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Momento de Reflexión

Diego Fares sj  

Te basta mi gracia…

Bienaventurados los que, como Pablo, saben que llevan un tesoro en vasijas de barro. Descubrirán el poder extraordinario que viene de Dios.

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En este taller vamos a acercar a Pablo e Ignacio en su visión de la gracia: la gracia santificante como Don del Espíritu que es más fuerte que el pecado.

Vasijas de barro portadoras de un tesoro de gracia

No se trata de que Pablo tenga una visión ingenua de la naturaleza humana. Por el contrario, Pablo afirma que somos “recipientes de barro”, lo cual acentúa más aún el valor del tesoro de gracia que llevamos:
“El mismo Dios que dijo: De las tinieblas brille la luz, ha hecho brillar la luz en nuestros corazones, para irradiar el conocimiento de la gloria de Dios que está en el rostro de Cristo. Pero llevamos este tesoro en recipientes de barro para que aparezca que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no de nosotros” (2 Cor 4, 6-7).

“Soy todo impedimento, y sin embargo…”

Ignacio tampoco simplifica lo difícil que resulta recibir y poner en práctica la gracia. De hecho, son necesarios los Ejercicios Espirituales con toda su sabiduría y lo que conlleva practicarlos cada año para poder “ordenar” nuestros afectos. Es más, Ignacio siente que “es todo impedimento” con respecto a la acción de la gracia. Sin embargo, sentirse tan pequeño y miserable no sólo no le quita la alegría, sino que por el contrario, paradójicamente, se la aumenta. Como bien le dice a San Francisco de Borja:
“Yo para mí me persuado que, antes y después, soy todo impedimento; y de esto siento mayor contentamiento y gozo espiritual en el Señor nuestro, por no poder atribuir a mí cosa alguna que buena parezca”.

“Cuando estoy débil entonces soy fuerte”

Pablo expresa la misma paradoja cuando afirma que “me glorío en mis flaquezas para que habite en mí la fuerza de Cristo”. Pablo siente que el Señor no le quita algunos defectos para que no se engría y recuerda cómo se lo confirmó el mis-mo Señor con aquella famosa frase con la que encabezamos nuestra reflexión de hoy: “mi gracia te basta”:
“Para que no me engría con la sublimidad de esas revelaciones, fue dado un aguijón a mi carne, un ángel de Satanás que me abofetea para que no me engría. Por este motivo tres veces rogué al Señor que se alejase de mí. Pero él me dijo: «Mi gracia te basta, que mi fuerza se muestra perfec-ta en la flaqueza». Por tanto, con sumo gusto seguiré gloriándome sobre todo en mis flaquezas, para que habite en mí la fuerza de Cristo. Por eso me complazco en mis flaquezas, en las injurias, en las necesidades, en las persecuciones y las angustias sufridas por Cristo; pues, cuando estoy débil, entonces es cuando soy fuerte” (2 Cor 12, 7-11).

Paradojas de Dios: su gracia hace que hasta los defectos sirvan para conservar la virtud

Nadal, compañero de Ignacio, tiene una frase audaz: decía que para Ignacio, “los defectos conservan la virtud”. El Padre Cámara recoge este pensamiento de Nadal y lo matiza un poco. Dice que “El P. Nadal no quería decir otra cosa, sino que de los defectos naturales, que difícilmente vencemos, podemos sacar humildad y conocimiento propio, con que se conserve la virtud sólida”.
Más que matizar y distinguir creo que hay que leer esta doctrina de Pablo e Ignacio con respecto a las debilidades y a los impedimentos, teniendo en cuenta varias peculiaridades de la pedagogía de Dios nuestro Padre y de Jesús, su Hijo amado:

Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia

La primera característica de la pedagogía del Padre es la de la “sobreabundancia de la misericordia”. Pablo retoma este tema en muchos lugares. De manera especial lo formula en la Carta a los Romanos, cuando dice: “Donde abundó el pecado sobreabundó la gracia” (Rm 5, 20).
Pablo aclara que esta doctrina no es para permanecer en el pecado, como si uno dijera “total Dios hace sobreabundar su gracia”, sino todo lo contrario: se trata de pasar de una concepción legalista, que se fija en el mérito y la culpa para pasar a experimentar la relación con Dios desde una perspectiva que pone por encima de todo el amor siempre más grande del Señor (en el mismo momento en que uno se da cuenta de sus faltas o flaquezas) y desde ese amor rearmarse, por lealtad y amistad, en la gracia.

Somos salvados por gracia

La segunda característica es la de que somos salvados por gracia, no por nuestros méritos. Pablo retoma el deseo del Salmo: “Bienaventurados aquellos cuyas maldades fueron perdonadas y cubiertos sus pecados. Dichoso el hombre a quien el Señor no imputa culpa alguna” (Rm 4, 7-8).
Podemos agregar: “Será libre de toda autorreferencia y vivirá en paz, dando frutos de santidad para los demás”.

Ignacio nos da otra clave: la amistad y familiaridad con Dios

Ignacio nos enseña que no se trata de mirar los defectos y pecados en sí mismos sino en referencia a la Misericordia del Padre y al amor de Cristo que se entregó por mí. De allí que en sus coloquios nos haga ponderar qué grande ha sido la paciencia y la misericordia de Dios para no condenarme hasta ahora. Y también, haciéndonos mirar a Jesús puesto en Cruz, por mí, reflexionar sobre lo que he hecho, lo que hago y lo que puedo hacer por Cristo. Ignacio pone el pecado en medio de un diálogo de amor entre dos que se aman. Las faltas quedan ubicadas en medio de una actitud dialogal de amor y de familiaridad muy inmediata con el Señor.
Ignacio tenía infusa la gracia de la devoción espiritual, que consiste en estar unido muy familiarmente al Señor, como cuando uno le tiene devoción a alguien. De esta familiaridad con Dios es de donde brota esa particular manera de ver la abundancia de los defectos como fuente sobreabundante de gracia.
Ribadeneyra ─ uno de sus biógrafos ─, en el perfil que traza de Ignacio, pone en primer lugar su devoción y dice lo siguiente:
“Mirando sus faltas y llorándolas, decía que deseaba que en castigo dellas Nues-tro Señor le quitase alguna vez el regalo de su consuelo, para que con esta sofrenada anduviese más cuidadoso y más cauto en su servicio; pero que era tanta la misericordia del Señor y la muchedumbre de la suavidad y dulzura de su gracia para con él, que cuanto él más faltaba y más deseaba ser castigado desta manera, tanto el Señor era más benigno y con mayor abundancia derramaba sobre él los tesoros de su infinita liberalidad. Y así decía, que creía que no había hombre en el mundo en quien concurriesen estas dos cosas juntas tanto como en él. La primera, el faltar tanto a Dios, y la otra, el recibir tantas y tan continuas mercedes de su mano. Decía más, que esta misericordia usaba el Señor con él, por su flaqueza y miseria, y por la misma le había comunicado la gracia de la devoción, porque siendo ya viejo, enfermo y cansado, no estaba para ninguna cosa, sino para entregarse del todo a Dios, y darse al espíritu de la devoción”.

La alegría de ser los pobres del Señor

Tanto Pablo como Ignacio experimentan en su vida la bienaventuranza fundamental de Jesús: la de los pobres. “Felices los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos”. Los defectos, las flaquezas y debilidades, los pecados incluso, pueden verse, antes que como actos negativos, como fruto de nuestra pobreza espiritual. Y para esta pobreza Jesús tiene una bienaventuranza. Lo que resulta imposible para los hombres, es posible para Dios. La alegría de Pablo y de Ignacio frente a sus flaquezas, debilidades, impedimentos y faltas es la alegría de los pobres de espíritu que como no poseen nada, no pueden nada, son conscientes de cuánto fallan en todo y de todo lo que les falta…, recurren inmediatamente al Señor en todo momento.

La gracia de comulgar con el momento presente

Esta gracia de que “los defectos hagan que Dios aumente la gracia” tiene que ver con el momento presente. La paz interior proviene de comulgar con el momento presente, de saber descubrir y acatar amorosamente la voluntad de Dios –su Amor incondicional- en el momento presente. Sea que se trate de un momento en el que experimentamos un don o un límite. Lo que da paz es sintonizar y comulgar con el Corazón del Padre que tiene entre sus manos nuestro presente, tal como está: si es un presente en el que hemos pecado o estamos sufriendo algo, comulgar con esa realidad es comulgar con la misericordia que perdona y suple. Si se trata de un presente creativo y fecundo, comulgar con él es comulgar con el amor gratuito de Dios que bendice y multiplica el bien.

La paz de la libertad interior vs el espíritu de ansiedad y temor de la obligación

Experimentar la alegría de ser pobres, aceptar todos nuestros límites, flaquezas, impotencias, contrariedades, trae consigo una refrescante libertad interior que custodia la paz de nuestro corazón. Esta libertad y paz interior es lo contrario del espíritu de autoperfección, que se mira a sí mismo en todo en vez de alzar la mirada a quien bien nos quiere y nos puede ayudar. El espíritu de perfeccionismo pendula entre la autojustificación vanidosa del deber cumplido y la actitud culposa o culpabilizadora de los demás. Ambas cosas nos tienen en constante ansiedad, tristeza y desasosiego.
La alegría de ser vasijas de barro implica la conciencia de nuestra fragilidad, que requiere no salirnos de estar en las manos cuidadosas de la Virgen que nos trata y nos carga con delicadeza maternal. Y también la conciencia de nuestro espacio vacío, que requiere ser llenado constantemente por el Espíritu del Señor. El poder del Señor es tan grande que lo estorba la dureza del que se cree autosuficiente y no la fragilidad del que se sabe “vasija de barro”. Ese poder es el de hacernos libres para servirlo en paz. Felices, pues los que descubren este poder extraordinario que viene de Dios. “El Señor es Espíritu y donde está el Espíritu del Señor, allí está la libertad” (2 Cor 3, 17).

 

Momento de contemplación

Hna Marta Irigoy Misionera Diocesana

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“Bienaventurados los que como Pablo,
saben que llevan un tesoro en vasijas de barro.
Descubrirán el poder extraordinario que viene de Dios”.

Nada más hondo y verdadero que sabernos en las Manos de Aquel que nos hizo y al cual pertenecemos.
Hoy queremos dejarnos consolar, por el Señor, contemplando nuestra vida como una vasija, que se sabe pobre, frágil y agrietada…
La experiencia de sentir la vida como vasija nos ayuda a descubrir que el vacío de nuestro recipiente, es la capacidad que poseemos para ser llenados por Dios…
En este tiempo de Cuaresma, ya con los pies en el camino a Jerusalén, subiendo con Jesús; tiene que hacernos “sentir y gustar hondamente”, que a mayor vacío, mayor capacidad para que la vasija de nuestra vida, sea llenada por la Misericordia que será derramada desde la Cruz…
Nuestra vida también tiene sus grietas, por donde se nos escapa la gracia, la misericordia…

Pueden ayudarnos estas preguntas, para poder nombrar las propias grietas:
¿Qué espíritu me guía?

  • El espíritu de alegría al aceptar sentirme pobre, limitado, impotente, frágil, de donde procede la paz?

  • El espíritu de “perfeccionismo” que péndula entre la actitud vanidosa del deber cumplido y la actitud culposa o culpibilizadora de los demás, de donde proceden la constante ansiedad, tristeza y desasosiego?

La conciencia de las grietas que tiene “nuestra vasija” nos posibilita caminar con los ojos fijos en Jesús y no en nuestro: no poder, no tener, no saber o no querer…

La conciencia de las propias grietas, hace posible que nos sintamos, “Bienaventurados como Pablo, porque sabemos que llevamos un tesoro de Gracia y misericordia, que tiene la misión de llevar esa gracias de misericordia a los demás, y así descubriremos que este poder extraordinario viene de Dios…y que todo lo que “por causa de nuestras grietas se pierde” posibilita que el agua que transportamos pueda regar y así hermosear el camino por donde andamos…

 

 

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