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MOMENTO DE REFLEXIÓN

P. Diego Fares sj

Pentecostés: icono de la llenura del Espíritu Santo con su Palabra de fuego

Dice Lucas en el libro de los Hechos: “Se produjo de súbito desde el cielo un estruendo como de viento que soplaba vehemente y llenó toda la casa donde se hallaban sentados. Y vieron aparecer lenguas como de fuego que, repartiéndose, se posaban sobre cada uno de ellos. Y todos quedaron llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en lenguas diferentes, según que el Espíritu Santo les movía a expresarse”.

Contemplación del icono

Vemos en el icono que María, con rasgos guada-lupanos, no tiene una lengua de fuego particular sino la aureola de fuego que resume todos los fuegos y que está en parte dentro de la nube desde donde irradia el Espíritu. Los rayos más claros irradian sobre ella y sobre Pedro, que está a su lado, con las llaves en las manos. Ambos simbolizan la Iglesia mariana y petrina: la maternidad y el ministerio constitutivos de la Iglesia. El Espíritu desde el cielo abierto llena toda la casa y va llenando a cada uno. Lucas dice que las lenguas de fuego “se posaban”… La sensación en el icono es que se están posando ya que hay algunos que la tienen y otros que aún no. Vemos que los Doce ya las han recibido y que hay seis discípulas y discípulos que las están por recibir. La presencia de discípulas niñas hablan de una Iglesia joven que se renueva.

Espíritu y Palabra

En la simbología bíblica el Espíritu es aire y fue-go: Ruah, soplo cálido, aliento vital. Y el soplo vital del hombre no sólo es vida interior sino que se expresa hacia el exterior suscitando la voz. El aire oxigena la sangre y hace vibrar las cuerdas vocales con su energía sonora. En este pasaje de Pentecostés la imagen de las “lenguas de fuego” que se van posando sobre cada uno de los discípulos y los hacen expresarse en lenguas diferentes clarifica esta unión entre Espíritu y Palabra. El Espíritu es Palabra de Fuego, Palabra viva, contagiosa como el fuego: fuego que enciende otros fuegos con el fuego de la Palabra.
En la Biblia, cuando el Espíritu llena a alguien, lo hace lanzar gritos de alegría y exclamaciones de emoción –los gemidos del Espíritu de que hablará Pablo-. En Pen-tecostés el efecto es más pleno, si se quiere. El Espíritu los hace expresarse a los discípulos en lenguas diferen-tes que comprenderán todos los extranjeros venidos a Jerusalén. No se trata sólo de emoción y sentimientos sino de lenguaje, de Palabra articulada que comunica la vida interior de los que están llenos del Espíritu dejando libertad al otro para acogerla y hacerla propia.
La emoción humana suele sobrepasar las pala-bras. “Estoy muy emocionado, dice uno, y por eso com-prenderán que no pueda hablar”. El Espíritu, en cambio, tiene como fruto llenar y plenificar de tal manera que su Fuego es Palabra y su Palabra es Fuego. Unifica Amor y Verdad, emoción y razón, de manera tal que “se contagia libremente (persuadiendo o haciendo que uno mismo y los otros se muevan desde adentro)”; su irresistibilidad no coarta la libertad sino que la libera. Es el misterio de la gracia: cuando más me sujeto a ella más libre me vuelvo. Experimento que me atrae irresistiblemente y que la deseo libremente.
El misterio de esta síntesis entre Palabra y Espíritu, entre Fuego pasional y Claridad intelectual es el miste-rio de Pentecostés. ¿Cómo es que el Espíritu puede comunicar una Palabra que es clara para todos sin perder la fuerza de su concretez única? (Porque las palabras claras para todos suelen ser abstractas. Recordemos que había cosas tan únicas que ni Jesús mismo podía comunicar de manera tal que los discípulos lo entendieran…).
La Palabra que comunica el Espíritu es la Palabra de Jesús –de su Vida entera-. Es una Palabra que se encarnó en María, que compartió la vida de los hombres y su cultura, que murió y resucitó y ascendió al cielo. Se trata de una Palabra que se anonadó en nuestra carne y resucitó con ella. En Jesús se da un diálogo entre Palabra divina y palabra humana cuya síntesis es comunicada por el Espíritu como Palabra que da vida.
Lo que quiero decir es que el Espíritu que nos envían el Padre y el Hijo Resucitado viene “enriquecido” (o empobrecido) con el lenguaje de nuestra carne que en la Carne del Señor ha vivido un proceso, una historia única. La historia vivida por el Señor le presta carne –ejemplos, parábolas, situaciones sensiblemente análogas- a la Palabra sin restarle espíritu.
En Cristo Resucitado todos los lenguajes humanos –desde los sonidos más pasionales, como el grito de la Cruz, hasta los discursos más elaborados como el que se utiliza en las parábolas, se han convertido en Palabra espiritual, común y comunicable.
El Espíritu nos hace hablar persuasiva y com-prensiblemente a todos los hombres con el lenguaje de Jesús, Palabra resucitada y que vuelve espiritual todo lo humano. Espiritual no significa opuesto a la carne como si fueran dos cosas. Espiritual es plenitud de la vida en todas sus dimensiones, también las de la carne. Y carnal puede ser el espíritu mismo si sigue la dirección de lo encerrado y egoísta.
De esto se trata la “llenura” o plenitud de vida que trae consigo la presencia del Espíritu en nuestro interior y en la vida de la Iglesia. Es la gracia de una Palabra que se enciende y se ensancha permitiendo que toda nuestra carne se clarifique con su luz y encuentre expresión todo lo que sentimos. Una expresión que se vuelve enteramente comunicable a los demás. El drama de nuestra carne es no encontrar palabras que expresen lo que nos pasa: que las palabras queden chicas, o abstractas, o frías, o en lucha con otras palabras. El Espíritu nos plenifica haciéndonos recordar las palabras de Jesús que iluminan, dinamizan y permiten comunicar toda situación humana en lenguaje comprensible para todos.

María y la Palabra de fuego

Aparecida nos pone a María como imagen de esta plenitud: en ella la Palabra se hizo carne y la carne se vuelve Palabra espiritual, lengua de fuego. Aparecida nos invita a entrar en la “escuela de María” que es escuela donde se aprende este lenguaje del Espíritu, que nos habla en lengua materna, en lengua comprensible: “El Papa vino a Aparecida con viva alegría para decirnos en primer lugar: Permanezcan en la escuela de María. Inspírense en sus enseñanzas. Procuren acoger y guardar dentro del corazón las luces que ella, por mandato divino, les envía desde lo alto”.
Ella, que “conservaba todos estos recuerdos y los meditaba en su corazón” (Lc 2, 19; cf. 2, 51), nos enseña el primado de la escucha de la Palabra en la vida del discípulo y misionero. El Magníficat “está enteramente tejido por los hilos de la Sagrada Escritura, los hilos tomados de la Palabra de Dios. Así, se revela que en Ella la Palabra de Dios se encuentra de verdad en su casa, de donde sale y entra con naturalidad. Ella habla y piensa con la Palabra de Dios; la Palabra de Dios se le hace su palabra, y su palabra nace de la Palabra de Dios. Además, así se revela que sus pensamientos están en sintonía con los pensamientos de Dios, que su querer es un querer junto con Dios. Estando íntimamente penetrada por la Palabra de Dios, Ella puede llegar a ser madre de la Palabra encarnada”. Esta familiaridad con el misterio de Jesús es facilitada por el rezo del Rosario, donde: “el pueblo cristiano aprende de María a contemplar la belleza del rostro de Cristo y a experimentar la profundidad de su amor. Mediante el Rosario, el creyente obtiene abundantes gracias, como recibiéndolas de las mismas manos de la madre del Redentor” (Ap 270-1).

Plenitud y presencia

La imagen del Papa de una “escuela de María” nos habla no de palabras sueltas ni de frases ingeniosas sino de una palabra cuyo fuego y vitalidad se reciben por presencia. Es la presencia de la Maestra que habla constantemente a sus alumnos lo que va llenando el corazón con un lenguaje que es más que aquello particular de lo que se habla en cada caso. La palabra de fuego del Espíritu tiene un tono y una modulación especiales, se requiere convivir para notar los acentos y los matices con que cada palabra viene dicha. La Palabra de fuego llena en primer lugar toda la casa, que se convierte en es-cuela y en esa llenura se posa sobre cada persona y le llena entero el corazón para luego convertirse en palabra que se puede comunicar a otros.
Así lo expresa Lucas en la Visitación –fiesta cercana a Pentecostés y que guarda tantas similitudes con ella-: María es la que, llena del Espíritu, se lo comunica a Isabel con su sola presencia, con el sonido de su voz… “E Isabel quedó llena del Espíritu Santo”. Y Juan se llenó de gozo en el seno de su madre, igual a como se alegra-ron los discípulos al ver al Señor.
Nuestro pueblo sabe de este “quedar lleno de gozo y de Espíritu Santo al visitar a la Virgen en sus santuarios”. Ella evangeliza llenando del Espíritu a sus hijos. En un silencio elocuente, María transmite todo con la plenitud de su presencia, irradiando belleza y contagiando caras de gozo que llenan el alma de consolación y dejan satisfechos y pacificados a los que se le acercan y ven acercarse a los demás.
Lo que llamamos religiosidad popular es en reali-dad una mística: una manera espiritual de comunicarse de plenitud a plenitud: “La piedad popular penetra delicadamente la existencia personal de cada fiel y, aunque también se vive en una multitud, no es una “espiritualidad de masas”. En distintos momentos de la lucha cotidiana, muchos recurren a algún pequeño signo del amor de Dios: un crucifijo, un rosario, una vela que se enciende para acompañar a un hijo en su enfermedad, un Padrenuestro musitado entre lágrimas, una mirada entrañable a una imagen querida de María, una sonrisa dirigida al Cielo, en medio de una sencilla alegría” (Ap 261). En lo más “sensible” y carnal nuestro pueblo fiel comunica lo más espiritual.

Plenitud y unidad

Uno de los frutos de esta palabra de fuego es liberarnos de todas las palabras que nos dividen –interior y socialmente- con sus contradicciones. Gracias a esta lengua del Espíritu, nuestro querer y nuestro obrar, que funcionan separadamente, con dos leyes (palabras) contradictorias, pueden armonizarse. Pablo lo expresa muy bien en la carta a los Romanos cuando dice: “El querer (lo bueno) lo tengo al alcance de la mano, pero el poner por obra lo bueno, no. Porque no es el bien que quiero lo que hago sino el mal que no quiero, eso es lo que obro. (…) Me complazco en la ley de Dios según el hombre interior, pero veo otra ley en mis miembros, que guerrea contra la ley de mi razón y me tiene aprisionado como cautivo en la ley del pecado que está en mis miembros. Desventurado de mí! Quien me librará de esta muerte? Gracias sean dadas a Dios por Jesucristo Señor nuestro! (…) Porque ninguna condenación pesa ahora sobre los que están en Cristo Jesús. Porque la ley del Espíritu de la Vida en Cristo Jesús me liberó de la ley del pecado y de la muerte” (Rm 7, 15-8, 2).
Esta liberación y unificación interior se traduce en la vida comunitaria: “La multitud de los creyentes no tenía sino un solo corazón y una sola alma. Nadie llamaba suyos a sus bienes, sino que todo era en común entre ellos” (Hc 4, 31-32). Como dice Aparecida: “Entendemos que la verdadera promoción humana no puede reducirse a aspectos particulares: “Debe ser integral, es decir, promover a todos los hombres y a todo el hombre”, desde la vida nueva en Cristo que transforma a la persona de tal manera que “la hace sujeto de su propio desarrollo” (Ap 399).
La plenitud de esta vida del Espíritu, que dinamiza y articula unificadamente todas las dimensiones de la vida humana, personales y sociales, es el tema central de Aparecida: Jesús vino para que todos los hombres tengan vida y “para que la tengan en plenitud (Jn 10,10)” (cfr. Ap 33, 112, 132, 355).
De aquí surge que “¡Necesitamos un nuevo Pentecostés! ¡Necesitamos salir al encuentro de las personas, las familias, las comunidades y los pueblos para comunicarles y compartir el don del encuentro con Cristo, que ha llenado nuestras vidas de sentido, de verdad y amor, de alegría y de esperanza!” (Ap 548). Este es el fruto que debe brotar de la contemplación del icono de Pentecostés.

MOMENTO DE CONTEMPLACIÓN

Hna Marta Irigoy misionera diocesana

En este texto de Pentecostés, contemplamos -como en el Icono de Pentecostés,  de Aparecida-, la presencia central de Maria, como Madre de la Iglesia.

Misión de maternidad, que María recibió de su Hijo al pie de la Cruz, y que nos ayuda a descubrir; como para Ella, somos lo más querido de su Corazón.

Jesús fue lo último que le dijo y por lo tanto, también guardado y meditado en su corazón.

-“Aquí tienes a tus hijos”- y desde ese día, todos los que La recibimos en nuestra casa –nuestra interioridad-, sentimos su calida presencia, cercana y maternal…

Maria en el centro del Icono, con las Manos juntas, pero ahuecadas, nos invita a colocar en ese espacio, nuestro corazón para que desde ahí, hacer nuestra oración…

Sentirse «alcanzado por el Espíritu » es experimentar la fuerza secreta de la resurrección. De este modo el Espíritu se convierte en fuerza eficaz del discípulo misionero de Jesús que ilumina y anima su existencia…

“Todos ellos, íntimamente unidos, se dedicaban a la oración, en compañía de algunas mujeres, de María, la madre de Jesús, y de sus hermanos.

Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en el mismo lugar. De pronto, vino del cielo un ruido, semejante a una fuerte ráfaga de viento, que resonó en toda la casa donde se encontraban. Entonces vieron aparecer unas lenguas como de fuego, que descendieron por separado sobre cada uno de ellos. Todos quedaron llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en distintas lenguas, según el Espíritu les permitía expresarse.

Había en Jerusalén judíos piadosos, venidos de todas las naciones del mundo. Al oírse este ruido, se congregó la multitud y se llenó de asombro, porque cada uno los oía hablar en su propia lengua. Con gran admiración y estupor decían:

“¿Acaso estos hombres que hablan no son todos galileos? ¿Cómo es que cada uno de nosotros los oye en su propia lengua?

Partos, medos y elamitas, los que habitamos en la Mesopotamia o en la misma Judea, en Capadocia, en el Ponto y en Asia Menor, en Frigia y Panfilia, en Egipto, en la Libia Cirenaica, los peregrinos de Roma, judíos y prosélitos, cretenses y árabes, todos los oímos proclamar en nuestras lenguas las maravillas de Dios». (Hch 1,14. 2,1-11)

MOMENTO CONTEMPLATIVO

+ Toma conciencia de la necesitad que tienes de ser llenado/a por  Dios.

+ Pedile que te llene de su Amor…

+ Leer el texto de Pentecostés e imaginar interiormente la escena, “como si presente me hallase”

* Composición de lugar

El Cenáculo.

Está Maria, junto a los once apóstoles, con las llamitas y hay ocho discípulos y discípulas que no tienen llamas todavía. Eso hace sentir que los rayos que irradia el Espíritu están viniendo actualmente sobre la Iglesia.

* Ver las personas.

A Maria, que enseña a rezar, a esperar la Promesa del Padre: El Espíritu Santo.

Los 11 discípulos y todos los demás, entre los que me incluyo…

* Oír lo que dicen

–el ruido del viento-.

Escucha la entrada del Espíritu como un viento fuerte que llena toda la casa.
Deja que ese viento te inunde. ¿Cómo percibes tu corazón?

* Mirar lo que hacen

– los que se acercan al oír el ruido del Espíritu y como hablan en distintas lenguas y todos se entienden-

Maria, nos enseña a tener las manos juntas para rezar y abiertas para dar…

Pídele a María que te enseñe en tu oración a disponerte al viento del Espíritu…

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MOMENTO DE REFLEXIÓN

 

Diego Fares sj

Emaús: icono que hace arder el corazón con la presencia viva del Resucitado que camina con nosotros y actúa en la historia

Contemplación del icono

Que la Palabra de Vida saboreada en la Eucaristía, nos transforme y nos revele la presencia viva del Resucitado que camina con nosotros y actúa en la historia  (Lc 24, 13-35)”. (Mensaje final de Aparecida, punto 3). 

            Los dos niños que nos miran nos hacen entrar en el icono de Emaús en el que se hace presente en nuestra historia el Señor Resucitado. Uno de los niños es el de la multiplicación de los panes. Con su mirada y con el gesto de ofrecer los cinco pancitos nos invita a la mesa. Entramos en el ámbito de la Eucaristía y nos centramos en el pan que Jesús resucitado ha tomado y tiene en su mano: ese pancito es como si fuera su Corazón. El otro niño también nos mira y la jarra que tiene en su mano nos recuerda la escena de las bodas de Caná.

Los tres discípulos y discípulas que están detrás de Jesús, contemplan la escena. Su función, cada vez que los miramos, es hacer que nuestra mirada vuelva al tema central. Dos miran la mesa y uno, el que está detrás de Jesús, lo mira al Señor.

Las figuras de Jesús y de los Discípulos son más grandes que el resto. El Señor ocupa el lugar principal. Abre para nosotros el círculo de la mesa eucarística en la que están el Pan y el Vino. El gesto del Señor representa el momento en que toma el pan y lo bendice. Notamos cómo el Pan que sostiene contra su pecho recuerda la imagen con que se apareció el Sagrado Corazón a Santa Margarita María de Alacoque.

El rostro y la actitud de los dos discípulos son  como de quien recuerda: ¿Acaso no ardía nuestro corazón…?. El de la izquierda levanta el dedo, como hace uno cuando cae en la cuenta de algo que pasó.

En segundo plano, al fondo, está la escena que recuerdan: Jesús señalando al cielo; ¡cómo les iba encendiendo el corazón en la fe! Escuchamos con ellos la frase de Jesús que da sentido a todo lo que pasa en la historia: “era necesario que el Mesías soportara esos sufrimientos para entrar en la gloria.”

 Interpretar la vida desde la Eucaristía

Dos momentos únicos se sientan a la mesa de la Eucaristía: nuestro presente que contempla el cuadro y el encuentro del Señor resucitado con los de Emaús.

La Eucaristía es el memorial de nuestra fe. Reúne el pasado y el presente y nos remite a la Gloria del cielo. La Eucaristía es el momento de reposo en nuestra vida en que invitamos al Señor a quedarse con nosotros y al partirnos el pan él nos abre los ojos a su presencia que estuvo oculta en nuestra historia, en la de cada hombre y en la de todos. El pan partido obra sobre nuestro corazón: al realizar el gesto del Señor –al tomar el pan, bendecirlo dando gracias y al partirlo y repartirlo, nuestro corazón se mueve a recordar las consolaciones que sentimos durante el día. Muchas veces el Señor nos hizo arder el corazón, y al partir el pan, recordamos, y se unifica nuestra vida gracias a su presencia. Se ven las cosas a la luz de la Cruz y la Resurrección. La Eucaristía tiene la función sagrada de hacernos reinterpretar la historia al verla con Cristo, en Él y gracias a Él.

 La singularidad de Jesús y la nuestra

Lo más lindo de nuestra fe es que su objeto es un Jesús enteramente singular, en el doble sentido de ser uno más y a la vez único. Creemos en un Dios encarnado, que vivió una vida singular, en el sentido de que fue la vida que le tocó, sin nada especial o “general”. Nuestro Dios no es un Dios abstracto, alguien que tenga recetas universalizables de autoayuda para todos. Un Dios así no podría sernos cercano. Le faltaría lo más propio de nuestro ser humano que es que cada uno vive su situación concreta desde la conciencia de que lo que le sucede es algo único que sólo acontece una vez para él y que sólo se comprende desde esa particularidad. Esto produce una soledad profunda y un sentimiento de lo que es la contingencia muy profundo: uno no es necesario como si fuera una parte integral de este universo. Puede no estar y no pasa nada. Esto mismo le da a un valor extraordinario a lo que cada uno vive. Es un valor gratuito. Vale si otro lo comparte también gratuitamente, por amor.

Cuando uno cuenta sus cosas lo más característico es esto: que uno se admira y quiere comunicar lo especial y único que fue lo que le pasó.

En este preciso punto es que Jesús Resucitado entra en nuestra historia. Lo hace a través de un hecho singular: preguntando a los discípulos de Emaús qué les pasa. Les pregunta por su situación particular: por qué caminan entristecidos… Cuéntenme, les dice. La totalidad de la historia de Salvación está incluida en el diálogo de Emaús que fue un diálogo casual, podríamos decir. Podría haberse visto frustrado. Ellos podrían haber rechazado al peregrino o no haberlo invitado a quedarse con ellos aquella tarde.

 La historia está abierta al encuentro con el Resucitado

            Jesús se nos revela como ese compañero de camino con el que podemos compartir lo más extraordinario (lo que pasó con Jesús de Nazareth) desde lo más ordinario, la desilusión personal o, luego, la alegría de la fe. Jesús no solo nos salva (es Vida) sino que nos hace de interlocutor para ayudarnos (Camino) a interpretar bien (Verdad) lo que él hizo por nosotros. Este papel de Jesús, que nos hace protagonistas, que nos invita a contarle nuestras cosas antes de que él nos cuente las suyas, es conmovedor. El mundo se lo pierde cuando piensa que nuestra fe es una creencia más entre tantas, algo prearmado que luego se aplica a la realidad, como las ideologías que el mundo usa para abrirse espacio en el mundo. Nada de eso: nuestra fe se mete con Jesús en la realidad de la historia y lo descubre como ya presente, como pudiendo venir a nuestro encuentro en cualquier ocasión.

 Características de la historia

Lo provisorio, lo ocasional, lo fugaz de la historia hace que sea abierta, dialogable, compartible.

Lo propio de la historia es el valor único, irrepetible, absolutamente personal, de cada decisión, de cada acontecimiento. No solo las cosas personales sino lo vivido en común por muchos es vivenciado por cada uno de manera única. Esto hace que la historia sea dramática –con final abierto, modificable por cada decisión libre que se toma-, también que sea valioso e imprescindible cada protagonista, pues tiene que comunicar y aportar lo suyo, su perspectiva, su vivencia, su contribución libre. Al mismo tiempo, hace que las cosas sean falibles y mejorables, que haya pecado y gracia, necesidad de reparación y plus inesperados. La historia hace que uno pueda reinterpretar los acontecimientos y rescatar cosas nuevas del pasado, al mismo tiempo que siempre está abierta la esperanza de un futuro construido con mejores decisiones.

Jesús, al entrar en la historia participa de todo esto como uno más. Y siendo uno más lo renueva todo desde dentro de esta fragilidad y fugacidad propias del ser histórico. Jesús es único como Hijo del Padre y único como todos, como cualquiera. Por nuestra precaria uniquez entramos en contacto con su uniquez absoluta y eterna.

Esto es lo que se narra en el pasaje de Emaús. La situación única de estos dos discípulos desilusionados y el entrar en contacto con ellos de manera casual, diríamos, de Jesús resucitado, en una misión enteramente singular y acotada. El Señor entra en la vida de estos dos discípulos y le pide que le narren la historia desde su perspectiva. Luego la corrige desde su propio punto de vista, también particular, pero con una fuerza tal que unifica toda la Escritura y toda su vida en un solo acto narrativo, en un momento. Entonces, todo adquiere valor universal pero sin desligarse de lo concreto. La historia de los discípulos de Emaús queda como paradigma del venir el Resucitado a nuestra historia.

 Las consecuencias de esta entrada del Señor en la historia

Todo lo singular y único es recapitulable

“Es esperanzador lo que decía Juan Pablo II: “Aunque imperfecto y provisional, nada de lo que se pueda realizar mediante el esfuerzo solidario de todos y la gracia divina en un momento dado de la historia, para hacer más humana la vida de los hombres, se habrá perdido ni habrá sido vano” (Ap. 400).

 Los encuentros con Cristo renuevan la vida

“Hay que confirmar, renovar y revitalizar la novedad del Evangelio arraigada en nuestra historia, desde un encuentro personal y comunitario con Jesucristo, que suscite discípulos y misioneros. Ello no depende tanto de grandes programas y estructuras, sino de hombres y mujeres nuevos que encarnen dicha tradición y novedad, como discípulos de Jesucristo y misioneros de su Reino, protagonistas de vida nueva para una América Latina que quiere reconocerse con la luz y la fuerza del Espíritu (Ap. 11).

El acontecimiento de Cristo es, por lo tanto, el inicio de ese sujeto nuevo que surge en la historia y al que llamamos discípulo. Esto es justamente lo que, con presentaciones diferentes, nos han conservado todos los evangelios como el inicio del cristianismo: un encuentro de fe con la persona de Jesús (Ap. 243).

 “La conversión pastoral de nuestras comunidades exige que se pase de una pastoral de mera conservación a una pastoral decididamente misionera. Así será posible que “el único programa del Evangelio siga introduciéndose en la historia de cada comunidad eclesial” (NMI 12) con nuevo ardor misionero, haciendo que la Iglesia se manifieste como una madre que sale al encuentro, una casa acogedora, una escuela permanente de comunión misionera (Ap. 370).

“Recobremos, pues, “el fervor espiritual. Conservemos la dulce y confortadora alegría de evangelizar, incluso cuando hay que sembrar entre lágrimas. Hagámoslo – como Juan el Bautista, como Pedro y Pablo, como los otros Apóstoles, como esa multitud de admirables evangelizadores que se han sucedido a lo largo de la historia de la Iglesia – con un ímpetu interior que nadie ni nada sea capaz de extinguir. Sea ésta la mayor alegría de nuestras vidas entregadas. Y ojalá el mundo actual – que busca a veces con angustia, a veces con esperanza – pueda así recibir la Buena Nueva, no a través de evangelizadores tristes y desalentados, impacientes o ansiosos, sino a través de ministros del Evangelio, cuya vida irradia el fervor de quienes han recibido, ante todo en sí mismos, la alegría de Cristo y aceptan consagrar su vida a la tarea de anunciar el Reino de Dios y de implantar la Iglesia en el mundo”. Recobremos el valor y la audacia apostólicos (Ap. 552).

MOMENTO DE CONTEMPLACIÓN

Hna Marta Irigoy misionera diocesana

“¡Como arde nuestro corazón!”

 San Ignacio, en las reglas de discernimiento, nos habla de la consolación, -con otras palabras- como “un arder del corazón”.

 Y nos hace considerar en las Contemplaciones de las Apariciones del Señor Resucitado, como se acerca a sus amigos, con su oficio de consolar.

 El texto de Emaús, es uno de esos relatos de la vida del Señor, que realmente nos hace sentir identificados con esta “pareja” que al sentirse defraudados vuelven a su vida anterior, rumiando sus frustraciones, así, perdiéndose todo lo mejor de haber seguido a Jesús.

 “Cuando[1] queremos que la realidad se acomode a la idea que tenemos de ella y ésta no lo hace, viene la desilusión. En cambio, cuando dejamos que nuestra idea de la realidad se conforme a ella, sacamos una enseñanza. A través de la realidad, la verdad de Dios camina  a nuestro lado y nos conversa, hasta lograr que esa verdad aflore a nuestro propio pensar. Así es la realidad que camina al lado de estos discípulos: Jesús, el crucificado, ha resucitado…

 Jesús, se acerca a ellos para consolarlos en el camino, les hace hacer “memoria” de todo lo que la Palabra de Dios, dice del Mesías y como lo que ocurrió en Jerusalén, estaba dentro de lo que iba a padecer Él, por amar hasta el extremo…siendo fiel a la misión que el Padre le había encomendado…

 El Maestro en el camino, les hace “sacar su adentro”, los hace hablar de todo lo que tienen en su corazón y ellos, dejándose acompañar, descubren su paso mas liviano y ya no quieren seguir solos, por eso, le suplican al Señor: «Quédate con nosotros, porque ya es tarde y el día se acaba» …

 Los discípulos iban por el camino de la desolación y vuelven consolados a hacer “arder el corazón” a todos los que encontraran en Jerusalén…

Leer el texto

“Ese mismo día, dos de los discípulos iban a un pequeño pueblo llamado Emaús, situado a unos diez kilómetros de Jerusalén. En el camino hablaban sobre lo que había ocurrido. Mientras conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó y siguió caminando con ellos. Pero algo impedía que sus ojos lo reconocieran. Él les dijo: « ¿Qué comentaban por el camino?». Ellos se detuvieron, con el semblante triste, y uno de ellos, llamado Cleofás, le respondió: « ¡Tú eres el único forastero en Jerusalén que ignora lo que pasó en estos días!». «¿Qué cosa?», les preguntó. Ellos respondieron: «Lo referente a Jesús, el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y en palabras delante de Dios y de todo el pueblo, y cómo nuestros sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para ser condenado a muerte y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que fuera él quien librara a Israel. Pero a todo esto ya van tres días que sucedieron estas cosas. Es verdad que algunas mujeres que están con nosotros nos han desconcertado: ellas fueron de madrugada al sepulcro  y, al no hallar el cuerpo de Jesús, volvieron diciendo que se les habían aparecido unos ángeles, asegurándoles que él está vivo. Algunos de los nuestros fueron al sepulcro y encontraron todo como las mujeres habían dicho. Pero a él no lo vieron». Jesús les dijo: « ¡Hombres duros de entendimiento, cómo les cuesta creer todo lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías soportara esos sufrimientos para entrar en su gloria?». Y comenzando por Moisés y continuando con todos los Profetas, les interpretó en todas las Escrituras lo que se refería a él. Cuando llegaron cerca del pueblo adonde iban, Jesús hizo ademán de seguir adelante. Pero ellos le insistieron: «Quédate con nosotros, porque ya es tarde y el día se acaba». Él entró y se quedó con ellos. Y estando a la mesa, tomó el pan y pronunció la bendición; luego lo partió y se lo dio. Entonces los ojos de los discípulos se abrieron y lo reconocieron, pero él había desaparecido de su vista. Y se decían: « ¿No ardía acaso nuestro corazón, mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?».  En ese mismo momento, se pusieron en camino y regresaron a Jerusalén. Allí encontraron reunidos a los Once y a los demás que estaban con ellos, y estos les dijeron: «Es verdad, ¡el Señor ha resucitado y se apareció a Simón!».Ellos, por su parte, contaron lo que les había pasado en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.  

* Pedile a Jesús que camine este rato con vos, para que puedas repasar con Él el sentido de la esperanza que te viene acompañando a lo largo de tu camino…                                                                                                                     

 *Contale de tus desilusiones, de tus fracasos…                                                               

 * Explícale lo que aún no comprendes. Aprovecha a “sacar tu adentro”…                               

 * Déjate explicar…                                                                                                                

 * Insistile e invitalo a tu casa-corazón…                                                                                 

 * Entra con Él, sentate a la mesa y déjate consolar…


[1] P. Javier Albisu, sj. “Cuando Jesús entra en casa”. Pags.177-ss. Paulinas 2007

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