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Pedir al Espíritu saber discernir, detrás de cada pecado, una tentación de desesperanza

Momento de Reflexión para sacar provecho

Diego Fares sj

Amor incondicional y esperanza

Todos hemos tenido de niños alguna experiencia de desesperación de la que solo el amor de nuestra madre nos calmó y nos contuvo. He visto a tantas mamás junto a la cama de hospital, cuidando a sus hijos sin moverse de su lado. Agotadas y enteras, sin la menor sombra de duda acerca de si deben estar tanto. Recuerdo un año en el que, por ir a bautizar a un bebé –José Ignacio- en el hospital italiano, me hice amigo de varias familias que tenían a sus hijos en la misma terapia. Durante más de dos meses pasaba casi todas las tardes a hacerles una visita. En una de esas charlas en las que con delicadeza trataba de hacer hablar un poquito a los papás, ya que todos tenían como un nudo en la garganta, le pregunté a una mamá cómo hacía, ya que llevaban meses sin moverse de allí. Recuerdo su expresión: era la de alguien que se había olvidado totalmente de mirarse a sí misma. Me dijo: “No sé. ¿Dónde más podría estar?”. Solo ellos calmaban -en sus crisis de llanto y pataleo- a su hijito que sufría. En experiencias como esa, previas a las conscientes, de un amor absolutamente presente, cuya mano acude a acariciarnos apenas movemos la nuestra, se funda lo que expresamos cuando decimos que “la esperanza es lo último que se pierde”. De allí viene que los niños, cuando se encuentran en una situación desesperada y alguien intenta consolarlos, digan llorando “yo quiero a mi mamá”. Y que un soldado escriba: Islas Malvinas, 2 de junio 82. Querida Mamá: Hola, ¿cómo estás?, muy bien pues me alegro muchísimo, porque esa es mi única preocupación al igual que papá por supuesto”. Él escribe y se responde en el único diálogo interior siempre retomado, que sostiene su esperanza en el frío del refugio, bajo el ruido de los cañones que repite la palabra muerte. La esperanza es una fuerza de convicción que nace de las entrañas y del corazón. Es previa a todo razonamiento. La encendió el primer abrazo que recibimos al nacer y por eso, si se apaga, uno siempre espera que alguien o algo la reencienda.

Esperanza y perdón

Lo mismo sucede con el perdón. Creer en el perdón, confiar en que de veras alguien puede ser misericordioso con nosotros cuando hemos hecho un gran mal, cuando hemos sido infieles y hemos traicionado, experimentar como algo real la posibilidad de ser bien recibidos, es algo que se juega allí donde somos hijos. Ni siquiera digo hermanos o amigos. Sólo un padre y una madre pueden perdonar incondicionalmente. Y esto porque a nivel existencial se encuentran situados “antes” de todo mal, en ese lugar en el que la vida es un bien absoluto y primero, desde el cual todo se puede reparar.

Seguía escribiendo así el soldado de Malvinas: “Mamá quiero que sepas que muchas veces no hice caso a tus consejos y reproches(.) fue por chiquilín o por estúpido como lo es uno cuando es adolescente y lo único que piensa es joder, o no sé, porquerías y ahora valoro y comprendo todos tus consejos”.

En la conciencia de ser hijos se pasa naturalmente del agradecimiento por el amor a la necesidad de pedir perdón. El dar por descontado que se obtendrá misericordia va junto a la necesidad de reparar. Todo es sincero en esta relación filial. Por eso, cultivar y ampliar esta conciencia de ser creaturas y de ser hijos queridos, es lo primero si queremos corregir errores y reparar los daños del pecado. Solo el amor absoluto del que nos soñó y nos creó buenos, puede hacer que nuestra esperanza supere todos los males. Solo la esperanza en el amor incondicional del que es nuestro Padre, ese amor al que solo le interesa nuestra felicidad y nuestro bien, puede hacer que nuestra esperanza en su misericordia venza toda culpa, toda desconfianza, todo desaliento.

“Me levantaré y volveré junto a mi Padre”: en estas palabras que el hijo pródigo se dice a sí mismo cuando, estando en lo más bajo de su degradación, recuerda el olor a pan de la casa paterna y se deja movilizar por la esperanza cierta de que su Padre lo recibirá, al menos como sirviente, en estas palabras, digo, está plasmada la imagen de cómo sólo un amor de Padre es capaz de engendrar una esperanza total en el corazón de un hijo. Otro tipo de relaciones –entre patrón y empleado, entre médico y paciente o entre maestro y discípulo y aún entre hermanos o amigos- no son capaces de generar una esperanza indestructible. Solo el Padre Misericordioso engendra hijos esperanzados. Jesús, el Hijo amado que por eso mismo es nuestra Esperanza, dio la vida para testimoniar esta verdad, la más decisiva.

Desesperanza y pecado

Es por esto que el primer discernimiento debe ser descubrir, en todo pecado, no tanto la raíz sicológica o moral, sino la previa tentación de desesperanza, que frenó y torció de alguna manera, el natural impulso al bien que el Espíritu Santo alimenta en todo momento con su gracia. Detrás de todo pecado podemos discernir –prolongado o breve- un acto de desesperanza.

Veamos ejemplos. La ira. ¿Cuándo comienza un niño a gritar? Cuando primero se desespera porque su mamá no le hace caso a sus pedidos y argumentos. Entonces sube la voz, grita y patalea. Lo mismo con los grandes. El diálogo, en cambio, se sostiene con actos concretos de esperanza: espero que me entiendas; tomate tu tiempo; me doy tiempo yo y con paciencia espera a que te expliques bien, a que puedas decir todo lo que sentís… Son todas actitudes de esperanza las que mantienen el diálogo, las que apuestan a él.

La avaricia. ¿Cuándo agarra un niño todos los caramelos y los acapara? Cuando primero se desespera porque le hacen esperar o porque ve que no le darán todos los que quiere. Especialmente si hay otros en torno: su conciencia mimética percibe la misma avaricia en los gestos de los otros niños y calcula de alguna manera que si no se apura, otro le arrebatará los suyo.

La lujuria. La lujuria es la sexualidad que pierde ternura y se exacerba, obrando con avaricia y agresividad. ¿Cuándo se exacerba? Cuando primero desespera de que el respeto por el otro y la ternura puedan contener y encauzar la fuerza de la pasión. La pasión sexual no es dominable pero sí encauzable (no tenemos dominio absoluto sobre la concupiscencia, pero podemos reencauzarla una y otra vez, con humildad y paciencia). Sólo la esperanza de un amor único y pleno puede reorientar, una y otra vez, la sexualidad.

La falta de solidaridad. ¿Cuándo se endurece el corazón y se cierra la mirada a las necesidades del prójimo para no sentir compasión? ¿No es acaso cuando uno hace un juicio que desespera de que, compartiendo, vaya a alcanzar para todos? Sólo la esperanza del círculo virtuoso que la solidaridad genera es capaz de vencer la desesperanza que lleva a cada cual a interesarse exclusivamente por lo propio.

Y así, con todos los pecados. Cada uno está invitado a discernir cuál es la palabra o la frase de desesperanza que el mal espíritu le impone antes de sugerirle un pecado. Aquí hace falta una distinción filosófica. Que la desesperanza venga “antes” de cualquier pecado no implica un “antes” que se pueda percibir temporalmente. A veces la desesperanza es simultánea o posterior al pecado. Lo importante es que tiene anterioridad “ontológica”. Está en un nivel más básico. Y hace bien reflexionar inteligentemente acerca de esto. Porque allí es donde el mal espíritu nos tienta. Los pecados capitales que se derivan de la desesperanza se desencadenan solos. Sin la lucidez de la esperanza, cada pasión corre hacia su objeto ciegamente, chocando con todos y destruyendo todo a su paso.

Si un padre no tiene esperanza en su hijo, esto se transluce en todo. En un reto, por ejemplo, la esperanza se experimenta en la moderación, en cambio la crueldad transmite desesperación. En un gesto de amor, la esperanza se muestra en el abrirse al bien del otro, con todas las exigencias que eso acarrea. La falta de una esperanza grande, en cambio, se nota en el resignarse a ser bueno uno. Esto no es poco. Pero la esperanza es virtud de lo arduo, de lo más grande, de lo que incluye a todos. Y si en el mal, neutralizarlo o elegir lo menos malo, es bueno, en el amor, no ir por más, es muy triste.

Pequeños gestos de misericordia con gran esperanza

Pongamos un ejemplo positivo: Cuando damos con todo nuestro amor y deseo de bien una limosna a un mendigo y esta persona nos lo agradece con gran alegría y con una bendición, ¿no se nos ensancha el corazón, haciendo que se encienda la esperanza de que otro tipo de vínculos es posible? Por el contrario, cuando rechazamos el pensamiento de que podríamos dar una moneda y apuramos el paso sin mirar al mendigo, ¿no se nos estruja por un rato el corazón y sentimos que hemos consentido a la desesperanza, aunque el acto en sí haya sido poco significativo?

Escuchemos algunas frases del papa acerca de la limosna a los mendigos. Transcribo el texto:

Periodista: Muchos se preguntan si es justo dar limosna a las personas que piden ayuda en la calle; ¿Qué responde?

Papa Francisco. “Hay tantos argumentos para justificarse a sí mismo cuando no se da limosna. “¿Pero ¡cómo!, yo le doy el dinero y luego se lo gasta en un vaso de vino?”. (¿Y si) Un vaso de vino es la única felicidad que tiene en la vida (?). Eso está bien (darle y que él se lo tome si quiere). (Y ya que tú te haces tantos planteos ante una limosna) Pregúntate, más bien, que es lo que haces tú en secreto. ¿Que felicidad buscas (tú) a escondidas?

O bien, (si) a diferencia de él, eres más afortunado, tienes una casa, una esposa, hijos, (preguntate) ¿Qué es lo que te lleva a decir, “Ocúpense ustedes de él”? Una ayuda siempre es justa. (Bien hecha) Desde luego, (porque) no es bueno lanzar al pobre solo algunas monedas. Es importante el gesto, ayudar a los que piden mirándoles a los ojos y tocando sus manos. Echar el dinero y no mirar a los ojos, no es un gesto de cristiano… Enseñar la caridad no es descargar las propias culpas, pero es un acercarse, un mirar a una miseria que llevo dentro de mí y que el Señor comprende y salva. Porque todos tenemos miserias dentro”.

  1. P. Santidad, cuando encuentra a una persona sin domicilio fijo ¿Qué es lo primero que le dice?

Papa Francisco. “Buenos días.” “¿Cómo estás?” Las personas que viven en la calle entienden de inmediato cuando hay un interés real por parte de la otra persona o cuando hay, no quiero decir ese sentimiento de compasión, pero sí, ciertamente de pena. Se puede ver una persona sin hogar y mirarlo como una persona, o como un perro. Y ellos se dan cuenta de esta forma diferente de mirar.

El Papa Francisco recordó que, en el Arzobispado, en Buenos Aires, debajo de un portón, entre las rejas y la banqueta, vivían una familia y una pareja. “Me los encontraba todas las mañanas cuando salía – dijo – los saludaba y siempre intercambiaba algunas palabras con ellos. Nunca pensé correrlos de ahí. Algunos me decían: ‘Ensucian la Curia’, pero la suciedad está dentro, precisa el Papa. Creo que hay que hablar de esas personas con gran humanidad, no como si tuvieran que pagarnos una deuda, y no hay que tratarlas como si fueran pobres perros”.

Un obispo -Thomas Tobin-, de los EEUU sacó, cuatro días después en su blog, varias “razones para no dar limosna a los pobres en la calle”. Dijo, por supuesto, que no lo decía contra el Papa, sino que razonaba en general de un tema propuesto antes y que el paternalismo… y la degradación… y el dar a las instituciones…

La gente se plantea el tema en la confesión, porque (al menos en Roma), los mendigos están por todos lados y muchos son muy insistentes para pedir. El punto es que uno puede notar la diferencia en el modo de encarar el tema.

El discurso del obispo soluciona el caso en abstracto. Permite blindar la conciencia de modo tal que uno pueda salir de comulgar e ir a almorzar (con vino bueno, por supuesto) sin que un sentimiento de pena ante el mendigo cuya única felicidad de ese día sea quizás tomarse un vinito, le ensombrezca su camino.

El papa en cambio, conecta la felicidad del otro y la nuestra. Hace reflexionar acerca de los vicios del pobre, que están a la vista de todos, y los nuestros, mejor escondidos y maquillados. Distingue compasión y pena. La compasión es un poco desde arriba, la pena, en cambio, nos iguala. Nos hace reflexionar si alguna vez no solo miramos a los ojos a un mendigo y le tocamos la mano al darles una moneda, sino que va más hondo y nos hace pensar si le dijimos “buenos días” y le preguntamos “cómo estás”, si lo tratamos como un ser humano o como un perrito.

Un discurso, el del obispo, te quita la culpa (y de paso te ahorra el trabajo de buscar una moneda), pero te deja neutro en lo que hace a la esperanza.

El otro discurso, el del papa Francisco, te complica la vida, pero te enciende la esperanza. Digo que te complica la vida, porque tendrás que discernir a quién le das, cómo le das, si rezás por aquellos a los que no podés darle, si conectás la limosna con tus pecados (por ejemplo, con la pornografía que es como dar una monedita a los de la trata, cada vez que hacés un click. El mundo de hoy nos hace dar –inconscientemente- tantas limosnas indoloras, ganando dinero real con nuestra participación virtual…).

El criterio de lo que da esperanza y lo que nos la quita (o la deja en punto neutro, lo cual es peor) es el criterio base para discernir el modo de tratar nuestros pecados que tiene el Buen Espíritu y el malo.

El Buen Espíritu siempre alienta la esperanza en la Misericordia infinita del Padre, que nos lleva a querer ser más misericordiosos – con infinito respeto y delicadeza- con los demás.

 

La Esperanza nace de un Corazón que se sabe Misericordiado

Momento de contemplación

Marta Irigoy

Estamos a las Puertas de la Semana Santa que nos recuerda cada año que la Misericordia nos amó hasta el extremo…

Decía, más arriba el Padre Diego:

“La esperanza es una fuerza de convicción que nace de las entrañas y del corazón”.

“Solo el Padre Misericordioso engendra hijos esperanzados. Jesús, el Hijo amado que por eso mismo es nuestra Esperanza, dio la vida para testimoniar esta verdad, la más decisiva”.

Por eso, la invitación para este momento de contemplar, será “sentir y gustar” el texto del Lavatorio de Pies y recordar las veces que, en esta Cuaresma, he sentido como el Señor, se arrodilló ante mí y me lavo los pies…

Juan 13, 1-17

“Antes de la fiesta de Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, él, que había amado a los suyos que quedaban en el mundo, los amó hasta el fin.

Durante la Cena, cuando el demonio ya había inspirado a Judas Iscariote, hijo de Simón, el propósito de entregarlo, sabiendo Jesús que el Padre había puesto todo en sus manos y que él había venido de Dios y volvía a Dios, se levantó de la mesa, se sacó el manto y tomando una toalla se la ató a la cintura. Luego echó agua en un recipiente y empezó a lavar los pies a los discípulos y a secárselos con la toalla que tenía en la cintura.

Cuando se acercó a Simón Pedro, este le dijo: «¿Tú, ¿Señor, me vas a lavar los pies a mí?».  Jesús le respondió: «No puedes comprender ahora lo que estoy haciendo, pero después lo comprenderás». «No, le dijo Pedro, ¡tú jamás me lavarás los pies a mí!». Jesús le respondió: «Si yo no te lavo, no podrás compartir mi suerte». «Entonces, Señor, le dijo Simón Pedro, ¡no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza!». Jesús le dijo: «El que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque está completamente limpio.

Ustedes también están limpios, aunque no todos». Él sabía quién lo iba a entregar, y por eso había dicho: «No todos ustedes están limpios». Después de haberles lavado los pies, se puso el manto, volvió a la mesa y les dijo: «¿Comprenden lo que acabo de hacer con ustedes?  Ustedes me llaman Maestro y Señor, y tienen razón, porque lo soy. Si yo, que soy el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, ustedes también deben lavarse los pies unos a otros. Les he dado el ejemplo, para que hagan lo mismo que yo hice con ustedes. Les aseguro que el servidor no es más grande que su señor, ni el enviado más grande que el que lo envía. Ustedes serán felices si, sabiendo estas cosas, las practican”.

De esta experiencia, de sabernos misericordiados, podrá nacer la esperanza en nuestros corazones y podremos alcanzar, cada uno dentro en la medida de la gracia, una de las últimas Bienaventuranzas que Jesús nos deja como camino y horizonte. Es la bienaventuranza que Jesús le proclama a Tomás: “Ahora crees, porque me has visto, Felices los que creen sin haber visto (Jn 20, 29)”. Serán felices…

 

Si Jesús se ha arrodillado para lavar nuestros pies, para quitar la suciedad que se va pegando en el trajín cotidiano,

También nosotros podremos arrodillarnos ante el hermano que pide:

una moneda,

una palabra,

quizás un gesto,

que me detenga un momento para escucharlo…

 

También nosotros podemos conmovernos con esa esperanza de ser dichoso en el servicio que me ha sido regalada y que se nos invita a compartir…

 

También nosotros podemos recordar:

Que la esperanza es una fuerza de convicción que nace de las entrañas y del corazón;

            que solo el Padre Misericordioso engendra hijos esperanzados;

            y que Jesús, el Hijo amado, que por eso mismo es nuestra Esperanza, dio la vida para testimoniar esta verdad, la más decisiva”.

Entonces, quizás comprenderemos que:

 

Mi esperanza, no es mía… es de aquel que la necesita…

Y Feliz de mí… si sabiendo estas cosas…

Las practico…

 

Que tengamos una Fecunda Semana Santa y una Gozosa Resurrección…

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Momento de contemplación 

Marta Irigoy 

El Principio y Fundamento de nuestra Esperanza

San Ignacio, en los EE, nos propone la meditación del Principio y Fundamento, en donde nos ayuda a tomar conciencia y descubrir que somos creaturas soñadas y amadas desde toda la eternidad. Podemos decir, que en esta verdad se cimienta nuestra esperanza…

Nos creó un Dios Tierno, Compasivo y Fiel; un Dios que desea que en nuestra vida podamos encontrar el para qué de nuestra existencia…

El Papa Francisco, nos decía en la EG: “Yo soy una Misión en esta tierra…”. El camino de nuestra vida, es peregrinar hacia esa plenitud de mi vocacion… ”Soy una Misión! Y desde el matiz de estos Talleres de Perseverancia E, podemos decir que nuestra Misión es ser Esperanza para los demás…

Descubrir esta misión, es el camino que nos invita Ignacio, y para ello nos invita a hacer memoria de la presencia de Dios en nuestra vida y desde ahí, se nos revelaran los diferentes  “mojones de certezas”, que nos han posibilitado ser hombres y mujeres de esperanza…

La esperanza nos arranca de esa nostálgica y melancólica reflexión sobre el pasado personal y comunitario y nos invita a construir con realismo el futuro.

Es para nosotros una realidad necesaria, en la cual nos hacemos cargo de nuestro pasado, en el presente, con la mirada puesta en el futuro. “El hombre es “ser esperante” en su existencia cotidiana, fruto del ejercicio de su libertad.

Para san Ignacio es muy importante la memoria, ya que “el ayer” recordado está al servicio del presente y las historias pasadas nos llaman a re-crear nuestra historia actual y a reconocer al mismo Dios de ayer en el hoy, caminando con nosotros y haciéndonos recobrar ánimo y esperanza. (Dolores Aleixandre).

La invitación será buscar un rato de oración y  hacer un recorrido por nuestra historia de esperanza, trayendo a la memoria, las situaciones, personas y paisajes que han acompañado nuestra vida de hombres y mujeres y nos han convertido en creyentes esperanzados…

Para terminar pueden leer este texto de Doña Jovita: 

 

Esperanza

Si pensando en el pasado nos invade la añoranza,

Hay que cargar la balanza con lo gueno del presente

Para escuchar claramente el canto de la esperanza.

Cuando nos gana el cansancio y perdemos la confianza

Cuando las fuerzas no alcanzan y queremos aflojar

Siempre nos vuelve a alumbrar el brillo de la esperanza

Después de una noche larga llega siempre el nuevo día

Cuando falta la energía, cuando las penas avanzan,

Esa luz de la esperanza es promesa de alegría

Que no se apague jamás esa llamita encendida,

Que ilumina la salida por un camino seguro

Cuando se nos pone oscuro

El sendero de la vida.

 

Que este año, que compartiremos reflexionando y rezando “la Esperanza”, sea muy fecundo en nuestras vidas!

 

Momento de Reflexión para sacar provecho

Diego Fares sj

Un Dios que soñó cantar con nosotros cantos de alabanza…

Nos creó un Dios Tierno, Compasivo y Fiel; un Dios que soñó cantar con nosotros cantos de alabanza, como sueñan los padres con las voces –llenas de cantos y de risas- de sus hijos cuando juegan. Nos creó un Dios con Corazón lleno de esperanza, que soñó compartir nuestro servicio a las demás creaturas y en Jesús se hizo uno más de nuestra carne. Nos creó un Dios con el pecho lleno de abrazos, que soñó con los besos de sus hijos (adorar es mandar un besito con la mano puesta en la boca).

El Principio y Fundamento, leído en clave de Esperanza, nos habla de estos sueños del Dios que nos Creó. Los sueños de nuestro Padre, los sueños de Jesús –su Hijo amado y nuestro Hermano querido, los sueños del Espíritu Creador, nuestro Amigo que siempre está a nuestro lado, haciéndonos soñar los sueños de Dios.

El hombre y la mujer somos creados –recreados cada nuevo día, como dice Doña Jovita-, recreados en el Bautismo y en cada confesión, recreados cada vez que hay que salir a una misión nueva, en esos pequeños Pentecostés que tiene toda obra que se inicia al servicio de los más necesitados.

Que en la burbuja del mundo paralelo (ese que transitamos sin vivir en plenitud, esclavos de los tiempos que devora el dios dinero) se nos diga que somos creados para la Alabanza, es un alivio, un respiro, es toda una puerta abierta de liberación. Nuestro reloj interior dice “alabanza”, no dice “consumo”. Está lleno de “Alleluyas!” no de “no llego a tiempo” ni de “no doy abasto” ni de “qué pena que pasó”. El “debe” y el “tenés que…” se remansa en “alabar”. Es como el chip de los pajaritos que los hace cantar a voz en cuello, henchidos sus pequeños pechos llenos de plumas de colores y los pulmoncitos a más no poder. Es verdad que tenemos otros chips, buscadores de alimento y predadores, que nos dicen consumí, perseguí, poseé, defendé, estate alerta… Pero el chip del canto y del vuelo y de la libertad, es tan nuestro y verdadero como los otros y bendecido por el Espíritu, además. Estamos hechos para alabar y cuando pase el comer y el pelear, la alabanza quedará.

Que en el mundo que tiene la cara seria y los dedos pragmáticos de los que cuentan billetes y los ojos predadores de los tiburones de Wall Street, a la caza de acciones que suben y bajan, se nos diga que hemos sido creados para el servicio es toda una revelación. Las miradas se amansan, las manos se enternecen, los rostros se distienden. Servir una rica comida no requiere el ritmo mecánico del dinero. La eficiencia y el trabajo se ordenan a que todos puedan compartir al mismo tiempo para “olvidarse del tiempo” y disfrutar de ese momento de eternidad que es un banquete (por eso el Señor lo utilizó como metáfora de lo que esperamos que será el Cielo: un banquete de bodas que, como desean los novios, durará para siempre).

Que en un mundo que no quiere tu corazón (porque no sabría qué hacer con un corazón humano), en un mundo, digo, que quiere tu sangre, tu tiempo, tus energías, tu capacidad de consumir y tu adulación, pero no tu corazón, se nos revele que hemos sido creados para adorar, es decir para ofrecer libremente nuestra más íntima y amorosa lealtad y disponibilidad, es un aire fresco que pone en pie nuestra dignidad. Nada más digno para una creatura que adorar. Hemos sido sacados del barro y puestos en pie para que por nosotros mismos doblemos la rodilla y besemos los pies de un Creador que, Él por primero, se arrodilló para lavarnos a nosotros nuestros pies.

Que en un mundo en que las cosas alzan la mano y reclaman atención, como los chicos de la escuela cuando la maestra pregunta, y se desesperan para ser compradas y consumidas, porque si no, en la próxima tanda productiva dejarán de existir y serán reemplazadas por otros productos, que en un mundo así, se nos diga “que las cosas son ayudas”, es una alegría no solo para nosotros sino para ellas. Porque las cosas gimen esperando la redención del hombre. Han sido creadas para ayudarnos y se las usa para invadirnos y atiborrarnos. Se producen más de algunas y se desprecian otras. Hemos hecho que se multipliquen los ganados y dejamos que se mueran los elefantes. Talamos los bosques frondosos y sembramos solo soja. Producimos toneladas de champú y no alcanzan las vacunas para los niños de los pueblos pobres…

Cuando alguien mira una cosa a los ojos y le dice: “estás para ayudarme, te usaré tanto cuanto necesite y te compartiré en la medida de tus posibilidades”, cuando alguien habla así, las cosas sonríen. Ayudar es todo lo que quieren. Y ayudar no sólo es “ser útil”. En la mayoría de los casos, ayudar es simplemente “estar”. Como la presencia de una madre en casa que, aunque lo haga todo, lo que más ayuda es que ella misma siempre está. Las casas computarizadas pueden reemplazar todas las cosas que una madre hace, todas menos el que las haga ella. Como dicen los chicos cuando los mandan a otra casa y les dan todo lo que necesitan: “yo quiero a mi mamá”. Las cosas, el planeta en su conjunto, nuestra Madre Tierra, tienen en su conjunto, algo de mamá. Son totalmente “usables” pero no “reemplazables”.

Dicen que en en 1924, Philips, Osram y General Electric (los tres nombres juntos suenan a una especie de trinidad artificial), contaban con la tecnología necesaria para que la vida útil de las lamparitas de luz fuera de dos mil quinientas horas y, por decisión conjunta, hicieron que su vida útil se limitara sólo a mil horas. En estos cuatro renglones se nos narra la parábola madre del terror.

Lo terrorífico es ese “decidieron en conjunto”.

Lo angustiante es que no se tratara de la fabricación de armas de destrucción masiva sino de objetos pequeños, útiles para la vida diaria.

Lo desesperante es que fueran lamparitas de luz.

Dice Charles Peguy que la esperanza es la hermanita menor de las otras dos virtudes y que va de la mano de la Hermana Fe y de la Hermana Caridad. Va de la mano, pero es ella la que las arrastra, como las hermanitas pequeñas arrastran a las grandes a jugar. Este arrastrar y llevar tras de sí aun siendo más pequeña es propio de la esperanza, así como lo es el reencenderse si la apagan. Como la velita de cumpleaños que los niños la soplan y se reenciende –ante sus ojos maravillados- por sí sola. Dios creó la esperanza indestructible y puso su llamita encendida en el corazón humano para que fuera perenne. Para que fuera “lo último que se pierde”, para que durara incluso después de la muerte del portador y se rencediera con la resurrección.

Y estos de Philips, Osram y General Electric, crean por decisión conjunta lamparitas que vivan menos incluso de lo que podrían.  Con esa simple “decisión conjunta”, pragmática y calculada, engendraron la cultura del descarte, que es ahora, en la casa en que vivimos, la luz que nos alumbra. Una luz “con tiempo de vencimiento”, lo cual no sería malo ya que todas las cosas lo tienen. Lo malo es que por decisión se las obligue a tener menos vida útil de la que podrían tener. Para qué? Obvio, dicen: para vender más. Pero no es tan obvio, porque vender más y más no es “sostenible” a largo plazo. De esto nos ha hecho dar cuenta el Papa Francisco en su hermosísima Encíclica Laudato Si, que habla de para qué somos creados y de cómo cuidar juntos a nuestra hermana Madre Tierra. La realidad es que este “para vender más” es para usufructo exclusivo de unos pocos que no solo se desinteresan de sus coetáneos, sino de todos los demás que vendrán.

Lo de crear productos que se mueran rápido es una metáfora de lo que piensan de sus hijos y de todos los que vendrán.

A esta gente se la combate “artesanalmente”. No se la puede combatir con sus mismas armas. Todas tienen su sello y se vuelven en contra del que las usa. No se pueden fabricar bombitas de luz que duren diez mil años. Se frenaría toda la producción, como amenazan ellos: “Con la muerte del capitalismo moriríamos todos”, dicen.

En el fondo este es el miedo profundo que late en el corazón de esta mentalidad. Piensan que Dios nos ha creado como ellos crean sus lamparitas de luz: para que duremos menos de lo que podríamos durar. Y por eso crean un mundo de descartes donde su única esperanza es ser descartados lo más tarde posible ellos descartando primero a todos los demás. Esta imagen cultural y este miedo es muy poderoso. Yo diría que sólo Jesús es capaz de engendrar la imagen antídoto.

Esa imagen es la parábola de la semilla. Que, aunque sea verdad que mucha se pierde, la semilla que cae en terreno bueno da mucho fruto. No es una lamparita que dura el doble sino una semilla viva que fructifica treinta, sesenta y ciento por uno.

Pero la verdad de esta parábola la confirmará solo el tiempo. Y el tiempo, como dice el Papa Francisco, es de Dios. No hay ciencia que pueda predecirlo y programarlo. Si el universo es semilla que dará fruto o lamparita que se apaga antes de tiempo, nadie desde adentro, lo puede predecir ni planificar.

La clave está no en el tiempo sino en el momento. En cada momento en que uno toma “una decisión” y si es conjunta mejor. Allí donde Philips, Osram y General Electric toman sus decisiones conjuntas de fabricar lamparitas con vencimiento anticipado, nosotros tomamos decisiones de sembrar semillas de evangelio con esperanza sin fecha de vencimiento.

El efecto es inmediato. En el centro mismo de la cultura del descarte, comienzan a nacer lugares donde la cultura es del encuentro. El futuro nuestro (como el de Philips, Osram y General Electric) está en manos de Dios. Pero el presente es totalmente diferente. Sobre todo, para los que ni siquiera tienen enchufes ni casas donde encender esas famosas lamparitas.

San Ignacio termina de redondear su Principio y Fundamento diciendo que, si discernimos así (que somos creados para alabar a nuestro Creador y para servir al prójimo y que las otras cosas están para ayudar y las tenemos que usar bien –tanto cuanto, ni más ni menos-) nos convertimos en gente que “solo desea y elige lo que es más conducente para este fin para el que somos –amorosamente- creados”.

Es decir: nos convertimos en gente alegre -porque alabar y servir siempre está al alcance de la mano- y en gente solidaria –porque estas acciones son con los demás y para los demás-.

El discernimiento de lo que en cada momento más nos permite adorar, alabar y servir, es el punto donde pivotea la esperanza: el punto de apoyo, firme, que cambia el panorama y da sentido a todo lo demás. No se trata de que primero cambie la cultura, de que caiga el capitalismo o se abra a la trascendencia el marxismo, no se trata de que apaguemos las tablets y los celulares (con su muerte programada para que tengamos que comprar otro modelo actualizado) y volvamos a la naturaleza. También estos aparatos descartables son “creaturas” y pueden ayudar. En la fragilidad de su “tiempo de vencimiento” incorporado nos pueden recordar la nuestra y, cada vez que actualizamos su sistema operativo, podemos recordar nuestra necesidad de conversión y de formación permanente. Y cada vez que cambiamos de modelo o compramos otra lamparita, podemos alabar a un Creador tan generoso, que pudiéndonos haber creado sólo por un tiempo (lo cual ya sería muchísimo) nos promete un “reencedimiento”.

Diego Fares sj

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