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Momento de reflexión

Diego Fares sj

En su encuentro con los jesuitas de Myanmar, el Papa habló de los Ejercicios y de la Contemplación para crecer en el amor. Me gustó su interpretación: “alcanzar amor” es “crecer en amor”. Para nosotros, la idea de alcanzar algo -alcanzar una meta-, tiene un sentido de acción concluida y quizás eso ha hecho que la Contemplación para alcanzar amor, que se hace para finalizar los Ejercicios, se viva como un cierre, cuando en realidad es una apertura.  Si le cambiamos el nombre y al terminar los Encuentros de Oración de este año, por ejemplo, proponemos una “Contemplación para crecer en el amor”, no sentimos que algo terminó sino que algo se abre: tenemos un ejercicio espiritual para practicar en la vida activa. La Contemplación para crecer en el amor es el fruto con semilla que resume todos los Ejercicios  y que cada uno puede sembrar en el jardín y en las macetas de su vida cotidiana.

Hay dos “notas” de San Ignacio para crecer en amor. Son cortitas como un Tweet, pero están llenas de sabiduría

La primera nota es que: “El amor se debe poner más en las obras que en las palabras”.

Si seguimos con la metáfora del fruto con semilla, lo que Ignacio nos indica en qué macetas sembrar el amor para que crezca bien. Si se pone en una obra concreta, el amor enseguida echa raíz y crece. Por tanto, hay que ejercitarse en ponerlo más en las obras que en las palabras”. Atención que no dice “solo” en las obras. Pero en esa tensión siempre fecunda en la que se mueve el Evangelio, entre práctica y anuncio, la primera debe tener cierta primacía.

La segunda nota es que: “El amor consiste en comunicación de las dos partes”.

San Ignacio nos describe la dinámica de la comunicación: “A saber, en dar y comunicar el amante al amado lo que tiene o de lo que tiene o puede, y así, por el contrario, el amado al amante; de manera que, si el uno tiene ciencia, dar al que no la tiene, si honores, si riquezas, y así el otro al otro”.

Crecer en el amor es, pues, crecer en comunicación. Recordamos una historia de la vida de Ignacio que nos pueden ilustrar cómo creció él en su comunicación con Dios (cómo creció en el amor).

El padre Luis Gonçalvez da Cámara, nos cuenta el último encuentro que tuvo con Ignacio, que le narró su historia:

“El mismo día, antes de cenar, me llamó con un aspecto de persona que estaba más recogida de lo ordinario, y me hizo una especie de protestación, la cual en substancia consistía en mostrar la intención y simplicidad con que había narrado estas cosas, diciendo que estaba bien cierto que no contaba nada de más; y que había cometido muchas ofensas contra Nuestro Señor después que había empezado a servirle, pero que nunca había tenido consentimiento de pecado mortal, más aún, siempre creciendo en devoción, esto es, en facilidad de encontrar a Dios, y ahora más que en toda su vida. Y siempre y a cualquier hora que quería encontrar a Dios, lo encontraba. Y que aún ahora tenía muchas veces visiones, máxime aquellas, de las que arriba se dijo, de ver a Cristo como sol, etc. Y esto le sucedía frecuentemente cuando estaba tratando de cosas de importancia, y aquello le hacía venir en confirmación, etc. (Autobiografía n. 99).

Crecer en el amor es crecer en “facilidad para encontrarse con Él, para “ver a Dios en todas las cosas”. El amor hace que entre los que se quieren sea fácil “encontrarse”. Es propio de la amistad y la familiaridad esto de ser “encontradizos”, de estar a mano, disponible, que el otro sepa dónde encontrarme…

La convicción que Ignacio siembra en nuestro corazón es que, si uno lo que quiere es crecer en amor, esto, con nuestro Padre del Cielo, con Jesús y con el Espíritu Santo, no será difícil, como se piensa comúnmente o como el mal espíritu intenta hacernos pensar. No es difícil crecer en el amor teniendo a Jesús. No es difícil crecer en el amor teniendo al Espíritu Santo en el corazón. No es difícil crecer en el amor, si nos damos cuenta de que somos hijos del Amor, hijos del Padre Misericordioso.

 

En seguida veremos qué cosas hay que contemplar, en qué puntos precisos nos debemos ejercitar en medio de la vida cotidiana, para crecer en este amor. Pero antes recordemos que estos “puntos” que da Ignacio son gracias, pura gracia. Nacieron de una “Contemplación para alcanzar amor” que Ignacio tuvo junto al río Cardoner: la famosa “visión del Cardoner” (famosa al menos para los jesuitas, pero cuya fama crecerá ahora un poco más).

“Una vez iba por su devoción a una iglesia, que estaba poco más de una milla de camino va junto al río; y yendo así en sus devociones, se sentó un poco con la cara hacia el río, el cual iba hondo. Y estando allí sentado se le empezaron abrir los ojos del entendimiento; y no que viese alguna visión, sino entendiendo y conociendo muchas cosas, tanto de cosas espirituales, como de cosas de la fe y de letras; y esto con una ilustración tan grande, que le parecían todas las cosas nuevas. Y no se puede declarar los particulares que entendió entonces, aunque fueron muchos, sino que recibió una grande claridad en el entendimiento; de manera que, en todo el discurso de su vida, hasta pasados sesenta y dos años, coligiendo todas cuantas ayudas haya tenido de Dios, y todas cuantas cosas ha sabido, aunque las ayunte todas en uno, no le parece haber alcanzado tanto, como de aquella vez sola. Y esto fue en tanta manera de quedar con el entendimiento ilustrado, que le parecía como si fuese otro hombre y tuviese otro intelecto, que tenía antes (Autobiografía 30).

Las gracias que “alcanzó” Ignacio –que recibió aquel día y lo hicieron crecer, convertirse en alguien con una mente nueva que veía todas las cosas nuevas- son las que se encuentran -con esa sabiduría práctica que destilan- a lo largo y ancho de todos los ejercicios: en su estructura y en su ritmo, en cada uno de sus pasos y todas sus partes. Y se resumen en esta Contemplación para crecer en el amor.

Con esto, hemos presentado como corresponde esta paginita de los Ejercicios que, en el humilde envoltorio de unas pocas frases nos brinda cuatro frutos con semilla que son un tesoro y, si se siembran y cultivan, hacen crecer el amor.

         Cuatro semillas de contemplación… para crecer en amor

A continuación, vamos a proponer un modo de rezarla que puede resultar mágico para todos los que sienten que rezan poco, para todos los que les gustaría aprender a rezar. “Enséñanos a rezar”, le dijeron los discípulos al Señor cuando lo vieron rezando al Padre. Nosotros, mirando a Ignacio, que es uno de esos discípulos apasionados siempre por aprender a rezar, uno a quien el Señor le enseñaba a rezar como se enseña a un niño de escuela, de tan ignorante que era en cosas del Espíritu, le pedimos que nos enseñe esta “contemplación para crecer en el amor”. Es una contemplación para pobres, para ignorantes, así que los que ya encontraron su modo de rezar, por favor abstenerse.

Me inspiró una cosa que dijo el Papa acerca de los dos exámenes que San Ignacio propone en los Ejercicios: dijo que “si san Ignacio nos hace examinarnos dos veces por día (no solo a los jesuitas sino a los que hacen los Ejercicios, agrego yo) no es para que contemos cuántas pulgas y piojos tenemos”. Me hizo reír y a la vez me dio mucha vergüenza de haber practicado tan poco y mal en mi vida este ejercicio. Pero también sentí que quedarme en lamentaciones era tentación, así que pedí enseguida la gracia de entender mejor cómo hay que examinarse. Y ahí nomás el Espíritu me iluminó para unir el examen con la contemplación para crecer en el amor!

Se trata de examinarse, sí, pero en el amor. No en pulgas y piojos. No en lo primero que aparece al examinarse: en culpas pasadas y deberes futuribles.

Se trata de mirar dos veces por día cómo está mi corazón. Si está enamorado o no. Si recibe bien y da bien amor. Si creció en devoción y si le doy el gusto de “encontrar al Señor cada vez que lo desea”.

No es lo habitual examinarse en esto. Y el hecho de poner como un deber el examinarse –y la palabra misma “examen”- despiertan ecos afectivos no placenteros. Es una fatiga tener que examinarse. Uno presiente que la nota será siempre baja, que no aprobaremos, que los resultados estarán si no mal del todo, siempre más o menos nomás.

Pero no prejuzguemos! Dejémonos guiar por Ignacio y veamos sobre qué quiere que nos examinemos, qué cosas nos invita a “contemplar”. Las dos primeras semillas, ya fueron sembradas. Son la del amor-regalo y la del amor-estar. Las otras dos semillas son para sembrarlas juntamente: la del amor-trabajo y la de conectar el amor.

Recordar el Amor regalo

El primer punto es “Traer a la memoria los beneficios recibidos”. Este ejercicio de memoria nos hace descubrir que el amor es regalo, el amor es don. El Sembrador ya lo sembró en nuestros terrenos. El Espíritu ya ha sido “derramado en nuestros corazones” y ha crecido en todas las culturas a las que nos envía el Señor.

El ejercicio consiste en examinar haciendo memoria, acordándonos… No es difícil examinar regalos. Imaginémonos de niños, el día de nuestro cumpleaños, con la mesa llena de los regalos que nos van trayendo nuestras tías y primos y nuestros amiguitos.

Este examen ignaciano no tiene nada de introspección ni de correctivos. No es el examen para la una confesión. Estos dos exámenes, para hacer al mediodía y a la noche, son totalmente distintos: se trata de desempaquetar regalos. Es decir, se trata de contemplar bajo la “formalidad” de un regalo, todo lo que pasó durante ese medio día o día entero. Fue regalo despertarme, fue regalo desayunar, fue regalo la familia, fue regalo ir a trabajar… Cuanto más uno pueda “desenvolver” el regalo de los papeles de la rutina que lo envuelven, mejor se irá sintiendo.

Y de tanto ver regalos tan amorosos, surgirá el deseo de agradecerle al que nos los regaló.

Aquí San Ignacio siembra una semilla más, de discernimiento que le sale al paso a una tentación muy instalada: afirma que Dios desea regalarme siempre más, todo lo que pueda, y más todavía, desea “dárseme Él mismo”. Queda así sembrada la “gratuidad creciente” del amor.

Contemplar es mirar todo esto y “ponderarlo con mucho afecto”. El amor regaló mucho y desea regalar siempre más y darse a sí mismo en regalo. No hay mezquindad ni condicionamientos en el amor. Es regalo y punto. Tomar conciencia, pues, dando gracias por tantos beneficios recibidos.

De aquí brota espontáneamente el ofrecimiento: cuando uno recibe tan lindos regalos le dan ganas de regalar. A Ignacio le nació decir:

Tomad, Señor, y recibid

toda mi libertad,

mi memoria, mi entendimiento y toda mi voluntad,

todo mi haber y mi poseer;

Vos me lo diste, a Vos, Señor, lo torno;

todo es vuestro, disponed a toda vuestra voluntad;

dadme vuestro amor y gracia, que ésta me basta.

            Agradeciendo mucho los regalos y regalando uno algo a su vez, es como se crece en el amor. No hace falta ofrecer siempre todo. Uno se puede concentrar en “algo de lo que tiene o puede”. Ofrecer en un momento la memoria, en otro –si uno está leyendo- el entendimiento y si uno va por la calle, algo para dar de limosna del propio haber y poseer…

Contemplar el Amor-estar

El segundo punto es “Contemplar cómo Dios habita, cómo Dios está”. Este amor-estar también ya fue sembrado. El que lo sembró dijo: Yo estoy todos los días con ustedes hasta el fin del mundo. El que lo sembró se quedó como Eucaristía y nos pidió que celebráramos su presencia partiendo el pan “en memoria suya”.

El amor es estar. El amor es presencia, es cercanía, vecindad, compañía. Ignacio no usa mucho la “palabra” amor. Pero describe tan bien sus obras, los gestos de quien ama…, aquí: el simple hecho de estar.

El amor crece cuando la contemplación escudriña y anota prolijamente los lugares donde el Señor estuvo, los lugares donde sé que está.

Y esto va unido a discernir los lugares donde yo puedo estar, las personas a las que quiero visitar o acoger. Esta contemplación del estar, del lugar, tiene que ver con la nota acerca de “donde hay que poner más el amor”. Hay lugares donde el amor “ya se puso”: el sagrario, la casa familiar, la escuela, los lugares donde juegan los niños, los hospitales, la casa de los pobres, la calle…  Hay lugares donde el Señor está escondido y a donde hay que ir a hacerlo explícito: son esas periferias, esas fronteras, donde Él espera que  anunciemos su presencia para que pueda dar fruto.

Un modo de responder a esta “contemplación del habitar de Dios” es hacer pequeñas invocaciones para invitarlo a venir y a permanecer:

“Ven a mi encuentro Padre. Vuelvo arrepentido, con la esperanza de que me quieras abrazar”.

O “Quédate con nosotros Señor, que es tarde y anochece”.

O “Ven Espíritu Santo, eres bienvenido en este lugar”.

O “Ven a casa Jesús e invita al pobre que quieras, la puerta está abierta y partido el pan”.

Discernir el Amor trabajo

El tercer punto que Ignacio nos propone para enamorarnos de Dios, es mirarlo trabajar y discernir nuestro propio modo de trabajar que se acuerda con el suyo.

El amor es regalo y presencia, pero también es trabajo, cultivo, creación, producción, institución… Tiempo.

“Considerar –dice- cómo Dios trabaja y labora por mí en todas cosas creadas sobre la faz de la tierra”.

Ignacio dice que el modo de estar de Dios es como el de un laburante (en latín: “habet se ad modum laborantis”). Así como en los cielos, elementos, plantas, frutos, ganados, etc., Dios trabaja dando ser, conservando, vegetando y sintiendo, etc. Después reflexionar en mí mismo (como trabaja Dios)”.

Qué tengo que reflexionar? Ignacio “deja picando la pelota”. Es evidente que Dios “trabaja” en toda la creación. Es evidente que todas las cosas “trabajan”, cada una según su naturaleza y su instinto: nunca está ociosa la creación. Ignacio deja que discernamos y elijamos nosotros -ya que también somos creaturas, pero libres- cuál es nuestro trabajo propio, ese en el que Dios puede “trabajar conmigo”, estar en mí trabajando, no solo dándome el ser o dándome regalos, o haciendo todo el trabajo por mí.

Este ejercicio es como decir: cuando trabajo bien –en mi carisma, en mi misión y en mi puesto-, el Señor trabaja conmigo, hace cosas a través mío… Allí “cosecho”, si no “desparramo”, aunque sea hiperactivo y produzca mucho…

Una reflexión interesante puede ser la siguiente: no puedo “ser más de lo que soy” ni “darle al Señor más espacio que el que tengo en mi corazón”, pero sí puedo discernir cómo, dónde y en qué trabajar más y mejor, sí puedo especializarme en mi carisma para que Dios trabaje mejor con mis manos. En esto, los artistas y los santos nos dan testimonio de cuánto puede potenciar nuestro trabajo el del Señor, cuánto puedo embellecer y mejorar la creación. El amor “trabajo” puede crecer mancomunadamente.

Conectar contemplativamente mi amor a su Amor

El cuarto punto es para conectar amores. Consiste en “mirar cómo los bienes y dones descienden de arriba”.

El amor une, conecta: conecta bienes, conecta corazones, conecta personas. Contemplar cómo todo lo de abajo está conectado con lo de arriba, hace crecer nuestro amor. Y es un servicio establecer -contemplativamente- esta conexión y brindar el servicio a los demás, como si uno brindara un Wifi.

Cuando nos conectamos con lo Alto, apreciamos más cada pequeña cosa, cada limitada y frágil cosa, porque la vemos en su fuente y en su perfección futura. Lo que en nosotros es limitado y medido, proviene de Dios: de su suma potencia, de su suma justicia, de su suma bondad, piedad y misericordia…

La dinámica de conectar las cosas en el amor es la del Magníficat, aunque no lo diga Ignacio, supone que tenemos entendimiento. Es la dinámica de “engrandecer a Dios -como hace nuestra Señora-, porque miró con bondad su pequeñez”.

Si hay contemplación que haga crecer en el amor y enamorarse de Dios y de nuestros pueblos, es la que mira a Dios en los ojos de María.

A través de ellos vemos claro qué significa que el amor es comunicación, cómo nuestro Dios es “un Dios que se ha enamorado de nuestra pequeñez” y cuánto podemos crecer en ese amor.

La dinámica del Magníficat es también la de estas pequeñas oraciones para crecer en el amor, que buscan conectar lo pequeño con lo grande. Eso es lo cristiano, decía Ignacio: no achicarse ante lo grande de un amor que siempre puede crecer más y, sin embargo, dejarse contener por lo pequeño de su concreción en cada cosa. Jesús estableció esta conexión entre amores cuando dice: lo que le hiciste al más pequeño de los míos a mí me lo hiciste. Es la misma conexión que uno hace cuando ve, por ejemplo, que alguien le hace un bien a un hijo y dice: lo que le hacés de bien a mi hijo, me lo hacés a mí.

…..

La esperanza de poder crecer en facilidad para encontrar a Dios en todas las cosas y siempre que queramos, nos permite discernir “lo que es de Dios” y lo que es del mal espíritu, en clave de lo que nos hace “crecer en el amor” y lo que no nos deja crecer en él o nos desanima, nos aleja, nos hace amar menos, con menos fuerza, con menos gozo.

La propuesta, por tanto, para los que se sienten “pobres en oración”, es practicar dos veces por día (o todo lo que quieran y puedan, cuanto más mejor) alguno de los puntos para “crecer en amor”: recordar algunos beneficios del Amor-regalo, dando gracias y ofreciendo, contemplar algún lugar donde el amor está, e ir a visitarlo, discernir mirando mi trabajo, para ver si estoy en mi lugar y haciendo las cosas al estilo de Jesús, de modo tal que colabore y no desparrame, conectar amores, pequeños gestos con gran amor, como decía Madre Teresa. Veremos entonces, cómo nuestro amor crece, maravillosamente.

Momento de contemplación

Marta Irigoy

La Contemplación para Alcanzar amor, que propone San Ignacio al terminar los Ejercicios Espirituales, puede ayudarnos a hacer una “contemplación agradecida”, de todo este año que está concluyendo…

Esta “contemplación agradecida de tanto bien recibido” puede ayudarnos a descubrir la presencia de Dios envuelta en la sorpresa y  en la esperanza que fue sosteniendo nuestro caminar en este año y desde la admiración de descubrir todo lo que Dios nos ha “comunicado de cuanto tiene” hacer el gesto de ofrecernos sabiendo que las Manos del Padre, seguirán sosteniendo con su tierna mirada y providencia nuestra vida, envuelta en la pequeñez y la sencillez de la vida cotidiana…

Estas preguntas pueden ayudarnos a una contemplación agradecida…

  • ¿En qué aspecto de tu vida creció la esperanza en este año?
  • ¿Dónde has descubierto el “trabajo de Dios en tu vida”?

Cuando la esperanza está escondida en el cansancio, en el dolor, en la monotonía, nos solemos preguntar: ¿cómo hacer revivir la esperanza?

Por eso, quiero terminar con este texto anónimo, que puede ser de ayuda para preparar nuestro Adviento:

Donde hay desaliento y desconfianza en el futuro: ¡Ven Señor, Jesús!
Donde crecen la intolerancia y la violencia: ¡Ven Señor, Jesús!
Donde abunda la injusticia y se margina al débil: ¡Ven Señor, Jesús!
Cuando la llama está a punto de apagarse: ¡Ven, Señor, Jesús!
Cuando los buenos se cansan de hacer el bien: ¡Ven, Señor, Jesús!
Cuando todo parece quedar en un intento: ¡Ven, Señor, Jesús!
Cuando la soledad no es sonora, ni música el silencio: ¡Ven, Señor, Jesús!

Comprometerse a anunciar la esperanza es:

–   Hablar con Jesús y hablar de Jesús con tu vida.

–   Vivir tu fe en comunidad.

–   Disfrutar de la vida.

–   Acompañar desde tu debilidad a los más débiles.

–   Creer en la bondad de un Padre que es todo ternura y amor.

–   Aceptar tus límites y seguir cantando

–   Contemplar a María como mujer donde todas las esperas se cumplen en plenitud.

–   Dar respuesta desde tus dones a los desafíos que llaman a tu puerta.

–   Sembrar gratuidad a tu alrededor.

–   Dejarse sorprender por lo inesperado, por Dios que llega siempre con ropaje nuevo.

–   Querer mucho a la gente.

–   Romper toda frontera y saludar la nueva humanidad que el Espíritu recrea cada noche.

No tenemos que pensar que se trata de una larga contemplación que uno podría hacer de vez en cuando. Tiene, por ejemplo, dos notas sobre el amor que bien podrían ser tres Twets; una breve oración para ofrecerse y ofrecer cosas de cada momento; y puntos que se podrían pasar como cuatro videítos, para mirar el amor de Dios en acción: uno, recordando sus beneficios que pueden ser del día o de una etapa; otros dos mirando a Dios cómo está y como trabaja, en un paisaje, en una creatura o en una institución, por ejemplo; y el último, mirar cada don como “viniendo de lo alto”, como del sol los rayos. Uno puede hacer esta contemplación como quien graba un video corto, en medio de la jornada, porque en alguna situación concreta “descubre” el brillo del amor de Dios.

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Imagen1“Caminen en el amor” (Ef 5, 2).

Bienaventurados los que, como Pablo, caminan en el amor (1 Cor 12, 31-13 ss.). Serán llamados los verdaderos discípulos del Señor.

MOMENTO DE REFLEXION

P. Diego Fares sj

Caminar en el amor en Pablo

Caminar en el amor no es una frase muy frecuente en las traducciones de Pablo. Pero las expresiones “vivir en el amor”, “andar en” “proceder”… etc., tienen detrás la imagen fuerte de “caminar en el amor”. Pablo la utiliza literalmente en la carta a los Efesios:
“Caminen en el amor como Cristo los amó y se entregó por nosotros como oblación y víctima de sua-ve aroma. Ustedes hora son luz en el Señor” (Ef 5, 2)
Y agrega otra expresión, que viene a ser sinónimo de caminar en el amor:
“Caminen como hijos de la luz; pues el fruto de la luz consiste en toda bondad, justicia y verdad. Examinen qué es lo que agrada al Seño” (Ef 5, 8).
Muchas traducciones dicen “vivan en el amor” o “vivan como hijos de la luz”. Es que el camino es símbolo de la vida en todas las culturas. En hebreo, camino se dice “derek” y tiene una raíz de origen cananeo que significa energía vital. Por eso decir camino y decir vida es lo mismo. Vivir es caminar. Caminar en el amor es caminar en la vida.
El camino tiene que ver también con la luz de la verdad práctica, con el discernimiento que uno hace de por donde camina, adonde va y qué ritmo y estilo mantiene al caminar. Por eso decir camino y decir camino verdadero y recto o camino luminoso, es también lo mismo.
Pablo habla de seguir los criterios de Cristo sin dejarnos engañar por los criterios del mundo:
“Caminen, pues, en Cristo Jesús, el Señor, tal como le han recibido; enraizados y edificados en él; apoyados en la fe, tal como se les enseñó, rebosando en acción de gracias. Miren que nadie los esclavice mediante la vana falacia de una filosofía, fundada en tradiciones humanas, según los elementos del mun-do y no según Cristo” (Col 2, 6-8).
Caminar en Cristo es la expresión que sintetiza sabiduría y bondad. Es caminar “agradando a Dios en todo”, con discernimiento y dando frutos. Pablo lo dice así:
“Pido que lleguen al pleno conocimiento de su voluntad con toda sabiduría e inteligencia espiritual, para que anden de una manera digna del Señor, agradándole en todo, fructificando en toda obra buena y creciendo en el conocimiento de Dios (Col 1, 7-10).
Cuando Jesús afirma en Juan “Yo soy el camino, la verdad y la vida”, para la mentalidad hebrea, no está diciendo tres cosas sino una sola: “Yo soy el camino verdadero de la vida”. Yo soy el modelo de lo que le agrada al Padre, el que los hace discípulos agradables al Padre nuestro.
Este caminar en el amor requiere de la fe.
“Así pues, siempre llenos de buen ánimo, sabiendo que, mientras habitamos en el cuerpo, vivimos lejos del Señor, pues caminamos en la fe y no en la visión… Estamos, pues, llenos de buen ánimo y (…) por eso, nos esforzamos por agradarle (2 Cor 5, 6-9).
La fe nos hace estar atentos a las mociones del Espíritu, a sus impulsos, que son contrarios a los impulsos de la carne:
“Por mi parte les digo: Si caminan en el Espíritu, no den satisfacción a las apetencias de la carne. (…) Si vivimos por el Espíritu sigamos sus huellas” (Gal 5, 16-25).
En este caminar en la fe y en el amor de Cristo Pablo recupera lo más lindo de Israel . Como dice el Deuteronomio, para quien la santidad es “caminar en la presencia del Señor”:
“Ahora, pues, Israel, ¿qué pide de ti Yahveh, tu Dios, sino que temas al Señor, tu Dios, que andes en todos sus caminos, que ames y sirvas a Jehová, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma (Dt 10, 12).
Como dice el Salmo 25:
Muéstrame, Señor, tus caminos, enséñame tus senderos. Guíame por el camino de tu fidelidad; enséñame, porque tú eres mi Dios y mi salvador, y yo espero en ti todo el día. El Señor es bondadoso y recto: por eso muestra el camino a los extraviados; él guía a los humildes para que obren rectamente y enseña su camino a los pobres. Todos los senderos del Señor son amor y fidelidad, para los que observan los preceptos de su alianza (Sal 25, 4).
Caminar en el amor es caminar por un camino que el Padre ya ha preparado para nosotros:
“Pues somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para las buenas obras, las cuales Dios preparó de an-temano para que anduviéramos en ellas” (Ef 2, 10).
Lo lindo de la expresión es que pone la imitación del Señor no en algo extático sino dinámico, imitar a Jesús, vivir en Él y para Él es caminar por Él: caminando según sus criterios, cultivando sus sentimientos y practicando sus obras buenas nos vamos haciendo semejantes a Él. El discipulado se hace sobre la marcha.

Caminar en el amor, en Ignacio

Caminar es elegir un camino, tomar una dirección exterior y llevar un ritmo interior. Caminar en el amor es elegir la dirección del salir de sí para ir al otro y elegir un ritmo que nos permite caminar con el otro, estando atento al otro.

Sentir primero el amor , antes que otros deseos

En las reglas para hacer una sana y buena elección Ignacio expresa la primera en los términos dinámicos del amor, en lo que tiene de caminar. Hacer una buena y sana elección implica:
“Que aquel amor que me mueve y me hace elegir la tal cosa, descienda de arriba, del amor de Dios; de forma que el que elige sienta primero en sí que aquel amor más o menos que tiene a la cosa que elige, es sólo por su Criador y Señor” EE 184).
El primer paso para caminar en el amor es “sentir primero en nuestro interior el amor de Dios y el amor a Dios”. El deseo de agradar a Dios es el principio y fundamento de todos nuestros caminos “para alcanzar amor”.
Ignacio se llena primero afectivamente (con toda su libertad, su memoria, su inteligencia, su imaginación y sentidos espirituales) del amor de Dios “que desciende de arriba”, como dice en la Contemplación para alcanzar amor”, y entonces, en segundo lugar, mira hacia afuera, al paso bueno que puede por amor dar.
Este paso de “sentir primero con todo su afecto el amor de Dios” se le fue haciendo costumbre a Ignacio, de ma-nera tal que cuando le tomó el gusto (a pensar primero en el amor de Dios y a sentirlo y gustarlo internamente en toda ocasión), “comenzó a quedarse (vacare) sólo para Dios”. “Vacare” es vacación: dejar las cosas y quedar libre para hacer lo que a uno le gusta. E Ignacio le toma el gusto a descansar y vacacionar en el amor de Dios en todo momento.
Este paso primero implica también hacer una pausa, frenar los impulsos a actuar de cualquier manera y bajo el impulso de cualquier necesidad, hasta sentir que “lo que nos mueve” y hace caminar es el impulso del Espíritu Santo, que nos lleva a donde Él sabe y quiere.

Ritmo interior de nobleza y señorío de sí para ser buen súbdito de su Divina majestad

Otra manera de expresar lo mismo es decir que este primer paso de nuestro caminar en el amor implica dejar lugar, hacer sitio: vaciar el corazón de los intereses propios para hacer lugar a los intereses de Cristo. “Vacare” es dejar lugar vacante, es la apertura y disponibilidad del que está libre y a la espera de que sea el amor el que le pida un servicio. En Ignacio esta actitud es la del noble caballero que se ejercita en ser dueño de sí para estar disponible y bien entrenado y poder servir a su Divina Majestad en la misión que quiera darle y cuando quiera. La ascética no mira a la propia perfección sino al mejor servicio del Otro. La indiferencia ignaciana y el trabajo exigente en la misión no tienen ningún rasgo voluntarista o de auto-mirada: brotan del Amor. Llenarse afectivamente de este amor implica “ordenar las afecciones desordenadas”; llevar a la práctica aquellas misiones a las que el amor invita implica un buscar siempre más, más amor.

La liturgia concebida como un llenarnos del amor de Dios

Este primer paso para caminar en el amor tiene su expresión concreta en el amor a la liturgia: llenarse afectivamente del amor es llenarse de la Eucaristía y de la Palabra del Evangelio, de modo tal que, luego, nuestras opciones y elecciones estén motivadas por el amor de Dios manifestado en Cristo Jesús. A eso apuntan los Ejercicios Espirituales. Ignacio considera los Ejercicios como Ejercicios para llenarse de amor: llenarse del espíritu de la liturgia, que es pura alabanza y reverencia y llenarse del espíritu de la misión, que es deseo de servicio.

En la Autobiografía, Ignacio utiliza la expresión “seguir el camino del peregrino” para expresar a lo que apuntaban sus Ejercicios espirituales(Cfr. Autob. 92). Hacer los Ejercicios es caminar con Ignacio, ser compañeros de Jesús como Ignacio peregrino. Caminar a las misiones que el Señor da y a su paso, al estilo de Jesús, según su modo.

Caminar en un amor que es “caridad discreta”

Ignacio es el “caballero de la caridad discreta”. Caballero porque que lucha, pero no con armas terrenas de sangre sino con las armas humildes y alegres del amor. De la Caridad porque su caminar es un caminar en el cariño de compañeros, como los 72 discípulos a los que Jesús envía de dos en dos para que se ayuden y acompañen. Esto será propio del modo de enviar Ignacio en misión a los suyos: de dos en dos.
Caridad discreta significa que no se ama a todos de la misma manera y que no se ama sin la distancia óptima que respeta la libertad del otro. Amar discretamente implica el mismo primer paso de la sana elección: amar al otro como Jesús lo ama, mirando primero el “paso pedagógico” por así decirlo, que Jesús tiene para con sa alma; qué paso le quiere hacer dar. Esto para no maltratar los límites, para no exigir de más ni ser permisivos.

Caminar manteniéndonos discípulos

Caminar en el amor, para Ignacio, es mantenerse siempre como discípulo: sin dignidades que no sean para la misión. Ignacio camina como compañero de Jesús, siempre como aprendiz y junto con otros. Ignacio se siente “un contratado sólo a causa de la abundancia de la cosecha”. Trabaja por jornada y en lo que sea necesario. Es un “operario” como decimos nosotros los jesuitas, uno que hace changas, aunque sean “changas grandes y con cargos”. En el fondo Ignacio se considera como un ayudante, uno que da una mano. Ese es el servicio de amor hondo en el que se especializa. Lo demás, es estructura externa, necesaria e importante, pero para poder mostrar de manera estable la esencia del amor, que es el dar una mano personalmente y colaborar con otros en la misión.

Caminar en el amor cargando la cruz

Cargar la cruz no es algo externo para Ignacio. Como si se pudiera caminar en el amor sin tener que cargar la cruz. La cruz no es exterior al amor: es el amor mismo en cuanto no puede dejar de lado a nada ni a nadie y entonces los que se resisten al amor se convierten en peso, en obstáculo y en persecución que hay que sostener y llevar. Así como el gozo no es premio exterior al amor sino que es el amor mismo sentido y gustado internamente, así el sufrimiento tampoco es exterior: el dolor es el amor mismo sentido y gustado interiormente. No se sufre por lo que no se ama así como tampoco se goza con lo que no se ama.
Ignacio nos invita a desear la consolación y a desear las penas de Cristo. Es lo mismo que invitarnos a amar a Dios en todas las cosas. No dejar afuera nada, no dejar afuera al conflictivo ni a los conflictos, eso será caminar en el amor en medio de persecuciones. No dejar afuera nada de lo bueno y hermoso, eso será caminar en el amor en medio de las consolaciones. De ahí el ser compañeros de Jesús en trabajos y penas para serlo también en su gloria.

Storta 4

MOMENTO DE CONTEMPLACIÓN

Hna. Marta Irigoy
misionera diocesana

Todo el proceso de los Ejercicios Espirituales, es un camino cuya meta es el Amor. El ultimo Ejercicio que San Ignacio propone es la “Contemplación para alcanzar Amor”. El Amor que Dios nos tiene y por el que se ha comprometido en Alianza Eterna, para que toda nuestra vida sea un canto de alabanza ante “tanto bien recibido”…

En la Contemplación para alcanzar Amor, Ignacio nos propone que “recordemos – pasemos por el corazón”, los dones recibidos, para contemplar nuestra vida como un don.

Dios cuando da sus dones, se da a Si mismo, haciéndose presente en la historia…-nuestra historia-, trabajando sin cesar por nosotros y para nosotros. El sigue haciendo su obra en el corazón de cada hombre y de cada mujer, Él trabaja en lo secreto…

Por eso, la invitación a “recordar” como Dios me fue conduciendo a lo largo de mi vida, es lo que posibilita descubrir, reconocer y así poder “agradecer” la acción de Dios en nuestra vida…

Desde esta experiencia, se nos va limpiando la mirada y descubrimos que todo refleja la Gloria de Dios…- su Belleza-…
Todo esta a mi servicio para que así pueda amar a Dios en todas las cosas y a todas las cosas en Él…haciendo de mi vida un canal del amor de Dios para los demás, es decir servir a Dios en mis hermanos…

A lo largo de este año, en nuestros Talleres, fuimos reconociendo esta experiencia al asomamos al corazón de San Pablo y de San Ignacio. Ellos en su vida y experiencia personal de Jesús, fueron “alcanzados” por el Amor…

Nosotros también, seguramente hemos sido alcanzados y alcanzadas por el Señor resucitado, a lo largo de este año…

Esta propuesta que hacemos hoy, es una invitación para seguir haciéndola en el caminar de este mes de noviembre, siendo una ayuda para hacer la “Contemplación de Amor” de todo este año 2009, en donde fuimos cada uno y cada una “alcanzados por el Amor de Jesús”, para así vivir agradecidamente ante tanto bien recibido de Dios nuestro Señor.
+ Hacé memoria de los hechos más significativos de este año…
+ Recordá los sentimientos que inundaban tu corazón…
+ Podés descubrir de donde venían?
* De tus inseguridades?
* De tu confianza en Dios?
* Agradecé lo que hoy podes, rescatar como enseñanza!
San Pablo, se sintió alcanzado por Jesús, pero a la vez sigue su carrera…
+ Donde podés reconocer la presencia viva de Jesús Resucitado que te “alcanzó con su Amor”…?
* En tu vida familiar?
* En tu vida de oración?
* En tu vida de servicio a los mas pequeños?
* Agradecé la presencia cariñosa y cercana de Jesús…
* Ofrecé todo lo recibido a Dios con esta Oración:
Toma, Señor y recibe toda mi libertad,
mi memoria, mi entendimiento y mi voluntad,
todo mi haber y poseer. Vos me lo diste y a Vos Señor, lo torno.
Todo es tuyo;
disponed a tu voluntad.
Dame tu amor y gracia, que esta me basta” ( EE 234).

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