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Momento de Reflexión

P. Diego Fares sj

El pecado situado entre la bondad de la creación y el bien deseable al que somos llamados

En el esquema dinámico de los Ejercicios San Ignacio sitúa el pecado, con toda la crudeza de su negatividad y de su poder destructivo, entre dos momentos muy positivos: uno es el de la creación -«somos creados» para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor(Principio y Fundamento, EE 23)-; el otro es el del llamamiento: Jesús llama a todos -«al universo mundo y a cada uno en particular- a su seguimiento, para «entrar en la gloria del Padre» (Llamiento del Rey Eterno, EE 95).

Como dice el Génesis, «Vio Dios cuanto había hecho, y todo estaba muy bien» (Gn 1, 31). Hay en el interior más hondo de cada ser una «bondad creatural» que el pecado no logró dañar; hay también una vocación a la santidad y a la vida eterna que siempre se renueva por parte del Señor: «Vengan a mí todos…» (Mt 11, 28); «al que viene a mí no lo rechazaré» (Jn 6, 37).

El Papa Francisco, en Gaudete et exsultate, hace ver estas dos realidades desde el comienzo mismo de su Exhortación, cuando nos recuerda que hemos sido creados para la felicidad y que el Señor nos llama a todos a la santidad:

«Alegraos y regocijaos» (Mt 5,12), dice Jesús a los que son perseguidos o humillados por su causa. El Señor lo pide todo, y lo que ofrece es la verdadera vida, la felicidad para la cual fuimos creados. Él nos quiere santos y no espera que nos conformemos con una existencia mediocre, aguada, licuada. En realidad, desde las primeras páginas de la Biblia está presente, de diversas maneras, el llamado a la santidad. Así se lo proponía el Señor a Abraham: «Camina en mi presencia y sé perfecto» (Gn 17,1)» (GE 1).

Hablando de ese pobre que encontramos «durmiendo a la intemperie» me recuerda el Papa que puedo mirarlo -como a todo ser humano, incluso al más pecador, que puedo ser yo mismo- «y reconocer en él a un ser humano con  mi misma dignidad, a una creatura infinitamente amada por el Padre, una imagen de Dios, un hermano redimido por Jesucristo» (GE 98).

Y el llamado! El Papa recuerda cómo el Concilio Vaticano II lo destacó con fuerza: «Todos los fieles, cristianos, de cualquier condición y estado, fortalecidos con tantos y tan poderosos medios de salvación, son llamados por el Señor, cada uno por su camino, a la perfección de aquella santidadm con la que es perfecto el mismo Padre» (GE 10).

Si alguno, al ver tanta maldad en el mundo, dudara de la bondad creatural del ser humano, de lo que no podemos dudar es de la fuerza sanadora que contiene el llamado -lleno de invencible esperanza en el poder del bien, de la misericordia y del amor de amistad- que nos hace Jesús. El Papa afirma que precisamente esto «Es lo que había comprendido muy bien santa Teresa de Calcuta: ‹Sí, tengo muchas debilidades humanas, muchas miserias humanas. […] Pero él baja y nos usa, a usted y a mí, para ser su amor y su compasión en el mundo, a pesar de nuestros pecados, a pesar de nuestras miserias y defectos. Él depende de nosotros para amar al mundo y demostrarle lo mucho que lo ama. Si nos ocupamos demasiado de nosotros mismos, no nos quedará tiempo para los demás›».

El pecado puesto frente a la Misericordia de Dios

Dice Francisco: «Mirar y actuar con misericordia (con los demás y con uno mismo), esto es santidad» (GE 82). Es que: «La misericordia es ‹el corazón palpitante del Evangelio›» (GE 97). Por qué? Porque la misericordia nos da el criterio para discernir «si nuestro camino de oración es auténtico», si somos verdaderamente «hijos del Padre»; la misericordia -en definitiva- es la llave del cielo» (GE 105).

Situar el pecado ante la misericordia es lo único que nos permite encontrar paz. Si somos conscientes de nuestros pecados y de los del mundo, expermimentaremos que no basta con la justicia. El Papa nos recuerda lo que le reveló el Señor a Santa Faustina: que «la humanidad no encontrará paz hasta que no se dirija con confianza a la misericordia divina» (GE 121).

Por eso nos recomienda «contemplar el rostro de Jesús muerto y resucitado» y si esto no nos sale fácilmente -contemplar su Rostro- nos recomienda entrar en las entrañas del Señor: «Entra en sus llagas, porque allí tiene su sede la misericordia divina» (GE 151).

Además de mirar y sentir al Señor es bueno considerar la misericordia de Dios en nuestra historia. Si estamos vivos, es que muchos han tenido misericordia de nosotros. «Trayendo a la memoria todos los beneficios que hemos recibido del Señor», como nos hace contemplar San Ignacio en la Contemplación para crecer en el amor, encontraremos en nuestra historia «tanta misericordia» (GE 153).

La misericordia nos permite aprender de nuestros errores

En su Exhortación a los Jóvenes –Vive Cristo-, el papa les recuerda que «Jesús elogia al joven pecador que retoma el buen camino más que al que se cree fiel pero no vive el espíritu del amor y de la misericordia» (VC 12).

Su mensaje es «Cristo te salva», su misericordia te libera de la culpa: «Mira los brazos abiertos de Cristo crucificado, déjate salvar una y otra vez. Y cuando te acerques a confesar tus pecados, cree firmemente en su misericordia que te libera de la culpa. Contempla su sangre derramada con tanto cariño y déjate purificar por ella. Así podrás renacer, una y otra vez» (VC 123).

La misericordia nos permite «aprender de nuestros errores» gracias a que el Señor es capaz de transformarlos en fuente de bien. El Papa invita a arriesgar sin miedo: «El amor que se da y que obra, tantas veces se equivoca. El que actúa, el que arriesga, quizás comete errores. Aquí, en este momento, puede resultar de interés traer el testimonio de María Gabriela Perin, huérfana de padre desde recién nacida que reflexiona cómo esto influyó en su vida, en una relación que no duró pero que la hizo madre y ahora abuela: «Lo que yo sé es que Dios crea historias. En su genialidad y su misericordia, Él toma nuestros triunfos y fracasos y teje hermosos tapices que están llenos de ironía. El reverso del tejido puede parecer desordenado con sus hilos enredados –los acontecimientos de nuestra vida– y tal vez sea ese lado con el que nos obsesionamos cuando tenemos dudas. Sin embargo, el lado bueno del tapiz muestra una historia magnífica, y ese es el lado que ve Dios». Cuando las personas mayores miran atentamente la vida, a menudo saben de modo instintivo lo que hay detrás de los hilos enredados y reconocen lo que Dios hace creativamente aun con nuestros errores» (VC 198).

Dar fe a lo que nos impulsa a ir para adelante, levantándonos setenta veces siete

Vive Cristonos alienta a dar fe a los impulsos más hondos del corazón que nos invitan a ir hacia adelante. Les podemos dar fe porque «Existe Alguien como Jesús que entiende y valora esta intención última del corazón. Por eso Él está siempre dispuesto a ayudar a cada uno para que la reconozca, y para ello le basta que alguien le diga: “¡Señor, sálvame! ¡Ten misericordia de mí!”» (GE 294).

Por eso, el Papa alienta a la Iglesia entera a convertirse si miedo a sus pecados: «Nuestros pecados están a la vista de todos; se reflejan sin piedad en las arrugas del rostro milenario de nuestra Madre y Maestra. Porque ella camina desde hace dos mil años, compartiendo «los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres». Y camina como es, sin hacerse cirugías estéticas. No teme mostrar los pecados de sus miembros, que a veces algunos de ellos intentan disimular, ante la luz ardiente de la Palabra del Evangelio que limpia y purifica. Tampoco deja de recitar cada día, avergonzada: «Piedad de mí, Señor, por tu bondad. […] Tengo siempre presente mi pecado» (Sal 51,3.5). Pero recordemos que no se abandona a la Madre cuando está herida, sino que se la acompaña para que saque de ella toda su fortaleza y su capacidad de comenzar siempre de nuevo» (VC 101).

«Ese Cristo que nos salvó en la Cruz de nuestros pecados, con ese mismo poder de su entrega total sigue salvándonos y rescatándonos hoy. Mira su Cruz, aférrate a Él, déjate salvar, porque ‘quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento’. Y si pecas y te alejas, Él vuelve a levantarte con el poder de su Cruz. Nunca olvides que «Él perdona setenta veces siete. Nos vuelve a cargar sobre sus hombros una y otra vez. Nadie podrá quitarnos la dignidad que nos otorga este amor infinito e inquebrantable. Él nos permite levantar la cabeza y volver a empezar, con una ternura que nunca nos desilusiona y que siempre puede devolvernos la alegría». (VC 119).

Y lo más importante: dar lugar a todos, distinguiendo el pecado del pecador

«Las heridas recibidas pueden llevarte a la tentación del aislamiento, a replegarte sobre ti mismo, a acumular rencores, pero nunca dejes de escuchar el llamado de Dios al perdón. Como bien enseñaron los Obispos de Ruanda, «la reconciliación con el otro pide ante todo descubrir en él el esplendor de la imagen de Dios […]. En esta óptica, es vital distinguir al pecador de su pecado y de su ofensa, para llegar a la verdadera reconciliación. Esto significa que odies el mal que el otro te inflige, pero que continúes amándolo porque reconoces su debilidad y ves la imagen de Dios en él[10]».(VC 165).

«En el Sínodo se exhortó a construir una pastoral juvenil capaz de crear espacios inclusivos, donde haya lugar para todo tipo de jóvenes y donde se manifieste realmente que somos una Iglesia de puertas abiertas. Ni siquiera hace falta que alguien asuma completamente todas las enseñanzas de la Iglesia para que pueda participar de algunos de nuestros espacios para jóvenes. Basta una actitud abierta para todos los que tengan el deseo y la disposición de dejarse encontrar por la verdad revelada por Dios. Algunas propuestas pastorales pueden suponer un camino ya recorrido en la fe, pero necesitamos una pastoral popular juvenil que abra puertas y ofrezca espacio a todos y a cada uno con sus dudas, sus traumas, sus problemas e inclinaciones sexuales, sus errores, su historia, sus experiencias del pecado y todas sus dificultades» (VC 234).

Examen de conciencia como discernimiento, más que de los pecados de la novedad de Dios en mi vida

«Esta formación implica dejarse transformar por Cristo y al mismo tiempo «una práctica habitual del bien, valorada en el examen de conciencia: un ejercicio en el que no se trata sólo de identificar los pecados, sino también de reconocer la obra de Dios en la propia experiencia cotidiana, en los acontecimientos de la historia y de las culturas de las que formamos parte, en el testimonio de tantos hombres y mujeres que nos han precedido o que nos acompañan con su sabiduría. Todo ello ayuda a crecer en la virtud de la prudencia, articulando la orientación global de la existencia con elecciones concretas, con la conciencia serena de los propios dones y límites» (VC 282).

Momento para Contemplar

Marta Irigoy

Seguimos el “Camino Espiritual de los Ejercicios Espirituales”, junto a este bendecido tiempo de Cuaresma…

Quisiera invitarnos a retomar algunos de los párrafos, escritos por el P. Diego Fares sj; sobre esta invitación a vivir nuestra vida desde  el llamado a la Santidad, como cita el Papa Francisco en el Génesis, el llamado  a la Santidad de Abraham, nuestro padre en la Fe: «Camina en mi presencia y sé perfecto» (Gn 17,1)» (GE 1).

Nada hay más perfecto que caminar con humildad en la vida…

Una humildad que se va gestando a lo largo de una vida que ha tenido en el horizonte los bondadosos brazos del Padre, que abiertos nos esperan para consolarnos y sanarnos las heridas que el pecado propio y el de otros que nos ha lastimado…

En estos días, en que estamos más cerquita de la Pasión y Resurrección del Señor, es bueno releer lo que nos dice el P. Diego, citando las ultimas Exhortaciones del Papa Francisco: “Gaudete et Exsultate» sobre el llamado a la Santidad y la última  para los Jóvenes: “VIVE CRISTO”

“Hay en el interior más hondo de cada ser una «bondad creatural» que el pecado no logró dañar; hay también una vocación a la santidad y a la vida eterna que siempre se renueva por parte del Señor: «Vengan a mí todos…» (Mt 11, 28); «al que viene a mí no lo rechazaré» (Jn 6, 37).

Si alguno, al ver tanta maldad en el mundo, dudara de la bondad creatural del ser humano, de lo que no podemos dudar es de la fuerza sanadora que contiene el llamado -lleno de invencible esperanza en el poder del bien, de la misericordia y del amor de amistad- que nos hace Jesús.

El Papa afirma que precisamente esto «Es lo que había comprendido muy bien santa Teresa de Calcuta: ‹Sí, tengo muchas debilidades humanas, muchas miserias humanas. […] Pero él baja y nos usa, a usted y a mí, para ser su amor y su compasión en el mundo, a pesar de nuestros pecados, a pesar de nuestras miserias y defectos. Él depende de nosotros para amar al mundo y demostrarle lo mucho que lo ama. Si nos ocupamos demasiado de nosotros mismos, no nos quedará tiempo para los demás›».

  • Aquí podríamos agradecer ser instrumentos del Amor de Dios para los demás…

Y sentir y gustar esta frase: “Dios usa nuestra pequeñez para manifestar su hermosa Grandeza…”

Dice Francisco: «Mirar y actuar con misericordia (con los demás y con uno mismo), esto es santidad» (GE 82). Es que: «La misericordia es ‹el corazón palpitante del Evangelio›» (GE 97). Por qué? Porque la misericordia nos da el criterio para discernir «si nuestro camino de oración es auténtico», si somos verdaderamente «hijos del Padre»; la misericordia -en definitiva- es la llave del cielo» (GE 105).

Situar el pecado ante la misericordia es lo único que nos permite encontrar paz. Si somos conscientes de nuestros pecados y de los del mundo, experimentaremos que no basta con la justicia. El Papa nos recuerda lo que le reveló el Señor a Santa Faustina: que «la humanidad no encontrará paz hasta que no se dirija con confianza a la misericordia divina» (GE 121).

  • Aquí podríamos suplicar al Padre de las Misericordias, poder unir nuestra fe y nuestras Obras…

Y Pedir: Padre Bueno, ayúdanos a confiar nuestra fragilidad al Fuego de tu Divina Misericordia…

Francisco, nos recomienda «contemplar el rostro de Jesús muerto y resucitado» y si esto no nos sale fácilmente -contemplar su Rostro- nos recomienda entrar en las entrañas del Señor: «Entra en sus llagas, porque allí tiene su sede la misericordia divina[4]» (GE 151).

Además de mirar y sentir al Señor es bueno considerar la misericordia de Dios en nuestra historia. Si estamos vivos, es que muchos han tenido misericordia de nosotros. «Trayendo a la memoria todos los beneficios que hemos recibido del Señor», como nos hace contemplar San Ignacio en la Contemplación para crecer en elamor, encontraremos en nuestra historia «tanta misericordia» (GE 153).

  • Aquí podríamos hacer memoria agradecida de toda la Misericordia con que Nuestro Padre ha regado la aridez que el pecado dejaba en nuestra vida…

Y Pedirle con mucha insistencia: que nunca dejemos de escuchar el llamado de Dios al perdón

Viene bien, traer el testimonio de María Gabriela Perin, citada en estas reflexiones…

«Lo que yo sé es que Dios crea historias. En su genialidad y su misericordia, Él toma nuestros triunfos y fracasos y teje hermosos tapices que están llenos de ironía. El reverso del tejido puede parecer desordenado con sus hilos enredados –los acontecimientos de nuestra vida– y tal vez sea ese lado con el que nos obsesionamos cuando tenemos dudas. Sin embargo, el lado bueno del tapiz muestra una historia magnífica, y ese es el lado que ve Dios».

Y hacer el Examen de conciencia para prepararnos a recibir la Belleza de la Resurrección de Jesús; como discernimiento más que de los pecados, de la novedad de Dios en mi vida… 

Eso nos rejuvenece y nos trae la Vida en Abundancia prometida por Jesús… porque para eso ha venido:

“Para que tengamos Vida en Abundancia”…

Que tengamos un camino fecundo en estos días, en que nos acercamos al Misterio del Amor hasta el Extremo…

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