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Momento de Meditación

Diego Fares sj

Misericordia y vida oculta del Señor

La dinámica de la contemplación

El seguimiento de Jesús, nuestro Rey y Señor, es un seguimiento de corazón. Y como todas las cosas del corazón, en ciertos momentos es impulsivo y, si hay verdadero amor, es constante y perseverante a través del tiempo. Nuestro corazón cuando ama, se adhiere a quien ama, es capaz de entregarlo todo en un instante. Y al mismo tiempo, su gozo profundo es ir llenando con afecto todos los espacios de la vida junto con la persona amada.

San Ignacio, luego del requerimiento inicial del Rey, que nos invita a dejarlo todo sin pensar mucho, para seguirlo, y a desear estar con él de manera más radical: en los trabajos, en las penas y en los gozos, nos invita a una tranquila identificación con nuestro Señor, contemplando su vida paso a paso.  Se trata de ir dejando que nuestro corazón se transforme a imagen del de Jesús, descubriendo sus pensamientos y su modo de sentir y de actuar en cada situación concreta, para que nos enamoremos de él y sea él mismo el que nos libere, nos purifique y nos transforme.

La oración ahora se remansa. No hay que sacar conclusiones teológicas o morales ni tomar ninguna decisión inmediata. Ya hemos tomado la decisiva, que es seguir de corazón al Señor. Ahora se nos invita no a concluir sino a quedarnos, a permanecer contemplando y saboreando el modo de ser de Jesús allí donde sentimos gusto, a compenetrarnos afectivamente con cada detalle y cada paso de la vida del Señor, primero en su infancia.

En la contemplación el alma se pone receptiva y permite que sea el Señor mismo el que modela nuestro corazón según sus elecciones y caminos misteriosos cuando nos dejamos llevar por las escenas de la Anunciación a María y el pesebre de Belén…

La dinámica busca el contacto con la amable humanidad de Jesús que es contemplada, como acariciada, amada, abrazada, hasta convertirse en parte del propio horizonte mental, horizonte que se identifica con el de Jesús.

La dinámica de la contemplación no es una dinámica deductiva, teleguiada, ni tampoco voluntarista, sino que es una dinámica en sí misma confiada a la fuerza que tiene misterio, al contacto con la persona de Jesús, con la persona de María, confiada a la adoración del Padre que se dona en el Hijo.

Anunciación y Nacimiento

San Ignacio nos inicia en los misterios de la Vida del Señor con dos contemplaciones prolijamente elaboradas: la Anunciación y el Nacimiento. En sus pasos Ignacio encuentra el ritmo de la contemplación. Porque la “composición del lugar”, ese momento en que uno se imagina la escena y se mete en ella, tiene un lugar privilegiado en el Pesebre. Ahí se ve bien claro que los protagonistas son otros y que uno puede dar una mano si está con la actitud de un esclavito indigno atento a lo que necesite la Virgen y San José que son los que cuidan al niño. También los pasos de “mirar las personas”, “oír lo que dicen” y “ver lo que hacen”, encuentra su lugar privilegiado donde uno puede encontrar siempre fruto ya que el contacto con el Niño Jesús, con nuestra Madre, la Virgen María y nuestro padre adoptivo San José, es un contacto esencial, por decirlo con alguna palabra. Quiero decir que otros personajes son o demasiado grandes y misteriosos, como cuando uno trata de imaginar a Dios Padre o al Espíritu Santo o a Jesús adulto, o más complejos, como pueden ser los apóstoles o los otros personajes del evangelio. Con la Familia sagrada podemos contemplar sintiéndonos, precisamente, en familia. Por eso estas contemplaciones son modelo de las demás, porque nos son familiares y son siempre nuevas. Se renuevan en cada oración y dan el fruto de un Jesús “así nuevamente encarnado” como dice Ignacio (EE 109).

Nos detenemos aquí en dos detalles de la dinámica de la Encarnación y el Nacimiento.

Un instante, la Encarnación; la totalidad del tiempo, a partir del Nacimiento        

Lo primero que llama la atención es una diferencia o tensión: la Encarnación Ignacio la presenta con fotos panorámicas. El Nacimiento, en cambio, lo focaliza totalmente en San José, la Virgen con la “ancilla” y el Niño Jesús.

La Encarnación nos quiere hacer ver, como en un relámpago, el instante de una “determinación” de Dios, que en su Misericordia decide “hacer redención de la humanidad”. Y para captar esta decisión libre nos hace pasar de una escena a la otra: de la Trinidad, al drama del mundo y de estas dos realidades, a la sencillez de María. La sucesión, rápidamente, sería: la Trinidad está mirando al mundo que se condena y se determina a salvarlo. Una vez decidida la santísima Encarnación, la mirada de la Trinidad se vuelca amorosamente en María.

Las escenas son densas y el dinamismo en que se entrelazan y suceden es potente. Aquí lo que queremos notar en primer lugar es que todas convergen a que brille “la determinación de salvar” de la Santísima Trinidad.

Este “instante eterno” diríamos, se contrapone a las escenas del Nacimiento, que totalmente concentradas en la Sagrada Familia, nos la muestran metida en los caminos de esta tierra, en la cuevita de Belén. La contemplación nos lleva a hacernos a su paso, que es paso de burrito y de camino de montaña, y nos mete en el paisaje desolador y en la intimidad del pesebre, donde la vida del Niño Jesús se abrirá paso a ritmo de bebé: vertiginoso y absorbente para sus padres, lento y aparentemente sin nada extraordinario para el que mira de afuera.

La Encarnación: Dios mira lo más pecaminoso y lo más santo

Si hablamos de las grandes escenas panorámicas que nos muestra San Ignacio en la Encarnación –la Trinidad en el cielo, el mundo en su diversidad y dramas, Nuestra Señora en sus aposentos- tengamos en cuenta la perspectiva de la mirada. Ignacio nos hace mirar con la mirada de las Tres divinas personas. Y esa mirada espiritual, esos ojos llenos de amor salvador, miran con intención, con deseo, con misericordia, con creatividad. El mundo y María están en el foco de esas miradas, que no son para nada miradas neutras. La situación del mundo que Ignacio describe no registra datos sociológicamente; la sencillez de María, no es mirada con mero cariño sentimental.

Podríamos decir que la mirada de la Trinidad es una mirada dramática: ven primero lo más pecaminoso en cuanto necesitado de misericordia y lo más puro y santo en cuanto ayuda para su plan de salvación. La barca que se hunde y la barca que puede salvar. El diluvio y la barca de la Iglesia. El mundo que se deshace en violencia y el seno de María que puede contener al Salvador.

La situación de la humanidad en el centro

Así como en las novelas actuales en que se cortan las acciones en un momento dramático, se pasa a otra y a una tercera y luego se vuelve a la que había quedado en suspenso, Ignacio invierte varias veces el orden en que aparecen los personajes y las situaciones.

Cuando narra “la historia” el orden es: 1º la Trinidad mirando el mundo 2º la planicie o redondez de todo el mundo llena de hombres 3º la determinación de que se encarne el Hijo para salvar y 4º llegada la plenitud de los tiempos, el ángel Gabriel que es enviado a Nuestra Señora.

Cuando pasa a hacernos “ver el lugar”, nos hace contemplar 1º “la grande capacidad y redondez del mundo, en la cual están tantas y tan diversas gentes”, y 2º “particularmente y en detalle la casa y aposentos de Nuestra Señora en la ciudad de Nazaret, en la provincia de Galilea”.

Cuando pasa a los puntos: siempre va 1º la situación de la humanidad, 2º las personas divinas mirando, hablando y actuando con respecto al drama de los hombres y 3º la persona de Nuestra Señora, cómo hablan con el Ángel y cómo luego se humilla y da gracias al Señor.

Cuál es el detalle significativo en estos cambios de escena: creo que lo significativo es que la Trinidad, que al comienzo en la historia estaba primero “contemplando” a la humanidad, pasa a estar en la escena del medio, entre la humanidad y Nuestra Señora. Y allí en el medio está activa, mirando no la vida con sus penas y alegrías sino centrada en lo que hay que salvar, centrada en hacer redención, centrada en obrar la santísima Encarnación.

Las cosas de la humanidad, Ignacio las describe de modo abstracto dejándolas libradas a nuestra Imaginación, las de María y el Ángel las deja supuestas ya que se leen en el Evangelio. Las de la Trinidad, en cambio, las precisa: mira el mal, se determina a salvar, obra la Encarnación. Es una Trinidad activa en su misericordia metida en medio del mundo, de los pecadores y la Santa.

Si uno se acostumbra a contemplar así, dejándose guiar por el orden y el modo en que Ignacio dispone las escenas, precisa cosas y deja otras libradas a nuestra imaginación, nuestra mirada se va “haciendo” a los ojos de la Trinidad, se va volviendo una mirada que mira como mira Dios, una mirada espiritual, que mira con misericordia, es decir: deseando salvar, buscando lo perdido y encontrando ayuda en los más buenos. Si atendemos bien a lo que dice, vemos que la mirada de Dios está llena de acción y determinación. No dice que las divinas Personas “contemplan cómo sufrimos”. Ven que nos perdemos, deciden inmediatamente: “hagamos redención del género humano”, y pasan a la acción: “obrando la santísima encarnación”.

Lo que quiero ayudar a ver es que la mirada de Dios es salvadora, no es abstracta. Es una mirada de Misericordia, que impulsa a hacer algo inmediatamente, aunque luego lleve largo tiempo implementarlo.

Y en el centro no está escribir una teología. La santísima Trinidad no dice: la humanidad se está perdiendo, démosle unas nuevas tablas de la ley”. Nada de eso: dicen “hagamos redención” y, acto seguido, viene la Encarnación santísima de Jesús en María.

En el centro de todo está la humanidad en su diversidad –en tanta diversidad, dice Ignacio-. No es una humanidad abstracta sino multifacética y concreta. Las personas en su diversidad de “trajes, gestos y razas, en sus situaciones de paz y de guerra, unos llorando y otros riendo, unos sanos y otros enfermos, unos naciendo y otros muriendo” (EE 106).

En Jesús, la misericordia relativiza todo para salvar

De esta contemplación nacen las exhortaciones del Papa Francisco a salir, con mirada de misericordia, al encuentro de las personas en sus situaciones concretas. Esto es lo que tanto le inquieta a los que, en vez de salir a ayudar, a sanar y evangelizar, quieren encerrarse a elaborar con más precisión las definiciones de una moral y una teología que se vuelven cada vez más abstractas. A algunos, pareciera que el “hagamos redención” de un Dios que se encarna, les suena a relativismo. Es verdad que hay un relativismo malo, que reduce la verdades de la fe y la tradición a las ideologías del momento. Pero hay otro relativismo peor, y es el que reduce la misericordia de la Trinidad diciéndole que en tal cosa no puede meter sus manos porque se ensuciaría y en tal otra no puede perdonar porque iría contra una ley…

Relativizar la misericordia es colar el mosquito y tragarse el camello, como decía el Señor a los fariseos. Es atarle las manos a Dios para que no pueda salvar ni hacer el bien. Estas actitudes de los que relativizan la misericordia es de una ceguera tal que son capaces de relativizar al mismo Jesús por no relativizar su ley.

Con una mirada así, la Encarnación nunca hubiera sido posible. Por qué elegir ese momento, por qué no otro pueblo u otra situación. Qué dirían las otras naciones, qué dirían los que vinieran después. Y los que vivieron antes? Por qué no vino antes a salvarnos el Señor? Además, justo en el momento del Censo, viéndose obligados José y María a ir a Belén. Venir a nacer de noche en un pesebre de animales… La verdad es que para los que le temen al relativismo de la misericordia nada más cuestionador que una Encarnación de Dios en la historia. La Encarnación relativiza todo y pone en el centro de la vida y de la historia sólo a Jesús nuestro Salvador: el Misericordioso.

El Nacimiento: salir, caminar, trabajar

En la segunda contemplación, la del Nacimiento, Ignacio deja las grandes panorámicas y focaliza la mirada en una sagrada familia en camino, perdida en la historia de la humanidad, yendo a cumplir con amor su misión. El espíritu de la contemplación se sintetiza en tres verbos: salir, caminar y trabajar. Es una contemplación de San José y nuestra Señora en camino: “cómo salieron de Nazaret para ir a Belén, considerando la longura, la anchura y si llano o si por valles o cuestas sea el tal camino” (EE 112). “Mirar lo que hacen así como el caminar y trabajar para que el Señor sea nacido en suma pobreza y a cabo de tantos trabajos, de hambre, de sed, de calor y de frío, de injurias y afrentas, para morir en cruz y todo esto por mí” (EE 116). El espacio de su vida se concentra en esa “espelunca” o cuevita del nacimiento: cuan pequeño, cuan bajo, cuán alto y como estaba aparejado” el lugar (EE 112).

Volviendo a lo de las situaciones, nada más “situado” que el Nacimiento de Jesús o, por decirlo de otra manera, nada más situado que el inicio de la misericordia encarnada. Nada más concreto y único que la pobreza de ese humilde lugar.

Ignacio dice que de estas contemplaciones debemos, ahora sí, hacer una reflexión para sacar algún provecho espiritual. No dice “para sacar alguna idea”. Dice provecho espiritual, que significa algo que llena y satisface el alma y sirve para la vida, para salir a la calle, para charlar en familia, para mejorar la sociedad.

La misericordia nos alcanza precisamente allí donde pecamos

Yo saco que la Encarnación nos habla de un Dios que viene al encuentro de cada persona y lo  hace allí donde necesitamos salvación, es decir: allí donde no podemos solos.

Dónde necesita cada uno salvación es algo enteramente único y personal. Aquí no llega ninguna ley formulada de manera general. El punto de inserción de la ley, en cada uno, es sumamente delicado. Porque se trata de aplicar la ley allí donde uno no la pudo cumplir, allí donde uno pecó. Es reenganchar al que se soltó de la soga y cayó al mar. Es detener la hemorragia allí donde se está perdiendo sangre. Es iluminar en ese punto en que uno tiene su punto ciego o está encandilado. Es realizar ese ejercicio que duele mucho.

Por eso es que la medicina del Señor pone delante la Misericordia infinita. Una misericordia que relativiza todo para volver a establecer contacto con la parte sana del otro, evitando machacarle la herida. Luego la misma persona restablecerá todo el tejido de la ley. Pero primero tiene que sentir el alivio sanador y absolutamente medicinal de la Misericordia.

Esta misericordia alcanza a cada uno en su situación. Lo que más alivia a un enfermo es encontrar al que comprende su caso particular. Por supuesto que toda enfermedad tiene su tratamiento general, pero lo que ayuda es que el médico comprenda la dificultad particular del paciente y desde ahí lo ayude a dar el pasito que necesita para mejorar. Lo mismo sucede en toda situación de aprendizaje: uno aprende cuando encuentra el punto justo en que puede ejercitarse en algo nuevo a partir de algo que ya sabe o hace bien.

Jesús, como Salvador, sale al encuentro de cada persona y de cada situación.

Está el Jesús que les sale al encuentro a los enfermos. Estos lo verán cómo el que los sana de sus enfermedades físicas y a partir de esa gracia se relacionarán con él.

Está el Jesús que le sale al encuentro de a las multitudes hambrientas de pan. Estos lo verán como el que los ayuda socialmente.

Está el Jesús que le sale al encuentro a los que buscan una espiritualidad. Estos lo verán como el Maestro.

Está el Jesús que le sale al encuentro a los que desean un líder para su pueblo…

Está el Jesús que le sale al encuentro a los pecadores…

Todos nos encontramos luego con el Jesús que da su vida por nosotros. Pero lo hacemos a partir de nuestra necesidad de salvación, que es tan como nuestro deseo de perfección, pero más básica.

La nada que somos, requiere un fundamento absoluto como la misericordia, para poder existir. Es una nada en la que recaemos cada vez que damos un paso atrás, en el egoísmo de querer ser autosuficientes que nos lleva a alejarnos de la mano que nos sostiene. Por eso la Misericordia no puede ser relativizada por nada. Y menos por una ley que apunte a la perfección, porque llevará más rápido a la inconsistencia. Nada más tramposo que relativizar la misericordia con la excusa de que la gracia es perfecta y puede perfeccionar al que la recibe dejando atrás la necesidad de perdón y de misericordia.

 

 

Momento de contemplación

Marta Irigoy

La encarnación de la Misericordia en nuestra vida

La Contemplación de la Encarnación y del Nacimiento, nos invita a dejar que la Misericordia se encarne en nuestra vida…

Para este Ejercicio Espiritual, San Ignacio nos invita a mirar la realidad desde su Mirada Misericordiosa. Mirada que se hace con el corazón; en palabras de Benedicto XVI: “Que seamos un corazón que ve”…

El texto del P. Diego, nos ilumina la intuición que San Ignacio aplica en este ejercicio, desde la Misericordia que ve y siente una necesidad a cubrir…

Un corazón que ve, se va moldeando en la Contemplación de la Vida de Jesús, lugar de Gracia, en donde se nos van “pegando”  los sentimientos de su Corazón, (que providencialmente, nos une en este Mes del Sagrado Corazón del Señor) para hacer de nuestra vida un lugar de encuentro con la Misericordiosa Ternura de nuestro Dios para nuestros hermanos.

Se nos invita a ser lugar de Encuentro de aquellas personas que Dios nos confía en la vida cotidiana: familia, amigos, compañeros de trabajo, estudio, miembros de nuestras comunidades; como también, aquellas personas que si nos las miramos desde el corazón, se nos hacen lejanos, extraños, como por ejemplo nuestros hermanos que cada día salen de sus países y  cruzan las aguas peligrosas de un mar que muchas veces es lo último que ven en sus vidas… ; como también, aquellos que están en las calles, durmiendo en las plazas, estaciones o hacen de las salas de espera de los hospitales, su casa y familia…

Por eso, para hacer la Contemplación de la Encarnación y Nacimiento, estamos invitados a dejar que esas vidas que se nos confían –cercanas y lejanas- se nos hagan cercanas y cotidianas… ya que en la Contemplación de Jesús, nuevamente encarnado nos hace descubrir que somos capaces de cosas que nunca nos habríamos imaginado…

Puede ayudar en estos días, dejarlos entrar en el corazón;  activando en estos días una mirada contemplativa de la realidad; deteniéndonos en esas situaciones que muchas veces no vamos a poder solucionar –o quizás sí…- , pero sabemos que hacerlos sentir HERMANOS y HERMANAS, hace mucho, mejor dicho muchísimo… especialmente hacerlos hermanos en el propio corazón… hacerles un lugar en el propio corazón, los saca de ese lugar invisibilidad en el que están sumergidos…

Si nuestro corazón los ve…

Si nuestro corazón se acerca…

Si nuestro corazón se deja vulnerar por su necesidad…

Si buscamos alguna solución a nuestro alcance…

La Encarnación de Jesús, se está dando en tu corazón…

Para terminar, te invito a hacer oración con este texto, pidiendo al Corazón de Jesús, que nos regale tener sus mismos sentimientos…:

Danos, Jesús, un Corazón

Danos, Jesús, un corazón
como el que fue mecido en el pesebre,
un corazón confiado en manos de otros,
un corazón de niño, un corazón alegre.

Señor, danos un corazón
como el de tu trabajo de artesano:
que haga del mundo una gran casa
donde vivamos todos como hermanos,
un corazón que labre vida nueva
en los surcos del tiempo sin descanso.

Danos, Jesús, un corazón
como el que predicó por los caminos,
un corazón que grite desde los tejados,
un corazón misionero y peregrino.

Señor, danos un corazón
que acoja a los pequeños y sufrientes,
que haga brotar la vida en cada rostro,
y a los pobres arranque de la muerte,
un corazón abierto, sin fronteras,
cercano y generoso, fiel y valiente.

Danos, Jesús, un corazón,
como el que fue mecido por María,
un corazón confiado hasta el extremo
en las manos del Padre de la Vida.

-Guillermo Rosas ss.cc.-

 

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