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Momento de reflexión

Diego Fares sj

La esperanza verdadera y dos tentaciones

 

Una lucidez y un Afecto        

San Ignacio pone la meditación de los Tres binarios después de las Dos Banderas y antes de entrar a contemplar la vida pública del Señor. Es como decir: si vas a contemplar a Jesús y a querer seguirlo, tendrás que desempolvar dos gracias que el Espíritu Santo te regaló de pequeño y que por ahí quedaron como las estampitas del Bautismo, en el fondo de algún cajón. Una fue como el agua del Bautismo que te derramaron tres veces en la cabeza, la otra fue la marca con el crisma; te la hicieron en la frente, pero fue derechito a ungir tu corazón. El agua es de las que te limpian la mente y la dejan con una sola lucidez: la del discernimiento. Ese que, cuando las cosas vienen mezcladas y uno se confunde, te da la lucidez de recordar que solo hay Dos Banderas: una dice “esto te acerca a Jesús”; la otra: “esto te aleja y te mete en campo enemigo”. El don de la unción te marcó con la Cruz de Jesús. Para ir tras Él y para entender lo que la agrada tenés que dejar que este “afecto” que sentís por tu Dueño y Señor, marque con su sello a todos los demás afectos. No que no los sientas ni le des su lugar a cada uno: pero no serán “el afecto”. Ignacio decía (cuando antes de embarcarse le regaló a un pobre la última moneda que le quedaba para el viaje a Jerusalén) que lo hizo porque quería estar “aficionado solo a Dios”.

Meditación termómetro

La de los Tres binarios es una meditación termómetro, para ver cómo está el afecto que le tenemos a Jesús. Nos viene a decir que para escuchar el evangelio tenemos que quererlo mucho a Jesús. Tanto que andemos deseosos de agarrar todo lo que nos dé: dones, encargos, enseñanzas, e incluso retos, con tal de que vengan de Él.

El Señor, a lo largo de su vida, interactuaba con los que lo seguían de manera tal que no se podían no tomar posición. A veces se trató de algo para toda la vida, como cuando llamó a Pedro y Andrés y a Santiago y Juan y ellos inmediatamente: “dejando todo lo siguieron”. Otras veces, el Señor daba indicaciones concretas, como a los 10 leprosos a los que mandó que fueran a presentarse a los sacerdotes. Vemos aquí que uno fue más allá del mandato y se volvió a dar gracias a Jesús y el Señor no solo aceptó esta actitud, sino que hizo ver que la estaba esperando también de los demás. Es decir: Jesús interactuaba de verdad y si bien le gustaba la obediencia, más le gustaba cuando alguien libremente hacía algo más que el mínimo que establecía la ley. No lo mandaba. Si no lo hacían no pasa nada, pero si le adivinaba lo que le gustaba (como la que le ungió los pies con el perfume de nardo puro) y tenían coraje para hacerlo, contaban con su bendición y le daban una alegría.

Lo que quiero decir es que para escuchar a Jesús –que siempre habla “llamando a una misión”-, uno tiene que tener claro qué cosas está dispuesto a hacer o a renunciar si el Señor se lo pide. Porque puede ser que pida mucho, pero también que pida algo que sorprenda, a veces cosas muy pequeñas y fáciles…

Para estar abiertos a las sorpresas

La meditación de los tres binarios ayuda a discernir tres tipos de escenarios posibles para estar abiertos a estas sorpresas. Para que no nos pase como al joven rico, que corrió muy entusiasmado para preguntarle a Jesús qué tenía que hacer para ganar la vida eterna y resulta que el Señor lo miró con amor! Es verdad que después le dijo que vendiera todo y lo siguiera. Pero el problema de este joven no fue que tuviera apego por sus riquezas –quién no! -, el problema fue que no vio esta mirada! Se la perdió. En ningún otro pasaje del Evangelio se dice de alguien que Jesús lo miró con amor. Se supone que el Señor miraba así a todos y que los que se le acercaban era porque percibían esta mirada de amor. Cuando lo interroga a Pedro sobre la amistad no podemos imaginar, sino que las miradas eran de mucho amor… Pero de este joven Marcos lo dice explícitamente (Mc 10, 20).

Y se ve que este caso tiene algo que nos afecta a muchos, porque en general se absolutiza lo de vender todo y esto hace que mucha gente ni siquiera pregunte qué más puede hacer porque piensan que el Señor les responderá que vendan todo. Para nada es así. A Zaqueo, por ejemplo, el Señor no le dijo que vendiera todo y lo siguiera. Zaqueo se ofreció a devolver lo robado y a dar la mitad de sus bienes y al Señor le pareció bien. Y al Geraseno, al cual le expulsó un demonio y quería seguirlo, le dijo que no, que fuera a dar testimonio en su pueblo.

El Señor puede pedir no solo todo o parte, sino que también puede pedirnos otra cosa. Y puede que no nos pida ni nos cambie nada, sino que acepte y bendiga lo que le damos, como cuando le dijo a Marta que su hermana había elegido la mejor parte y no le sería quitada. También hay gente a la que el Señor la cura sin que se lo pidan, como al paralítico… Por tanto, antes de entrar en el seguimiento de la vida pública de Jesús, San Ignacio nos hace ver que tenemos que disponernos bien, tenemos que reconocer bien nuestros afectos, si estamos libres o si alguna cosa nos inquieta porque sentimos que, si Jesús quiere tratar ese tema, no nos animaremos.

El que se guía por el afecto grande a Jesús

El “tercer tipo de personas” es el que se guía por el afecto grande que le tiene a Jesús.

Se trata de una persona que se da cuenta de que tiene que resolver un tema que lo inquieta: qué hacer con los 10.000 ducados que son para él “una posesión inquietante”.

No es de los que se sacan de encima el problema, esa gente que dice “no quiero andar dando vueltas al asunto: o lo tengo y hago lo que quiero o lo dejo y basta”. No. A esta persona lo que le interesa es lo que siente el Señor, lo que el Señor haría con ese dinero. Si le dice que lo regale, quiere regalarlo con alegría, si le dice que lo administre para el bien común, quiere administrarlo lo mejor posible… Es decir, es una persona que aprovecha las cosas que tiene para trabajar y mejorar su modo de querer a Jesús. Este es el punto.

Ignacio dice que “no le tiene afección a tener la cosa acquisita (cosa a la que uno está afeccionado) o a no tenerla, sino quiere solamente quererla o no quererla según que Dios nuestro Señor le pondrá en voluntad, y a él (como libre que es) le parecerá mejor para servicio y alabanza de su divina majestad; y, entretanto quiere hacer de cuenta que todo lo deja en afecto, poniendo fuerza de no querer aquello ni otra cosa ninguna, si no le moviere sólo el servicio de Dios nuestro Señor, de manera que el deseo de mejor poder servir a Dios nuestro Señor, le mueva a tomar la cosa o dejarla” (EE 155).

Como vemos, es todo un trabajo afectivo el que este tipo de persona hace. No solo se imagina escenarios distintos, en los que se proyecta con la plata y sin la plata, sino que “pone fuerza” en ordenar sus afectos, para que “lo que le mueva” sea el deseo de mejor poder servir a Dios nuestro Señor.

“Per aspera ad astra” (por las cosas difíciles se llega a las estrellas)

Ignacio agrega una nota. Dice que estas personas a las que lo que les interesa es lo que siente Jesús, cuando se dan cuenta de que le tienen mucho “afecto o repugnancia” a algo y que se les mete en medio entre Jesús y ellos, usan esta táctica: “Para extinguir el tal afecto desordenado, piden en los coloquios (aunque sea contra la carne) que el Señor les pida eso; y que ellos quieren, piden y se lo suplican, por supuesto sólo si es para servicio y alabanza de la su divina bondad” (EE 149-157). Es como que se chucean a sí mismos y se ponen a prueba para que salga clarito lo que sienten y se les ordenen los afectos. Los ejemplos en la vida de los santos son de todo tipo. San Francisco, para vencer una tentación se tiró sobre un zarzal (y las espinas se convirtieron en las rosas sin espinas que se pueden ver en el jardín de la Porciúncula). Ignacio tiene la famosa regla del “agere contra”, del “hacer lo totalmente contrario” cuando nos damos cuenta de que una cosa es una tentación. Cuenta en su autobiografía que había tocado con la mano a un enfermo de peste y se empezó a sugestionar con que se había contagiado. Entonces se metió la mano entera en la boca diciendo, si está contagiada la mano que se contagie también la boca. Y la obsesión se le pasó. Pero si estos ejemplos heroicos nos asustan, están los “pequeños sacrificios” que hacían Jacinta, Francisquito y Lucía, los pastorcitos de Fátima. Hacer contra a una tentación ofreciendo un “pequeñísimo sacrificio”, que dure un segundo nomás, es un gran remedio y ayuda mucho en la vida espiritual de los que somos más flojos.

Esto que parece muy difícil –no solo estar indiferente a 10.000 ducados, sino pedir lo que más nos cuesta-, es muy fácil si uno siente mucho afecto por Jesús. Cuando uno está enamorado suelen hacerse estos desafíos: pedime lo que quieras. Es una forma de demostrar que el amor es más grande que cualquier otro afecto.

La esperanza es un movimiento del corazón que surge cuando captamos un bien futuro, que es arduo pero posible de conseguir. Por eso se concreta en hacer algunas cosas arduas pero posibles, que están a la altura de ese bien y nos ponen en sintonía. Como dice el dicho “per aspera ad astra”, por lo aspero, a las estrellas.

Presumir en vez de esperar

El segundo binario: “Es el que quiere quitar el afecto, mas así le quiere quitar, que quede con la cosa acquisita; de manera que allí venga Dios, donde él quiere; y no determina de dejarla, para ir a Dios, aunque fuese el mejor estado para él” (EE 154).

Esta actitud es la primera que nos brota espontanea y naturalmente con respecto a todas las cosas y personas a las que les tenemos afecto: nos aferramos! Es parte del amor propio, que hace que nos identifiquemos con las cosas que más amamos, de modo tal que si nos piden algo de poco valor pero a lo que le tenemos mucho afecto, sintamos que no podemos soltarlo, que estamos “pegados”.

Es todo un trabajo “hacernos indiferentes” como dice Ignacio, cuando tenemos que elegir algo o a alguien y esta elección supone renunciar a otras cosas. Hace bien notar una cosa: cómo nuestros afectos, mientras no los tocamos, están como tranquilos, pero basta que un afecto sienta que lo van a dejar de lado para que comience a tironear. Y estos tironeos pueden ir desde una resistencia normal hasta un capricho en el que uno se obceca. Por eso es importante poner a prueba nuestros afectos cuando todo está tranquilo, para que, en los momentos de decisión, podamos decidir libremente. No sea que algo secundario se haya adueñado despóticamente de nuestro corazón… y nos pase como esas personas que mueren en un incendio o un terremoto aferrados a algo que querían mucho pero que no valía su vida.

En clave de esperanza esta tentación tiene que ver con un exceso de presunción. Querer que Dios venga a donde uno quiere es una forma de presunción. Es tratar de quitar el aspecto “arduo” de la esperanza, pensar que nos salvaremos igual aunque no soltemos nada de lo que egoístamente aferramos ni hagamos ningún esfuerzo. Considerado en teoría, este aferrarse a algo de manera caprichosa tiene algo de pueril. Pero en la práctica todos constatamos cuánto nos aferramos a las cosas y como nos cuesta “soltarlas” aunque solo sea en pensamiento. Querer tenerlo todo sin soltar nada es presunción. Si uno sigue todos sus afectos termina dominado por alguno, como sucede en las adicciones. Este segundo binario inunda la cultura moderna del consumo y nos engaña dulcemente: ofreciéndonos todo, nos roba la esperanza, que es de bienes arduos pero posibles.

Postergar y dejar pasar en vez de esperar

El primer binario es el que dilata las cosas. Sabe lo que tiene que hacer, pero no pone los medios para concretar. Ignacio lo describe así:

“El primer binario querría quitar el afecto que a la cosa acquisita tiene, para hallar en paz a Dios nuestro Señor, y saberse salvar, y no pone los medios hasta la hora de la muerte” (EE 153).

A nivel afectivo, dilatar las cosas concretas es señal de poco afecto. Cuando se quiere mucho de veras la tendencia es la contraria: lo que le agrada al otro se hace primero y todo lo rápido que se puede.

En clave de esperanza podemos señalar aquí la tentación de pereza o acedia, que es una forma de desesperación, aunque a veces solo parezca desidia. Si uno no se mueve es porque en realidad no visualiza que haya un bien grande que vale la pena. O le parece imposible de conseguir. Hay desesperaciones agitadas y otras mudas, pero son lo mismo. La pereza, el quedarse “esperando” sin hacer nada, es una caricatura de la esperanza. La esperanza no es un mero esperar sino un esperar activo, un esperar velando, deseando, preparando todo… como los siervos que esperan a que venga el novio o las vírgenes prudentes, que esperan con las lámparas llenas de aceite.

El demonio ataca el índice existencial de la esperanza cristiana que da un “adelanto” real y concreto del bien que se espera: no se lo ve ni se lo posee, pero se posee el dinamismo que genera ese bien y que se traslada al resto del actuar. La esperanza es peño –prenda- de los bienes que no se ven. El ancla la ancoramos en el cielo, pero la punta de la soga la tenemos en el puño ahora. Y esa tensión y ese apoyo, brinda una seguridad y una alegría muy real. Al poner los medios de “soltar la cosa acquisita ahora”, uno no queda en el aire sino agarrado a la soga de la esperanza. Y todo el dinamismo del reino donde está el ancla, se traslada a nuestro ser y lo hace vibrar de manera especial. Dos personas pueden estar haciendo el mismo trabajo, pero el que tiene una esperanza más grande lo hace de otra manera.

 

Momento de Contemplación

Marta Irigoy

Para ahondar en los sentimientos que nos deja la lectura y reflexión del texto sobre la Meditación de los Tres Binarios, podemos tomarnos la “temperatura” de nuestro amor a Jesús, como dice el P. Diego:

“La de los tres binarios es una meditación termómetro, para ver cómo está el afecto que le tenemos a Jesús. Nos viene a decir que para escuchar el evangelio tenemos que quererlo mucho a Jesús. Tanto que andemos deseosos de agarrar todo lo que nos dé: dones, encargos, enseñanzas, e incluso retos, con tal de que vengan de Él”

Viene muy bien tener presente el versículo de la carta a los hebreos:

“Fijemos la mirada en el iniciador y consumador de nuestra fe, en Jesús…” (Hb 12,2), ya que nos puede ayudar mucho, discernir los sentimientos que nos quedan en el corazón, poniendo la mirada en Jesús, dejándonos sostener por esa mirada… y dejándonos seducir y enamorar por su Persona

Poner los ojos en Jesús, amplia el horizonte de nuestra mirada y nos da libertad… y posibilita la apertura de nuestro corazón a las sorpresas de Dios… ya que sabemos de Quien nos fiamos…

Estas “Sorpresas de Dios” muchas veces implican desinstalación, pero ayudan a cimentar la certeza de que “Dios dispone, todas las cosas para el bien de los que lo aman, de aquellos que él llamó…” (Rom 8,28).

Dios dispone bien…siempre bien…

Esta es nuestra esperanza…

 

Para terminar la reflexión, los invito a rezar con un antiguo himno:

 

Jesu Dulcis Memoria

Es dulce el recuerdo de Jesús,

que da verdaderos gozos al corazón

pero cuya presencia es dulce

sobre la miel y todas las cosas.

Nada se canta más suave,
nada se oye más alegre,
nada se piensa más dulce
que Jesús el Hijo de Dios.

¡Oh Jesús!, esperanza para los penitentes,
qué piadoso eres con quienes piden,
qué bueno con quienes te buscan,
pero ¿qué con quienes te encuentran?

¡Oh Jesús!, dulzura de los corazones,
fuente viva, luz de las mentes
que excede todo gozo
y todo deseo.

Ni la lengua es capaz de decir
ni la letra de expresar.
Sólo el experto puede creer
lo que es amar a Jesús.

¡Oh Jesús! rey admirable
y noble triunfador,
dulzura inefable
todo deseable.

Permanece con nosotros, Señor,
ilumínanos con la luz,
expulsa las tinieblas de la mente,
llena el mundo de dulzura.

Cuando visitas nuestro corazón
entonces luce para él la verdad,
la vanidad del mundo se desprecia
y dentro se enardece la Caridad.

Conoced todos a Jesús,
invocad su amor,
buscad ardientemente a Jesús,
inflamaos buscándole.

¡Oh Jesús! flor de la Madre Virgen,
amor de nuestra dulzura
a ti la alabanza, honor de majestad divina,
Reino de la felicidad.

¡Oh Jesús! suma benevolencia,
asombrosa alegría del corazón
al expresar tu bondad
me urge la Caridad.

Ya veo lo que busqué,
tengo lo que deseé
en el amor de Jesús desfallezco
y en el corazón todo me abraso.

¡Oh Jesús, dulcísimo para mí!,
esperanza del alma que suspira
te buscan las piadosas lágrimas
y el clamor de la mente íntima.

Sé nuestro gozo, Jesús,
que eres el futuro premio:
sea nuestra en ti la gloria
por todos los siglos siempre.

Amén.

 

 

 

 

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Momento de meditación

Diego Fares sj

Los mecanismos interiores que despierta una elección importante

En la meditación de los “Tres binarios”, Ignacio cuenta esta historia: hay tres pares (binarios) de personas y cada par ha adquirido diez mil ducados, no pura o debidamente por amor de Dios; y quieren todos salvarse y hallar en paz a Dios nuestro Señor, quitando de sí la dificultad e impedimento que tiene para ello, en la afección a ese dinero (Ignacio le llama “la cosa acquisita” EE 150).

No se trata de un pecado. De los pecados, y especialmente del que es “raíz” de los pecados de cada uno, ya se ha arrepentido el ejercitante en la primera semana. Aquí se trata de algo bueno, pero no del todo ordenado y a lo que uno le tiene “gran afección”. Ignacio pone dinero porque cuando uno lo agarra “se le pega”. Pero puede ser “cualquier cosa adquirida” que a uno le cuesta soltar.

Antes de considerar cada una de las actitudes, Ignacio pone al ejercitante delante de Dios y de los santos. Esto es importante porque los santos son hermanos nuestros que, estos problemas de conciencia con el dinero o con otros “afectos” los han resuelto bien, con libertad interior y generosidad.

La petición recae sobre nuestras elecciones: pedimos gracia para elegir bien. Lo que sea a mayor gloria de Dios y mayor bien para mi persona.

Ahora sí, Ignacio presenta los casos, para que cada modo de proceder yo lo confronte con mis modos de proceder, a la hora de tomar una decisión importante en mi vida.

Preparar el corazón para elegir

Esta meditación, junto con la de Dos Banderas y las tres Maneras de Humildad, son “preparatorias” para la elección o reforma de vida, que es a lo que apuntan los Ejercicios.

Los Ejercicios dan fruto si uno va dispuesto a hacer una elección, sea una macro elección o una micro, es decir, un pequeño mejoramiento en su vida. Ahora bien, esto último, lo de un pequeño mejoramiento, se busca en el estado de vida y en la misión principal, no en cosas secundarias. Es decir: uno entra en la dinámica de los Ejercicios para dar un paso o un pasito adelante en algo fundamental. Sino es como si el ciego Bartimeo, cuando Jesús le pregunta qué quieres que haga por ti, en vez de pedirle “Señor, que vea”, le hubiera pedido…, no sé, una limosna o que le curara un granito que le afeaba la nariz…

Si uno es padre o madre de familia, hará los Ejercicios para examinar si hay alguna cosa que le impide dar todo su amor y su tiempo a su familia.

Si uno sacerdote o religiosa hará los Ejercicios poniendo sobre la mesa si hay algo que le impide darse por entero a su misión y consagración.

La meditación de los Tres Binarios es, pues, una preparación para examinar los mecanismos que se activan cuando uno tiene que elegir algo importante.

El primer mecanismo es de “dilación”. El primer par de personas “querría quitar el afecto que le tiene a los diez mil ducados (que Ignacio llama con el nombre técnico de “la cosa acquisita”) pero no ponen los medios hasta la hora de la muerte (en que seguramente los habrán tenido que dejar).

El segundo mecanismo es de “sí pero no”. Este sí pero no toma infinitas formas. La de “te ofrezco todo menos esto”, la del “te lo doy, pero lo administro yo”, la del negociar hasta salirse con la suya, la del querer quedar bien con Dios y con el diablo, la de forzar la cosa para que Dios quiera lo que quiere uno…

El tercer mecanismo es el del que no mira “la cosa” sino a la Persona. Cuando uno tiene que elegir qué hacer, deja de mirar los diez mil ducados –que si se miran mucho generan afecto- y se pone a mirar el corazón de Dios, con el deseo de agradarle y pidiéndole que le haga ver y sentir qué quiere que haga con esa “cosa”. Si quiere que la tome o que la deje, que la use o que la done. El deseo hondo es tomar o dejar la cosa como expresión del amor que uno tiene al Señor, como muestra de que uno hace lo que Él quiera.

Este es el mecanismo simple y claro si uno quiere de verdad “elegir lo que Dios elige” y no dilatar o escamotear la cosa para que no se note que uno tiene ya una decisión tomada, como se dice.

Las Dos Banderas nos clarifican que en la vida no hay posturas neutrales: o se elige a Jesús o se cae bajo la bandera del demonio. Nuestro padre General, en la misa de San Ignacio el 31, ponía estos ejemplos: “en el matrimonio –decía-, o se da todo, o lo que uno da no sirve para casi nada; en la vida religiosa, lo mismo, o se da todo, o no se da nada. No hay una vía intermedia”. Y pasó luego a hablar del Papa, ante el cual algunos tomaban “posturas intermedias”. No las hay –dijo. A algunos no les caen bien algunas de sus palabras o actitudes, pero no es porque su mensaje sea “confuso” sino todo lo contrario. Lo que pasa es que es muy claro y evangélico. Al punto tal que, o uno deja que le toque el corazón o provoca un endurecimiento. Su mensaje es de los que no dejan lugar a las posturas de compromiso o neutrales.

La meditación siguiente, esta de Tres Binarios, ayuda a discernir que, una vez que uno elige la bandera de Cristo y desea “hallar en paz a Dios nuestro Señor”, las tentaciones “bajo apariencia de bien” se multiplican. Hay muchas maneras de dilatar las cosas y de forzarlas para terminar haciendo lo que uno quiere. Pero hay una sola manera de hacer la voluntad de Dios, y consiste en “preferir” al Señor mismo y poner en segundo lugar todo lo demás (hacernos indiferentes, como una mamá que, cuando su hijito es pequeño, lo prefiere y antepone a todo lo demás).

Los ejercicios son “conversaciones” con el Señor

En las Dos Banderas, Ignacio pone al final de la oración los famosos “Tres coloquios” o conversaciones: con la Virgen, nuestra Señora, para que me alcance gracia de su Hijo; con Jesús, para que me alcance gracia del Padre, y con el Padre para que Él me conceda la gracia. Cuál es la gracia? La de ser recibido bajo la Bandera de Jesús. Es decir: la de jugarme entero y que me den la camiseta del Señor y embanderarme con él enteramente y para siempre.

Es la gracia que recibió Ignacio al venir a Roma cuando sintió “que el Padre lo ponía con su Hijo”, con Jesús cargando la cruz.

Es la gracia de ser “compañero de Jesús”.

La gracia de “en todo amarlo, seguirlo y servirlo”.

Esta gracia fundamental, de pertenencia fiel y bendecida con la amistad, tiene sus características, en las que puede haber un más y un menos y que se refieren a dos cosas propias  de este Jesús junto al cual somos aceptados: una es la pobreza y otra las humillaciones.

San Ignacio nos hace pedir la gracia de la pobreza espiritual que se traduce como humildad y es una de las bienaventuranzas. Es una actitud interior, la de sabernos aceptados en nuestra pobreza. Sin méritos, con pecados y limitaciones. Esta, más que una exigencia de la aceptación de Dios es una gracia, ya que se nos recibe  como somos. Por pura e infinita Misericordia.

La segunda petición es la de pasar pobreza real, si el Señor nos lo concede. Gracia que hace al trabajo y que es social, ya que esta pobreza va en beneficio de otros más pobres.

La tercera petición que le hacemos a la Virgen, a Jesús y al Padre, tiene que ver con las humillaciones. El menosprecio del honor mundano, de la mundanidad espiritual como dice el Papa, nos une más a Jesús que padeció estos oprobios primero. A Jesús humillado se pueden acercar todos los hombres.

En los tres binarios Ignacio hace repetir estos coloquios y agrega una “Nota. Es de notar que cuando nosotros sentimos afecto o repugnancia contra la pobreza actual, cuando no somos indiferentes a pobreza o riqueza, mucho aprovecha para extinguir el tal afecto desordenado, pedir en los coloquios (aunque sea contra la carne) que el Señor le elija en pobreza actual; y que él quiere, pide y suplica, sólo que sea servicio y alabanza de la su divina bondad” (EE 157).

El fin es “extinguir todo afecto desordenado” a las cosas que nos impiden gozar de la amistad y de la pertenencia total a Jesús.

Como vemos, este es el tema de los coloquios, de nuestras conversaciones con la Virgen, con Jesús y nuestro Padre.

Así como cuando se trata del pecado, de lo que tenemos que hablar con el Señor, con nuestra madre la Virgen y con nuestro Padre es del pecado raíz, del pecado principal, el que nos aparta del amor de Dios, para que precisamente allí venga Jesús a salvarnos con su Misericordia, en la preparación para la elección o reforma de vida, de lo que tenemos que conversar con el Señor es de aquello donde “se nos desordena el afecto”. Aunque sean cosas buenas, como la riqueza de una virtud o de un cargo o de un medio que usamos y que, por el afecto exagerado que le tenemos, nos impide seguir más libremente a Cristo. También para el seguimiento necesitamos constantemente ser perdonados y reorientados misericordiosamente.

Estos coloquios se extienden a todas las contemplaciones de la vida, pasión y resurrección del Señor. Son la contraparte personal y subjetiva de las contemplaciones objetivas de la Vida de Cristo. Se trata de una vida de Cristo, que es entrega radical de sí mismo por amor, contemplada desde la llaga abierta de mis afectos desordenados y de mis cosas adquiridas, que radicalmente pido sean ordenadas de acuerdo a la voluntad de Dios. Los ejercicios se hacen rezando desde la pobreza y la humillación propias ante Cristo pobre y humillado. Esto es una gracia: la de igualarnos con Jesús. No es algo voluntarista como si uno dijera “tengo que ser pobre y tengo que humillarme”. En el fondo es caer en la cuenta de que “soy pobre” y “soy humillado por mi realidad misma, aunque nadie me persiguiera” y desde ahí puedo rezar auténticamente.

Ser recibido en pobreza y en humillaciones más que una exigencia es un alivio y una bienaventuranza.

 

Momento de Contemplación

Marta Irigoy

La Meditación de TRES BINARIOS,  nos ilumina sobre “donde” y “en que” está centrada nuestra vida…

Podemos decir que en nuestra vida, estamos “casi simultáneamente” en primero, segundo y tercer Binario. Se trata, de momentos de nuestra vida, o de lugares del corazón, que, por un lado han sido seducidas y conquistadas por el Señor; pero hay otros lugares del corazón o zonas de nuestra vida, que todavía necesitan ser conquistadas por la Persona de Jesús y su Evangelio…

En esta Meditación, San Ignacio nos invita a ponernos frente a la mirada de Dios Nuestro Señor y de los santos (EE 151), para descansar confiadamente en que Él nos conoce y sabe lo que hoy “atrapa” nuestro corazón y le quita libertad para elegir lo que el Señor nos quiere proponer para vivir con mas fecundidad la vida…

Por eso, vamos a ponernos con confianza amorosa ante la mirada del Señor, que conoce en donde y en que tenemos centrada nuestra vida….

La invitación, será rezar saboreando o como dice san Ignacio: “Sentir y Gustar internamente” la  oración de hermano Carlos de Foucauld: “Padre me pongo en tus manos”  y pedir desde lo más hondo del corazón, seguir creciendo en disponibilidad y libertad…

 

Padre mío,

me abandono a ti.

 

Haz de mi lo que quieras,

te lo agradezco,

Estoy dispuesto a todo,

lo acepto todo en ti

con tal que tu voluntad

se haga siempre en mi

y en todas tus criaturas,

no deseo nada más.

 

En tus manos doy mi vida,

Dios mío, te la doy

con todo el amor de mi corazón,

porque te amo

y porque para mí amarte es darme,

entregarme en tus manos

sin medida,

con gran confianza

porque tú eres mi Padre.

 

———————————-

Podemos entrar en esta página y buscar la canción que se llama “Abandono”.

 

http://www.carlosdefoucauld.org/Multimedia/Audio.htm

 

 

 

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