en cambio se puede ser, porque implica condensar nuestro tiempo y esfuerzo en un punto preciso y concreto, algo que se puede compartir, algo que deja huella: una herencia. Realizar una misión implica concretar algo que otro puede recoger, llegar a un punto desde el cual otro -un hijo, un compañero y amigo en el Señor, puede partir.

MOMENTO para CONTEMPLAR

Marta Irigoy

San Ignacio nos propone en la Meditación del Reino, dejarnos “seducir por el Señor” para desde ahí poder discernir el llamado personal al que Jesús, Buen Pastor y Buen Amigo, me invita en el momento actual de mi vida.

Es en el “aquí y ahora”,  donde cada uno  pueda descubrir el llamado a la santidad… y que se hace respuesta cuando se transparenta en cada pequeño gesto de amor y servicio en lo que se nos confía como misión…

Para este momento de oración, la invitación en contemplar “TU TIERRA SAGRADA”; ese lugar en que hoy , en que tenemos puestas  nuestras manos en el servicio, y que descubramos una oportunidad única, que está confiada a mis dones y talentos para hacerlos fructificar para el Reino de Dios…

Dice Francisco en la Exhortación: “Lo que interesa es que cada creyente discierna su propio camino y saque a la luz lo mejor de sí, aquello tan personal que Dios ha puesto en él (cf. 1 Co 12, 7), y no que se desgaste intentando imitar algo que no ha sido pensado para él. Todos estamos llamados a ser testigos, pero «existen muchas formas existenciales de testimonio»…

Para así descubrir que el Señor esta llamándome…

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Momento de Reflexión

P. Diego Fares sj

El pecado situado entre la bondad de la creación y el bien deseable al que somos llamados

En el esquema dinámico de los Ejercicios San Ignacio sitúa el pecado, con toda la crudeza de su negatividad y de su poder destructivo, entre dos momentos muy positivos: uno es el de la creación -«somos creados» para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor(Principio y Fundamento, EE 23)-; el otro es el del llamamiento: Jesús llama a todos -«al universo mundo y a cada uno en particular- a su seguimiento, para «entrar en la gloria del Padre» (Llamiento del Rey Eterno, EE 95).

Como dice el Génesis, “Vio Dios cuanto había hecho, y todo estaba muy bien” (Gn 1, 31). Hay en el interior más hondo de cada ser una «bondad creatural» que el pecado no logró dañar; hay también una vocación a la santidad y a la vida eterna que siempre se renueva por parte del Señor: «Vengan a mí todos…» (Mt 11, 28); «al que viene a mí no lo rechazaré» (Jn 6, 37).

El Papa Francisco, en Gaudete et exsultate, hace ver estas dos realidades desde el comienzo mismo de su Exhortación, cuando nos recuerda que hemos sido creados para la felicidad y que el Señor nos llama a todos a la santidad:

«Alegraos y regocijaos» (Mt 5,12), dice Jesús a los que son perseguidos o humillados por su causa. El Señor lo pide todo, y lo que ofrece es la verdadera vida, la felicidad para la cual fuimos creados. Él nos quiere santos y no espera que nos conformemos con una existencia mediocre, aguada, licuada. En realidad, desde las primeras páginas de la Biblia está presente, de diversas maneras, el llamado a la santidad. Así se lo proponía el Señor a Abraham: «Camina en mi presencia y sé perfecto» (Gn 17,1)» (GE 1).

Hablando de ese pobre que encontramos «durmiendo a la intemperie» me recuerda el Papa que puedo mirarlo -como a todo ser humano, incluso al más pecador, que puedo ser yo mismo- «y reconocer en él a un ser humano con  mi misma dignidad, a una creatura infinitamente amada por el Padre, una imagen de Dios, un hermano redimido por Jesucristo» (GE 98).

Y el llamado! El Papa recuerda cómo el Concilio Vaticano II lo destacó con fuerza: «Todos los fieles, cristianos, de cualquier condición y estado, fortalecidos con tantos y tan poderosos medios de salvación, son llamados por el Señor, cada uno por su camino, a la perfección de aquella santidadm con la que es perfecto el mismo Padre» (GE 10).

Si alguno, al ver tanta maldad en el mundo, dudara de la bondad creatural del ser humano, de lo que no podemos dudar es de la fuerza sanadora que contiene el llamado -lleno de invencible esperanza en el poder del bien, de la misericordia y del amor de amistad- que nos hace Jesús. El Papa afirma que precisamente esto «Es lo que había comprendido muy bien santa Teresa de Calcuta: ‹Sí, tengo muchas debilidades humanas, muchas miserias humanas. […] Pero él baja y nos usa, a usted y a mí, para ser su amor y su compasión en el mundo, a pesar de nuestros pecados, a pesar de nuestras miserias y defectos. Él depende de nosotros para amar al mundo y demostrarle lo mucho que lo ama. Si nos ocupamos demasiado de nosotros mismos, no nos quedará tiempo para los demás›».

El pecado puesto frente a la Misericordia de Dios

Dice Francisco: «Mirar y actuar con misericordia (con los demás y con uno mismo), esto es santidad» (GE 82). Es que: «La misericordia es ‹el corazón palpitante del Evangelio›» (GE 97). Por qué? Porque la misericordia nos da el criterio para discernir «si nuestro camino de oración es auténtico», si somos verdaderamente «hijos del Padre»; la misericordia -en definitiva- es la llave del cielo» (GE 105).

Situar el pecado ante la misericordia es lo único que nos permite encontrar paz. Si somos conscientes de nuestros pecados y de los del mundo, expermimentaremos que no basta con la justicia. El Papa nos recuerda lo que le reveló el Señor a Santa Faustina: que «la humanidad no encontrará paz hasta que no se dirija con confianza a la misericordia divina» (GE 121).

Por eso nos recomienda «contemplar el rostro de Jesús muerto y resucitado» y si esto no nos sale fácilmente -contemplar su Rostro- nos recomienda entrar en las entrañas del Señor: «Entra en sus llagas, porque allí tiene su sede la misericordia divina» (GE 151).

Además de mirar y sentir al Señor es bueno considerar la misericordia de Dios en nuestra historia. Si estamos vivos, es que muchos han tenido misericordia de nosotros. «Trayendo a la memoria todos los beneficios que hemos recibido del Señor», como nos hace contemplar San Ignacio en la Contemplación para crecer en el amor, encontraremos en nuestra historia «tanta misericordia» (GE 153).

La misericordia nos permite aprender de nuestros errores

En su Exhortación a los Jóvenes –Vive Cristo-, el papa les recuerda que «Jesús elogia al joven pecador que retoma el buen camino más que al que se cree fiel pero no vive el espíritu del amor y de la misericordia» (VC 12).

Su mensaje es «Cristo te salva», su misericordia te libera de la culpa: «Mira los brazos abiertos de Cristo crucificado, déjate salvar una y otra vez. Y cuando te acerques a confesar tus pecados, cree firmemente en su misericordia que te libera de la culpa. Contempla su sangre derramada con tanto cariño y déjate purificar por ella. Así podrás renacer, una y otra vez» (VC 123).

La misericordia nos permite «aprender de nuestros errores» gracias a que el Señor es capaz de transformarlos en fuente de bien. El Papa invita a arriesgar sin miedo: «El amor que se da y que obra, tantas veces se equivoca. El que actúa, el que arriesga, quizás comete errores. Aquí, en este momento, puede resultar de interés traer el testimonio de María Gabriela Perin, huérfana de padre desde recién nacida que reflexiona cómo esto influyó en su vida, en una relación que no duró pero que la hizo madre y ahora abuela: «Lo que yo sé es que Dios crea historias. En su genialidad y su misericordia, Él toma nuestros triunfos y fracasos y teje hermosos tapices que están llenos de ironía. El reverso del tejido puede parecer desordenado con sus hilos enredados –los acontecimientos de nuestra vida– y tal vez sea ese lado con el que nos obsesionamos cuando tenemos dudas. Sin embargo, el lado bueno del tapiz muestra una historia magnífica, y ese es el lado que ve Dios». Cuando las personas mayores miran atentamente la vida, a menudo saben de modo instintivo lo que hay detrás de los hilos enredados y reconocen lo que Dios hace creativamente aun con nuestros errores» (VC 198).

Dar fe a lo que nos impulsa a ir para adelante, levantándonos setenta veces siete

Vive Cristonos alienta a dar fe a los impulsos más hondos del corazón que nos invitan a ir hacia adelante. Les podemos dar fe porque «Existe Alguien como Jesús que entiende y valora esta intención última del corazón. Por eso Él está siempre dispuesto a ayudar a cada uno para que la reconozca, y para ello le basta que alguien le diga: “¡Señor, sálvame! ¡Ten misericordia de mí!”» (GE 294).

Por eso, el Papa alienta a la Iglesia entera a convertirse si miedo a sus pecados: «Nuestros pecados están a la vista de todos; se reflejan sin piedad en las arrugas del rostro milenario de nuestra Madre y Maestra. Porque ella camina desde hace dos mil años, compartiendo «los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres». Y camina como es, sin hacerse cirugías estéticas. No teme mostrar los pecados de sus miembros, que a veces algunos de ellos intentan disimular, ante la luz ardiente de la Palabra del Evangelio que limpia y purifica. Tampoco deja de recitar cada día, avergonzada: «Piedad de mí, Señor, por tu bondad. […] Tengo siempre presente mi pecado» (Sal 51,3.5). Pero recordemos que no se abandona a la Madre cuando está herida, sino que se la acompaña para que saque de ella toda su fortaleza y su capacidad de comenzar siempre de nuevo» (VC 101).

«Ese Cristo que nos salvó en la Cruz de nuestros pecados, con ese mismo poder de su entrega total sigue salvándonos y rescatándonos hoy. Mira su Cruz, aférrate a Él, déjate salvar, porque ‘quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento’. Y si pecas y te alejas, Él vuelve a levantarte con el poder de su Cruz. Nunca olvides que «Él perdona setenta veces siete. Nos vuelve a cargar sobre sus hombros una y otra vez. Nadie podrá quitarnos la dignidad que nos otorga este amor infinito e inquebrantable. Él nos permite levantar la cabeza y volver a empezar, con una ternura que nunca nos desilusiona y que siempre puede devolvernos la alegría». (VC 119).

Y lo más importante: dar lugar a todos, distinguiendo el pecado del pecador

“Las heridas recibidas pueden llevarte a la tentación del aislamiento, a replegarte sobre ti mismo, a acumular rencores, pero nunca dejes de escuchar el llamado de Dios al perdón. Como bien enseñaron los Obispos de Ruanda, «la reconciliación con el otro pide ante todo descubrir en él el esplendor de la imagen de Dios […]. En esta óptica, es vital distinguir al pecador de su pecado y de su ofensa, para llegar a la verdadera reconciliación. Esto significa que odies el mal que el otro te inflige, pero que continúes amándolo porque reconoces su debilidad y ves la imagen de Dios en él[10]».(VC 165).

«En el Sínodo se exhortó a construir una pastoral juvenil capaz de crear espacios inclusivos, donde haya lugar para todo tipo de jóvenes y donde se manifieste realmente que somos una Iglesia de puertas abiertas. Ni siquiera hace falta que alguien asuma completamente todas las enseñanzas de la Iglesia para que pueda participar de algunos de nuestros espacios para jóvenes. Basta una actitud abierta para todos los que tengan el deseo y la disposición de dejarse encontrar por la verdad revelada por Dios. Algunas propuestas pastorales pueden suponer un camino ya recorrido en la fe, pero necesitamos una pastoral popular juvenil que abra puertas y ofrezca espacio a todos y a cada uno con sus dudas, sus traumas, sus problemas e inclinaciones sexuales, sus errores, su historia, sus experiencias del pecado y todas sus dificultades» (VC 234).

Examen de conciencia como discernimiento, más que de los pecados de la novedad de Dios en mi vida

«Esta formación implica dejarse transformar por Cristo y al mismo tiempo «una práctica habitual del bien, valorada en el examen de conciencia: un ejercicio en el que no se trata sólo de identificar los pecados, sino también de reconocer la obra de Dios en la propia experiencia cotidiana, en los acontecimientos de la historia y de las culturas de las que formamos parte, en el testimonio de tantos hombres y mujeres que nos han precedido o que nos acompañan con su sabiduría. Todo ello ayuda a crecer en la virtud de la prudencia, articulando la orientación global de la existencia con elecciones concretas, con la conciencia serena de los propios dones y límites» (VC 282).

Momento para Contemplar

Marta Irigoy

Seguimos el “Camino Espiritual de los Ejercicios Espirituales”, junto a este bendecido tiempo de Cuaresma…

Quisiera invitarnos a retomar algunos de los párrafos, escritos por el P. Diego Fares sj; sobre esta invitación a vivir nuestra vida desde  el llamado a la Santidad, como cita el Papa Francisco en el Génesis, el llamado  a la Santidad de Abraham, nuestro padre en la Fe: «Camina en mi presencia y sé perfecto» (Gn 17,1)» (GE 1).

Nada hay más perfecto que caminar con humildad en la vida…

Una humildad que se va gestando a lo largo de una vida que ha tenido en el horizonte los bondadosos brazos del Padre, que abiertos nos esperan para consolarnos y sanarnos las heridas que el pecado propio y el de otros que nos ha lastimado…

En estos días, en que estamos más cerquita de la Pasión y Resurrección del Señor, es bueno releer lo que nos dice el P. Diego, citando las ultimas Exhortaciones del Papa Francisco: “Gaudete et Exsultate” sobre el llamado a la Santidad y la última  para los Jóvenes: “VIVE CRISTO”

“Hay en el interior más hondo de cada ser una «bondad creatural» que el pecado no logró dañar; hay también una vocación a la santidad y a la vida eterna que siempre se renueva por parte del Señor: «Vengan a mí todos…» (Mt 11, 28); «al que viene a mí no lo rechazaré» (Jn 6, 37).

Si alguno, al ver tanta maldad en el mundo, dudara de la bondad creatural del ser humano, de lo que no podemos dudar es de la fuerza sanadora que contiene el llamado -lleno de invencible esperanza en el poder del bien, de la misericordia y del amor de amistad- que nos hace Jesús.

El Papa afirma que precisamente esto «Es lo que había comprendido muy bien santa Teresa de Calcuta: ‹Sí, tengo muchas debilidades humanas, muchas miserias humanas. […] Pero él baja y nos usa, a usted y a mí, para ser su amor y su compasión en el mundo, a pesar de nuestros pecados, a pesar de nuestras miserias y defectos. Él depende de nosotros para amar al mundo y demostrarle lo mucho que lo ama. Si nos ocupamos demasiado de nosotros mismos, no nos quedará tiempo para los demás›».

  • Aquí podríamos agradecer ser instrumentos del Amor de Dios para los demás…

Y sentir y gustar esta frase: “Dios usa nuestra pequeñez para manifestar su hermosa Grandeza…”

Dice Francisco: «Mirar y actuar con misericordia (con los demás y con uno mismo), esto es santidad» (GE 82). Es que: «La misericordia es ‹el corazón palpitante del Evangelio›» (GE 97). Por qué? Porque la misericordia nos da el criterio para discernir «si nuestro camino de oración es auténtico», si somos verdaderamente «hijos del Padre»; la misericordia -en definitiva- es la llave del cielo» (GE 105).

Situar el pecado ante la misericordia es lo único que nos permite encontrar paz. Si somos conscientes de nuestros pecados y de los del mundo, experimentaremos que no basta con la justicia. El Papa nos recuerda lo que le reveló el Señor a Santa Faustina: que «la humanidad no encontrará paz hasta que no se dirija con confianza a la misericordia divina» (GE 121).

  • Aquí podríamos suplicar al Padre de las Misericordias, poder unir nuestra fe y nuestras Obras…

Y Pedir: Padre Bueno, ayúdanos a confiar nuestra fragilidad al Fuego de tu Divina Misericordia…

Francisco, nos recomienda «contemplar el rostro de Jesús muerto y resucitado» y si esto no nos sale fácilmente -contemplar su Rostro- nos recomienda entrar en las entrañas del Señor: «Entra en sus llagas, porque allí tiene su sede la misericordia divina[4]» (GE 151).

Además de mirar y sentir al Señor es bueno considerar la misericordia de Dios en nuestra historia. Si estamos vivos, es que muchos han tenido misericordia de nosotros. «Trayendo a la memoria todos los beneficios que hemos recibido del Señor», como nos hace contemplar San Ignacio en la Contemplación para crecer en elamor, encontraremos en nuestra historia «tanta misericordia» (GE 153).

  • Aquí podríamos hacer memoria agradecida de toda la Misericordia con que Nuestro Padre ha regado la aridez que el pecado dejaba en nuestra vida…

Y Pedirle con mucha insistencia: que nunca dejemos de escuchar el llamado de Dios al perdón

Viene bien, traer el testimonio de María Gabriela Perin, citada en estas reflexiones…

«Lo que yo sé es que Dios crea historias. En su genialidad y su misericordia, Él toma nuestros triunfos y fracasos y teje hermosos tapices que están llenos de ironía. El reverso del tejido puede parecer desordenado con sus hilos enredados –los acontecimientos de nuestra vida– y tal vez sea ese lado con el que nos obsesionamos cuando tenemos dudas. Sin embargo, el lado bueno del tapiz muestra una historia magnífica, y ese es el lado que ve Dios».

Y hacer el Examen de conciencia para prepararnos a recibir la Belleza de la Resurrección de Jesús; como discernimiento más que de los pecados, de la novedad de Dios en mi vida… 

Eso nos rejuvenece y nos trae la Vida en Abundancia prometida por Jesús… porque para eso ha venido:

“Para que tengamos Vida en Abundancia”…

Que tengamos un camino fecundo en estos días, en que nos acercamos al Misterio del Amor hasta el Extremo…

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Para que la santidad, que siempre es don del Espíritu, incida en el mundo de hoy, para «hacer resonar una vez más el llamado a la santidad», hay que «encarnarlo -dice Francisco- en el contexto actual, con sus riesgos, desafíos y oportunidades» (EG 2). Esto implica discernir las cosas que son esenciales e impostergables para ser santos de las cosas que no lo son.

Siguiendo el espíritu de los Ejercicios de San Ignacio, durante el año, iremos reflexionando acerca de algunas características de esta santidad encarnada en la vida cotidiana del cristiano común. Tendremos en cuenta estos riesgos, desafíos y oportunidades que el Papa nos pide que advirtamos.

En este primer encuentro meditaremos sobre algo básico a tener en cuenta a la hora desear y cultivar la santidad: nuestra creaturalidad. El mundo en que vivimos y nos movemos, en cuanto es una realidad que hemos creado nosotros con nuestra inteligencia y con nuestro trabajo, es un mundo en el cual somos -en mayor o menor medida- dueños. Producimos lo que queremos, hacemos funcionar las cosas, las manejamos… Esto va haciendo que se desdibuje en nosotros la experiencia de ser creaturas, de no ser dueños de nuestra existencia en cuanto tal. Y de alguna manera esta imagen puede haberse colado en un ideal de santidad que deberíamos «gestionar». No es así. La santidad es puro don de Dios y el mejor terreno para que arraigue es la tierra de nuestra creaturalidad, ese nivel donde experimentamos nuestra contingencia, nuestro ser gracias a Otro que nos está dando la vida, nuestro carácter relacional y no absoluto.

En los encuentros siguientes, si Dios quiere, iremos viendo otras características de la santidad. Como el tema está abierto, no planificamos todo de entrada. Sí podemos adelantar que, siguiendo como siempre la estructura de las cuatro semanas de los Ejercicios, tocaremos los grandes temas del pecado, del llamamiento, de la Encarnación, del combate espiritual, la indiferencia, la humildad, la elección del propio estado de vida y de la propia misión, la Cruz, la Resurrección y el crecimiento en el amor.

Estarán presentes desafíos tales como:

* Aprender sabiamente de nuestros errores, más que buscar el éxito a toda costa.

* Una santidad encarnada en la vida cotidiana, como fue la del Señor, especialmente  durante su vida oculta.

* El llamado a buscar y hallar nuestro lugar propio de misión, nuestro carisma y nuestro lugar de servicio.

* El discernimiento y el combate espiritual, como algo ineludible en un camino de santidad.

* Una santidad concebida en términos de lo que más le agrada al Padre y no tanto en términos de «lo que se debe» hacer o de mi autorrealización, etc…

 

UNA SANTIDAD CREATURAL

Momento de reflexión

Diego Fares sj

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Somos creados para la felicidad

«El hombre es creado…» dice Ignacio en el Principio y fundamento de sus Ejercicios.

Y el Papa Papa Francisco, al comienzo de «Alégrense y regocíjense», nos recuerda: «El Señor lo pide todo, y lo que ofrece es la verdadera vida, la felicidad para la cual fuimos creados» (GE 1).

La felicidad para la cual fuimos creados! La frase parece dar paso franco a la esperanza. Sin embargo no es tan así y no debemos pasar adelante como quien da por descontado que somos creados para la felicidad.  Aunque nadie ande diciendo en voz alta por ahí «es mentira que estamos creados para la felicidad», gran parte de los «meta-mensajes» que vienen incluidos en los productos y en las propuestas que nos ofrece el mundo actual contienen una idea que podríamos formular así: no hay felicidad eterna, así que tratá de buscar la tuya, hoy. En lo posible sin quitarle nada a nadie. Lo cual, en la práctica, será difícil, ya que el tiempo y los bienes a disposición son limitados y tu cuota de felicidad entrará seguramente en conflicto con las de los que tenés al lado.

Eso de que «la felicidad es el fin del hombre» pareciera que ha dejado de ser una «verdad natural». La felicidad es algo así como un «mito», como un ideal, distinto para cada cultura y para cada persona y muy difícil de alcanzar. No hay que anularlo, porque sería como desinflar todo lo que mueve al mundo, comenzando por la propaganda que se basa en «compra esto que te hará feliz». Pero tampoco hay que hacerse muchas ilusiones. Es esta más o menos la mentalidad en la que nos movemos.

Por todo esto, conviene que nos detengamos, al comienzo de los encuentros de oración de este año, a reflexionar sobre la felicidad, porque puede que haya una especie de «taponamiento» en la idea misma que tenemos de ella y que sea ese prejuicio lo que hace que nos resulte hoy un tanto extraña otra palabra que está muy unida a la felicidad, la palabra «santidad».

Es idea mía o otro le pasa que cuando escucha la palabra «santidad», lo que le viene a la mente no es precisamente la idea de «felicidad», sino más bien la sensación de que la santidad no es algo para el tipo de vida en el que uno está metido hoy, el trabajo, los horarios, lo que se comenta en los medios…? Y si de alguna manera uno acepta que la felicidad y la santidad tienen que ver, en medio se meten ideas como «sacrificio», «ideal inalcanzable», «gracia que solo tienen algunos elegidos y no la gente común».

Lo que quiero decir es que uno no pone entre sus tareas del día algo así como «alcanzar la felicidad». A lo sumo pueda que uno meta en la agenda realizar alguna buena acción, tener un momento de oración y tratar de ser buena persona. Y sin embargo, no estaría mal ponerse como meta del día «hoy tengo que ser feliz». Me despertaría un poco a estar atento a cosas a las que en general no presto mi mejor atención». Armar una pequeña lista de «cosas que me hacen feliz» no estaría mal, no? Aparecen enseguida, levantando la mano como en la escuela, montones de pequeñas cosas que, en medio de la dureza de la vida, me hacen feliz. El aire fresco de la mañana, el sol en la calle, la sonrisa de los niños, la música en la radio, un mate, el mensajito de un amigo, un salmo de alabanza, la gente trabajando en lo suyo…

Apenas escribo esta lista me doy cuenta de que «tienen algo especial» estas cosas. Algo simple que no sabría definir. Si trato de pensar en cosas que «no me hacen feliz», pienso en el celular que no funciona porque se descargó y me pone ansioso tener que esperar a que se cargue para poder ver los mensajes… En cambio, si pienso en el día que está medio lluvioso y también «espero» que se despeje, siento que la expectativa es distinta a la del celular. Es una expectativa sin exigencias, esta que mira el tiempo…

A ver cómo suena la siguiente afirmación:

“La felicidad es como una mariposa -decía Henry Thoreau- , cuanto más la persigues, más te eludirá. Pero si vuelves tu atención a otras cosas, vendrá y suavemente se posará en tu hombro”. La imagen es clara y sirve para comunicar que la felicidad no es algo que se pueda «perseguir directamente».

Por qué? Porque aunque la sustantivemos, no es un objeto. La imagen de la mariposa es la de un ser libre. Y si en su fragilidad la agarrás entre tus dedos, la lastimás. No es algo que se pueda «poseer». Si puede en cambio «posarse» sobre ti.

La felicidad tiene que ver con el fin: uno experimenta felicidad cuando algo concluye bien, perfectamente. Entonces la alegría se expande sin temores ni amenazas. Es lo que sucede cuando termina un partido y uno ganó, cuando concluye un trabajo y uno ve que quedó bien hecho, cuando uno se recibe luego de años de estudio…

Hay también otro tipo de realidades de las que podemos decir que no «terminan» sino que son un fin en sí mismas, como una fiesta, por ejemplo. En ellas la felicidad se experimenta antes, al prepararlas, en el momento en que se viven y, luego, al recordarlas.

Estas dos reflexiones ayudan a ver que la felicidad es una especie de termómetro que permite de alguna manera «medir» o comprender el grado de dignidad que tiene una realidad. La felicidad que experimentan los padres al compartir la felicidad de un hijo, por ejemplo – el hecho de que sean felices con solo verlo feliz! -, es un índice de que están viviendo en un momento concreto algo que da sentido a toda una vida. En el Evangelio tenemos una escena así cuando el anciano Simeón toma en sus brazos al Niño Jesús y exclama: «Ahora Señor puedes dejar que tu servidor se vaya en paz! Porque mis ojos han visto tu salvación».

El Papa baja esta felicidad a los pequeños detalles de la vida cotidiana y cuenta una experiencia linda de Santa Teresita. Dice así: «La comunidad que preserva los pequeños detalles del amor[1], donde los miembros se cuidan unos a otros y constituyen un espacio abierto y evangelizador, es lugar de la presencia del Resucitado que la va santificando según el proyecto del Padre. A veces, por un don del amor del Señor, en medio de esos pequeños detalles se nos regalan consoladoras experiencias de Dios: «Una tarde de invierno estaba yo cumpliendo, como de costumbre, mi dulce tarea […]. De pronto, oí a lo lejos el sonido armonioso de un instrumento musical. Entonces me imaginé un salón muy bien iluminado, todo resplandeciente de ricos dorados; y en él, señoritas elegantemente vestidas, prodigándose mutuamente cumplidos y cortesías mundanas. Luego posé la mirada en la pobre enferma, a quien sostenía. En lugar de una melodía, escuchaba de vez en cuando sus gemidos lastimeros […]. No puedo expresar lo que pasó por mi alma. Lo único que sé es que el Señor la iluminó con los rayos de la verdad, los cuales sobrepasaban de tal modo el brillo tenebroso de las fiestas de la tierra, que no podía creer en mi felicidad[2]» (EG 145).

Francisco habla de «los santos de la puerta de al lado». Y de las bienaventuranzas – las “felicidades”- nos dice que «en ellas se dibuja el rostro del Maestro, que estamos llamados a transparentar en lo cotidiano de nuestras vidas» (EG 63). Es decir: el Papa nos abre los ojos a una santidad y a una felicidad de barrio, no de convento;  a una santidad y felicidad que es cuestión de cara, de ojos buenos y de sonrisa amable y no de cara de vinagre.

Somos seres de encuentro

Basten estas reflexiones y ejemplos para centrarnos en lo que constituye el nivel más profundo de nuestra vida: somos seres de encuentro. Y en los encuentros con las realidades más altas y más ricas en dignidad – los encuentros con las personas con las que estamos unidos de manera definitiva e incondicional-, experimentamos el fin y el sentido de nuestra vida y, entonces sí, hallamos la felicidad.

Somos seres de encuentro: venimos del encuentro y estamos llamados al encuentro. Por eso, lo que debemos buscar es el encuentro, que es la causa de la felicidad. En medio de los encuentros verdaderos es donde surge y se expande lo que llamamos felicidad.

Eso sí, para que acontezca un encuentro hay condiciones. La primera es la apertura generosa del espíritu a ver con respeto cada realidad, en lo que es y está llamada a ser. Se trata de una mirada atenta, no posesiva, integradora. Mirada que se configura cuando uno toma la costumbre de contemplar obras de arte, por ejemplo, o la naturaleza…, es decir realidades ricas de vida y belleza y no superficiales. El arte nos enseña a ver las cosas en su «ambitalidad» y no como meros «objetos», de esos que se usan y descartan. Un piano, por ejemplo, cuando suena en las manos de alguien que ejecuta una sonata de Bach, es más que un «objeto», es parte integral de algo más grande: de un encuentro entre la pieza musical que soñó y escribió Bach, el pianista que la toca y nosotros que escuchamos.

Esta mirada nos lleva a ver la positividad interior de cada cosa, su esencia única que la hace ser tal desde sí misma y en el encuentro con las demás.

El encuentro, junto con esta mirada, tiene otra condición que hace al corazón, a la alegría que experimenta el corazón ante la presencia viva del otro con quien me encuentro. La mirada abarcadora ensancha el ámbito del encuentro, el corazón se «deja tocar, herir, por «un rayo del ser del otro», como dice Guardini. Este horizonte y esta profundidad «afectada» son dos condiciones para que se de un verdadero encuentro.

Podemos agregar otras «virtudes» o capacidades que hay que poner en juego para que haya encuentro: ser generosos, sinceros, cordiales, comunicativos, participativos. Estas virtudes crean encuentro porque nos hacen interactuar bien con los demás.

Así, debe quedar claro que solo en el encuentro podemos ser felices. No aislados -por más que tengamos todo lo que queramos para consumir-, no excluyendo a nadie, aunque parezca que a veces los otros son una carga y nos invaden.

Estas reflexiones han tenido por fin unir dos palabras «felicidad y encuentro».

La verdad de fe que dice que el Señor nos ha creado para la felicidad significa para nosotros, de ahora en más, que nos ha creado para el encuentro. Para el encuentro con Él, con los hombres nuestros hermanos y con todas las creaturas.

Estos encuentros se tejen unos con otros (o se destejen). No puede haber verdadero encuentro con Dios que no sea encuentro con los hermanos y este no puede darse si no es en un ámbito de respeto y de cuidado de la naturaleza.

 

Tres encuentros: con Dios, con el prójimo y con las demás especies del planeta

El encuentro con Dios

Transcribo este hermoso pasaje de Evangelii gaudium:

«Cuando Dios se dirige a Abraham le dice: ‹Yo soy Dios todopoderoso, camina en mi presencia y sé perfecto› (Gn 17,1). Para poder ser perfectos, como a él le agrada, necesitamos vivir humildemente en su presencia, envueltos en su gloria; nos hace falta caminar en unión con él reconociendo su amor constante en nuestras vidas.

Hay que perderle el miedo a esa presencia que solamente puede hacernos bien. Es el Padre que nos dio la vida y nos ama tanto. Una vez que lo aceptamos y dejamos de pensar nuestra existencia sin Él, desaparece la angustia de la soledad (como dice el el Sal 139,7: ‹A dónde huiré de tu presencia? Si subo al cielo allí estás Tú. Si bajo al abismo, allí te encuentro … y me das la mano›). Y si ya no ponemos distancias frente a Dios y vivimos en su presencia, podremos permitirle que examine nuestro corazón para ver si va por el camino correcto (cf. Sal 139,23-24).

Así conoceremos la voluntad agradable y perfecta del Señor (cf. Rm 12,1-2) y dejaremos que él nos moldee como un alfarero (cf. Is 29,16).

Hemos dicho tantas veces que Dios habita en nosotros, pero es mejor decir que nosotros habitamos en él, que él nos permite vivir en su luz y en su amor. Él es nuestro templo: lo que busco es habitar en la casa del Señor todos los días de mi vida (cf. Sal 27,4). ‹Vale más un día en tus atrios que mil en mi casa› (Sal 84,11). En él somos santificados» (EG 51).

Estamos siendo moldeados

Ser creados, nosotros, no solo yo, implica entre otras cosas «ser moldeados», como una vasija en manos de su alfarero, que la moldea según la parece bien, en cuanto es posible teniendo en cuenta la resistencia de la arcilla a la presión de sus dedos.

Este ser «moldeables» es algo permanente, constitutivo. No se trata de que hayamos sido creados al comienzo de nuestra vida y ahora ya no. No es así. Estamos siendo creados y moldeados cada día, a cada momento. Creados y recreados.

Además, tengamos en cuenta que ser moldeados no nos desmerece. El Señor mismo, siendo Dios, nos dice que El hace todo lo que le complace al Padre. Hay un dejarse moldear que es enteramente libre y no es signo de sumisión sino del mayor amor y la total confianza en el Otro.

Habitamos en Él

La imagen de «habitar en Él» es también muy significativa. Si la imagen de ser moldeados toca a nuestra forma interior, a nuestros deseos, a lo que sentimos y pensamos, la imagen de «habitar» hace a nuestro espacio exterior, a nuestro ámbito vital. Vivimos en Otro. Pero no como quien vive en casa ajena o en un hotel de paso, sino como quien habita en casa propia: la casa del Padre que nos dio la vida. Reconocer este habitar ensancha nuestra alma. El mundo es casa y las otras creaturas son hermanos y hermanas, como gustaba llamar Francisco a todas las cosas: «hermano sol, hermana luna…».

El Papa dice que mejor que decir que Dios habita en nosotros es decir que nosotros habitamos en Él. Habitamos «en su luz y en su amor», habitamos en ese espacio de encuentro entre el Padre y Jesús, el Hijo predilecto, Espacio de Encuentro que es Espíritu Santo. Ellos también «inhabitan» el uno en el otro y no pierden nada de sí viviendo juntos y en común!

El término habitar permite esta relación de ida y vuelta. Uno habita en su casa pero también se puede decir que la casa habita en uno, ya que el dueño de casa tiene su manera de caminar y usar los espacios que es totalmente distinta a la de un extraño, que tropieza con las cosas.

Habitar nos recuerda que somos seres que viven no solo en el espacio físico sino, principalmente, en el espacio espiritual de nuestra cultura: habitamos nuestra lengua y nuestra música tanto como nuestro paisaje, nuestra comida y nuestros aromas tanto como las calles que pisan nuestros pies. Habitamos también nuestro espacio político, el que nuestras costumbres y códigos y leyes nos hacen comportarnos socialmente, relacionarnos de manera justa. Y nuestra fe, nuestras creencias. Son todos «ámbitos» en los que habitamos, porque nuestro «ser» es siempre encarnado, situado culturalmente. Habitamos nuestra historia. Al estar en un lugar, al caminar, no estamos «puntualmente»: estamos con memoria del camino recorrido y mirando hacia adelante, soñando abrir caminos y espacios mejores para que habiten nuestros hijos. 

Caminando en su presencia

Ser creatura es caminar. No somos seres instalados, quietos, ya formados. Nos vamos haciendo. El Señor nos crea en movimiento, nos va formando, como la vasija en las manos del Alfarero: nuestra vida toma forma en el tiempo. Lo que somos se va revelando poco a poco.

Este caminar no es externo solamente. Nuestro crecer, nuestro ir desarrollándonos es un modo de caminar interno: Lo que somos se va desarrollando interior y exteriormente.

Nuestro «ser creatural» se expresa en el dinamismo propio de cada nivel de nuestro ser. Si miramos el dinamismo del placer, por ejemplo, vemos que sigue un trazado de «necesidad de recompensa» para sobrevivir. Sin estos plus gratuitos no se motivan nuestras neuronas y no liberan energía al resto de las células. Lo que sucede en el interior de nuestro funcionamiento corporal se replica también en el cuerpo social. Si los bienes solo llegan a algunos, los otros seres humanos se van apagando. Y si se apagan muchos, los pocos que gozan también terminarán apagándose. Por supuesto que en lo que dura una vida individual, puede que no, y puede darse que algunos la pasen bien mientras el titanic se hunde. Pero no es el caso!

Encuentro con los hermanos

En unión con todo el pueblo

El encuentro con Dios es al mismo tiempo encuentro con todos nuestros hermanos.

Dice el Papa Francisco tomando palabras del Concilio Vaticano II: «El Espíritu Santo derrama santidad por todas partes, en el santo pueblo fiel de Dios, porque «fue voluntad de Dios el santificar y salvar a los hombres, no aisladamente, sin conexión alguna de unos con otros, sino constituyendo un pueblo, que le confesara en verdad y le sirviera santamente[3]» (EG 6).

E inmediatamente nos regala el Papa sus imágenes preferidas de santidad, en las que se la ve brotar de diversos modos de encuentro: «Me gusta ver la santidad en el pueblo de Dios paciente: a los padres que crían con tanto amor a sus hijos, en esos hombres y mujeres que trabajan para llevar el pan a su casa, en los enfermos, en las religiosas ancianas que siguen sonriendo. En esta constancia para seguir adelante día a día, veo la santidad de la Iglesia militante. Esa es muchas veces la santidad «de la puerta de al lado», de aquellos que viven cerca de nosotros y son un reflejo de la presencia de Dios, o, para usar otra expresión, «la clase media de la santidad[4]» (EG 7).

El encuentro con los más necesitados, en primer lugar

Dice también Francisco: «Cuando encuentro a una persona durmiendo a la intemperie, en una noche fría, puedo sentir que ese bulto es un imprevisto que me interrumpe, un delincuente ocioso, un estorbo en mi camino, un aguijón molesto para mi conciencia, un problema que deben resolver los políticos, y quizá hasta una basura que ensucia el espacio público. O puedo reaccionar desde la fe y la caridad, y reconocer en él a un ser humano con mi misma dignidad, a una creatura infinitamente amada por el Padre, a una imagen de Dios, a un hermano redimido por Jesucristo. ¡Eso es ser cristianos! ¿O acaso puede entenderse la santidad al margen de este reconocimiento vivo de la dignidad de todo ser humano[5]? (GE 58).

Puede hacer bien pensar la «santidad», que en general se sitúa a nivel moral y religioso, situándola a nivel «físico», de supervivencia de la especie. Si paso de largo ante esa creatura infinitamente amada por el Padre, paso de largo ante mi mismo, ante mi «ser social» que siente placer -genera vida- solo en el encuentro con ese igual. Encuentro que es de misericordia, dada su situación, pero para que luego que esa persona se restaure pueda generar encuentros de otro tipo -de amistad, de trabajo en común- que serán positivos para nuestra humanidad.

Suprimir el placer que genera la misericordia es suprimir el placer que brota del bien de la especie, del bien de la comunidad.

Encuentro con el planeta: aprender de las otras especies

Para profundizar un poco más en lo que implica ser «seres de encuentro», puede ayudarnos tomar como ejemplo a los animales. Los animales, de alguna manera son seres «ya encontrados» en el sentido de que no existe en ellos la posibilidad del individualismo: todo en ellos se orienta a su especie.

Nosotros, en cambio, constantemente «nos tenemos que encontrar». Debemos optar por hacerlo y es verdad que podemos optar por el aislamiento, hasta cierto punto. Se nos regala el que podamos ser libremente lo que somos naturalmente: seres de encuentro. Nos es dado que el encuentro sea libre, con las personas que queramos y que elijamos.

Una bandada de pájaros de esas que crean dibujos en el cielo que nunca dejan de asombrarnos, son seres ya encontrados. No es que tengan que planear volar así: son así, y al volar jugando a juntarse y separarse expresan su ser, que no es individual sino comunitario. A nosotros nos causa admiración porque nos revela lo que podríamos hacer si trabajáramos solidariamente y también nos hacen sentir lo difícil que es para nosotros eso que para ellos resulta espontáneo y natural.

Nosotros tenemos esta «particularidad»: la de que nuestros encuentros sean autoplanificados libremente. Pero no somos menos creaturas por ello, ya que no nos damos la existencia. Como especie, no somos más que otra especie. Este es el punto que quiero tratar aquí.

Se nos ha dicho que somos «los reyes de la creación», que somos el centro del universo. Yo diría que es hora sacarnos la corona y de bajarnos del pedestal. Tenemos mucho trabajo que hacer para hacer honor a la especie que somos. Lo que a los demás se les regaló de manera ya determinada, a nosotros se nos regala para que lo hagamos libremente -la armonía con todos los seres de nuestra misma especie y con el resto del planeta-. Pero eso no nos da privilegios sino, por el contrario, una pesada responsabilidad: la de no arruinar el planeta, en primer lugar. Tarea en la que estamos fracasando de manera dramáticamente espantosa. Al mismo tiempo, y en primer lugar, ya que esto sí depende enteramente de nosotros, en cuanto que todo nuevo ser humano nace del encuentro de sus padres en un pueblo concreto, tenemos la responsabilidad de cuidar a las futuras generaciones, de sobrevivir como especie humana en cada raza y en cada continente. Tarea que también estamos realizando de manera egoísta y miope, cuando no salvajemente cruel.

Es necesaria hoy una verdadera santidad creatural, cuya característica principal consiste en la humildad. Hace falta una santidad capaz de bajar al humus del que estamos formados y reconocer que como especie, si no cumplimos nuestro fin social y solo buscamos fines particulares, no somos cualitativamente más sino mucho menos! que una tropilla de caballos, una manada de ballenas, un enjambre de abejas o una bandada de aves.

Hasta ahora, como especie, estamos muy por debajo del índice de cualidad de las demás. Y no porque la mayoría de los seres humanos no estén dando su vida por la humanidad, sino porque una minoría desnaturaliza los esfuerzos comunes utilizando los recursos para fines particulares.

No estamos realizando el fin social que nos es propio! Aunque hagamos progresos increíbles a nivel de grupos particulares. Un avance sin conciencia social es un retroceso, porque genera violencia! Cómo es que no comprendemos esta verdad tan simple?

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Al comenzar el tiempo de la cuaresma, nos hace bien recordar que somos creaturas. La imagen de la ceniza nos hace experimentar que nuestra «consistencia» está en ponernos con todo nuestro amor en las manos del Hacedor, para que nos moldee con sabiduría y amor, para que nos hospede en su Casa, nos acompañe por el camino y nos haga gustar la plenitud del bien de todo nuestro pueblo y la amabilidad de toda la naturaleza que humildemente ha sido puesta a nuestro servicio, para que la usemos bien.

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[1] Especialmente recuerdo las tres palabras clave «permiso, gracias, perdón», porque «las palabras adecuadas, dichas en el momento justo, protegen y alimentan el amor día tras día»: Exhort. ap. postsin. Amoris laetitia (19 marzo 2016), 133: AAS 108 (2016), 363.

[2] Sta. Teresa de Lisieux, Manuscrito C, 29v-30r.

[3] Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 9.

[4] Cf. Joseph Malègue, Pierres es. Les classes moyennes du Salut, París 1958.

[5] Recordemos la reacción del buen samaritano ante el hombre que unos bandidos dejaron medio muerto al borde del camino (cf. Lc 10,30-37).

Momento para Contemplar

Marta Irigoy

En este nuevo año, estaremos rezando en torno a la Santidad, siguiendo: Evangelii Gaudium, Laudato Si y especialmente la Exhortación Apostólica Gaudete et Exsultate, «sobre el llamado a la santidad en el mundo actual».

Siguiendo algunas “pistas” de lo que escribe el P. Diego, me parece muy significativo este párrafo:

 “La santidad es puro don de Dios y el mejor terreno para que arraigue es la tierra de nuestra creaturalidad, es ese nivel donde experimentamos nuestra contingencia –nuestra pequeñez (agrego yo)-, nuestro ser gracias a Otro que nos está dando la vida, nuestro carácter relacional y no absoluto.

Armar una pequeña lista de «cosas que me hacen feliz» no estaría mal, no?

Aparecen enseguida, levantando la mano como en la escuela, montones de pequeñas cosas que, en medio de la dureza de la vida, me hacen feliz:

  • El aire fresco de la mañana,
  • el sol en la calle,
  • la sonrisa de los niños,
  • la música en la radio,
  • un mate,
  • el mensajito de un amigo,
  • un salmo de alabanza,
  • la gente trabajando en lo suyo…

En este espacio puedes escribir aquellas cosas que te conectan con ese lugar interior que te llena de paz, consuelo y esperanza…

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Luego de escribir aquellas cosas que llenan de Felicidad tu vida, es bueno recordar lo que San Ignacio aconseja al comenzar cada momento de oración: “Considerar la Mirada de Señor sobre nuestra vida”…

Imaginar la  Mirada llena de ternura, que me creo por amor…

Imaginar la Mirada llena de Misericordia, que me conoce y sabe lo que  habita mi corazón en este tiempo…

Imaginar la Mirada del Señor que nos levanta del borde del camino…

¿Qué Mirada estas necesitando en el comienzo de esta Cuaresma?

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Para terminar este momento contemplativo, rezar este hermoso texto del Cardenal Henry Newman:

“Sea quien seas Dios se fija en ti de modo personal, te llama por tu nombre, te ve y te comprende tal como te hizo, sabe lo que hay en ti. Conoce todos los pensamientos y sentimientos que te son propios. Todas tus disposiciones y gustos, tu fuerza y tu debilidad. Te ve en tus días de alegrías y también en los de tristezas. Se solidariza con tus esperanzas y tentaciones, se interesa por todas tus ansiedades y recuerdos, por todos los altibajos de tu espíritu.

Él te rodea con sus cuidados y te lleva en sus brazos, Él ve tu auténtico semblante ya esté sonriente o cubierto de lágrimas, sano o enfermo. El vigila con ternura tus manos y tus pies. El oye tu voz, el latido de tu corazón y hasta tu respiración. Tú no te amas a ti mismo más de lo que Él te ama”

Para en Todo Amar y Servir.

 

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Diego Fares – Marta Irigoy

Juntas, las meditaciones y contemplaciones de todo el año 2018

 

Crecer en el discernimiento

En su encuentro con los jesuitas de Perú, el Papa Francisco nos pidió “oficialmente” a los jesuitas que ayudemos a la Iglesia enseñando “con humildad a discernir”. De aquí vino la misión de trabajar este año el tema de “crecer en el discernimiento” como si fuéramos a la escuela, es decir, con actitud de discípulos y de discípulas, de niños que dócilmente se dejan enseñar por el Espíritu, nuestro Maestro interior, por nuestra Señora, Maestra en este arte de decirnos que hagamos lo que Jesús nos diga.

Todos tenemos alguna idea propia de lo que es el discernimiento. Pero no creo errar si digo que también nos pasa que, si es lo tenemos que explicar, se nos escapa un poco el concepto.

Esto es algo que pasa con todas las realidades básicas: se viven (pensar es discernir, siempre) pero es difícil dar razón. Con la vista, por ejemplo. Todos los que tenemos la dicha de poder ver sabemos perfectamente en qué consiste. Nos damos cuenta cuando “vemos mal”. La experiencia de salir a la calle usando lentes nuevos tiene algo de magia, si es que uno es un poco miope. Pero si queremos explicar qué significa “ver” necesitamos aprender no solo cosas de física y de biología sino que caemos en la cuenta de que el ver humano no es como el de los animales: nosotros vemos con intención y libremente, en cambio cada animal ve el mundo “sectorialmente”, focalizándose en lo que le hacen buscar sus instintos e ignorando el resto. Nosotros, al ver un rostro, al mirar a alguien a los ojos, ponemos en funcionamiento el misterio más hondo del universo, ese que hace exclamar a Pablo que cuando veamos a Dios cara a cara “nos haremos semejantes a Él”.

Qué fuerza tiene el ver que hace que uno interiorice las cosas! Y si no es una “cosa” lo que vemos sino otra persona, ella misma entra en nuestro interior y al contemplarla y ser contemplados por ella, se alimenta y crece el amor mutuo.

Además, la mirada amorosa es “creativa”, despierta y fecunda en el otro cosas, semillas, capacidades que, sin esa mirada, quedarían dormidas. La mirada de nuestra madre, su sonrisa, nos despierta a la belleza y la bondad de la creación y nos enseña a “fijar” los ojos allí donde brilla más el amor. La mirada hace que nuestro mirar no se quede autista o se convierta en un zapping, yendo de aquí para allá sin ver nada.

Miramos discerniendo

Del discernimiento se puede decir que es un mirar selectivo” Humanamente miramos discerniendo.

La experiencia de mirar vidrieras en un shopping es significativa. Porque en la naturaleza, como el paisaje tiene continuidad, la variedad afecta serenamente nuestra mirada, que se desliza entre las cosas como una brisa suave sin que el detenernos en una flor nos distraiga del horizonte de cielo, de las montañas o del mar. En un shopping en cambio, la variedad y calidad de cientos de productos seriales pone en acción nuestro poder selectivo en su capacidad de “discriminar” y no podemos “contemplar serenamente el todo y las partes” sino que escaneamos a toda velocidad: esto sí, esto no me gusta, no, no, más o menos, no… puede ser… esto sí! Lo mismo pasa en un museo, en el que la variedad de cuadros, de estilos y de épocas, nos obliga a discernir qué queremos ver, porque si no nos bloqueamos.

Sobredosis de belleza o el síndrome de Stendahl

Hablando de museos, hace unos días, un amigo hizo referencia al “síndrome de Stendhal”. Yo no lo conocía absolutamente y me quedó la idea de algo para ver después, ya que la conversación pasó a otra cosa. Stendhal viajó a Florencia y al salir de la Santa Croce, un 22 de enero de 1817, sintió que “le latía el corazón, que la vida estaba agotada en él y andaba con miedo de caerse”. Acudió al médico y este, luego de auscultarlo y mirarle los ojos le diagnosticó “sobredosis de belleza”.

Los que han estudiado el fenómeno psicosomático dicen que este síndrome es una situación anímica que se desencadena tras observar obras de gran belleza en una misma ciudad y durante un corto espacio de tiempo. Le llaman la enfermedad de los museos.

Trayendo el agua a nuestro molino y sin mucho análisis científico, advierto que este “stress de belleza” no se da al contemplar un paisaje natural o al quedarse ante una sola obra artística. Parecería que es producto de mezclar “belleza artística” y “shopping”. Las obras artísticas no son “algo en serie”, cada obra es un universo concentrado en un espacio limitado. Esto hace que su fuerza expansiva, al meter todos lo cuadros en una sala (aunque por eso mismo en los museos se le da “espacio” a las obras, pero no siempre el suficiente), produzca este efecto de que las “ondas” de una obra choquen con las de las otras. Imaginemos si en un mismo salón se tocaran cien músicas diferentes! Nuestro oído reaccionaría inmediatamente. Pues se ve que la vista también, aunque uno “se anime” a querer ver muchas obras en un museo. Al poco tiempo sale igual de cansado que si hubiera escuchado músicas mezcladas.

El que no discierne se enferma

Todo este largo excurso “artístico psicosomático” es para decir lo siguiente. Si no discernimos, en el mundo actual, en el que todos los paradigmas, las creencias, las ideologías y las imágenes, están en un mismo “sitio” -los medios- el síndrome de Stendhal que sufriremos (que estamos sufriendo) será (es) de proporciones épicas. Se habla del fenómeno de la rapidación y de la acumulación de información que nos asedia, de los efectos que produce estar siempre online… Todas cosas que se van estudiando en medicina, sicología, sociología… Se suele insistir en que “nos hace mal ver tantas malas noticias”. Y en los niños que están todo el día conectados, se detecta el problema de incapacidad para focalizarse. Estamos convirtiéndonos en multi-tasking.

Mirar en “modo discernimiento”

Algunos ven en esto un peligro que impide la concentración y la contemplación serena. Yo prefiero considerar que como son dos cosas distintas -mirar un paisaje o un cuadro y mirar vidrieras en un shopping-, el problema no es cuantitativo o cualitativo sino la mezcla. Y aquí entra lo del discernimiento. Uno tiene que cambiar el chip. No mezclar. Si entra en internet no puede entrar con el mismo chip con el que va a misa. Y viceversa. Es decir: no tiene que cambiar el mundo (el paisaje), tiene que cambiar mi “modo de mirar”.

Una cosa es mirar en “modo naturaleza”, otro es mirar en “modo shopping” o en “modo internet” y otro, trasversal a los anteriores y a todo modo, es “mirar en modo discernimiento“. Es decir: “mirar en modo “dual”, con mi mirada y la del Espíritu.

Este modo de mirar es “libre”, en el sentido más profundo de la palabra. Nos libera de ser esclavos de los otros modos de mirar, que tienden a apoderarse de nuestra mirada y volvernos “ideológicos”. Ideológicos de distinto signo -político, económico, de género, dogmático… incluso el evangelio y la doctrina caen bajo este modo de mirar ideológico que quita libertad y capacidad de diálogo con otros.

Discernir invocando al Espíritu

El “modo discernimiento” es aquel que, en algún momento -no importa si antes, durante o después- que uno está mirando algo (un paisaje, una página web, una persona o sus propios sentimientos) uno alza la mirada y la dirige al Espíritu con una sencilla invocación “Ven Espíritu Santo, enciende con tu luz nuestro sentidos” (Oración del Ven Creador).

Esta simple invocación , a la que el Espíritu no se resiste porque toca su fibra más íntima, aquello que Él es (Ardor común, Encendimiento de otros) y para lo que ha sido Enviado por el Padre y por Jesús: para “reavivarnos”, vivificarnos, transfigurar lo que vemos con su luz…, hace que venga y nos de su gracia. El Espíritu nos “hace ver las cosas como le agradan a Dios (es decir: como son, ya que a Dios le agradan las cosas y las personas como somos, como nos creo y redimió, y como podemos ser, en el sentido de que le agrada vernos mejorando y creciendo en el amor).

Discernir con los criterios de “El que tenemos más a mano”

Esta es una manera de presentar el discernimiento como la respuesta justa a algo que necesitamos más que el aire y el smartphone. Porque el síndrome de Stendhal nos asedia: tenemos sobredosis no solo de cosas malas, sino también de belleza Las ideas verdaderas ese encuentran amontonadas mal, desjerarquizadas, sin espacio entre una y otra. Y eso nos lleva a “discernir” desde lo que tenemos más a mano. Cada uno desde algún criterio de algo que le hizo bien.

Esto mismo es bueno si uno se da cuenta de que el Espíritu Santo es justamente “El que está a mano” -el Paráclito-. Y Él es el que nos hace comprender Quién es Jesús y cuánto puede ayudarnos su palabra para resolver nuestras cosas de la vida diaria.

Claro, uno puede sentir: y a Jesús, cómo lo contacto! La Iglesia lo tiene, por supuesto. Pero a veces muchos sienten que le hemos puesto tantas puertas con horario a las iglesias, tantos requisitos a los sacramentos (que son Jesús mismo hecho pan, perdón del pecado de ayer a la tarde, aceite para la enfermedad que tengo…, bendición para mi deseo de formar familia) tantas condiciones, que queda medio lejos. Pues bien, para eso fue enviado el Espíritu, que se derrama sobre toda carne, sobre toda cultura, que actúa en toda persona que lo invoca y desea adorar al Padre y conocer y contactarse con Jesús. El Espíritu también es condición para que todo lo que la Iglesia tiene acumulado no sea museo sino vida.

Los sentidos del discernimiento

Y qué “sentidos” enciende el Espíritu? Enciende todos. Pero la clave es que los enciende en “modo discernimiento”. Es decir: enciende ltu lengua, pero no solo para que “hables en lenguas” sino también para que puedas profetizar y anunciar verdades que sirvan a la vida y a la oración de todos. El Espíritu enciende tu gusto espiritual no solo para que saborees íntimamente las palabras de Dios sino para que puedas saborear su fuerza apostólica, su capacidad de encender otros fuegos. El Espíritu enciende tu tacto espiritual pero no solo para que toques dinámicamente el suelo en una danza que te hace dar vueltas sobre tí mismo, sino para embellecer tus pies cuando corres a anunciar el evangelio en alguna frontera. El Espíritu enciende tus ojos y oídos para que disciernas el rostro de Jesús en los pobres y escuchar su silbido y su voz de buen pastor, distinguiéndola de la voz seductora del maligno. El Espíritu enciende tu olfato espiritual para que sepas “oler” al mal espíritu, allí donde aparece vestido de ángel de luz y no lo puedes discernir con tu mirada. Es decir: el Espíritu enciende todos tus sentidos espirituales para que disciernas “los sentimientos de Cristo Jesús” y para poder comunicarte su “modo de pensar” y de ver las cosas.

El tratado donde este “modo de sentir-discerniendo” está plasmado es el Evangelio. Allí cada escena, cada parábola, cada frase no es solo una frase sino una clave para discernir, que aplicada a la realidad justa en cada situación, obra eso que Jesús prometió: que el Espíritu nos enseñará toda la verdad y nos dirá qué decir en cada momento.

Discernir o quedar fascinado por alguna ideología

No discernir, hoy, es permanecer atado a esa mezcla -incluso de cosas buenas- que nos ofrece el mundo moderno, con su conflicto de interpretaciones. No basta con tener las ideas claras en los libros y en los manuales, hay que saber con qué “sentido” afrontarlas. Como decía, hay cosas que hay que “olerlas” porque si uno las mira queda “hechizado”, “fascinado”. La capacidad de photoshop es hoy tan maravillosa que uno le dice al otro mostrándole una “realidad” (una noticia, una foto, un título de diario con “lo que dijo fulano”): “no lo ves?” No puedo creer que no “veas” lo mismo que yo. Y el otro, tomando distancia, trata de hacerle “ver” lo que ve él,  mostrándole “otras noticias”…

El desafío es terminar de caer en la cuenta de que, hoy por hoy, no hay un “lugar” común desde el cual mirar todos las cosas, no hay piso firme en ninguna idea, dogma o ideología, no hay “realidad común” objetiva como la había cuando cada uno vivía en su pueblo y las noticias de otros lados llegaban “al otro día o a la semana siguiente” y había “espacio”, como en un buen museo, para ver una obra o dos en cada sala y tomar aire con los ojos. Hoy está todo junto todo el tiempo de mil manera diversas. El único lugar común puede ser, precisamente, el discernimiento. Convenir, la mayor cantidad de gente posible, que todo debe ser discernido (cosa que ya hacen muchos) y, lo importante, convenir en que todos tenemos que entrar en la Escuela del Discernimiento.

Hablar de Escuela de discernimiento quiere decir que, en este arte, hay maestros. Hay camino recorrido y se puede aprender mucho. Es más, se trata del arte de “aprender cada día” del único Maestro interior. Porque, como se trata de discernir la realidad y esta cambia tanto, no hay escuela que no sea la del aprendizaje continuo, la del criticar en primer lugar el propio punto de vista, los propios sentimientos, ya que no hay cosa, por perfecta que sea, que no pueda ser usada por el mal espíritu para alejarnos del amor de Jesús. Y no hay cosa, por pecado que sea, que no pueda ser usada por el Espíritu Santo para acercarnos a la misericordia del Padre.

 

1. El discernimiento en el marco de los Ejercicio espirituales

 

A lo largo del año iremos viendo la estrecha relación que tiene hacer un discernimiento particular (o muchos) y practicar los Ejercicios Espirituales. Los Ejercicios como tales  -de un mes- se hacen una o dos veces en la vida. Tiene como fin hacer una elección radical, de estado de vida o de una misión importante. Luego, los Ejercicios de cada año van ayudando a mantener y perfeccionar la elección y la misión.

El marco de los Ejercicios es el adecuado para un proceso de discernimiento, para dar lugar a que el corazón experimente gracias y tentaciones y pueda adquirir certeza en el Espíritu a la hora de elegir. Así, los Ejercicios, con sus diferentes etapas, con sus meditaciones estructurales, nos ayudan a poder hacer un discernimiento.

Presentar esta dimensión “de máxima” no es para alejar el discernimiento de la vida diaria. Al contrario: al igual que el amor a Dios es el mismo que el amor con que se ama a un pobre, en el gesto pequeño de darle un vaso de agua, así también el discernimiento de una vida matrimonial o consagrada, se concreta en el discernimiento de la pequeña opción que hay que hacer cada día para que la vocación crezca. El camino del discernimiento, como el del amor, es de ida y vuelta. Las elecciones y predilecciones grandes y definitivas se concretan y se alimentan en las elecciones y predilecciones pequeñas de cada día. El que ya eligió estado de vida, dice Ignacio, no tiene que cambiarlo, sino crecer y mejorar en él. Y en esta situación de “crecer en nuestro estado de vida y misión (trabajo) principal, estamos todos (salvo los jóvenes que aún no han decidido o la vida todavía no “decidió” por ellos).

Alabar, adorar y servir: tres deseos “ya discernidos”

Antes hablamos de un mundo en el que todo es relativo. Hoy se cuestiona hasta la ley natural y pareciera que “todo se construye”, incluso la propia identidad de género. Sin embargo así como cada piedra, cada planta tienen su ley interior y cada animal su instinto, que no les permite equivocarse en cuanto a su misión en la vida, los seres humanos contamos también con algo similar a este “instinto” que, si lo desarrollamos, no nos equivocamos. Hablo del deseo de alabar, de adorar y de servir. No es cuestión de demostrarlo teóricamente sino de invitar a cada uno a que haga la prueba. Comience a agradecer y a bendecir por su vida y por las persona y cosas que ama y verá como va encontrando un camino claro: a medida que agradece, sentirá deseos de agradecer más. Incluso por lo malo, ya que al bendecir irá encontrando cosas buenas también en lo que no lo fue. Lo mismo con la adoración, si uno se pone con el rostro en tierra y confiesa sus “no”: no soy nada, no puedo nada, no se nada… y le dice a Dios Vos sos todo, Vos podés todo, Vos sabés todo, verá que algo se libera en su interior. Y no digamos nada de servir. Si uno se pone a servir a alguien que necesita, comenzando por los más pequeños, siguiendo por los compañeros de trabajo, los pobres, los enfermos…, verá que algo le dice a sus manos que están bien, haciendo lo correcto. Estas actitudes suscitan el asentimiento de nuestra mente, de nuestro corazón y de nuestras manos.

Son deseos ya discernidos, en el sentido de que tienen algo de “instintivo”. Los tenemos que poner en acción libremente, pero enseguida vemos que nuestro ser fluye gracias a ellos. Los reconocemos también en otros seres, en los pájaros que con su canto y sus vuelos en equipo son un canto de alabanza al Creador; en los animales que se sirven unos a otros; en toda vida a nivel molecular en el que todo es “servicial”. Estos deseos profundos, si se les da cauce y se los comienza a practicar, muestran ser mas fuertes que cualquier otro deseo.

Realizando estos deseos y poniéndolos en práctica vamos descubriendo “existencialmente” el sentido de nuestra vida. No algo sí como el “sentido en general” de la vida, cosa que escapa al alcance de alguien que vive solo un tiempo en la historia, pero sí el sentido concreto de “mi vida”, cosa que cada uno puede descubrir a medida que realiza estos deseos básicos que son expresión del amor: alabar, adorar y servir y discierne su lugar y su misión en el universo.

Las tentaciones contrarias son denigrar, auto-adorarse y aprovecharse egoístamente de los bienes comunes. Hay también tentaciones “neutras”: ni alabar ni criticar, no adorar nada ni a nadie, gozar y gastar y no trabajar.

Deseo de alabar

Sintonizar con el deseo profundo de Alabanza nos armoniza el alma subjetivamente con la realidad. No solo hay que alabar a Dios y a las cosas extraordinarias. La discreta alabanza a todo ser, hace que cada cosa brille y mejore dando lo mejor de sí. La alabanza tiene sus tonos menores, con los que se alaban y se agradecen, amablemente y sin exagerar, los pequeños dones y servicios que alguien nos presta. Es un acto de justicia alabar cada gesto en su justa medida. Así como no es buena la alabanza falsa o exagerada tampoco es bueno dejar pasar las cosas que conllevan el trabajo de otro como si se dieran por descontado.

El pueblo sencillo sabía de alabar a Jesús. “Bendito el seno que te portó y los pechos que te amamantaron”, exclamó aquella mujer del barrio mientras Jesús hablaba. “Hosanna, bendito el que viene en nombre del Señor”, cantaban los niños alentados por sus mamás y por sus padres cuando Jesús entró en Jerusalén montado en un burrito. “Verdaderamente este era Hijo de Dios”, confesó el Centurión. Y así tanta gente. El pueblo fiel de Dios da rienda suelta a su deseo hondo de alabanza, cada vez que canta a Dios y a sus santos, cada vez que llena de flores las imagencitas de la Virgen y exclama sus “viva, viva” mientras lleva al Señor en andas.

Deseo de adorar

Adorar y hacer reverencia es el deseo básico que mueve toda religión, todo deseo de relacionarnos con Alguien que nos trasciende. Es un deseo que en muchos brota espontáneo y en otros está mutilado o amordazado. En los niños, la “adoración” por sus padres, como respuesta a las alabanzas y cariños que estos les prodigan, es un sentimiento muy puro que, si es bien educado, se orienta con la gracia del Espíritu Santo a la adoración del Niño Jesús, de la Virgen. Es un deseo auténtico y único que necesita que se lo explicite y que a los niños se les den los gestos de adoración que les permitan encauzar y expresar este deseo profundo: arrodillarse ante el Santísimo, mandar un besito a la Virgen, besar una imagen, hacer silencio respetuoso al entrar en el templo o en el momento de rezar. Hace bien a los niños ver a sus padres arrodillarse y hacerse la señal de la Cruz.

El leproso curado que volvió alabando y bendiciendo a Dios y se postró rostro en tierra ante el Señor, nos muestra esta actitud de adoración que el pueblo de Dios sentía que podía tener ante Jesús y que el Señor no rechazaba.

Deseo de servir

Servir es también un deseo básico que mueve todas nuestras acciones. Servir a los otros, ser útiles a los demás, contribuir con la creación, dar fruto, ofrecer lo mejor de uno, el propio carisma, dar una mano, gastarse por los demás, ayudar a los que necesitan… Si la adoración es un deseo propio de la creatura y es unidireccional, la alabanza y el servicio son deseos también propios de nuestro creador. Jesús alababa la fe y la misericordia de la gente y toda su vida fue de servicio a los demás. Lo consagró en el lavatorio de los pies a los discípulos.

Una imagen positiva de nuestro ser y de nuestro pasado

Para poder discernir es necesario tener “experiencialmente” una imagen positiva de la vida, de nuestro ser y de nuestro pasado: somos creados buenos y encontrar cada uno nuestro bien más propio, nuestro carisma, así como un ave encuentra su canto y una flor su color, es nuestra manera de reconocer al Creador: siendo mejor lo que somos, siendo por trabajo y elección lo que somos por don y por gracia.

Si uno tiene una imagen negativa de sí, si piensa que no vale nada o que porque tiene algún defecto o pecado, no puede alabar y adorar y servir a Dios y al prójimo, no sentirá que puede discernir la voluntad de Dios en su vida. Si en cambio nos sabemos seres complejos, quizás con muchos defectos, pero con esta zona de la alabanza, la adoración y el servicio, siempre intacta y lista para ser reactivada, entonces tendrá sentido discernir. Pero hay que practicar la alabanza y la adoración y el servicio hasta que la imagen positiva fundamental salga a flote y tome las riendas de nuestra vida.

 

Momento para contemplar

Queremos aceptar la invitación que nos hace el Papa Francisco de “entrar en la escuela del discernimiento”…

Por eso, la invitación será, después de leer el texto del P. Diego Fares, quedarnos sintiendo y gustando el Salmo 131.

Señor, mi corazón no es ambicioso,

ni mis ojos altaneros;

no pretendo grandezas

que superan mi capacidad;

sino que acallo y modero mis deseos,

como un niño en brazos de su madre.

Espere Israel en el Señor

ahora y por siempre.

 

Si dejamos resonar este salmo en nuestro interior veremos que tiene algo de la parábola del hijo pródigo. Quizá antes soñaba con grandezas, ahora golpeado por acontecimientos terminó descubriendo la mano buena de Dios.

Pero, ¿qué es soñar con grandezas?

Nunca el problema humano será el de soñar mucho. Siempre nos quedaremos cortos. El Padre soñó lo más grande, nos soñó hijos en el Hijo. Nuestras grandezas son caricaturas, son balbuceos, son bosquejos…

‘Acallo y modero mis deseos’. No significa entonces anular. Dios sembró el corazón humano con deseos infinitos. Por eso hay que aprender a escucharlos, a dialogar con ellos.

Solo llegando al fondo y descubriendo qué deseamos, todos los demás deseos se pueden ordenar, jerarquizar.

Solo llegando al fondo y teniendo fe en las promesas de Dios, podemos tener confianza y paz.

Hay que hacer un acto de confianza como el del salmista. El alma en paz se abandona a Dios, sin inquietud ni ambición, no porque tenga ya todo, sino porque cree que Dios es fiel…

Algunas preguntas…

¿Que desea mi corazón?

¿Qué importancia le doy a los deseos que me habitan?

Volvemos a rezar con el Salmo 131, pidiendo la Gracia que necesitamos en este tiempo de Cuaresma…

 

 

2. Las otras cosas son para ayudarnos a alabar, adorar y servir a Jesús nuestro Señor

 

 “Al que me ama, mi Padre lo amará”

La primera parte del Principio y Fundamento se puede resumir así: “El hombre es creado para Dios nuestro Señor y las otras cosas, para que le ayuden en la prosecución de este fin”.

* Somos creados para Dios nuestro Señor y así como al fin de un camino se llega caminando, a este Fin Personal se llega alabandolo, adorándolo y sirviéndolo. Al dar curso y modo concreto a estos deseos, se nos dilata el corazón, crecemos como personas adorando, agradeciendo y sirviendo a la Persona para quien somos. Siendo más y mejores creaturas nos hacemos semejantes a El. Estos deseos espirituales, porque suponen autoconciencia y autoseñorío de sí, son tres expresiones del amor a un Dios Personal:

hacerle reverencia: la actitud de adoración y reverencia es amor de creatura a la Persona del Creador. Es amor que inclina la rodilla y la cabeza haciendo entrega absoluta de sí;

alabarlo: la alabanza es agradecimiento a la Persona de quien reconocemos que nos vienen todos los dones que recibimos;

servirlo: el servicio -el hacer las cosas – implica hacerlas al modo del Otro, haciendo su voluntad, lo que le agrada.

* De esta manera, descentrados de nosotros mismos y centrados en la Persona de Jesús para quien somos, cambia nuestra mirada y consideración de “las otras cosas” como les llama Ignacio. Todo lo que no es Cristo son “las demás cosas” y se nos revela su ser profundo: son “para nosotros” (esto lo intuimos y así las usamos) pero “para que nos ayuden a realizar nuestros deseos de alabar, adorar y a servir a aquel para quien somos.

Nunca deja de admirarme la profundidad y concretez del Principio y Fundamento. Uno puede preguntarse: ¿Por qué esta serie de frases que parecen un razonamiento abstracto resultan iluminadoras?

Y la respuesta es: Porque no son para nada frases abstractas! Nos hablan de nuestros deseos más hondos y los conectan con nuestro fin. Estas frases nos dicen para Quién somos creados. Fijémonos bien que no dicen para qué, sino para Quién! Tanta gente camina por la vida buscando un sentido que, al no poder concretarlo en un Quién, no termina de tomar forma. Vemos a veces cómo los padres “son para sus hijos”, les dedican y entregan lo mejor de sí, todo su tiempo y trabajo. Y los hijos luego se van, siguen lógicamente su camino. Cuando al nido vacío vuelven con los nietos, este “fin pesonal” de la vida humana se llena nuevamente de sentido. Pero allí mismo donde ejercitamos nuestro “ser para los demás” percibimos el límite de esas otras personas (y de todas las cosas) que nos dicen “Yo no soy Dios”, no puedo ser “fin exclusivo” para vos.

Así pues, el Principio y Fundamento nos conecta con nuestro fin, que es la Persona de Cristo. Y no hay nada más concreto en la vida que tener claro el fin! En clave de discernimiento lo podemos expresar así: para ver con claridad y elegir la mejor opción entre dos que se nos presentan hay que tener claro el fin. El fin no se discierne, se disciernen los medios. El fin es “lo que ya está discernido”, por decirlo así. Y saber que nuestro fin no es un “para qué”, sino un “para Quién”, es la verdad más verdadera que alguien nos pueda revelar.

Para Dios nuestro Señor, es decir: para Jesús

Sabemos que cuando Ignacio dice “Dios nuestro Señor” se refiere concretamente a Jesús. En Jesús, gracias a Jesús, somos hijos de Dios. El Espíritu nos guía refiriéndolo todo a Jesús, a Dios venido en carne.

Así, para un cristiano basta con tener discernida una sola verdad, que es esta: la de que somos creados para Jesús nuestro Señor. Señor de nuestra vida práctica, como siempre insistía Fiorito. Es decir: Aquel cuyo cuerpo comulgamos en la misa, Aquel cuyas palabras leemos en el evangelio, El que nos perdona los pecados con el sacerdote que nos confiesa, el que nos sale al encuentro pobre, hambriento, sediento, refugiado, preso.

El hombre -todo hombre y toda mujer- es “para Jesús”.

Esta pertenencia es tan radical y absoluta que hace que todo lo demás sean “otras cosas”, esas que Jesús dice que “se nos darán por añadidura, si buscamos primero el Reino”, es decir: a Él.

Poder escuchar admirados que otro nos anuncie que somos para Jesús, es la verdad más honda y a la vez más práctica de nuestra vida. Significa muchas cosas.

Significa que si miro mi ADN, no solo encuentro el de mis padres sino el Suyo: he sido creado a imagen suya. Contemplando en el evangelio lo que sentía Jesús, viendo su carácter, su modo de ser y de relacionarse con los demás, descubro cosas de mi mismo, al igual y más que cuando miro a mis padre y abuelos y me reconozco en algún gesto de carácter, en algún modo suyo de obrar.

Significa que si miro mi historia, con mis idas y vueltas, mi haber llegado a ser quien soy a pesar de mis pecados y las veces que erré el camino, me descubro como alguien rescatado, comprado al precio de la sangre de Jesús. Soy “para Él” en el agradecimiento ante uno que dió su vida por mí cuando yo estaba en mayor o menor medida bajo la influencia del maligno: descartado y librado a mi suerte, como la oveja perdida, como el hijo pródigo, como la pecadora, el ciego, el paralítico, el leproso…

Significa además, que ese “para Él” orienta y finaliza todos mis deseos poniéndolos en clave personal.

Quizás a alguno le puede resultar extraño esta afirmación de que somos para una Persona. Pero si lo pensamos bien no es tan raro, dado que vivimos en un mundo que nos dice que “cada uno es para su propia persona”, que su felicidad consiste en perfeccionarse como persona, en poseer cosas que lleven su nombre, y en consumir personalmente todo lo que pueda.

Qué nos cambia esto de “ser para Jesús”?

Nos cambia, por ejemplo, que no hace falta que seamos perfectos. Lo decisivo es “ser para Jesús”: que nos ofrezcamos a Él y que Él nos acepte en su compañía. Es decir: si una persona es muy perfecta pero su perfección crece como un lago de montaña, sin desemboque, puede que en cierto punto su perfección quede estancada. Y en cambio, si una persona es imperfecta, el hecho de sentirse poca cosa, la conciencia de ser un pecador, una pecadora…, puede que la impulse a no mirarse a sí misma, a salir de sí, a poner toda su esperanza en ser aceptada y salvada por Jesús y con esto logre más en un momento que la otra en toda una vida centrada en su propio perfeccionismo.

Esto es lo que se ve en el evangelio: cómo los pequeños y pecadores ganaban el corazón de Jesús y recibían tantas gracias de parte suya y los fariseos, en cambio, no hacían sino alejarse y endurecer más su corazón.

Ser “para Jesús” nos cambia también la preocupación por poseer y consumir. Porque “ser para otro” no es algo que se resuelva en términos de posesión sino de donación. Somos de otro en la medida en que nos damos al otro y somos recibidos libremente por el otro y trabajamos y nos divertimos juntos. No es cuestión de “poseer” al otro como un objeto, sino de dilatar el propio corazón que crece en la medida en que da y recibe más amor del otro.

Ser “para una persona”, como vemos, lo cambia todo. Cambia también nuestra relación con los demás. También ellos son “para Jesús” y esto nos hace relacionarnos de otra manera, más libre, más distendida y esperanzada, por decirlo de alguna manera. Sólo una cosa es necesaria, como le dice Jesús a Marta: que cada uno se centre en Jesús, como María que lo escuchaba sentada a sus pies. No hace falta que uno mismo u otro cambie “todo lo que hizo imperfectamente”. Porque cuando uno “se convierte” y mira su vida y la ajena desde esta perspectiva, los cambios que se pueden dar son muy inmediatos y radicales. Lo vemos en la historia de los santos, cómo pasan de una vida a otra de manera muy decidida. Esto es así porque “perfeccionarse” puede llevar toda una vida, pero entregarse a Jesús de corazón, comenzar a vivir para Él, buscando sus intereses y no los nuestros, es algo que se puede empezar a hacer ya, tal como estamos y siendo los que somos. En el momento en que me centro en Jesús, todas las demás cosas “se ven distintas”, puedo discernir con claridad cuáles me ayudan y cuáles me desayudan.

Jesús es el criterio de discernimiento y la medida

“En Jesús”, cultivando nuestro ser para Jesús, encontramos la medida para relacionarnos con cada persona y con las cosas: es una medida que es a la vez común y única -personalísima-.

La adoración, por ejemplo, que es un deseo básico inscrito en cada célula de nuestra carne, encuentra en Jesús el Nombre para nombrar, doblando la rodilla, a Aquel ser misterioso que me creó y me da continuamente el ser. Toda creatura sabe que “no es autónoma”, que si durante algún tiempo y en algunos aspectos de su vida puede “funcionar” autonómamente, no se dio a si misma su vida ni se puede mantener en ella como quiera y todo el tiempo que quiera. Pero esta convicción de la propia “contingencia” como dice la filosofía, no alcanza para adorar. Puede convertirse en mudez y angustia que necesita ser “tapada, cosa que hacemos en general “adorando alguna cosa” que se convierte en ídolo. Al adorar a Jesús, desidolizamos las cosas y las liberamos de este rol innatural que les damos, exagerando su importancia. Poder nombrar a nuestro Creador con su Nombre – Jesús- nos permite adorar verdaderamente, ya que, como decíamos, la adoración y la reverencia se tienen ante una Persona. No basta con saber que “algo” -una energía cósmica, una evolución natural – debe habernos creado.

La alabanza por las cosas buenas y hermosas de la vida también se concreta en Jesús. El nos enseña por qué nos tenemos que alegrar -porque nuestros nombres están escritos en el Reino de los cielos, y no por otras cosas pasajeras-. Además, une la alegría al servicio que hacemos a las otras personas. De nuevo, la clave está en lo personal. Todo en el hombre es “personal” o pierde consistencia. Y personal en sentido amplio e inclusivo, es decir: comunitario.

Al adorar a Alguien como Jesús, cuya existencia esta toda puesta al servicio de aquellos que creó y por los que dió la vida, cobran altura y valor las demás personas y cosas que nos rodean. Lo digno de alabanza no es lo que es para nuestro gozo exclusivo sino, por el contrario, lo que sirve para alegrar y servir a más personas, en primer lugar a los que no tienen nada. Así como la alegría de un padre y de una madre de familia no son “las cosas” que poseen sino la alegría de sus hijos que aprovechan las cosas que ellos les brindan para crecer y desarrollarse bien, así toda alegría humana superior es personal, compartible más que consumible!

Más que “tener comida y agua” alegra poder “dar de comer y de beber al sediento”; más que tener ropa, alegra vestir al que anda pobre y desabrigado, más que tener casa, alegra poder hospedar, más que tener salud, alegra acompañar y consolar al que está enfermo o preso.

Las cosas son para nosotros

Si algo tenemos claro es que “las cosas son para nosotros”. Basta ver cómo las usamos y nos servimos de ellas como amos, sin mucho miramiento. No pensamos que una ballena tenga una finalidad en sí misma, que exista por la alegría misma de que haya quien pueda surcar el oceano libre y majestuosamente. Apenas tenemos necesidad de ella la pescamos y la consumimos. El punto no está en que las cosas no sean “para nosotros”, ya que lo son, sino que “nosotros no somos para nosotros”, somos “para Jesús”.

Tendría que bastarnos con mirar cómo venimos a la vida -absolutamente dependientes y necesitados de otras personas que se dediquen con exclusividad a cuidarnos mientras crecemos-, para comprender la importancia de “lo personal” en nuestra vida. No tiene sentido definir la persona por su inteligencia y libertad sin agregar que estas potencias espirituales “son para los demás”, tienen sentido en relación a los demás, para interactuar con los demás. Pensar que tenemos inteligencia y libertad solo para hacer y “consumir” lo que queramos, es un insulto a la naturaleza, que ya tenía resuelto este problema en la vida animal, “moderando” los instintos para que cada animal consuma solo lo que necesita.

No vivimos para cumplir una finalidad externa a nosotros mismos, para realizar una tarea util a otros, para llenar un lugar dentro de un todo, como si fuéramos una pieza de un reloj.

Tampoco vivimos para realizarnos a nosotros mismos, para alcanzar la felicidad como un estado, en el que estaríamos algo mejor que cuando comenzamos la vida, así como una planta que se desarrolla a partir de una semilla y termina dando flores y frutos, o un ser viviente que llega a la madurez en el uso de sus funciones.

El Principio y Fundamento nos revela que somos “para” una Persona. El evangelio dice que Jesús llamó a los apóstoles “para que estuvieran con Él y para enviarlos a predicar el evangelio”. Para que estuvieran con Él quiere decir para vivir en su Compañía. Esto es algo “no funcional”.

Una reflexión actual

Pongamos solo un ejemplo de las implicancias de una doctrina de este tipo. Si ser persona es “ser para una Persona, en concreto para Jesús” ¿no tiene entonces un gran sentido que nuestro venir a la vida se realice “en otra persona”, en nuestra madre, sin que esto la convierta de ninguna manera en una “incubadora”, como dicen algunas? ¿No nos muestra que lo decisivo para ser persona no es en primer lugar que tengamos un ADN, ni tampoco unas facultades como la inteligencia y la libertad (este es el soporte físico y síquico de nuestro ser personas), sino que nos es esencial que otra persona nos nombre -nuestra madre o si ella no puede o no quiere, otra persona que quiera hacerse cargo- y nos acoja en su existencia diciéndonos “yo soy para vos tu madre” y “vos sos para mí mi hijo”?

Si nuestra esencia es “ser para otra Persona”, podemos decir que en el vientre materno (y al final de nuestra vida), cuando somos menos autosuficientes, somos más propiamente “personas”, porque somos por otros y para otros que nos acogen absolutamente. Un embrión, cuando física y síquicamente es nada más que un puñado de células, es más “para su madre”, más persona en este sentido espiritual profundo del que hablamos.

Este “ser por y para los demás” es lo más propio del ser humano. Siempre, no solo mientras nos gestamos y necesitamos que alguien sea “exclusivamente para nosotros”. También nos ese esencial cuando llegamos a la madurez y buscamo otras personas que nos amen gratuitamente, por nosotros mismos, no por cómo “funcionamos” o “para qué servimos”.

La entrega y dedicación tan absoluta que requiere todo ser humano para desarrollarse, si fuera una cuestión puramente funcional, sería un error de la naturaleza. Los animales nacen “ya hechos” y apenas nacen, o al poco tiempo, se independizan totalmente de sus progenitores. El hecho de que hayamos venido a la vida gracias a que otros seres hayan sido durante mucho tiempo exclusivamente para nosotros y nos hayan dedicado toda su vida y cuidado, hace de nosotros, luego, seres para los demás.

Si esta gratuidad no es custodiada y cultivada, se desmorona la vida social, el respeto por toda persona, el cuidado de los más pobres y discapacitados… La igualdad y la justicia se basan en este reconocimiento de la persona humana más allá de sus capacidades y procesos de gestación, crecimiento o enfermedad.

Considerar este “ser para otro” como una carga, por el hecho de que en un momento de la vida ese otro aparezca inesperadamente, es como negar nuestro ser mismo que consiste siempre en “aparecer” en la vida de otros, irrumpiendo en los otros y siendo aceptados en nuestras diferencias por nosotros mismos, más allá de nuestras capacidades y de las expectativas de los otros.

Momento de Contemplación

Después de leer el texto del P. Diego; podemos volver a aquellas palabras, frases que nos han asombrado hondamente…

Sabernos de y para Jesús es un horizonte hacia el cual orientar nuestra vida y poder dar ese  fruto  personal, según la belleza de su singularidad –ese ADN- que nos hace imagen y semejanza de Dios…

Ser de Jesús…

Pertenecer a Jesús…

Es encontrar ese tesoro escondido… Es descubrir la perla preciosa… por los que vale vender todo, y descubrir el “gozo de pertenecer”…

Este gozo profundo, nace la certeza de sabernos creados de una manera maravillosa

De este gozo profundo, nace la alabanza y libertad ante todas las cosas…

Por este gozo profundo, nos ponemos al servicio de los pequeños que se nos han confiado para hacer aquellas obras para las cual nuestro buen Dios nos ha creado…

Como decía, Benedicto XVI en el Mensaje de Cuaresma del 2012: “Interesarse por el hermano significa abrir los ojos a sus necesidades… Ya que el otro me pertenece, su vida, su felicidad, tienen que ver con mi vida y mi felicidad… Aquí tocamos un elemento muy profundo de la comunión: nuestra existencia está relacionada con la de los demás…”.

Qué lindo! Sabernos pertenencia de Jesús y saber que el otro nos pertenece, nos saca del anonimato e indiferencia que a veces nos quieren meter…

Para terminar, quizás puedas rezar con alguna de las Parábolas de El tesoro y la Perla:

“El Reino de los cielos es semejante al tesoro escondido en el campo que un hombre, encontrándolo, lo vuelve a tapar y del gozo que le da va, vende todo lo que tiene, y compra aquel campo. También el Reino de los cielos es semejante al hombre negocianto en perlas finas  que hallando una preciosa perla, fue y vendió todo lo que tenía, y la compró” (Mt 13, 44-46).

Y pedir la Gracia de sentir este Gozo Profundo de Pertenecer a tan Buen Dios…

 

3. La libertad de elegir «lo mejor», es decir: las personas

 

En su Exhortación apostólica «Alégrense y regocíjense», el Papa Francisco cita el Principio y Fundamento y habla de la «‹santa indiferencia› que proponía san Ignacio de Loyola, en la cual alcanzamos una hermosalibertad interior» (GE 69).

Una hermosa libertad interior!  Es el tema de nuestro encuentro de este mes.

Nos quedamos gustando la hermosura de la libertad. Pero, es realmente hermosa la libertad? O a veces nos da miedo?

El miedo a la libertad

Erich Fromm decía que el drama del hombre actual es «El miedo a la libertad».

Los pueblos nos liberamos de la tutela de los gobiernos monárquicos pero no terminamos de estar contentos con los gobernantes que elegimos; los jóvenes se liberan pronto de la autoridad de sus padres, pero cuando se dan cuenta de que era verdad que había que estudiar duro para poder insertarse en el exigente mercado laboral del mundo actual, ya perdieron un montón de tiempo precioso; los cristianos nos liberamos de los preceptos de la Iglesia, que nos mandaban, por ejemplo, ira misa todos los domingos para terminar descubriendo tarde «el gusto de la oración larga, hecha de abandono y estupor ante la Eucaristía» como dice Don Tonino Bello), sin hablar de que de hecho terminamos obedeciendo al precepto de «ira al shopping» todos los domingos «religiosamente» o buscando en libros de autoayuda alguien que nos «mande» cómo gestionar nuestra libertad…

La libertad, a veces, da miedo. Más que ejercerla, la usamos para postergar. «Soy libre!», nos decimos, y en vez de ponernos a buscar apasionadamente las opciones más grandes y nobles, las que comprometerán lo mejor de nuestra creatividad, las que serán capaces de incidir en la vida social, las que dejarán huella en la vida de nuestros nietos, perdemos el tiempo y gastamos energía en elegir entre mil cosas de consumo, que el final, son más o menos similares.

Escuchemos el lenguaje que utiliza en la web alguien a quien se le cayó su celular: «El dilema de la funda» se titula su artículo (confieso – ay de mí! – que lo encontré perdiendo tiempo para buscar la mejor  funda para mi celular…), y dice así: «De aquel incidente salí escarmentado y con un iPhone marcado de por vida. Lógicamente, lo primero que hice fue comprar una funda y lamentarme por no haberlo hecho antes. Desde aquella caída hasta hoy, todos los iPhone que he poseído han ido convenientemente protegidos con sus fundas y… ¿lo adivinas? Desde que uso fundas nunca se me ha caído el móvil al suelo, lo que ha hecho que me vuelva a plantear usar o no una funda. En realidad, ese dilema, en lo personal, lo tengo resuelto, pero no ha resultado fácil. Optar por poner una funda supone ciertos sacrificios que no todo el mundo parece dispuesto a asumir[1]».

Sin comentarios!

Escuchemos ahora al Papa que nos narra una de sus escenas  preferidas de la vida de Santa Teresita. Está hablando de una comunidad de gente que cuida los «pequeños detalles del amor», donde las personas se cuidan unas otras – se cuidan personas, no solo cosas!- y afirma: «A veces, por un don del amor del Señor, en medio de esos pequeños detalles se nos regalan consoladoras experiencias de Dios (como le pasó a Teresita): «Una tarde de invierno estaba yo cumpliendo, como de costumbre, mi dulce tarea [de cuidar a la monja anciana y tullida…]. De pronto, oí a lo lejos el sonido armonioso de un instrumento musical. Entonces me imaginé un salón muy bien iluminado, todo resplandeciente de ricos dorados; y en él, señoritas elegantemente vestidas, prodigándose mutuamente cumplidos y cortesías mundanas. Luego posé la mirada en la pobre enferma, a quien sostenía. En lugar de una melodía, escuchaba de vez en cuando sus gemidos lastimeros […]. No puedo expresar lo que pasó por mi alma. Lo único que sé es que el Señor la iluminó con los rayos de la verdad, los cuales sobrepasaban de tal modo el brillo tenebroso de las fiestas de la tierra, que no podía creer en mi felicidad[2]» (GE 145).

Agrega el Papa: «En contra de la tendencia al individualismo consumista que termina aislándonos en la búsqueda del bienestar al margen de los demás,nuestro camino de santificación no puede dejar de identificarnos con aquel deseo de Jesús» (GE 146) de que seamos uno con todos, de que nuestra felicidad consista en optar por las personas y no por consumir cosas.

La cita del Principio y Fundamento

La Exhortación a la santidad – Alégrense y regocíjense– es el documento más jesuítico de Francisco. Decíamos que cita el Principio y Fundamento hablando de la «santa indiferencia» que propone Ignacio: «‹Es menester hacernos indiferentes a todas las cosas criadas, en todo lo que es concedido a la libertad de nuestro libre albedrío, y no le está prohibido; en tal manera, que no queramos de nuestra parte más salud que enfermedad, riqueza que pobreza, honor que deshonor, vida larga que corta, y por consiguiente en todo lo demás›» (GE 69). Agregamos nosotros la última frase de Ignacio: «Solamente deseando y eligiendo lo que más nos conduce para el fin que somos criados» (EE 23).

La cita de Francisco me recuerda a nuestro Maestro Fiorito que siempre machacaba con que la indiferencia era en realidad «preferencia». Y ponía el ejemplo de la mamá que, cuando tiene a su bebé, se olvida de muchas cosas que antes pensaba para sí, pero no porque se haya convertido en una asceta, sino porque cuando mira a su hijito, lo prefiere a todas las otras cosas del mundo.

Visitando a Thomas, en el hospital Bambino Gesù, le pregunté a Vaso, su mamá, «cómo se sentía». Thomas está trasplantado de hígado y riñón y viven desde hace meses en el hospital, lejos de su patria (en estos días le han dado el alta!!) Me sorprendió ver que Vaso ni se había planteado la pregunta. “Si mi hijo está bien, yo estoy bien”, me respondió y movió la cabeza sacándose ese pensamiento de encima, como si mirarse a sí misma pudiera convertirse en algo que la apartara de su misión, como si no quisiera que se debilitara su vínculo con la fuente de donde le brotaban las fuerzas: la persona de su hijito amado. Pensé que una madre puede no ser valiente en muchas cosas de la vida, pero cuando está en juego la vida de su hijo, sabe perfectamente qué hacer, toma sus opciones con resolución y las lleva adelante con todo el coraje del mundo. No es que «sea» indiferente a todo, incluso a «cómo se siente». Se hace indiferente, como dice Ignacio, porque lo requiere su «preferido» (no «una preferencia abstracta»). Esto es importante porque a veces se habla de «elegir un estado de vida» y hoy los «estados de vida» son líquidos, uno no puede visualizarlos como un futuro «sólido». En cambio las personas siempre son concretas: tanto en los mundos estables (como el de los egipcios, -que construían pirámides- el de los griegos -que vivían en el reino de las ideas- y el de los romanos -con su derecho universal-) como en los mundos inestables actuales… Las personas siguen siendo concretas.

Por eso la propuesta de Ignacio de «hacernos indiferentes a las cosas» es para poder «preferir a las personas». A la propia familia si uno elige casarse y al pueblo de Dios de mi parroquia si uno se hace sacerdote, si es que hablamos de elegir para toda la vida.  Para toda la vida, elegimos personas!

Manera infantilista de imaginar la santidad

Hay una manera de concebir la santidad que es infantilista. No hablo de la santa niñez espiritual, que une la relación espontánea -simple y pura- del niño para con las personas buenas con la astucia de la serpiente ante las personas malas. Ser infantil con Dios es el camino de la maduración espiritual, pero ser infantil frente al demonio es suicida, no es la propuesta evangélica! Cuando digo que hay una manera infantilista de concebir la santidad hablo de imaginar la santidad conectando una coordenada estética, que imagina la santidad como una estampita de primera comunión, con otra coordenada ética, que concibe la santidad como cumplimiento de un deber heroico y absoluto. Estampita ingenua y deber absoluto conforman una estética y una ética infantilista, que no coincide con el mundo real. Si uno se para en medio de estas dos coordenadas lo que logra es una idea perfeccionista abstracta que aleja la santidad de la vida cotidiana.

Escuchemos una concepción más real de la santidad. Es de Madre Teresa y esta centrada en la misión, no en ocuparse de la propia perfección: «Sí, tengo muchas debilidades humanas, muchas miserias humanas. […] Pero Él baja y nos usa, a usted y a mí, para ser su amor y su compasión en el mundo, a pesar de nuestros pecados, a pesar de nuestras miserias y defectos. Él depende de nosotros para amar al mundo y demostrarle lo mucho que lo ama. Si nos ocupamos demasiado de nosotros mismos, no nos quedará tiempo para los demás[3]» (GE 107).

El Papa toma estas palabras para ilustrar su concepción de la santidad centrada en las bienaventuranzas y en las obras de misericordia: «Quien de verdad quiera dar gloria a Dios con su vida, quien realmente anhele santificarse para que su existencia glorifique al Santo, está llamado a obsesionarse, desgastarse y cansarse intentando vivir las obras de misericordia» (GE 107).

Libertad para elegir la mejor versión de sí

En realidad, la santidad – tal como la propone Francisco – es la libertad de «examinarlo todo y quedarnos con lo bueno» (1 Ts 5, 21). Cuando el Papa nos dice que Él Señor «nos quiere santos y no espera que nos conformemos con una existencia mediocre, aguada, licuada» (GE 1), no nos está reprochando chaturas sino que está instando a ejercer nuestra libertad para «elegir lo mejor».

Pero no lo mejor «de estampita» ni lo mejor de “superhéroe”. El Papa habla de lo mejor concreto que el Espíritu Santo quiere para mí y que puede que no sea lo más perfecto en absoluto.

Por eso habla de la libertad en términos de alegría y -como contracara- de no tener miedo: «No tengas miedo de apuntar más alto, de dejarte amar y liberar por Dios. No tengas miedo de dejarte guiar por el Espíritu Santo. La santidad no te hace menos humano, porque es el encuentro de tu debilidad con la fuerza de la gracia. En el fondo, como decía León Bloy, en la vida «existe una sola tristeza, la de no ser santos[4]» (GE 34). La santidad, por tanto, es ante todo «la libertad de una existencia que está abierta, porque se encuentra disponible para Dios y para los demás» (GE 129).

Lo más alto son las personas

Cuando el Papa habla de «apuntar más alto» hay que tener cuidado porque no se trata de apuntar a un «idealmás alto», que nos produce vértigo y nos da miedo. Se trata de apuntar «al Altísimo», a la persona del Padre, a Jesús, al Espíritu. Y a eso «altísimo» que en cada persona es su dignidad. Apuntar a «tratar con dignidad» a toda persona. Ese es el valor más alto y a la vez más concreto que nos puede movilizar y no paralizar.

La tentación del Maligno va contra la libertad, las otras tentaciones son distractivas…

Esta libertad interior no es automática: seremos tentados por el maligno a no ser libres, a dejarnos esclavizar (las otras tentaciones son “señuelos” para pescarnos, son distractivas, aunque parezcan muy malas y den mucha culpa, no son la principal tentación).

Y esta tentación contra la libertad nos viene incluso cuando rezamos, es decir con “señuelos buenos”: «Podría ocurrir – dice Francisco – que en la misma oración evitemos dejarnos confrontar por la libertad del Espíritu, que actúa como quiere” (GE 172). Es decir: podemos rezar cosas muy piadosas pero que no muerden el duro carozo de la conquista de la libertad.

“Hay que recordar -dice el Papa- que el discernimiento orante requiere partir de una disposición a escuchar (escuchar, no hablar solos): al Señor, a los demás, a la realidad misma que siempre nos desafía de maneras nuevas. Solo quien está dispuesto a escuchar tiene la libertad para renunciara su propio punto de vista parcial o insuficiente, a sus costumbres, a sus esquemas. (…) No basta que todo vaya bien, que todo esté tranquilo. Dios puede estar ofreciendo algo más, y en nuestra distracción cómoda no lo reconocemos» (GE 172).

Este «más» del que habla el Papa, como decíamos, va por el lado de las personas, no de los ideales abstractos. Si renuncio a cosas será por amor a las personas con las que compartiré esas cosas (o mi tiempo), no para ejercitarme en una especie de físico-culturismo espiritual que haría crecer los músculos de mi libertad.

Las tentaciones del Espíritu contra la libertad van por el lado de «idealizarla» tanto que termina por causar rechazo, vértigo. También va por el lado de hacernos creer que es cuestión de fuerza de voluntad, lo cual termina por desilusionar ya que no tenemos tanta «fuerza de voluntad».  De esto habla el papa cuando habla de gnosticismo y pelagianismo: dos modos de distraernos de la verdadera libertad que el Espíritu da como don. Francisco nos entusiasma en cambio con una santidad distinta: que mira a los otros, que nos hace salir de mirarnos a nosotros mismos para mirar a Jesús y a los demás: «Miremos a Jesús: su compasión entrañable no era algo que lo ensimismara, no era una compasión paralizante, tímida o avergonzada como muchas veces nos sucede a nosotros, sino todo lo contrario. Era una compasión que lo movía asalir de sí con fuerza para anunciar, para enviar en misión, para enviar a sanar y a liberar. Reconozcamos nuestra fragilidad pero dejemos que Jesús la tome con sus manos y nos lance a la misión. Somos frágiles, pero portadores de un tesoro que nos hace grandes y que puede hacer más buenos y felices a quienes lo reciban. La audacia y el coraje apostólico son constitutivos de la misión» (GE 131).

Las tentaciones son muchas y variadas

«Como el profeta Jonás, siempre llevamos latente la tentación de huir a un lugar seguro que puede tener muchos nombres: individualismo, espiritualismo, encerramiento en pequeños mundos, dependencia, instalación, repetición de esquemas ya prefijados, dogmatismo, nostalgia, pesimismo, refugio en las normas. Tal vez nos resistimos a salir de un territorio que nos era conocido y manejable. Sin embargo, las dificultades pueden ser como la tormenta, la ballena, el gusano que secó el ricino de Jonás, o el viento y el sol que le quemaron la cabeza; y lo mismo que para él, pueden tener la función de hacernos volver a ese Dios que es ternura y que quiere llevarnos a una itinerancia constante y renovadora» (GE 134).

La gracia fundante: se nos da elegir ser quienes somos

«No tengas miedo de la santidad. No te quitará fuerzas, vida o alegría. Todo lo contrario, porque llegarás a ser lo que el Padre pensó cuando te creó y serás fiel a tu propio ser» (GE 32). La base de esta actitud está en la primera parte del Principio y fundamento: «Necesitamos ‹consentir jubilosamente que nuestra realidad sea dádiva, y aceptar aun nuestra libertad como gracia. Esto es lo difícil hoy en un mundo que cree tener algo por sí mismo, fruto de su propia originalidad o de su libertad[5]›».

Es decir: sólo si reconocemos que toda nuestra vida es don, no estaremos ansiosos por «apoderarnos de algo», ya que todo lo que somos lo tenemos por gracia. Y la libertad misma es don, que se goza «ejercitándola», pero no haciendo lo que se me ocurra de modo caprichoso, sino ejercitándola primero allí donde estoy obligado y debo hacerme responsable: hacerlo libremente, por amor y en señal de agradecimiento, esa es la clave.

Lo mejor está por venir

Lo lindo de la santidad concebida como libertad es que nos abre a la novedad: lo mejor está por venir: «Dios siempre es novedad, que nos empuja a partir una y otra vez y a desplazarnos para ir más allá de lo conocido, hacia las periferias y las fronteras. Nos lleva allí donde está la humanidad más herida y donde los seres humanos, por debajo de la apariencia de la superficialidad y el conformismo, siguen buscando la respuesta a la pregunta por el sentido de la vida. ¡Dios no tiene miedo! ¡No tiene miedo! Él va siempre más allá de nuestros esquemas y no le teme a las periferias. Él mismo se hizo periferia (cf. Flp2,6-8; Jn1,14). Por eso, si nos atrevemos a llegar a las periferias, allí lo encontraremos, él ya estará allí. Jesús nos primerea en el corazón de aquel hermano, en su carne herida, en su vida oprimida, en su alma oscurecida. Él ya está allí» (GE 135).

«En este camino – dice el Papa –, el desarrollo de lo bueno, la maduración espiritual y el crecimiento del amor son el mejor contrapeso ante el mal. Nadie resiste si opta por quedarse en un punto muerto, si se conforma con poco, si deja de soñar con ofrecerle al Señor una entrega más bella. (GE 163).

Lo mejor está tanto en lo grande como en lo pequeño

«Se trata de no tener límites para lo grande, para lo mejor y más bello, pero al mismo tiempo concentrados en lo pequeño, en la entrega de hoy. Por tanto, pido a todos los cristianos que no dejen de hacer cada día, en diálogo con el Señor que nos ama, un sincero «examen de conciencia». Al mismo tiempo, el discernimiento nos lleva a reconocer los medios concretos que el Señor predispone en su misterioso plan de amor, para que no nos quedemos solo en las buenas intenciones» (GE 169).

El discernimiento – del que habla el Papa –, en definitiva, conduce a la fuente misma de la vida que no muere, es decir, conocer al Padre, el único Dios verdadero, y al que ha enviado: Jesucristo (cf. Jn17,3). No requiere de capacidades especiales ni está reservado a los más inteligentes o instruidos, y el Padre se manifiesta con gusto a los humildes (cf. Mt11,25). (GE 170).

Lo mejor es la misión misma

«Tal actitud de escucha implica, por cierto, obediencia al Evangelio como último criterio, pero también al Magisterio que lo custodia, intentando encontrar en el tesoro de la Iglesia lo que sea más fecundo para el hoy de la salvación. No se discierne para descubrir qué más le podemos sacar a esta vida, sino para reconocer cómo podemos cumplir mejor esa misión que se nos ha confiado en el Bautismo, y eso implica estar dispuestos a renuncias hasta darlo todo» (GE 174).

«Cuando escrutamos ante Dios los caminos de la vida, no hay espacios que queden excluidos. En todos los aspectos de la existencia podemos seguir creciendo y entregarle algo más a Dios, aun en aquellos donde experimentamos las dificultades más fuertes. Pero hace falta pedirle al Espíritu Santo que nos libere y que expulse ese miedo que nos lleva a vedarle su entrada en algunos aspectos de la propia vida. El que lo pide todo también lo da todo, y no quiere entrar en nosotros para mutilar o debilitar sino para plenificar. Esto nos hace ver que el discernimiento no es un autoanálisis ensimismado, una introspección egoísta, sino una verdadera salida de nosotros mismos hacia el misterio de Dios, que nos ayuda a vivir la misión a la cual nos ha llamado para el bien de los hermanos.

(GE 175).

El examen de conciencia hecho “a pedido”

Terminamos con un pedido del Papa Francisco a todos nosotros: «Pido a todos los cristianos que no dejen de hacer cada día, en diálogo con el Señor que nos ama, un sincero «examen de conciencia». Al mismo tiempo, el discernimiento nos lleva a reconocer los medios concretos que el Señor predispone en su misterioso plan de amor, para que no nos quedemos solo en las buenas intenciones (GE 169).

El Papa no nos pide muchas cosas. No es un Papa que esté dando a la Iglesia muchos preceptos y normas. Más bien los que lo acusan lo acusan de lo contrario: se escandalizan que no precise más las leyes! Pues bien, aquí hay un pedido suyo muy concreto: nos pide que hagamos el examen de conciencia (que San Ignacio hacía hacer todos los días y hasta dos veces: a mediodía y al atardecer). Es un pedido simple, como el pedido de que no nos olvidemos de rezar por él (que reza por todos nosotros). Pero hay que entenderlo bien, porque si uno se examina como quien hace la caja, se cansa pronto.

Qué hay que examinar?

«Somos libres, con la libertad de Jesucristo, pero él nos llama a examinar lo que hay dentro de nosotros―deseos, angustias, temores, búsquedas― y lo que sucede fuera de nosotros —los «signos de los tiempos»— para reconocer los caminos de la libertad plena: «Examinadlo todo; quedaos con lo bueno» (1Ts5,21) (GE 168).

Con qué actitud?

«Hay que perderle el miedo a la presencia (de Dios) que solamente puede hacernos bien. Es el Padre que nos dio la vida y nos ama tanto. Una vez que lo aceptamos y dejamos de pensar nuestra existencia sin él, desaparece la angustia de la soledad (cf. Sal139,7). Y si ya no ponemos distancias frente a Dios y vivimos en su presencia, podremos permitirle que examine nuestro corazón para ver si va por el camino correcto(cf. Sal139,23-24). Así conoceremos la voluntad agradable y perfecta del Señor (cf. Rm12,1-2) y dejaremos que él nos moldee como un alfarero(cf. Is29,16) (GE 51).

Un recurso cinematográfico

Una propuesta para hacer el examen es la de hacerlo como si editáramos una película de nuestro día. Si pensamos el examen como rebobinar el día, esta tarea de «editar» es fundamental. Porque no se trata de recordar todo lo que hicimos como si fuera volver a ver una película aburrida que ya vimos, sino de elegir escenas y cortar otras.

Para esto tenemos que centrarnossolo en la mejor escena del día, allí donde hayamos sentido algo especial. Y a esa escena darle espacio. Es decir: interactuar con ella, agrandarla, mejorarla, descubrir detalles que no vimos, gustar la presencia de la gracia y del Espíritu que estuvo allí. Otras escenas del día, intrascendentes o no tanto, las podemos cortar, directamente. Y quedarnos con aquello que de este día podrá entrar en la película de mi vida para la eternidad.Veremos que se tratará de pequeñas escenas en las que estuvo en juego alguna bienaventuranza y alguna obra de misericordia. Todo lo demás, es material de descarte.

 

Momento para contemplar

Linda propuesta la del Papa Francisco, de ayudarnos a caminar en libertad, e invitarnos a mirar el dia que hemos vivido para descubrir la presencia de Dios que nos acompaña sin que nos demos cuenta…

Me ayuda mucho, este versículo del Profeta Miqueas:

“Se te ha indicado, hombre, qué es lo bueno y qué pide de ti el Señor: nada más que practicar la justicia, amar la fidelidad y caminar humildemente con tu Dios…”

Quizás, una ayuda para hacer este ejercicio espiritual, es descubrir como  en el día he practicado la justicia…

Como he sido fiel a la misión que se me confía…

Y si mi caminar está yendo de la mano de Dios, que en humildad se hace compañero de camino de nuestra vida cotidiana…

Aquí, les dejo una linda propuesta de buscar a Dios en la propia vida…

Busco a Dios en la vida

Al finalizar el día me sereno y me dispongo para compartir mi día con mi Señor.

* Pido luz para reconocer las señales y la acción de Dios en este día.

*Le cuento a Jesús cómo me ha ido hoy: mis actividades, experiencias, encuentros, dificultades, estados de ánimo, etc.

* Le doy gracias por lo que hoy he vivido.

No importa lo que haya sucedido, todo me puede ayudar a crecer: “Señor, por todo, gracias!”.

* ¿Cuál ha sido el momento de mayor cercanía de Jesús?

Jesús siempre nos sorprende, pero son claras las señales de su presencia: paz, motivación, libertad y alegría, perdón, esperanza, entrega, gratitud, etc. ¿En qué momentos del día he tenido esos sentimientos?

* A que me invitó hoy Jesús? ¿Qué propuestas me hizo?  (en las personas, situaciones, sentimientos, deseos…)

¿Cuál ha sido mi respuesta?

* Le pido perdón por mis faltas y omisiones, porque  muchas veces me quedo a mitad de camino.

Pido perdón a quienes hoy ofendí. Doy mi perdón a quienes me lastimaron.

Me doy a mí mismo /a  el perdón que Jesús me regala.

* Le presento las personas con las hoy me he relacionado, con sus necesidades y deseos para que las bendiga.

* Miro con esperanza el día de mañana. Renuevo mi amistad con el Señor y mi deseo de amar y servir:

“Señor, Tú lo sabes todo, Tú sabes que te amo”.

* Le pido la bendición a María.

 

[1]Cfr. https://www.applesfera.com/iphone/compensa-usar-una-funda-en-el-iphone.

[2]Sta. Teresa de Lisieux, ManuscritoC, 29v-30r.

[3]Cristo en los pobres, Madrid 1981, 37-38.

[4]La mujer pobre, II, 27.

[5]Lucio Gera, “Sobre el misterio del pobre”, en P. Grelot-L. Gera-A. Dumas, El Pobre,Buenos Aires 1962, 103.

 

 

4. Discernir la presencia del Maligno y no dejar que maltrate nuestros límites

 

En este encuentro vamos a tratar el discernimiento que debemos hacer después de confesarnos de nuestros pecados. Es algo especial, no muy habitual, incluso para los sacerdotes, pero que cuando uno lo reflexiona tiene mucho sentido y es muy liberador.

Para ilustrarlo nada mejor que una charla que el Papa Francisco tuvo este año con los sacerdotes de Roma. Está en lenguaje coloquial.

Un cura le había preguntado acerca de todas las circunstancias que hacen que el ministerio (y la vida cristiana, diría yo) sea difícil de sostener con perseverancia en el mundo de hoy. El Papa le responde remarcando que:

«… Hay que individuar nuestros límites:  (Digo que es importante…) el diálogo con los límites en el sentido de (preguntarme) qué puedo hacer con este límite, cómo (puedo) sobrellevar este límite. Discernir entre los límites…

La pregunta puede asustarnos, porque hay muchos límites, muchas circunstancias que nos desaniman… Y la respuesta es: Hay un camino (para enfrentar todas las circunstancias adversas): es tu estilo sacerdotal (y laical), el diálogo con tus límites, el discernimiento (de) los límites, incluso con (todas) estas circunstancias. No tengas miedo a esto: a discernir incluso tus pecados.

Porque los pecados son perdonados, es cierto. El Sacramento de la Confesión es para esto; pero no termina todo allí. Tu pecado proviene de una raíz, de un pecado capital, de una actitud, y esto es un límite que hay que discernir.

Es otra manera, diferente de pedir perdón por el pecado. No (diciendo): «tengo este problema, lo confesé, se acabó». No!  No termina ahí. El perdón está ahí, pero luego tienes que dialogar con la tendencia que te llevó aun pecado de orgullo, de vanidad, de celos, de chismes, no sé … ¿Qué me lleva a ello? (Debo) Dialogar con el límite que tengo dentro y discernir.

Y el diálogo con estos límites, siempre – para ser eclesial –  se debe hacer frente a un testigo, alguien que me ayude a discernir. Y ahí es muy importante la confrontación: Esto que me pasa a mí, confrontarlo con otro.

Confrontarse. Y ahí [se trata de] buscar un hombre sabio. Un hombre sabio es la figura eclesial del padre espiritual, que comienza con  los monjes del desierto: El que te guía, el que te ayuda,  el que dialoga contigo, que te ayuda a discernir.

No es suficiente confesar los pecados: esto es importante, porque allí – y siempre lo he sentido como una de las cosas más bellas del Señor – está la humildad de un pecador y la misericordia de Dios, que se encuentran y se abrazan- ; es un bellísimo momento de la Iglesia, ese del perdón de los pecados. Pero no es suficiente.

También eres responsable de una comunidad (de tu familia, de tus amigos), tienes que seguir adelante y para eso necesitas una guía. Les digo que no tengan  miedo; también a los jóvenes: Empiecen con esto desde jóvenes. Busquen. Hay hombres sabios, hombres de discernimiento que ayudan mucho y acompañan tanto» (FRANCISCO, Encuentro con los sacerdotes de Roma, 15 de febrero de 2018).

Combate contra el Maligno

Tomamos pues la recomendación de Francisco acerca de la necesidad de discernir las raíces de nuestros pecados y complementamos el tema de las propias inclinaciones y de la mentalidad mundana con el tema del Maligno, del demonio. Se trata de saber discernir su presencia y no dejarlo que maltrate nuestros límites, esos que surgen cuando pecamos.

En su Exhortación apostólica «Alégrense y regocíjense» el Papa, hablando de que la vida espiritual es lucha, dice que:

«No se trata solo de un combate contra el mundo y la mentalidad mundana, que nos engaña, nos atonta y nos vuelve mediocres sin compromiso y sin gozo. Tampoco se reduce a una lucha contra la propia fragilidad y las propias inclinaciones (cada uno tiene la suya: la pereza, la lujuria, la envidia, los celos, y demás). Es también una lucha constante contra el diablo, que es el príncipe del mal. Jesús mismo festeja nuestras victorias»(GE 159).

Por tanto, detrás de la mentalidad mundana que promueve las actitudes egoístas e injustas y detrás de la raíz interior de mis debilidades que se expresan en los pecados, lo primero que hay que discernir es la acción del Mal espíritu que se aprovecha de estas cosas para mal.

Ayuda mucho caer en la cuenta de que, en sí mismo, un pecado si dejamos que sea Jesús el que lo trate -con su comprensión, su misericordia y su poder de recrear la vida y de sacar bienes de los males- se puede convertir en una fuente de gracia. En cambio, si encima que hemos pecado, permitimos que el Mal espíritu lo gestione, el mal se multiplica. Por eso, más allá de clarificar lo que es un pecado y sus raíces, es de vital importancia identificar el modo de tratar nuestras faltas que tiene Jesús y el modo que tiene el demonio.

Hoy en día hay que remontar las imágenes con que se personificó al demonio en otras épocas, sabiendo distinguir entre la realidad profunda a la que se alude y el modo como se la expresa. Ya no sirve personalizarlo con cuernos, tridente y fuego. Por eso el punto es encontrar nuestro modo. «Personalizar» al Maligno requiere discernimiento.

Discernimiento en el sentido de todo el proceso de discernimiento, no solo el discernimiento considerado como resultado final. No tenemos que pensar que cuando nos damos cuenta de que, en algo malo que hicimos, hubo “alguien que le echó leña al fuego”, por decirlo así,  basta con nombrar al demonio para conocerlo. El nombrarlo no significa  que logremos hacerlo visible como si le hubiéramos sacado una foto o hubiéramos descubierto el rastro de su ADN. El demonio es maestro en escaparse, en disimular su presencia y en borrar sus rastros… Sin embargo, en un proceso – pongamos por ejemplo una reunión en la que las cosas iban bien y de pronto algo pasó que hizo que se terminara a los gritos y todos peleados-, es posible con la ayuda del Espíritu Santo reconocer la acción del Maligno. Se lo reconoce por sus efectos destructivos. Luego, reflexionando sobre cómo se dieron las cosas, podemos descubrir por dónde entró, cuál fue la palabra o el gesto que aprovechó para hacer terminar mal algo que iba bien.

Si uno tiene dificultades “racionales” a la hora de aceptar que se personalice al demonio, le puede ayudar lo que el Papa dice en los números 160-161 de su Exhortación. Allí afirma que, para reconocer al demonio, no basta con el sentido común, sino que hace falta la fe, el sentido sobrenatural. Y si uno, ejercitando la fe que nos despierta Jesús, escucha con atención lo que el Señor enseña, se dará cuenta de que en el Padre nuestro, el Señor nos enseña a repetir cotidianamente al Padre: libranos del Maligno. Jesús no se refiere al mal en abstracto sino que “indica un ser personal que nos acosa” (GE 160).

Pedir al Padre que nos libere del Maligno es tan concreto como pedirle el pan de cada día. Desde esa óptica personalizante se puede entender que la petición  que dice “no nos dejes caer en la tentación”, significa (también) que no nos deje caer en las tentaciones del demonio (GE 158). Es decir: hay tentaciones que provienen del mundo, otras de nuestras inclinaciones y otras que son directamente del Maligno. Estas son principalmente las tentaciones contra el evangelio (GE 159).

Lo interesante del número 161 es que la exhortación del Papa a no pensar que el Maligno “es un mito, una representación, un símbolo, una figura o una idea”, no sigue el camino de “representarlo” de una manera conceptual más convincente, sino que desemboca en una advertencia: “Ese engaño nos lleva a bajar los brazos, a descuidarnos y a quedar más expuestos…”

Expuestos a qué? No a una posesión sino a un veneno: “El no necesita poseernos. Nos envenena con el odio, con la tristeza, con la envidia, con los vicios⁠“.

E inmediatamente refuerza el Papa el argumento práctico, haciéndonos ver que el demonio “aprovecha para destruir nuestra vida, nuestras familias, nuestras comunidades”. Recién entonces pone la única “imagen” que usa y que toma del Nuevo Testamento, afirmando que destruye “porque ‘como león rugiente, ronda buscando a quien devorar (1 P 5, 8)’”.

Tomando pie en este «rugido», pienso que más que utilizar «imágenes» del maligno (todas terminan siendo caricaturas) puede ser útil hablar de «sonidos». Lo auditivo puede ayudar más que lo visivo.

Se trata de «personalizar» una voz, un tono y una lógica: la lógica de un discurso totalmente contradictorio con la lógica del amor.

Reflexión sobre el mal

Es necesario preparar el terreno haciendo algunas reflexiones acerca del mal que nos abran la mente para recibir lo que las imágenes evangélicas y bíblicas nos quieren transmitir.

La primera reflexión es que del mal hay que o alejarse o combatirlo, ambas cosas decididamente. Y si en el combate se ve que no se lo puede exterminar, hay que intentar neutralizarlo (atar al perro rabioso, como dice el Papa).

La segunda reflexión es que el mal no solo es un problema sino que es un misterio. Los problemas se resuelven. El misterio, cuanto más lo medito, más caigo en la cuenta de que no lo puedo agotar. Y aquí viene una cuestión práctica que es clave: si el misterio es el bien, cuanto más lo contemplo, estudio y practico, más se dilata mi corazón. El misterio me ensancha el alma, me hace crecer, me lleva a desear más. En cambio, si el misterio es el mal y la iniquidad, querer escudriñarlo es peligroso y nocivo.

Dice un autor anónimo: “Uno no debería ocuparse del mal, sin mantener cierta distancia y cierta reserva. Esto si uno desea evitar el riesgo de ver paralizado su ímpetu creativo y un riesgo aún mayor: el de proporcionar armas a los poderes del mal. Uno puede captar profundamente, es decir, intuitivamente, solo lo que uno ama. El amor es el elemento vital del conocimiento profundo, el conocimiento intuitivo. Ahora, uno no puede amar el mal. El mal es, por lo tanto, incognoscible en su esencia. Uno puede entenderlo solo a distancia, como observador de su fenomenología”.

La tercera reflexión dice así: «El mal se encuentra allí donde se vive y se ejerce la intersubjetividad, allí donde lo real surge con dimensión humana». Es decir, donde no hay relación intersubjetiva -en un terremoto, por ejemplo, en un perro que te muerde o en un virus que te enferma-, uno no se la agarra con la tierra, con el animal o con el virus; sabe que el movimiento de estos seres no se dirige «contra uno como persona», sino que cada ser sigue su curso natural y hace lo que es bueno para él y para su especie. En cambio cuando entramos en el ámbito interpersonal, el mal se personaliza y adquiere otra dimensión. Lo que uno «mide» no es solo el hecho físico de que alguien te pegue, por ejemplo, sino «la fuerza de la intención de hacerte mal» que depende de la libertad y de la inteligencia del otro.

Esto nos lleva a una cuarta reflexión acerca de cómo “personalizar bien al mal”. Esto implica que no hay que demonizar a las personas (si bien algunas que son extremadamente malas deben ser evitadas, neutralizadas y combatidas decididamente si no queda otra manera de evitar que dañen, sobre todo a inocentes), ni hay que demonizar a las estructuras, lo cual es una manera de “despersonalizar el mal”, de quitarle rostro y voluntad.

Hay que demonizar solo al Maligno. Pero al hacerlo hay que saber que cuando decimos que es persona, qué signifique «ser persona espiritual mala» es un misterio que nos excede. No lo podemos definir ni terminar de conocer su esencia. Sí podemos, en cambio, reconocer su modo de comportarse, su lógica y sus efectos.

La última reflexión es que, acerca de su ser personal, podemos decir una cosa: que no se «relaciona» en primer lugar con nosotros, como pequeños seres humanos, sino que su problema es con Dios. Y no con Dios «en el cielo», donde su problema ya fue resuelto de una vez para siempre cuando perdió la batalla y fue arrojado al infierno, sino con Dios hecho hombre, con Jesús. Y cuando actúa contra Jesús, ahí sí, que nos implica a nosotros. Si no, quizás no le interesaríamos, ya que él es puro espíritu y nosotros somos seres de carne. El demonio se manifiesta y actúa con especial ferocidad cuando tiene enfrente a Jesús – el Dios hecho carne-, cuando se trata de algo que tiene que ver de modo particular con Jesús.

Estas reflexiones se traducen -y esto es lo que importa- en dos actitudes prácticas. Una, que cuando sufrimos el ataque de sus acusaciones, seducciones, mentiras e intimidaciones… etc., se nos debe prender la lamparita de que está queriendo evitar que Jesús nos de una gracia. El demonio está luchando contra Él! Contra Él en nosotros, ciertamente, pero en primer lugar contra Jesús!

Esto ayuda a enfrentarlo mejor. Ayuda a comprender por qué a veces sus ataques son desproporcionados, si «uno no ha hecho nada para tener tales tentaciones». Es que el demonio está queriendo impedir algo del plan de Dios, que cuenta con nosotros y quiere servirse de nuestra colaboración para hacer el bien a tantas personas, especialmente a los más pobres.

La otra actitud práctica a seguir es decir así: «no soy yo el que te nombra directamente  como persona», como si pretendiera que te conozco y que te puedo expulsar de mi vida, sino que te enfrento y te reto diciendo estas palabras: “En Nombre de Cristo, aléjate de mí Satanás”. Es decir: no lo nombro yo como si «supiera lo que estoy diciendo o que lo conozco bien», sino que «en Nombre de Cristo lo alejo».

El león y la serpiente

El Papa utiliza dos imágenes para describir el modo de accionar «sonoramente» del Maligno: la del león rugiente, que con su rugido nos mete miedo, y la de la Serpiente, que que con su voz sibilina nos seduce y envenena. “La ‘lógica de la serpiente’, capaz de camuflarse en todas partes y morder” (…) La estrategia de este hábil ‘padre de la mentira’ (Jn 8, 44) es la mímesis, una insidiosa y peligrosa seducción que se abre camino en el corazón del hombre con argumentaciones falsas y atrayentes” (FRANCISCO, Mensaje para la 52 Jornada Mundial de las comunicaciones sociales, 2018).

A partir de las imágenes evangélicas señalamos las dos grandes características del accionar del demonio: el hacernos sentir miedo y el querer seducirnos.

Podemos así discernir que estas dos voces o “tonos de voz”, el que nos mete miedo y el que es seductor, son radicalmente opuestas a la voz del Buen Pastor, que nos pacifica y nos estimula a ejercer nuestra libertad.

Dios no ruge como el león rapaz y agresivo. Su voz es poderosa y majestuosa en el Antiguo Testamento y se vuelve mansa y dulce en Jesús.

Jesús no grita, no es agresivo;  sino que es humilde y misericordioso. …. Jesús no tiene el tono agresivo del que acusa, Él es nuestro Paráclito, nuestro abogado defensor.

Su voz tampoco es como la de la serpiente, seductora y engañadora. Jesús dice siempre la verdad y no seduce con mentiras. Si fascina es porque llama, invita, e interpela a seguirlo libremente.

 

Momento para contemplar

Es una Gracia, poder rumiar y contemplar nuestros pecados y nuestros límites, en el Mes del Sagrado Corazón de Jesús…

Frente al Corazón de Jesús podemos mirarnos como en un espejo, en el que se refleja nuestra verdadera imagen, donde dice: “Sos mi hija muy amada / Sos mi hijo muy amado…”

Acercarnos al Corazón de Jesús, es lugar seguro. Es lugar de confianza. Es sentirnos en casa…

El P. Diego, nos mostraba una actitud práctica para alejar el mal, nombrando al Señor Jesús, ya que solo el Dulce Nombre de Jesús, vuelve a encender la luz de paz en el propio corazón. Luz que muchas veces parece frágil, sin embargo, esa luz nos ha acompañado desde siempre…

Comparto, este texto del Papa Francisco, que nos puede ser de ayuda, para rezar y dejarnos perdonar y consolar por la misericordiosa ternura de nuestro Dios,  ante nuestros límites y pecados…

“El Corazón de Jesús, es el Corazón del Buen Pastor no es sólo el corazón que tiene misericordia de nosotros, sino es la misericordia misma.

Ahí resplandece el Amor del Padre; ahí me siento seguro de ser acogido y comprendido como soy; ahí, con todas mis limitaciones y mis pecados, saboreo la certeza de ser elegido y amado.

Al mirar a ese corazón, renuevo el primer amor: el recuerdo de cuando el Señor tocó mi alma y me llamó a seguirlo, la alegría de haber echado las redes de la vida confiando en su palabra (cf. Lc 5,5).

El corazón del Buen Pastor nos dice que su amor no tiene límites, no se cansa y nunca se da por vencido.

En él vemos su continua entrega sin algún confín; en él encontramos la fuente del amor dulce y fiel, que deja libre y nos hace libres; en él volvemos cada vez a descubrir que Jesús nos ama «hasta el extremo» (Jn 13,1), sin imponerse nunca…

El Señor nos mira siempre con misericordia, nos espera con misericordia. ¡No tengamos miedo de acercarnos a Él! ¡Tiene un corazón misericordioso! Si le mostramos nuestras heridas interiores, nuestros pecados, Él nos perdona siempre. ¡Es pura misericordia! No olvidemos esto: es pura misericordia ¡Vayamos a Jesús!

Te invito a terminar rezando:

Danos, Jesús, un Corazón(Guillermo Rosas ss.cc.)

Danos, Jesús, un corazón
como el que fue mecido en el pesebre,
un corazón confiado en manos de otros,
un corazón de niño, un corazón alegre.

Señor, danos un corazón
como el de tu trabajo de artesano:
que haga del mundo una gran casa
donde vivamos todos como hermanos,
un corazón que labre vida nueva
en los surcos del tiempo sin descanso.

Danos, Jesús, un corazón
como el que predicó por los caminos,
un corazón que grite desde los tejados,
un corazón misionero y peregrino.

Señor, danos un corazón
que acoja a los pequeños y sufrientes,
que haga brotar la vida en cada rostro,
y a los pobres arranque de la muerte,
un corazón abierto, sin fronteras,
cercano y generoso, fiel y valiente.

Danos, Jesús, un corazón,
como el que fue mecido por María,
un corazón confiado hasta el extremo
en las manos del Padre de la Vida.

 

 

5. Escuchar el llamamiento del Señor a la santidad

 

«Que vuelva a resonar, una vez más, el llamado a la santidad»

En Gaudete et exsultate Francisco hace un «llamamiento» universal a la santidad, a la alegría del amor. Universal no quiere decir «en general», quiere decir a todos pero tomado cada uno en concreto, con nombre y punto en el que se encuentra en el camino de su vida. Y «alegría» del amor, no es la alegría como estado de ánimo pasajero, sino la alegría inmediata y duradera que sólo Cristo encarnado, muerto y resucitado puede dar. Es la alegría de pode amar en el contexto actual, en toda situación. El llamado es al «en todo amar y servir» de Ignacio y a la contemplación para «crecer en el amor». Aquí y a partir de ahora. Este llamamiento, en los Ejercicios Espirituales, tiene su meditación propia: la del rey temporal que ayuda a contemplar al Rey eternal (EE 91-99).

El Papa  desea que «vuelva a resonar el llamamiento». Y califica de «humilde objetivo» esto de que el llamado resuene. Humilde y potente en sentido evangélico: como la levadura que fermenta toda la masa. El llamamiento de Jesús -El reino de los cielos está cerca, crean y conviértanse!- es el punto de partida real de todo lo demás que Jesús quiere hacer. El llamamiento suscita la Fe.

Si nos fijamos en el actuar conjunto del Padre y Jesús, constatamos que el Padre confía toda la actuación en manos de su Hijo. Y cuando interviene, con majestad soberana, es para manifestar su agrado y predilección por Jesús. Su único mandamiento es que «escuchemos a su Hijo amado». Eso basta.

Por qué basta escucharlo? Por que Jesús no solo dice cosas, El es la Palabra en la que fuimos creados. Escucharlo a Él exteriormente -en el Evangelio- es escucharlo en el interior de nuestro corazón, en las fibras de nuestro ADN.

Es tan familiar la voz de nuestro Pastor, que al reconocerla nuestro corazón no puede no seguirlo. Es tan verdadero su mensaje, tan claro y posible de realizar y de cumplir  lo que nos manda y aconseja, que si «no somos sordos a su llamamiento» seguramente lo podremos seguir y hacer todo lo que Él nos diga.

Cuando en el Padre nuestro decimos «hágase tu voluntad», no siempre pensamos en esto: que la voluntad del Padre se contiene entera en que escuchemos a Jesús.  Pareciera un trámite y sin embargo es todo lo contrario. Lo que hace el Padre es abrirnos el espacio infinito de la oración como «escuchar a Jesús». Que el Creador, el Omnipotente, el Misericordioso, el Más Grande, nos de a conocer su Voluntad en un sólo mandamiento es algo digno de atención.

La oración se convierte así en la primera tarea del día: ir a escuchar al Jefe porque lo dice el Jefe supremo. Yo en Ejercicios, que es donde recupero este espacio de oración cotidiana como lo más importante, me suelo preguntar cómo es que se me ocurre siquiera enfrentar el día y salir sin rezar. Soy como el empleado que no saluda al Jefe de mañana para preguntarle si tiene algo especial para encomendarle.

Una cosa más sobre esto de escuchar. Cuando uno dice a otro «escuchá», lo que le está diciendo es «escuchá bien». Sin  el ruido de los prejuicios, sin la sordera del juicio apresurado. Lo que le agrada al Padre es que el llamado de Jesús pueda resonar libre de interferencias para así poder suscitar la Fe.

Llamamiento al servicio alegre imitando a Jesús

En la meditación del Rey y en la de Dos Banderas, Ignacio nos hacer ver que existe un reino en el que el cristiano puede cumplir con su propio deber de servir libre y gozosamente, como un noble caballero: el reino de Dios en la Iglesia» (H. Rahner).

La meditación del Rey -centrada en el llamamiento de Jesús- nos permite «re-consagrar» la palabra «servicio». Es una palabra santa pero que puede haber adquirido connotaciones si no de obligación (porque hacemos mucho servicio voluntario), sí de eficientismo. E Ignacio libera el servicio del eficientismo externo y liga su eficacia al hacer las cosas con Jesús y como Jesús. Es esencial al servidor que haga las cosas al estilo de Jesús. El estilo no solo como modo de trabajar y de usar las cosas sino, y de manera muy especial, el estilo en cuanto modo de compadecer: involucrado, cercano, tierno, comprensivo, generoso… y todo el infinito mundo de matices que tiene Jesús compasivo.

El llamamiento de Cristo dice así: “Quien quisiere venir Conmigo, tiene que trabajar Conmigo, porque siguiéndome en la pena también me siga en la gloria” (EE 95). Un poco antes, en el ejemplo del rey temporal agregaba: «Ha de estar contento de comer como yo, y así de beber y vestir, etc. (El «etcétera» de Ignacio es invitación a imaginar todo aquello en lo que podemos imitar «el estilo de Jesús» en cosas que hacen a la vida privada e influyen en la misión); asimismo tiene que trabajar conmigo en el día y vigilar en la noche, etcétera (en este etcétera podemos imaginar cuáles era los trabajos de Jesús: predicar, visitar, conversar, perdonar, sanar, acompañar, enseñar…-; y también su vigilancia: profetizar, discernir el mal espíritu, prever y preparar a los suyos…); porque así tenga parte conmigo en la victoria, como la ha tenido en los trabajos» (EE 93).

De hecho, la alegría de la que habla Ignacio -esa expresión suya «será contento» (que significa conformarse -contentarse- pero con alegría -contento- no con cara de vinagre) la alegría, digo, tiene más que ver, en esta vida, con imitar a Jesús en pasar pobreza, injurias y vituperios, que con la victoria exterior, que más bien es una alegría que se reserva para el final, para el cielo.

De esto habla el Papa en Evangelii Gaudium cuando dice que no hay que separar misión y vida privada, ya que cada uno de nosotros puede decir, humildemente pero de verdad: «En el corazón de mi Pueblo yo soy una misión» (EG 273).

Esta coherencia de vida, el no separar la misión (donde uno es más generoso) de la vida privada (donde uno se reserva sus espacios) no es posible, dice Francisco, si uno no se sitúa en el corazón de nuestro pueblo: “Si uno separa la tarea por una parte y la propia privacidad por otra, todo se vuelve gris y estará permanentemente buscando reconocimientos o defendiendo sus propias necesidades. Dejará de ser pueblo” (EG 273). La gente que realiza con absoluta seriedad y responsabilidad los oficios más humildes en nuestra sociedad nos da ejemplo cotidiano de lo que significa «ser pueblo», sentirse uno más, en un trabajo pequeño, quizás, pero importante para que funcione la comunidad. El Papa habla del «maestro de alma», de la «enfermera de alma», del «político de alma» (hay muchos que sí la tienen y que no la han vendido ni están indecisos).

La pertenencia a un pueblo es una pertenencia espiritual. No basta con tener la misma sangre o habitar el mismo suelo: se pertenece en la medida en la que uno cumple su misión en orden al bien común de su gente. Es una pertenencia que se puede incrementar o perder (no solo en un país de misión sino dentro de la propia cultura y país) según uno concrete o no la decisión de ser con y para los demás. Pueblo, en sentido evangélico, es una palabra dinámica (se es en la medida en la que uno se involucra y sirve) e inclusiva: siendo de mi pueblo soy alguien abierto a todos los pueblos.

Crear espacios de oración para que el llamado pueda resonar

En un llamado, lo importante es que resuene. Que no tengamos los oídos en modo avión ni llenos de ruidos.

Un impedimento actual para la escucha del llamado proviene del consumismo: «Las constantes novedades de los recursos tecnológicos, el atractivo de los viajes, las innumerables ofertas para el consumo, a veces no dejan espacios vacíos donde resuene la voz de Dios. Todo se llena de palabras, de disfrutes epidérmicos y de ruidos con una velocidad siempre mayor. Allí no reina la alegría sino la insatisfacción» (GE 29).

El espacio vacío donde resuena la voz de nuestro «jefe y Señor» es la oración: Santa Teresa decía que «la oración es ‹tratar de amistad estando muchas veces a solas con quien sabemos nos ama”. Y el Papa agrega: «Quisiera insistir que esto no es solo para pocos privilegiados, sino para todos, porque «todos tenemos necesidad de este silencio penetrado de presencia adorada“.⁠ La oración confiada es una reacción del corazón que se abre a Dios frente a frente, donde se hacen callar todos los rumores para escuchar la suave voz del Señor que resuena en el silencio» (GE 149).

«Será difícil que nos ocupemos y dediquemos energías a dar una mano a los que están mal si no cultivamos una cierta austeridad, si no luchamos contra esa fiebre que nos impone la sociedad de consumo para vendernos cosas, y que termina convirtiéndonos en pobres insatisfechos que quieren tenerlo todo y probarlo todo. También el consumo de información superficial y las formas de comunicación rápida y virtual pueden ser un factor de atontamiento que se lleva todo nuestro tiempo y nos aleja de la carne sufriente de los hermanos. En medio de esta vorágine actual, el Evangelio vuelve a resonar para ofrecernos una vida diferente, más sana y más feliz» (GE 108).

Al hablar de las «notas de la santidad en el mundo actual» el Papa usa un lenguaje auditivo, musical, en el que el aguante, la paciencia y mansedumbre, el buen humor, la audacia apostólica y el fervor, la comunidad y la oración, no son «notas sueltas» sino un acorde en cuyo «espacio musical» resuena «de modo especial» el llamado a la santidad hoy (cfr. GE 110). Si pensamos estas notas en términos «espaciales» vemos que «crean espacio»: al aguante crea espacio, la paciencia crea espacio, da tiempo…; la mansedumbre no ahoga, da lugar al otro; el humor distiende, es como una ventana de aire fresco, la audacia impulsa a salir más allá, a ganar terrenos de nadie; la comunidad es «lugar teológico» donde nos juntamos a rezar.

Discernimiento como salida de sí

Una novedad de Francisco en el modo de concebir el llamamiento en la hora actual se puede ver en que el Señor que «golpea y llama» a nuestra puerta, no es tanto para entrar sino para salir. «Pero a veces me pregunto si, por el aire irrespirable de nuestra autorreferencialidad, Jesús no estará ya dentro de nosotros golpeando para que lo dejemos salir» (GE 136).

Salir es discernir. Porque la autorreferencialidad es un encierro, una cárcel con barrotes de esquemas mentales que nos quitan libertad. Dice Francisco: «Somos libres, con la libertad de Jesucristo, pero él nos llama a examinar lo que hay dentro de nosotros ―deseos, angustias, temores, búsquedas― y lo que sucede fuera de nosotros —los ‹signos de los tiempos›— para reconocer los caminos de la libertad plena: «Examinadlo todo; quedaos con lo bueno» (1 Ts 5,21)» (GE 168). El discernimiento requiere «disposición a escuchar: al Señor, a los demás y a la realidad misma que siempre nos desafía de maneras nuevas» (GE 172).

Discernimiento como modo de salir de sí es la característica del llamado de Jesús hoy: «Esto nos hace ver – dice el Papa- que el discernimiento no es un autoanálisis ensimismado, una introspección egoísta, sino una verdadera salida de nosotros mismos hacia el misterio de Dios, que nos ayuda a vivir la misión a la cual nos ha llamado para el bien de los hermanos» (GE 175).

Discernimiento como instrumento para seguir al Señor

El Señor dice que para seguir al Señor necesitamos «instrumentos» y, más precisamente, instrumentos de lucha. Porque no se trata de un seguimiento lineal, sino dramático: «La vida cristiana es un combate permanente. Se requieren fuerza y valentía para resistir las tentaciones del diablo y anunciar el Evangelio. Esta lucha es muy bella, porque nos permite celebrar cada vez que el Señor vence en nuestra vida» (GE 158).

El combate no es solo contra la mentalidad mundana, que nos engaña, nos atonta y nos vuelve mediocres, ni tampoco solo con nuestras propias inclinaciones (cada uno tiene sus pasiones desordenadas, dice el papa) sino contra el diablo, el príncipe del mal (GE 159).

La escucha: sustrato básico de todo discernimiento

«¿Cómo saber – se anima a preguntar el Papa- si algo viene del Espíritu Santo o si su origen está en el espíritu del mundo o en el espíritu del diablo?» (GE 166). Este es la pregunta más importante que, si aceptamos que estamos en guerra, tenemos que hacernos todos los días. No se trata de dudar de todo. Pero sí de no ser ingenuos y estar abiertos a escuchar y a dejarnos confrontar: «Solo quien está dispuesto a escuchar tiene la libertad para renunciar a su propio punto de vista parcial o insuficiente, a sus costumbres, a sus esquemas» (GE 172).

El Espíritu nos da la gracia, en primer lugar de volver «a escuchar a Jesús, con todo el amor y el respeto que merece el Maestro». El Espíritu hace que le permitamos «que nos golpee con sus palabras, que nos desafíe, que nos interpele a un cambio real de vida» (GE 66). «Para todo discípulo es indispensable estar con el Maestro, escucharle, aprender de él, siempre aprender. Si no escuchamos, todas nuestras palabras serán únicamente ruidos que no sirven para nada» (GE 150).

Decía el Papa en su Carta al Pueblo de Dios en Chile: «Quisiera detenerme en la palabra “escucha”, ya que discernir supone aprender a escuchar lo que el Espíritu quiere decirnos. Y sólo lo podremos hacer si somos capaces de escuchar la realidad de lo que pasa».

La escucha es el primer paso del discernimiento -primero en el sentido de básico, es el trasfondo que nunca se deja atrás, siempre hay que «volver a escuchar» con más atención al otro, con más apertura de corazón, «salvando la proposición ajena», preguntando, acogiendo, poniéndonos en los zapatos del otro (y del Otro).

El Papa nos advierte que, en este combate que es la vida, en la lucha de paradigmas que escuchamos en nuestra cabeza, hasta «podría ocurrir que en la misma oración evitemos dejarnos confrontar por la libertad del Espíritu, que actúa como quiere». Puede suceder que uno rece, y mucho, y sin embargo «evite la confrontación con el Espíritu» (GE 172).

En el primer taller hablábamos de ejercitarnos en «mirar en modo discernimiento». En sacarnos los anteojos de las ideologías. Pues bien, escuchar bien es el primer paso para «ver bien». Cuando uno escucha, naturalmente el esfuerzo se dirige al sonido y al tono en el que se revela lo que quiere decir el otro. Uno pesca la intención en los énfasis y en el tono. Poníamos el ejemplo que hace ver la diferencia entre ver y escuchar: uno puede ver muchas imágenes al mismo tiempo y hacer zapping. El oído en cambio se atasca más rápido y cuando hablan muchos uno pide que hablen de a uno. La contaminación acústica produce disgusto y hasta dolor. En cambio a la contaminación visual nos acostumbramos más rápido (aunque a la larga produzca el síndrome de Stendhal, el cansancio la ver tantos cuadros en un museo). Quizás por eso le es más fácil al demonio «disfrazarse de ángel de luz» que «imitar la voz del buen Pastor». Jesús dice que «sus ovejas reconocen su voz». Se fía del oído a la hora de discernir.

Qué criterios nos da el Papa para saber si algo viene del Espíritu bueno o del Maligno?

Discernir estas dos voces -sabiendo que a veces el mal espíritu se disfraza de ángel de luz y puede usar la misma escritura para engañarnos como trató de hacer con el Señor en las tentaciones del desierto- es una gracia y hay que pedirla cada día. Cuando en el Padrenuestro Jesús nos enseña a pedir «líbranos del Maligno» no es solo que nos libre de que nos posea o nos haga daño. El Papa dice: «Él no necesita poseernos. Nos envenena con el odio, con la tristeza, con la envidia, con los vicios. Y así, mientras nosotros bajamos la guardia, él aprovecha para destruir nuestra vida, nuestras familias y nuestras comunidades, porque «como león rugiente, ronda buscando a quien devorar» (1P5,8)» (GE 161).

La escucha supone que el Otro hable, y al hablar manifiesta su libertad: puede decir lo que quiere. Por eso, cuando uno escucha de alguna manera se pone en actitud de pobre, de quien tiene que recibir lo que el otro le quiera decir. Escuchar al Espíritu, como nos recomienda el Papa, supone una actitud de pobreza espiritual. Para cultivar esta actitud de pobres, de gente que cada día tiene que pedir el discernimiento así como pide el pan y el perdón, «el último criterio» es el Evangelio; y también -dice el Papa- el Magisterio que lo custodia». El evangelio y el magisterio bajo la guía del Espíritu, porque sólo el Espíritu «sabe penetrar hasta los pliegues más oscuros de la realidad y tener en cuenta todos los matices para que emerja con otra luz la novedad del Evangelio» (GE 173).

La pobreza nos lleva no solo a acudir cada día a la oración sino a reconocernos pobres también ante la misma Palabra que Dios nos dice. No se trata de que por el hecho de «entenderla o poder explicarla»  sepamos lo que nos quiere decir. El Espíritu es el que nos enseña a aplicar la parábola justa en cada ocasión. «La lectura orante de la Palabra de Dios, más dulce que la miel (cf.Sal 119,103) y «espada de doble filo» (Hb 4,12), nos permite detenernos a escuchar al Maestro para que sea lámpara para nuestros pasos, luz en nuestro camino (cf. Sal 119,105)» (GE 156).

Escuchar bien implica preguntar bien

Y cómo me relaciono con el Espíritu? Dice Francisco: «Pregúntale siempre al Espíritu qué espera Jesús de tien cada momento de tu existencia y en cada opción que debas tomar, para discernir el lugar que eso ocupa en tu propia misión. Y permítele que forje en ti ese misterio personal que refleje a Jesucristo en el mundo de hoy» (GE 23). Escuchar bien implica saber preguntar.

Están las preguntas personales: Señor, cómo te sentís? Esta pregunta activa la mirada sobre nosotros mismos no desde una «idea» o un «mandato» sino desde los sentimientos del Señor. Pablo dice «no entristezcan al Espíritu» y nosotros podemos preguntarle «si le alegró algo bueno que hicimos o si lo hemos entristecido».

Están también las preguntas sobre el qué: «Qué tenemos que hacer» como le preguntaba la gente a los apóstoles el día de Pentecostés. Aquí María nos da en detalle lo que el Padre decía de modo amplio: «Hagan todo lo que Jesús les diga», cosa que el Papa sintetiza en el Protocolo de la santidad para el mundo de hoy. Hagan las obras de misericordia que el Señor elenca en Mt 25.

Están luego las preguntas por el modo. De nuevo nuestra Señora nos da la clave: “Cómo será posible esto si yo…”. Expresar al Señor nuestra pobreza, nuestros condicionamientos de todo tipo, y preguntarle cómo se las ingeniará.

Están las preguntas por el más: «Cómo puedo hacer mejor las cosas, qué paso adelante me proponés, Señor». San Pedro Fabro dice que esta pregunta por «algo más» es infalible para que el buen espíritu muestre su agrado y nos proponga un paso concreto y posible en el camino del bien y el mal espíritu en cambio, se enoje y agite y se revuelva buscando excusas, poniendo impedimentos, tratando de desalentar. Preguntar por el más, ayuda. Esta es la lógica del don y de la cruz: «No se discierne para descubrir qué más le podemos sacar a esta vida, sino para reconocer cómo podemos cumplir mejor esa misión que se nos ha confiado en el Bautismo, y eso implica estar dispuestos a renuncias hasta darlo todo» (GE 174).

Por último, cito la pregunta por el énfasis o la jerarquía: en qué querés que insista, Señor; qué está para Vos primero? Preguntar por lo primero y por el énfasis también mueve los espíritus. Por que el mal espíritu no siempre tienta con cosas malas ni pone en discusión lo bueno que hay que hacer. A veces simplemente hace que posterguemos las cosas o las hagamos desordenadamente o sin poner el acento en lo importante.

El Papa da un ejemplo muy significativo de distintos énfasis que pueden darse leyendo el evangelio: «En el evangelio de Lucas ya no escuchamos el «Sed perfectos» (Mt5,48) sino «Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso» (GE 81).

La misericordia es lo que acentúa el Papa hoy y lo que pone en primer lugar.

Con su Magisterio nos dice todos los días que, en el momento actual, hay que escuchar más «misericordia» que «perfección». Por este lado va la santidad en el mundo actual, que no cree sino a los testigos de la misericordia.

Otro ejemplo que da el Papa es sobre cómo el mal espíritu nos hace escuchar ciertas verdades «disminuyendo su intensidad» o minimizando su perentoriedad, mientras que de otras cosas nos exagera la importancia. Son tentaciones bajo especie de bien, que desjerarquizan o sacan de contexto las verdades. El Papa decía que «en el hospital de campaña» en que vivimos, hay que salvar vidas antes que controlar el colesterol. Y para actuar como médicos de frontera nos da «el protocolo de la santidad», las preguntas prácticas y las medidas urgentes que uno puede tomar hoy, sin temor a equivocarse. Un niño tiene hambre? Tengo que darle de comer. Si no llego a muchos yo solo, para eso debo asociarme a las obras de misericordia que la Iglesia lleva adelante. Y si un niño está en gestación? Sólo una mirada de profunda misericordia -mirada con la que solo su madre puede mirar- es la que puede «desarmar» todas las miradas de la razón pragmática. Por eso, el remedio contra el aborto no está en ninguna ley (ni que penalice ni que legalice) sino en hacer todo lo posible para que esa mirada materna, que cuenta siempre con la ayuda de la naturaleza y de la fe y que hoy ya no cuenta con la ayuda de la cultura que se va imponiendo, para que esa mirada materna, no se apague, sea cuidada, educada por las mismas madres, valorada por la sociedad.

Esta mirada de misericordia, que le quita la cruz al otro, a los más débiles, y la carga sobre las propias espaldas, es capaz de brindar una gran felicidad. Porque la felicidad es paradójica y nos regala las mejores experiencias cuando aceptamos esa lógica misteriosa que no es de este mundo, como decía san Buenaventura refiriéndose a la cruz: «Esta es nuestra lógica». Si uno asume esta dinámica, entonces no deja anestesiar su conciencia y se abre generosamente al discernimiento.

Concluimos con un hermosa convicción del Papa:

«Dios siempre es novedad, que nos empuja a partir una y otra vez y a desplazarnos para ir más allá de lo conocido, hacia las periferias y las fronteras. Nos lleva allí donde está la humanidad más herida y donde los seres humanos, por debajo de la apariencia de la superficialidad y el conformismo, siguen buscando la respuesta a la pregunta por el sentido de la vida. ¡Dios no tiene miedo! ¡No tiene miedo! Él va siempre más allá de nuestros esquemas y no le teme a las periferias» (GE 135).

 

Momento para Contemplar

Siguiendo el camino de los Ejercicios Espirituales, San Ignacio nos propone en la Meditación del Reino, dejarnos “seducir por el Señor” para desde ahí poder discernir el llamado personal al que Jesús, Buen Pastor, me invita en el momento actual de nuestra vida. En el “aquí y ahora” en donde cada uno está viviendo…

Retomando algunas frases del P. Diego, me llego hondamente esta palabra que se hace imagen y sonido: «en el corazón de mi pueblo yo soy una misión» (EG 273). Ya que ilumina mucho,  sabernos en el corazón de un Pueblo, que con sus dolores y alegrías, gesta el Reino de Dios…

Lo gesta, como dice una hermosa antífona, que cantamos en el Jubileo del año 2000:

“En cada gesto de amor, tu Reino llega…”

y se ilumina más el texto del P. Diego, que dice: “La gente que realiza con absoluta seriedad y responsabilidad los oficios más humildes en nuestra sociedad nos da ejemplo cotidiano de lo que significa «ser pueblo», sentirse uno más, en un trabajo pequeño, quizás, pero importante para que funcione la comunidad. El Papa habla del «maestro de alma», de la «enfermera de alma», del «político de alma»…

La pertenencia a un pueblo es una pertenencia espiritual. No basta con tener la misma sangre o habitar el mismo suelo: se pertenece en la medida en la que uno cumple su misión en orden al bien común de su gente.

Y esta tiene que ser nuestra alegría, sabernos Pueblo que gesta el Reino de Dios en cada pequeño y sencillo gesto de amor…

Para rezar este mes de Julio, en donde nos preparamos para celebrar a San Ignacio, podemos pedir la Gracia de dejarnos seducir por Jesús, para tener sus sentimientos y acercar el Reino de Dios en cada gesto de amor…

Decálogo de la Santidad -Escrito por Obispo Francisco Cerro-

Santo es “vivir con los sentimientos del corazón de Cristo”.

Es no renunciar a amar “hasta el extremo”.

Es abrirse siempre a los planes imprevisibles de Dios.

Es creer contra toda esperanza.Es encontrarse con “quien sabemos que nos ama”.Es vivir el gozo y la ale

gría del Amor de Dios.

Es no tener miedo a subir al monte y bajar al valle.

Es decir: “aquí estoy para hacer tu voluntad”.

Es vivirlo todo desde un amor enamorado.

Es ser de Dios, no ser de uno mismo, ser para los demás.

 

 

6. Festejar cada vez que el Señor vence en nuestra vida y progresa el anuncio del Evangelio

La meditación de Dos Banderas -una de Cristo, sumo capitán y Señor nuestro; la otra de Lucifer, mortal enemiog de nuestra naturaleza humana- es «para ver la intenciónde Cristo nuestro Señor y, por el contrario, la del enemigo» (EE 135).

La intención última de toda persona no es algo de lo que uno pueda apoderarse, digamos así. Se puede ver, sí,por los frutos,por el modo de comportarse que alguien tiene a lo largo del tiempo y en los momentos claves de la vida, como cuando decimos que “los amigos se ven en las malas”.

Lo importante que San Ignacio nos hace ver en esta meditación fundamental – de la que nacen los Ejercicios y la Compañía de Jesús- es que no hay «muchas banderas últimas»entre las que podamoselegir, sino solo dos: la de Jesús o la del Maligno.

En las cosas humanas no es así. No hay sólo pañuelos celestes o verdes (vemos que también han surgido los rojos y los negros…). En las cosas humanas entre los que se dividen en dos bandos siempre surge un tercero que intenta mediar y también otros que se presentan como alternativos. Es importante, por tanto, clarificar que la lucha a muerte es solo contra el Maligno, que quiere la destrucción de todos. En cambio,bajo la bandera de Jesús, el Padre quiere reunir a todos los hombres: “Cristo llama y quiere a todos debajo de su bandera” (EE 137), como dice Ignacio.

Digo que esto es importante porque la bandera de la Cruz es bandera de misericordia. Una misericordia que el Señor extiende también a todos los enemigos, a quienes perdona. El hecho de que los combata francamente denunciando las mentiras y predicando la verdad, no significa que los demonice. Todo lo contrario: el Señor da la vida en la Cruz porque es el único modo de persuadir -mansamente- al que estáen el engaño y en la rebeldía.

Festejar cada vez que el Señor vence en nuestra vida

La vida es, por tanto, un combate permanente, como dice el Papa Francisco en Gaudete et exsultate.Y «se requierenfuerza y valentía para resistir las tentaciones del diablo y anunciar el Evangelio». Se trata de «una lucha muy bella, porque nos permite celebrar cada vez que el Señor vence en nuestra vida»(GE 1). Es más, en la «lucha constante contra el diablo, que es el príncipe del mal, Jesús mismo festeja nuestras victorias. Se alegraba cuando sus discípulos lograban avanzar en el anuncio del Evangelio superando la oposición del maligno». Jesús «celebraba: ‹Estaba viendo a Satanás caer del cielo como un rayo›(Lc 10, 18)»(GE 2).

El Papa junta tres cosas que habitualmente tendemos a separar: el festejo,el combateyel Evangelio. Lo habitual es dejarel festejo para el final. Esto de festejar «cada vez que el Señor vence en nuestra vida»no sési lo tenemos incorporado. A míal menos me cuesta, porque en cada cosa que sale bien ya suelo experimentar algo que me urge a no detenerme y a mirar quévendrádespués. Sin embargo, el Papa pone el foco en la alegría de Jesús -“se llenóde gozo en el Espíritu Santo”, dice Lucas (10, 21)- ante el éxito de la primera salida evangelizadora de los 72 discípulos. Les advirtió, eso sí, sobre el verdadero objeto de sualegría: no que se les sometiera el demonio sino que sus nombres estuvieran escritos en el Cielo; pero festejócomo si fuera definitivo esto que a otros ojos era sólo un comienzo y en ese sentido un triunfo parcial.

Aquíviene lo del «superar la oposición del Maligno y lograr un paso adelante en el anuncio del Evangelio». Si bien nuestros triunfos son parciales, el anuncio del Evangelio no lo es. El Evangelio es la comunicación íntegra del amor de Jesús, es la siembra de una Palabra viva que da fruto por sísola, capaz de dar el ciento por uno. Por eso, por la fuerza vital y multiplicadora de cada Evangelio,es que la alegría puede ser radical y plena, sin sombra de amenaza. Ni la cizaña puede quitarle nada a esta alegría. Es «alegría y gozo del Señor resucitado»en cada Palabra viva que cae en un corazón humano, que se siembra en una cultura. Daráfruto a su tiempo. Este es el sentido profundo de la Exhortación del Papa a una santidad que es Alegría y gozo en medio de las persecuciones, como dice la bienaventuranza.

Esta constatación de que hay una alegría especial de Jesús por cada pequeña victoria nuestra (en otra parte el Señor nos asegura que «hay más alegría en el cielo por un pecador que se convierte que por 99 justos que no necesitan conversión), es la clave para cultivar bien el deseo de santidad.

El Papa discierne que el peor enemigo de la santidad es «el espíritu de derrota». Puede hacernos bien releer entero el número 163 de Gaudete et exsultate:

«En este camino (de resistir a los bienes engañosos y envenados con que nos ataca y seduce el Maligno, como decía Brochero), el desarrollo de lo bueno, la maduración espiritual y el crecimiento del amor son el mejor contrapeso ante el mal. Nadie resiste si opta por quedarse en un punto muerto, si se conforma con poco, si deja de soñar con ofrecerle al Señor una entrega más bella. Menos aún si cae en un espíritu de derrota, porque «el que comienza sin confiar perdióde antemano la mitad de la batalla y entierra sus talentos. […] El triunfo cristiano es siempre una cruz, pero una cruz que al mismo tiempo es bandera de victoria, que se lleva con una ternura combativa ante los embates del mal».

El espíritu de derrota es una tentación mayor que todas las demás. Subyace a todas las tentaciones de ira y agresividad y a todas las tentaciones de posesión y de placer.

Fiorito ponía una serie de «frases motivas»que uno puede descubrir como «pensamientos ya consagrados»que están sembrados en el terreno de nuestra memoria y surgen en el momento de la prueba, desmotivándonos para la lucha:  «No podré  resistir esto toda la vida»; o, si la batalla parece pequeña: «Perder esto no significa perder todo»; o «No se puede combatir sin pausas».

Aunque parezca paradójico, Bergoglio hacía ver que la tentación de derrotismo es una forma especial de vanagloria o mundanidad espiritual: «La vanagloria más común entre nosotros, aunque parezca paradójico, es la del derrotismo. Y es vanagloria porque se prefiere ser general de los ejércitos derrotados a simple soldado de un escuadrón que, aunque diezmado, sigue luchando.

¡Cuántas veces soñamos con planes expansionistas propios de generales derrotados! Curiosamente, en esos casos, negamos nuestra historia que es gloriosa porque es historia de sacrificios, de esperanzas, de lucha cotidiana”.

La conciencia de derrota es la que “Frente a una fe combativa por definición, el enemigo, bajo ángel de luz, sembrarálas semillas del pesimismo”.

Bergoglio continuaba: «Nadie puede emprender ninguna lucha si de antemano no confía plenamente en el triunfo. El que comienza sin confiar, perdióde antemano la mitad de la batalla. El triunfo cristiano es siempre una cruz, pero una cruz bandera de victoria. Esta fe combativa la vamos a aprender y alimentar entre los humildes».

Contra la tentación de pesimismo y el espíritu de derrota, cada uno debe oponer el rostro de sus antepasados y de la gente buena de la que recibiótestimonios de lucha cotidiana. «La cara de las personas humildes, las de la gente de una piedad sencilla, es siempre cara de triunfo y casi siempre la acompaña una cruz. En cambio, la cara del soberbio es siempre una cara de derrota. No acepta la cruz y quiere una resurrección fácil. Separa lo que Dios ha unido. Quiere ser como Dios. El espíritu de derrota nos tienta a embarcarnos en causas perdedoras. Estáausente de él la ternura combativa que tiene la seriedad de un niño al santiguarse o la profundidad de una viejita al rezar sus oraciones. Eso es fe y esa es la vacuna contra el espíritu de derrota”.

La cara de triunfo no es la del que festeja una copa con alegría desaforada (menos aún la del que festeja una ley sobre el aborto). Es la cara serena del que estásatisfecho por haber dado lo mejor de síy goza interiormente con el trabajo bien hecho.

Festejar cada victoria del Señor en nuestra vida, cada vez que «encarnamos el Evangelio»en algún gesto concreto -en una obra de misericordia concreta, en un rato de oración contemplativa o de intercesión- es un paso fundamental en el combate espiritual.

Si pensamos las bienaventuranzas y la concretización de la de la misericordia en las obras concretas que Jesús describe, como un «protocolo de la santidad», como esas «pocas palabras, sencillas pero prácticas y válidas para todos»(GE 109), este paso de hacer fiesta con cada victoria del evangelio, es lo que da a todos los otros consejos el espíritu de fondo.

El término “protocolo” viene del griego “proto” -primero- y “kollea” -cola o pegamento-. Se llamaba asía la primera hoja de un documento con los datos de su autenticación sellados. Es un término con muchos significados que, dependiendo del contexto, va de significar algo meramente formal, como pueden ser las reglas de comportamiento en una ceremonia, a algo de importancia vital, como en el caso de los procedimientos a seguir en una toma de rehenes o en una catástrofe en la que se requiere coordinación, rapidez y precisión para salvar la mayor cantidad de vidas posibles. En este contexto dramático -de situaciones de combate y de catástrofes que superan la posibilidad de respuesta común, un protocolo apunta a dar reglas precisas teniendo claro el objetivo principal, favorezcan la toma de decisiones personales que sumen al obrar conjunto.

Lo de festejar cada victoria es una actitud práctica a mantener en medio del combate. El “cada vez” puede parecer exagerado, como suele parecer exagerado para el que es espectador y no protagonista de una competición deportiva, el choque de manos que se dan los jugadores cada vez que suman un punto o hacen un gol.

Esa pausa para festejar cada punto ganado es esencial a la competición porque consolida, paso a paso, la mentalidad ganadora, une los ánimos y da coraje para seguir combatiendo. La práctica de estos gestos de victoria, que son connaturales a toda competición humana, no siempre resultan tan obvios en el combate de la vida espiritual pero si se practican, dan mucha alegría y confirmación en el Espíritu Santo.

Esta ayuda y consejo prácticodel Papa responde a uno de sus principios: el que dice que la unidad (la victoria) es superior al conflicto.

No obstinarse en usar solo criterios empíricos: pensar es discernir con criterios evangélicos

Otra ayuda del Papa se refiere al procedimiento o “instrumento” por decir así, que debemos poner en práctica para combatir contra el mal en las tres fuentes donde anida: en la de la mentalidad mundana (paradigmas, frases hechas que nos motivan a apartarnos del amor de Dios, ideologías…), en la fuente de nuestras propias fragilidades e inclinaciones (cada uno tiene las suyas, dice el Papa), y en su fuente personal: el Príncipe del mal, que utiliza inteligente y libremente las otras dos e incluso llega a utilizar la misma Escritura para acosarnos, como hizo con el Señor en el desierto.

El modo de proceder que propone el Papa es el de “Jesús (que) nos enseñó a pedir cotidianamente esa liberación para que su poder no nos domine”. El Papa remarca el “hecho (de que) cuando Jesús nos dejóel Padrenuestro quiso que termináramos pidiendo al Padre que nos libere del Malo. La expresión utilizada allíno se refiere al mal en abstracto y su traducción más precisa es «el Malo⁠»”. Ahora bien, ha hacernos tomar conciencia del valor práctico de este “instrumento” y “modo de comportarnos”, el Papa llega situándo el deseo de Jesús en el corazón de la Escritura, que empieza en el Génesis y termina en el Apocalipsis mostrando que la vida es combate y el papel protagónico que tiene el Príncipe del mal, en esta lucha. A su vez, la convicción  -asíllama el Papa a este criterio encarnado en la fe de la Iglesia-, es una convicción que se sitúa entre dos polos: el de la obstinación en ver la vida sólo con criterios empíricos y el deseo de comprender por quéa veces el mal tiene tanto poder destructivo. Es un instrumento, pues, que se revela más apto para el fin.

Se trata de un instrumento intelectual: el criterio que usamos. El Papa advierte que si utilizamos solo “criterios empíricos y sin sentido sobrenatural” no aceptaremos la existencia del diablo. Por el contrario, “la convicción de que este poder maligno estáentre nosotros, es lo que nos permite entender por quéa veces el mal tiene tanta fuerza destructiva” (GE 160).

El problema real de la fuerza destructiva del mal supera nuestros criterios empíricos, se nos impone con crueldad. Ante esto uno actúa. La desesperación -tanto la que paraliza como la quelleva a actuar presuntuosa y precipitadamente- no están a la altura del problema. El Papa sugiere utilizar otros criterios: propone los de la Biblia, en la que el Maligno estápresente desde la primera página del Génesis hasta la última del Apocalipsis y centra nuestra fe -criterio sobrenatural- en la enseñanza de Jesús que en el Padrenuestro nos hace pedir al Padre que nos “libere del Maligno”, no solo del mal en general o de modo abstracto, sino del Maligno, expresión que “indica un ser personal que nos acosa”.

Para el uso de este “criterio sobrenatural” toca dos puntos sensibles: uno es la imagen que se ha estandarizado de las posesiones diabólicas como enfermedades mentales meramente. El Papa solo advierte de “no simplificar tanto la realidad”. La otra es el peso de la Palabra de Dios, expresada sin aditamentos: “Jesús nos enseñóa pedir cotidianamente esa liberación para que su poder no nos domine”. El protocolo dice: no combatir tan alto poder destructivo con instrumentos meramente empíricos. Usar los sobrenaturales, que permiten comprender mejor la realidad.

No obstinarse en usar solo criterios empíricos es una concreción del principio que dice: la realidad es superior a la idea.

 

Momento para Contemplar

La espiritualidad Ignaciana, tiene muchas maneras y ayudas para plasmar en nuestra vida, el modo de proceder de Jesús.

La Meditación de Dos Banderas, es un ejercicio espiritual,  que nos ayuda a descubrir las luchas que muchas veces, se dan en el propio corazón.

La Meditación de Dos Banderas, en esta oportunidad nos ayuda a poder desenmascarar el espíritu que quiere dominar en nuestra vida en este tiempo…

Si es el “espíritu de celebrar” las pequeñas batallas ganadas , cuando nos tomamos de la Mano de Dios  o nos quedarnos entrampados, en el espíritu de derrota, que oscurece la mente y el corazón…porque toca nuestro ego y nuestros deseos de grandeza, tan diferentes del modo de proceder de Jesús, que “siendo grande se hizo pequeño por amor…”

Sin embargo, trae mucha luz, lo que dice el Papa Francisco: “Se trata de «una lucha muy bella, porque nos permite celebrar cada vez que el Señor vence en nuestra vida»(GE 1).

Y nos ayuda a  discernir  que el peor enemigo de la santidad es «el espíritu de derrota»; ya que,  quien cae en un espíritu de derrota, es aquel  que comienza cualquier misión, tarea, servicio, etc.; sin confiar!!  y como consecuencia, ese corazón ya  perdióde antemano la mitad de la batalla y entierra sus talentos, porque va al “frente de batalla”, sin esperanza…

Retomo, esta frase de la reflexión del  Padre Diego Fares, que cita al Papa Francisco: «Nadie puede emprender ninguna lucha si de antemano no confía plenamente en el triunfo. El que comienza sin confiar, perdióde antemano la mitad de la batalla. El triunfo cristiano es siempre una cruz, pero una cruz bandera de victoria. Esta fe combativa la vamos a aprender y alimentar entre los humildes».

Festejar cada victoria del Señor en nuestra vida, cada vez que «encarnamos el Evangelio»en algún gesto concreto -en una obra de misericordia concreta, en un rato de oración contemplativa o de intercesión- es un paso fundamental en el combate espiritual.

Para rezar contemplativamente, en este tiempo, pueden ayudar estas dos preguntas:

¿Que “espíritu”habita mi mente y mi corazón en este tiempo: espíritu de derrota o espíritu de celebración?

¿Quégesto de Jesús, pone luz, paz, alegría y confianza en las luchas de tengo que enfrentar en el día a día?

Terminar con esta Suplica al Espíritu Santo, pidiendo que el Espíritu de Jesús sea quien habite nuestra vida:

PREGON AL ESPÍTU

Ven, Espíritu divino, de Jesús, vida y aliento.

Ven, soplo eterno del Padre, que creas el hombre nuevo.

Ven, intimidad de Cristo, que das savia a los sarmientos.

Ven, Espíritu divino y manda tu luz desde el cielo

Ven, energía divina, tempestad de Dios y viento, que abres las puertas cerradas,

que quitas todos los miedos, que liberas al esclavo, que rompes todos los cepos.

Ven, Espíritu divino, destruye todos nuestros miedos.

Baja, hoguera trinitaria, bautízanos con tu fuego, somos carbón apagado, todo oscuridad e invierno, enciéndenos en amores, conviértenos en luceros.

Ven, Espíritu divino, ilumínanos y quémanos por dentro.

Ábrete, fuente dichosa, agua que mana del cielo, que limpia las impurezas, que riega todos los huertos, sacia nuestra sed profunda, conviértenos en veneros.

Ven, Espíritu divino, sacia nuestra sed y aviva nuestro fuego.

Ven, consejero y amigo, ven, defensor y Maestro. Ven, tesoro inagotable, de todos los dones lleno, intimidad misteriosa, nuestro yo más verdadero.

Ven, Espíritu divino, queremos tenerte y sentirte compañero.

 

7. La meditación de los Tres binarios o “cómo gestionamos nuestros afectos”

 

La meditación de los Tres binarios es una ayuda para saber cómo gestionar los afectos. Es una cuestión íntima de cada uno. No se trata de una escala de valores externa que nos diga “este bien es mejor que aquel otro y tenés que tomarle afecto” o “este bien está prohibido y si sentís que no podés vivir sin eso estás frito. Tenés que soltarlo”.

Por supuesto que la escala de valores externa, los mandatos familiares y sociales y los tabúes entran en juego, pero con San Ignacio, en la meditación de los “tres binarios”, nos centramos en algo más íntimo. Yo lo expresaría así: “el afecto -el apego- a los bienes es un “pegamento” y como con todos los pegamentos hay que estar atentos al tiempo y al modo. Antes de pegar algo hay que leer bien las instrucciones para ver cómo funciona cada pegamento. Si uso “la gotita” -ese pegamento de contacto inmediato-, debo estar atento a no pegarme los dedos en vez de pegar lo que quiero arreglar. Si uso uno de esos pegamentos que actúan a largo plazo y se endurecen mejor con el tiempo, no me tengo que apurar. Tengo que dejar que se seque en cada superficie (que debe estar bien limpia) y luego tengo que fijar las partes y prensarlas para que el pegamento surta efecto. Con estas imágenes de pegamentos, escuchemos la historia que nos cuenta Ignacio para ayudarnos a reflexionar acerca de cómo “nos apegamos a las cosas”.

El la llama: “Meditación sobre tres binarios (o tipos) de hombres, para abrazar el mejor”. Después de hacernos rezar la oración preparatoria que se hace cada vez que uno quiere ponerse a rezar, nos cuenta la historia. La oración preparatoria es en sí misma un “pegamento”. Un imán, diría yo. Porque nos hace poner la mirada en el fin de la oración de modo tal que nos sintamos atraídos por el amor de nuestro verdadero Bien. Dice así: “Señor, que todas mis intenciones, todas mis acciones y las operaciones que haga para llevarlas a cabo, estén puramente ordenadas para tu mayor servicio y alabanza”.

Es como si uno, cuando reza, fuera repitiendo un mantra: “sirve y alaba/no sirve, no alaba”, y este fuera el criterio para avanzar o retroceder en la oración.

Pero escuchemos la historia. Se trata de tres tipos (pares, binarios) de hombres, cada uno de los cuales ha adquirido diez mil ducados, no pura o debidamente por amor de Dios, y quieren todos salvarse y hallar en paz a Dios nuestro Señor, quitando de sí la gravedad e impedimento que tienen para ello en la afección que le tienen a esta “cosa acquisita” (los diez mil ducados)”.

Notemos bien dónde está el punto: están “afectados” a estos diez mil ducados. Se les han pegado a la mano (y al corazón) como suele pasar con el dinero cuando uno lo agarra. Y si son monedas de oro de 27 euros cada una, más que si se trata de billetes.

Ignacio nos va ha ayudar a reflexionar acerca de tres tipos posibles de manejo del pegamento con respecto a una posesión inquietante, con respecto a estos diez mil ducados cuya adquisición y uso futuro no dejan en paz a estos tipos o binarios de hombres.

Como se trata de una cuestión de capital importancia, ya que si uno se apega mal a las cosas, como pasa por ejemplo con uno que se vuelve adicto a alguna sustancia o uno que se enamora de lo primero que ve, le irá mal en la vida, Ignacio nos sitúa en un contexto solemne. Para hacer esta meditación sobre nuestro modo de afectarnos a los bienes nos pone delante de Dios nuestro Señor y de todos sus santos. Los santos y las santas son personas de carne y hueso que supieron ser felices en su vida porque eligieron bien sus afectos. Mirándolos a ellos -y cada uno a sus santos y santas preferidos- podemos “desear y conocer lo que es más grato a la divina bondad”, dice Ignacio.

La petición que nos propone para esta meditación es: “pedir gracia para elegir lo que más a gloria de su divina majestad y salud de mi ánima sea”.

Ahora sí, nos da los “Puntos para meditar”. El primer tipo de hombres (primer binario) querría quitar el afecto que tiene a la “cosa acquisita”, para hallar en paz a Dios nuestro Señor, y saberse salvar, pero no pone los medios hasta la hora de la muerte. El segundo binario quiere quitar el afecto, pero… así le quiere quitar, que quede con la “cosa acquisita”, de manera que allí venga Dios donde él quiere, y no determina de dejarla, para ir a Dios, aunque fuese el mejor estado para él. El Tercer binario: quiere quitar el afecto, y es tan verdad que lo quiere quitar, que ni siquiera le tiene afección a tener la “cosa acquisita” o no tenerla, sino que quiere solamente quererla o no quererla, según que Dios nuestro Señor le pondrá en su voluntad, y a la tal persona le parecerá mejor para servicio y alabanza de su divina majestad; y, entretanto quiere hacer de cuenta que todo lo deja en afecto, poniendo fuerza de no querer aquello ni otra cosa ninguna, si no le moviere sólo el servicio de Dios nuestro Señor, de manera que el deseo de mejor poder servir a Dios nuestro Señor le mueva a tomar la cosa o dejarla.

Como vemos, esta cuestión de los afectos no es simple. Cada tipo de gestión de los pegamentos tiene su complejidad. No digamos nada del último, que pareciera que sólo desea poder servir mejor a Dios nuestro Señor y todo lo demás no lo hace moverse ni un tranco de pollo. Es alguien que prueba sus afectos y tiene las riendas de su corazón bien aferradas. Pero también el primero es complejo, ya que posterga las cosas pero al final de su vida sí pone los medios. Es decir: se trata de una persona lúcida y que al final elige bien a qué apegarse y qué soltar. Es de los que juntan y juntan pero al final dan toda su herencia a los demás. El del medio también es complicado. Quiere que Dios quiera lo que él quiere y en esta pulseada se le pasa el tiempo.

Todas estas consideraciones apuntan a focalizar bien el punto, que es interior. No se trata de ninguna “ley externa”. Se trata de comprender que hay también “leyes internas”. No porque nadie nos diga lo que tenemos que hacer sino porque aunque en un momento hagamos lo que queramos, el pegamento que usamos tiene sus consecuencias y para el segundo “hago lo que quiero” ya estamos más condicionados. Digo esto porque hoy está de moda decir “yo con mi vida -y con mi cuerpo- hago lo que quiero”. Es verdad en un acto puntual. Pero no es verdad si uno mira toda una historia. La educación y las leyes “externas” que nos dan nuestros mayores y la sociedad nos brindan una ayuda para que cada uno no tenga que hacer la triste experiencia de quedar pegado a la primera (mala) decisión arbitraria que tomó de “hacer lo que quería” y meter los dedos en el enchufe. Es verdad que hay que revisar las leyes exteriores y aplicarlas con pedagogía adaptándose a “lugares tiempos y personas”. Pero así como no tiene sentido pretender que todo esté legislado exteriormente, tampoco tiene sentido pretender una independencia absoluta subjetiva.

Ignacio nos hace dialogar con nuestra Señora, con Jesús y con el Padre, en los tres coloquios de la meditación de Dos Banderas, pidiendo la gracia de ser recibido bajo la bandera de Jesús, que es la bandera de las bienaventuranzas: en pobreza, mansedumbre, compasión, pureza de corazón, sabiendo estar alegres en medio de las persecuciones por trabajar por la justicia y la Paz.

Y agrega una nota: “Es de notar que cuando nosotros sentimos afecto o repugnancia contra la pobreza actual, cuando no somos indiferentes a pobreza o riqueza, mucho aprovecha para extinguir el tal afecto desordenado, pedir en los coloquios (aunque sea contra la sensibilidad de nuestra carne) que el Señor le elija en pobreza actual; y que él quiere, pide y suplica, sólo que sea servicio y alabanza de la su divina bondad”.

Esta es la pedagogía del “hacer lo diametralmente opuesto”, del “hace contra” cuando uno siente que algo lo aleja del amor de Jesús. Es un ejercicio que libera el afecto de un apego que parece irresistible y hace que uno encuentre el justo medio o lo que Dios quiere.

El cesto que le quitaba la paz a san Francisco

Hemos visto que la meditación de los tres binarios es muy rica y compleja. Los diez mil ducados no bien adquiridos y el tipo de afección que generan son una metáfora que da que pensar. Es oro, pero cargado de historia y de afecto, abierto a muchas posibilidades de uso. Dicen que el manejo de la plata y el manejo de los afectos van juntos: a nivel básico corazón y bolsillo actúan en espejo. Pero es tan primaria la interacción que uno por ahí “no la ve objetivamente”. Por eso puede ser bueno utilizar otro ejemplo de “cosa acquisita”, otro ejemplo de una “posesión inquietante” que no deja en paz al dueño y el modo que éste tiene para ser libre.

Usaremos el ejemplo de aquel cesto de mimbre que estaba tejiendo san Francisco de Asís con sus manos. Cuenta la historia que en cierto momento, Francisco dejó de tejer el cesto y lo quemó! Así nomás: estaba tejiendo muy contento y de golpe va y lo quema! El hermano León, que lo había estado observando, se puso mal. Le preguntó un poco turbado por qué había hecho eso. Francisco le respondió que lo había quemado porque en cierto momento se había dado cuenta de que estaba mirando el cesto con demasiada complacencia, como obra de sus manos, y este sentimiento se interponía como un impedimento entre él y Dios: no lo dejaba amar puramente a Dios como él quería. Al hermano León esto le pareció exagerado, un escrúpulo… Y más se sorprendió cuando Francisco le dijo que se quedara tranquilo y se puso inmediatamente y como si nada a tejer otro cesto! Le dijo que el otro “era necesario” quemarlo. Y luego retomar la tarea.

Estamos ante una situación enteramente personal que no se entiende “desde afuera”, aunque algo podamos pispear, como el hermano León. Es algo entre Francisco y su Señor, un Señor al que él quiere alabar en todas y por sobre todas las cosas.

Esto para decir que el discernimiento, si bien sirve para todo, sirve de modo particular para las cosas del evangelio que cada uno vive en su corazón, sirve para juzgar si una obra de misericordia en la que estoy metidos por seguir el evangelio, la estoy haciendo con afectos evangélicos. No se disciernen “casos en general” sino afectos y situaciones concretas, que son siempre personales.

Creo que este ejemplo de la vida de Francisco nos ayuda a situarnos en el punto preciso en que se requiere el discernimiento: allí donde el mismo cesto que hemos estado tejiendo para servicio del prójimo y alabanza de nuestro Señor y Creador, requiere que revisemos la intención con la que lo estamos haciendo, para que el pegamento del corazón no se detenga en la obra misma sino que vuele libre al Creador.

Cuando tenemos alguna “posesión inquietante” -los diez mil ducados o el cesto- experimentamos sentimientos encontrados. E Ignacio logra “enmarcar” tres tipos de actitudes posibles en las cuales “espejarnos”.

Tres modos de gestionar los afectos

En general sucede que solemos poner el problema “en la cosa misma”. Pero Ignacio nos invita a situarnos un paso atrás. Nos hace poner la atención no en los diez mil ducados (o el cesto) sino en nuestro modo de gestionar nuestros afectos.

Uso a propósito esta palabra “gestionar” y la dirijo no a las cosas exteriores sino a nuestro modo de sentir. Nuestros deseos y sentimientos, aún los más espontáneos, se pueden gestionar y esa gestión se llama discernimiento. Lo particular de esta “gestión” es que aunque parezca que se trata de algo concreto que depende sólo de nosotros, en realidad no es así: se trata de situaciones y cosas en las que entran en juego “otras intenciones” además de las nuestras: las del buen espíritu y las del malo. De ahí que se requiera discernimiento espiritual, ayuda del Espíritu Santo para “ver” esa “cosa” o situación como algo más amplio que como un mero objeto de deseo nuestro. Es algo que tiene un valor agregado ya que se enmarca dentro del plan de salvación grande en el que Dios nuestro Señor ordena todas las cosas para bien de los que lo aman. Recordamos aquí cómo San Pablo decía que se “hacía todo a todos con tal de ganar a alguno” y era capaz de saltarse ritos judíos o de cumplirlos a rajatabla mirando no el rito en sí mismo sino la edificación o el posible escándalo en otros.

Quemar el cesto y hacer otro es una medida -quizás un poco extrema- que toma Francisco para enseñorearse de su propio modo de trabajar. Más que del cesto en sí mismo, de lo que se trata es de la propia persona como obra de arte agradable a Dios. Haciendo un cesto objetivamente hermoso, Francisco sentía que sus propios sentimientos no eran hermosos: se había apegado a su modo de hacer las cosas y se miraba a sí mismo, no a su Amado. Se complacía en lo bien que estaba tejiendo y este mirarse a sí mismo lo apartaba de mirar a su Señor, que era su deseo y su amor más hondo.

Esto puede parecer exagerado a una mirada superficial pero no es así. El deseo de amar a Dios sobre todas las cosas es un deseo elegido, libre, racional (un pegamento que requiere tiempo). No siempre se traduce en sentimientos sensibles (pegamento de contacto), que pueden estar inmersos en otros bienes más inmediatos. Pero el hecho de que un deseo surja con fuerza y espontaneidad no quiere decir que sea más auténtico que otro que requiere más tiempo, que requiere un proceso, algunas mediaciones y renuncias para aflorar.

El discernimiento se da, por tanto, entre afectos y, como magistralmente muestra Ignacio en los Tres binarios, entre modos de “tratar un afecto” cuando este no está del todo ordenado. Es que el deseo es un pegamento que se mueve y progresa adhiriéndose a la realidad, a los bienes concretos. Y estos bienes no son solo cosas. El deseo se adhiere también a sí mismo, se alimenta a sí mismo y de sí mismo. El deseo se adhiere a las cosas presentes pero también al pasado -justificando el modo como adquirió los ducados, por ejemplo, y al futuro, a lo que hará con ellos.

El espacio vital que necesita un proceso de discernimiento

Puede venir bien recordar en este momento lo que San Ignacio dice acerca de tener “deseos de deseos”. Cuando hace que se pregunte a uno que quiere entrar en la Compañía de Jesús si tiene deseos de servir a Dios y la persona responde sinceramente que sus deseos no son muy intensos, Ignacio propone re-preguntar a ver si al menos tiene “deseos de deseos”.

Esta formulación, realmente inspirada, nos dice que para discernir sobre los deseos es necesario despegarse de la inmediatez que les es propia. Despegarse para poder verlos bien, para poder examinar la proporción entre el bien al que se apegan y la intensidad con que se apegan, por ejemplo. Este tomar distancia de los propios deseos -siempre lanzados y apegados- abre el espacio vital que necesita todo proceso de discernimiento.

Con los matices que tiene el querer quitar un afecto en cada uno de los tres binarios, Ignacio abre este espacio para posibilitar que uno se enseñoree de sus deseos, de modo tal que ninguna “cosa acquisita” se adueñe de su corazón sino que este se mantenga libre.

Esta libertad es algo que sólo se puede experimentar con la ayuda del Espíritu Santo, ya que se trata del apego más íntimo del corazón el cual, así como se desordena fácil si uno se deja llevar por su naturaleza -cada pasión busca su propio bien-, también se ordena fácilmente si uno mira el Amor de quien nos ama gratuitamente y se deja llevar por el deseo de agradarle sólo a El.

El deseo de poder servir mejor a Dios nuestro Señor

El punto , por tanto, no es cómo quitar solo un apego particular sino como movilizar el afecto para que se mueva libremente entre los bienes bajo la conducción del deseo mayor: el de poder servir mejor a Dios nuestro Señor.

Los dos primeros binarios tienen algo en común y es que “no se mueven”. El apego lleva al primero a posponer indefinidamente las cosas: no pone los medios. Lo suyo no es un verdadero querer sino un “querría”. Porque “querer”, lo que se dice querer, es moverse hacia el fin, hacia el bien. Si no hay movimiento, si no se ponen medios para lograr lo que se quiere, no es un verdadero querer.

El segundo tampoco se mueve. Lo suyo es un modo de estar apegado a las propias cosas que hace girar al mundo entero en torno a su deseo y pretende que Dios mismo quiera lo que él quiere. La actitud no es la “disponibilidad” creatural, el estar en ese movimiento, propio de quien tiene una actitud de servicio, sino que es la actitud del poder, de quien tiene una posición tomada, un espacio ganado y quiere que todos vengan al pie.

El tercer binario, en cambio, se mueve. Esto puede verse en que desarrolla toda una serie de actitudes y estrategias que revelan que su deseo es un verdadero deseo.

Dado que el deseo es tender a un bien, el mayor y verdadero deseo será el que tienda al Bien mayor y desde él ordene todos los otros deseos y movimientos. Este tipo de personas -la del tercer binario- tienen claro que el mayor bien es “servir a Dios nuestro Señor”, que es quien ha creado todos los bienes y conoce, por tanto, lo mejor para cada uno. Servirlo a Él es el mayor bien que uno puede hacerse a sí mismo y hacer a los demás.

Por eso este tipo de personas abre un espacio y da tiempo a los deseos más inmediatos para que vayan y vengan sin apegarse de modo inmediato y definitivo a ningún bien, esperando que sea el deseo del mejor servicio de Dios el que los ordene y jerarquice.

Notemos un detalle. Ignacio dice que el tercer binario “quiere solamente querer o no querer…” Así como uno puede situarse un paso antes de un deseo y focalizarse en tener “deseo de deseos”, así también uno puede ponerse en pausa y decir: lo que quiero es ser libre de mis deseos inmediatos. Quiero “querer o no querer” recién después de ver bien lo que Dios me propone y de pesar lo que a mí me parece mejor. Este querer es fruto de una alianza de libertades.

Es admirable ver que se trata de una doble pausa: pongo en pausa el movimiento inmediato de mis deseos, que los llevan a apegarse a lo que les resulta inmediatamente placentero. Pero pongo también pausa al bien que Dios me ofrece! Le doy tiempo a mi mente a que juzgue lo que le parece mejor y recién entonces, habiendo deliberado y madurado subjetivamente la cosa, doy rienda suelta a mi querer y me adhiero a ese bien.

Este tiempo que le damos a nuestros procesos afectivos es lo que hace la diferencia. Porque los bienes a los que nos adherimos por impulso o por obediencia a una ley externa, cuando viene una crisis, dejan de “imantar” el corazón y uno se “desapega”. O porque se apaga la pasión o porque la ley resulta demasiado difícil de cumplir y otras propuestas nos hacen dudar de ella.

El discernimiento nos sitúa ante un Dios que propone bienes, no los “impone”. De ahí que se requiera este doble paso -experimentar el don y adherirnos deliberada y libremente a él- para dar, entonces sí, rienda suelta al deseo ordenado.

Veamos como todo el principio y fundamento está presente en este tercer binario: “el hombre es creado para alabar, hacer reverencia y servir a Jesús nuestro Señor”. Ignacio nos hace juzgar qué es mejor, mirando no solo el servicio sino también la alabanza a Dios. Alabanza y servicio son los criterios, estético y ético, para juzgar bien.

Dos estrategias para liberarse de los apegos inmediatos o legalistas del querer

Para querer bien, dos estrategias: la de “hacer de cuenta que uno deja todo en afecto” y la de “poner fuerza en no querer ni esto ni nada, si lo que mueve el deseo no es “solo el servicio de Dios nuestro Señor.

Son dos ejercicios muy prácticos uno para “flexibilizar” la rigidez de los deseos, el otro, para “estabilizar” su volubilidad.

Hacer de cuenta que uno se saca todo lo que lleva puesto y lo pone ante sí sobre la mesa es “dejarlo en afecto”. Soltar efectivamente las cosas, ponerlas delante, ayuda a “sentir” cómo las manos y los ojos tienden a apoderarse de algunas más que de otras.

Poner fuerza en querer sólo el mayor servicio de Dios ayuda a experimentar cómo cuando uno se obliga a estar delante del Sumo Bien por un tiempo -frenando otros impulsos- el corazón se adhiere con mucha fuerza y como naturalmente a ese Bien.

San Ignacio nos muestra a Jesús como ese sumo bien al que podemos apegarnos con todos nuestros sentidos y facultades. En su Autobiografía decía de sí que “quería estar aficionado sólo a Dios”. A Jesús nos podemos apegar sin temor de que algo pueda apartarnos del amor de Cristo, como dice Pablo. En Jesús todos los demás deseos se ordenan en paz y con alegría. El deseo de mejor poder servir a Dios nuestro Señor debe ser siempre el primero.

Creo que viene bien leer aquí, integro, el pasaje de la Exhortación Gaudete et exsultate donde el Papa habla de “La lógica del don y de la Cruz”, en la que habla de las “renuncias” a todo apego desordenado para poner todo el corazón en el mejor servicio de Dios.

Una condición esencial para el progreso en el discernimiento es educarse en la paciencia de Dios y en sus tiempos, que nunca son los nuestros. Él no hace caer fuego sobre los infieles (cf. Lc 9,54), ni permite a los celosos «arrancar la cizaña» que crece junto al trigo (cf. Mt 13,29). También se requiere generosidad, porque «hay más dicha en dar que en recibir» (Hch 20,35). No se discierne para descubrir qué más le podemos sacar a esta vida, sino para reconocer cómo podemos cumplir mejor esa misión que se nos ha confiado en el Bautismo, y eso implica estar dispuestos a renuncias hasta darlo todo. Porque la felicidad es paradójica y nos regala las mejores experiencias cuando aceptamos esa lógica misteriosa que no es de este mundo, como decía san Buenaventura refiriéndose a la cruz: «Esta es nuestra lógica». Si uno asume esta dinámica, entonces no deja anestesiar su conciencia y se abre generosamente al discernimiento.

Cuando escrutamos ante Dios los caminos de la vida, no hay espacios que queden excluidos (no hay “cosas acquisita” que se adueñen de nuestro querer). En todos los aspectos de la existencia podemos seguir creciendo y entregarle algo más a Dios, aun en aquellos donde experimentamos las dificultades más fuertes. Pero hace falta pedirle al Espíritu Santo que nos libere y que expulse ese miedo que nos lleva a vedarle su entrada en algunos aspectos de la propia vida. El que lo pide todo también lo da todo, y no quiere entrar en nosotros para mutilar o debilitar sino para plenificar. Esto nos hace ver que el discernimiento no es un autoanálisis ensimismado, una introspección egoísta, sino una verdadera salida de nosotros mismos hacia el misterio de Dios, que nos ayuda a vivir la misión a la cual nos ha llamado para el bien de los hermanos (GE 174-175)

 

Momento para Contemplar

La Meditación de los Tres Binarios, es una de las ayudas que San Ignacio propone en los Ejercicios Espirituales para que el propio corazón pueda ir creciendo en libertad.

Todo el proceso de los Ejercicios Espirituales, es un proceso de libertad interior y de seguimiento del Señor…

En el Evangelio escuchamos a Jesús cuando dice:

«El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí y por la Buena Noticia, la salvará.

¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero, si pierde su vida?

¿Y qué podrá dar el hombre a cambio de su vida? -Mc 8, 34-37-

La paradoja del Evangelio, nos pone entre: el perder y el ganar.

Pierde, el que aferra…

Gana, el que se ofrece…

El que cree que gana (se apega a) su vida, en realidad la pierde

El que se anima a perder (ofrece) la vida por Jesús y por la Buena Noticia, la gana…

El discernimiento de los deseos, nos pide poner ante Jesús, aquellas cosas que pesan, que quitan libertad y hacen difícil la opción por una vida más sencilla y alegremente ofrecida…

Retomo, este párrafo del P. Diego:

“Con los matices que tiene el querer quitar un afecto en cada uno de los tres binarios, Ignacio abre este espacio para posibilitar que uno se enseñoree de sus deseos, de modo tal que ninguna “cosa acquisita” se adueñe de su corazón sino que este se mantenga libre. Esta libertad es algo que sólo se puede experimentar con la ayuda del Espíritu Santo, ya que se trata del apego más íntimo del corazón el cual, así como se desordena fácil si uno se deja llevar por su naturaleza -cada pasión busca su propio bien-, también se ordena fácilmente si uno mira el Amor de quien nos ama gratuitamente y se deja llevar por el deseo de agradarle sólo a Él.”

Quizás nuestra oración, podría centrarse en pedir tener deseos de desear de poder servir mejor a Dios nuestro Señor, pidiendo luz al Espíritu Santo, para discernir en qué lugar del corazón, se ocultan los apegos que son fruto de la falta de confianza en la Providencia del Padre que sabe lo que sus hijos necesitan…aun antes de que nos demos cuenta que necesitamos y se lo pidamos…

Les comparto esta Oración para encender nuestros deseos con los deseos del Evangelio:

Concédeme el deseo de los Magos que de noche ven tu estrella,

para cruzar de ella agarrado cuando nada más se vea.

Concédeme el deseo de Simeón, esperándote a la puerta,

para soñar hasta el final, el cumplir de tu promesa.

Concédeme el deseo de San José que a tus proyectos les da vuelta,

para dejar en el amor, lo que no entra en la cabeza.

Concédeme el deseo de María que se entiende bien pequeña,

para decirte siempre sí, porque sí dice la sierva.

Concédeme el deseo de la mujer, que por detrás de ti se llega,

para tocar con fe tu manto y robarte así tu fuerza.

Concédeme el deseo del leproso que las barreras da por tierra,

para esperar de tu abrazo, el curarse de la lepra.

Concédeme el deseo de la viuda que se pone como ofrenda,

para ponerme como ella, en lugar de dar monedas.

Concédeme el deseo de aquel niño, que comparte su merienda,

para entregar de lo mío, porque otro también tenga.

Concédeme el deseo de la mujer que recoge, por debajo de tu mesa,

para con pocas migajas, entender que se hace fiesta.

Concédeme el deseo de aquel ciego del camino,

que logró que te detengas,

para ver en el amor, lo que el pecado siempre ciega.

Concédeme el deseo de Zaqueo que en su casa te acogiera,

para querer estar los dos y repasar juntos las cuentas.

Concédeme el deseo del buen ladrón, clavado a tu derecha,

para saberme ya en tu reino, porque tu amor de mí se acuerda.

Concédeme el deseo de José, el que nació en Arimatea,

para pedir tu cuerpo santo y esperar que en mí florezca.

Concédeme el deseo de tu Pueblo que humilde te confiesa,

para guardar en tus manos, lo que la misericordia sólo cierra.

Concédeme el deseo de tu Iglesia, que es madre, y más, maestra,

para que al soplo de tu Espíritu, oriente yo mi vela.

 

 

8. Tres maneras de amar -humildemente- a Jesús

 

De los Ejercicios Espirituales que Ignacio le dio al Dr. Pedro Ortíz -embajador extraordinario de Carlos V ante la Santa Sede- nos quedan algunos de sus apuntes. Ortíz anotaba cuando Ignacio le daba los puntos. Entre ellos está una meditación  que quedó con el nombre de «Tres maneras de humildad». Ignacio dice en ella que: «Aprovecha mucho considerar y advertir (lo que la meditación propone) antes de entrar en el momento de hacer elección de vida” para «afectarse a la verdadera doctrina de Cristo nuestro Señor”.

Pedro Ortíz  -escuchando hablar a Ignacio, las titula en sus apuntes como «(Tres) maneras y grados de amor. Lo cual quiere decir que amor y humildad, con respecto a Jesús, son la misma cosa para Ignacio.

Este alto funcionario político un tiempo antes, en París, se había enojado mucho con Ignacio con motivo de unos ejercicios que nuestro padre le había dado a un joven estudiante, el bachiller Peralta. Lo acusaban a Ignacio de “hacer lío con los jóvenes” y de entusiasmarlos para un tipo de vida que era medio locura en aquel entonces. El asunto había pasado a mayores: don Pedro Ortíz había denunciado a Ignacio ante el inquisidor. Pasado el tiempo, una vez que conoció mejor a Ignacio, cambió totalmente su manera de pensar y de sentir. Se hicieron muy amigos. Tanto que, en 1537, estando ambos en Roma, Ignacio se fue con él a la abadía benedictina de Montecasinos y con indecible gozo le dio los Ejercicios durante 40 días. Ortíz decía de Ignacio que le había enseñado una “nueva teología que no se aprende para enseñar, sino para vivir”.

Las tres maneras de humildad

Son tres maneras de amar a Jesús que tienen un fin concreto: tomarle afecto a su «verdadera doctrina», dice Ignacio. La verdadera doctrina quiere decir  lo esencial del Evangelio que Jesús nos quiere comunicar. Esta verdadera «teología», como señalaba Ortíz, no es una «doctrina para enseñar» sino para poner en práctica en la vida cotidiana. Por eso supone «elegir»: entrar y permanecer en un proceso de ir «eligiendo» -en los momentos fuertes y en las cosas de todos los días- la mejor manera de amar al Señor.

Son entonces tres las palabras clave: doctrina, elección y humildad.

Los grados de amor a Jesús se traducen como grados de humildad. Esto es así porque con Jesús, el amor, si bien siempre es de ida y vuelta como todo amor auténtico, está en relación di-simétrica. Él nos amó primero, su amor es «hasta el extremo», es amor fiel aunque nosotros seamos infieles, y así siguiendo. Por eso la humildad es «la manera» o «el modo» adecuado para responder a un amor así. Y en esta humildad Ignacio distingue tres grados o escalones, por los que podemos «bajar» -abajarnos y humillarnos- de manera tal de recibir más y mejor todo lo que Jesús tiene para darnos.

I. EL VOLUNTARIADO

La primera manera de amar humildemente a Jesús, Ignacio la expresa diciendo: «que así me abaje y así me humille, cuanto me sea posible, para que en todo obedezca a la ley de Dios nuestro Señor».

Este movimiento  que describe como un “abajarse y humillarse para obedecer en todo”, no es un movimiento que surja espontáneamente si uno mira la ley en vez de la persona de Jesús. Cuando miramos la norma, lo que nos sale espontáneamente es cumplir «lo justo». Y también, cómo no!, «buscar excepciones».

En cambio, lo que dice Ignacio es que me humille de manera de poder obedecer en todo, libre y alegremente, al que amo; que por mi humildad, por mi coraje para descender este escalón, todo en mi vida quede bajo la influencia de la «ley del amor». Esta actitud  puede resultar incomprensible para el que no ama, para el que mira de afuera. Pero para el que ama, que los deseos del amado sean «ley», es algo natural.

Complementa Ignacio esta manera de amar a Jesús obedeciendo en todo a su ley poniendo un límite infranqueable: el del pecado mortal. También es natural para el que ama que haya cosas que no son negociables. Eso significa «pecado mortal». Significa que: «Ni aunque me hicieran dueño y señor de todas las cosas creadas en este mundo, ni aunque me amenazaran con quitarme la vida, no me plantearía siquiera deliberar si quebrantar o no un mandamiento, divino o humano, que me obligue a cometer un pecado mortal» (traducido: ni siquiera me atrevería a pensar en negociar mi amor poniéndolo en riesgo mortal).

En nuestra cultura actual, especialmente en occidente, casi todas las leyes están en estado de deliberación. El límite de lo “no negociable”, del «pecado mortal», está desdibujado. Socialmente, muchas cosas que hace un tiempo eran «inaceptables», hoy no lo son. Sin embargo, surgen otras que antes se aceptaban con mucha amplitud y que hoy no se toleran en lo más mínimo. Por eso, más que intentar precisar lo negativo puede ser bueno -pedagógicamente- ensanchar lo positivo: insistir en que el que ama, quiere amar «en todo» y si algo amenaza «la vida» del amado, se rechaza «sin pensar», con todas las fuerzas.

El voluntariado como primer grado de humildad y amor a Jesús

Bajando a nuestra realidad me hace bien pensar que este primer grado de amor o de humildad, este primer escalón por el que «descendemos» para sumergirnos -bautizarnos- en el Agua santa del Amor de Jesús, es propio de nuestros Voluntariados.

El primer modo de amar a Jesús es elegir algún voluntariado. Entrar como colaborador en alguna obra de misericordia. Ahí se puede practicar fácilmente y con gusto -si definimos bien nuestra misión y rol- este primer grado de humildad. Un voluntario es por definición alguien que se ofrece a hacer lo que le manden. Alguien que quiere amar y servir y pide que le manden alguna tarea concreta, tratando con alegría de hacer todo lo que le manden.

II. LA ESPIRITUALIDAD

El segundo modo de amar humildemente a Jesús, Ignacio lo describe como algo en lo que uno «se halla» o se encuentra. No es un escalón que uno descienda voluntariamente, como el otro, sino un estado de paz del alma y de disponibilidad en el que uno se encuentra y que es índice del amor a Jesús experimentado (en el voluntariado) como nuestro Sumo bien.

Esto es lo que hace que los demás bienes -que no son Jesús- se sientan como «indiferentes».

Ignacio dice así: «Esta segunda es más perfecta humildad (más perfecto amor al Señor)» y consiste en «si me hallo en tal punto que no quiero ni me afecto más a tener riqueza que pobreza, a querer honor que deshonor, a desear vida larga que corta». Agrega, como siempre, que esta «indiferencia» o este «preferir sólo el amor de Jesús», tiene como condición que sea «igual servicio de Dios nuestro Señor y salud de mi alma».

Como vemos, la indiferencia cristiana es preferencia. No es un estado de vacío y de no desear nada, sino todo lo contrario. El deseo grande de amar con predilección a Jesús hace que los demás deseos se «balanceen», se pongan entre paréntesis, hasta que no se muestra que algo es  para «mayor servicio y gloria de Dios» ,y también mayor bien para la santidad personal y el cumplimiento de la misión.

Este escalón de la «indiferencia-preferencia- va contra el movimiento de trepar y de querer poseer las mejores cosas, las más lindas. Más que de un movimiento exterior, digamos, es un «examinar si me hallo en un punto»: el de la disponibilidad total y siempre lista. Es decir: constatar si estoy «quieto» interiormente, si estoy en paz, si mantengo el fiel de la balanza en equilibrio, sopesando en pie de igualdad todas las cosas, todas las situaciones externas y mis pasiones internas posibles, sin inclinarme a priori por ninguna. Esto implica tener las riendas de las pasiones sin guiarme por el «me gusta, no me gusta», aceptando todo en pie de igualdad y contrastándolo con el amor de Cristo.

La Espiritualidad como segundo modo de humildad o amor al Señor

Este nuevo escalón del amor a Jesús, en el que más que bajar es como que de repente nos encontramos allí, me gusta denominarlo Espiritualidad.

Quiere decir que lo que llamamos Espiritualidad es un «modo de amar al Señor?

Sí!

Quiere decir que la Espiritualidad es un grado de humildad?

Eso mismo!

No era que la espiritualidad era una serie de ritos, oraciones, pensamientos piadosos centrados en algún valor, una serie de técnicas con cuya práctica uno se acerca a Dios y vive la vida cristiana dentro de un carisma especial? También. Pero antes que todo esto, hace bien considerar la Espiritualidad no como algo que uno elige o conquista o en lo que se va especializando, sino como un escalón más abajo en el que uno se encuentra viviendo.

La Espiritualidad es «aire» -espíritu- y no precisamente un aire nuestro sino Aire Santo, Espíritu Santo.

Es el ámbito que se abre al Espíritu cuando nosotros nos bajamos un escalón, cuando nos humillamos y, luego de haber transitado todo ese escalón-plataforma del Voluntariado «obedeciendo en todo» por servir a los más pobres, nos encontramos en un ámbito donde nuestros deseos se tranquilizan y, más que precipitarse sobre bienes particulares, se concentran en «contenerse a sí mismos», de modo tal que sea el Espíritu a movernos en dirección a un valor u a otro.

Espiritualidad, por tanto, como modo de amar a Jesús, manteniéndonos humildemente quietos, sin dejarnos empujar ni arrastrar por nuestros deseos (tampoco los buenos), esperando la indicación del Espíritu para «desear con todo» aquello que nos es encomendado como misión personal.

Espiritualidad es la humildad de abrir espacio al Espíritu: darle espacio y tiempo para que conduzca Él y nos muestre lo que le agrada al Padre.

La espiritualidad Madre

Si la primera humildad -la del Voluntariado- es concreta (la obediencia siempre es concreta -te pido que hagas «esto» y que lo hagas «así» y «ahora»), la segunda humildad o segundo modo de amar al Señor, más que una cosa es un «ámbito».

Es la humildad de no ejercer nuestra voluntad y deseos subjetivos, teniéndolos sujetos y quietos, para que Otro pueda movernos. Y entonces sí, poner todo lo que somos, lo más personal y lo que más deseamos nosotros, al servicio de lo que se nos indica. Esta es  la «Espiritualidad madre» de todas las espiritualidades y carismas particulares, que ella engendra y vuelve fecundas.

Ignacio completa la descripción en términos de «pecado venial»: «Que ni por todo lo creado ni aunque la vida me quitasen no sea en deliberar de hacer un pecado venial». Dicho positivamente: la espiritualidad -el carisma- (como los hobbies) se ve en los detalles. Si le robo un cachito, si pichuleo o mezquino o pongo horarios y condiciones, si aflojo en los detalles, pero sobre todo si me justifico y no confieso esto como «pecado venial», es señal de que todavía no me «encuentro» situado en ese mi verdadero nivel. Es que como decía Santa Teresa: la humildad es la verdad.

Es bueno ver estos «pecados veniales» más que como faltas de voluntad como faltas de «verdad», en el sentido de no haber descubierto aún mi verdadera espiritualidad, mi verdadero nombre-misión, por no estar en el nivel real de lo que soy a los ojos de Dios. Se trata de una falta de humildad-verdad.

Si peco contra «mi carisma» y me justifico, no es mi verdadero carisma, al menos no lo es en su real dimensión y plenitud. Por eso es que, para vivir mi Espiritualidad, para amar a Jesús de esta manera más perfecta, debo tomar conciencia de mi verdadera realidad, bajándome de la imagen autorreferencial y prejuiciosa de mí mismo que no me deja verme tal como soy amado por Jesús. El está más abajo de lo que yo pienso. Está lavándome los pies. Está allí donde tengo mis llagas, no donde tengo mis fortalezas.

III. JESÚS

El tercer modo de amar humildemente a Jesús es algo enteramente personal. Cada uno solo puede conocer y practicar “su modo”. Lo cual significa que escapa a toda regla abstracta. Supone a los otros dos, pero en el sentido de que, cuando el Señor da la gracia de sentirnos amados y de poder amarlo de este modo enteramente personal (y de modo particular en su pobreza y humillación), nos da al mismo tiempo los otros dos modos. Pero no significa que si uno desciende por los otros dos escalones -por el del Voluntariado y el de la Espiritualidad- llegue automáticamente a este grado.

El padre Fiorito expresaba esto haciendo ver que este grado de humildad «no es necesario para hacer una buena elección». No es un grado «superior» que habría que conseguir para algún fin. Fiorito explica que es bueno desear tener este grado de humildad, para «imitar y parecerme más realmente a Cristo nuestro Señor». Pero hace ver que el Señor no da a todos esta gracia. Por eso no hay que forzarla. Y pone un ejemplo: Si fuera así, el geraseno liberado del demonio tendría que haber seguido a Jesús porque «seguirlo» es «lo mejor». Pero no. Lo mejor para él fue obedecer a Jesús que lo mandó a ir con su familia.

San Ignacio describe así este “amor perfecto” o «humildad perfectísima»: “Es, a saber, cuando incluyendo la primera y la segunda (el voluntariado obediente y la espiritualidad humilde), y siendo igual alabanza y gloria de la divina majestad, por imitar y parecerme más actualmente a Cristo nuestro Señor, quiero y elijo más pobreza con Cristo pobre que riqueza, oprobios con Cristo lleno de ellos que honores, y deseo más ser estimado por vano y loco por Cristo, que primero fue tenido por tal, que por sabio ni prudente en este mundo».

Notemos el «quiero y elijo». Antes, los modos de amar a Jesús implicaban el  «movimiento» de abajarse  para «ejecutar» lo mandado y el «hallarse» en estado de indiferencia para dar espacio al Espíritu. Dos movimientos fundamentalmente pasivos, donde toda la fuerza se pone en permitir que obre otro, en hacer y desear lo que otro manda. Aquí en cambio se trata de «querer y elegir». Y el objeto no es «la ley» ni «lo mejor» sino lo peor -pobreza, oprobios, ser tenido por loco-. Pero, segunda cosa a notar, no lo peor por sí mismo sino «con Cristo». Con Cristo pobre, humillado y loco.

El cristianismo como tercer grado de humildad

Me gusta pensar que esta tercera manera de amar a Jesús es, propiamente, el cristianismo. No es «hacer el bien» ni «tener una espiritualidad» como actitudes necesarias para ser simplemente humanos, sino que se trata de ser cristianos.

Ser cristiano es bajar un escalón más, no subir. Es quedar más abajo que todos los demás hombres y mujeres que viven a nuestro lado.

No es un grado más alto en la escala de perfección humana.

Tampoco es un escalón al que se baje por decisión propia.

Es una gracia que se nos permita bajar allí donde bajó Jesús, allí donde yace, al costado del camino, tanta gente pobre.

Si uno recibe esta gracia, de bajar a los infiernos donde bajó el Señor, se encuentra con la mayor parte de la humanidad (de hecho todos bajamos allí en algún momento de la vida). Ser cristiano es bajar allí «con Jesús». De su mano.

Brochero decía que «El sacerdote que no tiene mucha lástima de los pecadores es medio sacerdote. Estos trapos benditos que llevo encima no son los que me hacen sacerdote; si no llevo en mi pecho la caridad, ni a cristiano llego».

Brochero une connaturalmente llegar a ser cristiano», «tener caridad en el pecho» y «tener mucha lástima por los pecadores». Ser pobre con Cristo pobre no es una operación mental. No es «imaginar» a Cristo pobre y rezar pensando en mis pobrezas. Es ir realmente a vivir con los pobres, los insultados y los considerados locos de nuestro tiempo. Es querer y elegir esto, en vez de andar queriendo y eligiendo riquezas, honores y que se nos considere prudentes y sensatos en nuestras afirmaciones y acciones.

El punto es querer y elegir estar ahí abajo «con» Jesús. Así como el quiso y eligió estar abajo por estar más «con» nosotros. Con los más de nosotros. Con la mayoría de la humanidad.

 

Momento para Contemplar

Las Tres Maneras de Humildad, nos ayudan a crecer en el Amor…

Tres grados de amor que nos ayudan a crecer en pequeñez…

 

La humildad, dice San Agustín,  es el camino de la verdad de nosotros mismos, que nos abre al encuentro con Cristo, médico humilde y doctor de la humildad, que para rescatarnos se ha hecho uno de nosotros.

Sólo quien se reconoce enfermo, el que no presume de sí mismo, siente la necesidad de ser curado y puede acoger la salvación del Hijo de Dios.

La humildad es el camino de la misericordia y del perdón; nos pone frente al hermano con una mirada de comprensión y de aceptación… (Sermón 211,4).

La humildad  es la gran ciencia que el hombre está llamado a aprender: “Este es el perfecto y excelso conocimiento: conocer que el hombre por sí no es nada; y todo lo que es lo recibe de Dios y por Dios” (Comentario al salmo 70, 1, 1).

Por eso Agustín nos recomienda que aprendamos lo pequeño, la humildad de Dios: “Lo que han hermanos, de aprender, ya lo están viendo, es lo pequeño!. Nosotros apetecemos las cumbres; para ser grandes aprendamos lo pequeño.

¿Quieres aprehender la grandeza de Dios? Aprende antes la humildad de Dios.

Dígnate ser humilde en bien tuyo, puesto que Dios se dignó ser humilde también por ti.

Aduéñate de la humildad de Cristo, aprende a ser humilde, no seas orgulloso.

Confiesa tu enfermedad, déjate con paciencia tratar del Médico.

Observa el árbol: echa primero hacia abajo para crecer después hacia arriba, clava su raíz en lo humilde para lanzar al cielo su copa. ¿Dónde sino en la humildad se afianza? ¿Quieres, pues, tú, sin caridad, subir a las alturas?

Buscas sin raíz el espacio, y ése no es crecimiento, sino derrumbamiento. Habite Cristo por la fe en sus corazones, para que, arraigados y fundados en la caridad, sean llenos de toda plenitud de Dios” (Sermón 117, 17).

Algunas Preguntas para ayudar en la oración…

¿Qué piensas de la humildad? ¿La valoras, la deseas, la suplicas?

En tu historia personal ¿Qué pasos has dado hacia la humildad y qué circunstancias te han llevado a ella?

¿Quién dirige tu vida? ¿La autonomía de persona adulta o te mueve el querer de Dios como horizonte?

En el servicio como voluntario, o tarea apostólica ¿Actúas desde el protagonismo personal o desde la conciencia de ser un instrumento en las manos de Dios?

¿Qué pasos te sientes invitado a dar para crecer en humildad durante este tiempo??

 

Puedes terminar con la siguiente oración

Ayúdame, hermano, a ser humilde.

Ten misericordia de mí y muéstrame

lo que Dios va haciendo con tu vida.

Te prometo acoger y escuchar

tus pasos y tus caídas,

tus ternuras y tus rechazos,

tu alegría y tu dolor.

Quiero ser menos yo y más hermano,

porque quiero descender hasta donde

se encuentra lo más humano,

lo profundamente humano.

Me han dicho que allí se encuentra Dios.

Búscame cuando me pierda

y volveré a casa de tu mano,

a casa para servirte más

y compartir juntos el pan.

Cuando veas brillar en mis ojos

la soberbia y la altanería

y mi boca se llene de palabras vacías,

no apartes de mí tu mirada tierna pero vigorosa,

no dejes de comunicarme la esperanza.

Confía en mí que aprenderé de ti

Y suplicaré también por ti al Padre.

Te pido hermano que me ayudes

a ser humilde con tu ejemplo.

Yo también te lo ofrezco.

Señor Jesús, maestro de humildad,

haznos reconocer nuestra pequeñez,

nuestras vidas, su desnudez

y reconocer tu gratuidad

Padre de misericordia,

concédenos caminar en la humildad…

(Autor desconocido)

 

 

 

9. Las sanas y buenas elecciones son, en realidad, nuestro modo concreto de elegir la Persona de Jesús

 

En el corazón de los Ejercicios Espirituales, Ignacio completa el Principio y Fundamento con consejos decididamente prácticos, volcados a hacer una buena elección (no solo a ver su importancia ni solo a desearla) (EE 169-189).

Recordemos las palabras finales del Principio y fundamento: Es necesario que nos hagamos indiferentes a toda cosa creada … y que solamente deseemos y elijamos “lo que más nos conduce para el fin para el que somos creados” (EE 23). Esta convicción que Ignacio nos imprime en el alma al comienzo de los Ejercicios, ahora, en el Preámbulo para hacer elección (EE 169), la completa de manera más práctica. Muestra lo que se requiere -tanto subjetiva como objetivamente- para que nuestra elección sea «pura y limpia (…), sin “afectos desordenados», «sana y buena» (EE 175).

El consejo final será la misma regla del Principio y Fundamento, de usar las cosas “tanto… cuanto” nos ayuden, puesta ahora en clave de «salida de sí»: «Piense cada uno que tanto se aprovechará en todas las cosas espirituales cuanto saliere de su propio amor, querer e interés» (EE 189).

El miedo a ser libres

Desarrollar los 20 puntos sobre cómo hacer una buena elección daría para un año entero de nuestros talleres. Aquí nos detendremos en un sólo punto, que me parece central para tomarle el gusto y perderle el miedo a la elección ignaciana. Sí, porque uno le tiene miedo a elegir. El famoso “miedo a la libertad” del que hablaba Erich Fromm.

Cuál es el miedo? El miedo es que, apenas se habla de «elegir» uno instintivamente piensa en algunas cosas que debería dejar, o al menos poner sobre la mesa, y no quiere, por ahora… Estamos acostumbrados a pensar que el Señor nos pedirá que elijamos «eso que más nos cuesta»: que dejemos algo que nos gusta mucho (a veces cosas importantes, pero otras, cosas que son en sí poco trascendentes, pero a las que le tenemos afecto), o que hagamos algo que nos resulta particularmente difícil o repugnante.

Rezando acerca de esta dificultad, que hace que muchas veces nos pongamos en guardia al escuchar hablar de elección, se me hizo luz en un punto y es que no se trata en primer lugar de elegir «para abajo» sino «para arriba».

Elegir “para arriba”

Antes de explicar esto, consideremos que la dificultad de escuchar hablar sobre «la elección -tanto de estados de vida para siempre, como puede ser la elección estable con votos, de vida matrimonial o de comunidad religiosa, como de cosas temporales, como puede ser un apostolado, un trabajo etc…,- se extiende a la dificultad para entrar a hacer ejercicios espirituales. Es que todos pescamos que los ejercicios  se ordenan a la elección y, tarde o temprano, harán que todas nuestras oraciones -de alabanza, de adoración o de contemplación-, y todos los ejercicios espirituales -exámenes de consolaciones y desolaciones, discernimiento, charlas con el director espiritual, penitencias, dinámicas para rezar, etc…, se terminen por orientar a tomar decisiones prácticas, que concreten lo que hemos rezado y lo pongan por obra.

Por eso la importancia de «tranquilizar» este tema, reflexionándolo bien. Ponemos un ejemplo. Una de las dificultades que encuentran los recién casados, está en que, de golpe, se encuentran teniendo que «decidir» todo de a dos: las mil y una cosas cotidianas que hasta ayer decidía cada uno por su cuenta. Siempre recuerdo con una sonrisa cuando una pareja de jóvenes a los que había casado hacía poco me contaron acerca de su apasionada discusión acerca del color de la puertita detrás de la cual iba el tacho de basura. Esta que es una constante dificultad cuando de gustos o hábitos se trata (y que en algunos matrimonios que llevan ya muchos años de casados en vez de solucionarse se ha «consolidado», de manera tal que en algunas cosas uno dice al otro «hacé lo que quieras»), es algo que las parejas saben superar cuando está en juego un bien absoluto, como puede ser la vida de un hijo. Leía hoy en el libro de Francisco,La sabiduría del tiempo, el testimonio de una abuela siria -Janet Shaabo Mardelli- que a los 77 años tuvo que dejar Alepo -bombardeada- para salvar la vida y la de su familia, luego de la muerte de su esposo. El esposo -y este es el testimonio que me conmovió- siempre le decía: «Tienes que ser siempre decidida. No llores por el presente, no hay que dejarse confundir por los pro y los contra. En cualquier aspecto de la vida, toma tus decisiones con coraje».

Elegir personas

Creo que la clave está en la distinción entre decidir sobre «cosas» y decidir sobre «personas». De esto parto para decir que todo lo que Ignacio nos enseña y nos propone en sus Ejercicios en general y en estas instrucciones para hacer una sana elección, giran en torno a la Persona del Señor, de Jesús. Como el esposo de Janet, Ignacio nos aconseja que seamos «decididos» y elijamos con coraje en todos los aspectos de nuestra vida… a Jesús.

Cuando uno elige a una persona -lo que le agrada, lo que es bueno para ella- las cosas se aclaran. Por eso insiste Ignacio, al comienzo en mirar el fin -que es alabar a Dios nuestro Señor y salvar mi persona-, y al final, repite lo mismo y nos habla de «salir de nuestro querer e interés, para elegir el querer y los intereses de Cristo nuestro Señor.

Elegir la Persona de otro y lo que el otro piensa y siente, así como puede resultar invasivo en cosas «de abajo» (en cosas que cada uno elige de acuerdo a su personalidad y como extensión de la misma), en cosas «de arriba» (cosas que hacen al plan de salvación de nuestra vida entera y de la humanidad y que escapan a nuestra visión limitada), se revela como fuente de alivio y de alegría. Tener quién nos aconseje en estas cosas grandes -una vocación para toda la vida!- es una gracia inmensa. Justamente, estos consejos «grandes» son los que no pedimos por temor a que entren en juego opiniones sobre otras cosas «pequeñas», en las que no queremos que otros se metan.

Despertar nuestro instinto superior: el instinto de Dios

Lo que Ignacio trata de hacer con sus Ejercicios es ayudar a «despertar nuestro instinto superior». Lo llamo «instinto» a propósito, ya que en algunas cosas «inferiores» los seres humanos no estamos «sometidos» -como los animales, a nuestro instinto, sino que lo podemos orientar y manejar libremente. Esta libertad «de hacer lo que queramos», es lo que algunos confunden con la totalidad de la libertad. Y la aplican a hacer lo que quieren con su vida llegando a afirmar, por ejemplo, que «con su cuerpo uno hace lo que quiere». Pero, si uno reflexiona un poco, el no estar «sometidos» a nuestro instinto inferior, no es para dedicar toda la vida a trasgredir o cambiar lo que somos naturalmente, sino más bien a orientar nuestro instinto a obedecer libremente al Creador que nos dio el don de ser libres.

Creo que se entiende lo que quiero decir. Toda la insistencia de Ignacio en tener claro el fin y en no torcer las cosas haciendo un fin lo que es un medio (como lo de querer tener mucha plata para luego servir a los pobres), la insistencia, digo, no es para meternos en la cabeza una lógica funcionalista. El fin del que habla es de otra cualidad: es una Persona. Querer que Jesús elija lo mejor para mí es querer que incida en mi vida, no por decretos, sino «dejándolo yo vivir -elegir, sentir y gustar y valorar- en mí». Que Él conduzca es el modo de que viva en mí sin dejar yo de ser yo y Él de ser él. No se trata de que moleste mi autonomía allí donde soy dueño de mis gustos y de mis comportamientos, sino de guiarme hacia los valores más altos, es el modo de poder compartir sus sentimientos y su mente! Que alguien desee compartir esto tan Suyo conmigo es -debería ser- fuente de admiración y de humildad.

Entendámonos bien. No es que el Señor quiere elegir por mí no sé por qué motivo. Si hubiera deseado esto le habría bastado con crearme con un instinto ya prefijado como a los demás seres!

Lo mío, en cuanto incide en la historia de salvación

Elección que se refiere a las cosas mayores -a lo mío en cuanto puede contribuir al bien de la humanidad-, no a lo mío en cuanto sólo me atañe a mí, que en eso el Señor no se mete.

El Señor mismo «elige» de esta manera, no haciendo «su voluntad» sino haciendo «la voluntad del Padre», cuando se trata del modo de salvarnos aceptando la Cruz. Él mismo, siendo Dios, no tiene problema en «buscar y hallar» la voluntad del Padre que, en un sentido que se nos escapa, Jesús dice que es «más grande», que hay cosas que «ni él que es el Hijo, sabe».

Elige, por tanto, el que ve más. Es una cuestión de inteligencia querer que elija el que mejor ve! Despertar este instinto de supervivencia, en el sentido alto de vivencia eterna y celestial, es el deseo de Ignacio al proponernos todos estos ejercicios y al darnos estos consejos para una buena y sana elección, «no de cualquier cosa inferior», sino de lo más alto y para bien de todos, de lo que nos integra positivamente al plan de salvación de toda la humanidad.

El ojo de la intención debe ser simple

Leemos, ahora sí, lo que dice Ignacio: «En toda buena elección, en cuanto es de nuestra parte, el ojo de nuestra intención debe ser simple». Solo hay que mirar (el fin) para el que he sido creado: a saber, para alabanza de Dios nuestro Señor y salvación de mi ánima. Así, cualquier cosa que yo eligiere, debe ser a que me ayude para al fin para que soy creado. Por tanto no hay que forzar las cosas,  ordenando o trayendo el fin al medio, sino (ordenando y trayendo) los medios al fin».

Me parece significativo que solo mencione la «alabanza» en este punto. Luego habla del servicio, que es donde se vuelve compleja y luchada la cosa, ya que en el servicio siempre hay un más y un mejor, los cuales son tema de elección. La alabanza no se «elige» propiamente. Es fin. Como la propia salvación: es fin. Y fines personales. El de la alabanza va primero, porque es enteramente gratuito, ordenado a alegrarnos por ser Dios quien es y a gozar de alabarlo por el puro gusto de que exista. Haciendo eso, nos dignificamos como creaturas libres y agradecidas y damos lo mejor de nosotros mismos.

Manteniendo este «instinto libre de alabar» -digo instinto porque la alabanza brota espontáneamente cuando nuestra inteligencia «capta» en algo concreto la maravilla y la gratuidad de la vida y lo grande y generoso que es El que nos creó-, Ignacio nos hace considerar el servicio, en el cual hay que tener clara la relación fin-medios.

«Así como pasa que muchos eligen primero casarse, lo cual es un medio, y en segundo lugar servir a Dios nuestro Señor en el casamiento, siendo que servir a Dios es fin. Asimismo hay otros que primero quieren tener beneficios (dinero, cosas útiles…) y después servir a Dios con ellos. De manera que éstos no van derechos a Dios, mas quieren que Dios venga derecho a sus afecciones desordenadas y, por consiguiente, hacen del fin medio y del medio fin. De manera que lo que tenían que tomar primero, lo toman al último; porque primero hemos de poner por objeto querer servir a Dios, que es el fin y en segundo lugar (hemos de poner por objeto) tener tal beneficio o casarme (o entrar en la vida religiosa), si más me conviene, que es el medio para el fin; así ninguna cosa me debe mover a tomar los tales medios o a privarme de ellos, sino sólo el servicio y alabanza de Dios nuestro Señor y salud eterna de mi ánima» (EE 169).

Vemos cómo en el medio está el servicio -como tema de elección- pero al final vuelve lo de la alabanza. El servicio es «para alabar a Dios nuestro Señor». No es una cuestión meramente práctica y eficientista! Por eso, si no rezo, no sirve el servicio. Porque «lo primero» de lo que habla Ignacio es «la Persona» y alabarla es «reconocer su existir mismo como Persona como lo más valioso». Por eso se lo demuestro «sirviendo» -que es el modo de «tener salud en el alma», de «vivir».         Notamos también que Ignacio pone aquí salud «eterna». Estamos ante la elección de algo que es objeto de un «instinto libre» y que es «lo más Alto, lo Eterno». Y lo único «eterno» es lo más «personal»: el misterio de la Persona, en su ser cada una una y única y a la vez estar en íntima comunión con las demás personas. Elegir lo que me hace ser persona para siempre, esa es la buena elección, la elección a la cual se subordina todo lo demás. Ese es el fin.

Tres «tiempos» para hacer una sana y buena elección en cada uno de ellos (EE 175-188).

Ignacio habla de «tiempos» para hacer elección. No corresponden tanto a «tres estados del alma» sino a «tres tipos de irrupción de la Libertad divina en nuestra historia temporal».

El primer tiempo marca todo el resto y nos habla de una irrupción personal del Señor, que «así mueve y atrae la voluntad, que, sin dudar ni poder dudar, la persona devota sigue a lo que le es mostrado». Ignacio pone dos ejemplos: «así como San Pablo y San Mateo lo hicieron en seguir a Cristo nuestro Señor» (EE 175).

En general, se menciona más el ejemplo de San Pablo, a quien el Señor lo derribó, le habló directamente desde el cielo y le dio instrucciones para recibir su misión de manos de Ananías. Pero llama la atención que Ignacio ponga también el ejemplo de la vocación de San Mateo, que no fue «milagrosa». De hecho el llamamiento pareciera igual al del joven rico, al que se agrega que el Señor miró con amor. El punto es que se trata de una «irrupción de la Libertad del Señor» que llama a otra libertad. La comparación que hacemos con el joven rico ayuda a confirmar que no se trata de que «el llamado» tenga una palabra especial, ya que las mismas palabras «sígueme» tienen un efecto distinto en Mateo y en el joven rico. La diferencia puede estar en que Mateo capta «lo personal» del llamado. Y recibe a Jesús en su casa con sus amigos, personas a él queridas, más allá de sus cualidades morales. El joven rico, en cambio, no percibe el amor personal de Jesús sino que mira «las riquezas» que tiene que vender para seguirlo. Se trata, por tanto, de la Persona de Jesús reconocida como tal por otra persona para la cual es importante. Pienso que Mateo estaría «cansado de lidiar con el dinero» y Pablo, de lidiar con leyes. De manera tal que a ambos, que Jesús los llamara en Persona -Saulo, Saulo, por qué «me» persigues?- les hizo seguirlo «sin dudar ni poder dudar».

También se puede invertir el proceso y comprender que, cuando uno no duda, es que hay una experiencia personal, de la Persona como bien sumo y absoluto. Es lo que a veces no comprende el que «ve de afuera», el que es espectador, porque tiene a su propia persona como valor más alto y no ha experimentado la gracia de servir a otra persona en cuanto es «igual que ella» o de seguir a alguien como Jesús, igual en cuanto persona y enteramente distinto en cuanto a su naturaleza divina.

El segundo tiempo de elección es: «Cuando uno toma bastante claridad y conocimiento por experiencia de consolaciones y desolaciones y por experiencia de discreción de varios espíritus» (EE 176).

Podríamos decir que la única diferencia entre estos dos tiempos es que la irrupción de la Libertad divina, con su presencia personal en nuestra historia, lo que en el primer tiempo lo hace en un instante, ahora lo hace en varios, adaptándose a nuestro modo histórico de experimentar las cosas y permitiendo que discirnamos su Persona por el modo de tratarnos y lo distingamos del modo de tratar del mal espíritu. Este tiempo es el más humano, diríamos.

El hecho de que San Ignacio oponga el tercer tiempo de elección al primero y segundo juntos, parece indicar que el 2º puede ofrecer igual certeza que el primero. Esto es así si de lo que se trata es de la Persona misma del Señor como sumo Bien que uno elige al elegir este o aquel paso o modo de vida concreto. Sea que la Persona se experimente como Sumo bien en un instante o luego de un tiempo de experimentar también su ausencia -desolación- y la presencia del mal espíritu, la cuestión es la misma. Una vez que uno conoce la Persona del Señor, no puede dudar que lo que lo aproxime a Ella es lo mejor  para elegir.

El tercer tiempo para hacer una buena elección, Ignacio lo define como «tiempo tranquilo, considerando primero para qué ha nacido el hombre, a saber, para alabar a Dios nuestro Señor y salvar su ánima, y deseando esto, elige por medio una vida o estado dentro de los límites de la Iglesia, para que sea ayudado en servicio de su Señor y salvación de su alma» (EE 177).  Ignacio llama «tiempo tranquilo cuando el alma no es agitada de varios espíritus y puede usar sus potencias naturales libre y tranquilamente» (EE 178).

Cuando uno se encuentra en este tiempo «tranquilo», Ignacio dice que hay «dos modos de hacer elección». Uno más «intelectual» y otro más «afectivo». No los desarrollamos aquí sino que simplemente notamos lo decisivo de la dimensión Personal en ambos.

En el primer modo, Ignacio nos hace poner delante la cosa sobre la que queremos hacer elección y la «mide» -digamos así- como un medio para «alabar al Señor». Pero más allá de la consideración que uno hace con su propia inteligencia, Ignacio nos hace «pedir a Dios nuestro Señor que quiera mover mi voluntad y poner en mi lama lo que yo debo hacer con esa cosa, que más a alabanza y gloria de Dios sea» (EE 180).

En el segundo modo, Ignacio apela directamente al amor del Señor, lo cual es como decir a su Persona: «Que aquel amor que me mueve y me hace elegir tal cosa descienda de arriba del amor de Dios, de forma que el que elige sienta primero en sí que aquel amor más o menos que tiene a la cosa que elige es sólo por su Creador y Señor» (EE 184).

En ambos casos, luego de elegir racional o afectivamente, el último paso es enteramente personal: «Hecha la elección o deliberación, debe ir la persona que la ha hecho, con mucha diligencia, a la oración delante de (la Persona de) Dios nuestro Señor y ofrecerle la tal elección para que su divina majestad la quiera recibir y confirmar, siendo su mayor servicio y alabanza» (EE 183).

El ofrecimiento y la espera de confirmación son dos actitudes enteramente personales que ponen «la cosa elegida» en su nivel de «medio» y de «cosa». Rompe Ignacio con estos pasos del discernimiento que culmina en la elección, con cualquier tipo de seguridad de tipo racionalista o legalista. Aún lo mismo que el Señor da a elegir se somete a una ulterior confirmación en la que no se mira ya la cosa sino al Señor que nos la puso en la mente y en el corazón. Y más aún, se hace pasar esta confirmación interior por otras dos, la del que nos acompaña en el proceso como director espiritual y luego de la Iglesia a través de la persona de los pastores concretos bajo cuya jurisdicción cae lo que el Espíritu nos ha dado a elegir.

Proceso más personal que este no puede haber.

 

Momento para Contemplar

Luego de la lectura atenta de lo que nos comparte el P. Diego Fares, sj;  y la reflexión iluminada por la fe, podemos centrar nuestra oración, en hacer memoria de las elecciones que fuimos haciendo en nuestra vida y preguntarnos si, en ellas pusimos como horizonte el “Fin para el que fuimos creados: amar, alabar y servir a nuestro Señor…”

Es esencial, tener presente que el centro de nuestras elecciones, es Jesús, que nos misiona mirándonos a los ojos con mucho amor…

La elección es fruto de la Gracia que pedimos en la Segunda Semana los EE: “Conocimiento interno del Señor, que por mí, se hizo hombre para más amarlo y servirlo=seguirlo”, que nos ha ayudado a descubrir con ojos nuevos, a Jesús, Señor de nuestra vida y toda nuestra historia…

Nos dice el P. Diego:

“Llama la atención que Ignacio ponga también el ejemplo de la vocación de San Mateo, que no fue «milagrosa». De hecho el llamamiento pareciera igual al del joven rico, al que se agrega que el Señor miró con amor. El punto es que se trata de una «irrupción de la Libertad del Señor» que llama a otra libertad. La comparación que hacemos con el joven rico ayuda a confirmar que no se trata de que «el llamado» tenga una palabra especial, ya que las mismas palabras «sígueme» tienen un efecto distinto en Mateo y en el joven rico. La diferencia puede estar en que Mateo capta «lo personal» del llamado. Y recibe a Jesús en su casa con sus amigos, personas a él queridas, más allá de sus cualidades morales. El joven rico, en cambio, no percibe el amor personal de Jesús sino que mira «las riquezas» que tiene que vender para seguirlo. Se trata, por tanto, de la Persona de Jesús reconocida como tal por otra persona para la cual es importante. Pienso que Mateo estaría «cansado de lidiar con el dinero» y Pablo, de lidiar con leyes. De manera tal que a ambos, que Jesús los llamara en Persona -Saulo, Saulo, por qué «me» persigues?- les hizo seguirlo «sin dudar ni poder dudar».

Una vez que uno conoce la Persona del Señor, no puede dudar de que lo que lo aproxime a Ella es lo mejor para elegir”

Ayuda para la oración:

La invitación es hacer memoria de las diferentes elecciones que has hecho en tu vida…

Agradecer aquellas elecciones que fueron confirmadas en el tiempo…

Agradecer lo aprendido en aquellas elecciones que no fueron las que no fueron quizás bien discernidas…

Luego de hacer este ejercicio, imagina la Tierna Mirada de Jesús hoy sigue poniendo sus ojos en vos para confirmarte en el Mucho Amor que tiene por vos…

 

Puedes terminar la Oración con esta plegaria:

Quisiera hoy, en estas horas de mi caminar frágil,

dejar mi vida entre tus manos,

como vasija humilde, como barro confiado.

Dejar que modeles en mi alma tu proyecto;

permitirte conquistar mis ideas y mis actos;

prestarme para que también otros,

desde mi vida transformada,

puedan avanzar hacia la esperanza

y descubrir Tu Amor eterno.

 

 

10. Aprender y ayudar en la Escuela de discernimiento

 

Comenzamos y terminamos el año bajo el signo de la Escuela del discernimiento. Para crecer en el discernimiento hay que entrar en esta Escuela cuyo principio pedagógico es que “solo aprende bien el que enseña a otros”. La Palabra se hace carne en nuestro corazón cuando la encarnamos en obras de misericordia. Las así llamadas “obras de misericordia espirituales” son la puesta en práctica de una Palabra rezada, es decir recibida como limosna de gracia en la oración, que se transforma en ayuda: «enseñar al que no sabe», «corregir al que se equivoca», dar buen consejo al que lo necesita».

La verdad del evangelio ilumina la mente no de manera puntual, como cuando uno piensa en un concepto abstracto, sino que “va iluminando” -como el sol que sale y va iluminando las torres y palacios más altos de Roma y a medida que él asciende, su luz llega a las casas más bajas-. Podríamos decir que la Palabra toca nuestra inteligencia a través de nuestros sentidos -con alguna frase que nos hace sentir y gustar una verdad evangélica-, desciende a nuestro corazón, tocando nuestros afectos con su belleza y su amor, pone en movimiento nuestros pies y nuestras manos, extendiendo su acción benéfica que se convierte en obras de misericordia, justicia y caridad, ayudando y sirviendo a los demás, especialmente a los más pequeños, y vuelve con su luz, ahora más plena, luego de haber hecho este proceso en el que su Luz se reflejó en cada acción y cada cosa, a nuestra inteligencia, permitiéndonos sacar provecho mediante la reflexión.

La luz de Dios ilumina por reflejo, una vez que la Palabra alcanzó una realidad más amplia, gracias a que la rezamos, la pusimos en práctica y reflexionamos acerca de su sentido. La luz de la Palabra no se nos da toda entera en nuestra inteligencia, sino sólo un poquito, lo suficiente para conmovernos el corazón y las entrañas y poner en movimiento nuestras manos y nuestros pies. Luego, mientras uno pone en práctica el consejo evangélico, o después, cuando uno hace el examen de las consolaciones recibidas en la misión, se termina de «comprender» lo que la Palabra quería decir. Y esto nos hace ir de nuevo, con hambre y sed, a la oración.

Rezar, practicar, reflexionar

En la Escuela ignaciana, rige el principio pedagógico de ser “contemplativos en la acción” o, como dice Aparecida de ser “discípulos misioneros”, tiene tres momentos bien definidos: rezar, practicar, reflexionar. Rezar para nutrirse de la Palabra, practicarla para que de fruto en uno y en los demás, y reflexionar -no sobre todo en general sino sobre cómo la palabra incidió en la vida- para sacar provecho. Estos tres momentos, que se repiten en lo cotidiano y a lo largo de los distintos períodos de la vida, constituyen el «ciclo virtuoso» de la iluminación evangélica.

Hemos de incorporar esta convicción, que no es una regla abstracta sino el fruto de una experiencia que nos viene de nuestros santos y maestros: No se pueden separar estos momentos ni se puede prescindir de ninguno de ellos.

Creo que en el lenguaje común ya está aceptada -al menos teóricamente- la relación entre los dos primeros: oración y acción. San Ignacio los une y uno de sus compañeros y fiel intérprete, resume su relación en esa fórmula feliz que dice que marca el ideal al que debemos tender y que es ser: «contemplativos en la acción». Pero no es tan habitual tener en cuenta el tercer momento, el de la reflexión o «examen», al que Ignacio le daba igual o mayor importancia que a los otros dos. Este examen no es examen de los pecados, sino del proceso que recorrió la Palabra en nuestra oración y en nuestra jornada. Examinamos cómo la Palabra se nos dio como limosna de gracia, cómo gustamos algo en la oración, al leer, meditar y contemplar el evangelio; examinamos luego cómo esa Palabra dio fruto primero, en nuestra afectividad misma, moviéndonos a dialogar amorosamente con el Señor en la oración y, luego, cómo dio algún fruto en nuestra vida, cuando la pusimos en práctica en nuestro trato con el prójimo.

Vemos que San Ignacio al final de la oración nos hace hacer una «reflexión para sacar provecho». Nos hace «conversar» con el Señor de lo que vivimos y aprendimos en la oración. Lo mismo recomienda al final del día, como si el día entero hubiera sido «una contemplación en la acción”.

Este examen consiste en rebobinarel día. Pero no como si pasáramos rápidamente toda la película sino editando lo que tiene que ver con la gracia recibida en la oración, es decir: desde la perspectiva de la gracia principal que el Señor nos dio. Esto tiene sentido y da unidad a nuestra vida, porque las gracias que el Señor nos da -todas y cada una- están dirigidas y ordenadas teniendo en cuenta nuestra vocación y la misión encomendada.

Por eso, no se trata en primer lugar de revisar en sí mismos y en su sucesión «todos los acontecimientos del día» o «todos los sentimientos y cosas que experimentamos». Se trata de considerarlos, sí, pero tirando el hilo que los junta y unifica. Como si el Espíritu Santo que es «el dedo de Dios» tirara de un hilo que junta muchos globos y no los dejara volar y dispersarse cada uno para su lado.

Reflectir para sacar provecho

Aunque suena a castellano antiguo me gusta poner «reflectir» en vez de reflexionar, aunque digan lo mismo, porque le da otro sabor a esta acción intelectual tan decisiva. Se trata de reflectir “para sacar provecho”, dice Ignacio, y da con esto un impulso misionero al examen, poniéndolo lejos de cualquier actitud de ensimismamiento autorreferencial y de todos los enrosques culposos en los que somos tentados de enredarnos cuando el mal espíritu nos sugiere lamentos y frases que contienen el famoso “habríaqueísmo”: debería haber hecho.

Estas tentaciones habituales vienen pegadas a la palabra «examen de conciencia». Van unidas a «tener que confesarse». Pero debemos advertir que los pecados son solo un punto para tener en cuenta en un examen y, dado que Dios en su infinita misericordia los perdona todos, lo importante no es darle muchas vueltas. Los pecados se confiesan y punto. Luego viene esta tarea de examinar y discernir dónde me dejé engañar por el maligno, para aprender a ser más vivo en adelante. Aprender es una palabra importante. Roberto Vecchione, un cantautor italiano, dijo una frase que me tocó. Le preguntaban cómo es que a los 75 se había vuelto optimista. Y él: “Es que en la vida nunca se pierde. Uno vence o… aprende”. Me encantó porque da una perspectiva positiva para encarar el examen: voy a ver en qué venció el Señor en mi vida -para festejarlo- y en qué “aprendí”, es decir: donde perdí o actué mal y saqué enseñanza de mi propia experiencia.

Reflectir para sacar provecho es lo que cierra un proceso de oración-acción-reflexión de un día, por ejemplo, y abre el próximo, con las mejoras que vienen al caso. Es el gozne sobre el que gira la puerta que cierra bien lo que pasó y abre la etapa nueva al día que viene.

No se trata del examen final, que concluye una carrera o una materia y tiene el carácter «extrínseco» de la nota que te pone el profesor, y que luego, en cierta manera se desentiende de vos en ese punto: «estás aprobado, pasamos al siguiente tema». Es más bien el examen del maestro o entrenador o director espiritual que está a tu lado cotidianamente – ese es el Espíritu Santo, maestro interior- y revisa lo que hiciste en el día dentro de un proceso continuo, para insistir más en algún punto importante para el entrenamiento siguiente. Pienso en un tenista y su entrenador, cómo le apuntala su mejor golpe, lo hace practicar más allí donde tiene su punto débil pero dentro de una estrategia de conjunto, que le permita «hacer su juego», no «ser perfecto en un punto aislado». Y todo, teniendo en cuenta al próximo rival concreto y al torneo. Reflectir para sacar provecho tiene en cuenta todas estas cosas y alegra -digan si no! – pensarlas así.

Es todo lo contrario de un examen obsesivo sobre un defecto o un problema recurrente. Y aquí viene bien dejar el ejemplo del deportista individual y pasar al de equipo. La reflexión es reflexión humilde, apunta a que saque provecho el equipo entero. Esto hace que surjan las gracias que cada uno tiene para el bien común y que, potenciadas, ayudan a mejorar también otras, más individuales que, desde esta perspectiva de equipo, se trabajan mejor. ¡No importa tanto que uno sea perfecto, sino que funcione en equipo!

El plan general de la Escuela

Así como ayuda conocer este «principio pedagógico» con sus tres pasos – primera luz de la Palabra en la oración, puesta en práctica de esa Palabra y segunda luz en el reflectir para sacar provecho-, ayuda también conocer el «plan general de la Escuela del discernimiento».

Fin: todo se ordena a la elección de estado de vida y a sus reformas

Los Ejercicios Espirituales se estructuran en orden a producir un acontecimiento decisivo: la elección o reforma de vida. Uno que entra en la Escuela de los Ejercicios no es uno que quiere sacar un título en alguna materia particular sino uno que quiere «investigar y demandar en qué vida o estado se quiere servir de él su Divina Majestad» (EE 135). Es decir: la materia es su misma vida, cuyo aspecto temporalmente más decisivo, requiere una elección radical -para toda la vida-, y los otros aspectos requieren «reformas» periódicas y constantes.

Formar una familia, como ejemplo de estado de vida, no es algo «temporario». Uno será padre para toda la vida y por eso es algo que requiere una seria y ponderada elección. Lo mismo vale para la consagración exclusiva al Señor y, dentro de la Iglesia occidental, para el ministerio ordenado. La Escuela del discernimiento se ordena en torno a esta elección de «estado de vida» como se le llama y, una vez, elegido, a ayudarla con las reformas de vida que se van necesitando en cada nueva etapa y ante cada desafío (EE 189).

Aquí viene bien un ejemplo que pone Gastón Fessard hablando de la importancia de la elección en los Ejercicios. Supongamos que Ignacio se encontrara con un alma cuya vida quedó determinada por una Elección de primer tiempo”. Es decir: uno al que el Señor le habló directamente, como a San Pablo o a San Mateo y los llamó y consoló de tal manera que no podrían dudar del llamado (este al parecer fue el caso de la vocación a la Compañía del Padre Martín Olave). Sigue Fessard: “Habría dudado Ignacio en proponerle que hiciera sus Ejercicios, juzgando que tal persona no tendría nada más que sacar de su método? O, por el contrario, la habría instado especialmente a vivir sus treinta días de Ejercicios?”. Fessard comenta la última regla de discernimiento en la que San Ignacio dice que hay que distinguir bien dos tiempos: uno, el instante de la consolación -en este caso una consolación sin causa, especialísima y directa de Dios, de la que no se puede dudar-, el otro, el “segundo tiempo”, en el que uno retoma el discurso de sus propios pensamientos y saca sus conclusiones y hace propósitos de acuerdo a su modo habitual de ser y al contexto en que vive. Este segundo tiempo puede ser tentado y requiere discernimiento. Por tanto, Ignacio no dudaría en hacer practicar los Ejercicios al que ya eligió. La “reforma de vida” es parte integral de la elección y requiere que uno practique siempre sus ejercicios para discernir todo lo que pertenece a este “segundo tiempo” distinto del “instante” de la consolación.

Primera etapa: preparación básica para la elección

Tomar conciencia de lo que somos por gracia como principio y fundamento

El tema de la «elección» suele ser un tema tabú. Creo que es porque se acentúa un aspecto que no es el más profundo: el aspecto funcional. Desde la perspectiva funcionalista se disparan frases tales como «tengo que elegir o «tendría que elegir» o «no se si elegí bien». Son cosas que hacen vivir el tema de la elección desde el deber, desde los  futuribles y desde la duda y la culpa. Esto no es lo más fundamental. Lo fundamental es que «ya hemos sido elegidos». El Señor nos eligió y nos dio la vida, nos salvó y nos encomendó la misión de ser santos y de anunciar el evangelio a todos los pueblos. Esta elección de Dios es lo que somos por gracia. Y en la elección de estado de vida y en las reformas que hacemos, nos basamos en este regalo. Elegir es en realidad hacer real y propia esta elección primera, hacerla real en nuestra vida tomada como un todo y en los desafíos de cada etapa y de cada día. Como dice el Papa en: “Lo que hay que contemplar es el conjunto de su vida, su camino entero de santificación, esa figura que refleja algo de Jesucristo y que resulta cuando uno logra componer el sentido de la totalidad de su persona (…) y ver la totalidad de su vida como una misión” (GE 22-23)

Elegir sigue los pasos que vimos en el principio pedagógico: es sentir y gustar lo que el Señor eligió darnos, ponerlo en práctica y reflectir en el don, agradeciéndolo y eligiéndolo más libre y conscientemente. En ese sentido, cuando hablamos de «elegir», como se trata en el fondo de elegir a una Persona, de elegir amar Al que nos ama, las otras «elecciones» -tanto del estado de vida como de las reformas de vida- son «modos de amar más y mejor». Esto nos lleva a la concepción de fondo de lo que es la vida: La elección es el acto más radical de la libertad amorosa de Dios para con nosotros: eligió crearnos y darnos todo. Para nosotros, como creaturas, elegir no es elegir «si lo amaremos o no» sino elegir «cómo quiere Él que lo amemos y cómo sentimos nosotros que podemos amarlo mejor».

«He sido elegido», es la conciencia fundamental del ser creatura. “Por qué yo”, decimos admirados cuando tomamos conciencia de lo grande y gratuito del don de la vida. Este «por qué» está antes y es más grande que cualquier sufrimiento, aunque haya momentos en que pueda no experimentarse, sobre todo cuando otros hacen injusta e intolerable la vida. De esta conciencia surge la alabanza, la adoración y el deseo de servir, que San Ignacio pone en el Principio y fundamento como preparación primera para lo que será luego la elección.

La elección, por tanto, será del tercer punto creatural -el servicio-. Alabar y reverenciar, en cambio, son más bien fruto de una elección espontánea, que surge como respuesta inmediata ante la experiencia de «estar siendo elegidos», que es sinónimo de «estar vivos».

El primer paso en la preparación para la elección es tomar conciencia de que «somos creados… para Jesús nuestro Señor»

Dejarnos purificar de los afectos desordenados

El segundo paso es tomar conciencia de las tentaciones y afectos desordenados que nos impiden «ser para nuestro Señor». Discernir todo aquello que nos quiere hacer sentir y vivir apartados del amor de Cristo, es lo que San Ignacio nos hace meditar en la primera semana de Ejercicios. Se trata de algo mucho más amplio que pedir perdón por los pecados. Se trata de discernir para rechazar y aborrecer tanto el «desorden» de mis facultades, de mi sensibilidad, de mis comportamientos y hábitos…, como «las cosas mundanas y vanas». A este punto de los pecados se le ha dado excesiva importancia en la predicación, hasta el punto de que uno identifica vida cristiana y conciencia de culpa por los pecados. Pero como vemos, en el esquema de los Ejercicios, los pecados son solo una parte de un sangüiche triple. Están entre la acción de gracias por el don gratuito de la creación y el desafío apasionante de seguir a Jesús. Y dentro del dejarse ordenar, el perdón de los pecados es la parte más fácil, porque allí solo la misericordia de Dios lava los pies y hace todo. La tarea nuestra es discernir los afectos desordenados que dan pie a esos pecados y las cosas mundanas y vanas en medio de las cuales tenemos que vivir sin “ser mundanos”.

Escuchar el llamado personal de Jesús a seguirlo

El tercer paso de esta preparación básica para la elección consiste en aprender a escuchar el llamamiento de Jesús, nuestro Rey y Señor, que habla en cada palabra y en cada gesto de su vida tal como nos la narran los evangelios.

Este paso de «no ser sordos a su llamamiento» como dice Ignacio, es un paso de apertura básica, de disponibilidad, que hace vivir la vida no como la mera realización de los propios impulsos, sino en clave dialogal: queriendo encontrar el punto común entre nuestros anhelos y capacidades más íntimas y aquello a lo que se nos invita y que nos desafía desde afuera, desde otra Libertad.

Estos tres pasos del discernimiento son los que se practican en los Ejercicios que uno hace cada año, sean de tres días o de una semana.

Predisponen a las reformas que uno debe afrontar en su vida, en su trabajo y en su apostolado habitual.

Nos ayudan a recuperar la oración de adoración y alabanza, a dejarnos purificar y ordenar los afectos que se nos desordenaron y a abrir mejor el oído para escuchar la palabra del Señor en nuestra vida.

En términos de escuela, los ejercicios son una especie de curso permanente cuya estructura fundamental se repite cada año de distintas maneras o bajo distintos lemas.

 Segunda Etapa: Preparación próxima para elegir bien

Antes de la elección propiamente dicha, que incluye el tiempo de pedir al Señor que confirme lo que elegimos, los Ejercicios nos brindan la posibilidad de hacer una preparación más cuidadosa para poder elegir bien tanto el estado de vida como la reforma puntual que queramos hacer.

Las materias de esta preparación próxima son «los misterios de la vida oculta de Cristo» a la que San Ignacio agrega algunas «meditaciones estructurales»: Dos banderas, Tres binarios y Tres maneras de humildad (o de amor, como decía el ejercitante de Ignacio, el Dr. Ortiz).

Ahora bien, en estas meditaciones estructurales, el tema único y principal que ayuda a prepararnos para la elección, son las bienaventuranzas, las exigencias radicales de Cristo al que quiere seguirlo como discípulo. El discernimiento se afina y no es ya la adoración y la alabanza creatural, que surgen espontáneamente ante el Creador, sino las actitudes evangélicas que practica Cristo y que, al contemplarlo a Él, como vive la misericordia, la pobreza, la mansedumbre de corazón, cómo trabaja por la paz y lucha contra la injusticia…, suscitan movimientos de espíritu en nuestro corazón. El discernimiento afina la punta y se trata de ver cuál bienaventuranza nos quiere regalar el Señor como carisma particular para servicio y bien común del cuerpo de la Iglesia.

Tercera Etapa: Elección propiamente dicha, que incluye la confirmación

La elección o reforma de vida es un acontecimiento muy personal al que San Ignacio le pone un marco amplio. La «materia» que va dando para meditar es toda la vida pública del Señor. Dice Ignacio: «La materia de las elecciones se comenzará desde la contemplación de (la ida del Señor de) Nazaret al Jordán y cómo fue bautizado» (EE 163). Fiorito dice que la temática dentro de la cual se da la elección o reforma de vida se extiende hasta la Ascensión del Señor (EE 312).  Y -agrega el maestro- «En cierto momento de este proceso ‹se hace la elección o deliberación› como la llama Ignacio (EE 183). Elección con la que el ejercitante debe ir ‹con mucha diligencia a ofrecerla› al Señor para que la reciba y confirme» (Ibíd.).

Este largo espacio de tiempo -segunda, tercera y cuarta semana- nos cambia la idea de la elección como algo puntual. Es cierto que hay un momento puntual en el que uno «elige». Es un momento que se puede sintetizar en una frase cuyo esquema abstracto es: elijo «esto» y no «aquello». Suele ser una frase muy personal que en la vida de cada santo y en cada vocación refleja algo del evangelio de manera original.

Me viene aquí de detenerme un poco y dar algunos ejemplos. San Ignacio nos cuenta cómo en su conversión: “Todo su discurso era decir consigo: Santo Domingo hizo esto; pues yo lo he de hacer. San Francisco hizo esto; pues yo lo he de hacer”. Santa Teresa de Calcuta dice que cuando ese mendigo en harapos se acercó a decirle “Tengo sed”, ella sintió en si que elegía “no negarle nada a Cristo”. En San Francisco de Asís me llama la atención la frase: “Comencé a pedirle al Señor que se dignara dirigir mis pasos”. Al poco tiempo se dio el encuentro con el leproso! Teresita expresa así su elección: «Oh Jesús, amor mío, por fin he encontrado mi vocación: mi vocación es el amor. Sí, he hallado mi propio lugar en la Iglesia, y este lugar es el que tú me has señalado, Dios mío. En el corazón de la Iglesia, que es mi madre, yo seré el amor; de este modo lo seré todo, y mi deseo se verá colmado». Brochero expresa su elección con una frase que, como la de Teresita, hace referencia a “su lugar” en este mundo: “Yo me felicitaría si Dios me saca de este planeta sentado confesando y predicando el Evangelio.”

Podríamos seguir infinitamente por este camino de gozar con estas expresiones con las que los santos expresan su elección y reforma de vida.

Vemos que la elección puntual incluye un tiempo en el que «eso» que uno elige, tiene un pasado, es algo que uno fue sintiendo y gustando más y mejor y con lucha espiritual mientras contemplaba la vida de Cristo. Y luego, «eso» que eligió requiere la confirmación del Señor, que se hace contemplando los misterios restantes de su vida hasta completarlos.

El fin de la elección es «hallar en paz a Dios nuestro Señor en todas las cosas» (cfr. EE 150) y este se vuelve tema específico en la Contemplación para alcanzar amor. Concluimos diciendo que para poder «contemplar» el amor del Señor en todas las cosas uno tiene que estar en el lugar preciso de su misión, habiendo elegido y reformado su vida cada vez siempre en función a esa misión. Desde ese lugar teológico del propio carisma y la propia misión, se puede ver y experimentar el amor de Dios en todo lo demás.

Los tres modos de orar, las reglas de discernimiento y las reglas sobre limosnas, escrúpulos y para sentir con la Iglesia

San Ignacio termina su librito de los Ejercicios con indicaciones acerca de distintos modos de orar y con varios tipos de reglas que, en conjunto, constituyen más de la tercera parte de los Ejercicios. Aunque en general son considerados como «apéndices», si se miran habiendo puesto en el centro la elección y reforma de vida, se iluminan con una nueva luz.

El primer discernimiento -siempre renovado- es acerca de la oración

Los modos de orar nos hacen sentir que el primer discernimiento que siempre hay que rehacer, es acerca de la oración, para ver si nuestro modo de rezar es verdadero -si nos lleva a la práctica de lo que Dios nos encomienda- o no. Y las reglas ayudan a estas dos cosas, a ordenar nuestra oración y a ordenar nuestra práctica.

Las así llamadas «reglas de primera semana», pueden verse como ayudas para sentir y conocer las mociones que se dan en el alma en la etapa de «preparación remota a la elección».

Las reglas 1 y 2 ayudan a comprender cómo es que actúan el buen espíritu y el malo según que la persona vaya cuesta abajo en la vida espiritual (EE 314) o, por el contrario, «vaya intensamente purgando sus pecados y de bien en mejor subiendo en el servicio de Dios nuestro Señor» (EE 315).

Las que siguen ayudan a «rezar bien» -sobre todo cuando uno está en desolación (EE 318—322) y a «hablar bien con el director espiritual» (EE 325), abriendo totalmente la conciencia para poder ser bien ayudado.

Las reglas «de segunda semana» ayudan en la preparación inmediata y en la elección misma y confirmación.

En la última, como hemos visto, San Ignacio da una clave: dice que hay que distinguir el tiempo de la consolación (en que uno elige, podemos agregar) del tiempo siguiente, en el que uno queda consolado y «por su propio discurso y por su hábitos y a consecuencia de sus ideas y juicios, forma diversos propósitos y pareceres, que no son dados inmediatamente por Dios nuestro Señor y por tanto, requieren ser muy bien examinados antes que se les de entero crédito ni se pongan por efecto» (EE 336).

Esta regla ayuda a comprender, a mi parecer, el sentido de los tres grupos de reglas que Ignacio pone después:

las del ministerio de distribuir limosnas (338-345);

las notas para «sentir y entender escrúpulos y suaciones de nuestro enemigo» (EE 346-351)

y las reglas «para el sentido verdadero que en la Iglesia militante debemos tener» (352-370).

Estas reglas suelen verse como un apéndice agregado a los Ejercicios. Pero si se considera que los ejercicios se ordenan a la elección y reforma de vida, podemos integrarlas en una estructura amplia que tiene dos grandes tiempos, como les llama San Ignacio: el primer tiempo, es el de la consolación. La elección -con sus preparaciones y confirmación- es un tiempo de especial consolación. La consolación está en el centro de todo el proceso de ejercicios y cuando uno recibe esta gracia de elegir su vocación y de reformar su vida, todo lo que rezó y lucho adquiere un sentido unificado y pleno.

El segundo tiempo lo podemos llamar el tiempo de la contemplación en la acción. Es el tiempo de poner en práctica y concretar la elección o reforma de vida, insertándonos en la vida en común.

San Ignacio pone diferentes ayudas teniendo en cuenta que en ese tiempo uno deberá atender, sin que esto sea exclusivo, a tres cosas:

A lo que tiene que dar (reglas sobre distribuir limosnas),

a lo que uno debe «hablar u obrar dentro de la Iglesia» (algunas de las reglas sobre escrúpulos)

y a lo que uno «siente y juzga» de la Iglesia (reglas para sentir con la Iglesia).

Así, estas reglas con como una especie modelos de «reflexión para sacar provecho» que propone Ignacio al final de sus ejercicios, en orden a que lo experimentado con consolación en la oración se ponga en práctica discretamente en la vida diaria.

Quizás la iluminación final para todo esto que hemos reflexionado esté en la máxima ignaciana que dice: “Non coerceri a maximo, contineri tamen a minimo, divinum est”. Se traduce de muchas maneras, según el caso a que se aplique, ya que es de esas máximas tan especiales que brotan de la espiritualidad ignaciana. Aquí yo pondría, que: Es de Dios la gracia de no achicarnos ante lo máximo – los Ejercicios en su totalidad- y sin embargo dejarnos contener por lo mínimo – la oración y el examen de cada día-.

El Papa Francisco la usa en Gaudete et exsultate para hablar del discernimiento y de hacerlo todo “A la luz del Señor”, que es lo que ha guiado nuestra reflexión. Dice:

“El discernimiento no solo es necesario en momentos extraordinarios, o cuando hay que resolver problemas graves, o cuando hay que tomar una decisión crucial. Es un instrumento de lucha para seguir mejor al Señor. Nos hace falta siempre, para estar dispuestos a reconocer los tiempos de Dios y de su gracia, para no desperdiciar las inspiraciones del Señor, para no dejar pasar su invitación a crecer. Muchas veces esto se juega en lo pequeño, en lo que parece irrelevante, porque la magnanimidad se muestra en lo simple y en lo cotidiano (“En la tumba de san Ignacio de Loyola se encuentra este sabio epitafio: «Non coerceri a maximo, contineri tamen a minimo divinum est» (Es divino no asustarse por las cosas grandes y a la vez estar atento a lo más pequeño)”. Se trata de no tener límites para lo grande, para lo mejor y más bello, pero al mismo tiempo (estar) concentrados en lo pequeño, en la entrega de hoy. Por tanto, pido a todos los cristianos que no dejen de hacer cada día, en diálogo con el Señor que nos ama, un sincero «examen de conciencia». Al mismo tiempo, el discernimiento nos lleva a reconocer los medios concretos que el Señor predispone en su misterioso plan de amor, para que no nos quedemos solo en las buenas intenciones.” (GE 169).

Si todo lo que hemos dicho sirve para comprender un poco mejor qué quiere decir el Papa cuando nos exhorta a todos los cristianos a no dejar de hacer cada día, en diálogo con el Señor que nos ama, un sincero ‘examen de conciencia’, vale la reflexión. Es el núcleo olvidado de la vida espiritual que, puesto en medio de la contemplación y de la acción, revigoriza todo. Hoy más que nunca es necesario este “reflectir para sacar provecho” que es ese: discernimiento como dice el Papa, que-nos lleva a reconocer los medios concretos que el Señor predispone en su misterioso plan de amor, para que no nos quedemos solo en las buenas intenciones.

Momento para Contemplar

Comenzamos y terminamos el año bajo el signo de la Escuela del discernimiento, y lo que buscamos fue ayudar a  descubrir que en esta escuela, siempre seremos niños que tienen mucho que aprender, como así  también –como dice el P. Diego-  “solo aprende bien el que enseña a otros…”.

Retomo algunos de los párrafos que están escritos más arriba, y que pueden ayudarnos a sentir y gustar este material desde el Principio y Fundamento:

Es importante y esencial tomar conciencia que «ya hemos sido elegidos». El Señor nos eligió y nos dio la vida, nos salvó y nos encomendó la misión de ser santos y de anunciar el evangelio a todos los pueblos. Esta elección de Dios es lo que somos por Gracia.

Es sentir y gustar lo que el Señor eligió darnos, ponerlo en práctica y reflectir en el don, agradeciéndolo y eligiéndolo más libre y conscientemente, sabiendo que cuando hablamos de «elegir», se trata en el fondo de elegir a una Persona, de elegir amar Al que nos ama: a Jesús…

La elección es el acto más radical de la libertad amorosa de Dios para con nosotros: eligió crearnos y darnos todo. Para nosotros, como creaturas, elegir no es elegir «si lo amaremos o no» sino elegir «cómo quiere Él que lo amemos y cómo sentimos nosotros que podemos amarlo mejor».

«He sido elegido», es la conciencia fundamental del ser creatura. “Por qué yo”, decimos admirados cuando tomamos conciencia de lo grande y gratuito del don de la vida…”

Para rezar podemos hacer memoria de los “discernimientos” que fuimos haciendo en este año que estamos terminando y examinar “reflictiendo para sacar provecho”, -como dice San Ignacio- para descubrir:

  • lo que Dios nos fue regalando con su Gracia…
  • para ver en qué venció el Señor en mi vida -para festejarlo-…
  • asombrarme de lo que “aprendí”, es decir: donde perdí o actué mal y que enseñanza saque de mi propia experiencia…
  • y luego, ofrecer todo lo discernido, elegido, aprendido y enseñado para que el Señor lo transforme con su Gracia y nos regale ser hombres y mujeres contemplativos en la acción, para la Mayor Gloria de Dios…

Que tengamos un Fecundo Adviento y una Gozosa Navidad!!

Momento de Meditación

Diego Fares sjNon coerceri.jpg

Comenzamos y terminamos el año bajo el signo de la Escuela del discernimiento. Para crecer en el discernimiento hay que entrar en esta Escuela cuyo principio pedagógico es que “solo aprende bien el que enseña a otros”. La Palabra se hace carne en nuestro corazón cuando la encarnamos en obras de misericordia. Las así llamadas “obras de misericordia espirituales” son la puesta en práctica de una Palabra rezada, es decir recibida como limosna de gracia en la oración, que se transforma en ayuda: «enseñar al que no sabe», «corregir al que se equivoca», dar buen consejo al que lo necesita».

La verdad del evangelio ilumina la mente no de manera puntual, como cuando uno piensa en un concepto abstracto, sino que “va iluminando” -como el sol que sale y va iluminando las torres y palacios más altos de Roma y a medida que él asciende, su luz llega a las casas más bajas-. Podríamos decir que la Palabra toca nuestra inteligencia a través de nuestros sentidos -con alguna frase que nos hace sentir y gustar una verdad evangélica-, desciende a nuestro corazón, tocando nuestros afectos con su belleza y su amor, pone en movimiento nuestros pies y nuestras manos, extendiendo su acción benéfica que se convierte en obras de misericordia, justicia y caridad, ayudando y sirviendo a los demás, especialmente a los más pequeños, y vuelve con su luz, ahora más plena, luego de haber hecho este proceso en el que su Luz se reflejó en cada acción y cada cosa, a nuestra inteligencia, permitiéndonos sacar provecho mediante la reflexión.

La luz de Dios ilumina por reflejo, una vez que la Palabra alcanzó una realidad más amplia, gracias a que la rezamos, la pusimos en práctica y reflexionamos acerca de su sentido. La luz de la Palabra no se nos da toda entera en nuestra inteligencia, sino sólo un poquito, lo suficiente para conmovernos el corazón y las entrañas y poner en movimiento nuestras manos y nuestros pies. Luego, mientras uno pone en práctica el consejo evangélico, o después, cuando uno hace el examen de las consolaciones recibidas en la misión, se termina de «comprender» lo que la Palabra quería decir. Y esto nos hace ir de nuevo, con hambre y sed, a la oración. 

Rezar, practicar, reflexionar

En la Escuela ignaciana, rige el principio pedagógico de ser “contemplativos en la acción” o, como dice Aparecida de ser “discípulos misioneros”, tiene tres momentos bien definidos: rezar, practicar, reflexionar. Rezar para nutrirse de la Palabra, practicarla para que de fruto en uno y en los demás, y reflexionar -no sobre todo en general sino sobre cómo la palabra incidió en la vida- para sacar provecho. Estos tres momentos, que se repiten en lo cotidiano y a lo largo de los distintos períodos de la vida, constituyen el «ciclo virtuoso» de la iluminación evangélica.

Hemos de incorporar esta convicción, que no es una regla abstracta sino el fruto de una experiencia que nos viene de nuestros santos y maestros: No se pueden separar estos momentos ni se puede prescindir de ninguno de ellos.

Creo que en el lenguaje común ya está aceptada -al menos teóricamente- la relación entre los dos primeros: oración y acción. San Ignacio los une y uno de sus compañeros y fiel intérprete, resume su relación en esa fórmula feliz que dice que marca el ideal al que debemos tender y que es ser: «contemplativos en la acción». Pero no es tan habitual tener en cuenta el tercer momento, el de la reflexión o «examen», al que Ignacio le daba igual o mayor importancia que a los otros dos. Este examen no es examen de los pecados, sino del proceso que recorrió la Palabra en nuestra oración y en nuestra jornada. Examinamos cómo la Palabra se nos dio como limosna de gracia, cómo gustamos algo en la oración, al leer, meditar y contemplar el evangelio; examinamos luego cómo esa Palabra dio fruto primero, en nuestra afectividad misma, moviéndonos a dialogar amorosamente con el Señor en la oración y, luego, cómo dio algún fruto en nuestra vida, cuando la pusimos en práctica en nuestro trato con el prójimo.

Vemos que San Ignacio al final de la oración nos hace hacer una «reflexión para sacar provecho». Nos hace «conversar» con el Señor de lo que vivimos y aprendimos en la oración. Lo mismo recomienda al final del día, como si el día entero hubiera sido «una contemplación en la acción”.

Este examen consiste en rebobinarel día. Pero no como si pasáramos rápidamente toda la película sino editando lo que tiene que ver con la gracia recibida en la oración, es decir: desde la perspectiva de la gracia principal que el Señor nos dio. Esto tiene sentido y da unidad a nuestra vida, porque las gracias que el Señor nos da -todas y cada una- están dirigidas y ordenadas teniendo en cuenta nuestra vocación y la misión encomendada.

Por eso, no se trata en primer lugar de revisar en sí mismos y en su sucesión «todos los acontecimientos del día» o «todos los sentimientos y cosas que experimentamos». Se trata de considerarlos, sí, pero tirando el hilo que los junta y unifica. Como si el Espíritu Santo que es «el dedo de Dios» tirara de un hilo que junta muchos globos y no los dejara volar y dispersarse cada uno para su lado.

Reflectir para sacar provecho

Aunque suena a castellano antiguo me gusta poner «reflectir» en vez de reflexionar, aunque digan lo mismo, porque le da otro sabor a esta acción intelectual tan decisiva. Se trata de reflectir “para sacar provecho”, dice Ignacio, y da con esto un impulso misionero al examen, poniéndolo lejos de cualquier actitud de ensimismamiento autorreferencial y de todos los enrosques culposos en los que somos tentados de enredarnos cuando el mal espíritu nos sugiere lamentos y frases que contienen el famoso “habríaqueísmo”: debería haber hecho.

Estas tentaciones habituales vienen pegadas a la palabra «examen de conciencia». Van unidas a «tener que confesarse». Pero debemos advertir que los pecados son solo un punto para tener en cuenta en un examen y, dado que Dios en su infinita misericordia los perdona todos, lo importante no es darle muchas vueltas. Los pecados se confiesan y punto. Luego viene esta tarea de examinar y discernir dónde me dejé engañar por el maligno, para aprender a ser más vivo en adelante. Aprender es una palabra importante. Roberto Vecchione, un cantautor italiano, dijo una frase que me tocó. Le preguntaban cómo es que a los 75 se había vuelto optimista. Y él: “Es que en la vida nunca se pierde. Uno vence o… aprende”. Me encantó porque da una perspectiva positiva para encarar el examen: voy a ver en qué venció el Señor en mi vida -para festejarlo- y en qué “aprendí”, es decir: donde perdí o actué mal y saqué enseñanza de mi propia experiencia.

Reflectir para sacar provecho es lo que cierra un proceso de oración-acción-reflexión de un día, por ejemplo, y abre el próximo, con las mejoras que vienen al caso. Es el gozne sobre el que gira la puerta que cierra bien lo que pasó y abre la etapa nueva al día que viene.

No se trata del examen final, que concluye una carrera o una materia y tiene el carácter «extrínseco» de la nota que te pone el profesor, y que luego, en cierta manera se desentiende de vos en ese punto: «estás aprobado, pasamos al siguiente tema». Es más bien el examen del maestro o entrenador o director espiritual que está a tu lado cotidianamente – ese es el Espíritu Santo, maestro interior- y revisa lo que hiciste en el día dentro de un proceso continuo, para insistir más en algún punto importante para el entrenamiento siguiente. Pienso en un tenista y su entrenador, cómo le apuntala su mejor golpe, lo hace practicar más allí donde tiene su punto débil pero dentro de una estrategia de conjunto, que le permita «hacer su juego», no «ser perfecto en un punto aislado». Y todo, teniendo en cuenta al próximo rival concreto y al torneo. Reflectir para sacar provecho tiene en cuenta todas estas cosas y alegra -digan si no! – pensarlas así.

Es todo lo contrario de un examen obsesivo sobre un defecto o un problema recurrente. Y aquí viene bien dejar el ejemplo del deportista individual y pasar al de equipo. La reflexión es reflexión humilde, apunta a que saque provecho el equipo entero. Esto hace que surjan las gracias que cada uno tiene para el bien común y que, potenciadas, ayudan a mejorar también otras, más individuales que, desde esta perspectiva de equipo, se trabajan mejor. ¡No importa tanto que uno sea perfecto, sino que funcione en equipo!

El plan general de la Escuela

Así como ayuda conocer este «principio pedagógico» con sus tres pasos – primera luz de la Palabra en la oración, puesta en práctica de esa Palabra y segunda luz en el reflectir para sacar provecho-, ayuda también conocer el «plan general de la Escuela del discernimiento».

Fin: todo se ordena a la elección de estado de vida y a sus reformas

Los Ejercicios Espirituales se estructuran en orden a producir un acontecimiento decisivo: la elección o reforma de vida. Uno que entra en la Escuela de los Ejercicios no es uno que quiere sacar un título en alguna materia particular sino uno que quiere «investigar y demandar en qué vida o estado se quiere servir de él su Divina Majestad» (EE 135). Es decir: la materia es su misma vida, cuyo aspecto temporalmente más decisivo, requiere una elección radical -para toda la vida-, y los otros aspectos requieren «reformas» periódicas y constantes.

Formar una familia, como ejemplo de estado de vida, no es algo «temporario». Uno será padre para toda la vida y por eso es algo que requiere una seria y ponderada elección. Lo mismo vale para la consagración exclusiva al Señor y, dentro de la Iglesia occidental, para el ministerio ordenado. La Escuela del discernimiento se ordena en torno a esta elección de «estado de vida» como se le llama y, una vez, elegido, a ayudarla con las reformas de vida que se van necesitando en cada nueva etapa y ante cada desafío (EE 189).

Aquí viene bien un ejemplo que pone Gastón Fessard hablando de la importancia de la elección en los Ejercicios. Supongamos que Ignacio se encontrara con un alma cuya vida quedó determinada por una Elección de primer tiempo”. Es decir: uno al que el Señor le habló directamente, como a San Pablo o a San Mateo y los llamó y consoló de tal manera que no podrían dudar del llamado (este al parecer fue el caso de la vocación a la Compañía del Padre Martín Olave). Sigue Fessard: “Habría dudado Ignacio en proponerle que hiciera sus Ejercicios, juzgando que tal persona no tendría nada más que sacar de su método? O, por el contrario, la habría instado especialmente a vivir sus treinta días de Ejercicios?”. Fessard comenta la última regla de discernimiento en la que San Ignacio dice que hay que distinguir bien dos tiempos: uno, el instante de la consolación -en este caso una consolación sin causa, especialísima y directa de Dios, de la que no se puede dudar-, el otro, el “segundo tiempo”, en el que uno retoma el discurso de sus propios pensamientos y saca sus conclusiones y hace propósitos de acuerdo a su modo habitual de ser y al contexto en que vive. Este segundo tiempo puede ser tentado y requiere discernimiento. Por tanto, Ignacio no dudaría en hacer practicar los Ejercicios al que ya eligió. La “reforma de vida” es parte integral de la elección y requiere que uno practique siempre sus ejercicios para discernir todo lo que pertenece a este “segundo tiempo” distinto del “instante” de la consolación.

Primera etapa: preparación básica para la elección

Tomar conciencia de lo que somos por gracia como principio y fundamento

El tema de la «elección» suele ser un tema tabú. Creo que es porque se acentúa un aspecto que no es el más profundo: el aspecto funcional. Desde la perspectiva funcionalista se disparan frases tales como «tengo que elegir o «tendría que elegir» o «no se si elegí bien». Son cosas que hacen vivir el tema de la elección desde el deber, desde los  futuribles y desde la duda y la culpa. Esto no es lo más fundamental. Lo fundamental es que «ya hemos sido elegidos». El Señor nos eligió y nos dio la vida, nos salvó y nos encomendó la misión de ser santos y de anunciar el evangelio a todos los pueblos. Esta elección de Dios es lo que somos por gracia. Y en la elección de estado de vida y en las reformas que hacemos, nos basamos en este regalo. Elegir es en realidad hacer real y propia esta elección primera, hacerla real en nuestra vida tomada como un todo y en los desafíos de cada etapa y de cada día. Como dice el Papa en: “Lo que hay que contemplar es el conjunto de su vida, su camino entero de santificación, esa figura que refleja algo de Jesucristo y que resulta cuando uno logra componer el sentido de la totalidad de su persona (…) y ver la totalidad de su vida como una misión” (GE 22-23)

Elegir sigue los pasos que vimos en el principio pedagógico: es sentir y gustar lo que el Señor eligió darnos, ponerlo en práctica y reflectir en el don, agradeciéndolo y eligiéndolo más libre y conscientemente. En ese sentido, cuando hablamos de «elegir», como se trata en el fondo de elegir a una Persona, de elegir amar Al que nos ama, las otras «elecciones» -tanto del estado de vida como de las reformas de vida- son «modos de amar más y mejor». Esto nos lleva a la concepción de fondo de lo que es la vida: La elección es el acto más radical de la libertad amorosa de Dios para con nosotros: eligió crearnos y darnos todo. Para nosotros, como creaturas, elegir no es elegir «si lo amaremos o no» sino elegir «cómo quiere Él que lo amemos y cómo sentimos nosotros que podemos amarlo mejor».

«He sido elegido», es la conciencia fundamental del ser creatura. “Por qué yo”, decimos admirados cuando tomamos conciencia de lo grande y gratuito del don de la vida. Este «por qué» está antes y es más grande que cualquier sufrimiento, aunque haya momentos en que pueda no experimentarse, sobre todo cuando otros hacen injusta e intolerable la vida. De esta conciencia surge la alabanza, la adoración y el deseo de servir, que San Ignacio pone en el Principio y fundamento como preparación primera para lo que será luego la elección.

La elección, por tanto, será del tercer punto creatural -el servicio-. Alabar y reverenciar, en cambio, son más bien fruto de una elección espontánea, que surge como respuesta inmediata ante la experiencia de «estar siendo elegidos», que es sinónimo de «estar vivos».

El primer paso en la preparación para la elección es tomar conciencia de que «somos creados… para Jesús nuestro Señor»

Dejarnos purificar de los afectos desordenados

El segundo paso es tomar conciencia de las tentaciones y afectos desordenados que nos impiden «ser para nuestro Señor». Discernir todo aquello que nos quiere hacer sentir y vivir apartados del amor de Cristo, es lo que San Ignacio nos hace meditar en la primera semana de Ejercicios. Se trata de algo mucho más amplio que pedir perdón por los pecados. Se trata de discernir para rechazar y aborrecer tanto el «desorden» de mis facultades, de mi sensibilidad, de mis comportamientos y hábitos…, como «las cosas mundanas y vanas». A este punto de los pecados se le ha dado excesiva importancia en la predicación, hasta el punto de que uno identifica vida cristiana y conciencia de culpa por los pecados. Pero como vemos, en el esquema de los Ejercicios, los pecados son solo una parte de un sangüiche triple. Están entre la acción de gracias por el don gratuito de la creación y el desafío apasionante de seguir a Jesús. Y dentro del dejarse ordenar, el perdón de los pecados es la parte más fácil, porque allí solo la misericordia de Dios lava los pies y hace todo. La tarea nuestra es discernir los afectos desordenados que dan pie a esos pecados y las cosas mundanas y vanas en medio de las cuales tenemos que vivir sin “ser mundanos”.

Escuchar el llamado personal de Jesús a seguirlo

El tercer paso de esta preparación básica para la elección consiste en aprender a escuchar el llamamiento de Jesús, nuestro Rey y Señor, que habla en cada palabra y en cada gesto de su vida tal como nos la narran los evangelios.

Este paso de «no ser sordos a su llamamiento» como dice Ignacio, es un paso de apertura básica, de disponibilidad, que hace vivir la vida no como la mera realización de los propios impulsos, sino en clave dialogal: queriendo encontrar el punto común entre nuestros anhelos y capacidades más íntimas y aquello a lo que se nos invita y que nos desafía desde afuera, desde otra Libertad.

Estos tres pasos del discernimiento son los que se practican en los Ejercicios que uno hace cada año, sean de tres días o de una semana.

Predisponen a las reformas que uno debe afrontar en su vida, en su trabajo y en su apostolado habitual.

Nos ayudan a recuperar la oración de adoración y alabanza, a dejarnos purificar y ordenar los afectos que se nos desordenaron y a abrir mejor el oído para escuchar la palabra del Señor en nuestra vida.

En términos de escuela, los ejercicios son una especie de curso permanente cuya estructura fundamental se repite cada año de distintas maneras o bajo distintos lemas.

 Segunda Etapa: Preparación próxima para elegir bien

Antes de la elección propiamente dicha, que incluye el tiempo de pedir al Señor que confirme lo que elegimos, los Ejercicios nos brindan la posibilidad de hacer una preparación más cuidadosa para poder elegir bien tanto el estado de vida como la reforma puntual que queramos hacer.

Las materias de esta preparación próxima son «los misterios de la vida oculta de Cristo» a la que San Ignacio agrega algunas «meditaciones estructurales»: Dos banderas, Tres binarios y Tres maneras de humildad (o de amor, como decía el ejercitante de Ignacio, el Dr. Ortiz).

Ahora bien, en estas meditaciones estructurales, el tema único y principal que ayuda a prepararnos para la elección, son las bienaventuranzas, las exigencias radicales de Cristo al que quiere seguirlo como discípulo. El discernimiento se afina y no es ya la adoración y la alabanza creatural, que surgen espontáneamente ante el Creador, sino las actitudes evangélicas que practica Cristo y que, al contemplarlo a Él, como vive la misericordia, la pobreza, la mansedumbre de corazón, cómo trabaja por la paz y lucha contra la injusticia…, suscitan movimientos de espíritu en nuestro corazón. El discernimiento afina la punta y se trata de ver cuál bienaventuranza nos quiere regalar el Señor como carisma particular para servicio y bien común del cuerpo de la Iglesia.

Tercera Etapa: Elección propiamente dicha, que incluye la confirmación

La elección o reforma de vida es un acontecimiento muy personal al que San Ignacio le pone un marco amplio. La «materia» que va dando para meditar es toda la vida pública del Señor. Dice Ignacio: «La materia de las elecciones se comenzará desde la contemplación de (la ida del Señor de) Nazaret al Jordán y cómo fue bautizado» (EE 163). Fiorito dice que la temática dentro de la cual se da la elección o reforma de vida se extiende hasta la Ascensión del Señor (EE 312).  Y -agrega el maestro- «En cierto momento de este proceso ‹se hace la elección o deliberación› como la llama Ignacio (EE 183). Elección con la que el ejercitante debe ir ‹con mucha diligencia a ofrecerla› al Señor para que la reciba y confirme» (Ibíd.).

Este largo espacio de tiempo -segunda, tercera y cuarta semana- nos cambia la idea de la elección como algo puntual. Es cierto que hay un momento puntual en el que uno «elige». Es un momento que se puede sintetizar en una frase cuyo esquema abstracto es: elijo «esto» y no «aquello». Suele ser una frase muy personal que en la vida de cada santo y en cada vocación refleja algo del evangelio de manera original.

Me viene aquí de detenerme un poco y dar algunos ejemplos. San Ignacio nos cuenta cómo en su conversión: “Todo su discurso era decir consigo: Santo Domingo hizo esto; pues yo lo he de hacer. San Francisco hizo esto; pues yo lo he de hacer”. Santa Teresa de Calcuta dice que cuando ese mendigo en harapos se acercó a decirle “Tengo sed”, ella sintió en si que elegía “no negarle nada a Cristo”. En San Francisco de Asís me llama la atención la frase: “Comencé a pedirle al Señor que se dignara dirigir mis pasos”. Al poco tiempo se dio el encuentro con el leproso! Teresita expresa así su elección: «Oh Jesús, amor mío, por fin he encontrado mi vocación: mi vocación es el amor. Sí, he hallado mi propio lugar en la Iglesia, y este lugar es el que tú me has señalado, Dios mío. En el corazón de la Iglesia, que es mi madre, yo seré el amor; de este modo lo seré todo, y mi deseo se verá colmado». Brochero expresa su elección con una frase que, como la de Teresita, hace referencia a “su lugar” en este mundo: “Yo me felicitaría si Dios me saca de este planeta sentado confesando y predicando el Evangelio.”

Podríamos seguir infinitamente por este camino de gozar con estas expresiones con las que los santos expresan su elección y reforma de vida.

Vemos que la elección puntual incluye un tiempo en el que «eso» que uno elige, tiene un pasado, es algo que uno fue sintiendo y gustando más y mejor y con lucha espiritual mientras contemplaba la vida de Cristo. Y luego, «eso» que eligió requiere la confirmación del Señor, que se hace contemplando los misterios restantes de su vida hasta completarlos.

El fin de la elección es «hallar en paz a Dios nuestro Señor en todas las cosas» (cfr. EE 150) y este se vuelve tema específico en la Contemplación para alcanzar amor. Concluimos diciendo que para poder «contemplar» el amor del Señor en todas las cosas uno tiene que estar en el lugar preciso de su misión, habiendo elegido y reformado su vida cada vez siempre en función a esa misión. Desde ese lugar teológico del propio carisma y la propia misión, se puede ver y experimentar el amor de Dios en todo lo demás.

Los tres modos de orar, las reglas de discernimiento y las reglas sobre limosnas, escrúpulos y para sentir con la Iglesia

San Ignacio termina su librito de los Ejercicios con indicaciones acerca de distintos modos de orar y con varios tipos de reglas que, en conjunto, constituyen más de la tercera parte de los Ejercicios. Aunque en general son considerados como «apéndices», si se miran habiendo puesto en el centro la elección y reforma de vida, se iluminan con una nueva luz.

El primer discernimiento -siempre renovado- es acerca de la oración

Los modos de orar nos hacen sentir que el primer discernimiento que siempre hay que rehacer, es acerca de la oración, para ver si nuestro modo de rezar es verdadero -si nos lleva a la práctica de lo que Dios nos encomienda- o no. Y las reglas ayudan a estas dos cosas, a ordenar nuestra oración y a ordenar nuestra práctica.

Las así llamadas «reglas de primera semana», pueden verse como ayudas para sentir y conocer las mociones que se dan en el alma en la etapa de «preparación remota a la elección».

Las reglas 1 y 2 ayudan a comprender cómo es que actúan el buen espíritu y el malo según que la persona vaya cuesta abajo en la vida espiritual (EE 314) o, por el contrario, «vaya intensamente purgando sus pecados y de bien en mejor subiendo en el servicio de Dios nuestro Señor» (EE 315).

Las que siguen ayudan a «rezar bien» -sobre todo cuando uno está en desolación (EE 318—322) y a «hablar bien con el director espiritual» (EE 325), abriendo totalmente la conciencia para poder ser bien ayudado.

Las reglas «de segunda semana» ayudan en la preparación inmediata y en la elección misma y confirmación.

En la última, como hemos visto, San Ignacio da una clave: dice que hay que distinguir el tiempo de la consolación (en que uno elige, podemos agregar) del tiempo siguiente, en el que uno queda consolado y «por su propio discurso y por su hábitos y a consecuencia de sus ideas y juicios, forma diversos propósitos y pareceres, que no son dados inmediatamente por Dios nuestro Señor y por tanto, requieren ser muy bien examinados antes que se les de entero crédito ni se pongan por efecto» (EE 336).

Esta regla ayuda a comprender, a mi parecer, el sentido de los tres grupos de reglas que Ignacio pone después:

las del ministerio de distribuir limosnas (338-345);

las notas para «sentir y entender escrúpulos y suaciones de nuestro enemigo» (EE 346-351)

y las reglas «para el sentido verdadero que en la Iglesia militante debemos tener» (352-370).

Estas reglas suelen verse como un apéndice agregado a los Ejercicios. Pero si se considera que los ejercicios se ordenan a la elección y reforma de vida, podemos integrarlas en una estructura amplia que tiene dos grandes tiempos, como les llama San Ignacio: el primer tiempo, es el de la consolación. La elección -con sus preparaciones y confirmación- es un tiempo de especial consolación. La consolación está en el centro de todo el proceso de ejercicios y cuando uno recibe esta gracia de elegir su vocación y de reformar su vida, todo lo que rezó y lucho adquiere un sentido unificado y pleno.

El segundo tiempo lo podemos llamar el tiempo de la contemplación en la acción. Es el tiempo de poner en práctica y concretar la elección o reforma de vida, insertándonos en la vida en común.

San Ignacio pone diferentes ayudas teniendo en cuenta que en ese tiempo uno deberá atender, sin que esto sea exclusivo, a tres cosas:

A lo que tiene que dar (reglas sobre distribuir limosnas),

a lo que uno debe «hablar u obrar dentro de la Iglesia» (algunas de las reglas sobre escrúpulos)

y a lo que uno «siente y juzga» de la Iglesia (reglas para sentir con la Iglesia).

Así, estas reglas con como una especie modelos de «reflexión para sacar provecho» que propone Ignacio al final de sus ejercicios, en orden a que lo experimentado con consolación en la oración se ponga en práctica discretamente en la vida diaria.

Quizás la iluminación final para todo esto que hemos reflexionado esté en la máxima ignaciana que dice: “Non coerceri a maximo, contineri tamen a minimo, divinum est”. Se traduce de muchas maneras, según el caso a que se aplique, ya que es de esas máximas tan especiales que brotan de la espiritualidad ignaciana. Aquí yo pondría, que: Es de Dios la gracia de no achicarnos ante lo máximo – los Ejercicios en su totalidad- y sin embargo dejarnos contener por lo mínimo – la oración y el examen de cada día-.

El Papa Francisco la usa en Gaudete et exsultate para hablar del discernimiento y de hacerlo todo “A la luz del Señor”, que es lo que ha guiado nuestra reflexión. Dice:

“El discernimiento no solo es necesario en momentos extraordinarios, o cuando hay que resolver problemas graves, o cuando hay que tomar una decisión crucial. Es un instrumento de lucha para seguir mejor al Señor. Nos hace falta siempre, para estar dispuestos a reconocer los tiempos de Dios y de su gracia, para no desperdiciar las inspiraciones del Señor, para no dejar pasar su invitación a crecer. Muchas veces esto se juega en lo pequeño, en lo que parece irrelevante, porque la magnanimidad se muestra en lo simple y en lo cotidiano (“En la tumba de san Ignacio de Loyola se encuentra este sabio epitafio: «Non coerceri a maximo, contineri tamen a minimo divinum est» (Es divino no asustarse por las cosas grandes y a la vez estar atento a lo más pequeño)”. Se trata de no tener límites para lo grande, para lo mejor y más bello, pero al mismo tiempo (estar) concentrados en lo pequeño, en la entrega de hoy. Por tanto, pido a todos los cristianos que no dejen de hacer cada día, en diálogo con el Señor que nos ama, un sincero «examen de conciencia». Al mismo tiempo, el discernimiento nos lleva a reconocer los medios concretos que el Señor predispone en su misterioso plan de amor, para que no nos quedemos solo en las buenas intenciones.” (GE 169).

Si todo lo que hemos dicho sirve para comprender un poco mejor qué quiere decir el Papa cuando nos exhorta a todos los cristianos a no dejar de hacer cada día, en diálogo con el Señor que nos ama, un sincero ‘examen de conciencia’, vale la reflexión. Es el núcleo olvidado de la vida espiritual que, puesto en medio de la contemplación y de la acción, revigoriza todo. Hoy más que nunca es necesario este “reflectir para sacar provecho” que es ese: discernimiento como dice el Papa, que-nos lleva a reconocer los medios concretos que el Señor predispone en su misterioso plan de amor, para que no nos quedemos solo en las buenas intenciones.

Momento para Contemplar

Marta Irigoy

Comenzamos y terminamos el año bajo el signo de la Escuela del discernimiento, y lo que buscamos fue ayudar a  descubrir que en esta escuela, siempre seremos niños que tienen mucho que aprender, como así  también –como dice el P. Diego-  “solo aprende bien el que enseña a otros…”.

Retomo algunos de los párrafos que están escritos más arriba, y que pueden ayudarnos a sentir y gustar este material desde el Principio y Fundamento:

Es importante y esencial tomar conciencia que «ya hemos sido elegidos». El Señor nos eligió y nos dio la vida, nos salvó y nos encomendó la misión de ser santos y de anunciar el evangelio a todos los pueblos. Esta elección de Dios es lo que somos por Gracia.

Es sentir y gustar lo que el Señor eligió darnos, ponerlo en práctica y reflectir en el don, agradeciéndolo y eligiéndolo más libre y conscientemente, sabiendo que cuando hablamos de «elegir», se trata en el fondo de elegir a una Persona, de elegir amar Al que nos ama: a Jesús…

La elección es el acto más radical de la libertad amorosa de Dios para con nosotros: eligió crearnos y darnos todo. Para nosotros, como creaturas, elegir no es elegir «si lo amaremos o no» sino elegir «cómo quiere Él que lo amemos y cómo sentimos nosotros que podemos amarlo mejor».

«He sido elegido», es la conciencia fundamental del ser creatura. “Por qué yo”, decimos admirados cuando tomamos conciencia de lo grande y gratuito del don de la vida…”

Para rezar podemos hacer memoria de los “discernimientos” que fuimos haciendo en este año que estamos terminando y examinar “reflictiendo para sacar provecho”, -como dice San Ignacio- para descubrir:

  • lo que Dios nos fue regalando con su Gracia…
  • para ver en qué venció el Señor en mi vida -para festejarlo-…
  • asombrarme de lo que “aprendí”, es decir: donde perdí o actué mal y que enseñanza saque de mi propia experiencia…
  • y luego, ofrecer todo lo discernido, elegido, aprendido y enseñado para que el Señor lo transforme con su Gracia y nos regale ser hombres y mujeres contemplativos en la acción, para la Mayor Gloria de Dios…

Que tengamos un Fecundo Adviento y una Gozosa Navidad!!

 

 

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