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Diego Fares – Marta Irigoy

Juntas, las meditaciones y contemplaciones de todo el año 2018

 

Crecer en el discernimiento

En su encuentro con los jesuitas de Perú, el Papa Francisco nos pidió “oficialmente” a los jesuitas que ayudemos a la Iglesia enseñando «con humildad a discernir». De aquí vino la misión de trabajar este año el tema de “crecer en el discernimiento” como si fuéramos a la escuela, es decir, con actitud de discípulos y de discípulas, de niños que dócilmente se dejan enseñar por el Espíritu, nuestro Maestro interior, por nuestra Señora, Maestra en este arte de decirnos que hagamos lo que Jesús nos diga.

Todos tenemos alguna idea propia de lo que es el discernimiento. Pero no creo errar si digo que también nos pasa que, si es lo tenemos que explicar, se nos escapa un poco el concepto.

Esto es algo que pasa con todas las realidades básicas: se viven (pensar es discernir, siempre) pero es difícil dar razón. Con la vista, por ejemplo. Todos los que tenemos la dicha de poder ver sabemos perfectamente en qué consiste. Nos damos cuenta cuando “vemos mal”. La experiencia de salir a la calle usando lentes nuevos tiene algo de magia, si es que uno es un poco miope. Pero si queremos explicar qué significa “ver” necesitamos aprender no solo cosas de física y de biología sino que caemos en la cuenta de que el ver humano no es como el de los animales: nosotros vemos con intención y libremente, en cambio cada animal ve el mundo “sectorialmente”, focalizándose en lo que le hacen buscar sus instintos e ignorando el resto. Nosotros, al ver un rostro, al mirar a alguien a los ojos, ponemos en funcionamiento el misterio más hondo del universo, ese que hace exclamar a Pablo que cuando veamos a Dios cara a cara «nos haremos semejantes a Él».

Qué fuerza tiene el ver que hace que uno interiorice las cosas! Y si no es una “cosa” lo que vemos sino otra persona, ella misma entra en nuestro interior y al contemplarla y ser contemplados por ella, se alimenta y crece el amor mutuo.

Además, la mirada amorosa es “creativa”, despierta y fecunda en el otro cosas, semillas, capacidades que, sin esa mirada, quedarían dormidas. La mirada de nuestra madre, su sonrisa, nos despierta a la belleza y la bondad de la creación y nos enseña a “fijar” los ojos allí donde brilla más el amor. La mirada hace que nuestro mirar no se quede autista o se convierta en un zapping, yendo de aquí para allá sin ver nada.

Miramos discerniendo

Del discernimiento se puede decir que es un mirar selectivo” Humanamente miramos discerniendo.

La experiencia de mirar vidrieras en un shopping es significativa. Porque en la naturaleza, como el paisaje tiene continuidad, la variedad afecta serenamente nuestra mirada, que se desliza entre las cosas como una brisa suave sin que el detenernos en una flor nos distraiga del horizonte de cielo, de las montañas o del mar. En un shopping en cambio, la variedad y calidad de cientos de productos seriales pone en acción nuestro poder selectivo en su capacidad de “discriminar” y no podemos “contemplar serenamente el todo y las partes” sino que escaneamos a toda velocidad: esto sí, esto no me gusta, no, no, más o menos, no… puede ser… esto sí! Lo mismo pasa en un museo, en el que la variedad de cuadros, de estilos y de épocas, nos obliga a discernir qué queremos ver, porque si no nos bloqueamos.

Sobredosis de belleza o el síndrome de Stendahl

Hablando de museos, hace unos días, un amigo hizo referencia al “síndrome de Stendhal”. Yo no lo conocía absolutamente y me quedó la idea de algo para ver después, ya que la conversación pasó a otra cosa. Stendhal viajó a Florencia y al salir de la Santa Croce, un 22 de enero de 1817, sintió que “le latía el corazón, que la vida estaba agotada en él y andaba con miedo de caerse”. Acudió al médico y este, luego de auscultarlo y mirarle los ojos le diagnosticó “sobredosis de belleza”.

Los que han estudiado el fenómeno psicosomático dicen que este síndrome es una situación anímica que se desencadena tras observar obras de gran belleza en una misma ciudad y durante un corto espacio de tiempo. Le llaman la enfermedad de los museos.

Trayendo el agua a nuestro molino y sin mucho análisis científico, advierto que este “stress de belleza” no se da al contemplar un paisaje natural o al quedarse ante una sola obra artística. Parecería que es producto de mezclar “belleza artística” y “shopping”. Las obras artísticas no son “algo en serie”, cada obra es un universo concentrado en un espacio limitado. Esto hace que su fuerza expansiva, al meter todos lo cuadros en una sala (aunque por eso mismo en los museos se le da “espacio” a las obras, pero no siempre el suficiente), produzca este efecto de que las “ondas” de una obra choquen con las de las otras. Imaginemos si en un mismo salón se tocaran cien músicas diferentes! Nuestro oído reaccionaría inmediatamente. Pues se ve que la vista también, aunque uno “se anime” a querer ver muchas obras en un museo. Al poco tiempo sale igual de cansado que si hubiera escuchado músicas mezcladas.

El que no discierne se enferma

Todo este largo excurso “artístico psicosomático” es para decir lo siguiente. Si no discernimos, en el mundo actual, en el que todos los paradigmas, las creencias, las ideologías y las imágenes, están en un mismo “sitio” -los medios- el síndrome de Stendhal que sufriremos (que estamos sufriendo) será (es) de proporciones épicas. Se habla del fenómeno de la rapidación y de la acumulación de información que nos asedia, de los efectos que produce estar siempre online… Todas cosas que se van estudiando en medicina, sicología, sociología… Se suele insistir en que “nos hace mal ver tantas malas noticias”. Y en los niños que están todo el día conectados, se detecta el problema de incapacidad para focalizarse. Estamos convirtiéndonos en multi-tasking.

Mirar en “modo discernimiento”

Algunos ven en esto un peligro que impide la concentración y la contemplación serena. Yo prefiero considerar que como son dos cosas distintas -mirar un paisaje o un cuadro y mirar vidrieras en un shopping-, el problema no es cuantitativo o cualitativo sino la mezcla. Y aquí entra lo del discernimiento. Uno tiene que cambiar el chip. No mezclar. Si entra en internet no puede entrar con el mismo chip con el que va a misa. Y viceversa. Es decir: no tiene que cambiar el mundo (el paisaje), tiene que cambiar mi “modo de mirar”.

Una cosa es mirar en “modo naturaleza”, otro es mirar en “modo shopping” o en “modo internet” y otro, trasversal a los anteriores y a todo modo, es “mirar en modo discernimiento“. Es decir: “mirar en modo “dual”, con mi mirada y la del Espíritu.

Este modo de mirar es “libre”, en el sentido más profundo de la palabra. Nos libera de ser esclavos de los otros modos de mirar, que tienden a apoderarse de nuestra mirada y volvernos “ideológicos”. Ideológicos de distinto signo -político, económico, de género, dogmático… incluso el evangelio y la doctrina caen bajo este modo de mirar ideológico que quita libertad y capacidad de diálogo con otros.

Discernir invocando al Espíritu

El “modo discernimiento” es aquel que, en algún momento -no importa si antes, durante o después- que uno está mirando algo (un paisaje, una página web, una persona o sus propios sentimientos) uno alza la mirada y la dirige al Espíritu con una sencilla invocación “Ven Espíritu Santo, enciende con tu luz nuestro sentidos” (Oración del Ven Creador).

Esta simple invocación , a la que el Espíritu no se resiste porque toca su fibra más íntima, aquello que Él es (Ardor común, Encendimiento de otros) y para lo que ha sido Enviado por el Padre y por Jesús: para “reavivarnos”, vivificarnos, transfigurar lo que vemos con su luz…, hace que venga y nos de su gracia. El Espíritu nos “hace ver las cosas como le agradan a Dios (es decir: como son, ya que a Dios le agradan las cosas y las personas como somos, como nos creo y redimió, y como podemos ser, en el sentido de que le agrada vernos mejorando y creciendo en el amor).

Discernir con los criterios de «El que tenemos más a mano»

Esta es una manera de presentar el discernimiento como la respuesta justa a algo que necesitamos más que el aire y el smartphone. Porque el síndrome de Stendhal nos asedia: tenemos sobredosis no solo de cosas malas, sino también de belleza Las ideas verdaderas ese encuentran amontonadas mal, desjerarquizadas, sin espacio entre una y otra. Y eso nos lleva a “discernir” desde lo que tenemos más a mano. Cada uno desde algún criterio de algo que le hizo bien.

Esto mismo es bueno si uno se da cuenta de que el Espíritu Santo es justamente “El que está a mano” -el Paráclito-. Y Él es el que nos hace comprender Quién es Jesús y cuánto puede ayudarnos su palabra para resolver nuestras cosas de la vida diaria.

Claro, uno puede sentir: y a Jesús, cómo lo contacto! La Iglesia lo tiene, por supuesto. Pero a veces muchos sienten que le hemos puesto tantas puertas con horario a las iglesias, tantos requisitos a los sacramentos (que son Jesús mismo hecho pan, perdón del pecado de ayer a la tarde, aceite para la enfermedad que tengo…, bendición para mi deseo de formar familia) tantas condiciones, que queda medio lejos. Pues bien, para eso fue enviado el Espíritu, que se derrama sobre toda carne, sobre toda cultura, que actúa en toda persona que lo invoca y desea adorar al Padre y conocer y contactarse con Jesús. El Espíritu también es condición para que todo lo que la Iglesia tiene acumulado no sea museo sino vida.

Los sentidos del discernimiento

Y qué “sentidos” enciende el Espíritu? Enciende todos. Pero la clave es que los enciende en “modo discernimiento”. Es decir: enciende ltu lengua, pero no solo para que «hables en lenguas” sino también para que puedas profetizar y anunciar verdades que sirvan a la vida y a la oración de todos. El Espíritu enciende tu gusto espiritual no solo para que saborees íntimamente las palabras de Dios sino para que puedas saborear su fuerza apostólica, su capacidad de encender otros fuegos. El Espíritu enciende tu tacto espiritual pero no solo para que toques dinámicamente el suelo en una danza que te hace dar vueltas sobre tí mismo, sino para embellecer tus pies cuando corres a anunciar el evangelio en alguna frontera. El Espíritu enciende tus ojos y oídos para que disciernas el rostro de Jesús en los pobres y escuchar su silbido y su voz de buen pastor, distinguiéndola de la voz seductora del maligno. El Espíritu enciende tu olfato espiritual para que sepas “oler” al mal espíritu, allí donde aparece vestido de ángel de luz y no lo puedes discernir con tu mirada. Es decir: el Espíritu enciende todos tus sentidos espirituales para que disciernas “los sentimientos de Cristo Jesús” y para poder comunicarte su “modo de pensar” y de ver las cosas.

El tratado donde este “modo de sentir-discerniendo” está plasmado es el Evangelio. Allí cada escena, cada parábola, cada frase no es solo una frase sino una clave para discernir, que aplicada a la realidad justa en cada situación, obra eso que Jesús prometió: que el Espíritu nos enseñará toda la verdad y nos dirá qué decir en cada momento.

Discernir o quedar fascinado por alguna ideología

No discernir, hoy, es permanecer atado a esa mezcla -incluso de cosas buenas- que nos ofrece el mundo moderno, con su conflicto de interpretaciones. No basta con tener las ideas claras en los libros y en los manuales, hay que saber con qué “sentido” afrontarlas. Como decía, hay cosas que hay que “olerlas” porque si uno las mira queda “hechizado”, “fascinado”. La capacidad de photoshop es hoy tan maravillosa que uno le dice al otro mostrándole una “realidad” (una noticia, una foto, un título de diario con “lo que dijo fulano”): “no lo ves?” No puedo creer que no “veas” lo mismo que yo. Y el otro, tomando distancia, trata de hacerle “ver” lo que ve él,  mostrándole “otras noticias”…

El desafío es terminar de caer en la cuenta de que, hoy por hoy, no hay un “lugar” común desde el cual mirar todos las cosas, no hay piso firme en ninguna idea, dogma o ideología, no hay “realidad común” objetiva como la había cuando cada uno vivía en su pueblo y las noticias de otros lados llegaban “al otro día o a la semana siguiente” y había “espacio”, como en un buen museo, para ver una obra o dos en cada sala y tomar aire con los ojos. Hoy está todo junto todo el tiempo de mil manera diversas. El único lugar común puede ser, precisamente, el discernimiento. Convenir, la mayor cantidad de gente posible, que todo debe ser discernido (cosa que ya hacen muchos) y, lo importante, convenir en que todos tenemos que entrar en la Escuela del Discernimiento.

Hablar de Escuela de discernimiento quiere decir que, en este arte, hay maestros. Hay camino recorrido y se puede aprender mucho. Es más, se trata del arte de “aprender cada día” del único Maestro interior. Porque, como se trata de discernir la realidad y esta cambia tanto, no hay escuela que no sea la del aprendizaje continuo, la del criticar en primer lugar el propio punto de vista, los propios sentimientos, ya que no hay cosa, por perfecta que sea, que no pueda ser usada por el mal espíritu para alejarnos del amor de Jesús. Y no hay cosa, por pecado que sea, que no pueda ser usada por el Espíritu Santo para acercarnos a la misericordia del Padre.

 

1. El discernimiento en el marco de los Ejercicio espirituales

 

A lo largo del año iremos viendo la estrecha relación que tiene hacer un discernimiento particular (o muchos) y practicar los Ejercicios Espirituales. Los Ejercicios como tales  -de un mes- se hacen una o dos veces en la vida. Tiene como fin hacer una elección radical, de estado de vida o de una misión importante. Luego, los Ejercicios de cada año van ayudando a mantener y perfeccionar la elección y la misión.

El marco de los Ejercicios es el adecuado para un proceso de discernimiento, para dar lugar a que el corazón experimente gracias y tentaciones y pueda adquirir certeza en el Espíritu a la hora de elegir. Así, los Ejercicios, con sus diferentes etapas, con sus meditaciones estructurales, nos ayudan a poder hacer un discernimiento.

Presentar esta dimensión “de máxima” no es para alejar el discernimiento de la vida diaria. Al contrario: al igual que el amor a Dios es el mismo que el amor con que se ama a un pobre, en el gesto pequeño de darle un vaso de agua, así también el discernimiento de una vida matrimonial o consagrada, se concreta en el discernimiento de la pequeña opción que hay que hacer cada día para que la vocación crezca. El camino del discernimiento, como el del amor, es de ida y vuelta. Las elecciones y predilecciones grandes y definitivas se concretan y se alimentan en las elecciones y predilecciones pequeñas de cada día. El que ya eligió estado de vida, dice Ignacio, no tiene que cambiarlo, sino crecer y mejorar en él. Y en esta situación de “crecer en nuestro estado de vida y misión (trabajo) principal, estamos todos (salvo los jóvenes que aún no han decidido o la vida todavía no “decidió” por ellos).

Alabar, adorar y servir: tres deseos “ya discernidos”

Antes hablamos de un mundo en el que todo es relativo. Hoy se cuestiona hasta la ley natural y pareciera que “todo se construye”, incluso la propia identidad de género. Sin embargo así como cada piedra, cada planta tienen su ley interior y cada animal su instinto, que no les permite equivocarse en cuanto a su misión en la vida, los seres humanos contamos también con algo similar a este “instinto” que, si lo desarrollamos, no nos equivocamos. Hablo del deseo de alabar, de adorar y de servir. No es cuestión de demostrarlo teóricamente sino de invitar a cada uno a que haga la prueba. Comience a agradecer y a bendecir por su vida y por las persona y cosas que ama y verá como va encontrando un camino claro: a medida que agradece, sentirá deseos de agradecer más. Incluso por lo malo, ya que al bendecir irá encontrando cosas buenas también en lo que no lo fue. Lo mismo con la adoración, si uno se pone con el rostro en tierra y confiesa sus “no”: no soy nada, no puedo nada, no se nada… y le dice a Dios Vos sos todo, Vos podés todo, Vos sabés todo, verá que algo se libera en su interior. Y no digamos nada de servir. Si uno se pone a servir a alguien que necesita, comenzando por los más pequeños, siguiendo por los compañeros de trabajo, los pobres, los enfermos…, verá que algo le dice a sus manos que están bien, haciendo lo correcto. Estas actitudes suscitan el asentimiento de nuestra mente, de nuestro corazón y de nuestras manos.

Son deseos ya discernidos, en el sentido de que tienen algo de “instintivo”. Los tenemos que poner en acción libremente, pero enseguida vemos que nuestro ser fluye gracias a ellos. Los reconocemos también en otros seres, en los pájaros que con su canto y sus vuelos en equipo son un canto de alabanza al Creador; en los animales que se sirven unos a otros; en toda vida a nivel molecular en el que todo es “servicial”. Estos deseos profundos, si se les da cauce y se los comienza a practicar, muestran ser mas fuertes que cualquier otro deseo.

Realizando estos deseos y poniéndolos en práctica vamos descubriendo “existencialmente” el sentido de nuestra vida. No algo sí como el “sentido en general” de la vida, cosa que escapa al alcance de alguien que vive solo un tiempo en la historia, pero sí el sentido concreto de “mi vida”, cosa que cada uno puede descubrir a medida que realiza estos deseos básicos que son expresión del amor: alabar, adorar y servir y discierne su lugar y su misión en el universo.

Las tentaciones contrarias son denigrar, auto-adorarse y aprovecharse egoístamente de los bienes comunes. Hay también tentaciones “neutras”: ni alabar ni criticar, no adorar nada ni a nadie, gozar y gastar y no trabajar.

Deseo de alabar

Sintonizar con el deseo profundo de Alabanza nos armoniza el alma subjetivamente con la realidad. No solo hay que alabar a Dios y a las cosas extraordinarias. La discreta alabanza a todo ser, hace que cada cosa brille y mejore dando lo mejor de sí. La alabanza tiene sus tonos menores, con los que se alaban y se agradecen, amablemente y sin exagerar, los pequeños dones y servicios que alguien nos presta. Es un acto de justicia alabar cada gesto en su justa medida. Así como no es buena la alabanza falsa o exagerada tampoco es bueno dejar pasar las cosas que conllevan el trabajo de otro como si se dieran por descontado.

El pueblo sencillo sabía de alabar a Jesús. “Bendito el seno que te portó y los pechos que te amamantaron”, exclamó aquella mujer del barrio mientras Jesús hablaba. “Hosanna, bendito el que viene en nombre del Señor”, cantaban los niños alentados por sus mamás y por sus padres cuando Jesús entró en Jerusalén montado en un burrito. “Verdaderamente este era Hijo de Dios”, confesó el Centurión. Y así tanta gente. El pueblo fiel de Dios da rienda suelta a su deseo hondo de alabanza, cada vez que canta a Dios y a sus santos, cada vez que llena de flores las imagencitas de la Virgen y exclama sus “viva, viva” mientras lleva al Señor en andas.

Deseo de adorar

Adorar y hacer reverencia es el deseo básico que mueve toda religión, todo deseo de relacionarnos con Alguien que nos trasciende. Es un deseo que en muchos brota espontáneo y en otros está mutilado o amordazado. En los niños, la “adoración” por sus padres, como respuesta a las alabanzas y cariños que estos les prodigan, es un sentimiento muy puro que, si es bien educado, se orienta con la gracia del Espíritu Santo a la adoración del Niño Jesús, de la Virgen. Es un deseo auténtico y único que necesita que se lo explicite y que a los niños se les den los gestos de adoración que les permitan encauzar y expresar este deseo profundo: arrodillarse ante el Santísimo, mandar un besito a la Virgen, besar una imagen, hacer silencio respetuoso al entrar en el templo o en el momento de rezar. Hace bien a los niños ver a sus padres arrodillarse y hacerse la señal de la Cruz.

El leproso curado que volvió alabando y bendiciendo a Dios y se postró rostro en tierra ante el Señor, nos muestra esta actitud de adoración que el pueblo de Dios sentía que podía tener ante Jesús y que el Señor no rechazaba.

Deseo de servir

Servir es también un deseo básico que mueve todas nuestras acciones. Servir a los otros, ser útiles a los demás, contribuir con la creación, dar fruto, ofrecer lo mejor de uno, el propio carisma, dar una mano, gastarse por los demás, ayudar a los que necesitan… Si la adoración es un deseo propio de la creatura y es unidireccional, la alabanza y el servicio son deseos también propios de nuestro creador. Jesús alababa la fe y la misericordia de la gente y toda su vida fue de servicio a los demás. Lo consagró en el lavatorio de los pies a los discípulos.

Una imagen positiva de nuestro ser y de nuestro pasado

Para poder discernir es necesario tener “experiencialmente” una imagen positiva de la vida, de nuestro ser y de nuestro pasado: somos creados buenos y encontrar cada uno nuestro bien más propio, nuestro carisma, así como un ave encuentra su canto y una flor su color, es nuestra manera de reconocer al Creador: siendo mejor lo que somos, siendo por trabajo y elección lo que somos por don y por gracia.

Si uno tiene una imagen negativa de sí, si piensa que no vale nada o que porque tiene algún defecto o pecado, no puede alabar y adorar y servir a Dios y al prójimo, no sentirá que puede discernir la voluntad de Dios en su vida. Si en cambio nos sabemos seres complejos, quizás con muchos defectos, pero con esta zona de la alabanza, la adoración y el servicio, siempre intacta y lista para ser reactivada, entonces tendrá sentido discernir. Pero hay que practicar la alabanza y la adoración y el servicio hasta que la imagen positiva fundamental salga a flote y tome las riendas de nuestra vida.

 

Momento para contemplar

Queremos aceptar la invitación que nos hace el Papa Francisco de “entrar en la escuela del discernimiento”…

Por eso, la invitación será, después de leer el texto del P. Diego Fares, quedarnos sintiendo y gustando el Salmo 131.

Señor, mi corazón no es ambicioso,

ni mis ojos altaneros;

no pretendo grandezas

que superan mi capacidad;

sino que acallo y modero mis deseos,

como un niño en brazos de su madre.

Espere Israel en el Señor

ahora y por siempre.

 

Si dejamos resonar este salmo en nuestro interior veremos que tiene algo de la parábola del hijo pródigo. Quizá antes soñaba con grandezas, ahora golpeado por acontecimientos terminó descubriendo la mano buena de Dios.

Pero, ¿qué es soñar con grandezas?

Nunca el problema humano será el de soñar mucho. Siempre nos quedaremos cortos. El Padre soñó lo más grande, nos soñó hijos en el Hijo. Nuestras grandezas son caricaturas, son balbuceos, son bosquejos…

‘Acallo y modero mis deseos’. No significa entonces anular. Dios sembró el corazón humano con deseos infinitos. Por eso hay que aprender a escucharlos, a dialogar con ellos.

Solo llegando al fondo y descubriendo qué deseamos, todos los demás deseos se pueden ordenar, jerarquizar.

Solo llegando al fondo y teniendo fe en las promesas de Dios, podemos tener confianza y paz.

Hay que hacer un acto de confianza como el del salmista. El alma en paz se abandona a Dios, sin inquietud ni ambición, no porque tenga ya todo, sino porque cree que Dios es fiel…

Algunas preguntas…

¿Que desea mi corazón?

¿Qué importancia le doy a los deseos que me habitan?

Volvemos a rezar con el Salmo 131, pidiendo la Gracia que necesitamos en este tiempo de Cuaresma…

 

 

2. Las otras cosas son para ayudarnos a alabar, adorar y servir a Jesús nuestro Señor

 

 “Al que me ama, mi Padre lo amará”

La primera parte del Principio y Fundamento se puede resumir así: “El hombre es creado para Dios nuestro Señor y las otras cosas, para que le ayuden en la prosecución de este fin”.

* Somos creados para Dios nuestro Señor y así como al fin de un camino se llega caminando, a este Fin Personal se llega alabandolo, adorándolo y sirviéndolo. Al dar curso y modo concreto a estos deseos, se nos dilata el corazón, crecemos como personas adorando, agradeciendo y sirviendo a la Persona para quien somos. Siendo más y mejores creaturas nos hacemos semejantes a El. Estos deseos espirituales, porque suponen autoconciencia y autoseñorío de sí, son tres expresiones del amor a un Dios Personal:

hacerle reverencia: la actitud de adoración y reverencia es amor de creatura a la Persona del Creador. Es amor que inclina la rodilla y la cabeza haciendo entrega absoluta de sí;

alabarlo: la alabanza es agradecimiento a la Persona de quien reconocemos que nos vienen todos los dones que recibimos;

servirlo: el servicio -el hacer las cosas – implica hacerlas al modo del Otro, haciendo su voluntad, lo que le agrada.

* De esta manera, descentrados de nosotros mismos y centrados en la Persona de Jesús para quien somos, cambia nuestra mirada y consideración de “las otras cosas” como les llama Ignacio. Todo lo que no es Cristo son “las demás cosas” y se nos revela su ser profundo: son “para nosotros” (esto lo intuimos y así las usamos) pero “para que nos ayuden a realizar nuestros deseos de alabar, adorar y a servir a aquel para quien somos.

Nunca deja de admirarme la profundidad y concretez del Principio y Fundamento. Uno puede preguntarse: ¿Por qué esta serie de frases que parecen un razonamiento abstracto resultan iluminadoras?

Y la respuesta es: Porque no son para nada frases abstractas! Nos hablan de nuestros deseos más hondos y los conectan con nuestro fin. Estas frases nos dicen para Quién somos creados. Fijémonos bien que no dicen para qué, sino para Quién! Tanta gente camina por la vida buscando un sentido que, al no poder concretarlo en un Quién, no termina de tomar forma. Vemos a veces cómo los padres “son para sus hijos”, les dedican y entregan lo mejor de sí, todo su tiempo y trabajo. Y los hijos luego se van, siguen lógicamente su camino. Cuando al nido vacío vuelven con los nietos, este “fin pesonal” de la vida humana se llena nuevamente de sentido. Pero allí mismo donde ejercitamos nuestro “ser para los demás” percibimos el límite de esas otras personas (y de todas las cosas) que nos dicen “Yo no soy Dios”, no puedo ser “fin exclusivo” para vos.

Así pues, el Principio y Fundamento nos conecta con nuestro fin, que es la Persona de Cristo. Y no hay nada más concreto en la vida que tener claro el fin! En clave de discernimiento lo podemos expresar así: para ver con claridad y elegir la mejor opción entre dos que se nos presentan hay que tener claro el fin. El fin no se discierne, se disciernen los medios. El fin es “lo que ya está discernido”, por decirlo así. Y saber que nuestro fin no es un “para qué”, sino un “para Quién”, es la verdad más verdadera que alguien nos pueda revelar.

Para Dios nuestro Señor, es decir: para Jesús

Sabemos que cuando Ignacio dice “Dios nuestro Señor” se refiere concretamente a Jesús. En Jesús, gracias a Jesús, somos hijos de Dios. El Espíritu nos guía refiriéndolo todo a Jesús, a Dios venido en carne.

Así, para un cristiano basta con tener discernida una sola verdad, que es esta: la de que somos creados para Jesús nuestro Señor. Señor de nuestra vida práctica, como siempre insistía Fiorito. Es decir: Aquel cuyo cuerpo comulgamos en la misa, Aquel cuyas palabras leemos en el evangelio, El que nos perdona los pecados con el sacerdote que nos confiesa, el que nos sale al encuentro pobre, hambriento, sediento, refugiado, preso.

El hombre -todo hombre y toda mujer- es “para Jesús”.

Esta pertenencia es tan radical y absoluta que hace que todo lo demás sean “otras cosas”, esas que Jesús dice que “se nos darán por añadidura, si buscamos primero el Reino”, es decir: a Él.

Poder escuchar admirados que otro nos anuncie que somos para Jesús, es la verdad más honda y a la vez más práctica de nuestra vida. Significa muchas cosas.

Significa que si miro mi ADN, no solo encuentro el de mis padres sino el Suyo: he sido creado a imagen suya. Contemplando en el evangelio lo que sentía Jesús, viendo su carácter, su modo de ser y de relacionarse con los demás, descubro cosas de mi mismo, al igual y más que cuando miro a mis padre y abuelos y me reconozco en algún gesto de carácter, en algún modo suyo de obrar.

Significa que si miro mi historia, con mis idas y vueltas, mi haber llegado a ser quien soy a pesar de mis pecados y las veces que erré el camino, me descubro como alguien rescatado, comprado al precio de la sangre de Jesús. Soy “para Él” en el agradecimiento ante uno que dió su vida por mí cuando yo estaba en mayor o menor medida bajo la influencia del maligno: descartado y librado a mi suerte, como la oveja perdida, como el hijo pródigo, como la pecadora, el ciego, el paralítico, el leproso…

Significa además, que ese “para Él” orienta y finaliza todos mis deseos poniéndolos en clave personal.

Quizás a alguno le puede resultar extraño esta afirmación de que somos para una Persona. Pero si lo pensamos bien no es tan raro, dado que vivimos en un mundo que nos dice que “cada uno es para su propia persona”, que su felicidad consiste en perfeccionarse como persona, en poseer cosas que lleven su nombre, y en consumir personalmente todo lo que pueda.

Qué nos cambia esto de “ser para Jesús”?

Nos cambia, por ejemplo, que no hace falta que seamos perfectos. Lo decisivo es “ser para Jesús”: que nos ofrezcamos a Él y que Él nos acepte en su compañía. Es decir: si una persona es muy perfecta pero su perfección crece como un lago de montaña, sin desemboque, puede que en cierto punto su perfección quede estancada. Y en cambio, si una persona es imperfecta, el hecho de sentirse poca cosa, la conciencia de ser un pecador, una pecadora…, puede que la impulse a no mirarse a sí misma, a salir de sí, a poner toda su esperanza en ser aceptada y salvada por Jesús y con esto logre más en un momento que la otra en toda una vida centrada en su propio perfeccionismo.

Esto es lo que se ve en el evangelio: cómo los pequeños y pecadores ganaban el corazón de Jesús y recibían tantas gracias de parte suya y los fariseos, en cambio, no hacían sino alejarse y endurecer más su corazón.

Ser “para Jesús” nos cambia también la preocupación por poseer y consumir. Porque “ser para otro” no es algo que se resuelva en términos de posesión sino de donación. Somos de otro en la medida en que nos damos al otro y somos recibidos libremente por el otro y trabajamos y nos divertimos juntos. No es cuestión de “poseer” al otro como un objeto, sino de dilatar el propio corazón que crece en la medida en que da y recibe más amor del otro.

Ser “para una persona”, como vemos, lo cambia todo. Cambia también nuestra relación con los demás. También ellos son “para Jesús” y esto nos hace relacionarnos de otra manera, más libre, más distendida y esperanzada, por decirlo de alguna manera. Sólo una cosa es necesaria, como le dice Jesús a Marta: que cada uno se centre en Jesús, como María que lo escuchaba sentada a sus pies. No hace falta que uno mismo u otro cambie “todo lo que hizo imperfectamente”. Porque cuando uno “se convierte” y mira su vida y la ajena desde esta perspectiva, los cambios que se pueden dar son muy inmediatos y radicales. Lo vemos en la historia de los santos, cómo pasan de una vida a otra de manera muy decidida. Esto es así porque “perfeccionarse” puede llevar toda una vida, pero entregarse a Jesús de corazón, comenzar a vivir para Él, buscando sus intereses y no los nuestros, es algo que se puede empezar a hacer ya, tal como estamos y siendo los que somos. En el momento en que me centro en Jesús, todas las demás cosas “se ven distintas”, puedo discernir con claridad cuáles me ayudan y cuáles me desayudan.

Jesús es el criterio de discernimiento y la medida

“En Jesús”, cultivando nuestro ser para Jesús, encontramos la medida para relacionarnos con cada persona y con las cosas: es una medida que es a la vez común y única -personalísima-.

La adoración, por ejemplo, que es un deseo básico inscrito en cada célula de nuestra carne, encuentra en Jesús el Nombre para nombrar, doblando la rodilla, a Aquel ser misterioso que me creó y me da continuamente el ser. Toda creatura sabe que “no es autónoma”, que si durante algún tiempo y en algunos aspectos de su vida puede “funcionar” autonómamente, no se dio a si misma su vida ni se puede mantener en ella como quiera y todo el tiempo que quiera. Pero esta convicción de la propia “contingencia” como dice la filosofía, no alcanza para adorar. Puede convertirse en mudez y angustia que necesita ser “tapada, cosa que hacemos en general “adorando alguna cosa” que se convierte en ídolo. Al adorar a Jesús, desidolizamos las cosas y las liberamos de este rol innatural que les damos, exagerando su importancia. Poder nombrar a nuestro Creador con su Nombre – Jesús- nos permite adorar verdaderamente, ya que, como decíamos, la adoración y la reverencia se tienen ante una Persona. No basta con saber que “algo” -una energía cósmica, una evolución natural – debe habernos creado.

La alabanza por las cosas buenas y hermosas de la vida también se concreta en Jesús. El nos enseña por qué nos tenemos que alegrar -porque nuestros nombres están escritos en el Reino de los cielos, y no por otras cosas pasajeras-. Además, une la alegría al servicio que hacemos a las otras personas. De nuevo, la clave está en lo personal. Todo en el hombre es “personal” o pierde consistencia. Y personal en sentido amplio e inclusivo, es decir: comunitario.

Al adorar a Alguien como Jesús, cuya existencia esta toda puesta al servicio de aquellos que creó y por los que dió la vida, cobran altura y valor las demás personas y cosas que nos rodean. Lo digno de alabanza no es lo que es para nuestro gozo exclusivo sino, por el contrario, lo que sirve para alegrar y servir a más personas, en primer lugar a los que no tienen nada. Así como la alegría de un padre y de una madre de familia no son “las cosas” que poseen sino la alegría de sus hijos que aprovechan las cosas que ellos les brindan para crecer y desarrollarse bien, así toda alegría humana superior es personal, compartible más que consumible!

Más que “tener comida y agua” alegra poder “dar de comer y de beber al sediento”; más que tener ropa, alegra vestir al que anda pobre y desabrigado, más que tener casa, alegra poder hospedar, más que tener salud, alegra acompañar y consolar al que está enfermo o preso.

Las cosas son para nosotros

Si algo tenemos claro es que “las cosas son para nosotros”. Basta ver cómo las usamos y nos servimos de ellas como amos, sin mucho miramiento. No pensamos que una ballena tenga una finalidad en sí misma, que exista por la alegría misma de que haya quien pueda surcar el oceano libre y majestuosamente. Apenas tenemos necesidad de ella la pescamos y la consumimos. El punto no está en que las cosas no sean “para nosotros”, ya que lo son, sino que “nosotros no somos para nosotros”, somos “para Jesús”.

Tendría que bastarnos con mirar cómo venimos a la vida -absolutamente dependientes y necesitados de otras personas que se dediquen con exclusividad a cuidarnos mientras crecemos-, para comprender la importancia de “lo personal” en nuestra vida. No tiene sentido definir la persona por su inteligencia y libertad sin agregar que estas potencias espirituales “son para los demás”, tienen sentido en relación a los demás, para interactuar con los demás. Pensar que tenemos inteligencia y libertad solo para hacer y “consumir” lo que queramos, es un insulto a la naturaleza, que ya tenía resuelto este problema en la vida animal, “moderando” los instintos para que cada animal consuma solo lo que necesita.

No vivimos para cumplir una finalidad externa a nosotros mismos, para realizar una tarea util a otros, para llenar un lugar dentro de un todo, como si fuéramos una pieza de un reloj.

Tampoco vivimos para realizarnos a nosotros mismos, para alcanzar la felicidad como un estado, en el que estaríamos algo mejor que cuando comenzamos la vida, así como una planta que se desarrolla a partir de una semilla y termina dando flores y frutos, o un ser viviente que llega a la madurez en el uso de sus funciones.

El Principio y Fundamento nos revela que somos “para” una Persona. El evangelio dice que Jesús llamó a los apóstoles “para que estuvieran con Él y para enviarlos a predicar el evangelio”. Para que estuvieran con Él quiere decir para vivir en su Compañía. Esto es algo “no funcional”.

Una reflexión actual

Pongamos solo un ejemplo de las implicancias de una doctrina de este tipo. Si ser persona es “ser para una Persona, en concreto para Jesús” ¿no tiene entonces un gran sentido que nuestro venir a la vida se realice “en otra persona”, en nuestra madre, sin que esto la convierta de ninguna manera en una “incubadora”, como dicen algunas? ¿No nos muestra que lo decisivo para ser persona no es en primer lugar que tengamos un ADN, ni tampoco unas facultades como la inteligencia y la libertad (este es el soporte físico y síquico de nuestro ser personas), sino que nos es esencial que otra persona nos nombre -nuestra madre o si ella no puede o no quiere, otra persona que quiera hacerse cargo- y nos acoja en su existencia diciéndonos “yo soy para vos tu madre” y “vos sos para mí mi hijo”?

Si nuestra esencia es “ser para otra Persona”, podemos decir que en el vientre materno (y al final de nuestra vida), cuando somos menos autosuficientes, somos más propiamente “personas”, porque somos por otros y para otros que nos acogen absolutamente. Un embrión, cuando física y síquicamente es nada más que un puñado de células, es más “para su madre”, más persona en este sentido espiritual profundo del que hablamos.

Este “ser por y para los demás” es lo más propio del ser humano. Siempre, no solo mientras nos gestamos y necesitamos que alguien sea “exclusivamente para nosotros”. También nos ese esencial cuando llegamos a la madurez y buscamo otras personas que nos amen gratuitamente, por nosotros mismos, no por cómo “funcionamos” o “para qué servimos”.

La entrega y dedicación tan absoluta que requiere todo ser humano para desarrollarse, si fuera una cuestión puramente funcional, sería un error de la naturaleza. Los animales nacen “ya hechos” y apenas nacen, o al poco tiempo, se independizan totalmente de sus progenitores. El hecho de que hayamos venido a la vida gracias a que otros seres hayan sido durante mucho tiempo exclusivamente para nosotros y nos hayan dedicado toda su vida y cuidado, hace de nosotros, luego, seres para los demás.

Si esta gratuidad no es custodiada y cultivada, se desmorona la vida social, el respeto por toda persona, el cuidado de los más pobres y discapacitados… La igualdad y la justicia se basan en este reconocimiento de la persona humana más allá de sus capacidades y procesos de gestación, crecimiento o enfermedad.

Considerar este “ser para otro” como una carga, por el hecho de que en un momento de la vida ese otro aparezca inesperadamente, es como negar nuestro ser mismo que consiste siempre en “aparecer” en la vida de otros, irrumpiendo en los otros y siendo aceptados en nuestras diferencias por nosotros mismos, más allá de nuestras capacidades y de las expectativas de los otros.

Momento de Contemplación

Después de leer el texto del P. Diego; podemos volver a aquellas palabras, frases que nos han asombrado hondamente…

Sabernos de y para Jesús es un horizonte hacia el cual orientar nuestra vida y poder dar ese  fruto  personal, según la belleza de su singularidad –ese ADN- que nos hace imagen y semejanza de Dios…

Ser de Jesús…

Pertenecer a Jesús…

Es encontrar ese tesoro escondido… Es descubrir la perla preciosa… por los que vale vender todo, y descubrir el “gozo de pertenecer”…

Este gozo profundo, nace la certeza de sabernos creados de una manera maravillosa

De este gozo profundo, nace la alabanza y libertad ante todas las cosas…

Por este gozo profundo, nos ponemos al servicio de los pequeños que se nos han confiado para hacer aquellas obras para las cual nuestro buen Dios nos ha creado…

Como decía, Benedicto XVI en el Mensaje de Cuaresma del 2012: “Interesarse por el hermano significa abrir los ojos a sus necesidades… Ya que el otro me pertenece, su vida, su felicidad, tienen que ver con mi vida y mi felicidad… Aquí tocamos un elemento muy profundo de la comunión: nuestra existencia está relacionada con la de los demás…”.

Qué lindo! Sabernos pertenencia de Jesús y saber que el otro nos pertenece, nos saca del anonimato e indiferencia que a veces nos quieren meter…

Para terminar, quizás puedas rezar con alguna de las Parábolas de El tesoro y la Perla:

“El Reino de los cielos es semejante al tesoro escondido en el campo que un hombre, encontrándolo, lo vuelve a tapar y del gozo que le da va, vende todo lo que tiene, y compra aquel campo. También el Reino de los cielos es semejante al hombre negocianto en perlas finas  que hallando una preciosa perla, fue y vendió todo lo que tenía, y la compró” (Mt 13, 44-46).

Y pedir la Gracia de sentir este Gozo Profundo de Pertenecer a tan Buen Dios…

 

3. La libertad de elegir «lo mejor», es decir: las personas

 

En su Exhortación apostólica «Alégrense y regocíjense», el Papa Francisco cita el Principio y Fundamento y habla de la «‹santa indiferencia› que proponía san Ignacio de Loyola, en la cual alcanzamos una hermosalibertad interior» (GE 69).

Una hermosa libertad interior!  Es el tema de nuestro encuentro de este mes.

Nos quedamos gustando la hermosura de la libertad. Pero, es realmente hermosa la libertad? O a veces nos da miedo?

El miedo a la libertad

Erich Fromm decía que el drama del hombre actual es «El miedo a la libertad».

Los pueblos nos liberamos de la tutela de los gobiernos monárquicos pero no terminamos de estar contentos con los gobernantes que elegimos; los jóvenes se liberan pronto de la autoridad de sus padres, pero cuando se dan cuenta de que era verdad que había que estudiar duro para poder insertarse en el exigente mercado laboral del mundo actual, ya perdieron un montón de tiempo precioso; los cristianos nos liberamos de los preceptos de la Iglesia, que nos mandaban, por ejemplo, ira misa todos los domingos para terminar descubriendo tarde «el gusto de la oración larga, hecha de abandono y estupor ante la Eucaristía» como dice Don Tonino Bello), sin hablar de que de hecho terminamos obedeciendo al precepto de «ira al shopping» todos los domingos «religiosamente» o buscando en libros de autoayuda alguien que nos «mande» cómo gestionar nuestra libertad…

La libertad, a veces, da miedo. Más que ejercerla, la usamos para postergar. «Soy libre!», nos decimos, y en vez de ponernos a buscar apasionadamente las opciones más grandes y nobles, las que comprometerán lo mejor de nuestra creatividad, las que serán capaces de incidir en la vida social, las que dejarán huella en la vida de nuestros nietos, perdemos el tiempo y gastamos energía en elegir entre mil cosas de consumo, que el final, son más o menos similares.

Escuchemos el lenguaje que utiliza en la web alguien a quien se le cayó su celular: «El dilema de la funda» se titula su artículo (confieso – ay de mí! – que lo encontré perdiendo tiempo para buscar la mejor  funda para mi celular…), y dice así: «De aquel incidente salí escarmentado y con un iPhone marcado de por vida. Lógicamente, lo primero que hice fue comprar una funda y lamentarme por no haberlo hecho antes. Desde aquella caída hasta hoy, todos los iPhone que he poseído han ido convenientemente protegidos con sus fundas y… ¿lo adivinas? Desde que uso fundas nunca se me ha caído el móvil al suelo, lo que ha hecho que me vuelva a plantear usar o no una funda. En realidad, ese dilema, en lo personal, lo tengo resuelto, pero no ha resultado fácil. Optar por poner una funda supone ciertos sacrificios que no todo el mundo parece dispuesto a asumir[1]».

Sin comentarios!

Escuchemos ahora al Papa que nos narra una de sus escenas  preferidas de la vida de Santa Teresita. Está hablando de una comunidad de gente que cuida los «pequeños detalles del amor», donde las personas se cuidan unas otras – se cuidan personas, no solo cosas!- y afirma: «A veces, por un don del amor del Señor, en medio de esos pequeños detalles se nos regalan consoladoras experiencias de Dios (como le pasó a Teresita): «Una tarde de invierno estaba yo cumpliendo, como de costumbre, mi dulce tarea [de cuidar a la monja anciana y tullida…]. De pronto, oí a lo lejos el sonido armonioso de un instrumento musical. Entonces me imaginé un salón muy bien iluminado, todo resplandeciente de ricos dorados; y en él, señoritas elegantemente vestidas, prodigándose mutuamente cumplidos y cortesías mundanas. Luego posé la mirada en la pobre enferma, a quien sostenía. En lugar de una melodía, escuchaba de vez en cuando sus gemidos lastimeros […]. No puedo expresar lo que pasó por mi alma. Lo único que sé es que el Señor la iluminó con los rayos de la verdad, los cuales sobrepasaban de tal modo el brillo tenebroso de las fiestas de la tierra, que no podía creer en mi felicidad[2]» (GE 145).

Agrega el Papa: «En contra de la tendencia al individualismo consumista que termina aislándonos en la búsqueda del bienestar al margen de los demás,nuestro camino de santificación no puede dejar de identificarnos con aquel deseo de Jesús» (GE 146) de que seamos uno con todos, de que nuestra felicidad consista en optar por las personas y no por consumir cosas.

La cita del Principio y Fundamento

La Exhortación a la santidad – Alégrense y regocíjense– es el documento más jesuítico de Francisco. Decíamos que cita el Principio y Fundamento hablando de la «santa indiferencia» que propone Ignacio: «‹Es menester hacernos indiferentes a todas las cosas criadas, en todo lo que es concedido a la libertad de nuestro libre albedrío, y no le está prohibido; en tal manera, que no queramos de nuestra parte más salud que enfermedad, riqueza que pobreza, honor que deshonor, vida larga que corta, y por consiguiente en todo lo demás›» (GE 69). Agregamos nosotros la última frase de Ignacio: «Solamente deseando y eligiendo lo que más nos conduce para el fin que somos criados» (EE 23).

La cita de Francisco me recuerda a nuestro Maestro Fiorito que siempre machacaba con que la indiferencia era en realidad «preferencia». Y ponía el ejemplo de la mamá que, cuando tiene a su bebé, se olvida de muchas cosas que antes pensaba para sí, pero no porque se haya convertido en una asceta, sino porque cuando mira a su hijito, lo prefiere a todas las otras cosas del mundo.

Visitando a Thomas, en el hospital Bambino Gesù, le pregunté a Vaso, su mamá, «cómo se sentía». Thomas está trasplantado de hígado y riñón y viven desde hace meses en el hospital, lejos de su patria (en estos días le han dado el alta!!) Me sorprendió ver que Vaso ni se había planteado la pregunta. “Si mi hijo está bien, yo estoy bien”, me respondió y movió la cabeza sacándose ese pensamiento de encima, como si mirarse a sí misma pudiera convertirse en algo que la apartara de su misión, como si no quisiera que se debilitara su vínculo con la fuente de donde le brotaban las fuerzas: la persona de su hijito amado. Pensé que una madre puede no ser valiente en muchas cosas de la vida, pero cuando está en juego la vida de su hijo, sabe perfectamente qué hacer, toma sus opciones con resolución y las lleva adelante con todo el coraje del mundo. No es que «sea» indiferente a todo, incluso a «cómo se siente». Se hace indiferente, como dice Ignacio, porque lo requiere su «preferido» (no «una preferencia abstracta»). Esto es importante porque a veces se habla de «elegir un estado de vida» y hoy los «estados de vida» son líquidos, uno no puede visualizarlos como un futuro «sólido». En cambio las personas siempre son concretas: tanto en los mundos estables (como el de los egipcios, -que construían pirámides- el de los griegos -que vivían en el reino de las ideas- y el de los romanos -con su derecho universal-) como en los mundos inestables actuales… Las personas siguen siendo concretas.

Por eso la propuesta de Ignacio de «hacernos indiferentes a las cosas» es para poder «preferir a las personas». A la propia familia si uno elige casarse y al pueblo de Dios de mi parroquia si uno se hace sacerdote, si es que hablamos de elegir para toda la vida.  Para toda la vida, elegimos personas!

Manera infantilista de imaginar la santidad

Hay una manera de concebir la santidad que es infantilista. No hablo de la santa niñez espiritual, que une la relación espontánea -simple y pura- del niño para con las personas buenas con la astucia de la serpiente ante las personas malas. Ser infantil con Dios es el camino de la maduración espiritual, pero ser infantil frente al demonio es suicida, no es la propuesta evangélica! Cuando digo que hay una manera infantilista de concebir la santidad hablo de imaginar la santidad conectando una coordenada estética, que imagina la santidad como una estampita de primera comunión, con otra coordenada ética, que concibe la santidad como cumplimiento de un deber heroico y absoluto. Estampita ingenua y deber absoluto conforman una estética y una ética infantilista, que no coincide con el mundo real. Si uno se para en medio de estas dos coordenadas lo que logra es una idea perfeccionista abstracta que aleja la santidad de la vida cotidiana.

Escuchemos una concepción más real de la santidad. Es de Madre Teresa y esta centrada en la misión, no en ocuparse de la propia perfección: «Sí, tengo muchas debilidades humanas, muchas miserias humanas. […] Pero Él baja y nos usa, a usted y a mí, para ser su amor y su compasión en el mundo, a pesar de nuestros pecados, a pesar de nuestras miserias y defectos. Él depende de nosotros para amar al mundo y demostrarle lo mucho que lo ama. Si nos ocupamos demasiado de nosotros mismos, no nos quedará tiempo para los demás[3]» (GE 107).

El Papa toma estas palabras para ilustrar su concepción de la santidad centrada en las bienaventuranzas y en las obras de misericordia: «Quien de verdad quiera dar gloria a Dios con su vida, quien realmente anhele santificarse para que su existencia glorifique al Santo, está llamado a obsesionarse, desgastarse y cansarse intentando vivir las obras de misericordia» (GE 107).

Libertad para elegir la mejor versión de sí

En realidad, la santidad – tal como la propone Francisco – es la libertad de «examinarlo todo y quedarnos con lo bueno» (1 Ts 5, 21). Cuando el Papa nos dice que Él Señor «nos quiere santos y no espera que nos conformemos con una existencia mediocre, aguada, licuada» (GE 1), no nos está reprochando chaturas sino que está instando a ejercer nuestra libertad para «elegir lo mejor».

Pero no lo mejor «de estampita» ni lo mejor de “superhéroe”. El Papa habla de lo mejor concreto que el Espíritu Santo quiere para mí y que puede que no sea lo más perfecto en absoluto.

Por eso habla de la libertad en términos de alegría y -como contracara- de no tener miedo: «No tengas miedo de apuntar más alto, de dejarte amar y liberar por Dios. No tengas miedo de dejarte guiar por el Espíritu Santo. La santidad no te hace menos humano, porque es el encuentro de tu debilidad con la fuerza de la gracia. En el fondo, como decía León Bloy, en la vida «existe una sola tristeza, la de no ser santos[4]» (GE 34). La santidad, por tanto, es ante todo «la libertad de una existencia que está abierta, porque se encuentra disponible para Dios y para los demás» (GE 129).

Lo más alto son las personas

Cuando el Papa habla de «apuntar más alto» hay que tener cuidado porque no se trata de apuntar a un «idealmás alto», que nos produce vértigo y nos da miedo. Se trata de apuntar «al Altísimo», a la persona del Padre, a Jesús, al Espíritu. Y a eso «altísimo» que en cada persona es su dignidad. Apuntar a «tratar con dignidad» a toda persona. Ese es el valor más alto y a la vez más concreto que nos puede movilizar y no paralizar.

La tentación del Maligno va contra la libertad, las otras tentaciones son distractivas…

Esta libertad interior no es automática: seremos tentados por el maligno a no ser libres, a dejarnos esclavizar (las otras tentaciones son “señuelos” para pescarnos, son distractivas, aunque parezcan muy malas y den mucha culpa, no son la principal tentación).

Y esta tentación contra la libertad nos viene incluso cuando rezamos, es decir con “señuelos buenos”: «Podría ocurrir – dice Francisco – que en la misma oración evitemos dejarnos confrontar por la libertad del Espíritu, que actúa como quiere” (GE 172). Es decir: podemos rezar cosas muy piadosas pero que no muerden el duro carozo de la conquista de la libertad.

“Hay que recordar -dice el Papa- que el discernimiento orante requiere partir de una disposición a escuchar (escuchar, no hablar solos): al Señor, a los demás, a la realidad misma que siempre nos desafía de maneras nuevas. Solo quien está dispuesto a escuchar tiene la libertad para renunciara su propio punto de vista parcial o insuficiente, a sus costumbres, a sus esquemas. (…) No basta que todo vaya bien, que todo esté tranquilo. Dios puede estar ofreciendo algo más, y en nuestra distracción cómoda no lo reconocemos» (GE 172).

Este «más» del que habla el Papa, como decíamos, va por el lado de las personas, no de los ideales abstractos. Si renuncio a cosas será por amor a las personas con las que compartiré esas cosas (o mi tiempo), no para ejercitarme en una especie de físico-culturismo espiritual que haría crecer los músculos de mi libertad.

Las tentaciones del Espíritu contra la libertad van por el lado de «idealizarla» tanto que termina por causar rechazo, vértigo. También va por el lado de hacernos creer que es cuestión de fuerza de voluntad, lo cual termina por desilusionar ya que no tenemos tanta «fuerza de voluntad».  De esto habla el papa cuando habla de gnosticismo y pelagianismo: dos modos de distraernos de la verdadera libertad que el Espíritu da como don. Francisco nos entusiasma en cambio con una santidad distinta: que mira a los otros, que nos hace salir de mirarnos a nosotros mismos para mirar a Jesús y a los demás: «Miremos a Jesús: su compasión entrañable no era algo que lo ensimismara, no era una compasión paralizante, tímida o avergonzada como muchas veces nos sucede a nosotros, sino todo lo contrario. Era una compasión que lo movía asalir de sí con fuerza para anunciar, para enviar en misión, para enviar a sanar y a liberar. Reconozcamos nuestra fragilidad pero dejemos que Jesús la tome con sus manos y nos lance a la misión. Somos frágiles, pero portadores de un tesoro que nos hace grandes y que puede hacer más buenos y felices a quienes lo reciban. La audacia y el coraje apostólico son constitutivos de la misión» (GE 131).

Las tentaciones son muchas y variadas

«Como el profeta Jonás, siempre llevamos latente la tentación de huir a un lugar seguro que puede tener muchos nombres: individualismo, espiritualismo, encerramiento en pequeños mundos, dependencia, instalación, repetición de esquemas ya prefijados, dogmatismo, nostalgia, pesimismo, refugio en las normas. Tal vez nos resistimos a salir de un territorio que nos era conocido y manejable. Sin embargo, las dificultades pueden ser como la tormenta, la ballena, el gusano que secó el ricino de Jonás, o el viento y el sol que le quemaron la cabeza; y lo mismo que para él, pueden tener la función de hacernos volver a ese Dios que es ternura y que quiere llevarnos a una itinerancia constante y renovadora» (GE 134).

La gracia fundante: se nos da elegir ser quienes somos

«No tengas miedo de la santidad. No te quitará fuerzas, vida o alegría. Todo lo contrario, porque llegarás a ser lo que el Padre pensó cuando te creó y serás fiel a tu propio ser» (GE 32). La base de esta actitud está en la primera parte del Principio y fundamento: «Necesitamos ‹consentir jubilosamente que nuestra realidad sea dádiva, y aceptar aun nuestra libertad como gracia. Esto es lo difícil hoy en un mundo que cree tener algo por sí mismo, fruto de su propia originalidad o de su libertad[5]›».

Es decir: sólo si reconocemos que toda nuestra vida es don, no estaremos ansiosos por «apoderarnos de algo», ya que todo lo que somos lo tenemos por gracia. Y la libertad misma es don, que se goza «ejercitándola», pero no haciendo lo que se me ocurra de modo caprichoso, sino ejercitándola primero allí donde estoy obligado y debo hacerme responsable: hacerlo libremente, por amor y en señal de agradecimiento, esa es la clave.

Lo mejor está por venir

Lo lindo de la santidad concebida como libertad es que nos abre a la novedad: lo mejor está por venir: «Dios siempre es novedad, que nos empuja a partir una y otra vez y a desplazarnos para ir más allá de lo conocido, hacia las periferias y las fronteras. Nos lleva allí donde está la humanidad más herida y donde los seres humanos, por debajo de la apariencia de la superficialidad y el conformismo, siguen buscando la respuesta a la pregunta por el sentido de la vida. ¡Dios no tiene miedo! ¡No tiene miedo! Él va siempre más allá de nuestros esquemas y no le teme a las periferias. Él mismo se hizo periferia (cf. Flp2,6-8; Jn1,14). Por eso, si nos atrevemos a llegar a las periferias, allí lo encontraremos, él ya estará allí. Jesús nos primerea en el corazón de aquel hermano, en su carne herida, en su vida oprimida, en su alma oscurecida. Él ya está allí» (GE 135).

«En este camino – dice el Papa –, el desarrollo de lo bueno, la maduración espiritual y el crecimiento del amor son el mejor contrapeso ante el mal. Nadie resiste si opta por quedarse en un punto muerto, si se conforma con poco, si deja de soñar con ofrecerle al Señor una entrega más bella. (GE 163).

Lo mejor está tanto en lo grande como en lo pequeño

«Se trata de no tener límites para lo grande, para lo mejor y más bello, pero al mismo tiempo concentrados en lo pequeño, en la entrega de hoy. Por tanto, pido a todos los cristianos que no dejen de hacer cada día, en diálogo con el Señor que nos ama, un sincero «examen de conciencia». Al mismo tiempo, el discernimiento nos lleva a reconocer los medios concretos que el Señor predispone en su misterioso plan de amor, para que no nos quedemos solo en las buenas intenciones» (GE 169).

El discernimiento – del que habla el Papa –, en definitiva, conduce a la fuente misma de la vida que no muere, es decir, conocer al Padre, el único Dios verdadero, y al que ha enviado: Jesucristo (cf. Jn17,3). No requiere de capacidades especiales ni está reservado a los más inteligentes o instruidos, y el Padre se manifiesta con gusto a los humildes (cf. Mt11,25). (GE 170).

Lo mejor es la misión misma

«Tal actitud de escucha implica, por cierto, obediencia al Evangelio como último criterio, pero también al Magisterio que lo custodia, intentando encontrar en el tesoro de la Iglesia lo que sea más fecundo para el hoy de la salvación. No se discierne para descubrir qué más le podemos sacar a esta vida, sino para reconocer cómo podemos cumplir mejor esa misión que se nos ha confiado en el Bautismo, y eso implica estar dispuestos a renuncias hasta darlo todo» (GE 174).

«Cuando escrutamos ante Dios los caminos de la vida, no hay espacios que queden excluidos. En todos los aspectos de la existencia podemos seguir creciendo y entregarle algo más a Dios, aun en aquellos donde experimentamos las dificultades más fuertes. Pero hace falta pedirle al Espíritu Santo que nos libere y que expulse ese miedo que nos lleva a vedarle su entrada en algunos aspectos de la propia vida. El que lo pide todo también lo da todo, y no quiere entrar en nosotros para mutilar o debilitar sino para plenificar. Esto nos hace ver que el discernimiento no es un autoanálisis ensimismado, una introspección egoísta, sino una verdadera salida de nosotros mismos hacia el misterio de Dios, que nos ayuda a vivir la misión a la cual nos ha llamado para el bien de los hermanos.

(GE 175).

El examen de conciencia hecho “a pedido”

Terminamos con un pedido del Papa Francisco a todos nosotros: «Pido a todos los cristianos que no dejen de hacer cada día, en diálogo con el Señor que nos ama, un sincero «examen de conciencia». Al mismo tiempo, el discernimiento nos lleva a reconocer los medios concretos que el Señor predispone en su misterioso plan de amor, para que no nos quedemos solo en las buenas intenciones (GE 169).

El Papa no nos pide muchas cosas. No es un Papa que esté dando a la Iglesia muchos preceptos y normas. Más bien los que lo acusan lo acusan de lo contrario: se escandalizan que no precise más las leyes! Pues bien, aquí hay un pedido suyo muy concreto: nos pide que hagamos el examen de conciencia (que San Ignacio hacía hacer todos los días y hasta dos veces: a mediodía y al atardecer). Es un pedido simple, como el pedido de que no nos olvidemos de rezar por él (que reza por todos nosotros). Pero hay que entenderlo bien, porque si uno se examina como quien hace la caja, se cansa pronto.

Qué hay que examinar?

«Somos libres, con la libertad de Jesucristo, pero él nos llama a examinar lo que hay dentro de nosotros―deseos, angustias, temores, búsquedas― y lo que sucede fuera de nosotros —los «signos de los tiempos»— para reconocer los caminos de la libertad plena: «Examinadlo todo; quedaos con lo bueno» (1Ts5,21) (GE 168).

Con qué actitud?

«Hay que perderle el miedo a la presencia (de Dios) que solamente puede hacernos bien. Es el Padre que nos dio la vida y nos ama tanto. Una vez que lo aceptamos y dejamos de pensar nuestra existencia sin él, desaparece la angustia de la soledad (cf. Sal139,7). Y si ya no ponemos distancias frente a Dios y vivimos en su presencia, podremos permitirle que examine nuestro corazón para ver si va por el camino correcto(cf. Sal139,23-24). Así conoceremos la voluntad agradable y perfecta del Señor (cf. Rm12,1-2) y dejaremos que él nos moldee como un alfarero(cf. Is29,16) (GE 51).

Un recurso cinematográfico

Una propuesta para hacer el examen es la de hacerlo como si editáramos una película de nuestro día. Si pensamos el examen como rebobinar el día, esta tarea de «editar» es fundamental. Porque no se trata de recordar todo lo que hicimos como si fuera volver a ver una película aburrida que ya vimos, sino de elegir escenas y cortar otras.

Para esto tenemos que centrarnossolo en la mejor escena del día, allí donde hayamos sentido algo especial. Y a esa escena darle espacio. Es decir: interactuar con ella, agrandarla, mejorarla, descubrir detalles que no vimos, gustar la presencia de la gracia y del Espíritu que estuvo allí. Otras escenas del día, intrascendentes o no tanto, las podemos cortar, directamente. Y quedarnos con aquello que de este día podrá entrar en la película de mi vida para la eternidad.Veremos que se tratará de pequeñas escenas en las que estuvo en juego alguna bienaventuranza y alguna obra de misericordia. Todo lo demás, es material de descarte.

 

Momento para contemplar

Linda propuesta la del Papa Francisco, de ayudarnos a caminar en libertad, e invitarnos a mirar el dia que hemos vivido para descubrir la presencia de Dios que nos acompaña sin que nos demos cuenta…

Me ayuda mucho, este versículo del Profeta Miqueas:

“Se te ha indicado, hombre, qué es lo bueno y qué pide de ti el Señor: nada más que practicar la justicia, amar la fidelidad y caminar humildemente con tu Dios…”

Quizás, una ayuda para hacer este ejercicio espiritual, es descubrir como  en el día he practicado la justicia…

Como he sido fiel a la misión que se me confía…

Y si mi caminar está yendo de la mano de Dios, que en humildad se hace compañero de camino de nuestra vida cotidiana…

Aquí, les dejo una linda propuesta de buscar a Dios en la propia vida…

Busco a Dios en la vida

Al finalizar el día me sereno y me dispongo para compartir mi día con mi Señor.

* Pido luz para reconocer las señales y la acción de Dios en este día.

*Le cuento a Jesús cómo me ha ido hoy: mis actividades, experiencias, encuentros, dificultades, estados de ánimo, etc.

* Le doy gracias por lo que hoy he vivido.

No importa lo que haya sucedido, todo me puede ayudar a crecer: “Señor, por todo, gracias!”.

* ¿Cuál ha sido el momento de mayor cercanía de Jesús?

Jesús siempre nos sorprende, pero son claras las señales de su presencia: paz, motivación, libertad y alegría, perdón, esperanza, entrega, gratitud, etc. ¿En qué momentos del día he tenido esos sentimientos?

* A que me invitó hoy Jesús? ¿Qué propuestas me hizo?  (en las personas, situaciones, sentimientos, deseos…)

¿Cuál ha sido mi respuesta?

* Le pido perdón por mis faltas y omisiones, porque  muchas veces me quedo a mitad de camino.

Pido perdón a quienes hoy ofendí. Doy mi perdón a quienes me lastimaron.

Me doy a mí mismo /a  el perdón que Jesús me regala.

* Le presento las personas con las hoy me he relacionado, con sus necesidades y deseos para que las bendiga.

* Miro con esperanza el día de mañana. Renuevo mi amistad con el Señor y mi deseo de amar y servir:

“Señor, Tú lo sabes todo, Tú sabes que te amo”.

* Le pido la bendición a María.

 

[1]Cfr. https://www.applesfera.com/iphone/compensa-usar-una-funda-en-el-iphone.

[2]Sta. Teresa de Lisieux, ManuscritoC, 29v-30r.

[3]Cristo en los pobres, Madrid 1981, 37-38.

[4]La mujer pobre, II, 27.

[5]Lucio Gera, “Sobre el misterio del pobre”, en P. Grelot-L. Gera-A. Dumas, El Pobre,Buenos Aires 1962, 103.

 

 

4. Discernir la presencia del Maligno y no dejar que maltrate nuestros límites

 

En este encuentro vamos a tratar el discernimiento que debemos hacer después de confesarnos de nuestros pecados. Es algo especial, no muy habitual, incluso para los sacerdotes, pero que cuando uno lo reflexiona tiene mucho sentido y es muy liberador.

Para ilustrarlo nada mejor que una charla que el Papa Francisco tuvo este año con los sacerdotes de Roma. Está en lenguaje coloquial.

Un cura le había preguntado acerca de todas las circunstancias que hacen que el ministerio (y la vida cristiana, diría yo) sea difícil de sostener con perseverancia en el mundo de hoy. El Papa le responde remarcando que:

«… Hay que individuar nuestros límites:  (Digo que es importante…) el diálogo con los límites en el sentido de (preguntarme) qué puedo hacer con este límite, cómo (puedo) sobrellevar este límite. Discernir entre los límites…

La pregunta puede asustarnos, porque hay muchos límites, muchas circunstancias que nos desaniman… Y la respuesta es: Hay un camino (para enfrentar todas las circunstancias adversas): es tu estilo sacerdotal (y laical), el diálogo con tus límites, el discernimiento (de) los límites, incluso con (todas) estas circunstancias. No tengas miedo a esto: a discernir incluso tus pecados.

Porque los pecados son perdonados, es cierto. El Sacramento de la Confesión es para esto; pero no termina todo allí. Tu pecado proviene de una raíz, de un pecado capital, de una actitud, y esto es un límite que hay que discernir.

Es otra manera, diferente de pedir perdón por el pecado. No (diciendo): «tengo este problema, lo confesé, se acabó». No!  No termina ahí. El perdón está ahí, pero luego tienes que dialogar con la tendencia que te llevó aun pecado de orgullo, de vanidad, de celos, de chismes, no sé … ¿Qué me lleva a ello? (Debo) Dialogar con el límite que tengo dentro y discernir.

Y el diálogo con estos límites, siempre – para ser eclesial –  se debe hacer frente a un testigo, alguien que me ayude a discernir. Y ahí es muy importante la confrontación: Esto que me pasa a mí, confrontarlo con otro.

Confrontarse. Y ahí [se trata de] buscar un hombre sabio. Un hombre sabio es la figura eclesial del padre espiritual, que comienza con  los monjes del desierto: El que te guía, el que te ayuda,  el que dialoga contigo, que te ayuda a discernir.

No es suficiente confesar los pecados: esto es importante, porque allí – y siempre lo he sentido como una de las cosas más bellas del Señor – está la humildad de un pecador y la misericordia de Dios, que se encuentran y se abrazan- ; es un bellísimo momento de la Iglesia, ese del perdón de los pecados. Pero no es suficiente.

También eres responsable de una comunidad (de tu familia, de tus amigos), tienes que seguir adelante y para eso necesitas una guía. Les digo que no tengan  miedo; también a los jóvenes: Empiecen con esto desde jóvenes. Busquen. Hay hombres sabios, hombres de discernimiento que ayudan mucho y acompañan tanto» (FRANCISCO, Encuentro con los sacerdotes de Roma, 15 de febrero de 2018).

Combate contra el Maligno

Tomamos pues la recomendación de Francisco acerca de la necesidad de discernir las raíces de nuestros pecados y complementamos el tema de las propias inclinaciones y de la mentalidad mundana con el tema del Maligno, del demonio. Se trata de saber discernir su presencia y no dejarlo que maltrate nuestros límites, esos que surgen cuando pecamos.

En su Exhortación apostólica «Alégrense y regocíjense» el Papa, hablando de que la vida espiritual es lucha, dice que:

«No se trata solo de un combate contra el mundo y la mentalidad mundana, que nos engaña, nos atonta y nos vuelve mediocres sin compromiso y sin gozo. Tampoco se reduce a una lucha contra la propia fragilidad y las propias inclinaciones (cada uno tiene la suya: la pereza, la lujuria, la envidia, los celos, y demás). Es también una lucha constante contra el diablo, que es el príncipe del mal. Jesús mismo festeja nuestras victorias»(GE 159).

Por tanto, detrás de la mentalidad mundana que promueve las actitudes egoístas e injustas y detrás de la raíz interior de mis debilidades que se expresan en los pecados, lo primero que hay que discernir es la acción del Mal espíritu que se aprovecha de estas cosas para mal.

Ayuda mucho caer en la cuenta de que, en sí mismo, un pecado si dejamos que sea Jesús el que lo trate -con su comprensión, su misericordia y su poder de recrear la vida y de sacar bienes de los males- se puede convertir en una fuente de gracia. En cambio, si encima que hemos pecado, permitimos que el Mal espíritu lo gestione, el mal se multiplica. Por eso, más allá de clarificar lo que es un pecado y sus raíces, es de vital importancia identificar el modo de tratar nuestras faltas que tiene Jesús y el modo que tiene el demonio.

Hoy en día hay que remontar las imágenes con que se personificó al demonio en otras épocas, sabiendo distinguir entre la realidad profunda a la que se alude y el modo como se la expresa. Ya no sirve personalizarlo con cuernos, tridente y fuego. Por eso el punto es encontrar nuestro modo. «Personalizar» al Maligno requiere discernimiento.

Discernimiento en el sentido de todo el proceso de discernimiento, no solo el discernimiento considerado como resultado final. No tenemos que pensar que cuando nos damos cuenta de que, en algo malo que hicimos, hubo “alguien que le echó leña al fuego”, por decirlo así,  basta con nombrar al demonio para conocerlo. El nombrarlo no significa  que logremos hacerlo visible como si le hubiéramos sacado una foto o hubiéramos descubierto el rastro de su ADN. El demonio es maestro en escaparse, en disimular su presencia y en borrar sus rastros… Sin embargo, en un proceso – pongamos por ejemplo una reunión en la que las cosas iban bien y de pronto algo pasó que hizo que se terminara a los gritos y todos peleados-, es posible con la ayuda del Espíritu Santo reconocer la acción del Maligno. Se lo reconoce por sus efectos destructivos. Luego, reflexionando sobre cómo se dieron las cosas, podemos descubrir por dónde entró, cuál fue la palabra o el gesto que aprovechó para hacer terminar mal algo que iba bien.

Si uno tiene dificultades “racionales” a la hora de aceptar que se personalice al demonio, le puede ayudar lo que el Papa dice en los números 160-161 de su Exhortación. Allí afirma que, para reconocer al demonio, no basta con el sentido común, sino que hace falta la fe, el sentido sobrenatural. Y si uno, ejercitando la fe que nos despierta Jesús, escucha con atención lo que el Señor enseña, se dará cuenta de que en el Padre nuestro, el Señor nos enseña a repetir cotidianamente al Padre: libranos del Maligno. Jesús no se refiere al mal en abstracto sino que “indica un ser personal que nos acosa” (GE 160).

Pedir al Padre que nos libere del Maligno es tan concreto como pedirle el pan de cada día. Desde esa óptica personalizante se puede entender que la petición  que dice “no nos dejes caer en la tentación”, significa (también) que no nos deje caer en las tentaciones del demonio (GE 158). Es decir: hay tentaciones que provienen del mundo, otras de nuestras inclinaciones y otras que son directamente del Maligno. Estas son principalmente las tentaciones contra el evangelio (GE 159).

Lo interesante del número 161 es que la exhortación del Papa a no pensar que el Maligno “es un mito, una representación, un símbolo, una figura o una idea”, no sigue el camino de “representarlo” de una manera conceptual más convincente, sino que desemboca en una advertencia: “Ese engaño nos lleva a bajar los brazos, a descuidarnos y a quedar más expuestos…”

Expuestos a qué? No a una posesión sino a un veneno: “El no necesita poseernos. Nos envenena con el odio, con la tristeza, con la envidia, con los vicios⁠“.

E inmediatamente refuerza el Papa el argumento práctico, haciéndonos ver que el demonio “aprovecha para destruir nuestra vida, nuestras familias, nuestras comunidades”. Recién entonces pone la única “imagen” que usa y que toma del Nuevo Testamento, afirmando que destruye “porque ‘como león rugiente, ronda buscando a quien devorar (1 P 5, 8)’”.

Tomando pie en este «rugido», pienso que más que utilizar «imágenes» del maligno (todas terminan siendo caricaturas) puede ser útil hablar de «sonidos». Lo auditivo puede ayudar más que lo visivo.

Se trata de «personalizar» una voz, un tono y una lógica: la lógica de un discurso totalmente contradictorio con la lógica del amor.

Reflexión sobre el mal

Es necesario preparar el terreno haciendo algunas reflexiones acerca del mal que nos abran la mente para recibir lo que las imágenes evangélicas y bíblicas nos quieren transmitir.

La primera reflexión es que del mal hay que o alejarse o combatirlo, ambas cosas decididamente. Y si en el combate se ve que no se lo puede exterminar, hay que intentar neutralizarlo (atar al perro rabioso, como dice el Papa).

La segunda reflexión es que el mal no solo es un problema sino que es un misterio. Los problemas se resuelven. El misterio, cuanto más lo medito, más caigo en la cuenta de que no lo puedo agotar. Y aquí viene una cuestión práctica que es clave: si el misterio es el bien, cuanto más lo contemplo, estudio y practico, más se dilata mi corazón. El misterio me ensancha el alma, me hace crecer, me lleva a desear más. En cambio, si el misterio es el mal y la iniquidad, querer escudriñarlo es peligroso y nocivo.

Dice un autor anónimo: “Uno no debería ocuparse del mal, sin mantener cierta distancia y cierta reserva. Esto si uno desea evitar el riesgo de ver paralizado su ímpetu creativo y un riesgo aún mayor: el de proporcionar armas a los poderes del mal. Uno puede captar profundamente, es decir, intuitivamente, solo lo que uno ama. El amor es el elemento vital del conocimiento profundo, el conocimiento intuitivo. Ahora, uno no puede amar el mal. El mal es, por lo tanto, incognoscible en su esencia. Uno puede entenderlo solo a distancia, como observador de su fenomenología”.

La tercera reflexión dice así: «El mal se encuentra allí donde se vive y se ejerce la intersubjetividad, allí donde lo real surge con dimensión humana». Es decir, donde no hay relación intersubjetiva -en un terremoto, por ejemplo, en un perro que te muerde o en un virus que te enferma-, uno no se la agarra con la tierra, con el animal o con el virus; sabe que el movimiento de estos seres no se dirige «contra uno como persona», sino que cada ser sigue su curso natural y hace lo que es bueno para él y para su especie. En cambio cuando entramos en el ámbito interpersonal, el mal se personaliza y adquiere otra dimensión. Lo que uno «mide» no es solo el hecho físico de que alguien te pegue, por ejemplo, sino «la fuerza de la intención de hacerte mal» que depende de la libertad y de la inteligencia del otro.

Esto nos lleva a una cuarta reflexión acerca de cómo “personalizar bien al mal”. Esto implica que no hay que demonizar a las personas (si bien algunas que son extremadamente malas deben ser evitadas, neutralizadas y combatidas decididamente si no queda otra manera de evitar que dañen, sobre todo a inocentes), ni hay que demonizar a las estructuras, lo cual es una manera de “despersonalizar el mal”, de quitarle rostro y voluntad.

Hay que demonizar solo al Maligno. Pero al hacerlo hay que saber que cuando decimos que es persona, qué signifique «ser persona espiritual mala» es un misterio que nos excede. No lo podemos definir ni terminar de conocer su esencia. Sí podemos, en cambio, reconocer su modo de comportarse, su lógica y sus efectos.

La última reflexión es que, acerca de su ser personal, podemos decir una cosa: que no se «relaciona» en primer lugar con nosotros, como pequeños seres humanos, sino que su problema es con Dios. Y no con Dios «en el cielo», donde su problema ya fue resuelto de una vez para siempre cuando perdió la batalla y fue arrojado al infierno, sino con Dios hecho hombre, con Jesús. Y cuando actúa contra Jesús, ahí sí, que nos implica a nosotros. Si no, quizás no le interesaríamos, ya que él es puro espíritu y nosotros somos seres de carne. El demonio se manifiesta y actúa con especial ferocidad cuando tiene enfrente a Jesús – el Dios hecho carne-, cuando se trata de algo que tiene que ver de modo particular con Jesús.

Estas reflexiones se traducen -y esto es lo que importa- en dos actitudes prácticas. Una, que cuando sufrimos el ataque de sus acusaciones, seducciones, mentiras e intimidaciones… etc., se nos debe prender la lamparita de que está queriendo evitar que Jesús nos de una gracia. El demonio está luchando contra Él! Contra Él en nosotros, ciertamente, pero en primer lugar contra Jesús!

Esto ayuda a enfrentarlo mejor. Ayuda a comprender por qué a veces sus ataques son desproporcionados, si «uno no ha hecho nada para tener tales tentaciones». Es que el demonio está queriendo impedir algo del plan de Dios, que cuenta con nosotros y quiere servirse de nuestra colaboración para hacer el bien a tantas personas, especialmente a los más pobres.

La otra actitud práctica a seguir es decir así: «no soy yo el que te nombra directamente  como persona», como si pretendiera que te conozco y que te puedo expulsar de mi vida, sino que te enfrento y te reto diciendo estas palabras: “En Nombre de Cristo, aléjate de mí Satanás”. Es decir: no lo nombro yo como si «supiera lo que estoy diciendo o que lo conozco bien», sino que «en Nombre de Cristo lo alejo».

El león y la serpiente

El Papa utiliza dos imágenes para describir el modo de accionar «sonoramente» del Maligno: la del león rugiente, que con su rugido nos mete miedo, y la de la Serpiente, que que con su voz sibilina nos seduce y envenena. “La ‘lógica de la serpiente’, capaz de camuflarse en todas partes y morder” (…) La estrategia de este hábil ‘padre de la mentira’ (Jn 8, 44) es la mímesis, una insidiosa y peligrosa seducción que se abre camino en el corazón del hombre con argumentaciones falsas y atrayentes” (FRANCISCO, Mensaje para la 52 Jornada Mundial de las comunicaciones sociales, 2018).

A partir de las imágenes evangélicas señalamos las dos grandes características del accionar del demonio: el hacernos sentir miedo y el querer seducirnos.

Podemos así discernir que estas dos voces o “tonos de voz”, el que nos mete miedo y el que es seductor, son radicalmente opuestas a la voz del Buen Pastor, que nos pacifica y nos estimula a ejercer nuestra libertad.

Dios no ruge como el león rapaz y agresivo. Su voz es poderosa y majestuosa en el Antiguo Testamento y se vuelve mansa y dulce en Jesús.

Jesús no grita, no es agresivo;  sino que es humilde y misericordioso. …. Jesús no tiene el tono agresivo del que acusa, Él es nuestro Paráclito, nuestro abogado defensor.

Su voz tampoco es como la de la serpiente, seductora y engañadora. Jesús dice siempre la verdad y no seduce con mentiras. Si fascina es porque llama, invita, e interpela a seguirlo libremente.

 

Momento para contemplar

Es una Gracia, poder rumiar y contemplar nuestros pecados y nuestros límites, en el Mes del Sagrado Corazón de Jesús…

Frente al Corazón de Jesús podemos mirarnos como en un espejo, en el que se refleja nuestra verdadera imagen, donde dice: “Sos mi hija muy amada / Sos mi hijo muy amado…”

Acercarnos al Corazón de Jesús, es lugar seguro. Es lugar de confianza. Es sentirnos en casa…

El P. Diego, nos mostraba una actitud práctica para alejar el mal, nombrando al Señor Jesús, ya que solo el Dulce Nombre de Jesús, vuelve a encender la luz de paz en el propio corazón. Luz que muchas veces parece frágil, sin embargo, esa luz nos ha acompañado desde siempre…

Comparto, este texto del Papa Francisco, que nos puede ser de ayuda, para rezar y dejarnos perdonar y consolar por la misericordiosa ternura de nuestro Dios,  ante nuestros límites y pecados…

“El Corazón de Jesús, es el Corazón del Buen Pastor no es sólo el corazón que tiene misericordia de nosotros, sino es la misericordia misma.

Ahí resplandece el Amor del Padre; ahí me siento seguro de ser acogido y comprendido como soy; ahí, con todas mis limitaciones y mis pecados, saboreo la certeza de ser elegido y amado.

Al mirar a ese corazón, renuevo el primer amor: el recuerdo de cuando el Señor tocó mi alma y me llamó a seguirlo, la alegría de haber echado las redes de la vida confiando en su palabra (cf. Lc 5,5).

El corazón del Buen Pastor nos dice que su amor no tiene límites, no se cansa y nunca se da por vencido.

En él vemos su continua entrega sin algún confín; en él encontramos la fuente del amor dulce y fiel, que deja libre y nos hace libres; en él volvemos cada vez a descubrir que Jesús nos ama «hasta el extremo» (Jn 13,1), sin imponerse nunca…

El Señor nos mira siempre con misericordia, nos espera con misericordia. ¡No tengamos miedo de acercarnos a Él! ¡Tiene un corazón misericordioso! Si le mostramos nuestras heridas interiores, nuestros pecados, Él nos perdona siempre. ¡Es pura misericordia! No olvidemos esto: es pura misericordia ¡Vayamos a Jesús!

Te invito a terminar rezando:

Danos, Jesús, un Corazón(Guillermo Rosas ss.cc.)

Danos, Jesús, un corazón
como el que fue mecido en el pesebre,
un corazón confiado en manos de otros,
un corazón de niño, un corazón alegre.

Señor, danos un corazón
como el de tu trabajo de artesano:
que haga del mundo una gran casa
donde vivamos todos como hermanos,
un corazón que labre vida nueva
en los surcos del tiempo sin descanso.

Danos, Jesús, un corazón
como el que predicó por los caminos,
un corazón que grite desde los tejados,
un corazón misionero y peregrino.

Señor, danos un corazón
que acoja a los pequeños y sufrientes,
que haga brotar la vida en cada rostro,
y a los pobres arranque de la muerte,
un corazón abierto, sin fronteras,
cercano y generoso, fiel y valiente.

Danos, Jesús, un corazón,
como el que fue mecido por María,
un corazón confiado hasta el extremo
en las manos del Padre de la Vida.

 

 

5. Escuchar el llamamiento del Señor a la santidad

 

«Que vuelva a resonar, una vez más, el llamado a la santidad»

En Gaudete et exsultate Francisco hace un «llamamiento» universal a la santidad, a la alegría del amor. Universal no quiere decir «en general», quiere decir a todos pero tomado cada uno en concreto, con nombre y punto en el que se encuentra en el camino de su vida. Y «alegría» del amor, no es la alegría como estado de ánimo pasajero, sino la alegría inmediata y duradera que sólo Cristo encarnado, muerto y resucitado puede dar. Es la alegría de pode amar en el contexto actual, en toda situación. El llamado es al «en todo amar y servir» de Ignacio y a la contemplación para «crecer en el amor». Aquí y a partir de ahora. Este llamamiento, en los Ejercicios Espirituales, tiene su meditación propia: la del rey temporal que ayuda a contemplar al Rey eternal (EE 91-99).

El Papa  desea que «vuelva a resonar el llamamiento». Y califica de «humilde objetivo» esto de que el llamado resuene. Humilde y potente en sentido evangélico: como la levadura que fermenta toda la masa. El llamamiento de Jesús -El reino de los cielos está cerca, crean y conviértanse!- es el punto de partida real de todo lo demás que Jesús quiere hacer. El llamamiento suscita la Fe.

Si nos fijamos en el actuar conjunto del Padre y Jesús, constatamos que el Padre confía toda la actuación en manos de su Hijo. Y cuando interviene, con majestad soberana, es para manifestar su agrado y predilección por Jesús. Su único mandamiento es que «escuchemos a su Hijo amado». Eso basta.

Por qué basta escucharlo? Por que Jesús no solo dice cosas, El es la Palabra en la que fuimos creados. Escucharlo a Él exteriormente -en el Evangelio- es escucharlo en el interior de nuestro corazón, en las fibras de nuestro ADN.

Es tan familiar la voz de nuestro Pastor, que al reconocerla nuestro corazón no puede no seguirlo. Es tan verdadero su mensaje, tan claro y posible de realizar y de cumplir  lo que nos manda y aconseja, que si «no somos sordos a su llamamiento» seguramente lo podremos seguir y hacer todo lo que Él nos diga.

Cuando en el Padre nuestro decimos «hágase tu voluntad», no siempre pensamos en esto: que la voluntad del Padre se contiene entera en que escuchemos a Jesús.  Pareciera un trámite y sin embargo es todo lo contrario. Lo que hace el Padre es abrirnos el espacio infinito de la oración como «escuchar a Jesús». Que el Creador, el Omnipotente, el Misericordioso, el Más Grande, nos de a conocer su Voluntad en un sólo mandamiento es algo digno de atención.

La oración se convierte así en la primera tarea del día: ir a escuchar al Jefe porque lo dice el Jefe supremo. Yo en Ejercicios, que es donde recupero este espacio de oración cotidiana como lo más importante, me suelo preguntar cómo es que se me ocurre siquiera enfrentar el día y salir sin rezar. Soy como el empleado que no saluda al Jefe de mañana para preguntarle si tiene algo especial para encomendarle.

Una cosa más sobre esto de escuchar. Cuando uno dice a otro «escuchá», lo que le está diciendo es «escuchá bien». Sin  el ruido de los prejuicios, sin la sordera del juicio apresurado. Lo que le agrada al Padre es que el llamado de Jesús pueda resonar libre de interferencias para así poder suscitar la Fe.

Llamamiento al servicio alegre imitando a Jesús

En la meditación del Rey y en la de Dos Banderas, Ignacio nos hacer ver que existe un reino en el que el cristiano puede cumplir con su propio deber de servir libre y gozosamente, como un noble caballero: el reino de Dios en la Iglesia» (H. Rahner).

La meditación del Rey -centrada en el llamamiento de Jesús- nos permite «re-consagrar» la palabra «servicio». Es una palabra santa pero que puede haber adquirido connotaciones si no de obligación (porque hacemos mucho servicio voluntario), sí de eficientismo. E Ignacio libera el servicio del eficientismo externo y liga su eficacia al hacer las cosas con Jesús y como Jesús. Es esencial al servidor que haga las cosas al estilo de Jesús. El estilo no solo como modo de trabajar y de usar las cosas sino, y de manera muy especial, el estilo en cuanto modo de compadecer: involucrado, cercano, tierno, comprensivo, generoso… y todo el infinito mundo de matices que tiene Jesús compasivo.

El llamamiento de Cristo dice así: “Quien quisiere venir Conmigo, tiene que trabajar Conmigo, porque siguiéndome en la pena también me siga en la gloria” (EE 95). Un poco antes, en el ejemplo del rey temporal agregaba: «Ha de estar contento de comer como yo, y así de beber y vestir, etc. (El «etcétera» de Ignacio es invitación a imaginar todo aquello en lo que podemos imitar «el estilo de Jesús» en cosas que hacen a la vida privada e influyen en la misión); asimismo tiene que trabajar conmigo en el día y vigilar en la noche, etcétera (en este etcétera podemos imaginar cuáles era los trabajos de Jesús: predicar, visitar, conversar, perdonar, sanar, acompañar, enseñar…-; y también su vigilancia: profetizar, discernir el mal espíritu, prever y preparar a los suyos…); porque así tenga parte conmigo en la victoria, como la ha tenido en los trabajos» (EE 93).

De hecho, la alegría de la que habla Ignacio -esa expresión suya «será contento» (que significa conformarse -contentarse- pero con alegría -contento- no con cara de vinagre) la alegría, digo, tiene más que ver, en esta vida, con imitar a Jesús en pasar pobreza, injurias y vituperios, que con la victoria exterior, que más bien es una alegría que se reserva para el final, para el cielo.

De esto habla el Papa en Evangelii Gaudium cuando dice que no hay que separar misión y vida privada, ya que cada uno de nosotros puede decir, humildemente pero de verdad: «En el corazón de mi Pueblo yo soy una misión» (EG 273).

Esta coherencia de vida, el no separar la misión (donde uno es más generoso) de la vida privada (donde uno se reserva sus espacios) no es posible, dice Francisco, si uno no se sitúa en el corazón de nuestro pueblo: “Si uno separa la tarea por una parte y la propia privacidad por otra, todo se vuelve gris y estará permanentemente buscando reconocimientos o defendiendo sus propias necesidades. Dejará de ser pueblo” (EG 273). La gente que realiza con absoluta seriedad y responsabilidad los oficios más humildes en nuestra sociedad nos da ejemplo cotidiano de lo que significa «ser pueblo», sentirse uno más, en un trabajo pequeño, quizás, pero importante para que funcione la comunidad. El Papa habla del «maestro de alma», de la «enfermera de alma», del «político de alma» (hay muchos que sí la tienen y que no la han vendido ni están indecisos).

La pertenencia a un pueblo es una pertenencia espiritual. No basta con tener la misma sangre o habitar el mismo suelo: se pertenece en la medida en la que uno cumple su misión en orden al bien común de su gente. Es una pertenencia que se puede incrementar o perder (no solo en un país de misión sino dentro de la propia cultura y país) según uno concrete o no la decisión de ser con y para los demás. Pueblo, en sentido evangélico, es una palabra dinámica (se es en la medida en la que uno se involucra y sirve) e inclusiva: siendo de mi pueblo soy alguien abierto a todos los pueblos.

Crear espacios de oración para que el llamado pueda resonar

En un llamado, lo importante es que resuene. Que no tengamos los oídos en modo avión ni llenos de ruidos.

Un impedimento actual para la escucha del llamado proviene del consumismo: «Las constantes novedades de los recursos tecnológicos, el atractivo de los viajes, las innumerables ofertas para el consumo, a veces no dejan espacios vacíos donde resuene la voz de Dios. Todo se llena de palabras, de disfrutes epidérmicos y de ruidos con una velocidad siempre mayor. Allí no reina la alegría sino la insatisfacción» (GE 29).

El espacio vacío donde resuena la voz de nuestro «jefe y Señor» es la oración: Santa Teresa decía que «la oración es ‹tratar de amistad estando muchas veces a solas con quien sabemos nos ama”. Y el Papa agrega: «Quisiera insistir que esto no es solo para pocos privilegiados, sino para todos, porque «todos tenemos necesidad de este silencio penetrado de presencia adorada“.⁠ La oración confiada es una reacción del corazón que se abre a Dios frente a frente, donde se hacen callar todos los rumores para escuchar la suave voz del Señor que resuena en el silencio» (GE 149).

«Será difícil que nos ocupemos y dediquemos energías a dar una mano a los que están mal si no cultivamos una cierta austeridad, si no luchamos contra esa fiebre que nos impone la sociedad de consumo para vendernos cosas, y que termina convirtiéndonos en pobres insatisfechos que quieren tenerlo todo y probarlo todo. También el consumo de información superficial y las formas de comunicación rápida y virtual pueden ser un factor de atontamiento que se lleva todo nuestro tiempo y nos aleja de la carne sufriente de los hermanos. En medio de esta vorágine actual, el Evangelio vuelve a resonar para ofrecernos una vida diferente, más sana y más feliz» (GE 108).

Al hablar de las «notas de la santidad en el mundo actual» el Papa usa un lenguaje auditivo, musical, en el que el aguante, la paciencia y mansedumbre, el buen humor, la audacia apostólica y el fervor, la comunidad y la oración, no son «notas sueltas» sino un acorde en cuyo «espacio musical» resuena «de modo especial» el llamado a la santidad hoy (cfr. GE 110). Si pensamos estas notas en términos «espaciales» vemos que «crean espacio»: al aguante crea espacio, la paciencia crea espacio, da tiempo…; la mansedumbre no ahoga, da lugar al otro; el humor distiende, es como una ventana de aire fresco, la audacia impulsa a salir más allá, a ganar terrenos de nadie; la comunidad es «lugar teológico» donde nos juntamos a rezar.

Discernimiento como salida de sí

Una novedad de Francisco en el modo de concebir el llamamiento en la hora actual se puede ver en que el Señor que «golpea y llama» a nuestra puerta, no es tanto para entrar sino para salir. «Pero a veces me pregunto si, por el aire irrespirable de nuestra autorreferencialidad, Jesús no estará ya dentro de nosotros golpeando para que lo dejemos salir» (GE 136).

Salir es discernir. Porque la autorreferencialidad es un encierro, una cárcel con barrotes de esquemas mentales que nos quitan libertad. Dice Francisco: «Somos libres, con la libertad de Jesucristo, pero él nos llama a examinar lo que hay dentro de nosotros ―deseos, angustias, temores, búsquedas― y lo que sucede fuera de nosotros —los ‹signos de los tiempos›— para reconocer los caminos de la libertad plena: «Examinadlo todo; quedaos con lo bueno» (1 Ts 5,21)» (GE 168). El discernimiento requiere «disposición a escuchar: al Señor, a los demás y a la realidad misma que siempre nos desafía de maneras nuevas» (GE 172).

Discernimiento como modo de salir de sí es la característica del llamado de Jesús hoy: «Esto nos hace ver – dice el Papa- que el discernimiento no es un autoanálisis ensimismado, una introspección egoísta, sino una verdadera salida de nosotros mismos hacia el misterio de Dios, que nos ayuda a vivir la misión a la cual nos ha llamado para el bien de los hermanos» (GE 175).

Discernimiento como instrumento para seguir al Señor

El Señor dice que para seguir al Señor necesitamos «instrumentos» y, más precisamente, instrumentos de lucha. Porque no se trata de un seguimiento lineal, sino dramático: «La vida cristiana es un combate permanente. Se requieren fuerza y valentía para resistir las tentaciones del diablo y anunciar el Evangelio. Esta lucha es muy bella, porque nos permite celebrar cada vez que el Señor vence en nuestra vida» (GE 158).

El combate no es solo contra la mentalidad mundana, que nos engaña, nos atonta y nos vuelve mediocres, ni tampoco solo con nuestras propias inclinaciones (cada uno tiene sus pasiones desordenadas, dice el papa) sino contra el diablo, el príncipe del mal (GE 159).

La escucha: sustrato básico de todo discernimiento

«¿Cómo saber – se anima a preguntar el Papa- si algo viene del Espíritu Santo o si su origen está en el espíritu del mundo o en el espíritu del diablo?» (GE 166). Este es la pregunta más importante que, si aceptamos que estamos en guerra, tenemos que hacernos todos los días. No se trata de dudar de todo. Pero sí de no ser ingenuos y estar abiertos a escuchar y a dejarnos confrontar: «Solo quien está dispuesto a escuchar tiene la libertad para renunciar a su propio punto de vista parcial o insuficiente, a sus costumbres, a sus esquemas» (GE 172).

El Espíritu nos da la gracia, en primer lugar de volver «a escuchar a Jesús, con todo el amor y el respeto que merece el Maestro». El Espíritu hace que le permitamos «que nos golpee con sus palabras, que nos desafíe, que nos interpele a un cambio real de vida» (GE 66). «Para todo discípulo es indispensable estar con el Maestro, escucharle, aprender de él, siempre aprender. Si no escuchamos, todas nuestras palabras serán únicamente ruidos que no sirven para nada» (GE 150).

Decía el Papa en su Carta al Pueblo de Dios en Chile: «Quisiera detenerme en la palabra “escucha”, ya que discernir supone aprender a escuchar lo que el Espíritu quiere decirnos. Y sólo lo podremos hacer si somos capaces de escuchar la realidad de lo que pasa».

La escucha es el primer paso del discernimiento -primero en el sentido de básico, es el trasfondo que nunca se deja atrás, siempre hay que «volver a escuchar» con más atención al otro, con más apertura de corazón, «salvando la proposición ajena», preguntando, acogiendo, poniéndonos en los zapatos del otro (y del Otro).

El Papa nos advierte que, en este combate que es la vida, en la lucha de paradigmas que escuchamos en nuestra cabeza, hasta «podría ocurrir que en la misma oración evitemos dejarnos confrontar por la libertad del Espíritu, que actúa como quiere». Puede suceder que uno rece, y mucho, y sin embargo «evite la confrontación con el Espíritu» (GE 172).

En el primer taller hablábamos de ejercitarnos en «mirar en modo discernimiento». En sacarnos los anteojos de las ideologías. Pues bien, escuchar bien es el primer paso para «ver bien». Cuando uno escucha, naturalmente el esfuerzo se dirige al sonido y al tono en el que se revela lo que quiere decir el otro. Uno pesca la intención en los énfasis y en el tono. Poníamos el ejemplo que hace ver la diferencia entre ver y escuchar: uno puede ver muchas imágenes al mismo tiempo y hacer zapping. El oído en cambio se atasca más rápido y cuando hablan muchos uno pide que hablen de a uno. La contaminación acústica produce disgusto y hasta dolor. En cambio a la contaminación visual nos acostumbramos más rápido (aunque a la larga produzca el síndrome de Stendhal, el cansancio la ver tantos cuadros en un museo). Quizás por eso le es más fácil al demonio «disfrazarse de ángel de luz» que «imitar la voz del buen Pastor». Jesús dice que «sus ovejas reconocen su voz». Se fía del oído a la hora de discernir.

Qué criterios nos da el Papa para saber si algo viene del Espíritu bueno o del Maligno?

Discernir estas dos voces -sabiendo que a veces el mal espíritu se disfraza de ángel de luz y puede usar la misma escritura para engañarnos como trató de hacer con el Señor en las tentaciones del desierto- es una gracia y hay que pedirla cada día. Cuando en el Padrenuestro Jesús nos enseña a pedir «líbranos del Maligno» no es solo que nos libre de que nos posea o nos haga daño. El Papa dice: «Él no necesita poseernos. Nos envenena con el odio, con la tristeza, con la envidia, con los vicios. Y así, mientras nosotros bajamos la guardia, él aprovecha para destruir nuestra vida, nuestras familias y nuestras comunidades, porque «como león rugiente, ronda buscando a quien devorar» (1P5,8)» (GE 161).

La escucha supone que el Otro hable, y al hablar manifiesta su libertad: puede decir lo que quiere. Por eso, cuando uno escucha de alguna manera se pone en actitud de pobre, de quien tiene que recibir lo que el otro le quiera decir. Escuchar al Espíritu, como nos recomienda el Papa, supone una actitud de pobreza espiritual. Para cultivar esta actitud de pobres, de gente que cada día tiene que pedir el discernimiento así como pide el pan y el perdón, «el último criterio» es el Evangelio; y también -dice el Papa- el Magisterio que lo custodia». El evangelio y el magisterio bajo la guía del Espíritu, porque sólo el Espíritu «sabe penetrar hasta los pliegues más oscuros de la realidad y tener en cuenta todos los matices para que emerja con otra luz la novedad del Evangelio» (GE 173).

La pobreza nos lleva no solo a acudir cada día a la oración sino a reconocernos pobres también ante la misma Palabra que Dios nos dice. No se trata de que por el hecho de «entenderla o poder explicarla»  sepamos lo que nos quiere decir. El Espíritu es el que nos enseña a aplicar la parábola justa en cada ocasión. «La lectura orante de la Palabra de Dios, más dulce que la miel (cf.Sal 119,103) y «espada de doble filo» (Hb 4,12), nos permite detenernos a escuchar al Maestro para que sea lámpara para nuestros pasos, luz en nuestro camino (cf. Sal 119,105)» (GE 156).

Escuchar bien implica preguntar bien

Y cómo me relaciono con el Espíritu? Dice Francisco: «Pregúntale siempre al Espíritu qué espera Jesús de tien cada momento de tu existencia y en cada opción que debas tomar, para discernir el lugar que eso ocupa en tu propia misión. Y permítele que forje en ti ese misterio personal que refleje a Jesucristo en el mundo de hoy» (GE 23). Escuchar bien implica saber preguntar.

Están las preguntas personales: Señor, cómo te sentís? Esta pregunta activa la mirada sobre nosotros mismos no desde una «idea» o un «mandato» sino desde los sentimientos del Señor. Pablo dice «no entristezcan al Espíritu» y nosotros podemos preguntarle «si le alegró algo bueno que hicimos o si lo hemos entristecido».

Están también las preguntas sobre el qué: «Qué tenemos que hacer» como le preguntaba la gente a los apóstoles el día de Pentecostés. Aquí María nos da en detalle lo que el Padre decía de modo amplio: «Hagan todo lo que Jesús les diga», cosa que el Papa sintetiza en el Protocolo de la santidad para el mundo de hoy. Hagan las obras de misericordia que el Señor elenca en Mt 25.

Están luego las preguntas por el modo. De nuevo nuestra Señora nos da la clave: “Cómo será posible esto si yo…”. Expresar al Señor nuestra pobreza, nuestros condicionamientos de todo tipo, y preguntarle cómo se las ingeniará.

Están las preguntas por el más: «Cómo puedo hacer mejor las cosas, qué paso adelante me proponés, Señor». San Pedro Fabro dice que esta pregunta por «algo más» es infalible para que el buen espíritu muestre su agrado y nos proponga un paso concreto y posible en el camino del bien y el mal espíritu en cambio, se enoje y agite y se revuelva buscando excusas, poniendo impedimentos, tratando de desalentar. Preguntar por el más, ayuda. Esta es la lógica del don y de la cruz: «No se discierne para descubrir qué más le podemos sacar a esta vida, sino para reconocer cómo podemos cumplir mejor esa misión que se nos ha confiado en el Bautismo, y eso implica estar dispuestos a renuncias hasta darlo todo» (GE 174).

Por último, cito la pregunta por el énfasis o la jerarquía: en qué querés que insista, Señor; qué está para Vos primero? Preguntar por lo primero y por el énfasis también mueve los espíritus. Por que el mal espíritu no siempre tienta con cosas malas ni pone en discusión lo bueno que hay que hacer. A veces simplemente hace que posterguemos las cosas o las hagamos desordenadamente o sin poner el acento en lo importante.

El Papa da un ejemplo muy significativo de distintos énfasis que pueden darse leyendo el evangelio: «En el evangelio de Lucas ya no escuchamos el «Sed perfectos» (Mt5,48) sino «Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso» (GE 81).

La misericordia es lo que acentúa el Papa hoy y lo que pone en primer lugar.

Con su Magisterio nos dice todos los días que, en el momento actual, hay que escuchar más «misericordia» que «perfección». Por este lado va la santidad en el mundo actual, que no cree sino a los testigos de la misericordia.

Otro ejemplo que da el Papa es sobre cómo el mal espíritu nos hace escuchar ciertas verdades «disminuyendo su intensidad» o minimizando su perentoriedad, mientras que de otras cosas nos exagera la importancia. Son tentaciones bajo especie de bien, que desjerarquizan o sacan de contexto las verdades. El Papa decía que «en el hospital de campaña» en que vivimos, hay que salvar vidas antes que controlar el colesterol. Y para actuar como médicos de frontera nos da «el protocolo de la santidad», las preguntas prácticas y las medidas urgentes que uno puede tomar hoy, sin temor a equivocarse. Un niño tiene hambre? Tengo que darle de comer. Si no llego a muchos yo solo, para eso debo asociarme a las obras de misericordia que la Iglesia lleva adelante. Y si un niño está en gestación? Sólo una mirada de profunda misericordia -mirada con la que solo su madre puede mirar- es la que puede «desarmar» todas las miradas de la razón pragmática. Por eso, el remedio contra el aborto no está en ninguna ley (ni que penalice ni que legalice) sino en hacer todo lo posible para que esa mirada materna, que cuenta siempre con la ayuda de la naturaleza y de la fe y que hoy ya no cuenta con la ayuda de la cultura que se va imponiendo, para que esa mirada materna, no se apague, sea cuidada, educada por las mismas madres, valorada por la sociedad.

Esta mirada de misericordia, que le quita la cruz al otro, a los más débiles, y la carga sobre las propias espaldas, es capaz de brindar una gran felicidad. Porque la felicidad es paradójica y nos regala las mejores experiencias cuando aceptamos esa lógica misteriosa que no es de este mundo, como decía san Buenaventura refiriéndose a la cruz: «Esta es nuestra lógica». Si uno asume esta dinámica, entonces no deja anestesiar su conciencia y se abre generosamente al discernimiento.

Concluimos con un hermosa convicción del Papa:

«Dios siempre es novedad, que nos empuja a partir una y otra vez y a desplazarnos para ir más allá de lo conocido, hacia las periferias y las fronteras. Nos lleva allí donde está la humanidad más herida y donde los seres humanos, por debajo de la apariencia de la superficialidad y el conformismo, siguen buscando la respuesta a la pregunta por el sentido de la vida. ¡Dios no tiene miedo! ¡No tiene miedo! Él va siempre más allá de nuestros esquemas y no le teme a las periferias» (GE 135).

 

Momento para Contemplar

Siguiendo el camino de los Ejercicios Espirituales, San Ignacio nos propone en la Meditación del Reino, dejarnos “seducir por el Señor” para desde ahí poder discernir el llamado personal al que Jesús, Buen Pastor, me invita en el momento actual de nuestra vida. En el “aquí y ahora” en donde cada uno está viviendo…

Retomando algunas frases del P. Diego, me llego hondamente esta palabra que se hace imagen y sonido: «en el corazón de mi pueblo yo soy una misión» (EG 273). Ya que ilumina mucho,  sabernos en el corazón de un Pueblo, que con sus dolores y alegrías, gesta el Reino de Dios…

Lo gesta, como dice una hermosa antífona, que cantamos en el Jubileo del año 2000:

“En cada gesto de amor, tu Reino llega…”

y se ilumina más el texto del P. Diego, que dice: “La gente que realiza con absoluta seriedad y responsabilidad los oficios más humildes en nuestra sociedad nos da ejemplo cotidiano de lo que significa «ser pueblo», sentirse uno más, en un trabajo pequeño, quizás, pero importante para que funcione la comunidad. El Papa habla del «maestro de alma», de la «enfermera de alma», del «político de alma»…

La pertenencia a un pueblo es una pertenencia espiritual. No basta con tener la misma sangre o habitar el mismo suelo: se pertenece en la medida en la que uno cumple su misión en orden al bien común de su gente.

Y esta tiene que ser nuestra alegría, sabernos Pueblo que gesta el Reino de Dios en cada pequeño y sencillo gesto de amor…

Para rezar este mes de Julio, en donde nos preparamos para celebrar a San Ignacio, podemos pedir la Gracia de dejarnos seducir por Jesús, para tener sus sentimientos y acercar el Reino de Dios en cada gesto de amor…

Decálogo de la Santidad -Escrito por Obispo Francisco Cerro-

Santo es “vivir con los sentimientos del corazón de Cristo”.

Es no renunciar a amar “hasta el extremo”.

Es abrirse siempre a los planes imprevisibles de Dios.

Es creer contra toda esperanza.Es encontrarse con “quien sabemos que nos ama”.Es vivir el gozo y la ale

gría del Amor de Dios.

Es no tener miedo a subir al monte y bajar al valle.

Es decir: “aquí estoy para hacer tu voluntad”.

Es vivirlo todo desde un amor enamorado.

Es ser de Dios, no ser de uno mismo, ser para los demás.

 

 

6. Festejar cada vez que el Señor vence en nuestra vida y progresa el anuncio del Evangelio

La meditación de Dos Banderas -una de Cristo, sumo capitán y Señor nuestro; la otra de Lucifer, mortal enemiog de nuestra naturaleza humana- es «para ver la intenciónde Cristo nuestro Señor y, por el contrario, la del enemigo» (EE 135).

La intención última de toda persona no es algo de lo que uno pueda apoderarse, digamos así. Se puede ver, sí,por los frutos,por el modo de comportarse que alguien tiene a lo largo del tiempo y en los momentos claves de la vida, como cuando decimos que “los amigos se ven en las malas”.

Lo importante que San Ignacio nos hace ver en esta meditación fundamental – de la que nacen los Ejercicios y la Compañía de Jesús- es que no hay «muchas banderas últimas»entre las que podamoselegir, sino solo dos: la de Jesús o la del Maligno.

En las cosas humanas no es así. No hay sólo pañuelos celestes o verdes (vemos que también han surgido los rojos y los negros…). En las cosas humanas entre los que se dividen en dos bandos siempre surge un tercero que intenta mediar y también otros que se presentan como alternativos. Es importante, por tanto, clarificar que la lucha a muerte es solo contra el Maligno, que quiere la destrucción de todos. En cambio,bajo la bandera de Jesús, el Padre quiere reunir a todos los hombres: “Cristo llama y quiere a todos debajo de su bandera” (EE 137), como dice Ignacio.

Digo que esto es importante porque la bandera de la Cruz es bandera de misericordia. Una misericordia que el Señor extiende también a todos los enemigos, a quienes perdona. El hecho de que los combata francamente denunciando las mentiras y predicando la verdad, no significa que los demonice. Todo lo contrario: el Señor da la vida en la Cruz porque es el único modo de persuadir -mansamente- al que estáen el engaño y en la rebeldía.

Festejar cada vez que el Señor vence en nuestra vida

La vida es, por tanto, un combate permanente, como dice el Papa Francisco en Gaudete et exsultate.Y «se requierenfuerza y valentía para resistir las tentaciones del diablo y anunciar el Evangelio». Se trata de «una lucha muy bella, porque nos permite celebrar cada vez que el Señor vence en nuestra vida»(GE 1). Es más, en la «lucha constante contra el diablo, que es el príncipe del mal, Jesús mismo festeja nuestras victorias. Se alegraba cuando sus discípulos lograban avanzar en el anuncio del Evangelio superando la oposición del maligno». Jesús «celebraba: ‹Estaba viendo a Satanás caer del cielo como un rayo›(Lc 10, 18)»(GE 2).

El Papa junta tres cosas que habitualmente tendemos a separar: el festejo,el combateyel Evangelio. Lo habitual es dejarel festejo para el final. Esto de festejar «cada vez que el Señor vence en nuestra vida»no sési lo tenemos incorporado. A míal menos me cuesta, porque en cada cosa que sale bien ya suelo experimentar algo que me urge a no detenerme y a mirar quévendrádespués. Sin embargo, el Papa pone el foco en la alegría de Jesús -“se llenóde gozo en el Espíritu Santo”, dice Lucas (10, 21)- ante el éxito de la primera salida evangelizadora de los 72 discípulos. Les advirtió, eso sí, sobre el verdadero objeto de sualegría: no que se les sometiera el demonio sino que sus nombres estuvieran escritos en el Cielo; pero festejócomo si fuera definitivo esto que a otros ojos era sólo un comienzo y en ese sentido un triunfo parcial.

Aquíviene lo del «superar la oposición del Maligno y lograr un paso adelante en el anuncio del Evangelio». Si bien nuestros triunfos son parciales, el anuncio del Evangelio no lo es. El Evangelio es la comunicación íntegra del amor de Jesús, es la siembra de una Palabra viva que da fruto por sísola, capaz de dar el ciento por uno. Por eso, por la fuerza vital y multiplicadora de cada Evangelio,es que la alegría puede ser radical y plena, sin sombra de amenaza. Ni la cizaña puede quitarle nada a esta alegría. Es «alegría y gozo del Señor resucitado»en cada Palabra viva que cae en un corazón humano, que se siembra en una cultura. Daráfruto a su tiempo. Este es el sentido profundo de la Exhortación del Papa a una santidad que es Alegría y gozo en medio de las persecuciones, como dice la bienaventuranza.

Esta constatación de que hay una alegría especial de Jesús por cada pequeña victoria nuestra (en otra parte el Señor nos asegura que «hay más alegría en el cielo por un pecador que se convierte que por 99 justos que no necesitan conversión), es la clave para cultivar bien el deseo de santidad.

El Papa discierne que el peor enemigo de la santidad es «el espíritu de derrota». Puede hacernos bien releer entero el número 163 de Gaudete et exsultate:

«En este camino (de resistir a los bienes engañosos y envenados con que nos ataca y seduce el Maligno, como decía Brochero), el desarrollo de lo bueno, la maduración espiritual y el crecimiento del amor son el mejor contrapeso ante el mal. Nadie resiste si opta por quedarse en un punto muerto, si se conforma con poco, si deja de soñar con ofrecerle al Señor una entrega más bella. Menos aún si cae en un espíritu de derrota, porque «el que comienza sin confiar perdióde antemano la mitad de la batalla y entierra sus talentos. […] El triunfo cristiano es siempre una cruz, pero una cruz que al mismo tiempo es bandera de victoria, que se lleva con una ternura combativa ante los embates del mal».

El espíritu de derrota es una tentación mayor que todas las demás. Subyace a todas las tentaciones de ira y agresividad y a todas las tentaciones de posesión y de placer.

Fiorito ponía una serie de «frases motivas»que uno puede descubrir como «pensamientos ya consagrados»que están sembrados en el terreno de nuestra memoria y surgen en el momento de la prueba, desmotivándonos para la lucha:  «No podré  resistir esto toda la vida»; o, si la batalla parece pequeña: «Perder esto no significa perder todo»; o «No se puede combatir sin pausas».

Aunque parezca paradójico, Bergoglio hacía ver que la tentación de derrotismo es una forma especial de vanagloria o mundanidad espiritual: «La vanagloria más común entre nosotros, aunque parezca paradójico, es la del derrotismo. Y es vanagloria porque se prefiere ser general de los ejércitos derrotados a simple soldado de un escuadrón que, aunque diezmado, sigue luchando.

¡Cuántas veces soñamos con planes expansionistas propios de generales derrotados! Curiosamente, en esos casos, negamos nuestra historia que es gloriosa porque es historia de sacrificios, de esperanzas, de lucha cotidiana”.

La conciencia de derrota es la que “Frente a una fe combativa por definición, el enemigo, bajo ángel de luz, sembrarálas semillas del pesimismo”.

Bergoglio continuaba: «Nadie puede emprender ninguna lucha si de antemano no confía plenamente en el triunfo. El que comienza sin confiar, perdióde antemano la mitad de la batalla. El triunfo cristiano es siempre una cruz, pero una cruz bandera de victoria. Esta fe combativa la vamos a aprender y alimentar entre los humildes».

Contra la tentación de pesimismo y el espíritu de derrota, cada uno debe oponer el rostro de sus antepasados y de la gente buena de la que recibiótestimonios de lucha cotidiana. «La cara de las personas humildes, las de la gente de una piedad sencilla, es siempre cara de triunfo y casi siempre la acompaña una cruz. En cambio, la cara del soberbio es siempre una cara de derrota. No acepta la cruz y quiere una resurrección fácil. Separa lo que Dios ha unido. Quiere ser como Dios. El espíritu de derrota nos tienta a embarcarnos en causas perdedoras. Estáausente de él la ternura combativa que tiene la seriedad de un niño al santiguarse o la profundidad de una viejita al rezar sus oraciones. Eso es fe y esa es la vacuna contra el espíritu de derrota”.

La cara de triunfo no es la del que festeja una copa con alegría desaforada (menos aún la del que festeja una ley sobre el aborto). Es la cara serena del que estásatisfecho por haber dado lo mejor de síy goza interiormente con el trabajo bien hecho.

Festejar cada victoria del Señor en nuestra vida, cada vez que «encarnamos el Evangelio»en algún gesto concreto -en una obra de misericordia concreta, en un rato de oración contemplativa o de intercesión- es un paso fundamental en el combate espiritual.

Si pensamos las bienaventuranzas y la concretización de la de la misericordia en las obras concretas que Jesús describe, como un «protocolo de la santidad», como esas «pocas palabras, sencillas pero prácticas y válidas para todos»(GE 109), este paso de hacer fiesta con cada victoria del evangelio, es lo que da a todos los otros consejos el espíritu de fondo.

El término “protocolo” viene del griego “proto” -primero- y “kollea” -cola o pegamento-. Se llamaba asía la primera hoja de un documento con los datos de su autenticación sellados. Es un término con muchos significados que, dependiendo del contexto, va de significar algo meramente formal, como pueden ser las reglas de comportamiento en una ceremonia, a algo de importancia vital, como en el caso de los procedimientos a seguir en una toma de rehenes o en una catástrofe en la que se requiere coordinación, rapidez y precisión para salvar la mayor cantidad de vidas posibles. En este contexto dramático -de situaciones de combate y de catástrofes que superan la posibilidad de respuesta común, un protocolo apunta a dar reglas precisas teniendo claro el objetivo principal, favorezcan la toma de decisiones personales que sumen al obrar conjunto.

Lo de festejar cada victoria es una actitud práctica a mantener en medio del combate. El “cada vez” puede parecer exagerado, como suele parecer exagerado para el que es espectador y no protagonista de una competición deportiva, el choque de manos que se dan los jugadores cada vez que suman un punto o hacen un gol.

Esa pausa para festejar cada punto ganado es esencial a la competición porque consolida, paso a paso, la mentalidad ganadora, une los ánimos y da coraje para seguir combatiendo. La práctica de estos gestos de victoria, que son connaturales a toda competición humana, no siempre resultan tan obvios en el combate de la vida espiritual pero si se practican, dan mucha alegría y confirmación en el Espíritu Santo.

Esta ayuda y consejo prácticodel Papa responde a uno de sus principios: el que dice que la unidad (la victoria) es superior al conflicto.

No obstinarse en usar solo criterios empíricos: pensar es discernir con criterios evangélicos

Otra ayuda del Papa se refiere al procedimiento o “instrumento” por decir así, que debemos poner en práctica para combatir contra el mal en las tres fuentes donde anida: en la de la mentalidad mundana (paradigmas, frases hechas que nos motivan a apartarnos del amor de Dios, ideologías…), en la fuente de nuestras propias fragilidades e inclinaciones (cada uno tiene las suyas, dice el Papa), y en su fuente personal: el Príncipe del mal, que utiliza inteligente y libremente las otras dos e incluso llega a utilizar la misma Escritura para acosarnos, como hizo con el Señor en el desierto.

El modo de proceder que propone el Papa es el de “Jesús (que) nos enseñó a pedir cotidianamente esa liberación para que su poder no nos domine”. El Papa remarca el “hecho (de que) cuando Jesús nos dejóel Padrenuestro quiso que termináramos pidiendo al Padre que nos libere del Malo. La expresión utilizada allíno se refiere al mal en abstracto y su traducción más precisa es «el Malo⁠»”. Ahora bien, ha hacernos tomar conciencia del valor práctico de este “instrumento” y “modo de comportarnos”, el Papa llega situándo el deseo de Jesús en el corazón de la Escritura, que empieza en el Génesis y termina en el Apocalipsis mostrando que la vida es combate y el papel protagónico que tiene el Príncipe del mal, en esta lucha. A su vez, la convicción  -asíllama el Papa a este criterio encarnado en la fe de la Iglesia-, es una convicción que se sitúa entre dos polos: el de la obstinación en ver la vida sólo con criterios empíricos y el deseo de comprender por quéa veces el mal tiene tanto poder destructivo. Es un instrumento, pues, que se revela más apto para el fin.

Se trata de un instrumento intelectual: el criterio que usamos. El Papa advierte que si utilizamos solo “criterios empíricos y sin sentido sobrenatural” no aceptaremos la existencia del diablo. Por el contrario, “la convicción de que este poder maligno estáentre nosotros, es lo que nos permite entender por quéa veces el mal tiene tanta fuerza destructiva” (GE 160).

El problema real de la fuerza destructiva del mal supera nuestros criterios empíricos, se nos impone con crueldad. Ante esto uno actúa. La desesperación -tanto la que paraliza como la quelleva a actuar presuntuosa y precipitadamente- no están a la altura del problema. El Papa sugiere utilizar otros criterios: propone los de la Biblia, en la que el Maligno estápresente desde la primera página del Génesis hasta la última del Apocalipsis y centra nuestra fe -criterio sobrenatural- en la enseñanza de Jesús que en el Padrenuestro nos hace pedir al Padre que nos “libere del Maligno”, no solo del mal en general o de modo abstracto, sino del Maligno, expresión que “indica un ser personal que nos acosa”.

Para el uso de este “criterio sobrenatural” toca dos puntos sensibles: uno es la imagen que se ha estandarizado de las posesiones diabólicas como enfermedades mentales meramente. El Papa solo advierte de “no simplificar tanto la realidad”. La otra es el peso de la Palabra de Dios, expresada sin aditamentos: “Jesús nos enseñóa pedir cotidianamente esa liberación para que su poder no nos domine”. El protocolo dice: no combatir tan alto poder destructivo con instrumentos meramente empíricos. Usar los sobrenaturales, que permiten comprender mejor la realidad.

No obstinarse en usar solo criterios empíricos es una concreción del principio que dice: la realidad es superior a la idea.

 

Momento para Contemplar

La espiritualidad Ignaciana, tiene muchas maneras y ayudas para plasmar en nuestra vida, el modo de proceder de Jesús.

La Meditación de Dos Banderas, es un ejercicio espiritual,  que nos ayuda a descubrir las luchas que muchas veces, se dan en el propio corazón.

La Meditación de Dos Banderas, en esta oportunidad nos ayuda a poder desenmascarar el espíritu que quiere dominar en nuestra vida en este tiempo…

Si es el “espíritu de celebrar” las pequeñas batallas ganadas , cuando nos tomamos de la Mano de Dios  o nos quedarnos entrampados, en el espíritu de derrota, que oscurece la mente y el corazón…porque toca nuestro ego y nuestros deseos de grandeza, tan diferentes del modo de proceder de Jesús, que “siendo grande se hizo pequeño por amor…”

Sin embargo, trae mucha luz, lo que dice el Papa Francisco: “Se trata de «una lucha muy bella, porque nos permite celebrar cada vez que el Señor vence en nuestra vida»(GE 1).

Y nos ayuda a  discernir  que el peor enemigo de la santidad es «el espíritu de derrota»; ya que,  quien cae en un espíritu de derrota, es aquel  que comienza cualquier misión, tarea, servicio, etc.; sin confiar!!  y como consecuencia, ese corazón ya  perdióde antemano la mitad de la batalla y entierra sus talentos, porque va al “frente de batalla”, sin esperanza…

Retomo, esta frase de la reflexión del  Padre Diego Fares, que cita al Papa Francisco: «Nadie puede emprender ninguna lucha si de antemano no confía plenamente en el triunfo. El que comienza sin confiar, perdióde antemano la mitad de la batalla. El triunfo cristiano es siempre una cruz, pero una cruz bandera de victoria. Esta fe combativa la vamos a aprender y alimentar entre los humildes».

Festejar cada victoria del Señor en nuestra vida, cada vez que «encarnamos el Evangelio»en algún gesto concreto -en una obra de misericordia concreta, en un rato de oración contemplativa o de intercesión- es un paso fundamental en el combate espiritual.

Para rezar contemplativamente, en este tiempo, pueden ayudar estas dos preguntas:

¿Que “espíritu”habita mi mente y mi corazón en este tiempo: espíritu de derrota o espíritu de celebración?

¿Quégesto de Jesús, pone luz, paz, alegría y confianza en las luchas de tengo que enfrentar en el día a día?

Terminar con esta Suplica al Espíritu Santo, pidiendo que el Espíritu de Jesús sea quien habite nuestra vida:

PREGON AL ESPÍTU

Ven, Espíritu divino, de Jesús, vida y aliento.

Ven, soplo eterno del Padre, que creas el hombre nuevo.

Ven, intimidad de Cristo, que das savia a los sarmientos.

Ven, Espíritu divino y manda tu luz desde el cielo

Ven, energía divina, tempestad de Dios y viento, que abres las puertas cerradas,

que quitas todos los miedos, que liberas al esclavo, que rompes todos los cepos.

Ven, Espíritu divino, destruye todos nuestros miedos.

Baja, hoguera trinitaria, bautízanos con tu fuego, somos carbón apagado, todo oscuridad e invierno, enciéndenos en amores, conviértenos en luceros.

Ven, Espíritu divino, ilumínanos y quémanos por dentro.

Ábrete, fuente dichosa, agua que mana del cielo, que limpia las impurezas, que riega todos los huertos, sacia nuestra sed profunda, conviértenos en veneros.

Ven, Espíritu divino, sacia nuestra sed y aviva nuestro fuego.

Ven, consejero y amigo, ven, defensor y Maestro. Ven, tesoro inagotable, de todos los dones lleno, intimidad misteriosa, nuestro yo más verdadero.

Ven, Espíritu divino, queremos tenerte y sentirte compañero.

 

7. La meditación de los Tres binarios o “cómo gestionamos nuestros afectos”

 

La meditación de los Tres binarios es una ayuda para saber cómo gestionar los afectos. Es una cuestión íntima de cada uno. No se trata de una escala de valores externa que nos diga “este bien es mejor que aquel otro y tenés que tomarle afecto” o “este bien está prohibido y si sentís que no podés vivir sin eso estás frito. Tenés que soltarlo”.

Por supuesto que la escala de valores externa, los mandatos familiares y sociales y los tabúes entran en juego, pero con San Ignacio, en la meditación de los “tres binarios”, nos centramos en algo más íntimo. Yo lo expresaría así: “el afecto -el apego- a los bienes es un “pegamento” y como con todos los pegamentos hay que estar atentos al tiempo y al modo. Antes de pegar algo hay que leer bien las instrucciones para ver cómo funciona cada pegamento. Si uso “la gotita” -ese pegamento de contacto inmediato-, debo estar atento a no pegarme los dedos en vez de pegar lo que quiero arreglar. Si uso uno de esos pegamentos que actúan a largo plazo y se endurecen mejor con el tiempo, no me tengo que apurar. Tengo que dejar que se seque en cada superficie (que debe estar bien limpia) y luego tengo que fijar las partes y prensarlas para que el pegamento surta efecto. Con estas imágenes de pegamentos, escuchemos la historia que nos cuenta Ignacio para ayudarnos a reflexionar acerca de cómo “nos apegamos a las cosas”.

El la llama: “Meditación sobre tres binarios (o tipos) de hombres, para abrazar el mejor”. Después de hacernos rezar la oración preparatoria que se hace cada vez que uno quiere ponerse a rezar, nos cuenta la historia. La oración preparatoria es en sí misma un “pegamento”. Un imán, diría yo. Porque nos hace poner la mirada en el fin de la oración de modo tal que nos sintamos atraídos por el amor de nuestro verdadero Bien. Dice así: “Señor, que todas mis intenciones, todas mis acciones y las operaciones que haga para llevarlas a cabo, estén puramente ordenadas para tu mayor servicio y alabanza”.

Es como si uno, cuando reza, fuera repitiendo un mantra: “sirve y alaba/no sirve, no alaba”, y este fuera el criterio para avanzar o retroceder en la oración.

Pero escuchemos la historia. Se trata de tres tipos (pares, binarios) de hombres, cada uno de los cuales ha adquirido diez mil ducados, no pura o debidamente por amor de Dios, y quieren todos salvarse y hallar en paz a Dios nuestro Señor, quitando de sí la gravedad e impedimento que tienen para ello en la afección que le tienen a esta “cosa acquisita” (los diez mil ducados)”.

Notemos bien dónde está el punto: están “afectados” a estos diez mil ducados. Se les han pegado a la mano (y al corazón) como suele pasar con el dinero cuando uno lo agarra. Y si son monedas de oro de 27 euros cada una, más que si se trata de billetes.

Ignacio nos va ha ayudar a reflexionar acerca de tres tipos posibles de manejo del pegamento con respecto a una posesión inquietante, con respecto a estos diez mil ducados cuya adquisición y uso futuro no dejan en paz a estos tipos o binarios de hombres.

Como se trata de una cuestión de capital importancia, ya que si uno se apega mal a las cosas, como pasa por ejemplo con uno que se vuelve adicto a alguna sustancia o uno que se enamora de lo primero que ve, le irá mal en la vida, Ignacio nos sitúa en un contexto solemne. Para hacer esta meditación sobre nuestro modo de afectarnos a los bienes nos pone delante de Dios nuestro Señor y de todos sus santos. Los santos y las santas son personas de carne y hueso que supieron ser felices en su vida porque eligieron bien sus afectos. Mirándolos a ellos -y cada uno a sus santos y santas preferidos- podemos “desear y conocer lo que es más grato a la divina bondad”, dice Ignacio.

La petición que nos propone para esta meditación es: “pedir gracia para elegir lo que más a gloria de su divina majestad y salud de mi ánima sea”.

Ahora sí, nos da los “Puntos para meditar”. El primer tipo de hombres (primer binario) querría quitar el afecto que tiene a la “cosa acquisita”, para hallar en paz a Dios nuestro Señor, y saberse salvar, pero no pone los medios hasta la hora de la muerte. El segundo binario quiere quitar el afecto, pero… así le quiere quitar, que quede con la “cosa acquisita”, de manera que allí venga Dios donde él quiere, y no determina de dejarla, para ir a Dios, aunque fuese el mejor estado para él. El Tercer binario: quiere quitar el afecto, y es tan verdad que lo quiere quitar, que ni siquiera le tiene afección a tener la “cosa acquisita” o no tenerla, sino que quiere solamente quererla o no quererla, según que Dios nuestro Señor le pondrá en su voluntad, y a la tal persona le parecerá mejor para servicio y alabanza de su divina majestad; y, entretanto quiere hacer de cuenta que todo lo deja en afecto, poniendo fuerza de no querer aquello ni otra cosa ninguna, si no le moviere sólo el servicio de Dios nuestro Señor, de manera que el deseo de mejor poder servir a Dios nuestro Señor le mueva a tomar la cosa o dejarla.

Como vemos, esta cuestión de los afectos no es simple. Cada tipo de gestión de los pegamentos tiene su complejidad. No digamos nada del último, que pareciera que sólo desea poder servir mejor a Dios nuestro Señor y todo lo demás no lo hace moverse ni un tranco de pollo. Es alguien que prueba sus afectos y tiene las riendas de su corazón bien aferradas. Pero también el primero es complejo, ya que posterga las cosas pero al final de su vida sí pone los medios. Es decir: se trata de una persona lúcida y que al final elige bien a qué apegarse y qué soltar. Es de los que juntan y juntan pero al final dan toda su herencia a los demás. El del medio también es complicado. Quiere que Dios quiera lo que él quiere y en esta pulseada se le pasa el tiempo.

Todas estas consideraciones apuntan a focalizar bien el punto, que es interior. No se trata de ninguna “ley externa”. Se trata de comprender que hay también “leyes internas”. No porque nadie nos diga lo que tenemos que hacer sino porque aunque en un momento hagamos lo que queramos, el pegamento que usamos tiene sus consecuencias y para el segundo “hago lo que quiero” ya estamos más condicionados. Digo esto porque hoy está de moda decir “yo con mi vida -y con mi cuerpo- hago lo que quiero”. Es verdad en un acto puntual. Pero no es verdad si uno mira toda una historia. La educación y las leyes “externas” que nos dan nuestros mayores y la sociedad nos brindan una ayuda para que cada uno no tenga que hacer la triste experiencia de quedar pegado a la primera (mala) decisión arbitraria que tomó de “hacer lo que quería” y meter los dedos en el enchufe. Es verdad que hay que revisar las leyes exteriores y aplicarlas con pedagogía adaptándose a “lugares tiempos y personas”. Pero así como no tiene sentido pretender que todo esté legislado exteriormente, tampoco tiene sentido pretender una independencia absoluta subjetiva.

Ignacio nos hace dialogar con nuestra Señora, con Jesús y con el Padre, en los tres coloquios de la meditación de Dos Banderas, pidiendo la gracia de ser recibido bajo la bandera de Jesús, que es la bandera de las bienaventuranzas: en pobreza, mansedumbre, compasión, pureza de corazón, sabiendo estar alegres en medio de las persecuciones por trabajar por la justicia y la Paz.

Y agrega una nota: “Es de notar que cuando nosotros sentimos afecto o repugnancia contra la pobreza actual, cuando no somos indiferentes a pobreza o riqueza, mucho aprovecha para extinguir el tal afecto desordenado, pedir en los coloquios (aunque sea contra la sensibilidad de nuestra carne) que el Señor le elija en pobreza actual; y que él quiere, pide y suplica, sólo que sea servicio y alabanza de la su divina bondad”.

Esta es la pedagogía del “hacer lo diametralmente opuesto”, del “hace contra” cuando uno siente que algo lo aleja del amor de Jesús. Es un ejercicio que libera el afecto de un apego que parece irresistible y hace que uno encuentre el justo medio o lo que Dios quiere.

El cesto que le quitaba la paz a san Francisco

Hemos visto que la meditación de los tres binarios es muy rica y compleja. Los diez mil ducados no bien adquiridos y el tipo de afección que generan son una metáfora que da que pensar. Es oro, pero cargado de historia y de afecto, abierto a muchas posibilidades de uso. Dicen que el manejo de la plata y el manejo de los afectos van juntos: a nivel básico corazón y bolsillo actúan en espejo. Pero es tan primaria la interacción que uno por ahí “no la ve objetivamente”. Por eso puede ser bueno utilizar otro ejemplo de “cosa acquisita”, otro ejemplo de una “posesión inquietante” que no deja en paz al dueño y el modo que éste tiene para ser libre.

Usaremos el ejemplo de aquel cesto de mimbre que estaba tejiendo san Francisco de Asís con sus manos. Cuenta la historia que en cierto momento, Francisco dejó de tejer el cesto y lo quemó! Así nomás: estaba tejiendo muy contento y de golpe va y lo quema! El hermano León, que lo había estado observando, se puso mal. Le preguntó un poco turbado por qué había hecho eso. Francisco le respondió que lo había quemado porque en cierto momento se había dado cuenta de que estaba mirando el cesto con demasiada complacencia, como obra de sus manos, y este sentimiento se interponía como un impedimento entre él y Dios: no lo dejaba amar puramente a Dios como él quería. Al hermano León esto le pareció exagerado, un escrúpulo… Y más se sorprendió cuando Francisco le dijo que se quedara tranquilo y se puso inmediatamente y como si nada a tejer otro cesto! Le dijo que el otro “era necesario” quemarlo. Y luego retomar la tarea.

Estamos ante una situación enteramente personal que no se entiende “desde afuera”, aunque algo podamos pispear, como el hermano León. Es algo entre Francisco y su Señor, un Señor al que él quiere alabar en todas y por sobre todas las cosas.

Esto para decir que el discernimiento, si bien sirve para todo, sirve de modo particular para las cosas del evangelio que cada uno vive en su corazón, sirve para juzgar si una obra de misericordia en la que estoy metidos por seguir el evangelio, la estoy haciendo con afectos evangélicos. No se disciernen “casos en general” sino afectos y situaciones concretas, que son siempre personales.

Creo que este ejemplo de la vida de Francisco nos ayuda a situarnos en el punto preciso en que se requiere el discernimiento: allí donde el mismo cesto que hemos estado tejiendo para servicio del prójimo y alabanza de nuestro Señor y Creador, requiere que revisemos la intención con la que lo estamos haciendo, para que el pegamento del corazón no se detenga en la obra misma sino que vuele libre al Creador.

Cuando tenemos alguna “posesión inquietante” -los diez mil ducados o el cesto- experimentamos sentimientos encontrados. E Ignacio logra “enmarcar” tres tipos de actitudes posibles en las cuales “espejarnos”.

Tres modos de gestionar los afectos

En general sucede que solemos poner el problema “en la cosa misma”. Pero Ignacio nos invita a situarnos un paso atrás. Nos hace poner la atención no en los diez mil ducados (o el cesto) sino en nuestro modo de gestionar nuestros afectos.

Uso a propósito esta palabra “gestionar” y la dirijo no a las cosas exteriores sino a nuestro modo de sentir. Nuestros deseos y sentimientos, aún los más espontáneos, se pueden gestionar y esa gestión se llama discernimiento. Lo particular de esta “gestión” es que aunque parezca que se trata de algo concreto que depende sólo de nosotros, en realidad no es así: se trata de situaciones y cosas en las que entran en juego “otras intenciones” además de las nuestras: las del buen espíritu y las del malo. De ahí que se requiera discernimiento espiritual, ayuda del Espíritu Santo para “ver” esa “cosa” o situación como algo más amplio que como un mero objeto de deseo nuestro. Es algo que tiene un valor agregado ya que se enmarca dentro del plan de salvación grande en el que Dios nuestro Señor ordena todas las cosas para bien de los que lo aman. Recordamos aquí cómo San Pablo decía que se “hacía todo a todos con tal de ganar a alguno” y era capaz de saltarse ritos judíos o de cumplirlos a rajatabla mirando no el rito en sí mismo sino la edificación o el posible escándalo en otros.

Quemar el cesto y hacer otro es una medida -quizás un poco extrema- que toma Francisco para enseñorearse de su propio modo de trabajar. Más que del cesto en sí mismo, de lo que se trata es de la propia persona como obra de arte agradable a Dios. Haciendo un cesto objetivamente hermoso, Francisco sentía que sus propios sentimientos no eran hermosos: se había apegado a su modo de hacer las cosas y se miraba a sí mismo, no a su Amado. Se complacía en lo bien que estaba tejiendo y este mirarse a sí mismo lo apartaba de mirar a su Señor, que era su deseo y su amor más hondo.

Esto puede parecer exagerado a una mirada superficial pero no es así. El deseo de amar a Dios sobre todas las cosas es un deseo elegido, libre, racional (un pegamento que requiere tiempo). No siempre se traduce en sentimientos sensibles (pegamento de contacto), que pueden estar inmersos en otros bienes más inmediatos. Pero el hecho de que un deseo surja con fuerza y espontaneidad no quiere decir que sea más auténtico que otro que requiere más tiempo, que requiere un proceso, algunas mediaciones y renuncias para aflorar.

El discernimiento se da, por tanto, entre afectos y, como magistralmente muestra Ignacio en los Tres binarios, entre modos de “tratar un afecto” cuando este no está del todo ordenado. Es que el deseo es un pegamento que se mueve y progresa adhiriéndose a la realidad, a los bienes concretos. Y estos bienes no son solo cosas. El deseo se adhiere también a sí mismo, se alimenta a sí mismo y de sí mismo. El deseo se adhiere a las cosas presentes pero también al pasado -justificando el modo como adquirió los ducados, por ejemplo, y al futuro, a lo que hará con ellos.

El espacio vital que necesita un proceso de discernimiento

Puede venir bien recordar en este momento lo que San Ignacio dice acerca de tener “deseos de deseos”. Cuando hace que se pregunte a uno que quiere entrar en la Compañía de Jesús si tiene deseos de servir a Dios y la persona responde sinceramente que sus deseos no son muy intensos, Ignacio propone re-preguntar a ver si al menos tiene “deseos de deseos”.

Esta formulación, realmente inspirada, nos dice que para discernir sobre los deseos es necesario despegarse de la inmediatez que les es propia. Despegarse para poder verlos bien, para poder examinar la proporción entre el bien al que se apegan y la intensidad con que se apegan, por ejemplo. Este tomar distancia de los propios deseos -siempre lanzados y apegados- abre el espacio vital que necesita todo proceso de discernimiento.

Con los matices que tiene el querer quitar un afecto en cada uno de los tres binarios, Ignacio abre este espacio para posibilitar que uno se enseñoree de sus deseos, de modo tal que ninguna “cosa acquisita” se adueñe de su corazón sino que este se mantenga libre.

Esta libertad es algo que sólo se puede experimentar con la ayuda del Espíritu Santo, ya que se trata del apego más íntimo del corazón el cual, así como se desordena fácil si uno se deja llevar por su naturaleza -cada pasión busca su propio bien-, también se ordena fácilmente si uno mira el Amor de quien nos ama gratuitamente y se deja llevar por el deseo de agradarle sólo a El.

El deseo de poder servir mejor a Dios nuestro Señor

El punto , por tanto, no es cómo quitar solo un apego particular sino como movilizar el afecto para que se mueva libremente entre los bienes bajo la conducción del deseo mayor: el de poder servir mejor a Dios nuestro Señor.

Los dos primeros binarios tienen algo en común y es que “no se mueven”. El apego lleva al primero a posponer indefinidamente las cosas: no pone los medios. Lo suyo no es un verdadero querer sino un “querría”. Porque “querer”, lo que se dice querer, es moverse hacia el fin, hacia el bien. Si no hay movimiento, si no se ponen medios para lograr lo que se quiere, no es un verdadero querer.

El segundo tampoco se mueve. Lo suyo es un modo de estar apegado a las propias cosas que hace girar al mundo entero en torno a su deseo y pretende que Dios mismo quiera lo que él quiere. La actitud no es la “disponibilidad” creatural, el estar en ese movimiento, propio de quien tiene una actitud de servicio, sino que es la actitud del poder, de quien tiene una posición tomada, un espacio ganado y quiere que todos vengan al pie.

El tercer binario, en cambio, se mueve. Esto puede verse en que desarrolla toda una serie de actitudes y estrategias que revelan que su deseo es un verdadero deseo.

Dado que el deseo es tender a un bien, el mayor y verdadero deseo será el que tienda al Bien mayor y desde él ordene todos los otros deseos y movimientos. Este tipo de personas -la del tercer binario- tienen claro que el mayor bien es “servir a Dios nuestro Señor”, que es quien ha creado todos los bienes y conoce, por tanto, lo mejor para cada uno. Servirlo a Él es el mayor bien que uno puede hacerse a sí mismo y hacer a los demás.

Por eso este tipo de personas abre un espacio y da tiempo a los deseos más inmediatos para que vayan y vengan sin apegarse de modo inmediato y definitivo a ningún bien, esperando que sea el deseo del mejor servicio de Dios el que los ordene y jerarquice.

Notemos un detalle. Ignacio dice que el tercer binario “quiere solamente querer o no querer…” Así como uno puede situarse un paso antes de un deseo y focalizarse en tener “deseo de deseos”, así también uno puede ponerse en pausa y decir: lo que quiero es ser libre de mis deseos inmediatos. Quiero “querer o no querer” recién después de ver bien lo que Dios me propone y de pesar lo que a mí me parece mejor. Este querer es fruto de una alianza de libertades.

Es admirable ver que se trata de una doble pausa: pongo en pausa el movimiento inmediato de mis deseos, que los llevan a apegarse a lo que les resulta inmediatamente placentero. Pero pongo también pausa al bien que Dios me ofrece! Le doy tiempo a mi mente a que juzgue lo que le parece mejor y recién entonces, habiendo deliberado y madurado subjetivamente la cosa, doy rienda suelta a mi querer y me adhiero a ese bien.

Este tiempo que le damos a nuestros procesos afectivos es lo que hace la diferencia. Porque los bienes a los que nos adherimos por impulso o por obediencia a una ley externa, cuando viene una crisis, dejan de “imantar” el corazón y uno se “desapega”. O porque se apaga la pasión o porque la ley resulta demasiado difícil de cumplir y otras propuestas nos hacen dudar de ella.

El discernimiento nos sitúa ante un Dios que propone bienes, no los “impone”. De ahí que se requiera este doble paso -experimentar el don y adherirnos deliberada y libremente a él- para dar, entonces sí, rienda suelta al deseo ordenado.

Veamos como todo el principio y fundamento está presente en este tercer binario: “el hombre es creado para alabar, hacer reverencia y servir a Jesús nuestro Señor”. Ignacio nos hace juzgar qué es mejor, mirando no solo el servicio sino también la alabanza a Dios. Alabanza y servicio son los criterios, estético y ético, para juzgar bien.

Dos estrategias para liberarse de los apegos inmediatos o legalistas del querer

Para querer bien, dos estrategias: la de “hacer de cuenta que uno deja todo en afecto” y la de “poner fuerza en no querer ni esto ni nada, si lo que mueve el deseo no es “solo el servicio de Dios nuestro Señor.

Son dos ejercicios muy prácticos uno para “flexibilizar” la rigidez de los deseos, el otro, para “estabilizar” su volubilidad.

Hacer de cuenta que uno se saca todo lo que lleva puesto y lo pone ante sí sobre la mesa es “dejarlo en afecto”. Soltar efectivamente las cosas, ponerlas delante, ayuda a “sentir” cómo las manos y los ojos tienden a apoderarse de algunas más que de otras.

Poner fuerza en querer sólo el mayor servicio de Dios ayuda a experimentar cómo cuando uno se obliga a estar delante del Sumo Bien por un tiempo -frenando otros impulsos- el corazón se adhiere con mucha fuerza y como naturalmente a ese Bien.

San Ignacio nos muestra a Jesús como ese sumo bien al que podemos apegarnos con todos nuestros sentidos y facultades. En su Autobiografía decía de sí que “quería estar aficionado sólo a Dios”. A Jesús nos podemos apegar sin temor de que algo pueda apartarnos del amor de Cristo, como dice Pablo. En Jesús todos los demás deseos se ordenan en paz y con alegría. El deseo de mejor poder servir a Dios nuestro Señor debe ser siempre el primero.

Creo que viene bien leer aquí, integro, el pasaje de la Exhortación Gaudete et exsultate donde el Papa habla de “La lógica del don y de la Cruz”, en la que habla de las “renuncias” a todo apego desordenado para poner todo el corazón en el mejor servicio de Dios.

Una condición esencial para el progreso en el discernimiento es educarse en la paciencia de Dios y en sus tiempos, que nunca son los nuestros. Él no hace caer fuego sobre los infieles (cf. Lc 9,54), ni permite a los celosos «arrancar la cizaña» que crece junto al trigo (cf. Mt 13,29). También se requiere generosidad, porque «hay más dicha en dar que en recibir» (Hch 20,35). No se discierne para descubrir qué más le podemos sacar a esta vida, sino para reconocer cómo podemos cumplir mejor esa misión que se nos ha confiado en el Bautismo, y eso implica estar dispuestos a renuncias hasta darlo todo. Porque la felicidad es paradójica y nos regala las mejores experiencias cuando aceptamos esa lógica misteriosa que no es de este mundo, como decía san Buenaventura refiriéndose a la cruz: «Esta es nuestra lógica». Si uno asume esta dinámica, entonces no deja anestesiar su conciencia y se abre generosamente al discernimiento.

Cuando escrutamos ante Dios los caminos de la vida, no hay espacios que queden excluidos (no hay “cosas acquisita” que se adueñen de nuestro querer). En todos los aspectos de la existencia podemos seguir creciendo y entregarle algo más a Dios, aun en aquellos donde experimentamos las dificultades más fuertes. Pero hace falta pedirle al Espíritu Santo que nos libere y que expulse ese miedo que nos lleva a vedarle su entrada en algunos aspectos de la propia vida. El que lo pide todo también lo da todo, y no quiere entrar en nosotros para mutilar o debilitar sino para plenificar. Esto nos hace ver que el discernimiento no es un autoanálisis ensimismado, una introspección egoísta, sino una verdadera salida de nosotros mismos hacia el misterio de Dios, que nos ayuda a vivir la misión a la cual nos ha llamado para el bien de los hermanos (GE 174-175)

 

Momento para Contemplar

La Meditación de los Tres Binarios, es una de las ayudas que San Ignacio propone en los Ejercicios Espirituales para que el propio corazón pueda ir creciendo en libertad.

Todo el proceso de los Ejercicios Espirituales, es un proceso de libertad interior y de seguimiento del Señor…

En el Evangelio escuchamos a Jesús cuando dice:

«El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí y por la Buena Noticia, la salvará.

¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero, si pierde su vida?

¿Y qué podrá dar el hombre a cambio de su vida? -Mc 8, 34-37-

La paradoja del Evangelio, nos pone entre: el perder y el ganar.

Pierde, el que aferra…

Gana, el que se ofrece…

El que cree que gana (se apega a) su vida, en realidad la pierde

El que se anima a perder (ofrece) la vida por Jesús y por la Buena Noticia, la gana…

El discernimiento de los deseos, nos pide poner ante Jesús, aquellas cosas que pesan, que quitan libertad y hacen difícil la opción por una vida más sencilla y alegremente ofrecida…

Retomo, este párrafo del P. Diego:

“Con los matices que tiene el querer quitar un afecto en cada uno de los tres binarios, Ignacio abre este espacio para posibilitar que uno se enseñoree de sus deseos, de modo tal que ninguna “cosa acquisita” se adueñe de su corazón sino que este se mantenga libre. Esta libertad es algo que sólo se puede experimentar con la ayuda del Espíritu Santo, ya que se trata del apego más íntimo del corazón el cual, así como se desordena fácil si uno se deja llevar por su naturaleza -cada pasión busca su propio bien-, también se ordena fácilmente si uno mira el Amor de quien nos ama gratuitamente y se deja llevar por el deseo de agradarle sólo a Él.”

Quizás nuestra oración, podría centrarse en pedir tener deseos de desear de poder servir mejor a Dios nuestro Señor, pidiendo luz al Espíritu Santo, para discernir en qué lugar del corazón, se ocultan los apegos que son fruto de la falta de confianza en la Providencia del Padre que sabe lo que sus hijos necesitan…aun antes de que nos demos cuenta que necesitamos y se lo pidamos…

Les comparto esta Oración para encender nuestros deseos con los deseos del Evangelio:

Concédeme el deseo de los Magos que de noche ven tu estrella,

para cruzar de ella agarrado cuando nada más se vea.

Concédeme el deseo de Simeón, esperándote a la puerta,

para soñar hasta el final, el cumplir de tu promesa.

Concédeme el deseo de San José que a tus proyectos les da vuelta,

para dejar en el amor, lo que no entra en la cabeza.

Concédeme el deseo de María que se entiende bien pequeña,

para decirte siempre sí, porque sí dice la sierva.

Concédeme el deseo de la mujer, que por detrás de ti se llega,

para tocar con fe tu manto y robarte así tu fuerza.

Concédeme el deseo del leproso que las barreras da por tierra,

para esperar de tu abrazo, el curarse de la lepra.

Concédeme el deseo de la viuda que se pone como ofrenda,

para ponerme como ella, en lugar de dar monedas.

Concédeme el deseo de aquel niño, que comparte su merienda,

para entregar de lo mío, porque otro también tenga.

Concédeme el deseo de la mujer que recoge, por debajo de tu mesa,

para con pocas migajas, entender que se hace fiesta.

Concédeme el deseo de aquel ciego del camino,

que logró que te detengas,

para ver en el amor, lo que el pecado siempre ciega.

Concédeme el deseo de Zaqueo que en su casa te acogiera,

para querer estar los dos y repasar juntos las cuentas.

Concédeme el deseo del buen ladrón, clavado a tu derecha,

para saberme ya en tu reino, porque tu amor de mí se acuerda.

Concédeme el deseo de José, el que nació en Arimatea,

para pedir tu cuerpo santo y esperar que en mí florezca.

Concédeme el deseo de tu Pueblo que humilde te confiesa,

para guardar en tus manos, lo que la misericordia sólo cierra.

Concédeme el deseo de tu Iglesia, que es madre, y más, maestra,

para que al soplo de tu Espíritu, oriente yo mi vela.

 

 

8. Tres maneras de amar -humildemente- a Jesús

 

De los Ejercicios Espirituales que Ignacio le dio al Dr. Pedro Ortíz -embajador extraordinario de Carlos V ante la Santa Sede- nos quedan algunos de sus apuntes. Ortíz anotaba cuando Ignacio le daba los puntos. Entre ellos está una meditación  que quedó con el nombre de «Tres maneras de humildad». Ignacio dice en ella que: «Aprovecha mucho considerar y advertir (lo que la meditación propone) antes de entrar en el momento de hacer elección de vida” para «afectarse a la verdadera doctrina de Cristo nuestro Señor”.

Pedro Ortíz  -escuchando hablar a Ignacio, las titula en sus apuntes como «(Tres) maneras y grados de amor. Lo cual quiere decir que amor y humildad, con respecto a Jesús, son la misma cosa para Ignacio.

Este alto funcionario político un tiempo antes, en París, se había enojado mucho con Ignacio con motivo de unos ejercicios que nuestro padre le había dado a un joven estudiante, el bachiller Peralta. Lo acusaban a Ignacio de “hacer lío con los jóvenes” y de entusiasmarlos para un tipo de vida que era medio locura en aquel entonces. El asunto había pasado a mayores: don Pedro Ortíz había denunciado a Ignacio ante el inquisidor. Pasado el tiempo, una vez que conoció mejor a Ignacio, cambió totalmente su manera de pensar y de sentir. Se hicieron muy amigos. Tanto que, en 1537, estando ambos en Roma, Ignacio se fue con él a la abadía benedictina de Montecasinos y con indecible gozo le dio los Ejercicios durante 40 días. Ortíz decía de Ignacio que le había enseñado una “nueva teología que no se aprende para enseñar, sino para vivir”.

Las tres maneras de humildad

Son tres maneras de amar a Jesús que tienen un fin concreto: tomarle afecto a su «verdadera doctrina», dice Ignacio. La verdadera doctrina quiere decir  lo esencial del Evangelio que Jesús nos quiere comunicar. Esta verdadera «teología», como señalaba Ortíz, no es una «doctrina para enseñar» sino para poner en práctica en la vida cotidiana. Por eso supone «elegir»: entrar y permanecer en un proceso de ir «eligiendo» -en los momentos fuertes y en las cosas de todos los días- la mejor manera de amar al Señor.

Son entonces tres las palabras clave: doctrina, elección y humildad.

Los grados de amor a Jesús se traducen como grados de humildad. Esto es así porque con Jesús, el amor, si bien siempre es de ida y vuelta como todo amor auténtico, está en relación di-simétrica. Él nos amó primero, su amor es «hasta el extremo», es amor fiel aunque nosotros seamos infieles, y así siguiendo. Por eso la humildad es «la manera» o «el modo» adecuado para responder a un amor así. Y en esta humildad Ignacio distingue tres grados o escalones, por los que podemos «bajar» -abajarnos y humillarnos- de manera tal de recibir más y mejor todo lo que Jesús tiene para darnos.

I. EL VOLUNTARIADO

La primera manera de amar humildemente a Jesús, Ignacio la expresa diciendo: «que así me abaje y así me humille, cuanto me sea posible, para que en todo obedezca a la ley de Dios nuestro Señor».

Este movimiento  que describe como un “abajarse y humillarse para obedecer en todo”, no es un movimiento que surja espontáneamente si uno mira la ley en vez de la persona de Jesús. Cuando miramos la norma, lo que nos sale espontáneamente es cumplir «lo justo». Y también, cómo no!, «buscar excepciones».

En cambio, lo que dice Ignacio es que me humille de manera de poder obedecer en todo, libre y alegremente, al que amo; que por mi humildad, por mi coraje para descender este escalón, todo en mi vida quede bajo la influencia de la «ley del amor». Esta actitud  puede resultar incomprensible para el que no ama, para el que mira de afuera. Pero para el que ama, que los deseos del amado sean «ley», es algo natural.

Complementa Ignacio esta manera de amar a Jesús obedeciendo en todo a su ley poniendo un límite infranqueable: el del pecado mortal. También es natural para el que ama que haya cosas que no son negociables. Eso significa «pecado mortal». Significa que: «Ni aunque me hicieran dueño y señor de todas las cosas creadas en este mundo, ni aunque me amenazaran con quitarme la vida, no me plantearía siquiera deliberar si quebrantar o no un mandamiento, divino o humano, que me obligue a cometer un pecado mortal» (traducido: ni siquiera me atrevería a pensar en negociar mi amor poniéndolo en riesgo mortal).

En nuestra cultura actual, especialmente en occidente, casi todas las leyes están en estado de deliberación. El límite de lo “no negociable”, del «pecado mortal», está desdibujado. Socialmente, muchas cosas que hace un tiempo eran «inaceptables», hoy no lo son. Sin embargo, surgen otras que antes se aceptaban con mucha amplitud y que hoy no se toleran en lo más mínimo. Por eso, más que intentar precisar lo negativo puede ser bueno -pedagógicamente- ensanchar lo positivo: insistir en que el que ama, quiere amar «en todo» y si algo amenaza «la vida» del amado, se rechaza «sin pensar», con todas las fuerzas.

El voluntariado como primer grado de humildad y amor a Jesús

Bajando a nuestra realidad me hace bien pensar que este primer grado de amor o de humildad, este primer escalón por el que «descendemos» para sumergirnos -bautizarnos- en el Agua santa del Amor de Jesús, es propio de nuestros Voluntariados.

El primer modo de amar a Jesús es elegir algún voluntariado. Entrar como colaborador en alguna obra de misericordia. Ahí se puede practicar fácilmente y con gusto -si definimos bien nuestra misión y rol- este primer grado de humildad. Un voluntario es por definición alguien que se ofrece a hacer lo que le manden. Alguien que quiere amar y servir y pide que le manden alguna tarea concreta, tratando con alegría de hacer todo lo que le manden.

II. LA ESPIRITUALIDAD

El segundo modo de amar humildemente a Jesús, Ignacio lo describe como algo en lo que uno «se halla» o se encuentra. No es un escalón que uno descienda voluntariamente, como el otro, sino un estado de paz del alma y de disponibilidad en el que uno se encuentra y que es índice del amor a Jesús experimentado (en el voluntariado) como nuestro Sumo bien.

Esto es lo que hace que los demás bienes -que no son Jesús- se sientan como «indiferentes».

Ignacio dice así: «Esta segunda es más perfecta humildad (más perfecto amor al Señor)» y consiste en «si me hallo en tal punto que no quiero ni me afecto más a tener riqueza que pobreza, a querer honor que deshonor, a desear vida larga que corta». Agrega, como siempre, que esta «indiferencia» o este «preferir sólo el amor de Jesús», tiene como condición que sea «igual servicio de Dios nuestro Señor y salud de mi alma».

Como vemos, la indiferencia cristiana es preferencia. No es un estado de vacío y de no desear nada, sino todo lo contrario. El deseo grande de amar con predilección a Jesús hace que los demás deseos se «balanceen», se pongan entre paréntesis, hasta que no se muestra que algo es  para «mayor servicio y gloria de Dios» ,y también mayor bien para la santidad personal y el cumplimiento de la misión.

Este escalón de la «indiferencia-preferencia- va contra el movimiento de trepar y de querer poseer las mejores cosas, las más lindas. Más que de un movimiento exterior, digamos, es un «examinar si me hallo en un punto»: el de la disponibilidad total y siempre lista. Es decir: constatar si estoy «quieto» interiormente, si estoy en paz, si mantengo el fiel de la balanza en equilibrio, sopesando en pie de igualdad todas las cosas, todas las situaciones externas y mis pasiones internas posibles, sin inclinarme a priori por ninguna. Esto implica tener las riendas de las pasiones sin guiarme por el «me gusta, no me gusta», aceptando todo en pie de igualdad y contrastándolo con el amor de Cristo.

La Espiritualidad como segundo modo de humildad o amor al Señor

Este nuevo escalón del amor a Jesús, en el que más que bajar es como que de repente nos encontramos allí, me gusta denominarlo Espiritualidad.

Quiere decir que lo que llamamos Espiritualidad es un «modo de amar al Señor?

Sí!

Quiere decir que la Espiritualidad es un grado de humildad?

Eso mismo!

No era que la espiritualidad era una serie de ritos, oraciones, pensamientos piadosos centrados en algún valor, una serie de técnicas con cuya práctica uno se acerca a Dios y vive la vida cristiana dentro de un carisma especial? También. Pero antes que todo esto, hace bien considerar la Espiritualidad no como algo que uno elige o conquista o en lo que se va especializando, sino como un escalón más abajo en el que uno se encuentra viviendo.

La Espiritualidad es «aire» -espíritu- y no precisamente un aire nuestro sino Aire Santo, Espíritu Santo.

Es el ámbito que se abre al Espíritu cuando nosotros nos bajamos un escalón, cuando nos humillamos y, luego de haber transitado todo ese escalón-plataforma del Voluntariado «obedeciendo en todo» por servir a los más pobres, nos encontramos en un ámbito donde nuestros deseos se tranquilizan y, más que precipitarse sobre bienes particulares, se concentran en «contenerse a sí mismos», de modo tal que sea el Espíritu a movernos en dirección a un valor u a otro.

Espiritualidad, por tanto, como modo de amar a Jesús, manteniéndonos humildemente quietos, sin dejarnos empujar ni arrastrar por nuestros deseos (tampoco los buenos), esperando la indicación del Espíritu para «desear con todo» aquello que nos es encomendado como misión personal.

Espiritualidad es la humildad de abrir espacio al Espíritu: darle espacio y tiempo para que conduzca Él y nos muestre lo que le agrada al Padre.

La espiritualidad Madre

Si la primera humildad -la del Voluntariado- es concreta (la obediencia siempre es concreta -te pido que hagas «esto» y que lo hagas «así» y «ahora»), la segunda humildad o segundo modo de amar al Señor, más que una cosa es un «ámbito».

Es la humildad de no ejercer nuestra voluntad y deseos subjetivos, teniéndolos sujetos y quietos, para que Otro pueda movernos. Y entonces sí, poner todo lo que somos, lo más personal y lo que más deseamos nosotros, al servicio de lo que se nos indica. Esta es  la «Espiritualidad madre» de todas las espiritualidades y carismas particulares, que ella engendra y vuelve fecundas.

Ignacio completa la descripción en términos de «pecado venial»: «Que ni por todo lo creado ni aunque la vida me quitasen no sea en deliberar de hacer un pecado venial». Dicho positivamente: la espiritualidad -el carisma- (como los hobbies) se ve en los detalles. Si le robo un cachito, si pichuleo o mezquino o pongo horarios y condiciones, si aflojo en los detalles, pero sobre todo si me justifico y no confieso esto como «pecado venial», es señal de que todavía no me «encuentro» situado en ese mi verdadero nivel. Es que como decía Santa Teresa: la humildad es la verdad.

Es bueno ver estos «pecados veniales» más que como faltas de voluntad como faltas de «verdad», en el sentido de no haber descubierto aún mi verdadera espiritualidad, mi verdadero nombre-misión, por no estar en el nivel real de lo que soy a los ojos de Dios. Se trata de una falta de humildad-verdad.

Si peco contra «mi carisma» y me justifico, no es mi verdadero carisma, al menos no lo es en su real dimensión y plenitud. Por eso es que, para vivir mi Espiritualidad, para amar a Jesús de esta manera más perfecta, debo tomar conciencia de mi verdadera realidad, bajándome de la imagen autorreferencial y prejuiciosa de mí mismo que no me deja verme tal como soy amado por Jesús. El está más abajo de lo que yo pienso. Está lavándome los pies. Está allí donde tengo mis llagas, no donde tengo mis fortalezas.

III. JESÚS

El tercer modo de amar humildemente a Jesús es algo enteramente personal. Cada uno solo puede conocer y practicar “su modo”. Lo cual significa que escapa a toda regla abstracta. Supone a los otros dos, pero en el sentido de que, cuando el Señor da la gracia de sentirnos amados y de poder amarlo de este modo enteramente personal (y de modo particular en su pobreza y humillación), nos da al mismo tiempo los otros dos modos. Pero no significa que si uno desciende por los otros dos escalones -por el del Voluntariado y el de la Espiritualidad- llegue automáticamente a este grado.

El padre Fiorito expresaba esto haciendo ver que este grado de humildad «no es necesario para hacer una buena elección». No es un grado «superior» que habría que conseguir para algún fin. Fiorito explica que es bueno desear tener este grado de humildad, para «imitar y parecerme más realmente a Cristo nuestro Señor». Pero hace ver que el Señor no da a todos esta gracia. Por eso no hay que forzarla. Y pone un ejemplo: Si fuera así, el geraseno liberado del demonio tendría que haber seguido a Jesús porque «seguirlo» es «lo mejor». Pero no. Lo mejor para él fue obedecer a Jesús que lo mandó a ir con su familia.

San Ignacio describe así este “amor perfecto” o «humildad perfectísima»: “Es, a saber, cuando incluyendo la primera y la segunda (el voluntariado obediente y la espiritualidad humilde), y siendo igual alabanza y gloria de la divina majestad, por imitar y parecerme más actualmente a Cristo nuestro Señor, quiero y elijo más pobreza con Cristo pobre que riqueza, oprobios con Cristo lleno de ellos que honores, y deseo más ser estimado por vano y loco por Cristo, que primero fue tenido por tal, que por sabio ni prudente en este mundo».

Notemos el «quiero y elijo». Antes, los modos de amar a Jesús implicaban el  «movimiento» de abajarse  para «ejecutar» lo mandado y el «hallarse» en estado de indiferencia para dar espacio al Espíritu. Dos movimientos fundamentalmente pasivos, donde toda la fuerza se pone en permitir que obre otro, en hacer y desear lo que otro manda. Aquí en cambio se trata de «querer y elegir». Y el objeto no es «la ley» ni «lo mejor» sino lo peor -pobreza, oprobios, ser tenido por loco-. Pero, segunda cosa a notar, no lo peor por sí mismo sino «con Cristo». Con Cristo pobre, humillado y loco.

El cristianismo como tercer grado de humildad

Me gusta pensar que esta tercera manera de amar a Jesús es, propiamente, el cristianismo. No es «hacer el bien» ni «tener una espiritualidad» como actitudes necesarias para ser simplemente humanos, sino que se trata de ser cristianos.

Ser cristiano es bajar un escalón más, no subir. Es quedar más abajo que todos los demás hombres y mujeres que viven a nuestro lado.

No es un grado más alto en la escala de perfección humana.

Tampoco es un escalón al que se baje por decisión propia.

Es una gracia que se nos permita bajar allí donde bajó Jesús, allí donde yace, al costado del camino, tanta gente pobre.

Si uno recibe esta gracia, de bajar a los infiernos donde bajó el Señor, se encuentra con la mayor parte de la humanidad (de hecho todos bajamos allí en algún momento de la vida). Ser cristiano es bajar allí «con Jesús». De su mano.

Brochero decía que «El sacerdote que no tiene mucha lástima de los pecadores es medio sacerdote. Estos trapos benditos que llevo encima no son los que me hacen sacerdote; si no llevo en mi pecho la caridad, ni a cristiano llego».

Brochero une connaturalmente llegar a ser cristiano», «tener caridad en el pecho» y «tener mucha lástima por los pecadores». Ser pobre con Cristo pobre no es una operación mental. No es «imaginar» a Cristo pobre y rezar pensando en mis pobrezas. Es ir realmente a vivir con los pobres, los insultados y los considerados locos de nuestro tiempo. Es querer y elegir esto, en vez de andar queriendo y eligiendo riquezas, honores y que se nos considere prudentes y sensatos en nuestras afirmaciones y acciones.

El punto es querer y elegir estar ahí abajo «con» Jesús. Así como el quiso y eligió estar abajo por estar más «con» nosotros. Con los más de nosotros. Con la mayoría de la humanidad.

 

Momento para Contemplar

Las Tres Maneras de Humildad, nos ayudan a crecer en el Amor…

Tres grados de amor que nos ayudan a crecer en pequeñez…

 

La humildad, dice San Agustín,  es el camino de la verdad de nosotros mismos, que nos abre al encuentro con Cristo, médico humilde y doctor de la humildad, que para rescatarnos se ha hecho uno de nosotros.

Sólo quien se reconoce enfermo, el que no presume de sí mismo, siente la necesidad de ser curado y puede acoger la salvación del Hijo de Dios.

La humildad es el camino de la misericordia y del perdón; nos pone frente al hermano con una mirada de comprensión y de aceptación… (Sermón 211,4).

La humildad  es la gran ciencia que el hombre está llamado a aprender: “Este es el perfecto y excelso conocimiento: conocer que el hombre por sí no es nada; y todo lo que es lo recibe de Dios y por Dios” (Comentario al salmo 70, 1, 1).

Por eso Agustín nos recomienda que aprendamos lo pequeño, la humildad de Dios: “Lo que han hermanos, de aprender, ya lo están viendo, es lo pequeño!. Nosotros apetecemos las cumbres; para ser grandes aprendamos lo pequeño.

¿Quieres aprehender la grandeza de Dios? Aprende antes la humildad de Dios.

Dígnate ser humilde en bien tuyo, puesto que Dios se dignó ser humilde también por ti.

Aduéñate de la humildad de Cristo, aprende a ser humilde, no seas orgulloso.

Confiesa tu enfermedad, déjate con paciencia tratar del Médico.

Observa el árbol: echa primero hacia abajo para crecer después hacia arriba, clava su raíz en lo humilde para lanzar al cielo su copa. ¿Dónde sino en la humildad se afianza? ¿Quieres, pues, tú, sin caridad, subir a las alturas?

Buscas sin raíz el espacio, y ése no es crecimiento, sino derrumbamiento. Habite Cristo por la fe en sus corazones, para que, arraigados y fundados en la caridad, sean llenos de toda plenitud de Dios” (Sermón 117, 17).

Algunas Preguntas para ayudar en la oración…

¿Qué piensas de la humildad? ¿La valoras, la deseas, la suplicas?

En tu historia personal ¿Qué pasos has dado hacia la humildad y qué circunstancias te han llevado a ella?

¿Quién dirige tu vida? ¿La autonomía de persona adulta o te mueve el querer de Dios como horizonte?

En el servicio como voluntario, o tarea apostólica ¿Actúas desde el protagonismo personal o desde la conciencia de ser un instrumento en las manos de Dios?

¿Qué pasos te sientes invitado a dar para crecer en humildad durante este tiempo??

 

Puedes terminar con la siguiente oración

Ayúdame, hermano, a ser humilde.

Ten misericordia de mí y muéstrame

lo que Dios va haciendo con tu vida.

Te prometo acoger y escuchar

tus pasos y tus caídas,

tus ternuras y tus rechazos,

tu alegría y tu dolor.

Quiero ser menos yo y más hermano,

porque quiero descender hasta donde

se encuentra lo más humano,

lo profundamente humano.

Me han dicho que allí se encuentra Dios.

Búscame cuando me pierda

y volveré a casa de tu mano,

a casa para servirte más

y compartir juntos el pan.

Cuando veas brillar en mis ojos

la soberbia y la altanería

y mi boca se llene de palabras vacías,

no apartes de mí tu mirada tierna pero vigorosa,

no dejes de comunicarme la esperanza.

Confía en mí que aprenderé de ti

Y suplicaré también por ti al Padre.

Te pido hermano que me ayudes

a ser humilde con tu ejemplo.

Yo también te lo ofrezco.

Señor Jesús, maestro de humildad,

haznos reconocer nuestra pequeñez,

nuestras vidas, su desnudez

y reconocer tu gratuidad

Padre de misericordia,

concédenos caminar en la humildad…

(Autor desconocido)

 

 

 

9. Las sanas y buenas elecciones son, en realidad, nuestro modo concreto de elegir la Persona de Jesús

 

En el corazón de los Ejercicios Espirituales, Ignacio completa el Principio y Fundamento con consejos decididamente prácticos, volcados a hacer una buena elección (no solo a ver su importancia ni solo a desearla) (EE 169-189).

Recordemos las palabras finales del Principio y fundamento: Es necesario que nos hagamos indiferentes a toda cosa creada … y que solamente deseemos y elijamos “lo que más nos conduce para el fin para el que somos creados” (EE 23). Esta convicción que Ignacio nos imprime en el alma al comienzo de los Ejercicios, ahora, en el Preámbulo para hacer elección (EE 169), la completa de manera más práctica. Muestra lo que se requiere -tanto subjetiva como objetivamente- para que nuestra elección sea «pura y limpia (…), sin “afectos desordenados», «sana y buena» (EE 175).

El consejo final será la misma regla del Principio y Fundamento, de usar las cosas “tanto… cuanto” nos ayuden, puesta ahora en clave de «salida de sí»: «Piense cada uno que tanto se aprovechará en todas las cosas espirituales cuanto saliere de su propio amor, querer e interés» (EE 189).

El miedo a ser libres

Desarrollar los 20 puntos sobre cómo hacer una buena elección daría para un año entero de nuestros talleres. Aquí nos detendremos en un sólo punto, que me parece central para tomarle el gusto y perderle el miedo a la elección ignaciana. Sí, porque uno le tiene miedo a elegir. El famoso “miedo a la libertad” del que hablaba Erich Fromm.

Cuál es el miedo? El miedo es que, apenas se habla de «elegir» uno instintivamente piensa en algunas cosas que debería dejar, o al menos poner sobre la mesa, y no quiere, por ahora… Estamos acostumbrados a pensar que el Señor nos pedirá que elijamos «eso que más nos cuesta»: que dejemos algo que nos gusta mucho (a veces cosas importantes, pero otras, cosas que son en sí poco trascendentes, pero a las que le tenemos afecto), o que hagamos algo que nos resulta particularmente difícil o repugnante.

Rezando acerca de esta dificultad, que hace que muchas veces nos pongamos en guardia al escuchar hablar de elección, se me hizo luz en un punto y es que no se trata en primer lugar de elegir «para abajo» sino «para arriba».

Elegir “para arriba”

Antes de explicar esto, consideremos que la dificultad de escuchar hablar sobre «la elección -tanto de estados de vida para siempre, como puede ser la elección estable con votos, de vida matrimonial o de comunidad religiosa, como de cosas temporales, como puede ser un apostolado, un trabajo etc…,- se extiende a la dificultad para entrar a hacer ejercicios espirituales. Es que todos pescamos que los ejercicios  se ordenan a la elección y, tarde o temprano, harán que todas nuestras oraciones -de alabanza, de adoración o de contemplación-, y todos los ejercicios espirituales -exámenes de consolaciones y desolaciones, discernimiento, charlas con el director espiritual, penitencias, dinámicas para rezar, etc…, se terminen por orientar a tomar decisiones prácticas, que concreten lo que hemos rezado y lo pongan por obra.

Por eso la importancia de «tranquilizar» este tema, reflexionándolo bien. Ponemos un ejemplo. Una de las dificultades que encuentran los recién casados, está en que, de golpe, se encuentran teniendo que «decidir» todo de a dos: las mil y una cosas cotidianas que hasta ayer decidía cada uno por su cuenta. Siempre recuerdo con una sonrisa cuando una pareja de jóvenes a los que había casado hacía poco me contaron acerca de su apasionada discusión acerca del color de la puertita detrás de la cual iba el tacho de basura. Esta que es una constante dificultad cuando de gustos o hábitos se trata (y que en algunos matrimonios que llevan ya muchos años de casados en vez de solucionarse se ha «consolidado», de manera tal que en algunas cosas uno dice al otro «hacé lo que quieras»), es algo que las parejas saben superar cuando está en juego un bien absoluto, como puede ser la vida de un hijo. Leía hoy en el libro de Francisco,La sabiduría del tiempo, el testimonio de una abuela siria -Janet Shaabo Mardelli- que a los 77 años tuvo que dejar Alepo -bombardeada- para salvar la vida y la de su familia, luego de la muerte de su esposo. El esposo -y este es el testimonio que me conmovió- siempre le decía: «Tienes que ser siempre decidida. No llores por el presente, no hay que dejarse confundir por los pro y los contra. En cualquier aspecto de la vida, toma tus decisiones con coraje».

Elegir personas

Creo que la clave está en la distinción entre decidir sobre «cosas» y decidir sobre «personas». De esto parto para decir que todo lo que Ignacio nos enseña y nos propone en sus Ejercicios en general y en estas instrucciones para hacer una sana elección, giran en torno a la Persona del Señor, de Jesús. Como el esposo de Janet, Ignacio nos aconseja que seamos «decididos» y elijamos con coraje en todos los aspectos de nuestra vida… a Jesús.

Cuando uno elige a una persona -lo que le agrada, lo que es bueno para ella- las cosas se aclaran. Por eso insiste Ignacio, al comienzo en mirar el fin -que es alabar a Dios nuestro Señor y salvar mi persona-, y al final, repite lo mismo y nos habla de «salir de nuestro querer e interés, para elegir el querer y los intereses de Cristo nuestro Señor.

Elegir la Persona de otro y lo que el otro piensa y siente, así como puede resultar invasivo en cosas «de abajo» (en cosas que cada uno elige de acuerdo a su personalidad y como extensión de la misma), en cosas «de arriba» (cosas que hacen al plan de salvación de nuestra vida entera y de la humanidad y que escapan a nuestra visión limitada), se revela como fuente de alivio y de alegría. Tener quién nos aconseje en estas cosas grandes -una vocación para toda la vida!- es una gracia inmensa. Justamente, estos consejos «grandes» son los que no pedimos por temor a que entren en juego opiniones sobre otras cosas «pequeñas», en las que no queremos que otros se metan.

Despertar nuestro instinto superior: el instinto de Dios

Lo que Ignacio trata de hacer con sus Ejercicios es ayudar a «despertar nuestro instinto superior». Lo llamo «instinto» a propósito, ya que en algunas cosas «inferiores» los seres humanos no estamos «sometidos» -como los animales, a nuestro instinto, sino que lo podemos orientar y manejar libremente. Esta libertad «de hacer lo que queramos», es lo que algunos confunden con la totalidad de la libertad. Y la aplican a hacer lo que quieren con su vida llegando a afirmar, por ejemplo, que «con su cuerpo uno hace lo que quiere». Pero, si uno reflexiona un poco, el no estar «sometidos» a nuestro instinto inferior, no es para dedicar toda la vida a trasgredir o cambiar lo que somos naturalmente, sino más bien a orientar nuestro instinto a obedecer libremente al Creador que nos dio el don de ser libres.

Creo que se entiende lo que quiero decir. Toda la insistencia de Ignacio en tener claro el fin y en no torcer las cosas haciendo un fin lo que es un medio (como lo de querer tener mucha plata para luego servir a los pobres), la insistencia, digo, no es para meternos en la cabeza una lógica funcionalista. El fin del que habla es de otra cualidad: es una Persona. Querer que Jesús elija lo mejor para mí es querer que incida en mi vida, no por decretos, sino «dejándolo yo vivir -elegir, sentir y gustar y valorar- en mí». Que Él conduzca es el modo de que viva en mí sin dejar yo de ser yo y Él de ser él. No se trata de que moleste mi autonomía allí donde soy dueño de mis gustos y de mis comportamientos, sino de guiarme hacia los valores más altos, es el modo de poder compartir sus sentimientos y su mente! Que alguien desee compartir esto tan Suyo conmigo es -debería ser- fuente de admiración y de humildad.

Entendámonos bien. No es que el Señor quiere elegir por mí no sé por qué motivo. Si hubiera deseado esto le habría bastado con crearme con un instinto ya prefijado como a los demás seres!

Lo mío, en cuanto incide en la historia de salvación

Elección que se refiere a las cosas mayores -a lo mío en cuanto puede contribuir al bien de la humanidad-, no a lo mío en cuanto sólo me atañe a mí, que en eso el Señor no se mete.

El Señor mismo «elige» de esta manera, no haciendo «su voluntad» sino haciendo «la voluntad del Padre», cuando se trata del modo de salvarnos aceptando la Cruz. Él mismo, siendo Dios, no tiene problema en «buscar y hallar» la voluntad del Padre que, en un sentido que se nos escapa, Jesús dice que es «más grande», que hay cosas que «ni él que es el Hijo, sabe».

Elige, por tanto, el que ve más. Es una cuestión de inteligencia querer que elija el que mejor ve! Despertar este instinto de supervivencia, en el sentido alto de vivencia eterna y celestial, es el deseo de Ignacio al proponernos todos estos ejercicios y al darnos estos consejos para una buena y sana elección, «no de cualquier cosa inferior», sino de lo más alto y para bien de todos, de lo que nos integra positivamente al plan de salvación de toda la humanidad.

El ojo de la intención debe ser simple

Leemos, ahora sí, lo que dice Ignacio: «En toda buena elección, en cuanto es de nuestra parte, el ojo de nuestra intención debe ser simple». Solo hay que mirar (el fin) para el que he sido creado: a saber, para alabanza de Dios nuestro Señor y salvación de mi ánima. Así, cualquier cosa que yo eligiere, debe ser a que me ayude para al fin para que soy creado. Por tanto no hay que forzar las cosas,  ordenando o trayendo el fin al medio, sino (ordenando y trayendo) los medios al fin».

Me parece significativo que solo mencione la «alabanza» en este punto. Luego habla del servicio, que es donde se vuelve compleja y luchada la cosa, ya que en el servicio siempre hay un más y un mejor, los cuales son tema de elección. La alabanza no se «elige» propiamente. Es fin. Como la propia salvación: es fin. Y fines personales. El de la alabanza va primero, porque es enteramente gratuito, ordenado a alegrarnos por ser Dios quien es y a gozar de alabarlo por el puro gusto de que exista. Haciendo eso, nos dignificamos como creaturas libres y agradecidas y damos lo mejor de nosotros mismos.

Manteniendo este «instinto libre de alabar» -digo instinto porque la alabanza brota espontáneamente cuando nuestra inteligencia «capta» en algo concreto la maravilla y la gratuidad de la vida y lo grande y generoso que es El que nos creó-, Ignacio nos hace considerar el servicio, en el cual hay que tener clara la relación fin-medios.

«Así como pasa que muchos eligen primero casarse, lo cual es un medio, y en segundo lugar servir a Dios nuestro Señor en el casamiento, siendo que servir a Dios es fin. Asimismo hay otros que primero quieren tener beneficios (dinero, cosas útiles…) y después servir a Dios con ellos. De manera que éstos no van derechos a Dios, mas quieren que Dios venga derecho a sus afecciones desordenadas y, por consiguiente, hacen del fin medio y del medio fin. De manera que lo que tenían que tomar primero, lo toman al último; porque primero hemos de poner por objeto querer servir a Dios, que es el fin y en segundo lugar (hemos de poner por objeto) tener tal beneficio o casarme (o entrar en la vida religiosa), si más me conviene, que es el medio para el fin; así ninguna cosa me debe mover a tomar los tales medios o a privarme de ellos, sino sólo el servicio y alabanza de Dios nuestro Señor y salud eterna de mi ánima» (EE 169).

Vemos cómo en el medio está el servicio -como tema de elección- pero al final vuelve lo de la alabanza. El servicio es «para alabar a Dios nuestro Señor». No es una cuestión meramente práctica y eficientista! Por eso, si no rezo, no sirve el servicio. Porque «lo primero» de lo que habla Ignacio es «la Persona» y alabarla es «reconocer su existir mismo como Persona como lo más valioso». Por eso se lo demuestro «sirviendo» -que es el modo de «tener salud en el alma», de «vivir».         Notamos también que Ignacio pone aquí salud «eterna». Estamos ante la elección de algo que es objeto de un «instinto libre» y que es «lo más Alto, lo Eterno». Y lo único «eterno» es lo más «personal»: el misterio de la Persona, en su ser cada una una y única y a la vez estar en íntima comunión con las demás personas. Elegir lo que me hace ser persona para siempre, esa es la buena elección, la elección a la cual se subordina todo lo demás. Ese es el fin.

Tres «tiempos» para hacer una sana y buena elección en cada uno de ellos (EE 175-188).

Ignacio habla de «tiempos» para hacer elección. No corresponden tanto a «tres estados del alma» sino a «tres tipos de irrupción de la Libertad divina en nuestra historia temporal».

El primer tiempo marca todo el resto y nos habla de una irrupción personal del Señor, que «así mueve y atrae la voluntad, que, sin dudar ni poder dudar, la persona devota sigue a lo que le es mostrado». Ignacio pone dos ejemplos: «así como San Pablo y San Mateo lo hicieron en seguir a Cristo nuestro Señor» (EE 175).

En general, se menciona más el ejemplo de San Pablo, a quien el Señor lo derribó, le habló directamente desde el cielo y le dio instrucciones para recibir su misión de manos de Ananías. Pero llama la atención que Ignacio ponga también el ejemplo de la vocación de San Mateo, que no fue «milagrosa». De hecho el llamamiento pareciera igual al del joven rico, al que se agrega que el Señor miró con amor. El punto es que se trata de una «irrupción de la Libertad del Señor» que llama a otra libertad. La comparación que hacemos con el joven rico ayuda a confirmar que no se trata de que «el llamado» tenga una palabra especial, ya que las mismas palabras «sígueme» tienen un efecto distinto en Mateo y en el joven rico. La diferencia puede estar en que Mateo capta «lo personal» del llamado. Y recibe a Jesús en su casa con sus amigos, personas a él queridas, más allá de sus cualidades morales. El joven rico, en cambio, no percibe el amor personal de Jesús sino que mira «las riquezas» que tiene que vender para seguirlo. Se trata, por tanto, de la Persona de Jesús reconocida como tal por otra persona para la cual es importante. Pienso que Mateo estaría «cansado de lidiar con el dinero» y Pablo, de lidiar con leyes. De manera tal que a ambos, que Jesús los llamara en Persona -Saulo, Saulo, por qué «me» persigues?- les hizo seguirlo «sin dudar ni poder dudar».

También se puede invertir el proceso y comprender que, cuando uno no duda, es que hay una experiencia personal, de la Persona como bien sumo y absoluto. Es lo que a veces no comprende el que «ve de afuera», el que es espectador, porque tiene a su propia persona como valor más alto y no ha experimentado la gracia de servir a otra persona en cuanto es «igual que ella» o de seguir a alguien como Jesús, igual en cuanto persona y enteramente distinto en cuanto a su naturaleza divina.

El segundo tiempo de elección es: «Cuando uno toma bastante claridad y conocimiento por experiencia de consolaciones y desolaciones y por experiencia de discreción de varios espíritus» (EE 176).

Podríamos decir que la única diferencia entre estos dos tiempos es que la irrupción de la Libertad divina, con su presencia personal en nuestra historia, lo que en el primer tiempo lo hace en un instante, ahora lo hace en varios, adaptándose a nuestro modo histórico de experimentar las cosas y permitiendo que discirnamos su Persona por el modo de tratarnos y lo distingamos del modo de tratar del mal espíritu. Este tiempo es el más humano, diríamos.

El hecho de que San Ignacio oponga el tercer tiempo de elección al primero y segundo juntos, parece indicar que el 2º puede ofrecer igual certeza que el primero. Esto es así si de lo que se trata es de la Persona misma del Señor como sumo Bien que uno elige al elegir este o aquel paso o modo de vida concreto. Sea que la Persona se experimente como Sumo bien en un instante o luego de un tiempo de experimentar también su ausencia -desolación- y la presencia del mal espíritu, la cuestión es la misma. Una vez que uno conoce la Persona del Señor, no puede dudar que lo que lo aproxime a Ella es lo mejor  para elegir.

El tercer tiempo para hacer una buena elección, Ignacio lo define como «tiempo tranquilo, considerando primero para qué ha nacido el hombre, a saber, para alabar a Dios nuestro Señor y salvar su ánima, y deseando esto, elige por medio una vida o estado dentro de los límites de la Iglesia, para que sea ayudado en servicio de su Señor y salvación de su alma» (EE 177).  Ignacio llama «tiempo tranquilo cuando el alma no es agitada de varios espíritus y puede usar sus potencias naturales libre y tranquilamente» (EE 178).

Cuando uno se encuentra en este tiempo «tranquilo», Ignacio dice que hay «dos modos de hacer elección». Uno más «intelectual» y otro más «afectivo». No los desarrollamos aquí sino que simplemente notamos lo decisivo de la dimensión Personal en ambos.

En el primer modo, Ignacio nos hace poner delante la cosa sobre la que queremos hacer elección y la «mide» -digamos así- como un medio para «alabar al Señor». Pero más allá de la consideración que uno hace con su propia inteligencia, Ignacio nos hace «pedir a Dios nuestro Señor que quiera mover mi voluntad y poner en mi lama lo que yo debo hacer con esa cosa, que más a alabanza y gloria de Dios sea» (EE 180).

En el segundo modo, Ignacio apela directamente al amor del Señor, lo cual es como decir a su Persona: «Que aquel amor que me mueve y me hace elegir tal cosa descienda de arriba del amor de Dios, de forma que el que elige sienta primero en sí que aquel amor más o menos que tiene a la cosa que elige es sólo por su Creador y Señor» (EE 184).

En ambos casos, luego de elegir racional o afectivamente, el último paso es enteramente personal: «Hecha la elección o deliberación, debe ir la persona que la ha hecho, con mucha diligencia, a la oración delante de (la Persona de) Dios nuestro Señor y ofrecerle la tal elección para que su divina majestad la quiera recibir y confirmar, siendo su mayor servicio y alabanza» (EE 183).

El ofrecimiento y la espera de confirmación son dos actitudes enteramente personales que ponen «la cosa elegida» en su nivel de «medio» y de «cosa». Rompe Ignacio con estos pasos del discernimiento que culmina en la elección, con cualquier tipo de seguridad de tipo racionalista o legalista. Aún lo mismo que el Señor da a elegir se somete a una ulterior confirmación en la que no se mira ya la cosa sino al Señor que nos la puso en la mente y en el corazón. Y más aún, se hace pasar esta confirmación interior por otras dos, la del que nos acompaña en el proceso como director espiritual y luego de la Iglesia a través de la persona de los pastores concretos bajo cuya jurisdicción cae lo que el Espíritu nos ha dado a elegir.

Proceso más personal que este no puede haber.

 

Momento para Contemplar

Luego de la lectura atenta de lo que nos comparte el P. Diego Fares, sj;  y la reflexión iluminada por la fe, podemos centrar nuestra oración, en hacer memoria de las elecciones que fuimos haciendo en nuestra vida y preguntarnos si, en ellas pusimos como horizonte el “Fin para el que fuimos creados: amar, alabar y servir a nuestro Señor…”

Es esencial, tener presente que el centro de nuestras elecciones, es Jesús, que nos misiona mirándonos a los ojos con mucho amor…

La elección es fruto de la Gracia que pedimos en la Segunda Semana los EE: “Conocimiento interno del Señor, que por mí, se hizo hombre para más amarlo y servirlo=seguirlo”, que nos ha ayudado a descubrir con ojos nuevos, a Jesús, Señor de nuestra vida y toda nuestra historia…

Nos dice el P. Diego:

“Llama la atención que Ignacio ponga también el ejemplo de la vocación de San Mateo, que no fue «milagrosa». De hecho el llamamiento pareciera igual al del joven rico, al que se agrega que el Señor miró con amor. El punto es que se trata de una «irrupción de la Libertad del Señor» que llama a otra libertad. La comparación que hacemos con el joven rico ayuda a confirmar que no se trata de que «el llamado» tenga una palabra especial, ya que las mismas palabras «sígueme» tienen un efecto distinto en Mateo y en el joven rico. La diferencia puede estar en que Mateo capta «lo personal» del llamado. Y recibe a Jesús en su casa con sus amigos, personas a él queridas, más allá de sus cualidades morales. El joven rico, en cambio, no percibe el amor personal de Jesús sino que mira «las riquezas» que tiene que vender para seguirlo. Se trata, por tanto, de la Persona de Jesús reconocida como tal por otra persona para la cual es importante. Pienso que Mateo estaría «cansado de lidiar con el dinero» y Pablo, de lidiar con leyes. De manera tal que a ambos, que Jesús los llamara en Persona -Saulo, Saulo, por qué «me» persigues?- les hizo seguirlo «sin dudar ni poder dudar».

Una vez que uno conoce la Persona del Señor, no puede dudar de que lo que lo aproxime a Ella es lo mejor para elegir”

Ayuda para la oración:

La invitación es hacer memoria de las diferentes elecciones que has hecho en tu vida…

Agradecer aquellas elecciones que fueron confirmadas en el tiempo…

Agradecer lo aprendido en aquellas elecciones que no fueron las que no fueron quizás bien discernidas…

Luego de hacer este ejercicio, imagina la Tierna Mirada de Jesús hoy sigue poniendo sus ojos en vos para confirmarte en el Mucho Amor que tiene por vos…

 

Puedes terminar la Oración con esta plegaria:

Quisiera hoy, en estas horas de mi caminar frágil,

dejar mi vida entre tus manos,

como vasija humilde, como barro confiado.

Dejar que modeles en mi alma tu proyecto;

permitirte conquistar mis ideas y mis actos;

prestarme para que también otros,

desde mi vida transformada,

puedan avanzar hacia la esperanza

y descubrir Tu Amor eterno.

 

 

10. Aprender y ayudar en la Escuela de discernimiento

 

Comenzamos y terminamos el año bajo el signo de la Escuela del discernimiento. Para crecer en el discernimiento hay que entrar en esta Escuela cuyo principio pedagógico es que “solo aprende bien el que enseña a otros”. La Palabra se hace carne en nuestro corazón cuando la encarnamos en obras de misericordia. Las así llamadas “obras de misericordia espirituales” son la puesta en práctica de una Palabra rezada, es decir recibida como limosna de gracia en la oración, que se transforma en ayuda: «enseñar al que no sabe», «corregir al que se equivoca», dar buen consejo al que lo necesita».

La verdad del evangelio ilumina la mente no de manera puntual, como cuando uno piensa en un concepto abstracto, sino que “va iluminando” -como el sol que sale y va iluminando las torres y palacios más altos de Roma y a medida que él asciende, su luz llega a las casas más bajas-. Podríamos decir que la Palabra toca nuestra inteligencia a través de nuestros sentidos -con alguna frase que nos hace sentir y gustar una verdad evangélica-, desciende a nuestro corazón, tocando nuestros afectos con su belleza y su amor, pone en movimiento nuestros pies y nuestras manos, extendiendo su acción benéfica que se convierte en obras de misericordia, justicia y caridad, ayudando y sirviendo a los demás, especialmente a los más pequeños, y vuelve con su luz, ahora más plena, luego de haber hecho este proceso en el que su Luz se reflejó en cada acción y cada cosa, a nuestra inteligencia, permitiéndonos sacar provecho mediante la reflexión.

La luz de Dios ilumina por reflejo, una vez que la Palabra alcanzó una realidad más amplia, gracias a que la rezamos, la pusimos en práctica y reflexionamos acerca de su sentido. La luz de la Palabra no se nos da toda entera en nuestra inteligencia, sino sólo un poquito, lo suficiente para conmovernos el corazón y las entrañas y poner en movimiento nuestras manos y nuestros pies. Luego, mientras uno pone en práctica el consejo evangélico, o después, cuando uno hace el examen de las consolaciones recibidas en la misión, se termina de «comprender» lo que la Palabra quería decir. Y esto nos hace ir de nuevo, con hambre y sed, a la oración.

Rezar, practicar, reflexionar

En la Escuela ignaciana, rige el principio pedagógico de ser “contemplativos en la acción” o, como dice Aparecida de ser “discípulos misioneros”, tiene tres momentos bien definidos: rezar, practicar, reflexionar. Rezar para nutrirse de la Palabra, practicarla para que de fruto en uno y en los demás, y reflexionar -no sobre todo en general sino sobre cómo la palabra incidió en la vida- para sacar provecho. Estos tres momentos, que se repiten en lo cotidiano y a lo largo de los distintos períodos de la vida, constituyen el «ciclo virtuoso» de la iluminación evangélica.

Hemos de incorporar esta convicción, que no es una regla abstracta sino el fruto de una experiencia que nos viene de nuestros santos y maestros: No se pueden separar estos momentos ni se puede prescindir de ninguno de ellos.

Creo que en el lenguaje común ya está aceptada -al menos teóricamente- la relación entre los dos primeros: oración y acción. San Ignacio los une y uno de sus compañeros y fiel intérprete, resume su relación en esa fórmula feliz que dice que marca el ideal al que debemos tender y que es ser: «contemplativos en la acción». Pero no es tan habitual tener en cuenta el tercer momento, el de la reflexión o «examen», al que Ignacio le daba igual o mayor importancia que a los otros dos. Este examen no es examen de los pecados, sino del proceso que recorrió la Palabra en nuestra oración y en nuestra jornada. Examinamos cómo la Palabra se nos dio como limosna de gracia, cómo gustamos algo en la oración, al leer, meditar y contemplar el evangelio; examinamos luego cómo esa Palabra dio fruto primero, en nuestra afectividad misma, moviéndonos a dialogar amorosamente con el Señor en la oración y, luego, cómo dio algún fruto en nuestra vida, cuando la pusimos en práctica en nuestro trato con el prójimo.

Vemos que San Ignacio al final de la oración nos hace hacer una «reflexión para sacar provecho». Nos hace «conversar» con el Señor de lo que vivimos y aprendimos en la oración. Lo mismo recomienda al final del día, como si el día entero hubiera sido «una contemplación en la acción”.

Este examen consiste en rebobinarel día. Pero no como si pasáramos rápidamente toda la película sino editando lo que tiene que ver con la gracia recibida en la oración, es decir: desde la perspectiva de la gracia principal que el Señor nos dio. Esto tiene sentido y da unidad a nuestra vida, porque las gracias que el Señor nos da -todas y cada una- están dirigidas y ordenadas teniendo en cuenta nuestra vocación y la misión encomendada.

Por eso, no se trata en primer lugar de revisar en sí mismos y en su sucesión «todos los acontecimientos del día» o «todos los sentimientos y cosas que experimentamos». Se trata de considerarlos, sí, pero tirando el hilo que los junta y unifica. Como si el Espíritu Santo que es «el dedo de Dios» tirara de un hilo que junta muchos globos y no los dejara volar y dispersarse cada uno para su lado.

Reflectir para sacar provecho

Aunque suena a castellano antiguo me gusta poner «reflectir» en vez de reflexionar, aunque digan lo mismo, porque le da otro sabor a esta acción intelectual tan decisiva. Se trata de reflectir “para sacar provecho”, dice Ignacio, y da con esto un impulso misionero al examen, poniéndolo lejos de cualquier actitud de ensimismamiento autorreferencial y de todos los enrosques culposos en los que somos tentados de enredarnos cuando el mal espíritu nos sugiere lamentos y frases que contienen el famoso “habríaqueísmo”: debería haber hecho.

Estas tentaciones habituales vienen pegadas a la palabra «examen de conciencia». Van unidas a «tener que confesarse». Pero debemos advertir que los pecados son solo un punto para tener en cuenta en un examen y, dado que Dios en su infinita misericordia los perdona todos, lo importante no es darle muchas vueltas. Los pecados se confiesan y punto. Luego viene esta tarea de examinar y discernir dónde me dejé engañar por el maligno, para aprender a ser más vivo en adelante. Aprender es una palabra importante. Roberto Vecchione, un cantautor italiano, dijo una frase que me tocó. Le preguntaban cómo es que a los 75 se había vuelto optimista. Y él: “Es que en la vida nunca se pierde. Uno vence o… aprende”. Me encantó porque da una perspectiva positiva para encarar el examen: voy a ver en qué venció el Señor en mi vida -para festejarlo- y en qué “aprendí”, es decir: donde perdí o actué mal y saqué enseñanza de mi propia experiencia.

Reflectir para sacar provecho es lo que cierra un proceso de oración-acción-reflexión de un día, por ejemplo, y abre el próximo, con las mejoras que vienen al caso. Es el gozne sobre el que gira la puerta que cierra bien lo que pasó y abre la etapa nueva al día que viene.

No se trata del examen final, que concluye una carrera o una materia y tiene el carácter «extrínseco» de la nota que te pone el profesor, y que luego, en cierta manera se desentiende de vos en ese punto: «estás aprobado, pasamos al siguiente tema». Es más bien el examen del maestro o entrenador o director espiritual que está a tu lado cotidianamente – ese es el Espíritu Santo, maestro interior- y revisa lo que hiciste en el día dentro de un proceso continuo, para insistir más en algún punto importante para el entrenamiento siguiente. Pienso en un tenista y su entrenador, cómo le apuntala su mejor golpe, lo hace practicar más allí donde tiene su punto débil pero dentro de una estrategia de conjunto, que le permita «hacer su juego», no «ser perfecto en un punto aislado». Y todo, teniendo en cuenta al próximo rival concreto y al torneo. Reflectir para sacar provecho tiene en cuenta todas estas cosas y alegra -digan si no! – pensarlas así.

Es todo lo contrario de un examen obsesivo sobre un defecto o un problema recurrente. Y aquí viene bien dejar el ejemplo del deportista individual y pasar al de equipo. La reflexión es reflexión humilde, apunta a que saque provecho el equipo entero. Esto hace que surjan las gracias que cada uno tiene para el bien común y que, potenciadas, ayudan a mejorar también otras, más individuales que, desde esta perspectiva de equipo, se trabajan mejor. ¡No importa tanto que uno sea perfecto, sino que funcione en equipo!

El plan general de la Escuela

Así como ayuda conocer este «principio pedagógico» con sus tres pasos – primera luz de la Palabra en la oración, puesta en práctica de esa Palabra y segunda luz en el reflectir para sacar provecho-, ayuda también conocer el «plan general de la Escuela del discernimiento».

Fin: todo se ordena a la elección de estado de vida y a sus reformas

Los Ejercicios Espirituales se estructuran en orden a producir un acontecimiento decisivo: la elección o reforma de vida. Uno que entra en la Escuela de los Ejercicios no es uno que quiere sacar un título en alguna materia particular sino uno que quiere «investigar y demandar en qué vida o estado se quiere servir de él su Divina Majestad» (EE 135). Es decir: la materia es su misma vida, cuyo aspecto temporalmente más decisivo, requiere una elección radical -para toda la vida-, y los otros aspectos requieren «reformas» periódicas y constantes.

Formar una familia, como ejemplo de estado de vida, no es algo «temporario». Uno será padre para toda la vida y por eso es algo que requiere una seria y ponderada elección. Lo mismo vale para la consagración exclusiva al Señor y, dentro de la Iglesia occidental, para el ministerio ordenado. La Escuela del discernimiento se ordena en torno a esta elección de «estado de vida» como se le llama y, una vez, elegido, a ayudarla con las reformas de vida que se van necesitando en cada nueva etapa y ante cada desafío (EE 189).

Aquí viene bien un ejemplo que pone Gastón Fessard hablando de la importancia de la elección en los Ejercicios. Supongamos que Ignacio se encontrara con un alma cuya vida quedó determinada por una Elección de primer tiempo”. Es decir: uno al que el Señor le habló directamente, como a San Pablo o a San Mateo y los llamó y consoló de tal manera que no podrían dudar del llamado (este al parecer fue el caso de la vocación a la Compañía del Padre Martín Olave). Sigue Fessard: “Habría dudado Ignacio en proponerle que hiciera sus Ejercicios, juzgando que tal persona no tendría nada más que sacar de su método? O, por el contrario, la habría instado especialmente a vivir sus treinta días de Ejercicios?”. Fessard comenta la última regla de discernimiento en la que San Ignacio dice que hay que distinguir bien dos tiempos: uno, el instante de la consolación -en este caso una consolación sin causa, especialísima y directa de Dios, de la que no se puede dudar-, el otro, el “segundo tiempo”, en el que uno retoma el discurso de sus propios pensamientos y saca sus conclusiones y hace propósitos de acuerdo a su modo habitual de ser y al contexto en que vive. Este segundo tiempo puede ser tentado y requiere discernimiento. Por tanto, Ignacio no dudaría en hacer practicar los Ejercicios al que ya eligió. La “reforma de vida” es parte integral de la elección y requiere que uno practique siempre sus ejercicios para discernir todo lo que pertenece a este “segundo tiempo” distinto del “instante” de la consolación.

Primera etapa: preparación básica para la elección

Tomar conciencia de lo que somos por gracia como principio y fundamento

El tema de la «elección» suele ser un tema tabú. Creo que es porque se acentúa un aspecto que no es el más profundo: el aspecto funcional. Desde la perspectiva funcionalista se disparan frases tales como «tengo que elegir o «tendría que elegir» o «no se si elegí bien». Son cosas que hacen vivir el tema de la elección desde el deber, desde los  futuribles y desde la duda y la culpa. Esto no es lo más fundamental. Lo fundamental es que «ya hemos sido elegidos». El Señor nos eligió y nos dio la vida, nos salvó y nos encomendó la misión de ser santos y de anunciar el evangelio a todos los pueblos. Esta elección de Dios es lo que somos por gracia. Y en la elección de estado de vida y en las reformas que hacemos, nos basamos en este regalo. Elegir es en realidad hacer real y propia esta elección primera, hacerla real en nuestra vida tomada como un todo y en los desafíos de cada etapa y de cada día. Como dice el Papa en: “Lo que hay que contemplar es el conjunto de su vida, su camino entero de santificación, esa figura que refleja algo de Jesucristo y que resulta cuando uno logra componer el sentido de la totalidad de su persona (…) y ver la totalidad de su vida como una misión” (GE 22-23)

Elegir sigue los pasos que vimos en el principio pedagógico: es sentir y gustar lo que el Señor eligió darnos, ponerlo en práctica y reflectir en el don, agradeciéndolo y eligiéndolo más libre y conscientemente. En ese sentido, cuando hablamos de «elegir», como se trata en el fondo de elegir a una Persona, de elegir amar Al que nos ama, las otras «elecciones» -tanto del estado de vida como de las reformas de vida- son «modos de amar más y mejor». Esto nos lleva a la concepción de fondo de lo que es la vida: La elección es el acto más radical de la libertad amorosa de Dios para con nosotros: eligió crearnos y darnos todo. Para nosotros, como creaturas, elegir no es elegir «si lo amaremos o no» sino elegir «cómo quiere Él que lo amemos y cómo sentimos nosotros que podemos amarlo mejor».

«He sido elegido», es la conciencia fundamental del ser creatura. “Por qué yo”, decimos admirados cuando tomamos conciencia de lo grande y gratuito del don de la vida. Este «por qué» está antes y es más grande que cualquier sufrimiento, aunque haya momentos en que pueda no experimentarse, sobre todo cuando otros hacen injusta e intolerable la vida. De esta conciencia surge la alabanza, la adoración y el deseo de servir, que San Ignacio pone en el Principio y fundamento como preparación primera para lo que será luego la elección.

La elección, por tanto, será del tercer punto creatural -el servicio-. Alabar y reverenciar, en cambio, son más bien fruto de una elección espontánea, que surge como respuesta inmediata ante la experiencia de «estar siendo elegidos», que es sinónimo de «estar vivos».

El primer paso en la preparación para la elección es tomar conciencia de que «somos creados… para Jesús nuestro Señor»

Dejarnos purificar de los afectos desordenados

El segundo paso es tomar conciencia de las tentaciones y afectos desordenados que nos impiden «ser para nuestro Señor». Discernir todo aquello que nos quiere hacer sentir y vivir apartados del amor de Cristo, es lo que San Ignacio nos hace meditar en la primera semana de Ejercicios. Se trata de algo mucho más amplio que pedir perdón por los pecados. Se trata de discernir para rechazar y aborrecer tanto el «desorden» de mis facultades, de mi sensibilidad, de mis comportamientos y hábitos…, como «las cosas mundanas y vanas». A este punto de los pecados se le ha dado excesiva importancia en la predicación, hasta el punto de que uno identifica vida cristiana y conciencia de culpa por los pecados. Pero como vemos, en el esquema de los Ejercicios, los pecados son solo una parte de un sangüiche triple. Están entre la acción de gracias por el don gratuito de la creación y el desafío apasionante de seguir a Jesús. Y dentro del dejarse ordenar, el perdón de los pecados es la parte más fácil, porque allí solo la misericordia de Dios lava los pies y hace todo. La tarea nuestra es discernir los afectos desordenados que dan pie a esos pecados y las cosas mundanas y vanas en medio de las cuales tenemos que vivir sin “ser mundanos”.

Escuchar el llamado personal de Jesús a seguirlo

El tercer paso de esta preparación básica para la elección consiste en aprender a escuchar el llamamiento de Jesús, nuestro Rey y Señor, que habla en cada palabra y en cada gesto de su vida tal como nos la narran los evangelios.

Este paso de «no ser sordos a su llamamiento» como dice Ignacio, es un paso de apertura básica, de disponibilidad, que hace vivir la vida no como la mera realización de los propios impulsos, sino en clave dialogal: queriendo encontrar el punto común entre nuestros anhelos y capacidades más íntimas y aquello a lo que se nos invita y que nos desafía desde afuera, desde otra Libertad.

Estos tres pasos del discernimiento son los que se practican en los Ejercicios que uno hace cada año, sean de tres días o de una semana.

Predisponen a las reformas que uno debe afrontar en su vida, en su trabajo y en su apostolado habitual.

Nos ayudan a recuperar la oración de adoración y alabanza, a dejarnos purificar y ordenar los afectos que se nos desordenaron y a abrir mejor el oído para escuchar la palabra del Señor en nuestra vida.

En términos de escuela, los ejercicios son una especie de curso permanente cuya estructura fundamental se repite cada año de distintas maneras o bajo distintos lemas.

 Segunda Etapa: Preparación próxima para elegir bien

Antes de la elección propiamente dicha, que incluye el tiempo de pedir al Señor que confirme lo que elegimos, los Ejercicios nos brindan la posibilidad de hacer una preparación más cuidadosa para poder elegir bien tanto el estado de vida como la reforma puntual que queramos hacer.

Las materias de esta preparación próxima son «los misterios de la vida oculta de Cristo» a la que San Ignacio agrega algunas «meditaciones estructurales»: Dos banderas, Tres binarios y Tres maneras de humildad (o de amor, como decía el ejercitante de Ignacio, el Dr. Ortiz).

Ahora bien, en estas meditaciones estructurales, el tema único y principal que ayuda a prepararnos para la elección, son las bienaventuranzas, las exigencias radicales de Cristo al que quiere seguirlo como discípulo. El discernimiento se afina y no es ya la adoración y la alabanza creatural, que surgen espontáneamente ante el Creador, sino las actitudes evangélicas que practica Cristo y que, al contemplarlo a Él, como vive la misericordia, la pobreza, la mansedumbre de corazón, cómo trabaja por la paz y lucha contra la injusticia…, suscitan movimientos de espíritu en nuestro corazón. El discernimiento afina la punta y se trata de ver cuál bienaventuranza nos quiere regalar el Señor como carisma particular para servicio y bien común del cuerpo de la Iglesia.

Tercera Etapa: Elección propiamente dicha, que incluye la confirmación

La elección o reforma de vida es un acontecimiento muy personal al que San Ignacio le pone un marco amplio. La «materia» que va dando para meditar es toda la vida pública del Señor. Dice Ignacio: «La materia de las elecciones se comenzará desde la contemplación de (la ida del Señor de) Nazaret al Jordán y cómo fue bautizado» (EE 163). Fiorito dice que la temática dentro de la cual se da la elección o reforma de vida se extiende hasta la Ascensión del Señor (EE 312).  Y -agrega el maestro- «En cierto momento de este proceso ‹se hace la elección o deliberación› como la llama Ignacio (EE 183). Elección con la que el ejercitante debe ir ‹con mucha diligencia a ofrecerla› al Señor para que la reciba y confirme» (Ibíd.).

Este largo espacio de tiempo -segunda, tercera y cuarta semana- nos cambia la idea de la elección como algo puntual. Es cierto que hay un momento puntual en el que uno «elige». Es un momento que se puede sintetizar en una frase cuyo esquema abstracto es: elijo «esto» y no «aquello». Suele ser una frase muy personal que en la vida de cada santo y en cada vocación refleja algo del evangelio de manera original.

Me viene aquí de detenerme un poco y dar algunos ejemplos. San Ignacio nos cuenta cómo en su conversión: “Todo su discurso era decir consigo: Santo Domingo hizo esto; pues yo lo he de hacer. San Francisco hizo esto; pues yo lo he de hacer”. Santa Teresa de Calcuta dice que cuando ese mendigo en harapos se acercó a decirle “Tengo sed”, ella sintió en si que elegía “no negarle nada a Cristo”. En San Francisco de Asís me llama la atención la frase: “Comencé a pedirle al Señor que se dignara dirigir mis pasos”. Al poco tiempo se dio el encuentro con el leproso! Teresita expresa así su elección: «Oh Jesús, amor mío, por fin he encontrado mi vocación: mi vocación es el amor. Sí, he hallado mi propio lugar en la Iglesia, y este lugar es el que tú me has señalado, Dios mío. En el corazón de la Iglesia, que es mi madre, yo seré el amor; de este modo lo seré todo, y mi deseo se verá colmado». Brochero expresa su elección con una frase que, como la de Teresita, hace referencia a “su lugar” en este mundo: “Yo me felicitaría si Dios me saca de este planeta sentado confesando y predicando el Evangelio.”

Podríamos seguir infinitamente por este camino de gozar con estas expresiones con las que los santos expresan su elección y reforma de vida.

Vemos que la elección puntual incluye un tiempo en el que «eso» que uno elige, tiene un pasado, es algo que uno fue sintiendo y gustando más y mejor y con lucha espiritual mientras contemplaba la vida de Cristo. Y luego, «eso» que eligió requiere la confirmación del Señor, que se hace contemplando los misterios restantes de su vida hasta completarlos.

El fin de la elección es «hallar en paz a Dios nuestro Señor en todas las cosas» (cfr. EE 150) y este se vuelve tema específico en la Contemplación para alcanzar amor. Concluimos diciendo que para poder «contemplar» el amor del Señor en todas las cosas uno tiene que estar en el lugar preciso de su misión, habiendo elegido y reformado su vida cada vez siempre en función a esa misión. Desde ese lugar teológico del propio carisma y la propia misión, se puede ver y experimentar el amor de Dios en todo lo demás.

Los tres modos de orar, las reglas de discernimiento y las reglas sobre limosnas, escrúpulos y para sentir con la Iglesia

San Ignacio termina su librito de los Ejercicios con indicaciones acerca de distintos modos de orar y con varios tipos de reglas que, en conjunto, constituyen más de la tercera parte de los Ejercicios. Aunque en general son considerados como «apéndices», si se miran habiendo puesto en el centro la elección y reforma de vida, se iluminan con una nueva luz.

El primer discernimiento -siempre renovado- es acerca de la oración

Los modos de orar nos hacen sentir que el primer discernimiento que siempre hay que rehacer, es acerca de la oración, para ver si nuestro modo de rezar es verdadero -si nos lleva a la práctica de lo que Dios nos encomienda- o no. Y las reglas ayudan a estas dos cosas, a ordenar nuestra oración y a ordenar nuestra práctica.

Las así llamadas «reglas de primera semana», pueden verse como ayudas para sentir y conocer las mociones que se dan en el alma en la etapa de «preparación remota a la elección».

Las reglas 1 y 2 ayudan a comprender cómo es que actúan el buen espíritu y el malo según que la persona vaya cuesta abajo en la vida espiritual (EE 314) o, por el contrario, «vaya intensamente purgando sus pecados y de bien en mejor subiendo en el servicio de Dios nuestro Señor» (EE 315).

Las que siguen ayudan a «rezar bien» -sobre todo cuando uno está en desolación (EE 318—322) y a «hablar bien con el director espiritual» (EE 325), abriendo totalmente la conciencia para poder ser bien ayudado.

Las reglas «de segunda semana» ayudan en la preparación inmediata y en la elección misma y confirmación.

En la última, como hemos visto, San Ignacio da una clave: dice que hay que distinguir el tiempo de la consolación (en que uno elige, podemos agregar) del tiempo siguiente, en el que uno queda consolado y «por su propio discurso y por su hábitos y a consecuencia de sus ideas y juicios, forma diversos propósitos y pareceres, que no son dados inmediatamente por Dios nuestro Señor y por tanto, requieren ser muy bien examinados antes que se les de entero crédito ni se pongan por efecto» (EE 336).

Esta regla ayuda a comprender, a mi parecer, el sentido de los tres grupos de reglas que Ignacio pone después:

las del ministerio de distribuir limosnas (338-345);

las notas para «sentir y entender escrúpulos y suaciones de nuestro enemigo» (EE 346-351)

y las reglas «para el sentido verdadero que en la Iglesia militante debemos tener» (352-370).

Estas reglas suelen verse como un apéndice agregado a los Ejercicios. Pero si se considera que los ejercicios se ordenan a la elección y reforma de vida, podemos integrarlas en una estructura amplia que tiene dos grandes tiempos, como les llama San Ignacio: el primer tiempo, es el de la consolación. La elección -con sus preparaciones y confirmación- es un tiempo de especial consolación. La consolación está en el centro de todo el proceso de ejercicios y cuando uno recibe esta gracia de elegir su vocación y de reformar su vida, todo lo que rezó y lucho adquiere un sentido unificado y pleno.

El segundo tiempo lo podemos llamar el tiempo de la contemplación en la acción. Es el tiempo de poner en práctica y concretar la elección o reforma de vida, insertándonos en la vida en común.

San Ignacio pone diferentes ayudas teniendo en cuenta que en ese tiempo uno deberá atender, sin que esto sea exclusivo, a tres cosas:

A lo que tiene que dar (reglas sobre distribuir limosnas),

a lo que uno debe «hablar u obrar dentro de la Iglesia» (algunas de las reglas sobre escrúpulos)

y a lo que uno «siente y juzga» de la Iglesia (reglas para sentir con la Iglesia).

Así, estas reglas con como una especie modelos de «reflexión para sacar provecho» que propone Ignacio al final de sus ejercicios, en orden a que lo experimentado con consolación en la oración se ponga en práctica discretamente en la vida diaria.

Quizás la iluminación final para todo esto que hemos reflexionado esté en la máxima ignaciana que dice: “Non coerceri a maximo, contineri tamen a minimo, divinum est”. Se traduce de muchas maneras, según el caso a que se aplique, ya que es de esas máximas tan especiales que brotan de la espiritualidad ignaciana. Aquí yo pondría, que: Es de Dios la gracia de no achicarnos ante lo máximo – los Ejercicios en su totalidad- y sin embargo dejarnos contener por lo mínimo – la oración y el examen de cada día-.

El Papa Francisco la usa en Gaudete et exsultate para hablar del discernimiento y de hacerlo todo “A la luz del Señor”, que es lo que ha guiado nuestra reflexión. Dice:

“El discernimiento no solo es necesario en momentos extraordinarios, o cuando hay que resolver problemas graves, o cuando hay que tomar una decisión crucial. Es un instrumento de lucha para seguir mejor al Señor. Nos hace falta siempre, para estar dispuestos a reconocer los tiempos de Dios y de su gracia, para no desperdiciar las inspiraciones del Señor, para no dejar pasar su invitación a crecer. Muchas veces esto se juega en lo pequeño, en lo que parece irrelevante, porque la magnanimidad se muestra en lo simple y en lo cotidiano (“En la tumba de san Ignacio de Loyola se encuentra este sabio epitafio: «Non coerceri a maximo, contineri tamen a minimo divinum est» (Es divino no asustarse por las cosas grandes y a la vez estar atento a lo más pequeño)”. Se trata de no tener límites para lo grande, para lo mejor y más bello, pero al mismo tiempo (estar) concentrados en lo pequeño, en la entrega de hoy. Por tanto, pido a todos los cristianos que no dejen de hacer cada día, en diálogo con el Señor que nos ama, un sincero «examen de conciencia». Al mismo tiempo, el discernimiento nos lleva a reconocer los medios concretos que el Señor predispone en su misterioso plan de amor, para que no nos quedemos solo en las buenas intenciones.” (GE 169).

Si todo lo que hemos dicho sirve para comprender un poco mejor qué quiere decir el Papa cuando nos exhorta a todos los cristianos a no dejar de hacer cada día, en diálogo con el Señor que nos ama, un sincero ‘examen de conciencia’, vale la reflexión. Es el núcleo olvidado de la vida espiritual que, puesto en medio de la contemplación y de la acción, revigoriza todo. Hoy más que nunca es necesario este “reflectir para sacar provecho” que es ese: discernimiento como dice el Papa, que-nos lleva a reconocer los medios concretos que el Señor predispone en su misterioso plan de amor, para que no nos quedemos solo en las buenas intenciones.

Momento para Contemplar

Comenzamos y terminamos el año bajo el signo de la Escuela del discernimiento, y lo que buscamos fue ayudar a  descubrir que en esta escuela, siempre seremos niños que tienen mucho que aprender, como así  también –como dice el P. Diego-  “solo aprende bien el que enseña a otros…”.

Retomo algunos de los párrafos que están escritos más arriba, y que pueden ayudarnos a sentir y gustar este material desde el Principio y Fundamento:

Es importante y esencial tomar conciencia que «ya hemos sido elegidos». El Señor nos eligió y nos dio la vida, nos salvó y nos encomendó la misión de ser santos y de anunciar el evangelio a todos los pueblos. Esta elección de Dios es lo que somos por Gracia.

Es sentir y gustar lo que el Señor eligió darnos, ponerlo en práctica y reflectir en el don, agradeciéndolo y eligiéndolo más libre y conscientemente, sabiendo que cuando hablamos de «elegir», se trata en el fondo de elegir a una Persona, de elegir amar Al que nos ama: a Jesús…

La elección es el acto más radical de la libertad amorosa de Dios para con nosotros: eligió crearnos y darnos todo. Para nosotros, como creaturas, elegir no es elegir «si lo amaremos o no» sino elegir «cómo quiere Él que lo amemos y cómo sentimos nosotros que podemos amarlo mejor».

«He sido elegido», es la conciencia fundamental del ser creatura. “Por qué yo”, decimos admirados cuando tomamos conciencia de lo grande y gratuito del don de la vida…”

Para rezar podemos hacer memoria de los “discernimientos” que fuimos haciendo en este año que estamos terminando y examinar “reflictiendo para sacar provecho”, -como dice San Ignacio- para descubrir:

  • lo que Dios nos fue regalando con su Gracia…
  • para ver en qué venció el Señor en mi vida -para festejarlo-…
  • asombrarme de lo que “aprendí”, es decir: donde perdí o actué mal y que enseñanza saque de mi propia experiencia…
  • y luego, ofrecer todo lo discernido, elegido, aprendido y enseñado para que el Señor lo transforme con su Gracia y nos regale ser hombres y mujeres contemplativos en la acción, para la Mayor Gloria de Dios…

Que tengamos un Fecundo Adviento y una Gozosa Navidad!!

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Momento para la meditación

Diego Fares s.j.

La meditación de Dos Banderas -una de Cristo, sumo capitán y Señor nuestro; la otra de Lucifer, mortal enemiog de nuestra naturaleza humana- es «para ver la intenciónde Cristo nuestro Señor y, por el contrario, la del enemigo» (EE 135).

La intención última de toda persona no es algo de lo que uno pueda apoderarse, digamos así. Se puede ver, sí,por los frutos,por el modo de comportarse que alguien tiene a lo largo del tiempo y en los momentos claves de la vida, como cuando decimos que «los amigos se ven en las malas».

Lo importante que San Ignacio nos hace ver en esta meditación fundamental – de la que nacen los Ejercicios y la Compañía de Jesús- es que no hay «muchas banderas últimas»entre las que podamoselegir, sino solo dos: la de Jesús o la del Maligno.

En las cosas humanas no es así. No hay sólo pañuelos celestes o verdes (vemos que también han surgido los rojos y los negros…). En las cosas humanas entre los que se dividen en dos bandos siempre surge un tercero que intenta mediar y también otros que se presentan como alternativos. Es importante, por tanto, clarificar que la lucha a muerte es solo contra el Maligno, que quiere la destrucción de todos. En cambio,bajo la bandera de Jesús, el Padre quiere reunir a todos los hombres: «Cristo llama y quiere a todos debajo de su bandera» (EE 137), como dice Ignacio.

Digo que esto es importante porque la bandera de la Cruz es bandera de misericordia. Una misericordia que el Señor extiende también a todos los enemigos, a quienes perdona. El hecho de que los combata francamente denunciando las mentiras y predicando la verdad, no significa que los demonice. Todo lo contrario: el Señor da la vida en la Cruz porque es el único modo de persuadir -mansamente- al que estáen el engaño y en la rebeldía.

Festejar cada vez que el Señor vence en nuestra vida

La vida es, por tanto, un combate permanente, como dice el Papa Francisco en Gaudete et exsultate.Y «se requieren fuerza y valentía para resistir las tentaciones del diablo y anunciar el Evangelio». Se trata de «una lucha muy bella, porque nos permite celebrar cada vez que el Señor vence en nuestra vida»(GE 1). Es más, en la «lucha constante contra el diablo, que es el príncipe del mal, Jesús mismo festeja nuestras victorias. Se alegraba cuando sus discípulos lograban avanzar en el anuncio del Evangelio superando la oposición del maligno». Jesús «celebraba: ‹Estaba viendo a Satanás caer del cielo como un rayo›(Lc 10, 18)»(GE 2).

El Papa junta tres cosas que habitualmente tendemos a separar: el festejo,el combateyel Evangelio. Lo habitual es dejarel festejo para el final. Esto de festejar «cada vez que el Señor vence en nuestra vida»no sési lo tenemos incorporado. A míal menos me cuesta, porque en cada cosa que sale bien ya suelo experimentar algo que me urge a no detenerme y a mirar quévendrádespués. Sin embargo, el Papa pone el foco en la alegría de Jesús -«se llenóde gozo en el Espíritu Santo», dice Lucas (10, 21)- ante el éxito de la primera salida evangelizadora de los 72 discípulos. Les advirtió, eso sí, sobre el verdadero objeto de sualegría: no que se les sometiera el demonio sino que sus nombres estuvieran escritos en el Cielo; pero festejócomo si fuera definitivo esto que a otros ojos era sólo un comienzo y en ese sentido un triunfo parcial.

Aquíviene lo del «superar la oposición del Maligno y lograr un paso adelante en el anuncio del Evangelio». Si bien nuestros triunfos son parciales, el anuncio del Evangelio no lo es. El Evangelio es la comunicación íntegra del amor de Jesús, es la siembra de una Palabra viva que da fruto por sísola, capaz de dar el ciento por uno. Por eso, por la fuerza vital y multiplicadora de cada Evangelio,es que la alegría puede ser radical y plena, sin sombra de amenaza. Ni la cizaña puede quitarle nada a esta alegría. Es «alegría y gozo del Señor resucitado»en cada Palabra viva que cae en un corazón humano, que se siembra en una cultura. Daráfruto a su tiempo. Este es el sentido profundo de la Exhortación del Papa a una santidad que es Alegría y gozo en medio de las persecuciones, como dice la bienaventuranza.

Esta constatación de que hay una alegría especial de Jesús por cada pequeña victoria nuestra (en otra parte el Señor nos asegura que «hay más alegría en el cielo por un pecador que se convierte que por 99 justos que no necesitan conversión), es la clave para cultivar bien el deseo de santidad.

El Papa discierne que el peor enemigo de la santidad es «el espíritu de derrota». Puede hacernos bien releer entero el número 163 de Gaudete et exsultate:

«En este camino (de resistir a los bienes engañosos y envenados con que nos ataca y seduce el Maligno, como decía Brochero), el desarrollo de lo bueno, la maduración espiritual y el crecimiento del amor son el mejor contrapeso ante el mal. Nadie resiste si opta por quedarse en un punto muerto, si se conforma con poco, si deja de soñar con ofrecerle al Señor una entrega más bella. Menos aún si cae en un espíritu de derrota, porque «el que comienza sin confiar perdióde antemano la mitad de la batalla y entierra sus talentos. […] El triunfo cristiano es siempre una cruz, pero una cruz que al mismo tiempo es bandera de victoria, que se lleva con una ternura combativa ante los embates del mal».

El espíritu de derrota es una tentación mayor que todas las demás. Subyace a todas las tentaciones de ira y agresividad y a todas las tentaciones de posesión y de placer.

Fiorito ponía una serie de «frases motivas»que uno puede descubrir como «pensamientos ya consagrados»que están sembrados en el terreno de nuestra memoria y surgen en el momento de la prueba, desmotivándonos para la lucha:  «No podré  resistir esto toda la vida»; o, si la batalla parece pequeña: «Perder esto no significa perder todo»; o «No se puede combatir sin pausas».

Aunque parezca paradójico, Bergoglio hacía ver que la tentación de derrotismo es una forma especial de vanagloria o mundanidad espiritual: «La vanagloria más común entre nosotros, aunque parezca paradójico, es la del derrotismo. Y es vanagloria porque se prefiere ser general de los ejércitos derrotados a simple soldado de un escuadrón que, aunque diezmado, sigue luchando.

¡Cuántas veces soñamos con planes expansionistas propios de generales derrotados! Curiosamente, en esos casos, negamos nuestra historia que es gloriosa porque es historia de sacrificios, de esperanzas, de lucha cotidiana».

La conciencia de derrota es la que «Frente a una fe combativa por definición, el enemigo, bajo ángel de luz, sembrarálas semillas del pesimismo».

Bergoglio continuaba: «Nadie puede emprender ninguna lucha si de antemano no confía plenamente en el triunfo. El que comienza sin confiar, perdióde antemano la mitad de la batalla. El triunfo cristiano es siempre una cruz, pero una cruz bandera de victoria. Esta fe combativa la vamos a aprender y alimentar entre los humildes».

Contra la tentación de pesimismo y el espíritu de derrota, cada uno debe oponer el rostro de sus antepasados y de la gente buena de la que recibiótestimonios de lucha cotidiana. «La cara de las personas humildes, las de la gente de una piedad sencilla, es siempre cara de triunfo y casi siempre la acompaña una cruz. En cambio, la cara del soberbio es siempre una cara de derrota. No acepta la cruz y quiere una resurrección fácil. Separa lo que Dios ha unido. Quiere ser como Dios. El espíritu de derrota nos tienta a embarcarnos en causas perdedoras. Estáausente de él la ternura combativa que tiene la seriedad de un niño al santiguarse o la profundidad de una viejita al rezar sus oraciones. Eso es fe y esa es la vacuna contra el espíritu de derrota».

La cara de triunfo no es la del que festeja una copa con alegría desaforada (menos aún la del que festeja una ley sobre el aborto). Es la cara serena del que estásatisfecho por haber dado lo mejor de síy goza interiormente con el trabajo bien hecho.

Festejar cada victoria del Señor en nuestra vida, cada vez que «encarnamos el Evangelio»en algún gesto concreto -en una obra de misericordia concreta, en un rato de oración contemplativa o de intercesión- es un paso fundamental en el combate espiritual.

Si pensamos las bienaventuranzas y la concretización de la de la misericordia en las obras concretas que Jesús describe, como un «protocolo de la santidad», como esas «pocas palabras, sencillas pero prácticas y válidas para todos»(GE 109), este paso de hacer fiesta con cada victoria del evangelio, es lo que da a todos los otros consejos el espíritu de fondo.

El término «protocolo» viene del griego «proto» -primero- y «kollea» -cola o pegamento-. Se llamaba asía la primera hoja de un documento con los datos de su autenticación sellados. Es un término con muchos significados que, dependiendo del contexto, va de significar algo meramente formal, como pueden ser las reglas de comportamiento en una ceremonia, a algo de importancia vital, como en el caso de los procedimientos a seguir en una toma de rehenes o en una catástrofe en la que se requiere coordinación, rapidez y precisión para salvar la mayor cantidad de vidas posibles. En este contexto dramático -de situaciones de combate y de catástrofes que superan la posibilidad de respuesta común, un protocolo apunta a dar reglas precisas teniendo claro el objetivo principal, favorezcan la toma de decisiones personales que sumen al obrar conjunto.

Lo de festejar cada victoria es una actitud práctica a mantener en medio del combate. El «cada vez» puede parecer exagerado, como suele parecer exagerado para el que es espectador y no protagonista de una competición deportiva, el choque de manos que se dan los jugadores cada vez que suman un punto o hacen un gol.

Esa pausa para festejar cada punto ganado es esencial a la competición porque consolida, paso a paso, la mentalidad ganadora, une los ánimos y da coraje para seguir combatiendo. La práctica de estos gestos de victoria, que son connaturales a toda competición humana, no siempre resultan tan obvios en el combate de la vida espiritual pero si se practican, dan mucha alegría y confirmación en el Espíritu Santo.

Esta ayuda y consejo prácticodel Papa responde a uno de sus principios: el que dice que la unidad (la victoria) es superior al conflicto.

No obstinarse en usar solo criterios empíricos: pensar es discernir con criterios evangélicos

Otra ayuda del Papa se refiere al procedimiento o «instrumento» por decir así, que debemos poner en práctica para combatir contra el mal en las tres fuentes donde anida: en la de la mentalidad mundana (paradigmas, frases hechas que nos motivan a apartarnos del amor de Dios, ideologías…), en la fuente de nuestras propias fragilidades e inclinaciones (cada uno tiene las suyas, dice el Papa), y en su fuente personal: el Príncipe del mal, que utiliza inteligente y libremente las otras dos e incluso llega a utilizar la misma Escritura para acosarnos, como hizo con el Señor en el desierto.

El modo de proceder que propone el Papa es el de «Jesús (que) nos enseñóa pedir cotidianamente esa liberación para que su poder no nos domine». El Papa remarca el «hecho (de que) cuando Jesús nos dejóel Padrenuestro quiso que termináramos pidiendo al Padre que nos libere del Malo. La expresión utilizada allíno se refiere al mal en abstracto y su traducción más precisa es «el Malo»». Ahora bien, ha hacernos tomar conciencia del valor práctico de este «instrumento» y «modo de comportarnos», el Papa llega situándo el deseo de Jesús en el corazón de la Escritura, que empieza en el Génesis y termina en el Apocalipsis mostrando que la vida es combate y el papel protagónico que tiene el Príncipe del mal, en esta lucha. A su vez, la convicción  -asíllama el Papa a este criterio encarnado en la fe de la Iglesia-, es una convicción que se sitúa entre dos polos: el de la obstinación en ver la vida sólo con criterios empíricos y el deseo de comprender por quéa veces el mal tiene tanto poder destructivo. Es un instrumento, pues, que se revela más apto para el fin.

Se trata de un instrumento intelectual: el criterio que usamos. El Papa advierte que si utilizamos solo «criterios empíricos y sin sentido sobrenatural» no aceptaremos la existencia del diablo. Por el contrario, «la convicción de que este poder maligno estáentre nosotros, es lo que nos permite entender por quéa veces el mal tiene tanta fuerza destructiva» (GE 160).

El problema real de la fuerza destructiva del mal supera nuestros criterios empíricos, se nos impone con crueldad. Ante esto uno actúa. La desesperación -tanto la que paraliza como la quelleva a actuar presuntuosa y precipitadamente- no están a la altura del problema. El Papa sugiere utilizar otros criterios: propone los de la Biblia, en la que el Maligno estápresente desde la primera página del Génesis hasta la última del Apocalipsis y centra nuestra fe -criterio sobrenatural- en la enseñanza de Jesús que en el Padrenuestro nos hace pedir al Padre que nos «libere del Maligno», no solo del mal en general o de modo abstracto, sino del Maligno, expresión que «indica un ser personal que nos acosa».

Para el uso de este «criterio sobrenatural» toca dos puntos sensibles: uno es la imagen que se ha estandarizado de las posesiones diabólicas como enfermedades mentales meramente. El Papa solo advierte de «no simplificar tanto la realidad». La otra es el peso de la Palabra de Dios, expresada sin aditamentos: «Jesús nos enseñóa pedir cotidianamente esa liberación para que su poder no nos domine». El protocolo dice: no combatir tan alto poder destructivo con instrumentos meramente empíricos. Usar los sobrenaturales, que permiten comprender mejor la realidad.

No obstinarse en usar solo criterios empíricos es una concreción del principio que dice: la realidad es superior a la idea.

Momento para Contemplar

Marta Irigoy

La espiritualidad Ignaciana, tiene muchas maneras y ayudas para plasmar en nuestra vida, el modo de proceder de Jesús.

La Meditación de Dos Banderas, es un ejercicio espiritual,  que nos ayuda a descubrir las luchas que muchas veces, se dan en el propio corazón.

La Meditación de Dos Banderas, en esta oportunidad nos ayuda a poder desenmascarar el espíritu que quiere dominar en nuestra vida en este tiempo…

Si es el «espíritu de celebrar» las pequeñas batallas ganadas , cuando nos tomamos de la Mano de Dios  o nos quedarnos entrampados, en el espíritu de derrota, que oscurece la mente y el corazón…porque toca nuestro ego y nuestros deseos de grandeza, tan diferentes del modo de proceder de Jesús, que «siendo grande se hizo pequeño por amor…»

Sin embargo, trae mucha luz, lo que dice el Papa Francisco: «Se trata de «una lucha muy bella, porque nos permite celebrar cada vez que el Señor vence en nuestra vida»(GE 1).

Y nos ayuda a  discernir  que el peor enemigo de la santidad es «el espíritu de derrota»; ya que,  quien cae en un espíritu de derrota, es aquel  que comienza cualquier misión, tarea, servicio, etc.; sin confiar!!  y como consecuencia, ese corazón ya  perdióde antemano la mitad de la batalla y entierra sus talentos, porque va al «frente de batalla», sin esperanza…

Retomo, esta frase de la reflexión del  Padre Diego Fares, que cita al Papa Francisco: «Nadie puede emprender ninguna lucha si de antemano no confía plenamente en el triunfo. El que comienza sin conar, perdióde antemano la mitad de la batalla. El triunfo cristiano es siempre una cruz, pero una cruz bandera de victoria. Esta fe combativa la vamos a aprender y alimentar entre los humildes».

Festejar cada victoria del Señor en nuestra vida, cada vez que «encarnamos el Evangelio»en algún gesto concreto -en una obra de misericordia concreta, en un rato de oración contemplativa o de intercesión- es un paso fundamental en el combate espiritual.

  • Para rezar contemplativamente, en este tiempo, pueden ayudar estas dos preguntas:
  • ¿Que “espíritu”habita mi mente y mi corazón en este tiempo: espíritu de derrota o espíritu de celebración?
  • ¿Quégesto de Jesús, pone luz, paz, alegría y confianza en las luchas de tengo que enfrentar en el día a día?
  • Terminar con esta Suplica al Espíritu Santo, pidiendo que el Espíritu de Jesús sea quien habite nuestra vida:

 

PREGON AL ESPÍTU

Ven, Espíritu divino, de Jesús, vida y aliento.

Ven, soplo eterno del Padre, que creas el hombre nuevo.                                       

Ven, intimidad de Cristo, que das savia a los sarmientos.

Ven, Espíritu divino y manda tu luz desde el cielo

Ven, energía divina, tempestad de Dios y viento, que abres las puertas cerradas,                                                                      que quitas todos los miedos, que liberas al esclavo, que rompes todos los cepos.

Ven, Espíritu divino, destruye todos nuestros miedos.

Baja, hoguera trinitaria, bautízanos con tu fuego, somos carbón apagado, todo oscuridad e invierno, enciéndenos en amores, conviértenos en luceros.

Ven, Espíritu divino, ilumínanos y quémanos por dentro.

Ábrete, fuente dichosa, agua que mana del cielo, que limpia las impurezas, que riega todos los huertos, sacia nuestra sed profunda, conviértenos en veneros.

Ven, Espíritu divino, sacia nuestra sed y aviva nuestro fuego.

Ven, consejero y amigo, ven, defensor y Maestro. Ven, tesoro inagotable, de todos los dones lleno, intimidad misteriosa, nuestro yo más verdadero.

Ven, Espíritu divino, queremos tenerte y sentirte compañero.

 

 

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Momento de Meditación

Diego Fares sj

«Que vuelva a resonar, una vez más, el llamado a la santidad»

En Gaudete et exsultate Francisco hace un «llamamiento» universal a la santidad, a la alegría del amor. Universal no quiere decir «en general», quiere decir a todos pero tomado cada uno en concreto, con nombre y punto en el que se encuentra en el camino de su vida. Y «alegría» del amor, no es la alegría como estado de ánimo pasajero, sino la alegría inmediata y duradera que sólo Cristo encarnado, muerto y resucitado puede dar. Es la alegría de pode amar en el contexto actual, en toda situación. El llamado es al «en todo amar y servir» de Ignacio y a la contemplación para «crecer en el amor». Aquí y a partir de ahora. Este llamamiento, en los Ejercicios Espirituales, tiene su meditación propia: la del rey temporal que ayuda a contemplar al Rey eternal (EE 91-99).

El Papa  desea que «vuelva a resonar el llamamiento». Y califica de «humilde objetivo» esto de que el llamado resuene. Humilde y potente en sentido evangélico: como la levadura que fermenta toda la masa. El llamamiento de Jesús -El reino de los cielos está cerca, crean y conviértanse!- es el punto de partida real de todo lo demás que Jesús quiere hacer. El llamamiento suscita la Fe.

Si nos fijamos en el actuar conjunto del Padre y Jesús, constatamos que el Padre confía toda la actuación en manos de su Hijo. Y cuando interviene, con majestad soberana, es para manifestar su agrado y predilección por Jesús. Su único mandamiento es que «escuchemos a su Hijo amado». Eso basta.

Por qué basta escucharlo? Por que Jesús no solo dice cosas, El es la Palabra en la que fuimos creados. Escucharlo a Él exteriormente -en el Evangelio- es escucharlo en el interior de nuestro corazón, en las fibras de nuestro ADN.

Es tan familiar la voz de nuestro Pastor, que al reconocerla nuestro corazón no puede no seguirlo. Es tan verdadero su mensaje, tan claro y posible de realizar y de cumplir  lo que nos manda y aconseja, que si «no somos sordos a su llamamiento» seguramente lo podremos seguir y hacer todo lo que Él nos diga.

Cuando en el Padre nuestro decimos «hágase tu voluntad», no siempre pensamos en esto: que la voluntad del Padre se contiene entera en que escuchemos a Jesús.  Pareciera un trámite y sin embargo es todo lo contrario. Lo que hace el Padre es abrirnos el espacio infinito de la oración como «escuchar a Jesús». Que el Creador, el Omnipotente, el Misericordioso, el Más Grande, nos de a conocer su Voluntad en un sólo mandamiento es algo digno de atención.

La oración se convierte así en la primera tarea del día: ir a escuchar al Jefe porque lo dice el Jefe supremo. Yo en Ejercicios, que es donde recupero este espacio de oración cotidiana como lo más importante, me suelo preguntar cómo es que se me ocurre siquiera enfrentar el día y salir sin rezar. Soy como el empleado que no saluda al Jefe de mañana para preguntarle si tiene algo especial para encomendarle.

Una cosa más sobre esto de escuchar. Cuando uno dice a otro «escuchá», lo que le está diciendo es «escuchá bien». Sin  el ruido de los prejuicios, sin la sordera del juicio apresurado. Lo que le agrada al Padre es que el llamado de Jesús pueda resonar libre de interferencias para así poder suscitar la Fe.

Llamamiento al servicio alegre imitando a Jesús

En la meditación del Rey y en la de Dos Banderas, Ignacio nos hacer ver que existe un reino en el que el cristiano puede cumplir con su propio deber de servir libre y gozosamente, como un noble caballero: el reino de Dios en la Iglesia» (H. Rahner).

La meditación del Rey -centrada en el llamamiento de Jesús- nos permite «re-consagrar» la palabra «servicio». Es una palabra santa pero que puede haber adquirido connotaciones si no de obligación (porque hacemos mucho servicio voluntario), sí de eficientismo. E Ignacio libera el servicio del eficientismo externo y liga su eficacia al hacer las cosas con Jesús y como Jesús. Es esencial al servidor que haga las cosas al estilo de Jesús. El estilo no solo como modo de trabajar y de usar las cosas sino, y de manera muy especial, el estilo en cuanto modo de compadecer: involucrado, cercano, tierno, comprensivo, generoso… y todo el infinito mundo de matices que tiene Jesús compasivo.

El llamamiento de Cristo dice así: «Quien quisiere venir Conmigo, tiene que trabajar Conmigo, porque siguiéndome en la pena también me siga en la gloria» (EE 95). Un poco antes, en el ejemplo del rey temporal agregaba: «Ha de estar contento de comer como yo, y así de beber y vestir, etc. (El «etcétera» de Ignacio es invitación a imaginar todo aquello en lo que podemos imitar «el estilo de Jesús» en cosas que hacen a la vida privada e influyen en la misión); asimismo tiene que trabajar conmigo en el día y vigilar en la noche, etcétera (en este etcétera podemos imaginar cuáles era los trabajos de Jesús: predicar, visitar, conversar, perdonar, sanar, acompañar, enseñar…-; y también su vigilancia: profetizar, discernir el mal espíritu, prever y preparar a los suyos…); porque así tenga parte conmigo en la victoria, como la ha tenido en los trabajos» (EE 93).

De hecho, la alegría de la que habla Ignacio -esa expresión suya «será contento» (que significa conformarse -contentarse- pero con alegría -contento- no con cara de vinagre) la alegría, digo, tiene más que ver, en esta vida, con imitar a Jesús en pasar pobreza, injurias y vituperios, que con la victoria exterior, que más bien es una alegría que se reserva para el final, para el cielo.

De esto habla el Papa en Evangelii Gaudium cuando dice que no hay que separar misión y vida privada, ya que cada uno de nosotros puede decir, humildemente pero de verdad: «En el corazón de mi Pueblo yo soy una misión» (EG 273).

Esta coherencia de vida, el no separar la misión (donde uno es más generoso) de la vida privada (donde uno se reserva sus espacios) no es posible, dice Francisco, si uno no se sitúa en el corazón de nuestro pueblo: “Si uno separa la tarea por una parte y la propia privacidad por otra, todo se vuelve gris y estará permanentemente buscando reconocimientos o defendiendo sus propias necesidades. Dejará de ser pueblo” (EG 273). La gente que realiza con absoluta seriedad y responsabilidad los oficios más humildes en nuestra sociedad nos da ejemplo cotidiano de lo que significa «ser pueblo», sentirse uno más, en un trabajo pequeño, quizás, pero importante para que funcione la comunidad. El Papa habla del «maestro de alma», de la «enfermera de alma», del «político de alma» (hay muchos que sí la tienen y que no la han vendido ni están indecisos).

La pertenencia a un pueblo es una pertenencia espiritual. No basta con tener la misma sangre o habitar el mismo suelo: se pertenece en la medida en la que uno cumple su misión en orden al bien común de su gente. Es una pertenencia que se puede incrementar o perder (no solo en un país de misión sino dentro de la propia cultura y país) según uno concrete o no la decisión de ser con y para los demás. Pueblo, en sentido evangélico, es una palabra dinámica (se es en la medida en la que uno se involucra y sirve) e inclusiva: siendo de mi pueblo soy alguien abierto a todos los pueblos.

Crear espacios de oración para que el llamado pueda resonar

En un llamado, lo importante es que resuene. Que no tengamos los oídos en modo avión ni llenos de ruidos.

Un impedimento actual para la escucha del llamado proviene del consumismo: «Las constantes novedades de los recursos tecnológicos, el atractivo de los viajes, las innumerables ofertas para el consumo, a veces no dejan espacios vacíos donde resuene la voz de Dios. Todo se llena de palabras, de disfrutes epidérmicos y de ruidos con una velocidad siempre mayor. Allí no reina la alegría sino la insatisfacción» (GE 29).

El espacio vacío donde resuena la voz de nuestro «jefe y Señor» es la oración: Santa Teresa decía que «la oración es ‹tratar de amistad estando muchas veces a solas con quien sabemos nos ama». Y el Papa agrega: «Quisiera insistir que esto no es solo para pocos privilegiados, sino para todos, porque «todos tenemos necesidad de este silencio penetrado de presencia adorada«.⁠ La oración confiada es una reacción del corazón que se abre a Dios frente a frente, donde se hacen callar todos los rumores para escuchar la suave voz del Señor que resuena en el silencio» (GE 149).

«Será difícil que nos ocupemos y dediquemos energías a dar una mano a los que están mal si no cultivamos una cierta austeridad, si no luchamos contra esa fiebre que nos impone la sociedad de consumo para vendernos cosas, y que termina convirtiéndonos en pobres insatisfechos que quieren tenerlo todo y probarlo todo. También el consumo de información superficial y las formas de comunicación rápida y virtual pueden ser un factor de atontamiento que se lleva todo nuestro tiempo y nos aleja de la carne sufriente de los hermanos. En medio de esta vorágine actual, el Evangelio vuelve a resonar para ofrecernos una vida diferente, más sana y más feliz» (GE 108).

Al hablar de las «notas de la santidad en el mundo actual» el Papa usa un lenguaje auditivo, musical, en el que el aguante, la paciencia y mansedumbre, el buen humor, la audacia apostólica y el fervor, la comunidad y la oración, no son «notas sueltas» sino un acorde en cuyo «espacio musical» resuena «de modo especial» el llamado a la santidad hoy (cfr. GE 110). Si pensamos estas notas en términos «espaciales» vemos que «crean espacio»: al aguante crea espacio, la paciencia crea espacio, da tiempo…; la mansedumbre no ahoga, da lugar al otro; el humor distiende, es como una ventana de aire fresco, la audacia impulsa a salir más allá, a ganar terrenos de nadie; la comunidad es «lugar teológico» donde nos juntamos a rezar.

Discernimiento como salida de sí

Una novedad de Francisco en el modo de concebir el llamamiento en la hora actual se puede ver en que el Señor que «golpea y llama» a nuestra puerta, no es tanto para entrar sino para salir. «Pero a veces me pregunto si, por el aire irrespirable de nuestra autorreferencialidad, Jesús no estará ya dentro de nosotros golpeando para que lo dejemos salir» (GE 136).

Salir es discernir. Porque la autorreferencialidad es un encierro, una cárcel con barrotes de esquemas mentales que nos quitan libertad. Dice Francisco: «Somos libres, con la libertad de Jesucristo, pero él nos llama a examinar lo que hay dentro de nosotros ―deseos, angustias, temores, búsquedas― y lo que sucede fuera de nosotros —los ‹signos de los tiempos›— para reconocer los caminos de la libertad plena: «Examinadlo todo; quedaos con lo bueno» (1 Ts 5,21)» (GE 168). El discernimiento requiere «disposición a escuchar: al Señor, a los demás y a la realidad misma que siempre nos desafía de maneras nuevas» (GE 172).

Discernimiento como modo de salir de sí es la característica del llamado de Jesús hoy: «Esto nos hace ver – dice el Papa- que el discernimiento no es un autoanálisis ensimismado, una introspección egoísta, sino una verdadera salida de nosotros mismos hacia el misterio de Dios, que nos ayuda a vivir la misión a la cual nos ha llamado para el bien de los hermanos» (GE 175).

Discernimiento como instrumento para seguir al Señor

El Señor dice que para seguir al Señor necesitamos «instrumentos» y, más precisamente, instrumentos de lucha. Porque no se trata de un seguimiento lineal, sino dramático: «La vida cristiana es un combate permanente. Se requieren fuerza y valentía para resistir las tentaciones del diablo y anunciar el Evangelio. Esta lucha es muy bella, porque nos permite celebrar cada vez que el Señor vence en nuestra vida» (GE 158).

El combate no es solo contra la mentalidad mundana, que nos engaña, nos atonta y nos vuelve mediocres, ni tampoco solo con nuestras propias inclinaciones (cada uno tiene sus pasiones desordenadas, dice el papa) sino contra el diablo, el príncipe del mal (GE 159).

La escucha: sustrato básico de todo discernimiento

«¿Cómo saber – se anima a preguntar el Papa- si algo viene del Espíritu Santo o si su origen está en el espíritu del mundo o en el espíritu del diablo?» (GE 166). Este es la pregunta más importante que, si aceptamos que estamos en guerra, tenemos que hacernos todos los días. No se trata de dudar de todo. Pero sí de no ser ingenuos y estar abiertos a escuchar y a dejarnos confrontar: «Solo quien está dispuesto a escuchar tiene la libertad para renunciar a su propio punto de vista parcial o insuficiente, a sus costumbres, a sus esquemas» (GE 172).

El Espíritu nos da la gracia, en primer lugar de volver «a escuchar a Jesús, con todo el amor y el respeto que merece el Maestro». El Espíritu hace que le permitamos «que nos golpee con sus palabras, que nos desafíe, que nos interpele a un cambio real de vida» (GE 66). «Para todo discípulo es indispensable estar con el Maestro, escucharle, aprender de él, siempre aprender. Si no escuchamos, todas nuestras palabras serán únicamente ruidos que no sirven para nada» (GE 150).

Decía el Papa en su Carta al Pueblo de Dios en Chile: «Quisiera detenerme en la palabra «escucha», ya que discernir supone aprender a escuchar lo que el Espíritu quiere decirnos. Y sólo lo podremos hacer si somos capaces de escuchar la realidad de lo que pasa».

La escucha es el primer paso del discernimiento -primero en el sentido de básico, es el trasfondo que nunca se deja atrás, siempre hay que «volver a escuchar» con más atención al otro, con más apertura de corazón, «salvando la proposición ajena», preguntando, acogiendo, poniéndonos en los zapatos del otro (y del Otro).

El Papa nos advierte que, en este combate que es la vida, en la lucha de paradigmas que escuchamos en nuestra cabeza, hasta «podría ocurrir que en la misma oración evitemos dejarnos confrontar por la libertad del Espíritu, que actúa como quiere». Puede suceder que uno rece, y mucho, y sin embargo «evite la confrontación con el Espíritu» (GE 172).

En el primer taller hablábamos de ejercitarnos en «mirar en modo discernimiento». En sacarnos los anteojos de las ideologías. Pues bien, escuchar bien es el primer paso para «ver bien». Cuando uno escucha, naturalmente el esfuerzo se dirige al sonido y al tono en el que se revela lo que quiere decir el otro. Uno pesca la intención en los énfasis y en el tono. Poníamos el ejemplo que hace ver la diferencia entre ver y escuchar: uno puede ver muchas imágenes al mismo tiempo y hacer zapping. El oído en cambio se atasca más rápido y cuando hablan muchos uno pide que hablen de a uno. La contaminación acústica produce disgusto y hasta dolor. En cambio a la contaminación visual nos acostumbramos más rápido (aunque a la larga produzca el síndrome de Stendhal, el cansancio la ver tantos cuadros en un museo). Quizás por eso le es más fácil al demonio «disfrazarse de ángel de luz» que «imitar la voz del buen Pastor». Jesús dice que «sus ovejas reconocen su voz». Se fía del oído a la hora de discernir.

Qué criterios nos da el Papa para saber si algo viene del Espíritu bueno o del Maligno?

            Discernir estas dos voces -sabiendo que a veces el mal espíritu se disfraza de ángel de luz y puede usar la misma escritura para engañarnos como trató de hacer con el Señor en las tentaciones del desierto- es una gracia y hay que pedirla cada día. Cuando en el Padrenuestro Jesús nos enseña a pedir «líbranos del Maligno» no es solo que nos libre de que nos posea o nos haga daño. El Papa dice: «Él no necesita poseernos. Nos envenena con el odio, con la tristeza, con la envidia, con los vicios. Y así, mientras nosotros bajamos la guardia, él aprovecha para destruir nuestra vida, nuestras familias y nuestras comunidades, porque «como león rugiente, ronda buscando a quien devorar» (1P5,8)» (GE 161).

La escucha supone que el Otro hable, y al hablar manifiesta su libertad: puede decir lo que quiere. Por eso, cuando uno escucha de alguna manera se pone en actitud de pobre, de quien tiene que recibir lo que el otro le quiera decir. Escuchar al Espíritu, como nos recomienda el Papa, supone una actitud de pobreza espiritual. Para cultivar esta actitud de pobres, de gente que cada día tiene que pedir el discernimiento así como pide el pan y el perdón, «el último criterio» es el Evangelio; y también -dice el Papa- el Magisterio que lo custodia». El evangelio y el magisterio bajo la guía del Espíritu, porque sólo el Espíritu «sabe penetrar hasta los pliegues más oscuros de la realidad y tener en cuenta todos los matices para que emerja con otra luz la novedad del Evangelio» (GE 173).

La pobreza nos lleva no solo a acudir cada día a la oración sino a reconocernos pobres también ante la misma Palabra que Dios nos dice. No se trata de que por el hecho de «entenderla o poder explicarla»  sepamos lo que nos quiere decir. El Espíritu es el que nos enseña a aplicar la parábola justa en cada ocasión. «La lectura orante de la Palabra de Dios, más dulce que la miel (cf.Sal 119,103) y «espada de doble filo» (Hb 4,12), nos permite detenernos a escuchar al Maestro para que sea lámpara para nuestros pasos, luz en nuestro camino (cf. Sal 119,105)» (GE 156).

Escuchar bien implica preguntar bien

Y cómo me relaciono con el Espíritu? Dice Francisco: «Pregúntale siempre al Espíritu qué espera Jesús de tien cada momento de tu existencia y en cada opción que debas tomar, para discernir el lugar que eso ocupa en tu propia misión. Y permítele que forje en ti ese misterio personal que refleje a Jesucristo en el mundo de hoy» (GE 23). Escuchar bien implica saber preguntar.

Están las preguntas personales: Señor, cómo te sentís? Esta pregunta activa la mirada sobre nosotros mismos no desde una «idea» o un «mandato» sino desde los sentimientos del Señor. Pablo dice «no entristezcan al Espíritu» y nosotros podemos preguntarle «si le alegró algo bueno que hicimos o si lo hemos entristecido».

Están también las preguntas sobre el qué: «Qué tenemos que hacer» como le preguntaba la gente a los apóstoles el día de Pentecostés. Aquí María nos da en detalle lo que el Padre decía de modo amplio: «Hagan todo lo que Jesús les diga», cosa que el Papa sintetiza en el Protocolo de la santidad para el mundo de hoy. Hagan las obras de misericordia que el Señor elenca en Mt 25.

Están luego las preguntas por el modo. De nuevo nuestra Señora nos da la clave: «Cómo será posible esto si yo…». Expresar al Señor nuestra pobreza, nuestros condicionamientos de todo tipo, y preguntarle cómo se las ingeniará.

Están las preguntas por el más: «Cómo puedo hacer mejor las cosas, qué paso adelante me proponés, Señor». San Pedro Fabro dice que esta pregunta por «algo más» es infalible para que el buen espíritu muestre su agrado y nos proponga un paso concreto y posible en el camino del bien y el mal espíritu en cambio, se enoje y agite y se revuelva buscando excusas, poniendo impedimentos, tratando de desalentar. Preguntar por el más, ayuda. Esta es la lógica del don y de la cruz: «No se discierne para descubrir qué más le podemos sacar a esta vida, sino para reconocer cómo podemos cumplir mejor esa misión que se nos ha confiado en el Bautismo, y eso implica estar dispuestos a renuncias hasta darlo todo» (GE 174).

Por último, cito la pregunta por el énfasis o la jerarquía: en qué querés que insista, Señor; qué está para Vos primero? Preguntar por lo primero y por el énfasis también mueve los espíritus. Por que el mal espíritu no siempre tienta con cosas malas ni pone en discusión lo bueno que hay que hacer. A veces simplemente hace que posterguemos las cosas o las hagamos desordenadamente o sin poner el acento en lo importante.

El Papa da un ejemplo muy significativo de distintos énfasis que pueden darse leyendo el evangelio: «En el evangelio de Lucas ya no escuchamos el «Sed perfectos» (Mt5,48) sino «Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso» (GE 81).

La misericordia es lo que acentúa el Papa hoy y lo que pone en primer lugar.

Con su Magisterio nos dice todos los días que, en el momento actual, hay que escuchar más «misericordia» que «perfección». Por este lado va la santidad en el mundo actual, que no cree sino a los testigos de la misericordia.

Otro ejemplo que da el Papa es sobre cómo el mal espíritu nos hace escuchar ciertas verdades «disminuyendo su intensidad» o minimizando su perentoriedad, mientras que de otras cosas nos exagera la importancia. Son tentaciones bajo especie de bien, que desjerarquizan o sacan de contexto las verdades. El Papa decía que «en el hospital de campaña» en que vivimos, hay que salvar vidas antes que controlar el colesterol. Y para actuar como médicos de frontera nos da «el protocolo de la santidad», las preguntas prácticas y las medidas urgentes que uno puede tomar hoy, sin temor a equivocarse. Un niño tiene hambre? Tengo que darle de comer. Si no llego a muchos yo solo, para eso debo asociarme a las obras de misericordia que la Iglesia lleva adelante. Y si un niño está en gestación? Sólo una mirada de profunda misericordia -mirada con la que solo su madre puede mirar- es la que puede «desarmar» todas las miradas de la razón pragmática. Por eso, el remedio contra el aborto no está en ninguna ley (ni que penalice ni que legalice) sino en hacer todo lo posible para que esa mirada materna, que cuenta siempre con la ayuda de la naturaleza y de la fe y que hoy ya no cuenta con la ayuda de la cultura que se va imponiendo, para que esa mirada materna, no se apague, sea cuidada, educada por las mismas madres, valorada por la sociedad.

Esta mirada de misericordia, que le quita la cruz al otro, a los más débiles, y la carga sobre las propias espaldas, es capaz de brindar una gran felicidad. Porque la felicidad es paradójica y nos regala las mejores experiencias cuando aceptamos esa lógica misteriosa que no es de este mundo, como decía san Buenaventura refiriéndose a la cruz: «Esta es nuestra lógica». Si uno asume esta dinámica, entonces no deja anestesiar su conciencia y se abre generosamente al discernimiento.

Concluimos con un hermosa convicción del Papa:

«Dios siempre es novedad, que nos empuja a partir una y otra vez y a desplazarnos para ir más allá de lo conocido, hacia las periferias y las fronteras. Nos lleva allí donde está la humanidad más herida y donde los seres humanos, por debajo de la apariencia de la superficialidad y el conformismo, siguen buscando la respuesta a la pregunta por el sentido de la vida. ¡Dios no tiene miedo! ¡No tiene miedo! Él va siempre más allá de nuestros esquemas y no le teme a las periferias» (GE 135).

 

Momento para Contemplar

Marta Irigoy

Siguiendo el camino de los Ejercicios Espirituales, San Ignacio nos propone en la Meditación del Reino, dejarnos «seducir por el Señor» para desde ahí poder discernir el llamado personal al que Jesús, Buen Pastor, me invita en el momento actual de nuestra vida. En el «aquí y ahora» en donde cada uno está viviendo…

Retomando algunas frases del P. Diego, me llego hondamente esta palabra que se hace imagen y sonido: «en el corazón de mi pueblo yo soy una misión» (EG 273). Ya que ilumina mucho,  sabernos en el corazón de un Pueblo, que con sus dolores y alegrías, gesta el Reino de Dios…

Lo gesta, como dice una hermosa antífona, que cantamos en el Jubileo del año 2000:

«En cada gesto de amor, tu Reino llega…»

y se ilumina más el texto del P. Diego, que dice: «La gente que realiza con absoluta seriedad y responsabilidad los oficios más humildes en nuestra sociedad nos da ejemplo cotidiano de lo que significa «ser pueblo», sentirse uno más, en un trabajo pequeño, quizás, pero importante para que funcione la comunidad. El Papa habla del «maestro de alma», de la «enfermera de alma», del «político de alma»…

            La pertenencia a un pueblo es una pertenencia espiritual. No basta con tener la misma sangre o habitar el mismo suelo: se pertenece en la medida en la que uno cumple su misión en orden al bien común de su gente.

Y esta tiene que ser nuestra alegría, sabernos Pueblo que gesta el Reino de Dios en cada pequeño y sencillo gesto de amor…

Para rezar este mes de Julio, en donde nos preparamos para celebrar a San Ignacio, podemos pedir la Gracia de dejarnos seducir por Jesús, para tener sus sentimientos y acercar el Reino de Dios en cada gesto de amor…

Decálogo de la Santidad -Escrito por Obispo Francisco Cerro-

  1. Santo es “vivir con los sentimientos del corazón de Cristo”.
  2. Es no renunciar a amar “hasta el extremo”.
  3. Es abrirse siempre a los planes imprevisibles de Dios.
  4. Es creer contra toda esperanza.
  5. Es encontrarse con “quien sabemos que nos ama”.
  6. Es vivir el gozo y la alegría del Amor de Dios.
  7. Es no tener miedo a subir al monte y bajar al valle.
  8. Es decir: “aquí estoy para hacer tu voluntad”.
  9. Es vivirlo todo desde un amor enamorado.
  10. Es ser de Dios, no ser de uno mismo, ser para los demás.

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Momento de Reflexión

Diego Fares sj

«Al que me ama, mi Padre lo amará», dice Jesús

La primera parte del Principio y Fundamento se puede resumir así: «El hombre es creado para Dios nuestro Señor y las otras cosas, para que le ayuden en la prosecución de este fin».

* Somos creados para Dios nuestro Señor y así como al fin de un camino se llega caminando, a este Fin Personal se llega alabandolo, adorándolo y sirviéndolo. Al dar curso y modo concreto a estos deseos, se nos dilata el corazón, crecemos como personas adorando, agradeciendo y sirviendo a la Persona para quien somos. Siendo más y mejores creaturas nos hacemos semejantes a El. Estos deseos espirituales, porque suponen autoconciencia y autoseñorío de sí, son tres expresiones del amor a un Dios Personal:

hacerle reverencia: la actitud de adoración y reverencia es amor de creatura a la Persona del Creador. Es amor que inclina la rodilla y la cabeza haciendo entrega absoluta de sí;

alabarlo: la alabanza es agradecimiento a la Persona de quien reconocemos que nos vienen todos los dones que recibimos;

servirlo: el servicio -el hacer las cosas – implica hacerlas al modo del Otro, haciendo su voluntad, lo que le agrada.

* De esta manera, descentrados de nosotros mismos y centrados en la Persona de Jesús para quien somos, cambia nuestra mirada y consideración de «las otras cosas» como les llama Ignacio. Todo lo que no es Cristo son «las demás cosas» y se nos revela su ser profundo: son «para nosotros» (esto lo intuimos y así las usamos) pero «para que nos ayuden a realizar nuestros deseos de alabar, adorar y a servir a aquel para quien somos.

Nunca deja de admirarme la profundidad y concretez del Principio y Fundamento. Uno puede preguntarse: ¿Por qué esta serie de frases que parecen un razonamiento abstracto resultan iluminadoras?

Y la respuesta es: Porque no son para nada frases abstractas! Nos hablan de nuestros deseos más hondos y los conectan con nuestro fin. Estas frases nos dicen para Quién somos creados. Fijémonos bien que no dicen para qué, sino para Quién! Tanta gente camina por la vida buscando un sentido que, al no poder concretarlo en un Quién, no termina de tomar forma. Vemos a veces cómo los padres «son para sus hijos», les dedican y entregan lo mejor de sí, todo su tiempo y trabajo. Y los hijos luego se van, siguen lógicamente su camino. Cuando al nido vacío vuelven con los nietos, este «fin pesonal» de la vida humana se llena nuevamente de sentido. Pero allí mismo donde ejercitamos nuestro «ser para los demás» percibimos el límite de esas otras personas (y de todas las cosas) que nos dicen «Yo no soy Dios», no puedo ser «fin exclusivo» para vos.

Así pues, el Principio y Fundamento nos conecta con nuestro fin, que es la Persona de Cristo. Y no hay nada más concreto en la vida que tener claro el fin! En clave de discernimiento lo podemos expresar así: para ver con claridad y elegir la mejor opción entre dos que se nos presentan hay que tener claro el fin. El fin no se discierne, se disciernen los medios. El fin es «lo que ya está discernido», por decirlo así. Y saber que nuestro fin no es un «para qué», sino un «para Quién», es la verdad más verdadera que alguien nos pueda revelar.

Para Dios nuestro Señor, es decir: para Jesús

Sabemos que cuando Ignacio dice «Dios nuestro Señor» se refiere concretamente a Jesús. En Jesús, gracias a Jesús, somos hijos de Dios. El Espíritu nos guía refiriéndolo todo a Jesús, a Dios venido en carne.

Así, para un cristiano basta con tener discernida una sola verdad, que es esta: la de que somos creados para Jesús nuestro Señor. Señor de nuestra vida práctica, como siempre insistía Fiorito. Es decir: Aquel cuyo cuerpo comulgamos en la misa, Aquel cuyas palabras leemos en el evangelio, El que nos perdona los pecados con el sacerdote que nos confiesa, el que nos sale al encuentro pobre, hambriento, sediento, refugiado, preso.

El hombre -todo hombre y toda mujer- es «para Jesús».

Esta pertenencia es tan radical y absoluta que hace que todo lo demás sean «otras cosas», esas que Jesús dice que «se nos darán por añadidura, si buscamos primero el Reino», es decir: a Él.

Poder escuchar admirados que otro nos anuncie que somos para Jesús, es la verdad más honda y a la vez más práctica de nuestra vida. Significa muchas cosas.

Significa que si miro mi ADN, no solo encuentro el de mis padres sino el Suyo: he sido creado a imagen suya. Contemplando en el evangelio lo que sentía Jesús, viendo su carácter, su modo de ser y de relacionarse con los demás, descubro cosas de mi mismo, al igual y más que cuando miro a mis padre y abuelos y me reconozco en algún gesto de carácter, en algún modo suyo de obrar.

Significa que si miro mi historia, con mis idas y vueltas, mi haber llegado a ser quien soy a pesar de mis pecados y las veces que erré el camino, me descubro como alguien rescatado, comprado al precio de la sangre de Jesús. Soy «para Él» en el agradecimiento ante uno que dió su vida por mí cuando yo estaba en mayor o menor medida bajo la influencia del maligno: descartado y librado a mi suerte, como la oveja perdida, como el hijo pródigo, como la pecadora, el ciego, el paralítico, el leproso…

Significa además, que ese «para Él» orienta y finaliza todos mis deseos poniéndolos en clave personal.

Quizás a alguno le puede resultar extraño esta afirmación de que somos para una Persona. Pero si lo pensamos bien no es tan raro, dado que vivimos en un mundo que nos dice que «cada uno es para su propia persona», que su felicidad consiste en perfeccionarse como persona, en poseer cosas que lleven su nombre, y en consumir personalmente todo lo que pueda.

Qué nos cambia esto de «ser para Jesús»?

Nos cambia, por ejemplo, que no hace falta que seamos perfectos. Lo decisivo es «ser para Jesús»: que nos ofrezcamos a Él y que Él nos acepte en su compañía. Es decir: si una persona es muy perfecta pero su perfección crece como un lago de montaña, sin desemboque, puede que en cierto punto su perfección quede estancada. Y en cambio, si una persona es imperfecta, el hecho de sentirse poca cosa, la conciencia de ser un pecador, una pecadora…, puede que la impulse a no mirarse a sí misma, a salir de sí, a poner toda su esperanza en ser aceptada y salvada por Jesús y con esto logre más en un momento que la otra en toda una vida centrada en su propio perfeccionismo.

Esto es lo que se ve en el evangelio: cómo los pequeños y pecadores ganaban el corazón de Jesús y recibían tantas gracias de parte suya y los fariseos, en cambio, no hacían sino alejarse y endurecer más su corazón.

Ser «para Jesús» nos cambia también la preocupación por poseer y consumir. Porque «ser para otro» no es algo que se resuelva en términos de posesión sino de donación. Somos de otro en la medida en que nos damos al otro y somos recibidos libremente por el otro y trabajamos y nos divertimos juntos. No es cuestión de «poseer» al otro como un objeto, sino de dilatar el propio corazón que crece en la medida en que da y recibe más amor del otro.

Ser «para una persona», como vemos, lo cambia todo. Cambia también nuestra relación con los demás. También ellos son «para Jesús» y esto nos hace relacionarnos de otra manera, más libre, más distendida y esperanzada, por decirlo de alguna manera. Sólo una cosa es necesaria, como le dice Jesús a Marta: que cada uno se centre en Jesús, como María que lo escuchaba sentada a sus pies. No hace falta que uno mismo u otro cambie «todo lo que hizo imperfectamente». Porque cuando uno «se convierte» y mira su vida y la ajena desde esta perspectiva, los cambios que se pueden dar son muy inmediatos y radicales. Lo vemos en la historia de los santos, cómo pasan de una vida a otra de manera muy decidida. Esto es así porque «perfeccionarse» puede llevar toda una vida, pero entregarse a Jesús de corazón, comenzar a vivir para Él, buscando sus intereses y no los nuestros, es algo que se puede empezar a hacer ya, tal como estamos y siendo los que somos. En el momento en que me centro en Jesús, todas las demás cosas «se ven distintas», puedo discernir con claridad cuáles me ayudan y cuáles me desayudan.

Jesús es el criterio de discernimiento y la medida

«En Jesús», cultivando nuestro ser para Jesús, encontramos la medida para relacionarnos con cada persona y con las cosas: es una medida que es a la vez común y única -personalísima-.

La adoración, por ejemplo, que es un deseo básico inscrito en cada célula de nuestra carne, encuentra en Jesús el Nombre para nombrar, doblando la rodilla, a Aquel ser misterioso que me creó y me da continuamente el ser. Toda creatura sabe que «no es autónoma», que si durante algún tiempo y en algunos aspectos de su vida puede «funcionar» autonómamente, no se dio a si misma su vida ni se puede mantener en ella como quiera y todo el tiempo que quiera. Pero esta convicción de la propia «contingencia» como dice la filosofía, no alcanza para adorar. Puede convertirse en mudez y angustia que necesita ser «tapada, cosa que hacemos en general «adorando alguna cosa» que se convierte en ídolo. Al adorar a Jesús, desidolizamos las cosas y las liberamos de este rol innatural que les damos, exagerando su importancia. Poder nombrar a nuestro Creador con su Nombre – Jesús- nos permite adorar verdaderamente, ya que, como decíamos, la adoración y la reverencia se tienen ante una Persona. No basta con saber que «algo» -una energía cósmica, una evolución natural – debe habernos creado.

La alabanza por las cosas buenas y hermosas de la vida también se concreta en Jesús. El nos enseña por qué nos tenemos que alegrar -porque nuestros nombres están escritos en el Reino de los cielos, y no por otras cosas pasajeras-. Además, une la alegría al servicio que hacemos a las otras personas. De nuevo, la clave está en lo personal. Todo en el hombre es «personal» o pierde consistencia. Y personal en sentido amplio e inclusivo, es decir: comunitario.

Al adorar a Alguien como Jesús, cuya existencia esta toda puesta al servicio de aquellos que creó y por los que dió la vida, cobran altura y valor las demás personas y cosas que nos rodean. Lo digno de alabanza no es lo que es para nuestro gozo exclusivo sino, por el contrario, lo que sirve para alegrar y servir a más personas, en primer lugar a los que no tienen nada. Así como la alegría de un padre y de una madre de familia no son «las cosas» que poseen sino la alegría de sus hijos que aprovechan las cosas que ellos les brindan para crecer y desarrollarse bien, así toda alegría humana superior es personal, compartible más que consumible!

Más que «tener comida y agua» alegra poder «dar de comer y de beber al sediento»; más que tener ropa, alegra vestir al que anda pobre y desabrigado, más que tener casa, alegra poder hospedar, más que tener salud, alegra acompañar y consolar al que está enfermo o preso.

Las cosas son para nosotros

Si algo tenemos claro es que «las cosas son para nosotros». Basta ver cómo las usamos y nos servimos de ellas como amos, sin mucho miramiento. No pensamos que una ballena tenga una finalidad en sí misma, que exista por la alegría misma de que haya quien pueda surcar el oceano libre y majestuosamente. Apenas tenemos necesidad de ella la pescamos y la consumimos. El punto no está en que las cosas no sean «para nosotros», ya que lo son, sino que «nosotros no somos para nosotros», somos «para Jesús».

Tendría que bastarnos con mirar cómo venimos a la vida -absolutamente dependientes y necesitados de otras personas que se dediquen con exclusividad a cuidarnos mientras crecemos-, para comprender la importancia de «lo personal» en nuestra vida. No tiene sentido definir la persona por su inteligencia y libertad sin agregar que estas potencias espirituales «son para los demás», tienen sentido en relación a los demás, para interactuar con los demás. Pensar que tenemos inteligencia y libertad solo para hacer y «consumir» lo que queramos, es un insulto a la naturaleza, que ya tenía resuelto este problema en la vida animal, «moderando» los instintos para que cada animal consuma solo lo que necesita.

No vivimos para cumplir una finalidad externa a nosotros mismos, para realizar una tarea util a otros, para llenar un lugar dentro de un todo, como si fuéramos una pieza de un reloj.

Tampoco vivimos para realizarnos a nosotros mismos, para alcanzar la felicidad como un estado, en el que estaríamos algo mejor que cuando comenzamos la vida, así como una planta que se desarrolla a partir de una semilla y termina dando flores y frutos, o un ser viviente que llega a la madurez en el uso de sus funciones.

El Principio y Fundamento nos revela que somos «para» una Persona. El evangelio dice que Jesús llamó a los apóstoles «para que estuvieran con Él y para enviarlos a predicar el evangelio». Para que estuvieran con Él quiere decir para vivir en su Compañía. Esto es algo «no funcional».

Una reflexión actual

Pongamos solo un ejemplo de las implicancias de una doctrina de este tipo. Si ser persona es «ser para una Persona, en concreto para Jesús» ¿no tiene entonces un gran sentido que nuestro venir a la vida se realice «en otra persona», en nuestra madre, sin que esto la convierta de ninguna manera en una «incubadora», como dicen algunas? ¿No nos muestra que lo decisivo para ser persona no es en primer lugar que tengamos un ADN, ni tampoco unas facultades como la inteligencia y la libertad (este es el soporte físico y síquico de nuestro ser personas), sino que nos es esencial que otra persona nos nombre -nuestra madre o si ella no puede o no quiere, otra persona que quiera hacerse cargo- y nos acoja en su existencia diciéndonos «yo soy para vos tu madre» y «vos sos para mí mi hijo»?

Si nuestra esencia es «ser para otra Persona», podemos decir que en el vientre materno (y al final de nuestra vida), cuando somos menos autosuficientes, somos más propiamente «personas», porque somos por otros y para otros que nos acogen absolutamente. Un embrión, cuando física y síquicamente es nada más que un puñado de células, es más «para su madre», más persona en este sentido espiritual profundo del que hablamos.

Este «ser por y para los demás» es lo más propio del ser humano. Siempre, no solo mientras nos gestamos y necesitamos que alguien sea «exclusivamente para nosotros». También nos ese esencial cuando llegamos a la madurez y buscamo otras personas que nos amen gratuitamente, por nosotros mismos, no por cómo «funcionamos» o «para qué servimos».

La entrega y dedicación tan absoluta que requiere todo ser humano para desarrollarse, si fuera una cuestión puramente funcional, sería un error de la naturaleza. Los animales nacen «ya hechos» y apenas nacen, o al poco tiempo, se independizan totalmente de sus progenitores. El hecho de que hayamos venido a la vida gracias a que otros seres hayan sido durante mucho tiempo exclusivamente para nosotros y nos hayan dedicado toda su vida y cuidado, hace de nosotros, luego, seres para los demás.

Si esta gratuidad no es custodiada y cultivada, se desmorona la vida social, el respeto por toda persona, el cuidado de los más pobres y discapacitados… La igualdad y la justicia se basan en este reconocimiento de la persona humana más allá de sus capacidades y procesos de gestación, crecimiento o enfermedad.

Considerar este «ser para otro» como una carga, por el hecho de que en un momento de la vida ese otro aparezca inesperadamente, es como negar nuestro ser mismo que consiste siempre en «aparecer» en la vida de otros, irrumpiendo en los otros y siendo aceptados en nuestras diferencias por nosotros mismos, más allá de nuestras capacidades y de las expectativas de los otros.

Momento de Contemplación

Marta Irigoy

Después de leer el texto del P. Diego; podemos volver a aquellas palabras, frases que nos han asombrado hondamente…

Sabernos de y para Jesús es un horizonte hacia el cual orientar nuestra vida y poder dar ese  fruto  personal, según la belleza de su singularidad –ese ADN- que nos hace imagen y semejanza de Dios…

Ser de Jesús…

Pertenecer a Jesús…

Es encontrar ese tesoro escondido… Es descubrir la perla preciosa… por los que vale vender todo, y descubrir el “gozo de pertenecer”…

Este gozo profundo, nace la certeza de sabernos creados de una manera maravillosa

De este gozo profundo, nace la alabanza y libertad ante todas las cosas…

Por este gozo profundo, nos ponemos al servicio de los pequeños que se nos han confiado para hacer aquellas obras para las cual nuestro buen Dios nos ha creado…

Como decía, Benedicto XVI en el Mensaje de Cuaresma del 2012: “Interesarse por el hermano significa abrir los ojos a sus necesidades… Ya que el otro me pertenece, su vida, su felicidad, tienen que ver con mi vida y mi felicidad… Aquí tocamos un elemento muy profundo de la comunión: nuestra existencia está relacionada con la de los demás…».

Qué lindo! Sabernos pertenencia de Jesús y saber que el otro nos pertenece, nos saca del anonimato e indiferencia que a veces nos quieren meter…

Para terminar, quizás puedas rezar con alguna de las Parábolas de El tesoro y la Perla:

«El Reino de los cielos es semejante al tesoro escondido en el campo que un hombre, encontrándolo, lo vuelve a tapar y del gozo que le da va, vende todo lo que tiene, y compra aquel campo. También el Reino de los cielos es semejante al hombre negocianto en perlas finas  que hallando una preciosa perla, fue y vendió todo lo que tenía, y la compró» (Mt 13, 44-46).

Y pedir la Gracia de sentir este Gozo Profundo de Pertenecer a tan Buen Dios…

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Momento para reflexionar

Diego Fares sj

Crecer en el discernimiento 

En su encuentro con los jesuitas de Perú, el Papa Francisco pidió «oficialmente» a los jesuitas que ayudemos a la Iglesia a «crecer en el discernimiento». De aquí vino la misión de trabajar este año el tema de «crecer en el discernimiento» como si fuéramos a la escuela, es decir, con actitud de discípulos y de discípulas, de niños que dócilmente se dejan enseñar por el Espíritu, nuestro Maestro interior, por nuestra Señora, Maestra en este arte de decirnos que hagamos lo que Jesús nos diga.

Todos tenemos alguna idea propia de lo que es el discernimiento. Pero no creo errar si digo que también nos pasa que se nos escapa un poco el concepto, si es que lo tenemos que explicar.

Esto es algo que pasa con todas las realidades básicas: se viven (pensar es discernir, siempre) pero es difícil dar razón. Con la vista, por ejemplo. Todos los que tenemos la dicha de poder ver sabemos perfectamente en qué consiste. Nos damos cuenta cuando «vemos mal». La experiencia de salir a la calle usando lentes nuevos tiene algo de magia, si es que uno es un poco chicato. Pero si queremos explicar qué significa «ver» necesitamos aprender no solo cosas de física y de biología sino que caemos en la cuenta de que el ver humano no es como el de los animales: nosotros vemos con intención y libremente, en cambio cada animal ve el mundo «sectorialmente», focalizándose en lo que le hacen buscar sus instintos e ignorando el resto. Nosotros, al ver un rostro, al mirar a alguien a los ojos, ponemos en funcionamiento el misterio más hondo del universo, ese que hace exclamar a Pablo que cuando «veamos a Dios cara a cara nos haremos semejantes a Él».

Qué fuerza tiene el ver que hace que uno interiorice las cosas! Y si no es una «cosa» lo que vemos sino otra persona, ella misma entra en nuestro interior y al contemplarla y ser contemplados por ella, se alimenta y crece el amor mutuo.

Además, la mirada amorosa es «creativa», despierta y fecunda en el otro cosas, semillas, capacidades que, sin esa mirada, quedarían dormidas. La mirada de nuestra madre, su sonrisa, nos despierta a la belleza y la bondad de la creación y nos enseña a «fijar» los ojos allí donde brilla más el amor. La mirada hace que nuestro mirar no se quede autista o se convierta en un zapping, yendo de aquí para allá sin ver nada.

Miramos discerniendo

Pues bien, del discernimiento se puede decir que es un «mirar selectivo». Humanamente «miramos discerniendo».

La experiencia de mirar vidrieras en un shopping es significativa. Porque en la naturaleza, como el paisaje tiene continuidad, la variedad afecta serenamente nuestra mirada, que se desliza entre las cosas como una brisa suave sin que el detenernos en una flor nos distraiga del horizonte de cielo y de montañas o del mar. En un shopping en cambio, la variedad y calidad de cientos de productos seriales pone en acción nuestro poder selectivo en su capacidad de «discriminar» y no podemos «contemplar serenamente el todo y las partes» sino que escaneamos a toda velocidad: esto sí, esto no me gusta, no, no, más o menos, no… puede ser… esto sí! Lo mismo pasa en un museo, en el que la variedad de cuadros, de estilos y de épocas, nos obliga a discernir qué queremos ver, porque si no nos bloqueamos.

Sobredosis de belleza o el síndrome de Stendahl

Hablando de museos, hace unos días, un amigo hizo referencia al «síndrome de Stendhal». Yo no lo conocía absolutamente y me quedó la idea de algo para ver después, ya que la conversación pasó a otra cosa. Stendhal viajó a Florencia y al salir de la Santa Croce, un 22 de enero de 1817, sintió que «le latía el corazón, que la vida estaba agotada en él y andaba con miedo de caerse». Acudió al médico y este, luego de auscultarlo y mirarle los ojos le diagnosticó «sobredosis de belleza».

Los que han estudiado el fenómeno psicosomático dicen que este síndrome es una situación anímica que se desencadena tras observar obras de gran belleza en una misma ciudad y durante un corto espacio de tiempo. Le llaman la enfermedad de los museos.

Trayendo el agua a nuestro molino y sin mucho análisis científico, advierto que este «stress de belleza» no se da al contemplar un paisaje natural o al quedarse ante una sola obra artística. Parecería que es producto de mezclar «belleza artística» y «shopping». Las obras artísticas no son «algo en serie», cada obra es un universo concentrado en un espacio limitado. Esto hace que su fuerza expansiva, al meter todos lo cuadros en una sala (aunque por eso mismo en los museos se le da «espacio» a las obras, pero no siempre el suficiente), produzca este efecto de que las «ondas» de una obra choquen con las de las otras. Imaginemos si en un mismo salón se tocaran cien músicas diferentes! Nuestro oído reaccionaría inmediatamente. Pues se ve que la vista también, aunque uno «se anime» a querer ver muchas obras en un museo. Al poco tiempo sale igual de cansado que si hubiera escuchado músicas mezcladas.

El que no discierne se enferma

Bueno, todo este largo excurso «artístico psicosomático» es para decir lo siguiente. Si no discernimos, en el mundo actual, en el que todos los paradigmas, las creencias, las ideologías y las imágenes, están en un mismo «sitio» -los medios- el síndrome de Stendhal que sufriremos (que estamos sufriendo) será (es) de proporciones épicas. Se habla del fenómeno de la rapidación y de la acumulación de información que nos asedia, de los efectos que produce estar siempre online… Todas cosas que se van estudiando en medicina, sicología, sociología… Se suele insistir en que «nos hace mal ver tantas malas noticias». Y en los niños que están todo el día conectados, se detecta el problema de incapacidad para focalizarse. Estamos convirtiéndonos en multi-tasking.

Mirar en «modo discernimiento»

Algunos ven en esto un peligro que impide la concentración y la contemplación serena. Yo prefiero considerar que como son dos cosas distintas -mirar un paisaje o un cuadro y mirar vidrieras en un shopping-, el problema no es cuantitativo o cualitativo sino la mezcla. Y aquí entra lo del discernimiento. Uno tiene que cambiar el chip. No mezclar. Si entra en internet no puede entrar con el mismo chip con el que va a misa. Y viceversa. Es decir: no tiene que cambiar el mundo (el paisaje), tiene que cambiar mi «modo de mirar».

Una cosa es mirar en «modo naturaleza», otro es mirar en «modo shopping» o en «modo internet» y otro, trasversal a los anteriores y a todo modo, es «mirar en modo discernimiento«. Es decir: «mirar en modo «dual», con mi mirada y la del Espíritu.

Este modo de mirar es «libre», en el sentido más profundo de la palabra. Nos libera de ser esclavos de los otros modos de mirar, que tienden a apoderarse de nuestra mirada y volvernos «ideológicos». Ideológicos de distinto signo -político, económico, de género, dogmático… incluso el evangelio y la doctrina caen bajo este modo de mirar ideológico que quita libertad y capacidad de diálogo con otros.

Discernir invocando al Espíritu

El «modo discernimiento» es aquel que, en algún momento -no importa si antes, durante o después- que uno está mirando algo (un paisaje, una página web, una persona o sus propios sentimientos) uno alza la mirada y la dirige al Espíritu con una sencilla invocación «Ven Espíritu Santo, enciende con tu luz nuestro sentidos» (Oración del Ven Creador).

Esta simple invocación , a la que el Espíritu no se resiste porque toca su fibra más íntima, aquello que Él es (Ardor común, Encendimiento de otros) y para lo que ha sido Enviado por el Padre y por Jesús: para «reavivarnos», vivificarnos, transfigurar lo que vemos con su luz…, hace que venga y nos de su gracia. El Espíritu nos «hace ver las cosas como le agradan a Dios (es decir: como son, ya que a Dios le agradan las cosas y las personas como somos, como nos creo y redimió, y como podemos ser, en el sentido de que le agrada vernos mejorando y creciendo en el amor).

Discernir con los criterios del que «tenemos más a mano»

Pues bien, esta es una manera de presentar el discernimiento como la respuesta justa a algo que necesitamos más que el aire y el smartphone. Porque el síndrome de Stendhal nos asedia: tenemos sobredosis, no solo de cosas malas, sino también de belleza, de ideas verdaderas pero amontonadas mal, desjerarquizadas, sin espacio entre una y otra. Y eso nos lleva a «discernir» desde lo que tenemos más a mano. Cada uno desde algún criterio de algo que le hizo bien.

Esto mismo es bueno si uno se da cuenta de que el Espíritu Santo es justamente «el que está a mano» -el Paráclito-. Y Él es el que nos hace comprender Quién es Jesús y cuánto puede ayudarnos su palabra para resolver nuestras cosas de la vida diaria.

Claro, uno puede sentir: y a Jesús, cómo lo contacto! La Iglesia lo tiene, por supuesto. Pero a veces muchos sienten que le hemos puesto tantas puertas con horario a las iglesias, tantos requisitos a los sacramentos (que son Jesús mismo hecho pan, perdón del pecado de ayer a la tarde, aceite para la enfermedad que tengo…, bendición para mi deseo de formar familia) tantas condiciones, que queda medio lejos. Pues bien, para eso fue enviado el Espíritu, que se derrama sobre toda carne, sobre toda cultura, que actúa en toda persona que lo invoca y desea adorar al Padre y conocer y contactarse con Jesús. El Espíritu también es condición para que todo lo que la Iglesia tiene acumulado no sea museo sino vida.

Los sentidos del discernimiento

Y qué «sentidos» enciende el Espíritu? Enciende todos. Pero la clave es que los enciende en «modo discernimiento». Es decir: enciende la lengua, pero no solo para «hablar en lenguas» sino también para profetizar y anunciar verdades que sirvan a la vida y a la oración de todos. El Espíritu enciende el gusto no solo para saborear íntimamente las palabras de Dios sino para saborear su fuerza apostólica, su capacidad de encender otros fuegos. El Espíritu enciende nuestro tacto pero no solo para tocar dinámicamente el suelo en una danza que nos hace dar vueltas sobre nosotros mismos, sino para embellecer los pies de los que corren a anunciar el evangelio a todas las fronteras. El Espíritu enciende nuestro ojos y oídos para discernir el rostro de Jesús en los pobres y escuchar su silbido y su voz de buen pastor, distinguiéndola de la voz seductora del maligno. El Espíritu enciende nuestro olfato para saber «oler» al mal espíritu, allí donde está vestido de ángel de luz y no se lo puede discernir con la vista. Es decir: el Espíritu enciende todos los sentidos espirituales para discernir «los sentimientos de Cristo Jesús» y comunicarnos su «modo de pensar» y de ver las cosas.

El tratado donde este «modo de sentir-discerniendo» está plasmado es el Evangelio. Allí cada escena, cada parábola, cada frase no es solo una frase sino una clave para discernir, que aplicada a la realidad justa en cada situación, obra eso que Jesús prometió: que el Espíritu nos enseñará toda la verdad y nos dirá qué decir en cada momento.

Discernir o quedar fascinado por alguna ideología

No discernir, hoy, es permanecer atado a esa mezcla -incluso de cosas buenas- que nos ofrece el mundo moderno, con su conflicto de interpretaciones. No basta con tener las ideas claras en los libros y en los manuales, hay que saber con qué «sentido» afrontarlas. Como decía, hay cosas que hay que «olerlas» porque si uno las mira queda «hechizado», «fascinado». La capacidad de photoshop es hoy tan maravillosa que uno le dice al otro mostrándole una «realidad» (una noticia, una foto, un título de diario con «lo que dijo fulano»): «no lo ves?» No puedo creer que no «veas» lo mismo que yo. Y el otro, tomando distancia, trata de hacerle «ver» lo que ve él,  mostrándole «otras noticias»…

El desafío es terminar de caer en la cuenta de que, hoy por hoy, no hay un «lugar» común desde el cual mirar todos las cosas, no hay piso firme en ninguna idea, dogma o ideología, no hay «realidad común» objetiva como la había cuando cada uno vivía en su pueblo y las noticias de otros lados llegaban «al otro día o a la semana siguiente» y había «espacio», como en un buen museo, para ver una obra o dos en cada sala y tomar aire con los ojos. Hoy está todo junto todo el tiempo de mil manera diversas. El único lugar común puede ser, precisamente, el discernimiento. Convenir, la mayor cantidad de gente posible, que todo debe ser discernido (cosa que ya hacen muchos) y, lo importante, convenir en que todos tenemos que entrar en la Escuela del Discernimiento.

Entrar en la Escuela del discernimiento

Es decir: en este arte, hay maestros. Hay camino recorrido y se puede aprender mucho. Es más, se trata del arte de «aprender cada día» del único Maestro interior. Porque, como se trata de discernir la realidad y esta cambia tanto, no hay escuela que no sea la del aprendizaje continuo, la del criticar en primer lugar el propio punto de vista, los propios sentimientos, ya que no hay cosa, por perfecta que sea, que no pueda ser usada por el mal espíritu para alejarnos del amor de Jesús. Y no hay cosa, por pecado que sea, que no pueda ser usada por el Espíritu Santo para acercarnos a la misericordia del Padre.

El discernimiento en el marco de los Ejercicio espirituales

A lo largo del año iremos viendo la estrecha relación que tiene hacer un discernimiento particular (o muchos) y practicar los Ejercicios Espirituales. Los Ejercicios como tales  -de un mes- se hacen una o dos veces en la vida. Tiene como fin hacer una elección radical, de estado de vida o de una misión importante. Luego, los Ejercicios de cada año van ayudando a mantener y perfeccionar la elección y la misión.

El marco de los Ejercicios es el adecuado para un proceso de discernimiento, para dar lugar a que el corazón experimente gracias y tentaciones y pueda adquirir certeza en el Espíritu a la hora de elegir. Así, los Ejercicios, con sus diferentes etapas, con sus meditaciones estructurales, nos ayudan a poder hacer un discernimiento.

Presentar esta dimensión «de máxima» no es para alejar el discernimiento de la vida diaria. Al contrario: al igual que el amor a Dios es el mismo que el amor con que se ama a un pobre, en el gesto pequeño de darle un vaso de agua, así también el discernimiento de una vida matrimonial o consagrada, se concreta en el discernimiento de la pequeña opción que hay que hacer cada día para que la vocación crezca. El camino del discernimiento, como el del amor, es de ida y vuelta. Las elecciones y predilecciones grandes y definitivas se concretan y se alimentan en las elecciones y predilecciones pequeñas de cada día. El que ya eligió estado de vida, dice Ignacio, no tiene que cambiarlo, sino crecer y mejorar en él. Y en esta situación de «crecer en nuestro estado de vida y misión (trabajo) principal, estamos todos (salvo los jóvenes que aún no han decidido o la vida todavía no «decidió» por ellos).

Alabar, adorar y servir: tres deseos «ya discernidos»

Antes hablamos de un mundo en el que todo es relativo. Hoy se cuestiona hasta la ley natural y pareciera que «todo se construye», incluso la propia identidad de género. Sin embargo así como cada piedra, cada planta tienen su ley interior y cada animal su instinto, que no les permite equivocarse en cuanto a su misión en la vida, los seres humanos contamos también con algo similar a este «instinto» que, si lo desarrollamos, no nos equivocamos. Hablo del deseo de alabar, de adorar y de servir. No es cuestión de demostrarlo teóricamente sino de invitar a cada uno a que haga la prueba. Comience a agradecer y a bendecir por su vida y por las persona y cosas que ama y verá como va encontrando un camino claro: a medida que agradece, sentirá deseos de agradecer más. Incluso por lo malo, ya que al bendecir irá encontrando cosas buenas también en lo que no lo fue. Lo mismo con la adoración, si uno se pone con el rostro en tierra y confiesa sus «no»: no soy nada, no puedo nada, no se nada… y le dice a Dios Vos sos todo, Vos podés todo, Vos sabés todo, verá que algo se libera en su interior. Y no digamos nada de servir. Si uno se pone a servir a alguien que necesita, comenzando por los más pequeños, siguiendo por los compañeros de trabajo, los pobres, los enfermos…, verá que algo le dice a sus manos que están bien, haciendo lo correcto. Estas actitudes suscitan el asentimiento de nuestra mente, de nuestro corazón y de nuestras manos.

Son deseos ya discernidos, en el sentido de que tienen algo de «instintivo». Los tenemos que poner en acción libremente, pero enseguida vemos que nuestro ser fluye gracias a ellos. Los reconocemos también en otros seres, en los pájaros que con su canto y sus vuelos en equipo son un canto de alabanza al Creador; en los animales que se sirven unos a otros; en toda vida a nivel molecular en el que todo es «servicial». Estos deseos profundos, si se les da cauce y se los comienza a practicar, muestran ser mas fuertes que cualquier otro deseo.

Realizando estos deseos y poniéndolos en práctica vamos descubriendo «existencialmente» el sentido de nuestra vida. No algo sí como el «sentido en general» de la vida, cosa que escapa al alcance de alguien que vive solo un tiempo en la historia, pero sí el sentido concreto de «mi vida», cosa que cada uno puede descubrir a medida que realiza estos deseos básicos que son expresión del amor: alabar, adorar y servir y discierne su lugar y su misión en el universo.

Las tentaciones contrarias son denigrar, auto-adorarse y aprovecharse egoístamente de los bienes comunes. Hay también tentaciones «neutras»: ni alabar ni criticar, no adorar nada ni a nadie, gozar y gastar y no trabajar.

Deseo de alabar

Sintonizar con el deseo profundo de Alabanza nos armoniza el alma subjetivamente con la realidad. No solo hay que alabar a Dios y a las cosas extraordinarias. La discreta alabanza a todo ser, hace que cada cosa brille y mejore dando lo mejor de sí. La alabanza tiene sus tonos menores, con los que se alaban y se agradecen, amablemente y sin exagerar, los pequeños dones y servicios que alguien nos presta. Es un acto de justicia alabar cada gesto en su justa medida. Así como no es buena la alabanza falsa o exagerada tampoco es bueno dejar pasar las cosas que conllevan el trabajo de otro como si se dieran por descontado.

El pueblo sencillo sabía de alabar a Jesús. «Bendito el seno que te portó y los pechos que te amamantaron», exclamó aquella mujer del barrio mientras Jesús hablaba. «Hosanna, bendito el que viene en nombre del Señor», cantaban los niños alentados por sus mamás y por sus padres cuando Jesús entró en Jerusalén montado en un burrito. «Verdaderamente este era Hijo de Dios», confesó el Centurión. Y así tanta gente. El pueblo fiel de Dios da rienda suelta a su deseo hondo de alabanza, cada vez que canta a Dios y a sus santos, cada vez que llena de flores las imagencitas de la Virgen y exclama sus «viva, viva» mientras lleva al Señor en andas.

Deseo de adorar

Adorar y hacer reverencia es el deseo básico que mueve toda religión, todo deseo de relacionarnos con Alguien que nos trasciende. Es un deseo que en muchos brota espontáneo y en otros está mutilado o amordazado. En los niños, la «adoración» por sus padres, como respuesta a las alabanzas y cariños que estos les prodigan, es un sentimiento muy puro que, si es bien educado, se orienta con la gracia del Espíritu Santo a la adoración del Niño Jesús, de la Virgen. Es un deseo auténtico y único que necesita que se lo explicite y que a los niños se les den los gestos de adoración que les permitan encauzar y expresar este deseo profundo: arrodillarse ante el Santísimo, mandar un besito a la Virgen, besar una imagen, hacer silencio respetuoso al entrar en el templo o en el momento de rezar. Hace bien a los niños ver a sus padres arrodillarse y hacerse la señal de la Cruz.

El leproso curado que volvió alabando y bendiciendo a Dios y se postró rostro en tierra ante el Señor, nos muestra esta actitud de adoración que el pueblo de Dios sentía que podía tener ante Jesús y que el Señor no rechazaba.

Deseo de servir

Servir es también un deseo básico que mueve todas nuestras acciones. Servir a los otros, ser útiles a los demás, contribuir con la creación, dar fruto, ofrecer lo mejor de uno, el propio carisma, dar una mano, gastarse por los demás, ayudar a los que necesitan… Si la adoración es un deseo propio de la creatura y es unidireccional, la alabanza y el servicio son deseos también propios de nuestro creador. Jesús alababa la fe y la misericordia de la gente y toda su vida fue de servicio a los demás. Lo consagró en el lavatorio de los pies a los discípulos.

Una imagen positiva de nuestro ser y de nuestro pasado    

Para poder discernir es necesario tener «experiencialmente» una imagen positiva de la vida, de nuestro ser y de nuestro pasado: somos creados buenos y encontrar cada uno nuestro bien más propio, nuestro carisma, así como un ave encuentra su canto y una flor su color, es nuestra manera de reconocer al Creador: siendo mejor lo que somos, siendo por trabajo y elección lo que somos por don y por gracia.

Si uno tiene una imagen negativa de sí, si piensa que no vale nada o que porque tiene algún defecto o pecado, no puede alabar y adorar y servir a Dios y al prójimo, no sentirá que puede discernir la voluntad de Dios en su vida. Si en cambio nos sabemos seres complejos, quizás con muchos defectos, pero con esta zona de la alabanza, la adoración y el servicio, siempre intacta y lista para ser reactivada, entonces tendrá sentido discernir. Pero hay que practicar la alabanza y la adoración y el servicio hasta que la imagen positiva fundamental salga a flote y tome las riendas de nuestra vida.

Diego Fares sj

 

Momento para contemplar

Marta Yrigoy

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                                        Nuestra Señora de la Consolación de Sumampa (Bo San Calal Villa de Mayo)

Comenzamos un nuevo año, y queremos aceptar la invitación que nos hace el Papa Francisco de “entrar en la escuela del discernimiento”…

Por eso, la invitación en este primer encuentro, será  después de leer el texto del P. Diego Fares, sj; quedarnos sintiendo y gustando el Salmo 131.

Señor, mi corazón no es ambicioso,

ni mis ojos altaneros;

no pretendo grandezas

que superan mi capacidad;

sino que acallo y modero mis deseos,

como un niño en brazos de su madre.

Espere Israel en el Señor

ahora y por siempre.

                                                        (Cfr. Padre Manuel Pascual, Retiro «Para tí es mi música»).

Si dejamos resonar este salmo en nuestro interior veremos que tiene algo de la parábola del hijo pródigo. Quizá antes soñaba con grandezas, ahora golpeado por acontecimientos terminó descubriendo la mano buena de Dios.

Pero, ¿qué es soñar con grandezas?

Nunca el problema humano será el de soñar mucho. Siempre nos quedaremos cortos. El Padre soñó lo más grande, nos soñó hijos en el Hijo. Nuestras grandezas son caricaturas, son balbuceos, son bosquejos…

‘Acallo y modero mis deseos’. No significa entonces anular. Dios sembró el corazón humano con deseos infinitos. Por eso hay que aprender a escucharlos, a dialogar con ellos.

Solo llegando al fondo y descubriendo qué deseamos, todos los demás deseos se pueden ordenar, jerarquizar.

Solo llegando al fondo y teniendo fe en las promesas de Dios, podemos tener confianza y paz.

Hay que hacer un acto de confianza como el del salmista. El alma en paz se abandona a Dios, sin inquietud ni ambición, no porque tenga ya todo, sino porque cree que Dios es fiel…

Algunas preguntas…

  • ¿Que desea mi corazón?
  • ¿Qué importancia le doy a los deseos que me habitan?

Volver a rezar con el Salmo 131, pidiendo la Gracia que necesito en este tiempo de Cuaresma…

 

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Momento de reflexión

Diego Fares sj

En su encuentro con los jesuitas de Myanmar, el Papa habló de los Ejercicios y de la Contemplación para crecer en el amor. Me gustó su interpretación: “alcanzar amor” es “crecer en amor”. Para nosotros, la idea de alcanzar algo -alcanzar una meta-, tiene un sentido de acción concluida y quizás eso ha hecho que la Contemplación para alcanzar amor, que se hace para finalizar los Ejercicios, se viva como un cierre, cuando en realidad es una apertura.  Si le cambiamos el nombre y al terminar los Encuentros de Oración de este año, por ejemplo, proponemos una “Contemplación para crecer en el amor”, no sentimos que algo terminó sino que algo se abre: tenemos un ejercicio espiritual para practicar en la vida activa. La Contemplación para crecer en el amor es el fruto con semilla que resume todos los Ejercicios  y que cada uno puede sembrar en el jardín y en las macetas de su vida cotidiana.

Hay dos “notas” de San Ignacio para crecer en amor. Son cortitas como un Tweet, pero están llenas de sabiduría

La primera nota es que: “El amor se debe poner más en las obras que en las palabras”.

Si seguimos con la metáfora del fruto con semilla, lo que Ignacio nos indica en qué macetas sembrar el amor para que crezca bien. Si se pone en una obra concreta, el amor enseguida echa raíz y crece. Por tanto, hay que ejercitarse en ponerlo más en las obras que en las palabras”. Atención que no dice “solo” en las obras. Pero en esa tensión siempre fecunda en la que se mueve el Evangelio, entre práctica y anuncio, la primera debe tener cierta primacía.

La segunda nota es que: “El amor consiste en comunicación de las dos partes”.

San Ignacio nos describe la dinámica de la comunicación: “A saber, en dar y comunicar el amante al amado lo que tiene o de lo que tiene o puede, y así, por el contrario, el amado al amante; de manera que, si el uno tiene ciencia, dar al que no la tiene, si honores, si riquezas, y así el otro al otro”.

Crecer en el amor es, pues, crecer en comunicación. Recordamos una historia de la vida de Ignacio que nos pueden ilustrar cómo creció él en su comunicación con Dios (cómo creció en el amor).

El padre Luis Gonçalvez da Cámara, nos cuenta el último encuentro que tuvo con Ignacio, que le narró su historia:

“El mismo día, antes de cenar, me llamó con un aspecto de persona que estaba más recogida de lo ordinario, y me hizo una especie de protestación, la cual en substancia consistía en mostrar la intención y simplicidad con que había narrado estas cosas, diciendo que estaba bien cierto que no contaba nada de más; y que había cometido muchas ofensas contra Nuestro Señor después que había empezado a servirle, pero que nunca había tenido consentimiento de pecado mortal, más aún, siempre creciendo en devoción, esto es, en facilidad de encontrar a Dios, y ahora más que en toda su vida. Y siempre y a cualquier hora que quería encontrar a Dios, lo encontraba. Y que aún ahora tenía muchas veces visiones, máxime aquellas, de las que arriba se dijo, de ver a Cristo como sol, etc. Y esto le sucedía frecuentemente cuando estaba tratando de cosas de importancia, y aquello le hacía venir en confirmación, etc. (Autobiografía n. 99).

Crecer en el amor es crecer en “facilidad para encontrarse con Él, para “ver a Dios en todas las cosas”. El amor hace que entre los que se quieren sea fácil “encontrarse”. Es propio de la amistad y la familiaridad esto de ser “encontradizos”, de estar a mano, disponible, que el otro sepa dónde encontrarme…

La convicción que Ignacio siembra en nuestro corazón es que, si uno lo que quiere es crecer en amor, esto, con nuestro Padre del Cielo, con Jesús y con el Espíritu Santo, no será difícil, como se piensa comúnmente o como el mal espíritu intenta hacernos pensar. No es difícil crecer en el amor teniendo a Jesús. No es difícil crecer en el amor teniendo al Espíritu Santo en el corazón. No es difícil crecer en el amor, si nos damos cuenta de que somos hijos del Amor, hijos del Padre Misericordioso.

 

En seguida veremos qué cosas hay que contemplar, en qué puntos precisos nos debemos ejercitar en medio de la vida cotidiana, para crecer en este amor. Pero antes recordemos que estos “puntos” que da Ignacio son gracias, pura gracia. Nacieron de una “Contemplación para alcanzar amor” que Ignacio tuvo junto al río Cardoner: la famosa “visión del Cardoner” (famosa al menos para los jesuitas, pero cuya fama crecerá ahora un poco más).

“Una vez iba por su devoción a una iglesia, que estaba poco más de una milla de camino va junto al río; y yendo así en sus devociones, se sentó un poco con la cara hacia el río, el cual iba hondo. Y estando allí sentado se le empezaron abrir los ojos del entendimiento; y no que viese alguna visión, sino entendiendo y conociendo muchas cosas, tanto de cosas espirituales, como de cosas de la fe y de letras; y esto con una ilustración tan grande, que le parecían todas las cosas nuevas. Y no se puede declarar los particulares que entendió entonces, aunque fueron muchos, sino que recibió una grande claridad en el entendimiento; de manera que, en todo el discurso de su vida, hasta pasados sesenta y dos años, coligiendo todas cuantas ayudas haya tenido de Dios, y todas cuantas cosas ha sabido, aunque las ayunte todas en uno, no le parece haber alcanzado tanto, como de aquella vez sola. Y esto fue en tanta manera de quedar con el entendimiento ilustrado, que le parecía como si fuese otro hombre y tuviese otro intelecto, que tenía antes (Autobiografía 30).

Las gracias que “alcanzó” Ignacio –que recibió aquel día y lo hicieron crecer, convertirse en alguien con una mente nueva que veía todas las cosas nuevas- son las que se encuentran -con esa sabiduría práctica que destilan- a lo largo y ancho de todos los ejercicios: en su estructura y en su ritmo, en cada uno de sus pasos y todas sus partes. Y se resumen en esta Contemplación para crecer en el amor.

Con esto, hemos presentado como corresponde esta paginita de los Ejercicios que, en el humilde envoltorio de unas pocas frases nos brinda cuatro frutos con semilla que son un tesoro y, si se siembran y cultivan, hacen crecer el amor.

         Cuatro semillas de contemplación… para crecer en amor

A continuación, vamos a proponer un modo de rezarla que puede resultar mágico para todos los que sienten que rezan poco, para todos los que les gustaría aprender a rezar. “Enséñanos a rezar”, le dijeron los discípulos al Señor cuando lo vieron rezando al Padre. Nosotros, mirando a Ignacio, que es uno de esos discípulos apasionados siempre por aprender a rezar, uno a quien el Señor le enseñaba a rezar como se enseña a un niño de escuela, de tan ignorante que era en cosas del Espíritu, le pedimos que nos enseñe esta “contemplación para crecer en el amor”. Es una contemplación para pobres, para ignorantes, así que los que ya encontraron su modo de rezar, por favor abstenerse.

Me inspiró una cosa que dijo el Papa acerca de los dos exámenes que San Ignacio propone en los Ejercicios: dijo que “si san Ignacio nos hace examinarnos dos veces por día (no solo a los jesuitas sino a los que hacen los Ejercicios, agrego yo) no es para que contemos cuántas pulgas y piojos tenemos”. Me hizo reír y a la vez me dio mucha vergüenza de haber practicado tan poco y mal en mi vida este ejercicio. Pero también sentí que quedarme en lamentaciones era tentación, así que pedí enseguida la gracia de entender mejor cómo hay que examinarse. Y ahí nomás el Espíritu me iluminó para unir el examen con la contemplación para crecer en el amor!

Se trata de examinarse, sí, pero en el amor. No en pulgas y piojos. No en lo primero que aparece al examinarse: en culpas pasadas y deberes futuribles.

Se trata de mirar dos veces por día cómo está mi corazón. Si está enamorado o no. Si recibe bien y da bien amor. Si creció en devoción y si le doy el gusto de “encontrar al Señor cada vez que lo desea”.

No es lo habitual examinarse en esto. Y el hecho de poner como un deber el examinarse –y la palabra misma “examen”- despiertan ecos afectivos no placenteros. Es una fatiga tener que examinarse. Uno presiente que la nota será siempre baja, que no aprobaremos, que los resultados estarán si no mal del todo, siempre más o menos nomás.

Pero no prejuzguemos! Dejémonos guiar por Ignacio y veamos sobre qué quiere que nos examinemos, qué cosas nos invita a “contemplar”. Las dos primeras semillas, ya fueron sembradas. Son la del amor-regalo y la del amor-estar. Las otras dos semillas son para sembrarlas juntamente: la del amor-trabajo y la de conectar el amor.

Recordar el Amor regalo

El primer punto es “Traer a la memoria los beneficios recibidos”. Este ejercicio de memoria nos hace descubrir que el amor es regalo, el amor es don. El Sembrador ya lo sembró en nuestros terrenos. El Espíritu ya ha sido “derramado en nuestros corazones” y ha crecido en todas las culturas a las que nos envía el Señor.

El ejercicio consiste en examinar haciendo memoria, acordándonos… No es difícil examinar regalos. Imaginémonos de niños, el día de nuestro cumpleaños, con la mesa llena de los regalos que nos van trayendo nuestras tías y primos y nuestros amiguitos.

Este examen ignaciano no tiene nada de introspección ni de correctivos. No es el examen para la una confesión. Estos dos exámenes, para hacer al mediodía y a la noche, son totalmente distintos: se trata de desempaquetar regalos. Es decir, se trata de contemplar bajo la “formalidad” de un regalo, todo lo que pasó durante ese medio día o día entero. Fue regalo despertarme, fue regalo desayunar, fue regalo la familia, fue regalo ir a trabajar… Cuanto más uno pueda “desenvolver” el regalo de los papeles de la rutina que lo envuelven, mejor se irá sintiendo.

Y de tanto ver regalos tan amorosos, surgirá el deseo de agradecerle al que nos los regaló.

Aquí San Ignacio siembra una semilla más, de discernimiento que le sale al paso a una tentación muy instalada: afirma que Dios desea regalarme siempre más, todo lo que pueda, y más todavía, desea “dárseme Él mismo”. Queda así sembrada la “gratuidad creciente” del amor.

Contemplar es mirar todo esto y “ponderarlo con mucho afecto”. El amor regaló mucho y desea regalar siempre más y darse a sí mismo en regalo. No hay mezquindad ni condicionamientos en el amor. Es regalo y punto. Tomar conciencia, pues, dando gracias por tantos beneficios recibidos.

De aquí brota espontáneamente el ofrecimiento: cuando uno recibe tan lindos regalos le dan ganas de regalar. A Ignacio le nació decir:

Tomad, Señor, y recibid

toda mi libertad,

mi memoria, mi entendimiento y toda mi voluntad,

todo mi haber y mi poseer;

Vos me lo diste, a Vos, Señor, lo torno;

todo es vuestro, disponed a toda vuestra voluntad;

dadme vuestro amor y gracia, que ésta me basta.

            Agradeciendo mucho los regalos y regalando uno algo a su vez, es como se crece en el amor. No hace falta ofrecer siempre todo. Uno se puede concentrar en “algo de lo que tiene o puede”. Ofrecer en un momento la memoria, en otro –si uno está leyendo- el entendimiento y si uno va por la calle, algo para dar de limosna del propio haber y poseer…

Contemplar el Amor-estar

El segundo punto es “Contemplar cómo Dios habita, cómo Dios está”. Este amor-estar también ya fue sembrado. El que lo sembró dijo: Yo estoy todos los días con ustedes hasta el fin del mundo. El que lo sembró se quedó como Eucaristía y nos pidió que celebráramos su presencia partiendo el pan “en memoria suya”.

El amor es estar. El amor es presencia, es cercanía, vecindad, compañía. Ignacio no usa mucho la “palabra” amor. Pero describe tan bien sus obras, los gestos de quien ama…, aquí: el simple hecho de estar.

El amor crece cuando la contemplación escudriña y anota prolijamente los lugares donde el Señor estuvo, los lugares donde sé que está.

Y esto va unido a discernir los lugares donde yo puedo estar, las personas a las que quiero visitar o acoger. Esta contemplación del estar, del lugar, tiene que ver con la nota acerca de “donde hay que poner más el amor”. Hay lugares donde el amor “ya se puso”: el sagrario, la casa familiar, la escuela, los lugares donde juegan los niños, los hospitales, la casa de los pobres, la calle…  Hay lugares donde el Señor está escondido y a donde hay que ir a hacerlo explícito: son esas periferias, esas fronteras, donde Él espera que  anunciemos su presencia para que pueda dar fruto.

Un modo de responder a esta “contemplación del habitar de Dios” es hacer pequeñas invocaciones para invitarlo a venir y a permanecer:

“Ven a mi encuentro Padre. Vuelvo arrepentido, con la esperanza de que me quieras abrazar”.

O “Quédate con nosotros Señor, que es tarde y anochece”.

O “Ven Espíritu Santo, eres bienvenido en este lugar”.

O “Ven a casa Jesús e invita al pobre que quieras, la puerta está abierta y partido el pan”.

Discernir el Amor trabajo

El tercer punto que Ignacio nos propone para enamorarnos de Dios, es mirarlo trabajar y discernir nuestro propio modo de trabajar que se acuerda con el suyo.

El amor es regalo y presencia, pero también es trabajo, cultivo, creación, producción, institución… Tiempo.

“Considerar –dice- cómo Dios trabaja y labora por mí en todas cosas creadas sobre la faz de la tierra”.

Ignacio dice que el modo de estar de Dios es como el de un laburante (en latín: “habet se ad modum laborantis”). Así como en los cielos, elementos, plantas, frutos, ganados, etc., Dios trabaja dando ser, conservando, vegetando y sintiendo, etc. Después reflexionar en mí mismo (como trabaja Dios)”.

Qué tengo que reflexionar? Ignacio “deja picando la pelota”. Es evidente que Dios “trabaja” en toda la creación. Es evidente que todas las cosas “trabajan”, cada una según su naturaleza y su instinto: nunca está ociosa la creación. Ignacio deja que discernamos y elijamos nosotros -ya que también somos creaturas, pero libres- cuál es nuestro trabajo propio, ese en el que Dios puede “trabajar conmigo”, estar en mí trabajando, no solo dándome el ser o dándome regalos, o haciendo todo el trabajo por mí.

Este ejercicio es como decir: cuando trabajo bien –en mi carisma, en mi misión y en mi puesto-, el Señor trabaja conmigo, hace cosas a través mío… Allí “cosecho”, si no “desparramo”, aunque sea hiperactivo y produzca mucho…

Una reflexión interesante puede ser la siguiente: no puedo “ser más de lo que soy” ni “darle al Señor más espacio que el que tengo en mi corazón”, pero sí puedo discernir cómo, dónde y en qué trabajar más y mejor, sí puedo especializarme en mi carisma para que Dios trabaje mejor con mis manos. En esto, los artistas y los santos nos dan testimonio de cuánto puede potenciar nuestro trabajo el del Señor, cuánto puedo embellecer y mejorar la creación. El amor “trabajo” puede crecer mancomunadamente.

Conectar contemplativamente mi amor a su Amor

El cuarto punto es para conectar amores. Consiste en “mirar cómo los bienes y dones descienden de arriba”.

El amor une, conecta: conecta bienes, conecta corazones, conecta personas. Contemplar cómo todo lo de abajo está conectado con lo de arriba, hace crecer nuestro amor. Y es un servicio establecer -contemplativamente- esta conexión y brindar el servicio a los demás, como si uno brindara un Wifi.

Cuando nos conectamos con lo Alto, apreciamos más cada pequeña cosa, cada limitada y frágil cosa, porque la vemos en su fuente y en su perfección futura. Lo que en nosotros es limitado y medido, proviene de Dios: de su suma potencia, de su suma justicia, de su suma bondad, piedad y misericordia…

La dinámica de conectar las cosas en el amor es la del Magníficat, aunque no lo diga Ignacio, supone que tenemos entendimiento. Es la dinámica de “engrandecer a Dios -como hace nuestra Señora-, porque miró con bondad su pequeñez”.

Si hay contemplación que haga crecer en el amor y enamorarse de Dios y de nuestros pueblos, es la que mira a Dios en los ojos de María.

A través de ellos vemos claro qué significa que el amor es comunicación, cómo nuestro Dios es “un Dios que se ha enamorado de nuestra pequeñez” y cuánto podemos crecer en ese amor.

La dinámica del Magníficat es también la de estas pequeñas oraciones para crecer en el amor, que buscan conectar lo pequeño con lo grande. Eso es lo cristiano, decía Ignacio: no achicarse ante lo grande de un amor que siempre puede crecer más y, sin embargo, dejarse contener por lo pequeño de su concreción en cada cosa. Jesús estableció esta conexión entre amores cuando dice: lo que le hiciste al más pequeño de los míos a mí me lo hiciste. Es la misma conexión que uno hace cuando ve, por ejemplo, que alguien le hace un bien a un hijo y dice: lo que le hacés de bien a mi hijo, me lo hacés a mí.

…..

La esperanza de poder crecer en facilidad para encontrar a Dios en todas las cosas y siempre que queramos, nos permite discernir “lo que es de Dios” y lo que es del mal espíritu, en clave de lo que nos hace “crecer en el amor” y lo que no nos deja crecer en él o nos desanima, nos aleja, nos hace amar menos, con menos fuerza, con menos gozo.

La propuesta, por tanto, para los que se sienten “pobres en oración”, es practicar dos veces por día (o todo lo que quieran y puedan, cuanto más mejor) alguno de los puntos para “crecer en amor”: recordar algunos beneficios del Amor-regalo, dando gracias y ofreciendo, contemplar algún lugar donde el amor está, e ir a visitarlo, discernir mirando mi trabajo, para ver si estoy en mi lugar y haciendo las cosas al estilo de Jesús, de modo tal que colabore y no desparrame, conectar amores, pequeños gestos con gran amor, como decía Madre Teresa. Veremos entonces, cómo nuestro amor crece, maravillosamente.

Momento de contemplación

Marta Irigoy

La Contemplación para Alcanzar amor, que propone San Ignacio al terminar los Ejercicios Espirituales, puede ayudarnos a hacer una “contemplación agradecida”, de todo este año que está concluyendo…

Esta “contemplación agradecida de tanto bien recibido” puede ayudarnos a descubrir la presencia de Dios envuelta en la sorpresa y  en la esperanza que fue sosteniendo nuestro caminar en este año y desde la admiración de descubrir todo lo que Dios nos ha “comunicado de cuanto tiene” hacer el gesto de ofrecernos sabiendo que las Manos del Padre, seguirán sosteniendo con su tierna mirada y providencia nuestra vida, envuelta en la pequeñez y la sencillez de la vida cotidiana…

Estas preguntas pueden ayudarnos a una contemplación agradecida…

  • ¿En qué aspecto de tu vida creció la esperanza en este año?
  • ¿Dónde has descubierto el “trabajo de Dios en tu vida”?

Cuando la esperanza está escondida en el cansancio, en el dolor, en la monotonía, nos solemos preguntar: ¿cómo hacer revivir la esperanza?

Por eso, quiero terminar con este texto anónimo, que puede ser de ayuda para preparar nuestro Adviento:

Donde hay desaliento y desconfianza en el futuro: ¡Ven Señor, Jesús!
Donde crecen la intolerancia y la violencia: ¡Ven Señor, Jesús!
Donde abunda la injusticia y se margina al débil: ¡Ven Señor, Jesús!
Cuando la llama está a punto de apagarse: ¡Ven, Señor, Jesús!
Cuando los buenos se cansan de hacer el bien: ¡Ven, Señor, Jesús!
Cuando todo parece quedar en un intento: ¡Ven, Señor, Jesús!
Cuando la soledad no es sonora, ni música el silencio: ¡Ven, Señor, Jesús!

Comprometerse a anunciar la esperanza es:

–   Hablar con Jesús y hablar de Jesús con tu vida.

–   Vivir tu fe en comunidad.

–   Disfrutar de la vida.

–   Acompañar desde tu debilidad a los más débiles.

–   Creer en la bondad de un Padre que es todo ternura y amor.

–   Aceptar tus límites y seguir cantando

–   Contemplar a María como mujer donde todas las esperas se cumplen en plenitud.

–   Dar respuesta desde tus dones a los desafíos que llaman a tu puerta.

–   Sembrar gratuidad a tu alrededor.

–   Dejarse sorprender por lo inesperado, por Dios que llega siempre con ropaje nuevo.

–   Querer mucho a la gente.

–   Romper toda frontera y saludar la nueva humanidad que el Espíritu recrea cada noche.

No tenemos que pensar que se trata de una larga contemplación que uno podría hacer de vez en cuando. Tiene, por ejemplo, dos notas sobre el amor que bien podrían ser tres Twets; una breve oración para ofrecerse y ofrecer cosas de cada momento; y puntos que se podrían pasar como cuatro videítos, para mirar el amor de Dios en acción: uno, recordando sus beneficios que pueden ser del día o de una etapa; otros dos mirando a Dios cómo está y como trabaja, en un paisaje, en una creatura o en una institución, por ejemplo; y el último, mirar cada don como “viniendo de lo alto”, como del sol los rayos. Uno puede hacer esta contemplación como quien graba un video corto, en medio de la jornada, porque en alguna situación concreta “descubre” el brillo del amor de Dios.

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Al ver el mal del mundo, nuestro Dios no respondió con la indignación sino con la Encarnación.

Momento de Reflexión

Diego Fares sj 

La cruz en la Vida Oculta     

El tema de este año es la relación entre esperanza y discernimiento.

La Esperanza, como dice el Papa, nos abre el horizonte -siempre más amplio- del tiempo de Dios.

El discernimiento nos permite reaccionar, en este preciso momento,

sea para acoger una semilla del Evangelio o cosechar al paso un fruto que ya está maduro,

sea para rechazar una tentación insidiosa, de esas que quieren arraigar -como la cizaña- en nuestra manera de pensar o de sentir.

Este mes reflexionamos sobre la esperanza y el discernimiento en la vida oculta del Señor. Tomando pie en las indicaciones de Ignacio, lo haremos desde la perspectiva de las Dos Banderas, que es la perspectiva de la lucha del demonio contra la cruz del Señor.

La Bandera del Señor –el signo que alza y en el que Él está- es la Cruz.

En general Ignacio recomienda “no leer ningún misterio” de la vida de Cristo que no sea el que uno tiene que hacer, para que “la consideración de un misterio no estorbe a la consideración del otro” (EE 127). Pero las reflexiones sobre la Cruz atraviesan toda la vida del Señor. Como dice en la Adición 6ª, el misterio de la cruz está presente “desde el nacimiento del Señor”. No es un misterio que se limite a un momento de su vida.

Y esto, no porque la vida sea toda Cruz, sino porque estamos en guerra. Por eso es que no podemos separar las cosas y hacer que, durante la semana de la Vida Oculta, la contemplación sea solo de las ternuras de la Navidad y las crueldades de la Cruz, limitarlas solo a la semana de la pasión. El de la Cruz es el misterio más grande y que más escandaliza, sobre todo cuando la cruz sobreviene a destiempo, en el momento en que todo tendría que ser alegría…

La relación “realidad-pensamientos-sentimientos”

Hago aquí un excurso que hace a la dinámica de los Ejercicios y creo que puede ayudar en nuestra situación actual.

En los Ejercicios hay “consejos o recomendaciones” que San Ignacio llama “Adiciones”. Hay una –la Adición 6ª (ya mencionada), que va cambiando.

Apunta a ordenar los sentimientos.

Dice que durante el día uno debe discernir los pensamientos que cultiva, para dar preponderancia a los que están de acuerdo con lo que tiene que contemplar. Las recomendaciones van cambiando.

  1. Cuando meditamos los pecados, Ignacio recomienda no pensar en cosas de placer ni alegría, como de gloria y resurrección, porque para sentir pena, dolor y lágrimas por nuestros pecados es impedimento cualquier consideración de gozo y alegría” (EE 78).
  2. En la segunda semana, aconseja adaptar los pensamientos y sentimientos al misterio de la vida del Señor que se contempla (EE 130).
  3. En la semana de la Pasión, recomienda “no procurar tener pensamientos alegres” sino “inducirse a sí mismo a dolor, pena y quebranto, trayendo a la memoria los trabajos, fatigas y dolores que Cristo nuestro Señor pasó desde el punto en que nació hasta el misterio de la pasión en que al presente me hallo” (EE 206).
  4. En la Resurrección, recomienda “traer a la memoria y pensar cosas motivas a placer, alegría y gozo espiritual, así como de gloria” (EE 229).

Este modo de “recibir y cultivar” algunos pensamientos y sentimientos y de “rechazar” otros, es un ejercicio de discernimiento que está presente en todo momento en los Ejercicios (y en la vida).

Ignacio trabaja sobre la relación “realidad-pensamiento-sentimiento”. Si estoy en una fiesta de casamiento de unos amigos y me vienen pensamientos tristes de alguna otra situación, discierno que debo dejarlos de lado (y si no puedo, irme un rato…) para que no me inunden de sentimientos que me cambien la cara y el ánimo y amarguen la fiesta.

Medir la relación que hay entre la realidad comunitaria en la que me encuentro y mis pensamientos y sentimientos, es algo que todos hacemos constantemente. Un pensamiento puede ser muy adecuado, pero si me provoca sentimientos que no condicen con la realidad en que estoy, lo rechazo. Si estamos en un velorio, un chiste, cuanto más hilarante, más se debe rechazar, porque lleva inevitablemente a una carcajada frente al muerto. Y si estamos en medio de una batalla, que alguien pretendidamente neutral nos sugiera un pensamiento que nos lleva a sentir dudas del accionar de nuestro buen capitán, es un ataque enemigo, y como tal hay que rechazarlo. El discernimiento instintivo es claro: aunque sea una verdad, en este momento nos la están tirando como artillería para desestabilizarnos y hacernos algo peor.

Hasta aquí el excurso para justificar que el tema de la lucha y de la guerra entre en la semana de la Vida familiar del Niño Jesús.

El criterio cierto para discernir

En la teología de los Ejercicios, Ignacio nos hace contemplar, en la Encarnación, un mundo en el que contrastan escenas de vida y de muerte. Y en el camino hacia Belén, nos hace “considerar lo que hacen José y María, como es el caminar y trabajar para que el Señor nazca en suma pobreza, y al cabo de tantos trabajos, de hambre, de sed, de calor y de frío, de injurias y afrentas, para morir en cruz; y todo esto por mí” (EE 116).

Ignacio contempla cómo estuvo presente la Cruz ya en la infancia de Jesús. Tantos sufrimientos cotidianos, descriptos prolijamente, y encima “para morir en Cruz”. Como si todo lo otro no hubiera bastado.

En este pequeño detalle resuena el Evangelio entero. Y paradójicamente no es para desalentarnos, como espontáneamente nos viene al ánimo, sino para darnos “el criterio de discernimiento que desenmascara siempre al demonio: la cruz”.

El demonio no tolera la cruz. Tienta al Señor para que se baje. Y como no puede, nos tienta a que lo bajemos nosotros de algunos aspectos de la vida.

Si lo bajamos, puede ser que nos aliviemos un momento (porque sabemos que no podemos esquivar la cruz del todo). Pero perdemos el criterio “existencial” para discernir. Perdemos el criterio de “sentir con la piel y el corazón propios” lo que es verdad y lo que es mentira.

Donde está la cruz, está Jesús –salvando con su amor-. Esto nada ni nadie nos lo puede quitar ni relativizar. Como decía el Papa Benedicto: “La cruz revela ‘el poder de Dios’ (cf. 1 Co 1, 24), que es diferente del poder humano, pues revela su amor: ‘La necedad divina es más sabia que la sabiduría de los hombres, y la debilidad divina, más fuerte que la fuerza de los hombres’ (1 Co 1, 25)”.

Esta sola Palabra del Señor –la fuerza salvadora de su Cruz-  basta para crear un paradigma e iluminar toda una época. Basta esta Palabra de Jesús para abrirle los oídos a una persona o a una comunidad. Basta el gesto del Señor – no solo de subirse él mismo a la Cruz, sino de haberla aceptado desde su nacimiento- para hacer que entre en la fe en un corazón y se nos revelen verdades que estaban como a la espera.

Discernir en tiempos de guerra

Lo de unir la vida oculta de la familia de Nazaret y la lucha abierta de Jesús, vino de sentir que estamos en tiempo de mucha lucha. Luchas ideológicas, económicas, políticas, culturales y religiosas. En una guerra, es vital saber reconocer al enemigo. Y una de las tácticas de todo enemigo es camuflarse, mezclarse en el bando contrario, haciéndose pasar por amigo o por neutral para dar información falsa. Por eso es clave incorporar esa “conciencia de guerra” que nos da la meditación de Dos Banderas. Esa conciencia de cruz, para estar alertas hasta en sueños, como San José, y poder cuidar al Niño.

Cambia todo el panorama si uno “se entera” de que estamos en guerra, de que hay Herodes planeando la muerte del Niño en sus palacios.

Toda guerra –desde una guerra mundial a una guerra entre facciones políticas o entre miembros de una institución- pone en acto algunas de las características de La Guerra de fondo: la que se libra en la historia entre el demonio y Jesús.

Pero la “guerra a pedazos”, como la llama el Papa, que estamos viviendo, pone en acto no solo la violencia física y psicológica sino también, de manera muy solapada, la violencia de la mentira y el engaño. Es la táctica de engañar al enemigo para que se destruya a sí mismo, para que se divida y pueda ser derrotado más fácilmente.

Es necesario, entonces, reconocer que estamos en guerra y que se trata de una guerra que se libra en las mentes de la gente antes que en el espacio geopolítico. No solo el espacio virtual de internet sufre el ataque de los hackers, también el alma de la gente simple se ve afectada por las mentiras.

Por eso hay que despertar el arte del discernimiento que “los pequeños tienen por la gracia del Padre”. No queda otra. El enemigo no utiliza uniformes distintos a los nuestros, precisamente porque no quiere “distinguirse”. Y para discernir ayuda la meditación de Dos Banderas.

Dos banderas, tres escalones (para trepar o para abajarse)

Ayuda diciendo desde el vamos que son dos las Bandera. No tres ni cien.

Ayuda mostrando que los pasos para enrolarse en una u otra bandera son tres y que basta que una persona de dos pasos para intuir el tercero y saber bajo qué bandera milita.

Demasiado simple e ingenuo el discernimiento de Ignacio?

Más bien sumamente agudo y genial en su simplicidad.

El primer paso al que nos invita el mal espíritu es “codicia de riquezas”.

Jesús, en cambio, encomienda a los suyos a que quieran ayudar a traer a todos a vivir en “suma pobreza espiritual”, y a los que Dios quiere elegir también en “pobreza actual (material, quiere decir). El vivió así en Belén, en Egipto y en Nazaret.

Las dos tendencias son claras. La actitud de codicia contra la actitud de pobreza espiritual.

El segundo paso es “vano honor del mundo” –la mundanidad espiritual de la que habla Francisco- contra “deseo de oprobios y menosprecios”.

Si el primer paso tiene sus más y sus menos, aunque el “diente de la codicia” suele ser muy visible, en el segundo escalón ya se puede ver bajo qué bandera milita cada uno. El que está enamorado de Jesús rechaza connaturalmente la vanidad mundana. El amor del Señor y de la gente es un bien tan real que la vanidad pasajera y autocomplaciente tiene algo de ridículo.

En el tercer escalón se contraponen soberbia “crecida”, dice Ignacio, contra humildad.

Una más, por si hace falta: los escalones por los que nos invita a “trepar” el demonio siempre tienen alguna excusa comparativa (esto no es “tan” de ricos o “tan” de vanidosos…), pero dejan mal sabor; los escalones por los que nos invita a “abajarnos” el Señor, no dejan el sabor de la duda: despojarme de una moneda y darla a otro más pobre, es un pasito de pobreza y sufrir un desprecio en silencio es una humillación concreta que me hace un poquito más humilde.

Gente buena que “se siente” dolida

La inspiración de juntar vida oculta y dos banderas me vino porque en estos días me han llegado varios mails (dos personas mayores, abuelas buenas, que han gastado y gastan aún hoy su vida haciendo el bien a los demás) de gente que se siente dolida (los sentimientos!) y desconcertada por lo que leen en los diarios y escuchan en los medios sobre el Papa y la iglesia. Noticias que se mezclan impunemente con las luchas políticas partidarias y las peleas ideológicas de distintos grupos que se tiran entre sí con todo lo que encuentran, desde las cosas más viles hasta las cosas más santas, con tal de denigrar y eliminar al otro. Sigue la guerra en nuestro país y en muchas partes del mundo. Una guerra a pedazos, como dice el Papa. Pero la furia y el deseo de extirpar de la faz de la tierra al otro, es muy mala señal, sobre todo si se trata de personas que viven en la misma tierra, que son compatriotas.

Me detengo un momento en este punto e invito a reflexionar y a hacer un discernimiento, a separar y distinguir un mal espíritu que viene como pegado a uno bueno. Es necesario porque el comentario de otra gente es “si se siente dolida esta persona buena, es que algo hay”. Y la respuesta va por el lado de: ¡Y claro que hay! Lo que hay es una manera vil y mentirosa de atacar provocando sentimientos así en las personas buenas. No! Dirá alguno. Las teorías conspirativas son débiles. Pensar que el demonio puede atacar a ancianas buenas es el colmo de la teoría conspirativa. Y sin embargo… Herodes quería matar al niño Jesús y mató a los niños inocentes. El que ataca al Señor en la persona del papa también lo ataca en la persona de los pequeñitos del pueblo fiel de Dios.

Excurso filosófico acerca del mal

El deseo de todo corazón lo impulsa irresistiblemente a amar el bien y a rechazar el mal. Son dos movimientos que, en un momento dado, pueden tener la misma fuerza, pero a largo plazo no.

El impulso de abrazar a un ser querido puede ser tan fuerte como el impulso a sacarse de encima a uno que nos quiere hacer mal. Pero en un segundo momento, ambos impulsos se moderan: el abrazo se vuelve tierno, para no dañar y el rechazo… ¿Qué sucede con el rechazo?

También se tiene que moderar, pero de modo distinto.

Por un lado, uno no puede continuar golpeando hasta matarlo a alguien que lo agredió. Pero, por otro, hay que neutralizarlo para que no vuelva a la carga. Por eso se trata de alejarlo, de contenerlo, hasta meterlo en una cárcel si hace falta…

Pero el impulso a “eliminar” al agresor, si se exagera, hace que uno mismo se convierta en lo que rechaza.

 

Este ejemplo debe bastar para ver que el amor al bien no tiene límite, estamos creados para amar el bien más y más. Si se lo modera es para que vaya dando frutos de amor que maduran lentamente, pero no se le puede poner límites al bien: cuanto más amor, mejor.

El rechazo al mal, en cambio, está al servicio del amor al bien.

Teológicamente lo comprobamos en el hecho de que Dios nuestro Padre no rechaza absolutamente a ninguna de sus creaturas. Incluso al demonio, no lo hizo desaparecer, no lo aniquiló. Lo enfrenta, lucha contra él hasta el punto extremo de dar la propia vida, como hizo Jesús, pero no pretende ni quiere aniquilarlo.

Este paradigma teológico debe ser anunciado pública y proféticamente para contrarrestar el otro paradigma –terrorista- que trata de imponerse.

Paradójicamente, el demonio sí quiere “aniquilar” a Dios, aunque esto lo lleve a suicidarse.

El paradigma terrorista es demoníaco, porque impulsa a aniquilar todo bien.

Tengamos en cuenta que no solo sigue este paradigma el que detona una bomba que lleva en su cuerpo, también lo siguen, de modo más o menos camuflado, los que venden armas, los que hacen “desaparecer” personas, los que se apropian de la identidad de bebés ajenos, los que están en la trata de personas y el comercio de órganos… Tantos modos de “aniquilar” al otro.

Querer eliminar al que quiere eliminar no es la solución, es un gesto mimético que fortalece el paradigma del mal.

En un grado de menor violencia física, pero de gran violencia intelectual y mediática, este mismo paradigma se instala en el corazón de muchos –y aquí voy a la gente sencilla que siente en su interior la irradiación maligna de esta violencia- y los lleva a querer aniquilar a personas de otro partido político acusadas de corrupción. El impulso a rechazar el mal está exacerbado.

Moderar la indignación

Aquí viene el discernimiento: uno debe estar atento cuando el engañador –el demonio, que es mentiroso- muestra la cola haciendo exagerar la indignación.

Lo propio de una democracia es, precisamente, no exagerar la indignación.

No dejar que se desborde el reclamo de justicia.

Encauzar la justicia, apostar a las instituciones y tener paciencia: eso es democracia.

El discernimiento debe ser muy claro (y personal). Yo al menos lo formulo así para mí: cuando algo me hace indignar desproporcionadamente, me freno un momento a reflexionar. Es un modo de discernir utilizando el propio pellejo, la propia adrenalina, como detector de tentaciones.

Esta “desproporción” es lo que hace “oler el azufre” del mal espíritu.

Un ejemplo de lucha “justa” contra la corrupción es la de los familiares de las víctimas de la tragedia de Once. Llevan adelante un proceso en el que la lentitud de la justicia (que en este caso ha ido más rápido que en otros gracias a cómo se movilizaron los familiares) hace desear a veces dar rienda suelta a la indignación. Lo que han conseguido legalmente es, por un lado, inmenso, y por otro, poco y frágil, siempre falta un paso más para concretar las condenas. Sin embargo, los bienes que han crecido en torno a su accionar, son incontables: bienes de amistad personal y de ciudadanía política. Es un bien que crece lentamente, como todo bien, pero que es real y que da esperanza porque se continúa en el tiempo.

Para amar “sin medida” hay que saber “indignarse con medida”.

Al demonizar al otro, al pretender “aniquilarlo”, se pierden unas energías preciosas que deben ponerse al servicio del bien, que es a largo plazo y requiere todas nuestras fuerzas.

El mal no merece tanta atención.

Es mucho si se logra neutralizarlo cuando estalla o se hace ver.

Es la enseñanza de la Vida Oculta del Señor.

Al ver el mal del mundo, nuestro Dios Trino y Uno, no respondió con la indignación sino con la Encarnación.

El amor de la Virgen y San José a Jesús, su hijo, en una vida de trabajo duro y de alegría familiar, en medio de persecuciones y problemas, es la respuesta pacífica y discernida a la violencia desmedida y al mal. El pueblo fiel de Dios sabe “resistir” pacíficamente al mal –cargando la cruz con paciencia- para defender y cuidar la vida.

 

Momento de Contemplación

Marta Irigoy

Como dice el P. Diego, “al ver el mal del mundo, nuestro Dios Trino y Uno, no respondió con la indignación sino con la Encarnación”. Una encarnación en la que, desde el comienzo, estuvo presente misteriosamente la Cruz, como bandera de salvación.

 

Puede ayudarnos a contemplar, sacar provecho y luego discernir, lo que nos queda en el corazón de lo leído, reflexionado y contemplado… (ayuda saber que este material es para rumiar serenamente durante este mes…) y así, animarnos a tomar como única Bandera, la de la cruz del Señor que pacifica todas las cosas.

Sabemos por experiencia personal, familiar, social y mundial el clamor que se escucha, a veces a grandes voces y otras veces solo con la voz de lágrimas, esas lágrimas que vemos emerger de ojos que suplican la paz en un silencio a veces lleno de confianza y otras de la impotencia que se experimenta ante tanta indiferencia social…

Por eso, podemos tomar el evangelio de Mateo o Lucas, donde se nos relata la Vida Oculta de Jesús, María, José y los demás personajes que aparecen; para dejarnos consolar por tanta paz y alegría que emergen de estos textos bíblicos…

Ellos son la Fuente de la Paz, y en ellos podemos ir a saciar esa sed de Paz que cada uno tiene en el propio corazón para luego, convertirnos en hombres y mujeres “cantaros” que llevan esa Paz -Pequeña y Frágil como el Niño Jesús- a sus hermanos y hermanas que necesitan ser consolados y sostenidos con gestos también pequeñitos preñados de esperanza…

Podemos terminar cada momento en que tomemos este material para este mes, rezando esta oración:

Permite a la Paz que se encarne,
en tus ojos, en tus labios, en tus manos,
en los pasos de tus pies,
pero, sobre todo,
que se encarne en tu corazón.

Permite a la Paz que se encarne en todo tu ser,
y que mire a través,
que hable a través de tus labios,
que acaricie a través de tus manos,
que camine a través de tus pasos,

Permite a la Paz, sobre todo,
que se encarne en tu corazón,
y que su bondad y ternura infinita,
se derrame a través de tu corazón.

Permite a la Paz que sea el centro y el todo de tu alma,
y se encarne y se irradie
en tus gestos, en tus palabras,
en tus miradas, en tus silencios,
y en cada paso de tus pies,
y en toda la expresión de tu persona.

Permite a la Paz que sea el centro y el todo de tu alma,
permite a Dios que, en definitiva, se encarne en TODO TU SER,
hasta ser todo TÚ, expresión y presencia de su Espíritu.

 

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Momento de Reflexión

Diego Fares sj

La meditación del Reino –que Ignacio hace rezar durante todo un día- concluye la semana de los pecados y abre las semanas de la vida del Señor. Es una meditación “gozne” que lo centra todo en la Persona de Jesús y en su llamamiento.

Si miramos al Jesús que Ignacio nos presenta vemos a un Jesús lleno de esperanza, un Jesús joven que viene a llamar discípulos y compañeros para la misión de evangelizar a todos los pueblos. Es un Jesús que quiere entrar con todos los hombres en la Gloria del Padre. Con todos: no quiere que se pierda ninguno; no quiere excluidos ni descartados…, ni enemigos en lo que a Él respecta.

Y la vocación o llamado es a cada uno en particular. Jesús invita a “quien quisiere” ir con Él compartirlo todo: “ha de trabajar conmigo, para que, siguiéndome en la pena, también me siga en la gloria” (EE 95). Antes, en la figura del rey temporal, Ignacio había especificado más lo que implica ir por la vida en compañía de Jesús: “quien quisiere venir conmigo estará contento de comer como yo, y así de beber y vestir (como yo) etc.; asimismo tendrá que trabajar conmigo en el día y vigilar en la noche, etc.” (EE 93). En los “etc.” que pone Ignacio entra todo lo que se puede compartir en una amistad vivida en medio de una gran misión.

La esperanza de la Gloria futura atrae y es la meta; los trabajos y las penas son parte inevitable de la lucha, pero la Gloria y la Cruz se hacen a nuestra medida humana en el amor de amistad real que día a día es posible vivir con ese Jesús que alegra el corazón y le da fortaleza y ánimo. Cuando se trabaja y se lucha codo a codo entre amigos uno pone toda la persona y un poquito más. Si se compite en algo es en quién da más de sí y no en quién se lleva los aplausos.

Así, en la meditación del Reino vemos cómo la Esperanza grande de entrar con todos en la Gloria del Padre se concreta en el “Conmigo” al que nos invita Jesús. Ese “Conmigo” es un lugar especial. Digo lugar porque al estar con otro se crea un espacio, un ámbito, en medio del cual las cosas y lo que se realiza tiene otro sentido. El papa Benedicto en “Spes salvi” decía que la esperanza “atrae el futuro dentro del presente”. Eso es lo que hace “estar con Jesús” en el lugar de servicio al que llama e invita a cada uno de manera personal y única.

Conmigo

Este “conmigo”, este “con” Jesús es el lugar teológico que cada uno debe buscar y discernir cuál es, dónde se encuentra. Y, una vez encontrado, si uno lo elige como “su lugar en el mundo”, se convierte en puerta y camino, en verdad y vida. Desde allí toda la vida adquiere sentido: allí uno habita como en su tierra prometida; de allí puede “salir y entrar”, como las ovejas por la Puerta que es Jesús, para ir a misionar y regresar a adorar y a compartir la Eucaristía con sus hermanos; en ese lugar uno puede “estar con Jesús”, ver a Dios en todas las cosas y planear el “modo” de obrar y el ritmo con el cual caminar en la misión.

Que el Señor nos permita estar “con Él” es una gran gracia.

Sabemos dónde está Él, sabemos cuáles son sus criterios cuando se trata de elegir a dónde ir.

Él está donde “dos o tres se reúnen en su nombre”.

Él está donde dos o tres han encontrado su lugar para adorar y alabar y pensar la misión.

Él está siempre de camino, saliendo a buscar a la ovejita perdida o acompañando a un herido que encontró por el camino y que llevó a la hospedería.

Él está donde alguno quiere escuchar el evangelio que Jesús nos predica como a su Madre, a sus hermanas y hermanos.

Él está donde hay alguno que sufre y necesita sanación.

Él está sembrando en todos los terrenos y cuidando que el trigo de fruto, sin preocuparse por la cizaña.

Él está donde hay fiesta de bodas, lavando pies, convirtiendo el agua en vino, partiendo el pan.

Él está en la vida oculta donde su pueblo habita, como habitó Él en Nazaret,

Él está en las barcas donde su pueblo trabaja, como estuvo con sus discípulos en el lago de Galilea.

Él está en todos los amaneceres en que su pueblo se levanta y reza, tomando unos mates, antes de salir a trabajar, como estuvo en el Tabor, cuando se transfiguró ante sus tres amigos.

Él está en todas las cruces donde su pueblo está crucificado, dejándose ayudar, como se dejó ayudar por el Cireneo, y ayudando a otros, como ayudó al buen ladrón y confortó a su Madre y a su amigo.

Él está en todos los cielos abiertos bajo los cuales su pueblo peregrina hacia los santuarios, como estuvo en el monte antes de peregrinar al Cielo.

Él está en todos los cenáculos donde la gente de su pueblo se reúne a adorar al Padre en espíritu y en verdad.

Él está, prometió que estaría todos los días con nosotros hasta el fin del mundo.

El lugar preparado

El Señor, cuando se iba, dejó dicho que “iba a prepararnos un lugar”. Muchas veces se entiende esto como que nos reservó una pieza en el Cielo, como si el Cielo fuera un gran hotel o algo así. A mí me gusta pensar más bien que Jesús se fue junto al Padre para prepararnos un lugar de misión y de adoración en esta tierra. Por supuesto que la promesa habla de un lugar definitivo, del Cielo, al que tendemos en esperanza. Pero el que Jesús nos prepara es también un lugar en el que podemos habitar desde ya.

Es un espacio abierto: el de la intimidad suya con el Padre. Se puede acceder a él desde cualquier lugar. Basta que uno deje que se explaye el deseo de adorar “en Espíritu y en verdad”.

No es un lugar privado. Se abre solo donde “dos o tres se juntan en el Nombre de Jesús”. Es el lugar del “Conmigo” que se declina en “con otros”.

No es un lugar utópico, que quedaría en el “más allá”, en la otra vida. Es bien tópico, situado, pisable, transitable. Eso sí, requiere un tipo de movimiento especial, un movimiento “aproximativo”, no de distancia sino de cercanía. Todos hacemos este tipo de micro-movimientos con los que nos acercamos a otro o tomamos la dirección contraria.

El que Jesús nos prepara es un tipo de lugar “escalera”. Un lugar que apoya los pies en esta tierra y sube a lo alto del cielo.

El de Jesús es un lugar familiar. Y sucede como cuando una familia se va de vacaciones, que lleva su casa consigo. La familia se organiza y habita cualquier lugar recreando un espacio interior suyo que lleva dentro: cuando se sientan en cualquier mesa, cada uno tiende a ocupar los lugares como en casa. La familia ordena sus tiempos y sus cosas en referencia a como los ordena en la casa, a veces de la misma manera, a veces de manera totalmente diversa, para descansar de la rutina, pero teniéndola grabada en la memoria, distendiendo y “desordenando” el espacio habitual para gozar mejor de él. Así, el espacio que se crea entre Jesús y nosotros es un lugar que uno lleva consigo a donde vaya.

Es un lugar móvil también, como una casa rodante, en la que uno habita y viaja a la vez. Y sucede como con nuestros misioneros. San Roque González de Santa Cruz cuenta cómo cuando se internaban en las selvas del Paraguay y de nuestra Misiones, entre las pocas cosas que llevaban la más importante era el altar portátil para celebrar la Eucaristía. Con ese altar, todo alrededor era templo y casa y Reducción futura.

El lugar que Jesús nos prepara tiene o arma sus cuatro paredes (iba a decir “en esta tierra”, pero no es correcto) siempre en medio de su pueblo.

Las personas vamos por la vida “con nuestro espacio en torno”; cada uno vive y trabaja “con su paisaje incluido”. Es lo que nos distingue.

Se distingue al que va al trabajo del que pasea como turista.

Caminan distinto, el que va con una misión y el que anda dando vueltas nada más.

El modo de “estar” es distinto en el que “está” en un puesto de trabajo que vive como misión y en el que está allí a disgusto, por obligación o porque no le queda otra.

El que va “con Jesús” tiene un espacio que conjuga dos características contrastantes: es el lugar más común y, a la vez, el más especial. Lo vemos en la vida de los santos. Santa Teresita, por ejemplo, tenía una celdita de dos por dos y sin embargo parecía que caminaba por todas las misiones. Y no creo que su lugar en el Cielo sea otra cosa que un lugarcito, como el de su celda en el convento de Lisieux.

Ignacio, que es especialista en esto de rezar “haciendo la composición del lugar”, tenía su piecita en el Gesú –que gracias a Dios se conserva intacta- y desde ahí todo el mundo le era casa, como dice Nadal que tiene que ser para la Compañía.

De Brochero se puede pispear cómo era ese “lugar interior” que tenía “con Jesús” por tres cosas al menos. Una por cómo andaba siempre en su mula, pasando al tranco por las casas, para dar tiempo a que la gente saliera a pedirle la bendición y lo viera hundirse y salir por hondonadas y cerros, yendo a visitar a un enfermo. La otra, por cómo organizó la Casa de Ejercicios, con sus espacios para los fogones en los que siempre había una pava con agua caliente para el mate y cerquita nomás el lugar para los caballos y mulas, para que los paisanos sintieran que estaban bien atendidos, ya que era el mismo cura el que les daba agua y comida. La tercera, por cómo organizó los caminos y los diques y deseó el tren y levantó capillas y escuelas… A Brochero el Señor le preparó un lugar interior en el que cabía un pueblo. Y no hablo sólo del Tránsito, sino todo el pueblo argentino que vendría.

El lugar interior de Hurtado se puede ver en eso tan suyo de “qué haría Cristo si estuviera en mi lugar”. Que rezaba esto de verdad se puede ver en el Hogar de Cristo, lugar único y multiplicado para los pobres concretos de cada rincón de Chile.

Y así con cada santo. Si algo caracteriza a las santas y santos cristianos es ese estar en cualquier lugar santificándolo por su modo de “estar con Cristo”.

Esto que es tan especial es lo más común en la gente de nuestro pueblo: cada uno en su lugar, cada uno en su puesto de trabajo, cuidando a su familia, dando la vida sin hacerlo notar. Es tan lindo ver, como dice el Papa a “la enfermera de alma, el docente de alma, el político de alma, esos que han decidido a fondo ser con los demás y para los demás” (EG 273). Lo dice el Papa cuando habla de que “En el corazón del pueblo (…) yo soy una misión”.

Pedimos la gracia de discernir cuál es –en el corazón de nuestros pueblos- el lugar de misión que el Señor Jesús nos ha preparado y nos prepara cada día para ir y estar con Él.

 

Momento de contemplación

Marta Irigoy

La Meditación del Reino, nos prepara el corazón para descubrir el lugar que nos será regalado para ser fieles al sueño de Dios que tiene sobre cada uno de sus hijos.

Por un lado, será encontrar “el propio sitio”, que será la tierra sagrada en donde se podrá servir y adorar a Dios que se hará presente en mis hermanos…

Por otro, será lugar sagrado en donde seré fiel al Dios que me invita a caminar con Él…

Saber que la promesa de Jesús: que ira “conmigo” y “yo con Él” llena de esperanza la vida, ahuyenta el desánimo cuando los tiempos de Dios no son los que la realidad impone o exige y anima sabernos “con otros” que han sido misionados para la misma misión: que Jesús sea más conocido y amado por todos…

Para este momento de contemplación, la invitación en contemplar “TU TIERRA SAGRADA”; ese lugar en que hoy, sentimos que tenemos en nuestras manos, una oportunidad única, que está confiada a mis dones y talentos para hacerlos fructificar para el Reino de Dios…

Copio, nuevamente estas palabras que más arriba, escribió el P. Diego, para que sean de profunda rumia del corazón y nos ayuden a adorar al Dios Cotidiano que camina “conmigo” y “contigo” y que se hace el Dios Cotidiano “con nosotros” …

Sabemos dónde está Él, sabemos cuáles son sus criterios cuando se trata de elegir a dónde ir.

Él está donde “dos o tres se reúnen en su nombre”.

Él está donde dos o tres han encontrado su lugar para adorar y alabar y pensar la misión.

Él está siempre de camino, saliendo a buscar a la ovejita perdida o acompañando a un herido que encontró por el camino y que llevó a la hospedería.

Él está donde alguno quiere escuchar el evangelio que Jesús nos predica como a su Madre, a sus hermanas y hermanos.

Él está donde hay alguno que sufre y necesita sanación.

Él está sembrando en todos los terrenos y cuidando que el trigo de fruto, sin preocuparse por la cizaña.

Él está donde hay fiesta de bodas, lavando pies, convirtiendo el agua en vino, partiendo el pan.

Él está en la vida oculta donde su pueblo habita, como habitó Él en Nazaret,

Él está en las barcas donde su pueblo trabaja, como estuvo con sus discípulos en el lago de Galilea.

Él está en todos los amaneceres en que su pueblo se levanta y reza, tomando unos mates, antes de salir a trabajar, como estuvo en el Tabor, cuando se transfiguró ante sus tres amigos.

Él está en todas las cruces donde su pueblo está crucificado, dejándose ayudar, como se dejó ayudar por el Cireneo, y ayudando a otros, como ayudó al buen ladrón y confortó a su Madre y a su amigo.

Él está en todos los cielos abiertos bajo los cuales su pueblo peregrina hacia los santuarios, como estuvo en el monte antes de peregrinar al Cielo.

Él está en todos los cenáculos donde la gente de su pueblo se reúne a adorar al Padre en espíritu y en verdad.

 

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Momento de contemplación 

Marta Irigoy 

El Principio y Fundamento de nuestra Esperanza

San Ignacio, en los EE, nos propone la meditación del Principio y Fundamento, en donde nos ayuda a tomar conciencia y descubrir que somos creaturas soñadas y amadas desde toda la eternidad. Podemos decir, que en esta verdad se cimienta nuestra esperanza…

Nos creó un Dios Tierno, Compasivo y Fiel; un Dios que desea que en nuestra vida podamos encontrar el para qué de nuestra existencia…

El Papa Francisco, nos decía en la EG: “Yo soy una Misión en esta tierra…”. El camino de nuestra vida, es peregrinar hacia esa plenitud de mi vocacion… ”Soy una Misión! Y desde el matiz de estos Talleres de Perseverancia E, podemos decir que nuestra Misión es ser Esperanza para los demás…

Descubrir esta misión, es el camino que nos invita Ignacio, y para ello nos invita a hacer memoria de la presencia de Dios en nuestra vida y desde ahí, se nos revelaran los diferentes  “mojones de certezas”, que nos han posibilitado ser hombres y mujeres de esperanza…

La esperanza nos arranca de esa nostálgica y melancólica reflexión sobre el pasado personal y comunitario y nos invita a construir con realismo el futuro.

Es para nosotros una realidad necesaria, en la cual nos hacemos cargo de nuestro pasado, en el presente, con la mirada puesta en el futuro. “El hombre es “ser esperante” en su existencia cotidiana, fruto del ejercicio de su libertad.

Para san Ignacio es muy importante la memoria, ya que “el ayer” recordado está al servicio del presente y las historias pasadas nos llaman a re-crear nuestra historia actual y a reconocer al mismo Dios de ayer en el hoy, caminando con nosotros y haciéndonos recobrar ánimo y esperanza. (Dolores Aleixandre).

La invitación será buscar un rato de oración y  hacer un recorrido por nuestra historia de esperanza, trayendo a la memoria, las situaciones, personas y paisajes que han acompañado nuestra vida de hombres y mujeres y nos han convertido en creyentes esperanzados…

Para terminar pueden leer este texto de Doña Jovita: 

 

Esperanza

Si pensando en el pasado nos invade la añoranza,

Hay que cargar la balanza con lo gueno del presente

Para escuchar claramente el canto de la esperanza.

Cuando nos gana el cansancio y perdemos la confianza

Cuando las fuerzas no alcanzan y queremos aflojar

Siempre nos vuelve a alumbrar el brillo de la esperanza

Después de una noche larga llega siempre el nuevo día

Cuando falta la energía, cuando las penas avanzan,

Esa luz de la esperanza es promesa de alegría

Que no se apague jamás esa llamita encendida,

Que ilumina la salida por un camino seguro

Cuando se nos pone oscuro

El sendero de la vida.

 

Que este año, que compartiremos reflexionando y rezando “la Esperanza”, sea muy fecundo en nuestras vidas!

 

Momento de Reflexión para sacar provecho

Diego Fares sj

Un Dios que soñó cantar con nosotros cantos de alabanza…

Nos creó un Dios Tierno, Compasivo y Fiel; un Dios que soñó cantar con nosotros cantos de alabanza, como sueñan los padres con las voces –llenas de cantos y de risas- de sus hijos cuando juegan. Nos creó un Dios con Corazón lleno de esperanza, que soñó compartir nuestro servicio a las demás creaturas y en Jesús se hizo uno más de nuestra carne. Nos creó un Dios con el pecho lleno de abrazos, que soñó con los besos de sus hijos (adorar es mandar un besito con la mano puesta en la boca).

El Principio y Fundamento, leído en clave de Esperanza, nos habla de estos sueños del Dios que nos Creó. Los sueños de nuestro Padre, los sueños de Jesús –su Hijo amado y nuestro Hermano querido, los sueños del Espíritu Creador, nuestro Amigo que siempre está a nuestro lado, haciéndonos soñar los sueños de Dios.

El hombre y la mujer somos creados –recreados cada nuevo día, como dice Doña Jovita-, recreados en el Bautismo y en cada confesión, recreados cada vez que hay que salir a una misión nueva, en esos pequeños Pentecostés que tiene toda obra que se inicia al servicio de los más necesitados.

Que en la burbuja del mundo paralelo (ese que transitamos sin vivir en plenitud, esclavos de los tiempos que devora el dios dinero) se nos diga que somos creados para la Alabanza, es un alivio, un respiro, es toda una puerta abierta de liberación. Nuestro reloj interior dice “alabanza”, no dice “consumo”. Está lleno de “Alleluyas!” no de “no llego a tiempo” ni de “no doy abasto” ni de “qué pena que pasó”. El “debe” y el “tenés que…” se remansa en “alabar”. Es como el chip de los pajaritos que los hace cantar a voz en cuello, henchidos sus pequeños pechos llenos de plumas de colores y los pulmoncitos a más no poder. Es verdad que tenemos otros chips, buscadores de alimento y predadores, que nos dicen consumí, perseguí, poseé, defendé, estate alerta… Pero el chip del canto y del vuelo y de la libertad, es tan nuestro y verdadero como los otros y bendecido por el Espíritu, además. Estamos hechos para alabar y cuando pase el comer y el pelear, la alabanza quedará.

Que en el mundo que tiene la cara seria y los dedos pragmáticos de los que cuentan billetes y los ojos predadores de los tiburones de Wall Street, a la caza de acciones que suben y bajan, se nos diga que hemos sido creados para el servicio es toda una revelación. Las miradas se amansan, las manos se enternecen, los rostros se distienden. Servir una rica comida no requiere el ritmo mecánico del dinero. La eficiencia y el trabajo se ordenan a que todos puedan compartir al mismo tiempo para “olvidarse del tiempo” y disfrutar de ese momento de eternidad que es un banquete (por eso el Señor lo utilizó como metáfora de lo que esperamos que será el Cielo: un banquete de bodas que, como desean los novios, durará para siempre).

Que en un mundo que no quiere tu corazón (porque no sabría qué hacer con un corazón humano), en un mundo, digo, que quiere tu sangre, tu tiempo, tus energías, tu capacidad de consumir y tu adulación, pero no tu corazón, se nos revele que hemos sido creados para adorar, es decir para ofrecer libremente nuestra más íntima y amorosa lealtad y disponibilidad, es un aire fresco que pone en pie nuestra dignidad. Nada más digno para una creatura que adorar. Hemos sido sacados del barro y puestos en pie para que por nosotros mismos doblemos la rodilla y besemos los pies de un Creador que, Él por primero, se arrodilló para lavarnos a nosotros nuestros pies.

Que en un mundo en que las cosas alzan la mano y reclaman atención, como los chicos de la escuela cuando la maestra pregunta, y se desesperan para ser compradas y consumidas, porque si no, en la próxima tanda productiva dejarán de existir y serán reemplazadas por otros productos, que en un mundo así, se nos diga “que las cosas son ayudas”, es una alegría no solo para nosotros sino para ellas. Porque las cosas gimen esperando la redención del hombre. Han sido creadas para ayudarnos y se las usa para invadirnos y atiborrarnos. Se producen más de algunas y se desprecian otras. Hemos hecho que se multipliquen los ganados y dejamos que se mueran los elefantes. Talamos los bosques frondosos y sembramos solo soja. Producimos toneladas de champú y no alcanzan las vacunas para los niños de los pueblos pobres…

Cuando alguien mira una cosa a los ojos y le dice: “estás para ayudarme, te usaré tanto cuanto necesite y te compartiré en la medida de tus posibilidades”, cuando alguien habla así, las cosas sonríen. Ayudar es todo lo que quieren. Y ayudar no sólo es “ser útil”. En la mayoría de los casos, ayudar es simplemente “estar”. Como la presencia de una madre en casa que, aunque lo haga todo, lo que más ayuda es que ella misma siempre está. Las casas computarizadas pueden reemplazar todas las cosas que una madre hace, todas menos el que las haga ella. Como dicen los chicos cuando los mandan a otra casa y les dan todo lo que necesitan: “yo quiero a mi mamá”. Las cosas, el planeta en su conjunto, nuestra Madre Tierra, tienen en su conjunto, algo de mamá. Son totalmente “usables” pero no “reemplazables”.

Dicen que en en 1924, Philips, Osram y General Electric (los tres nombres juntos suenan a una especie de trinidad artificial), contaban con la tecnología necesaria para que la vida útil de las lamparitas de luz fuera de dos mil quinientas horas y, por decisión conjunta, hicieron que su vida útil se limitara sólo a mil horas. En estos cuatro renglones se nos narra la parábola madre del terror.

Lo terrorífico es ese “decidieron en conjunto”.

Lo angustiante es que no se tratara de la fabricación de armas de destrucción masiva sino de objetos pequeños, útiles para la vida diaria.

Lo desesperante es que fueran lamparitas de luz.

Dice Charles Peguy que la esperanza es la hermanita menor de las otras dos virtudes y que va de la mano de la Hermana Fe y de la Hermana Caridad. Va de la mano, pero es ella la que las arrastra, como las hermanitas pequeñas arrastran a las grandes a jugar. Este arrastrar y llevar tras de sí aun siendo más pequeña es propio de la esperanza, así como lo es el reencenderse si la apagan. Como la velita de cumpleaños que los niños la soplan y se reenciende –ante sus ojos maravillados- por sí sola. Dios creó la esperanza indestructible y puso su llamita encendida en el corazón humano para que fuera perenne. Para que fuera “lo último que se pierde”, para que durara incluso después de la muerte del portador y se rencediera con la resurrección.

Y estos de Philips, Osram y General Electric, crean por decisión conjunta lamparitas que vivan menos incluso de lo que podrían.  Con esa simple “decisión conjunta”, pragmática y calculada, engendraron la cultura del descarte, que es ahora, en la casa en que vivimos, la luz que nos alumbra. Una luz “con tiempo de vencimiento”, lo cual no sería malo ya que todas las cosas lo tienen. Lo malo es que por decisión se las obligue a tener menos vida útil de la que podrían tener. Para qué? Obvio, dicen: para vender más. Pero no es tan obvio, porque vender más y más no es “sostenible” a largo plazo. De esto nos ha hecho dar cuenta el Papa Francisco en su hermosísima Encíclica Laudato Si, que habla de para qué somos creados y de cómo cuidar juntos a nuestra hermana Madre Tierra. La realidad es que este “para vender más” es para usufructo exclusivo de unos pocos que no solo se desinteresan de sus coetáneos, sino de todos los demás que vendrán.

Lo de crear productos que se mueran rápido es una metáfora de lo que piensan de sus hijos y de todos los que vendrán.

A esta gente se la combate “artesanalmente”. No se la puede combatir con sus mismas armas. Todas tienen su sello y se vuelven en contra del que las usa. No se pueden fabricar bombitas de luz que duren diez mil años. Se frenaría toda la producción, como amenazan ellos: «Con la muerte del capitalismo moriríamos todos», dicen.

En el fondo este es el miedo profundo que late en el corazón de esta mentalidad. Piensan que Dios nos ha creado como ellos crean sus lamparitas de luz: para que duremos menos de lo que podríamos durar. Y por eso crean un mundo de descartes donde su única esperanza es ser descartados lo más tarde posible ellos descartando primero a todos los demás. Esta imagen cultural y este miedo es muy poderoso. Yo diría que sólo Jesús es capaz de engendrar la imagen antídoto.

Esa imagen es la parábola de la semilla. Que, aunque sea verdad que mucha se pierde, la semilla que cae en terreno bueno da mucho fruto. No es una lamparita que dura el doble sino una semilla viva que fructifica treinta, sesenta y ciento por uno.

Pero la verdad de esta parábola la confirmará solo el tiempo. Y el tiempo, como dice el Papa Francisco, es de Dios. No hay ciencia que pueda predecirlo y programarlo. Si el universo es semilla que dará fruto o lamparita que se apaga antes de tiempo, nadie desde adentro, lo puede predecir ni planificar.

La clave está no en el tiempo sino en el momento. En cada momento en que uno toma “una decisión” y si es conjunta mejor. Allí donde Philips, Osram y General Electric toman sus decisiones conjuntas de fabricar lamparitas con vencimiento anticipado, nosotros tomamos decisiones de sembrar semillas de evangelio con esperanza sin fecha de vencimiento.

El efecto es inmediato. En el centro mismo de la cultura del descarte, comienzan a nacer lugares donde la cultura es del encuentro. El futuro nuestro (como el de Philips, Osram y General Electric) está en manos de Dios. Pero el presente es totalmente diferente. Sobre todo, para los que ni siquiera tienen enchufes ni casas donde encender esas famosas lamparitas.

San Ignacio termina de redondear su Principio y Fundamento diciendo que, si discernimos así (que somos creados para alabar a nuestro Creador y para servir al prójimo y que las otras cosas están para ayudar y las tenemos que usar bien –tanto cuanto, ni más ni menos-) nos convertimos en gente que “solo desea y elige lo que es más conducente para este fin para el que somos –amorosamente- creados”.

Es decir: nos convertimos en gente alegre -porque alabar y servir siempre está al alcance de la mano- y en gente solidaria –porque estas acciones son con los demás y para los demás-.

El discernimiento de lo que en cada momento más nos permite adorar, alabar y servir, es el punto donde pivotea la esperanza: el punto de apoyo, firme, que cambia el panorama y da sentido a todo lo demás. No se trata de que primero cambie la cultura, de que caiga el capitalismo o se abra a la trascendencia el marxismo, no se trata de que apaguemos las tablets y los celulares (con su muerte programada para que tengamos que comprar otro modelo actualizado) y volvamos a la naturaleza. También estos aparatos descartables son “creaturas” y pueden ayudar. En la fragilidad de su “tiempo de vencimiento” incorporado nos pueden recordar la nuestra y, cada vez que actualizamos su sistema operativo, podemos recordar nuestra necesidad de conversión y de formación permanente. Y cada vez que cambiamos de modelo o compramos otra lamparita, podemos alabar a un Creador tan generoso, que pudiéndonos haber creado sólo por un tiempo (lo cual ya sería muchísimo) nos promete un “reencedimiento”.

Diego Fares sj

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