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Momento de reflexión

Diego Fares sj

Al final de la segunda semana de los Ejercicios, San Ignacio pone un apartado de veinte números en el que de normas acerca de la elección y de la reforma de vida (EE 169-189). Es un «documento normativo», como lo llama Fiorito, que lo distingue de las contemplaciones y meditaciones (documentos temáticos) y de las reglas de discernimiento (documentos prácticos).

San Ignacio trata acerca de las «condiciones» que se requieren para hacer una buena y sana elección: los tiempos y la materia de la elección. El  «tiempo» (o estado de ánimo interior) en que el ejercitante se encuentra es una condición más subjetiva. Puede ser un tiempo de lucha espiritual, en el que experimenta consolaciones y desolaciones; puede ser un tiempo tranquilo, en el que puede servirse de su inteligencia para razonar en paz lo que Dios le pide; y puede ser un tiempo en el que Dios con su gracia le hace ver clara e irresistiblemente la misión a la que lo llama.

En este taller nos detendremos en la materia de elección -condición más objetiva-.

Como sabemos, la materia de elección debe ser alguna cosa que sea «indiferente o buena en sí » -dice San Ignacio- y que milite dentro de la santa  Iglesia jerárquica« (EE [170]). Es decir: no se elige entre cosas buenas y malas! Se elige en clave evangélica lo mejor, lo que permite amar  más.

La materia de elección es algo radicalmente personal

Ahora bien, esta orientación general no basta para la elección – y mucho menos para la reforma de vida –, sino que, para la práctica de cada ejercitante, hay que poner otra condición más personal a la materia de la elección. Para ello el ejercitante debe estar dispuesto a revisar toda situación de hecho en que se encuentre, habiendo llegado a ella » no pura y debidamente por amor de Dios« (EE [150], [174]).

De modo que, si la primera condición de la materia es su indiferencia genérica, la segunda condición sería – por así decirlo – su radicalidad personal. Y aquí entra lo que trataremos acerca de «la santidad» considerada como «materia de elección». Cada uno debe encontrar y elegir el punto concreto (la materia) en que Dios lo llama a ser santo hoy.

En la Primera semana de Ejercicios, que es preparación remota de la elección, se trata de llegar a la raíz de nuestro ser creaturasy de nuestro propio pecado, eso que nos impide ser hijos de Dios plenamente libres.

En la segunda etapa de los Ejercicios, que es de preparación próxima a la elección y reforma de vida, Ignacio nos lleva a la raízde la exigencia o bandera de Cristo, que es la cruz: el Señor nos llama a un seguimiento radical en pobreza y humildad cuyo signo concreto son las humillaciones sufridas o elegidas por amor a Jesús humillado.

En la etapa central de los Ejercicios, la de la  elección o reforma de vida,  hay que llegar hasta laraízdel propio estado actual de vida, para elegir lo que será la «materia concreta de nuestra santidad personal«. Podríamos decir que se trata de la bienaventuranza concreta que el Señor nos propone como estilo de vida de cada día y la obra de misericordia concreta que se nos presenta en cada situación para que elijamos ponerla en práctica.

Elegir nos interpela

La santidad es una elección. Apenas se escribe o se lee esta frase  uno se siente interpelado, se alzan voces de protesta en nuestro interior. Es verdad que uno eligeser santo o no? Suena duro poner la santidad en términos de una opción radical.

En todo caso, pensamos, si uno no elige ser santo no quiere decir que elija ser malo o mediocre. Es difícil que el no a la santidad sea directo, definitivo y excluyente. Nuestra razón práctica nos impide «elegir lo malo en cuanto malo». Puede que el «no» sea más bien un «ni», un «sí pospuesto indefinidamente», un «sí, pero…», condicionado…

Nuestro razonamiento puede ir por este lado: «No elijo ser totalmente santoporque pienso que no es posible, pero eso no quiere decir que elija ser malo o mediocre…».

Pese a todos los «peros»

Pese a las objeciones reafirmemos que «ser santo se elige» y veamos qué sucede. Despejemos primero algunos «peros».

El realismo del amor

Pareciera que no es realista elegir algo que excede nuestras posibilidades. Más aún: suena pretencioso decir «yo elijo ser santo». Contra esta objeción, invito a que demos espacio a  esta frase: «A cada uno de nosotros el Señor nos eligió para que fuéramos santos e irreprochables en Él por el amor (Ef 1, 4)» (GE 2).

La elección de ser santos es, en primer lugar, una elección que hizo nuestro Creador. Llevamos este deseo, este impulso como una «marca de fábrica»: Quien nos regaló la existencia nos soñó santos e irreprochables ante Él por el amor. Lo del amor es importante: Dios quiere que seamos santos por el amor, no por otras cualidades heroicas o extraordinarias. Y ser santos por el amor es posible.

El amor del que habla la Carta a los Efesios es, por un lado, un amor que se nos regala y, por otro lado, como todo amor, es personal, es el nuestro, el que podemos dar nosotros como somos. No se trata de un amor heroico, y menos aún de un amor «standard» o estereotipado, sino de simple amor personal: el de Dios y el nuestro, cada uno como es: el de Dios, infinitamente misericordioso y creativo; el nuestro, pequeño y con sus repliegues, pero amor al fin.

El realismo del ahora

Otra objeción puede provenir de nuestra condición temporal: puedo elegir hoy, si Dios me consuela, pero cómo mantendré mi elección en el tiempo, en «todos los años que tengo por delante»? A esta falacia respondió un día Ignacio diciendo al mal espíritu, al que le reconoció la voz: «Puedes tú prometerme un día de vida?». Se puede elegir ser santo ahora: «solo por hoy», como decía san Juan XXIII.  Y en Gaudete et exsultate, Francisco nos dice que la de la santidad es una elección «renovable cada día»:«Deja que todo esté abierto a Dios y para ello opta por él, elige a Dios una y otra vez»(GE 15).

La elección de ser santos conlleva tanto elecciones grandes, esas que son para toda la vida, como elecciones pequeñas, cotidianas, esas que nos llevan a «encontrar una forma más perfecta de vivir lo que ya hacemos: ‹Hay inspiraciones -dice el Papa- que tienden solamente a una extraordinaria perfección de los ejercicios ordinarios de la vida›» Y pone un ejemplo cercano: «Cuando el Cardenal Francisco Javier Nguyên van Thuânestaba en la cárcel, renunció a desgastarse esperando su liberación. Su opción fue ‹vivir el momento presente colmándolo de amor›; y el modo como se concretaba esto era: ‹Aprovecho las ocasiones que se presentan cada día para realizar acciones ordinarias de manera extraordinaria[1]›»(GE 17).

El realismo de la mejor versión posible de mí mismo

Una tercera objeción puede provenir de otra falsa idea de santidad,  la de concebirla como una serie de deberes a cumplir que Dios me impondría desde afuera y que trastocarían todos mis planes y la tranquilidad de hacer de mi vida lo que quiero. No es así. Decir «elijo ser santo» es como decir «elijo ser la mejor versión de mí mismo». De lo que se trata es de vivir mi propio carisma,  de asumir mi misión y encontrar mi lugar en esta vida, en mi tiempo y en mi tierra: «Cada santo es una misión; es un proyecto del Padre para reflejar y encarnar, en un momento determinado de la historia, un aspecto del Evangelio» (GE 19).

Dios santifica totalizando nuestra vida, no fragmentándola

Es interesante tener en cuenta un detalle en el que hace hincapié el Papa al ponernos como modelo la vida de los que «eligieron ser santos». Nos dice: «Lo que hay que contemplar es el conjunto de su vida, su camino entero de santificación, esa figura que refleja algo de Jesucristo y que resulta cuando uno logra componer el sentido de la totalidad de su persona[2].  No conviene entretenerse en los detalles (de la vida de los santos) porque allí también puede haber errores y caídas». Y agrega: «Esto es un fuerte llamado de atención para todos nosotros. Tú también necesitas concebir la totalidad de tu vida como una misión. Inténtalo escuchando a Dios en la oración y reconociendo los signos que él te da. Pregúntale siempre al Espíritu qué espera Jesús de ti en cada momento de tu existencia y en cada opción que debas tomar, para discernir el lugar que eso ocupa en tu propia misión. Y permítele que forje en ti ese misterio personal que refleje a Jesucristo en el mundo de hoy» (GE 22-23). Se trata de estar siempre abierto, eligiendo la santidad una y otra vez, a que Dios me haga santo en la totalidad de mi vida.

El discernimiento del Papa tiene detrás el criterio que dice: el todo es superior a las partes. Dios nos hace santos «totalizando» -al final de nuestra vida y cada vez-, no «fragmentando». Ejemplo de ello son los sacramentos: cada vez que me confieso, totalizo mi vida con un baño de misericordia, que perdona todos los pecados particulares y me santifica íntegramente, no solo una parte. Lo mismo en la comunión: cada vez que comulgo, hago una alianza total con el Señor. No es que comulgo con Él solo en parte. El amor totaliza la vida en cada acto, tiene esa capacidad, cuando uno dice el sí en sus votos, matrimoniales o de vida consagrada, y cada vez que uno dice los mil pequeños «sí» de las obras de misericordia.

El poder totalizante e inclusivo de cada bienaventuranza puesta en práctica

En el capítulo que se titula «A la luz del maestro», Francisco hace estas formulaciones «totalizantes» de la santidad encarnando las bienaventuranzas.

«Ser pobre de corazón, eso es santidad» (GE 70), afirma el Papa. Y concreta ese «ser pobre de espíritu» en lo que dice Ignacio en el Principio y Fundamento: «No querer de nuestra parte más salud que enfermedad, riqueza que pobreza, honor que deshonor, vida larga que corta, y así en todo lo demás (EE 23)». La indiferencia es pobreza de la propia voluntad al «preferir» la de Dios, es desposeerse para estar abierto a lo que Dios quiera y mientras, poner entre paréntesis lo demás. Elegir «lo que Dios quiera» es elegir ser santos por el amor.

«Reaccionar con humilde mansedumbre, esto es santidad» (GE 74). Elegir ser santos es elegir reaccionar con mansedumbre. Uno elige cómo reacciona. Aunque no elija el primer movimiento de la ira, sí elige moderarla o darle rienda suelta. Y en esto se juega la santidad: «Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas» (Mt 11,29). Si vivimos tensos, engreídos ante los demás, terminamos cansados y agotados. Pero cuando miramos sus límites y defectos con ternura y mansedumbre, sin sentirnos más que ellos, podemos darles una mano y evitamos desgastar energías en lamentos inútiles. Para santa Teresa de Lisieux «la caridad perfecta consiste en soportar los defectos de los demás, en no escandalizarse de sus debilidades[3]» (GE 72).

«Saber llorar con los demás, eso es santidad» (GE 76). Elegir llorar! No es difícil llorar. Sufren tanto los pequeñitos! Sufren tanto tantos inocentes! Basta mirarlos a los ojos, mirar su situación, para que broten las lágrimas de compasión. Y uno elige abrirse o cerrarse a estas lágrimas, a esta piedad y enternecimiento del corazón.

«Buscar la justicia con hambre y sed, esto es santidad» (GE 79). Buscar… Buscar es «elegir buscar». Luchar por la justicia es una opción: la opción por los más pobres, por los que no tienen justicia.

«Mirar y actuar con misericordia, esto es santidad» (GE 82). Nuestro mirar es «selectivo», lo sabemos. Uno elige -subjetivamente- lo que quiere mirar. Y de acuerdo a ello resulta «lo que objetivamente ve».  La objetividad no se impone así nomás. Hay cosas que si uno no las contempla largamente, si uno no va al lugar, si uno no se pone en los zapatos del otro, no se ven. Por eso decimos que «mirar con misericordia» es una opción. Y de esa mirada surge el sentimiento y luego el obrar con misericordia.

«Mantener el corazón limpio de todo lo que mancha el amor, esto es santidad» (GE 86). También la limpieza de corazón es una opción. Una opción renovada, que se deja purificar y corregir una y otra vez. Hay que elegir renovar la pureza porque no hay nada más «influenciable» que nuestra mirada, que sigue todo lo bello y lo que es inmediatamente bueno para cada sentido-, y luego mueve nuestro corazón, que se aficiona a todos los bienes que le gustan y resultan placenteros. Elegir que Jesús nos «lave los pies y nos mantenga el corazón limpio», es elegir ser santos.

«Sembrar paz a nuestro alrededor, esto es santidad» (GE 89). Sembrar es elegir: uno elige la semilla que siembra y el terreno donde la siembra. Sembrar guerra también es una opción. No es una fatalidad. Fatalidad son las siembras ya heredadas, pero no las que uno le toca hacer. Por eso el Papa habla de sembrar.

«Aceptar cada día el camino del Evangelio aunque nos traiga problemas, esto es santidad»(GE 94). Esta aceptación del camino del Evangelio «aunque nos traiga problemas» es también una elección de vida. Y pongamos atención en que no dice «aceptación del Evangelio» sino «del caminodel Evangelio». Aceptar «el Evangelio» suena abstracto. Aceptar el camino que se nos abre cada día a nuestro paso es una opción concreta y posible.

Vemos así que las bienaventuranzas son las «opciones profundas de Jesús». Opciones que Él nos invita a hacer a nosotros, como estilo de vida y modo de sentir que elegimos para poder cumplir con el «gran protocolo», el de Mateo 25, que es con el que seremos juzgados. Seremos juzgados no por otras cosas sino por nuestra elección de seguir este protocolo, con este estilo.

Esta opción es más honda  que los resultados de cada acción particular, que puede tener y ciertamente tendrá sus más y sus menos. Optar por la totalidad de las bienaventuranzas y de las obras de misericordia es la opción profunda – la de Jesús y la nuestra en la de Él:

«El texto de Mateo 25,35-36 ‹no es una simple invitación a la caridad: es una página de cristología, que ilumina el misterio de Cristo[4]›. En este llamado a reconocerlo en los pobres y sufrientes se revela el mismo corazón de Cristo, sus sentimientos y opciones más profundas, con las cuales todo santo intenta configurarse» (GE 96).

Reproducir distintos aspectos de la vida de Jesús en la nuestra

Elegir ser más santos como una misiónes algo que sólo se puede concebir de la mano de Jesús, estando en su compañía de modo siempre más amigable y cercano, hasta llegar a no poder vivir lejos de Él, de su presencia, de sus consejos, de su perdón y de sus palabras. Elegir ser más santos tiene su sentido pleno en Cristo y solo se entiende desde él.

«En el fondo la santidad es vivir en unión con él los misterios de su vida. Consiste en asociarse a la muerte y resurrección del Señor de una manera única y personal, en morir y resucitar constantemente con él. Pero también puede implicar reproducir en la propia existencia distintos aspectos de la vida terrena de Jesús: su vida oculta, su vida comunitaria, su cercanía a los últimos, su pobreza y otras manifestaciones de su entrega por amor.

La contemplación de estos misterios, como proponía san Ignacio de Loyola, nos orienta a hacerlos carne en nuestras opciones y actitudes[5]» (GE 20).

Examinar cómo nos transformaos cada vez que ponemos en práctica alguna bienaventuranza y alguna obra de misericordia

Concebir el ser santos como una misión, es concebirlo no como un mero «hacer obras santas externas», sino como «ser santificados por el Espíritu de modo tal que esta santidad redunde en obras». Y esto implica «dejarse transformar por Cristo». Esta transformación tiene un instrumento precioso: «la práctica habitual del bien, valorada en el examen de conciencia».

Este examen es «un ejercicio en el que no se trata sólo de identificar los pecados, sino también de reconocer la obra de Dios encarnada:

en la propia experiencia cotidiana,

en los acontecimientos de la historia y de las culturas de las que formamos parte,

en el testimonio de tantos hombres y mujeres que nos han precedido o que nos acompañan con su sabiduría. Todo ello ayuda a crecer en la virtud de la prudencia, articulando la orientación global de la existencia con elecciones concretas, con la conciencia serena de los propios dones y límites[6]» (CV 282).

«Somos libres, con la libertad de Jesucristo, pero él nos llama a examinar lo que hay dentro de nosotros―deseos, angustias, temores, búsquedas― y lo que sucede fuera de nosotros —los «signos de los tiempos»— para reconocer los caminos de la libertad plena: «Examinadlo todo; quedaos con lo bueno» (1 Ts 5,21). (GE 168).

Pero examinar todo no es un ejercicio escrupuloso, auto-referencial, de  mirarnos a nosotros mismos. Todo lo contrario: es un examinarse para «salir» de nosotros mismos hacia el amor de Dios y a los demás.

Hay tres grandes ámbitos donde el «examinarlo todo» dilata el corazón.

Uno es el de las «novedades de Dios». Es importante examinar bien «cuando aparece una novedad en la propia vida. Entonces hay que discernir si es el vino nuevo que viene de Dios o es una novedad engañosa del espíritu del mundo o del espíritu del diablo» (GE 168).

Otro ámbito que dilata el alma es el de dejar que el Señor nos examine, como a Pedro, en el amor y la amistad. Tengamos en cuenta que «Antes de toda ley y de todo deber, lo que Jesús nos propone para elegir es un seguimiento como el de los amigos que se siguen y se buscan y se encuentran por pura amistad. Todo lo demás viene después, y hasta los fracasos de la vida podrán ser una inestimable experiencia de esa amistad que nunca se rompe.(CV 290).

El tercer ámbito del examen es el de la humildad. Dice el Papa: «La humildad solamente puede arraigarse en el corazón a través de las humillaciones. Sin ellas no hay humildad ni santidad. Si tú no eres capaz de soportar y ofrecer algunas humillaciones no eres humilde y no estás en el camino de la santidad.» (GE 118).

«No me refiero solo a las situaciones crudas de martirio, sino a las humillaciones cotidianas de aquellos que callan para salvar a su familia, o evitan hablar bien de sí mismos y prefieren exaltar a otros en lugar de gloriarse, eligen las tareas menos brillantes, e incluso a veces prefieren soportar algo injusto para ofrecerlo al Señor: «En cambio, que aguantéis cuando sufrís por hacer el bien, eso es una gracia de parte de Dios» (1 P 2,20). (GE 119).

La elección de ser más santos «para los demás»

En estos tres ámbitos -el de la novedad evangélica, el de la amistad y el de las humillaciones- se juega la elección última que es la elección de «ser para los demás». «Esta vocación misionera tiene que ver con nuestro servicio a los demás. Porque nuestra vida en la tierra alcanza su plenitud cuando se convierte en ofrenda. Recuerdo que «la misión en el corazón del pueblo no es una parte de mi vida, o un adorno que me puedo quitar; no es un apéndice o un momento más de la existencia. Es algo que yo no puedo arrancar de mi ser si no quiero destruirme. Yo soy una misión en esta tierra, y para eso estoy en este mundo[7]» (CV 254)

«Para cumplir la propia vocación es necesario desarrollarse, hacer brotar y crecer todo lo que uno es. No se trata de inventarse, de crearse a sí mismo de la nada, sino de descubrirse a uno mismo a la luz de Dios y hacer florecer el propio ser: «En los designios de Dios, cada hombre está llamado a promover su propio progreso, porque la vida de todo hombre es una vocación[8]». Tu vocación te orienta a sacar afuera lo mejor de ti para la gloria de Dios y para el bien de los demás» (CV 257).

San Ignacio se expresa así hablando de la elección: «En toda buena elección, en cuanto es de nuestra parte, el ojo de nuestra intención debe ser simple, solamente mirando para qué  soy creado, que es a saber, para alabanza de Dios nuestro Señor y salvación de mi alma» (EE 169). Esperamos que con estas reflexiones palabras como «santidad», «alabanza» y «salvación del alma» consideradas desde la perspectiva de una elección que cada uno puede hacer hayan mostrado algo de la riqueza profunda que se esconde en su interior.

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Momento para contemplar

Marta Irigoy

En este mes de setiembre, seguimos ahondando el hermoso llamado a la Santidad que Dios nos hace…

La primera certeza que tenemos es que el Padre nos llamó a la vida y  en ese llamado sopló en nosotros su Espíritu de Vida…

Por eso, redescubrir esta vocación profunda a la Santidad es lo que queremos rezar en este tiempo…

En lo arriba escrito por el P. Diego, podemos dejar que estas palabras puedan iluminar de un modo nuevo, la certeza de sabernos elegidos por nuestro Amado Padre desde toda la eternidad para ser santos, como lo escribió hermosamente San Pablo : «A cada uno de nosotros el Señor nos eligió para que fuéramos santos e irreprochables en Él por el amor (Ef 1, 4)»

Y así podamos encontrar y elegir en lo concreto de la vida cotidiana aquello a lo que Dios nos llama a la santidad…

Sera poder descubrir aquello que hoy me hace desplegar “la mejor versión de mí mismo” para luego elegir con alegría el modo propio de sembrar en mi vida gestos de ternura y compasión al estilo de Jesús, que paso haciendo el bien…-Hch 10, 38-.

Podríamos sintetizar la santidad como el modo propio de pasar por la vida haciendo el bien…

El Papa Francisco, dice:

“Me gusta ver la santidad en el pueblo de Dios paciente: a los padres que crían con tanto amor a sus hijos, en esos hombres y mujeres que trabajan para llevar el pan a su casa, en los enfermos, en las religiosas ancianas que siguen sonriendo. En esta constancia para seguir adelante día a día, veo la santidad de la Iglesia militante. Esa es muchas veces la santidad «de la puerta de al lado», de aquellos que viven cerca de nosotros y son un reflejo de la presencia de Dios, o, para usar otra expresión, «la clase media de la santidad» -GE7-

También cita el Concilio Vaticano II que dice:«Todos los fieles, cristianos, de cualquier condición y estado, fortalecidos con tantos y tan poderosos medios de salvación, son llamados por el Señor, cada uno por su camino, a la santidad.

Quizás una linda imagen para rezar en este tiempo puede ser contemplar el propio camino por donde se me invita a pasar haciendo el bien…

Esta elección del llamado a la santidad, será fecunda sabiéndonos pequeños  en las Manos del Padre que sabe lo que cada uno de sus hijos necesita…

Para terminar, puedes rezar con esta oración del P. Arrupe, sj:

Enamórate

No hay nada más práctico que encontrar a Dios.

Es decir, enamorarse rotundamente y sin ver atrás.

Aquello de lo que te enamores,

lo que arrebate tu imaginación, afectará todo.

Determinará lo que te haga levantar

por la mañana,

lo que harás con tus atardeceres,

cómo pases tus fines de semana,

lo que leas, a quién conozcas,

lo que te rompa el corazón

y lo que te llene de asombro

con alegría y agradecimiento.

Enamórate, permanece enamorado,

y esto lo decidirá todo.

 

 

 

 

 

[1]Cinco panes y dos peces: un gozoso testimonio de fe desde el sufrimiento en la cárcel, México 19999, 21.

[2]Cf. Hans U. von Balthasar, “Teología y santidad”, en Communio6 (1987), 486-493.

[3]Manuscrito C, 12r.

[4]Ibíd.

[5]Cf. Ejercicios espirituales, 102-312.

[6]Ibíd.

[7]Exhort. ap. Evangelii gaudium(24 noviembre 2013), 273: AAS105 (2013), 1130.

[8]S. Pablo VI, Carta enc. Populorum progressio(26 marzo 1967), 15: AAS59 (1967), 265.

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Momento de Reflexión

Diego Fares sj

La meditación del Reino –que Ignacio hace rezar durante todo un día- concluye la semana de los pecados y abre las semanas de la vida del Señor. Es una meditación “gozne” que lo centra todo en la Persona de Jesús y en su llamamiento.

Si miramos al Jesús que Ignacio nos presenta vemos a un Jesús lleno de esperanza, un Jesús joven que viene a llamar discípulos y compañeros para la misión de evangelizar a todos los pueblos. Es un Jesús que quiere entrar con todos los hombres en la Gloria del Padre. Con todos: no quiere que se pierda ninguno; no quiere excluidos ni descartados…, ni enemigos en lo que a Él respecta.

Y la vocación o llamado es a cada uno en particular. Jesús invita a “quien quisiere” ir con Él compartirlo todo: “ha de trabajar conmigo, para que, siguiéndome en la pena, también me siga en la gloria” (EE 95). Antes, en la figura del rey temporal, Ignacio había especificado más lo que implica ir por la vida en compañía de Jesús: “quien quisiere venir conmigo estará contento de comer como yo, y así de beber y vestir (como yo) etc.; asimismo tendrá que trabajar conmigo en el día y vigilar en la noche, etc.” (EE 93). En los “etc.” que pone Ignacio entra todo lo que se puede compartir en una amistad vivida en medio de una gran misión.

La esperanza de la Gloria futura atrae y es la meta; los trabajos y las penas son parte inevitable de la lucha, pero la Gloria y la Cruz se hacen a nuestra medida humana en el amor de amistad real que día a día es posible vivir con ese Jesús que alegra el corazón y le da fortaleza y ánimo. Cuando se trabaja y se lucha codo a codo entre amigos uno pone toda la persona y un poquito más. Si se compite en algo es en quién da más de sí y no en quién se lleva los aplausos.

Así, en la meditación del Reino vemos cómo la Esperanza grande de entrar con todos en la Gloria del Padre se concreta en el “Conmigo” al que nos invita Jesús. Ese “Conmigo” es un lugar especial. Digo lugar porque al estar con otro se crea un espacio, un ámbito, en medio del cual las cosas y lo que se realiza tiene otro sentido. El papa Benedicto en “Spes salvi” decía que la esperanza “atrae el futuro dentro del presente”. Eso es lo que hace “estar con Jesús” en el lugar de servicio al que llama e invita a cada uno de manera personal y única.

Conmigo

Este “conmigo”, este “con” Jesús es el lugar teológico que cada uno debe buscar y discernir cuál es, dónde se encuentra. Y, una vez encontrado, si uno lo elige como “su lugar en el mundo”, se convierte en puerta y camino, en verdad y vida. Desde allí toda la vida adquiere sentido: allí uno habita como en su tierra prometida; de allí puede “salir y entrar”, como las ovejas por la Puerta que es Jesús, para ir a misionar y regresar a adorar y a compartir la Eucaristía con sus hermanos; en ese lugar uno puede “estar con Jesús”, ver a Dios en todas las cosas y planear el “modo” de obrar y el ritmo con el cual caminar en la misión.

Que el Señor nos permita estar “con Él” es una gran gracia.

Sabemos dónde está Él, sabemos cuáles son sus criterios cuando se trata de elegir a dónde ir.

Él está donde “dos o tres se reúnen en su nombre”.

Él está donde dos o tres han encontrado su lugar para adorar y alabar y pensar la misión.

Él está siempre de camino, saliendo a buscar a la ovejita perdida o acompañando a un herido que encontró por el camino y que llevó a la hospedería.

Él está donde alguno quiere escuchar el evangelio que Jesús nos predica como a su Madre, a sus hermanas y hermanos.

Él está donde hay alguno que sufre y necesita sanación.

Él está sembrando en todos los terrenos y cuidando que el trigo de fruto, sin preocuparse por la cizaña.

Él está donde hay fiesta de bodas, lavando pies, convirtiendo el agua en vino, partiendo el pan.

Él está en la vida oculta donde su pueblo habita, como habitó Él en Nazaret,

Él está en las barcas donde su pueblo trabaja, como estuvo con sus discípulos en el lago de Galilea.

Él está en todos los amaneceres en que su pueblo se levanta y reza, tomando unos mates, antes de salir a trabajar, como estuvo en el Tabor, cuando se transfiguró ante sus tres amigos.

Él está en todas las cruces donde su pueblo está crucificado, dejándose ayudar, como se dejó ayudar por el Cireneo, y ayudando a otros, como ayudó al buen ladrón y confortó a su Madre y a su amigo.

Él está en todos los cielos abiertos bajo los cuales su pueblo peregrina hacia los santuarios, como estuvo en el monte antes de peregrinar al Cielo.

Él está en todos los cenáculos donde la gente de su pueblo se reúne a adorar al Padre en espíritu y en verdad.

Él está, prometió que estaría todos los días con nosotros hasta el fin del mundo.

El lugar preparado

El Señor, cuando se iba, dejó dicho que “iba a prepararnos un lugar”. Muchas veces se entiende esto como que nos reservó una pieza en el Cielo, como si el Cielo fuera un gran hotel o algo así. A mí me gusta pensar más bien que Jesús se fue junto al Padre para prepararnos un lugar de misión y de adoración en esta tierra. Por supuesto que la promesa habla de un lugar definitivo, del Cielo, al que tendemos en esperanza. Pero el que Jesús nos prepara es también un lugar en el que podemos habitar desde ya.

Es un espacio abierto: el de la intimidad suya con el Padre. Se puede acceder a él desde cualquier lugar. Basta que uno deje que se explaye el deseo de adorar “en Espíritu y en verdad”.

No es un lugar privado. Se abre solo donde “dos o tres se juntan en el Nombre de Jesús”. Es el lugar del “Conmigo” que se declina en “con otros”.

No es un lugar utópico, que quedaría en el “más allá”, en la otra vida. Es bien tópico, situado, pisable, transitable. Eso sí, requiere un tipo de movimiento especial, un movimiento “aproximativo”, no de distancia sino de cercanía. Todos hacemos este tipo de micro-movimientos con los que nos acercamos a otro o tomamos la dirección contraria.

El que Jesús nos prepara es un tipo de lugar “escalera”. Un lugar que apoya los pies en esta tierra y sube a lo alto del cielo.

El de Jesús es un lugar familiar. Y sucede como cuando una familia se va de vacaciones, que lleva su casa consigo. La familia se organiza y habita cualquier lugar recreando un espacio interior suyo que lleva dentro: cuando se sientan en cualquier mesa, cada uno tiende a ocupar los lugares como en casa. La familia ordena sus tiempos y sus cosas en referencia a como los ordena en la casa, a veces de la misma manera, a veces de manera totalmente diversa, para descansar de la rutina, pero teniéndola grabada en la memoria, distendiendo y “desordenando” el espacio habitual para gozar mejor de él. Así, el espacio que se crea entre Jesús y nosotros es un lugar que uno lleva consigo a donde vaya.

Es un lugar móvil también, como una casa rodante, en la que uno habita y viaja a la vez. Y sucede como con nuestros misioneros. San Roque González de Santa Cruz cuenta cómo cuando se internaban en las selvas del Paraguay y de nuestra Misiones, entre las pocas cosas que llevaban la más importante era el altar portátil para celebrar la Eucaristía. Con ese altar, todo alrededor era templo y casa y Reducción futura.

El lugar que Jesús nos prepara tiene o arma sus cuatro paredes (iba a decir “en esta tierra”, pero no es correcto) siempre en medio de su pueblo.

Las personas vamos por la vida “con nuestro espacio en torno”; cada uno vive y trabaja “con su paisaje incluido”. Es lo que nos distingue.

Se distingue al que va al trabajo del que pasea como turista.

Caminan distinto, el que va con una misión y el que anda dando vueltas nada más.

El modo de “estar” es distinto en el que “está” en un puesto de trabajo que vive como misión y en el que está allí a disgusto, por obligación o porque no le queda otra.

El que va “con Jesús” tiene un espacio que conjuga dos características contrastantes: es el lugar más común y, a la vez, el más especial. Lo vemos en la vida de los santos. Santa Teresita, por ejemplo, tenía una celdita de dos por dos y sin embargo parecía que caminaba por todas las misiones. Y no creo que su lugar en el Cielo sea otra cosa que un lugarcito, como el de su celda en el convento de Lisieux.

Ignacio, que es especialista en esto de rezar “haciendo la composición del lugar”, tenía su piecita en el Gesú –que gracias a Dios se conserva intacta- y desde ahí todo el mundo le era casa, como dice Nadal que tiene que ser para la Compañía.

De Brochero se puede pispear cómo era ese “lugar interior” que tenía “con Jesús” por tres cosas al menos. Una por cómo andaba siempre en su mula, pasando al tranco por las casas, para dar tiempo a que la gente saliera a pedirle la bendición y lo viera hundirse y salir por hondonadas y cerros, yendo a visitar a un enfermo. La otra, por cómo organizó la Casa de Ejercicios, con sus espacios para los fogones en los que siempre había una pava con agua caliente para el mate y cerquita nomás el lugar para los caballos y mulas, para que los paisanos sintieran que estaban bien atendidos, ya que era el mismo cura el que les daba agua y comida. La tercera, por cómo organizó los caminos y los diques y deseó el tren y levantó capillas y escuelas… A Brochero el Señor le preparó un lugar interior en el que cabía un pueblo. Y no hablo sólo del Tránsito, sino todo el pueblo argentino que vendría.

El lugar interior de Hurtado se puede ver en eso tan suyo de “qué haría Cristo si estuviera en mi lugar”. Que rezaba esto de verdad se puede ver en el Hogar de Cristo, lugar único y multiplicado para los pobres concretos de cada rincón de Chile.

Y así con cada santo. Si algo caracteriza a las santas y santos cristianos es ese estar en cualquier lugar santificándolo por su modo de “estar con Cristo”.

Esto que es tan especial es lo más común en la gente de nuestro pueblo: cada uno en su lugar, cada uno en su puesto de trabajo, cuidando a su familia, dando la vida sin hacerlo notar. Es tan lindo ver, como dice el Papa a “la enfermera de alma, el docente de alma, el político de alma, esos que han decidido a fondo ser con los demás y para los demás” (EG 273). Lo dice el Papa cuando habla de que “En el corazón del pueblo (…) yo soy una misión”.

Pedimos la gracia de discernir cuál es –en el corazón de nuestros pueblos- el lugar de misión que el Señor Jesús nos ha preparado y nos prepara cada día para ir y estar con Él.

 

Momento de contemplación

Marta Irigoy

La Meditación del Reino, nos prepara el corazón para descubrir el lugar que nos será regalado para ser fieles al sueño de Dios que tiene sobre cada uno de sus hijos.

Por un lado, será encontrar “el propio sitio”, que será la tierra sagrada en donde se podrá servir y adorar a Dios que se hará presente en mis hermanos…

Por otro, será lugar sagrado en donde seré fiel al Dios que me invita a caminar con Él…

Saber que la promesa de Jesús: que ira “conmigo” y “yo con Él” llena de esperanza la vida, ahuyenta el desánimo cuando los tiempos de Dios no son los que la realidad impone o exige y anima sabernos “con otros” que han sido misionados para la misma misión: que Jesús sea más conocido y amado por todos…

Para este momento de contemplación, la invitación en contemplar “TU TIERRA SAGRADA”; ese lugar en que hoy, sentimos que tenemos en nuestras manos, una oportunidad única, que está confiada a mis dones y talentos para hacerlos fructificar para el Reino de Dios…

Copio, nuevamente estas palabras que más arriba, escribió el P. Diego, para que sean de profunda rumia del corazón y nos ayuden a adorar al Dios Cotidiano que camina “conmigo” y “contigo” y que se hace el Dios Cotidiano “con nosotros” …

Sabemos dónde está Él, sabemos cuáles son sus criterios cuando se trata de elegir a dónde ir.

Él está donde “dos o tres se reúnen en su nombre”.

Él está donde dos o tres han encontrado su lugar para adorar y alabar y pensar la misión.

Él está siempre de camino, saliendo a buscar a la ovejita perdida o acompañando a un herido que encontró por el camino y que llevó a la hospedería.

Él está donde alguno quiere escuchar el evangelio que Jesús nos predica como a su Madre, a sus hermanas y hermanos.

Él está donde hay alguno que sufre y necesita sanación.

Él está sembrando en todos los terrenos y cuidando que el trigo de fruto, sin preocuparse por la cizaña.

Él está donde hay fiesta de bodas, lavando pies, convirtiendo el agua en vino, partiendo el pan.

Él está en la vida oculta donde su pueblo habita, como habitó Él en Nazaret,

Él está en las barcas donde su pueblo trabaja, como estuvo con sus discípulos en el lago de Galilea.

Él está en todos los amaneceres en que su pueblo se levanta y reza, tomando unos mates, antes de salir a trabajar, como estuvo en el Tabor, cuando se transfiguró ante sus tres amigos.

Él está en todas las cruces donde su pueblo está crucificado, dejándose ayudar, como se dejó ayudar por el Cireneo, y ayudando a otros, como ayudó al buen ladrón y confortó a su Madre y a su amigo.

Él está en todos los cielos abiertos bajo los cuales su pueblo peregrina hacia los santuarios, como estuvo en el monte antes de peregrinar al Cielo.

Él está en todos los cenáculos donde la gente de su pueblo se reúne a adorar al Padre en espíritu y en verdad.

 

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Momento de meditación

Diego Fares sj

Los mecanismos interiores que despierta una elección importante

En la meditación de los “Tres binarios”, Ignacio cuenta esta historia: hay tres pares (binarios) de personas y cada par ha adquirido diez mil ducados, no pura o debidamente por amor de Dios; y quieren todos salvarse y hallar en paz a Dios nuestro Señor, quitando de sí la dificultad e impedimento que tiene para ello, en la afección a ese dinero (Ignacio le llama “la cosa acquisita” EE 150).

No se trata de un pecado. De los pecados, y especialmente del que es “raíz” de los pecados de cada uno, ya se ha arrepentido el ejercitante en la primera semana. Aquí se trata de algo bueno, pero no del todo ordenado y a lo que uno le tiene “gran afección”. Ignacio pone dinero porque cuando uno lo agarra “se le pega”. Pero puede ser “cualquier cosa adquirida” que a uno le cuesta soltar.

Antes de considerar cada una de las actitudes, Ignacio pone al ejercitante delante de Dios y de los santos. Esto es importante porque los santos son hermanos nuestros que, estos problemas de conciencia con el dinero o con otros “afectos” los han resuelto bien, con libertad interior y generosidad.

La petición recae sobre nuestras elecciones: pedimos gracia para elegir bien. Lo que sea a mayor gloria de Dios y mayor bien para mi persona.

Ahora sí, Ignacio presenta los casos, para que cada modo de proceder yo lo confronte con mis modos de proceder, a la hora de tomar una decisión importante en mi vida.

Preparar el corazón para elegir

Esta meditación, junto con la de Dos Banderas y las tres Maneras de Humildad, son “preparatorias” para la elección o reforma de vida, que es a lo que apuntan los Ejercicios.

Los Ejercicios dan fruto si uno va dispuesto a hacer una elección, sea una macro elección o una micro, es decir, un pequeño mejoramiento en su vida. Ahora bien, esto último, lo de un pequeño mejoramiento, se busca en el estado de vida y en la misión principal, no en cosas secundarias. Es decir: uno entra en la dinámica de los Ejercicios para dar un paso o un pasito adelante en algo fundamental. Sino es como si el ciego Bartimeo, cuando Jesús le pregunta qué quieres que haga por ti, en vez de pedirle “Señor, que vea”, le hubiera pedido…, no sé, una limosna o que le curara un granito que le afeaba la nariz…

Si uno es padre o madre de familia, hará los Ejercicios para examinar si hay alguna cosa que le impide dar todo su amor y su tiempo a su familia.

Si uno sacerdote o religiosa hará los Ejercicios poniendo sobre la mesa si hay algo que le impide darse por entero a su misión y consagración.

La meditación de los Tres Binarios es, pues, una preparación para examinar los mecanismos que se activan cuando uno tiene que elegir algo importante.

El primer mecanismo es de “dilación”. El primer par de personas “querría quitar el afecto que le tiene a los diez mil ducados (que Ignacio llama con el nombre técnico de “la cosa acquisita”) pero no ponen los medios hasta la hora de la muerte (en que seguramente los habrán tenido que dejar).

El segundo mecanismo es de “sí pero no”. Este sí pero no toma infinitas formas. La de “te ofrezco todo menos esto”, la del “te lo doy, pero lo administro yo”, la del negociar hasta salirse con la suya, la del querer quedar bien con Dios y con el diablo, la de forzar la cosa para que Dios quiera lo que quiere uno…

El tercer mecanismo es el del que no mira “la cosa” sino a la Persona. Cuando uno tiene que elegir qué hacer, deja de mirar los diez mil ducados –que si se miran mucho generan afecto- y se pone a mirar el corazón de Dios, con el deseo de agradarle y pidiéndole que le haga ver y sentir qué quiere que haga con esa “cosa”. Si quiere que la tome o que la deje, que la use o que la done. El deseo hondo es tomar o dejar la cosa como expresión del amor que uno tiene al Señor, como muestra de que uno hace lo que Él quiera.

Este es el mecanismo simple y claro si uno quiere de verdad “elegir lo que Dios elige” y no dilatar o escamotear la cosa para que no se note que uno tiene ya una decisión tomada, como se dice.

Las Dos Banderas nos clarifican que en la vida no hay posturas neutrales: o se elige a Jesús o se cae bajo la bandera del demonio. Nuestro padre General, en la misa de San Ignacio el 31, ponía estos ejemplos: “en el matrimonio –decía-, o se da todo, o lo que uno da no sirve para casi nada; en la vida religiosa, lo mismo, o se da todo, o no se da nada. No hay una vía intermedia”. Y pasó luego a hablar del Papa, ante el cual algunos tomaban “posturas intermedias”. No las hay –dijo. A algunos no les caen bien algunas de sus palabras o actitudes, pero no es porque su mensaje sea “confuso” sino todo lo contrario. Lo que pasa es que es muy claro y evangélico. Al punto tal que, o uno deja que le toque el corazón o provoca un endurecimiento. Su mensaje es de los que no dejan lugar a las posturas de compromiso o neutrales.

La meditación siguiente, esta de Tres Binarios, ayuda a discernir que, una vez que uno elige la bandera de Cristo y desea “hallar en paz a Dios nuestro Señor”, las tentaciones “bajo apariencia de bien” se multiplican. Hay muchas maneras de dilatar las cosas y de forzarlas para terminar haciendo lo que uno quiere. Pero hay una sola manera de hacer la voluntad de Dios, y consiste en “preferir” al Señor mismo y poner en segundo lugar todo lo demás (hacernos indiferentes, como una mamá que, cuando su hijito es pequeño, lo prefiere y antepone a todo lo demás).

Los ejercicios son «conversaciones» con el Señor

En las Dos Banderas, Ignacio pone al final de la oración los famosos “Tres coloquios” o conversaciones: con la Virgen, nuestra Señora, para que me alcance gracia de su Hijo; con Jesús, para que me alcance gracia del Padre, y con el Padre para que Él me conceda la gracia. Cuál es la gracia? La de ser recibido bajo la Bandera de Jesús. Es decir: la de jugarme entero y que me den la camiseta del Señor y embanderarme con él enteramente y para siempre.

Es la gracia que recibió Ignacio al venir a Roma cuando sintió “que el Padre lo ponía con su Hijo”, con Jesús cargando la cruz.

Es la gracia de ser “compañero de Jesús”.

La gracia de “en todo amarlo, seguirlo y servirlo”.

Esta gracia fundamental, de pertenencia fiel y bendecida con la amistad, tiene sus características, en las que puede haber un más y un menos y que se refieren a dos cosas propias  de este Jesús junto al cual somos aceptados: una es la pobreza y otra las humillaciones.

San Ignacio nos hace pedir la gracia de la pobreza espiritual que se traduce como humildad y es una de las bienaventuranzas. Es una actitud interior, la de sabernos aceptados en nuestra pobreza. Sin méritos, con pecados y limitaciones. Esta, más que una exigencia de la aceptación de Dios es una gracia, ya que se nos recibe  como somos. Por pura e infinita Misericordia.

La segunda petición es la de pasar pobreza real, si el Señor nos lo concede. Gracia que hace al trabajo y que es social, ya que esta pobreza va en beneficio de otros más pobres.

La tercera petición que le hacemos a la Virgen, a Jesús y al Padre, tiene que ver con las humillaciones. El menosprecio del honor mundano, de la mundanidad espiritual como dice el Papa, nos une más a Jesús que padeció estos oprobios primero. A Jesús humillado se pueden acercar todos los hombres.

En los tres binarios Ignacio hace repetir estos coloquios y agrega una “Nota. Es de notar que cuando nosotros sentimos afecto o repugnancia contra la pobreza actual, cuando no somos indiferentes a pobreza o riqueza, mucho aprovecha para extinguir el tal afecto desordenado, pedir en los coloquios (aunque sea contra la carne) que el Señor le elija en pobreza actual; y que él quiere, pide y suplica, sólo que sea servicio y alabanza de la su divina bondad” (EE 157).

El fin es “extinguir todo afecto desordenado” a las cosas que nos impiden gozar de la amistad y de la pertenencia total a Jesús.

Como vemos, este es el tema de los coloquios, de nuestras conversaciones con la Virgen, con Jesús y nuestro Padre.

Así como cuando se trata del pecado, de lo que tenemos que hablar con el Señor, con nuestra madre la Virgen y con nuestro Padre es del pecado raíz, del pecado principal, el que nos aparta del amor de Dios, para que precisamente allí venga Jesús a salvarnos con su Misericordia, en la preparación para la elección o reforma de vida, de lo que tenemos que conversar con el Señor es de aquello donde “se nos desordena el afecto”. Aunque sean cosas buenas, como la riqueza de una virtud o de un cargo o de un medio que usamos y que, por el afecto exagerado que le tenemos, nos impide seguir más libremente a Cristo. También para el seguimiento necesitamos constantemente ser perdonados y reorientados misericordiosamente.

Estos coloquios se extienden a todas las contemplaciones de la vida, pasión y resurrección del Señor. Son la contraparte personal y subjetiva de las contemplaciones objetivas de la Vida de Cristo. Se trata de una vida de Cristo, que es entrega radical de sí mismo por amor, contemplada desde la llaga abierta de mis afectos desordenados y de mis cosas adquiridas, que radicalmente pido sean ordenadas de acuerdo a la voluntad de Dios. Los ejercicios se hacen rezando desde la pobreza y la humillación propias ante Cristo pobre y humillado. Esto es una gracia: la de igualarnos con Jesús. No es algo voluntarista como si uno dijera “tengo que ser pobre y tengo que humillarme”. En el fondo es caer en la cuenta de que “soy pobre” y “soy humillado por mi realidad misma, aunque nadie me persiguiera” y desde ahí puedo rezar auténticamente.

Ser recibido en pobreza y en humillaciones más que una exigencia es un alivio y una bienaventuranza.

 

Momento de Contemplación

Marta Irigoy

La Meditación de TRES BINARIOS,  nos ilumina sobre “donde” y “en que” está centrada nuestra vida…

Podemos decir que en nuestra vida, estamos “casi simultáneamente” en primero, segundo y tercer Binario. Se trata, de momentos de nuestra vida, o de lugares del corazón, que, por un lado han sido seducidas y conquistadas por el Señor; pero hay otros lugares del corazón o zonas de nuestra vida, que todavía necesitan ser conquistadas por la Persona de Jesús y su Evangelio…

En esta Meditación, San Ignacio nos invita a ponernos frente a la mirada de Dios Nuestro Señor y de los santos (EE 151), para descansar confiadamente en que Él nos conoce y sabe lo que hoy “atrapa” nuestro corazón y le quita libertad para elegir lo que el Señor nos quiere proponer para vivir con mas fecundidad la vida…

Por eso, vamos a ponernos con confianza amorosa ante la mirada del Señor, que conoce en donde y en que tenemos centrada nuestra vida….

La invitación, será rezar saboreando o como dice san Ignacio: “Sentir y Gustar internamente” la  oración de hermano Carlos de Foucauld: “Padre me pongo en tus manos”  y pedir desde lo más hondo del corazón, seguir creciendo en disponibilidad y libertad…

 

Padre mío,

me abandono a ti.

 

Haz de mi lo que quieras,

te lo agradezco,

Estoy dispuesto a todo,

lo acepto todo en ti

con tal que tu voluntad

se haga siempre en mi

y en todas tus criaturas,

no deseo nada más.

 

En tus manos doy mi vida,

Dios mío, te la doy

con todo el amor de mi corazón,

porque te amo

y porque para mí amarte es darme,

entregarme en tus manos

sin medida,

con gran confianza

porque tú eres mi Padre.

 

———————————-

Podemos entrar en esta página y buscar la canción que se llama “Abandono”.

 

http://www.carlosdefoucauld.org/Multimedia/Audio.htm

 

 

 

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