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Momento de reflexión

Diego Fares sj

Al final de la segunda semana de los Ejercicios, San Ignacio pone un apartado de veinte números en el que de normas acerca de la elección y de la reforma de vida (EE 169-189). Es un «documento normativo», como lo llama Fiorito, que lo distingue de las contemplaciones y meditaciones (documentos temáticos) y de las reglas de discernimiento (documentos prácticos).

San Ignacio trata acerca de las «condiciones» que se requieren para hacer una buena y sana elección: los tiempos y la materia de la elección. El  «tiempo» (o estado de ánimo interior) en que el ejercitante se encuentra es una condición más subjetiva. Puede ser un tiempo de lucha espiritual, en el que experimenta consolaciones y desolaciones; puede ser un tiempo tranquilo, en el que puede servirse de su inteligencia para razonar en paz lo que Dios le pide; y puede ser un tiempo en el que Dios con su gracia le hace ver clara e irresistiblemente la misión a la que lo llama.

En este taller nos detendremos en la materia de elección -condición más objetiva-.

Como sabemos, la materia de elección debe ser alguna cosa que sea «indiferente o buena en sí » -dice San Ignacio- y que milite dentro de la santa  Iglesia jerárquica« (EE [170]). Es decir: no se elige entre cosas buenas y malas! Se elige en clave evangélica lo mejor, lo que permite amar  más.

La materia de elección es algo radicalmente personal

Ahora bien, esta orientación general no basta para la elección – y mucho menos para la reforma de vida –, sino que, para la práctica de cada ejercitante, hay que poner otra condición más personal a la materia de la elección. Para ello el ejercitante debe estar dispuesto a revisar toda situación de hecho en que se encuentre, habiendo llegado a ella » no pura y debidamente por amor de Dios« (EE [150], [174]).

De modo que, si la primera condición de la materia es su indiferencia genérica, la segunda condición sería – por así decirlo – su radicalidad personal. Y aquí entra lo que trataremos acerca de «la santidad» considerada como «materia de elección». Cada uno debe encontrar y elegir el punto concreto (la materia) en que Dios lo llama a ser santo hoy.

En la Primera semana de Ejercicios, que es preparación remota de la elección, se trata de llegar a la raíz de nuestro ser creaturasy de nuestro propio pecado, eso que nos impide ser hijos de Dios plenamente libres.

En la segunda etapa de los Ejercicios, que es de preparación próxima a la elección y reforma de vida, Ignacio nos lleva a la raízde la exigencia o bandera de Cristo, que es la cruz: el Señor nos llama a un seguimiento radical en pobreza y humildad cuyo signo concreto son las humillaciones sufridas o elegidas por amor a Jesús humillado.

En la etapa central de los Ejercicios, la de la  elección o reforma de vida,  hay que llegar hasta laraízdel propio estado actual de vida, para elegir lo que será la «materia concreta de nuestra santidad personal«. Podríamos decir que se trata de la bienaventuranza concreta que el Señor nos propone como estilo de vida de cada día y la obra de misericordia concreta que se nos presenta en cada situación para que elijamos ponerla en práctica.

Elegir nos interpela

La santidad es una elección. Apenas se escribe o se lee esta frase  uno se siente interpelado, se alzan voces de protesta en nuestro interior. Es verdad que uno eligeser santo o no? Suena duro poner la santidad en términos de una opción radical.

En todo caso, pensamos, si uno no elige ser santo no quiere decir que elija ser malo o mediocre. Es difícil que el no a la santidad sea directo, definitivo y excluyente. Nuestra razón práctica nos impide «elegir lo malo en cuanto malo». Puede que el «no» sea más bien un «ni», un «sí pospuesto indefinidamente», un «sí, pero…», condicionado…

Nuestro razonamiento puede ir por este lado: «No elijo ser totalmente santoporque pienso que no es posible, pero eso no quiere decir que elija ser malo o mediocre…».

Pese a todos los «peros»

Pese a las objeciones reafirmemos que «ser santo se elige» y veamos qué sucede. Despejemos primero algunos «peros».

El realismo del amor

Pareciera que no es realista elegir algo que excede nuestras posibilidades. Más aún: suena pretencioso decir «yo elijo ser santo». Contra esta objeción, invito a que demos espacio a  esta frase: «A cada uno de nosotros el Señor nos eligió para que fuéramos santos e irreprochables en Él por el amor (Ef 1, 4)» (GE 2).

La elección de ser santos es, en primer lugar, una elección que hizo nuestro Creador. Llevamos este deseo, este impulso como una «marca de fábrica»: Quien nos regaló la existencia nos soñó santos e irreprochables ante Él por el amor. Lo del amor es importante: Dios quiere que seamos santos por el amor, no por otras cualidades heroicas o extraordinarias. Y ser santos por el amor es posible.

El amor del que habla la Carta a los Efesios es, por un lado, un amor que se nos regala y, por otro lado, como todo amor, es personal, es el nuestro, el que podemos dar nosotros como somos. No se trata de un amor heroico, y menos aún de un amor «standard» o estereotipado, sino de simple amor personal: el de Dios y el nuestro, cada uno como es: el de Dios, infinitamente misericordioso y creativo; el nuestro, pequeño y con sus repliegues, pero amor al fin.

El realismo del ahora

Otra objeción puede provenir de nuestra condición temporal: puedo elegir hoy, si Dios me consuela, pero cómo mantendré mi elección en el tiempo, en «todos los años que tengo por delante»? A esta falacia respondió un día Ignacio diciendo al mal espíritu, al que le reconoció la voz: «Puedes tú prometerme un día de vida?». Se puede elegir ser santo ahora: «solo por hoy», como decía san Juan XXIII.  Y en Gaudete et exsultate, Francisco nos dice que la de la santidad es una elección «renovable cada día»:«Deja que todo esté abierto a Dios y para ello opta por él, elige a Dios una y otra vez»(GE 15).

La elección de ser santos conlleva tanto elecciones grandes, esas que son para toda la vida, como elecciones pequeñas, cotidianas, esas que nos llevan a «encontrar una forma más perfecta de vivir lo que ya hacemos: ‹Hay inspiraciones -dice el Papa- que tienden solamente a una extraordinaria perfección de los ejercicios ordinarios de la vida›» Y pone un ejemplo cercano: «Cuando el Cardenal Francisco Javier Nguyên van Thuânestaba en la cárcel, renunció a desgastarse esperando su liberación. Su opción fue ‹vivir el momento presente colmándolo de amor›; y el modo como se concretaba esto era: ‹Aprovecho las ocasiones que se presentan cada día para realizar acciones ordinarias de manera extraordinaria[1]›»(GE 17).

El realismo de la mejor versión posible de mí mismo

Una tercera objeción puede provenir de otra falsa idea de santidad,  la de concebirla como una serie de deberes a cumplir que Dios me impondría desde afuera y que trastocarían todos mis planes y la tranquilidad de hacer de mi vida lo que quiero. No es así. Decir «elijo ser santo» es como decir «elijo ser la mejor versión de mí mismo». De lo que se trata es de vivir mi propio carisma,  de asumir mi misión y encontrar mi lugar en esta vida, en mi tiempo y en mi tierra: «Cada santo es una misión; es un proyecto del Padre para reflejar y encarnar, en un momento determinado de la historia, un aspecto del Evangelio» (GE 19).

Dios santifica totalizando nuestra vida, no fragmentándola

Es interesante tener en cuenta un detalle en el que hace hincapié el Papa al ponernos como modelo la vida de los que «eligieron ser santos». Nos dice: «Lo que hay que contemplar es el conjunto de su vida, su camino entero de santificación, esa figura que refleja algo de Jesucristo y que resulta cuando uno logra componer el sentido de la totalidad de su persona[2].  No conviene entretenerse en los detalles (de la vida de los santos) porque allí también puede haber errores y caídas». Y agrega: «Esto es un fuerte llamado de atención para todos nosotros. Tú también necesitas concebir la totalidad de tu vida como una misión. Inténtalo escuchando a Dios en la oración y reconociendo los signos que él te da. Pregúntale siempre al Espíritu qué espera Jesús de ti en cada momento de tu existencia y en cada opción que debas tomar, para discernir el lugar que eso ocupa en tu propia misión. Y permítele que forje en ti ese misterio personal que refleje a Jesucristo en el mundo de hoy» (GE 22-23). Se trata de estar siempre abierto, eligiendo la santidad una y otra vez, a que Dios me haga santo en la totalidad de mi vida.

El discernimiento del Papa tiene detrás el criterio que dice: el todo es superior a las partes. Dios nos hace santos «totalizando» -al final de nuestra vida y cada vez-, no «fragmentando». Ejemplo de ello son los sacramentos: cada vez que me confieso, totalizo mi vida con un baño de misericordia, que perdona todos los pecados particulares y me santifica íntegramente, no solo una parte. Lo mismo en la comunión: cada vez que comulgo, hago una alianza total con el Señor. No es que comulgo con Él solo en parte. El amor totaliza la vida en cada acto, tiene esa capacidad, cuando uno dice el sí en sus votos, matrimoniales o de vida consagrada, y cada vez que uno dice los mil pequeños «sí» de las obras de misericordia.

El poder totalizante e inclusivo de cada bienaventuranza puesta en práctica

En el capítulo que se titula «A la luz del maestro», Francisco hace estas formulaciones «totalizantes» de la santidad encarnando las bienaventuranzas.

«Ser pobre de corazón, eso es santidad» (GE 70), afirma el Papa. Y concreta ese «ser pobre de espíritu» en lo que dice Ignacio en el Principio y Fundamento: «No querer de nuestra parte más salud que enfermedad, riqueza que pobreza, honor que deshonor, vida larga que corta, y así en todo lo demás (EE 23)». La indiferencia es pobreza de la propia voluntad al «preferir» la de Dios, es desposeerse para estar abierto a lo que Dios quiera y mientras, poner entre paréntesis lo demás. Elegir «lo que Dios quiera» es elegir ser santos por el amor.

«Reaccionar con humilde mansedumbre, esto es santidad» (GE 74). Elegir ser santos es elegir reaccionar con mansedumbre. Uno elige cómo reacciona. Aunque no elija el primer movimiento de la ira, sí elige moderarla o darle rienda suelta. Y en esto se juega la santidad: «Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas» (Mt 11,29). Si vivimos tensos, engreídos ante los demás, terminamos cansados y agotados. Pero cuando miramos sus límites y defectos con ternura y mansedumbre, sin sentirnos más que ellos, podemos darles una mano y evitamos desgastar energías en lamentos inútiles. Para santa Teresa de Lisieux «la caridad perfecta consiste en soportar los defectos de los demás, en no escandalizarse de sus debilidades[3]» (GE 72).

«Saber llorar con los demás, eso es santidad» (GE 76). Elegir llorar! No es difícil llorar. Sufren tanto los pequeñitos! Sufren tanto tantos inocentes! Basta mirarlos a los ojos, mirar su situación, para que broten las lágrimas de compasión. Y uno elige abrirse o cerrarse a estas lágrimas, a esta piedad y enternecimiento del corazón.

«Buscar la justicia con hambre y sed, esto es santidad» (GE 79). Buscar… Buscar es «elegir buscar». Luchar por la justicia es una opción: la opción por los más pobres, por los que no tienen justicia.

«Mirar y actuar con misericordia, esto es santidad» (GE 82). Nuestro mirar es «selectivo», lo sabemos. Uno elige -subjetivamente- lo que quiere mirar. Y de acuerdo a ello resulta «lo que objetivamente ve».  La objetividad no se impone así nomás. Hay cosas que si uno no las contempla largamente, si uno no va al lugar, si uno no se pone en los zapatos del otro, no se ven. Por eso decimos que «mirar con misericordia» es una opción. Y de esa mirada surge el sentimiento y luego el obrar con misericordia.

«Mantener el corazón limpio de todo lo que mancha el amor, esto es santidad» (GE 86). También la limpieza de corazón es una opción. Una opción renovada, que se deja purificar y corregir una y otra vez. Hay que elegir renovar la pureza porque no hay nada más «influenciable» que nuestra mirada, que sigue todo lo bello y lo que es inmediatamente bueno para cada sentido-, y luego mueve nuestro corazón, que se aficiona a todos los bienes que le gustan y resultan placenteros. Elegir que Jesús nos «lave los pies y nos mantenga el corazón limpio», es elegir ser santos.

«Sembrar paz a nuestro alrededor, esto es santidad» (GE 89). Sembrar es elegir: uno elige la semilla que siembra y el terreno donde la siembra. Sembrar guerra también es una opción. No es una fatalidad. Fatalidad son las siembras ya heredadas, pero no las que uno le toca hacer. Por eso el Papa habla de sembrar.

«Aceptar cada día el camino del Evangelio aunque nos traiga problemas, esto es santidad»(GE 94). Esta aceptación del camino del Evangelio «aunque nos traiga problemas» es también una elección de vida. Y pongamos atención en que no dice «aceptación del Evangelio» sino «del caminodel Evangelio». Aceptar «el Evangelio» suena abstracto. Aceptar el camino que se nos abre cada día a nuestro paso es una opción concreta y posible.

Vemos así que las bienaventuranzas son las «opciones profundas de Jesús». Opciones que Él nos invita a hacer a nosotros, como estilo de vida y modo de sentir que elegimos para poder cumplir con el «gran protocolo», el de Mateo 25, que es con el que seremos juzgados. Seremos juzgados no por otras cosas sino por nuestra elección de seguir este protocolo, con este estilo.

Esta opción es más honda  que los resultados de cada acción particular, que puede tener y ciertamente tendrá sus más y sus menos. Optar por la totalidad de las bienaventuranzas y de las obras de misericordia es la opción profunda – la de Jesús y la nuestra en la de Él:

«El texto de Mateo 25,35-36 ‹no es una simple invitación a la caridad: es una página de cristología, que ilumina el misterio de Cristo[4]›. En este llamado a reconocerlo en los pobres y sufrientes se revela el mismo corazón de Cristo, sus sentimientos y opciones más profundas, con las cuales todo santo intenta configurarse» (GE 96).

Reproducir distintos aspectos de la vida de Jesús en la nuestra

Elegir ser más santos como una misiónes algo que sólo se puede concebir de la mano de Jesús, estando en su compañía de modo siempre más amigable y cercano, hasta llegar a no poder vivir lejos de Él, de su presencia, de sus consejos, de su perdón y de sus palabras. Elegir ser más santos tiene su sentido pleno en Cristo y solo se entiende desde él.

«En el fondo la santidad es vivir en unión con él los misterios de su vida. Consiste en asociarse a la muerte y resurrección del Señor de una manera única y personal, en morir y resucitar constantemente con él. Pero también puede implicar reproducir en la propia existencia distintos aspectos de la vida terrena de Jesús: su vida oculta, su vida comunitaria, su cercanía a los últimos, su pobreza y otras manifestaciones de su entrega por amor.

La contemplación de estos misterios, como proponía san Ignacio de Loyola, nos orienta a hacerlos carne en nuestras opciones y actitudes[5]» (GE 20).

Examinar cómo nos transformaos cada vez que ponemos en práctica alguna bienaventuranza y alguna obra de misericordia

Concebir el ser santos como una misión, es concebirlo no como un mero «hacer obras santas externas», sino como «ser santificados por el Espíritu de modo tal que esta santidad redunde en obras». Y esto implica «dejarse transformar por Cristo». Esta transformación tiene un instrumento precioso: «la práctica habitual del bien, valorada en el examen de conciencia».

Este examen es «un ejercicio en el que no se trata sólo de identificar los pecados, sino también de reconocer la obra de Dios encarnada:

en la propia experiencia cotidiana,

en los acontecimientos de la historia y de las culturas de las que formamos parte,

en el testimonio de tantos hombres y mujeres que nos han precedido o que nos acompañan con su sabiduría. Todo ello ayuda a crecer en la virtud de la prudencia, articulando la orientación global de la existencia con elecciones concretas, con la conciencia serena de los propios dones y límites[6]» (CV 282).

«Somos libres, con la libertad de Jesucristo, pero él nos llama a examinar lo que hay dentro de nosotros―deseos, angustias, temores, búsquedas― y lo que sucede fuera de nosotros —los «signos de los tiempos»— para reconocer los caminos de la libertad plena: «Examinadlo todo; quedaos con lo bueno» (1 Ts 5,21). (GE 168).

Pero examinar todo no es un ejercicio escrupuloso, auto-referencial, de  mirarnos a nosotros mismos. Todo lo contrario: es un examinarse para «salir» de nosotros mismos hacia el amor de Dios y a los demás.

Hay tres grandes ámbitos donde el «examinarlo todo» dilata el corazón.

Uno es el de las «novedades de Dios». Es importante examinar bien «cuando aparece una novedad en la propia vida. Entonces hay que discernir si es el vino nuevo que viene de Dios o es una novedad engañosa del espíritu del mundo o del espíritu del diablo» (GE 168).

Otro ámbito que dilata el alma es el de dejar que el Señor nos examine, como a Pedro, en el amor y la amistad. Tengamos en cuenta que «Antes de toda ley y de todo deber, lo que Jesús nos propone para elegir es un seguimiento como el de los amigos que se siguen y se buscan y se encuentran por pura amistad. Todo lo demás viene después, y hasta los fracasos de la vida podrán ser una inestimable experiencia de esa amistad que nunca se rompe.(CV 290).

El tercer ámbito del examen es el de la humildad. Dice el Papa: «La humildad solamente puede arraigarse en el corazón a través de las humillaciones. Sin ellas no hay humildad ni santidad. Si tú no eres capaz de soportar y ofrecer algunas humillaciones no eres humilde y no estás en el camino de la santidad.» (GE 118).

«No me refiero solo a las situaciones crudas de martirio, sino a las humillaciones cotidianas de aquellos que callan para salvar a su familia, o evitan hablar bien de sí mismos y prefieren exaltar a otros en lugar de gloriarse, eligen las tareas menos brillantes, e incluso a veces prefieren soportar algo injusto para ofrecerlo al Señor: «En cambio, que aguantéis cuando sufrís por hacer el bien, eso es una gracia de parte de Dios» (1 P 2,20). (GE 119).

La elección de ser más santos «para los demás»

En estos tres ámbitos -el de la novedad evangélica, el de la amistad y el de las humillaciones- se juega la elección última que es la elección de «ser para los demás». «Esta vocación misionera tiene que ver con nuestro servicio a los demás. Porque nuestra vida en la tierra alcanza su plenitud cuando se convierte en ofrenda. Recuerdo que «la misión en el corazón del pueblo no es una parte de mi vida, o un adorno que me puedo quitar; no es un apéndice o un momento más de la existencia. Es algo que yo no puedo arrancar de mi ser si no quiero destruirme. Yo soy una misión en esta tierra, y para eso estoy en este mundo[7]» (CV 254)

«Para cumplir la propia vocación es necesario desarrollarse, hacer brotar y crecer todo lo que uno es. No se trata de inventarse, de crearse a sí mismo de la nada, sino de descubrirse a uno mismo a la luz de Dios y hacer florecer el propio ser: «En los designios de Dios, cada hombre está llamado a promover su propio progreso, porque la vida de todo hombre es una vocación[8]». Tu vocación te orienta a sacar afuera lo mejor de ti para la gloria de Dios y para el bien de los demás» (CV 257).

San Ignacio se expresa así hablando de la elección: «En toda buena elección, en cuanto es de nuestra parte, el ojo de nuestra intención debe ser simple, solamente mirando para qué  soy creado, que es a saber, para alabanza de Dios nuestro Señor y salvación de mi alma» (EE 169). Esperamos que con estas reflexiones palabras como «santidad», «alabanza» y «salvación del alma» consideradas desde la perspectiva de una elección que cada uno puede hacer hayan mostrado algo de la riqueza profunda que se esconde en su interior.

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Momento para contemplar

Marta Irigoy

En este mes de setiembre, seguimos ahondando el hermoso llamado a la Santidad que Dios nos hace…

La primera certeza que tenemos es que el Padre nos llamó a la vida y  en ese llamado sopló en nosotros su Espíritu de Vida…

Por eso, redescubrir esta vocación profunda a la Santidad es lo que queremos rezar en este tiempo…

En lo arriba escrito por el P. Diego, podemos dejar que estas palabras puedan iluminar de un modo nuevo, la certeza de sabernos elegidos por nuestro Amado Padre desde toda la eternidad para ser santos, como lo escribió hermosamente San Pablo : «A cada uno de nosotros el Señor nos eligió para que fuéramos santos e irreprochables en Él por el amor (Ef 1, 4)»

Y así podamos encontrar y elegir en lo concreto de la vida cotidiana aquello a lo que Dios nos llama a la santidad…

Sera poder descubrir aquello que hoy me hace desplegar “la mejor versión de mí mismo” para luego elegir con alegría el modo propio de sembrar en mi vida gestos de ternura y compasión al estilo de Jesús, que paso haciendo el bien…-Hch 10, 38-.

Podríamos sintetizar la santidad como el modo propio de pasar por la vida haciendo el bien…

El Papa Francisco, dice:

“Me gusta ver la santidad en el pueblo de Dios paciente: a los padres que crían con tanto amor a sus hijos, en esos hombres y mujeres que trabajan para llevar el pan a su casa, en los enfermos, en las religiosas ancianas que siguen sonriendo. En esta constancia para seguir adelante día a día, veo la santidad de la Iglesia militante. Esa es muchas veces la santidad «de la puerta de al lado», de aquellos que viven cerca de nosotros y son un reflejo de la presencia de Dios, o, para usar otra expresión, «la clase media de la santidad» -GE7-

También cita el Concilio Vaticano II que dice:«Todos los fieles, cristianos, de cualquier condición y estado, fortalecidos con tantos y tan poderosos medios de salvación, son llamados por el Señor, cada uno por su camino, a la santidad.

Quizás una linda imagen para rezar en este tiempo puede ser contemplar el propio camino por donde se me invita a pasar haciendo el bien…

Esta elección del llamado a la santidad, será fecunda sabiéndonos pequeños  en las Manos del Padre que sabe lo que cada uno de sus hijos necesita…

Para terminar, puedes rezar con esta oración del P. Arrupe, sj:

Enamórate

No hay nada más práctico que encontrar a Dios.

Es decir, enamorarse rotundamente y sin ver atrás.

Aquello de lo que te enamores,

lo que arrebate tu imaginación, afectará todo.

Determinará lo que te haga levantar

por la mañana,

lo que harás con tus atardeceres,

cómo pases tus fines de semana,

lo que leas, a quién conozcas,

lo que te rompa el corazón

y lo que te llene de asombro

con alegría y agradecimiento.

Enamórate, permanece enamorado,

y esto lo decidirá todo.

 

 

 

 

 

[1]Cinco panes y dos peces: un gozoso testimonio de fe desde el sufrimiento en la cárcel, México 19999, 21.

[2]Cf. Hans U. von Balthasar, “Teología y santidad”, en Communio6 (1987), 486-493.

[3]Manuscrito C, 12r.

[4]Ibíd.

[5]Cf. Ejercicios espirituales, 102-312.

[6]Ibíd.

[7]Exhort. ap. Evangelii gaudium(24 noviembre 2013), 273: AAS105 (2013), 1130.

[8]S. Pablo VI, Carta enc. Populorum progressio(26 marzo 1967), 15: AAS59 (1967), 265.

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Momento de Reflexión

P. Diego Fares sj

El pecado situado entre la bondad de la creación y el bien deseable al que somos llamados

En el esquema dinámico de los Ejercicios San Ignacio sitúa el pecado, con toda la crudeza de su negatividad y de su poder destructivo, entre dos momentos muy positivos: uno es el de la creación -«somos creados» para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor(Principio y Fundamento, EE 23)-; el otro es el del llamamiento: Jesús llama a todos -«al universo mundo y a cada uno en particular- a su seguimiento, para «entrar en la gloria del Padre» (Llamiento del Rey Eterno, EE 95).

Como dice el Génesis, «Vio Dios cuanto había hecho, y todo estaba muy bien» (Gn 1, 31). Hay en el interior más hondo de cada ser una «bondad creatural» que el pecado no logró dañar; hay también una vocación a la santidad y a la vida eterna que siempre se renueva por parte del Señor: «Vengan a mí todos…» (Mt 11, 28); «al que viene a mí no lo rechazaré» (Jn 6, 37).

El Papa Francisco, en Gaudete et exsultate, hace ver estas dos realidades desde el comienzo mismo de su Exhortación, cuando nos recuerda que hemos sido creados para la felicidad y que el Señor nos llama a todos a la santidad:

«Alegraos y regocijaos» (Mt 5,12), dice Jesús a los que son perseguidos o humillados por su causa. El Señor lo pide todo, y lo que ofrece es la verdadera vida, la felicidad para la cual fuimos creados. Él nos quiere santos y no espera que nos conformemos con una existencia mediocre, aguada, licuada. En realidad, desde las primeras páginas de la Biblia está presente, de diversas maneras, el llamado a la santidad. Así se lo proponía el Señor a Abraham: «Camina en mi presencia y sé perfecto» (Gn 17,1)» (GE 1).

Hablando de ese pobre que encontramos «durmiendo a la intemperie» me recuerda el Papa que puedo mirarlo -como a todo ser humano, incluso al más pecador, que puedo ser yo mismo- «y reconocer en él a un ser humano con  mi misma dignidad, a una creatura infinitamente amada por el Padre, una imagen de Dios, un hermano redimido por Jesucristo» (GE 98).

Y el llamado! El Papa recuerda cómo el Concilio Vaticano II lo destacó con fuerza: «Todos los fieles, cristianos, de cualquier condición y estado, fortalecidos con tantos y tan poderosos medios de salvación, son llamados por el Señor, cada uno por su camino, a la perfección de aquella santidadm con la que es perfecto el mismo Padre» (GE 10).

Si alguno, al ver tanta maldad en el mundo, dudara de la bondad creatural del ser humano, de lo que no podemos dudar es de la fuerza sanadora que contiene el llamado -lleno de invencible esperanza en el poder del bien, de la misericordia y del amor de amistad- que nos hace Jesús. El Papa afirma que precisamente esto «Es lo que había comprendido muy bien santa Teresa de Calcuta: ‹Sí, tengo muchas debilidades humanas, muchas miserias humanas. […] Pero él baja y nos usa, a usted y a mí, para ser su amor y su compasión en el mundo, a pesar de nuestros pecados, a pesar de nuestras miserias y defectos. Él depende de nosotros para amar al mundo y demostrarle lo mucho que lo ama. Si nos ocupamos demasiado de nosotros mismos, no nos quedará tiempo para los demás›».

El pecado puesto frente a la Misericordia de Dios

Dice Francisco: «Mirar y actuar con misericordia (con los demás y con uno mismo), esto es santidad» (GE 82). Es que: «La misericordia es ‹el corazón palpitante del Evangelio›» (GE 97). Por qué? Porque la misericordia nos da el criterio para discernir «si nuestro camino de oración es auténtico», si somos verdaderamente «hijos del Padre»; la misericordia -en definitiva- es la llave del cielo» (GE 105).

Situar el pecado ante la misericordia es lo único que nos permite encontrar paz. Si somos conscientes de nuestros pecados y de los del mundo, expermimentaremos que no basta con la justicia. El Papa nos recuerda lo que le reveló el Señor a Santa Faustina: que «la humanidad no encontrará paz hasta que no se dirija con confianza a la misericordia divina» (GE 121).

Por eso nos recomienda «contemplar el rostro de Jesús muerto y resucitado» y si esto no nos sale fácilmente -contemplar su Rostro- nos recomienda entrar en las entrañas del Señor: «Entra en sus llagas, porque allí tiene su sede la misericordia divina» (GE 151).

Además de mirar y sentir al Señor es bueno considerar la misericordia de Dios en nuestra historia. Si estamos vivos, es que muchos han tenido misericordia de nosotros. «Trayendo a la memoria todos los beneficios que hemos recibido del Señor», como nos hace contemplar San Ignacio en la Contemplación para crecer en el amor, encontraremos en nuestra historia «tanta misericordia» (GE 153).

La misericordia nos permite aprender de nuestros errores

En su Exhortación a los Jóvenes –Vive Cristo-, el papa les recuerda que «Jesús elogia al joven pecador que retoma el buen camino más que al que se cree fiel pero no vive el espíritu del amor y de la misericordia» (VC 12).

Su mensaje es «Cristo te salva», su misericordia te libera de la culpa: «Mira los brazos abiertos de Cristo crucificado, déjate salvar una y otra vez. Y cuando te acerques a confesar tus pecados, cree firmemente en su misericordia que te libera de la culpa. Contempla su sangre derramada con tanto cariño y déjate purificar por ella. Así podrás renacer, una y otra vez» (VC 123).

La misericordia nos permite «aprender de nuestros errores» gracias a que el Señor es capaz de transformarlos en fuente de bien. El Papa invita a arriesgar sin miedo: «El amor que se da y que obra, tantas veces se equivoca. El que actúa, el que arriesga, quizás comete errores. Aquí, en este momento, puede resultar de interés traer el testimonio de María Gabriela Perin, huérfana de padre desde recién nacida que reflexiona cómo esto influyó en su vida, en una relación que no duró pero que la hizo madre y ahora abuela: «Lo que yo sé es que Dios crea historias. En su genialidad y su misericordia, Él toma nuestros triunfos y fracasos y teje hermosos tapices que están llenos de ironía. El reverso del tejido puede parecer desordenado con sus hilos enredados –los acontecimientos de nuestra vida– y tal vez sea ese lado con el que nos obsesionamos cuando tenemos dudas. Sin embargo, el lado bueno del tapiz muestra una historia magnífica, y ese es el lado que ve Dios». Cuando las personas mayores miran atentamente la vida, a menudo saben de modo instintivo lo que hay detrás de los hilos enredados y reconocen lo que Dios hace creativamente aun con nuestros errores» (VC 198).

Dar fe a lo que nos impulsa a ir para adelante, levantándonos setenta veces siete

Vive Cristonos alienta a dar fe a los impulsos más hondos del corazón que nos invitan a ir hacia adelante. Les podemos dar fe porque «Existe Alguien como Jesús que entiende y valora esta intención última del corazón. Por eso Él está siempre dispuesto a ayudar a cada uno para que la reconozca, y para ello le basta que alguien le diga: “¡Señor, sálvame! ¡Ten misericordia de mí!”» (GE 294).

Por eso, el Papa alienta a la Iglesia entera a convertirse si miedo a sus pecados: «Nuestros pecados están a la vista de todos; se reflejan sin piedad en las arrugas del rostro milenario de nuestra Madre y Maestra. Porque ella camina desde hace dos mil años, compartiendo «los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres». Y camina como es, sin hacerse cirugías estéticas. No teme mostrar los pecados de sus miembros, que a veces algunos de ellos intentan disimular, ante la luz ardiente de la Palabra del Evangelio que limpia y purifica. Tampoco deja de recitar cada día, avergonzada: «Piedad de mí, Señor, por tu bondad. […] Tengo siempre presente mi pecado» (Sal 51,3.5). Pero recordemos que no se abandona a la Madre cuando está herida, sino que se la acompaña para que saque de ella toda su fortaleza y su capacidad de comenzar siempre de nuevo» (VC 101).

«Ese Cristo que nos salvó en la Cruz de nuestros pecados, con ese mismo poder de su entrega total sigue salvándonos y rescatándonos hoy. Mira su Cruz, aférrate a Él, déjate salvar, porque ‘quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento’. Y si pecas y te alejas, Él vuelve a levantarte con el poder de su Cruz. Nunca olvides que «Él perdona setenta veces siete. Nos vuelve a cargar sobre sus hombros una y otra vez. Nadie podrá quitarnos la dignidad que nos otorga este amor infinito e inquebrantable. Él nos permite levantar la cabeza y volver a empezar, con una ternura que nunca nos desilusiona y que siempre puede devolvernos la alegría». (VC 119).

Y lo más importante: dar lugar a todos, distinguiendo el pecado del pecador

«Las heridas recibidas pueden llevarte a la tentación del aislamiento, a replegarte sobre ti mismo, a acumular rencores, pero nunca dejes de escuchar el llamado de Dios al perdón. Como bien enseñaron los Obispos de Ruanda, «la reconciliación con el otro pide ante todo descubrir en él el esplendor de la imagen de Dios […]. En esta óptica, es vital distinguir al pecador de su pecado y de su ofensa, para llegar a la verdadera reconciliación. Esto significa que odies el mal que el otro te inflige, pero que continúes amándolo porque reconoces su debilidad y ves la imagen de Dios en él[10]».(VC 165).

«En el Sínodo se exhortó a construir una pastoral juvenil capaz de crear espacios inclusivos, donde haya lugar para todo tipo de jóvenes y donde se manifieste realmente que somos una Iglesia de puertas abiertas. Ni siquiera hace falta que alguien asuma completamente todas las enseñanzas de la Iglesia para que pueda participar de algunos de nuestros espacios para jóvenes. Basta una actitud abierta para todos los que tengan el deseo y la disposición de dejarse encontrar por la verdad revelada por Dios. Algunas propuestas pastorales pueden suponer un camino ya recorrido en la fe, pero necesitamos una pastoral popular juvenil que abra puertas y ofrezca espacio a todos y a cada uno con sus dudas, sus traumas, sus problemas e inclinaciones sexuales, sus errores, su historia, sus experiencias del pecado y todas sus dificultades» (VC 234).

Examen de conciencia como discernimiento, más que de los pecados de la novedad de Dios en mi vida

«Esta formación implica dejarse transformar por Cristo y al mismo tiempo «una práctica habitual del bien, valorada en el examen de conciencia: un ejercicio en el que no se trata sólo de identificar los pecados, sino también de reconocer la obra de Dios en la propia experiencia cotidiana, en los acontecimientos de la historia y de las culturas de las que formamos parte, en el testimonio de tantos hombres y mujeres que nos han precedido o que nos acompañan con su sabiduría. Todo ello ayuda a crecer en la virtud de la prudencia, articulando la orientación global de la existencia con elecciones concretas, con la conciencia serena de los propios dones y límites» (VC 282).

Momento para Contemplar

Marta Irigoy

Seguimos el “Camino Espiritual de los Ejercicios Espirituales”, junto a este bendecido tiempo de Cuaresma…

Quisiera invitarnos a retomar algunos de los párrafos, escritos por el P. Diego Fares sj; sobre esta invitación a vivir nuestra vida desde  el llamado a la Santidad, como cita el Papa Francisco en el Génesis, el llamado  a la Santidad de Abraham, nuestro padre en la Fe: «Camina en mi presencia y sé perfecto» (Gn 17,1)» (GE 1).

Nada hay más perfecto que caminar con humildad en la vida…

Una humildad que se va gestando a lo largo de una vida que ha tenido en el horizonte los bondadosos brazos del Padre, que abiertos nos esperan para consolarnos y sanarnos las heridas que el pecado propio y el de otros que nos ha lastimado…

En estos días, en que estamos más cerquita de la Pasión y Resurrección del Señor, es bueno releer lo que nos dice el P. Diego, citando las ultimas Exhortaciones del Papa Francisco: “Gaudete et Exsultate» sobre el llamado a la Santidad y la última  para los Jóvenes: “VIVE CRISTO”

“Hay en el interior más hondo de cada ser una «bondad creatural» que el pecado no logró dañar; hay también una vocación a la santidad y a la vida eterna que siempre se renueva por parte del Señor: «Vengan a mí todos…» (Mt 11, 28); «al que viene a mí no lo rechazaré» (Jn 6, 37).

Si alguno, al ver tanta maldad en el mundo, dudara de la bondad creatural del ser humano, de lo que no podemos dudar es de la fuerza sanadora que contiene el llamado -lleno de invencible esperanza en el poder del bien, de la misericordia y del amor de amistad- que nos hace Jesús.

El Papa afirma que precisamente esto «Es lo que había comprendido muy bien santa Teresa de Calcuta: ‹Sí, tengo muchas debilidades humanas, muchas miserias humanas. […] Pero él baja y nos usa, a usted y a mí, para ser su amor y su compasión en el mundo, a pesar de nuestros pecados, a pesar de nuestras miserias y defectos. Él depende de nosotros para amar al mundo y demostrarle lo mucho que lo ama. Si nos ocupamos demasiado de nosotros mismos, no nos quedará tiempo para los demás›».

  • Aquí podríamos agradecer ser instrumentos del Amor de Dios para los demás…

Y sentir y gustar esta frase: “Dios usa nuestra pequeñez para manifestar su hermosa Grandeza…”

Dice Francisco: «Mirar y actuar con misericordia (con los demás y con uno mismo), esto es santidad» (GE 82). Es que: «La misericordia es ‹el corazón palpitante del Evangelio›» (GE 97). Por qué? Porque la misericordia nos da el criterio para discernir «si nuestro camino de oración es auténtico», si somos verdaderamente «hijos del Padre»; la misericordia -en definitiva- es la llave del cielo» (GE 105).

Situar el pecado ante la misericordia es lo único que nos permite encontrar paz. Si somos conscientes de nuestros pecados y de los del mundo, experimentaremos que no basta con la justicia. El Papa nos recuerda lo que le reveló el Señor a Santa Faustina: que «la humanidad no encontrará paz hasta que no se dirija con confianza a la misericordia divina» (GE 121).

  • Aquí podríamos suplicar al Padre de las Misericordias, poder unir nuestra fe y nuestras Obras…

Y Pedir: Padre Bueno, ayúdanos a confiar nuestra fragilidad al Fuego de tu Divina Misericordia…

Francisco, nos recomienda «contemplar el rostro de Jesús muerto y resucitado» y si esto no nos sale fácilmente -contemplar su Rostro- nos recomienda entrar en las entrañas del Señor: «Entra en sus llagas, porque allí tiene su sede la misericordia divina[4]» (GE 151).

Además de mirar y sentir al Señor es bueno considerar la misericordia de Dios en nuestra historia. Si estamos vivos, es que muchos han tenido misericordia de nosotros. «Trayendo a la memoria todos los beneficios que hemos recibido del Señor», como nos hace contemplar San Ignacio en la Contemplación para crecer en elamor, encontraremos en nuestra historia «tanta misericordia» (GE 153).

  • Aquí podríamos hacer memoria agradecida de toda la Misericordia con que Nuestro Padre ha regado la aridez que el pecado dejaba en nuestra vida…

Y Pedirle con mucha insistencia: que nunca dejemos de escuchar el llamado de Dios al perdón

Viene bien, traer el testimonio de María Gabriela Perin, citada en estas reflexiones…

«Lo que yo sé es que Dios crea historias. En su genialidad y su misericordia, Él toma nuestros triunfos y fracasos y teje hermosos tapices que están llenos de ironía. El reverso del tejido puede parecer desordenado con sus hilos enredados –los acontecimientos de nuestra vida– y tal vez sea ese lado con el que nos obsesionamos cuando tenemos dudas. Sin embargo, el lado bueno del tapiz muestra una historia magnífica, y ese es el lado que ve Dios».

Y hacer el Examen de conciencia para prepararnos a recibir la Belleza de la Resurrección de Jesús; como discernimiento más que de los pecados, de la novedad de Dios en mi vida… 

Eso nos rejuvenece y nos trae la Vida en Abundancia prometida por Jesús… porque para eso ha venido:

“Para que tengamos Vida en Abundancia”…

Que tengamos un camino fecundo en estos días, en que nos acercamos al Misterio del Amor hasta el Extremo…

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Para que la santidad, que siempre es don del Espíritu, incida en el mundo de hoy, para «hacer resonar una vez más el llamado a la santidad», hay que «encarnarlo -dice Francisco- en el contexto actual, con sus riesgos, desafíos y oportunidades» (EG 2). Esto implica discernir las cosas que son esenciales e impostergables para ser santos de las cosas que no lo son.

Siguiendo el espíritu de los Ejercicios de San Ignacio, durante el año, iremos reflexionando acerca de algunas características de esta santidad encarnada en la vida cotidiana del cristiano común. Tendremos en cuenta estos riesgos, desafíos y oportunidades que el Papa nos pide que advirtamos.

En este primer encuentro meditaremos sobre algo básico a tener en cuenta a la hora desear y cultivar la santidad: nuestra creaturalidad. El mundo en que vivimos y nos movemos, en cuanto es una realidad que hemos creado nosotros con nuestra inteligencia y con nuestro trabajo, es un mundo en el cual somos -en mayor o menor medida- dueños. Producimos lo que queremos, hacemos funcionar las cosas, las manejamos… Esto va haciendo que se desdibuje en nosotros la experiencia de ser creaturas, de no ser dueños de nuestra existencia en cuanto tal. Y de alguna manera esta imagen puede haberse colado en un ideal de santidad que deberíamos «gestionar». No es así. La santidad es puro don de Dios y el mejor terreno para que arraigue es la tierra de nuestra creaturalidad, ese nivel donde experimentamos nuestra contingencia, nuestro ser gracias a Otro que nos está dando la vida, nuestro carácter relacional y no absoluto.

En los encuentros siguientes, si Dios quiere, iremos viendo otras características de la santidad. Como el tema está abierto, no planificamos todo de entrada. Sí podemos adelantar que, siguiendo como siempre la estructura de las cuatro semanas de los Ejercicios, tocaremos los grandes temas del pecado, del llamamiento, de la Encarnación, del combate espiritual, la indiferencia, la humildad, la elección del propio estado de vida y de la propia misión, la Cruz, la Resurrección y el crecimiento en el amor.

Estarán presentes desafíos tales como:

* Aprender sabiamente de nuestros errores, más que buscar el éxito a toda costa.

* Una santidad encarnada en la vida cotidiana, como fue la del Señor, especialmente  durante su vida oculta.

* El llamado a buscar y hallar nuestro lugar propio de misión, nuestro carisma y nuestro lugar de servicio.

* El discernimiento y el combate espiritual, como algo ineludible en un camino de santidad.

* Una santidad concebida en términos de lo que más le agrada al Padre y no tanto en términos de «lo que se debe» hacer o de mi autorrealización, etc…

 

UNA SANTIDAD CREATURAL

Momento de reflexión

Diego Fares sj

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Somos creados para la felicidad

«El hombre es creado…» dice Ignacio en el Principio y fundamento de sus Ejercicios.

Y el Papa Papa Francisco, al comienzo de «Alégrense y regocíjense», nos recuerda: «El Señor lo pide todo, y lo que ofrece es la verdadera vida, la felicidad para la cual fuimos creados» (GE 1).

La felicidad para la cual fuimos creados! La frase parece dar paso franco a la esperanza. Sin embargo no es tan así y no debemos pasar adelante como quien da por descontado que somos creados para la felicidad.  Aunque nadie ande diciendo en voz alta por ahí «es mentira que estamos creados para la felicidad», gran parte de los «meta-mensajes» que vienen incluidos en los productos y en las propuestas que nos ofrece el mundo actual contienen una idea que podríamos formular así: no hay felicidad eterna, así que tratá de buscar la tuya, hoy. En lo posible sin quitarle nada a nadie. Lo cual, en la práctica, será difícil, ya que el tiempo y los bienes a disposición son limitados y tu cuota de felicidad entrará seguramente en conflicto con las de los que tenés al lado.

Eso de que «la felicidad es el fin del hombre» pareciera que ha dejado de ser una «verdad natural». La felicidad es algo así como un «mito», como un ideal, distinto para cada cultura y para cada persona y muy difícil de alcanzar. No hay que anularlo, porque sería como desinflar todo lo que mueve al mundo, comenzando por la propaganda que se basa en «compra esto que te hará feliz». Pero tampoco hay que hacerse muchas ilusiones. Es esta más o menos la mentalidad en la que nos movemos.

Por todo esto, conviene que nos detengamos, al comienzo de los encuentros de oración de este año, a reflexionar sobre la felicidad, porque puede que haya una especie de «taponamiento» en la idea misma que tenemos de ella y que sea ese prejuicio lo que hace que nos resulte hoy un tanto extraña otra palabra que está muy unida a la felicidad, la palabra «santidad».

Es idea mía o otro le pasa que cuando escucha la palabra «santidad», lo que le viene a la mente no es precisamente la idea de «felicidad», sino más bien la sensación de que la santidad no es algo para el tipo de vida en el que uno está metido hoy, el trabajo, los horarios, lo que se comenta en los medios…? Y si de alguna manera uno acepta que la felicidad y la santidad tienen que ver, en medio se meten ideas como «sacrificio», «ideal inalcanzable», «gracia que solo tienen algunos elegidos y no la gente común».

Lo que quiero decir es que uno no pone entre sus tareas del día algo así como «alcanzar la felicidad». A lo sumo pueda que uno meta en la agenda realizar alguna buena acción, tener un momento de oración y tratar de ser buena persona. Y sin embargo, no estaría mal ponerse como meta del día «hoy tengo que ser feliz». Me despertaría un poco a estar atento a cosas a las que en general no presto mi mejor atención». Armar una pequeña lista de «cosas que me hacen feliz» no estaría mal, no? Aparecen enseguida, levantando la mano como en la escuela, montones de pequeñas cosas que, en medio de la dureza de la vida, me hacen feliz. El aire fresco de la mañana, el sol en la calle, la sonrisa de los niños, la música en la radio, un mate, el mensajito de un amigo, un salmo de alabanza, la gente trabajando en lo suyo…

Apenas escribo esta lista me doy cuenta de que «tienen algo especial» estas cosas. Algo simple que no sabría definir. Si trato de pensar en cosas que «no me hacen feliz», pienso en el celular que no funciona porque se descargó y me pone ansioso tener que esperar a que se cargue para poder ver los mensajes… En cambio, si pienso en el día que está medio lluvioso y también «espero» que se despeje, siento que la expectativa es distinta a la del celular. Es una expectativa sin exigencias, esta que mira el tiempo…

A ver cómo suena la siguiente afirmación:

“La felicidad es como una mariposa -decía Henry Thoreau- , cuanto más la persigues, más te eludirá. Pero si vuelves tu atención a otras cosas, vendrá y suavemente se posará en tu hombro”. La imagen es clara y sirve para comunicar que la felicidad no es algo que se pueda «perseguir directamente».

Por qué? Porque aunque la sustantivemos, no es un objeto. La imagen de la mariposa es la de un ser libre. Y si en su fragilidad la agarrás entre tus dedos, la lastimás. No es algo que se pueda «poseer». Si puede en cambio «posarse» sobre ti.

La felicidad tiene que ver con el fin: uno experimenta felicidad cuando algo concluye bien, perfectamente. Entonces la alegría se expande sin temores ni amenazas. Es lo que sucede cuando termina un partido y uno ganó, cuando concluye un trabajo y uno ve que quedó bien hecho, cuando uno se recibe luego de años de estudio…

Hay también otro tipo de realidades de las que podemos decir que no «terminan» sino que son un fin en sí mismas, como una fiesta, por ejemplo. En ellas la felicidad se experimenta antes, al prepararlas, en el momento en que se viven y, luego, al recordarlas.

Estas dos reflexiones ayudan a ver que la felicidad es una especie de termómetro que permite de alguna manera «medir» o comprender el grado de dignidad que tiene una realidad. La felicidad que experimentan los padres al compartir la felicidad de un hijo, por ejemplo – el hecho de que sean felices con solo verlo feliz! -, es un índice de que están viviendo en un momento concreto algo que da sentido a toda una vida. En el Evangelio tenemos una escena así cuando el anciano Simeón toma en sus brazos al Niño Jesús y exclama: «Ahora Señor puedes dejar que tu servidor se vaya en paz! Porque mis ojos han visto tu salvación».

El Papa baja esta felicidad a los pequeños detalles de la vida cotidiana y cuenta una experiencia linda de Santa Teresita. Dice así: «La comunidad que preserva los pequeños detalles del amor[1], donde los miembros se cuidan unos a otros y constituyen un espacio abierto y evangelizador, es lugar de la presencia del Resucitado que la va santificando según el proyecto del Padre. A veces, por un don del amor del Señor, en medio de esos pequeños detalles se nos regalan consoladoras experiencias de Dios: «Una tarde de invierno estaba yo cumpliendo, como de costumbre, mi dulce tarea […]. De pronto, oí a lo lejos el sonido armonioso de un instrumento musical. Entonces me imaginé un salón muy bien iluminado, todo resplandeciente de ricos dorados; y en él, señoritas elegantemente vestidas, prodigándose mutuamente cumplidos y cortesías mundanas. Luego posé la mirada en la pobre enferma, a quien sostenía. En lugar de una melodía, escuchaba de vez en cuando sus gemidos lastimeros […]. No puedo expresar lo que pasó por mi alma. Lo único que sé es que el Señor la iluminó con los rayos de la verdad, los cuales sobrepasaban de tal modo el brillo tenebroso de las fiestas de la tierra, que no podía creer en mi felicidad[2]» (EG 145).

Francisco habla de «los santos de la puerta de al lado». Y de las bienaventuranzas – las «felicidades»- nos dice que «en ellas se dibuja el rostro del Maestro, que estamos llamados a transparentar en lo cotidiano de nuestras vidas» (EG 63). Es decir: el Papa nos abre los ojos a una santidad y a una felicidad de barrio, no de convento;  a una santidad y felicidad que es cuestión de cara, de ojos buenos y de sonrisa amable y no de cara de vinagre.

Somos seres de encuentro

Basten estas reflexiones y ejemplos para centrarnos en lo que constituye el nivel más profundo de nuestra vida: somos seres de encuentro. Y en los encuentros con las realidades más altas y más ricas en dignidad – los encuentros con las personas con las que estamos unidos de manera definitiva e incondicional-, experimentamos el fin y el sentido de nuestra vida y, entonces sí, hallamos la felicidad.

Somos seres de encuentro: venimos del encuentro y estamos llamados al encuentro. Por eso, lo que debemos buscar es el encuentro, que es la causa de la felicidad. En medio de los encuentros verdaderos es donde surge y se expande lo que llamamos felicidad.

Eso sí, para que acontezca un encuentro hay condiciones. La primera es la apertura generosa del espíritu a ver con respeto cada realidad, en lo que es y está llamada a ser. Se trata de una mirada atenta, no posesiva, integradora. Mirada que se configura cuando uno toma la costumbre de contemplar obras de arte, por ejemplo, o la naturaleza…, es decir realidades ricas de vida y belleza y no superficiales. El arte nos enseña a ver las cosas en su «ambitalidad» y no como meros «objetos», de esos que se usan y descartan. Un piano, por ejemplo, cuando suena en las manos de alguien que ejecuta una sonata de Bach, es más que un «objeto», es parte integral de algo más grande: de un encuentro entre la pieza musical que soñó y escribió Bach, el pianista que la toca y nosotros que escuchamos.

Esta mirada nos lleva a ver la positividad interior de cada cosa, su esencia única que la hace ser tal desde sí misma y en el encuentro con las demás.

El encuentro, junto con esta mirada, tiene otra condición que hace al corazón, a la alegría que experimenta el corazón ante la presencia viva del otro con quien me encuentro. La mirada abarcadora ensancha el ámbito del encuentro, el corazón se «deja tocar, herir, por «un rayo del ser del otro», como dice Guardini. Este horizonte y esta profundidad «afectada» son dos condiciones para que se de un verdadero encuentro.

Podemos agregar otras «virtudes» o capacidades que hay que poner en juego para que haya encuentro: ser generosos, sinceros, cordiales, comunicativos, participativos. Estas virtudes crean encuentro porque nos hacen interactuar bien con los demás.

Así, debe quedar claro que solo en el encuentro podemos ser felices. No aislados -por más que tengamos todo lo que queramos para consumir-, no excluyendo a nadie, aunque parezca que a veces los otros son una carga y nos invaden.

Estas reflexiones han tenido por fin unir dos palabras «felicidad y encuentro».

La verdad de fe que dice que el Señor nos ha creado para la felicidad significa para nosotros, de ahora en más, que nos ha creado para el encuentro. Para el encuentro con Él, con los hombres nuestros hermanos y con todas las creaturas.

Estos encuentros se tejen unos con otros (o se destejen). No puede haber verdadero encuentro con Dios que no sea encuentro con los hermanos y este no puede darse si no es en un ámbito de respeto y de cuidado de la naturaleza.

 

Tres encuentros: con Dios, con el prójimo y con las demás especies del planeta

El encuentro con Dios

Transcribo este hermoso pasaje de Evangelii gaudium:

«Cuando Dios se dirige a Abraham le dice: ‹Yo soy Dios todopoderoso, camina en mi presencia y sé perfecto› (Gn 17,1). Para poder ser perfectos, como a él le agrada, necesitamos vivir humildemente en su presencia, envueltos en su gloria; nos hace falta caminar en unión con él reconociendo su amor constante en nuestras vidas.

Hay que perderle el miedo a esa presencia que solamente puede hacernos bien. Es el Padre que nos dio la vida y nos ama tanto. Una vez que lo aceptamos y dejamos de pensar nuestra existencia sin Él, desaparece la angustia de la soledad (como dice el el Sal 139,7: ‹A dónde huiré de tu presencia? Si subo al cielo allí estás Tú. Si bajo al abismo, allí te encuentro … y me das la mano›). Y si ya no ponemos distancias frente a Dios y vivimos en su presencia, podremos permitirle que examine nuestro corazón para ver si va por el camino correcto (cf. Sal 139,23-24).

Así conoceremos la voluntad agradable y perfecta del Señor (cf. Rm 12,1-2) y dejaremos que él nos moldee como un alfarero (cf. Is 29,16).

Hemos dicho tantas veces que Dios habita en nosotros, pero es mejor decir que nosotros habitamos en él, que él nos permite vivir en su luz y en su amor. Él es nuestro templo: lo que busco es habitar en la casa del Señor todos los días de mi vida (cf. Sal 27,4). ‹Vale más un día en tus atrios que mil en mi casa› (Sal 84,11). En él somos santificados» (EG 51).

Estamos siendo moldeados

Ser creados, nosotros, no solo yo, implica entre otras cosas «ser moldeados», como una vasija en manos de su alfarero, que la moldea según la parece bien, en cuanto es posible teniendo en cuenta la resistencia de la arcilla a la presión de sus dedos.

Este ser «moldeables» es algo permanente, constitutivo. No se trata de que hayamos sido creados al comienzo de nuestra vida y ahora ya no. No es así. Estamos siendo creados y moldeados cada día, a cada momento. Creados y recreados.

Además, tengamos en cuenta que ser moldeados no nos desmerece. El Señor mismo, siendo Dios, nos dice que El hace todo lo que le complace al Padre. Hay un dejarse moldear que es enteramente libre y no es signo de sumisión sino del mayor amor y la total confianza en el Otro.

Habitamos en Él

La imagen de «habitar en Él» es también muy significativa. Si la imagen de ser moldeados toca a nuestra forma interior, a nuestros deseos, a lo que sentimos y pensamos, la imagen de «habitar» hace a nuestro espacio exterior, a nuestro ámbito vital. Vivimos en Otro. Pero no como quien vive en casa ajena o en un hotel de paso, sino como quien habita en casa propia: la casa del Padre que nos dio la vida. Reconocer este habitar ensancha nuestra alma. El mundo es casa y las otras creaturas son hermanos y hermanas, como gustaba llamar Francisco a todas las cosas: «hermano sol, hermana luna…».

El Papa dice que mejor que decir que Dios habita en nosotros es decir que nosotros habitamos en Él. Habitamos «en su luz y en su amor», habitamos en ese espacio de encuentro entre el Padre y Jesús, el Hijo predilecto, Espacio de Encuentro que es Espíritu Santo. Ellos también «inhabitan» el uno en el otro y no pierden nada de sí viviendo juntos y en común!

El término habitar permite esta relación de ida y vuelta. Uno habita en su casa pero también se puede decir que la casa habita en uno, ya que el dueño de casa tiene su manera de caminar y usar los espacios que es totalmente distinta a la de un extraño, que tropieza con las cosas.

Habitar nos recuerda que somos seres que viven no solo en el espacio físico sino, principalmente, en el espacio espiritual de nuestra cultura: habitamos nuestra lengua y nuestra música tanto como nuestro paisaje, nuestra comida y nuestros aromas tanto como las calles que pisan nuestros pies. Habitamos también nuestro espacio político, el que nuestras costumbres y códigos y leyes nos hacen comportarnos socialmente, relacionarnos de manera justa. Y nuestra fe, nuestras creencias. Son todos «ámbitos» en los que habitamos, porque nuestro «ser» es siempre encarnado, situado culturalmente. Habitamos nuestra historia. Al estar en un lugar, al caminar, no estamos «puntualmente»: estamos con memoria del camino recorrido y mirando hacia adelante, soñando abrir caminos y espacios mejores para que habiten nuestros hijos. 

Caminando en su presencia

Ser creatura es caminar. No somos seres instalados, quietos, ya formados. Nos vamos haciendo. El Señor nos crea en movimiento, nos va formando, como la vasija en las manos del Alfarero: nuestra vida toma forma en el tiempo. Lo que somos se va revelando poco a poco.

Este caminar no es externo solamente. Nuestro crecer, nuestro ir desarrollándonos es un modo de caminar interno: Lo que somos se va desarrollando interior y exteriormente.

Nuestro «ser creatural» se expresa en el dinamismo propio de cada nivel de nuestro ser. Si miramos el dinamismo del placer, por ejemplo, vemos que sigue un trazado de «necesidad de recompensa» para sobrevivir. Sin estos plus gratuitos no se motivan nuestras neuronas y no liberan energía al resto de las células. Lo que sucede en el interior de nuestro funcionamiento corporal se replica también en el cuerpo social. Si los bienes solo llegan a algunos, los otros seres humanos se van apagando. Y si se apagan muchos, los pocos que gozan también terminarán apagándose. Por supuesto que en lo que dura una vida individual, puede que no, y puede darse que algunos la pasen bien mientras el titanic se hunde. Pero no es el caso!

Encuentro con los hermanos

En unión con todo el pueblo

El encuentro con Dios es al mismo tiempo encuentro con todos nuestros hermanos.

Dice el Papa Francisco tomando palabras del Concilio Vaticano II: «El Espíritu Santo derrama santidad por todas partes, en el santo pueblo fiel de Dios, porque «fue voluntad de Dios el santificar y salvar a los hombres, no aisladamente, sin conexión alguna de unos con otros, sino constituyendo un pueblo, que le confesara en verdad y le sirviera santamente[3]» (EG 6).

E inmediatamente nos regala el Papa sus imágenes preferidas de santidad, en las que se la ve brotar de diversos modos de encuentro: «Me gusta ver la santidad en el pueblo de Dios paciente: a los padres que crían con tanto amor a sus hijos, en esos hombres y mujeres que trabajan para llevar el pan a su casa, en los enfermos, en las religiosas ancianas que siguen sonriendo. En esta constancia para seguir adelante día a día, veo la santidad de la Iglesia militante. Esa es muchas veces la santidad «de la puerta de al lado», de aquellos que viven cerca de nosotros y son un reflejo de la presencia de Dios, o, para usar otra expresión, «la clase media de la santidad[4]» (EG 7).

El encuentro con los más necesitados, en primer lugar

Dice también Francisco: «Cuando encuentro a una persona durmiendo a la intemperie, en una noche fría, puedo sentir que ese bulto es un imprevisto que me interrumpe, un delincuente ocioso, un estorbo en mi camino, un aguijón molesto para mi conciencia, un problema que deben resolver los políticos, y quizá hasta una basura que ensucia el espacio público. O puedo reaccionar desde la fe y la caridad, y reconocer en él a un ser humano con mi misma dignidad, a una creatura infinitamente amada por el Padre, a una imagen de Dios, a un hermano redimido por Jesucristo. ¡Eso es ser cristianos! ¿O acaso puede entenderse la santidad al margen de este reconocimiento vivo de la dignidad de todo ser humano[5]? (GE 58).

Puede hacer bien pensar la «santidad», que en general se sitúa a nivel moral y religioso, situándola a nivel «físico», de supervivencia de la especie. Si paso de largo ante esa creatura infinitamente amada por el Padre, paso de largo ante mi mismo, ante mi «ser social» que siente placer -genera vida- solo en el encuentro con ese igual. Encuentro que es de misericordia, dada su situación, pero para que luego que esa persona se restaure pueda generar encuentros de otro tipo -de amistad, de trabajo en común- que serán positivos para nuestra humanidad.

Suprimir el placer que genera la misericordia es suprimir el placer que brota del bien de la especie, del bien de la comunidad.

Encuentro con el planeta: aprender de las otras especies

Para profundizar un poco más en lo que implica ser «seres de encuentro», puede ayudarnos tomar como ejemplo a los animales. Los animales, de alguna manera son seres «ya encontrados» en el sentido de que no existe en ellos la posibilidad del individualismo: todo en ellos se orienta a su especie.

Nosotros, en cambio, constantemente «nos tenemos que encontrar». Debemos optar por hacerlo y es verdad que podemos optar por el aislamiento, hasta cierto punto. Se nos regala el que podamos ser libremente lo que somos naturalmente: seres de encuentro. Nos es dado que el encuentro sea libre, con las personas que queramos y que elijamos.

Una bandada de pájaros de esas que crean dibujos en el cielo que nunca dejan de asombrarnos, son seres ya encontrados. No es que tengan que planear volar así: son así, y al volar jugando a juntarse y separarse expresan su ser, que no es individual sino comunitario. A nosotros nos causa admiración porque nos revela lo que podríamos hacer si trabajáramos solidariamente y también nos hacen sentir lo difícil que es para nosotros eso que para ellos resulta espontáneo y natural.

Nosotros tenemos esta «particularidad»: la de que nuestros encuentros sean autoplanificados libremente. Pero no somos menos creaturas por ello, ya que no nos damos la existencia. Como especie, no somos más que otra especie. Este es el punto que quiero tratar aquí.

Se nos ha dicho que somos «los reyes de la creación», que somos el centro del universo. Yo diría que es hora sacarnos la corona y de bajarnos del pedestal. Tenemos mucho trabajo que hacer para hacer honor a la especie que somos. Lo que a los demás se les regaló de manera ya determinada, a nosotros se nos regala para que lo hagamos libremente -la armonía con todos los seres de nuestra misma especie y con el resto del planeta-. Pero eso no nos da privilegios sino, por el contrario, una pesada responsabilidad: la de no arruinar el planeta, en primer lugar. Tarea en la que estamos fracasando de manera dramáticamente espantosa. Al mismo tiempo, y en primer lugar, ya que esto sí depende enteramente de nosotros, en cuanto que todo nuevo ser humano nace del encuentro de sus padres en un pueblo concreto, tenemos la responsabilidad de cuidar a las futuras generaciones, de sobrevivir como especie humana en cada raza y en cada continente. Tarea que también estamos realizando de manera egoísta y miope, cuando no salvajemente cruel.

Es necesaria hoy una verdadera santidad creatural, cuya característica principal consiste en la humildad. Hace falta una santidad capaz de bajar al humus del que estamos formados y reconocer que como especie, si no cumplimos nuestro fin social y solo buscamos fines particulares, no somos cualitativamente más sino mucho menos! que una tropilla de caballos, una manada de ballenas, un enjambre de abejas o una bandada de aves.

Hasta ahora, como especie, estamos muy por debajo del índice de cualidad de las demás. Y no porque la mayoría de los seres humanos no estén dando su vida por la humanidad, sino porque una minoría desnaturaliza los esfuerzos comunes utilizando los recursos para fines particulares.

No estamos realizando el fin social que nos es propio! Aunque hagamos progresos increíbles a nivel de grupos particulares. Un avance sin conciencia social es un retroceso, porque genera violencia! Cómo es que no comprendemos esta verdad tan simple?

…………..

Al comenzar el tiempo de la cuaresma, nos hace bien recordar que somos creaturas. La imagen de la ceniza nos hace experimentar que nuestra «consistencia» está en ponernos con todo nuestro amor en las manos del Hacedor, para que nos moldee con sabiduría y amor, para que nos hospede en su Casa, nos acompañe por el camino y nos haga gustar la plenitud del bien de todo nuestro pueblo y la amabilidad de toda la naturaleza que humildemente ha sido puesta a nuestro servicio, para que la usemos bien.

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[1] Especialmente recuerdo las tres palabras clave «permiso, gracias, perdón», porque «las palabras adecuadas, dichas en el momento justo, protegen y alimentan el amor día tras día»: Exhort. ap. postsin. Amoris laetitia (19 marzo 2016), 133: AAS 108 (2016), 363.

[2] Sta. Teresa de Lisieux, Manuscrito C, 29v-30r.

[3] Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 9.

[4] Cf. Joseph Malègue, Pierres es. Les classes moyennes du Salut, París 1958.

[5] Recordemos la reacción del buen samaritano ante el hombre que unos bandidos dejaron medio muerto al borde del camino (cf. Lc 10,30-37).

Momento para Contemplar

Marta Irigoy

En este nuevo año, estaremos rezando en torno a la Santidad, siguiendo: Evangelii Gaudium, Laudato Si y especialmente la Exhortación Apostólica Gaudete et Exsultate, «sobre el llamado a la santidad en el mundo actual».

Siguiendo algunas “pistas” de lo que escribe el P. Diego, me parece muy significativo este párrafo:

 “La santidad es puro don de Dios y el mejor terreno para que arraigue es la tierra de nuestra creaturalidad, es ese nivel donde experimentamos nuestra contingencia –nuestra pequeñez (agrego yo)-, nuestro ser gracias a Otro que nos está dando la vida, nuestro carácter relacional y no absoluto.

Armar una pequeña lista de «cosas que me hacen feliz» no estaría mal, no?

Aparecen enseguida, levantando la mano como en la escuela, montones de pequeñas cosas que, en medio de la dureza de la vida, me hacen feliz:

  • El aire fresco de la mañana,
  • el sol en la calle,
  • la sonrisa de los niños,
  • la música en la radio,
  • un mate,
  • el mensajito de un amigo,
  • un salmo de alabanza,
  • la gente trabajando en lo suyo…

En este espacio puedes escribir aquellas cosas que te conectan con ese lugar interior que te llena de paz, consuelo y esperanza…

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Luego de escribir aquellas cosas que llenan de Felicidad tu vida, es bueno recordar lo que San Ignacio aconseja al comenzar cada momento de oración: “Considerar la Mirada de Señor sobre nuestra vida”…

Imaginar la  Mirada llena de ternura, que me creo por amor…

Imaginar la Mirada llena de Misericordia, que me conoce y sabe lo que  habita mi corazón en este tiempo…

Imaginar la Mirada del Señor que nos levanta del borde del camino…

¿Qué Mirada estas necesitando en el comienzo de esta Cuaresma?

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Para terminar este momento contemplativo, rezar este hermoso texto del Cardenal Henry Newman:

«Sea quien seas Dios se fija en ti de modo personal, te llama por tu nombre, te ve y te comprende tal como te hizo, sabe lo que hay en ti. Conoce todos los pensamientos y sentimientos que te son propios. Todas tus disposiciones y gustos, tu fuerza y tu debilidad. Te ve en tus días de alegrías y también en los de tristezas. Se solidariza con tus esperanzas y tentaciones, se interesa por todas tus ansiedades y recuerdos, por todos los altibajos de tu espíritu.

Él te rodea con sus cuidados y te lleva en sus brazos, Él ve tu auténtico semblante ya esté sonriente o cubierto de lágrimas, sano o enfermo. El vigila con ternura tus manos y tus pies. El oye tu voz, el latido de tu corazón y hasta tu respiración. Tú no te amas a ti mismo más de lo que Él te ama»

Para en Todo Amar y Servir.

 

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Momento de Meditación

Diego Fares sj

«Que vuelva a resonar, una vez más, el llamado a la santidad»

En Gaudete et exsultate Francisco hace un «llamamiento» universal a la santidad, a la alegría del amor. Universal no quiere decir «en general», quiere decir a todos pero tomado cada uno en concreto, con nombre y punto en el que se encuentra en el camino de su vida. Y «alegría» del amor, no es la alegría como estado de ánimo pasajero, sino la alegría inmediata y duradera que sólo Cristo encarnado, muerto y resucitado puede dar. Es la alegría de pode amar en el contexto actual, en toda situación. El llamado es al «en todo amar y servir» de Ignacio y a la contemplación para «crecer en el amor». Aquí y a partir de ahora. Este llamamiento, en los Ejercicios Espirituales, tiene su meditación propia: la del rey temporal que ayuda a contemplar al Rey eternal (EE 91-99).

El Papa  desea que «vuelva a resonar el llamamiento». Y califica de «humilde objetivo» esto de que el llamado resuene. Humilde y potente en sentido evangélico: como la levadura que fermenta toda la masa. El llamamiento de Jesús -El reino de los cielos está cerca, crean y conviértanse!- es el punto de partida real de todo lo demás que Jesús quiere hacer. El llamamiento suscita la Fe.

Si nos fijamos en el actuar conjunto del Padre y Jesús, constatamos que el Padre confía toda la actuación en manos de su Hijo. Y cuando interviene, con majestad soberana, es para manifestar su agrado y predilección por Jesús. Su único mandamiento es que «escuchemos a su Hijo amado». Eso basta.

Por qué basta escucharlo? Por que Jesús no solo dice cosas, El es la Palabra en la que fuimos creados. Escucharlo a Él exteriormente -en el Evangelio- es escucharlo en el interior de nuestro corazón, en las fibras de nuestro ADN.

Es tan familiar la voz de nuestro Pastor, que al reconocerla nuestro corazón no puede no seguirlo. Es tan verdadero su mensaje, tan claro y posible de realizar y de cumplir  lo que nos manda y aconseja, que si «no somos sordos a su llamamiento» seguramente lo podremos seguir y hacer todo lo que Él nos diga.

Cuando en el Padre nuestro decimos «hágase tu voluntad», no siempre pensamos en esto: que la voluntad del Padre se contiene entera en que escuchemos a Jesús.  Pareciera un trámite y sin embargo es todo lo contrario. Lo que hace el Padre es abrirnos el espacio infinito de la oración como «escuchar a Jesús». Que el Creador, el Omnipotente, el Misericordioso, el Más Grande, nos de a conocer su Voluntad en un sólo mandamiento es algo digno de atención.

La oración se convierte así en la primera tarea del día: ir a escuchar al Jefe porque lo dice el Jefe supremo. Yo en Ejercicios, que es donde recupero este espacio de oración cotidiana como lo más importante, me suelo preguntar cómo es que se me ocurre siquiera enfrentar el día y salir sin rezar. Soy como el empleado que no saluda al Jefe de mañana para preguntarle si tiene algo especial para encomendarle.

Una cosa más sobre esto de escuchar. Cuando uno dice a otro «escuchá», lo que le está diciendo es «escuchá bien». Sin  el ruido de los prejuicios, sin la sordera del juicio apresurado. Lo que le agrada al Padre es que el llamado de Jesús pueda resonar libre de interferencias para así poder suscitar la Fe.

Llamamiento al servicio alegre imitando a Jesús

En la meditación del Rey y en la de Dos Banderas, Ignacio nos hacer ver que existe un reino en el que el cristiano puede cumplir con su propio deber de servir libre y gozosamente, como un noble caballero: el reino de Dios en la Iglesia» (H. Rahner).

La meditación del Rey -centrada en el llamamiento de Jesús- nos permite «re-consagrar» la palabra «servicio». Es una palabra santa pero que puede haber adquirido connotaciones si no de obligación (porque hacemos mucho servicio voluntario), sí de eficientismo. E Ignacio libera el servicio del eficientismo externo y liga su eficacia al hacer las cosas con Jesús y como Jesús. Es esencial al servidor que haga las cosas al estilo de Jesús. El estilo no solo como modo de trabajar y de usar las cosas sino, y de manera muy especial, el estilo en cuanto modo de compadecer: involucrado, cercano, tierno, comprensivo, generoso… y todo el infinito mundo de matices que tiene Jesús compasivo.

El llamamiento de Cristo dice así: «Quien quisiere venir Conmigo, tiene que trabajar Conmigo, porque siguiéndome en la pena también me siga en la gloria» (EE 95). Un poco antes, en el ejemplo del rey temporal agregaba: «Ha de estar contento de comer como yo, y así de beber y vestir, etc. (El «etcétera» de Ignacio es invitación a imaginar todo aquello en lo que podemos imitar «el estilo de Jesús» en cosas que hacen a la vida privada e influyen en la misión); asimismo tiene que trabajar conmigo en el día y vigilar en la noche, etcétera (en este etcétera podemos imaginar cuáles era los trabajos de Jesús: predicar, visitar, conversar, perdonar, sanar, acompañar, enseñar…-; y también su vigilancia: profetizar, discernir el mal espíritu, prever y preparar a los suyos…); porque así tenga parte conmigo en la victoria, como la ha tenido en los trabajos» (EE 93).

De hecho, la alegría de la que habla Ignacio -esa expresión suya «será contento» (que significa conformarse -contentarse- pero con alegría -contento- no con cara de vinagre) la alegría, digo, tiene más que ver, en esta vida, con imitar a Jesús en pasar pobreza, injurias y vituperios, que con la victoria exterior, que más bien es una alegría que se reserva para el final, para el cielo.

De esto habla el Papa en Evangelii Gaudium cuando dice que no hay que separar misión y vida privada, ya que cada uno de nosotros puede decir, humildemente pero de verdad: «En el corazón de mi Pueblo yo soy una misión» (EG 273).

Esta coherencia de vida, el no separar la misión (donde uno es más generoso) de la vida privada (donde uno se reserva sus espacios) no es posible, dice Francisco, si uno no se sitúa en el corazón de nuestro pueblo: “Si uno separa la tarea por una parte y la propia privacidad por otra, todo se vuelve gris y estará permanentemente buscando reconocimientos o defendiendo sus propias necesidades. Dejará de ser pueblo” (EG 273). La gente que realiza con absoluta seriedad y responsabilidad los oficios más humildes en nuestra sociedad nos da ejemplo cotidiano de lo que significa «ser pueblo», sentirse uno más, en un trabajo pequeño, quizás, pero importante para que funcione la comunidad. El Papa habla del «maestro de alma», de la «enfermera de alma», del «político de alma» (hay muchos que sí la tienen y que no la han vendido ni están indecisos).

La pertenencia a un pueblo es una pertenencia espiritual. No basta con tener la misma sangre o habitar el mismo suelo: se pertenece en la medida en la que uno cumple su misión en orden al bien común de su gente. Es una pertenencia que se puede incrementar o perder (no solo en un país de misión sino dentro de la propia cultura y país) según uno concrete o no la decisión de ser con y para los demás. Pueblo, en sentido evangélico, es una palabra dinámica (se es en la medida en la que uno se involucra y sirve) e inclusiva: siendo de mi pueblo soy alguien abierto a todos los pueblos.

Crear espacios de oración para que el llamado pueda resonar

En un llamado, lo importante es que resuene. Que no tengamos los oídos en modo avión ni llenos de ruidos.

Un impedimento actual para la escucha del llamado proviene del consumismo: «Las constantes novedades de los recursos tecnológicos, el atractivo de los viajes, las innumerables ofertas para el consumo, a veces no dejan espacios vacíos donde resuene la voz de Dios. Todo se llena de palabras, de disfrutes epidérmicos y de ruidos con una velocidad siempre mayor. Allí no reina la alegría sino la insatisfacción» (GE 29).

El espacio vacío donde resuena la voz de nuestro «jefe y Señor» es la oración: Santa Teresa decía que «la oración es ‹tratar de amistad estando muchas veces a solas con quien sabemos nos ama». Y el Papa agrega: «Quisiera insistir que esto no es solo para pocos privilegiados, sino para todos, porque «todos tenemos necesidad de este silencio penetrado de presencia adorada«.⁠ La oración confiada es una reacción del corazón que se abre a Dios frente a frente, donde se hacen callar todos los rumores para escuchar la suave voz del Señor que resuena en el silencio» (GE 149).

«Será difícil que nos ocupemos y dediquemos energías a dar una mano a los que están mal si no cultivamos una cierta austeridad, si no luchamos contra esa fiebre que nos impone la sociedad de consumo para vendernos cosas, y que termina convirtiéndonos en pobres insatisfechos que quieren tenerlo todo y probarlo todo. También el consumo de información superficial y las formas de comunicación rápida y virtual pueden ser un factor de atontamiento que se lleva todo nuestro tiempo y nos aleja de la carne sufriente de los hermanos. En medio de esta vorágine actual, el Evangelio vuelve a resonar para ofrecernos una vida diferente, más sana y más feliz» (GE 108).

Al hablar de las «notas de la santidad en el mundo actual» el Papa usa un lenguaje auditivo, musical, en el que el aguante, la paciencia y mansedumbre, el buen humor, la audacia apostólica y el fervor, la comunidad y la oración, no son «notas sueltas» sino un acorde en cuyo «espacio musical» resuena «de modo especial» el llamado a la santidad hoy (cfr. GE 110). Si pensamos estas notas en términos «espaciales» vemos que «crean espacio»: al aguante crea espacio, la paciencia crea espacio, da tiempo…; la mansedumbre no ahoga, da lugar al otro; el humor distiende, es como una ventana de aire fresco, la audacia impulsa a salir más allá, a ganar terrenos de nadie; la comunidad es «lugar teológico» donde nos juntamos a rezar.

Discernimiento como salida de sí

Una novedad de Francisco en el modo de concebir el llamamiento en la hora actual se puede ver en que el Señor que «golpea y llama» a nuestra puerta, no es tanto para entrar sino para salir. «Pero a veces me pregunto si, por el aire irrespirable de nuestra autorreferencialidad, Jesús no estará ya dentro de nosotros golpeando para que lo dejemos salir» (GE 136).

Salir es discernir. Porque la autorreferencialidad es un encierro, una cárcel con barrotes de esquemas mentales que nos quitan libertad. Dice Francisco: «Somos libres, con la libertad de Jesucristo, pero él nos llama a examinar lo que hay dentro de nosotros ―deseos, angustias, temores, búsquedas― y lo que sucede fuera de nosotros —los ‹signos de los tiempos›— para reconocer los caminos de la libertad plena: «Examinadlo todo; quedaos con lo bueno» (1 Ts 5,21)» (GE 168). El discernimiento requiere «disposición a escuchar: al Señor, a los demás y a la realidad misma que siempre nos desafía de maneras nuevas» (GE 172).

Discernimiento como modo de salir de sí es la característica del llamado de Jesús hoy: «Esto nos hace ver – dice el Papa- que el discernimiento no es un autoanálisis ensimismado, una introspección egoísta, sino una verdadera salida de nosotros mismos hacia el misterio de Dios, que nos ayuda a vivir la misión a la cual nos ha llamado para el bien de los hermanos» (GE 175).

Discernimiento como instrumento para seguir al Señor

El Señor dice que para seguir al Señor necesitamos «instrumentos» y, más precisamente, instrumentos de lucha. Porque no se trata de un seguimiento lineal, sino dramático: «La vida cristiana es un combate permanente. Se requieren fuerza y valentía para resistir las tentaciones del diablo y anunciar el Evangelio. Esta lucha es muy bella, porque nos permite celebrar cada vez que el Señor vence en nuestra vida» (GE 158).

El combate no es solo contra la mentalidad mundana, que nos engaña, nos atonta y nos vuelve mediocres, ni tampoco solo con nuestras propias inclinaciones (cada uno tiene sus pasiones desordenadas, dice el papa) sino contra el diablo, el príncipe del mal (GE 159).

La escucha: sustrato básico de todo discernimiento

«¿Cómo saber – se anima a preguntar el Papa- si algo viene del Espíritu Santo o si su origen está en el espíritu del mundo o en el espíritu del diablo?» (GE 166). Este es la pregunta más importante que, si aceptamos que estamos en guerra, tenemos que hacernos todos los días. No se trata de dudar de todo. Pero sí de no ser ingenuos y estar abiertos a escuchar y a dejarnos confrontar: «Solo quien está dispuesto a escuchar tiene la libertad para renunciar a su propio punto de vista parcial o insuficiente, a sus costumbres, a sus esquemas» (GE 172).

El Espíritu nos da la gracia, en primer lugar de volver «a escuchar a Jesús, con todo el amor y el respeto que merece el Maestro». El Espíritu hace que le permitamos «que nos golpee con sus palabras, que nos desafíe, que nos interpele a un cambio real de vida» (GE 66). «Para todo discípulo es indispensable estar con el Maestro, escucharle, aprender de él, siempre aprender. Si no escuchamos, todas nuestras palabras serán únicamente ruidos que no sirven para nada» (GE 150).

Decía el Papa en su Carta al Pueblo de Dios en Chile: «Quisiera detenerme en la palabra «escucha», ya que discernir supone aprender a escuchar lo que el Espíritu quiere decirnos. Y sólo lo podremos hacer si somos capaces de escuchar la realidad de lo que pasa».

La escucha es el primer paso del discernimiento -primero en el sentido de básico, es el trasfondo que nunca se deja atrás, siempre hay que «volver a escuchar» con más atención al otro, con más apertura de corazón, «salvando la proposición ajena», preguntando, acogiendo, poniéndonos en los zapatos del otro (y del Otro).

El Papa nos advierte que, en este combate que es la vida, en la lucha de paradigmas que escuchamos en nuestra cabeza, hasta «podría ocurrir que en la misma oración evitemos dejarnos confrontar por la libertad del Espíritu, que actúa como quiere». Puede suceder que uno rece, y mucho, y sin embargo «evite la confrontación con el Espíritu» (GE 172).

En el primer taller hablábamos de ejercitarnos en «mirar en modo discernimiento». En sacarnos los anteojos de las ideologías. Pues bien, escuchar bien es el primer paso para «ver bien». Cuando uno escucha, naturalmente el esfuerzo se dirige al sonido y al tono en el que se revela lo que quiere decir el otro. Uno pesca la intención en los énfasis y en el tono. Poníamos el ejemplo que hace ver la diferencia entre ver y escuchar: uno puede ver muchas imágenes al mismo tiempo y hacer zapping. El oído en cambio se atasca más rápido y cuando hablan muchos uno pide que hablen de a uno. La contaminación acústica produce disgusto y hasta dolor. En cambio a la contaminación visual nos acostumbramos más rápido (aunque a la larga produzca el síndrome de Stendhal, el cansancio la ver tantos cuadros en un museo). Quizás por eso le es más fácil al demonio «disfrazarse de ángel de luz» que «imitar la voz del buen Pastor». Jesús dice que «sus ovejas reconocen su voz». Se fía del oído a la hora de discernir.

Qué criterios nos da el Papa para saber si algo viene del Espíritu bueno o del Maligno?

            Discernir estas dos voces -sabiendo que a veces el mal espíritu se disfraza de ángel de luz y puede usar la misma escritura para engañarnos como trató de hacer con el Señor en las tentaciones del desierto- es una gracia y hay que pedirla cada día. Cuando en el Padrenuestro Jesús nos enseña a pedir «líbranos del Maligno» no es solo que nos libre de que nos posea o nos haga daño. El Papa dice: «Él no necesita poseernos. Nos envenena con el odio, con la tristeza, con la envidia, con los vicios. Y así, mientras nosotros bajamos la guardia, él aprovecha para destruir nuestra vida, nuestras familias y nuestras comunidades, porque «como león rugiente, ronda buscando a quien devorar» (1P5,8)» (GE 161).

La escucha supone que el Otro hable, y al hablar manifiesta su libertad: puede decir lo que quiere. Por eso, cuando uno escucha de alguna manera se pone en actitud de pobre, de quien tiene que recibir lo que el otro le quiera decir. Escuchar al Espíritu, como nos recomienda el Papa, supone una actitud de pobreza espiritual. Para cultivar esta actitud de pobres, de gente que cada día tiene que pedir el discernimiento así como pide el pan y el perdón, «el último criterio» es el Evangelio; y también -dice el Papa- el Magisterio que lo custodia». El evangelio y el magisterio bajo la guía del Espíritu, porque sólo el Espíritu «sabe penetrar hasta los pliegues más oscuros de la realidad y tener en cuenta todos los matices para que emerja con otra luz la novedad del Evangelio» (GE 173).

La pobreza nos lleva no solo a acudir cada día a la oración sino a reconocernos pobres también ante la misma Palabra que Dios nos dice. No se trata de que por el hecho de «entenderla o poder explicarla»  sepamos lo que nos quiere decir. El Espíritu es el que nos enseña a aplicar la parábola justa en cada ocasión. «La lectura orante de la Palabra de Dios, más dulce que la miel (cf.Sal 119,103) y «espada de doble filo» (Hb 4,12), nos permite detenernos a escuchar al Maestro para que sea lámpara para nuestros pasos, luz en nuestro camino (cf. Sal 119,105)» (GE 156).

Escuchar bien implica preguntar bien

Y cómo me relaciono con el Espíritu? Dice Francisco: «Pregúntale siempre al Espíritu qué espera Jesús de tien cada momento de tu existencia y en cada opción que debas tomar, para discernir el lugar que eso ocupa en tu propia misión. Y permítele que forje en ti ese misterio personal que refleje a Jesucristo en el mundo de hoy» (GE 23). Escuchar bien implica saber preguntar.

Están las preguntas personales: Señor, cómo te sentís? Esta pregunta activa la mirada sobre nosotros mismos no desde una «idea» o un «mandato» sino desde los sentimientos del Señor. Pablo dice «no entristezcan al Espíritu» y nosotros podemos preguntarle «si le alegró algo bueno que hicimos o si lo hemos entristecido».

Están también las preguntas sobre el qué: «Qué tenemos que hacer» como le preguntaba la gente a los apóstoles el día de Pentecostés. Aquí María nos da en detalle lo que el Padre decía de modo amplio: «Hagan todo lo que Jesús les diga», cosa que el Papa sintetiza en el Protocolo de la santidad para el mundo de hoy. Hagan las obras de misericordia que el Señor elenca en Mt 25.

Están luego las preguntas por el modo. De nuevo nuestra Señora nos da la clave: «Cómo será posible esto si yo…». Expresar al Señor nuestra pobreza, nuestros condicionamientos de todo tipo, y preguntarle cómo se las ingeniará.

Están las preguntas por el más: «Cómo puedo hacer mejor las cosas, qué paso adelante me proponés, Señor». San Pedro Fabro dice que esta pregunta por «algo más» es infalible para que el buen espíritu muestre su agrado y nos proponga un paso concreto y posible en el camino del bien y el mal espíritu en cambio, se enoje y agite y se revuelva buscando excusas, poniendo impedimentos, tratando de desalentar. Preguntar por el más, ayuda. Esta es la lógica del don y de la cruz: «No se discierne para descubrir qué más le podemos sacar a esta vida, sino para reconocer cómo podemos cumplir mejor esa misión que se nos ha confiado en el Bautismo, y eso implica estar dispuestos a renuncias hasta darlo todo» (GE 174).

Por último, cito la pregunta por el énfasis o la jerarquía: en qué querés que insista, Señor; qué está para Vos primero? Preguntar por lo primero y por el énfasis también mueve los espíritus. Por que el mal espíritu no siempre tienta con cosas malas ni pone en discusión lo bueno que hay que hacer. A veces simplemente hace que posterguemos las cosas o las hagamos desordenadamente o sin poner el acento en lo importante.

El Papa da un ejemplo muy significativo de distintos énfasis que pueden darse leyendo el evangelio: «En el evangelio de Lucas ya no escuchamos el «Sed perfectos» (Mt5,48) sino «Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso» (GE 81).

La misericordia es lo que acentúa el Papa hoy y lo que pone en primer lugar.

Con su Magisterio nos dice todos los días que, en el momento actual, hay que escuchar más «misericordia» que «perfección». Por este lado va la santidad en el mundo actual, que no cree sino a los testigos de la misericordia.

Otro ejemplo que da el Papa es sobre cómo el mal espíritu nos hace escuchar ciertas verdades «disminuyendo su intensidad» o minimizando su perentoriedad, mientras que de otras cosas nos exagera la importancia. Son tentaciones bajo especie de bien, que desjerarquizan o sacan de contexto las verdades. El Papa decía que «en el hospital de campaña» en que vivimos, hay que salvar vidas antes que controlar el colesterol. Y para actuar como médicos de frontera nos da «el protocolo de la santidad», las preguntas prácticas y las medidas urgentes que uno puede tomar hoy, sin temor a equivocarse. Un niño tiene hambre? Tengo que darle de comer. Si no llego a muchos yo solo, para eso debo asociarme a las obras de misericordia que la Iglesia lleva adelante. Y si un niño está en gestación? Sólo una mirada de profunda misericordia -mirada con la que solo su madre puede mirar- es la que puede «desarmar» todas las miradas de la razón pragmática. Por eso, el remedio contra el aborto no está en ninguna ley (ni que penalice ni que legalice) sino en hacer todo lo posible para que esa mirada materna, que cuenta siempre con la ayuda de la naturaleza y de la fe y que hoy ya no cuenta con la ayuda de la cultura que se va imponiendo, para que esa mirada materna, no se apague, sea cuidada, educada por las mismas madres, valorada por la sociedad.

Esta mirada de misericordia, que le quita la cruz al otro, a los más débiles, y la carga sobre las propias espaldas, es capaz de brindar una gran felicidad. Porque la felicidad es paradójica y nos regala las mejores experiencias cuando aceptamos esa lógica misteriosa que no es de este mundo, como decía san Buenaventura refiriéndose a la cruz: «Esta es nuestra lógica». Si uno asume esta dinámica, entonces no deja anestesiar su conciencia y se abre generosamente al discernimiento.

Concluimos con un hermosa convicción del Papa:

«Dios siempre es novedad, que nos empuja a partir una y otra vez y a desplazarnos para ir más allá de lo conocido, hacia las periferias y las fronteras. Nos lleva allí donde está la humanidad más herida y donde los seres humanos, por debajo de la apariencia de la superficialidad y el conformismo, siguen buscando la respuesta a la pregunta por el sentido de la vida. ¡Dios no tiene miedo! ¡No tiene miedo! Él va siempre más allá de nuestros esquemas y no le teme a las periferias» (GE 135).

 

Momento para Contemplar

Marta Irigoy

Siguiendo el camino de los Ejercicios Espirituales, San Ignacio nos propone en la Meditación del Reino, dejarnos «seducir por el Señor» para desde ahí poder discernir el llamado personal al que Jesús, Buen Pastor, me invita en el momento actual de nuestra vida. En el «aquí y ahora» en donde cada uno está viviendo…

Retomando algunas frases del P. Diego, me llego hondamente esta palabra que se hace imagen y sonido: «en el corazón de mi pueblo yo soy una misión» (EG 273). Ya que ilumina mucho,  sabernos en el corazón de un Pueblo, que con sus dolores y alegrías, gesta el Reino de Dios…

Lo gesta, como dice una hermosa antífona, que cantamos en el Jubileo del año 2000:

«En cada gesto de amor, tu Reino llega…»

y se ilumina más el texto del P. Diego, que dice: «La gente que realiza con absoluta seriedad y responsabilidad los oficios más humildes en nuestra sociedad nos da ejemplo cotidiano de lo que significa «ser pueblo», sentirse uno más, en un trabajo pequeño, quizás, pero importante para que funcione la comunidad. El Papa habla del «maestro de alma», de la «enfermera de alma», del «político de alma»…

            La pertenencia a un pueblo es una pertenencia espiritual. No basta con tener la misma sangre o habitar el mismo suelo: se pertenece en la medida en la que uno cumple su misión en orden al bien común de su gente.

Y esta tiene que ser nuestra alegría, sabernos Pueblo que gesta el Reino de Dios en cada pequeño y sencillo gesto de amor…

Para rezar este mes de Julio, en donde nos preparamos para celebrar a San Ignacio, podemos pedir la Gracia de dejarnos seducir por Jesús, para tener sus sentimientos y acercar el Reino de Dios en cada gesto de amor…

Decálogo de la Santidad -Escrito por Obispo Francisco Cerro-

  1. Santo es “vivir con los sentimientos del corazón de Cristo”.
  2. Es no renunciar a amar “hasta el extremo”.
  3. Es abrirse siempre a los planes imprevisibles de Dios.
  4. Es creer contra toda esperanza.
  5. Es encontrarse con “quien sabemos que nos ama”.
  6. Es vivir el gozo y la alegría del Amor de Dios.
  7. Es no tener miedo a subir al monte y bajar al valle.
  8. Es decir: “aquí estoy para hacer tu voluntad”.
  9. Es vivirlo todo desde un amor enamorado.
  10. Es ser de Dios, no ser de uno mismo, ser para los demás.

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