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Misericordia

La misericordia en el Papa Francisco

En Evangelii Gaudium, el Papa Francisco nos dejó un tratadito de la misericordia que podemos reunir en diez puntos:

  1. Francisco nos enseña a rezar pidiendo misericordia

“Señor, me he dejado engañar,

de mil maneras escapé de tu amor,

pero aquí estoy otra vez

para renovar mi alianza contigo.

Te necesito.

Rescátame de nuevo Señor,

acéptame una vez más entre tus brazos redentores” (EG 3).

Agrega Francisco esa formulación tan suya que dice: “¡Nos hace tanto bien volver a él cuando nos hemos perdido! Insisto una vez más: Dios no se cansa nunca de perdonar, somos nosotros los que nos cansamos de acudir a su misericordia. Porque aquel que nos invitó a perdonar “setenta veces siete” (Mt 18, 22) nos da ejemplo perdonando él setenta veces siete, y nos vuelve a cargar sobre sus hombros una y otra vez”.

Y termina formulando que acudir a la misericordia es una cuestión de dignidad: “Nadie podrá quitarnos la dignidad que nos otorga este amor infinito e inquebrantable. Él nos permite levantar la cabeza y volver a empezar, con una ternura que nunca nos desilusiona y siempre puede devolvernos la alegría. No huyamos de la resurrección de Jesús, nunca nos declaremos muertos, pase lo que pase. ¡Que nada pueda más que su vida que nos lanza hacia adelante!” (EG 3).

  1. Francisco nos recuerda que la misericordia “primerea”

“«Primerear»: sepan disculpar este neologismo. La comunidad evangelizadora experimenta que el Señor tomó la iniciativa, la ha primereado en el amor (cf. 1 Jn 4,10); y, por eso, ella sabe adelantarse, tomar la iniciativa sin miedo, salir al encuentro, buscar a los lejanos y llegar a los cruces de los caminos para invitar a los excluidos. Vive un deseo inagotable de brindar misericordia, fruto de haber experimentado la infinita misericordia del Padre y su fuerza difusiva. ¡Atrevámonos un poco más a primerear!” (EG 24).

  1. Francisco nos clarifica que la misericordia es la más grande de las virtudes

Santo Tomás enseña que: “En cuanto al obrar exterior, la misericordia es la mayor de todas las virtudes:

“En sí misma la misericordia es la más grande de las virtudes, ya que a ella pertenece volcarse en otros y, más aún, socorrer sus deficiencias. Esto es peculiar del superior, y por eso se tiene como propio de Dios tener misericordia, en la cual resplandece su omnipotencia de modo máximo” (ST II-II, 30, 4). (EG 37).

Por eso: “Los preceptos añadidos por la Iglesia posteriormente deben exigirse con moderación «para no hacer pesada la vida a los fieles» y convertir nuestra religión en una esclavitud, cuando «la misericordia de Dios quiso que fuera libre». Esta advertencia, hecha varios siglos atrás, tiene una tremenda actualidad. Debería ser uno de los criterios a considerar a la hora de pensar una reforma de la Iglesia y de su predicación que permita realmente llegar a todos” (EG 43).

  1. A los sacerdotes Francisco nos quiere muy misericordiosos

“Por lo tanto, sin disminuir el valor del ideal evangélico, hay que acompañar con misericordia y paciencia las etapas posibles de crecimiento de las personas que se van construyendo día a día. A los sacerdotes les recuerdo que el confesionario no debe ser una sala de torturas sino el lugar de la misericordia del Señor que nos estimula a hacer el bien posible. Un pequeño paso, en medio de grandes límites humanos, puede ser más agradable a Dios que la vida exteriormente correcta de quien transcurre sus días sin enfrentar importantes dificultades. A todos debe llegar el consuelo y el estímulo del amor salvífico de Dios, que obra misteriosamente en cada persona, más allá de sus defectos y caídas” (EG 44).

  1. Francisco desea que la Iglesia sea lugar de misericordia gratuita

“Ser Iglesia es ser Pueblo de Dios, de acuerdo con el gran proyecto de amor del Padre. Esto implica ser el fermento de Dios en medio de la humanidad. Quiere decir anunciar y llevar la salvación de Dios en este mundo nuestro, que a menudo se pierde, necesitado de tener respuestas que alienten, que den esperanza, que den nuevo vigor en el camino. La Iglesia tiene que ser el lugar de la misericordia gratuita, donde todo el mundo pueda sentirse acogido, amado, perdonado y alentado a vivir según la vida buena del Evangelio” (EG 114).

  1. Y que nuestro pueblos se sienta entre los dos abrazos de la Misericordia

La identidad cristiana, que es ese abrazo bautismal que nos dio de pequeños el Padre, nos hace anhelar, como hijos pródigos –y predilectos en María–, el otro abrazo, el del Padre misericordioso que nos espera en la gloria. Hacer que nuestro pueblo se sienta como en medio de estos dos abrazos es la dura pero hermosa tarea del que predica el Evangelio” (EG 144).

  1. Francisco nos alegra a todos recordandonos que la misericordia con los pobres borra nuestros pecados

“El imperativo de escuchar el clamor de los pobres se hace carne en nosotros cuando se nos estremecen las entrañas ante el dolor ajeno. Releamos algunas enseñanzas de la Palabra de Dios sobre la misericordia, para que resuenen con fuerza en la vida de la Iglesia. El Evangelio proclama: «Felices los misericordiosos, porque obtendrán misericordia» (Mt 5,7). El Apóstol Santiago enseña que la misericordia con los demás nos permite salir triunfantes en el juicio divino: «Hablad y obrad como corresponde a quienes serán juzgados por una ley de libertad. Porque tendrá un juicio sin misericordia el que no tuvo misericordia; pero la misericordia triunfa en el juicio» (2,12-13). En este texto, Santiago se muestra como heredero de lo más rico de la espiritualidad judía del pos exilio, que atribuía a la misericordia un especial valor salvífico: «Rompe tus pecados con obras de justicia, y tus iniquidades con misericordia para con los pobres, para que tu ventura sea larga» (Dn 4,24). En esta misma línea, la literatura sapiencial habla de la limosna como ejercicio concreto de la misericordia con los necesitados: «La limosna libra de la muerte y purifica de todo pecado» (Tb 12,9). Más gráficamente aún lo expresa el Eclesiástico: «Como el agua apaga el fuego llameante, la limosna perdona los pecados» (3,30). La misma síntesis aparece recogida en el Nuevo Testamento: «Tened ardiente caridad unos por otros, porque la caridad cubrirá la multitud de los pecados» (1 Pe 4,8). Esta verdad penetró profundamente la mentalidad de los Padres de la Iglesia y ejerció una resistencia profética contracultural ante el individualismo hedonista pagano. Recordemos sólo un ejemplo: «Así, en peligro de incendio, correríamos a buscar agua para apagarlo […] del mismo modo, si de nuestra paja surgiera la llama del pecado, y por eso nos turbamos, una vez que se nos ofrezca la ocasión de una obra llena de misericordia, alegrémonos de ella como si fuera una fuente que se nos ofrezca en la que podamos sofocar el incendio»” (EG 193).

  1. Francisco sostiene con fortaleza que la doctrina sobre la misericordia es la más ortodoxa

“Es un mensaje tan claro, tan directo, tan simple y elocuente, que ninguna hermenéutica eclesial tiene derecho a relativizarlo. La reflexión de la Iglesia sobre estos textos no debería oscurecer o debilitar su sentido exhortativo, sino más bien ayudar a asumirlos con valentía y fervor. ¿Para qué complicar lo que es tan simple? Los aparatos conceptuales están para favorecer el contacto con la realidad que pretenden explicar, y no para alejarnos de ella. Esto vale sobre todo para las exhortaciones bíblicas que invitan con tanta contundencia al amor fraterno, al servicio humilde y generoso, a la justicia, a la misericordia con el pobre. Jesús nos enseñó este camino de reconocimiento del otro con sus palabras y con sus gestos. ¿Para qué oscurecer lo que es tan claro? No nos preocupemos sólo por no caer en errores doctrinales, sino también por ser fieles a este camino luminoso de vida y de sabiduría” (EG 194).

  1. Y nos hace abrir los ojos a la buena noticia de que la misericordia es la llave del reino

“A los que estaban cargados de dolor, agobiados de pobreza, les aseguró que Dios los tenía en el centro de su corazón: «¡Felices vosotros, los pobres, porque el Reino de Dios os pertenece!» (Lc 6,20); con ellos se identificó: «Tuve hambre y me disteis de comer», y enseñó que la misericordia hacia ellos es la llave del cielo (cf. Mt 25,35s). Para la Iglesia la opción por los pobres es una categoría teológica antes que cultural, sociológica, política o filosófica. Dios les otorga «su primera misericordia»” (EG 197-198).

  1. Francisco nos abre la mente haciéndonos ver que nos falta aprender a recibir misericordia de aquellos a quienes ayudamos

Hubo un momento en el encuentro con los jóvenes en Manila, en que el Papa dejó los papeles (después pidió perdón porque no había leído lo que preparó pero dijo que lo consolaba que “la realidad de lo que le habían testimoniado era superior a todas las ideas que había preparado”) y habló de “recibir de los pobres”: “Sólo te falta una cosa. Hazte mendigo. Esto es lo que nos falta: aprender a mendigar de aquellos a quienes damos. Esto no es fácil de entender. Aprender a mendigar. Aprender a recibir de la humildad de los que ayudamos. Aprender a ser evangelizados por los pobres. Las personas a quienes ayudamos, pobres, enfermos, huérfanos, tienen mucho que darnos. ¿Me hago mendigo y pido también eso? ¿O soy suficiente y solamente voy a dar? Vos que vivís dando siempre y crees que no tenés necesidad de nada, ¿sabés que sos un pobre tipo? ¿sabés que tenés mucha pobreza y necesitás que te den? ¿Te dejás evangelizar por los pobres, por los enfermos, por aquellos que ayudás? Y esto es lo que ayuda a madurar a todos aquellos comprometidos como Rikki (el joven al que le hablaba) en el trabajo de dar a los demás: aprender a tender la mano desde la propia miseria”. La mirada que propone Laudato Si es una mirada que “frena” por así decirlo, un momento el impulso a la acción y contempla a Cristo en el rostro del pobre. Antes de ir a ayudar a los más necesitados –o mientras se los va ayudando en su necesidad material urgente- se recibe de ellos esa gracia que tiene todo pobre para dar. La tiene porque Cristo se ha identificado con los pobres: “cuando ayudaste a uno de estos pequeños a mí me ayudaste”. En torno a este “recibir de los pobres a los que ayudamos” la Encíclica hace la diferencia frente a otros discursos sobre la Ecología cuyas razones son muy atendibles pero no siempre logran nuestra adhesión comprometida.

 

 

Momento de reflexión

Diego Fares sj

La dicha de la misericordia y el secreto de la vida

 

Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia (Mt 5, 7).

La limosna y la vida

La palabra griega para misericordia es “eleemosyne”, que para nosotros ha venido a ser “limosna”. Bienaventurados los limosneros, entonces, porque alcanzarán limosna. ¿Es así? ¿No parece que la limosna es poca cosa? Sin embargo misericordia es la palabra que Jesús usa para describir la perfección del Padre! “Sean misericordiosos como el Padre es misericordioso” (Lc 6, 36).

Sentimiento básico este de sentir compasión en las entrañas ante una miseria.

Gesto pequeño que se puede hacer, muchas veces, más para hacer sentir nuestra solidaridad que para remediar el mal del que padece.

Solo la misericordia de Dios es eficaz por sí misma. Por eso para muchos es un sentimiento inútil, porque uno siente más pena de la que puede remediar. Ahora, si no la consideramos desde la eficacia humana sino como participación en la eficacia de Dios, si nuestra misericordia es para interceder, entonces se muestra infinitamente más eficaz que otros sentimientos y gestos humanos.

Desde esta perspectiva podemos vislumbrar por qué a nuestro Padre le gusta describirse, en su perfección más determinada, por esta “pasión” (porque la misericordia se padece) tan básica, compulsiva casi, que se traduce en gestos pequeños, en una limosnita, en una caricia, en una mirada compasiva.

Podríamos decir que nuestro Padre se nos vuelve cercano al definirse por la misericordia: le gusta que Jesús lo defina por esos gestos en que el amor excede la expresión, como en el abrazo al hijo pródigo. De la misma manera define Jesús a los más perfectos en el reino: a la viuda por las dos moneditas.

Estamos hablando del gesto que se hace participando de la conmovedora misericordia del Padre, entonces lo de dar una limosnita a la abuela que pide en la calle o un caramelo a un chico que en silencio nos deja una estampita en el subte, no es un “sacarse de encima una culpa” sino un “meter en un gesto pequeño toda la misericordia del Padre para que otro se sienta amado al menos por un instante”. En la lástima y la pena que se siente en el corazón y en el gesto espontáneo de remediarla un poquito aunque más no sea, dando algo con cariño, está la semilla de la misericordia.

Esto no es para nada algo accidental. De estos pequeños gestos de misericordia elemental está hecha la vida que, como dice Laudato Si, es fragil. Nuestro planeta es fragil, y cada creatura necesita de la “ternura del Padre”: “Cada criatura es objeto de la ternura del Padre, que le da un lugar en el mundo. Hasta la vida efímera del ser más insignificante es objeto de su amor y, en esos pocos segundos de existencia, él lo rodea con su cariño. Por eso, de las obras creadas se asciende «hasta su misericordia amorosa»”(LS 77). Toda vida necesita misericordia: desde la vida de la plantita que limosnea con sus raíces unas gotas de agua y con sus hojas un poco de luz, hasta la vida del bebé que estira la manito para recibir unas migas del pan que come su padre o mira atento la palabra que repite una y otra vez la boca de su madre.

La vida no es auto-sustentable, aunque en algunas etapas nos parezca que hemos alcanzado una posición sólida. La vida necesita de la misericordia de los otros, limosna tras limosna. Nuestras manos lo indican. Somos seres con manos, constantemente constreñidos a pedir y dar. Por eso la misericordia es la virtud y el don de las manos –que se juntan para pedir y que se abren para dar- como le enseñaba a Hurtado su mamá.

 

Es ese estremecimiento súbito del corazón que se nos enternece -la misericordia- lo que nos hace sentir y ver la necesidad más vital del otro, lo que nos mueve a acercarnos al lugar donde sentimos que la vida misma está amenazada, lo que nos lleva a elegir el lugar donde debemos estar para dar una mano: allí donde hay una miseria, una necesidad, hacia allí nos inclina y empuja la misericordia con su latido inconfundible, ese que define si no se ha endurecido nuestro corazón. La misericordia se conmueve ante la vida y busca dar vida. Dios es misericordioso porque es un Dios de vivientes, como lo define Jesús. Y por eso Jesús, que es la Vida, dice: “No he venido a buscar a los sanos sino a los enfermos, no he venido a llamar a los justos sino a los pecadores”. Y comía con los pecadores, se acercaba a los rebeldes, a los excluidos socialmente de su época, a los leprosos, a los “impuros legalmente”, a los que hacían trabajos denigrantes –los publicanos y las prostitutas- (Mt 9, 13). La misericordia conmovida por nuestra falta de vida fue lo que le hizo venir a este mundo.

 

La misericordia y los ojos del corazón

La misericordia nos permite ver, ver de verdad, ver sintiendo lo que vitalmente le pasa al otro. Y el misericordioso cultiva como un tesoro esta manera de mirar que sabe escudriñar el fondo del corazón del otro y no se queda en las apariencias. ‘Quiero Misericordia y no sacrificios’ (Mt 12, 7), les dice Jesús a los fariseos que miran con los ojos duros de una justicia legal a sus discípulos y los juzgan. A veces da miedo sospechar lo que se puede llegar a ver si uno se permite mirar con misericordia.

Pero no hay que temer ni sospechar. Toda creatura es es fruto de una mirada amorosa del Creador: es “importante a los ojos del Padre” (LS 96) y toda miseria ya fue mirada por la infinita misericordia de Jesús. Por eso toda miseria reconoce cuando es mirada así y agradece y premia al que siente misericordia devolviéndole misericordia. Es que la misericordia encuentra una solución cordial para cada problema humano, personal y social. No solo porque permite al que ama desarrollar una tarea de caridad social, practicando las obras de misericorida -“tuve hambre y me diste de comer, tuve sed y me diste de beber, estaba sin casa y me acogiste, desnudo y me vestiste, enfermo y me viniste a visitar, en la cárcel y me viniste a ver…” (Mt 25, 35 ss.)-, sino porque es desde la misericordia desde donde toda persona se rearma y se convierte de enfermo en sano, de pecador en apóstol.

En la Encíclica Dios es Caridad, el Papa Benedicto nos hablaba de este “corazón que ve”. Nos decía que su Encíclica brotó de contemplar el Corazón de Jesús traspasado en la Cruz. Y que el Espíritu que brota de ese corazón misericordioso se acompasa con el nuestro y nos lleva a mirar con misericordia a nuestros hermanos. Por eso “el programa del cristiano —el programa del buen Samaritano, el programa de Jesús— es un «corazón que ve». Este corazón ve dónde se necesita amor y actúa en consecuencia” (DCE 32). Un corazón que ve con los ojos de la misericordia, no con las anteojeras de las ideologías. Solo la misericordia que siente la vida en sus entrañas limpia la mirada de toda ideología y permite ver y programar las acciones más concretas y eficaces para cuidar esa vida, para que la vida misma encuentre el punto desde donde cuidarse ya que se experimenta amada. El Samaritano tiene claro lo que debe y puede hacer porque mira con misericordia al herido. Solo el que mira con misericordia “ve al otro”. Las ideologías miran sólo aspectos del otro y hacen que uno sólo se mire (también parcialmente) a sí mismo. El Papa Francisco nos dice que si uno se anima a “contemplar ante todo la inmensa dignidad del pobre” (LS 158), su mirada se vuelve “integral” y se aclara la opción por los pobes y por el cuidado de nuestro fragil planeta.

 

La misericordia y el don de poner todo el corazón

            “Sean misericordiosos como el Padre es misericordioso” (Lc 6, 36). El Padre es misericordioso porque se deja conmover su corazón hasta lo más hondo y por eso se da entero: pone todo su corazón en lo que siente y en lo que da. A esa perfección nos invita Jesús. No se trata para nada de algo voluntarista. La misericordia es una pasión que nos puede, cuando vemos miseria se nos revuelven las entrañas. Dejar que esto suceda “evangélicamente”, dejar que nos inunde una misericordia estando de la mano de Jesús, hace que podamos poner todo el corazón en lo que hagamos como respuesta. Ser misericordiosos, pues, “como” el Padre. El “como” apunta a dejarnos conmover hasta lo más hondo y a poner todo el corazón en lo que hacemos. Dios es amor y verdad, misericordia y fidelidad. Estamos llamados a imitar la ternura de Dios que se deja conmover y su generosidad que no se cansa de dar y de perdonar. ¿Es posible esto? Sí, porque, aunque parezca paradójico, al darse entero el corazón no se gasta, sino que se alimenta de la misma misericordia que da. El corazón se cansa y se gasta cuando se da “partido“, cuando gasta fuerzas en mantener amores contradictorios entre sí. La misericordia unifica el corazón en sí mismo, con el de los demás y con el de Dios. Por eso, si en algún momento no sentimos que “alcanzamos misericordia” al ser misericordiosos, es que no lo estamos siendo de verdad, es decir plenamente. Quizás lo que nos pase en algún momento es que sin darnos cuenta nos aceleramos y pasamos a practicar los gestos exteriores de la misericordia pero sin poner el corazón. Entonces nos quemamos. En cambio si ponemos el corazón entero en lo que hacemos, al mismo tiempo que nos cansamos, descansamos, en la medida en que damos, recibimos, y más aún. Hasta que uno no se convierte en misericordioso no se unifica. La misericordia se retroalimenta: en la misma medida en que uno se da recibe misericordia. Y aprender a recibir misericordia de aquellos a los que ayudamos con misericordia es la clave del amor cristiano.

 

La misericordia y el alcanzar misericordia

La bienaventuranza de la misericordia se tiene por premio a sí misma: el misericordioso alcanza misericordia, para sí y para los demás. Esto es porque no hay nada más absoluto o mayor que la misericordia: Es lo propio del Padre que crea sacando de la nada, por pura misericordia, que perdona a los pecadores cuando aún son pecadores. Aceptar la misericordia de Dios para nuestra miseria y para el perdón de nuestros pecados supone la delicadeza de Dios de dejarnos recibir libremente algo que ya nos está dando al sostenernos en la vida.

La misericordia se extiende a los que nos la comprenden y a los que nos hacen el mal. Los inmisericordes son también dignos de misericordia. La misericordia grande es para con las miserias grandes: la de Dios que salva la humanidad perdida, la de Jesús que perdona a los enemigos, la de Teresita que entrega la vida por la salvación de los pecadores, y ofrece su noche de la fe por los incrédulos.

La agresión suele provenir de una falta honda de misericordia básica en algún momento clave de la vida. Por eso, si tiene cura, sólo será con una misericordia mayor que la que faltó. De allí que el Señor tuviera que derramar toda su misericordia en la Cruz, ir hasta el extremo, para que esa misericordia tan inmensa suscitara la atención de todos, atrajera a todos hacia sí. La miseria del Señor en la Cruz es tan grande que atrae el corazón de todos, aún de los inmisericordes, como el Centurión o el ladrón. Y allí sí, que cada uno hace su opción. Más allá de su misericordia el Señor no tiene otro ofrecimiento: si uno la rechazara estaría rechazando su vida misma.

 

La misericordia y la dignidad del otro

Un detalle muy lindo del Señor está en hacernos ver que la misericordia cuanto más en secreto se hace, mejor. Un aspecto del secreto consiste en no hacer propaganda de lo que se hace –“Cuando hagas limosna no vayas trompeteando por delante como hacen los hipócritas… en verdad os digo que ya recibieron su paga” (Mt 6, 2). La alabanza de los demás es un pago menor que el que la misericordia merece. Cuando uno hace una obra de misericordia se la hace a sí mismo también. Reconoce que uno también es alimentado y vestido y necesita que lo visiten cuando está enfermo… Es algo básico lo que está en juego –la necesidad y el corazón-, por eso no se lo puede rebajar a un premio externo como es el aplauso.

Pero en un sentido más profundo, el secreto o la discreción de la misericordia, apunta a la dignidad del otro, a que el otro reciba un poquito y luego se pueda procurar por sí mismo el otro poquito. Como la madre que le da de comer en la boca a su pequeño y le va enseñando a agarrar la cuchara solo. Las dos cosas son misericordia, porque aprender es también recibir. Y aprender a cubrir las propias necesidades es también ser misericordioso con uno mismo: una parte de uno con la otra.

La misericordia es secreta en su misma esencia, porque siente más de lo que puede expresar en sus gestos. Por eso, guardarla en secreto no requiere esfuerzo, solo respeto a aquello que experimentamos. Que Dios sea misericordioso, que nos ame en secreto, que nos espere en silencio como el Padre misericordioso esperaba a su hijo, nos debe llevar a asombrarnos de cuánto respeta el Señor nuestra dignidad, cuánta confianza tiene en lo que podemos dar por nosotros mismos.

La imagen del secreto completa las imágenes de la limosna y del sentimiento de conmoción entrañable. Descubrir la misericordia de Dios implica descubrir que me ha estado amando entrañablemente y dando vida en secreto desde siempre. En un secreto tan secreto que ni él mismo “lo sabe”, por así decirlo. Sino que está totalmente volcado a mirar lo que yo hago con la vida que tengo, sin fijarse en que él mismo me la está dando. Como un padre o una madre que da por supuesto que está dando vida, alimento y ayuda a sus hijos y sólo se preocupan por lo que los hijos hacen por sí mismos con su vida.

La misericordia: clave secreta de la vida

Así, vemos que en la misericordia se esconde el secreto de la vida. La vida comienza por un acto de misericordia absoluto, que nos saca de la miseria de la nada, y terminará en un acto de misericordia que perdonará lo mal aprovechado. La vida, para lograr consolidarse, subsistir, organizarse y reconstruirse cada día necesita de la misericordia. Uno se rearma desde la misericordia, no desde otras virtudes. Comprender esto nos debe llevar a mirarnos a nosotros mismos y a mirar a los demás –a todo lo que sea viviente- con ojos de misericordia. El ser humano es un ser necesitado de misericordia porque hace aguas por todos lados, por todos lados está vulnerable, como agujereado ante la nada, ante la posibilidad de no ser, amenazado por la miseria, la ruina, la desintegración. Esto no solo en lo físico –amenazas de la salud y de la sociedad- sino en lo más íntimo, libre y personal. Solo una constante misericordia nos permite mantenernos coherentes, siendo que tantas tensiones tironean de nosotros y nos hacen ser incoherentes en muchas situaciones. Aceptar líbremente la misericordia para con nuestras incoherencias conscientes y libres equivale a reconocer que la estamos aceptando en todo las otras dimensiones de la vida, personal, familiar y social, que no dependen de nuestra libertad.

El día debe pues comenzar invocando la misericordia del Señor y sintiendo que la recibimos, junto con la vida misma, junto con la Eucaristía. Y debe terminar pidiendo misericordia para nuestras faltas y ejerciendo actos de misericordia para con nuestros hermanos. El Señor quiere Misericordia, no sacrificios. Al final del día (y de la vida) el Señor tiene para nosotros una mirada de Misericordia. Y quiere de nosotros una mirada igual. Quiere una mirada misericordiosa, no una mirada vengativa, autosuficiente y vanidosa, tampoco una mirada resentida, culposa y de desprecio. Quiere la mirada misericordiosa del que se siente acogido por su misericordia infinita.

 

 

 

Momento de contemplación

Hna Marta Irigoy md

 

“La misericordia es el fuego que arde en el corazón de Dios” (Card. Dannels)

Las características del fuego son varias, el fuego quema, purifica, da calor, ilumina…

Cuando hablamos de la misericordia como un fuego al que hay que atravesar, vemos como dice el Cardenal Martini, que:

(…)“Verdaderamente el fuego de la misericordia infinita del Padre nos hace arder, nos persigue, nos devora, nos transforma, nos transfigura a fin de que seamos como el Hijo. Resistirnos a la acción transformante de la misericordia es la infelicidad y el infierno. En cambio, si nos dejamos amar, esta acción purificadora, que nos libera de las escorias personales, sociales, históricas, de familia y culturales, para hacernos respirar la “soltura” y la libertad del Hijo Jesús, el cual en su amor por nosotros pasó primero por el fuego purificador de la muerte (…) para rescatarnos de nuestros pecados y unirnos a su camino”…

 

Al ir pasando por el corazón las otras bienaventuranzas anteriores: la de los pobres, las lágrimas, los mansos, los hambrientos y sedientos… quizás vamos descubriendo que se va gestando una “situación interior” que nos hace descubrir cuanta misericordia necesitamos, ya que ellas tocan nuestros vínculos más cercanos y los no tanto –Dios, nosotros, prójimos- desvelando “nuestra verdad”, una verdad necesitada de una nueva evangelización del corazón…

  • EVANGELIZAR el propio corazón, es darle buenas nuevas al propio corazón… como hizo Jesús ante cada corazón que le salía al encuentro…o al que Él salía a buscar : “He venido a buscar lo que estaba perdido”
  • Evangelizar el propio corazón es dejarnos anunciar nuevamente por, Zacarías al nacer su hijo , Juan Bautista:

Gracias a la misericordiosa ternura de nuestro Dios, que nos traerá del cielo la visita del Sol naciente, para iluminar a los que están en las tinieblas y en la sombra de la muerte y guiar nuestros pasos por el camino de la paz” (Lc.1,78-79)

Experiencia que el mismo Jesús, ya adulto, nos anunciará, como “secreto” de la felicidad:

  • Sean misericordiosos, como el Padre de ustedes es misericordioso” (Lc 6, 36)
  • Sean perfectos como es perfecto el Padre que está en los cielos” (Mt 5, 48)
  • “Ustedes serán felices ,si sabiendo estas cosas -misericordiosamente servir- las practican” (Jn 13)

La Misericordia es ¿Exigencia o don?

La perfección del Padre es su corazón misericordioso. Por lo tanto, cuanto mas misericordiosos más parecidos al Padre seremos, pero es una perfección que es don, porque solamente quien se anime a pasar por el corazón en llamas del Padre, sin miedos, podrá alcanzar misericordia, para luego llevarla a los demás.

Pasar las bienaventuranzas por el corazón es ejercitarnos en ellas, siendo en un primer momento la oportunidad de descubrir la propia pequeñez, en un segundo momento exponerla ante la mirada llena de bondad del Padre, como lo hizo la Virgen, que canto las grandezas del Señor, porque dejo que Dios mirara con bondad su pequeñez (Magnificat), para en un tercer momento hacer con los demás lo mismo, que Dios ha hecho con nosotros…

  • La misericordia cultiva una forma de mirar que va al centro del corazón del otro y no a sus apariencias…(P. Fares –La dicha de alcanzar misericordia que experimenta el misericordioso -2005) porque se ha hecho experiencia de ser mirado con misericordia.

Otra faceta de este ejercitarse en la misericordia es lo que muy iluminativamente dice el P. Amedeo Cencini, -aunque escribe para la vida religiosa nos ayuda en lo referente a todos nuestros vínculos- :

“Si en el centro de la vida está la gracia o la experiencia de la misericordia, entonces hay espacio u lugar para todo, también para el mal; el sol de la misericordia –el fuego- divina atrae todo hacia sí y lo transforma todo; el enemigo en amigo, la huida de casa en abrazo paterno, la miseria del propio envilecimiento en banquete de fiesta, porque “aunque nuestros pecados sean como la grana, blanquearán como la nieve…(Is 1,18)”.

La gracia es lo contrario de la rabia. Es la ternura de quien es rico en misericordia.

La misericordia es una fuerza de integración por medio de la cual se nos permite, también a nosotros integrar el mal que hay en nuestro interior y a nuestro alrededor… de lo contrario el “anti-misericordioso”, es como una toxina rabiosa que deambula y corrompe e infecta todo lo que toca. En cambio la misericordia recibida -de Dios- y donada –a los hermanos- es el centro vital y el corazón que late en la existencia de cada hombre y mujer, en cada comunidad humana –comunidad religiosa, familia, comunidad de fe y de servicios- (Como ungüento precioso, -La misericordia, una fuerza integradora- pág. 190)

 

Momento Contemplativo:

  • Vamos a hacer memoria de estos últimos días, ó el día de hoy, para descubrir como dice el Salmo “desde la salida del sol hasta el ocaso…” la misericordia de Dios, dada (a mí) o donada (por mí), fue haciendo encender la Paz en el corazón.
  • Haremos luego un “dialogo de misericordia” con Cristo puesto en Cruz, para agradecer y/o pedir Gracia, para reconocer su presencia misericordiosa en toda realidad.

Cita Amedeo Cencini, esta poesía anónima, que quizás no ayude también a entender que es en el fondo la misericordia:

¿Acaso no sería este mundo mejor

si la gente con que nos cruzamos nos dijera:

“Conozco algo bueno de ti”,

y nos tratáramos según esta afirmación?

¿No sería mejor y más estimulante

si cada apretón de manos sincero y cordial

llevara consigo esta afirmación:

“Conozco algo bueno de ti?

¿No sería la vida mucho más feliz

si esa pequeña bondad

que hay en todos nosotros

fuera la única cosa nuestra

que la gente se molestara en recordar?

¿No sería la vida mucho más feliz

si alabáramos la bondad que vemos?

Hay una cantidad inmensa de bondad

en la peor parte de ustedes y de mí.

No sería también hermoso practicar

esta buena manera de pensar?

¡Conoces algo bueno de mí!

¡Yo conozco algo bueno de ti!

 

 

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El hambre y la sed de justicia en Francisco

Francisco tiene una imagen muy linda de la Iglesia como “casa de los pobres y de los que tienen hambre y sed de justicia”. Dice así: “La Iglesia es el pueblo de las bienaventuranzas, la casa de los pobres, de los afligidos, de los excluidos y perseguidos, de quienes tienen hambre y sed de justicia. A ustedes se les pide trabajar a fin de que las comunidades eclesiales sepan acoger con amor preferencial a los pobres, teniendo las puertas de la Iglesia abiertas para que todos puedan entrar y encontrar refugio” (9 de mayo de 2014).

Es una imagen de nuestras Casas y Hogares donde el hambre y la sed de recibir justicia y de practicar la justicia, se juntan. Es muy lindo caer en la cuenta de esto, de que el hambre y la sed de justicia nos igualan en el dar y en el recibir. Y mientras luchamos con deseo apasionado por que en el mundo se cambien las estructuras injustas, nos esforzamos por ser justos en nuestras obras de Iglesia. Esto sí está al alcance de nuestras manos.

De la lucha grande y estructural dice Francisco: “Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia» es otra gran afirmación de Jesús dirigida a quienes «luchan por la justicia, para que haya justicia en el mundo». La realidad nos muestra, cuán fácil es «entrar en las patotas de la corrupción», formar parte de «esa política cotidiana del doy para que me des» donde «todo es negocio». «Cuánta gente sufre por estas injusticias». Precisamente ante esto «Jesús dice: son bienaventurados los que luchan contra estas injusticias». Lo que hay que saber es que esto desear justicia «es una doctrina a contracorriente» respecto a «lo que el mundo nos dice» (Misa en Santa Marta 9 de junio de 2014).

Es significativo también que las reflexiones más lindas acerca de la sed, el Papa las haga en torno a dos mujeres: la samaritana y nuestra Señora. Dos mujeres para quien Jesús es “la fuente de la que brota el agua viva que sacia toda sed”. Dice así: “La mujer samaritana entiende poco a poco que quien le ha pedido de beber, puede saciarla. Jesús se le presenta como la Fuente de la que brota el agua viva que apaga para siempre su sed (cf. Jn 4,13-14).

El Papa hace una reflexión sobre nuestra existencia y nuestra “sed ilimitada”: “La existencia humana revela aspiraciones ilimitadas: la búsqueda de la verdad, la sed de amor, de justicia y libertad. Son deseos satisfechos sólo en parte, porque desde lo más profundo de su ser el hombre se mueve hacia un «más», un absoluto capaz de satisfacer su sed de manera definitiva. La respuesta a estas aspiraciones la da Dios en Jesucristo, en su misterio pascual”.

Y pone otra imagen muy linda del Corazón de Jesús como “Fuente del Espíritu Santo”: “Del costado traspasado de Jesús fluyó sangre y agua (cf. Jn 19,34): Él es la fuente de la que brota el agua del Espíritu Santo, es decir, «el amor de Dios derramado en nuestros corazones» (Rm 5,5) el día del Bautismo.

Esta sed se sacia adorando y luchando por la justicia, ya que todos somos pares en dignidad como hijos: “Por obra del Espíritu, nos hemos convertido en uno con Cristo, hijos en el Hijo, verdaderos adoradores del Padre. Este misterio de amor es la razón más profunda de unidad que une a todos los cristianos, y que es mucho más grande que las divisiones que se han producido a lo largo de la historia. Por esta razón, en la medida en que nos acercamos con humildad al Señor Jesucristo, nos acercamos también entre nosotros” (25 de enero de 2015).

A la Virgen, el Papa nos hace confiarle nuestro camino de fe y “los deseos de nuestro corazón, nuestras necesidades, las del mundo entero, especialmente el hambre y la sed de justicia y de paz y de Dios; y la invocamos todos juntos y os invito a invocarla tres veces, imitando a aquellos hermanos de Éfeso, diciéndole: ¡Madre de Dios! ¡Madre de Dios! ¡Madre de Dios! ¡Madre de Dios! Amén.

La Virgen es la que ayuda a poner palabras a nuestro deseo (a traducirlo, dice el Papa) y hace fecunda nuestra misión: “La Madre del Redentor nos precede y continuamente nos confirma en la fe, en la vocación y en la misión. Con su ejemplo de humildad y de disponibilidad a la voluntad de Dios nos ayuda a traducir nuestra fe en un anuncio del Evangelio alegre y sin fronteras. De este modo nuestra misión será fecunda, porque está modelada sobre la maternidad de María” (1 de enero de 2014).

La relación de María con nuestros pueblos latinoamericanos tiene en su centro el “ethos” de la pasión por la justicia. Son muy lindas las reflexiones del Papa sobre la relación de la Virgen de Guadalupe con nuestros pueblos. Las hizo el 12 de diciembre pasado:

María visitó y se quedó en nuestros pueblos

La Santa Madre de Dios visitó a estos pueblos y quiso quedarse con ellos.

María confiere alma y ternura a nuestros pueblos

Dejó estampada misteriosamente su imagen en la “tilma” de su mensajero para que la tuviéramos bien presente, convirtiéndose en símbolo de la alianza de María con estas gentes, a quienes confiere alma y ternura.

María contagió a nuestros pueblos su deseo de justicia para los pobres

Por su intercesión, la fe cristiana fue convirtiéndose en el más rico tesoro del alma de los pueblos americanos, cuya perla preciosa es Jesucristo: un patrimonio que se transmite y manifiesta hasta hoy en el bautismo de multitudes de personas, en la fe, esperanza y caridad de muchos, en la preciosidad de la piedad popular y también en ese ethos americano que se muestra en la conciencia de dignidad de la persona humana, en la pasión por la justicia, en la solidaridad con los más pobres y sufrientes, en la esperanza a veces contra toda esperanza.

María tiene un modo de desear la justicia que no es violento

De ahí que nosotros, hoy aquí, podemos continuar alabando a Dios por las maravillas que ha obrado en la vida de los pueblos latinoamericanos. Dios, según su estilo, “ha ocultado estas cosas a sabios y entendidos, dándolas a conocer a los pequeños, a los humildes, a los sencillos de corazón” (cf. Mt 11,21). En las maravillas que ha realizado el Señor en María, Ella reconoce el estilo y modo de actuar de su Hijo en la historia de salvación. Trastocando los juicios mundanos, destruyendo los ídolos del poder, de la riqueza, del éxito a todo precio, denunciando la autosuficiencia, la soberbia y los mesianismos secularizados que alejan de Dios, el cántico mariano confiesa que Dios se complace en subvertir las ideologías y jerarquías mundanas. Enaltece a los humildes, viene en auxilio de los pobres y pequeños, colma de bienes, bendiciones y esperanzas a los que confían en su misericordia de generación en generación, mientras derriba de sus tronos a los ricos, potentes y dominadores.

María convierte a los pueblos en protagonistas de su historia

El “Magnificat” así nos introduce en las “bienaventuranzas”, síntesis y ley primordial del mensaje evangélico. A su luz, hoy, nos sentimos movidos a pedir una gracia. La gracia tan cristiana de que el futuro de América Latina sea forjado por los pobres y los que sufren, por los humildes, por los que tienen hambre y sed de justicia, por los compasivos, por los de corazón limpio, por los que trabajan por la paz, por los perseguidos a causa del nombre de Cristo, “porque de ellos es el Reino de los cielos” (cf. Mt 5,1-11). Sea la gracia de ser forjados por ellos a los cuales, hoy día, el sistema idolátrico de la cultura del descarte los relega a la categoría de esclavos, de objetos de aprovechamiento o simplemente desperdicio (Guadalupe, 12 de diciembre de 2014).

Tres cosas nos encomienda el Papa para custodiar esta sed:

Una a los jesuitas y es la integrar siempre la fe y la justicia: “Hoy la Compañía de Jesús afronta con inteligencia y laboriosidad también el trágico problema de los refugiados y los prófugos; y se esfuerza con discernimiento por integrar el servicio de la fe y la promoción de la justicia, en conformidad con el Evangelio. Confirmo hoy lo que nos dijo Pablo VI en nuestra trigésima segunda congregación general y que yo mismo escuché con mis oídos: «Dondequiera en la Iglesia, incluso en los campos más difíciles y en vanguardia, en las encrucijadas de las ideologías, en las trincheras sociales, donde ha habido y hay enfrentamiento entre las exigencias estimulantes del hombre y el mensaje perenne del Evangelio, allí han estado y están los jesuitas» (Enseñanzas al Pueblo de Dios XII [1974], 1881). Son palabras proféticas del futuro beato Pablo VI” (A los jesuitas, 27 de setiembre de 2014).

Otra es a todos los que no saciamos la sed de justicia con cualquier “gaseosa”. Esta sed incomoda porque siempre quiere más, ya que la justicia es frágil y se rearma cada día, en cada nivel de relaciones. El Papa nos alienta a “no desanimarnos”: “Aliento a todos los que están trabajando generosa y lealmente por la justicia y la paz a no desanimarse. Me dirijo a los líderes políticos para que tengan en cuenta que la gran mayoría de sus poblaciones aspiran a la paz, aunque a veces ya no tienen la fuerza ni la voz para pedirla” (30 de noviembre de 2014).

La tercera encomienda es recordar que la justicia es un “derecho” de los pobres, no una limosna que les hacemos. Por eso tiene que ver con la dignidad: “Y mientras se habla de nuevos derechos, el hambriento está ahí, en la esquina de la calle, y pide carta de ciudadanía, ser considerado en su condición, recibir una alimentación de base sana. Nos pide dignidad, no limosna. Estos criterios no pueden permanecer en el limbo de la teoría. Las personas y los pueblos exigen que se ponga en práctica la justicia; no sólo la justicia legal, sino también la contributiva y la distributiva. Por tanto, los planes de desarrollo y la labor de las organizaciones internacionales deberían tener en cuenta el deseo, tan frecuente entre la gente común, de ver que se respetan en todas las circunstancias los derechos fundamentales de la persona humana y, en nuestro caso, la persona con hambre. Cuando eso suceda, también las intervenciones humanitarias, las operaciones urgentes de ayuda o de desarrollo – el verdadero, el integral desarrollo – tendrán mayor impulso y darán los frutos deseados” (20 de noviembre 2014).

Momento de Reflexión

Diego Fares sj 

Felices los que tienen hambre y sed de justicia

La cuarta Bienaventuranza dice así: “Felices los que tienen hambre y sed de la justicia, porque serán saciados….” (Mt 5, 6).

Las bienaventuranzas están redactadas con una forma bíblica que utiliza la simetría de modo tal que se comienza y se termina con la misma palabra y en el centro queda el corazón del mensaje.

La primera y la última bienaventuranza (la de los pobres y la de los perseguidos) tienen el mismo premio: la posesión del reino de los cielos. Hay que decir que la última bienaventuranza se desdobla y se explica largamente, por eso es más larga.

Felices los que tienen el espíritu del pobre, porque de ellos es el Reino de los Cielos.

Felices los que lloran, porque recibirán consuelo.

Felices los pacientes, porque recibirán la tierra en herencia.

Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados.

Felices los compasivos,                              porque obtendrán misericordia.

Felices los de corazón limpio, porque verán a Dios.

Felices los que trabajan por la paz, porque serán reconocidos como hijos de Dios.

Felices los que son perseguidos por causa del bien, porque de ellos es el Reino de los Cielos.

Felices ustedes, cuando por causa mía los insulten, los persigan y les levanten toda clase de calumnias.

Alégrense y muéstrense contentos, porque será grande la recompensa que recibirán en el cielo.

En el centro quedan las dos bienaventuranzas cuyo premio consiste en lo miso que desean y realizan. Podríamos decir que el premio es la saciedad: de justicia y de misericordia.

El Reino de los cielos es el premio. Y para Jesús, reino de los cielos significa “reino de su Padre”. El Corazón del Padre es justo y misericordioso y el corazón de sus hijos se va haciendo como el del Hijo predilecto, que tiene hambre y sed de hacer la Voluntad de su Padre

En el fondo el hambre y la sed de justicia y de misericordia lleva al Señor a hacer la voluntad del Padre hasta las últimas consecuencias y eso atrae sobre Él la persecución y la Cruz. 

El hambre y la sed de Jesús

¿Qué nos dice el evangelio acerca del hambre y la sed de Jesús? El hambre y sed del Señor definen su Corazón de Hijo Amado. Son un hambre y sed espirituales, hambre y sed de hacer la voluntad del Padre.

El Señor dice que “ese es su alimento”. Se alimenta de este hambre que el Padre sacia constantemente.

¿Y cuál es la voluntad del Padre, lo que le alegra y agrada?

Que el hombre viva, que todos los hombres alcancen la Vida, la salvación, el perdón y la misericordia.

Por eso la sed del Señor es salvar, dar vida, unir como Pastor.

Y la vida es estar en comunión con él.

Por eso el Señor desea ardientemente comer la pascua con los discípulos, su hambre es de comunión, de Eucaristía. Su sed manifestada a la Samaritana junto al pozo es sed esponsal. El pozo de agua que sacia la sed es lugar de encuentros esponsales, como el del servidor de Isaac con Rebeca (Gn 24, 11-21), el de Jacob con Raquel (Gn 29, 2-14, y el de Moisés con Séfora (Ex 16, 22).

El hambre y la sed del Señor son hambre y sed de comunión y de desposorio con la Iglesia, y en ella con cada alma.

Así, el hambre y la sed nos hablan de algo interior, propio nuestro, el ritmo y el deseo que configuran nuestro corazón en una medida enteramente personal y que es como el vaso o disposición y capacidad para recibir las otras gracias.

La gracia de tener este hambre y esta sed

El premio de esta bienaventuranza es la saciedad. Serán saciados de justicia. Cuando se hace justicia uno experimenta esta saciedad. Pero en su vida Jesús nos revela su secreto: que el Padre está saciando continuamente este hambre y esta sed. A la Samaritana le dice: “el que beba del agua que yo doy no tendrá más sed”. O “tendrá una sed saciada”. La imagen contraria me la dio un enfermo terminal que me contaba lo triste que era para él ya no sentir hambre. ¡Extrañaba tener ganas de comer algo rico! ¡Sentía que era más duro no tener hambre que no tener qué comer! Esta bienaventuranza es todo lo contrario, es la gracia de que en cada situación en que deseamos hacer la voluntad del Padre se nos despierte un hambre y una sed tal que quedan saciados plenamente cuando se “hace su Voluntad”.

Hambre y sed de oración: el Padrenuestro

¡El hambre y la sed del Padre nuestro!

Hambre y sed de que sea santificado su Nombre bendito de Padre.

Hambre y sed de que venga su Reino –la justicia del Reino de Dios que acontece cuando un cristiano juzga y obra con un corazón de hijo-.

Hambre y sed de que se haga -todos hagamos- su voluntad.

Hambre del pan cotidiano.

Hambre y sed del perdón y de que no nos deje caer en la tentación y nos libre del mal.

La oración –de agradecimiento, de súplica, de intercesión por los otros, de alabanza gratuita y gozosa- toda oración es un acto de justicia para con nuestro Creador Amoroso. Por eso la gracia de tener hambre y sed de esta oración –que nos lleva a adorar en todo lugar en Espíritu y en Verdad- es una gracia inmensa con que Dios nuestro Padre sacia inmediatamente dándonos la llenura de su Espíritu con todos sus dones.

¡Qué triste es en cambio andar “satisfechos”, autojustificados, y rezar solo por obligación o rutinariamente.

La oración de la autojustificación o la oración que tiene hambre y sed de que nos justifique Dios, esa es la diferencia entre la bienaventuranza y la malaventuranza.

Hambre y sed de practicar las obras de misericordia

La práctica de las obras de misericordia nace también de esta sed de justicia. De una justicia que es la del Reino, que no se conforma con la justicia humana –dar a cada uno lo suyo- sino que, habiendo recibido de más, busca dar de más, busca la calidez y la cordialidad de la caridad y de la misericordia, que una vez dado lo justo, derrochan y dan de más en un acto de justicia evangélica que apunta al corazón de la persona y a su sed de más. De ahí el acompañar dos cuadras al que nos pide que lo acompañemos una o el darle también la campera al que nos pide un pullover… De allí la imagen de la fiesta que le organiza el Padre al hijo que vuelve en un acto de justicia amorosa que es justa superando lo meramente justo.

La justicia: raíz, flor y frutos

Cuál sea el objeto específico de este hambre y esta sed, qué sea esta “justicia”, es complejo y simple a la vez. Martini lo vuelve simple al hablar de una “justicia” que es raíz, flor y fruto.

La raíz es la justicia para con Dios.

La flor son las obras de justicia personales.

El fruto, la justicia social.

La complejidad proviene de que “la justicia tiene como materia propia aquellas cosas que se refieren a otro (a lo que hay que darle al otro: justicia es dar a cada uno lo suyo)”.

Por eso varía la relación de justicia si ese otro es Mayor que uno en dignidad (Dios, los padres),

o en cantidad (el Bien Común de toda la sociedad),

o si es igual

o si está en condiciones de necesidad o de indefensión.

Es compleja la justicia y por eso se requiere algo como el hambre y la sed que necesitan ser regulados constantemente.

La caridad del Padre misericordioso para con el hijo pródigo es vivida como un acto de injusticia por el hijo mayor y el Padre tiene que salir a dialogar con él y a explicarle que su caridad es un acto de justicia que nivela para arriba, al que se tiene que sumar, porque si pretende una nivelación para abajo no va a comprender esta Justicia última de Dios que es Misericordia. También le tiene que explicar el Padre que la justicia del amor mira las personas y no las cosas y por eso redobla su apuesta y tiene esos excesos que no parecen justos desde un punto de vista distributivo.

¿Podemos acostumbrarnos a la injusticia?

Pasemos a mirar de manera problemática esta bienaventuranza.

¿Es natural sentir este hambre y sed de justicia? ¿O hay que pedirlo como gracia?

Cuando uno ve una injusticia reacciona inmediatamente. La imagen del hambre y la sed son un buen ejemplo, ya que la reacción ante la injusticia es equivalente a la del que tiene hambre cuando no lo dejan comer o tiene sed y no encuentra agua: estas necesidades no dan tregua, son devoradoras, se incrementan. Uno no se acostumbra a tener hambre y sed.

Por eso el Señor dice: felices los que no se acostumbran, los que tienen y cultivan el deseo de justicia como un hambre y una sed y no como una convención social. Felices porque este hambre y esta sed les hacen tener un corazón de hijos, que siente lo que siente el Padre misericordioso.

Yo diría que nadie se acostumbra a sufrir la injusticia en carne propia, pero sí que muchos toleramos con más facilidad la injusticia con los más lejanos. O más que tolerar, ponemos distancia, nos justificamos pensando que le toca a otro realizar esa justicia… Ahora bien, la justicia es, propiamente, la virtud que regula las relaciones mutuas entre las personas y con la sociedad en su conjunto. De manera que preocuparse de manera desigual por la justicia para mí y por la justicia para los otros ya es injusto! Lo propio de la justicia es ser justa equitativamente con todos. Al hablar del hambre y la sed el Señor pone las cosas en su punto justo. La opción es “justificarse uno mismo”, andar saciado, o “tener hambre y sed” de que el Señor sea quien haga justicia. Son dos direcciones, una que encierra el alma y la va volviendo igual a sí misma, y otra que la hace salir de sí, ensancharse y buscar el bien de todos. Diciéndolo en clave evangélica: el que no tiene hambre y sed de justicia se convierte en fariseo, en uno que se justifica a sí mismo y que termina siendo injusto para con los demás. En cambio el que pide y cultiva su hambre y se de justicia, se va convirtiendo en una persona que ama, porque la justicia busca “el bien de otro”, con medida, y ese es el paso necesario anterior a la caridad, que ama más allá de toda medida.

Justicia y caridad

La relación entre justicia y caridad es amplísima. El Papa Benedicto la trata en su encíclica Dios es Caridad y podemos leer allí con provecho. Lo que quisiera compartir aquí es una reflexión acerca de la “necesaria mediación de la justicia para que la caridad no se malogre”. Algunas frases de Hurtado pueden ayudarnos a situar el problema. Las fui tomando de diversos lados y ahora las reordeno en una secuencia que apunta a la pedagogía y a la práctica de la justicia. Dice Hurtado:

“La justicia es la más humilde de las virtudes. Su cumplimiento no acarrea gloria. Pero toda educación social comienza con la justicia”. Porque “La injusticia causa enormemente más males de los que puede reparar la caridad”. Y “Aunque parezca extraño, es más fácil ser caritativo que justo, benévolo que justo”. Por todo ello, debemos ser conscientes al practicar la caridad, de que: “El cristiano debería amar la justicia casi diría con rabia. Jesús dijo con hambre y sed, que son las pasiones más devoradoras” porque “La caridad comienza allí donde termina la justicia”.

En el fondo, Hurtado está diciendo que si no hay justicia, la caridad se malogra. La clave de la relación entre la justicia y la caridad está quizás en eso que Hurtado dice: que “hay que amar la justicia”.

Amar la justicia es algo así como “amar la medida que permite que el otro sea otro”.

En ese sentido es un amor “indirecto”, delicadísimo, reconocedor de la dignidad. Un amor que pone las cosas en su lugar: si soy justo, si reina la justicia, la caridad trabajará por sobreabundancia y no para llenar carencias. Si hay justicia Dios mismo –la vida misma- hará que cada uno viva plenamente, sin necesidad de limosnas. La caridad entonces será puro don gratuito: fiesta entre iguales y no “comedor comunitario” para indigentes, vestido de fiesta y no ropa usada para el que no tiene nada.

Caridad y justicia se complementan perfectamente y que lo que más permite distinguirlas sería el tiempo: la caridad es puro don. La justicia es ordenamiento del don, si quiere dar a cada uno lo suyo, tiene que tener algo que dar. Ese algo, en el fondo, siempre es el amor. Ahora, el amor, para darse debe mirar la situación del otro, para no dar tan indiscretamente que empache o no sacie. Aquí es donde entra esa medida que es propia de la justicia. Y que sirve también para la caridad, como para otras cosas que un quiera o deba dar. La caridad, es cierto, está por encima y es fuente de todas las demás virtudes, pero eso no significa que antes o después no requiera de ellas.

En el caso de la justicia, decíamos, es clave que establecerla como piso sobre el que se ejercita la caridad y luego, ponerla como techo para un nuevo piso.

La caridad hace que uno se de entero, sin medida. Pero luego, la justicia lleva a moderar y ordenar ese don de modo que el otro (y los otros) lo puedan recibir y aprovechar bien, de manera justa.

Así vemos que, antes y después de un acto de caridad es necesario un acto de justicia.

En el caso del Padre Misericordioso, vemos que no le consultó nada al hijo mayor y se mostró desbordante de caridad para con su hijo menor. Pero luego fue necesario que saliera a explicarle las cosas al mayor y ha hacerle notar que “todo lo mío es tuyo” y que “el valor que estaba en juego era la vida y la salvación de su hermano y no las cosas de la herencia”. Y con el hijo menor también, suponemos, al otro día, habrán conversado acerca de cómo reparar las injusticias que había cometido: el derroche, la mala fama, las heridas…

Momento de contemplación

Hna Marta Irigoy md

Bienaventurados los que desean ardientemente lo que Dios quiere, porque Dios cumplirá sus deseos…” -Mt 5,6-.

El Cardenal Martini, cita la Biblia Interconfesional, para hablar de esta Bienaventuranza de los hambrientos y sedientos de justicia.

En estas palabras de Jesús, se nos introduce en el Misterio de su misión. Misterio que hizo de Él un apasionado por la Voluntad del Padre. Voluntad que lo ha llevado a la entrega por amor. Un “amor hasta el extremo”, como dice San Juan en el Capítulo 13 de su Evangelio, al comienzo del relato del lavatorio de los pies…

“Bienaventurados los que desean ardientemente lo que Dios quiere…”

  • Desear ardientemente…lo que Dios quiere…

El monje André Louf, cisterciense, dice que es necesario hacer una purificación de lo que entendemos por Voluntad de Dios y Obediencia: ya que por lo general lo que primero nos resuena es un despojarnos de nuestros deseos y anhelos –mi voluntad– ante la voluntad de otro –tu voluntad– aquí , en este caso: la Voluntad del Padre…

Una obediencia así, exige un amor muy grande y muy puro y muy bien sabemos que Jesús estaba totalmente seguro del Amor del Padre y aquí enlazamos la bienaventuranza de los mansos, quienes son los que se saben amados profunda y gratuitamente…por eso, se nos invita a ir a Jesús para que nos enseñe a ser mansos y humildes de corazón…

Volviendo a nuestra Bienaventuranza de la Justicia, a los que muchos autores la sintetizan como SANTIDAD; recordemos a San José, (quien era un varón justo); admirémonos de lo que significa para Jesús la Voluntad del padre, desde los términos bíblicos y el estudio de la palabras de la Escritura.

Siguiendo a Louf, va a explicar que la VOLUNTAD de DIOS es SU COMPLACENCIA, es decir: aspiración, deseo, amor, alegría y cita un texto muy hermoso de Isaías, en donde estas palabras están unidas a la experiencia de ENAMORAMIENTO…

Isaías 62, 1-5: “ Por amor a Sión no me callaré, por amor a Jerusalén no descansaré, hasta que irrumpa su justicia como una luz radiante y su salvación, como una antorcha encendida. Las naciones contemplarán tu justicia y todos los reyes verán tu gloria; y tú serás llamada con un nombre nuevo, puesto por la boca del Señor. Serás una espléndida corona en la mano del Señor, una diadema real en las palmas de tu Dios. No te dirán más «¡Abandonada!», sino que te llamarán «Mi deleite», y a tu tierra «Desposada». Porque el Señor pone en ti su deleite y tu tierra tendrá un esposo. Como un joven se casa con una virgen, así te desposará el que te reconstruye; y como la esposa es la alegría de su esposo, así serás tú la alegría de tu Dios”

VOLUNTADCOMPLACENCIA: significan la alegría que el Señor experimenta por su Pueblo, el gran amor que siente por su elegido, la plenitud de este amor reposa en Jesús. El es el DESEO y el AMOR del Padre, su Felicidad…y en Él, nosotros…

JUSTICIA – SANTIDAD: El Cardenal Pironio, citando a Crisóstomo, explica que el termino JUSTICIA equivale a decir: “santidad”…Tener hambre y sed de Justicia es tener hambre y sed de santidad…y esta hambre de santidad es producida en nosotros por el Espíritu Santo… y es un acto del Don de Fortaleza: “Obrar justamente pertenece a la fortaleza”, dice San Agustín.

Se necesita una energía inquebrantable para realizar con generosidad la Voluntad del padre, pero siempre viene en ayuda de nuestra debilidad el Espíritu Santo… El nos llena en plenitud… El santo es el que es capaz de vaciarse para dejarse llenar por Dios y su Espíritu Santo…

Esta Bienaventuranza, nos pone en la sintonía de este nuevo tiempo litúrgico, luego de haber recibido la Visita del Espíritu en nuestras vidas, estamos en el Tiempo del Espíritu.

Momento contemplativo:

¿De que deseos está lleno tu corazón?

Terminar rezando la Secuencia del Espíritu Santo, sintiendo y gustando cada palabra…

Jesús y los niños1. La mansedumbre en Francisco

¡La mansedumbre me seduce tanto!

Una de las cosas que más me impactó del libro “El Jesuita”, fue cuando le preguntan a Bergoglio:

– ¿Cuál es para Ud. la más grande de las virtudes?

Y responde:

– Bueno, la virtud del amor, de darle el lugar al otro, y eso desde la mansedumbre. La mansedumbre me seduce tanto! Le pido siempre a Dios que me de un corazón manso.

 

Lo mismo respondió a otro periodista en el vuelo a Manila, en Enero de este año:

-¿Cuál cree que es la mejor manera de responder a estas amenazas de los integristas islámicos?

-Para mí, la mejor manera de responder es siempre la mansedumbre. Ser manso, humilde –como el pan– sin agredir. Esa es mi postura, pero hay mucha gente que no lo comprende” (Vuelo a Manila 15 de enero de 2015). «Jesús dice: nada de guerras, nada de odio. Paz, mansedumbre». Alguien podría objetar: «Si yo soy tan manso en la vida, pensarán que soy un necio». Tal vez es así, afirmó el Papa, sin embargo dejemos incluso que los demás «piensen esto: pero tú sé manso, porque con esta mansedumbre tendrás como herencia la tierra» (Santa Marta 9 de junio de 2014).

 

La mansedumbre para Francisco tiene que ver con “darle lugar al otro”. Y esto es algo que él practica en el trato diario, desde que recibe a alguien hasta cuando lo tiene que despedir: siempre te da un ratito más. Recuerdo de estudiante en el Máximo lo primero que “escribí” de él después de una charla: que me impresionaba la absoluta falta de impaciencia que mostraba. Y esto es parte de la mansedumbre.

 

Caligrafía inglesa

“En esto de darle lugar al otro, que es parte de la justicia, el Papa dice que desearía “hacer caligrafía inglesa”. Esto le viene de una reflexión sobre las Cartas de Pablo: “Ahora, es emblemático cómo, junto a las virtudes inherentes a la fe y a la vida espiritual —que no se pueden descuidar, porque son la vida misma—, Pablo enumera algunas cualidades exquisitamente humanas: la acogida, la sobriedad, la paciencia, la mansedumbre, la fiabilidad, la bondad de corazón. Es este el alfabeto, la gramática de base de todo ministerio. Debe ser la gramática de base de todo obispos, de todo sacerdote, de todo diácono. Sí, porque sin esta predisposición hermosa y genuina a encontrar, conocer, dialogar, apreciar y relacionarse con los hermanos de modo respetuoso y sincero, no es posible ofrecer un servicio y un testimonio auténticamente gozoso y creíble” (Audiencia 12 de noviembre de 2014).

Pero la mansedumbre no es un sentimiento almibarado

“La paz franciscana no es un sentimiento almibarado. Por favor: ¡ese san Francisco no existe! Y ni siquiera es una especie de armonía panteísta con las energías del cosmos… Tampoco esto es franciscano, tampoco esto es franciscano, sino una idea que algunos han construido. La paz de san Francisco es la de Cristo, y la encuentra el que «carga» con su «yugo», es decir su mandamiento: Amaos los unos a los otros como yo os he amado (cf. Jn 13,34; 15,12). Y este yugo no se puede llevar con arrogancia, con presunción, con soberbia, sino sólo se puede llevar con mansedumbre y humildad de corazón” (En Asis 4 de octubre de 2013).

 

“Hay una relación muy estrecha entre el don de piedad y la mansedumbre. El don de piedad que nos da el Espíritu Santo nos hace apacibles, nos hace serenos, pacientes, en paz con Dios, al servicio de los demás con mansedumbre (Audiencia 4 de junio de 2014).

El secreto para no enojarse

¿Cuál es el secreto del Papa Francisco para no “enojarse”, para ser manso, siendo que es una persona de carácter fuerte. Cómo se controla? “El secreto – dice – para no “enojarse” para ser manso en medio de las contradicciones de la vida, “se expresa en el hecho de que si a un cristiano se le pide diez, «él debe dar cien», porque «para Él el todo es Jesucristo». Este es «el secreto de la magnanimidad cristiana, que va siempre con la mansedumbre. El cristiano es una persona que ensancha su corazón con esta magnanimidad. Tiene el todo, que es Jesucristo; las demás cosas son la nada. Son buenas, sirven, pero en el momento de la confrontación elige el todo» que es Jesús” (Santa Marta, 17 de junio de 2013).

Contemplar el silencio manso de Jesús

La Mansedumbre de un pan

“Nosotros estamos entre las llagas de Jesús, dijo usted, señora. Dijo también que estas llagas tienen necesidad de ser escuchadas, ser reconocidas. Y me viene a la memoria cuando el Señor Jesús iba de camino con los dos discípulos tristes. El Señor Jesús, al final, les mostró sus llagas y ellos le reconocieron. Luego el pan, donde Él estaba. Mi hermano Domenico me decía que aquí se realiza la Adoración. También este pan necesita ser escuchado, porque Jesús está presente y oculto detrás de la sencillez y mansedumbre de un pan. Aquí está Jesús oculto en estos muchachos, en estos niños, en estas personas. En el altar adoramos la Carne de Jesús; en ellos encontramos las llagas de Jesús. Jesús oculto en la Eucaristía y Jesús oculto en estas llagas (Con los niños discapacitados en Asis, 4 de octubre de 2013).

“Apacibilidad, humildad, bondad, ternura, mansedumbre, magnanimidad son todas virtudes que se necesitan para seguir el camino indicado por Cristo. Recibirlas es «una gracia. Una gracia —especificó el Santo Padre— que viene de la contemplación de Jesús». No por casualidad nuestros padres y nuestras madres espirituales —indicó— nos han enseñado cuán importante es contemplar la pasión del Señor. «Sólo contemplando la humanidad sufriente de Jesús —repitió— podemos hacernos mansos, humildes, tiernos como Él. No hay otro camino». Ciertamente tendremos que hacer el esfuerzo de «buscar a Jesús; pensar en su pasión, en cuánto sufrió; pensar en su silencio manso». Este será nuestro esfuerzo, recalcó; después «de lo demás se encarga Él, y hará todo lo que falta. Pero tú debes hacer esto: esconder tu vida en Dios con Cristo» (Santa Marta, 12 de setiembre de 2013).

“Jesús es llamado el Cordero: es el Cordero que quita el pecado del mundo. Uno puede pensar: ¿pero cómo, un cordero, tan débil, un corderito débil, cómo puede quitar tantos pecados, tantas maldades? Con el Amor, con su mansedumbre. Jesús no dejó nunca de ser cordero: manso, bueno, lleno de amor, cercano a los pequeños, cercano a los pobres. Estaba allí, entre la gente, curaba a todos, enseñaba, oraba. Tan débil Jesús, como un cordero. Pero tuvo la fuerza de cargar sobre sí todos nuestros pecados, todos. «Pero, padre, usted no conoce mi vida: yo tengo un pecado que…, no puedo cargarlo ni siquiera con un camión…». Muchas veces, cuando miramos nuestra conciencia, encontramos en ella algunos que son grandes. Pero Él los carga. Él vino para esto: para perdonar, para traer la paz al mundo, pero antes al corazón. Tal vez cada uno de nosotros tiene un tormento en el corazón, tal vez tiene oscuridad en el corazón, tal vez se siente un poco triste por una culpa… Él vino a quitar todo esto, Él nos da la paz, Él perdona todo. «Éste es el Cordero de Dios que quita el pecado»: quita el pecado con la raíz y todo. Ésta es la salvación de Jesús, con su amor y con su mansedumbre (Parroquia, 19 de enero de 2014).

De un Jesús que está enamorado de nuestra pequeñez

“La respuesta del cristiano no puede ser más que aquella que Dios da a nuestra pequeñez. La vida tiene que ser vivida con bondad, con mansedumbre. Cuando nos damos cuenta de que Dios está enamorado de nuestra pequeñez, que él mismo se hace pequeño para propiciar el encuentro con nosotros, no podemos no abrirle nuestro corazón y suplicarle: «Señor, ayúdame a ser como tú, dame la gracia de la ternura en las circunstancias más duras de la vida, concédeme la gracia de la cercanía en las necesidades de los demás, de la humildad en cualquier conflicto»” (Navidad de 2014).

«La fidelidad cristiana, nuestra fidelidad, es sencillamente custodiar nuestra pequeñez para que pueda dialogar con el Señor». He aquí por qué «la humildad, la docilidad, la mansedumbre son tan importantes en la vida del cristiano: son una custodia de la pequeñez». Son las bases para llevar siempre adelante «el diálogo entre nuestra pequeñez y la grandeza del Señor (Santa Marta 21 de enero de 2014).

Y, ¿cuál es la actitud más profunda que debemos tener para dialogar y no pelear?

“La mansedumbre, la capacidad de encontrar a las personas, de encontrar las culturas, con paz; la capacidad de hacer preguntas inteligentes: «¿Por qué tú piensas así? ¿Por qué esta cultura hace así?». Escuchar a los demás y luego hablar. Primero escuchar, luego hablar. Todo esto es mansedumbre. Y si tú no piensas como yo —pero sabes… yo pienso de otra manera, tú no me convences—, somos igualmente amigos, yo escuché como piensas tú y tú escuchaste como pienso yo. Las murmuraciones matan igual y más que las armas. Son lo contrario a la mansedumbre, a la humildad de la que habla el Señor, a esa luz tan bella que está en perdonar” (Santa Marta 13 de setiembre de 2013).

“Para dialogar no hay necesidad de alzar la voz, «sino que es necesaria la mansedumbre». Y, además, «es necesario pensar que la otra persona tiene algo más que yo», tal como hizo David, quien, mirando a Saúl, se decía a sí mismo: «él es el ungido del Señor, es más importante que yo». Junto «con la humildad y la mansedumbre, para dialogar —añadió el Pontífice— es necesario hacer lo que hemos pedido hoy en la oración, al comienzo de la misa: hacerse todo a todos»

Es que: “El cristiano no es violento, pero es fuerte. ¿Con qué fortaleza? La de la mansedumbre, la fuerza de la mansedumbre, la fuerza del amor” (Angelus 18 de agosto de 2013).

Mansedumbre en el hablar

La mansedumbre se nota mucho en el modo de hablar: «la mansedumbre que Jesús quiere de nosotros no tiene nada que ver con la adulación de los hipócritas (que parecen mansos porque hablan suave y amablemente). La mansedumbre es sencilla, como la de un niño; y un niño no es hipócrita, porque no es corrupto. Cuando Jesús nos dice: que vuestro modo de hablar sea: “sí, sí”, “no, no”, con alma de niño (Santa Marta 4 de Junio de 2013).

“Y el Espíritu nos hace hablar con los hombres en el diálogo fraterno. Nos ayuda a hablar con los demás reconociendo en ellos a hermanos y hermanas; a hablar con amistad, con ternura, con mansedumbre, comprendiendo las angustias y las esperanzas, las tristezas y las alegrías de los demás. Pero hay algo más: el Espíritu Santo nos hace hablar también a los hombres en la profecía, es decir, haciéndonos «canales» humildes y dóciles de la Palabra de Dios. La profecía se realiza con franqueza, para mostrar abiertamente las contradicciones y las injusticias, pero siempre con mansedumbre e intención de construir. Llenos del Espíritu de amor, podemos ser signos e instrumentos de Dios que ama, sirve y dona la vida” (Pentecostés 8 de junio de 2014).

«Humildad, mansedumbre, hacerse todo a todos» son los tres elementos básicos para el diálogo. Pero aunque «no esté escrito en la Biblia —puntualizó el Santo Padre—, todos sabemos que para hacer estas cosas es necesario tragar mucha quina; debemos hacerlo, porque las paces se hacen así». Las paces se hacen «con humildad, con humillación», siempre tratando de «ver en el otro la imagen de Dios». Así muchos problemas encuentran solución, «con el diálogo en la familia, en las comunidades, en los barrios». Se requiere disponibilidad para reconocer ante el otro: «escucha, disculpa, creía esto…». La actitud justa es «humillarse: es siempre bueno construir un puente, siempre, siempre». Este es el estilo de quien quiere «ser cristiano», aunque —admitió el Papa— «no es fácil, no es fácil». Sin embargo, «Jesús lo hizo, se humilló hasta el fin, nos mostró el camino». El Pontífice dio luego otro consejo práctico: para abrirse al diálogo «es necesario que no pase mucho tiempo». En efecto, hay que afrontar los problemas «lo antes posible, en el momento en que se puede hacer, cuando ha pasado la tormenta». Inmediatamente hay que «acercarse al diálogo, porque el tiempo hace crecer el muro» (Santa Marta 24 de enero de 2013).

Mansedumbre al corregir

«Antes que nada —afirmó el Pontífice—, el consejo que da para corregir al hermano, lo hemos oído el otro día, es llevar aparte a tu hermano que se ha equivocado y hablarle», diciéndole: «Pero hermano, en esto creo que no has obrado bien». Y «llevarlo aparte» significa precisamente «corregirlo con caridad». Porque «no se puede corregir a una persona sin amor y sin caridad». Sería como «hacer una operación quirúrgica sin anestesia», con la consecuencia de que el enfermo moriría de dolor. Y «la caridad es como una anestesia que ayuda a recibir la curación y aceptar la corrección». Entonces, el primer paso hacia el hermano: «llevarlo aparte, con mansedumbre, con amor, y hablarle».

Mansedumbre y discernimiento

“¿Pero cómo es la luz que nos ofrece Jesús? «Podemos reconocerla —explicó el Santo Padre— porque es una luz humilde. No es una luz que se impone, es humilde. Es una luz apacible, con la fuerza de la mansedumbre; es una luz que habla al corazón y es también una luz que ofrece la cruz. Si nosotros, en nuestra luz interior, somos hombres mansos, oímos la voz de Jesús en el corazón y contemplamos sin miedo la cruz en la luz de Jesús». Pero si, al contrario, nos dejamos deslumbrar por una luz que nos hace sentir seguros, orgullosos y nos lleva a mirar a los demás desde arriba, a desdeñarles con soberbia, ciertamente no nos hallamos en presencia de la «luz de Jesús». Es en cambio «luz del diablo disfrazado de Jesús —dijo el obispo de Roma—, de ángel de luz. Debemos distinguir siempre: donde está Jesús hay siempre humildad, mansedumbre, amor y cruz. Jamás encontraremos, en efecto, a Jesús sin humildad, sin mansedumbre, sin amor y sin cruz».

“Él hizo el primero este camino de luz. Debemos ir tras Él sin miedo, porque «Jesús tiene la fuerza y la autoridad para darnos esta luz». Una fuerza descrita en el pasaje del Evangelio de la liturgia del día, en el que Lucas narra el episodio de la expulsión, en Cafarnaún, del demonio del hombre poseído (cf. Lc 4, 16-30). «La gente —subrayó el Papa comentando el texto— era presa del temor y, dice el Evangelio, se preguntaba: “¿qué clase de palabra es ésta? Pues da órdenes con autoridad y poder a los espíritus inmundos, y salen”. Jesús no necesita un ejército para expulsar los demonios, no necesita soberbia, no necesita fuerza, orgullo». ¿Cuál es ésta palabra que «da órdenes con autoridad y poder a los espíritus inmundos, y salen?», se preguntó el Pontífice. «Es una palabra —respondió— humilde, mansa, con mucho amor». Es una palabra que nos acompaña en los momentos de sufrimiento, que nos acercan a la cruz de Jesús” (Santa Marta 3 de setiembre de 2013).

Mansedumbre contra la “avaricia”

“Contra la vanidad, contra el orgullo «se necesita mansedumbre». Es más, «éste es el camino de Dios, no el del poder idolátrico que puede darte el dinero. Es el camino de la humildad de Cristo Jesús que siendo rico se hizo pobre para enriquecernos precisamente con su pobreza” (Santa Marta 20 de setiembre de 2013).

Mansedumbre es la virtud de los pastores

“Los Obispos han de ser Pastores, cercanos a la gente, padres y hermanos, con mucha mansedumbre; pacientes y misericordiosos. Hombres que amen la pobreza, sea la pobreza interior como libertad ante el Señor, sea la pobreza exterior como simplicidad y austeridad de vida” (Encuentro con el Celam 28 de Julio de 2013) febrero de 2014).

Mansedumbre que atrae

«La Iglesia, nos decía Benedicto XVI, crece por atracción, por testimonio. Y cuando la gente, los pueblos ven este testimonio de humildad, de mansedumbre, de apacibilidad, sienten la necesidad» de la que habla «el profeta Zacarías: “¡Queremos ir con vosotros!” (Santa Marta 1 de octubre de 2013).

Vs ideologías

«Cuando un cristiano se convierte en discípulo de la ideología, ha perdido la fe y ya no es discípulo de Jesús». La ideología implica “todo un proceso espiritual y mental» que lleva a que la fe pase «por un alambique» transformándola en «ideología». Pero «la ideología no convoca. En las ideologías no está Jesús. Jesús es ternura, amor, mansedumbre, y las ideologías, de cualquier sentido, son siempre rígidas». Se corre el riesgo de hacer al cristiano «discípulo de esta actitud de pensamiento» antes que «discípulo de Jesús»” (Santa Marta 17de octubre de 2013).

Comencemos en casa

Comencemos en casa. Justicia y paz en casa, entre nosotros. Se comienza en casa y luego se sigue adelante, a toda la humanidad. Pero debemos comenzar en casa. Que el Espíritu Santo actúe en nuestro corazón, rompa las cerrazones y las durezas y nos conceda enternecernos ante la debilidad del Niño Jesús. La paz, en efecto, requiere la fuerza de la mansedumbre, la fuerza no violenta de la verdad y del amor (1 de enero de 2014).

 

Momento de reflexión

Diego Fares sj

2. La dicha de los mansos y la posesión de la tierra

 

La bienaventuranza de la mansedumbre dice así: “Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra” (Mt 5, 4).

 

El fruto de la mansedumbre: la posesión de la tierra “en la que andas como peregrino”

 

El Señor liga la mansedumbre con la dicha de la posesión de la tierra. Para Israel la posesión de la tierra prometida era, junto con la descendencia, “la bienaventuranza”.

Recordemos lo que Dios le promete a Abraham:

“Te haré fecundo sobremanera, te convertiré en pueblos, y reyes saldrán de ti. Estableceré mi alianza entre nosotros dos, y con tu descendencia después de ti, de generación en generación: una alianza eterna, de ser yo el Dios tuyo y el de tu posteridad. Yo te daré a ti y a tu posteridad la tierra en que andas como peregrino, todo el país de Canaán, en posesión perpetua, y yo seré el Dios de los tuyos» (Gn 17, 6-8).

En la posesión de la tierra se expresan todas las demás bendiciones. Es una tierra que Yavéh conquista para su pueblo y que este, para poseerla en paz, debe cumplir con la Ley.

“Harás lo que es justo y bueno a los ojos de Yahveh para que seas feliz y llegues a tomar posesión de esa tierra buena de la que Yahveh juró a tus padres que arrojaría a todos tus enemigos ante ti” (Dt 6, 18-19).

 

La mansedumbre: clave del trabajo, la economía y la política

Para nosotros, generalmente, esta bienaventuranza se traslada a la posesión del cielo. Sin embargo, ya que hay otras que hablan del reino de los cielos, es mejor mantener esta en su ligazón con la tierra. Hay una manera cristiana de “poseer la tierra”, de habitar la casa, de gestionar la economía, de hacer política, de trabajar, producir y negociar La mansedumbre es la clave de la posesión cristiana de la tierra y por tanto es la clave del trabajo, de la economía y de la política.

 

La primera tierra es el propio corazón

Ahora bien, la primera “tierra” es el propio corazón. Hay una relación profunda entre la posesión del propio corazón –en la paz, la contención, la no agresión y mansedumbre- y la posesión de la tierra: del hogar, de la comunidad, del lugar apostólico, de la ciudad y la patria.

 

Mansedumbre y tiempo

Esa relación se puede expresar diciendo que “poseer un espacio requiere tiempo”, un tiempo largo, amansado: porque para poseer un espacio hay que caminarlo, cultivarlo, construirlo, adornarlo, protegerlo. Uno puede conquistar o destruir en un momento, violentamente, un espacio, pero para poseerlo se requiere mansedumbre: la mansedumbre del habitar, del trabajar, del caminar. La imagen de Abraham es la del que peregrina en la misma tierra que el Señor le ha prometido, sin poseerla. Solo poseerá la primicia en la cuevita donde entierra a Sara su esposa.

 

Los que disputan espacios que luego no cultivan

Lo contrario de poseer la tierra es el disputar espacios. En toda disputa de espacios se esconde una falta de mansedumbre y un deseo de poder. Hay disputas abiertas y disputas solapadas, no siempre fáciles de discernir. Pero por los frutos se puede ver con claridad: los que tienen deseo de poder disputan espacios que luego no cultivan. Conquistan pero no hacen ni dejan hacer a otros. Acumulan territorios –trabajos, cargos, responsabilidades…- que cuando ellos no pueden atender nadie más los atiende porque no formaron equipos ni trabajaron con otros. Esto viene de la falta de mansedumbre en el propio corazón, de no haber encontrado el propio espacio, el propio lugar y entonces andar peleando por el de otros. Y luego de conquistado, dejar que se estropee. El violento, conquista y luego desprecia, abandona. El manso, si no es bien recibida su paz, sacude el polvo de sus sandalias y se va a otra ciudad, a otro puesto.

La mansedumbre apunta al tiempo no a los espacios. Abraham es nuevamente la imagen del que, en la disputa entre sus pastores y los de Lot le deja elegir a su sobrino la mejor tierra y él se queda con el resto, que, paradójicamente, con el tiempo será la tierra prometida.

 

Mansedumbre y responsabilidades

La mansedumbre soluciona y contiene los conflictos desde arriba. Por eso una imagen linda es la de la apacibilidad y estrechez de la casa familiar, del convento que se abre a la inmensidad del cielo, de la obra pequeña en la que uno trabaja: allí la tierra justa que uno puede poseer se abre a la trascendencia. A la dimensión vertical que hace fecunda esa parcelita.

Martín Descalzo, en “El dulce reino de la tierra” cita a Bernanos, que escribía acerca de cuánto había amado este dulce reino de la tierra. Y Descalzo reafirma esta convicción: los cristianos amamos la tierra. La tierra poseída con mansedumbre es parte del reino de los cielos. Jesús amó nuestra tierra, nuestros santos la amaron. Santa Teresa llamaba “paraíso” a su pequeño convento de San José. Ignacio amaba ese rinconcito en la terraza del Gesú donde cabía el banquito en el cual se sentaba para llorar mansamente mirando el cielo estrellado.

Poseer en paz la propia tierra, extendiendo estos pequeños lugares de oración y de trabajo por toda el mundo, es un testimonio vivo de esta bienaventuranza. Al poseer bien la tierra uno se vuelve manso. Y viceversa. Podríamos decir que la altura del cargo que un cristiano debe tener se relaciona con la anchura de la tierra cuyos conflictos pueda sostener y conducir en paz, con mansedumbre.

 

Las bienaventuranzas son “ejercicios espirituales”.

Las bienaventuranzas son “ejercicios espirituales”. Si uno se ejercita orando con ellas, haciéndolas consciente, interpretando lo que siente desde su dinamismo y poniéndolas en práctica, son como una respiración que asciende al cielo como ruego y desciende como bendición. Lo importante es la conexión que establecen entre la persona y Dios nuestro Señor.

Soy pobre, y al conectarme con Dios mi Padre y presentarle mi pobreza esta inclina la bondad del Señor hacia mí y me otorga su bendición.

Estoy afligido, y al presentarle al Señor mis lágrimas ellas me atraen su consolación.

Reacciono con mansedumbre, no agrediendo, conteniéndome, y al practicar esta actitud, el Señor me bendice atrayéndome la verdadera autoridad que me hace poseer el espacio en disputa, la tierra.

 

Dejarnos sostener por Jesús, el único manso y humilde de corazón, Dueño de toda la tierra

A veces consideramos la mansedumbre de Jesús solo en su aspecto subjetivo, como virtud interior. Pero hace bien ponerla en relación con el aspecto objetivo de la “posesión de la tierra”. Jesús es manso porque es Dueño de todo, Señor de todo, Cabeza y Recapitulador del universo. Y es Dueño de todo poseyéndolo con mansedumbre, ganando lo que es suyo por creación con el poder atractivo de su amor, no con violencia ni como si fuera un amo despótico.

El Señor es el único manso y humilde de corazón y el que lo posee todo. Por eso para practicar la mansedumbre tenemos que mirarlo a él, aprender de él y dejarnos “descargar de agobios e iras” por él. En Mateo 11, el Señor muestra “los júbilos de su corazón”, como titula la biblia de la BAC:

“En aquel tiempo, tomando Jesús la palabra, dijo: «Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, Porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños. Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce bien al Hijo sino el Padre, ni al Padre le conoce bien nadie sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. «Vengan a mí todos los que están fatigados y sobrecargados, y yo les daré descanso. Tomen sobre ustedes mi yugo, y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallarán descanso para sus almas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera» (Mt 11, 11, 25-30).

Contemplamos al Señor a quien el Padre “le ha entregado todo”. Contemplarlo como el Dueño de todo, como el que con su mansedumbre llegó a poseer lo que era suyo por derecho, contemplar cómo muestra su interior y nos manifiesta sus sentimientos más hondos -lo que le alegra y consuela- nos hace bien. Porque la alegría tiene una belleza contagiosa. Simplemente mirar a Jesús contento, lleno de gozo, sonriente, con los ojos iluminados… nos hace bien. El sentimiento del Señor es el de un corazón manso y humilde, un corazón contenido en sí mismo, que se eleva al Padre y que mira las angustias de los hombres sin sentir desborde sino sintiendo amplitud. ¿Por qué? Porque el es Dueño de todo y mira a todos como “viniendo a El” y se mira a si mismo como “aliviando”, sosteniendo y cargando a todos sobre sus hombros de buen Pastor.

Ver a Jesús cargando la cruz de todas las personas con las que nos cruzamos, verlo como el que está sosteniendo a cada uno con amor, es fuente de consuelo y de colaboración. Confiar en que él nos carga a cada uno descansa y alivia. Y ayuda a confiar también en el otro, en sus posibilidades y capacidades.

 

La fuerza persuasiva del Espíritu vs la fuerza coactiva de la materia

Guardini, en su libro sobre el Poder, nos dice que toda la vida de Jesús fue una transposición del poder en humildad, en mansedumbre. Ejerció su Señorío con mansedumbre y humildad. Pero esa mansedumbre es Señorío efectivo, más real que el de los políticos y poderosos. Lo que pasa es que nosotros disociamos mansedumbre y posesión. ¿Por qué? Porque no comprendemos la diferencia entre el Señorío de la materia y el del Espíritu. Martini dice que la mansedumbre indica la capacidad de distinguir la esfera de la materia, donde lo que actúa es la fuerza, de la esfera del Espíritu, donde actúa la persuasión del testimonio auténtico.

El manso es el que, a imagen de Jesús, no usa la coacción física, ni la manipulación verbal, ni la prepotencia moral, sino que con sumo respeto por la libertad del otro, se contiene a sí mismo y por eso persuade, al actuar con amor y servicialidad. Es Señor mansamente, con esa moderación, benevolencia, dulzura y paciencia que provienen del Espíritu de mansedumbre (Gal 5, 22).

La mansedumbre apunta al núcleo del corazón del otro para que el otro se mire a sí mismo y quiera cambiar desde adentro. La violencia en cambio acciona sobre el exterior del otro, empujando y rechazando o agrediendo su fuerza exterior. Para la oración puedo elegir los gestos de dulzura y mansedumbre del Señor que más me hagan bien mientras miro aquellos “espacios” y “situaciones” que deseo poseer o en las que estoy implicado y tengo que gestionar, esas cosas que me irritan y desasosiegan, para que la mansedumbre del Señor me ayude a “ver” a su manera los conflictos y así poder llevarlos en paz.

 

La mansedumbre de María y su invitación a obrar como Jesús

Pedro le dirá a las mujeres: “que su adorno no esté en el exterior sino en lo oculto del corazón, en la incorruptibilidad de un alma llena de mansedumbre y de paz” (1 Pe 3, 3-4). Desde esta perspectiva miramos a nuestra Señora: todo en María es dulzura y mansa paz.

Es mansa en sus gestos porque es mansa en los movimientos interiores de su corazón. Cuando el Ángel le anuncia la Encarnación, hasta el desconcierto y la turbación son mansos en María. Está activa y todos sus sentimientos despiertos y conscientes, pero sin agresividad, sin sospecha alguna. Sus dudas y temores se apaciguan prontamente al escuchar con atención lo que el Ángel le dice.

Es mansa en sus acciones. También su prontitud para ir a servir y el encuentro con Isabel su prima, muestran un alma mansa, que se entrega y canaliza sus energías positivamente, yendo a servir, alegrándose con los encuentros humanos, bendiciendo a Dios.

Es mansa al interpretar las cosas que suceden. La lectura que hace María de la historia es lúcida y mansa. Como que ella ve cumpliéndose el deseo de su Hijo de que todos –hombres y pueblos- vengan a él. En Caná, la atención de María a lo que falta, indica también un alma receptiva, atenta a lo que sucede a su alrededor, atenta a la situación presente. Lo cual es indicativo de que no está sumida en las fluctuaciones de su propio yo, en los vaivenes de una afectividad agitada en torno al propio centro. Todo lo que hace, siente y piensa nuestra Señora lo hace, lo siente y lo piensa con dulzura y paz. María es mansa de corazón. Y por eso genera un espacio en torno a sí que convierte la tierra en santuarios y los caminos en lugar de peregrinación hacia ella.

 

Momento de Contemplación

Hna Marta Irigoy md

3.  “Felices los mansos, porque poseerán la tierra…de su propio corazón”

“Aprendan de Mí,

que soy manso y humilde de corazón

y así encontrarán alivio…” (mt.11,28)

 

La Bienaventuranza de los mansos, está íntimamente unida a la de la pobreza. Muchos autores dicen que son una misma. Que pobreza y mansedumbre son una misma realidad.

 

La tradición bíblica, relaciona al manso con el pobre de corazón. En el sustrato bíblico hebreo o arameo, “es difícil -escribe es P. Jacques Dupont, osb- , encontrar una diferencia de matiz apreciable entre la Bienaventuranza de los pobres y la de los mansos. Ambas se refieren a los anawim” (Martín Neyt, osb. -Cuadernos Monásticos Nº 149)

Este término –anawim- en su principio se refería a todos los que sufrían pobreza económica, luego se aplicó a aquellos que no podían confiar en sus propias fuerzas y referían su vida solamente a Dios.

 

Jesús que no sólo predicó las bienaventuranzas, sino que las vivió en su vida, mostró el modo de vivir la vida en una plenitud hasta su tiempo jamás oída. La plenitud que da la entrega.

 

Contemplar el corazón de Jesús, nos ayuda a asomarnos a ese “aula-corazón”, donde podemos aprender los primeros balbuceos de este nuevo modo de hablar, de vivir, de mirar, de confiar, de esperar…porque, como dice el mismo Jesús: “de la abundancia del corazón habla la boca” (Mt 15, 18a)…y los gestos…

El secreto es aprender de Él, que es “el Manso y el Humilde” para encontrar el alivio que reclama todo corazón.

 

El secreto de la mansedumbre = Saberse creado por amor

Nuestros entornos sociales, tan hundidos en la violencia, la agresión y la disputas por el poder, revelan las consecuencias de haber desalojado del corazón del hombre y la mujer, la certeza de saberse creados por amor y para amar.

Basta salir a la calle –aunque muchas veces lo padecemos en nuestro hogar o en la propia interioridad– para vernos amenazados por gestos y palabras agresivas. Mirando nuestro mundo, lo contemplamos como un huérfano. Un huérfano de amor, que no ha descubierto que tiene un Padre que lo ama y siente su dolor como propio.

Asistimos a discursos que con sus palabras y gestos nos revelan que sus actos brotan de corazones que no poseen paz, alivio, ni serenidad.

Son corazones que no han recibido “caricias”, que como, dice Piet Van Breemen (“Como pan que se parte”) , que en el griego clásico se dice: “PRAUTES” –mansedumbre- y es una palabra que lleva implícita una caricia.

Se trata entonces, de captar esta relación que existe entre falta de palabras y gestos mansos, que acaricien la vida y despierten al hombre y mujer de esa gran pesadilla de no sentirse valiosos y dignos del amor de nadie y que a través de nuestras palabras y gestos acariciantes puedan descubrir: “Un Padre que es el más tierno de todos los padres”, como dice el P. Hurtado.

Un corazón que lucha por espacios –puestos, roles, afectos, lugares, etc…-, es un corazón que todavía no es dueño de su interior. No es un corazón manso que con sus gestos y palabras acaricia, sino que estos brotan de heridas, que siguen supurando y contagiando su infección a todos los que salen a su paso…

 

Saberse aceptado por amor

Quien ha experimentado su pobreza, la ha gustado hondamente en su amargura, y la ha aceptado como una compañera de camino, seguramente, en el andar ha ido saboreando su dulzura escondida.

Este proceso, “de nacer de lo alto” (Jn 3, 1-5), será un proceso fecundo si fue gestando y dando a luz la certeza de saberse aceptado por el Amor de Dios. Un Dios que solamente busca que sus hijos estén cerca de Él.

Este proceso es lo que hace posible la posesión de esa tierra, que es la más difícil de poseer: la tierra del propio corazón. Seremos felices porque poseeremos ese lugar más hondo en donde brotan las palabras y gestos acariciadores…seremos felices porque acariciaremos a los demás, ya que para esto hemos sido creados por amor: para amar y desde esta experiencia de aceptación profunda, poder servir.

Es muy iluminador lo que dice, Van Bremen sobre “la mansedumbre evangélica –prautes- , es fruto de una profunda toma de conciencia del amor que Dios me tiene tal como soy. Cuando estoy seguro de que Dios me acepta, puedo permitirme ser manso, porque si para Dios tengo tanto valor, ya no tengo necesidad de afirmarme. La certeza de la infinita ternura que Dios siente por mí me libera de todo interés propio; en consecuencia, puedo abrirme a los demás y cumplir mi tarea sin darme importancia. Y el resultado de todo ello es un desinterés por mí mismo que hace que mi actitud sea serena y benéfica “Te he llamado por tu nombre”)”.

Quisiera resaltar esto que dice Van Bremen:

“La certeza de la infinita ternura que Dios siente por mí me libera de todo interés propio”

Quien no ha tenido gestos de ternura, está incapacitado para tener gestos y palabras de ternura. Un niño que es criado en un entorno violento, será un niño violento y si no encuentra ternura en los lugares que se lo confía: escuela, club, sociedad de fomento, comunidad de fe, etc… nunca descubrirá a un Dios que es el más tierno de todos los padres, como decíamos más arriba.

 

Por que la ternura nos desarma. Nos hace vulnerables y es la que prepara la tierra de nuestro corazón para la siembra de esas palabras y gestos acariciadores que luego darán su fruto a su debido tiempo (Parábola de la semilla que crece por sí sola Mc 4, 26 ss). Es un trabajo de toda la vida y para toda la vida…

 

MOMENTO PARA CONTEMPLAR:

Preguntas que pueden ayudar:

  • ¿ Qué sentimientos quedan en tu corazón después de todo lo leído?
  • ¿Son tus gestos y palabras acariciadores?
  • “La ternura cambiará el mundo” ¿crees que esto o hará posible? ¿por qué?

Para terminar:

 

Valgan las palabras de un monje budista camboyano (Javier Melloni-sj- “Este texto llegó a mis manos gracias a un compañero jesuita que trabaja en Camboya, en poblados con mutilados de guerra.”).

 

“El sufrimiento de nuestro país ha sido profundo.

De este sufrimiento surge una gran ternura.

La ternura pone paz en el corazón.

Un corazón pacífico da paz al ser humano.

Un ser pacífico pone paz en una familia.

Una familia pacífica pone paz en una comunidad.

Una comunidad pacífica pone paz en una nación.

Una nación pacífica pone paz en el mundo”.

 

Momento de reflexión

Diego Fares sj

I. Las lágrimas en Francisco

«El mundo nos dice: la alegría, la felicidad, la diversión, esto es lo hermoso de la vida». El mundo «ignora, mira hacia otra parte, cuando hay problemas de enfermedad, de dolor en la familia». “El mundo no quiere llorar: prefiere ignorar las situaciones dolorosas, cubrirlas». Pero «sólo la persona que ve las cosas como son, y llora en su corazón, es feliz y será consolada»: con el consuelo de Jesús y no con el del mundo (9 de Junio 2014).

Las lágrimas de los niños

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Comienzo por lo que más me conmovió: “Las lágrimas de los niños” de las que habló Francisco en una de las últimas audiencias de los miércoles, a la que fuimos con un compañero. Francisco habló de los niños y estuvo inspirado. Nos hizo sonreir y emocionar a todos en la plaza. Decía:

“Los niños tienen la capacidad de sonreír y de llorar. Algunos, cuando los tomo para abrazarlos, sonríen; otros me ven vestido de blanco y creen que soy el médico y que vengo a vacunarlos, y lloran… pero espontáneamente. Los niños son así: sonríen y lloran, dos cosas que en nosotros, los grandes, a menudo «se bloquean», ya no somos capaces… Por eso, los niños pueden enseñarnos de nuevo a sonreír y a llorar. Pero, nosotros mismos tenemos que preguntarnos: ¿sonrío espontáneamente, con naturalidad, con amor, o mi sonrisa es artificial? ¿Todavía lloro o he perdido la capacidad de llorar? Dos preguntas muy humanas que nos enseñan los niños (Audiencia 18 de Marzo 2015).

Bergoglio ya hablaba, muchas veces en Buenos Aires, de pedir esta gracia de “saber llorar”. Decía que Buenos Aires era una ciudad que había perdido la capacidad de llorar, especialmente ante las tragedias como la de Cromagnon y la de Once.

Las lágrimas de los Jóvenes

Las palabras más sentidas del Papa, creo yo, han sido las que ronunció en su viaje a Sri Lanka y Filipinas. En la isla de ….., ante la gente, no se animó a leer el discurso en el que hablaba de “felices los que lloran”. Improvisó, hizo silencio, rezó antes de tener que partir de improviso porque venía tormenta fuerte. Después en el avión habló de cómo se había sentido anonadado ante esa gente que lo había perdido todo. Y habló de las lágrimas. Recordó la oración para pedir las lágrimas y a la chica que le hizo –llorando- la única pregunta que no pudo responder.

“El llanto. Una de las cosas que se pierden cuando hay demasiado bienestar, o los valores no se comprenden bien, o nos habituamos a la injusticia, a esta cultura del descarte, es la capacidad de llorar. Es una gracia que hemos de pedir.

Hay una hermosa oración en el Misal antiguo para pedir lágrimas. Decía así, más o menos: “Señor, tú que hiciste que Moisés hiciese salir agua de la roca con su bastón, haz que de la roca de mi corazón salga el agua del llanto”.

Una oración bellísima. Nosotros los cristianos hemos de pedir la gracia de llorar, sobre todo los cristianos acomodados, y llorar por las injusticias y llorar por los pecados. Porque el llanto te permite comprender nuevas realidades o nuevas dimensiones de la realidad. Es lo que dijo la chica, también lo que le dije yo a ella. Fue la única que hizo la pregunta que no se puede responder: “¿Por qué sufren los niños?”. El gran Dostoievski se lo preguntaba, y no consiguió responder: ¿por qué sufren los niños? Ella, con su llanto: una mujer que lloraba. Cuando digo que es importante que las mujeres sean más tenidas en cuenta en la Iglesia, no es sólo para darles una función, de secretaria de un Dicasterio; eso puede ser. No, es para que nos digan cómo sienten y cómo ven la realidad, porque las mujeres ven desde una riqueza diferente, más grande” (Conferencia de prensa durante el vuelo de Manila a Roma 19 de Enero de 2015).

He aquí la respuesta a la chica:

“La mujer es capaz de ver las cosas con ojos distintos de los hombres. La mujer es capaz de hacer preguntas que los hombres no terminamos de entender. Presten ustedes atención. Ella [la chica Glyzelle] hoy ha hecho la única pregunta que no tiene respuesta. Y no le alcanzaron las palabras. Necesitó decirla con lágrimas. Así que, cuando venga el próximo Papa a Manila, que haya más mujeres.

Yo te agradezco, Jun, que hayas expresado tan valientemente tu experiencia. Como dije recién, el núcleo de tu pregunta casi no tiene respuesta. Solamente cuando somos capaces de llorar sobre las cosas que vos viviste, podemos entender algo y responder algo. La gran pregunta para todos: ¿Por qué sufren los niños? ¿por qué sufren los niños? Recién cuando el corazón alcanza a hacerse la pregunta y a llorar, podemos entender algo. Existe una compasión mundana que no nos sirve para nada. Vos hablaste algo de eso. Una compasión que, a lo más, nos lleva a meter la mano en el bolsillo y a dar una moneda. Si Cristo hubiera tenido esa compasión, hubiera pasado, curado a tres o cuatro y se hubiera vuelto al Padre. Solamente cuando Cristo lloró y fue capaz de llorar, entendió nuestros dramas.Captura de pantalla 2015-03-30 a las 16.48.16

Queridos chicos y chicas, al mundo de hoy le falta llorar. Lloran los marginados, lloran aquellos que son dejados de lado, lloran los despreciados, pero aquellos que llevamos una vida más o menos sin necesidades no sabemos llorar. Solamente ciertas realidades de la vida se ven con los ojos limpios por las lágrimas. Los invito a que cada uno se pregunte: ¿Yo aprendí a llorar? ¿Yo aprendí a llorar cuando veo un niño con hambre, un niño drogado en la calle, un niño que no tiene casa, un niño abandonado, un niño abusado, un niño usado por una sociedad como esclavo? ¿O mi llanto es el llanto caprichoso de aquel que llora porque le gustaría tener algo más? Y esto es lo primero que yo quisiera decirles: Aprendamos a llorar, como ella [Glyzelle] nos enseñó hoy. No olvidemos este testimonio. La gran pregunta: ¿Por qué sufren los niños?, la hizo llorando; y la gran respuesta que podemos hacer todos nosotros es aprender a llorar.

Jesús, en el Evangelio, lloró. Lloró por el amigo muerto. Lloró en su corazón por esa familia que había perdido a su hija. Lloró en su corazón cuando vio a esa pobre madre viuda que llevaba a enterrar a su hijo. Se conmovió y lloró en su corazón cuando vio a la multitud como ovejas sin pastor. Si vos no aprendés a llorar, no sos un buen cristiano. Y éste es un desafío. Jun Chura y su compañera, que habló hoy, nos han planteado este desafío. Y, cuando nos hagan la pregunta: ¿Por qué sufren los niños? ¿Por qué sucede esto o esto otro o esto otro de trágico en la vida?, que nuestra respuesta sea o el silencio o la palabra que nace de las lágrimas. Sean valientes. No tengan miedo a llorar” (Encuentro con los jóvenes 18 de enero de 2015).

Las lágrimas de los sacerdotes

“Para explicarme os hago algunas preguntas que me ayudan cuando un sacerdote viene a mí. Me ayudan también cuando estoy solo ante el Señor.

Dime: ¿Tú lloras? ¿O hemos perdido las lágrimas? Recuerdo que en los Misales antiguos, los de otra época, hay una oración hermosa para pedir el don de las lágrimas. Comenzaba así la oración: «Señor, Tú que diste a Moisés el mandato de golpear la piedra para que brotase agua, golpea la piedra de mi corazón para que las lágrimas…»: era así, más o menos, la oración. Era hermosísima. Pero, ¿cuántos de nosotros lloramos ante el sufrimiento de un niño, ante la destrucción de una familia, ante tanta gente que no encuentra el camino?… El llanto del sacerdote… ¿Tú lloras? ¿O en este presbiterio hemos perdido las lágrimas?

¿Lloras por tu pueblo? Dime, ¿tú haces la oración de intercesión ante el sagrario?

¿Tú luchas con el Señor por tu pueblo, como luchó Abrahán: «¿Y si fuesen menos? ¿Y si son 25? ¿Y si son 20?…» (cf. Gn 18, 22-33). Esa oración valiente de intercesión… Nosotros hablamos de parresia, de valor apostólico, y pensamos en los proyectos pastorales, esto está bien, pero la parresia misma es necesaria también en la oración. ¿Luchas con el Señor? ¿Discutes con el Señor como hizo Moisés? Cuando el Señor estaba harto, cansado de su pueblo y le dijo: «Tú quédate tranquilo… destruiré a todos, y te haré jefe de otro pueblo». «¡No, no! Si tú destruyes al pueblo, me destruyes también a mí». ¡Éstos tenían los pantalones! Y hago una pregunta: ¿Tenemos nosotros los pantalones para luchar con Dios por nuestro pueblo? (Encuentro con los sacerdotes de Roma, 6 de marzo de 2014).

Llorar ante la Cruz de la mano de María

Es posible comprender «un poquito» el misterio de la cruz «de rodillas, en la oración», pero también con «las lágrimas». Es más, son precisamente las lágrimas las que «nos acercan a este misterio». En efecto, «sin llorar», sobre todo sin «llorar en el corazón, jamás entenderemos este misterio». Es el «llanto del arrepentido, el llanto del hermano y de la hermana que mira tantas miserias humanas y las mira también en Jesús, de rodillas y llorando». Y, sobre todo, evidenció el Papa, «¡jamás solos!». Para entrar en este misterio que «no es un laberinto, pero se le parece un poco», tenemos siempre «necesidad de la Madre, de la mano de la mamá». Que María —añadió— «nos haga sentir cuán grande y cuán humilde es este misterio, cuán dulce como la miel y cuán amargo como el áloe» (Misa de la Santa Cruz, 14 de setiembre 2013).

María

II. Don de lágrimas y consolación

La bienaventuranza de las lágrimas dice así: “Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados”.

Las lágrimas ante el misterio silencioso de las cosas de Dios

En la experiencia de Ignacio las lágrimas son don de Dios y están estrechamente unidas a la consolación: devoción crecida, consolación y lágrimas van juntas. En su Autobiografía, Ignacio recuerda dos experiencias de haber llorado: la primera fue de compasión, cuando se dio cuenta de que los alguaciles habían maltratado al pobre al que él le había regalado sus vestidos pensando que se los había robado:

Le saltaron las lágrimas de los ojos, de compasión del pobre a quien había dado los vestidos; de compasión, porque entendió que lo vejaban, pensando que los había hurtado” (Autobiografía 18).

La segunda vez lloró de consolación en Manresa con la primera visión que tuvo de la Santísima Trinidad:

“Estando un día rezando en las gradas del mismo monasterio las Horas de nuestra Señora, se le empezó a elevar el entendimiento, como que veía a la santísima Trinidad en figura de tres teclas, y esto con tantas lágrimas y tantos sollozos, que no se podía valer. Y yendo aquella mañana en una procesión, que de allí salía, nunca pudo retener las lágrimas hasta el comer; ni después de comer podía dejar de hablar sino de la santísima Trinidad; y esto con muchas comparaciones y muy diversas, y con mucho gozo y consolación; de modo que toda su vida le ha quedado esta impresión de sentir grande devoción haciendo oración a la santísima Trinidad” (Autobiografía 28).

Además, Ignacio describe otras dos grandes consolaciones con lágrimas y tienen que ver con la muerte y el cielo. Con la muerte, por las gracias que el Señor le fue dando: en un comienzo de su vida espiritual tenía temor de morir sin poder pedir perdón de sus pecados, luego pasó a tener una gran confianza en que Dios le perdonaría, para, por fin, hacia el final de su vida, pasar a experimentar mucha consolación y lágrimas ante el pensamiento de ir a la casa del Padre:

“El año de 50 estuvo muy malo de una muy recia enfermedad que a juicio suyo y aun de muchos, se tenía por la última. En este tiempo pensando en la muerte tenía tanta alegría y tanta consolación espiritual en haber de morir, que se derretía todo en lágrimas; y esto vino a ser tan continuo, que muchas veces dejaba de pensar en la muerte, por no tener tanto de aquella consolación” (Autobiografía 33).

En esta misma línea está la visión que tuvo del primer compañero que murió y al que vio entrando al cielo:

“Vio una vez al bachiller Hozes que entraba en el cielo, y en esto tuvo grandes lágrimas y gran consolación espiritual” (Autobiografía 98).

Estas cuatro experiencias profundas –la compasión ante la injusticia al pobre, el gozo inefable de la presencia de la Trinidad, la muerte y el amigo yendo al cielo- Ignacio las cuenta para comunicarnos el valor de las lágrimas que luego se convertirán, para él y para los que hacen ejercicios, en criterio de discernimiento de lo que es mayor servicio de Dios.

Esta “verdad” de las lágrimas para expresar las cosas de Dios, la describía Virgilio al hablar de las “lacrimae rerum”, las lágrimas de las cosas. “También las cosas tienen lágrima y tocan las mentes de los mortales” decía Eneas llorando al ver la destrucción de Troya, con un sufrimiento “del que no puedo hablar si no es con la ayuda de las lágrimas”. Así pues, las lágrimas de las cosas brotan cuando las cosas nos muestran su misterio silencioso, aquello que nos excede. Cuando estamos ante aquello que no podemos manejar, entonces nos brotan o nos sobrevienen lágrimas del corazón, señal de que estamos ante el misterio de las cosas trascendentes. Pericles lloraba ante su hijo muerto y alguien le preguntó por qué lloraba. “Porque he perdido a mi hijo”, le respondió. Y el otro: “Pero llorar no sirve para nada”. “Precisamente por eso lloro” replicó el Rey.

Las lágrimas al descubrir el servicio que más le agradaba al Señor

La experiencia más larga de lágrimas la cuenta Ignacio en su diario espiritual: cuando hacía elección acerca del grado de pobreza en que Dios quería servirse de la Compañía de Jesús. Nadal, que transcribe la Autobiografía tal como se la narró Ignacio, la termina contando esta experiencia de las lágrimas de Ignacio en cada Eucaristía:

“El modo que observaba cuando hacía las Constituciones era decir cada día la misa y representar el punto que trataba a Dios y hacer oración sobre aquello; y siempre hacía la oración y la misa con lágrimas. Yo quería ver aquellas cartas de las constituciones enteras y le rogué que me las dejase un poco: el no quiso” (Autobiografía 101).

 

Las pocas páginas que Ignacio nos dejó de su Diario Espiritual, son una prolija descripción de las mociones espirituales que experimentó en las misas celebradas en torno a este punto de la pobreza a lo largo de un año –2 de Febrero de 1544 hasta el 27 de Febrero de 1545), descripción en la que las lágrimas tienen un lugar preponderante.

Ignacio comienza contando la misa a Nuestra Señora un Sábado, en la que tuvo “abundancia de devoción, con lágrimas y crecida confianza en nuestra Señora” (Diario 1) y continúa anotando las lágrimas con que el Señor le favoreció cada día. El Padre De Guibert calcula que “en los primeros cuarenta días del Diario habla San Ignacio de lágrimas derramadas hasta 175 veces”. Laínez lo describía así: “Es tan tierno San Ignacio en lágrimas en cosas eternas que me decía que comúnmente seis o siete veces al día lloraba”. Como dice el P. Iparraguirre: “las lágrimas le venían acompañadas en diversas ocasiones con sollozos. Tan fuertes que había ocasiones en que le impedían el habla y tan intensas y abundantes que temía el Santo perder la vista. Este extraordinario don infuso de las lágrimas era para San Ignacio una vivencia sabrosamente sentida de la íntima comunicación de Dios a su alma. Se sentía íntimamente conmovido y anonadado por el peso de las grandezas divinas”. Y las lágrimas le confirmaban la aceptación de Dios de sus ofrecimientos.

 

Las lágrima como criterio de discernimiento

Ahora bien ¿se traduce este don tan singular en un beneficio que nosotros podamos aprovechar espiritualmente o queda como algo muy íntimo y especial de San Ignacio que nos resulta grande y un poco extraño?

Creo que todo aquel que ha hecho los Ejercicios, en algún momento ha recibido algo de este don de lágrimas. No hablo de las lágrimas que dependen de la propia sensibilidad: hay sensibilidades que lagrimean fácilmente y por cualquier cosa y otras que son secas y duras por naturaleza. Hablo de esas lágrimas que uno siente que son “especiales”, que son de Dios. De Dios, porque brotan en la oración contemplando realidades espirituales que comúnmente a uno no lo hacen llorar: o por compasión al ver a Jesús y al sentir los propios pecados, como nos hace pedir Ignacio[1], o por alegría al sentir la consolación del Espíritu.

Estas lágrimas, como describe Ignacio en su diario, van desde un “suave venir algún agua a los ojos” (Diario 141), hasta “sollozos” que lo dejan sin poder hablar (Diario 27). Y pueden ser también interiores, sin que se manifiesten físicamente, como cuando Ignacio siente que Dios le confirma la elección que ha hecho de no tener rentas:

“Con muy grande efusión de lágrimas, mociones y sollozos interiores, pareciendo como que las venas o partes del cuerpo se sentían sensiblemente, hice la confirmación ultimada a la Santísima Trinidad delante de toda su corte celestial, dando gracias con mucho intenso afecto, primero a las personas divinas, después a nuestra Señora y a su Hijo, después por los ángeles, santos padres, apóstolos, discípulos, a todos los santos y santas y a todas personas que para esto me habían ayudado” (Diario 47).

Es notable cómo cuenta que, después de una consolación interior tan grande, como no le venían lágrimas exteriores como solía sentir, se enredó en una tentación de desconfiar de Dios y de querer pedir más confirmaciones.

Pasará así más de dos meses hasta que le venga la gracia final que será más bien interior:

“Así mismo en todas las misas de la semana, aunque no tan visitado de lágrimas, con mayor quietud o contentamiento en toda la misa por el gusto de las loquelas con devoción que sentía que otras algunas veces que en parte de la misa tenía lágrimas. Las de este día me parecían mucho, mucho diversas de todas otras pasadas, por venir tanto lentas, internas, suaves, sin estrépito o mociones grandes, que parece que venían tanto de dentro, sin saber explicar, todo moviéndome a amor divino y al don de la loquela concedido por Dios, con tanta armonía interior acerca la loquela interna, sin poderlo expresar” (Diario 222).

Así pues, lo importante de las lágrimas –sean externas o interiores, abundantes o apenas una agüita, intensas o suaves, es que expresan algo que de otra manera no se puede expresar, y uno se da cuenta de que está recibiendo una gracia y expresando su amor por medio de ellas.

De hecho, Ignacio afirma que “lágrimas y consolaciones” dan el criterio para ver si hay que alargar los ejercicios de primera semana[2] o cambiar el modo de hacer oración y penitencia que tiene el ejercitante[3]. El criterio que él usaba para “sentir la voluntad de Dios, lo que le agradaba, lo recomienda para todo ejercitante.

La unión entre lágrimas y consolaciones está expresada en las reglas de discernimiento. Quizás la explicación se encuentre en la regla acerca de “las causas de por qué estamos desolados”. Allí Ignacio hace notar que –descartados la propia negligencia y el deseo de probarnos por parte del Señor- la tercera causa por la que el Señor permite la desolación es:

“Por darnos vera noticia y cono­cimiento para que internamente sintamos que no es de nosotros traer o tener devoción crecida, amor intenso, lágrimas, ni otra alguna consolación espiritual, mas que todo es don y gracia de Dios nuestro Señor; y porque en cosa ajena no pongamos nido, alzando nuestro entendimiento en alguna soberbia o gloria vana, atribuyendo a nosotros la devoción o las otras partes de la espiritual consolación” (EE 322).

Esta constatación hace que Ignacio valore las lágrimas -esta “parte” de la consolación espiritual- como algo que no está en nosotros traer o experimentar.

¿Qué son estas lágrimas? En la regla acerca de qué es consolación, Ignacio la describe así:

Llamo consolación, cuando en el ánima se causa alguna moción interior, con la cual viene la ánima a inflamarse en amor de su Criador y Señor; y consecuentemente, cuando ninguna cosa criada sobre la haz de la tierra, puede amar en sí, sino en el Criador de todas ellas. Asimismo, cuando lanza lágrimas motivas a amor de su Señor, ahora sea por el dolor de sus pecados, o de la pasión de Xto nuestro Señor, o de otras cosas derechamente ordenadas en su servicio y alabanza”.

Las lágrimas que se lanzan por amor tienen una fuente y es ese mismo amor que fue recibido como don y que inflamó el alma. Es decir, son de amor y provienen de un exceso de amor. Exceso en el que Ignacio experimenta la presencia silenciosa del Creador que se da y se hace amar por sí mismo en todas las cosas.

Una vez que hemos hecho este breve recorrido por las lágrimas de Ignacio, podemos sacar alguna reflexión que nos aproveche para la vida espiritual.

III. La sinceridad de las lágrimas

         ¿Toda lágrima es por amor?

“Bienaventurados los que lloran porque serán consolados…” Los que lloran “por amor”, decimos con Ignacio. Los que lloran con esas lágrimas que regala Dios, esas que brotan de su presencia silenciosa en lo hondo y al lado nuestro. Está bien, pero ¿no proporcionan las lágrimas un criterio débil, fácil de confundir? ¿No hay otros criterios más sólidos para discernir la gracia? ¿Cómo podemos estar seguros de que se llora por amor?

Si volvemos a la bienaventuranza del Señor vemos que llama felices a los que lloran, simplemente. Sin decir por qué.

¿Será que en el fondo toda lágrima es por amor?

De última, me animaría a decir que sí.

Aunque sean lágrimas de bronca o de desesperación. Si se llora es que hay algo de autenticidad en el corazón, y donde hay algo de sinceridad hay algo de amor. El problema viene cuando el odio, la desesperación o la tristeza quedan secos, por así decirlo. En toda lágrima hay al menos un mínimo de verdad, de sinceridad pura, aunque sea muy subjetiva. De hecho, las lágrimas son enteramente personales. Por eso, a partir de ese mínimo incorrupto, puede tomarse pie para discernir lo que es de Dios.

Felices entonces los que lloran, porque muestran lo que de veras aman y el Amor los podrá consolar allí donde tienen su amor.

La bienaventuranza del Señor, que promete que él mismo consolará y enjugará nuestras lágrimas, no distingue entre lágrimas dignas de consuelo y no dignas. Como que las lágrimas mueven primero a enjugarlas y luego a objetivar. En ellas vemos amor personal, vemos algo que afectó profundamente a la persona y por eso llora y tendemos a consolar. Es que uno llora allí donde está su amor, o porque lo gana o porque lo pierde. Las lágrimas son signo de amor personal.

En el pasaje en el que la Magdalena llora, el Señor le pregunta por qué y cuando ella le responde que llora porque se han llevado a su Señor, Jesús no le dice: no llores más que aquí estoy, sino que la llama por su nombre –María-. Es decir: le acepta el amor personal que expresan sus lágrimas.

Aquello por lo que no lloramos –de pena o de alegría- podríamos decir que no vale la pena. Y sólo podemos ser consolados allí donde está lo que amamos.

         Sólo se llora ante quien nos puede consolar

La dicha de las lágrimas ante el Señor, proviene de haber encontrado al único capaz de enjugarlas, al que verdaderamente nos comprende desde adentro, porque lloró como nosotros –por Jerusalén que no quería recibir su paz (Lc 19, 41), por la muerte de su amigo Lázaro a quien no puede evitarle que sufra aunque luego lo resucite (Jn 11, 35)- y es el que ha venido a consolarnos, cumpliendo hoy la profecía de Isaías:

El Espíritu del Señor está sobre mí, me ha enviado a anunciar la Buena Nueva a los pobres, a vendar los corazones rotos, a pregonar a los cautivos la liberación y a los reclusos la libertad (…) para consolar a los afligidos, para alegrar a los afligidos de Sión (Is 61, 1-3).

La aflicción proclamada como bienaventuranza nace de una mirada contemplativa que dirigida misterio del amor infinito de Dios y, al mismo tiempo, de la consideración tierna y compasiva sobre la fragilidad de la condición humana, sobre la contradicción histórica del hombre.

Ahora, sólo podemos llorar –animarnos a llorar, permitirnos llorar- por nuestros pecados si nos sentimos ante la mirada perdonadora de Jesús, como hizo Pedro en la Pasión que lloró amargamente al descubrirse culpable y al sentirse mirado con amor por su amigo, el Señor (Lc 22,62).

El llanto por no haber amado más sólo ante Jesús lo podemos desahogar porque él colma ese vacío y lo llena con su amor, supliendo lo que nos falta.

Así como los niños muchas veces aguantan un llanto hasta estar en brazos de su madre, así el hombre, si no se siente inmerso en el abrazo de la piedad de Dios, más bien tiende a endurecer el corazón. Solo se llora ante quien puede comprendernos y consolarnos. Ante el Señor podemos llorar confiadamente. El es “el Cordero que está en medio del trono” y “será nuestro pastor, nos guiará a los manantiales de agua vida y Dios enjugará toda lágrima de nuestros ojos” (Ap 7, 16-17).

Puedo preguntarme:

Por qué cosas lloro, cuales son las causas de mis tristezas?

¿Cuáles son mis consolaciones más lindas, las que me da el Señor y me alegran verdaderamente (no corresponden acaso a mis lágrimas)?

“Los que siembran entre lágrimas, cosecharán entre canciones”.

 

 

Momento contemplativo

Hna Marta Irigoy md

 

Bienaventurados los que se hallan en tristeza, porque Dios los consolará” (Mt.5, 5): “Las Bienaventuranzas”- Martini, pág.26.

 

“Felices los afligidos, porque serán consolados” (Mt. 5, 5): Traducción de la Biblia Pueblo de Dios.

 

“Bienaventurados los que lloran, porque serán consolados” (Mt.5, 5): Traducción de la Biblia de Jerusalen.

 

…La traducción de la Biblia Interconfesional, reza:

“Bienaventurados los que se hallan en tristeza, porque Dios los consolará”(Mt. 5, 5)

El termino griego –penthountes—incluye tanto la aflicción como la tristeza y se refiere más directamente al luto, a las lágrimas que derramamos, por ejemplo, por la muerte de una persona amada…El sentido del vocablo se amplía obviamente para abarcar todas las realidades que causan dolor, sufrimiento y pena.

Jesús al comienzo de su misión en el evangelio de San Lucas 4, lee este texto Isaias:

“El Espíritu del Señor está sobre mí…

me ha enviado a anunciar la Buena Nueva a los pobres,

a vendar los corazones rotos;

a pregonar a los cautivos la liberación, y a los reclusos la libertad;…

para consolar a los que lloran,

para darles diadema en vez de ceniza,

aceite de gozo en vez de vestido de luto,

alabanza en vez de espíritu abatido…”

(Isaias, 61, 1-3)

 

Podemos reconocer en este texto, el corazón del Señor, el corazón del Buen Pastor. Él ha venido a anunciar la Buena Noticia del Reino, que como venimos diciendo se concretan en “Las bienaventuranzas”, siendo ellas el “autorretrato del Señor”…

 

Vincenso Farano, dice: “El Señor también derramó lágrimas ante la tumba de su amigo Lázaro: (Jn.11,35)… las lágrimas de Jesús que se han asomado a sus ojos, le han salido del corazón y constituyen el punto de encuentro del Redentor con la fragilidad humana. Son su don de consagración de lo que es más característico del ser humano. Sus lágrimas dan valor de consagración a las lágrimas de los hombres y mujeres de toda la historia … (Las bienaventuranzas, pg. 54)”.

 

Martini, dice que el texto en griego habla de las lágrimas que se derraman por la muerte de una persona amada, y hoy nos vamos a ayudar, con la pregunta de Jesús resucitado que viene en su oficio de consolar (EE 224) a María Magdalena, que llora fuera del sepulcro:

 

  • MUJER, ¿POR QUÉ LLORAS? ( Juan 20, 15)

 

Esta pregunta nos revela el corazón consolador del Señor, que quiere sacarla de ese “aferrarse al dolor”… Nosotros muchas veces también nos aferramos a nuestros dolores: enfermedades, soledades, penas que nos nublan la mirada y no permiten ver que a través de ellos el Señor quiere entrar y salir por nuestras vidas con la fuerza radiante del Espíritu…El evangelio nos cuenta que las ovejas reconocen la voz de su Pastor. La mañana de la resurrección María Magdalena experimentó toda la capacidad de consuelo en la voz de Jesús. Ella se supo conocida por dentro, acompañada, comprendida e invitada a volver a vivir (Fernando Montes sj).

 

María Magdalena fue invitada a salir de la puerta del sepulcro y correr hacia la vida con la alegría de vivir para consolar a los demás, con el consuelo con que el Señor la consoló.

 

Oración personal:906atfootcross

En este rato de oración personal, vamos a dejarnos preguntar por el Señor, contemplándolo en el Crucificado:

¿Cuál es tu pena?

  • ¿Por qué lloras?

 

Vamos a tomar una Cruz, en nuestras manos, pidiéndole al Señor que nos consuele y consuele a aquellos que hoy sabemos que se hallan en tristeza, y dejándonos enviar a consolarlos.

 

 

[1] Ignacio supone que el Señor da este don en alguna medida a todos los que hacen ejercicios. Hace pedir expresamente “lágrimas y tormento con Cristo atormentado” (EE 48) “intenso dolor y lágrimas por mis pecados” (EE 54). “Dolor con Cristo doloroso, quebranto con Cristo quebrantado, lágrimas, pena interna de tanta pena que Cristo pasó por mí” (EE 203).

[2]Acaece que en la primera semana unos son más tardos para hallar lo que buscan, es a saber, contrición, dolor, lágrimas por sus pecados; asimismo como unos sean más diligentes que otros, y más agitados o probados de diversos espíritus; requiérese algunas veces acortar la semana, y otras veces alargarla” (EE 4).

[3] “Cuando la persona que se ejercita aún no halla lo que desea, así como lágrimas, consolaciones, etc., muchas veces aprovecha hacer mudanza en el comer, en el dormir, y en otros modos de hacer penitencia” (EE 89).

Las Bienaventuranzas

seguimientoDado que este año no haremos nuestros Encuentros de Oración, se nos ocurrió compartir aquí los textos del taller del 2006 (que estaban por salir como un librito que se retrasó) y algunas cosas nuevas. Los vamos a ir publicando los primero miércoles de mes, si Dios quiere, como una forma de estar cerca.

Pobreza espiritual y adoración al Padre

Diego Fares sj

La primera bienaventuranza dice así: Felices los pobres de espíritu porque de ellos es el reino de los cielos (Mt 5, 1-3).
Como Mateo habla de los pobres “de espíritu” o de “alma” y Lucas habla de pobres simplemente, a veces surgen distinciones entre diversos tipos posibles de pobreza, si se puede ser muy pobre y tener un corazón de rico o ser muy rico y tener un corazón de pobre.
Pero nuestra contemplación no debe ir por este lado. De entrada nomás es bueno darnos cuenta de que el concepto de pobreza, como el de riqueza, es esencialmente relativo. No existe una pobreza tan absoluta que uno no pueda despojarse de algo más, así como no existe una riqueza tan inmensa que uno no pueda incrementarla.
Además, hay que afirmar también que el carácter comparativo de la pobreza es más complejo que el de otras bienaventuranzas: para discernirla hay que relacionar la actitud interior y los bienes externos que posee, considerar la sociedad y la cultura en la que se vive, relacionar lo que uno posee y lo que da, pero también ha que tener en cuenta lo que uno ha recibido, lo que tiene que usar para trabajar y lo que sería solo lujo…Y así. No es fácil saber quién es digno de esta bienaventuranza. Lo mejor es considerar que nos falta ser más pobres y volver a pedir la gracia cada día. Pero hay un camino fácil para volverse más pobre de alma y va más por el lado de las preferencias que de los despojos. Va por el lado del que vende todo para comprar el campo del tesoro y la perla.
Vamos a centrar nuestra mirada en el deseo de adorar al Padre (primer mandamiento) y en los despojos que supone y da como fruto sin casi sentir el esfuerzo o la pérdida. Existe una relación hermosa y fecunda entre pobreza de alma y adoración al Padre. Es que con respecto a nuestro Padre creador, el que nos dio la vida y nos sostiene en ella, siempre somos pobres “materialmente” diríamos. Pero espiritualmente reconocernos creaturas y adorarlo con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma y con todas nuestras fuerzas, es una opción libre. En este sentido, pobre de alma es el publicano y no el fariseo. Es el que religiosamente se siente como el publicano, pecador, necesitado de que Dios lo perdone y tenga piedad de él. Pobre de alma es nuestra Señora quien, al no haber en ella pecado, el sentimiento de su pequeñez y de deberle todo a Dios se convierte en pura alabanza, en adoración llena de alegría y deseo de glorificar a Dios.
Al contemplar la bienaventuranza de la pobreza es bueno centrar nuestra mirada en los frutos, por decirlo así, que brotan de esta actitud espiritual bendecida por Jesús. Y el primer fruto de la pobreza de espíritu es la Adoración al Padre. En la adoración al Padre adviene el reino. Al santificar su nombre, se abre el reino de los cielos y viene a nosotros, estableciéndose como voluntad que dirige y ordena las acciones de los que la acatamos líbremente. Y por añadidura nos da el pan, nos perdona, nos libra de las tentaciones y de todo mal. Ese reino que está como oculto, como corriendo por lo bajo, velado, escondido, se abre y adquiere vigencia, cobra valor, realidad, allí donde alguien opta por la pobreza espiritual, allí donde alguien, por amor a Jesús pobre, opta por no agarrar sino por dar, por no auto-adorarse sino por adorar al Padre, allí donde alguien opta por no querer poseer ni dominar ni ejercer derecho sino que comparte, se despoja, sirve, cede.

Pobreza de cosas, preferencia de Dios

En el principio y fundamento Ignacio nos dice que el hombre es creado para alabar, hacer reverencia y servir al Señor. En el acto de adoración uno se despoja de todo, más allá de las cosas, se despoja de sentir el ser como propio y lo refiere al Padre creador. Pero ¿qué significa ‘despojarse’ del propio espíritu? ¿En qué consiste este despojarse? Ignacio habla de “pobreza espiritual” y de “pobreza actual”. La primera es una actitud de despojo y de humildad que hacemos líbremente en nuestro interior, la segunda alude a los despojos reales de pobreza que sobrevienen más allá de nuestra disposición interior. La pobreza de espíritu es despojarse del estar pendiente de sí mismo, satisfecho de sí mismo o preocupado por sí mismo, es despojarse del sentirse rico de sí mismo, que lleva a la auto- adoración.
Ahora bien, ¿cómo hace uno para no comenzar por estar pendiente de sí mismo y no terminar adorándose a sí mismo? Esta pobreza de espíritu de no poseerse a sí mismo se ejercita en la adoración. Uno no puede “soltarse” a sí mismo sin agarrarse a Dios. Y viceversa, uno no puede adorar a Dios, estar atento a lo que le agrada, confiar enteramente en él, esperarlo todo de su bondad, sin estar despojado de sí mismo. En el Principio y fundamento, la actitud de indiferencia hacia las cosas, incluso hacia la misma pobreza material –no querer más riqueza que pobreza, salud que enfermedad, honor que deshonor…, es preferencia por la Gloria de Dios Creador.

Pobreza de sí mismo, posesión del Reino

Eso es lo que se expresa cuando el Señor dice que el reino de los cielos “es de” los pobres de espíritu, les pertenece. Las otras bienaventuranzas no hablan de posesión presente sino de recompensa futura, excepto la de la persecución por causa de la justicia, que también obra el efecto simultánea-mente: el reino es del que es perseguido, el reino es del que es pobre de espíritu y del que se hace como un niño.
La posesión del reino de los cielos se da en el despojo del deseo de posesión autónoma del propio espíritu. El Reino de los cielos es reinado práctico y efectivo del Padre. Reinado sobre nuestra voluntad atrayéndola en la adoración, reinado sobre nuestra mente, concentrándola en la escucha de fe a Jesús, reinado sobre nuestra vida práctica concentrándonos en el servicio del prójimo y en las relaciones fraternales entre nosotros.
La pobreza, como la riqueza, es relativa. Uno siempre puede ser un poco más pobre o más rico. Cuando uno habla de pobreza inmediatamente surge la pregunta pobreza de qué, riqueza de qué. Pobreza del propio espíritu, riqueza de Dios.

Los gestos pobres de la adoración

La adoración tiene dos gestos: la postración, que es reverencia y el beso – ponerse la mano en la boca mandando un beso (ad os) – que es alabanza, envío de cariño al que está lejos.
Son dos gestos de pobreza espiritual: postrarse es reconocer que uno le debe todo a otro. Mandar un beso, es reconocer que uno quiere darle todo al otro, entregarle todo.
Así como para amar al prójimo hay que despojarse de los bienes propios y dárselos al otro, para amar a Dios debemos despojarnos de la auto- adoración y dársela a Dios: glorificarlo, santificar su nombre.
En la pobreza material no se trata de un despojo absoluto sino de un despojarse para compartir, así también la adoración es un despojarse de estar pendiente de sí en la medida en que me permite compartir con el Señor. No es un vaciamiento absoluto sino la conciencia de estar sintiendo nuestra vida y remitiéndola a Dios, sintiendo el bien y glorificando a Dios, teniendo conciencia de lo propio apropiárnoslo y soltarlo para ponerlo en manos de él. La pobreza, en este sentido, es dinámica.
Quizás debamos reflexionar en eso de que el reino “es” de los pobres de espíritu. En la medida en que uno se despoja de una cosa, goza del ser del reino, de que el reino exista, sea. Y el reino adviene a la existencia, se vuelve real allí donde alguien ejercita esa relación de filiación con el Padre y le expresa su adoración, allí donde alguien ejercita su fraternidad con los hombres y la expresa en el servicio. En esta doble cara de la pobreza de espíritu el Reino de los cielos “se hace presente”, visible, se puede sentir en sus santos efectos: la paz, la cordialidad, la alegría…
Por fin, un fruto más de la pobreza espiritual. Un fruto no muy destacado, quizás, pero bien propio de los pobres: el de saber reirse de sí mismos. Martín Descalzo tiene un artículo que es una joyita y puede ayudarnos a discernir la pobreza de espíritu por este fruto “indirecto” si se quiere, pero bien real.

El arte de reírse de sí mismo…

Arte difícil, que no te enseñan en ninguna universidad. Arte imprescindible si uno quiere escapar de esos dos grandes demonios de la vida humana: el que nos incita a adoramos a nosotros mismos y el que nos empuja a odiarnos desde nuestro propio corazón. El noventa y cinco por ciento de la Humanidad cae en uno de estos dos pecados. Tal vez en los dos, simultánea o sucesivamente.
Adorarse a sí mismo es tarea placentera. Y, aunque se ven más tentados en esto los llamados hombres públicos (que, como se pasan media vida subidos en púlpitos, tarimas, plataformas o pedestales, tienen la fácil tendencia a olvidar su propia estatura), afecta incluso a quienes objetivamente tienen bien pocos motivos para esa auto- adoración.
Peor son los que se odian a sí mismos. Son millones. Gentes que no se perdonan por no haber realizado todos sus sueños, gentes que están decepcionadas de sí mismas y convierten su decepción en amargura y mal café.
Aunque se piense lo contrario, no es nada fácil amarse humildemente a sí mismo, aceptarse como se es, luchar por ser lo mejor que se pueda, pero sabiendo siempre que esa mejoría se conseguirá siendo feos como somos, gordos como somos y medio-listos como somos. Dios, al mandar que amásemos al prójimo como a nosotros mismos, nos estaba mandando también que nos amásemos a nosotros mismos como al prójimo. Cosa no menos difícil.
Yo creo que el noventa por ciento de los violentos son gente que está furiosa consigo misma. Y casi todos los que odian a alguien han empezado por detestarse a sí mismos.
Por eso pregono hoy el arte de reírse de sí mismo, siempre que esa sonrisa surja de la piedad, de una suave ironía; siempre que esa mirada compasiva sobre nosotros mismos se parezca a la que los padres dirigen a sus chiquitines y a ésa con la que Dios contempla a la humanidad.
Es éste un arte muy difícil, que sólo le llega al hombre con la madurez, cuando se ha conseguido una actitud pacífica consigo mismo. Los adolescentes difícilmente pueden contemplarse a través de ese espejo del humor, ya que éste «sólo existe en los pueblos con solera» (escribió Martín Alonso) y, añadiría yo, «en los hombres con solera».
Los hombres deberíamos vivir con el alma siempre en borrador: sabiendo siempre que todo está en camino, que nada es definitivo ni irrepetible, que, en todo caso, todo puede ser mejorado y multiplicado. Cuando se nos endurece el alma y las ideas, envejecemos y empezamos a ser juguetes de la amargura.
Por eso yo pido a Dios todos los días que me dé el corazón de un idealista (para que siempre arda en mí el deseo de ser más alto, más hondo, más ancho de lo que soy) y la cabeza de un humorista semiescéptico (para no enfurecerme ni avinagrarme cuando cada noche descubro lo poco que en ese crecimiento he conseguido).
Y me parece que Dios me ayudó dándome una barba muy cerrada que me obliga a enfrentarme cada mañana (y algunas tardes) con mi espejo, que es el momento mágico para sonreír ante el medio- tonto , medio-listo que soy. «Todos -dice Machado en su Juan de Mairena- deberíamos poder darnos de vez en cuando un puntapié en el trasero.» Y tiene razón, aunque yo he comprobado que es dificilísimo hacerlo contando sólo con dos pies”
(Razones para la Esperanza).
La caracterización que hace Martín Descalzo del que cultiva el arte de reírse de sí mismo describen muy bien los rasgos de alguien que es pobre de espíritu.
En primer lugar, el sentimiento hondo, de fondo, el más constante: el pobre de alma siente que ni se adora ni se odia sino que se ama humildemente a sí mismo, se acepta como es y lucha por mejorar (corazón idealista) sin dejar de ser como es y de aceptarse con humor, sin enfurecerse ni avinagrarse (cabeza de humorista semiescéptico). Como decía el Cura Rural de Bernanós, al fin de su vida: Me he reconciliado conmigo mismo, con este despojo que soy. Odiarse es más fácil de lo que se cree. La gracia es olvidarse. Pero si todo orgullo muriera en nosotros, la gracia de las gracias sería apenas amarse humildemente a sí mismo, como a cualquiera de los miembros dolientes de Jesucristo. Esta madurez Descalzo la llama “tener solera”, como un buen vino.
Segundo, describe la mirada: el pobre de espíritu tiene una mirada compasiva para con las personas, como la de los papás para con sus chiquitines, y despojada ante las cosas: sabe vivir con el alma siempre en borrador.

… “Felices los que tienen alma de pobres porque de ellos es el Reino de los Cielos (Mt 5, 3)

Hna Marta Irigoy, MD.

“Al ver a la multitud, Jesús subió a la montaña,
se sentó, y sus discípulos se acercaron a Él.
Entonces tomó la palabra y empezó a enseñarles, diciendo:
“Felices los que tienen alma de pobres,
porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos”

“En aquel momento los discípulos se acercaron a Jesús para preguntarle: “¿Quién es el más grande en el Reino de los Cielos?”. Jesús llamó a un niño, lo puso en medio de ellos y dijo: “Les aseguro que si ustedes no cambian o no se hacen como niños, no entrarán en el Reino de los Cielos. Por lo tanto, el que se haga pequeño como este niño, será el más grande en el Reino de los Cielos. El que recibe a uno de estos pequeños en mi Nombre, me recibe a mí mismo.” (Mt. 18,1-5)
“Escuchen, hermanos muy queridos: ¿Acaso Dios no ha elegido a los pobres de este mundo
para enriquecerlos en la fe y hacerlos herederos del Reino
que ha prometido a los que lo aman?
Sin embargo, ¡Ustedes desprecian al pobre! (Sant. 2,5-6a).

Pobreza y pequeñez…

Estas palabras pueden decirnos mucho o poco, según sea nuestra relación con ellas y las realidades que encierran. Sin embargo estas palabras y realidades han sido, el modo que adopto Jesús para anunciar el mensaje para el cual fue enviado. Él, que era de condición divina se anonado a sí mismo (Fl.2), y por nosotros se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza. (2Cor.8, 9) y nos ayudó a comprender, que es lo que conquista el corazón del Padre y hace posible el Reino.
Jesús fue enviado a anunciar la Buena Noticia a los pobres (Is. 61) y ellos son los que nos ayudan a descubrir el misterio del Reino. Ellos nos “Lo” revelan…

El Espíritu de las Bienaventuranzas

Las Bienaventuranzas son el modo de enseñar que usa Jesús. Él las vivió y enseñó a vivirlas. Son un nuevo modo de vida. El estilo que Él vivió.
Ellas, que habían sido escuchadas por los contemporáneos de Jesús, han seguido resonando en el “aire” desde aquella mañana en el Monte.
Aquel: “Felices los pobres…”, en la voz de Jesús ha recorrido los oídos de toda la humanidad, aunque parece que esa voz no ha llegado al corazón de los hombres y mujeres que las han escuchado, como dice el dicho popular, estas palabras les han entrado por un oído y salido por el otro…

Para muchos la pobreza y la pequeñez no son Buena Noticia, una Buena Nueva. Las consideran una “mala palabra”, una “mala noticia”… “una desgracia”. Porque mucho de nuestra educación ha sido, hacer de nosotros hombres y mujeres fuertes, grandes, eficientes, etc… (Invito a que cada uno haga su propia lista). Y aquí esta, quizás, una de las causas que nos dificultan entender esta nueva forma de ver la vida y la realidad, de encarar una vida desde del espíritu de las Bienaventuranzas. ¿Será por eso, que Jesús, en el evangelio de Marcos comienza diciendo: “Conviértanse y crean en la Buena Noticia”? (Mc.1, 15).
Es verdad que es una invitación a cambiar la mirada en nuestra vida. A nacer de nuevo, a nacer “de lo alto”…
Toda la cultura actual hace difícil comprender y encarnar el mensaje de Jesús y del Evangelio, ya que:

“Vivimos en una sociedad que graba a fuego en nuestra conciencia sus consignas de dominar y triunfar, en la que sólo se pronuncia en nombre de los que suben, de los que son sanos y fuertes, y sentimos la tentación de correr tras ellos, de cimentar nuestra vida sobre lo que sabemos que poseemos o creemos valer, negando en nosotros mismos y en lo de los demás todo lo que suene a debilidad, carencia o límite”… (Dolores Aleixandre: Contar a Jesús)

Sin embargo, hay muchos otros, que se han animado a dejar entrar en sus oídos y han acogido en su corazón estas palabras de vida, que siguen “silbando” en el viento-espíritu que recorre la historia y no han cerrado las ventanas y las puertas de su interioridad al ímpetu de la espiritualidad de las Bienaventuranzas. Descubrieron y descubren en nuestro hoy, que la pobreza y la pequeñez no son una desgracia, sino una gracia especial del Señor.

Una visita a la que hay que acoger como al mismo Dios: “El que recibe a uno de estos pequeños en mi Nombre, me recibe a mí mismo.” (Mt. 18,1-5). Como hay que acoger la propia fragilidad, y no hacer con nuestra pobreza lo que reprocha Santiago en su carta: “¡Ustedes desprecian al pobre! (St. 2,5-6a). Podríamos escucharle decir: ¡Ustedes desprecian al pobre que tienen en su interior!

¿Quién alguna vez, no desprecia la propia pobreza, ocultándola?
¿Quién no desprecia al pobre que tiene en su interior?
¿Quién no valora su pequeñez?

Quien conoce el secreto del corazón de Dios que ha revelado Jesús, no puede dejar de mirar con buenos ojos su propia pequeñez y pobreza. Puede cantarla como también lo cantó María en su Magnificat: “Mi alma canta la grandeza del Señor, porque miró con bondad mi pequeñez” (Lc. ,46b-48a).

Esto nos va capacitando para acoger con ternura, la pobreza y la pequeñez que hay en el corazón de cada hombre y mujer, joven o anciano, enfermos o sanos, buenos o los que tienen el corazón quebrado…

La pobreza que felicita Jesús, es aquella que nos capacita para recibir. Siguiendo el Magnificat, escuchamos a María cantar:

“Derribó a los poderosos de su trono, elevo a los humildes,
colmó de bienes a los hambrientos
y despidió a los ricos con las manos vacías” (Lc.1 52-53).
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MOMENTO PARA CONTEMPLAR

Leer este texto de San Marcos:

“El que quiera ser el más grande, debe hacerse el último de todos y el servidor de todos”. Después, tomando a un niño, lo puso en medio de ellos y, abrazándolo, les dijo: “ El que recibe a uno de estos pequeños en mi Nombre, me recibe a mí, y el que me recibe, no es a mí al que recibe, sino a aquel que me ha enviado” (Mc.9,35b-37)

Leer este texto de Cabodevilla:

“El niño carece de todo sentimiento de suficiencia. Necesita constantemente de sus padres y lo sabe. ¿Se preocupa quizás de su pasado? ¿Se preocupa por su por venir? Vive en plenitud el presente y nada más.
El niño no es ningún héroe, conoce con frecuencia el miedo…el niño es un dichoso desarmado. El niño no presume de su fuerza, sabe que es débil…
Las almas adelantan en su camino no a pesar de su flaqueza, sino a causa de su flaqueza, reconocida, aceptada y amada, asumida ya como un argumento para apelar constantemente a quien es fuerte y pone remedio a su pequeñez…(4)

Lee nuevamente el texto de Marcos.
Imagina la escena.
Jesús, quiere enseñar a sus discípulos una nueva mirada.
Toma un niño y lo abraza…
Sentí a Jesús abrazando tu pequeñez, tu pobreza, tu debilidad.

Momento de hacer silencio contemplativo, para sentir y gustar el amor del Señor por los pequeños y pobres.
Si sentís resistencia, trae a la memoria las palabras de Santiago: “Acaso Dios no ha elegido a los pobres de este mundo para enriquecerlos en la fe y hacerlos herederos del Reino que ha prometido a los que lo aman? Sin embargo, ¡Ustedes desprecian al pobre! (Sant. 2,5-6a).
Por lo tanto: No desprecies al pobre y pequeño que hay en tu corazón.
Termina rezando con este texto anónimo que está en un Instituto de readaptación de Nueva York:

“Yo había pedido a Dios fuerza para triunfar.
Él me ha hecho débil para que aprenda el gusto de las cosas pequeñas.

Yo le había pedido la salud para hacer grandes cosas.
Él me ha dado la enfermedad para que haga cosas mejores.

Yo le había pedido la riqueza para ser feliz.
Él me ha dado la pobreza para ser sensato.

Yo le había pedido poder para que los hombres vinieran a mí.
Él me ha dado la flaqueza para que sienta la necesidad de Dios.

Yo le había pedido amigos para no vivir solo.
Él me ha dado un corazón capaz de querer a todos mis hermanos.

Yo le había pedido todo para gozar de la vida.
Él me ha dado la vida para que goce de todo.

No he recibido nada de lo que había pedido,
pero tengo todo lo que podía esperar.
A pesar de mis ruegos no escuchados,
Dios me ha ofrecido ser el más feliz de los hombres.”

María,  Madre de la evangelización

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En el punto conclusivo de La Alegría del Evangelio, el Papa Francisco nos habla del “estilo mariano de la evangelización”.  Vamos a contemplar a María pidiendo la gracia de dejarnos tocar el corazón por su estilo, que se nos pegue, a nosotros, que imitamos tantos comportamientos, ese modo suyo de hacer las cosas, ese toque femenino tan propio de suyo y que no es algo decorativo sino que hace a lo esencial. Bergoglio siempre decía que María no tenía que estar como adorno, al final de las homilías, sino en el centro. Por eso vamos a reflexionar sobre lo que nos dice de su estilo al final buscando cómo está presente en el corazón mismo de la Exhortación.

No sin Ella, Evangelizadora con espíritu

Lo primero que nos dice Francisco es que “sin Ella –sin María- no terminamos de comprender el espíritu de la nueva evangelización” (EG 284). Con esta frase podemos recuperamos todo lo que hemos visto acerca de ser “evangelizadores con Espíritu”.  María es la que sabe encontrar la palabra y el gesto oportunos, esos que nos hacen sentir queridos como pueblo fiel de Dios. Ella, la Pequeña mirada con bondad por Dios, es la que mejor expresa ese disfrute de Jesús al sentir que el Padre le atrae a los pequeños. Francisco decía que ese es el secreto de la fascinación que provoca Jesús, el secreto de su belleza: la mirada llena de alegría del Señor al ver a los pequeños y al anunciarles la Alegría del Evangelio. María tiene también la síntesis del gusto espiritual de ser pueblo fiel de Dios. En el Magnificat canta este gozo superior de ser parte del pueblo fiel de Dios objeto de la misericordia del Padre a través de las generaciones. María es la “misteriosamente fecunda”, la que nos libra de las tentaciones de creernos insignificantes, de ver todo negro y de cansarnos. Ella se deja conducir por la acción misteriosa del Espíritu que “hace en ella la Palabra”. María tiene por excelencia la síntesis que da la oración de intercesión. Su oración está llena de los rostros de todos los que le rezamos “ahora y en la hora de nuestra muerte”.

La fórmula “no sin Ella”, que pongo reafirmando lo que dice el Papa, es de Michel de Certau. Este jesuita contemporáneo, en el sermón que pronunció en una misa de votos de tres compañeros, decía que: “el religioso – así como todo creyente- (… es alguien que hace esta) exigente y modesta confesión de fe: ‘Sin ti, ya no puedo vivir. No eres mi propiedad, pero te aprecio. Eres algo diferente de mí pero necesario, puesto que lo que soy de más verdadero está entre nosotros’. (Por tanto, la oración es): Que jamás sea separado de Ti’”.

Formular negativamente la experiencia del acto de creer en Jesús como un “no sin Ti”, preserva de las dificultades de toda formulación positiva y directa. No sé lo que seas ni lo que soy yo pero sé que no quiero ser sin Tí

Pues bien, en lo que hace a María y a la Evangelización es bueno formular las cosas diciendo: “No sin Ella”. Leemos el Evangelio “no sin Ella”, la que guardaba todas las cosas en su corazón. Formulamos los mandamientos “no sin Ella” que supo decir a los servidores de Caná: “hagan todo lo que El les diga”. Como Juan al pie de la Cruz, no nos imaginamos “sin Ella” y el regreso a nuestras cosas tampoco será sin Ella. Para ir a hablar de Jesús a nuestro Pueblo “no iremos sin Ella”.

No definimos el papel exacto de nuestra Señora sino diciendo que, sea lo que sea que vayamos a hacer “no será sin Ella”. No sin María, es una linda frase para diluir suavemente todo intento de racionalización del misterio de Jesús, todo miedo de que Ella ocupe demasiado espacio. “De María, nunquam satis”, de María nunca sabremos lo suficiente (ni podemos “exagerar” al amarla en demasía).

El regalo de Jesús a su pueblo

Cristo nos lleva a María: una formulación novedosa

“En la cruz, cuando Cristo sufría en su car­ne el dramático encuentro entre el pecado del mundo y la misericordia divina, pudo ver a sus pies la consoladora presencia de la Madre y del amigo. Las  palabras de Jesús al borde de la muerte –“ahí tienes a tu Madre”- no expresan primeramente una preocupación piadosa hacia su madre, sino que son más bien una fórmula de revelación que manifiesta el misterio de una especial misión sal­vífica. Jesús nos dejaba a su madre como madre nuestra. Sólo después de hacer esto Jesús pudo sentir que «todo está cumplido» (Jn 19,28). Al pie de la cruz, en la hora suprema de la nueva creación, Cristo nos lleva a María. Él nos lleva a ella, porque no quiere que caminemos sin una madre, y el pueblo lee en esa imagen materna todos los misterios del Evangelio. Al Señor no le agrada que falte a su Iglesia el icono femeni­no. Ella, que lo engendró con tanta fe, también acompaña «al resto de sus hijos, los que guardan los mandamientos de Dios y mantienen el testi­monio de Jesús» (Ap 12, 17) (EG 285).

No he visto en muchos lados esta formulación “Cristo nos lleva a María… porque no quiere que caminemos sin una Madre”. A algunos les escandaliza esto, como si sacara a Jesús del centro. Creo que estas reflexiones vienen del contacto con la religiosidad popular, del encuentro con gente sencilla de nuestros barrios a los que algunas sectas confundía queriendo sacar de su corazón a María con argumentos como que los católicos exagerábamos el culto a María y eso disminuía el de Jesús. Recuerdo que solíamos argumentar que el mismo Señor nos había dado por Madre a la suya en la Cruz.

Es para reflexionar cómo el Papa habla del “encuentro dramático entre el pecado y la misericordia” y nos señala que es allí, precisamente, donde Jesús experimenta la gracia de tenerla a María y donde nos la da por Madre en la persona de Juan. Agrega el Papa una imagen dinámica: no quiere que caminemos sin una Madre. No la pone como objeto de culto sino como compañera de camino: es la santa María del camino a la que cantamos: “ven con nosotros al caminar”.

Nuestra experiencia argentina y latinoamericana de María es distinta de la de muchos europeos. Benedicto mismo confesaba que cuando era un joven teólogo durante el concilio le parecía exagerada la formulación de que “de María nunquam satis” y cómo luego, siendo Papa, se dio cuenta del valor de esta formulación y de las gracias que le venían por María. Buscando formulaciones como la de Francisco me sorprendí leyendo a uno que se fijó precisamente en esto de que Cristo nos lleva a María y que había juntado todas las expresiones marianas de Francisco. Mientras para él era obvio que le quitaba centralidad a Cristo para mí eran la mejor expresión de lo auténticamente cristiano. Tan es así que tuve que llegar al final del artículo para confirmar que el autor hablaba en contra. Es curioso como muchas veces los que no nos quieren comprenden bien lo que amamos al tratar de denostarlo.

María-Iglesia-Alma

“La íntima conexión entre María, la Iglesia y cada fiel, en cuanto que, de diversas maneras, engendran a Cristo, ha sido bellamente expresada por el beato Isaac de Ste­lla: ‘En las Escrituras divinamente inspiradas, lo que se entiende en general de la Iglesia, virgen y madre, se entiende en particular de la Virgen María […] También se puede decir que cada alma fiel es esposa del Verbo de Dios, madre de Cris­to, hija y hermana, virgen y madre fecunda” (EG 285).

Esta formulación Bergoglio nos la enseñaba ya en el noviciado: a juntar María-Iglesia-Alma. Contra las tendencias racionalistas a separar para entender lo católico va por el lado de juntar para contemplar. Siempre recuerdo al chico que nos traía el diario al Noviciado y a mí se me ocurrió darle catecismo para que tomara la comunión ya que no tenía tiempo de ir a la parroquia. Cuando la hizo, le regalé una medallita de la Virgen y él se la puso con la de Boca que llevaba en una piolita. Cuando lo conté, el maestro de novicios aprovechó para recordarme lo de Jorge de que la Encarnación era “indivise et inconfuse” y que así estaban los amores en el corazón de nuestro pueblo: sin división ni confusión. Así es como está María y como hay que entenderla y quererla.

Cómo es María

Podemos leer directamente y sacar provecho de las imágenes que nos regala el Papa acerca de “cómo es María para nosotros:

“María es la que sabe transformar una cue­va de animales en la casa de Jesús, con unos po­bres pañales y una montaña de ternura.

Ella es la esclavita del Padre que se estremece en la alabanza.

Ella es la amiga siempre atenta para que no falte el vino en nuestras vidas.

Ella es la del corazón abierto por la espada, que comprende todas las penas. Como madre de todos, es signo de esperanza para los pueblos que sufren dolo­res de parto hasta que brote la justicia.

Ella es la misionera que se acerca a nosotros para acompañarnos por la vida, abriendo los corazones a la fe con su cariño materno.

Como una verda­dera madre, ella camina con nosotros, lucha con nosotros, y derrama incesantemente la cercanía del amor de Dios.

(Ella es la que…) A través de las distintas ad­vocaciones marianas, ligadas generalmente a los santuarios, comparte las historias de cada pueblo que ha recibido el Evangelio, y entra a formar parte de su identidad histórica.

(Ella es la que nos ayuda a) sobrellevar los sufrimientos y cansancios de la vida. Como a san Juan Diego, María les da la caricia de su consuelo maternal y les dice al oído: ‘No se turbe tu cora­zón […] ¿No estoy yo aquí, que soy tu Madre?’” (EG 286).

Ella es la mujer de fe, que vive y camina en la fe, y ‘su excepcional peregrinación de la fe representa un punto de re­ferencia constante para la Iglesia’”.

Ella (es la que…) se dejó conducir por el Espíritu, en un itinerario de fe, hacia un destino de servicio y fecundidad.

(Ella es la que) “de este modo (el de cierta fatiga y oscuridad de la fe), duran­te muchos años, permaneció en intimidad con el misterio de su Hijo, y avanzaba en su itinerario de fe».

 

Estilo mariano en la evangelización

Llegamos así a la reflexión clave de Francisco acerca del estilo mariano de la evangelización:

“Hay un estilo mariano en la actividad evangelizadora de la Iglesia”.

Saboreemos las características que nos comparte Francisco y que son las mismas que nos compartía cuando estaba con nosotros:

“Cada vez que miramos a María volvemos a creer en lo revolucionario de la ternura y del cariño. En ella vemos que la humildad y la ternura no son virtudes de los débiles sino de los fuertes, que no necesitan maltratar a otros para sentirse importantes.

Mi­rándola descubrimos que la misma que alababa a Dios porque «derribó de su trono a los podero­sos» y «despidió vacíos a los ricos» (Lc 1, 52.53) es la que pone calidez de hogar en nuestra bús­queda de justicia.

Es también la que conserva cui­dadosamente « todas las cosas meditándolas en su corazón » (Lc 2, 19). María sabe reconocer las huellas del Espíritu de Dios en los grandes acontecimientos y también en aquellos que parecen imperceptibles.

Es contemplativa del misterio de Dios en el mundo, en la historia y en la vida coti­diana de cada uno y de todos.

Es la mujer orante y trabajadora en Nazaret, y también es nuestra Señora de la prontitud, la que sale de su pueblo para auxiliar a los demás « sin demora » (Lc 1, 39).

Esta dinámica de justicia y ternura, de contem­plar y caminar hacia los demás, es lo que hace de Ella un modelo eclesial para la evangelización.

El lenguaje de Francisco es paradójico:

Revolución de la ternura, calidez de hogar en la lucha por la justicia, reconocimiento de las huellas del Espíritu en lo grande y en lo pequeño, contemplación del misterio de Dios en la historia y en lo cotidiano…Y una imagen final: nuestra Señora de la prontitud para salir a auxiliar…

Ternura combativa

En el capítulo sobre las tentaciones de los agentes pastorales Francisco nos habla del “pesimismo estéril” y formula de manera novedosa (muy suya) la manera de vencerlo: la actitud es la de una “ternura combativa”.

“Una de las tentaciones más serias que aho­gan el fervor y la audacia es la conciencia de de­rrota que nos convierte en pesimistas quejosos y desencantados con cara de vinagre. Nadie puede emprender una lucha si de antemano no confía plenamente en el triunfo. El que comienza sin confiar perdió de antemano la mitad de la bata­lla y entierra sus talentos. Aun con la dolorosa conciencia de las propias fragilidades, hay que seguir adelante sin declararse vencidos, y recor­dar lo que el Señor dijo a san Pablo: « Te bas­ta mi gracia, porque mi fuerza se manifiesta en la debilidad » (2 Co 12,9). El triunfo cristiano es siempre una cruz, pero una cruz que al mismo tiempo es bandera de victoria, que se lleva con una ternura combativa ante los embates del mal. El mal espíritu de la derrota es hermano de la tentación de separar antes de tiempo el trigo de la cizaña, producto de una desconfianza ansiosa y egocéntrica” (EG 84). María es la abanderada de esta “virtud de fuertes” que es la ternura. Una ternura activista y combativa. Que nos permite meternos en las llagas de Cristo, sin miedo a tocar la carne sufriente de los demás:

“A veces sentimos la tentación de ser cris­tianos manteniendo una prudente distancia de las llagas del Señor. Pero Jesús quiere que toque­mos la miseria humana, que toquemos la carne sufriente de los demás. Espera que renunciemos a buscar esos cobertizos personales o comuni­tarios que nos permiten mantenernos a distan­cia del nudo de la tormenta humana, para que aceptemos de verdad entrar en contacto con la existencia concreta de los otros y conozcamos la fuerza de la ternura. Cuando lo hacemos, la vida siempre se nos complica maravillosamente y vivimos la intensa experiencia de ser pueblo, la experiencia de pertenecer a un pueblo” (EG 270).

Como vemos, cuando el Papa habla de nuestro pueblo fiel (Iglesia) utiliza las mismas expresiones que cuando habla de María. Y lo mismo para nuestra alma:

“(Hay una) alegría que se vive en medio de las pe­queñas cosas de la vida cotidiana, como respuesta a la afectuosa invitación de nuestro Padre Dios: « Hijo, en la medida de tus posibilidades trátate bien […] No te prives de pasar un buen día » (Si 14, 11.14). ¡Cuánta ternura paterna se intuye de­trás de estas palabras!” (EG 4). “Todo ser humano es objeto de la ternura infinita del Señor, y Él mismo habita en su vida” (EG 274). “Aprendamos a descansar en la ternura de los brazos del Padre en medio de la entrega creativa y generosa” (EG 279).

 

Prontitud alegre

La imagen de nuestra Señora de la prontitud ayuda a discernir y vencer la tentación de la acedia egoísta. Aquí habla especialmente de “los sacerdotes, que cuidan con obsesión su tiempo personal. Esto frecuentemente se debe a que las personas necesitan imperiosamente pre­servar sus espacios de autonomía, como si una tarea evangelizadora fuera un veneno peligroso y no una alegre respuesta al amor de Dios que nos convoca a la misión y nos vuelve plenos y fecun­dos. Algunos se resisten a probar hasta el fondo el gusto de la misión y quedan sumidos en una acedia paralizante”.

El problema no es siempre el exceso de actividades, sino sobre todo las actividades mal vividas, sin las motivaciones adecuadas, sin una espiritualidad que impregne la acción y la haga deseable. De ahí que las tareas cansen más de lo razonable, y a veces enfermen. No se trata de un cansancio feliz, sino tenso, pesado, insatisfecho y, en definitiva, no aceptado. Esta acedia pastoral puede tener diversos orígenes (que podemos contrastar con las características del estilo mariano). Algunos caen en ella por sostener proyectos irrealizables y no vi­vir con ganas lo que buenamente podrían hacer. Otros, por no aceptar la costosa evolución de los procesos y querer que todo caiga del cielo. Otros, por apegarse a algunos proyectos o a sueños de éxitos imaginados por su vanidad. Otros, por perder el contacto real con el pueblo, en una des­personalización de la pastoral que lleva a prestar más atención a la organización que a las personas, y entonces les entusiasma más la « hoja de ruta » que la ruta misma. Otros caen en la acedia por no saber esperar y querer dominar el ritmo de la vida. El inmediatismo ansioso de estos tiempos hace que los agentes pastorales no toleren fácil­mente lo que signifique alguna contradicción, un aparente fracaso, una crítica, una cruz” (EG 81-2).

Todos sabemos por experiencia que a veces una tarea no brinda las satisfacciones que desearíamos, los frutos son reducidos y los cambios son lentos, y uno tiene la tentación de cansarse. Sin embargo, no es lo mismo cuando uno, por cansancio, baja momentáneamente los brazos que cuando los baja definitivamente dominado por un descon­tento crónico, por una acedia que le seca el alma. Puede suceder que el corazón se canse de luchar porque en definitiva se busca a sí mismo en un carrerismo sediento de reconocimientos, aplau­sos, premios, puestos; entonces, uno no baja los brazos, pero ya no tiene garra, le falta resurrec­ción. Así, el Evangelio, que es el mensaje más hermoso que tiene este mundo, queda sepultado debajo de muchas excusas” (EG 277).

Le rogamos que con su oración maternal nos ayude para que la Iglesia llegue a ser una casa para mu­chos, una madre para todos los pueblos, y haga posible el nacimiento de un mundo nuevo. Es el Resucitado quien nos dice, con una potencia que nos llena de inmensa confianza y de firmísima esperanza: « Yo hago nuevas todas las cosas » (Ap 21,5). Con María avanzamos confiados hacia esta promesa, y le decimos:

Virgen y Madre María,

tú que, movida por el Espíritu,

acogiste al Verbo de la vida en la profundidad de tu humilde fe,

totalmente entregada al Eterno,

ayúdanos a decir nuestro « sí »

ante la urgencia, más imperiosa que nunca,

de hacer resonar la Buena Noticia de Jesús.

Tú, llena de la presencia de Cristo,

llevaste la alegría a Juan el Bautista,

haciéndolo exultar en el seno de su madre.

Tú, estremecida de gozo,

cantaste las maravillas del Señor.

Tú, que estuviste plantada ante la cruz

con una fe inquebrantable

y recibiste el alegre consuelo de la resurrección,

recogiste a los discípulos en la espera del Espíritu

para que naciera la Iglesia evangelizadora.

Consíguenos ahora un nuevo ardor de resucitados

para llevar a todos el Evangelio de la vida que vence a la muerte.

Danos la santa audacia de buscar nuevos caminos

para que llegue a todos el don de la belleza que no se apaga.

Tú, Virgen de la escucha y la contemplación,

madre del amor, esposa de las bodas eternas,

intercede por la Iglesia,

de la cual eres el icono purísimo,

para que ella nunca se encierre ni se detenga e

n su pasión por instaurar el Reino.

Estrella de la nueva evangelización,

ayúdanos a resplandecer en el testimonio

de la comunión, del servicio, de la fe ardiente y generosa,

de la justicia y el amor a los pobres,

para que la alegría del Evangelio llegue

hasta los confines de la tierra

y ninguna periferia se prive de su luz.

Madre del Evangelio viviente,

manantial de alegría para los pequeños,

ruega por nosotros. Amén. Aleluya.

 

Diego Fares sj

 

 

Evangelizadores con Espíritu

MOMENTO DE REFLEXIÓN 

Diego Fares sj
1_Septiembre_gran

En el último capítulo de La Alegría del Evangelio, Francisco sintetiza en una frase qué es lo que desea de nosotros. Desea “evangelizadores con espíritu”.

El espíritu del que habla es el Espíritu Santo, pero es bueno tener en cuenta la reflexión que hace acerca de lo que significa humanamente “tener espíritu”. Con mucha simplicidad el Papa contrapone un “estar motivado interiormente” con un “hacer las cosas por obligación”: “Tener espíritu “suele indicar unos móviles interiores que impulsan, motivan, alientan y dan sentido a la acción personal y comunitaria. Una evangelización con espíritu es muy diferente de un conjunto de tareas vividas como una obligación pesada que simplemente se tolera, o se sobrelleva como algo que contradice las propias inclinaciones y deseos” (EG 261).

1.         Encontrar las palabras

Francisco busca, por un lado, sintonizar con esa “palabra interior” que constituye la identidad y el deseo de cada persona, esa palabra que mueve interiormente a cada hombre a configurar su vida siguiendo su vocación más profunda. Dice el Papa: “Cómo quisiera encontrar las palabras para alentar una etapa evangelizadora más fervorosa, alegre, generosa, audaz, llena de amor hasta el fin y de vida contagiosa!”. Al mismo tiempo invoca al Espíritu porque sabe que esa palabra que sentimos como la más íntima y más propia nuestra, sólo el Espíritu la puede clarificar y encender: “Sé que ninguna motivación será suficiente si no arde en los corazones el fuego del Espíritu. En definitiva, una evangelización con espíritu es una evangelización con Espíritu Santo, ya que Él es el alma de la Iglesia evangelizadora” (EG 261).

Esto de “encontrar las palabras” humanas que sintonizan con las palabras del Espíritu es lo que Francisco llama “entender a Dios en la propia lengua”: lengua materna, lengua del Espíritu Santo. Es recibir la Palabra venida en carne, recibir el evangelio inculturado. Cuando se da esta síntesis entre Evangelio y cultura, entre motivación humana y motivación del Espíritu, el anuncio del Evangelio tiene una fuerza irresistible de atracción que ilumina todo y enciende todo.

En el capítulo sobre la predicación, el Papa desarrolla muy lindo todo esto. “La homilía es un retomar ese diálogo que ya está entablado entre el Señor y su pueblo. El que predica debe reconocer el corazón de su comunidad para buscar dónde está vivo y ardiente el deseo de Dios, y también dónde ese diálogo, que era amoroso, fue sofocado o no pudo dar fruto.” (EG 137). Vale la pena escuchar todo lo que dice sobre el  lenguaje materno.

“La conversación de la madre

“Dijimos que el Pueblo de Dios, por la constante acción del Espíritu en él, se evangeliza continuamente a sí mismo. ¿Qué implica esta convicción para el predicador (para cada discípulo misionero, para cada evangelizador)? Nos recuerda que la Iglesia es madre y predica al pueblo como una madre que le habla a su hijo, sabiendo que el hijo confía que todo lo que se le enseñe será para bien porque se sabe amado. Además, la buena madre sabe reconocer todo lo que Dios ha sembrado en  su hijo, escucha sus inquietudes y aprende de él. El espíritu de amor que reina en una familia guía tanto a la madre como al hijo en sus diálogos, donde se enseña y aprende, se corrige y se valora lo bueno; así también ocurre en la homilía. El Espíritu, que inspiró los Evangelios y que actúa en el Pueblo de Dios, inspira también cómo hay que escuchar la fe del pueblo y cómo hay que predicar en cada Eucaristía. La prédica cristiana (y toda palabra y todo gesto hecho en nombre de Jesús), por tanto, encuentra en el corazón cultural del pueblo una fuente de agua viva para saber lo que tiene que decir y para encontrar el modo como tiene que decirlo. Así como a todos nos gusta que se nos hable en nuestra lengua materna, así también en la fe nos gusta que se nos hable en clave de « cultura materna », en clave de dialecto materno (cf. 2 M 7,21.27), y el corazón se dispone a escuchar mejor. Esta lengua es un tono que transmite ánimo, aliento, fuerza, impulso” (EG 139).

Cómo hablaba Jesús

El modelo de este lenguaje no es otro que Jesús: “Uno se admira de los recursos que tenía el Señor para dialogar con su pueblo, para revelar su misterio a todos, para cautivar a gente común con enseñanzas tan elevadas y de tanta exigencia. Creo que el secreto se esconde en esa mirada de Jesús hacia el pueblo, más allá de sus debilidades y caídas:   « No temas, pequeño rebaño, porque a vuestro Padre le ha parecido bien daros el Reino » (Lc 12,32); Jesús predica con ese espíritu. Bendice lleno de gozo en el Espíritu al Padre que le atrae a los pequeños: « Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque habiendo ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, se las has revelado a pequeños » (Lc 10,21). El Señor se complace de verdad en dialogar con su pueblo y al predicador (a todo discípulo misionero) le toca hacerle sentir este gusto del Señor a su gente” (EG 141).

Evangelizar la síntesis

Una clave para “encontrar las palabras” está en “evangelizar la síntesis”, como dice Francisco: “El desafío de una prédica inculturada está en evangelizar la síntesis, no ideas o valores sueltos. Donde está tu síntesis, allí está tu corazón. La diferencia entre iluminar el lugar de síntesis e iluminar ideas sueltas es la misma que hay entre el aburrimiento y el ardor del corazón” (EG 143).

Por eso, donde dice “predicador” ponemos a todo el que “evangeliza”, ya sea con palabra, ya sea realizando las obras de misericordia o dando el testimonio de vivir alguna de las bienaventuranzas. Todo esto es evangelizar porque es “enseñar a cumplir todo lo que Jesús nos mandó”.

“El predicador (el que evangeliza) tiene la hermosísima y difícil misión de aunar los corazones que se aman, el del Señor y los de su pueblo. El diálogo entre Dios y su pueblo afianza más la alianza entre ambos y estrecha el vínculo de la caridad. Durante el tiempo que dura la homilía (o un servicio solidario, por ejemplo), los corazones de los creyentes (y los corazones de los que son atendidos) hacen silencio y lo dejan hablar a Él. El Señor y su pueblo se hablan de mil maneras directamente, sin intermediarios. Pero en la homilía (y en cada servicio que se hace en nombre de Jesús) quieren que alguien haga de instrumento y exprese los sentimientos, de manera tal que después cada uno elija por dónde sigue su conversación. La palabra (y el gesto) es esencialmente mediadora y requiere no sólo de los dos que dialogan sino de un predicador (testigo) que la represente como tal, convencido de que « no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Cristo Jesús como Señor, y a nosotros como siervos vuestros por Jesús » (2 Co 4,5)” (EG 143).

Hablar (y actuar) desde la síntesis

Para poder “evangelizar la síntesis”, para llegar a la afectividad del otro (corazón-inteligencia-sentidos y pasiones), hay que hablar y actuar también desde esta síntesis, poniendo todo nuestro afecto en lo que decimos y hacemos. Para ello nos tiene que “iluminar” y “encender” la integridad del evangelio, no sólo alguna parte aislada: “Hablar de corazón implica tenerlo no sólo ardiente, sino iluminado por la integridad de la Revelación y por el camino que esa Palabra ha recorrido en el corazón de la Iglesia y de nuestro pueblo fiel a lo largo de su historia. La identidad cristiana, que es ese abrazo bautismal que nos dio de pequeños el Padre, nos hace anhelar, como hijos pródigos —y predilectos en María—, el otro abrazo, el del Padre misericordioso que nos espera en la gloria. Hacer que nuestro pueblo se sienta como en medio de estos dos abrazos es la dura pero hermosa tarea del que predica el Evangelio” (EG 144).

2.         Motivaciones: cuatro momentos de síntesis

Antes de poner sus motivaciones, el Papa invoca de nuevo al Espíritu: “le ruego que venga a renovar, a sacudir, a impulsar a la Iglesia en una audaz salida fuera de sí para evangelizar a todos los pueblos” (EG 261).

No deja de admirar que toda la energía de estas palabras -renovar, sacudir e impulsar” se concentren inmediatamente en dos palabras muy simples y humildes: orar y trabajar. El “ora et labora” de San Benito. El ser contemplativos en la acción y activos en la contemplación, de San Ignacio. Tener Espíritu es rezar y trabajar, trabajar y rezar. De manera tal que no se separen espiritualidad y compromiso social, mundo de la intimidad con Dios y mundo del trabajo entre los hombres.

El papa Francisco es y ha sido siempre un hombre de oración y de trabajo. Nada raro, como vemos. Y algo al alcance de todos. El Espíritu Santo es el que nos hace rezar -Abba, padre- y nos da los carismas para el bien común. Son estas las dos trascendencias que nos regala el Espíritu: el salir de sí hacia Dios, en la adoración y el salir de sí hacia el prójimo, en el trabajo de servicio.

Este orar y trabajar de modo tal que la mística tenga un fuerte compromiso social y misionero y la praxis social y pastoral transformen lo más intimo del corazón, tienen cuatro momentos de síntesis. Una , la síntesis de la belleza; otra, la del gusto de ser pueblo; la tercera síntesis es de la acción y la cuarta la de la oración. Creo que así hay que leer las motivaciones que propone Francisco.

1.           la síntesis que da La Bellezadel amor de Jesús que nos salva

El primer momento de síntesis se titula: el encuentro personal con el amor de Jesús que nos salva. Creo que el título puede pasar algo desapercibido (por nuestro oído acostumbrado a escuchar) para expresar todo el fuego que contienen los cuatro números de este apartado. Voy a entresacar algunas frases motivadoras que están llenas de belleza y que connotan mejor lo que quiere expresar Francisco y hablo de belleza porque en definitiva se trata de esa síntesis que sólo se da cuando hay belleza y cuando brilla no sólo el bien y la verdad sino la Gloria infinita del Padre.

Escuchemos algunas expresiones de Francisco. Una dice así : “Qué dulce es estar frente a un crucifijo, o de rodillas delante del Santísimo, y simplemente ser ante sus ojos! ¡Cuánto bien nos hace dejar que Él vuelva a tocar nuestra existencia y nos lance a comunicar su vida nueva! (EG 264). Vemos sintetizadas aquí la dulzura de la intimidad más honda -ser ante sus ojos” y el impulso misionero que “nos lanza a comunicar la vida nueva”. Otras dos frases hermosísimas, que hacen a la belleza de descubrir el amor de Jesús dicen así: “Nuestra tristeza infinita sólo se cura con un infinito amor” y allí la imagen de “la forma que tenía Jesús de tratar a los pobres” (EG 265). Francisco, al hablar del amor de Jesús que nos salva nos acerca a un Jesús querible: “El verdadero misionero, que nunca deja de ser discípulo, sabe que Jesús camina con él, habla con él, respira con él, trabaja con él. Percibe a Jesús vivo con él en medio de la tarea misionera. Si uno no lo descubre a Él presente en el corazón mismo de la entrega misionera, pronto pierde el entusiasmo y deja de estar seguro de lo que transmite, le falta fuerza y pasión” (EG 266). San Ignacio, en los Ejercicios, nos dice que el que desea seguir de verdad a Jesús: “estará contento de trabajar con Él”. Alegría, trabajo y “estar con Jesús”  -compañerismo y amistad, van de la mano.

El móvil definitivo es la Gloria del Padre. Gloria que se concreta en frutos, que demos frutos abundantes, eso es lo que le alegra al Padre, lo que lo hermosea y glorifica (EG 267).

2.           La síntesis que da El gusto espiritual de ser pueblo

Este segundo subtítulo está bien logrado en el sentido de sonar novedoso: ser pueblo es algo que se saborea, tiene un “gusto espiritual”. Y Francisco tiene frases que hacen vibrar este gusto en todo su esplendor: “que la vida se nos complique maravillosamente” comprometiéndonos en la vida de la gente. Que “Jesús nos introduzca en el corazón de su Pueblo”.  “Qué bien  “Que experimentemos que la vida de la gente es fuente de un gozo superior”. “Es tan lindo ser pueblo fiel de Dios, y que el corazón se nos llene de rostros y de nombres”.

3.           la síntesis que proporciona La acción misteriosa del Resucitado y de su Espíritu

En este apartado, la síntesis está en la palabra misterio: “ser misteriosamente fecundos” (EG 280). Francisco retoma aquí la reflexión sobre las tentaciones del pesimismo, el fatalismo y la desconfianza (Cap. 2) y enfrenta algunas ideas que están como instaladas en nuestro mundo y que tienen que ver con la fecundidad. Algunas personas piensan: “¿Para qué me voy a privar de mis comodidades y placeres si no voy a ver ningún resultado im­portante? “ (EG 275). Contra la tentación que nos quiere hacer sentir “insignificantes” nos recuerda esa “acción misteriosa del Resucitado y de su Espíritu” que hacen significante todo lo que hacemos en nombre de Jesús, hasta un vasito de agua no quedará sin recompensa. En la misión podemos sentir que “Jesús colabora con nosotros” (Mc 16,20) (EG 275).

Contra la tentación de ver todo negro, nos recuerda que en el mundo “cada día renace la belleza, que resucita transformada a través de las tormentas de la historia”: la resurrección no es algo pasado, entraña una fuerza de vida que ha penetrado el mundo” y cada evangelizador es un instrumento de ese dinamismo (EG 276).

Detrás de la tentación del cansancio –“la experiencia del fracaso, las pequeñeces humanas que tanto duelen, la falta de satisfacciones en la tarea, la lentitud de los cambios…”- discierne esa “acedia que seca el alma”. Y le opone ese bien que es el Evangelio –el mensaje más hermoso que tiene este mundo” (EG 277). No gozar con este bien es acedia. Y esto es falta de garra, falta de resurrección. Francisco describe la “marcha de la esperanza viva” que provoca gérmenes de un mundo nuevo y nos exhorta a no quedarnos al margen de este movimiento (EG 278).

Y apela al “sentido del misterio”, que es esa certeza de fecundidad (Jn 15, 5). Este sentido del misterio se opone a la tentación del mundo que pretende ver todo, aferrar todo, contabilizar todo. Y aquí entra en juego la ayuda misteriosa del Espíritu que obra como quiere y cuando y donde quiere. El nos enseña “a descasar en la ternura de los brazos del Padre en medio de la entrega creativa y generosa” y a dejar “que sea Él quien haga fecundos nuestros esfuerzos como a Él le parezca” (EG 279).

En este dejarse conducir por el Espíritu está la clave de lo que significa ser “evangelizadores con Espíritu”. Más que una posesión o una cualidad interior –tener espíritu- se trata de una dinámica: la de dejarse conducir. Puede dar vértigo a veces. El Papa dice que él mismo ha experimentado este “no saber qué va a encontrar”. Pero también afirma que “no hay mayor libertad que la de dejarse llevar por el Espíritu, renunciando a calcularlo y controlarlo todo. Dejarse conducir es “ser misteriosamente fecundos” (EG 280).

4.           la Sintesis que tiene oración de intercesión

La cuarta síntesis viene de la oración. Una oración muy de Francisco que es la oración de intercesión. Tiene la característica de ser una oración “poblada de rostros”. Aquí el Papa discierne algo muy hondo: que el interceder por los demás, experimentando sus angustias y necesidades, no nos aparte de la contemplación. Es más: “una contemplación que deja afuera a los demás es un engaño” (EG 281).

La intercesión por las necesidades fácilmente se convierte en acción de gracias por todo lo bueno que Dios hace en los demás. De esta oración salimos “con un corazón más generoso”: nos vemos “liberados de la conciencia aislada” y con ganas de “encuentros”.

Termina Francisco con una imagen audaz:  “La oración de intercesión “es un adentrarnos en el Padre y descubrir nuevas dimensiones que iluminan las situaciones concretas y las cambian”. “La intercesión es como “levadura” en el seno de la Trinidad”. “Podemos decir que el corazón de Dios se conmueve por la intercesión, pero en realidad Él siempre nos gana de mano, y lo que posibilitamos con nuestra intercesión es que su poder, su amor y su lealtad se manifiesten con mayor nitidez en el pueblo” (EG 283).

MOMENTO DE CONTEMPLACIÓN

Ser Evangelizadores con Espíritu        

Hna Marta Irigoy md                                             

ADORACIÓN:

  • El Señor me ha traído para estar aquí con Él… me recibe como estoy y como vengo. El me conoce profundamente.
  • Sabe lo que “HOY” estoy necesitando. Vengo a descansar junto al Señor.
  • Voy acallando mis ruidos, voy dando paso al silencio.
  • Siento su cercanía. El Señor me mira.  Tomo conciencia de que “El mirar de Dios es amar” –san Juan de la Cruz.

 

  • Para este rato de Adoración, anímate a quedarte ante el Señor para permitir que Él te ilumine, guíe, oriente e impulse hacia donde Él quiera. Él sabe bien lo que hace falta en cada época y en cada momento. ¡Esto se llama ser misteriosamente fecundos! ¡Cuánto bien nos hace dejar que Él vuelva a tocar nuestra existencia y nos lance a comunicar su vida nueva! Entonces, lo que ocurre es que, en definitiva, «lo que hemos visto y oído es lo que anunciamos» (1 Jn1,3) -EG-

 Para iluminar, les comparto este relato del Libro “Sabiduría de un Pobre”, de Eloi Leclerc, sobre la vida de San Francisco de Asís:

     “Estaban Francisco y el hermano Tancredo, hablando sobre las cosas importantes…

    “¡Ah, hermano Tancredo!, ¡qué grande es la gloria de Dios! ¡Y el mundo rezuma de su bondad y de su misericordia! -Pero en el mundo -contestó Tancredo -están también la falta y el mal. No podemos dejar de verlos y en su presencia no tenemos derecho a permanecer indiferentes. Desgraciados de nosotros si, por nuestro silencio o nuestra inacción, los malos se endurecen en su malicia y triunfan.

     -Es verdad; no tenemos derecho a permanecer indiferentes ante el mal y el pecado -respondió Francisco-, pero tampoco debemos irritarnos y turbarnos. Nuestra turbación y nuestra irritación no pueden más que herir la caridad en nosotros mismos y en los otros. Nos es preciso aprender a ver el mal y el pecado como Dios lo ve. Eso es precisamente lo difícil, porque donde nosotros vemos naturalmente una falta a condenar y a castigar, Dios ve primeramente una miseria a socorrer. El Todopoderoso es también el más dulce de los seres, el más paciente. En Dios no hay ni la menor traza de resentimiento. Cuando su criatura se revuelve contra El y le ofende, sigue siendo a sus ojos su criatura. Podría destruirla, desde luego, pero ¿qué placer puede encontrar Dios en destruir lo que ha hecho con tanto amor? Todo lo que El ha creado tiene raíces tan profundas en El… Es el más desarmado de todos los seres frente a sus criaturas, como una madre ante su hijo. Ahí está el secreto de esta paciencia enorme que, a veces, nos escandaliza. Dios es semejante al padre de familia ante sus hijos ya mayores y ávidos de adquirir su independencia. Queréis marcharos, estáis impacientes por hacer vuestra vida, cada uno por su lado. Bien, pues yo quiero deciros esto antes de que partáis: “Si algún día tenéis un disgusto, si estáis en la miseria, sabed que yo estoy siempre aquí. Mi puerta os está completamente abierta, de día y de noche. Podéis venir siempre, estaréis siempre en vuestra casa y yo haré todo por socorreros. Aunque todas las puertas estuvieran cerradas, la mía siempre os está abierta.» Dios está hecho así, hermano Tancredo. Nadie ama como El, pero nosotros debemos intentar imitarle. Hasta ahora no hemos hecho todavía nada. Empecemos, pues, a hacer algo.

      Pero ¿por dónde comenzar?; padre, dímelo -preguntó Tancredo.                                                 

        –La cosa más urgente -dijo Francisco- es desear tener el Espíritu del Señor. El solo puede hacernos buenos,   profundamente buenos, con una bondad que es una sola cosa con nuestro ser más profundo.

 

    Se calló un instante y después volvió a decir: –El Señor nos ha enviado a evangelizar a los hombres, pero ¿has pensado ya lo que es evangelizar a los hombres? Mira, evangelizar a un hombre es decirle: «Tú también eres amado de Dios en el Señor Jesús.» Y no sólo decírselo, sino pensarlo realmente. Y no sólo pensarlo, sino portarse con este hombre de tal manera que sienta y descubra que hay en él algo de salvado, algo más grande y más noble de lo que él pensaba, y que se despierte así a una nueva conciencia de sí. Eso es anunciarle la Buena Nueva y eso no podemos hacerlo más que ofreciéndole nuestra amistad; una amistad real, desinteresada, sin condescendencia, hecha de confianza y de estima profundas. Es preciso ir hacia los hombres. La tarea es delicada. El mundo de los hombres es un inmenso campo de lucha por la riqueza y el poder, y demasiados sufrimientos y atrocidades les ocultan el rostro de Dios. Es preciso, sobre todo, que al ir hacia ellos no les aparezcamos como una nueva especie de competidores. Debemos ser en medio de ellos testigos pacíficos del Todopoderoso, hombres sin avaricias y sin desprecios, capaces de hacerse realmente sus amigos. Es nuestra amistad lo que ellos esperan, una amistad que les haga sentir que son amados de Dios y salvados en Jesucristo”…

  

 

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