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CARTA APOSTÓLICA

La miserable y la Misericordia

DEL SANTO PADRE FRANCISCO

AL CONCLUIR EL JUBILEO EXTRAORDINARIO DE LA MISERICORDIA

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(Transcribimos la Carta apostólica del Papa Francisco poniendo algunos títulos que ayudan a leerla desde la perspectiva de los Ejercicios Espirituales que hemos ido haciendo este año en torno a la Misericordia).

Francisco
 a cuantos leerán esta Carta Apostólica misericordia y paz

 

PRIMERA SEMANA

Para leer en clave de Principio y fundamento de nuestra vida y del fin para el que somos creados

En el lenguaje de los Ejercicios podríamos decir que, en esta Misericordia del Padre, que lo revela todo y en la que todo se resuelve, tenemos el Principio y Fundamento de nuestra vida.

Todo se revela en la misericordia; todo se resuelve en el amor misericordioso del Padre

Misericordia et misera son las dos palabras que san Agustín usa para comentar el encuentro entre Jesús y la adúltera (cf. Jn 8,1-11). No podía encontrar una expresión más bella y coherente que esta para hacer comprender el misterio del amor de Dios cuando viene al encuentro del pecador: «Quedaron sólo ellos dos: la miserable y la misericordia»[1].

Cuánta piedad y justicia divina hay en este episodio. Su enseñanza viene a iluminar la conclusión del Jubileo Extraordinario de la Misericordia e indica, además, el camino que estamos llamados a seguir en el futuro.

Esta página del Evangelio puede ser asumida, con todo derecho, como imagen de lo que hemos celebrado en el Año Santo, un tiempo rico de misericordia, que pide ser siempre celebrada y vivida en nuestras comunidades. En efecto, la misericordia no puede ser un paréntesis en la vida de la Iglesia, sino que constituye su misma existencia, que manifiesta y hace tangible la verdad profunda del Evangelio. Todo se revela en la misericordia; todo se resuelve en el amor misericordioso del Padre.

Una mujer y Jesús se encuentran. Ella, adúltera y, según la Ley, juzgada merecedora de la lapidación; él, que con su predicación y el don total de sí mismo, que lo llevará hasta la cruz, ha devuelto la ley mosaica a su genuino propósito originario. En el centro no aparece la ley y la justicia legal, sino el amor de Dios que sabe leer el corazón de cada persona, para comprender su deseo más recóndito, y que debe tener el primado sobre todo.

En este relato evangélico, sin embargo, no se encuentran el pecado y el juicio en abstracto, sino una pecadora y el Salvador. Jesús ha mirado a los ojos a aquella mujer y ha leído su corazón: allí ha reconocido su deseo de ser comprendida, perdonada y liberada. La miseria del pecado ha sido revestida por la misericordia del amor. Por parte de Jesús, no hay ningún juicio que no esté marcado por la piedad y la compasión hacia la condición de la pecadora. A quien quería juzgarla y condenarla a muerte, Jesús responde con un silencio prolongado, que ayuda a que la voz de Dios resuene en las conciencias, tanto de la mujer como de sus acusadores. Estos dejan caer las piedras de sus manos y se van uno a uno (cf. Jn 8,9). Y después de ese silencio, Jesús dice: «Mujer, ¿dónde están tus acusadores? ¿Ninguno te ha condenado? […] Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más» (vv. 10-11). De este modo la ayuda a mirar al futuro con esperanza y a estar lista para encaminar nuevamente su vida; de ahora en adelante, si lo querrá, podrá «caminar en la caridad» (cf. Ef 5,2). Una vez que hemos sido revestidos de misericordia, aunque permanezca la condición de debilidad por el pecado, esta debilidad es superada por el amor que permite mirar más allá y vivir de otra manera.

Para leer en clave de ver nuestros pecados a la luz de la misericordia: nada queda sin el abrazo del perdón

Las lágrimas de vergüenza y dolor se han transformado en la sonrisa de quien se sabe amado y perdonado. La carta sitúa el pecado entre la Misericordia infinita y el llamamiento del Señor.

Nada de cuanto un pecador arrepentido coloca delante de la misericordia de Dios queda sin el abrazo de su perdón

Jesús lo había enseñado con claridad en otro momento cuando, invitado a comer por un fariseo, se le había acercado una mujer conocida por todos como pecadora (cf. Lc 7,36-50). Ella había ungido con perfume los pies de Jesús, los había bañado con sus lágrimas y secado con sus cabellos (cf. vv. 37-38). A la reacción escandalizada del fariseo, Jesús responde: «Sus muchos pecados han quedado perdonados, porque ha amado mucho, pero al que poco se le perdona, ama poco» (v. 47).

El perdón es el signo más visible del amor del Padre, que Jesús ha querido revelar a lo largo de toda su vida. No existe página del Evangelio que pueda ser sustraída a este imperativo del amor que llega hasta el perdón. Incluso en el último momento de su vida terrena, mientras estaba siendo crucificado, Jesús tiene palabras de perdón: «Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34).

Nada de cuanto un pecador arrepentido coloca delante de la misericordia de Dios queda sin el abrazo de su perdón. Por este motivo, ninguno de nosotros puede poner condiciones a la misericordia; ella será siempre un acto de gratuidad del Padre celeste, un amor incondicionado e inmerecido. No podemos correr el riesgo de oponernos a la plena libertad del amor con el cual Dios entra en la vida de cada persona.

La misericordia es esta acción concreta del amor que, perdonando, transforma y cambia la vida. Así se manifiesta su misterio divino. Dios es misericordioso (cf. Ex 34,6), su misericordia dura por siempre (cf. Sal 136), de generación en generación abraza a cada persona que se confía a él y la transforma, dándole su misma vida.

Las lágrimas de vergüenza y de dolor se han transformado en la sonrisa de quien se sabe amado.

Cuánta alegría ha brotado en el corazón de estas dos mujeres, la adúltera y la pecadora. El perdón ha hecho que se sintieran al fin más libres y felices que nunca. Las lágrimas de vergüenza y de dolor se han transformado en la sonrisa de quien se sabe amado. La misericordia suscita alegría porque el corazón se abre a la esperanza de una vida nueva. La alegría del perdón es difícil de expresar, pero se trasparenta en nosotros cada vez que la experimentamos. En su origen está el amor con el cual Dios viene a nuestro encuentro, rompiendo el círculo del egoísmo que nos envuelve, para hacernos también a nosotros instrumentos de misericordia.

Qué significativas son, también para nosotros, las antiguas palabras que guiaban a los primeros cristianos: «Revístete de alegría, que encuentra siempre gracia delante de Dios y siempre le es agradable, y complácete en ella. Porque todo hombre alegre obra el bien, piensa el bien y desprecia la tristeza […] Vivirán en Dios cuantos alejen de sí la tristeza y se revistan de toda alegría»[2]. Experimentar la misericordia produce alegría. No permitamos que las aflicciones y preocupaciones nos la quiten; que permanezca bien arraigada en nuestro corazón y nos ayude a mirar siempre con serenidad la vida cotidiana.

En una cultura frecuentemente dominada por la técnica, se multiplican las formas de tristeza y soledad en las que caen las personas, entre ellas muchos jóvenes. En efecto, el futuro parece estar en manos de la incertidumbre que impide tener estabilidad. De ahí surgen a menudo sentimientos de melancolía, tristeza y aburrimiento que lentamente pueden conducir a la desesperación. Se necesitan testigos de la esperanza y de la verdadera alegría para deshacer las quimeras que prometen una felicidad fácil con paraísos artificiales. El vacío profundo de muchos puede ser colmado por la esperanza que llevamos en el corazón y por la alegría que brota de ella. Hay mucha necesidad de reconocer la alegría que se revela en el corazón que ha sido tocado por la misericordia. Hagamos nuestras, por tanto, las palabras del Apóstol: «Estad siempre alegres en el Señor» (Flp 4,4; cf. 1 Ts 5,16).

Para leer en clave de dar gracias y alabar y hacer un coloquio de misericordia, como dice Ignacio

                                 

                                                            La Iglesia ha sabido poner a la escucha…  

La mirada amorosa de Dios, que de manera tan prolongada se ha posado sobre cada uno de nosotros.

                Hemos celebrado un Año intenso, en el que la gracia de la misericordia se nos ha dado en abundancia. Como un viento impetuoso y saludable, la bondad y la misericordia se han esparcido por el mundo entero. Y delante de esta mirada amorosa de Dios, que de manera tan prolongada se ha posado sobre cada uno de nosotros, no podemos permanecer indiferentes, porque ella nos cambia la vida.

Sentimos la necesidad, ante todo, de dar gracias al Señor y decirle: «Has sido bueno, Señor, con tu tierra […]. Has perdonado la culpa de tu pueblo» (Sal 85,2-3). Así es: Dios ha destruido nuestras culpas y ha arrojado nuestros pecados a lo hondo del mar (cf. Mi 7,19); no los recuerda más, se los ha echado a la espalda (cf. Is 38,17); como dista el oriente del ocaso, así aparta de nosotros nuestros pecados (cf. Sal 103,12).

En este Año Santo la Iglesia ha sabido ponerse a la escucha y ha experimentado con gran intensidad la presencia y cercanía del Padre, que mediante la obra del Espíritu Santo le ha hecho más evidente el don y el mandato de Jesús sobre el perdón. Ha sido realmente una nueva visita del Señor en medio de nosotros. Hemos percibido cómo su soplo vital se difundía por la Iglesia y, una vez más, sus palabras han indicado la misión: «Recibid el Espíritu Santo, a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos» (Jn 20,22-23).

SEGUNDA SEMANA

Para leer en clave de Llamamiento del Señor

Hay una conversión pastoral que estamos llamados a vivir. (No seamos sordos al llamado) No limitemos la acción del Espíritu. No lo hagamos entristecer…

Estamos llamados a celebrar la misericordia en los sacramentos

Ahora, concluido este Jubileo, es tiempo de mirar hacia adelante y de comprender cómo seguir viviendo con fidelidad, alegría y entusiasmo la riqueza de la misericordia divina. Nuestras comunidades continuarán con vitalidad y dinamismo la obra de la nueva evangelización en la medida en que la «conversión pastoral»[3], que estamos llamados a vivir, se plasme cada día, gracias a la fuerza renovadora de la misericordia. No limitemos su acción; no hagamos entristecer al Espíritu, que siempre indica nuevos senderos para recorrer y llevar a todos el Evangelio que salva.

En primer lugar estamos llamados a celebrar la misericordia. Cuánta riqueza contiene la oración de la Iglesia cuando invoca a Dios como Padre misericordioso. En la liturgia, la misericordia no sólo se evoca con frecuencia, sino que se recibe y se vive.

Eucaristizar/ dar gracias

Desde el inicio hasta el final de la celebración eucarística, la misericordia aparece varias veces en el diálogo entre la asamblea orante y el corazón del Padre, que se alegra cada vez que puede derramar su amor misericordioso.

Después de la súplica inicial de perdón, con la invocación «Señor, ten piedad», somos inmediatamente confortados: «Dios omnipotente tenga misericordia de nosotros, perdone nuestros pecados y nos lleve a la vida eterna». Con esta confianza la comunidad se reúne en la presencia del Señor, especialmente en el día santo de la resurrección.

Muchas oraciones «colectas» se refieren al gran don de la misericordia. En el periodo de Cuaresma, por ejemplo, oramos diciendo: «Señor, Padre de misericordia y origen de todo bien, que aceptas el ayuno, la oración y la limosna como remedio de nuestros pecados; mira con amor a tu pueblo penitente y restaura con tu misericordia a los que estamos hundidos bajo el peso de las culpas»[4].

Después nos sumergimos en la gran plegaria eucarística con el prefacio que proclama: «Porque tu amor al mundo fue tan misericordioso que no sólo nos enviaste como redentor a tu propio Hijo, sino que en todo lo quisiste semejante al hombre, menos en el pecado»[5]. Además, la plegaria eucarística cuarta es un himno a la misericordia de Dios: «Compadecido, tendiste la mano a todos, para que te encuentre el que te busca». «Ten misericordia de todos nosotros»[6], es la súplica apremiante que realiza el sacerdote, para implorar la participación en la vida eterna. Después del Padrenuestro, el sacerdote prolonga la plegaria invocando la paz y la liberación del pecado gracias a la «ayuda de su misericordia». Y antes del signo de la paz, que se da como expresión de fraternidad y de amor recíproco a la luz del perdón recibido, él ora de nuevo diciendo: «No tengas en cuenta nuestros pecados, sino la fe de tu Iglesia»[7]. Mediante estas palabras, pedimos con humilde confianza el don de la unidad y de la paz para la santa Madre Iglesia.

La celebración de la misericordia divina culmina en el Sacrificio eucarístico, memorial del misterio pascual de Cristo, del que brota la salvación para cada ser humano, para la historia y para el mundo entero. En resumen, cada momento de la celebración eucarística está referido a la misericordia de Dios.

Contemplar

Entre las iniciativas del Jubileo tendrá que estar la difusión más amplia de la lectio divina, para que, a través de la lectura orante del texto sagrado, la vida espiritual se fortalezca y crezca.

La historia de nuestra salvación es una incesante obra de misericordia

En este contexto, la escucha de la Palabra de Dios asume también un significado particular. Cada domingo, la Palabra de Dios es proclamada en la comunidad cristiana para que el día del Señor se ilumine con la luz que proviene del misterio pascual[10]. En la celebración eucarística asistimos a un verdadero diálogo entre Dios y su pueblo.

En la proclamación de las lecturas bíblicas, se recorre la historia de nuestra salvación como una incesante obra de misericordia que se nos anuncia.

Dios sigue hablando hoy con nosotros como sus amigos, se «entretiene» con nosotros[11], para ofrecernos su compañía y mostrarnos el sendero de la vida. Su Palabra se hace intérprete de nuestras peticiones y preocupaciones, y es también respuesta fecunda para que podamos experimentar concretamente su cercanía.

Qué importante es la homilía, en la que «la verdad va de la mano de la belleza y del bien»[12], para que el corazón de los creyentes vibre ante la grandeza de la misericordia. Recomiendo mucho la preparación de la homilía y el cuidado de la predicación. Ella será tanto más fructuosa, cuanto más haya experimentado el sacerdote en sí mismo la bondad misericordiosa del Señor. Comunicar la certeza de que Dios nos ama no es un ejercicio retórico, sino condición de credibilidad del propio sacerdocio. Vivir la misericordia es el camino seguro para que ella llegue a ser verdadero anuncio de consolación y de conversión en la vida pastoral. La homilía, como también la catequesis, ha de estar siempre sostenida por este corazón palpitante de la vida cristiana.

La Biblia es la gran historia que narra las maravillas de la misericordia de Dios. Cada una de sus páginas está impregnada del amor del Padre que desde la creación ha querido imprimir en el universo los signos de su amor. El Espíritu Santo, a través de las palabras de los profetas y de los escritos sapienciales, ha modelado la historia de Israel con el reconocimiento de la ternura y de la cercanía de Dios, a pesar de la infidelidad del pueblo. La vida de Jesús y su predicación marcan de manera decisiva la historia de la comunidad cristiana, que entiende la propia misión como respuesta al mandato de Cristo de ser instrumento permanente de su misericordia y de su perdón (cf. Jn 20,23).

Por medio de la Sagrada Escritura, que se mantiene viva gracias a la fe de la Iglesia, el Señor continúa hablando a su Esposa y le indica los caminos a seguir, para que el Evangelio de la salvación llegue a todos. Deseo vivamente que la Palabra de Dios se celebre, se conozca y se difunda cada vez más, para que nos ayude a comprender mejor el misterio del amor que brota de esta fuente de misericordia. Lo recuerda claramente el Apóstol: «Toda Escritura es inspirada por Dios y además útil para enseñar, para argüir, para corregir, para educar en la justicia» (2 Tm 3,16).

Sería oportuno que cada comunidad, en un domingo del Año litúrgico, renovase su compromiso en favor de la difusión, el conocimiento y la profundización de la Sagrada Escritura: un domingo dedicado enteramente a la Palabra de Dios para comprender la inagotable riqueza que proviene de ese diálogo constante de Dios con su pueblo. Habría que enriquecer ese momento con iniciativas creativas, que animen a los creyentes a ser instrumentos vivos de la transmisión de la Palabra. Ciertamente, entre esas iniciativas tendrá que estar la difusión más amplia de la lectio divina, para que, a través de la lectura orante del texto sagrado, la vida espiritual se fortalezca y crezca. La lectio divina sobre los temas de la misericordia permitirá comprobar cuánta riqueza hay en el texto sagrado, que leído a la luz de la entera tradición espiritual de la Iglesia, desembocará necesariamente en gestos y obras concretas de caridad[13].

La confesión

Sacerdotes acogedores con todos; testigos de la ternura paterna; solícitos en ayudar a reflexionar sobre el mal cometido; claros a la hora de presentar los principios morales; disponibles para acompañar a los fieles en el camino penitencial; pacientes en el acompañamiento; prudentes en el discernimiento de cada caso concreto; generosos en el momento de dispensar el perdón de Dios.             

                En toda la vida sacramental la misericordia se nos da en abundancia. Es muy relevante el hecho de que la Iglesia haya querido mencionar explícitamente la misericordia en la fórmula de los dos sacramentos llamados «de sanación», es decir, la Reconciliación y la Unción de los enfermos. La fórmula de la absolución dice: «Dios, Padre misericordioso, que reconcilió consigo al mundo por la muerte y la resurrección de su Hijo y derramó el Espíritu Santo para la remisión de los pecados, te conceda, por el ministerio de la Iglesia, el perdón y la paz»[8]; y la de la Unción reza: «Por esta santa Unción y por su bondadosa misericordia, te ayude el Señor con la gracia del Espíritu Santo»[9]. Así, en la oración de la Iglesia la referencia a la misericordia, lejos de ser solamente parenética, es altamente performativa, es decir que, mientras la invocamos con fe, nos viene concedida; mientras la confesamos viva y real, nos transforma verdaderamente. Este es un aspecto fundamental de nuestra fe, que debemos conservar en toda su originalidad: antes que el pecado, tenemos la revelación del amor con el que Dios ha creado el mundo y los seres humanos. El amor es el primer acto con el que Dios se da a conocer y viene a nuestro encuentro. Por tanto, abramos el corazón a la confianza de ser amados por Dios. Su amor nos precede siempre, nos acompaña y permanece junto a nosotros a pesar de nuestros pecados.

La gracia nos precede siempre y adopta el rostro de la misericordia que se realiza eficazmente con la reconciliación y el perdón.

La celebración de la misericordia tiene lugar de modo especial en el Sacramento de la Reconciliación. Es el momento en el que sentimos el abrazo del Padre que sale a nuestro encuentro para restituirnos de nuevo la gracia de ser sus hijos. Somos pecadores y cargamos con el peso de la contradicción entre lo que queremos hacer y lo que, en cambio, hacemos (cf. Rm 7,14-21); la gracia, sin embargo, nos precede siempre y adopta el rostro de la misericordia que se realiza eficazmente con la reconciliación y el perdón. Dios hace que comprendamos su inmenso amor justamente ante nuestra condición de pecadores. La gracia es más fuerte y supera cualquier posible resistencia, porque el amor todo lo puede (cf. 1 Co 13,7).

En el Sacramento del Perdón, Dios muestra la vía de la conversión hacia él, y nos invita a experimentar de nuevo su cercanía. Es un perdón que se obtiene, ante todo, empezando por vivir la caridad. Lo recuerda también el apóstol Pedro cuando escribe que «el amor cubre la multitud de los pecados» (1 P 4,8). Sólo Dios perdona los pecados, pero quiere que también nosotros estemos dispuestos a perdonar a los demás, como él perdona nuestras faltas: «Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden» (Mt 6,12). Qué tristeza cada vez que nos quedamos encerrados en nosotros mismos, incapaces de perdonar. Triunfa el rencor, la rabia, la venganza; la vida se vuelve infeliz y se anula el alegre compromiso por la misericordia.

Los misioneros de la misericordia

Una experiencia de gracia que la Iglesia ha vivido con mucho fruto a lo largo del Año jubilar ha sido ciertamente el servicio de los Misioneros de la Misericordia. Su acción pastoral ha querido evidenciar que Dios no pone ningún límite a cuantos lo buscan con corazón contrito, porque sale al encuentro de todos, como un Padre. He recibido muchos testimonios de alegría por el renovado encuentro con el Señor en el Sacramento de la Confesión. No perdamos la oportunidad de vivir también la fe como una experiencia de reconciliación. «Reconciliaos con Dios» (2 Co 5,20), esta es la invitación que el Apóstol dirige también hoy a cada creyente, para que descubra la potencia del amor que transforma en una «criatura nueva» (2 Co 5,17).

Doy las gracias a cada Misionero de la Misericordia por este inestimable servicio de hacer fructificar la gracia del perdón. Este ministerio extraordinario, sin embargo, no cesará con la clausura de la Puerta Santa. Deseo que se prolongue todavía, hasta nueva disposición, como signo concreto de que la gracia del Jubileo siga siendo viva y eficaz, a lo largo y ancho del mundo. Será tarea del Pontificio Consejo para la Promoción de la Nueva Evangelización acompañar durante este periodo a los Misioneros de la Misericordia, como expresión directa de mi solicitud y cercanía, y encontrar las formas más coherentes para el ejercicio de este precioso ministerio.

Sacerdotes testigos de la ternura paterna en la confesión

A los sacerdotes renuevo la invitación a prepararse con mucho esmero para el ministerio de la Confesión, que es una verdadera misión sacerdotal. Os agradezco de corazón vuestro servicio y os pido que seáis acogedores con todos; testigos de la ternura paterna, a pesar de la gravedad del pecado; solícitos en ayudar a reflexionar sobre el mal cometido; claros a la hora de presentar los principios morales; disponibles para acompañar a los fieles en el camino penitencial, siguiendo el paso de cada uno con paciencia; prudentes en el discernimiento de cada caso concreto; generosos en el momento de dispensar el perdón de Dios. Así como Jesús ante la mujer adúltera optó por permanecer en silencio para salvarla de su condena a muerte, del mismo modo el sacerdote en el confesionario debe tener también un corazón magnánimo, recordando que cada penitente lo remite a su propia condición personal: pecador, pero ministro de la misericordia.

Recordar a todos que no existe ley ni precepto que pueda impedir a Dios volver a abrazar al hijo que regresa a él reconociendo que se ha equivocado, pero decidido a recomenzar desde el principio

Me gustaría que todos meditáramos las palabras del Apóstol, escritas hacia el final de su vida, en las que confiesa a Timoteo de haber sido el primero de los pecadores, «por esto precisamente se compadeció de mí» (1 Tm 1,16). Sus palabras tienen una fuerza arrebatadora para hacer que también nosotros reflexionemos sobre nuestra existencia y para que veamos cómo la misericordia de Dios actúa para cambiar, convertir y transformar nuestro corazón: «Doy gracias a Cristo Jesús, Señor nuestro, que me hizo capaz, se fio de mí y me confió este ministerio, a mí, que antes era un blasfemo, un perseguidor y un insolente. Pero Dios tuvo compasión de mí» (1 Tm 1,12-13).

Por tanto, recordemos siempre con renovada pasión pastoral las palabras del Apóstol: «Dios nos reconcilió consigo por medio de Cristo y nos encargó el ministerio de la reconciliación» (2 Co 5,18). Con vistas a este ministerio, nosotros hemos sido los primeros en ser perdonados; hemos sido testigos en primera persona de la universalidad del perdón. No existe ley ni precepto que pueda impedir a Dios volver a abrazar al hijo que regresa a él reconociendo que se ha equivocado, pero decidido a recomenzar desde el principio. Quedarse solamente en la ley equivale a banalizar la fe y la misericordia divina. Hay un valor propedéutico en la ley (cf. Ga 3,24), cuyo fin es la caridad (cf. 1 Tm 1,5). El cristiano está llamado a vivir la novedad del Evangelio, «la ley del Espíritu que da la vida en Cristo Jesús» (Rm 8,2). Incluso en los casos más complejos, en los que se siente la tentación de hacer prevalecer una justicia que deriva sólo de las normas, se debe creer en la fuerza que brota de la gracia divina.

Nosotros, confesores, somos testigos de tantas conversiones que suceden delante de nuestros ojos. Sentimos la responsabilidad que nuestros gestos y palabras toquen lo más profundo del corazón del penitente, para que descubra la cercanía y ternura del Padre que perdona. No arruinemos esas ocasiones con comportamientos que contradigan la experiencia de la misericordia que se busca. Ayudemos, más bien, a iluminar el ámbito de la conciencia personal con el amor infinito de Dios (cf. 1 Jn 3,20).

El Sacramento de la Reconciliación necesita volver a encontrar su puesto central en la vida cristiana; por esto se requieren sacerdotes que pongan su vida al servicio del «ministerio de la reconciliación» (2 Co 5,18), para que a nadie que se haya arrepentido sinceramente se le impida acceder al amor del Padre, que espera su retorno, y a todos se les ofrezca la posibilidad de experimentar la fuerza liberadora del perdón.

Una ocasión propicia puede ser la celebración de la iniciativa 24 horas para el Señor en la proximidad del IV Domingo de Cuaresma, que ha encontrado un buen consenso en las diócesis y sigue siendo como una fuerte llamada pastoral para vivir intensamente el Sacramento de la Confesión.

Que ningún obstáculo se interponga entre la petición de reconciliación y el perdón de Dios

En virtud de esta exigencia, para que ningún obstáculo se interponga entre la petición de reconciliación y el perdón de Dios, de ahora en adelante concedo a todos los sacerdotes, en razón de su ministerio, la facultad de absolver a quienes hayan procurado el pecado del aborto. Cuanto había concedido de modo limitado para el período jubilar[14], lo extiendo ahora en el tiempo, no obstante cualquier cosa en contrario. Quiero enfatizar con todas mis fuerzas que el aborto es un pecado grave, porque pone fin a una vida humana inocente. Con la misma fuerza, sin embargo, puedo y debo afirmar que no existe ningún pecado que la misericordia de Dios no pueda alcanzar y destruir, allí donde encuentra un corazón arrepentido que pide reconciliarse con el Padre. Por tanto, que cada sacerdote sea guía, apoyo y alivio a la hora de acompañar a los penitentes en este camino de reconciliación especial.

En el Año del Jubileo había concedido a los fieles, que por diversos motivos frecuentan las iglesias donde celebran los sacerdotes de la Fraternidad San Pío X, la posibilidad de recibir válida y lícitamente la absolución sacramental de sus pecados[15]. Por el bien pastoral de estos fieles, y confiando en la buena voluntad de sus sacerdotes, para que se pueda recuperar con la ayuda de Dios la plena comunión con la Iglesia Católica, establezco por decisión personal que esta facultad se extienda más allá del período jubilar, hasta nueva disposición, de modo que a nadie le falte el signo sacramental de la reconciliación a través del perdón de la Iglesia.

Para leer en clave de consolación

La misericordia tiene también el rostro de la consolación

La misericordia tiene también el rostro de la consolación. «Consolad, consolad a mi pueblo» (Is 40,1), son las sentidas palabras que el profeta pronuncia también hoy, para que llegue una palabra de esperanza a cuantos sufren y padecen. No nos dejemos robar nunca la esperanza que proviene de la fe en el Señor resucitado. Es cierto, a menudo pasamos por duras pruebas, pero jamás debe decaer la certeza de que el Señor nos ama. Su misericordia se expresa también en la cercanía, en el afecto y en el apoyo que muchos hermanos y hermanas nos ofrecen cuando sobrevienen los días de tristeza y aflicción. Enjugar las lágrimas es una acción concreta que rompe el círculo de la soledad en el que con frecuencia terminamos encerrados.

Todos tenemos necesidad de consuelo, porque ninguno es inmune al sufrimiento, al dolor y a la incomprensión. Cuánto dolor puede causar una palabra rencorosa, fruto de la envidia, de los celos y de la rabia. Cuánto sufrimiento provoca la experiencia de la traición, de la violencia y del abandono; cuánta amargura ante la muerte de los seres queridos. Sin embargo, Dios nunca permanece distante cuando se viven estos dramas. Una palabra que da ánimo, un abrazo que te hace sentir comprendido, una caricia que hace percibir el amor, una oración que permite ser más fuerte…, son todas expresiones de la cercanía de Dios a través del consuelo ofrecido por los hermanos.

A veces también el silencio es de gran ayuda; porque en algunos momentos no existen palabras para responder a los interrogantes del que sufre. La falta de palabras, sin embargo, se puede suplir por la compasión del que está presente y cercano, del que ama y tiende la mano. No es cierto que el silencio sea un acto de rendición, al contrario, es un momento de fuerza y de amor. El silencio también pertenece al lenguaje de la consolación, porque se transforma en una obra concreta de solidaridad y unión con el sufrimiento del hermano.

TERCERA SEMANA

Soy amado, luego existo; he sido perdonado, entonces renazco a una vida nueva; he sido «misericordiado», entonces me convierto en instrumento de misericordia.

Para leer en clave de Pasión y compasión y hacer una reforma de vida: en la familia y en nuestras Obras apostólicas

La familia es un lugar privilegiado en el que se vive la misericordia

En un momento particular como el nuestro, caracterizado por la crisis de la familia, entre otras, es importante que llegue una palabra de consuelo a nuestras familias. El don del matrimonio es una gran vocación a la que, con la gracia de Cristo, hay que corresponder con al amor generoso, fiel y paciente. La belleza de la familia permanece inmutable, a pesar de numerosas sombras y propuestas alternativas: «El gozo del amor que se vive en las familias es también el júbilo de la Iglesia»[16]. El sendero de la vida, que lleva a que un hombre y una mujer se encuentren, se amen y se prometan fidelidad por siempre delante de Dios, a menudo se interrumpe por el sufrimiento, la traición y la soledad. La alegría de los padres por el don de los hijos no es inmune a las preocupaciones con respecto a su crecimiento y formación, y para que tengan un futuro digno de ser vivido con intensidad.

La gracia del Sacramento del Matrimonio no sólo fortalece a la familia para que sea un lugar privilegiado en el que se viva la misericordia, sino que compromete a la comunidad cristiana, y con ella a toda la acción pastoral, para que se resalte el gran valor propositivo de la familia. De todas formas, este Año jubilar nos ha de ayudar a reconocer la complejidad de la realidad familiar actual. La experiencia de la misericordia nos hace capaces de mirar todas las dificultades humanas con la actitud del amor de Dios, que no se cansa de acoger y acompañar[17].

No podemos olvidar que cada uno lleva consigo el peso de la propia historia que lo distingue de cualquier otra persona. Nuestra vida, con sus alegrías y dolores, es algo único e irrepetible, que se desenvuelve bajo la mirada misericordiosa de Dios. Esto exige, sobre todo de parte del sacerdote, un discernimiento espiritual atento, profundo y prudente para que cada uno, sin excluir a nadie, sin importar la situación que viva, pueda sentirse acogido concretamente por Dios, participar activamente en la vida de la comunidad y ser admitido en ese Pueblo de Dios que, sin descanso, camina hacia la plenitud del reino de Dios, reino de justicia, de amor, de perdón y de misericordia.

Hacer sentir la cercanía de la comunidad cristiana en los momentos de debilidad, soledad, incertidumbre y llanto

El momento de la muerte reviste una importancia particular. La Iglesia siempre ha vivido este dramático tránsito a la luz de la resurrección de Jesucristo, que ha abierto el camino de la certeza en la vida futura. Tenemos un gran reto que afrontar, sobre todo en la cultura contemporánea que, a menudo, tiende a banalizar la muerte hasta el punto de esconderla o considerarla una simple ficción. La muerte en cambio se ha de afrontar y preparar como un paso doloroso e ineludible, pero lleno de sentido: como el acto de amor extremo hacia las personas que dejamos y hacia Dios, a cuyo encuentro nos dirigimos. En todas las religiones el momento de la muerte, así como el del nacimiento, está acompañado de una presencia religiosa. Nosotros vivimos la experiencia de las exequias como una plegaria llena de esperanza por el alma del difunto y como una ocasión para ofrecer consuelo a cuantos sufren por la ausencia de la persona amada.

Estoy convencido de la necesidad de que, en la acción pastoral animada por la fe viva, los signos litúrgicos y nuestras oraciones sean expresión de la misericordia del Señor. Es él mismo quien nos da palabras de esperanza, porque nada ni nadie podrán jamás separarnos de su amor (cf. Rm 8,35). La participación del sacerdote en este momento significa un acompañamiento importante, porque ayuda a sentir la cercanía de la comunidad cristiana en los momentos de debilidad, soledad, incertidumbre y llanto.

La puerta de la misericordia de nuestro corazón permanece siempre abierta, de par en par.

Termina el Jubileo y se cierra la Puerta Santa. Pero la puerta de la misericordia de nuestro corazón permanece siempre abierta, de par en par. Hemos aprendido que Dios se inclina hacia nosotros (cf. Os 11,4) para que también nosotros podamos imitarlo inclinándonos hacia los hermanos. La nostalgia que muchos sienten de volver a la casa del Padre, que está esperando su regreso, está provocada también por el testimonio sincero y generoso que algunos dan de la ternura divina. La Puerta Santa que hemos atravesado en este Año jubilar nos ha situado en la vía

de la caridad, que estamos llamados a recorrer cada día con fidelidad y alegría. El camino de la misericordia es el que nos hace encontrar a tantos hermanos y hermanas que tienden la mano esperando que alguien la aferre y poder así caminar juntos.

Querer acercarse a Jesús implica hacerse prójimo de los hermanos, porque nada es más agradable al Padre que un signo concreto de misericordia. Por su misma naturaleza, la misericordia se hace visible y tangible en una acción concreta y dinámica. Una vez que se la ha experimentado en su verdad, no se puede volver atrás: crece continuamente y transforma la vida.            Es verdaderamente una nueva creación que obra un corazón nuevo, capaz de amar en plenitud, y purifica los ojos para que sepan ver las necesidades más ocultas. Qué verdaderas son las palabras con las que la Iglesia ora en la Vigilia Pascual, después de la lectura que narra la creación: «Oh Dios, que con acción maravillosa creaste al hombre y con mayor maravilla lo redimiste»[18].

La misericordia renueva y redime, porque es el encuentro de dos corazones: el de Dios, que sale al encuentro, y el del hombre. Mientras este se va encendiendo, aquel lo va sanando: el corazón de piedra es transformado en corazón de carne (cf. Ez 36,26), capaz de amar a pesar de su pecado. Es aquí donde se descubre que es realmente una «nueva creatura» (cf. Ga 6,15): soy amado, luego existo; he sido perdonado, entonces renazco a una vida nueva; he sido «misericordiado», entonces me convierto en instrumento de misericordia.

Las obras de misericordia corporales y espirituales constituyen hasta nuestros días una prueba de la incidencia importante y positiva de la misericordia como valor social.

Durante el Año Santo, especialmente en los «viernes de la misericordia», he podido darme cuenta de cuánto bien hay en el mundo. Con frecuencia no es conocido porque se realiza cotidianamente de manera discreta y silenciosa. Aunque no llega a ser noticia, existen sin embargo tantos signos concretos de bondad y ternura dirigidos a los más pequeños e indefensos, a los que están más solos y abandonados. Existen personas que encarnan realmente la caridad y que llevan continuamente la solidaridad a los más pobres e infelices. Agradezcamos al Señor el don valioso de estas personas que, ante la debilidad de la humanidad herida, son como una invitación para descubrir la alegría de hacerse prójimo. Con gratitud pienso en los numerosos voluntarios que con su entrega de cada día dedican su tiempo a mostrar la presencia y cercanía de Dios. Su servicio es una genuina obra de misericordia y hace que muchas personas se acerquen a la Iglesia.

Creatividad en las obras de misericordia

Es el momento de dejar paso a la fantasía de la misericordia para dar vida a tantas iniciativas nuevas, fruto de la gracia. La Iglesia necesita anunciar hoy esos «muchos otros signos» que Jesús realizó y que «no están escritos» (Jn 20,30), de modo que sean expresión elocuente de la fecundidad del amor de Cristo y de la comunidad que vive de él. Han pasado más de dos mil años y, sin embargo, las obras de misericordia siguen haciendo visible la bondad de Dios.

Todavía hay poblaciones enteras que sufren hoy el hambre y la sed, y despiertan una gran preocupación las imágenes de niños que no tienen nada para comer. Grandes masas de personas siguen emigrando de un país a otro en busca de alimento, trabajo, casa y paz. La enfermedad, en sus múltiples formas, es una causa permanente de sufrimiento que reclama socorro, ayuda y consuelo. Las cárceles son lugares en los que, con frecuencia, las condiciones de vida inhumana causan sufrimientos, en ocasiones graves, que se añaden a las penas restrictivas. El analfabetismo está todavía muy extendido, impidiendo que niños y niñas se formen, exponiéndolos a nuevas formas de esclavitud. La cultura del individualismo exasperado, sobre todo en Occidente, hace que se pierda el sentido de la solidaridad y la responsabilidad hacia los demás. Dios mismo sigue siendo hoy un desconocido para muchos; esto representa la más grande de las pobrezas y el mayor obstáculo para el reconocimiento de la dignidad inviolable de la vida humana.

Con todo, las obras de misericordia corporales y espirituales constituyen hasta nuestros días una prueba de la incidencia importante y positiva de la misericordia como valor social. Ella nos impulsa a ponernos manos a la obra para restituir la dignidad a millones de personas que son nuestros hermanos y hermanas, llamados a construir con nosotros una «ciudad fiable»[19].

CUARTA SEMANA

Esforcémonos entonces en concretar la caridad y, al mismo tiempo, en iluminar con inteligencia la práctica de las obras de misericordia

Para leer en clave de resurrección

Llamados a darle un rostro nuevo a las obras de misericordia

En este Año Santo se han realizado muchos signos concretos de misericordia. Comunidades, familias y personas creyentes han vuelto a descubrir la alegría de compartir y la belleza de la solidaridad. Y aun así, no basta. El mundo sigue generando nuevas formas de pobreza espiritual y material que atentan contra la dignidad de las personas. Por este motivo, la Iglesia debe estar siempre atenta y dispuesta a descubrir nuevas obras de misericordia y realizarlas con generosidad y entusiasmo.

Esforcémonos entonces en concretar la caridad y, al mismo tiempo, en iluminar con inteligencia la práctica de las obras de misericordia. Esta posee un dinamismo inclusivo mediante el cual se extiende en todas las direcciones, sin límites. En este sentido, estamos llamados a darle un rostro nuevo a las obras de misericordia que conocemos de siempre. En efecto, la misericordia se excede; siempre va más allá, es fecunda. Es como la levadura que hace fermentar la masa (cf. Mt 13,33) y como un granito de mostaza que se convierte en un árbol (cf. Lc 13,19).

Pensemos solamente, a modo de ejemplo, en la obra de misericordia corporal de vestir al desnudo (cf. Mt 25,36.38.43.44). Ella nos transporta a los orígenes, al jardín del Edén, cuando Adán y Eva se dieron cuenta de que estaban desnudos y, sintiendo que el Señor se acercaba, les dio vergüenza y se escondieron (cf. Gn 3,7-8). Sabemos que el Señor los castigó; sin embargo, él «hizo túnicas de piel para Adán y su mujer, y los vistió» (Gn 3,21). La vergüenza quedó superada y la dignidad fue restablecida.

Miremos fijamente también a Jesús en el Gólgota. El Hijo de Dios está desnudo en la cruz; su túnica ha sido echada a suerte por los soldados y está en sus manos (cf. Jn 19,23-24); él ya no tiene nada. En la cruz se revela de manera extrema la solidaridad de Jesús con todos los que han perdido la dignidad porque no cuentan con lo necesario. Si la Iglesia está llamada a ser la «túnica de Cristo»[20] para revestir a su Señor, del mismo modo ha de empeñarse en ser solidaria con aquellos que han sido despojados, para que recobren la dignidad que les ha sido arrebatada. «Estuve desnudo y me vestisteis» (Mt 25,36) implica, por tanto, no mirar para otro lado ante las nuevas formas de pobreza y marginación que impiden a las personas vivir dignamente.

No tener trabajo y no recibir un salario justo; no tener una casa o una tierra donde habitar; ser discriminados por la fe, la raza, la condición social…: estas, y muchas otras, son situaciones que atentan contra la dignidad de la persona, frente a las cuales la acción misericordiosa de los cristianos responde ante todo con la vigilancia y la solidaridad. Cuántas son las situaciones en las que podemos restituir la dignidad a las personas para que tengan una vida más humana. Pensemos solamente en los niños y niñas que sufren violencias de todo tipo, violencias que les roban la alegría de la vida. Sus rostros tristes y desorientados están impresos en mi mente; piden que les ayudemos a liberarse de las esclavitudes del mundo contemporáneo. Estos niños son los jóvenes del mañana; ¿cómo los estamos preparando para que vivan con dignidad y responsabilidad? ¿Con qué esperanza pueden afrontar su presente y su futuro?

El carácter social de la misericordia obliga a no quedarse inmóviles y a desterrar la indiferencia y la hipocresía, de modo que los planes y proyectos no queden sólo en letra muerta. Que el Espíritu Santo nos ayude a estar siempre dispuestos a contribuir de manera concreta y desinteresada, para que la justicia y una vida digna no sean sólo palabras bonitas, sino que constituyan el compromiso concreto de todo el que quiere testimoniar la presencia del reino de Dios.

Una cultura de la misericordia

Estamos llamados a hacer que crezca una cultura de la misericordia, basada en el redescubrimiento del encuentro con los demás: una cultura en la que ninguno mire al otro con indiferencia ni aparte la mirada cuando vea el sufrimiento de los hermanos. Las obras de misericordia son «artesanales»: ninguna de ellas es igual a otra; nuestras manos las pueden modelar de mil modos, y aunque sea único el Dios que las inspira y única la «materia» de la que están hechas, es decir la misericordia misma, cada una adquiere una forma diversa.

Las obras de misericordia tocan todos los aspectos de la vida de una persona. Podemos llevar a cabo una verdadera revolución cultural a partir de la simplicidad de esos gestos que saben tocar el cuerpo y el espíritu, es decir la vida de las personas. Es una tarea que la comunidad cristiana puede hacer suya, consciente de que la Palabra del Señor la llama a salir siempre de la indiferencia y del individualismo, en el que se corre el riesgo de caer para llevar una existencia cómoda y sin problemas. «A los pobres los tenéis siempre con vosotros» (Jn 12,8), dice Jesús a sus discípulos. No hay excusas que puedan justificar una falta de compromiso cuando sabemos que él se ha identificado con cada uno de ellos.

La cultura de la misericordia se va plasmando con la oración asidua, con la dócil apertura a la acción del Espíritu Santo, la familiaridad con la vida de los santos y la cercanía concreta a los pobres. Es una invitación apremiante a tener claro dónde tenemos que comprometernos necesariamente. La tentación de quedarse en la «teoría sobre la misericordia» se supera en la medida que esta se convierte en vida cotidiana de participación y colaboración. Por otra parte, no deberíamos olvidar las palabras con las que el apóstol Pablo, narrando su encuentro con Pedro, Santiago y Juan, después de su conversión, se refiere a un aspecto esencial de su misión y de toda la vida cristiana: «Nos pidieron que nos acordáramos de los pobres, lo cual he procurado cumplir» (Ga 2,10). No podemos olvidarnos de los pobres: es una invitación más actual hoy que nunca, que se impone en razón de su evidencia evangélica.

Para leer en clave de la contemplación para alcanzar amor

Que llegue a todos, a través del testimonio de los creyentes, la caricia de Dios

Que la experiencia del Jubileo grabe en nosotros las palabras del apóstol Pedro: «Los que antes erais no compadecidos, ahora sois objeto de compasión» (1 P 2,10). No guardemos sólo para nosotros cuanto hemos recibido; sepamos compartirlo con los hermanos que sufren, para que sean sostenidos por la fuerza de la misericordia del Padre. Que nuestras comunidades se abran hasta alcanzar a todos los que viven en su territorio, para que llegue a todos, a través del testimonio de los creyentes, la caricia de Dios.

Este es el tiempo de la misericordia. Cada día de nuestra vida está marcado por la presencia de Dios, que guía nuestros pasos con el poder de la gracia que el Espíritu infunde en el corazón para plasmarlo y hacerlo capaz de amar. Es el tiempo de la misericordia para todos y cada uno, para que nadie piense que está fuera de la cercanía de Dios y de la potencia de su ternura. Es el tiempo de la misericordia, para que los débiles e indefensos, los que están lejos y solos sientan la presencia de hermanos y hermanas que los sostienen en sus necesidades. Es el tiempo de la misericordia, para que los pobres sientan la mirada de respeto y atención de aquellos que, venciendo la indiferencia, han descubierto lo que es fundamental en la vida. Es el tiempo de la misericordia, para que cada pecador no deje de pedir perdón y de sentir la mano del Padre que acoge y abraza siempre.

A la luz del «Jubileo de las personas socialmente excluidas», mientras en todas las catedrales y santuarios del mundo se cerraban las Puertas de la Misericordia, intuí que, como otro signo concreto de este Año Santo extraordinario, se debe celebrar en toda la Iglesia, en el XXXIII Domingo del Tiempo Ordinario, la Jornada mundial de los pobres. Será la preparación más adecuada para vivir la solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo, el cual se ha identificado con

los pequeños y los pobres, y nos juzgará a partir de las obras de misericordia (cf. Mt 25,31-46). Será una Jornada que ayudará a las comunidades y a cada bautizado a reflexionar cómo la pobreza está en el corazón del Evangelio y sobre el hecho que, mientras Lázaro esté echado a la puerta de nuestra casa (cf. Lc 16,19-21), no podrá haber justicia ni paz social. Esta Jornada constituirá también una genuina forma de nueva evangelización (cf. Mt 11,5), con la que se renueve el rostro de la Iglesia en su acción perenne de conversión pastoral, para ser testimonio de la misericordia.

Los ojos misericordiosos de la Santa Madre de Dios estén siempre vueltas hacia nosotros

Que los ojos misericordiosos de la Santa Madre de Dios estén siempre vueltos hacia nosotros. Ella es la primera en abrir camino y nos acompaña cuando damos testimonio del amor. La Madre de Misericordia acoge a todos bajo la protección de su manto, tal y como el arte la ha representado a menudo. Confiemos en su ayuda materna y sigamos su constante indicación de volver los ojos a Jesús, rostro radiante de la misericordia de Dios.

Dado en Roma, junto a San Pedro, el 20 de noviembre, solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo, del Año del Señor 2016, cuarto de mi pontificado.

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[1] In Io. Ev. tract. 33,5.
[2] Pastor de Hermas, 42, 1-4.
Francisco
[3] Cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 24 noviembre 2013, 27: AAS 105 (2013), 1031.
[4] Misal Romano, III Domingo de Cuaresma.
[5] Ibíd., Prefacio VII dominical del Tiempo Ordinario.
[6] Ibíd., Plegaria eucarística II.
[7] Ibíd., Rito de la comunión.
[8] Ritual de la Penitencia, 102.
[9] Ritual de la Unción y de la pastoral de enfermos, 143.
[10] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. Sacrosanctum Conciliumm, 106.
[11] Cf. Id. Const. dogm. Dei Verbum, 2.
[12] Exhort. ap. Evangelii gaudium, 24 noviembre 2013, 142: AAS 105 (2013), 1079.
[13] Cf. Benedicto XVI, Exhort. ap. postsin. Verbum Domini, 30 septiembre 2010, 86-87: AAS 102 (2010), 757-760.
[14] Cf. Carta con la que se concede la indulgencia con ocasión del Jubileo Extraordinario de la Misericordia, 1 septiembre 2015: L’Osservatore Romano ed. semanal en lengua española, 4 de septiembre de 2015, 3-4.
[15] Cf. ibíd.
[16] Exhort. ap. postsin. Amoris laetitia, 19

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Momento de Meditación

Diego Fares sj

En la cuarta semana, lo que hemos elegido y reformado en nuestra vida, tiene que ser perfeccionado por la alegría y el gozo de la Resurrección. ¿Cómo es esto de que el gozo y la alegría “consuman y perfeccionan” una elección y reforma de vida?

Tenemos claro que, si no estamos dispuestos a “padecer” con Jesús, a cargar la Cruz, a sufrir humillaciones y pobreza, no somos verdaderos discípulos suyos. Pero qué decir de la alegría… Pero ¿estamos dispuestos a alegrarnos con Él?

La vida cotidiana es donde se “encarna Jesús resucitado”, si se puede decir así. Jesús resucitado se encarna en la alegría de una vida sencilla, sí, pero abierta a disfrutar intensamente. A disfrutar en la alabanza de la belleza de la creación; a disfrutar poniendo lo mejor de nuestra parte para hacer que la vida de nuestra familia y de nuestra comunidad sea un ámbito de paz y de gozo para todos, especialmente para los hijos pródigos; a disfrutar trabajando con entusiasmo y espíritu de colaboración para mejorar este mundo, haciendo participar de nuestros bienes a los más necesitados…

No las “grandes cosas” sino la alegría de los pequeños gestos hechos con gran amor es la respuesta a un Jesús resucitado que quiere encarnarse nuevamente en nuestra vida cotidiana. Si hace falta alguna “prueba” de esto, basta con mirar el modo y el estilo con que se aparece Jesús resucitado: como un simple jardinero a María Magdalena, como un compañero de camino, a los de Emaús, como uno que pide que le den algo de comer, a los discípulos, como el que hace de cocinero y les prepara el desayuno, en el lago…

María en la cuarta semana

Esta reflexión nace de contemplar la “impostación mariana” de la cuarta semana. Es decir: al contemplar el rol de María que Ignacio “descubre” y expresa en esa frase simple y punzante: “la Escritura supone que tenemos entendimiento”.

En los Ejercicios siempre distinguimos dos tipos de meditaciones y contemplaciones: las que Ignacio toma directamente de la Escritura, especialmente del Evangelio-, y las que él “creó” con la gracia del Espíritu y que llamamos “estructurales” –la del Rey terreno y el Rey eterno, las dos Banderas… etc. Pues bien, aquí en la cuarta semana, Ignacio pone esta “Cómo Cristo nuestro Señor apareció a nuestra Señora” (EE 218-225). En el Apéndice, al final de los EE, donde da un elenco con puntos para cada contemplación de “Los misterios de la Vida de la Vida de Cristo nuestro Señor(EE 261-312) titula así: “De la resurrección de Cristo Nuestro Señor: de la primera aparición suya” (EE 299).

La verdad es que siempre me había quedado una cierta “indecisión” ante esta contemplación, que no parece ni totalmente del evangelio ni totalmente estructural. Me parecía como el fruto de la religiosidad popular de Ignacio, de su piedad. Hoy la veo, por gracia, como el primer fruto de la resurrección del Señor, que unifica el Evangelio canónico, digamos, y el evangelio personal. Los unifica en la libertad que genera la fe cuando interactúa con el Señor resucitado. Y esta nueva “encarnación” solo se puede dar gracias a María, a la relación de María con Jesús resucitado. Al usar esta clave de lectura,  es bueno recordar lo que siempre dice el Papa, tomando a los Padres: que María es el tipo –modelo- de la Iglesia. Lo que se dice de Ella como persona, se puede aplicar a toda la Iglesia de modo universal y cada uno a su alma de modo particular.

Tenemos entonces que, al poner la primera aparición del Señor resucitado a su Madre, Ignacio no está “agregando” simplemente una contemplación piadosa a las que narran los evangelios, sino que nos está dando el Modelo de todas las contemplaciones de la Resurrección y una nueva “Estructura” para la Cuarta Semana y para la vida.

Toda la Cuarta Semana respira “libertad espiritual”. Ignacio da libertad al ejercitante, que supone ya como una persona discreta (que tiene entendimiento), para agregar o quitar puntos, para hacer menos oraciones y menos penitencia, ya que con la consolación puede recibir el fruto de la oración sin tanto esfuerzo de su parte… etc. Esta libertad revela el sentido que tiene la penitencia y el esfuerzo que a veces se toma como lo característico de un “voluntarismo” ignaciano. Nada de eso: Ignacio es realista y así como sabe que para luchar contra los afectos desordenados hay que poner esfuerzo, también sabe que cuando la gracia sobreabunda, hay que dejarse llevar por la bondad del Señor y basta con “no poner impedimentos”.

Ambientación mariana

Los dos “preámbulos” a la contemplación –la síntesis de la historia y la composición del lugar- nos centran en María, en su casa.

En la narración de la historia, el viaje del Señor es un descenso al infierno y luego una “ascensión” a visitar a su “bendita Madre (EE 219).

En la composición del lugar: los lugares que contrapone Ignacio son “el santo sepulcro” y “el lugar o casa de nuestra Señora, mirando cada parte, la cámara, el oratorio, etc.” (EE 220).

Esta ambientación Mariana de la resurrección es parte de la clave de lectura que estamos descubriendo. Fijémonos que Ignacio no contrapone Infierno y Cielo, o Sepulcro y un Jesús resucitado solo y esplendoroso, como se lo suele pintar, sino que contrapone descenso al Infierno y “ascenso a la casa de María, su bendita Madre”; sepulcro y lugar o casa de nuestra Señora.

Jesús resucitado viene a habitar la casa de María, la Iglesia y nuestra alma. La ambientación de Ignacio respira vida cotidiana, trae de vuelta el perfume de Belén y de Nazaret, las alegrías de la vida oculta del Señor en su familia, con María y San José.

Pedir insistentemente la consolación

La petición es “gracia para me alegrar y gozar intensamente de tanta gloria y gozo de Cristo nuestro Señor” (EE 221).

El tono es el del Magnificat, sin duda. Y se puede rezar perfectamente ese punto de “oír lo que dicen” imaginando que María canta el Magnificat al encontrarse con su Hijo Resucitado.

El Señor, así como consuela a su Madre, quiere consolar a toda la Iglesia y a cada persona concreta. Ya que dio la vida por todos y la habría dado por uno solo, por el más pequeñito de los hombres, también su oficio de consolar lo ejerce con toda la Iglesia y con cada persona que se pone en oración.

Ignacio, como nos dijo el Papa a los jesuitas en su visita a nuestra Congregación General 36, nos insta a “pedir insistentemente la consolación”. En esto de pedir y pedir consolación, para bien de nuestra alma, para bien de los que nos rodean y como servicio a un evangelio que necesita ser anunciado por evangelizadores alegres, siempre podemos dar un pasito más.

Una reflexión sobre los puntos que da Ignacio

Podemos considera, pues, esta contemplación como un gran regalo de Ignacio. Digo regalo porque es fruto de su oración, de una oración “perfeccionada” por los Ejercicios, que le ha dado gran libertad de espíritu y un “entendimiento” evangélico de las cosas de Dios.

Ignacio se anima a “imaginar en la fe” el encuentro de Jesús con su Madre y “defiende” esta libertad diciendo: (Jesús resucitado) “Apareció a la Virgen María, lo cual, aunque no se diga en la Escritura se tiene por dicho, en decir que apareció a tantos otros; porque la Escritura supone que tenemos entendimiento, como está escrito: ‘También vosotros estáis sin entendimiento?’ (Mt 15, 16)” (EE 299).

Al igual que en la Pasión, Ignacio pone en esta contemplación los tres puntos acostumbrados, de mirar las personas, oír lo que dicen y ver lo que hacen, y agrega dos que son especiales.

Uno es “considerar cómo la Divinidad, que parecía esconderse en la pasión, aparece y se muestra tan milagrosamente en la santísima resurrección, por los verdaderos y santísimos efectos de ella” (EE 223).

El otro punto dice: mirar el oficio de consolar, que Cristo nuestro Señor trae, y compararlo cómo unos amigos suelen consolar a otros” (EE 224).

Nos detenemos unos instantes para unir estas tres cosas:

  • el “oficio de consolar” de Jesús,
  • “los efectos o frutos de la resurrección”, que Ignacio califica de “verdaderos y santísimos”
  • y la suposición de la Escritura de que “tenemos entendimiento”.

Estas tres cosas dan una gran confianza y familiaridad en la contemplación y en la vida cristiana porque conectan experiencias que no siempre tenemos bien integradas y cuya integridad es atacada por la tentación.

Uno siente a veces mociones de alegría al rezar, siente consolaciones y piensa cosas, pero no siempre las conecta con que son “efectos verdaderos y santísimos” de un trabajo que activamente está realizando el Señor resucitado.

Más aún son frutos de algo que es propiamente Su Oficio.

Es verdad que hay que “discernir” bien y no engañarse con cualquier sentimiento.

Pero el primer discernimiento es que “cuando nuestra alma se inflama en amor a su Creador y Señor y siente que no puede amar ninguna cosa creada en sí misma sino en el Creador de todas ellas. Y cuando a uno le brotan lágrimas de amor a su Señor, o por el dolor de sus pecados o contemplando la pasión de Cristo. Cuando uno siente deseo de obrar en servicio y alabanza de Dios y también cuando experimenta aumento de esperanza, fe y caridad, y una alegría interior que lo llama y atrae a las cosas del cielo y a la propia salud de su alma, aquietándola y pacificándola en su Creador y Señor, el primer discernimiento, digo, es juzgar claramente que todo esto es una consolación. Sin ningún lugar a engaño.

Estas cosas son “efectos verdaderos y santísimos” que sólo el Señor “produce”. Él es el que está obrando activamente y disponiendo estas gracias para consolar a sus amigos.

Entender esto, el Evangelio supone que lo entendemos.

Es decir: que la consolación no solo somos capaces de “sentirla” sino de “entenderla”.

Qué quiere decir que entendemos?

Quiere decir que como personas comunes, somos capaces de entender perfectamente lo que es un don y cómo supone un Donante.

La experiencia del don es básica en la vida humana y está en la raíz misma de lo que significa hablar, comunicarse, entenderse. Cuando nuestros padres nos hablaban y nos hacían gestos de cariño, antes que las palabras mismas, comprendíamos el don de sí que nos hacían.

Este don es lo que motiva y despierta el deseo de responder y nos hace desear hablar y aprender las palabras.

En la consolaciones entendemos que son regalo por el gusto, la alegría y la dilatación del corazón que nos producen. Y se confirma que son don de Otro por la vía negativa: comprendemos que no son algo nuestro, porque estas consolaciones no son algo que podamos sentir cuando nos lo proponemos ni manejar a gusto.

Además de lo humano, está la gracia. La consolación no es una energía muda o ciega sino que, al mismo tiempo que se hace sentir, también se “explica”, es comprensible para la fe, la despierta y la alimenta. Por eso, la verdad de fe de que Jesús resucitado es el que desempeña este oficio de consolar, es algo que se nos da junto con la consolación misma.

La consolación se da y se explica y nos dice de Quién viene.

Y si en alguna parte de la consolación puede ser que uno exagere, o meta cosas propias, o la achique, o lo que sea, en conjunto, una consolación es una consolación y el mismo Señor que la da, la va ajustando.

Por eso Ignacio habla de “todo aumento” de “esperanza” (primero), en el sentido de que lo que uno recibe es de tal calidad y bondad que aumenta la esperanza de recibirlo más y mejor. Esto contra la tentación que a veces “mata” de entrada a la consolación, al querer hacernos sentir que será algo pasajero y que nunca volverá a ser lo mismo. Todo lo contrario. La esperanza de recibir más y de recibirlo mejor es el juicio correcto si uno mira bien lo que está recibiendo.

Segundo Ignacio pone “todo aumento de fe”, en el sentido de que la consolación misma nos hace confiar más en el Señor que nos la da y nos lleva a conocer la donante en su don.

Tercero pone Ignacio “aumento de caridad”, como consolidación y fruto de las otras dos gracias.

 

Momento de Contemplación

Marta Irigoy

Como cita el P. Diego; el Papa Francisco al hablarle a los jesuitas, les dijo que hay que “pedir insistentemente la consolación”…

Hoy queremos también, pedir este Don, que es Dios mismo… para cada uno de nosotros!

San Ignacio dice que Dios quiere dársenos… y para recibir este regalo hay que entrar en nuestro interior y descubrir en qué lugar o aspecto de mi vida, estoy necesitando la visita de Dios.

en mis desolaciones…

en mis fragilidades…

en mis tristezas…

………………

Y así, como les paso a Zaqueo, a Abraham y en especial a Nuestra Señora…podamos “dejarnos” consolar…

El signo, será la alegría, la confianza y la esperanza, que desbordaran nuestra vida…

Y esto será para bien de los que nos rodean y como servicio a un Evangelio que necesita ser anunciado por evangelizadores alegres –como dice el P. Diego, más arriba.

Terminamos rezando esta Oración de san Alberto Hurtado –sj.

“Señor, son tantos los que sufren

en el mundo de hoy

y tan pocos los que saben

olvidar su dolor.

Yo quiero ser luz

que refleje tu lámpara

y levadura buena

que te esponje las almas.

Te doy gracias Señor

porque has resucitado

y mataste en mi alma

la angustia del pecado.

 

Si me pides la vida,

quiero darla contento,

si no quieres que muera,

quiero vivir sonriendo.

 

Quiero reír,

Quiero soñar,

Quiero darles a todos

La alegría de amar”.

 

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Momento de Meditación

Diego Fares sj

La tercera semana de los Ejercicios está enteramente dedicada a contemplar la Pasión del Señor. Recordemos que la gracia grande que tienen los Ejercicios es que nos presentan la Vida del Señor estructurada de manera tal que siempre nos conmueve. Cuando uno se mete a hacer los Ejercicios siempre siente la necesidad de discernir y de elegir un estilo de vida o reformarlo de acuerdo con el estilo de Jesús.

Situamos esta semana de la Pasión teniendo en cuanta la elección o reforma de nuestro estado de vida, que es a lo que apuntan los Ejercicios. Una reforma no superficial sino bien radical y concreta: reforma de lo más profundo y actual que estemos viviendo. Desde esta perspectiva, la Pasión se ubica en el tercer momento, dentro del proceso de los Ejercicios, que sigue estos pasos:

  1. lo deformado (por el pecado) hay que reformarlo (primera semana de EE);
  2. lo reformado, debe ser conformado con la vida de Cristo (segunda semana);
  3. lo conformado, hay que confirmarlo y consolidarlo en el crisol de la pasión (tercera semana);
  4. lo confirmado, debe ser consumado y perfeccionado con el gozo de la resurrección (cuarta semana).

La confirmación de que hemos elegido o reformado bien nuestra vida, es el apasionamiento. Ayuda unir las penas de la pasión y el gozo de la resurrección en esa actitud de fondo que las unifica: el apasionamiento. Apasionarnos con Cristo en sus penas nos lleva a desear padecer con Él; apasionarnos con Cristo en el gozo de su resurrección, nos lleva a desear gozar y alegrarnos con Él. Si no salimos apasionados es que no hemos contemplado bien, si no nos entusiasmamos en el seguimiento es que hemos sido “sordos al llamamiento” del Señor.

Apasionarnos por Cristo: la gracia de la Tercera Semana

Hay una serie de detalles que son muy propios de la experiencia de Ignacio y que hacen que estas contemplaciones, aunque son estrictamente evangélicas, tengan también un carácter estructural, como el Principio y fundamento, el llamamiento del Rey eternal, las Dos Banderas…, etc. Sintéticamente podríamos decir que así como en la segunda semana se instala en el alma un deseo que luego se continúa en todas las contemplaciones y que es el del “conocimiento interno del Señor” –Ignacio dice: “para que más lo ame y lo siga”-, en esta tercera semana se confirma lo que llamaría la “comparación” que Ignacio, con su nobleza, nunca elude hacer y que es la que, en definitiva, inclina su corazón: es la comparación en la que, mirando a Jesús que quiere padecer por nosotros, nos preguntamos “qué debo hacer y padecer yo por Él”.

Esta comparación es el tema del que hablamos con el Señor en el coloquio que hicimos luego de meditar en nuestros pecados: “Imaginando a Cristo nuestro Señor delante y puesto en cruz, hacer un coloquio; cómo de Criador es venido a hacerse hombre, y de vida eterna a muerte temporal, y así a morir por mis pecados. Otro tanto, mirando a mí mismo, lo que he hecho por Cristo, lo que hago por Cristo, lo que debo hacer por Cristo; y así viéndole tal, y así colgado en la cruz, discurrir por lo que se ofreciere” (EE 53).

Es también la comparación que motiva a pedir la Tercera manera de humildad:  esa “humildad perfectísima, (que) es a saber, cuando (…) por imitar y parecerme más actualmente a Cristo nuestro Señor, quiero y elijo más pobreza con Cristo pobre que riqueza, oprobios con Cristo lleno de ellos que honores, y desear más de ser estimado por vano y loco por Cristo que primero fue tenido por tal, que por sabio ni prudente en este mundo” (EE 167).

La comparación amorosa con Jesús es la clave de todos los coloquios. Ignacio, en el coloquio modelo que luego siempre se renueva, el de las Dos Banderas, pide ser “recibido bajo la bandera del Señor, en pobreza y en pasar oprobios e injurias, por más en ellas imitar al Señor”. Ahora bien, el detalle significativo es que dice “sólo que las pueda pasar sin pecado de ninguna persona ni displacer de su divina majestad” (EE 147). Esto solo es posible como actitud muy interior.

Apasionada paciencia

Es lo que hacía Teresita cuando sufría y ofrecía con paciencia (apasionada paciencia) alguna humillación o pobreza en su convento sin que nadie se diera cuenta y, más aún, haciendo que pareciera lo contrario. El secreto de Teresita fue convertir el sufrimiento en medio de unión con Dios; es decir, en motivación de amor. La paciencia es, a sus ojos, el mejor acto de amor; el amor apasionado en su forma más frecuente y más auténtica. “¿Cómo es posible –se preguntaba Teresita- que Dios, amándonos infinitamente, se goce en hacernos sufrir?” “No –añadía-; Dios no puede gozarse en nuestro dolor. Si lo permite, es muy a pesar suyo.”

Teresita cree firmemente que nuestros sufrimientos nos permiten “compadecer con Jesús” estrechando nuestra amistad con Él. Pero añade un detalle muy humano: “Suframos, si es preciso, sin valor. Jesús sufrió con tristeza. ¿Acaso es posible sufrir cuando desaparece la tristeza? Quisiéramos sufrir generosamente, valientemente. ¡Qué ilusión!”. En general, cuando se nos habla de paciencia, se nos exhorta a sufrir con ánimo generoso. “¡Qué ilusión!”, exclama la Santa; “sepamos sufrir sin ánimo, débilmente, con tristeza”.

Qué es lo que está diciendo Teresita? Por qué excluye esos valores que tratamos de sumar al sufrimiento para hacerlo valioso: sufrir con generosidad, con alegría, con valor… Cómo puede ser valioso padecer “sin ánimo, débilmente, con tristeza”? La clave es la comparación con Jesús: Jesús sufrió con tristeza, nota Teresa. Lo que vale entonces, lo que alegra, es parecerse a Jesús, estrechar amistad con él, tanto en las penas como en las alegrías. Lo que le apasiona a Santa Teresita es Jesús, así como lo que le apasiona a Jesús es Teresita.

Todo esto para decir que la gracia propia de la Pasión es internalizar el padecer por amor del Señor, dedicándole toda la semana y contemplando cómo el Señor ejercita este amor hasta el extremo, en todos los detalles de su pasión y con esto nos muestra cuán apasionadamente nos ama.

Los tres puntos sobre el padecer

Decíamos que las contemplaciones de la Pasión tienen algo “estructural”, en el sentido de que sirve siempre. Puede que sea solo un detalle, pero en estas contemplaciones Ignacio pone seis puntos. Los tres primeros son los comunes a todas las contemplaciones: ver las personas, oír lo que hablan y mirar lo que hacen, sacando provecho de estas tres cosas. Pero aquí agrega tres puntos explícitos sobre el padecer:

“4º Punto: Considerar lo que Cristo nuestro Señor padece en la humanidad o quiere padecer, según el paso que se contempla; y aquí comenzar con mucha fuerza y esforzarme a doler, tristar y llorar, y así trabajando por los otros puntos que se siguen.

5º punto. Considerar cómo la Divinidad se esconde es a saber, cómo podría destruir a sus enemigos, y no lo hace, y cómo deja padecer la sacratísima humanidad tan crudelísimamente.

6º puncto. Considerar cómo todo esto padece por mis pecados, etcétera, y qué debo yo hacer y padecer por él” (EE 195-197)

Recordemos algunas “estructuras” propias de Ignacio. Una era situar el pecado entre la alegría creatural del Principio y Fundamento y la alegría misionera del Llamamiento del Rey eternal. Situado allí, el pecado queda desenmascarado en toda su fealdad y malicia criminal.

Si no experimentamos primero la bondad de nuestro ser creados para la alabanza, la adoración y el servicio, que nos hace ser creaturas como todas las demás, el pecado se tiende a ver como una falla de la naturaleza y no como producto de nuestra libertad.

Y si el Señor no nos llama inmediatamente a su seguimiento, una vez que le pedimos perdón de nuestras faltas, quedaríamos dando vueltas en el pantano de nuestras culpas y del tiempo perdido.

Otra estructura propia de la experiencia de Ignacio, estructura que tiene fuerza salvadora y que permite edificar la vida sobre fundamentos sólidos, es  considerar toda la vida del Señor desde la perspectiva del llamamiento (Rey eternal). Las contemplaciones no se hacen desde el punto de vista de un espectador sino de uno que, en cada evangelio, siente una llamada concreta dirigida a él.

Son también estructurales de toda la vida espiritual la lucha a muerte que presentan las Dos Banderas, que no dejan resquicio a ninguna neutralidad, así como también es estructura el que el seguimiento de Cristo se afectivamente radical, sin negocio ni tardanza (Tres binarios) y en humildad y humillaciones (Tres maneras de humildad).

En la pasión, lo estructural es la “compasión”. La compasión del Señor por nosotros –“como todo esto padece por mis pecados” y lo que “debo yo hacer y padecer por Él” (EE 97).

Esta apasionada compasión es el plus que Ignacio recibe como gracia, el “magis”, que es la actitud de apertura del alma y la vida propia de quien se encuentran con Alguien como Jesús, siempre dispuesto a amarnos y a perdonarnos más y más y a darnos todo de sí.

Apasionarse es propio del amor

Apasionarse es propio del amor. El que ama apasionadamente, padece. El que no ama, no padece, sólo sufre, le duele o le molesta. El que ama apasionadamente dilata siempre más su capacidad de alegrarse y de gozar. El que no ama apasionadamente no experimenta esa dilatación duradera del corazón con la alegría del Bien. Solo “la pasa bien” y cuando el bien pasajero del que disfruta se pasa, queda igual que antes su corazón.

Apasionarnos no es una cuestión más, en la pasión nos va la vida. Es que no es posible andar por la vida “neutros”: si no nos apasionamos por la Pasión grande del Señor, quedamos a merced del demonio, que nos apasiona con pasiones chicas… Pasiones a medida, como las que nos propone constantemente la sociedad de consumo: a cada uno su pasioncita.

El signo de la pasión es la belleza: la pasión busca y crea belleza. Toda belleza es apasionada y toda pasión genera belleza. La cuestión es que sea una pasión grande y verdadera, atracción por el Bien sumo y común. El Señor muestra su apasionado amor cuando dice: “He deseado ardientemente comer esta Pascua con ustedes”. Todos los gestos del Señor en la pasión tienen el signo de la belleza. El detalle puede verse en la unción de Betania: el Señor deja que María le unja los cabellos con perfume de nardo, y entra perfumado a la pasión. Ese perfume tan fuerte lo debe haber acompañado durante todo el tiempo y lo habrán olido los que se acercaron para pegarle y los que se acercaron para aliviarlo, como el Cirineo. En el lienzo de la Verónica, junto con la imagen del Señor, habrá quedado impreso también su perfume.

Las pasiones crean historia

Sólo aquello que vivimos con pasión perdura en el tiempo y puede ser registrado por la memoria. Lo demás se pierde en el olvido. Las pasiones son siempre históricas, en el sentido de que requieren tiempo -nadie se apasiona en un segundo-, y crean historia. La pasión del Señor es fuente e imán de todas las historias. Por eso los evangelistas la narran prolijamente.

Es notable, en los Ejercicios, cómo distribuye Ignacio el tiempo con especial cuidado: lo dilata o lo concentra de manera tal que no podemos menos de pensar que le está hablando a personas que sienten una atracción apasionada por el Señor.

En seis días distribuye Ignacio los “pasos” de la Pasión. Y luego hace hacer un séptimo día en que propone contemplar “toda la pasión junta en el ejercicio de la medianoche y luego en el de la mañana y quedarse todo el día considerando con la frecuencia que pueda cómo “el cuerpo sacratísimo de Cristo nuestro Señor quedó desatado y apartado del ánima, y dónde y cómo sepultado. Asimismo, considerando la soledad de Nuestra Señora con tanto dolor y fatiga; después, por otra parte, la de los discípulos” (EE 208).

Luego propone que si uno quiere “alargarse en la pasión” puede tomar cada día un solo misterio, con lo cual parecería que se podría alargar mucho el tiempo. Y al final propone tres días para cerrar, con la mitad de la pasión el primero y el segundo y la pasión entera el tercero.

También se puede abreviar: haciendo cinco misterios distintos cada día y al final un día la pasión toda junta…

La cuestión es lo que el ejercitante siente que le puede “aprovechar”, en el sentido del tiempo que necesita para que su afectividad se consolide en esa tensión constante, familiar, excluyente y duradera que se establece entre los que se cobraron afecto. Este ir y venir por la pasión, este recorrerla y volver a los lugares, como hizo Ignacio cuando fue a tierra santa, es un dar el tiempo que necesita nuestra afectividad para aficionarse al Señor y poner, con algunas decisiones concretas, nuestra historia en sintonía con la Suya.

Momento de Contemplación

Marta Irigoy

Nos dice el P. Diego, que “Apasionarse es propio del amor. El que ama apasionadamente, padece. El que ama apasionadamente dilata siempre más su capacidad de alegrarse y de gozar. El que no ama apasionadamente no experimenta esa dilatación duradera del corazón con la alegría del Bien. Solo “la pasa bien” y cuando el bien pasajero del que disfruta se pasa, queda igual que antes su corazón.

El signo de la pasión es la belleza: la pasión busca y crea belleza. Toda belleza es apasionada y toda pasión genera belleza. La cuestión es que sea una pasión grande y verdadera, atracción por el Bien sumo y común…

También, uno de los grandes apreciadores de la belleza fue Fiodor Dostoyevski. La belleza era tan central en su vida y nos legó esta famosa frase: “La belleza salvará al mundo”, escrita en su libro El idiota.

En la novela Los hermanos Karamazov profundiza la cuestión. Un ateo, Ippolit, pregunta al príncipe Mischkin: “¿cómo “salvaría la belleza al mundo?” El príncipe no dice nada pero va junto a un joven de 18 años que está agonizando. Y se queda allí lleno de compasión y amor hasta que muere. Con eso quiso decir que belleza es lo que nos lleva al amor compartido con el dolor; el mundo será salvado hoy y siempre mientras ese gesto exista y en cierto sentido, ver la belleza es ver con los ojos de Dios.  ¡Y que falta nos hace hoy!

Podemos descubrir en esta etapa de los Ejercicios Espirituales, San Ignacio, nos invita a descubrir que la belleza es la máxima expresión del darse, por eso, nos deja preguntas sobre nuestra entrega en lo concreto de nuestra vida…

Algunas preguntas para ayudar a ahondar, contemplando esta imagen:

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  • ¿Qué hice por Cristo?
  • ¿Qué hago por Cristo?
  • ¿Qué hare por Cristo?
  • ¿Creés, en este modo de entrega, donde la BELLEZA salvara al mundo?
  • ¿Qué necesita tu vida, para embellecer tu vida cotidiana?

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Momento de meditación

Diego Fares sj

“Si Jesús me pide el corazon, yo se lo doy”

Los coloquios con nuestra Señora, con Jesús y con nuestro Abba, estructuran las contemplaciones de la vida del Señor de manera dialogal. Ignacio nos hace rezar conversando, “como un amigo conversa con su amigo”. Esta indicación de Ignacio da el tono al diálogo: lo pone en clave de amistad.
En los ejercicios se conversa con el Señor con el tono y al ritmo que tienen las charlas entre amigos. Entre otras muchas cosas muy personales, ya que el tono de cada amistad es único y cada uno debe reflexionar sobre su experiencia, podemos decir que en una charla de amistad se alternan dos tiempos: uno, el tiempo que se le da al contemplar la vida como quien discierne lo importante que está pasando -en el mundo, en la familia, en el trabajo…-, y el otro, el tiempo que se le da al sentir profundamente el peso subjetivo con que estas cosas pesan en cada corazón. Agustín decía “Amor meus, pondus meum”-mi amor es mi peso, lo que inclina mi corazón.
La relación entre estas dos realidades es lo que da el ritmo a lo que se conversa entre amigos. Un rato se habla de las cosas, otro rato de cómo pesan en el corazón… Por eso todo diálogo entre amigos es altamente contemplativo, va directo a lo esencial de cada realidad y la confronta con el sentimiento más hondo y decisivo del corazón de cada uno.
A la Vida de Cristo, Ignacio nos la hace contemplar desde la entrega radical del Señor por mí, desde el peso de su amor por mí que inclina decididamente su corazón. Podríamos decir que los dos pesos que le ganan el Corazón Jesús son el peso del amor por su Padre y el peso de su amor por nosotros, especialmente por los más pequeños y por los pecadores.
Nuestra contraparte está signada también por la radicalidad, por una triple radicalidad. En primer lugar, la radicalidad de nuestra acción de gracias. Nuestro agradecimiento al Creador (cómo lo concibamos no importa tanto cuanto reconocernos creaturas) no es un “muchas gracias” de compromiso, sino una actitud sincera y básica. Lo primero de una creatura es alabar y reverenciar en todo a su Creador. Esta alabanza se puede cantar en todo momento, cada vez que uno se hace consciente de que, junto con el don de la existencia, está recibiendo todo todo lo demás y que no hay forma de pagarlo sino agradeciendo.
Luego viene la radicalidad del que contempla a Cristo puesto en Cruz, y no como espectador neutral sino desde la llaga abierta y purulenta de nuestro pecado principal. Nuestra necesidad de misericordia es radical en el sentido de que, ante la inmensidad de los dones recibido –de la vida y del perdón- cualquier ofensa que vaya en desmedro de esos dones resulta “impagable”. Y por eso necesitamos de la misericordia infinita y constante de nuestro Padre para poder existir e ir adelante con nuestros errores y fragilidades. Cargándolos y que no nos paralicen ni depriman.
La tercera radicalidad es la del que quiere responder al llamamiento del Rey. No se puede responder a un Creador tan Misericordioso entregando solo algo de nosotros. Ignacio nos dice que los leales amigos ofrecerán toda su persona al servicio de la misión encomendada. Para ello hay que hacer ver al Señor no solo los pecados sino también los afectos desordenados a las cosas buenas, que se convierten en “cosa acquisita”, como dice la meditación de los Tres binarios. Son esas cosas (personas, cargos, modos de obrar, mi tiempo, mis ideas, mi perfeccionismo, etc., etc…) a las que nos apegamos y que pueden ocasionar impedimentos a una amistad incondicional.
Todas estas “radicalidades” se pueden expresar de manera simple, como lo hace una amiga misionera en el Congo que escribía contando su día de trabajo: “Para terminar, recoger el día con Jesús. Y como me decía (a ella) otra amiga consagrada: “si Jesús me pide el corazón, yo se lo doy”. Y ése es el “secreto” de la vida misionera.
Me encantó la frase: “Si Jesús me pide el corazón, yo se lo doy”.
Las tres maneras de humildad
Vamos a considerar este “yo le doy el corazón” desde la perspectiva de las tres maneras de humildad o tres maneras de amor, como también se les solía llamar. Ignacio hace meditar en estas maneras durante todo un día, como preparación inmediata a la elección o reforma radical de la vida. Todo un día! (EE 164). Transcribimos el texto íntegro, con sus durezas de lenguaje y su complejidad para luego reflexionar sobre este solo punto, el de darle el corazón a Jesús.

Primer modo de dar el corazón

Ignacio dice así: “La primera manera de humildad es necesaria para la salud eterna, (y) es a saber, que así me baje y así me humille cuanto en mí sea posible, para que en todo obedezca a la ley de Dios nuestro Señor, de tal suerte que aunque me hiciesen Señor de todas las cosas criadas en este mundo, ni por la propia vida temporal, no sea en deliberar de quebrantar un mandamiento, ya sea divino, ya humano, que me obligue a pecado mortal” (EE 16).
Podríamos decir que este modo de dar el corazón es el de darlo en lo fundamental, sin querer entrar quizás mucho en detalles. Ignacio piensa aquí partiendo del límite de lo que hiere o puede herir mortalmente la amistad. Estamos en el terreno de lo decisivo, allí donde nos jugamos la vida eterna.
Quizás sea la reacción ante el pecado grave lo que permite ver si existe este grado de humildad y si uno es “de una sola pieza”. Dos figuras claras de esta entrega o no entrega fundamental del corazón son la de Judas y la de Pedro. Ambos traicionan: Judas por amor al dinero, Pedro por cobardía y temor de que lo arresten a él también. Pero a Judas, el remordimiento hace que se le endurezca totalmente el corazón y termine suicidándose. A Pedro en cambio el dolor insoportable de su culpa hace que se vuelque enteramente a la mirada misericordiosa de su amigo Jesús. El pecado de alguna manera hace que cuaje la materia más básica con la que hemos alimentado nuestro corazón. Cuando esa materia es la humildad, el corazón que peca se abre sediento a la misericordia. No me animo ni a pensar qué alimento ha tenido un corazón que se cierra a la misericordia de Jesús en vez de abrirse.
“Si Jesús me pide el corazón (lleno de pecados, después de haber pecado, cada vez que peco, cada vez que me siento tentado a traicionar), yo se lo doy”. Esta podría ser la fórmula del primer grado de humildad.

Segundo modo de dar el corazón

Ignacio dice así: “La 2ª es más perfecta humildad que la primera, es a saber, si yo me hallo en tal punto que no quiero ni me afecto más a tener riqueza que pobreza, a querer honor que deshonor, a desear vida larga que corta, siendo igual servicio de Dios nuestro Señor y salud de mi ánima; y, con esto, que por todo lo criado ni porque la vida me quitasen, no sea en deliberar de hacer un pecado venial” (EE 166).
Este modo más humilde de dar el corazón sería el de esas personas que no miran su propia conveniencia sino la del otro. Lo de no deliberar en cometer un pecado venial, que parece imposible si uno lo considera en abstracto, es sin embargo algo que se vive espontáneamente en la familia, por ejemplo. Es, por ejemplo, la actitud espontánea propia de una madre y de un papá que ni se les ocurre pensar en hacer algo que dañe, aunque sea un poquito, a su bebé enfermito. Vemos cómo cuidan atentamente al modo como lo tienen en brazos, a lo que le dan de comer, a lo que puede perturbar su sueño… Es la humildad del que se pone totalmente a disposición del más pequeñito y lo hace con todo su amor. Este don total del corazón que se expresa en los más pequeños detalles y que evita todo mal, es lo que Ignacio señala como “más perfecta humildad”. Nosotros solemos pensar en el terreno del cálculo de la vida de relaciones adultas, donde parece imposible moverse con esta generosidad y con esta “indiferencia ignaciana” que no quiere más riqueza que pobreza, honor que deshonor o vida larga que corta. Pero si nos situamos en el ámbito hogareño, comprobamos que es algo real y que de hecho se practica esta humildad donde hay amor familiar. Una madre cocina sin pensar en aplausos, un papá trabaja, no para sí sino pensando en dejar la herencia a sus hijos y muchas veces, en casos extremos, vemos que una madre prefiere la vida de su hijo a la propia o si anhela vivir más es para criar a sus pequeños.
En este modo de humildad o de dar el corazón Ignacio no piensa desde los límites sino desde la perfección. El acento se pone en que alguien muy amado, si me pide mi corazón, mi alegría es dárselo entero y en los detalles, “sin querer pensar en cometer ni un pecado venial”, o sea, sin mezquinar ni lo más mínimo. Y esto no por una exigencia sino un gusto. El eje de la entrega gira del deber hacia la gratuidad.
“Si Jesús me pide el corazón (en todos los detalles, como un hijo pequeñito) se lo doy. Y no solo se lo doy sino que me gozo de que me lo pida en esos detalles que hacen que la entrega pueda mostrarse más perfecta”.

El tercer modo de dar el corazón

La 3ª es humildad perfectísima, es a saber, cuando incluyendo la primera y segunda, siendo igual alabanza y gloria de la divina majestad, por imitar y parecer más actualmente a Cristo nuestro Señor, quiero y elijo más pobreza con Cristo pobre que riqueza, oprobios con Cristo lleno de ellos que honores, y desear más de ser estimado por vano y loco por Cristo que primero fue tenido por tal, que por sabio ni prudente en este mundo” (EE 167).
Este último modo de humildad creo que no hay que buscarle analogías humanas sino que es algo que sólo puede generarlo la humildad de Jesús. Solo al ver el amor de Jesús que se empobrece y se deja humillar para salvarnos puede surgir en un corazón humano este impulso loco a querer imitarlo y parecerse más a Él. “Quiero y elijo más pobreza con Cristo pobre que riqueza”, dice Ignacio. La comunión con Jesús, el estar en su compañía, es la clave. No la pobreza en sí, sino la que me hace acompañar a Jesús que camina pobremente. Y lo mismo podemos decir de los oprobios y del ser tenido por loco y por insustancial –vano sería uno que no progresa, que desperdicia su vida en tareas de servicio menores, con los más pobres-.
Aquí Ignacio piensa la entrega desde la situación. El primer don del corazón lo piensa desde el límite, el segundo desde la perfección. Este desde la situación. No podemos imitar a Cristo “esencialmente” diríamos. No podemos llegar a “ser” como Él, hagamos lo que hagamos, si no es por pura gracia. No podemos tener sus sentimientos sin mezcla de egoísmo, si Él no nos lo regala. No podemos poseer íntegramente nuestro corazón para ser como Él “de una pieza”. Pero sí nos queda, para poder demostrarle nuestro amor y agradecimiento, la gracia de tener que encontrarnos en situaciones similares a las suyas, situaciones de pobreza, de ninguneo o directamente de oprobio y persecución. Que uno pueda hacer esta entrega cuando se encuentre en una situación, así es una gracia especial del Señor. Ignacio dice que si deseamos poder entregar el corazón entero, cosa que solo se puede realizar en una situación así, extrema, es algo que debemos pedir diciéndole al Señor que esto se de “Si Él nos quiere elegir en esta tercera y mejor humildad, para más imitarlo y servirlo, si es a igual o mayor gloria y alabanza de su divina majestad” (EE 168).
“Si Jesús me pide el corazón en una de estas situaciones de pobreza o humillación, si me mira y me lo pide, yo, en vez de pedirle que me libre de la humillación o que me haga justicia, yo se lo doy”. Esta es la gracia. No significa que luego no luche por la justicia o me defienda. Pero lo primero no es resistir al mal sino aprovecharlo para ofrecer mi corazón, ya que la experiencia de la pobreza y de la persecución nos hace sentir “entero” eso que llamamos corazón.

Momento de contemplación

Marta Irigoy

Hacernos más parecidos a Jesús

En esta Meditación de las Tres Maneras de Humildad, dentro de los Ejercicios Espirituales, san Ignacio nos invita a dejar que en nuestra vida Dios pueda hacer una de las obras más maravillosas: hacernos más parecidos a Jesús!!
Y aquí, vienen muy bien aquellas palabras del Ángel Gabriel a María de Nazareth: “Nada hay imposible para Dios” –Lc 1, 37- , ya que aunque creamos que “ser más parecidos a Jesús, es algo que nos queda grande, este es el deseo del Padre.

Jesús es el Hijo Amado, en el que Dios tiene su complacencia, sin embargo, recordemos que Jesús nos ha amado –y nos sigue amando- como el Padre lo amo: “Como el Padre me amó, también yo los he amado a ustedes. Permanezcan en mi amor.” –Jn 15,9-. Y es así como podemos rezar contemplativamente las Tres Maneras de Humildad, ya que voluntaristamente nunca sacaremos el verdadero fruto: “ser parecidos a Jesús”, sino una caricatura que solo busca auto-complacerse…y no recibir en lo más hondo del corazón la certeza de un amor incondicional desde el que podrá brotar una gratuidad sin límites, que nos haga en todo elegir lo que el PADRE quiera regalarnos: riqueza- pobreza; reconocimientos-humillaciones; vida-muerte; salud-enfermedad…

Desde esta certeza honda, podemos entregar el corazón, si es lo que Dios nos lo pide…
Y ya no habrá miedo al porvenir…
Ya no habrá inseguridad en el no tener…
Ya no habrá indignación al sentirnos ninguneados…
Ya no habrá angustia al dejar cosas sin terminar, porque se nos invita a una Vida más plena…

Para rezar contemplativamente este Ejercicio Espiritual de las Tres Maneras de Humildad, podemos ir leyendo todo el texto del P. Diego, que describe muy claramente, esta escalera espiritual que nos abaja para elevarnos haciéndonos más parecidos a Jesús, y dialogar con María, quien fue mirada con Bondad por el Padre, para que nos regale la Gracia para que si Jesús nos pide el corazón, se lo podamos dar…

Y podemos terminar este momento contemplativo con esta breve oración:

“Señor,
que me entregue siempre,
que me entregue todo,
que me entregue alegre,
que me entregue a tu modo”.
-JA-

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Momento de meditación

Diego Fares sj

Los mecanismos interiores que despierta una elección importante

En la meditación de los “Tres binarios”, Ignacio cuenta esta historia: hay tres pares (binarios) de personas y cada par ha adquirido diez mil ducados, no pura o debidamente por amor de Dios; y quieren todos salvarse y hallar en paz a Dios nuestro Señor, quitando de sí la dificultad e impedimento que tiene para ello, en la afección a ese dinero (Ignacio le llama “la cosa acquisita” EE 150).

No se trata de un pecado. De los pecados, y especialmente del que es “raíz” de los pecados de cada uno, ya se ha arrepentido el ejercitante en la primera semana. Aquí se trata de algo bueno, pero no del todo ordenado y a lo que uno le tiene “gran afección”. Ignacio pone dinero porque cuando uno lo agarra “se le pega”. Pero puede ser “cualquier cosa adquirida” que a uno le cuesta soltar.

Antes de considerar cada una de las actitudes, Ignacio pone al ejercitante delante de Dios y de los santos. Esto es importante porque los santos son hermanos nuestros que, estos problemas de conciencia con el dinero o con otros “afectos” los han resuelto bien, con libertad interior y generosidad.

La petición recae sobre nuestras elecciones: pedimos gracia para elegir bien. Lo que sea a mayor gloria de Dios y mayor bien para mi persona.

Ahora sí, Ignacio presenta los casos, para que cada modo de proceder yo lo confronte con mis modos de proceder, a la hora de tomar una decisión importante en mi vida.

Preparar el corazón para elegir

Esta meditación, junto con la de Dos Banderas y las tres Maneras de Humildad, son “preparatorias” para la elección o reforma de vida, que es a lo que apuntan los Ejercicios.

Los Ejercicios dan fruto si uno va dispuesto a hacer una elección, sea una macro elección o una micro, es decir, un pequeño mejoramiento en su vida. Ahora bien, esto último, lo de un pequeño mejoramiento, se busca en el estado de vida y en la misión principal, no en cosas secundarias. Es decir: uno entra en la dinámica de los Ejercicios para dar un paso o un pasito adelante en algo fundamental. Sino es como si el ciego Bartimeo, cuando Jesús le pregunta qué quieres que haga por ti, en vez de pedirle “Señor, que vea”, le hubiera pedido…, no sé, una limosna o que le curara un granito que le afeaba la nariz…

Si uno es padre o madre de familia, hará los Ejercicios para examinar si hay alguna cosa que le impide dar todo su amor y su tiempo a su familia.

Si uno sacerdote o religiosa hará los Ejercicios poniendo sobre la mesa si hay algo que le impide darse por entero a su misión y consagración.

La meditación de los Tres Binarios es, pues, una preparación para examinar los mecanismos que se activan cuando uno tiene que elegir algo importante.

El primer mecanismo es de “dilación”. El primer par de personas “querría quitar el afecto que le tiene a los diez mil ducados (que Ignacio llama con el nombre técnico de “la cosa acquisita”) pero no ponen los medios hasta la hora de la muerte (en que seguramente los habrán tenido que dejar).

El segundo mecanismo es de “sí pero no”. Este sí pero no toma infinitas formas. La de “te ofrezco todo menos esto”, la del “te lo doy, pero lo administro yo”, la del negociar hasta salirse con la suya, la del querer quedar bien con Dios y con el diablo, la de forzar la cosa para que Dios quiera lo que quiere uno…

El tercer mecanismo es el del que no mira “la cosa” sino a la Persona. Cuando uno tiene que elegir qué hacer, deja de mirar los diez mil ducados –que si se miran mucho generan afecto- y se pone a mirar el corazón de Dios, con el deseo de agradarle y pidiéndole que le haga ver y sentir qué quiere que haga con esa “cosa”. Si quiere que la tome o que la deje, que la use o que la done. El deseo hondo es tomar o dejar la cosa como expresión del amor que uno tiene al Señor, como muestra de que uno hace lo que Él quiera.

Este es el mecanismo simple y claro si uno quiere de verdad “elegir lo que Dios elige” y no dilatar o escamotear la cosa para que no se note que uno tiene ya una decisión tomada, como se dice.

Las Dos Banderas nos clarifican que en la vida no hay posturas neutrales: o se elige a Jesús o se cae bajo la bandera del demonio. Nuestro padre General, en la misa de San Ignacio el 31, ponía estos ejemplos: “en el matrimonio –decía-, o se da todo, o lo que uno da no sirve para casi nada; en la vida religiosa, lo mismo, o se da todo, o no se da nada. No hay una vía intermedia”. Y pasó luego a hablar del Papa, ante el cual algunos tomaban “posturas intermedias”. No las hay –dijo. A algunos no les caen bien algunas de sus palabras o actitudes, pero no es porque su mensaje sea “confuso” sino todo lo contrario. Lo que pasa es que es muy claro y evangélico. Al punto tal que, o uno deja que le toque el corazón o provoca un endurecimiento. Su mensaje es de los que no dejan lugar a las posturas de compromiso o neutrales.

La meditación siguiente, esta de Tres Binarios, ayuda a discernir que, una vez que uno elige la bandera de Cristo y desea “hallar en paz a Dios nuestro Señor”, las tentaciones “bajo apariencia de bien” se multiplican. Hay muchas maneras de dilatar las cosas y de forzarlas para terminar haciendo lo que uno quiere. Pero hay una sola manera de hacer la voluntad de Dios, y consiste en “preferir” al Señor mismo y poner en segundo lugar todo lo demás (hacernos indiferentes, como una mamá que, cuando su hijito es pequeño, lo prefiere y antepone a todo lo demás).

Los ejercicios son “conversaciones” con el Señor

En las Dos Banderas, Ignacio pone al final de la oración los famosos “Tres coloquios” o conversaciones: con la Virgen, nuestra Señora, para que me alcance gracia de su Hijo; con Jesús, para que me alcance gracia del Padre, y con el Padre para que Él me conceda la gracia. Cuál es la gracia? La de ser recibido bajo la Bandera de Jesús. Es decir: la de jugarme entero y que me den la camiseta del Señor y embanderarme con él enteramente y para siempre.

Es la gracia que recibió Ignacio al venir a Roma cuando sintió “que el Padre lo ponía con su Hijo”, con Jesús cargando la cruz.

Es la gracia de ser “compañero de Jesús”.

La gracia de “en todo amarlo, seguirlo y servirlo”.

Esta gracia fundamental, de pertenencia fiel y bendecida con la amistad, tiene sus características, en las que puede haber un más y un menos y que se refieren a dos cosas propias  de este Jesús junto al cual somos aceptados: una es la pobreza y otra las humillaciones.

San Ignacio nos hace pedir la gracia de la pobreza espiritual que se traduce como humildad y es una de las bienaventuranzas. Es una actitud interior, la de sabernos aceptados en nuestra pobreza. Sin méritos, con pecados y limitaciones. Esta, más que una exigencia de la aceptación de Dios es una gracia, ya que se nos recibe  como somos. Por pura e infinita Misericordia.

La segunda petición es la de pasar pobreza real, si el Señor nos lo concede. Gracia que hace al trabajo y que es social, ya que esta pobreza va en beneficio de otros más pobres.

La tercera petición que le hacemos a la Virgen, a Jesús y al Padre, tiene que ver con las humillaciones. El menosprecio del honor mundano, de la mundanidad espiritual como dice el Papa, nos une más a Jesús que padeció estos oprobios primero. A Jesús humillado se pueden acercar todos los hombres.

En los tres binarios Ignacio hace repetir estos coloquios y agrega una “Nota. Es de notar que cuando nosotros sentimos afecto o repugnancia contra la pobreza actual, cuando no somos indiferentes a pobreza o riqueza, mucho aprovecha para extinguir el tal afecto desordenado, pedir en los coloquios (aunque sea contra la carne) que el Señor le elija en pobreza actual; y que él quiere, pide y suplica, sólo que sea servicio y alabanza de la su divina bondad” (EE 157).

El fin es “extinguir todo afecto desordenado” a las cosas que nos impiden gozar de la amistad y de la pertenencia total a Jesús.

Como vemos, este es el tema de los coloquios, de nuestras conversaciones con la Virgen, con Jesús y nuestro Padre.

Así como cuando se trata del pecado, de lo que tenemos que hablar con el Señor, con nuestra madre la Virgen y con nuestro Padre es del pecado raíz, del pecado principal, el que nos aparta del amor de Dios, para que precisamente allí venga Jesús a salvarnos con su Misericordia, en la preparación para la elección o reforma de vida, de lo que tenemos que conversar con el Señor es de aquello donde “se nos desordena el afecto”. Aunque sean cosas buenas, como la riqueza de una virtud o de un cargo o de un medio que usamos y que, por el afecto exagerado que le tenemos, nos impide seguir más libremente a Cristo. También para el seguimiento necesitamos constantemente ser perdonados y reorientados misericordiosamente.

Estos coloquios se extienden a todas las contemplaciones de la vida, pasión y resurrección del Señor. Son la contraparte personal y subjetiva de las contemplaciones objetivas de la Vida de Cristo. Se trata de una vida de Cristo, que es entrega radical de sí mismo por amor, contemplada desde la llaga abierta de mis afectos desordenados y de mis cosas adquiridas, que radicalmente pido sean ordenadas de acuerdo a la voluntad de Dios. Los ejercicios se hacen rezando desde la pobreza y la humillación propias ante Cristo pobre y humillado. Esto es una gracia: la de igualarnos con Jesús. No es algo voluntarista como si uno dijera “tengo que ser pobre y tengo que humillarme”. En el fondo es caer en la cuenta de que “soy pobre” y “soy humillado por mi realidad misma, aunque nadie me persiguiera” y desde ahí puedo rezar auténticamente.

Ser recibido en pobreza y en humillaciones más que una exigencia es un alivio y una bienaventuranza.

 

Momento de Contemplación

Marta Irigoy

La Meditación de TRES BINARIOS,  nos ilumina sobre “donde” y “en que” está centrada nuestra vida…

Podemos decir que en nuestra vida, estamos “casi simultáneamente” en primero, segundo y tercer Binario. Se trata, de momentos de nuestra vida, o de lugares del corazón, que, por un lado han sido seducidas y conquistadas por el Señor; pero hay otros lugares del corazón o zonas de nuestra vida, que todavía necesitan ser conquistadas por la Persona de Jesús y su Evangelio…

En esta Meditación, San Ignacio nos invita a ponernos frente a la mirada de Dios Nuestro Señor y de los santos (EE 151), para descansar confiadamente en que Él nos conoce y sabe lo que hoy “atrapa” nuestro corazón y le quita libertad para elegir lo que el Señor nos quiere proponer para vivir con mas fecundidad la vida…

Por eso, vamos a ponernos con confianza amorosa ante la mirada del Señor, que conoce en donde y en que tenemos centrada nuestra vida….

La invitación, será rezar saboreando o como dice san Ignacio: “Sentir y Gustar internamente” la  oración de hermano Carlos de Foucauld: “Padre me pongo en tus manos”  y pedir desde lo más hondo del corazón, seguir creciendo en disponibilidad y libertad…

 

Padre mío,

me abandono a ti.

 

Haz de mi lo que quieras,

te lo agradezco,

Estoy dispuesto a todo,

lo acepto todo en ti

con tal que tu voluntad

se haga siempre en mi

y en todas tus criaturas,

no deseo nada más.

 

En tus manos doy mi vida,

Dios mío, te la doy

con todo el amor de mi corazón,

porque te amo

y porque para mí amarte es darme,

entregarme en tus manos

sin medida,

con gran confianza

porque tú eres mi Padre.

 

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Podemos entrar en esta página y buscar la canción que se llama “Abandono”.

 

http://www.carlosdefoucauld.org/Multimedia/Audio.htm

 

 

 

 

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Lectura de la meditación de Dos Banderas

“Comenzaremos juntamente contemplando su vida (de Jesús), a investigar y a preguntar en qué vida o estado se quiere servir de nosotros su Divina Majestad; y así para alguna introducción de esto, en el primer ejercicio siguiente veremos la intención de Cristo nuestro Señor y, por el contrario, la (intención) del enemigo de (nuestra) naturaleza humana; y (veremos) cómo (nuestra intención) debe ser disponernos para alcanzar la perfección en cualquier estado o vida que Dios nuestro Señor nos diere para elegir.

Meditación de dos banderas,

una de Cristo, sumo capitán y Señor nuestro; la otra de Lucifer, mortal enemigo de nuestra humana naturaleza.

Oración preparatoria:

“… que todas mis intenciones, acciones y operaciones (imaginar, recordar, razonar, sentir, desear…) estén puramente ordenadas en servicio y alabanza de su divina majestad” (EE 46).

Preámbulos:

1º (Recordar) la historia: será aquí cómo Cristo llama y quiere a todos debajo de su bandera, y Lucifer, al contrario, debajo de la suya (es decir: a sus órdenes, siguiendo sus intenciones).

El 2º: Imaginar el lugar; será aquí ver un gran campo de toda aquella región de Jerusalén, adonde el sumo capitán general de los buenos es Cristo nuestro Señor; otro campo en región de Babilonia, donde el caudillo de los enemigos es Lucifer.

El 3º: pedir lo que quiero; y será aquí pedir conocimiento de los engaños del mal caudillo y ayuda para guardarme de ellos, y conocimiento de la vida verdadera que muestra el sumo y verdadero capitán, y gracia para imitarlo.

Puntos (para  meditar)

Imaginar así como si se asentase el caudillo de todos los enemigos en aquel gran campo de Babilonia, como en una gran cátedra de fuego y humo, en figura horrible y espantosa.

Considerar cómo hace llamamiento de innumerables demonios y cómo los esparce a los unos en tal ciudad y a los otros en otra, y así por todo el mundo, no dejando provincias, lugares, estados, ni personas algunas en particular.

Considerar el sermón que les hace, y cómo los amonesta para echar redes y cadenas; que primero hayan de tentar de codicia de riquezas, como suele (tentar) en la mayor parte de los casos, para que más fácilmente vengan a vano honor del mundo, y después a crecida soberbia; de manera que el primer escalón sea de riquezas, el 2º de honor, el 3º de soberbia, y de estos tres escalones induce a todos los otros vicios.

Así por el contrario se ha de imaginar del sumo y verdadero capitán, que es Cristo nuestro Señor.

Considerar cómo Cristo nuestro Señor se pone en un gran campo de aquella región de Jerusalén en lugar humilde, hermoso y gracioso.

Considerar cómo el Señor de todo el mundo escoge tantas personas, apóstoles, discípulos, etc., y los envía por todo el mundo, esparciendo su sagrada doctrina por todos estados y condiciones de personas.

Considerar el sermón que Cristo nuestro Señor hace a todos sus siervos y amigos, que a tal jornada envía, encomendándoles que a todos quieran ayudar en traerlos, primero a suma pobreza espiritual, y si su divina majestad fuere servida y los quisiere elegir, no menos a la pobreza actual; 2º, a deseo de oprobios (vergüenza pública) y menosprecios (ninguneos), porque de estas dos cosas se sigue la humildad; de manera que sean tres escalones: el primero, pobreza contra riqueza; el 2º, oprobio o menosprecio contra el honor mundano; el 3º, humildad contra la soberbia; y de estos tres escalones induzcan a todas las otras virtudes.

Coloquios

Conversación con nuestra Señora, para que me alcance gracia de su hijo y Señor, para que yo sea recibido debajo de su bandera, y 1º en suma pobreza espiritual (pobreza interior), y si su divina majestad fuere servido y me quisiere elegir y recibir, no menos en la pobreza actual (pobreza de cosas o dinero); 2º, en pasar oprobios y injurias por más en ellas imitar (a Jesús), sólo que las pueda pasar sin pecado de ninguna persona (que el otro no se de cuenta, digamos, o crea que nos hace un bien) ni displacer de su divina majestad, y con esto una Ave María. 2º Pedir otro tanto al Hijo, para que me alcance del Padre, y con esto decir Alma de Cristo. 3º Pedir otro tanto al Padre, para que él me lo conceda, y decir un Padre nuestro” (EE 135-147). 

Momento de meditación

Diego Fares sj

Hay que comprender bien esta meditación con la que San Ignacio da inicio al proceso de elección. El dice que “comenzaremos juntamente a contemplar la vida de Jesús y a preguntar en qué vida o estado, se quiere servir de nosotros su Divina Majestad” (EE 135). Agrega Ignacio que de lo que se trata es de “intenciones”. Las Banderas son señal de “la intención de Cristo nuestro Señor y, por el contrario, de la (intención) del enemigo de natura humana”. La intención nuestra nos invita a ponerla en “perfeccionarnos”. Da por supuesto que nadie voluntariamente hará lo que desea el demonio (por eso la petición es de “conocer sus engaños”). El asunto es “perfeccionarnos” en la vida verdadera, ir subiendo escaloncito por escaloncito en el camino del bien. Por eso nosotros tenemos que considerar “cómo nos debemos disponer para venir en perfección en cualquier estado o vida que Dios nuestro Señor nos diere para elegir”. Es decir: no importa tanto si el Señor nos da a elegir, por ejemplo, estado de vida religiosa o matrimonial, o una misión o la otra, sino que nuestro deseo e intención debe ser “perfeccionarnos” en lo que le agrada al Padre, dar un paso adelante en la misericordia y en la caridad.

Dos intenciones que se hacen notar

La dos Banderas, los estandartes que Jesús y el demonio levantan y hacen ver, son pues, sus Intenciones.

La intención del enemigo de natura humana o Caudillo de todos nuestros enemigos, es engañarnos.

La intención de nuestro sumo y verdadero Capitán, Cristo, es darnos vida verdadera.

Esta percepción de Ignacio requiere que nos detengamos un momento. Fijémonos cómo el demonio no intenta hacernos mal directamente –matarnos, poseernos, hacernos sufrir…-, sino que lo que trata es de engañarnos. Cuando somos engañados, el mal nos lo hacemos los hombres a nosotros mismos!!! Las tentaciones no son con “cosas malas en sí”. No es el problema la riqueza sino “codiciarla”, en vez de compartirla justamente. En cambio el Señor no solo nos muestra la vida verdadera, sino que nos da ayuda y gracia.

Nuestra intención natural de mejorar, se confrontará por tanto con la intención del mal espíritu, que quiere engañarnos y con la intención de Jesús, que es darnos vida verdadera. Dos Banderas es un ejercicio de discernimiento: se trata de recibir la gracia de conocer los engaños del mal espíritu para guardarnos de ellos y de conocer la vida verdadera de Jesús y pedir la gracia para imitarla (EE 139).

Comprender bien estas dos “banderas” que vemos alzadas en alto como invitándonos a seguirlas, es clave para nosotros, que por naturaleza vamos donde nos llaman o seguimos siempre a alguien que opina o convoca. No se trata, como vemos, en primer lugar de ideas o virtudes. Ignacio describe los tres escalones: riqueza, vanidad y soberbia contra pobreza, humillaciones y humildad. Pero detrás de estas propuestas escalonadas –en las que un paso en esa dirección apunta y se refuerza por el siguiente paso- lo que hay que discernir son las intenciones de los que nos las proponen.

Escalones

Y aquí viene lo curioso. Lo obvio es pensar que el enemigo de natura humana intente que “elijamos riqueza, vanidad y soberbia”, como groseras actitudes opuestas a la sublime pobreza, deseo de humillaciones con Cristo humillado y humildad. Pero me animaría a decir que para nada es así. Hay que prestar atención al nombre que Ignacio da a esto que nosotros llamamos vicios y virtudes. Los llama escalones. Esto equivale a decir que, si uno se toma la foto y ve dónde está parado en la vida, no importa en sí mismo cuánta plata u honores tenga, sino la dirección que toma. El escalón donde uno está parado será de pobreza o de riqueza según si uno agarra para el lado de acumular o de desprenderse. Tenés dos monedas: el asunto es si buscás algún mendigo para darle una de limosna o guardás las dos y sólo pensás en cómo ganar más plata para vos.

El escalón o mejor “los escalones” pobreza/riqueza, por los que venís subiendo o bajando, en cierto punto se te transforman en los escalones vano honor mundano/humillaciones y menosprecios. En cierto punto, en que te podés decir que estás bien (porque experimentás que tenés y podés comprar lo que querés), los escalones cambian de sentido. Pasan a ser una especie de escalera mecánica, en la que tu deseo comienza a ser el de que te reconozcan, te nombren, te hagan pasar primero, te voten y hagan lo que vos decís…

El “honor del mundo” se vive como una riqueza y plenitud interior, espiritual, con menos límites que las riquezas materiales. Y se pasa a ambicionar esta fama y este poder que tienen que ver con poseer no cosas sino personas.

Por el contrario, si bajás algunos escalones de pobreza y le comenzás a tomar el gusto a esa sobriedad en la que sentís que tenés lo que necesitás y gozás compartiéndolo con los que tienen menos. La escalera mecánica podría dispararse para el lado de la vanidad -de compartir bienes para tener aplausos y fama-, pero si uno se mete de verdad a compartir, esta alegría y la necesidad tan grande de tanta gente, hacen que sea difícil “envanecerse” de la pobreza. Todo lo que uno pueda dar no alcanza y la vanidad no entra dentro de un alma cuyo “muro” es la pobreza, como decía Ignacio. Curiosamente, el que baja escalones en esta dirección, como ha hecho el Papa Francisco, si bien en un primer momento suscita admiración, en cierto momento comienza a generar irritación en los que van en la otra dirección. Por supuesto que la crítica se disimula. En el caso del Papa es claro: en muchos que dicen criticar la doctrina lo que les irrita profundamente es que les toque la guita y la carrera, que desacralice su amor por el dinero y la mundanidad espiritual en la que se mueven.

Aquí viene otra paradoja. Si en el paso de pobreza a humillaciones o de riqueza a vanos honores se da un aceleración –de subir o bajar a pie, se pasa a subir o bajar por escalera mecánica y a veces hasta por ascensor-, en el paso de estos dos escalones al de humildad o soberbia se da un misterioso cambio de dirección. El que subía de a dos los escalones de la riqueza y los honores, comienza a bajar, porque aunque suba rápido sólo sube a la altura de su propio ego y del ego del mundito que lo idolatra. El que bajaba poco a poco por los escalones de la pobreza y de las humillaciones, de pronto comienza a subir, porque el Reino de los Cielos ha bajado con toda su altura y profundidad a nuestra tierra y el que camina en ese reino, siempre asciende y crece a la altura de la Misericordia del Padre.

El último escalón –o ámbito de escalones- es el definitivo.

O uno se para en su propio ego y autoafirmación de sí, como alguien que hace lo que quiere,

o uno se para en el escalón de la humildad del Reino, que nos pone en relación filial con nuestro Creador, fuente de nuestra vida y alegría, que nos pide una mano para servir y ayudar a los demás.

Aquí se revelan el engaño y la vida verdadera. El engaño no consiste en que las riquezas y la fama no sean reales y placenteras, el engaño es hacernos creer que nos pueden agregar “altura”, que nos pueden alargar la vida. La vida verdadera es verdadera Vida, con mayúsculas, porque no es solo la nuestra, es la Vida del Señor la que se nos da y, esa Vida sí que se alarga y plenifica, porque es eterna.

Avivarse

Automatizar este olfato espiritual es la gracia del discernimiento. Que apenas alguien alce una bandera, invite a opinar a favor o en contra o a tomar la actitud de seguirlo o dejarlo, sepamos por intuición si es un engañador que nos presenta espejitos de colores o Alguien sincero que nos ofrece vida verdadera.

Hacer connatural este discernimiento, digo, es la clave de la vida espiritual.

Y si uno duda, la clave está en saber con quién aconsejarse.

Esto son las dos Banderas: unos criterios que nos da el Señor para que nos avivemos. Para que sepamos discernir, en medio de una tentación, que a veces es casi irresistible, de poseer cosas y de ganar puestos, que seguir subiendo por esos escalones lo fogonea alguien que intenta engañarnos. Sea cual fuere el escalón de riqueza y fama en el que estemos parados, la dirección no es seguir subiendo irrestrictamente. Parar la mano y mirar para abajo, donde está la mayoría de la humanidad, y mirar cómo bajó por esos escalones Jesús, hasta encontrarse con los que están debajo de todo, es el camino correcto. Podemos dar un pasito hacia ellos. Y paradójicamente, como decíamos, yendo hacia abajo por los escalones de dejar algún bien para los demás y no andar preocupado por nuestra fama, el último escalón, el de la humildad, tiene una curiosa subida. Cuando bajamos hacia los demás, subimos un escalón de “cielo”. Un cielo que está a la altura del suelo, gracias a que Jesús lo bajó a esta realidad, pero que es una subida cualitativamente infinita. Por los otros dos escalones, cuando vamos subiendo hacia la riqueza y la fama, también el tercero es de subida, pero a la altura de nuestro propio yo, que dejado a sí mismo, suele ser bastante peticito. Nada más digno de burla que un soberbio que no se da cuenta que sólo está subido a su propia altura.

Embanderarse

Embanderarse para siempre da miedo y suscita cierto escepticismo. Especialmente si uno ya se embanderó de joven y luego constata que no bajó mucho por los escalones de la pobreza, que sigue estando atento a la aprobación ajena y que no ha profundizado demasiado en las alturas de la humildad. Sin embargo, bajo esta bandera todo se transforma en positivo. Y todos los “no progresos” y aún las incursiones en territorio enemigo, pueden valer como pobreza y humillación que llevan a acogerse con toda humildad a la Misericordia del Padre. Una y otra vez. Nuestros pecados y soberbia son, en el fondo, pobreza.

Además, los escalones del reino a los que nos invita el sumo Capitán Jesús, tiene algo mágico si se los camina con otros. Como en el juego de la Oca, hay escalones con premio. Si uno da una pequeña limosna a un pobre, baja de una sola jugada todos los escalones de riqueza que acumuló comprando y consumiendo para sí. Eso sí, la condición es darla tocando la mano al otro y recibiendo su sonrisa con amor.

Y si uno baja sin quejarse en voz alta al escalón donde lo mandó alguno que consideró que no debía estar tan alto, baja de una sola vez todos los escalones por los que trepó rastreramente para hacerse ver por los demás.

Hay además dos comodines en este juego para ganar la humildad. Uno es la contracara del “agarrar libremente una humillación”, cosa que siempre es difícil y hasta antinatural. El comodín consiste en “expresar una alabanza sincera de alguna cualidad ajena”. Es un modo fácil y seguro, ya que hay tanta gente buena y capaz a quien reconocer y hacer que otros valoren.

El otro comodín es el de hacer un acto de misericordia. La misericordia atrae irresistiblemente al Padre que nos da vida y expulsa al demonio desenmascarando todos sus engaños (que no son pocos). Es que al hacer un acto de misericordia sintonizamos plenamente con la intención última de nuestro Padre, que es darnos vida. Como Él lo que quiere es salvarnos de todo lo que daña nuestra vida –el pecado, la enfermedad y la muerte-, por eso opta por una Misericordia incondicional. La Misericordia testifica que el Padre no tiene otra intención sino nuestro bien.

Y ante la misericordia el demonio muestra la hilacha. Allí no puede fingir ni engañarnos. El demonio detesta la misericordia. Puede disfrazarse con ropa de justicia, de doctrina, de ley… e incluso puede fingir humildad. Lo que no puede es fingir misericordia, porque esta es acción real y concreta a favor del otro y el bien que se le hace es concreto, queda.

Las intenciones últimas de todos –Dios, hombres y demonio- se contrastan ante el muro de la misericordia que, una de dos, o es muro de casa que incluye a todos o es muro que separa y excluye a muchos.

 

Momento de contemplación

Marta Irigoy

En el texto del P. Diego, leíamos que:

“La Misericordia  testifica que el Padre no tiene otra intención sino nuestro  bien”. Y ante la misericordia el demonio muestra la hilacha. Allí no puede fingir ni engañarnos.

El demonio detesta la misericordia. Puede disfrazarse con ropa   de justicia, de doctrina, de ley… e incluso puede fingir humildad. Lo que no puede es fingir misericordia, porque esta es          acción real y concreta a favor del otro y el bien que se le hace es concreto y  queda.

Las intenciones últimas de todos –Dios, hombres y  demonio- se contrastan ante  el muro de la misericordia que una de dos, o es muro de casa que incluye  a todos o es muro que separa y excluye a muchos. 

Por lo que podemos intuir, la invitación de San Ignacio en este Ejercicio es a embanderarnos con la bandera de la humildad que Jesús nos propone, para alcanzar y dejarnos alcanzar por la misericordia y disponiéndonos para alcanzar la  santidad en cualquier estado o vida que Dios nuestro Señor nos diere para elegir…

Para nuestra oración, meditación y reflexión, quiero compartirles esta carta sobre la humildad que San Agustín le dirige a Dióscoro y que se ha convertido en un texto clásico al hablar de la humildad. Hay que decir que las preguntas de Dióscoro estaban motivadas por una curiosidad malsana, ya que no le movía un verdadero interés religioso, sino el afán inmoderado de poder dar respuesta a quienes le presentasen cuestiones sobre  temas inquietantes. Agustín le dice:

 “Quisiera, mi Dióscoro, que te sometieras con toda tu piedad a este Dios y no buscases para perseguir y alcanzar la verdad otro camino que el que ha sido garantizado por aquel que era Dios, y por eso vio la debilidad de nuestros pasos. Este camino es: primero, la humildad; segundo, la humildad; tercero, la humildad; y cuantas veces me preguntes, otras tantas te diré lo mismo. No es que falten otros que se llaman preceptos; pero si la humildad no precede, acompaña y sigue todas nuestras buenas acciones, para que miremos a ella cuando se nos propone, nos unamos a ella cuando nos allega y nos dejemos subyugar por ella cuando se nos impone, el orgullo nos lo arrancará todo de las manos cuando nos estemos ya felicitando por una buena acción. Porque los otros vicios son temibles en el pecado, mas el orgullo es también temible en las mismas obras buenas. Pueden perderse por el apetito de alabanza las empresas que laudablemente ejecutamos. A un nobilísimo retórico le preguntaron cuál era el primer precepto que se debía observar en la elocuencia. Contestó, según dicen, que era la pronunciación. Preguntaronle por el segundo precepto, y dijo que era la pronunciación. Le volvieron a preguntar por el tercero, y sólo contestó que era la pronunciación. Del mismo modo, si me preguntas, y cuantas veces me preguntes, acerca de los preceptos de la religión cristiana, me gustaría descargarme siempre en la humildad, aunque la necesidad me obligue a decir otras cosas” (Epístola 118, 22). 

Algunas preguntas que nos pueden ayudar…

  1. ¿Qué pienso de la humildad?
  2. ¿La valoro, la deseo, la suplico?

Te invito a terminar con esta oración:

Ayúdame, hermano, a ser humilde.

Ten misericordia de mí y muéstrame

lo que Dios va haciendo con tu vida.

Te prometo acoger y escuchar

tus pasos y tus caídas,

tus ternuras y tus rechazos,

tu alegría y tu dolor.

Quiero ser menos yo y más hermano,

porque quiero descender hasta donde

se encuentra lo más humano,

lo profundamente humano.

Me han dicho que allí se encuentra Dios.

Búscame cuando me pierda

y volveré a casa de tu mano,

a casa para servirte más

y compartir juntos el pan.

Cuando veas brillar en mis ojos

la soberbia y la altanería

y mi boca se llene de palabras vacías,

no apartes de mí tu mirada tierna pero vigorosa,

no dejes de comunicarme la esperanza.

Confía en mí que aprenderé de ti

Y suplicaré también por ti al Padre.

Te pido hermano que me ayudes

a ser humilde con tu ejemplo.

Yo también te lo ofrezco.

Señor Jesús, maestro de humildad,

haznos reconocer nuestra pequeñez,

nuestras vidas, su desnudez

y reconocer tu gratuidad

Padre de misericordia,

concédenos caminar en la humildad

para llegar a la eternidad.

Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor.

Amen

-Autor: Anónimo-

 

 

 

 

 

 

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Momento de Meditación

Diego Fares sj

Misericordia y vida oculta del Señor

La dinámica de la contemplación

El seguimiento de Jesús, nuestro Rey y Señor, es un seguimiento de corazón. Y como todas las cosas del corazón, en ciertos momentos es impulsivo y, si hay verdadero amor, es constante y perseverante a través del tiempo. Nuestro corazón cuando ama, se adhiere a quien ama, es capaz de entregarlo todo en un instante. Y al mismo tiempo, su gozo profundo es ir llenando con afecto todos los espacios de la vida junto con la persona amada.

San Ignacio, luego del requerimiento inicial del Rey, que nos invita a dejarlo todo sin pensar mucho, para seguirlo, y a desear estar con él de manera más radical: en los trabajos, en las penas y en los gozos, nos invita a una tranquila identificación con nuestro Señor, contemplando su vida paso a paso.  Se trata de ir dejando que nuestro corazón se transforme a imagen del de Jesús, descubriendo sus pensamientos y su modo de sentir y de actuar en cada situación concreta, para que nos enamoremos de él y sea él mismo el que nos libere, nos purifique y nos transforme.

La oración ahora se remansa. No hay que sacar conclusiones teológicas o morales ni tomar ninguna decisión inmediata. Ya hemos tomado la decisiva, que es seguir de corazón al Señor. Ahora se nos invita no a concluir sino a quedarnos, a permanecer contemplando y saboreando el modo de ser de Jesús allí donde sentimos gusto, a compenetrarnos afectivamente con cada detalle y cada paso de la vida del Señor, primero en su infancia.

En la contemplación el alma se pone receptiva y permite que sea el Señor mismo el que modela nuestro corazón según sus elecciones y caminos misteriosos cuando nos dejamos llevar por las escenas de la Anunciación a María y el pesebre de Belén…

La dinámica busca el contacto con la amable humanidad de Jesús que es contemplada, como acariciada, amada, abrazada, hasta convertirse en parte del propio horizonte mental, horizonte que se identifica con el de Jesús.

La dinámica de la contemplación no es una dinámica deductiva, teleguiada, ni tampoco voluntarista, sino que es una dinámica en sí misma confiada a la fuerza que tiene misterio, al contacto con la persona de Jesús, con la persona de María, confiada a la adoración del Padre que se dona en el Hijo.

Anunciación y Nacimiento

San Ignacio nos inicia en los misterios de la Vida del Señor con dos contemplaciones prolijamente elaboradas: la Anunciación y el Nacimiento. En sus pasos Ignacio encuentra el ritmo de la contemplación. Porque la “composición del lugar”, ese momento en que uno se imagina la escena y se mete en ella, tiene un lugar privilegiado en el Pesebre. Ahí se ve bien claro que los protagonistas son otros y que uno puede dar una mano si está con la actitud de un esclavito indigno atento a lo que necesite la Virgen y San José que son los que cuidan al niño. También los pasos de “mirar las personas”, “oír lo que dicen” y “ver lo que hacen”, encuentra su lugar privilegiado donde uno puede encontrar siempre fruto ya que el contacto con el Niño Jesús, con nuestra Madre, la Virgen María y nuestro padre adoptivo San José, es un contacto esencial, por decirlo con alguna palabra. Quiero decir que otros personajes son o demasiado grandes y misteriosos, como cuando uno trata de imaginar a Dios Padre o al Espíritu Santo o a Jesús adulto, o más complejos, como pueden ser los apóstoles o los otros personajes del evangelio. Con la Familia sagrada podemos contemplar sintiéndonos, precisamente, en familia. Por eso estas contemplaciones son modelo de las demás, porque nos son familiares y son siempre nuevas. Se renuevan en cada oración y dan el fruto de un Jesús “así nuevamente encarnado” como dice Ignacio (EE 109).

Nos detenemos aquí en dos detalles de la dinámica de la Encarnación y el Nacimiento.

Un instante, la Encarnación; la totalidad del tiempo, a partir del Nacimiento        

Lo primero que llama la atención es una diferencia o tensión: la Encarnación Ignacio la presenta con fotos panorámicas. El Nacimiento, en cambio, lo focaliza totalmente en San José, la Virgen con la “ancilla” y el Niño Jesús.

La Encarnación nos quiere hacer ver, como en un relámpago, el instante de una “determinación” de Dios, que en su Misericordia decide “hacer redención de la humanidad”. Y para captar esta decisión libre nos hace pasar de una escena a la otra: de la Trinidad, al drama del mundo y de estas dos realidades, a la sencillez de María. La sucesión, rápidamente, sería: la Trinidad está mirando al mundo que se condena y se determina a salvarlo. Una vez decidida la santísima Encarnación, la mirada de la Trinidad se vuelca amorosamente en María.

Las escenas son densas y el dinamismo en que se entrelazan y suceden es potente. Aquí lo que queremos notar en primer lugar es que todas convergen a que brille “la determinación de salvar” de la Santísima Trinidad.

Este “instante eterno” diríamos, se contrapone a las escenas del Nacimiento, que totalmente concentradas en la Sagrada Familia, nos la muestran metida en los caminos de esta tierra, en la cuevita de Belén. La contemplación nos lleva a hacernos a su paso, que es paso de burrito y de camino de montaña, y nos mete en el paisaje desolador y en la intimidad del pesebre, donde la vida del Niño Jesús se abrirá paso a ritmo de bebé: vertiginoso y absorbente para sus padres, lento y aparentemente sin nada extraordinario para el que mira de afuera.

La Encarnación: Dios mira lo más pecaminoso y lo más santo

Si hablamos de las grandes escenas panorámicas que nos muestra San Ignacio en la Encarnación –la Trinidad en el cielo, el mundo en su diversidad y dramas, Nuestra Señora en sus aposentos- tengamos en cuenta la perspectiva de la mirada. Ignacio nos hace mirar con la mirada de las Tres divinas personas. Y esa mirada espiritual, esos ojos llenos de amor salvador, miran con intención, con deseo, con misericordia, con creatividad. El mundo y María están en el foco de esas miradas, que no son para nada miradas neutras. La situación del mundo que Ignacio describe no registra datos sociológicamente; la sencillez de María, no es mirada con mero cariño sentimental.

Podríamos decir que la mirada de la Trinidad es una mirada dramática: ven primero lo más pecaminoso en cuanto necesitado de misericordia y lo más puro y santo en cuanto ayuda para su plan de salvación. La barca que se hunde y la barca que puede salvar. El diluvio y la barca de la Iglesia. El mundo que se deshace en violencia y el seno de María que puede contener al Salvador.

La situación de la humanidad en el centro

Así como en las novelas actuales en que se cortan las acciones en un momento dramático, se pasa a otra y a una tercera y luego se vuelve a la que había quedado en suspenso, Ignacio invierte varias veces el orden en que aparecen los personajes y las situaciones.

Cuando narra “la historia” el orden es: 1º la Trinidad mirando el mundo 2º la planicie o redondez de todo el mundo llena de hombres 3º la determinación de que se encarne el Hijo para salvar y 4º llegada la plenitud de los tiempos, el ángel Gabriel que es enviado a Nuestra Señora.

Cuando pasa a hacernos “ver el lugar”, nos hace contemplar 1º “la grande capacidad y redondez del mundo, en la cual están tantas y tan diversas gentes”, y 2º “particularmente y en detalle la casa y aposentos de Nuestra Señora en la ciudad de Nazaret, en la provincia de Galilea”.

Cuando pasa a los puntos: siempre va 1º la situación de la humanidad, 2º las personas divinas mirando, hablando y actuando con respecto al drama de los hombres y 3º la persona de Nuestra Señora, cómo hablan con el Ángel y cómo luego se humilla y da gracias al Señor.

Cuál es el detalle significativo en estos cambios de escena: creo que lo significativo es que la Trinidad, que al comienzo en la historia estaba primero “contemplando” a la humanidad, pasa a estar en la escena del medio, entre la humanidad y Nuestra Señora. Y allí en el medio está activa, mirando no la vida con sus penas y alegrías sino centrada en lo que hay que salvar, centrada en hacer redención, centrada en obrar la santísima Encarnación.

Las cosas de la humanidad, Ignacio las describe de modo abstracto dejándolas libradas a nuestra Imaginación, las de María y el Ángel las deja supuestas ya que se leen en el Evangelio. Las de la Trinidad, en cambio, las precisa: mira el mal, se determina a salvar, obra la Encarnación. Es una Trinidad activa en su misericordia metida en medio del mundo, de los pecadores y la Santa.

Si uno se acostumbra a contemplar así, dejándose guiar por el orden y el modo en que Ignacio dispone las escenas, precisa cosas y deja otras libradas a nuestra imaginación, nuestra mirada se va “haciendo” a los ojos de la Trinidad, se va volviendo una mirada que mira como mira Dios, una mirada espiritual, que mira con misericordia, es decir: deseando salvar, buscando lo perdido y encontrando ayuda en los más buenos. Si atendemos bien a lo que dice, vemos que la mirada de Dios está llena de acción y determinación. No dice que las divinas Personas “contemplan cómo sufrimos”. Ven que nos perdemos, deciden inmediatamente: “hagamos redención del género humano”, y pasan a la acción: “obrando la santísima encarnación”.

Lo que quiero ayudar a ver es que la mirada de Dios es salvadora, no es abstracta. Es una mirada de Misericordia, que impulsa a hacer algo inmediatamente, aunque luego lleve largo tiempo implementarlo.

Y en el centro no está escribir una teología. La santísima Trinidad no dice: la humanidad se está perdiendo, démosle unas nuevas tablas de la ley”. Nada de eso: dicen “hagamos redención” y, acto seguido, viene la Encarnación santísima de Jesús en María.

En el centro de todo está la humanidad en su diversidad –en tanta diversidad, dice Ignacio-. No es una humanidad abstracta sino multifacética y concreta. Las personas en su diversidad de “trajes, gestos y razas, en sus situaciones de paz y de guerra, unos llorando y otros riendo, unos sanos y otros enfermos, unos naciendo y otros muriendo” (EE 106).

En Jesús, la misericordia relativiza todo para salvar

De esta contemplación nacen las exhortaciones del Papa Francisco a salir, con mirada de misericordia, al encuentro de las personas en sus situaciones concretas. Esto es lo que tanto le inquieta a los que, en vez de salir a ayudar, a sanar y evangelizar, quieren encerrarse a elaborar con más precisión las definiciones de una moral y una teología que se vuelven cada vez más abstractas. A algunos, pareciera que el “hagamos redención” de un Dios que se encarna, les suena a relativismo. Es verdad que hay un relativismo malo, que reduce la verdades de la fe y la tradición a las ideologías del momento. Pero hay otro relativismo peor, y es el que reduce la misericordia de la Trinidad diciéndole que en tal cosa no puede meter sus manos porque se ensuciaría y en tal otra no puede perdonar porque iría contra una ley…

Relativizar la misericordia es colar el mosquito y tragarse el camello, como decía el Señor a los fariseos. Es atarle las manos a Dios para que no pueda salvar ni hacer el bien. Estas actitudes de los que relativizan la misericordia es de una ceguera tal que son capaces de relativizar al mismo Jesús por no relativizar su ley.

Con una mirada así, la Encarnación nunca hubiera sido posible. Por qué elegir ese momento, por qué no otro pueblo u otra situación. Qué dirían las otras naciones, qué dirían los que vinieran después. Y los que vivieron antes? Por qué no vino antes a salvarnos el Señor? Además, justo en el momento del Censo, viéndose obligados José y María a ir a Belén. Venir a nacer de noche en un pesebre de animales… La verdad es que para los que le temen al relativismo de la misericordia nada más cuestionador que una Encarnación de Dios en la historia. La Encarnación relativiza todo y pone en el centro de la vida y de la historia sólo a Jesús nuestro Salvador: el Misericordioso.

El Nacimiento: salir, caminar, trabajar

En la segunda contemplación, la del Nacimiento, Ignacio deja las grandes panorámicas y focaliza la mirada en una sagrada familia en camino, perdida en la historia de la humanidad, yendo a cumplir con amor su misión. El espíritu de la contemplación se sintetiza en tres verbos: salir, caminar y trabajar. Es una contemplación de San José y nuestra Señora en camino: “cómo salieron de Nazaret para ir a Belén, considerando la longura, la anchura y si llano o si por valles o cuestas sea el tal camino” (EE 112). “Mirar lo que hacen así como el caminar y trabajar para que el Señor sea nacido en suma pobreza y a cabo de tantos trabajos, de hambre, de sed, de calor y de frío, de injurias y afrentas, para morir en cruz y todo esto por mí” (EE 116). El espacio de su vida se concentra en esa “espelunca” o cuevita del nacimiento: cuan pequeño, cuan bajo, cuán alto y como estaba aparejado” el lugar (EE 112).

Volviendo a lo de las situaciones, nada más “situado” que el Nacimiento de Jesús o, por decirlo de otra manera, nada más situado que el inicio de la misericordia encarnada. Nada más concreto y único que la pobreza de ese humilde lugar.

Ignacio dice que de estas contemplaciones debemos, ahora sí, hacer una reflexión para sacar algún provecho espiritual. No dice “para sacar alguna idea”. Dice provecho espiritual, que significa algo que llena y satisface el alma y sirve para la vida, para salir a la calle, para charlar en familia, para mejorar la sociedad.

La misericordia nos alcanza precisamente allí donde pecamos

Yo saco que la Encarnación nos habla de un Dios que viene al encuentro de cada persona y lo  hace allí donde necesitamos salvación, es decir: allí donde no podemos solos.

Dónde necesita cada uno salvación es algo enteramente único y personal. Aquí no llega ninguna ley formulada de manera general. El punto de inserción de la ley, en cada uno, es sumamente delicado. Porque se trata de aplicar la ley allí donde uno no la pudo cumplir, allí donde uno pecó. Es reenganchar al que se soltó de la soga y cayó al mar. Es detener la hemorragia allí donde se está perdiendo sangre. Es iluminar en ese punto en que uno tiene su punto ciego o está encandilado. Es realizar ese ejercicio que duele mucho.

Por eso es que la medicina del Señor pone delante la Misericordia infinita. Una misericordia que relativiza todo para volver a establecer contacto con la parte sana del otro, evitando machacarle la herida. Luego la misma persona restablecerá todo el tejido de la ley. Pero primero tiene que sentir el alivio sanador y absolutamente medicinal de la Misericordia.

Esta misericordia alcanza a cada uno en su situación. Lo que más alivia a un enfermo es encontrar al que comprende su caso particular. Por supuesto que toda enfermedad tiene su tratamiento general, pero lo que ayuda es que el médico comprenda la dificultad particular del paciente y desde ahí lo ayude a dar el pasito que necesita para mejorar. Lo mismo sucede en toda situación de aprendizaje: uno aprende cuando encuentra el punto justo en que puede ejercitarse en algo nuevo a partir de algo que ya sabe o hace bien.

Jesús, como Salvador, sale al encuentro de cada persona y de cada situación.

Está el Jesús que les sale al encuentro a los enfermos. Estos lo verán cómo el que los sana de sus enfermedades físicas y a partir de esa gracia se relacionarán con él.

Está el Jesús que le sale al encuentro de a las multitudes hambrientas de pan. Estos lo verán como el que los ayuda socialmente.

Está el Jesús que le sale al encuentro a los que buscan una espiritualidad. Estos lo verán como el Maestro.

Está el Jesús que le sale al encuentro a los que desean un líder para su pueblo…

Está el Jesús que le sale al encuentro a los pecadores…

Todos nos encontramos luego con el Jesús que da su vida por nosotros. Pero lo hacemos a partir de nuestra necesidad de salvación, que es tan como nuestro deseo de perfección, pero más básica.

La nada que somos, requiere un fundamento absoluto como la misericordia, para poder existir. Es una nada en la que recaemos cada vez que damos un paso atrás, en el egoísmo de querer ser autosuficientes que nos lleva a alejarnos de la mano que nos sostiene. Por eso la Misericordia no puede ser relativizada por nada. Y menos por una ley que apunte a la perfección, porque llevará más rápido a la inconsistencia. Nada más tramposo que relativizar la misericordia con la excusa de que la gracia es perfecta y puede perfeccionar al que la recibe dejando atrás la necesidad de perdón y de misericordia.

 

 

Momento de contemplación

Marta Irigoy

La encarnación de la Misericordia en nuestra vida

La Contemplación de la Encarnación y del Nacimiento, nos invita a dejar que la Misericordia se encarne en nuestra vida…

Para este Ejercicio Espiritual, San Ignacio nos invita a mirar la realidad desde su Mirada Misericordiosa. Mirada que se hace con el corazón; en palabras de Benedicto XVI: “Que seamos un corazón que ve”…

El texto del P. Diego, nos ilumina la intuición que San Ignacio aplica en este ejercicio, desde la Misericordia que ve y siente una necesidad a cubrir…

Un corazón que ve, se va moldeando en la Contemplación de la Vida de Jesús, lugar de Gracia, en donde se nos van “pegando”  los sentimientos de su Corazón, (que providencialmente, nos une en este Mes del Sagrado Corazón del Señor) para hacer de nuestra vida un lugar de encuentro con la Misericordiosa Ternura de nuestro Dios para nuestros hermanos.

Se nos invita a ser lugar de Encuentro de aquellas personas que Dios nos confía en la vida cotidiana: familia, amigos, compañeros de trabajo, estudio, miembros de nuestras comunidades; como también, aquellas personas que si nos las miramos desde el corazón, se nos hacen lejanos, extraños, como por ejemplo nuestros hermanos que cada día salen de sus países y  cruzan las aguas peligrosas de un mar que muchas veces es lo último que ven en sus vidas… ; como también, aquellos que están en las calles, durmiendo en las plazas, estaciones o hacen de las salas de espera de los hospitales, su casa y familia…

Por eso, para hacer la Contemplación de la Encarnación y Nacimiento, estamos invitados a dejar que esas vidas que se nos confían –cercanas y lejanas- se nos hagan cercanas y cotidianas… ya que en la Contemplación de Jesús, nuevamente encarnado nos hace descubrir que somos capaces de cosas que nunca nos habríamos imaginado…

Puede ayudar en estos días, dejarlos entrar en el corazón;  activando en estos días una mirada contemplativa de la realidad; deteniéndonos en esas situaciones que muchas veces no vamos a poder solucionar –o quizás sí…- , pero sabemos que hacerlos sentir HERMANOS y HERMANAS, hace mucho, mejor dicho muchísimo… especialmente hacerlos hermanos en el propio corazón… hacerles un lugar en el propio corazón, los saca de ese lugar invisibilidad en el que están sumergidos…

Si nuestro corazón los ve…

Si nuestro corazón se acerca…

Si nuestro corazón se deja vulnerar por su necesidad…

Si buscamos alguna solución a nuestro alcance…

La Encarnación de Jesús, se está dando en tu corazón…

Para terminar, te invito a hacer oración con este texto, pidiendo al Corazón de Jesús, que nos regale tener sus mismos sentimientos…:

Danos, Jesús, un Corazón

Danos, Jesús, un corazón
como el que fue mecido en el pesebre,
un corazón confiado en manos de otros,
un corazón de niño, un corazón alegre.

Señor, danos un corazón
como el de tu trabajo de artesano:
que haga del mundo una gran casa
donde vivamos todos como hermanos,
un corazón que labre vida nueva
en los surcos del tiempo sin descanso.

Danos, Jesús, un corazón
como el que predicó por los caminos,
un corazón que grite desde los tejados,
un corazón misionero y peregrino.

Señor, danos un corazón
que acoja a los pequeños y sufrientes,
que haga brotar la vida en cada rostro,
y a los pobres arranque de la muerte,
un corazón abierto, sin fronteras,
cercano y generoso, fiel y valiente.

Danos, Jesús, un corazón,
como el que fue mecido por María,
un corazón confiado hasta el extremo
en las manos del Padre de la Vida.

-Guillermo Rosas ss.cc.-

 

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