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Momento de reflexión

Diego Fares sj

Dando una charla al Grupo de Estudios de Don Orione, en la Curia General, me gustó mucho algo que dijo su Director General, el padre Tarcisio Vieira: El lenguaje para llegar al corazón de los jóvenes debe ser el lenguaje de la narración. Nada más cautivante que contar una historia de vida, como las de la vida de nuestros santos.

Esto me llevó a poner la atención en una frase que Ignacio usa siempre como primer preámbulo de todas las contemplaciones: «Traer la historia que tengo que contemplar». Si uno busca en los Ejercicios, esta es la así llamada «anotación segunda». Ignacio define lo que son los Ejercicios e inmediatamente, explica qué significa para él esto de «traer la historia». Traerla a dónde? Siempre pasé un poco por alto este punto, dando por supuesto que significa «recordar la historia», en el sentido de fijar un punto de la vida del Señor en el que nos detendremos a meditar y contemplar.

Sin embargo Ignacio precisa mucho más. «Traerla» quiere decir que el que da los puntos debe (1)»narrar fielmente la historia». Fielmente no quiere decir contar todos los detalles, sino todo lo contrario: debe ser (2) breve y sintético! Por qué? Para que la persona que contempla, (3) tomando el fundamento verdadero de la historia, (4) discurra y razone por sí misma y, (5) hallando alguna cosa que le haga aclarar más o sentir la historia (por su propio razonamiento o por iluminación del Espíritu), (6) saque más fruto espiritual del que sacaría si el que le da los ejercicios le declarase y ampliase mucho el sentido de la historia. Y aquí agrega Ignacio su famoso lema: «porque no el mucho saber harta y satisface al ánima, mas el sentir y gusta de las cosas internamente» (Cfr. EE 2).

La historia que contemplamos se sitúa así, dialogalmente, entre uno que la cuenta de modo breve y sintético y otro que se mete en ella con todo su ser, con sus sentidos, memoria, imaginación, razonamiento y afectos, para buscar y hallar aquel detalle que le hace más «sentir y gustar» la historia . Se trata por tanto de una historia en la que el que contempla no es espectador sino co-protagonista. Contemplar es «meterse en la escena como si presente me hallase» e «interactuar con los personajes». Contemplar, para Ignacio, no es solo recibir pasivamente -mirar y escuchar- sino también imaginar creativamente y dialogar con los personajes que la historia evangélica me propone.

Contemplación de la Encarnación (EE 101-109)

Entramos así de lleno en el tema mismo de este mes, que es la encarnación del Señor, la Encarnación del Verbo, de la Palabra, en nuestra historia. La Palabra se encarna dialogando.

Cuál es la historia que tenemos que contemplar en la Encarnación? Ignacio la cuenta breve y sumariamente: «Cómo las tres personas divinas miraban toda la planicie o redondez de todo el mundo llena de hombres, y cómo viendo que todos descendían al infierno, se determinaen su eternidad que la segunda persona se haga hombre, para salvar el género humano, y así venida la plenitud de los tiempos, (comienzan a llevar a cabo esta determinación) enviando al ángel san Gabriel a nuestra Señora» (EE 102).

Una historia no es una sucesión de hechos inconexos, sino todo lo contrario: los hechos se tejen y se concatenan unos con otros porque los unifica una intención de fondo, una determinación. Esa es la palabra que usa Ignacio: la Santísima Trinidad se determinóa salvarnos.

La Encarnación de la segunda persona -del Hijo- es fruto de esta determinación salvífica. Por tanto, todo lo que contemplemos de la Vida de Cristo, todo lo que el Señor hará y padecerá, todo lo que le escucharemos predicar a su pueblo y las obras de misericordia que realizará con los más pobres y enfermos, lo debemos contemplar en esta clave salvifica. Son palabras y acciones que brotan de la determinación de salvar a la gente que tomaron en conjunto, el Padre, el Espíritu y Él. Las tres Personas no quieren otra cosa sino salvar a la humanidad, salvar a cada hombre, a cada persona, y para ello, determinan que el camino es la Encarnación, no otro. Es el camino que eligieron y una vez elegido, es el único real para nosotros y el mejor. En consecuencia, todo lo que nosotros «hagamos» con el evangelio y con los encargos que nos dejó el Señor -bautizar, perdonar los pecados, invitar al banquete eucarístico…- tiene que reflejar esa determinación salvífica!

Aunque parezca abstracto esto de que Dios «se determina» libremente, es lo más concreto del mundo. El amor siempre es concreto. El amor es este bien, aquí y ahora y posible de este modo. Si no se concreta, por la excusa que sea, no es verdadero amor. Así, esta determinación de Dios es el inicio de la historia, de la historia de la salvación. Imaginemos una madre que le dice a su hijo: como no sos digno, no te has portado bien o no has sacado buena nota, no te doy de comer ni te baño hasta que te pongas en regla.

Por qué insistimos en este punto? Porque si uno reflexiona bien, basta un momento  para hacer que se diluyan, como si fuera un mal sueño que una madre con su caricia despeja de la frente de su hijo, todas las discusiones abstractas y encarnizadas que quieren impedir que la Misericordia del Padre toque la carne y la vida de la gente. Podemos impedir que la Misericordia del Padre toque con las manos de Jesús -y las nuestras- las llagas y miserias de cada persona? Tiene sentido decir que es «para salvar la integridad de la doctrina»? Dios se determinó a salvar, se determinó a ser misericordioso, y para ello tomó nuestra carne, porque la misericordia no se puede ejercer sino tocando las llagas -materiales y espirituales-. Es una determinación absoluta y sin peros: Dios se determina llegar, sí o sí, a cada miseria con su Amor, y nada ni nadie tiene derecho a impedírselo, a ponerle otros límites que este de su determinación misma.

Digo límite porque determinarse es ponerse un límite, pero paradójicamente, el límite no es el de un obstáculo que frena, sino el curso que hace que el agua viva corra sin dispersarse y pase haciendo el bien. La Encarnación consistió en «meter» -si se me permite la expresión- el Amor infinito de Dios en un corazón de carne – la que María le dio a su Hijo- y dejar que corriera a partir de esa fuentecita, encendiéndolo todo y bautizándolo todo a su paso. La historia de salvación es el Amor mismo de Dios, no estancado en el Cielo, sino corriendo día a día, paso a paso, por la tierra.

Amor encarnado es amor hecho historia. Y esto supone «un pasito adelante cada día». Se disuelven así, decíamos, todos los intentos farisaicos de impedir que el amor camine, con la excusa de que sus pasos son vacilantes o de que su punto de partida no está en regla o de que no se sabe a dónde irá a parar. El amor se encarnó y tiene derecho a caminar. El bien concreto más pequeño, con todos sus límites y defectos, es más bien que cualquier bien meramente ideal, si es que existe algo así como un bien ideal.

Imitar y seguir al Señor así nuevamente encarnado

En la contemplación de la Encarnación, en la del Nacimiento y en todas las que siguen, Ignacio adopta un esquema de «contemplación en cuatro pasos». Ver las personas, oír lo que hablan, mirar lo que hacen y luego de ver-oír-mirar, reflexionar para sacar provecho. Esta es la dinámica y debo confesar que siempre me ha creado un poco de dificultad tratar de seguir los pasos de Ignacio diferenciadamente, centrando el foco, primero en las personas, luego en oír lo que dicen y después en mirar lo que hacen. Evidentemente se trata de una gracia que recibió San Ignacio al contemplar y que luego, reflexionando, estructuró así. Si tenemos en cuenta que él considera que comunicar bien lo que recibió es la gracia complementaria de haberla recibido bien, podemos hacer un esfuerzo y poner especial atención sobre estos pasos, tratando de descubrir lo sabio de la pedagogía que suponen y adaptarlos para sacarles provecho nosotros.

Afirmamos que esta dinámica de «contemplar/reflexionar» orientada toda ella a «sacar provecho» es algo valioso. Hay que fijar la mirada en el fin, no en cada paso aislado y comprender que cuando Dios nos dice que recemos – que alabemos, contemplamos y reflexionamos-, lo que quiere es que «saquemos provecho».

No hay que dar esto por descontado, porque muchas veces uno mira y reflexiona «yéndose por las nubes» y no concentrando su esfuerzo en sacar un fruto concreto. En la contemplación de los Ejercicios se trata de ir a buscar un fruto práctico. Esto es lo que da sentido a la oración, ya que no le podemos «dar» a Dios otra cosa mejor que aprovecharnos de su amor y de sus gracias, para bien de todos. La gloria de Dios es que el hombre viva, que se salve y saque provecho de su amor. Él es Amor y Amor siempre más grande, por lo cual siempre quiere dársenos más – todo lo que puede-, y si aprovechamos bien, no solo mentalmente, aprendiendo verdades, ni solo afectivamente, sintiéndonos consolados y satisfechos, sino dando frutos de misericordia y de justicia y caridad para con los demás, mejor entonces: esto es lo que a Dios más le agrada.

De aquí la conclusión de esta contemplación de la Encarnación que se hace extensiva a todas las demás: se trata de «contemplar» para que el Señor «se encarne nuevamente» en mi historia. Este fruto lo explicita Ignacio al final, cuando propone el triple coloquio -con la Trinidad, con el Verbo eterno encarnado o con la Madre y Señora nuestra-, invitándonos a pedir, cada uno «según que en sí sintiere, la gracia de más seguir e imitar al Señor nuestro, así nuevamente encarnado» (EE 109).

Las contemplaciones de la vida del Señor son para «encarnarlo». Son contemplaciones y reflexiones para sacar «este provecho», este fruto: que el Señor nuevamente se encarne en nuestra vida.

Encarnar la santidad en el mundo actual

Esto es lo que quiere decir el Papa Francisco cuando, retomando en Cristo Vive lo que había dicho el comienzo de Gaudete et exsultate, expresa«Quise detenerme en la vocación de todos a crecer para la gloria de Dios, y me propuse «hacer resonar una vez más el llamado a la santidad, procurando encarnarlo en el contexto actual, con sus riesgos, desafíos y oportunidades» (GE 2).

En Cristo vive, dirigiéndose a los jóvenes y a todo el pueblo de Dios, cita a San Alberto Hurtado: «Ser apóstoles no significa llevar una insignia en el ojal de la chaqueta; no significa hablar de la verdad, sino vivirla, encarnarse en ella, transformarse en Cristo. Ser apóstol no es llevar una antorcha en la mano, poseer la luz, sino ser la luz […]. El Evangelio […] más que una lección es un ejemplo. El mensaje convertido en vida viviente» (CV 175).

Tenemos así, bien delineado, el fin de la oración contemplativa y de la reflexión ignaciana: encarnar el evangelio.

Ahora bien, la encarnación no es «un hecho» puntual sino una vida. Decir que el Verbo «se encarnó» es aludir a una misteriosa tensión entre algo absoluto y definitivo, que se da entero en el momento en que se encarna, y algo que se va desarrollando en el tiempo, en el proceso de crecimiento de esa «carne» y en el  aprendizaje de todo lo que implica ir haciéndose una persona madura, que vive su propia historia, que se inserta creativamente en su cultura y en la realidad social de su tiempo. «Cristo se encarna nuevamente» de manera muy precisa cuando uno más «lo imita y lo sigue». Y para esto, para encontrar «cómo y en qué seguirlo» es necesario el discernimiento espiritual.

Discernimiento de Amistad

Ahora sí, podemos definir lo que significa «discernimiento». Discernimiento es un «Instrumento de lucha para seguir mejor al Señor. De ese modo, el deseo de reconocer la propia vocación adquiere una intensidad suprema, una calidad diferente y un nivel superior, que responde mucho mejor a la dignidad de la propia vida. Porque en definitiva un buen discernimiento es un camino de libertad que hace aflorar eso único de cada persona, eso que es tan suyo, tan personal, que sólo Dios lo conoce. Los otros no pueden ni comprender plenamente ni prever desde afuera cómo se desarrollará» (CV 295).

Pero este «imitar y seguir a Jesús» tienen para el Papa una característica decisiva y fundamental: se trata de «imitar y seguir a un Amigo». Y a un amigo solo se lo sigue como amigo. La amistad es clave para que la imitación no sea un remedo, no se convierta en una caricatura, y para que el seguimiento no se transforme en una marcha forzada de la que luego uno se cansa.

La amistad de la clave: los amigos se «imitan» siendo cada uno él mismo y diverso del otro. Se imitan emulando el impulso del otro a servir a su manera, a seguir a su manera. Se imitan las virtudes últimas, no las segundas. Se imitan la generosidad en el darlo todo, no en la cantidad, que puede variar. Se imitan la gratuidad, se imita el buen humor, se imitan el darlo todo en distintos gestos…

Así se entiende qué significa «nuevamente encarnado»: «La vida que Jesús nos regala es una historia de amor, una historia de vida que quiere mezclarse con la nuestra y echar raíces en la tierra de cada uno. Esa vida no es una salvación colgada “en la nube” esperando ser descargada, ni una “aplicación” nueva a descubrir o un ejercicio mental fruto de técnicas de autosuperación. Tampoco la vida que Dios nos ofrece es un “tutorial” con el que aprender la última novedad. La salvación que Dios nos regala es una invitación a formar parte de una historia de amor que se entreteje con nuestras historias; que vive y quiere nacer entre nosotros para que demos fruto allí donde estemos, como estemos y con quien estemos. Allí viene el Señor a plantar y a plantarse» (CV 252).

Momento para contemplar

Marta Irigoy 

En este mes de Junio, donde celebramos al Sagrado Corazón de Jesús, estamos invitados a contemplar la Encarnación de Jesús.

Dice San Ignacio que la determinación de que el Hijo se haga hombre tiene como fin «salvar al género humano».

Este es un discernimiento que acontece  en el Corazón de la Trinidad, para que cada hombre y mujer pueda vivir en plenitud… Jesús va a decir en el Capítulo 10 del Evangelio de Juan: “Yo he venido para que  tengan Vida, y la tengan en abundancia.

Podemos preguntarnos:

  • ¿Qué es tener vida en abundancia?…
  • ¿Qué significa “abundancia” en estos tiempos de tanta escasez y vacío??

Y ante estas preguntas, sabemos que quien tiene las respuestas, se encuentra escondido en la  propia humanidad de cada uno sosteniendo nuestra pequeñez con su ternura y amor…

Al contemplar la Encarnación de Jesús, se nos invita a abrazar la propia vida como misión, y responder con mucha generosidad al llamado a la santidad, procurando encarnar, es decir “hacer carne” en nuestros gestos, los gestos de Jesús, en el contexto actual, con sus riesgos, desafíos y oportunidades» (GE 2).

El mayor desafío es transparentar el mensaje de Jesús y convertirnos en mensajeros enamorados de Buenas Noticias”, para que esa Vida en Abundancia que recibimos de Él sea compartida, irradiada y testimoniada en la sencillez de la vida cotidiana…

Dice el Papa Francisco: “Cada santo es una misión; es un proyecto del Padre para reflejar y encarnar, en un momento determinado de la historia, un aspecto del Evangelio” (GE 19).

Al responder a este llamado a la Santidad, también cada uno de nosotros al abrazar la vida como misión, tiene al alcance de la mano y del corazón, poder  alimentar y nutrir su vida con la oración contemplativa y la reflexión ignaciana, ya que esta tiene como fruto encarnar el Evangelio de Jesús… descubriendo que el mayor fruto que podemos cosechar es: ser Buena Noticia –Evangelio- para los demás…

Contemplar la vida del Señor nos deslumbrará –y alumbrará- tanto que alcanzaremos, con la Gracia de Dios, este fruto: que el Señor nuevamente se encarne en nuestra vida.

La Gracia de este mes será descubrir, como dice San Ignacio, que “Cristo se encarna nuevamente en mi vida”…

Y así descubriremos como la Vida en Abundancia que Jesús nos regala es una historia de amor y de Amistad gratuita, una historia de vida que quiere mezclarse con la nuestra y echar raíces en la tierra de cada uno.

Para rezar en este mes, puede ayudar la oración del Cardenal Newman, que Madre Teresa rezaba cotidianamente y que recibió como Gracia para encarnar en su vida de tal manera la Vida en Abundancia  de Jesús…

       Irradiar a Cristo

Jesús mío, ayúdame a esparcir tu fragancia dondequiera que yo vaya,

inunda mi alma con tu Espíritu y tu Vida;

penetra en todo mí ser y toma posesión de tal manera,

que mi vida no sea en adelante sino una irradiación de la tuya.

Quédate en mi corazón con una unión tan íntima,

que las almas que tengan contacto con la mía,

puedan sentir en mí tu presencia y que, al mirarme,

olviden que yo existo y no piensen sino en Ti.

Quédate conmigo. Así podré convertirme en luz para los otros.

Esa luz, oh Jesús, vendrá de Ti; ni uno solo de sus rayos será mío:

yo te serviré apenas de instrumento

para que Tú ilumines a las almas a través de mí.

Déjame alabarte en la forma que es más agradable,

llevando mi lámpara encendida para disipar las sombras

en el camino de otras almas.

Déjame predicar tu Nombre con palabras o sin ellas…

con mi ejemplo, con la fuerza de tu atracción,

con la sobrenatural influencia evidentemente

del amor que mi corazón siente por Ti.

Amen

Cardenal Newman

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Momento de reflexión

Diego Fares sj

“Tengan los sentimientos de Jesús (Fil 2)

Bienaventurados los que, como Pablo, aún siendo libres se hacen servidores de todos por el Evangelio (1 Cor 9, 19). Encontrarán por el camino infinidad de amigos.

Amistad y servicio en Pablo

Timoteo, Epafrodito, Sosípater…, hay que convenir que los nombres de los colaboradores de Pablo nos suenan extraños, como suele suceder con los nombres de las personas de otras culturas. Sin embargo, detrás de esos nombres hay rostros de gente buena, simpática y fiel: son los compañeros y colaboradores de Pablo, su equipo apostólico, sus compañeros de misión y amigos en el Señor. Si uno se fija con atención es notable el grupo de “compañeros y colaboradores” con que Pablo se mueve.
El Apóstol utiliza poco el término “amigo”. Más bien utiliza “compañero” (koinonos) y sobre todo “colaboradores” (synergos) y consiervos en Cristo (syndoulos). La amistad y el compañerismo en Pablo se definen en relación al servicio del Evangelio. Pablo se considera a sí mismo “Siervo (esclavo) de Jesucristo, llamado a ser apóstol, apartado para el evangelio de Dios” (Rm 1, 1). Pablo es un “servidor del evangelio de Cristo” (Rom 15, 16).
Pablo es muy radical y no habla de “amistad” que no sea en Cristo: “Si yo todavía estuviera tratando de agradar a los hombres, no sería siervo de Cristo” (Gal 1, 10). Su postura es: “Ya no conocemos a nadie según la carne” (2 Cor 5, 16). Pero, por eso mismo, aquellos a quienes conoce en Cristo y con quienes comparte el servicio del evangelio se convierten en amigos entrañables.
Veamos a algunos de sus amigos en el Señor: Timoteo, en primer lugar: “Les enviamos a Timoteo, nuestro hermano, servidor de Dios y colaborador nuestro en el evangelio de Cristo, para confirmarlos y exhortarlos en su fe” (1 Tes 3, 2). Para Pablo, Timoteo es alguien que “como un hijo junto a su padre ha servido conmigo en favor del Evangelio” (Fil 2, 22).
Son también amigos queridos, colaboradores y compañeros, Tito, Urbano, Filemón…: “En cuanto a Tito, él es mi compañero y colaborador entre ustedes” (2 Cor 8, 23); “Saluden a Urbano, nuestro colaborador en Cristo Jesús, y a Estaquis, querido amigo mío” (Rm 16, 9). “Pablo, prisionero de Jesucristo, y el hermano Timoteo, al querido amigo Filemón, colaborador nuestro” (Filem 1, 1). Epafrodito es llamado también compañero de milicia, en el sentido de que servir al evangelio conlleva lucha: “Creí necesario enviarles a Epafrodito, mi hermano, colaborador y compañero de milicia, quien también es su mensajero y servidor para mis necesidades” (Fil 2, 25).
Un término lindo que utiliza Pablo es el de “consiervos”, esclavos en común del evangelio: “En cuanto a todos mis asuntos, os informará Tíquico, nuestro amado hermano, fiel ministro y consiervo en el Señor” (Col 4, 7). “Epafras, nuestro consiervo amado, que es un fiel ministro de Cristo para ustedes” (Col 1, 7).
Este término, “consiervos”, sintetiza tres cosas, la primacía de Cristo de quien son esclavos y servidores, el servicio del evangelio y el hecho de compartirlo como amigos y compañeros.
Teniendo en cuenta esto destacamos algunas cualidades de este servicio del evangelio que son al mismo tiempo características de la amistad:

Igualdad

En primer lugar, la supremacía de Cristo no deja lugar a disensiones, lo cual es como la contracara de la amistad: “Cuando dice uno «Yo soy de Pablo», y otro «Yo soy de Apolo», ¿no proceden al modo humano?
¿Qué es, pues Apolo? ¿Qué es Pablo?… ¡Servidores, por medio de los cuales ustedes han creído” (1 Cor 3, 4-5).
El ser todos servidores, en pie de igualdad, implica y favorece la amistad. Una igualdad sin celos sólo puede darse entre amigos!

Fidelidad

La fidelidad, virtud propia de la amistad, es también lo propio del que es servidor y administrador: “Por tanto, que nos tengan los hombres por servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios. Ahora bien, lo que en fin de cuentas se exige de los administradores es que sean fieles” (1 Cor 4, 1-2). Esta fidelidad es fidelidad objetiva al mensaje íntegro del evangelio y, al mismo tiempo, es fidelidad al estilo de Cristo: “Y el Dios de la paciencia y del consuelo les conceda tener los unos para con los otros los mismos sentimientos, según Cristo Jesús (Rm 15, 5-9).

Compartir sufrimientos

La fidelidad al evangelio conlleva “soportar juntos como amigos “los sufrimientos por el evangelio”, como le dice Pablo a su hijo Timoteo (Cfr 2 Tm 1, 7-11)
No ser gravoso
“A otras Iglesias despojé, recibiendo de ellas con qué vivir para servirles. Y estando entre ustedes y necesitado, no fui gravoso a nadie” (2 Cor 11, 8-9).

Sinceridad

“Todo cuanto hagan, háganlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres, conscientes de que el Señor les dará la herencia en recompensa. El Amo a quien sirven es Cristo” (Fil 3, 23-24).

Alegría

La alegría es la característica que muestra que uno está realizando el servicio que Dios quiere: “Cada cual dé según el dictamen de su corazón, no de mala gana ni forzado, pues: Dios ama al que da con alegría” (2 Cor 9, 7-13).

Extensión a lo social: la colecta

“Les damos a conocer, hermanos, la gracia que Dios ha otorgado a las Iglesias de Macedonia (que hicieron la colecta). Pues, aunque probados por muchas tribulaciones, su rebosante alegría y su extrema pobreza han desbordado en tesoros de generosidad. Porque atestiguo que según sus posibilidades, y aun sobre sus posibilidades, espontáneamente nos pedían con mucha insistencia la gracia de participar en el servicio en bien de los santos” (2 Cor 8, 2-8). Vemos así que en Pablo, el servicio del evangelio genera colaboración y amistad crecientes y esta amistad en el Señor hace que el servicio sea más eficaz e inclusivo.

Amistad y servicio en Ignacio

En Ignacio amistad y servicio configuran un círculo virtuoso. Los Ejercicios tienen por fruto una gracia de amistad en el Señor que se traduce en el servicio y en la ayuda a las almas. A su vez, el servicio del Evangelio nos va haciendo cada vez mejores amigos en el Señor.

Amigos en el Señor

“Amigos en el Señor” es una frase que escribió San Ignacio a Juan de Verdolay, amigo laico de Barcelona en 1537: “De Paris llegaron aquí, mediados de enero, nueve amigos en el Señor”. Con San Ignacio, estos nueve amigos, formarían el grupo de los diez que fundaron la Compañía de Jesús en 1540.

Mucho servir a Dios nuestro Señor por puro amor”.

Al final de los Ejercicios, en la última regla para “sentir con la Iglesia”, Ignacio pone una frase que sintetiza su espiritualidad: “sobre todo se ha de estimar el mucho servir a Dios nuestro Señor por puro amor” (EE 370). Jesús es para Ignacio, fundamentalmente Amigo y Compañero. Esto, que cuando uno lo piensa bien suena inusitado, es pura gracia, pero gracia correspondida.
Veamos los tres textos de los Ejercicios en que Ignacio utiliza la palabra amigo.

Amistad y perdón

Con Jesús se conversa “como un amigo habla a otro” (EE 54), porque vino “a hacerse hombre … y a morir por mis pecados” (EE 53). Ignacio piensa la redención y el perdón de los pecados en términos de amistad: lo que mi Amigo a hecho por mí y lo que yo debo hacer por mi Amigo.

Amistad y seguimiento

El Sumo Capitán, en la meditación de Dos Banderas, llama a todos “sus siervos y amigos” y los envía a la tarea de ayudar a las almas (EE 146). El que llama no es un Señor lejano sino el Rey Eternal que quiere “conquistar a sus enemigos” (convirtiéndolos en amigos) y que invita así: “quien quisiere venir conmigo ha de trabajar conmigo, porque siguiéndome en la pena también me siga en la gloria” (EE 95). Así pues, el seguimiento y la lucha espiritual se viven en un clima de estrecha amistad con Cristo. Hay un pasaje muy lindo que confirma este estilo de Jesús. Se trata del primer punto de la contemplación de la Transfiguración. Allí Ignacio dice: “tomando en compañía Christo nuestro Señor a sus amados discípulos Pedro, Jacobo y Juan, transfigurose y su cara resplandecía como el sol y sus vestiduras como la nieve” (EE 284).

Amistad y discernimiento

En la contemplación de la Resurrección Ignacio expresa una intuición hermosísima: Jesús resucitado tiene por oficio “consolar” como los amigos consuelan a sus amigos. Dice el texto: “Mirar el oficio de consolar, que Christo nuestro Señor trae, y comparando cómo unos amigos suelen consolar a otros” (EE 224).
El “mucho servirnos por puro amor” de Jesús es un servicio que lo lleva a dar la vida por sus amigos y, una vez resucitado, lo lleva a salir a buscarlos y a consolarlos en todas las encrucijadas en las que se encuentran. Este oficio de consolar se traduce y se concreta en todas las “reglas de discernimiento”. En ellas, lo propio del Señor y del buen espíritu es “dar verdadera alegría y gozo espiritual, quitando toda tristeza y turbación que el enemigo induce” (EE 329).
El trato de amistad es clave para comprender el espíritu de las reglas. Negativamente, se confirma esto al ver que Ignacio habla del mal espíritu en términos de “enemigo”. El enemigo seduce y facilita las cosas cuando uno va por mal camino y perturba y pone impedimentos de todo tipo cuando uno va por el buen camino. El enemigo mete miedo, miente y quiere ser secreto como un vano enamorado, ataca por la parte más débil… Todas maneras de actuar diametralmente opuestas a las de un buen amigo, del cual es propio corregir si uno obra mal y alentar si uno va bien.

Amistad y servicio

La amistad que se consolida en medio del servicio del Evangelio es una amistad fiel y abierta. Una amistad que lleva a la alabanza y a la reverencia para con el Padre y a incorporar a otros muchos en un mismo servicio y amistad, sin celos ni competencias. Es bueno unir estas cosas: servicio, adoración y amistad con muchos.

El mayor servicio requiere más amigos

La amistad abierta a muchos, amistad que incorpora gente, es la piedra de toque del verdadero servicio evangélico. Si se sirve a los más pobres y se da gloria y alabanza a Dios no puede estar ausente una amistad alegre y abierta entre los convocados. Los celos, las envidias, la competencia, el resentimiento, las distancias, las suspicacias, los chismes, la descalificación, la lucha por espacios de poder, el ver la paja en el ojo ajeno, el no perdonar las deudas chicas, el condenar al hijo pródigo y no querer que vuelva, el pescar infraganti a los pecadores y hacerlo público, el no juntarse con los publicanos… son todas señales de que el servicio a los más pobres necesita ser purificado porque esconde una búsqueda de sí mismo (o un escape de sí mismo, que es lo mismo).

El servicio incrementa la alabanza al Padre

En Ignacio, el servicio va unido a la alabanza al Padre: “el hombre es creado para alabar, hacer reverencia y servir (por puro amor y para mayor gloria de Dios)” (EE 23).
La oración, al igual que cualquier tarea, se hace pidiendo “gracia a Dios nuestro Señor, para que todas mis intenciones, acciones y operaciones sean puramente ordenadas en servicio y alabanza de su divina majestad, para poderlo “mucho servir por puro amor” (EE 46).

El servicio no teme a las humillaciones

El Rey Eternal pone la piedra de toque de su servicio en la capacidad de mantener la alegría de la amistad. Esto surge si uno lee en esta clave en qué se fija Jesús cuando llama a sus amigos y servidores a acompañarlo en la tarea de ayudar a las almas. Dice que los que quieren “afectarse y señalarse en el servicio del Señor” tienen que ser capaces de ofrecerle “toda su persona” y tienen que estar dispuestos a “pasar injurias y vituperios y toda pobreza si eso es “mayor alabanza y servicio de su divina majestad” (EE 97-98).
Estas injurias y vituperios no son sólo de los enemigos. Se trata de saber recibir sinsabores también de los cercanos. Buscando por supuesto aclararlos y perdonarlos, pero este no “herirse” por cualquier contradicción es propio del servicio por amistad. Ignacio tiene muchas recomendaciones en este sentido: la de “salvar la proposición del prójimo, la de hablar con quien corresponde y no hacer públicos pecados o defectos que no eran públicos, la de “obedecer al cocinero en la cocina” (el lo hacía aunque era el general de la Compañía), la de expulsar como peste al que siembra discordias, la recomendación de la unión de los ánimos….

En la Contemplación para alcanzar amor Ignacio expresa cómo el poder “en todo amar y servir” brota de un conocimiento interno de tanto bien recibido. “Pedir lo que quiero; será aquí, pedir conocimien¬to interno de tanto bien recibido, para que yo enteramente recono¬ciendo, pueda en todo amar y servir a su divina majestad (EE 233).
Esto es propio de la amistad, que siente interiormente cuánto ha recibido del amigo en el mismo momento en que el otro requiere algún servicio o ayuda y por eso responde espontáneamente con mucho amor.

El modelo de servicio por puro amor lo expresa hermosísimamente en la contemplación de la Encarnación, donde se pone a sí mismo como servidor y amigo: “Ver a nuestra Señora y a José y a la sirvienta, y al niño Jesús después de ser nacido; haciéndome yo un pobrecito y esclavito indigno, mirándolos, contemplándolos, y sirviéndolos en sus necesidades, como si presente me hallase, con todo acatamiento y reverencia posible; y después reflexionar sobre mi mismo para sacar algún provecho” (EE 114).

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En síntesis podemos ver que tanto Pablo como Ignacio unen servicio y amistad de manera tal que se potencian y mejoran entre sí. Una amistad sin servicio es amiguismo. Un servicio sin amistad, eficientismo. En cambio el servicio por amistad es eficaz y la amistad que se orienta al servicio se consolida y crece.

 

Momento de Contemplación

Hna Marta Irigoy md

 

Bienaventurados los que, como Pablo, aún siendo libres se hacen servidores de todos por el Evangelio (1 Cor 9, 19). Encontrarán por el camino infinidad de amigos.

 Esta hermosa “Bienaventuranza de Pablo”, me trajo a la memoria, un párrafo del libro “Sabiduría de un pobre”, de Eloi Leclerc, y me pareció lindo iluminar con él, nuestro Taller de EE, de este mes de Julio.

En los  EE, hacemos una petición a partir de la Segunda Semana, en donde pedimos “conocimiento interno del Señor, que por mí se ha hecho hombre, para que más le ame y le siga /sirva”, es decir, pedimos al Señor conocerlo, para luego imitar sus sentimientos y descubrir el llamado que nos hace.  Por lo tanto, podemos decir que los EE siempre son de “seguimiento”.  Seguimiento que tiene su Principio y Fundamento en el el mandamiento del amor:

 Este es mi mandamiento:  Ámense los unos a los otros,  como yo los he amado.  No hay amor más grande  que dar la vida por los amigos.   Ustedes son mis amigos si hacen lo que yo les mando. Ya no los llamo servidores, porque el servidor ignora lo que hace su señor; yo los llamo amigos, porque les he dado a conocer  todo lo que oí de mi Padre.  No son ustedes los que me eligieron a mí,  sino yo el que los elegí a ustedes,  y los destiné para que vayan y den fruto,  y ese fruto sea duradero” (Jn 15, 12-17).

 El texto de Eloi Leclerc, nos puede ayudar a descubrir este modo simple y a la vez extraordinario, de hacer conocer más a Jesús, como él mismo se nos dio a conocer  y  a través del gesto de nuestra amistad, hacer que todos los hombres descubran que son amados por el Padre.

Esta es la Buena Nueva, que se nos envía a anunciar!!

“Para nosotros es preciso aprender a ver el mal y el pecado como Dios lo ve. Eso es precisamente lo difícil, porque donde nosotros vemos naturalmente una falta a condenar y a castigar, Dios ve primeramente una miseria a socorrer. El Todopoderoso es también el más dulce de los seres, el más paciente. En Dios no hay ni la menor traza de resentimiento… Nadie ama como Él, pero nosotros debemos intentar imitarle. Hasta ahora no hemos hecho todavía nada. Empecemos, pues, a hacer algo.

Pero ¿por dónde comenzar?; padre, dímelo-.preguntó Tancredo

-La cosa más urgente- dijo Francisco- es desear tener el Espíritu del Señor. Él solo puede hacernos buenos, profundamente buenos, con una bondad que es una sola cosa con nuestro ser más profundo.

Se calló –Francisco- un instante y después volvió a decir:

 -El Señor nos ha enviado a evangelizar a los hombres, pero ¿has pensado ya lo que es evangelizar a los hombres? Mira, evangelizar a un hombre es decirle: «Tu también eres amado de Dios en el Señor Jesús». y no sólo decírselo, sino pensarlo realmente. Y no sólo pensarlo, sino portarse con este hombre de tal manera que sienta y descubra que hay en él algo de salvado, algo más grande y más noble de lo que él pensaba y que se despierte así a una nueva conciencia de sí. Eso es anunciarle la Buena Nueva y eso no podemos hacerlo más que ofreciéndole nuestra amistad; una amistad real, desinteresada, sin condescendencia, hecha de confianza y de estima profundas. Es preciso ir hacía los hombres. La tarea es delicada. El mundo de los hombres es un campo de lucha por la riqueza y el poder, y demasiados sufrimientos y atrocidades les ocultan el Rostro de Dios. Es preciso, sobre todo, que al ir hacia ellos no les aparezcamos como una nueva especie de competidores. Debemos ser en medio de ellos testigos pacíficos del Todopoderoso, hombres sin avaricias y sin desprecios, capaces de hacerse realmente sus amigos. Es nuestra amistad lo que ellos esperan, una amistad que les haga sentir que son amados de Dios y salvados en Jesucristo.

  El sol había caído detrás de los montes y bruscamente había refrescado el aire, el viento se había levantado y sacudía los árboles, era ya casi de noche y se oía subir de todas partes el canto ininterrumpido de las cigarras”.

    Gustemos en silencio contemplativo este texto, y hagamos memoria de todos los que a través de su sencilla y profunda  amistad, nos revelaron el Amor de Dios.

   Terminemos cantando juntos: Tengan los sentimientos de Jesús.

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