Feeds:
Entradas
Comentarios

Posts Tagged ‘discernimiento’

hombre-regando-con-amor-plantas-en-forma-de-corazon

Momento de reflexión

Diego Fares sj

En su encuentro con los jesuitas de Myanmar, el Papa habló de los Ejercicios y de la Contemplación para crecer en el amor. Me gustó su interpretación: “alcanzar amor” es “crecer en amor”. Para nosotros, la idea de alcanzar algo -alcanzar una meta-, tiene un sentido de acción concluida y quizás eso ha hecho que la Contemplación para alcanzar amor, que se hace para finalizar los Ejercicios, se viva como un cierre, cuando en realidad es una apertura.  Si le cambiamos el nombre y al terminar los Encuentros de Oración de este año, por ejemplo, proponemos una “Contemplación para crecer en el amor”, no sentimos que algo terminó sino que algo se abre: tenemos un ejercicio espiritual para practicar en la vida activa. La Contemplación para crecer en el amor es el fruto con semilla que resume todos los Ejercicios  y que cada uno puede sembrar en el jardín y en las macetas de su vida cotidiana.

Hay dos “notas” de San Ignacio para crecer en amor. Son cortitas como un Tweet, pero están llenas de sabiduría

La primera nota es que: “El amor se debe poner más en las obras que en las palabras”.

Si seguimos con la metáfora del fruto con semilla, lo que Ignacio nos indica en qué macetas sembrar el amor para que crezca bien. Si se pone en una obra concreta, el amor enseguida echa raíz y crece. Por tanto, hay que ejercitarse en ponerlo más en las obras que en las palabras”. Atención que no dice “solo” en las obras. Pero en esa tensión siempre fecunda en la que se mueve el Evangelio, entre práctica y anuncio, la primera debe tener cierta primacía.

La segunda nota es que: “El amor consiste en comunicación de las dos partes”.

San Ignacio nos describe la dinámica de la comunicación: “A saber, en dar y comunicar el amante al amado lo que tiene o de lo que tiene o puede, y así, por el contrario, el amado al amante; de manera que, si el uno tiene ciencia, dar al que no la tiene, si honores, si riquezas, y así el otro al otro”.

Crecer en el amor es, pues, crecer en comunicación. Recordamos una historia de la vida de Ignacio que nos pueden ilustrar cómo creció él en su comunicación con Dios (cómo creció en el amor).

El padre Luis Gonçalvez da Cámara, nos cuenta el último encuentro que tuvo con Ignacio, que le narró su historia:

“El mismo día, antes de cenar, me llamó con un aspecto de persona que estaba más recogida de lo ordinario, y me hizo una especie de protestación, la cual en substancia consistía en mostrar la intención y simplicidad con que había narrado estas cosas, diciendo que estaba bien cierto que no contaba nada de más; y que había cometido muchas ofensas contra Nuestro Señor después que había empezado a servirle, pero que nunca había tenido consentimiento de pecado mortal, más aún, siempre creciendo en devoción, esto es, en facilidad de encontrar a Dios, y ahora más que en toda su vida. Y siempre y a cualquier hora que quería encontrar a Dios, lo encontraba. Y que aún ahora tenía muchas veces visiones, máxime aquellas, de las que arriba se dijo, de ver a Cristo como sol, etc. Y esto le sucedía frecuentemente cuando estaba tratando de cosas de importancia, y aquello le hacía venir en confirmación, etc. (Autobiografía n. 99).

Crecer en el amor es crecer en “facilidad para encontrarse con Él, para “ver a Dios en todas las cosas”. El amor hace que entre los que se quieren sea fácil “encontrarse”. Es propio de la amistad y la familiaridad esto de ser “encontradizos”, de estar a mano, disponible, que el otro sepa dónde encontrarme…

La convicción que Ignacio siembra en nuestro corazón es que, si uno lo que quiere es crecer en amor, esto, con nuestro Padre del Cielo, con Jesús y con el Espíritu Santo, no será difícil, como se piensa comúnmente o como el mal espíritu intenta hacernos pensar. No es difícil crecer en el amor teniendo a Jesús. No es difícil crecer en el amor teniendo al Espíritu Santo en el corazón. No es difícil crecer en el amor, si nos damos cuenta de que somos hijos del Amor, hijos del Padre Misericordioso.

 

En seguida veremos qué cosas hay que contemplar, en qué puntos precisos nos debemos ejercitar en medio de la vida cotidiana, para crecer en este amor. Pero antes recordemos que estos “puntos” que da Ignacio son gracias, pura gracia. Nacieron de una “Contemplación para alcanzar amor” que Ignacio tuvo junto al río Cardoner: la famosa “visión del Cardoner” (famosa al menos para los jesuitas, pero cuya fama crecerá ahora un poco más).

“Una vez iba por su devoción a una iglesia, que estaba poco más de una milla de camino va junto al río; y yendo así en sus devociones, se sentó un poco con la cara hacia el río, el cual iba hondo. Y estando allí sentado se le empezaron abrir los ojos del entendimiento; y no que viese alguna visión, sino entendiendo y conociendo muchas cosas, tanto de cosas espirituales, como de cosas de la fe y de letras; y esto con una ilustración tan grande, que le parecían todas las cosas nuevas. Y no se puede declarar los particulares que entendió entonces, aunque fueron muchos, sino que recibió una grande claridad en el entendimiento; de manera que, en todo el discurso de su vida, hasta pasados sesenta y dos años, coligiendo todas cuantas ayudas haya tenido de Dios, y todas cuantas cosas ha sabido, aunque las ayunte todas en uno, no le parece haber alcanzado tanto, como de aquella vez sola. Y esto fue en tanta manera de quedar con el entendimiento ilustrado, que le parecía como si fuese otro hombre y tuviese otro intelecto, que tenía antes (Autobiografía 30).

Las gracias que “alcanzó” Ignacio –que recibió aquel día y lo hicieron crecer, convertirse en alguien con una mente nueva que veía todas las cosas nuevas- son las que se encuentran -con esa sabiduría práctica que destilan- a lo largo y ancho de todos los ejercicios: en su estructura y en su ritmo, en cada uno de sus pasos y todas sus partes. Y se resumen en esta Contemplación para crecer en el amor.

Con esto, hemos presentado como corresponde esta paginita de los Ejercicios que, en el humilde envoltorio de unas pocas frases nos brinda cuatro frutos con semilla que son un tesoro y, si se siembran y cultivan, hacen crecer el amor.

         Cuatro semillas de contemplación… para crecer en amor

A continuación, vamos a proponer un modo de rezarla que puede resultar mágico para todos los que sienten que rezan poco, para todos los que les gustaría aprender a rezar. “Enséñanos a rezar”, le dijeron los discípulos al Señor cuando lo vieron rezando al Padre. Nosotros, mirando a Ignacio, que es uno de esos discípulos apasionados siempre por aprender a rezar, uno a quien el Señor le enseñaba a rezar como se enseña a un niño de escuela, de tan ignorante que era en cosas del Espíritu, le pedimos que nos enseñe esta “contemplación para crecer en el amor”. Es una contemplación para pobres, para ignorantes, así que los que ya encontraron su modo de rezar, por favor abstenerse.

Me inspiró una cosa que dijo el Papa acerca de los dos exámenes que San Ignacio propone en los Ejercicios: dijo que “si san Ignacio nos hace examinarnos dos veces por día (no solo a los jesuitas sino a los que hacen los Ejercicios, agrego yo) no es para que contemos cuántas pulgas y piojos tenemos”. Me hizo reír y a la vez me dio mucha vergüenza de haber practicado tan poco y mal en mi vida este ejercicio. Pero también sentí que quedarme en lamentaciones era tentación, así que pedí enseguida la gracia de entender mejor cómo hay que examinarse. Y ahí nomás el Espíritu me iluminó para unir el examen con la contemplación para crecer en el amor!

Se trata de examinarse, sí, pero en el amor. No en pulgas y piojos. No en lo primero que aparece al examinarse: en culpas pasadas y deberes futuribles.

Se trata de mirar dos veces por día cómo está mi corazón. Si está enamorado o no. Si recibe bien y da bien amor. Si creció en devoción y si le doy el gusto de “encontrar al Señor cada vez que lo desea”.

No es lo habitual examinarse en esto. Y el hecho de poner como un deber el examinarse –y la palabra misma “examen”- despiertan ecos afectivos no placenteros. Es una fatiga tener que examinarse. Uno presiente que la nota será siempre baja, que no aprobaremos, que los resultados estarán si no mal del todo, siempre más o menos nomás.

Pero no prejuzguemos! Dejémonos guiar por Ignacio y veamos sobre qué quiere que nos examinemos, qué cosas nos invita a “contemplar”. Las dos primeras semillas, ya fueron sembradas. Son la del amor-regalo y la del amor-estar. Las otras dos semillas son para sembrarlas juntamente: la del amor-trabajo y la de conectar el amor.

Recordar el Amor regalo

El primer punto es “Traer a la memoria los beneficios recibidos”. Este ejercicio de memoria nos hace descubrir que el amor es regalo, el amor es don. El Sembrador ya lo sembró en nuestros terrenos. El Espíritu ya ha sido “derramado en nuestros corazones” y ha crecido en todas las culturas a las que nos envía el Señor.

El ejercicio consiste en examinar haciendo memoria, acordándonos… No es difícil examinar regalos. Imaginémonos de niños, el día de nuestro cumpleaños, con la mesa llena de los regalos que nos van trayendo nuestras tías y primos y nuestros amiguitos.

Este examen ignaciano no tiene nada de introspección ni de correctivos. No es el examen para la una confesión. Estos dos exámenes, para hacer al mediodía y a la noche, son totalmente distintos: se trata de desempaquetar regalos. Es decir, se trata de contemplar bajo la “formalidad” de un regalo, todo lo que pasó durante ese medio día o día entero. Fue regalo despertarme, fue regalo desayunar, fue regalo la familia, fue regalo ir a trabajar… Cuanto más uno pueda “desenvolver” el regalo de los papeles de la rutina que lo envuelven, mejor se irá sintiendo.

Y de tanto ver regalos tan amorosos, surgirá el deseo de agradecerle al que nos los regaló.

Aquí San Ignacio siembra una semilla más, de discernimiento que le sale al paso a una tentación muy instalada: afirma que Dios desea regalarme siempre más, todo lo que pueda, y más todavía, desea “dárseme Él mismo”. Queda así sembrada la “gratuidad creciente” del amor.

Contemplar es mirar todo esto y “ponderarlo con mucho afecto”. El amor regaló mucho y desea regalar siempre más y darse a sí mismo en regalo. No hay mezquindad ni condicionamientos en el amor. Es regalo y punto. Tomar conciencia, pues, dando gracias por tantos beneficios recibidos.

De aquí brota espontáneamente el ofrecimiento: cuando uno recibe tan lindos regalos le dan ganas de regalar. A Ignacio le nació decir:

Tomad, Señor, y recibid

toda mi libertad,

mi memoria, mi entendimiento y toda mi voluntad,

todo mi haber y mi poseer;

Vos me lo diste, a Vos, Señor, lo torno;

todo es vuestro, disponed a toda vuestra voluntad;

dadme vuestro amor y gracia, que ésta me basta.

            Agradeciendo mucho los regalos y regalando uno algo a su vez, es como se crece en el amor. No hace falta ofrecer siempre todo. Uno se puede concentrar en “algo de lo que tiene o puede”. Ofrecer en un momento la memoria, en otro –si uno está leyendo- el entendimiento y si uno va por la calle, algo para dar de limosna del propio haber y poseer…

Contemplar el Amor-estar

El segundo punto es “Contemplar cómo Dios habita, cómo Dios está”. Este amor-estar también ya fue sembrado. El que lo sembró dijo: Yo estoy todos los días con ustedes hasta el fin del mundo. El que lo sembró se quedó como Eucaristía y nos pidió que celebráramos su presencia partiendo el pan “en memoria suya”.

El amor es estar. El amor es presencia, es cercanía, vecindad, compañía. Ignacio no usa mucho la “palabra” amor. Pero describe tan bien sus obras, los gestos de quien ama…, aquí: el simple hecho de estar.

El amor crece cuando la contemplación escudriña y anota prolijamente los lugares donde el Señor estuvo, los lugares donde sé que está.

Y esto va unido a discernir los lugares donde yo puedo estar, las personas a las que quiero visitar o acoger. Esta contemplación del estar, del lugar, tiene que ver con la nota acerca de “donde hay que poner más el amor”. Hay lugares donde el amor “ya se puso”: el sagrario, la casa familiar, la escuela, los lugares donde juegan los niños, los hospitales, la casa de los pobres, la calle…  Hay lugares donde el Señor está escondido y a donde hay que ir a hacerlo explícito: son esas periferias, esas fronteras, donde Él espera que  anunciemos su presencia para que pueda dar fruto.

Un modo de responder a esta “contemplación del habitar de Dios” es hacer pequeñas invocaciones para invitarlo a venir y a permanecer:

“Ven a mi encuentro Padre. Vuelvo arrepentido, con la esperanza de que me quieras abrazar”.

O “Quédate con nosotros Señor, que es tarde y anochece”.

O “Ven Espíritu Santo, eres bienvenido en este lugar”.

O “Ven a casa Jesús e invita al pobre que quieras, la puerta está abierta y partido el pan”.

Discernir el Amor trabajo

El tercer punto que Ignacio nos propone para enamorarnos de Dios, es mirarlo trabajar y discernir nuestro propio modo de trabajar que se acuerda con el suyo.

El amor es regalo y presencia, pero también es trabajo, cultivo, creación, producción, institución… Tiempo.

“Considerar –dice- cómo Dios trabaja y labora por mí en todas cosas creadas sobre la faz de la tierra”.

Ignacio dice que el modo de estar de Dios es como el de un laburante (en latín: “habet se ad modum laborantis”). Así como en los cielos, elementos, plantas, frutos, ganados, etc., Dios trabaja dando ser, conservando, vegetando y sintiendo, etc. Después reflexionar en mí mismo (como trabaja Dios)”.

Qué tengo que reflexionar? Ignacio “deja picando la pelota”. Es evidente que Dios “trabaja” en toda la creación. Es evidente que todas las cosas “trabajan”, cada una según su naturaleza y su instinto: nunca está ociosa la creación. Ignacio deja que discernamos y elijamos nosotros -ya que también somos creaturas, pero libres- cuál es nuestro trabajo propio, ese en el que Dios puede “trabajar conmigo”, estar en mí trabajando, no solo dándome el ser o dándome regalos, o haciendo todo el trabajo por mí.

Este ejercicio es como decir: cuando trabajo bien –en mi carisma, en mi misión y en mi puesto-, el Señor trabaja conmigo, hace cosas a través mío… Allí “cosecho”, si no “desparramo”, aunque sea hiperactivo y produzca mucho…

Una reflexión interesante puede ser la siguiente: no puedo “ser más de lo que soy” ni “darle al Señor más espacio que el que tengo en mi corazón”, pero sí puedo discernir cómo, dónde y en qué trabajar más y mejor, sí puedo especializarme en mi carisma para que Dios trabaje mejor con mis manos. En esto, los artistas y los santos nos dan testimonio de cuánto puede potenciar nuestro trabajo el del Señor, cuánto puedo embellecer y mejorar la creación. El amor “trabajo” puede crecer mancomunadamente.

Conectar contemplativamente mi amor a su Amor

El cuarto punto es para conectar amores. Consiste en “mirar cómo los bienes y dones descienden de arriba”.

El amor une, conecta: conecta bienes, conecta corazones, conecta personas. Contemplar cómo todo lo de abajo está conectado con lo de arriba, hace crecer nuestro amor. Y es un servicio establecer -contemplativamente- esta conexión y brindar el servicio a los demás, como si uno brindara un Wifi.

Cuando nos conectamos con lo Alto, apreciamos más cada pequeña cosa, cada limitada y frágil cosa, porque la vemos en su fuente y en su perfección futura. Lo que en nosotros es limitado y medido, proviene de Dios: de su suma potencia, de su suma justicia, de su suma bondad, piedad y misericordia…

La dinámica de conectar las cosas en el amor es la del Magníficat, aunque no lo diga Ignacio, supone que tenemos entendimiento. Es la dinámica de “engrandecer a Dios -como hace nuestra Señora-, porque miró con bondad su pequeñez”.

Si hay contemplación que haga crecer en el amor y enamorarse de Dios y de nuestros pueblos, es la que mira a Dios en los ojos de María.

A través de ellos vemos claro qué significa que el amor es comunicación, cómo nuestro Dios es “un Dios que se ha enamorado de nuestra pequeñez” y cuánto podemos crecer en ese amor.

La dinámica del Magníficat es también la de estas pequeñas oraciones para crecer en el amor, que buscan conectar lo pequeño con lo grande. Eso es lo cristiano, decía Ignacio: no achicarse ante lo grande de un amor que siempre puede crecer más y, sin embargo, dejarse contener por lo pequeño de su concreción en cada cosa. Jesús estableció esta conexión entre amores cuando dice: lo que le hiciste al más pequeño de los míos a mí me lo hiciste. Es la misma conexión que uno hace cuando ve, por ejemplo, que alguien le hace un bien a un hijo y dice: lo que le hacés de bien a mi hijo, me lo hacés a mí.

…..

La esperanza de poder crecer en facilidad para encontrar a Dios en todas las cosas y siempre que queramos, nos permite discernir “lo que es de Dios” y lo que es del mal espíritu, en clave de lo que nos hace “crecer en el amor” y lo que no nos deja crecer en él o nos desanima, nos aleja, nos hace amar menos, con menos fuerza, con menos gozo.

La propuesta, por tanto, para los que se sienten “pobres en oración”, es practicar dos veces por día (o todo lo que quieran y puedan, cuanto más mejor) alguno de los puntos para “crecer en amor”: recordar algunos beneficios del Amor-regalo, dando gracias y ofreciendo, contemplar algún lugar donde el amor está, e ir a visitarlo, discernir mirando mi trabajo, para ver si estoy en mi lugar y haciendo las cosas al estilo de Jesús, de modo tal que colabore y no desparrame, conectar amores, pequeños gestos con gran amor, como decía Madre Teresa. Veremos entonces, cómo nuestro amor crece, maravillosamente.

Momento de contemplación

Marta Irigoy

La Contemplación para Alcanzar amor, que propone San Ignacio al terminar los Ejercicios Espirituales, puede ayudarnos a hacer una “contemplación agradecida”, de todo este año que está concluyendo…

Esta “contemplación agradecida de tanto bien recibido” puede ayudarnos a descubrir la presencia de Dios envuelta en la sorpresa y  en la esperanza que fue sosteniendo nuestro caminar en este año y desde la admiración de descubrir todo lo que Dios nos ha “comunicado de cuanto tiene” hacer el gesto de ofrecernos sabiendo que las Manos del Padre, seguirán sosteniendo con su tierna mirada y providencia nuestra vida, envuelta en la pequeñez y la sencillez de la vida cotidiana…

Estas preguntas pueden ayudarnos a una contemplación agradecida…

  • ¿En qué aspecto de tu vida creció la esperanza en este año?
  • ¿Dónde has descubierto el “trabajo de Dios en tu vida”?

Cuando la esperanza está escondida en el cansancio, en el dolor, en la monotonía, nos solemos preguntar: ¿cómo hacer revivir la esperanza?

Por eso, quiero terminar con este texto anónimo, que puede ser de ayuda para preparar nuestro Adviento:

Donde hay desaliento y desconfianza en el futuro: ¡Ven Señor, Jesús!
Donde crecen la intolerancia y la violencia: ¡Ven Señor, Jesús!
Donde abunda la injusticia y se margina al débil: ¡Ven Señor, Jesús!
Cuando la llama está a punto de apagarse: ¡Ven, Señor, Jesús!
Cuando los buenos se cansan de hacer el bien: ¡Ven, Señor, Jesús!
Cuando todo parece quedar en un intento: ¡Ven, Señor, Jesús!
Cuando la soledad no es sonora, ni música el silencio: ¡Ven, Señor, Jesús!

Comprometerse a anunciar la esperanza es:

–   Hablar con Jesús y hablar de Jesús con tu vida.

–   Vivir tu fe en comunidad.

–   Disfrutar de la vida.

–   Acompañar desde tu debilidad a los más débiles.

–   Creer en la bondad de un Padre que es todo ternura y amor.

–   Aceptar tus límites y seguir cantando

–   Contemplar a María como mujer donde todas las esperas se cumplen en plenitud.

–   Dar respuesta desde tus dones a los desafíos que llaman a tu puerta.

–   Sembrar gratuidad a tu alrededor.

–   Dejarse sorprender por lo inesperado, por Dios que llega siempre con ropaje nuevo.

–   Querer mucho a la gente.

–   Romper toda frontera y saludar la nueva humanidad que el Espíritu recrea cada noche.

No tenemos que pensar que se trata de una larga contemplación que uno podría hacer de vez en cuando. Tiene, por ejemplo, dos notas sobre el amor que bien podrían ser tres Twets; una breve oración para ofrecerse y ofrecer cosas de cada momento; y puntos que se podrían pasar como cuatro videítos, para mirar el amor de Dios en acción: uno, recordando sus beneficios que pueden ser del día o de una etapa; otros dos mirando a Dios cómo está y como trabaja, en un paisaje, en una creatura o en una institución, por ejemplo; y el último, mirar cada don como “viniendo de lo alto”, como del sol los rayos. Uno puede hacer esta contemplación como quien graba un video corto, en medio de la jornada, porque en alguna situación concreta “descubre” el brillo del amor de Dios.

Anuncios

Read Full Post »

image001.jpg 

Al ver el mal del mundo, nuestro Dios no respondió con la indignación sino con la Encarnación.

Momento de Reflexión

Diego Fares sj 

La cruz en la Vida Oculta     

El tema de este año es la relación entre esperanza y discernimiento.

La Esperanza, como dice el Papa, nos abre el horizonte -siempre más amplio- del tiempo de Dios.

El discernimiento nos permite reaccionar, en este preciso momento,

sea para acoger una semilla del Evangelio o cosechar al paso un fruto que ya está maduro,

sea para rechazar una tentación insidiosa, de esas que quieren arraigar -como la cizaña- en nuestra manera de pensar o de sentir.

Este mes reflexionamos sobre la esperanza y el discernimiento en la vida oculta del Señor. Tomando pie en las indicaciones de Ignacio, lo haremos desde la perspectiva de las Dos Banderas, que es la perspectiva de la lucha del demonio contra la cruz del Señor.

La Bandera del Señor –el signo que alza y en el que Él está- es la Cruz.

En general Ignacio recomienda “no leer ningún misterio” de la vida de Cristo que no sea el que uno tiene que hacer, para que “la consideración de un misterio no estorbe a la consideración del otro” (EE 127). Pero las reflexiones sobre la Cruz atraviesan toda la vida del Señor. Como dice en la Adición 6ª, el misterio de la cruz está presente “desde el nacimiento del Señor”. No es un misterio que se limite a un momento de su vida.

Y esto, no porque la vida sea toda Cruz, sino porque estamos en guerra. Por eso es que no podemos separar las cosas y hacer que, durante la semana de la Vida Oculta, la contemplación sea solo de las ternuras de la Navidad y las crueldades de la Cruz, limitarlas solo a la semana de la pasión. El de la Cruz es el misterio más grande y que más escandaliza, sobre todo cuando la cruz sobreviene a destiempo, en el momento en que todo tendría que ser alegría…

La relación “realidad-pensamientos-sentimientos”

Hago aquí un excurso que hace a la dinámica de los Ejercicios y creo que puede ayudar en nuestra situación actual.

En los Ejercicios hay “consejos o recomendaciones” que San Ignacio llama “Adiciones”. Hay una –la Adición 6ª (ya mencionada), que va cambiando.

Apunta a ordenar los sentimientos.

Dice que durante el día uno debe discernir los pensamientos que cultiva, para dar preponderancia a los que están de acuerdo con lo que tiene que contemplar. Las recomendaciones van cambiando.

  1. Cuando meditamos los pecados, Ignacio recomienda no pensar en cosas de placer ni alegría, como de gloria y resurrección, porque para sentir pena, dolor y lágrimas por nuestros pecados es impedimento cualquier consideración de gozo y alegría” (EE 78).
  2. En la segunda semana, aconseja adaptar los pensamientos y sentimientos al misterio de la vida del Señor que se contempla (EE 130).
  3. En la semana de la Pasión, recomienda “no procurar tener pensamientos alegres” sino “inducirse a sí mismo a dolor, pena y quebranto, trayendo a la memoria los trabajos, fatigas y dolores que Cristo nuestro Señor pasó desde el punto en que nació hasta el misterio de la pasión en que al presente me hallo” (EE 206).
  4. En la Resurrección, recomienda “traer a la memoria y pensar cosas motivas a placer, alegría y gozo espiritual, así como de gloria” (EE 229).

Este modo de “recibir y cultivar” algunos pensamientos y sentimientos y de “rechazar” otros, es un ejercicio de discernimiento que está presente en todo momento en los Ejercicios (y en la vida).

Ignacio trabaja sobre la relación “realidad-pensamiento-sentimiento”. Si estoy en una fiesta de casamiento de unos amigos y me vienen pensamientos tristes de alguna otra situación, discierno que debo dejarlos de lado (y si no puedo, irme un rato…) para que no me inunden de sentimientos que me cambien la cara y el ánimo y amarguen la fiesta.

Medir la relación que hay entre la realidad comunitaria en la que me encuentro y mis pensamientos y sentimientos, es algo que todos hacemos constantemente. Un pensamiento puede ser muy adecuado, pero si me provoca sentimientos que no condicen con la realidad en que estoy, lo rechazo. Si estamos en un velorio, un chiste, cuanto más hilarante, más se debe rechazar, porque lleva inevitablemente a una carcajada frente al muerto. Y si estamos en medio de una batalla, que alguien pretendidamente neutral nos sugiera un pensamiento que nos lleva a sentir dudas del accionar de nuestro buen capitán, es un ataque enemigo, y como tal hay que rechazarlo. El discernimiento instintivo es claro: aunque sea una verdad, en este momento nos la están tirando como artillería para desestabilizarnos y hacernos algo peor.

Hasta aquí el excurso para justificar que el tema de la lucha y de la guerra entre en la semana de la Vida familiar del Niño Jesús.

El criterio cierto para discernir

En la teología de los Ejercicios, Ignacio nos hace contemplar, en la Encarnación, un mundo en el que contrastan escenas de vida y de muerte. Y en el camino hacia Belén, nos hace “considerar lo que hacen José y María, como es el caminar y trabajar para que el Señor nazca en suma pobreza, y al cabo de tantos trabajos, de hambre, de sed, de calor y de frío, de injurias y afrentas, para morir en cruz; y todo esto por mí” (EE 116).

Ignacio contempla cómo estuvo presente la Cruz ya en la infancia de Jesús. Tantos sufrimientos cotidianos, descriptos prolijamente, y encima “para morir en Cruz”. Como si todo lo otro no hubiera bastado.

En este pequeño detalle resuena el Evangelio entero. Y paradójicamente no es para desalentarnos, como espontáneamente nos viene al ánimo, sino para darnos “el criterio de discernimiento que desenmascara siempre al demonio: la cruz”.

El demonio no tolera la cruz. Tienta al Señor para que se baje. Y como no puede, nos tienta a que lo bajemos nosotros de algunos aspectos de la vida.

Si lo bajamos, puede ser que nos aliviemos un momento (porque sabemos que no podemos esquivar la cruz del todo). Pero perdemos el criterio “existencial” para discernir. Perdemos el criterio de “sentir con la piel y el corazón propios” lo que es verdad y lo que es mentira.

Donde está la cruz, está Jesús –salvando con su amor-. Esto nada ni nadie nos lo puede quitar ni relativizar. Como decía el Papa Benedicto: “La cruz revela ‘el poder de Dios’ (cf. 1 Co 1, 24), que es diferente del poder humano, pues revela su amor: ‘La necedad divina es más sabia que la sabiduría de los hombres, y la debilidad divina, más fuerte que la fuerza de los hombres’ (1 Co 1, 25)”.

Esta sola Palabra del Señor –la fuerza salvadora de su Cruz-  basta para crear un paradigma e iluminar toda una época. Basta esta Palabra de Jesús para abrirle los oídos a una persona o a una comunidad. Basta el gesto del Señor – no solo de subirse él mismo a la Cruz, sino de haberla aceptado desde su nacimiento- para hacer que entre en la fe en un corazón y se nos revelen verdades que estaban como a la espera.

Discernir en tiempos de guerra

Lo de unir la vida oculta de la familia de Nazaret y la lucha abierta de Jesús, vino de sentir que estamos en tiempo de mucha lucha. Luchas ideológicas, económicas, políticas, culturales y religiosas. En una guerra, es vital saber reconocer al enemigo. Y una de las tácticas de todo enemigo es camuflarse, mezclarse en el bando contrario, haciéndose pasar por amigo o por neutral para dar información falsa. Por eso es clave incorporar esa “conciencia de guerra” que nos da la meditación de Dos Banderas. Esa conciencia de cruz, para estar alertas hasta en sueños, como San José, y poder cuidar al Niño.

Cambia todo el panorama si uno “se entera” de que estamos en guerra, de que hay Herodes planeando la muerte del Niño en sus palacios.

Toda guerra –desde una guerra mundial a una guerra entre facciones políticas o entre miembros de una institución- pone en acto algunas de las características de La Guerra de fondo: la que se libra en la historia entre el demonio y Jesús.

Pero la “guerra a pedazos”, como la llama el Papa, que estamos viviendo, pone en acto no solo la violencia física y psicológica sino también, de manera muy solapada, la violencia de la mentira y el engaño. Es la táctica de engañar al enemigo para que se destruya a sí mismo, para que se divida y pueda ser derrotado más fácilmente.

Es necesario, entonces, reconocer que estamos en guerra y que se trata de una guerra que se libra en las mentes de la gente antes que en el espacio geopolítico. No solo el espacio virtual de internet sufre el ataque de los hackers, también el alma de la gente simple se ve afectada por las mentiras.

Por eso hay que despertar el arte del discernimiento que “los pequeños tienen por la gracia del Padre”. No queda otra. El enemigo no utiliza uniformes distintos a los nuestros, precisamente porque no quiere “distinguirse”. Y para discernir ayuda la meditación de Dos Banderas.

Dos banderas, tres escalones (para trepar o para abajarse)

Ayuda diciendo desde el vamos que son dos las Bandera. No tres ni cien.

Ayuda mostrando que los pasos para enrolarse en una u otra bandera son tres y que basta que una persona de dos pasos para intuir el tercero y saber bajo qué bandera milita.

Demasiado simple e ingenuo el discernimiento de Ignacio?

Más bien sumamente agudo y genial en su simplicidad.

El primer paso al que nos invita el mal espíritu es “codicia de riquezas”.

Jesús, en cambio, encomienda a los suyos a que quieran ayudar a traer a todos a vivir en “suma pobreza espiritual”, y a los que Dios quiere elegir también en “pobreza actual (material, quiere decir). El vivió así en Belén, en Egipto y en Nazaret.

Las dos tendencias son claras. La actitud de codicia contra la actitud de pobreza espiritual.

El segundo paso es “vano honor del mundo” –la mundanidad espiritual de la que habla Francisco- contra “deseo de oprobios y menosprecios”.

Si el primer paso tiene sus más y sus menos, aunque el “diente de la codicia” suele ser muy visible, en el segundo escalón ya se puede ver bajo qué bandera milita cada uno. El que está enamorado de Jesús rechaza connaturalmente la vanidad mundana. El amor del Señor y de la gente es un bien tan real que la vanidad pasajera y autocomplaciente tiene algo de ridículo.

En el tercer escalón se contraponen soberbia “crecida”, dice Ignacio, contra humildad.

Una más, por si hace falta: los escalones por los que nos invita a “trepar” el demonio siempre tienen alguna excusa comparativa (esto no es “tan” de ricos o “tan” de vanidosos…), pero dejan mal sabor; los escalones por los que nos invita a “abajarnos” el Señor, no dejan el sabor de la duda: despojarme de una moneda y darla a otro más pobre, es un pasito de pobreza y sufrir un desprecio en silencio es una humillación concreta que me hace un poquito más humilde.

Gente buena que “se siente” dolida

La inspiración de juntar vida oculta y dos banderas me vino porque en estos días me han llegado varios mails (dos personas mayores, abuelas buenas, que han gastado y gastan aún hoy su vida haciendo el bien a los demás) de gente que se siente dolida (los sentimientos!) y desconcertada por lo que leen en los diarios y escuchan en los medios sobre el Papa y la iglesia. Noticias que se mezclan impunemente con las luchas políticas partidarias y las peleas ideológicas de distintos grupos que se tiran entre sí con todo lo que encuentran, desde las cosas más viles hasta las cosas más santas, con tal de denigrar y eliminar al otro. Sigue la guerra en nuestro país y en muchas partes del mundo. Una guerra a pedazos, como dice el Papa. Pero la furia y el deseo de extirpar de la faz de la tierra al otro, es muy mala señal, sobre todo si se trata de personas que viven en la misma tierra, que son compatriotas.

Me detengo un momento en este punto e invito a reflexionar y a hacer un discernimiento, a separar y distinguir un mal espíritu que viene como pegado a uno bueno. Es necesario porque el comentario de otra gente es “si se siente dolida esta persona buena, es que algo hay”. Y la respuesta va por el lado de: ¡Y claro que hay! Lo que hay es una manera vil y mentirosa de atacar provocando sentimientos así en las personas buenas. No! Dirá alguno. Las teorías conspirativas son débiles. Pensar que el demonio puede atacar a ancianas buenas es el colmo de la teoría conspirativa. Y sin embargo… Herodes quería matar al niño Jesús y mató a los niños inocentes. El que ataca al Señor en la persona del papa también lo ataca en la persona de los pequeñitos del pueblo fiel de Dios.

Excurso filosófico acerca del mal

El deseo de todo corazón lo impulsa irresistiblemente a amar el bien y a rechazar el mal. Son dos movimientos que, en un momento dado, pueden tener la misma fuerza, pero a largo plazo no.

El impulso de abrazar a un ser querido puede ser tan fuerte como el impulso a sacarse de encima a uno que nos quiere hacer mal. Pero en un segundo momento, ambos impulsos se moderan: el abrazo se vuelve tierno, para no dañar y el rechazo… ¿Qué sucede con el rechazo?

También se tiene que moderar, pero de modo distinto.

Por un lado, uno no puede continuar golpeando hasta matarlo a alguien que lo agredió. Pero, por otro, hay que neutralizarlo para que no vuelva a la carga. Por eso se trata de alejarlo, de contenerlo, hasta meterlo en una cárcel si hace falta…

Pero el impulso a “eliminar” al agresor, si se exagera, hace que uno mismo se convierta en lo que rechaza.

 

Este ejemplo debe bastar para ver que el amor al bien no tiene límite, estamos creados para amar el bien más y más. Si se lo modera es para que vaya dando frutos de amor que maduran lentamente, pero no se le puede poner límites al bien: cuanto más amor, mejor.

El rechazo al mal, en cambio, está al servicio del amor al bien.

Teológicamente lo comprobamos en el hecho de que Dios nuestro Padre no rechaza absolutamente a ninguna de sus creaturas. Incluso al demonio, no lo hizo desaparecer, no lo aniquiló. Lo enfrenta, lucha contra él hasta el punto extremo de dar la propia vida, como hizo Jesús, pero no pretende ni quiere aniquilarlo.

Este paradigma teológico debe ser anunciado pública y proféticamente para contrarrestar el otro paradigma –terrorista- que trata de imponerse.

Paradójicamente, el demonio sí quiere “aniquilar” a Dios, aunque esto lo lleve a suicidarse.

El paradigma terrorista es demoníaco, porque impulsa a aniquilar todo bien.

Tengamos en cuenta que no solo sigue este paradigma el que detona una bomba que lleva en su cuerpo, también lo siguen, de modo más o menos camuflado, los que venden armas, los que hacen “desaparecer” personas, los que se apropian de la identidad de bebés ajenos, los que están en la trata de personas y el comercio de órganos… Tantos modos de “aniquilar” al otro.

Querer eliminar al que quiere eliminar no es la solución, es un gesto mimético que fortalece el paradigma del mal.

En un grado de menor violencia física, pero de gran violencia intelectual y mediática, este mismo paradigma se instala en el corazón de muchos –y aquí voy a la gente sencilla que siente en su interior la irradiación maligna de esta violencia- y los lleva a querer aniquilar a personas de otro partido político acusadas de corrupción. El impulso a rechazar el mal está exacerbado.

Moderar la indignación

Aquí viene el discernimiento: uno debe estar atento cuando el engañador –el demonio, que es mentiroso- muestra la cola haciendo exagerar la indignación.

Lo propio de una democracia es, precisamente, no exagerar la indignación.

No dejar que se desborde el reclamo de justicia.

Encauzar la justicia, apostar a las instituciones y tener paciencia: eso es democracia.

El discernimiento debe ser muy claro (y personal). Yo al menos lo formulo así para mí: cuando algo me hace indignar desproporcionadamente, me freno un momento a reflexionar. Es un modo de discernir utilizando el propio pellejo, la propia adrenalina, como detector de tentaciones.

Esta “desproporción” es lo que hace “oler el azufre” del mal espíritu.

Un ejemplo de lucha “justa” contra la corrupción es la de los familiares de las víctimas de la tragedia de Once. Llevan adelante un proceso en el que la lentitud de la justicia (que en este caso ha ido más rápido que en otros gracias a cómo se movilizaron los familiares) hace desear a veces dar rienda suelta a la indignación. Lo que han conseguido legalmente es, por un lado, inmenso, y por otro, poco y frágil, siempre falta un paso más para concretar las condenas. Sin embargo, los bienes que han crecido en torno a su accionar, son incontables: bienes de amistad personal y de ciudadanía política. Es un bien que crece lentamente, como todo bien, pero que es real y que da esperanza porque se continúa en el tiempo.

Para amar “sin medida” hay que saber “indignarse con medida”.

Al demonizar al otro, al pretender “aniquilarlo”, se pierden unas energías preciosas que deben ponerse al servicio del bien, que es a largo plazo y requiere todas nuestras fuerzas.

El mal no merece tanta atención.

Es mucho si se logra neutralizarlo cuando estalla o se hace ver.

Es la enseñanza de la Vida Oculta del Señor.

Al ver el mal del mundo, nuestro Dios Trino y Uno, no respondió con la indignación sino con la Encarnación.

El amor de la Virgen y San José a Jesús, su hijo, en una vida de trabajo duro y de alegría familiar, en medio de persecuciones y problemas, es la respuesta pacífica y discernida a la violencia desmedida y al mal. El pueblo fiel de Dios sabe “resistir” pacíficamente al mal –cargando la cruz con paciencia- para defender y cuidar la vida.

 

Momento de Contemplación

Marta Irigoy

Como dice el P. Diego, “al ver el mal del mundo, nuestro Dios Trino y Uno, no respondió con la indignación sino con la Encarnación”. Una encarnación en la que, desde el comienzo, estuvo presente misteriosamente la Cruz, como bandera de salvación.

 

Puede ayudarnos a contemplar, sacar provecho y luego discernir, lo que nos queda en el corazón de lo leído, reflexionado y contemplado… (ayuda saber que este material es para rumiar serenamente durante este mes…) y así, animarnos a tomar como única Bandera, la de la cruz del Señor que pacifica todas las cosas.

Sabemos por experiencia personal, familiar, social y mundial el clamor que se escucha, a veces a grandes voces y otras veces solo con la voz de lágrimas, esas lágrimas que vemos emerger de ojos que suplican la paz en un silencio a veces lleno de confianza y otras de la impotencia que se experimenta ante tanta indiferencia social…

Por eso, podemos tomar el evangelio de Mateo o Lucas, donde se nos relata la Vida Oculta de Jesús, María, José y los demás personajes que aparecen; para dejarnos consolar por tanta paz y alegría que emergen de estos textos bíblicos…

Ellos son la Fuente de la Paz, y en ellos podemos ir a saciar esa sed de Paz que cada uno tiene en el propio corazón para luego, convertirnos en hombres y mujeres “cantaros” que llevan esa Paz -Pequeña y Frágil como el Niño Jesús- a sus hermanos y hermanas que necesitan ser consolados y sostenidos con gestos también pequeñitos preñados de esperanza…

Podemos terminar cada momento en que tomemos este material para este mes, rezando esta oración:

Permite a la Paz que se encarne,
en tus ojos, en tus labios, en tus manos,
en los pasos de tus pies,
pero, sobre todo,
que se encarne en tu corazón.

Permite a la Paz que se encarne en todo tu ser,
y que mire a través,
que hable a través de tus labios,
que acaricie a través de tus manos,
que camine a través de tus pasos,

Permite a la Paz, sobre todo,
que se encarne en tu corazón,
y que su bondad y ternura infinita,
se derrame a través de tu corazón.

Permite a la Paz que sea el centro y el todo de tu alma,
y se encarne y se irradie
en tus gestos, en tus palabras,
en tus miradas, en tus silencios,
y en cada paso de tus pies,
y en toda la expresión de tu persona.

Permite a la Paz que sea el centro y el todo de tu alma,
permite a Dios que, en definitiva, se encarne en TODO TU SER,
hasta ser todo TÚ, expresión y presencia de su Espíritu.

 

Read Full Post »

Momento de Reflexión

Diego Fares sj

La meditación del Reino –que Ignacio hace rezar durante todo un día- concluye la semana de los pecados y abre las semanas de la vida del Señor. Es una meditación “gozne” que lo centra todo en la Persona de Jesús y en su llamamiento.

Si miramos al Jesús que Ignacio nos presenta vemos a un Jesús lleno de esperanza, un Jesús joven que viene a llamar discípulos y compañeros para la misión de evangelizar a todos los pueblos. Es un Jesús que quiere entrar con todos los hombres en la Gloria del Padre. Con todos: no quiere que se pierda ninguno; no quiere excluidos ni descartados…, ni enemigos en lo que a Él respecta.

Y la vocación o llamado es a cada uno en particular. Jesús invita a “quien quisiere” ir con Él compartirlo todo: “ha de trabajar conmigo, para que, siguiéndome en la pena, también me siga en la gloria” (EE 95). Antes, en la figura del rey temporal, Ignacio había especificado más lo que implica ir por la vida en compañía de Jesús: “quien quisiere venir conmigo estará contento de comer como yo, y así de beber y vestir (como yo) etc.; asimismo tendrá que trabajar conmigo en el día y vigilar en la noche, etc.” (EE 93). En los “etc.” que pone Ignacio entra todo lo que se puede compartir en una amistad vivida en medio de una gran misión.

La esperanza de la Gloria futura atrae y es la meta; los trabajos y las penas son parte inevitable de la lucha, pero la Gloria y la Cruz se hacen a nuestra medida humana en el amor de amistad real que día a día es posible vivir con ese Jesús que alegra el corazón y le da fortaleza y ánimo. Cuando se trabaja y se lucha codo a codo entre amigos uno pone toda la persona y un poquito más. Si se compite en algo es en quién da más de sí y no en quién se lleva los aplausos.

Así, en la meditación del Reino vemos cómo la Esperanza grande de entrar con todos en la Gloria del Padre se concreta en el “Conmigo” al que nos invita Jesús. Ese “Conmigo” es un lugar especial. Digo lugar porque al estar con otro se crea un espacio, un ámbito, en medio del cual las cosas y lo que se realiza tiene otro sentido. El papa Benedicto en “Spes salvi” decía que la esperanza “atrae el futuro dentro del presente”. Eso es lo que hace “estar con Jesús” en el lugar de servicio al que llama e invita a cada uno de manera personal y única.

Conmigo

Este “conmigo”, este “con” Jesús es el lugar teológico que cada uno debe buscar y discernir cuál es, dónde se encuentra. Y, una vez encontrado, si uno lo elige como “su lugar en el mundo”, se convierte en puerta y camino, en verdad y vida. Desde allí toda la vida adquiere sentido: allí uno habita como en su tierra prometida; de allí puede “salir y entrar”, como las ovejas por la Puerta que es Jesús, para ir a misionar y regresar a adorar y a compartir la Eucaristía con sus hermanos; en ese lugar uno puede “estar con Jesús”, ver a Dios en todas las cosas y planear el “modo” de obrar y el ritmo con el cual caminar en la misión.

Que el Señor nos permita estar “con Él” es una gran gracia.

Sabemos dónde está Él, sabemos cuáles son sus criterios cuando se trata de elegir a dónde ir.

Él está donde “dos o tres se reúnen en su nombre”.

Él está donde dos o tres han encontrado su lugar para adorar y alabar y pensar la misión.

Él está siempre de camino, saliendo a buscar a la ovejita perdida o acompañando a un herido que encontró por el camino y que llevó a la hospedería.

Él está donde alguno quiere escuchar el evangelio que Jesús nos predica como a su Madre, a sus hermanas y hermanos.

Él está donde hay alguno que sufre y necesita sanación.

Él está sembrando en todos los terrenos y cuidando que el trigo de fruto, sin preocuparse por la cizaña.

Él está donde hay fiesta de bodas, lavando pies, convirtiendo el agua en vino, partiendo el pan.

Él está en la vida oculta donde su pueblo habita, como habitó Él en Nazaret,

Él está en las barcas donde su pueblo trabaja, como estuvo con sus discípulos en el lago de Galilea.

Él está en todos los amaneceres en que su pueblo se levanta y reza, tomando unos mates, antes de salir a trabajar, como estuvo en el Tabor, cuando se transfiguró ante sus tres amigos.

Él está en todas las cruces donde su pueblo está crucificado, dejándose ayudar, como se dejó ayudar por el Cireneo, y ayudando a otros, como ayudó al buen ladrón y confortó a su Madre y a su amigo.

Él está en todos los cielos abiertos bajo los cuales su pueblo peregrina hacia los santuarios, como estuvo en el monte antes de peregrinar al Cielo.

Él está en todos los cenáculos donde la gente de su pueblo se reúne a adorar al Padre en espíritu y en verdad.

Él está, prometió que estaría todos los días con nosotros hasta el fin del mundo.

El lugar preparado

El Señor, cuando se iba, dejó dicho que “iba a prepararnos un lugar”. Muchas veces se entiende esto como que nos reservó una pieza en el Cielo, como si el Cielo fuera un gran hotel o algo así. A mí me gusta pensar más bien que Jesús se fue junto al Padre para prepararnos un lugar de misión y de adoración en esta tierra. Por supuesto que la promesa habla de un lugar definitivo, del Cielo, al que tendemos en esperanza. Pero el que Jesús nos prepara es también un lugar en el que podemos habitar desde ya.

Es un espacio abierto: el de la intimidad suya con el Padre. Se puede acceder a él desde cualquier lugar. Basta que uno deje que se explaye el deseo de adorar “en Espíritu y en verdad”.

No es un lugar privado. Se abre solo donde “dos o tres se juntan en el Nombre de Jesús”. Es el lugar del “Conmigo” que se declina en “con otros”.

No es un lugar utópico, que quedaría en el “más allá”, en la otra vida. Es bien tópico, situado, pisable, transitable. Eso sí, requiere un tipo de movimiento especial, un movimiento “aproximativo”, no de distancia sino de cercanía. Todos hacemos este tipo de micro-movimientos con los que nos acercamos a otro o tomamos la dirección contraria.

El que Jesús nos prepara es un tipo de lugar “escalera”. Un lugar que apoya los pies en esta tierra y sube a lo alto del cielo.

El de Jesús es un lugar familiar. Y sucede como cuando una familia se va de vacaciones, que lleva su casa consigo. La familia se organiza y habita cualquier lugar recreando un espacio interior suyo que lleva dentro: cuando se sientan en cualquier mesa, cada uno tiende a ocupar los lugares como en casa. La familia ordena sus tiempos y sus cosas en referencia a como los ordena en la casa, a veces de la misma manera, a veces de manera totalmente diversa, para descansar de la rutina, pero teniéndola grabada en la memoria, distendiendo y “desordenando” el espacio habitual para gozar mejor de él. Así, el espacio que se crea entre Jesús y nosotros es un lugar que uno lleva consigo a donde vaya.

Es un lugar móvil también, como una casa rodante, en la que uno habita y viaja a la vez. Y sucede como con nuestros misioneros. San Roque González de Santa Cruz cuenta cómo cuando se internaban en las selvas del Paraguay y de nuestra Misiones, entre las pocas cosas que llevaban la más importante era el altar portátil para celebrar la Eucaristía. Con ese altar, todo alrededor era templo y casa y Reducción futura.

El lugar que Jesús nos prepara tiene o arma sus cuatro paredes (iba a decir “en esta tierra”, pero no es correcto) siempre en medio de su pueblo.

Las personas vamos por la vida “con nuestro espacio en torno”; cada uno vive y trabaja “con su paisaje incluido”. Es lo que nos distingue.

Se distingue al que va al trabajo del que pasea como turista.

Caminan distinto, el que va con una misión y el que anda dando vueltas nada más.

El modo de “estar” es distinto en el que “está” en un puesto de trabajo que vive como misión y en el que está allí a disgusto, por obligación o porque no le queda otra.

El que va “con Jesús” tiene un espacio que conjuga dos características contrastantes: es el lugar más común y, a la vez, el más especial. Lo vemos en la vida de los santos. Santa Teresita, por ejemplo, tenía una celdita de dos por dos y sin embargo parecía que caminaba por todas las misiones. Y no creo que su lugar en el Cielo sea otra cosa que un lugarcito, como el de su celda en el convento de Lisieux.

Ignacio, que es especialista en esto de rezar “haciendo la composición del lugar”, tenía su piecita en el Gesú –que gracias a Dios se conserva intacta- y desde ahí todo el mundo le era casa, como dice Nadal que tiene que ser para la Compañía.

De Brochero se puede pispear cómo era ese “lugar interior” que tenía “con Jesús” por tres cosas al menos. Una por cómo andaba siempre en su mula, pasando al tranco por las casas, para dar tiempo a que la gente saliera a pedirle la bendición y lo viera hundirse y salir por hondonadas y cerros, yendo a visitar a un enfermo. La otra, por cómo organizó la Casa de Ejercicios, con sus espacios para los fogones en los que siempre había una pava con agua caliente para el mate y cerquita nomás el lugar para los caballos y mulas, para que los paisanos sintieran que estaban bien atendidos, ya que era el mismo cura el que les daba agua y comida. La tercera, por cómo organizó los caminos y los diques y deseó el tren y levantó capillas y escuelas… A Brochero el Señor le preparó un lugar interior en el que cabía un pueblo. Y no hablo sólo del Tránsito, sino todo el pueblo argentino que vendría.

El lugar interior de Hurtado se puede ver en eso tan suyo de “qué haría Cristo si estuviera en mi lugar”. Que rezaba esto de verdad se puede ver en el Hogar de Cristo, lugar único y multiplicado para los pobres concretos de cada rincón de Chile.

Y así con cada santo. Si algo caracteriza a las santas y santos cristianos es ese estar en cualquier lugar santificándolo por su modo de “estar con Cristo”.

Esto que es tan especial es lo más común en la gente de nuestro pueblo: cada uno en su lugar, cada uno en su puesto de trabajo, cuidando a su familia, dando la vida sin hacerlo notar. Es tan lindo ver, como dice el Papa a “la enfermera de alma, el docente de alma, el político de alma, esos que han decidido a fondo ser con los demás y para los demás” (EG 273). Lo dice el Papa cuando habla de que “En el corazón del pueblo (…) yo soy una misión”.

Pedimos la gracia de discernir cuál es –en el corazón de nuestros pueblos- el lugar de misión que el Señor Jesús nos ha preparado y nos prepara cada día para ir y estar con Él.

 

Momento de contemplación

Marta Irigoy

La Meditación del Reino, nos prepara el corazón para descubrir el lugar que nos será regalado para ser fieles al sueño de Dios que tiene sobre cada uno de sus hijos.

Por un lado, será encontrar “el propio sitio”, que será la tierra sagrada en donde se podrá servir y adorar a Dios que se hará presente en mis hermanos…

Por otro, será lugar sagrado en donde seré fiel al Dios que me invita a caminar con Él…

Saber que la promesa de Jesús: que ira “conmigo” y “yo con Él” llena de esperanza la vida, ahuyenta el desánimo cuando los tiempos de Dios no son los que la realidad impone o exige y anima sabernos “con otros” que han sido misionados para la misma misión: que Jesús sea más conocido y amado por todos…

Para este momento de contemplación, la invitación en contemplar “TU TIERRA SAGRADA”; ese lugar en que hoy, sentimos que tenemos en nuestras manos, una oportunidad única, que está confiada a mis dones y talentos para hacerlos fructificar para el Reino de Dios…

Copio, nuevamente estas palabras que más arriba, escribió el P. Diego, para que sean de profunda rumia del corazón y nos ayuden a adorar al Dios Cotidiano que camina “conmigo” y “contigo” y que se hace el Dios Cotidiano “con nosotros” …

Sabemos dónde está Él, sabemos cuáles son sus criterios cuando se trata de elegir a dónde ir.

Él está donde “dos o tres se reúnen en su nombre”.

Él está donde dos o tres han encontrado su lugar para adorar y alabar y pensar la misión.

Él está siempre de camino, saliendo a buscar a la ovejita perdida o acompañando a un herido que encontró por el camino y que llevó a la hospedería.

Él está donde alguno quiere escuchar el evangelio que Jesús nos predica como a su Madre, a sus hermanas y hermanos.

Él está donde hay alguno que sufre y necesita sanación.

Él está sembrando en todos los terrenos y cuidando que el trigo de fruto, sin preocuparse por la cizaña.

Él está donde hay fiesta de bodas, lavando pies, convirtiendo el agua en vino, partiendo el pan.

Él está en la vida oculta donde su pueblo habita, como habitó Él en Nazaret,

Él está en las barcas donde su pueblo trabaja, como estuvo con sus discípulos en el lago de Galilea.

Él está en todos los amaneceres en que su pueblo se levanta y reza, tomando unos mates, antes de salir a trabajar, como estuvo en el Tabor, cuando se transfiguró ante sus tres amigos.

Él está en todas las cruces donde su pueblo está crucificado, dejándose ayudar, como se dejó ayudar por el Cireneo, y ayudando a otros, como ayudó al buen ladrón y confortó a su Madre y a su amigo.

Él está en todos los cielos abiertos bajo los cuales su pueblo peregrina hacia los santuarios, como estuvo en el monte antes de peregrinar al Cielo.

Él está en todos los cenáculos donde la gente de su pueblo se reúne a adorar al Padre en espíritu y en verdad.

 

Read Full Post »

IMAGEN-14945575-2.jpg

Momento de contemplación 

Marta Irigoy 

El Principio y Fundamento de nuestra Esperanza

San Ignacio, en los EE, nos propone la meditación del Principio y Fundamento, en donde nos ayuda a tomar conciencia y descubrir que somos creaturas soñadas y amadas desde toda la eternidad. Podemos decir, que en esta verdad se cimienta nuestra esperanza…

Nos creó un Dios Tierno, Compasivo y Fiel; un Dios que desea que en nuestra vida podamos encontrar el para qué de nuestra existencia…

El Papa Francisco, nos decía en la EG: “Yo soy una Misión en esta tierra…”. El camino de nuestra vida, es peregrinar hacia esa plenitud de mi vocacion… ”Soy una Misión! Y desde el matiz de estos Talleres de Perseverancia E, podemos decir que nuestra Misión es ser Esperanza para los demás…

Descubrir esta misión, es el camino que nos invita Ignacio, y para ello nos invita a hacer memoria de la presencia de Dios en nuestra vida y desde ahí, se nos revelaran los diferentes  “mojones de certezas”, que nos han posibilitado ser hombres y mujeres de esperanza…

La esperanza nos arranca de esa nostálgica y melancólica reflexión sobre el pasado personal y comunitario y nos invita a construir con realismo el futuro.

Es para nosotros una realidad necesaria, en la cual nos hacemos cargo de nuestro pasado, en el presente, con la mirada puesta en el futuro. “El hombre es “ser esperante” en su existencia cotidiana, fruto del ejercicio de su libertad.

Para san Ignacio es muy importante la memoria, ya que “el ayer” recordado está al servicio del presente y las historias pasadas nos llaman a re-crear nuestra historia actual y a reconocer al mismo Dios de ayer en el hoy, caminando con nosotros y haciéndonos recobrar ánimo y esperanza. (Dolores Aleixandre).

La invitación será buscar un rato de oración y  hacer un recorrido por nuestra historia de esperanza, trayendo a la memoria, las situaciones, personas y paisajes que han acompañado nuestra vida de hombres y mujeres y nos han convertido en creyentes esperanzados…

Para terminar pueden leer este texto de Doña Jovita: 

 

Esperanza

Si pensando en el pasado nos invade la añoranza,

Hay que cargar la balanza con lo gueno del presente

Para escuchar claramente el canto de la esperanza.

Cuando nos gana el cansancio y perdemos la confianza

Cuando las fuerzas no alcanzan y queremos aflojar

Siempre nos vuelve a alumbrar el brillo de la esperanza

Después de una noche larga llega siempre el nuevo día

Cuando falta la energía, cuando las penas avanzan,

Esa luz de la esperanza es promesa de alegría

Que no se apague jamás esa llamita encendida,

Que ilumina la salida por un camino seguro

Cuando se nos pone oscuro

El sendero de la vida.

 

Que este año, que compartiremos reflexionando y rezando “la Esperanza”, sea muy fecundo en nuestras vidas!

 

Momento de Reflexión para sacar provecho

Diego Fares sj

Un Dios que soñó cantar con nosotros cantos de alabanza…

Nos creó un Dios Tierno, Compasivo y Fiel; un Dios que soñó cantar con nosotros cantos de alabanza, como sueñan los padres con las voces –llenas de cantos y de risas- de sus hijos cuando juegan. Nos creó un Dios con Corazón lleno de esperanza, que soñó compartir nuestro servicio a las demás creaturas y en Jesús se hizo uno más de nuestra carne. Nos creó un Dios con el pecho lleno de abrazos, que soñó con los besos de sus hijos (adorar es mandar un besito con la mano puesta en la boca).

El Principio y Fundamento, leído en clave de Esperanza, nos habla de estos sueños del Dios que nos Creó. Los sueños de nuestro Padre, los sueños de Jesús –su Hijo amado y nuestro Hermano querido, los sueños del Espíritu Creador, nuestro Amigo que siempre está a nuestro lado, haciéndonos soñar los sueños de Dios.

El hombre y la mujer somos creados –recreados cada nuevo día, como dice Doña Jovita-, recreados en el Bautismo y en cada confesión, recreados cada vez que hay que salir a una misión nueva, en esos pequeños Pentecostés que tiene toda obra que se inicia al servicio de los más necesitados.

Que en la burbuja del mundo paralelo (ese que transitamos sin vivir en plenitud, esclavos de los tiempos que devora el dios dinero) se nos diga que somos creados para la Alabanza, es un alivio, un respiro, es toda una puerta abierta de liberación. Nuestro reloj interior dice “alabanza”, no dice “consumo”. Está lleno de “Alleluyas!” no de “no llego a tiempo” ni de “no doy abasto” ni de “qué pena que pasó”. El “debe” y el “tenés que…” se remansa en “alabar”. Es como el chip de los pajaritos que los hace cantar a voz en cuello, henchidos sus pequeños pechos llenos de plumas de colores y los pulmoncitos a más no poder. Es verdad que tenemos otros chips, buscadores de alimento y predadores, que nos dicen consumí, perseguí, poseé, defendé, estate alerta… Pero el chip del canto y del vuelo y de la libertad, es tan nuestro y verdadero como los otros y bendecido por el Espíritu, además. Estamos hechos para alabar y cuando pase el comer y el pelear, la alabanza quedará.

Que en el mundo que tiene la cara seria y los dedos pragmáticos de los que cuentan billetes y los ojos predadores de los tiburones de Wall Street, a la caza de acciones que suben y bajan, se nos diga que hemos sido creados para el servicio es toda una revelación. Las miradas se amansan, las manos se enternecen, los rostros se distienden. Servir una rica comida no requiere el ritmo mecánico del dinero. La eficiencia y el trabajo se ordenan a que todos puedan compartir al mismo tiempo para “olvidarse del tiempo” y disfrutar de ese momento de eternidad que es un banquete (por eso el Señor lo utilizó como metáfora de lo que esperamos que será el Cielo: un banquete de bodas que, como desean los novios, durará para siempre).

Que en un mundo que no quiere tu corazón (porque no sabría qué hacer con un corazón humano), en un mundo, digo, que quiere tu sangre, tu tiempo, tus energías, tu capacidad de consumir y tu adulación, pero no tu corazón, se nos revele que hemos sido creados para adorar, es decir para ofrecer libremente nuestra más íntima y amorosa lealtad y disponibilidad, es un aire fresco que pone en pie nuestra dignidad. Nada más digno para una creatura que adorar. Hemos sido sacados del barro y puestos en pie para que por nosotros mismos doblemos la rodilla y besemos los pies de un Creador que, Él por primero, se arrodilló para lavarnos a nosotros nuestros pies.

Que en un mundo en que las cosas alzan la mano y reclaman atención, como los chicos de la escuela cuando la maestra pregunta, y se desesperan para ser compradas y consumidas, porque si no, en la próxima tanda productiva dejarán de existir y serán reemplazadas por otros productos, que en un mundo así, se nos diga “que las cosas son ayudas”, es una alegría no solo para nosotros sino para ellas. Porque las cosas gimen esperando la redención del hombre. Han sido creadas para ayudarnos y se las usa para invadirnos y atiborrarnos. Se producen más de algunas y se desprecian otras. Hemos hecho que se multipliquen los ganados y dejamos que se mueran los elefantes. Talamos los bosques frondosos y sembramos solo soja. Producimos toneladas de champú y no alcanzan las vacunas para los niños de los pueblos pobres…

Cuando alguien mira una cosa a los ojos y le dice: “estás para ayudarme, te usaré tanto cuanto necesite y te compartiré en la medida de tus posibilidades”, cuando alguien habla así, las cosas sonríen. Ayudar es todo lo que quieren. Y ayudar no sólo es “ser útil”. En la mayoría de los casos, ayudar es simplemente “estar”. Como la presencia de una madre en casa que, aunque lo haga todo, lo que más ayuda es que ella misma siempre está. Las casas computarizadas pueden reemplazar todas las cosas que una madre hace, todas menos el que las haga ella. Como dicen los chicos cuando los mandan a otra casa y les dan todo lo que necesitan: “yo quiero a mi mamá”. Las cosas, el planeta en su conjunto, nuestra Madre Tierra, tienen en su conjunto, algo de mamá. Son totalmente “usables” pero no “reemplazables”.

Dicen que en en 1924, Philips, Osram y General Electric (los tres nombres juntos suenan a una especie de trinidad artificial), contaban con la tecnología necesaria para que la vida útil de las lamparitas de luz fuera de dos mil quinientas horas y, por decisión conjunta, hicieron que su vida útil se limitara sólo a mil horas. En estos cuatro renglones se nos narra la parábola madre del terror.

Lo terrorífico es ese “decidieron en conjunto”.

Lo angustiante es que no se tratara de la fabricación de armas de destrucción masiva sino de objetos pequeños, útiles para la vida diaria.

Lo desesperante es que fueran lamparitas de luz.

Dice Charles Peguy que la esperanza es la hermanita menor de las otras dos virtudes y que va de la mano de la Hermana Fe y de la Hermana Caridad. Va de la mano, pero es ella la que las arrastra, como las hermanitas pequeñas arrastran a las grandes a jugar. Este arrastrar y llevar tras de sí aun siendo más pequeña es propio de la esperanza, así como lo es el reencenderse si la apagan. Como la velita de cumpleaños que los niños la soplan y se reenciende –ante sus ojos maravillados- por sí sola. Dios creó la esperanza indestructible y puso su llamita encendida en el corazón humano para que fuera perenne. Para que fuera “lo último que se pierde”, para que durara incluso después de la muerte del portador y se rencediera con la resurrección.

Y estos de Philips, Osram y General Electric, crean por decisión conjunta lamparitas que vivan menos incluso de lo que podrían.  Con esa simple “decisión conjunta”, pragmática y calculada, engendraron la cultura del descarte, que es ahora, en la casa en que vivimos, la luz que nos alumbra. Una luz “con tiempo de vencimiento”, lo cual no sería malo ya que todas las cosas lo tienen. Lo malo es que por decisión se las obligue a tener menos vida útil de la que podrían tener. Para qué? Obvio, dicen: para vender más. Pero no es tan obvio, porque vender más y más no es “sostenible” a largo plazo. De esto nos ha hecho dar cuenta el Papa Francisco en su hermosísima Encíclica Laudato Si, que habla de para qué somos creados y de cómo cuidar juntos a nuestra hermana Madre Tierra. La realidad es que este “para vender más” es para usufructo exclusivo de unos pocos que no solo se desinteresan de sus coetáneos, sino de todos los demás que vendrán.

Lo de crear productos que se mueran rápido es una metáfora de lo que piensan de sus hijos y de todos los que vendrán.

A esta gente se la combate “artesanalmente”. No se la puede combatir con sus mismas armas. Todas tienen su sello y se vuelven en contra del que las usa. No se pueden fabricar bombitas de luz que duren diez mil años. Se frenaría toda la producción, como amenazan ellos: “Con la muerte del capitalismo moriríamos todos”, dicen.

En el fondo este es el miedo profundo que late en el corazón de esta mentalidad. Piensan que Dios nos ha creado como ellos crean sus lamparitas de luz: para que duremos menos de lo que podríamos durar. Y por eso crean un mundo de descartes donde su única esperanza es ser descartados lo más tarde posible ellos descartando primero a todos los demás. Esta imagen cultural y este miedo es muy poderoso. Yo diría que sólo Jesús es capaz de engendrar la imagen antídoto.

Esa imagen es la parábola de la semilla. Que, aunque sea verdad que mucha se pierde, la semilla que cae en terreno bueno da mucho fruto. No es una lamparita que dura el doble sino una semilla viva que fructifica treinta, sesenta y ciento por uno.

Pero la verdad de esta parábola la confirmará solo el tiempo. Y el tiempo, como dice el Papa Francisco, es de Dios. No hay ciencia que pueda predecirlo y programarlo. Si el universo es semilla que dará fruto o lamparita que se apaga antes de tiempo, nadie desde adentro, lo puede predecir ni planificar.

La clave está no en el tiempo sino en el momento. En cada momento en que uno toma “una decisión” y si es conjunta mejor. Allí donde Philips, Osram y General Electric toman sus decisiones conjuntas de fabricar lamparitas con vencimiento anticipado, nosotros tomamos decisiones de sembrar semillas de evangelio con esperanza sin fecha de vencimiento.

El efecto es inmediato. En el centro mismo de la cultura del descarte, comienzan a nacer lugares donde la cultura es del encuentro. El futuro nuestro (como el de Philips, Osram y General Electric) está en manos de Dios. Pero el presente es totalmente diferente. Sobre todo, para los que ni siquiera tienen enchufes ni casas donde encender esas famosas lamparitas.

San Ignacio termina de redondear su Principio y Fundamento diciendo que, si discernimos así (que somos creados para alabar a nuestro Creador y para servir al prójimo y que las otras cosas están para ayudar y las tenemos que usar bien –tanto cuanto, ni más ni menos-) nos convertimos en gente que “solo desea y elige lo que es más conducente para este fin para el que somos –amorosamente- creados”.

Es decir: nos convertimos en gente alegre -porque alabar y servir siempre está al alcance de la mano- y en gente solidaria –porque estas acciones son con los demás y para los demás-.

El discernimiento de lo que en cada momento más nos permite adorar, alabar y servir, es el punto donde pivotea la esperanza: el punto de apoyo, firme, que cambia el panorama y da sentido a todo lo demás. No se trata de que primero cambie la cultura, de que caiga el capitalismo o se abra a la trascendencia el marxismo, no se trata de que apaguemos las tablets y los celulares (con su muerte programada para que tengamos que comprar otro modelo actualizado) y volvamos a la naturaleza. También estos aparatos descartables son “creaturas” y pueden ayudar. En la fragilidad de su “tiempo de vencimiento” incorporado nos pueden recordar la nuestra y, cada vez que actualizamos su sistema operativo, podemos recordar nuestra necesidad de conversión y de formación permanente. Y cada vez que cambiamos de modelo o compramos otra lamparita, podemos alabar a un Creador tan generoso, que pudiéndonos haber creado sólo por un tiempo (lo cual ya sería muchísimo) nos promete un “reencedimiento”.

Diego Fares sj

Read Full Post »

A %d blogueros les gusta esto: