Feeds:
Entradas
Comentarios

Posts Tagged ‘Francisco’

hombre-regando-con-amor-plantas-en-forma-de-corazon

Momento de reflexión

Diego Fares sj

En su encuentro con los jesuitas de Myanmar, el Papa habló de los Ejercicios y de la Contemplación para crecer en el amor. Me gustó su interpretación: “alcanzar amor” es “crecer en amor”. Para nosotros, la idea de alcanzar algo -alcanzar una meta-, tiene un sentido de acción concluida y quizás eso ha hecho que la Contemplación para alcanzar amor, que se hace para finalizar los Ejercicios, se viva como un cierre, cuando en realidad es una apertura.  Si le cambiamos el nombre y al terminar los Encuentros de Oración de este año, por ejemplo, proponemos una “Contemplación para crecer en el amor”, no sentimos que algo terminó sino que algo se abre: tenemos un ejercicio espiritual para practicar en la vida activa. La Contemplación para crecer en el amor es el fruto con semilla que resume todos los Ejercicios  y que cada uno puede sembrar en el jardín y en las macetas de su vida cotidiana.

Hay dos “notas” de San Ignacio para crecer en amor. Son cortitas como un Tweet, pero están llenas de sabiduría

La primera nota es que: “El amor se debe poner más en las obras que en las palabras”.

Si seguimos con la metáfora del fruto con semilla, lo que Ignacio nos indica en qué macetas sembrar el amor para que crezca bien. Si se pone en una obra concreta, el amor enseguida echa raíz y crece. Por tanto, hay que ejercitarse en ponerlo más en las obras que en las palabras”. Atención que no dice “solo” en las obras. Pero en esa tensión siempre fecunda en la que se mueve el Evangelio, entre práctica y anuncio, la primera debe tener cierta primacía.

La segunda nota es que: “El amor consiste en comunicación de las dos partes”.

San Ignacio nos describe la dinámica de la comunicación: “A saber, en dar y comunicar el amante al amado lo que tiene o de lo que tiene o puede, y así, por el contrario, el amado al amante; de manera que, si el uno tiene ciencia, dar al que no la tiene, si honores, si riquezas, y así el otro al otro”.

Crecer en el amor es, pues, crecer en comunicación. Recordamos una historia de la vida de Ignacio que nos pueden ilustrar cómo creció él en su comunicación con Dios (cómo creció en el amor).

El padre Luis Gonçalvez da Cámara, nos cuenta el último encuentro que tuvo con Ignacio, que le narró su historia:

“El mismo día, antes de cenar, me llamó con un aspecto de persona que estaba más recogida de lo ordinario, y me hizo una especie de protestación, la cual en substancia consistía en mostrar la intención y simplicidad con que había narrado estas cosas, diciendo que estaba bien cierto que no contaba nada de más; y que había cometido muchas ofensas contra Nuestro Señor después que había empezado a servirle, pero que nunca había tenido consentimiento de pecado mortal, más aún, siempre creciendo en devoción, esto es, en facilidad de encontrar a Dios, y ahora más que en toda su vida. Y siempre y a cualquier hora que quería encontrar a Dios, lo encontraba. Y que aún ahora tenía muchas veces visiones, máxime aquellas, de las que arriba se dijo, de ver a Cristo como sol, etc. Y esto le sucedía frecuentemente cuando estaba tratando de cosas de importancia, y aquello le hacía venir en confirmación, etc. (Autobiografía n. 99).

Crecer en el amor es crecer en “facilidad para encontrarse con Él, para “ver a Dios en todas las cosas”. El amor hace que entre los que se quieren sea fácil “encontrarse”. Es propio de la amistad y la familiaridad esto de ser “encontradizos”, de estar a mano, disponible, que el otro sepa dónde encontrarme…

La convicción que Ignacio siembra en nuestro corazón es que, si uno lo que quiere es crecer en amor, esto, con nuestro Padre del Cielo, con Jesús y con el Espíritu Santo, no será difícil, como se piensa comúnmente o como el mal espíritu intenta hacernos pensar. No es difícil crecer en el amor teniendo a Jesús. No es difícil crecer en el amor teniendo al Espíritu Santo en el corazón. No es difícil crecer en el amor, si nos damos cuenta de que somos hijos del Amor, hijos del Padre Misericordioso.

 

En seguida veremos qué cosas hay que contemplar, en qué puntos precisos nos debemos ejercitar en medio de la vida cotidiana, para crecer en este amor. Pero antes recordemos que estos “puntos” que da Ignacio son gracias, pura gracia. Nacieron de una “Contemplación para alcanzar amor” que Ignacio tuvo junto al río Cardoner: la famosa “visión del Cardoner” (famosa al menos para los jesuitas, pero cuya fama crecerá ahora un poco más).

“Una vez iba por su devoción a una iglesia, que estaba poco más de una milla de camino va junto al río; y yendo así en sus devociones, se sentó un poco con la cara hacia el río, el cual iba hondo. Y estando allí sentado se le empezaron abrir los ojos del entendimiento; y no que viese alguna visión, sino entendiendo y conociendo muchas cosas, tanto de cosas espirituales, como de cosas de la fe y de letras; y esto con una ilustración tan grande, que le parecían todas las cosas nuevas. Y no se puede declarar los particulares que entendió entonces, aunque fueron muchos, sino que recibió una grande claridad en el entendimiento; de manera que, en todo el discurso de su vida, hasta pasados sesenta y dos años, coligiendo todas cuantas ayudas haya tenido de Dios, y todas cuantas cosas ha sabido, aunque las ayunte todas en uno, no le parece haber alcanzado tanto, como de aquella vez sola. Y esto fue en tanta manera de quedar con el entendimiento ilustrado, que le parecía como si fuese otro hombre y tuviese otro intelecto, que tenía antes (Autobiografía 30).

Las gracias que “alcanzó” Ignacio –que recibió aquel día y lo hicieron crecer, convertirse en alguien con una mente nueva que veía todas las cosas nuevas- son las que se encuentran -con esa sabiduría práctica que destilan- a lo largo y ancho de todos los ejercicios: en su estructura y en su ritmo, en cada uno de sus pasos y todas sus partes. Y se resumen en esta Contemplación para crecer en el amor.

Con esto, hemos presentado como corresponde esta paginita de los Ejercicios que, en el humilde envoltorio de unas pocas frases nos brinda cuatro frutos con semilla que son un tesoro y, si se siembran y cultivan, hacen crecer el amor.

         Cuatro semillas de contemplación… para crecer en amor

A continuación, vamos a proponer un modo de rezarla que puede resultar mágico para todos los que sienten que rezan poco, para todos los que les gustaría aprender a rezar. “Enséñanos a rezar”, le dijeron los discípulos al Señor cuando lo vieron rezando al Padre. Nosotros, mirando a Ignacio, que es uno de esos discípulos apasionados siempre por aprender a rezar, uno a quien el Señor le enseñaba a rezar como se enseña a un niño de escuela, de tan ignorante que era en cosas del Espíritu, le pedimos que nos enseñe esta “contemplación para crecer en el amor”. Es una contemplación para pobres, para ignorantes, así que los que ya encontraron su modo de rezar, por favor abstenerse.

Me inspiró una cosa que dijo el Papa acerca de los dos exámenes que San Ignacio propone en los Ejercicios: dijo que “si san Ignacio nos hace examinarnos dos veces por día (no solo a los jesuitas sino a los que hacen los Ejercicios, agrego yo) no es para que contemos cuántas pulgas y piojos tenemos”. Me hizo reír y a la vez me dio mucha vergüenza de haber practicado tan poco y mal en mi vida este ejercicio. Pero también sentí que quedarme en lamentaciones era tentación, así que pedí enseguida la gracia de entender mejor cómo hay que examinarse. Y ahí nomás el Espíritu me iluminó para unir el examen con la contemplación para crecer en el amor!

Se trata de examinarse, sí, pero en el amor. No en pulgas y piojos. No en lo primero que aparece al examinarse: en culpas pasadas y deberes futuribles.

Se trata de mirar dos veces por día cómo está mi corazón. Si está enamorado o no. Si recibe bien y da bien amor. Si creció en devoción y si le doy el gusto de “encontrar al Señor cada vez que lo desea”.

No es lo habitual examinarse en esto. Y el hecho de poner como un deber el examinarse –y la palabra misma “examen”- despiertan ecos afectivos no placenteros. Es una fatiga tener que examinarse. Uno presiente que la nota será siempre baja, que no aprobaremos, que los resultados estarán si no mal del todo, siempre más o menos nomás.

Pero no prejuzguemos! Dejémonos guiar por Ignacio y veamos sobre qué quiere que nos examinemos, qué cosas nos invita a “contemplar”. Las dos primeras semillas, ya fueron sembradas. Son la del amor-regalo y la del amor-estar. Las otras dos semillas son para sembrarlas juntamente: la del amor-trabajo y la de conectar el amor.

Recordar el Amor regalo

El primer punto es “Traer a la memoria los beneficios recibidos”. Este ejercicio de memoria nos hace descubrir que el amor es regalo, el amor es don. El Sembrador ya lo sembró en nuestros terrenos. El Espíritu ya ha sido “derramado en nuestros corazones” y ha crecido en todas las culturas a las que nos envía el Señor.

El ejercicio consiste en examinar haciendo memoria, acordándonos… No es difícil examinar regalos. Imaginémonos de niños, el día de nuestro cumpleaños, con la mesa llena de los regalos que nos van trayendo nuestras tías y primos y nuestros amiguitos.

Este examen ignaciano no tiene nada de introspección ni de correctivos. No es el examen para la una confesión. Estos dos exámenes, para hacer al mediodía y a la noche, son totalmente distintos: se trata de desempaquetar regalos. Es decir, se trata de contemplar bajo la “formalidad” de un regalo, todo lo que pasó durante ese medio día o día entero. Fue regalo despertarme, fue regalo desayunar, fue regalo la familia, fue regalo ir a trabajar… Cuanto más uno pueda “desenvolver” el regalo de los papeles de la rutina que lo envuelven, mejor se irá sintiendo.

Y de tanto ver regalos tan amorosos, surgirá el deseo de agradecerle al que nos los regaló.

Aquí San Ignacio siembra una semilla más, de discernimiento que le sale al paso a una tentación muy instalada: afirma que Dios desea regalarme siempre más, todo lo que pueda, y más todavía, desea “dárseme Él mismo”. Queda así sembrada la “gratuidad creciente” del amor.

Contemplar es mirar todo esto y “ponderarlo con mucho afecto”. El amor regaló mucho y desea regalar siempre más y darse a sí mismo en regalo. No hay mezquindad ni condicionamientos en el amor. Es regalo y punto. Tomar conciencia, pues, dando gracias por tantos beneficios recibidos.

De aquí brota espontáneamente el ofrecimiento: cuando uno recibe tan lindos regalos le dan ganas de regalar. A Ignacio le nació decir:

Tomad, Señor, y recibid

toda mi libertad,

mi memoria, mi entendimiento y toda mi voluntad,

todo mi haber y mi poseer;

Vos me lo diste, a Vos, Señor, lo torno;

todo es vuestro, disponed a toda vuestra voluntad;

dadme vuestro amor y gracia, que ésta me basta.

            Agradeciendo mucho los regalos y regalando uno algo a su vez, es como se crece en el amor. No hace falta ofrecer siempre todo. Uno se puede concentrar en “algo de lo que tiene o puede”. Ofrecer en un momento la memoria, en otro –si uno está leyendo- el entendimiento y si uno va por la calle, algo para dar de limosna del propio haber y poseer…

Contemplar el Amor-estar

El segundo punto es “Contemplar cómo Dios habita, cómo Dios está”. Este amor-estar también ya fue sembrado. El que lo sembró dijo: Yo estoy todos los días con ustedes hasta el fin del mundo. El que lo sembró se quedó como Eucaristía y nos pidió que celebráramos su presencia partiendo el pan “en memoria suya”.

El amor es estar. El amor es presencia, es cercanía, vecindad, compañía. Ignacio no usa mucho la “palabra” amor. Pero describe tan bien sus obras, los gestos de quien ama…, aquí: el simple hecho de estar.

El amor crece cuando la contemplación escudriña y anota prolijamente los lugares donde el Señor estuvo, los lugares donde sé que está.

Y esto va unido a discernir los lugares donde yo puedo estar, las personas a las que quiero visitar o acoger. Esta contemplación del estar, del lugar, tiene que ver con la nota acerca de “donde hay que poner más el amor”. Hay lugares donde el amor “ya se puso”: el sagrario, la casa familiar, la escuela, los lugares donde juegan los niños, los hospitales, la casa de los pobres, la calle…  Hay lugares donde el Señor está escondido y a donde hay que ir a hacerlo explícito: son esas periferias, esas fronteras, donde Él espera que  anunciemos su presencia para que pueda dar fruto.

Un modo de responder a esta “contemplación del habitar de Dios” es hacer pequeñas invocaciones para invitarlo a venir y a permanecer:

“Ven a mi encuentro Padre. Vuelvo arrepentido, con la esperanza de que me quieras abrazar”.

O “Quédate con nosotros Señor, que es tarde y anochece”.

O “Ven Espíritu Santo, eres bienvenido en este lugar”.

O “Ven a casa Jesús e invita al pobre que quieras, la puerta está abierta y partido el pan”.

Discernir el Amor trabajo

El tercer punto que Ignacio nos propone para enamorarnos de Dios, es mirarlo trabajar y discernir nuestro propio modo de trabajar que se acuerda con el suyo.

El amor es regalo y presencia, pero también es trabajo, cultivo, creación, producción, institución… Tiempo.

“Considerar –dice- cómo Dios trabaja y labora por mí en todas cosas creadas sobre la faz de la tierra”.

Ignacio dice que el modo de estar de Dios es como el de un laburante (en latín: “habet se ad modum laborantis”). Así como en los cielos, elementos, plantas, frutos, ganados, etc., Dios trabaja dando ser, conservando, vegetando y sintiendo, etc. Después reflexionar en mí mismo (como trabaja Dios)”.

Qué tengo que reflexionar? Ignacio “deja picando la pelota”. Es evidente que Dios “trabaja” en toda la creación. Es evidente que todas las cosas “trabajan”, cada una según su naturaleza y su instinto: nunca está ociosa la creación. Ignacio deja que discernamos y elijamos nosotros -ya que también somos creaturas, pero libres- cuál es nuestro trabajo propio, ese en el que Dios puede “trabajar conmigo”, estar en mí trabajando, no solo dándome el ser o dándome regalos, o haciendo todo el trabajo por mí.

Este ejercicio es como decir: cuando trabajo bien –en mi carisma, en mi misión y en mi puesto-, el Señor trabaja conmigo, hace cosas a través mío… Allí “cosecho”, si no “desparramo”, aunque sea hiperactivo y produzca mucho…

Una reflexión interesante puede ser la siguiente: no puedo “ser más de lo que soy” ni “darle al Señor más espacio que el que tengo en mi corazón”, pero sí puedo discernir cómo, dónde y en qué trabajar más y mejor, sí puedo especializarme en mi carisma para que Dios trabaje mejor con mis manos. En esto, los artistas y los santos nos dan testimonio de cuánto puede potenciar nuestro trabajo el del Señor, cuánto puedo embellecer y mejorar la creación. El amor “trabajo” puede crecer mancomunadamente.

Conectar contemplativamente mi amor a su Amor

El cuarto punto es para conectar amores. Consiste en “mirar cómo los bienes y dones descienden de arriba”.

El amor une, conecta: conecta bienes, conecta corazones, conecta personas. Contemplar cómo todo lo de abajo está conectado con lo de arriba, hace crecer nuestro amor. Y es un servicio establecer -contemplativamente- esta conexión y brindar el servicio a los demás, como si uno brindara un Wifi.

Cuando nos conectamos con lo Alto, apreciamos más cada pequeña cosa, cada limitada y frágil cosa, porque la vemos en su fuente y en su perfección futura. Lo que en nosotros es limitado y medido, proviene de Dios: de su suma potencia, de su suma justicia, de su suma bondad, piedad y misericordia…

La dinámica de conectar las cosas en el amor es la del Magníficat, aunque no lo diga Ignacio, supone que tenemos entendimiento. Es la dinámica de “engrandecer a Dios -como hace nuestra Señora-, porque miró con bondad su pequeñez”.

Si hay contemplación que haga crecer en el amor y enamorarse de Dios y de nuestros pueblos, es la que mira a Dios en los ojos de María.

A través de ellos vemos claro qué significa que el amor es comunicación, cómo nuestro Dios es “un Dios que se ha enamorado de nuestra pequeñez” y cuánto podemos crecer en ese amor.

La dinámica del Magníficat es también la de estas pequeñas oraciones para crecer en el amor, que buscan conectar lo pequeño con lo grande. Eso es lo cristiano, decía Ignacio: no achicarse ante lo grande de un amor que siempre puede crecer más y, sin embargo, dejarse contener por lo pequeño de su concreción en cada cosa. Jesús estableció esta conexión entre amores cuando dice: lo que le hiciste al más pequeño de los míos a mí me lo hiciste. Es la misma conexión que uno hace cuando ve, por ejemplo, que alguien le hace un bien a un hijo y dice: lo que le hacés de bien a mi hijo, me lo hacés a mí.

…..

La esperanza de poder crecer en facilidad para encontrar a Dios en todas las cosas y siempre que queramos, nos permite discernir “lo que es de Dios” y lo que es del mal espíritu, en clave de lo que nos hace “crecer en el amor” y lo que no nos deja crecer en él o nos desanima, nos aleja, nos hace amar menos, con menos fuerza, con menos gozo.

La propuesta, por tanto, para los que se sienten “pobres en oración”, es practicar dos veces por día (o todo lo que quieran y puedan, cuanto más mejor) alguno de los puntos para “crecer en amor”: recordar algunos beneficios del Amor-regalo, dando gracias y ofreciendo, contemplar algún lugar donde el amor está, e ir a visitarlo, discernir mirando mi trabajo, para ver si estoy en mi lugar y haciendo las cosas al estilo de Jesús, de modo tal que colabore y no desparrame, conectar amores, pequeños gestos con gran amor, como decía Madre Teresa. Veremos entonces, cómo nuestro amor crece, maravillosamente.

Momento de contemplación

Marta Irigoy

La Contemplación para Alcanzar amor, que propone San Ignacio al terminar los Ejercicios Espirituales, puede ayudarnos a hacer una “contemplación agradecida”, de todo este año que está concluyendo…

Esta “contemplación agradecida de tanto bien recibido” puede ayudarnos a descubrir la presencia de Dios envuelta en la sorpresa y  en la esperanza que fue sosteniendo nuestro caminar en este año y desde la admiración de descubrir todo lo que Dios nos ha “comunicado de cuanto tiene” hacer el gesto de ofrecernos sabiendo que las Manos del Padre, seguirán sosteniendo con su tierna mirada y providencia nuestra vida, envuelta en la pequeñez y la sencillez de la vida cotidiana…

Estas preguntas pueden ayudarnos a una contemplación agradecida…

  • ¿En qué aspecto de tu vida creció la esperanza en este año?
  • ¿Dónde has descubierto el “trabajo de Dios en tu vida”?

Cuando la esperanza está escondida en el cansancio, en el dolor, en la monotonía, nos solemos preguntar: ¿cómo hacer revivir la esperanza?

Por eso, quiero terminar con este texto anónimo, que puede ser de ayuda para preparar nuestro Adviento:

Donde hay desaliento y desconfianza en el futuro: ¡Ven Señor, Jesús!
Donde crecen la intolerancia y la violencia: ¡Ven Señor, Jesús!
Donde abunda la injusticia y se margina al débil: ¡Ven Señor, Jesús!
Cuando la llama está a punto de apagarse: ¡Ven, Señor, Jesús!
Cuando los buenos se cansan de hacer el bien: ¡Ven, Señor, Jesús!
Cuando todo parece quedar en un intento: ¡Ven, Señor, Jesús!
Cuando la soledad no es sonora, ni música el silencio: ¡Ven, Señor, Jesús!

Comprometerse a anunciar la esperanza es:

–   Hablar con Jesús y hablar de Jesús con tu vida.

–   Vivir tu fe en comunidad.

–   Disfrutar de la vida.

–   Acompañar desde tu debilidad a los más débiles.

–   Creer en la bondad de un Padre que es todo ternura y amor.

–   Aceptar tus límites y seguir cantando

–   Contemplar a María como mujer donde todas las esperas se cumplen en plenitud.

–   Dar respuesta desde tus dones a los desafíos que llaman a tu puerta.

–   Sembrar gratuidad a tu alrededor.

–   Dejarse sorprender por lo inesperado, por Dios que llega siempre con ropaje nuevo.

–   Querer mucho a la gente.

–   Romper toda frontera y saludar la nueva humanidad que el Espíritu recrea cada noche.

No tenemos que pensar que se trata de una larga contemplación que uno podría hacer de vez en cuando. Tiene, por ejemplo, dos notas sobre el amor que bien podrían ser tres Twets; una breve oración para ofrecerse y ofrecer cosas de cada momento; y puntos que se podrían pasar como cuatro videítos, para mirar el amor de Dios en acción: uno, recordando sus beneficios que pueden ser del día o de una etapa; otros dos mirando a Dios cómo está y como trabaja, en un paisaje, en una creatura o en una institución, por ejemplo; y el último, mirar cada don como “viniendo de lo alto”, como del sol los rayos. Uno puede hacer esta contemplación como quien graba un video corto, en medio de la jornada, porque en alguna situación concreta “descubre” el brillo del amor de Dios.

Anuncios

Read Full Post »

esperanza.jpg

Pedir al Espíritu saber discernir, detrás de cada pecado, una tentación de desesperanza

Momento de Reflexión para sacar provecho

Diego Fares sj

Amor incondicional y esperanza

Todos hemos tenido de niños alguna experiencia de desesperación de la que solo el amor de nuestra madre nos calmó y nos contuvo. He visto a tantas mamás junto a la cama de hospital, cuidando a sus hijos sin moverse de su lado. Agotadas y enteras, sin la menor sombra de duda acerca de si deben estar tanto. Recuerdo un año en el que, por ir a bautizar a un bebé –José Ignacio- en el hospital italiano, me hice amigo de varias familias que tenían a sus hijos en la misma terapia. Durante más de dos meses pasaba casi todas las tardes a hacerles una visita. En una de esas charlas en las que con delicadeza trataba de hacer hablar un poquito a los papás, ya que todos tenían como un nudo en la garganta, le pregunté a una mamá cómo hacía, ya que llevaban meses sin moverse de allí. Recuerdo su expresión: era la de alguien que se había olvidado totalmente de mirarse a sí misma. Me dijo: “No sé. ¿Dónde más podría estar?”. Solo ellos calmaban -en sus crisis de llanto y pataleo- a su hijito que sufría. En experiencias como esa, previas a las conscientes, de un amor absolutamente presente, cuya mano acude a acariciarnos apenas movemos la nuestra, se funda lo que expresamos cuando decimos que “la esperanza es lo último que se pierde”. De allí viene que los niños, cuando se encuentran en una situación desesperada y alguien intenta consolarlos, digan llorando “yo quiero a mi mamá”. Y que un soldado escriba: Islas Malvinas, 2 de junio 82. Querida Mamá: Hola, ¿cómo estás?, muy bien pues me alegro muchísimo, porque esa es mi única preocupación al igual que papá por supuesto”. Él escribe y se responde en el único diálogo interior siempre retomado, que sostiene su esperanza en el frío del refugio, bajo el ruido de los cañones que repite la palabra muerte. La esperanza es una fuerza de convicción que nace de las entrañas y del corazón. Es previa a todo razonamiento. La encendió el primer abrazo que recibimos al nacer y por eso, si se apaga, uno siempre espera que alguien o algo la reencienda.

Esperanza y perdón

Lo mismo sucede con el perdón. Creer en el perdón, confiar en que de veras alguien puede ser misericordioso con nosotros cuando hemos hecho un gran mal, cuando hemos sido infieles y hemos traicionado, experimentar como algo real la posibilidad de ser bien recibidos, es algo que se juega allí donde somos hijos. Ni siquiera digo hermanos o amigos. Sólo un padre y una madre pueden perdonar incondicionalmente. Y esto porque a nivel existencial se encuentran situados “antes” de todo mal, en ese lugar en el que la vida es un bien absoluto y primero, desde el cual todo se puede reparar.

Seguía escribiendo así el soldado de Malvinas: “Mamá quiero que sepas que muchas veces no hice caso a tus consejos y reproches(.) fue por chiquilín o por estúpido como lo es uno cuando es adolescente y lo único que piensa es joder, o no sé, porquerías y ahora valoro y comprendo todos tus consejos”.

En la conciencia de ser hijos se pasa naturalmente del agradecimiento por el amor a la necesidad de pedir perdón. El dar por descontado que se obtendrá misericordia va junto a la necesidad de reparar. Todo es sincero en esta relación filial. Por eso, cultivar y ampliar esta conciencia de ser creaturas y de ser hijos queridos, es lo primero si queremos corregir errores y reparar los daños del pecado. Solo el amor absoluto del que nos soñó y nos creó buenos, puede hacer que nuestra esperanza supere todos los males. Solo la esperanza en el amor incondicional del que es nuestro Padre, ese amor al que solo le interesa nuestra felicidad y nuestro bien, puede hacer que nuestra esperanza en su misericordia venza toda culpa, toda desconfianza, todo desaliento.

“Me levantaré y volveré junto a mi Padre”: en estas palabras que el hijo pródigo se dice a sí mismo cuando, estando en lo más bajo de su degradación, recuerda el olor a pan de la casa paterna y se deja movilizar por la esperanza cierta de que su Padre lo recibirá, al menos como sirviente, en estas palabras, digo, está plasmada la imagen de cómo sólo un amor de Padre es capaz de engendrar una esperanza total en el corazón de un hijo. Otro tipo de relaciones –entre patrón y empleado, entre médico y paciente o entre maestro y discípulo y aún entre hermanos o amigos- no son capaces de generar una esperanza indestructible. Solo el Padre Misericordioso engendra hijos esperanzados. Jesús, el Hijo amado que por eso mismo es nuestra Esperanza, dio la vida para testimoniar esta verdad, la más decisiva.

Desesperanza y pecado

Es por esto que el primer discernimiento debe ser descubrir, en todo pecado, no tanto la raíz sicológica o moral, sino la previa tentación de desesperanza, que frenó y torció de alguna manera, el natural impulso al bien que el Espíritu Santo alimenta en todo momento con su gracia. Detrás de todo pecado podemos discernir –prolongado o breve- un acto de desesperanza.

Veamos ejemplos. La ira. ¿Cuándo comienza un niño a gritar? Cuando primero se desespera porque su mamá no le hace caso a sus pedidos y argumentos. Entonces sube la voz, grita y patalea. Lo mismo con los grandes. El diálogo, en cambio, se sostiene con actos concretos de esperanza: espero que me entiendas; tomate tu tiempo; me doy tiempo yo y con paciencia espera a que te expliques bien, a que puedas decir todo lo que sentís… Son todas actitudes de esperanza las que mantienen el diálogo, las que apuestan a él.

La avaricia. ¿Cuándo agarra un niño todos los caramelos y los acapara? Cuando primero se desespera porque le hacen esperar o porque ve que no le darán todos los que quiere. Especialmente si hay otros en torno: su conciencia mimética percibe la misma avaricia en los gestos de los otros niños y calcula de alguna manera que si no se apura, otro le arrebatará los suyo.

La lujuria. La lujuria es la sexualidad que pierde ternura y se exacerba, obrando con avaricia y agresividad. ¿Cuándo se exacerba? Cuando primero desespera de que el respeto por el otro y la ternura puedan contener y encauzar la fuerza de la pasión. La pasión sexual no es dominable pero sí encauzable (no tenemos dominio absoluto sobre la concupiscencia, pero podemos reencauzarla una y otra vez, con humildad y paciencia). Sólo la esperanza de un amor único y pleno puede reorientar, una y otra vez, la sexualidad.

La falta de solidaridad. ¿Cuándo se endurece el corazón y se cierra la mirada a las necesidades del prójimo para no sentir compasión? ¿No es acaso cuando uno hace un juicio que desespera de que, compartiendo, vaya a alcanzar para todos? Sólo la esperanza del círculo virtuoso que la solidaridad genera es capaz de vencer la desesperanza que lleva a cada cual a interesarse exclusivamente por lo propio.

Y así, con todos los pecados. Cada uno está invitado a discernir cuál es la palabra o la frase de desesperanza que el mal espíritu le impone antes de sugerirle un pecado. Aquí hace falta una distinción filosófica. Que la desesperanza venga “antes” de cualquier pecado no implica un “antes” que se pueda percibir temporalmente. A veces la desesperanza es simultánea o posterior al pecado. Lo importante es que tiene anterioridad “ontológica”. Está en un nivel más básico. Y hace bien reflexionar inteligentemente acerca de esto. Porque allí es donde el mal espíritu nos tienta. Los pecados capitales que se derivan de la desesperanza se desencadenan solos. Sin la lucidez de la esperanza, cada pasión corre hacia su objeto ciegamente, chocando con todos y destruyendo todo a su paso.

Si un padre no tiene esperanza en su hijo, esto se transluce en todo. En un reto, por ejemplo, la esperanza se experimenta en la moderación, en cambio la crueldad transmite desesperación. En un gesto de amor, la esperanza se muestra en el abrirse al bien del otro, con todas las exigencias que eso acarrea. La falta de una esperanza grande, en cambio, se nota en el resignarse a ser bueno uno. Esto no es poco. Pero la esperanza es virtud de lo arduo, de lo más grande, de lo que incluye a todos. Y si en el mal, neutralizarlo o elegir lo menos malo, es bueno, en el amor, no ir por más, es muy triste.

Pequeños gestos de misericordia con gran esperanza

Pongamos un ejemplo positivo: Cuando damos con todo nuestro amor y deseo de bien una limosna a un mendigo y esta persona nos lo agradece con gran alegría y con una bendición, ¿no se nos ensancha el corazón, haciendo que se encienda la esperanza de que otro tipo de vínculos es posible? Por el contrario, cuando rechazamos el pensamiento de que podríamos dar una moneda y apuramos el paso sin mirar al mendigo, ¿no se nos estruja por un rato el corazón y sentimos que hemos consentido a la desesperanza, aunque el acto en sí haya sido poco significativo?

Escuchemos algunas frases del papa acerca de la limosna a los mendigos. Transcribo el texto:

Periodista: Muchos se preguntan si es justo dar limosna a las personas que piden ayuda en la calle; ¿Qué responde?

Papa Francisco. “Hay tantos argumentos para justificarse a sí mismo cuando no se da limosna. “¿Pero ¡cómo!, yo le doy el dinero y luego se lo gasta en un vaso de vino?”. (¿Y si) Un vaso de vino es la única felicidad que tiene en la vida (?). Eso está bien (darle y que él se lo tome si quiere). (Y ya que tú te haces tantos planteos ante una limosna) Pregúntate, más bien, que es lo que haces tú en secreto. ¿Que felicidad buscas (tú) a escondidas?

O bien, (si) a diferencia de él, eres más afortunado, tienes una casa, una esposa, hijos, (preguntate) ¿Qué es lo que te lleva a decir, “Ocúpense ustedes de él”? Una ayuda siempre es justa. (Bien hecha) Desde luego, (porque) no es bueno lanzar al pobre solo algunas monedas. Es importante el gesto, ayudar a los que piden mirándoles a los ojos y tocando sus manos. Echar el dinero y no mirar a los ojos, no es un gesto de cristiano… Enseñar la caridad no es descargar las propias culpas, pero es un acercarse, un mirar a una miseria que llevo dentro de mí y que el Señor comprende y salva. Porque todos tenemos miserias dentro”.

  1. P. Santidad, cuando encuentra a una persona sin domicilio fijo ¿Qué es lo primero que le dice?

Papa Francisco. “Buenos días.” “¿Cómo estás?” Las personas que viven en la calle entienden de inmediato cuando hay un interés real por parte de la otra persona o cuando hay, no quiero decir ese sentimiento de compasión, pero sí, ciertamente de pena. Se puede ver una persona sin hogar y mirarlo como una persona, o como un perro. Y ellos se dan cuenta de esta forma diferente de mirar.

El Papa Francisco recordó que, en el Arzobispado, en Buenos Aires, debajo de un portón, entre las rejas y la banqueta, vivían una familia y una pareja. “Me los encontraba todas las mañanas cuando salía – dijo – los saludaba y siempre intercambiaba algunas palabras con ellos. Nunca pensé correrlos de ahí. Algunos me decían: ‘Ensucian la Curia’, pero la suciedad está dentro, precisa el Papa. Creo que hay que hablar de esas personas con gran humanidad, no como si tuvieran que pagarnos una deuda, y no hay que tratarlas como si fueran pobres perros”.

Un obispo -Thomas Tobin-, de los EEUU sacó, cuatro días después en su blog, varias “razones para no dar limosna a los pobres en la calle”. Dijo, por supuesto, que no lo decía contra el Papa, sino que razonaba en general de un tema propuesto antes y que el paternalismo… y la degradación… y el dar a las instituciones…

La gente se plantea el tema en la confesión, porque (al menos en Roma), los mendigos están por todos lados y muchos son muy insistentes para pedir. El punto es que uno puede notar la diferencia en el modo de encarar el tema.

El discurso del obispo soluciona el caso en abstracto. Permite blindar la conciencia de modo tal que uno pueda salir de comulgar e ir a almorzar (con vino bueno, por supuesto) sin que un sentimiento de pena ante el mendigo cuya única felicidad de ese día sea quizás tomarse un vinito, le ensombrezca su camino.

El papa en cambio, conecta la felicidad del otro y la nuestra. Hace reflexionar acerca de los vicios del pobre, que están a la vista de todos, y los nuestros, mejor escondidos y maquillados. Distingue compasión y pena. La compasión es un poco desde arriba, la pena, en cambio, nos iguala. Nos hace reflexionar si alguna vez no solo miramos a los ojos a un mendigo y le tocamos la mano al darles una moneda, sino que va más hondo y nos hace pensar si le dijimos “buenos días” y le preguntamos “cómo estás”, si lo tratamos como un ser humano o como un perrito.

Un discurso, el del obispo, te quita la culpa (y de paso te ahorra el trabajo de buscar una moneda), pero te deja neutro en lo que hace a la esperanza.

El otro discurso, el del papa Francisco, te complica la vida, pero te enciende la esperanza. Digo que te complica la vida, porque tendrás que discernir a quién le das, cómo le das, si rezás por aquellos a los que no podés darle, si conectás la limosna con tus pecados (por ejemplo, con la pornografía que es como dar una monedita a los de la trata, cada vez que hacés un click. El mundo de hoy nos hace dar –inconscientemente- tantas limosnas indoloras, ganando dinero real con nuestra participación virtual…).

El criterio de lo que da esperanza y lo que nos la quita (o la deja en punto neutro, lo cual es peor) es el criterio base para discernir el modo de tratar nuestros pecados que tiene el Buen Espíritu y el malo.

El Buen Espíritu siempre alienta la esperanza en la Misericordia infinita del Padre, que nos lleva a querer ser más misericordiosos – con infinito respeto y delicadeza- con los demás.

 

La Esperanza nace de un Corazón que se sabe Misericordiado

Momento de contemplación

Marta Irigoy

Estamos a las Puertas de la Semana Santa que nos recuerda cada año que la Misericordia nos amó hasta el extremo…

Decía, más arriba el Padre Diego:

“La esperanza es una fuerza de convicción que nace de las entrañas y del corazón”.

“Solo el Padre Misericordioso engendra hijos esperanzados. Jesús, el Hijo amado que por eso mismo es nuestra Esperanza, dio la vida para testimoniar esta verdad, la más decisiva”.

Por eso, la invitación para este momento de contemplar, será “sentir y gustar” el texto del Lavatorio de Pies y recordar las veces que, en esta Cuaresma, he sentido como el Señor, se arrodilló ante mí y me lavo los pies…

Juan 13, 1-17

“Antes de la fiesta de Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, él, que había amado a los suyos que quedaban en el mundo, los amó hasta el fin.

Durante la Cena, cuando el demonio ya había inspirado a Judas Iscariote, hijo de Simón, el propósito de entregarlo, sabiendo Jesús que el Padre había puesto todo en sus manos y que él había venido de Dios y volvía a Dios, se levantó de la mesa, se sacó el manto y tomando una toalla se la ató a la cintura. Luego echó agua en un recipiente y empezó a lavar los pies a los discípulos y a secárselos con la toalla que tenía en la cintura.

Cuando se acercó a Simón Pedro, este le dijo: «¿Tú, ¿Señor, me vas a lavar los pies a mí?».  Jesús le respondió: «No puedes comprender ahora lo que estoy haciendo, pero después lo comprenderás». «No, le dijo Pedro, ¡tú jamás me lavarás los pies a mí!». Jesús le respondió: «Si yo no te lavo, no podrás compartir mi suerte». «Entonces, Señor, le dijo Simón Pedro, ¡no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza!». Jesús le dijo: «El que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque está completamente limpio.

Ustedes también están limpios, aunque no todos». Él sabía quién lo iba a entregar, y por eso había dicho: «No todos ustedes están limpios». Después de haberles lavado los pies, se puso el manto, volvió a la mesa y les dijo: «¿Comprenden lo que acabo de hacer con ustedes?  Ustedes me llaman Maestro y Señor, y tienen razón, porque lo soy. Si yo, que soy el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, ustedes también deben lavarse los pies unos a otros. Les he dado el ejemplo, para que hagan lo mismo que yo hice con ustedes. Les aseguro que el servidor no es más grande que su señor, ni el enviado más grande que el que lo envía. Ustedes serán felices si, sabiendo estas cosas, las practican”.

De esta experiencia, de sabernos misericordiados, podrá nacer la esperanza en nuestros corazones y podremos alcanzar, cada uno dentro en la medida de la gracia, una de las últimas Bienaventuranzas que Jesús nos deja como camino y horizonte. Es la bienaventuranza que Jesús le proclama a Tomás: “Ahora crees, porque me has visto, Felices los que creen sin haber visto (Jn 20, 29)”. Serán felices…

 

Si Jesús se ha arrodillado para lavar nuestros pies, para quitar la suciedad que se va pegando en el trajín cotidiano,

También nosotros podremos arrodillarnos ante el hermano que pide:

una moneda,

una palabra,

quizás un gesto,

que me detenga un momento para escucharlo…

 

También nosotros podemos conmovernos con esa esperanza de ser dichoso en el servicio que me ha sido regalada y que se nos invita a compartir…

 

También nosotros podemos recordar:

Que la esperanza es una fuerza de convicción que nace de las entrañas y del corazón;

            que solo el Padre Misericordioso engendra hijos esperanzados;

            y que Jesús, el Hijo amado, que por eso mismo es nuestra Esperanza, dio la vida para testimoniar esta verdad, la más decisiva”.

Entonces, quizás comprenderemos que:

 

Mi esperanza, no es mía… es de aquel que la necesita…

Y Feliz de mí… si sabiendo estas cosas…

Las practico…

 

Que tengamos una Fecunda Semana Santa y una Gozosa Resurrección…

proyectoscolectivos.jpg

 

 

 

Read Full Post »

a orillas del lago.jpg 

Momento de Meditación

Diego Fares sj

En la cuarta semana, lo que hemos elegido y reformado en nuestra vida, tiene que ser perfeccionado por la alegría y el gozo de la Resurrección. ¿Cómo es esto de que el gozo y la alegría “consuman y perfeccionan” una elección y reforma de vida?

Tenemos claro que, si no estamos dispuestos a “padecer” con Jesús, a cargar la Cruz, a sufrir humillaciones y pobreza, no somos verdaderos discípulos suyos. Pero qué decir de la alegría… Pero ¿estamos dispuestos a alegrarnos con Él?

La vida cotidiana es donde se “encarna Jesús resucitado”, si se puede decir así. Jesús resucitado se encarna en la alegría de una vida sencilla, sí, pero abierta a disfrutar intensamente. A disfrutar en la alabanza de la belleza de la creación; a disfrutar poniendo lo mejor de nuestra parte para hacer que la vida de nuestra familia y de nuestra comunidad sea un ámbito de paz y de gozo para todos, especialmente para los hijos pródigos; a disfrutar trabajando con entusiasmo y espíritu de colaboración para mejorar este mundo, haciendo participar de nuestros bienes a los más necesitados…

No las “grandes cosas” sino la alegría de los pequeños gestos hechos con gran amor es la respuesta a un Jesús resucitado que quiere encarnarse nuevamente en nuestra vida cotidiana. Si hace falta alguna “prueba” de esto, basta con mirar el modo y el estilo con que se aparece Jesús resucitado: como un simple jardinero a María Magdalena, como un compañero de camino, a los de Emaús, como uno que pide que le den algo de comer, a los discípulos, como el que hace de cocinero y les prepara el desayuno, en el lago…

María en la cuarta semana

Esta reflexión nace de contemplar la “impostación mariana” de la cuarta semana. Es decir: al contemplar el rol de María que Ignacio “descubre” y expresa en esa frase simple y punzante: “la Escritura supone que tenemos entendimiento”.

En los Ejercicios siempre distinguimos dos tipos de meditaciones y contemplaciones: las que Ignacio toma directamente de la Escritura, especialmente del Evangelio-, y las que él “creó” con la gracia del Espíritu y que llamamos “estructurales” –la del Rey terreno y el Rey eterno, las dos Banderas… etc. Pues bien, aquí en la cuarta semana, Ignacio pone esta “Cómo Cristo nuestro Señor apareció a nuestra Señora” (EE 218-225). En el Apéndice, al final de los EE, donde da un elenco con puntos para cada contemplación de “Los misterios de la Vida de la Vida de Cristo nuestro Señor(EE 261-312) titula así: “De la resurrección de Cristo Nuestro Señor: de la primera aparición suya” (EE 299).

La verdad es que siempre me había quedado una cierta “indecisión” ante esta contemplación, que no parece ni totalmente del evangelio ni totalmente estructural. Me parecía como el fruto de la religiosidad popular de Ignacio, de su piedad. Hoy la veo, por gracia, como el primer fruto de la resurrección del Señor, que unifica el Evangelio canónico, digamos, y el evangelio personal. Los unifica en la libertad que genera la fe cuando interactúa con el Señor resucitado. Y esta nueva “encarnación” solo se puede dar gracias a María, a la relación de María con Jesús resucitado. Al usar esta clave de lectura,  es bueno recordar lo que siempre dice el Papa, tomando a los Padres: que María es el tipo –modelo- de la Iglesia. Lo que se dice de Ella como persona, se puede aplicar a toda la Iglesia de modo universal y cada uno a su alma de modo particular.

Tenemos entonces que, al poner la primera aparición del Señor resucitado a su Madre, Ignacio no está “agregando” simplemente una contemplación piadosa a las que narran los evangelios, sino que nos está dando el Modelo de todas las contemplaciones de la Resurrección y una nueva “Estructura” para la Cuarta Semana y para la vida.

Toda la Cuarta Semana respira “libertad espiritual”. Ignacio da libertad al ejercitante, que supone ya como una persona discreta (que tiene entendimiento), para agregar o quitar puntos, para hacer menos oraciones y menos penitencia, ya que con la consolación puede recibir el fruto de la oración sin tanto esfuerzo de su parte… etc. Esta libertad revela el sentido que tiene la penitencia y el esfuerzo que a veces se toma como lo característico de un “voluntarismo” ignaciano. Nada de eso: Ignacio es realista y así como sabe que para luchar contra los afectos desordenados hay que poner esfuerzo, también sabe que cuando la gracia sobreabunda, hay que dejarse llevar por la bondad del Señor y basta con “no poner impedimentos”.

Ambientación mariana

Los dos “preámbulos” a la contemplación –la síntesis de la historia y la composición del lugar- nos centran en María, en su casa.

En la narración de la historia, el viaje del Señor es un descenso al infierno y luego una “ascensión” a visitar a su “bendita Madre (EE 219).

En la composición del lugar: los lugares que contrapone Ignacio son “el santo sepulcro” y “el lugar o casa de nuestra Señora, mirando cada parte, la cámara, el oratorio, etc.” (EE 220).

Esta ambientación Mariana de la resurrección es parte de la clave de lectura que estamos descubriendo. Fijémonos que Ignacio no contrapone Infierno y Cielo, o Sepulcro y un Jesús resucitado solo y esplendoroso, como se lo suele pintar, sino que contrapone descenso al Infierno y “ascenso a la casa de María, su bendita Madre”; sepulcro y lugar o casa de nuestra Señora.

Jesús resucitado viene a habitar la casa de María, la Iglesia y nuestra alma. La ambientación de Ignacio respira vida cotidiana, trae de vuelta el perfume de Belén y de Nazaret, las alegrías de la vida oculta del Señor en su familia, con María y San José.

Pedir insistentemente la consolación

La petición es “gracia para me alegrar y gozar intensamente de tanta gloria y gozo de Cristo nuestro Señor” (EE 221).

El tono es el del Magnificat, sin duda. Y se puede rezar perfectamente ese punto de “oír lo que dicen” imaginando que María canta el Magnificat al encontrarse con su Hijo Resucitado.

El Señor, así como consuela a su Madre, quiere consolar a toda la Iglesia y a cada persona concreta. Ya que dio la vida por todos y la habría dado por uno solo, por el más pequeñito de los hombres, también su oficio de consolar lo ejerce con toda la Iglesia y con cada persona que se pone en oración.

Ignacio, como nos dijo el Papa a los jesuitas en su visita a nuestra Congregación General 36, nos insta a “pedir insistentemente la consolación”. En esto de pedir y pedir consolación, para bien de nuestra alma, para bien de los que nos rodean y como servicio a un evangelio que necesita ser anunciado por evangelizadores alegres, siempre podemos dar un pasito más.

Una reflexión sobre los puntos que da Ignacio

Podemos considera, pues, esta contemplación como un gran regalo de Ignacio. Digo regalo porque es fruto de su oración, de una oración “perfeccionada” por los Ejercicios, que le ha dado gran libertad de espíritu y un “entendimiento” evangélico de las cosas de Dios.

Ignacio se anima a “imaginar en la fe” el encuentro de Jesús con su Madre y “defiende” esta libertad diciendo: (Jesús resucitado) “Apareció a la Virgen María, lo cual, aunque no se diga en la Escritura se tiene por dicho, en decir que apareció a tantos otros; porque la Escritura supone que tenemos entendimiento, como está escrito: ‘También vosotros estáis sin entendimiento?’ (Mt 15, 16)” (EE 299).

Al igual que en la Pasión, Ignacio pone en esta contemplación los tres puntos acostumbrados, de mirar las personas, oír lo que dicen y ver lo que hacen, y agrega dos que son especiales.

Uno es “considerar cómo la Divinidad, que parecía esconderse en la pasión, aparece y se muestra tan milagrosamente en la santísima resurrección, por los verdaderos y santísimos efectos de ella” (EE 223).

El otro punto dice: mirar el oficio de consolar, que Cristo nuestro Señor trae, y compararlo cómo unos amigos suelen consolar a otros” (EE 224).

Nos detenemos unos instantes para unir estas tres cosas:

  • el “oficio de consolar” de Jesús,
  • “los efectos o frutos de la resurrección”, que Ignacio califica de “verdaderos y santísimos”
  • y la suposición de la Escritura de que “tenemos entendimiento”.

Estas tres cosas dan una gran confianza y familiaridad en la contemplación y en la vida cristiana porque conectan experiencias que no siempre tenemos bien integradas y cuya integridad es atacada por la tentación.

Uno siente a veces mociones de alegría al rezar, siente consolaciones y piensa cosas, pero no siempre las conecta con que son “efectos verdaderos y santísimos” de un trabajo que activamente está realizando el Señor resucitado.

Más aún son frutos de algo que es propiamente Su Oficio.

Es verdad que hay que “discernir” bien y no engañarse con cualquier sentimiento.

Pero el primer discernimiento es que “cuando nuestra alma se inflama en amor a su Creador y Señor y siente que no puede amar ninguna cosa creada en sí misma sino en el Creador de todas ellas. Y cuando a uno le brotan lágrimas de amor a su Señor, o por el dolor de sus pecados o contemplando la pasión de Cristo. Cuando uno siente deseo de obrar en servicio y alabanza de Dios y también cuando experimenta aumento de esperanza, fe y caridad, y una alegría interior que lo llama y atrae a las cosas del cielo y a la propia salud de su alma, aquietándola y pacificándola en su Creador y Señor, el primer discernimiento, digo, es juzgar claramente que todo esto es una consolación. Sin ningún lugar a engaño.

Estas cosas son “efectos verdaderos y santísimos” que sólo el Señor “produce”. Él es el que está obrando activamente y disponiendo estas gracias para consolar a sus amigos.

Entender esto, el Evangelio supone que lo entendemos.

Es decir: que la consolación no solo somos capaces de “sentirla” sino de “entenderla”.

Qué quiere decir que entendemos?

Quiere decir que como personas comunes, somos capaces de entender perfectamente lo que es un don y cómo supone un Donante.

La experiencia del don es básica en la vida humana y está en la raíz misma de lo que significa hablar, comunicarse, entenderse. Cuando nuestros padres nos hablaban y nos hacían gestos de cariño, antes que las palabras mismas, comprendíamos el don de sí que nos hacían.

Este don es lo que motiva y despierta el deseo de responder y nos hace desear hablar y aprender las palabras.

En la consolaciones entendemos que son regalo por el gusto, la alegría y la dilatación del corazón que nos producen. Y se confirma que son don de Otro por la vía negativa: comprendemos que no son algo nuestro, porque estas consolaciones no son algo que podamos sentir cuando nos lo proponemos ni manejar a gusto.

Además de lo humano, está la gracia. La consolación no es una energía muda o ciega sino que, al mismo tiempo que se hace sentir, también se “explica”, es comprensible para la fe, la despierta y la alimenta. Por eso, la verdad de fe de que Jesús resucitado es el que desempeña este oficio de consolar, es algo que se nos da junto con la consolación misma.

La consolación se da y se explica y nos dice de Quién viene.

Y si en alguna parte de la consolación puede ser que uno exagere, o meta cosas propias, o la achique, o lo que sea, en conjunto, una consolación es una consolación y el mismo Señor que la da, la va ajustando.

Por eso Ignacio habla de “todo aumento” de “esperanza” (primero), en el sentido de que lo que uno recibe es de tal calidad y bondad que aumenta la esperanza de recibirlo más y mejor. Esto contra la tentación que a veces “mata” de entrada a la consolación, al querer hacernos sentir que será algo pasajero y que nunca volverá a ser lo mismo. Todo lo contrario. La esperanza de recibir más y de recibirlo mejor es el juicio correcto si uno mira bien lo que está recibiendo.

Segundo Ignacio pone “todo aumento de fe”, en el sentido de que la consolación misma nos hace confiar más en el Señor que nos la da y nos lleva a conocer la donante en su don.

Tercero pone Ignacio “aumento de caridad”, como consolidación y fruto de las otras dos gracias.

 

Momento de Contemplación

Marta Irigoy

Como cita el P. Diego; el Papa Francisco al hablarle a los jesuitas, les dijo que hay que “pedir insistentemente la consolación”…

Hoy queremos también, pedir este Don, que es Dios mismo… para cada uno de nosotros!

San Ignacio dice que Dios quiere dársenos… y para recibir este regalo hay que entrar en nuestro interior y descubrir en qué lugar o aspecto de mi vida, estoy necesitando la visita de Dios.

en mis desolaciones…

en mis fragilidades…

en mis tristezas…

………………

Y así, como les paso a Zaqueo, a Abraham y en especial a Nuestra Señora…podamos “dejarnos” consolar…

El signo, será la alegría, la confianza y la esperanza, que desbordaran nuestra vida…

Y esto será para bien de los que nos rodean y como servicio a un Evangelio que necesita ser anunciado por evangelizadores alegres –como dice el P. Diego, más arriba.

Terminamos rezando esta Oración de san Alberto Hurtado –sj.

“Señor, son tantos los que sufren

en el mundo de hoy

y tan pocos los que saben

olvidar su dolor.

Yo quiero ser luz

que refleje tu lámpara

y levadura buena

que te esponje las almas.

Te doy gracias Señor

porque has resucitado

y mataste en mi alma

la angustia del pecado.

 

Si me pides la vida,

quiero darla contento,

si no quieres que muera,

quiero vivir sonriendo.

 

Quiero reír,

Quiero soñar,

Quiero darles a todos

La alegría de amar”.

 

Read Full Post »

A %d blogueros les gusta esto: