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Momento de Reflexión

Diego Fares sj  

Te basta mi gracia…

Bienaventurados los que, como Pablo, saben que llevan un tesoro en vasijas de barro. Descubrirán el poder extraordinario que viene de Dios.

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En este taller vamos a acercar a Pablo e Ignacio en su visión de la gracia: la gracia santificante como Don del Espíritu que es más fuerte que el pecado.

Vasijas de barro portadoras de un tesoro de gracia

No se trata de que Pablo tenga una visión ingenua de la naturaleza humana. Por el contrario, Pablo afirma que somos “recipientes de barro”, lo cual acentúa más aún el valor del tesoro de gracia que llevamos:
“El mismo Dios que dijo: De las tinieblas brille la luz, ha hecho brillar la luz en nuestros corazones, para irradiar el conocimiento de la gloria de Dios que está en el rostro de Cristo. Pero llevamos este tesoro en recipientes de barro para que aparezca que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no de nosotros” (2 Cor 4, 6-7).

“Soy todo impedimento, y sin embargo…”

Ignacio tampoco simplifica lo difícil que resulta recibir y poner en práctica la gracia. De hecho, son necesarios los Ejercicios Espirituales con toda su sabiduría y lo que conlleva practicarlos cada año para poder “ordenar” nuestros afectos. Es más, Ignacio siente que “es todo impedimento” con respecto a la acción de la gracia. Sin embargo, sentirse tan pequeño y miserable no sólo no le quita la alegría, sino que por el contrario, paradójicamente, se la aumenta. Como bien le dice a San Francisco de Borja:
“Yo para mí me persuado que, antes y después, soy todo impedimento; y de esto siento mayor contentamiento y gozo espiritual en el Señor nuestro, por no poder atribuir a mí cosa alguna que buena parezca”.

“Cuando estoy débil entonces soy fuerte”

Pablo expresa la misma paradoja cuando afirma que “me glorío en mis flaquezas para que habite en mí la fuerza de Cristo”. Pablo siente que el Señor no le quita algunos defectos para que no se engría y recuerda cómo se lo confirmó el mis-mo Señor con aquella famosa frase con la que encabezamos nuestra reflexión de hoy: “mi gracia te basta”:
“Para que no me engría con la sublimidad de esas revelaciones, fue dado un aguijón a mi carne, un ángel de Satanás que me abofetea para que no me engría. Por este motivo tres veces rogué al Señor que se alejase de mí. Pero él me dijo: «Mi gracia te basta, que mi fuerza se muestra perfec-ta en la flaqueza». Por tanto, con sumo gusto seguiré gloriándome sobre todo en mis flaquezas, para que habite en mí la fuerza de Cristo. Por eso me complazco en mis flaquezas, en las injurias, en las necesidades, en las persecuciones y las angustias sufridas por Cristo; pues, cuando estoy débil, entonces es cuando soy fuerte” (2 Cor 12, 7-11).

Paradojas de Dios: su gracia hace que hasta los defectos sirvan para conservar la virtud

Nadal, compañero de Ignacio, tiene una frase audaz: decía que para Ignacio, “los defectos conservan la virtud”. El Padre Cámara recoge este pensamiento de Nadal y lo matiza un poco. Dice que “El P. Nadal no quería decir otra cosa, sino que de los defectos naturales, que difícilmente vencemos, podemos sacar humildad y conocimiento propio, con que se conserve la virtud sólida”.
Más que matizar y distinguir creo que hay que leer esta doctrina de Pablo e Ignacio con respecto a las debilidades y a los impedimentos, teniendo en cuenta varias peculiaridades de la pedagogía de Dios nuestro Padre y de Jesús, su Hijo amado:

Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia

La primera característica de la pedagogía del Padre es la de la “sobreabundancia de la misericordia”. Pablo retoma este tema en muchos lugares. De manera especial lo formula en la Carta a los Romanos, cuando dice: “Donde abundó el pecado sobreabundó la gracia” (Rm 5, 20).
Pablo aclara que esta doctrina no es para permanecer en el pecado, como si uno dijera “total Dios hace sobreabundar su gracia”, sino todo lo contrario: se trata de pasar de una concepción legalista, que se fija en el mérito y la culpa para pasar a experimentar la relación con Dios desde una perspectiva que pone por encima de todo el amor siempre más grande del Señor (en el mismo momento en que uno se da cuenta de sus faltas o flaquezas) y desde ese amor rearmarse, por lealtad y amistad, en la gracia.

Somos salvados por gracia

La segunda característica es la de que somos salvados por gracia, no por nuestros méritos. Pablo retoma el deseo del Salmo: “Bienaventurados aquellos cuyas maldades fueron perdonadas y cubiertos sus pecados. Dichoso el hombre a quien el Señor no imputa culpa alguna” (Rm 4, 7-8).
Podemos agregar: “Será libre de toda autorreferencia y vivirá en paz, dando frutos de santidad para los demás”.

Ignacio nos da otra clave: la amistad y familiaridad con Dios

Ignacio nos enseña que no se trata de mirar los defectos y pecados en sí mismos sino en referencia a la Misericordia del Padre y al amor de Cristo que se entregó por mí. De allí que en sus coloquios nos haga ponderar qué grande ha sido la paciencia y la misericordia de Dios para no condenarme hasta ahora. Y también, haciéndonos mirar a Jesús puesto en Cruz, por mí, reflexionar sobre lo que he hecho, lo que hago y lo que puedo hacer por Cristo. Ignacio pone el pecado en medio de un diálogo de amor entre dos que se aman. Las faltas quedan ubicadas en medio de una actitud dialogal de amor y de familiaridad muy inmediata con el Señor.
Ignacio tenía infusa la gracia de la devoción espiritual, que consiste en estar unido muy familiarmente al Señor, como cuando uno le tiene devoción a alguien. De esta familiaridad con Dios es de donde brota esa particular manera de ver la abundancia de los defectos como fuente sobreabundante de gracia.
Ribadeneyra ─ uno de sus biógrafos ─, en el perfil que traza de Ignacio, pone en primer lugar su devoción y dice lo siguiente:
“Mirando sus faltas y llorándolas, decía que deseaba que en castigo dellas Nues-tro Señor le quitase alguna vez el regalo de su consuelo, para que con esta sofrenada anduviese más cuidadoso y más cauto en su servicio; pero que era tanta la misericordia del Señor y la muchedumbre de la suavidad y dulzura de su gracia para con él, que cuanto él más faltaba y más deseaba ser castigado desta manera, tanto el Señor era más benigno y con mayor abundancia derramaba sobre él los tesoros de su infinita liberalidad. Y así decía, que creía que no había hombre en el mundo en quien concurriesen estas dos cosas juntas tanto como en él. La primera, el faltar tanto a Dios, y la otra, el recibir tantas y tan continuas mercedes de su mano. Decía más, que esta misericordia usaba el Señor con él, por su flaqueza y miseria, y por la misma le había comunicado la gracia de la devoción, porque siendo ya viejo, enfermo y cansado, no estaba para ninguna cosa, sino para entregarse del todo a Dios, y darse al espíritu de la devoción”.

La alegría de ser los pobres del Señor

Tanto Pablo como Ignacio experimentan en su vida la bienaventuranza fundamental de Jesús: la de los pobres. “Felices los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos”. Los defectos, las flaquezas y debilidades, los pecados incluso, pueden verse, antes que como actos negativos, como fruto de nuestra pobreza espiritual. Y para esta pobreza Jesús tiene una bienaventuranza. Lo que resulta imposible para los hombres, es posible para Dios. La alegría de Pablo y de Ignacio frente a sus flaquezas, debilidades, impedimentos y faltas es la alegría de los pobres de espíritu que como no poseen nada, no pueden nada, son conscientes de cuánto fallan en todo y de todo lo que les falta…, recurren inmediatamente al Señor en todo momento.

La gracia de comulgar con el momento presente

Esta gracia de que “los defectos hagan que Dios aumente la gracia” tiene que ver con el momento presente. La paz interior proviene de comulgar con el momento presente, de saber descubrir y acatar amorosamente la voluntad de Dios –su Amor incondicional- en el momento presente. Sea que se trate de un momento en el que experimentamos un don o un límite. Lo que da paz es sintonizar y comulgar con el Corazón del Padre que tiene entre sus manos nuestro presente, tal como está: si es un presente en el que hemos pecado o estamos sufriendo algo, comulgar con esa realidad es comulgar con la misericordia que perdona y suple. Si se trata de un presente creativo y fecundo, comulgar con él es comulgar con el amor gratuito de Dios que bendice y multiplica el bien.

La paz de la libertad interior vs el espíritu de ansiedad y temor de la obligación

Experimentar la alegría de ser pobres, aceptar todos nuestros límites, flaquezas, impotencias, contrariedades, trae consigo una refrescante libertad interior que custodia la paz de nuestro corazón. Esta libertad y paz interior es lo contrario del espíritu de autoperfección, que se mira a sí mismo en todo en vez de alzar la mirada a quien bien nos quiere y nos puede ayudar. El espíritu de perfeccionismo pendula entre la autojustificación vanidosa del deber cumplido y la actitud culposa o culpabilizadora de los demás. Ambas cosas nos tienen en constante ansiedad, tristeza y desasosiego.
La alegría de ser vasijas de barro implica la conciencia de nuestra fragilidad, que requiere no salirnos de estar en las manos cuidadosas de la Virgen que nos trata y nos carga con delicadeza maternal. Y también la conciencia de nuestro espacio vacío, que requiere ser llenado constantemente por el Espíritu del Señor. El poder del Señor es tan grande que lo estorba la dureza del que se cree autosuficiente y no la fragilidad del que se sabe “vasija de barro”. Ese poder es el de hacernos libres para servirlo en paz. Felices, pues los que descubren este poder extraordinario que viene de Dios. “El Señor es Espíritu y donde está el Espíritu del Señor, allí está la libertad” (2 Cor 3, 17).

 

Momento de contemplación

Hna Marta Irigoy Misionera Diocesana

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“Bienaventurados los que como Pablo,
saben que llevan un tesoro en vasijas de barro.
Descubrirán el poder extraordinario que viene de Dios”.

Nada más hondo y verdadero que sabernos en las Manos de Aquel que nos hizo y al cual pertenecemos.
Hoy queremos dejarnos consolar, por el Señor, contemplando nuestra vida como una vasija, que se sabe pobre, frágil y agrietada…
La experiencia de sentir la vida como vasija nos ayuda a descubrir que el vacío de nuestro recipiente, es la capacidad que poseemos para ser llenados por Dios…
En este tiempo de Cuaresma, ya con los pies en el camino a Jerusalén, subiendo con Jesús; tiene que hacernos “sentir y gustar hondamente”, que a mayor vacío, mayor capacidad para que la vasija de nuestra vida, sea llenada por la Misericordia que será derramada desde la Cruz…
Nuestra vida también tiene sus grietas, por donde se nos escapa la gracia, la misericordia…

Pueden ayudarnos estas preguntas, para poder nombrar las propias grietas:
¿Qué espíritu me guía?

  • El espíritu de alegría al aceptar sentirme pobre, limitado, impotente, frágil, de donde procede la paz?

  • El espíritu de “perfeccionismo” que péndula entre la actitud vanidosa del deber cumplido y la actitud culposa o culpibilizadora de los demás, de donde proceden la constante ansiedad, tristeza y desasosiego?

La conciencia de las grietas que tiene “nuestra vasija” nos posibilita caminar con los ojos fijos en Jesús y no en nuestro: no poder, no tener, no saber o no querer…

La conciencia de las propias grietas, hace posible que nos sintamos, “Bienaventurados como Pablo, porque sabemos que llevamos un tesoro de Gracia y misericordia, que tiene la misión de llevar esa gracias de misericordia a los demás, y así descubriremos que este poder extraordinario viene de Dios…y que todo lo que “por causa de nuestras grietas se pierde” posibilita que el agua que transportamos pueda regar y así hermosear el camino por donde andamos…

 

 

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 MOMENTO DE REFLEXIÓN

Diego Fares sj

Recapitular todas las cosas en Cristo (Ef 1, 9)

Bienaventurados los que, como Pablo, creen que Dios tiene un proyecto sobre cada persona. Tratarán cada día de adherirse a Él de corazón, darán gracias por todo, serán humildes y tendrán paz .

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En los talleres de este año ─ que es año paulino ─ vamos a acercar a Pablo y a Ignacio de manera contemplativa. Con esto quiero decir que procederemos más por intuición de corazón que por estudios y razonamientos. Buscaremos las “síntesis de Pablo y de Ignacio”, esas frases proverbiales que se graban en la memoria y en el corazón. Hoy, por ejemplo, acercamos la primer “bienaventuranza de Pablo” y la unimos al Principio y Fundamento de San Ignacio. ¿Cuál es la intuición honda de ambos con respecto al fin del hombre? Que ambos creen en que Dios tiene un plan de salvación, que este plan está centrado en Jesucristo y que adherirse a él ─ comulgar con el plan de Dios, considerando que el momento presente es un sacramento ─ trae alegría y paz.

Plan de Dios en Pablo

Leamos con atención el texto que nos ilumina con una luz esplendente y nos revela el secreto del Plan de Dios:
“Bendito sera el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo (…) que nos ha dado a conocer el Misterio de su voluntad según el benévolo designio que en él se propuso de antemano, para realizarlo en la plenitud de los tiempos: recapitular todas las cosas en Cristo, lo que está en los cielos y lo que está en la tierra” (Ef 1, 9-10).
Es un texto hermosísimo. Fijémonos cómo Pablo comienza bendiciendo al Dios y Padre de Jesús. Lo bendice porque nos ha querido dar a conocer su deseo más íntimo, fruto del “benévolo designio” como lo llama Pablo, que el Padre tuvo desde siempre y que lo viene a revelar en la plenitud de los tiempos. ¿Cuál es este plan benévolo? ¿Qué es lo que quiere Dios en el fondo de su corazón? Pablo lo expresa así: Lo que el Padre quiere es “recapitular todo en Cristo”. Conocer interiormente esta Verdad que es Palabra viva es conocer el secreto de la vida, el secreto de cada cosa, de cada acontecimiento, de cada corazón. Cuando uno se pregunta ¿qué querrá Dios de mí, o de tal persona, qué querrá hacer con tal situación…? “Hacer que tenga a Jesús por Cabez”, “recapitularla en Cristo” es la respuesta segura. Entonces la pregunta será la de María. ¿Y cómo será posible esto, si…”. Si en la oración pedimos al Espíritu que nos haga ver cómo se manejaba el Señor en una situación así. La primera gracia es creer que el Señor ya “recapituló”, ya asumió toda situación humana, comulgando con nuestras alegría y penas… y por eso podemos encontrar en el evangelio alguna escena que venga a iluminar lo que nos pasa. Preguntar por el cómo es preguntar a Jesús qué sentimientos tenía en esos casos, qué criterios aplicaba, cómo le pedía o le agradecía al Padre, cómo acogía o despedía a la gente, a qué cosas consideraba esenciales y a cuáles secundarias, cómo entraba en diálogo con la gente y con las situaciones… Si obramos así tendremos la luz del Evangelio, la escena, la palabra, la actitud justa de Jesús para asumir y perfeccionar la situación que nos toca vivir de acuerdo a la Voluntad del Padre. “Hacer que todo tenga a Cristo por Cabeza”, es hacer que cada cosa, cada acontecimiento, cada persona, se deje conducir por la Voz del Buen Pastor, siga las enseñanzas del Maestro, se comporte según sus criterios evangélicos, imite sus gestos de amor y de bondad, lo siga por el camino que lleva a dar la vida en servicio de los demás. Ese es el plan que alegra los ojos del Padre cuando mira la creación y la ve transfigurada por la cercanía con su Hijo amado, obediente a su voz, alegre en su seguimiento, moldeada según su figura.
Pablo descubre en Jesús la clave del Plan del Padre y se enamora de Él con un amor de fidelidad a toda prueba.

Quién es el Jesús que Pablo ama

Para Pablo Jesús es “Imagen de Dios invisible, Primogénito de toda la creación. Y también la Cabeza del Cuerpo, de la Iglesia: El es el Principio, el Primogénito de entre los muertos, para que sea él el primero en todo” (Col 1, 15 ss).
Es decir que Jesús está al principio ─ todas las cosas fueron creadas en Él y por Él ─ y estará al final ─ todas las cosas son para Él─. Y no sólo eso, sino que en el medio, en el presente, “todo tiene en Jesús su consistencia y su plenitud”, porque “Dios tuvo a bien hacer residir en él toda la Plenitud”. Todo lo bueno encuentra en Jesús su perfección. Y por si fuera poco, el Señor también repara lo malo: Dios quizo “reconciliar por él y para él todas las cosas, pacificando, mediante la sangre de su cruz, lo que hay en la tierra y en los cielos” (Col 1, 19 ss).
Al ver a Jesús con los ojos de Pablo nos damos cuenta por qué siente que “para él la vida es Cristo”, por qué considera que “todo es pérdida con tal de ganar a Cristo”. En Jesús Pablo encuentra todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia y teniéndolo a Él no necesita nada más. “No quiere saber sino a Cristo y a éste crucificado”. Teniendo a Jesús por amigo Pablo siente que “su debilidad es su fuerza”: “Todo lo puede en Aquel que lo conforta”. Y si no tiene la “caridad” que para Pablo es Cristo ─ ese Cristo de Corintios 13: “Un Jesús paciente, un Jesús servicial, un Jesús que no busca su interés ni se irrita, un Jesús que todo lo cree, todo lo espera y todo lo soporta de nosotros, sus amadas ovejas ─ si no tiene el amor que es Cristo Resucitado, Pablo considera que no tiene nada, que es digno de lástima. Si Cristo no ha resucitado somos “los más dignos de compasión” de todos los hombres (1 Cor 15, 17).
Este Jesús es para Pablo Alguien con quien él vive en íntima comunión: “con Cristo estoy crucificado: y no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí; la vida que vivo al presente en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gal 2, 19, 20).
Pablo comulga con Cristo en toda situación, comulga con su pasión y con su resurrección. Por eso se alegra incluso en las tribulaciones, porque todo lo que le acontece lo lleva a comulgar más hondamente con el que comulgó con nuestra naturaleza humana.
Su adhesión a Jesús como centro del plan de salvación de Dios lo hace confiar en que Dios conduce toda para el bien:
“Sabemos que en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman; de aquellos que han sido llamados según su designio” (Rm 8, 28).
De aquí que encuentre siempre la manera de practicar la caridad con humildad y en paz. Como dice en la carta a los Romanos:
“Bendigan a los que los persiguen, no maldigan. Alégrense con los que se alegran; lloren con los que lloran. Tengan un mismo sentir los unos para con los otros; sin complacerse en la altivez; atraídos más bien por lo humilde; no se complazcan en su propia sabiduria. Sin devolver a nadie mal por mal; procurando el bien ante todos los hobres: en lo posible, y en cuanto de ustedes dependa, en paz con todos los hombres; no tomando la justicia por cuenta propia. Antes al contrario: si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; y si tiene sed, dale de beber; haciéndolo así, amontonarás ascuas sobre su cabeza. No te dejes vencer por el mal; antes bien, vence al mal con el bien” (Rm 12, 14 ss.).

El amor sin condiciones que siente Pablo por parte de Jesús se convierte en él en un amor sin condiciones para con los demás. Pablo siente que Dios quiere salvar a todos en Cristo y por eso se entrega sin medida a todos, para ganar a los que más pueda:
“Me he hecho débil con los débiles para ganar a los débiles. Me he hecho todo a todos para salvar a toda costa a algunos” (1ª Cor 9, 19 ss.).
Pablo valora la amistad incondicional y sufre por las traiciones y los abandonos. Sin embargo sabe dar gracias por todo y gloriarse aún en medio de las tribulaciones y persecuciones, sin tomar en cuenta el mal y valorando el bien. Su actitud ante la vida es Eucarística: dar gracias por todo.
“Reciten entre ustedes salmos, himnos y cánticos inspirados; canten y salmodien en su corazón al Señor, dando gracias continuamente y por todo a Dios Padre, en nombre de nuestro Señor Jesucristo” (Ef 5, 19-20).
De esta acción de gracias brota “la paz de Dios que supera todo conocimiento, custodiará sus corazones y sus pensamientos en Cristo Jesús.” (Fil 4, 6-7).

Plan de Dios en Ignacio

Ignacio nos da los Ejercicios Espirituales para ayudarnos a encontrar la voluntad de Dios en nuestra vida. El centro de la espiritualidad de Ignacio no radica tanto en “ver a Dios en la otra vida” sino en “encontrar mi puesto de batalla –de contemplación y de acción- en esta vida. Ignacio cree que se puede buscar y hallar la voluntad del Padre en cada momento de la vida mediante el conocimiento interno de la Vida de Jesús y mediante su seguimiento. Los Ejercicios bien podrían definirse como un camino para recapitular la propia vida en Cristo. Reformando lo deformado por el pecado, configurando nuestra vida con Cristo –vistiéndonos de su vestidura de pobreza y de humillaciones-, confirmando lo que elegimos para seguir al Señor pasándolo por la pasión y dejando que él nos transfigure con el consuelo y la paz de su resurrección.
En el Principio y Fundamento Ignacio nos describe lo que es un hombre libre, guiado e impulsado sólo por la voluntad amorosa de Dios. Conocer internamente a Jesús es igual a entusiasmarse con el Plan de Salvación del Padre, porque en Jesús todo es posible.

Quién es el Jesús al que Ignacio ama

Es clave para Ignacio, como para Pablo, tener claro que la Persona de Jesucristo es el corazón del Plan de Dios, hacia el que todo está orientado. Ignacio lo expresa diciendo que “el hombre es creado para… Jesucristo” (cuando Ignacio dice “Dios nuestro Señor, siempre se refiere a Jesucristo).
El amor a ese Jesucristo Ignacio lo expresa mediante actitudes concretas y prácticas:
amar es alabar, amar es hacer reverencia, amar es servir.
La referencia a la persona concreta de Jesucristo y la manera práctica de amarlo a cada instante son claves para que la apertura esencial que tenemos al Fin último no se vea impedida por el ansia instintiva y esclavizante de nuestro amor desordenado a las cosas.
Alabar, obedecer con acatamiento amoroso y servir a Cristo Jesús son actividades que sacian el alma apenas se las pone en práctica. Comulgar con Cristo en cada momento de la vida –considerando el momento presente como un “sacramento”, en el que bajo las apariencias de lo humano en realidad está presente Jesucristo, así como en la Eucaristía, bajo las apariencias del pan y del vino se nos da verdaderamente el cuerpo y la sangre de Cristo, es poner en práctica estas actividades amorosas. Gustando esta comunión espiritual no es difícil elegir “lo que más conduce al amor y a la mayor gloria de Dios” y “dejar lo que no nos ayuda”.
Es que amar es también preferir, amar es estar disponible a dejar de lado lo que no ayuda, amar es querer amar siempre más.
El termómetro del amor se muestra en preferir comulgar con Jesús en toda ocasión y por tanto “hacernos indiferentes” a todo lo creado para elegir con libertad de corazón solo aquello que mejor nos conduce a comulgar con este Amor.
Recapitular todas las cosas en Cristo implica en pirmer lugar “comulgar” con Cristo en todas las cosas, así como él comulgó con nosotros en todas las cosas. Comulgar es asumir en nuestro corazón al otro y lo del otro, asumir todo lo que pasa como algo que está “en las manos del Padre”, aunque no veamos cómo. Una vez que comulgamos –incluyendo todo y sin excluir nada-, vienen las otras actitudes recapituladoras. Algunas cosas se “resumen” en Cristo recibiendo y donando misericordia, otras trabajando creativamente, otras soportando con paciencia y teniendo esperanza…
Dar gracias, alabar, siempre recapitula. Si uno alaba algo bueno al otro o da gracias por lo bueno de una situacíon, uno entra en comunión profunda con esa persona o situación. Obedecer y tener acatamiento amoroso también recapitula. Cuando uno hace las cosas como el otro quiere se gana su voluntad, comulga con su mejor intención.
El servicio también es recapitulador: Cristo recapituló toda su misión salvadora lavando los pies y sirviéndose en la Eucaristía.
El que vive “comulgando con el momento presente” según el plan del Padre, sentirá Amor a Dios en su corazón y será servicial con sus hermanos. Alabará al Padre y le dará gracias por todo, cumplirá su voluntad cada día como Jesús, con reverencia amorosa, y servirá al prójimo con humildad y en paz.

 

MOMENTO DE CONTEMPLACIÓN

Hna Marta Irigoy Misionera Diocesana

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 Felices los que como Pablo saben dar gracias por todo. Serán humildes, vivirán en paz.

 En este día queremos apropiarnos de esta “bienaventuranza” de la gratitud.
Dar gracias por todo, nos hace humildes, por que nos coloca en el lugar de creatura, de pequeñez, de necesidad, y desde está experiencia, podemos vivir en la paz, que solo el Señor nos puede dar. Como un niño en brazos de su madre, así descansa mi alma, en Dios. -Salmo 131-
Sentirse agradecido, es un don. Porque es saber –que nos es un saber intelectual, sino, que es fruto de la contemplación que produce una sabiduría nueva de la vida- que “en Dios, vivimos, nos movemos y existimos”. -Hch.17, 28-

La invitación es “Embellecer el mundo con la gratitud”, como cuenta la hna. Mariola López –RSCJ-

“Me preguntaba una compañera: “¿Por qué crees tu que se produce la multiplicación de los panes?”. Le dije espontáneamente: “por el niño que entregó los pocos que tenía…” Ella me contestó: “Por Jesús que los agradece”. ¡Qué bien dicho! Hay abundancia cuando hay agradecimiento.
Agradecer nuestra vida tan amada en su ambigüedad, agradecer los rostros que llevamos y los que nos cuesta aceptar en su totalidad. Agradecer el trabajo y el descanso, las frustraciones y las alegrías, las perdidas y los frutos…Agradecer el estar vivos para poder ofrecernos…
Sólo cuando somos capaces de agradecer la realidad, sea la que sea, ella nos muestra su secreto y nos regala su bondad. Nos resucita. No se puede estar agradecido y descontento a la vez. Es la gratitud la que embellece al mundo… Y la que nos regala la paz…

PARA LA ORACIÓN PERSONAL

– San Pablo, nos enseña este modo de vivir en permanente gratitud, en varios textos de sus cartas. Elegimos dos que nos pueden ayudar.
– Leamos en silencio, quedémonos “sintiendo y gustando”, la palabra que más nos trae consuelo, luz, paz al corazón…
Recordando que la gratitud es don. Pidámosla con insistencia…

Fil, 4, 6-13:
“No se angustien por nada, y en cualquier circunstancia, recurran a la oración y a la súplica, acompañadas de acción de gracias, para presentar sus peticiones a Dios. Entonces la paz de Dios, que supera todo lo que podemos pensar, tomará bajo su cuidado los corazones y los pensamientos de ustedes en Cristo Jesús. En fin, mis hermanos, todo lo que es verdadero y noble, todo lo que es justo y puro, todo lo que es amable y digno de honra, todo lo que haya de virtuoso y merecedor de alabanza, debe ser el objeto de sus pensamientos. Pongan en práctica lo que han aprendido y recibido, lo que han oído y visto en mí, y el Dios de la paz estará con ustedes. Yo tuve una gran alegría en el Señor cuando vi florecer los buenos sentimientos de ustedes con respecto a mí; ciertamente los tenían, pero les faltaba la ocasión de demostrarlos. No es la necesidad la que me hace hablar, porque he aprendido a hacer frente a cualquier situación. Yo sé vivir tanto en las privaciones como en la abundancia; estoy hecho absolutamente a todo, a la saciedad como al hambre, a tener sobra como a no tener nada. Todo lo puedo en aquel que me conforta”.

-Rom. 8, 28, 36-39
“Sabemos, además, que Dios dispone, todas las cosas para el bien de los que lo aman, de aquellos que él llamó según su designio. ¿Quién podrá entonces separarnos del amor de Cristo? ¿Las tribulaciones, las angustias, la persecución, el hambre, la desnudez, los peligros, la espada?.. Pero en todo esto obtenemos una amplia victoria, gracias a aquel que nos amó. Porque tengo la certeza de que ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los principados, ni lo presente ni lo futuro, ni los poderes espirituales, ni lo alto ni lo profundo, ni ninguna otra criatura podrá separarnos jamás del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor.
– Dar gracias siempre lleva a levantar la mirada hacia Dios y hace que el corazón se eleve y alabe al Creador y Señor de la Vida.

– Alabemos nosotros al Señor cantando: Te alabo
(más…)

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