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Momento de reflexión

Diego Fares sj

Dando una charla al Grupo de Estudios de Don Orione, en la Curia General, me gustó mucho algo que dijo su Director General, el padre Tarcisio Vieira: El lenguaje para llegar al corazón de los jóvenes debe ser el lenguaje de la narración. Nada más cautivante que contar una historia de vida, como las de la vida de nuestros santos.

Esto me llevó a poner la atención en una frase que Ignacio usa siempre como primer preámbulo de todas las contemplaciones: «Traer la historia que tengo que contemplar». Si uno busca en los Ejercicios, esta es la así llamada «anotación segunda». Ignacio define lo que son los Ejercicios e inmediatamente, explica qué significa para él esto de «traer la historia». Traerla a dónde? Siempre pasé un poco por alto este punto, dando por supuesto que significa «recordar la historia», en el sentido de fijar un punto de la vida del Señor en el que nos detendremos a meditar y contemplar.

Sin embargo Ignacio precisa mucho más. «Traerla» quiere decir que el que da los puntos debe (1)»narrar fielmente la historia». Fielmente no quiere decir contar todos los detalles, sino todo lo contrario: debe ser (2) breve y sintético! Por qué? Para que la persona que contempla, (3) tomando el fundamento verdadero de la historia, (4) discurra y razone por sí misma y, (5) hallando alguna cosa que le haga aclarar más o sentir la historia (por su propio razonamiento o por iluminación del Espíritu), (6) saque más fruto espiritual del que sacaría si el que le da los ejercicios le declarase y ampliase mucho el sentido de la historia. Y aquí agrega Ignacio su famoso lema: «porque no el mucho saber harta y satisface al ánima, mas el sentir y gusta de las cosas internamente» (Cfr. EE 2).

La historia que contemplamos se sitúa así, dialogalmente, entre uno que la cuenta de modo breve y sintético y otro que se mete en ella con todo su ser, con sus sentidos, memoria, imaginación, razonamiento y afectos, para buscar y hallar aquel detalle que le hace más «sentir y gustar» la historia . Se trata por tanto de una historia en la que el que contempla no es espectador sino co-protagonista. Contemplar es «meterse en la escena como si presente me hallase» e «interactuar con los personajes». Contemplar, para Ignacio, no es solo recibir pasivamente -mirar y escuchar- sino también imaginar creativamente y dialogar con los personajes que la historia evangélica me propone.

Contemplación de la Encarnación (EE 101-109)

Entramos así de lleno en el tema mismo de este mes, que es la encarnación del Señor, la Encarnación del Verbo, de la Palabra, en nuestra historia. La Palabra se encarna dialogando.

Cuál es la historia que tenemos que contemplar en la Encarnación? Ignacio la cuenta breve y sumariamente: «Cómo las tres personas divinas miraban toda la planicie o redondez de todo el mundo llena de hombres, y cómo viendo que todos descendían al infierno, se determinaen su eternidad que la segunda persona se haga hombre, para salvar el género humano, y así venida la plenitud de los tiempos, (comienzan a llevar a cabo esta determinación) enviando al ángel san Gabriel a nuestra Señora» (EE 102).

Una historia no es una sucesión de hechos inconexos, sino todo lo contrario: los hechos se tejen y se concatenan unos con otros porque los unifica una intención de fondo, una determinación. Esa es la palabra que usa Ignacio: la Santísima Trinidad se determinóa salvarnos.

La Encarnación de la segunda persona -del Hijo- es fruto de esta determinación salvífica. Por tanto, todo lo que contemplemos de la Vida de Cristo, todo lo que el Señor hará y padecerá, todo lo que le escucharemos predicar a su pueblo y las obras de misericordia que realizará con los más pobres y enfermos, lo debemos contemplar en esta clave salvifica. Son palabras y acciones que brotan de la determinación de salvar a la gente que tomaron en conjunto, el Padre, el Espíritu y Él. Las tres Personas no quieren otra cosa sino salvar a la humanidad, salvar a cada hombre, a cada persona, y para ello, determinan que el camino es la Encarnación, no otro. Es el camino que eligieron y una vez elegido, es el único real para nosotros y el mejor. En consecuencia, todo lo que nosotros «hagamos» con el evangelio y con los encargos que nos dejó el Señor -bautizar, perdonar los pecados, invitar al banquete eucarístico…- tiene que reflejar esa determinación salvífica!

Aunque parezca abstracto esto de que Dios «se determina» libremente, es lo más concreto del mundo. El amor siempre es concreto. El amor es este bien, aquí y ahora y posible de este modo. Si no se concreta, por la excusa que sea, no es verdadero amor. Así, esta determinación de Dios es el inicio de la historia, de la historia de la salvación. Imaginemos una madre que le dice a su hijo: como no sos digno, no te has portado bien o no has sacado buena nota, no te doy de comer ni te baño hasta que te pongas en regla.

Por qué insistimos en este punto? Porque si uno reflexiona bien, basta un momento  para hacer que se diluyan, como si fuera un mal sueño que una madre con su caricia despeja de la frente de su hijo, todas las discusiones abstractas y encarnizadas que quieren impedir que la Misericordia del Padre toque la carne y la vida de la gente. Podemos impedir que la Misericordia del Padre toque con las manos de Jesús -y las nuestras- las llagas y miserias de cada persona? Tiene sentido decir que es «para salvar la integridad de la doctrina»? Dios se determinó a salvar, se determinó a ser misericordioso, y para ello tomó nuestra carne, porque la misericordia no se puede ejercer sino tocando las llagas -materiales y espirituales-. Es una determinación absoluta y sin peros: Dios se determina llegar, sí o sí, a cada miseria con su Amor, y nada ni nadie tiene derecho a impedírselo, a ponerle otros límites que este de su determinación misma.

Digo límite porque determinarse es ponerse un límite, pero paradójicamente, el límite no es el de un obstáculo que frena, sino el curso que hace que el agua viva corra sin dispersarse y pase haciendo el bien. La Encarnación consistió en «meter» -si se me permite la expresión- el Amor infinito de Dios en un corazón de carne – la que María le dio a su Hijo- y dejar que corriera a partir de esa fuentecita, encendiéndolo todo y bautizándolo todo a su paso. La historia de salvación es el Amor mismo de Dios, no estancado en el Cielo, sino corriendo día a día, paso a paso, por la tierra.

Amor encarnado es amor hecho historia. Y esto supone «un pasito adelante cada día». Se disuelven así, decíamos, todos los intentos farisaicos de impedir que el amor camine, con la excusa de que sus pasos son vacilantes o de que su punto de partida no está en regla o de que no se sabe a dónde irá a parar. El amor se encarnó y tiene derecho a caminar. El bien concreto más pequeño, con todos sus límites y defectos, es más bien que cualquier bien meramente ideal, si es que existe algo así como un bien ideal.

Imitar y seguir al Señor así nuevamente encarnado

En la contemplación de la Encarnación, en la del Nacimiento y en todas las que siguen, Ignacio adopta un esquema de «contemplación en cuatro pasos». Ver las personas, oír lo que hablan, mirar lo que hacen y luego de ver-oír-mirar, reflexionar para sacar provecho. Esta es la dinámica y debo confesar que siempre me ha creado un poco de dificultad tratar de seguir los pasos de Ignacio diferenciadamente, centrando el foco, primero en las personas, luego en oír lo que dicen y después en mirar lo que hacen. Evidentemente se trata de una gracia que recibió San Ignacio al contemplar y que luego, reflexionando, estructuró así. Si tenemos en cuenta que él considera que comunicar bien lo que recibió es la gracia complementaria de haberla recibido bien, podemos hacer un esfuerzo y poner especial atención sobre estos pasos, tratando de descubrir lo sabio de la pedagogía que suponen y adaptarlos para sacarles provecho nosotros.

Afirmamos que esta dinámica de «contemplar/reflexionar» orientada toda ella a «sacar provecho» es algo valioso. Hay que fijar la mirada en el fin, no en cada paso aislado y comprender que cuando Dios nos dice que recemos – que alabemos, contemplamos y reflexionamos-, lo que quiere es que «saquemos provecho».

No hay que dar esto por descontado, porque muchas veces uno mira y reflexiona «yéndose por las nubes» y no concentrando su esfuerzo en sacar un fruto concreto. En la contemplación de los Ejercicios se trata de ir a buscar un fruto práctico. Esto es lo que da sentido a la oración, ya que no le podemos «dar» a Dios otra cosa mejor que aprovecharnos de su amor y de sus gracias, para bien de todos. La gloria de Dios es que el hombre viva, que se salve y saque provecho de su amor. Él es Amor y Amor siempre más grande, por lo cual siempre quiere dársenos más – todo lo que puede-, y si aprovechamos bien, no solo mentalmente, aprendiendo verdades, ni solo afectivamente, sintiéndonos consolados y satisfechos, sino dando frutos de misericordia y de justicia y caridad para con los demás, mejor entonces: esto es lo que a Dios más le agrada.

De aquí la conclusión de esta contemplación de la Encarnación que se hace extensiva a todas las demás: se trata de «contemplar» para que el Señor «se encarne nuevamente» en mi historia. Este fruto lo explicita Ignacio al final, cuando propone el triple coloquio -con la Trinidad, con el Verbo eterno encarnado o con la Madre y Señora nuestra-, invitándonos a pedir, cada uno «según que en sí sintiere, la gracia de más seguir e imitar al Señor nuestro, así nuevamente encarnado» (EE 109).

Las contemplaciones de la vida del Señor son para «encarnarlo». Son contemplaciones y reflexiones para sacar «este provecho», este fruto: que el Señor nuevamente se encarne en nuestra vida.

Encarnar la santidad en el mundo actual

Esto es lo que quiere decir el Papa Francisco cuando, retomando en Cristo Vive lo que había dicho el comienzo de Gaudete et exsultate, expresa«Quise detenerme en la vocación de todos a crecer para la gloria de Dios, y me propuse «hacer resonar una vez más el llamado a la santidad, procurando encarnarlo en el contexto actual, con sus riesgos, desafíos y oportunidades» (GE 2).

En Cristo vive, dirigiéndose a los jóvenes y a todo el pueblo de Dios, cita a San Alberto Hurtado: «Ser apóstoles no significa llevar una insignia en el ojal de la chaqueta; no significa hablar de la verdad, sino vivirla, encarnarse en ella, transformarse en Cristo. Ser apóstol no es llevar una antorcha en la mano, poseer la luz, sino ser la luz […]. El Evangelio […] más que una lección es un ejemplo. El mensaje convertido en vida viviente» (CV 175).

Tenemos así, bien delineado, el fin de la oración contemplativa y de la reflexión ignaciana: encarnar el evangelio.

Ahora bien, la encarnación no es «un hecho» puntual sino una vida. Decir que el Verbo «se encarnó» es aludir a una misteriosa tensión entre algo absoluto y definitivo, que se da entero en el momento en que se encarna, y algo que se va desarrollando en el tiempo, en el proceso de crecimiento de esa «carne» y en el  aprendizaje de todo lo que implica ir haciéndose una persona madura, que vive su propia historia, que se inserta creativamente en su cultura y en la realidad social de su tiempo. «Cristo se encarna nuevamente» de manera muy precisa cuando uno más «lo imita y lo sigue». Y para esto, para encontrar «cómo y en qué seguirlo» es necesario el discernimiento espiritual.

Discernimiento de Amistad

Ahora sí, podemos definir lo que significa «discernimiento». Discernimiento es un «Instrumento de lucha para seguir mejor al Señor. De ese modo, el deseo de reconocer la propia vocación adquiere una intensidad suprema, una calidad diferente y un nivel superior, que responde mucho mejor a la dignidad de la propia vida. Porque en definitiva un buen discernimiento es un camino de libertad que hace aflorar eso único de cada persona, eso que es tan suyo, tan personal, que sólo Dios lo conoce. Los otros no pueden ni comprender plenamente ni prever desde afuera cómo se desarrollará» (CV 295).

Pero este «imitar y seguir a Jesús» tienen para el Papa una característica decisiva y fundamental: se trata de «imitar y seguir a un Amigo». Y a un amigo solo se lo sigue como amigo. La amistad es clave para que la imitación no sea un remedo, no se convierta en una caricatura, y para que el seguimiento no se transforme en una marcha forzada de la que luego uno se cansa.

La amistad de la clave: los amigos se «imitan» siendo cada uno él mismo y diverso del otro. Se imitan emulando el impulso del otro a servir a su manera, a seguir a su manera. Se imitan las virtudes últimas, no las segundas. Se imitan la generosidad en el darlo todo, no en la cantidad, que puede variar. Se imitan la gratuidad, se imita el buen humor, se imitan el darlo todo en distintos gestos…

Así se entiende qué significa «nuevamente encarnado»: «La vida que Jesús nos regala es una historia de amor, una historia de vida que quiere mezclarse con la nuestra y echar raíces en la tierra de cada uno. Esa vida no es una salvación colgada “en la nube” esperando ser descargada, ni una “aplicación” nueva a descubrir o un ejercicio mental fruto de técnicas de autosuperación. Tampoco la vida que Dios nos ofrece es un “tutorial” con el que aprender la última novedad. La salvación que Dios nos regala es una invitación a formar parte de una historia de amor que se entreteje con nuestras historias; que vive y quiere nacer entre nosotros para que demos fruto allí donde estemos, como estemos y con quien estemos. Allí viene el Señor a plantar y a plantarse» (CV 252).

Momento para contemplar

Marta Irigoy 

En este mes de Junio, donde celebramos al Sagrado Corazón de Jesús, estamos invitados a contemplar la Encarnación de Jesús.

Dice San Ignacio que la determinación de que el Hijo se haga hombre tiene como fin «salvar al género humano».

Este es un discernimiento que acontece  en el Corazón de la Trinidad, para que cada hombre y mujer pueda vivir en plenitud… Jesús va a decir en el Capítulo 10 del Evangelio de Juan: “Yo he venido para que  tengan Vida, y la tengan en abundancia.

Podemos preguntarnos:

  • ¿Qué es tener vida en abundancia?…
  • ¿Qué significa “abundancia” en estos tiempos de tanta escasez y vacío??

Y ante estas preguntas, sabemos que quien tiene las respuestas, se encuentra escondido en la  propia humanidad de cada uno sosteniendo nuestra pequeñez con su ternura y amor…

Al contemplar la Encarnación de Jesús, se nos invita a abrazar la propia vida como misión, y responder con mucha generosidad al llamado a la santidad, procurando encarnar, es decir “hacer carne” en nuestros gestos, los gestos de Jesús, en el contexto actual, con sus riesgos, desafíos y oportunidades» (GE 2).

El mayor desafío es transparentar el mensaje de Jesús y convertirnos en mensajeros enamorados de Buenas Noticias”, para que esa Vida en Abundancia que recibimos de Él sea compartida, irradiada y testimoniada en la sencillez de la vida cotidiana…

Dice el Papa Francisco: “Cada santo es una misión; es un proyecto del Padre para reflejar y encarnar, en un momento determinado de la historia, un aspecto del Evangelio” (GE 19).

Al responder a este llamado a la Santidad, también cada uno de nosotros al abrazar la vida como misión, tiene al alcance de la mano y del corazón, poder  alimentar y nutrir su vida con la oración contemplativa y la reflexión ignaciana, ya que esta tiene como fruto encarnar el Evangelio de Jesús… descubriendo que el mayor fruto que podemos cosechar es: ser Buena Noticia –Evangelio- para los demás…

Contemplar la vida del Señor nos deslumbrará –y alumbrará- tanto que alcanzaremos, con la Gracia de Dios, este fruto: que el Señor nuevamente se encarne en nuestra vida.

La Gracia de este mes será descubrir, como dice San Ignacio, que “Cristo se encarna nuevamente en mi vida”…

Y así descubriremos como la Vida en Abundancia que Jesús nos regala es una historia de amor y de Amistad gratuita, una historia de vida que quiere mezclarse con la nuestra y echar raíces en la tierra de cada uno.

Para rezar en este mes, puede ayudar la oración del Cardenal Newman, que Madre Teresa rezaba cotidianamente y que recibió como Gracia para encarnar en su vida de tal manera la Vida en Abundancia  de Jesús…

       Irradiar a Cristo

Jesús mío, ayúdame a esparcir tu fragancia dondequiera que yo vaya,

inunda mi alma con tu Espíritu y tu Vida;

penetra en todo mí ser y toma posesión de tal manera,

que mi vida no sea en adelante sino una irradiación de la tuya.

Quédate en mi corazón con una unión tan íntima,

que las almas que tengan contacto con la mía,

puedan sentir en mí tu presencia y que, al mirarme,

olviden que yo existo y no piensen sino en Ti.

Quédate conmigo. Así podré convertirme en luz para los otros.

Esa luz, oh Jesús, vendrá de Ti; ni uno solo de sus rayos será mío:

yo te serviré apenas de instrumento

para que Tú ilumines a las almas a través de mí.

Déjame alabarte en la forma que es más agradable,

llevando mi lámpara encendida para disipar las sombras

en el camino de otras almas.

Déjame predicar tu Nombre con palabras o sin ellas…

con mi ejemplo, con la fuerza de tu atracción,

con la sobrenatural influencia evidentemente

del amor que mi corazón siente por Ti.

Amen

Cardenal Newman

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El-poder-de-los-deseos

Momento de meditación

Diego Fares sj

Una ayuda para contemplar

Hay un ejercicio al que San Ignacio nos hace dedicarle un día entero. Se titula “El llamamiento del Rey temporal ayuda a contemplar la vida del Rey Eternal (EE 91-100). Lo curioso es que recomienda hacer este ejercicio solo dos veces, una al levantarse y la otra antes de la cena. En medio queda todo el día para reflexionar… Nuestro padre pone aquí la nota para los tiempos libres durante los Ejercicios que dice: “mucho aprovecha leer algunos ratos en los libros de La imitación de Cristo, los Evangelios y la vida de santos (EE 100).

Ignacio le llama simplemente “ejercicio”, no aclara si es meditación o contemplación. Es un ejercicio que “ayuda a contemplar la vida de nuestro Rey eternal”, la vida de Jesús nuestro Señor. En qué consiste esta “ayuda para contemplar”? Ignacio no la define como si fuera una receta puntual. Lo que hace es narrar un “llamamiento”. Más aún: lo dramatiza mediante una comparación que interpela. Nos hace mirar primero cómo convoca un rey humano a una gran conquista y luego nos hace considerar lo que deben responder sus súbditos.

Este rey es reverenciado y obedecido por todos los cristianos. Es además muy abierto y humano. Llama a conquistar toda la tierra de infieles.  Es de los que comen, trabajan y duermen codo a codo con sus soldados y así como comparten los trabajos comparten también los frutos de la victoria.

En este punto, luego de mirar con admiración a un rey así, Ignacio nos hace mirar a sus súbditos y juzgar bien si aceptan o no aceptan el pedido de este rey a “venir con él”. Y carga las tintas sobre el hecho de que si alguno no aceptase este llamamiento, sería un “perverso caballero, digno de ser vituperado por todo el mundo”.

No ser sordos a lo que nos toca el corazón

El ejercicio apunta a despertar en todas sus resonancias la petición: “No ser sordo al llamamiento de Jesús. Ser uno que está listo para responder rápido y cumplir con diligencia la santísima voluntad del Señor”.

El ejercicio es para no ser sordo (ni hacerse el sordo) e Ignacio pone en escena una convocatoria de esas que no se pueden ignorar porque es una interpelación a lo que hay en nosotros de más noble: un llamado que nos toca el corazón. Es como cuando se hace un llamado a la solidaridad por una inundación o un terremoto, cuando se nos invita a una marcha contra la violencia… Cuando se nos convoca a una causa grande en la que está en juego el bien común uno siente que tiene que estar y que si no va o no participa es mala persona. Si no va es  cobarde o vago o indiferente… Digno de ser reprochado en todo caso.

Sentido de la lealtad y de la dignidad

Este ejercicio para despertar una respuesta incondicional, no es facil en el mundo de hoy. Nuestra cultura es individualista y se valora cada manera distinta de pensar, por lo cual resulta  es dificil imaginar una convocatoria o llamamiento que involucre a todos. Y menos si tiene tintes de guerra santa. Pero todos tenemos un sentido de la lealtad que es imitativo: cuando vemos que alguien se juega entero por los demás, nos sentimos “libremente movidos, atraídos”. Este es un sentimiento humano que no cambia, aunque cambien las motivaciones. Es el sentimiento del honor y de la vergüenza, el sentimiento de nuestra propia dignidad.

No responder con entusiasmo al llamamiento de un hijo, por ejemplo, que nos pide que participemos en algo que es el sueño de su vida, es una actitud vituperable. No ser solidario con las víctimas de algún desastre que nos toca de cerca, es ser vil. Lo dificil es que todos coincidamos en un mismo objeto, pero cada cual tiene su medida entre ser leal o no a un llamado que toca de cerca sus valores más hondos. Ignacio apela a ejercitarnos ahí donde entra en juego “jugarnos o borrarnos”. Escuchar bien y considerar si es nuestro momento o hacernos los sordos. Este es el punto en el que nos pone el ejercicio del llamamiento del rey temporal y que es necesario para “contemplar la vida del Rey eternal”.

Contemplar en clave de amistad

Por qué es necesario tener bien despierta esta “lealtad para escuchar llamados grandes de nuestros amigos”? Porques si la vida de Jesús no la contemplamos en esta clave -de un llamamiento de Alguien tan bueno y que lo da todo y nos quiere cerca suyo, como amigos leales, para ayudar al mundo-, si no escuchamos esto, no estamos contemplando la vida de Jesús. Porque la vida de Jesús es llamamiento a ir y estar con Él, contentos de poder trabajar a su lado, con la esperanza de la gloria futura. Cuando respondemos, “se nos complica maravillosamente la vida” como dice el Papa Francisco (EG 270).

Contemplar la vida del Señor será ir respondiendo afectivamente a cada uno de sus llamados. La vida de Jesús irá sanando nuestros afectos ahí donde sentimos que tenemos que hacer contra a nuestra sensualidad y amor propio porque no nos deja responder rápido y de corazón a lo que nos pide el que amamos, nuestro Amigo y Señor. Contemplar la vida de Jesús irá ampliando el horizonte de nuestros deseos, que a veces se quedan en un ámbito muy reducido de gustos y bienes particulares.

Para vivir de corazón

Con este primer ejercicio, Ignacio nos hace ver cuál es nuestro talante humano, cómo está nuestro sentido del honor y de la vergüenza, nuestra garra, nuestra capacidad de darnos enteros por una gran causa, de ser fieles a muerte a una relación interpersonal de amistad. Nos hace centrar en lo sagrado de la amistad y desear ser capaces de hacer cualquier sacrificio para honrarla.

Durante todo un día, Ignacio nos deja pensando y midiendo en nosotros este punto donde somos “fieles”, allí donde uno se siente digno o miserable según que haya actuado o no de corazón, no tanto por esta o aquella cualidad o debilidad moral sino por estar a la altura de un llamamiento grande.

“Apenas sentí que llamaban me ofrecí de corazón…” O… “Me llamaron y fui. Hubo un llamado pero yo no escuche bien. No fui. Me hice el sordo…”

Si me animo a pedir la gracia de no ser sordo, al contemplar la vida de Cristo algún llamado me tocará el corazón, porque cada instante de la vida de Jesús tiene un sabor eterno. Voy dispuesto a eso: a ser llamado. En esto consiste el ejercicio del llamamiento del Rey temporal.

Un paso más, de lo bueno a lo mejor

Una vez que hemos abierto el oído a este llamamiento a nuestro ser más noble, a nuestra libertad sencillamente entregada, Ignacio nos da otra clave para entrar a contemplar la vida de Cristo. Esta clave es la del “más”.

Al aplicar el ejemplo del llamamiento de un rey humano al de Cristo, Ignacio no lo aplica estrictamente sino que da un paso más. Entre los que escuchan el llamamiento de Jesús, e da una respuesta “razonable”: la de “ofrecer toda su persona al trabajo”. Pero con el Señor no basta una respuesta razonable. Su llamado suscita un deseo de ir más allá y de ofrecernos a estar en primera línea de trabajo, pobreza y humillaciones, con tal de estar más cerca del Rey que las pasó primero. El ofrecimiento es de “mayor calidad e importancia”: imitarlo en pasar todo lo que el pasó. Sólo si Él nos acepta, por supuesto, y si es para su mayor servicio y alabanza. Esto no es solo un ofrecimiento voluntario, sino también una clave para contemplar la vida de Jesús.

En este punto San Ignacio era particularmente incisivo. Tanto que inventó esa pregunta de si uno tenía “deseos de deseos”. Cuando plantea este deseo tan radical, de ofrecerse a padecer con Cristo, algunos nos asustamos. Como cuando uno ve las cosas que hicieron los santos y le resultan muy admirables pero no imitables. Ignacio pesca al vuelo la tentación de repliegue y nos tira un salvavidas: si sentís que no tenés deseos tan fuertes y definidos, al menos preguntate si te gustaría tenerlos, si desearías desear así. Aquí creo que uno adhiere. Porque los deseos son algo muy íntimo, algo que se identifica con nuestro ser más nuestro. Somos lo que deseamos. Desear deseos hermosos y fuertes es algo que atrae. Lo más triste en la vida es no desear, perder el deseo. Por eso, si uno contempla los gestos y las cosas que vivió el Señor y le pide tener deseos de desear imitarlo más y mejor, el Evangelio se le abrirá como una fuente de luz y de agua viva.

Todo lo que el Señor hace es “para invitarnos a desear más”. Invitarnos, digo, no imponernos nada. Cuando se lee el Evangelio en clave de ley, para ver qué es lo mínimo indispensable para “ganar la vida eterna” como dijo el joven rico, el evangelio nos deja más tristes que si no hubiéramos leído nada.

El evangelio se lee con deseo de deseos de más, abiertos a responder con todo al llamamiento concreto que el Señor haga.

El evangelio se lee deseando: cómo me gustaría poner la otra mejilla al que me  abofetea. Qué lindo sería que me naciera espontáneamente el caminar dos cuadras con el que me exige una. Qué bien me sentiría si pudiera darle la campera al que me pide un pullover sin pensarlo dos veces.

El evangelio se lee deseando sentir lo lindo que es dar las dos moneditas como la viuda.

El evangelio se lee deseando sentir es libertad que da romper de una vez el frasco de perfume caro, como María.

El evangelio se lee deseando tener ese deseo irresistible de venderlo todo para seguir a Jesús.

El evangelio se lee deseando tener ganas de encontrar a un necesitado para aproximarnos nosotros por nuestra cuenta en vez cruzarnos de vereda…

La clave para contemplar a Jesús, lo que su corazón muestra en su vida, no es nuestro sentido del deber sino nuestro sentido de la lealtad. Los deseos de deseos se cultivan sólo para los amigos. Uno desearía estar siempre bien y radiante para alegría de los que uno más quiere.

 

Momento de contemplación

Marta Irigoy

En el texto del P. Diego, leemos que:

Todo lo que el Señor hace es “para invitarnos a desear más”. Invitarnos, digo, no imponernos nada”

La clave para contemplar a Jesús, lo que su corazón muestra en su vida, no es nuestro sentido del deber sino nuestro sentido de la lealtad. Los deseos de deseos se cultivan sólo para los amigos…”

Y esto me ilumino para compartir estas palabras de hna Nurya Martínez-Gayol Fernández, aci, sobre los deseos…

La alegría, la alegría verdadera es una experiencia que tiene mucho qué ver, no sólo con la realización de los deseos, sino con su dilatación, con la posesión de deseos gigantes que tiran hacia delante de nuestras esperanzas, y llenan de vida nuestra espera.

El deseo lanza, conecta con nuestros anhelos, esperanzas y sueños… nos empuja hacia delante, pero no menos abraza lo que vamos dejando atrás. Los deseos se construyen y se sostienen también de memorias.

En esta aventura de acoger, reconocer, cuidar y potenciar los más verdaderos deseos, no estamos solos. Jesús  «viene con nosotros y maneja el timón», pero además hay otros hombres y mujeres que nos han precedido en esta tarea de desear, cuyas figuras emergen también en nuestro horizonte como guías y ejemplos.

El amor, fuente del deseo

Deseos gigantes que sólo el amor puede explicar. Es el amor el origen y es también el fin. Amor a Jesús  y a su proyecto. Pero no se trata tan sólo de pretender configurar nuestro deseo con el de Jesús, porque eso nos pondría simplemente ante un mero imperativo ético, con su peso de «deber » y obligación; y los deseos no funcionan así. Se trata más bien de descubrir que lo que, en verdad y en el fondo de mi ser es aquello que Dios ha deseado desde siempre para mí. Descubrir ese deseo que Él ha puesto en mí, su deseo que es ya mío y lo que más me consumará a su imagen, a imagen del amor, de su Amor. Ese amor que tan hermosamente describió Pablo en 1 Co 1.

Solo naciendo del amor y sostenidos por el amor, los deseos se fortalecen, resisten las dificultades, soportan con alegría los contratiempos y no se arrugan, sino que se dilatan más y más, incorporando el dolor, la carencia, el sufrimiento… como algo propio, que no los ensombrece, sino los ensancha y los fecunda…

Los deseos sólo crecen, se sostienen y se realizan cuando se conjugan en plural..

                                                                                                                                                                            Nurya Martines-Gayol, ACI, Sal Terrae Nº 98 (Octubre 2010) pásg. 832-838.

 

Algunas preguntas que pueden ayudar a la oración…

  • ¿Has pensado en que deseos mueven tu vida?
  • Al contemplar la vida de Jesús, ¿que deseos se encienden en tu corazón…?
  • ¿Qué personas han encendido tus deseos más profundos?

Para terminar, te invito a rezar esta oración:

Oración para encender los deseos

Concédeme el deseo de los Magos que de noche ven tu estrella,

para cruzar de ella agarrado cuando nada más se vea.

Concédeme el deseo de Simeón, esperándote a la puerta,

para soñar hasta el final, el cumplir de tu promesa.

Concédeme el deseo de San José que a tus proyectos les da vuelta,

para dejar en el amor, lo que no entra en la cabeza.

Concédeme el deseo de María que se entiende bien pequeña,

para decirte siempre sí, porque sí dice la sierva.

Concédeme el deseo de la mujer, que por detrás de ti se llega,

para tocar con fe tu manto y robarte así tu fuerza.

Concédeme el deseo del leproso que las barreras da por tierra,

para esperar de tu abrazo, el curarse de la lepra.

Concédeme el deseo de la viuda que se pone como ofrenda,

para ponerme como ella, en lugar de dar monedas.

Concédeme el deseo de aquel niño, que comparte su merienda,

para entregar de lo mío, porque otro también tenga.

Concédeme el deseo de la mujer que recoge, por debajo de tu mesa,

para con pocas migajas, entender que se hace fiesta.

 

Concédeme el deseo de aquel ciego del camino,

que logró que te detengas,

para ver en el amor, lo que el pecado siempre ciega.

 

Concédeme el deseo de Zaqueo que en su casa te acogiera,

para querer estar los dos y repasar juntos las cuentas.

Concédeme el deseo del buen ladrón, clavado a tu derecha,

para saberme ya en tu reino, porque tu amor de mí se acuerda.

Concédeme el deseo de José, el que nació en Arimatea,

para pedir tu cuerpo santo y esperar que en mi florezca.

Concédeme el deseo de tu Pueblo que humilde te confiesa,

para guardar en tus manos, lo que la misericordia sólo cierra.

Concédeme el deseo de tu Iglesia, que es madre, y más, maestra,

para que al soplo de tu Espíritu, oriente yo mi vela.

–JA-

 

 

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