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Momento de reflexión
P. Diego Fares sj

Bienaventurados los que, como Pablo, buscan con sencillez de corazón agradar en todo a Dios, la Gloria del Señor los llenará de alegría.

El deseo de meditar acerca de la bienaventuranza de agradar a Dios en todo, con sencillez de corazón, partió de Santa Teresita. El hermoso librito de P. Liagre, “Una espiritualidad evangélica” (Tere-sa de Lisieux) tiene un capítulo dedicado a “La sencillez de Santa Teresa del Niño Jesús”. Nos dice Liagre: “La originalidad de Teresa consiste en que, apoyada en el Evangelio, considera que la sencillez no es sólo el término de la santidad, sino también su punto de partida. Por eso su camino es “caminito”, accesible a todas las almas, sendero sencillo para comenzar, al medio y al final. Teresa trata de infundir en las almas la sencillez, que en la práctica consiste en querer siempre lo que al Padre le agrada”. El secreto de Teresita radica en esta simplicidad de niña pequeña para relacionarse con Dios.
Vamos pues a contemplar este “deseo de agradar a Dios” de manera que podamos sacar provecho para nuestra vida espiritual.

El agrado descomplica

¿Por qué le agrada a Dios que deseemos agradarle? Aunque parezca un juego de palabras, se trata de una clave para comprender de qué hablamos cuando hablamos de “la voluntad de Dios”. La voluntad de Dios, cuando la planteamos a nivel de conocimiento intelectual, puede resultar complicada de entender. Y cuando la planteamos a nivel moral puede resultar difícil y complicada para practicar. En cambio, planteada en términos estéticos, como lo que al Señor le gusta y le agrada, se vuelve algo sencillo.

El agrado integra

Es que el agrado integra a nivel afectivo lo que es bueno y verdadero. Cuando algo nos resulta agradable sabemos que encierra una verdad y un bien para nosotros. Por eso, conocer la voluntad de Dios y cumplirla se pueden sintetizar simple y hermosamente en “hacer lo que le agrada”.
Jesús es quien nos revela esta clave de su relación con el Padre cuando dice “Yo hago siempre lo que a Él le agrada” (Jn 8, 29).

El agrado en Pablo

Pablo nos exhorta a vivir en el Espíritu, probando todo y quedándonos con lo bueno. Por ahí va el camino de la santidad: “Caminen como hijos de la luz, probando (discirniendo) qué cosa sea agradable al Señor” (Ef 5, 8-10). “A fin de que experimenten lo que es la voluntad de Dios, cuán buena es, cuán agradable y perfecta (Rom 12, 2). Es que la voluntad de Dios, antes que nada, es agradable. Serena el ánimo, aclara con su luz mansa la inteligencia, centra y ordena en paz los afectos del corazón. Los santos, antes que nada, son personas agradables. Más allá de lo bueno que hacen, resulta agradable vivir cerca suyo. Hablamos de una agradabilidad evangélica, por supuesto. Una agradabilidad que incluye la exigencia y la Cruz. Pero, como bien dice el Señor, la Cruz como la llevan los santos, es “suave y llevadera”.

Agradar al Padre, seguir a Jesús

Si nos animamos a tratar de entrar en relación con Dios nuestro Padre atendiendo sólo a lo que le agrada, sentiremos inmediatamente la necesidad de mirar y escuchar a Jesús. El deseo de agradar es tan fuerte en el ser humano, que si no tiene un modelo Absoluto, como el de Jesús, puede llevar a actitudes erradas (fariseas, neuróticas, narcisistas…). La sicología descubre un deseo de agradar al padre no bien elaborado en la raíz de muchas actitudes y prácticas religiosas auto-referenciales. En cambio, si escuchamos y seguimos a Jesús, con deseo de que nos comunique “sus sentimientos”, su deseo de agradar al Padre ilumina y va perfeccionando el nuestro. Jesús nos hace mirar las cosas simples, cómo al Padre le agradan los pequeños, la sinceridad de corazón, el tratar a los otros como hermanos…

El Espíritu y el discernir por el “gusto”

Al plantearnos la voluntad de Dios en términos de lo que le agrada sucede que uno “discierne” como por connaturalidad lo que le agrada al Padre y lo que no.
Es que el Espíritu Santo que nos ha sido dado responde siempre a esta pregunta -¿le agrada esto a Dios o no?- Cuando preguntamos así, el Espíritu hace que nos venga a la mente algún ejemplo de la Vida de Jesús y, con ese evangelio, se ilumina algún paso concreto a dar en orden a agradar a Dios en la situación en que estamos involucrados en el momento presente.

El agrado afecta a lo más personal

El agrado es algo muy personal. Nos hace mirar más a la reacción de la persona que a las cosas. Uno nota enseguida cuando alguien nos atiende bien, queriendo agradarnos, y cuando se nos trata con frialdad o con desprecio. Y a todos nos agrada ser tratados agradablemente. Por supuesto que con sencillez, en la justa medida. No con ese querer agradar para luego vendernos algo que impostan los comerciantes. El buscar lo que agrada al otro, cuando es gratuito y sencillo, hace a lo más humano. Es un regalo y un homenaje a la persona del otro, que merece ser bien tratada. Jesús expresa esto en la regla de oro del Evangelio:” traten a los demás como les agrada ser tratados a ustedes”.

El agrado es digno de fe

El criterio estético del agrado no engaña porque hace que uno esté atento al otro y vaya ajustando su trato de acuerdo al agrado o desagrado que el otro manifiesta. Lo agradable es el criterio para la charla amistosa, para el cuidado de un bebé o de un enfermo, para el amor de pareja y de familia… Crear un clima agradable; hacer un programa que agrade a todos; escuchar con atención de manera que al otro le agrade contar algo…: son expresiones de esa regla no escrita de la amistad y del amor que llamamos agrado. Por eso es que esa sencilla regla es la que nuestro Padre quiere que apliquemos en nuestro trato con él. El nos revela que Jesús es su Hijo predilecto, en quien se complace. Y Jesús nos cuenta en el evangelio qué actitudes son las que le agradan al Padre: lo primero de todo: la confianza plena en su Providencia, especialmente que creamos y confiemos en su Hijo amado; esta confianza se expresa en una oración simple, sin mucho palabrerío y que busca la intimidad para expresarse al Padre que ve en lo secreto; en la práctica, la confianza en la Providencia se expresa en compartir nuestros bienes (limosna) y en el perdonar las faltas a los demás como nosotros hemos sido perdonados. Por último, al Padre le agrada que nos parezcamos a él, como a todo Padre le agrada que su hijo se parezca a él. Por eso Jesús nos manda que seamos perfectos en misericordia. El Padre quiere compasión y justicia y no sacrificios y holocaustos. Esta perfección consiste en llevar a cabo las buenas obras que Él planeó para que realicemos, de modo que todos lo glorifiquen… A Dios le agrada que lo bendigamos, lo alabemos y lo glorifiquemos. Pero lo que venimos reflexionando nos muestra el sentido interior que tienen estas pala-bras que parecen un poco grandilocuentes: la Gloria de Dios –lo que hace que resplandezca su sonrisa de satisfacción- es que a sus hijos les agrade su amor y hagan su voluntad líbremente y de corazón.

Agradar a Dios con sencillez de corazón

Pablo precisa muy bien esto de agradar a Dios con sencillez de corazón. Hay dos textos en las cartas de Pablo, que llaman la atención por estar repetidos casi literalmente. Están dirigidos a los esclavos que se convertían al cristianismo y venían a encontrarse en una situación paradójica: la de ser libres en Cristo y seguir siendo esclavos socialmente. Pablo los libera interiormente recordándoles que tienen que agradar a un solo Amo: Jesús. “Esclavos, obedezcan a sus amos de este mundo con respeto y temor, con sencillez de corazón, como a Cristo, no por ser vistos (oftalmodoulian), como quien busca agradar a los hombres, sino como esclavos de Cristo que cumplen de corazón la voluntad de Dios; de buena gana, como quien sirve al Señor y no a los hombres” (Ef 6, 5-7). Casi con las mismas palabras se repite la recomendación en Colosenses 3 22 ss. , clarificando Pablo que: “El Amo a quien sirven es Cristo” (Col 3, 22 ss.).
Nos detenemos en la palabra que utiliza Pablo “oftalmodoulian”. “Oftalmos”, es “ojo” y “doulian” servicio. Hacer un “servicio para ser visto” es una expresión muy gráfica para expresar la fuerza que tiene el deseo de agradar. Lo interesante es que Pablo no dice que esté mal este deseo de ser vistos y de agradar. Lo importante es tener claro a quién debemos agradar: nuestro Amo es sólo Cristo. Y a El le agrada que le sirvamos con sencillez de corazón.

Clarificar mi deseo de agradar

Tener claro a quién busco agradar clarifica todo el panorama del corazón. La aparentemente compli-cada lucha de afectos y sentimientos que se agitan en nuestro interior, encuentran fácilmente su sitio si uno se hace esta sencilla pregunta: ¿a quién estoy buscando agradar? ¿A mi mismo? ¿A los demás? ¿A una imagen de mí que viene de lo que le agradaba a mis padres?
Y en estas imágenes tan humanas es bueno descubrir el por qué de su fuerza. Qué es lo que hace que el deseo de agradar mueva tan fuertemente nuestro corazón? Es que nuestro ser mismo en lo más personal se construye atraído por una imagen: la de Jesús, a cuya imagen hemos sido creados. Somos seres creados a imagen de otro y por eso buscamos en los otros nuestra imagen. Necesitamos que otros (Otro) nos revele quiénes somos, quiénes podemos ser. Nos atrae la imagen que Dios tiene de nosotros, que es Él mismo, ya que estamos hechos a su imagen y semejanza.
El deseo de agradar uno mismo –en el fondo de ser amado por uno mismo- es el más profundo en el ser humano. Y Jesús hace que no se estanque en “agradabilidades” parciales y relativas. Lo impor-tante es que este deseo crezca dialogalmente, en la reciprocidad que el mismo verbo indica con su doble sentido (agradar puede significar tanto ser agradable como brindar agrado). Es el estancamiento del agrado lo que trae problemas. Un agrado dinámico, armónico, abierto e inclusivo, que buscar salir de sí gratuitamente y recibir gratuitamente, es un agrado que hace crecer en humanidad.

El agrado o desagrado de los hombres en servicio del agradar a Dios

El deseo de agradar al Dios siempre más grande y más bueno lleva tanto a “agradar” a los otros más que a uno mismo como a “desagradar” a los otros si está en juego la mayor gloria de Dios. Pablo ex-presa ambas situaciones: por un lado no busca su propio agrado sino, en cuanto de él depende, busca lo que le agrada al prójimo: “Nosotros, los fuertes, debemos sobrellevar las flaquezas de los débiles y no buscar nuestro propio agrado. Que cada uno de nosotros trate de agradar a su prójimo para el bien, buscando su edificación; pues tampoco Cristo buscó su propio agrado, antes bien, como dice la Escritura: Los ultrajes de los que te ultrajaron cayeron sobre mi (Rm 15 1-3). Es lo que él llama “hacerse todo a todos para ganarlos para Cristo”: “Me es-fuerzo por agradar a todos en todo, sin procurar mi propio interés, sino el de la mayoría, para que se salven. (1 Cor , 31-33). Sin embargo, no se trata de hacerse el simpático a toda costa. Hay veces en que agradar a Dios implica no tener en cuenta si le cae bien a la gente o no: “Así como hemos sido juzgados aptos por Dios para confiarnos el Evangelio, así lo predicamos, no buscando agradar a los hombres, sino a Dios que examina nuestros cora-zones” (1 Tes 2, 4 ss.). “Porque ¿busco yo ahora el favor de los hombres o el de Dios? ¿O es que intento agradar a los hombres? Si todavía tratara de agradar a los hombres, ya no sería siervo de Cristo” (Gal 1, 10).

Agradar a Dios en Ignacio

Para profundizar el agrado a Dios en Ignacio tomamos un texto clave de la Autobiografía. Estamos al comienzo del camino de conversión de Ignacio y él muestra cómo Dios nuestro Señor le puso en el corazón los principios y fundamentos básicos de la vida espiritual:
“En el camino le acaeció una cosa, que será bueno escribirse, para que se entienda cómo nuestro Se-ñor se había con esta ánima, que aún estaba ciega, aunque con grandes deseos de servirle en todo lo que conociese, y así determinaba de hacer grandes penitencias, no teniendo ya tanto ojo a satisfacer por sus pecados, sino agradar y complacer a Dios. Tenía tanto aborrecimiento a los pecados pasados, y el deseo tan vivo de hacer cosas grandes por amor de Dios, que, sin hacer juicio que sus pecados eran perdonados, todavía en las penitencias que emprendía a hacer no se acordaba mucho dellos. Y así, quando se acordaba de hacer alguna penitencia que hicieron los Santos, proponía de hacer la misma y aún más. Y en estos pensamientos tenía toda su consolación, no mirando a cosa ninguna interior, ni
sabiendo qué cosa era humildad, ni caridad, ni paciencia, ni discreción para reglar ni medir estas virtudes, sino toda su intención era hacer destas obras grandes exteriores, porque así las habían hecho los Santos para gloria de Dios, sin mirar otra ninguna más particular circunstancia” (Autobiografía 14).

Se trata de un texto clave en el que Ignacio revela un segundo paso del “principio y fundamento” que Dios puso a su vida espiritual. El deseo de agradar a Dios se le manifestó primero cuando se le abrie-ron los ojos y distinguió la diferencia entre la alegría que le daba la lectura de las aventuras de los libros de caballería (alegría que cesaba apenas cerraba el libro) y la alegría que experimentaba al leer la vida de los Santos y de Cristo (alegría que permanecía). La agradabilidad de Dios se le revela comparativamente como “mayor”.
En este otro pasaje, Ignacio nos muestra cómo ese fervor que Dios le despertó en el alma, y que primero se tradujo en deseo de hacer cosas grandes (debido a su natural vanidad y deseo de agradar a los hombres) y en disgusto por sus pecados, encuentra pronto su centro más profundo en un sencillo “deseo de agradar y complacer solo a Dios”. Este deseo le modera todo lo demás, tanto que se acuerda poco de sus pecados y aunque siempre permanecerá el deseo de hacer cosas grandes por servicio de Dios, estas cosas grandes no serán sólo exteriores sino también interiores: grandes no en otra cosa sino en servicio y amor.
Ignacio cuenta esto para mostrar cómo hace Dios nuestro Señor cuando quiere formar a una persona que es como ciega en las cosas espirituales. Retomamos aquí lo de Teresita, que la sencillez no es sólo perfección final de la vida espiritual sino su comienzo. La vida espiritual comienza sencillamente y se retoma siempre sencillamente, cada día.
El Señor trabaja con los deseos de Ignacio, con su afectividad (que es la integración de inteligencia y sensibilidad y de voluntad y sentimientos). Le hace gustar y sentir con todo su afecto, grandes deseos de servirle en todo lo que le vaya mostrando. Esto significa que el Señor hace sentir su Persona, por encima de las cosas. Y de aquí viene lo del agrado. Ignacio dice que Dios le hace sentir deseo de agra-darle y complacerle en todo.
Podríamos decir que hace ver cómo le imprimió Dios el deseo de su mayor Gloria, cosa que sería determinante en toda su espiritualidad. Ignacio hace notar que Dios le da esta gracia de buscar agradarle y complacerle a Dios y de poner toda su intención en su Gloria antes de darle otras gracias y más allá de la preocupación por sus pecados.
Como si le hubiera infundido el fin último de la vida –la Gloria de Dios- a manera de un Principio y Fundamento. Todo lo demás vino por añadidura.
Ahora bien, lo lindo es conectar la mayor Gloria de Dios, que suena como algo muy grande, con el sencillo deseo de agradar a Dios y de complacerlo. Este deseo comienza a ocupar el corazón del peregrino y atrae y concentra todas sus fuerzas espirituales como un imán poderosísimo, en la Persona de Jesús, despejando la mente de Ignacio de toda vanagloria, de todo escrúpulo por sus pecados y de toda complicación espiritual.
En el cristianismo todo es personal, nada es anónimo ni estandar. El amor se expresa más en el agrado con que se hacen las cosas que en el peso que tienen como contenido. Por eso le agradan tanto a Jesús las dos moneditas de la viuda… El gusto que se siente cuando se da uno entero se transmite a las cosas que uno ofrece y las hace de una calidad superior. La contraimagen es el fariseísmo, que busca agradar con prácticas externas sin entregar el corazón. Es auto-agrado y auto-glorificación. Al Señor le disgusta tanto el fariseísmo porque suplanta lo más auténtico del corazón del hombre: su deseo de agradar a Dios como un hijo agrada a su Padre.

Momento de contemplación

Hna Marta Irigoy md

Bienaventurados los que, como Pablo, buscan  con  sencillez  agradar  a  Dios  en  todo, la  Gloria  del  Señor  los  llenará  de  alegría.

 La bienaventuranza de Pablo, de hoy, nos pone frente a la misión que se nos ha confiado en la vida: la hermosa tarea de  hacer felices a los demás.

 Toda nuestra vida es buscar la voluntad de Dios y seguirla. Concretamente, en la búsqueda sencilla de la felicidad. Pero, no  cualquier felicidad, sino aquella que nos mostró Jesús que en la “Última Cena”, cuando nos dejó el secreto de su propia  felicidad, en uno de sus últimos gestos, expresando después, una de las más lindas bienaventuranzas.

 “Antes de llavatorioa fiesta de Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, él, que había amado a los suyos que quedaban en el mundo, los amó hasta el fin.  Durante la Cena, cuando el demonio ya había inspirado a Judas Iscariote, hijo de Simón, el propósito de entregarlo, sabiendo Jesús que el Padre había puesto todo en sus manos y que él había venido de Dios y volvía a Dios,  se levantó de la mesa, se sacó el manto y tomando una toalla se la ató a la cintura.  Luego echó agua en un recipiente y empezó a lavar los pies a los discípulos y a secárselos con la toalla que tenía en la cintura. Cuando se acercó a Simón Pedro, este le dijo: «¿Tú, Señor, me vas a lavar los pies a mí?».  Jesús le respondió: «No puedes comprender ahora lo que estoy haciendo, pero después lo comprenderás».  «No, le dijo Pedro, ¡tú jamás me lavarás los pies a mí!». Jesús le respondió: «Si yo no te lavo, no podrás compartir mi suerte» … Después de haberles lavado los pies, se puso el manto, volvió a la mesa y les dijo: « ¿Comprenden lo que acabo de hacer con ustedes?  Ustedes me llaman Maestro y Señor; y tienen razón, porque lo soy.  Si yo, que soy el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, ustedes también deben lavarse los pies unos a otros.  Les he dado el ejemplo, para que hagan lo mismo que yo hice con ustedes. Les aseguro que el servidor no es más grande que su señor, ni el enviado más grande que el que lo envía. Ustedes serán felices si, sabiendo estas cosas, las practican (Jn.13).

Practicar  estas cosas, primero nos lleva a ahondar en  porqué Jesús obraba así. Su estilo de vivir, sólo para los demás, tiene en Él como única fuente al Padre, que en el momento de su Bautismo, hablo diciendo:  «Tú eres mi Hijo muy querido, en ti tengo puesta toda mi predilección» (Mc.9, 11).

 La predilección del Padre, es su Hijo Amado. Su complacencia está en Él  y  también en todos los que buscamos obedecer con  fidelidad  a  SU  VOLUNTAD.

Pero, muchas veces, a la voluntad de Dios, la entendemos y vivimos mal.

 André Louf, monje cisterciense, dice en su libro: “El Espíritu ora en nosotros”:

  “Se ha cultivado una noción de la voluntad de Dios, convertida en una espada, amenazadora y arbitraria, colgada encima de la cabeza de los hombres, a la que no podrían escapar y que debería herirles en el momento menos previsible.

La noción bíblica de voluntad de Dios está muy lejos de este modo de hablar. Lo que  se tradujo en la Biblia, por voluntad y beneplácito, tiene por sentido: aspiración, deseo, amor, alegría… El amor –voluntad- de Dios reposa sobre el pueblo de su beneplácito…

La plenitud de este mismo amor reposa ahora en Jesús. El es el deseo y el amor de su Padre, su felicidad. En Él reposa el Padre.

Por lo tanto, el Padre da testimonio del hecho de que la plenitud de su voluntad –en el sentido de amor, deseo, alegría- reposa en su Hijo Amadísimo…”

Así, Jesús mismo es el lugar por excelencia donde Dios se revela, el hombre en quién, el deseo, el amor y la voluntad del Padre se hacen manifiestos. Jesús es la epifanía –manifestación- de la alegría de su Padre…

PARA CONTEMPLAR

Nos quedamos mirando nuestra vida cotidiana y desde ella, podemos preguntarnos:

 ¿Cómo puedo  agradar  a  Dios, en lo sencillo de mi vida, buscando en todo la Voluntad –Amor- del Padre?

 ¿En que gesto humilde hacia los demás, puedo gritar el secreto de la felicidad que Jesús nos ha confiado en la “Ultima Cena”, cuando lavo los pies a los discípulos?

 En silencio contemplativo pido vivir  en sencilla y constante búsqueda, lo que más me hace parecido/parecida a Jesús, en este momento de mi vida.  Para que, la Gloria del Señor me llene de la VERDADERA  ALEGRÍA.

 UNA ALEGRÍA DIFERENTE

Para que mi alegría esté en vosotros  Jn 15, 9-17

Las primeras generaciones cristianas cuidaban mucho la alegría. Les parecía imposible vivir de otra manera. Las cartas de Pablo de Tarso que circulaban por las comunidades repetían una y otra vez la invitación a «estar alegres en el Señor».

 El evangelio de Juan pone en boca de Jesús estas palabras inolvidables: «Os he hablado… para que mi alegría esté en vosotros y vuestra alegría sea plena».

¿Qué ha podido ocurrir para que la vida de los cristianos aparezca hoy ante muchos como algo triste, aburrido y penoso? ¿En qué hemos convertido la adhesión a Cristo resucitado?

¿Qué ha sido de esa alegría que Jesús contagiaba a sus seguidores? ¿Dónde está?

La alegría no es algo secundario en la vida de un cristiano. Es un rasgo característico. Una manera de estar en la vida: la única manera de seguir y de vivir a Jesús. Aunque nos parezca «normal», es realmente extraño «practicar» la religión cristiana, sin experimentar que Cristo es fuente de alegría vital.

Esta alegría del creyente no es fruto de un temperamento optimista. No es el resultado de un bienestar tranquilo. No hay que confundirla con una vida sin problemas o conflictos. Lo sabemos todos: un cristiano experimenta la dureza de la vida con la misma crudeza y la  misma fragilidad que cualquier otro ser humano.

El secreto de esta alegría está en otra parte: más allá de esa alegría que uno experimenta cuando «las cosas le van bien». Pablo de Tarso dice que es una «alegría en el Señor», que se vive estando enraizado en Jesús. Juan dice más: «es la misma alegría de Jesús dentro de nosotros».

La alegría cristiana nace de la unión íntima con Jesucristo. Por eso no se manifiesta de ordinario en la euforia o el optimismo a todo trance, sino que se esconde humildemente en el fondo del alma creyente. Es una alegría que está en la raíz misma de nuestra vida, sostenida por la fe en Jesús.

Esta alegría no se vive de espaldas al sufrimiento que hay en el mundo, pues es la alegría del mismo Jesús dentro de nosotros. Al contrario, se convierte en principio de acción contra la tristeza. Pocas cosas haremos más grandes y evangélicas que aliviar el sufrimiento de las personas contagiando alegría realista y esperanza.

 José Antonio Pagola

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