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Archive for the ‘Encuentros de Oración’ Category

 

bandera de misericordia (1).jpg

Lectura de la meditación de Dos Banderas

“Comenzaremos juntamente contemplando su vida (de Jesús), a investigar y a preguntar en qué vida o estado se quiere servir de nosotros su Divina Majestad; y así para alguna introducción de esto, en el primer ejercicio siguiente veremos la intención de Cristo nuestro Señor y, por el contrario, la (intención) del enemigo de (nuestra) naturaleza humana; y (veremos) cómo (nuestra intención) debe ser disponernos para alcanzar la perfección en cualquier estado o vida que Dios nuestro Señor nos diere para elegir.

Meditación de dos banderas,

una de Cristo, sumo capitán y Señor nuestro; la otra de Lucifer, mortal enemigo de nuestra humana naturaleza.

Oración preparatoria:

“… que todas mis intenciones, acciones y operaciones (imaginar, recordar, razonar, sentir, desear…) estén puramente ordenadas en servicio y alabanza de su divina majestad” (EE 46).

Preámbulos:

1º (Recordar) la historia: será aquí cómo Cristo llama y quiere a todos debajo de su bandera, y Lucifer, al contrario, debajo de la suya (es decir: a sus órdenes, siguiendo sus intenciones).

El 2º: Imaginar el lugar; será aquí ver un gran campo de toda aquella región de Jerusalén, adonde el sumo capitán general de los buenos es Cristo nuestro Señor; otro campo en región de Babilonia, donde el caudillo de los enemigos es Lucifer.

El 3º: pedir lo que quiero; y será aquí pedir conocimiento de los engaños del mal caudillo y ayuda para guardarme de ellos, y conocimiento de la vida verdadera que muestra el sumo y verdadero capitán, y gracia para imitarlo.

Puntos (para  meditar)

Imaginar así como si se asentase el caudillo de todos los enemigos en aquel gran campo de Babilonia, como en una gran cátedra de fuego y humo, en figura horrible y espantosa.

Considerar cómo hace llamamiento de innumerables demonios y cómo los esparce a los unos en tal ciudad y a los otros en otra, y así por todo el mundo, no dejando provincias, lugares, estados, ni personas algunas en particular.

Considerar el sermón que les hace, y cómo los amonesta para echar redes y cadenas; que primero hayan de tentar de codicia de riquezas, como suele (tentar) en la mayor parte de los casos, para que más fácilmente vengan a vano honor del mundo, y después a crecida soberbia; de manera que el primer escalón sea de riquezas, el 2º de honor, el 3º de soberbia, y de estos tres escalones induce a todos los otros vicios.

Así por el contrario se ha de imaginar del sumo y verdadero capitán, que es Cristo nuestro Señor.

Considerar cómo Cristo nuestro Señor se pone en un gran campo de aquella región de Jerusalén en lugar humilde, hermoso y gracioso.

Considerar cómo el Señor de todo el mundo escoge tantas personas, apóstoles, discípulos, etc., y los envía por todo el mundo, esparciendo su sagrada doctrina por todos estados y condiciones de personas.

Considerar el sermón que Cristo nuestro Señor hace a todos sus siervos y amigos, que a tal jornada envía, encomendándoles que a todos quieran ayudar en traerlos, primero a suma pobreza espiritual, y si su divina majestad fuere servida y los quisiere elegir, no menos a la pobreza actual; 2º, a deseo de oprobios (vergüenza pública) y menosprecios (ninguneos), porque de estas dos cosas se sigue la humildad; de manera que sean tres escalones: el primero, pobreza contra riqueza; el 2º, oprobio o menosprecio contra el honor mundano; el 3º, humildad contra la soberbia; y de estos tres escalones induzcan a todas las otras virtudes.

Coloquios

Conversación con nuestra Señora, para que me alcance gracia de su hijo y Señor, para que yo sea recibido debajo de su bandera, y 1º en suma pobreza espiritual (pobreza interior), y si su divina majestad fuere servido y me quisiere elegir y recibir, no menos en la pobreza actual (pobreza de cosas o dinero); 2º, en pasar oprobios y injurias por más en ellas imitar (a Jesús), sólo que las pueda pasar sin pecado de ninguna persona (que el otro no se de cuenta, digamos, o crea que nos hace un bien) ni displacer de su divina majestad, y con esto una Ave María. 2º Pedir otro tanto al Hijo, para que me alcance del Padre, y con esto decir Alma de Cristo. 3º Pedir otro tanto al Padre, para que él me lo conceda, y decir un Padre nuestro” (EE 135-147). 

Momento de meditación

Diego Fares sj

Hay que comprender bien esta meditación con la que San Ignacio da inicio al proceso de elección. El dice que “comenzaremos juntamente a contemplar la vida de Jesús y a preguntar en qué vida o estado, se quiere servir de nosotros su Divina Majestad” (EE 135). Agrega Ignacio que de lo que se trata es de “intenciones”. Las Banderas son señal de “la intención de Cristo nuestro Señor y, por el contrario, de la (intención) del enemigo de natura humana”. La intención nuestra nos invita a ponerla en “perfeccionarnos”. Da por supuesto que nadie voluntariamente hará lo que desea el demonio (por eso la petición es de “conocer sus engaños”). El asunto es “perfeccionarnos” en la vida verdadera, ir subiendo escaloncito por escaloncito en el camino del bien. Por eso nosotros tenemos que considerar “cómo nos debemos disponer para venir en perfección en cualquier estado o vida que Dios nuestro Señor nos diere para elegir”. Es decir: no importa tanto si el Señor nos da a elegir, por ejemplo, estado de vida religiosa o matrimonial, o una misión o la otra, sino que nuestro deseo e intención debe ser “perfeccionarnos” en lo que le agrada al Padre, dar un paso adelante en la misericordia y en la caridad.

Dos intenciones que se hacen notar

La dos Banderas, los estandartes que Jesús y el demonio levantan y hacen ver, son pues, sus Intenciones.

La intención del enemigo de natura humana o Caudillo de todos nuestros enemigos, es engañarnos.

La intención de nuestro sumo y verdadero Capitán, Cristo, es darnos vida verdadera.

Esta percepción de Ignacio requiere que nos detengamos un momento. Fijémonos cómo el demonio no intenta hacernos mal directamente –matarnos, poseernos, hacernos sufrir…-, sino que lo que trata es de engañarnos. Cuando somos engañados, el mal nos lo hacemos los hombres a nosotros mismos!!! Las tentaciones no son con “cosas malas en sí”. No es el problema la riqueza sino “codiciarla”, en vez de compartirla justamente. En cambio el Señor no solo nos muestra la vida verdadera, sino que nos da ayuda y gracia.

Nuestra intención natural de mejorar, se confrontará por tanto con la intención del mal espíritu, que quiere engañarnos y con la intención de Jesús, que es darnos vida verdadera. Dos Banderas es un ejercicio de discernimiento: se trata de recibir la gracia de conocer los engaños del mal espíritu para guardarnos de ellos y de conocer la vida verdadera de Jesús y pedir la gracia para imitarla (EE 139).

Comprender bien estas dos “banderas” que vemos alzadas en alto como invitándonos a seguirlas, es clave para nosotros, que por naturaleza vamos donde nos llaman o seguimos siempre a alguien que opina o convoca. No se trata, como vemos, en primer lugar de ideas o virtudes. Ignacio describe los tres escalones: riqueza, vanidad y soberbia contra pobreza, humillaciones y humildad. Pero detrás de estas propuestas escalonadas –en las que un paso en esa dirección apunta y se refuerza por el siguiente paso- lo que hay que discernir son las intenciones de los que nos las proponen.

Escalones

Y aquí viene lo curioso. Lo obvio es pensar que el enemigo de natura humana intente que “elijamos riqueza, vanidad y soberbia”, como groseras actitudes opuestas a la sublime pobreza, deseo de humillaciones con Cristo humillado y humildad. Pero me animaría a decir que para nada es así. Hay que prestar atención al nombre que Ignacio da a esto que nosotros llamamos vicios y virtudes. Los llama escalones. Esto equivale a decir que, si uno se toma la foto y ve dónde está parado en la vida, no importa en sí mismo cuánta plata u honores tenga, sino la dirección que toma. El escalón donde uno está parado será de pobreza o de riqueza según si uno agarra para el lado de acumular o de desprenderse. Tenés dos monedas: el asunto es si buscás algún mendigo para darle una de limosna o guardás las dos y sólo pensás en cómo ganar más plata para vos.

El escalón o mejor “los escalones” pobreza/riqueza, por los que venís subiendo o bajando, en cierto punto se te transforman en los escalones vano honor mundano/humillaciones y menosprecios. En cierto punto, en que te podés decir que estás bien (porque experimentás que tenés y podés comprar lo que querés), los escalones cambian de sentido. Pasan a ser una especie de escalera mecánica, en la que tu deseo comienza a ser el de que te reconozcan, te nombren, te hagan pasar primero, te voten y hagan lo que vos decís…

El “honor del mundo” se vive como una riqueza y plenitud interior, espiritual, con menos límites que las riquezas materiales. Y se pasa a ambicionar esta fama y este poder que tienen que ver con poseer no cosas sino personas.

Por el contrario, si bajás algunos escalones de pobreza y le comenzás a tomar el gusto a esa sobriedad en la que sentís que tenés lo que necesitás y gozás compartiéndolo con los que tienen menos. La escalera mecánica podría dispararse para el lado de la vanidad -de compartir bienes para tener aplausos y fama-, pero si uno se mete de verdad a compartir, esta alegría y la necesidad tan grande de tanta gente, hacen que sea difícil “envanecerse” de la pobreza. Todo lo que uno pueda dar no alcanza y la vanidad no entra dentro de un alma cuyo “muro” es la pobreza, como decía Ignacio. Curiosamente, el que baja escalones en esta dirección, como ha hecho el Papa Francisco, si bien en un primer momento suscita admiración, en cierto momento comienza a generar irritación en los que van en la otra dirección. Por supuesto que la crítica se disimula. En el caso del Papa es claro: en muchos que dicen criticar la doctrina lo que les irrita profundamente es que les toque la guita y la carrera, que desacralice su amor por el dinero y la mundanidad espiritual en la que se mueven.

Aquí viene otra paradoja. Si en el paso de pobreza a humillaciones o de riqueza a vanos honores se da un aceleración –de subir o bajar a pie, se pasa a subir o bajar por escalera mecánica y a veces hasta por ascensor-, en el paso de estos dos escalones al de humildad o soberbia se da un misterioso cambio de dirección. El que subía de a dos los escalones de la riqueza y los honores, comienza a bajar, porque aunque suba rápido sólo sube a la altura de su propio ego y del ego del mundito que lo idolatra. El que bajaba poco a poco por los escalones de la pobreza y de las humillaciones, de pronto comienza a subir, porque el Reino de los Cielos ha bajado con toda su altura y profundidad a nuestra tierra y el que camina en ese reino, siempre asciende y crece a la altura de la Misericordia del Padre.

El último escalón –o ámbito de escalones- es el definitivo.

O uno se para en su propio ego y autoafirmación de sí, como alguien que hace lo que quiere,

o uno se para en el escalón de la humildad del Reino, que nos pone en relación filial con nuestro Creador, fuente de nuestra vida y alegría, que nos pide una mano para servir y ayudar a los demás.

Aquí se revelan el engaño y la vida verdadera. El engaño no consiste en que las riquezas y la fama no sean reales y placenteras, el engaño es hacernos creer que nos pueden agregar “altura”, que nos pueden alargar la vida. La vida verdadera es verdadera Vida, con mayúsculas, porque no es solo la nuestra, es la Vida del Señor la que se nos da y, esa Vida sí que se alarga y plenifica, porque es eterna.

Avivarse

Automatizar este olfato espiritual es la gracia del discernimiento. Que apenas alguien alce una bandera, invite a opinar a favor o en contra o a tomar la actitud de seguirlo o dejarlo, sepamos por intuición si es un engañador que nos presenta espejitos de colores o Alguien sincero que nos ofrece vida verdadera.

Hacer connatural este discernimiento, digo, es la clave de la vida espiritual.

Y si uno duda, la clave está en saber con quién aconsejarse.

Esto son las dos Banderas: unos criterios que nos da el Señor para que nos avivemos. Para que sepamos discernir, en medio de una tentación, que a veces es casi irresistible, de poseer cosas y de ganar puestos, que seguir subiendo por esos escalones lo fogonea alguien que intenta engañarnos. Sea cual fuere el escalón de riqueza y fama en el que estemos parados, la dirección no es seguir subiendo irrestrictamente. Parar la mano y mirar para abajo, donde está la mayoría de la humanidad, y mirar cómo bajó por esos escalones Jesús, hasta encontrarse con los que están debajo de todo, es el camino correcto. Podemos dar un pasito hacia ellos. Y paradójicamente, como decíamos, yendo hacia abajo por los escalones de dejar algún bien para los demás y no andar preocupado por nuestra fama, el último escalón, el de la humildad, tiene una curiosa subida. Cuando bajamos hacia los demás, subimos un escalón de “cielo”. Un cielo que está a la altura del suelo, gracias a que Jesús lo bajó a esta realidad, pero que es una subida cualitativamente infinita. Por los otros dos escalones, cuando vamos subiendo hacia la riqueza y la fama, también el tercero es de subida, pero a la altura de nuestro propio yo, que dejado a sí mismo, suele ser bastante peticito. Nada más digno de burla que un soberbio que no se da cuenta que sólo está subido a su propia altura.

Embanderarse

Embanderarse para siempre da miedo y suscita cierto escepticismo. Especialmente si uno ya se embanderó de joven y luego constata que no bajó mucho por los escalones de la pobreza, que sigue estando atento a la aprobación ajena y que no ha profundizado demasiado en las alturas de la humildad. Sin embargo, bajo esta bandera todo se transforma en positivo. Y todos los “no progresos” y aún las incursiones en territorio enemigo, pueden valer como pobreza y humillación que llevan a acogerse con toda humildad a la Misericordia del Padre. Una y otra vez. Nuestros pecados y soberbia son, en el fondo, pobreza.

Además, los escalones del reino a los que nos invita el sumo Capitán Jesús, tiene algo mágico si se los camina con otros. Como en el juego de la Oca, hay escalones con premio. Si uno da una pequeña limosna a un pobre, baja de una sola jugada todos los escalones de riqueza que acumuló comprando y consumiendo para sí. Eso sí, la condición es darla tocando la mano al otro y recibiendo su sonrisa con amor.

Y si uno baja sin quejarse en voz alta al escalón donde lo mandó alguno que consideró que no debía estar tan alto, baja de una sola vez todos los escalones por los que trepó rastreramente para hacerse ver por los demás.

Hay además dos comodines en este juego para ganar la humildad. Uno es la contracara del “agarrar libremente una humillación”, cosa que siempre es difícil y hasta antinatural. El comodín consiste en “expresar una alabanza sincera de alguna cualidad ajena”. Es un modo fácil y seguro, ya que hay tanta gente buena y capaz a quien reconocer y hacer que otros valoren.

El otro comodín es el de hacer un acto de misericordia. La misericordia atrae irresistiblemente al Padre que nos da vida y expulsa al demonio desenmascarando todos sus engaños (que no son pocos). Es que al hacer un acto de misericordia sintonizamos plenamente con la intención última de nuestro Padre, que es darnos vida. Como Él lo que quiere es salvarnos de todo lo que daña nuestra vida –el pecado, la enfermedad y la muerte-, por eso opta por una Misericordia incondicional. La Misericordia testifica que el Padre no tiene otra intención sino nuestro bien.

Y ante la misericordia el demonio muestra la hilacha. Allí no puede fingir ni engañarnos. El demonio detesta la misericordia. Puede disfrazarse con ropa de justicia, de doctrina, de ley… e incluso puede fingir humildad. Lo que no puede es fingir misericordia, porque esta es acción real y concreta a favor del otro y el bien que se le hace es concreto, queda.

Las intenciones últimas de todos –Dios, hombres y demonio- se contrastan ante el muro de la misericordia que, una de dos, o es muro de casa que incluye a todos o es muro que separa y excluye a muchos.

 

Momento de contemplación

Marta Irigoy

En el texto del P. Diego, leíamos que:

“La Misericordia  testifica que el Padre no tiene otra intención sino nuestro  bien”. Y ante la misericordia el demonio muestra la hilacha. Allí no puede fingir ni engañarnos.

El demonio detesta la misericordia. Puede disfrazarse con ropa   de justicia, de doctrina, de ley… e incluso puede fingir humildad. Lo que no puede es fingir misericordia, porque esta es          acción real y concreta a favor del otro y el bien que se le hace es concreto y  queda.

Las intenciones últimas de todos –Dios, hombres y  demonio- se contrastan ante  el muro de la misericordia que una de dos, o es muro de casa que incluye  a todos o es muro que separa y excluye a muchos. 

Por lo que podemos intuir, la invitación de San Ignacio en este Ejercicio es a embanderarnos con la bandera de la humildad que Jesús nos propone, para alcanzar y dejarnos alcanzar por la misericordia y disponiéndonos para alcanzar la  santidad en cualquier estado o vida que Dios nuestro Señor nos diere para elegir…

Para nuestra oración, meditación y reflexión, quiero compartirles esta carta sobre la humildad que San Agustín le dirige a Dióscoro y que se ha convertido en un texto clásico al hablar de la humildad. Hay que decir que las preguntas de Dióscoro estaban motivadas por una curiosidad malsana, ya que no le movía un verdadero interés religioso, sino el afán inmoderado de poder dar respuesta a quienes le presentasen cuestiones sobre  temas inquietantes. Agustín le dice:

 “Quisiera, mi Dióscoro, que te sometieras con toda tu piedad a este Dios y no buscases para perseguir y alcanzar la verdad otro camino que el que ha sido garantizado por aquel que era Dios, y por eso vio la debilidad de nuestros pasos. Este camino es: primero, la humildad; segundo, la humildad; tercero, la humildad; y cuantas veces me preguntes, otras tantas te diré lo mismo. No es que falten otros que se llaman preceptos; pero si la humildad no precede, acompaña y sigue todas nuestras buenas acciones, para que miremos a ella cuando se nos propone, nos unamos a ella cuando nos allega y nos dejemos subyugar por ella cuando se nos impone, el orgullo nos lo arrancará todo de las manos cuando nos estemos ya felicitando por una buena acción. Porque los otros vicios son temibles en el pecado, mas el orgullo es también temible en las mismas obras buenas. Pueden perderse por el apetito de alabanza las empresas que laudablemente ejecutamos. A un nobilísimo retórico le preguntaron cuál era el primer precepto que se debía observar en la elocuencia. Contestó, según dicen, que era la pronunciación. Preguntaronle por el segundo precepto, y dijo que era la pronunciación. Le volvieron a preguntar por el tercero, y sólo contestó que era la pronunciación. Del mismo modo, si me preguntas, y cuantas veces me preguntes, acerca de los preceptos de la religión cristiana, me gustaría descargarme siempre en la humildad, aunque la necesidad me obligue a decir otras cosas” (Epístola 118, 22). 

Algunas preguntas que nos pueden ayudar…

  1. ¿Qué pienso de la humildad?
  2. ¿La valoro, la deseo, la suplico?

Te invito a terminar con esta oración:

Ayúdame, hermano, a ser humilde.

Ten misericordia de mí y muéstrame

lo que Dios va haciendo con tu vida.

Te prometo acoger y escuchar

tus pasos y tus caídas,

tus ternuras y tus rechazos,

tu alegría y tu dolor.

Quiero ser menos yo y más hermano,

porque quiero descender hasta donde

se encuentra lo más humano,

lo profundamente humano.

Me han dicho que allí se encuentra Dios.

Búscame cuando me pierda

y volveré a casa de tu mano,

a casa para servirte más

y compartir juntos el pan.

Cuando veas brillar en mis ojos

la soberbia y la altanería

y mi boca se llene de palabras vacías,

no apartes de mí tu mirada tierna pero vigorosa,

no dejes de comunicarme la esperanza.

Confía en mí que aprenderé de ti

Y suplicaré también por ti al Padre.

Te pido hermano que me ayudes

a ser humilde con tu ejemplo.

Yo también te lo ofrezco.

Señor Jesús, maestro de humildad,

haznos reconocer nuestra pequeñez,

nuestras vidas, su desnudez

y reconocer tu gratuidad

Padre de misericordia,

concédenos caminar en la humildad

para llegar a la eternidad.

Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor.

Amen

-Autor: Anónimo-

 

 

 

 

 

 

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El-poder-de-los-deseos

Momento de meditación

Diego Fares sj

Una ayuda para contemplar

Hay un ejercicio al que San Ignacio nos hace dedicarle un día entero. Se titula “El llamamiento del Rey temporal ayuda a contemplar la vida del Rey Eternal (EE 91-100). Lo curioso es que recomienda hacer este ejercicio solo dos veces, una al levantarse y la otra antes de la cena. En medio queda todo el día para reflexionar… Nuestro padre pone aquí la nota para los tiempos libres durante los Ejercicios que dice: “mucho aprovecha leer algunos ratos en los libros de La imitación de Cristo, los Evangelios y la vida de santos (EE 100).

Ignacio le llama simplemente “ejercicio”, no aclara si es meditación o contemplación. Es un ejercicio que “ayuda a contemplar la vida de nuestro Rey eternal”, la vida de Jesús nuestro Señor. En qué consiste esta “ayuda para contemplar”? Ignacio no la define como si fuera una receta puntual. Lo que hace es narrar un “llamamiento”. Más aún: lo dramatiza mediante una comparación que interpela. Nos hace mirar primero cómo convoca un rey humano a una gran conquista y luego nos hace considerar lo que deben responder sus súbditos.

Este rey es reverenciado y obedecido por todos los cristianos. Es además muy abierto y humano. Llama a conquistar toda la tierra de infieles.  Es de los que comen, trabajan y duermen codo a codo con sus soldados y así como comparten los trabajos comparten también los frutos de la victoria.

En este punto, luego de mirar con admiración a un rey así, Ignacio nos hace mirar a sus súbditos y juzgar bien si aceptan o no aceptan el pedido de este rey a “venir con él”. Y carga las tintas sobre el hecho de que si alguno no aceptase este llamamiento, sería un “perverso caballero, digno de ser vituperado por todo el mundo”.

No ser sordos a lo que nos toca el corazón

El ejercicio apunta a despertar en todas sus resonancias la petición: “No ser sordo al llamamiento de Jesús. Ser uno que está listo para responder rápido y cumplir con diligencia la santísima voluntad del Señor”.

El ejercicio es para no ser sordo (ni hacerse el sordo) e Ignacio pone en escena una convocatoria de esas que no se pueden ignorar porque es una interpelación a lo que hay en nosotros de más noble: un llamado que nos toca el corazón. Es como cuando se hace un llamado a la solidaridad por una inundación o un terremoto, cuando se nos invita a una marcha contra la violencia… Cuando se nos convoca a una causa grande en la que está en juego el bien común uno siente que tiene que estar y que si no va o no participa es mala persona. Si no va es  cobarde o vago o indiferente… Digno de ser reprochado en todo caso.

Sentido de la lealtad y de la dignidad

Este ejercicio para despertar una respuesta incondicional, no es facil en el mundo de hoy. Nuestra cultura es individualista y se valora cada manera distinta de pensar, por lo cual resulta  es dificil imaginar una convocatoria o llamamiento que involucre a todos. Y menos si tiene tintes de guerra santa. Pero todos tenemos un sentido de la lealtad que es imitativo: cuando vemos que alguien se juega entero por los demás, nos sentimos “libremente movidos, atraídos”. Este es un sentimiento humano que no cambia, aunque cambien las motivaciones. Es el sentimiento del honor y de la vergüenza, el sentimiento de nuestra propia dignidad.

No responder con entusiasmo al llamamiento de un hijo, por ejemplo, que nos pide que participemos en algo que es el sueño de su vida, es una actitud vituperable. No ser solidario con las víctimas de algún desastre que nos toca de cerca, es ser vil. Lo dificil es que todos coincidamos en un mismo objeto, pero cada cual tiene su medida entre ser leal o no a un llamado que toca de cerca sus valores más hondos. Ignacio apela a ejercitarnos ahí donde entra en juego “jugarnos o borrarnos”. Escuchar bien y considerar si es nuestro momento o hacernos los sordos. Este es el punto en el que nos pone el ejercicio del llamamiento del rey temporal y que es necesario para “contemplar la vida del Rey eternal”.

Contemplar en clave de amistad

Por qué es necesario tener bien despierta esta “lealtad para escuchar llamados grandes de nuestros amigos”? Porques si la vida de Jesús no la contemplamos en esta clave -de un llamamiento de Alguien tan bueno y que lo da todo y nos quiere cerca suyo, como amigos leales, para ayudar al mundo-, si no escuchamos esto, no estamos contemplando la vida de Jesús. Porque la vida de Jesús es llamamiento a ir y estar con Él, contentos de poder trabajar a su lado, con la esperanza de la gloria futura. Cuando respondemos, “se nos complica maravillosamente la vida” como dice el Papa Francisco (EG 270).

Contemplar la vida del Señor será ir respondiendo afectivamente a cada uno de sus llamados. La vida de Jesús irá sanando nuestros afectos ahí donde sentimos que tenemos que hacer contra a nuestra sensualidad y amor propio porque no nos deja responder rápido y de corazón a lo que nos pide el que amamos, nuestro Amigo y Señor. Contemplar la vida de Jesús irá ampliando el horizonte de nuestros deseos, que a veces se quedan en un ámbito muy reducido de gustos y bienes particulares.

Para vivir de corazón

Con este primer ejercicio, Ignacio nos hace ver cuál es nuestro talante humano, cómo está nuestro sentido del honor y de la vergüenza, nuestra garra, nuestra capacidad de darnos enteros por una gran causa, de ser fieles a muerte a una relación interpersonal de amistad. Nos hace centrar en lo sagrado de la amistad y desear ser capaces de hacer cualquier sacrificio para honrarla.

Durante todo un día, Ignacio nos deja pensando y midiendo en nosotros este punto donde somos “fieles”, allí donde uno se siente digno o miserable según que haya actuado o no de corazón, no tanto por esta o aquella cualidad o debilidad moral sino por estar a la altura de un llamamiento grande.

“Apenas sentí que llamaban me ofrecí de corazón…” O… “Me llamaron y fui. Hubo un llamado pero yo no escuche bien. No fui. Me hice el sordo…”

Si me animo a pedir la gracia de no ser sordo, al contemplar la vida de Cristo algún llamado me tocará el corazón, porque cada instante de la vida de Jesús tiene un sabor eterno. Voy dispuesto a eso: a ser llamado. En esto consiste el ejercicio del llamamiento del Rey temporal.

Un paso más, de lo bueno a lo mejor

Una vez que hemos abierto el oído a este llamamiento a nuestro ser más noble, a nuestra libertad sencillamente entregada, Ignacio nos da otra clave para entrar a contemplar la vida de Cristo. Esta clave es la del “más”.

Al aplicar el ejemplo del llamamiento de un rey humano al de Cristo, Ignacio no lo aplica estrictamente sino que da un paso más. Entre los que escuchan el llamamiento de Jesús, e da una respuesta “razonable”: la de “ofrecer toda su persona al trabajo”. Pero con el Señor no basta una respuesta razonable. Su llamado suscita un deseo de ir más allá y de ofrecernos a estar en primera línea de trabajo, pobreza y humillaciones, con tal de estar más cerca del Rey que las pasó primero. El ofrecimiento es de “mayor calidad e importancia”: imitarlo en pasar todo lo que el pasó. Sólo si Él nos acepta, por supuesto, y si es para su mayor servicio y alabanza. Esto no es solo un ofrecimiento voluntario, sino también una clave para contemplar la vida de Jesús.

En este punto San Ignacio era particularmente incisivo. Tanto que inventó esa pregunta de si uno tenía “deseos de deseos”. Cuando plantea este deseo tan radical, de ofrecerse a padecer con Cristo, algunos nos asustamos. Como cuando uno ve las cosas que hicieron los santos y le resultan muy admirables pero no imitables. Ignacio pesca al vuelo la tentación de repliegue y nos tira un salvavidas: si sentís que no tenés deseos tan fuertes y definidos, al menos preguntate si te gustaría tenerlos, si desearías desear así. Aquí creo que uno adhiere. Porque los deseos son algo muy íntimo, algo que se identifica con nuestro ser más nuestro. Somos lo que deseamos. Desear deseos hermosos y fuertes es algo que atrae. Lo más triste en la vida es no desear, perder el deseo. Por eso, si uno contempla los gestos y las cosas que vivió el Señor y le pide tener deseos de desear imitarlo más y mejor, el Evangelio se le abrirá como una fuente de luz y de agua viva.

Todo lo que el Señor hace es “para invitarnos a desear más”. Invitarnos, digo, no imponernos nada. Cuando se lee el Evangelio en clave de ley, para ver qué es lo mínimo indispensable para “ganar la vida eterna” como dijo el joven rico, el evangelio nos deja más tristes que si no hubiéramos leído nada.

El evangelio se lee con deseo de deseos de más, abiertos a responder con todo al llamamiento concreto que el Señor haga.

El evangelio se lee deseando: cómo me gustaría poner la otra mejilla al que me  abofetea. Qué lindo sería que me naciera espontáneamente el caminar dos cuadras con el que me exige una. Qué bien me sentiría si pudiera darle la campera al que me pide un pullover sin pensarlo dos veces.

El evangelio se lee deseando sentir lo lindo que es dar las dos moneditas como la viuda.

El evangelio se lee deseando sentir es libertad que da romper de una vez el frasco de perfume caro, como María.

El evangelio se lee deseando tener ese deseo irresistible de venderlo todo para seguir a Jesús.

El evangelio se lee deseando tener ganas de encontrar a un necesitado para aproximarnos nosotros por nuestra cuenta en vez cruzarnos de vereda…

La clave para contemplar a Jesús, lo que su corazón muestra en su vida, no es nuestro sentido del deber sino nuestro sentido de la lealtad. Los deseos de deseos se cultivan sólo para los amigos. Uno desearía estar siempre bien y radiante para alegría de los que uno más quiere.

 

Momento de contemplación

Marta Irigoy

En el texto del P. Diego, leemos que:

Todo lo que el Señor hace es “para invitarnos a desear más”. Invitarnos, digo, no imponernos nada”

La clave para contemplar a Jesús, lo que su corazón muestra en su vida, no es nuestro sentido del deber sino nuestro sentido de la lealtad. Los deseos de deseos se cultivan sólo para los amigos…”

Y esto me ilumino para compartir estas palabras de hna Nurya Martínez-Gayol Fernández, aci, sobre los deseos…

La alegría, la alegría verdadera es una experiencia que tiene mucho qué ver, no sólo con la realización de los deseos, sino con su dilatación, con la posesión de deseos gigantes que tiran hacia delante de nuestras esperanzas, y llenan de vida nuestra espera.

El deseo lanza, conecta con nuestros anhelos, esperanzas y sueños… nos empuja hacia delante, pero no menos abraza lo que vamos dejando atrás. Los deseos se construyen y se sostienen también de memorias.

En esta aventura de acoger, reconocer, cuidar y potenciar los más verdaderos deseos, no estamos solos. Jesús  «viene con nosotros y maneja el timón», pero además hay otros hombres y mujeres que nos han precedido en esta tarea de desear, cuyas figuras emergen también en nuestro horizonte como guías y ejemplos.

El amor, fuente del deseo

Deseos gigantes que sólo el amor puede explicar. Es el amor el origen y es también el fin. Amor a Jesús  y a su proyecto. Pero no se trata tan sólo de pretender configurar nuestro deseo con el de Jesús, porque eso nos pondría simplemente ante un mero imperativo ético, con su peso de «deber » y obligación; y los deseos no funcionan así. Se trata más bien de descubrir que lo que, en verdad y en el fondo de mi ser es aquello que Dios ha deseado desde siempre para mí. Descubrir ese deseo que Él ha puesto en mí, su deseo que es ya mío y lo que más me consumará a su imagen, a imagen del amor, de su Amor. Ese amor que tan hermosamente describió Pablo en 1 Co 1.

Solo naciendo del amor y sostenidos por el amor, los deseos se fortalecen, resisten las dificultades, soportan con alegría los contratiempos y no se arrugan, sino que se dilatan más y más, incorporando el dolor, la carencia, el sufrimiento… como algo propio, que no los ensombrece, sino los ensancha y los fecunda…

Los deseos sólo crecen, se sostienen y se realizan cuando se conjugan en plural..

                                                                                                                                                                            Nurya Martines-Gayol, ACI, Sal Terrae Nº 98 (Octubre 2010) pásg. 832-838.

 

Algunas preguntas que pueden ayudar a la oración…

  • ¿Has pensado en que deseos mueven tu vida?
  • Al contemplar la vida de Jesús, ¿que deseos se encienden en tu corazón…?
  • ¿Qué personas han encendido tus deseos más profundos?

Para terminar, te invito a rezar esta oración:

Oración para encender los deseos

Concédeme el deseo de los Magos que de noche ven tu estrella,

para cruzar de ella agarrado cuando nada más se vea.

Concédeme el deseo de Simeón, esperándote a la puerta,

para soñar hasta el final, el cumplir de tu promesa.

Concédeme el deseo de San José que a tus proyectos les da vuelta,

para dejar en el amor, lo que no entra en la cabeza.

Concédeme el deseo de María que se entiende bien pequeña,

para decirte siempre sí, porque sí dice la sierva.

Concédeme el deseo de la mujer, que por detrás de ti se llega,

para tocar con fe tu manto y robarte así tu fuerza.

Concédeme el deseo del leproso que las barreras da por tierra,

para esperar de tu abrazo, el curarse de la lepra.

Concédeme el deseo de la viuda que se pone como ofrenda,

para ponerme como ella, en lugar de dar monedas.

Concédeme el deseo de aquel niño, que comparte su merienda,

para entregar de lo mío, porque otro también tenga.

Concédeme el deseo de la mujer que recoge, por debajo de tu mesa,

para con pocas migajas, entender que se hace fiesta.

 

Concédeme el deseo de aquel ciego del camino,

que logró que te detengas,

para ver en el amor, lo que el pecado siempre ciega.

 

Concédeme el deseo de Zaqueo que en su casa te acogiera,

para querer estar los dos y repasar juntos las cuentas.

Concédeme el deseo del buen ladrón, clavado a tu derecha,

para saberme ya en tu reino, porque tu amor de mí se acuerda.

Concédeme el deseo de José, el que nació en Arimatea,

para pedir tu cuerpo santo y esperar que en mi florezca.

Concédeme el deseo de tu Pueblo que humilde te confiesa,

para guardar en tus manos, lo que la misericordia sólo cierra.

Concédeme el deseo de tu Iglesia, que es madre, y más, maestra,

para que al soplo de tu Espíritu, oriente yo mi vela.

–JA-

 

 

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Imagen 1Momento de meditación

Diego Fares

 

La Contemplación para alcanzar amor nos hace “mirar cómo todos los bienes y dones descienden de arriba (… por ejemplo nuestra limitada) misericordia (que viene de la infinita e incansable Misericordia de nuestro Padre Dios) así como del sol descienden los rayos y de la fuente las aguas” (EE 237).

En nuestro primer encuentro, mirando la vida con esta mirada de Ignacio, que une el más pequeñito de nuestros dones con su Fuente –esa que brota del Corazón de Dios-, consideramos  nuestros pecados como una oportunidad para ejercitarnos en alcanzar misericordia.

Alcanzarla en el sentido Ignaciano de que Otros nos la alcancen. A la Virgen y a Jesús, en los Coloquios de Misericordia, les pedimos que nos alcancen misericordia, Ella de su Hijo y Jesús del Padre. Una verdadera cadena de favores y ayudas.

Les pedimos que nos la alcancen porque la misericordia, si uno lo piensa bien, no se puede exigir. Se exige justicia. La misericordia se implora. Y si nos la conceden, la recibimos humildemente.

Aquí llegamos al punto del encuentro de hoy. Se trata de dirigir el río inagotable de la Misericordia de Dios a un lugar no habitual. En general dirigimos la misericordia hacia la tierra estéril de nuestros pecados y carencias. Pero hoy la dirigiremos hacia la tierra fecunda de nuestra libertad.

Misericordia y libertad de Dios

Al salir del terreno de las exigencias nos estamos situando en el terreno de la libertad. Hay que tenerlo claro: cuando imploramos misericordia apelamos a la libertad de Dios. Cuando le pedimos que no nos juzgue duramente, se lo pedimos por ser Él quien es, no por merecerlo nosotros: “No por nuestros méritos sino por tu gran compasión”, así rezaba Dios el Profeta Daniel (9, 18); “Misericordia Señor por tu Bondad, por tu gran compasión borra mi culpa”, así rogaba el Rey David en el Salmo 50, que es el Magnificat de la Misericordia.

Teológicamente nos hace bien considerar que la venida de Jesús al mundo, su Encarnación y su muerte en la Cruz para salvarnos, fueron fruto de una decisión libre de Dios, hecha por puro amor. Decidieron esto  –los tres: el Padre, Jesús y el Espíritu- solo motivados por su gratuita Misericordia. No tenían necesidad. No tenían obligación. Ni de hacerlo ni de hacerlo así, ni de regalarnos tanto. Cuando pensamos en la Encarnación y en la Cruz nos parece lógico que, para que lo pudiéramos comprender y aceptar, el Señor se hiciera uno de nosotros. Si bien lo eligió libremente, le vemos cierta “necesidad” a esto de que tomara nuestra carne y a que experimentara el sufrimiento y la muerte.

Pero si miramos todo lo que nos dio con su Resurrección, allí sí que “no había necesidad de tanto”. Incluso muchas veces pareciera contraproducente que nos haya prometido tanto, porque no termina de parecer verdad. Que nos haya dado el Espíritu, que nos haya abierto la puerta a una familiaridad total con el Padre, que nos haya dado a su Madre, que se nos dé cada día en la Eucaristía… son dones que nos quedan grandes.

Uno tiende a rechazar los dones demasiado grandes, porque pareciera que traen consigo la obligación de retribuir. Pero cuando son excesivamente grandes, cuando se nos regala todo, cuando el otro se nos regala como solo un Dios se puede regalar y no hay posibilidad de retribuir y sólo nos queda tratar de ensanchar el corazón para recibir tanto, entonces es necesario cambiar la mentalidad.

Por ahí ayuda pensar una posibilidad “menor”. Dios podría habernos dado una vida nueva muy buena pero de segunda. Como hacemos nosotros cuando alguien nos falla. Si lo queremos mucho lo ayudamos igual, pero lo tenemos “ahí”. Le damos cosas, pero no toda nuestra confianza. Le ponemos condiciones. Y si confiamos de nuevo, no lo hacemos de manera “ingenua”. Nos guardamos algún derecho a la duda. Para nosotros, si un amor se rompió, nunca vuelve a ser lo mismo.

La misericordia del Señor, en cambio, cuando nos perdona, no sólo se olvida de nuestros pecados sino que hace que “no existan”. Y más aún, los transforma en bienes!

Esto es algo que no se puede creer del todo. Por eso digo que tenemos que cambiar la mentalidad para aceptar una misericordia que tenga tal poder reparador y recreador.

Creo que el punto es mirar a Dios pero cambiando nuestro concepto de Dios. Nuestro Dios es Alguien que ama así porque Él es así. El nos tiene misericordia porque es el Misericordioso.

Puede ayudarnos pensar que no solo “es” así sino que “ama” ser así: nuestro Dios “quiere” ser así, Él “elige” amarnos así.

Nosotros a veces expresamos algo así cuando decimos: “te quiero porque te quiero y quiero quererte”. Pero nuestro amor va casi siempre unido a la necesidad, a una necesidad que sentimos buena. Como dice Benedetti en su poema “Táctica y estrategia”: “Mi estrategia es/ que un día cualquiera/
no sé cómo ni sé/ con qué pretexto/por fin me necesités”.

Hay una reduplicación de la necesidad que es puro amor: cuando uno ve que el otro “elige necesitarnos”, que va comprometiendo su vida con la nuestra de tal manera que ya no se pueden separar. Por opción de amor se vive una historia común y eso crea familia, crea instituciones en las que todos se necesitan mutuamente por haber elegido vivir así.

El amor de Jesús resucitado no permite dar un paso más en el camino de esta mezcla linda de necesidad y libertad. Quizás la mejor imagen es la de los papas con sus niños más pequeñitos. Los papás con su amor pueden cambiar totalmente la percepción de un niño que llora porque rompió algo o se portó mal, haciendo que lo malo se convierta en amor,  abrazándolo y mostrándole cómo no pasó nada, como se repara lo roto y se restablece la relación sin que quede nada malo. Cuando uno es pequeño acepta este “perdón total”,  esta reparación omnipotente, digamos, de los papás. Cuando crecemos un poco más ya no nos resulta tan fácil ser perdonados así. En esta clave podemos leer la “exigencia” del Señor de “volvernos como niños”. Volvernos como niños para poder aceptar una misericordia total.

Vemos pues que la Misericordia de Dios es “excesiva”, como dice el Papa. Pero no tanto que no tengamos experiencias de que algo así es posible. Y no solo posible sino que es la base constitutiva de nuestra capacidad de amar y de ser seres humanos, abiertos a los demás, a la sociedad. El haber recibido este “amor que repara todo lo malo” en nuestra más tierna infancia es la base de nuestra vida. A nivel físico, uno tiene la experiencia de todos los cuidados que necesitó como bebé para vivir y crecer. A nivel espiritual, uno es consciente de la paciencia que requirieron las enseñanzas, desde la ayuda básica para hablar y escribir, hasta la ayuda para las cosas más altas, como compartir y mejorar. Gracias a que fuimos tratados con misericordia pudimos ir adelante y consolidar nuestra autoestima, sin la cual no hay vida humana que dure y progrese.

Ahora, si es cierto esto de que Dios exagera en su misericordia y lo hace porque así lo quiere, libremente, es el momento de afirmar dos cosas importantes. Una, que el mal está vencido. Pero, como le respondía el Papa a un niño que le hacía esta pregunta, el demonio es como un gran dragón que, después de muerto, sigue agitando la cola por algún tiempo y puede hacer mucho daño. Nuestra interpretación del mal –de todo el mal en el mundo- luego de que el Señor lo venció en la Cruz, es que todo su poder es el de dar “coletazos”. Coletazos que pueden ser Tsunamis y bombas de kamikazes, con alto poder de destrucción. Pero coletazos nomás.

El mal no tiene raíz en el corazón del hombre. Jesús lo arrancó de cuajo. El Señor arrancó el mal de raíz. Si sigue dando “frutos” agrios es por inercia o “artificialmente”. Aunque se repita el mal cada día y multiplique sus terribles maldades, es “forzado”, artificial, no arraiga en lo último del corazón del hombre y por eso, todo hombre puede convertirse y cambiar.

La segunda cosa es que esta derrota del mal no hace que sus efectos desaparezcan mágicamente. Hay que ayudar a vencerlo, con el bien, ganando terreno paso a paso, día a día. Aquí entra nuestra libertad, como respuesta a esa “exagerada” libertad de Dios.

Quererse ayudar

En la meditación sobre el pecado de los ángeles San Ignacio dice una frase que llama la atención. Ve el pecado de los ángeles en que “no se quisieron ayudar con su libertad” para amar y obedecer a Dios. Así dice: “No queriéndose ayudar con su libertad” pasaron de ser seres llenos de gracia a ser seres desgraciados, soberbios, envidiosos y contagiosos de su mal.

La misericordia de dios es gratuita, es verdad. No depende de nosotros que el Señor nos trate así. Pero uno se las puede ingeniar para alcanzarla, uno se puede “dejar ayudar” y, mejor aún, uno puede ayudar a que lo ayuden.

En el evangelio el Señor alaba a los que “se saben ayudar con su libertad para obtener misericordia”.

Ante el problema de la multitud, el Señor alaba al paralítico y a sus amigos, que tienen la osadía de meterse por el techo.

Ante el problema de estar lejos,  alaba al centurión que se le ocurre lo de la curación de palabra, para no robarle tiempo.

Ante el no cumplir con las condiciones requeridas, alaba a la sirofenicia por la perseverancia y el ingenio para responderle a sus palabras que parecen ser de desprecio.

Ante la importunidad, Jesús alaba a su madre, que no se amilana cuando le dice que “no ha llegado su hora” y manda a los servidores a hacer todo lo que él les diga.

Ante el respeto ajeno, alaba a la pecadora que tiene el coraje de meterse en casa del fariseo y romper su frasco de perfume.

Ante la timidez, alaba a la hemorroísa que le toca la orla del manto en medio de la gente.

Ante la petisez, alaba a Zaqueo que se hace ver subido a la higuera y luego tiene ese gesto de repartir la mitad de sus bienes…

Ante el apuro, alaba a Bartimeo que grita en medio de la multitud y hace que se detenga el Señor que pasaba apurado.

También el Señor alaba los gestos de misericordia para ayudar a los demás:

Alaba a la viuda que pone sus dos moneditas todo lo que tenía para aquel mediodía.

Alaba al buen samaritano, contando la parábola, con todos los pasos de misericordia que sigue.

Alaba al Padre que corre a abrazar a su hijo

Alaba al que lava los pies

Alaba la sinceridad de la Samaritana.

Y el agradecimiento del leproso.

Alaba a los apóstoles que ven que no tienen más que cinco panes, pero le plantean el problema y luego ponen manos a la obra.

 

Toda gente que se las ingenia para ser misericordiada y para misericordiar.

Momento de contemplación

Marta Irigoy

La invitación que nos hace el P. Diego, en este texto que propone, es poder conectar con la necesidad que tenemos de crecer en humildad. Humildad es lo que no supieron cuidar  los ángeles y  no se dejaron “ayudar en con su libertad”…

La Humildad, se ha encarnado y es  Jesús, quien siendo Dios se hizo hombre, paso por uno de tantos…haciendo el bien…

La humildad lo llevo a aceptar la Cruz por obediencia de Amor y allí el Padre lo hizo Señor de todo y de todos…

La humildad lo sostuvo en las mejores manos…las Manos del Padre…

Por eso, quisiera invitarnos a dejarnos asombrar…

Hay una hermosa escultura en el Santuario del P. Hurtado –san Alberto Hurtado, sj- en Chile, que invita a entrar en esta sintonía de la misericordia.

En esta escultura, podemos intentar entrar, ser parte; “como si presente me hallase”, como dice San Ignacio…

Ser parte, es dejar que los sentimientos que irradia la escultura, nos alcancen…

Estos sentimientos pueden alcanzarnos y nos pueden hacer sentir lo que el corazón esconde…

  • Vulnerabilidad…
  • Desnudez…
  • Desprotección…
  • Soledad…
  • Pequeñez…
  • Cobijo…
  • Amparo…
  • Consuelo…
  • Filiación…
  • Esperanza…
  • Paz…
  • ………………….

Lo que más impacta, es descubrir que para dejarse alcanzar por esta misericordia, hay que asomarse al Corazón del Padre, fundirse en su pecho mientras con su mano nos acaricia la cabeza y nos sostiene con Ternura…

  • Te invito a terminar con esta oración:

Déjame fundir mi historia en tu Corazón

con toda su carga de debilidad,

y entregar a tu misericordia lo que tu amor dejó atrás.

Déjame fundir mis ojos en tu Corazón

hasta mirar reconciliado mi propia realidad.

 

Déjame fundir mis oídos en tu Corazón

hasta escuchar lo que jamás imaginaron

que podías y querías pronunciar:

“Yo te perdono; quédate en paz”.

 

Déjame fundir mi boca en tu Corazón

hasta aprender en el silencio a decir: “Abba”.

Déjame fundir mi rostro en tu Corazón,

hasta encontrar hecho niño el asombro,

con que un día me acercaba hasta tu altar.

 

Y si ves que a las puertas de fundirme,

mi miedo me detiene y te dice: “¡Basta ya!”,

que tu mano en mi cabeza, me responda:

“Tan sólo, déjate amar”             J. A.

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puerta santa

Momento de Meditación

Diego Fares sj

En estos “Encuentros de oración” virtuales, que inauguramos el año pasado, tomaremos el tema de la Misericordia en la espiritualidad de los Ejercicios. Ignacio tiene una experiencia muy honda de haber sido “misericordiado” por Dios nuestro Señor, tomando palabras del Papa Francisco. La palabra “misericordia”, como tal, aparece sólo tres veces en los Ejercicios, pero en lugares que dan pie a desarrollarla ampliamente.

En la “contemplación para alcanzar amor”, Ignacio menciona la misericordia –“mi medida (limitada) misericordia”, dice-, como uno de los dones de Dios que “descienden de arriba, como de la fuente las aguas” (EE 237). Esta pequeña mención en la Contemplación que hace de puente entre los Ejercicios y la vida cotidiana, nos da pie para considerar, por ejemplo, a los ejercicios de la primera semana como “Ejercicios para alcanzar misericordia”.

Alcanzar

Vamos a tomar la palabra “alcanzar” que nos ayudará a entrar en la mente y en el corazón de la espiritualidad de Ignacio.

Todo el esfuerzo que conllevan las meditaciones sobre el pecado ajeno y propio tiene, pues, como fin poder entablar con el Señor, un coloquio de misericordia. Ignacio recomienda:

“Acabar (la oración) con un coloquio de misericordia, razonando y dando gracias a Dios nuestro Señor porque me a dado vida hasta ahora, proponiendo enmienda con su gracia para adelante. Padre Nuestro” (EE 61).

Este coloquio de misericordia se ensancha a continuación en “tres coloquios”:

“El tercer ejercicio es repetición del 1º y 2° ejercicio, haciendo tres coloquios (…) de la manera que sigue.

El primer coloquio a nuestra Señora, para que me alcance gracia de su Hijo y Señor para tres cosas:

la 1ª, para que sienta interno conocimiento de mis pecados y aborrecimiento de ellos;

la 2ª, para que sienta el desorden de mis operaciones, para que, aborreciendo, me enmiende y me ordene;

la 3ª, pedir conocimiento del mundo, para que, aborreciendo, aparte de mí las cosas mundanas y vanas; y con esto un Ave María.

El segundo (coloquio), otro tanto (pedirle) al Hijo, para que me alcance (estas tres gracias) del Padre; y con esto el Alma de Cristo.

El tercer (coloquio), otro tanto (pedirle) al Padre, para que el mismo Señor eterno me lo conceda; y con esto un Padre Nuestro” (EE 62-63).

Nos centramos en esta palabra “alcanzar”: alcanzar la gracia, el amor, la misericordia. Vemos que Ignacio concibe la gracia como algo que otros –nuestra Señora y Jesús- nos alcanzan del Padre, que es la Fuente.

Así, el “alcanzar” amor, pierde su sentido voluntarista. En lo que respecta a la misericordia, pareciera más claro, ya que es una gracia que viene del que está arriba hacia el que necesita una mano. Pero en la Contemplación para alcanzar amor, Ignacio hace notar que todos los bienes y dones son “limitados” en nosotros y vienen de arriba, de otro que nos los alcanza.

Una cosa buena que tiene esta manera mediada de pensar es que nos hace ver la gracia no solo en cuanto regalo en sí,  sino que Ignacio nos la hace ver como regalo que nos “alcanzan” María y Jesús, con todo lo que les implicó a ellos, personalmente, “obtener” esa gracia para nosotros y con lo que significa recibir algo en lo que han intervenido ellos.

Los pasos para alcanzar misericordia

Podemos considerar en el texto de Ignacio los pasos que nos invita a dar para que alcancemos misericordia.

En primer lugar, vemos que son pasos que nos acercan a Personas. Ignacio nos hace repetir el mismo pedido de misericordia a nuestra Señora, a Jesús y al Padre.

No se trata pues de ejercicios de autoayuda sino de ejercicios para ser ayudados por otro, de alcanzar una mirada misericordiosa de María, de Jesús y del Padre, con lo propio de cada una de ellas.

Se trata de dejarnos alcanzar por la mirada misericordiosa de María que, como en Caná, ve que no tenemos vino, que se nos ha acabado el fervor y el gozo y se compadece de nosotros, pecadores.

Se trata de dejarnos alcanzar por la mirada misericordiosa de Jesús, a quien se le conmueven las entrañas al ver nuestras enfermedades y siente compasión de que andemos como ovejas sin pastor.

Se trata, en fin, de dejarnos alcanzar por la mirada misericordiosa de nuestro Padre, que nos ve de lejos cuando regresamos del exilio al que nos llevaron nuestras ambiciones y conmovido corre a abrazarnos.

En segundo lugar, se trata de una misericordia que llega al pecado en todas sus dimensiones. En primer lugar pecado es un acto libre y personal, y con ayuda de la gracia puedo conocerlo internamente, medirlo y pesarlo como algo mío.

Pero el pecado hunde también sus raíces en un desorden mayor de lo que puede alumbrar mi conciencia: brota de una estructura sicológica desordenada y de la torpeza misma de mis hábitos y modos de pensar, como dice Ignacio, del camino habitual que siguen mis pensamientos y deseos.

Y también, finalmente, el pecado se nutre de un ambiente, de un contexto cultural y social que Ignacio califica como “las cosas mundanas y vanas”.

La necesidad de misericordia, por tanto, se extiende a todas estas dimensiones de la persona. Podríamos decir que necesitamos alcanzar misericordia a nivel consciente, inconsciente, cultural-social y hasta económico y político, sin dejar de lado las estructuras mismas de la vida de la Iglesia, que a veces se vuelven rígidas y abstractas.

Por eso el camino que marca Ignacio parte de lo más personal, de los pecados propios, pasa por el desorden de la propia estructura sicológica –por el desorden de nuestro modo de pensar movido por el desorden de nuestras conductas adictivas…- y termina en la estructura social, política y religiosa global, que tanto influencia nuestro modo de proceder.

En tercer lugar, se trata de una misericordia que tiene como dos movimientos: conocer y aborrecer. Vemos como Ignacio repite, en cada uno de estos niveles a donde pedimos que llegue la misericordia de Dios, la doble petición: conocer  – aborrecer.

Aquí se encuentra el núcleo de la misericordia.

La verdadera misericordia hace que uno se conmueva por el pecador –uno mismo y los demás- y aborrezca lo que causa un mal tan grande como es el estar apartado del amor.

Aborrecer el pecado es como la contracara de sentir misericordia por el pecador.

Quien no llega a aborrecer el pecado es que no conoce su poder destructivo y aquello en lo que excede a cada hombre.

No le parece entonces necesaria la misericordia.

Piensa que con un poco de terapia o de buena voluntad se debería superar…

Y termina indignándose con los demás porque “siguen siendo pecadores”, buscando chivos expiatorios… cuando el único que expió los pecados fue el Señor.

Por otra parte, solo llega a sentir aborrecimiento por el pecado aquel que se anima a sentir misericordia por el pecador –uno mismo y los demás-.

Solo el amor misericordioso justifica al pecador y lo ve “separado” de su pecado, con posibilidades de ser redimido y de convertirse.

Hay un texto (difícil de encontrar a no ser por nuestro querido Maestro Fiorito, que en aquella habitación polvorienta del primer piso del Juniorado A, junto con Jaime Amadeo, exploraban los inmensos volúmenes de la Monumenta Histórica de la Compañía de Jesús, en los que están “todos” los escritos de “todo” los jesuitas, las cartas de los misioneros, las diversas versiones de los Ejercicios…). En ese texto Ignacio habla del fin de los ejercicios y, de manera especial, de la Contemplación para alcanzar amor,  diciendo así: “Ayudará (a los que están en formación en la Compañía) el hacer los ejercicios espirituales por un mes, para aclararse más la inteligencia y escalentarse en el amor de Cristo nuestro Señor y hacerse después más fervientes en todo lo que hagan” (Monumenta Ignatiana, Constitutiones, Texto a – parte III, C. III nº 6. Cfr. M.A. FIORITO, Buscar y hallar la voluntad de Dios, Buenos Aires, Paulinas, 2000 p 891).

Así como al pecado hay que conocerlo y aborrecerlo, con respecto a Jesús hay que aclararse más la inteligencia y “calentarse” en su amor. Este calentarse hay que usarlo en buen criollo, como cuando decimos que a alguien “no le calienta algo”, en el sentido de que no se ocupa de corazón, o, al contrario, que sabemos que “le calienta” porque pone todo. Ese es el criterio de si uno “ha alcanzado” el amor a Jesús. Cosa que seguro viene de que “se calentó” en pedirle de muchas maneras y de disponerse a que el mismo Señor “se lo alcanzara” del Padre.

Si se nos ha aclarado un poco más la inteligencia, debemos estar comprendiendo que los Ejercicios no son para que uno haga un esfuerzo por mejorar, sino que son mil maneras de lograr que nuestra Señora y Jesús nos alcancen esa misericordia y ese amor que el Padre “tiene preparado para darnos”.  Un recurso, por supuesto, es hacernos disponibles para que el Señor y la Virgen nos alcancen esa gracia. Sería algo así como poner el agua de las tinajas de Caná y el trabajo de los servidores para que el Señor la transforme en vino. Pero también hay gracias que el Señor nos alcanza sin que hayamos hecho nada, como cuando multiplicó los panes o curó al ciego de nacimiento sin que nadie se lo pidiera. El asunto, pues, es alcanzar la gracia –la misericordia y el amor-, ya sea después de mucho trabajo, como el que buscaba perlas preciosas,  ya sea por encontrarla de  pura suerte, como el que encontró el tesoro en el campo.

El coloquio con la Virgen

En la Autobiografía tenemos un hermoso recuerdo de Ignacio del cual bien puede haber brotado este primer coloquio con nuestra Señora, dice así:

“Ya se le iban olvidando los pensamientos pasados con estos santos deseos que tenía, los cuales se le confirmaron con una visitación, de esta manera. Estando una noche despierto, vió claramente una imagen de nuestra Señora con el santo Niño Jesús, con cuya vista por espacio notable recibió consolación muy excesiva, y quedó con tanto asco de toda la vida pasada; y especialmente de cosas de carne, que le parecía habérsele quitado del ánima todas las especies que antes tenía en ella pintadas. Así desde aquella hora hasta el Agosto de 53 que esto se escribe, nunca más tuvo ni un mínimo consenso en cosas de carne; y por este efecto se puede juzgar haber sido la cosa de Dios, aunque él no osaba determinarlo, ni decía más que afirmar lo susodicho” (Autobiografía, 10).

El coloquio de misericordia que lleva a  Ignacio a aborrecer el pecado, comienza por María. Gozando con la visión de la pureza de nuestra Señora con el Niño, el pecado queda situado dentro de una experiencia estética. La pureza consuela y la fealdad del pecado produce asco.  Mientras no sentimos que el pecado es asqueroso y feo, sino que nos parece malo pero lindo y que tiene su gustito, es muy difícil despegarse de él. Es lo que sucede en todas las adicciones. Y Dios, antes que exigente por su bondad es atractivo por su gloria y hermosura. El sentimiento de misericordia tiene un ingrediente estético: la fealdad ante la degradación del pecado nos conmueve y nos golpea tanto a nivel estético como ético. En el coloquio con María la experiencia estética de la belleza de quien está con Dios es un primer paso para “alcanzar misericordia”.

El coloquio con Jesús

El coloquio con Jesús está en los EE:

“Imaginando a Cristo nuestro Señor delante y puesto en cruz, hacer un coloquio; cómo de Creador es venido a hacerse hombre, y de vida eterna a muerte temporal, y así a morir por mis pecados. Otro tanto, mirando a mí mismo, lo que he hecho por Cristo, lo que hago por Cristo, lo que debo hacer por Cristo; y así viéndole tal, y así colgado en la cruz, discurrir por lo que se ofreciere. El coloquio se hace propiamente hablando, así como un amigo habla a otro, o un siervo a su Señor; cuando pidiendo alguna gracia, cuando culpándose por algún mal hecho, cuando comunicando sus cosas, y queriendo consejo en ellas” (EE 53-54).

El coloquio con el Señor puesto en Cruz  “por mí” es un coloquio dramático, en el que el pecado queda situado en medio de dos amigos que se miran, uno de los cuales está dando la vida por el otro, que se siente interpelado moralmente en lo más hondo de su corazón. Es el coloquio de un pecador agraciado, que le debe todo a su Señor y está pensando en cómo devolver vida por vida. Es que la misericordia, cuando se experimenta su gratuidad tan inmensa hace nacer el deseo de devolver bien por bien. Nobleza obliga, como decimos. O “uno se calienta” para responder con lealtad.

El coloquio con el Padre

Los diálogos de Ignacio con el Padre son los de quien tiene sumo acatamiento y reverencia amorosa. En ellos experimenta la misericordia pura, más allá de lo que se puede imaginar y responder. Ignacio busca en todo servir al Padre buscando su mayor Gloria. Para lo cual se siente como un hijo pequeño a quien Dios trata como Maestro y a quien conduce “poniéndolo con su Hijo amado”.  En la Autobiografía Ignacio cuenta la experiencia más honda de su relación con el Padre:

“Fueron a Roma en grupos de tres y cuatro, y el peregrino fue con Fabro y Laynez, y en este viaje fue muy especialmente visitado de Dios. Había deliberado que, después que fuese sacerdote, estaría un año sin decir misa preparándose y rogando a nuestra Señora que lo quisiese poner con su Hijo. Y estando un día, a algunas millas antes de llegar a Roma, en una iglesia, haciendo oración sintió tal mutación en el alma y vio claramente que Dios Padre lo ponía con Cristo, su hijo amado, tanto que no tendría ánimo de dudar de esto, sino que Dios Padre lo ponía con su Hijo” (Autobiografía. 96).

Así, nuestros diálogos de misericordia con el Padre pueden ir por este lado: el de pedirle que nos “ponga con su Hijo”, que nos atraiga a Jesús, que nos acerque al que ha enviado para salvarnos.

Los coloquios para alcanzar misericordia hacen del lugar de nuestro pecado y de nuestro límite sicológico, familiar, social y eclesial un lugar de encuentro privilegiado con lo mejor de Dios. La belleza de la misericordia purifica nuestras fealdades. La gratuidad sin límite de la misericordia hace arder nuestro deseo de entrega generosa. El abismo insondable de la misericordia nos hace sentir hijos amados, buscados, esperados y festejados sin medida.

 

Momento Contemplativo:

Hna Marta Irigoy

Quisiera invitarnos a considerar uno de los pasos a los que nos invita San Ignacio -en el texto de  los EE- a dar para que alcancemos misericordia…

Como primer paso está el dejarnos mirar…

  • Dejarnos mirar es dejarnos alcanzar por la mirada misericordiosa de Jesús, a quien se le conmueven las entrañas al ver nuestras enfermedades y siente compasión de que andemos como ovejas sin pastor.
  • Dejarnos alcanzar por la mirada misericordiosa de nuestro Padre, que nos ve de lejos cuando regresamos del exilio al que nos llevaron nuestras ambiciones y conmovido corre a abrazarnos.

Les comparto, una de las Homilias del Papa Francisco, en Santa Marta, de 5 de julio de 2013, en  donde nos dice que el corazón del mensaje de Dios es la misericordia…

“Quiero misericordia y no sacrificios”, son las  palabras de Jesús a los fariseos que critican al Señor que comió con los pecadores y los publicanos; estos “eran doblemente pecadores, porque eran apegados al dinero y también traidores a la patria” porque cobraban los impuestos a su pueblo por cuenta de los romanos. Jesús, entonces, ve a Mateo, el publicano, y lo mira con misericordia:

“Y a aquel hombre sentado a la mesa de recaudación de impuestos:

En un primer momento: Jesús lo ve y Mateo, “este hombre” siente algo de nuevo, algo que no conocía – aquella mirada de Jesús sobre él – siente un estupor dentro, siente la invitación de Jesús: ‘¡Sígueme! ¡Sígueme!’. En aquel momento, este hombre está lleno de gozo, pero también duda un poco, porque es muy apegado al dinero. Sólo bastó un momento en el que Mateo dice si, deja todo y va con el Señor. Es el momento de la misericordia recibida y aceptada: ‘¡Sí, vengo contigo!’. Es el primer momento del encuentro, una experiencia espiritual profunda”.

“Viene luego un segundo momento: la fiesta”, “el Señor festeja con los pecadores”: se festeja la misericordia de Dios que “cambia la vida”. Después de estos dos momentos, el estupor del encuentro y la fiesta…

Por fin, un tercer momento: “el del trabajo cotidiano”, anunciar el Evangelio… pero, “se debe alimentar este trabajo con la memoria de aquel primer encuentro, de aquella fiesta. Y esto no es un momento, esto es un tiempo: hasta el final de la vida. La memoria. ¿Memoria de qué? ¡De aquellos hechos! ¡De aquel encuentro con Jesús que me ha cambiado la vida! ¡Que tuvo misericordia! Que ha sido tan bueno conmigo y que  también me ha dicho: ‘¡Invita a tus amigos pecadores, para que hagan fiesta!’. Aquella memoria da fuerza a Mateo y a los demás para ir adelante. ‘¡El Señor me ha cambiado la vida! ¡He encontrado al Señor!’. Recuerden siempre. “Es como soplar sobre las brasas de aquella memoria, es soplar para mantener el fuego, siempre”… (Papa Francisco, Homilías en Santa Marta, 5/07/2013).

Para concluir este momento contemplativo, la invitación es:

  • Hacer memoria de aquellos momentos de tu vida, en donde la mirada de Jesús llego a lo más hondo de tu corazón…
  • Quedarte dando Gracias por tanta Misericordia que Dios te ha regalado…

Les comparto este video con una canción de Salome Acirribita, para que puedas saborear en esta Cuaresma como La Misericordia de Dios, cambia la vida…

Ver el video:

https://www.youtube.com/watch?v=UQVhwUm1q2M

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Misericordia

La misericordia en el Papa Francisco

En Evangelii Gaudium, el Papa Francisco nos dejó un tratadito de la misericordia que podemos reunir en diez puntos:

  1. Francisco nos enseña a rezar pidiendo misericordia

“Señor, me he dejado engañar,

de mil maneras escapé de tu amor,

pero aquí estoy otra vez

para renovar mi alianza contigo.

Te necesito.

Rescátame de nuevo Señor,

acéptame una vez más entre tus brazos redentores” (EG 3).

Agrega Francisco esa formulación tan suya que dice: “¡Nos hace tanto bien volver a él cuando nos hemos perdido! Insisto una vez más: Dios no se cansa nunca de perdonar, somos nosotros los que nos cansamos de acudir a su misericordia. Porque aquel que nos invitó a perdonar “setenta veces siete” (Mt 18, 22) nos da ejemplo perdonando él setenta veces siete, y nos vuelve a cargar sobre sus hombros una y otra vez”.

Y termina formulando que acudir a la misericordia es una cuestión de dignidad: “Nadie podrá quitarnos la dignidad que nos otorga este amor infinito e inquebrantable. Él nos permite levantar la cabeza y volver a empezar, con una ternura que nunca nos desilusiona y siempre puede devolvernos la alegría. No huyamos de la resurrección de Jesús, nunca nos declaremos muertos, pase lo que pase. ¡Que nada pueda más que su vida que nos lanza hacia adelante!” (EG 3).

  1. Francisco nos recuerda que la misericordia “primerea”

“«Primerear»: sepan disculpar este neologismo. La comunidad evangelizadora experimenta que el Señor tomó la iniciativa, la ha primereado en el amor (cf. 1 Jn 4,10); y, por eso, ella sabe adelantarse, tomar la iniciativa sin miedo, salir al encuentro, buscar a los lejanos y llegar a los cruces de los caminos para invitar a los excluidos. Vive un deseo inagotable de brindar misericordia, fruto de haber experimentado la infinita misericordia del Padre y su fuerza difusiva. ¡Atrevámonos un poco más a primerear!” (EG 24).

  1. Francisco nos clarifica que la misericordia es la más grande de las virtudes

Santo Tomás enseña que: “En cuanto al obrar exterior, la misericordia es la mayor de todas las virtudes:

“En sí misma la misericordia es la más grande de las virtudes, ya que a ella pertenece volcarse en otros y, más aún, socorrer sus deficiencias. Esto es peculiar del superior, y por eso se tiene como propio de Dios tener misericordia, en la cual resplandece su omnipotencia de modo máximo” (ST II-II, 30, 4). (EG 37).

Por eso: “Los preceptos añadidos por la Iglesia posteriormente deben exigirse con moderación «para no hacer pesada la vida a los fieles» y convertir nuestra religión en una esclavitud, cuando «la misericordia de Dios quiso que fuera libre». Esta advertencia, hecha varios siglos atrás, tiene una tremenda actualidad. Debería ser uno de los criterios a considerar a la hora de pensar una reforma de la Iglesia y de su predicación que permita realmente llegar a todos” (EG 43).

  1. A los sacerdotes Francisco nos quiere muy misericordiosos

“Por lo tanto, sin disminuir el valor del ideal evangélico, hay que acompañar con misericordia y paciencia las etapas posibles de crecimiento de las personas que se van construyendo día a día. A los sacerdotes les recuerdo que el confesionario no debe ser una sala de torturas sino el lugar de la misericordia del Señor que nos estimula a hacer el bien posible. Un pequeño paso, en medio de grandes límites humanos, puede ser más agradable a Dios que la vida exteriormente correcta de quien transcurre sus días sin enfrentar importantes dificultades. A todos debe llegar el consuelo y el estímulo del amor salvífico de Dios, que obra misteriosamente en cada persona, más allá de sus defectos y caídas” (EG 44).

  1. Francisco desea que la Iglesia sea lugar de misericordia gratuita

“Ser Iglesia es ser Pueblo de Dios, de acuerdo con el gran proyecto de amor del Padre. Esto implica ser el fermento de Dios en medio de la humanidad. Quiere decir anunciar y llevar la salvación de Dios en este mundo nuestro, que a menudo se pierde, necesitado de tener respuestas que alienten, que den esperanza, que den nuevo vigor en el camino. La Iglesia tiene que ser el lugar de la misericordia gratuita, donde todo el mundo pueda sentirse acogido, amado, perdonado y alentado a vivir según la vida buena del Evangelio” (EG 114).

  1. Y que nuestro pueblos se sienta entre los dos abrazos de la Misericordia

La identidad cristiana, que es ese abrazo bautismal que nos dio de pequeños el Padre, nos hace anhelar, como hijos pródigos –y predilectos en María–, el otro abrazo, el del Padre misericordioso que nos espera en la gloria. Hacer que nuestro pueblo se sienta como en medio de estos dos abrazos es la dura pero hermosa tarea del que predica el Evangelio” (EG 144).

  1. Francisco nos alegra a todos recordandonos que la misericordia con los pobres borra nuestros pecados

“El imperativo de escuchar el clamor de los pobres se hace carne en nosotros cuando se nos estremecen las entrañas ante el dolor ajeno. Releamos algunas enseñanzas de la Palabra de Dios sobre la misericordia, para que resuenen con fuerza en la vida de la Iglesia. El Evangelio proclama: «Felices los misericordiosos, porque obtendrán misericordia» (Mt 5,7). El Apóstol Santiago enseña que la misericordia con los demás nos permite salir triunfantes en el juicio divino: «Hablad y obrad como corresponde a quienes serán juzgados por una ley de libertad. Porque tendrá un juicio sin misericordia el que no tuvo misericordia; pero la misericordia triunfa en el juicio» (2,12-13). En este texto, Santiago se muestra como heredero de lo más rico de la espiritualidad judía del pos exilio, que atribuía a la misericordia un especial valor salvífico: «Rompe tus pecados con obras de justicia, y tus iniquidades con misericordia para con los pobres, para que tu ventura sea larga» (Dn 4,24). En esta misma línea, la literatura sapiencial habla de la limosna como ejercicio concreto de la misericordia con los necesitados: «La limosna libra de la muerte y purifica de todo pecado» (Tb 12,9). Más gráficamente aún lo expresa el Eclesiástico: «Como el agua apaga el fuego llameante, la limosna perdona los pecados» (3,30). La misma síntesis aparece recogida en el Nuevo Testamento: «Tened ardiente caridad unos por otros, porque la caridad cubrirá la multitud de los pecados» (1 Pe 4,8). Esta verdad penetró profundamente la mentalidad de los Padres de la Iglesia y ejerció una resistencia profética contracultural ante el individualismo hedonista pagano. Recordemos sólo un ejemplo: «Así, en peligro de incendio, correríamos a buscar agua para apagarlo […] del mismo modo, si de nuestra paja surgiera la llama del pecado, y por eso nos turbamos, una vez que se nos ofrezca la ocasión de una obra llena de misericordia, alegrémonos de ella como si fuera una fuente que se nos ofrezca en la que podamos sofocar el incendio»” (EG 193).

  1. Francisco sostiene con fortaleza que la doctrina sobre la misericordia es la más ortodoxa

“Es un mensaje tan claro, tan directo, tan simple y elocuente, que ninguna hermenéutica eclesial tiene derecho a relativizarlo. La reflexión de la Iglesia sobre estos textos no debería oscurecer o debilitar su sentido exhortativo, sino más bien ayudar a asumirlos con valentía y fervor. ¿Para qué complicar lo que es tan simple? Los aparatos conceptuales están para favorecer el contacto con la realidad que pretenden explicar, y no para alejarnos de ella. Esto vale sobre todo para las exhortaciones bíblicas que invitan con tanta contundencia al amor fraterno, al servicio humilde y generoso, a la justicia, a la misericordia con el pobre. Jesús nos enseñó este camino de reconocimiento del otro con sus palabras y con sus gestos. ¿Para qué oscurecer lo que es tan claro? No nos preocupemos sólo por no caer en errores doctrinales, sino también por ser fieles a este camino luminoso de vida y de sabiduría” (EG 194).

  1. Y nos hace abrir los ojos a la buena noticia de que la misericordia es la llave del reino

“A los que estaban cargados de dolor, agobiados de pobreza, les aseguró que Dios los tenía en el centro de su corazón: «¡Felices vosotros, los pobres, porque el Reino de Dios os pertenece!» (Lc 6,20); con ellos se identificó: «Tuve hambre y me disteis de comer», y enseñó que la misericordia hacia ellos es la llave del cielo (cf. Mt 25,35s). Para la Iglesia la opción por los pobres es una categoría teológica antes que cultural, sociológica, política o filosófica. Dios les otorga «su primera misericordia»” (EG 197-198).

  1. Francisco nos abre la mente haciéndonos ver que nos falta aprender a recibir misericordia de aquellos a quienes ayudamos

Hubo un momento en el encuentro con los jóvenes en Manila, en que el Papa dejó los papeles (después pidió perdón porque no había leído lo que preparó pero dijo que lo consolaba que “la realidad de lo que le habían testimoniado era superior a todas las ideas que había preparado”) y habló de “recibir de los pobres”: “Sólo te falta una cosa. Hazte mendigo. Esto es lo que nos falta: aprender a mendigar de aquellos a quienes damos. Esto no es fácil de entender. Aprender a mendigar. Aprender a recibir de la humildad de los que ayudamos. Aprender a ser evangelizados por los pobres. Las personas a quienes ayudamos, pobres, enfermos, huérfanos, tienen mucho que darnos. ¿Me hago mendigo y pido también eso? ¿O soy suficiente y solamente voy a dar? Vos que vivís dando siempre y crees que no tenés necesidad de nada, ¿sabés que sos un pobre tipo? ¿sabés que tenés mucha pobreza y necesitás que te den? ¿Te dejás evangelizar por los pobres, por los enfermos, por aquellos que ayudás? Y esto es lo que ayuda a madurar a todos aquellos comprometidos como Rikki (el joven al que le hablaba) en el trabajo de dar a los demás: aprender a tender la mano desde la propia miseria”. La mirada que propone Laudato Si es una mirada que “frena” por así decirlo, un momento el impulso a la acción y contempla a Cristo en el rostro del pobre. Antes de ir a ayudar a los más necesitados –o mientras se los va ayudando en su necesidad material urgente- se recibe de ellos esa gracia que tiene todo pobre para dar. La tiene porque Cristo se ha identificado con los pobres: “cuando ayudaste a uno de estos pequeños a mí me ayudaste”. En torno a este “recibir de los pobres a los que ayudamos” la Encíclica hace la diferencia frente a otros discursos sobre la Ecología cuyas razones son muy atendibles pero no siempre logran nuestra adhesión comprometida.

 

 

Momento de reflexión

Diego Fares sj

La dicha de la misericordia y el secreto de la vida

 

Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia (Mt 5, 7).

La limosna y la vida

La palabra griega para misericordia es “eleemosyne”, que para nosotros ha venido a ser “limosna”. Bienaventurados los limosneros, entonces, porque alcanzarán limosna. ¿Es así? ¿No parece que la limosna es poca cosa? Sin embargo misericordia es la palabra que Jesús usa para describir la perfección del Padre! “Sean misericordiosos como el Padre es misericordioso” (Lc 6, 36).

Sentimiento básico este de sentir compasión en las entrañas ante una miseria.

Gesto pequeño que se puede hacer, muchas veces, más para hacer sentir nuestra solidaridad que para remediar el mal del que padece.

Solo la misericordia de Dios es eficaz por sí misma. Por eso para muchos es un sentimiento inútil, porque uno siente más pena de la que puede remediar. Ahora, si no la consideramos desde la eficacia humana sino como participación en la eficacia de Dios, si nuestra misericordia es para interceder, entonces se muestra infinitamente más eficaz que otros sentimientos y gestos humanos.

Desde esta perspectiva podemos vislumbrar por qué a nuestro Padre le gusta describirse, en su perfección más determinada, por esta “pasión” (porque la misericordia se padece) tan básica, compulsiva casi, que se traduce en gestos pequeños, en una limosnita, en una caricia, en una mirada compasiva.

Podríamos decir que nuestro Padre se nos vuelve cercano al definirse por la misericordia: le gusta que Jesús lo defina por esos gestos en que el amor excede la expresión, como en el abrazo al hijo pródigo. De la misma manera define Jesús a los más perfectos en el reino: a la viuda por las dos moneditas.

Estamos hablando del gesto que se hace participando de la conmovedora misericordia del Padre, entonces lo de dar una limosnita a la abuela que pide en la calle o un caramelo a un chico que en silencio nos deja una estampita en el subte, no es un “sacarse de encima una culpa” sino un “meter en un gesto pequeño toda la misericordia del Padre para que otro se sienta amado al menos por un instante”. En la lástima y la pena que se siente en el corazón y en el gesto espontáneo de remediarla un poquito aunque más no sea, dando algo con cariño, está la semilla de la misericordia.

Esto no es para nada algo accidental. De estos pequeños gestos de misericordia elemental está hecha la vida que, como dice Laudato Si, es fragil. Nuestro planeta es fragil, y cada creatura necesita de la “ternura del Padre”: “Cada criatura es objeto de la ternura del Padre, que le da un lugar en el mundo. Hasta la vida efímera del ser más insignificante es objeto de su amor y, en esos pocos segundos de existencia, él lo rodea con su cariño. Por eso, de las obras creadas se asciende «hasta su misericordia amorosa»”(LS 77). Toda vida necesita misericordia: desde la vida de la plantita que limosnea con sus raíces unas gotas de agua y con sus hojas un poco de luz, hasta la vida del bebé que estira la manito para recibir unas migas del pan que come su padre o mira atento la palabra que repite una y otra vez la boca de su madre.

La vida no es auto-sustentable, aunque en algunas etapas nos parezca que hemos alcanzado una posición sólida. La vida necesita de la misericordia de los otros, limosna tras limosna. Nuestras manos lo indican. Somos seres con manos, constantemente constreñidos a pedir y dar. Por eso la misericordia es la virtud y el don de las manos –que se juntan para pedir y que se abren para dar- como le enseñaba a Hurtado su mamá.

 

Es ese estremecimiento súbito del corazón que se nos enternece -la misericordia- lo que nos hace sentir y ver la necesidad más vital del otro, lo que nos mueve a acercarnos al lugar donde sentimos que la vida misma está amenazada, lo que nos lleva a elegir el lugar donde debemos estar para dar una mano: allí donde hay una miseria, una necesidad, hacia allí nos inclina y empuja la misericordia con su latido inconfundible, ese que define si no se ha endurecido nuestro corazón. La misericordia se conmueve ante la vida y busca dar vida. Dios es misericordioso porque es un Dios de vivientes, como lo define Jesús. Y por eso Jesús, que es la Vida, dice: “No he venido a buscar a los sanos sino a los enfermos, no he venido a llamar a los justos sino a los pecadores”. Y comía con los pecadores, se acercaba a los rebeldes, a los excluidos socialmente de su época, a los leprosos, a los “impuros legalmente”, a los que hacían trabajos denigrantes –los publicanos y las prostitutas- (Mt 9, 13). La misericordia conmovida por nuestra falta de vida fue lo que le hizo venir a este mundo.

 

La misericordia y los ojos del corazón

La misericordia nos permite ver, ver de verdad, ver sintiendo lo que vitalmente le pasa al otro. Y el misericordioso cultiva como un tesoro esta manera de mirar que sabe escudriñar el fondo del corazón del otro y no se queda en las apariencias. ‘Quiero Misericordia y no sacrificios’ (Mt 12, 7), les dice Jesús a los fariseos que miran con los ojos duros de una justicia legal a sus discípulos y los juzgan. A veces da miedo sospechar lo que se puede llegar a ver si uno se permite mirar con misericordia.

Pero no hay que temer ni sospechar. Toda creatura es es fruto de una mirada amorosa del Creador: es “importante a los ojos del Padre” (LS 96) y toda miseria ya fue mirada por la infinita misericordia de Jesús. Por eso toda miseria reconoce cuando es mirada así y agradece y premia al que siente misericordia devolviéndole misericordia. Es que la misericordia encuentra una solución cordial para cada problema humano, personal y social. No solo porque permite al que ama desarrollar una tarea de caridad social, practicando las obras de misericorida -“tuve hambre y me diste de comer, tuve sed y me diste de beber, estaba sin casa y me acogiste, desnudo y me vestiste, enfermo y me viniste a visitar, en la cárcel y me viniste a ver…” (Mt 25, 35 ss.)-, sino porque es desde la misericordia desde donde toda persona se rearma y se convierte de enfermo en sano, de pecador en apóstol.

En la Encíclica Dios es Caridad, el Papa Benedicto nos hablaba de este “corazón que ve”. Nos decía que su Encíclica brotó de contemplar el Corazón de Jesús traspasado en la Cruz. Y que el Espíritu que brota de ese corazón misericordioso se acompasa con el nuestro y nos lleva a mirar con misericordia a nuestros hermanos. Por eso “el programa del cristiano —el programa del buen Samaritano, el programa de Jesús— es un «corazón que ve». Este corazón ve dónde se necesita amor y actúa en consecuencia” (DCE 32). Un corazón que ve con los ojos de la misericordia, no con las anteojeras de las ideologías. Solo la misericordia que siente la vida en sus entrañas limpia la mirada de toda ideología y permite ver y programar las acciones más concretas y eficaces para cuidar esa vida, para que la vida misma encuentre el punto desde donde cuidarse ya que se experimenta amada. El Samaritano tiene claro lo que debe y puede hacer porque mira con misericordia al herido. Solo el que mira con misericordia “ve al otro”. Las ideologías miran sólo aspectos del otro y hacen que uno sólo se mire (también parcialmente) a sí mismo. El Papa Francisco nos dice que si uno se anima a “contemplar ante todo la inmensa dignidad del pobre” (LS 158), su mirada se vuelve “integral” y se aclara la opción por los pobes y por el cuidado de nuestro fragil planeta.

 

La misericordia y el don de poner todo el corazón

            “Sean misericordiosos como el Padre es misericordioso” (Lc 6, 36). El Padre es misericordioso porque se deja conmover su corazón hasta lo más hondo y por eso se da entero: pone todo su corazón en lo que siente y en lo que da. A esa perfección nos invita Jesús. No se trata para nada de algo voluntarista. La misericordia es una pasión que nos puede, cuando vemos miseria se nos revuelven las entrañas. Dejar que esto suceda “evangélicamente”, dejar que nos inunde una misericordia estando de la mano de Jesús, hace que podamos poner todo el corazón en lo que hagamos como respuesta. Ser misericordiosos, pues, “como” el Padre. El “como” apunta a dejarnos conmover hasta lo más hondo y a poner todo el corazón en lo que hacemos. Dios es amor y verdad, misericordia y fidelidad. Estamos llamados a imitar la ternura de Dios que se deja conmover y su generosidad que no se cansa de dar y de perdonar. ¿Es posible esto? Sí, porque, aunque parezca paradójico, al darse entero el corazón no se gasta, sino que se alimenta de la misma misericordia que da. El corazón se cansa y se gasta cuando se da “partido“, cuando gasta fuerzas en mantener amores contradictorios entre sí. La misericordia unifica el corazón en sí mismo, con el de los demás y con el de Dios. Por eso, si en algún momento no sentimos que “alcanzamos misericordia” al ser misericordiosos, es que no lo estamos siendo de verdad, es decir plenamente. Quizás lo que nos pase en algún momento es que sin darnos cuenta nos aceleramos y pasamos a practicar los gestos exteriores de la misericordia pero sin poner el corazón. Entonces nos quemamos. En cambio si ponemos el corazón entero en lo que hacemos, al mismo tiempo que nos cansamos, descansamos, en la medida en que damos, recibimos, y más aún. Hasta que uno no se convierte en misericordioso no se unifica. La misericordia se retroalimenta: en la misma medida en que uno se da recibe misericordia. Y aprender a recibir misericordia de aquellos a los que ayudamos con misericordia es la clave del amor cristiano.

 

La misericordia y el alcanzar misericordia

La bienaventuranza de la misericordia se tiene por premio a sí misma: el misericordioso alcanza misericordia, para sí y para los demás. Esto es porque no hay nada más absoluto o mayor que la misericordia: Es lo propio del Padre que crea sacando de la nada, por pura misericordia, que perdona a los pecadores cuando aún son pecadores. Aceptar la misericordia de Dios para nuestra miseria y para el perdón de nuestros pecados supone la delicadeza de Dios de dejarnos recibir libremente algo que ya nos está dando al sostenernos en la vida.

La misericordia se extiende a los que nos la comprenden y a los que nos hacen el mal. Los inmisericordes son también dignos de misericordia. La misericordia grande es para con las miserias grandes: la de Dios que salva la humanidad perdida, la de Jesús que perdona a los enemigos, la de Teresita que entrega la vida por la salvación de los pecadores, y ofrece su noche de la fe por los incrédulos.

La agresión suele provenir de una falta honda de misericordia básica en algún momento clave de la vida. Por eso, si tiene cura, sólo será con una misericordia mayor que la que faltó. De allí que el Señor tuviera que derramar toda su misericordia en la Cruz, ir hasta el extremo, para que esa misericordia tan inmensa suscitara la atención de todos, atrajera a todos hacia sí. La miseria del Señor en la Cruz es tan grande que atrae el corazón de todos, aún de los inmisericordes, como el Centurión o el ladrón. Y allí sí, que cada uno hace su opción. Más allá de su misericordia el Señor no tiene otro ofrecimiento: si uno la rechazara estaría rechazando su vida misma.

 

La misericordia y la dignidad del otro

Un detalle muy lindo del Señor está en hacernos ver que la misericordia cuanto más en secreto se hace, mejor. Un aspecto del secreto consiste en no hacer propaganda de lo que se hace –“Cuando hagas limosna no vayas trompeteando por delante como hacen los hipócritas… en verdad os digo que ya recibieron su paga” (Mt 6, 2). La alabanza de los demás es un pago menor que el que la misericordia merece. Cuando uno hace una obra de misericordia se la hace a sí mismo también. Reconoce que uno también es alimentado y vestido y necesita que lo visiten cuando está enfermo… Es algo básico lo que está en juego –la necesidad y el corazón-, por eso no se lo puede rebajar a un premio externo como es el aplauso.

Pero en un sentido más profundo, el secreto o la discreción de la misericordia, apunta a la dignidad del otro, a que el otro reciba un poquito y luego se pueda procurar por sí mismo el otro poquito. Como la madre que le da de comer en la boca a su pequeño y le va enseñando a agarrar la cuchara solo. Las dos cosas son misericordia, porque aprender es también recibir. Y aprender a cubrir las propias necesidades es también ser misericordioso con uno mismo: una parte de uno con la otra.

La misericordia es secreta en su misma esencia, porque siente más de lo que puede expresar en sus gestos. Por eso, guardarla en secreto no requiere esfuerzo, solo respeto a aquello que experimentamos. Que Dios sea misericordioso, que nos ame en secreto, que nos espere en silencio como el Padre misericordioso esperaba a su hijo, nos debe llevar a asombrarnos de cuánto respeta el Señor nuestra dignidad, cuánta confianza tiene en lo que podemos dar por nosotros mismos.

La imagen del secreto completa las imágenes de la limosna y del sentimiento de conmoción entrañable. Descubrir la misericordia de Dios implica descubrir que me ha estado amando entrañablemente y dando vida en secreto desde siempre. En un secreto tan secreto que ni él mismo “lo sabe”, por así decirlo. Sino que está totalmente volcado a mirar lo que yo hago con la vida que tengo, sin fijarse en que él mismo me la está dando. Como un padre o una madre que da por supuesto que está dando vida, alimento y ayuda a sus hijos y sólo se preocupan por lo que los hijos hacen por sí mismos con su vida.

La misericordia: clave secreta de la vida

Así, vemos que en la misericordia se esconde el secreto de la vida. La vida comienza por un acto de misericordia absoluto, que nos saca de la miseria de la nada, y terminará en un acto de misericordia que perdonará lo mal aprovechado. La vida, para lograr consolidarse, subsistir, organizarse y reconstruirse cada día necesita de la misericordia. Uno se rearma desde la misericordia, no desde otras virtudes. Comprender esto nos debe llevar a mirarnos a nosotros mismos y a mirar a los demás –a todo lo que sea viviente- con ojos de misericordia. El ser humano es un ser necesitado de misericordia porque hace aguas por todos lados, por todos lados está vulnerable, como agujereado ante la nada, ante la posibilidad de no ser, amenazado por la miseria, la ruina, la desintegración. Esto no solo en lo físico –amenazas de la salud y de la sociedad- sino en lo más íntimo, libre y personal. Solo una constante misericordia nos permite mantenernos coherentes, siendo que tantas tensiones tironean de nosotros y nos hacen ser incoherentes en muchas situaciones. Aceptar líbremente la misericordia para con nuestras incoherencias conscientes y libres equivale a reconocer que la estamos aceptando en todo las otras dimensiones de la vida, personal, familiar y social, que no dependen de nuestra libertad.

El día debe pues comenzar invocando la misericordia del Señor y sintiendo que la recibimos, junto con la vida misma, junto con la Eucaristía. Y debe terminar pidiendo misericordia para nuestras faltas y ejerciendo actos de misericordia para con nuestros hermanos. El Señor quiere Misericordia, no sacrificios. Al final del día (y de la vida) el Señor tiene para nosotros una mirada de Misericordia. Y quiere de nosotros una mirada igual. Quiere una mirada misericordiosa, no una mirada vengativa, autosuficiente y vanidosa, tampoco una mirada resentida, culposa y de desprecio. Quiere la mirada misericordiosa del que se siente acogido por su misericordia infinita.

 

 

 

Momento de contemplación

Hna Marta Irigoy md

 

“La misericordia es el fuego que arde en el corazón de Dios” (Card. Dannels)

Las características del fuego son varias, el fuego quema, purifica, da calor, ilumina…

Cuando hablamos de la misericordia como un fuego al que hay que atravesar, vemos como dice el Cardenal Martini, que:

(…)“Verdaderamente el fuego de la misericordia infinita del Padre nos hace arder, nos persigue, nos devora, nos transforma, nos transfigura a fin de que seamos como el Hijo. Resistirnos a la acción transformante de la misericordia es la infelicidad y el infierno. En cambio, si nos dejamos amar, esta acción purificadora, que nos libera de las escorias personales, sociales, históricas, de familia y culturales, para hacernos respirar la “soltura” y la libertad del Hijo Jesús, el cual en su amor por nosotros pasó primero por el fuego purificador de la muerte (…) para rescatarnos de nuestros pecados y unirnos a su camino”…

 

Al ir pasando por el corazón las otras bienaventuranzas anteriores: la de los pobres, las lágrimas, los mansos, los hambrientos y sedientos… quizás vamos descubriendo que se va gestando una “situación interior” que nos hace descubrir cuanta misericordia necesitamos, ya que ellas tocan nuestros vínculos más cercanos y los no tanto –Dios, nosotros, prójimos- desvelando “nuestra verdad”, una verdad necesitada de una nueva evangelización del corazón…

  • EVANGELIZAR el propio corazón, es darle buenas nuevas al propio corazón… como hizo Jesús ante cada corazón que le salía al encuentro…o al que Él salía a buscar : “He venido a buscar lo que estaba perdido”
  • Evangelizar el propio corazón es dejarnos anunciar nuevamente por, Zacarías al nacer su hijo , Juan Bautista:

Gracias a la misericordiosa ternura de nuestro Dios, que nos traerá del cielo la visita del Sol naciente, para iluminar a los que están en las tinieblas y en la sombra de la muerte y guiar nuestros pasos por el camino de la paz” (Lc.1,78-79)

Experiencia que el mismo Jesús, ya adulto, nos anunciará, como “secreto” de la felicidad:

  • Sean misericordiosos, como el Padre de ustedes es misericordioso” (Lc 6, 36)
  • Sean perfectos como es perfecto el Padre que está en los cielos” (Mt 5, 48)
  • “Ustedes serán felices ,si sabiendo estas cosas -misericordiosamente servir- las practican” (Jn 13)

La Misericordia es ¿Exigencia o don?

La perfección del Padre es su corazón misericordioso. Por lo tanto, cuanto mas misericordiosos más parecidos al Padre seremos, pero es una perfección que es don, porque solamente quien se anime a pasar por el corazón en llamas del Padre, sin miedos, podrá alcanzar misericordia, para luego llevarla a los demás.

Pasar las bienaventuranzas por el corazón es ejercitarnos en ellas, siendo en un primer momento la oportunidad de descubrir la propia pequeñez, en un segundo momento exponerla ante la mirada llena de bondad del Padre, como lo hizo la Virgen, que canto las grandezas del Señor, porque dejo que Dios mirara con bondad su pequeñez (Magnificat), para en un tercer momento hacer con los demás lo mismo, que Dios ha hecho con nosotros…

  • La misericordia cultiva una forma de mirar que va al centro del corazón del otro y no a sus apariencias…(P. Fares –La dicha de alcanzar misericordia que experimenta el misericordioso -2005) porque se ha hecho experiencia de ser mirado con misericordia.

Otra faceta de este ejercitarse en la misericordia es lo que muy iluminativamente dice el P. Amedeo Cencini, -aunque escribe para la vida religiosa nos ayuda en lo referente a todos nuestros vínculos- :

“Si en el centro de la vida está la gracia o la experiencia de la misericordia, entonces hay espacio u lugar para todo, también para el mal; el sol de la misericordia –el fuego- divina atrae todo hacia sí y lo transforma todo; el enemigo en amigo, la huida de casa en abrazo paterno, la miseria del propio envilecimiento en banquete de fiesta, porque “aunque nuestros pecados sean como la grana, blanquearán como la nieve…(Is 1,18)”.

La gracia es lo contrario de la rabia. Es la ternura de quien es rico en misericordia.

La misericordia es una fuerza de integración por medio de la cual se nos permite, también a nosotros integrar el mal que hay en nuestro interior y a nuestro alrededor… de lo contrario el “anti-misericordioso”, es como una toxina rabiosa que deambula y corrompe e infecta todo lo que toca. En cambio la misericordia recibida -de Dios- y donada –a los hermanos- es el centro vital y el corazón que late en la existencia de cada hombre y mujer, en cada comunidad humana –comunidad religiosa, familia, comunidad de fe y de servicios- (Como ungüento precioso, -La misericordia, una fuerza integradora- pág. 190)

 

Momento Contemplativo:

  • Vamos a hacer memoria de estos últimos días, ó el día de hoy, para descubrir como dice el Salmo “desde la salida del sol hasta el ocaso…” la misericordia de Dios, dada (a mí) o donada (por mí), fue haciendo encender la Paz en el corazón.
  • Haremos luego un “dialogo de misericordia” con Cristo puesto en Cruz, para agradecer y/o pedir Gracia, para reconocer su presencia misericordiosa en toda realidad.

Cita Amedeo Cencini, esta poesía anónima, que quizás no ayude también a entender que es en el fondo la misericordia:

¿Acaso no sería este mundo mejor

si la gente con que nos cruzamos nos dijera:

“Conozco algo bueno de ti”,

y nos tratáramos según esta afirmación?

¿No sería mejor y más estimulante

si cada apretón de manos sincero y cordial

llevara consigo esta afirmación:

“Conozco algo bueno de ti?

¿No sería la vida mucho más feliz

si esa pequeña bondad

que hay en todos nosotros

fuera la única cosa nuestra

que la gente se molestara en recordar?

¿No sería la vida mucho más feliz

si alabáramos la bondad que vemos?

Hay una cantidad inmensa de bondad

en la peor parte de ustedes y de mí.

No sería también hermoso practicar

esta buena manera de pensar?

¡Conoces algo bueno de mí!

¡Yo conozco algo bueno de ti!

 

 

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Jesús y los niños1. La mansedumbre en Francisco

¡La mansedumbre me seduce tanto!

Una de las cosas que más me impactó del libro “El Jesuita”, fue cuando le preguntan a Bergoglio:

– ¿Cuál es para Ud. la más grande de las virtudes?

Y responde:

– Bueno, la virtud del amor, de darle el lugar al otro, y eso desde la mansedumbre. La mansedumbre me seduce tanto! Le pido siempre a Dios que me de un corazón manso.

 

Lo mismo respondió a otro periodista en el vuelo a Manila, en Enero de este año:

-¿Cuál cree que es la mejor manera de responder a estas amenazas de los integristas islámicos?

-Para mí, la mejor manera de responder es siempre la mansedumbre. Ser manso, humilde –como el pan– sin agredir. Esa es mi postura, pero hay mucha gente que no lo comprende” (Vuelo a Manila 15 de enero de 2015). «Jesús dice: nada de guerras, nada de odio. Paz, mansedumbre». Alguien podría objetar: «Si yo soy tan manso en la vida, pensarán que soy un necio». Tal vez es así, afirmó el Papa, sin embargo dejemos incluso que los demás «piensen esto: pero tú sé manso, porque con esta mansedumbre tendrás como herencia la tierra» (Santa Marta 9 de junio de 2014).

 

La mansedumbre para Francisco tiene que ver con “darle lugar al otro”. Y esto es algo que él practica en el trato diario, desde que recibe a alguien hasta cuando lo tiene que despedir: siempre te da un ratito más. Recuerdo de estudiante en el Máximo lo primero que “escribí” de él después de una charla: que me impresionaba la absoluta falta de impaciencia que mostraba. Y esto es parte de la mansedumbre.

 

Caligrafía inglesa

“En esto de darle lugar al otro, que es parte de la justicia, el Papa dice que desearía “hacer caligrafía inglesa”. Esto le viene de una reflexión sobre las Cartas de Pablo: “Ahora, es emblemático cómo, junto a las virtudes inherentes a la fe y a la vida espiritual —que no se pueden descuidar, porque son la vida misma—, Pablo enumera algunas cualidades exquisitamente humanas: la acogida, la sobriedad, la paciencia, la mansedumbre, la fiabilidad, la bondad de corazón. Es este el alfabeto, la gramática de base de todo ministerio. Debe ser la gramática de base de todo obispos, de todo sacerdote, de todo diácono. Sí, porque sin esta predisposición hermosa y genuina a encontrar, conocer, dialogar, apreciar y relacionarse con los hermanos de modo respetuoso y sincero, no es posible ofrecer un servicio y un testimonio auténticamente gozoso y creíble” (Audiencia 12 de noviembre de 2014).

Pero la mansedumbre no es un sentimiento almibarado

“La paz franciscana no es un sentimiento almibarado. Por favor: ¡ese san Francisco no existe! Y ni siquiera es una especie de armonía panteísta con las energías del cosmos… Tampoco esto es franciscano, tampoco esto es franciscano, sino una idea que algunos han construido. La paz de san Francisco es la de Cristo, y la encuentra el que «carga» con su «yugo», es decir su mandamiento: Amaos los unos a los otros como yo os he amado (cf. Jn 13,34; 15,12). Y este yugo no se puede llevar con arrogancia, con presunción, con soberbia, sino sólo se puede llevar con mansedumbre y humildad de corazón” (En Asis 4 de octubre de 2013).

 

“Hay una relación muy estrecha entre el don de piedad y la mansedumbre. El don de piedad que nos da el Espíritu Santo nos hace apacibles, nos hace serenos, pacientes, en paz con Dios, al servicio de los demás con mansedumbre (Audiencia 4 de junio de 2014).

El secreto para no enojarse

¿Cuál es el secreto del Papa Francisco para no “enojarse”, para ser manso, siendo que es una persona de carácter fuerte. Cómo se controla? “El secreto – dice – para no “enojarse” para ser manso en medio de las contradicciones de la vida, “se expresa en el hecho de que si a un cristiano se le pide diez, «él debe dar cien», porque «para Él el todo es Jesucristo». Este es «el secreto de la magnanimidad cristiana, que va siempre con la mansedumbre. El cristiano es una persona que ensancha su corazón con esta magnanimidad. Tiene el todo, que es Jesucristo; las demás cosas son la nada. Son buenas, sirven, pero en el momento de la confrontación elige el todo» que es Jesús” (Santa Marta, 17 de junio de 2013).

Contemplar el silencio manso de Jesús

La Mansedumbre de un pan

“Nosotros estamos entre las llagas de Jesús, dijo usted, señora. Dijo también que estas llagas tienen necesidad de ser escuchadas, ser reconocidas. Y me viene a la memoria cuando el Señor Jesús iba de camino con los dos discípulos tristes. El Señor Jesús, al final, les mostró sus llagas y ellos le reconocieron. Luego el pan, donde Él estaba. Mi hermano Domenico me decía que aquí se realiza la Adoración. También este pan necesita ser escuchado, porque Jesús está presente y oculto detrás de la sencillez y mansedumbre de un pan. Aquí está Jesús oculto en estos muchachos, en estos niños, en estas personas. En el altar adoramos la Carne de Jesús; en ellos encontramos las llagas de Jesús. Jesús oculto en la Eucaristía y Jesús oculto en estas llagas (Con los niños discapacitados en Asis, 4 de octubre de 2013).

“Apacibilidad, humildad, bondad, ternura, mansedumbre, magnanimidad son todas virtudes que se necesitan para seguir el camino indicado por Cristo. Recibirlas es «una gracia. Una gracia —especificó el Santo Padre— que viene de la contemplación de Jesús». No por casualidad nuestros padres y nuestras madres espirituales —indicó— nos han enseñado cuán importante es contemplar la pasión del Señor. «Sólo contemplando la humanidad sufriente de Jesús —repitió— podemos hacernos mansos, humildes, tiernos como Él. No hay otro camino». Ciertamente tendremos que hacer el esfuerzo de «buscar a Jesús; pensar en su pasión, en cuánto sufrió; pensar en su silencio manso». Este será nuestro esfuerzo, recalcó; después «de lo demás se encarga Él, y hará todo lo que falta. Pero tú debes hacer esto: esconder tu vida en Dios con Cristo» (Santa Marta, 12 de setiembre de 2013).

“Jesús es llamado el Cordero: es el Cordero que quita el pecado del mundo. Uno puede pensar: ¿pero cómo, un cordero, tan débil, un corderito débil, cómo puede quitar tantos pecados, tantas maldades? Con el Amor, con su mansedumbre. Jesús no dejó nunca de ser cordero: manso, bueno, lleno de amor, cercano a los pequeños, cercano a los pobres. Estaba allí, entre la gente, curaba a todos, enseñaba, oraba. Tan débil Jesús, como un cordero. Pero tuvo la fuerza de cargar sobre sí todos nuestros pecados, todos. «Pero, padre, usted no conoce mi vida: yo tengo un pecado que…, no puedo cargarlo ni siquiera con un camión…». Muchas veces, cuando miramos nuestra conciencia, encontramos en ella algunos que son grandes. Pero Él los carga. Él vino para esto: para perdonar, para traer la paz al mundo, pero antes al corazón. Tal vez cada uno de nosotros tiene un tormento en el corazón, tal vez tiene oscuridad en el corazón, tal vez se siente un poco triste por una culpa… Él vino a quitar todo esto, Él nos da la paz, Él perdona todo. «Éste es el Cordero de Dios que quita el pecado»: quita el pecado con la raíz y todo. Ésta es la salvación de Jesús, con su amor y con su mansedumbre (Parroquia, 19 de enero de 2014).

De un Jesús que está enamorado de nuestra pequeñez

“La respuesta del cristiano no puede ser más que aquella que Dios da a nuestra pequeñez. La vida tiene que ser vivida con bondad, con mansedumbre. Cuando nos damos cuenta de que Dios está enamorado de nuestra pequeñez, que él mismo se hace pequeño para propiciar el encuentro con nosotros, no podemos no abrirle nuestro corazón y suplicarle: «Señor, ayúdame a ser como tú, dame la gracia de la ternura en las circunstancias más duras de la vida, concédeme la gracia de la cercanía en las necesidades de los demás, de la humildad en cualquier conflicto»” (Navidad de 2014).

«La fidelidad cristiana, nuestra fidelidad, es sencillamente custodiar nuestra pequeñez para que pueda dialogar con el Señor». He aquí por qué «la humildad, la docilidad, la mansedumbre son tan importantes en la vida del cristiano: son una custodia de la pequeñez». Son las bases para llevar siempre adelante «el diálogo entre nuestra pequeñez y la grandeza del Señor (Santa Marta 21 de enero de 2014).

Y, ¿cuál es la actitud más profunda que debemos tener para dialogar y no pelear?

“La mansedumbre, la capacidad de encontrar a las personas, de encontrar las culturas, con paz; la capacidad de hacer preguntas inteligentes: «¿Por qué tú piensas así? ¿Por qué esta cultura hace así?». Escuchar a los demás y luego hablar. Primero escuchar, luego hablar. Todo esto es mansedumbre. Y si tú no piensas como yo —pero sabes… yo pienso de otra manera, tú no me convences—, somos igualmente amigos, yo escuché como piensas tú y tú escuchaste como pienso yo. Las murmuraciones matan igual y más que las armas. Son lo contrario a la mansedumbre, a la humildad de la que habla el Señor, a esa luz tan bella que está en perdonar” (Santa Marta 13 de setiembre de 2013).

“Para dialogar no hay necesidad de alzar la voz, «sino que es necesaria la mansedumbre». Y, además, «es necesario pensar que la otra persona tiene algo más que yo», tal como hizo David, quien, mirando a Saúl, se decía a sí mismo: «él es el ungido del Señor, es más importante que yo». Junto «con la humildad y la mansedumbre, para dialogar —añadió el Pontífice— es necesario hacer lo que hemos pedido hoy en la oración, al comienzo de la misa: hacerse todo a todos»

Es que: “El cristiano no es violento, pero es fuerte. ¿Con qué fortaleza? La de la mansedumbre, la fuerza de la mansedumbre, la fuerza del amor” (Angelus 18 de agosto de 2013).

Mansedumbre en el hablar

La mansedumbre se nota mucho en el modo de hablar: «la mansedumbre que Jesús quiere de nosotros no tiene nada que ver con la adulación de los hipócritas (que parecen mansos porque hablan suave y amablemente). La mansedumbre es sencilla, como la de un niño; y un niño no es hipócrita, porque no es corrupto. Cuando Jesús nos dice: que vuestro modo de hablar sea: “sí, sí”, “no, no”, con alma de niño (Santa Marta 4 de Junio de 2013).

“Y el Espíritu nos hace hablar con los hombres en el diálogo fraterno. Nos ayuda a hablar con los demás reconociendo en ellos a hermanos y hermanas; a hablar con amistad, con ternura, con mansedumbre, comprendiendo las angustias y las esperanzas, las tristezas y las alegrías de los demás. Pero hay algo más: el Espíritu Santo nos hace hablar también a los hombres en la profecía, es decir, haciéndonos «canales» humildes y dóciles de la Palabra de Dios. La profecía se realiza con franqueza, para mostrar abiertamente las contradicciones y las injusticias, pero siempre con mansedumbre e intención de construir. Llenos del Espíritu de amor, podemos ser signos e instrumentos de Dios que ama, sirve y dona la vida” (Pentecostés 8 de junio de 2014).

«Humildad, mansedumbre, hacerse todo a todos» son los tres elementos básicos para el diálogo. Pero aunque «no esté escrito en la Biblia —puntualizó el Santo Padre—, todos sabemos que para hacer estas cosas es necesario tragar mucha quina; debemos hacerlo, porque las paces se hacen así». Las paces se hacen «con humildad, con humillación», siempre tratando de «ver en el otro la imagen de Dios». Así muchos problemas encuentran solución, «con el diálogo en la familia, en las comunidades, en los barrios». Se requiere disponibilidad para reconocer ante el otro: «escucha, disculpa, creía esto…». La actitud justa es «humillarse: es siempre bueno construir un puente, siempre, siempre». Este es el estilo de quien quiere «ser cristiano», aunque —admitió el Papa— «no es fácil, no es fácil». Sin embargo, «Jesús lo hizo, se humilló hasta el fin, nos mostró el camino». El Pontífice dio luego otro consejo práctico: para abrirse al diálogo «es necesario que no pase mucho tiempo». En efecto, hay que afrontar los problemas «lo antes posible, en el momento en que se puede hacer, cuando ha pasado la tormenta». Inmediatamente hay que «acercarse al diálogo, porque el tiempo hace crecer el muro» (Santa Marta 24 de enero de 2013).

Mansedumbre al corregir

«Antes que nada —afirmó el Pontífice—, el consejo que da para corregir al hermano, lo hemos oído el otro día, es llevar aparte a tu hermano que se ha equivocado y hablarle», diciéndole: «Pero hermano, en esto creo que no has obrado bien». Y «llevarlo aparte» significa precisamente «corregirlo con caridad». Porque «no se puede corregir a una persona sin amor y sin caridad». Sería como «hacer una operación quirúrgica sin anestesia», con la consecuencia de que el enfermo moriría de dolor. Y «la caridad es como una anestesia que ayuda a recibir la curación y aceptar la corrección». Entonces, el primer paso hacia el hermano: «llevarlo aparte, con mansedumbre, con amor, y hablarle».

Mansedumbre y discernimiento

“¿Pero cómo es la luz que nos ofrece Jesús? «Podemos reconocerla —explicó el Santo Padre— porque es una luz humilde. No es una luz que se impone, es humilde. Es una luz apacible, con la fuerza de la mansedumbre; es una luz que habla al corazón y es también una luz que ofrece la cruz. Si nosotros, en nuestra luz interior, somos hombres mansos, oímos la voz de Jesús en el corazón y contemplamos sin miedo la cruz en la luz de Jesús». Pero si, al contrario, nos dejamos deslumbrar por una luz que nos hace sentir seguros, orgullosos y nos lleva a mirar a los demás desde arriba, a desdeñarles con soberbia, ciertamente no nos hallamos en presencia de la «luz de Jesús». Es en cambio «luz del diablo disfrazado de Jesús —dijo el obispo de Roma—, de ángel de luz. Debemos distinguir siempre: donde está Jesús hay siempre humildad, mansedumbre, amor y cruz. Jamás encontraremos, en efecto, a Jesús sin humildad, sin mansedumbre, sin amor y sin cruz».

“Él hizo el primero este camino de luz. Debemos ir tras Él sin miedo, porque «Jesús tiene la fuerza y la autoridad para darnos esta luz». Una fuerza descrita en el pasaje del Evangelio de la liturgia del día, en el que Lucas narra el episodio de la expulsión, en Cafarnaún, del demonio del hombre poseído (cf. Lc 4, 16-30). «La gente —subrayó el Papa comentando el texto— era presa del temor y, dice el Evangelio, se preguntaba: “¿qué clase de palabra es ésta? Pues da órdenes con autoridad y poder a los espíritus inmundos, y salen”. Jesús no necesita un ejército para expulsar los demonios, no necesita soberbia, no necesita fuerza, orgullo». ¿Cuál es ésta palabra que «da órdenes con autoridad y poder a los espíritus inmundos, y salen?», se preguntó el Pontífice. «Es una palabra —respondió— humilde, mansa, con mucho amor». Es una palabra que nos acompaña en los momentos de sufrimiento, que nos acercan a la cruz de Jesús” (Santa Marta 3 de setiembre de 2013).

Mansedumbre contra la “avaricia”

“Contra la vanidad, contra el orgullo «se necesita mansedumbre». Es más, «éste es el camino de Dios, no el del poder idolátrico que puede darte el dinero. Es el camino de la humildad de Cristo Jesús que siendo rico se hizo pobre para enriquecernos precisamente con su pobreza” (Santa Marta 20 de setiembre de 2013).

Mansedumbre es la virtud de los pastores

“Los Obispos han de ser Pastores, cercanos a la gente, padres y hermanos, con mucha mansedumbre; pacientes y misericordiosos. Hombres que amen la pobreza, sea la pobreza interior como libertad ante el Señor, sea la pobreza exterior como simplicidad y austeridad de vida” (Encuentro con el Celam 28 de Julio de 2013) febrero de 2014).

Mansedumbre que atrae

«La Iglesia, nos decía Benedicto XVI, crece por atracción, por testimonio. Y cuando la gente, los pueblos ven este testimonio de humildad, de mansedumbre, de apacibilidad, sienten la necesidad» de la que habla «el profeta Zacarías: “¡Queremos ir con vosotros!” (Santa Marta 1 de octubre de 2013).

Vs ideologías

«Cuando un cristiano se convierte en discípulo de la ideología, ha perdido la fe y ya no es discípulo de Jesús». La ideología implica “todo un proceso espiritual y mental» que lleva a que la fe pase «por un alambique» transformándola en «ideología». Pero «la ideología no convoca. En las ideologías no está Jesús. Jesús es ternura, amor, mansedumbre, y las ideologías, de cualquier sentido, son siempre rígidas». Se corre el riesgo de hacer al cristiano «discípulo de esta actitud de pensamiento» antes que «discípulo de Jesús»” (Santa Marta 17de octubre de 2013).

Comencemos en casa

Comencemos en casa. Justicia y paz en casa, entre nosotros. Se comienza en casa y luego se sigue adelante, a toda la humanidad. Pero debemos comenzar en casa. Que el Espíritu Santo actúe en nuestro corazón, rompa las cerrazones y las durezas y nos conceda enternecernos ante la debilidad del Niño Jesús. La paz, en efecto, requiere la fuerza de la mansedumbre, la fuerza no violenta de la verdad y del amor (1 de enero de 2014).

 

Momento de reflexión

Diego Fares sj

2. La dicha de los mansos y la posesión de la tierra

 

La bienaventuranza de la mansedumbre dice así: “Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra” (Mt 5, 4).

 

El fruto de la mansedumbre: la posesión de la tierra “en la que andas como peregrino”

 

El Señor liga la mansedumbre con la dicha de la posesión de la tierra. Para Israel la posesión de la tierra prometida era, junto con la descendencia, “la bienaventuranza”.

Recordemos lo que Dios le promete a Abraham:

“Te haré fecundo sobremanera, te convertiré en pueblos, y reyes saldrán de ti. Estableceré mi alianza entre nosotros dos, y con tu descendencia después de ti, de generación en generación: una alianza eterna, de ser yo el Dios tuyo y el de tu posteridad. Yo te daré a ti y a tu posteridad la tierra en que andas como peregrino, todo el país de Canaán, en posesión perpetua, y yo seré el Dios de los tuyos» (Gn 17, 6-8).

En la posesión de la tierra se expresan todas las demás bendiciones. Es una tierra que Yavéh conquista para su pueblo y que este, para poseerla en paz, debe cumplir con la Ley.

“Harás lo que es justo y bueno a los ojos de Yahveh para que seas feliz y llegues a tomar posesión de esa tierra buena de la que Yahveh juró a tus padres que arrojaría a todos tus enemigos ante ti” (Dt 6, 18-19).

 

La mansedumbre: clave del trabajo, la economía y la política

Para nosotros, generalmente, esta bienaventuranza se traslada a la posesión del cielo. Sin embargo, ya que hay otras que hablan del reino de los cielos, es mejor mantener esta en su ligazón con la tierra. Hay una manera cristiana de “poseer la tierra”, de habitar la casa, de gestionar la economía, de hacer política, de trabajar, producir y negociar La mansedumbre es la clave de la posesión cristiana de la tierra y por tanto es la clave del trabajo, de la economía y de la política.

 

La primera tierra es el propio corazón

Ahora bien, la primera “tierra” es el propio corazón. Hay una relación profunda entre la posesión del propio corazón –en la paz, la contención, la no agresión y mansedumbre- y la posesión de la tierra: del hogar, de la comunidad, del lugar apostólico, de la ciudad y la patria.

 

Mansedumbre y tiempo

Esa relación se puede expresar diciendo que “poseer un espacio requiere tiempo”, un tiempo largo, amansado: porque para poseer un espacio hay que caminarlo, cultivarlo, construirlo, adornarlo, protegerlo. Uno puede conquistar o destruir en un momento, violentamente, un espacio, pero para poseerlo se requiere mansedumbre: la mansedumbre del habitar, del trabajar, del caminar. La imagen de Abraham es la del que peregrina en la misma tierra que el Señor le ha prometido, sin poseerla. Solo poseerá la primicia en la cuevita donde entierra a Sara su esposa.

 

Los que disputan espacios que luego no cultivan

Lo contrario de poseer la tierra es el disputar espacios. En toda disputa de espacios se esconde una falta de mansedumbre y un deseo de poder. Hay disputas abiertas y disputas solapadas, no siempre fáciles de discernir. Pero por los frutos se puede ver con claridad: los que tienen deseo de poder disputan espacios que luego no cultivan. Conquistan pero no hacen ni dejan hacer a otros. Acumulan territorios –trabajos, cargos, responsabilidades…- que cuando ellos no pueden atender nadie más los atiende porque no formaron equipos ni trabajaron con otros. Esto viene de la falta de mansedumbre en el propio corazón, de no haber encontrado el propio espacio, el propio lugar y entonces andar peleando por el de otros. Y luego de conquistado, dejar que se estropee. El violento, conquista y luego desprecia, abandona. El manso, si no es bien recibida su paz, sacude el polvo de sus sandalias y se va a otra ciudad, a otro puesto.

La mansedumbre apunta al tiempo no a los espacios. Abraham es nuevamente la imagen del que, en la disputa entre sus pastores y los de Lot le deja elegir a su sobrino la mejor tierra y él se queda con el resto, que, paradójicamente, con el tiempo será la tierra prometida.

 

Mansedumbre y responsabilidades

La mansedumbre soluciona y contiene los conflictos desde arriba. Por eso una imagen linda es la de la apacibilidad y estrechez de la casa familiar, del convento que se abre a la inmensidad del cielo, de la obra pequeña en la que uno trabaja: allí la tierra justa que uno puede poseer se abre a la trascendencia. A la dimensión vertical que hace fecunda esa parcelita.

Martín Descalzo, en “El dulce reino de la tierra” cita a Bernanos, que escribía acerca de cuánto había amado este dulce reino de la tierra. Y Descalzo reafirma esta convicción: los cristianos amamos la tierra. La tierra poseída con mansedumbre es parte del reino de los cielos. Jesús amó nuestra tierra, nuestros santos la amaron. Santa Teresa llamaba “paraíso” a su pequeño convento de San José. Ignacio amaba ese rinconcito en la terraza del Gesú donde cabía el banquito en el cual se sentaba para llorar mansamente mirando el cielo estrellado.

Poseer en paz la propia tierra, extendiendo estos pequeños lugares de oración y de trabajo por toda el mundo, es un testimonio vivo de esta bienaventuranza. Al poseer bien la tierra uno se vuelve manso. Y viceversa. Podríamos decir que la altura del cargo que un cristiano debe tener se relaciona con la anchura de la tierra cuyos conflictos pueda sostener y conducir en paz, con mansedumbre.

 

Las bienaventuranzas son “ejercicios espirituales”.

Las bienaventuranzas son “ejercicios espirituales”. Si uno se ejercita orando con ellas, haciéndolas consciente, interpretando lo que siente desde su dinamismo y poniéndolas en práctica, son como una respiración que asciende al cielo como ruego y desciende como bendición. Lo importante es la conexión que establecen entre la persona y Dios nuestro Señor.

Soy pobre, y al conectarme con Dios mi Padre y presentarle mi pobreza esta inclina la bondad del Señor hacia mí y me otorga su bendición.

Estoy afligido, y al presentarle al Señor mis lágrimas ellas me atraen su consolación.

Reacciono con mansedumbre, no agrediendo, conteniéndome, y al practicar esta actitud, el Señor me bendice atrayéndome la verdadera autoridad que me hace poseer el espacio en disputa, la tierra.

 

Dejarnos sostener por Jesús, el único manso y humilde de corazón, Dueño de toda la tierra

A veces consideramos la mansedumbre de Jesús solo en su aspecto subjetivo, como virtud interior. Pero hace bien ponerla en relación con el aspecto objetivo de la “posesión de la tierra”. Jesús es manso porque es Dueño de todo, Señor de todo, Cabeza y Recapitulador del universo. Y es Dueño de todo poseyéndolo con mansedumbre, ganando lo que es suyo por creación con el poder atractivo de su amor, no con violencia ni como si fuera un amo despótico.

El Señor es el único manso y humilde de corazón y el que lo posee todo. Por eso para practicar la mansedumbre tenemos que mirarlo a él, aprender de él y dejarnos “descargar de agobios e iras” por él. En Mateo 11, el Señor muestra “los júbilos de su corazón”, como titula la biblia de la BAC:

“En aquel tiempo, tomando Jesús la palabra, dijo: «Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, Porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños. Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce bien al Hijo sino el Padre, ni al Padre le conoce bien nadie sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. «Vengan a mí todos los que están fatigados y sobrecargados, y yo les daré descanso. Tomen sobre ustedes mi yugo, y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallarán descanso para sus almas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera» (Mt 11, 11, 25-30).

Contemplamos al Señor a quien el Padre “le ha entregado todo”. Contemplarlo como el Dueño de todo, como el que con su mansedumbre llegó a poseer lo que era suyo por derecho, contemplar cómo muestra su interior y nos manifiesta sus sentimientos más hondos -lo que le alegra y consuela- nos hace bien. Porque la alegría tiene una belleza contagiosa. Simplemente mirar a Jesús contento, lleno de gozo, sonriente, con los ojos iluminados… nos hace bien. El sentimiento del Señor es el de un corazón manso y humilde, un corazón contenido en sí mismo, que se eleva al Padre y que mira las angustias de los hombres sin sentir desborde sino sintiendo amplitud. ¿Por qué? Porque el es Dueño de todo y mira a todos como “viniendo a El” y se mira a si mismo como “aliviando”, sosteniendo y cargando a todos sobre sus hombros de buen Pastor.

Ver a Jesús cargando la cruz de todas las personas con las que nos cruzamos, verlo como el que está sosteniendo a cada uno con amor, es fuente de consuelo y de colaboración. Confiar en que él nos carga a cada uno descansa y alivia. Y ayuda a confiar también en el otro, en sus posibilidades y capacidades.

 

La fuerza persuasiva del Espíritu vs la fuerza coactiva de la materia

Guardini, en su libro sobre el Poder, nos dice que toda la vida de Jesús fue una transposición del poder en humildad, en mansedumbre. Ejerció su Señorío con mansedumbre y humildad. Pero esa mansedumbre es Señorío efectivo, más real que el de los políticos y poderosos. Lo que pasa es que nosotros disociamos mansedumbre y posesión. ¿Por qué? Porque no comprendemos la diferencia entre el Señorío de la materia y el del Espíritu. Martini dice que la mansedumbre indica la capacidad de distinguir la esfera de la materia, donde lo que actúa es la fuerza, de la esfera del Espíritu, donde actúa la persuasión del testimonio auténtico.

El manso es el que, a imagen de Jesús, no usa la coacción física, ni la manipulación verbal, ni la prepotencia moral, sino que con sumo respeto por la libertad del otro, se contiene a sí mismo y por eso persuade, al actuar con amor y servicialidad. Es Señor mansamente, con esa moderación, benevolencia, dulzura y paciencia que provienen del Espíritu de mansedumbre (Gal 5, 22).

La mansedumbre apunta al núcleo del corazón del otro para que el otro se mire a sí mismo y quiera cambiar desde adentro. La violencia en cambio acciona sobre el exterior del otro, empujando y rechazando o agrediendo su fuerza exterior. Para la oración puedo elegir los gestos de dulzura y mansedumbre del Señor que más me hagan bien mientras miro aquellos “espacios” y “situaciones” que deseo poseer o en las que estoy implicado y tengo que gestionar, esas cosas que me irritan y desasosiegan, para que la mansedumbre del Señor me ayude a “ver” a su manera los conflictos y así poder llevarlos en paz.

 

La mansedumbre de María y su invitación a obrar como Jesús

Pedro le dirá a las mujeres: “que su adorno no esté en el exterior sino en lo oculto del corazón, en la incorruptibilidad de un alma llena de mansedumbre y de paz” (1 Pe 3, 3-4). Desde esta perspectiva miramos a nuestra Señora: todo en María es dulzura y mansa paz.

Es mansa en sus gestos porque es mansa en los movimientos interiores de su corazón. Cuando el Ángel le anuncia la Encarnación, hasta el desconcierto y la turbación son mansos en María. Está activa y todos sus sentimientos despiertos y conscientes, pero sin agresividad, sin sospecha alguna. Sus dudas y temores se apaciguan prontamente al escuchar con atención lo que el Ángel le dice.

Es mansa en sus acciones. También su prontitud para ir a servir y el encuentro con Isabel su prima, muestran un alma mansa, que se entrega y canaliza sus energías positivamente, yendo a servir, alegrándose con los encuentros humanos, bendiciendo a Dios.

Es mansa al interpretar las cosas que suceden. La lectura que hace María de la historia es lúcida y mansa. Como que ella ve cumpliéndose el deseo de su Hijo de que todos –hombres y pueblos- vengan a él. En Caná, la atención de María a lo que falta, indica también un alma receptiva, atenta a lo que sucede a su alrededor, atenta a la situación presente. Lo cual es indicativo de que no está sumida en las fluctuaciones de su propio yo, en los vaivenes de una afectividad agitada en torno al propio centro. Todo lo que hace, siente y piensa nuestra Señora lo hace, lo siente y lo piensa con dulzura y paz. María es mansa de corazón. Y por eso genera un espacio en torno a sí que convierte la tierra en santuarios y los caminos en lugar de peregrinación hacia ella.

 

Momento de Contemplación

Hna Marta Irigoy md

3.  “Felices los mansos, porque poseerán la tierra…de su propio corazón”

“Aprendan de Mí,

que soy manso y humilde de corazón

y así encontrarán alivio…” (mt.11,28)

 

La Bienaventuranza de los mansos, está íntimamente unida a la de la pobreza. Muchos autores dicen que son una misma. Que pobreza y mansedumbre son una misma realidad.

 

La tradición bíblica, relaciona al manso con el pobre de corazón. En el sustrato bíblico hebreo o arameo, “es difícil -escribe es P. Jacques Dupont, osb- , encontrar una diferencia de matiz apreciable entre la Bienaventuranza de los pobres y la de los mansos. Ambas se refieren a los anawim” (Martín Neyt, osb. -Cuadernos Monásticos Nº 149)

Este término –anawim- en su principio se refería a todos los que sufrían pobreza económica, luego se aplicó a aquellos que no podían confiar en sus propias fuerzas y referían su vida solamente a Dios.

 

Jesús que no sólo predicó las bienaventuranzas, sino que las vivió en su vida, mostró el modo de vivir la vida en una plenitud hasta su tiempo jamás oída. La plenitud que da la entrega.

 

Contemplar el corazón de Jesús, nos ayuda a asomarnos a ese “aula-corazón”, donde podemos aprender los primeros balbuceos de este nuevo modo de hablar, de vivir, de mirar, de confiar, de esperar…porque, como dice el mismo Jesús: “de la abundancia del corazón habla la boca” (Mt 15, 18a)…y los gestos…

El secreto es aprender de Él, que es “el Manso y el Humilde” para encontrar el alivio que reclama todo corazón.

 

El secreto de la mansedumbre = Saberse creado por amor

Nuestros entornos sociales, tan hundidos en la violencia, la agresión y la disputas por el poder, revelan las consecuencias de haber desalojado del corazón del hombre y la mujer, la certeza de saberse creados por amor y para amar.

Basta salir a la calle –aunque muchas veces lo padecemos en nuestro hogar o en la propia interioridad– para vernos amenazados por gestos y palabras agresivas. Mirando nuestro mundo, lo contemplamos como un huérfano. Un huérfano de amor, que no ha descubierto que tiene un Padre que lo ama y siente su dolor como propio.

Asistimos a discursos que con sus palabras y gestos nos revelan que sus actos brotan de corazones que no poseen paz, alivio, ni serenidad.

Son corazones que no han recibido “caricias”, que como, dice Piet Van Breemen (“Como pan que se parte”) , que en el griego clásico se dice: “PRAUTES” –mansedumbre- y es una palabra que lleva implícita una caricia.

Se trata entonces, de captar esta relación que existe entre falta de palabras y gestos mansos, que acaricien la vida y despierten al hombre y mujer de esa gran pesadilla de no sentirse valiosos y dignos del amor de nadie y que a través de nuestras palabras y gestos acariciantes puedan descubrir: “Un Padre que es el más tierno de todos los padres”, como dice el P. Hurtado.

Un corazón que lucha por espacios –puestos, roles, afectos, lugares, etc…-, es un corazón que todavía no es dueño de su interior. No es un corazón manso que con sus gestos y palabras acaricia, sino que estos brotan de heridas, que siguen supurando y contagiando su infección a todos los que salen a su paso…

 

Saberse aceptado por amor

Quien ha experimentado su pobreza, la ha gustado hondamente en su amargura, y la ha aceptado como una compañera de camino, seguramente, en el andar ha ido saboreando su dulzura escondida.

Este proceso, “de nacer de lo alto” (Jn 3, 1-5), será un proceso fecundo si fue gestando y dando a luz la certeza de saberse aceptado por el Amor de Dios. Un Dios que solamente busca que sus hijos estén cerca de Él.

Este proceso es lo que hace posible la posesión de esa tierra, que es la más difícil de poseer: la tierra del propio corazón. Seremos felices porque poseeremos ese lugar más hondo en donde brotan las palabras y gestos acariciadores…seremos felices porque acariciaremos a los demás, ya que para esto hemos sido creados por amor: para amar y desde esta experiencia de aceptación profunda, poder servir.

Es muy iluminador lo que dice, Van Bremen sobre “la mansedumbre evangélica –prautes- , es fruto de una profunda toma de conciencia del amor que Dios me tiene tal como soy. Cuando estoy seguro de que Dios me acepta, puedo permitirme ser manso, porque si para Dios tengo tanto valor, ya no tengo necesidad de afirmarme. La certeza de la infinita ternura que Dios siente por mí me libera de todo interés propio; en consecuencia, puedo abrirme a los demás y cumplir mi tarea sin darme importancia. Y el resultado de todo ello es un desinterés por mí mismo que hace que mi actitud sea serena y benéfica “Te he llamado por tu nombre”)”.

Quisiera resaltar esto que dice Van Bremen:

“La certeza de la infinita ternura que Dios siente por mí me libera de todo interés propio”

Quien no ha tenido gestos de ternura, está incapacitado para tener gestos y palabras de ternura. Un niño que es criado en un entorno violento, será un niño violento y si no encuentra ternura en los lugares que se lo confía: escuela, club, sociedad de fomento, comunidad de fe, etc… nunca descubrirá a un Dios que es el más tierno de todos los padres, como decíamos más arriba.

 

Por que la ternura nos desarma. Nos hace vulnerables y es la que prepara la tierra de nuestro corazón para la siembra de esas palabras y gestos acariciadores que luego darán su fruto a su debido tiempo (Parábola de la semilla que crece por sí sola Mc 4, 26 ss). Es un trabajo de toda la vida y para toda la vida…

 

MOMENTO PARA CONTEMPLAR:

Preguntas que pueden ayudar:

  • ¿ Qué sentimientos quedan en tu corazón después de todo lo leído?
  • ¿Son tus gestos y palabras acariciadores?
  • “La ternura cambiará el mundo” ¿crees que esto o hará posible? ¿por qué?

Para terminar:

 

Valgan las palabras de un monje budista camboyano (Javier Melloni-sj- “Este texto llegó a mis manos gracias a un compañero jesuita que trabaja en Camboya, en poblados con mutilados de guerra.”).

 

“El sufrimiento de nuestro país ha sido profundo.

De este sufrimiento surge una gran ternura.

La ternura pone paz en el corazón.

Un corazón pacífico da paz al ser humano.

Un ser pacífico pone paz en una familia.

Una familia pacífica pone paz en una comunidad.

Una comunidad pacífica pone paz en una nación.

Una nación pacífica pone paz en el mundo”.

 

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La alegría del Evangelio como Principio y Fundamento de nuestra vida

la alegría del evangelio

 

“Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría”

“La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por Él son li­berados del pecado, de la tristeza, del vacío inte­rior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría” (EG 1).

Los 18 puntos de la Introducción a “La alegría del evangelio” se concentran en este primer párrafo, que tiene “sabor a Cristo resucitado”. La perspectiva de “los que se encuentran con Jesús” es la de un encuentro con “Jesús resucitado”, cuyo oficio, como dice Ignacio, es “consolar a sus amigos”. Es que “con Jesucristo siempre “resucita” –nace y renace- la alegría”. Con esta “exhortación” Francisco quiere “consolar a sus amigos, a la Iglesia entera” para que “salga a evangelizar” y a consolar a los demás.

Para los que vivimos la espiritualidad de los Ejercicios es bueno meditar cómo es el camino por el que nos lleva Ignacio. Por un lado es un camino lineal, que parte de la creación, se purifica de los pecados, sigue a Jesucristo y se va identificando con él, con su pasión y resurrección, hasta aprender a “amarlo y servirlo en todas las cosas”. Pero este camino tiene un centro afectivo que es “el gozo de Cristo Resucitado”. Este gozo y esta consolación que nos trae el Señor se expande en los cuatro deseos: de alabar y reverenciar a Dios, de liberarse de los afectos desordenados, de seguir a Jesús y de identificarse con él, eligiendo lo mismo que él elige.

Francisco nos centra en esta dinámica de la alegría de la resurrección, que es propiamente el “evangelio”, la buena nueva anunciada, y nos invita a una serena reflexión sobre la alegría que se renueva y se comunica.

I. Alegría que se renueva y se comunica

La oración de la alegría: “rescátame Señor…”

Cuando la vida interior se clausura en los propios intereses, ya no hay espacio para los demás, ya no entran los pobres, ya no se escucha la voz de Dios, ya no se goza la dulce alegría de su amor, ya no palpita el entusiasmo por hacer el bien” (EG 2) puede brotar entonces “la oración de la alegría”:

« Señor, me he dejado engañar, de mil maneras escapé de tu amor, pero aquí estoy otra vez para renovar mi alianza contigo. Te necesito. Rescátame de nuevo, Señor, acéptame una vez más entre tus brazos redentores » (EG 3).

“Nadie está excluido de la alegría que trajo el Señor” (Pablo VI, Gaudete in Domino 22). El nos permite levantar la cabeza y volver a empezar, con una ternura que nunca nos desilusiona y que siempre puede devolvernos la alegría. No huyamos de la resurrección de Jesús, nunca nos declaremos muertos, pase lo que pase. ¡Que nada pueda más que su vida que nos lanza hacia ade­lante!” (EG 3).

Antiguo Testamento

Entre los párrafos más lindos del AT está el de Sofonías: “Pero quizás la invitación más contagiosa sea la del profeta Sofonías, quien nos muestra al mismo Dios como un centro luminoso de fiesta y de alegría que quiere comunicar a su pueblo ese  gozo salvífico. Me llena de vida releer este texto: « Tu Dios está en medio de ti, poderoso salvador. Él exulta de gozo por ti, te renueva con su amor, y baila por ti con gritos de júbilo » (3,17).

“Es la alegría que se vive en medio de las pe­queñas cosas de la vida cotidiana, como respuesta a la afectuosa invitación de nuestro Padre Dios: « Hijo, en la medida de tus posibilidades trátate bien […] No te prives de pasar un buen día » (Si 14,11.14). ¡Cuánta ternura paterna se intuye de­trás de estas palabras! (EG 4). A esto responde eso tan del Papa de desear “Buon pranzo” a la gente que acude al Ángelus, poniendo esa nota de humanidad y cortesía que tanto bien hace a todos.

Nuevo Testamento: Alegría del Resucitado

Del NT rescatamos las siguientes frases del Señor: “Jesús mismo « se llenó de alegría en el Espíritu Santo » (Lc 10,21). Su mensaje es fuente de gozo: « Os he dicho estas cosas para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría sea plena » (Jn 15,11). Nuestra alegría cristiana bebe de la fuente de su corazón rebosante. Él promete a los discípulos: « Estaréis tristes, pero vuestra tristeza se conver­tirá en alegría » (Jn 16,20). E insiste: « Volveré a veros y se alegrará vuestro corazón, y nadie os podrá quitar vuestra alegría » (Jn 16,22)” (EG 5). 

Alegría de los pequeños

De la vida cotidiana el Papa rescata lo siguiente:

“Puedo decir que los go­zos más bellos y espontáneos que he visto en mis años de vida son los de personas muy pobres que tienen poco a qué aferrarse. También recuerdo la genuina alegría de aquellos que, aun en medio de grandes compromisos profesionales, han sabido conservar un corazón creyente, desprendido y sencillo. De maneras variadas, esas alegrías be­ben en la fuente del amor siempre más grande de Dios que se nos manifestó en Jesucristo”  (EG 7).

 

II. La dulce y confortadora alegría de evan­gelizar 

¿Cómo es que es “dulce y confortadora” la tarea de Evangelizar que nos dejó el Señor: “vayan a todo el mundo y anuncien el evangelio” (Mc 15, 16)? Es que hay tareas y tareas. Tareas que agotan y tareas que renuevan. Las que renuevan son “irradiación” de un bien que hemos recibido y al cual –llenos de fervor y bajo el efecto de la alegría que nos produce-  desarrollamos y compartimos con nuestro trabajo. Lo paradójico de estas tareas –que son como un cuadro que uno pinta o como una fiesta que dos novios preparan, o como un proyecto para los demás que un equipo elabora- es que no agotan sino que realimentan a los que se desgastan en ellas. Por eso son dulces y confortadoras, porque son vida y “la vida se alcanza y madura a medida que se la entrega para dar vida a los otros” (EG 10).

El bien, comunicándose, se arraiga y desarrolla, la vida se acrecienta dándola y en la medida en que se da, se renueva. Jesucristo “siempre puede, con su novedad, renovar nuestra vida y nuestra comunidad. Él puede romper los esquemas aburridos en los cuales pretendemos encerrarlo y nos sorprende con su constante creatividad divina” (EG 11).

“Por consiguiente, un evangelizador no debería tener permanentemente cara de funeral. Recobremos y acrecentemos el fervor, « la dulce y conforta­dora alegría de evangelizar, incluso cuando hay que sembrar entre lágrimas […] Y ojalá el mundo actual —que busca a veces con angustia, a ve­ces con esperanza— pueda así recibir la Buena Nueva, no a través de evangelizadores tristes y desalentados, impacientes o ansiosos, sino a tra­vés de ministros del Evangelio, cuya vida irradia el fervor de quienes han recibido, ante todo en sí mismos, la alegría de Cristo »” (EG 10)

Una eterna novedad

Francisco nos ayuda a redescubrir cómo es que la alegría va unida a la novedad. El Evangelio es Buena nueva, frescura y originalidad, creatividad. Nunca envejece, nos renueva el vigor.

Cuando irrumpe la alegría y nos invade el corazón, la experiencia es de “novedad esperada”. La alegría dice: “no puedo creer que sea verdad, que esté pasando lo que siempre soñé”. Francisco nos hace reflexionar y ver que la novedad es “memoriosa”. El que no tiene memoria no se “sorprende” por nada. La alegría brota cuando, en algo nuevo, vemos que “Él nos amó primero”.  Por eso es que la memoria agradecida prepara la tierra para recibir la novedad del evangelio y la alegría al descubrir lo nuevo remite al recuerdo, al mismo tiempo que nos impulsa a dar un paso adelante y a salir a comunicar a otros el bien recibido.

La neurociencia nos dice que la memoria y los proyectos nuevos se guardan en el mismo lugar de nuestro cerebro. Memoria y esperanza habitan juntas y su hija es la alegría.

III. La nueva evangelización para la transmi­sión de la fe

Los tres tipos de personas a los que se dirige la evangelización.

Los tres niveles: los que tienen fervor, ya sea grande o que debe crecer, los que no experimentan el consuelo de la iglesia y la alegría de la fe, y los que no conocen o han rechazado a Jesús. Cada uno puede identificar en su corazón estas “periferias” que deben ser evangelizadas. La del fervor que puede crecer, saliendo a evangelizar a los demás; la periferia donde por mis pecados o falta de profundidad y de dar tiempo a la oración no siento la consolación del evangelio; las periferias donde mis criterios y mis deseos rechazan a Cristo (cfr. EG 14).

Francisco consolida este nuevo paradigma: la salida misionera es el paradigma de toda obra de la iglesia… “habrá más alegría por un pecador que se convierta (Lc 15, 7) (Cfr. EG 15).

En este paradigma, los temas con más incidencia son:

a) La reforma de la Iglesia en salida misionera.

b) Las tentaciones de los agentes pastorales.

c) La Iglesia entendida como la totalidad del Pueblo de Dios que evangeliza.

d) La homilía y su preparación.

e) La inclusión social de los pobres.

f) La paz y el diálogo social.

g) Las motivaciones espirituales para la tarea misionera.

Estos puntos hacen a un “estilo evangelizador que nos lleva a poder estar siempre alegre en el Señor”(Fil 4,4) (EG 18).

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