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Archive for marzo 2021

Momento de reflexión

Diego Fares sj

“Muchos santos y santas le tuvieron una gran devoción a San José, entre ellos Teresa de Ávila, quien lo tomó como abogado e intercesor, encomendándose mucho a él y recibiendo todas las gracias que le pedía. Alentada por su experiencia, la santa persuadía a otros para que le fueran devotos.

 Como descendiente de David, de cuya raíz debía brotar Jesús según la promesa hecha a David por el profeta Natán, y como esposo de María de Nazaret, san José es la pieza que une el Antiguo y el Nuevo Testamento. Por este papel suyo en la historia de la salvación, san José es un padre que siempre ha sido amado por el pueblo cristiano

“Vayan a José y hagan lo que él les diga” (Gn 41,55)

“La confianza del pueblo fiel en san José se resume en la expresión “Ite ad Ioseph” –Vayan a José– , que hace referencia al tiempo de hambruna en Egipto, cuando la gente le pedía pan al faraón y él les respondía: «Vayan donde José y hagan lo que él les diga» (Gn 41,55).

La imagen de José, el hijo predilecto de Jacob, a quien sus hermanos vendieron por envidia y al que Dios bendijo en Egipto, está como trasfondo de la imagen que, como pueblo de Dios, nos hemos ido haciendo de San José.También el Niño Jesús debe haber escuchado la historia de José en el catecismo y seguramente la habrá asociado con el nombre de su abba, de su papá. 

Imagino el interés de Jesús proyectando mi experiencia de niño en el colegio de los Maristas. Los hermanos nos contaban las historias bíblicas con tal pasión y arte lleno de cariño que a mí se me quedaron grabadas en mi corazón de niño y se que a muchos de mis compañeros también. La de José era una de ellas. Con qué gusto escuchábamos maravillados cómo Dios lo iba librando de todos las trampas que le iban tendiendo los que le tenían envidia! Cómo lo iba haciendo ascender el Señor ganándole la confianza de sus amos, hasta convertirlo en el hombre más importante de Egipto después del mismo Faraón. Y cómo José usaba todo para bien de los demás y no en beneficio propio.

En lo que nos cuenta Mateo de la infancia de Jesús, hay elementos en común entre los dos José, el hijo de Jacob y el padre adoptivo de Jesús: los sueños salvadores, que adelantan lo que sucederá y los ayudan a librarse del mal; el destierro en Egipto (que hoy sería como emigrar de un pueblito de nuestro interior a New York); la providencia de Dios que convierte en bendiciones todos los males que los demás les infligen. Es común también el ingenio, la mansedumbre y la astucia de ambos para afrontar las pruebas de la vida, confiándose una y otra vez en el Dios que los libra de todo mal y de toda tristeza (“bisha” en arameo significa “mal” y también “tristeza”). 

La oración que vence el mal solo con el bien

Reflexionando para sacar provecho llevamos estas cosas a nuestro tema: San José y nuestra oración. Hablando de la eficacia de la oración cristiana, hay una característica propia de Cristo que podemos ver reflejada en la historia del patriarca José y de San José. La señala Tertu­liano: 

“La oración cristiana no impide milagrosamente el sufrimiento, sino que, sin evitarles el dolor a los que sufren, los fortalece con la resignación y con su fuerza les aumenta la gracia para que vean, con los ojos de la fe, el premio reservado a los que sufren por el nombre de Dios. Si en el pasado (o en la oración que no ha sido evangelizada del todo aún por el Señor), la oración hacía venir calamidades, aniquilaba los ejércitos enemigos o impedía la lluvia, ahora, por el contrario, la oración del justo aparta la ira de Dios, vela en favor incluso de los enemigos y suplica por los perseguidores. La oración es lo único que tiene poder sobre Dios; pero Cristo no quiso que sirviera para operar mal alguno, sino que toda la eficacia que él le ha dado ha de servir para el bien”.

Este punto contiene una preciosa clave de la oración de Jesús, una clave que disipa todos los escándalos con que el maligno hace tropezar a los que deseamos rezar. Es común sentir una voz interior que -siempre con insidia- insinúa cosas que si las ponemos en palabras dirían más o menos así: “Para qué rezar. Si total Dios no te escucha” o “aunque te escuche, no te concederá lo que le pides”. Esta voz se refuerza cada vez que sufre o muere un inocente. Nos dice: “Ves? Te lo decía. Tu Dios no impide el mal ni la injusticia en el mundo. Que haga lo que quiera, para eso es Dios, pero para qué pensar que podes meterte de manera positiva vos, que no sos nadie”. 

Para disipar todas estas falacias de un plumazo, Tertuliano nos hace ver que la oración tiene poder, pero es un poder especial que hay que comprender muy bien: “Cristo no quiso que la oración sirviera para operar mal alguno, sino que toda la eficacia que Él le ha dado a nuestra oración ha de servir para el bien”. Es decir: para ver la eficacia de la oración no tenemos que mirar el mal externo, que nos fascina, nos bloquea al ver cómo se multiplica, se contagia como un virus y se repite, sino el bien, que a veces es externo (en general pequeñito o naciente), perootras muy interior, como por ejemplo, la fortaleza para sufrir con paciencia, e incluso alegremente, como vemos testimoniado en el coraje de los mártires.

En la vida de José, hijo de Jacob, esta gracia se hace presente de manera paradigmática. Al final del ciclo de los patriarcas se concentran en José todas las bendiciones que Dios fue dando a Abraham, Isaac y Jacob, nuestros padres en la fe. La dinámica de construir solo sobre el bien sin hacer ningún mal se va consolidando lentamente en la historia de salvación (aunque la imagen del Dios que castiga y destruye a los enemigos reaparezca en muchas partes) y sigue una lógica particular. Algunas características, a las que podemos agregar otras que el Espíritu nos sugiera, son las siguientes.

  • Vemos cómo Dios va librando a José de un mal mayor sin impedir otros males, como cuando Rubén intercede para que no lo maten sus hermanos, pero no logra evitar que sea vendido como esclavo. 
  • Vemos también que cada mal, soportado pacientemente por José, se transforma -con el tiempo- en bendición, como la confianza que se gana de su amo que le confía la administración de todos sus bienes y, cuando por la falsa acusación de su mujer es encarcelado, al hacerle un bien al copero del Faraón, se prepara la gracia que hará que se convierta en el hombre más poderoso de Egipto. Sin embargo, el copero al que le interpretó el sueño y fue restituido en su cargo, se olvidó de José hasta dos años después, en que el sueño de las vacas gordas y flacas del Faraón le hizo acordarse de su benefactor y decírselo al Faraón. 
  • Finalmente, toda la historia de la envidia de sus hermanos se muestra como guiada por Dios para que termine bien. Como afirma Pablo: “Sabe­mos que Dios dispone todas las cosas para el bien de quienes lo aman” (Rm 8, 28). En la historia de José vemos cómo Dios construye y actúa siempre que encuentra un resquicio de bien en el corazón de alguien. Vence el mal (extendido) con el bien (pequeño pero concreto). 

En la infancia de Jesús vemos en acto esta dinámica del bien íntegro sin sombra de mal. 

  • San José se juega por María contra todas las apariencias, fiado en un “no temas” que lo consoló en el sueño. 
  • San José convierte el pesebre desolado en lugar de ternura y de luz para Jesús. 
  • San José huye oportunamente a Egipto y cuida de que Jesús crezca seguro, en estatura, sabiduría y gracia, en medio de la pobreza del destierro y de las dificultades de la vida. 
  • Rodeado de males, podríamos decir, San José se mantiene serena y lúcidamente concentrado en sus dos bienes: María y Jesús. Cuida el trigo y no se deja desilusionar por la cizaña. 
  • San José junto con María insisten y persisten en el bien, como cuando buscan al niño perdido por tres días hasta encontrarlo. 
  • San José construye bien sobre bien sin darle entidad al mal. 

Madeleine Delbrêl expresaba esta gracia puramente cristiana diciendo: 

“Discernir en toda persona lo que es luz, incluso fragmentaria, incluso distorsionada. Ser conscientes de que es difícil arrancar la cizaña sin arrancar el trigo bueno. Buscar poner en toda persona siempre más y más grano bueno sin ocuparse de la cizaña. Respetar a cada uno: no ensuciar su ideal a causa de sus  desencantos o rencores. No combatir contra el mal, sino sembrar un poco de vida donde se encuentra el mal (como si fuera real), (conscientes de) que el mal es ausencia de bien”.

Que la lucha contra el mal no se robe toda nuestra energía

Por supuesto que vivir siguiendo esta lógica, que la podamos llevar a la práctica y experimentar (con el tiempo) sus frutos, no es algo simplemente humano, sino una gracia. Nosotros solemos obrar alternando dos actitudes: la de buscar hacer un bien y la de luchar contra el mal. Pero en la práctica, la lucha contra el mal nos ocupa más tiempo y en nuestra lucha muchas veces nos mimetizamos con el mal y terminamos luchando contra él con las mismas armas que el maligno usa. 

  • Si nos gritan, gritamos más fuerte. 
  • Si nos peganm devolvemos ojo por ojo en el mejor de los casos y muchas veces vamos más allá (para que el otro aprenda, decimos, o para evitar que vuelve a hacernos mal en el futuro, nos justificamos). 
  • Si el otro habla mal de nosotros, hablamos mal de él. 
  • Y así. Al final, nos pasamos la vida luchando “mal” contra el mal. 

La actitud de Jesús, de vencer el mal sólo con el bien, sin hacer ningún mal, nos parece poco eficaz. “Si uno obra así, lo toman por tonto o por débil” -decimos- “y esto empeora las cosas”(lo cual, a corto plazo y sin la bendición de Dios, puede ser verdad). 

Sin embargo, aquí está todo el espíritu del Evangelio: 

  • si alguien te abofetea, pon la otra mejilla; 
  • si te quita la bufanda dale también la campera; 
  • si te obliga a caminar con él un kilómetro (o a esperarlo una hora) camina dos. 

     Las bienaventuranzas son bendiciones de Jesús para quien obra así: respondiendo al mal con el bien, cuidando de utilizar solo cosas, palabras y gestos buenos. Es lo que nos enseña la parábola del trigo y la cizaña, como decía Madeleine. 

Entrenarnos haciendo memoria 

Pero antes de intentar practicar este modo de combatir el mal al estilo de Jesús, hace falta entrenarse, y un primer paso consiste en releer nuestra historia, la historia de nuestros “males”, de las situaciones en las que otros nos hicieron el mal o la vida nos hizo padecer cosas malas, y buscar dónde estuvo Dios haciéndonos algún bien concreto (aunque siempre nos haya parecido insuficiente, ya que no evitó todo el gran mal). Se descubren muchas cosas. La primera es que, si estamos haciendo esta revisión, es que sobrevivimos! Mucho de bueno (interior y también exterior) debe haber habido para que estemos hoy aquí. Buscarlo, ponderarlo y agradecerlo: es­tas actitudes preparan nuestro ánimo para obrar con esta lógica en adelante. 

Debemos pedir al Padre que nos haga sentir amados y predilectos

Ahora bien, dado que la ausencia del bien es tan vasta y persistente que adquiere estructura y consistencia real, el bien que pedimos en la oración no puede ser cualquier bien, sino que tiene que tener la riqueza vital de un bien especialísimo y grande. No basta con pedir ser amados, sino que debemos pedir a Dios ser y sentirnos sus predilectos. Solo un bien así -íntimamente gozado- es capaz de hacer frente al mal, tan extendido y por eso mismo tan aparentemente consistente.  

Estaba rezando a San José y meditando acerca de esa gracia tan suya de sentirse amado siendo el número dos, siendo “no protagonista”, y de hacer siempre el bien sin ningún mal, y pensaba que la imagen de Dios que tengo tiene que ver con con esta necesidad y deseo de ser amado con amor de predilección. 

Al constatar esto me vino la tentación de preguntarme si no era que este deseo, al no verse satisfecho de manera plena en esta vida, es lo que hacía que de alguna manera me inventara un Dios para el que soy especial, un Dios que me ama con  amor de exclusividad en medio de un cosmos que me ignora, en sus 2 billones (o dos “Tera”) de galaxias en expansión y dentro de una especie -la humana- en la que solo soy uno más entre 8 mil millones de personas que nacen y mueren de a miles cada hora. 

Contra este sentimiento de anónima insignificancia, que me provocan los grandes números (y los escritores que los manejan con astucia de sofistas), me venía la palabra del Padre a Jesús en el bautismo: “Tú eres mi hijo amado, el predilecto”. Y junto con esta escena, la revelación de Jesús de que el Padre nos ama a cada uno igual que a Él, como a hijos muy queridos. 

Contraponiendo estas dos cosas (un tipo de estadísticas y el Evangelio), reflexionaba que no es justo afirmar como si fuera algo obvio -dada la magnitud de esos grandes números-, que el cosmos nos ignora. De hecho nuestra existencia como personas únicas es fruto de un trabajo que podríamos juzgar como especializado de todo el universo, que no produce seres en serie, sino únicos. 

Nuestra unicidad no solo es espiritual, sino también genética y material. Y aunque nuestra materia es frágil y la configuración especial que lleva a cada uno de nosotros a ser el que es cesa con la muerte y se diluye, no por eso deja de causarnos maravilla. Es lo que se llama el “fine tuning” o “sin­to­nía fina” del universo, que consiste en constatar que si las leyes de la física fuesen diversas, aunque solo fueran un poquitito diver­sas, la vida no sería posible. Nuestro universo ha sido y es sintonizado finamen­te para que pueda aparecer y mantenerse la vida.

Además, nuestra vida personal y social también lleva lleva en sí este sello de la unicidad y de la predilección: nacemos como hijos predilectos  de nuestros padres y aunque con el tiempo pasemos a ser uno más en la escuela, en el trabajo, en la vida de nuestro pueblo, la humanidad siempre reconoce a sus predilectos y cada persona atesora para sí la parte de predilección que le brindan las personas que lo aman, sus amigos, sus seres queridos, aquellos a los que uno sirve y tiene como predilectos a su vez.

Es un misterio nuestra existencia y estas dos experiencias, la de sentirnos predilectos y la de sentirnos descartables, se alternan y se mezclan sin que podamos reducir nuestra vida a una de las dos. Si miramos hacia atrás, somos fruto de una predilección. Si miramos hacia adelante, al no poder atravesar con la inteligencia el muro de la muerte, parecemos prescindibles y olvidables.

Un consideración más. Esto de desear ser predilectos es un anhelo de nuestro corazón que no depende de nosotros en cuanto que no podemos obligar ni reclamar a los demás nos amen de manera especial. Sin embargo, sí depende de nosotros amar a los demás con amor de predilección. Y como dice San Francisco de Asís, hay más alegría en amar que en ser amado. Es más pleno amar que ser amado, porque amar con predilección a los otros es un acto libre y en cambio ser amados es algo que no depende de nosotros. 

Por tanto, queda al menos argumentado racionalmente que la imagen de un Dios que nos ama como a hijos predilectos no es una mera proyección de deseos sin sustento, sino de deseos que tienen que ver con nuestro propio ser y con la manera de actuar de todo el universo.

Porque existimos podemos decir que somos predilectos, de la naturaleza, de nuestra familia y de la humanidad, y porque somos predilectos es que deseamos este amor y podemos donarlo como expresión de lo más profundo de nuestro ser.

Los que han amado más

En el orden social podemos ver que son más amadas por sus pueblos aquellas personas que han amado más. Es en este sentido que el Papa habla de un San José amado por su pueblo. Amó mucho a María y a Jesús y, ya que ellos son las personas que más nos aman, aquel que más las amó y las cuidó, goza justamente de nuestra predilección. 

Este es un fruto directo y propio de la encarnación del Verbo: las personas que más aman a Jesús, reciben más amor, no solo de parte suya, sino también del Padre, que ama a los que aman a su Hijo, y del pueblo de Dios, ya que aquellos que aman a Jesús transmiten mejor este amor a los demás y se transforman en fuente de irradiación de ese amor. Santa Teresita del Niño Jesús es el testimonio más dulce y esplendente de cómo la predilección a una pequeñita se desborda en predilección para todos los demás. 

En síntesis: si vamos a rezar, que sea concentrándonos en el bien y no en el mal. Si vamos a rezar, que sea como predilectos, no como alguien que se siente “un número más en la fila” de gente anónima y desconocida.

MOMENTO PARA CONTEMPLAR

Marta Irigoy

Durante el tiempo de Cuaresma, tan propicio para que todos conozcamos “la misericordia de Dios”. Es la gran revelación que ha sido y es la misión de Jesús. Por eso, la cuaresma prepara el corazón, para que cada uno de nosotros  hagamos  experiencia del Corazón del Padre, ese corazón en el que  cada uno de nosotros es un “hijo único”, como dice Pronzatto…

Por eso, en providencial el tema de este mes, en el que  rezamos en torno a San José, padre amado por el pueblo…”

El Padre Diego, nos invita en su Meditación a “rezar sintiéndonos amados y predilectos”, confiando  como afirma Pablo: “Sabemos que Dios dispone todas las cosas para el bien dequienes lo  aman” (Rm 8, 28)…

“El bien que pedimos en la oración no puede ser cualquier bien, sino que tiene que tener la riqueza vital de un bien especialísimo y grande. No basta con pedir ser amados, sino que debemos pedir a Dios ser sus predilectos. Solo un bien así -íntimamente gozado- es capaz de hacer frente al mal…

Ayudas para la reflexión y oración

Para un este momento de reflexión / oración,  siguiendo la propuesta del P. Diego, vamos a tomar un tiempo para releer nuestra historia, la historia de nuestros “males”, de las situaciones en las que otros nos hicieron el mal o la vida nos hizo padecer cosas malas, y buscar dónde estuvo Dios haciéndonos algún bien concreto (aunque siempre nos haya parecido insuficiente, ya que no evitó todo el gran mal)…

BUSCAR       

-Qué cosas descubro?

PONDERAR   

-Los dolores y sufrimientos que provocaron esas situaciones, en que fortalecieron nuestra  fe?

AGRADECER

-Agradecer la presencia de Dios, en personas que han sido instrumentos enviados por El…

Para este tiempo de Pascua que comenzamos, pidamos la Gracia de ahondar en nuestra vida estas palabras de San Pablo:

        “Sabemos que Dios dispone todas las cosas

para el bien de lo aman” (Rm 8, 28)…

Les Deseamos una Fecunda Semana Santa y una Gozosa Pascua!!

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Momento para reflexionar

Diego Fares sj

Este año dedicaremos nuestros Encuentros de oración a la persona de San José. Nos dice el Papa Francisco en Con corazón de padre (Patris Corde) que el pueblo fiel de Dios ama a San José porque sabe que, con corazón de padre, José amó a Jesús, llamado en los cuatro Evangelios «el hijo de José». Y agrega el Papa: “Todos pueden encontrar en san José —el hombre que pasa desapercibido, el hombre de la presencia diaria, discreta y oculta— un intercesor, un apoyo y una guía en tiempos de dificultad”.

  Si bien San José ayuda a la Iglesia universal en todas sus necesidades (y de manera particular ayuda a las necesidades materiales para llevar adelante a las familias) hay una gracia que quizás no estemos acostumbrados a pedirle y en este tiempo la necesitamos mucho: la gracia de la oración cotidiana. Tomaremos a San José como “intercesor, apoyo y guía” de nuestra oración, para que nos ayude con su silencio y su ejemplo a rezar en medio de nuestra vida. Le pediremos que nuestra oración “pase desapercibida -como él- a los hombres, pero no a Dios, y que sea nuestro modo de ejercitar “una presencia diaria, discreta y oculta” en medio de nuestra familia y de nuestro pueblo. 

Para poder rezar así, hay que tener un corazón de padre. Pues bien, San José nos enseña a rezar con corazón de Padre. 

Este corazón de Padre, aunque sea más grande que lo que pueden expresar todas las palabras del universo (y por eso José fue un hombre silencioso), se puede definir con una sola palabra: adoración. 

Una adoración de la que quisiera destacar un aspecto no habitual. En general, la palabra adoración nos hace pensar en inclinar la rodilla y la cabeza, incluso hasta tocar el suelo, en señal de reconocimiento de criaturas ante nuestro Creador y Señor, el Dios que es siempre más grande de todo lo que podemos pensar e imaginar y al que le debemos nuestro propio ser y existir. 

Es una figura “cercana” a nuestra condición humana

Pero es también adoración la que le expresa con el beso de su boca (ad-ore) un papá o una mamá a su hijito pequeño, diciéndole que lo adora. La adoración no solo es al más grande sino también al más pequeño. Expresa un amor absoluto a aquel a quien debemos todo nuestro ser, porque dependemos de él o porque depende enteramente de nosotros y por tanto requiere de todo nuestro ser y existir para poder llegar a ser él. Adorando a Jesusito, José aprende a adorar al Padre Eterno, reconociéndolo no como un mero Creador en el sentido de un hacedor o fabricador, sino como un Creador-Padre, que da la vida porque ama a sus hijos con amor infinito. Amando a Jesús como José tenemos la gracia concreta de poder sentirnos amados por nuestro Padre. En esta gracia tan propia suya San José puede ser nuestro padre adoptivo, lo podemos adoptar nosotros, como nuestro apoyo, nuestro guía y nuestro intercesor. 

Hablando de San José con corazón de padre, el Papa Francisco nos dice así: “Al cumplirse ciento cincuenta años de que el beato Pío IX, el 8 de diciembre de 1870, lo declarara como Patrono de la Iglesia Católica, quisiera —como dice Jesús— que “la boca hable de aquello de lo que está lleno el corazón” (cf. Mt 12,34), para compartir con ustedes algunas reflexiones personales sobre esta figura extraordinaria, tan cercana a nuestra condición humana”. En el modo de hablar de Francisco podemos sentir a un padre que habla de otro padre. Así como lo mejor que pudo hacer el Padre Eterno por su Hijo amado fue darle un padre terreno como San José, así también lo mejor que puede hacer un padre como el Papa es ahijarnos a este padre que es San José para que gocemos como el de todos los beneficios de su paternidad. 

San José nos da deseos de rezar de corazón

 “Este deseo – dice el Papa- ha crecido durante estos meses de pandemia, en los que podemos experimentar, en medio de la crisis que nos está golpeando, que «nuestras vidas están tejidas y sostenidas por personas comunes —corrientemente olvidadas— que no aparecen en portadas de diarios y de revistas, ni en las grandes pasarelas del último show pero, sin lugar a dudas, están escribiendo hoy los acontecimientos decisivos de nuestra historia: médicos, enfermeros y enfermeras, encargados de reponer los productos en los supermercados, limpiadoras, cuidadoras, transportistas, fuerzas de seguridad, voluntarios, sacerdotes, religiosas y tantos pero tantos otros que comprendieron que nadie se salva solo”. Gente como San José: con corazón de padres.

San José nos impulsa a rezar como la gente que ha sido protagonista “en segunda línea”

 “[…] Cuánta gente cada día demuestra paciencia e infunde esperanza, cuidándose de no sembrar pánico, sino corresponsabilidad. Cuántos padres, madres, abuelos y abuelas, docentes muestran a nuestros niños, con gestos pequeños y cotidianos, cómo enfrentar y transitar una crisis readaptando rutinas, levantando miradas e impulsando la oración. Cuántas personas rezan, ofrecen e interceden por el bien de todos[1]». Son gente con corazón de padre. 

San José es el hombre que pasa desapercibido, el hombre de la presencia diaria, discreta y oculta

 “Todos pueden encontrar en san José —el hombre que pasa desapercibido, el hombre de la presencia diaria, discreta y oculta— un intercesor, un apoyo y una guía en tiempos de dificultad. San José nos recuerda que todos los que están aparentemente ocultos o en ’segunda línea’ tienen un protagonismo sin igual en la historia de la salvación. A todos ellos va dirigida una palabra de reconocimiento y de gratitud”. 

 La segunda línea es para los que tienen el corazón más grande que ellos mismos y lo muestran amando, sirviendo y enalteciendo a los demás. Esto es también adoración. Como decíamos, la otra cara de la adoración al Padre es la adoración a los más pequeños en el servicio. 

Viene muy bien traer aquí esa oración tan linda a San José, que podríamos rebautizar hoy como: “Oración con corazón de padre”, ya que todas las cualidades que menciona esta oración solo son posibles a quien tiene un corazón de padre.

Oración con corazón de padre

Enséñanos, José

Cómo se es “no protagonista”

Cómo se avanza sin pisotear,

Cómo se colabora sin imponerse,

Cómo se ama sin reclamar.

Dinos José

Cómo se vive siendo “número dos”,

Cómo se hacen cosas fenomenales

desde un segundo puesto.

Explícanos

Cómo se es grande sin exhibirse,

Cómo se lucha sin aplauso,

Cómo se avanza sin publicidad,

Cómo se persevera y se muere uno

sin esperanza de que le

hagan un homenaje.

Enséñanos, dinos, explícanos…

 ¿Qué nos enseñaría, diría y explicaría San José, con su vida más que con sus palabras, acerca de este corazón de padre? Pienso que con el gesto de estrechar al Niño en sus brazos y darle un besito nos enseña y nos explica que ser “número dos”, con alegría y fecundidad, solo es posible si uno, por una lado, “adora” al número Uno, al Padre, y por otro lado y al mismo tiempo, adora a sus predilectos: a Jesús y a los pobres,que son los preferidos de Jesús. 

Solo en la adoración que nos hace sentirnos estrechados por el abrazo de nuestro Padre Dios y que nos lleva a abrazar con nuestro servicio a los más pobres y pequeños, podemos colmar ese deseo ilimitado de ser amados que hace que tantas veces nos robemos el primer lugar (o lo compremos), siendo que lo podríamos tener gratis, si en vez de adorarnos a nosotros mismos adoráramos al Padre y a los más pequeños. Solo el amor a un hijo puede hacer que un padre y una madre vivan felices en ese segundo lugar que es el del servicio y que hace que tengan en el primer lugar de su corazón, no a sí mismos, sino al hijo o hija amados.

Creatividad

Además de este aspecto de la adoración “al más pequeño”, a aquel cuya existencia depende de nosotros como la de un hijito, hay otro aspecto de la adoración: la creatividad. Cuando Jesús habla de «adorar en espíritu y en verdad” podemos traducir esto diciendo que la adoración debe ser original y propia de cada uno, para que sea auténtica. Debe por tanto ser creativa: no en el sentido de brillante, sino porque sale del fondo del corazón, de la autenticidad de lo que uno puede expresar de manera tal que lleve su sello. En este sentido cada cristiano debe inventarse una oración de adoración que sea solo suya. 

En la vida de Jesús podemos ver su agrado ante las personas que le expresaban su amor de manera original. El Señor defendía estas expresiones de la gente sencilla de su pueblo frente al formalismo de los fariseos. Esta adoración, en espíritu y en verdad, en la gente sencilla se expresa de muchas formas: en la medallita que alguien lleva en su pecho toda la vida porque fue el regalo de su madre, por ejemplo, medallita que besa en señal de adoración cada vez que quiere agradecer o pedir al Señor; en el cumplimiento de una promesa, la de caminar a Lujan o a algún santuario de la Virgen; en la realización de alguna acción en la que la persona le hace notar al Señor su amor ofreciéndole algo muy significativo, en el que el sacrificio que cuesta es expresión del amor más grande. 

Lo que quiero compartir es que esta adoración única de cada uno es la oración básica, el principio y fundamento de nuestra vida espiritual. Desde esta adoración que solo el Padre y cada uno conoce en lo secreto, y que muchas veces ni la misma persona sabe que adora, pero el Padre sí, desde aquí, uno se puede conectar con la adoración comunitaria de la Iglesia.

La invitación por tanto, es a descubrir esta oración de adoración que el Espíritu Santo ya ha derramado en nuestro corazón junto con el amor que es amor de hijos. Si uno quiere descubrir cuál es esta oración para él tiene que agradecer y ponderar mucho los gestos más sencillos que le salen espontáneamente del corazón frente a Dios a la Virgen santísima o alguno de los santos. Son gestos que resisten a la tendencia a convertirse en un deber y que aunque en algún momento uno sienta el tironeo de no dejar de hacerlo por cumplimiento, siempre que los hace le dejan el sabor a algo más, a un amor sincero. Es como cuando nuestra madre nos pedía un beso y nosotros de niños pequeños se lo dábamos con gran alegría y en cambio de adolescentes un poco refunfuñando y como cumpliendo un deber. Sin embargo el buen gusto de un beso a la madre siempre se transforma en algo auténtico y original.

Dos gracias para rezar con corazón de Padre 

 Hay dos gracias que podemos pedir a San José para rezar con un corazón de Padre, adorando de manera creativa en la vida ordinaria. Son dos gracias que él recibió como regalo y cultivó con trabajo toda su vida. Una, la formula en forma de consejo el Papa Francisco: Reza solo si estás enamorado o si deseas enamorarte. “El que reza es como un enamorado: lleva siempre en el corazón a la persona amada, vaya donde vaya. Por eso, podemos rezar en cualquier momento, en los acontecimientos de cada día: en la calle, en la oficina, en el tren…; con palabras o en el silencio de nuestro corazón”. 

Por tanto, el primer consejo es reza solo si estás enamorado. Si piensas que no lo estás, pide la gracia, así como pides encontrar a la persona amada que existe para ti. Reza desde ese lugar de tu corazón que está siempre atento a enamorarse. San José estuvo siempre enamorado de María y de Jesús. Si se piensa en su vida oculta desde esta perspectiva, todo se ilumina.

La otra gracia para rezar con corazón de padre la expresa San Bernardo hablando de la riqueza inagotable de la oración que desea la sabiduría y el discernimiento para encontrar la palabra justa, esa que decide e inclina nuestro actuar de cada día: Reza de manera que te quedes con hambre. 

Bernardo reflexiona así: “Dichoso el hombre que encuentra sabiduría, el que alcanza inteligencia. Si has hallado la sabiduría has hallado miel; procura no comerla con exceso, no sea que, harto de ella, la vomites. Come (reza) de manera que siempre quedes con hambre. Porque, dice la misma sabiduría: El que me come tendrá más hambre de mí”.

Esperando no escandalizar a nadie, yo traduciría esto así: reza de manera que siempre sientas que has rezado poco. En vez de culparte pensando que rezaste mal, agradece y alégrate de quedar en deuda. La deuda del amor es la única que debemos tener siempre: sentir que amamos (rezamos) poco, es bueno si lo hacemos sin culpa y pidiendo humildemente poder volver a rezar (a amar) de nuevo, mejor, cada día. 

Pienso que San José, para haber podido ser esposo casto de María y padre adoptivo de Jesús, debe habérselas ingeniado para vivir con alegría esta conciencia de su “no estar a la altura y sin embargo ponerse una y otra vez a la altura”. A mí me basta ver que transformó una cueva de animales en el pesebre de Belén. Solo un corazón de padre carpintero como el suyo es capaz de un trabajo así.


[1]         Francisco, Meditación en tiempos de pandemia, 27 marzo 2020.

Momento para contemplar

Marta Irigoy

Este año, tan desafiante y a la vez tan lleno de deseos y esperanzas, se nos invita a poner la mirada y el corazón en la persona de San José, padre adoptivo de Jesús que tuvo la hermosa misión de cuidar al hijo de Dios y a su Madre Maria…

San José, es el hombre que confío plenamente, en que era  Dios el que sostenía en su cotidianeidad la vida de familia y de trabajo.

Podemos intuir que en su corazón latía incesantemente el santo nombre de Jesús, nombre que Dios le había revelado en sueños para ese Niño que Maria estaba esperando…

Toda la vida de San José, fue custodiar la vida de Jesús (el niño) y Maria (la Madre)…

Custodia que se  dio en la vida diaria, en lo  simple y sencillo de la vida… y quizás podemos intuir que José vivía en una constante “Adoración cotidiana”

Por eso, en este año, queremos aprender de San José, ese modo de vivir unidos a Jesús, dejando que su Santo Nombre sea latido en nuestro corazón, adorando a Dios que nos hace  descubrir cómo está presente en todas las cosas…

La Iglesia oriental, tiene una larguísima tradición que llama la oración del Corazón, que consiste en rezar interiormente, el Nombre de Jesús…

Este modo de oración,  nos va ayudando a descubrir el llamado de Dios a tener un corazón de oración… es decir, respirar el Nombre de Jesús…día y noche… tan simple de hacer, tan necesario como respirar…

Pidámosle a San José que nos ayude a caminar este año, tomados de la mano de Jesús y Maria…

Terminamos rezando este Himno a San José, tan hermoso!!

Hacer clik en este enlace: www.youtube.com/watch?v=qWxGT7TUZ5g

Himno a san José

Hoy a tus pies ponemos nuestra vida;

hoy a tus pies, ¡Glorioso San José!

Escucha nuestra oración

y por tu intercesión obtendremos la paz del corazón.

En Nazaret junto a la Virgen Santa;

en Nazaret, ¡Glorioso San José!

cuidaste al niño Jesús

pues por tu gran virtud fuiste digno custodio de la luz.

Con sencillez humilde carpintero;

con sencillez, ¡Glorioso San José!

hiciste bien tu labor obrero del Señor

ofreciendo trabajo y oración.

Tuviste Fe en Dios y su promesa;

tuviste Fe, ¡Glorioso San José!

Maestro de oración alcánzanos

el don de escuchar y seguir la voz de Dios.

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