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El-poder-de-los-deseos

Momento de meditación

Diego Fares sj

Una ayuda para contemplar

Hay un ejercicio al que San Ignacio nos hace dedicarle un día entero. Se titula “El llamamiento del Rey temporal ayuda a contemplar la vida del Rey Eternal (EE 91-100). Lo curioso es que recomienda hacer este ejercicio solo dos veces, una al levantarse y la otra antes de la cena. En medio queda todo el día para reflexionar… Nuestro padre pone aquí la nota para los tiempos libres durante los Ejercicios que dice: “mucho aprovecha leer algunos ratos en los libros de La imitación de Cristo, los Evangelios y la vida de santos (EE 100).

Ignacio le llama simplemente “ejercicio”, no aclara si es meditación o contemplación. Es un ejercicio que “ayuda a contemplar la vida de nuestro Rey eternal”, la vida de Jesús nuestro Señor. En qué consiste esta “ayuda para contemplar”? Ignacio no la define como si fuera una receta puntual. Lo que hace es narrar un “llamamiento”. Más aún: lo dramatiza mediante una comparación que interpela. Nos hace mirar primero cómo convoca un rey humano a una gran conquista y luego nos hace considerar lo que deben responder sus súbditos.

Este rey es reverenciado y obedecido por todos los cristianos. Es además muy abierto y humano. Llama a conquistar toda la tierra de infieles.  Es de los que comen, trabajan y duermen codo a codo con sus soldados y así como comparten los trabajos comparten también los frutos de la victoria.

En este punto, luego de mirar con admiración a un rey así, Ignacio nos hace mirar a sus súbditos y juzgar bien si aceptan o no aceptan el pedido de este rey a “venir con él”. Y carga las tintas sobre el hecho de que si alguno no aceptase este llamamiento, sería un “perverso caballero, digno de ser vituperado por todo el mundo”.

No ser sordos a lo que nos toca el corazón

El ejercicio apunta a despertar en todas sus resonancias la petición: “No ser sordo al llamamiento de Jesús. Ser uno que está listo para responder rápido y cumplir con diligencia la santísima voluntad del Señor”.

El ejercicio es para no ser sordo (ni hacerse el sordo) e Ignacio pone en escena una convocatoria de esas que no se pueden ignorar porque es una interpelación a lo que hay en nosotros de más noble: un llamado que nos toca el corazón. Es como cuando se hace un llamado a la solidaridad por una inundación o un terremoto, cuando se nos invita a una marcha contra la violencia… Cuando se nos convoca a una causa grande en la que está en juego el bien común uno siente que tiene que estar y que si no va o no participa es mala persona. Si no va es  cobarde o vago o indiferente… Digno de ser reprochado en todo caso.

Sentido de la lealtad y de la dignidad

Este ejercicio para despertar una respuesta incondicional, no es facil en el mundo de hoy. Nuestra cultura es individualista y se valora cada manera distinta de pensar, por lo cual resulta  es dificil imaginar una convocatoria o llamamiento que involucre a todos. Y menos si tiene tintes de guerra santa. Pero todos tenemos un sentido de la lealtad que es imitativo: cuando vemos que alguien se juega entero por los demás, nos sentimos “libremente movidos, atraídos”. Este es un sentimiento humano que no cambia, aunque cambien las motivaciones. Es el sentimiento del honor y de la vergüenza, el sentimiento de nuestra propia dignidad.

No responder con entusiasmo al llamamiento de un hijo, por ejemplo, que nos pide que participemos en algo que es el sueño de su vida, es una actitud vituperable. No ser solidario con las víctimas de algún desastre que nos toca de cerca, es ser vil. Lo dificil es que todos coincidamos en un mismo objeto, pero cada cual tiene su medida entre ser leal o no a un llamado que toca de cerca sus valores más hondos. Ignacio apela a ejercitarnos ahí donde entra en juego “jugarnos o borrarnos”. Escuchar bien y considerar si es nuestro momento o hacernos los sordos. Este es el punto en el que nos pone el ejercicio del llamamiento del rey temporal y que es necesario para “contemplar la vida del Rey eternal”.

Contemplar en clave de amistad

Por qué es necesario tener bien despierta esta “lealtad para escuchar llamados grandes de nuestros amigos”? Porques si la vida de Jesús no la contemplamos en esta clave -de un llamamiento de Alguien tan bueno y que lo da todo y nos quiere cerca suyo, como amigos leales, para ayudar al mundo-, si no escuchamos esto, no estamos contemplando la vida de Jesús. Porque la vida de Jesús es llamamiento a ir y estar con Él, contentos de poder trabajar a su lado, con la esperanza de la gloria futura. Cuando respondemos, “se nos complica maravillosamente la vida” como dice el Papa Francisco (EG 270).

Contemplar la vida del Señor será ir respondiendo afectivamente a cada uno de sus llamados. La vida de Jesús irá sanando nuestros afectos ahí donde sentimos que tenemos que hacer contra a nuestra sensualidad y amor propio porque no nos deja responder rápido y de corazón a lo que nos pide el que amamos, nuestro Amigo y Señor. Contemplar la vida de Jesús irá ampliando el horizonte de nuestros deseos, que a veces se quedan en un ámbito muy reducido de gustos y bienes particulares.

Para vivir de corazón

Con este primer ejercicio, Ignacio nos hace ver cuál es nuestro talante humano, cómo está nuestro sentido del honor y de la vergüenza, nuestra garra, nuestra capacidad de darnos enteros por una gran causa, de ser fieles a muerte a una relación interpersonal de amistad. Nos hace centrar en lo sagrado de la amistad y desear ser capaces de hacer cualquier sacrificio para honrarla.

Durante todo un día, Ignacio nos deja pensando y midiendo en nosotros este punto donde somos “fieles”, allí donde uno se siente digno o miserable según que haya actuado o no de corazón, no tanto por esta o aquella cualidad o debilidad moral sino por estar a la altura de un llamamiento grande.

“Apenas sentí que llamaban me ofrecí de corazón…” O… “Me llamaron y fui. Hubo un llamado pero yo no escuche bien. No fui. Me hice el sordo…”

Si me animo a pedir la gracia de no ser sordo, al contemplar la vida de Cristo algún llamado me tocará el corazón, porque cada instante de la vida de Jesús tiene un sabor eterno. Voy dispuesto a eso: a ser llamado. En esto consiste el ejercicio del llamamiento del Rey temporal.

Un paso más, de lo bueno a lo mejor

Una vez que hemos abierto el oído a este llamamiento a nuestro ser más noble, a nuestra libertad sencillamente entregada, Ignacio nos da otra clave para entrar a contemplar la vida de Cristo. Esta clave es la del “más”.

Al aplicar el ejemplo del llamamiento de un rey humano al de Cristo, Ignacio no lo aplica estrictamente sino que da un paso más. Entre los que escuchan el llamamiento de Jesús, e da una respuesta “razonable”: la de “ofrecer toda su persona al trabajo”. Pero con el Señor no basta una respuesta razonable. Su llamado suscita un deseo de ir más allá y de ofrecernos a estar en primera línea de trabajo, pobreza y humillaciones, con tal de estar más cerca del Rey que las pasó primero. El ofrecimiento es de “mayor calidad e importancia”: imitarlo en pasar todo lo que el pasó. Sólo si Él nos acepta, por supuesto, y si es para su mayor servicio y alabanza. Esto no es solo un ofrecimiento voluntario, sino también una clave para contemplar la vida de Jesús.

En este punto San Ignacio era particularmente incisivo. Tanto que inventó esa pregunta de si uno tenía “deseos de deseos”. Cuando plantea este deseo tan radical, de ofrecerse a padecer con Cristo, algunos nos asustamos. Como cuando uno ve las cosas que hicieron los santos y le resultan muy admirables pero no imitables. Ignacio pesca al vuelo la tentación de repliegue y nos tira un salvavidas: si sentís que no tenés deseos tan fuertes y definidos, al menos preguntate si te gustaría tenerlos, si desearías desear así. Aquí creo que uno adhiere. Porque los deseos son algo muy íntimo, algo que se identifica con nuestro ser más nuestro. Somos lo que deseamos. Desear deseos hermosos y fuertes es algo que atrae. Lo más triste en la vida es no desear, perder el deseo. Por eso, si uno contempla los gestos y las cosas que vivió el Señor y le pide tener deseos de desear imitarlo más y mejor, el Evangelio se le abrirá como una fuente de luz y de agua viva.

Todo lo que el Señor hace es “para invitarnos a desear más”. Invitarnos, digo, no imponernos nada. Cuando se lee el Evangelio en clave de ley, para ver qué es lo mínimo indispensable para “ganar la vida eterna” como dijo el joven rico, el evangelio nos deja más tristes que si no hubiéramos leído nada.

El evangelio se lee con deseo de deseos de más, abiertos a responder con todo al llamamiento concreto que el Señor haga.

El evangelio se lee deseando: cómo me gustaría poner la otra mejilla al que me  abofetea. Qué lindo sería que me naciera espontáneamente el caminar dos cuadras con el que me exige una. Qué bien me sentiría si pudiera darle la campera al que me pide un pullover sin pensarlo dos veces.

El evangelio se lee deseando sentir lo lindo que es dar las dos moneditas como la viuda.

El evangelio se lee deseando sentir es libertad que da romper de una vez el frasco de perfume caro, como María.

El evangelio se lee deseando tener ese deseo irresistible de venderlo todo para seguir a Jesús.

El evangelio se lee deseando tener ganas de encontrar a un necesitado para aproximarnos nosotros por nuestra cuenta en vez cruzarnos de vereda…

La clave para contemplar a Jesús, lo que su corazón muestra en su vida, no es nuestro sentido del deber sino nuestro sentido de la lealtad. Los deseos de deseos se cultivan sólo para los amigos. Uno desearía estar siempre bien y radiante para alegría de los que uno más quiere.

 

Momento de contemplación

Marta Irigoy

En el texto del P. Diego, leemos que:

Todo lo que el Señor hace es “para invitarnos a desear más”. Invitarnos, digo, no imponernos nada”

La clave para contemplar a Jesús, lo que su corazón muestra en su vida, no es nuestro sentido del deber sino nuestro sentido de la lealtad. Los deseos de deseos se cultivan sólo para los amigos…”

Y esto me ilumino para compartir estas palabras de hna Nurya Martínez-Gayol Fernández, aci, sobre los deseos…

La alegría, la alegría verdadera es una experiencia que tiene mucho qué ver, no sólo con la realización de los deseos, sino con su dilatación, con la posesión de deseos gigantes que tiran hacia delante de nuestras esperanzas, y llenan de vida nuestra espera.

El deseo lanza, conecta con nuestros anhelos, esperanzas y sueños… nos empuja hacia delante, pero no menos abraza lo que vamos dejando atrás. Los deseos se construyen y se sostienen también de memorias.

En esta aventura de acoger, reconocer, cuidar y potenciar los más verdaderos deseos, no estamos solos. Jesús  «viene con nosotros y maneja el timón», pero además hay otros hombres y mujeres que nos han precedido en esta tarea de desear, cuyas figuras emergen también en nuestro horizonte como guías y ejemplos.

El amor, fuente del deseo

Deseos gigantes que sólo el amor puede explicar. Es el amor el origen y es también el fin. Amor a Jesús  y a su proyecto. Pero no se trata tan sólo de pretender configurar nuestro deseo con el de Jesús, porque eso nos pondría simplemente ante un mero imperativo ético, con su peso de «deber » y obligación; y los deseos no funcionan así. Se trata más bien de descubrir que lo que, en verdad y en el fondo de mi ser es aquello que Dios ha deseado desde siempre para mí. Descubrir ese deseo que Él ha puesto en mí, su deseo que es ya mío y lo que más me consumará a su imagen, a imagen del amor, de su Amor. Ese amor que tan hermosamente describió Pablo en 1 Co 1.

Solo naciendo del amor y sostenidos por el amor, los deseos se fortalecen, resisten las dificultades, soportan con alegría los contratiempos y no se arrugan, sino que se dilatan más y más, incorporando el dolor, la carencia, el sufrimiento… como algo propio, que no los ensombrece, sino los ensancha y los fecunda…

Los deseos sólo crecen, se sostienen y se realizan cuando se conjugan en plural..

                                                                                                                                                                            Nurya Martines-Gayol, ACI, Sal Terrae Nº 98 (Octubre 2010) pásg. 832-838.

 

Algunas preguntas que pueden ayudar a la oración…

  • ¿Has pensado en que deseos mueven tu vida?
  • Al contemplar la vida de Jesús, ¿que deseos se encienden en tu corazón…?
  • ¿Qué personas han encendido tus deseos más profundos?

Para terminar, te invito a rezar esta oración:

Oración para encender los deseos

Concédeme el deseo de los Magos que de noche ven tu estrella,

para cruzar de ella agarrado cuando nada más se vea.

Concédeme el deseo de Simeón, esperándote a la puerta,

para soñar hasta el final, el cumplir de tu promesa.

Concédeme el deseo de San José que a tus proyectos les da vuelta,

para dejar en el amor, lo que no entra en la cabeza.

Concédeme el deseo de María que se entiende bien pequeña,

para decirte siempre sí, porque sí dice la sierva.

Concédeme el deseo de la mujer, que por detrás de ti se llega,

para tocar con fe tu manto y robarte así tu fuerza.

Concédeme el deseo del leproso que las barreras da por tierra,

para esperar de tu abrazo, el curarse de la lepra.

Concédeme el deseo de la viuda que se pone como ofrenda,

para ponerme como ella, en lugar de dar monedas.

Concédeme el deseo de aquel niño, que comparte su merienda,

para entregar de lo mío, porque otro también tenga.

Concédeme el deseo de la mujer que recoge, por debajo de tu mesa,

para con pocas migajas, entender que se hace fiesta.

 

Concédeme el deseo de aquel ciego del camino,

que logró que te detengas,

para ver en el amor, lo que el pecado siempre ciega.

 

Concédeme el deseo de Zaqueo que en su casa te acogiera,

para querer estar los dos y repasar juntos las cuentas.

Concédeme el deseo del buen ladrón, clavado a tu derecha,

para saberme ya en tu reino, porque tu amor de mí se acuerda.

Concédeme el deseo de José, el que nació en Arimatea,

para pedir tu cuerpo santo y esperar que en mi florezca.

Concédeme el deseo de tu Pueblo que humilde te confiesa,

para guardar en tus manos, lo que la misericordia sólo cierra.

Concédeme el deseo de tu Iglesia, que es madre, y más, maestra,

para que al soplo de tu Espíritu, oriente yo mi vela.

–JA-

 

 

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Momento de Reflexión

Diego Fares sj

“Para todo siento fuerzas en Aquel que me conforta”

Bienaventurados los que, como Pablo, saben contentarse en todo: en la abundancia y en la privación, en la riqueza y en la pobreza. Vivirán serenos en toda situación.

La libertad espiritual en Pablo

En su carta a los Filipenses, Pablo agrade-ce a los cristianos por la ayuda económica que le hicieron llegar al recibir noticias de que estaba preso. Y en la carta sale a la luz con mucha fuerza su libertad de espíritu: cómo ha “aprendido a hacer frente a cualquier situación”.
“Yo aprendí a bastarme con lo que tengo. Sé vivir con estrechez y sé también nadar en la abundancia; estoy hecho absolutamente a todo, a la saciedad como al hambre, a tener de sobra como a no tener nada. Para todo siento fuerzas en Aquel que me conforta” (Fil 4, 11-12).

Las expresiones de Pablo tienen sus matices: Pablo dice que ha aprendido a “bastarse” a “contentarse” (autarkes) “en lo que esté”, “en la situación que le toque vivir”. “Autarkes” literalmente significa ser “autosuficiente” y, generalmente, autosuficiencia suena a orgullo o a vanidad. Pero no es en este sentido que usa Pablo la palabra: él habla de un bastarse a sí mismo “con lo que ven-ga” porque “encuentra fuerzas para todo en Aquel que lo conforta”. Contentarse y encontrar fuerzas en Otro, en “Jesús que lo conforta”, no es algo automático, algo que Pablo posea de ma-nera tal que nada lo afecte. Al contrario, a Pablo le afectaba todo (“Quién desfallece sin que des-fallezca yo” 2 Cor 11, 29). De lo que se trata es de ese ejercicio de confortarnos en Cristo, por el cual, cuando algo nos ata ─ un temor, una cul-pa, una necesidad, una ansiedad…─ nos libera-mos interiormente atándonos sólo al mandamiento de permanecer en el amor.
Es muy iluminadora la carta a Timoteo en cuanto al sentido de esta “autosuficiencia en la fe”. Pablo le habla a Timoteo de los que están “ávidos de discusiones y vanas polémicas” y dice que pretenden hacer de la “piedad” (de lo religioso) fuente de ganancia”, y agrega: “Es verdad que la piedad reporta grandes ganancias, pero si va unida al “desinterés” (autarkeias), al saberse contentar con lo que se tiene sin avaricia. Porque la avaricia es la raíz de todos los males” (1 Tm 6, 4-10).
Desinterés, contentarse, bastarse… son los significados de esta libertad interior que conforta, cuyo contrario es la esclavitud de la avaricia que lleva a ambicionar más y más. Esta avaricia tiene una cara “pasiva”, por así decirlo, que es el descontento, el no sentirse nunca satisfecho con lo que el Señor nos da.
Este avaricia pasiva o descontento consiste en andar esclavos de la queja, disconformes con la situación que nos toca vivir en el presente. En la Iglesia y en la comunidad es frecuente esta tentación, que parte de los “habría que…”, de “lo que me hicieron” o de “lo que nadie hace”… con todos los etcéteras. Es fuente de desánimo y de inquietud.
Lo contrario es la alegría de poder servir al Señor y al evangelio en la situación tal como se da: comulgando, serenamente, con el momento presente.
Pablo no dice que pueda “cambiar” toda situación de mala en buena. Ni siquiera le interesa. Sí le interesa “estar contento” de poder cumplir su misión evangelizadora en la situación en que le toque, seguro de que siempre encontrará fuerzas en Aquel que lo conforta. Esta gracia transforma a Pablo en alguien manso y amable de corazón (prautes), él, que era naturalmente de carácter apasionado e impulsivo (Cfr. Col 3, 12 y Tit 3, 2). Así pues, no se trata de que el Señor nos libre de todas las cosas malas, sino de que siempre nos conforte interiormente.

Libertad interior y sentido del tiempo cristiano

La bienaventuranza habla de un “andar serenos”, de un andar holgados ─ no ahogados ─, contenidos y contentos ─ no angustiados ─, con tiempo ─ no ansiosos ─, respirando libertad interior en el Espíritu. El “estar hecho a todo” paulino tiene su sentido en lo pasajero del tiempo. Como les dice a los Corintios:
“Les digo, pues, hermanos: El tiempo es corto. Por tanto, los que tienen mujer, vivan como si no la tuviesen. Los que lloran, como si no llorasen. Los que están alegres, como si no lo estuviesen. Los que compran, como si no poseyesen. Los que disfrutan del mundo, como si no disfrutasen. Porque la apariencia de este mundo pasa. Yo los quisiera libres de preocupaciones” (1 Cor 7, 29-32).
El contentarse en Cristo no es sólo en las penas, también en la alegría! La alegría de Pablo tiene una dimensión de adherencia exclusiva a Jesucristo que supera el ahora, una adhesión en la fe que “posee” ya lo que no ve, lo que espera. Es una alegría que no proviene de otra fuente que no sea aquella que asegura que “el Señor está cerca”. Y “cerca” implica una distancia, un todavía no que, al mismo tiempo, es algo fuertemente presente por el don de la Esperanza.
No es una alegría estética o sentimental, no es de esas alegrías que se pueden aferrar en un instante de emoción y luego se graban en el alma con una nostalgia particular, ya que se las sabe fugaces, pasajeras. La alegría cristiana es de otra índole. No depende de las alegrías o penas huma-nas. Está abierta –tanto en las alegrías como en los sufrimientos- a la alegría del Señor mismo resucitado, presente entre nosotros. Es la “alegría que nada ni nadie nos puede quitar”, prometida por el Señor en el evangelio, porque el que se alegra o contenta en Cristo, puede hacerlo siempre. El Espíritu nos libera de todo lo que no nos deja alegrarnos en Cristo: “Donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad” (2 Cor 3, 17).

La libertad espiritual en Ignacio

En Ignacio esta libertad espiritual se llama “indiferencia”. «La indiferencia ignaciana es la apertura radical a las exigencias de la voluntad de Dios. Voluntad que el Espíritu va mostrando al hombre en su historia concreta, que se encamina hacia el fin último: la salvación. Esta indiferencia ignaciana se da en la tensión entre dejar y elegir, entre estar disponible y comprometerse activamente, entre abrirse a escuchar al Espíritu y res-ponder con amor concretado en obras. No tiene nada de neutralidad ni de escepticismo. La indiferencia ignaciana está tensionada más por una “preferencia”, que mueve a elegir lo mejor, que por las cosas que hay que dejar. Preferir a Jesús a todo, hace que las cosas encuentren su lugar, siempre relativo, transitorio, no absoluto. De ahí la paz de esta indiferencia.
Hay en el Kempis, librito de cabecera de Ignacio, un hermosísimo pasaje que se titula así: Que se ha de descansar en Jesús sobre todos los bienes. Lo lindo que tiene es que pone todas cosas positivísimas y a Jesús por encima de ellas. De modo que no es difícil ejercitarse en “ver a Jesús y amarlo” en todas las cosas lindas de la vida, para luego saber también sentirlo valioso en las duras y difíciles.
“Alma mía, descansa sobre todas las cosas siempre en Dios, que Él es el eterno descanso de los santos.
Concédeme tú, Dulcísimo Jesús, que descanse en Ti sobre todas las cosas creadas.
Que descanse en Ti sobre toda salud y hermosura;
Que descanse en Ti sobre toda gloria, honra, poder y dignidad;
Que descanse en Ti sobre toda ciencia, riquezas y artes;
Que descanse en Ti sobre toda alegría, gozo, fama y alabanza; incluso sobre toda suavidad y consolación;
Que descanse en Ti sobre toda esperanza, promesa, mérito y deseo; sobre todos los dones y regalos que me puedas dar;
Que descanse en Ti sobre todo gozo y dulzura que mi alma pueda recibir y sentir: en fin, que descanse en Ti sobre todo lo que no eres Tú, Dios mío. Porque Tú, Señor Dios mío, eres bueno sobre todo: Tú solo altísimo y digno de ser amado por sobre todas las cosas. Por eso es poco y no basta cualquier cosa fuera de Ti. Y no puede mi corazón descansar verda-deramente y contentarse del todo si no descansa en Ti. Oh, Jesús mío amadísimo. ¿Quién me dará alas de verdadera libertad para volar y descansar en Ti?”

Recuperar una y otra vez la alegría y la paz en Dios

En el Principio y Fundamento de sus Ejerci-cios Ignacio nos hace pedir la gracia de “hacer-nos indiferentes”. Supone que un cristiano no está siempre indiferente. Todo lo contrario, es propio del cristiano apasionarse por las cosas, especialmente por aquellas que el Señor le encomienda. Y sin embargo, debe estar siempre dispuesto a rever en Dios todas aquellas cosas en las que hay libertad y que no están prohibidas. Un buen ejemplo nos lo da el Padre Ribadeneira contando la reacción de Ignacio ante la perspectiva de la desaparición de lo que más amaba: la Compañía de Jesús:
“Estando una vez Ignacio enfermo, le avisó el médico que no diese lugar a tristeza ni a pensamientos penosos. Y, con esta ocasión, comenzó a pensar atenta-mente dentro de sí qué cosa le podría suceder tan desabrida y dura que le afligiese y le turbase la paz y sosiego de su alma. Y, habiendo vuelto los ojos de su consideración por muchas cosas, una sola se le ofreció (la que tenía más metida en sus entrañas): y era si, por algún caso, nuestra Compañía se deshiciese. Pasó más adelante, examinando cuánto le duraría esta aflicción y pena en caso que sucediese; y le pareció que, si esto aconteciese sin culpa suya, dentro de un cuarto de hora que se recogiese y estuviese en oración, se libraría de aquel desasosiego y se tornaría a su paz y alegría acostumbrada. Y aún añadía más: que tendría esta quietud y tranquilidad, aunque la Compañía se deshiciese como la sal en el agua. Que es señal evidente de cuán arraigado estaba su corazón en Dios, y cuán conforme con la divina voluntad en todo”.
Se ve bien en este ejemplo lo que es la gracia de la libertad interior y ese “sentir fuerzas en todo en Aquel que nos conforta”.
Otro ejemplo nos lo cuenta el Padre Cámara:
“Estando, pues, el 23 de Mayo de 1555, día de la Ascensión, en una habitación con el Padre, él sentado en el apoyo de una ventana y yo en una silla, oímos repicar la señal que anunciaba la elección del nuevo Papa; y, a los pocos momentos, vino el aviso de que el electo era el propio cardenal teatino Carafa, que tomó el nombre de Paulo IV. Al recibir esta noticia, el Padre experimentó una notable conmoción y alteración en el rostro; y, según supe después (no recuerdo si por él mismo o por Padres antiguos a quienes él lo había contado) se le estremecieron los huesos del cuerpo. Se levantó sin decir una palabra, y entró en la capilla. Y, muy poco después, salió tan alegre y contento, como si la elección hubiera sido muy a su gusto. Y, como el Papa fue muy mal recibido y se murmuraba de él en Roma, por ser allí considerado como excesivamente riguroso, comenzó al punto el Padre a fijarse y a descubrir las cualidades y buenas obras que en él se podrían observar, y después las contaba a cuántos le hablaban de él”.

Facilidad en todo con suavidad grande

Nadal explica así la Indiferencia:
“Mortificándose así uno en todo y ejercitándose bien en esto, y regulando su amor en todas las creaturas por lo que debe al Señor, no amando a ninguna sino porque El lo quiere, viene a adquirir uno la libertad del espíritu, que no es otra cosas sino una facilidad en todo, usando de uno y otro medio, sea oración u otro alguno, conforme a la cosas que se trata; y de tal manera que sea pronto a escoger lo que será más conveniente y conforme al servicio del Señor, dejando lo contrario. Y esto con suavidad grande, sin resabio, disgusto ni ansiedades…”.
Es la bienaventuranza de la prautes o mansedumbre y dulzura del corazón, de la libertad espiritual y del contento puesto sólo en Jesús. El P. Cámara introduce este concepto de “regular” el amor a las creaturas con el Amor a Jesús. Nosotros solemos estar sumergidos en el amor a las creaturas y cuando sentimos dificultades nos dirigimos al Señor. De lo que se trata es de ir siempre primero directamente al Señor –en las alegrías y en las tristezas- y confortados en su Amor, descender a las creaturas “regulando”. Esta es la fuente de la suavidad y del sosiego, de la paz y de la libertad espiritual.

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Momento de Contemplación

Hna Marta Irigoy, misionera diocesana

 

Bienaventurados los que, como Pablo, saben contentarse en todo:  en la abundancia y en la privación, en la riqueza y en la pobreza. Vivirán serenos en toda situación.

 La Bienaventuranza de Pablo, con la que hoy vamos a iluminarnos en el Taller, nos trae a la memoria, una de las Bienaventuranzas más lindas que enseño y vivió Jesús: “Felices los mansos porque recibirán la tierra en herencia”– Mt.5, 4- y hace resonar en el corazón, su enseñanza sobre el secreto de su serenidad: “Aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio”- Mt.11,29-.

 Piet van Breemen tiene un escrito muy hermoso, sobre la mansedumbre, al que tituló: “La Prautes”:

  “La palabra “prautes”, podría servir como resumen de las ochos Bienaventuranzas. Y lo mismo se puede decir de los frutos del Espíritu Santo que Pablo enumera en Gálatas 5,22: “El fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, templanza”. Tampoco estas son nueve cualidades aisladas, sino nueve expresiones del mismo Espíritu que, cuando se combinan, retratan a un cierto tipo de hombre y de mujer, la imagen autentica de un discípulo de Cristo, un Cristiano.

La  mejor traducción bien podría ser “con un corazón apacible”, lo que sugiere ausencia de agitación.  La “prautes” describe a la persona que irradia serenidad.

La verdadera serenidad consiste en la ausencia de preocupación. Es la paz de saberse aceptado por Dios tan como se es y abandonarse a su amor. Es descansar seguro con Dios en autentica intimidad con Él, sin lucha ni tensión”.

  Aprovechando la Fiesta de Pentecostés, vamos a pedir con fuerza al Espíritu Santo, para que nos  traiga sus dones y sus  frutos, y así  como Pablo podamos decir:

 “Sé vivir con estrechez y sé también nadar en la abundancia; estoy hecho absolutamente a todo, a la saciedad como al hambre, a tener de sobra como a no tener nada. Para todo siento fuerzas en Aquel que me conforta” (Fil 4, 11-12).

 ¿Cómo llega a decir esto Pablo?. Porque se sabía creado, amado y aceptado por Dios, es su Verdad

También nosotros, desde esta experiencia, podemos lograr sentirnos libres. Cuando hacemos experiencia del Dios Creador, que soñó nuestra vida y la va “artesanalmente” trabajando con sus Manos, a través de acontecimientos diarios, logramos la paz, la serenidad, la mansedumbre, al “comulgar con el momento presente”.

 Pablo, nos dice: 

  • “Donde está el Espíritu del Señor, allí está la libertad”- 2Co.3,17-
  • “La  prueba de que ustedes son hijos, es que Dios infundió en nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama a Dios llamándolo» ¡Abba!, es decir, ¡Padre!-Gal.4,6-
  • “Todos los que son conducidos por el Espíritu de Dios son hijos de Dios. Y ustedes no han recibido un espíritu de esclavos para volver a caer en el temor, sino el espíritu de hijos adoptivos, que nos hace llamar a Dios”- Rom.8,14-15-

El secreto de Pablo, fue dejarse habitar  y conducir por el Espíritu Santo, que hizo de él, un hombre  libre que pudo  ante las situaciones de carencia y abundancia vivir, confiado como hijo en las manos del Padre y  apasionado por dar  a conocer la verdadera vida en el Espíritu que hace que  cada hombre y cada mujer, pueda vivir en libertad.

Momento contemplativo:

  • Vamos a pedir el Espíritu Santo a través de la Secuencia.
  • Haciendo silencio en el corazón, veamos que sentimiento hoy me habita:                                       

                  ¿Paz, amor, alegría, paciencia, cordialidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, templanza?

                ¿Angustia, agobio, tristeza, pereza, desanimo, desesperanza, enojo, etc.?

 Pido al Señor que me regale interiormente, el Espíritu para saberme  creatura soñada desde siempre,  para vivir en las Manos artesanas del Padre. Manos que sostienen, cuidan y hacen vivir  en libertad.

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       *     Terminamos rezando juntos un Padrenuestro.

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