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Momento de Meditación

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Comenzamos y terminamos el año bajo el signo de la Escuela del discernimiento. Para crecer en el discernimiento hay que entrar en esta Escuela cuyo principio pedagógico es que “solo aprende bien el que enseña a otros”. La Palabra se hace carne en nuestro corazón cuando la encarnamos en obras de misericordia. Las así llamadas “obras de misericordia espirituales” son la puesta en práctica de una Palabra rezada, es decir recibida como limosna de gracia en la oración, que se transforma en ayuda: «enseñar al que no sabe», «corregir al que se equivoca», dar buen consejo al que lo necesita».

La verdad del evangelio ilumina la mente no de manera puntual, como cuando uno piensa en un concepto abstracto, sino que “va iluminando” -como el sol que sale y va iluminando las torres y palacios más altos de Roma y a medida que él asciende, su luz llega a las casas más bajas-. Podríamos decir que la Palabra toca nuestra inteligencia a través de nuestros sentidos -con alguna frase que nos hace sentir y gustar una verdad evangélica-, desciende a nuestro corazón, tocando nuestros afectos con su belleza y su amor, pone en movimiento nuestros pies y nuestras manos, extendiendo su acción benéfica que se convierte en obras de misericordia, justicia y caridad, ayudando y sirviendo a los demás, especialmente a los más pequeños, y vuelve con su luz, ahora más plena, luego de haber hecho este proceso en el que su Luz se reflejó en cada acción y cada cosa, a nuestra inteligencia, permitiéndonos sacar provecho mediante la reflexión.

La luz de Dios ilumina por reflejo, una vez que la Palabra alcanzó una realidad más amplia, gracias a que la rezamos, la pusimos en práctica y reflexionamos acerca de su sentido. La luz de la Palabra no se nos da toda entera en nuestra inteligencia, sino sólo un poquito, lo suficiente para conmovernos el corazón y las entrañas y poner en movimiento nuestras manos y nuestros pies. Luego, mientras uno pone en práctica el consejo evangélico, o después, cuando uno hace el examen de las consolaciones recibidas en la misión, se termina de «comprender» lo que la Palabra quería decir. Y esto nos hace ir de nuevo, con hambre y sed, a la oración. 

Rezar, practicar, reflexionar

En la Escuela ignaciana, rige el principio pedagógico de ser “contemplativos en la acción” o, como dice Aparecida de ser “discípulos misioneros”, tiene tres momentos bien definidos: rezar, practicar, reflexionar. Rezar para nutrirse de la Palabra, practicarla para que de fruto en uno y en los demás, y reflexionar -no sobre todo en general sino sobre cómo la palabra incidió en la vida- para sacar provecho. Estos tres momentos, que se repiten en lo cotidiano y a lo largo de los distintos períodos de la vida, constituyen el «ciclo virtuoso» de la iluminación evangélica.

Hemos de incorporar esta convicción, que no es una regla abstracta sino el fruto de una experiencia que nos viene de nuestros santos y maestros: No se pueden separar estos momentos ni se puede prescindir de ninguno de ellos.

Creo que en el lenguaje común ya está aceptada -al menos teóricamente- la relación entre los dos primeros: oración y acción. San Ignacio los une y uno de sus compañeros y fiel intérprete, resume su relación en esa fórmula feliz que dice que marca el ideal al que debemos tender y que es ser: «contemplativos en la acción». Pero no es tan habitual tener en cuenta el tercer momento, el de la reflexión o «examen», al que Ignacio le daba igual o mayor importancia que a los otros dos. Este examen no es examen de los pecados, sino del proceso que recorrió la Palabra en nuestra oración y en nuestra jornada. Examinamos cómo la Palabra se nos dio como limosna de gracia, cómo gustamos algo en la oración, al leer, meditar y contemplar el evangelio; examinamos luego cómo esa Palabra dio fruto primero, en nuestra afectividad misma, moviéndonos a dialogar amorosamente con el Señor en la oración y, luego, cómo dio algún fruto en nuestra vida, cuando la pusimos en práctica en nuestro trato con el prójimo.

Vemos que San Ignacio al final de la oración nos hace hacer una «reflexión para sacar provecho». Nos hace «conversar» con el Señor de lo que vivimos y aprendimos en la oración. Lo mismo recomienda al final del día, como si el día entero hubiera sido «una contemplación en la acción”.

Este examen consiste en rebobinarel día. Pero no como si pasáramos rápidamente toda la película sino editando lo que tiene que ver con la gracia recibida en la oración, es decir: desde la perspectiva de la gracia principal que el Señor nos dio. Esto tiene sentido y da unidad a nuestra vida, porque las gracias que el Señor nos da -todas y cada una- están dirigidas y ordenadas teniendo en cuenta nuestra vocación y la misión encomendada.

Por eso, no se trata en primer lugar de revisar en sí mismos y en su sucesión «todos los acontecimientos del día» o «todos los sentimientos y cosas que experimentamos». Se trata de considerarlos, sí, pero tirando el hilo que los junta y unifica. Como si el Espíritu Santo que es «el dedo de Dios» tirara de un hilo que junta muchos globos y no los dejara volar y dispersarse cada uno para su lado.

Reflectir para sacar provecho

Aunque suena a castellano antiguo me gusta poner «reflectir» en vez de reflexionar, aunque digan lo mismo, porque le da otro sabor a esta acción intelectual tan decisiva. Se trata de reflectir “para sacar provecho”, dice Ignacio, y da con esto un impulso misionero al examen, poniéndolo lejos de cualquier actitud de ensimismamiento autorreferencial y de todos los enrosques culposos en los que somos tentados de enredarnos cuando el mal espíritu nos sugiere lamentos y frases que contienen el famoso “habríaqueísmo”: debería haber hecho.

Estas tentaciones habituales vienen pegadas a la palabra «examen de conciencia». Van unidas a «tener que confesarse». Pero debemos advertir que los pecados son solo un punto para tener en cuenta en un examen y, dado que Dios en su infinita misericordia los perdona todos, lo importante no es darle muchas vueltas. Los pecados se confiesan y punto. Luego viene esta tarea de examinar y discernir dónde me dejé engañar por el maligno, para aprender a ser más vivo en adelante. Aprender es una palabra importante. Roberto Vecchione, un cantautor italiano, dijo una frase que me tocó. Le preguntaban cómo es que a los 75 se había vuelto optimista. Y él: “Es que en la vida nunca se pierde. Uno vence o… aprende”. Me encantó porque da una perspectiva positiva para encarar el examen: voy a ver en qué venció el Señor en mi vida -para festejarlo- y en qué “aprendí”, es decir: donde perdí o actué mal y saqué enseñanza de mi propia experiencia.

Reflectir para sacar provecho es lo que cierra un proceso de oración-acción-reflexión de un día, por ejemplo, y abre el próximo, con las mejoras que vienen al caso. Es el gozne sobre el que gira la puerta que cierra bien lo que pasó y abre la etapa nueva al día que viene.

No se trata del examen final, que concluye una carrera o una materia y tiene el carácter «extrínseco» de la nota que te pone el profesor, y que luego, en cierta manera se desentiende de vos en ese punto: «estás aprobado, pasamos al siguiente tema». Es más bien el examen del maestro o entrenador o director espiritual que está a tu lado cotidianamente – ese es el Espíritu Santo, maestro interior- y revisa lo que hiciste en el día dentro de un proceso continuo, para insistir más en algún punto importante para el entrenamiento siguiente. Pienso en un tenista y su entrenador, cómo le apuntala su mejor golpe, lo hace practicar más allí donde tiene su punto débil pero dentro de una estrategia de conjunto, que le permita «hacer su juego», no «ser perfecto en un punto aislado». Y todo, teniendo en cuenta al próximo rival concreto y al torneo. Reflectir para sacar provecho tiene en cuenta todas estas cosas y alegra -digan si no! – pensarlas así.

Es todo lo contrario de un examen obsesivo sobre un defecto o un problema recurrente. Y aquí viene bien dejar el ejemplo del deportista individual y pasar al de equipo. La reflexión es reflexión humilde, apunta a que saque provecho el equipo entero. Esto hace que surjan las gracias que cada uno tiene para el bien común y que, potenciadas, ayudan a mejorar también otras, más individuales que, desde esta perspectiva de equipo, se trabajan mejor. ¡No importa tanto que uno sea perfecto, sino que funcione en equipo!

El plan general de la Escuela

Así como ayuda conocer este «principio pedagógico» con sus tres pasos – primera luz de la Palabra en la oración, puesta en práctica de esa Palabra y segunda luz en el reflectir para sacar provecho-, ayuda también conocer el «plan general de la Escuela del discernimiento».

Fin: todo se ordena a la elección de estado de vida y a sus reformas

Los Ejercicios Espirituales se estructuran en orden a producir un acontecimiento decisivo: la elección o reforma de vida. Uno que entra en la Escuela de los Ejercicios no es uno que quiere sacar un título en alguna materia particular sino uno que quiere «investigar y demandar en qué vida o estado se quiere servir de él su Divina Majestad» (EE 135). Es decir: la materia es su misma vida, cuyo aspecto temporalmente más decisivo, requiere una elección radical -para toda la vida-, y los otros aspectos requieren «reformas» periódicas y constantes.

Formar una familia, como ejemplo de estado de vida, no es algo «temporario». Uno será padre para toda la vida y por eso es algo que requiere una seria y ponderada elección. Lo mismo vale para la consagración exclusiva al Señor y, dentro de la Iglesia occidental, para el ministerio ordenado. La Escuela del discernimiento se ordena en torno a esta elección de «estado de vida» como se le llama y, una vez, elegido, a ayudarla con las reformas de vida que se van necesitando en cada nueva etapa y ante cada desafío (EE 189).

Aquí viene bien un ejemplo que pone Gastón Fessard hablando de la importancia de la elección en los Ejercicios. Supongamos que Ignacio se encontrara con un alma cuya vida quedó determinada por una Elección de primer tiempo”. Es decir: uno al que el Señor le habló directamente, como a San Pablo o a San Mateo y los llamó y consoló de tal manera que no podrían dudar del llamado (este al parecer fue el caso de la vocación a la Compañía del Padre Martín Olave). Sigue Fessard: “Habría dudado Ignacio en proponerle que hiciera sus Ejercicios, juzgando que tal persona no tendría nada más que sacar de su método? O, por el contrario, la habría instado especialmente a vivir sus treinta días de Ejercicios?”. Fessard comenta la última regla de discernimiento en la que San Ignacio dice que hay que distinguir bien dos tiempos: uno, el instante de la consolación -en este caso una consolación sin causa, especialísima y directa de Dios, de la que no se puede dudar-, el otro, el “segundo tiempo”, en el que uno retoma el discurso de sus propios pensamientos y saca sus conclusiones y hace propósitos de acuerdo a su modo habitual de ser y al contexto en que vive. Este segundo tiempo puede ser tentado y requiere discernimiento. Por tanto, Ignacio no dudaría en hacer practicar los Ejercicios al que ya eligió. La “reforma de vida” es parte integral de la elección y requiere que uno practique siempre sus ejercicios para discernir todo lo que pertenece a este “segundo tiempo” distinto del “instante” de la consolación.

Primera etapa: preparación básica para la elección

Tomar conciencia de lo que somos por gracia como principio y fundamento

El tema de la «elección» suele ser un tema tabú. Creo que es porque se acentúa un aspecto que no es el más profundo: el aspecto funcional. Desde la perspectiva funcionalista se disparan frases tales como «tengo que elegir o «tendría que elegir» o «no se si elegí bien». Son cosas que hacen vivir el tema de la elección desde el deber, desde los  futuribles y desde la duda y la culpa. Esto no es lo más fundamental. Lo fundamental es que «ya hemos sido elegidos». El Señor nos eligió y nos dio la vida, nos salvó y nos encomendó la misión de ser santos y de anunciar el evangelio a todos los pueblos. Esta elección de Dios es lo que somos por gracia. Y en la elección de estado de vida y en las reformas que hacemos, nos basamos en este regalo. Elegir es en realidad hacer real y propia esta elección primera, hacerla real en nuestra vida tomada como un todo y en los desafíos de cada etapa y de cada día. Como dice el Papa en: “Lo que hay que contemplar es el conjunto de su vida, su camino entero de santificación, esa figura que refleja algo de Jesucristo y que resulta cuando uno logra componer el sentido de la totalidad de su persona (…) y ver la totalidad de su vida como una misión” (GE 22-23)

Elegir sigue los pasos que vimos en el principio pedagógico: es sentir y gustar lo que el Señor eligió darnos, ponerlo en práctica y reflectir en el don, agradeciéndolo y eligiéndolo más libre y conscientemente. En ese sentido, cuando hablamos de «elegir», como se trata en el fondo de elegir a una Persona, de elegir amar Al que nos ama, las otras «elecciones» -tanto del estado de vida como de las reformas de vida- son «modos de amar más y mejor». Esto nos lleva a la concepción de fondo de lo que es la vida: La elección es el acto más radical de la libertad amorosa de Dios para con nosotros: eligió crearnos y darnos todo. Para nosotros, como creaturas, elegir no es elegir «si lo amaremos o no» sino elegir «cómo quiere Él que lo amemos y cómo sentimos nosotros que podemos amarlo mejor».

«He sido elegido», es la conciencia fundamental del ser creatura. “Por qué yo”, decimos admirados cuando tomamos conciencia de lo grande y gratuito del don de la vida. Este «por qué» está antes y es más grande que cualquier sufrimiento, aunque haya momentos en que pueda no experimentarse, sobre todo cuando otros hacen injusta e intolerable la vida. De esta conciencia surge la alabanza, la adoración y el deseo de servir, que San Ignacio pone en el Principio y fundamento como preparación primera para lo que será luego la elección.

La elección, por tanto, será del tercer punto creatural -el servicio-. Alabar y reverenciar, en cambio, son más bien fruto de una elección espontánea, que surge como respuesta inmediata ante la experiencia de «estar siendo elegidos», que es sinónimo de «estar vivos».

El primer paso en la preparación para la elección es tomar conciencia de que «somos creados… para Jesús nuestro Señor»

Dejarnos purificar de los afectos desordenados

El segundo paso es tomar conciencia de las tentaciones y afectos desordenados que nos impiden «ser para nuestro Señor». Discernir todo aquello que nos quiere hacer sentir y vivir apartados del amor de Cristo, es lo que San Ignacio nos hace meditar en la primera semana de Ejercicios. Se trata de algo mucho más amplio que pedir perdón por los pecados. Se trata de discernir para rechazar y aborrecer tanto el «desorden» de mis facultades, de mi sensibilidad, de mis comportamientos y hábitos…, como «las cosas mundanas y vanas». A este punto de los pecados se le ha dado excesiva importancia en la predicación, hasta el punto de que uno identifica vida cristiana y conciencia de culpa por los pecados. Pero como vemos, en el esquema de los Ejercicios, los pecados son solo una parte de un sangüiche triple. Están entre la acción de gracias por el don gratuito de la creación y el desafío apasionante de seguir a Jesús. Y dentro del dejarse ordenar, el perdón de los pecados es la parte más fácil, porque allí solo la misericordia de Dios lava los pies y hace todo. La tarea nuestra es discernir los afectos desordenados que dan pie a esos pecados y las cosas mundanas y vanas en medio de las cuales tenemos que vivir sin “ser mundanos”.

Escuchar el llamado personal de Jesús a seguirlo

El tercer paso de esta preparación básica para la elección consiste en aprender a escuchar el llamamiento de Jesús, nuestro Rey y Señor, que habla en cada palabra y en cada gesto de su vida tal como nos la narran los evangelios.

Este paso de «no ser sordos a su llamamiento» como dice Ignacio, es un paso de apertura básica, de disponibilidad, que hace vivir la vida no como la mera realización de los propios impulsos, sino en clave dialogal: queriendo encontrar el punto común entre nuestros anhelos y capacidades más íntimas y aquello a lo que se nos invita y que nos desafía desde afuera, desde otra Libertad.

Estos tres pasos del discernimiento son los que se practican en los Ejercicios que uno hace cada año, sean de tres días o de una semana.

Predisponen a las reformas que uno debe afrontar en su vida, en su trabajo y en su apostolado habitual.

Nos ayudan a recuperar la oración de adoración y alabanza, a dejarnos purificar y ordenar los afectos que se nos desordenaron y a abrir mejor el oído para escuchar la palabra del Señor en nuestra vida.

En términos de escuela, los ejercicios son una especie de curso permanente cuya estructura fundamental se repite cada año de distintas maneras o bajo distintos lemas.

 Segunda Etapa: Preparación próxima para elegir bien

Antes de la elección propiamente dicha, que incluye el tiempo de pedir al Señor que confirme lo que elegimos, los Ejercicios nos brindan la posibilidad de hacer una preparación más cuidadosa para poder elegir bien tanto el estado de vida como la reforma puntual que queramos hacer.

Las materias de esta preparación próxima son «los misterios de la vida oculta de Cristo» a la que San Ignacio agrega algunas «meditaciones estructurales»: Dos banderas, Tres binarios y Tres maneras de humildad (o de amor, como decía el ejercitante de Ignacio, el Dr. Ortiz).

Ahora bien, en estas meditaciones estructurales, el tema único y principal que ayuda a prepararnos para la elección, son las bienaventuranzas, las exigencias radicales de Cristo al que quiere seguirlo como discípulo. El discernimiento se afina y no es ya la adoración y la alabanza creatural, que surgen espontáneamente ante el Creador, sino las actitudes evangélicas que practica Cristo y que, al contemplarlo a Él, como vive la misericordia, la pobreza, la mansedumbre de corazón, cómo trabaja por la paz y lucha contra la injusticia…, suscitan movimientos de espíritu en nuestro corazón. El discernimiento afina la punta y se trata de ver cuál bienaventuranza nos quiere regalar el Señor como carisma particular para servicio y bien común del cuerpo de la Iglesia.

Tercera Etapa: Elección propiamente dicha, que incluye la confirmación

La elección o reforma de vida es un acontecimiento muy personal al que San Ignacio le pone un marco amplio. La «materia» que va dando para meditar es toda la vida pública del Señor. Dice Ignacio: «La materia de las elecciones se comenzará desde la contemplación de (la ida del Señor de) Nazaret al Jordán y cómo fue bautizado» (EE 163). Fiorito dice que la temática dentro de la cual se da la elección o reforma de vida se extiende hasta la Ascensión del Señor (EE 312).  Y -agrega el maestro- «En cierto momento de este proceso ‹se hace la elección o deliberación› como la llama Ignacio (EE 183). Elección con la que el ejercitante debe ir ‹con mucha diligencia a ofrecerla› al Señor para que la reciba y confirme» (Ibíd.).

Este largo espacio de tiempo -segunda, tercera y cuarta semana- nos cambia la idea de la elección como algo puntual. Es cierto que hay un momento puntual en el que uno «elige». Es un momento que se puede sintetizar en una frase cuyo esquema abstracto es: elijo «esto» y no «aquello». Suele ser una frase muy personal que en la vida de cada santo y en cada vocación refleja algo del evangelio de manera original.

Me viene aquí de detenerme un poco y dar algunos ejemplos. San Ignacio nos cuenta cómo en su conversión: “Todo su discurso era decir consigo: Santo Domingo hizo esto; pues yo lo he de hacer. San Francisco hizo esto; pues yo lo he de hacer”. Santa Teresa de Calcuta dice que cuando ese mendigo en harapos se acercó a decirle “Tengo sed”, ella sintió en si que elegía “no negarle nada a Cristo”. En San Francisco de Asís me llama la atención la frase: “Comencé a pedirle al Señor que se dignara dirigir mis pasos”. Al poco tiempo se dio el encuentro con el leproso! Teresita expresa así su elección: «Oh Jesús, amor mío, por fin he encontrado mi vocación: mi vocación es el amor. Sí, he hallado mi propio lugar en la Iglesia, y este lugar es el que tú me has señalado, Dios mío. En el corazón de la Iglesia, que es mi madre, yo seré el amor; de este modo lo seré todo, y mi deseo se verá colmado». Brochero expresa su elección con una frase que, como la de Teresita, hace referencia a “su lugar” en este mundo: “Yo me felicitaría si Dios me saca de este planeta sentado confesando y predicando el Evangelio.”

Podríamos seguir infinitamente por este camino de gozar con estas expresiones con las que los santos expresan su elección y reforma de vida.

Vemos que la elección puntual incluye un tiempo en el que «eso» que uno elige, tiene un pasado, es algo que uno fue sintiendo y gustando más y mejor y con lucha espiritual mientras contemplaba la vida de Cristo. Y luego, «eso» que eligió requiere la confirmación del Señor, que se hace contemplando los misterios restantes de su vida hasta completarlos.

El fin de la elección es «hallar en paz a Dios nuestro Señor en todas las cosas» (cfr. EE 150) y este se vuelve tema específico en la Contemplación para alcanzar amor. Concluimos diciendo que para poder «contemplar» el amor del Señor en todas las cosas uno tiene que estar en el lugar preciso de su misión, habiendo elegido y reformado su vida cada vez siempre en función a esa misión. Desde ese lugar teológico del propio carisma y la propia misión, se puede ver y experimentar el amor de Dios en todo lo demás.

Los tres modos de orar, las reglas de discernimiento y las reglas sobre limosnas, escrúpulos y para sentir con la Iglesia

San Ignacio termina su librito de los Ejercicios con indicaciones acerca de distintos modos de orar y con varios tipos de reglas que, en conjunto, constituyen más de la tercera parte de los Ejercicios. Aunque en general son considerados como «apéndices», si se miran habiendo puesto en el centro la elección y reforma de vida, se iluminan con una nueva luz.

El primer discernimiento -siempre renovado- es acerca de la oración

Los modos de orar nos hacen sentir que el primer discernimiento que siempre hay que rehacer, es acerca de la oración, para ver si nuestro modo de rezar es verdadero -si nos lleva a la práctica de lo que Dios nos encomienda- o no. Y las reglas ayudan a estas dos cosas, a ordenar nuestra oración y a ordenar nuestra práctica.

Las así llamadas «reglas de primera semana», pueden verse como ayudas para sentir y conocer las mociones que se dan en el alma en la etapa de «preparación remota a la elección».

Las reglas 1 y 2 ayudan a comprender cómo es que actúan el buen espíritu y el malo según que la persona vaya cuesta abajo en la vida espiritual (EE 314) o, por el contrario, «vaya intensamente purgando sus pecados y de bien en mejor subiendo en el servicio de Dios nuestro Señor» (EE 315).

Las que siguen ayudan a «rezar bien» -sobre todo cuando uno está en desolación (EE 318—322) y a «hablar bien con el director espiritual» (EE 325), abriendo totalmente la conciencia para poder ser bien ayudado.

Las reglas «de segunda semana» ayudan en la preparación inmediata y en la elección misma y confirmación.

En la última, como hemos visto, San Ignacio da una clave: dice que hay que distinguir el tiempo de la consolación (en que uno elige, podemos agregar) del tiempo siguiente, en el que uno queda consolado y «por su propio discurso y por su hábitos y a consecuencia de sus ideas y juicios, forma diversos propósitos y pareceres, que no son dados inmediatamente por Dios nuestro Señor y por tanto, requieren ser muy bien examinados antes que se les de entero crédito ni se pongan por efecto» (EE 336).

Esta regla ayuda a comprender, a mi parecer, el sentido de los tres grupos de reglas que Ignacio pone después:

las del ministerio de distribuir limosnas (338-345);

las notas para «sentir y entender escrúpulos y suaciones de nuestro enemigo» (EE 346-351)

y las reglas «para el sentido verdadero que en la Iglesia militante debemos tener» (352-370).

Estas reglas suelen verse como un apéndice agregado a los Ejercicios. Pero si se considera que los ejercicios se ordenan a la elección y reforma de vida, podemos integrarlas en una estructura amplia que tiene dos grandes tiempos, como les llama San Ignacio: el primer tiempo, es el de la consolación. La elección -con sus preparaciones y confirmación- es un tiempo de especial consolación. La consolación está en el centro de todo el proceso de ejercicios y cuando uno recibe esta gracia de elegir su vocación y de reformar su vida, todo lo que rezó y lucho adquiere un sentido unificado y pleno.

El segundo tiempo lo podemos llamar el tiempo de la contemplación en la acción. Es el tiempo de poner en práctica y concretar la elección o reforma de vida, insertándonos en la vida en común.

San Ignacio pone diferentes ayudas teniendo en cuenta que en ese tiempo uno deberá atender, sin que esto sea exclusivo, a tres cosas:

A lo que tiene que dar (reglas sobre distribuir limosnas),

a lo que uno debe «hablar u obrar dentro de la Iglesia» (algunas de las reglas sobre escrúpulos)

y a lo que uno «siente y juzga» de la Iglesia (reglas para sentir con la Iglesia).

Así, estas reglas con como una especie modelos de «reflexión para sacar provecho» que propone Ignacio al final de sus ejercicios, en orden a que lo experimentado con consolación en la oración se ponga en práctica discretamente en la vida diaria.

Quizás la iluminación final para todo esto que hemos reflexionado esté en la máxima ignaciana que dice: “Non coerceri a maximo, contineri tamen a minimo, divinum est”. Se traduce de muchas maneras, según el caso a que se aplique, ya que es de esas máximas tan especiales que brotan de la espiritualidad ignaciana. Aquí yo pondría, que: Es de Dios la gracia de no achicarnos ante lo máximo – los Ejercicios en su totalidad- y sin embargo dejarnos contener por lo mínimo – la oración y el examen de cada día-.

El Papa Francisco la usa en Gaudete et exsultate para hablar del discernimiento y de hacerlo todo “A la luz del Señor”, que es lo que ha guiado nuestra reflexión. Dice:

“El discernimiento no solo es necesario en momentos extraordinarios, o cuando hay que resolver problemas graves, o cuando hay que tomar una decisión crucial. Es un instrumento de lucha para seguir mejor al Señor. Nos hace falta siempre, para estar dispuestos a reconocer los tiempos de Dios y de su gracia, para no desperdiciar las inspiraciones del Señor, para no dejar pasar su invitación a crecer. Muchas veces esto se juega en lo pequeño, en lo que parece irrelevante, porque la magnanimidad se muestra en lo simple y en lo cotidiano (“En la tumba de san Ignacio de Loyola se encuentra este sabio epitafio: «Non coerceri a maximo, contineri tamen a minimo divinum est» (Es divino no asustarse por las cosas grandes y a la vez estar atento a lo más pequeño)”. Se trata de no tener límites para lo grande, para lo mejor y más bello, pero al mismo tiempo (estar) concentrados en lo pequeño, en la entrega de hoy. Por tanto, pido a todos los cristianos que no dejen de hacer cada día, en diálogo con el Señor que nos ama, un sincero «examen de conciencia». Al mismo tiempo, el discernimiento nos lleva a reconocer los medios concretos que el Señor predispone en su misterioso plan de amor, para que no nos quedemos solo en las buenas intenciones.” (GE 169).

Si todo lo que hemos dicho sirve para comprender un poco mejor qué quiere decir el Papa cuando nos exhorta a todos los cristianos a no dejar de hacer cada día, en diálogo con el Señor que nos ama, un sincero ‘examen de conciencia’, vale la reflexión. Es el núcleo olvidado de la vida espiritual que, puesto en medio de la contemplación y de la acción, revigoriza todo. Hoy más que nunca es necesario este “reflectir para sacar provecho” que es ese: discernimiento como dice el Papa, que-nos lleva a reconocer los medios concretos que el Señor predispone en su misterioso plan de amor, para que no nos quedemos solo en las buenas intenciones.

Momento para Contemplar

Marta Irigoy

Comenzamos y terminamos el año bajo el signo de la Escuela del discernimiento, y lo que buscamos fue ayudar a  descubrir que en esta escuela, siempre seremos niños que tienen mucho que aprender, como así  también –como dice el P. Diego-  “solo aprende bien el que enseña a otros…”.

Retomo algunos de los párrafos que están escritos más arriba, y que pueden ayudarnos a sentir y gustar este material desde el Principio y Fundamento:

Es importante y esencial tomar conciencia que «ya hemos sido elegidos». El Señor nos eligió y nos dio la vida, nos salvó y nos encomendó la misión de ser santos y de anunciar el evangelio a todos los pueblos. Esta elección de Dios es lo que somos por Gracia.

Es sentir y gustar lo que el Señor eligió darnos, ponerlo en práctica y reflectir en el don, agradeciéndolo y eligiéndolo más libre y conscientemente, sabiendo que cuando hablamos de «elegir», se trata en el fondo de elegir a una Persona, de elegir amar Al que nos ama: a Jesús…

La elección es el acto más radical de la libertad amorosa de Dios para con nosotros: eligió crearnos y darnos todo. Para nosotros, como creaturas, elegir no es elegir «si lo amaremos o no» sino elegir «cómo quiere Él que lo amemos y cómo sentimos nosotros que podemos amarlo mejor».

«He sido elegido», es la conciencia fundamental del ser creatura. “Por qué yo”, decimos admirados cuando tomamos conciencia de lo grande y gratuito del don de la vida…”

Para rezar podemos hacer memoria de los “discernimientos” que fuimos haciendo en este año que estamos terminando y examinar “reflictiendo para sacar provecho”, -como dice San Ignacio- para descubrir:

  • lo que Dios nos fue regalando con su Gracia…
  • para ver en qué venció el Señor en mi vida -para festejarlo-…
  • asombrarme de lo que “aprendí”, es decir: donde perdí o actué mal y que enseñanza saque de mi propia experiencia…
  • y luego, ofrecer todo lo discernido, elegido, aprendido y enseñado para que el Señor lo transforme con su Gracia y nos regale ser hombres y mujeres contemplativos en la acción, para la Mayor Gloria de Dios…

Que tengamos un Fecundo Adviento y una Gozosa Navidad!!

 

 

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Momento de meditación

Diego Fares sj

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En el corazón de los Ejercicios Espirituales, Ignacio completa el Principio y Fundamento con consejos decididamente prácticos, volcados a hacer una buena elección (no solo a ver su importancia ni solo a desearla) (EE 169-189).

Recordemos las palabras finales del Principio y fundamento: Es necesario que nos hagamos indiferentes a toda cosa creada … y que solamente deseemos y elijamos “lo que más nos conduce para el fin para el que somos creados” (EE 23). Esta convicción que Ignacio nos imprime en el alma al comienzo de los Ejercicios, ahora, en el Preámbulo para hacer elección (EE 169), la completa de manera más práctica. Muestra lo que se requiere -tanto subjetiva como objetivamente- para que nuestra elección sea «pura y limpia (…), sin “afectos desordenados», «sana y buena» (EE 175).

El consejo final será la misma regla del Principio y Fundamento, de usar las cosas “tanto… cuanto” nos ayuden, puesta ahora en clave de «salida de sí»: «Piense cada uno que tanto se aprovechará en todas las cosas espirituales cuanto saliere de su propio amor, querer e interés» (EE 189).

El miedo a ser libres

Desarrollar los 20 puntos sobre cómo hacer una buena elección daría para un año entero de nuestros talleres. Aquí nos detendremos en un sólo punto, que me parece central para tomarle el gusto y perderle el miedo a la elección ignaciana. Sí, porque uno le tiene miedo a elegir. El famoso “miedo a la libertad” del que hablaba Erich Fromm.

Cuál es el miedo? El miedo es que, apenas se habla de «elegir» uno instintivamente piensa en algunas cosas que debería dejar, o al menos poner sobre la mesa, y no quiere, por ahora… Estamos acostumbrados a pensar que el Señor nos pedirá que elijamos «eso que más nos cuesta»: que dejemos algo que nos gusta mucho (a veces cosas importantes, pero otras, cosas que son en sí poco trascendentes, pero a las que le tenemos afecto), o que hagamos algo que nos resulta particularmente difícil o repugnante.

Rezando acerca de esta dificultad, que hace que muchas veces nos pongamos en guardia al escuchar hablar de elección, se me hizo luz en un punto y es que no se trata en primer lugar de elegir «para abajo» sino «para arriba».

Elegir “para arriba”

Antes de explicar esto, consideremos que la dificultad de escuchar hablar sobre «la elección -tanto de estados de vida para siempre, como puede ser la elección estable con votos, de vida matrimonial o de comunidad religiosa, como de cosas temporales, como puede ser un apostolado, un trabajo etc…,- se extiende a la dificultad para entrar a hacer ejercicios espirituales. Es que todos pescamos que los ejercicios  se ordenan a la elección y, tarde o temprano, harán que todas nuestras oraciones -de alabanza, de adoración o de contemplación-, y todos los ejercicios espirituales -exámenes de consolaciones y desolaciones, discernimiento, charlas con el director espiritual, penitencias, dinámicas para rezar, etc…, se terminen por orientar a tomar decisiones prácticas, que concreten lo que hemos rezado y lo pongan por obra.

Por eso la importancia de «tranquilizar» este tema, reflexionándolo bien. Ponemos un ejemplo. Una de las dificultades que encuentran los recién casados, está en que, de golpe, se encuentran teniendo que «decidir» todo de a dos: las mil y una cosas cotidianas que hasta ayer decidía cada uno por su cuenta. Siempre recuerdo con una sonrisa cuando una pareja de jóvenes a los que había casado hacía poco me contaron acerca de su apasionada discusión acerca del color de la puertita detrás de la cual iba el tacho de basura. Esta que es una constante dificultad cuando de gustos o hábitos se trata (y que en algunos matrimonios que llevan ya muchos años de casados en vez de solucionarse se ha «consolidado», de manera tal que en algunas cosas uno dice al otro «hacé lo que quieras»), es algo que las parejas saben superar cuando está en juego un bien absoluto, como puede ser la vida de un hijo. Leía hoy en el libro de Francisco,La sabiduría del tiempo, el testimonio de una abuela siria -Janet Shaabo Mardelli- que a los 77 años tuvo que dejar Alepo -bombardeada- para salvar la vida y la de su familia, luego de la muerte de su esposo. El esposo -y este es el testimonio que me conmovió- siempre le decía: «Tienes que ser siempre decidida. No llores por el presente, no hay que dejarse confundir por los pro y los contra. En cualquier aspecto de la vida, toma tus decisiones con coraje».

Elegir personas

Creo que la clave está en la distinción entre decidir sobre «cosas» y decidir sobre «personas». De esto parto para decir que todo lo que Ignacio nos enseña y nos propone en sus Ejercicios en general y en estas instrucciones para hacer una sana elección, giran en torno a la Persona del Señor, de Jesús. Como el esposo de Janet, Ignacio nos aconseja que seamos «decididos» y elijamos con coraje en todos los aspectos de nuestra vida… a Jesús.

Cuando uno elige a una persona -lo que le agrada, lo que es bueno para ella- las cosas se aclaran. Por eso insiste Ignacio, al comienzo en mirar el fin -que es alabar a Dios nuestro Señor y salvar mi persona-, y al final, repite lo mismo y nos habla de «salir de nuestro querer e interés, para elegir el querer y los intereses de Cristo nuestro Señor.

Elegir la Persona de otro y lo que el otro piensa y siente, así como puede resultar invasivo en cosas «de abajo» (en cosas que cada uno elige de acuerdo a su personalidad y como extensión de la misma), en cosas «de arriba» (cosas que hacen al plan de salvación de nuestra vida entera y de la humanidad y que escapan a nuestra visión limitada), se revela como fuente de alivio y de alegría. Tener quién nos aconseje en estas cosas grandes -una vocación para toda la vida!- es una gracia inmensa. Justamente, estos consejos «grandes» son los que no pedimos por temor a que entren en juego opiniones sobre otras cosas «pequeñas», en las que no queremos que otros se metan.

Despertar nuestro instinto superior: el instinto de Dios

Lo que Ignacio trata de hacer con sus Ejercicios es ayudar a «despertar nuestro instinto superior». Lo llamo «instinto» a propósito, ya que en algunas cosas «inferiores» los seres humanos no estamos «sometidos» -como los animales, a nuestro instinto, sino que lo podemos orientar y manejar libremente. Esta libertad «de hacer lo que queramos», es lo que algunos confunden con la totalidad de la libertad. Y la aplican a hacer lo que quieren con su vida llegando a afirmar, por ejemplo, que «con su cuerpo uno hace lo que quiere». Pero, si uno reflexiona un poco, el no estar «sometidos» a nuestro instinto inferior, no es para dedicar toda la vida a trasgredir o cambiar lo que somos naturalmente, sino más bien a orientar nuestro instinto a obedecer libremente al Creador que nos dio el don de ser libres.

Creo que se entiende lo que quiero decir. Toda la insistencia de Ignacio en tener claro el fin y en no torcer las cosas haciendo un fin lo que es un medio (como lo de querer tener mucha plata para luego servir a los pobres), la insistencia, digo, no es para meternos en la cabeza una lógica funcionalista. El fin del que habla es de otra cualidad: es una Persona. Querer que Jesús elija lo mejor para mí es querer que incida en mi vida, no por decretos, sino «dejándolo yo vivir -elegir, sentir y gustar y valorar- en mí». Que Él conduzca es el modo de que viva en mí sin dejar yo de ser yo y Él de ser él. No se trata de que moleste mi autonomía allí donde soy dueño de mis gustos y de mis comportamientos, sino de guiarme hacia los valores más altos, es el modo de poder compartir sus sentimientos y su mente! Que alguien desee compartir esto tan Suyo conmigo es -debería ser- fuente de admiración y de humildad.

Entendámonos bien. No es que el Señor quiere elegir por mí no sé por qué motivo. Si hubiera deseado esto le habría bastado con crearme con un instinto ya prefijado como a los demás seres!

Lo mío, en cuanto incide en la historia de salvación

Elección que se refiere a las cosas mayores -a lo mío en cuanto puede contribuir al bien de la humanidad-, no a lo mío en cuanto sólo me atañe a mí, que en eso el Señor no se mete.

El Señor mismo «elige» de esta manera, no haciendo «su voluntad» sino haciendo «la voluntad del Padre», cuando se trata del modo de salvarnos aceptando la Cruz. Él mismo, siendo Dios, no tiene problema en «buscar y hallar» la voluntad del Padre que, en un sentido que se nos escapa, Jesús dice que es «más grande», que hay cosas que «ni él que es el Hijo, sabe».

Elige, por tanto, el que ve más. Es una cuestión de inteligencia querer que elija el que mejor ve! Despertar este instinto de supervivencia, en el sentido alto de vivencia eterna y celestial, es el deseo de Ignacio al proponernos todos estos ejercicios y al darnos estos consejos para una buena y sana elección, «no de cualquier cosa inferior», sino de lo más alto y para bien de todos, de lo que nos integra positivamente al plan de salvación de toda la humanidad.

El ojo de la intención debe ser simple

Leemos, ahora sí, lo que dice Ignacio: «En toda buena elección, en cuanto es de nuestra parte, el ojo de nuestra intención debe ser simple». Solo hay que mirar (el fin) para el que he sido creado: a saber, para alabanza de Dios nuestro Señor y salvación de mi ánima. Así, cualquier cosa que yo eligiere, debe ser a que me ayude para al fin para que soy creado. Por tanto no hay que forzar las cosas,  ordenando o trayendo el fin al medio, sino (ordenando y trayendo) los medios al fin».

Me parece significativo que solo mencione la «alabanza» en este punto. Luego habla del servicio, que es donde se vuelve compleja y luchada la cosa, ya que en el servicio siempre hay un más y un mejor, los cuales son tema de elección. La alabanza no se «elige» propiamente. Es fin. Como la propia salvación: es fin. Y fines personales. El de la alabanza va primero, porque es enteramente gratuito, ordenado a alegrarnos por ser Dios quien es y a gozar de alabarlo por el puro gusto de que exista. Haciendo eso, nos dignificamos como creaturas libres y agradecidas y damos lo mejor de nosotros mismos.

Manteniendo este «instinto libre de alabar» -digo instinto porque la alabanza brota espontáneamente cuando nuestra inteligencia «capta» en algo concreto la maravilla y la gratuidad de la vida y lo grande y generoso que es El que nos creó-, Ignacio nos hace considerar el servicio, en el cual hay que tener clara la relación fin-medios.

«Así como pasa que muchos eligen primero casarse, lo cual es un medio, y en segundo lugar servir a Dios nuestro Señor en el casamiento, siendo que servir a Dios es fin. Asimismo hay otros que primero quieren tener beneficios (dinero, cosas útiles…) y después servir a Dios con ellos. De manera que éstos no van derechos a Dios, mas quieren que Dios venga derecho a sus afecciones desordenadas y, por consiguiente, hacen del fin medio y del medio fin. De manera que lo que tenían que tomar primero, lo toman al último; porque primero hemos de poner por objeto querer servir a Dios, que es el fin y en segundo lugar (hemos de poner por objeto) tener tal beneficio o casarme (o entrar en la vida religiosa), si más me conviene, que es el medio para el fin; así ninguna cosa me debe mover a tomar los tales medios o a privarme de ellos, sino sólo el servicio y alabanza de Dios nuestro Señor y salud eterna de mi ánima» (EE 169).

Vemos cómo en el medio está el servicio -como tema de elección- pero al final vuelve lo de la alabanza. El servicio es «para alabar a Dios nuestro Señor». No es una cuestión meramente práctica y eficientista! Por eso, si no rezo, no sirve el servicio. Porque «lo primero» de lo que habla Ignacio es «la Persona» y alabarla es «reconocer su existir mismo como Persona como lo más valioso». Por eso se lo demuestro «sirviendo» -que es el modo de «tener salud en el alma», de «vivir».         Notamos también que Ignacio pone aquí salud «eterna». Estamos ante la elección de algo que es objeto de un «instinto libre» y que es «lo más Alto, lo Eterno». Y lo único «eterno» es lo más «personal»: el misterio de la Persona, en su ser cada una una y única y a la vez estar en íntima comunión con las demás personas. Elegir lo que me hace ser persona para siempre, esa es la buena elección, la elección a la cual se subordina todo lo demás. Ese es el fin.

Tres «tiempos» para hacer una sana y buena elección en cada uno de ellos (EE 175-188).

Ignacio habla de «tiempos» para hacer elección. No corresponden tanto a «tres estados del alma» sino a «tres tipos de irrupción de la Libertad divina en nuestra historia temporal».

El primer tiempo marca todo el resto y nos habla de una irrupción personal del Señor, que «así mueve y atrae la voluntad, que, sin dudar ni poder dudar, la persona devota sigue a lo que le es mostrado». Ignacio pone dos ejemplos: «así como San Pablo y San Mateo lo hicieron en seguir a Cristo nuestro Señor» (EE 175).

En general, se menciona más el ejemplo de San Pablo, a quien el Señor lo derribó, le habló directamente desde el cielo y le dio instrucciones para recibir su misión de manos de Ananías. Pero llama la atención que Ignacio ponga también el ejemplo de la vocación de San Mateo, que no fue «milagrosa». De hecho el llamamiento pareciera igual al del joven rico, al que se agrega que el Señor miró con amor. El punto es que se trata de una «irrupción de la Libertad del Señor» que llama a otra libertad. La comparación que hacemos con el joven rico ayuda a confirmar que no se trata de que «el llamado» tenga una palabra especial, ya que las mismas palabras «sígueme» tienen un efecto distinto en Mateo y en el joven rico. La diferencia puede estar en que Mateo capta «lo personal» del llamado. Y recibe a Jesús en su casa con sus amigos, personas a él queridas, más allá de sus cualidades morales. El joven rico, en cambio, no percibe el amor personal de Jesús sino que mira «las riquezas» que tiene que vender para seguirlo. Se trata, por tanto, de la Persona de Jesús reconocida como tal por otra persona para la cual es importante. Pienso que Mateo estaría «cansado de lidiar con el dinero» y Pablo, de lidiar con leyes. De manera tal que a ambos, que Jesús los llamara en Persona -Saulo, Saulo, por qué «me» persigues?- les hizo seguirlo «sin dudar ni poder dudar».

También se puede invertir el proceso y comprender que, cuando uno no duda, es que hay una experiencia personal, de la Persona como bien sumo y absoluto. Es lo que a veces no comprende el que «ve de afuera», el que es espectador, porque tiene a su propia persona como valor más alto y no ha experimentado la gracia de servir a otra persona en cuanto es «igual que ella» o de seguir a alguien como Jesús, igual en cuanto persona y enteramente distinto en cuanto a su naturaleza divina.

El segundo tiempo de elección es: «Cuando uno toma bastante claridad y conocimiento por experiencia de consolaciones y desolaciones y por experiencia de discreción de varios espíritus» (EE 176).

Podríamos decir que la única diferencia entre estos dos tiempos es que la irrupción de la Libertad divina, con su presencia personal en nuestra historia, lo que en el primer tiempo lo hace en un instante, ahora lo hace en varios, adaptándose a nuestro modo histórico de experimentar las cosas y permitiendo que discirnamos su Persona por el modo de tratarnos y lo distingamos del modo de tratar del mal espíritu. Este tiempo es el más humano, diríamos.

El hecho de que San Ignacio oponga el tercer tiempo de elección al primero y segundo juntos, parece indicar que el 2º puede ofrecer igual certeza que el primero. Esto es así si de lo que se trata es de la Persona misma del Señor como sumo Bien que uno elige al elegir este o aquel paso o modo de vida concreto. Sea que la Persona se experimente como Sumo bien en un instante o luego de un tiempo de experimentar también su ausencia -desolación- y la presencia del mal espíritu, la cuestión es la misma. Una vez que uno conoce la Persona del Señor, no puede dudar que lo que lo aproxime a Ella es lo mejor  para elegir.

El tercer tiempo para hacer una buena elección, Ignacio lo define como «tiempo tranquilo, considerando primero para qué ha nacido el hombre, a saber, para alabar a Dios nuestro Señor y salvar su ánima, y deseando esto, elige por medio una vida o estado dentro de los límites de la Iglesia, para que sea ayudado en servicio de su Señor y salvación de su alma» (EE 177).  Ignacio llama «tiempo tranquilo cuando el alma no es agitada de varios espíritus y puede usar sus potencias naturales libre y tranquilamente» (EE 178).

Cuando uno se encuentra en este tiempo «tranquilo», Ignacio dice que hay «dos modos de hacer elección». Uno más «intelectual» y otro más «afectivo». No los desarrollamos aquí sino que simplemente notamos lo decisivo de la dimensión Personal en ambos.

En el primer modo, Ignacio nos hace poner delante la cosa sobre la que queremos hacer elección y la «mide» -digamos así- como un medio para «alabar al Señor». Pero más allá de la consideración que uno hace con su propia inteligencia, Ignacio nos hace «pedir a Dios nuestro Señor que quiera mover mi voluntad y poner en mi lama lo que yo debo hacer con esa cosa, que más a alabanza y gloria de Dios sea» (EE 180).

En el segundo modo, Ignacio apela directamente al amor del Señor, lo cual es como decir a su Persona: «Que aquel amor que me mueve y me hace elegir tal cosa descienda de arriba del amor de Dios, de forma que el que elige sienta primero en sí que aquel amor más o menos que tiene a la cosa que elige es sólo por su Creador y Señor» (EE 184).

En ambos casos, luego de elegir racional o afectivamente, el último paso es enteramente personal: «Hecha la elección o deliberación, debe ir la persona que la ha hecho, con mucha diligencia, a la oración delante de (la Persona de) Dios nuestro Señor y ofrecerle la tal elección para que su divina majestad la quiera recibir y confirmar, siendo su mayor servicio y alabanza» (EE 183).

El ofrecimiento y la espera de confirmación son dos actitudes enteramente personales que ponen «la cosa elegida» en su nivel de «medio» y de «cosa». Rompe Ignacio con estos pasos del discernimiento que culmina en la elección, con cualquier tipo de seguridad de tipo racionalista o legalista. Aún lo mismo que el Señor da a elegir se somete a una ulterior confirmación en la que no se mira ya la cosa sino al Señor que nos la puso en la mente y en el corazón. Y más aún, se hace pasar esta confirmación interior por otras dos, la del que nos acompaña en el proceso como director espiritual y luego de la Iglesia a través de la persona de los pastores concretos bajo cuya jurisdicción cae lo que el Espíritu nos ha dado a elegir.

Proceso más personal que este no puede haber.

Momento para Contemplar

Marta Irigoy

Luego de la lectura atenta de lo que nos comparte el P. Diego Fares, sj;  y la reflexión iluminada por la fe, podemos centrar nuestra oración, en hacer memoria de las elecciones que fuimos haciendo en nuestra vida y preguntarnos si, en ellas pusimos como horizonte el “Fin para el que fuimos creados: amar, alabar y servir a nuestro Señor…”

Es esencial, tener presente que el centro de nuestras elecciones, es Jesús, que nos misiona mirándonos a los ojos con mucho amor…

La elección es fruto de la Gracia que pedimos en la Segunda Semana los EE: “Conocimiento interno del Señor, que por mí, se hizo hombre para más amarlo y servirlo=seguirlo”, que nos ha ayudado a descubrir con ojos nuevos, a Jesús, Señor de nuestra vida y toda nuestra historia…

Nos dice el P. Diego:

“Llama la atención que Ignacio ponga también el ejemplo de la vocación de San Mateo, que no fue «milagrosa». De hecho el llamamiento pareciera igual al del joven rico, al que se agrega que el Señor miró con amor. El punto es que se trata de una «irrupción de la Libertad del Señor» que llama a otra libertad. La comparación que hacemos con el joven rico ayuda a confirmar que no se trata de que «el llamado» tenga una palabra especial, ya que las mismas palabras «sígueme» tienen un efecto distinto en Mateo y en el joven rico. La diferencia puede estar en que Mateo capta «lo personal» del llamado. Y recibe a Jesús en su casa con sus amigos, personas a él queridas, más allá de sus cualidades morales. El joven rico, en cambio, no percibe el amor personal de Jesús sino que mira «las riquezas» que tiene que vender para seguirlo. Se trata, por tanto, de la Persona de Jesús reconocida como tal por otra persona para la cual es importante. Pienso que Mateo estaría «cansado de lidiar con el dinero» y Pablo, de lidiar con leyes. De manera tal que a ambos, que Jesús los llamara en Persona -Saulo, Saulo, por qué «me» persigues?- les hizo seguirlo «sin dudar ni poder dudar».

Una vez que uno conoce la Persona del Señor, no puede dudar de que lo que lo aproxime a Ella es lo mejor para elegir”

Ayuda para la oración:

  • La invitación es hacer memoria de las diferentes elecciones que has hecho en tu vida…
  • Agradecer aquellas elecciones que fueron confirmadas en el tiempo…
  • Agradecer lo aprendido en aquellas elecciones que no fueron las que no fueron quizás bien discernidas…
  • Luego de hacer este ejercicio, imagina la Tierna Mirada de Jesús hoy sigue poniendo sus ojos en vos para confirmarte en el Mucho Amor que tiene por vos…

 

  • Puedes terminar la Oración con esta plegaria:

Quisiera hoy, en estas horas de mi caminar frágil,

dejar mi vida entre tus manos,

como vasija humilde, como barro confiado.

Dejar que modeles en mi alma tu proyecto;

permitirte conquistar mis ideas y mis actos;

prestarme para que también otros,

desde mi vida transformada,

puedan avanzar hacia la esperanza

y descubrir Tu Amor eterno.

Amen

san-ignacio

Momento de meditación

Diego Fares sj

De los Ejercicios Espirituales que Ignacio le dio al Dr. Pedro Ortíz -embajador extraordinario de Carlos V ante la Santa Sede- nos quedan algunos de sus apuntes. Ortíz anotaba cuando Ignacio le daba los puntos. Entre ellos está una meditación  que quedó con el nombre de «Tres maneras de humildad». Ignacio dice en ella que: «Aprovecha mucho considerar y advertir (lo que la meditación propone) antes de entrar en el momento de hacer elección de vida” para «afectarse a la verdadera doctrina de Cristo nuestro Señor”.

Pedro Ortíz  -escuchando hablar a Ignacio, las titula en sus apuntes como «(Tres) maneras y grados de amor. Lo cual quiere decir que amor y humildad, con respecto a Jesús, son la misma cosa para Ignacio.

Este alto funcionario político un tiempo antes, en París, se había enojado mucho con Ignacio con motivo de unos ejercicios que nuestro padre le había dado a un joven estudiante, el bachiller Peralta. Lo acusaban a Ignacio de “hacer lío con los jóvenes” y de entusiasmarlos para un tipo de vida que era medio locura en aquel entonces. El asunto había pasado a mayores: don Pedro Ortíz había denunciado a Ignacio ante el inquisidor. Pasado el tiempo, una vez que conoció mejor a Ignacio, cambió totalmente su manera de pensar y de sentir. Se hicieron muy amigos. Tanto que, en 1537, estando ambos en Roma, Ignacio se fue con él a la abadía benedictina de Montecasinos y con indecible gozo le dio los Ejercicios durante 40 días. Ortíz decía de Ignacio que le había enseñado una “nueva teología que no se aprende para enseñar, sino para vivir”.

Las tres maneras de humildad

Son tres maneras de amar a Jesús que tienen un fin concreto: tomarle afecto a su «verdadera doctrina», dice Ignacio. La verdadera doctrina quiere decir  lo esencial del Evangelio que Jesús nos quiere comunicar. Esta verdadera «teología», como señalaba Ortíz, no es una «doctrina para enseñar» sino para poner en práctica en la vida cotidiana. Por eso supone «elegir»: entrar y permanecer en un proceso de ir «eligiendo» -en los momentos fuertes y en las cosas de todos los días- la mejor manera de amar al Señor.

Son entonces tres las palabras clave: doctrina, elección y humildad.

Los grados de amor a Jesús se traducen como grados de humildad. Esto es así porque con Jesús, el amor, si bien siempre es de ida y vuelta como todo amor auténtico, está en relación di-simétrica. Él nos amó primero, su amor es «hasta el extremo», es amor fiel aunque nosotros seamos infieles, y así siguiendo. Por eso la humildad es «la manera» o «el modo» adecuado para responder a un amor así. Y en esta humildad Ignacio distingue tres grados o escalones, por los que podemos «bajar» -abajarnos y humillarnos- de manera tal de recibir más y mejor todo lo que Jesús tiene para darnos.

I. EL VOLUNTARIADO

La primera manera de amar humildemente a Jesús, Ignacio la expresa diciendo: «que así me abaje y así me humille, cuanto me sea posible, para que en todo obedezca a la ley de Dios nuestro Señor».

Este movimiento  que describe como un “abajarse y humillarse para obedecer en todo”, no es un movimiento que surja espontáneamente si uno mira la ley en vez de la persona de Jesús. Cuando miramos la norma, lo que nos sale espontáneamente es cumplir «lo justo». Y también, cómo no!, «buscar excepciones».

En cambio, lo que dice Ignacio es que me humille de manera de poder obedecer en todo, libre y alegremente, al que amo; que por mi humildad, por mi coraje para descender este escalón, todo en mi vida quede bajo la influencia de la «ley del amor». Esta actitud  puede resultar incomprensible para el que no ama, para el que mira de afuera. Pero para el que ama, que los deseos del amado sean «ley», es algo natural.

Complementa Ignacio esta manera de amar a Jesús obedeciendo en todo a su ley poniendo un límite infranqueable: el del pecado mortal. También es natural para el que ama que haya cosas que no son negociables. Eso significa «pecado mortal». Significa que: «Ni aunque me hicieran dueño y señor de todas las cosas creadas en este mundo, ni aunque me amenazaran con quitarme la vida, no me plantearía siquiera deliberar si quebrantar o no un mandamiento, divino o humano, que me obligue a cometer un pecado mortal» (traducido: ni siquiera me atrevería a pensar en negociar mi amor poniéndolo en riesgo mortal).

En nuestra cultura actual, especialmente en occidente, casi todas las leyes están en estado de deliberación. El límite de lo “no negociable”, del «pecado mortal», está desdibujado. Socialmente, muchas cosas que hace un tiempo eran «inaceptables», hoy no lo son. Sin embargo, surgen otras que antes se aceptaban con mucha amplitud y que hoy no se toleran en lo más mínimo. Por eso, más que intentar precisar lo negativo puede ser bueno -pedagógicamente- ensanchar lo positivo: insistir en que el que ama, quiere amar «en todo» y si algo amenaza «la vida» del amado, se rechaza «sin pensar», con todas las fuerzas.

El voluntariado como primer grado de humildad y amor a Jesús

Bajando a nuestra realidad me hace bien pensar que este primer grado de amor o de humildad, este primer escalón por el que «descendemos» para sumergirnos -bautizarnos- en el Agua santa del Amor de Jesús, es propio de nuestros Voluntariados.

El primer modo de amar a Jesús es elegir algún voluntariado. Entrar como colaborador en alguna obra de misericordia. Ahí se puede practicar fácilmente y con gusto -si definimos bien nuestra misión y rol- este primer grado de humildad. Un voluntario es por definición alguien que se ofrece a hacer lo que le manden. Alguien que quiere amar y servir y pide que le manden alguna tarea concreta, tratando con alegría de hacer todo lo que le manden.

II. LA ESPIRITUALIDAD

El segundo modo de amar humildemente a Jesús, Ignacio lo describe como algo en lo que uno «se halla» o se encuentra. No es un escalón que uno descienda voluntariamente, como el otro, sino un estado de paz del alma y de disponibilidad en el que uno se encuentra y que es índice del amor a Jesús experimentado (en el voluntariado) como nuestro Sumo bien.

Esto es lo que hace que los demás bienes -que no son Jesús- se sientan como «indiferentes».

Ignacio dice así: «Esta segunda es más perfecta humildad (más perfecto amor al Señor)» y consiste en «si me hallo en tal punto que no quiero ni me afecto más a tener riqueza que pobreza, a querer honor que deshonor, a desear vida larga que corta». Agrega, como siempre, que esta «indiferencia» o este «preferir sólo el amor de Jesús», tiene como condición que sea «igual servicio de Dios nuestro Señor y salud de mi alma».

Como vemos, la indiferencia cristiana es preferencia. No es un estado de vacío y de no desear nada, sino todo lo contrario. El deseo grande de amar con predilección a Jesús hace que los demás deseos se «balanceen», se pongan entre paréntesis, hasta que no se muestra que algo es  para «mayor servicio y gloria de Dios» ,y también mayor bien para la santidad personal y el cumplimiento de la misión.

Este escalón de la «indiferencia-preferencia- va contra el movimiento de trepar y de querer poseer las mejores cosas, las más lindas. Más que de un movimiento exterior, digamos, es un «examinar si me hallo en un punto»: el de la disponibilidad total y siempre lista. Es decir: constatar si estoy «quieto» interiormente, si estoy en paz, si mantengo el fiel de la balanza en equilibrio, sopesando en pie de igualdad todas las cosas, todas las situaciones externas y mis pasiones internas posibles, sin inclinarme a priori por ninguna. Esto implica tener las riendas de las pasiones sin guiarme por el «me gusta, no me gusta», aceptando todo en pie de igualdad y contrastándolo con el amor de Cristo.

La Espiritualidad como segundo modo de humildad o amor al Señor

Este nuevo escalón del amor a Jesús, en el que más que bajar es como que de repente nos encontramos allí, me gusta denominarlo Espiritualidad.

Quiere decir que lo que llamamos Espiritualidad es un «modo de amar al Señor?

Sí!

Quiere decir que la Espiritualidad es un grado de humildad?

Eso mismo!

No era que la espiritualidad era una serie de ritos, oraciones, pensamientos piadosos centrados en algún valor, una serie de técnicas con cuya práctica uno se acerca a Dios y vive la vida cristiana dentro de un carisma especial? También. Pero antes que todo esto, hace bien considerar la Espiritualidad no como algo que uno elige o conquista o en lo que se va especializando, sino como un escalón más abajo en el que uno se encuentra viviendo.

La Espiritualidad es «aire» -espíritu- y no precisamente un aire nuestro sino Aire Santo, Espíritu Santo.

Es el ámbito que se abre al Espíritu cuando nosotros nos bajamos un escalón, cuando nos humillamos y, luego de haber transitado todo ese escalón-plataforma del Voluntariado «obedeciendo en todo» por servir a los más pobres, nos encontramos en un ámbito donde nuestros deseos se tranquilizan y, más que precipitarse sobre bienes particulares, se concentran en «contenerse a sí mismos», de modo tal que sea el Espíritu a movernos en dirección a un valor u a otro.

Espiritualidad, por tanto, como modo de amar a Jesús, manteniéndonos humildemente quietos, sin dejarnos empujar ni arrastrar por nuestros deseos (tampoco los buenos), esperando la indicación del Espíritu para «desear con todo» aquello que nos es encomendado como misión personal.

Espiritualidad es la humildad de abrir espacio al Espíritu: darle espacio y tiempo para que conduzca Él y nos muestre lo que le agrada al Padre.

La espiritualidad Madre

Si la primera humildad -la del Voluntariado- es concreta (la obediencia siempre es concreta -te pido que hagas «esto» y que lo hagas «así» y «ahora»), la segunda humildad o segundo modo de amar al Señor, más que una cosa es un «ámbito».

Es la humildad de no ejercer nuestra voluntad y deseos subjetivos, teniéndolos sujetos y quietos, para que Otro pueda movernos. Y entonces sí, poner todo lo que somos, lo más personal y lo que más deseamos nosotros, al servicio de lo que se nos indica. Esta es  la «Espiritualidad madre» de todas las espiritualidades y carismas particulares, que ella engendra y vuelve fecundas.

Ignacio completa la descripción en términos de «pecado venial»: «Que ni por todo lo creado ni aunque la vida me quitasen no sea en deliberar de hacer un pecado venial». Dicho positivamente: la espiritualidad -el carisma- (como los hobbies) se ve en los detalles. Si le robo un cachito, si pichuleo o mezquino o pongo horarios y condiciones, si aflojo en los detalles, pero sobre todo si me justifico y no confieso esto como «pecado venial», es señal de que todavía no me «encuentro» situado en ese mi verdadero nivel. Es que como decía Santa Teresa: la humildad es la verdad.

Es bueno ver estos «pecados veniales» más que como faltas de voluntad como faltas de «verdad», en el sentido de no haber descubierto aún mi verdadera espiritualidad, mi verdadero nombre-misión, por no estar en el nivel real de lo que soy a los ojos de Dios. Se trata de una falta de humildad-verdad.

Si peco contra «mi carisma» y me justifico, no es mi verdadero carisma, al menos no lo es en su real dimensión y plenitud. Por eso es que, para vivir mi Espiritualidad, para amar a Jesús de esta manera más perfecta, debo tomar conciencia de mi verdadera realidad, bajándome de la imagen autorreferencial y prejuiciosa de mí mismo que no me deja verme tal como soy amado por Jesús. El está más abajo de lo que yo pienso. Está lavándome los pies. Está allí donde tengo mis llagas, no donde tengo mis fortalezas.

III. JESÚS

El tercer modo de amar humildemente a Jesús es algo enteramente personal. Cada uno solo puede conocer y practicar “su modo”. Lo cual significa que escapa a toda regla abstracta. Supone a los otros dos, pero en el sentido de que, cuando el Señor da la gracia de sentirnos amados y de poder amarlo de este modo enteramente personal (y de modo particular en su pobreza y humillación), nos da al mismo tiempo los otros dos modos. Pero no significa que si uno desciende por los otros dos escalones -por el del Voluntariado y el de la Espiritualidad- llegue automáticamente a este grado.

El padre Fiorito expresaba esto haciendo ver que este grado de humildad «no es necesario para hacer una buena elección». No es un grado «superior» que habría que conseguir para algún fin. Fiorito explica que es bueno desear tener este grado de humildad, para «imitar y parecerme más realmente a Cristo nuestro Señor». Pero hace ver que el Señor no da a todos esta gracia. Por eso no hay que forzarla. Y pone un ejemplo: Si fuera así, el geraseno liberado del demonio tendría que haber seguido a Jesús porque «seguirlo» es «lo mejor». Pero no. Lo mejor para él fue obedecer a Jesús que lo mandó a ir con su familia.

San Ignacio describe así este “amor perfecto” o «humildad perfectísima»: “Es, a saber, cuando incluyendo la primera y la segunda (el voluntariado obediente y la espiritualidad humilde), y siendo igual alabanza y gloria de la divina majestad, por imitar y parecerme más actualmente a Cristo nuestro Señor, quiero y elijo más pobreza con Cristo pobre que riqueza, oprobios con Cristo lleno de ellos que honores, y deseo más ser estimado por vano y loco por Cristo, que primero fue tenido por tal, que por sabio ni prudente en este mundo».

Notemos el «quiero y elijo». Antes, los modos de amar a Jesús implicaban el  «movimiento» de abajarse  para «ejecutar» lo mandado y el «hallarse» en estado de indiferencia para dar espacio al Espíritu. Dos movimientos fundamentalmente pasivos, donde toda la fuerza se pone en permitir que obre otro, en hacer y desear lo que otro manda. Aquí en cambio se trata de «querer y elegir». Y el objeto no es «la ley» ni «lo mejor» sino lo peor -pobreza, oprobios, ser tenido por loco-. Pero, segunda cosa a notar, no lo peor por sí mismo sino «con Cristo». Con Cristo pobre, humillado y loco.

El cristianismo como tercer grado de humildad

Me gusta pensar que esta tercera manera de amar a Jesús es, propiamente, el cristianismo. No es «hacer el bien» ni «tener una espiritualidad» como actitudes necesarias para ser simplemente humanos, sino que se trata de ser cristianos.

Ser cristiano es bajar un escalón más, no subir. Es quedar más abajo que todos los demás hombres y mujeres que viven a nuestro lado.

No es un grado más alto en la escala de perfección humana.

Tampoco es un escalón al que se baje por decisión propia.

Es una gracia que se nos permita bajar allí donde bajó Jesús, allí donde yace, al costado del camino, tanta gente pobre.

Si uno recibe esta gracia, de bajar a los infiernos donde bajó el Señor, se encuentra con la mayor parte de la humanidad (de hecho todos bajamos allí en algún momento de la vida). Ser cristiano es bajar allí «con Jesús». De su mano.

Brochero decía que «El sacerdote que no tiene mucha lástima de los pecadores es medio sacerdote. Estos trapos benditos que llevo encima no son los que me hacen sacerdote; si no llevo en mi pecho la caridad, ni a cristiano llego».

Brochero une connaturalmente llegar a ser cristiano», «tener caridad en el pecho» y «tener mucha lástima por los pecadores». Ser pobre con Cristo pobre no es una operación mental. No es «imaginar» a Cristo pobre y rezar pensando en mis pobrezas. Es ir realmente a vivir con los pobres, los insultados y los considerados locos de nuestro tiempo. Es querer y elegir esto, en vez de andar queriendo y eligiendo riquezas, honores y que se nos considere prudentes y sensatos en nuestras afirmaciones y acciones.

El punto es querer y elegir estar ahí abajo «con» Jesús. Así como el quiso y eligió estar abajo por estar más «con» nosotros. Con los más de nosotros. Con la mayoría de la humanidad.

Momento para Contemplar

Hna Marta Irigoy

Las Tres Maneras de Humildad, nos ayudan a crecer en el Amor…

Tres grados de amor que nos ayudan a crecer en pequeñez…

 

La humildad, dice San Agustín,  es el camino de la verdad de nosotros mismos, que nos abre al encuentro con Cristo, médico humilde y doctor de la humildad, que para rescatarnos se ha hecho uno de nosotros.

Sólo quien se reconoce enfermo, el que no presume de sí mismo, siente la necesidad de ser curado y puede acoger la salvación del Hijo de Dios.

La humildad es el camino de la misericordia y del perdón; nos pone frente al hermano con una mirada de comprensión y de aceptación… (Sermón 211,4).

La humildad  es la gran ciencia que el hombre está llamado a aprender: “Este es el perfecto y excelso conocimiento: conocer que el hombre por sí no es nada; y todo lo que es lo recibe de Dios y por Dios” (Comentario al salmo 70, 1, 1).

Por eso Agustín nos recomienda que aprendamos lo pequeño, la humildad de Dios: “Lo que han hermanos, de aprender, ya lo están viendo, es lo pequeño!. Nosotros apetecemos las cumbres; para ser grandes aprendamos lo pequeño.

¿Quieres aprehender la grandeza de Dios? Aprende antes la humildad de Dios.

Dígnate ser humilde en bien tuyo, puesto que Dios se dignó ser humilde también por ti.

Aduéñate de la humildad de Cristo, aprende a ser humilde, no seas orgulloso.

Confiesa tu enfermedad, déjate con paciencia tratar del Médico.

Observa el árbol: echa primero hacia abajo para crecer después hacia arriba, clava su raíz en lo humilde para lanzar al cielo su copa. ¿Dónde sino en la humildad se afianza? ¿Quieres, pues, tú, sin caridad, subir a las alturas?

Buscas sin raíz el espacio, y ése no es crecimiento, sino derrumbamiento. Habite Cristo por la fe en sus corazones, para que, arraigados y fundados en la caridad, sean llenos de toda plenitud de Dios” (Sermón 117, 17).

Algunas Preguntas para ayudar en la oración…

  1. ¿Qué piensas de la humildad? ¿La valoras, la deseas, la suplicas?
  2. En tu historia personal ¿Qué pasos has dado hacia la humildad y qué circunstancias te han llevado a ella?
  3. ¿Quién dirige tu vida? ¿La autonomía de persona adulta o te mueve el querer de Dios como horizonte?
  4. En el servicio como voluntario, o tarea apostólica ¿Actúas desde el protagonismo personal o desde la conciencia de ser un instrumento en las manos de Dios?
  5. ¿Qué pasos te sientes invitado a dar para crecer en humildad durante este tiempo??

 

Puedes terminar con la siguiente oración

Ayúdame, hermano, a ser humilde.

Ten misericordia de mí y muéstrame

lo que Dios va haciendo con tu vida.

 

Te prometo acoger y escuchar

tus pasos y tus caídas,

tus ternuras y tus rechazos,

tu alegría y tu dolor.

 

Quiero ser menos yo y más hermano,

porque quiero descender hasta donde

se encuentra lo más humano,

lo profundamente humano.

Me han dicho que allí se encuentra Dios.

 

Búscame cuando me pierda

y volveré a casa de tu mano,

a casa para servirte más

y compartir juntos el pan.

 

Cuando veas brillar en mis ojos

la soberbia y la altanería

y mi boca se llene de palabras vacías,

no apartes de mí tu mirada tierna pero vigorosa,

no dejes de comunicarme la esperanza.

 

Confía en mí que aprenderé de ti

Y suplicaré también por ti al Padre.

Te pido hermano que me ayudes

a ser humilde con tu ejemplo.

Yo también te lo ofrezco.

 

Señor Jesús, maestro de humildad,

haznos reconocer nuestra pequeñez,

nuestras vidas, su desnudez

y reconocer tu gratuidad

 

Padre de misericordia,

concédenos caminar en la humildad…

 

(Autor desconocido)

 

 

Momento de meditación

Diego Fares sj

La meditación de los Tres binarios es una ayuda para saber cómo gestionar los afectos. Es una cuestión íntima de cada uno. No se trata de una escala de valores externa que nos diga “este bien es mejor que aquel otro y tenés que tomarle afecto” o “este bien está prohibido y si sentís que no podés vivir sin eso estás frito. Tenés que soltarlo”.

Por supuesto que la escala de valores externa, los mandatos familiares y sociales y los tabúes entran en juego, pero con San Ignacio, en la meditación de los “tres binarios”, nos centramos en algo más íntimo. Yo lo expresaría así: “el afecto -el apego- a los bienes es un “pegamento” y como con todos los pegamentos hay que estar atentos al tiempo y al modo. Antes de pegar algo hay que leer bien las instrucciones para ver cómo funciona cada pegamento. Si uso “la gotita” -ese pegamento de contacto inmediato-, debo estar atento a no pegarme los dedos en vez de pegar lo que quiero arreglar. Si uso uno de esos pegamentos que actúan a largo plazo y se endurecen mejor con el tiempo, no me tengo que apurar. Tengo que dejar que se seque en cada superficie (que debe estar bien limpia) y luego tengo que fijar las partes y prensarlas para que el pegamento surta efecto. Con estas imágenes de pegamentos, escuchemos la historia que nos cuenta Ignacio para ayudarnos a reflexionar acerca de cómo “nos apegamos a las cosas”.

El la llama: “Meditación sobre tres binarios (o tipos) de hombres, para abrazar el mejor”. Después de hacernos rezar la oración preparatoria que se hace cada vez que uno quiere ponerse a rezar, nos cuenta la historia. La oración preparatoria es en sí misma un “pegamento”. Un imán, diría yo. Porque nos hace poner la mirada en el fin de la oración de modo tal que nos sintamos atraídos por el amor de nuestro verdadero Bien. Dice así: “Señor, que todas mis intenciones, todas mis acciones y las operaciones que haga para llevarlas a cabo, estén puramente ordenadas para tu mayor servicio y alabanza”.

Es como si uno, cuando reza, fuera repitiendo un mantra: “sirve y alaba/no sirve, no alaba”, y este fuera el criterio para avanzar o retroceder en la oración.

Pero escuchemos la historia. Se trata de tres tipos (pares, binarios) de hombres, cada uno de los cuales ha adquirido diez mil ducados, no pura o debidamente por amor de Dios, y quieren todos salvarse y hallar en paz a Dios nuestro Señor, quitando de sí la gravedad e impedimento que tienen para ello en la afección que le tienen a esta “cosa acquisita” (los diez mil ducados)”.

Notemos bien dónde está el punto: están “afectados” a estos diez mil ducados. Se les han pegado a la mano (y al corazón) como suele pasar con el dinero cuando uno lo agarra. Y si son monedas de oro de 27 euros cada una, más que si se trata de billetes.

Ignacio nos va ha ayudar a reflexionar acerca de tres tipos posibles de manejo del pegamento con respecto a una posesión inquietante, con respecto a estos diez mil ducados cuya adquisición y uso futuro no dejan en paz a estos tipos o binarios de hombres.

Como se trata de una cuestión de capital importancia, ya que si uno se apega mal a las cosas, como pasa por ejemplo con uno que se vuelve adicto a alguna sustancia o uno que se enamora de lo primero que ve, le irá mal en la vida, Ignacio nos sitúa en un contexto solemne. Para hacer esta meditación sobre nuestro modo de afectarnos a los bienes nos pone delante de Dios nuestro Señor y de todos sus santos. Los santos y las santas son personas de carne y hueso que supieron ser felices en su vida porque eligieron bien sus afectos. Mirándolos a ellos -y cada uno a sus santos y santas preferidos- podemos “desear y conocer lo que es más grato a la divina bondad”, dice Ignacio.

La petición que nos propone para esta meditación es: “pedir gracia para elegir lo que más a gloria de su divina majestad y salud de mi ánima sea”.

Ahora sí, nos da los “Puntos para meditar”. El primer tipo de hombres (primer binario) querría quitar el afecto que tiene a la “cosa acquisita”, para hallar en paz a Dios nuestro Señor, y saberse salvar, pero no pone los medios hasta la hora de la muerte. El segundo binario quiere quitar el afecto, pero… así le quiere quitar, que quede con la “cosa acquisita”, de manera que allí venga Dios donde él quiere, y no determina de dejarla, para ir a Dios, aunque fuese el mejor estado para él. El Tercer binario: quiere quitar el afecto, y es tan verdad que lo quiere quitar, que ni siquiera le tiene afección a tener la “cosa acquisita” o no tenerla, sino que quiere solamente quererla o no quererla, según que Dios nuestro Señor le pondrá en su voluntad, y a la tal persona le parecerá mejor para servicio y alabanza de su divina majestad; y, entretanto quiere hacer de cuenta que todo lo deja en afecto, poniendo fuerza de no querer aquello ni otra cosa ninguna, si no le moviere sólo el servicio de Dios nuestro Señor, de manera que el deseo de mejor poder servir a Dios nuestro Señor le mueva a tomar la cosa o dejarla.

Como vemos, esta cuestión de los afectos no es simple. Cada tipo de gestión de los pegamentos tiene su complejidad. No digamos nada del último, que pareciera que sólo desea poder servir mejor a Dios nuestro Señor y todo lo demás no lo hace moverse ni un tranco de pollo. Es alguien que prueba sus afectos y tiene las riendas de su corazón bien aferradas. Pero también el primero es complejo, ya que posterga las cosas pero al final de su vida sí pone los medios. Es decir: se trata de una persona lúcida y que al final elige bien a qué apegarse y qué soltar. Es de los que juntan y juntan pero al final dan toda su herencia a los demás. El del medio también es complicado. Quiere que Dios quiera lo que él quiere y en esta pulseada se le pasa el tiempo.

Todas estas consideraciones apuntan a focalizar bien el punto, que es interior. No se trata de ninguna “ley externa”. Se trata de comprender que hay también “leyes internas”. No porque nadie nos diga lo que tenemos que hacer sino porque aunque en un momento hagamos lo que queramos, el pegamento que usamos tiene sus consecuencias y para el segundo “hago lo que quiero” ya estamos más condicionados. Digo esto porque hoy está de moda decir “yo con mi vida -y con mi cuerpo- hago lo que quiero”. Es verdad en un acto puntual. Pero no es verdad si uno mira toda una historia. La educación y las leyes “externas” que nos dan nuestros mayores y la sociedad nos brindan una ayuda para que cada uno no tenga que hacer la triste experiencia de quedar pegado a la primera (mala) decisión arbitraria que tomó de “hacer lo que quería” y meter los dedos en el enchufe. Es verdad que hay que revisar las leyes exteriores y aplicarlas con pedagogía adaptándose a “lugares tiempos y personas”. Pero así como no tiene sentido pretender que todo esté legislado exteriormente, tampoco tiene sentido pretender una independencia absoluta subjetiva.

Ignacio nos hace dialogar con nuestra Señora, con Jesús y con el Padre, en los tres coloquios de la meditación de Dos Banderas, pidiendo la gracia de ser recibido bajo la bandera de Jesús, que es la bandera de las bienaventuranzas: en pobreza, mansedumbre, compasión, pureza de corazón, sabiendo estar alegres en medio de las persecuciones por trabajar por la justicia y la Paz.

Y agrega una nota: “Es de notar que cuando nosotros sentimos afecto o repugnancia contra la pobreza actual, cuando no somos indiferentes a pobreza o riqueza, mucho aprovecha para extinguir el tal afecto desordenado, pedir en los coloquios (aunque sea contra la sensibilidad de nuestra carne) que el Señor le elija en pobreza actual; y que él quiere, pide y suplica, sólo que sea servicio y alabanza de la su divina bondad”.

Esta es la pedagogía del “hacer lo diametralmente opuesto”, del “hace contra” cuando uno siente que algo lo aleja del amor de Jesús. Es un ejercicio que libera el afecto de un apego que parece irresistible y hace que uno encuentre el justo medio o lo que Dios quiere.

El cesto que le quitaba la paz a san Francisco

Hemos visto que la meditación de los tres binarios es muy rica y compleja. Los diez mil ducados no bien adquiridos y el tipo de afección que generan son una metáfora que da que pensar. Es oro, pero cargado de historia y de afecto, abierto a muchas posibilidades de uso. Dicen que el manejo de la plata y el manejo de los afectos van juntos: a nivel básico corazón y bolsillo actúan en espejo. Pero es tan primaria la interacción que uno por ahí “no la ve objetivamente”. Por eso puede ser bueno utilizar otro ejemplo de “cosa acquisita”, otro ejemplo de una “posesión inquietante” que no deja en paz al dueño y el modo que éste tiene para ser libre.

Usaremos el ejemplo de aquel cesto de mimbre que estaba tejiendo san Francisco de Asís con sus manos. Cuenta la historia que en cierto momento, Francisco dejó de tejer el cesto y lo quemó! Así nomás: estaba tejiendo muy contento y de golpe va y lo quema! El hermano León, que lo había estado observando, se puso mal. Le preguntó un poco turbado por qué había hecho eso. Francisco le respondió que lo había quemado porque en cierto momento se había dado cuenta de que estaba mirando el cesto con demasiada complacencia, como obra de sus manos, y este sentimiento se interponía como un impedimento entre él y Dios: no lo dejaba amar puramente a Dios como él quería. Al hermano León esto le pareció exagerado, un escrúpulo… Y más se sorprendió cuando Francisco le dijo que se quedara tranquilo y se puso inmediatamente y como si nada a tejer otro cesto! Le dijo que el otro “era necesario” quemarlo. Y luego retomar la tarea.

Estamos ante una situación enteramente personal que no se entiende “desde afuera”, aunque algo podamos pispear, como el hermano León. Es algo entre Francisco y su Señor, un Señor al que él quiere alabar en todas y por sobre todas las cosas.

Esto para decir que el discernimiento, si bien sirve para todo, sirve de modo particular para las cosas del evangelio que cada uno vive en su corazón, sirve para juzgar si una obra de misericordia en la que estoy metidos por seguir el evangelio, la estoy haciendo con afectos evangélicos. No se disciernen “casos en general” sino afectos y situaciones concretas, que son siempre personales.

Creo que este ejemplo de la vida de Francisco nos ayuda a situarnos en el punto preciso en que se requiere el discernimiento: allí donde el mismo cesto que hemos estado tejiendo para servicio del prójimo y alabanza de nuestro Señor y Creador, requiere que revisemos la intención con la que lo estamos haciendo, para que el pegamento del corazón no se detenga en la obra misma sino que vuele libre al Creador.

Cuando tenemos alguna “posesión inquietante” -los diez mil ducados o el cesto- experimentamos sentimientos encontrados. E Ignacio logra “enmarcar” tres tipos de actitudes posibles en las cuales “espejarnos”.

Tres modos de gestionar los afectos

En general sucede que solemos poner el problema “en la cosa misma”. Pero Ignacio nos invita a situarnos un paso atrás. Nos hace poner la atención no en los diez mil ducados (o el cesto) sino en nuestro modo de gestionar nuestros afectos.

Uso a propósito esta palabra “gestionar” y la dirijo no a las cosas exteriores sino a nuestro modo de sentir. Nuestros deseos y sentimientos, aún los más espontáneos, se pueden gestionar y esa gestión se llama discernimiento. Lo particular de esta “gestión” es que aunque parezca que se trata de algo concreto que depende sólo de nosotros, en realidad no es así: se trata de situaciones y cosas en las que entran en juego “otras intenciones” además de las nuestras: las del buen espíritu y las del malo. De ahí que se requiera discernimiento espiritual, ayuda del Espíritu Santo para “ver” esa “cosa” o situación como algo más amplio que como un mero objeto de deseo nuestro. Es algo que tiene un valor agregado ya que se enmarca dentro del plan de salvación grande en el que Dios nuestro Señor ordena todas las cosas para bien de los que lo aman. Recordamos aquí cómo San Pablo decía que se “hacía todo a todos con tal de ganar a alguno” y era capaz de saltarse ritos judíos o de cumplirlos a rajatabla mirando no el rito en sí mismo sino la edificación o el posible escándalo en otros.

Quemar el cesto y hacer otro es una medida -quizás un poco extrema- que toma Francisco para enseñorearse de su propio modo de trabajar. Más que del cesto en sí mismo, de lo que se trata es de la propia persona como obra de arte agradable a Dios. Haciendo un cesto objetivamente hermoso, Francisco sentía que sus propios sentimientos no eran hermosos: se había apegado a su modo de hacer las cosas y se miraba a sí mismo, no a su Amado. Se complacía en lo bien que estaba tejiendo y este mirarse a sí mismo lo apartaba de mirar a su Señor, que era su deseo y su amor más hondo.

Esto puede parecer exagerado a una mirada superficial pero no es así. El deseo de amar a Dios sobre todas las cosas es un deseo elegido, libre, racional (un pegamento que requiere tiempo). No siempre se traduce en sentimientos sensibles (pegamento de contacto), que pueden estar inmersos en otros bienes más inmediatos. Pero el hecho de que un deseo surja con fuerza y espontaneidad no quiere decir que sea más auténtico que otro que requiere más tiempo, que requiere un proceso, algunas mediaciones y renuncias para aflorar.

El discernimiento se da, por tanto, entre afectos y, como magistralmente muestra Ignacio en los Tres binarios, entre modos de “tratar un afecto” cuando este no está del todo ordenado. Es que el deseo es un pegamento que se mueve y progresa adhiriéndose a la realidad, a los bienes concretos. Y estos bienes no son solo cosas. El deseo se adhiere también a sí mismo, se alimenta a sí mismo y de sí mismo. El deseo se adhiere a las cosas presentes pero también al pasado -justificando el modo como adquirió los ducados, por ejemplo, y al futuro, a lo que hará con ellos.

El espacio vital que necesita un proceso de discernimiento

Puede venir bien recordar en este momento lo que San Ignacio dice acerca de tener “deseos de deseos”. Cuando hace que se pregunte a uno que quiere entrar en la Compañía de Jesús si tiene deseos de servir a Dios y la persona responde sinceramente que sus deseos no son muy intensos, Ignacio propone re-preguntar a ver si al menos tiene “deseos de deseos”.

Esta formulación, realmente inspirada, nos dice que para discernir sobre los deseos es necesario despegarse de la inmediatez que les es propia. Despegarse para poder verlos bien, para poder examinar la proporción entre el bien al que se apegan y la intensidad con que se apegan, por ejemplo. Este tomar distancia de los propios deseos -siempre lanzados y apegados- abre el espacio vital que necesita todo proceso de discernimiento.

Con los matices que tiene el querer quitar un afecto en cada uno de los tres binarios, Ignacio abre este espacio para posibilitar que uno se enseñoree de sus deseos, de modo tal que ninguna “cosa acquisita” se adueñe de su corazón sino que este se mantenga libre.

Esta libertad es algo que sólo se puede experimentar con la ayuda del Espíritu Santo, ya que se trata del apego más íntimo del corazón el cual, así como se desordena fácil si uno se deja llevar por su naturaleza -cada pasión busca su propio bien-, también se ordena fácilmente si uno mira el Amor de quien nos ama gratuitamente y se deja llevar por el deseo de agradarle sólo a El.

El deseo de poder servir mejor a Dios nuestro Señor

El punto , por tanto, no es cómo quitar solo un apego particular sino como movilizar el afecto para que se mueva libremente entre los bienes bajo la conducción del deseo mayor: el de poder servir mejor a Dios nuestro Señor.

Los dos primeros binarios tienen algo en común y es que “no se mueven”. El apego lleva al primero a posponer indefinidamente las cosas: no pone los medios. Lo suyo no es un verdadero querer sino un “querría”. Porque “querer”, lo que se dice querer, es moverse hacia el fin, hacia el bien. Si no hay movimiento, si no se ponen medios para lograr lo que se quiere, no es un verdadero querer.

El segundo tampoco se mueve. Lo suyo es un modo de estar apegado a las propias cosas que hace girar al mundo entero en torno a su deseo y pretende que Dios mismo quiera lo que él quiere. La actitud no es la “disponibilidad” creatural, el estar en ese movimiento, propio de quien tiene una actitud de servicio, sino que es la actitud del poder, de quien tiene una posición tomada, un espacio ganado y quiere que todos vengan al pie.

El tercer binario, en cambio, se mueve. Esto puede verse en que desarrolla toda una serie de actitudes y estrategias que revelan que su deseo es un verdadero deseo.

Dado que el deseo es tender a un bien, el mayor y verdadero deseo será el que tienda al Bien mayor y desde él ordene todos los otros deseos y movimientos. Este tipo de personas -la del tercer binario- tienen claro que el mayor bien es “servir a Dios nuestro Señor”, que es quien ha creado todos los bienes y conoce, por tanto, lo mejor para cada uno. Servirlo a Él es el mayor bien que uno puede hacerse a sí mismo y hacer a los demás.

Por eso este tipo de personas abre un espacio y da tiempo a los deseos más inmediatos para que vayan y vengan sin apegarse de modo inmediato y definitivo a ningún bien, esperando que sea el deseo del mejor servicio de Dios el que los ordene y jerarquice.

Notemos un detalle. Ignacio dice que el tercer binario “quiere solamente querer o no querer…” Así como uno puede situarse un paso antes de un deseo y focalizarse en tener “deseo de deseos”, así también uno puede ponerse en pausa y decir: lo que quiero es ser libre de mis deseos inmediatos. Quiero “querer o no querer” recién después de ver bien lo que Dios me propone y de pesar lo que a mí me parece mejor. Este querer es fruto de una alianza de libertades.

Es admirable ver que se trata de una doble pausa: pongo en pausa el movimiento inmediato de mis deseos, que los llevan a apegarse a lo que les resulta inmediatamente placentero. Pero pongo también pausa al bien que Dios me ofrece! Le doy tiempo a mi mente a que juzgue lo que le parece mejor y recién entonces, habiendo deliberado y madurado subjetivamente la cosa, doy rienda suelta a mi querer y me adhiero a ese bien.

Este tiempo que le damos a nuestros procesos afectivos es lo que hace la diferencia. Porque los bienes a los que nos adherimos por impulso o por obediencia a una ley externa, cuando viene una crisis, dejan de “imantar” el corazón y uno se “desapega”. O porque se apaga la pasión o porque la ley resulta demasiado difícil de cumplir y otras propuestas nos hacen dudar de ella.

El discernimiento nos sitúa ante un Dios que propone bienes, no los “impone”. De ahí que se requiera este doble paso -experimentar el don y adherirnos deliberada y libremente a él- para dar, entonces sí, rienda suelta al deseo ordenado.

Veamos como todo el principio y fundamento está presente en este tercer binario: “el hombre es creado para alabar, hacer reverencia y servir a Jesús nuestro Señor”. Ignacio nos hace juzgar qué es mejor, mirando no solo el servicio sino también la alabanza a Dios. Alabanza y servicio son los criterios, estético y ético, para juzgar bien.

Dos estrategias para liberarse de los apegos inmediatos o legalistas del querer

Para querer bien, dos estrategias: la de “hacer de cuenta que uno deja todo en afecto” y la de “poner fuerza en no querer ni esto ni nada, si lo que mueve el deseo no es “solo el servicio de Dios nuestro Señor.

Son dos ejercicios muy prácticos uno para “flexibilizar” la rigidez de los deseos, el otro, para “estabilizar” su volubilidad.

Hacer de cuenta que uno se saca todo lo que lleva puesto y lo pone ante sí sobre la mesa es “dejarlo en afecto”. Soltar efectivamente las cosas, ponerlas delante, ayuda a “sentir” cómo las manos y los ojos tienden a apoderarse de algunas más que de otras.

Poner fuerza en querer sólo el mayor servicio de Dios ayuda a experimentar cómo cuando uno se obliga a estar delante del Sumo Bien por un tiempo -frenando otros impulsos- el corazón se adhiere con mucha fuerza y como naturalmente a ese Bien.

San Ignacio nos muestra a Jesús como ese sumo bien al que podemos apegarnos con todos nuestros sentidos y facultades. En su Autobiografía decía de sí que “quería estar aficionado sólo a Dios”. A Jesús nos podemos apegar sin temor de que algo pueda apartarnos del amor de Cristo, como dice Pablo. En Jesús todos los demás deseos se ordenan en paz y con alegría. El deseo de mejor poder servir a Dios nuestro Señor debe ser siempre el primero.

Creo que viene bien leer aquí, integro, el pasaje de la Exhortación Gaudete et exsultate donde el Papa habla de “La lógica del don y de la Cruz”, en la que habla de las “renuncias” a todo apego desordenado para poner todo el corazón en el mejor servicio de Dios.

Una condición esencial para el progreso en el discernimiento es educarse en la paciencia de Dios y en sus tiempos, que nunca son los nuestros. Él no hace caer fuego sobre los infieles (cf. Lc 9,54), ni permite a los celosos «arrancar la cizaña» que crece junto al trigo (cf. Mt 13,29). También se requiere generosidad, porque «hay más dicha en dar que en recibir» (Hch 20,35). No se discierne para descubrir qué más le podemos sacar a esta vida, sino para reconocer cómo podemos cumplir mejor esa misión que se nos ha confiado en el Bautismo, y eso implica estar dispuestos a renuncias hasta darlo todo. Porque la felicidad es paradójica y nos regala las mejores experiencias cuando aceptamos esa lógica misteriosa que no es de este mundo, como decía san Buenaventura refiriéndose a la cruz: «Esta es nuestra lógica». Si uno asume esta dinámica, entonces no deja anestesiar su conciencia y se abre generosamente al discernimiento.

Cuando escrutamos ante Dios los caminos de la vida, no hay espacios que queden excluidos (no hay “cosas acquisita” que se adueñen de nuestro querer). En todos los aspectos de la existencia podemos seguir creciendo y entregarle algo más a Dios, aun en aquellos donde experimentamos las dificultades más fuertes. Pero hace falta pedirle al Espíritu Santo que nos libere y que expulse ese miedo que nos lleva a vedarle su entrada en algunos aspectos de la propia vida. El que lo pide todo también lo da todo, y no quiere entrar en nosotros para mutilar o debilitar sino para plenificar. Esto nos hace ver que el discernimiento no es un autoanálisis ensimismado, una introspección egoísta, sino una verdadera salida de nosotros mismos hacia el misterio de Dios, que nos ayuda a vivir la misión a la cual nos ha llamado para el bien de los hermanos (GE 174-175)

Momento para Contemplar

Marta Irigoy

La Meditación de los Tres Binarios, es una de las ayudas que San Ignacio propone en los Ejercicios Espirituales para que el propio corazón pueda ir creciendo en libertad.

Todo el proceso de los Ejercicios Espirituales, es un proceso de libertad interior y de seguimiento del Señor…

En el Evangelio escuchamos a Jesús cuando dice:

«El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí y por la Buena Noticia, la salvará.

¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero, si pierde su vida?

¿Y qué podrá dar el hombre a cambio de su vida? -Mc 8, 34-37-

La paradoja del Evangelio, nos pone entre: el perder y el ganar.

Pierde, el que aferra…

Gana, el que se ofrece…

El que cree que gana (se apega a) su vida, en realidad la pierde

El que se anima a perder (ofrece) la vida por Jesús y por la Buena Noticia, la gana…

El discernimiento de los deseos, nos pide poner ante Jesús, aquellas cosas que pesan, que quitan libertad y hacen difícil la opción por una vida más sencilla y alegremente ofrecida…

Retomo, este párrafo del P. Diego:

“Con los matices que tiene el querer quitar un afecto en cada uno de los tres binarios, Ignacio abre este espacio para posibilitar que uno se enseñoree de sus deseos, de modo tal que ninguna “cosa acquisita” se adueñe de su corazón sino que este se mantenga libre. Esta libertad es algo que sólo se puede experimentar con la ayuda del Espíritu Santo, ya que se trata del apego más íntimo del corazón el cual, así como se desordena fácil si uno se deja llevar por su naturaleza -cada pasión busca su propio bien-, también se ordena fácilmente si uno mira el Amor de quien nos ama gratuitamente y se deja llevar por el deseo de agradarle sólo a Él.”

Quizás nuestra oración, podría centrarse en pedir tener deseos de desear de poder servir mejor a Dios nuestro Señor, pidiendo luz al Espíritu Santo, para discernir en qué lugar del corazón, se ocultan los apegos que son fruto de la falta de confianza en la Providencia del Padre que sabe lo que sus hijos necesitan…aun antes de que nos demos cuenta que necesitamos y se lo pidamos…

Les comparto esta Oración para encender nuestros deseos con los deseos del Evangelio:

Concédeme el deseo de los Magos que de noche ven tu estrella,

para cruzar de ella agarrado cuando nada más se vea.

Concédeme el deseo de Simeón, esperándote a la puerta,

para soñar hasta el final, el cumplir de tu promesa.

Concédeme el deseo de San José que a tus proyectos les da vuelta,

para dejar en el amor, lo que no entra en la cabeza.

Concédeme el deseo de María que se entiende bien pequeña,

para decirte siempre sí, porque sí dice la sierva.

Concédeme el deseo de la mujer, que por detrás de ti se llega,

para tocar con fe tu manto y robarte así tu fuerza.

Concédeme el deseo del leproso que las barreras da por tierra,

para esperar de tu abrazo, el curarse de la lepra.

Concédeme el deseo de la viuda que se pone como ofrenda,

para ponerme como ella, en lugar de dar monedas.

Concédeme el deseo de aquel niño, que comparte su merienda,

para entregar de lo mío, porque otro también tenga.

Concédeme el deseo de la mujer que recoge, por debajo de tu mesa,

para con pocas migajas, entender que se hace fiesta.

Concédeme el deseo de aquel ciego del camino,

que logró que te detengas,

para ver en el amor, lo que el pecado siempre ciega.

Concédeme el deseo de Zaqueo que en su casa te acogiera,

para querer estar los dos y repasar juntos las cuentas.

Concédeme el deseo del buen ladrón, clavado a tu derecha,

para saberme ya en tu reino, porque tu amor de mí se acuerda.

Concédeme el deseo de José, el que nació en Arimatea,

para pedir tu cuerpo santo y esperar que en mí florezca.

Concédeme el deseo de tu Pueblo que humilde te confiesa,

para guardar en tus manos, lo que la misericordia sólo cierra.

Concédeme el deseo de tu Iglesia, que es madre, y más, maestra,

para que al soplo de tu Espíritu, oriente yo mi vela. JA

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Momento para la meditación

Diego Fares s.j.

La meditación de Dos Banderas -una de Cristo, sumo capitán y Señor nuestro; la otra de Lucifer, mortal enemiog de nuestra naturaleza humana- es «para ver la intenciónde Cristo nuestro Señor y, por el contrario, la del enemigo» (EE 135).

La intención última de toda persona no es algo de lo que uno pueda apoderarse, digamos así. Se puede ver, sí,por los frutos,por el modo de comportarse que alguien tiene a lo largo del tiempo y en los momentos claves de la vida, como cuando decimos que “los amigos se ven en las malas”.

Lo importante que San Ignacio nos hace ver en esta meditación fundamental – de la que nacen los Ejercicios y la Compañía de Jesús- es que no hay «muchas banderas últimas»entre las que podamoselegir, sino solo dos: la de Jesús o la del Maligno.

En las cosas humanas no es así. No hay sólo pañuelos celestes o verdes (vemos que también han surgido los rojos y los negros…). En las cosas humanas entre los que se dividen en dos bandos siempre surge un tercero que intenta mediar y también otros que se presentan como alternativos. Es importante, por tanto, clarificar que la lucha a muerte es solo contra el Maligno, que quiere la destrucción de todos. En cambio,bajo la bandera de Jesús, el Padre quiere reunir a todos los hombres: “Cristo llama y quiere a todos debajo de su bandera” (EE 137), como dice Ignacio.

Digo que esto es importante porque la bandera de la Cruz es bandera de misericordia. Una misericordia que el Señor extiende también a todos los enemigos, a quienes perdona. El hecho de que los combata francamente denunciando las mentiras y predicando la verdad, no significa que los demonice. Todo lo contrario: el Señor da la vida en la Cruz porque es el único modo de persuadir -mansamente- al que estáen el engaño y en la rebeldía.

Festejar cada vez que el Señor vence en nuestra vida

La vida es, por tanto, un combate permanente, como dice el Papa Francisco en Gaudete et exsultate.Y «se requieren fuerza y valentía para resistir las tentaciones del diablo y anunciar el Evangelio». Se trata de «una lucha muy bella, porque nos permite celebrar cada vez que el Señor vence en nuestra vida»(GE 1). Es más, en la «lucha constante contra el diablo, que es el príncipe del mal, Jesús mismo festeja nuestras victorias. Se alegraba cuando sus discípulos lograban avanzar en el anuncio del Evangelio superando la oposición del maligno». Jesús «celebraba: ‹Estaba viendo a Satanás caer del cielo como un rayo›(Lc 10, 18)»(GE 2).

El Papa junta tres cosas que habitualmente tendemos a separar: el festejo,el combateyel Evangelio. Lo habitual es dejarel festejo para el final. Esto de festejar «cada vez que el Señor vence en nuestra vida»no sési lo tenemos incorporado. A míal menos me cuesta, porque en cada cosa que sale bien ya suelo experimentar algo que me urge a no detenerme y a mirar quévendrádespués. Sin embargo, el Papa pone el foco en la alegría de Jesús -“se llenóde gozo en el Espíritu Santo”, dice Lucas (10, 21)- ante el éxito de la primera salida evangelizadora de los 72 discípulos. Les advirtió, eso sí, sobre el verdadero objeto de sualegría: no que se les sometiera el demonio sino que sus nombres estuvieran escritos en el Cielo; pero festejócomo si fuera definitivo esto que a otros ojos era sólo un comienzo y en ese sentido un triunfo parcial.

Aquíviene lo del «superar la oposición del Maligno y lograr un paso adelante en el anuncio del Evangelio». Si bien nuestros triunfos son parciales, el anuncio del Evangelio no lo es. El Evangelio es la comunicación íntegra del amor de Jesús, es la siembra de una Palabra viva que da fruto por sísola, capaz de dar el ciento por uno. Por eso, por la fuerza vital y multiplicadora de cada Evangelio,es que la alegría puede ser radical y plena, sin sombra de amenaza. Ni la cizaña puede quitarle nada a esta alegría. Es «alegría y gozo del Señor resucitado»en cada Palabra viva que cae en un corazón humano, que se siembra en una cultura. Daráfruto a su tiempo. Este es el sentido profundo de la Exhortación del Papa a una santidad que es Alegría y gozo en medio de las persecuciones, como dice la bienaventuranza.

Esta constatación de que hay una alegría especial de Jesús por cada pequeña victoria nuestra (en otra parte el Señor nos asegura que «hay más alegría en el cielo por un pecador que se convierte que por 99 justos que no necesitan conversión), es la clave para cultivar bien el deseo de santidad.

El Papa discierne que el peor enemigo de la santidad es «el espíritu de derrota». Puede hacernos bien releer entero el número 163 de Gaudete et exsultate:

«En este camino (de resistir a los bienes engañosos y envenados con que nos ataca y seduce el Maligno, como decía Brochero), el desarrollo de lo bueno, la maduración espiritual y el crecimiento del amor son el mejor contrapeso ante el mal. Nadie resiste si opta por quedarse en un punto muerto, si se conforma con poco, si deja de soñar con ofrecerle al Señor una entrega más bella. Menos aún si cae en un espíritu de derrota, porque «el que comienza sin confiar perdióde antemano la mitad de la batalla y entierra sus talentos. […] El triunfo cristiano es siempre una cruz, pero una cruz que al mismo tiempo es bandera de victoria, que se lleva con una ternura combativa ante los embates del mal».

El espíritu de derrota es una tentación mayor que todas las demás. Subyace a todas las tentaciones de ira y agresividad y a todas las tentaciones de posesión y de placer.

Fiorito ponía una serie de «frases motivas»que uno puede descubrir como «pensamientos ya consagrados»que están sembrados en el terreno de nuestra memoria y surgen en el momento de la prueba, desmotivándonos para la lucha:  «No podré  resistir esto toda la vida»; o, si la batalla parece pequeña: «Perder esto no significa perder todo»; o «No se puede combatir sin pausas».

Aunque parezca paradójico, Bergoglio hacía ver que la tentación de derrotismo es una forma especial de vanagloria o mundanidad espiritual: «La vanagloria más común entre nosotros, aunque parezca paradójico, es la del derrotismo. Y es vanagloria porque se prefiere ser general de los ejércitos derrotados a simple soldado de un escuadrón que, aunque diezmado, sigue luchando.

¡Cuántas veces soñamos con planes expansionistas propios de generales derrotados! Curiosamente, en esos casos, negamos nuestra historia que es gloriosa porque es historia de sacrificios, de esperanzas, de lucha cotidiana”.

La conciencia de derrota es la que “Frente a una fe combativa por definición, el enemigo, bajo ángel de luz, sembrarálas semillas del pesimismo”.

Bergoglio continuaba: «Nadie puede emprender ninguna lucha si de antemano no confía plenamente en el triunfo. El que comienza sin confiar, perdióde antemano la mitad de la batalla. El triunfo cristiano es siempre una cruz, pero una cruz bandera de victoria. Esta fe combativa la vamos a aprender y alimentar entre los humildes».

Contra la tentación de pesimismo y el espíritu de derrota, cada uno debe oponer el rostro de sus antepasados y de la gente buena de la que recibiótestimonios de lucha cotidiana. «La cara de las personas humildes, las de la gente de una piedad sencilla, es siempre cara de triunfo y casi siempre la acompaña una cruz. En cambio, la cara del soberbio es siempre una cara de derrota. No acepta la cruz y quiere una resurrección fácil. Separa lo que Dios ha unido. Quiere ser como Dios. El espíritu de derrota nos tienta a embarcarnos en causas perdedoras. Estáausente de él la ternura combativa que tiene la seriedad de un niño al santiguarse o la profundidad de una viejita al rezar sus oraciones. Eso es fe y esa es la vacuna contra el espíritu de derrota”.

La cara de triunfo no es la del que festeja una copa con alegría desaforada (menos aún la del que festeja una ley sobre el aborto). Es la cara serena del que estásatisfecho por haber dado lo mejor de síy goza interiormente con el trabajo bien hecho.

Festejar cada victoria del Señor en nuestra vida, cada vez que «encarnamos el Evangelio»en algún gesto concreto -en una obra de misericordia concreta, en un rato de oración contemplativa o de intercesión- es un paso fundamental en el combate espiritual.

Si pensamos las bienaventuranzas y la concretización de la de la misericordia en las obras concretas que Jesús describe, como un «protocolo de la santidad», como esas «pocas palabras, sencillas pero prácticas y válidas para todos»(GE 109), este paso de hacer fiesta con cada victoria del evangelio, es lo que da a todos los otros consejos el espíritu de fondo.

El término “protocolo” viene del griego “proto” -primero- y “kollea” -cola o pegamento-. Se llamaba asía la primera hoja de un documento con los datos de su autenticación sellados. Es un término con muchos significados que, dependiendo del contexto, va de significar algo meramente formal, como pueden ser las reglas de comportamiento en una ceremonia, a algo de importancia vital, como en el caso de los procedimientos a seguir en una toma de rehenes o en una catástrofe en la que se requiere coordinación, rapidez y precisión para salvar la mayor cantidad de vidas posibles. En este contexto dramático -de situaciones de combate y de catástrofes que superan la posibilidad de respuesta común, un protocolo apunta a dar reglas precisas teniendo claro el objetivo principal, favorezcan la toma de decisiones personales que sumen al obrar conjunto.

Lo de festejar cada victoria es una actitud práctica a mantener en medio del combate. El “cada vez” puede parecer exagerado, como suele parecer exagerado para el que es espectador y no protagonista de una competición deportiva, el choque de manos que se dan los jugadores cada vez que suman un punto o hacen un gol.

Esa pausa para festejar cada punto ganado es esencial a la competición porque consolida, paso a paso, la mentalidad ganadora, une los ánimos y da coraje para seguir combatiendo. La práctica de estos gestos de victoria, que son connaturales a toda competición humana, no siempre resultan tan obvios en el combate de la vida espiritual pero si se practican, dan mucha alegría y confirmación en el Espíritu Santo.

Esta ayuda y consejo prácticodel Papa responde a uno de sus principios: el que dice que la unidad (la victoria) es superior al conflicto.

No obstinarse en usar solo criterios empíricos: pensar es discernir con criterios evangélicos

Otra ayuda del Papa se refiere al procedimiento o “instrumento” por decir así, que debemos poner en práctica para combatir contra el mal en las tres fuentes donde anida: en la de la mentalidad mundana (paradigmas, frases hechas que nos motivan a apartarnos del amor de Dios, ideologías…), en la fuente de nuestras propias fragilidades e inclinaciones (cada uno tiene las suyas, dice el Papa), y en su fuente personal: el Príncipe del mal, que utiliza inteligente y libremente las otras dos e incluso llega a utilizar la misma Escritura para acosarnos, como hizo con el Señor en el desierto.

El modo de proceder que propone el Papa es el de “Jesús (que) nos enseñóa pedir cotidianamente esa liberación para que su poder no nos domine”. El Papa remarca el “hecho (de que) cuando Jesús nos dejóel Padrenuestro quiso que termináramos pidiendo al Padre que nos libere del Malo. La expresión utilizada allíno se refiere al mal en abstracto y su traducción más precisa es «el Malo»”. Ahora bien, ha hacernos tomar conciencia del valor práctico de este “instrumento” y “modo de comportarnos”, el Papa llega situándo el deseo de Jesús en el corazón de la Escritura, que empieza en el Génesis y termina en el Apocalipsis mostrando que la vida es combate y el papel protagónico que tiene el Príncipe del mal, en esta lucha. A su vez, la convicción  -asíllama el Papa a este criterio encarnado en la fe de la Iglesia-, es una convicción que se sitúa entre dos polos: el de la obstinación en ver la vida sólo con criterios empíricos y el deseo de comprender por quéa veces el mal tiene tanto poder destructivo. Es un instrumento, pues, que se revela más apto para el fin.

Se trata de un instrumento intelectual: el criterio que usamos. El Papa advierte que si utilizamos solo “criterios empíricos y sin sentido sobrenatural” no aceptaremos la existencia del diablo. Por el contrario, “la convicción de que este poder maligno estáentre nosotros, es lo que nos permite entender por quéa veces el mal tiene tanta fuerza destructiva” (GE 160).

El problema real de la fuerza destructiva del mal supera nuestros criterios empíricos, se nos impone con crueldad. Ante esto uno actúa. La desesperación -tanto la que paraliza como la quelleva a actuar presuntuosa y precipitadamente- no están a la altura del problema. El Papa sugiere utilizar otros criterios: propone los de la Biblia, en la que el Maligno estápresente desde la primera página del Génesis hasta la última del Apocalipsis y centra nuestra fe -criterio sobrenatural- en la enseñanza de Jesús que en el Padrenuestro nos hace pedir al Padre que nos “libere del Maligno”, no solo del mal en general o de modo abstracto, sino del Maligno, expresión que “indica un ser personal que nos acosa”.

Para el uso de este “criterio sobrenatural” toca dos puntos sensibles: uno es la imagen que se ha estandarizado de las posesiones diabólicas como enfermedades mentales meramente. El Papa solo advierte de “no simplificar tanto la realidad”. La otra es el peso de la Palabra de Dios, expresada sin aditamentos: “Jesús nos enseñóa pedir cotidianamente esa liberación para que su poder no nos domine”. El protocolo dice: no combatir tan alto poder destructivo con instrumentos meramente empíricos. Usar los sobrenaturales, que permiten comprender mejor la realidad.

No obstinarse en usar solo criterios empíricos es una concreción del principio que dice: la realidad es superior a la idea.

Momento para Contemplar

Marta Irigoy

La espiritualidad Ignaciana, tiene muchas maneras y ayudas para plasmar en nuestra vida, el modo de proceder de Jesús.

La Meditación de Dos Banderas, es un ejercicio espiritual,  que nos ayuda a descubrir las luchas que muchas veces, se dan en el propio corazón.

La Meditación de Dos Banderas, en esta oportunidad nos ayuda a poder desenmascarar el espíritu que quiere dominar en nuestra vida en este tiempo…

Si es el “espíritu de celebrar” las pequeñas batallas ganadas , cuando nos tomamos de la Mano de Dios  o nos quedarnos entrampados, en el espíritu de derrota, que oscurece la mente y el corazón…porque toca nuestro ego y nuestros deseos de grandeza, tan diferentes del modo de proceder de Jesús, que “siendo grande se hizo pequeño por amor…”

Sin embargo, trae mucha luz, lo que dice el Papa Francisco: “Se trata de «una lucha muy bella, porque nos permite celebrar cada vez que el Señor vence en nuestra vida»(GE 1).

Y nos ayuda a  discernir  que el peor enemigo de la santidad es «el espíritu de derrota»; ya que,  quien cae en un espíritu de derrota, es aquel  que comienza cualquier misión, tarea, servicio, etc.; sin confiar!!  y como consecuencia, ese corazón ya  perdióde antemano la mitad de la batalla y entierra sus talentos, porque va al “frente de batalla”, sin esperanza…

Retomo, esta frase de la reflexión del  Padre Diego Fares, que cita al Papa Francisco: «Nadie puede emprender ninguna lucha si de antemano no confía plenamente en el triunfo. El que comienza sin conar, perdióde antemano la mitad de la batalla. El triunfo cristiano es siempre una cruz, pero una cruz bandera de victoria. Esta fe combativa la vamos a aprender y alimentar entre los humildes».

Festejar cada victoria del Señor en nuestra vida, cada vez que «encarnamos el Evangelio»en algún gesto concreto -en una obra de misericordia concreta, en un rato de oración contemplativa o de intercesión- es un paso fundamental en el combate espiritual.

  • Para rezar contemplativamente, en este tiempo, pueden ayudar estas dos preguntas:
  • ¿Que “espíritu”habita mi mente y mi corazón en este tiempo: espíritu de derrota o espíritu de celebración?
  • ¿Quégesto de Jesús, pone luz, paz, alegría y confianza en las luchas de tengo que enfrentar en el día a día?
  • Terminar con esta Suplica al Espíritu Santo, pidiendo que el Espíritu de Jesús sea quien habite nuestra vida:

 

PREGON AL ESPÍTU

Ven, Espíritu divino, de Jesús, vida y aliento.

Ven, soplo eterno del Padre, que creas el hombre nuevo.                                       

Ven, intimidad de Cristo, que das savia a los sarmientos.

Ven, Espíritu divino y manda tu luz desde el cielo

Ven, energía divina, tempestad de Dios y viento, que abres las puertas cerradas,                                                                      que quitas todos los miedos, que liberas al esclavo, que rompes todos los cepos.

Ven, Espíritu divino, destruye todos nuestros miedos.

Baja, hoguera trinitaria, bautízanos con tu fuego, somos carbón apagado, todo oscuridad e invierno, enciéndenos en amores, conviértenos en luceros.

Ven, Espíritu divino, ilumínanos y quémanos por dentro.

Ábrete, fuente dichosa, agua que mana del cielo, que limpia las impurezas, que riega todos los huertos, sacia nuestra sed profunda, conviértenos en veneros.

Ven, Espíritu divino, sacia nuestra sed y aviva nuestro fuego.

Ven, consejero y amigo, ven, defensor y Maestro. Ven, tesoro inagotable, de todos los dones lleno, intimidad misteriosa, nuestro yo más verdadero.

Ven, Espíritu divino, queremos tenerte y sentirte compañero.

 

 

Momento de Meditación

Diego Fares sj

«Que vuelva a resonar, una vez más, el llamado a la santidad»

En Gaudete et exsultate Francisco hace un «llamamiento» universal a la santidad, a la alegría del amor. Universal no quiere decir «en general», quiere decir a todos pero tomado cada uno en concreto, con nombre y punto en el que se encuentra en el camino de su vida. Y «alegría» del amor, no es la alegría como estado de ánimo pasajero, sino la alegría inmediata y duradera que sólo Cristo encarnado, muerto y resucitado puede dar. Es la alegría de pode amar en el contexto actual, en toda situación. El llamado es al «en todo amar y servir» de Ignacio y a la contemplación para «crecer en el amor». Aquí y a partir de ahora. Este llamamiento, en los Ejercicios Espirituales, tiene su meditación propia: la del rey temporal que ayuda a contemplar al Rey eternal (EE 91-99).

El Papa  desea que «vuelva a resonar el llamamiento». Y califica de «humilde objetivo» esto de que el llamado resuene. Humilde y potente en sentido evangélico: como la levadura que fermenta toda la masa. El llamamiento de Jesús -El reino de los cielos está cerca, crean y conviértanse!- es el punto de partida real de todo lo demás que Jesús quiere hacer. El llamamiento suscita la Fe.

Si nos fijamos en el actuar conjunto del Padre y Jesús, constatamos que el Padre confía toda la actuación en manos de su Hijo. Y cuando interviene, con majestad soberana, es para manifestar su agrado y predilección por Jesús. Su único mandamiento es que «escuchemos a su Hijo amado». Eso basta.

Por qué basta escucharlo? Por que Jesús no solo dice cosas, El es la Palabra en la que fuimos creados. Escucharlo a Él exteriormente -en el Evangelio- es escucharlo en el interior de nuestro corazón, en las fibras de nuestro ADN.

Es tan familiar la voz de nuestro Pastor, que al reconocerla nuestro corazón no puede no seguirlo. Es tan verdadero su mensaje, tan claro y posible de realizar y de cumplir  lo que nos manda y aconseja, que si «no somos sordos a su llamamiento» seguramente lo podremos seguir y hacer todo lo que Él nos diga.

Cuando en el Padre nuestro decimos «hágase tu voluntad», no siempre pensamos en esto: que la voluntad del Padre se contiene entera en que escuchemos a Jesús.  Pareciera un trámite y sin embargo es todo lo contrario. Lo que hace el Padre es abrirnos el espacio infinito de la oración como «escuchar a Jesús». Que el Creador, el Omnipotente, el Misericordioso, el Más Grande, nos de a conocer su Voluntad en un sólo mandamiento es algo digno de atención.

La oración se convierte así en la primera tarea del día: ir a escuchar al Jefe porque lo dice el Jefe supremo. Yo en Ejercicios, que es donde recupero este espacio de oración cotidiana como lo más importante, me suelo preguntar cómo es que se me ocurre siquiera enfrentar el día y salir sin rezar. Soy como el empleado que no saluda al Jefe de mañana para preguntarle si tiene algo especial para encomendarle.

Una cosa más sobre esto de escuchar. Cuando uno dice a otro «escuchá», lo que le está diciendo es «escuchá bien». Sin  el ruido de los prejuicios, sin la sordera del juicio apresurado. Lo que le agrada al Padre es que el llamado de Jesús pueda resonar libre de interferencias para así poder suscitar la Fe.

Llamamiento al servicio alegre imitando a Jesús

En la meditación del Rey y en la de Dos Banderas, Ignacio nos hacer ver que existe un reino en el que el cristiano puede cumplir con su propio deber de servir libre y gozosamente, como un noble caballero: el reino de Dios en la Iglesia» (H. Rahner).

La meditación del Rey -centrada en el llamamiento de Jesús- nos permite «re-consagrar» la palabra «servicio». Es una palabra santa pero que puede haber adquirido connotaciones si no de obligación (porque hacemos mucho servicio voluntario), sí de eficientismo. E Ignacio libera el servicio del eficientismo externo y liga su eficacia al hacer las cosas con Jesús y como Jesús. Es esencial al servidor que haga las cosas al estilo de Jesús. El estilo no solo como modo de trabajar y de usar las cosas sino, y de manera muy especial, el estilo en cuanto modo de compadecer: involucrado, cercano, tierno, comprensivo, generoso… y todo el infinito mundo de matices que tiene Jesús compasivo.

El llamamiento de Cristo dice así: “Quien quisiere venir Conmigo, tiene que trabajar Conmigo, porque siguiéndome en la pena también me siga en la gloria” (EE 95). Un poco antes, en el ejemplo del rey temporal agregaba: «Ha de estar contento de comer como yo, y así de beber y vestir, etc. (El «etcétera» de Ignacio es invitación a imaginar todo aquello en lo que podemos imitar «el estilo de Jesús» en cosas que hacen a la vida privada e influyen en la misión); asimismo tiene que trabajar conmigo en el día y vigilar en la noche, etcétera (en este etcétera podemos imaginar cuáles era los trabajos de Jesús: predicar, visitar, conversar, perdonar, sanar, acompañar, enseñar…-; y también su vigilancia: profetizar, discernir el mal espíritu, prever y preparar a los suyos…); porque así tenga parte conmigo en la victoria, como la ha tenido en los trabajos» (EE 93).

De hecho, la alegría de la que habla Ignacio -esa expresión suya «será contento» (que significa conformarse -contentarse- pero con alegría -contento- no con cara de vinagre) la alegría, digo, tiene más que ver, en esta vida, con imitar a Jesús en pasar pobreza, injurias y vituperios, que con la victoria exterior, que más bien es una alegría que se reserva para el final, para el cielo.

De esto habla el Papa en Evangelii Gaudium cuando dice que no hay que separar misión y vida privada, ya que cada uno de nosotros puede decir, humildemente pero de verdad: «En el corazón de mi Pueblo yo soy una misión» (EG 273).

Esta coherencia de vida, el no separar la misión (donde uno es más generoso) de la vida privada (donde uno se reserva sus espacios) no es posible, dice Francisco, si uno no se sitúa en el corazón de nuestro pueblo: “Si uno separa la tarea por una parte y la propia privacidad por otra, todo se vuelve gris y estará permanentemente buscando reconocimientos o defendiendo sus propias necesidades. Dejará de ser pueblo” (EG 273). La gente que realiza con absoluta seriedad y responsabilidad los oficios más humildes en nuestra sociedad nos da ejemplo cotidiano de lo que significa «ser pueblo», sentirse uno más, en un trabajo pequeño, quizás, pero importante para que funcione la comunidad. El Papa habla del «maestro de alma», de la «enfermera de alma», del «político de alma» (hay muchos que sí la tienen y que no la han vendido ni están indecisos).

La pertenencia a un pueblo es una pertenencia espiritual. No basta con tener la misma sangre o habitar el mismo suelo: se pertenece en la medida en la que uno cumple su misión en orden al bien común de su gente. Es una pertenencia que se puede incrementar o perder (no solo en un país de misión sino dentro de la propia cultura y país) según uno concrete o no la decisión de ser con y para los demás. Pueblo, en sentido evangélico, es una palabra dinámica (se es en la medida en la que uno se involucra y sirve) e inclusiva: siendo de mi pueblo soy alguien abierto a todos los pueblos.

Crear espacios de oración para que el llamado pueda resonar

En un llamado, lo importante es que resuene. Que no tengamos los oídos en modo avión ni llenos de ruidos.

Un impedimento actual para la escucha del llamado proviene del consumismo: «Las constantes novedades de los recursos tecnológicos, el atractivo de los viajes, las innumerables ofertas para el consumo, a veces no dejan espacios vacíos donde resuene la voz de Dios. Todo se llena de palabras, de disfrutes epidérmicos y de ruidos con una velocidad siempre mayor. Allí no reina la alegría sino la insatisfacción» (GE 29).

El espacio vacío donde resuena la voz de nuestro «jefe y Señor» es la oración: Santa Teresa decía que «la oración es ‹tratar de amistad estando muchas veces a solas con quien sabemos nos ama”. Y el Papa agrega: «Quisiera insistir que esto no es solo para pocos privilegiados, sino para todos, porque «todos tenemos necesidad de este silencio penetrado de presencia adorada“.⁠ La oración confiada es una reacción del corazón que se abre a Dios frente a frente, donde se hacen callar todos los rumores para escuchar la suave voz del Señor que resuena en el silencio» (GE 149).

«Será difícil que nos ocupemos y dediquemos energías a dar una mano a los que están mal si no cultivamos una cierta austeridad, si no luchamos contra esa fiebre que nos impone la sociedad de consumo para vendernos cosas, y que termina convirtiéndonos en pobres insatisfechos que quieren tenerlo todo y probarlo todo. También el consumo de información superficial y las formas de comunicación rápida y virtual pueden ser un factor de atontamiento que se lleva todo nuestro tiempo y nos aleja de la carne sufriente de los hermanos. En medio de esta vorágine actual, el Evangelio vuelve a resonar para ofrecernos una vida diferente, más sana y más feliz» (GE 108).

Al hablar de las «notas de la santidad en el mundo actual» el Papa usa un lenguaje auditivo, musical, en el que el aguante, la paciencia y mansedumbre, el buen humor, la audacia apostólica y el fervor, la comunidad y la oración, no son «notas sueltas» sino un acorde en cuyo «espacio musical» resuena «de modo especial» el llamado a la santidad hoy (cfr. GE 110). Si pensamos estas notas en términos «espaciales» vemos que «crean espacio»: al aguante crea espacio, la paciencia crea espacio, da tiempo…; la mansedumbre no ahoga, da lugar al otro; el humor distiende, es como una ventana de aire fresco, la audacia impulsa a salir más allá, a ganar terrenos de nadie; la comunidad es «lugar teológico» donde nos juntamos a rezar.

Discernimiento como salida de sí

Una novedad de Francisco en el modo de concebir el llamamiento en la hora actual se puede ver en que el Señor que «golpea y llama» a nuestra puerta, no es tanto para entrar sino para salir. «Pero a veces me pregunto si, por el aire irrespirable de nuestra autorreferencialidad, Jesús no estará ya dentro de nosotros golpeando para que lo dejemos salir» (GE 136).

Salir es discernir. Porque la autorreferencialidad es un encierro, una cárcel con barrotes de esquemas mentales que nos quitan libertad. Dice Francisco: «Somos libres, con la libertad de Jesucristo, pero él nos llama a examinar lo que hay dentro de nosotros ―deseos, angustias, temores, búsquedas― y lo que sucede fuera de nosotros —los ‹signos de los tiempos›— para reconocer los caminos de la libertad plena: «Examinadlo todo; quedaos con lo bueno» (1 Ts 5,21)» (GE 168). El discernimiento requiere «disposición a escuchar: al Señor, a los demás y a la realidad misma que siempre nos desafía de maneras nuevas» (GE 172).

Discernimiento como modo de salir de sí es la característica del llamado de Jesús hoy: «Esto nos hace ver – dice el Papa- que el discernimiento no es un autoanálisis ensimismado, una introspección egoísta, sino una verdadera salida de nosotros mismos hacia el misterio de Dios, que nos ayuda a vivir la misión a la cual nos ha llamado para el bien de los hermanos» (GE 175).

Discernimiento como instrumento para seguir al Señor

El Señor dice que para seguir al Señor necesitamos «instrumentos» y, más precisamente, instrumentos de lucha. Porque no se trata de un seguimiento lineal, sino dramático: «La vida cristiana es un combate permanente. Se requieren fuerza y valentía para resistir las tentaciones del diablo y anunciar el Evangelio. Esta lucha es muy bella, porque nos permite celebrar cada vez que el Señor vence en nuestra vida» (GE 158).

El combate no es solo contra la mentalidad mundana, que nos engaña, nos atonta y nos vuelve mediocres, ni tampoco solo con nuestras propias inclinaciones (cada uno tiene sus pasiones desordenadas, dice el papa) sino contra el diablo, el príncipe del mal (GE 159).

La escucha: sustrato básico de todo discernimiento

«¿Cómo saber – se anima a preguntar el Papa- si algo viene del Espíritu Santo o si su origen está en el espíritu del mundo o en el espíritu del diablo?» (GE 166). Este es la pregunta más importante que, si aceptamos que estamos en guerra, tenemos que hacernos todos los días. No se trata de dudar de todo. Pero sí de no ser ingenuos y estar abiertos a escuchar y a dejarnos confrontar: «Solo quien está dispuesto a escuchar tiene la libertad para renunciar a su propio punto de vista parcial o insuficiente, a sus costumbres, a sus esquemas» (GE 172).

El Espíritu nos da la gracia, en primer lugar de volver «a escuchar a Jesús, con todo el amor y el respeto que merece el Maestro». El Espíritu hace que le permitamos «que nos golpee con sus palabras, que nos desafíe, que nos interpele a un cambio real de vida» (GE 66). «Para todo discípulo es indispensable estar con el Maestro, escucharle, aprender de él, siempre aprender. Si no escuchamos, todas nuestras palabras serán únicamente ruidos que no sirven para nada» (GE 150).

Decía el Papa en su Carta al Pueblo de Dios en Chile: «Quisiera detenerme en la palabra “escucha”, ya que discernir supone aprender a escuchar lo que el Espíritu quiere decirnos. Y sólo lo podremos hacer si somos capaces de escuchar la realidad de lo que pasa».

La escucha es el primer paso del discernimiento -primero en el sentido de básico, es el trasfondo que nunca se deja atrás, siempre hay que «volver a escuchar» con más atención al otro, con más apertura de corazón, «salvando la proposición ajena», preguntando, acogiendo, poniéndonos en los zapatos del otro (y del Otro).

El Papa nos advierte que, en este combate que es la vida, en la lucha de paradigmas que escuchamos en nuestra cabeza, hasta «podría ocurrir que en la misma oración evitemos dejarnos confrontar por la libertad del Espíritu, que actúa como quiere». Puede suceder que uno rece, y mucho, y sin embargo «evite la confrontación con el Espíritu» (GE 172).

En el primer taller hablábamos de ejercitarnos en «mirar en modo discernimiento». En sacarnos los anteojos de las ideologías. Pues bien, escuchar bien es el primer paso para «ver bien». Cuando uno escucha, naturalmente el esfuerzo se dirige al sonido y al tono en el que se revela lo que quiere decir el otro. Uno pesca la intención en los énfasis y en el tono. Poníamos el ejemplo que hace ver la diferencia entre ver y escuchar: uno puede ver muchas imágenes al mismo tiempo y hacer zapping. El oído en cambio se atasca más rápido y cuando hablan muchos uno pide que hablen de a uno. La contaminación acústica produce disgusto y hasta dolor. En cambio a la contaminación visual nos acostumbramos más rápido (aunque a la larga produzca el síndrome de Stendhal, el cansancio la ver tantos cuadros en un museo). Quizás por eso le es más fácil al demonio «disfrazarse de ángel de luz» que «imitar la voz del buen Pastor». Jesús dice que «sus ovejas reconocen su voz». Se fía del oído a la hora de discernir.

Qué criterios nos da el Papa para saber si algo viene del Espíritu bueno o del Maligno?

            Discernir estas dos voces -sabiendo que a veces el mal espíritu se disfraza de ángel de luz y puede usar la misma escritura para engañarnos como trató de hacer con el Señor en las tentaciones del desierto- es una gracia y hay que pedirla cada día. Cuando en el Padrenuestro Jesús nos enseña a pedir «líbranos del Maligno» no es solo que nos libre de que nos posea o nos haga daño. El Papa dice: «Él no necesita poseernos. Nos envenena con el odio, con la tristeza, con la envidia, con los vicios. Y así, mientras nosotros bajamos la guardia, él aprovecha para destruir nuestra vida, nuestras familias y nuestras comunidades, porque «como león rugiente, ronda buscando a quien devorar» (1P5,8)» (GE 161).

La escucha supone que el Otro hable, y al hablar manifiesta su libertad: puede decir lo que quiere. Por eso, cuando uno escucha de alguna manera se pone en actitud de pobre, de quien tiene que recibir lo que el otro le quiera decir. Escuchar al Espíritu, como nos recomienda el Papa, supone una actitud de pobreza espiritual. Para cultivar esta actitud de pobres, de gente que cada día tiene que pedir el discernimiento así como pide el pan y el perdón, «el último criterio» es el Evangelio; y también -dice el Papa- el Magisterio que lo custodia». El evangelio y el magisterio bajo la guía del Espíritu, porque sólo el Espíritu «sabe penetrar hasta los pliegues más oscuros de la realidad y tener en cuenta todos los matices para que emerja con otra luz la novedad del Evangelio» (GE 173).

La pobreza nos lleva no solo a acudir cada día a la oración sino a reconocernos pobres también ante la misma Palabra que Dios nos dice. No se trata de que por el hecho de «entenderla o poder explicarla»  sepamos lo que nos quiere decir. El Espíritu es el que nos enseña a aplicar la parábola justa en cada ocasión. «La lectura orante de la Palabra de Dios, más dulce que la miel (cf.Sal 119,103) y «espada de doble filo» (Hb 4,12), nos permite detenernos a escuchar al Maestro para que sea lámpara para nuestros pasos, luz en nuestro camino (cf. Sal 119,105)» (GE 156).

Escuchar bien implica preguntar bien

Y cómo me relaciono con el Espíritu? Dice Francisco: «Pregúntale siempre al Espíritu qué espera Jesús de tien cada momento de tu existencia y en cada opción que debas tomar, para discernir el lugar que eso ocupa en tu propia misión. Y permítele que forje en ti ese misterio personal que refleje a Jesucristo en el mundo de hoy» (GE 23). Escuchar bien implica saber preguntar.

Están las preguntas personales: Señor, cómo te sentís? Esta pregunta activa la mirada sobre nosotros mismos no desde una «idea» o un «mandato» sino desde los sentimientos del Señor. Pablo dice «no entristezcan al Espíritu» y nosotros podemos preguntarle «si le alegró algo bueno que hicimos o si lo hemos entristecido».

Están también las preguntas sobre el qué: «Qué tenemos que hacer» como le preguntaba la gente a los apóstoles el día de Pentecostés. Aquí María nos da en detalle lo que el Padre decía de modo amplio: «Hagan todo lo que Jesús les diga», cosa que el Papa sintetiza en el Protocolo de la santidad para el mundo de hoy. Hagan las obras de misericordia que el Señor elenca en Mt 25.

Están luego las preguntas por el modo. De nuevo nuestra Señora nos da la clave: “Cómo será posible esto si yo…”. Expresar al Señor nuestra pobreza, nuestros condicionamientos de todo tipo, y preguntarle cómo se las ingeniará.

Están las preguntas por el más: «Cómo puedo hacer mejor las cosas, qué paso adelante me proponés, Señor». San Pedro Fabro dice que esta pregunta por «algo más» es infalible para que el buen espíritu muestre su agrado y nos proponga un paso concreto y posible en el camino del bien y el mal espíritu en cambio, se enoje y agite y se revuelva buscando excusas, poniendo impedimentos, tratando de desalentar. Preguntar por el más, ayuda. Esta es la lógica del don y de la cruz: «No se discierne para descubrir qué más le podemos sacar a esta vida, sino para reconocer cómo podemos cumplir mejor esa misión que se nos ha confiado en el Bautismo, y eso implica estar dispuestos a renuncias hasta darlo todo» (GE 174).

Por último, cito la pregunta por el énfasis o la jerarquía: en qué querés que insista, Señor; qué está para Vos primero? Preguntar por lo primero y por el énfasis también mueve los espíritus. Por que el mal espíritu no siempre tienta con cosas malas ni pone en discusión lo bueno que hay que hacer. A veces simplemente hace que posterguemos las cosas o las hagamos desordenadamente o sin poner el acento en lo importante.

El Papa da un ejemplo muy significativo de distintos énfasis que pueden darse leyendo el evangelio: «En el evangelio de Lucas ya no escuchamos el «Sed perfectos» (Mt5,48) sino «Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso» (GE 81).

La misericordia es lo que acentúa el Papa hoy y lo que pone en primer lugar.

Con su Magisterio nos dice todos los días que, en el momento actual, hay que escuchar más «misericordia» que «perfección». Por este lado va la santidad en el mundo actual, que no cree sino a los testigos de la misericordia.

Otro ejemplo que da el Papa es sobre cómo el mal espíritu nos hace escuchar ciertas verdades «disminuyendo su intensidad» o minimizando su perentoriedad, mientras que de otras cosas nos exagera la importancia. Son tentaciones bajo especie de bien, que desjerarquizan o sacan de contexto las verdades. El Papa decía que «en el hospital de campaña» en que vivimos, hay que salvar vidas antes que controlar el colesterol. Y para actuar como médicos de frontera nos da «el protocolo de la santidad», las preguntas prácticas y las medidas urgentes que uno puede tomar hoy, sin temor a equivocarse. Un niño tiene hambre? Tengo que darle de comer. Si no llego a muchos yo solo, para eso debo asociarme a las obras de misericordia que la Iglesia lleva adelante. Y si un niño está en gestación? Sólo una mirada de profunda misericordia -mirada con la que solo su madre puede mirar- es la que puede «desarmar» todas las miradas de la razón pragmática. Por eso, el remedio contra el aborto no está en ninguna ley (ni que penalice ni que legalice) sino en hacer todo lo posible para que esa mirada materna, que cuenta siempre con la ayuda de la naturaleza y de la fe y que hoy ya no cuenta con la ayuda de la cultura que se va imponiendo, para que esa mirada materna, no se apague, sea cuidada, educada por las mismas madres, valorada por la sociedad.

Esta mirada de misericordia, que le quita la cruz al otro, a los más débiles, y la carga sobre las propias espaldas, es capaz de brindar una gran felicidad. Porque la felicidad es paradójica y nos regala las mejores experiencias cuando aceptamos esa lógica misteriosa que no es de este mundo, como decía san Buenaventura refiriéndose a la cruz: «Esta es nuestra lógica». Si uno asume esta dinámica, entonces no deja anestesiar su conciencia y se abre generosamente al discernimiento.

Concluimos con un hermosa convicción del Papa:

«Dios siempre es novedad, que nos empuja a partir una y otra vez y a desplazarnos para ir más allá de lo conocido, hacia las periferias y las fronteras. Nos lleva allí donde está la humanidad más herida y donde los seres humanos, por debajo de la apariencia de la superficialidad y el conformismo, siguen buscando la respuesta a la pregunta por el sentido de la vida. ¡Dios no tiene miedo! ¡No tiene miedo! Él va siempre más allá de nuestros esquemas y no le teme a las periferias» (GE 135).

 

Momento para Contemplar

Marta Irigoy

Siguiendo el camino de los Ejercicios Espirituales, San Ignacio nos propone en la Meditación del Reino, dejarnos “seducir por el Señor” para desde ahí poder discernir el llamado personal al que Jesús, Buen Pastor, me invita en el momento actual de nuestra vida. En el “aquí y ahora” en donde cada uno está viviendo…

Retomando algunas frases del P. Diego, me llego hondamente esta palabra que se hace imagen y sonido: «en el corazón de mi pueblo yo soy una misión» (EG 273). Ya que ilumina mucho,  sabernos en el corazón de un Pueblo, que con sus dolores y alegrías, gesta el Reino de Dios…

Lo gesta, como dice una hermosa antífona, que cantamos en el Jubileo del año 2000:

“En cada gesto de amor, tu Reino llega…”

y se ilumina más el texto del P. Diego, que dice: “La gente que realiza con absoluta seriedad y responsabilidad los oficios más humildes en nuestra sociedad nos da ejemplo cotidiano de lo que significa «ser pueblo», sentirse uno más, en un trabajo pequeño, quizás, pero importante para que funcione la comunidad. El Papa habla del «maestro de alma», de la «enfermera de alma», del «político de alma»…

            La pertenencia a un pueblo es una pertenencia espiritual. No basta con tener la misma sangre o habitar el mismo suelo: se pertenece en la medida en la que uno cumple su misión en orden al bien común de su gente.

Y esta tiene que ser nuestra alegría, sabernos Pueblo que gesta el Reino de Dios en cada pequeño y sencillo gesto de amor…

Para rezar este mes de Julio, en donde nos preparamos para celebrar a San Ignacio, podemos pedir la Gracia de dejarnos seducir por Jesús, para tener sus sentimientos y acercar el Reino de Dios en cada gesto de amor…

Decálogo de la Santidad -Escrito por Obispo Francisco Cerro-

  1. Santo es “vivir con los sentimientos del corazón de Cristo”.
  2. Es no renunciar a amar “hasta el extremo”.
  3. Es abrirse siempre a los planes imprevisibles de Dios.
  4. Es creer contra toda esperanza.
  5. Es encontrarse con “quien sabemos que nos ama”.
  6. Es vivir el gozo y la alegría del Amor de Dios.
  7. Es no tener miedo a subir al monte y bajar al valle.
  8. Es decir: “aquí estoy para hacer tu voluntad”.
  9. Es vivirlo todo desde un amor enamorado.
  10. Es ser de Dios, no ser de uno mismo, ser para los demás.

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Momento de meditación

Diego Fares sj

En este encuentro vamos a tratar el discernimiento que debemos hacer después de confesarnos de nuestros pecados. Es algo especial, no muy habitual, incluso para los sacerdotes, pero que cuando uno lo reflexiona tiene mucho sentido y es muy liberador.

Para ilustrarlo nada mejor que una charla que el Papa Francisco tuvo este año con los sacerdotes de Roma. Está en lenguaje coloquial.

Un cura le había preguntado acerca de todas las circunstancias que hacen que el ministerio (y la vida cristiana, diría yo) sea difícil de sostener con perseverancia en el mundo de hoy. El Papa le responde remarcando que:

«… Hay que individuar nuestros límites:  (Digo que es importante…) el diálogo con los límites en el sentido de (preguntarme) qué puedo hacer con este límite, cómo (puedo) sobrellevar este límite. Discernir entre los límites…

            La pregunta puede asustarnos, porque hay muchos límites, muchas circunstancias que nos desaniman… Y la respuesta es: Hay un camino (para enfrentar todas las circunstancias adversas): es tu estilo sacerdotal (y laical), el diálogo con tus límites, el discernimiento (de) los límites, incluso con (todas) estas circunstancias. No tengas miedo a esto: a discernir incluso tus pecados.

            Porque los pecados son perdonados, es cierto. El Sacramento de la Confesión es para esto; pero no termina todo allí. Tu pecado proviene de una raíz, de un pecado capital, de una actitud, y esto es un límite que hay que discernir.

            Es otra manera, diferente de pedir perdón por el pecado. No (diciendo): «tengo este problema, lo confesé, se acabó». No!  No termina ahí. El perdón está ahí, pero luego tienes que dialogar con la tendencia que te llevó aun pecado de orgullo, de vanidad, de celos, de chismes, no sé … ¿Qué me lleva a ello? (Debo) Dialogar con el límite que tengo dentro y discernir.

            Y el diálogo con estos límites, siempre – para ser eclesial –  se debe hacer frente a un testigo, alguien que me ayude a discernir. Y ahí es muy importante la confrontación: Esto que me pasa a mí, confrontarlo con otro. 

            Confrontarse. Y ahí [se trata de] buscar un hombre sabio. Un hombre sabio es la figura eclesial del padre espiritual, que comienza con  los monjes del desierto: El que te guía, el que te ayuda,  el que dialoga contigo, que te ayuda a discernir.

            No es suficiente confesar los pecados: esto es importante, porque allí – y siempre lo he sentido como una de las cosas más bellas del Señor – está la humildad de un pecador y la misericordia de Dios, que se encuentran y se abrazan- ; es un bellísimo momento de la Iglesia, ese del perdón de los pecados. Pero no es suficiente.

            También eres responsable de una comunidad (de tu familia, de tus amigos), tienes que seguir adelante y para eso necesitas una guía. Les digo que no tengan  miedo; también a los jóvenes: Empiecen con esto desde jóvenes. Busquen. Hay hombres sabios, hombres de discernimiento que ayudan mucho y acompañan tanto» (FRANCISCO, Encuentro con los sacerdotes de Roma, 15 de febrero de 2018).

Combate contra el Maligno

Tomamos pues la recomendación de Francisco acerca de la necesidad de discernir las raíces de nuestros pecados y complementamos el tema de las propias inclinaciones y de la mentalidad mundana con el tema del Maligno, del demonio. Se trata de saber discernir su presencia y no dejarlo que maltrate nuestros límites, esos que surgen cuando pecamos.

En su Exhortación apostólica «Alégrense y regocíjense» el Papa, hablando de que la vida espiritual es lucha, dice que:

«No se trata solo de un combate contra el mundo y la mentalidad mundana, que nos engaña, nos atonta y nos vuelve mediocres sin compromiso y sin gozo. Tampoco se reduce a una lucha contra la propia fragilidad y las propias inclinaciones (cada uno tiene la suya: la pereza, la lujuria, la envidia, los celos, y demás). Es también una lucha constante contra el diablo, que es el príncipe del mal. Jesús mismo festeja nuestras victorias»(GE 159).

Por tanto, detrás de la mentalidad mundana que promueve las actitudes egoístas e injustas y detrás de la raíz interior de mis debilidades que se expresan en los pecados, lo primero que hay que discernir es la acción del Mal espíritu que se aprovecha de estas cosas para mal.

Ayuda mucho caer en la cuenta de que, en sí mismo, un pecado si dejamos que sea Jesús el que lo trate -con su comprensión, su misericordia y su poder de recrear la vida y de sacar bienes de los males- se puede convertir en una fuente de gracia. En cambio, si encima que hemos pecado, permitimos que el Mal espíritu lo gestione, el mal se multiplica. Por eso, más allá de clarificar lo que es un pecado y sus raíces, es de vital importancia identificar el modo de tratar nuestras faltas que tiene Jesús y el modo que tiene el demonio.

Hoy en día hay que remontar las imágenes con que se personificó al demonio en otras épocas, sabiendo distinguir entre la realidad profunda a la que se alude y el modo como se la expresa. Ya no sirve personalizarlo con cuernos, tridente y fuego. Por eso el punto es encontrar nuestro modo. «Personalizar» al Maligno requiere discernimiento.

Discernimiento en el sentido de todo el proceso de discernimiento, no solo el discernimiento considerado como resultado final. No tenemos que pensar que cuando nos damos cuenta de que, en algo malo que hicimos, hubo “alguien que le echó leña al fuego”, por decirlo así,  basta con nombrar al demonio para conocerlo. El nombrarlo no significa  que logremos hacerlo visible como si le hubiéramos sacado una foto o hubiéramos descubierto el rastro de su ADN. El demonio es maestro en escaparse, en disimular su presencia y en borrar sus rastros… Sin embargo, en un proceso – pongamos por ejemplo una reunión en la que las cosas iban bien y de pronto algo pasó que hizo que se terminara a los gritos y todos peleados-, es posible con la ayuda del Espíritu Santo reconocer la acción del Maligno. Se lo reconoce por sus efectos destructivos. Luego, reflexionando sobre cómo se dieron las cosas, podemos descubrir por dónde entró, cuál fue la palabra o el gesto que aprovechó para hacer terminar mal algo que iba bien.

Si uno tiene dificultades “racionales” a la hora de aceptar que se personalice al demonio, le puede ayudar lo que el Papa dice en los números 160-161 de su Exhortación. Allí afirma que, para reconocer al demonio, no basta con el sentido común, sino que hace falta la fe, el sentido sobrenatural. Y si uno, ejercitando la fe que nos despierta Jesús, escucha con atención lo que el Señor enseña, se dará cuenta de que en el Padre nuestro, el Señor nos enseña a repetir cotidianamente al Padre: libranos del Maligno. Jesús no se refiere al mal en abstracto sino que “indica un ser personal que nos acosa” (GE 160).

Pedir al Padre que nos libere del Maligno es tan concreto como pedirle el pan de cada día. Desde esa óptica personalizante se puede entender que la petición  que dice “no nos dejes caer en la tentación”, significa (también) que no nos deje caer en las tentaciones del demonio (GE 158). Es decir: hay tentaciones que provienen del mundo, otras de nuestras inclinaciones y otras que son directamente del Maligno. Estas son principalmente las tentaciones contra el evangelio (GE 159).

Lo interesante del número 161 es que la exhortación del Papa a no pensar que el Maligno “es un mito, una representación, un símbolo, una figura o una idea”, no sigue el camino de “representarlo” de una manera conceptual más convincente, sino que desemboca en una advertencia: “Ese engaño nos lleva a bajar los brazos, a descuidarnos y a quedar más expuestos…”

Expuestos a qué? No a una posesión sino a un veneno: “El no necesita poseernos. Nos envenena con el odio, con la tristeza, con la envidia, con los vicios“.

E inmediatamente refuerza el Papa el argumento práctico, haciéndonos ver que el demonio “aprovecha para destruir nuestra vida, nuestras familias, nuestras comunidades”. Recién entonces pone la única “imagen” que usa y que toma del Nuevo Testamento, afirmando que destruye “porque ‘como león rugiente, ronda buscando a quien devorar (1 P 5, 8)'”.

Tomando pie en este «rugido», pienso que más que utilizar «imágenes» del maligno (todas terminan siendo caricaturas) puede ser útil hablar de «sonidos». Lo auditivo puede ayudar más que lo visivo.

Se trata de «personalizar» una voz, un tono y una lógica: la lógica de un discurso totalmente contradictorio con la lógica del amor.

Reflexión sobre el mal

Es necesario preparar el terreno haciendo algunas reflexiones acerca del mal que nos abran la mente para recibir lo que las imágenes evangélicas y bíblicas nos quieren transmitir.

La primera reflexión es que del mal hay que o alejarse o combatirlo, ambas cosas decididamente. Y si en el combate se ve que no se lo puede exterminar, hay que intentar neutralizarlo (atar al perro rabioso, como dice el Papa).

La segunda reflexión es que el mal no solo es un problema sino que es un misterio. Los problemas se resuelven. El misterio, cuanto más lo medito, más caigo en la cuenta de que no lo puedo agotar. Y aquí viene una cuestión práctica que es clave: si el misterio es el bien, cuanto más lo contemplo, estudio y practico, más se dilata mi corazón. El misterio me ensancha el alma, me hace crecer, me lleva a desear más. En cambio, si el misterio es el mal y la iniquidad, querer escudriñarlo es peligroso y nocivo.

Dice un autor anónimo: “Uno no debería ocuparse del mal, sin mantener cierta distancia y cierta reserva. Esto si uno desea evitar el riesgo de ver paralizado su ímpetu creativo y un riesgo aún mayor: el de proporcionar armas a los poderes del mal. Uno puede captar profundamente, es decir, intuitivamente, solo lo que uno ama. El amor es el elemento vital del conocimiento profundo, el conocimiento intuitivo. Ahora, uno no puede amar el mal. El mal es, por lo tanto, incognoscible en su esencia. Uno puede entenderlo solo a distancia, como observador de su fenomenología”.

La tercera reflexión dice así: «El mal se encuentra allí donde se vive y se ejerce la intersubjetividad, allí donde lo real surge con dimensión humana». Es decir, donde no hay relación intersubjetiva -en un terremoto, por ejemplo, en un perro que te muerde o en un virus que te enferma-, uno no se la agarra con la tierra, con el animal o con el virus; sabe que el movimiento de estos seres no se dirige «contra uno como persona», sino que cada ser sigue su curso natural y hace lo que es bueno para él y para su especie. En cambio cuando entramos en el ámbito interpersonal, el mal se personaliza y adquiere otra dimensión. Lo que uno «mide» no es solo el hecho físico de que alguien te pegue, por ejemplo, sino «la fuerza de la intención de hacerte mal» que depende de la libertad y de la inteligencia del otro.

Esto nos lleva a una cuarta reflexión acerca de cómo “personalizar bien al mal”. Esto implica que no hay que demonizar a las personas (si bien algunas que son extremadamente malas deben ser evitadas, neutralizadas y combatidas decididamente si no queda otra manera de evitar que dañen, sobre todo a inocentes), ni hay que demonizar a las estructuras, lo cual es una manera de “despersonalizar el mal”, de quitarle rostro y voluntad.

Hay que demonizar solo al Maligno. Pero al hacerlo hay que saber que cuando decimos que es persona, qué signifique «ser persona espiritual mala» es un misterio que nos excede. No lo podemos definir ni terminar de conocer su esencia. Sí podemos, en cambio, reconocer su modo de comportarse, su lógica y sus efectos.

La última reflexión es que, acerca de su ser personal, podemos decir una cosa: que no se «relaciona» en primer lugar con nosotros, como pequeños seres humanos, sino que su problema es con Dios. Y no con Dios «en el cielo», donde su problema ya fue resuelto de una vez para siempre cuando perdió la batalla y fue arrojado al infierno, sino con Dios hecho hombre, con Jesús. Y cuando actúa contra Jesús, ahí sí, que nos implica a nosotros. Si no, quizás no le interesaríamos, ya que él es puro espíritu y nosotros somos seres de carne. El demonio se manifiesta y actúa con especial ferocidad cuando tiene enfrente a Jesús – el Dios hecho carne-, cuando se trata de algo que tiene que ver de modo particular con Jesús.

Estas reflexiones se traducen -y esto es lo que importa- en dos actitudes prácticas. Una, que cuando sufrimos el ataque de sus acusaciones, seducciones, mentiras e intimidaciones… etc., se nos debe prender la lamparita de que está queriendo evitar que Jesús nos de una gracia. El demonio está luchando contra Él! Contra Él en nosotros, ciertamente, pero en primer lugar contra Jesús!

Esto ayuda a enfrentarlo mejor. Ayuda a comprender por qué a veces sus ataques son desproporcionados, si «uno no ha hecho nada para tener tales tentaciones». Es que el demonio está queriendo impedir algo del plan de Dios, que cuenta con nosotros y quiere servirse de nuestra colaboración para hacer el bien a tantas personas, especialmente a los más pobres.

La otra actitud práctica a seguir es decir así: «no soy yo el que te nombra directamente  como persona», como si pretendiera que te conozco y que te puedo expulsar de mi vida, sino que te enfrento y te reto diciendo estas palabras: “En Nombre de Cristo, aléjate de mí Satanás”. Es decir: no lo nombro yo como si «supiera lo que estoy diciendo o que lo conozco bien», sino que «en Nombre de Cristo lo alejo».

El león y la serpiente        

El Papa utiliza dos imágenes para describir el modo de accionar «sonoramente» del Maligno: la del león rugiente, que con su rugido nos mete miedo, y la de la Serpiente, que que con su voz sibilina nos seduce y envenena. “La ‘lógica de la serpiente’, capaz de camuflarse en todas partes y morder” (…) La estrategia de este hábil ‘padre de la mentira’ (Jn 8, 44) es la mímesis, una insidiosa y peligrosa seducción que se abre camino en el corazón del hombre con argumentaciones falsas y atrayentes” (FRANCISCO, Mensaje para la 52 Jornada Mundial de las comunicaciones sociales, 2018).

A partir de las imágenes evangélicas señalamos las dos grandes características del accionar del demonio: el hacernos sentir miedo y el querer seducirnos.

Podemos así discernir que estas dos voces o “tonos de voz”, el que nos mete miedo y el que es seductor, son radicalmente opuestas a la voz del Buen Pastor, que nos pacifica y nos estimula a ejercer nuestra libertad.

Dios no ruge como el león rapaz y agresivo. Su voz es poderosa y majestuosa en el Antiguo Testamento y se vuelve mansa y dulce en Jesús.

Jesús no grita, no es agresivo;  sino que es humilde y misericordioso. …. Jesús no tiene el tono agresivo del que acusa, Él es nuestro Paráclito, nuestro abogado defensor.

Su voz tampoco es como la de la serpiente, seductora y engañadora. Jesús dice siempre la verdad y no seduce con mentiras. Si fascina es porque llama, invita, e interpela a seguirlo libremente.

 

Momento para contemplar

 Marta Irigoy

Es una Gracia, poder rumiar y contemplar nuestros pecados y nuestros límites, en el Mes del Sagrado Corazón de Jesús…

Frente al Corazón de Jesús podemos mirarnos como en un espejo, en el que se refleja nuestra verdadera imagen, donde dice: “Sos mi hija muy amada / Sos mi hijo muy amado…”

Acercarnos al Corazón de Jesús, es lugar seguro. Es lugar de confianza. Es sentirnos en casa…

El P. Diego, nos mostraba una actitud práctica para alejar el mal, nombrando al Señor Jesús, ya que solo el Dulce Nombre de Jesús, vuelve a encender la luz de paz en el propio corazón. Luz que muchas veces parece frágil, sin embargo, esa luz nos ha acompañado desde siempre…

Comparto, este texto del Papa Francisco, que nos puede ser de ayuda, para rezar y dejarnos perdonar y consolar por la misericordiosa ternura de nuestro Dios,  ante nuestros límites y pecados…

“El Corazón de Jesús, es el Corazón del Buen Pastor no es sólo el corazón que tiene misericordia de nosotros, sino es la misericordia misma. 

Ahí resplandece el Amor del Padre; ahí me siento seguro de ser acogido y comprendido como soy; ahí, con todas mis limitaciones y mis pecados, saboreo la certeza de ser elegido y amado.

Al mirar a ese corazón, renuevo el primer amor: el recuerdo de cuando el Señor tocó mi alma y me llamó a seguirlo, la alegría de haber echado las redes de la vida confiando en su palabra (cf. Lc 5,5).

El corazón del Buen Pastor nos dice que su amor no tiene límites, no se cansa y nunca se da por vencido. 

En él vemos su continua entrega sin algún confín; en él encontramos la fuente del amor dulce y fiel, que deja libre y nos hace libres; en él volvemos cada vez a descubrir que Jesús nos ama «hasta el extremo» (Jn 13,1), sin imponerse nunca…

El Señor nos mira siempre con misericordia, nos espera con misericordia. ¡No tengamos miedo de acercarnos a Él! ¡Tiene un corazón misericordioso! Si le mostramos nuestras heridas interiores, nuestros pecados, Él nos perdona siempre. ¡Es pura misericordia! No olvidemos esto: es pura misericordia ¡Vayamos a Jesús!

Te invito a terminar rezando:

Danos, Jesús, un Corazón(Guillermo Rosas ss.cc.)

Danos, Jesús, un corazón
como el que fue mecido en el pesebre,
un corazón confiado en manos de otros,
un corazón de niño, un corazón alegre.

Señor, danos un corazón
como el de tu trabajo de artesano:
que haga del mundo una gran casa
donde vivamos todos como hermanos,
un corazón que labre vida nueva
en los surcos del tiempo sin descanso.

Danos, Jesús, un corazón
como el que predicó por los caminos,
un corazón que grite desde los tejados,
un corazón misionero y peregrino.

Señor, danos un corazón
que acoja a los pequeños y sufrientes,
que haga brotar la vida en cada rostro,
y a los pobres arranque de la muerte,
un corazón abierto, sin fronteras,
cercano y generoso, fiel y valiente.

Danos, Jesús, un corazón,
como el que fue mecido por María,
un corazón confiado hasta el extremo
en las manos del Padre de la Vida.

 

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