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Momento de meditación

Diego Fares sj

“Si Jesús me pide el corazon, yo se lo doy”

Los coloquios con nuestra Señora, con Jesús y con nuestro Abba, estructuran las contemplaciones de la vida del Señor de manera dialogal. Ignacio nos hace rezar conversando, “como un amigo conversa con su amigo”. Esta indicación de Ignacio da el tono al diálogo: lo pone en clave de amistad.
En los ejercicios se conversa con el Señor con el tono y al ritmo que tienen las charlas entre amigos. Entre otras muchas cosas muy personales, ya que el tono de cada amistad es único y cada uno debe reflexionar sobre su experiencia, podemos decir que en una charla de amistad se alternan dos tiempos: uno, el tiempo que se le da al contemplar la vida como quien discierne lo importante que está pasando -en el mundo, en la familia, en el trabajo…-, y el otro, el tiempo que se le da al sentir profundamente el peso subjetivo con que estas cosas pesan en cada corazón. Agustín decía “Amor meus, pondus meum”-mi amor es mi peso, lo que inclina mi corazón.
La relación entre estas dos realidades es lo que da el ritmo a lo que se conversa entre amigos. Un rato se habla de las cosas, otro rato de cómo pesan en el corazón… Por eso todo diálogo entre amigos es altamente contemplativo, va directo a lo esencial de cada realidad y la confronta con el sentimiento más hondo y decisivo del corazón de cada uno.
A la Vida de Cristo, Ignacio nos la hace contemplar desde la entrega radical del Señor por mí, desde el peso de su amor por mí que inclina decididamente su corazón. Podríamos decir que los dos pesos que le ganan el Corazón Jesús son el peso del amor por su Padre y el peso de su amor por nosotros, especialmente por los más pequeños y por los pecadores.
Nuestra contraparte está signada también por la radicalidad, por una triple radicalidad. En primer lugar, la radicalidad de nuestra acción de gracias. Nuestro agradecimiento al Creador (cómo lo concibamos no importa tanto cuanto reconocernos creaturas) no es un “muchas gracias” de compromiso, sino una actitud sincera y básica. Lo primero de una creatura es alabar y reverenciar en todo a su Creador. Esta alabanza se puede cantar en todo momento, cada vez que uno se hace consciente de que, junto con el don de la existencia, está recibiendo todo todo lo demás y que no hay forma de pagarlo sino agradeciendo.
Luego viene la radicalidad del que contempla a Cristo puesto en Cruz, y no como espectador neutral sino desde la llaga abierta y purulenta de nuestro pecado principal. Nuestra necesidad de misericordia es radical en el sentido de que, ante la inmensidad de los dones recibido –de la vida y del perdón- cualquier ofensa que vaya en desmedro de esos dones resulta “impagable”. Y por eso necesitamos de la misericordia infinita y constante de nuestro Padre para poder existir e ir adelante con nuestros errores y fragilidades. Cargándolos y que no nos paralicen ni depriman.
La tercera radicalidad es la del que quiere responder al llamamiento del Rey. No se puede responder a un Creador tan Misericordioso entregando solo algo de nosotros. Ignacio nos dice que los leales amigos ofrecerán toda su persona al servicio de la misión encomendada. Para ello hay que hacer ver al Señor no solo los pecados sino también los afectos desordenados a las cosas buenas, que se convierten en “cosa acquisita”, como dice la meditación de los Tres binarios. Son esas cosas (personas, cargos, modos de obrar, mi tiempo, mis ideas, mi perfeccionismo, etc., etc…) a las que nos apegamos y que pueden ocasionar impedimentos a una amistad incondicional.
Todas estas “radicalidades” se pueden expresar de manera simple, como lo hace una amiga misionera en el Congo que escribía contando su día de trabajo: “Para terminar, recoger el día con Jesús. Y como me decía (a ella) otra amiga consagrada: “si Jesús me pide el corazón, yo se lo doy”. Y ése es el “secreto” de la vida misionera.
Me encantó la frase: “Si Jesús me pide el corazón, yo se lo doy”.
Las tres maneras de humildad
Vamos a considerar este “yo le doy el corazón” desde la perspectiva de las tres maneras de humildad o tres maneras de amor, como también se les solía llamar. Ignacio hace meditar en estas maneras durante todo un día, como preparación inmediata a la elección o reforma radical de la vida. Todo un día! (EE 164). Transcribimos el texto íntegro, con sus durezas de lenguaje y su complejidad para luego reflexionar sobre este solo punto, el de darle el corazón a Jesús.

Primer modo de dar el corazón

Ignacio dice así: “La primera manera de humildad es necesaria para la salud eterna, (y) es a saber, que así me baje y así me humille cuanto en mí sea posible, para que en todo obedezca a la ley de Dios nuestro Señor, de tal suerte que aunque me hiciesen Señor de todas las cosas criadas en este mundo, ni por la propia vida temporal, no sea en deliberar de quebrantar un mandamiento, ya sea divino, ya humano, que me obligue a pecado mortal” (EE 16).
Podríamos decir que este modo de dar el corazón es el de darlo en lo fundamental, sin querer entrar quizás mucho en detalles. Ignacio piensa aquí partiendo del límite de lo que hiere o puede herir mortalmente la amistad. Estamos en el terreno de lo decisivo, allí donde nos jugamos la vida eterna.
Quizás sea la reacción ante el pecado grave lo que permite ver si existe este grado de humildad y si uno es “de una sola pieza”. Dos figuras claras de esta entrega o no entrega fundamental del corazón son la de Judas y la de Pedro. Ambos traicionan: Judas por amor al dinero, Pedro por cobardía y temor de que lo arresten a él también. Pero a Judas, el remordimiento hace que se le endurezca totalmente el corazón y termine suicidándose. A Pedro en cambio el dolor insoportable de su culpa hace que se vuelque enteramente a la mirada misericordiosa de su amigo Jesús. El pecado de alguna manera hace que cuaje la materia más básica con la que hemos alimentado nuestro corazón. Cuando esa materia es la humildad, el corazón que peca se abre sediento a la misericordia. No me animo ni a pensar qué alimento ha tenido un corazón que se cierra a la misericordia de Jesús en vez de abrirse.
“Si Jesús me pide el corazón (lleno de pecados, después de haber pecado, cada vez que peco, cada vez que me siento tentado a traicionar), yo se lo doy”. Esta podría ser la fórmula del primer grado de humildad.

Segundo modo de dar el corazón

Ignacio dice así: “La 2ª es más perfecta humildad que la primera, es a saber, si yo me hallo en tal punto que no quiero ni me afecto más a tener riqueza que pobreza, a querer honor que deshonor, a desear vida larga que corta, siendo igual servicio de Dios nuestro Señor y salud de mi ánima; y, con esto, que por todo lo criado ni porque la vida me quitasen, no sea en deliberar de hacer un pecado venial” (EE 166).
Este modo más humilde de dar el corazón sería el de esas personas que no miran su propia conveniencia sino la del otro. Lo de no deliberar en cometer un pecado venial, que parece imposible si uno lo considera en abstracto, es sin embargo algo que se vive espontáneamente en la familia, por ejemplo. Es, por ejemplo, la actitud espontánea propia de una madre y de un papá que ni se les ocurre pensar en hacer algo que dañe, aunque sea un poquito, a su bebé enfermito. Vemos cómo cuidan atentamente al modo como lo tienen en brazos, a lo que le dan de comer, a lo que puede perturbar su sueño… Es la humildad del que se pone totalmente a disposición del más pequeñito y lo hace con todo su amor. Este don total del corazón que se expresa en los más pequeños detalles y que evita todo mal, es lo que Ignacio señala como “más perfecta humildad”. Nosotros solemos pensar en el terreno del cálculo de la vida de relaciones adultas, donde parece imposible moverse con esta generosidad y con esta “indiferencia ignaciana” que no quiere más riqueza que pobreza, honor que deshonor o vida larga que corta. Pero si nos situamos en el ámbito hogareño, comprobamos que es algo real y que de hecho se practica esta humildad donde hay amor familiar. Una madre cocina sin pensar en aplausos, un papá trabaja, no para sí sino pensando en dejar la herencia a sus hijos y muchas veces, en casos extremos, vemos que una madre prefiere la vida de su hijo a la propia o si anhela vivir más es para criar a sus pequeños.
En este modo de humildad o de dar el corazón Ignacio no piensa desde los límites sino desde la perfección. El acento se pone en que alguien muy amado, si me pide mi corazón, mi alegría es dárselo entero y en los detalles, “sin querer pensar en cometer ni un pecado venial”, o sea, sin mezquinar ni lo más mínimo. Y esto no por una exigencia sino un gusto. El eje de la entrega gira del deber hacia la gratuidad.
“Si Jesús me pide el corazón (en todos los detalles, como un hijo pequeñito) se lo doy. Y no solo se lo doy sino que me gozo de que me lo pida en esos detalles que hacen que la entrega pueda mostrarse más perfecta”.

El tercer modo de dar el corazón

La 3ª es humildad perfectísima, es a saber, cuando incluyendo la primera y segunda, siendo igual alabanza y gloria de la divina majestad, por imitar y parecer más actualmente a Cristo nuestro Señor, quiero y elijo más pobreza con Cristo pobre que riqueza, oprobios con Cristo lleno de ellos que honores, y desear más de ser estimado por vano y loco por Cristo que primero fue tenido por tal, que por sabio ni prudente en este mundo” (EE 167).
Este último modo de humildad creo que no hay que buscarle analogías humanas sino que es algo que sólo puede generarlo la humildad de Jesús. Solo al ver el amor de Jesús que se empobrece y se deja humillar para salvarnos puede surgir en un corazón humano este impulso loco a querer imitarlo y parecerse más a Él. “Quiero y elijo más pobreza con Cristo pobre que riqueza”, dice Ignacio. La comunión con Jesús, el estar en su compañía, es la clave. No la pobreza en sí, sino la que me hace acompañar a Jesús que camina pobremente. Y lo mismo podemos decir de los oprobios y del ser tenido por loco y por insustancial –vano sería uno que no progresa, que desperdicia su vida en tareas de servicio menores, con los más pobres-.
Aquí Ignacio piensa la entrega desde la situación. El primer don del corazón lo piensa desde el límite, el segundo desde la perfección. Este desde la situación. No podemos imitar a Cristo “esencialmente” diríamos. No podemos llegar a “ser” como Él, hagamos lo que hagamos, si no es por pura gracia. No podemos tener sus sentimientos sin mezcla de egoísmo, si Él no nos lo regala. No podemos poseer íntegramente nuestro corazón para ser como Él “de una pieza”. Pero sí nos queda, para poder demostrarle nuestro amor y agradecimiento, la gracia de tener que encontrarnos en situaciones similares a las suyas, situaciones de pobreza, de ninguneo o directamente de oprobio y persecución. Que uno pueda hacer esta entrega cuando se encuentre en una situación, así es una gracia especial del Señor. Ignacio dice que si deseamos poder entregar el corazón entero, cosa que solo se puede realizar en una situación así, extrema, es algo que debemos pedir diciéndole al Señor que esto se de “Si Él nos quiere elegir en esta tercera y mejor humildad, para más imitarlo y servirlo, si es a igual o mayor gloria y alabanza de su divina majestad” (EE 168).
“Si Jesús me pide el corazón en una de estas situaciones de pobreza o humillación, si me mira y me lo pide, yo, en vez de pedirle que me libre de la humillación o que me haga justicia, yo se lo doy”. Esta es la gracia. No significa que luego no luche por la justicia o me defienda. Pero lo primero no es resistir al mal sino aprovecharlo para ofrecer mi corazón, ya que la experiencia de la pobreza y de la persecución nos hace sentir “entero” eso que llamamos corazón.

Momento de contemplación

Marta Irigoy

Hacernos más parecidos a Jesús

En esta Meditación de las Tres Maneras de Humildad, dentro de los Ejercicios Espirituales, san Ignacio nos invita a dejar que en nuestra vida Dios pueda hacer una de las obras más maravillosas: hacernos más parecidos a Jesús!!
Y aquí, vienen muy bien aquellas palabras del Ángel Gabriel a María de Nazareth: “Nada hay imposible para Dios” –Lc 1, 37- , ya que aunque creamos que “ser más parecidos a Jesús, es algo que nos queda grande, este es el deseo del Padre.

Jesús es el Hijo Amado, en el que Dios tiene su complacencia, sin embargo, recordemos que Jesús nos ha amado –y nos sigue amando- como el Padre lo amo: “Como el Padre me amó, también yo los he amado a ustedes. Permanezcan en mi amor.” –Jn 15,9-. Y es así como podemos rezar contemplativamente las Tres Maneras de Humildad, ya que voluntaristamente nunca sacaremos el verdadero fruto: “ser parecidos a Jesús”, sino una caricatura que solo busca auto-complacerse…y no recibir en lo más hondo del corazón la certeza de un amor incondicional desde el que podrá brotar una gratuidad sin límites, que nos haga en todo elegir lo que el PADRE quiera regalarnos: riqueza- pobreza; reconocimientos-humillaciones; vida-muerte; salud-enfermedad…

Desde esta certeza honda, podemos entregar el corazón, si es lo que Dios nos lo pide…
Y ya no habrá miedo al porvenir…
Ya no habrá inseguridad en el no tener…
Ya no habrá indignación al sentirnos ninguneados…
Ya no habrá angustia al dejar cosas sin terminar, porque se nos invita a una Vida más plena…

Para rezar contemplativamente este Ejercicio Espiritual de las Tres Maneras de Humildad, podemos ir leyendo todo el texto del P. Diego, que describe muy claramente, esta escalera espiritual que nos abaja para elevarnos haciéndonos más parecidos a Jesús, y dialogar con María, quien fue mirada con Bondad por el Padre, para que nos regale la Gracia para que si Jesús nos pide el corazón, se lo podamos dar…

Y podemos terminar este momento contemplativo con esta breve oración:

“Señor,
que me entregue siempre,
que me entregue todo,
que me entregue alegre,
que me entregue a tu modo”.
-JA-

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Momento de meditación

Diego Fares sj

Los mecanismos interiores que despierta una elección importante

En la meditación de los “Tres binarios”, Ignacio cuenta esta historia: hay tres pares (binarios) de personas y cada par ha adquirido diez mil ducados, no pura o debidamente por amor de Dios; y quieren todos salvarse y hallar en paz a Dios nuestro Señor, quitando de sí la dificultad e impedimento que tiene para ello, en la afección a ese dinero (Ignacio le llama “la cosa acquisita” EE 150).

No se trata de un pecado. De los pecados, y especialmente del que es “raíz” de los pecados de cada uno, ya se ha arrepentido el ejercitante en la primera semana. Aquí se trata de algo bueno, pero no del todo ordenado y a lo que uno le tiene “gran afección”. Ignacio pone dinero porque cuando uno lo agarra “se le pega”. Pero puede ser “cualquier cosa adquirida” que a uno le cuesta soltar.

Antes de considerar cada una de las actitudes, Ignacio pone al ejercitante delante de Dios y de los santos. Esto es importante porque los santos son hermanos nuestros que, estos problemas de conciencia con el dinero o con otros “afectos” los han resuelto bien, con libertad interior y generosidad.

La petición recae sobre nuestras elecciones: pedimos gracia para elegir bien. Lo que sea a mayor gloria de Dios y mayor bien para mi persona.

Ahora sí, Ignacio presenta los casos, para que cada modo de proceder yo lo confronte con mis modos de proceder, a la hora de tomar una decisión importante en mi vida.

Preparar el corazón para elegir

Esta meditación, junto con la de Dos Banderas y las tres Maneras de Humildad, son “preparatorias” para la elección o reforma de vida, que es a lo que apuntan los Ejercicios.

Los Ejercicios dan fruto si uno va dispuesto a hacer una elección, sea una macro elección o una micro, es decir, un pequeño mejoramiento en su vida. Ahora bien, esto último, lo de un pequeño mejoramiento, se busca en el estado de vida y en la misión principal, no en cosas secundarias. Es decir: uno entra en la dinámica de los Ejercicios para dar un paso o un pasito adelante en algo fundamental. Sino es como si el ciego Bartimeo, cuando Jesús le pregunta qué quieres que haga por ti, en vez de pedirle “Señor, que vea”, le hubiera pedido…, no sé, una limosna o que le curara un granito que le afeaba la nariz…

Si uno es padre o madre de familia, hará los Ejercicios para examinar si hay alguna cosa que le impide dar todo su amor y su tiempo a su familia.

Si uno sacerdote o religiosa hará los Ejercicios poniendo sobre la mesa si hay algo que le impide darse por entero a su misión y consagración.

La meditación de los Tres Binarios es, pues, una preparación para examinar los mecanismos que se activan cuando uno tiene que elegir algo importante.

El primer mecanismo es de “dilación”. El primer par de personas “querría quitar el afecto que le tiene a los diez mil ducados (que Ignacio llama con el nombre técnico de “la cosa acquisita”) pero no ponen los medios hasta la hora de la muerte (en que seguramente los habrán tenido que dejar).

El segundo mecanismo es de “sí pero no”. Este sí pero no toma infinitas formas. La de “te ofrezco todo menos esto”, la del “te lo doy, pero lo administro yo”, la del negociar hasta salirse con la suya, la del querer quedar bien con Dios y con el diablo, la de forzar la cosa para que Dios quiera lo que quiere uno…

El tercer mecanismo es el del que no mira “la cosa” sino a la Persona. Cuando uno tiene que elegir qué hacer, deja de mirar los diez mil ducados –que si se miran mucho generan afecto- y se pone a mirar el corazón de Dios, con el deseo de agradarle y pidiéndole que le haga ver y sentir qué quiere que haga con esa “cosa”. Si quiere que la tome o que la deje, que la use o que la done. El deseo hondo es tomar o dejar la cosa como expresión del amor que uno tiene al Señor, como muestra de que uno hace lo que Él quiera.

Este es el mecanismo simple y claro si uno quiere de verdad “elegir lo que Dios elige” y no dilatar o escamotear la cosa para que no se note que uno tiene ya una decisión tomada, como se dice.

Las Dos Banderas nos clarifican que en la vida no hay posturas neutrales: o se elige a Jesús o se cae bajo la bandera del demonio. Nuestro padre General, en la misa de San Ignacio el 31, ponía estos ejemplos: “en el matrimonio –decía-, o se da todo, o lo que uno da no sirve para casi nada; en la vida religiosa, lo mismo, o se da todo, o no se da nada. No hay una vía intermedia”. Y pasó luego a hablar del Papa, ante el cual algunos tomaban “posturas intermedias”. No las hay –dijo. A algunos no les caen bien algunas de sus palabras o actitudes, pero no es porque su mensaje sea “confuso” sino todo lo contrario. Lo que pasa es que es muy claro y evangélico. Al punto tal que, o uno deja que le toque el corazón o provoca un endurecimiento. Su mensaje es de los que no dejan lugar a las posturas de compromiso o neutrales.

La meditación siguiente, esta de Tres Binarios, ayuda a discernir que, una vez que uno elige la bandera de Cristo y desea “hallar en paz a Dios nuestro Señor”, las tentaciones “bajo apariencia de bien” se multiplican. Hay muchas maneras de dilatar las cosas y de forzarlas para terminar haciendo lo que uno quiere. Pero hay una sola manera de hacer la voluntad de Dios, y consiste en “preferir” al Señor mismo y poner en segundo lugar todo lo demás (hacernos indiferentes, como una mamá que, cuando su hijito es pequeño, lo prefiere y antepone a todo lo demás).

Los ejercicios son “conversaciones” con el Señor

En las Dos Banderas, Ignacio pone al final de la oración los famosos “Tres coloquios” o conversaciones: con la Virgen, nuestra Señora, para que me alcance gracia de su Hijo; con Jesús, para que me alcance gracia del Padre, y con el Padre para que Él me conceda la gracia. Cuál es la gracia? La de ser recibido bajo la Bandera de Jesús. Es decir: la de jugarme entero y que me den la camiseta del Señor y embanderarme con él enteramente y para siempre.

Es la gracia que recibió Ignacio al venir a Roma cuando sintió “que el Padre lo ponía con su Hijo”, con Jesús cargando la cruz.

Es la gracia de ser “compañero de Jesús”.

La gracia de “en todo amarlo, seguirlo y servirlo”.

Esta gracia fundamental, de pertenencia fiel y bendecida con la amistad, tiene sus características, en las que puede haber un más y un menos y que se refieren a dos cosas propias  de este Jesús junto al cual somos aceptados: una es la pobreza y otra las humillaciones.

San Ignacio nos hace pedir la gracia de la pobreza espiritual que se traduce como humildad y es una de las bienaventuranzas. Es una actitud interior, la de sabernos aceptados en nuestra pobreza. Sin méritos, con pecados y limitaciones. Esta, más que una exigencia de la aceptación de Dios es una gracia, ya que se nos recibe  como somos. Por pura e infinita Misericordia.

La segunda petición es la de pasar pobreza real, si el Señor nos lo concede. Gracia que hace al trabajo y que es social, ya que esta pobreza va en beneficio de otros más pobres.

La tercera petición que le hacemos a la Virgen, a Jesús y al Padre, tiene que ver con las humillaciones. El menosprecio del honor mundano, de la mundanidad espiritual como dice el Papa, nos une más a Jesús que padeció estos oprobios primero. A Jesús humillado se pueden acercar todos los hombres.

En los tres binarios Ignacio hace repetir estos coloquios y agrega una “Nota. Es de notar que cuando nosotros sentimos afecto o repugnancia contra la pobreza actual, cuando no somos indiferentes a pobreza o riqueza, mucho aprovecha para extinguir el tal afecto desordenado, pedir en los coloquios (aunque sea contra la carne) que el Señor le elija en pobreza actual; y que él quiere, pide y suplica, sólo que sea servicio y alabanza de la su divina bondad” (EE 157).

El fin es “extinguir todo afecto desordenado” a las cosas que nos impiden gozar de la amistad y de la pertenencia total a Jesús.

Como vemos, este es el tema de los coloquios, de nuestras conversaciones con la Virgen, con Jesús y nuestro Padre.

Así como cuando se trata del pecado, de lo que tenemos que hablar con el Señor, con nuestra madre la Virgen y con nuestro Padre es del pecado raíz, del pecado principal, el que nos aparta del amor de Dios, para que precisamente allí venga Jesús a salvarnos con su Misericordia, en la preparación para la elección o reforma de vida, de lo que tenemos que conversar con el Señor es de aquello donde “se nos desordena el afecto”. Aunque sean cosas buenas, como la riqueza de una virtud o de un cargo o de un medio que usamos y que, por el afecto exagerado que le tenemos, nos impide seguir más libremente a Cristo. También para el seguimiento necesitamos constantemente ser perdonados y reorientados misericordiosamente.

Estos coloquios se extienden a todas las contemplaciones de la vida, pasión y resurrección del Señor. Son la contraparte personal y subjetiva de las contemplaciones objetivas de la Vida de Cristo. Se trata de una vida de Cristo, que es entrega radical de sí mismo por amor, contemplada desde la llaga abierta de mis afectos desordenados y de mis cosas adquiridas, que radicalmente pido sean ordenadas de acuerdo a la voluntad de Dios. Los ejercicios se hacen rezando desde la pobreza y la humillación propias ante Cristo pobre y humillado. Esto es una gracia: la de igualarnos con Jesús. No es algo voluntarista como si uno dijera “tengo que ser pobre y tengo que humillarme”. En el fondo es caer en la cuenta de que “soy pobre” y “soy humillado por mi realidad misma, aunque nadie me persiguiera” y desde ahí puedo rezar auténticamente.

Ser recibido en pobreza y en humillaciones más que una exigencia es un alivio y una bienaventuranza.

 

Momento de Contemplación

Marta Irigoy

La Meditación de TRES BINARIOS,  nos ilumina sobre “donde” y “en que” está centrada nuestra vida…

Podemos decir que en nuestra vida, estamos “casi simultáneamente” en primero, segundo y tercer Binario. Se trata, de momentos de nuestra vida, o de lugares del corazón, que, por un lado han sido seducidas y conquistadas por el Señor; pero hay otros lugares del corazón o zonas de nuestra vida, que todavía necesitan ser conquistadas por la Persona de Jesús y su Evangelio…

En esta Meditación, San Ignacio nos invita a ponernos frente a la mirada de Dios Nuestro Señor y de los santos (EE 151), para descansar confiadamente en que Él nos conoce y sabe lo que hoy “atrapa” nuestro corazón y le quita libertad para elegir lo que el Señor nos quiere proponer para vivir con mas fecundidad la vida…

Por eso, vamos a ponernos con confianza amorosa ante la mirada del Señor, que conoce en donde y en que tenemos centrada nuestra vida….

La invitación, será rezar saboreando o como dice san Ignacio: “Sentir y Gustar internamente” la  oración de hermano Carlos de Foucauld: “Padre me pongo en tus manos”  y pedir desde lo más hondo del corazón, seguir creciendo en disponibilidad y libertad…

 

Padre mío,

me abandono a ti.

 

Haz de mi lo que quieras,

te lo agradezco,

Estoy dispuesto a todo,

lo acepto todo en ti

con tal que tu voluntad

se haga siempre en mi

y en todas tus criaturas,

no deseo nada más.

 

En tus manos doy mi vida,

Dios mío, te la doy

con todo el amor de mi corazón,

porque te amo

y porque para mí amarte es darme,

entregarme en tus manos

sin medida,

con gran confianza

porque tú eres mi Padre.

 

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Podemos entrar en esta página y buscar la canción que se llama “Abandono”.

 

http://www.carlosdefoucauld.org/Multimedia/Audio.htm

 

 

 

 

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Lectura de la meditación de Dos Banderas

“Comenzaremos juntamente contemplando su vida (de Jesús), a investigar y a preguntar en qué vida o estado se quiere servir de nosotros su Divina Majestad; y así para alguna introducción de esto, en el primer ejercicio siguiente veremos la intención de Cristo nuestro Señor y, por el contrario, la (intención) del enemigo de (nuestra) naturaleza humana; y (veremos) cómo (nuestra intención) debe ser disponernos para alcanzar la perfección en cualquier estado o vida que Dios nuestro Señor nos diere para elegir.

Meditación de dos banderas,

una de Cristo, sumo capitán y Señor nuestro; la otra de Lucifer, mortal enemigo de nuestra humana naturaleza.

Oración preparatoria:

“… que todas mis intenciones, acciones y operaciones (imaginar, recordar, razonar, sentir, desear…) estén puramente ordenadas en servicio y alabanza de su divina majestad” (EE 46).

Preámbulos:

1º (Recordar) la historia: será aquí cómo Cristo llama y quiere a todos debajo de su bandera, y Lucifer, al contrario, debajo de la suya (es decir: a sus órdenes, siguiendo sus intenciones).

El 2º: Imaginar el lugar; será aquí ver un gran campo de toda aquella región de Jerusalén, adonde el sumo capitán general de los buenos es Cristo nuestro Señor; otro campo en región de Babilonia, donde el caudillo de los enemigos es Lucifer.

El 3º: pedir lo que quiero; y será aquí pedir conocimiento de los engaños del mal caudillo y ayuda para guardarme de ellos, y conocimiento de la vida verdadera que muestra el sumo y verdadero capitán, y gracia para imitarlo.

Puntos (para  meditar)

Imaginar así como si se asentase el caudillo de todos los enemigos en aquel gran campo de Babilonia, como en una gran cátedra de fuego y humo, en figura horrible y espantosa.

Considerar cómo hace llamamiento de innumerables demonios y cómo los esparce a los unos en tal ciudad y a los otros en otra, y así por todo el mundo, no dejando provincias, lugares, estados, ni personas algunas en particular.

Considerar el sermón que les hace, y cómo los amonesta para echar redes y cadenas; que primero hayan de tentar de codicia de riquezas, como suele (tentar) en la mayor parte de los casos, para que más fácilmente vengan a vano honor del mundo, y después a crecida soberbia; de manera que el primer escalón sea de riquezas, el 2º de honor, el 3º de soberbia, y de estos tres escalones induce a todos los otros vicios.

Así por el contrario se ha de imaginar del sumo y verdadero capitán, que es Cristo nuestro Señor.

Considerar cómo Cristo nuestro Señor se pone en un gran campo de aquella región de Jerusalén en lugar humilde, hermoso y gracioso.

Considerar cómo el Señor de todo el mundo escoge tantas personas, apóstoles, discípulos, etc., y los envía por todo el mundo, esparciendo su sagrada doctrina por todos estados y condiciones de personas.

Considerar el sermón que Cristo nuestro Señor hace a todos sus siervos y amigos, que a tal jornada envía, encomendándoles que a todos quieran ayudar en traerlos, primero a suma pobreza espiritual, y si su divina majestad fuere servida y los quisiere elegir, no menos a la pobreza actual; 2º, a deseo de oprobios (vergüenza pública) y menosprecios (ninguneos), porque de estas dos cosas se sigue la humildad; de manera que sean tres escalones: el primero, pobreza contra riqueza; el 2º, oprobio o menosprecio contra el honor mundano; el 3º, humildad contra la soberbia; y de estos tres escalones induzcan a todas las otras virtudes.

Coloquios

Conversación con nuestra Señora, para que me alcance gracia de su hijo y Señor, para que yo sea recibido debajo de su bandera, y 1º en suma pobreza espiritual (pobreza interior), y si su divina majestad fuere servido y me quisiere elegir y recibir, no menos en la pobreza actual (pobreza de cosas o dinero); 2º, en pasar oprobios y injurias por más en ellas imitar (a Jesús), sólo que las pueda pasar sin pecado de ninguna persona (que el otro no se de cuenta, digamos, o crea que nos hace un bien) ni displacer de su divina majestad, y con esto una Ave María. 2º Pedir otro tanto al Hijo, para que me alcance del Padre, y con esto decir Alma de Cristo. 3º Pedir otro tanto al Padre, para que él me lo conceda, y decir un Padre nuestro” (EE 135-147). 

Momento de meditación

Diego Fares sj

Hay que comprender bien esta meditación con la que San Ignacio da inicio al proceso de elección. El dice que “comenzaremos juntamente a contemplar la vida de Jesús y a preguntar en qué vida o estado, se quiere servir de nosotros su Divina Majestad” (EE 135). Agrega Ignacio que de lo que se trata es de “intenciones”. Las Banderas son señal de “la intención de Cristo nuestro Señor y, por el contrario, de la (intención) del enemigo de natura humana”. La intención nuestra nos invita a ponerla en “perfeccionarnos”. Da por supuesto que nadie voluntariamente hará lo que desea el demonio (por eso la petición es de “conocer sus engaños”). El asunto es “perfeccionarnos” en la vida verdadera, ir subiendo escaloncito por escaloncito en el camino del bien. Por eso nosotros tenemos que considerar “cómo nos debemos disponer para venir en perfección en cualquier estado o vida que Dios nuestro Señor nos diere para elegir”. Es decir: no importa tanto si el Señor nos da a elegir, por ejemplo, estado de vida religiosa o matrimonial, o una misión o la otra, sino que nuestro deseo e intención debe ser “perfeccionarnos” en lo que le agrada al Padre, dar un paso adelante en la misericordia y en la caridad.

Dos intenciones que se hacen notar

La dos Banderas, los estandartes que Jesús y el demonio levantan y hacen ver, son pues, sus Intenciones.

La intención del enemigo de natura humana o Caudillo de todos nuestros enemigos, es engañarnos.

La intención de nuestro sumo y verdadero Capitán, Cristo, es darnos vida verdadera.

Esta percepción de Ignacio requiere que nos detengamos un momento. Fijémonos cómo el demonio no intenta hacernos mal directamente –matarnos, poseernos, hacernos sufrir…-, sino que lo que trata es de engañarnos. Cuando somos engañados, el mal nos lo hacemos los hombres a nosotros mismos!!! Las tentaciones no son con “cosas malas en sí”. No es el problema la riqueza sino “codiciarla”, en vez de compartirla justamente. En cambio el Señor no solo nos muestra la vida verdadera, sino que nos da ayuda y gracia.

Nuestra intención natural de mejorar, se confrontará por tanto con la intención del mal espíritu, que quiere engañarnos y con la intención de Jesús, que es darnos vida verdadera. Dos Banderas es un ejercicio de discernimiento: se trata de recibir la gracia de conocer los engaños del mal espíritu para guardarnos de ellos y de conocer la vida verdadera de Jesús y pedir la gracia para imitarla (EE 139).

Comprender bien estas dos “banderas” que vemos alzadas en alto como invitándonos a seguirlas, es clave para nosotros, que por naturaleza vamos donde nos llaman o seguimos siempre a alguien que opina o convoca. No se trata, como vemos, en primer lugar de ideas o virtudes. Ignacio describe los tres escalones: riqueza, vanidad y soberbia contra pobreza, humillaciones y humildad. Pero detrás de estas propuestas escalonadas –en las que un paso en esa dirección apunta y se refuerza por el siguiente paso- lo que hay que discernir son las intenciones de los que nos las proponen.

Escalones

Y aquí viene lo curioso. Lo obvio es pensar que el enemigo de natura humana intente que “elijamos riqueza, vanidad y soberbia”, como groseras actitudes opuestas a la sublime pobreza, deseo de humillaciones con Cristo humillado y humildad. Pero me animaría a decir que para nada es así. Hay que prestar atención al nombre que Ignacio da a esto que nosotros llamamos vicios y virtudes. Los llama escalones. Esto equivale a decir que, si uno se toma la foto y ve dónde está parado en la vida, no importa en sí mismo cuánta plata u honores tenga, sino la dirección que toma. El escalón donde uno está parado será de pobreza o de riqueza según si uno agarra para el lado de acumular o de desprenderse. Tenés dos monedas: el asunto es si buscás algún mendigo para darle una de limosna o guardás las dos y sólo pensás en cómo ganar más plata para vos.

El escalón o mejor “los escalones” pobreza/riqueza, por los que venís subiendo o bajando, en cierto punto se te transforman en los escalones vano honor mundano/humillaciones y menosprecios. En cierto punto, en que te podés decir que estás bien (porque experimentás que tenés y podés comprar lo que querés), los escalones cambian de sentido. Pasan a ser una especie de escalera mecánica, en la que tu deseo comienza a ser el de que te reconozcan, te nombren, te hagan pasar primero, te voten y hagan lo que vos decís…

El “honor del mundo” se vive como una riqueza y plenitud interior, espiritual, con menos límites que las riquezas materiales. Y se pasa a ambicionar esta fama y este poder que tienen que ver con poseer no cosas sino personas.

Por el contrario, si bajás algunos escalones de pobreza y le comenzás a tomar el gusto a esa sobriedad en la que sentís que tenés lo que necesitás y gozás compartiéndolo con los que tienen menos. La escalera mecánica podría dispararse para el lado de la vanidad -de compartir bienes para tener aplausos y fama-, pero si uno se mete de verdad a compartir, esta alegría y la necesidad tan grande de tanta gente, hacen que sea difícil “envanecerse” de la pobreza. Todo lo que uno pueda dar no alcanza y la vanidad no entra dentro de un alma cuyo “muro” es la pobreza, como decía Ignacio. Curiosamente, el que baja escalones en esta dirección, como ha hecho el Papa Francisco, si bien en un primer momento suscita admiración, en cierto momento comienza a generar irritación en los que van en la otra dirección. Por supuesto que la crítica se disimula. En el caso del Papa es claro: en muchos que dicen criticar la doctrina lo que les irrita profundamente es que les toque la guita y la carrera, que desacralice su amor por el dinero y la mundanidad espiritual en la que se mueven.

Aquí viene otra paradoja. Si en el paso de pobreza a humillaciones o de riqueza a vanos honores se da un aceleración –de subir o bajar a pie, se pasa a subir o bajar por escalera mecánica y a veces hasta por ascensor-, en el paso de estos dos escalones al de humildad o soberbia se da un misterioso cambio de dirección. El que subía de a dos los escalones de la riqueza y los honores, comienza a bajar, porque aunque suba rápido sólo sube a la altura de su propio ego y del ego del mundito que lo idolatra. El que bajaba poco a poco por los escalones de la pobreza y de las humillaciones, de pronto comienza a subir, porque el Reino de los Cielos ha bajado con toda su altura y profundidad a nuestra tierra y el que camina en ese reino, siempre asciende y crece a la altura de la Misericordia del Padre.

El último escalón –o ámbito de escalones- es el definitivo.

O uno se para en su propio ego y autoafirmación de sí, como alguien que hace lo que quiere,

o uno se para en el escalón de la humildad del Reino, que nos pone en relación filial con nuestro Creador, fuente de nuestra vida y alegría, que nos pide una mano para servir y ayudar a los demás.

Aquí se revelan el engaño y la vida verdadera. El engaño no consiste en que las riquezas y la fama no sean reales y placenteras, el engaño es hacernos creer que nos pueden agregar “altura”, que nos pueden alargar la vida. La vida verdadera es verdadera Vida, con mayúsculas, porque no es solo la nuestra, es la Vida del Señor la que se nos da y, esa Vida sí que se alarga y plenifica, porque es eterna.

Avivarse

Automatizar este olfato espiritual es la gracia del discernimiento. Que apenas alguien alce una bandera, invite a opinar a favor o en contra o a tomar la actitud de seguirlo o dejarlo, sepamos por intuición si es un engañador que nos presenta espejitos de colores o Alguien sincero que nos ofrece vida verdadera.

Hacer connatural este discernimiento, digo, es la clave de la vida espiritual.

Y si uno duda, la clave está en saber con quién aconsejarse.

Esto son las dos Banderas: unos criterios que nos da el Señor para que nos avivemos. Para que sepamos discernir, en medio de una tentación, que a veces es casi irresistible, de poseer cosas y de ganar puestos, que seguir subiendo por esos escalones lo fogonea alguien que intenta engañarnos. Sea cual fuere el escalón de riqueza y fama en el que estemos parados, la dirección no es seguir subiendo irrestrictamente. Parar la mano y mirar para abajo, donde está la mayoría de la humanidad, y mirar cómo bajó por esos escalones Jesús, hasta encontrarse con los que están debajo de todo, es el camino correcto. Podemos dar un pasito hacia ellos. Y paradójicamente, como decíamos, yendo hacia abajo por los escalones de dejar algún bien para los demás y no andar preocupado por nuestra fama, el último escalón, el de la humildad, tiene una curiosa subida. Cuando bajamos hacia los demás, subimos un escalón de “cielo”. Un cielo que está a la altura del suelo, gracias a que Jesús lo bajó a esta realidad, pero que es una subida cualitativamente infinita. Por los otros dos escalones, cuando vamos subiendo hacia la riqueza y la fama, también el tercero es de subida, pero a la altura de nuestro propio yo, que dejado a sí mismo, suele ser bastante peticito. Nada más digno de burla que un soberbio que no se da cuenta que sólo está subido a su propia altura.

Embanderarse

Embanderarse para siempre da miedo y suscita cierto escepticismo. Especialmente si uno ya se embanderó de joven y luego constata que no bajó mucho por los escalones de la pobreza, que sigue estando atento a la aprobación ajena y que no ha profundizado demasiado en las alturas de la humildad. Sin embargo, bajo esta bandera todo se transforma en positivo. Y todos los “no progresos” y aún las incursiones en territorio enemigo, pueden valer como pobreza y humillación que llevan a acogerse con toda humildad a la Misericordia del Padre. Una y otra vez. Nuestros pecados y soberbia son, en el fondo, pobreza.

Además, los escalones del reino a los que nos invita el sumo Capitán Jesús, tiene algo mágico si se los camina con otros. Como en el juego de la Oca, hay escalones con premio. Si uno da una pequeña limosna a un pobre, baja de una sola jugada todos los escalones de riqueza que acumuló comprando y consumiendo para sí. Eso sí, la condición es darla tocando la mano al otro y recibiendo su sonrisa con amor.

Y si uno baja sin quejarse en voz alta al escalón donde lo mandó alguno que consideró que no debía estar tan alto, baja de una sola vez todos los escalones por los que trepó rastreramente para hacerse ver por los demás.

Hay además dos comodines en este juego para ganar la humildad. Uno es la contracara del “agarrar libremente una humillación”, cosa que siempre es difícil y hasta antinatural. El comodín consiste en “expresar una alabanza sincera de alguna cualidad ajena”. Es un modo fácil y seguro, ya que hay tanta gente buena y capaz a quien reconocer y hacer que otros valoren.

El otro comodín es el de hacer un acto de misericordia. La misericordia atrae irresistiblemente al Padre que nos da vida y expulsa al demonio desenmascarando todos sus engaños (que no son pocos). Es que al hacer un acto de misericordia sintonizamos plenamente con la intención última de nuestro Padre, que es darnos vida. Como Él lo que quiere es salvarnos de todo lo que daña nuestra vida –el pecado, la enfermedad y la muerte-, por eso opta por una Misericordia incondicional. La Misericordia testifica que el Padre no tiene otra intención sino nuestro bien.

Y ante la misericordia el demonio muestra la hilacha. Allí no puede fingir ni engañarnos. El demonio detesta la misericordia. Puede disfrazarse con ropa de justicia, de doctrina, de ley… e incluso puede fingir humildad. Lo que no puede es fingir misericordia, porque esta es acción real y concreta a favor del otro y el bien que se le hace es concreto, queda.

Las intenciones últimas de todos –Dios, hombres y demonio- se contrastan ante el muro de la misericordia que, una de dos, o es muro de casa que incluye a todos o es muro que separa y excluye a muchos.

 

Momento de contemplación

Marta Irigoy

En el texto del P. Diego, leíamos que:

“La Misericordia  testifica que el Padre no tiene otra intención sino nuestro  bien”. Y ante la misericordia el demonio muestra la hilacha. Allí no puede fingir ni engañarnos.

El demonio detesta la misericordia. Puede disfrazarse con ropa   de justicia, de doctrina, de ley… e incluso puede fingir humildad. Lo que no puede es fingir misericordia, porque esta es          acción real y concreta a favor del otro y el bien que se le hace es concreto y  queda.

Las intenciones últimas de todos –Dios, hombres y  demonio- se contrastan ante  el muro de la misericordia que una de dos, o es muro de casa que incluye  a todos o es muro que separa y excluye a muchos. 

Por lo que podemos intuir, la invitación de San Ignacio en este Ejercicio es a embanderarnos con la bandera de la humildad que Jesús nos propone, para alcanzar y dejarnos alcanzar por la misericordia y disponiéndonos para alcanzar la  santidad en cualquier estado o vida que Dios nuestro Señor nos diere para elegir…

Para nuestra oración, meditación y reflexión, quiero compartirles esta carta sobre la humildad que San Agustín le dirige a Dióscoro y que se ha convertido en un texto clásico al hablar de la humildad. Hay que decir que las preguntas de Dióscoro estaban motivadas por una curiosidad malsana, ya que no le movía un verdadero interés religioso, sino el afán inmoderado de poder dar respuesta a quienes le presentasen cuestiones sobre  temas inquietantes. Agustín le dice:

 “Quisiera, mi Dióscoro, que te sometieras con toda tu piedad a este Dios y no buscases para perseguir y alcanzar la verdad otro camino que el que ha sido garantizado por aquel que era Dios, y por eso vio la debilidad de nuestros pasos. Este camino es: primero, la humildad; segundo, la humildad; tercero, la humildad; y cuantas veces me preguntes, otras tantas te diré lo mismo. No es que falten otros que se llaman preceptos; pero si la humildad no precede, acompaña y sigue todas nuestras buenas acciones, para que miremos a ella cuando se nos propone, nos unamos a ella cuando nos allega y nos dejemos subyugar por ella cuando se nos impone, el orgullo nos lo arrancará todo de las manos cuando nos estemos ya felicitando por una buena acción. Porque los otros vicios son temibles en el pecado, mas el orgullo es también temible en las mismas obras buenas. Pueden perderse por el apetito de alabanza las empresas que laudablemente ejecutamos. A un nobilísimo retórico le preguntaron cuál era el primer precepto que se debía observar en la elocuencia. Contestó, según dicen, que era la pronunciación. Preguntaronle por el segundo precepto, y dijo que era la pronunciación. Le volvieron a preguntar por el tercero, y sólo contestó que era la pronunciación. Del mismo modo, si me preguntas, y cuantas veces me preguntes, acerca de los preceptos de la religión cristiana, me gustaría descargarme siempre en la humildad, aunque la necesidad me obligue a decir otras cosas” (Epístola 118, 22). 

Algunas preguntas que nos pueden ayudar…

  1. ¿Qué pienso de la humildad?
  2. ¿La valoro, la deseo, la suplico?

Te invito a terminar con esta oración:

Ayúdame, hermano, a ser humilde.

Ten misericordia de mí y muéstrame

lo que Dios va haciendo con tu vida.

Te prometo acoger y escuchar

tus pasos y tus caídas,

tus ternuras y tus rechazos,

tu alegría y tu dolor.

Quiero ser menos yo y más hermano,

porque quiero descender hasta donde

se encuentra lo más humano,

lo profundamente humano.

Me han dicho que allí se encuentra Dios.

Búscame cuando me pierda

y volveré a casa de tu mano,

a casa para servirte más

y compartir juntos el pan.

Cuando veas brillar en mis ojos

la soberbia y la altanería

y mi boca se llene de palabras vacías,

no apartes de mí tu mirada tierna pero vigorosa,

no dejes de comunicarme la esperanza.

Confía en mí que aprenderé de ti

Y suplicaré también por ti al Padre.

Te pido hermano que me ayudes

a ser humilde con tu ejemplo.

Yo también te lo ofrezco.

Señor Jesús, maestro de humildad,

haznos reconocer nuestra pequeñez,

nuestras vidas, su desnudez

y reconocer tu gratuidad

Padre de misericordia,

concédenos caminar en la humildad

para llegar a la eternidad.

Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor.

Amen

-Autor: Anónimo-

 

 

 

 

 

 

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Momento de Meditación

Diego Fares sj

Misericordia y vida oculta del Señor

La dinámica de la contemplación

El seguimiento de Jesús, nuestro Rey y Señor, es un seguimiento de corazón. Y como todas las cosas del corazón, en ciertos momentos es impulsivo y, si hay verdadero amor, es constante y perseverante a través del tiempo. Nuestro corazón cuando ama, se adhiere a quien ama, es capaz de entregarlo todo en un instante. Y al mismo tiempo, su gozo profundo es ir llenando con afecto todos los espacios de la vida junto con la persona amada.

San Ignacio, luego del requerimiento inicial del Rey, que nos invita a dejarlo todo sin pensar mucho, para seguirlo, y a desear estar con él de manera más radical: en los trabajos, en las penas y en los gozos, nos invita a una tranquila identificación con nuestro Señor, contemplando su vida paso a paso.  Se trata de ir dejando que nuestro corazón se transforme a imagen del de Jesús, descubriendo sus pensamientos y su modo de sentir y de actuar en cada situación concreta, para que nos enamoremos de él y sea él mismo el que nos libere, nos purifique y nos transforme.

La oración ahora se remansa. No hay que sacar conclusiones teológicas o morales ni tomar ninguna decisión inmediata. Ya hemos tomado la decisiva, que es seguir de corazón al Señor. Ahora se nos invita no a concluir sino a quedarnos, a permanecer contemplando y saboreando el modo de ser de Jesús allí donde sentimos gusto, a compenetrarnos afectivamente con cada detalle y cada paso de la vida del Señor, primero en su infancia.

En la contemplación el alma se pone receptiva y permite que sea el Señor mismo el que modela nuestro corazón según sus elecciones y caminos misteriosos cuando nos dejamos llevar por las escenas de la Anunciación a María y el pesebre de Belén…

La dinámica busca el contacto con la amable humanidad de Jesús que es contemplada, como acariciada, amada, abrazada, hasta convertirse en parte del propio horizonte mental, horizonte que se identifica con el de Jesús.

La dinámica de la contemplación no es una dinámica deductiva, teleguiada, ni tampoco voluntarista, sino que es una dinámica en sí misma confiada a la fuerza que tiene misterio, al contacto con la persona de Jesús, con la persona de María, confiada a la adoración del Padre que se dona en el Hijo.

Anunciación y Nacimiento

San Ignacio nos inicia en los misterios de la Vida del Señor con dos contemplaciones prolijamente elaboradas: la Anunciación y el Nacimiento. En sus pasos Ignacio encuentra el ritmo de la contemplación. Porque la “composición del lugar”, ese momento en que uno se imagina la escena y se mete en ella, tiene un lugar privilegiado en el Pesebre. Ahí se ve bien claro que los protagonistas son otros y que uno puede dar una mano si está con la actitud de un esclavito indigno atento a lo que necesite la Virgen y San José que son los que cuidan al niño. También los pasos de “mirar las personas”, “oír lo que dicen” y “ver lo que hacen”, encuentra su lugar privilegiado donde uno puede encontrar siempre fruto ya que el contacto con el Niño Jesús, con nuestra Madre, la Virgen María y nuestro padre adoptivo San José, es un contacto esencial, por decirlo con alguna palabra. Quiero decir que otros personajes son o demasiado grandes y misteriosos, como cuando uno trata de imaginar a Dios Padre o al Espíritu Santo o a Jesús adulto, o más complejos, como pueden ser los apóstoles o los otros personajes del evangelio. Con la Familia sagrada podemos contemplar sintiéndonos, precisamente, en familia. Por eso estas contemplaciones son modelo de las demás, porque nos son familiares y son siempre nuevas. Se renuevan en cada oración y dan el fruto de un Jesús “así nuevamente encarnado” como dice Ignacio (EE 109).

Nos detenemos aquí en dos detalles de la dinámica de la Encarnación y el Nacimiento.

Un instante, la Encarnación; la totalidad del tiempo, a partir del Nacimiento        

Lo primero que llama la atención es una diferencia o tensión: la Encarnación Ignacio la presenta con fotos panorámicas. El Nacimiento, en cambio, lo focaliza totalmente en San José, la Virgen con la “ancilla” y el Niño Jesús.

La Encarnación nos quiere hacer ver, como en un relámpago, el instante de una “determinación” de Dios, que en su Misericordia decide “hacer redención de la humanidad”. Y para captar esta decisión libre nos hace pasar de una escena a la otra: de la Trinidad, al drama del mundo y de estas dos realidades, a la sencillez de María. La sucesión, rápidamente, sería: la Trinidad está mirando al mundo que se condena y se determina a salvarlo. Una vez decidida la santísima Encarnación, la mirada de la Trinidad se vuelca amorosamente en María.

Las escenas son densas y el dinamismo en que se entrelazan y suceden es potente. Aquí lo que queremos notar en primer lugar es que todas convergen a que brille “la determinación de salvar” de la Santísima Trinidad.

Este “instante eterno” diríamos, se contrapone a las escenas del Nacimiento, que totalmente concentradas en la Sagrada Familia, nos la muestran metida en los caminos de esta tierra, en la cuevita de Belén. La contemplación nos lleva a hacernos a su paso, que es paso de burrito y de camino de montaña, y nos mete en el paisaje desolador y en la intimidad del pesebre, donde la vida del Niño Jesús se abrirá paso a ritmo de bebé: vertiginoso y absorbente para sus padres, lento y aparentemente sin nada extraordinario para el que mira de afuera.

La Encarnación: Dios mira lo más pecaminoso y lo más santo

Si hablamos de las grandes escenas panorámicas que nos muestra San Ignacio en la Encarnación –la Trinidad en el cielo, el mundo en su diversidad y dramas, Nuestra Señora en sus aposentos- tengamos en cuenta la perspectiva de la mirada. Ignacio nos hace mirar con la mirada de las Tres divinas personas. Y esa mirada espiritual, esos ojos llenos de amor salvador, miran con intención, con deseo, con misericordia, con creatividad. El mundo y María están en el foco de esas miradas, que no son para nada miradas neutras. La situación del mundo que Ignacio describe no registra datos sociológicamente; la sencillez de María, no es mirada con mero cariño sentimental.

Podríamos decir que la mirada de la Trinidad es una mirada dramática: ven primero lo más pecaminoso en cuanto necesitado de misericordia y lo más puro y santo en cuanto ayuda para su plan de salvación. La barca que se hunde y la barca que puede salvar. El diluvio y la barca de la Iglesia. El mundo que se deshace en violencia y el seno de María que puede contener al Salvador.

La situación de la humanidad en el centro

Así como en las novelas actuales en que se cortan las acciones en un momento dramático, se pasa a otra y a una tercera y luego se vuelve a la que había quedado en suspenso, Ignacio invierte varias veces el orden en que aparecen los personajes y las situaciones.

Cuando narra “la historia” el orden es: 1º la Trinidad mirando el mundo 2º la planicie o redondez de todo el mundo llena de hombres 3º la determinación de que se encarne el Hijo para salvar y 4º llegada la plenitud de los tiempos, el ángel Gabriel que es enviado a Nuestra Señora.

Cuando pasa a hacernos “ver el lugar”, nos hace contemplar 1º “la grande capacidad y redondez del mundo, en la cual están tantas y tan diversas gentes”, y 2º “particularmente y en detalle la casa y aposentos de Nuestra Señora en la ciudad de Nazaret, en la provincia de Galilea”.

Cuando pasa a los puntos: siempre va 1º la situación de la humanidad, 2º las personas divinas mirando, hablando y actuando con respecto al drama de los hombres y 3º la persona de Nuestra Señora, cómo hablan con el Ángel y cómo luego se humilla y da gracias al Señor.

Cuál es el detalle significativo en estos cambios de escena: creo que lo significativo es que la Trinidad, que al comienzo en la historia estaba primero “contemplando” a la humanidad, pasa a estar en la escena del medio, entre la humanidad y Nuestra Señora. Y allí en el medio está activa, mirando no la vida con sus penas y alegrías sino centrada en lo que hay que salvar, centrada en hacer redención, centrada en obrar la santísima Encarnación.

Las cosas de la humanidad, Ignacio las describe de modo abstracto dejándolas libradas a nuestra Imaginación, las de María y el Ángel las deja supuestas ya que se leen en el Evangelio. Las de la Trinidad, en cambio, las precisa: mira el mal, se determina a salvar, obra la Encarnación. Es una Trinidad activa en su misericordia metida en medio del mundo, de los pecadores y la Santa.

Si uno se acostumbra a contemplar así, dejándose guiar por el orden y el modo en que Ignacio dispone las escenas, precisa cosas y deja otras libradas a nuestra imaginación, nuestra mirada se va “haciendo” a los ojos de la Trinidad, se va volviendo una mirada que mira como mira Dios, una mirada espiritual, que mira con misericordia, es decir: deseando salvar, buscando lo perdido y encontrando ayuda en los más buenos. Si atendemos bien a lo que dice, vemos que la mirada de Dios está llena de acción y determinación. No dice que las divinas Personas “contemplan cómo sufrimos”. Ven que nos perdemos, deciden inmediatamente: “hagamos redención del género humano”, y pasan a la acción: “obrando la santísima encarnación”.

Lo que quiero ayudar a ver es que la mirada de Dios es salvadora, no es abstracta. Es una mirada de Misericordia, que impulsa a hacer algo inmediatamente, aunque luego lleve largo tiempo implementarlo.

Y en el centro no está escribir una teología. La santísima Trinidad no dice: la humanidad se está perdiendo, démosle unas nuevas tablas de la ley”. Nada de eso: dicen “hagamos redención” y, acto seguido, viene la Encarnación santísima de Jesús en María.

En el centro de todo está la humanidad en su diversidad –en tanta diversidad, dice Ignacio-. No es una humanidad abstracta sino multifacética y concreta. Las personas en su diversidad de “trajes, gestos y razas, en sus situaciones de paz y de guerra, unos llorando y otros riendo, unos sanos y otros enfermos, unos naciendo y otros muriendo” (EE 106).

En Jesús, la misericordia relativiza todo para salvar

De esta contemplación nacen las exhortaciones del Papa Francisco a salir, con mirada de misericordia, al encuentro de las personas en sus situaciones concretas. Esto es lo que tanto le inquieta a los que, en vez de salir a ayudar, a sanar y evangelizar, quieren encerrarse a elaborar con más precisión las definiciones de una moral y una teología que se vuelven cada vez más abstractas. A algunos, pareciera que el “hagamos redención” de un Dios que se encarna, les suena a relativismo. Es verdad que hay un relativismo malo, que reduce la verdades de la fe y la tradición a las ideologías del momento. Pero hay otro relativismo peor, y es el que reduce la misericordia de la Trinidad diciéndole que en tal cosa no puede meter sus manos porque se ensuciaría y en tal otra no puede perdonar porque iría contra una ley…

Relativizar la misericordia es colar el mosquito y tragarse el camello, como decía el Señor a los fariseos. Es atarle las manos a Dios para que no pueda salvar ni hacer el bien. Estas actitudes de los que relativizan la misericordia es de una ceguera tal que son capaces de relativizar al mismo Jesús por no relativizar su ley.

Con una mirada así, la Encarnación nunca hubiera sido posible. Por qué elegir ese momento, por qué no otro pueblo u otra situación. Qué dirían las otras naciones, qué dirían los que vinieran después. Y los que vivieron antes? Por qué no vino antes a salvarnos el Señor? Además, justo en el momento del Censo, viéndose obligados José y María a ir a Belén. Venir a nacer de noche en un pesebre de animales… La verdad es que para los que le temen al relativismo de la misericordia nada más cuestionador que una Encarnación de Dios en la historia. La Encarnación relativiza todo y pone en el centro de la vida y de la historia sólo a Jesús nuestro Salvador: el Misericordioso.

El Nacimiento: salir, caminar, trabajar

En la segunda contemplación, la del Nacimiento, Ignacio deja las grandes panorámicas y focaliza la mirada en una sagrada familia en camino, perdida en la historia de la humanidad, yendo a cumplir con amor su misión. El espíritu de la contemplación se sintetiza en tres verbos: salir, caminar y trabajar. Es una contemplación de San José y nuestra Señora en camino: “cómo salieron de Nazaret para ir a Belén, considerando la longura, la anchura y si llano o si por valles o cuestas sea el tal camino” (EE 112). “Mirar lo que hacen así como el caminar y trabajar para que el Señor sea nacido en suma pobreza y a cabo de tantos trabajos, de hambre, de sed, de calor y de frío, de injurias y afrentas, para morir en cruz y todo esto por mí” (EE 116). El espacio de su vida se concentra en esa “espelunca” o cuevita del nacimiento: cuan pequeño, cuan bajo, cuán alto y como estaba aparejado” el lugar (EE 112).

Volviendo a lo de las situaciones, nada más “situado” que el Nacimiento de Jesús o, por decirlo de otra manera, nada más situado que el inicio de la misericordia encarnada. Nada más concreto y único que la pobreza de ese humilde lugar.

Ignacio dice que de estas contemplaciones debemos, ahora sí, hacer una reflexión para sacar algún provecho espiritual. No dice “para sacar alguna idea”. Dice provecho espiritual, que significa algo que llena y satisface el alma y sirve para la vida, para salir a la calle, para charlar en familia, para mejorar la sociedad.

La misericordia nos alcanza precisamente allí donde pecamos

Yo saco que la Encarnación nos habla de un Dios que viene al encuentro de cada persona y lo  hace allí donde necesitamos salvación, es decir: allí donde no podemos solos.

Dónde necesita cada uno salvación es algo enteramente único y personal. Aquí no llega ninguna ley formulada de manera general. El punto de inserción de la ley, en cada uno, es sumamente delicado. Porque se trata de aplicar la ley allí donde uno no la pudo cumplir, allí donde uno pecó. Es reenganchar al que se soltó de la soga y cayó al mar. Es detener la hemorragia allí donde se está perdiendo sangre. Es iluminar en ese punto en que uno tiene su punto ciego o está encandilado. Es realizar ese ejercicio que duele mucho.

Por eso es que la medicina del Señor pone delante la Misericordia infinita. Una misericordia que relativiza todo para volver a establecer contacto con la parte sana del otro, evitando machacarle la herida. Luego la misma persona restablecerá todo el tejido de la ley. Pero primero tiene que sentir el alivio sanador y absolutamente medicinal de la Misericordia.

Esta misericordia alcanza a cada uno en su situación. Lo que más alivia a un enfermo es encontrar al que comprende su caso particular. Por supuesto que toda enfermedad tiene su tratamiento general, pero lo que ayuda es que el médico comprenda la dificultad particular del paciente y desde ahí lo ayude a dar el pasito que necesita para mejorar. Lo mismo sucede en toda situación de aprendizaje: uno aprende cuando encuentra el punto justo en que puede ejercitarse en algo nuevo a partir de algo que ya sabe o hace bien.

Jesús, como Salvador, sale al encuentro de cada persona y de cada situación.

Está el Jesús que les sale al encuentro a los enfermos. Estos lo verán cómo el que los sana de sus enfermedades físicas y a partir de esa gracia se relacionarán con él.

Está el Jesús que le sale al encuentro de a las multitudes hambrientas de pan. Estos lo verán como el que los ayuda socialmente.

Está el Jesús que le sale al encuentro a los que buscan una espiritualidad. Estos lo verán como el Maestro.

Está el Jesús que le sale al encuentro a los que desean un líder para su pueblo…

Está el Jesús que le sale al encuentro a los pecadores…

Todos nos encontramos luego con el Jesús que da su vida por nosotros. Pero lo hacemos a partir de nuestra necesidad de salvación, que es tan como nuestro deseo de perfección, pero más básica.

La nada que somos, requiere un fundamento absoluto como la misericordia, para poder existir. Es una nada en la que recaemos cada vez que damos un paso atrás, en el egoísmo de querer ser autosuficientes que nos lleva a alejarnos de la mano que nos sostiene. Por eso la Misericordia no puede ser relativizada por nada. Y menos por una ley que apunte a la perfección, porque llevará más rápido a la inconsistencia. Nada más tramposo que relativizar la misericordia con la excusa de que la gracia es perfecta y puede perfeccionar al que la recibe dejando atrás la necesidad de perdón y de misericordia.

 

 

Momento de contemplación

Marta Irigoy

La encarnación de la Misericordia en nuestra vida

La Contemplación de la Encarnación y del Nacimiento, nos invita a dejar que la Misericordia se encarne en nuestra vida…

Para este Ejercicio Espiritual, San Ignacio nos invita a mirar la realidad desde su Mirada Misericordiosa. Mirada que se hace con el corazón; en palabras de Benedicto XVI: “Que seamos un corazón que ve”…

El texto del P. Diego, nos ilumina la intuición que San Ignacio aplica en este ejercicio, desde la Misericordia que ve y siente una necesidad a cubrir…

Un corazón que ve, se va moldeando en la Contemplación de la Vida de Jesús, lugar de Gracia, en donde se nos van “pegando”  los sentimientos de su Corazón, (que providencialmente, nos une en este Mes del Sagrado Corazón del Señor) para hacer de nuestra vida un lugar de encuentro con la Misericordiosa Ternura de nuestro Dios para nuestros hermanos.

Se nos invita a ser lugar de Encuentro de aquellas personas que Dios nos confía en la vida cotidiana: familia, amigos, compañeros de trabajo, estudio, miembros de nuestras comunidades; como también, aquellas personas que si nos las miramos desde el corazón, se nos hacen lejanos, extraños, como por ejemplo nuestros hermanos que cada día salen de sus países y  cruzan las aguas peligrosas de un mar que muchas veces es lo último que ven en sus vidas… ; como también, aquellos que están en las calles, durmiendo en las plazas, estaciones o hacen de las salas de espera de los hospitales, su casa y familia…

Por eso, para hacer la Contemplación de la Encarnación y Nacimiento, estamos invitados a dejar que esas vidas que se nos confían –cercanas y lejanas- se nos hagan cercanas y cotidianas… ya que en la Contemplación de Jesús, nuevamente encarnado nos hace descubrir que somos capaces de cosas que nunca nos habríamos imaginado…

Puede ayudar en estos días, dejarlos entrar en el corazón;  activando en estos días una mirada contemplativa de la realidad; deteniéndonos en esas situaciones que muchas veces no vamos a poder solucionar –o quizás sí…- , pero sabemos que hacerlos sentir HERMANOS y HERMANAS, hace mucho, mejor dicho muchísimo… especialmente hacerlos hermanos en el propio corazón… hacerles un lugar en el propio corazón, los saca de ese lugar invisibilidad en el que están sumergidos…

Si nuestro corazón los ve…

Si nuestro corazón se acerca…

Si nuestro corazón se deja vulnerar por su necesidad…

Si buscamos alguna solución a nuestro alcance…

La Encarnación de Jesús, se está dando en tu corazón…

Para terminar, te invito a hacer oración con este texto, pidiendo al Corazón de Jesús, que nos regale tener sus mismos sentimientos…:

Danos, Jesús, un Corazón

Danos, Jesús, un corazón
como el que fue mecido en el pesebre,
un corazón confiado en manos de otros,
un corazón de niño, un corazón alegre.

Señor, danos un corazón
como el de tu trabajo de artesano:
que haga del mundo una gran casa
donde vivamos todos como hermanos,
un corazón que labre vida nueva
en los surcos del tiempo sin descanso.

Danos, Jesús, un corazón
como el que predicó por los caminos,
un corazón que grite desde los tejados,
un corazón misionero y peregrino.

Señor, danos un corazón
que acoja a los pequeños y sufrientes,
que haga brotar la vida en cada rostro,
y a los pobres arranque de la muerte,
un corazón abierto, sin fronteras,
cercano y generoso, fiel y valiente.

Danos, Jesús, un corazón,
como el que fue mecido por María,
un corazón confiado hasta el extremo
en las manos del Padre de la Vida.

-Guillermo Rosas ss.cc.-

 

El-poder-de-los-deseos

Momento de meditación

Diego Fares sj

Una ayuda para contemplar

Hay un ejercicio al que San Ignacio nos hace dedicarle un día entero. Se titula “El llamamiento del Rey temporal ayuda a contemplar la vida del Rey Eternal (EE 91-100). Lo curioso es que recomienda hacer este ejercicio solo dos veces, una al levantarse y la otra antes de la cena. En medio queda todo el día para reflexionar… Nuestro padre pone aquí la nota para los tiempos libres durante los Ejercicios que dice: “mucho aprovecha leer algunos ratos en los libros de La imitación de Cristo, los Evangelios y la vida de santos (EE 100).

Ignacio le llama simplemente “ejercicio”, no aclara si es meditación o contemplación. Es un ejercicio que “ayuda a contemplar la vida de nuestro Rey eternal”, la vida de Jesús nuestro Señor. En qué consiste esta “ayuda para contemplar”? Ignacio no la define como si fuera una receta puntual. Lo que hace es narrar un “llamamiento”. Más aún: lo dramatiza mediante una comparación que interpela. Nos hace mirar primero cómo convoca un rey humano a una gran conquista y luego nos hace considerar lo que deben responder sus súbditos.

Este rey es reverenciado y obedecido por todos los cristianos. Es además muy abierto y humano. Llama a conquistar toda la tierra de infieles.  Es de los que comen, trabajan y duermen codo a codo con sus soldados y así como comparten los trabajos comparten también los frutos de la victoria.

En este punto, luego de mirar con admiración a un rey así, Ignacio nos hace mirar a sus súbditos y juzgar bien si aceptan o no aceptan el pedido de este rey a “venir con él”. Y carga las tintas sobre el hecho de que si alguno no aceptase este llamamiento, sería un “perverso caballero, digno de ser vituperado por todo el mundo”.

No ser sordos a lo que nos toca el corazón

El ejercicio apunta a despertar en todas sus resonancias la petición: “No ser sordo al llamamiento de Jesús. Ser uno que está listo para responder rápido y cumplir con diligencia la santísima voluntad del Señor”.

El ejercicio es para no ser sordo (ni hacerse el sordo) e Ignacio pone en escena una convocatoria de esas que no se pueden ignorar porque es una interpelación a lo que hay en nosotros de más noble: un llamado que nos toca el corazón. Es como cuando se hace un llamado a la solidaridad por una inundación o un terremoto, cuando se nos invita a una marcha contra la violencia… Cuando se nos convoca a una causa grande en la que está en juego el bien común uno siente que tiene que estar y que si no va o no participa es mala persona. Si no va es  cobarde o vago o indiferente… Digno de ser reprochado en todo caso.

Sentido de la lealtad y de la dignidad

Este ejercicio para despertar una respuesta incondicional, no es facil en el mundo de hoy. Nuestra cultura es individualista y se valora cada manera distinta de pensar, por lo cual resulta  es dificil imaginar una convocatoria o llamamiento que involucre a todos. Y menos si tiene tintes de guerra santa. Pero todos tenemos un sentido de la lealtad que es imitativo: cuando vemos que alguien se juega entero por los demás, nos sentimos “libremente movidos, atraídos”. Este es un sentimiento humano que no cambia, aunque cambien las motivaciones. Es el sentimiento del honor y de la vergüenza, el sentimiento de nuestra propia dignidad.

No responder con entusiasmo al llamamiento de un hijo, por ejemplo, que nos pide que participemos en algo que es el sueño de su vida, es una actitud vituperable. No ser solidario con las víctimas de algún desastre que nos toca de cerca, es ser vil. Lo dificil es que todos coincidamos en un mismo objeto, pero cada cual tiene su medida entre ser leal o no a un llamado que toca de cerca sus valores más hondos. Ignacio apela a ejercitarnos ahí donde entra en juego “jugarnos o borrarnos”. Escuchar bien y considerar si es nuestro momento o hacernos los sordos. Este es el punto en el que nos pone el ejercicio del llamamiento del rey temporal y que es necesario para “contemplar la vida del Rey eternal”.

Contemplar en clave de amistad

Por qué es necesario tener bien despierta esta “lealtad para escuchar llamados grandes de nuestros amigos”? Porques si la vida de Jesús no la contemplamos en esta clave -de un llamamiento de Alguien tan bueno y que lo da todo y nos quiere cerca suyo, como amigos leales, para ayudar al mundo-, si no escuchamos esto, no estamos contemplando la vida de Jesús. Porque la vida de Jesús es llamamiento a ir y estar con Él, contentos de poder trabajar a su lado, con la esperanza de la gloria futura. Cuando respondemos, “se nos complica maravillosamente la vida” como dice el Papa Francisco (EG 270).

Contemplar la vida del Señor será ir respondiendo afectivamente a cada uno de sus llamados. La vida de Jesús irá sanando nuestros afectos ahí donde sentimos que tenemos que hacer contra a nuestra sensualidad y amor propio porque no nos deja responder rápido y de corazón a lo que nos pide el que amamos, nuestro Amigo y Señor. Contemplar la vida de Jesús irá ampliando el horizonte de nuestros deseos, que a veces se quedan en un ámbito muy reducido de gustos y bienes particulares.

Para vivir de corazón

Con este primer ejercicio, Ignacio nos hace ver cuál es nuestro talante humano, cómo está nuestro sentido del honor y de la vergüenza, nuestra garra, nuestra capacidad de darnos enteros por una gran causa, de ser fieles a muerte a una relación interpersonal de amistad. Nos hace centrar en lo sagrado de la amistad y desear ser capaces de hacer cualquier sacrificio para honrarla.

Durante todo un día, Ignacio nos deja pensando y midiendo en nosotros este punto donde somos “fieles”, allí donde uno se siente digno o miserable según que haya actuado o no de corazón, no tanto por esta o aquella cualidad o debilidad moral sino por estar a la altura de un llamamiento grande.

“Apenas sentí que llamaban me ofrecí de corazón…” O… “Me llamaron y fui. Hubo un llamado pero yo no escuche bien. No fui. Me hice el sordo…”

Si me animo a pedir la gracia de no ser sordo, al contemplar la vida de Cristo algún llamado me tocará el corazón, porque cada instante de la vida de Jesús tiene un sabor eterno. Voy dispuesto a eso: a ser llamado. En esto consiste el ejercicio del llamamiento del Rey temporal.

Un paso más, de lo bueno a lo mejor

Una vez que hemos abierto el oído a este llamamiento a nuestro ser más noble, a nuestra libertad sencillamente entregada, Ignacio nos da otra clave para entrar a contemplar la vida de Cristo. Esta clave es la del “más”.

Al aplicar el ejemplo del llamamiento de un rey humano al de Cristo, Ignacio no lo aplica estrictamente sino que da un paso más. Entre los que escuchan el llamamiento de Jesús, e da una respuesta “razonable”: la de “ofrecer toda su persona al trabajo”. Pero con el Señor no basta una respuesta razonable. Su llamado suscita un deseo de ir más allá y de ofrecernos a estar en primera línea de trabajo, pobreza y humillaciones, con tal de estar más cerca del Rey que las pasó primero. El ofrecimiento es de “mayor calidad e importancia”: imitarlo en pasar todo lo que el pasó. Sólo si Él nos acepta, por supuesto, y si es para su mayor servicio y alabanza. Esto no es solo un ofrecimiento voluntario, sino también una clave para contemplar la vida de Jesús.

En este punto San Ignacio era particularmente incisivo. Tanto que inventó esa pregunta de si uno tenía “deseos de deseos”. Cuando plantea este deseo tan radical, de ofrecerse a padecer con Cristo, algunos nos asustamos. Como cuando uno ve las cosas que hicieron los santos y le resultan muy admirables pero no imitables. Ignacio pesca al vuelo la tentación de repliegue y nos tira un salvavidas: si sentís que no tenés deseos tan fuertes y definidos, al menos preguntate si te gustaría tenerlos, si desearías desear así. Aquí creo que uno adhiere. Porque los deseos son algo muy íntimo, algo que se identifica con nuestro ser más nuestro. Somos lo que deseamos. Desear deseos hermosos y fuertes es algo que atrae. Lo más triste en la vida es no desear, perder el deseo. Por eso, si uno contempla los gestos y las cosas que vivió el Señor y le pide tener deseos de desear imitarlo más y mejor, el Evangelio se le abrirá como una fuente de luz y de agua viva.

Todo lo que el Señor hace es “para invitarnos a desear más”. Invitarnos, digo, no imponernos nada. Cuando se lee el Evangelio en clave de ley, para ver qué es lo mínimo indispensable para “ganar la vida eterna” como dijo el joven rico, el evangelio nos deja más tristes que si no hubiéramos leído nada.

El evangelio se lee con deseo de deseos de más, abiertos a responder con todo al llamamiento concreto que el Señor haga.

El evangelio se lee deseando: cómo me gustaría poner la otra mejilla al que me  abofetea. Qué lindo sería que me naciera espontáneamente el caminar dos cuadras con el que me exige una. Qué bien me sentiría si pudiera darle la campera al que me pide un pullover sin pensarlo dos veces.

El evangelio se lee deseando sentir lo lindo que es dar las dos moneditas como la viuda.

El evangelio se lee deseando sentir es libertad que da romper de una vez el frasco de perfume caro, como María.

El evangelio se lee deseando tener ese deseo irresistible de venderlo todo para seguir a Jesús.

El evangelio se lee deseando tener ganas de encontrar a un necesitado para aproximarnos nosotros por nuestra cuenta en vez cruzarnos de vereda…

La clave para contemplar a Jesús, lo que su corazón muestra en su vida, no es nuestro sentido del deber sino nuestro sentido de la lealtad. Los deseos de deseos se cultivan sólo para los amigos. Uno desearía estar siempre bien y radiante para alegría de los que uno más quiere.

 

Momento de contemplación

Marta Irigoy

En el texto del P. Diego, leemos que:

Todo lo que el Señor hace es “para invitarnos a desear más”. Invitarnos, digo, no imponernos nada”

La clave para contemplar a Jesús, lo que su corazón muestra en su vida, no es nuestro sentido del deber sino nuestro sentido de la lealtad. Los deseos de deseos se cultivan sólo para los amigos…”

Y esto me ilumino para compartir estas palabras de hna Nurya Martínez-Gayol Fernández, aci, sobre los deseos…

La alegría, la alegría verdadera es una experiencia que tiene mucho qué ver, no sólo con la realización de los deseos, sino con su dilatación, con la posesión de deseos gigantes que tiran hacia delante de nuestras esperanzas, y llenan de vida nuestra espera.

El deseo lanza, conecta con nuestros anhelos, esperanzas y sueños… nos empuja hacia delante, pero no menos abraza lo que vamos dejando atrás. Los deseos se construyen y se sostienen también de memorias.

En esta aventura de acoger, reconocer, cuidar y potenciar los más verdaderos deseos, no estamos solos. Jesús  «viene con nosotros y maneja el timón», pero además hay otros hombres y mujeres que nos han precedido en esta tarea de desear, cuyas figuras emergen también en nuestro horizonte como guías y ejemplos.

El amor, fuente del deseo

Deseos gigantes que sólo el amor puede explicar. Es el amor el origen y es también el fin. Amor a Jesús  y a su proyecto. Pero no se trata tan sólo de pretender configurar nuestro deseo con el de Jesús, porque eso nos pondría simplemente ante un mero imperativo ético, con su peso de «deber » y obligación; y los deseos no funcionan así. Se trata más bien de descubrir que lo que, en verdad y en el fondo de mi ser es aquello que Dios ha deseado desde siempre para mí. Descubrir ese deseo que Él ha puesto en mí, su deseo que es ya mío y lo que más me consumará a su imagen, a imagen del amor, de su Amor. Ese amor que tan hermosamente describió Pablo en 1 Co 1.

Solo naciendo del amor y sostenidos por el amor, los deseos se fortalecen, resisten las dificultades, soportan con alegría los contratiempos y no se arrugan, sino que se dilatan más y más, incorporando el dolor, la carencia, el sufrimiento… como algo propio, que no los ensombrece, sino los ensancha y los fecunda…

Los deseos sólo crecen, se sostienen y se realizan cuando se conjugan en plural..

                                                                                                                                                                            Nurya Martines-Gayol, ACI, Sal Terrae Nº 98 (Octubre 2010) pásg. 832-838.

 

Algunas preguntas que pueden ayudar a la oración…

  • ¿Has pensado en que deseos mueven tu vida?
  • Al contemplar la vida de Jesús, ¿que deseos se encienden en tu corazón…?
  • ¿Qué personas han encendido tus deseos más profundos?

Para terminar, te invito a rezar esta oración:

Oración para encender los deseos

Concédeme el deseo de los Magos que de noche ven tu estrella,

para cruzar de ella agarrado cuando nada más se vea.

Concédeme el deseo de Simeón, esperándote a la puerta,

para soñar hasta el final, el cumplir de tu promesa.

Concédeme el deseo de San José que a tus proyectos les da vuelta,

para dejar en el amor, lo que no entra en la cabeza.

Concédeme el deseo de María que se entiende bien pequeña,

para decirte siempre sí, porque sí dice la sierva.

Concédeme el deseo de la mujer, que por detrás de ti se llega,

para tocar con fe tu manto y robarte así tu fuerza.

Concédeme el deseo del leproso que las barreras da por tierra,

para esperar de tu abrazo, el curarse de la lepra.

Concédeme el deseo de la viuda que se pone como ofrenda,

para ponerme como ella, en lugar de dar monedas.

Concédeme el deseo de aquel niño, que comparte su merienda,

para entregar de lo mío, porque otro también tenga.

Concédeme el deseo de la mujer que recoge, por debajo de tu mesa,

para con pocas migajas, entender que se hace fiesta.

 

Concédeme el deseo de aquel ciego del camino,

que logró que te detengas,

para ver en el amor, lo que el pecado siempre ciega.

 

Concédeme el deseo de Zaqueo que en su casa te acogiera,

para querer estar los dos y repasar juntos las cuentas.

Concédeme el deseo del buen ladrón, clavado a tu derecha,

para saberme ya en tu reino, porque tu amor de mí se acuerda.

Concédeme el deseo de José, el que nació en Arimatea,

para pedir tu cuerpo santo y esperar que en mi florezca.

Concédeme el deseo de tu Pueblo que humilde te confiesa,

para guardar en tus manos, lo que la misericordia sólo cierra.

Concédeme el deseo de tu Iglesia, que es madre, y más, maestra,

para que al soplo de tu Espíritu, oriente yo mi vela.

–JA-

 

 

Imagen 1Momento de meditación

Diego Fares

 

La Contemplación para alcanzar amor nos hace “mirar cómo todos los bienes y dones descienden de arriba (… por ejemplo nuestra limitada) misericordia (que viene de la infinita e incansable Misericordia de nuestro Padre Dios) así como del sol descienden los rayos y de la fuente las aguas” (EE 237).

En nuestro primer encuentro, mirando la vida con esta mirada de Ignacio, que une el más pequeñito de nuestros dones con su Fuente –esa que brota del Corazón de Dios-, consideramos  nuestros pecados como una oportunidad para ejercitarnos en alcanzar misericordia.

Alcanzarla en el sentido Ignaciano de que Otros nos la alcancen. A la Virgen y a Jesús, en los Coloquios de Misericordia, les pedimos que nos alcancen misericordia, Ella de su Hijo y Jesús del Padre. Una verdadera cadena de favores y ayudas.

Les pedimos que nos la alcancen porque la misericordia, si uno lo piensa bien, no se puede exigir. Se exige justicia. La misericordia se implora. Y si nos la conceden, la recibimos humildemente.

Aquí llegamos al punto del encuentro de hoy. Se trata de dirigir el río inagotable de la Misericordia de Dios a un lugar no habitual. En general dirigimos la misericordia hacia la tierra estéril de nuestros pecados y carencias. Pero hoy la dirigiremos hacia la tierra fecunda de nuestra libertad.

Misericordia y libertad de Dios

Al salir del terreno de las exigencias nos estamos situando en el terreno de la libertad. Hay que tenerlo claro: cuando imploramos misericordia apelamos a la libertad de Dios. Cuando le pedimos que no nos juzgue duramente, se lo pedimos por ser Él quien es, no por merecerlo nosotros: “No por nuestros méritos sino por tu gran compasión”, así rezaba Dios el Profeta Daniel (9, 18); “Misericordia Señor por tu Bondad, por tu gran compasión borra mi culpa”, así rogaba el Rey David en el Salmo 50, que es el Magnificat de la Misericordia.

Teológicamente nos hace bien considerar que la venida de Jesús al mundo, su Encarnación y su muerte en la Cruz para salvarnos, fueron fruto de una decisión libre de Dios, hecha por puro amor. Decidieron esto  –los tres: el Padre, Jesús y el Espíritu- solo motivados por su gratuita Misericordia. No tenían necesidad. No tenían obligación. Ni de hacerlo ni de hacerlo así, ni de regalarnos tanto. Cuando pensamos en la Encarnación y en la Cruz nos parece lógico que, para que lo pudiéramos comprender y aceptar, el Señor se hiciera uno de nosotros. Si bien lo eligió libremente, le vemos cierta “necesidad” a esto de que tomara nuestra carne y a que experimentara el sufrimiento y la muerte.

Pero si miramos todo lo que nos dio con su Resurrección, allí sí que “no había necesidad de tanto”. Incluso muchas veces pareciera contraproducente que nos haya prometido tanto, porque no termina de parecer verdad. Que nos haya dado el Espíritu, que nos haya abierto la puerta a una familiaridad total con el Padre, que nos haya dado a su Madre, que se nos dé cada día en la Eucaristía… son dones que nos quedan grandes.

Uno tiende a rechazar los dones demasiado grandes, porque pareciera que traen consigo la obligación de retribuir. Pero cuando son excesivamente grandes, cuando se nos regala todo, cuando el otro se nos regala como solo un Dios se puede regalar y no hay posibilidad de retribuir y sólo nos queda tratar de ensanchar el corazón para recibir tanto, entonces es necesario cambiar la mentalidad.

Por ahí ayuda pensar una posibilidad “menor”. Dios podría habernos dado una vida nueva muy buena pero de segunda. Como hacemos nosotros cuando alguien nos falla. Si lo queremos mucho lo ayudamos igual, pero lo tenemos “ahí”. Le damos cosas, pero no toda nuestra confianza. Le ponemos condiciones. Y si confiamos de nuevo, no lo hacemos de manera “ingenua”. Nos guardamos algún derecho a la duda. Para nosotros, si un amor se rompió, nunca vuelve a ser lo mismo.

La misericordia del Señor, en cambio, cuando nos perdona, no sólo se olvida de nuestros pecados sino que hace que “no existan”. Y más aún, los transforma en bienes!

Esto es algo que no se puede creer del todo. Por eso digo que tenemos que cambiar la mentalidad para aceptar una misericordia que tenga tal poder reparador y recreador.

Creo que el punto es mirar a Dios pero cambiando nuestro concepto de Dios. Nuestro Dios es Alguien que ama así porque Él es así. El nos tiene misericordia porque es el Misericordioso.

Puede ayudarnos pensar que no solo “es” así sino que “ama” ser así: nuestro Dios “quiere” ser así, Él “elige” amarnos así.

Nosotros a veces expresamos algo así cuando decimos: “te quiero porque te quiero y quiero quererte”. Pero nuestro amor va casi siempre unido a la necesidad, a una necesidad que sentimos buena. Como dice Benedetti en su poema “Táctica y estrategia”: “Mi estrategia es/ que un día cualquiera/
no sé cómo ni sé/ con qué pretexto/por fin me necesités”.

Hay una reduplicación de la necesidad que es puro amor: cuando uno ve que el otro “elige necesitarnos”, que va comprometiendo su vida con la nuestra de tal manera que ya no se pueden separar. Por opción de amor se vive una historia común y eso crea familia, crea instituciones en las que todos se necesitan mutuamente por haber elegido vivir así.

El amor de Jesús resucitado no permite dar un paso más en el camino de esta mezcla linda de necesidad y libertad. Quizás la mejor imagen es la de los papas con sus niños más pequeñitos. Los papás con su amor pueden cambiar totalmente la percepción de un niño que llora porque rompió algo o se portó mal, haciendo que lo malo se convierta en amor,  abrazándolo y mostrándole cómo no pasó nada, como se repara lo roto y se restablece la relación sin que quede nada malo. Cuando uno es pequeño acepta este “perdón total”,  esta reparación omnipotente, digamos, de los papás. Cuando crecemos un poco más ya no nos resulta tan fácil ser perdonados así. En esta clave podemos leer la “exigencia” del Señor de “volvernos como niños”. Volvernos como niños para poder aceptar una misericordia total.

Vemos pues que la Misericordia de Dios es “excesiva”, como dice el Papa. Pero no tanto que no tengamos experiencias de que algo así es posible. Y no solo posible sino que es la base constitutiva de nuestra capacidad de amar y de ser seres humanos, abiertos a los demás, a la sociedad. El haber recibido este “amor que repara todo lo malo” en nuestra más tierna infancia es la base de nuestra vida. A nivel físico, uno tiene la experiencia de todos los cuidados que necesitó como bebé para vivir y crecer. A nivel espiritual, uno es consciente de la paciencia que requirieron las enseñanzas, desde la ayuda básica para hablar y escribir, hasta la ayuda para las cosas más altas, como compartir y mejorar. Gracias a que fuimos tratados con misericordia pudimos ir adelante y consolidar nuestra autoestima, sin la cual no hay vida humana que dure y progrese.

Ahora, si es cierto esto de que Dios exagera en su misericordia y lo hace porque así lo quiere, libremente, es el momento de afirmar dos cosas importantes. Una, que el mal está vencido. Pero, como le respondía el Papa a un niño que le hacía esta pregunta, el demonio es como un gran dragón que, después de muerto, sigue agitando la cola por algún tiempo y puede hacer mucho daño. Nuestra interpretación del mal –de todo el mal en el mundo- luego de que el Señor lo venció en la Cruz, es que todo su poder es el de dar “coletazos”. Coletazos que pueden ser Tsunamis y bombas de kamikazes, con alto poder de destrucción. Pero coletazos nomás.

El mal no tiene raíz en el corazón del hombre. Jesús lo arrancó de cuajo. El Señor arrancó el mal de raíz. Si sigue dando “frutos” agrios es por inercia o “artificialmente”. Aunque se repita el mal cada día y multiplique sus terribles maldades, es “forzado”, artificial, no arraiga en lo último del corazón del hombre y por eso, todo hombre puede convertirse y cambiar.

La segunda cosa es que esta derrota del mal no hace que sus efectos desaparezcan mágicamente. Hay que ayudar a vencerlo, con el bien, ganando terreno paso a paso, día a día. Aquí entra nuestra libertad, como respuesta a esa “exagerada” libertad de Dios.

Quererse ayudar

En la meditación sobre el pecado de los ángeles San Ignacio dice una frase que llama la atención. Ve el pecado de los ángeles en que “no se quisieron ayudar con su libertad” para amar y obedecer a Dios. Así dice: “No queriéndose ayudar con su libertad” pasaron de ser seres llenos de gracia a ser seres desgraciados, soberbios, envidiosos y contagiosos de su mal.

La misericordia de dios es gratuita, es verdad. No depende de nosotros que el Señor nos trate así. Pero uno se las puede ingeniar para alcanzarla, uno se puede “dejar ayudar” y, mejor aún, uno puede ayudar a que lo ayuden.

En el evangelio el Señor alaba a los que “se saben ayudar con su libertad para obtener misericordia”.

Ante el problema de la multitud, el Señor alaba al paralítico y a sus amigos, que tienen la osadía de meterse por el techo.

Ante el problema de estar lejos,  alaba al centurión que se le ocurre lo de la curación de palabra, para no robarle tiempo.

Ante el no cumplir con las condiciones requeridas, alaba a la sirofenicia por la perseverancia y el ingenio para responderle a sus palabras que parecen ser de desprecio.

Ante la importunidad, Jesús alaba a su madre, que no se amilana cuando le dice que “no ha llegado su hora” y manda a los servidores a hacer todo lo que él les diga.

Ante el respeto ajeno, alaba a la pecadora que tiene el coraje de meterse en casa del fariseo y romper su frasco de perfume.

Ante la timidez, alaba a la hemorroísa que le toca la orla del manto en medio de la gente.

Ante la petisez, alaba a Zaqueo que se hace ver subido a la higuera y luego tiene ese gesto de repartir la mitad de sus bienes…

Ante el apuro, alaba a Bartimeo que grita en medio de la multitud y hace que se detenga el Señor que pasaba apurado.

También el Señor alaba los gestos de misericordia para ayudar a los demás:

Alaba a la viuda que pone sus dos moneditas todo lo que tenía para aquel mediodía.

Alaba al buen samaritano, contando la parábola, con todos los pasos de misericordia que sigue.

Alaba al Padre que corre a abrazar a su hijo

Alaba al que lava los pies

Alaba la sinceridad de la Samaritana.

Y el agradecimiento del leproso.

Alaba a los apóstoles que ven que no tienen más que cinco panes, pero le plantean el problema y luego ponen manos a la obra.

 

Toda gente que se las ingenia para ser misericordiada y para misericordiar.

Momento de contemplación

Marta Irigoy

La invitación que nos hace el P. Diego, en este texto que propone, es poder conectar con la necesidad que tenemos de crecer en humildad. Humildad es lo que no supieron cuidar  los ángeles y  no se dejaron “ayudar en con su libertad”…

La Humildad, se ha encarnado y es  Jesús, quien siendo Dios se hizo hombre, paso por uno de tantos…haciendo el bien…

La humildad lo llevo a aceptar la Cruz por obediencia de Amor y allí el Padre lo hizo Señor de todo y de todos…

La humildad lo sostuvo en las mejores manos…las Manos del Padre…

Por eso, quisiera invitarnos a dejarnos asombrar…

Hay una hermosa escultura en el Santuario del P. Hurtado –san Alberto Hurtado, sj- en Chile, que invita a entrar en esta sintonía de la misericordia.

En esta escultura, podemos intentar entrar, ser parte; “como si presente me hallase”, como dice San Ignacio…

Ser parte, es dejar que los sentimientos que irradia la escultura, nos alcancen…

Estos sentimientos pueden alcanzarnos y nos pueden hacer sentir lo que el corazón esconde…

  • Vulnerabilidad…
  • Desnudez…
  • Desprotección…
  • Soledad…
  • Pequeñez…
  • Cobijo…
  • Amparo…
  • Consuelo…
  • Filiación…
  • Esperanza…
  • Paz…
  • ………………….

Lo que más impacta, es descubrir que para dejarse alcanzar por esta misericordia, hay que asomarse al Corazón del Padre, fundirse en su pecho mientras con su mano nos acaricia la cabeza y nos sostiene con Ternura…

  • Te invito a terminar con esta oración:

Déjame fundir mi historia en tu Corazón

con toda su carga de debilidad,

y entregar a tu misericordia lo que tu amor dejó atrás.

Déjame fundir mis ojos en tu Corazón

hasta mirar reconciliado mi propia realidad.

 

Déjame fundir mis oídos en tu Corazón

hasta escuchar lo que jamás imaginaron

que podías y querías pronunciar:

“Yo te perdono; quédate en paz”.

 

Déjame fundir mi boca en tu Corazón

hasta aprender en el silencio a decir: “Abba”.

Déjame fundir mi rostro en tu Corazón,

hasta encontrar hecho niño el asombro,

con que un día me acercaba hasta tu altar.

 

Y si ves que a las puertas de fundirme,

mi miedo me detiene y te dice: “¡Basta ya!”,

que tu mano en mi cabeza, me responda:

“Tan sólo, déjate amar”             J. A.

puerta santa

Momento de Meditación

Diego Fares sj

En estos “Encuentros de oración” virtuales, que inauguramos el año pasado, tomaremos el tema de la Misericordia en la espiritualidad de los Ejercicios. Ignacio tiene una experiencia muy honda de haber sido “misericordiado” por Dios nuestro Señor, tomando palabras del Papa Francisco. La palabra “misericordia”, como tal, aparece sólo tres veces en los Ejercicios, pero en lugares que dan pie a desarrollarla ampliamente.

En la “contemplación para alcanzar amor”, Ignacio menciona la misericordia –“mi medida (limitada) misericordia”, dice-, como uno de los dones de Dios que “descienden de arriba, como de la fuente las aguas” (EE 237). Esta pequeña mención en la Contemplación que hace de puente entre los Ejercicios y la vida cotidiana, nos da pie para considerar, por ejemplo, a los ejercicios de la primera semana como “Ejercicios para alcanzar misericordia”.

Alcanzar

Vamos a tomar la palabra “alcanzar” que nos ayudará a entrar en la mente y en el corazón de la espiritualidad de Ignacio.

Todo el esfuerzo que conllevan las meditaciones sobre el pecado ajeno y propio tiene, pues, como fin poder entablar con el Señor, un coloquio de misericordia. Ignacio recomienda:

“Acabar (la oración) con un coloquio de misericordia, razonando y dando gracias a Dios nuestro Señor porque me a dado vida hasta ahora, proponiendo enmienda con su gracia para adelante. Padre Nuestro” (EE 61).

Este coloquio de misericordia se ensancha a continuación en “tres coloquios”:

“El tercer ejercicio es repetición del 1º y 2° ejercicio, haciendo tres coloquios (…) de la manera que sigue.

El primer coloquio a nuestra Señora, para que me alcance gracia de su Hijo y Señor para tres cosas:

la 1ª, para que sienta interno conocimiento de mis pecados y aborrecimiento de ellos;

la 2ª, para que sienta el desorden de mis operaciones, para que, aborreciendo, me enmiende y me ordene;

la 3ª, pedir conocimiento del mundo, para que, aborreciendo, aparte de mí las cosas mundanas y vanas; y con esto un Ave María.

El segundo (coloquio), otro tanto (pedirle) al Hijo, para que me alcance (estas tres gracias) del Padre; y con esto el Alma de Cristo.

El tercer (coloquio), otro tanto (pedirle) al Padre, para que el mismo Señor eterno me lo conceda; y con esto un Padre Nuestro” (EE 62-63).

Nos centramos en esta palabra “alcanzar”: alcanzar la gracia, el amor, la misericordia. Vemos que Ignacio concibe la gracia como algo que otros –nuestra Señora y Jesús- nos alcanzan del Padre, que es la Fuente.

Así, el “alcanzar” amor, pierde su sentido voluntarista. En lo que respecta a la misericordia, pareciera más claro, ya que es una gracia que viene del que está arriba hacia el que necesita una mano. Pero en la Contemplación para alcanzar amor, Ignacio hace notar que todos los bienes y dones son “limitados” en nosotros y vienen de arriba, de otro que nos los alcanza.

Una cosa buena que tiene esta manera mediada de pensar es que nos hace ver la gracia no solo en cuanto regalo en sí,  sino que Ignacio nos la hace ver como regalo que nos “alcanzan” María y Jesús, con todo lo que les implicó a ellos, personalmente, “obtener” esa gracia para nosotros y con lo que significa recibir algo en lo que han intervenido ellos.

Los pasos para alcanzar misericordia

Podemos considerar en el texto de Ignacio los pasos que nos invita a dar para que alcancemos misericordia.

En primer lugar, vemos que son pasos que nos acercan a Personas. Ignacio nos hace repetir el mismo pedido de misericordia a nuestra Señora, a Jesús y al Padre.

No se trata pues de ejercicios de autoayuda sino de ejercicios para ser ayudados por otro, de alcanzar una mirada misericordiosa de María, de Jesús y del Padre, con lo propio de cada una de ellas.

Se trata de dejarnos alcanzar por la mirada misericordiosa de María que, como en Caná, ve que no tenemos vino, que se nos ha acabado el fervor y el gozo y se compadece de nosotros, pecadores.

Se trata de dejarnos alcanzar por la mirada misericordiosa de Jesús, a quien se le conmueven las entrañas al ver nuestras enfermedades y siente compasión de que andemos como ovejas sin pastor.

Se trata, en fin, de dejarnos alcanzar por la mirada misericordiosa de nuestro Padre, que nos ve de lejos cuando regresamos del exilio al que nos llevaron nuestras ambiciones y conmovido corre a abrazarnos.

En segundo lugar, se trata de una misericordia que llega al pecado en todas sus dimensiones. En primer lugar pecado es un acto libre y personal, y con ayuda de la gracia puedo conocerlo internamente, medirlo y pesarlo como algo mío.

Pero el pecado hunde también sus raíces en un desorden mayor de lo que puede alumbrar mi conciencia: brota de una estructura sicológica desordenada y de la torpeza misma de mis hábitos y modos de pensar, como dice Ignacio, del camino habitual que siguen mis pensamientos y deseos.

Y también, finalmente, el pecado se nutre de un ambiente, de un contexto cultural y social que Ignacio califica como “las cosas mundanas y vanas”.

La necesidad de misericordia, por tanto, se extiende a todas estas dimensiones de la persona. Podríamos decir que necesitamos alcanzar misericordia a nivel consciente, inconsciente, cultural-social y hasta económico y político, sin dejar de lado las estructuras mismas de la vida de la Iglesia, que a veces se vuelven rígidas y abstractas.

Por eso el camino que marca Ignacio parte de lo más personal, de los pecados propios, pasa por el desorden de la propia estructura sicológica –por el desorden de nuestro modo de pensar movido por el desorden de nuestras conductas adictivas…- y termina en la estructura social, política y religiosa global, que tanto influencia nuestro modo de proceder.

En tercer lugar, se trata de una misericordia que tiene como dos movimientos: conocer y aborrecer. Vemos como Ignacio repite, en cada uno de estos niveles a donde pedimos que llegue la misericordia de Dios, la doble petición: conocer  – aborrecer.

Aquí se encuentra el núcleo de la misericordia.

La verdadera misericordia hace que uno se conmueva por el pecador –uno mismo y los demás- y aborrezca lo que causa un mal tan grande como es el estar apartado del amor.

Aborrecer el pecado es como la contracara de sentir misericordia por el pecador.

Quien no llega a aborrecer el pecado es que no conoce su poder destructivo y aquello en lo que excede a cada hombre.

No le parece entonces necesaria la misericordia.

Piensa que con un poco de terapia o de buena voluntad se debería superar…

Y termina indignándose con los demás porque “siguen siendo pecadores”, buscando chivos expiatorios… cuando el único que expió los pecados fue el Señor.

Por otra parte, solo llega a sentir aborrecimiento por el pecado aquel que se anima a sentir misericordia por el pecador –uno mismo y los demás-.

Solo el amor misericordioso justifica al pecador y lo ve “separado” de su pecado, con posibilidades de ser redimido y de convertirse.

Hay un texto (difícil de encontrar a no ser por nuestro querido Maestro Fiorito, que en aquella habitación polvorienta del primer piso del Juniorado A, junto con Jaime Amadeo, exploraban los inmensos volúmenes de la Monumenta Histórica de la Compañía de Jesús, en los que están “todos” los escritos de “todo” los jesuitas, las cartas de los misioneros, las diversas versiones de los Ejercicios…). En ese texto Ignacio habla del fin de los ejercicios y, de manera especial, de la Contemplación para alcanzar amor,  diciendo así: “Ayudará (a los que están en formación en la Compañía) el hacer los ejercicios espirituales por un mes, para aclararse más la inteligencia y escalentarse en el amor de Cristo nuestro Señor y hacerse después más fervientes en todo lo que hagan” (Monumenta Ignatiana, Constitutiones, Texto a – parte III, C. III nº 6. Cfr. M.A. FIORITO, Buscar y hallar la voluntad de Dios, Buenos Aires, Paulinas, 2000 p 891).

Así como al pecado hay que conocerlo y aborrecerlo, con respecto a Jesús hay que aclararse más la inteligencia y “calentarse” en su amor. Este calentarse hay que usarlo en buen criollo, como cuando decimos que a alguien “no le calienta algo”, en el sentido de que no se ocupa de corazón, o, al contrario, que sabemos que “le calienta” porque pone todo. Ese es el criterio de si uno “ha alcanzado” el amor a Jesús. Cosa que seguro viene de que “se calentó” en pedirle de muchas maneras y de disponerse a que el mismo Señor “se lo alcanzara” del Padre.

Si se nos ha aclarado un poco más la inteligencia, debemos estar comprendiendo que los Ejercicios no son para que uno haga un esfuerzo por mejorar, sino que son mil maneras de lograr que nuestra Señora y Jesús nos alcancen esa misericordia y ese amor que el Padre “tiene preparado para darnos”.  Un recurso, por supuesto, es hacernos disponibles para que el Señor y la Virgen nos alcancen esa gracia. Sería algo así como poner el agua de las tinajas de Caná y el trabajo de los servidores para que el Señor la transforme en vino. Pero también hay gracias que el Señor nos alcanza sin que hayamos hecho nada, como cuando multiplicó los panes o curó al ciego de nacimiento sin que nadie se lo pidiera. El asunto, pues, es alcanzar la gracia –la misericordia y el amor-, ya sea después de mucho trabajo, como el que buscaba perlas preciosas,  ya sea por encontrarla de  pura suerte, como el que encontró el tesoro en el campo.

El coloquio con la Virgen

En la Autobiografía tenemos un hermoso recuerdo de Ignacio del cual bien puede haber brotado este primer coloquio con nuestra Señora, dice así:

“Ya se le iban olvidando los pensamientos pasados con estos santos deseos que tenía, los cuales se le confirmaron con una visitación, de esta manera. Estando una noche despierto, vió claramente una imagen de nuestra Señora con el santo Niño Jesús, con cuya vista por espacio notable recibió consolación muy excesiva, y quedó con tanto asco de toda la vida pasada; y especialmente de cosas de carne, que le parecía habérsele quitado del ánima todas las especies que antes tenía en ella pintadas. Así desde aquella hora hasta el Agosto de 53 que esto se escribe, nunca más tuvo ni un mínimo consenso en cosas de carne; y por este efecto se puede juzgar haber sido la cosa de Dios, aunque él no osaba determinarlo, ni decía más que afirmar lo susodicho” (Autobiografía, 10).

El coloquio de misericordia que lleva a  Ignacio a aborrecer el pecado, comienza por María. Gozando con la visión de la pureza de nuestra Señora con el Niño, el pecado queda situado dentro de una experiencia estética. La pureza consuela y la fealdad del pecado produce asco.  Mientras no sentimos que el pecado es asqueroso y feo, sino que nos parece malo pero lindo y que tiene su gustito, es muy difícil despegarse de él. Es lo que sucede en todas las adicciones. Y Dios, antes que exigente por su bondad es atractivo por su gloria y hermosura. El sentimiento de misericordia tiene un ingrediente estético: la fealdad ante la degradación del pecado nos conmueve y nos golpea tanto a nivel estético como ético. En el coloquio con María la experiencia estética de la belleza de quien está con Dios es un primer paso para “alcanzar misericordia”.

El coloquio con Jesús

El coloquio con Jesús está en los EE:

“Imaginando a Cristo nuestro Señor delante y puesto en cruz, hacer un coloquio; cómo de Creador es venido a hacerse hombre, y de vida eterna a muerte temporal, y así a morir por mis pecados. Otro tanto, mirando a mí mismo, lo que he hecho por Cristo, lo que hago por Cristo, lo que debo hacer por Cristo; y así viéndole tal, y así colgado en la cruz, discurrir por lo que se ofreciere. El coloquio se hace propiamente hablando, así como un amigo habla a otro, o un siervo a su Señor; cuando pidiendo alguna gracia, cuando culpándose por algún mal hecho, cuando comunicando sus cosas, y queriendo consejo en ellas” (EE 53-54).

El coloquio con el Señor puesto en Cruz  “por mí” es un coloquio dramático, en el que el pecado queda situado en medio de dos amigos que se miran, uno de los cuales está dando la vida por el otro, que se siente interpelado moralmente en lo más hondo de su corazón. Es el coloquio de un pecador agraciado, que le debe todo a su Señor y está pensando en cómo devolver vida por vida. Es que la misericordia, cuando se experimenta su gratuidad tan inmensa hace nacer el deseo de devolver bien por bien. Nobleza obliga, como decimos. O “uno se calienta” para responder con lealtad.

El coloquio con el Padre

Los diálogos de Ignacio con el Padre son los de quien tiene sumo acatamiento y reverencia amorosa. En ellos experimenta la misericordia pura, más allá de lo que se puede imaginar y responder. Ignacio busca en todo servir al Padre buscando su mayor Gloria. Para lo cual se siente como un hijo pequeño a quien Dios trata como Maestro y a quien conduce “poniéndolo con su Hijo amado”.  En la Autobiografía Ignacio cuenta la experiencia más honda de su relación con el Padre:

“Fueron a Roma en grupos de tres y cuatro, y el peregrino fue con Fabro y Laynez, y en este viaje fue muy especialmente visitado de Dios. Había deliberado que, después que fuese sacerdote, estaría un año sin decir misa preparándose y rogando a nuestra Señora que lo quisiese poner con su Hijo. Y estando un día, a algunas millas antes de llegar a Roma, en una iglesia, haciendo oración sintió tal mutación en el alma y vio claramente que Dios Padre lo ponía con Cristo, su hijo amado, tanto que no tendría ánimo de dudar de esto, sino que Dios Padre lo ponía con su Hijo” (Autobiografía. 96).

Así, nuestros diálogos de misericordia con el Padre pueden ir por este lado: el de pedirle que nos “ponga con su Hijo”, que nos atraiga a Jesús, que nos acerque al que ha enviado para salvarnos.

Los coloquios para alcanzar misericordia hacen del lugar de nuestro pecado y de nuestro límite sicológico, familiar, social y eclesial un lugar de encuentro privilegiado con lo mejor de Dios. La belleza de la misericordia purifica nuestras fealdades. La gratuidad sin límite de la misericordia hace arder nuestro deseo de entrega generosa. El abismo insondable de la misericordia nos hace sentir hijos amados, buscados, esperados y festejados sin medida.

 

Momento Contemplativo:

Hna Marta Irigoy

Quisiera invitarnos a considerar uno de los pasos a los que nos invita San Ignacio -en el texto de  los EE- a dar para que alcancemos misericordia…

Como primer paso está el dejarnos mirar…

  • Dejarnos mirar es dejarnos alcanzar por la mirada misericordiosa de Jesús, a quien se le conmueven las entrañas al ver nuestras enfermedades y siente compasión de que andemos como ovejas sin pastor.
  • Dejarnos alcanzar por la mirada misericordiosa de nuestro Padre, que nos ve de lejos cuando regresamos del exilio al que nos llevaron nuestras ambiciones y conmovido corre a abrazarnos.

Les comparto, una de las Homilias del Papa Francisco, en Santa Marta, de 5 de julio de 2013, en  donde nos dice que el corazón del mensaje de Dios es la misericordia…

“Quiero misericordia y no sacrificios”, son las  palabras de Jesús a los fariseos que critican al Señor que comió con los pecadores y los publicanos; estos “eran doblemente pecadores, porque eran apegados al dinero y también traidores a la patria” porque cobraban los impuestos a su pueblo por cuenta de los romanos. Jesús, entonces, ve a Mateo, el publicano, y lo mira con misericordia:

“Y a aquel hombre sentado a la mesa de recaudación de impuestos:

En un primer momento: Jesús lo ve y Mateo, “este hombre” siente algo de nuevo, algo que no conocía – aquella mirada de Jesús sobre él – siente un estupor dentro, siente la invitación de Jesús: ‘¡Sígueme! ¡Sígueme!’. En aquel momento, este hombre está lleno de gozo, pero también duda un poco, porque es muy apegado al dinero. Sólo bastó un momento en el que Mateo dice si, deja todo y va con el Señor. Es el momento de la misericordia recibida y aceptada: ‘¡Sí, vengo contigo!’. Es el primer momento del encuentro, una experiencia espiritual profunda”.

“Viene luego un segundo momento: la fiesta”, “el Señor festeja con los pecadores”: se festeja la misericordia de Dios que “cambia la vida”. Después de estos dos momentos, el estupor del encuentro y la fiesta…

Por fin, un tercer momento: “el del trabajo cotidiano”, anunciar el Evangelio… pero, “se debe alimentar este trabajo con la memoria de aquel primer encuentro, de aquella fiesta. Y esto no es un momento, esto es un tiempo: hasta el final de la vida. La memoria. ¿Memoria de qué? ¡De aquellos hechos! ¡De aquel encuentro con Jesús que me ha cambiado la vida! ¡Que tuvo misericordia! Que ha sido tan bueno conmigo y que  también me ha dicho: ‘¡Invita a tus amigos pecadores, para que hagan fiesta!’. Aquella memoria da fuerza a Mateo y a los demás para ir adelante. ‘¡El Señor me ha cambiado la vida! ¡He encontrado al Señor!’. Recuerden siempre. “Es como soplar sobre las brasas de aquella memoria, es soplar para mantener el fuego, siempre”… (Papa Francisco, Homilías en Santa Marta, 5/07/2013).

Para concluir este momento contemplativo, la invitación es:

  • Hacer memoria de aquellos momentos de tu vida, en donde la mirada de Jesús llego a lo más hondo de tu corazón…
  • Quedarte dando Gracias por tanta Misericordia que Dios te ha regalado…

Les comparto este video con una canción de Salome Acirribita, para que puedas saborear en esta Cuaresma como La Misericordia de Dios, cambia la vida…

Ver el video:

https://www.youtube.com/watch?v=UQVhwUm1q2M

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