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EL LENGUAJE SIMPLE DE JESÚS,
QUE LLEGA DIRECTAMENTE AL CORAZÓN

Publicado en La Civilta Cattolica Iberoamericana nº 11, 2017

Diego Fares S.I.

«Jesús, cuando hablaba, usaba un lenguaje simple e imágenes que eran ejemplos tomados de la vida cotidiana, para poder ser comprendidos fácilmente por todos. Por esto lo escuchaban encantados y apreciaban su mensaje que llegaba directo a su corazón; y no era ese lenguaje complicado de entender, el que usaban los doctores de la ley de la época, que no se entendía bien pero que estaba lleno de rigidez y alejaba a la gente. Y con este lenguaje Jesús hacía entender el misterio del Reino de Dios; no era una teología complicada».[1] En un Angelus dominical del verano pasado, el papa Francisco comenzó su comentario a la parábola del sembrador con esta reflexión acerca del lenguaje de Jesús: un lenguaje simple, que llega directamente al corazón; lo opuesto, dice el Papa, al lenguaje complicado de una teología rígida que aleja a la gente del misterio del Reino.

El discernimiento de los dos lenguajes es claro: el que me acerca directamente al amor de Jesús es del buen espíritu; y el que me aleja del amor de Jesús es del malo. Pero ¿qué sucede con el lenguaje de algunos medios, que también apunta directamente al corazón, pero no para sembrar la semilla buena del trigo sino para sembrar la semilla venenosa de la cizaña?

Cada tanto, como ha sucedido en estas semanas, surge una andanada de artículos con ataques a la Iglesia y al Papa —es un único ataque, aunque algunos digan que atacan al Papa para defender la doctrina de la Iglesia y otros digan que defienden al Papa y atacan a la Iglesia—. El lenguaje que usan no parece complicado; es más, los titulares que hablan de intrigas de poder, venenos, luchas internas, errores clamorosos, ataques a la doctrina son bien claros y directos. Pero un lenguaje simplista no es un lenguaje simple, aunque se parezcan, como la cizaña se parece al trigo. El hombre de la parábola  [p. 62/112] lo discierne al primer golpe de vista: si hay cizaña, quien la sembró es un enemigo (cfr. Mt 13, 28). Y no hay que intentar arrancarla toda antes de tiempo, porque se corre el riesgo de arrancar también algo de trigo. Pero sí es bueno, cuando se ve que el exceso de maleza sofoca al trigo, cortar algunos yuyos para dar aire a las plantas. En una discusión, cuando el tono se alza demasiado y las palabras pasan a ser hirientes, si se quiere seguir dialogando hay que bajar el tono y «cuidar el lenguaje».

Algunos justifican el lenguaje escandaloso diciendo que cuentan «hechos escandalosos». Si se tratara solo de hechos serían los mismos que el Papa señala cuando afirma que hay corrupción en el Vaticano o condena un escándalo. Pero la verdad no solo consiste en hechos que cualquiera dice de cualquier manera sin importar quién esté escuchando o leyendo. Por ello, parafraseando algunos comentarios, podríamos decir que el verdadero ataque de cierto tipo de lenguaje es al «esplendor de la verdad».

Cuidar entre todos el lenguaje que usamos es tan vital como cuidar el aire del planeta. Y el sentido del lenguaje no está, en primer lugar, en los conceptos e imágenes que se utilizan para armar un discurso racional, sino en el consenso respetuoso que se dan entre sí los que dialogan y buscan juntos la verdad.

El lenguaje público se sostiene gracias al consenso tácito que todos nos prestamos, y debe ser custodiado. No como el espacio público, que ante la amenaza de actos terroristas se vigila con el ejército en las calles. El lenguaje público se custodia hablando bien y denunciando el mal uso. Pero toca a cada persona la decisión de no contaminarse ni contaminar el lenguaje común. Para ello, el único camino es crecer en el discernimiento.

No es fácil, dado el grado de sofisticación del lenguaje actual, discernir con nitidez cuándo está en acto un discurso tramposo. Los hay de todo tipo. Desde el lenguaje aparentemente liviano, propio de las revistas de chismes, que se usa para instalar algún concepto o imagen venenosa, hasta el lenguaje aparentemente serio que, utilizando conceptos teológicos —como el demonio usaba la Biblia para tentar al Señor en el desierto—, intenta confundir y torcer la verdad encarnada que es Cristo. Con estos discursos «tramposos» los fariseos y doctores de la ley buscaban «tentar al Señor para encontrar una fisura en su coherencia que posibilite concebir la piedad como un trueque; y entonces se trampea [p. 63/112]  la fe por la seguridad, la esperanza por la posesión, el amor por el egoísmo».[2]

Decir la verdad con el Espíritu de la verdad

Nos ayudaremos en este camino de crecer en el discernimiento del lenguaje con algunos criterios de Pedro Fabro, el jesuita compañero de Ignacio y de Francisco Javier. Fabro, según el juicio de Ignacio, era quien mejor daba los Ejercicios espirituales y tenía el carisma del discernimiento y de la conversación espiritual. Sabía dialogar con todos y tenía un modo especialmente respetuoso y convincente con sus adversarios.

Su primer criterio así lo explica: «Otro deseo sentí en la misa, es a saber, de que todo el bien que yo hubiese de hacer, o pensar, u ordenar, etc., fuese por medio del buen espíritu y no por medio del malo. De allí vine a pensar cómo nuestro Señor no debe de tener por bien de reformar algunas cosas de la Iglesia según el modo de los herejes;[3] porque ellos, aunque muchas cosas, así como también los demonios, dicen verdad, no la dicen con el espíritu de la verdad, que es el Espíritu Santo».[4]

Pedro Fabro hace ver que no basta con decir cosas verdaderas sino que se deben decir con aquel espíritu de la verdad que es el Espíritu Santo. Esto si de verdad se quiere que ayuden a corregir en la práctica un error o un mal comportamiento.

Distingue Fabro, en la práctica, tres «verdades»: las cosas verdaderas, el espíritu de verdad, en cuanto disposición con que se dicen las cosas verdaderas, y el Espíritu de la Verdad como Persona. Entre la verdad de los hechos y el Espíritu de la Verdad está situado ese «espíritu de verdad» o «buen espíritu» que permite que se vinculen los hechos de la vida —también el pecado— con la Gracia, que todo lo ordena para bien.

Es bueno incorporar este discernimiento de manera tal que sea lo primero que uno mira cuando se trata de juzgar si algo es verdad o mentira. En un discurso se debe medir y sopesar la capacidad que [p. 64/112]  tiene, en su conjunto y en cada una de sus palabras, frases y modos, para ser usada para bien por el Espíritu. Y, como contracara, se debe medir y sopesar la capacidad que tiene un discurso, en su conjunto o en alguna de sus partes, para bloquear la acción del buen espíritu o para potenciar el malo.

Un maestro espiritual, cuando un discípulo le contaba algo que le había pasado y, para calificar a otra persona, utilizaba una palabra insultante —por ejemplo: «es un tal por cual»—, preguntaba al discípulo sonriendo: «Y esa palabra ¿dónde se encuentra en la Escritura?». Como siempre venía a la mente el pasaje de Mateo 5,22, en el que los insultos o descalificaciones a un hermano son duramente condenados por el Señor, yo mismo me daba cuenta de que «estaba tentado» por el mal espíritu. En una palabra destemplada se puede discernir el mal espíritu que anima toda una argumentación, que utiliza hechos objetivos y razonamientos innegables… para alimentar el enojo con un hermano.

La cuestión está en conectar una verdad dicha con buen espíritu con la posibilidad que contiene de ser usada por el Espíritu Santo para hacer un bien o corregir un mal. O, dicho de manera negativa, conectar algo dicho con mal espíritu —sea una mentira o una verdad— con la imposibilidad de que el Espíritu Santo la use para hacer bien a alguien o corregir eficazmente un mal.

También se puede considerar —y resulta muy clarificador— el camino que va de la realidad al discurso. Cuando uno nota —como le sucede a tanta gente que escucha el lenguaje simple de Francisco—, que dentro de sí nace una atracción al bien o se visualiza la posibilidad de corregir algo que anda mal en su vida es señal clara de que el discurso que suscitó tales sentimientos es verdadero. El Espíritu Santo bendijo este lenguaje —aun con sus límites— y lo utilizó para conducir la vida de la Iglesia y/o de una persona en un momento dado.

Si, por el contrario, uno nota, como sucede al leer algún artículo o ver algún programa de televisión, que en nosotros se bloquea el deseo de hacer algún bien, que nuestra mente se oscurece y se nos instala la desesperanza de que alguna vez se solucione algo en concreto, es señal de que está en acto un discurso tramposo, de esos que entristecen al Espíritu Santo porque algo obstaculiza su accionar benéfico.

Más allá de que se pueda desmontar la trampa, se discierne en conjunto. Así como hay trampas que no se pueden desmontar [p. 65/112]  porque explotan, así hay discursos que no se pueden desmontar porque solo son vehículo para que algo malo pase y se incorpore al modo de pensar del otro. Hay un lenguaje que envenena el alma. En estos casos, lo que hay que hacer es alejarse y no tragarse el veneno.

Así, lo que puede parecer una diferencia pequeña —la de decir bien una verdad o la de decirla con burlas, ira o desprecio— en realidad es algo que puede originar un gran cambio. Una verdad dicha con mansedumbre y respeto es una mano tendida que crea puentes. En cambio, una verdad dicha con acritud y falta de respeto es una bofetada que rompe posibilidades de entendimiento.

El espíritu con que uno dice cosas verdaderas influye también en su modo de verlas. Hablar mal lleva a pensar mal y a ver mal; lleva, por tanto, a la ceguera. Utilizar un lenguaje ofensivo termina por ofuscar la propia visión de la realidad.

En definitiva, la verdad no consiste solo en «hechos» o en «definiciones abstractas»; la verdad incluye, como parte esencial, el modo respetuoso y amoroso con que se expresan las cosas, de modo tal que puedan atraer con su esplendor y hacer bien y nunca mal. Todos hemos experimentado alguna vez cómo un tono o una mirada intencionadamente sarcástica es capaz de subvertir totalmente la verdad más inocente o amigable, introduciendo en ella un veneno mortal que muchas veces ni deja rastro. Las cosas verdaderas se dicen con ese espíritu de verdad que es el Espíritu Santo.

Las trampas del «menos»

San Pedro Fabro nos proporciona un segundo criterio para discernir el modo de hablar según el Espíritu de la verdad. Fabro le pide al Señor que le enseñe a hablar bien —bajo el influjo del Espíritu Santo— de las cosas de Dios y discierne algo que tiene que ver con un «menos». Siente que hay algo en su lenguaje que, si no está atento, puede depotenciar la gracia que ha recibido, en el momento en el que comunica esta experiencia a otro. Fabro dice así: «Otro deseo había tenido antes, es a saber, que nuestro Señor me diese gracia de saberme haber acerca de hablar las cosas, que yo he sentido con algún buen espíritu para mí o para otros; porque muchas cosas suelo hablar o escribir o hacer, sin buscar el espíritu con el cual yo antes había sentido aquellas cosas: quiero decir, por ejemplo, que alguna vez hablo alguna cosa con cierto espíritu alegre y  [p. 66/112]  familiar, con regocijo exterior, la cual yo había sentido con espíritu de compunción, con algunas lágrimas espirituales; de donde aprovecha menos al que oye, porque no la digo con tan buen espíritu como aquel con que la había recibido».[5]

Fabro describe esta experiencia de una gracia recibida que, cuando la comunica, produce un fruto menor. Lo atribuye a que la expresó con un espíritu menos bueno de aquel con que la recibió. Y ese menor grado de bondad lo nota en lo que podemos llamar un «cambio de tono»: expresó de modo gracioso lo que primero le había provocado compasión.

Podemos aplicar este criterio a todos esos discursos en los que, a alguien —o a alguna cosa— que es más se le roba algo para que sea —o parezca— menos de lo que es. Se trata de esos lenguajes en los que se nota un cambio de tono o de registro que «disminuye» al otro —lo descalifica, lo denigra…— o en los que se tratan cosas importantes, incluso sagradas, de manera simplista o reductiva.

San Ignacio expresa este tipo de tentación con una regla de discernimiento que muestra cómo el mal espíritu no siempre busca el mal mayor. A veces se conforma con algo «distractivo, o menos bueno que lo que uno tenía propuesto hacer, o tira abajo el ánimo, o inquieta o turba, quitando la paz, la tranquilidad y la alegría que uno tenía antes».[6] Todos estos «menos» son señal de mal espíritu. Más aún, este «mal menor» es a veces buscado de manera decidida por el que ve que, si apuntara a un mal mayor, no tendría éxito. Esto es bastante común en muchos discursos acerca del Papa y sobre la Iglesia, y es la manera más fácil de que mucha gente «se trague» estas medias verdades inadvertidamente.

Para discernir bien este lenguaje que apunta a un mal menor —pero efectivo, porque logra «entrarnos» en el corazón—, hay que reconocer primero la disminución de un bien y conectarla luego con algún «ruido de fondo» producto del tono del discurso que leemos o escuchamos. Un ejemplo: si uno mira las encuestas, el índice de popularidad del papa Francisco, después de cuatro años de pontificado, se mantiene «muy alto»[7] en todo el mundo. Incluso en su país  [p. 67/112] su imagen positiva es muy grande.[8] Sin embargo, si uno lee algunos medios italianos la expresión «la gente está enojada con el Papa» se presenta como obvia y muy real. Si uno se guía por las encuestas, en el corazón de los argentinos no ha disminuido el amor al papa Francisco, pero se ha difundido un modo de pensar que alguien expresó así: «del Papa mejor no hablar mucho ahora, porque sería para discutir». Este es el engaño del «menos».

Esta tentación se la puede reconocer en algunos discursos que se refieren al modo de hacer política de Francisco. Recordemos que el Papa siempre intenta «rehabilitar la política» como la forma más alta de la caridad que busca el bien común.[9] En este sentido, el Papa afirma que todo es política, incluso una homilía. Todo lo que se dice en la «polis», lo que hace al bien común, tiene significado político. ¿A quién puede interesarle «disminuir» al que enaltece la alta política del bien común? Solo a aquellos poderes, cualitativamente menores, que se mueven por «encima de» la política, en vez de ponerse a su servicio, es decir, los poderes del dinero, de las armas, de la tecnocracia.

Al mismo tiempo, a nivel práctico, es un hecho internacionalmente reconocido que el papa Francisco ha logrado convertirse en un punto de referencia y hacer de puente en muchas tentativas de diálogo entre países en conflicto. ¿Quién puede estar interesado en desacreditar a un tal árbitro en los conflictos? Solo al que tiene algo que «ganar» con otras soluciones que no son las del diálogo y el consenso democrático.

Recordar y explicitar la jerarquía de los bienes y valores es lo que permite discernir cuando alguien propone un bien o valor menor y notar esos detalles disonantes en los que el mal espíritu siempre muestra la hilacha. Los discursos que apuntan a robar algo del bien, con sus fotos y razonamientos tomados de otros contextos —por ejemplo, cuando se usa un concepto psicológico para hablar de cuestiones políticas— deslumbran por un momento, pero a poco que se echan a andar se ve que oscurecen la cuestión de fondo. [p. 68/112]

Hace poco, un artículo que quería hacer pasar por obvia la imagen de un Papa muy popular a nivel internacional, pero con métodos de gobierno ineficaces, quiso «crear» la imagen de un Papa que ya no come en el centro del comedor de Santa Marta sino en un ángulo, solo con pocos y selectos comensales y dando la espalda al resto de la sala. Usamos aquí el verbo «crear», porque aunque alguien hubiera tomado una foto así, ese fotograma individual, aislado del contexto, no es verdadero. La historia real de más de 1 500 almuerzos de Francisco nos muestra a un Papa que eligió compartir siempre su vida y su mesa con la gente, y que, si al comienzo se sentaba más en el centro, cuando vio que, al entrar en el comedor, la gente se paraba y no sabía bien qué hacer, buscó un lugar más discreto para no molestar, permaneciendo siempre en el mismo salón común. Esto es así desde hace años. Ninguna novedad, por tanto. Sí, en cambio, en alguno, un espíritu desagradablemente venenoso, que recurriendo a imágenes engañosas termina produciendo una caricatura falsa y encima poco lograda, del Papa, en el intento de «disminuir» su imagen.

El criterio de proponer «algo más», concreto y bueno

Un tercer criterio de Fabro que puede resultar útil en esta reflexión, es el del «magis ignaciano». San Ignacio es el hombre del magis (el «más»), de la «mayor gloria de Dios». Pero no se trata de un «más» ideal, de una perfección propuesta en abstracto que luego habría que intentar realizar. Se trata de un «más» concreto, posible, encarnado en la vida, que tiene en cuenta los tiempos, los lugares y las personas. En definitiva, es el paso adelante que le agrada al Padre y que el Espíritu Santo nos invita a dar. Puede tratarse de un gran paso, como la conversión de un san Pablo o aquel del gesto de san Maximiliano Kolbe, que dio la propia vida por salvar a un condenado a muerte; o bien de un paso pequeño como aquel que da un niño para saltar un charquito, tomando impulso con unos pasos hacia atrás. Pequeño o grande, este paso es un «más en el Espíritu». Afirma Fabro: «En general, cuando le propusieras —a una persona o a sí mismo— cosas más altas o para obrar, o esperar o creer, o amar, para aplicarse a ellas afectiva y efectivamente, tanto con mayor facilidad le darás materia en la que se provoque la diferencia del espíritu bueno y del malo […]: el que da fortaleza y el que debilita, [p. 69/112]  el que ilumina y el que ofusca, el que justifica y el que mancha, es decir, el bueno y el contrario del bueno».[10]

Este dinamismo que invita a dar un paso adelante —posible y concreto— en el amor a Jesucristo y al prójimo es una constante que vuelve siempre en los discursos del Papa Francisco. Tanto cuando predica como cuando escribe, él no sigue el camino de los tratados sistemáticos, animados por la lógica de un equilibrio entre todos los temas. Su teología es práctica, kerigmática.[11] Más que ayudar a definir, es una teología que ayuda a vivir, ayuda a «en todo amar y servir a Dios nuestro Señor». Y para hacerlo remueve la tierra del corazón, provoca movimiento de espíritus, interpela a discernir personalmente qué le dice el Espíritu a cada uno, y no a opinar qué esté diciendo «en general».

En el Papa se nota la conciencia refleja de una vivencia que no busca entrar en discusiones con los eruditos, sino que desea comunicarse a aquellos que tienen hambre y sed de una Palabra que incida en su vida de manera positiva.

El «más» de la teología práctica y kerigmática —que es característica de los Ejercicios espirituales de san Ignacio—, mira al corazón de las personas, para ayudarlas a encontrar el «más» del Espíritu en su vida concreta, en el paso de conversión y en la elección del lugar de servicio a que el Señor llama a cada uno. Por eso, cuando Francisco trata un tema que juzga necesario para la conversión del corazón e insiste en un punto, no es pertinente que preguntarse por qué no habla también de otros temas o afirmar que, si ese punto se «generaliza», será de hecho irrealizable. [p. 70/112][12]

Las trampas de una lógica del «más» pervertida

Nos interesa examinar ahora cómo a veces se utiliza la lógica del «más», pervirtiéndola. En contraste con las dimensiones propias del lenguaje de Francisco, que invita a cada uno —también a sus críticos— a pensar el paso adelante a realizar personalmente, hay afirmaciones que exhortan a dar un paso más, pero en orden a ver a qué Papa precedente o a qué encíclica o dogma de fe estaría atacando.

El padre Adolfo Nicolás S.I., ex superior general de los jesuitas, en la homilía que predicó el año pasado en la Iglesia del Gesú, en Roma, con ocasión de la Fiesta de san Ignacio, afirmó que la palabra del papa Francisco es como la de los profetas: a veces resulta dura o incómoda, pero si uno la acoge con la actitud de quien quiere dar un paso adelante, siempre hace bien, un bien concreto; en cambio, si uno se cierra a esta palabra para defender algún interés particular, le endurece siempre más su corazón.

Ahí está el criterio para discernir esos lenguajes que siguen la lógica de los fariseos y de los doctores de la ley, los cuales, cuando el Señor hacía un bien concreto —curar en sábado la mano a uno que la tenía paralizada (cfr. Mt 12, 9-14)—, lo acusaban de romper el sistema de la ley. El movimiento de estos lenguajes es totalmente contrario al movimiento de la encarnación, en el cual las palabras y acciones particulares no están buscando atacar a nadie ni destruir nada, sino que se proponen transmitir la gracia a una persona que se encuentra en un lugar y tiempo concretos.

Este movimiento contrario al de la encarnación puede ser distractivo, reductivo o directamente destructivo, pero siempre busca el mismo efecto: que la Palabra no pueda encarnarse en un corazón concreto o, si se encarna, que no eche raíces como la semilla en tierra buena o que de menos fruto del que podría dar. Y si no logra nada de todo esto, al menos intenta robar la paz y debilitar el alma.

Las afirmaciones o insinuaciones de que Francisco atacaría a Veritatis splendor (VS) no merecerían ni siquiera un comentario, si no fuera por el hecho de que hay gente sencilla que queda perpleja y escandalizada cuando este tipo de cosas son dichas de modo categórico y solemne (¡el «más» de la solemnidad farisaica!). El hecho de que Francisco, en su exhortación apostólica Amoris laetitia (AL), que recoge el trabajo de dos sínodos sobre la familia, diga que «no todas las discusiones doctrinales, morales o pastorales deben ser [p. 71/112]  resueltas con intervenciones magisteriales» (AL 3), está en perfecta consonancia con el espíritu de VS, en la que Juan Pablo II concluye «el discernimiento de algunas tendencias de la teología moral actual» (VS 28-83) con esta exhortación: «Sin embargo, es necesario que nosotros, hermanos en el episcopado, no nos limitemos solo a exhortar a los fieles sobre los errores y peligros de algunas teorías éticas. Ante todo, debemos mostrar el fascinante esplendor de aquella verdad que es Jesucristo mismo» (VS 83). Francisco hace suya y amplía esta «exhortación apostólica» de san Juan Pablo II. Es que la verdad no esplende en las definiciones, ni siquiera en las de VS, sino en el hombre vivo.[13] La verdad puede esplender en una obra de arte, en una parábola, en un gesto de misericordia, en un anuncio del kerigma, pero no puede esplender en las definiciones abstractas porque, cuando se define, el pensamiento está dinamizado a seguir definiendo, no a gozar contemplativamente del todo. La abstracción, que separa aspectos no esenciales, es distinta del esplendor, que utiliza todas las realidades accidentales para brillar en ellas.

Hagamos una última reflexión respecto a este criterio del «más». Francisco ha logrado despertar —proféticamente— la fuerza de una Palabra que estaba prisionera entre esquemas abstractos y diálogos de sordos entre ideologías enemigas. Como Pontífice, impulsa y crea acontecimientos en los que los protagonistas interactúan y dialogan realmente. En la relación con la gente —en las periferias geográficas y existenciales—, y en el diálogo con interlocutores políticos, culturales y religiosos de todo tipo, sus salidas son un verdadero «entrar en contacto real» con la vida de las personas y los pueblos. Esto fascinó desde el primer momento al mundo de la comunicación: todo escritor, todo comunicador sueña con que su palabra toque la realidad, la modifique, la impulse y oriente en cierta dirección.

Y la fascinación se nota no solo en los que hablan bien de Francisco, sino incluso en sus detractores. También ellos, en el intento de imitar a Francisco, tratan de inventar metáforas ingeniosas, haciendo uso de contraposiciones polares. Pero no logran con esto más que dar testimonio, por la vía negativa, de que su pensamiento vive, en gran medida, de la creatividad vital de Francisco. [p. 72/112]

«Salvar la proposición ajena»

Hay una cosa que ayuda a ponerse en esta actitud de buen espíritu para pronunciar palabras y argumentar discursos a los que el Espíritu Santo pueda dar la eficacia de la Verdad. Es lo que san Ignacio llama «salvar la proposición ajena». En tres frases él da todo un tratado para dialogar, con buen espíritu, con cualquiera: arte en el cual el papa Francisco siempre se ha destacado. Afirma Ignacio: «Se ha de presuponer que todo buen cristiano ha de ser más pronto a salvar la proposición del prójimo que a condenarla; y si no la puede salvar, pregunte cómo la entiende (qué quiso decir), y si la entiende mal (si el otro está equivocado), corríjale con amor; y si no basta, busque todos los medios convenientes para que, entendiéndola bien, se salve»[14]

Por supuesto que Ignacio se refiere a un diálogo entre personas que desean entenderse y tienen opiniones diferentes sobre algún punto, en torno al cual se preguntan y se corrigen con amor. En el caso de los que escriben utilizando los lenguajes tramposos que hemos analizado, uno tendería a pensar que ya tienen posturas tomadas y que, por tanto, es inútil tratar de dialogar con ellos. Sin embargo, no ha sido esta la actitud del papa Francisco al enfrentar este tipo de críticas.

Francisco tiene muchos gestos de respeto y de apertura al diálogo con aquellos que lo critican. Por ejemplo, en sus contactos por teléfono, por e-mail o por carta, su estilo es el de agradecer cuando siente que el otro tiene voluntad de comunicarse frontalmente y de expresar las disidencias con paz, sin agresiones ni expresiones altisonantes. Alguna vez que ha tenido que corregir alguna imprecisión informativa ha estado atento a hacerlo de manera privada con el interesado. Y cuando ha sido criticado de manera ofensiva, ha tenido la grandeza de salvar la crítica misma, en cuanto que puede ayudar a caminar por la recta vía del Señor. En definitiva, Francisco hace notar continuamente cómo en el modo de hablar y de informar debe prevalecer siempre la mansedumbre.

Las actitudes del Papa, aunque siempre logren cambiar las ideas y las estrategias comunicativas de aquellos que lo critican, tocan el corazón de todos. Esto muestra la estatura moral de una persona [p. 73/112]  que, en el mano a mano, desarma la hostilidad de sus adversarios con su afabilidad; y hace comprender que, cuando el Papa recibe críticas no hace falta defenderlo ni atacar a sus detractores, porque entre ellos hay una puerta abierta al diálogo. Sí es importante, en cambio, hacer reflexiones que ayuden al cristiano que se ve afectado por este lenguaje, de modo que pueda examinarlo con mirada crítica y serena, aprendiendo a no dejarse empantanar, ni por los «menos» ni por los «más» de las falacias que se dicen; y, sobre todo, a no dejarse robar o disminuir su amor a la Iglesia y al Papa. [p. 74/112]

[1] Francisco, Angelus, 16 de julio de 2017.

[2] J.M. Bergoglio, Meditaciones para religiosos, Basauri, Mensajero, 2014, p. 181.

[3] Herético viene de airesis y significa división, separación. Herético es el que tiene espíritu partidista, como decimos hoy. Es aquel cuyo interés particular se sobrepone al interés por el bien común.

[4] P. Fabro, Memorial, Bilbao, Mensajero, 2014, n. 51.

[5] P. Fabro, Memorialop. cit., n. 52.

[6] I. de Loyola, Ejercicios espirituales, n. 333.

[7] Cfr. «Entre popularidad y críticas, el Papa inicia su quinto año de pontificado» en Milenio (www.milenio.com/internacional/papa-francisco-popularidad-vaticano-plaza_san_pedro-milenio-noticias_0_918508319.html), 12 de marzo 2017.

[8] En Argentina el Papa parece tener un 82% de imagen positiva. Cfr. «La popularidad del papa Francisco es muy grande en el país», en Infonews (www.infonews.com/nota/306774/la-popularidad-del- papa-francisco-es-muy-grande-en-el-país), 29 de marzo 2017.

[9] Cfr J.L. Narvaja, «El significado de la política internacional de Francisco», en La Civiltà Cattolica Iberoamericana, I, n. 8, septiembre de 2017.

[10] P. Fabro, Memorialop. cit., n. 301-302.

[11] Para lo que sigue sobre la teología kerigmática, cfr. M.A. Fiorito S.I., «Apuntes para una teología del discernimiento de espíritus», en Ciencia y Fe, 19 (1963), pp. 401-417, y D. Fares, «Aiuti per crescere nella capacità di discernere», en La Civiltà Cattolica, 2016, III, pp. 377-389.

[12] En el mismo sentido, aunque no en el ámbito teórico sino existencial, no son pertinentes las críticas que preguntan: ¿Por qué fue a África central y a Asia oriental, a Suecia, Turquía y a varios países de América Latina, pero no a su país? La lógica sobre la que trabaja una pregunta así es o sistemática —si visita «todos» cómo no va a visitar «uno»—, o asistemática —«por qué no privilegia al suyo, si lo quiere»—. Si es verdad que el Papa sigue la lógica de buscar el mayor bien concreto y posible, se podría abrir el pensamiento y no descartar otras posibilidades; por ejemplo, se podría afirmar que está buscando el momento justo para que una visita pueda hacer el mayor bien posible. Si se sigue esta lógica, entonces uno prepara el corazón para la visita que vendrá, en vez de protestar como hacen los trabajadores de la parábola evangélica (cfr Mt 20, 11-15).

[13] «El esplendor de la verdad brilla en todas las obras del Creador y, de modo particular, en el hombre, creado a imagen y semejanza de Dios» (VS, Introducción). El «esplendor de la verdad» es una expresión que se refiere a la belleza de la verdad, que está siempre ligada al bien. La belleza es el esplendor de la unidad de la verdad y el bien.

[14] I. de Loyola, Ejercicios espirituales, n. 22.

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Momento de reflexión

Diego Fares sj

En su encuentro con los jesuitas de Myanmar, el Papa habló de los Ejercicios y de la Contemplación para crecer en el amor. Me gustó su interpretación: “alcanzar amor” es “crecer en amor”. Para nosotros, la idea de alcanzar algo -alcanzar una meta-, tiene un sentido de acción concluida y quizás eso ha hecho que la Contemplación para alcanzar amor, que se hace para finalizar los Ejercicios, se viva como un cierre, cuando en realidad es una apertura.  Si le cambiamos el nombre y al terminar los Encuentros de Oración de este año, por ejemplo, proponemos una “Contemplación para crecer en el amor”, no sentimos que algo terminó sino que algo se abre: tenemos un ejercicio espiritual para practicar en la vida activa. La Contemplación para crecer en el amor es el fruto con semilla que resume todos los Ejercicios  y que cada uno puede sembrar en el jardín y en las macetas de su vida cotidiana.

Hay dos “notas” de San Ignacio para crecer en amor. Son cortitas como un Tweet, pero están llenas de sabiduría

La primera nota es que: “El amor se debe poner más en las obras que en las palabras”.

Si seguimos con la metáfora del fruto con semilla, lo que Ignacio nos indica en qué macetas sembrar el amor para que crezca bien. Si se pone en una obra concreta, el amor enseguida echa raíz y crece. Por tanto, hay que ejercitarse en ponerlo más en las obras que en las palabras”. Atención que no dice “solo” en las obras. Pero en esa tensión siempre fecunda en la que se mueve el Evangelio, entre práctica y anuncio, la primera debe tener cierta primacía.

La segunda nota es que: “El amor consiste en comunicación de las dos partes”.

San Ignacio nos describe la dinámica de la comunicación: “A saber, en dar y comunicar el amante al amado lo que tiene o de lo que tiene o puede, y así, por el contrario, el amado al amante; de manera que, si el uno tiene ciencia, dar al que no la tiene, si honores, si riquezas, y así el otro al otro”.

Crecer en el amor es, pues, crecer en comunicación. Recordamos una historia de la vida de Ignacio que nos pueden ilustrar cómo creció él en su comunicación con Dios (cómo creció en el amor).

El padre Luis Gonçalvez da Cámara, nos cuenta el último encuentro que tuvo con Ignacio, que le narró su historia:

“El mismo día, antes de cenar, me llamó con un aspecto de persona que estaba más recogida de lo ordinario, y me hizo una especie de protestación, la cual en substancia consistía en mostrar la intención y simplicidad con que había narrado estas cosas, diciendo que estaba bien cierto que no contaba nada de más; y que había cometido muchas ofensas contra Nuestro Señor después que había empezado a servirle, pero que nunca había tenido consentimiento de pecado mortal, más aún, siempre creciendo en devoción, esto es, en facilidad de encontrar a Dios, y ahora más que en toda su vida. Y siempre y a cualquier hora que quería encontrar a Dios, lo encontraba. Y que aún ahora tenía muchas veces visiones, máxime aquellas, de las que arriba se dijo, de ver a Cristo como sol, etc. Y esto le sucedía frecuentemente cuando estaba tratando de cosas de importancia, y aquello le hacía venir en confirmación, etc. (Autobiografía n. 99).

Crecer en el amor es crecer en “facilidad para encontrarse con Él, para “ver a Dios en todas las cosas”. El amor hace que entre los que se quieren sea fácil “encontrarse”. Es propio de la amistad y la familiaridad esto de ser “encontradizos”, de estar a mano, disponible, que el otro sepa dónde encontrarme…

La convicción que Ignacio siembra en nuestro corazón es que, si uno lo que quiere es crecer en amor, esto, con nuestro Padre del Cielo, con Jesús y con el Espíritu Santo, no será difícil, como se piensa comúnmente o como el mal espíritu intenta hacernos pensar. No es difícil crecer en el amor teniendo a Jesús. No es difícil crecer en el amor teniendo al Espíritu Santo en el corazón. No es difícil crecer en el amor, si nos damos cuenta de que somos hijos del Amor, hijos del Padre Misericordioso.

 

En seguida veremos qué cosas hay que contemplar, en qué puntos precisos nos debemos ejercitar en medio de la vida cotidiana, para crecer en este amor. Pero antes recordemos que estos “puntos” que da Ignacio son gracias, pura gracia. Nacieron de una “Contemplación para alcanzar amor” que Ignacio tuvo junto al río Cardoner: la famosa “visión del Cardoner” (famosa al menos para los jesuitas, pero cuya fama crecerá ahora un poco más).

“Una vez iba por su devoción a una iglesia, que estaba poco más de una milla de camino va junto al río; y yendo así en sus devociones, se sentó un poco con la cara hacia el río, el cual iba hondo. Y estando allí sentado se le empezaron abrir los ojos del entendimiento; y no que viese alguna visión, sino entendiendo y conociendo muchas cosas, tanto de cosas espirituales, como de cosas de la fe y de letras; y esto con una ilustración tan grande, que le parecían todas las cosas nuevas. Y no se puede declarar los particulares que entendió entonces, aunque fueron muchos, sino que recibió una grande claridad en el entendimiento; de manera que, en todo el discurso de su vida, hasta pasados sesenta y dos años, coligiendo todas cuantas ayudas haya tenido de Dios, y todas cuantas cosas ha sabido, aunque las ayunte todas en uno, no le parece haber alcanzado tanto, como de aquella vez sola. Y esto fue en tanta manera de quedar con el entendimiento ilustrado, que le parecía como si fuese otro hombre y tuviese otro intelecto, que tenía antes (Autobiografía 30).

Las gracias que “alcanzó” Ignacio –que recibió aquel día y lo hicieron crecer, convertirse en alguien con una mente nueva que veía todas las cosas nuevas- son las que se encuentran -con esa sabiduría práctica que destilan- a lo largo y ancho de todos los ejercicios: en su estructura y en su ritmo, en cada uno de sus pasos y todas sus partes. Y se resumen en esta Contemplación para crecer en el amor.

Con esto, hemos presentado como corresponde esta paginita de los Ejercicios que, en el humilde envoltorio de unas pocas frases nos brinda cuatro frutos con semilla que son un tesoro y, si se siembran y cultivan, hacen crecer el amor.

         Cuatro semillas de contemplación… para crecer en amor

A continuación, vamos a proponer un modo de rezarla que puede resultar mágico para todos los que sienten que rezan poco, para todos los que les gustaría aprender a rezar. “Enséñanos a rezar”, le dijeron los discípulos al Señor cuando lo vieron rezando al Padre. Nosotros, mirando a Ignacio, que es uno de esos discípulos apasionados siempre por aprender a rezar, uno a quien el Señor le enseñaba a rezar como se enseña a un niño de escuela, de tan ignorante que era en cosas del Espíritu, le pedimos que nos enseñe esta “contemplación para crecer en el amor”. Es una contemplación para pobres, para ignorantes, así que los que ya encontraron su modo de rezar, por favor abstenerse.

Me inspiró una cosa que dijo el Papa acerca de los dos exámenes que San Ignacio propone en los Ejercicios: dijo que “si san Ignacio nos hace examinarnos dos veces por día (no solo a los jesuitas sino a los que hacen los Ejercicios, agrego yo) no es para que contemos cuántas pulgas y piojos tenemos”. Me hizo reír y a la vez me dio mucha vergüenza de haber practicado tan poco y mal en mi vida este ejercicio. Pero también sentí que quedarme en lamentaciones era tentación, así que pedí enseguida la gracia de entender mejor cómo hay que examinarse. Y ahí nomás el Espíritu me iluminó para unir el examen con la contemplación para crecer en el amor!

Se trata de examinarse, sí, pero en el amor. No en pulgas y piojos. No en lo primero que aparece al examinarse: en culpas pasadas y deberes futuribles.

Se trata de mirar dos veces por día cómo está mi corazón. Si está enamorado o no. Si recibe bien y da bien amor. Si creció en devoción y si le doy el gusto de “encontrar al Señor cada vez que lo desea”.

No es lo habitual examinarse en esto. Y el hecho de poner como un deber el examinarse –y la palabra misma “examen”- despiertan ecos afectivos no placenteros. Es una fatiga tener que examinarse. Uno presiente que la nota será siempre baja, que no aprobaremos, que los resultados estarán si no mal del todo, siempre más o menos nomás.

Pero no prejuzguemos! Dejémonos guiar por Ignacio y veamos sobre qué quiere que nos examinemos, qué cosas nos invita a “contemplar”. Las dos primeras semillas, ya fueron sembradas. Son la del amor-regalo y la del amor-estar. Las otras dos semillas son para sembrarlas juntamente: la del amor-trabajo y la de conectar el amor.

Recordar el Amor regalo

El primer punto es “Traer a la memoria los beneficios recibidos”. Este ejercicio de memoria nos hace descubrir que el amor es regalo, el amor es don. El Sembrador ya lo sembró en nuestros terrenos. El Espíritu ya ha sido “derramado en nuestros corazones” y ha crecido en todas las culturas a las que nos envía el Señor.

El ejercicio consiste en examinar haciendo memoria, acordándonos… No es difícil examinar regalos. Imaginémonos de niños, el día de nuestro cumpleaños, con la mesa llena de los regalos que nos van trayendo nuestras tías y primos y nuestros amiguitos.

Este examen ignaciano no tiene nada de introspección ni de correctivos. No es el examen para la una confesión. Estos dos exámenes, para hacer al mediodía y a la noche, son totalmente distintos: se trata de desempaquetar regalos. Es decir, se trata de contemplar bajo la “formalidad” de un regalo, todo lo que pasó durante ese medio día o día entero. Fue regalo despertarme, fue regalo desayunar, fue regalo la familia, fue regalo ir a trabajar… Cuanto más uno pueda “desenvolver” el regalo de los papeles de la rutina que lo envuelven, mejor se irá sintiendo.

Y de tanto ver regalos tan amorosos, surgirá el deseo de agradecerle al que nos los regaló.

Aquí San Ignacio siembra una semilla más, de discernimiento que le sale al paso a una tentación muy instalada: afirma que Dios desea regalarme siempre más, todo lo que pueda, y más todavía, desea “dárseme Él mismo”. Queda así sembrada la “gratuidad creciente” del amor.

Contemplar es mirar todo esto y “ponderarlo con mucho afecto”. El amor regaló mucho y desea regalar siempre más y darse a sí mismo en regalo. No hay mezquindad ni condicionamientos en el amor. Es regalo y punto. Tomar conciencia, pues, dando gracias por tantos beneficios recibidos.

De aquí brota espontáneamente el ofrecimiento: cuando uno recibe tan lindos regalos le dan ganas de regalar. A Ignacio le nació decir:

Tomad, Señor, y recibid

toda mi libertad,

mi memoria, mi entendimiento y toda mi voluntad,

todo mi haber y mi poseer;

Vos me lo diste, a Vos, Señor, lo torno;

todo es vuestro, disponed a toda vuestra voluntad;

dadme vuestro amor y gracia, que ésta me basta.

            Agradeciendo mucho los regalos y regalando uno algo a su vez, es como se crece en el amor. No hace falta ofrecer siempre todo. Uno se puede concentrar en “algo de lo que tiene o puede”. Ofrecer en un momento la memoria, en otro –si uno está leyendo- el entendimiento y si uno va por la calle, algo para dar de limosna del propio haber y poseer…

Contemplar el Amor-estar

El segundo punto es “Contemplar cómo Dios habita, cómo Dios está”. Este amor-estar también ya fue sembrado. El que lo sembró dijo: Yo estoy todos los días con ustedes hasta el fin del mundo. El que lo sembró se quedó como Eucaristía y nos pidió que celebráramos su presencia partiendo el pan “en memoria suya”.

El amor es estar. El amor es presencia, es cercanía, vecindad, compañía. Ignacio no usa mucho la “palabra” amor. Pero describe tan bien sus obras, los gestos de quien ama…, aquí: el simple hecho de estar.

El amor crece cuando la contemplación escudriña y anota prolijamente los lugares donde el Señor estuvo, los lugares donde sé que está.

Y esto va unido a discernir los lugares donde yo puedo estar, las personas a las que quiero visitar o acoger. Esta contemplación del estar, del lugar, tiene que ver con la nota acerca de “donde hay que poner más el amor”. Hay lugares donde el amor “ya se puso”: el sagrario, la casa familiar, la escuela, los lugares donde juegan los niños, los hospitales, la casa de los pobres, la calle…  Hay lugares donde el Señor está escondido y a donde hay que ir a hacerlo explícito: son esas periferias, esas fronteras, donde Él espera que  anunciemos su presencia para que pueda dar fruto.

Un modo de responder a esta “contemplación del habitar de Dios” es hacer pequeñas invocaciones para invitarlo a venir y a permanecer:

“Ven a mi encuentro Padre. Vuelvo arrepentido, con la esperanza de que me quieras abrazar”.

O “Quédate con nosotros Señor, que es tarde y anochece”.

O “Ven Espíritu Santo, eres bienvenido en este lugar”.

O “Ven a casa Jesús e invita al pobre que quieras, la puerta está abierta y partido el pan”.

Discernir el Amor trabajo

El tercer punto que Ignacio nos propone para enamorarnos de Dios, es mirarlo trabajar y discernir nuestro propio modo de trabajar que se acuerda con el suyo.

El amor es regalo y presencia, pero también es trabajo, cultivo, creación, producción, institución… Tiempo.

“Considerar –dice- cómo Dios trabaja y labora por mí en todas cosas creadas sobre la faz de la tierra”.

Ignacio dice que el modo de estar de Dios es como el de un laburante (en latín: “habet se ad modum laborantis”). Así como en los cielos, elementos, plantas, frutos, ganados, etc., Dios trabaja dando ser, conservando, vegetando y sintiendo, etc. Después reflexionar en mí mismo (como trabaja Dios)”.

Qué tengo que reflexionar? Ignacio “deja picando la pelota”. Es evidente que Dios “trabaja” en toda la creación. Es evidente que todas las cosas “trabajan”, cada una según su naturaleza y su instinto: nunca está ociosa la creación. Ignacio deja que discernamos y elijamos nosotros -ya que también somos creaturas, pero libres- cuál es nuestro trabajo propio, ese en el que Dios puede “trabajar conmigo”, estar en mí trabajando, no solo dándome el ser o dándome regalos, o haciendo todo el trabajo por mí.

Este ejercicio es como decir: cuando trabajo bien –en mi carisma, en mi misión y en mi puesto-, el Señor trabaja conmigo, hace cosas a través mío… Allí “cosecho”, si no “desparramo”, aunque sea hiperactivo y produzca mucho…

Una reflexión interesante puede ser la siguiente: no puedo “ser más de lo que soy” ni “darle al Señor más espacio que el que tengo en mi corazón”, pero sí puedo discernir cómo, dónde y en qué trabajar más y mejor, sí puedo especializarme en mi carisma para que Dios trabaje mejor con mis manos. En esto, los artistas y los santos nos dan testimonio de cuánto puede potenciar nuestro trabajo el del Señor, cuánto puedo embellecer y mejorar la creación. El amor “trabajo” puede crecer mancomunadamente.

Conectar contemplativamente mi amor a su Amor

El cuarto punto es para conectar amores. Consiste en “mirar cómo los bienes y dones descienden de arriba”.

El amor une, conecta: conecta bienes, conecta corazones, conecta personas. Contemplar cómo todo lo de abajo está conectado con lo de arriba, hace crecer nuestro amor. Y es un servicio establecer -contemplativamente- esta conexión y brindar el servicio a los demás, como si uno brindara un Wifi.

Cuando nos conectamos con lo Alto, apreciamos más cada pequeña cosa, cada limitada y frágil cosa, porque la vemos en su fuente y en su perfección futura. Lo que en nosotros es limitado y medido, proviene de Dios: de su suma potencia, de su suma justicia, de su suma bondad, piedad y misericordia…

La dinámica de conectar las cosas en el amor es la del Magníficat, aunque no lo diga Ignacio, supone que tenemos entendimiento. Es la dinámica de “engrandecer a Dios -como hace nuestra Señora-, porque miró con bondad su pequeñez”.

Si hay contemplación que haga crecer en el amor y enamorarse de Dios y de nuestros pueblos, es la que mira a Dios en los ojos de María.

A través de ellos vemos claro qué significa que el amor es comunicación, cómo nuestro Dios es “un Dios que se ha enamorado de nuestra pequeñez” y cuánto podemos crecer en ese amor.

La dinámica del Magníficat es también la de estas pequeñas oraciones para crecer en el amor, que buscan conectar lo pequeño con lo grande. Eso es lo cristiano, decía Ignacio: no achicarse ante lo grande de un amor que siempre puede crecer más y, sin embargo, dejarse contener por lo pequeño de su concreción en cada cosa. Jesús estableció esta conexión entre amores cuando dice: lo que le hiciste al más pequeño de los míos a mí me lo hiciste. Es la misma conexión que uno hace cuando ve, por ejemplo, que alguien le hace un bien a un hijo y dice: lo que le hacés de bien a mi hijo, me lo hacés a mí.

…..

La esperanza de poder crecer en facilidad para encontrar a Dios en todas las cosas y siempre que queramos, nos permite discernir “lo que es de Dios” y lo que es del mal espíritu, en clave de lo que nos hace “crecer en el amor” y lo que no nos deja crecer en él o nos desanima, nos aleja, nos hace amar menos, con menos fuerza, con menos gozo.

La propuesta, por tanto, para los que se sienten “pobres en oración”, es practicar dos veces por día (o todo lo que quieran y puedan, cuanto más mejor) alguno de los puntos para “crecer en amor”: recordar algunos beneficios del Amor-regalo, dando gracias y ofreciendo, contemplar algún lugar donde el amor está, e ir a visitarlo, discernir mirando mi trabajo, para ver si estoy en mi lugar y haciendo las cosas al estilo de Jesús, de modo tal que colabore y no desparrame, conectar amores, pequeños gestos con gran amor, como decía Madre Teresa. Veremos entonces, cómo nuestro amor crece, maravillosamente.

Momento de contemplación

Marta Irigoy

La Contemplación para Alcanzar amor, que propone San Ignacio al terminar los Ejercicios Espirituales, puede ayudarnos a hacer una “contemplación agradecida”, de todo este año que está concluyendo…

Esta “contemplación agradecida de tanto bien recibido” puede ayudarnos a descubrir la presencia de Dios envuelta en la sorpresa y  en la esperanza que fue sosteniendo nuestro caminar en este año y desde la admiración de descubrir todo lo que Dios nos ha “comunicado de cuanto tiene” hacer el gesto de ofrecernos sabiendo que las Manos del Padre, seguirán sosteniendo con su tierna mirada y providencia nuestra vida, envuelta en la pequeñez y la sencillez de la vida cotidiana…

Estas preguntas pueden ayudarnos a una contemplación agradecida…

  • ¿En qué aspecto de tu vida creció la esperanza en este año?
  • ¿Dónde has descubierto el “trabajo de Dios en tu vida”?

Cuando la esperanza está escondida en el cansancio, en el dolor, en la monotonía, nos solemos preguntar: ¿cómo hacer revivir la esperanza?

Por eso, quiero terminar con este texto anónimo, que puede ser de ayuda para preparar nuestro Adviento:

Donde hay desaliento y desconfianza en el futuro: ¡Ven Señor, Jesús!
Donde crecen la intolerancia y la violencia: ¡Ven Señor, Jesús!
Donde abunda la injusticia y se margina al débil: ¡Ven Señor, Jesús!
Cuando la llama está a punto de apagarse: ¡Ven, Señor, Jesús!
Cuando los buenos se cansan de hacer el bien: ¡Ven, Señor, Jesús!
Cuando todo parece quedar en un intento: ¡Ven, Señor, Jesús!
Cuando la soledad no es sonora, ni música el silencio: ¡Ven, Señor, Jesús!

Comprometerse a anunciar la esperanza es:

–   Hablar con Jesús y hablar de Jesús con tu vida.

–   Vivir tu fe en comunidad.

–   Disfrutar de la vida.

–   Acompañar desde tu debilidad a los más débiles.

–   Creer en la bondad de un Padre que es todo ternura y amor.

–   Aceptar tus límites y seguir cantando

–   Contemplar a María como mujer donde todas las esperas se cumplen en plenitud.

–   Dar respuesta desde tus dones a los desafíos que llaman a tu puerta.

–   Sembrar gratuidad a tu alrededor.

–   Dejarse sorprender por lo inesperado, por Dios que llega siempre con ropaje nuevo.

–   Querer mucho a la gente.

–   Romper toda frontera y saludar la nueva humanidad que el Espíritu recrea cada noche.

No tenemos que pensar que se trata de una larga contemplación que uno podría hacer de vez en cuando. Tiene, por ejemplo, dos notas sobre el amor que bien podrían ser tres Twets; una breve oración para ofrecerse y ofrecer cosas de cada momento; y puntos que se podrían pasar como cuatro videítos, para mirar el amor de Dios en acción: uno, recordando sus beneficios que pueden ser del día o de una etapa; otros dos mirando a Dios cómo está y como trabaja, en un paisaje, en una creatura o en una institución, por ejemplo; y el último, mirar cada don como “viniendo de lo alto”, como del sol los rayos. Uno puede hacer esta contemplación como quien graba un video corto, en medio de la jornada, porque en alguna situación concreta “descubre” el brillo del amor de Dios.

Entrada-de-la-casa

La clave para contemplar los encuentros del Señor Resucitado con su Madre y con sus amigos es la pasión que pone Jesús en este oficio propio suyo de consolar. Desde este punto de vista –tomando su modo de actuar no como algo casual sino como parte de un verdadero oficio-, cada escena que narran los Evangelios de la Resurrección permite ver la pedagogía que el Señor pone en práctica para consolar a cada uno según su manera de ser y la circunstancia de la vida en la que se encuentra. Ninguna otra mejor que la palabra “oficio” elegida por San Ignacio para descubrir un hilo conductor en la variedad de apariciones y en la particular forma de aparecerse que tiene el Señor en cada una, lo que dice y los gestos que tiene. Son encuentros “artesanales”, en los que cada detalle ha sido pensado y actuado por el Señor de modo tal que suscita la fe en los corazones de los suyos. Y me gusta pensar que la “Contemplación (de) cómo Cristo nuestro Señor apareció a nuestra Señora”, como la llama San Ignacio, es la aparición “madre”, el encuentro en el que el Señor planeó todo conversando con su Madre.

Mirar la casa de nuestra Señora

Ignacio nos hace imaginar en detalle cómo sería la casa donde estaba nuestra Señora: la pieza, el oratorio… Yo me los imagino conversando en la pieza donde descansaba nuestra Señora, sentado Jesús en los baúles que servían de silla, iluminados con la pequeña lámpara de aceite. Haciéndonos contemplar la casa donde habitan, Ignacio nos hace contemplar el espacio donde se despliega su intimidad.

El Señor resucitado sigue en la dinámica de la Encarnación: buscan lugar en la intimidad de María, busca casa, desea el encuentro personal.

El acontecimiento de la Resurrección nunca será “público”, en el sentido en el que hablamos del dominio público, de algo que acontece ante los medios, que es registrado y grabado y filmado. El acontecimiento de la resurrección está sustraído a esta mirada curiosa, ha quedado resguardado de toda profanación opinativa al grabarse sólo en el corazón de los que lo amaban y creían en Él. El acontecimiento de la Resurrección será un fueguito que se irá encendiendo de corazón a corazón, se transmitirá con la mirada puesta en la mirada. Después, serán las personas las que entrarán en la vida pública con esta “primicia” de la vida resucitada, con la Eucaristía en el corazón, con el perdón sacramental, con las arras del Espíritu y sus dones… No será un acontecimiento que se da “afuera” y luego uno incorpora. Al contrario, será un acontecimiento –el del Señor Resucitado- que saldrá al encuentro de la intimidad personal de cada uno y del grupo de discípulos y discípulas, y desde allí, se irá transmitiendo e irá llenando de la luz de la vida resucitada todas las estructuras sociales. Por eso, Ignacio nos hace imaginar esta primera Aparición o Encuentro con su Madre. No importa tanto cómo se dio –podemos imaginarlo libremente, como imaginó la Iglesia la Vida Oculta del Señor con unos pocos datos. Lo importante es que, siguiendo el movimiento de la encarnación, el primer ámbito de encuentro con el Señor Resucitado, es el ámbito interior de nuestra Señora: la casa en la que su fe y su amor habitan, rezan y comparten cotidianamente la vida.

Ver las personas, oír lo que hablan…

Los imagino hablando…. Más allá del abrazo primero y del tocarlo de María para ver si está bien y de la sonrisa del Señor, los imagino hablando… de los discípulos.

La escena de la Transfiguración nos da esta clave: el Señor transfigurado –radiante como el sol que amanece y con sus vestidos blancos como ningún batanero podría blanquear- hablaba con Moisés y Elías. Lucas nos dice que hablaban “del éxodo de Jesús, que estaba a punto de cumplir en Jerusalén” y que luego Pedro entró, como pudo, en la charla, más allá de que no sabía bien lo que decía. Imagino que la conversación del Señor con su Madre se da en un ámbito nuevo –más aún, crea un ámbito nuevo-, más encarnado aún que la charla con Moisés y Elías, si se puede hablar así, más coherente que el diálogo con Simón Pedro.

Podemos imaginar este diálogo haciendo entrar en él las palabras de todos los encuentros y diálogos que tuvo el Señor Resucitado durante los siguientes 40 días.

Habrán hablado de la partida del Señor, de su “ir al Padre”, como dice Juan, y de cómo estaban los discípulos. Cómo está Simón Pedro, cómo está Juan, cómo está Magdalena. Qué ha pasado con los otros. Cómo están todos en el Cenáculo, escondidos, con miedo. Cómo los de Emaús se han vuelto a su pueblo… María le habrá contado todo detalladamente, cómo estaba cada uno. Cómo “estaban encerrados, por miedo a los judíos” en el cenáculo (Jn 201, 19).

Y habrán planeado por dónde comenzar y qué hacer. Imagino que sería bien de madrugada y que nuestra Señora le habrá dicho que María Magdalena y las otras dos tenían planeado ir al sepulcro para llevar perfumes y terminar de arreglar su cuerpo. Así fue que el Señor comenzó sus encuentros con las madrugadoras. Para no despertar a los otros que seguramente estarían durmiendo a aquella hora.

El primer paso del oficio de consolar: Quitar el miedo y poner en paz

Lo primero, convendrán los dos, será que no se aparezca directamente. “Primero manda a uno o dos de tus ángeles, como hizo el Padre conmigo en la Anunciación, para que no se asusten”. Lo primero será “quitarles el miedo” y ponerlos en paz. Ellos reconocerán a aquel que les decía: “Soy Yo. No tengan miedo” y venía caminando sobre las aguas en la tormenta.

Lo primero, para consolar, fue quitarles el miedo

Nuestra Señora recordará el bien que obró en su alma el saludo del Ángel: su “no temas”. Quizás el modo como organizó Juan las apariciones le da razón a esto de que “lo primero, para consolar, es quitar el miedo”. Juan cuenta que María Magdalena fue sola al sepulcro, cuando estaba todavía oscuro, y al ver que la tumba estaba abierta y la piedra estaba quitada, no entró, sino que salió corriendo a avisarle a Simón Pedro y a Juan. “Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto”, pareciera ser la primera experiencia. Más que una aparición, se trata de una desaparición.

Mateo y Lucas se saltan esta espantada de la Magdalena, pero elaboran el tema del susto y del miedo con la aparición del -de los- ángeles. Así lo narra Mateo: “El ángel se dirigió a las mujeres (después de aterrorizar a los guardias) y les dijo: ‘Ustedes no teman. Sé que buscan a Jesús, el Crucificado; no está aquí, ha resucitado como lo había dicho. Venid a ver el lugar donde estaba” (Mt 28, 5-6).

Esto de quitar el miedo, los ángeles lo lograrán mostrándoles el lugar donde estaba el cuerpo y haciéndoles reflexionar con preguntas: “por qué buscan entre los muertos al que está vivo”.

A María Magdalena le preguntarán “mujer, por qué lloras?”. Jesús retomará el hilo de la acción iniciada por sus ángeles repitiendo: “Mujer, por qué lloras?; y agrega: “A quién buscas?”. Le hará contarle su llanto, hará que le narre todo su dolor.

Con los de Emaús será lo mismo: el Señor los hará hablar, les preguntará: “De qué discuten entre ustedes mientras van andando, con cara triste, por el camino?”.

En el lago, la última aparición comenzará con la pregunta: “Muchachos, tienen pescado?”, cosa de hacerles saltar el enfado por la fatiga de haber trabajado toda la noche sin haber pescado nada.

A Simón Pedro le hará aquellas tres preguntas sobre el amor, sobre su amistad: “Me amas más que estos? Me amas? Me quieres como amigo?”. Le quitará la culpa y la exigencia.

María le habrá contado de cada uno, de sus miedos, de sus llantos, de sus desilusiones con los demás y consigo mismos…, y le habrá aconsejado este primer paso en su oficio de consolar. Oficio que el Señor, luego de dejar su sello y su estilo grabado en la memoria de los hombres, encomendará en Persona al Espíritu, después de su Ascensión.

Es sabido que el miedo se quita hablando de él. Cuánto ayuda contar los miedos. Y contárselos al Señor resucitado, Él lo toma como parte de su oficio!

Al contar los miedos, se aclara la memoria. El miedo nos encarcela en un presente que no puede dejar de tantear un futuro amenazante. La memoria, en cambio, nos hace ver que ya hemos pasado por otras como esta y que hemos salido adelante con la ayuda del Señor que nunca nos ha faltado.

La palabra que sella la pérdida del miedo es “recuerden”: “Ha resucitado como les había dicho”. La memoria de la Escritura, de todo lo que el Señor hizo por su pueblo en la historia, quita el miedo y abre a la esperanza.

Así, en las apariciones personales, el Señor ejercerá su oficio de “quitar el miedo”:

el miedo que viene de la muerte (la tumba vacía),

el miedo que viene de la pérdida y del no saber (“se han llevado el cuerpo del Señor),

el miedo que viene de la desilusión (nosotros esperábamos…) y que lleva a discutir y distanciarse,

el miedo que viene de la propia culpa y que necesita saber que el otro sepa que lo amamos…

Ponerlos en paz

En las Apariciones comunitarias, la primera estrategia del Señor resucitado, de acuerdo con su Madre y Madre nuestra, será la paz. Poner a la comunidad en paz. Al estar reunidos no era tanto el miedo –el grupo ayuda- pero sí la inquietud.

La paz es más amplia que el miedo. La puede turbar también la alegría, o el apuro, las dudas… Muchas cosas, además del miedo. En todas sus apariciones, el Señor dará repetidamente la paz: la paz esté con ustedes. Paz a ustedes. Es que la paz es frágil en un grupo humano. Necesita ser reconstruida, recobrada, renovada.

El signo pacificante se da en torno a la carne: el Señor muestra sus manos y hace ver sus llagas. Y también pide de comer, comparte el pan, prepara pescado a las brasas… La comida es ámbito de paz. Y en esto podemos ver el sello mariano. Nuestra Señora comenzó en Caná con este oficio materno de consolar preparando la comida, sentando a todos a la mesa, sirviendo… La Eucaristía será para siempre este recrear un ambiente de paz comunitaria, propicio para que venga el Señor Jesús.

El último paso: hacerlos salir en misión, a llevar el consuelo a todos los pueblos

El último paso en este oficio de consolar será enviarlos a consolar a los demás. En algunos el quitarles el miedo y el salir corriendo a anunciárselo a los demás, será una sola cosa. Como pasa con las discípulas.

En otros se requerirán pasos intermedios.

Pedro tendrá que ver el sepulcro, examinar las cosa, dejar que el Señor le sane prolijamente todas sus culpas y sus idas y vueltas. En cada curación de su amor, la salida será la misma: apacienta mis ovejas. En su detenerse a mirar qué pasa con Juan, la orden del Señor será: a ti qué te importa. Tú sígueme a mí. La puesta en marcha de una Iglesia en salida tendrá siempre este pie de plomo de Simón Pedro, que sin embargo sale “con todos”, con el rebaño apacentado por su misma “fragilidad”.

La dinámica sacerdotal va unida a esta necesidad de que el Señor lave los pies al que debe lavárselos a los demás, de que el Señor confirme en la fe al que tiene que confirmar a los demás y renueve la alianza de amistad, una y otra vez, en el que tiene que renovarla en los otros.

El oficio de consolar requerirá de los pasos –varios kilómetros de caminata- para curar la incredulidad y ablandar el corazón de los de Emaús. Aquí entra el oficio del Señor de “predicar” y de “acompañar espiritualmente”, de ayudar a “discernir” las tentaciones de ese discurso desesperanzado que retenía la mirada de los dos discípulos.

El oficio de consolar requerirá los pasos de preguntar y de nombrar que le permiten a María Magdalena poner en paz su emotividad y ver que tiene delante al mismo Señor a quien está buscando y que son solo sus lágrimas las que le nublan la visión.

El oficio de consolar le requerirá al Señor hacerle meter los dedos a Tomás en sus llagas, para curarle su infidelidad y su cortarse solo que lo lleva a no aceptar el testimonio de la comunidad…

Más o menos pasos intermedios…. pero el último paso siempre será en orden a la misión: el Señor consuela para enseñarnos a consolar.

El Espíritu se hará cargo de este oficio, siguiendo el libreto del Evangelio, renovando y recreando todas las estrategias que el Señor planeó con su Madre y llevó a cabo en esos benditos cuarenta días antes de su Ida al Padre, antes de su Ascensión.

Los pasos intermedios son todos de discernimiento: la alegría y el gozo del Señor resucitado es una gracia ya dada; el salir a anunciar y dar consuelo a los demás, es misión clara: es en medio donde se dan las tentaciones que, bajo apariencia de bien, ensombrecen la gracia y frenan la misión.

Es apariencia de bien suplantar las Escrituras –su Palabra viva- con discursos engañosos (la teología desesperanzada de los discípulos de Emaús, que cuenta la verdad de los hechos, pero sin espíritu).

Es apariencia de bien la pretensión de Tomás de cortarse solo y luego querer confirmaciones especiales. Todo eso de si no veo no creo y de yo tengo que hacer mi experiencia personal porque no me basta con lo común. El Señor se lo concederá, pero le dirá que son más felices los que creen sin haber visto, sin necesidad de pasar tanto tiempo en dinámicas personales y llamando la atención en vez de alimentarse con la fe común y salir a los demás.

Y así, tantos detalles como podemos meditar con la ayuda e inspiración del Espíritu, en los que la carne del Señor resucitado –con sus llagas gloriosas- discierne toda tentación bajo apariencia de bien.

Santa María, esperanza nuestra: Sostennos en nuestra espera

Momento de Contemplación

Marta Irigoy

Este año, estamos rezando los Ejercicios Espirituales, en torno a “La Esperanza y el discernimiento”. En el Texto escrito por el P. Diego, podemos contemplar la Aparición de Jesús, que viene con su Oficio de Consolar y dejarnos sorprender haciendo memoria de todos los momentos en que en nuestra vida, el miedo nos cerró el horizonte con su tela de color negro…

Si hay algo fundamental que Dios nos regala en la Contemplación de la 4ta Semana, es sabernos encontrados por el Consuelo de Dios que muchas veces tiene mediaciones que descubrimos recordando…

La invitación será, seguir los pasos de esta Contemplación y Despertar el recuerdo para descubrir como en nuestra vida personal y/o comunitaria;  el Señor Resucitado nos ha salido al Encuentro en nuestras noches de dolor, de incomprensión, de soledad y sabernos misioneros que llevan la “Antorcha de la Esperanza” a aquellos que están atravesando el miedo, la soledad y la angustia… Y así, como dice San Pablo: para que cada uno consuele a los demás con la consolación con que ha sido consolado…

María, que fue testigo del dolor de los discípulos y discípulas de Jesús, le habrá contado a su Hijo todo detalladamente, sobre cómo está cada uno. Y habrán planeado por dónde comenzar…

Nuestra contemplación toma forma de coloquio con la Virgen y podemos charlar con Ella con estas hermosas Letanías a María:

Santa María,  madre nuestra: Míranos como hijos, con ternura.

Santa María, llena del espíritu: Enséñanos a ser templos vivos.

Santa María, sede de la sabiduría: Pídenos los dones del Espíritu.

Santa María, nueva Eva: Renuévanos a imagen de tu Hijo.

Santa María, mujer creyente: Contágianos de tu fe.

Santa María, esperanza nuestra: Sostennos en nuestra espera.

Santa María, madre de amor: Envuélvenos en tu misericordia.

Santa María, fuente de alegría: Vístenos de fiesta.

Santa María, reina de la paz: Haznos merecedores de tus premios.

Santa María, divina enfermera: Danos medicinas y actitudes samaritanas.

Santa María, casa de la Palabra: Ábrenos la puerta.

María de los mil nombres: acércanos al misterio de Cristo.

Madre de la unidad: ayúdanos a vivir en paz, buscando todos a Cristo

Santa María de la urgencia: que no seamos tranquilos ni conformistas

Santa María del silencio: que sepamos escuchar la Palabra

Santa María, nueva oportunidad: ponnos de nuevo, delante de Jesús

Santa María de la ilusión: eleva el tono interior de nuestro ser, danos entusiasmo.

María, presencia en nuestra historia: regálanos a Cristo cada día

Santa María de cada día: ayúdanos a hacer lo ordinario de manera extraordinaria

María, madre del buen consejo: guía nuestros pasos por el camino de la Verdad

María, mujer de los ojos de Dios: que miremos a cada persona como Dios la ve

Perfecta discípula de Cristo: ayúdanos a seguir a tu Hijo desde la propia vocación

Madre de todos los hombres: cuida especialmente de los más necesitan paz y consuelo

Santa María, tú que un día escuchaste la voz de Dios, y abriste al corazón a su llamada, ¡enséñanos a escuchar!

Tú que escogiste el camino verdadero, ¡enséñanos a saber escoger nuestro camino!

Tú que sonríes en cada nuevo día sin temer el misterio del porvenir, ¡enséñanos a sonreír!

Tú que entregas tu corazón entero al corazón del Padre, sin vacilar, ¡enséñanos a esperar!

Tú que eres feliz en tu entrega sin nada recibir, nada esperar, ¡enséñanos a amar!

 

MOMENTO DE MEDITACIÓN

Diego Fares sj

La clave para rezar contemplando la Pasión es descubrir a Jesús caminando su Vía Crucis, apasionado por cada persona pequeña y frágil, que le sale al encuentro: la Verónica a la que Jesús coronado de espinas le regala la única selfie que se sacó en su vida, las santas mujeres, el Cirineo, ese ladrón que no contaba para nadie… y su Madre, la más vulnerable porque era la que lo amaba más. No es sufrimiento la Pasión. La Cruz de Jesús es su apasionamiento por el hombre, por nuestra vulnerabilidad. El sufrimiento se desencadena imparable, es verdad, y es más abundante en la Pasión. Pero cerca de Jesús también el gozo es abundante y se desborda. Ambos, gozo y sufrimiento, tienen su motivo y su fuente en la intensidad del deseo, en la radicalidad de una entrega apasionada, concentrada en la misión, marcada por una dedicación absoluta y por la prisa en llevarla a cabo. “Para esto he venido al mundo”, “cuánto he deseado comer esta Pascua con ustedes”, “no se haga mi voluntad sino la Tuya”… Son todas frases que salen de un Corazón apasionado.

Los que se dejaron apasionar por Jesús

Contemplar la pasión es contemplar a los que se dejaron “apasionar por ella”. Cuentan que San Pedro Claver, cuando alguno le anunciaba que llegaba la nave mensual trayendo a los negros esclavos, que venían del puerto de la Isla de Gorea (Senegal) a Cartagena, se llenaba de un gozo que lo ponía en movimiento: al que le traía la noticia, le regalaba una misa por sus intenciones. Y comenzaba a ir de aquí para allá, juntando a los esclavos intérpretes (tenía un equipo de más de quince que hablaban veinte lenguas) y organizando la llevada de los regalos: limones, tabaco, comida, mantas, sahumerios, los cuadros con imágenes para el catecismo… Lo que quedó como el lema de su vida expresa bien su apasionamiento: “Esclavo de los etíopes para siempre”. (“aitiops” significa “cara quemada, tostada” y así llamaban a los negros).

De Hurtado, quienes lo conocieron recurren frecuentemente a la imagen del fuego para describir su vida: “Su fuego era capaz de encender otros fuegos”, afirmó Mons. Francisco Valdés. El P. Damián Symon –su director espiritual– dijo que cuando Alberto tenía veinte años, su corazón era como “un caldero en ebullición”: “Le conocí cuando ya era universitario. Las virtudes que fueron aflorando y solidificándose fueron deslumbradoras, sobre todo la que se refería a la caridad, pues apareció un celo incontenible, que había de moderar repetidamente para que no llegara a la exageración. No podía ver el dolor sin quererlo remediar, ni una necesidad cualquiera sin poner estudio para solucionarla. Vivía en un acto de amor a Dios que se traducía constantemente en algún acto de amor al prójimo; su celo casi desbordado, no era sino su amor que se ponía en marcha. Tenía un corazón como un caldero en ebullición que necesita vía de escape”. Un teólogo jesuita, compañero suyo en Lovaina, escribió después de su muerte: “Era una llama: él ha sido literalmente devorado”.

Eloy Leclerc cuenta un diálogo de Francisco con el hermano Tancredo, que en cierto momento le pregunta:

– Pero ¿por dónde comenzar?; padre, dímelo -.

– La cosa más urgente – dijo Francisco – es desear tener el Espíritu del Señor. Él sólo puede hacernos buenos, profundamente buenos, con una bondad que es una sola cosa con nuestro ser más profundo. Se calló un instante y después volvió a decir: – El Señor nos ha enviado a evangelizar a los hombres, pero ¿has pensado ya lo que es evangelizar a los hombres? Mira, evangelizar a un hombre es decirle: “Tú también eres amado de Dios en el Señor Jesús.” Y no sólo decírselo, sino pensarlo realmente. Y no sólo pensarlo, sino portarse con ese hombre de tal manera que sienta y descubra que hay en él algo de salvado, algo más grande y más noble de lo que él pensaba, y que se despierte así a una nueva conciencia de sí. Eso es anunciarle la Buena Nueva y eso no podemos hacerlo más que ofreciéndole nuestra amistad”.

De Teresita se cuenta que, a los once años, leyendo unas páginas de un libro de religiosas misioneras, interrumpe de golpe la lectura y le dice a su hermana Celina: “No quiero enterarme! Tengo un deseo demasiado violento de ser misionera! No sé qué pasaría si encima lo avivara con el cuadro de ese apostolado. Y yo quiero ser carmelita”. Ser carmelita era una decisión, una elección de lo que Dios había elegido para ella, para que salvara más almas. Y el ser misionera se constituía en tentación, en “deseo demasiado violento!”.

Brochero era una apasionado por Jesús y por su pueblo, uno que “se imaginaba que moriría galopando”. Uno lo ve al tranco con su mula Malacara, perdiéndose y apareciendo de nuevo a los ojos de los paisanos que lo siguen a su paso por sus casas y salen a pedirle la bendición y comprende que este “ira a paso de mula” externo esconde un corazón que va al galope. Hay pasión también en la paciencia del trabajo rutinario y cotidiano!

Pastores y pastoras apasionado

Decía el Papa Francisco hace poco en Santa Marta: “La primera cualidad de un buen pastor es ser apasionado. Apasionado hasta el punto de decirle a la gente, a su pueblo –como decía San Pablo- ‘Yo experimento por ustedes una especie de celo divino’. El pastor es ‘divinamente celoso’. Siente una pasión que se vuelve casi ‘una locura’, una ‘necedad’ en favor de su pueblo. Y esto es ese rasgo que nosotros llamamos celo apostólico: no es posible ser un pastor verdadero sin este fuego que arde adentro”.

El apasionamiento por Jesús y su pueblo lleva al pastor a “discernir” donde están las “seducciones del demonio” que llevan a la infidelidad. Porque el demonio es seductor y quiere alejar de la fidelidad, de aquel “celo divino de Pablo que era para llevar al pueblo a su único esposo, para mantener al pueblo en la fidelidad a su esposo. En la historia de la salvación, en la Escritura, tantas veces encontramos el alejamiento de Dios, las infidelidades al Señor, la idolatría como si fueran una infidelidad matrimonial’.

La pasión por su pueblo lleva al pastor a denunciar: “el Buen Pastor sabe denunciar, con nombre y apellido” como hacía San Pablo, “lo que va contra la vida”. “Tantas veces perdemos esta capacidad de condena y queremos llevar adelante las ovejas un poco con el buenismo, que no solo es ingenuo sino que hace mal. El buenismo de los compromisos: para atraer la admiración o el amor de los fieles se los deja hacer…”

Pasión esperanza y discernimiento

Aquí es donde tenemos que ahondar en la etimología evangélica de las palabras. Porque Pasión se traduce en discernimiento, como dice el Papa, y en Esperanza.

Solemos intercambiar Cruz y Pasión. La Pasión del Señor, la Cruz, su “Via Crucis”: el camino de la pasión es el camino que Él hace cargando la Cruz desde el Pretorio hasta el Gólgota.

Ahora bien, no es que la Cruz, si uno la carga o la abraza, produzca una esperanza del tipo “espero que pase rápido el dolor”. No es tampoco que la Cruz sea criterio de un discernimiento que es seguro porque, como decimos: “el sufrimiento es lo único cierto”.

No. La Esperanza en el tiempo de Dios es Cruz y Pasión. El discernimiento del momento es Cruz y Pasión.

Hay que abrirse a la Esperanza, decimos. La imagen e la de abrir los brazos y es igual a quedar crucificados, a la espera de lo que no se puede poseer ahora cerrando los brazos, a la espera de un Don que nos tiene que ser dado por misericordia y pura bondad, porque no lo merecemos ni lo podemos producir.

Esperar es clavarse allí donde uno ama apasionadamente y no salir corriendo. Ni para huir ni para llegar más rápido.

Cruz, apasionamiento y Esperanza dicen una misma realidad con distintas palabras.

Podrá objetar alguno: eso es asís si se trata de una Cruz que uno asume y no que se la encajan, como a tanta pobre gente.

Pero esta injusticia fue la que redimió el Señor al dejar que le encajaran (encajáramos) a Él la Cruz –toda cruz, la cruz de la humanidad entera-, de modo que, asumida de una vez por todas, libremente, quedara disponible para salvar a todo el que se encuentre en ella, sea por decisión propia, sea por que otros se la imponen.

La Cruz salva siempre y es esperanza de salvación siempre porque el Señor muriendo en ella convirtió su encrucijada en puerta de salvación.

El discernimiento es cruz y no hay discernimiento que no sea apasionado, que no implique lucha y movimiento de espíritus contrarios. El discernimiento es Cruz porque concreta dramáticamente el amor en un momento preciso. Aquí y ahora, yo con este que necesita, en esta situación. El discernimiento es cruz porque no deja que se diluya ni se pierda la ocasión.

Decidir y elegir es cruz porque se puede abrazar una sola opción y se desechan las demás.     Nadie puede cargar dos cruces a la vez. De ahí lo del Señor de “cada uno tome su cruz, la cargue y me siga”.

Así, el trabajo de meditar que hemos hecho es un trabajo de “conectar” imágenes y palabras que por ahí se han desconectado entre sí y mal conectado con otras. Cruz quedó ligada a sufrimiento y Esperanza a “final feliz”. No es así: Cruz y Esperanza van juntas, son lo mismo en el momento presente y experimentarlas unidas –esta cruz me da, paradójicamente, esperanza- es señal de discernimiento verdadero, de corazón, concreto y para nada racionalidad abstracta.

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Dando un retiro a curas, tocaba hablar de la Pasión del Señor. Era la meditación después de la siesta y mis compañeros no es que estuvieran particularmente despiertos. Yo estaba preguntando qué era los que nos “apasionaba” y, como veía a uno que no alzaba la vista. Entonces abrí el ipad que tenía apagado en el escritorio, lo encendí y comencé a deslizar el dedo mientras decía “esperen un momento a ver si encuentro el texto del evangelio”. Alcé la vista con picardía y me encontré con un brillito de interés en los ojos de mi colega que, ahora sí, había levantado la mirada y sonrió al ver que lo había pescado. El interés era más por el ipad nuevo que por el evangelio, pero como todo está conectado, como decía Jobs, de una pasión se puede pasar a La Pasión. En la película “El secreto de sus ojos” Francella descubre que podrá encontrar al asesino en la cancha de fútbol cuando descubre que su pasión era Racing. “Porque uno puede cambiar todo, menos su pasión”.

Descubrir cuál es nuestra pasión o nuestras pasiones (porque seguramente habrá una buena, ligada a los que amamos, a nuestro trabajo, hobbies, gustos, apostolado y carisma del Espíritu, y otra ligada a nuestros pecados, a nuestro egoísmo, avaricias, deseos de placer e iras y broncas) nos ayudará a conectarnos con La Pasión del Señor.

A él le apasiona la gente apasionada.

 

Rezar los Misterios de la Pasión nos puede ayudar a descubrir la hondura de nuestro servicio y misión…

MOMENTO PARA CONTEMPLAR

Marta Irigoy

El P. Diego nos hacía reflexionar y meditar acerca de que el Señor es un apasionado del hombre, de cada persona, comenzando por los que no cuentan para nadie. Y esa es la clave para entrar en su Pasión. Porque la Pasión no es sólo el sufrimiento. El sufrimiento se desencadena y es más abundante –al igual que el gozo-  por la intensidad del deseo y la radicalidad de la entrega, por la dedicación absoluta a la misión, por la prisa por llevarla a cabo.

Y es muy consolador, acercarnos a la Cruz de Jesús, contemplando en “ella”,  a aquellos hermanos que comparten la Pasión de Jesús; en la realidad en donde trascurre nuestra vida…

Es consolador, descubrir que el Señor es un apasionado por el hombre y por este amor apasionado va a la Cruz por todos…

 

El Papa Francisco, hace unos días les decía a unos migrantes a los que visito:

Ustedes son “luchadores de la esperanza”. He venido entre ustedes porque quiero llevar en mis ojos los de ustedes -yo he mirado sus ojos- y en mi corazón el suyo. Quiero llevar conmigo sus  rostros que piden ser recordados, ayudados, yo diría “adoptados”, porque en el fondo buscan a alguien que apueste por ustedes, que les dé confianza, que los ayude a encontrar ese futuro cuya esperanza los ha hecho llegar hasta aquí…

Algunas ayudas para la oración…

¿En tu servicio cotidiano (sea el que sea) miras a los ojos de quienes se te confían?

¿Los rostros de estos “Cristos”  quedan grabados en tus ojos y en tu corazón?

Termina agradeciendo a aquellos luchadores de la Esperanza…

Trae sus rostros ante Jesús, y deja que el Señor te diga en lo profundo de tu corazón:

__ Vení bendito/a de mi Padre, porque cada vez que haces un gesto (de mirar a los ojos y dejarte mirar) a estos pequeños… a Mi me lo hiciste…

 

 

Vamos a leer las Tres maneras de humildad desde el punto de vista de la esperanza y el discernimiento.

San Ignacio propone esta meditación para disponer el corazón cada vez que tenemos que elegir algo que es vital para nuestra misión en el seguimiento de Cristo y en el servicio de nuestro pueblo. La humildad, en sus distintos grados y modos, es la actitud a cultivar si uno quiere encontrar el modo de servir que cuenta con la bendición del Espíritu Santo.

La primera manera de humildad es necesaria para tener “vida espiritual” (San Ignacio dice: para la salud eterna).

Vida espiritual es una vida que late a impulsos del Espíritu Santo. No una vida que late a impulsos de las propias pasiones o de lo que nos propone la sociedad de consumo. Consiste -sigue Ignacio- esta humildad en que así me baje y así me humille cuanto en mí sea posible, para que en todo obedezca a la ley de Dios nuestro Señor, de tal suerte que aunque me hiciesen Señor de todas las cosas que hay en este mundo, y aunque me amenazaran con quitarme la vida temporal, yo no acepte ni siquiera deliberar en quebrantar un mandamiento ya sea divino, ya humano, que me obligue a pecado mortal.

(Un paréntesis: Esto de los pecados mortales creo que es conveniente que uno los defina primero en clave personal (subjetiva) y después recién lo confronte con lo que la Iglesia dice en los manuales de moral. Porque como el catálogo de los pecados está tan cuestionado y las nuevas costumbres culturales hacen que muchas cosas se relativicen (como la misa del domingo, en una sociedad en la que el domingo también se trabaja, por ejemplo) si uno no escribe su propio decálogo, corre el riesgo de relativizar todo y terminar funcionando sin ninguno, lo cual es tan grave como manejar en una ruta muy transitada sin ninguna señalización. Que muchos “pecados mortales” estén cuestionados, no significa que no haya ninguno. Y el ejercicio de “definir” mi decálogo personal, familiar y de grupo social, aunque sea algo provisorio, es bueno. Discernir cuáles son “mis/nuestros pecados mortales” afecta a la esperanza).

La humildad de no dar lugar ni siquiera al pensamiento de hacer algo que ponga en riesgo de muerte nuestra vida espiritual (que pecado grave) supone una esperanza básica y absoluta en la Vida Eterna. Esa esperanza nos da el “instinto de supervivencia espiritual” así como la esperanza de la vida temporal nos da el “instinto o discernimiento de supervivencia natural”.

Aquí el pecado mortal es lo que atenta contra la esperanza misma y nos ciega el discernimiento ante lo que entristece al Espíritu Santo y hace que no habite en nuestro interior con su Amor y su gracia.

Pongamos, por ejemplo, el mandamiento de “tener un solo Dios y adorarlo y amarlo más que todas las cosas”. Yo razono del siguiente modo:

si espero que El que me regaló esta vida y me dona el “ser yo mismo, como persona espiritual

(un ser que tiene conciencia de sí y se hace libremente responsable de sus actos),

si espero, digo, que me resucite después de mi muerte natural,

lo que considero “pecado mortal” va a ser naturalmente algo distinto

a lo que es grave para alguien que no espera ningún encuentro definitivo con nuestro Padre creador y nuestros hermanos.

Más allá de cómo logre “imaginar” un tal encuentro y abrazo definitivo

(uno de esos abrazos que hacen revivir todo lo que en una vida ha sido amor y relación espiritual),

el simple hecho de esperar un abrazo así, me define como ser humano abierto a algo más grande.

Algo difícil de creer, es cierto, pero posible y deseable.

Deseable en cuanto es algo que de verdad me gustaría mucho, ya que, si me han regalado esta vida,

no veo por qué cerrarme a que me la regalen de nuevo y mejorada.

Que no lo pueda exigir ni comprobar de antemano

no significa que tenga que clausurar mi corazón a la esperanza de recibir la nueva vida

como don de las manos de Jesús.

Esperar las cosas arduas y difíciles pero posibles es la definición de esperanza cristiana.

En clave de esperanza podemos discernir que todo aquello que mata o eclipsa esta esperanza es mortal.

La anestesia del consumismo, por ejemplo…

O la globalización de la indiferencia…

No son cosas “tan malas en sí mismas” pero nos roban la lucidez emocional de la Adoración a Dios.

Entonces, mi primer mandamiento dice así:

Para mí, no adorar a Dios

-adorar en la forma de la búsqueda, si no lo conozco, o adorándolo con la oración, de la forma que mejor sepa, si lo conozco-

es una falta mortal,

porque clausura la relación con el que me regaló la vida

y con El que me la puede consolidar con su abrazo definitivo.

El segundo mandamiento, el de amar al prójimo como a uno mismo, la esperanza en la vida para siempre que brota del primer grado de humildad, hace que uno discierna al mismo tiempo lo política y lo personal. Pensaba esto dado que, con la misma pasión, en estos días, visité a una amiga enferma y participé de una marcha pacífica pidiendo la aparición de Santiago Maldonado. La esperanza de que un enfermo se cure es tan vital para una familia como es vital la esperanza de que un desaparecido forzoso aparezca para una sociedad que quiere vivir en democracia. Pecado mortal es todo lo que atenta contra la esperanza de vida de cada persona y la primera manera de humildad, la que nos empareja a todos en cuanto seres a los que se les ha regalado la vida, es cuidar pareja y equitativamente la vida de todos y cada uno. Cuando se trata de la vida, hay que automatizar esta humildad básica que nos lleva a no dudar en defenderla, a no relativizar ni politizar partidariamente lo que hace a la vida. La defensa de la vida no es cuestión de un partido político sino de todos los ciudadanos. Nadie se la puede apropiar y nadie puede excluir a otro de defenderla lo mejor que pueda. La defensa de la vida la hacemos todos sin confundirnos ni dividirnos. Si cultivamos una esperanza de vida digna para todos los seres humanos, el discernimiento de las cosas concretas se vuelve claro y compartible. Si nuestra esperanza es más chica o más inmediatista y coyuntural, la cosa se complica.

La 2ª manera de humildad, Ignacio dice que es más perfecta que la primera. Y la describe así: si yo me hallo en tal punto que no quiero ni me afecto más a tener riqueza que pobreza, a querer honor que deshonor, a desear vida larga que corta, siendo igual servicio de Dios nuestro Señor y salud de mi ánima; y, con esto, que por todo lo creado ni porque la vida me quitasen, no sea en deliberar de hacer un pecado venial.

Ignacio, afina el lápiz y apunta a los detalles. Dejamos el nivel básico, que afecta a la vida y a la muerte, y entramos en la dinámica del amor, que espera amar siempre más y mejor, no solo a grosso modo sino en cada detalle. El que ama cultiva la humildad de los pequeños gestos y ni se le ocurre “calcular” amar un poco menos o solo lo necesario. La esperanza que brota de este segundo grado de humildad es la esperanza de poder amar sin medida, de no perder nunca la capacidad de crecer en el amor.

Aquí puede ser bueno hacer el decálogo de los pecados veniales personales, de las cosas que solo nosotros sabemos que “hacemos mal o de modo egoista” aunque por fuera no se noten o no afecten mucho a los demás. Para este ejercicio de humildad ayudan las parábolas de los talentos, en las que la dinámica es la de que “al que más tiene más no solo se le exige más, sino que también se le da más”.

Es significativo que el talento que se le quita al que lo enterró se le de al que tiene diez y no al que tiene cuatro. Aunque el esfuerzo del segundo haya sido comparativamente igual al del primero, la lógica no es igualar nivelando para abajo, sino la de estimular a que todos vayamos a por más.

En el primer grado de humildad, la esperanza es que igualando una y otra vez a todos en lo básico -lo cual es tarea de una misericordia incondicionalmente renovada- la vida de los más frágiles, pobres y pecadores revivirá.

En el segundo grado de humildad, la esperanza es que, estimulando la vida para que dé todo lo mejor de sí y premiando la excelencia del más santo, esto redundará en beneficio de todos. El Espíritu da sus carismas para el bien común.

La calidad de esta esperanza de ser santos, la esperanza de poder dar todo lo mejor de nosotros en cada situación concreta de la vida, de amar sin cálculos, con toda la ternura, la delicadeza y creatividad posible en cada detalle, hace que el discernimiento de lo que es bueno y de lo que es pecado (venial) cambie sustancialmente. El que cultiva una esperanza tan absoluta debe ser necesariamente humilde. Porque una perfección tal en el amor que uno espera poder dar, no es cosa que se pueda obtener por pura voluntad, sino que requiere la cooperación continua del Espíritu Santo.

Paradójicamente, si uno quiere de verdad ser más perfecto, debe pedir la gracia de ser cada vez más humilde, en el sentido de aceptar más los límites, pedir más perdón de los pecados y contar más con la ayuda de los demás.

La esperanza del “Magis” despierta el discernimiento de lo “minus”, de lo más pequeño, de lo que pasa desapercibido a los ojos de los que no esperan mucho.

La 3ª es humildad perfectísima, es a saber, cuando incluyendo la primera y segunda, siendo igual alabanza y gloria de la divina majestad, por imitar y parecerme más actualmente a Cristo nuestro Señor, quiero y elijo más pobreza con Cristo pobre que riqueza, oprobios con Cristo lleno de ellos que honores, y desear más de ser estimado por vano y loco por Cristo que primero fue tenido por tal, que por sabio ni prudente en este mundo.

En este grado de humildad, nuestra esperanza se centra en la Persona de Jesús históricamente situada. La esperanza se pone en “parecerme más a Jesús”, pero no de un modo esencialista, digamos, sino de un modo más existencial: pasando por las situaciones por las que él pasó -que son comunes a todos los seres humanos- con sus mismos sentimientos y actitudes. Este grado de humildad se inspira en lo que dice el Señor: “aprendan de mí que soy manso y humilde de corazón”.

El discernimiento ya no mira la moral -lo que es pecado-, ni lo que es mejor en abstracto, sino que mira lo que es “mejor en Cristo”.

El criterio para discernir se toma directamente del Evangelio, leído a la luz del Espíritu Santo, que nos “enseña en cada momento” y situación lo que le agrada al Padre, iluminando ya este, ya aquel aspecto de la vida de Jesús.

La esperanza de imitar y parecernos más a Jesús, especialmente en lo que hace a recibir humillaciones y pobreza, e incluso en ser tenidos por locos de acuerdo a los criterios humanos, es una esperanza que, aunque parezca más difícil que las de cuidar la vida y crecer en perfección, es paradójicamente más fácil, ya que depende absolutamente de la gracia del Señor. Las esperanza de alcanzar las otras dos maneras de humildad tiene un componente natural, por así decirlo. La esperanza de aprender cada día a ser mansos y humildes de corazón como Jesús, es pura gracia sobrenatural. Pero por eso mismo es más íntegra y crea sus propias condiciones de posibilidad para que la podamos recibir y poner en práctica.

Momento para Contemplar

Marta Irigoy 

Las tres maneras de Humildad, fueron llamadas “tres maneras de amor”, en este año que reflexionamos “La Esperanza”, podríamos llamarlas: “Las tres maneras de crecer en la Esperanza”

La Esperanza, es un don y una tarea, que se nos confía para vivir con mayor plenitud la vida que nos ha regalado Dios…

La Esperanza, es el camino y el horizonte de nuestra vida… 

La Esperanza es misión… 

Parafraseando el texto del P. Diego, rezamos sintiendo y gustando… 

En el primer manera de la Esperanza, (primer manera de humildad), el criterio para cuidar la vida es el de igualar a todos en lo básico, para lo cual es necesaria la misericordia que se concentra en cuidar la vida comenzando por lo más frágil, por los más pobres y los que están más en riesgo. 

En la segunda manera de la Esperanza (segunda manera de humildad), podemos decir que quien ama cultiva la humildad de los pequeños gestos y ni se le ocurre “calcular” amar un poco menos o solo lo necesario. 

Así nace la esperanza de ser santos, la esperanza de poder dar todo lo mejor de nosotros en cada situación concreta de la vida, de amar sin cálculos, con toda la ternura, la delicadeza y creatividad posible en cada detalle…

En la tercera manera de Esperanza, (tercera manera de humildad) se incluyen las dos primeras, pero es más “perfecta” dice San Ignacio, ya que esta manera de Esperanza se centra en la Persona de Jesús…

La esperanza se pone en “parecerme más a Jesús y el camino para transitar es volver a recordar lo que Él dice en el Evangelio de Mateo: “Aprendan de mí que soy manso y humilde de corazón”…

La esperanza de aprender cada día a ser mansos y humildes de corazón como Jesús, es pura gracia sobrenatural. Pero por eso mismo es más íntegra y crea sus propias condiciones de posibilidad para que la podamos recibir y poner en práctica… 

Mirando tu vida…

En donde hoy reside tu Esperanza… 

• En los pequeños gestos hechos con mucho Amor…? 

• En la Esperanza de ser santos, es decir en crecer en Amistad con Jesús…? 

• En la Esperanza de aprender de Jesús su mansedumbre y humildad para llegar a tener cada día (un poquito más) sus sentimientos…?

Para concluir este momento de oración, les comparto la letra de canción de Cristóbal Fones ,sj, 

“TU MODO”

Jesús al contemplar en tu vida

El modo que tú tienes de tratar a los demás

Me dejo interpelar por tu ternura

Tu forma de amar nos mueve a amar

Tu trato es como el agua cristalina

Que limpia y acompaña el caminar

Jesús enséñame tu modo

De hacer sentir al otro más humano

Que tus pasos sean mis pasos

Mi modo de proceder. 

Jesús hazme sentir con tus sentimientos

Mirar con tu mirada

Comprometer mi acción

Donarme hasta la muerte por el reino

Defender la vida hasta la cruz

Amar a cada uno como amigo

Y en la oscuridad llevar tu luz

Jesús enséñame tu modo

De hacer sentir al otro más humano

Que tus pasos sean mis pasos

Mi modo de proceder. 

Jesús yo quiero ser compasivo con quien sufre

Buscando la justicia, compartiendo nuestra fe

Que encuentre una auténtica armonía

Entre lo que creo y quiero ser

Mis ojos sean fuente de alegría

Que abrace tu manera de ser

Jesús enséñame tu modo

De hacer sentir al otro más humano

Que tus pasos sean mis pasos

Mi modo de proceder. 

Quisiera conocerte, Jesús tal como eres

Tu imagen sobre mi es lo que transformará

Mi corazón en uno como el tuyo

Que sale de sí mismo para dar

Capaz de amar al padre y los hermanos

Que va sirviendo al reino en libertad

Jesús enséñame tu modo

De hacer sentir al otro más humano

Que tus pasos sean mis pasos

Mi modo de proceder

Enséñame tu modo Señor 

Cristóbal Fones sj 

Y les comparto el link de un video con la letra y la música. 

Hacer clik: https://www.youtube.com/watch?v=LuL4vWEMkxg

 

 

 

 

 


Momento de reflexión

Diego Fares sj

La esperanza verdadera y dos tentaciones

 

Una lucidez y un Afecto        

San Ignacio pone la meditación de los Tres binarios después de las Dos Banderas y antes de entrar a contemplar la vida pública del Señor. Es como decir: si vas a contemplar a Jesús y a querer seguirlo, tendrás que desempolvar dos gracias que el Espíritu Santo te regaló de pequeño y que por ahí quedaron como las estampitas del Bautismo, en el fondo de algún cajón. Una fue como el agua del Bautismo que te derramaron tres veces en la cabeza, la otra fue la marca con el crisma; te la hicieron en la frente, pero fue derechito a ungir tu corazón. El agua es de las que te limpian la mente y la dejan con una sola lucidez: la del discernimiento. Ese que, cuando las cosas vienen mezcladas y uno se confunde, te da la lucidez de recordar que solo hay Dos Banderas: una dice “esto te acerca a Jesús”; la otra: “esto te aleja y te mete en campo enemigo”. El don de la unción te marcó con la Cruz de Jesús. Para ir tras Él y para entender lo que la agrada tenés que dejar que este “afecto” que sentís por tu Dueño y Señor, marque con su sello a todos los demás afectos. No que no los sientas ni le des su lugar a cada uno: pero no serán “el afecto”. Ignacio decía (cuando antes de embarcarse le regaló a un pobre la última moneda que le quedaba para el viaje a Jerusalén) que lo hizo porque quería estar “aficionado solo a Dios”.

Meditación termómetro

La de los Tres binarios es una meditación termómetro, para ver cómo está el afecto que le tenemos a Jesús. Nos viene a decir que para escuchar el evangelio tenemos que quererlo mucho a Jesús. Tanto que andemos deseosos de agarrar todo lo que nos dé: dones, encargos, enseñanzas, e incluso retos, con tal de que vengan de Él.

El Señor, a lo largo de su vida, interactuaba con los que lo seguían de manera tal que no se podían no tomar posición. A veces se trató de algo para toda la vida, como cuando llamó a Pedro y Andrés y a Santiago y Juan y ellos inmediatamente: “dejando todo lo siguieron”. Otras veces, el Señor daba indicaciones concretas, como a los 10 leprosos a los que mandó que fueran a presentarse a los sacerdotes. Vemos aquí que uno fue más allá del mandato y se volvió a dar gracias a Jesús y el Señor no solo aceptó esta actitud, sino que hizo ver que la estaba esperando también de los demás. Es decir: Jesús interactuaba de verdad y si bien le gustaba la obediencia, más le gustaba cuando alguien libremente hacía algo más que el mínimo que establecía la ley. No lo mandaba. Si no lo hacían no pasa nada, pero si le adivinaba lo que le gustaba (como la que le ungió los pies con el perfume de nardo puro) y tenían coraje para hacerlo, contaban con su bendición y le daban una alegría.

Lo que quiero decir es que para escuchar a Jesús –que siempre habla “llamando a una misión”-, uno tiene que tener claro qué cosas está dispuesto a hacer o a renunciar si el Señor se lo pide. Porque puede ser que pida mucho, pero también que pida algo que sorprenda, a veces cosas muy pequeñas y fáciles…

Para estar abiertos a las sorpresas

La meditación de los tres binarios ayuda a discernir tres tipos de escenarios posibles para estar abiertos a estas sorpresas. Para que no nos pase como al joven rico, que corrió muy entusiasmado para preguntarle a Jesús qué tenía que hacer para ganar la vida eterna y resulta que el Señor lo miró con amor! Es verdad que después le dijo que vendiera todo y lo siguiera. Pero el problema de este joven no fue que tuviera apego por sus riquezas –quién no! -, el problema fue que no vio esta mirada! Se la perdió. En ningún otro pasaje del Evangelio se dice de alguien que Jesús lo miró con amor. Se supone que el Señor miraba así a todos y que los que se le acercaban era porque percibían esta mirada de amor. Cuando lo interroga a Pedro sobre la amistad no podemos imaginar, sino que las miradas eran de mucho amor… Pero de este joven Marcos lo dice explícitamente (Mc 10, 20).

Y se ve que este caso tiene algo que nos afecta a muchos, porque en general se absolutiza lo de vender todo y esto hace que mucha gente ni siquiera pregunte qué más puede hacer porque piensan que el Señor les responderá que vendan todo. Para nada es así. A Zaqueo, por ejemplo, el Señor no le dijo que vendiera todo y lo siguiera. Zaqueo se ofreció a devolver lo robado y a dar la mitad de sus bienes y al Señor le pareció bien. Y al Geraseno, al cual le expulsó un demonio y quería seguirlo, le dijo que no, que fuera a dar testimonio en su pueblo.

El Señor puede pedir no solo todo o parte, sino que también puede pedirnos otra cosa. Y puede que no nos pida ni nos cambie nada, sino que acepte y bendiga lo que le damos, como cuando le dijo a Marta que su hermana había elegido la mejor parte y no le sería quitada. También hay gente a la que el Señor la cura sin que se lo pidan, como al paralítico… Por tanto, antes de entrar en el seguimiento de la vida pública de Jesús, San Ignacio nos hace ver que tenemos que disponernos bien, tenemos que reconocer bien nuestros afectos, si estamos libres o si alguna cosa nos inquieta porque sentimos que, si Jesús quiere tratar ese tema, no nos animaremos.

El que se guía por el afecto grande a Jesús

El “tercer tipo de personas” es el que se guía por el afecto grande que le tiene a Jesús.

Se trata de una persona que se da cuenta de que tiene que resolver un tema que lo inquieta: qué hacer con los 10.000 ducados que son para él “una posesión inquietante”.

No es de los que se sacan de encima el problema, esa gente que dice “no quiero andar dando vueltas al asunto: o lo tengo y hago lo que quiero o lo dejo y basta”. No. A esta persona lo que le interesa es lo que siente el Señor, lo que el Señor haría con ese dinero. Si le dice que lo regale, quiere regalarlo con alegría, si le dice que lo administre para el bien común, quiere administrarlo lo mejor posible… Es decir, es una persona que aprovecha las cosas que tiene para trabajar y mejorar su modo de querer a Jesús. Este es el punto.

Ignacio dice que “no le tiene afección a tener la cosa acquisita (cosa a la que uno está afeccionado) o a no tenerla, sino quiere solamente quererla o no quererla según que Dios nuestro Señor le pondrá en voluntad, y a él (como libre que es) le parecerá mejor para servicio y alabanza de su divina majestad; y, entretanto quiere hacer de cuenta que todo lo deja en afecto, poniendo fuerza de no querer aquello ni otra cosa ninguna, si no le moviere sólo el servicio de Dios nuestro Señor, de manera que el deseo de mejor poder servir a Dios nuestro Señor, le mueva a tomar la cosa o dejarla” (EE 155).

Como vemos, es todo un trabajo afectivo el que este tipo de persona hace. No solo se imagina escenarios distintos, en los que se proyecta con la plata y sin la plata, sino que “pone fuerza” en ordenar sus afectos, para que “lo que le mueva” sea el deseo de mejor poder servir a Dios nuestro Señor.

“Per aspera ad astra” (por las cosas difíciles se llega a las estrellas)

Ignacio agrega una nota. Dice que estas personas a las que lo que les interesa es lo que siente Jesús, cuando se dan cuenta de que le tienen mucho “afecto o repugnancia” a algo y que se les mete en medio entre Jesús y ellos, usan esta táctica: “Para extinguir el tal afecto desordenado, piden en los coloquios (aunque sea contra la carne) que el Señor les pida eso; y que ellos quieren, piden y se lo suplican, por supuesto sólo si es para servicio y alabanza de la su divina bondad” (EE 149-157). Es como que se chucean a sí mismos y se ponen a prueba para que salga clarito lo que sienten y se les ordenen los afectos. Los ejemplos en la vida de los santos son de todo tipo. San Francisco, para vencer una tentación se tiró sobre un zarzal (y las espinas se convirtieron en las rosas sin espinas que se pueden ver en el jardín de la Porciúncula). Ignacio tiene la famosa regla del “agere contra”, del “hacer lo totalmente contrario” cuando nos damos cuenta de que una cosa es una tentación. Cuenta en su autobiografía que había tocado con la mano a un enfermo de peste y se empezó a sugestionar con que se había contagiado. Entonces se metió la mano entera en la boca diciendo, si está contagiada la mano que se contagie también la boca. Y la obsesión se le pasó. Pero si estos ejemplos heroicos nos asustan, están los “pequeños sacrificios” que hacían Jacinta, Francisquito y Lucía, los pastorcitos de Fátima. Hacer contra a una tentación ofreciendo un “pequeñísimo sacrificio”, que dure un segundo nomás, es un gran remedio y ayuda mucho en la vida espiritual de los que somos más flojos.

Esto que parece muy difícil –no solo estar indiferente a 10.000 ducados, sino pedir lo que más nos cuesta-, es muy fácil si uno siente mucho afecto por Jesús. Cuando uno está enamorado suelen hacerse estos desafíos: pedime lo que quieras. Es una forma de demostrar que el amor es más grande que cualquier otro afecto.

La esperanza es un movimiento del corazón que surge cuando captamos un bien futuro, que es arduo pero posible de conseguir. Por eso se concreta en hacer algunas cosas arduas pero posibles, que están a la altura de ese bien y nos ponen en sintonía. Como dice el dicho “per aspera ad astra”, por lo aspero, a las estrellas.

Presumir en vez de esperar

El segundo binario: “Es el que quiere quitar el afecto, mas así le quiere quitar, que quede con la cosa acquisita; de manera que allí venga Dios, donde él quiere; y no determina de dejarla, para ir a Dios, aunque fuese el mejor estado para él” (EE 154).

Esta actitud es la primera que nos brota espontanea y naturalmente con respecto a todas las cosas y personas a las que les tenemos afecto: nos aferramos! Es parte del amor propio, que hace que nos identifiquemos con las cosas que más amamos, de modo tal que si nos piden algo de poco valor pero a lo que le tenemos mucho afecto, sintamos que no podemos soltarlo, que estamos “pegados”.

Es todo un trabajo “hacernos indiferentes” como dice Ignacio, cuando tenemos que elegir algo o a alguien y esta elección supone renunciar a otras cosas. Hace bien notar una cosa: cómo nuestros afectos, mientras no los tocamos, están como tranquilos, pero basta que un afecto sienta que lo van a dejar de lado para que comience a tironear. Y estos tironeos pueden ir desde una resistencia normal hasta un capricho en el que uno se obceca. Por eso es importante poner a prueba nuestros afectos cuando todo está tranquilo, para que, en los momentos de decisión, podamos decidir libremente. No sea que algo secundario se haya adueñado despóticamente de nuestro corazón… y nos pase como esas personas que mueren en un incendio o un terremoto aferrados a algo que querían mucho pero que no valía su vida.

En clave de esperanza esta tentación tiene que ver con un exceso de presunción. Querer que Dios venga a donde uno quiere es una forma de presunción. Es tratar de quitar el aspecto “arduo” de la esperanza, pensar que nos salvaremos igual aunque no soltemos nada de lo que egoístamente aferramos ni hagamos ningún esfuerzo. Considerado en teoría, este aferrarse a algo de manera caprichosa tiene algo de pueril. Pero en la práctica todos constatamos cuánto nos aferramos a las cosas y como nos cuesta “soltarlas” aunque solo sea en pensamiento. Querer tenerlo todo sin soltar nada es presunción. Si uno sigue todos sus afectos termina dominado por alguno, como sucede en las adicciones. Este segundo binario inunda la cultura moderna del consumo y nos engaña dulcemente: ofreciéndonos todo, nos roba la esperanza, que es de bienes arduos pero posibles.

Postergar y dejar pasar en vez de esperar

El primer binario es el que dilata las cosas. Sabe lo que tiene que hacer, pero no pone los medios para concretar. Ignacio lo describe así:

“El primer binario querría quitar el afecto que a la cosa acquisita tiene, para hallar en paz a Dios nuestro Señor, y saberse salvar, y no pone los medios hasta la hora de la muerte” (EE 153).

A nivel afectivo, dilatar las cosas concretas es señal de poco afecto. Cuando se quiere mucho de veras la tendencia es la contraria: lo que le agrada al otro se hace primero y todo lo rápido que se puede.

En clave de esperanza podemos señalar aquí la tentación de pereza o acedia, que es una forma de desesperación, aunque a veces solo parezca desidia. Si uno no se mueve es porque en realidad no visualiza que haya un bien grande que vale la pena. O le parece imposible de conseguir. Hay desesperaciones agitadas y otras mudas, pero son lo mismo. La pereza, el quedarse “esperando” sin hacer nada, es una caricatura de la esperanza. La esperanza no es un mero esperar sino un esperar activo, un esperar velando, deseando, preparando todo… como los siervos que esperan a que venga el novio o las vírgenes prudentes, que esperan con las lámparas llenas de aceite.

El demonio ataca el índice existencial de la esperanza cristiana que da un “adelanto” real y concreto del bien que se espera: no se lo ve ni se lo posee, pero se posee el dinamismo que genera ese bien y que se traslada al resto del actuar. La esperanza es peño –prenda- de los bienes que no se ven. El ancla la ancoramos en el cielo, pero la punta de la soga la tenemos en el puño ahora. Y esa tensión y ese apoyo, brinda una seguridad y una alegría muy real. Al poner los medios de “soltar la cosa acquisita ahora”, uno no queda en el aire sino agarrado a la soga de la esperanza. Y todo el dinamismo del reino donde está el ancla, se traslada a nuestro ser y lo hace vibrar de manera especial. Dos personas pueden estar haciendo el mismo trabajo, pero el que tiene una esperanza más grande lo hace de otra manera.

 

Momento de Contemplación

Marta Irigoy

Para ahondar en los sentimientos que nos deja la lectura y reflexión del texto sobre la Meditación de los Tres Binarios, podemos tomarnos la “temperatura” de nuestro amor a Jesús, como dice el P. Diego:

“La de los tres binarios es una meditación termómetro, para ver cómo está el afecto que le tenemos a Jesús. Nos viene a decir que para escuchar el evangelio tenemos que quererlo mucho a Jesús. Tanto que andemos deseosos de agarrar todo lo que nos dé: dones, encargos, enseñanzas, e incluso retos, con tal de que vengan de Él”

Viene muy bien tener presente el versículo de la carta a los hebreos:

“Fijemos la mirada en el iniciador y consumador de nuestra fe, en Jesús…” (Hb 12,2), ya que nos puede ayudar mucho, discernir los sentimientos que nos quedan en el corazón, poniendo la mirada en Jesús, dejándonos sostener por esa mirada… y dejándonos seducir y enamorar por su Persona

Poner los ojos en Jesús, amplia el horizonte de nuestra mirada y nos da libertad… y posibilita la apertura de nuestro corazón a las sorpresas de Dios… ya que sabemos de Quien nos fiamos…

Estas “Sorpresas de Dios” muchas veces implican desinstalación, pero ayudan a cimentar la certeza de que “Dios dispone, todas las cosas para el bien de los que lo aman, de aquellos que él llamó…” (Rom 8,28).

Dios dispone bien…siempre bien…

Esta es nuestra esperanza…

 

Para terminar la reflexión, los invito a rezar con un antiguo himno:

 

Jesu Dulcis Memoria

Es dulce el recuerdo de Jesús,

que da verdaderos gozos al corazón

pero cuya presencia es dulce

sobre la miel y todas las cosas.

Nada se canta más suave,
nada se oye más alegre,
nada se piensa más dulce
que Jesús el Hijo de Dios.

¡Oh Jesús!, esperanza para los penitentes,
qué piadoso eres con quienes piden,
qué bueno con quienes te buscan,
pero ¿qué con quienes te encuentran?

¡Oh Jesús!, dulzura de los corazones,
fuente viva, luz de las mentes
que excede todo gozo
y todo deseo.

Ni la lengua es capaz de decir
ni la letra de expresar.
Sólo el experto puede creer
lo que es amar a Jesús.

¡Oh Jesús! rey admirable
y noble triunfador,
dulzura inefable
todo deseable.

Permanece con nosotros, Señor,
ilumínanos con la luz,
expulsa las tinieblas de la mente,
llena el mundo de dulzura.

Cuando visitas nuestro corazón
entonces luce para él la verdad,
la vanidad del mundo se desprecia
y dentro se enardece la Caridad.

Conoced todos a Jesús,
invocad su amor,
buscad ardientemente a Jesús,
inflamaos buscándole.

¡Oh Jesús! flor de la Madre Virgen,
amor de nuestra dulzura
a ti la alabanza, honor de majestad divina,
Reino de la felicidad.

¡Oh Jesús! suma benevolencia,
asombrosa alegría del corazón
al expresar tu bondad
me urge la Caridad.

Ya veo lo que busqué,
tengo lo que deseé
en el amor de Jesús desfallezco
y en el corazón todo me abraso.

¡Oh Jesús, dulcísimo para mí!,
esperanza del alma que suspira
te buscan las piadosas lágrimas
y el clamor de la mente íntima.

Sé nuestro gozo, Jesús,
que eres el futuro premio:
sea nuestra en ti la gloria
por todos los siglos siempre.

Amén.

 

 

 

 

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Al ver el mal del mundo, nuestro Dios no respondió con la indignación sino con la Encarnación.

Momento de Reflexión

Diego Fares sj 

La cruz en la Vida Oculta     

El tema de este año es la relación entre esperanza y discernimiento.

La Esperanza, como dice el Papa, nos abre el horizonte -siempre más amplio- del tiempo de Dios.

El discernimiento nos permite reaccionar, en este preciso momento,

sea para acoger una semilla del Evangelio o cosechar al paso un fruto que ya está maduro,

sea para rechazar una tentación insidiosa, de esas que quieren arraigar -como la cizaña- en nuestra manera de pensar o de sentir.

Este mes reflexionamos sobre la esperanza y el discernimiento en la vida oculta del Señor. Tomando pie en las indicaciones de Ignacio, lo haremos desde la perspectiva de las Dos Banderas, que es la perspectiva de la lucha del demonio contra la cruz del Señor.

La Bandera del Señor –el signo que alza y en el que Él está- es la Cruz.

En general Ignacio recomienda “no leer ningún misterio” de la vida de Cristo que no sea el que uno tiene que hacer, para que “la consideración de un misterio no estorbe a la consideración del otro” (EE 127). Pero las reflexiones sobre la Cruz atraviesan toda la vida del Señor. Como dice en la Adición 6ª, el misterio de la cruz está presente “desde el nacimiento del Señor”. No es un misterio que se limite a un momento de su vida.

Y esto, no porque la vida sea toda Cruz, sino porque estamos en guerra. Por eso es que no podemos separar las cosas y hacer que, durante la semana de la Vida Oculta, la contemplación sea solo de las ternuras de la Navidad y las crueldades de la Cruz, limitarlas solo a la semana de la pasión. El de la Cruz es el misterio más grande y que más escandaliza, sobre todo cuando la cruz sobreviene a destiempo, en el momento en que todo tendría que ser alegría…

La relación “realidad-pensamientos-sentimientos”

Hago aquí un excurso que hace a la dinámica de los Ejercicios y creo que puede ayudar en nuestra situación actual.

En los Ejercicios hay “consejos o recomendaciones” que San Ignacio llama “Adiciones”. Hay una –la Adición 6ª (ya mencionada), que va cambiando.

Apunta a ordenar los sentimientos.

Dice que durante el día uno debe discernir los pensamientos que cultiva, para dar preponderancia a los que están de acuerdo con lo que tiene que contemplar. Las recomendaciones van cambiando.

  1. Cuando meditamos los pecados, Ignacio recomienda no pensar en cosas de placer ni alegría, como de gloria y resurrección, porque para sentir pena, dolor y lágrimas por nuestros pecados es impedimento cualquier consideración de gozo y alegría” (EE 78).
  2. En la segunda semana, aconseja adaptar los pensamientos y sentimientos al misterio de la vida del Señor que se contempla (EE 130).
  3. En la semana de la Pasión, recomienda “no procurar tener pensamientos alegres” sino “inducirse a sí mismo a dolor, pena y quebranto, trayendo a la memoria los trabajos, fatigas y dolores que Cristo nuestro Señor pasó desde el punto en que nació hasta el misterio de la pasión en que al presente me hallo” (EE 206).
  4. En la Resurrección, recomienda “traer a la memoria y pensar cosas motivas a placer, alegría y gozo espiritual, así como de gloria” (EE 229).

Este modo de “recibir y cultivar” algunos pensamientos y sentimientos y de “rechazar” otros, es un ejercicio de discernimiento que está presente en todo momento en los Ejercicios (y en la vida).

Ignacio trabaja sobre la relación “realidad-pensamiento-sentimiento”. Si estoy en una fiesta de casamiento de unos amigos y me vienen pensamientos tristes de alguna otra situación, discierno que debo dejarlos de lado (y si no puedo, irme un rato…) para que no me inunden de sentimientos que me cambien la cara y el ánimo y amarguen la fiesta.

Medir la relación que hay entre la realidad comunitaria en la que me encuentro y mis pensamientos y sentimientos, es algo que todos hacemos constantemente. Un pensamiento puede ser muy adecuado, pero si me provoca sentimientos que no condicen con la realidad en que estoy, lo rechazo. Si estamos en un velorio, un chiste, cuanto más hilarante, más se debe rechazar, porque lleva inevitablemente a una carcajada frente al muerto. Y si estamos en medio de una batalla, que alguien pretendidamente neutral nos sugiera un pensamiento que nos lleva a sentir dudas del accionar de nuestro buen capitán, es un ataque enemigo, y como tal hay que rechazarlo. El discernimiento instintivo es claro: aunque sea una verdad, en este momento nos la están tirando como artillería para desestabilizarnos y hacernos algo peor.

Hasta aquí el excurso para justificar que el tema de la lucha y de la guerra entre en la semana de la Vida familiar del Niño Jesús.

El criterio cierto para discernir

En la teología de los Ejercicios, Ignacio nos hace contemplar, en la Encarnación, un mundo en el que contrastan escenas de vida y de muerte. Y en el camino hacia Belén, nos hace “considerar lo que hacen José y María, como es el caminar y trabajar para que el Señor nazca en suma pobreza, y al cabo de tantos trabajos, de hambre, de sed, de calor y de frío, de injurias y afrentas, para morir en cruz; y todo esto por mí” (EE 116).

Ignacio contempla cómo estuvo presente la Cruz ya en la infancia de Jesús. Tantos sufrimientos cotidianos, descriptos prolijamente, y encima “para morir en Cruz”. Como si todo lo otro no hubiera bastado.

En este pequeño detalle resuena el Evangelio entero. Y paradójicamente no es para desalentarnos, como espontáneamente nos viene al ánimo, sino para darnos “el criterio de discernimiento que desenmascara siempre al demonio: la cruz”.

El demonio no tolera la cruz. Tienta al Señor para que se baje. Y como no puede, nos tienta a que lo bajemos nosotros de algunos aspectos de la vida.

Si lo bajamos, puede ser que nos aliviemos un momento (porque sabemos que no podemos esquivar la cruz del todo). Pero perdemos el criterio “existencial” para discernir. Perdemos el criterio de “sentir con la piel y el corazón propios” lo que es verdad y lo que es mentira.

Donde está la cruz, está Jesús –salvando con su amor-. Esto nada ni nadie nos lo puede quitar ni relativizar. Como decía el Papa Benedicto: “La cruz revela ‘el poder de Dios’ (cf. 1 Co 1, 24), que es diferente del poder humano, pues revela su amor: ‘La necedad divina es más sabia que la sabiduría de los hombres, y la debilidad divina, más fuerte que la fuerza de los hombres’ (1 Co 1, 25)”.

Esta sola Palabra del Señor –la fuerza salvadora de su Cruz-  basta para crear un paradigma e iluminar toda una época. Basta esta Palabra de Jesús para abrirle los oídos a una persona o a una comunidad. Basta el gesto del Señor – no solo de subirse él mismo a la Cruz, sino de haberla aceptado desde su nacimiento- para hacer que entre en la fe en un corazón y se nos revelen verdades que estaban como a la espera.

Discernir en tiempos de guerra

Lo de unir la vida oculta de la familia de Nazaret y la lucha abierta de Jesús, vino de sentir que estamos en tiempo de mucha lucha. Luchas ideológicas, económicas, políticas, culturales y religiosas. En una guerra, es vital saber reconocer al enemigo. Y una de las tácticas de todo enemigo es camuflarse, mezclarse en el bando contrario, haciéndose pasar por amigo o por neutral para dar información falsa. Por eso es clave incorporar esa “conciencia de guerra” que nos da la meditación de Dos Banderas. Esa conciencia de cruz, para estar alertas hasta en sueños, como San José, y poder cuidar al Niño.

Cambia todo el panorama si uno “se entera” de que estamos en guerra, de que hay Herodes planeando la muerte del Niño en sus palacios.

Toda guerra –desde una guerra mundial a una guerra entre facciones políticas o entre miembros de una institución- pone en acto algunas de las características de La Guerra de fondo: la que se libra en la historia entre el demonio y Jesús.

Pero la “guerra a pedazos”, como la llama el Papa, que estamos viviendo, pone en acto no solo la violencia física y psicológica sino también, de manera muy solapada, la violencia de la mentira y el engaño. Es la táctica de engañar al enemigo para que se destruya a sí mismo, para que se divida y pueda ser derrotado más fácilmente.

Es necesario, entonces, reconocer que estamos en guerra y que se trata de una guerra que se libra en las mentes de la gente antes que en el espacio geopolítico. No solo el espacio virtual de internet sufre el ataque de los hackers, también el alma de la gente simple se ve afectada por las mentiras.

Por eso hay que despertar el arte del discernimiento que “los pequeños tienen por la gracia del Padre”. No queda otra. El enemigo no utiliza uniformes distintos a los nuestros, precisamente porque no quiere “distinguirse”. Y para discernir ayuda la meditación de Dos Banderas.

Dos banderas, tres escalones (para trepar o para abajarse)

Ayuda diciendo desde el vamos que son dos las Bandera. No tres ni cien.

Ayuda mostrando que los pasos para enrolarse en una u otra bandera son tres y que basta que una persona de dos pasos para intuir el tercero y saber bajo qué bandera milita.

Demasiado simple e ingenuo el discernimiento de Ignacio?

Más bien sumamente agudo y genial en su simplicidad.

El primer paso al que nos invita el mal espíritu es “codicia de riquezas”.

Jesús, en cambio, encomienda a los suyos a que quieran ayudar a traer a todos a vivir en “suma pobreza espiritual”, y a los que Dios quiere elegir también en “pobreza actual (material, quiere decir). El vivió así en Belén, en Egipto y en Nazaret.

Las dos tendencias son claras. La actitud de codicia contra la actitud de pobreza espiritual.

El segundo paso es “vano honor del mundo” –la mundanidad espiritual de la que habla Francisco- contra “deseo de oprobios y menosprecios”.

Si el primer paso tiene sus más y sus menos, aunque el “diente de la codicia” suele ser muy visible, en el segundo escalón ya se puede ver bajo qué bandera milita cada uno. El que está enamorado de Jesús rechaza connaturalmente la vanidad mundana. El amor del Señor y de la gente es un bien tan real que la vanidad pasajera y autocomplaciente tiene algo de ridículo.

En el tercer escalón se contraponen soberbia “crecida”, dice Ignacio, contra humildad.

Una más, por si hace falta: los escalones por los que nos invita a “trepar” el demonio siempre tienen alguna excusa comparativa (esto no es “tan” de ricos o “tan” de vanidosos…), pero dejan mal sabor; los escalones por los que nos invita a “abajarnos” el Señor, no dejan el sabor de la duda: despojarme de una moneda y darla a otro más pobre, es un pasito de pobreza y sufrir un desprecio en silencio es una humillación concreta que me hace un poquito más humilde.

Gente buena que “se siente” dolida

La inspiración de juntar vida oculta y dos banderas me vino porque en estos días me han llegado varios mails (dos personas mayores, abuelas buenas, que han gastado y gastan aún hoy su vida haciendo el bien a los demás) de gente que se siente dolida (los sentimientos!) y desconcertada por lo que leen en los diarios y escuchan en los medios sobre el Papa y la iglesia. Noticias que se mezclan impunemente con las luchas políticas partidarias y las peleas ideológicas de distintos grupos que se tiran entre sí con todo lo que encuentran, desde las cosas más viles hasta las cosas más santas, con tal de denigrar y eliminar al otro. Sigue la guerra en nuestro país y en muchas partes del mundo. Una guerra a pedazos, como dice el Papa. Pero la furia y el deseo de extirpar de la faz de la tierra al otro, es muy mala señal, sobre todo si se trata de personas que viven en la misma tierra, que son compatriotas.

Me detengo un momento en este punto e invito a reflexionar y a hacer un discernimiento, a separar y distinguir un mal espíritu que viene como pegado a uno bueno. Es necesario porque el comentario de otra gente es “si se siente dolida esta persona buena, es que algo hay”. Y la respuesta va por el lado de: ¡Y claro que hay! Lo que hay es una manera vil y mentirosa de atacar provocando sentimientos así en las personas buenas. No! Dirá alguno. Las teorías conspirativas son débiles. Pensar que el demonio puede atacar a ancianas buenas es el colmo de la teoría conspirativa. Y sin embargo… Herodes quería matar al niño Jesús y mató a los niños inocentes. El que ataca al Señor en la persona del papa también lo ataca en la persona de los pequeñitos del pueblo fiel de Dios.

Excurso filosófico acerca del mal

El deseo de todo corazón lo impulsa irresistiblemente a amar el bien y a rechazar el mal. Son dos movimientos que, en un momento dado, pueden tener la misma fuerza, pero a largo plazo no.

El impulso de abrazar a un ser querido puede ser tan fuerte como el impulso a sacarse de encima a uno que nos quiere hacer mal. Pero en un segundo momento, ambos impulsos se moderan: el abrazo se vuelve tierno, para no dañar y el rechazo… ¿Qué sucede con el rechazo?

También se tiene que moderar, pero de modo distinto.

Por un lado, uno no puede continuar golpeando hasta matarlo a alguien que lo agredió. Pero, por otro, hay que neutralizarlo para que no vuelva a la carga. Por eso se trata de alejarlo, de contenerlo, hasta meterlo en una cárcel si hace falta…

Pero el impulso a “eliminar” al agresor, si se exagera, hace que uno mismo se convierta en lo que rechaza.

 

Este ejemplo debe bastar para ver que el amor al bien no tiene límite, estamos creados para amar el bien más y más. Si se lo modera es para que vaya dando frutos de amor que maduran lentamente, pero no se le puede poner límites al bien: cuanto más amor, mejor.

El rechazo al mal, en cambio, está al servicio del amor al bien.

Teológicamente lo comprobamos en el hecho de que Dios nuestro Padre no rechaza absolutamente a ninguna de sus creaturas. Incluso al demonio, no lo hizo desaparecer, no lo aniquiló. Lo enfrenta, lucha contra él hasta el punto extremo de dar la propia vida, como hizo Jesús, pero no pretende ni quiere aniquilarlo.

Este paradigma teológico debe ser anunciado pública y proféticamente para contrarrestar el otro paradigma –terrorista- que trata de imponerse.

Paradójicamente, el demonio sí quiere “aniquilar” a Dios, aunque esto lo lleve a suicidarse.

El paradigma terrorista es demoníaco, porque impulsa a aniquilar todo bien.

Tengamos en cuenta que no solo sigue este paradigma el que detona una bomba que lleva en su cuerpo, también lo siguen, de modo más o menos camuflado, los que venden armas, los que hacen “desaparecer” personas, los que se apropian de la identidad de bebés ajenos, los que están en la trata de personas y el comercio de órganos… Tantos modos de “aniquilar” al otro.

Querer eliminar al que quiere eliminar no es la solución, es un gesto mimético que fortalece el paradigma del mal.

En un grado de menor violencia física, pero de gran violencia intelectual y mediática, este mismo paradigma se instala en el corazón de muchos –y aquí voy a la gente sencilla que siente en su interior la irradiación maligna de esta violencia- y los lleva a querer aniquilar a personas de otro partido político acusadas de corrupción. El impulso a rechazar el mal está exacerbado.

Moderar la indignación

Aquí viene el discernimiento: uno debe estar atento cuando el engañador –el demonio, que es mentiroso- muestra la cola haciendo exagerar la indignación.

Lo propio de una democracia es, precisamente, no exagerar la indignación.

No dejar que se desborde el reclamo de justicia.

Encauzar la justicia, apostar a las instituciones y tener paciencia: eso es democracia.

El discernimiento debe ser muy claro (y personal). Yo al menos lo formulo así para mí: cuando algo me hace indignar desproporcionadamente, me freno un momento a reflexionar. Es un modo de discernir utilizando el propio pellejo, la propia adrenalina, como detector de tentaciones.

Esta “desproporción” es lo que hace “oler el azufre” del mal espíritu.

Un ejemplo de lucha “justa” contra la corrupción es la de los familiares de las víctimas de la tragedia de Once. Llevan adelante un proceso en el que la lentitud de la justicia (que en este caso ha ido más rápido que en otros gracias a cómo se movilizaron los familiares) hace desear a veces dar rienda suelta a la indignación. Lo que han conseguido legalmente es, por un lado, inmenso, y por otro, poco y frágil, siempre falta un paso más para concretar las condenas. Sin embargo, los bienes que han crecido en torno a su accionar, son incontables: bienes de amistad personal y de ciudadanía política. Es un bien que crece lentamente, como todo bien, pero que es real y que da esperanza porque se continúa en el tiempo.

Para amar “sin medida” hay que saber “indignarse con medida”.

Al demonizar al otro, al pretender “aniquilarlo”, se pierden unas energías preciosas que deben ponerse al servicio del bien, que es a largo plazo y requiere todas nuestras fuerzas.

El mal no merece tanta atención.

Es mucho si se logra neutralizarlo cuando estalla o se hace ver.

Es la enseñanza de la Vida Oculta del Señor.

Al ver el mal del mundo, nuestro Dios Trino y Uno, no respondió con la indignación sino con la Encarnación.

El amor de la Virgen y San José a Jesús, su hijo, en una vida de trabajo duro y de alegría familiar, en medio de persecuciones y problemas, es la respuesta pacífica y discernida a la violencia desmedida y al mal. El pueblo fiel de Dios sabe “resistir” pacíficamente al mal –cargando la cruz con paciencia- para defender y cuidar la vida.

 

Momento de Contemplación

Marta Irigoy

Como dice el P. Diego, “al ver el mal del mundo, nuestro Dios Trino y Uno, no respondió con la indignación sino con la Encarnación”. Una encarnación en la que, desde el comienzo, estuvo presente misteriosamente la Cruz, como bandera de salvación.

 

Puede ayudarnos a contemplar, sacar provecho y luego discernir, lo que nos queda en el corazón de lo leído, reflexionado y contemplado… (ayuda saber que este material es para rumiar serenamente durante este mes…) y así, animarnos a tomar como única Bandera, la de la cruz del Señor que pacifica todas las cosas.

Sabemos por experiencia personal, familiar, social y mundial el clamor que se escucha, a veces a grandes voces y otras veces solo con la voz de lágrimas, esas lágrimas que vemos emerger de ojos que suplican la paz en un silencio a veces lleno de confianza y otras de la impotencia que se experimenta ante tanta indiferencia social…

Por eso, podemos tomar el evangelio de Mateo o Lucas, donde se nos relata la Vida Oculta de Jesús, María, José y los demás personajes que aparecen; para dejarnos consolar por tanta paz y alegría que emergen de estos textos bíblicos…

Ellos son la Fuente de la Paz, y en ellos podemos ir a saciar esa sed de Paz que cada uno tiene en el propio corazón para luego, convertirnos en hombres y mujeres “cantaros” que llevan esa Paz -Pequeña y Frágil como el Niño Jesús- a sus hermanos y hermanas que necesitan ser consolados y sostenidos con gestos también pequeñitos preñados de esperanza…

Podemos terminar cada momento en que tomemos este material para este mes, rezando esta oración:

Permite a la Paz que se encarne,
en tus ojos, en tus labios, en tus manos,
en los pasos de tus pies,
pero, sobre todo,
que se encarne en tu corazón.

Permite a la Paz que se encarne en todo tu ser,
y que mire a través,
que hable a través de tus labios,
que acaricie a través de tus manos,
que camine a través de tus pasos,

Permite a la Paz, sobre todo,
que se encarne en tu corazón,
y que su bondad y ternura infinita,
se derrame a través de tu corazón.

Permite a la Paz que sea el centro y el todo de tu alma,
y se encarne y se irradie
en tus gestos, en tus palabras,
en tus miradas, en tus silencios,
y en cada paso de tus pies,
y en toda la expresión de tu persona.

Permite a la Paz que sea el centro y el todo de tu alma,
permite a Dios que, en definitiva, se encarne en TODO TU SER,
hasta ser todo TÚ, expresión y presencia de su Espíritu.

 

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