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Momento de reflexión

Diego Fares sj

Dando una charla al Grupo de Estudios de Don Orione, en la Curia General, me gustó mucho algo que dijo su Director General, el padre Tarcisio Vieira: El lenguaje para llegar al corazón de los jóvenes debe ser el lenguaje de la narración. Nada más cautivante que contar una historia de vida, como las de la vida de nuestros santos.

Esto me llevó a poner la atención en una frase que Ignacio usa siempre como primer preámbulo de todas las contemplaciones: «Traer la historia que tengo que contemplar». Si uno busca en los Ejercicios, esta es la así llamada «anotación segunda». Ignacio define lo que son los Ejercicios e inmediatamente, explica qué significa para él esto de «traer la historia». Traerla a dónde? Siempre pasé un poco por alto este punto, dando por supuesto que significa «recordar la historia», en el sentido de fijar un punto de la vida del Señor en el que nos detendremos a meditar y contemplar.

Sin embargo Ignacio precisa mucho más. «Traerla» quiere decir que el que da los puntos debe (1)»narrar fielmente la historia». Fielmente no quiere decir contar todos los detalles, sino todo lo contrario: debe ser (2) breve y sintético! Por qué? Para que la persona que contempla, (3) tomando el fundamento verdadero de la historia, (4) discurra y razone por sí misma y, (5) hallando alguna cosa que le haga aclarar más o sentir la historia (por su propio razonamiento o por iluminación del Espíritu), (6) saque más fruto espiritual del que sacaría si el que le da los ejercicios le declarase y ampliase mucho el sentido de la historia. Y aquí agrega Ignacio su famoso lema: «porque no el mucho saber harta y satisface al ánima, mas el sentir y gusta de las cosas internamente» (Cfr. EE 2).

La historia que contemplamos se sitúa así, dialogalmente, entre uno que la cuenta de modo breve y sintético y otro que se mete en ella con todo su ser, con sus sentidos, memoria, imaginación, razonamiento y afectos, para buscar y hallar aquel detalle que le hace más «sentir y gustar» la historia . Se trata por tanto de una historia en la que el que contempla no es espectador sino co-protagonista. Contemplar es «meterse en la escena como si presente me hallase» e «interactuar con los personajes». Contemplar, para Ignacio, no es solo recibir pasivamente -mirar y escuchar- sino también imaginar creativamente y dialogar con los personajes que la historia evangélica me propone.

Contemplación de la Encarnación (EE 101-109)

Entramos así de lleno en el tema mismo de este mes, que es la encarnación del Señor, la Encarnación del Verbo, de la Palabra, en nuestra historia. La Palabra se encarna dialogando.

Cuál es la historia que tenemos que contemplar en la Encarnación? Ignacio la cuenta breve y sumariamente: «Cómo las tres personas divinas miraban toda la planicie o redondez de todo el mundo llena de hombres, y cómo viendo que todos descendían al infierno, se determinaen su eternidad que la segunda persona se haga hombre, para salvar el género humano, y así venida la plenitud de los tiempos, (comienzan a llevar a cabo esta determinación) enviando al ángel san Gabriel a nuestra Señora» (EE 102).

Una historia no es una sucesión de hechos inconexos, sino todo lo contrario: los hechos se tejen y se concatenan unos con otros porque los unifica una intención de fondo, una determinación. Esa es la palabra que usa Ignacio: la Santísima Trinidad se determinóa salvarnos.

La Encarnación de la segunda persona -del Hijo- es fruto de esta determinación salvífica. Por tanto, todo lo que contemplemos de la Vida de Cristo, todo lo que el Señor hará y padecerá, todo lo que le escucharemos predicar a su pueblo y las obras de misericordia que realizará con los más pobres y enfermos, lo debemos contemplar en esta clave salvifica. Son palabras y acciones que brotan de la determinación de salvar a la gente que tomaron en conjunto, el Padre, el Espíritu y Él. Las tres Personas no quieren otra cosa sino salvar a la humanidad, salvar a cada hombre, a cada persona, y para ello, determinan que el camino es la Encarnación, no otro. Es el camino que eligieron y una vez elegido, es el único real para nosotros y el mejor. En consecuencia, todo lo que nosotros «hagamos» con el evangelio y con los encargos que nos dejó el Señor -bautizar, perdonar los pecados, invitar al banquete eucarístico…- tiene que reflejar esa determinación salvífica!

Aunque parezca abstracto esto de que Dios «se determina» libremente, es lo más concreto del mundo. El amor siempre es concreto. El amor es este bien, aquí y ahora y posible de este modo. Si no se concreta, por la excusa que sea, no es verdadero amor. Así, esta determinación de Dios es el inicio de la historia, de la historia de la salvación. Imaginemos una madre que le dice a su hijo: como no sos digno, no te has portado bien o no has sacado buena nota, no te doy de comer ni te baño hasta que te pongas en regla.

Por qué insistimos en este punto? Porque si uno reflexiona bien, basta un momento  para hacer que se diluyan, como si fuera un mal sueño que una madre con su caricia despeja de la frente de su hijo, todas las discusiones abstractas y encarnizadas que quieren impedir que la Misericordia del Padre toque la carne y la vida de la gente. Podemos impedir que la Misericordia del Padre toque con las manos de Jesús -y las nuestras- las llagas y miserias de cada persona? Tiene sentido decir que es «para salvar la integridad de la doctrina»? Dios se determinó a salvar, se determinó a ser misericordioso, y para ello tomó nuestra carne, porque la misericordia no se puede ejercer sino tocando las llagas -materiales y espirituales-. Es una determinación absoluta y sin peros: Dios se determina llegar, sí o sí, a cada miseria con su Amor, y nada ni nadie tiene derecho a impedírselo, a ponerle otros límites que este de su determinación misma.

Digo límite porque determinarse es ponerse un límite, pero paradójicamente, el límite no es el de un obstáculo que frena, sino el curso que hace que el agua viva corra sin dispersarse y pase haciendo el bien. La Encarnación consistió en «meter» -si se me permite la expresión- el Amor infinito de Dios en un corazón de carne – la que María le dio a su Hijo- y dejar que corriera a partir de esa fuentecita, encendiéndolo todo y bautizándolo todo a su paso. La historia de salvación es el Amor mismo de Dios, no estancado en el Cielo, sino corriendo día a día, paso a paso, por la tierra.

Amor encarnado es amor hecho historia. Y esto supone «un pasito adelante cada día». Se disuelven así, decíamos, todos los intentos farisaicos de impedir que el amor camine, con la excusa de que sus pasos son vacilantes o de que su punto de partida no está en regla o de que no se sabe a dónde irá a parar. El amor se encarnó y tiene derecho a caminar. El bien concreto más pequeño, con todos sus límites y defectos, es más bien que cualquier bien meramente ideal, si es que existe algo así como un bien ideal.

Imitar y seguir al Señor así nuevamente encarnado

En la contemplación de la Encarnación, en la del Nacimiento y en todas las que siguen, Ignacio adopta un esquema de «contemplación en cuatro pasos». Ver las personas, oír lo que hablan, mirar lo que hacen y luego de ver-oír-mirar, reflexionar para sacar provecho. Esta es la dinámica y debo confesar que siempre me ha creado un poco de dificultad tratar de seguir los pasos de Ignacio diferenciadamente, centrando el foco, primero en las personas, luego en oír lo que dicen y después en mirar lo que hacen. Evidentemente se trata de una gracia que recibió San Ignacio al contemplar y que luego, reflexionando, estructuró así. Si tenemos en cuenta que él considera que comunicar bien lo que recibió es la gracia complementaria de haberla recibido bien, podemos hacer un esfuerzo y poner especial atención sobre estos pasos, tratando de descubrir lo sabio de la pedagogía que suponen y adaptarlos para sacarles provecho nosotros.

Afirmamos que esta dinámica de «contemplar/reflexionar» orientada toda ella a «sacar provecho» es algo valioso. Hay que fijar la mirada en el fin, no en cada paso aislado y comprender que cuando Dios nos dice que recemos – que alabemos, contemplamos y reflexionamos-, lo que quiere es que «saquemos provecho».

No hay que dar esto por descontado, porque muchas veces uno mira y reflexiona «yéndose por las nubes» y no concentrando su esfuerzo en sacar un fruto concreto. En la contemplación de los Ejercicios se trata de ir a buscar un fruto práctico. Esto es lo que da sentido a la oración, ya que no le podemos «dar» a Dios otra cosa mejor que aprovecharnos de su amor y de sus gracias, para bien de todos. La gloria de Dios es que el hombre viva, que se salve y saque provecho de su amor. Él es Amor y Amor siempre más grande, por lo cual siempre quiere dársenos más – todo lo que puede-, y si aprovechamos bien, no solo mentalmente, aprendiendo verdades, ni solo afectivamente, sintiéndonos consolados y satisfechos, sino dando frutos de misericordia y de justicia y caridad para con los demás, mejor entonces: esto es lo que a Dios más le agrada.

De aquí la conclusión de esta contemplación de la Encarnación que se hace extensiva a todas las demás: se trata de «contemplar» para que el Señor «se encarne nuevamente» en mi historia. Este fruto lo explicita Ignacio al final, cuando propone el triple coloquio -con la Trinidad, con el Verbo eterno encarnado o con la Madre y Señora nuestra-, invitándonos a pedir, cada uno «según que en sí sintiere, la gracia de más seguir e imitar al Señor nuestro, así nuevamente encarnado» (EE 109).

Las contemplaciones de la vida del Señor son para «encarnarlo». Son contemplaciones y reflexiones para sacar «este provecho», este fruto: que el Señor nuevamente se encarne en nuestra vida.

Encarnar la santidad en el mundo actual

Esto es lo que quiere decir el Papa Francisco cuando, retomando en Cristo Vive lo que había dicho el comienzo de Gaudete et exsultate, expresa«Quise detenerme en la vocación de todos a crecer para la gloria de Dios, y me propuse «hacer resonar una vez más el llamado a la santidad, procurando encarnarlo en el contexto actual, con sus riesgos, desafíos y oportunidades» (GE 2).

En Cristo vive, dirigiéndose a los jóvenes y a todo el pueblo de Dios, cita a San Alberto Hurtado: «Ser apóstoles no significa llevar una insignia en el ojal de la chaqueta; no significa hablar de la verdad, sino vivirla, encarnarse en ella, transformarse en Cristo. Ser apóstol no es llevar una antorcha en la mano, poseer la luz, sino ser la luz […]. El Evangelio […] más que una lección es un ejemplo. El mensaje convertido en vida viviente» (CV 175).

Tenemos así, bien delineado, el fin de la oración contemplativa y de la reflexión ignaciana: encarnar el evangelio.

Ahora bien, la encarnación no es «un hecho» puntual sino una vida. Decir que el Verbo «se encarnó» es aludir a una misteriosa tensión entre algo absoluto y definitivo, que se da entero en el momento en que se encarna, y algo que se va desarrollando en el tiempo, en el proceso de crecimiento de esa «carne» y en el  aprendizaje de todo lo que implica ir haciéndose una persona madura, que vive su propia historia, que se inserta creativamente en su cultura y en la realidad social de su tiempo. «Cristo se encarna nuevamente» de manera muy precisa cuando uno más «lo imita y lo sigue». Y para esto, para encontrar «cómo y en qué seguirlo» es necesario el discernimiento espiritual.

Discernimiento de Amistad

Ahora sí, podemos definir lo que significa «discernimiento». Discernimiento es un «Instrumento de lucha para seguir mejor al Señor. De ese modo, el deseo de reconocer la propia vocación adquiere una intensidad suprema, una calidad diferente y un nivel superior, que responde mucho mejor a la dignidad de la propia vida. Porque en definitiva un buen discernimiento es un camino de libertad que hace aflorar eso único de cada persona, eso que es tan suyo, tan personal, que sólo Dios lo conoce. Los otros no pueden ni comprender plenamente ni prever desde afuera cómo se desarrollará» (CV 295).

Pero este «imitar y seguir a Jesús» tienen para el Papa una característica decisiva y fundamental: se trata de «imitar y seguir a un Amigo». Y a un amigo solo se lo sigue como amigo. La amistad es clave para que la imitación no sea un remedo, no se convierta en una caricatura, y para que el seguimiento no se transforme en una marcha forzada de la que luego uno se cansa.

La amistad de la clave: los amigos se «imitan» siendo cada uno él mismo y diverso del otro. Se imitan emulando el impulso del otro a servir a su manera, a seguir a su manera. Se imitan las virtudes últimas, no las segundas. Se imitan la generosidad en el darlo todo, no en la cantidad, que puede variar. Se imitan la gratuidad, se imita el buen humor, se imitan el darlo todo en distintos gestos…

Así se entiende qué significa «nuevamente encarnado»: «La vida que Jesús nos regala es una historia de amor, una historia de vida que quiere mezclarse con la nuestra y echar raíces en la tierra de cada uno. Esa vida no es una salvación colgada “en la nube” esperando ser descargada, ni una “aplicación” nueva a descubrir o un ejercicio mental fruto de técnicas de autosuperación. Tampoco la vida que Dios nos ofrece es un “tutorial” con el que aprender la última novedad. La salvación que Dios nos regala es una invitación a formar parte de una historia de amor que se entreteje con nuestras historias; que vive y quiere nacer entre nosotros para que demos fruto allí donde estemos, como estemos y con quien estemos. Allí viene el Señor a plantar y a plantarse» (CV 252).

Momento para contemplar

Marta Irigoy 

En este mes de Junio, donde celebramos al Sagrado Corazón de Jesús, estamos invitados a contemplar la Encarnación de Jesús.

Dice San Ignacio que la determinación de que el Hijo se haga hombre tiene como fin «salvar al género humano».

Este es un discernimiento que acontece  en el Corazón de la Trinidad, para que cada hombre y mujer pueda vivir en plenitud… Jesús va a decir en el Capítulo 10 del Evangelio de Juan: “Yo he venido para que  tengan Vida, y la tengan en abundancia.

Podemos preguntarnos:

  • ¿Qué es tener vida en abundancia?…
  • ¿Qué significa “abundancia” en estos tiempos de tanta escasez y vacío??

Y ante estas preguntas, sabemos que quien tiene las respuestas, se encuentra escondido en la  propia humanidad de cada uno sosteniendo nuestra pequeñez con su ternura y amor…

Al contemplar la Encarnación de Jesús, se nos invita a abrazar la propia vida como misión, y responder con mucha generosidad al llamado a la santidad, procurando encarnar, es decir “hacer carne” en nuestros gestos, los gestos de Jesús, en el contexto actual, con sus riesgos, desafíos y oportunidades» (GE 2).

El mayor desafío es transparentar el mensaje de Jesús y convertirnos en mensajeros enamorados de Buenas Noticias”, para que esa Vida en Abundancia que recibimos de Él sea compartida, irradiada y testimoniada en la sencillez de la vida cotidiana…

Dice el Papa Francisco: “Cada santo es una misión; es un proyecto del Padre para reflejar y encarnar, en un momento determinado de la historia, un aspecto del Evangelio” (GE 19).

Al responder a este llamado a la Santidad, también cada uno de nosotros al abrazar la vida como misión, tiene al alcance de la mano y del corazón, poder  alimentar y nutrir su vida con la oración contemplativa y la reflexión ignaciana, ya que esta tiene como fruto encarnar el Evangelio de Jesús… descubriendo que el mayor fruto que podemos cosechar es: ser Buena Noticia –Evangelio- para los demás…

Contemplar la vida del Señor nos deslumbrará –y alumbrará- tanto que alcanzaremos, con la Gracia de Dios, este fruto: que el Señor nuevamente se encarne en nuestra vida.

La Gracia de este mes será descubrir, como dice San Ignacio, que “Cristo se encarna nuevamente en mi vida”…

Y así descubriremos como la Vida en Abundancia que Jesús nos regala es una historia de amor y de Amistad gratuita, una historia de vida que quiere mezclarse con la nuestra y echar raíces en la tierra de cada uno.

Para rezar en este mes, puede ayudar la oración del Cardenal Newman, que Madre Teresa rezaba cotidianamente y que recibió como Gracia para encarnar en su vida de tal manera la Vida en Abundancia  de Jesús…

       Irradiar a Cristo

Jesús mío, ayúdame a esparcir tu fragancia dondequiera que yo vaya,

inunda mi alma con tu Espíritu y tu Vida;

penetra en todo mí ser y toma posesión de tal manera,

que mi vida no sea en adelante sino una irradiación de la tuya.

Quédate en mi corazón con una unión tan íntima,

que las almas que tengan contacto con la mía,

puedan sentir en mí tu presencia y que, al mirarme,

olviden que yo existo y no piensen sino en Ti.

Quédate conmigo. Así podré convertirme en luz para los otros.

Esa luz, oh Jesús, vendrá de Ti; ni uno solo de sus rayos será mío:

yo te serviré apenas de instrumento

para que Tú ilumines a las almas a través de mí.

Déjame alabarte en la forma que es más agradable,

llevando mi lámpara encendida para disipar las sombras

en el camino de otras almas.

Déjame predicar tu Nombre con palabras o sin ellas…

con mi ejemplo, con la fuerza de tu atracción,

con la sobrenatural influencia evidentemente

del amor que mi corazón siente por Ti.

Amen

Cardenal Newman

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MOMENTO DE REFLEXIÓN

 

Diego Fares sj

Emaús: icono que hace arder el corazón con la presencia viva del Resucitado que camina con nosotros y actúa en la historia

Contemplación del icono

Que la Palabra de Vida saboreada en la Eucaristía, nos transforme y nos revele la presencia viva del Resucitado que camina con nosotros y actúa en la historia  (Lc 24, 13-35)”. (Mensaje final de Aparecida, punto 3). 

            Los dos niños que nos miran nos hacen entrar en el icono de Emaús en el que se hace presente en nuestra historia el Señor Resucitado. Uno de los niños es el de la multiplicación de los panes. Con su mirada y con el gesto de ofrecer los cinco pancitos nos invita a la mesa. Entramos en el ámbito de la Eucaristía y nos centramos en el pan que Jesús resucitado ha tomado y tiene en su mano: ese pancito es como si fuera su Corazón. El otro niño también nos mira y la jarra que tiene en su mano nos recuerda la escena de las bodas de Caná.

Los tres discípulos y discípulas que están detrás de Jesús, contemplan la escena. Su función, cada vez que los miramos, es hacer que nuestra mirada vuelva al tema central. Dos miran la mesa y uno, el que está detrás de Jesús, lo mira al Señor.

Las figuras de Jesús y de los Discípulos son más grandes que el resto. El Señor ocupa el lugar principal. Abre para nosotros el círculo de la mesa eucarística en la que están el Pan y el Vino. El gesto del Señor representa el momento en que toma el pan y lo bendice. Notamos cómo el Pan que sostiene contra su pecho recuerda la imagen con que se apareció el Sagrado Corazón a Santa Margarita María de Alacoque.

El rostro y la actitud de los dos discípulos son  como de quien recuerda: ¿Acaso no ardía nuestro corazón…?. El de la izquierda levanta el dedo, como hace uno cuando cae en la cuenta de algo que pasó.

En segundo plano, al fondo, está la escena que recuerdan: Jesús señalando al cielo; ¡cómo les iba encendiendo el corazón en la fe! Escuchamos con ellos la frase de Jesús que da sentido a todo lo que pasa en la historia: “era necesario que el Mesías soportara esos sufrimientos para entrar en la gloria.”

 Interpretar la vida desde la Eucaristía

Dos momentos únicos se sientan a la mesa de la Eucaristía: nuestro presente que contempla el cuadro y el encuentro del Señor resucitado con los de Emaús.

La Eucaristía es el memorial de nuestra fe. Reúne el pasado y el presente y nos remite a la Gloria del cielo. La Eucaristía es el momento de reposo en nuestra vida en que invitamos al Señor a quedarse con nosotros y al partirnos el pan él nos abre los ojos a su presencia que estuvo oculta en nuestra historia, en la de cada hombre y en la de todos. El pan partido obra sobre nuestro corazón: al realizar el gesto del Señor –al tomar el pan, bendecirlo dando gracias y al partirlo y repartirlo, nuestro corazón se mueve a recordar las consolaciones que sentimos durante el día. Muchas veces el Señor nos hizo arder el corazón, y al partir el pan, recordamos, y se unifica nuestra vida gracias a su presencia. Se ven las cosas a la luz de la Cruz y la Resurrección. La Eucaristía tiene la función sagrada de hacernos reinterpretar la historia al verla con Cristo, en Él y gracias a Él.

 La singularidad de Jesús y la nuestra

Lo más lindo de nuestra fe es que su objeto es un Jesús enteramente singular, en el doble sentido de ser uno más y a la vez único. Creemos en un Dios encarnado, que vivió una vida singular, en el sentido de que fue la vida que le tocó, sin nada especial o “general”. Nuestro Dios no es un Dios abstracto, alguien que tenga recetas universalizables de autoayuda para todos. Un Dios así no podría sernos cercano. Le faltaría lo más propio de nuestro ser humano que es que cada uno vive su situación concreta desde la conciencia de que lo que le sucede es algo único que sólo acontece una vez para él y que sólo se comprende desde esa particularidad. Esto produce una soledad profunda y un sentimiento de lo que es la contingencia muy profundo: uno no es necesario como si fuera una parte integral de este universo. Puede no estar y no pasa nada. Esto mismo le da a un valor extraordinario a lo que cada uno vive. Es un valor gratuito. Vale si otro lo comparte también gratuitamente, por amor.

Cuando uno cuenta sus cosas lo más característico es esto: que uno se admira y quiere comunicar lo especial y único que fue lo que le pasó.

En este preciso punto es que Jesús Resucitado entra en nuestra historia. Lo hace a través de un hecho singular: preguntando a los discípulos de Emaús qué les pasa. Les pregunta por su situación particular: por qué caminan entristecidos… Cuéntenme, les dice. La totalidad de la historia de Salvación está incluida en el diálogo de Emaús que fue un diálogo casual, podríamos decir. Podría haberse visto frustrado. Ellos podrían haber rechazado al peregrino o no haberlo invitado a quedarse con ellos aquella tarde.

 La historia está abierta al encuentro con el Resucitado

            Jesús se nos revela como ese compañero de camino con el que podemos compartir lo más extraordinario (lo que pasó con Jesús de Nazareth) desde lo más ordinario, la desilusión personal o, luego, la alegría de la fe. Jesús no solo nos salva (es Vida) sino que nos hace de interlocutor para ayudarnos (Camino) a interpretar bien (Verdad) lo que él hizo por nosotros. Este papel de Jesús, que nos hace protagonistas, que nos invita a contarle nuestras cosas antes de que él nos cuente las suyas, es conmovedor. El mundo se lo pierde cuando piensa que nuestra fe es una creencia más entre tantas, algo prearmado que luego se aplica a la realidad, como las ideologías que el mundo usa para abrirse espacio en el mundo. Nada de eso: nuestra fe se mete con Jesús en la realidad de la historia y lo descubre como ya presente, como pudiendo venir a nuestro encuentro en cualquier ocasión.

 Características de la historia

Lo provisorio, lo ocasional, lo fugaz de la historia hace que sea abierta, dialogable, compartible.

Lo propio de la historia es el valor único, irrepetible, absolutamente personal, de cada decisión, de cada acontecimiento. No solo las cosas personales sino lo vivido en común por muchos es vivenciado por cada uno de manera única. Esto hace que la historia sea dramática –con final abierto, modificable por cada decisión libre que se toma-, también que sea valioso e imprescindible cada protagonista, pues tiene que comunicar y aportar lo suyo, su perspectiva, su vivencia, su contribución libre. Al mismo tiempo, hace que las cosas sean falibles y mejorables, que haya pecado y gracia, necesidad de reparación y plus inesperados. La historia hace que uno pueda reinterpretar los acontecimientos y rescatar cosas nuevas del pasado, al mismo tiempo que siempre está abierta la esperanza de un futuro construido con mejores decisiones.

Jesús, al entrar en la historia participa de todo esto como uno más. Y siendo uno más lo renueva todo desde dentro de esta fragilidad y fugacidad propias del ser histórico. Jesús es único como Hijo del Padre y único como todos, como cualquiera. Por nuestra precaria uniquez entramos en contacto con su uniquez absoluta y eterna.

Esto es lo que se narra en el pasaje de Emaús. La situación única de estos dos discípulos desilusionados y el entrar en contacto con ellos de manera casual, diríamos, de Jesús resucitado, en una misión enteramente singular y acotada. El Señor entra en la vida de estos dos discípulos y le pide que le narren la historia desde su perspectiva. Luego la corrige desde su propio punto de vista, también particular, pero con una fuerza tal que unifica toda la Escritura y toda su vida en un solo acto narrativo, en un momento. Entonces, todo adquiere valor universal pero sin desligarse de lo concreto. La historia de los discípulos de Emaús queda como paradigma del venir el Resucitado a nuestra historia.

 Las consecuencias de esta entrada del Señor en la historia

Todo lo singular y único es recapitulable

“Es esperanzador lo que decía Juan Pablo II: “Aunque imperfecto y provisional, nada de lo que se pueda realizar mediante el esfuerzo solidario de todos y la gracia divina en un momento dado de la historia, para hacer más humana la vida de los hombres, se habrá perdido ni habrá sido vano” (Ap. 400).

 Los encuentros con Cristo renuevan la vida

“Hay que confirmar, renovar y revitalizar la novedad del Evangelio arraigada en nuestra historia, desde un encuentro personal y comunitario con Jesucristo, que suscite discípulos y misioneros. Ello no depende tanto de grandes programas y estructuras, sino de hombres y mujeres nuevos que encarnen dicha tradición y novedad, como discípulos de Jesucristo y misioneros de su Reino, protagonistas de vida nueva para una América Latina que quiere reconocerse con la luz y la fuerza del Espíritu (Ap. 11).

El acontecimiento de Cristo es, por lo tanto, el inicio de ese sujeto nuevo que surge en la historia y al que llamamos discípulo. Esto es justamente lo que, con presentaciones diferentes, nos han conservado todos los evangelios como el inicio del cristianismo: un encuentro de fe con la persona de Jesús (Ap. 243).

 “La conversión pastoral de nuestras comunidades exige que se pase de una pastoral de mera conservación a una pastoral decididamente misionera. Así será posible que “el único programa del Evangelio siga introduciéndose en la historia de cada comunidad eclesial” (NMI 12) con nuevo ardor misionero, haciendo que la Iglesia se manifieste como una madre que sale al encuentro, una casa acogedora, una escuela permanente de comunión misionera (Ap. 370).

“Recobremos, pues, “el fervor espiritual. Conservemos la dulce y confortadora alegría de evangelizar, incluso cuando hay que sembrar entre lágrimas. Hagámoslo – como Juan el Bautista, como Pedro y Pablo, como los otros Apóstoles, como esa multitud de admirables evangelizadores que se han sucedido a lo largo de la historia de la Iglesia – con un ímpetu interior que nadie ni nada sea capaz de extinguir. Sea ésta la mayor alegría de nuestras vidas entregadas. Y ojalá el mundo actual – que busca a veces con angustia, a veces con esperanza – pueda así recibir la Buena Nueva, no a través de evangelizadores tristes y desalentados, impacientes o ansiosos, sino a través de ministros del Evangelio, cuya vida irradia el fervor de quienes han recibido, ante todo en sí mismos, la alegría de Cristo y aceptan consagrar su vida a la tarea de anunciar el Reino de Dios y de implantar la Iglesia en el mundo”. Recobremos el valor y la audacia apostólicos (Ap. 552).

MOMENTO DE CONTEMPLACIÓN

Hna Marta Irigoy misionera diocesana

“¡Como arde nuestro corazón!”

 San Ignacio, en las reglas de discernimiento, nos habla de la consolación, -con otras palabras- como “un arder del corazón”.

 Y nos hace considerar en las Contemplaciones de las Apariciones del Señor Resucitado, como se acerca a sus amigos, con su oficio de consolar.

 El texto de Emaús, es uno de esos relatos de la vida del Señor, que realmente nos hace sentir identificados con esta “pareja” que al sentirse defraudados vuelven a su vida anterior, rumiando sus frustraciones, así, perdiéndose todo lo mejor de haber seguido a Jesús.

 “Cuando[1] queremos que la realidad se acomode a la idea que tenemos de ella y ésta no lo hace, viene la desilusión. En cambio, cuando dejamos que nuestra idea de la realidad se conforme a ella, sacamos una enseñanza. A través de la realidad, la verdad de Dios camina  a nuestro lado y nos conversa, hasta lograr que esa verdad aflore a nuestro propio pensar. Así es la realidad que camina al lado de estos discípulos: Jesús, el crucificado, ha resucitado…

 Jesús, se acerca a ellos para consolarlos en el camino, les hace hacer “memoria” de todo lo que la Palabra de Dios, dice del Mesías y como lo que ocurrió en Jerusalén, estaba dentro de lo que iba a padecer Él, por amar hasta el extremo…siendo fiel a la misión que el Padre le había encomendado…

 El Maestro en el camino, les hace “sacar su adentro”, los hace hablar de todo lo que tienen en su corazón y ellos, dejándose acompañar, descubren su paso mas liviano y ya no quieren seguir solos, por eso, le suplican al Señor: «Quédate con nosotros, porque ya es tarde y el día se acaba» …

 Los discípulos iban por el camino de la desolación y vuelven consolados a hacer “arder el corazón” a todos los que encontraran en Jerusalén…

Leer el texto

“Ese mismo día, dos de los discípulos iban a un pequeño pueblo llamado Emaús, situado a unos diez kilómetros de Jerusalén. En el camino hablaban sobre lo que había ocurrido. Mientras conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó y siguió caminando con ellos. Pero algo impedía que sus ojos lo reconocieran. Él les dijo: « ¿Qué comentaban por el camino?». Ellos se detuvieron, con el semblante triste, y uno de ellos, llamado Cleofás, le respondió: « ¡Tú eres el único forastero en Jerusalén que ignora lo que pasó en estos días!». «¿Qué cosa?», les preguntó. Ellos respondieron: «Lo referente a Jesús, el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y en palabras delante de Dios y de todo el pueblo, y cómo nuestros sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para ser condenado a muerte y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que fuera él quien librara a Israel. Pero a todo esto ya van tres días que sucedieron estas cosas. Es verdad que algunas mujeres que están con nosotros nos han desconcertado: ellas fueron de madrugada al sepulcro  y, al no hallar el cuerpo de Jesús, volvieron diciendo que se les habían aparecido unos ángeles, asegurándoles que él está vivo. Algunos de los nuestros fueron al sepulcro y encontraron todo como las mujeres habían dicho. Pero a él no lo vieron». Jesús les dijo: « ¡Hombres duros de entendimiento, cómo les cuesta creer todo lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías soportara esos sufrimientos para entrar en su gloria?». Y comenzando por Moisés y continuando con todos los Profetas, les interpretó en todas las Escrituras lo que se refería a él. Cuando llegaron cerca del pueblo adonde iban, Jesús hizo ademán de seguir adelante. Pero ellos le insistieron: «Quédate con nosotros, porque ya es tarde y el día se acaba». Él entró y se quedó con ellos. Y estando a la mesa, tomó el pan y pronunció la bendición; luego lo partió y se lo dio. Entonces los ojos de los discípulos se abrieron y lo reconocieron, pero él había desaparecido de su vista. Y se decían: « ¿No ardía acaso nuestro corazón, mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?».  En ese mismo momento, se pusieron en camino y regresaron a Jerusalén. Allí encontraron reunidos a los Once y a los demás que estaban con ellos, y estos les dijeron: «Es verdad, ¡el Señor ha resucitado y se apareció a Simón!».Ellos, por su parte, contaron lo que les había pasado en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.  

* Pedile a Jesús que camine este rato con vos, para que puedas repasar con Él el sentido de la esperanza que te viene acompañando a lo largo de tu camino…                                                                                                                     

 *Contale de tus desilusiones, de tus fracasos…                                                               

 * Explícale lo que aún no comprendes. Aprovecha a “sacar tu adentro”…                               

 * Déjate explicar…                                                                                                                

 * Insistile e invitalo a tu casa-corazón…                                                                                 

 * Entra con Él, sentate a la mesa y déjate consolar…


[1] P. Javier Albisu, sj. “Cuando Jesús entra en casa”. Pags.177-ss. Paulinas 2007

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