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Archive for the ‘Encuentros de Oración’ Category

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Diego Fares – Marta Irigoy

Juntas, las meditaciones y contemplaciones de todo el año 2018

 

Crecer en el discernimiento

En su encuentro con los jesuitas de Perú, el Papa Francisco nos pidió “oficialmente” a los jesuitas que ayudemos a la Iglesia enseñando “con humildad a discernir”. De aquí vino la misión de trabajar este año el tema de “crecer en el discernimiento” como si fuéramos a la escuela, es decir, con actitud de discípulos y de discípulas, de niños que dócilmente se dejan enseñar por el Espíritu, nuestro Maestro interior, por nuestra Señora, Maestra en este arte de decirnos que hagamos lo que Jesús nos diga.

Todos tenemos alguna idea propia de lo que es el discernimiento. Pero no creo errar si digo que también nos pasa que, si es lo tenemos que explicar, se nos escapa un poco el concepto.

Esto es algo que pasa con todas las realidades básicas: se viven (pensar es discernir, siempre) pero es difícil dar razón. Con la vista, por ejemplo. Todos los que tenemos la dicha de poder ver sabemos perfectamente en qué consiste. Nos damos cuenta cuando “vemos mal”. La experiencia de salir a la calle usando lentes nuevos tiene algo de magia, si es que uno es un poco miope. Pero si queremos explicar qué significa “ver” necesitamos aprender no solo cosas de física y de biología sino que caemos en la cuenta de que el ver humano no es como el de los animales: nosotros vemos con intención y libremente, en cambio cada animal ve el mundo “sectorialmente”, focalizándose en lo que le hacen buscar sus instintos e ignorando el resto. Nosotros, al ver un rostro, al mirar a alguien a los ojos, ponemos en funcionamiento el misterio más hondo del universo, ese que hace exclamar a Pablo que cuando veamos a Dios cara a cara “nos haremos semejantes a Él”.

Qué fuerza tiene el ver que hace que uno interiorice las cosas! Y si no es una “cosa” lo que vemos sino otra persona, ella misma entra en nuestro interior y al contemplarla y ser contemplados por ella, se alimenta y crece el amor mutuo.

Además, la mirada amorosa es “creativa”, despierta y fecunda en el otro cosas, semillas, capacidades que, sin esa mirada, quedarían dormidas. La mirada de nuestra madre, su sonrisa, nos despierta a la belleza y la bondad de la creación y nos enseña a “fijar” los ojos allí donde brilla más el amor. La mirada hace que nuestro mirar no se quede autista o se convierta en un zapping, yendo de aquí para allá sin ver nada.

Miramos discerniendo

Del discernimiento se puede decir que es un mirar selectivo” Humanamente miramos discerniendo.

La experiencia de mirar vidrieras en un shopping es significativa. Porque en la naturaleza, como el paisaje tiene continuidad, la variedad afecta serenamente nuestra mirada, que se desliza entre las cosas como una brisa suave sin que el detenernos en una flor nos distraiga del horizonte de cielo, de las montañas o del mar. En un shopping en cambio, la variedad y calidad de cientos de productos seriales pone en acción nuestro poder selectivo en su capacidad de “discriminar” y no podemos “contemplar serenamente el todo y las partes” sino que escaneamos a toda velocidad: esto sí, esto no me gusta, no, no, más o menos, no… puede ser… esto sí! Lo mismo pasa en un museo, en el que la variedad de cuadros, de estilos y de épocas, nos obliga a discernir qué queremos ver, porque si no nos bloqueamos.

Sobredosis de belleza o el síndrome de Stendahl

Hablando de museos, hace unos días, un amigo hizo referencia al “síndrome de Stendhal”. Yo no lo conocía absolutamente y me quedó la idea de algo para ver después, ya que la conversación pasó a otra cosa. Stendhal viajó a Florencia y al salir de la Santa Croce, un 22 de enero de 1817, sintió que “le latía el corazón, que la vida estaba agotada en él y andaba con miedo de caerse”. Acudió al médico y este, luego de auscultarlo y mirarle los ojos le diagnosticó “sobredosis de belleza”.

Los que han estudiado el fenómeno psicosomático dicen que este síndrome es una situación anímica que se desencadena tras observar obras de gran belleza en una misma ciudad y durante un corto espacio de tiempo. Le llaman la enfermedad de los museos.

Trayendo el agua a nuestro molino y sin mucho análisis científico, advierto que este “stress de belleza” no se da al contemplar un paisaje natural o al quedarse ante una sola obra artística. Parecería que es producto de mezclar “belleza artística” y “shopping”. Las obras artísticas no son “algo en serie”, cada obra es un universo concentrado en un espacio limitado. Esto hace que su fuerza expansiva, al meter todos lo cuadros en una sala (aunque por eso mismo en los museos se le da “espacio” a las obras, pero no siempre el suficiente), produzca este efecto de que las “ondas” de una obra choquen con las de las otras. Imaginemos si en un mismo salón se tocaran cien músicas diferentes! Nuestro oído reaccionaría inmediatamente. Pues se ve que la vista también, aunque uno “se anime” a querer ver muchas obras en un museo. Al poco tiempo sale igual de cansado que si hubiera escuchado músicas mezcladas.

El que no discierne se enferma

Todo este largo excurso “artístico psicosomático” es para decir lo siguiente. Si no discernimos, en el mundo actual, en el que todos los paradigmas, las creencias, las ideologías y las imágenes, están en un mismo “sitio” -los medios- el síndrome de Stendhal que sufriremos (que estamos sufriendo) será (es) de proporciones épicas. Se habla del fenómeno de la rapidación y de la acumulación de información que nos asedia, de los efectos que produce estar siempre online… Todas cosas que se van estudiando en medicina, sicología, sociología… Se suele insistir en que “nos hace mal ver tantas malas noticias”. Y en los niños que están todo el día conectados, se detecta el problema de incapacidad para focalizarse. Estamos convirtiéndonos en multi-tasking.

Mirar en “modo discernimiento”

Algunos ven en esto un peligro que impide la concentración y la contemplación serena. Yo prefiero considerar que como son dos cosas distintas -mirar un paisaje o un cuadro y mirar vidrieras en un shopping-, el problema no es cuantitativo o cualitativo sino la mezcla. Y aquí entra lo del discernimiento. Uno tiene que cambiar el chip. No mezclar. Si entra en internet no puede entrar con el mismo chip con el que va a misa. Y viceversa. Es decir: no tiene que cambiar el mundo (el paisaje), tiene que cambiar mi “modo de mirar”.

Una cosa es mirar en “modo naturaleza”, otro es mirar en “modo shopping” o en “modo internet” y otro, trasversal a los anteriores y a todo modo, es “mirar en modo discernimiento“. Es decir: “mirar en modo “dual”, con mi mirada y la del Espíritu.

Este modo de mirar es “libre”, en el sentido más profundo de la palabra. Nos libera de ser esclavos de los otros modos de mirar, que tienden a apoderarse de nuestra mirada y volvernos “ideológicos”. Ideológicos de distinto signo -político, económico, de género, dogmático… incluso el evangelio y la doctrina caen bajo este modo de mirar ideológico que quita libertad y capacidad de diálogo con otros.

Discernir invocando al Espíritu

El “modo discernimiento” es aquel que, en algún momento -no importa si antes, durante o después- que uno está mirando algo (un paisaje, una página web, una persona o sus propios sentimientos) uno alza la mirada y la dirige al Espíritu con una sencilla invocación “Ven Espíritu Santo, enciende con tu luz nuestro sentidos” (Oración del Ven Creador).

Esta simple invocación , a la que el Espíritu no se resiste porque toca su fibra más íntima, aquello que Él es (Ardor común, Encendimiento de otros) y para lo que ha sido Enviado por el Padre y por Jesús: para “reavivarnos”, vivificarnos, transfigurar lo que vemos con su luz…, hace que venga y nos de su gracia. El Espíritu nos “hace ver las cosas como le agradan a Dios (es decir: como son, ya que a Dios le agradan las cosas y las personas como somos, como nos creo y redimió, y como podemos ser, en el sentido de que le agrada vernos mejorando y creciendo en el amor).

Discernir con los criterios de “El que tenemos más a mano”

Esta es una manera de presentar el discernimiento como la respuesta justa a algo que necesitamos más que el aire y el smartphone. Porque el síndrome de Stendhal nos asedia: tenemos sobredosis no solo de cosas malas, sino también de belleza Las ideas verdaderas ese encuentran amontonadas mal, desjerarquizadas, sin espacio entre una y otra. Y eso nos lleva a “discernir” desde lo que tenemos más a mano. Cada uno desde algún criterio de algo que le hizo bien.

Esto mismo es bueno si uno se da cuenta de que el Espíritu Santo es justamente “El que está a mano” -el Paráclito-. Y Él es el que nos hace comprender Quién es Jesús y cuánto puede ayudarnos su palabra para resolver nuestras cosas de la vida diaria.

Claro, uno puede sentir: y a Jesús, cómo lo contacto! La Iglesia lo tiene, por supuesto. Pero a veces muchos sienten que le hemos puesto tantas puertas con horario a las iglesias, tantos requisitos a los sacramentos (que son Jesús mismo hecho pan, perdón del pecado de ayer a la tarde, aceite para la enfermedad que tengo…, bendición para mi deseo de formar familia) tantas condiciones, que queda medio lejos. Pues bien, para eso fue enviado el Espíritu, que se derrama sobre toda carne, sobre toda cultura, que actúa en toda persona que lo invoca y desea adorar al Padre y conocer y contactarse con Jesús. El Espíritu también es condición para que todo lo que la Iglesia tiene acumulado no sea museo sino vida.

Los sentidos del discernimiento

Y qué “sentidos” enciende el Espíritu? Enciende todos. Pero la clave es que los enciende en “modo discernimiento”. Es decir: enciende ltu lengua, pero no solo para que “hables en lenguas” sino también para que puedas profetizar y anunciar verdades que sirvan a la vida y a la oración de todos. El Espíritu enciende tu gusto espiritual no solo para que saborees íntimamente las palabras de Dios sino para que puedas saborear su fuerza apostólica, su capacidad de encender otros fuegos. El Espíritu enciende tu tacto espiritual pero no solo para que toques dinámicamente el suelo en una danza que te hace dar vueltas sobre tí mismo, sino para embellecer tus pies cuando corres a anunciar el evangelio en alguna frontera. El Espíritu enciende tus ojos y oídos para que disciernas el rostro de Jesús en los pobres y escuchar su silbido y su voz de buen pastor, distinguiéndola de la voz seductora del maligno. El Espíritu enciende tu olfato espiritual para que sepas “oler” al mal espíritu, allí donde aparece vestido de ángel de luz y no lo puedes discernir con tu mirada. Es decir: el Espíritu enciende todos tus sentidos espirituales para que disciernas “los sentimientos de Cristo Jesús” y para poder comunicarte su “modo de pensar” y de ver las cosas.

El tratado donde este “modo de sentir-discerniendo” está plasmado es el Evangelio. Allí cada escena, cada parábola, cada frase no es solo una frase sino una clave para discernir, que aplicada a la realidad justa en cada situación, obra eso que Jesús prometió: que el Espíritu nos enseñará toda la verdad y nos dirá qué decir en cada momento.

Discernir o quedar fascinado por alguna ideología

No discernir, hoy, es permanecer atado a esa mezcla -incluso de cosas buenas- que nos ofrece el mundo moderno, con su conflicto de interpretaciones. No basta con tener las ideas claras en los libros y en los manuales, hay que saber con qué “sentido” afrontarlas. Como decía, hay cosas que hay que “olerlas” porque si uno las mira queda “hechizado”, “fascinado”. La capacidad de photoshop es hoy tan maravillosa que uno le dice al otro mostrándole una “realidad” (una noticia, una foto, un título de diario con “lo que dijo fulano”): “no lo ves?” No puedo creer que no “veas” lo mismo que yo. Y el otro, tomando distancia, trata de hacerle “ver” lo que ve él,  mostrándole “otras noticias”…

El desafío es terminar de caer en la cuenta de que, hoy por hoy, no hay un “lugar” común desde el cual mirar todos las cosas, no hay piso firme en ninguna idea, dogma o ideología, no hay “realidad común” objetiva como la había cuando cada uno vivía en su pueblo y las noticias de otros lados llegaban “al otro día o a la semana siguiente” y había “espacio”, como en un buen museo, para ver una obra o dos en cada sala y tomar aire con los ojos. Hoy está todo junto todo el tiempo de mil manera diversas. El único lugar común puede ser, precisamente, el discernimiento. Convenir, la mayor cantidad de gente posible, que todo debe ser discernido (cosa que ya hacen muchos) y, lo importante, convenir en que todos tenemos que entrar en la Escuela del Discernimiento.

Hablar de Escuela de discernimiento quiere decir que, en este arte, hay maestros. Hay camino recorrido y se puede aprender mucho. Es más, se trata del arte de “aprender cada día” del único Maestro interior. Porque, como se trata de discernir la realidad y esta cambia tanto, no hay escuela que no sea la del aprendizaje continuo, la del criticar en primer lugar el propio punto de vista, los propios sentimientos, ya que no hay cosa, por perfecta que sea, que no pueda ser usada por el mal espíritu para alejarnos del amor de Jesús. Y no hay cosa, por pecado que sea, que no pueda ser usada por el Espíritu Santo para acercarnos a la misericordia del Padre.

 

1. El discernimiento en el marco de los Ejercicio espirituales

 

A lo largo del año iremos viendo la estrecha relación que tiene hacer un discernimiento particular (o muchos) y practicar los Ejercicios Espirituales. Los Ejercicios como tales  -de un mes- se hacen una o dos veces en la vida. Tiene como fin hacer una elección radical, de estado de vida o de una misión importante. Luego, los Ejercicios de cada año van ayudando a mantener y perfeccionar la elección y la misión.

El marco de los Ejercicios es el adecuado para un proceso de discernimiento, para dar lugar a que el corazón experimente gracias y tentaciones y pueda adquirir certeza en el Espíritu a la hora de elegir. Así, los Ejercicios, con sus diferentes etapas, con sus meditaciones estructurales, nos ayudan a poder hacer un discernimiento.

Presentar esta dimensión “de máxima” no es para alejar el discernimiento de la vida diaria. Al contrario: al igual que el amor a Dios es el mismo que el amor con que se ama a un pobre, en el gesto pequeño de darle un vaso de agua, así también el discernimiento de una vida matrimonial o consagrada, se concreta en el discernimiento de la pequeña opción que hay que hacer cada día para que la vocación crezca. El camino del discernimiento, como el del amor, es de ida y vuelta. Las elecciones y predilecciones grandes y definitivas se concretan y se alimentan en las elecciones y predilecciones pequeñas de cada día. El que ya eligió estado de vida, dice Ignacio, no tiene que cambiarlo, sino crecer y mejorar en él. Y en esta situación de “crecer en nuestro estado de vida y misión (trabajo) principal, estamos todos (salvo los jóvenes que aún no han decidido o la vida todavía no “decidió” por ellos).

Alabar, adorar y servir: tres deseos “ya discernidos”

Antes hablamos de un mundo en el que todo es relativo. Hoy se cuestiona hasta la ley natural y pareciera que “todo se construye”, incluso la propia identidad de género. Sin embargo así como cada piedra, cada planta tienen su ley interior y cada animal su instinto, que no les permite equivocarse en cuanto a su misión en la vida, los seres humanos contamos también con algo similar a este “instinto” que, si lo desarrollamos, no nos equivocamos. Hablo del deseo de alabar, de adorar y de servir. No es cuestión de demostrarlo teóricamente sino de invitar a cada uno a que haga la prueba. Comience a agradecer y a bendecir por su vida y por las persona y cosas que ama y verá como va encontrando un camino claro: a medida que agradece, sentirá deseos de agradecer más. Incluso por lo malo, ya que al bendecir irá encontrando cosas buenas también en lo que no lo fue. Lo mismo con la adoración, si uno se pone con el rostro en tierra y confiesa sus “no”: no soy nada, no puedo nada, no se nada… y le dice a Dios Vos sos todo, Vos podés todo, Vos sabés todo, verá que algo se libera en su interior. Y no digamos nada de servir. Si uno se pone a servir a alguien que necesita, comenzando por los más pequeños, siguiendo por los compañeros de trabajo, los pobres, los enfermos…, verá que algo le dice a sus manos que están bien, haciendo lo correcto. Estas actitudes suscitan el asentimiento de nuestra mente, de nuestro corazón y de nuestras manos.

Son deseos ya discernidos, en el sentido de que tienen algo de “instintivo”. Los tenemos que poner en acción libremente, pero enseguida vemos que nuestro ser fluye gracias a ellos. Los reconocemos también en otros seres, en los pájaros que con su canto y sus vuelos en equipo son un canto de alabanza al Creador; en los animales que se sirven unos a otros; en toda vida a nivel molecular en el que todo es “servicial”. Estos deseos profundos, si se les da cauce y se los comienza a practicar, muestran ser mas fuertes que cualquier otro deseo.

Realizando estos deseos y poniéndolos en práctica vamos descubriendo “existencialmente” el sentido de nuestra vida. No algo sí como el “sentido en general” de la vida, cosa que escapa al alcance de alguien que vive solo un tiempo en la historia, pero sí el sentido concreto de “mi vida”, cosa que cada uno puede descubrir a medida que realiza estos deseos básicos que son expresión del amor: alabar, adorar y servir y discierne su lugar y su misión en el universo.

Las tentaciones contrarias son denigrar, auto-adorarse y aprovecharse egoístamente de los bienes comunes. Hay también tentaciones “neutras”: ni alabar ni criticar, no adorar nada ni a nadie, gozar y gastar y no trabajar.

Deseo de alabar

Sintonizar con el deseo profundo de Alabanza nos armoniza el alma subjetivamente con la realidad. No solo hay que alabar a Dios y a las cosas extraordinarias. La discreta alabanza a todo ser, hace que cada cosa brille y mejore dando lo mejor de sí. La alabanza tiene sus tonos menores, con los que se alaban y se agradecen, amablemente y sin exagerar, los pequeños dones y servicios que alguien nos presta. Es un acto de justicia alabar cada gesto en su justa medida. Así como no es buena la alabanza falsa o exagerada tampoco es bueno dejar pasar las cosas que conllevan el trabajo de otro como si se dieran por descontado.

El pueblo sencillo sabía de alabar a Jesús. “Bendito el seno que te portó y los pechos que te amamantaron”, exclamó aquella mujer del barrio mientras Jesús hablaba. “Hosanna, bendito el que viene en nombre del Señor”, cantaban los niños alentados por sus mamás y por sus padres cuando Jesús entró en Jerusalén montado en un burrito. “Verdaderamente este era Hijo de Dios”, confesó el Centurión. Y así tanta gente. El pueblo fiel de Dios da rienda suelta a su deseo hondo de alabanza, cada vez que canta a Dios y a sus santos, cada vez que llena de flores las imagencitas de la Virgen y exclama sus “viva, viva” mientras lleva al Señor en andas.

Deseo de adorar

Adorar y hacer reverencia es el deseo básico que mueve toda religión, todo deseo de relacionarnos con Alguien que nos trasciende. Es un deseo que en muchos brota espontáneo y en otros está mutilado o amordazado. En los niños, la “adoración” por sus padres, como respuesta a las alabanzas y cariños que estos les prodigan, es un sentimiento muy puro que, si es bien educado, se orienta con la gracia del Espíritu Santo a la adoración del Niño Jesús, de la Virgen. Es un deseo auténtico y único que necesita que se lo explicite y que a los niños se les den los gestos de adoración que les permitan encauzar y expresar este deseo profundo: arrodillarse ante el Santísimo, mandar un besito a la Virgen, besar una imagen, hacer silencio respetuoso al entrar en el templo o en el momento de rezar. Hace bien a los niños ver a sus padres arrodillarse y hacerse la señal de la Cruz.

El leproso curado que volvió alabando y bendiciendo a Dios y se postró rostro en tierra ante el Señor, nos muestra esta actitud de adoración que el pueblo de Dios sentía que podía tener ante Jesús y que el Señor no rechazaba.

Deseo de servir

Servir es también un deseo básico que mueve todas nuestras acciones. Servir a los otros, ser útiles a los demás, contribuir con la creación, dar fruto, ofrecer lo mejor de uno, el propio carisma, dar una mano, gastarse por los demás, ayudar a los que necesitan… Si la adoración es un deseo propio de la creatura y es unidireccional, la alabanza y el servicio son deseos también propios de nuestro creador. Jesús alababa la fe y la misericordia de la gente y toda su vida fue de servicio a los demás. Lo consagró en el lavatorio de los pies a los discípulos.

Una imagen positiva de nuestro ser y de nuestro pasado

Para poder discernir es necesario tener “experiencialmente” una imagen positiva de la vida, de nuestro ser y de nuestro pasado: somos creados buenos y encontrar cada uno nuestro bien más propio, nuestro carisma, así como un ave encuentra su canto y una flor su color, es nuestra manera de reconocer al Creador: siendo mejor lo que somos, siendo por trabajo y elección lo que somos por don y por gracia.

Si uno tiene una imagen negativa de sí, si piensa que no vale nada o que porque tiene algún defecto o pecado, no puede alabar y adorar y servir a Dios y al prójimo, no sentirá que puede discernir la voluntad de Dios en su vida. Si en cambio nos sabemos seres complejos, quizás con muchos defectos, pero con esta zona de la alabanza, la adoración y el servicio, siempre intacta y lista para ser reactivada, entonces tendrá sentido discernir. Pero hay que practicar la alabanza y la adoración y el servicio hasta que la imagen positiva fundamental salga a flote y tome las riendas de nuestra vida.

 

Momento para contemplar

Queremos aceptar la invitación que nos hace el Papa Francisco de “entrar en la escuela del discernimiento”…

Por eso, la invitación será, después de leer el texto del P. Diego Fares, quedarnos sintiendo y gustando el Salmo 131.

Señor, mi corazón no es ambicioso,

ni mis ojos altaneros;

no pretendo grandezas

que superan mi capacidad;

sino que acallo y modero mis deseos,

como un niño en brazos de su madre.

Espere Israel en el Señor

ahora y por siempre.

 

Si dejamos resonar este salmo en nuestro interior veremos que tiene algo de la parábola del hijo pródigo. Quizá antes soñaba con grandezas, ahora golpeado por acontecimientos terminó descubriendo la mano buena de Dios.

Pero, ¿qué es soñar con grandezas?

Nunca el problema humano será el de soñar mucho. Siempre nos quedaremos cortos. El Padre soñó lo más grande, nos soñó hijos en el Hijo. Nuestras grandezas son caricaturas, son balbuceos, son bosquejos…

‘Acallo y modero mis deseos’. No significa entonces anular. Dios sembró el corazón humano con deseos infinitos. Por eso hay que aprender a escucharlos, a dialogar con ellos.

Solo llegando al fondo y descubriendo qué deseamos, todos los demás deseos se pueden ordenar, jerarquizar.

Solo llegando al fondo y teniendo fe en las promesas de Dios, podemos tener confianza y paz.

Hay que hacer un acto de confianza como el del salmista. El alma en paz se abandona a Dios, sin inquietud ni ambición, no porque tenga ya todo, sino porque cree que Dios es fiel…

Algunas preguntas…

¿Que desea mi corazón?

¿Qué importancia le doy a los deseos que me habitan?

Volvemos a rezar con el Salmo 131, pidiendo la Gracia que necesitamos en este tiempo de Cuaresma…

 

 

2. Las otras cosas son para ayudarnos a alabar, adorar y servir a Jesús nuestro Señor

 

 “Al que me ama, mi Padre lo amará”

La primera parte del Principio y Fundamento se puede resumir así: “El hombre es creado para Dios nuestro Señor y las otras cosas, para que le ayuden en la prosecución de este fin”.

* Somos creados para Dios nuestro Señor y así como al fin de un camino se llega caminando, a este Fin Personal se llega alabandolo, adorándolo y sirviéndolo. Al dar curso y modo concreto a estos deseos, se nos dilata el corazón, crecemos como personas adorando, agradeciendo y sirviendo a la Persona para quien somos. Siendo más y mejores creaturas nos hacemos semejantes a El. Estos deseos espirituales, porque suponen autoconciencia y autoseñorío de sí, son tres expresiones del amor a un Dios Personal:

hacerle reverencia: la actitud de adoración y reverencia es amor de creatura a la Persona del Creador. Es amor que inclina la rodilla y la cabeza haciendo entrega absoluta de sí;

alabarlo: la alabanza es agradecimiento a la Persona de quien reconocemos que nos vienen todos los dones que recibimos;

servirlo: el servicio -el hacer las cosas – implica hacerlas al modo del Otro, haciendo su voluntad, lo que le agrada.

* De esta manera, descentrados de nosotros mismos y centrados en la Persona de Jesús para quien somos, cambia nuestra mirada y consideración de “las otras cosas” como les llama Ignacio. Todo lo que no es Cristo son “las demás cosas” y se nos revela su ser profundo: son “para nosotros” (esto lo intuimos y así las usamos) pero “para que nos ayuden a realizar nuestros deseos de alabar, adorar y a servir a aquel para quien somos.

Nunca deja de admirarme la profundidad y concretez del Principio y Fundamento. Uno puede preguntarse: ¿Por qué esta serie de frases que parecen un razonamiento abstracto resultan iluminadoras?

Y la respuesta es: Porque no son para nada frases abstractas! Nos hablan de nuestros deseos más hondos y los conectan con nuestro fin. Estas frases nos dicen para Quién somos creados. Fijémonos bien que no dicen para qué, sino para Quién! Tanta gente camina por la vida buscando un sentido que, al no poder concretarlo en un Quién, no termina de tomar forma. Vemos a veces cómo los padres “son para sus hijos”, les dedican y entregan lo mejor de sí, todo su tiempo y trabajo. Y los hijos luego se van, siguen lógicamente su camino. Cuando al nido vacío vuelven con los nietos, este “fin pesonal” de la vida humana se llena nuevamente de sentido. Pero allí mismo donde ejercitamos nuestro “ser para los demás” percibimos el límite de esas otras personas (y de todas las cosas) que nos dicen “Yo no soy Dios”, no puedo ser “fin exclusivo” para vos.

Así pues, el Principio y Fundamento nos conecta con nuestro fin, que es la Persona de Cristo. Y no hay nada más concreto en la vida que tener claro el fin! En clave de discernimiento lo podemos expresar así: para ver con claridad y elegir la mejor opción entre dos que se nos presentan hay que tener claro el fin. El fin no se discierne, se disciernen los medios. El fin es “lo que ya está discernido”, por decirlo así. Y saber que nuestro fin no es un “para qué”, sino un “para Quién”, es la verdad más verdadera que alguien nos pueda revelar.

Para Dios nuestro Señor, es decir: para Jesús

Sabemos que cuando Ignacio dice “Dios nuestro Señor” se refiere concretamente a Jesús. En Jesús, gracias a Jesús, somos hijos de Dios. El Espíritu nos guía refiriéndolo todo a Jesús, a Dios venido en carne.

Así, para un cristiano basta con tener discernida una sola verdad, que es esta: la de que somos creados para Jesús nuestro Señor. Señor de nuestra vida práctica, como siempre insistía Fiorito. Es decir: Aquel cuyo cuerpo comulgamos en la misa, Aquel cuyas palabras leemos en el evangelio, El que nos perdona los pecados con el sacerdote que nos confiesa, el que nos sale al encuentro pobre, hambriento, sediento, refugiado, preso.

El hombre -todo hombre y toda mujer- es “para Jesús”.

Esta pertenencia es tan radical y absoluta que hace que todo lo demás sean “otras cosas”, esas que Jesús dice que “se nos darán por añadidura, si buscamos primero el Reino”, es decir: a Él.

Poder escuchar admirados que otro nos anuncie que somos para Jesús, es la verdad más honda y a la vez más práctica de nuestra vida. Significa muchas cosas.

Significa que si miro mi ADN, no solo encuentro el de mis padres sino el Suyo: he sido creado a imagen suya. Contemplando en el evangelio lo que sentía Jesús, viendo su carácter, su modo de ser y de relacionarse con los demás, descubro cosas de mi mismo, al igual y más que cuando miro a mis padre y abuelos y me reconozco en algún gesto de carácter, en algún modo suyo de obrar.

Significa que si miro mi historia, con mis idas y vueltas, mi haber llegado a ser quien soy a pesar de mis pecados y las veces que erré el camino, me descubro como alguien rescatado, comprado al precio de la sangre de Jesús. Soy “para Él” en el agradecimiento ante uno que dió su vida por mí cuando yo estaba en mayor o menor medida bajo la influencia del maligno: descartado y librado a mi suerte, como la oveja perdida, como el hijo pródigo, como la pecadora, el ciego, el paralítico, el leproso…

Significa además, que ese “para Él” orienta y finaliza todos mis deseos poniéndolos en clave personal.

Quizás a alguno le puede resultar extraño esta afirmación de que somos para una Persona. Pero si lo pensamos bien no es tan raro, dado que vivimos en un mundo que nos dice que “cada uno es para su propia persona”, que su felicidad consiste en perfeccionarse como persona, en poseer cosas que lleven su nombre, y en consumir personalmente todo lo que pueda.

Qué nos cambia esto de “ser para Jesús”?

Nos cambia, por ejemplo, que no hace falta que seamos perfectos. Lo decisivo es “ser para Jesús”: que nos ofrezcamos a Él y que Él nos acepte en su compañía. Es decir: si una persona es muy perfecta pero su perfección crece como un lago de montaña, sin desemboque, puede que en cierto punto su perfección quede estancada. Y en cambio, si una persona es imperfecta, el hecho de sentirse poca cosa, la conciencia de ser un pecador, una pecadora…, puede que la impulse a no mirarse a sí misma, a salir de sí, a poner toda su esperanza en ser aceptada y salvada por Jesús y con esto logre más en un momento que la otra en toda una vida centrada en su propio perfeccionismo.

Esto es lo que se ve en el evangelio: cómo los pequeños y pecadores ganaban el corazón de Jesús y recibían tantas gracias de parte suya y los fariseos, en cambio, no hacían sino alejarse y endurecer más su corazón.

Ser “para Jesús” nos cambia también la preocupación por poseer y consumir. Porque “ser para otro” no es algo que se resuelva en términos de posesión sino de donación. Somos de otro en la medida en que nos damos al otro y somos recibidos libremente por el otro y trabajamos y nos divertimos juntos. No es cuestión de “poseer” al otro como un objeto, sino de dilatar el propio corazón que crece en la medida en que da y recibe más amor del otro.

Ser “para una persona”, como vemos, lo cambia todo. Cambia también nuestra relación con los demás. También ellos son “para Jesús” y esto nos hace relacionarnos de otra manera, más libre, más distendida y esperanzada, por decirlo de alguna manera. Sólo una cosa es necesaria, como le dice Jesús a Marta: que cada uno se centre en Jesús, como María que lo escuchaba sentada a sus pies. No hace falta que uno mismo u otro cambie “todo lo que hizo imperfectamente”. Porque cuando uno “se convierte” y mira su vida y la ajena desde esta perspectiva, los cambios que se pueden dar son muy inmediatos y radicales. Lo vemos en la historia de los santos, cómo pasan de una vida a otra de manera muy decidida. Esto es así porque “perfeccionarse” puede llevar toda una vida, pero entregarse a Jesús de corazón, comenzar a vivir para Él, buscando sus intereses y no los nuestros, es algo que se puede empezar a hacer ya, tal como estamos y siendo los que somos. En el momento en que me centro en Jesús, todas las demás cosas “se ven distintas”, puedo discernir con claridad cuáles me ayudan y cuáles me desayudan.

Jesús es el criterio de discernimiento y la medida

“En Jesús”, cultivando nuestro ser para Jesús, encontramos la medida para relacionarnos con cada persona y con las cosas: es una medida que es a la vez común y única -personalísima-.

La adoración, por ejemplo, que es un deseo básico inscrito en cada célula de nuestra carne, encuentra en Jesús el Nombre para nombrar, doblando la rodilla, a Aquel ser misterioso que me creó y me da continuamente el ser. Toda creatura sabe que “no es autónoma”, que si durante algún tiempo y en algunos aspectos de su vida puede “funcionar” autonómamente, no se dio a si misma su vida ni se puede mantener en ella como quiera y todo el tiempo que quiera. Pero esta convicción de la propia “contingencia” como dice la filosofía, no alcanza para adorar. Puede convertirse en mudez y angustia que necesita ser “tapada, cosa que hacemos en general “adorando alguna cosa” que se convierte en ídolo. Al adorar a Jesús, desidolizamos las cosas y las liberamos de este rol innatural que les damos, exagerando su importancia. Poder nombrar a nuestro Creador con su Nombre – Jesús- nos permite adorar verdaderamente, ya que, como decíamos, la adoración y la reverencia se tienen ante una Persona. No basta con saber que “algo” -una energía cósmica, una evolución natural – debe habernos creado.

La alabanza por las cosas buenas y hermosas de la vida también se concreta en Jesús. El nos enseña por qué nos tenemos que alegrar -porque nuestros nombres están escritos en el Reino de los cielos, y no por otras cosas pasajeras-. Además, une la alegría al servicio que hacemos a las otras personas. De nuevo, la clave está en lo personal. Todo en el hombre es “personal” o pierde consistencia. Y personal en sentido amplio e inclusivo, es decir: comunitario.

Al adorar a Alguien como Jesús, cuya existencia esta toda puesta al servicio de aquellos que creó y por los que dió la vida, cobran altura y valor las demás personas y cosas que nos rodean. Lo digno de alabanza no es lo que es para nuestro gozo exclusivo sino, por el contrario, lo que sirve para alegrar y servir a más personas, en primer lugar a los que no tienen nada. Así como la alegría de un padre y de una madre de familia no son “las cosas” que poseen sino la alegría de sus hijos que aprovechan las cosas que ellos les brindan para crecer y desarrollarse bien, así toda alegría humana superior es personal, compartible más que consumible!

Más que “tener comida y agua” alegra poder “dar de comer y de beber al sediento”; más que tener ropa, alegra vestir al que anda pobre y desabrigado, más que tener casa, alegra poder hospedar, más que tener salud, alegra acompañar y consolar al que está enfermo o preso.

Las cosas son para nosotros

Si algo tenemos claro es que “las cosas son para nosotros”. Basta ver cómo las usamos y nos servimos de ellas como amos, sin mucho miramiento. No pensamos que una ballena tenga una finalidad en sí misma, que exista por la alegría misma de que haya quien pueda surcar el oceano libre y majestuosamente. Apenas tenemos necesidad de ella la pescamos y la consumimos. El punto no está en que las cosas no sean “para nosotros”, ya que lo son, sino que “nosotros no somos para nosotros”, somos “para Jesús”.

Tendría que bastarnos con mirar cómo venimos a la vida -absolutamente dependientes y necesitados de otras personas que se dediquen con exclusividad a cuidarnos mientras crecemos-, para comprender la importancia de “lo personal” en nuestra vida. No tiene sentido definir la persona por su inteligencia y libertad sin agregar que estas potencias espirituales “son para los demás”, tienen sentido en relación a los demás, para interactuar con los demás. Pensar que tenemos inteligencia y libertad solo para hacer y “consumir” lo que queramos, es un insulto a la naturaleza, que ya tenía resuelto este problema en la vida animal, “moderando” los instintos para que cada animal consuma solo lo que necesita.

No vivimos para cumplir una finalidad externa a nosotros mismos, para realizar una tarea util a otros, para llenar un lugar dentro de un todo, como si fuéramos una pieza de un reloj.

Tampoco vivimos para realizarnos a nosotros mismos, para alcanzar la felicidad como un estado, en el que estaríamos algo mejor que cuando comenzamos la vida, así como una planta que se desarrolla a partir de una semilla y termina dando flores y frutos, o un ser viviente que llega a la madurez en el uso de sus funciones.

El Principio y Fundamento nos revela que somos “para” una Persona. El evangelio dice que Jesús llamó a los apóstoles “para que estuvieran con Él y para enviarlos a predicar el evangelio”. Para que estuvieran con Él quiere decir para vivir en su Compañía. Esto es algo “no funcional”.

Una reflexión actual

Pongamos solo un ejemplo de las implicancias de una doctrina de este tipo. Si ser persona es “ser para una Persona, en concreto para Jesús” ¿no tiene entonces un gran sentido que nuestro venir a la vida se realice “en otra persona”, en nuestra madre, sin que esto la convierta de ninguna manera en una “incubadora”, como dicen algunas? ¿No nos muestra que lo decisivo para ser persona no es en primer lugar que tengamos un ADN, ni tampoco unas facultades como la inteligencia y la libertad (este es el soporte físico y síquico de nuestro ser personas), sino que nos es esencial que otra persona nos nombre -nuestra madre o si ella no puede o no quiere, otra persona que quiera hacerse cargo- y nos acoja en su existencia diciéndonos “yo soy para vos tu madre” y “vos sos para mí mi hijo”?

Si nuestra esencia es “ser para otra Persona”, podemos decir que en el vientre materno (y al final de nuestra vida), cuando somos menos autosuficientes, somos más propiamente “personas”, porque somos por otros y para otros que nos acogen absolutamente. Un embrión, cuando física y síquicamente es nada más que un puñado de células, es más “para su madre”, más persona en este sentido espiritual profundo del que hablamos.

Este “ser por y para los demás” es lo más propio del ser humano. Siempre, no solo mientras nos gestamos y necesitamos que alguien sea “exclusivamente para nosotros”. También nos ese esencial cuando llegamos a la madurez y buscamo otras personas que nos amen gratuitamente, por nosotros mismos, no por cómo “funcionamos” o “para qué servimos”.

La entrega y dedicación tan absoluta que requiere todo ser humano para desarrollarse, si fuera una cuestión puramente funcional, sería un error de la naturaleza. Los animales nacen “ya hechos” y apenas nacen, o al poco tiempo, se independizan totalmente de sus progenitores. El hecho de que hayamos venido a la vida gracias a que otros seres hayan sido durante mucho tiempo exclusivamente para nosotros y nos hayan dedicado toda su vida y cuidado, hace de nosotros, luego, seres para los demás.

Si esta gratuidad no es custodiada y cultivada, se desmorona la vida social, el respeto por toda persona, el cuidado de los más pobres y discapacitados… La igualdad y la justicia se basan en este reconocimiento de la persona humana más allá de sus capacidades y procesos de gestación, crecimiento o enfermedad.

Considerar este “ser para otro” como una carga, por el hecho de que en un momento de la vida ese otro aparezca inesperadamente, es como negar nuestro ser mismo que consiste siempre en “aparecer” en la vida de otros, irrumpiendo en los otros y siendo aceptados en nuestras diferencias por nosotros mismos, más allá de nuestras capacidades y de las expectativas de los otros.

Momento de Contemplación

Después de leer el texto del P. Diego; podemos volver a aquellas palabras, frases que nos han asombrado hondamente…

Sabernos de y para Jesús es un horizonte hacia el cual orientar nuestra vida y poder dar ese  fruto  personal, según la belleza de su singularidad –ese ADN- que nos hace imagen y semejanza de Dios…

Ser de Jesús…

Pertenecer a Jesús…

Es encontrar ese tesoro escondido… Es descubrir la perla preciosa… por los que vale vender todo, y descubrir el “gozo de pertenecer”…

Este gozo profundo, nace la certeza de sabernos creados de una manera maravillosa

De este gozo profundo, nace la alabanza y libertad ante todas las cosas…

Por este gozo profundo, nos ponemos al servicio de los pequeños que se nos han confiado para hacer aquellas obras para las cual nuestro buen Dios nos ha creado…

Como decía, Benedicto XVI en el Mensaje de Cuaresma del 2012: “Interesarse por el hermano significa abrir los ojos a sus necesidades… Ya que el otro me pertenece, su vida, su felicidad, tienen que ver con mi vida y mi felicidad… Aquí tocamos un elemento muy profundo de la comunión: nuestra existencia está relacionada con la de los demás…”.

Qué lindo! Sabernos pertenencia de Jesús y saber que el otro nos pertenece, nos saca del anonimato e indiferencia que a veces nos quieren meter…

Para terminar, quizás puedas rezar con alguna de las Parábolas de El tesoro y la Perla:

“El Reino de los cielos es semejante al tesoro escondido en el campo que un hombre, encontrándolo, lo vuelve a tapar y del gozo que le da va, vende todo lo que tiene, y compra aquel campo. También el Reino de los cielos es semejante al hombre negocianto en perlas finas  que hallando una preciosa perla, fue y vendió todo lo que tenía, y la compró” (Mt 13, 44-46).

Y pedir la Gracia de sentir este Gozo Profundo de Pertenecer a tan Buen Dios…

 

3. La libertad de elegir «lo mejor», es decir: las personas

 

En su Exhortación apostólica «Alégrense y regocíjense», el Papa Francisco cita el Principio y Fundamento y habla de la «‹santa indiferencia› que proponía san Ignacio de Loyola, en la cual alcanzamos una hermosalibertad interior» (GE 69).

Una hermosa libertad interior!  Es el tema de nuestro encuentro de este mes.

Nos quedamos gustando la hermosura de la libertad. Pero, es realmente hermosa la libertad? O a veces nos da miedo?

El miedo a la libertad

Erich Fromm decía que el drama del hombre actual es «El miedo a la libertad».

Los pueblos nos liberamos de la tutela de los gobiernos monárquicos pero no terminamos de estar contentos con los gobernantes que elegimos; los jóvenes se liberan pronto de la autoridad de sus padres, pero cuando se dan cuenta de que era verdad que había que estudiar duro para poder insertarse en el exigente mercado laboral del mundo actual, ya perdieron un montón de tiempo precioso; los cristianos nos liberamos de los preceptos de la Iglesia, que nos mandaban, por ejemplo, ira misa todos los domingos para terminar descubriendo tarde «el gusto de la oración larga, hecha de abandono y estupor ante la Eucaristía» como dice Don Tonino Bello), sin hablar de que de hecho terminamos obedeciendo al precepto de «ira al shopping» todos los domingos «religiosamente» o buscando en libros de autoayuda alguien que nos «mande» cómo gestionar nuestra libertad…

La libertad, a veces, da miedo. Más que ejercerla, la usamos para postergar. «Soy libre!», nos decimos, y en vez de ponernos a buscar apasionadamente las opciones más grandes y nobles, las que comprometerán lo mejor de nuestra creatividad, las que serán capaces de incidir en la vida social, las que dejarán huella en la vida de nuestros nietos, perdemos el tiempo y gastamos energía en elegir entre mil cosas de consumo, que el final, son más o menos similares.

Escuchemos el lenguaje que utiliza en la web alguien a quien se le cayó su celular: «El dilema de la funda» se titula su artículo (confieso – ay de mí! – que lo encontré perdiendo tiempo para buscar la mejor  funda para mi celular…), y dice así: «De aquel incidente salí escarmentado y con un iPhone marcado de por vida. Lógicamente, lo primero que hice fue comprar una funda y lamentarme por no haberlo hecho antes. Desde aquella caída hasta hoy, todos los iPhone que he poseído han ido convenientemente protegidos con sus fundas y… ¿lo adivinas? Desde que uso fundas nunca se me ha caído el móvil al suelo, lo que ha hecho que me vuelva a plantear usar o no una funda. En realidad, ese dilema, en lo personal, lo tengo resuelto, pero no ha resultado fácil. Optar por poner una funda supone ciertos sacrificios que no todo el mundo parece dispuesto a asumir[1]».

Sin comentarios!

Escuchemos ahora al Papa que nos narra una de sus escenas  preferidas de la vida de Santa Teresita. Está hablando de una comunidad de gente que cuida los «pequeños detalles del amor», donde las personas se cuidan unas otras – se cuidan personas, no solo cosas!- y afirma: «A veces, por un don del amor del Señor, en medio de esos pequeños detalles se nos regalan consoladoras experiencias de Dios (como le pasó a Teresita): «Una tarde de invierno estaba yo cumpliendo, como de costumbre, mi dulce tarea [de cuidar a la monja anciana y tullida…]. De pronto, oí a lo lejos el sonido armonioso de un instrumento musical. Entonces me imaginé un salón muy bien iluminado, todo resplandeciente de ricos dorados; y en él, señoritas elegantemente vestidas, prodigándose mutuamente cumplidos y cortesías mundanas. Luego posé la mirada en la pobre enferma, a quien sostenía. En lugar de una melodía, escuchaba de vez en cuando sus gemidos lastimeros […]. No puedo expresar lo que pasó por mi alma. Lo único que sé es que el Señor la iluminó con los rayos de la verdad, los cuales sobrepasaban de tal modo el brillo tenebroso de las fiestas de la tierra, que no podía creer en mi felicidad[2]» (GE 145).

Agrega el Papa: «En contra de la tendencia al individualismo consumista que termina aislándonos en la búsqueda del bienestar al margen de los demás,nuestro camino de santificación no puede dejar de identificarnos con aquel deseo de Jesús» (GE 146) de que seamos uno con todos, de que nuestra felicidad consista en optar por las personas y no por consumir cosas.

La cita del Principio y Fundamento

La Exhortación a la santidad – Alégrense y regocíjense– es el documento más jesuítico de Francisco. Decíamos que cita el Principio y Fundamento hablando de la «santa indiferencia» que propone Ignacio: «‹Es menester hacernos indiferentes a todas las cosas criadas, en todo lo que es concedido a la libertad de nuestro libre albedrío, y no le está prohibido; en tal manera, que no queramos de nuestra parte más salud que enfermedad, riqueza que pobreza, honor que deshonor, vida larga que corta, y por consiguiente en todo lo demás›» (GE 69). Agregamos nosotros la última frase de Ignacio: «Solamente deseando y eligiendo lo que más nos conduce para el fin que somos criados» (EE 23).

La cita de Francisco me recuerda a nuestro Maestro Fiorito que siempre machacaba con que la indiferencia era en realidad «preferencia». Y ponía el ejemplo de la mamá que, cuando tiene a su bebé, se olvida de muchas cosas que antes pensaba para sí, pero no porque se haya convertido en una asceta, sino porque cuando mira a su hijito, lo prefiere a todas las otras cosas del mundo.

Visitando a Thomas, en el hospital Bambino Gesù, le pregunté a Vaso, su mamá, «cómo se sentía». Thomas está trasplantado de hígado y riñón y viven desde hace meses en el hospital, lejos de su patria (en estos días le han dado el alta!!) Me sorprendió ver que Vaso ni se había planteado la pregunta. “Si mi hijo está bien, yo estoy bien”, me respondió y movió la cabeza sacándose ese pensamiento de encima, como si mirarse a sí misma pudiera convertirse en algo que la apartara de su misión, como si no quisiera que se debilitara su vínculo con la fuente de donde le brotaban las fuerzas: la persona de su hijito amado. Pensé que una madre puede no ser valiente en muchas cosas de la vida, pero cuando está en juego la vida de su hijo, sabe perfectamente qué hacer, toma sus opciones con resolución y las lleva adelante con todo el coraje del mundo. No es que «sea» indiferente a todo, incluso a «cómo se siente». Se hace indiferente, como dice Ignacio, porque lo requiere su «preferido» (no «una preferencia abstracta»). Esto es importante porque a veces se habla de «elegir un estado de vida» y hoy los «estados de vida» son líquidos, uno no puede visualizarlos como un futuro «sólido». En cambio las personas siempre son concretas: tanto en los mundos estables (como el de los egipcios, -que construían pirámides- el de los griegos -que vivían en el reino de las ideas- y el de los romanos -con su derecho universal-) como en los mundos inestables actuales… Las personas siguen siendo concretas.

Por eso la propuesta de Ignacio de «hacernos indiferentes a las cosas» es para poder «preferir a las personas». A la propia familia si uno elige casarse y al pueblo de Dios de mi parroquia si uno se hace sacerdote, si es que hablamos de elegir para toda la vida.  Para toda la vida, elegimos personas!

Manera infantilista de imaginar la santidad

Hay una manera de concebir la santidad que es infantilista. No hablo de la santa niñez espiritual, que une la relación espontánea -simple y pura- del niño para con las personas buenas con la astucia de la serpiente ante las personas malas. Ser infantil con Dios es el camino de la maduración espiritual, pero ser infantil frente al demonio es suicida, no es la propuesta evangélica! Cuando digo que hay una manera infantilista de concebir la santidad hablo de imaginar la santidad conectando una coordenada estética, que imagina la santidad como una estampita de primera comunión, con otra coordenada ética, que concibe la santidad como cumplimiento de un deber heroico y absoluto. Estampita ingenua y deber absoluto conforman una estética y una ética infantilista, que no coincide con el mundo real. Si uno se para en medio de estas dos coordenadas lo que logra es una idea perfeccionista abstracta que aleja la santidad de la vida cotidiana.

Escuchemos una concepción más real de la santidad. Es de Madre Teresa y esta centrada en la misión, no en ocuparse de la propia perfección: «Sí, tengo muchas debilidades humanas, muchas miserias humanas. […] Pero Él baja y nos usa, a usted y a mí, para ser su amor y su compasión en el mundo, a pesar de nuestros pecados, a pesar de nuestras miserias y defectos. Él depende de nosotros para amar al mundo y demostrarle lo mucho que lo ama. Si nos ocupamos demasiado de nosotros mismos, no nos quedará tiempo para los demás[3]» (GE 107).

El Papa toma estas palabras para ilustrar su concepción de la santidad centrada en las bienaventuranzas y en las obras de misericordia: «Quien de verdad quiera dar gloria a Dios con su vida, quien realmente anhele santificarse para que su existencia glorifique al Santo, está llamado a obsesionarse, desgastarse y cansarse intentando vivir las obras de misericordia» (GE 107).

Libertad para elegir la mejor versión de sí

En realidad, la santidad – tal como la propone Francisco – es la libertad de «examinarlo todo y quedarnos con lo bueno» (1 Ts 5, 21). Cuando el Papa nos dice que Él Señor «nos quiere santos y no espera que nos conformemos con una existencia mediocre, aguada, licuada» (GE 1), no nos está reprochando chaturas sino que está instando a ejercer nuestra libertad para «elegir lo mejor».

Pero no lo mejor «de estampita» ni lo mejor de “superhéroe”. El Papa habla de lo mejor concreto que el Espíritu Santo quiere para mí y que puede que no sea lo más perfecto en absoluto.

Por eso habla de la libertad en términos de alegría y -como contracara- de no tener miedo: «No tengas miedo de apuntar más alto, de dejarte amar y liberar por Dios. No tengas miedo de dejarte guiar por el Espíritu Santo. La santidad no te hace menos humano, porque es el encuentro de tu debilidad con la fuerza de la gracia. En el fondo, como decía León Bloy, en la vida «existe una sola tristeza, la de no ser santos[4]» (GE 34). La santidad, por tanto, es ante todo «la libertad de una existencia que está abierta, porque se encuentra disponible para Dios y para los demás» (GE 129).

Lo más alto son las personas

Cuando el Papa habla de «apuntar más alto» hay que tener cuidado porque no se trata de apuntar a un «idealmás alto», que nos produce vértigo y nos da miedo. Se trata de apuntar «al Altísimo», a la persona del Padre, a Jesús, al Espíritu. Y a eso «altísimo» que en cada persona es su dignidad. Apuntar a «tratar con dignidad» a toda persona. Ese es el valor más alto y a la vez más concreto que nos puede movilizar y no paralizar.

La tentación del Maligno va contra la libertad, las otras tentaciones son distractivas…

Esta libertad interior no es automática: seremos tentados por el maligno a no ser libres, a dejarnos esclavizar (las otras tentaciones son “señuelos” para pescarnos, son distractivas, aunque parezcan muy malas y den mucha culpa, no son la principal tentación).

Y esta tentación contra la libertad nos viene incluso cuando rezamos, es decir con “señuelos buenos”: «Podría ocurrir – dice Francisco – que en la misma oración evitemos dejarnos confrontar por la libertad del Espíritu, que actúa como quiere” (GE 172). Es decir: podemos rezar cosas muy piadosas pero que no muerden el duro carozo de la conquista de la libertad.

“Hay que recordar -dice el Papa- que el discernimiento orante requiere partir de una disposición a escuchar (escuchar, no hablar solos): al Señor, a los demás, a la realidad misma que siempre nos desafía de maneras nuevas. Solo quien está dispuesto a escuchar tiene la libertad para renunciara su propio punto de vista parcial o insuficiente, a sus costumbres, a sus esquemas. (…) No basta que todo vaya bien, que todo esté tranquilo. Dios puede estar ofreciendo algo más, y en nuestra distracción cómoda no lo reconocemos» (GE 172).

Este «más» del que habla el Papa, como decíamos, va por el lado de las personas, no de los ideales abstractos. Si renuncio a cosas será por amor a las personas con las que compartiré esas cosas (o mi tiempo), no para ejercitarme en una especie de físico-culturismo espiritual que haría crecer los músculos de mi libertad.

Las tentaciones del Espíritu contra la libertad van por el lado de «idealizarla» tanto que termina por causar rechazo, vértigo. También va por el lado de hacernos creer que es cuestión de fuerza de voluntad, lo cual termina por desilusionar ya que no tenemos tanta «fuerza de voluntad».  De esto habla el papa cuando habla de gnosticismo y pelagianismo: dos modos de distraernos de la verdadera libertad que el Espíritu da como don. Francisco nos entusiasma en cambio con una santidad distinta: que mira a los otros, que nos hace salir de mirarnos a nosotros mismos para mirar a Jesús y a los demás: «Miremos a Jesús: su compasión entrañable no era algo que lo ensimismara, no era una compasión paralizante, tímida o avergonzada como muchas veces nos sucede a nosotros, sino todo lo contrario. Era una compasión que lo movía asalir de sí con fuerza para anunciar, para enviar en misión, para enviar a sanar y a liberar. Reconozcamos nuestra fragilidad pero dejemos que Jesús la tome con sus manos y nos lance a la misión. Somos frágiles, pero portadores de un tesoro que nos hace grandes y que puede hacer más buenos y felices a quienes lo reciban. La audacia y el coraje apostólico son constitutivos de la misión» (GE 131).

Las tentaciones son muchas y variadas

«Como el profeta Jonás, siempre llevamos latente la tentación de huir a un lugar seguro que puede tener muchos nombres: individualismo, espiritualismo, encerramiento en pequeños mundos, dependencia, instalación, repetición de esquemas ya prefijados, dogmatismo, nostalgia, pesimismo, refugio en las normas. Tal vez nos resistimos a salir de un territorio que nos era conocido y manejable. Sin embargo, las dificultades pueden ser como la tormenta, la ballena, el gusano que secó el ricino de Jonás, o el viento y el sol que le quemaron la cabeza; y lo mismo que para él, pueden tener la función de hacernos volver a ese Dios que es ternura y que quiere llevarnos a una itinerancia constante y renovadora» (GE 134).

La gracia fundante: se nos da elegir ser quienes somos

«No tengas miedo de la santidad. No te quitará fuerzas, vida o alegría. Todo lo contrario, porque llegarás a ser lo que el Padre pensó cuando te creó y serás fiel a tu propio ser» (GE 32). La base de esta actitud está en la primera parte del Principio y fundamento: «Necesitamos ‹consentir jubilosamente que nuestra realidad sea dádiva, y aceptar aun nuestra libertad como gracia. Esto es lo difícil hoy en un mundo que cree tener algo por sí mismo, fruto de su propia originalidad o de su libertad[5]›».

Es decir: sólo si reconocemos que toda nuestra vida es don, no estaremos ansiosos por «apoderarnos de algo», ya que todo lo que somos lo tenemos por gracia. Y la libertad misma es don, que se goza «ejercitándola», pero no haciendo lo que se me ocurra de modo caprichoso, sino ejercitándola primero allí donde estoy obligado y debo hacerme responsable: hacerlo libremente, por amor y en señal de agradecimiento, esa es la clave.

Lo mejor está por venir

Lo lindo de la santidad concebida como libertad es que nos abre a la novedad: lo mejor está por venir: «Dios siempre es novedad, que nos empuja a partir una y otra vez y a desplazarnos para ir más allá de lo conocido, hacia las periferias y las fronteras. Nos lleva allí donde está la humanidad más herida y donde los seres humanos, por debajo de la apariencia de la superficialidad y el conformismo, siguen buscando la respuesta a la pregunta por el sentido de la vida. ¡Dios no tiene miedo! ¡No tiene miedo! Él va siempre más allá de nuestros esquemas y no le teme a las periferias. Él mismo se hizo periferia (cf. Flp2,6-8; Jn1,14). Por eso, si nos atrevemos a llegar a las periferias, allí lo encontraremos, él ya estará allí. Jesús nos primerea en el corazón de aquel hermano, en su carne herida, en su vida oprimida, en su alma oscurecida. Él ya está allí» (GE 135).

«En este camino – dice el Papa –, el desarrollo de lo bueno, la maduración espiritual y el crecimiento del amor son el mejor contrapeso ante el mal. Nadie resiste si opta por quedarse en un punto muerto, si se conforma con poco, si deja de soñar con ofrecerle al Señor una entrega más bella. (GE 163).

Lo mejor está tanto en lo grande como en lo pequeño

«Se trata de no tener límites para lo grande, para lo mejor y más bello, pero al mismo tiempo concentrados en lo pequeño, en la entrega de hoy. Por tanto, pido a todos los cristianos que no dejen de hacer cada día, en diálogo con el Señor que nos ama, un sincero «examen de conciencia». Al mismo tiempo, el discernimiento nos lleva a reconocer los medios concretos que el Señor predispone en su misterioso plan de amor, para que no nos quedemos solo en las buenas intenciones» (GE 169).

El discernimiento – del que habla el Papa –, en definitiva, conduce a la fuente misma de la vida que no muere, es decir, conocer al Padre, el único Dios verdadero, y al que ha enviado: Jesucristo (cf. Jn17,3). No requiere de capacidades especiales ni está reservado a los más inteligentes o instruidos, y el Padre se manifiesta con gusto a los humildes (cf. Mt11,25). (GE 170).

Lo mejor es la misión misma

«Tal actitud de escucha implica, por cierto, obediencia al Evangelio como último criterio, pero también al Magisterio que lo custodia, intentando encontrar en el tesoro de la Iglesia lo que sea más fecundo para el hoy de la salvación. No se discierne para descubrir qué más le podemos sacar a esta vida, sino para reconocer cómo podemos cumplir mejor esa misión que se nos ha confiado en el Bautismo, y eso implica estar dispuestos a renuncias hasta darlo todo» (GE 174).

«Cuando escrutamos ante Dios los caminos de la vida, no hay espacios que queden excluidos. En todos los aspectos de la existencia podemos seguir creciendo y entregarle algo más a Dios, aun en aquellos donde experimentamos las dificultades más fuertes. Pero hace falta pedirle al Espíritu Santo que nos libere y que expulse ese miedo que nos lleva a vedarle su entrada en algunos aspectos de la propia vida. El que lo pide todo también lo da todo, y no quiere entrar en nosotros para mutilar o debilitar sino para plenificar. Esto nos hace ver que el discernimiento no es un autoanálisis ensimismado, una introspección egoísta, sino una verdadera salida de nosotros mismos hacia el misterio de Dios, que nos ayuda a vivir la misión a la cual nos ha llamado para el bien de los hermanos.

(GE 175).

El examen de conciencia hecho “a pedido”

Terminamos con un pedido del Papa Francisco a todos nosotros: «Pido a todos los cristianos que no dejen de hacer cada día, en diálogo con el Señor que nos ama, un sincero «examen de conciencia». Al mismo tiempo, el discernimiento nos lleva a reconocer los medios concretos que el Señor predispone en su misterioso plan de amor, para que no nos quedemos solo en las buenas intenciones (GE 169).

El Papa no nos pide muchas cosas. No es un Papa que esté dando a la Iglesia muchos preceptos y normas. Más bien los que lo acusan lo acusan de lo contrario: se escandalizan que no precise más las leyes! Pues bien, aquí hay un pedido suyo muy concreto: nos pide que hagamos el examen de conciencia (que San Ignacio hacía hacer todos los días y hasta dos veces: a mediodía y al atardecer). Es un pedido simple, como el pedido de que no nos olvidemos de rezar por él (que reza por todos nosotros). Pero hay que entenderlo bien, porque si uno se examina como quien hace la caja, se cansa pronto.

Qué hay que examinar?

«Somos libres, con la libertad de Jesucristo, pero él nos llama a examinar lo que hay dentro de nosotros―deseos, angustias, temores, búsquedas― y lo que sucede fuera de nosotros —los «signos de los tiempos»— para reconocer los caminos de la libertad plena: «Examinadlo todo; quedaos con lo bueno» (1Ts5,21) (GE 168).

Con qué actitud?

«Hay que perderle el miedo a la presencia (de Dios) que solamente puede hacernos bien. Es el Padre que nos dio la vida y nos ama tanto. Una vez que lo aceptamos y dejamos de pensar nuestra existencia sin él, desaparece la angustia de la soledad (cf. Sal139,7). Y si ya no ponemos distancias frente a Dios y vivimos en su presencia, podremos permitirle que examine nuestro corazón para ver si va por el camino correcto(cf. Sal139,23-24). Así conoceremos la voluntad agradable y perfecta del Señor (cf. Rm12,1-2) y dejaremos que él nos moldee como un alfarero(cf. Is29,16) (GE 51).

Un recurso cinematográfico

Una propuesta para hacer el examen es la de hacerlo como si editáramos una película de nuestro día. Si pensamos el examen como rebobinar el día, esta tarea de «editar» es fundamental. Porque no se trata de recordar todo lo que hicimos como si fuera volver a ver una película aburrida que ya vimos, sino de elegir escenas y cortar otras.

Para esto tenemos que centrarnossolo en la mejor escena del día, allí donde hayamos sentido algo especial. Y a esa escena darle espacio. Es decir: interactuar con ella, agrandarla, mejorarla, descubrir detalles que no vimos, gustar la presencia de la gracia y del Espíritu que estuvo allí. Otras escenas del día, intrascendentes o no tanto, las podemos cortar, directamente. Y quedarnos con aquello que de este día podrá entrar en la película de mi vida para la eternidad.Veremos que se tratará de pequeñas escenas en las que estuvo en juego alguna bienaventuranza y alguna obra de misericordia. Todo lo demás, es material de descarte.

 

Momento para contemplar

Linda propuesta la del Papa Francisco, de ayudarnos a caminar en libertad, e invitarnos a mirar el dia que hemos vivido para descubrir la presencia de Dios que nos acompaña sin que nos demos cuenta…

Me ayuda mucho, este versículo del Profeta Miqueas:

“Se te ha indicado, hombre, qué es lo bueno y qué pide de ti el Señor: nada más que practicar la justicia, amar la fidelidad y caminar humildemente con tu Dios…”

Quizás, una ayuda para hacer este ejercicio espiritual, es descubrir como  en el día he practicado la justicia…

Como he sido fiel a la misión que se me confía…

Y si mi caminar está yendo de la mano de Dios, que en humildad se hace compañero de camino de nuestra vida cotidiana…

Aquí, les dejo una linda propuesta de buscar a Dios en la propia vida…

Busco a Dios en la vida

Al finalizar el día me sereno y me dispongo para compartir mi día con mi Señor.

* Pido luz para reconocer las señales y la acción de Dios en este día.

*Le cuento a Jesús cómo me ha ido hoy: mis actividades, experiencias, encuentros, dificultades, estados de ánimo, etc.

* Le doy gracias por lo que hoy he vivido.

No importa lo que haya sucedido, todo me puede ayudar a crecer: “Señor, por todo, gracias!”.

* ¿Cuál ha sido el momento de mayor cercanía de Jesús?

Jesús siempre nos sorprende, pero son claras las señales de su presencia: paz, motivación, libertad y alegría, perdón, esperanza, entrega, gratitud, etc. ¿En qué momentos del día he tenido esos sentimientos?

* A que me invitó hoy Jesús? ¿Qué propuestas me hizo?  (en las personas, situaciones, sentimientos, deseos…)

¿Cuál ha sido mi respuesta?

* Le pido perdón por mis faltas y omisiones, porque  muchas veces me quedo a mitad de camino.

Pido perdón a quienes hoy ofendí. Doy mi perdón a quienes me lastimaron.

Me doy a mí mismo /a  el perdón que Jesús me regala.

* Le presento las personas con las hoy me he relacionado, con sus necesidades y deseos para que las bendiga.

* Miro con esperanza el día de mañana. Renuevo mi amistad con el Señor y mi deseo de amar y servir:

“Señor, Tú lo sabes todo, Tú sabes que te amo”.

* Le pido la bendición a María.

 

[1]Cfr. https://www.applesfera.com/iphone/compensa-usar-una-funda-en-el-iphone.

[2]Sta. Teresa de Lisieux, ManuscritoC, 29v-30r.

[3]Cristo en los pobres, Madrid 1981, 37-38.

[4]La mujer pobre, II, 27.

[5]Lucio Gera, “Sobre el misterio del pobre”, en P. Grelot-L. Gera-A. Dumas, El Pobre,Buenos Aires 1962, 103.

 

 

4. Discernir la presencia del Maligno y no dejar que maltrate nuestros límites

 

En este encuentro vamos a tratar el discernimiento que debemos hacer después de confesarnos de nuestros pecados. Es algo especial, no muy habitual, incluso para los sacerdotes, pero que cuando uno lo reflexiona tiene mucho sentido y es muy liberador.

Para ilustrarlo nada mejor que una charla que el Papa Francisco tuvo este año con los sacerdotes de Roma. Está en lenguaje coloquial.

Un cura le había preguntado acerca de todas las circunstancias que hacen que el ministerio (y la vida cristiana, diría yo) sea difícil de sostener con perseverancia en el mundo de hoy. El Papa le responde remarcando que:

«… Hay que individuar nuestros límites:  (Digo que es importante…) el diálogo con los límites en el sentido de (preguntarme) qué puedo hacer con este límite, cómo (puedo) sobrellevar este límite. Discernir entre los límites…

La pregunta puede asustarnos, porque hay muchos límites, muchas circunstancias que nos desaniman… Y la respuesta es: Hay un camino (para enfrentar todas las circunstancias adversas): es tu estilo sacerdotal (y laical), el diálogo con tus límites, el discernimiento (de) los límites, incluso con (todas) estas circunstancias. No tengas miedo a esto: a discernir incluso tus pecados.

Porque los pecados son perdonados, es cierto. El Sacramento de la Confesión es para esto; pero no termina todo allí. Tu pecado proviene de una raíz, de un pecado capital, de una actitud, y esto es un límite que hay que discernir.

Es otra manera, diferente de pedir perdón por el pecado. No (diciendo): «tengo este problema, lo confesé, se acabó». No!  No termina ahí. El perdón está ahí, pero luego tienes que dialogar con la tendencia que te llevó aun pecado de orgullo, de vanidad, de celos, de chismes, no sé … ¿Qué me lleva a ello? (Debo) Dialogar con el límite que tengo dentro y discernir.

Y el diálogo con estos límites, siempre – para ser eclesial –  se debe hacer frente a un testigo, alguien que me ayude a discernir. Y ahí es muy importante la confrontación: Esto que me pasa a mí, confrontarlo con otro.

Confrontarse. Y ahí [se trata de] buscar un hombre sabio. Un hombre sabio es la figura eclesial del padre espiritual, que comienza con  los monjes del desierto: El que te guía, el que te ayuda,  el que dialoga contigo, que te ayuda a discernir.

No es suficiente confesar los pecados: esto es importante, porque allí – y siempre lo he sentido como una de las cosas más bellas del Señor – está la humildad de un pecador y la misericordia de Dios, que se encuentran y se abrazan- ; es un bellísimo momento de la Iglesia, ese del perdón de los pecados. Pero no es suficiente.

También eres responsable de una comunidad (de tu familia, de tus amigos), tienes que seguir adelante y para eso necesitas una guía. Les digo que no tengan  miedo; también a los jóvenes: Empiecen con esto desde jóvenes. Busquen. Hay hombres sabios, hombres de discernimiento que ayudan mucho y acompañan tanto» (FRANCISCO, Encuentro con los sacerdotes de Roma, 15 de febrero de 2018).

Combate contra el Maligno

Tomamos pues la recomendación de Francisco acerca de la necesidad de discernir las raíces de nuestros pecados y complementamos el tema de las propias inclinaciones y de la mentalidad mundana con el tema del Maligno, del demonio. Se trata de saber discernir su presencia y no dejarlo que maltrate nuestros límites, esos que surgen cuando pecamos.

En su Exhortación apostólica «Alégrense y regocíjense» el Papa, hablando de que la vida espiritual es lucha, dice que:

«No se trata solo de un combate contra el mundo y la mentalidad mundana, que nos engaña, nos atonta y nos vuelve mediocres sin compromiso y sin gozo. Tampoco se reduce a una lucha contra la propia fragilidad y las propias inclinaciones (cada uno tiene la suya: la pereza, la lujuria, la envidia, los celos, y demás). Es también una lucha constante contra el diablo, que es el príncipe del mal. Jesús mismo festeja nuestras victorias»(GE 159).

Por tanto, detrás de la mentalidad mundana que promueve las actitudes egoístas e injustas y detrás de la raíz interior de mis debilidades que se expresan en los pecados, lo primero que hay que discernir es la acción del Mal espíritu que se aprovecha de estas cosas para mal.

Ayuda mucho caer en la cuenta de que, en sí mismo, un pecado si dejamos que sea Jesús el que lo trate -con su comprensión, su misericordia y su poder de recrear la vida y de sacar bienes de los males- se puede convertir en una fuente de gracia. En cambio, si encima que hemos pecado, permitimos que el Mal espíritu lo gestione, el mal se multiplica. Por eso, más allá de clarificar lo que es un pecado y sus raíces, es de vital importancia identificar el modo de tratar nuestras faltas que tiene Jesús y el modo que tiene el demonio.

Hoy en día hay que remontar las imágenes con que se personificó al demonio en otras épocas, sabiendo distinguir entre la realidad profunda a la que se alude y el modo como se la expresa. Ya no sirve personalizarlo con cuernos, tridente y fuego. Por eso el punto es encontrar nuestro modo. «Personalizar» al Maligno requiere discernimiento.

Discernimiento en el sentido de todo el proceso de discernimiento, no solo el discernimiento considerado como resultado final. No tenemos que pensar que cuando nos damos cuenta de que, en algo malo que hicimos, hubo “alguien que le echó leña al fuego”, por decirlo así,  basta con nombrar al demonio para conocerlo. El nombrarlo no significa  que logremos hacerlo visible como si le hubiéramos sacado una foto o hubiéramos descubierto el rastro de su ADN. El demonio es maestro en escaparse, en disimular su presencia y en borrar sus rastros… Sin embargo, en un proceso – pongamos por ejemplo una reunión en la que las cosas iban bien y de pronto algo pasó que hizo que se terminara a los gritos y todos peleados-, es posible con la ayuda del Espíritu Santo reconocer la acción del Maligno. Se lo reconoce por sus efectos destructivos. Luego, reflexionando sobre cómo se dieron las cosas, podemos descubrir por dónde entró, cuál fue la palabra o el gesto que aprovechó para hacer terminar mal algo que iba bien.

Si uno tiene dificultades “racionales” a la hora de aceptar que se personalice al demonio, le puede ayudar lo que el Papa dice en los números 160-161 de su Exhortación. Allí afirma que, para reconocer al demonio, no basta con el sentido común, sino que hace falta la fe, el sentido sobrenatural. Y si uno, ejercitando la fe que nos despierta Jesús, escucha con atención lo que el Señor enseña, se dará cuenta de que en el Padre nuestro, el Señor nos enseña a repetir cotidianamente al Padre: libranos del Maligno. Jesús no se refiere al mal en abstracto sino que “indica un ser personal que nos acosa” (GE 160).

Pedir al Padre que nos libere del Maligno es tan concreto como pedirle el pan de cada día. Desde esa óptica personalizante se puede entender que la petición  que dice “no nos dejes caer en la tentación”, significa (también) que no nos deje caer en las tentaciones del demonio (GE 158). Es decir: hay tentaciones que provienen del mundo, otras de nuestras inclinaciones y otras que son directamente del Maligno. Estas son principalmente las tentaciones contra el evangelio (GE 159).

Lo interesante del número 161 es que la exhortación del Papa a no pensar que el Maligno “es un mito, una representación, un símbolo, una figura o una idea”, no sigue el camino de “representarlo” de una manera conceptual más convincente, sino que desemboca en una advertencia: “Ese engaño nos lleva a bajar los brazos, a descuidarnos y a quedar más expuestos…”

Expuestos a qué? No a una posesión sino a un veneno: “El no necesita poseernos. Nos envenena con el odio, con la tristeza, con la envidia, con los vicios⁠“.

E inmediatamente refuerza el Papa el argumento práctico, haciéndonos ver que el demonio “aprovecha para destruir nuestra vida, nuestras familias, nuestras comunidades”. Recién entonces pone la única “imagen” que usa y que toma del Nuevo Testamento, afirmando que destruye “porque ‘como león rugiente, ronda buscando a quien devorar (1 P 5, 8)’”.

Tomando pie en este «rugido», pienso que más que utilizar «imágenes» del maligno (todas terminan siendo caricaturas) puede ser útil hablar de «sonidos». Lo auditivo puede ayudar más que lo visivo.

Se trata de «personalizar» una voz, un tono y una lógica: la lógica de un discurso totalmente contradictorio con la lógica del amor.

Reflexión sobre el mal

Es necesario preparar el terreno haciendo algunas reflexiones acerca del mal que nos abran la mente para recibir lo que las imágenes evangélicas y bíblicas nos quieren transmitir.

La primera reflexión es que del mal hay que o alejarse o combatirlo, ambas cosas decididamente. Y si en el combate se ve que no se lo puede exterminar, hay que intentar neutralizarlo (atar al perro rabioso, como dice el Papa).

La segunda reflexión es que el mal no solo es un problema sino que es un misterio. Los problemas se resuelven. El misterio, cuanto más lo medito, más caigo en la cuenta de que no lo puedo agotar. Y aquí viene una cuestión práctica que es clave: si el misterio es el bien, cuanto más lo contemplo, estudio y practico, más se dilata mi corazón. El misterio me ensancha el alma, me hace crecer, me lleva a desear más. En cambio, si el misterio es el mal y la iniquidad, querer escudriñarlo es peligroso y nocivo.

Dice un autor anónimo: “Uno no debería ocuparse del mal, sin mantener cierta distancia y cierta reserva. Esto si uno desea evitar el riesgo de ver paralizado su ímpetu creativo y un riesgo aún mayor: el de proporcionar armas a los poderes del mal. Uno puede captar profundamente, es decir, intuitivamente, solo lo que uno ama. El amor es el elemento vital del conocimiento profundo, el conocimiento intuitivo. Ahora, uno no puede amar el mal. El mal es, por lo tanto, incognoscible en su esencia. Uno puede entenderlo solo a distancia, como observador de su fenomenología”.

La tercera reflexión dice así: «El mal se encuentra allí donde se vive y se ejerce la intersubjetividad, allí donde lo real surge con dimensión humana». Es decir, donde no hay relación intersubjetiva -en un terremoto, por ejemplo, en un perro que te muerde o en un virus que te enferma-, uno no se la agarra con la tierra, con el animal o con el virus; sabe que el movimiento de estos seres no se dirige «contra uno como persona», sino que cada ser sigue su curso natural y hace lo que es bueno para él y para su especie. En cambio cuando entramos en el ámbito interpersonal, el mal se personaliza y adquiere otra dimensión. Lo que uno «mide» no es solo el hecho físico de que alguien te pegue, por ejemplo, sino «la fuerza de la intención de hacerte mal» que depende de la libertad y de la inteligencia del otro.

Esto nos lleva a una cuarta reflexión acerca de cómo “personalizar bien al mal”. Esto implica que no hay que demonizar a las personas (si bien algunas que son extremadamente malas deben ser evitadas, neutralizadas y combatidas decididamente si no queda otra manera de evitar que dañen, sobre todo a inocentes), ni hay que demonizar a las estructuras, lo cual es una manera de “despersonalizar el mal”, de quitarle rostro y voluntad.

Hay que demonizar solo al Maligno. Pero al hacerlo hay que saber que cuando decimos que es persona, qué signifique «ser persona espiritual mala» es un misterio que nos excede. No lo podemos definir ni terminar de conocer su esencia. Sí podemos, en cambio, reconocer su modo de comportarse, su lógica y sus efectos.

La última reflexión es que, acerca de su ser personal, podemos decir una cosa: que no se «relaciona» en primer lugar con nosotros, como pequeños seres humanos, sino que su problema es con Dios. Y no con Dios «en el cielo», donde su problema ya fue resuelto de una vez para siempre cuando perdió la batalla y fue arrojado al infierno, sino con Dios hecho hombre, con Jesús. Y cuando actúa contra Jesús, ahí sí, que nos implica a nosotros. Si no, quizás no le interesaríamos, ya que él es puro espíritu y nosotros somos seres de carne. El demonio se manifiesta y actúa con especial ferocidad cuando tiene enfrente a Jesús – el Dios hecho carne-, cuando se trata de algo que tiene que ver de modo particular con Jesús.

Estas reflexiones se traducen -y esto es lo que importa- en dos actitudes prácticas. Una, que cuando sufrimos el ataque de sus acusaciones, seducciones, mentiras e intimidaciones… etc., se nos debe prender la lamparita de que está queriendo evitar que Jesús nos de una gracia. El demonio está luchando contra Él! Contra Él en nosotros, ciertamente, pero en primer lugar contra Jesús!

Esto ayuda a enfrentarlo mejor. Ayuda a comprender por qué a veces sus ataques son desproporcionados, si «uno no ha hecho nada para tener tales tentaciones». Es que el demonio está queriendo impedir algo del plan de Dios, que cuenta con nosotros y quiere servirse de nuestra colaboración para hacer el bien a tantas personas, especialmente a los más pobres.

La otra actitud práctica a seguir es decir así: «no soy yo el que te nombra directamente  como persona», como si pretendiera que te conozco y que te puedo expulsar de mi vida, sino que te enfrento y te reto diciendo estas palabras: “En Nombre de Cristo, aléjate de mí Satanás”. Es decir: no lo nombro yo como si «supiera lo que estoy diciendo o que lo conozco bien», sino que «en Nombre de Cristo lo alejo».

El león y la serpiente

El Papa utiliza dos imágenes para describir el modo de accionar «sonoramente» del Maligno: la del león rugiente, que con su rugido nos mete miedo, y la de la Serpiente, que que con su voz sibilina nos seduce y envenena. “La ‘lógica de la serpiente’, capaz de camuflarse en todas partes y morder” (…) La estrategia de este hábil ‘padre de la mentira’ (Jn 8, 44) es la mímesis, una insidiosa y peligrosa seducción que se abre camino en el corazón del hombre con argumentaciones falsas y atrayentes” (FRANCISCO, Mensaje para la 52 Jornada Mundial de las comunicaciones sociales, 2018).

A partir de las imágenes evangélicas señalamos las dos grandes características del accionar del demonio: el hacernos sentir miedo y el querer seducirnos.

Podemos así discernir que estas dos voces o “tonos de voz”, el que nos mete miedo y el que es seductor, son radicalmente opuestas a la voz del Buen Pastor, que nos pacifica y nos estimula a ejercer nuestra libertad.

Dios no ruge como el león rapaz y agresivo. Su voz es poderosa y majestuosa en el Antiguo Testamento y se vuelve mansa y dulce en Jesús.

Jesús no grita, no es agresivo;  sino que es humilde y misericordioso. …. Jesús no tiene el tono agresivo del que acusa, Él es nuestro Paráclito, nuestro abogado defensor.

Su voz tampoco es como la de la serpiente, seductora y engañadora. Jesús dice siempre la verdad y no seduce con mentiras. Si fascina es porque llama, invita, e interpela a seguirlo libremente.

 

Momento para contemplar

Es una Gracia, poder rumiar y contemplar nuestros pecados y nuestros límites, en el Mes del Sagrado Corazón de Jesús…

Frente al Corazón de Jesús podemos mirarnos como en un espejo, en el que se refleja nuestra verdadera imagen, donde dice: “Sos mi hija muy amada / Sos mi hijo muy amado…”

Acercarnos al Corazón de Jesús, es lugar seguro. Es lugar de confianza. Es sentirnos en casa…

El P. Diego, nos mostraba una actitud práctica para alejar el mal, nombrando al Señor Jesús, ya que solo el Dulce Nombre de Jesús, vuelve a encender la luz de paz en el propio corazón. Luz que muchas veces parece frágil, sin embargo, esa luz nos ha acompañado desde siempre…

Comparto, este texto del Papa Francisco, que nos puede ser de ayuda, para rezar y dejarnos perdonar y consolar por la misericordiosa ternura de nuestro Dios,  ante nuestros límites y pecados…

“El Corazón de Jesús, es el Corazón del Buen Pastor no es sólo el corazón que tiene misericordia de nosotros, sino es la misericordia misma.

Ahí resplandece el Amor del Padre; ahí me siento seguro de ser acogido y comprendido como soy; ahí, con todas mis limitaciones y mis pecados, saboreo la certeza de ser elegido y amado.

Al mirar a ese corazón, renuevo el primer amor: el recuerdo de cuando el Señor tocó mi alma y me llamó a seguirlo, la alegría de haber echado las redes de la vida confiando en su palabra (cf. Lc 5,5).

El corazón del Buen Pastor nos dice que su amor no tiene límites, no se cansa y nunca se da por vencido.

En él vemos su continua entrega sin algún confín; en él encontramos la fuente del amor dulce y fiel, que deja libre y nos hace libres; en él volvemos cada vez a descubrir que Jesús nos ama «hasta el extremo» (Jn 13,1), sin imponerse nunca…

El Señor nos mira siempre con misericordia, nos espera con misericordia. ¡No tengamos miedo de acercarnos a Él! ¡Tiene un corazón misericordioso! Si le mostramos nuestras heridas interiores, nuestros pecados, Él nos perdona siempre. ¡Es pura misericordia! No olvidemos esto: es pura misericordia ¡Vayamos a Jesús!

Te invito a terminar rezando:

Danos, Jesús, un Corazón(Guillermo Rosas ss.cc.)

Danos, Jesús, un corazón
como el que fue mecido en el pesebre,
un corazón confiado en manos de otros,
un corazón de niño, un corazón alegre.

Señor, danos un corazón
como el de tu trabajo de artesano:
que haga del mundo una gran casa
donde vivamos todos como hermanos,
un corazón que labre vida nueva
en los surcos del tiempo sin descanso.

Danos, Jesús, un corazón
como el que predicó por los caminos,
un corazón que grite desde los tejados,
un corazón misionero y peregrino.

Señor, danos un corazón
que acoja a los pequeños y sufrientes,
que haga brotar la vida en cada rostro,
y a los pobres arranque de la muerte,
un corazón abierto, sin fronteras,
cercano y generoso, fiel y valiente.

Danos, Jesús, un corazón,
como el que fue mecido por María,
un corazón confiado hasta el extremo
en las manos del Padre de la Vida.

 

 

5. Escuchar el llamamiento del Señor a la santidad

 

«Que vuelva a resonar, una vez más, el llamado a la santidad»

En Gaudete et exsultate Francisco hace un «llamamiento» universal a la santidad, a la alegría del amor. Universal no quiere decir «en general», quiere decir a todos pero tomado cada uno en concreto, con nombre y punto en el que se encuentra en el camino de su vida. Y «alegría» del amor, no es la alegría como estado de ánimo pasajero, sino la alegría inmediata y duradera que sólo Cristo encarnado, muerto y resucitado puede dar. Es la alegría de pode amar en el contexto actual, en toda situación. El llamado es al «en todo amar y servir» de Ignacio y a la contemplación para «crecer en el amor». Aquí y a partir de ahora. Este llamamiento, en los Ejercicios Espirituales, tiene su meditación propia: la del rey temporal que ayuda a contemplar al Rey eternal (EE 91-99).

El Papa  desea que «vuelva a resonar el llamamiento». Y califica de «humilde objetivo» esto de que el llamado resuene. Humilde y potente en sentido evangélico: como la levadura que fermenta toda la masa. El llamamiento de Jesús -El reino de los cielos está cerca, crean y conviértanse!- es el punto de partida real de todo lo demás que Jesús quiere hacer. El llamamiento suscita la Fe.

Si nos fijamos en el actuar conjunto del Padre y Jesús, constatamos que el Padre confía toda la actuación en manos de su Hijo. Y cuando interviene, con majestad soberana, es para manifestar su agrado y predilección por Jesús. Su único mandamiento es que «escuchemos a su Hijo amado». Eso basta.

Por qué basta escucharlo? Por que Jesús no solo dice cosas, El es la Palabra en la que fuimos creados. Escucharlo a Él exteriormente -en el Evangelio- es escucharlo en el interior de nuestro corazón, en las fibras de nuestro ADN.

Es tan familiar la voz de nuestro Pastor, que al reconocerla nuestro corazón no puede no seguirlo. Es tan verdadero su mensaje, tan claro y posible de realizar y de cumplir  lo que nos manda y aconseja, que si «no somos sordos a su llamamiento» seguramente lo podremos seguir y hacer todo lo que Él nos diga.

Cuando en el Padre nuestro decimos «hágase tu voluntad», no siempre pensamos en esto: que la voluntad del Padre se contiene entera en que escuchemos a Jesús.  Pareciera un trámite y sin embargo es todo lo contrario. Lo que hace el Padre es abrirnos el espacio infinito de la oración como «escuchar a Jesús». Que el Creador, el Omnipotente, el Misericordioso, el Más Grande, nos de a conocer su Voluntad en un sólo mandamiento es algo digno de atención.

La oración se convierte así en la primera tarea del día: ir a escuchar al Jefe porque lo dice el Jefe supremo. Yo en Ejercicios, que es donde recupero este espacio de oración cotidiana como lo más importante, me suelo preguntar cómo es que se me ocurre siquiera enfrentar el día y salir sin rezar. Soy como el empleado que no saluda al Jefe de mañana para preguntarle si tiene algo especial para encomendarle.

Una cosa más sobre esto de escuchar. Cuando uno dice a otro «escuchá», lo que le está diciendo es «escuchá bien». Sin  el ruido de los prejuicios, sin la sordera del juicio apresurado. Lo que le agrada al Padre es que el llamado de Jesús pueda resonar libre de interferencias para así poder suscitar la Fe.

Llamamiento al servicio alegre imitando a Jesús

En la meditación del Rey y en la de Dos Banderas, Ignacio nos hacer ver que existe un reino en el que el cristiano puede cumplir con su propio deber de servir libre y gozosamente, como un noble caballero: el reino de Dios en la Iglesia» (H. Rahner).

La meditación del Rey -centrada en el llamamiento de Jesús- nos permite «re-consagrar» la palabra «servicio». Es una palabra santa pero que puede haber adquirido connotaciones si no de obligación (porque hacemos mucho servicio voluntario), sí de eficientismo. E Ignacio libera el servicio del eficientismo externo y liga su eficacia al hacer las cosas con Jesús y como Jesús. Es esencial al servidor que haga las cosas al estilo de Jesús. El estilo no solo como modo de trabajar y de usar las cosas sino, y de manera muy especial, el estilo en cuanto modo de compadecer: involucrado, cercano, tierno, comprensivo, generoso… y todo el infinito mundo de matices que tiene Jesús compasivo.

El llamamiento de Cristo dice así: “Quien quisiere venir Conmigo, tiene que trabajar Conmigo, porque siguiéndome en la pena también me siga en la gloria” (EE 95). Un poco antes, en el ejemplo del rey temporal agregaba: «Ha de estar contento de comer como yo, y así de beber y vestir, etc. (El «etcétera» de Ignacio es invitación a imaginar todo aquello en lo que podemos imitar «el estilo de Jesús» en cosas que hacen a la vida privada e influyen en la misión); asimismo tiene que trabajar conmigo en el día y vigilar en la noche, etcétera (en este etcétera podemos imaginar cuáles era los trabajos de Jesús: predicar, visitar, conversar, perdonar, sanar, acompañar, enseñar…-; y también su vigilancia: profetizar, discernir el mal espíritu, prever y preparar a los suyos…); porque así tenga parte conmigo en la victoria, como la ha tenido en los trabajos» (EE 93).

De hecho, la alegría de la que habla Ignacio -esa expresión suya «será contento» (que significa conformarse -contentarse- pero con alegría -contento- no con cara de vinagre) la alegría, digo, tiene más que ver, en esta vida, con imitar a Jesús en pasar pobreza, injurias y vituperios, que con la victoria exterior, que más bien es una alegría que se reserva para el final, para el cielo.

De esto habla el Papa en Evangelii Gaudium cuando dice que no hay que separar misión y vida privada, ya que cada uno de nosotros puede decir, humildemente pero de verdad: «En el corazón de mi Pueblo yo soy una misión» (EG 273).

Esta coherencia de vida, el no separar la misión (donde uno es más generoso) de la vida privada (donde uno se reserva sus espacios) no es posible, dice Francisco, si uno no se sitúa en el corazón de nuestro pueblo: “Si uno separa la tarea por una parte y la propia privacidad por otra, todo se vuelve gris y estará permanentemente buscando reconocimientos o defendiendo sus propias necesidades. Dejará de ser pueblo” (EG 273). La gente que realiza con absoluta seriedad y responsabilidad los oficios más humildes en nuestra sociedad nos da ejemplo cotidiano de lo que significa «ser pueblo», sentirse uno más, en un trabajo pequeño, quizás, pero importante para que funcione la comunidad. El Papa habla del «maestro de alma», de la «enfermera de alma», del «político de alma» (hay muchos que sí la tienen y que no la han vendido ni están indecisos).

La pertenencia a un pueblo es una pertenencia espiritual. No basta con tener la misma sangre o habitar el mismo suelo: se pertenece en la medida en la que uno cumple su misión en orden al bien común de su gente. Es una pertenencia que se puede incrementar o perder (no solo en un país de misión sino dentro de la propia cultura y país) según uno concrete o no la decisión de ser con y para los demás. Pueblo, en sentido evangélico, es una palabra dinámica (se es en la medida en la que uno se involucra y sirve) e inclusiva: siendo de mi pueblo soy alguien abierto a todos los pueblos.

Crear espacios de oración para que el llamado pueda resonar

En un llamado, lo importante es que resuene. Que no tengamos los oídos en modo avión ni llenos de ruidos.

Un impedimento actual para la escucha del llamado proviene del consumismo: «Las constantes novedades de los recursos tecnológicos, el atractivo de los viajes, las innumerables ofertas para el consumo, a veces no dejan espacios vacíos donde resuene la voz de Dios. Todo se llena de palabras, de disfrutes epidérmicos y de ruidos con una velocidad siempre mayor. Allí no reina la alegría sino la insatisfacción» (GE 29).

El espacio vacío donde resuena la voz de nuestro «jefe y Señor» es la oración: Santa Teresa decía que «la oración es ‹tratar de amistad estando muchas veces a solas con quien sabemos nos ama”. Y el Papa agrega: «Quisiera insistir que esto no es solo para pocos privilegiados, sino para todos, porque «todos tenemos necesidad de este silencio penetrado de presencia adorada“.⁠ La oración confiada es una reacción del corazón que se abre a Dios frente a frente, donde se hacen callar todos los rumores para escuchar la suave voz del Señor que resuena en el silencio» (GE 149).

«Será difícil que nos ocupemos y dediquemos energías a dar una mano a los que están mal si no cultivamos una cierta austeridad, si no luchamos contra esa fiebre que nos impone la sociedad de consumo para vendernos cosas, y que termina convirtiéndonos en pobres insatisfechos que quieren tenerlo todo y probarlo todo. También el consumo de información superficial y las formas de comunicación rápida y virtual pueden ser un factor de atontamiento que se lleva todo nuestro tiempo y nos aleja de la carne sufriente de los hermanos. En medio de esta vorágine actual, el Evangelio vuelve a resonar para ofrecernos una vida diferente, más sana y más feliz» (GE 108).

Al hablar de las «notas de la santidad en el mundo actual» el Papa usa un lenguaje auditivo, musical, en el que el aguante, la paciencia y mansedumbre, el buen humor, la audacia apostólica y el fervor, la comunidad y la oración, no son «notas sueltas» sino un acorde en cuyo «espacio musical» resuena «de modo especial» el llamado a la santidad hoy (cfr. GE 110). Si pensamos estas notas en términos «espaciales» vemos que «crean espacio»: al aguante crea espacio, la paciencia crea espacio, da tiempo…; la mansedumbre no ahoga, da lugar al otro; el humor distiende, es como una ventana de aire fresco, la audacia impulsa a salir más allá, a ganar terrenos de nadie; la comunidad es «lugar teológico» donde nos juntamos a rezar.

Discernimiento como salida de sí

Una novedad de Francisco en el modo de concebir el llamamiento en la hora actual se puede ver en que el Señor que «golpea y llama» a nuestra puerta, no es tanto para entrar sino para salir. «Pero a veces me pregunto si, por el aire irrespirable de nuestra autorreferencialidad, Jesús no estará ya dentro de nosotros golpeando para que lo dejemos salir» (GE 136).

Salir es discernir. Porque la autorreferencialidad es un encierro, una cárcel con barrotes de esquemas mentales que nos quitan libertad. Dice Francisco: «Somos libres, con la libertad de Jesucristo, pero él nos llama a examinar lo que hay dentro de nosotros ―deseos, angustias, temores, búsquedas― y lo que sucede fuera de nosotros —los ‹signos de los tiempos›— para reconocer los caminos de la libertad plena: «Examinadlo todo; quedaos con lo bueno» (1 Ts 5,21)» (GE 168). El discernimiento requiere «disposición a escuchar: al Señor, a los demás y a la realidad misma que siempre nos desafía de maneras nuevas» (GE 172).

Discernimiento como modo de salir de sí es la característica del llamado de Jesús hoy: «Esto nos hace ver – dice el Papa- que el discernimiento no es un autoanálisis ensimismado, una introspección egoísta, sino una verdadera salida de nosotros mismos hacia el misterio de Dios, que nos ayuda a vivir la misión a la cual nos ha llamado para el bien de los hermanos» (GE 175).

Discernimiento como instrumento para seguir al Señor

El Señor dice que para seguir al Señor necesitamos «instrumentos» y, más precisamente, instrumentos de lucha. Porque no se trata de un seguimiento lineal, sino dramático: «La vida cristiana es un combate permanente. Se requieren fuerza y valentía para resistir las tentaciones del diablo y anunciar el Evangelio. Esta lucha es muy bella, porque nos permite celebrar cada vez que el Señor vence en nuestra vida» (GE 158).

El combate no es solo contra la mentalidad mundana, que nos engaña, nos atonta y nos vuelve mediocres, ni tampoco solo con nuestras propias inclinaciones (cada uno tiene sus pasiones desordenadas, dice el papa) sino contra el diablo, el príncipe del mal (GE 159).

La escucha: sustrato básico de todo discernimiento

«¿Cómo saber – se anima a preguntar el Papa- si algo viene del Espíritu Santo o si su origen está en el espíritu del mundo o en el espíritu del diablo?» (GE 166). Este es la pregunta más importante que, si aceptamos que estamos en guerra, tenemos que hacernos todos los días. No se trata de dudar de todo. Pero sí de no ser ingenuos y estar abiertos a escuchar y a dejarnos confrontar: «Solo quien está dispuesto a escuchar tiene la libertad para renunciar a su propio punto de vista parcial o insuficiente, a sus costumbres, a sus esquemas» (GE 172).

El Espíritu nos da la gracia, en primer lugar de volver «a escuchar a Jesús, con todo el amor y el respeto que merece el Maestro». El Espíritu hace que le permitamos «que nos golpee con sus palabras, que nos desafíe, que nos interpele a un cambio real de vida» (GE 66). «Para todo discípulo es indispensable estar con el Maestro, escucharle, aprender de él, siempre aprender. Si no escuchamos, todas nuestras palabras serán únicamente ruidos que no sirven para nada» (GE 150).

Decía el Papa en su Carta al Pueblo de Dios en Chile: «Quisiera detenerme en la palabra “escucha”, ya que discernir supone aprender a escuchar lo que el Espíritu quiere decirnos. Y sólo lo podremos hacer si somos capaces de escuchar la realidad de lo que pasa».

La escucha es el primer paso del discernimiento -primero en el sentido de básico, es el trasfondo que nunca se deja atrás, siempre hay que «volver a escuchar» con más atención al otro, con más apertura de corazón, «salvando la proposición ajena», preguntando, acogiendo, poniéndonos en los zapatos del otro (y del Otro).

El Papa nos advierte que, en este combate que es la vida, en la lucha de paradigmas que escuchamos en nuestra cabeza, hasta «podría ocurrir que en la misma oración evitemos dejarnos confrontar por la libertad del Espíritu, que actúa como quiere». Puede suceder que uno rece, y mucho, y sin embargo «evite la confrontación con el Espíritu» (GE 172).

En el primer taller hablábamos de ejercitarnos en «mirar en modo discernimiento». En sacarnos los anteojos de las ideologías. Pues bien, escuchar bien es el primer paso para «ver bien». Cuando uno escucha, naturalmente el esfuerzo se dirige al sonido y al tono en el que se revela lo que quiere decir el otro. Uno pesca la intención en los énfasis y en el tono. Poníamos el ejemplo que hace ver la diferencia entre ver y escuchar: uno puede ver muchas imágenes al mismo tiempo y hacer zapping. El oído en cambio se atasca más rápido y cuando hablan muchos uno pide que hablen de a uno. La contaminación acústica produce disgusto y hasta dolor. En cambio a la contaminación visual nos acostumbramos más rápido (aunque a la larga produzca el síndrome de Stendhal, el cansancio la ver tantos cuadros en un museo). Quizás por eso le es más fácil al demonio «disfrazarse de ángel de luz» que «imitar la voz del buen Pastor». Jesús dice que «sus ovejas reconocen su voz». Se fía del oído a la hora de discernir.

Qué criterios nos da el Papa para saber si algo viene del Espíritu bueno o del Maligno?

Discernir estas dos voces -sabiendo que a veces el mal espíritu se disfraza de ángel de luz y puede usar la misma escritura para engañarnos como trató de hacer con el Señor en las tentaciones del desierto- es una gracia y hay que pedirla cada día. Cuando en el Padrenuestro Jesús nos enseña a pedir «líbranos del Maligno» no es solo que nos libre de que nos posea o nos haga daño. El Papa dice: «Él no necesita poseernos. Nos envenena con el odio, con la tristeza, con la envidia, con los vicios. Y así, mientras nosotros bajamos la guardia, él aprovecha para destruir nuestra vida, nuestras familias y nuestras comunidades, porque «como león rugiente, ronda buscando a quien devorar» (1P5,8)» (GE 161).

La escucha supone que el Otro hable, y al hablar manifiesta su libertad: puede decir lo que quiere. Por eso, cuando uno escucha de alguna manera se pone en actitud de pobre, de quien tiene que recibir lo que el otro le quiera decir. Escuchar al Espíritu, como nos recomienda el Papa, supone una actitud de pobreza espiritual. Para cultivar esta actitud de pobres, de gente que cada día tiene que pedir el discernimiento así como pide el pan y el perdón, «el último criterio» es el Evangelio; y también -dice el Papa- el Magisterio que lo custodia». El evangelio y el magisterio bajo la guía del Espíritu, porque sólo el Espíritu «sabe penetrar hasta los pliegues más oscuros de la realidad y tener en cuenta todos los matices para que emerja con otra luz la novedad del Evangelio» (GE 173).

La pobreza nos lleva no solo a acudir cada día a la oración sino a reconocernos pobres también ante la misma Palabra que Dios nos dice. No se trata de que por el hecho de «entenderla o poder explicarla»  sepamos lo que nos quiere decir. El Espíritu es el que nos enseña a aplicar la parábola justa en cada ocasión. «La lectura orante de la Palabra de Dios, más dulce que la miel (cf.Sal 119,103) y «espada de doble filo» (Hb 4,12), nos permite detenernos a escuchar al Maestro para que sea lámpara para nuestros pasos, luz en nuestro camino (cf. Sal 119,105)» (GE 156).

Escuchar bien implica preguntar bien

Y cómo me relaciono con el Espíritu? Dice Francisco: «Pregúntale siempre al Espíritu qué espera Jesús de tien cada momento de tu existencia y en cada opción que debas tomar, para discernir el lugar que eso ocupa en tu propia misión. Y permítele que forje en ti ese misterio personal que refleje a Jesucristo en el mundo de hoy» (GE 23). Escuchar bien implica saber preguntar.

Están las preguntas personales: Señor, cómo te sentís? Esta pregunta activa la mirada sobre nosotros mismos no desde una «idea» o un «mandato» sino desde los sentimientos del Señor. Pablo dice «no entristezcan al Espíritu» y nosotros podemos preguntarle «si le alegró algo bueno que hicimos o si lo hemos entristecido».

Están también las preguntas sobre el qué: «Qué tenemos que hacer» como le preguntaba la gente a los apóstoles el día de Pentecostés. Aquí María nos da en detalle lo que el Padre decía de modo amplio: «Hagan todo lo que Jesús les diga», cosa que el Papa sintetiza en el Protocolo de la santidad para el mundo de hoy. Hagan las obras de misericordia que el Señor elenca en Mt 25.

Están luego las preguntas por el modo. De nuevo nuestra Señora nos da la clave: “Cómo será posible esto si yo…”. Expresar al Señor nuestra pobreza, nuestros condicionamientos de todo tipo, y preguntarle cómo se las ingeniará.

Están las preguntas por el más: «Cómo puedo hacer mejor las cosas, qué paso adelante me proponés, Señor». San Pedro Fabro dice que esta pregunta por «algo más» es infalible para que el buen espíritu muestre su agrado y nos proponga un paso concreto y posible en el camino del bien y el mal espíritu en cambio, se enoje y agite y se revuelva buscando excusas, poniendo impedimentos, tratando de desalentar. Preguntar por el más, ayuda. Esta es la lógica del don y de la cruz: «No se discierne para descubrir qué más le podemos sacar a esta vida, sino para reconocer cómo podemos cumplir mejor esa misión que se nos ha confiado en el Bautismo, y eso implica estar dispuestos a renuncias hasta darlo todo» (GE 174).

Por último, cito la pregunta por el énfasis o la jerarquía: en qué querés que insista, Señor; qué está para Vos primero? Preguntar por lo primero y por el énfasis también mueve los espíritus. Por que el mal espíritu no siempre tienta con cosas malas ni pone en discusión lo bueno que hay que hacer. A veces simplemente hace que posterguemos las cosas o las hagamos desordenadamente o sin poner el acento en lo importante.

El Papa da un ejemplo muy significativo de distintos énfasis que pueden darse leyendo el evangelio: «En el evangelio de Lucas ya no escuchamos el «Sed perfectos» (Mt5,48) sino «Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso» (GE 81).

La misericordia es lo que acentúa el Papa hoy y lo que pone en primer lugar.

Con su Magisterio nos dice todos los días que, en el momento actual, hay que escuchar más «misericordia» que «perfección». Por este lado va la santidad en el mundo actual, que no cree sino a los testigos de la misericordia.

Otro ejemplo que da el Papa es sobre cómo el mal espíritu nos hace escuchar ciertas verdades «disminuyendo su intensidad» o minimizando su perentoriedad, mientras que de otras cosas nos exagera la importancia. Son tentaciones bajo especie de bien, que desjerarquizan o sacan de contexto las verdades. El Papa decía que «en el hospital de campaña» en que vivimos, hay que salvar vidas antes que controlar el colesterol. Y para actuar como médicos de frontera nos da «el protocolo de la santidad», las preguntas prácticas y las medidas urgentes que uno puede tomar hoy, sin temor a equivocarse. Un niño tiene hambre? Tengo que darle de comer. Si no llego a muchos yo solo, para eso debo asociarme a las obras de misericordia que la Iglesia lleva adelante. Y si un niño está en gestación? Sólo una mirada de profunda misericordia -mirada con la que solo su madre puede mirar- es la que puede «desarmar» todas las miradas de la razón pragmática. Por eso, el remedio contra el aborto no está en ninguna ley (ni que penalice ni que legalice) sino en hacer todo lo posible para que esa mirada materna, que cuenta siempre con la ayuda de la naturaleza y de la fe y que hoy ya no cuenta con la ayuda de la cultura que se va imponiendo, para que esa mirada materna, no se apague, sea cuidada, educada por las mismas madres, valorada por la sociedad.

Esta mirada de misericordia, que le quita la cruz al otro, a los más débiles, y la carga sobre las propias espaldas, es capaz de brindar una gran felicidad. Porque la felicidad es paradójica y nos regala las mejores experiencias cuando aceptamos esa lógica misteriosa que no es de este mundo, como decía san Buenaventura refiriéndose a la cruz: «Esta es nuestra lógica». Si uno asume esta dinámica, entonces no deja anestesiar su conciencia y se abre generosamente al discernimiento.

Concluimos con un hermosa convicción del Papa:

«Dios siempre es novedad, que nos empuja a partir una y otra vez y a desplazarnos para ir más allá de lo conocido, hacia las periferias y las fronteras. Nos lleva allí donde está la humanidad más herida y donde los seres humanos, por debajo de la apariencia de la superficialidad y el conformismo, siguen buscando la respuesta a la pregunta por el sentido de la vida. ¡Dios no tiene miedo! ¡No tiene miedo! Él va siempre más allá de nuestros esquemas y no le teme a las periferias» (GE 135).

 

Momento para Contemplar

Siguiendo el camino de los Ejercicios Espirituales, San Ignacio nos propone en la Meditación del Reino, dejarnos “seducir por el Señor” para desde ahí poder discernir el llamado personal al que Jesús, Buen Pastor, me invita en el momento actual de nuestra vida. En el “aquí y ahora” en donde cada uno está viviendo…

Retomando algunas frases del P. Diego, me llego hondamente esta palabra que se hace imagen y sonido: «en el corazón de mi pueblo yo soy una misión» (EG 273). Ya que ilumina mucho,  sabernos en el corazón de un Pueblo, que con sus dolores y alegrías, gesta el Reino de Dios…

Lo gesta, como dice una hermosa antífona, que cantamos en el Jubileo del año 2000:

“En cada gesto de amor, tu Reino llega…”

y se ilumina más el texto del P. Diego, que dice: “La gente que realiza con absoluta seriedad y responsabilidad los oficios más humildes en nuestra sociedad nos da ejemplo cotidiano de lo que significa «ser pueblo», sentirse uno más, en un trabajo pequeño, quizás, pero importante para que funcione la comunidad. El Papa habla del «maestro de alma», de la «enfermera de alma», del «político de alma»…

La pertenencia a un pueblo es una pertenencia espiritual. No basta con tener la misma sangre o habitar el mismo suelo: se pertenece en la medida en la que uno cumple su misión en orden al bien común de su gente.

Y esta tiene que ser nuestra alegría, sabernos Pueblo que gesta el Reino de Dios en cada pequeño y sencillo gesto de amor…

Para rezar este mes de Julio, en donde nos preparamos para celebrar a San Ignacio, podemos pedir la Gracia de dejarnos seducir por Jesús, para tener sus sentimientos y acercar el Reino de Dios en cada gesto de amor…

Decálogo de la Santidad -Escrito por Obispo Francisco Cerro-

Santo es “vivir con los sentimientos del corazón de Cristo”.

Es no renunciar a amar “hasta el extremo”.

Es abrirse siempre a los planes imprevisibles de Dios.

Es creer contra toda esperanza.Es encontrarse con “quien sabemos que nos ama”.Es vivir el gozo y la ale

gría del Amor de Dios.

Es no tener miedo a subir al monte y bajar al valle.

Es decir: “aquí estoy para hacer tu voluntad”.

Es vivirlo todo desde un amor enamorado.

Es ser de Dios, no ser de uno mismo, ser para los demás.

 

 

6. Festejar cada vez que el Señor vence en nuestra vida y progresa el anuncio del Evangelio

La meditación de Dos Banderas -una de Cristo, sumo capitán y Señor nuestro; la otra de Lucifer, mortal enemiog de nuestra naturaleza humana- es «para ver la intenciónde Cristo nuestro Señor y, por el contrario, la del enemigo» (EE 135).

La intención última de toda persona no es algo de lo que uno pueda apoderarse, digamos así. Se puede ver, sí,por los frutos,por el modo de comportarse que alguien tiene a lo largo del tiempo y en los momentos claves de la vida, como cuando decimos que “los amigos se ven en las malas”.

Lo importante que San Ignacio nos hace ver en esta meditación fundamental – de la que nacen los Ejercicios y la Compañía de Jesús- es que no hay «muchas banderas últimas»entre las que podamoselegir, sino solo dos: la de Jesús o la del Maligno.

En las cosas humanas no es así. No hay sólo pañuelos celestes o verdes (vemos que también han surgido los rojos y los negros…). En las cosas humanas entre los que se dividen en dos bandos siempre surge un tercero que intenta mediar y también otros que se presentan como alternativos. Es importante, por tanto, clarificar que la lucha a muerte es solo contra el Maligno, que quiere la destrucción de todos. En cambio,bajo la bandera de Jesús, el Padre quiere reunir a todos los hombres: “Cristo llama y quiere a todos debajo de su bandera” (EE 137), como dice Ignacio.

Digo que esto es importante porque la bandera de la Cruz es bandera de misericordia. Una misericordia que el Señor extiende también a todos los enemigos, a quienes perdona. El hecho de que los combata francamente denunciando las mentiras y predicando la verdad, no significa que los demonice. Todo lo contrario: el Señor da la vida en la Cruz porque es el único modo de persuadir -mansamente- al que estáen el engaño y en la rebeldía.

Festejar cada vez que el Señor vence en nuestra vida

La vida es, por tanto, un combate permanente, como dice el Papa Francisco en Gaudete et exsultate.Y «se requierenfuerza y valentía para resistir las tentaciones del diablo y anunciar el Evangelio». Se trata de «una lucha muy bella, porque nos permite celebrar cada vez que el Señor vence en nuestra vida»(GE 1). Es más, en la «lucha constante contra el diablo, que es el príncipe del mal, Jesús mismo festeja nuestras victorias. Se alegraba cuando sus discípulos lograban avanzar en el anuncio del Evangelio superando la oposición del maligno». Jesús «celebraba: ‹Estaba viendo a Satanás caer del cielo como un rayo›(Lc 10, 18)»(GE 2).

El Papa junta tres cosas que habitualmente tendemos a separar: el festejo,el combateyel Evangelio. Lo habitual es dejarel festejo para el final. Esto de festejar «cada vez que el Señor vence en nuestra vida»no sési lo tenemos incorporado. A míal menos me cuesta, porque en cada cosa que sale bien ya suelo experimentar algo que me urge a no detenerme y a mirar quévendrádespués. Sin embargo, el Papa pone el foco en la alegría de Jesús -“se llenóde gozo en el Espíritu Santo”, dice Lucas (10, 21)- ante el éxito de la primera salida evangelizadora de los 72 discípulos. Les advirtió, eso sí, sobre el verdadero objeto de sualegría: no que se les sometiera el demonio sino que sus nombres estuvieran escritos en el Cielo; pero festejócomo si fuera definitivo esto que a otros ojos era sólo un comienzo y en ese sentido un triunfo parcial.

Aquíviene lo del «superar la oposición del Maligno y lograr un paso adelante en el anuncio del Evangelio». Si bien nuestros triunfos son parciales, el anuncio del Evangelio no lo es. El Evangelio es la comunicación íntegra del amor de Jesús, es la siembra de una Palabra viva que da fruto por sísola, capaz de dar el ciento por uno. Por eso, por la fuerza vital y multiplicadora de cada Evangelio,es que la alegría puede ser radical y plena, sin sombra de amenaza. Ni la cizaña puede quitarle nada a esta alegría. Es «alegría y gozo del Señor resucitado»en cada Palabra viva que cae en un corazón humano, que se siembra en una cultura. Daráfruto a su tiempo. Este es el sentido profundo de la Exhortación del Papa a una santidad que es Alegría y gozo en medio de las persecuciones, como dice la bienaventuranza.

Esta constatación de que hay una alegría especial de Jesús por cada pequeña victoria nuestra (en otra parte el Señor nos asegura que «hay más alegría en el cielo por un pecador que se convierte que por 99 justos que no necesitan conversión), es la clave para cultivar bien el deseo de santidad.

El Papa discierne que el peor enemigo de la santidad es «el espíritu de derrota». Puede hacernos bien releer entero el número 163 de Gaudete et exsultate:

«En este camino (de resistir a los bienes engañosos y envenados con que nos ataca y seduce el Maligno, como decía Brochero), el desarrollo de lo bueno, la maduración espiritual y el crecimiento del amor son el mejor contrapeso ante el mal. Nadie resiste si opta por quedarse en un punto muerto, si se conforma con poco, si deja de soñar con ofrecerle al Señor una entrega más bella. Menos aún si cae en un espíritu de derrota, porque «el que comienza sin confiar perdióde antemano la mitad de la batalla y entierra sus talentos. […] El triunfo cristiano es siempre una cruz, pero una cruz que al mismo tiempo es bandera de victoria, que se lleva con una ternura combativa ante los embates del mal».

El espíritu de derrota es una tentación mayor que todas las demás. Subyace a todas las tentaciones de ira y agresividad y a todas las tentaciones de posesión y de placer.

Fiorito ponía una serie de «frases motivas»que uno puede descubrir como «pensamientos ya consagrados»que están sembrados en el terreno de nuestra memoria y surgen en el momento de la prueba, desmotivándonos para la lucha:  «No podré  resistir esto toda la vida»; o, si la batalla parece pequeña: «Perder esto no significa perder todo»; o «No se puede combatir sin pausas».

Aunque parezca paradójico, Bergoglio hacía ver que la tentación de derrotismo es una forma especial de vanagloria o mundanidad espiritual: «La vanagloria más común entre nosotros, aunque parezca paradójico, es la del derrotismo. Y es vanagloria porque se prefiere ser general de los ejércitos derrotados a simple soldado de un escuadrón que, aunque diezmado, sigue luchando.

¡Cuántas veces soñamos con planes expansionistas propios de generales derrotados! Curiosamente, en esos casos, negamos nuestra historia que es gloriosa porque es historia de sacrificios, de esperanzas, de lucha cotidiana”.

La conciencia de derrota es la que “Frente a una fe combativa por definición, el enemigo, bajo ángel de luz, sembrarálas semillas del pesimismo”.

Bergoglio continuaba: «Nadie puede emprender ninguna lucha si de antemano no confía plenamente en el triunfo. El que comienza sin confiar, perdióde antemano la mitad de la batalla. El triunfo cristiano es siempre una cruz, pero una cruz bandera de victoria. Esta fe combativa la vamos a aprender y alimentar entre los humildes».

Contra la tentación de pesimismo y el espíritu de derrota, cada uno debe oponer el rostro de sus antepasados y de la gente buena de la que recibiótestimonios de lucha cotidiana. «La cara de las personas humildes, las de la gente de una piedad sencilla, es siempre cara de triunfo y casi siempre la acompaña una cruz. En cambio, la cara del soberbio es siempre una cara de derrota. No acepta la cruz y quiere una resurrección fácil. Separa lo que Dios ha unido. Quiere ser como Dios. El espíritu de derrota nos tienta a embarcarnos en causas perdedoras. Estáausente de él la ternura combativa que tiene la seriedad de un niño al santiguarse o la profundidad de una viejita al rezar sus oraciones. Eso es fe y esa es la vacuna contra el espíritu de derrota”.

La cara de triunfo no es la del que festeja una copa con alegría desaforada (menos aún la del que festeja una ley sobre el aborto). Es la cara serena del que estásatisfecho por haber dado lo mejor de síy goza interiormente con el trabajo bien hecho.

Festejar cada victoria del Señor en nuestra vida, cada vez que «encarnamos el Evangelio»en algún gesto concreto -en una obra de misericordia concreta, en un rato de oración contemplativa o de intercesión- es un paso fundamental en el combate espiritual.

Si pensamos las bienaventuranzas y la concretización de la de la misericordia en las obras concretas que Jesús describe, como un «protocolo de la santidad», como esas «pocas palabras, sencillas pero prácticas y válidas para todos»(GE 109), este paso de hacer fiesta con cada victoria del evangelio, es lo que da a todos los otros consejos el espíritu de fondo.

El término “protocolo” viene del griego “proto” -primero- y “kollea” -cola o pegamento-. Se llamaba asía la primera hoja de un documento con los datos de su autenticación sellados. Es un término con muchos significados que, dependiendo del contexto, va de significar algo meramente formal, como pueden ser las reglas de comportamiento en una ceremonia, a algo de importancia vital, como en el caso de los procedimientos a seguir en una toma de rehenes o en una catástrofe en la que se requiere coordinación, rapidez y precisión para salvar la mayor cantidad de vidas posibles. En este contexto dramático -de situaciones de combate y de catástrofes que superan la posibilidad de respuesta común, un protocolo apunta a dar reglas precisas teniendo claro el objetivo principal, favorezcan la toma de decisiones personales que sumen al obrar conjunto.

Lo de festejar cada victoria es una actitud práctica a mantener en medio del combate. El “cada vez” puede parecer exagerado, como suele parecer exagerado para el que es espectador y no protagonista de una competición deportiva, el choque de manos que se dan los jugadores cada vez que suman un punto o hacen un gol.

Esa pausa para festejar cada punto ganado es esencial a la competición porque consolida, paso a paso, la mentalidad ganadora, une los ánimos y da coraje para seguir combatiendo. La práctica de estos gestos de victoria, que son connaturales a toda competición humana, no siempre resultan tan obvios en el combate de la vida espiritual pero si se practican, dan mucha alegría y confirmación en el Espíritu Santo.

Esta ayuda y consejo prácticodel Papa responde a uno de sus principios: el que dice que la unidad (la victoria) es superior al conflicto.

No obstinarse en usar solo criterios empíricos: pensar es discernir con criterios evangélicos

Otra ayuda del Papa se refiere al procedimiento o “instrumento” por decir así, que debemos poner en práctica para combatir contra el mal en las tres fuentes donde anida: en la de la mentalidad mundana (paradigmas, frases hechas que nos motivan a apartarnos del amor de Dios, ideologías…), en la fuente de nuestras propias fragilidades e inclinaciones (cada uno tiene las suyas, dice el Papa), y en su fuente personal: el Príncipe del mal, que utiliza inteligente y libremente las otras dos e incluso llega a utilizar la misma Escritura para acosarnos, como hizo con el Señor en el desierto.

El modo de proceder que propone el Papa es el de “Jesús (que) nos enseñó a pedir cotidianamente esa liberación para que su poder no nos domine”. El Papa remarca el “hecho (de que) cuando Jesús nos dejóel Padrenuestro quiso que termináramos pidiendo al Padre que nos libere del Malo. La expresión utilizada allíno se refiere al mal en abstracto y su traducción más precisa es «el Malo⁠»”. Ahora bien, ha hacernos tomar conciencia del valor práctico de este “instrumento” y “modo de comportarnos”, el Papa llega situándo el deseo de Jesús en el corazón de la Escritura, que empieza en el Génesis y termina en el Apocalipsis mostrando que la vida es combate y el papel protagónico que tiene el Príncipe del mal, en esta lucha. A su vez, la convicción  -asíllama el Papa a este criterio encarnado en la fe de la Iglesia-, es una convicción que se sitúa entre dos polos: el de la obstinación en ver la vida sólo con criterios empíricos y el deseo de comprender por quéa veces el mal tiene tanto poder destructivo. Es un instrumento, pues, que se revela más apto para el fin.

Se trata de un instrumento intelectual: el criterio que usamos. El Papa advierte que si utilizamos solo “criterios empíricos y sin sentido sobrenatural” no aceptaremos la existencia del diablo. Por el contrario, “la convicción de que este poder maligno estáentre nosotros, es lo que nos permite entender por quéa veces el mal tiene tanta fuerza destructiva” (GE 160).

El problema real de la fuerza destructiva del mal supera nuestros criterios empíricos, se nos impone con crueldad. Ante esto uno actúa. La desesperación -tanto la que paraliza como la quelleva a actuar presuntuosa y precipitadamente- no están a la altura del problema. El Papa sugiere utilizar otros criterios: propone los de la Biblia, en la que el Maligno estápresente desde la primera página del Génesis hasta la última del Apocalipsis y centra nuestra fe -criterio sobrenatural- en la enseñanza de Jesús que en el Padrenuestro nos hace pedir al Padre que nos “libere del Maligno”, no solo del mal en general o de modo abstracto, sino del Maligno, expresión que “indica un ser personal que nos acosa”.

Para el uso de este “criterio sobrenatural” toca dos puntos sensibles: uno es la imagen que se ha estandarizado de las posesiones diabólicas como enfermedades mentales meramente. El Papa solo advierte de “no simplificar tanto la realidad”. La otra es el peso de la Palabra de Dios, expresada sin aditamentos: “Jesús nos enseñóa pedir cotidianamente esa liberación para que su poder no nos domine”. El protocolo dice: no combatir tan alto poder destructivo con instrumentos meramente empíricos. Usar los sobrenaturales, que permiten comprender mejor la realidad.

No obstinarse en usar solo criterios empíricos es una concreción del principio que dice: la realidad es superior a la idea.

 

Momento para Contemplar

La espiritualidad Ignaciana, tiene muchas maneras y ayudas para plasmar en nuestra vida, el modo de proceder de Jesús.

La Meditación de Dos Banderas, es un ejercicio espiritual,  que nos ayuda a descubrir las luchas que muchas veces, se dan en el propio corazón.

La Meditación de Dos Banderas, en esta oportunidad nos ayuda a poder desenmascarar el espíritu que quiere dominar en nuestra vida en este tiempo…

Si es el “espíritu de celebrar” las pequeñas batallas ganadas , cuando nos tomamos de la Mano de Dios  o nos quedarnos entrampados, en el espíritu de derrota, que oscurece la mente y el corazón…porque toca nuestro ego y nuestros deseos de grandeza, tan diferentes del modo de proceder de Jesús, que “siendo grande se hizo pequeño por amor…”

Sin embargo, trae mucha luz, lo que dice el Papa Francisco: “Se trata de «una lucha muy bella, porque nos permite celebrar cada vez que el Señor vence en nuestra vida»(GE 1).

Y nos ayuda a  discernir  que el peor enemigo de la santidad es «el espíritu de derrota»; ya que,  quien cae en un espíritu de derrota, es aquel  que comienza cualquier misión, tarea, servicio, etc.; sin confiar!!  y como consecuencia, ese corazón ya  perdióde antemano la mitad de la batalla y entierra sus talentos, porque va al “frente de batalla”, sin esperanza…

Retomo, esta frase de la reflexión del  Padre Diego Fares, que cita al Papa Francisco: «Nadie puede emprender ninguna lucha si de antemano no confía plenamente en el triunfo. El que comienza sin confiar, perdióde antemano la mitad de la batalla. El triunfo cristiano es siempre una cruz, pero una cruz bandera de victoria. Esta fe combativa la vamos a aprender y alimentar entre los humildes».

Festejar cada victoria del Señor en nuestra vida, cada vez que «encarnamos el Evangelio»en algún gesto concreto -en una obra de misericordia concreta, en un rato de oración contemplativa o de intercesión- es un paso fundamental en el combate espiritual.

Para rezar contemplativamente, en este tiempo, pueden ayudar estas dos preguntas:

¿Que “espíritu”habita mi mente y mi corazón en este tiempo: espíritu de derrota o espíritu de celebración?

¿Quégesto de Jesús, pone luz, paz, alegría y confianza en las luchas de tengo que enfrentar en el día a día?

Terminar con esta Suplica al Espíritu Santo, pidiendo que el Espíritu de Jesús sea quien habite nuestra vida:

PREGON AL ESPÍTU

Ven, Espíritu divino, de Jesús, vida y aliento.

Ven, soplo eterno del Padre, que creas el hombre nuevo.

Ven, intimidad de Cristo, que das savia a los sarmientos.

Ven, Espíritu divino y manda tu luz desde el cielo

Ven, energía divina, tempestad de Dios y viento, que abres las puertas cerradas,

que quitas todos los miedos, que liberas al esclavo, que rompes todos los cepos.

Ven, Espíritu divino, destruye todos nuestros miedos.

Baja, hoguera trinitaria, bautízanos con tu fuego, somos carbón apagado, todo oscuridad e invierno, enciéndenos en amores, conviértenos en luceros.

Ven, Espíritu divino, ilumínanos y quémanos por dentro.

Ábrete, fuente dichosa, agua que mana del cielo, que limpia las impurezas, que riega todos los huertos, sacia nuestra sed profunda, conviértenos en veneros.

Ven, Espíritu divino, sacia nuestra sed y aviva nuestro fuego.

Ven, consejero y amigo, ven, defensor y Maestro. Ven, tesoro inagotable, de todos los dones lleno, intimidad misteriosa, nuestro yo más verdadero.

Ven, Espíritu divino, queremos tenerte y sentirte compañero.

 

7. La meditación de los Tres binarios o “cómo gestionamos nuestros afectos”

 

La meditación de los Tres binarios es una ayuda para saber cómo gestionar los afectos. Es una cuestión íntima de cada uno. No se trata de una escala de valores externa que nos diga “este bien es mejor que aquel otro y tenés que tomarle afecto” o “este bien está prohibido y si sentís que no podés vivir sin eso estás frito. Tenés que soltarlo”.

Por supuesto que la escala de valores externa, los mandatos familiares y sociales y los tabúes entran en juego, pero con San Ignacio, en la meditación de los “tres binarios”, nos centramos en algo más íntimo. Yo lo expresaría así: “el afecto -el apego- a los bienes es un “pegamento” y como con todos los pegamentos hay que estar atentos al tiempo y al modo. Antes de pegar algo hay que leer bien las instrucciones para ver cómo funciona cada pegamento. Si uso “la gotita” -ese pegamento de contacto inmediato-, debo estar atento a no pegarme los dedos en vez de pegar lo que quiero arreglar. Si uso uno de esos pegamentos que actúan a largo plazo y se endurecen mejor con el tiempo, no me tengo que apurar. Tengo que dejar que se seque en cada superficie (que debe estar bien limpia) y luego tengo que fijar las partes y prensarlas para que el pegamento surta efecto. Con estas imágenes de pegamentos, escuchemos la historia que nos cuenta Ignacio para ayudarnos a reflexionar acerca de cómo “nos apegamos a las cosas”.

El la llama: “Meditación sobre tres binarios (o tipos) de hombres, para abrazar el mejor”. Después de hacernos rezar la oración preparatoria que se hace cada vez que uno quiere ponerse a rezar, nos cuenta la historia. La oración preparatoria es en sí misma un “pegamento”. Un imán, diría yo. Porque nos hace poner la mirada en el fin de la oración de modo tal que nos sintamos atraídos por el amor de nuestro verdadero Bien. Dice así: “Señor, que todas mis intenciones, todas mis acciones y las operaciones que haga para llevarlas a cabo, estén puramente ordenadas para tu mayor servicio y alabanza”.

Es como si uno, cuando reza, fuera repitiendo un mantra: “sirve y alaba/no sirve, no alaba”, y este fuera el criterio para avanzar o retroceder en la oración.

Pero escuchemos la historia. Se trata de tres tipos (pares, binarios) de hombres, cada uno de los cuales ha adquirido diez mil ducados, no pura o debidamente por amor de Dios, y quieren todos salvarse y hallar en paz a Dios nuestro Señor, quitando de sí la gravedad e impedimento que tienen para ello en la afección que le tienen a esta “cosa acquisita” (los diez mil ducados)”.

Notemos bien dónde está el punto: están “afectados” a estos diez mil ducados. Se les han pegado a la mano (y al corazón) como suele pasar con el dinero cuando uno lo agarra. Y si son monedas de oro de 27 euros cada una, más que si se trata de billetes.

Ignacio nos va ha ayudar a reflexionar acerca de tres tipos posibles de manejo del pegamento con respecto a una posesión inquietante, con respecto a estos diez mil ducados cuya adquisición y uso futuro no dejan en paz a estos tipos o binarios de hombres.

Como se trata de una cuestión de capital importancia, ya que si uno se apega mal a las cosas, como pasa por ejemplo con uno que se vuelve adicto a alguna sustancia o uno que se enamora de lo primero que ve, le irá mal en la vida, Ignacio nos sitúa en un contexto solemne. Para hacer esta meditación sobre nuestro modo de afectarnos a los bienes nos pone delante de Dios nuestro Señor y de todos sus santos. Los santos y las santas son personas de carne y hueso que supieron ser felices en su vida porque eligieron bien sus afectos. Mirándolos a ellos -y cada uno a sus santos y santas preferidos- podemos “desear y conocer lo que es más grato a la divina bondad”, dice Ignacio.

La petición que nos propone para esta meditación es: “pedir gracia para elegir lo que más a gloria de su divina majestad y salud de mi ánima sea”.

Ahora sí, nos da los “Puntos para meditar”. El primer tipo de hombres (primer binario) querría quitar el afecto que tiene a la “cosa acquisita”, para hallar en paz a Dios nuestro Señor, y saberse salvar, pero no pone los medios hasta la hora de la muerte. El segundo binario quiere quitar el afecto, pero… así le quiere quitar, que quede con la “cosa acquisita”, de manera que allí venga Dios donde él quiere, y no determina de dejarla, para ir a Dios, aunque fuese el mejor estado para él. El Tercer binario: quiere quitar el afecto, y es tan verdad que lo quiere quitar, que ni siquiera le tiene afección a tener la “cosa acquisita” o no tenerla, sino que quiere solamente quererla o no quererla, según que Dios nuestro Señor le pondrá en su voluntad, y a la tal persona le parecerá mejor para servicio y alabanza de su divina majestad; y, entretanto quiere hacer de cuenta que todo lo deja en afecto, poniendo fuerza de no querer aquello ni otra cosa ninguna, si no le moviere sólo el servicio de Dios nuestro Señor, de manera que el deseo de mejor poder servir a Dios nuestro Señor le mueva a tomar la cosa o dejarla.

Como vemos, esta cuestión de los afectos no es simple. Cada tipo de gestión de los pegamentos tiene su complejidad. No digamos nada del último, que pareciera que sólo desea poder servir mejor a Dios nuestro Señor y todo lo demás no lo hace moverse ni un tranco de pollo. Es alguien que prueba sus afectos y tiene las riendas de su corazón bien aferradas. Pero también el primero es complejo, ya que posterga las cosas pero al final de su vida sí pone los medios. Es decir: se trata de una persona lúcida y que al final elige bien a qué apegarse y qué soltar. Es de los que juntan y juntan pero al final dan toda su herencia a los demás. El del medio también es complicado. Quiere que Dios quiera lo que él quiere y en esta pulseada se le pasa el tiempo.

Todas estas consideraciones apuntan a focalizar bien el punto, que es interior. No se trata de ninguna “ley externa”. Se trata de comprender que hay también “leyes internas”. No porque nadie nos diga lo que tenemos que hacer sino porque aunque en un momento hagamos lo que queramos, el pegamento que usamos tiene sus consecuencias y para el segundo “hago lo que quiero” ya estamos más condicionados. Digo esto porque hoy está de moda decir “yo con mi vida -y con mi cuerpo- hago lo que quiero”. Es verdad en un acto puntual. Pero no es verdad si uno mira toda una historia. La educación y las leyes “externas” que nos dan nuestros mayores y la sociedad nos brindan una ayuda para que cada uno no tenga que hacer la triste experiencia de quedar pegado a la primera (mala) decisión arbitraria que tomó de “hacer lo que quería” y meter los dedos en el enchufe. Es verdad que hay que revisar las leyes exteriores y aplicarlas con pedagogía adaptándose a “lugares tiempos y personas”. Pero así como no tiene sentido pretender que todo esté legislado exteriormente, tampoco tiene sentido pretender una independencia absoluta subjetiva.

Ignacio nos hace dialogar con nuestra Señora, con Jesús y con el Padre, en los tres coloquios de la meditación de Dos Banderas, pidiendo la gracia de ser recibido bajo la bandera de Jesús, que es la bandera de las bienaventuranzas: en pobreza, mansedumbre, compasión, pureza de corazón, sabiendo estar alegres en medio de las persecuciones por trabajar por la justicia y la Paz.

Y agrega una nota: “Es de notar que cuando nosotros sentimos afecto o repugnancia contra la pobreza actual, cuando no somos indiferentes a pobreza o riqueza, mucho aprovecha para extinguir el tal afecto desordenado, pedir en los coloquios (aunque sea contra la sensibilidad de nuestra carne) que el Señor le elija en pobreza actual; y que él quiere, pide y suplica, sólo que sea servicio y alabanza de la su divina bondad”.

Esta es la pedagogía del “hacer lo diametralmente opuesto”, del “hace contra” cuando uno siente que algo lo aleja del amor de Jesús. Es un ejercicio que libera el afecto de un apego que parece irresistible y hace que uno encuentre el justo medio o lo que Dios quiere.

El cesto que le quitaba la paz a san Francisco

Hemos visto que la meditación de los tres binarios es muy rica y compleja. Los diez mil ducados no bien adquiridos y el tipo de afección que generan son una metáfora que da que pensar. Es oro, pero cargado de historia y de afecto, abierto a muchas posibilidades de uso. Dicen que el manejo de la plata y el manejo de los afectos van juntos: a nivel básico corazón y bolsillo actúan en espejo. Pero es tan primaria la interacción que uno por ahí “no la ve objetivamente”. Por eso puede ser bueno utilizar otro ejemplo de “cosa acquisita”, otro ejemplo de una “posesión inquietante” que no deja en paz al dueño y el modo que éste tiene para ser libre.

Usaremos el ejemplo de aquel cesto de mimbre que estaba tejiendo san Francisco de Asís con sus manos. Cuenta la historia que en cierto momento, Francisco dejó de tejer el cesto y lo quemó! Así nomás: estaba tejiendo muy contento y de golpe va y lo quema! El hermano León, que lo había estado observando, se puso mal. Le preguntó un poco turbado por qué había hecho eso. Francisco le respondió que lo había quemado porque en cierto momento se había dado cuenta de que estaba mirando el cesto con demasiada complacencia, como obra de sus manos, y este sentimiento se interponía como un impedimento entre él y Dios: no lo dejaba amar puramente a Dios como él quería. Al hermano León esto le pareció exagerado, un escrúpulo… Y más se sorprendió cuando Francisco le dijo que se quedara tranquilo y se puso inmediatamente y como si nada a tejer otro cesto! Le dijo que el otro “era necesario” quemarlo. Y luego retomar la tarea.

Estamos ante una situación enteramente personal que no se entiende “desde afuera”, aunque algo podamos pispear, como el hermano León. Es algo entre Francisco y su Señor, un Señor al que él quiere alabar en todas y por sobre todas las cosas.

Esto para decir que el discernimiento, si bien sirve para todo, sirve de modo particular para las cosas del evangelio que cada uno vive en su corazón, sirve para juzgar si una obra de misericordia en la que estoy metidos por seguir el evangelio, la estoy haciendo con afectos evangélicos. No se disciernen “casos en general” sino afectos y situaciones concretas, que son siempre personales.

Creo que este ejemplo de la vida de Francisco nos ayuda a situarnos en el punto preciso en que se requiere el discernimiento: allí donde el mismo cesto que hemos estado tejiendo para servicio del prójimo y alabanza de nuestro Señor y Creador, requiere que revisemos la intención con la que lo estamos haciendo, para que el pegamento del corazón no se detenga en la obra misma sino que vuele libre al Creador.

Cuando tenemos alguna “posesión inquietante” -los diez mil ducados o el cesto- experimentamos sentimientos encontrados. E Ignacio logra “enmarcar” tres tipos de actitudes posibles en las cuales “espejarnos”.

Tres modos de gestionar los afectos

En general sucede que solemos poner el problema “en la cosa misma”. Pero Ignacio nos invita a situarnos un paso atrás. Nos hace poner la atención no en los diez mil ducados (o el cesto) sino en nuestro modo de gestionar nuestros afectos.

Uso a propósito esta palabra “gestionar” y la dirijo no a las cosas exteriores sino a nuestro modo de sentir. Nuestros deseos y sentimientos, aún los más espontáneos, se pueden gestionar y esa gestión se llama discernimiento. Lo particular de esta “gestión” es que aunque parezca que se trata de algo concreto que depende sólo de nosotros, en realidad no es así: se trata de situaciones y cosas en las que entran en juego “otras intenciones” además de las nuestras: las del buen espíritu y las del malo. De ahí que se requiera discernimiento espiritual, ayuda del Espíritu Santo para “ver” esa “cosa” o situación como algo más amplio que como un mero objeto de deseo nuestro. Es algo que tiene un valor agregado ya que se enmarca dentro del plan de salvación grande en el que Dios nuestro Señor ordena todas las cosas para bien de los que lo aman. Recordamos aquí cómo San Pablo decía que se “hacía todo a todos con tal de ganar a alguno” y era capaz de saltarse ritos judíos o de cumplirlos a rajatabla mirando no el rito en sí mismo sino la edificación o el posible escándalo en otros.

Quemar el cesto y hacer otro es una medida -quizás un poco extrema- que toma Francisco para enseñorearse de su propio modo de trabajar. Más que del cesto en sí mismo, de lo que se trata es de la propia persona como obra de arte agradable a Dios. Haciendo un cesto objetivamente hermoso, Francisco sentía que sus propios sentimientos no eran hermosos: se había apegado a su modo de hacer las cosas y se miraba a sí mismo, no a su Amado. Se complacía en lo bien que estaba tejiendo y este mirarse a sí mismo lo apartaba de mirar a su Señor, que era su deseo y su amor más hondo.

Esto puede parecer exagerado a una mirada superficial pero no es así. El deseo de amar a Dios sobre todas las cosas es un deseo elegido, libre, racional (un pegamento que requiere tiempo). No siempre se traduce en sentimientos sensibles (pegamento de contacto), que pueden estar inmersos en otros bienes más inmediatos. Pero el hecho de que un deseo surja con fuerza y espontaneidad no quiere decir que sea más auténtico que otro que requiere más tiempo, que requiere un proceso, algunas mediaciones y renuncias para aflorar.

El discernimiento se da, por tanto, entre afectos y, como magistralmente muestra Ignacio en los Tres binarios, entre modos de “tratar un afecto” cuando este no está del todo ordenado. Es que el deseo es un pegamento que se mueve y progresa adhiriéndose a la realidad, a los bienes concretos. Y estos bienes no son solo cosas. El deseo se adhiere también a sí mismo, se alimenta a sí mismo y de sí mismo. El deseo se adhiere a las cosas presentes pero también al pasado -justificando el modo como adquirió los ducados, por ejemplo, y al futuro, a lo que hará con ellos.

El espacio vital que necesita un proceso de discernimiento

Puede venir bien recordar en este momento lo que San Ignacio dice acerca de tener “deseos de deseos”. Cuando hace que se pregunte a uno que quiere entrar en la Compañía de Jesús si tiene deseos de servir a Dios y la persona responde sinceramente que sus deseos no son muy intensos, Ignacio propone re-preguntar a ver si al menos tiene “deseos de deseos”.

Esta formulación, realmente inspirada, nos dice que para discernir sobre los deseos es necesario despegarse de la inmediatez que les es propia. Despegarse para poder verlos bien, para poder examinar la proporción entre el bien al que se apegan y la intensidad con que se apegan, por ejemplo. Este tomar distancia de los propios deseos -siempre lanzados y apegados- abre el espacio vital que necesita todo proceso de discernimiento.

Con los matices que tiene el querer quitar un afecto en cada uno de los tres binarios, Ignacio abre este espacio para posibilitar que uno se enseñoree de sus deseos, de modo tal que ninguna “cosa acquisita” se adueñe de su corazón sino que este se mantenga libre.

Esta libertad es algo que sólo se puede experimentar con la ayuda del Espíritu Santo, ya que se trata del apego más íntimo del corazón el cual, así como se desordena fácil si uno se deja llevar por su naturaleza -cada pasión busca su propio bien-, también se ordena fácilmente si uno mira el Amor de quien nos ama gratuitamente y se deja llevar por el deseo de agradarle sólo a El.

El deseo de poder servir mejor a Dios nuestro Señor

El punto , por tanto, no es cómo quitar solo un apego particular sino como movilizar el afecto para que se mueva libremente entre los bienes bajo la conducción del deseo mayor: el de poder servir mejor a Dios nuestro Señor.

Los dos primeros binarios tienen algo en común y es que “no se mueven”. El apego lleva al primero a posponer indefinidamente las cosas: no pone los medios. Lo suyo no es un verdadero querer sino un “querría”. Porque “querer”, lo que se dice querer, es moverse hacia el fin, hacia el bien. Si no hay movimiento, si no se ponen medios para lograr lo que se quiere, no es un verdadero querer.

El segundo tampoco se mueve. Lo suyo es un modo de estar apegado a las propias cosas que hace girar al mundo entero en torno a su deseo y pretende que Dios mismo quiera lo que él quiere. La actitud no es la “disponibilidad” creatural, el estar en ese movimiento, propio de quien tiene una actitud de servicio, sino que es la actitud del poder, de quien tiene una posición tomada, un espacio ganado y quiere que todos vengan al pie.

El tercer binario, en cambio, se mueve. Esto puede verse en que desarrolla toda una serie de actitudes y estrategias que revelan que su deseo es un verdadero deseo.

Dado que el deseo es tender a un bien, el mayor y verdadero deseo será el que tienda al Bien mayor y desde él ordene todos los otros deseos y movimientos. Este tipo de personas -la del tercer binario- tienen claro que el mayor bien es “servir a Dios nuestro Señor”, que es quien ha creado todos los bienes y conoce, por tanto, lo mejor para cada uno. Servirlo a Él es el mayor bien que uno puede hacerse a sí mismo y hacer a los demás.

Por eso este tipo de personas abre un espacio y da tiempo a los deseos más inmediatos para que vayan y vengan sin apegarse de modo inmediato y definitivo a ningún bien, esperando que sea el deseo del mejor servicio de Dios el que los ordene y jerarquice.

Notemos un detalle. Ignacio dice que el tercer binario “quiere solamente querer o no querer…” Así como uno puede situarse un paso antes de un deseo y focalizarse en tener “deseo de deseos”, así también uno puede ponerse en pausa y decir: lo que quiero es ser libre de mis deseos inmediatos. Quiero “querer o no querer” recién después de ver bien lo que Dios me propone y de pesar lo que a mí me parece mejor. Este querer es fruto de una alianza de libertades.

Es admirable ver que se trata de una doble pausa: pongo en pausa el movimiento inmediato de mis deseos, que los llevan a apegarse a lo que les resulta inmediatamente placentero. Pero pongo también pausa al bien que Dios me ofrece! Le doy tiempo a mi mente a que juzgue lo que le parece mejor y recién entonces, habiendo deliberado y madurado subjetivamente la cosa, doy rienda suelta a mi querer y me adhiero a ese bien.

Este tiempo que le damos a nuestros procesos afectivos es lo que hace la diferencia. Porque los bienes a los que nos adherimos por impulso o por obediencia a una ley externa, cuando viene una crisis, dejan de “imantar” el corazón y uno se “desapega”. O porque se apaga la pasión o porque la ley resulta demasiado difícil de cumplir y otras propuestas nos hacen dudar de ella.

El discernimiento nos sitúa ante un Dios que propone bienes, no los “impone”. De ahí que se requiera este doble paso -experimentar el don y adherirnos deliberada y libremente a él- para dar, entonces sí, rienda suelta al deseo ordenado.

Veamos como todo el principio y fundamento está presente en este tercer binario: “el hombre es creado para alabar, hacer reverencia y servir a Jesús nuestro Señor”. Ignacio nos hace juzgar qué es mejor, mirando no solo el servicio sino también la alabanza a Dios. Alabanza y servicio son los criterios, estético y ético, para juzgar bien.

Dos estrategias para liberarse de los apegos inmediatos o legalistas del querer

Para querer bien, dos estrategias: la de “hacer de cuenta que uno deja todo en afecto” y la de “poner fuerza en no querer ni esto ni nada, si lo que mueve el deseo no es “solo el servicio de Dios nuestro Señor.

Son dos ejercicios muy prácticos uno para “flexibilizar” la rigidez de los deseos, el otro, para “estabilizar” su volubilidad.

Hacer de cuenta que uno se saca todo lo que lleva puesto y lo pone ante sí sobre la mesa es “dejarlo en afecto”. Soltar efectivamente las cosas, ponerlas delante, ayuda a “sentir” cómo las manos y los ojos tienden a apoderarse de algunas más que de otras.

Poner fuerza en querer sólo el mayor servicio de Dios ayuda a experimentar cómo cuando uno se obliga a estar delante del Sumo Bien por un tiempo -frenando otros impulsos- el corazón se adhiere con mucha fuerza y como naturalmente a ese Bien.

San Ignacio nos muestra a Jesús como ese sumo bien al que podemos apegarnos con todos nuestros sentidos y facultades. En su Autobiografía decía de sí que “quería estar aficionado sólo a Dios”. A Jesús nos podemos apegar sin temor de que algo pueda apartarnos del amor de Cristo, como dice Pablo. En Jesús todos los demás deseos se ordenan en paz y con alegría. El deseo de mejor poder servir a Dios nuestro Señor debe ser siempre el primero.

Creo que viene bien leer aquí, integro, el pasaje de la Exhortación Gaudete et exsultate donde el Papa habla de “La lógica del don y de la Cruz”, en la que habla de las “renuncias” a todo apego desordenado para poner todo el corazón en el mejor servicio de Dios.

Una condición esencial para el progreso en el discernimiento es educarse en la paciencia de Dios y en sus tiempos, que nunca son los nuestros. Él no hace caer fuego sobre los infieles (cf. Lc 9,54), ni permite a los celosos «arrancar la cizaña» que crece junto al trigo (cf. Mt 13,29). También se requiere generosidad, porque «hay más dicha en dar que en recibir» (Hch 20,35). No se discierne para descubrir qué más le podemos sacar a esta vida, sino para reconocer cómo podemos cumplir mejor esa misión que se nos ha confiado en el Bautismo, y eso implica estar dispuestos a renuncias hasta darlo todo. Porque la felicidad es paradójica y nos regala las mejores experiencias cuando aceptamos esa lógica misteriosa que no es de este mundo, como decía san Buenaventura refiriéndose a la cruz: «Esta es nuestra lógica». Si uno asume esta dinámica, entonces no deja anestesiar su conciencia y se abre generosamente al discernimiento.

Cuando escrutamos ante Dios los caminos de la vida, no hay espacios que queden excluidos (no hay “cosas acquisita” que se adueñen de nuestro querer). En todos los aspectos de la existencia podemos seguir creciendo y entregarle algo más a Dios, aun en aquellos donde experimentamos las dificultades más fuertes. Pero hace falta pedirle al Espíritu Santo que nos libere y que expulse ese miedo que nos lleva a vedarle su entrada en algunos aspectos de la propia vida. El que lo pide todo también lo da todo, y no quiere entrar en nosotros para mutilar o debilitar sino para plenificar. Esto nos hace ver que el discernimiento no es un autoanálisis ensimismado, una introspección egoísta, sino una verdadera salida de nosotros mismos hacia el misterio de Dios, que nos ayuda a vivir la misión a la cual nos ha llamado para el bien de los hermanos (GE 174-175)

 

Momento para Contemplar

La Meditación de los Tres Binarios, es una de las ayudas que San Ignacio propone en los Ejercicios Espirituales para que el propio corazón pueda ir creciendo en libertad.

Todo el proceso de los Ejercicios Espirituales, es un proceso de libertad interior y de seguimiento del Señor…

En el Evangelio escuchamos a Jesús cuando dice:

«El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí y por la Buena Noticia, la salvará.

¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero, si pierde su vida?

¿Y qué podrá dar el hombre a cambio de su vida? -Mc 8, 34-37-

La paradoja del Evangelio, nos pone entre: el perder y el ganar.

Pierde, el que aferra…

Gana, el que se ofrece…

El que cree que gana (se apega a) su vida, en realidad la pierde

El que se anima a perder (ofrece) la vida por Jesús y por la Buena Noticia, la gana…

El discernimiento de los deseos, nos pide poner ante Jesús, aquellas cosas que pesan, que quitan libertad y hacen difícil la opción por una vida más sencilla y alegremente ofrecida…

Retomo, este párrafo del P. Diego:

“Con los matices que tiene el querer quitar un afecto en cada uno de los tres binarios, Ignacio abre este espacio para posibilitar que uno se enseñoree de sus deseos, de modo tal que ninguna “cosa acquisita” se adueñe de su corazón sino que este se mantenga libre. Esta libertad es algo que sólo se puede experimentar con la ayuda del Espíritu Santo, ya que se trata del apego más íntimo del corazón el cual, así como se desordena fácil si uno se deja llevar por su naturaleza -cada pasión busca su propio bien-, también se ordena fácilmente si uno mira el Amor de quien nos ama gratuitamente y se deja llevar por el deseo de agradarle sólo a Él.”

Quizás nuestra oración, podría centrarse en pedir tener deseos de desear de poder servir mejor a Dios nuestro Señor, pidiendo luz al Espíritu Santo, para discernir en qué lugar del corazón, se ocultan los apegos que son fruto de la falta de confianza en la Providencia del Padre que sabe lo que sus hijos necesitan…aun antes de que nos demos cuenta que necesitamos y se lo pidamos…

Les comparto esta Oración para encender nuestros deseos con los deseos del Evangelio:

Concédeme el deseo de los Magos que de noche ven tu estrella,

para cruzar de ella agarrado cuando nada más se vea.

Concédeme el deseo de Simeón, esperándote a la puerta,

para soñar hasta el final, el cumplir de tu promesa.

Concédeme el deseo de San José que a tus proyectos les da vuelta,

para dejar en el amor, lo que no entra en la cabeza.

Concédeme el deseo de María que se entiende bien pequeña,

para decirte siempre sí, porque sí dice la sierva.

Concédeme el deseo de la mujer, que por detrás de ti se llega,

para tocar con fe tu manto y robarte así tu fuerza.

Concédeme el deseo del leproso que las barreras da por tierra,

para esperar de tu abrazo, el curarse de la lepra.

Concédeme el deseo de la viuda que se pone como ofrenda,

para ponerme como ella, en lugar de dar monedas.

Concédeme el deseo de aquel niño, que comparte su merienda,

para entregar de lo mío, porque otro también tenga.

Concédeme el deseo de la mujer que recoge, por debajo de tu mesa,

para con pocas migajas, entender que se hace fiesta.

Concédeme el deseo de aquel ciego del camino,

que logró que te detengas,

para ver en el amor, lo que el pecado siempre ciega.

Concédeme el deseo de Zaqueo que en su casa te acogiera,

para querer estar los dos y repasar juntos las cuentas.

Concédeme el deseo del buen ladrón, clavado a tu derecha,

para saberme ya en tu reino, porque tu amor de mí se acuerda.

Concédeme el deseo de José, el que nació en Arimatea,

para pedir tu cuerpo santo y esperar que en mí florezca.

Concédeme el deseo de tu Pueblo que humilde te confiesa,

para guardar en tus manos, lo que la misericordia sólo cierra.

Concédeme el deseo de tu Iglesia, que es madre, y más, maestra,

para que al soplo de tu Espíritu, oriente yo mi vela.

 

 

8. Tres maneras de amar -humildemente- a Jesús

 

De los Ejercicios Espirituales que Ignacio le dio al Dr. Pedro Ortíz -embajador extraordinario de Carlos V ante la Santa Sede- nos quedan algunos de sus apuntes. Ortíz anotaba cuando Ignacio le daba los puntos. Entre ellos está una meditación  que quedó con el nombre de «Tres maneras de humildad». Ignacio dice en ella que: «Aprovecha mucho considerar y advertir (lo que la meditación propone) antes de entrar en el momento de hacer elección de vida” para «afectarse a la verdadera doctrina de Cristo nuestro Señor”.

Pedro Ortíz  -escuchando hablar a Ignacio, las titula en sus apuntes como «(Tres) maneras y grados de amor. Lo cual quiere decir que amor y humildad, con respecto a Jesús, son la misma cosa para Ignacio.

Este alto funcionario político un tiempo antes, en París, se había enojado mucho con Ignacio con motivo de unos ejercicios que nuestro padre le había dado a un joven estudiante, el bachiller Peralta. Lo acusaban a Ignacio de “hacer lío con los jóvenes” y de entusiasmarlos para un tipo de vida que era medio locura en aquel entonces. El asunto había pasado a mayores: don Pedro Ortíz había denunciado a Ignacio ante el inquisidor. Pasado el tiempo, una vez que conoció mejor a Ignacio, cambió totalmente su manera de pensar y de sentir. Se hicieron muy amigos. Tanto que, en 1537, estando ambos en Roma, Ignacio se fue con él a la abadía benedictina de Montecasinos y con indecible gozo le dio los Ejercicios durante 40 días. Ortíz decía de Ignacio que le había enseñado una “nueva teología que no se aprende para enseñar, sino para vivir”.

Las tres maneras de humildad

Son tres maneras de amar a Jesús que tienen un fin concreto: tomarle afecto a su «verdadera doctrina», dice Ignacio. La verdadera doctrina quiere decir  lo esencial del Evangelio que Jesús nos quiere comunicar. Esta verdadera «teología», como señalaba Ortíz, no es una «doctrina para enseñar» sino para poner en práctica en la vida cotidiana. Por eso supone «elegir»: entrar y permanecer en un proceso de ir «eligiendo» -en los momentos fuertes y en las cosas de todos los días- la mejor manera de amar al Señor.

Son entonces tres las palabras clave: doctrina, elección y humildad.

Los grados de amor a Jesús se traducen como grados de humildad. Esto es así porque con Jesús, el amor, si bien siempre es de ida y vuelta como todo amor auténtico, está en relación di-simétrica. Él nos amó primero, su amor es «hasta el extremo», es amor fiel aunque nosotros seamos infieles, y así siguiendo. Por eso la humildad es «la manera» o «el modo» adecuado para responder a un amor así. Y en esta humildad Ignacio distingue tres grados o escalones, por los que podemos «bajar» -abajarnos y humillarnos- de manera tal de recibir más y mejor todo lo que Jesús tiene para darnos.

I. EL VOLUNTARIADO

La primera manera de amar humildemente a Jesús, Ignacio la expresa diciendo: «que así me abaje y así me humille, cuanto me sea posible, para que en todo obedezca a la ley de Dios nuestro Señor».

Este movimiento  que describe como un “abajarse y humillarse para obedecer en todo”, no es un movimiento que surja espontáneamente si uno mira la ley en vez de la persona de Jesús. Cuando miramos la norma, lo que nos sale espontáneamente es cumplir «lo justo». Y también, cómo no!, «buscar excepciones».

En cambio, lo que dice Ignacio es que me humille de manera de poder obedecer en todo, libre y alegremente, al que amo; que por mi humildad, por mi coraje para descender este escalón, todo en mi vida quede bajo la influencia de la «ley del amor». Esta actitud  puede resultar incomprensible para el que no ama, para el que mira de afuera. Pero para el que ama, que los deseos del amado sean «ley», es algo natural.

Complementa Ignacio esta manera de amar a Jesús obedeciendo en todo a su ley poniendo un límite infranqueable: el del pecado mortal. También es natural para el que ama que haya cosas que no son negociables. Eso significa «pecado mortal». Significa que: «Ni aunque me hicieran dueño y señor de todas las cosas creadas en este mundo, ni aunque me amenazaran con quitarme la vida, no me plantearía siquiera deliberar si quebrantar o no un mandamiento, divino o humano, que me obligue a cometer un pecado mortal» (traducido: ni siquiera me atrevería a pensar en negociar mi amor poniéndolo en riesgo mortal).

En nuestra cultura actual, especialmente en occidente, casi todas las leyes están en estado de deliberación. El límite de lo “no negociable”, del «pecado mortal», está desdibujado. Socialmente, muchas cosas que hace un tiempo eran «inaceptables», hoy no lo son. Sin embargo, surgen otras que antes se aceptaban con mucha amplitud y que hoy no se toleran en lo más mínimo. Por eso, más que intentar precisar lo negativo puede ser bueno -pedagógicamente- ensanchar lo positivo: insistir en que el que ama, quiere amar «en todo» y si algo amenaza «la vida» del amado, se rechaza «sin pensar», con todas las fuerzas.

El voluntariado como primer grado de humildad y amor a Jesús

Bajando a nuestra realidad me hace bien pensar que este primer grado de amor o de humildad, este primer escalón por el que «descendemos» para sumergirnos -bautizarnos- en el Agua santa del Amor de Jesús, es propio de nuestros Voluntariados.

El primer modo de amar a Jesús es elegir algún voluntariado. Entrar como colaborador en alguna obra de misericordia. Ahí se puede practicar fácilmente y con gusto -si definimos bien nuestra misión y rol- este primer grado de humildad. Un voluntario es por definición alguien que se ofrece a hacer lo que le manden. Alguien que quiere amar y servir y pide que le manden alguna tarea concreta, tratando con alegría de hacer todo lo que le manden.

II. LA ESPIRITUALIDAD

El segundo modo de amar humildemente a Jesús, Ignacio lo describe como algo en lo que uno «se halla» o se encuentra. No es un escalón que uno descienda voluntariamente, como el otro, sino un estado de paz del alma y de disponibilidad en el que uno se encuentra y que es índice del amor a Jesús experimentado (en el voluntariado) como nuestro Sumo bien.

Esto es lo que hace que los demás bienes -que no son Jesús- se sientan como «indiferentes».

Ignacio dice así: «Esta segunda es más perfecta humildad (más perfecto amor al Señor)» y consiste en «si me hallo en tal punto que no quiero ni me afecto más a tener riqueza que pobreza, a querer honor que deshonor, a desear vida larga que corta». Agrega, como siempre, que esta «indiferencia» o este «preferir sólo el amor de Jesús», tiene como condición que sea «igual servicio de Dios nuestro Señor y salud de mi alma».

Como vemos, la indiferencia cristiana es preferencia. No es un estado de vacío y de no desear nada, sino todo lo contrario. El deseo grande de amar con predilección a Jesús hace que los demás deseos se «balanceen», se pongan entre paréntesis, hasta que no se muestra que algo es  para «mayor servicio y gloria de Dios» ,y también mayor bien para la santidad personal y el cumplimiento de la misión.

Este escalón de la «indiferencia-preferencia- va contra el movimiento de trepar y de querer poseer las mejores cosas, las más lindas. Más que de un movimiento exterior, digamos, es un «examinar si me hallo en un punto»: el de la disponibilidad total y siempre lista. Es decir: constatar si estoy «quieto» interiormente, si estoy en paz, si mantengo el fiel de la balanza en equilibrio, sopesando en pie de igualdad todas las cosas, todas las situaciones externas y mis pasiones internas posibles, sin inclinarme a priori por ninguna. Esto implica tener las riendas de las pasiones sin guiarme por el «me gusta, no me gusta», aceptando todo en pie de igualdad y contrastándolo con el amor de Cristo.

La Espiritualidad como segundo modo de humildad o amor al Señor

Este nuevo escalón del amor a Jesús, en el que más que bajar es como que de repente nos encontramos allí, me gusta denominarlo Espiritualidad.

Quiere decir que lo que llamamos Espiritualidad es un «modo de amar al Señor?

Sí!

Quiere decir que la Espiritualidad es un grado de humildad?

Eso mismo!

No era que la espiritualidad era una serie de ritos, oraciones, pensamientos piadosos centrados en algún valor, una serie de técnicas con cuya práctica uno se acerca a Dios y vive la vida cristiana dentro de un carisma especial? También. Pero antes que todo esto, hace bien considerar la Espiritualidad no como algo que uno elige o conquista o en lo que se va especializando, sino como un escalón más abajo en el que uno se encuentra viviendo.

La Espiritualidad es «aire» -espíritu- y no precisamente un aire nuestro sino Aire Santo, Espíritu Santo.

Es el ámbito que se abre al Espíritu cuando nosotros nos bajamos un escalón, cuando nos humillamos y, luego de haber transitado todo ese escalón-plataforma del Voluntariado «obedeciendo en todo» por servir a los más pobres, nos encontramos en un ámbito donde nuestros deseos se tranquilizan y, más que precipitarse sobre bienes particulares, se concentran en «contenerse a sí mismos», de modo tal que sea el Espíritu a movernos en dirección a un valor u a otro.

Espiritualidad, por tanto, como modo de amar a Jesús, manteniéndonos humildemente quietos, sin dejarnos empujar ni arrastrar por nuestros deseos (tampoco los buenos), esperando la indicación del Espíritu para «desear con todo» aquello que nos es encomendado como misión personal.

Espiritualidad es la humildad de abrir espacio al Espíritu: darle espacio y tiempo para que conduzca Él y nos muestre lo que le agrada al Padre.

La espiritualidad Madre

Si la primera humildad -la del Voluntariado- es concreta (la obediencia siempre es concreta -te pido que hagas «esto» y que lo hagas «así» y «ahora»), la segunda humildad o segundo modo de amar al Señor, más que una cosa es un «ámbito».

Es la humildad de no ejercer nuestra voluntad y deseos subjetivos, teniéndolos sujetos y quietos, para que Otro pueda movernos. Y entonces sí, poner todo lo que somos, lo más personal y lo que más deseamos nosotros, al servicio de lo que se nos indica. Esta es  la «Espiritualidad madre» de todas las espiritualidades y carismas particulares, que ella engendra y vuelve fecundas.

Ignacio completa la descripción en términos de «pecado venial»: «Que ni por todo lo creado ni aunque la vida me quitasen no sea en deliberar de hacer un pecado venial». Dicho positivamente: la espiritualidad -el carisma- (como los hobbies) se ve en los detalles. Si le robo un cachito, si pichuleo o mezquino o pongo horarios y condiciones, si aflojo en los detalles, pero sobre todo si me justifico y no confieso esto como «pecado venial», es señal de que todavía no me «encuentro» situado en ese mi verdadero nivel. Es que como decía Santa Teresa: la humildad es la verdad.

Es bueno ver estos «pecados veniales» más que como faltas de voluntad como faltas de «verdad», en el sentido de no haber descubierto aún mi verdadera espiritualidad, mi verdadero nombre-misión, por no estar en el nivel real de lo que soy a los ojos de Dios. Se trata de una falta de humildad-verdad.

Si peco contra «mi carisma» y me justifico, no es mi verdadero carisma, al menos no lo es en su real dimensión y plenitud. Por eso es que, para vivir mi Espiritualidad, para amar a Jesús de esta manera más perfecta, debo tomar conciencia de mi verdadera realidad, bajándome de la imagen autorreferencial y prejuiciosa de mí mismo que no me deja verme tal como soy amado por Jesús. El está más abajo de lo que yo pienso. Está lavándome los pies. Está allí donde tengo mis llagas, no donde tengo mis fortalezas.

III. JESÚS

El tercer modo de amar humildemente a Jesús es algo enteramente personal. Cada uno solo puede conocer y practicar “su modo”. Lo cual significa que escapa a toda regla abstracta. Supone a los otros dos, pero en el sentido de que, cuando el Señor da la gracia de sentirnos amados y de poder amarlo de este modo enteramente personal (y de modo particular en su pobreza y humillación), nos da al mismo tiempo los otros dos modos. Pero no significa que si uno desciende por los otros dos escalones -por el del Voluntariado y el de la Espiritualidad- llegue automáticamente a este grado.

El padre Fiorito expresaba esto haciendo ver que este grado de humildad «no es necesario para hacer una buena elección». No es un grado «superior» que habría que conseguir para algún fin. Fiorito explica que es bueno desear tener este grado de humildad, para «imitar y parecerme más realmente a Cristo nuestro Señor». Pero hace ver que el Señor no da a todos esta gracia. Por eso no hay que forzarla. Y pone un ejemplo: Si fuera así, el geraseno liberado del demonio tendría que haber seguido a Jesús porque «seguirlo» es «lo mejor». Pero no. Lo mejor para él fue obedecer a Jesús que lo mandó a ir con su familia.

San Ignacio describe así este “amor perfecto” o «humildad perfectísima»: “Es, a saber, cuando incluyendo la primera y la segunda (el voluntariado obediente y la espiritualidad humilde), y siendo igual alabanza y gloria de la divina majestad, por imitar y parecerme más actualmente a Cristo nuestro Señor, quiero y elijo más pobreza con Cristo pobre que riqueza, oprobios con Cristo lleno de ellos que honores, y deseo más ser estimado por vano y loco por Cristo, que primero fue tenido por tal, que por sabio ni prudente en este mundo».

Notemos el «quiero y elijo». Antes, los modos de amar a Jesús implicaban el  «movimiento» de abajarse  para «ejecutar» lo mandado y el «hallarse» en estado de indiferencia para dar espacio al Espíritu. Dos movimientos fundamentalmente pasivos, donde toda la fuerza se pone en permitir que obre otro, en hacer y desear lo que otro manda. Aquí en cambio se trata de «querer y elegir». Y el objeto no es «la ley» ni «lo mejor» sino lo peor -pobreza, oprobios, ser tenido por loco-. Pero, segunda cosa a notar, no lo peor por sí mismo sino «con Cristo». Con Cristo pobre, humillado y loco.

El cristianismo como tercer grado de humildad

Me gusta pensar que esta tercera manera de amar a Jesús es, propiamente, el cristianismo. No es «hacer el bien» ni «tener una espiritualidad» como actitudes necesarias para ser simplemente humanos, sino que se trata de ser cristianos.

Ser cristiano es bajar un escalón más, no subir. Es quedar más abajo que todos los demás hombres y mujeres que viven a nuestro lado.

No es un grado más alto en la escala de perfección humana.

Tampoco es un escalón al que se baje por decisión propia.

Es una gracia que se nos permita bajar allí donde bajó Jesús, allí donde yace, al costado del camino, tanta gente pobre.

Si uno recibe esta gracia, de bajar a los infiernos donde bajó el Señor, se encuentra con la mayor parte de la humanidad (de hecho todos bajamos allí en algún momento de la vida). Ser cristiano es bajar allí «con Jesús». De su mano.

Brochero decía que «El sacerdote que no tiene mucha lástima de los pecadores es medio sacerdote. Estos trapos benditos que llevo encima no son los que me hacen sacerdote; si no llevo en mi pecho la caridad, ni a cristiano llego».

Brochero une connaturalmente llegar a ser cristiano», «tener caridad en el pecho» y «tener mucha lástima por los pecadores». Ser pobre con Cristo pobre no es una operación mental. No es «imaginar» a Cristo pobre y rezar pensando en mis pobrezas. Es ir realmente a vivir con los pobres, los insultados y los considerados locos de nuestro tiempo. Es querer y elegir esto, en vez de andar queriendo y eligiendo riquezas, honores y que se nos considere prudentes y sensatos en nuestras afirmaciones y acciones.

El punto es querer y elegir estar ahí abajo «con» Jesús. Así como el quiso y eligió estar abajo por estar más «con» nosotros. Con los más de nosotros. Con la mayoría de la humanidad.

 

Momento para Contemplar

Las Tres Maneras de Humildad, nos ayudan a crecer en el Amor…

Tres grados de amor que nos ayudan a crecer en pequeñez…

 

La humildad, dice San Agustín,  es el camino de la verdad de nosotros mismos, que nos abre al encuentro con Cristo, médico humilde y doctor de la humildad, que para rescatarnos se ha hecho uno de nosotros.

Sólo quien se reconoce enfermo, el que no presume de sí mismo, siente la necesidad de ser curado y puede acoger la salvación del Hijo de Dios.

La humildad es el camino de la misericordia y del perdón; nos pone frente al hermano con una mirada de comprensión y de aceptación… (Sermón 211,4).

La humildad  es la gran ciencia que el hombre está llamado a aprender: “Este es el perfecto y excelso conocimiento: conocer que el hombre por sí no es nada; y todo lo que es lo recibe de Dios y por Dios” (Comentario al salmo 70, 1, 1).

Por eso Agustín nos recomienda que aprendamos lo pequeño, la humildad de Dios: “Lo que han hermanos, de aprender, ya lo están viendo, es lo pequeño!. Nosotros apetecemos las cumbres; para ser grandes aprendamos lo pequeño.

¿Quieres aprehender la grandeza de Dios? Aprende antes la humildad de Dios.

Dígnate ser humilde en bien tuyo, puesto que Dios se dignó ser humilde también por ti.

Aduéñate de la humildad de Cristo, aprende a ser humilde, no seas orgulloso.

Confiesa tu enfermedad, déjate con paciencia tratar del Médico.

Observa el árbol: echa primero hacia abajo para crecer después hacia arriba, clava su raíz en lo humilde para lanzar al cielo su copa. ¿Dónde sino en la humildad se afianza? ¿Quieres, pues, tú, sin caridad, subir a las alturas?

Buscas sin raíz el espacio, y ése no es crecimiento, sino derrumbamiento. Habite Cristo por la fe en sus corazones, para que, arraigados y fundados en la caridad, sean llenos de toda plenitud de Dios” (Sermón 117, 17).

Algunas Preguntas para ayudar en la oración…

¿Qué piensas de la humildad? ¿La valoras, la deseas, la suplicas?

En tu historia personal ¿Qué pasos has dado hacia la humildad y qué circunstancias te han llevado a ella?

¿Quién dirige tu vida? ¿La autonomía de persona adulta o te mueve el querer de Dios como horizonte?

En el servicio como voluntario, o tarea apostólica ¿Actúas desde el protagonismo personal o desde la conciencia de ser un instrumento en las manos de Dios?

¿Qué pasos te sientes invitado a dar para crecer en humildad durante este tiempo??

 

Puedes terminar con la siguiente oración

Ayúdame, hermano, a ser humilde.

Ten misericordia de mí y muéstrame

lo que Dios va haciendo con tu vida.

Te prometo acoger y escuchar

tus pasos y tus caídas,

tus ternuras y tus rechazos,

tu alegría y tu dolor.

Quiero ser menos yo y más hermano,

porque quiero descender hasta donde

se encuentra lo más humano,

lo profundamente humano.

Me han dicho que allí se encuentra Dios.

Búscame cuando me pierda

y volveré a casa de tu mano,

a casa para servirte más

y compartir juntos el pan.

Cuando veas brillar en mis ojos

la soberbia y la altanería

y mi boca se llene de palabras vacías,

no apartes de mí tu mirada tierna pero vigorosa,

no dejes de comunicarme la esperanza.

Confía en mí que aprenderé de ti

Y suplicaré también por ti al Padre.

Te pido hermano que me ayudes

a ser humilde con tu ejemplo.

Yo también te lo ofrezco.

Señor Jesús, maestro de humildad,

haznos reconocer nuestra pequeñez,

nuestras vidas, su desnudez

y reconocer tu gratuidad

Padre de misericordia,

concédenos caminar en la humildad…

(Autor desconocido)

 

 

 

9. Las sanas y buenas elecciones son, en realidad, nuestro modo concreto de elegir la Persona de Jesús

 

En el corazón de los Ejercicios Espirituales, Ignacio completa el Principio y Fundamento con consejos decididamente prácticos, volcados a hacer una buena elección (no solo a ver su importancia ni solo a desearla) (EE 169-189).

Recordemos las palabras finales del Principio y fundamento: Es necesario que nos hagamos indiferentes a toda cosa creada … y que solamente deseemos y elijamos “lo que más nos conduce para el fin para el que somos creados” (EE 23). Esta convicción que Ignacio nos imprime en el alma al comienzo de los Ejercicios, ahora, en el Preámbulo para hacer elección (EE 169), la completa de manera más práctica. Muestra lo que se requiere -tanto subjetiva como objetivamente- para que nuestra elección sea «pura y limpia (…), sin “afectos desordenados», «sana y buena» (EE 175).

El consejo final será la misma regla del Principio y Fundamento, de usar las cosas “tanto… cuanto” nos ayuden, puesta ahora en clave de «salida de sí»: «Piense cada uno que tanto se aprovechará en todas las cosas espirituales cuanto saliere de su propio amor, querer e interés» (EE 189).

El miedo a ser libres

Desarrollar los 20 puntos sobre cómo hacer una buena elección daría para un año entero de nuestros talleres. Aquí nos detendremos en un sólo punto, que me parece central para tomarle el gusto y perderle el miedo a la elección ignaciana. Sí, porque uno le tiene miedo a elegir. El famoso “miedo a la libertad” del que hablaba Erich Fromm.

Cuál es el miedo? El miedo es que, apenas se habla de «elegir» uno instintivamente piensa en algunas cosas que debería dejar, o al menos poner sobre la mesa, y no quiere, por ahora… Estamos acostumbrados a pensar que el Señor nos pedirá que elijamos «eso que más nos cuesta»: que dejemos algo que nos gusta mucho (a veces cosas importantes, pero otras, cosas que son en sí poco trascendentes, pero a las que le tenemos afecto), o que hagamos algo que nos resulta particularmente difícil o repugnante.

Rezando acerca de esta dificultad, que hace que muchas veces nos pongamos en guardia al escuchar hablar de elección, se me hizo luz en un punto y es que no se trata en primer lugar de elegir «para abajo» sino «para arriba».

Elegir “para arriba”

Antes de explicar esto, consideremos que la dificultad de escuchar hablar sobre «la elección -tanto de estados de vida para siempre, como puede ser la elección estable con votos, de vida matrimonial o de comunidad religiosa, como de cosas temporales, como puede ser un apostolado, un trabajo etc…,- se extiende a la dificultad para entrar a hacer ejercicios espirituales. Es que todos pescamos que los ejercicios  se ordenan a la elección y, tarde o temprano, harán que todas nuestras oraciones -de alabanza, de adoración o de contemplación-, y todos los ejercicios espirituales -exámenes de consolaciones y desolaciones, discernimiento, charlas con el director espiritual, penitencias, dinámicas para rezar, etc…, se terminen por orientar a tomar decisiones prácticas, que concreten lo que hemos rezado y lo pongan por obra.

Por eso la importancia de «tranquilizar» este tema, reflexionándolo bien. Ponemos un ejemplo. Una de las dificultades que encuentran los recién casados, está en que, de golpe, se encuentran teniendo que «decidir» todo de a dos: las mil y una cosas cotidianas que hasta ayer decidía cada uno por su cuenta. Siempre recuerdo con una sonrisa cuando una pareja de jóvenes a los que había casado hacía poco me contaron acerca de su apasionada discusión acerca del color de la puertita detrás de la cual iba el tacho de basura. Esta que es una constante dificultad cuando de gustos o hábitos se trata (y que en algunos matrimonios que llevan ya muchos años de casados en vez de solucionarse se ha «consolidado», de manera tal que en algunas cosas uno dice al otro «hacé lo que quieras»), es algo que las parejas saben superar cuando está en juego un bien absoluto, como puede ser la vida de un hijo. Leía hoy en el libro de Francisco,La sabiduría del tiempo, el testimonio de una abuela siria -Janet Shaabo Mardelli- que a los 77 años tuvo que dejar Alepo -bombardeada- para salvar la vida y la de su familia, luego de la muerte de su esposo. El esposo -y este es el testimonio que me conmovió- siempre le decía: «Tienes que ser siempre decidida. No llores por el presente, no hay que dejarse confundir por los pro y los contra. En cualquier aspecto de la vida, toma tus decisiones con coraje».

Elegir personas

Creo que la clave está en la distinción entre decidir sobre «cosas» y decidir sobre «personas». De esto parto para decir que todo lo que Ignacio nos enseña y nos propone en sus Ejercicios en general y en estas instrucciones para hacer una sana elección, giran en torno a la Persona del Señor, de Jesús. Como el esposo de Janet, Ignacio nos aconseja que seamos «decididos» y elijamos con coraje en todos los aspectos de nuestra vida… a Jesús.

Cuando uno elige a una persona -lo que le agrada, lo que es bueno para ella- las cosas se aclaran. Por eso insiste Ignacio, al comienzo en mirar el fin -que es alabar a Dios nuestro Señor y salvar mi persona-, y al final, repite lo mismo y nos habla de «salir de nuestro querer e interés, para elegir el querer y los intereses de Cristo nuestro Señor.

Elegir la Persona de otro y lo que el otro piensa y siente, así como puede resultar invasivo en cosas «de abajo» (en cosas que cada uno elige de acuerdo a su personalidad y como extensión de la misma), en cosas «de arriba» (cosas que hacen al plan de salvación de nuestra vida entera y de la humanidad y que escapan a nuestra visión limitada), se revela como fuente de alivio y de alegría. Tener quién nos aconseje en estas cosas grandes -una vocación para toda la vida!- es una gracia inmensa. Justamente, estos consejos «grandes» son los que no pedimos por temor a que entren en juego opiniones sobre otras cosas «pequeñas», en las que no queremos que otros se metan.

Despertar nuestro instinto superior: el instinto de Dios

Lo que Ignacio trata de hacer con sus Ejercicios es ayudar a «despertar nuestro instinto superior». Lo llamo «instinto» a propósito, ya que en algunas cosas «inferiores» los seres humanos no estamos «sometidos» -como los animales, a nuestro instinto, sino que lo podemos orientar y manejar libremente. Esta libertad «de hacer lo que queramos», es lo que algunos confunden con la totalidad de la libertad. Y la aplican a hacer lo que quieren con su vida llegando a afirmar, por ejemplo, que «con su cuerpo uno hace lo que quiere». Pero, si uno reflexiona un poco, el no estar «sometidos» a nuestro instinto inferior, no es para dedicar toda la vida a trasgredir o cambiar lo que somos naturalmente, sino más bien a orientar nuestro instinto a obedecer libremente al Creador que nos dio el don de ser libres.

Creo que se entiende lo que quiero decir. Toda la insistencia de Ignacio en tener claro el fin y en no torcer las cosas haciendo un fin lo que es un medio (como lo de querer tener mucha plata para luego servir a los pobres), la insistencia, digo, no es para meternos en la cabeza una lógica funcionalista. El fin del que habla es de otra cualidad: es una Persona. Querer que Jesús elija lo mejor para mí es querer que incida en mi vida, no por decretos, sino «dejándolo yo vivir -elegir, sentir y gustar y valorar- en mí». Que Él conduzca es el modo de que viva en mí sin dejar yo de ser yo y Él de ser él. No se trata de que moleste mi autonomía allí donde soy dueño de mis gustos y de mis comportamientos, sino de guiarme hacia los valores más altos, es el modo de poder compartir sus sentimientos y su mente! Que alguien desee compartir esto tan Suyo conmigo es -debería ser- fuente de admiración y de humildad.

Entendámonos bien. No es que el Señor quiere elegir por mí no sé por qué motivo. Si hubiera deseado esto le habría bastado con crearme con un instinto ya prefijado como a los demás seres!

Lo mío, en cuanto incide en la historia de salvación

Elección que se refiere a las cosas mayores -a lo mío en cuanto puede contribuir al bien de la humanidad-, no a lo mío en cuanto sólo me atañe a mí, que en eso el Señor no se mete.

El Señor mismo «elige» de esta manera, no haciendo «su voluntad» sino haciendo «la voluntad del Padre», cuando se trata del modo de salvarnos aceptando la Cruz. Él mismo, siendo Dios, no tiene problema en «buscar y hallar» la voluntad del Padre que, en un sentido que se nos escapa, Jesús dice que es «más grande», que hay cosas que «ni él que es el Hijo, sabe».

Elige, por tanto, el que ve más. Es una cuestión de inteligencia querer que elija el que mejor ve! Despertar este instinto de supervivencia, en el sentido alto de vivencia eterna y celestial, es el deseo de Ignacio al proponernos todos estos ejercicios y al darnos estos consejos para una buena y sana elección, «no de cualquier cosa inferior», sino de lo más alto y para bien de todos, de lo que nos integra positivamente al plan de salvación de toda la humanidad.

El ojo de la intención debe ser simple

Leemos, ahora sí, lo que dice Ignacio: «En toda buena elección, en cuanto es de nuestra parte, el ojo de nuestra intención debe ser simple». Solo hay que mirar (el fin) para el que he sido creado: a saber, para alabanza de Dios nuestro Señor y salvación de mi ánima. Así, cualquier cosa que yo eligiere, debe ser a que me ayude para al fin para que soy creado. Por tanto no hay que forzar las cosas,  ordenando o trayendo el fin al medio, sino (ordenando y trayendo) los medios al fin».

Me parece significativo que solo mencione la «alabanza» en este punto. Luego habla del servicio, que es donde se vuelve compleja y luchada la cosa, ya que en el servicio siempre hay un más y un mejor, los cuales son tema de elección. La alabanza no se «elige» propiamente. Es fin. Como la propia salvación: es fin. Y fines personales. El de la alabanza va primero, porque es enteramente gratuito, ordenado a alegrarnos por ser Dios quien es y a gozar de alabarlo por el puro gusto de que exista. Haciendo eso, nos dignificamos como creaturas libres y agradecidas y damos lo mejor de nosotros mismos.

Manteniendo este «instinto libre de alabar» -digo instinto porque la alabanza brota espontáneamente cuando nuestra inteligencia «capta» en algo concreto la maravilla y la gratuidad de la vida y lo grande y generoso que es El que nos creó-, Ignacio nos hace considerar el servicio, en el cual hay que tener clara la relación fin-medios.

«Así como pasa que muchos eligen primero casarse, lo cual es un medio, y en segundo lugar servir a Dios nuestro Señor en el casamiento, siendo que servir a Dios es fin. Asimismo hay otros que primero quieren tener beneficios (dinero, cosas útiles…) y después servir a Dios con ellos. De manera que éstos no van derechos a Dios, mas quieren que Dios venga derecho a sus afecciones desordenadas y, por consiguiente, hacen del fin medio y del medio fin. De manera que lo que tenían que tomar primero, lo toman al último; porque primero hemos de poner por objeto querer servir a Dios, que es el fin y en segundo lugar (hemos de poner por objeto) tener tal beneficio o casarme (o entrar en la vida religiosa), si más me conviene, que es el medio para el fin; así ninguna cosa me debe mover a tomar los tales medios o a privarme de ellos, sino sólo el servicio y alabanza de Dios nuestro Señor y salud eterna de mi ánima» (EE 169).

Vemos cómo en el medio está el servicio -como tema de elección- pero al final vuelve lo de la alabanza. El servicio es «para alabar a Dios nuestro Señor». No es una cuestión meramente práctica y eficientista! Por eso, si no rezo, no sirve el servicio. Porque «lo primero» de lo que habla Ignacio es «la Persona» y alabarla es «reconocer su existir mismo como Persona como lo más valioso». Por eso se lo demuestro «sirviendo» -que es el modo de «tener salud en el alma», de «vivir».         Notamos también que Ignacio pone aquí salud «eterna». Estamos ante la elección de algo que es objeto de un «instinto libre» y que es «lo más Alto, lo Eterno». Y lo único «eterno» es lo más «personal»: el misterio de la Persona, en su ser cada una una y única y a la vez estar en íntima comunión con las demás personas. Elegir lo que me hace ser persona para siempre, esa es la buena elección, la elección a la cual se subordina todo lo demás. Ese es el fin.

Tres «tiempos» para hacer una sana y buena elección en cada uno de ellos (EE 175-188).

Ignacio habla de «tiempos» para hacer elección. No corresponden tanto a «tres estados del alma» sino a «tres tipos de irrupción de la Libertad divina en nuestra historia temporal».

El primer tiempo marca todo el resto y nos habla de una irrupción personal del Señor, que «así mueve y atrae la voluntad, que, sin dudar ni poder dudar, la persona devota sigue a lo que le es mostrado». Ignacio pone dos ejemplos: «así como San Pablo y San Mateo lo hicieron en seguir a Cristo nuestro Señor» (EE 175).

En general, se menciona más el ejemplo de San Pablo, a quien el Señor lo derribó, le habló directamente desde el cielo y le dio instrucciones para recibir su misión de manos de Ananías. Pero llama la atención que Ignacio ponga también el ejemplo de la vocación de San Mateo, que no fue «milagrosa». De hecho el llamamiento pareciera igual al del joven rico, al que se agrega que el Señor miró con amor. El punto es que se trata de una «irrupción de la Libertad del Señor» que llama a otra libertad. La comparación que hacemos con el joven rico ayuda a confirmar que no se trata de que «el llamado» tenga una palabra especial, ya que las mismas palabras «sígueme» tienen un efecto distinto en Mateo y en el joven rico. La diferencia puede estar en que Mateo capta «lo personal» del llamado. Y recibe a Jesús en su casa con sus amigos, personas a él queridas, más allá de sus cualidades morales. El joven rico, en cambio, no percibe el amor personal de Jesús sino que mira «las riquezas» que tiene que vender para seguirlo. Se trata, por tanto, de la Persona de Jesús reconocida como tal por otra persona para la cual es importante. Pienso que Mateo estaría «cansado de lidiar con el dinero» y Pablo, de lidiar con leyes. De manera tal que a ambos, que Jesús los llamara en Persona -Saulo, Saulo, por qué «me» persigues?- les hizo seguirlo «sin dudar ni poder dudar».

También se puede invertir el proceso y comprender que, cuando uno no duda, es que hay una experiencia personal, de la Persona como bien sumo y absoluto. Es lo que a veces no comprende el que «ve de afuera», el que es espectador, porque tiene a su propia persona como valor más alto y no ha experimentado la gracia de servir a otra persona en cuanto es «igual que ella» o de seguir a alguien como Jesús, igual en cuanto persona y enteramente distinto en cuanto a su naturaleza divina.

El segundo tiempo de elección es: «Cuando uno toma bastante claridad y conocimiento por experiencia de consolaciones y desolaciones y por experiencia de discreción de varios espíritus» (EE 176).

Podríamos decir que la única diferencia entre estos dos tiempos es que la irrupción de la Libertad divina, con su presencia personal en nuestra historia, lo que en el primer tiempo lo hace en un instante, ahora lo hace en varios, adaptándose a nuestro modo histórico de experimentar las cosas y permitiendo que discirnamos su Persona por el modo de tratarnos y lo distingamos del modo de tratar del mal espíritu. Este tiempo es el más humano, diríamos.

El hecho de que San Ignacio oponga el tercer tiempo de elección al primero y segundo juntos, parece indicar que el 2º puede ofrecer igual certeza que el primero. Esto es así si de lo que se trata es de la Persona misma del Señor como sumo Bien que uno elige al elegir este o aquel paso o modo de vida concreto. Sea que la Persona se experimente como Sumo bien en un instante o luego de un tiempo de experimentar también su ausencia -desolación- y la presencia del mal espíritu, la cuestión es la misma. Una vez que uno conoce la Persona del Señor, no puede dudar que lo que lo aproxime a Ella es lo mejor  para elegir.

El tercer tiempo para hacer una buena elección, Ignacio lo define como «tiempo tranquilo, considerando primero para qué ha nacido el hombre, a saber, para alabar a Dios nuestro Señor y salvar su ánima, y deseando esto, elige por medio una vida o estado dentro de los límites de la Iglesia, para que sea ayudado en servicio de su Señor y salvación de su alma» (EE 177).  Ignacio llama «tiempo tranquilo cuando el alma no es agitada de varios espíritus y puede usar sus potencias naturales libre y tranquilamente» (EE 178).

Cuando uno se encuentra en este tiempo «tranquilo», Ignacio dice que hay «dos modos de hacer elección». Uno más «intelectual» y otro más «afectivo». No los desarrollamos aquí sino que simplemente notamos lo decisivo de la dimensión Personal en ambos.

En el primer modo, Ignacio nos hace poner delante la cosa sobre la que queremos hacer elección y la «mide» -digamos así- como un medio para «alabar al Señor». Pero más allá de la consideración que uno hace con su propia inteligencia, Ignacio nos hace «pedir a Dios nuestro Señor que quiera mover mi voluntad y poner en mi lama lo que yo debo hacer con esa cosa, que más a alabanza y gloria de Dios sea» (EE 180).

En el segundo modo, Ignacio apela directamente al amor del Señor, lo cual es como decir a su Persona: «Que aquel amor que me mueve y me hace elegir tal cosa descienda de arriba del amor de Dios, de forma que el que elige sienta primero en sí que aquel amor más o menos que tiene a la cosa que elige es sólo por su Creador y Señor» (EE 184).

En ambos casos, luego de elegir racional o afectivamente, el último paso es enteramente personal: «Hecha la elección o deliberación, debe ir la persona que la ha hecho, con mucha diligencia, a la oración delante de (la Persona de) Dios nuestro Señor y ofrecerle la tal elección para que su divina majestad la quiera recibir y confirmar, siendo su mayor servicio y alabanza» (EE 183).

El ofrecimiento y la espera de confirmación son dos actitudes enteramente personales que ponen «la cosa elegida» en su nivel de «medio» y de «cosa». Rompe Ignacio con estos pasos del discernimiento que culmina en la elección, con cualquier tipo de seguridad de tipo racionalista o legalista. Aún lo mismo que el Señor da a elegir se somete a una ulterior confirmación en la que no se mira ya la cosa sino al Señor que nos la puso en la mente y en el corazón. Y más aún, se hace pasar esta confirmación interior por otras dos, la del que nos acompaña en el proceso como director espiritual y luego de la Iglesia a través de la persona de los pastores concretos bajo cuya jurisdicción cae lo que el Espíritu nos ha dado a elegir.

Proceso más personal que este no puede haber.

 

Momento para Contemplar

Luego de la lectura atenta de lo que nos comparte el P. Diego Fares, sj;  y la reflexión iluminada por la fe, podemos centrar nuestra oración, en hacer memoria de las elecciones que fuimos haciendo en nuestra vida y preguntarnos si, en ellas pusimos como horizonte el “Fin para el que fuimos creados: amar, alabar y servir a nuestro Señor…”

Es esencial, tener presente que el centro de nuestras elecciones, es Jesús, que nos misiona mirándonos a los ojos con mucho amor…

La elección es fruto de la Gracia que pedimos en la Segunda Semana los EE: “Conocimiento interno del Señor, que por mí, se hizo hombre para más amarlo y servirlo=seguirlo”, que nos ha ayudado a descubrir con ojos nuevos, a Jesús, Señor de nuestra vida y toda nuestra historia…

Nos dice el P. Diego:

“Llama la atención que Ignacio ponga también el ejemplo de la vocación de San Mateo, que no fue «milagrosa». De hecho el llamamiento pareciera igual al del joven rico, al que se agrega que el Señor miró con amor. El punto es que se trata de una «irrupción de la Libertad del Señor» que llama a otra libertad. La comparación que hacemos con el joven rico ayuda a confirmar que no se trata de que «el llamado» tenga una palabra especial, ya que las mismas palabras «sígueme» tienen un efecto distinto en Mateo y en el joven rico. La diferencia puede estar en que Mateo capta «lo personal» del llamado. Y recibe a Jesús en su casa con sus amigos, personas a él queridas, más allá de sus cualidades morales. El joven rico, en cambio, no percibe el amor personal de Jesús sino que mira «las riquezas» que tiene que vender para seguirlo. Se trata, por tanto, de la Persona de Jesús reconocida como tal por otra persona para la cual es importante. Pienso que Mateo estaría «cansado de lidiar con el dinero» y Pablo, de lidiar con leyes. De manera tal que a ambos, que Jesús los llamara en Persona -Saulo, Saulo, por qué «me» persigues?- les hizo seguirlo «sin dudar ni poder dudar».

Una vez que uno conoce la Persona del Señor, no puede dudar de que lo que lo aproxime a Ella es lo mejor para elegir”

Ayuda para la oración:

La invitación es hacer memoria de las diferentes elecciones que has hecho en tu vida…

Agradecer aquellas elecciones que fueron confirmadas en el tiempo…

Agradecer lo aprendido en aquellas elecciones que no fueron las que no fueron quizás bien discernidas…

Luego de hacer este ejercicio, imagina la Tierna Mirada de Jesús hoy sigue poniendo sus ojos en vos para confirmarte en el Mucho Amor que tiene por vos…

 

Puedes terminar la Oración con esta plegaria:

Quisiera hoy, en estas horas de mi caminar frágil,

dejar mi vida entre tus manos,

como vasija humilde, como barro confiado.

Dejar que modeles en mi alma tu proyecto;

permitirte conquistar mis ideas y mis actos;

prestarme para que también otros,

desde mi vida transformada,

puedan avanzar hacia la esperanza

y descubrir Tu Amor eterno.

 

 

10. Aprender y ayudar en la Escuela de discernimiento

 

Comenzamos y terminamos el año bajo el signo de la Escuela del discernimiento. Para crecer en el discernimiento hay que entrar en esta Escuela cuyo principio pedagógico es que “solo aprende bien el que enseña a otros”. La Palabra se hace carne en nuestro corazón cuando la encarnamos en obras de misericordia. Las así llamadas “obras de misericordia espirituales” son la puesta en práctica de una Palabra rezada, es decir recibida como limosna de gracia en la oración, que se transforma en ayuda: «enseñar al que no sabe», «corregir al que se equivoca», dar buen consejo al que lo necesita».

La verdad del evangelio ilumina la mente no de manera puntual, como cuando uno piensa en un concepto abstracto, sino que “va iluminando” -como el sol que sale y va iluminando las torres y palacios más altos de Roma y a medida que él asciende, su luz llega a las casas más bajas-. Podríamos decir que la Palabra toca nuestra inteligencia a través de nuestros sentidos -con alguna frase que nos hace sentir y gustar una verdad evangélica-, desciende a nuestro corazón, tocando nuestros afectos con su belleza y su amor, pone en movimiento nuestros pies y nuestras manos, extendiendo su acción benéfica que se convierte en obras de misericordia, justicia y caridad, ayudando y sirviendo a los demás, especialmente a los más pequeños, y vuelve con su luz, ahora más plena, luego de haber hecho este proceso en el que su Luz se reflejó en cada acción y cada cosa, a nuestra inteligencia, permitiéndonos sacar provecho mediante la reflexión.

La luz de Dios ilumina por reflejo, una vez que la Palabra alcanzó una realidad más amplia, gracias a que la rezamos, la pusimos en práctica y reflexionamos acerca de su sentido. La luz de la Palabra no se nos da toda entera en nuestra inteligencia, sino sólo un poquito, lo suficiente para conmovernos el corazón y las entrañas y poner en movimiento nuestras manos y nuestros pies. Luego, mientras uno pone en práctica el consejo evangélico, o después, cuando uno hace el examen de las consolaciones recibidas en la misión, se termina de «comprender» lo que la Palabra quería decir. Y esto nos hace ir de nuevo, con hambre y sed, a la oración.

Rezar, practicar, reflexionar

En la Escuela ignaciana, rige el principio pedagógico de ser “contemplativos en la acción” o, como dice Aparecida de ser “discípulos misioneros”, tiene tres momentos bien definidos: rezar, practicar, reflexionar. Rezar para nutrirse de la Palabra, practicarla para que de fruto en uno y en los demás, y reflexionar -no sobre todo en general sino sobre cómo la palabra incidió en la vida- para sacar provecho. Estos tres momentos, que se repiten en lo cotidiano y a lo largo de los distintos períodos de la vida, constituyen el «ciclo virtuoso» de la iluminación evangélica.

Hemos de incorporar esta convicción, que no es una regla abstracta sino el fruto de una experiencia que nos viene de nuestros santos y maestros: No se pueden separar estos momentos ni se puede prescindir de ninguno de ellos.

Creo que en el lenguaje común ya está aceptada -al menos teóricamente- la relación entre los dos primeros: oración y acción. San Ignacio los une y uno de sus compañeros y fiel intérprete, resume su relación en esa fórmula feliz que dice que marca el ideal al que debemos tender y que es ser: «contemplativos en la acción». Pero no es tan habitual tener en cuenta el tercer momento, el de la reflexión o «examen», al que Ignacio le daba igual o mayor importancia que a los otros dos. Este examen no es examen de los pecados, sino del proceso que recorrió la Palabra en nuestra oración y en nuestra jornada. Examinamos cómo la Palabra se nos dio como limosna de gracia, cómo gustamos algo en la oración, al leer, meditar y contemplar el evangelio; examinamos luego cómo esa Palabra dio fruto primero, en nuestra afectividad misma, moviéndonos a dialogar amorosamente con el Señor en la oración y, luego, cómo dio algún fruto en nuestra vida, cuando la pusimos en práctica en nuestro trato con el prójimo.

Vemos que San Ignacio al final de la oración nos hace hacer una «reflexión para sacar provecho». Nos hace «conversar» con el Señor de lo que vivimos y aprendimos en la oración. Lo mismo recomienda al final del día, como si el día entero hubiera sido «una contemplación en la acción”.

Este examen consiste en rebobinarel día. Pero no como si pasáramos rápidamente toda la película sino editando lo que tiene que ver con la gracia recibida en la oración, es decir: desde la perspectiva de la gracia principal que el Señor nos dio. Esto tiene sentido y da unidad a nuestra vida, porque las gracias que el Señor nos da -todas y cada una- están dirigidas y ordenadas teniendo en cuenta nuestra vocación y la misión encomendada.

Por eso, no se trata en primer lugar de revisar en sí mismos y en su sucesión «todos los acontecimientos del día» o «todos los sentimientos y cosas que experimentamos». Se trata de considerarlos, sí, pero tirando el hilo que los junta y unifica. Como si el Espíritu Santo que es «el dedo de Dios» tirara de un hilo que junta muchos globos y no los dejara volar y dispersarse cada uno para su lado.

Reflectir para sacar provecho

Aunque suena a castellano antiguo me gusta poner «reflectir» en vez de reflexionar, aunque digan lo mismo, porque le da otro sabor a esta acción intelectual tan decisiva. Se trata de reflectir “para sacar provecho”, dice Ignacio, y da con esto un impulso misionero al examen, poniéndolo lejos de cualquier actitud de ensimismamiento autorreferencial y de todos los enrosques culposos en los que somos tentados de enredarnos cuando el mal espíritu nos sugiere lamentos y frases que contienen el famoso “habríaqueísmo”: debería haber hecho.

Estas tentaciones habituales vienen pegadas a la palabra «examen de conciencia». Van unidas a «tener que confesarse». Pero debemos advertir que los pecados son solo un punto para tener en cuenta en un examen y, dado que Dios en su infinita misericordia los perdona todos, lo importante no es darle muchas vueltas. Los pecados se confiesan y punto. Luego viene esta tarea de examinar y discernir dónde me dejé engañar por el maligno, para aprender a ser más vivo en adelante. Aprender es una palabra importante. Roberto Vecchione, un cantautor italiano, dijo una frase que me tocó. Le preguntaban cómo es que a los 75 se había vuelto optimista. Y él: “Es que en la vida nunca se pierde. Uno vence o… aprende”. Me encantó porque da una perspectiva positiva para encarar el examen: voy a ver en qué venció el Señor en mi vida -para festejarlo- y en qué “aprendí”, es decir: donde perdí o actué mal y saqué enseñanza de mi propia experiencia.

Reflectir para sacar provecho es lo que cierra un proceso de oración-acción-reflexión de un día, por ejemplo, y abre el próximo, con las mejoras que vienen al caso. Es el gozne sobre el que gira la puerta que cierra bien lo que pasó y abre la etapa nueva al día que viene.

No se trata del examen final, que concluye una carrera o una materia y tiene el carácter «extrínseco» de la nota que te pone el profesor, y que luego, en cierta manera se desentiende de vos en ese punto: «estás aprobado, pasamos al siguiente tema». Es más bien el examen del maestro o entrenador o director espiritual que está a tu lado cotidianamente – ese es el Espíritu Santo, maestro interior- y revisa lo que hiciste en el día dentro de un proceso continuo, para insistir más en algún punto importante para el entrenamiento siguiente. Pienso en un tenista y su entrenador, cómo le apuntala su mejor golpe, lo hace practicar más allí donde tiene su punto débil pero dentro de una estrategia de conjunto, que le permita «hacer su juego», no «ser perfecto en un punto aislado». Y todo, teniendo en cuenta al próximo rival concreto y al torneo. Reflectir para sacar provecho tiene en cuenta todas estas cosas y alegra -digan si no! – pensarlas así.

Es todo lo contrario de un examen obsesivo sobre un defecto o un problema recurrente. Y aquí viene bien dejar el ejemplo del deportista individual y pasar al de equipo. La reflexión es reflexión humilde, apunta a que saque provecho el equipo entero. Esto hace que surjan las gracias que cada uno tiene para el bien común y que, potenciadas, ayudan a mejorar también otras, más individuales que, desde esta perspectiva de equipo, se trabajan mejor. ¡No importa tanto que uno sea perfecto, sino que funcione en equipo!

El plan general de la Escuela

Así como ayuda conocer este «principio pedagógico» con sus tres pasos – primera luz de la Palabra en la oración, puesta en práctica de esa Palabra y segunda luz en el reflectir para sacar provecho-, ayuda también conocer el «plan general de la Escuela del discernimiento».

Fin: todo se ordena a la elección de estado de vida y a sus reformas

Los Ejercicios Espirituales se estructuran en orden a producir un acontecimiento decisivo: la elección o reforma de vida. Uno que entra en la Escuela de los Ejercicios no es uno que quiere sacar un título en alguna materia particular sino uno que quiere «investigar y demandar en qué vida o estado se quiere servir de él su Divina Majestad» (EE 135). Es decir: la materia es su misma vida, cuyo aspecto temporalmente más decisivo, requiere una elección radical -para toda la vida-, y los otros aspectos requieren «reformas» periódicas y constantes.

Formar una familia, como ejemplo de estado de vida, no es algo «temporario». Uno será padre para toda la vida y por eso es algo que requiere una seria y ponderada elección. Lo mismo vale para la consagración exclusiva al Señor y, dentro de la Iglesia occidental, para el ministerio ordenado. La Escuela del discernimiento se ordena en torno a esta elección de «estado de vida» como se le llama y, una vez, elegido, a ayudarla con las reformas de vida que se van necesitando en cada nueva etapa y ante cada desafío (EE 189).

Aquí viene bien un ejemplo que pone Gastón Fessard hablando de la importancia de la elección en los Ejercicios. Supongamos que Ignacio se encontrara con un alma cuya vida quedó determinada por una Elección de primer tiempo”. Es decir: uno al que el Señor le habló directamente, como a San Pablo o a San Mateo y los llamó y consoló de tal manera que no podrían dudar del llamado (este al parecer fue el caso de la vocación a la Compañía del Padre Martín Olave). Sigue Fessard: “Habría dudado Ignacio en proponerle que hiciera sus Ejercicios, juzgando que tal persona no tendría nada más que sacar de su método? O, por el contrario, la habría instado especialmente a vivir sus treinta días de Ejercicios?”. Fessard comenta la última regla de discernimiento en la que San Ignacio dice que hay que distinguir bien dos tiempos: uno, el instante de la consolación -en este caso una consolación sin causa, especialísima y directa de Dios, de la que no se puede dudar-, el otro, el “segundo tiempo”, en el que uno retoma el discurso de sus propios pensamientos y saca sus conclusiones y hace propósitos de acuerdo a su modo habitual de ser y al contexto en que vive. Este segundo tiempo puede ser tentado y requiere discernimiento. Por tanto, Ignacio no dudaría en hacer practicar los Ejercicios al que ya eligió. La “reforma de vida” es parte integral de la elección y requiere que uno practique siempre sus ejercicios para discernir todo lo que pertenece a este “segundo tiempo” distinto del “instante” de la consolación.

Primera etapa: preparación básica para la elección

Tomar conciencia de lo que somos por gracia como principio y fundamento

El tema de la «elección» suele ser un tema tabú. Creo que es porque se acentúa un aspecto que no es el más profundo: el aspecto funcional. Desde la perspectiva funcionalista se disparan frases tales como «tengo que elegir o «tendría que elegir» o «no se si elegí bien». Son cosas que hacen vivir el tema de la elección desde el deber, desde los  futuribles y desde la duda y la culpa. Esto no es lo más fundamental. Lo fundamental es que «ya hemos sido elegidos». El Señor nos eligió y nos dio la vida, nos salvó y nos encomendó la misión de ser santos y de anunciar el evangelio a todos los pueblos. Esta elección de Dios es lo que somos por gracia. Y en la elección de estado de vida y en las reformas que hacemos, nos basamos en este regalo. Elegir es en realidad hacer real y propia esta elección primera, hacerla real en nuestra vida tomada como un todo y en los desafíos de cada etapa y de cada día. Como dice el Papa en: “Lo que hay que contemplar es el conjunto de su vida, su camino entero de santificación, esa figura que refleja algo de Jesucristo y que resulta cuando uno logra componer el sentido de la totalidad de su persona (…) y ver la totalidad de su vida como una misión” (GE 22-23)

Elegir sigue los pasos que vimos en el principio pedagógico: es sentir y gustar lo que el Señor eligió darnos, ponerlo en práctica y reflectir en el don, agradeciéndolo y eligiéndolo más libre y conscientemente. En ese sentido, cuando hablamos de «elegir», como se trata en el fondo de elegir a una Persona, de elegir amar Al que nos ama, las otras «elecciones» -tanto del estado de vida como de las reformas de vida- son «modos de amar más y mejor». Esto nos lleva a la concepción de fondo de lo que es la vida: La elección es el acto más radical de la libertad amorosa de Dios para con nosotros: eligió crearnos y darnos todo. Para nosotros, como creaturas, elegir no es elegir «si lo amaremos o no» sino elegir «cómo quiere Él que lo amemos y cómo sentimos nosotros que podemos amarlo mejor».

«He sido elegido», es la conciencia fundamental del ser creatura. “Por qué yo”, decimos admirados cuando tomamos conciencia de lo grande y gratuito del don de la vida. Este «por qué» está antes y es más grande que cualquier sufrimiento, aunque haya momentos en que pueda no experimentarse, sobre todo cuando otros hacen injusta e intolerable la vida. De esta conciencia surge la alabanza, la adoración y el deseo de servir, que San Ignacio pone en el Principio y fundamento como preparación primera para lo que será luego la elección.

La elección, por tanto, será del tercer punto creatural -el servicio-. Alabar y reverenciar, en cambio, son más bien fruto de una elección espontánea, que surge como respuesta inmediata ante la experiencia de «estar siendo elegidos», que es sinónimo de «estar vivos».

El primer paso en la preparación para la elección es tomar conciencia de que «somos creados… para Jesús nuestro Señor»

Dejarnos purificar de los afectos desordenados

El segundo paso es tomar conciencia de las tentaciones y afectos desordenados que nos impiden «ser para nuestro Señor». Discernir todo aquello que nos quiere hacer sentir y vivir apartados del amor de Cristo, es lo que San Ignacio nos hace meditar en la primera semana de Ejercicios. Se trata de algo mucho más amplio que pedir perdón por los pecados. Se trata de discernir para rechazar y aborrecer tanto el «desorden» de mis facultades, de mi sensibilidad, de mis comportamientos y hábitos…, como «las cosas mundanas y vanas». A este punto de los pecados se le ha dado excesiva importancia en la predicación, hasta el punto de que uno identifica vida cristiana y conciencia de culpa por los pecados. Pero como vemos, en el esquema de los Ejercicios, los pecados son solo una parte de un sangüiche triple. Están entre la acción de gracias por el don gratuito de la creación y el desafío apasionante de seguir a Jesús. Y dentro del dejarse ordenar, el perdón de los pecados es la parte más fácil, porque allí solo la misericordia de Dios lava los pies y hace todo. La tarea nuestra es discernir los afectos desordenados que dan pie a esos pecados y las cosas mundanas y vanas en medio de las cuales tenemos que vivir sin “ser mundanos”.

Escuchar el llamado personal de Jesús a seguirlo

El tercer paso de esta preparación básica para la elección consiste en aprender a escuchar el llamamiento de Jesús, nuestro Rey y Señor, que habla en cada palabra y en cada gesto de su vida tal como nos la narran los evangelios.

Este paso de «no ser sordos a su llamamiento» como dice Ignacio, es un paso de apertura básica, de disponibilidad, que hace vivir la vida no como la mera realización de los propios impulsos, sino en clave dialogal: queriendo encontrar el punto común entre nuestros anhelos y capacidades más íntimas y aquello a lo que se nos invita y que nos desafía desde afuera, desde otra Libertad.

Estos tres pasos del discernimiento son los que se practican en los Ejercicios que uno hace cada año, sean de tres días o de una semana.

Predisponen a las reformas que uno debe afrontar en su vida, en su trabajo y en su apostolado habitual.

Nos ayudan a recuperar la oración de adoración y alabanza, a dejarnos purificar y ordenar los afectos que se nos desordenaron y a abrir mejor el oído para escuchar la palabra del Señor en nuestra vida.

En términos de escuela, los ejercicios son una especie de curso permanente cuya estructura fundamental se repite cada año de distintas maneras o bajo distintos lemas.

 Segunda Etapa: Preparación próxima para elegir bien

Antes de la elección propiamente dicha, que incluye el tiempo de pedir al Señor que confirme lo que elegimos, los Ejercicios nos brindan la posibilidad de hacer una preparación más cuidadosa para poder elegir bien tanto el estado de vida como la reforma puntual que queramos hacer.

Las materias de esta preparación próxima son «los misterios de la vida oculta de Cristo» a la que San Ignacio agrega algunas «meditaciones estructurales»: Dos banderas, Tres binarios y Tres maneras de humildad (o de amor, como decía el ejercitante de Ignacio, el Dr. Ortiz).

Ahora bien, en estas meditaciones estructurales, el tema único y principal que ayuda a prepararnos para la elección, son las bienaventuranzas, las exigencias radicales de Cristo al que quiere seguirlo como discípulo. El discernimiento se afina y no es ya la adoración y la alabanza creatural, que surgen espontáneamente ante el Creador, sino las actitudes evangélicas que practica Cristo y que, al contemplarlo a Él, como vive la misericordia, la pobreza, la mansedumbre de corazón, cómo trabaja por la paz y lucha contra la injusticia…, suscitan movimientos de espíritu en nuestro corazón. El discernimiento afina la punta y se trata de ver cuál bienaventuranza nos quiere regalar el Señor como carisma particular para servicio y bien común del cuerpo de la Iglesia.

Tercera Etapa: Elección propiamente dicha, que incluye la confirmación

La elección o reforma de vida es un acontecimiento muy personal al que San Ignacio le pone un marco amplio. La «materia» que va dando para meditar es toda la vida pública del Señor. Dice Ignacio: «La materia de las elecciones se comenzará desde la contemplación de (la ida del Señor de) Nazaret al Jordán y cómo fue bautizado» (EE 163). Fiorito dice que la temática dentro de la cual se da la elección o reforma de vida se extiende hasta la Ascensión del Señor (EE 312).  Y -agrega el maestro- «En cierto momento de este proceso ‹se hace la elección o deliberación› como la llama Ignacio (EE 183). Elección con la que el ejercitante debe ir ‹con mucha diligencia a ofrecerla› al Señor para que la reciba y confirme» (Ibíd.).

Este largo espacio de tiempo -segunda, tercera y cuarta semana- nos cambia la idea de la elección como algo puntual. Es cierto que hay un momento puntual en el que uno «elige». Es un momento que se puede sintetizar en una frase cuyo esquema abstracto es: elijo «esto» y no «aquello». Suele ser una frase muy personal que en la vida de cada santo y en cada vocación refleja algo del evangelio de manera original.

Me viene aquí de detenerme un poco y dar algunos ejemplos. San Ignacio nos cuenta cómo en su conversión: “Todo su discurso era decir consigo: Santo Domingo hizo esto; pues yo lo he de hacer. San Francisco hizo esto; pues yo lo he de hacer”. Santa Teresa de Calcuta dice que cuando ese mendigo en harapos se acercó a decirle “Tengo sed”, ella sintió en si que elegía “no negarle nada a Cristo”. En San Francisco de Asís me llama la atención la frase: “Comencé a pedirle al Señor que se dignara dirigir mis pasos”. Al poco tiempo se dio el encuentro con el leproso! Teresita expresa así su elección: «Oh Jesús, amor mío, por fin he encontrado mi vocación: mi vocación es el amor. Sí, he hallado mi propio lugar en la Iglesia, y este lugar es el que tú me has señalado, Dios mío. En el corazón de la Iglesia, que es mi madre, yo seré el amor; de este modo lo seré todo, y mi deseo se verá colmado». Brochero expresa su elección con una frase que, como la de Teresita, hace referencia a “su lugar” en este mundo: “Yo me felicitaría si Dios me saca de este planeta sentado confesando y predicando el Evangelio.”

Podríamos seguir infinitamente por este camino de gozar con estas expresiones con las que los santos expresan su elección y reforma de vida.

Vemos que la elección puntual incluye un tiempo en el que «eso» que uno elige, tiene un pasado, es algo que uno fue sintiendo y gustando más y mejor y con lucha espiritual mientras contemplaba la vida de Cristo. Y luego, «eso» que eligió requiere la confirmación del Señor, que se hace contemplando los misterios restantes de su vida hasta completarlos.

El fin de la elección es «hallar en paz a Dios nuestro Señor en todas las cosas» (cfr. EE 150) y este se vuelve tema específico en la Contemplación para alcanzar amor. Concluimos diciendo que para poder «contemplar» el amor del Señor en todas las cosas uno tiene que estar en el lugar preciso de su misión, habiendo elegido y reformado su vida cada vez siempre en función a esa misión. Desde ese lugar teológico del propio carisma y la propia misión, se puede ver y experimentar el amor de Dios en todo lo demás.

Los tres modos de orar, las reglas de discernimiento y las reglas sobre limosnas, escrúpulos y para sentir con la Iglesia

San Ignacio termina su librito de los Ejercicios con indicaciones acerca de distintos modos de orar y con varios tipos de reglas que, en conjunto, constituyen más de la tercera parte de los Ejercicios. Aunque en general son considerados como «apéndices», si se miran habiendo puesto en el centro la elección y reforma de vida, se iluminan con una nueva luz.

El primer discernimiento -siempre renovado- es acerca de la oración

Los modos de orar nos hacen sentir que el primer discernimiento que siempre hay que rehacer, es acerca de la oración, para ver si nuestro modo de rezar es verdadero -si nos lleva a la práctica de lo que Dios nos encomienda- o no. Y las reglas ayudan a estas dos cosas, a ordenar nuestra oración y a ordenar nuestra práctica.

Las así llamadas «reglas de primera semana», pueden verse como ayudas para sentir y conocer las mociones que se dan en el alma en la etapa de «preparación remota a la elección».

Las reglas 1 y 2 ayudan a comprender cómo es que actúan el buen espíritu y el malo según que la persona vaya cuesta abajo en la vida espiritual (EE 314) o, por el contrario, «vaya intensamente purgando sus pecados y de bien en mejor subiendo en el servicio de Dios nuestro Señor» (EE 315).

Las que siguen ayudan a «rezar bien» -sobre todo cuando uno está en desolación (EE 318—322) y a «hablar bien con el director espiritual» (EE 325), abriendo totalmente la conciencia para poder ser bien ayudado.

Las reglas «de segunda semana» ayudan en la preparación inmediata y en la elección misma y confirmación.

En la última, como hemos visto, San Ignacio da una clave: dice que hay que distinguir el tiempo de la consolación (en que uno elige, podemos agregar) del tiempo siguiente, en el que uno queda consolado y «por su propio discurso y por su hábitos y a consecuencia de sus ideas y juicios, forma diversos propósitos y pareceres, que no son dados inmediatamente por Dios nuestro Señor y por tanto, requieren ser muy bien examinados antes que se les de entero crédito ni se pongan por efecto» (EE 336).

Esta regla ayuda a comprender, a mi parecer, el sentido de los tres grupos de reglas que Ignacio pone después:

las del ministerio de distribuir limosnas (338-345);

las notas para «sentir y entender escrúpulos y suaciones de nuestro enemigo» (EE 346-351)

y las reglas «para el sentido verdadero que en la Iglesia militante debemos tener» (352-370).

Estas reglas suelen verse como un apéndice agregado a los Ejercicios. Pero si se considera que los ejercicios se ordenan a la elección y reforma de vida, podemos integrarlas en una estructura amplia que tiene dos grandes tiempos, como les llama San Ignacio: el primer tiempo, es el de la consolación. La elección -con sus preparaciones y confirmación- es un tiempo de especial consolación. La consolación está en el centro de todo el proceso de ejercicios y cuando uno recibe esta gracia de elegir su vocación y de reformar su vida, todo lo que rezó y lucho adquiere un sentido unificado y pleno.

El segundo tiempo lo podemos llamar el tiempo de la contemplación en la acción. Es el tiempo de poner en práctica y concretar la elección o reforma de vida, insertándonos en la vida en común.

San Ignacio pone diferentes ayudas teniendo en cuenta que en ese tiempo uno deberá atender, sin que esto sea exclusivo, a tres cosas:

A lo que tiene que dar (reglas sobre distribuir limosnas),

a lo que uno debe «hablar u obrar dentro de la Iglesia» (algunas de las reglas sobre escrúpulos)

y a lo que uno «siente y juzga» de la Iglesia (reglas para sentir con la Iglesia).

Así, estas reglas con como una especie modelos de «reflexión para sacar provecho» que propone Ignacio al final de sus ejercicios, en orden a que lo experimentado con consolación en la oración se ponga en práctica discretamente en la vida diaria.

Quizás la iluminación final para todo esto que hemos reflexionado esté en la máxima ignaciana que dice: “Non coerceri a maximo, contineri tamen a minimo, divinum est”. Se traduce de muchas maneras, según el caso a que se aplique, ya que es de esas máximas tan especiales que brotan de la espiritualidad ignaciana. Aquí yo pondría, que: Es de Dios la gracia de no achicarnos ante lo máximo – los Ejercicios en su totalidad- y sin embargo dejarnos contener por lo mínimo – la oración y el examen de cada día-.

El Papa Francisco la usa en Gaudete et exsultate para hablar del discernimiento y de hacerlo todo “A la luz del Señor”, que es lo que ha guiado nuestra reflexión. Dice:

“El discernimiento no solo es necesario en momentos extraordinarios, o cuando hay que resolver problemas graves, o cuando hay que tomar una decisión crucial. Es un instrumento de lucha para seguir mejor al Señor. Nos hace falta siempre, para estar dispuestos a reconocer los tiempos de Dios y de su gracia, para no desperdiciar las inspiraciones del Señor, para no dejar pasar su invitación a crecer. Muchas veces esto se juega en lo pequeño, en lo que parece irrelevante, porque la magnanimidad se muestra en lo simple y en lo cotidiano (“En la tumba de san Ignacio de Loyola se encuentra este sabio epitafio: «Non coerceri a maximo, contineri tamen a minimo divinum est» (Es divino no asustarse por las cosas grandes y a la vez estar atento a lo más pequeño)”. Se trata de no tener límites para lo grande, para lo mejor y más bello, pero al mismo tiempo (estar) concentrados en lo pequeño, en la entrega de hoy. Por tanto, pido a todos los cristianos que no dejen de hacer cada día, en diálogo con el Señor que nos ama, un sincero «examen de conciencia». Al mismo tiempo, el discernimiento nos lleva a reconocer los medios concretos que el Señor predispone en su misterioso plan de amor, para que no nos quedemos solo en las buenas intenciones.” (GE 169).

Si todo lo que hemos dicho sirve para comprender un poco mejor qué quiere decir el Papa cuando nos exhorta a todos los cristianos a no dejar de hacer cada día, en diálogo con el Señor que nos ama, un sincero ‘examen de conciencia’, vale la reflexión. Es el núcleo olvidado de la vida espiritual que, puesto en medio de la contemplación y de la acción, revigoriza todo. Hoy más que nunca es necesario este “reflectir para sacar provecho” que es ese: discernimiento como dice el Papa, que-nos lleva a reconocer los medios concretos que el Señor predispone en su misterioso plan de amor, para que no nos quedemos solo en las buenas intenciones.

Momento para Contemplar

Comenzamos y terminamos el año bajo el signo de la Escuela del discernimiento, y lo que buscamos fue ayudar a  descubrir que en esta escuela, siempre seremos niños que tienen mucho que aprender, como así  también –como dice el P. Diego-  “solo aprende bien el que enseña a otros…”.

Retomo algunos de los párrafos que están escritos más arriba, y que pueden ayudarnos a sentir y gustar este material desde el Principio y Fundamento:

Es importante y esencial tomar conciencia que «ya hemos sido elegidos». El Señor nos eligió y nos dio la vida, nos salvó y nos encomendó la misión de ser santos y de anunciar el evangelio a todos los pueblos. Esta elección de Dios es lo que somos por Gracia.

Es sentir y gustar lo que el Señor eligió darnos, ponerlo en práctica y reflectir en el don, agradeciéndolo y eligiéndolo más libre y conscientemente, sabiendo que cuando hablamos de «elegir», se trata en el fondo de elegir a una Persona, de elegir amar Al que nos ama: a Jesús…

La elección es el acto más radical de la libertad amorosa de Dios para con nosotros: eligió crearnos y darnos todo. Para nosotros, como creaturas, elegir no es elegir «si lo amaremos o no» sino elegir «cómo quiere Él que lo amemos y cómo sentimos nosotros que podemos amarlo mejor».

«He sido elegido», es la conciencia fundamental del ser creatura. “Por qué yo”, decimos admirados cuando tomamos conciencia de lo grande y gratuito del don de la vida…”

Para rezar podemos hacer memoria de los “discernimientos” que fuimos haciendo en este año que estamos terminando y examinar “reflictiendo para sacar provecho”, -como dice San Ignacio- para descubrir:

  • lo que Dios nos fue regalando con su Gracia…
  • para ver en qué venció el Señor en mi vida -para festejarlo-…
  • asombrarme de lo que “aprendí”, es decir: donde perdí o actué mal y que enseñanza saque de mi propia experiencia…
  • y luego, ofrecer todo lo discernido, elegido, aprendido y enseñado para que el Señor lo transforme con su Gracia y nos regale ser hombres y mujeres contemplativos en la acción, para la Mayor Gloria de Dios…

Que tengamos un Fecundo Adviento y una Gozosa Navidad!!

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Lectura de la meditación de Dos Banderas

“Comenzaremos juntamente contemplando su vida (de Jesús), a investigar y a preguntar en qué vida o estado se quiere servir de nosotros su Divina Majestad; y así para alguna introducción de esto, en el primer ejercicio siguiente veremos la intención de Cristo nuestro Señor y, por el contrario, la (intención) del enemigo de (nuestra) naturaleza humana; y (veremos) cómo (nuestra intención) debe ser disponernos para alcanzar la perfección en cualquier estado o vida que Dios nuestro Señor nos diere para elegir.

Meditación de dos banderas,

una de Cristo, sumo capitán y Señor nuestro; la otra de Lucifer, mortal enemigo de nuestra humana naturaleza.

Oración preparatoria:

“… que todas mis intenciones, acciones y operaciones (imaginar, recordar, razonar, sentir, desear…) estén puramente ordenadas en servicio y alabanza de su divina majestad” (EE 46).

Preámbulos:

1º (Recordar) la historia: será aquí cómo Cristo llama y quiere a todos debajo de su bandera, y Lucifer, al contrario, debajo de la suya (es decir: a sus órdenes, siguiendo sus intenciones).

El 2º: Imaginar el lugar; será aquí ver un gran campo de toda aquella región de Jerusalén, adonde el sumo capitán general de los buenos es Cristo nuestro Señor; otro campo en región de Babilonia, donde el caudillo de los enemigos es Lucifer.

El 3º: pedir lo que quiero; y será aquí pedir conocimiento de los engaños del mal caudillo y ayuda para guardarme de ellos, y conocimiento de la vida verdadera que muestra el sumo y verdadero capitán, y gracia para imitarlo.

Puntos (para  meditar)

Imaginar así como si se asentase el caudillo de todos los enemigos en aquel gran campo de Babilonia, como en una gran cátedra de fuego y humo, en figura horrible y espantosa.

Considerar cómo hace llamamiento de innumerables demonios y cómo los esparce a los unos en tal ciudad y a los otros en otra, y así por todo el mundo, no dejando provincias, lugares, estados, ni personas algunas en particular.

Considerar el sermón que les hace, y cómo los amonesta para echar redes y cadenas; que primero hayan de tentar de codicia de riquezas, como suele (tentar) en la mayor parte de los casos, para que más fácilmente vengan a vano honor del mundo, y después a crecida soberbia; de manera que el primer escalón sea de riquezas, el 2º de honor, el 3º de soberbia, y de estos tres escalones induce a todos los otros vicios.

Así por el contrario se ha de imaginar del sumo y verdadero capitán, que es Cristo nuestro Señor.

Considerar cómo Cristo nuestro Señor se pone en un gran campo de aquella región de Jerusalén en lugar humilde, hermoso y gracioso.

Considerar cómo el Señor de todo el mundo escoge tantas personas, apóstoles, discípulos, etc., y los envía por todo el mundo, esparciendo su sagrada doctrina por todos estados y condiciones de personas.

Considerar el sermón que Cristo nuestro Señor hace a todos sus siervos y amigos, que a tal jornada envía, encomendándoles que a todos quieran ayudar en traerlos, primero a suma pobreza espiritual, y si su divina majestad fuere servida y los quisiere elegir, no menos a la pobreza actual; 2º, a deseo de oprobios (vergüenza pública) y menosprecios (ninguneos), porque de estas dos cosas se sigue la humildad; de manera que sean tres escalones: el primero, pobreza contra riqueza; el 2º, oprobio o menosprecio contra el honor mundano; el 3º, humildad contra la soberbia; y de estos tres escalones induzcan a todas las otras virtudes.

Coloquios

Conversación con nuestra Señora, para que me alcance gracia de su hijo y Señor, para que yo sea recibido debajo de su bandera, y 1º en suma pobreza espiritual (pobreza interior), y si su divina majestad fuere servido y me quisiere elegir y recibir, no menos en la pobreza actual (pobreza de cosas o dinero); 2º, en pasar oprobios y injurias por más en ellas imitar (a Jesús), sólo que las pueda pasar sin pecado de ninguna persona (que el otro no se de cuenta, digamos, o crea que nos hace un bien) ni displacer de su divina majestad, y con esto una Ave María. 2º Pedir otro tanto al Hijo, para que me alcance del Padre, y con esto decir Alma de Cristo. 3º Pedir otro tanto al Padre, para que él me lo conceda, y decir un Padre nuestro” (EE 135-147). 

Momento de meditación

Diego Fares sj

Hay que comprender bien esta meditación con la que San Ignacio da inicio al proceso de elección. El dice que “comenzaremos juntamente a contemplar la vida de Jesús y a preguntar en qué vida o estado, se quiere servir de nosotros su Divina Majestad” (EE 135). Agrega Ignacio que de lo que se trata es de “intenciones”. Las Banderas son señal de “la intención de Cristo nuestro Señor y, por el contrario, de la (intención) del enemigo de natura humana”. La intención nuestra nos invita a ponerla en “perfeccionarnos”. Da por supuesto que nadie voluntariamente hará lo que desea el demonio (por eso la petición es de “conocer sus engaños”). El asunto es “perfeccionarnos” en la vida verdadera, ir subiendo escaloncito por escaloncito en el camino del bien. Por eso nosotros tenemos que considerar “cómo nos debemos disponer para venir en perfección en cualquier estado o vida que Dios nuestro Señor nos diere para elegir”. Es decir: no importa tanto si el Señor nos da a elegir, por ejemplo, estado de vida religiosa o matrimonial, o una misión o la otra, sino que nuestro deseo e intención debe ser “perfeccionarnos” en lo que le agrada al Padre, dar un paso adelante en la misericordia y en la caridad.

Dos intenciones que se hacen notar

La dos Banderas, los estandartes que Jesús y el demonio levantan y hacen ver, son pues, sus Intenciones.

La intención del enemigo de natura humana o Caudillo de todos nuestros enemigos, es engañarnos.

La intención de nuestro sumo y verdadero Capitán, Cristo, es darnos vida verdadera.

Esta percepción de Ignacio requiere que nos detengamos un momento. Fijémonos cómo el demonio no intenta hacernos mal directamente –matarnos, poseernos, hacernos sufrir…-, sino que lo que trata es de engañarnos. Cuando somos engañados, el mal nos lo hacemos los hombres a nosotros mismos!!! Las tentaciones no son con “cosas malas en sí”. No es el problema la riqueza sino “codiciarla”, en vez de compartirla justamente. En cambio el Señor no solo nos muestra la vida verdadera, sino que nos da ayuda y gracia.

Nuestra intención natural de mejorar, se confrontará por tanto con la intención del mal espíritu, que quiere engañarnos y con la intención de Jesús, que es darnos vida verdadera. Dos Banderas es un ejercicio de discernimiento: se trata de recibir la gracia de conocer los engaños del mal espíritu para guardarnos de ellos y de conocer la vida verdadera de Jesús y pedir la gracia para imitarla (EE 139).

Comprender bien estas dos “banderas” que vemos alzadas en alto como invitándonos a seguirlas, es clave para nosotros, que por naturaleza vamos donde nos llaman o seguimos siempre a alguien que opina o convoca. No se trata, como vemos, en primer lugar de ideas o virtudes. Ignacio describe los tres escalones: riqueza, vanidad y soberbia contra pobreza, humillaciones y humildad. Pero detrás de estas propuestas escalonadas –en las que un paso en esa dirección apunta y se refuerza por el siguiente paso- lo que hay que discernir son las intenciones de los que nos las proponen.

Escalones

Y aquí viene lo curioso. Lo obvio es pensar que el enemigo de natura humana intente que “elijamos riqueza, vanidad y soberbia”, como groseras actitudes opuestas a la sublime pobreza, deseo de humillaciones con Cristo humillado y humildad. Pero me animaría a decir que para nada es así. Hay que prestar atención al nombre que Ignacio da a esto que nosotros llamamos vicios y virtudes. Los llama escalones. Esto equivale a decir que, si uno se toma la foto y ve dónde está parado en la vida, no importa en sí mismo cuánta plata u honores tenga, sino la dirección que toma. El escalón donde uno está parado será de pobreza o de riqueza según si uno agarra para el lado de acumular o de desprenderse. Tenés dos monedas: el asunto es si buscás algún mendigo para darle una de limosna o guardás las dos y sólo pensás en cómo ganar más plata para vos.

El escalón o mejor “los escalones” pobreza/riqueza, por los que venís subiendo o bajando, en cierto punto se te transforman en los escalones vano honor mundano/humillaciones y menosprecios. En cierto punto, en que te podés decir que estás bien (porque experimentás que tenés y podés comprar lo que querés), los escalones cambian de sentido. Pasan a ser una especie de escalera mecánica, en la que tu deseo comienza a ser el de que te reconozcan, te nombren, te hagan pasar primero, te voten y hagan lo que vos decís…

El “honor del mundo” se vive como una riqueza y plenitud interior, espiritual, con menos límites que las riquezas materiales. Y se pasa a ambicionar esta fama y este poder que tienen que ver con poseer no cosas sino personas.

Por el contrario, si bajás algunos escalones de pobreza y le comenzás a tomar el gusto a esa sobriedad en la que sentís que tenés lo que necesitás y gozás compartiéndolo con los que tienen menos. La escalera mecánica podría dispararse para el lado de la vanidad -de compartir bienes para tener aplausos y fama-, pero si uno se mete de verdad a compartir, esta alegría y la necesidad tan grande de tanta gente, hacen que sea difícil “envanecerse” de la pobreza. Todo lo que uno pueda dar no alcanza y la vanidad no entra dentro de un alma cuyo “muro” es la pobreza, como decía Ignacio. Curiosamente, el que baja escalones en esta dirección, como ha hecho el Papa Francisco, si bien en un primer momento suscita admiración, en cierto momento comienza a generar irritación en los que van en la otra dirección. Por supuesto que la crítica se disimula. En el caso del Papa es claro: en muchos que dicen criticar la doctrina lo que les irrita profundamente es que les toque la guita y la carrera, que desacralice su amor por el dinero y la mundanidad espiritual en la que se mueven.

Aquí viene otra paradoja. Si en el paso de pobreza a humillaciones o de riqueza a vanos honores se da un aceleración –de subir o bajar a pie, se pasa a subir o bajar por escalera mecánica y a veces hasta por ascensor-, en el paso de estos dos escalones al de humildad o soberbia se da un misterioso cambio de dirección. El que subía de a dos los escalones de la riqueza y los honores, comienza a bajar, porque aunque suba rápido sólo sube a la altura de su propio ego y del ego del mundito que lo idolatra. El que bajaba poco a poco por los escalones de la pobreza y de las humillaciones, de pronto comienza a subir, porque el Reino de los Cielos ha bajado con toda su altura y profundidad a nuestra tierra y el que camina en ese reino, siempre asciende y crece a la altura de la Misericordia del Padre.

El último escalón –o ámbito de escalones- es el definitivo.

O uno se para en su propio ego y autoafirmación de sí, como alguien que hace lo que quiere,

o uno se para en el escalón de la humildad del Reino, que nos pone en relación filial con nuestro Creador, fuente de nuestra vida y alegría, que nos pide una mano para servir y ayudar a los demás.

Aquí se revelan el engaño y la vida verdadera. El engaño no consiste en que las riquezas y la fama no sean reales y placenteras, el engaño es hacernos creer que nos pueden agregar “altura”, que nos pueden alargar la vida. La vida verdadera es verdadera Vida, con mayúsculas, porque no es solo la nuestra, es la Vida del Señor la que se nos da y, esa Vida sí que se alarga y plenifica, porque es eterna.

Avivarse

Automatizar este olfato espiritual es la gracia del discernimiento. Que apenas alguien alce una bandera, invite a opinar a favor o en contra o a tomar la actitud de seguirlo o dejarlo, sepamos por intuición si es un engañador que nos presenta espejitos de colores o Alguien sincero que nos ofrece vida verdadera.

Hacer connatural este discernimiento, digo, es la clave de la vida espiritual.

Y si uno duda, la clave está en saber con quién aconsejarse.

Esto son las dos Banderas: unos criterios que nos da el Señor para que nos avivemos. Para que sepamos discernir, en medio de una tentación, que a veces es casi irresistible, de poseer cosas y de ganar puestos, que seguir subiendo por esos escalones lo fogonea alguien que intenta engañarnos. Sea cual fuere el escalón de riqueza y fama en el que estemos parados, la dirección no es seguir subiendo irrestrictamente. Parar la mano y mirar para abajo, donde está la mayoría de la humanidad, y mirar cómo bajó por esos escalones Jesús, hasta encontrarse con los que están debajo de todo, es el camino correcto. Podemos dar un pasito hacia ellos. Y paradójicamente, como decíamos, yendo hacia abajo por los escalones de dejar algún bien para los demás y no andar preocupado por nuestra fama, el último escalón, el de la humildad, tiene una curiosa subida. Cuando bajamos hacia los demás, subimos un escalón de “cielo”. Un cielo que está a la altura del suelo, gracias a que Jesús lo bajó a esta realidad, pero que es una subida cualitativamente infinita. Por los otros dos escalones, cuando vamos subiendo hacia la riqueza y la fama, también el tercero es de subida, pero a la altura de nuestro propio yo, que dejado a sí mismo, suele ser bastante peticito. Nada más digno de burla que un soberbio que no se da cuenta que sólo está subido a su propia altura.

Embanderarse

Embanderarse para siempre da miedo y suscita cierto escepticismo. Especialmente si uno ya se embanderó de joven y luego constata que no bajó mucho por los escalones de la pobreza, que sigue estando atento a la aprobación ajena y que no ha profundizado demasiado en las alturas de la humildad. Sin embargo, bajo esta bandera todo se transforma en positivo. Y todos los “no progresos” y aún las incursiones en territorio enemigo, pueden valer como pobreza y humillación que llevan a acogerse con toda humildad a la Misericordia del Padre. Una y otra vez. Nuestros pecados y soberbia son, en el fondo, pobreza.

Además, los escalones del reino a los que nos invita el sumo Capitán Jesús, tiene algo mágico si se los camina con otros. Como en el juego de la Oca, hay escalones con premio. Si uno da una pequeña limosna a un pobre, baja de una sola jugada todos los escalones de riqueza que acumuló comprando y consumiendo para sí. Eso sí, la condición es darla tocando la mano al otro y recibiendo su sonrisa con amor.

Y si uno baja sin quejarse en voz alta al escalón donde lo mandó alguno que consideró que no debía estar tan alto, baja de una sola vez todos los escalones por los que trepó rastreramente para hacerse ver por los demás.

Hay además dos comodines en este juego para ganar la humildad. Uno es la contracara del “agarrar libremente una humillación”, cosa que siempre es difícil y hasta antinatural. El comodín consiste en “expresar una alabanza sincera de alguna cualidad ajena”. Es un modo fácil y seguro, ya que hay tanta gente buena y capaz a quien reconocer y hacer que otros valoren.

El otro comodín es el de hacer un acto de misericordia. La misericordia atrae irresistiblemente al Padre que nos da vida y expulsa al demonio desenmascarando todos sus engaños (que no son pocos). Es que al hacer un acto de misericordia sintonizamos plenamente con la intención última de nuestro Padre, que es darnos vida. Como Él lo que quiere es salvarnos de todo lo que daña nuestra vida –el pecado, la enfermedad y la muerte-, por eso opta por una Misericordia incondicional. La Misericordia testifica que el Padre no tiene otra intención sino nuestro bien.

Y ante la misericordia el demonio muestra la hilacha. Allí no puede fingir ni engañarnos. El demonio detesta la misericordia. Puede disfrazarse con ropa de justicia, de doctrina, de ley… e incluso puede fingir humildad. Lo que no puede es fingir misericordia, porque esta es acción real y concreta a favor del otro y el bien que se le hace es concreto, queda.

Las intenciones últimas de todos –Dios, hombres y demonio- se contrastan ante el muro de la misericordia que, una de dos, o es muro de casa que incluye a todos o es muro que separa y excluye a muchos.

 

Momento de contemplación

Marta Irigoy

En el texto del P. Diego, leíamos que:

“La Misericordia  testifica que el Padre no tiene otra intención sino nuestro  bien”. Y ante la misericordia el demonio muestra la hilacha. Allí no puede fingir ni engañarnos.

El demonio detesta la misericordia. Puede disfrazarse con ropa   de justicia, de doctrina, de ley… e incluso puede fingir humildad. Lo que no puede es fingir misericordia, porque esta es          acción real y concreta a favor del otro y el bien que se le hace es concreto y  queda.

Las intenciones últimas de todos –Dios, hombres y  demonio- se contrastan ante  el muro de la misericordia que una de dos, o es muro de casa que incluye  a todos o es muro que separa y excluye a muchos. 

Por lo que podemos intuir, la invitación de San Ignacio en este Ejercicio es a embanderarnos con la bandera de la humildad que Jesús nos propone, para alcanzar y dejarnos alcanzar por la misericordia y disponiéndonos para alcanzar la  santidad en cualquier estado o vida que Dios nuestro Señor nos diere para elegir…

Para nuestra oración, meditación y reflexión, quiero compartirles esta carta sobre la humildad que San Agustín le dirige a Dióscoro y que se ha convertido en un texto clásico al hablar de la humildad. Hay que decir que las preguntas de Dióscoro estaban motivadas por una curiosidad malsana, ya que no le movía un verdadero interés religioso, sino el afán inmoderado de poder dar respuesta a quienes le presentasen cuestiones sobre  temas inquietantes. Agustín le dice:

 “Quisiera, mi Dióscoro, que te sometieras con toda tu piedad a este Dios y no buscases para perseguir y alcanzar la verdad otro camino que el que ha sido garantizado por aquel que era Dios, y por eso vio la debilidad de nuestros pasos. Este camino es: primero, la humildad; segundo, la humildad; tercero, la humildad; y cuantas veces me preguntes, otras tantas te diré lo mismo. No es que falten otros que se llaman preceptos; pero si la humildad no precede, acompaña y sigue todas nuestras buenas acciones, para que miremos a ella cuando se nos propone, nos unamos a ella cuando nos allega y nos dejemos subyugar por ella cuando se nos impone, el orgullo nos lo arrancará todo de las manos cuando nos estemos ya felicitando por una buena acción. Porque los otros vicios son temibles en el pecado, mas el orgullo es también temible en las mismas obras buenas. Pueden perderse por el apetito de alabanza las empresas que laudablemente ejecutamos. A un nobilísimo retórico le preguntaron cuál era el primer precepto que se debía observar en la elocuencia. Contestó, según dicen, que era la pronunciación. Preguntaronle por el segundo precepto, y dijo que era la pronunciación. Le volvieron a preguntar por el tercero, y sólo contestó que era la pronunciación. Del mismo modo, si me preguntas, y cuantas veces me preguntes, acerca de los preceptos de la religión cristiana, me gustaría descargarme siempre en la humildad, aunque la necesidad me obligue a decir otras cosas” (Epístola 118, 22). 

Algunas preguntas que nos pueden ayudar…

  1. ¿Qué pienso de la humildad?
  2. ¿La valoro, la deseo, la suplico?

Te invito a terminar con esta oración:

Ayúdame, hermano, a ser humilde.

Ten misericordia de mí y muéstrame

lo que Dios va haciendo con tu vida.

Te prometo acoger y escuchar

tus pasos y tus caídas,

tus ternuras y tus rechazos,

tu alegría y tu dolor.

Quiero ser menos yo y más hermano,

porque quiero descender hasta donde

se encuentra lo más humano,

lo profundamente humano.

Me han dicho que allí se encuentra Dios.

Búscame cuando me pierda

y volveré a casa de tu mano,

a casa para servirte más

y compartir juntos el pan.

Cuando veas brillar en mis ojos

la soberbia y la altanería

y mi boca se llene de palabras vacías,

no apartes de mí tu mirada tierna pero vigorosa,

no dejes de comunicarme la esperanza.

Confía en mí que aprenderé de ti

Y suplicaré también por ti al Padre.

Te pido hermano que me ayudes

a ser humilde con tu ejemplo.

Yo también te lo ofrezco.

Señor Jesús, maestro de humildad,

haznos reconocer nuestra pequeñez,

nuestras vidas, su desnudez

y reconocer tu gratuidad

Padre de misericordia,

concédenos caminar en la humildad

para llegar a la eternidad.

Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor.

Amen

-Autor: Anónimo-

 

 

 

 

 

 

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El-poder-de-los-deseos

Momento de meditación

Diego Fares sj

Una ayuda para contemplar

Hay un ejercicio al que San Ignacio nos hace dedicarle un día entero. Se titula “El llamamiento del Rey temporal ayuda a contemplar la vida del Rey Eternal (EE 91-100). Lo curioso es que recomienda hacer este ejercicio solo dos veces, una al levantarse y la otra antes de la cena. En medio queda todo el día para reflexionar… Nuestro padre pone aquí la nota para los tiempos libres durante los Ejercicios que dice: “mucho aprovecha leer algunos ratos en los libros de La imitación de Cristo, los Evangelios y la vida de santos (EE 100).

Ignacio le llama simplemente “ejercicio”, no aclara si es meditación o contemplación. Es un ejercicio que “ayuda a contemplar la vida de nuestro Rey eternal”, la vida de Jesús nuestro Señor. En qué consiste esta “ayuda para contemplar”? Ignacio no la define como si fuera una receta puntual. Lo que hace es narrar un “llamamiento”. Más aún: lo dramatiza mediante una comparación que interpela. Nos hace mirar primero cómo convoca un rey humano a una gran conquista y luego nos hace considerar lo que deben responder sus súbditos.

Este rey es reverenciado y obedecido por todos los cristianos. Es además muy abierto y humano. Llama a conquistar toda la tierra de infieles.  Es de los que comen, trabajan y duermen codo a codo con sus soldados y así como comparten los trabajos comparten también los frutos de la victoria.

En este punto, luego de mirar con admiración a un rey así, Ignacio nos hace mirar a sus súbditos y juzgar bien si aceptan o no aceptan el pedido de este rey a “venir con él”. Y carga las tintas sobre el hecho de que si alguno no aceptase este llamamiento, sería un “perverso caballero, digno de ser vituperado por todo el mundo”.

No ser sordos a lo que nos toca el corazón

El ejercicio apunta a despertar en todas sus resonancias la petición: “No ser sordo al llamamiento de Jesús. Ser uno que está listo para responder rápido y cumplir con diligencia la santísima voluntad del Señor”.

El ejercicio es para no ser sordo (ni hacerse el sordo) e Ignacio pone en escena una convocatoria de esas que no se pueden ignorar porque es una interpelación a lo que hay en nosotros de más noble: un llamado que nos toca el corazón. Es como cuando se hace un llamado a la solidaridad por una inundación o un terremoto, cuando se nos invita a una marcha contra la violencia… Cuando se nos convoca a una causa grande en la que está en juego el bien común uno siente que tiene que estar y que si no va o no participa es mala persona. Si no va es  cobarde o vago o indiferente… Digno de ser reprochado en todo caso.

Sentido de la lealtad y de la dignidad

Este ejercicio para despertar una respuesta incondicional, no es facil en el mundo de hoy. Nuestra cultura es individualista y se valora cada manera distinta de pensar, por lo cual resulta  es dificil imaginar una convocatoria o llamamiento que involucre a todos. Y menos si tiene tintes de guerra santa. Pero todos tenemos un sentido de la lealtad que es imitativo: cuando vemos que alguien se juega entero por los demás, nos sentimos “libremente movidos, atraídos”. Este es un sentimiento humano que no cambia, aunque cambien las motivaciones. Es el sentimiento del honor y de la vergüenza, el sentimiento de nuestra propia dignidad.

No responder con entusiasmo al llamamiento de un hijo, por ejemplo, que nos pide que participemos en algo que es el sueño de su vida, es una actitud vituperable. No ser solidario con las víctimas de algún desastre que nos toca de cerca, es ser vil. Lo dificil es que todos coincidamos en un mismo objeto, pero cada cual tiene su medida entre ser leal o no a un llamado que toca de cerca sus valores más hondos. Ignacio apela a ejercitarnos ahí donde entra en juego “jugarnos o borrarnos”. Escuchar bien y considerar si es nuestro momento o hacernos los sordos. Este es el punto en el que nos pone el ejercicio del llamamiento del rey temporal y que es necesario para “contemplar la vida del Rey eternal”.

Contemplar en clave de amistad

Por qué es necesario tener bien despierta esta “lealtad para escuchar llamados grandes de nuestros amigos”? Porques si la vida de Jesús no la contemplamos en esta clave -de un llamamiento de Alguien tan bueno y que lo da todo y nos quiere cerca suyo, como amigos leales, para ayudar al mundo-, si no escuchamos esto, no estamos contemplando la vida de Jesús. Porque la vida de Jesús es llamamiento a ir y estar con Él, contentos de poder trabajar a su lado, con la esperanza de la gloria futura. Cuando respondemos, “se nos complica maravillosamente la vida” como dice el Papa Francisco (EG 270).

Contemplar la vida del Señor será ir respondiendo afectivamente a cada uno de sus llamados. La vida de Jesús irá sanando nuestros afectos ahí donde sentimos que tenemos que hacer contra a nuestra sensualidad y amor propio porque no nos deja responder rápido y de corazón a lo que nos pide el que amamos, nuestro Amigo y Señor. Contemplar la vida de Jesús irá ampliando el horizonte de nuestros deseos, que a veces se quedan en un ámbito muy reducido de gustos y bienes particulares.

Para vivir de corazón

Con este primer ejercicio, Ignacio nos hace ver cuál es nuestro talante humano, cómo está nuestro sentido del honor y de la vergüenza, nuestra garra, nuestra capacidad de darnos enteros por una gran causa, de ser fieles a muerte a una relación interpersonal de amistad. Nos hace centrar en lo sagrado de la amistad y desear ser capaces de hacer cualquier sacrificio para honrarla.

Durante todo un día, Ignacio nos deja pensando y midiendo en nosotros este punto donde somos “fieles”, allí donde uno se siente digno o miserable según que haya actuado o no de corazón, no tanto por esta o aquella cualidad o debilidad moral sino por estar a la altura de un llamamiento grande.

“Apenas sentí que llamaban me ofrecí de corazón…” O… “Me llamaron y fui. Hubo un llamado pero yo no escuche bien. No fui. Me hice el sordo…”

Si me animo a pedir la gracia de no ser sordo, al contemplar la vida de Cristo algún llamado me tocará el corazón, porque cada instante de la vida de Jesús tiene un sabor eterno. Voy dispuesto a eso: a ser llamado. En esto consiste el ejercicio del llamamiento del Rey temporal.

Un paso más, de lo bueno a lo mejor

Una vez que hemos abierto el oído a este llamamiento a nuestro ser más noble, a nuestra libertad sencillamente entregada, Ignacio nos da otra clave para entrar a contemplar la vida de Cristo. Esta clave es la del “más”.

Al aplicar el ejemplo del llamamiento de un rey humano al de Cristo, Ignacio no lo aplica estrictamente sino que da un paso más. Entre los que escuchan el llamamiento de Jesús, e da una respuesta “razonable”: la de “ofrecer toda su persona al trabajo”. Pero con el Señor no basta una respuesta razonable. Su llamado suscita un deseo de ir más allá y de ofrecernos a estar en primera línea de trabajo, pobreza y humillaciones, con tal de estar más cerca del Rey que las pasó primero. El ofrecimiento es de “mayor calidad e importancia”: imitarlo en pasar todo lo que el pasó. Sólo si Él nos acepta, por supuesto, y si es para su mayor servicio y alabanza. Esto no es solo un ofrecimiento voluntario, sino también una clave para contemplar la vida de Jesús.

En este punto San Ignacio era particularmente incisivo. Tanto que inventó esa pregunta de si uno tenía “deseos de deseos”. Cuando plantea este deseo tan radical, de ofrecerse a padecer con Cristo, algunos nos asustamos. Como cuando uno ve las cosas que hicieron los santos y le resultan muy admirables pero no imitables. Ignacio pesca al vuelo la tentación de repliegue y nos tira un salvavidas: si sentís que no tenés deseos tan fuertes y definidos, al menos preguntate si te gustaría tenerlos, si desearías desear así. Aquí creo que uno adhiere. Porque los deseos son algo muy íntimo, algo que se identifica con nuestro ser más nuestro. Somos lo que deseamos. Desear deseos hermosos y fuertes es algo que atrae. Lo más triste en la vida es no desear, perder el deseo. Por eso, si uno contempla los gestos y las cosas que vivió el Señor y le pide tener deseos de desear imitarlo más y mejor, el Evangelio se le abrirá como una fuente de luz y de agua viva.

Todo lo que el Señor hace es “para invitarnos a desear más”. Invitarnos, digo, no imponernos nada. Cuando se lee el Evangelio en clave de ley, para ver qué es lo mínimo indispensable para “ganar la vida eterna” como dijo el joven rico, el evangelio nos deja más tristes que si no hubiéramos leído nada.

El evangelio se lee con deseo de deseos de más, abiertos a responder con todo al llamamiento concreto que el Señor haga.

El evangelio se lee deseando: cómo me gustaría poner la otra mejilla al que me  abofetea. Qué lindo sería que me naciera espontáneamente el caminar dos cuadras con el que me exige una. Qué bien me sentiría si pudiera darle la campera al que me pide un pullover sin pensarlo dos veces.

El evangelio se lee deseando sentir lo lindo que es dar las dos moneditas como la viuda.

El evangelio se lee deseando sentir es libertad que da romper de una vez el frasco de perfume caro, como María.

El evangelio se lee deseando tener ese deseo irresistible de venderlo todo para seguir a Jesús.

El evangelio se lee deseando tener ganas de encontrar a un necesitado para aproximarnos nosotros por nuestra cuenta en vez cruzarnos de vereda…

La clave para contemplar a Jesús, lo que su corazón muestra en su vida, no es nuestro sentido del deber sino nuestro sentido de la lealtad. Los deseos de deseos se cultivan sólo para los amigos. Uno desearía estar siempre bien y radiante para alegría de los que uno más quiere.

 

Momento de contemplación

Marta Irigoy

En el texto del P. Diego, leemos que:

Todo lo que el Señor hace es “para invitarnos a desear más”. Invitarnos, digo, no imponernos nada”

La clave para contemplar a Jesús, lo que su corazón muestra en su vida, no es nuestro sentido del deber sino nuestro sentido de la lealtad. Los deseos de deseos se cultivan sólo para los amigos…”

Y esto me ilumino para compartir estas palabras de hna Nurya Martínez-Gayol Fernández, aci, sobre los deseos…

La alegría, la alegría verdadera es una experiencia que tiene mucho qué ver, no sólo con la realización de los deseos, sino con su dilatación, con la posesión de deseos gigantes que tiran hacia delante de nuestras esperanzas, y llenan de vida nuestra espera.

El deseo lanza, conecta con nuestros anhelos, esperanzas y sueños… nos empuja hacia delante, pero no menos abraza lo que vamos dejando atrás. Los deseos se construyen y se sostienen también de memorias.

En esta aventura de acoger, reconocer, cuidar y potenciar los más verdaderos deseos, no estamos solos. Jesús  «viene con nosotros y maneja el timón», pero además hay otros hombres y mujeres que nos han precedido en esta tarea de desear, cuyas figuras emergen también en nuestro horizonte como guías y ejemplos.

El amor, fuente del deseo

Deseos gigantes que sólo el amor puede explicar. Es el amor el origen y es también el fin. Amor a Jesús  y a su proyecto. Pero no se trata tan sólo de pretender configurar nuestro deseo con el de Jesús, porque eso nos pondría simplemente ante un mero imperativo ético, con su peso de «deber » y obligación; y los deseos no funcionan así. Se trata más bien de descubrir que lo que, en verdad y en el fondo de mi ser es aquello que Dios ha deseado desde siempre para mí. Descubrir ese deseo que Él ha puesto en mí, su deseo que es ya mío y lo que más me consumará a su imagen, a imagen del amor, de su Amor. Ese amor que tan hermosamente describió Pablo en 1 Co 1.

Solo naciendo del amor y sostenidos por el amor, los deseos se fortalecen, resisten las dificultades, soportan con alegría los contratiempos y no se arrugan, sino que se dilatan más y más, incorporando el dolor, la carencia, el sufrimiento… como algo propio, que no los ensombrece, sino los ensancha y los fecunda…

Los deseos sólo crecen, se sostienen y se realizan cuando se conjugan en plural..

                                                                                                                                                                            Nurya Martines-Gayol, ACI, Sal Terrae Nº 98 (Octubre 2010) pásg. 832-838.

 

Algunas preguntas que pueden ayudar a la oración…

  • ¿Has pensado en que deseos mueven tu vida?
  • Al contemplar la vida de Jesús, ¿que deseos se encienden en tu corazón…?
  • ¿Qué personas han encendido tus deseos más profundos?

Para terminar, te invito a rezar esta oración:

Oración para encender los deseos

Concédeme el deseo de los Magos que de noche ven tu estrella,

para cruzar de ella agarrado cuando nada más se vea.

Concédeme el deseo de Simeón, esperándote a la puerta,

para soñar hasta el final, el cumplir de tu promesa.

Concédeme el deseo de San José que a tus proyectos les da vuelta,

para dejar en el amor, lo que no entra en la cabeza.

Concédeme el deseo de María que se entiende bien pequeña,

para decirte siempre sí, porque sí dice la sierva.

Concédeme el deseo de la mujer, que por detrás de ti se llega,

para tocar con fe tu manto y robarte así tu fuerza.

Concédeme el deseo del leproso que las barreras da por tierra,

para esperar de tu abrazo, el curarse de la lepra.

Concédeme el deseo de la viuda que se pone como ofrenda,

para ponerme como ella, en lugar de dar monedas.

Concédeme el deseo de aquel niño, que comparte su merienda,

para entregar de lo mío, porque otro también tenga.

Concédeme el deseo de la mujer que recoge, por debajo de tu mesa,

para con pocas migajas, entender que se hace fiesta.

 

Concédeme el deseo de aquel ciego del camino,

que logró que te detengas,

para ver en el amor, lo que el pecado siempre ciega.

 

Concédeme el deseo de Zaqueo que en su casa te acogiera,

para querer estar los dos y repasar juntos las cuentas.

Concédeme el deseo del buen ladrón, clavado a tu derecha,

para saberme ya en tu reino, porque tu amor de mí se acuerda.

Concédeme el deseo de José, el que nació en Arimatea,

para pedir tu cuerpo santo y esperar que en mi florezca.

Concédeme el deseo de tu Pueblo que humilde te confiesa,

para guardar en tus manos, lo que la misericordia sólo cierra.

Concédeme el deseo de tu Iglesia, que es madre, y más, maestra,

para que al soplo de tu Espíritu, oriente yo mi vela.

–JA-

 

 

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Imagen 1Momento de meditación

Diego Fares

 

La Contemplación para alcanzar amor nos hace “mirar cómo todos los bienes y dones descienden de arriba (… por ejemplo nuestra limitada) misericordia (que viene de la infinita e incansable Misericordia de nuestro Padre Dios) así como del sol descienden los rayos y de la fuente las aguas” (EE 237).

En nuestro primer encuentro, mirando la vida con esta mirada de Ignacio, que une el más pequeñito de nuestros dones con su Fuente –esa que brota del Corazón de Dios-, consideramos  nuestros pecados como una oportunidad para ejercitarnos en alcanzar misericordia.

Alcanzarla en el sentido Ignaciano de que Otros nos la alcancen. A la Virgen y a Jesús, en los Coloquios de Misericordia, les pedimos que nos alcancen misericordia, Ella de su Hijo y Jesús del Padre. Una verdadera cadena de favores y ayudas.

Les pedimos que nos la alcancen porque la misericordia, si uno lo piensa bien, no se puede exigir. Se exige justicia. La misericordia se implora. Y si nos la conceden, la recibimos humildemente.

Aquí llegamos al punto del encuentro de hoy. Se trata de dirigir el río inagotable de la Misericordia de Dios a un lugar no habitual. En general dirigimos la misericordia hacia la tierra estéril de nuestros pecados y carencias. Pero hoy la dirigiremos hacia la tierra fecunda de nuestra libertad.

Misericordia y libertad de Dios

Al salir del terreno de las exigencias nos estamos situando en el terreno de la libertad. Hay que tenerlo claro: cuando imploramos misericordia apelamos a la libertad de Dios. Cuando le pedimos que no nos juzgue duramente, se lo pedimos por ser Él quien es, no por merecerlo nosotros: “No por nuestros méritos sino por tu gran compasión”, así rezaba Dios el Profeta Daniel (9, 18); “Misericordia Señor por tu Bondad, por tu gran compasión borra mi culpa”, así rogaba el Rey David en el Salmo 50, que es el Magnificat de la Misericordia.

Teológicamente nos hace bien considerar que la venida de Jesús al mundo, su Encarnación y su muerte en la Cruz para salvarnos, fueron fruto de una decisión libre de Dios, hecha por puro amor. Decidieron esto  –los tres: el Padre, Jesús y el Espíritu- solo motivados por su gratuita Misericordia. No tenían necesidad. No tenían obligación. Ni de hacerlo ni de hacerlo así, ni de regalarnos tanto. Cuando pensamos en la Encarnación y en la Cruz nos parece lógico que, para que lo pudiéramos comprender y aceptar, el Señor se hiciera uno de nosotros. Si bien lo eligió libremente, le vemos cierta “necesidad” a esto de que tomara nuestra carne y a que experimentara el sufrimiento y la muerte.

Pero si miramos todo lo que nos dio con su Resurrección, allí sí que “no había necesidad de tanto”. Incluso muchas veces pareciera contraproducente que nos haya prometido tanto, porque no termina de parecer verdad. Que nos haya dado el Espíritu, que nos haya abierto la puerta a una familiaridad total con el Padre, que nos haya dado a su Madre, que se nos dé cada día en la Eucaristía… son dones que nos quedan grandes.

Uno tiende a rechazar los dones demasiado grandes, porque pareciera que traen consigo la obligación de retribuir. Pero cuando son excesivamente grandes, cuando se nos regala todo, cuando el otro se nos regala como solo un Dios se puede regalar y no hay posibilidad de retribuir y sólo nos queda tratar de ensanchar el corazón para recibir tanto, entonces es necesario cambiar la mentalidad.

Por ahí ayuda pensar una posibilidad “menor”. Dios podría habernos dado una vida nueva muy buena pero de segunda. Como hacemos nosotros cuando alguien nos falla. Si lo queremos mucho lo ayudamos igual, pero lo tenemos “ahí”. Le damos cosas, pero no toda nuestra confianza. Le ponemos condiciones. Y si confiamos de nuevo, no lo hacemos de manera “ingenua”. Nos guardamos algún derecho a la duda. Para nosotros, si un amor se rompió, nunca vuelve a ser lo mismo.

La misericordia del Señor, en cambio, cuando nos perdona, no sólo se olvida de nuestros pecados sino que hace que “no existan”. Y más aún, los transforma en bienes!

Esto es algo que no se puede creer del todo. Por eso digo que tenemos que cambiar la mentalidad para aceptar una misericordia que tenga tal poder reparador y recreador.

Creo que el punto es mirar a Dios pero cambiando nuestro concepto de Dios. Nuestro Dios es Alguien que ama así porque Él es así. El nos tiene misericordia porque es el Misericordioso.

Puede ayudarnos pensar que no solo “es” así sino que “ama” ser así: nuestro Dios “quiere” ser así, Él “elige” amarnos así.

Nosotros a veces expresamos algo así cuando decimos: “te quiero porque te quiero y quiero quererte”. Pero nuestro amor va casi siempre unido a la necesidad, a una necesidad que sentimos buena. Como dice Benedetti en su poema “Táctica y estrategia”: “Mi estrategia es/ que un día cualquiera/
no sé cómo ni sé/ con qué pretexto/por fin me necesités”.

Hay una reduplicación de la necesidad que es puro amor: cuando uno ve que el otro “elige necesitarnos”, que va comprometiendo su vida con la nuestra de tal manera que ya no se pueden separar. Por opción de amor se vive una historia común y eso crea familia, crea instituciones en las que todos se necesitan mutuamente por haber elegido vivir así.

El amor de Jesús resucitado no permite dar un paso más en el camino de esta mezcla linda de necesidad y libertad. Quizás la mejor imagen es la de los papas con sus niños más pequeñitos. Los papás con su amor pueden cambiar totalmente la percepción de un niño que llora porque rompió algo o se portó mal, haciendo que lo malo se convierta en amor,  abrazándolo y mostrándole cómo no pasó nada, como se repara lo roto y se restablece la relación sin que quede nada malo. Cuando uno es pequeño acepta este “perdón total”,  esta reparación omnipotente, digamos, de los papás. Cuando crecemos un poco más ya no nos resulta tan fácil ser perdonados así. En esta clave podemos leer la “exigencia” del Señor de “volvernos como niños”. Volvernos como niños para poder aceptar una misericordia total.

Vemos pues que la Misericordia de Dios es “excesiva”, como dice el Papa. Pero no tanto que no tengamos experiencias de que algo así es posible. Y no solo posible sino que es la base constitutiva de nuestra capacidad de amar y de ser seres humanos, abiertos a los demás, a la sociedad. El haber recibido este “amor que repara todo lo malo” en nuestra más tierna infancia es la base de nuestra vida. A nivel físico, uno tiene la experiencia de todos los cuidados que necesitó como bebé para vivir y crecer. A nivel espiritual, uno es consciente de la paciencia que requirieron las enseñanzas, desde la ayuda básica para hablar y escribir, hasta la ayuda para las cosas más altas, como compartir y mejorar. Gracias a que fuimos tratados con misericordia pudimos ir adelante y consolidar nuestra autoestima, sin la cual no hay vida humana que dure y progrese.

Ahora, si es cierto esto de que Dios exagera en su misericordia y lo hace porque así lo quiere, libremente, es el momento de afirmar dos cosas importantes. Una, que el mal está vencido. Pero, como le respondía el Papa a un niño que le hacía esta pregunta, el demonio es como un gran dragón que, después de muerto, sigue agitando la cola por algún tiempo y puede hacer mucho daño. Nuestra interpretación del mal –de todo el mal en el mundo- luego de que el Señor lo venció en la Cruz, es que todo su poder es el de dar “coletazos”. Coletazos que pueden ser Tsunamis y bombas de kamikazes, con alto poder de destrucción. Pero coletazos nomás.

El mal no tiene raíz en el corazón del hombre. Jesús lo arrancó de cuajo. El Señor arrancó el mal de raíz. Si sigue dando “frutos” agrios es por inercia o “artificialmente”. Aunque se repita el mal cada día y multiplique sus terribles maldades, es “forzado”, artificial, no arraiga en lo último del corazón del hombre y por eso, todo hombre puede convertirse y cambiar.

La segunda cosa es que esta derrota del mal no hace que sus efectos desaparezcan mágicamente. Hay que ayudar a vencerlo, con el bien, ganando terreno paso a paso, día a día. Aquí entra nuestra libertad, como respuesta a esa “exagerada” libertad de Dios.

Quererse ayudar

En la meditación sobre el pecado de los ángeles San Ignacio dice una frase que llama la atención. Ve el pecado de los ángeles en que “no se quisieron ayudar con su libertad” para amar y obedecer a Dios. Así dice: “No queriéndose ayudar con su libertad” pasaron de ser seres llenos de gracia a ser seres desgraciados, soberbios, envidiosos y contagiosos de su mal.

La misericordia de dios es gratuita, es verdad. No depende de nosotros que el Señor nos trate así. Pero uno se las puede ingeniar para alcanzarla, uno se puede “dejar ayudar” y, mejor aún, uno puede ayudar a que lo ayuden.

En el evangelio el Señor alaba a los que “se saben ayudar con su libertad para obtener misericordia”.

Ante el problema de la multitud, el Señor alaba al paralítico y a sus amigos, que tienen la osadía de meterse por el techo.

Ante el problema de estar lejos,  alaba al centurión que se le ocurre lo de la curación de palabra, para no robarle tiempo.

Ante el no cumplir con las condiciones requeridas, alaba a la sirofenicia por la perseverancia y el ingenio para responderle a sus palabras que parecen ser de desprecio.

Ante la importunidad, Jesús alaba a su madre, que no se amilana cuando le dice que “no ha llegado su hora” y manda a los servidores a hacer todo lo que él les diga.

Ante el respeto ajeno, alaba a la pecadora que tiene el coraje de meterse en casa del fariseo y romper su frasco de perfume.

Ante la timidez, alaba a la hemorroísa que le toca la orla del manto en medio de la gente.

Ante la petisez, alaba a Zaqueo que se hace ver subido a la higuera y luego tiene ese gesto de repartir la mitad de sus bienes…

Ante el apuro, alaba a Bartimeo que grita en medio de la multitud y hace que se detenga el Señor que pasaba apurado.

También el Señor alaba los gestos de misericordia para ayudar a los demás:

Alaba a la viuda que pone sus dos moneditas todo lo que tenía para aquel mediodía.

Alaba al buen samaritano, contando la parábola, con todos los pasos de misericordia que sigue.

Alaba al Padre que corre a abrazar a su hijo

Alaba al que lava los pies

Alaba la sinceridad de la Samaritana.

Y el agradecimiento del leproso.

Alaba a los apóstoles que ven que no tienen más que cinco panes, pero le plantean el problema y luego ponen manos a la obra.

 

Toda gente que se las ingenia para ser misericordiada y para misericordiar.

Momento de contemplación

Marta Irigoy

La invitación que nos hace el P. Diego, en este texto que propone, es poder conectar con la necesidad que tenemos de crecer en humildad. Humildad es lo que no supieron cuidar  los ángeles y  no se dejaron “ayudar en con su libertad”…

La Humildad, se ha encarnado y es  Jesús, quien siendo Dios se hizo hombre, paso por uno de tantos…haciendo el bien…

La humildad lo llevo a aceptar la Cruz por obediencia de Amor y allí el Padre lo hizo Señor de todo y de todos…

La humildad lo sostuvo en las mejores manos…las Manos del Padre…

Por eso, quisiera invitarnos a dejarnos asombrar…

Hay una hermosa escultura en el Santuario del P. Hurtado –san Alberto Hurtado, sj- en Chile, que invita a entrar en esta sintonía de la misericordia.

En esta escultura, podemos intentar entrar, ser parte; “como si presente me hallase”, como dice San Ignacio…

Ser parte, es dejar que los sentimientos que irradia la escultura, nos alcancen…

Estos sentimientos pueden alcanzarnos y nos pueden hacer sentir lo que el corazón esconde…

  • Vulnerabilidad…
  • Desnudez…
  • Desprotección…
  • Soledad…
  • Pequeñez…
  • Cobijo…
  • Amparo…
  • Consuelo…
  • Filiación…
  • Esperanza…
  • Paz…
  • ………………….

Lo que más impacta, es descubrir que para dejarse alcanzar por esta misericordia, hay que asomarse al Corazón del Padre, fundirse en su pecho mientras con su mano nos acaricia la cabeza y nos sostiene con Ternura…

  • Te invito a terminar con esta oración:

Déjame fundir mi historia en tu Corazón

con toda su carga de debilidad,

y entregar a tu misericordia lo que tu amor dejó atrás.

Déjame fundir mis ojos en tu Corazón

hasta mirar reconciliado mi propia realidad.

 

Déjame fundir mis oídos en tu Corazón

hasta escuchar lo que jamás imaginaron

que podías y querías pronunciar:

“Yo te perdono; quédate en paz”.

 

Déjame fundir mi boca en tu Corazón

hasta aprender en el silencio a decir: “Abba”.

Déjame fundir mi rostro en tu Corazón,

hasta encontrar hecho niño el asombro,

con que un día me acercaba hasta tu altar.

 

Y si ves que a las puertas de fundirme,

mi miedo me detiene y te dice: “¡Basta ya!”,

que tu mano en mi cabeza, me responda:

“Tan sólo, déjate amar”             J. A.

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puerta santa

Momento de Meditación

Diego Fares sj

En estos “Encuentros de oración” virtuales, que inauguramos el año pasado, tomaremos el tema de la Misericordia en la espiritualidad de los Ejercicios. Ignacio tiene una experiencia muy honda de haber sido “misericordiado” por Dios nuestro Señor, tomando palabras del Papa Francisco. La palabra “misericordia”, como tal, aparece sólo tres veces en los Ejercicios, pero en lugares que dan pie a desarrollarla ampliamente.

En la “contemplación para alcanzar amor”, Ignacio menciona la misericordia –“mi medida (limitada) misericordia”, dice-, como uno de los dones de Dios que “descienden de arriba, como de la fuente las aguas” (EE 237). Esta pequeña mención en la Contemplación que hace de puente entre los Ejercicios y la vida cotidiana, nos da pie para considerar, por ejemplo, a los ejercicios de la primera semana como “Ejercicios para alcanzar misericordia”.

Alcanzar

Vamos a tomar la palabra “alcanzar” que nos ayudará a entrar en la mente y en el corazón de la espiritualidad de Ignacio.

Todo el esfuerzo que conllevan las meditaciones sobre el pecado ajeno y propio tiene, pues, como fin poder entablar con el Señor, un coloquio de misericordia. Ignacio recomienda:

“Acabar (la oración) con un coloquio de misericordia, razonando y dando gracias a Dios nuestro Señor porque me a dado vida hasta ahora, proponiendo enmienda con su gracia para adelante. Padre Nuestro” (EE 61).

Este coloquio de misericordia se ensancha a continuación en “tres coloquios”:

“El tercer ejercicio es repetición del 1º y 2° ejercicio, haciendo tres coloquios (…) de la manera que sigue.

El primer coloquio a nuestra Señora, para que me alcance gracia de su Hijo y Señor para tres cosas:

la 1ª, para que sienta interno conocimiento de mis pecados y aborrecimiento de ellos;

la 2ª, para que sienta el desorden de mis operaciones, para que, aborreciendo, me enmiende y me ordene;

la 3ª, pedir conocimiento del mundo, para que, aborreciendo, aparte de mí las cosas mundanas y vanas; y con esto un Ave María.

El segundo (coloquio), otro tanto (pedirle) al Hijo, para que me alcance (estas tres gracias) del Padre; y con esto el Alma de Cristo.

El tercer (coloquio), otro tanto (pedirle) al Padre, para que el mismo Señor eterno me lo conceda; y con esto un Padre Nuestro” (EE 62-63).

Nos centramos en esta palabra “alcanzar”: alcanzar la gracia, el amor, la misericordia. Vemos que Ignacio concibe la gracia como algo que otros –nuestra Señora y Jesús- nos alcanzan del Padre, que es la Fuente.

Así, el “alcanzar” amor, pierde su sentido voluntarista. En lo que respecta a la misericordia, pareciera más claro, ya que es una gracia que viene del que está arriba hacia el que necesita una mano. Pero en la Contemplación para alcanzar amor, Ignacio hace notar que todos los bienes y dones son “limitados” en nosotros y vienen de arriba, de otro que nos los alcanza.

Una cosa buena que tiene esta manera mediada de pensar es que nos hace ver la gracia no solo en cuanto regalo en sí,  sino que Ignacio nos la hace ver como regalo que nos “alcanzan” María y Jesús, con todo lo que les implicó a ellos, personalmente, “obtener” esa gracia para nosotros y con lo que significa recibir algo en lo que han intervenido ellos.

Los pasos para alcanzar misericordia

Podemos considerar en el texto de Ignacio los pasos que nos invita a dar para que alcancemos misericordia.

En primer lugar, vemos que son pasos que nos acercan a Personas. Ignacio nos hace repetir el mismo pedido de misericordia a nuestra Señora, a Jesús y al Padre.

No se trata pues de ejercicios de autoayuda sino de ejercicios para ser ayudados por otro, de alcanzar una mirada misericordiosa de María, de Jesús y del Padre, con lo propio de cada una de ellas.

Se trata de dejarnos alcanzar por la mirada misericordiosa de María que, como en Caná, ve que no tenemos vino, que se nos ha acabado el fervor y el gozo y se compadece de nosotros, pecadores.

Se trata de dejarnos alcanzar por la mirada misericordiosa de Jesús, a quien se le conmueven las entrañas al ver nuestras enfermedades y siente compasión de que andemos como ovejas sin pastor.

Se trata, en fin, de dejarnos alcanzar por la mirada misericordiosa de nuestro Padre, que nos ve de lejos cuando regresamos del exilio al que nos llevaron nuestras ambiciones y conmovido corre a abrazarnos.

En segundo lugar, se trata de una misericordia que llega al pecado en todas sus dimensiones. En primer lugar pecado es un acto libre y personal, y con ayuda de la gracia puedo conocerlo internamente, medirlo y pesarlo como algo mío.

Pero el pecado hunde también sus raíces en un desorden mayor de lo que puede alumbrar mi conciencia: brota de una estructura sicológica desordenada y de la torpeza misma de mis hábitos y modos de pensar, como dice Ignacio, del camino habitual que siguen mis pensamientos y deseos.

Y también, finalmente, el pecado se nutre de un ambiente, de un contexto cultural y social que Ignacio califica como “las cosas mundanas y vanas”.

La necesidad de misericordia, por tanto, se extiende a todas estas dimensiones de la persona. Podríamos decir que necesitamos alcanzar misericordia a nivel consciente, inconsciente, cultural-social y hasta económico y político, sin dejar de lado las estructuras mismas de la vida de la Iglesia, que a veces se vuelven rígidas y abstractas.

Por eso el camino que marca Ignacio parte de lo más personal, de los pecados propios, pasa por el desorden de la propia estructura sicológica –por el desorden de nuestro modo de pensar movido por el desorden de nuestras conductas adictivas…- y termina en la estructura social, política y religiosa global, que tanto influencia nuestro modo de proceder.

En tercer lugar, se trata de una misericordia que tiene como dos movimientos: conocer y aborrecer. Vemos como Ignacio repite, en cada uno de estos niveles a donde pedimos que llegue la misericordia de Dios, la doble petición: conocer  – aborrecer.

Aquí se encuentra el núcleo de la misericordia.

La verdadera misericordia hace que uno se conmueva por el pecador –uno mismo y los demás- y aborrezca lo que causa un mal tan grande como es el estar apartado del amor.

Aborrecer el pecado es como la contracara de sentir misericordia por el pecador.

Quien no llega a aborrecer el pecado es que no conoce su poder destructivo y aquello en lo que excede a cada hombre.

No le parece entonces necesaria la misericordia.

Piensa que con un poco de terapia o de buena voluntad se debería superar…

Y termina indignándose con los demás porque “siguen siendo pecadores”, buscando chivos expiatorios… cuando el único que expió los pecados fue el Señor.

Por otra parte, solo llega a sentir aborrecimiento por el pecado aquel que se anima a sentir misericordia por el pecador –uno mismo y los demás-.

Solo el amor misericordioso justifica al pecador y lo ve “separado” de su pecado, con posibilidades de ser redimido y de convertirse.

Hay un texto (difícil de encontrar a no ser por nuestro querido Maestro Fiorito, que en aquella habitación polvorienta del primer piso del Juniorado A, junto con Jaime Amadeo, exploraban los inmensos volúmenes de la Monumenta Histórica de la Compañía de Jesús, en los que están “todos” los escritos de “todo” los jesuitas, las cartas de los misioneros, las diversas versiones de los Ejercicios…). En ese texto Ignacio habla del fin de los ejercicios y, de manera especial, de la Contemplación para alcanzar amor,  diciendo así: “Ayudará (a los que están en formación en la Compañía) el hacer los ejercicios espirituales por un mes, para aclararse más la inteligencia y escalentarse en el amor de Cristo nuestro Señor y hacerse después más fervientes en todo lo que hagan” (Monumenta Ignatiana, Constitutiones, Texto a – parte III, C. III nº 6. Cfr. M.A. FIORITO, Buscar y hallar la voluntad de Dios, Buenos Aires, Paulinas, 2000 p 891).

Así como al pecado hay que conocerlo y aborrecerlo, con respecto a Jesús hay que aclararse más la inteligencia y “calentarse” en su amor. Este calentarse hay que usarlo en buen criollo, como cuando decimos que a alguien “no le calienta algo”, en el sentido de que no se ocupa de corazón, o, al contrario, que sabemos que “le calienta” porque pone todo. Ese es el criterio de si uno “ha alcanzado” el amor a Jesús. Cosa que seguro viene de que “se calentó” en pedirle de muchas maneras y de disponerse a que el mismo Señor “se lo alcanzara” del Padre.

Si se nos ha aclarado un poco más la inteligencia, debemos estar comprendiendo que los Ejercicios no son para que uno haga un esfuerzo por mejorar, sino que son mil maneras de lograr que nuestra Señora y Jesús nos alcancen esa misericordia y ese amor que el Padre “tiene preparado para darnos”.  Un recurso, por supuesto, es hacernos disponibles para que el Señor y la Virgen nos alcancen esa gracia. Sería algo así como poner el agua de las tinajas de Caná y el trabajo de los servidores para que el Señor la transforme en vino. Pero también hay gracias que el Señor nos alcanza sin que hayamos hecho nada, como cuando multiplicó los panes o curó al ciego de nacimiento sin que nadie se lo pidiera. El asunto, pues, es alcanzar la gracia –la misericordia y el amor-, ya sea después de mucho trabajo, como el que buscaba perlas preciosas,  ya sea por encontrarla de  pura suerte, como el que encontró el tesoro en el campo.

El coloquio con la Virgen

En la Autobiografía tenemos un hermoso recuerdo de Ignacio del cual bien puede haber brotado este primer coloquio con nuestra Señora, dice así:

“Ya se le iban olvidando los pensamientos pasados con estos santos deseos que tenía, los cuales se le confirmaron con una visitación, de esta manera. Estando una noche despierto, vió claramente una imagen de nuestra Señora con el santo Niño Jesús, con cuya vista por espacio notable recibió consolación muy excesiva, y quedó con tanto asco de toda la vida pasada; y especialmente de cosas de carne, que le parecía habérsele quitado del ánima todas las especies que antes tenía en ella pintadas. Así desde aquella hora hasta el Agosto de 53 que esto se escribe, nunca más tuvo ni un mínimo consenso en cosas de carne; y por este efecto se puede juzgar haber sido la cosa de Dios, aunque él no osaba determinarlo, ni decía más que afirmar lo susodicho” (Autobiografía, 10).

El coloquio de misericordia que lleva a  Ignacio a aborrecer el pecado, comienza por María. Gozando con la visión de la pureza de nuestra Señora con el Niño, el pecado queda situado dentro de una experiencia estética. La pureza consuela y la fealdad del pecado produce asco.  Mientras no sentimos que el pecado es asqueroso y feo, sino que nos parece malo pero lindo y que tiene su gustito, es muy difícil despegarse de él. Es lo que sucede en todas las adicciones. Y Dios, antes que exigente por su bondad es atractivo por su gloria y hermosura. El sentimiento de misericordia tiene un ingrediente estético: la fealdad ante la degradación del pecado nos conmueve y nos golpea tanto a nivel estético como ético. En el coloquio con María la experiencia estética de la belleza de quien está con Dios es un primer paso para “alcanzar misericordia”.

El coloquio con Jesús

El coloquio con Jesús está en los EE:

“Imaginando a Cristo nuestro Señor delante y puesto en cruz, hacer un coloquio; cómo de Creador es venido a hacerse hombre, y de vida eterna a muerte temporal, y así a morir por mis pecados. Otro tanto, mirando a mí mismo, lo que he hecho por Cristo, lo que hago por Cristo, lo que debo hacer por Cristo; y así viéndole tal, y así colgado en la cruz, discurrir por lo que se ofreciere. El coloquio se hace propiamente hablando, así como un amigo habla a otro, o un siervo a su Señor; cuando pidiendo alguna gracia, cuando culpándose por algún mal hecho, cuando comunicando sus cosas, y queriendo consejo en ellas” (EE 53-54).

El coloquio con el Señor puesto en Cruz  “por mí” es un coloquio dramático, en el que el pecado queda situado en medio de dos amigos que se miran, uno de los cuales está dando la vida por el otro, que se siente interpelado moralmente en lo más hondo de su corazón. Es el coloquio de un pecador agraciado, que le debe todo a su Señor y está pensando en cómo devolver vida por vida. Es que la misericordia, cuando se experimenta su gratuidad tan inmensa hace nacer el deseo de devolver bien por bien. Nobleza obliga, como decimos. O “uno se calienta” para responder con lealtad.

El coloquio con el Padre

Los diálogos de Ignacio con el Padre son los de quien tiene sumo acatamiento y reverencia amorosa. En ellos experimenta la misericordia pura, más allá de lo que se puede imaginar y responder. Ignacio busca en todo servir al Padre buscando su mayor Gloria. Para lo cual se siente como un hijo pequeño a quien Dios trata como Maestro y a quien conduce “poniéndolo con su Hijo amado”.  En la Autobiografía Ignacio cuenta la experiencia más honda de su relación con el Padre:

“Fueron a Roma en grupos de tres y cuatro, y el peregrino fue con Fabro y Laynez, y en este viaje fue muy especialmente visitado de Dios. Había deliberado que, después que fuese sacerdote, estaría un año sin decir misa preparándose y rogando a nuestra Señora que lo quisiese poner con su Hijo. Y estando un día, a algunas millas antes de llegar a Roma, en una iglesia, haciendo oración sintió tal mutación en el alma y vio claramente que Dios Padre lo ponía con Cristo, su hijo amado, tanto que no tendría ánimo de dudar de esto, sino que Dios Padre lo ponía con su Hijo” (Autobiografía. 96).

Así, nuestros diálogos de misericordia con el Padre pueden ir por este lado: el de pedirle que nos “ponga con su Hijo”, que nos atraiga a Jesús, que nos acerque al que ha enviado para salvarnos.

Los coloquios para alcanzar misericordia hacen del lugar de nuestro pecado y de nuestro límite sicológico, familiar, social y eclesial un lugar de encuentro privilegiado con lo mejor de Dios. La belleza de la misericordia purifica nuestras fealdades. La gratuidad sin límite de la misericordia hace arder nuestro deseo de entrega generosa. El abismo insondable de la misericordia nos hace sentir hijos amados, buscados, esperados y festejados sin medida.

 

Momento Contemplativo:

Hna Marta Irigoy

Quisiera invitarnos a considerar uno de los pasos a los que nos invita San Ignacio -en el texto de  los EE- a dar para que alcancemos misericordia…

Como primer paso está el dejarnos mirar…

  • Dejarnos mirar es dejarnos alcanzar por la mirada misericordiosa de Jesús, a quien se le conmueven las entrañas al ver nuestras enfermedades y siente compasión de que andemos como ovejas sin pastor.
  • Dejarnos alcanzar por la mirada misericordiosa de nuestro Padre, que nos ve de lejos cuando regresamos del exilio al que nos llevaron nuestras ambiciones y conmovido corre a abrazarnos.

Les comparto, una de las Homilias del Papa Francisco, en Santa Marta, de 5 de julio de 2013, en  donde nos dice que el corazón del mensaje de Dios es la misericordia…

“Quiero misericordia y no sacrificios”, son las  palabras de Jesús a los fariseos que critican al Señor que comió con los pecadores y los publicanos; estos “eran doblemente pecadores, porque eran apegados al dinero y también traidores a la patria” porque cobraban los impuestos a su pueblo por cuenta de los romanos. Jesús, entonces, ve a Mateo, el publicano, y lo mira con misericordia:

“Y a aquel hombre sentado a la mesa de recaudación de impuestos:

En un primer momento: Jesús lo ve y Mateo, “este hombre” siente algo de nuevo, algo que no conocía – aquella mirada de Jesús sobre él – siente un estupor dentro, siente la invitación de Jesús: ‘¡Sígueme! ¡Sígueme!’. En aquel momento, este hombre está lleno de gozo, pero también duda un poco, porque es muy apegado al dinero. Sólo bastó un momento en el que Mateo dice si, deja todo y va con el Señor. Es el momento de la misericordia recibida y aceptada: ‘¡Sí, vengo contigo!’. Es el primer momento del encuentro, una experiencia espiritual profunda”.

“Viene luego un segundo momento: la fiesta”, “el Señor festeja con los pecadores”: se festeja la misericordia de Dios que “cambia la vida”. Después de estos dos momentos, el estupor del encuentro y la fiesta…

Por fin, un tercer momento: “el del trabajo cotidiano”, anunciar el Evangelio… pero, “se debe alimentar este trabajo con la memoria de aquel primer encuentro, de aquella fiesta. Y esto no es un momento, esto es un tiempo: hasta el final de la vida. La memoria. ¿Memoria de qué? ¡De aquellos hechos! ¡De aquel encuentro con Jesús que me ha cambiado la vida! ¡Que tuvo misericordia! Que ha sido tan bueno conmigo y que  también me ha dicho: ‘¡Invita a tus amigos pecadores, para que hagan fiesta!’. Aquella memoria da fuerza a Mateo y a los demás para ir adelante. ‘¡El Señor me ha cambiado la vida! ¡He encontrado al Señor!’. Recuerden siempre. “Es como soplar sobre las brasas de aquella memoria, es soplar para mantener el fuego, siempre”… (Papa Francisco, Homilías en Santa Marta, 5/07/2013).

Para concluir este momento contemplativo, la invitación es:

  • Hacer memoria de aquellos momentos de tu vida, en donde la mirada de Jesús llego a lo más hondo de tu corazón…
  • Quedarte dando Gracias por tanta Misericordia que Dios te ha regalado…

Les comparto este video con una canción de Salome Acirribita, para que puedas saborear en esta Cuaresma como La Misericordia de Dios, cambia la vida…

Ver el video:

https://www.youtube.com/watch?v=UQVhwUm1q2M

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Misericordia

La misericordia en el Papa Francisco

En Evangelii Gaudium, el Papa Francisco nos dejó un tratadito de la misericordia que podemos reunir en diez puntos:

  1. Francisco nos enseña a rezar pidiendo misericordia

“Señor, me he dejado engañar,

de mil maneras escapé de tu amor,

pero aquí estoy otra vez

para renovar mi alianza contigo.

Te necesito.

Rescátame de nuevo Señor,

acéptame una vez más entre tus brazos redentores” (EG 3).

Agrega Francisco esa formulación tan suya que dice: “¡Nos hace tanto bien volver a él cuando nos hemos perdido! Insisto una vez más: Dios no se cansa nunca de perdonar, somos nosotros los que nos cansamos de acudir a su misericordia. Porque aquel que nos invitó a perdonar “setenta veces siete” (Mt 18, 22) nos da ejemplo perdonando él setenta veces siete, y nos vuelve a cargar sobre sus hombros una y otra vez”.

Y termina formulando que acudir a la misericordia es una cuestión de dignidad: “Nadie podrá quitarnos la dignidad que nos otorga este amor infinito e inquebrantable. Él nos permite levantar la cabeza y volver a empezar, con una ternura que nunca nos desilusiona y siempre puede devolvernos la alegría. No huyamos de la resurrección de Jesús, nunca nos declaremos muertos, pase lo que pase. ¡Que nada pueda más que su vida que nos lanza hacia adelante!” (EG 3).

  1. Francisco nos recuerda que la misericordia “primerea”

“«Primerear»: sepan disculpar este neologismo. La comunidad evangelizadora experimenta que el Señor tomó la iniciativa, la ha primereado en el amor (cf. 1 Jn 4,10); y, por eso, ella sabe adelantarse, tomar la iniciativa sin miedo, salir al encuentro, buscar a los lejanos y llegar a los cruces de los caminos para invitar a los excluidos. Vive un deseo inagotable de brindar misericordia, fruto de haber experimentado la infinita misericordia del Padre y su fuerza difusiva. ¡Atrevámonos un poco más a primerear!” (EG 24).

  1. Francisco nos clarifica que la misericordia es la más grande de las virtudes

Santo Tomás enseña que: “En cuanto al obrar exterior, la misericordia es la mayor de todas las virtudes:

“En sí misma la misericordia es la más grande de las virtudes, ya que a ella pertenece volcarse en otros y, más aún, socorrer sus deficiencias. Esto es peculiar del superior, y por eso se tiene como propio de Dios tener misericordia, en la cual resplandece su omnipotencia de modo máximo” (ST II-II, 30, 4). (EG 37).

Por eso: “Los preceptos añadidos por la Iglesia posteriormente deben exigirse con moderación «para no hacer pesada la vida a los fieles» y convertir nuestra religión en una esclavitud, cuando «la misericordia de Dios quiso que fuera libre». Esta advertencia, hecha varios siglos atrás, tiene una tremenda actualidad. Debería ser uno de los criterios a considerar a la hora de pensar una reforma de la Iglesia y de su predicación que permita realmente llegar a todos” (EG 43).

  1. A los sacerdotes Francisco nos quiere muy misericordiosos

“Por lo tanto, sin disminuir el valor del ideal evangélico, hay que acompañar con misericordia y paciencia las etapas posibles de crecimiento de las personas que se van construyendo día a día. A los sacerdotes les recuerdo que el confesionario no debe ser una sala de torturas sino el lugar de la misericordia del Señor que nos estimula a hacer el bien posible. Un pequeño paso, en medio de grandes límites humanos, puede ser más agradable a Dios que la vida exteriormente correcta de quien transcurre sus días sin enfrentar importantes dificultades. A todos debe llegar el consuelo y el estímulo del amor salvífico de Dios, que obra misteriosamente en cada persona, más allá de sus defectos y caídas” (EG 44).

  1. Francisco desea que la Iglesia sea lugar de misericordia gratuita

“Ser Iglesia es ser Pueblo de Dios, de acuerdo con el gran proyecto de amor del Padre. Esto implica ser el fermento de Dios en medio de la humanidad. Quiere decir anunciar y llevar la salvación de Dios en este mundo nuestro, que a menudo se pierde, necesitado de tener respuestas que alienten, que den esperanza, que den nuevo vigor en el camino. La Iglesia tiene que ser el lugar de la misericordia gratuita, donde todo el mundo pueda sentirse acogido, amado, perdonado y alentado a vivir según la vida buena del Evangelio” (EG 114).

  1. Y que nuestro pueblos se sienta entre los dos abrazos de la Misericordia

La identidad cristiana, que es ese abrazo bautismal que nos dio de pequeños el Padre, nos hace anhelar, como hijos pródigos –y predilectos en María–, el otro abrazo, el del Padre misericordioso que nos espera en la gloria. Hacer que nuestro pueblo se sienta como en medio de estos dos abrazos es la dura pero hermosa tarea del que predica el Evangelio” (EG 144).

  1. Francisco nos alegra a todos recordandonos que la misericordia con los pobres borra nuestros pecados

“El imperativo de escuchar el clamor de los pobres se hace carne en nosotros cuando se nos estremecen las entrañas ante el dolor ajeno. Releamos algunas enseñanzas de la Palabra de Dios sobre la misericordia, para que resuenen con fuerza en la vida de la Iglesia. El Evangelio proclama: «Felices los misericordiosos, porque obtendrán misericordia» (Mt 5,7). El Apóstol Santiago enseña que la misericordia con los demás nos permite salir triunfantes en el juicio divino: «Hablad y obrad como corresponde a quienes serán juzgados por una ley de libertad. Porque tendrá un juicio sin misericordia el que no tuvo misericordia; pero la misericordia triunfa en el juicio» (2,12-13). En este texto, Santiago se muestra como heredero de lo más rico de la espiritualidad judía del pos exilio, que atribuía a la misericordia un especial valor salvífico: «Rompe tus pecados con obras de justicia, y tus iniquidades con misericordia para con los pobres, para que tu ventura sea larga» (Dn 4,24). En esta misma línea, la literatura sapiencial habla de la limosna como ejercicio concreto de la misericordia con los necesitados: «La limosna libra de la muerte y purifica de todo pecado» (Tb 12,9). Más gráficamente aún lo expresa el Eclesiástico: «Como el agua apaga el fuego llameante, la limosna perdona los pecados» (3,30). La misma síntesis aparece recogida en el Nuevo Testamento: «Tened ardiente caridad unos por otros, porque la caridad cubrirá la multitud de los pecados» (1 Pe 4,8). Esta verdad penetró profundamente la mentalidad de los Padres de la Iglesia y ejerció una resistencia profética contracultural ante el individualismo hedonista pagano. Recordemos sólo un ejemplo: «Así, en peligro de incendio, correríamos a buscar agua para apagarlo […] del mismo modo, si de nuestra paja surgiera la llama del pecado, y por eso nos turbamos, una vez que se nos ofrezca la ocasión de una obra llena de misericordia, alegrémonos de ella como si fuera una fuente que se nos ofrezca en la que podamos sofocar el incendio»” (EG 193).

  1. Francisco sostiene con fortaleza que la doctrina sobre la misericordia es la más ortodoxa

“Es un mensaje tan claro, tan directo, tan simple y elocuente, que ninguna hermenéutica eclesial tiene derecho a relativizarlo. La reflexión de la Iglesia sobre estos textos no debería oscurecer o debilitar su sentido exhortativo, sino más bien ayudar a asumirlos con valentía y fervor. ¿Para qué complicar lo que es tan simple? Los aparatos conceptuales están para favorecer el contacto con la realidad que pretenden explicar, y no para alejarnos de ella. Esto vale sobre todo para las exhortaciones bíblicas que invitan con tanta contundencia al amor fraterno, al servicio humilde y generoso, a la justicia, a la misericordia con el pobre. Jesús nos enseñó este camino de reconocimiento del otro con sus palabras y con sus gestos. ¿Para qué oscurecer lo que es tan claro? No nos preocupemos sólo por no caer en errores doctrinales, sino también por ser fieles a este camino luminoso de vida y de sabiduría” (EG 194).

  1. Y nos hace abrir los ojos a la buena noticia de que la misericordia es la llave del reino

“A los que estaban cargados de dolor, agobiados de pobreza, les aseguró que Dios los tenía en el centro de su corazón: «¡Felices vosotros, los pobres, porque el Reino de Dios os pertenece!» (Lc 6,20); con ellos se identificó: «Tuve hambre y me disteis de comer», y enseñó que la misericordia hacia ellos es la llave del cielo (cf. Mt 25,35s). Para la Iglesia la opción por los pobres es una categoría teológica antes que cultural, sociológica, política o filosófica. Dios les otorga «su primera misericordia»” (EG 197-198).

  1. Francisco nos abre la mente haciéndonos ver que nos falta aprender a recibir misericordia de aquellos a quienes ayudamos

Hubo un momento en el encuentro con los jóvenes en Manila, en que el Papa dejó los papeles (después pidió perdón porque no había leído lo que preparó pero dijo que lo consolaba que “la realidad de lo que le habían testimoniado era superior a todas las ideas que había preparado”) y habló de “recibir de los pobres”: “Sólo te falta una cosa. Hazte mendigo. Esto es lo que nos falta: aprender a mendigar de aquellos a quienes damos. Esto no es fácil de entender. Aprender a mendigar. Aprender a recibir de la humildad de los que ayudamos. Aprender a ser evangelizados por los pobres. Las personas a quienes ayudamos, pobres, enfermos, huérfanos, tienen mucho que darnos. ¿Me hago mendigo y pido también eso? ¿O soy suficiente y solamente voy a dar? Vos que vivís dando siempre y crees que no tenés necesidad de nada, ¿sabés que sos un pobre tipo? ¿sabés que tenés mucha pobreza y necesitás que te den? ¿Te dejás evangelizar por los pobres, por los enfermos, por aquellos que ayudás? Y esto es lo que ayuda a madurar a todos aquellos comprometidos como Rikki (el joven al que le hablaba) en el trabajo de dar a los demás: aprender a tender la mano desde la propia miseria”. La mirada que propone Laudato Si es una mirada que “frena” por así decirlo, un momento el impulso a la acción y contempla a Cristo en el rostro del pobre. Antes de ir a ayudar a los más necesitados –o mientras se los va ayudando en su necesidad material urgente- se recibe de ellos esa gracia que tiene todo pobre para dar. La tiene porque Cristo se ha identificado con los pobres: “cuando ayudaste a uno de estos pequeños a mí me ayudaste”. En torno a este “recibir de los pobres a los que ayudamos” la Encíclica hace la diferencia frente a otros discursos sobre la Ecología cuyas razones son muy atendibles pero no siempre logran nuestra adhesión comprometida.

 

 

Momento de reflexión

Diego Fares sj

La dicha de la misericordia y el secreto de la vida

 

Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia (Mt 5, 7).

La limosna y la vida

La palabra griega para misericordia es “eleemosyne”, que para nosotros ha venido a ser “limosna”. Bienaventurados los limosneros, entonces, porque alcanzarán limosna. ¿Es así? ¿No parece que la limosna es poca cosa? Sin embargo misericordia es la palabra que Jesús usa para describir la perfección del Padre! “Sean misericordiosos como el Padre es misericordioso” (Lc 6, 36).

Sentimiento básico este de sentir compasión en las entrañas ante una miseria.

Gesto pequeño que se puede hacer, muchas veces, más para hacer sentir nuestra solidaridad que para remediar el mal del que padece.

Solo la misericordia de Dios es eficaz por sí misma. Por eso para muchos es un sentimiento inútil, porque uno siente más pena de la que puede remediar. Ahora, si no la consideramos desde la eficacia humana sino como participación en la eficacia de Dios, si nuestra misericordia es para interceder, entonces se muestra infinitamente más eficaz que otros sentimientos y gestos humanos.

Desde esta perspectiva podemos vislumbrar por qué a nuestro Padre le gusta describirse, en su perfección más determinada, por esta “pasión” (porque la misericordia se padece) tan básica, compulsiva casi, que se traduce en gestos pequeños, en una limosnita, en una caricia, en una mirada compasiva.

Podríamos decir que nuestro Padre se nos vuelve cercano al definirse por la misericordia: le gusta que Jesús lo defina por esos gestos en que el amor excede la expresión, como en el abrazo al hijo pródigo. De la misma manera define Jesús a los más perfectos en el reino: a la viuda por las dos moneditas.

Estamos hablando del gesto que se hace participando de la conmovedora misericordia del Padre, entonces lo de dar una limosnita a la abuela que pide en la calle o un caramelo a un chico que en silencio nos deja una estampita en el subte, no es un “sacarse de encima una culpa” sino un “meter en un gesto pequeño toda la misericordia del Padre para que otro se sienta amado al menos por un instante”. En la lástima y la pena que se siente en el corazón y en el gesto espontáneo de remediarla un poquito aunque más no sea, dando algo con cariño, está la semilla de la misericordia.

Esto no es para nada algo accidental. De estos pequeños gestos de misericordia elemental está hecha la vida que, como dice Laudato Si, es fragil. Nuestro planeta es fragil, y cada creatura necesita de la “ternura del Padre”: “Cada criatura es objeto de la ternura del Padre, que le da un lugar en el mundo. Hasta la vida efímera del ser más insignificante es objeto de su amor y, en esos pocos segundos de existencia, él lo rodea con su cariño. Por eso, de las obras creadas se asciende «hasta su misericordia amorosa»”(LS 77). Toda vida necesita misericordia: desde la vida de la plantita que limosnea con sus raíces unas gotas de agua y con sus hojas un poco de luz, hasta la vida del bebé que estira la manito para recibir unas migas del pan que come su padre o mira atento la palabra que repite una y otra vez la boca de su madre.

La vida no es auto-sustentable, aunque en algunas etapas nos parezca que hemos alcanzado una posición sólida. La vida necesita de la misericordia de los otros, limosna tras limosna. Nuestras manos lo indican. Somos seres con manos, constantemente constreñidos a pedir y dar. Por eso la misericordia es la virtud y el don de las manos –que se juntan para pedir y que se abren para dar- como le enseñaba a Hurtado su mamá.

 

Es ese estremecimiento súbito del corazón que se nos enternece -la misericordia- lo que nos hace sentir y ver la necesidad más vital del otro, lo que nos mueve a acercarnos al lugar donde sentimos que la vida misma está amenazada, lo que nos lleva a elegir el lugar donde debemos estar para dar una mano: allí donde hay una miseria, una necesidad, hacia allí nos inclina y empuja la misericordia con su latido inconfundible, ese que define si no se ha endurecido nuestro corazón. La misericordia se conmueve ante la vida y busca dar vida. Dios es misericordioso porque es un Dios de vivientes, como lo define Jesús. Y por eso Jesús, que es la Vida, dice: “No he venido a buscar a los sanos sino a los enfermos, no he venido a llamar a los justos sino a los pecadores”. Y comía con los pecadores, se acercaba a los rebeldes, a los excluidos socialmente de su época, a los leprosos, a los “impuros legalmente”, a los que hacían trabajos denigrantes –los publicanos y las prostitutas- (Mt 9, 13). La misericordia conmovida por nuestra falta de vida fue lo que le hizo venir a este mundo.

 

La misericordia y los ojos del corazón

La misericordia nos permite ver, ver de verdad, ver sintiendo lo que vitalmente le pasa al otro. Y el misericordioso cultiva como un tesoro esta manera de mirar que sabe escudriñar el fondo del corazón del otro y no se queda en las apariencias. ‘Quiero Misericordia y no sacrificios’ (Mt 12, 7), les dice Jesús a los fariseos que miran con los ojos duros de una justicia legal a sus discípulos y los juzgan. A veces da miedo sospechar lo que se puede llegar a ver si uno se permite mirar con misericordia.

Pero no hay que temer ni sospechar. Toda creatura es es fruto de una mirada amorosa del Creador: es “importante a los ojos del Padre” (LS 96) y toda miseria ya fue mirada por la infinita misericordia de Jesús. Por eso toda miseria reconoce cuando es mirada así y agradece y premia al que siente misericordia devolviéndole misericordia. Es que la misericordia encuentra una solución cordial para cada problema humano, personal y social. No solo porque permite al que ama desarrollar una tarea de caridad social, practicando las obras de misericorida -“tuve hambre y me diste de comer, tuve sed y me diste de beber, estaba sin casa y me acogiste, desnudo y me vestiste, enfermo y me viniste a visitar, en la cárcel y me viniste a ver…” (Mt 25, 35 ss.)-, sino porque es desde la misericordia desde donde toda persona se rearma y se convierte de enfermo en sano, de pecador en apóstol.

En la Encíclica Dios es Caridad, el Papa Benedicto nos hablaba de este “corazón que ve”. Nos decía que su Encíclica brotó de contemplar el Corazón de Jesús traspasado en la Cruz. Y que el Espíritu que brota de ese corazón misericordioso se acompasa con el nuestro y nos lleva a mirar con misericordia a nuestros hermanos. Por eso “el programa del cristiano —el programa del buen Samaritano, el programa de Jesús— es un «corazón que ve». Este corazón ve dónde se necesita amor y actúa en consecuencia” (DCE 32). Un corazón que ve con los ojos de la misericordia, no con las anteojeras de las ideologías. Solo la misericordia que siente la vida en sus entrañas limpia la mirada de toda ideología y permite ver y programar las acciones más concretas y eficaces para cuidar esa vida, para que la vida misma encuentre el punto desde donde cuidarse ya que se experimenta amada. El Samaritano tiene claro lo que debe y puede hacer porque mira con misericordia al herido. Solo el que mira con misericordia “ve al otro”. Las ideologías miran sólo aspectos del otro y hacen que uno sólo se mire (también parcialmente) a sí mismo. El Papa Francisco nos dice que si uno se anima a “contemplar ante todo la inmensa dignidad del pobre” (LS 158), su mirada se vuelve “integral” y se aclara la opción por los pobes y por el cuidado de nuestro fragil planeta.

 

La misericordia y el don de poner todo el corazón

            “Sean misericordiosos como el Padre es misericordioso” (Lc 6, 36). El Padre es misericordioso porque se deja conmover su corazón hasta lo más hondo y por eso se da entero: pone todo su corazón en lo que siente y en lo que da. A esa perfección nos invita Jesús. No se trata para nada de algo voluntarista. La misericordia es una pasión que nos puede, cuando vemos miseria se nos revuelven las entrañas. Dejar que esto suceda “evangélicamente”, dejar que nos inunde una misericordia estando de la mano de Jesús, hace que podamos poner todo el corazón en lo que hagamos como respuesta. Ser misericordiosos, pues, “como” el Padre. El “como” apunta a dejarnos conmover hasta lo más hondo y a poner todo el corazón en lo que hacemos. Dios es amor y verdad, misericordia y fidelidad. Estamos llamados a imitar la ternura de Dios que se deja conmover y su generosidad que no se cansa de dar y de perdonar. ¿Es posible esto? Sí, porque, aunque parezca paradójico, al darse entero el corazón no se gasta, sino que se alimenta de la misma misericordia que da. El corazón se cansa y se gasta cuando se da “partido“, cuando gasta fuerzas en mantener amores contradictorios entre sí. La misericordia unifica el corazón en sí mismo, con el de los demás y con el de Dios. Por eso, si en algún momento no sentimos que “alcanzamos misericordia” al ser misericordiosos, es que no lo estamos siendo de verdad, es decir plenamente. Quizás lo que nos pase en algún momento es que sin darnos cuenta nos aceleramos y pasamos a practicar los gestos exteriores de la misericordia pero sin poner el corazón. Entonces nos quemamos. En cambio si ponemos el corazón entero en lo que hacemos, al mismo tiempo que nos cansamos, descansamos, en la medida en que damos, recibimos, y más aún. Hasta que uno no se convierte en misericordioso no se unifica. La misericordia se retroalimenta: en la misma medida en que uno se da recibe misericordia. Y aprender a recibir misericordia de aquellos a los que ayudamos con misericordia es la clave del amor cristiano.

 

La misericordia y el alcanzar misericordia

La bienaventuranza de la misericordia se tiene por premio a sí misma: el misericordioso alcanza misericordia, para sí y para los demás. Esto es porque no hay nada más absoluto o mayor que la misericordia: Es lo propio del Padre que crea sacando de la nada, por pura misericordia, que perdona a los pecadores cuando aún son pecadores. Aceptar la misericordia de Dios para nuestra miseria y para el perdón de nuestros pecados supone la delicadeza de Dios de dejarnos recibir libremente algo que ya nos está dando al sostenernos en la vida.

La misericordia se extiende a los que nos la comprenden y a los que nos hacen el mal. Los inmisericordes son también dignos de misericordia. La misericordia grande es para con las miserias grandes: la de Dios que salva la humanidad perdida, la de Jesús que perdona a los enemigos, la de Teresita que entrega la vida por la salvación de los pecadores, y ofrece su noche de la fe por los incrédulos.

La agresión suele provenir de una falta honda de misericordia básica en algún momento clave de la vida. Por eso, si tiene cura, sólo será con una misericordia mayor que la que faltó. De allí que el Señor tuviera que derramar toda su misericordia en la Cruz, ir hasta el extremo, para que esa misericordia tan inmensa suscitara la atención de todos, atrajera a todos hacia sí. La miseria del Señor en la Cruz es tan grande que atrae el corazón de todos, aún de los inmisericordes, como el Centurión o el ladrón. Y allí sí, que cada uno hace su opción. Más allá de su misericordia el Señor no tiene otro ofrecimiento: si uno la rechazara estaría rechazando su vida misma.

 

La misericordia y la dignidad del otro

Un detalle muy lindo del Señor está en hacernos ver que la misericordia cuanto más en secreto se hace, mejor. Un aspecto del secreto consiste en no hacer propaganda de lo que se hace –“Cuando hagas limosna no vayas trompeteando por delante como hacen los hipócritas… en verdad os digo que ya recibieron su paga” (Mt 6, 2). La alabanza de los demás es un pago menor que el que la misericordia merece. Cuando uno hace una obra de misericordia se la hace a sí mismo también. Reconoce que uno también es alimentado y vestido y necesita que lo visiten cuando está enfermo… Es algo básico lo que está en juego –la necesidad y el corazón-, por eso no se lo puede rebajar a un premio externo como es el aplauso.

Pero en un sentido más profundo, el secreto o la discreción de la misericordia, apunta a la dignidad del otro, a que el otro reciba un poquito y luego se pueda procurar por sí mismo el otro poquito. Como la madre que le da de comer en la boca a su pequeño y le va enseñando a agarrar la cuchara solo. Las dos cosas son misericordia, porque aprender es también recibir. Y aprender a cubrir las propias necesidades es también ser misericordioso con uno mismo: una parte de uno con la otra.

La misericordia es secreta en su misma esencia, porque siente más de lo que puede expresar en sus gestos. Por eso, guardarla en secreto no requiere esfuerzo, solo respeto a aquello que experimentamos. Que Dios sea misericordioso, que nos ame en secreto, que nos espere en silencio como el Padre misericordioso esperaba a su hijo, nos debe llevar a asombrarnos de cuánto respeta el Señor nuestra dignidad, cuánta confianza tiene en lo que podemos dar por nosotros mismos.

La imagen del secreto completa las imágenes de la limosna y del sentimiento de conmoción entrañable. Descubrir la misericordia de Dios implica descubrir que me ha estado amando entrañablemente y dando vida en secreto desde siempre. En un secreto tan secreto que ni él mismo “lo sabe”, por así decirlo. Sino que está totalmente volcado a mirar lo que yo hago con la vida que tengo, sin fijarse en que él mismo me la está dando. Como un padre o una madre que da por supuesto que está dando vida, alimento y ayuda a sus hijos y sólo se preocupan por lo que los hijos hacen por sí mismos con su vida.

La misericordia: clave secreta de la vida

Así, vemos que en la misericordia se esconde el secreto de la vida. La vida comienza por un acto de misericordia absoluto, que nos saca de la miseria de la nada, y terminará en un acto de misericordia que perdonará lo mal aprovechado. La vida, para lograr consolidarse, subsistir, organizarse y reconstruirse cada día necesita de la misericordia. Uno se rearma desde la misericordia, no desde otras virtudes. Comprender esto nos debe llevar a mirarnos a nosotros mismos y a mirar a los demás –a todo lo que sea viviente- con ojos de misericordia. El ser humano es un ser necesitado de misericordia porque hace aguas por todos lados, por todos lados está vulnerable, como agujereado ante la nada, ante la posibilidad de no ser, amenazado por la miseria, la ruina, la desintegración. Esto no solo en lo físico –amenazas de la salud y de la sociedad- sino en lo más íntimo, libre y personal. Solo una constante misericordia nos permite mantenernos coherentes, siendo que tantas tensiones tironean de nosotros y nos hacen ser incoherentes en muchas situaciones. Aceptar líbremente la misericordia para con nuestras incoherencias conscientes y libres equivale a reconocer que la estamos aceptando en todo las otras dimensiones de la vida, personal, familiar y social, que no dependen de nuestra libertad.

El día debe pues comenzar invocando la misericordia del Señor y sintiendo que la recibimos, junto con la vida misma, junto con la Eucaristía. Y debe terminar pidiendo misericordia para nuestras faltas y ejerciendo actos de misericordia para con nuestros hermanos. El Señor quiere Misericordia, no sacrificios. Al final del día (y de la vida) el Señor tiene para nosotros una mirada de Misericordia. Y quiere de nosotros una mirada igual. Quiere una mirada misericordiosa, no una mirada vengativa, autosuficiente y vanidosa, tampoco una mirada resentida, culposa y de desprecio. Quiere la mirada misericordiosa del que se siente acogido por su misericordia infinita.

 

 

 

Momento de contemplación

Hna Marta Irigoy md

 

“La misericordia es el fuego que arde en el corazón de Dios” (Card. Dannels)

Las características del fuego son varias, el fuego quema, purifica, da calor, ilumina…

Cuando hablamos de la misericordia como un fuego al que hay que atravesar, vemos como dice el Cardenal Martini, que:

(…)“Verdaderamente el fuego de la misericordia infinita del Padre nos hace arder, nos persigue, nos devora, nos transforma, nos transfigura a fin de que seamos como el Hijo. Resistirnos a la acción transformante de la misericordia es la infelicidad y el infierno. En cambio, si nos dejamos amar, esta acción purificadora, que nos libera de las escorias personales, sociales, históricas, de familia y culturales, para hacernos respirar la “soltura” y la libertad del Hijo Jesús, el cual en su amor por nosotros pasó primero por el fuego purificador de la muerte (…) para rescatarnos de nuestros pecados y unirnos a su camino”…

 

Al ir pasando por el corazón las otras bienaventuranzas anteriores: la de los pobres, las lágrimas, los mansos, los hambrientos y sedientos… quizás vamos descubriendo que se va gestando una “situación interior” que nos hace descubrir cuanta misericordia necesitamos, ya que ellas tocan nuestros vínculos más cercanos y los no tanto –Dios, nosotros, prójimos- desvelando “nuestra verdad”, una verdad necesitada de una nueva evangelización del corazón…

  • EVANGELIZAR el propio corazón, es darle buenas nuevas al propio corazón… como hizo Jesús ante cada corazón que le salía al encuentro…o al que Él salía a buscar : “He venido a buscar lo que estaba perdido”
  • Evangelizar el propio corazón es dejarnos anunciar nuevamente por, Zacarías al nacer su hijo , Juan Bautista:

Gracias a la misericordiosa ternura de nuestro Dios, que nos traerá del cielo la visita del Sol naciente, para iluminar a los que están en las tinieblas y en la sombra de la muerte y guiar nuestros pasos por el camino de la paz” (Lc.1,78-79)

Experiencia que el mismo Jesús, ya adulto, nos anunciará, como “secreto” de la felicidad:

  • Sean misericordiosos, como el Padre de ustedes es misericordioso” (Lc 6, 36)
  • Sean perfectos como es perfecto el Padre que está en los cielos” (Mt 5, 48)
  • “Ustedes serán felices ,si sabiendo estas cosas -misericordiosamente servir- las practican” (Jn 13)

La Misericordia es ¿Exigencia o don?

La perfección del Padre es su corazón misericordioso. Por lo tanto, cuanto mas misericordiosos más parecidos al Padre seremos, pero es una perfección que es don, porque solamente quien se anime a pasar por el corazón en llamas del Padre, sin miedos, podrá alcanzar misericordia, para luego llevarla a los demás.

Pasar las bienaventuranzas por el corazón es ejercitarnos en ellas, siendo en un primer momento la oportunidad de descubrir la propia pequeñez, en un segundo momento exponerla ante la mirada llena de bondad del Padre, como lo hizo la Virgen, que canto las grandezas del Señor, porque dejo que Dios mirara con bondad su pequeñez (Magnificat), para en un tercer momento hacer con los demás lo mismo, que Dios ha hecho con nosotros…

  • La misericordia cultiva una forma de mirar que va al centro del corazón del otro y no a sus apariencias…(P. Fares –La dicha de alcanzar misericordia que experimenta el misericordioso -2005) porque se ha hecho experiencia de ser mirado con misericordia.

Otra faceta de este ejercitarse en la misericordia es lo que muy iluminativamente dice el P. Amedeo Cencini, -aunque escribe para la vida religiosa nos ayuda en lo referente a todos nuestros vínculos- :

“Si en el centro de la vida está la gracia o la experiencia de la misericordia, entonces hay espacio u lugar para todo, también para el mal; el sol de la misericordia –el fuego- divina atrae todo hacia sí y lo transforma todo; el enemigo en amigo, la huida de casa en abrazo paterno, la miseria del propio envilecimiento en banquete de fiesta, porque “aunque nuestros pecados sean como la grana, blanquearán como la nieve…(Is 1,18)”.

La gracia es lo contrario de la rabia. Es la ternura de quien es rico en misericordia.

La misericordia es una fuerza de integración por medio de la cual se nos permite, también a nosotros integrar el mal que hay en nuestro interior y a nuestro alrededor… de lo contrario el “anti-misericordioso”, es como una toxina rabiosa que deambula y corrompe e infecta todo lo que toca. En cambio la misericordia recibida -de Dios- y donada –a los hermanos- es el centro vital y el corazón que late en la existencia de cada hombre y mujer, en cada comunidad humana –comunidad religiosa, familia, comunidad de fe y de servicios- (Como ungüento precioso, -La misericordia, una fuerza integradora- pág. 190)

 

Momento Contemplativo:

  • Vamos a hacer memoria de estos últimos días, ó el día de hoy, para descubrir como dice el Salmo “desde la salida del sol hasta el ocaso…” la misericordia de Dios, dada (a mí) o donada (por mí), fue haciendo encender la Paz en el corazón.
  • Haremos luego un “dialogo de misericordia” con Cristo puesto en Cruz, para agradecer y/o pedir Gracia, para reconocer su presencia misericordiosa en toda realidad.

Cita Amedeo Cencini, esta poesía anónima, que quizás no ayude también a entender que es en el fondo la misericordia:

¿Acaso no sería este mundo mejor

si la gente con que nos cruzamos nos dijera:

“Conozco algo bueno de ti”,

y nos tratáramos según esta afirmación?

¿No sería mejor y más estimulante

si cada apretón de manos sincero y cordial

llevara consigo esta afirmación:

“Conozco algo bueno de ti?

¿No sería la vida mucho más feliz

si esa pequeña bondad

que hay en todos nosotros

fuera la única cosa nuestra

que la gente se molestara en recordar?

¿No sería la vida mucho más feliz

si alabáramos la bondad que vemos?

Hay una cantidad inmensa de bondad

en la peor parte de ustedes y de mí.

No sería también hermoso practicar

esta buena manera de pensar?

¡Conoces algo bueno de mí!

¡Yo conozco algo bueno de ti!

 

 

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Jesús y los niños1. La mansedumbre en Francisco

¡La mansedumbre me seduce tanto!

Una de las cosas que más me impactó del libro “El Jesuita”, fue cuando le preguntan a Bergoglio:

– ¿Cuál es para Ud. la más grande de las virtudes?

Y responde:

– Bueno, la virtud del amor, de darle el lugar al otro, y eso desde la mansedumbre. La mansedumbre me seduce tanto! Le pido siempre a Dios que me de un corazón manso.

 

Lo mismo respondió a otro periodista en el vuelo a Manila, en Enero de este año:

-¿Cuál cree que es la mejor manera de responder a estas amenazas de los integristas islámicos?

-Para mí, la mejor manera de responder es siempre la mansedumbre. Ser manso, humilde –como el pan– sin agredir. Esa es mi postura, pero hay mucha gente que no lo comprende” (Vuelo a Manila 15 de enero de 2015). «Jesús dice: nada de guerras, nada de odio. Paz, mansedumbre». Alguien podría objetar: «Si yo soy tan manso en la vida, pensarán que soy un necio». Tal vez es así, afirmó el Papa, sin embargo dejemos incluso que los demás «piensen esto: pero tú sé manso, porque con esta mansedumbre tendrás como herencia la tierra» (Santa Marta 9 de junio de 2014).

 

La mansedumbre para Francisco tiene que ver con “darle lugar al otro”. Y esto es algo que él practica en el trato diario, desde que recibe a alguien hasta cuando lo tiene que despedir: siempre te da un ratito más. Recuerdo de estudiante en el Máximo lo primero que “escribí” de él después de una charla: que me impresionaba la absoluta falta de impaciencia que mostraba. Y esto es parte de la mansedumbre.

 

Caligrafía inglesa

“En esto de darle lugar al otro, que es parte de la justicia, el Papa dice que desearía “hacer caligrafía inglesa”. Esto le viene de una reflexión sobre las Cartas de Pablo: “Ahora, es emblemático cómo, junto a las virtudes inherentes a la fe y a la vida espiritual —que no se pueden descuidar, porque son la vida misma—, Pablo enumera algunas cualidades exquisitamente humanas: la acogida, la sobriedad, la paciencia, la mansedumbre, la fiabilidad, la bondad de corazón. Es este el alfabeto, la gramática de base de todo ministerio. Debe ser la gramática de base de todo obispos, de todo sacerdote, de todo diácono. Sí, porque sin esta predisposición hermosa y genuina a encontrar, conocer, dialogar, apreciar y relacionarse con los hermanos de modo respetuoso y sincero, no es posible ofrecer un servicio y un testimonio auténticamente gozoso y creíble” (Audiencia 12 de noviembre de 2014).

Pero la mansedumbre no es un sentimiento almibarado

“La paz franciscana no es un sentimiento almibarado. Por favor: ¡ese san Francisco no existe! Y ni siquiera es una especie de armonía panteísta con las energías del cosmos… Tampoco esto es franciscano, tampoco esto es franciscano, sino una idea que algunos han construido. La paz de san Francisco es la de Cristo, y la encuentra el que «carga» con su «yugo», es decir su mandamiento: Amaos los unos a los otros como yo os he amado (cf. Jn 13,34; 15,12). Y este yugo no se puede llevar con arrogancia, con presunción, con soberbia, sino sólo se puede llevar con mansedumbre y humildad de corazón” (En Asis 4 de octubre de 2013).

 

“Hay una relación muy estrecha entre el don de piedad y la mansedumbre. El don de piedad que nos da el Espíritu Santo nos hace apacibles, nos hace serenos, pacientes, en paz con Dios, al servicio de los demás con mansedumbre (Audiencia 4 de junio de 2014).

El secreto para no enojarse

¿Cuál es el secreto del Papa Francisco para no “enojarse”, para ser manso, siendo que es una persona de carácter fuerte. Cómo se controla? “El secreto – dice – para no “enojarse” para ser manso en medio de las contradicciones de la vida, “se expresa en el hecho de que si a un cristiano se le pide diez, «él debe dar cien», porque «para Él el todo es Jesucristo». Este es «el secreto de la magnanimidad cristiana, que va siempre con la mansedumbre. El cristiano es una persona que ensancha su corazón con esta magnanimidad. Tiene el todo, que es Jesucristo; las demás cosas son la nada. Son buenas, sirven, pero en el momento de la confrontación elige el todo» que es Jesús” (Santa Marta, 17 de junio de 2013).

Contemplar el silencio manso de Jesús

La Mansedumbre de un pan

“Nosotros estamos entre las llagas de Jesús, dijo usted, señora. Dijo también que estas llagas tienen necesidad de ser escuchadas, ser reconocidas. Y me viene a la memoria cuando el Señor Jesús iba de camino con los dos discípulos tristes. El Señor Jesús, al final, les mostró sus llagas y ellos le reconocieron. Luego el pan, donde Él estaba. Mi hermano Domenico me decía que aquí se realiza la Adoración. También este pan necesita ser escuchado, porque Jesús está presente y oculto detrás de la sencillez y mansedumbre de un pan. Aquí está Jesús oculto en estos muchachos, en estos niños, en estas personas. En el altar adoramos la Carne de Jesús; en ellos encontramos las llagas de Jesús. Jesús oculto en la Eucaristía y Jesús oculto en estas llagas (Con los niños discapacitados en Asis, 4 de octubre de 2013).

“Apacibilidad, humildad, bondad, ternura, mansedumbre, magnanimidad son todas virtudes que se necesitan para seguir el camino indicado por Cristo. Recibirlas es «una gracia. Una gracia —especificó el Santo Padre— que viene de la contemplación de Jesús». No por casualidad nuestros padres y nuestras madres espirituales —indicó— nos han enseñado cuán importante es contemplar la pasión del Señor. «Sólo contemplando la humanidad sufriente de Jesús —repitió— podemos hacernos mansos, humildes, tiernos como Él. No hay otro camino». Ciertamente tendremos que hacer el esfuerzo de «buscar a Jesús; pensar en su pasión, en cuánto sufrió; pensar en su silencio manso». Este será nuestro esfuerzo, recalcó; después «de lo demás se encarga Él, y hará todo lo que falta. Pero tú debes hacer esto: esconder tu vida en Dios con Cristo» (Santa Marta, 12 de setiembre de 2013).

“Jesús es llamado el Cordero: es el Cordero que quita el pecado del mundo. Uno puede pensar: ¿pero cómo, un cordero, tan débil, un corderito débil, cómo puede quitar tantos pecados, tantas maldades? Con el Amor, con su mansedumbre. Jesús no dejó nunca de ser cordero: manso, bueno, lleno de amor, cercano a los pequeños, cercano a los pobres. Estaba allí, entre la gente, curaba a todos, enseñaba, oraba. Tan débil Jesús, como un cordero. Pero tuvo la fuerza de cargar sobre sí todos nuestros pecados, todos. «Pero, padre, usted no conoce mi vida: yo tengo un pecado que…, no puedo cargarlo ni siquiera con un camión…». Muchas veces, cuando miramos nuestra conciencia, encontramos en ella algunos que son grandes. Pero Él los carga. Él vino para esto: para perdonar, para traer la paz al mundo, pero antes al corazón. Tal vez cada uno de nosotros tiene un tormento en el corazón, tal vez tiene oscuridad en el corazón, tal vez se siente un poco triste por una culpa… Él vino a quitar todo esto, Él nos da la paz, Él perdona todo. «Éste es el Cordero de Dios que quita el pecado»: quita el pecado con la raíz y todo. Ésta es la salvación de Jesús, con su amor y con su mansedumbre (Parroquia, 19 de enero de 2014).

De un Jesús que está enamorado de nuestra pequeñez

“La respuesta del cristiano no puede ser más que aquella que Dios da a nuestra pequeñez. La vida tiene que ser vivida con bondad, con mansedumbre. Cuando nos damos cuenta de que Dios está enamorado de nuestra pequeñez, que él mismo se hace pequeño para propiciar el encuentro con nosotros, no podemos no abrirle nuestro corazón y suplicarle: «Señor, ayúdame a ser como tú, dame la gracia de la ternura en las circunstancias más duras de la vida, concédeme la gracia de la cercanía en las necesidades de los demás, de la humildad en cualquier conflicto»” (Navidad de 2014).

«La fidelidad cristiana, nuestra fidelidad, es sencillamente custodiar nuestra pequeñez para que pueda dialogar con el Señor». He aquí por qué «la humildad, la docilidad, la mansedumbre son tan importantes en la vida del cristiano: son una custodia de la pequeñez». Son las bases para llevar siempre adelante «el diálogo entre nuestra pequeñez y la grandeza del Señor (Santa Marta 21 de enero de 2014).

Y, ¿cuál es la actitud más profunda que debemos tener para dialogar y no pelear?

“La mansedumbre, la capacidad de encontrar a las personas, de encontrar las culturas, con paz; la capacidad de hacer preguntas inteligentes: «¿Por qué tú piensas así? ¿Por qué esta cultura hace así?». Escuchar a los demás y luego hablar. Primero escuchar, luego hablar. Todo esto es mansedumbre. Y si tú no piensas como yo —pero sabes… yo pienso de otra manera, tú no me convences—, somos igualmente amigos, yo escuché como piensas tú y tú escuchaste como pienso yo. Las murmuraciones matan igual y más que las armas. Son lo contrario a la mansedumbre, a la humildad de la que habla el Señor, a esa luz tan bella que está en perdonar” (Santa Marta 13 de setiembre de 2013).

“Para dialogar no hay necesidad de alzar la voz, «sino que es necesaria la mansedumbre». Y, además, «es necesario pensar que la otra persona tiene algo más que yo», tal como hizo David, quien, mirando a Saúl, se decía a sí mismo: «él es el ungido del Señor, es más importante que yo». Junto «con la humildad y la mansedumbre, para dialogar —añadió el Pontífice— es necesario hacer lo que hemos pedido hoy en la oración, al comienzo de la misa: hacerse todo a todos»

Es que: “El cristiano no es violento, pero es fuerte. ¿Con qué fortaleza? La de la mansedumbre, la fuerza de la mansedumbre, la fuerza del amor” (Angelus 18 de agosto de 2013).

Mansedumbre en el hablar

La mansedumbre se nota mucho en el modo de hablar: «la mansedumbre que Jesús quiere de nosotros no tiene nada que ver con la adulación de los hipócritas (que parecen mansos porque hablan suave y amablemente). La mansedumbre es sencilla, como la de un niño; y un niño no es hipócrita, porque no es corrupto. Cuando Jesús nos dice: que vuestro modo de hablar sea: “sí, sí”, “no, no”, con alma de niño (Santa Marta 4 de Junio de 2013).

“Y el Espíritu nos hace hablar con los hombres en el diálogo fraterno. Nos ayuda a hablar con los demás reconociendo en ellos a hermanos y hermanas; a hablar con amistad, con ternura, con mansedumbre, comprendiendo las angustias y las esperanzas, las tristezas y las alegrías de los demás. Pero hay algo más: el Espíritu Santo nos hace hablar también a los hombres en la profecía, es decir, haciéndonos «canales» humildes y dóciles de la Palabra de Dios. La profecía se realiza con franqueza, para mostrar abiertamente las contradicciones y las injusticias, pero siempre con mansedumbre e intención de construir. Llenos del Espíritu de amor, podemos ser signos e instrumentos de Dios que ama, sirve y dona la vida” (Pentecostés 8 de junio de 2014).

«Humildad, mansedumbre, hacerse todo a todos» son los tres elementos básicos para el diálogo. Pero aunque «no esté escrito en la Biblia —puntualizó el Santo Padre—, todos sabemos que para hacer estas cosas es necesario tragar mucha quina; debemos hacerlo, porque las paces se hacen así». Las paces se hacen «con humildad, con humillación», siempre tratando de «ver en el otro la imagen de Dios». Así muchos problemas encuentran solución, «con el diálogo en la familia, en las comunidades, en los barrios». Se requiere disponibilidad para reconocer ante el otro: «escucha, disculpa, creía esto…». La actitud justa es «humillarse: es siempre bueno construir un puente, siempre, siempre». Este es el estilo de quien quiere «ser cristiano», aunque —admitió el Papa— «no es fácil, no es fácil». Sin embargo, «Jesús lo hizo, se humilló hasta el fin, nos mostró el camino». El Pontífice dio luego otro consejo práctico: para abrirse al diálogo «es necesario que no pase mucho tiempo». En efecto, hay que afrontar los problemas «lo antes posible, en el momento en que se puede hacer, cuando ha pasado la tormenta». Inmediatamente hay que «acercarse al diálogo, porque el tiempo hace crecer el muro» (Santa Marta 24 de enero de 2013).

Mansedumbre al corregir

«Antes que nada —afirmó el Pontífice—, el consejo que da para corregir al hermano, lo hemos oído el otro día, es llevar aparte a tu hermano que se ha equivocado y hablarle», diciéndole: «Pero hermano, en esto creo que no has obrado bien». Y «llevarlo aparte» significa precisamente «corregirlo con caridad». Porque «no se puede corregir a una persona sin amor y sin caridad». Sería como «hacer una operación quirúrgica sin anestesia», con la consecuencia de que el enfermo moriría de dolor. Y «la caridad es como una anestesia que ayuda a recibir la curación y aceptar la corrección». Entonces, el primer paso hacia el hermano: «llevarlo aparte, con mansedumbre, con amor, y hablarle».

Mansedumbre y discernimiento

“¿Pero cómo es la luz que nos ofrece Jesús? «Podemos reconocerla —explicó el Santo Padre— porque es una luz humilde. No es una luz que se impone, es humilde. Es una luz apacible, con la fuerza de la mansedumbre; es una luz que habla al corazón y es también una luz que ofrece la cruz. Si nosotros, en nuestra luz interior, somos hombres mansos, oímos la voz de Jesús en el corazón y contemplamos sin miedo la cruz en la luz de Jesús». Pero si, al contrario, nos dejamos deslumbrar por una luz que nos hace sentir seguros, orgullosos y nos lleva a mirar a los demás desde arriba, a desdeñarles con soberbia, ciertamente no nos hallamos en presencia de la «luz de Jesús». Es en cambio «luz del diablo disfrazado de Jesús —dijo el obispo de Roma—, de ángel de luz. Debemos distinguir siempre: donde está Jesús hay siempre humildad, mansedumbre, amor y cruz. Jamás encontraremos, en efecto, a Jesús sin humildad, sin mansedumbre, sin amor y sin cruz».

“Él hizo el primero este camino de luz. Debemos ir tras Él sin miedo, porque «Jesús tiene la fuerza y la autoridad para darnos esta luz». Una fuerza descrita en el pasaje del Evangelio de la liturgia del día, en el que Lucas narra el episodio de la expulsión, en Cafarnaún, del demonio del hombre poseído (cf. Lc 4, 16-30). «La gente —subrayó el Papa comentando el texto— era presa del temor y, dice el Evangelio, se preguntaba: “¿qué clase de palabra es ésta? Pues da órdenes con autoridad y poder a los espíritus inmundos, y salen”. Jesús no necesita un ejército para expulsar los demonios, no necesita soberbia, no necesita fuerza, orgullo». ¿Cuál es ésta palabra que «da órdenes con autoridad y poder a los espíritus inmundos, y salen?», se preguntó el Pontífice. «Es una palabra —respondió— humilde, mansa, con mucho amor». Es una palabra que nos acompaña en los momentos de sufrimiento, que nos acercan a la cruz de Jesús” (Santa Marta 3 de setiembre de 2013).

Mansedumbre contra la “avaricia”

“Contra la vanidad, contra el orgullo «se necesita mansedumbre». Es más, «éste es el camino de Dios, no el del poder idolátrico que puede darte el dinero. Es el camino de la humildad de Cristo Jesús que siendo rico se hizo pobre para enriquecernos precisamente con su pobreza” (Santa Marta 20 de setiembre de 2013).

Mansedumbre es la virtud de los pastores

“Los Obispos han de ser Pastores, cercanos a la gente, padres y hermanos, con mucha mansedumbre; pacientes y misericordiosos. Hombres que amen la pobreza, sea la pobreza interior como libertad ante el Señor, sea la pobreza exterior como simplicidad y austeridad de vida” (Encuentro con el Celam 28 de Julio de 2013) febrero de 2014).

Mansedumbre que atrae

«La Iglesia, nos decía Benedicto XVI, crece por atracción, por testimonio. Y cuando la gente, los pueblos ven este testimonio de humildad, de mansedumbre, de apacibilidad, sienten la necesidad» de la que habla «el profeta Zacarías: “¡Queremos ir con vosotros!” (Santa Marta 1 de octubre de 2013).

Vs ideologías

«Cuando un cristiano se convierte en discípulo de la ideología, ha perdido la fe y ya no es discípulo de Jesús». La ideología implica “todo un proceso espiritual y mental» que lleva a que la fe pase «por un alambique» transformándola en «ideología». Pero «la ideología no convoca. En las ideologías no está Jesús. Jesús es ternura, amor, mansedumbre, y las ideologías, de cualquier sentido, son siempre rígidas». Se corre el riesgo de hacer al cristiano «discípulo de esta actitud de pensamiento» antes que «discípulo de Jesús»” (Santa Marta 17de octubre de 2013).

Comencemos en casa

Comencemos en casa. Justicia y paz en casa, entre nosotros. Se comienza en casa y luego se sigue adelante, a toda la humanidad. Pero debemos comenzar en casa. Que el Espíritu Santo actúe en nuestro corazón, rompa las cerrazones y las durezas y nos conceda enternecernos ante la debilidad del Niño Jesús. La paz, en efecto, requiere la fuerza de la mansedumbre, la fuerza no violenta de la verdad y del amor (1 de enero de 2014).

 

Momento de reflexión

Diego Fares sj

2. La dicha de los mansos y la posesión de la tierra

 

La bienaventuranza de la mansedumbre dice así: “Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra” (Mt 5, 4).

 

El fruto de la mansedumbre: la posesión de la tierra “en la que andas como peregrino”

 

El Señor liga la mansedumbre con la dicha de la posesión de la tierra. Para Israel la posesión de la tierra prometida era, junto con la descendencia, “la bienaventuranza”.

Recordemos lo que Dios le promete a Abraham:

“Te haré fecundo sobremanera, te convertiré en pueblos, y reyes saldrán de ti. Estableceré mi alianza entre nosotros dos, y con tu descendencia después de ti, de generación en generación: una alianza eterna, de ser yo el Dios tuyo y el de tu posteridad. Yo te daré a ti y a tu posteridad la tierra en que andas como peregrino, todo el país de Canaán, en posesión perpetua, y yo seré el Dios de los tuyos» (Gn 17, 6-8).

En la posesión de la tierra se expresan todas las demás bendiciones. Es una tierra que Yavéh conquista para su pueblo y que este, para poseerla en paz, debe cumplir con la Ley.

“Harás lo que es justo y bueno a los ojos de Yahveh para que seas feliz y llegues a tomar posesión de esa tierra buena de la que Yahveh juró a tus padres que arrojaría a todos tus enemigos ante ti” (Dt 6, 18-19).

 

La mansedumbre: clave del trabajo, la economía y la política

Para nosotros, generalmente, esta bienaventuranza se traslada a la posesión del cielo. Sin embargo, ya que hay otras que hablan del reino de los cielos, es mejor mantener esta en su ligazón con la tierra. Hay una manera cristiana de “poseer la tierra”, de habitar la casa, de gestionar la economía, de hacer política, de trabajar, producir y negociar La mansedumbre es la clave de la posesión cristiana de la tierra y por tanto es la clave del trabajo, de la economía y de la política.

 

La primera tierra es el propio corazón

Ahora bien, la primera “tierra” es el propio corazón. Hay una relación profunda entre la posesión del propio corazón –en la paz, la contención, la no agresión y mansedumbre- y la posesión de la tierra: del hogar, de la comunidad, del lugar apostólico, de la ciudad y la patria.

 

Mansedumbre y tiempo

Esa relación se puede expresar diciendo que “poseer un espacio requiere tiempo”, un tiempo largo, amansado: porque para poseer un espacio hay que caminarlo, cultivarlo, construirlo, adornarlo, protegerlo. Uno puede conquistar o destruir en un momento, violentamente, un espacio, pero para poseerlo se requiere mansedumbre: la mansedumbre del habitar, del trabajar, del caminar. La imagen de Abraham es la del que peregrina en la misma tierra que el Señor le ha prometido, sin poseerla. Solo poseerá la primicia en la cuevita donde entierra a Sara su esposa.

 

Los que disputan espacios que luego no cultivan

Lo contrario de poseer la tierra es el disputar espacios. En toda disputa de espacios se esconde una falta de mansedumbre y un deseo de poder. Hay disputas abiertas y disputas solapadas, no siempre fáciles de discernir. Pero por los frutos se puede ver con claridad: los que tienen deseo de poder disputan espacios que luego no cultivan. Conquistan pero no hacen ni dejan hacer a otros. Acumulan territorios –trabajos, cargos, responsabilidades…- que cuando ellos no pueden atender nadie más los atiende porque no formaron equipos ni trabajaron con otros. Esto viene de la falta de mansedumbre en el propio corazón, de no haber encontrado el propio espacio, el propio lugar y entonces andar peleando por el de otros. Y luego de conquistado, dejar que se estropee. El violento, conquista y luego desprecia, abandona. El manso, si no es bien recibida su paz, sacude el polvo de sus sandalias y se va a otra ciudad, a otro puesto.

La mansedumbre apunta al tiempo no a los espacios. Abraham es nuevamente la imagen del que, en la disputa entre sus pastores y los de Lot le deja elegir a su sobrino la mejor tierra y él se queda con el resto, que, paradójicamente, con el tiempo será la tierra prometida.

 

Mansedumbre y responsabilidades

La mansedumbre soluciona y contiene los conflictos desde arriba. Por eso una imagen linda es la de la apacibilidad y estrechez de la casa familiar, del convento que se abre a la inmensidad del cielo, de la obra pequeña en la que uno trabaja: allí la tierra justa que uno puede poseer se abre a la trascendencia. A la dimensión vertical que hace fecunda esa parcelita.

Martín Descalzo, en “El dulce reino de la tierra” cita a Bernanos, que escribía acerca de cuánto había amado este dulce reino de la tierra. Y Descalzo reafirma esta convicción: los cristianos amamos la tierra. La tierra poseída con mansedumbre es parte del reino de los cielos. Jesús amó nuestra tierra, nuestros santos la amaron. Santa Teresa llamaba “paraíso” a su pequeño convento de San José. Ignacio amaba ese rinconcito en la terraza del Gesú donde cabía el banquito en el cual se sentaba para llorar mansamente mirando el cielo estrellado.

Poseer en paz la propia tierra, extendiendo estos pequeños lugares de oración y de trabajo por toda el mundo, es un testimonio vivo de esta bienaventuranza. Al poseer bien la tierra uno se vuelve manso. Y viceversa. Podríamos decir que la altura del cargo que un cristiano debe tener se relaciona con la anchura de la tierra cuyos conflictos pueda sostener y conducir en paz, con mansedumbre.

 

Las bienaventuranzas son “ejercicios espirituales”.

Las bienaventuranzas son “ejercicios espirituales”. Si uno se ejercita orando con ellas, haciéndolas consciente, interpretando lo que siente desde su dinamismo y poniéndolas en práctica, son como una respiración que asciende al cielo como ruego y desciende como bendición. Lo importante es la conexión que establecen entre la persona y Dios nuestro Señor.

Soy pobre, y al conectarme con Dios mi Padre y presentarle mi pobreza esta inclina la bondad del Señor hacia mí y me otorga su bendición.

Estoy afligido, y al presentarle al Señor mis lágrimas ellas me atraen su consolación.

Reacciono con mansedumbre, no agrediendo, conteniéndome, y al practicar esta actitud, el Señor me bendice atrayéndome la verdadera autoridad que me hace poseer el espacio en disputa, la tierra.

 

Dejarnos sostener por Jesús, el único manso y humilde de corazón, Dueño de toda la tierra

A veces consideramos la mansedumbre de Jesús solo en su aspecto subjetivo, como virtud interior. Pero hace bien ponerla en relación con el aspecto objetivo de la “posesión de la tierra”. Jesús es manso porque es Dueño de todo, Señor de todo, Cabeza y Recapitulador del universo. Y es Dueño de todo poseyéndolo con mansedumbre, ganando lo que es suyo por creación con el poder atractivo de su amor, no con violencia ni como si fuera un amo despótico.

El Señor es el único manso y humilde de corazón y el que lo posee todo. Por eso para practicar la mansedumbre tenemos que mirarlo a él, aprender de él y dejarnos “descargar de agobios e iras” por él. En Mateo 11, el Señor muestra “los júbilos de su corazón”, como titula la biblia de la BAC:

“En aquel tiempo, tomando Jesús la palabra, dijo: «Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, Porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños. Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce bien al Hijo sino el Padre, ni al Padre le conoce bien nadie sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. «Vengan a mí todos los que están fatigados y sobrecargados, y yo les daré descanso. Tomen sobre ustedes mi yugo, y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallarán descanso para sus almas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera» (Mt 11, 11, 25-30).

Contemplamos al Señor a quien el Padre “le ha entregado todo”. Contemplarlo como el Dueño de todo, como el que con su mansedumbre llegó a poseer lo que era suyo por derecho, contemplar cómo muestra su interior y nos manifiesta sus sentimientos más hondos -lo que le alegra y consuela- nos hace bien. Porque la alegría tiene una belleza contagiosa. Simplemente mirar a Jesús contento, lleno de gozo, sonriente, con los ojos iluminados… nos hace bien. El sentimiento del Señor es el de un corazón manso y humilde, un corazón contenido en sí mismo, que se eleva al Padre y que mira las angustias de los hombres sin sentir desborde sino sintiendo amplitud. ¿Por qué? Porque el es Dueño de todo y mira a todos como “viniendo a El” y se mira a si mismo como “aliviando”, sosteniendo y cargando a todos sobre sus hombros de buen Pastor.

Ver a Jesús cargando la cruz de todas las personas con las que nos cruzamos, verlo como el que está sosteniendo a cada uno con amor, es fuente de consuelo y de colaboración. Confiar en que él nos carga a cada uno descansa y alivia. Y ayuda a confiar también en el otro, en sus posibilidades y capacidades.

 

La fuerza persuasiva del Espíritu vs la fuerza coactiva de la materia

Guardini, en su libro sobre el Poder, nos dice que toda la vida de Jesús fue una transposición del poder en humildad, en mansedumbre. Ejerció su Señorío con mansedumbre y humildad. Pero esa mansedumbre es Señorío efectivo, más real que el de los políticos y poderosos. Lo que pasa es que nosotros disociamos mansedumbre y posesión. ¿Por qué? Porque no comprendemos la diferencia entre el Señorío de la materia y el del Espíritu. Martini dice que la mansedumbre indica la capacidad de distinguir la esfera de la materia, donde lo que actúa es la fuerza, de la esfera del Espíritu, donde actúa la persuasión del testimonio auténtico.

El manso es el que, a imagen de Jesús, no usa la coacción física, ni la manipulación verbal, ni la prepotencia moral, sino que con sumo respeto por la libertad del otro, se contiene a sí mismo y por eso persuade, al actuar con amor y servicialidad. Es Señor mansamente, con esa moderación, benevolencia, dulzura y paciencia que provienen del Espíritu de mansedumbre (Gal 5, 22).

La mansedumbre apunta al núcleo del corazón del otro para que el otro se mire a sí mismo y quiera cambiar desde adentro. La violencia en cambio acciona sobre el exterior del otro, empujando y rechazando o agrediendo su fuerza exterior. Para la oración puedo elegir los gestos de dulzura y mansedumbre del Señor que más me hagan bien mientras miro aquellos “espacios” y “situaciones” que deseo poseer o en las que estoy implicado y tengo que gestionar, esas cosas que me irritan y desasosiegan, para que la mansedumbre del Señor me ayude a “ver” a su manera los conflictos y así poder llevarlos en paz.

 

La mansedumbre de María y su invitación a obrar como Jesús

Pedro le dirá a las mujeres: “que su adorno no esté en el exterior sino en lo oculto del corazón, en la incorruptibilidad de un alma llena de mansedumbre y de paz” (1 Pe 3, 3-4). Desde esta perspectiva miramos a nuestra Señora: todo en María es dulzura y mansa paz.

Es mansa en sus gestos porque es mansa en los movimientos interiores de su corazón. Cuando el Ángel le anuncia la Encarnación, hasta el desconcierto y la turbación son mansos en María. Está activa y todos sus sentimientos despiertos y conscientes, pero sin agresividad, sin sospecha alguna. Sus dudas y temores se apaciguan prontamente al escuchar con atención lo que el Ángel le dice.

Es mansa en sus acciones. También su prontitud para ir a servir y el encuentro con Isabel su prima, muestran un alma mansa, que se entrega y canaliza sus energías positivamente, yendo a servir, alegrándose con los encuentros humanos, bendiciendo a Dios.

Es mansa al interpretar las cosas que suceden. La lectura que hace María de la historia es lúcida y mansa. Como que ella ve cumpliéndose el deseo de su Hijo de que todos –hombres y pueblos- vengan a él. En Caná, la atención de María a lo que falta, indica también un alma receptiva, atenta a lo que sucede a su alrededor, atenta a la situación presente. Lo cual es indicativo de que no está sumida en las fluctuaciones de su propio yo, en los vaivenes de una afectividad agitada en torno al propio centro. Todo lo que hace, siente y piensa nuestra Señora lo hace, lo siente y lo piensa con dulzura y paz. María es mansa de corazón. Y por eso genera un espacio en torno a sí que convierte la tierra en santuarios y los caminos en lugar de peregrinación hacia ella.

 

Momento de Contemplación

Hna Marta Irigoy md

3.  “Felices los mansos, porque poseerán la tierra…de su propio corazón”

“Aprendan de Mí,

que soy manso y humilde de corazón

y así encontrarán alivio…” (mt.11,28)

 

La Bienaventuranza de los mansos, está íntimamente unida a la de la pobreza. Muchos autores dicen que son una misma. Que pobreza y mansedumbre son una misma realidad.

 

La tradición bíblica, relaciona al manso con el pobre de corazón. En el sustrato bíblico hebreo o arameo, “es difícil -escribe es P. Jacques Dupont, osb- , encontrar una diferencia de matiz apreciable entre la Bienaventuranza de los pobres y la de los mansos. Ambas se refieren a los anawim” (Martín Neyt, osb. -Cuadernos Monásticos Nº 149)

Este término –anawim- en su principio se refería a todos los que sufrían pobreza económica, luego se aplicó a aquellos que no podían confiar en sus propias fuerzas y referían su vida solamente a Dios.

 

Jesús que no sólo predicó las bienaventuranzas, sino que las vivió en su vida, mostró el modo de vivir la vida en una plenitud hasta su tiempo jamás oída. La plenitud que da la entrega.

 

Contemplar el corazón de Jesús, nos ayuda a asomarnos a ese “aula-corazón”, donde podemos aprender los primeros balbuceos de este nuevo modo de hablar, de vivir, de mirar, de confiar, de esperar…porque, como dice el mismo Jesús: “de la abundancia del corazón habla la boca” (Mt 15, 18a)…y los gestos…

El secreto es aprender de Él, que es “el Manso y el Humilde” para encontrar el alivio que reclama todo corazón.

 

El secreto de la mansedumbre = Saberse creado por amor

Nuestros entornos sociales, tan hundidos en la violencia, la agresión y la disputas por el poder, revelan las consecuencias de haber desalojado del corazón del hombre y la mujer, la certeza de saberse creados por amor y para amar.

Basta salir a la calle –aunque muchas veces lo padecemos en nuestro hogar o en la propia interioridad– para vernos amenazados por gestos y palabras agresivas. Mirando nuestro mundo, lo contemplamos como un huérfano. Un huérfano de amor, que no ha descubierto que tiene un Padre que lo ama y siente su dolor como propio.

Asistimos a discursos que con sus palabras y gestos nos revelan que sus actos brotan de corazones que no poseen paz, alivio, ni serenidad.

Son corazones que no han recibido “caricias”, que como, dice Piet Van Breemen (“Como pan que se parte”) , que en el griego clásico se dice: “PRAUTES” –mansedumbre- y es una palabra que lleva implícita una caricia.

Se trata entonces, de captar esta relación que existe entre falta de palabras y gestos mansos, que acaricien la vida y despierten al hombre y mujer de esa gran pesadilla de no sentirse valiosos y dignos del amor de nadie y que a través de nuestras palabras y gestos acariciantes puedan descubrir: “Un Padre que es el más tierno de todos los padres”, como dice el P. Hurtado.

Un corazón que lucha por espacios –puestos, roles, afectos, lugares, etc…-, es un corazón que todavía no es dueño de su interior. No es un corazón manso que con sus gestos y palabras acaricia, sino que estos brotan de heridas, que siguen supurando y contagiando su infección a todos los que salen a su paso…

 

Saberse aceptado por amor

Quien ha experimentado su pobreza, la ha gustado hondamente en su amargura, y la ha aceptado como una compañera de camino, seguramente, en el andar ha ido saboreando su dulzura escondida.

Este proceso, “de nacer de lo alto” (Jn 3, 1-5), será un proceso fecundo si fue gestando y dando a luz la certeza de saberse aceptado por el Amor de Dios. Un Dios que solamente busca que sus hijos estén cerca de Él.

Este proceso es lo que hace posible la posesión de esa tierra, que es la más difícil de poseer: la tierra del propio corazón. Seremos felices porque poseeremos ese lugar más hondo en donde brotan las palabras y gestos acariciadores…seremos felices porque acariciaremos a los demás, ya que para esto hemos sido creados por amor: para amar y desde esta experiencia de aceptación profunda, poder servir.

Es muy iluminador lo que dice, Van Bremen sobre “la mansedumbre evangélica –prautes- , es fruto de una profunda toma de conciencia del amor que Dios me tiene tal como soy. Cuando estoy seguro de que Dios me acepta, puedo permitirme ser manso, porque si para Dios tengo tanto valor, ya no tengo necesidad de afirmarme. La certeza de la infinita ternura que Dios siente por mí me libera de todo interés propio; en consecuencia, puedo abrirme a los demás y cumplir mi tarea sin darme importancia. Y el resultado de todo ello es un desinterés por mí mismo que hace que mi actitud sea serena y benéfica “Te he llamado por tu nombre”)”.

Quisiera resaltar esto que dice Van Bremen:

“La certeza de la infinita ternura que Dios siente por mí me libera de todo interés propio”

Quien no ha tenido gestos de ternura, está incapacitado para tener gestos y palabras de ternura. Un niño que es criado en un entorno violento, será un niño violento y si no encuentra ternura en los lugares que se lo confía: escuela, club, sociedad de fomento, comunidad de fe, etc… nunca descubrirá a un Dios que es el más tierno de todos los padres, como decíamos más arriba.

 

Por que la ternura nos desarma. Nos hace vulnerables y es la que prepara la tierra de nuestro corazón para la siembra de esas palabras y gestos acariciadores que luego darán su fruto a su debido tiempo (Parábola de la semilla que crece por sí sola Mc 4, 26 ss). Es un trabajo de toda la vida y para toda la vida…

 

MOMENTO PARA CONTEMPLAR:

Preguntas que pueden ayudar:

  • ¿ Qué sentimientos quedan en tu corazón después de todo lo leído?
  • ¿Son tus gestos y palabras acariciadores?
  • “La ternura cambiará el mundo” ¿crees que esto o hará posible? ¿por qué?

Para terminar:

 

Valgan las palabras de un monje budista camboyano (Javier Melloni-sj- “Este texto llegó a mis manos gracias a un compañero jesuita que trabaja en Camboya, en poblados con mutilados de guerra.”).

 

“El sufrimiento de nuestro país ha sido profundo.

De este sufrimiento surge una gran ternura.

La ternura pone paz en el corazón.

Un corazón pacífico da paz al ser humano.

Un ser pacífico pone paz en una familia.

Una familia pacífica pone paz en una comunidad.

Una comunidad pacífica pone paz en una nación.

Una nación pacífica pone paz en el mundo”.

 

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