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Pedir al Espíritu saber discernir, detrás de cada pecado, una tentación de desesperanza

Momento de Reflexión para sacar provecho

Diego Fares sj

Amor incondicional y esperanza

Todos hemos tenido de niños alguna experiencia de desesperación de la que solo el amor de nuestra madre nos calmó y nos contuvo. He visto a tantas mamás junto a la cama de hospital, cuidando a sus hijos sin moverse de su lado. Agotadas y enteras, sin la menor sombra de duda acerca de si deben estar tanto. Recuerdo un año en el que, por ir a bautizar a un bebé –José Ignacio- en el hospital italiano, me hice amigo de varias familias que tenían a sus hijos en la misma terapia. Durante más de dos meses pasaba casi todas las tardes a hacerles una visita. En una de esas charlas en las que con delicadeza trataba de hacer hablar un poquito a los papás, ya que todos tenían como un nudo en la garganta, le pregunté a una mamá cómo hacía, ya que llevaban meses sin moverse de allí. Recuerdo su expresión: era la de alguien que se había olvidado totalmente de mirarse a sí misma. Me dijo: “No sé. ¿Dónde más podría estar?”. Solo ellos calmaban -en sus crisis de llanto y pataleo- a su hijito que sufría. En experiencias como esa, previas a las conscientes, de un amor absolutamente presente, cuya mano acude a acariciarnos apenas movemos la nuestra, se funda lo que expresamos cuando decimos que “la esperanza es lo último que se pierde”. De allí viene que los niños, cuando se encuentran en una situación desesperada y alguien intenta consolarlos, digan llorando “yo quiero a mi mamá”. Y que un soldado escriba: Islas Malvinas, 2 de junio 82. Querida Mamá: Hola, ¿cómo estás?, muy bien pues me alegro muchísimo, porque esa es mi única preocupación al igual que papá por supuesto”. Él escribe y se responde en el único diálogo interior siempre retomado, que sostiene su esperanza en el frío del refugio, bajo el ruido de los cañones que repite la palabra muerte. La esperanza es una fuerza de convicción que nace de las entrañas y del corazón. Es previa a todo razonamiento. La encendió el primer abrazo que recibimos al nacer y por eso, si se apaga, uno siempre espera que alguien o algo la reencienda.

Esperanza y perdón

Lo mismo sucede con el perdón. Creer en el perdón, confiar en que de veras alguien puede ser misericordioso con nosotros cuando hemos hecho un gran mal, cuando hemos sido infieles y hemos traicionado, experimentar como algo real la posibilidad de ser bien recibidos, es algo que se juega allí donde somos hijos. Ni siquiera digo hermanos o amigos. Sólo un padre y una madre pueden perdonar incondicionalmente. Y esto porque a nivel existencial se encuentran situados “antes” de todo mal, en ese lugar en el que la vida es un bien absoluto y primero, desde el cual todo se puede reparar.

Seguía escribiendo así el soldado de Malvinas: “Mamá quiero que sepas que muchas veces no hice caso a tus consejos y reproches(.) fue por chiquilín o por estúpido como lo es uno cuando es adolescente y lo único que piensa es joder, o no sé, porquerías y ahora valoro y comprendo todos tus consejos”.

En la conciencia de ser hijos se pasa naturalmente del agradecimiento por el amor a la necesidad de pedir perdón. El dar por descontado que se obtendrá misericordia va junto a la necesidad de reparar. Todo es sincero en esta relación filial. Por eso, cultivar y ampliar esta conciencia de ser creaturas y de ser hijos queridos, es lo primero si queremos corregir errores y reparar los daños del pecado. Solo el amor absoluto del que nos soñó y nos creó buenos, puede hacer que nuestra esperanza supere todos los males. Solo la esperanza en el amor incondicional del que es nuestro Padre, ese amor al que solo le interesa nuestra felicidad y nuestro bien, puede hacer que nuestra esperanza en su misericordia venza toda culpa, toda desconfianza, todo desaliento.

“Me levantaré y volveré junto a mi Padre”: en estas palabras que el hijo pródigo se dice a sí mismo cuando, estando en lo más bajo de su degradación, recuerda el olor a pan de la casa paterna y se deja movilizar por la esperanza cierta de que su Padre lo recibirá, al menos como sirviente, en estas palabras, digo, está plasmada la imagen de cómo sólo un amor de Padre es capaz de engendrar una esperanza total en el corazón de un hijo. Otro tipo de relaciones –entre patrón y empleado, entre médico y paciente o entre maestro y discípulo y aún entre hermanos o amigos- no son capaces de generar una esperanza indestructible. Solo el Padre Misericordioso engendra hijos esperanzados. Jesús, el Hijo amado que por eso mismo es nuestra Esperanza, dio la vida para testimoniar esta verdad, la más decisiva.

Desesperanza y pecado

Es por esto que el primer discernimiento debe ser descubrir, en todo pecado, no tanto la raíz sicológica o moral, sino la previa tentación de desesperanza, que frenó y torció de alguna manera, el natural impulso al bien que el Espíritu Santo alimenta en todo momento con su gracia. Detrás de todo pecado podemos discernir –prolongado o breve- un acto de desesperanza.

Veamos ejemplos. La ira. ¿Cuándo comienza un niño a gritar? Cuando primero se desespera porque su mamá no le hace caso a sus pedidos y argumentos. Entonces sube la voz, grita y patalea. Lo mismo con los grandes. El diálogo, en cambio, se sostiene con actos concretos de esperanza: espero que me entiendas; tomate tu tiempo; me doy tiempo yo y con paciencia espera a que te expliques bien, a que puedas decir todo lo que sentís… Son todas actitudes de esperanza las que mantienen el diálogo, las que apuestan a él.

La avaricia. ¿Cuándo agarra un niño todos los caramelos y los acapara? Cuando primero se desespera porque le hacen esperar o porque ve que no le darán todos los que quiere. Especialmente si hay otros en torno: su conciencia mimética percibe la misma avaricia en los gestos de los otros niños y calcula de alguna manera que si no se apura, otro le arrebatará los suyo.

La lujuria. La lujuria es la sexualidad que pierde ternura y se exacerba, obrando con avaricia y agresividad. ¿Cuándo se exacerba? Cuando primero desespera de que el respeto por el otro y la ternura puedan contener y encauzar la fuerza de la pasión. La pasión sexual no es dominable pero sí encauzable (no tenemos dominio absoluto sobre la concupiscencia, pero podemos reencauzarla una y otra vez, con humildad y paciencia). Sólo la esperanza de un amor único y pleno puede reorientar, una y otra vez, la sexualidad.

La falta de solidaridad. ¿Cuándo se endurece el corazón y se cierra la mirada a las necesidades del prójimo para no sentir compasión? ¿No es acaso cuando uno hace un juicio que desespera de que, compartiendo, vaya a alcanzar para todos? Sólo la esperanza del círculo virtuoso que la solidaridad genera es capaz de vencer la desesperanza que lleva a cada cual a interesarse exclusivamente por lo propio.

Y así, con todos los pecados. Cada uno está invitado a discernir cuál es la palabra o la frase de desesperanza que el mal espíritu le impone antes de sugerirle un pecado. Aquí hace falta una distinción filosófica. Que la desesperanza venga “antes” de cualquier pecado no implica un “antes” que se pueda percibir temporalmente. A veces la desesperanza es simultánea o posterior al pecado. Lo importante es que tiene anterioridad “ontológica”. Está en un nivel más básico. Y hace bien reflexionar inteligentemente acerca de esto. Porque allí es donde el mal espíritu nos tienta. Los pecados capitales que se derivan de la desesperanza se desencadenan solos. Sin la lucidez de la esperanza, cada pasión corre hacia su objeto ciegamente, chocando con todos y destruyendo todo a su paso.

Si un padre no tiene esperanza en su hijo, esto se transluce en todo. En un reto, por ejemplo, la esperanza se experimenta en la moderación, en cambio la crueldad transmite desesperación. En un gesto de amor, la esperanza se muestra en el abrirse al bien del otro, con todas las exigencias que eso acarrea. La falta de una esperanza grande, en cambio, se nota en el resignarse a ser bueno uno. Esto no es poco. Pero la esperanza es virtud de lo arduo, de lo más grande, de lo que incluye a todos. Y si en el mal, neutralizarlo o elegir lo menos malo, es bueno, en el amor, no ir por más, es muy triste.

Pequeños gestos de misericordia con gran esperanza

Pongamos un ejemplo positivo: Cuando damos con todo nuestro amor y deseo de bien una limosna a un mendigo y esta persona nos lo agradece con gran alegría y con una bendición, ¿no se nos ensancha el corazón, haciendo que se encienda la esperanza de que otro tipo de vínculos es posible? Por el contrario, cuando rechazamos el pensamiento de que podríamos dar una moneda y apuramos el paso sin mirar al mendigo, ¿no se nos estruja por un rato el corazón y sentimos que hemos consentido a la desesperanza, aunque el acto en sí haya sido poco significativo?

Escuchemos algunas frases del papa acerca de la limosna a los mendigos. Transcribo el texto:

Periodista: Muchos se preguntan si es justo dar limosna a las personas que piden ayuda en la calle; ¿Qué responde?

Papa Francisco. “Hay tantos argumentos para justificarse a sí mismo cuando no se da limosna. “¿Pero ¡cómo!, yo le doy el dinero y luego se lo gasta en un vaso de vino?”. (¿Y si) Un vaso de vino es la única felicidad que tiene en la vida (?). Eso está bien (darle y que él se lo tome si quiere). (Y ya que tú te haces tantos planteos ante una limosna) Pregúntate, más bien, que es lo que haces tú en secreto. ¿Que felicidad buscas (tú) a escondidas?

O bien, (si) a diferencia de él, eres más afortunado, tienes una casa, una esposa, hijos, (preguntate) ¿Qué es lo que te lleva a decir, “Ocúpense ustedes de él”? Una ayuda siempre es justa. (Bien hecha) Desde luego, (porque) no es bueno lanzar al pobre solo algunas monedas. Es importante el gesto, ayudar a los que piden mirándoles a los ojos y tocando sus manos. Echar el dinero y no mirar a los ojos, no es un gesto de cristiano… Enseñar la caridad no es descargar las propias culpas, pero es un acercarse, un mirar a una miseria que llevo dentro de mí y que el Señor comprende y salva. Porque todos tenemos miserias dentro”.

  1. P. Santidad, cuando encuentra a una persona sin domicilio fijo ¿Qué es lo primero que le dice?

Papa Francisco. “Buenos días.” “¿Cómo estás?” Las personas que viven en la calle entienden de inmediato cuando hay un interés real por parte de la otra persona o cuando hay, no quiero decir ese sentimiento de compasión, pero sí, ciertamente de pena. Se puede ver una persona sin hogar y mirarlo como una persona, o como un perro. Y ellos se dan cuenta de esta forma diferente de mirar.

El Papa Francisco recordó que, en el Arzobispado, en Buenos Aires, debajo de un portón, entre las rejas y la banqueta, vivían una familia y una pareja. “Me los encontraba todas las mañanas cuando salía – dijo – los saludaba y siempre intercambiaba algunas palabras con ellos. Nunca pensé correrlos de ahí. Algunos me decían: ‘Ensucian la Curia’, pero la suciedad está dentro, precisa el Papa. Creo que hay que hablar de esas personas con gran humanidad, no como si tuvieran que pagarnos una deuda, y no hay que tratarlas como si fueran pobres perros”.

Un obispo -Thomas Tobin-, de los EEUU sacó, cuatro días después en su blog, varias “razones para no dar limosna a los pobres en la calle”. Dijo, por supuesto, que no lo decía contra el Papa, sino que razonaba en general de un tema propuesto antes y que el paternalismo… y la degradación… y el dar a las instituciones…

La gente se plantea el tema en la confesión, porque (al menos en Roma), los mendigos están por todos lados y muchos son muy insistentes para pedir. El punto es que uno puede notar la diferencia en el modo de encarar el tema.

El discurso del obispo soluciona el caso en abstracto. Permite blindar la conciencia de modo tal que uno pueda salir de comulgar e ir a almorzar (con vino bueno, por supuesto) sin que un sentimiento de pena ante el mendigo cuya única felicidad de ese día sea quizás tomarse un vinito, le ensombrezca su camino.

El papa en cambio, conecta la felicidad del otro y la nuestra. Hace reflexionar acerca de los vicios del pobre, que están a la vista de todos, y los nuestros, mejor escondidos y maquillados. Distingue compasión y pena. La compasión es un poco desde arriba, la pena, en cambio, nos iguala. Nos hace reflexionar si alguna vez no solo miramos a los ojos a un mendigo y le tocamos la mano al darles una moneda, sino que va más hondo y nos hace pensar si le dijimos “buenos días” y le preguntamos “cómo estás”, si lo tratamos como un ser humano o como un perrito.

Un discurso, el del obispo, te quita la culpa (y de paso te ahorra el trabajo de buscar una moneda), pero te deja neutro en lo que hace a la esperanza.

El otro discurso, el del papa Francisco, te complica la vida, pero te enciende la esperanza. Digo que te complica la vida, porque tendrás que discernir a quién le das, cómo le das, si rezás por aquellos a los que no podés darle, si conectás la limosna con tus pecados (por ejemplo, con la pornografía que es como dar una monedita a los de la trata, cada vez que hacés un click. El mundo de hoy nos hace dar –inconscientemente- tantas limosnas indoloras, ganando dinero real con nuestra participación virtual…).

El criterio de lo que da esperanza y lo que nos la quita (o la deja en punto neutro, lo cual es peor) es el criterio base para discernir el modo de tratar nuestros pecados que tiene el Buen Espíritu y el malo.

El Buen Espíritu siempre alienta la esperanza en la Misericordia infinita del Padre, que nos lleva a querer ser más misericordiosos – con infinito respeto y delicadeza- con los demás.

 

La Esperanza nace de un Corazón que se sabe Misericordiado

Momento de contemplación

Marta Irigoy

Estamos a las Puertas de la Semana Santa que nos recuerda cada año que la Misericordia nos amó hasta el extremo…

Decía, más arriba el Padre Diego:

“La esperanza es una fuerza de convicción que nace de las entrañas y del corazón”.

“Solo el Padre Misericordioso engendra hijos esperanzados. Jesús, el Hijo amado que por eso mismo es nuestra Esperanza, dio la vida para testimoniar esta verdad, la más decisiva”.

Por eso, la invitación para este momento de contemplar, será “sentir y gustar” el texto del Lavatorio de Pies y recordar las veces que, en esta Cuaresma, he sentido como el Señor, se arrodilló ante mí y me lavo los pies…

Juan 13, 1-17

“Antes de la fiesta de Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, él, que había amado a los suyos que quedaban en el mundo, los amó hasta el fin.

Durante la Cena, cuando el demonio ya había inspirado a Judas Iscariote, hijo de Simón, el propósito de entregarlo, sabiendo Jesús que el Padre había puesto todo en sus manos y que él había venido de Dios y volvía a Dios, se levantó de la mesa, se sacó el manto y tomando una toalla se la ató a la cintura. Luego echó agua en un recipiente y empezó a lavar los pies a los discípulos y a secárselos con la toalla que tenía en la cintura.

Cuando se acercó a Simón Pedro, este le dijo: «¿Tú, ¿Señor, me vas a lavar los pies a mí?».  Jesús le respondió: «No puedes comprender ahora lo que estoy haciendo, pero después lo comprenderás». «No, le dijo Pedro, ¡tú jamás me lavarás los pies a mí!». Jesús le respondió: «Si yo no te lavo, no podrás compartir mi suerte». «Entonces, Señor, le dijo Simón Pedro, ¡no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza!». Jesús le dijo: «El que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque está completamente limpio.

Ustedes también están limpios, aunque no todos». Él sabía quién lo iba a entregar, y por eso había dicho: «No todos ustedes están limpios». Después de haberles lavado los pies, se puso el manto, volvió a la mesa y les dijo: «¿Comprenden lo que acabo de hacer con ustedes?  Ustedes me llaman Maestro y Señor, y tienen razón, porque lo soy. Si yo, que soy el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, ustedes también deben lavarse los pies unos a otros. Les he dado el ejemplo, para que hagan lo mismo que yo hice con ustedes. Les aseguro que el servidor no es más grande que su señor, ni el enviado más grande que el que lo envía. Ustedes serán felices si, sabiendo estas cosas, las practican”.

De esta experiencia, de sabernos misericordiados, podrá nacer la esperanza en nuestros corazones y podremos alcanzar, cada uno dentro en la medida de la gracia, una de las últimas Bienaventuranzas que Jesús nos deja como camino y horizonte. Es la bienaventuranza que Jesús le proclama a Tomás: “Ahora crees, porque me has visto, Felices los que creen sin haber visto (Jn 20, 29)”. Serán felices…

 

Si Jesús se ha arrodillado para lavar nuestros pies, para quitar la suciedad que se va pegando en el trajín cotidiano,

También nosotros podremos arrodillarnos ante el hermano que pide:

una moneda,

una palabra,

quizás un gesto,

que me detenga un momento para escucharlo…

 

También nosotros podemos conmovernos con esa esperanza de ser dichoso en el servicio que me ha sido regalada y que se nos invita a compartir…

 

También nosotros podemos recordar:

Que la esperanza es una fuerza de convicción que nace de las entrañas y del corazón;

            que solo el Padre Misericordioso engendra hijos esperanzados;

            y que Jesús, el Hijo amado, que por eso mismo es nuestra Esperanza, dio la vida para testimoniar esta verdad, la más decisiva”.

Entonces, quizás comprenderemos que:

 

Mi esperanza, no es mía… es de aquel que la necesita…

Y Feliz de mí… si sabiendo estas cosas…

Las practico…

 

Que tengamos una Fecunda Semana Santa y una Gozosa Resurrección…

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