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Momento de Meditación

Diego Fares sj

«Que vuelva a resonar, una vez más, el llamado a la santidad»

En Gaudete et exsultate Francisco hace un «llamamiento» universal a la santidad, a la alegría del amor. Universal no quiere decir «en general», quiere decir a todos pero tomado cada uno en concreto, con nombre y punto en el que se encuentra en el camino de su vida. Y «alegría» del amor, no es la alegría como estado de ánimo pasajero, sino la alegría inmediata y duradera que sólo Cristo encarnado, muerto y resucitado puede dar. Es la alegría de pode amar en el contexto actual, en toda situación. El llamado es al «en todo amar y servir» de Ignacio y a la contemplación para «crecer en el amor». Aquí y a partir de ahora. Este llamamiento, en los Ejercicios Espirituales, tiene su meditación propia: la del rey temporal que ayuda a contemplar al Rey eternal (EE 91-99).

El Papa  desea que «vuelva a resonar el llamamiento». Y califica de «humilde objetivo» esto de que el llamado resuene. Humilde y potente en sentido evangélico: como la levadura que fermenta toda la masa. El llamamiento de Jesús -El reino de los cielos está cerca, crean y conviértanse!- es el punto de partida real de todo lo demás que Jesús quiere hacer. El llamamiento suscita la Fe.

Si nos fijamos en el actuar conjunto del Padre y Jesús, constatamos que el Padre confía toda la actuación en manos de su Hijo. Y cuando interviene, con majestad soberana, es para manifestar su agrado y predilección por Jesús. Su único mandamiento es que «escuchemos a su Hijo amado». Eso basta.

Por qué basta escucharlo? Por que Jesús no solo dice cosas, El es la Palabra en la que fuimos creados. Escucharlo a Él exteriormente -en el Evangelio- es escucharlo en el interior de nuestro corazón, en las fibras de nuestro ADN.

Es tan familiar la voz de nuestro Pastor, que al reconocerla nuestro corazón no puede no seguirlo. Es tan verdadero su mensaje, tan claro y posible de realizar y de cumplir  lo que nos manda y aconseja, que si «no somos sordos a su llamamiento» seguramente lo podremos seguir y hacer todo lo que Él nos diga.

Cuando en el Padre nuestro decimos «hágase tu voluntad», no siempre pensamos en esto: que la voluntad del Padre se contiene entera en que escuchemos a Jesús.  Pareciera un trámite y sin embargo es todo lo contrario. Lo que hace el Padre es abrirnos el espacio infinito de la oración como «escuchar a Jesús». Que el Creador, el Omnipotente, el Misericordioso, el Más Grande, nos de a conocer su Voluntad en un sólo mandamiento es algo digno de atención.

La oración se convierte así en la primera tarea del día: ir a escuchar al Jefe porque lo dice el Jefe supremo. Yo en Ejercicios, que es donde recupero este espacio de oración cotidiana como lo más importante, me suelo preguntar cómo es que se me ocurre siquiera enfrentar el día y salir sin rezar. Soy como el empleado que no saluda al Jefe de mañana para preguntarle si tiene algo especial para encomendarle.

Una cosa más sobre esto de escuchar. Cuando uno dice a otro «escuchá», lo que le está diciendo es «escuchá bien». Sin  el ruido de los prejuicios, sin la sordera del juicio apresurado. Lo que le agrada al Padre es que el llamado de Jesús pueda resonar libre de interferencias para así poder suscitar la Fe.

Llamamiento al servicio alegre imitando a Jesús

En la meditación del Rey y en la de Dos Banderas, Ignacio nos hacer ver que existe un reino en el que el cristiano puede cumplir con su propio deber de servir libre y gozosamente, como un noble caballero: el reino de Dios en la Iglesia» (H. Rahner).

La meditación del Rey -centrada en el llamamiento de Jesús- nos permite «re-consagrar» la palabra «servicio». Es una palabra santa pero que puede haber adquirido connotaciones si no de obligación (porque hacemos mucho servicio voluntario), sí de eficientismo. E Ignacio libera el servicio del eficientismo externo y liga su eficacia al hacer las cosas con Jesús y como Jesús. Es esencial al servidor que haga las cosas al estilo de Jesús. El estilo no solo como modo de trabajar y de usar las cosas sino, y de manera muy especial, el estilo en cuanto modo de compadecer: involucrado, cercano, tierno, comprensivo, generoso… y todo el infinito mundo de matices que tiene Jesús compasivo.

El llamamiento de Cristo dice así: “Quien quisiere venir Conmigo, tiene que trabajar Conmigo, porque siguiéndome en la pena también me siga en la gloria” (EE 95). Un poco antes, en el ejemplo del rey temporal agregaba: «Ha de estar contento de comer como yo, y así de beber y vestir, etc. (El «etcétera» de Ignacio es invitación a imaginar todo aquello en lo que podemos imitar «el estilo de Jesús» en cosas que hacen a la vida privada e influyen en la misión); asimismo tiene que trabajar conmigo en el día y vigilar en la noche, etcétera (en este etcétera podemos imaginar cuáles era los trabajos de Jesús: predicar, visitar, conversar, perdonar, sanar, acompañar, enseñar…-; y también su vigilancia: profetizar, discernir el mal espíritu, prever y preparar a los suyos…); porque así tenga parte conmigo en la victoria, como la ha tenido en los trabajos» (EE 93).

De hecho, la alegría de la que habla Ignacio -esa expresión suya «será contento» (que significa conformarse -contentarse- pero con alegría -contento- no con cara de vinagre) la alegría, digo, tiene más que ver, en esta vida, con imitar a Jesús en pasar pobreza, injurias y vituperios, que con la victoria exterior, que más bien es una alegría que se reserva para el final, para el cielo.

De esto habla el Papa en Evangelii Gaudium cuando dice que no hay que separar misión y vida privada, ya que cada uno de nosotros puede decir, humildemente pero de verdad: «En el corazón de mi Pueblo yo soy una misión» (EG 273).

Esta coherencia de vida, el no separar la misión (donde uno es más generoso) de la vida privada (donde uno se reserva sus espacios) no es posible, dice Francisco, si uno no se sitúa en el corazón de nuestro pueblo: “Si uno separa la tarea por una parte y la propia privacidad por otra, todo se vuelve gris y estará permanentemente buscando reconocimientos o defendiendo sus propias necesidades. Dejará de ser pueblo” (EG 273). La gente que realiza con absoluta seriedad y responsabilidad los oficios más humildes en nuestra sociedad nos da ejemplo cotidiano de lo que significa «ser pueblo», sentirse uno más, en un trabajo pequeño, quizás, pero importante para que funcione la comunidad. El Papa habla del «maestro de alma», de la «enfermera de alma», del «político de alma» (hay muchos que sí la tienen y que no la han vendido ni están indecisos).

La pertenencia a un pueblo es una pertenencia espiritual. No basta con tener la misma sangre o habitar el mismo suelo: se pertenece en la medida en la que uno cumple su misión en orden al bien común de su gente. Es una pertenencia que se puede incrementar o perder (no solo en un país de misión sino dentro de la propia cultura y país) según uno concrete o no la decisión de ser con y para los demás. Pueblo, en sentido evangélico, es una palabra dinámica (se es en la medida en la que uno se involucra y sirve) e inclusiva: siendo de mi pueblo soy alguien abierto a todos los pueblos.

Crear espacios de oración para que el llamado pueda resonar

En un llamado, lo importante es que resuene. Que no tengamos los oídos en modo avión ni llenos de ruidos.

Un impedimento actual para la escucha del llamado proviene del consumismo: «Las constantes novedades de los recursos tecnológicos, el atractivo de los viajes, las innumerables ofertas para el consumo, a veces no dejan espacios vacíos donde resuene la voz de Dios. Todo se llena de palabras, de disfrutes epidérmicos y de ruidos con una velocidad siempre mayor. Allí no reina la alegría sino la insatisfacción» (GE 29).

El espacio vacío donde resuena la voz de nuestro «jefe y Señor» es la oración: Santa Teresa decía que «la oración es ‹tratar de amistad estando muchas veces a solas con quien sabemos nos ama”. Y el Papa agrega: «Quisiera insistir que esto no es solo para pocos privilegiados, sino para todos, porque «todos tenemos necesidad de este silencio penetrado de presencia adorada“.⁠ La oración confiada es una reacción del corazón que se abre a Dios frente a frente, donde se hacen callar todos los rumores para escuchar la suave voz del Señor que resuena en el silencio» (GE 149).

«Será difícil que nos ocupemos y dediquemos energías a dar una mano a los que están mal si no cultivamos una cierta austeridad, si no luchamos contra esa fiebre que nos impone la sociedad de consumo para vendernos cosas, y que termina convirtiéndonos en pobres insatisfechos que quieren tenerlo todo y probarlo todo. También el consumo de información superficial y las formas de comunicación rápida y virtual pueden ser un factor de atontamiento que se lleva todo nuestro tiempo y nos aleja de la carne sufriente de los hermanos. En medio de esta vorágine actual, el Evangelio vuelve a resonar para ofrecernos una vida diferente, más sana y más feliz» (GE 108).

Al hablar de las «notas de la santidad en el mundo actual» el Papa usa un lenguaje auditivo, musical, en el que el aguante, la paciencia y mansedumbre, el buen humor, la audacia apostólica y el fervor, la comunidad y la oración, no son «notas sueltas» sino un acorde en cuyo «espacio musical» resuena «de modo especial» el llamado a la santidad hoy (cfr. GE 110). Si pensamos estas notas en términos «espaciales» vemos que «crean espacio»: al aguante crea espacio, la paciencia crea espacio, da tiempo…; la mansedumbre no ahoga, da lugar al otro; el humor distiende, es como una ventana de aire fresco, la audacia impulsa a salir más allá, a ganar terrenos de nadie; la comunidad es «lugar teológico» donde nos juntamos a rezar.

Discernimiento como salida de sí

Una novedad de Francisco en el modo de concebir el llamamiento en la hora actual se puede ver en que el Señor que «golpea y llama» a nuestra puerta, no es tanto para entrar sino para salir. «Pero a veces me pregunto si, por el aire irrespirable de nuestra autorreferencialidad, Jesús no estará ya dentro de nosotros golpeando para que lo dejemos salir» (GE 136).

Salir es discernir. Porque la autorreferencialidad es un encierro, una cárcel con barrotes de esquemas mentales que nos quitan libertad. Dice Francisco: «Somos libres, con la libertad de Jesucristo, pero él nos llama a examinar lo que hay dentro de nosotros ―deseos, angustias, temores, búsquedas― y lo que sucede fuera de nosotros —los ‹signos de los tiempos›— para reconocer los caminos de la libertad plena: «Examinadlo todo; quedaos con lo bueno» (1 Ts 5,21)» (GE 168). El discernimiento requiere «disposición a escuchar: al Señor, a los demás y a la realidad misma que siempre nos desafía de maneras nuevas» (GE 172).

Discernimiento como modo de salir de sí es la característica del llamado de Jesús hoy: «Esto nos hace ver – dice el Papa- que el discernimiento no es un autoanálisis ensimismado, una introspección egoísta, sino una verdadera salida de nosotros mismos hacia el misterio de Dios, que nos ayuda a vivir la misión a la cual nos ha llamado para el bien de los hermanos» (GE 175).

Discernimiento como instrumento para seguir al Señor

El Señor dice que para seguir al Señor necesitamos «instrumentos» y, más precisamente, instrumentos de lucha. Porque no se trata de un seguimiento lineal, sino dramático: «La vida cristiana es un combate permanente. Se requieren fuerza y valentía para resistir las tentaciones del diablo y anunciar el Evangelio. Esta lucha es muy bella, porque nos permite celebrar cada vez que el Señor vence en nuestra vida» (GE 158).

El combate no es solo contra la mentalidad mundana, que nos engaña, nos atonta y nos vuelve mediocres, ni tampoco solo con nuestras propias inclinaciones (cada uno tiene sus pasiones desordenadas, dice el papa) sino contra el diablo, el príncipe del mal (GE 159).

La escucha: sustrato básico de todo discernimiento

«¿Cómo saber – se anima a preguntar el Papa- si algo viene del Espíritu Santo o si su origen está en el espíritu del mundo o en el espíritu del diablo?» (GE 166). Este es la pregunta más importante que, si aceptamos que estamos en guerra, tenemos que hacernos todos los días. No se trata de dudar de todo. Pero sí de no ser ingenuos y estar abiertos a escuchar y a dejarnos confrontar: «Solo quien está dispuesto a escuchar tiene la libertad para renunciar a su propio punto de vista parcial o insuficiente, a sus costumbres, a sus esquemas» (GE 172).

El Espíritu nos da la gracia, en primer lugar de volver «a escuchar a Jesús, con todo el amor y el respeto que merece el Maestro». El Espíritu hace que le permitamos «que nos golpee con sus palabras, que nos desafíe, que nos interpele a un cambio real de vida» (GE 66). «Para todo discípulo es indispensable estar con el Maestro, escucharle, aprender de él, siempre aprender. Si no escuchamos, todas nuestras palabras serán únicamente ruidos que no sirven para nada» (GE 150).

Decía el Papa en su Carta al Pueblo de Dios en Chile: «Quisiera detenerme en la palabra “escucha”, ya que discernir supone aprender a escuchar lo que el Espíritu quiere decirnos. Y sólo lo podremos hacer si somos capaces de escuchar la realidad de lo que pasa».

La escucha es el primer paso del discernimiento -primero en el sentido de básico, es el trasfondo que nunca se deja atrás, siempre hay que «volver a escuchar» con más atención al otro, con más apertura de corazón, «salvando la proposición ajena», preguntando, acogiendo, poniéndonos en los zapatos del otro (y del Otro).

El Papa nos advierte que, en este combate que es la vida, en la lucha de paradigmas que escuchamos en nuestra cabeza, hasta «podría ocurrir que en la misma oración evitemos dejarnos confrontar por la libertad del Espíritu, que actúa como quiere». Puede suceder que uno rece, y mucho, y sin embargo «evite la confrontación con el Espíritu» (GE 172).

En el primer taller hablábamos de ejercitarnos en «mirar en modo discernimiento». En sacarnos los anteojos de las ideologías. Pues bien, escuchar bien es el primer paso para «ver bien». Cuando uno escucha, naturalmente el esfuerzo se dirige al sonido y al tono en el que se revela lo que quiere decir el otro. Uno pesca la intención en los énfasis y en el tono. Poníamos el ejemplo que hace ver la diferencia entre ver y escuchar: uno puede ver muchas imágenes al mismo tiempo y hacer zapping. El oído en cambio se atasca más rápido y cuando hablan muchos uno pide que hablen de a uno. La contaminación acústica produce disgusto y hasta dolor. En cambio a la contaminación visual nos acostumbramos más rápido (aunque a la larga produzca el síndrome de Stendhal, el cansancio la ver tantos cuadros en un museo). Quizás por eso le es más fácil al demonio «disfrazarse de ángel de luz» que «imitar la voz del buen Pastor». Jesús dice que «sus ovejas reconocen su voz». Se fía del oído a la hora de discernir.

Qué criterios nos da el Papa para saber si algo viene del Espíritu bueno o del Maligno?

            Discernir estas dos voces -sabiendo que a veces el mal espíritu se disfraza de ángel de luz y puede usar la misma escritura para engañarnos como trató de hacer con el Señor en las tentaciones del desierto- es una gracia y hay que pedirla cada día. Cuando en el Padrenuestro Jesús nos enseña a pedir «líbranos del Maligno» no es solo que nos libre de que nos posea o nos haga daño. El Papa dice: «Él no necesita poseernos. Nos envenena con el odio, con la tristeza, con la envidia, con los vicios. Y así, mientras nosotros bajamos la guardia, él aprovecha para destruir nuestra vida, nuestras familias y nuestras comunidades, porque «como león rugiente, ronda buscando a quien devorar» (1P5,8)» (GE 161).

La escucha supone que el Otro hable, y al hablar manifiesta su libertad: puede decir lo que quiere. Por eso, cuando uno escucha de alguna manera se pone en actitud de pobre, de quien tiene que recibir lo que el otro le quiera decir. Escuchar al Espíritu, como nos recomienda el Papa, supone una actitud de pobreza espiritual. Para cultivar esta actitud de pobres, de gente que cada día tiene que pedir el discernimiento así como pide el pan y el perdón, «el último criterio» es el Evangelio; y también -dice el Papa- el Magisterio que lo custodia». El evangelio y el magisterio bajo la guía del Espíritu, porque sólo el Espíritu «sabe penetrar hasta los pliegues más oscuros de la realidad y tener en cuenta todos los matices para que emerja con otra luz la novedad del Evangelio» (GE 173).

La pobreza nos lleva no solo a acudir cada día a la oración sino a reconocernos pobres también ante la misma Palabra que Dios nos dice. No se trata de que por el hecho de «entenderla o poder explicarla»  sepamos lo que nos quiere decir. El Espíritu es el que nos enseña a aplicar la parábola justa en cada ocasión. «La lectura orante de la Palabra de Dios, más dulce que la miel (cf.Sal 119,103) y «espada de doble filo» (Hb 4,12), nos permite detenernos a escuchar al Maestro para que sea lámpara para nuestros pasos, luz en nuestro camino (cf. Sal 119,105)» (GE 156).

Escuchar bien implica preguntar bien

Y cómo me relaciono con el Espíritu? Dice Francisco: «Pregúntale siempre al Espíritu qué espera Jesús de tien cada momento de tu existencia y en cada opción que debas tomar, para discernir el lugar que eso ocupa en tu propia misión. Y permítele que forje en ti ese misterio personal que refleje a Jesucristo en el mundo de hoy» (GE 23). Escuchar bien implica saber preguntar.

Están las preguntas personales: Señor, cómo te sentís? Esta pregunta activa la mirada sobre nosotros mismos no desde una «idea» o un «mandato» sino desde los sentimientos del Señor. Pablo dice «no entristezcan al Espíritu» y nosotros podemos preguntarle «si le alegró algo bueno que hicimos o si lo hemos entristecido».

Están también las preguntas sobre el qué: «Qué tenemos que hacer» como le preguntaba la gente a los apóstoles el día de Pentecostés. Aquí María nos da en detalle lo que el Padre decía de modo amplio: «Hagan todo lo que Jesús les diga», cosa que el Papa sintetiza en el Protocolo de la santidad para el mundo de hoy. Hagan las obras de misericordia que el Señor elenca en Mt 25.

Están luego las preguntas por el modo. De nuevo nuestra Señora nos da la clave: “Cómo será posible esto si yo…”. Expresar al Señor nuestra pobreza, nuestros condicionamientos de todo tipo, y preguntarle cómo se las ingeniará.

Están las preguntas por el más: «Cómo puedo hacer mejor las cosas, qué paso adelante me proponés, Señor». San Pedro Fabro dice que esta pregunta por «algo más» es infalible para que el buen espíritu muestre su agrado y nos proponga un paso concreto y posible en el camino del bien y el mal espíritu en cambio, se enoje y agite y se revuelva buscando excusas, poniendo impedimentos, tratando de desalentar. Preguntar por el más, ayuda. Esta es la lógica del don y de la cruz: «No se discierne para descubrir qué más le podemos sacar a esta vida, sino para reconocer cómo podemos cumplir mejor esa misión que se nos ha confiado en el Bautismo, y eso implica estar dispuestos a renuncias hasta darlo todo» (GE 174).

Por último, cito la pregunta por el énfasis o la jerarquía: en qué querés que insista, Señor; qué está para Vos primero? Preguntar por lo primero y por el énfasis también mueve los espíritus. Por que el mal espíritu no siempre tienta con cosas malas ni pone en discusión lo bueno que hay que hacer. A veces simplemente hace que posterguemos las cosas o las hagamos desordenadamente o sin poner el acento en lo importante.

El Papa da un ejemplo muy significativo de distintos énfasis que pueden darse leyendo el evangelio: «En el evangelio de Lucas ya no escuchamos el «Sed perfectos» (Mt5,48) sino «Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso» (GE 81).

La misericordia es lo que acentúa el Papa hoy y lo que pone en primer lugar.

Con su Magisterio nos dice todos los días que, en el momento actual, hay que escuchar más «misericordia» que «perfección». Por este lado va la santidad en el mundo actual, que no cree sino a los testigos de la misericordia.

Otro ejemplo que da el Papa es sobre cómo el mal espíritu nos hace escuchar ciertas verdades «disminuyendo su intensidad» o minimizando su perentoriedad, mientras que de otras cosas nos exagera la importancia. Son tentaciones bajo especie de bien, que desjerarquizan o sacan de contexto las verdades. El Papa decía que «en el hospital de campaña» en que vivimos, hay que salvar vidas antes que controlar el colesterol. Y para actuar como médicos de frontera nos da «el protocolo de la santidad», las preguntas prácticas y las medidas urgentes que uno puede tomar hoy, sin temor a equivocarse. Un niño tiene hambre? Tengo que darle de comer. Si no llego a muchos yo solo, para eso debo asociarme a las obras de misericordia que la Iglesia lleva adelante. Y si un niño está en gestación? Sólo una mirada de profunda misericordia -mirada con la que solo su madre puede mirar- es la que puede «desarmar» todas las miradas de la razón pragmática. Por eso, el remedio contra el aborto no está en ninguna ley (ni que penalice ni que legalice) sino en hacer todo lo posible para que esa mirada materna, que cuenta siempre con la ayuda de la naturaleza y de la fe y que hoy ya no cuenta con la ayuda de la cultura que se va imponiendo, para que esa mirada materna, no se apague, sea cuidada, educada por las mismas madres, valorada por la sociedad.

Esta mirada de misericordia, que le quita la cruz al otro, a los más débiles, y la carga sobre las propias espaldas, es capaz de brindar una gran felicidad. Porque la felicidad es paradójica y nos regala las mejores experiencias cuando aceptamos esa lógica misteriosa que no es de este mundo, como decía san Buenaventura refiriéndose a la cruz: «Esta es nuestra lógica». Si uno asume esta dinámica, entonces no deja anestesiar su conciencia y se abre generosamente al discernimiento.

Concluimos con un hermosa convicción del Papa:

«Dios siempre es novedad, que nos empuja a partir una y otra vez y a desplazarnos para ir más allá de lo conocido, hacia las periferias y las fronteras. Nos lleva allí donde está la humanidad más herida y donde los seres humanos, por debajo de la apariencia de la superficialidad y el conformismo, siguen buscando la respuesta a la pregunta por el sentido de la vida. ¡Dios no tiene miedo! ¡No tiene miedo! Él va siempre más allá de nuestros esquemas y no le teme a las periferias» (GE 135).

 

Momento para Contemplar

Marta Irigoy

Siguiendo el camino de los Ejercicios Espirituales, San Ignacio nos propone en la Meditación del Reino, dejarnos “seducir por el Señor” para desde ahí poder discernir el llamado personal al que Jesús, Buen Pastor, me invita en el momento actual de nuestra vida. En el “aquí y ahora” en donde cada uno está viviendo…

Retomando algunas frases del P. Diego, me llego hondamente esta palabra que se hace imagen y sonido: «en el corazón de mi pueblo yo soy una misión» (EG 273). Ya que ilumina mucho,  sabernos en el corazón de un Pueblo, que con sus dolores y alegrías, gesta el Reino de Dios…

Lo gesta, como dice una hermosa antífona, que cantamos en el Jubileo del año 2000:

“En cada gesto de amor, tu Reino llega…”

y se ilumina más el texto del P. Diego, que dice: “La gente que realiza con absoluta seriedad y responsabilidad los oficios más humildes en nuestra sociedad nos da ejemplo cotidiano de lo que significa «ser pueblo», sentirse uno más, en un trabajo pequeño, quizás, pero importante para que funcione la comunidad. El Papa habla del «maestro de alma», de la «enfermera de alma», del «político de alma»…

            La pertenencia a un pueblo es una pertenencia espiritual. No basta con tener la misma sangre o habitar el mismo suelo: se pertenece en la medida en la que uno cumple su misión en orden al bien común de su gente.

Y esta tiene que ser nuestra alegría, sabernos Pueblo que gesta el Reino de Dios en cada pequeño y sencillo gesto de amor…

Para rezar este mes de Julio, en donde nos preparamos para celebrar a San Ignacio, podemos pedir la Gracia de dejarnos seducir por Jesús, para tener sus sentimientos y acercar el Reino de Dios en cada gesto de amor…

Decálogo de la Santidad -Escrito por Obispo Francisco Cerro-

  1. Santo es “vivir con los sentimientos del corazón de Cristo”.
  2. Es no renunciar a amar “hasta el extremo”.
  3. Es abrirse siempre a los planes imprevisibles de Dios.
  4. Es creer contra toda esperanza.
  5. Es encontrarse con “quien sabemos que nos ama”.
  6. Es vivir el gozo y la alegría del Amor de Dios.
  7. Es no tener miedo a subir al monte y bajar al valle.
  8. Es decir: “aquí estoy para hacer tu voluntad”.
  9. Es vivirlo todo desde un amor enamorado.
  10. Es ser de Dios, no ser de uno mismo, ser para los demás.
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Momento de Reflexión

Diego Fares sj

La meditación del Reino –que Ignacio hace rezar durante todo un día- concluye la semana de los pecados y abre las semanas de la vida del Señor. Es una meditación “gozne” que lo centra todo en la Persona de Jesús y en su llamamiento.

Si miramos al Jesús que Ignacio nos presenta vemos a un Jesús lleno de esperanza, un Jesús joven que viene a llamar discípulos y compañeros para la misión de evangelizar a todos los pueblos. Es un Jesús que quiere entrar con todos los hombres en la Gloria del Padre. Con todos: no quiere que se pierda ninguno; no quiere excluidos ni descartados…, ni enemigos en lo que a Él respecta.

Y la vocación o llamado es a cada uno en particular. Jesús invita a “quien quisiere” ir con Él compartirlo todo: “ha de trabajar conmigo, para que, siguiéndome en la pena, también me siga en la gloria” (EE 95). Antes, en la figura del rey temporal, Ignacio había especificado más lo que implica ir por la vida en compañía de Jesús: “quien quisiere venir conmigo estará contento de comer como yo, y así de beber y vestir (como yo) etc.; asimismo tendrá que trabajar conmigo en el día y vigilar en la noche, etc.” (EE 93). En los “etc.” que pone Ignacio entra todo lo que se puede compartir en una amistad vivida en medio de una gran misión.

La esperanza de la Gloria futura atrae y es la meta; los trabajos y las penas son parte inevitable de la lucha, pero la Gloria y la Cruz se hacen a nuestra medida humana en el amor de amistad real que día a día es posible vivir con ese Jesús que alegra el corazón y le da fortaleza y ánimo. Cuando se trabaja y se lucha codo a codo entre amigos uno pone toda la persona y un poquito más. Si se compite en algo es en quién da más de sí y no en quién se lleva los aplausos.

Así, en la meditación del Reino vemos cómo la Esperanza grande de entrar con todos en la Gloria del Padre se concreta en el “Conmigo” al que nos invita Jesús. Ese “Conmigo” es un lugar especial. Digo lugar porque al estar con otro se crea un espacio, un ámbito, en medio del cual las cosas y lo que se realiza tiene otro sentido. El papa Benedicto en “Spes salvi” decía que la esperanza “atrae el futuro dentro del presente”. Eso es lo que hace “estar con Jesús” en el lugar de servicio al que llama e invita a cada uno de manera personal y única.

Conmigo

Este “conmigo”, este “con” Jesús es el lugar teológico que cada uno debe buscar y discernir cuál es, dónde se encuentra. Y, una vez encontrado, si uno lo elige como “su lugar en el mundo”, se convierte en puerta y camino, en verdad y vida. Desde allí toda la vida adquiere sentido: allí uno habita como en su tierra prometida; de allí puede “salir y entrar”, como las ovejas por la Puerta que es Jesús, para ir a misionar y regresar a adorar y a compartir la Eucaristía con sus hermanos; en ese lugar uno puede “estar con Jesús”, ver a Dios en todas las cosas y planear el “modo” de obrar y el ritmo con el cual caminar en la misión.

Que el Señor nos permita estar “con Él” es una gran gracia.

Sabemos dónde está Él, sabemos cuáles son sus criterios cuando se trata de elegir a dónde ir.

Él está donde “dos o tres se reúnen en su nombre”.

Él está donde dos o tres han encontrado su lugar para adorar y alabar y pensar la misión.

Él está siempre de camino, saliendo a buscar a la ovejita perdida o acompañando a un herido que encontró por el camino y que llevó a la hospedería.

Él está donde alguno quiere escuchar el evangelio que Jesús nos predica como a su Madre, a sus hermanas y hermanos.

Él está donde hay alguno que sufre y necesita sanación.

Él está sembrando en todos los terrenos y cuidando que el trigo de fruto, sin preocuparse por la cizaña.

Él está donde hay fiesta de bodas, lavando pies, convirtiendo el agua en vino, partiendo el pan.

Él está en la vida oculta donde su pueblo habita, como habitó Él en Nazaret,

Él está en las barcas donde su pueblo trabaja, como estuvo con sus discípulos en el lago de Galilea.

Él está en todos los amaneceres en que su pueblo se levanta y reza, tomando unos mates, antes de salir a trabajar, como estuvo en el Tabor, cuando se transfiguró ante sus tres amigos.

Él está en todas las cruces donde su pueblo está crucificado, dejándose ayudar, como se dejó ayudar por el Cireneo, y ayudando a otros, como ayudó al buen ladrón y confortó a su Madre y a su amigo.

Él está en todos los cielos abiertos bajo los cuales su pueblo peregrina hacia los santuarios, como estuvo en el monte antes de peregrinar al Cielo.

Él está en todos los cenáculos donde la gente de su pueblo se reúne a adorar al Padre en espíritu y en verdad.

Él está, prometió que estaría todos los días con nosotros hasta el fin del mundo.

El lugar preparado

El Señor, cuando se iba, dejó dicho que “iba a prepararnos un lugar”. Muchas veces se entiende esto como que nos reservó una pieza en el Cielo, como si el Cielo fuera un gran hotel o algo así. A mí me gusta pensar más bien que Jesús se fue junto al Padre para prepararnos un lugar de misión y de adoración en esta tierra. Por supuesto que la promesa habla de un lugar definitivo, del Cielo, al que tendemos en esperanza. Pero el que Jesús nos prepara es también un lugar en el que podemos habitar desde ya.

Es un espacio abierto: el de la intimidad suya con el Padre. Se puede acceder a él desde cualquier lugar. Basta que uno deje que se explaye el deseo de adorar “en Espíritu y en verdad”.

No es un lugar privado. Se abre solo donde “dos o tres se juntan en el Nombre de Jesús”. Es el lugar del “Conmigo” que se declina en “con otros”.

No es un lugar utópico, que quedaría en el “más allá”, en la otra vida. Es bien tópico, situado, pisable, transitable. Eso sí, requiere un tipo de movimiento especial, un movimiento “aproximativo”, no de distancia sino de cercanía. Todos hacemos este tipo de micro-movimientos con los que nos acercamos a otro o tomamos la dirección contraria.

El que Jesús nos prepara es un tipo de lugar “escalera”. Un lugar que apoya los pies en esta tierra y sube a lo alto del cielo.

El de Jesús es un lugar familiar. Y sucede como cuando una familia se va de vacaciones, que lleva su casa consigo. La familia se organiza y habita cualquier lugar recreando un espacio interior suyo que lleva dentro: cuando se sientan en cualquier mesa, cada uno tiende a ocupar los lugares como en casa. La familia ordena sus tiempos y sus cosas en referencia a como los ordena en la casa, a veces de la misma manera, a veces de manera totalmente diversa, para descansar de la rutina, pero teniéndola grabada en la memoria, distendiendo y “desordenando” el espacio habitual para gozar mejor de él. Así, el espacio que se crea entre Jesús y nosotros es un lugar que uno lleva consigo a donde vaya.

Es un lugar móvil también, como una casa rodante, en la que uno habita y viaja a la vez. Y sucede como con nuestros misioneros. San Roque González de Santa Cruz cuenta cómo cuando se internaban en las selvas del Paraguay y de nuestra Misiones, entre las pocas cosas que llevaban la más importante era el altar portátil para celebrar la Eucaristía. Con ese altar, todo alrededor era templo y casa y Reducción futura.

El lugar que Jesús nos prepara tiene o arma sus cuatro paredes (iba a decir “en esta tierra”, pero no es correcto) siempre en medio de su pueblo.

Las personas vamos por la vida “con nuestro espacio en torno”; cada uno vive y trabaja “con su paisaje incluido”. Es lo que nos distingue.

Se distingue al que va al trabajo del que pasea como turista.

Caminan distinto, el que va con una misión y el que anda dando vueltas nada más.

El modo de “estar” es distinto en el que “está” en un puesto de trabajo que vive como misión y en el que está allí a disgusto, por obligación o porque no le queda otra.

El que va “con Jesús” tiene un espacio que conjuga dos características contrastantes: es el lugar más común y, a la vez, el más especial. Lo vemos en la vida de los santos. Santa Teresita, por ejemplo, tenía una celdita de dos por dos y sin embargo parecía que caminaba por todas las misiones. Y no creo que su lugar en el Cielo sea otra cosa que un lugarcito, como el de su celda en el convento de Lisieux.

Ignacio, que es especialista en esto de rezar “haciendo la composición del lugar”, tenía su piecita en el Gesú –que gracias a Dios se conserva intacta- y desde ahí todo el mundo le era casa, como dice Nadal que tiene que ser para la Compañía.

De Brochero se puede pispear cómo era ese “lugar interior” que tenía “con Jesús” por tres cosas al menos. Una por cómo andaba siempre en su mula, pasando al tranco por las casas, para dar tiempo a que la gente saliera a pedirle la bendición y lo viera hundirse y salir por hondonadas y cerros, yendo a visitar a un enfermo. La otra, por cómo organizó la Casa de Ejercicios, con sus espacios para los fogones en los que siempre había una pava con agua caliente para el mate y cerquita nomás el lugar para los caballos y mulas, para que los paisanos sintieran que estaban bien atendidos, ya que era el mismo cura el que les daba agua y comida. La tercera, por cómo organizó los caminos y los diques y deseó el tren y levantó capillas y escuelas… A Brochero el Señor le preparó un lugar interior en el que cabía un pueblo. Y no hablo sólo del Tránsito, sino todo el pueblo argentino que vendría.

El lugar interior de Hurtado se puede ver en eso tan suyo de “qué haría Cristo si estuviera en mi lugar”. Que rezaba esto de verdad se puede ver en el Hogar de Cristo, lugar único y multiplicado para los pobres concretos de cada rincón de Chile.

Y así con cada santo. Si algo caracteriza a las santas y santos cristianos es ese estar en cualquier lugar santificándolo por su modo de “estar con Cristo”.

Esto que es tan especial es lo más común en la gente de nuestro pueblo: cada uno en su lugar, cada uno en su puesto de trabajo, cuidando a su familia, dando la vida sin hacerlo notar. Es tan lindo ver, como dice el Papa a “la enfermera de alma, el docente de alma, el político de alma, esos que han decidido a fondo ser con los demás y para los demás” (EG 273). Lo dice el Papa cuando habla de que “En el corazón del pueblo (…) yo soy una misión”.

Pedimos la gracia de discernir cuál es –en el corazón de nuestros pueblos- el lugar de misión que el Señor Jesús nos ha preparado y nos prepara cada día para ir y estar con Él.

 

Momento de contemplación

Marta Irigoy

La Meditación del Reino, nos prepara el corazón para descubrir el lugar que nos será regalado para ser fieles al sueño de Dios que tiene sobre cada uno de sus hijos.

Por un lado, será encontrar “el propio sitio”, que será la tierra sagrada en donde se podrá servir y adorar a Dios que se hará presente en mis hermanos…

Por otro, será lugar sagrado en donde seré fiel al Dios que me invita a caminar con Él…

Saber que la promesa de Jesús: que ira “conmigo” y “yo con Él” llena de esperanza la vida, ahuyenta el desánimo cuando los tiempos de Dios no son los que la realidad impone o exige y anima sabernos “con otros” que han sido misionados para la misma misión: que Jesús sea más conocido y amado por todos…

Para este momento de contemplación, la invitación en contemplar “TU TIERRA SAGRADA”; ese lugar en que hoy, sentimos que tenemos en nuestras manos, una oportunidad única, que está confiada a mis dones y talentos para hacerlos fructificar para el Reino de Dios…

Copio, nuevamente estas palabras que más arriba, escribió el P. Diego, para que sean de profunda rumia del corazón y nos ayuden a adorar al Dios Cotidiano que camina “conmigo” y “contigo” y que se hace el Dios Cotidiano “con nosotros” …

Sabemos dónde está Él, sabemos cuáles son sus criterios cuando se trata de elegir a dónde ir.

Él está donde “dos o tres se reúnen en su nombre”.

Él está donde dos o tres han encontrado su lugar para adorar y alabar y pensar la misión.

Él está siempre de camino, saliendo a buscar a la ovejita perdida o acompañando a un herido que encontró por el camino y que llevó a la hospedería.

Él está donde alguno quiere escuchar el evangelio que Jesús nos predica como a su Madre, a sus hermanas y hermanos.

Él está donde hay alguno que sufre y necesita sanación.

Él está sembrando en todos los terrenos y cuidando que el trigo de fruto, sin preocuparse por la cizaña.

Él está donde hay fiesta de bodas, lavando pies, convirtiendo el agua en vino, partiendo el pan.

Él está en la vida oculta donde su pueblo habita, como habitó Él en Nazaret,

Él está en las barcas donde su pueblo trabaja, como estuvo con sus discípulos en el lago de Galilea.

Él está en todos los amaneceres en que su pueblo se levanta y reza, tomando unos mates, antes de salir a trabajar, como estuvo en el Tabor, cuando se transfiguró ante sus tres amigos.

Él está en todas las cruces donde su pueblo está crucificado, dejándose ayudar, como se dejó ayudar por el Cireneo, y ayudando a otros, como ayudó al buen ladrón y confortó a su Madre y a su amigo.

Él está en todos los cielos abiertos bajo los cuales su pueblo peregrina hacia los santuarios, como estuvo en el monte antes de peregrinar al Cielo.

Él está en todos los cenáculos donde la gente de su pueblo se reúne a adorar al Padre en espíritu y en verdad.

 

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