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Posts Tagged ‘Ignacio de Loyola’

 Momento de Reflexión

Diego Fares sj

“Olvido lo que dejé atrás y me lanzo a lo que está por delante”

Bienaventurados los que, como Pablo, consideran todo como basura ante la sublimidad del conocimiento de Cristo (Fil 3, 7). Vivirán la inquietud serena de la continua búsqueda.

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¡Conocer a Jesús! He ahí la bienaventuranza. Lo que está en juego no es la moral en primer lugar, sino la Espiritualidad. No se trata solamente de “aplicar” las enseñanzas de un Jesús cuyo discurso ya conocemos. Se trata de querer conocerlo cada vez más y mejor. Y no de conocerlo en abstracto sino como Aquel que nos da Palabras de Vida que iluminan nuestra vida presente, lo que nos sucede día a día. Se trata de conocer más a Jesús no porque no conozcamos su amor por nosotros. Sino porque lo primero que nos testimonian los que lo conocen bien es la inagotable riqueza de su Persona. El mensaje de hombres como Pablo e Ignacio, a quienes conocer a Jesús les cambió la vida, es que nadie tiene un conocimiento de Jesús que no genere el deseo de un conocimiento mayor.
Pablo e Ignacio vienen a decirnos algo así como: “Si estás más o menos tranquilo con lo que conocés de Jesús, entonces es que lo conocés poquísimo”. Si no deseás conocerlo más, si no te das cuenta de que Él quiere y puede darte esa gracia precisamente, entonces aún te falta lo mejor. Porque conocerlo es amarlo y amarlo es la alegría y la vida verdadera. Como Él mismo le dice a la Samaritana, que presumía un poco de sabérselas todas: “Si conocieras el Don de Dios y Quién es el que te dice ‘Dame de beber’, tú le habrías pedido a Él y Él te habría dado Agua Viva” (Jn 4, 10). Por eso consideramos que, ante alguien como Jesús, ex-perimentar “la inquietud serena de la continua búsqueda” es señal de conocimiento verdadero y por tanto es una bendición.
Para expresar mejor lo que quiere comunicarnos la bienaventuranza de hoy, puede ayudar un artículo de Jaim Etcheverry que se llama “Regalos”, en el que reflexiona sobre algo que escribió Coetzee y que dice así:
«La mejor prueba que tenemos de que la vida es buena y por lo tanto de que tal vez, después de todo, exista un Dios que se preocupa por nuestro bienestar, es que a cada uno de noso-tros, el día mismo en que nacemos, le llega la música de Juan Sebastián Bach. Llega como un regalo, no ganado, no merecido, gratis. El problema –dice Etcheverry- reside en el hecho de que no siempre llegamos a saber que hemos recibido regalos como el que describe Coetzee.”
El problema con el conocimiento de Jesús, reside en el hecho de que no siempre llegamos a saber que en su Persona hemos recibido “El Regalo”. Regalo sin el cual todos los demás carecen de valor. Regalo con el cual hasta lo que parece pérdida resulta ganancia. Apreciar bien y saber agradecer otros regalos nos pone en el buen camino del conocimiento de Jesús.
Continúa Etcheverry:
“Refiriéndose a Bach, el escritor completa su párrafo diciendo: «¡Cómo quisiera hablar aunque más no fuera sólo por una vez con ese hombre muerto hace ya tantos años! Sepa que nosotros en el siglo XXI aún ejecutamos su música, la reverenciamos y la amamos, nos absorbe, nos conmueve, nos fortalece y nos alegra. Le diría: En nombre de toda la humanidad, acepte por favor estas palabras de agradecimiento, inadecuadas como resultan…»
Así también nosotros, en este rato de retiro espiritual, queremos tomarnos un tiempito para agradecer a gente como Pablo y como Ignacio que nos comunicaron su conocimiento de Jesús.
Agradecer infinitamente a quienes nos permiten conocer mejor a Jesús es ya parte, y parte principal, diría yo, del conocimiento de Jesús. Porque el Señor desea ser conocido mediante sus amigos que le salen de testigos. Le gusta que lo conozcamos gracias a otros y junto con otros. Como que su conocimiento es tarea que requiere mediación y compañía. Así como para conocer al Padre hace falta conocer a su Hijo amado, así, para conocer al Hijo hay que conocer a sus amigos, a los que más lo amaron y más lo aman.

Señales del verdadero conocimiento de Jesús para Pablo

Poder saborear el deseo de comunicarlo más y más

Pablo es conciente de la grandeza de su misión: anunciar el Tesoro del Evangelio de Jesucristo que se complace en ser llevado en vasijas de barro, como meditamos en la segunda bienaventuranza. Pablo es también conciente de lo beneficioso que resulta este conocimiento para todos los hombres, por eso se esfuerza tanto por dar a conocer a Jesús:
“Ahora me alegro por los padecimientos que soporto por ustedes, y completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia, de la cual he llegado a ser ministro, conforme a la misión que Dios me concedió en orden a ustedes para dar cumplimiento a la Palabra de Dios, al Misterio escondido desde siglos y generaciones, y manifestado ahora a sus santos, a quienes Dios quiso dar a conocer cuál es la riqueza de la gloria de este misterio entre los gentiles, que es Cristo entre ustedes, la esperanza de la gloria, al cual nosotros anunciamos, amonestando e instruyendo a todos los hombres con toda sabiduría, a fin de presentarlos a todos perfectos en Cristo. Por esto precisamente me afano, luchando con la fuerza de Cristo que actúa poderosamente en mí” (Col 1, 24-28).
Esforzarse por comunicarlo y poner toda su vitalidad y padecimientos al servicio de esta tarea es señal de que verdaderamente es Jesús a quien Pablo conoce y comunica.

Poder saborear el Amor de Jesús como un tesoro inagotable

No se trata de un conocimiento meramente informativo acerca de Jesús. No se trata de conocer aspectos de la personalidad de Jesús o hechos sueltos de su vida. Para Pablo conocer a Jesús es conocer su amor. Y ese conocimiento del amor de Cristo es lo que implora para todos los hombres:
“Por eso doblo mis rodillas ante el Padre, de quien toma nombre toda familia en el cielo y en la tierra, para que les conceda, según la riqueza de su gloria, que sean fortalecidos por la acción de su Espíritu en el hombre interior, que Cristo habite por la fe en sus corazones, para que, arraigados y cimentados en el amor, puedan comprender con todos los santos cuál es la anchura y la longitud, la altura y la profundidad, y conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que se vayan llenando hasta la total Plenitud de Dios” (Ef 3, 14-19).
Ahora bien, estas palabras de Pablo no son para explicar sino para sumergirse en ellas y saborear allí el conocimiento del amor de Cristo, dejando que exceda todo conocimiento y nos vaya llenando hasta la total plenitud en Dios. Nuestras palabras si sirven para algo es para remitir a las de Pablo. Jesús, Agua viva, quiso llegar a nosotros a través de esas fuentes que son sus testigos. Pablo es una de esas fuentes. En sus palabras y en su estilo el Agua viva del conocimiento de Cristo nos llega en su pureza original.

Poder saborear las otras cosas como “en segundo lugar”

Otra señal de verdadero conocimiento de Jesús es el lugar que pasan a ocupar las otras cosas. Para Pablo el conocimiento del amor de Jesús lo es todo. En Jesús se esconden todos los tesoros de la Sabiduría y de la ciencia. Ante la sublimidad del conoci-miento de Jesús, todo lo demás es “desecho”:
“Lo que era para mí ganancia, lo he juzgado una pérdida a causa de Cristo. Y más aún: juzgo que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por quien perdí todas las cosas, y las tengo por basura para ganar a Cristo, y ser hallado en él, no con la justicia mía, la que viene de la Ley, sino la que viene por la fe de Cristo, la justicia que viene de Dios, apoyada en la fe, y conocerle a él, el poder de su resurrección y la comunión en sus padecimientos hasta hacerme semejante a él en su muerte, tratando de llegar a la resurrección de entre los muertos” (Fil 3, 7-11).

Poder saborear la esperanza por encima de todo

Es también muy significativo cómo el conocimiento de Jesús cambia nuestra valoración del tiempo. Escuchemos a Pablo:
“No que lo tenga ya conseguido o que sea ya perfecto, sino que continúo mi carrera por si consigo alcanzarlo, habiendo sido yo mismo alcanzado por Cristo Jesús. Yo, hermanos, no creo haberlo alcanzado todavía. Pero una cosa hago: olvido lo que dejé atrás y me lanzo a lo que está por delante, corriendo hacia la meta, para alcanzar el premio al que Dios me llama desde lo alto en Cristo Jesús” (Fil 3, 12-14).
El Jesús futuro pesa más que el Jesús pasado, si se puede hablar así. Y esto gracias a que el Jesús pasado ya nos “alcanzó” y nos salvó. Fundamentados en esta gracia podemos lanzarnos hacia delante sin miedo, olvidando lo ganado y poniendo nuestra esperanza en ganar muchísimo más. Por eso hablamos de una “inquietud serena”, de una búsqueda que impulsa siempre hacia adelante, pero sin angustias. Por el contrario, es la experiencia de la gracia, del sentirse totalmente perdonado e incluido en la Redención del Señor, lo que lo lleva a desear siempre más y más. Su búsqueda es respuesta a un don sin medida ni merecimiento. De ahí la paz con que se “inquieta” bien. En Pablo, así como todo es gracia y el pasado está bajo el perdón inagotable de Dios gracias a Jesús, así toda Gloria futura le pertenece a Cristo y no hay nada de qué gloriarse si no es en el Señor.

Poder saborear con Amor la Cruz

Esto lo lleva a vivir un presente de pura entrega (que supone amor a la cruz), ya que se mueve en la seguridad de haber sido amado primero y de que será inimaginablemente más amado después:
“Así, mientras los judíos piden señales y los griegos buscan sabiduría, nosotros predicamos a un Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; mas para los llamados, lo mismo judíos que griegos, un Cristo, fuerza de Dios y sabiduría de Dios. (…) Ha escogido Dios más bien lo necio del mundo para confundir a los sabios. Y ha escogido Dios lo débil del mundo, para confundir lo fuerte. Lo plebeyo y despreciable del mundo ha escogido Dios; lo que no es, para reducir a la nada lo que es. Para que ningún mortal se gloríe en la presencia de Dios. De él les viene que estén en Cristo Jesús, al cual hizo Dios para nosotros sabiduría de origen divino, justicia, santificación y redención, a fin de que, como dice la Escritura: El que se gloríe, gloríese en el Señor (1 Cor 1, 22-31)
Podemos decir que para Pablo la señal del verdadero conocimiento del Señor radica en la cruz. Lo único que quiere conocer Pablo es a Jesús crucificado. Paradójicamente su no querer saber sino a Cristo crucificado brota de una experiencia fortísima del Cristo resucitado. Al experimentar el poder del Señor resucitado se le impone una respuesta de lealtad ante el Señor crucificado (en la aceptación de las cruces que a él y a sus seres queridos les tocan). La sabiduría de Pablo es sabiduría de la cruz, porque gracias a la cruz podemos experimentar la gracia del perdón y de la nueva vida en el Espíritu.

Señales del verdadero conocimiento de Jesús para Ignacio

En Ignacio se dan las mismas señales de verdadero conocimiento de Jesús que en Pablo.
Poder saborear el deseo de comunicar el conocimiento de Jesús más y más fue una gracia que Ignacio experimentó al mismo tiempo que hacía sus Ejercicios en Manresa. Cuando Ignacio descubre el amor de Cristo lo primero que surge en él es el deseo de comunicarlo. De ese deseo de “ayudar a las almas” brotan los Ejercicios espirituales. Ignacio se considera servidor de todo aquel que quiera aprender a conocer la voluntad de Dios en su vida.

Considerar que el amor de Jesús es un tesoro inagotable y que poder saborearlo es el mayor regalo es algo de lo que Ignacio fue siempre conciente. Se lo expresaba al que había sido su confesor en Alcalá, Manuel Miona, contándole que los Ejercicios Espirituales que él acababa de dar a sus compañeros en París, eran
“todo lo mejor que yo en esta vida puedo pensar, sentir y entender, así para poderse aprovechar a sí mismo como para poder ayudar y aprovechar a otros muchos”, y que por eso ‘os pido que os pongáis en ellos’”.
Para Ignacio los Ejercicios son el mejor regalo que le puede hacer a una persona, porque son un instrumento privilegiado para transmitir el conocimiento interno del Señor de manera eficaz.

El que todo sea “basura” ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, en Ignacio se traduce en el “hacernos indiferentes”, en no querer más vida larga que corta, salud que enfermedad, buena fama que deshonras”. Sólo le importa querer y desear “lo que más conduce al amor de Dios: a la alabanza, a la reverencia y al servicio”.

La dinámica del “lanzarse hacia adelante” de Pablo, en Ignacio se expresa con el Magis. En la segunda semana de Ejercicios nos propone contemplar la vida del Señor y nos hace pedir la gracia del “conocimiento interno del Señor, que por mí se ha hecho hombre, para que más le ame y le siga”( EE 104). Para Ignacio Dios es siempre Mayor y conocer a Jesús es amarlo y seguirlo más.

El “no creer que uno ya ha alcanzado todo lo que Dios tiene para darnos” es el supuesto de los Ejercicios: el Señor siempre tiene más para darnos: desea dársenos todo lo posible de acuerdo a nuestra capacidad de recibirlo, como dirá en la contemplación para alcanzar amor:
“Ponderando con mucho afecto cuanto ha hecho Dios nuestro Señor por mí, y cuanto me ha dado de lo que tiene, y consecuentemente el mismo Señor desea dárseme en cuanto puede, según su ordenación divina” (EE 234).

Por último, el poder saborear con amor la cruz, es también para Ignacio “la señal” del conocimiento verdadero del amor de Jesús. Es lo que lo lleva, cuando es igual el servicio y la gloria divina, a desear y elegir imitar a Jesús en sus sufrimientos y humillaciones, por más parecerse a Él, por puro amor de agradecimiento y amistad.

 

Momento de Contemplación

Hna Marta Irigoy, Misionera Diocesana

El conocimiento interno del Señor

«Bienaventurados los que como Pablo, consideran todo como basura ante la sublimidad del conocimiento de Cristo…

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… Vivirán la inquietud serena de la continua búsqueda»

Queremos en este día, dejarnos enseñar por Pablo e Ignacio, a través, de su experiencia, a conocer al Señor. Tanto San Pablo como San Ignacio, son dos personas que se han dejado seducir por la Persona de Jesús. Los dos, hablan de conocer al Señor, como lo que hace posible crecer en el vínculo amoroso y por lo tanto vital, con Jesús. Es un conocimiento que se hace búsqueda continua…

San Ignacio, nos hace pedir, en cada contemplación de la Vida del Señor: EE 104

 Conocimiento interno del Señor…

 El conocimiento interno del Señor –que se da en la contemplación del evangelio-es conocimiento de Jesús como Señor de nuestra vida practica y de la vida de la Iglesia”. San Juan definía: “Nadie puede decir Jesucristo es Señor” sino lo inspira el Espíritu Santo”. Por eso, “conocer a Jesús” es un don del Espíritu Santo que se recibe en la intimidad de cada corazón. Se pide y se recibe en la oración. De manera especial en esa oración que consiste en contemplar los misterios de la vida de Jesús. Es tener experiencia del Señor. Sentir que nos vamos enamorando de su Persona y de su proyecto del Reino. Es tener la experiencia de San Pablo: “Todo lo que para mí era una ganancia, lo he juzgado una pérdida a causa de Cristo. Y más aún: juzgo que todo es pérdida ante la sublimidad del  conocimiento de Cristo Jesús”.

  • que por mí se ha hecho hombre, para que más le ame y le siga…

“Este conocimiento interior, que es conocimiento de corazón, conocimiento que implica un  acto de fe libre y de entrega que brota de lo más hondo de mi persona. No es conocimiento intelectual en el sentido que me permite sacar conclusiones, aclarar conceptos. Sino que un conocimiento que brota del amor y produce más amor, lo que equivale decir: deseo de seguimiento. Es un conocimiento de una Persona que me lleva a querer estar cerca de ella, escucharla, sentir su presencia, mirarla, ir a donde sé que está”.

 Momento  de contemplación:

 Vamos  a pedir, con serenidad y un intenso deseo, conocer más a Jesús…

Conocimiento, que es interior, que se da en el corazón, por eso tiene una fuerza que nos moviliza a querer conocerlo más…

amarlo más…  para luego seguirlo, sirviéndolo más…

Este conocimiento es misionero, como lo fueron Pablo e Ignacio.

 Este texto del Padre Arrupe, sj, nos puede dejar deseos de seguir conociendo mas a Jesús y no tener miedo a tener cada vez mas sed de Él…

 “Nada puede importar más que encontrar a Dios.

Es decir, enamorarse de una manera definitiva y absoluta.

Aquello de lo que te enamoras,

atrapa tu imaginación, y acaba por ir dejando huella en todo.

Será lo que decida qué es lo que te saca de la cama en la mañana,

Que haces con tus atardeceres,

en que empleas tus fines de semana,

lo que lees, lo que conoces,

lo que rompe tu corazón,

y lo que te sobrecoge de alegría y  gratitud.

¡Enamórate! ¡Permanece en el amor!

Todo será de otra manera.

 

El conocimiento interno del Señor es como un embeberse de lo que en el misterio de Cristo se respira.

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Es lo que hace que vivas la vida, las relaciones personales y la relación con las cosas…. de manera distinta: al Estilo de Jesús.

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Con Él y como Él

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Lo que era para mí ganancia, lo he juzgado una perdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor …  

Por Quién perdí todas las cosas, y las tengo por basura para ganar a Cristo…            

Quien ya me dio alcance

 

Oración del Padre Arrupe

 

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» Nada puede importar más que encontrar a Dios.

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Es decir…

enamorarse de una manera  definitiva y absoluta.

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  Aquello de lo que te enamoras, atrapa tu imaginación, y acaba por ir dejando huella en todo…

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  Será lo que decida

                    qué es lo que te saca de la cama en la mañana

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                     Que haces con tus atardeceres…

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                       En qué empleas tus fines de semana.

                       Lo que lees, lo que conoces, lo que rompe tu corazón…

                       Y lo que te sobrecoge de alegría y gratitud

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Enamórate!

Permanece en el amor!

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Todo será de otra manera»

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