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Momento de contemplación 

Marta Irigoy 

El Principio y Fundamento de nuestra Esperanza

San Ignacio, en los EE, nos propone la meditación del Principio y Fundamento, en donde nos ayuda a tomar conciencia y descubrir que somos creaturas soñadas y amadas desde toda la eternidad. Podemos decir, que en esta verdad se cimienta nuestra esperanza…

Nos creó un Dios Tierno, Compasivo y Fiel; un Dios que desea que en nuestra vida podamos encontrar el para qué de nuestra existencia…

El Papa Francisco, nos decía en la EG: “Yo soy una Misión en esta tierra…”. El camino de nuestra vida, es peregrinar hacia esa plenitud de mi vocacion… ”Soy una Misión! Y desde el matiz de estos Talleres de Perseverancia E, podemos decir que nuestra Misión es ser Esperanza para los demás…

Descubrir esta misión, es el camino que nos invita Ignacio, y para ello nos invita a hacer memoria de la presencia de Dios en nuestra vida y desde ahí, se nos revelaran los diferentes  “mojones de certezas”, que nos han posibilitado ser hombres y mujeres de esperanza…

La esperanza nos arranca de esa nostálgica y melancólica reflexión sobre el pasado personal y comunitario y nos invita a construir con realismo el futuro.

Es para nosotros una realidad necesaria, en la cual nos hacemos cargo de nuestro pasado, en el presente, con la mirada puesta en el futuro. “El hombre es “ser esperante” en su existencia cotidiana, fruto del ejercicio de su libertad.

Para san Ignacio es muy importante la memoria, ya que “el ayer” recordado está al servicio del presente y las historias pasadas nos llaman a re-crear nuestra historia actual y a reconocer al mismo Dios de ayer en el hoy, caminando con nosotros y haciéndonos recobrar ánimo y esperanza. (Dolores Aleixandre).

La invitación será buscar un rato de oración y  hacer un recorrido por nuestra historia de esperanza, trayendo a la memoria, las situaciones, personas y paisajes que han acompañado nuestra vida de hombres y mujeres y nos han convertido en creyentes esperanzados…

Para terminar pueden leer este texto de Doña Jovita: 

 

Esperanza

Si pensando en el pasado nos invade la añoranza,

Hay que cargar la balanza con lo gueno del presente

Para escuchar claramente el canto de la esperanza.

Cuando nos gana el cansancio y perdemos la confianza

Cuando las fuerzas no alcanzan y queremos aflojar

Siempre nos vuelve a alumbrar el brillo de la esperanza

Después de una noche larga llega siempre el nuevo día

Cuando falta la energía, cuando las penas avanzan,

Esa luz de la esperanza es promesa de alegría

Que no se apague jamás esa llamita encendida,

Que ilumina la salida por un camino seguro

Cuando se nos pone oscuro

El sendero de la vida.

 

Que este año, que compartiremos reflexionando y rezando “la Esperanza”, sea muy fecundo en nuestras vidas!

 

Momento de Reflexión para sacar provecho

Diego Fares sj

Un Dios que soñó cantar con nosotros cantos de alabanza…

Nos creó un Dios Tierno, Compasivo y Fiel; un Dios que soñó cantar con nosotros cantos de alabanza, como sueñan los padres con las voces –llenas de cantos y de risas- de sus hijos cuando juegan. Nos creó un Dios con Corazón lleno de esperanza, que soñó compartir nuestro servicio a las demás creaturas y en Jesús se hizo uno más de nuestra carne. Nos creó un Dios con el pecho lleno de abrazos, que soñó con los besos de sus hijos (adorar es mandar un besito con la mano puesta en la boca).

El Principio y Fundamento, leído en clave de Esperanza, nos habla de estos sueños del Dios que nos Creó. Los sueños de nuestro Padre, los sueños de Jesús –su Hijo amado y nuestro Hermano querido, los sueños del Espíritu Creador, nuestro Amigo que siempre está a nuestro lado, haciéndonos soñar los sueños de Dios.

El hombre y la mujer somos creados –recreados cada nuevo día, como dice Doña Jovita-, recreados en el Bautismo y en cada confesión, recreados cada vez que hay que salir a una misión nueva, en esos pequeños Pentecostés que tiene toda obra que se inicia al servicio de los más necesitados.

Que en la burbuja del mundo paralelo (ese que transitamos sin vivir en plenitud, esclavos de los tiempos que devora el dios dinero) se nos diga que somos creados para la Alabanza, es un alivio, un respiro, es toda una puerta abierta de liberación. Nuestro reloj interior dice “alabanza”, no dice “consumo”. Está lleno de “Alleluyas!” no de “no llego a tiempo” ni de “no doy abasto” ni de “qué pena que pasó”. El “debe” y el “tenés que…” se remansa en “alabar”. Es como el chip de los pajaritos que los hace cantar a voz en cuello, henchidos sus pequeños pechos llenos de plumas de colores y los pulmoncitos a más no poder. Es verdad que tenemos otros chips, buscadores de alimento y predadores, que nos dicen consumí, perseguí, poseé, defendé, estate alerta… Pero el chip del canto y del vuelo y de la libertad, es tan nuestro y verdadero como los otros y bendecido por el Espíritu, además. Estamos hechos para alabar y cuando pase el comer y el pelear, la alabanza quedará.

Que en el mundo que tiene la cara seria y los dedos pragmáticos de los que cuentan billetes y los ojos predadores de los tiburones de Wall Street, a la caza de acciones que suben y bajan, se nos diga que hemos sido creados para el servicio es toda una revelación. Las miradas se amansan, las manos se enternecen, los rostros se distienden. Servir una rica comida no requiere el ritmo mecánico del dinero. La eficiencia y el trabajo se ordenan a que todos puedan compartir al mismo tiempo para “olvidarse del tiempo” y disfrutar de ese momento de eternidad que es un banquete (por eso el Señor lo utilizó como metáfora de lo que esperamos que será el Cielo: un banquete de bodas que, como desean los novios, durará para siempre).

Que en un mundo que no quiere tu corazón (porque no sabría qué hacer con un corazón humano), en un mundo, digo, que quiere tu sangre, tu tiempo, tus energías, tu capacidad de consumir y tu adulación, pero no tu corazón, se nos revele que hemos sido creados para adorar, es decir para ofrecer libremente nuestra más íntima y amorosa lealtad y disponibilidad, es un aire fresco que pone en pie nuestra dignidad. Nada más digno para una creatura que adorar. Hemos sido sacados del barro y puestos en pie para que por nosotros mismos doblemos la rodilla y besemos los pies de un Creador que, Él por primero, se arrodilló para lavarnos a nosotros nuestros pies.

Que en un mundo en que las cosas alzan la mano y reclaman atención, como los chicos de la escuela cuando la maestra pregunta, y se desesperan para ser compradas y consumidas, porque si no, en la próxima tanda productiva dejarán de existir y serán reemplazadas por otros productos, que en un mundo así, se nos diga “que las cosas son ayudas”, es una alegría no solo para nosotros sino para ellas. Porque las cosas gimen esperando la redención del hombre. Han sido creadas para ayudarnos y se las usa para invadirnos y atiborrarnos. Se producen más de algunas y se desprecian otras. Hemos hecho que se multipliquen los ganados y dejamos que se mueran los elefantes. Talamos los bosques frondosos y sembramos solo soja. Producimos toneladas de champú y no alcanzan las vacunas para los niños de los pueblos pobres…

Cuando alguien mira una cosa a los ojos y le dice: “estás para ayudarme, te usaré tanto cuanto necesite y te compartiré en la medida de tus posibilidades”, cuando alguien habla así, las cosas sonríen. Ayudar es todo lo que quieren. Y ayudar no sólo es “ser útil”. En la mayoría de los casos, ayudar es simplemente “estar”. Como la presencia de una madre en casa que, aunque lo haga todo, lo que más ayuda es que ella misma siempre está. Las casas computarizadas pueden reemplazar todas las cosas que una madre hace, todas menos el que las haga ella. Como dicen los chicos cuando los mandan a otra casa y les dan todo lo que necesitan: “yo quiero a mi mamá”. Las cosas, el planeta en su conjunto, nuestra Madre Tierra, tienen en su conjunto, algo de mamá. Son totalmente “usables” pero no “reemplazables”.

Dicen que en en 1924, Philips, Osram y General Electric (los tres nombres juntos suenan a una especie de trinidad artificial), contaban con la tecnología necesaria para que la vida útil de las lamparitas de luz fuera de dos mil quinientas horas y, por decisión conjunta, hicieron que su vida útil se limitara sólo a mil horas. En estos cuatro renglones se nos narra la parábola madre del terror.

Lo terrorífico es ese “decidieron en conjunto”.

Lo angustiante es que no se tratara de la fabricación de armas de destrucción masiva sino de objetos pequeños, útiles para la vida diaria.

Lo desesperante es que fueran lamparitas de luz.

Dice Charles Peguy que la esperanza es la hermanita menor de las otras dos virtudes y que va de la mano de la Hermana Fe y de la Hermana Caridad. Va de la mano, pero es ella la que las arrastra, como las hermanitas pequeñas arrastran a las grandes a jugar. Este arrastrar y llevar tras de sí aun siendo más pequeña es propio de la esperanza, así como lo es el reencenderse si la apagan. Como la velita de cumpleaños que los niños la soplan y se reenciende –ante sus ojos maravillados- por sí sola. Dios creó la esperanza indestructible y puso su llamita encendida en el corazón humano para que fuera perenne. Para que fuera “lo último que se pierde”, para que durara incluso después de la muerte del portador y se rencediera con la resurrección.

Y estos de Philips, Osram y General Electric, crean por decisión conjunta lamparitas que vivan menos incluso de lo que podrían.  Con esa simple “decisión conjunta”, pragmática y calculada, engendraron la cultura del descarte, que es ahora, en la casa en que vivimos, la luz que nos alumbra. Una luz “con tiempo de vencimiento”, lo cual no sería malo ya que todas las cosas lo tienen. Lo malo es que por decisión se las obligue a tener menos vida útil de la que podrían tener. Para qué? Obvio, dicen: para vender más. Pero no es tan obvio, porque vender más y más no es “sostenible” a largo plazo. De esto nos ha hecho dar cuenta el Papa Francisco en su hermosísima Encíclica Laudato Si, que habla de para qué somos creados y de cómo cuidar juntos a nuestra hermana Madre Tierra. La realidad es que este “para vender más” es para usufructo exclusivo de unos pocos que no solo se desinteresan de sus coetáneos, sino de todos los demás que vendrán.

Lo de crear productos que se mueran rápido es una metáfora de lo que piensan de sus hijos y de todos los que vendrán.

A esta gente se la combate “artesanalmente”. No se la puede combatir con sus mismas armas. Todas tienen su sello y se vuelven en contra del que las usa. No se pueden fabricar bombitas de luz que duren diez mil años. Se frenaría toda la producción, como amenazan ellos: “Con la muerte del capitalismo moriríamos todos”, dicen.

En el fondo este es el miedo profundo que late en el corazón de esta mentalidad. Piensan que Dios nos ha creado como ellos crean sus lamparitas de luz: para que duremos menos de lo que podríamos durar. Y por eso crean un mundo de descartes donde su única esperanza es ser descartados lo más tarde posible ellos descartando primero a todos los demás. Esta imagen cultural y este miedo es muy poderoso. Yo diría que sólo Jesús es capaz de engendrar la imagen antídoto.

Esa imagen es la parábola de la semilla. Que, aunque sea verdad que mucha se pierde, la semilla que cae en terreno bueno da mucho fruto. No es una lamparita que dura el doble sino una semilla viva que fructifica treinta, sesenta y ciento por uno.

Pero la verdad de esta parábola la confirmará solo el tiempo. Y el tiempo, como dice el Papa Francisco, es de Dios. No hay ciencia que pueda predecirlo y programarlo. Si el universo es semilla que dará fruto o lamparita que se apaga antes de tiempo, nadie desde adentro, lo puede predecir ni planificar.

La clave está no en el tiempo sino en el momento. En cada momento en que uno toma “una decisión” y si es conjunta mejor. Allí donde Philips, Osram y General Electric toman sus decisiones conjuntas de fabricar lamparitas con vencimiento anticipado, nosotros tomamos decisiones de sembrar semillas de evangelio con esperanza sin fecha de vencimiento.

El efecto es inmediato. En el centro mismo de la cultura del descarte, comienzan a nacer lugares donde la cultura es del encuentro. El futuro nuestro (como el de Philips, Osram y General Electric) está en manos de Dios. Pero el presente es totalmente diferente. Sobre todo, para los que ni siquiera tienen enchufes ni casas donde encender esas famosas lamparitas.

San Ignacio termina de redondear su Principio y Fundamento diciendo que, si discernimos así (que somos creados para alabar a nuestro Creador y para servir al prójimo y que las otras cosas están para ayudar y las tenemos que usar bien –tanto cuanto, ni más ni menos-) nos convertimos en gente que “solo desea y elige lo que es más conducente para este fin para el que somos –amorosamente- creados”.

Es decir: nos convertimos en gente alegre -porque alabar y servir siempre está al alcance de la mano- y en gente solidaria –porque estas acciones son con los demás y para los demás-.

El discernimiento de lo que en cada momento más nos permite adorar, alabar y servir, es el punto donde pivotea la esperanza: el punto de apoyo, firme, que cambia el panorama y da sentido a todo lo demás. No se trata de que primero cambie la cultura, de que caiga el capitalismo o se abra a la trascendencia el marxismo, no se trata de que apaguemos las tablets y los celulares (con su muerte programada para que tengamos que comprar otro modelo actualizado) y volvamos a la naturaleza. También estos aparatos descartables son “creaturas” y pueden ayudar. En la fragilidad de su “tiempo de vencimiento” incorporado nos pueden recordar la nuestra y, cada vez que actualizamos su sistema operativo, podemos recordar nuestra necesidad de conversión y de formación permanente. Y cada vez que cambiamos de modelo o compramos otra lamparita, podemos alabar a un Creador tan generoso, que pudiéndonos haber creado sólo por un tiempo (lo cual ya sería muchísimo) nos promete un “reencedimiento”.

Diego Fares sj

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Momento de reflexión

Diego Fares sj

“Tengan los sentimientos de Jesús (Fil 2)

Bienaventurados los que, como Pablo, aún siendo libres se hacen servidores de todos por el Evangelio (1 Cor 9, 19). Encontrarán por el camino infinidad de amigos.

Amistad y servicio en Pablo

Timoteo, Epafrodito, Sosípater…, hay que convenir que los nombres de los colaboradores de Pablo nos suenan extraños, como suele suceder con los nombres de las personas de otras culturas. Sin embargo, detrás de esos nombres hay rostros de gente buena, simpática y fiel: son los compañeros y colaboradores de Pablo, su equipo apostólico, sus compañeros de misión y amigos en el Señor. Si uno se fija con atención es notable el grupo de “compañeros y colaboradores” con que Pablo se mueve.
El Apóstol utiliza poco el término “amigo”. Más bien utiliza “compañero” (koinonos) y sobre todo “colaboradores” (synergos) y consiervos en Cristo (syndoulos). La amistad y el compañerismo en Pablo se definen en relación al servicio del Evangelio. Pablo se considera a sí mismo “Siervo (esclavo) de Jesucristo, llamado a ser apóstol, apartado para el evangelio de Dios” (Rm 1, 1). Pablo es un “servidor del evangelio de Cristo” (Rom 15, 16).
Pablo es muy radical y no habla de “amistad” que no sea en Cristo: “Si yo todavía estuviera tratando de agradar a los hombres, no sería siervo de Cristo” (Gal 1, 10). Su postura es: “Ya no conocemos a nadie según la carne” (2 Cor 5, 16). Pero, por eso mismo, aquellos a quienes conoce en Cristo y con quienes comparte el servicio del evangelio se convierten en amigos entrañables.
Veamos a algunos de sus amigos en el Señor: Timoteo, en primer lugar: “Les enviamos a Timoteo, nuestro hermano, servidor de Dios y colaborador nuestro en el evangelio de Cristo, para confirmarlos y exhortarlos en su fe” (1 Tes 3, 2). Para Pablo, Timoteo es alguien que “como un hijo junto a su padre ha servido conmigo en favor del Evangelio” (Fil 2, 22).
Son también amigos queridos, colaboradores y compañeros, Tito, Urbano, Filemón…: “En cuanto a Tito, él es mi compañero y colaborador entre ustedes” (2 Cor 8, 23); “Saluden a Urbano, nuestro colaborador en Cristo Jesús, y a Estaquis, querido amigo mío” (Rm 16, 9). “Pablo, prisionero de Jesucristo, y el hermano Timoteo, al querido amigo Filemón, colaborador nuestro” (Filem 1, 1). Epafrodito es llamado también compañero de milicia, en el sentido de que servir al evangelio conlleva lucha: “Creí necesario enviarles a Epafrodito, mi hermano, colaborador y compañero de milicia, quien también es su mensajero y servidor para mis necesidades” (Fil 2, 25).
Un término lindo que utiliza Pablo es el de “consiervos”, esclavos en común del evangelio: “En cuanto a todos mis asuntos, os informará Tíquico, nuestro amado hermano, fiel ministro y consiervo en el Señor” (Col 4, 7). “Epafras, nuestro consiervo amado, que es un fiel ministro de Cristo para ustedes” (Col 1, 7).
Este término, “consiervos”, sintetiza tres cosas, la primacía de Cristo de quien son esclavos y servidores, el servicio del evangelio y el hecho de compartirlo como amigos y compañeros.
Teniendo en cuenta esto destacamos algunas cualidades de este servicio del evangelio que son al mismo tiempo características de la amistad:

Igualdad

En primer lugar, la supremacía de Cristo no deja lugar a disensiones, lo cual es como la contracara de la amistad: “Cuando dice uno «Yo soy de Pablo», y otro «Yo soy de Apolo», ¿no proceden al modo humano?
¿Qué es, pues Apolo? ¿Qué es Pablo?… ¡Servidores, por medio de los cuales ustedes han creído” (1 Cor 3, 4-5).
El ser todos servidores, en pie de igualdad, implica y favorece la amistad. Una igualdad sin celos sólo puede darse entre amigos!

Fidelidad

La fidelidad, virtud propia de la amistad, es también lo propio del que es servidor y administrador: “Por tanto, que nos tengan los hombres por servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios. Ahora bien, lo que en fin de cuentas se exige de los administradores es que sean fieles” (1 Cor 4, 1-2). Esta fidelidad es fidelidad objetiva al mensaje íntegro del evangelio y, al mismo tiempo, es fidelidad al estilo de Cristo: “Y el Dios de la paciencia y del consuelo les conceda tener los unos para con los otros los mismos sentimientos, según Cristo Jesús (Rm 15, 5-9).

Compartir sufrimientos

La fidelidad al evangelio conlleva “soportar juntos como amigos “los sufrimientos por el evangelio”, como le dice Pablo a su hijo Timoteo (Cfr 2 Tm 1, 7-11)
No ser gravoso
“A otras Iglesias despojé, recibiendo de ellas con qué vivir para servirles. Y estando entre ustedes y necesitado, no fui gravoso a nadie” (2 Cor 11, 8-9).

Sinceridad

“Todo cuanto hagan, háganlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres, conscientes de que el Señor les dará la herencia en recompensa. El Amo a quien sirven es Cristo” (Fil 3, 23-24).

Alegría

La alegría es la característica que muestra que uno está realizando el servicio que Dios quiere: “Cada cual dé según el dictamen de su corazón, no de mala gana ni forzado, pues: Dios ama al que da con alegría” (2 Cor 9, 7-13).

Extensión a lo social: la colecta

“Les damos a conocer, hermanos, la gracia que Dios ha otorgado a las Iglesias de Macedonia (que hicieron la colecta). Pues, aunque probados por muchas tribulaciones, su rebosante alegría y su extrema pobreza han desbordado en tesoros de generosidad. Porque atestiguo que según sus posibilidades, y aun sobre sus posibilidades, espontáneamente nos pedían con mucha insistencia la gracia de participar en el servicio en bien de los santos” (2 Cor 8, 2-8). Vemos así que en Pablo, el servicio del evangelio genera colaboración y amistad crecientes y esta amistad en el Señor hace que el servicio sea más eficaz e inclusivo.

Amistad y servicio en Ignacio

En Ignacio amistad y servicio configuran un círculo virtuoso. Los Ejercicios tienen por fruto una gracia de amistad en el Señor que se traduce en el servicio y en la ayuda a las almas. A su vez, el servicio del Evangelio nos va haciendo cada vez mejores amigos en el Señor.

Amigos en el Señor

“Amigos en el Señor” es una frase que escribió San Ignacio a Juan de Verdolay, amigo laico de Barcelona en 1537: “De Paris llegaron aquí, mediados de enero, nueve amigos en el Señor”. Con San Ignacio, estos nueve amigos, formarían el grupo de los diez que fundaron la Compañía de Jesús en 1540.

Mucho servir a Dios nuestro Señor por puro amor”.

Al final de los Ejercicios, en la última regla para “sentir con la Iglesia”, Ignacio pone una frase que sintetiza su espiritualidad: “sobre todo se ha de estimar el mucho servir a Dios nuestro Señor por puro amor” (EE 370). Jesús es para Ignacio, fundamentalmente Amigo y Compañero. Esto, que cuando uno lo piensa bien suena inusitado, es pura gracia, pero gracia correspondida.
Veamos los tres textos de los Ejercicios en que Ignacio utiliza la palabra amigo.

Amistad y perdón

Con Jesús se conversa “como un amigo habla a otro” (EE 54), porque vino “a hacerse hombre … y a morir por mis pecados” (EE 53). Ignacio piensa la redención y el perdón de los pecados en términos de amistad: lo que mi Amigo a hecho por mí y lo que yo debo hacer por mi Amigo.

Amistad y seguimiento

El Sumo Capitán, en la meditación de Dos Banderas, llama a todos “sus siervos y amigos” y los envía a la tarea de ayudar a las almas (EE 146). El que llama no es un Señor lejano sino el Rey Eternal que quiere “conquistar a sus enemigos” (convirtiéndolos en amigos) y que invita así: “quien quisiere venir conmigo ha de trabajar conmigo, porque siguiéndome en la pena también me siga en la gloria” (EE 95). Así pues, el seguimiento y la lucha espiritual se viven en un clima de estrecha amistad con Cristo. Hay un pasaje muy lindo que confirma este estilo de Jesús. Se trata del primer punto de la contemplación de la Transfiguración. Allí Ignacio dice: “tomando en compañía Christo nuestro Señor a sus amados discípulos Pedro, Jacobo y Juan, transfigurose y su cara resplandecía como el sol y sus vestiduras como la nieve” (EE 284).

Amistad y discernimiento

En la contemplación de la Resurrección Ignacio expresa una intuición hermosísima: Jesús resucitado tiene por oficio “consolar” como los amigos consuelan a sus amigos. Dice el texto: “Mirar el oficio de consolar, que Christo nuestro Señor trae, y comparando cómo unos amigos suelen consolar a otros” (EE 224).
El “mucho servirnos por puro amor” de Jesús es un servicio que lo lleva a dar la vida por sus amigos y, una vez resucitado, lo lleva a salir a buscarlos y a consolarlos en todas las encrucijadas en las que se encuentran. Este oficio de consolar se traduce y se concreta en todas las “reglas de discernimiento”. En ellas, lo propio del Señor y del buen espíritu es “dar verdadera alegría y gozo espiritual, quitando toda tristeza y turbación que el enemigo induce” (EE 329).
El trato de amistad es clave para comprender el espíritu de las reglas. Negativamente, se confirma esto al ver que Ignacio habla del mal espíritu en términos de “enemigo”. El enemigo seduce y facilita las cosas cuando uno va por mal camino y perturba y pone impedimentos de todo tipo cuando uno va por el buen camino. El enemigo mete miedo, miente y quiere ser secreto como un vano enamorado, ataca por la parte más débil… Todas maneras de actuar diametralmente opuestas a las de un buen amigo, del cual es propio corregir si uno obra mal y alentar si uno va bien.

Amistad y servicio

La amistad que se consolida en medio del servicio del Evangelio es una amistad fiel y abierta. Una amistad que lleva a la alabanza y a la reverencia para con el Padre y a incorporar a otros muchos en un mismo servicio y amistad, sin celos ni competencias. Es bueno unir estas cosas: servicio, adoración y amistad con muchos.

El mayor servicio requiere más amigos

La amistad abierta a muchos, amistad que incorpora gente, es la piedra de toque del verdadero servicio evangélico. Si se sirve a los más pobres y se da gloria y alabanza a Dios no puede estar ausente una amistad alegre y abierta entre los convocados. Los celos, las envidias, la competencia, el resentimiento, las distancias, las suspicacias, los chismes, la descalificación, la lucha por espacios de poder, el ver la paja en el ojo ajeno, el no perdonar las deudas chicas, el condenar al hijo pródigo y no querer que vuelva, el pescar infraganti a los pecadores y hacerlo público, el no juntarse con los publicanos… son todas señales de que el servicio a los más pobres necesita ser purificado porque esconde una búsqueda de sí mismo (o un escape de sí mismo, que es lo mismo).

El servicio incrementa la alabanza al Padre

En Ignacio, el servicio va unido a la alabanza al Padre: “el hombre es creado para alabar, hacer reverencia y servir (por puro amor y para mayor gloria de Dios)” (EE 23).
La oración, al igual que cualquier tarea, se hace pidiendo “gracia a Dios nuestro Señor, para que todas mis intenciones, acciones y operaciones sean puramente ordenadas en servicio y alabanza de su divina majestad, para poderlo “mucho servir por puro amor” (EE 46).

El servicio no teme a las humillaciones

El Rey Eternal pone la piedra de toque de su servicio en la capacidad de mantener la alegría de la amistad. Esto surge si uno lee en esta clave en qué se fija Jesús cuando llama a sus amigos y servidores a acompañarlo en la tarea de ayudar a las almas. Dice que los que quieren “afectarse y señalarse en el servicio del Señor” tienen que ser capaces de ofrecerle “toda su persona” y tienen que estar dispuestos a “pasar injurias y vituperios y toda pobreza si eso es “mayor alabanza y servicio de su divina majestad” (EE 97-98).
Estas injurias y vituperios no son sólo de los enemigos. Se trata de saber recibir sinsabores también de los cercanos. Buscando por supuesto aclararlos y perdonarlos, pero este no “herirse” por cualquier contradicción es propio del servicio por amistad. Ignacio tiene muchas recomendaciones en este sentido: la de “salvar la proposición del prójimo, la de hablar con quien corresponde y no hacer públicos pecados o defectos que no eran públicos, la de “obedecer al cocinero en la cocina” (el lo hacía aunque era el general de la Compañía), la de expulsar como peste al que siembra discordias, la recomendación de la unión de los ánimos….

En la Contemplación para alcanzar amor Ignacio expresa cómo el poder “en todo amar y servir” brota de un conocimiento interno de tanto bien recibido. “Pedir lo que quiero; será aquí, pedir conocimien¬to interno de tanto bien recibido, para que yo enteramente recono¬ciendo, pueda en todo amar y servir a su divina majestad (EE 233).
Esto es propio de la amistad, que siente interiormente cuánto ha recibido del amigo en el mismo momento en que el otro requiere algún servicio o ayuda y por eso responde espontáneamente con mucho amor.

El modelo de servicio por puro amor lo expresa hermosísimamente en la contemplación de la Encarnación, donde se pone a sí mismo como servidor y amigo: “Ver a nuestra Señora y a José y a la sirvienta, y al niño Jesús después de ser nacido; haciéndome yo un pobrecito y esclavito indigno, mirándolos, contemplándolos, y sirviéndolos en sus necesidades, como si presente me hallase, con todo acatamiento y reverencia posible; y después reflexionar sobre mi mismo para sacar algún provecho” (EE 114).

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En síntesis podemos ver que tanto Pablo como Ignacio unen servicio y amistad de manera tal que se potencian y mejoran entre sí. Una amistad sin servicio es amiguismo. Un servicio sin amistad, eficientismo. En cambio el servicio por amistad es eficaz y la amistad que se orienta al servicio se consolida y crece.

 

Momento de Contemplación

Hna Marta Irigoy md

 

Bienaventurados los que, como Pablo, aún siendo libres se hacen servidores de todos por el Evangelio (1 Cor 9, 19). Encontrarán por el camino infinidad de amigos.

 Esta hermosa “Bienaventuranza de Pablo”, me trajo a la memoria, un párrafo del libro “Sabiduría de un pobre”, de Eloi Leclerc, y me pareció lindo iluminar con él, nuestro Taller de EE, de este mes de Julio.

En los  EE, hacemos una petición a partir de la Segunda Semana, en donde pedimos “conocimiento interno del Señor, que por mí se ha hecho hombre, para que más le ame y le siga /sirva”, es decir, pedimos al Señor conocerlo, para luego imitar sus sentimientos y descubrir el llamado que nos hace.  Por lo tanto, podemos decir que los EE siempre son de “seguimiento”.  Seguimiento que tiene su Principio y Fundamento en el el mandamiento del amor:

 Este es mi mandamiento:  Ámense los unos a los otros,  como yo los he amado.  No hay amor más grande  que dar la vida por los amigos.   Ustedes son mis amigos si hacen lo que yo les mando. Ya no los llamo servidores, porque el servidor ignora lo que hace su señor; yo los llamo amigos, porque les he dado a conocer  todo lo que oí de mi Padre.  No son ustedes los que me eligieron a mí,  sino yo el que los elegí a ustedes,  y los destiné para que vayan y den fruto,  y ese fruto sea duradero” (Jn 15, 12-17).

 El texto de Eloi Leclerc, nos puede ayudar a descubrir este modo simple y a la vez extraordinario, de hacer conocer más a Jesús, como él mismo se nos dio a conocer  y  a través del gesto de nuestra amistad, hacer que todos los hombres descubran que son amados por el Padre.

Esta es la Buena Nueva, que se nos envía a anunciar!!

“Para nosotros es preciso aprender a ver el mal y el pecado como Dios lo ve. Eso es precisamente lo difícil, porque donde nosotros vemos naturalmente una falta a condenar y a castigar, Dios ve primeramente una miseria a socorrer. El Todopoderoso es también el más dulce de los seres, el más paciente. En Dios no hay ni la menor traza de resentimiento… Nadie ama como Él, pero nosotros debemos intentar imitarle. Hasta ahora no hemos hecho todavía nada. Empecemos, pues, a hacer algo.

Pero ¿por dónde comenzar?; padre, dímelo-.preguntó Tancredo

-La cosa más urgente- dijo Francisco- es desear tener el Espíritu del Señor. Él solo puede hacernos buenos, profundamente buenos, con una bondad que es una sola cosa con nuestro ser más profundo.

Se calló –Francisco- un instante y después volvió a decir:

 -El Señor nos ha enviado a evangelizar a los hombres, pero ¿has pensado ya lo que es evangelizar a los hombres? Mira, evangelizar a un hombre es decirle: “Tu también eres amado de Dios en el Señor Jesús”. y no sólo decírselo, sino pensarlo realmente. Y no sólo pensarlo, sino portarse con este hombre de tal manera que sienta y descubra que hay en él algo de salvado, algo más grande y más noble de lo que él pensaba y que se despierte así a una nueva conciencia de sí. Eso es anunciarle la Buena Nueva y eso no podemos hacerlo más que ofreciéndole nuestra amistad; una amistad real, desinteresada, sin condescendencia, hecha de confianza y de estima profundas. Es preciso ir hacía los hombres. La tarea es delicada. El mundo de los hombres es un campo de lucha por la riqueza y el poder, y demasiados sufrimientos y atrocidades les ocultan el Rostro de Dios. Es preciso, sobre todo, que al ir hacia ellos no les aparezcamos como una nueva especie de competidores. Debemos ser en medio de ellos testigos pacíficos del Todopoderoso, hombres sin avaricias y sin desprecios, capaces de hacerse realmente sus amigos. Es nuestra amistad lo que ellos esperan, una amistad que les haga sentir que son amados de Dios y salvados en Jesucristo.

  El sol había caído detrás de los montes y bruscamente había refrescado el aire, el viento se había levantado y sacudía los árboles, era ya casi de noche y se oía subir de todas partes el canto ininterrumpido de las cigarras”.

    Gustemos en silencio contemplativo este texto, y hagamos memoria de todos los que a través de su sencilla y profunda  amistad, nos revelaron el Amor de Dios.

   Terminemos cantando juntos: Tengan los sentimientos de Jesús.

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