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Al ver el mal del mundo, nuestro Dios no respondió con la indignación sino con la Encarnación.

Momento de Reflexión

Diego Fares sj 

La cruz en la Vida Oculta     

El tema de este año es la relación entre esperanza y discernimiento.

La Esperanza, como dice el Papa, nos abre el horizonte -siempre más amplio- del tiempo de Dios.

El discernimiento nos permite reaccionar, en este preciso momento,

sea para acoger una semilla del Evangelio o cosechar al paso un fruto que ya está maduro,

sea para rechazar una tentación insidiosa, de esas que quieren arraigar -como la cizaña- en nuestra manera de pensar o de sentir.

Este mes reflexionamos sobre la esperanza y el discernimiento en la vida oculta del Señor. Tomando pie en las indicaciones de Ignacio, lo haremos desde la perspectiva de las Dos Banderas, que es la perspectiva de la lucha del demonio contra la cruz del Señor.

La Bandera del Señor –el signo que alza y en el que Él está- es la Cruz.

En general Ignacio recomienda “no leer ningún misterio” de la vida de Cristo que no sea el que uno tiene que hacer, para que “la consideración de un misterio no estorbe a la consideración del otro” (EE 127). Pero las reflexiones sobre la Cruz atraviesan toda la vida del Señor. Como dice en la Adición 6ª, el misterio de la cruz está presente “desde el nacimiento del Señor”. No es un misterio que se limite a un momento de su vida.

Y esto, no porque la vida sea toda Cruz, sino porque estamos en guerra. Por eso es que no podemos separar las cosas y hacer que, durante la semana de la Vida Oculta, la contemplación sea solo de las ternuras de la Navidad y las crueldades de la Cruz, limitarlas solo a la semana de la pasión. El de la Cruz es el misterio más grande y que más escandaliza, sobre todo cuando la cruz sobreviene a destiempo, en el momento en que todo tendría que ser alegría…

La relación “realidad-pensamientos-sentimientos”

Hago aquí un excurso que hace a la dinámica de los Ejercicios y creo que puede ayudar en nuestra situación actual.

En los Ejercicios hay “consejos o recomendaciones” que San Ignacio llama “Adiciones”. Hay una –la Adición 6ª (ya mencionada), que va cambiando.

Apunta a ordenar los sentimientos.

Dice que durante el día uno debe discernir los pensamientos que cultiva, para dar preponderancia a los que están de acuerdo con lo que tiene que contemplar. Las recomendaciones van cambiando.

  1. Cuando meditamos los pecados, Ignacio recomienda no pensar en cosas de placer ni alegría, como de gloria y resurrección, porque para sentir pena, dolor y lágrimas por nuestros pecados es impedimento cualquier consideración de gozo y alegría” (EE 78).
  2. En la segunda semana, aconseja adaptar los pensamientos y sentimientos al misterio de la vida del Señor que se contempla (EE 130).
  3. En la semana de la Pasión, recomienda “no procurar tener pensamientos alegres” sino “inducirse a sí mismo a dolor, pena y quebranto, trayendo a la memoria los trabajos, fatigas y dolores que Cristo nuestro Señor pasó desde el punto en que nació hasta el misterio de la pasión en que al presente me hallo” (EE 206).
  4. En la Resurrección, recomienda “traer a la memoria y pensar cosas motivas a placer, alegría y gozo espiritual, así como de gloria” (EE 229).

Este modo de “recibir y cultivar” algunos pensamientos y sentimientos y de “rechazar” otros, es un ejercicio de discernimiento que está presente en todo momento en los Ejercicios (y en la vida).

Ignacio trabaja sobre la relación “realidad-pensamiento-sentimiento”. Si estoy en una fiesta de casamiento de unos amigos y me vienen pensamientos tristes de alguna otra situación, discierno que debo dejarlos de lado (y si no puedo, irme un rato…) para que no me inunden de sentimientos que me cambien la cara y el ánimo y amarguen la fiesta.

Medir la relación que hay entre la realidad comunitaria en la que me encuentro y mis pensamientos y sentimientos, es algo que todos hacemos constantemente. Un pensamiento puede ser muy adecuado, pero si me provoca sentimientos que no condicen con la realidad en que estoy, lo rechazo. Si estamos en un velorio, un chiste, cuanto más hilarante, más se debe rechazar, porque lleva inevitablemente a una carcajada frente al muerto. Y si estamos en medio de una batalla, que alguien pretendidamente neutral nos sugiera un pensamiento que nos lleva a sentir dudas del accionar de nuestro buen capitán, es un ataque enemigo, y como tal hay que rechazarlo. El discernimiento instintivo es claro: aunque sea una verdad, en este momento nos la están tirando como artillería para desestabilizarnos y hacernos algo peor.

Hasta aquí el excurso para justificar que el tema de la lucha y de la guerra entre en la semana de la Vida familiar del Niño Jesús.

El criterio cierto para discernir

En la teología de los Ejercicios, Ignacio nos hace contemplar, en la Encarnación, un mundo en el que contrastan escenas de vida y de muerte. Y en el camino hacia Belén, nos hace “considerar lo que hacen José y María, como es el caminar y trabajar para que el Señor nazca en suma pobreza, y al cabo de tantos trabajos, de hambre, de sed, de calor y de frío, de injurias y afrentas, para morir en cruz; y todo esto por mí” (EE 116).

Ignacio contempla cómo estuvo presente la Cruz ya en la infancia de Jesús. Tantos sufrimientos cotidianos, descriptos prolijamente, y encima “para morir en Cruz”. Como si todo lo otro no hubiera bastado.

En este pequeño detalle resuena el Evangelio entero. Y paradójicamente no es para desalentarnos, como espontáneamente nos viene al ánimo, sino para darnos “el criterio de discernimiento que desenmascara siempre al demonio: la cruz”.

El demonio no tolera la cruz. Tienta al Señor para que se baje. Y como no puede, nos tienta a que lo bajemos nosotros de algunos aspectos de la vida.

Si lo bajamos, puede ser que nos aliviemos un momento (porque sabemos que no podemos esquivar la cruz del todo). Pero perdemos el criterio “existencial” para discernir. Perdemos el criterio de “sentir con la piel y el corazón propios” lo que es verdad y lo que es mentira.

Donde está la cruz, está Jesús –salvando con su amor-. Esto nada ni nadie nos lo puede quitar ni relativizar. Como decía el Papa Benedicto: “La cruz revela ‘el poder de Dios’ (cf. 1 Co 1, 24), que es diferente del poder humano, pues revela su amor: ‘La necedad divina es más sabia que la sabiduría de los hombres, y la debilidad divina, más fuerte que la fuerza de los hombres’ (1 Co 1, 25)”.

Esta sola Palabra del Señor –la fuerza salvadora de su Cruz-  basta para crear un paradigma e iluminar toda una época. Basta esta Palabra de Jesús para abrirle los oídos a una persona o a una comunidad. Basta el gesto del Señor – no solo de subirse él mismo a la Cruz, sino de haberla aceptado desde su nacimiento- para hacer que entre en la fe en un corazón y se nos revelen verdades que estaban como a la espera.

Discernir en tiempos de guerra

Lo de unir la vida oculta de la familia de Nazaret y la lucha abierta de Jesús, vino de sentir que estamos en tiempo de mucha lucha. Luchas ideológicas, económicas, políticas, culturales y religiosas. En una guerra, es vital saber reconocer al enemigo. Y una de las tácticas de todo enemigo es camuflarse, mezclarse en el bando contrario, haciéndose pasar por amigo o por neutral para dar información falsa. Por eso es clave incorporar esa “conciencia de guerra” que nos da la meditación de Dos Banderas. Esa conciencia de cruz, para estar alertas hasta en sueños, como San José, y poder cuidar al Niño.

Cambia todo el panorama si uno “se entera” de que estamos en guerra, de que hay Herodes planeando la muerte del Niño en sus palacios.

Toda guerra –desde una guerra mundial a una guerra entre facciones políticas o entre miembros de una institución- pone en acto algunas de las características de La Guerra de fondo: la que se libra en la historia entre el demonio y Jesús.

Pero la “guerra a pedazos”, como la llama el Papa, que estamos viviendo, pone en acto no solo la violencia física y psicológica sino también, de manera muy solapada, la violencia de la mentira y el engaño. Es la táctica de engañar al enemigo para que se destruya a sí mismo, para que se divida y pueda ser derrotado más fácilmente.

Es necesario, entonces, reconocer que estamos en guerra y que se trata de una guerra que se libra en las mentes de la gente antes que en el espacio geopolítico. No solo el espacio virtual de internet sufre el ataque de los hackers, también el alma de la gente simple se ve afectada por las mentiras.

Por eso hay que despertar el arte del discernimiento que “los pequeños tienen por la gracia del Padre”. No queda otra. El enemigo no utiliza uniformes distintos a los nuestros, precisamente porque no quiere “distinguirse”. Y para discernir ayuda la meditación de Dos Banderas.

Dos banderas, tres escalones (para trepar o para abajarse)

Ayuda diciendo desde el vamos que son dos las Bandera. No tres ni cien.

Ayuda mostrando que los pasos para enrolarse en una u otra bandera son tres y que basta que una persona de dos pasos para intuir el tercero y saber bajo qué bandera milita.

Demasiado simple e ingenuo el discernimiento de Ignacio?

Más bien sumamente agudo y genial en su simplicidad.

El primer paso al que nos invita el mal espíritu es “codicia de riquezas”.

Jesús, en cambio, encomienda a los suyos a que quieran ayudar a traer a todos a vivir en “suma pobreza espiritual”, y a los que Dios quiere elegir también en “pobreza actual (material, quiere decir). El vivió así en Belén, en Egipto y en Nazaret.

Las dos tendencias son claras. La actitud de codicia contra la actitud de pobreza espiritual.

El segundo paso es “vano honor del mundo” –la mundanidad espiritual de la que habla Francisco- contra “deseo de oprobios y menosprecios”.

Si el primer paso tiene sus más y sus menos, aunque el “diente de la codicia” suele ser muy visible, en el segundo escalón ya se puede ver bajo qué bandera milita cada uno. El que está enamorado de Jesús rechaza connaturalmente la vanidad mundana. El amor del Señor y de la gente es un bien tan real que la vanidad pasajera y autocomplaciente tiene algo de ridículo.

En el tercer escalón se contraponen soberbia “crecida”, dice Ignacio, contra humildad.

Una más, por si hace falta: los escalones por los que nos invita a “trepar” el demonio siempre tienen alguna excusa comparativa (esto no es “tan” de ricos o “tan” de vanidosos…), pero dejan mal sabor; los escalones por los que nos invita a “abajarnos” el Señor, no dejan el sabor de la duda: despojarme de una moneda y darla a otro más pobre, es un pasito de pobreza y sufrir un desprecio en silencio es una humillación concreta que me hace un poquito más humilde.

Gente buena que “se siente” dolida

La inspiración de juntar vida oculta y dos banderas me vino porque en estos días me han llegado varios mails (dos personas mayores, abuelas buenas, que han gastado y gastan aún hoy su vida haciendo el bien a los demás) de gente que se siente dolida (los sentimientos!) y desconcertada por lo que leen en los diarios y escuchan en los medios sobre el Papa y la iglesia. Noticias que se mezclan impunemente con las luchas políticas partidarias y las peleas ideológicas de distintos grupos que se tiran entre sí con todo lo que encuentran, desde las cosas más viles hasta las cosas más santas, con tal de denigrar y eliminar al otro. Sigue la guerra en nuestro país y en muchas partes del mundo. Una guerra a pedazos, como dice el Papa. Pero la furia y el deseo de extirpar de la faz de la tierra al otro, es muy mala señal, sobre todo si se trata de personas que viven en la misma tierra, que son compatriotas.

Me detengo un momento en este punto e invito a reflexionar y a hacer un discernimiento, a separar y distinguir un mal espíritu que viene como pegado a uno bueno. Es necesario porque el comentario de otra gente es “si se siente dolida esta persona buena, es que algo hay”. Y la respuesta va por el lado de: ¡Y claro que hay! Lo que hay es una manera vil y mentirosa de atacar provocando sentimientos así en las personas buenas. No! Dirá alguno. Las teorías conspirativas son débiles. Pensar que el demonio puede atacar a ancianas buenas es el colmo de la teoría conspirativa. Y sin embargo… Herodes quería matar al niño Jesús y mató a los niños inocentes. El que ataca al Señor en la persona del papa también lo ataca en la persona de los pequeñitos del pueblo fiel de Dios.

Excurso filosófico acerca del mal

El deseo de todo corazón lo impulsa irresistiblemente a amar el bien y a rechazar el mal. Son dos movimientos que, en un momento dado, pueden tener la misma fuerza, pero a largo plazo no.

El impulso de abrazar a un ser querido puede ser tan fuerte como el impulso a sacarse de encima a uno que nos quiere hacer mal. Pero en un segundo momento, ambos impulsos se moderan: el abrazo se vuelve tierno, para no dañar y el rechazo… ¿Qué sucede con el rechazo?

También se tiene que moderar, pero de modo distinto.

Por un lado, uno no puede continuar golpeando hasta matarlo a alguien que lo agredió. Pero, por otro, hay que neutralizarlo para que no vuelva a la carga. Por eso se trata de alejarlo, de contenerlo, hasta meterlo en una cárcel si hace falta…

Pero el impulso a “eliminar” al agresor, si se exagera, hace que uno mismo se convierta en lo que rechaza.

 

Este ejemplo debe bastar para ver que el amor al bien no tiene límite, estamos creados para amar el bien más y más. Si se lo modera es para que vaya dando frutos de amor que maduran lentamente, pero no se le puede poner límites al bien: cuanto más amor, mejor.

El rechazo al mal, en cambio, está al servicio del amor al bien.

Teológicamente lo comprobamos en el hecho de que Dios nuestro Padre no rechaza absolutamente a ninguna de sus creaturas. Incluso al demonio, no lo hizo desaparecer, no lo aniquiló. Lo enfrenta, lucha contra él hasta el punto extremo de dar la propia vida, como hizo Jesús, pero no pretende ni quiere aniquilarlo.

Este paradigma teológico debe ser anunciado pública y proféticamente para contrarrestar el otro paradigma –terrorista- que trata de imponerse.

Paradójicamente, el demonio sí quiere “aniquilar” a Dios, aunque esto lo lleve a suicidarse.

El paradigma terrorista es demoníaco, porque impulsa a aniquilar todo bien.

Tengamos en cuenta que no solo sigue este paradigma el que detona una bomba que lleva en su cuerpo, también lo siguen, de modo más o menos camuflado, los que venden armas, los que hacen “desaparecer” personas, los que se apropian de la identidad de bebés ajenos, los que están en la trata de personas y el comercio de órganos… Tantos modos de “aniquilar” al otro.

Querer eliminar al que quiere eliminar no es la solución, es un gesto mimético que fortalece el paradigma del mal.

En un grado de menor violencia física, pero de gran violencia intelectual y mediática, este mismo paradigma se instala en el corazón de muchos –y aquí voy a la gente sencilla que siente en su interior la irradiación maligna de esta violencia- y los lleva a querer aniquilar a personas de otro partido político acusadas de corrupción. El impulso a rechazar el mal está exacerbado.

Moderar la indignación

Aquí viene el discernimiento: uno debe estar atento cuando el engañador –el demonio, que es mentiroso- muestra la cola haciendo exagerar la indignación.

Lo propio de una democracia es, precisamente, no exagerar la indignación.

No dejar que se desborde el reclamo de justicia.

Encauzar la justicia, apostar a las instituciones y tener paciencia: eso es democracia.

El discernimiento debe ser muy claro (y personal). Yo al menos lo formulo así para mí: cuando algo me hace indignar desproporcionadamente, me freno un momento a reflexionar. Es un modo de discernir utilizando el propio pellejo, la propia adrenalina, como detector de tentaciones.

Esta “desproporción” es lo que hace “oler el azufre” del mal espíritu.

Un ejemplo de lucha “justa” contra la corrupción es la de los familiares de las víctimas de la tragedia de Once. Llevan adelante un proceso en el que la lentitud de la justicia (que en este caso ha ido más rápido que en otros gracias a cómo se movilizaron los familiares) hace desear a veces dar rienda suelta a la indignación. Lo que han conseguido legalmente es, por un lado, inmenso, y por otro, poco y frágil, siempre falta un paso más para concretar las condenas. Sin embargo, los bienes que han crecido en torno a su accionar, son incontables: bienes de amistad personal y de ciudadanía política. Es un bien que crece lentamente, como todo bien, pero que es real y que da esperanza porque se continúa en el tiempo.

Para amar “sin medida” hay que saber “indignarse con medida”.

Al demonizar al otro, al pretender “aniquilarlo”, se pierden unas energías preciosas que deben ponerse al servicio del bien, que es a largo plazo y requiere todas nuestras fuerzas.

El mal no merece tanta atención.

Es mucho si se logra neutralizarlo cuando estalla o se hace ver.

Es la enseñanza de la Vida Oculta del Señor.

Al ver el mal del mundo, nuestro Dios Trino y Uno, no respondió con la indignación sino con la Encarnación.

El amor de la Virgen y San José a Jesús, su hijo, en una vida de trabajo duro y de alegría familiar, en medio de persecuciones y problemas, es la respuesta pacífica y discernida a la violencia desmedida y al mal. El pueblo fiel de Dios sabe “resistir” pacíficamente al mal –cargando la cruz con paciencia- para defender y cuidar la vida.

 

Momento de Contemplación

Marta Irigoy

Como dice el P. Diego, “al ver el mal del mundo, nuestro Dios Trino y Uno, no respondió con la indignación sino con la Encarnación”. Una encarnación en la que, desde el comienzo, estuvo presente misteriosamente la Cruz, como bandera de salvación.

 

Puede ayudarnos a contemplar, sacar provecho y luego discernir, lo que nos queda en el corazón de lo leído, reflexionado y contemplado… (ayuda saber que este material es para rumiar serenamente durante este mes…) y así, animarnos a tomar como única Bandera, la de la cruz del Señor que pacifica todas las cosas.

Sabemos por experiencia personal, familiar, social y mundial el clamor que se escucha, a veces a grandes voces y otras veces solo con la voz de lágrimas, esas lágrimas que vemos emerger de ojos que suplican la paz en un silencio a veces lleno de confianza y otras de la impotencia que se experimenta ante tanta indiferencia social…

Por eso, podemos tomar el evangelio de Mateo o Lucas, donde se nos relata la Vida Oculta de Jesús, María, José y los demás personajes que aparecen; para dejarnos consolar por tanta paz y alegría que emergen de estos textos bíblicos…

Ellos son la Fuente de la Paz, y en ellos podemos ir a saciar esa sed de Paz que cada uno tiene en el propio corazón para luego, convertirnos en hombres y mujeres “cantaros” que llevan esa Paz -Pequeña y Frágil como el Niño Jesús- a sus hermanos y hermanas que necesitan ser consolados y sostenidos con gestos también pequeñitos preñados de esperanza…

Podemos terminar cada momento en que tomemos este material para este mes, rezando esta oración:

Permite a la Paz que se encarne,
en tus ojos, en tus labios, en tus manos,
en los pasos de tus pies,
pero, sobre todo,
que se encarne en tu corazón.

Permite a la Paz que se encarne en todo tu ser,
y que mire a través,
que hable a través de tus labios,
que acaricie a través de tus manos,
que camine a través de tus pasos,

Permite a la Paz, sobre todo,
que se encarne en tu corazón,
y que su bondad y ternura infinita,
se derrame a través de tu corazón.

Permite a la Paz que sea el centro y el todo de tu alma,
y se encarne y se irradie
en tus gestos, en tus palabras,
en tus miradas, en tus silencios,
y en cada paso de tus pies,
y en toda la expresión de tu persona.

Permite a la Paz que sea el centro y el todo de tu alma,
permite a Dios que, en definitiva, se encarne en TODO TU SER,
hasta ser todo TÚ, expresión y presencia de su Espíritu.

 

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Momento de Meditación

Diego Fares sj

En la cuarta semana, lo que hemos elegido y reformado en nuestra vida, tiene que ser perfeccionado por la alegría y el gozo de la Resurrección. ¿Cómo es esto de que el gozo y la alegría “consuman y perfeccionan” una elección y reforma de vida?

Tenemos claro que, si no estamos dispuestos a “padecer” con Jesús, a cargar la Cruz, a sufrir humillaciones y pobreza, no somos verdaderos discípulos suyos. Pero qué decir de la alegría… Pero ¿estamos dispuestos a alegrarnos con Él?

La vida cotidiana es donde se “encarna Jesús resucitado”, si se puede decir así. Jesús resucitado se encarna en la alegría de una vida sencilla, sí, pero abierta a disfrutar intensamente. A disfrutar en la alabanza de la belleza de la creación; a disfrutar poniendo lo mejor de nuestra parte para hacer que la vida de nuestra familia y de nuestra comunidad sea un ámbito de paz y de gozo para todos, especialmente para los hijos pródigos; a disfrutar trabajando con entusiasmo y espíritu de colaboración para mejorar este mundo, haciendo participar de nuestros bienes a los más necesitados…

No las “grandes cosas” sino la alegría de los pequeños gestos hechos con gran amor es la respuesta a un Jesús resucitado que quiere encarnarse nuevamente en nuestra vida cotidiana. Si hace falta alguna “prueba” de esto, basta con mirar el modo y el estilo con que se aparece Jesús resucitado: como un simple jardinero a María Magdalena, como un compañero de camino, a los de Emaús, como uno que pide que le den algo de comer, a los discípulos, como el que hace de cocinero y les prepara el desayuno, en el lago…

María en la cuarta semana

Esta reflexión nace de contemplar la “impostación mariana” de la cuarta semana. Es decir: al contemplar el rol de María que Ignacio “descubre” y expresa en esa frase simple y punzante: “la Escritura supone que tenemos entendimiento”.

En los Ejercicios siempre distinguimos dos tipos de meditaciones y contemplaciones: las que Ignacio toma directamente de la Escritura, especialmente del Evangelio-, y las que él “creó” con la gracia del Espíritu y que llamamos “estructurales” –la del Rey terreno y el Rey eterno, las dos Banderas… etc. Pues bien, aquí en la cuarta semana, Ignacio pone esta “Cómo Cristo nuestro Señor apareció a nuestra Señora” (EE 218-225). En el Apéndice, al final de los EE, donde da un elenco con puntos para cada contemplación de “Los misterios de la Vida de la Vida de Cristo nuestro Señor(EE 261-312) titula así: “De la resurrección de Cristo Nuestro Señor: de la primera aparición suya” (EE 299).

La verdad es que siempre me había quedado una cierta “indecisión” ante esta contemplación, que no parece ni totalmente del evangelio ni totalmente estructural. Me parecía como el fruto de la religiosidad popular de Ignacio, de su piedad. Hoy la veo, por gracia, como el primer fruto de la resurrección del Señor, que unifica el Evangelio canónico, digamos, y el evangelio personal. Los unifica en la libertad que genera la fe cuando interactúa con el Señor resucitado. Y esta nueva “encarnación” solo se puede dar gracias a María, a la relación de María con Jesús resucitado. Al usar esta clave de lectura,  es bueno recordar lo que siempre dice el Papa, tomando a los Padres: que María es el tipo –modelo- de la Iglesia. Lo que se dice de Ella como persona, se puede aplicar a toda la Iglesia de modo universal y cada uno a su alma de modo particular.

Tenemos entonces que, al poner la primera aparición del Señor resucitado a su Madre, Ignacio no está “agregando” simplemente una contemplación piadosa a las que narran los evangelios, sino que nos está dando el Modelo de todas las contemplaciones de la Resurrección y una nueva “Estructura” para la Cuarta Semana y para la vida.

Toda la Cuarta Semana respira “libertad espiritual”. Ignacio da libertad al ejercitante, que supone ya como una persona discreta (que tiene entendimiento), para agregar o quitar puntos, para hacer menos oraciones y menos penitencia, ya que con la consolación puede recibir el fruto de la oración sin tanto esfuerzo de su parte… etc. Esta libertad revela el sentido que tiene la penitencia y el esfuerzo que a veces se toma como lo característico de un “voluntarismo” ignaciano. Nada de eso: Ignacio es realista y así como sabe que para luchar contra los afectos desordenados hay que poner esfuerzo, también sabe que cuando la gracia sobreabunda, hay que dejarse llevar por la bondad del Señor y basta con “no poner impedimentos”.

Ambientación mariana

Los dos “preámbulos” a la contemplación –la síntesis de la historia y la composición del lugar- nos centran en María, en su casa.

En la narración de la historia, el viaje del Señor es un descenso al infierno y luego una “ascensión” a visitar a su “bendita Madre (EE 219).

En la composición del lugar: los lugares que contrapone Ignacio son “el santo sepulcro” y “el lugar o casa de nuestra Señora, mirando cada parte, la cámara, el oratorio, etc.” (EE 220).

Esta ambientación Mariana de la resurrección es parte de la clave de lectura que estamos descubriendo. Fijémonos que Ignacio no contrapone Infierno y Cielo, o Sepulcro y un Jesús resucitado solo y esplendoroso, como se lo suele pintar, sino que contrapone descenso al Infierno y “ascenso a la casa de María, su bendita Madre”; sepulcro y lugar o casa de nuestra Señora.

Jesús resucitado viene a habitar la casa de María, la Iglesia y nuestra alma. La ambientación de Ignacio respira vida cotidiana, trae de vuelta el perfume de Belén y de Nazaret, las alegrías de la vida oculta del Señor en su familia, con María y San José.

Pedir insistentemente la consolación

La petición es “gracia para me alegrar y gozar intensamente de tanta gloria y gozo de Cristo nuestro Señor” (EE 221).

El tono es el del Magnificat, sin duda. Y se puede rezar perfectamente ese punto de “oír lo que dicen” imaginando que María canta el Magnificat al encontrarse con su Hijo Resucitado.

El Señor, así como consuela a su Madre, quiere consolar a toda la Iglesia y a cada persona concreta. Ya que dio la vida por todos y la habría dado por uno solo, por el más pequeñito de los hombres, también su oficio de consolar lo ejerce con toda la Iglesia y con cada persona que se pone en oración.

Ignacio, como nos dijo el Papa a los jesuitas en su visita a nuestra Congregación General 36, nos insta a “pedir insistentemente la consolación”. En esto de pedir y pedir consolación, para bien de nuestra alma, para bien de los que nos rodean y como servicio a un evangelio que necesita ser anunciado por evangelizadores alegres, siempre podemos dar un pasito más.

Una reflexión sobre los puntos que da Ignacio

Podemos considera, pues, esta contemplación como un gran regalo de Ignacio. Digo regalo porque es fruto de su oración, de una oración “perfeccionada” por los Ejercicios, que le ha dado gran libertad de espíritu y un “entendimiento” evangélico de las cosas de Dios.

Ignacio se anima a “imaginar en la fe” el encuentro de Jesús con su Madre y “defiende” esta libertad diciendo: (Jesús resucitado) “Apareció a la Virgen María, lo cual, aunque no se diga en la Escritura se tiene por dicho, en decir que apareció a tantos otros; porque la Escritura supone que tenemos entendimiento, como está escrito: ‘También vosotros estáis sin entendimiento?’ (Mt 15, 16)” (EE 299).

Al igual que en la Pasión, Ignacio pone en esta contemplación los tres puntos acostumbrados, de mirar las personas, oír lo que dicen y ver lo que hacen, y agrega dos que son especiales.

Uno es “considerar cómo la Divinidad, que parecía esconderse en la pasión, aparece y se muestra tan milagrosamente en la santísima resurrección, por los verdaderos y santísimos efectos de ella” (EE 223).

El otro punto dice: mirar el oficio de consolar, que Cristo nuestro Señor trae, y compararlo cómo unos amigos suelen consolar a otros” (EE 224).

Nos detenemos unos instantes para unir estas tres cosas:

  • el “oficio de consolar” de Jesús,
  • “los efectos o frutos de la resurrección”, que Ignacio califica de “verdaderos y santísimos”
  • y la suposición de la Escritura de que “tenemos entendimiento”.

Estas tres cosas dan una gran confianza y familiaridad en la contemplación y en la vida cristiana porque conectan experiencias que no siempre tenemos bien integradas y cuya integridad es atacada por la tentación.

Uno siente a veces mociones de alegría al rezar, siente consolaciones y piensa cosas, pero no siempre las conecta con que son “efectos verdaderos y santísimos” de un trabajo que activamente está realizando el Señor resucitado.

Más aún son frutos de algo que es propiamente Su Oficio.

Es verdad que hay que “discernir” bien y no engañarse con cualquier sentimiento.

Pero el primer discernimiento es que “cuando nuestra alma se inflama en amor a su Creador y Señor y siente que no puede amar ninguna cosa creada en sí misma sino en el Creador de todas ellas. Y cuando a uno le brotan lágrimas de amor a su Señor, o por el dolor de sus pecados o contemplando la pasión de Cristo. Cuando uno siente deseo de obrar en servicio y alabanza de Dios y también cuando experimenta aumento de esperanza, fe y caridad, y una alegría interior que lo llama y atrae a las cosas del cielo y a la propia salud de su alma, aquietándola y pacificándola en su Creador y Señor, el primer discernimiento, digo, es juzgar claramente que todo esto es una consolación. Sin ningún lugar a engaño.

Estas cosas son “efectos verdaderos y santísimos” que sólo el Señor “produce”. Él es el que está obrando activamente y disponiendo estas gracias para consolar a sus amigos.

Entender esto, el Evangelio supone que lo entendemos.

Es decir: que la consolación no solo somos capaces de “sentirla” sino de “entenderla”.

Qué quiere decir que entendemos?

Quiere decir que como personas comunes, somos capaces de entender perfectamente lo que es un don y cómo supone un Donante.

La experiencia del don es básica en la vida humana y está en la raíz misma de lo que significa hablar, comunicarse, entenderse. Cuando nuestros padres nos hablaban y nos hacían gestos de cariño, antes que las palabras mismas, comprendíamos el don de sí que nos hacían.

Este don es lo que motiva y despierta el deseo de responder y nos hace desear hablar y aprender las palabras.

En la consolaciones entendemos que son regalo por el gusto, la alegría y la dilatación del corazón que nos producen. Y se confirma que son don de Otro por la vía negativa: comprendemos que no son algo nuestro, porque estas consolaciones no son algo que podamos sentir cuando nos lo proponemos ni manejar a gusto.

Además de lo humano, está la gracia. La consolación no es una energía muda o ciega sino que, al mismo tiempo que se hace sentir, también se “explica”, es comprensible para la fe, la despierta y la alimenta. Por eso, la verdad de fe de que Jesús resucitado es el que desempeña este oficio de consolar, es algo que se nos da junto con la consolación misma.

La consolación se da y se explica y nos dice de Quién viene.

Y si en alguna parte de la consolación puede ser que uno exagere, o meta cosas propias, o la achique, o lo que sea, en conjunto, una consolación es una consolación y el mismo Señor que la da, la va ajustando.

Por eso Ignacio habla de “todo aumento” de “esperanza” (primero), en el sentido de que lo que uno recibe es de tal calidad y bondad que aumenta la esperanza de recibirlo más y mejor. Esto contra la tentación que a veces “mata” de entrada a la consolación, al querer hacernos sentir que será algo pasajero y que nunca volverá a ser lo mismo. Todo lo contrario. La esperanza de recibir más y de recibirlo mejor es el juicio correcto si uno mira bien lo que está recibiendo.

Segundo Ignacio pone “todo aumento de fe”, en el sentido de que la consolación misma nos hace confiar más en el Señor que nos la da y nos lleva a conocer la donante en su don.

Tercero pone Ignacio “aumento de caridad”, como consolidación y fruto de las otras dos gracias.

 

Momento de Contemplación

Marta Irigoy

Como cita el P. Diego; el Papa Francisco al hablarle a los jesuitas, les dijo que hay que “pedir insistentemente la consolación”…

Hoy queremos también, pedir este Don, que es Dios mismo… para cada uno de nosotros!

San Ignacio dice que Dios quiere dársenos… y para recibir este regalo hay que entrar en nuestro interior y descubrir en qué lugar o aspecto de mi vida, estoy necesitando la visita de Dios.

en mis desolaciones…

en mis fragilidades…

en mis tristezas…

………………

Y así, como les paso a Zaqueo, a Abraham y en especial a Nuestra Señora…podamos “dejarnos” consolar…

El signo, será la alegría, la confianza y la esperanza, que desbordaran nuestra vida…

Y esto será para bien de los que nos rodean y como servicio a un Evangelio que necesita ser anunciado por evangelizadores alegres –como dice el P. Diego, más arriba.

Terminamos rezando esta Oración de san Alberto Hurtado –sj.

“Señor, son tantos los que sufren

en el mundo de hoy

y tan pocos los que saben

olvidar su dolor.

Yo quiero ser luz

que refleje tu lámpara

y levadura buena

que te esponje las almas.

Te doy gracias Señor

porque has resucitado

y mataste en mi alma

la angustia del pecado.

 

Si me pides la vida,

quiero darla contento,

si no quieres que muera,

quiero vivir sonriendo.

 

Quiero reír,

Quiero soñar,

Quiero darles a todos

La alegría de amar”.

 

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Momento de Meditación

Diego Fares sj

Misericordia y vida oculta del Señor

La dinámica de la contemplación

El seguimiento de Jesús, nuestro Rey y Señor, es un seguimiento de corazón. Y como todas las cosas del corazón, en ciertos momentos es impulsivo y, si hay verdadero amor, es constante y perseverante a través del tiempo. Nuestro corazón cuando ama, se adhiere a quien ama, es capaz de entregarlo todo en un instante. Y al mismo tiempo, su gozo profundo es ir llenando con afecto todos los espacios de la vida junto con la persona amada.

San Ignacio, luego del requerimiento inicial del Rey, que nos invita a dejarlo todo sin pensar mucho, para seguirlo, y a desear estar con él de manera más radical: en los trabajos, en las penas y en los gozos, nos invita a una tranquila identificación con nuestro Señor, contemplando su vida paso a paso.  Se trata de ir dejando que nuestro corazón se transforme a imagen del de Jesús, descubriendo sus pensamientos y su modo de sentir y de actuar en cada situación concreta, para que nos enamoremos de él y sea él mismo el que nos libere, nos purifique y nos transforme.

La oración ahora se remansa. No hay que sacar conclusiones teológicas o morales ni tomar ninguna decisión inmediata. Ya hemos tomado la decisiva, que es seguir de corazón al Señor. Ahora se nos invita no a concluir sino a quedarnos, a permanecer contemplando y saboreando el modo de ser de Jesús allí donde sentimos gusto, a compenetrarnos afectivamente con cada detalle y cada paso de la vida del Señor, primero en su infancia.

En la contemplación el alma se pone receptiva y permite que sea el Señor mismo el que modela nuestro corazón según sus elecciones y caminos misteriosos cuando nos dejamos llevar por las escenas de la Anunciación a María y el pesebre de Belén…

La dinámica busca el contacto con la amable humanidad de Jesús que es contemplada, como acariciada, amada, abrazada, hasta convertirse en parte del propio horizonte mental, horizonte que se identifica con el de Jesús.

La dinámica de la contemplación no es una dinámica deductiva, teleguiada, ni tampoco voluntarista, sino que es una dinámica en sí misma confiada a la fuerza que tiene misterio, al contacto con la persona de Jesús, con la persona de María, confiada a la adoración del Padre que se dona en el Hijo.

Anunciación y Nacimiento

San Ignacio nos inicia en los misterios de la Vida del Señor con dos contemplaciones prolijamente elaboradas: la Anunciación y el Nacimiento. En sus pasos Ignacio encuentra el ritmo de la contemplación. Porque la “composición del lugar”, ese momento en que uno se imagina la escena y se mete en ella, tiene un lugar privilegiado en el Pesebre. Ahí se ve bien claro que los protagonistas son otros y que uno puede dar una mano si está con la actitud de un esclavito indigno atento a lo que necesite la Virgen y San José que son los que cuidan al niño. También los pasos de “mirar las personas”, “oír lo que dicen” y “ver lo que hacen”, encuentra su lugar privilegiado donde uno puede encontrar siempre fruto ya que el contacto con el Niño Jesús, con nuestra Madre, la Virgen María y nuestro padre adoptivo San José, es un contacto esencial, por decirlo con alguna palabra. Quiero decir que otros personajes son o demasiado grandes y misteriosos, como cuando uno trata de imaginar a Dios Padre o al Espíritu Santo o a Jesús adulto, o más complejos, como pueden ser los apóstoles o los otros personajes del evangelio. Con la Familia sagrada podemos contemplar sintiéndonos, precisamente, en familia. Por eso estas contemplaciones son modelo de las demás, porque nos son familiares y son siempre nuevas. Se renuevan en cada oración y dan el fruto de un Jesús “así nuevamente encarnado” como dice Ignacio (EE 109).

Nos detenemos aquí en dos detalles de la dinámica de la Encarnación y el Nacimiento.

Un instante, la Encarnación; la totalidad del tiempo, a partir del Nacimiento        

Lo primero que llama la atención es una diferencia o tensión: la Encarnación Ignacio la presenta con fotos panorámicas. El Nacimiento, en cambio, lo focaliza totalmente en San José, la Virgen con la “ancilla” y el Niño Jesús.

La Encarnación nos quiere hacer ver, como en un relámpago, el instante de una “determinación” de Dios, que en su Misericordia decide “hacer redención de la humanidad”. Y para captar esta decisión libre nos hace pasar de una escena a la otra: de la Trinidad, al drama del mundo y de estas dos realidades, a la sencillez de María. La sucesión, rápidamente, sería: la Trinidad está mirando al mundo que se condena y se determina a salvarlo. Una vez decidida la santísima Encarnación, la mirada de la Trinidad se vuelca amorosamente en María.

Las escenas son densas y el dinamismo en que se entrelazan y suceden es potente. Aquí lo que queremos notar en primer lugar es que todas convergen a que brille “la determinación de salvar” de la Santísima Trinidad.

Este “instante eterno” diríamos, se contrapone a las escenas del Nacimiento, que totalmente concentradas en la Sagrada Familia, nos la muestran metida en los caminos de esta tierra, en la cuevita de Belén. La contemplación nos lleva a hacernos a su paso, que es paso de burrito y de camino de montaña, y nos mete en el paisaje desolador y en la intimidad del pesebre, donde la vida del Niño Jesús se abrirá paso a ritmo de bebé: vertiginoso y absorbente para sus padres, lento y aparentemente sin nada extraordinario para el que mira de afuera.

La Encarnación: Dios mira lo más pecaminoso y lo más santo

Si hablamos de las grandes escenas panorámicas que nos muestra San Ignacio en la Encarnación –la Trinidad en el cielo, el mundo en su diversidad y dramas, Nuestra Señora en sus aposentos- tengamos en cuenta la perspectiva de la mirada. Ignacio nos hace mirar con la mirada de las Tres divinas personas. Y esa mirada espiritual, esos ojos llenos de amor salvador, miran con intención, con deseo, con misericordia, con creatividad. El mundo y María están en el foco de esas miradas, que no son para nada miradas neutras. La situación del mundo que Ignacio describe no registra datos sociológicamente; la sencillez de María, no es mirada con mero cariño sentimental.

Podríamos decir que la mirada de la Trinidad es una mirada dramática: ven primero lo más pecaminoso en cuanto necesitado de misericordia y lo más puro y santo en cuanto ayuda para su plan de salvación. La barca que se hunde y la barca que puede salvar. El diluvio y la barca de la Iglesia. El mundo que se deshace en violencia y el seno de María que puede contener al Salvador.

La situación de la humanidad en el centro

Así como en las novelas actuales en que se cortan las acciones en un momento dramático, se pasa a otra y a una tercera y luego se vuelve a la que había quedado en suspenso, Ignacio invierte varias veces el orden en que aparecen los personajes y las situaciones.

Cuando narra “la historia” el orden es: 1º la Trinidad mirando el mundo 2º la planicie o redondez de todo el mundo llena de hombres 3º la determinación de que se encarne el Hijo para salvar y 4º llegada la plenitud de los tiempos, el ángel Gabriel que es enviado a Nuestra Señora.

Cuando pasa a hacernos “ver el lugar”, nos hace contemplar 1º “la grande capacidad y redondez del mundo, en la cual están tantas y tan diversas gentes”, y 2º “particularmente y en detalle la casa y aposentos de Nuestra Señora en la ciudad de Nazaret, en la provincia de Galilea”.

Cuando pasa a los puntos: siempre va 1º la situación de la humanidad, 2º las personas divinas mirando, hablando y actuando con respecto al drama de los hombres y 3º la persona de Nuestra Señora, cómo hablan con el Ángel y cómo luego se humilla y da gracias al Señor.

Cuál es el detalle significativo en estos cambios de escena: creo que lo significativo es que la Trinidad, que al comienzo en la historia estaba primero “contemplando” a la humanidad, pasa a estar en la escena del medio, entre la humanidad y Nuestra Señora. Y allí en el medio está activa, mirando no la vida con sus penas y alegrías sino centrada en lo que hay que salvar, centrada en hacer redención, centrada en obrar la santísima Encarnación.

Las cosas de la humanidad, Ignacio las describe de modo abstracto dejándolas libradas a nuestra Imaginación, las de María y el Ángel las deja supuestas ya que se leen en el Evangelio. Las de la Trinidad, en cambio, las precisa: mira el mal, se determina a salvar, obra la Encarnación. Es una Trinidad activa en su misericordia metida en medio del mundo, de los pecadores y la Santa.

Si uno se acostumbra a contemplar así, dejándose guiar por el orden y el modo en que Ignacio dispone las escenas, precisa cosas y deja otras libradas a nuestra imaginación, nuestra mirada se va “haciendo” a los ojos de la Trinidad, se va volviendo una mirada que mira como mira Dios, una mirada espiritual, que mira con misericordia, es decir: deseando salvar, buscando lo perdido y encontrando ayuda en los más buenos. Si atendemos bien a lo que dice, vemos que la mirada de Dios está llena de acción y determinación. No dice que las divinas Personas “contemplan cómo sufrimos”. Ven que nos perdemos, deciden inmediatamente: “hagamos redención del género humano”, y pasan a la acción: “obrando la santísima encarnación”.

Lo que quiero ayudar a ver es que la mirada de Dios es salvadora, no es abstracta. Es una mirada de Misericordia, que impulsa a hacer algo inmediatamente, aunque luego lleve largo tiempo implementarlo.

Y en el centro no está escribir una teología. La santísima Trinidad no dice: la humanidad se está perdiendo, démosle unas nuevas tablas de la ley”. Nada de eso: dicen “hagamos redención” y, acto seguido, viene la Encarnación santísima de Jesús en María.

En el centro de todo está la humanidad en su diversidad –en tanta diversidad, dice Ignacio-. No es una humanidad abstracta sino multifacética y concreta. Las personas en su diversidad de “trajes, gestos y razas, en sus situaciones de paz y de guerra, unos llorando y otros riendo, unos sanos y otros enfermos, unos naciendo y otros muriendo” (EE 106).

En Jesús, la misericordia relativiza todo para salvar

De esta contemplación nacen las exhortaciones del Papa Francisco a salir, con mirada de misericordia, al encuentro de las personas en sus situaciones concretas. Esto es lo que tanto le inquieta a los que, en vez de salir a ayudar, a sanar y evangelizar, quieren encerrarse a elaborar con más precisión las definiciones de una moral y una teología que se vuelven cada vez más abstractas. A algunos, pareciera que el “hagamos redención” de un Dios que se encarna, les suena a relativismo. Es verdad que hay un relativismo malo, que reduce la verdades de la fe y la tradición a las ideologías del momento. Pero hay otro relativismo peor, y es el que reduce la misericordia de la Trinidad diciéndole que en tal cosa no puede meter sus manos porque se ensuciaría y en tal otra no puede perdonar porque iría contra una ley…

Relativizar la misericordia es colar el mosquito y tragarse el camello, como decía el Señor a los fariseos. Es atarle las manos a Dios para que no pueda salvar ni hacer el bien. Estas actitudes de los que relativizan la misericordia es de una ceguera tal que son capaces de relativizar al mismo Jesús por no relativizar su ley.

Con una mirada así, la Encarnación nunca hubiera sido posible. Por qué elegir ese momento, por qué no otro pueblo u otra situación. Qué dirían las otras naciones, qué dirían los que vinieran después. Y los que vivieron antes? Por qué no vino antes a salvarnos el Señor? Además, justo en el momento del Censo, viéndose obligados José y María a ir a Belén. Venir a nacer de noche en un pesebre de animales… La verdad es que para los que le temen al relativismo de la misericordia nada más cuestionador que una Encarnación de Dios en la historia. La Encarnación relativiza todo y pone en el centro de la vida y de la historia sólo a Jesús nuestro Salvador: el Misericordioso.

El Nacimiento: salir, caminar, trabajar

En la segunda contemplación, la del Nacimiento, Ignacio deja las grandes panorámicas y focaliza la mirada en una sagrada familia en camino, perdida en la historia de la humanidad, yendo a cumplir con amor su misión. El espíritu de la contemplación se sintetiza en tres verbos: salir, caminar y trabajar. Es una contemplación de San José y nuestra Señora en camino: “cómo salieron de Nazaret para ir a Belén, considerando la longura, la anchura y si llano o si por valles o cuestas sea el tal camino” (EE 112). “Mirar lo que hacen así como el caminar y trabajar para que el Señor sea nacido en suma pobreza y a cabo de tantos trabajos, de hambre, de sed, de calor y de frío, de injurias y afrentas, para morir en cruz y todo esto por mí” (EE 116). El espacio de su vida se concentra en esa “espelunca” o cuevita del nacimiento: cuan pequeño, cuan bajo, cuán alto y como estaba aparejado” el lugar (EE 112).

Volviendo a lo de las situaciones, nada más “situado” que el Nacimiento de Jesús o, por decirlo de otra manera, nada más situado que el inicio de la misericordia encarnada. Nada más concreto y único que la pobreza de ese humilde lugar.

Ignacio dice que de estas contemplaciones debemos, ahora sí, hacer una reflexión para sacar algún provecho espiritual. No dice “para sacar alguna idea”. Dice provecho espiritual, que significa algo que llena y satisface el alma y sirve para la vida, para salir a la calle, para charlar en familia, para mejorar la sociedad.

La misericordia nos alcanza precisamente allí donde pecamos

Yo saco que la Encarnación nos habla de un Dios que viene al encuentro de cada persona y lo  hace allí donde necesitamos salvación, es decir: allí donde no podemos solos.

Dónde necesita cada uno salvación es algo enteramente único y personal. Aquí no llega ninguna ley formulada de manera general. El punto de inserción de la ley, en cada uno, es sumamente delicado. Porque se trata de aplicar la ley allí donde uno no la pudo cumplir, allí donde uno pecó. Es reenganchar al que se soltó de la soga y cayó al mar. Es detener la hemorragia allí donde se está perdiendo sangre. Es iluminar en ese punto en que uno tiene su punto ciego o está encandilado. Es realizar ese ejercicio que duele mucho.

Por eso es que la medicina del Señor pone delante la Misericordia infinita. Una misericordia que relativiza todo para volver a establecer contacto con la parte sana del otro, evitando machacarle la herida. Luego la misma persona restablecerá todo el tejido de la ley. Pero primero tiene que sentir el alivio sanador y absolutamente medicinal de la Misericordia.

Esta misericordia alcanza a cada uno en su situación. Lo que más alivia a un enfermo es encontrar al que comprende su caso particular. Por supuesto que toda enfermedad tiene su tratamiento general, pero lo que ayuda es que el médico comprenda la dificultad particular del paciente y desde ahí lo ayude a dar el pasito que necesita para mejorar. Lo mismo sucede en toda situación de aprendizaje: uno aprende cuando encuentra el punto justo en que puede ejercitarse en algo nuevo a partir de algo que ya sabe o hace bien.

Jesús, como Salvador, sale al encuentro de cada persona y de cada situación.

Está el Jesús que les sale al encuentro a los enfermos. Estos lo verán cómo el que los sana de sus enfermedades físicas y a partir de esa gracia se relacionarán con él.

Está el Jesús que le sale al encuentro de a las multitudes hambrientas de pan. Estos lo verán como el que los ayuda socialmente.

Está el Jesús que le sale al encuentro a los que buscan una espiritualidad. Estos lo verán como el Maestro.

Está el Jesús que le sale al encuentro a los que desean un líder para su pueblo…

Está el Jesús que le sale al encuentro a los pecadores…

Todos nos encontramos luego con el Jesús que da su vida por nosotros. Pero lo hacemos a partir de nuestra necesidad de salvación, que es tan como nuestro deseo de perfección, pero más básica.

La nada que somos, requiere un fundamento absoluto como la misericordia, para poder existir. Es una nada en la que recaemos cada vez que damos un paso atrás, en el egoísmo de querer ser autosuficientes que nos lleva a alejarnos de la mano que nos sostiene. Por eso la Misericordia no puede ser relativizada por nada. Y menos por una ley que apunte a la perfección, porque llevará más rápido a la inconsistencia. Nada más tramposo que relativizar la misericordia con la excusa de que la gracia es perfecta y puede perfeccionar al que la recibe dejando atrás la necesidad de perdón y de misericordia.

 

 

Momento de contemplación

Marta Irigoy

La encarnación de la Misericordia en nuestra vida

La Contemplación de la Encarnación y del Nacimiento, nos invita a dejar que la Misericordia se encarne en nuestra vida…

Para este Ejercicio Espiritual, San Ignacio nos invita a mirar la realidad desde su Mirada Misericordiosa. Mirada que se hace con el corazón; en palabras de Benedicto XVI: “Que seamos un corazón que ve”…

El texto del P. Diego, nos ilumina la intuición que San Ignacio aplica en este ejercicio, desde la Misericordia que ve y siente una necesidad a cubrir…

Un corazón que ve, se va moldeando en la Contemplación de la Vida de Jesús, lugar de Gracia, en donde se nos van “pegando”  los sentimientos de su Corazón, (que providencialmente, nos une en este Mes del Sagrado Corazón del Señor) para hacer de nuestra vida un lugar de encuentro con la Misericordiosa Ternura de nuestro Dios para nuestros hermanos.

Se nos invita a ser lugar de Encuentro de aquellas personas que Dios nos confía en la vida cotidiana: familia, amigos, compañeros de trabajo, estudio, miembros de nuestras comunidades; como también, aquellas personas que si nos las miramos desde el corazón, se nos hacen lejanos, extraños, como por ejemplo nuestros hermanos que cada día salen de sus países y  cruzan las aguas peligrosas de un mar que muchas veces es lo último que ven en sus vidas… ; como también, aquellos que están en las calles, durmiendo en las plazas, estaciones o hacen de las salas de espera de los hospitales, su casa y familia…

Por eso, para hacer la Contemplación de la Encarnación y Nacimiento, estamos invitados a dejar que esas vidas que se nos confían –cercanas y lejanas- se nos hagan cercanas y cotidianas… ya que en la Contemplación de Jesús, nuevamente encarnado nos hace descubrir que somos capaces de cosas que nunca nos habríamos imaginado…

Puede ayudar en estos días, dejarlos entrar en el corazón;  activando en estos días una mirada contemplativa de la realidad; deteniéndonos en esas situaciones que muchas veces no vamos a poder solucionar –o quizás sí…- , pero sabemos que hacerlos sentir HERMANOS y HERMANAS, hace mucho, mejor dicho muchísimo… especialmente hacerlos hermanos en el propio corazón… hacerles un lugar en el propio corazón, los saca de ese lugar invisibilidad en el que están sumergidos…

Si nuestro corazón los ve…

Si nuestro corazón se acerca…

Si nuestro corazón se deja vulnerar por su necesidad…

Si buscamos alguna solución a nuestro alcance…

La Encarnación de Jesús, se está dando en tu corazón…

Para terminar, te invito a hacer oración con este texto, pidiendo al Corazón de Jesús, que nos regale tener sus mismos sentimientos…:

Danos, Jesús, un Corazón

Danos, Jesús, un corazón
como el que fue mecido en el pesebre,
un corazón confiado en manos de otros,
un corazón de niño, un corazón alegre.

Señor, danos un corazón
como el de tu trabajo de artesano:
que haga del mundo una gran casa
donde vivamos todos como hermanos,
un corazón que labre vida nueva
en los surcos del tiempo sin descanso.

Danos, Jesús, un corazón
como el que predicó por los caminos,
un corazón que grite desde los tejados,
un corazón misionero y peregrino.

Señor, danos un corazón
que acoja a los pequeños y sufrientes,
que haga brotar la vida en cada rostro,
y a los pobres arranque de la muerte,
un corazón abierto, sin fronteras,
cercano y generoso, fiel y valiente.

Danos, Jesús, un corazón,
como el que fue mecido por María,
un corazón confiado hasta el extremo
en las manos del Padre de la Vida.

-Guillermo Rosas ss.cc.-

 

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